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PALABRAS CLAVE: Historia Moderna; Siglo XVIII; España; América Española; Utrecht; Aquisgrán;
Comercio Colonial; Asiento de Negros; Navío de Permiso; Pensamiento Político; Pensamiento Económico
Planteamiento y posicionamiento inicial
La compleja historia del asiento de negros y navío de permiso durante el siglo XVIII nos confirma la necesidad de afrontar y exprimir al máximo todos y cada uno de los aspectos que conforman estos acontecimientos históricos.
El análisis debe obligatoriamente pasar por la observancia de un escrupuloso método histórico donde las relaciones entre coyunturas y estructuras, distintos niveles de actuación, los planos teóricos y prácticos, se den la mano con los protagonistas de los acontecimientos, la realidad nacional e internacional, el flujo comercial, los intereses de los poderosos por el control del comercio colonial, defensas y ataque del monopolio de la Carrera de Indias, etc., incluso indagar los silencios e incongruencias.
Si no establecemos un minucioso paralelismo entre coyuntura política, económica, social, cultural..., donde las claves históricas sean interpretadas a la luz de los pensamientos y las acciones, no entenderemos ni las partes ni el todo y perderemos la esencia del problema.
Y, por último, la complejidad tiene que estimular el análisis y no facilitar la simplificación.
Nuestra propia ignorancia de los acontecimientos, bien por falta de fuentes documentales, por la complejidad en sí misma o por la carencia de interpretación, no debe nunca generar en unas conclusiones generalistas, ni mucho menos que éstas sean rotundas.
Nuestras hipótesis de partida pretenden ser, por el contrario, sencillas y precisas.
Primero, señalar la complejidad del tema y la necesidad de perspectivas comparadas, interdisciplinares y de larga duración; segundo, replantear, reconsiderar o ajustar la hipótesis de la inexistencia de un pensamiento o reflexión política y económica de los escritores españoles sobre el tráfico de negros y el navío de permiso en España -presentando fuentes documentales inéditas o poco explotadas de ámbito nacional-; tercero, establecer coyunturas de interés -provengan de dónde provengansuscitadas por estos temas en España, especialmente en años clave como 1725-1727, la vía de negociación abierta desde 1732, el pensamiento político-económico más o menos continuo -si consideramos y metemos en paralelo los distintos espacios políticos de recepción de ideas reformistas-hasta el desenlace de 1750; y, por último, las propuestas de nuevas líneas de investigación.
JOSÉ MIGUEL DELGADO BARRADO
De coyunturas y estructuras.
De precedentes y consecuentes
Desconocemos aún muchos de los vericuetos administrativos y burocráticos del gobierno político de la Monarquía Hispánica durante la primera mitad del siglo XVIII,1 aunque existan recientes perfiles biográficos de Felipe V y Fernando VI, 2 de Isabel de Farnesio, 3 de las actuaciones de algunos ministros y altos responsables políticos de la época, 4 de una renovadora visión de las relaciones internacionales 5 y de estudios sobre ideas y proyectos de escritores políticos y económicos.
6 Sin embargo, nos falta profundizar más en el estudio de las nóminas del personal burocrático, 7 de quién es quién en la administración central, 8 de reinas como Bárbara de Braganza, de los cortesanos en torno a los reyes -próximos a la casa del rey, de la reina, del cuarto del príncipe de Asturias, de los infantes e infantas, etc.-, 9 máxime si lo comparamos con los trabajos realizados para los siglos XVI y XVII, que no me detendré a detallar.
Dadas estas lagunas es complejo establecer la cronología de los acontecimientos en torno a los debates sobre el asiento de negros y navío de permiso entre 1701 y 1750.
Debemos pensar que el verdadero frente que lo envuelve todo es la crítica a una determinada presencia extranjera en España, en el comercio colonial de manera especial, y de sus mecanismos de actuación y estrategias, porque sus perjuicios para el gobierno -léase Corona-y comercio -léase Consulados-eran más que evidentes.
En muchas ocasiones las coyunturas nos hablan de vacíos documentales, pero lo que realmente sucede es que desconocemos en muchas ocasiones los vericuetos y entresijos de la administración borbónica, quiénes y cómo se realizan las tomas de decisiones políticas, y por ello no estamos buscando en los archivos o secciones adecuados.
Si, como hemos dicho, los contenidos del asiento y navío están estrechamente relacionados con las críticas de la presencia extranjera en España y sus intromisiones en los negocios comerciales coloniales, también están colateralmente presentes en los asuntos de contrabando, comercio directo, aperturismo portuario, habilitaciones portuarias, compañías privilegiadas de comercio, etc. Un entramado conceptual muy amplio y difícil de presentar en todas sus variantes poliédricas, y menos de forma pormenorizada en el espacio de un artículo.
A partir de 1713, por el tratado de Utrecht, y en concreto tras el acuerdo comercial con Inglaterra del 9 de diciembre, el asiento de negros y el navío de permiso concedido, a la «nación inglesa»,10 se convirtió en materia de Estado.
Las mesas de negociaciones europeas11 no tenían en consideración los efectos que esta concesión pudiera tener a nivel virreinal y regnícola, como sucedía con otros cientos de asuntos que corrían paralelos dentro de las negociaciones de paz, tregua, comercio, etc., entre los Estados.
El marcado carácter internacional y diplomático marcaría un antes y un después del asiento, aunque con anterioridad a Utrecht ya existía una polémica del asiento12 -tanto por los intereses franceses como ingleses-, y que se prolongaría hasta el tratado de Aquisgrán de 1748 -cuando finalmente fue ratificado-, y comenzó a idearse el método adecuado para aniquilar la concesión, entre uno de ellos mediante una «compensación», realidad no efectiva hasta el 5 de octubre de 1750.
Esta realidad habría que enmarcarla en el contexto de unas coyunturas más específicas relacionadas con el comercio colonial español en América.
Según Walker la intervención extranjera para conseguir un mayor grado de control en el tráfico colonial tuvo dos etapas: entre 1700 y 1713 de hegemonía francesa; y entre 1713 y 1720 de preponderancia inglesa.
Las principales vías de actuación fueron dos: entre 1700 y 1713 la intervención directa en los mecanismos internos de la Monarquía -política comercial, política interior y exterior, etc.-; y entre 1713 y 1720 con los acuerdos comerciales y diplomáticos entre las distintas potencias.
Ambas vías estaban destinadas a un mismo fin: el mayor grado y mejor sistema de participación extranjera en el comercio americano.
El cambio de tendencia política detectado por Pérez-Mallaína, ya desde 1715,13 y por Walker, entre 1716 y 1720,14 culminaría en el Real Proyecto de Flotas y Galeones de 1720, cuyo objetivo fue mejorar y aumentar el ritmo de intercambios comerciales con América.
El hecho es que, como bien sabemos, durante los años de la guerra de Sucesión entre 1701 y 1713 la península Ibérica estuvo dividida en dos centros de poder diferentes: la Corona de Castilla, defensora del candidato francés Felipe, futuro Felipe V; y la Corona de Aragón, defensora del candidato austriaco el archiduque Carlos III.
17 Pero junto a este elemento habría que considerar otros, uno de ellos, dentro de los espacios políticos de las reformas comerciales, la Junta de Restablecimiento del Comercio.
18 El estudio de esta junta de 1705, y su posterior evolución en la Junta General de Comercio en 1707, cuenta con una serie de obstáculos.
El primero sería la pérdida parcial de la documentación generada por este organismo.
19 De alguna manera esto puede explicar por qué la historiografía sólo ha trazado las líneas maestras de este tema.
20 Y, en segundo lugar, que de la junta dependían innumerables asuntos que chocaban con las competencias de algunas secretarías y ministerios, como los de Marina, Guerra, Hacienda, Indias, etc.
Sobre la junta se ha discutido si tuvo su antecedente en la formada en tiempos de Carlos II en 1669, o si constituye una novedad, influenciada por los modelos institucionales franceses.
Siguiendo a Pérez-Mallaína podemos apreciar que los planteamientos franceses sobre el sistema de libre navegación, propuestos por Daubenton 21 y Nicolás Mesnager,22 respondían más a sus intereses concretos en América que a un pensamiento más «liberal» -según el autor-, yo diría «aperturista».
23 La obra de Jean de Monségur, fechada en torno a 1707-1709, más parece una descripción de las ventajas de la posible explotación del comercio colonial -específicamente del comercio con México epicentro del virreinato de la Nueva España-, por medio del establecimiento de una alianza hispano-francesa, que un verdadero proyecto de reformas.
24 Las otras propuestas corresponden al plano del proyectismo de la época: navegación por medio de registros sueltos desde Cádiz; reforma drástica del sistema de flotas y galeones para hacerla más ágil; plan mejorado de defensa de los convoyes; el memorial de Bartolomé Antonio 17 El grado de influencia francesa en España ha sido analizado, entre otros autores, por Pérez-Mallaína, 1982; Malamud, 1986; Lynch, 1993; Delgado Ribas, 2007, 74; y Desos, 2009.
19 Sólo tenemos algunas pistas de su actuación por medio de algunos legajos del Archivo General de Simancas, que ahora no analizaremos, y de la obra de Larruga, 1788.
Véase la edición de las memorias de Monségur en Duriols, 2002.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.03 Garrote para agilizar las flotas y galeones;25 y por último, la propuesta de Pérez Bustamante para la creación de una compañía de comercio, única alternativa con algo más fundamento frente a las propuestas francesas.
26 Al final los acontecimientos bélicos interrumpieron todos estos proyectos, si bien cabe destacar el freno de la línea más «castizas» a las teorías francesas de libre navegación, que claramente perjudicaban los intereses españoles en América.
En la parte austriaca las intromisiones comerciales se multiplicaban.
Son bien conocidos las negociaciones de las autoridades inglesas con Carlos III en Cataluña y el proyecto de formación de una compañía de comercio hispano-inglesa con las Indias fechado el 10 de julio de 1706.
27 Pero el panorama fue mucho más complejo.
Las negociaciones con los ingleses lideradas por Antonio de Liechtenstein y Uhlefeld, primera figura de la camarilla palaciega de Carlos III, depararon un tratado de comercio nada desfavorable, y que incluía una rebaja de aranceles para los productos ingleses, además de potenciar el comercio de la compañía de comercio, con la concesión del arribo de diez embarcaciones inglesas al año a las costas de América.
En 1709 se fundó la Companya Nova de Gibraltar, para establecer relaciones comerciales entre Gibraltar, plaza ya inglesa de facto a partir de 1704, con el puerto de Barcelona.
En ellas se proponía la creación de una gran compañía de comercio de carácter mixto (privado y gubernativo), bajo la influencia de las compañías holandesas.
El proyecto fracasó pero se concedió el envío de dos navíos a América.
Recordemos que en 1701 se proyectó en Barcelona la Compañía Náutica Mercantil, que surgió del interés catalán por participar en el comercio americano, por supuesto a través de la Carrera de Indias y bajo la fórmula de una compañía privilegiada por acciones.
28 Este objetivo se va a ver como una reanudación de las inquietudes catalanas para la ampliación del radio de acción en los mercados ultramarinos.
29 Las propuestas del comercio catalán van a ser aceptadas por el monarca pero se verán frenadas por dos hechos: la ambigua forma en la que se presentaban las propuestas; y el posterior desarrollo de la guerra, que les perjudicó considerablemente.
30 En este sentido no es extraño que cuando se funde la Compañía de Barcelona entre 1755 y 1756, Cataluña tenga una dilatada experiencia en materia de comercio colonial.
Las Cortes de Carlos III entre 1705 y 1706 insistieron en las concesiones de comercio con América, con la aprobación del envío de cuatro navíos -el doble que en la anterior convocatoria-, y la formación de una especie de junta inter-estamental para la elaboración de un proyecto de compañía, la Compañía Náutica Mercantil y Universal.
Transversalmente, ya que estuvo presente en ambas convocatorias de Cortes, se planteó la creación de un puerto franco en Barcelona.
Se convirtió en uno de los proyectos más importantes de la época, donde se concentraron todo tipo de intereses.
Esta realidad atendía a las aspiraciones de la burguesía mercantil catalana.
La oposición a este proyecto venía de otras ciudades, por ejemplo Mataró y parte del patriciado de la propia ciudad de Barcelona, lógicamente no interesado en el comercio marítimo, y de algunos intereses particulares como los arrendatarios de derechos municipales o propietarios de la lezda real y de mediana.
En la práctica el proyecto no se realizó, ya que tras las primeras discusiones sobre el lugar del emplazamiento del puerto franco y la presión inglesa para aprobar el proyecto, en 1712 quedaba como algo inviable por las dificultades tanto internas como internacionales.
Sin embargo, y desde el ámbito de los escritores políticos-económicos, podemos observar cómo algunos autores de los años 1724-1725 recuperan la necesidad de fundar un puerto franco en Barcelona.
Las Cortes de Aragón, al igual que las Cortes de Cataluña, fueron una ocasión para que se presentasen algunos proyectos de reforma económica.
Principalmente se centró el interés en la formación de una gran compañía de comercio, bajo diferentes modalidades institucionales y la obtención de un puerto franco para Aragón en Vinaroz y Benicarló, además de potenciar la navegación fluvial por el Ebro.31 Una de las características del arbitrismo aragonés de finales del siglo XVII, apuntada por la historiografía, es su violenta francofobia, sobre todo por parte de los defensores de la producción artesanal.
Los acontecimientos que hacen de esta etapa de la historia española un capítulo muy conflictivo son la reorganización administrativa de la Monarquía, los primeros años del reinado de Felipe V, su abdicación en su hijo -Luis I-33 y regreso al trono, que inaugura el segundo reinado de Felipe V, las repercusiones de la guerra de Sucesión, entre otros.
Estos años de incertidumbres trajeron consigo unos cambios constantes y, a veces, frenéticos en la gestión ministerial, que no propiciaron una política comercial continuada y bien planteada.
Es difícil intentar conjugar las actuaciones en materia de comercio y la defensa de ideas sobre política económica por los diversos altos representantes de la Monarquía española.
Es patente durante estos primeros años del reinado de Felipe V la importancia femenina en los asuntos de gobierno, teniendo de un lado a la princesa de los Ursinos y del otro a Isabel de Farnesio.
34 La actuación de Antonio Cristóbal Ubilla y Medina, como secretario del Despacho Universal y del Consejo Real, la primera etapa de Grimaldo en Guerra y Hacienda, Mejorada en Justicia y Asuntos Eclesiásticos, etc., se mezclan con las decisiones de Orry, Tinajero y Macanaz, más señaladas que conocidas por la historiografía.
Se suceden numerosos acontecimientos que no otorgan ni estabilidad ni continuidad a este período: los cambios ministeriales de 1715, donde aparece como teórico sucesor de Ubilla la figura de Julio Alberoni; la continuación de Grimaldo en Estado; los repetidos cambios de titularidad en Hacienda, en un primer momento Giranda y luego José Rodrigo; la relación de Vadillo con la cartera de Indias, despacho que reparte sus funciones entre Marina, Guerra, Hacienda y Justicia; la presencia de extranjeros en la corte con Robinet y posteriormente Daubenton, todo ello formando un complejo entramado administrativo.
35 No es por ello extraño el retraso de los negociadores españoles a Utrecht y el desconcierto en las negociaciones entre Francisco de Paula Téllez, duque de Osuna, el conde de Bergeick, 36 ministro de la Guerra, y el marqués de Monteleón, del Consejo de Indias.
38 A pesar de ello no fue hasta superar los tiempos del tratado de Utrecht cuando se escribió un capítulo interesante en la proyección de la historia marítima y comercial de España.
La unidad de las actuaciones se consolidó durante los primeros años de responsabilidad de José de Patiño, ya intendente general de Marina y presidente del Tribunal de la Contratación desde 1717.
Desde esta fecha hasta su promoción a la Secretaría de Estado de Marina e Indias en 1726, dejó proyectos, remodelaciones, mejoras, etc., dentro de las responsabilidades de sus numerosos cargos.
La presencia política de Patiño no fue precozmente más efectiva por la decisión de Alberoni de abandonar la política de reformas para centrarse en las expediciones de Cerdeña y Sicilia; y, lógicamente, por los años del gobierno de Ripperdá.
35 Para el seguimiento de ministros y responsabilidades durante esta época véase principalmente Escudero, 1969 y Fayard, 1982.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.03 Después del gobierno de Alberoni se mantiene la figura de José de Grimaldo en la Secretaría de Estado, ante la necesidad de consolidar el ministerio bajo una misma persona.
A Daubenton, fallecido en 1723, le sigue el Padre Bermúdez, confesor del rey, con unas responsabilidades políticas destacadas, y que ya han sido señaladas por la historiografía.
39 Durante 1723 se produce un interesante intercambio de correspondencia entre la Junta del Asiento, el representante de Felipe V en la compañía inglesa y diversos ministros de la época como Grimaldo y Ripperdá.
40 Sin adentrarnos en el asunto que tratan -sobre la legitimidad del representante de Felipe V y unas concesiones dinerarias a algunos representantes ingleses de la compañía, presuntamente falsificadas-, el trasfondo es el verdadero galimatías para obtener información y el obsoleto e ineficaz sistema de representación y personación del rey Felipe V en los negocios de la compañía, ya que todo se tendría que consensuar en la Junta del Asiento, bajo la batuta de D. Andrés de Escobarrutia, mientras las reuniones en Londres seguían avanzando, lógicamente, sin esperar las respuestas de Madrid.
41 Por estos años, estamos en 1724, se produce la abdicación de Felipe V en la figura del príncipe de Asturias, Luis I, 42 lo que conlleva la organización de un nuevo gabinete, o tal vez más bien un cuerpo fantasma de gobierno, ya que la política siguió dirigida por Grimaldo.
Frente a la carencia de iniciativa del gobierno de Grimaldo se necesita un segundo Alberoni.
Sin embargo, y a pesar de la presencia de Castelar en Guerra, Patiño en Indias y Marina, y Grimaldo en Asuntos Exteriores, el gobierno de Ripperdá fue un fiasco y entró rápidamente en crisis.
Una crisis motivada, según la historiografía tradicional, por la farsa de la abdicación, la meteórica ascensión de Ripperdá, la desorientación de la política española y la crisis de 1724-1726.
Mur Raurell, 2011, 265, exonera a Ripperdá de alta traición por falta de pruebas convincentes.
La principal indagación de los escritores y sus escritos será reflexionar sobre la relación entre la presencia extranjera en España y las cotas de participación en el comercio colonial.
El propio encargado de las negociaciones, en la junta para la negociación del tratado de Utrecht, Bernardo de Tinajero, había advertido a Felipe V de que el tráfico de negros sin la rentabilidad del contrabando de mercancías no era un negocio lucrativo.
44 Tal vez fuese la creencia de que la participación de Felipe V en la compañía inglesa, fundada en 1711, repercutiría en beneficio de la financiación de la política dinástica.
Sin duda el peligro más evidente eran los lugares del establecimiento de factorías, nada más que en Veracruz, Portobello, Cartagena, Panamá, La Habana y Buenos Aires,45 desde donde los ingleses podrían controlar ferias y el comercio interno de los distintos territorios americanos.
Sin embargo, si parece que es cierto que durante estos años no tenemos constancia de escritos políticos-económicos de calado sobre estos temas, también pueda explicarse por las coyunturas políticas y comerciales del periodo: cambio de la cabeza del monopolio de Sevilla a Cádiz en 1717, la interrupción del comercio del asiento y permiso durante 1718-1721, la aprobación del Real Proyecto de Flotas y Galeones en 1720, las fases de posteriores ajustes de las reformas entre 1720 y 1723 y, por último, la nueva ratificación del asiento a los ingleses el 13 de junio de 1721.
46 Sin embargo, parece que estamos asistiendo a la antesala de lo que posteriormente vendría, la reorganización del comercio colonial a partir de 1726, aún más motivados e incentivados por los cambios de coyunturas políticas, fundamentalmente durante e inmediatamente después del gobierno Ripperdá entre 1724 y 1726.
Las ideas reformistas de Ripperdá tienen que superar el estado de meras conjeturas como la autovaloración de su propio reformismo -se veía a sí mismo como el gran reformador del estado-, 47 la descripción panegírica de sus allegados presentando sus ideas como «el más hermoso proyecto del mundo» -según el embajador imperial Königsegg-; o su relación estrecha con verdaderos estadistas y reformadores como Bergeick.
El silencio de Gerónimo de Uztáriz en Teórica y práctica de comercio y marina de 172450 sobre el asiento de negros, más interesado por el comercio ilícito, principalmente en el cometido en el Seno Mexicano, se debe a la intencionalidad de la obra y sus características formales, es decir, por compilación de muchos materiales misceláneos realizados por escritores extranjeros.
Sin embargo, no podemos olvidar la experiencia de oficiales del otro lado del Atlántico, cuyos representados fueron los principales afectados por las concesiones comerciales a extranjeros.
En este sentido la publicación de la obra de Gerardo Moro de 1724 no es gratuita ni espontánea.
Moro fue miembro de la Real Audiencia de México51 y realizó un estudio jurídico y legal del asiento, sobre todo para demostrar los daños en alcabalas y por las internaciones de mercancías,52 que repercutían negativamente en los beneficios de los arrendadores de rentas reales y de los asentistas indianos.
53 Este era una denuncia de daños específicos en territorios concretos sobre las basas del comercio colonial motivados por la concesión del asiento a la compañía inglesa.
Por otro lado, Dionisio de Alsedo y Herrera -por entonces diputado general del comercio de Lima-ya desde 1724, si no con anterioridad, denunciaba por escrito las nefastas consecuencias de la concesión del asiento a los ingleses.
La solución del mal, los abusos de las factorías, pasaba por el control del arqueo a través de una junta particular.
54 A partir de 1725 se desatan las críticas hacia la posesión inglesa del asiento de negros.
La mayoría son obras anónimas, es decir, que descono-cemos por diversos motivos el nombre de sus autores, aunque de algunos de ellos tengamos ligeras pistas biográficas.
Por ejemplo, sí conocemos las ideas expresadas por Varas Valdés a partir de 1725, aunque el autor forme parte de los ministros de Felipe V y de que sus escritos tengan una intencionalidad clara de confirmar la política de sus superiores.
Si bien no será hasta el gobierno de Patiño, y más específicamente a partir de 1730-1732, cuando se indague desde la cúspide del poder los resultados de la concesión del asiento a los ingleses, 55 tenemos algunas referencias cronológicas que nos retrotraen al año 1725.
Según parece desprenderse por la documentación consultada, el ministro Juan Bautista Orendain 56 encargó a Varas Valdés, futuro presidente de la Casa de la Contratación hasta 1739, un informe o memorial para que estableciese el mejor método para rescindir el contrato del asiento en posesión de la compañía inglesa.
57 Ya en 1732, con el nombramiento de Tomás Giraldino como director por España de la compañía inglesa, se estaba procediendo a aclarar el galimatías de sus cuentas y beneficios.
Varas y Valdés había redactado una primera memoria, y tal vez no por encargo de sus superiores, donde señalaba los principales males del asiento y la necesidad de rescindir el contrato: tengo muy presente cuanto expuse a S. M. en mi representación de 28 de febrero de este año (1725) en estos asuntos y entre sus diversas cláusulas fue el que fenecido el actual asunto no se pensase el ejecutar otro con nación alguna extranjera, por consistir en estos negocios la total ruina y perdición de la América.
58 Además, según el autor, era recomendable no hacer coincidir el arribo del asiento con el periodo de ferias en Portobelo y Veracruz.
59 Pues bien, en torno a esta visión crítica del asiento de negros tenemos que añadir otros escritores y escritos: la Representación universal de 1725, la Representación hecha a S.M. de 1725, los Discursos anónimos de 1725 y un Manifiesto, fechado en torno a 1726.
La Representación universal de 1725 60 será uno de los primeros textos que analice con una mayor profundidad los males de la presencia extranjera en España, la connivencia entre éstos y españoles frente al contrabando, el poder manufacturero, el daño de piratas y corsarios, la presencia de colonias extranjeras en América y, sobre todo, de la concesión del asiento de negros a Inglaterra.
Parece desprenderse por el texto que se trata de dos escritores extranjeros, elemento ya apuntado por Manuel Colmeiro: origen, leído todas las leyes, tomado infinitos informes y tenido varias noticias de hombres de crédito y de verdad y experiencia.
Sobre el asiento de negros opina que por la escasez de fuerzas marítimas no se puede romper este sistema, y del que habría que desentenderse prudentemente hasta mejores tiempos.
El verdadero problema estaba en el contrabando que realizaban los factores del asiento y de algunos de sus directores.
El asiento era capaz de destruir por sí solo todo el comercio de las flotas y galeones, por adelantarse a la ferias novohispanas y competir en precio y calidad, es decir, romper el monopolio español y utilizar el chantaje comercial como moneda de cambio.
Algunos de estos pensamientos y reflexiones podríamos compararlos con los expresados por Varas y Valdés.
La Representación hecha a S.M., fechada en Madrid el 28 de julio de 1725,63 precisó que algunas condiciones del asiento de negros firmado con los ingleses son aprovechadas para introducir contrabandos abusivos, especialmente por las actuaciones de los factores de la compañía a sabiendas de los ministros españoles.
El autor se fundamenta en «experiencias que he adquirido en los puertos y costas de la América».
64 Los Discursos anónimos fechados el 24 de abril de 1725 están firmados por un tal Sr. D. J. C., por ahora de autor desconocido.
65 En el mismo título se resume la principal aportación: la permisión concedida a la Compañía de Inglaterra, que debiendo enviar anualmente un navío delimitado a Veracruz, otro a Cartagena y otro a Buenos Aires, cargaban tanto como una mediana flota de galeones y anticipándose a los que salía de estos reinos o no encontraban éstos venta o se veían precisados a hacerlas con descalabro y pérdida.
66 El escrito Manifiesto, redactado presumiblemente en 1726, también señala como uno de los principales estorbos del comercio el asiento de negros y el navío de permiso, aunque no se detiene con detalle sobre este punto:
El asiento de negros con ingleses y el navío anual del permiso es el mayor estorbo que hoy tenemos para ver el buen corriente que deseamos el comercio de la América, pero haciéndome cargo que V.E. se hallará instruido de la mala fe con que ha procedido la Compañía y de los muchos y continuados excesos que se están cometiendo con sus navíos y por sus factores, no me detendré en hacer expresión de ellos, en inteligencia de que siempre que se ofrezca lo ejecutaré en la mayor individualidad.
67 Desconocemos quién fue el autor, aunque tuvo que ser miembro del Consulado del Mar, y cita numerosos documentos oficiales (real proyecto de 1720, real cédula del 22 de octubre de 1724, cartas, etc.), y está al tanto de las salidas y llegadas de flotas, como la salida de flotas del 15 de julio de 1725.
El autor del Manifiesto ofrecía tratar el tema con mayor detenimiento, si así se le indicaba.
Además, no era la primera vez que había expuesto sus ideas, ya que reconoce que había presentado anteriores escritos, en concreto «una reverente representación a S.M.».
Lo importante es que a la altura de 1726 el daño del asiento y navío para los intereses españoles estaba más que identificado, que la Corona era buena conocedora de tamaña intromisión en el comercio colonial y que existía una profusa literatura.68
A partir de 1726 era la hora de las reformas y negociaciones.
A partir de 1727 era la hora de Isabel de Farnesio.
69 Desde el punto de vista político presenciamos una doble característica: en un primer momento un fortalecimiento político de la monarquía; y en segundo lugar una primera estabilización de los anteriores resultados y una segunda de decaimiento político que nos lleva a los resultados de la crisis de 1739.
La primera fase comprenderían los años 1726-1736, que corresponden a la presencia de José Patiño en sus cargos ministeriales; una segunda fase entre 1736 y 1741, de mayor crisis ministerial con los gobiernos de la Cuadra, Torrenueva, Iturralde y José Quintana, y la crisis de 1739, que marca un antes y después del reformismo borbónico.
En ambas alternan períodos de reflexión política y práctica ministerial, no ajenos a dificultades de acotaciones cronológicas.
Tanto en el marco político como en el comercial frente a unos años de esplendor renacen otros de crisis.
Desde la óptica política no es una casualidad que los años de esplendor correspondan a la actuación de Patiño (1726-1736), 70 y los segundos al periodo de gobierno desde La Cuadra a Quintana (1737-1740), más desatendidos por la historiografía.
Sin embargo, los elementos dinamizadores de la crisis de 1739 debemos verlos en germen en el propio gobierno de Patiño.
Por lo tanto, es fundamental la actuación de Patiño tanto política como comercial para entender los posteriores acontecimientos desde 1736 a 1741.
Como vemos la figura de Patiño actúa de forma personalista en los mecanismos de la Monarquía.
Patiño prestó especial interés por el comercio americano, y centró parte de su política a resolver los problemas del tráfico comercial, presencia extranjera en las colonias, etc. La Junta de Comercio fue un mecanismo de actuación utilizado por anteriores gobernantes pero con él fue una herramienta de trabajo, de foro de discusión y de toma de decisiones.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.03 impuestos arancelarios, medidas para terminar con el fraude y las prácticas ilegales, aumento del valor de la moneda, etc. 71 Por lo pronto asistimos entre 1726 y 1728 a un pequeño intento de dañar los privilegios andaluces en la Carrera de Indias -y por ende de los intereses comerciales extranjeros-y a un reajuste y replanteamiento del comercio con América, todo dentro del respeto del sistema de flotas y galeones.
72 Las constantes en la política de Patiño serán la lucha contra el navío de permiso, la reglamentación del sistema de flotas y galeones, el apoyo a las compañías privilegiadas, etc.
Las propuestas de frenar los contrabandos de los extranjeros -fundamentalmente del navío de permiso-, fueron glosadas por Alsedo y Herrera como resultado de las conclusiones de las Juntas de 1726, 1727 y 1728: se hacía preciso como único y conveniente medio eficaz para atajar estos daños comunes y evitar los designios de hacer conquistas y en ampliar sus comercios, quitar la prohibición de ser privativa de los españoles la navegación a los mares y costas de los dominios de Su Majestad, haciéndola libre generalmente a todos los navíos y francos los puertos extraviados de las carreras de Flotas y Galeones.
73 Y más adelante precisó el método: navegaría cada reino sus propios géneros y mercaderías repartiéndose distributivamente entre todos la utilidad de los comercios..., que ninguno pensaría en serlo ni hacer conquistas porque era una Compañía Real de comercios, dependiente de una liga política de intereses en que todos los demás habían de ser enemigos confederados contra el que lo intentase..., porque todos serían celadores de que ninguno abusase de la libertad del tráfico en perjuicio de los demás y harían que se le expeliese del permiso de la navegación.
74 Y todo ello a la altura de 1728: libertad de comercio con América, en los términos expresados en el escrito, formación de una Compañía Real de todas las provincias y puertos interesados en el comercio colonial, neutralización del contrabando...
Los tiempos demostraron que sus ideas, adelan-71 Valoración realizada por Molas Ribalta, 1975, 795-802, que refuerza la idea expresada por Walker, 1979, 203, sobre tadas a su época, todavía no tendrían cabida entre las dimensiones reales de los intereses cruzados de los beneficiarios finales del comercio colonial.
Entre las ideas hacendísticas de Patiño continúa la persecución y freno al contrabando, reformas monetarias y nuevos métodos de recaudación.
En la práctica, y como hemos visto, fueron dos temas principalmente los que más se repiten: la reorganización del sistema comercial con América y las compañías privilegiadas.
Todos estos procesos de cambio, o intentos de cambios, del sistema comercial con América y de la vida política y económica de la Monarquía culminaron en 1739.
En ese año se acumulan las diferencias entre España e Inglaterra dando paso a la guerra, se produce una crisis hacendística de gran magnitud, se comprueba el fracaso de la política comercial con América de los últimos años, principalmente con el revés de la flota de 1735 y los galeones de 1737, etc. A esto se debe unir el aumento del gasto de la Monarquía; por otro lado la muerte de Patiño en 1736 y la suerte de ministros que ocupan sus nuevos cargos.
La Junta de Medios entre 1737 y 1740 tuvo un papel significativo en la acción de gobierno de la Monarquía Hispánica.
Tras el estudio de Albadalejo, 75 basado en la consulta documental del Archivo General de Simancas, parece evidente que el sistema financiero de la Monarquía hizo aguas en 1739.
La explicación puede estar en la política interior y exterior de la monarquía durante estos años.
En política interior pudieron ser elementos generadores de la crisis los gastos de la Casa Real en Italia, las construcciones reales y la política de actuación de Patiño.
La creación de la Junta de Medios, con el papel protagonista del secretario Alejandro de la Vega, así como de los asuntos tratados y conclusiones realizadas, puede seguirse a través de los documentos localizados en el Archivo Histórico Nacional.
76 Más adelante veremos el papel de la Junta de Medios como receptora de memorias e informes de toda índole para la reforma de España.
En definitiva, finaliza un período donde se hacía cada vez más difícil el comercio con América por la complejidad de los intereses gaditanos, 75 Fernández Albadalejo, 1977, 51-85.
JOSÉ MIGUEL DELGADO BARRADO mexicanos y peruanos, y por la presencia inglesa en América, por medio del asiento de negros y navío de permiso, entre otros aspectos.
Si a esto añadimos una política todavía pendiente de compromisos dinásticos podemos ver como Patiño se convierte en un prisionero de la Corona, reducido a cumplir su misión, que no era otra que la de conseguir los recursos necesarios para la guerra.77
Como hemos dicho los principales problemas que se intentan resolver son lo relacionados con el buen funcionamiento del comercio con América.
Para ello se va a intentar poner en práctica dos medidas: la mejora del sistema tradicional de navegación, las flotas y galeones, y la utilización y apoyo a las compañías privilegiadas.
78 En ambos casos los resultados están más llenos de proyectos frustrados que de un buen funcionamiento de los mismos.
Las reformas del sistema de navegación con América constituyen unos de los temas clave del interés político de la Monarquía.
El inicio a partir de 1726 de una nueva actitud frente a los problemas se debe a la clara influencia de las etapas del comercio colonial en años pasados que predisponen a una necesaria actuación en esta materia.
En torno a 1726-1728 asistimos a uno de los acontecimientos más importantes del comercio colonial, ya que se produce un intento por reajustar o replantear el comercio con Indias.
79 A decir de algunos autores asistimos a la primera parte de un estudio a gran escala del comercio con América desde la propia Corona, que posteriormente será recogido por otros monarcas y ministros en sus planes de reforma.
Bien es cierto que no hubo una reorganización del sistema comercial, aunque se intentó mejorar el sistema de galeones vía Buenos Aires, introducir la Compañía de Ostende, etc. Pero si se realizaron unas nuevas reglamentaciones para el comercio con Filipinas, que afectaba a los intereses gaditanos, y la institucionalización del sistema de ferias comerciales para Nueva España (2 de abril de 1728).
Toda política que significara algo más que estos tímidos reajustes ponía en peligro el propio comercio americano, que quedaba sometido una y otra vez a la presión extranjera, concretamente con el navío de permiso inglés.
La polémica sobre el asiento de negros y navío de permiso durante estas fechas no debía ser vana cuando provocó de manera indirecta dos guerras, primero la de 1727-1728 y posteriormente la de 1739.
Además se intentó acabar con este privilegio por vías legales y acuerdos diplomáticos.
A partir de 1731, bajo los influjos del Tratado de Viena, se destapó la verdadera dimensión del problema del asiento y navío.
Los juegos de intereses eran múltiples, variados y, en algunos casos, en apariencia incongruentes.
Para entender el todo debemos diseccionar los variados frentes de intereses: la Corona británica, la Corona española, los accionistas de la Compañía inglesa, el Gobierno inglés, el Gobierno espa-ñol..., dejando de lado a los sufridores de estos mecanismos, los comerciantes del comercio colonial entre España y América.
En el Tratado de Viena de 1731 se consolidó una posición que demandaba un mayor control español en las gestiones del asiento de negros y navío de permiso.
Como señaló Reyes,80 los comerciantes y accionistas de la compañía inglesa, vieron inviable el comercio de negros y solicitaron una compensación para suspender el tráfico.
El gobierno británico se negó rotundamente.
En 1732 los comerciantes de Cádiz ofrecieron pagar el dos por ciento del dividendo anual de los beneficios de las flotas y galeones como compensación a la compañía.
81 Durante 1732 Tomás Giraldino intentó aclarar las maniobras del asiento, dentro de una política de mayor control, ejercida por Orendain y Patiño, cuyo resultado, como hemos visto, fue el informe de Varas Valdés a Felipe V, quien señaló los perjuicios del asiento para el comercio colonial, y propuso que nunca coincidiera el arribo de los navíos con las ferias de Portobelo y Veracruz.
82 En 1735 hubo nuevas negociaciones, esta vez por vía diplomática, y que descubren los verdaderos intereses de cada una de las partes.
Es fundamental entender las diferentes ventajas entre el asiento y el navío, aunque sean elementos conjuntos e inseparables.
Los accionistas del asiento quisieron la negociación con España, ya que el negocio como tal no era renta-ble.
Felipe V, como accionista, también, ya que los perjuicios eran considerables, principalmente desembolsar grandes cantidades a cambio de no recibir compensaciones.
El gobierno inglés siempre estuvo dispuesto a negociar la cesión del navío -los gastos de fletes, el intercambio más controlado, las limitaciones de carga, etc., lo hicieron poco efectivo-, pero no así del asiento, ya que por medio de la compañía pagaban los sueldos de embajadores y otros oficiales reales, sin tener que tirar de la caja de la Real Hacienda.
La flota de 1729 fue un total éxito, que lamentablemente no se repetiría en años sucesivos.
Los galeones de 1731 y la flota de 1733 cierran una etapa de fracasos continuos por diversos motivos: presencia del navío de permiso, resistencia de los comerciantes en el denominado «chantaje comercial», saturación de mercados, etc.
Frente a este fracaso se actuó principalmente por dos vías: la reforma legislativa y la formulación de compañías privilegiadas.
En 1734 se reúne una comisión de expertos para intentar solucionar los males del comercio con América.
84 Tras las consultas se promulgó la real cédula del 21 de enero de 1735 sobre el despacho de galeones y flotas, y el método de comerciar los residentes en Indias con España.
De forma general sus principales características eran la suspensión temporal de las flotas, nueva reglamentación para la Armada del Sur y el sistema de avisos, reducción del quinto real, la prohibición a los comerciantes de América de enviar dinero a España -que sólo inició un proceso legislativo en aumento en torno a este problema-, y un reajuste del sistema de flotas con restricción del tonelaje (tres toneladas en siete u ocho navíos) y de carga (dos toneladas de mercancías generales y una tonelada de productos agrícolas, respetando el tercio de cosecheros).
De este modo se perdían las ventajas obtenidas por el real proyecto de 1720.
Sin embargo el sistema de flotas y galeones estaba tocado.
Cada vez era más difícil comerciar con este sistema.
La futura situación de guerra con Inglaterra iba a motivar el cambio de las flotas y galeones por los registros sueltos.
Pocas reflexiones, muchas reformas y grandes esperanzas
Deberíamos reconsiderar la hipótesis de que existieron pocos escritores político-económicos entre 1726 y 1741 que tratasen los temas del asiento de negros y navío de permiso.
No es tanto por el hecho en sí de que sí hubo durante éste periodo escritores políticos-económicos que hicieron referencia directa o indirecta a estos asuntos, sino por la necesidad de consultar más fondos documentales, principalmente de las tres juntas de especial importancia para estos temas: la Junta de Expertos de Patiño de 1734, la Junta de Medios entre 1737 y 1740 y la Junta del Asiento, apenas explorada siendo las más longeva.
Las dos primeras juntas fueron mecanismos de gobierno receptores de proyectos de reforma.
Entre sus responsabilidades estaban el control de la presencia extranjera en el comercio colonial y, específicamente, del asiento de negros y navío de permiso concedido a los ingleses.
En todo caso, otra de las posibles explicaciones del vacío documental estaría relacionada con el cambio del paso de la reflexión intelectual a la acción de Estado entre 1726 y 1741.
Nos fijaremos brevemente en la Junta de Medios entre 1737 y 1740, como un ejemplo metodológico que podríamos aplicar a las otras juntas si tuviéramos información, tiempo y espacio.
El papel de la Junta de Medios como receptora y generadora de escritos relacionados con los males de España y sus posibles soluciones ha quedado recientemente comprobado.
85 En este caso nuestra atención recaerá en la presencia o ausencia de los contenidos sobre asiento y permiso concedidos a los ingleses.
El secretario de la Junta de Medios, Alejandro de la Vega,86 fue un ministro atento a los asuntos hacendísticos y, como no podía ser de otra manera, prestó atención al asiento de negros.
Para ello recopiló los documentos fundamentales para la interpretación del asiento, como la copia impresa de la real cédula fechada en Madrid el 7 de abril de 1713, elaborada por Bernardo Tinajero, y la cédula de la declaración de algunos artículos fechada en el Buen Retiro de Madrid el 12 de junio de 1716, elaborada por José de Grimaldo.
87 Esta recopilación documental impresa va seguida de un amplio resumen manuscrito, incluidas las notas de los documentos originales, realizada por Alejandro de la Vega, a las que añade unas Reflexiones sobre los perjuicios del asiento de negros.
88 Las reflexiones de Alejandro de la Vega atienden a responder de los perjuicios que el asiento ocasionaba a los reinos.
Según Vega las opciones en 1713 eran continuar la guerra contra los ingleses o concederles el asiento aunque supusiera la ruina del reino.
Sin embargo, planea sobre estos acontecimientos la política de Estado, es decir, lo que «el vulgo ignora [de] los interiores de los gabinetes y las razones que hay para ceder en varios casos [y] fácilmente juzga lo que no sabe».
Sin embargo, Vega señaló que tanto para los ministros españoles como franceses sería conveniente «cortar incendio que no sólo [... llevaría] a la ruina del todo sino también [... afectaría] al honor y conservación de ambos reinos».
Por medio del asiento los ingleses realmente tenían controlado el comercio universal en las Indias dañando los intereses del comercio gaditano.
Anota Vega que si el navío de permiso se limitase a cumplir las leyes y acuerdos sería un daño menor, pero en la realidad introducía víveres y otras mercancías desde Jamaica, con lo que convertía en inútil el comercio español y propiciaba la decadencia de las fábricas.
Finalizaba señalando la importancia y gravedad del asunto:
dicial información que lograban adquirir los ingleses del sistema del comercio colonial español.
El remedio propuesto era extinguir los derechos del asiento y castigar a los ministros que permitían los ilícitos comercios, siendo responsables de ejecutar estas medidas el consulado y comercio de Andalucía.
Para Bernardo de Ulloa los principales males del comercio venían motivados por el asiento de negros concedido a los ingleses, 90 por el poder que ejercen las colonias extranjeras dentro del comercio colonial español, la actuación de la piratería y del ilícito comercio, el corso de los moros de Berbería, 91 etc.
Concretamente sobre el asiento de negros llega a decir que era el principal obstáculo del comercio:
[se opone] a nuestro tráfico marítimo el asiento de negros celebrado entre la Corona de España y la Gran Bretaña, y su daño se extiende al comercio español con la América, pues, además de los crudos permitidos para el vestuario, se valen de otras negociaciones ilícitas los ingleses para surtir aquellos reinos de todas mercaderías.
92 Denunciaba Ulloa cómo el poder extranjero era cada día más fuerte por las conquistas o los terrenos usurpados por los extranjeros, principalmente en las Antillas, en Jamaica y Curaçao.
93 El material acumulado por Dionisio Alsedo y Herrera desde 1727, cuando José Patiño le encargó redactar un memorial sobre dos temas candentes del comercio colonial como eran el asiento y navío, culminó con la publicación del Aviso histórico en 1740.
La propuesta de Alsedo fue la formación de una gran armada para controlar el dominio del mar y así del comercio.
93 Si comparamos el escrito de Bernardo de Ulloa con la Representación de 1725 vemos como existe un paralelismo bien sea motivado por el conocimiento del primero de esta obra o bien porque los males se repetían a lo largo de los años.
JOSÉ MIGUEL DELGADO BARRADO el asiento mantendría su vigor hasta por lo menos 1743.
95 A tiempos desesperados medidas desesperadas.
Y, por último, Marcelo Dantini, cuya obra Diálogos familiares..., presumiblemente redactada en 1741, fue uno de los autores que más detalladamente trató los contenidos relacionados con la presencia en España de comerciantes extranjeros.
Dedicó unas líneas para reflexionar sobre la diferencias entre el contrabando y el comercio directo.
El comercio directo era el realizado por los extranjeros desde sus puertos nacionales «directamente» a la América española.
96 Malamud señaló acertadamente que el comercio directo:
será utilizado exclusivamente para aludir a toda la actividad comercial, en cualquiera de sus variantes, realizada por los europeos no españoles con las posesiones americanas de la corona hispana, y sin la intermediación andaluza.
97 Para Dantini el asiento de negros era uno de los principales medios de fraudes a la Real Hacienda,98 y que será profusamente tratado a lo largo de su obra.
99 El valor de esta permisión fue la concesión de una vía legal, en primer lugar para los franceses100 y más tarde para lo ingleses, para llegar a la América hispánica.
El resto era cuestión de habilidad para introducir los géneros prohibidos en los mercados coloniales.
Para ello se valían de la entrega de comisiones a los jefes de los puertos, del envío de avisos de las necesidades concretas de determinadas zonas de la América, etc.
Las soluciones propuestas por Dantini no iban más allá de la elección de buenos jefes de puertos, la política del premio y castigo, el control de los oficiales y la elección de un buen ministro.
El exigir soluciones concretas a un problema tan complicado, como los problemas del contrabando, sólo sirvió para desviarse de la solución acertada.
Parecía evidente, ya a la altura de 1740, que el asiento de negros no era beneficioso sin la carga suplementaria de mercancía ilegal.101
En el plano ministerial, a partir de 1741, la actividad gubernativa se centró en figuras clave como Campillo, Carvajal y Ensenada,102 fase que se cerró, para el caso que nos ocupa, con el acuerdo del equivalente el 5 de octubre de 1750.
En este sentido las directrices políticas fueron, en apariencia, claras y unidireccionales, lo que favorece el análisis de los acontecimientos.
Desde la óptica comercial los años 1739-1754 abren y cierran una larga etapa intermedia en el desarrollo del comercio colonial del siglo XVIII.
La primera fecha corresponde al inicio de la guerra contra Inglaterra (1739-1748), y el año 1754 a los antecedentes inmediatos de la primera flota organizada a Nueva España.
104 El cambio en la situación internacional obligó a la implantación del sistema de registros sueltos y al abandono de las ferias comerciales.
105 Lo que en principio parecía una buena solución propiciada por los acontecimientos deparó unos resultados negativos por ser la mayor parte de la mercancía, navíos, tripulación, etc. de procedencia extranjera.
Mientras las flotas estuvieron ausentes no se pudo desarrollar en la práctica el «chantaje comercial» al que estaban sometidos y acostumbrados los comerciantes, y se alargaban el número de intercambios pero no la cantidad total de mercancía, entre otros fenómenos negativos para los intereses particulares de los comerciantes.
Además, aunque el sistema de los registros sueltos era más competitivo no se logró reducir el contrabando extranjero, centrado en la zona de Buenos Aires y en la Colonia de Sacramento.
106 Todo ello produjo dos efectos: el sistema de registros sueltos necesario por la guerra contra Inglaterra hizo que fracasara el intento de regular la Carrera de Indias fuera de España; y el otro, que finalizada la guerra se constató la necesidad de regresar al método tradicional.
Como consecuencia la Monarquía tuvo que reanudar la política interna del comercio colonial después del tratado de Aquisgrán.
A este efecto responde la Junta Extraordinaria de 1750, y sus deliberaciones sobre el comercio colonial.
A partir de esta fecha el sistema tradicional de flotas y galeones salió tocado pero no hundido.
Desde el punto de vista administrativo se conformó el Virreinato de Nueva Granada (1739), y se permitió remitir -el 20 de junio de 1749-con libertad el dinero americano para la adquisición específica de mercancías.
El sistema de registros sueltos, buscado o no por la Monarquía, va a constituir uno de los elementos dinamizadores del rígido monopolio gaditano.
Bien es cierto que no va a presentar ninguna novedad legislativa, ya que quedaron bien establecidos desde los primeros años del comercio con América, pero será el único medio, junto a las compañías privilegiadas, de ponerse en contacto con América.
El carácter accidental de la masiva utilización de los registros sueltos ha sido destacado por García Baquero,107 quien marcó el período 1739-1754 como la etapa generalizada en el uso de este sistema, pero sus beneficios y perjuicios, dependiendo de quién hablemos -Corona o Consulado-, ha merecido la reflexión de Delgado Rivas.
108 Al finalizar la guerra se abre un período muy interesante de debate.
Al no ser absolutamente necesario este sistema de intercambio se van a estudiar las pautas que deben regir ahora el sistema comercial con América.
Esta misión estuvo a cargo de la Junta de 1750, que propondrá la continuación de los registros sueltos para Perú, y la vuelta al sistema de flotas para Nueva España en 1754.
A partir del 11 de octubre de 1754 quedó de nuevo restaurado el sistema de flotas para Nueva España, a pesar de que la primera expedición no fue iniciada hasta el 11 de febrero de 1757.
La reglamentación de la feria de Jalapa, la exención del pago de alcabala, y toda la reglamentación sobre los rezagos y mercancía no vendida, no pudo evitar el fracaso de una flota donde los mercados estaban saturados.
109 La Junta Extraordinaria presidida por Ensenada debía su formación a dos hechos principales: el fin de la guerra con Inglaterra y Sucesión austriaca, y las quejas del comercio gaditano, mexicano y peruano.
El final de estas dos guerras y la política de equilibrio llevan a realizar un balance del sistema comercial con América, principalmente el tema de los sistemas de navegación.
Estos balances que los políticos someten a la actuación comercial en América no eran desconocidos.
La Carrera de Indias venía practicando tradicionalmente el uso de flotas y galeones para el comercio con Nueva España y Tierra Firme.
Como hemos visto a raíz de la guerra con Inglaterra de 1739 se aumentó el sistema de registros sueltos.
Pero una vez acabadas estas guerras se pretendía hacer balance de estos medios y lograr establecer las nuevas pautas de intercambio.
Los miembros de esta Junta Extraordinaria presidida por Ensenada eran Alonso García, Andrés del Hoy, Manuel Clemente Rodríguez, Nicolás del Vasto, Nicolás Macé y Jacinto José de Barrios.
El fin era «debatir el mejor medio de poner fin al desorden comercial del que todos se quejaban».
110 Las deliberaciones se realizaron entre los miembros de la Junta y de las opiniones de otras fuentes: comerciantes, hombres de negocios, funcionarios, intereses particulares de Consulados, etc. Al final fue una postura intermedia la que prevaleció.
111 Por un lado las ideas de libre comercio de José del Campillo no fueron aceptadas; 112 tampoco lo fueron la creación de compañías, ya fueran estas generales o por provincias, como defendieron Marcelo Dantini en 1741 y José de Carvajal en 1743.
En un primer acuerdo se propuso el restablecimiento de las flotas a Nueva España, pero sin especificar ni el número de toneladas ni la frecuencia de las salidas.
El 11 de octubre de 1754 se anunció la vuelta al sistema de flotas cada dos años, sin participación de navíos de registro.
A esto se añadía el retorno al sistema de feria en Jalapa, la exención del pago de alcabala, la prohibición de sacar la mercancía hasta la finalización de la feria, y una reglamentación específica para los comerciantes rezagados en las anteriores flotas o registros.
En realidad la flota no partió hasta el 11 de febrero de 1757 por una saturación de mercancía en el mercado novohispano.
111 Para el marqués de la Ensenada el sistema de navegación más adecuado era: «Concederles la libre navegación [a los extranjeros] como lo piden, no es posible sin abandonar las Indias; restringirla, como pretendemos, tampoco es practicable, aunque fuera justo, con que entre los dos extremos se ha de procurar alguna senda que nos lleve al término deseado».
Su mercado estaba bien abastecido, las defensas de Portobelo estaban todavía sin levantar, etc. Esto obligó a pensar en una posible solución con la utilización de Buenos Aires como puerto de entrada de las mercancías.
Esta propuesta finalmente fue rechazada por la inadecuada constitución del puerto para la recepción de un masivo número de navíos, por una falta de madera para reparación de los navíos y por establecer la feria en Mendoza, lugar muy alejado de Buenos Aires.
Como bien explica Walker no debemos olvidar entre las razones del fracaso del cambio de galeones hacia Buenos Aires la rivalidad con Perú, ya que desde ese puerto se podía actuar con facilidad sobre el comercio de Charcas y del Alto Perú quitando poder a los comerciantes, incluso la riqueza mineral podría salir hacia Buenos Aires por esa vía.
En definitiva se llegó a la conclusión de continuar con los navíos de registros para esta zona de Tierra Firme.
113 Entre la acción política y la reflexión teórica está la figura de José de Carvajal y Lancaster (1743-1754), quién intentó poner en práctica su ideario político-económico.
Sus tres importantes aportaciones en el campo teórico son el Testamento político de 1745, la Representación de 1752 y Mis pensamientos de 1753,114 amén de su correspondencia epistolar.
Sobre la base de estas aportaciones vamos a intentar reconstruir el ideario de Carvajal sobre la presencia extranjera en el comercio colonial.
La fuente bibliográfica clásica de Ozanam sigue siendo básica para acceder a la correspondencia entre Carvajal y el duque de Huéscar.
Para nuestro trabajo esta fuente cuenta con varios problemas: la correspondencia se centra más en temas cercanos a las relaciones internacionales que a los asuntos de economía o comercio colonial; y el período que abarca es de tres años, entre 1746 y 1749.
Sin embargo, a lo largo de su correspondencia descubrimos un interés por dos temas claves tanto de la política internacional como de la nacional: el navío de permiso y el asiento de negros.
Así Carvajal llega a escribir a Huéscar sobre el interés de acabar con el asiento, ya que:
Si quedamos sin poner en uso el asiento de negros cesando la guerra, difícilmente nos lo sacarán en un congreso, y el librarnos de él es la mayor importancia de Indias.
115 Sobre el navío de permiso hacia observar a su receptor: en cómo pongo lo de la Libre Navegación, que es con sus mismas palabras, que son las que clama el pueblo, y en viéndolas se aquietará.
Los doctos del vasquense [Villarias] temen ésa sobre todo, y yo temo más el asiento de negros y navío de permiso.
Verdad es que la liberta[d] de uno y otro no la pido, que la pago, y en realidad se acabó ya su tiempo y con el arbitrio del puerto franco dejo esperanzas de ganar mucho a Ingleses.
116 Es también curiosa la respuesta de Huéscar: Soy poco sastre para decidir sobre materias de Libre Navegación y preferir las ventajas de ésta o del Asiento de Negro, pero en mi corto entender aventuramos poco en convenir en la libre navegación según la propones, respecto de que es importante evitarla y perderíamos mucho si el asiento de negros y el navío del permiso continuasen.
117 Otro personaje, Luis Dumontier, escribe en una época donde los acuerdos diplomáticos tras la guerra con Inglaterra (1739-1748), la polémica en la diplomacia española entre Carvajal y Ensenada, etc., evidencia un transfondo muy complejo y cargado de intencionalidad política.
Evidentemente su obra no es gratuita al tratar el tema del asiento y navío en torno a 1749.
En la atmósfera estaban el tratado de Aquisgrán y la futura Junta Extraordinaria de 1750.
Es decir, su obra está enmarcada en un ambiente internacional y nacional donde se estaban debatiendo o se debatirán contenidos como la situación de territorios perdidos por la Corona (Gibraltar y Menorca), el sistema de navegación a emplear tras la guerra con Inglaterra, entre otros.
Sobre el navío del asiento era muy crítico: «El navío de asiento que tenía concedido la Inglaterra era la ruina y la destrucción del comercio de España».
118 El mal no estaba sólo en el comercio de negros, sino en las mercancías que transportaba:
El abuso y el fraude no se limitaban al sólo porte del navío que pasaba de más de la mitad de lo que debía ser, pero con el pretexto de avituallar, refrescar dicho navío y traer provisiones a toda la gente de la nación inglesa que mantenía entonces, venía de cuando en cuando una balandra de más de 900 toneladas de porte, cargada de mercaderías.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.03 El autor estaba al tanto de las negociaciones para trata el pago de un equivalente a los ingleses, y era contrario a pagar cualquier cantidad por retirar estos privilegios a Inglaterra, ya que: El Monarca de España, y todos sus fieles vasallos, no deberían jamás consentir, ni permitir, por concesión de ningún tratado se conceda el libre comercio de sus Indias a ninguna nación, pues sería hacer dependiente de ella, y concederle un derecho sobre sus dominios, ni menos rescatar semejante privilegio con el convenio de pagar anualmente ni tampoco una vez tantum ninguna cantidad de dinero, que con este se adquiriría el título de tributario y se manifestaría un temor evidente de la misma nación, de la cual se compraría la amistad a fuerza de dinero.
120 El ataque contra los ingleses era continuado: si a cualquier nación se debe prohibir el comercio de las Indias, con particularidad debe ser la inglesa, por las muchas experiencias que se tienen del malísimo uso que ha hecho de los tesoros inmensos que ha sacado de las Indias.
Y para aumentar esa inquina recurre incluso a recordar al monarca español la posición de los ingleses en contra de Felipe V en la pasada guerra de Sucesión y la ruinosa flota de 1723.
Y como ejemplo de cómo el asiento y navío se habían convertido en elementos de negociación en la política internacional de los estados, propuso un intercambio de piezas:
Pretenden obtener el gran beneficio del comercio de Indias y aún se quieren reservar la posesión de Gibraltar y de Puerto Mahón; ofreciesen para obtener el comercio de las Indias la restitución de estas dos plazas, a lo menos de una, y entonces se observaría en su proceder algo de tratable, y en todo caso se podría conceder una cosa para obtener la otra.
La idea es reforzada más adelante: no conceder con ningún pretexto el navío de asiento a los ingleses, ni absolutamente ningún comercio a las Indias, si primero no restituyen las dos citadas plazas.
Esto debería ser el preliminar de tratado del comercio de las Indias.
La cuestión de Gibraltar, de Menorca -Mahón-, el asiento de negros y el navío de permiso eran las lacras de la restauración de la Monar -quía Hispánica, y su eliminación o recuperación eran vitales en las negociaciones internacionales.
José Gutiérrez de Rubalcava, a mediados del siglo XVIII, esbozaba un panorama de los problemas que aquejaban a la Monarquía.
121 El aumento de la población en América llevó a un incremento del consumo, que las manufacturas españolas no podían abastecer.
Por ello se recurrió a las manufacturas y productos extranjeros.
Sin embargo, uno de los males del comercio era la intromisión extrajera en el comercio con Indias.
Los extranjeros habían aprovechado los años de conflicto bélico para penetrar en estos mercados, ejerciendo el comercio ilícito, acciones piráticas y corsarias, y creando pequeñas colonias como plataformas para comerciar con la América hispánica.
Según Rubalcava el asiento de negros era uno de los medios empleados para promover este comercio ilícito, ya que esta concesión comercial no estaba teniendo beneficios, salvo por esta intromisión en los mercados comerciales españoles, que:
Hemos demostrado como existe un pensamiento político-económico español sobre el asiento de negros y el navío de permiso entre 1701 y 1750.
Muchos de los autores son anónimos, es decir, no sabemos quiénes fueron, de los que conocemos sus nombres desconocemos los rasgos principales de su vida, formación y filiación a grupos de poder, algunos de ellos fueron extranjeros, seguramente con distintos intereses en España.
Además, por si esto fuese poco, quedan espacios administrativos y burocráticos sin revisar, como algunas de las juntas citadas -sólo hemos analizado con mayor profundidad, como ejemplo, las Junta de Medios-o documentación de secretarías y despachos, la vía reservada, el padre confesor, etc. El quién es quién del reformismo borbónico, y más en la primera mitad del siglo XVIII, que sigue siendo una asignatura pendiente para algunos personajes y coyunturas.
Hemos intentando ajustar diversas cronologías: los acontecimientos políticos nacionales e internacionales, los vaivenes comerciales, junto a periodos de paces, guerras, treguas, negociaciones, etc., incluso señalando las fases donde fueron interrumpidos los intercambios del asiento y navío, para ver relaciones entre reflexiones teóricas y acciones prácticas de gobierno, mayor presión política o dejadez.
Son numerosos los flecos del presente trabajo, dada la complejidad de analizar el pensamiento político-económico español sobre el asiento de negros y navío de permiso durante un largo periodo de tiempo, que corresponde a la primera mitad del siglo XVIII.
Para completar esta visión habría que atender a varios planos de investigación.
El primero sería constatar en las fuentes documentales británicas los resultados prácticos de la compañía del asiento y las cuentas del navío, así como las actas de las diversas juntas de accionistas, teniendo presente los diversos planos de intereses, entre comerciantes y responsables políticos, incluidos los propios monarcas.
El segundo sería precisar en detalle las negociaciones de Utrecht y su evolución hasta la desaparición del asiento de negros y el navío de permiso, precisando qué cosa son y qué características tienen, así como saber quiénes son los protagonistas de los acontecimientos.
Para ello es fundamental seguir profundizando en cómo y quién dirige el sistema de gobierno de la Monarquía Hispánica de la primera mitad del siglo XVIII, donde la mayoría de las preguntas siguen, como hemos señalado, sin respuestas. |
A fines del año 1701 el cabildo de la ciudad de Buenos Aires decidió jurar fidelidad a Felipe V, primer Borbón en el trono de la monarquía de España, con un acto oficial que, cumpliendo los debidos rituales, se celebró en febrero de 1702.
Nos permitimos transcribir una extensa cita de ese momento en el que los habitantes de la ciudad ponen de manifiesto su fidelidad al rey y se preocupan por dejar un testimonio de su actitud, remarcando la participación del conjunto de la población.
En la ciudad de la Santisima Trinidad Puerto de Santa Maria de Buenos Aires cabeza de la Provincia del Rio de la Plata [...] hallando colocado en un magestuoso trono y debajo de un riquisimo dosel dedicado para este efecto acompañado de vistosas y costosas colgaduras el Real Estandarte, desmontaron de sus caballos los capitanes don Antonio Guerrero alcalde ordinario de primer voto y el dicho Capitán don Miguel de Obregon alguacil mayor quien haciendo el acatamiento y reverencia debida cojio en sus manos el Real Estandarte y le paso a las del dicho alcalde ordinario quien con el mismo acatamiento se lo entregó al dicho capitan don Jose de Arregui Alferez Real que se hallaba a caballo y puesto al lado derecho del señor gobernador [...] y después que se sosegó el pueblo dijo el alférez real: Castilla y las Indias, Castilla y las Indias, Castilla y las Indias, por don Felipe quinto deste nombre nuestro rey y señor natural que Dios guarde, viva: a que respondió todo el gran concurso del pueglo Viva, viva y al mismo tiempo tremoló repetidas veces el Real Estandarte haciendo muchos y repetidos actos de aclamaciones y regozijo grande todo el pueblo que se hallaba congregado en la plaza a la vista desta función tan aplaudida del amor natural a su rey y señor [...] y el gran gozo de verle aclamado que se repitió según y en la misma forma que en la plaza mayor en la plazuela de la Compañía sin desmontarse de los caballos y lo mismo se ejecutó en la plazuela del hospital Real de San Martin patrono de esta dicha ciudad y en la de Santo Domingo la de San Francisco y en la del convento de Nuestra Señora de la Merced con el mismo aplauso y general regocijo de todas las personas que se hallaron presentes asi eclesiásticos como seculares [...] y mandaron que todo lo referido y lo que se obrare en delante de fuegos, máscaras, toros, cañas y otros festejos dispuestos por este cabildo en demostración del gozo de tan grande acto se ponga por diligencia para que se de cuenta a Su Magestad y a los demas Tribunales deste reyno.
1 Se desconocen hasta el momento las discusiones o comentarios que llevaron a la resolución del cabildo de Buenos Aires 2 que, por otra parte, no fue extemporánea en el contexto americano.
Sin embargo, podemos preguntarnos cómo influyeron los condicionamientos de este contexto en la posición de los habitantes de los territorios americanos frente a los dos aspirantes al trono ya que no abundan los estudios sobre las reacciones en este ámbito ante la opción.
Las circunstancias del testamento Carlos II, su contenido y los efectos inmediatos en Europa son conocidos, pero no sucede lo mismo con las reacciones que provocó en los territorios americanos la crisis de legitimidad abierta por el desconocimiento del testamento por parte del archiduque y sus aliados.
3 A pesar de que ambos pretendientes enviaron a América agentes y cédulas en las que se presentaban respectivamente como legítimos soberanos y exigían juramento de fidelidad, fuera de algunos episodios aislados, 4 los territorios de Indias aceptaron con mayor o menor rapidez la autoridad de la Casa de Borbón.
El Río de la Plata no fue una excepción.
Tal como había sucedido en México el 4 de abril de 1701 y en Lima el 5 de octubre de 1701, Felipe V fue proclamado en Buenos Aires y se puso de manifiesto la lealtad de la ciudad.
Los «Acuerdos del Cabildo» no registran sucesos de disidencia con excepción del caso de un mulato «papelista» que es rápidamente neutralizado.
5 Los Acuerdos muestran pocas referencias a cuestiones ideológicas ya que el interés de los capitulares está centrado en problemas cotidianos relacionados con el funcionamiento de la ciudad, conflictos jurisdiccionales, relativos al Asiento y a los esclavos o al precio de los cueros.
La guerra de Sucesión española (1700-1715) supone una escisión que se verificó en niveles profundos de la sociedad y la política.
Por ello, creemos que se opusieron algo más que dos reinos o dos candidatos.
Eran dos concepciones diferentes del poder las que se enfrentaron, trascendiendo la guerra civil, dinástica e internacional.
Estas primeras consideraciones ya demuestran la complejidad de los temas comprendidos en relación con la guerra, los cuales han derivado en numerosos debates historiográficos.
6 La Paz de Utrecht (1713) que puso fin al conflicto, consagraba la importancia del comercio marítimo como regulador de conflictos en el orden internacional, 7 y Gran Bretaña, se ofrecía para impedir todo conflicto que 3 Algunos estudios recientes destacan la necesidad de estudiar más detenidamente estos procesos.
Se lo expulsa de la ciudad el 9 de noviembre de 1709 y se le permite regresar el 21 de abril de 1704 a solicitud de varios vecinos de «atención y respeto» por tener en la ciudad «casa, muger e hijos de donde fue desterrado a mas tiempo de diez y ocho meses por justos motivos que asistieron a este Gobierno, y porque estos con su venida no se renueven alterando el sosiego de la Republica, que tenia conturbado, con la inclusión de Papelista a que esta yntroducido [se ordena] se le notifique al dicho Geronimo Nuñez se abstenga en el todo de tener dicha Ynclussion en publico ni en secreto, con ningun vezino, morador, estante ni abitante en esta ciudad ni en sus contornos y jurisdicción [...] aunque sea con el pretexto mas piadoso que pretenda ydear pena de doscientos azotes que se le daran por las calles publicas de esta ciudad y de destierro perpetuo de ellas y de toda la jurisdizion».
LA PAZ DE UTRECHT Y SU IMPACTO EN EL MUNDO ATLÁNTICO pusiera en peligro el «equilibrio» entre las potencias europeas.
8 Se trata de una paz que por sus derivaciones tenía derivaciones globales.
9 En este trabajo nuestro interés se centra en el impacto que produjo la firma de los tratados de Utrecht en relación con los territorios del Río de la Plata utilizando testimonios de contemporáneos y los «Acuerdos del Extinguido Cabildo de Buenos Aires».
La guerra y la paz tanto como los cambios que se adjudican a la nueva dinastía borbónica, han generado interpretaciones controvertidas por parte de diferentes corrientes historiográficas.
Los estudios para desvelar la naturaleza y conformación de la monarquía de España han dado como resultado diferentes conceptualizaciones tales como «Monarquías Compuestas», «Composite Monarchies», «Polycentric Monarchies», 10 o los que se vinculan con la articulación de sus territorios «Historia Atlántica», «Historia Global», «Connected Histories» y «Entangled Histories».
11 Al mismo tiempo, la problematización de los conceptos Estado Moderno, Imperio, Monarquía, ha posibilitado profundizar en la aplicabilidad de categorías tradicionales y ha permitido nuevas lecturas sobre la política y lo político en el Antiguo Régimen.
12 Por otra parte, las relaciones e intercambios de actores y bienes materiales e inmateriales entre los territorios de la Monarquía también han sido objeto de numerosos estudios con diferentes perspectivas.
En este sentido, los aportes sobre redes de relaciones y el papel de las elites 13 en los procesos que atraviesan los siglos XVI al XIX deben ser destacados, sobre todo para nuestro caso porque las discusiones sobre el absolutismo 14 y el llamado «estado moderno», han puesto de relieve la presencia de interacciones entre los actores sociales que permiten suponer la existencia de procesos de consenso, negociación o convención para intentar una explicación sobre el funcionamiento y la efectividad del poder real en territorios que integraban la Monarquía de España.
Sobre la genealogía del concepto «Monarquías compuestas», Koenisberger, 1986; Russell y Andrés-Gallego, 1996.
MARÍA LUZ GONZÁLEZ MEZQUITA
La preocupación por integrar de manera efectiva los estudios sobre los territorios de América y Europa en el período que nos ocupa 16 es un desafío para presentar en este trabajo una aproximación a algunos problemas relacionados con la guerra de Sucesión en el Río de la Plata tratando de integrar los enfoques clásicos y recientes de la producción historiográfica dentro de una mirada global que permita una mejor comprensión de los temas abordados.
Hace más de cuatro décadas H. Kamen, en una obra clásica de referencia, afirmaba que a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII se desarrollaba un periodo que describió como «la edad oscura de la moderna historiografía española».
17 Ya había destacado esta falencia C. Seco Serrano en su introducción a la obra del marqués de San Felipe 18 sin olvidar el llamado de atención de A. Rodríguez Villa en 1907: «La historia [...] sobre este período, es tan obscura y confusa, a la vez que importantísima y trascendental [...]».
19 En el contexto de la renovación historiográfica, el interés despertado por la guerra y los procesos vinculados a ella en los últimos años -aunque muchos temas merecen aún investigaciones exhaustivas-ha permitido mejorar su conocimiento a partir de publicaciones especializadas, resultados de los congresos sobre el tema 20 y los trabajos de investigadores de reconocido prestigio.
La valiosa obra del profesor J, Albareda ofrece una puesta al día del problema con el aporte de sus investigaciones personales y de su abordaje de la historiografía reciente, a ella remitimos por cuestiones de espacio y a la bibliografía al final de este artículo.
21 Llama la atención que, si bien se trata de un acontecimiento decisivo, el tratamiento de tema había sido escaso, también en otras historiografías.
N. G. Monteiro afirma que la guerra de Sucesión es un momento importante generalmente poco valorizado en la historia de Portugal.
22 El caso americano no ha sido una excepción aunque la centralidad del proceso en los debates sea evidente.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.04 mayoría de las investigaciones han centrado su interés en la segunda mitad del siglo XVIII, por realizar el análisis del impacto de las reformas borbónicas y la relación de estas y de la Ilustración con los procesos revolucionarios e independentistas.
A pesar de lo apuntado, destacaremos algunas significativas indagaciones que se ocuparon de procesos específicos en los siglos XVI-XVIII.
Algunas consideraciones sobre la guerra en América
Entre 1701 y 1703 transcurren tres años que J. M. de Bernardo Ares ha definido como los tres años estelares de política colonial borbónica, en los que Francia trató de reconducir en su provecho el monopolio del comercio hispanoamericano mientras fomentaba la unión de las dos Coronas.
25 Para lograr su objetivo, Francia dispuso de información sobre los virreinatos de Perú y México a través de detalladas memoria sobre la realidad administrativa, económica y social de los diez años previos.
La tesis fundamental de los informes era que, siendo enorme la riqueza americana, la Hacienda de la monarquía no percibía lo que le correspondía.
Y esto se debía, según estos autores, a la mala administración tanto metropolitana como colonial, la fraudulenta explotación del oro y la plata, la deficiente organización de la flota de galeones, un agresivo comercio extranjero y la disminución poblacional de los aborígenes.
26 Felipe V trató de combatir los vicios de administración y corrupción pero tuvo que hacerlo a costa de permitir la intervención francesa en el control marítimo y comercial.
27 En relación a la reacción de los territorios americanos frente a la contienda sucesoria, los estudios son escasos pero sabemos que existieron algunos intentos para generar grupos adeptos al archiduque.
Delgado Ribas 28 sostiene que el hecho de que España pudiera conservar su imperio, en el difícil contexto internacional que va desde el reinado de Carlos II hasta 1714, se debe a las concesiones comerciales que hizo.
El ascenso de la dinastía borbónica no tuvo efecto alguno sobre el virreinato.
Sin embargo soy consciente de la dificultad de desplazar mitos historiográficos, en parte porque se alimentan del dogma pero también de cierta dosis de realidad, por eso este libro fue escrito para cuestionar si no refutar el mito generalizado según el cual el advenimiento de la dinastía borbónica trajo consigo un siglo de ilimitado progreso y prosperidad para el mundo hispano al aplicarse un programa de reformas que despertó a España y América de su «sueño» Habsburgo.
29 La fidelidad casi unánime a Felipe V en América -afirma D. González Cruz-diseñó un espacio propicio para la recepción de los discursos pro-borbónicos, que no fue un obstáculo para organizar, al mismo tiempo, una red de vigilancia y censura dirigida a evitar la entrada de propaganda subversiva de los aliados.
30 En cualquier caso, ningún lugar estaba exento de la posibilidad de que los adversarios lograsen introducir noticias.
La propaganda ocupó -como sucedía en otros territorios-un lugar significativo para difundir festividades y hechos favorables sucedidos en los conflictos armados.
31 Los éxitos en los campos de batalla consolaban a los leales y mostraban la protección de Dios a través un marcado providencialismo con exageración, tergiversación y manipulación de la realidad.
Las publicaciones podían ser oficiales o anónimas y su circulación generaba una creciente preocupación de las autoridades.
El 22 de octubre de 1707 el virrey escribe desde el presidio de El Callao donde da noticia del preñado de la reina nuestra Señora y noticia de la Victoria conseguida en los campos de Almansa contra portugueses e ingleses y juntamente a esa remite su excelencia tres gacetas en que se contienen por menores de dichas noticias.
32 L. Navarro García ha puesto de manifiesto, con respecto a la guerra que «el hecho no ha atraído la atención que merece» pues, aunque el cambio de dinastía no produjo en las Indias la guerra civil e internacional que trastornó a la Península, no dejó de provocar conflictos por lo menos en Nueva España y Venezuela donde hubo manifestaciones a favor de un cambio de dinastía promovidas por un grupo de funcionarios, comerciantes y 29 Fisher, 2000, 32.
31 Un análisis sobre los mecanismos de la propaganda en González Mezquita, 2007.
33 Cuba fue uno de los focos de peligro durante la guerra por su situación estratégica.
En los primeros años de las hostilidades (1704-1706) los corsarios ingleses y holandeses actuaron de forma persistente en el área del Caribe.
34 Si bien estos movimientos fueron abortados en poco tiempo, no dejaron de alarmar a las autoridades35 a diferencia de los casos en que se verificaba la intención de difundir papeles relacionados con la marcha de la guerra que no trascendían más allá de la detención de sus portadores.
LA PAZ DE UTRECHT Y SU IMPACTO EN EL MUNDO ATLÁNTICO
En el campo austríaco -señala V. León-debían conocer los fracasos de los intentos para atraer adeptos en America, si tomamos en consideración la creación tardía en 1710-1711 de un Consejo de Indias que fue sólo formal por si llegara el caso «de que por alguna casualidad o impensable accidente parte de aquellos dominios reconozca y aclame el R 'nombre de Vuestra Magestad».36
El Río de la Plata en su especificidad y en contextos amplios
A comienzos del XVIII el Atlántico era un ámbito muy frecuentado aunque persistía el misterio sobre grandes regiones americanas, en especial, las referidas a las cuencas del Amazonas, Orinoco, la Pampa y la Patagonia.
La configuración política de América del Sur hacia 1700 estaba definida por dos entidades distintas y claramente diferenciadas: el virreinato limeño, caracterizado por una gran extensión con una extensa fachada marítima, que reconocía un sólo contrapeso: Brasil.
37 El territorio del futuro virreinato del Río de la Plata, comprendía las actuales Argentina, Uruguay, Bolivia y Paraguay.
Se trataba de un espacio no enteramente dominado, con fronteras interiores permeables que generaban realidades heterogéneas.
En este extenso territorio se perfilaban dos grandes regiones, diferenciadas por el desarrollo cultural y la cantidad de su población indígena originaria así como por el grado de inserción de sus economías en los circuitos generados por la producción minera potosina y en la conexión con el espacio atlántico: 1) Espacio mediterráneo y andino: articulado entre el interior potosino y los puertos del Pacífico; 2) Litoral fluvial y atlántico que articulaba las relaciones y circulación con el espacio portugués (Asunción, Corrientes, Santa Fe) y el complejo de puertos conectados con el Atlántico (Buenos Aires-Montevideo).
El Noroeste y Cuyo sobre la precordillera andina, contaban con población indígena originaria disponible como mano de obra y se caracterizaron por su vinculación con el espacio minero altoperuano al que abastecían, con el Pacífico y Chile.
Córdoba constituía un espacio articulador de todas las regiones por ser un camino obligado hacia todas las regiones.
El litoral fluvial y el Río de la Plata contaban a comienzos del siglo XIX con 116.000 habitantes que subsistían como productores de yerba mate, ganadería y contrabando entre Asunción y Buenos Aires-Montevideo.
38 Las comunicaciones en la región estaban condicionadas por el sistema oficial, con frecuencia alterado por mecanismos alternativos.
Durante los primeros años XVIII -afirma Pérez-Mallaína-se podría hablar de colapso del sistema de los galeones de Tierra Firme.
La más compleja de las rutas de la Carrera de Indias conectaba España-Potosí en el Alto Perú a través de Panamá.
Una ruta oceánico-terrestre que debía salvar algunos de los desafíos geográficos más importantes del planeta: los dos mayores océa nos, una de las cordilleras más agrestes y las selvas del istmo de Panamá verdadero «cementerio de españoles».
La viabilidad del sistema dependía de que se mantuviese la exclusividad territorial española en América y de que no aparecieran otras rutas alternativas más sencillas, cortas y baratas.
A lo largo del siglo XVII esas rutas se convirtieron en una expectativa cada vez más prometedora y Buenos Aires se transformó en una ciudad con un puerto cada vez más activo.
39 Durante la guerra de Sucesión las comunicaciones intercontinentales pasaron por su etapa más aguda.
El tráfico transatlántico fue escaso y estuvo a merced de sus enemigos y aliados coyunturales.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.04 que en teoría pretendía ser una especie de embudo que canalizase hacia España todas las riquezas americanas se había convertido en un verdadero colador que repartía los añorados metales por media Europa».
La situación de la marina de guerra española podría resumirse en una frase: muchas armadas y pocos barcos.
«En ningún momento de su historia ni aún después del desastre de Trafalgar (1805) o Santiago de Cuba (1898) han sido las armadas españolas tan débiles y dependientes como lo fueron entre 1702 y 1713», aunque esta situación no pareciera tan grave por la presencia de los franceses.
40 La guerra de Sucesión redimensiona el espacio rioplatense y convierte a Buenos Aires en un botín de guerra que había que defender con más atención, atendiendo a sus coordenadas geopolíticas.
El Manifiesto de Felipe V con motivo de la declaración de guerra a Portugal es un indicador del lugar que tenía la zona rioplatense en el conflicto (El rey de Portugal) [...] ha conseguido nuevas alianzas con el Emperador, Inglaterra y Holanda ofreciendo tropas y acordando que la guerra segregue a las principales provincias de estos reynos y fingiendo el bien y la libertad de Europa intenta poner al Archiduque Carlos de Austria en posesión de toda España y de sus dependencias consiguiendo al mismo tiempo que el Archiduque haya cedido desde luego para en aquel caso y en perpetuidad a Portugal la ciudad de Badajoz las plazas de Alcántara Alburquerque y Valencia en la Extremadura y Bayona, Vigo Tuy y la Guardia en el reino de Galicia, y todo lo que está en la otra parte del Rio de la Plata en las Indias Occidentales para que este sirva de limite a las tierras de España armando y avisándose de numerosas tropas enemigas de las dos Coronas y horror de la religión católica.
41 El conflicto ocasionó en la región varias consecuencias de importancia.
Entre 1699-1712 no llegaron navíos de comercio dentro del circuito legal español, el cabildo de Buenos Aires proclamó a Felipe V en 1702, el puerto de Buenos Aires se abrió oficialmente al comercio francés a través de la Compañía Real de Guinea en 1703 y con ella llegaron también los navíos de comercio directo por «arribadas forzosas».
42 En las Memorias de Louville, al final del tomo segundo, se incluyen unas Pièces diverses.
En su introducción, se aclara que no tienen conexión con las Memorias que las preceden excepto por haber sido encontradas 40 Ibidem, 354.
42 Las potencias europeas (portugueses, holandeses y franceses) se habían alternado en el predominio sobre el tráfico de esclavos.
En el año 1701 Felipe V había concedido por diez años el Asiento a la compañía Real de Guinea, establecida en Francia y presidida por Jean-Baptiste Ducasse, con un contrato por diez años (efectivo a partir de 1 de mayo 1702 al 1 de mayo 1712).
43 Se presentan como una serie de cuatro cartas, reunidas bajo el título Buenos Ayres en 1710 y se dirigen a Pontchartrain 44 de parte del director del Assiento de Nègres.
Se ofrecen al modo de una memoria escrita y fechada en París, sucesivamente el 18 de octubre, el 15 de noviembre y el 17 de diciembre del año 1710 y el primero de enero de 1711.
No se menciona el nombre del autor (si bien consta en las actas del cabildo que por esos años el director era Jorge Haiz), que comienza su relato con su llegada en 1703 a Buenos Aires, ciudad en la que dice haber permanecido siete años.
45 El autor describe Buenos Aires como una ciudad grande y bien poblada, con un puerto que tiene problemas para la entrada de los barcos a causa de los taponamientos por bancos de arena.
Se interesa por analizar el gobierno de las misiones jesuíticas y aprovecha para criticar la actuación de sus religiosos, así como la falta de supervisión sobre su exceso de autoridad en las poblaciones que controlan debido a que los gobernadores pueden ser comprados a cambio de importantes sumas de metálico.
«Es así como Su Magestad es servida en las Indias, donde el interés particular siempre es preferido al servicio del rey».
46 Declara que mientras estuvo en Buenos Aires siempre encontró en los gobernadores un obstáculo para desempeñar sus funciones y bajo el pretexto de ser jueces conservadores de los intereses de la compañía, se informaban de todo lo que pasaba con las ventas de negros y la compra de cueros, «en fin uno puede definir los gobernadores de este país como tiranos y los habitantes como esclavos...».
Elogia la docilidad de los pobladores del territorio americano que -con una afirmación tópica-aman a su rey aunque odien al gobierno.
Uno de los objetivos de su exposición es informar sobre los defectos estratégicos de los territorios del Río de la Plata.
Con el propósito de mejorar la situación, propone la construcción de un sistema defensivo en los territorios de la Banda Oriental en el que participarían también franceses y concluye que El espíritu de esta Memoria, tanto en lo referido a los padres jesuitas como al establecimiento en la ribera del Uruguay es para dar una idea de la realidad de las cosas y si se pensara en realizar algún proyecto, podría dar los informes necesarios y las circunstancias para realizar su ejecución.
47 La integración de Buenos Aires en el sistema de la economía colonial española fue planteada por C. S. Assadourian en la década de los ochenta con estudios que continuarían luego, entre otros, E. Tandeter, J. C. Garavaglia, Gelman.
48 Esta región denominada «espacio peruano», estuvo centrada en la exportación de metales preciosos 49 y se extendió desde el alto Perú hasta Buenos Aires.
La articulación económica de este espacio se produjo con «El auge de la producción de plata que coincide con el proceso de ocupación del territorio en la región del Tucumán».
50 Para V. Miletich, con la fundación de Buenos Aires (definitiva en 1580) se desarrollaron dos ejes comerciales que influenciaron sobre la ciudad.
El primero fue la antigua ruta Potosí-Lima, que era la encargada de la circulación legal de importaciones y exportaciones, y el segundo era la de Potosí-Buenos Aires, que se caracterizaba por incluir el comercio semiclandestino y clandestino; de esta manera: «El puerto de Buenos Aires se integró pronto en una vía comercial alternativa que vinculaba el Alto Perú con Brasil y Europa».
51 Si bien a comienzos del siglo XVIII Buenos Aires no tiene la importancia que luego la caracteriza como capital del virreinato, la región atravesaba una buena época.
La ciudad contaba con unos 7000 habitantes y una economía próspera ya que no sólo articulaba mercados distantes sino que además producía bienes exportables tanto en dirección al Atlántico como de los mercados interiores.
52 La primera instalación de los portugueses en la Banda Oriental desde 1680-1683 en la Colonia de Sacramento 53 configuraba un complejo portuario que la geografía favorecía tanto como las necesidades operativas del contrabando.
En su momento de máximo funcionamiento estaría conformado por Buenos Aires, Colonia y Montevideo, la Ensenada de Barragán al sur de Buenos Aires y un número imposible de definir de embarcaderos clandestinos sobre la costa de Buenos Aires.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.04 Buenos Aires aprovecha la recuperación de Colonia para solicitar excepciones y plantea quejas ante el gobernador en el cabildo del 27 de noviembre de 1705 poniendo de relieve la desgracia que sigue a los habitantes de esta ciudad y provincia desde su fundacion pues mereciendo todos los puertos de esta America el general comercio con España se limita a este puerto a los navios de registro que regularmente suelen venir de seis en seis años.
55 En los tratados de paz de Utrecht.
Gran Bretaña cumplía con algunos de sus objetivos principales al participar del conflicto bélico: abatir a Francia, evitar la unión franco-española, profundizar el retroceso de la Monarquía de España y obtener beneficios comerciales en sus posesiones americanas.
Tal como lo expresa el Auto correspondiente, las relaciones con los portugueses quedaban interrumpidas y que pena de la vida no se tenga trato ni contrato ni se le vendan caballos a la nación Portuguesa y haviéndose oído y entendido por este Cabildo, unánimes y conformes, dijeron que se debe representar a Su Señoria que la pocesión que se diere de la dicha Colonia y territorio sea y se entienda devajo de los limites con que lo poseyó antes de esta ultima Guerra la Magestad portuguesa por prebenirse así en el Capitulo quinto de los tratados de la Paz que se han hecho notorios sin permitir exedan un punto dellos para lo que debe su Señoria poner los medios que paresiese ser conbeniente.
57 En compensación, Portugal devolvía algunas plazas en la Península pero, al mismo tiempo, creaba la gobernación de San Pablo para avanzar sobre la Banda Oriental.
58 Desde la firma del tratado de Methuen en 1703, en un contexto de creciente predominio marítimo y colonial de Gran Bretaña, en cada crisis Portugal aparecía junto a ella y España del lado de Francia aunque con intereses propios también, este juego [...] tuvo importantes efectos sobre el funcionamiento institucional de toda América hispano-lusitana, no fueron la causa de su evolución interna pero le afectaron las decisiones cuya aplicación sobre el terreno debían negociarse con las fuerza locales.
III, 350 y ss., Auto del gobernador que ordena la entrega de la Colonia de Sacramento a la Corona de Portugal en cumplimiento de la Real Cédula de 26 de julio de 1715.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.04 Es interesante comprobar que tanto argentinos como uruguayos representaron el Río de la Plata como una frontera internacional mucho antes de que esta existiera en la realidad de los tratados internacionales.
Como es sabido, el Río de la Plata se transformó en la frontera entre dos estados al fin de la guerra que opuso a las Provincias Unidas del Río de la Plata y al Imperio del Brasil entre 1824 y 1828 cuando nació la República Oriental del Uruguay.
60 Los intereses comerciales de los extranjeros encontraron caminos pacíficos de realización gracias a la activa colaboración de las élites locales.
Sólo cuando estos caminos estuvieran o parecieran estar bloqueados franceses e ingleses pensarían en conquistar militarmente la región del Río de la Plata.
En cuanto a los ingleses entre 1715 y 1739 pudieron combinar su presencia posibilitada por el Tratado de Asiento, con la presencia lusa en la Banda Oriental.
Los Tratados de Paz y Amistad entre las Coronas de España y Gran Bretaña firmados en marzo y abril de 1713 concedieron el Asiento de negros por 30 años a la última.
La cuestión del Río de la Plata fue uno de los elementos que complicaron el fin formal de la guerra.
Entre las condiciones de los tratados firmados se reemplazó a la Compañía de Guinea francesa por la South Sea Company que recibió el monopolio esclavista y concedió a Buenos Aires la calidad de puerto habilitado para el comercio.
Los registros del tráfico esclavista no permiten una estimación precisa por la existencia de prácticas de contrabando, aunque testimonios indirectos indican que fue significativo.
Buenos Aires para muchos esclavos era sólo una etapa en el camino hacia el destino previsto: Santa Fe, Corrientes, Misiones, Tucumán, Córdoba, Salta, Catamarca, Potosí, Asunción, Santiago de Chile, Valparaíso y El Callao.
61 Colonia abastecía gran número de esclavos a Buenos Aires; en las costas de Rocha se introducían de contrabando ya que la vasta superficie a cubrir no permitía tener un control en toda su extensión.
El Asiento dio un acceso indirecto al mercado peruano a los comerciantes primero y a los ingleses después de 1713 no sólo a través de Buenos Aires sino también de Portobelo y Cartagena.
En estos puertos la presencia legítima de navíos que transportaban esclavos escondía el contrabando bajo un manto de legalidad.
A fines del siglo XVI ya era evidente la entrada tanto legal como ilegal por el puerto de Buenos Aires de grandes cantidades de esclavos y productos europeos.
La Corona permitió a partir de 1602 comerciar con Brasil por medio de permisos especiales.
Estos permisos fueron comprados por los portugueses residentes en Buenos Aires, dándose comienzo a un intenso tráfico ilegal, tanto en los navíos de permiso como en los de «arribadas forzosas».
La necesidad de mano de obra promovió la introducción de un sistema esclavista que se desarrolló en este caso sobre la base de la importación de pobladores africanos.
62 El Asiento establecido con la South Sea Company determinaba que en Buenos Aires -una de las seis factorías permitidas-se autorizaba la venta de 1.200 negros al año (800 para Argentina y 400 para Chile) y una factoría en el territorio que concedía España para alojar y refrescar los esclavos.
La reglamentación pretendía cautelar cualquier intento de los asentistas de dedicarse a prácticas que se consideren ilícitas.
La Compañía era una sociedad mixta en las que los gobiernos de España y Gran Bretaña tendrían conjuntamente el 50 % de los beneficios.
En el caso de que estallara una guerra entre ambos firmantes el tratado se suspendería.
Teniendo en cuenta que las anteriores compañías no habían sido rentables, se concedía como compensación a posibles pérdidas un navío de permiso de 500 toneladas por cada año que podría comerciar con las Indias sin intentar comercio ilícito directa o indirectamente.
63 Si el asiento de negros siempre había sido un foco de contrabando, el navío de permiso superaría cualquiera situación previa.
El verdadero objetivo de la South Sea Company era el comercio y el contrabando para lo cual los esclavos eran sólo un subterfugio legal.
Las confusiones en la aplicación del tratado llevaron en mayo de 1716 a la firma de una Convención para explicar los artículos del asiento.
En contraposición a los perjuicios para la Hacienda Real, la Compañía prestaba algunos servicios a la Corona.
La correspondencia desde Buenos Aires salía en algunas oportunidades en sus barcos ante la falta de navíos oficiales.
Por otra parte, su establecimiento en Buenos Aires promovió la creación de empleos y actividades comerciales y financieras.
A pesar de los intereses comunes con muchos criollos, los ingleses en Buenos Aires no dejaban de despertar sospechas por sus 62 Mallo, 2004, 23 y ss.
A pesar de que el Río de la Plata no fue teatro de operaciones de guerra entre España y Gran Bretaña durante el siglo XVIII, la región tuvo su propia fuente de conflictos desde que en 1680 los portugueses comienzan su política de expansión territorial para extender sus dominios hasta el Río de la Plata.
De estos conflictos interesa destacar dos aspectos: el primero -tal como se adelantó-es que desde fines del XVII el Río de la Plata estará siempre presente entre las preocupaciones de la Corona y en los tratados.
El segundo es que -salvo en la expedición 1776-1777 para poner fin a la cuestión portuguesa-los gobernadores de Buenos Aires debieron emprender las acciones bélicas contando mayoritariamente con las fuerzas que pudieran movilizar en la región.
Cada vez que el rey entraba en guerra, dependía de la fidelidad de sus súbditos rioplatenses para mantener su dominio en el Río de la Plata.
Fuera de los pocos soldados del fuerte, el mayor peso cae en los indios de las misiones de Paraguay conducidos por los jesuitas y sobre las milicias urbanas.
Esta situación no pudo dejar de tener efecto en el refuerzo del poder local, al mismo tiempo que alentar temores por los actores movilizados A propósito del siglo XVII, algunos autores han afirmado que hacia fines del siglo, la América española vivía bajo un poder real que estaba en su punto más bajo y que la separación no se produjo tan sólo porque los americanos no tuvieron la intención de hacerlo.
Esta -que F. Muro Romero describió como «emancipación informal»-está hoy cuestionada por otros especialistas.
64 El cuestionamiento no proviene de la visión de la existencia de un vínculo colonial sino de los nuevos aportes en torno al Antiguo Régimen en el mundo ibérico que señalan que América perteneció a la Corona de Castilla en tanto esta logró generar y mantener el consenso de las élites americanas al pacto de sujeción.
65 Z. Moutoukias 66 en sus estudios sobre el comercio de Buenos Aires entre 1648 y 1702 y entre 1760 y 1796, así como sobre la corrupción administrativa y las redes de relaciones interpersonales en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XVIII, concluyó que desde la segunda mitad del siglo XVII, las prácticas asociadas al comercio ilegal y los beneficios que este procuraba a los comerciantes europeos alimentaron un tráfico que 64 Jumar, 2004a, 214 y ss.
Por otra parte, hacia 1680 la ruta del Río de la Plata cobró un mayor auge, y en los primeros años del siglo XVIII se produjo un boom exportador de cueros.
67 En los primeros años del siglo XVIII, el cabildo de Buenos Aires no sólo juró fidelidad a Felipe V sino que aceptó las autoridades nombradas por él, colaboró con la expulsión de los portugueses de la Banda Oriental dispuesta por Real Cédula de 1703 y se esforzó para recaudar una contribución para colaborar con la guerra o se sometió a una visita general enviada en 1712.
Todo, en un momento en que el rey, tenía pocas posibilidades de imponer su voluntad.
Una explicación posible -planteada por F. Jumar-es que Buenos Aires tuvo la voluntad de hacerlo y lo realizó a cambio de un precio.
En este caso, sería la apertura del Río de la Plata al comercio francés, conjugando objetivos franceses anteriores a la muerte de Carlos II con las ventajas que la alianza francesa prometía a los habitantes del Río de la Plata.
68 En este sentido, deben considerarse los antecedentes y las consecuencias de la adhesión analizando el juego de intereses, consenso y convención que la explican.
El primer elemento es la preeminencia adquirida por el comercio francés en la carrera de Indias.
Los mercaderes franceses tenían participación en los puertos de Andalucía, en flotas y galeones así como en los navíos aislados que participaban en el comercio del Río de la Plata por medio de licencias especiales (navíos de registro).
69 En segundo lugar, los franceses intentaron reducir sus costos de transacción recurriendo al comercio directo considerado una especialidad bretona intensificada en el último tercio siglo XVII.
Estas «arribadas forzosas» se incrementaron durante la guerra en gran parte por la Real Cédula del 19 de enero de 1701 que permitía que los barcos franceses entraran en los puertos españoles en caso de necesidad.
70 Sin embargo, parece que los mayores esfuerzos estuvieron dirigidos a aprovechar la reciente instalación de los portugueses en la Banda Oriental y a obtener el apoyo de los gober-67 Jumar, 2008a.
Si bien la presencia francesa es la menos importante, hay que tener en cuenta que también intentó participar a través de la Colonia del Sacramento.
71 Pero los franceses no siempre apostaron a las vías pacíficas para comerciar en el Río de la Plata.
El plan más completo para conquistar Buenos Aires está compuesto por un grupo de tres Mémories sur les moyens d'établir le comerce direct aux Indes Espagnoles, principalement par Buenos Aires dont on donne la description.
72 La guerra causó serios trastornos en el contrabando.
Desde que se establecieron los portugueses en la Banda Oriental habían perdido sentido las «arribadas maliciosas».
Por esta razón los comerciantes de Buenos Aires apoyaron que los portugueses fueran expulsados de Colonia en mayo de 1705.
Debía tratarse de una situación conflictiva y amenazante en la región a juzgar por el pedido del cabildo al gobernador el 2 de noviembre de 1704, al tomar conocimiento de que quiere ir personalmente a realizar la campaña.
Los capitulares argumentan sobre la necesidad de que delegue esa función por estar esa ciudad y provincia amenazada de enemigos de Europa como son ingleses y holandeses y ser ligados con el portugues y ser esta plaza una de las llaves de la America muy necesaria en ella la asistencia de su señoria [el gobernador] para su total defensa en caso de que vengan [...] y que de faltar su señoría esta plaza fuera un total desconsuelo.
73 El gobernador Alonso Juan de Valdés e Inclán informa luego en una carta al rey sobre el desalojo de los portugueses de la Colonia el Sacramento y le solicita que tenga en cuenta el esfuerzo realizado por los vecinos de Buenos Aires que han calificado en todas ocasiones y con especialidad en esta la lealtad con que sacrifican gustosos sus vidas y haciendas al servicio de Vuestra Magestad cuya Católica Real Persona ruego a Nuestro Señor guarde triunfante de sus enemigos.
74 Esta expulsión de los portugueses pondría fin a la primera experiencia de un complejo portuario asentado en ambas márgenes del río.
Los contactos directos con España se vieron interrumpidos durante diez años, pero, el comercio francés logró imponerse para establecer en el Río de la Plata el 71 En 1691 el embajador francés en Lisboa recibe instrucciones para convencer a los portugueses sobre las ventajas que obtendrían si permitieran que los franceses participaran en el comercio de Colonia del Sacramento, beneficiando a la aduana de Lisboa las sumas por los bienes que circulasen con destino a Buenos Aires.
75 Todo funcionaba según una rutina que permitía establecer sólidos vínculos con las ciudades del interior: transportar los metales desde Potosí y Chile, obtener cueros en las campañas vecinas, intercambiar todo contra los bienes aportados por los navíos llegados al Río de la Plata, expedir esos bienes a los mercados interiores para recomenzar el ciclo y la posibilidad de invertir las ganancias -por ejemplo-comprando un puesto perpetuo en el cabildo.
76 Al instalarse los portugueses en la Banda Oriental, los porteños pensaron en las ventajas de su presencia por la reducción de costos, la inclusión del crédito en las operaciones de contrabando y sobre todo, la minimización de riesgos.
Sin embargo, no se dieron cuenta de que los portugueses no solo querían ser intermediarios entre el Río de la Plata y los mercados exteriores sino que también tenían aspiraciones para extender su ocupación en la Banda Oriental y desde 1690 emprender la explotación del ganado cimarrón.
Las quejas del cabildo de Buenos Aires son constantes y entre las acusaciones aparecen casos de connivencias de portugueses con sus propios vecinos.
77 Las cuestiones analizadas pueden explicar algunos de los motivos que inclinaron a los vecinos de Buenos Aires a aceptar la sucesión al trono tal como la había dejado establecida Carlos II en su testamento.
En esta actitud la fidelidad está unida a la conveniencia motivada por intereses derivados de la específica situación local.
La expectativa por los beneficios con el comercio francés no era la única ventaja ya que los poderosos locales ampliaron su poder por la alianza con la nueva dinastía.
El gobernador Manuel de Prado Maldonado (1700-1702) puso en ejecución una Real Cédula de 1695 por la cual el cabildo local pasaría a tener seis regidores propietarios.
Esta disposición había sido eludida por el gobernador anterior para no fortalecer el cuerpo.
El nuevo sistema del cabildo sería el que juraría fidelidad a Felipe V.
76 En el año 1978 publicó en inglés su libro sobre los comerciantes del Buenos Aires virreinal en el que indagó sobre las características de sus familias, status y las vías de movilidad social.
Esta obra contribuyó a definir un grupo social con perfiles definidos y fue continuada por investigaciones que completaron el conocimiento de este y otros grupos sociales.
77 El auxilio prestado por la ciudad durante el conflicto sería recordado en todo momento.
Ante el pedido de un donativo «general el mas cuantioso y pronto que piden las estrecheces y urgencias presentes» a «los que son miembros de un mismo cuerpo», por parte del rey -basado en las necesidades de la guerra-, en el cabildo del 4 de febrero de 1707 se recuerda Cuan presentes tiene esta ciudad con ser la mas remota deste occidente la real y benigna confianza de SM con la obligación de sacrificar las haciendas y vidas de sus habitantes en cualquier urgencia [...] sin que la distancia impidale servir con las personas igualmente a los que merecen hallarse en la Europa porque siendo parte tan principal de la monarquia estas Indias y de ellas esta ciudad la puerta capital, todas las veces por defenderla de sus enemigos han expuesto sus vidas en todas ocasiones y principalmente en el glorioso reinado de SM.
78 Como se puede comprobar, los portugueses no eran la única fuente de inquietud sino uno de los factores que podría perturbar la actividad ganadera de un grupo relativamente reducido de grandes explotadores.
En el cabildo del 24 de noviembre de 1714 se entregan instrucciones a los capitanes Bartolomé de Aldunate y Rada y Francisco de Uria para que fueran apoderados ante la corte si fuera necesario para evitar el perjuicio de Buenos Aires ante la llegada de barcos de registro que traen cédulas para poder ajustar precios en la corambre libremente con los vecinos accioneros.
Se solicita que «no se otorguen más cédulas a particulares sino una a la ciudad».
No consiguieron establecer mecanismos que les garantizaran resultados duraderos pues en el cabildo del 15 de febrero de 1717 se ponen en conocimiento del cuerpo dos Reales Cédulas: una es la ya mencionada sobre la distinción a la ciudad y la otra «para que el cabildo sea el único a quien competa abrir y ajustar los precios» de los cueros con los capitanes y dueños de los navíos de registro».
81 La preocupación por estos temas era recurrente ya que se trataba de cuestiones fundamentales para el bienestar de la ciudad pues Con la seca y falta de pluvias en estos últimos años ha muerto tanto ganado que los caminantes no hallan una vaca que comer ni los vecinos de esta dicha ciudad con que poder hacer un poco de grasa y sebo para comer y alumbrarse y lo que mas es de que poder hacer un cuero que vender para vestirse que es el único fruto que hay en este país de que poderse valer.
82 * * * Los tratados de Utrecht supusieron un cambio importante en la región rioplatense ya que impactaron en los conflictos geopolíticos y comerciales dentro una zona de creciente importancia estratégica.
Partiendo de la aceptación de que las condiciones internacionales son fundamentales para comprender la situación rioplatense, es posible sostener también que el análisis sobre los efectos causados por la paz de Utrecht en la región, pueden contribuir a esclarecer algunos problemas planteados en contextos más amplios.
Entre fines del siglo XVII y comienzos del XVIII la ciudad de Buenos Aires fue un bastión militar menor con soldados generalmente mal paga-81 AGN-AECBA, Serie II, t.
Instrucciones de 29 de noviembre en función de lo resuelto en el cabildo de 24 de noviembre de 1714.
La Corona consideraba la ciudad y las regiones circundantes importantes sólo por la proximidad estratégica de la presencia portuguesa.
Si bien el puerto de Buenos Aires era uno de los más alejados de las regiones de mayor concentración de poder político, a lo largo del siglo XVIII se convirtió en uno de los escenarios más frecuentados por las flotas inglesa y portuguesa que introducían sus mercancías sorteando las prohibiciones que la Corona y la legislación imponían.
83 A través de Buenos Aires se intercambiaban mercaderías europeas y se realizaba una venta ilícita de productos agropecuarios que ofrecía la campaña rioplatense, en particular cueros, y tasajo a cambio de aguardiente, azúcar, telas y tejidos y en particular, esclavos.
84 ¿Podría considerarse el contrabando como un precio pagado por el rey para que los súbditos del Río de la Plata mantuvieran su soberanía evitando que sus territorios cayeran en manos de otro rey?
Un precio que Felipe V pagaba no sólo a su abuelo por el apoyo que recibía, sino además a los americanos que podrían haber optado por el archiduque o mantenerse a la expectativa.
85 La guerra de Sucesión resultó un medio útil para la consolidación y aprovechamiento de prácticas previas que beneficiaban los intereses locales en el contexto de un espacio acuático y terreno en el que ambas orillas del río estaban altamente integradas y cuya historia es imposible separar, excepto en función de los intereses de las memorias nacionales.
86 En el ámbito internacional los tratados de Utrecht pretendieron garantizar la seguridad y libertades de Europa que se suponían amenazadas ante la posibilidad de la unión de España y Francia, pero al mismo tiempo, eran un intento para superar los escollos que presentaban estas dos potencias para la política de Gran Bretaña en América.
El equilibrio europeo y el balance de poderes eran en realidad, un sistema que ponía las bases para el crecimiento del imperio británico, era la forma de intentar neutralizar la Europa continental, mientras la flota inglesa garantizaba el domino de los mares para construir un imperio colonial. |
Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto de investigación Global Net financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (HAR2011-27694).
En una estampa impresa publicada en 1702, Romeyn de Hooghe describía de forma satírica una alegoría de la sucesión de la Corona española tras la muerte de Carlos II.
1 Hooghe reutilizó una estampa anterior grabada en 1689 que representaba las relaciones entre Luis XIV y Jacobo II Estuardo.
El grabado ilustra la triste e incierta situación de las Provincias Unidas, una república mercantil en el centro de luchas dinásticas.
Poco antes, en 1701, una obra difundida en las provincias marítimas neerlandesas titulada Histoire Abregée des Provinces-Unies des Païs-Bas, où l'on voi leurs progres, leurs conquêtes, leur Gouvernement, et celui de Leurs Compagnies en Orient en Occident había reconocido al nieto de Luis XIV como rey de España.
2 Sin embargo, en 1702 y acatando la decisión de la Gran Alianza de La Haya, que había sido formada oficialmente el 7 de septiembre de 1701 con Inglaterra y Austria, la República Holandesa declaró la guerra para destronar a Felipe V.
¿Cuáles podían ser las razones de esta toma de partido por parte de los Estados Generales ante la guerra que se avecinaba en Europa?
Y ¿qué consecuencias trajo para la posición de Holanda en el mapa global de las relaciones políticas y coloniales?
En parte, los orígenes de esta actitud hay que buscarlos en la evolución de las relaciones anglo-neerlandesas durante gran parte de la segunda mitad del siglo XVII y especialmente desde el tratado de Breda de 1667.
Este tratado dio por terminada la Segunda guerra anglo-holandesa (1665-1667) al tiempo que el ejército francés comenzaba a invadir los Países Bajos españoles.
A pesar de que en las últimas fases de la guerra habían prevalecido las armadas neerlandesas, con el almirante De Ruyter al mando de ellas, la República Holandesa se vio forzada a intercambiar su colonia norteamericana (Nieuw-Nederland) por Surinam.
A cambio Inglaterra dejaba sin efecto el Acta de Navegación (1651) que había perjudicado seriamente a los mercaderes neerlandeses en su comercio atlántico.
Esta paz aparentemente favorable a los neerlandeses en su dominio marítimo derivó en otra guerra anglo-holandesa (1672-1674) que finalmente obligó a Holanda a formar parte de la Triple Alianza, una entente destinada a crear una ruptura entre holandeses y franceses, dos antiguos aliados.
3 Era evidente que Inglaterra y Holanda competían entre sí en los mismos mares, en ocasiones con una clara supremacía naval holandesa, como se demostró en la Batalla de Medway.
Sin embargo, ambas tenían también una aversión común: el incipiente poder francés en Europa y en el mundo atlántico.
Además, la República Holandesa falló en construir una auténtica flota de guerra como la que tenía Inglaterra, por lo que estos triunfos navales empezaron a constituir casi un menoscabo cada vez mayor para su flota comercial y las de las compañías de monopolio.
4 Problemas internos acuciaban también a la situación de las Provincias Unidas en el sistema internacional existente en Europa después de los tratados de Munster, y que continuaría siendo un inconveniente para los holandeses a lo largo del siglo XVIII.
Influencias domésticas y externas impedían una efectiva centralización de los poderes y la toma de decisiones se hacía compleja.
Existía una falta de «effective policy-making», 5 al ser los Estados Generales una institución intergubernamental que reforzaba la fragmentación de los poderes.
6 Según Rommelse, Guillermo III de Orange (1650-1702), estatúder de las Provincias Unidas y rey de Inglaterra, fue quien intentó resolver este problema combinando los poderes marítimos de Holanda e Inglaterra contra la política expansiva de Luis XIV.
7 El inicio de la guerra coincidió con una nueva etapa política en Holanda, caracterizada por una cierta neutralidad durante el régimen denominado «sin estatúder» (1702-1747), así como una alianza entre la Casa de Hannover y la Casa de Orange que sería larga y compleja durante el resto del siglo XVIII.
Hasta la muerte de Anthonie Heinsius y el nombramiento de Isaäc van Hoornbeck (1720-1727) como pensionario, la República Holandesa mostró una postura aparentemente neutral, aunque se inició una negociación para la entrada de Holanda en la Cuádruple Alianza.
Es probable que esta contradicción se explique por la propia naturaleza de representación política de una república donde, a veces, los miembros de los concejos municipales y los estadistas de los Estados Generales tenían diferentes objetivos.
Mientras los miembros del «Vroedschap» 8 reclamaban que «Het doel van de Republiek was vrede» (el objetivo de la República 4 Jones, 1988, 18-32.
6 Una accesible y clara explicación en castellano de esta compleja estructura, poco conocida por cierto para el lector español, puede leerse en: Herrero Sánchez, 1999, 17-21.
8 El término «Vroedschap» se usaba para denominar al Concejo municipal en la República Holandesa.
Estaba integrado por mercaderes aristócratas que eran conocidos como «vroedsman» que significaba «hombre sabio».
El clásico trabajo de Elias, que describe estas instituciones (editado en 1963) puede consultarse ahora en internet: http://www.historici.nl/resources/de-vroedschap-vanamsterdam-1578-1795 (consultado en marzo y junio de 2014).
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.05 fue la paz), otros fueron activos oponentes al expansionismo francés, como el propio Heinsius, el pensionario que apoyó la alianza de Guillermo III con Inglaterra en contra de Francia.
9 La historiografía holandesa sobre la guerra de Sucesión apenas ha insistido directamente en las consecuencias que esta guerra y los tratados de Utrecht tuvieron para las relaciones neerlandesas con América o para su comercio atlántico.
Desde este punto de vista se ha entendido que la República Holandesa parecía haber perdido ya su batalla imperial en el Nuevo Mundo, al igual que en Europa pasaba a constituir lo que se ha llamado potencia de «segunda fila».10 En América, los dominios territoriales holandeses estaban ya, aunque dinámicos desde el punto de vista comercial y de la productividad en las plantaciones, reducidos a unos enclaves marginales en el centro de la lucha de España con Inglaterra y Francia.
No obstante, los holandeses continuaron desarrollando un activo comercio con las islas del Caribe desde sus propias islas en las Antillas (especialmente desde Curaçao y St. Eustaquio), y también con la América hispana, economía caracterizada por la extensión de sus redes de contrabando y sus provisiones de capital y fletes para el comercio de otras naciones.
De hecho, es sorprendente cómo recientemente se ha subrayado que la América holandesa fue más importante desde el punto de vista económico de lo que anteriormente se ha dicho.
11 No obstante, el marco temporal que va desde las guerras con Francia y el año de 1713 condicionó la situación de Holanda para el resto del siglo XVIII, al decantarse los Estados Generales por una política exterior a favor de Inglaterra y del imperio.
A lo largo de la nueva centuria, si la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la VOC en sus siglas en neerlandés) aún conocerá una importante etapa de expansión hasta 1730 condicionada por un importante aumento de la demanda europea de productos asiáticos, principalmente textiles, té y café, la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (la WIC) iba a tener que centrarse en el comercio de esclavos entre África y Surinam, las Antillas y otras colonias del Caribe, aunque, por supuesto nunca llegó a ser la potente máquina de comercio y guerra que fue la VOC.
12 Desde el punto de vista político, y en líneas generales, puede decirse que la historiografía neerlandesa sobre los tratados de Utrecht da mayor relevancia a los conflictos territoriales y a las implicaciones políticas a nivel interno.
Uno de los temas más relevantes fue la presión que las guerras con Francia habían hecho sobre las fronteras del sur de los Países Bajos españoles que dieron lugar más tarde a los denominados tratados de la Barrera y cuyas negociaciones estaban muy presentes a lo largo de toda la guerra de Sucesión española.
13 Algunos estadistas holandeses aún contemplaban el problema de cómo la guerra afectó a Holanda desde la perspectiva de las guerras de religión, como el propio Johan Aalbers lo afirmó en su clásico trabajo de 1980.
14 De hecho una de las materializaciones de esta cuestión estaba fuertemente relacionada con la propia política de Guillermo de Orange cuando, tras su matrimonio con la hija de James II de Inglaterra, Mary Stuart, destronó a su suegro ante la perspectiva de una vuelta de Inglaterra al catolicismo en 1689.
En 1690 Guillermo desarmó también a los correligionarios de James II en Irlanda.
15 Asimismo, estos períodos bélicos habían supuesto fuertes problemas financieros para los Estados Generales, tema que también ha sido muy tratado por la historiografía neerlandesa de este período.
16 A pesar de ello los recursos que implicaban el imperio español eran evidentes en la propia época, especialmente el asiento de negros, privilegio que otorgaba además muchos derechos comerciales adicionales y que en el tiempo de Carlos II estaba controlado por un consorcio portugués y holandés.
El acceso de los ministros franceses a la Corte de España en 1700 hizo que este control se rompiera.
No cabe duda de que, al principio de la guerra de Sucesión a la Corona española, los Estados Generales y las provincias marítimas tuvieron un papel determinante en la iniciativa por declarar el conflicto armado contra Francia y en unión de su competidora y aliada, Inglaterra.
La alianza angloholandesa se consolidó durante la política exterior llevada a cabo por el propio rey-estatúder, Guillermo de Orange, y su ministro, el duque de Portland.
15 Período conocido como la «Glorious Revolution».
18 Poco tiempo antes un «Manifest houdende de redenen» reflejaba cómo el plan de la guerra contra la candidatura Borbón al trono de la Monarquía Hispánica no era más que la culminación de un proyecto antifrancés gestado desde que en 1678 se firmara la paz entre Inglaterra y las Provincias Unidas, proyecto, por cierto, muy relacionado con los trágicos acontecimientos de 1672 que habían provocado la muerte del anterior pensionario Johan de Witt.
19 La actuación del rey-estatúder en esta paz con Inglaterra y en los posteriores tratados así como en los denominados tratados de reparto de la Monarquía fue decisiva para el inicio de la guerra de Sucesión española.
En uno de estos tratados de reparto se confirmaba la pertenencia de las Indias españolas al hijo del elector de Baviera, mientras el hijo de Luis XIV se quedaba con Nápoles y Sicilia y el archiduque Carlos obtendría el Milanesado.
20 El fallecimiento del príncipe de Baviera y la retirada del rey de Francia de los acuerdos para el reparto de la Monarquía Hispánica no fue aprobada por el Parlamento inglés, firmándose secretamente en La Haya una alianza ofensiva y defensiva entre Inglaterra y las Provincias Unidas.
21 Los tratados de partición fueron inspirados por el deseo de mantener la paz en Europa y evitar que la Monarquía Hispánica fuera poderosa.
Como ha señalado David Onnekink, el papel del duque de Portland, enviado del rey-estatúder a las negociaciones en Francia, fue decisivo a pesar de la clara animadversión que sufría por parte de los parlamentarios ingleses, pero era fundamental que Francia no conquistase España y sus colonias.
Jonathan Swift alabo el papel de Portland en estas negociaciones y Daniel Defoe en su «Legion 's Memorial» (1701) defendía los tratados de partición.
A pesar de todo fueron uno de los «non-events» más importantes en la diplomacia europea del momento y los estadistas del período difieren si hubiesen supuesto o no un problema para la balanza de poder en Europa a favor de Francia o Inglaterra.
22 Así, las rivalidades franco-austriacas se habían aplacado momentáneamente en los tratados de Westfalia, Pirineos, Aquisgrán y Nimega.
Pero estos acuerdos habían dado una clara superioridad a Francia.
Además del problema colonial, evidente desde el primer momento, las naciones mercantiles se alarmaron de las intenciones del rey de Francia de unir esta corona con la de la Monarquía Hispánica.
A este problema hay que añadir que el rey de Francia reconoció como rey de Inglaterra al hijo del destronado Jacobo III Estuardo en oposición a lo acordado en el tratado de Rijswijk.
Portugal también temió por su independencia por lo que se unió al bloque austracista.
Los Estados Generales se mostraron favorables al grupo anglo-portugués.
Y a ello se añade otra importante razón: la oposición de Francia a mantener las fuerzas holandesas que guarnecían los Países Bajos meridionales en virtud de un tratado previo con Carlos II.
23 Una buena parte de las ideas anti-borbónicas de los aliados angloholandeses se distribuyeron en España en panfletos y memoriales, algunos de ellos quizás traducidos del neerlandés y que posteriormente fueron utilizados por la propaganda austracista española aliada del bloque que lideraba Inglaterra, Austria y Holanda.
El partido austracista español, como partidario de mantener la Casa de Habsburgo en la persona del Archiduque Carlos, favorable a la continuación del régimen foralista y descentralizado en reinos de la Monarquía y contrario al sistema borbónico francés, se valió de muchos de estos panfletos para apoyar su causa.
24 Hubo diversas razones de carácter político y económico que justificaban la actitud neerlandesa.
En primer lugar esto se explica por el nuevo contexto de los estados europeos para los que la generalizada explotación colonial era una cuestión de primera importancia.
Para las potencias marítimas, Inglaterra y Holanda, la existencia del viejo imperio español era un inconveniente.
Como afirma José Manuel de Bernardo, los holandeses a navegar hacia las Indias Orientales y Occidentales así como comerciar en ellas.
Grocio, que trabajó para la Cámara de Amsterdam de la VOC en 1609, era un apologista de la expansión holandesa pero también del libre acceso a los recursos coloniales por parte de las naciones.
26 Así, otra razón importante estaba en el temor de las provincias marítimas y de las elites mercantiles neerlandesas, a verse desplazados definitivamente de los circuitos coloniales y comerciales americanos por la creciente presencia francesa en los territorios hispanos.
El alza del precio de las acciones de la WIC en los inicios de la guerra es señal de que el público holandés veía sus intereses mejor servidos en guerra que en la paz borbónica.
27 Además, los estadistas franceses empezaron a adquirir una gran capacidad de influencia sobre las decisiones gubernamentales en España.
Los temores de los neerlandeses de verse totalmente desplazados de los mercados hispanos, sobre todo en relación al comercio atlántico y al mediterráneo tuvieron repercusión en la opinión pública española.
28 La inquietud de las casas de comercio holandesas por perder su fácil acceso al comercio hispano se aprecia también en la correspondencia diplomática.
No se puede olvidar que Holanda había sido una aliada de la Monarquía Hispánica en la segunda mitad del siglo XVII.
Los delegados holandeses en España preveían la guerra y dado el sentimiento de aversión anglo-holandés hacia el duque de Anjou, pretendieron abrir una especie de «causa común» con España agarrándose a los intereses comerciales mutuos.
Entonces, aún Holanda e Inglaterra formaban un frente unido con intereses comunes que tenía a España como enlace con el comercio hispanoamericano y con el Mediterráneo.
Por otra parte, en su correspondencia, el pensionario Anthonie Heinsius sí se muestra algo preocupado por la inseguridad en las ciudades portuarias, sobre todo en Cádiz y en el Estrecho de Gibraltar, por los problemas que ello traería al comercio mediterráneo.
29 Si estallaba una guerra tanto el comercio mediterráneo como el americano podrían resultar muy perjudicados.
Así lo pensaban muchos políticos influyentes de la época y muchos escritores políticos económicos, como Penso de la Vega, en su obra también conocida como «Confusión de confusiones».
30 Holandeses e ingleses se sintieron amenazados al ver como los negociantes franceses se introducían en el comercio americano.
Como recuerda Carmen Sanz Ayán: «Recordemos que la firma de la Alianza de La Haya y el traspaso del Asiento de Negros a comerciantes galos se produjo en el mismo mes: Septiembre de 1701».
31 Lo que impidió a los comerciantes de Curaçao hacer negocios como antes de la guerra fueron los corsarios franceses y los privilegios de estos rivales en la España colonial, lo que casi ahogaba el suministro de capital para los mercaderes holandeses y para los propios servidores de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (WIC).
32 Además, los corsarios ingleses enviados por el gobernador de Jamaica, resentidos por la continuidad del comercio holandés en los puertos de la América hispana, causaron estragos en el comercio en Curaçao hasta que en otoño de 1703 la reina Ana de Inglaterra dio licencia a sus súbditos para volver a comerciar con las Indias españolas.
33 A pesar de tales obstáculos, tanto la WIC como los contrabandistas que desafiaban el monopolio de la compañía en la trata de negros lograron colocar varios cargamentos de esclavos en Hispanoamérica.
En los últimos años de la guerra, la WIC incluso empleó a Jean Chourio, francés y factor general de los asientos en Cartagena de Indias, como intermediario en este comercio, aunque para entonces el comercio holandés de esclavos en Curaçao había recibido un golpe mortal.
En estas incidencias se aprecia cómo Inglaterra de paso que luchaba contra la competencia francesa en el comercio de esclavos en el Caribe desplazaba poco a poco a su competidora holandesa que a partir de entonces no volvió a alcanzar el control sobre el negocio de la trata, sobre todo con la América hispana.
34 La política del rey-estatúder era la de parar los pies de Luis XIV en el momento en que se hizo evidente su intención de hacerse con los territorios hispanos de América y el comercio colonial español.
Se ha afirmado que fue la competencia por el asiento de negros lo que llevó a Inglaterra a iniciar la guerra, pero los autores de este artículo creemos que hay algo más complejo aún detrás de todo eso, muy relacionado incluso con el papel de las redes de comerciantes judíos que se habían establecido en Amsterdam 31 Sanz Ayán, 2013, 197.
32 NA, Archivo de la Westindische Compagnie [Nieuwe West-Indische Compagnie, en adelante NWIC], 570, f.
34 Klooster, 1997, 121- y que no solo desarrollaban un activo comercio de esclavos y de azúcar en las colonias hispanas sino que fueron los principales financieros de los ejércitos del rey-estatúder durante sus guerra en Inglaterra, Francia y más tarde contra el establecimiento Borbón en España.
El principal objetivo de Guillermo III al apoyar al archiduque Carlos fue la obtención de importantes privilegios comerciales en la América hispana.
Su propuesta era formar una flota de guerra anglo-holandesa que hiciera de las colonias españolas una parte del reino del aspirante austracista.
Se esperaba del archiduque Carlos un libre comercio para ingleses y holandeses en las colonias así conquistadas.
Aunque hubo una variación de este plan que Anthonie Heinsius apoyaba en 1707, esta idea nunca estuvo cerca de convertirse en realidad.
35 A todo ello se suma el ambiente de la cultura política del momento basada en el pensamiento mercantilista y la importancia de la formación de mercados y del control sobre el comercio exterior de los países así como en la construcción de una economía de guerra naval basada en la existencia de una marina fuerte para la defensa de los intereses.
36 La idea de una marina mercante fuerte y la lucha por el predominio naval así como el control del comercio exterior fueron coordenadas ya utilizadas por los contemporáneos para justificar una imagen de identidad nacional o la búsqueda de ella.
37 Es por ello por lo que la importancia del control de los puertos aparece en esta correspondencia diplomática y comercial.
El comercio holandés en España y América durante la guerra
El cambio de postura de las potencias marítimas ante la «invasión» francesa de América fue decisivo para el destino de la República Holandesa en el mundo comercial hispano-americano y para su propia evolución colonial en general.
En 1692 las casas de comercio neerlandesas de Cádiz, muchas de ellas consignatarias de la Dirección para el comercio de Levante (Directeuren van de Levantse Handel), grupo elitista formado por compañías y mercaderes que regulaban la ruta entre Amsterdam y Cádiz desde 1625.
38 Durante la segunda mitad del siglo XVII el comercio de Cádiz había sido muy fructífero para los holandeses al estar fuertemente conectado a la carrera del Mediterráneo y con los negocios americanos.
Además contaban con la ayuda de los mercaderes flamencos, que actuaban como comisionistas coloniales suyos y consignatarios de los barcos del convoy que todos los años iba desde Amsterdam a Cádiz para luego bifurcarse en distintos destinos.
39 La Corona española, por instigación de la influencia de los ministros franceses en la corte, empezó a poner trabas a este comercio.
Se impuso la práctica del indulto, un impuesto arbitrario que dañaba al comercio holandés, al aproximarse la guerra.
En una carta de 9 de noviembre de 1692, el encargado de negocios de los Estados Generales en España, Francisco van Schonenberg, decía: «se hacía un gravamen muy considerable de estos súbditos, gravamen subido (al igual que con los ingleses) del 40 al 70% con los que estas dos naciones contribuyeron con sus indultos».
Y decía que no había derecho: «al ser Holanda e Inglaterra dos potencias muy unidas a España y con buenas relaciones».
40 Los Estados Generales, además, dirigieron también quejas sobre los graves perjuicios que derivaban a la «causa común» el permitir comercio entre Vizcaya y Francia: pues siendo el más sensible golpe que puede recibir el enemigo es el de la prohibición de los comercios, y por este medio reducirle a la razón y a una paz ventajosa y segura, se le franquean con el permiso y tolerancia de ellos, los que necesita para la continuación de la guerra y subsistir numerosos ejércitos y armadas que mantienen los aliados.
Por ello, el delegado holandés solicitaba al gobierno español: suspender o a lo menos estrechar, los comercios de Inglaterra y Holanda con Vizcaya, con fin de que los géneros que se envían para aquellas partes no sean introducidos en Francia y que con pretexto de venir los navíos de Vizcaya no introduzcan en Inglaterra y Holanda, los géneros y mercaderías que franceses tienen en sus dominios logrando por ese medio el consumo de sus frutos y fábricas y los retornos y caudales que de ellos producen, esperando que Su Majestad Católica por las referidas naciones y ellos por su parte, contribuirán lo que tanto conviene para la causa común, mayormente cuando se reconoce que Su Majestad británica y que los Estados Generales no tienen otro fin que aniquilar al enemigo común, no atendiendo a intereses particulares ni a de sus vasallos.
41 En 1702 el delegado de los negocios neerlandeses en España, Francisco de Schonenberg se marchó a Portugal, cuando la situación había cambiado totalmente a favor de la causa de Felipe V y había estallado una guerra con el levantamiento de Valencia y Cataluña.
Sin embargo, una de las bases más importantes del comercio holandés en el mundo hispano se realizaba desde la factoría de Cádiz.
La guerra afectó mucho a este comercio pero los mercaderes holandeses y flamencos, al igual que los de otra nacionalidad, desarrollaron mecanismos para superar algunos problemas.
Ello se explicaba, en parte, porque la ruta entre Amsterdam y Cádiz relacionaba conexiones entre el Báltico, norte de Europa, toda la zona escando-báltica, el Mediterráneo y los puertos del Levante oriental, un capítulo económico rentable para la República Holandesa.
Durante los años de la guerra de Sucesión se empezó a poner en práctica una práctica ilegal desde el punto de vista de las leyes de la Corona española pero que estaba aceptada por una especie de consenso social local ya que fue una estrategia muy usada por todos los comerciantes extranjeros, con la connivencia de los españoles, con el fin de poder seguir embarcando en las flotas americanas.
Esta estrategia consistía en la introducción de barcos holandeses como registros en las flotas de Indias destinadas a los puertos americanos.
Se inició en 1699, al menos que se tenga noticia documental, pero se convirtió en práctica habitual a partir de la firma del tratado de Utrecht en 1713 debido a la paulatina decadencia del comercio mediterráneo y el creciente protagonismo del interés por los mercados americanos a través de Cádiz.
42 No obstante, la guerra sí afectó negativamente a la navegación desde Holanda.
En la siguiente tabla se relaciona el número de barcos con bandera holandesa arribados al puerto de Cádiz entre el inicio de la guerra de Sucesión y el año 1778.
La guerra casi interrumpió este comercio marítimo aunque no del todo entre 1710 y 1720, cuando los consignatarios gaditanos tenían problemas para recibir en el puerto de Cádiz los buques fletados en Amsterdam.
Es paradójico el hecho de que fue precisamente a partir del triunfo del partido Tory en Inglaterra y el inicio de las conversaciones Las mismas tensiones podrían apreciarse en el comercio colonial directo de Holanda con el Caribe, que sufrió mucho a causa de los corsarios franceses e incluso ingleses durante la guerra.
Desde la década de 1660 se incrementa un floreciente comercio, casi siempre ilegal, entre la isla holandesa de Curaçao y las colonias españolas.
El mayor vínculo comercial era con la provincia de Caracas, a la sazón el mayor productor mundial de cacao.
45 Hay que añadir que, paradójicamente, este aumento temporal del comercio holandés en el Caribe se desarrolla de forma paralela al aumento del comercio flamenco y holandés desde Cádiz con América a partir de la década de 1720.
46 A pesar de los renovados esfuerzos por parte de las autoridades españolas coloniales de arrancar de raíz este contrabando holandés en la zona éste continuó en auge 43 Klooster, 1998 y Crespo Solana, 2010.
44 Crespo Solana, 2000, según fuentes de los documentos notariales de Cádiz y Amsterdam y listas del «Straatvaart», NA, Levantse Handel, 173.
Se combatió el contrabando en Venezuela registrando almacenes e incluso domicilios, y en 1728 se creó la Real Compañía Guipuzcoana, a cargo de los negociantes legales dedicados a la exportación desde Caracas pretendiendo así contrarrestar el comercio clandestino.
Debido a la eficacia de los navíos guardacostas, el comercio con Caracas disminuyó notablemente en los años de 1730.
Los corsarios de la zona y de la provincia de Cartagena alcanzaron gran éxito contra los holandeses al inicio de la posguerra, sólo para sufrir un revés durante el gobierno de Jorge Villalonga, primer virrey de Nueva Granada y él mismo activo contrabandista.
47 La actividad de los corsarios aprestados en puertos de la América hispana contra los navíos de Curaçao y contra buques transoceánicos de Amsterdam condujo, en 1737, a la introducción de un convoy anual desde Holanda a Curaçao.
48 De esta forma se protegían los intereses de la metrópolis holandesa contra lo que ellos veían como flagrante violación de los acuerdos de Utrecht.
Las consecuencias de los tratados de Utrecht para Holanda
Hoy sabemos que Inglaterra inició la guerra y que Inglaterra la terminó cuando logró una serie de objetivos importantes: el privilegio del asiento de negros con América y el navío de permiso, que significó una importante merma de control para la Corona española sobre su propio comercio colonial.
Puede decirse que el otro objetivo que Inglaterra logró durante la guerra de Sucesión y en los consecuentes tratados de paz y comercio fue desembarazarse de la competencia que la República Holandesa le hacía en el Atlántico hispano.
Desde el cambio político en Inglaterra, los intereses británicos empezaron a disociarse de los de los holandeses.
Ello era evidente incluso para los estadistas españoles que vieron como la ascensión al poder del partido Tory, propenso a la paz, hacía más fácil, a la vez que por miras de interés, no agradaba nada a la Inglaterra el incremento que la Holanda tomaba en el comercio que, en grande escala y a espaldas de la guerra, ejercía en diferentes puntos, a cual más interesante para los ingleses.
49 En los tratados de Utrecht, la República Holandesa logró al menos mantener algunos de los privilegios que tenía de acceso a los mercados hispanos, incluyendo americanos, y que se le había concedido ya anteriormente en el tratado de Münster.
Algunos de los artículos de los acuerdos hispano-neerlandeses en Utrecht los recogen expresamente.
50 Tras la guerra de Sucesión, Holanda firmó varios tratados con el resto de los contendientes.
El tratado firmado en Utrecht el 26 de junio de 1714 estipulaba claramente que los súbditos tanto del rey de España como de los Estados Generales no tenían derecho para armar buques ni obtener patentes de represalias contra las armadas de la otra nación «y menos turbarles ni hacerles daño en manera alguna en virtud de las tales comisiones ó patentes de represalias, ni ir en corso con ellas bajo pena de ser perseguidos y castigados como piratas».
51 Se declaraban nulas todas las patentes de represalias que unos y otros habían obtenido anteriormente y que habían derivado en muchos problemas sobre todo en el área del Caribe y Golfo de México.
Este artículo se inspiraba en los artículos 5 y 16 del tratado de Münster, afirmando que dichos artículos: «no tendrán su ejecución sino en lo que concierne solamente á las dos potencias contratantes [la República Holandesa y España] y a sus vasallos».
52 El artículo 20 permitía que los navíos de guerra podían acceder a las playas, ríos, radas y puertos libres y abiertos para entrar, salir y mantenerse al ancla todo el tiempo que necesiten sin poder ser visitados en su carga; con todo, deberán usar de este permiso con discreción y no dar motivo alguno de recelo por el gran número de buques, ni por otra cosa, á los gobernadores de las plazas y puertos a los cuales los capitanes de los dichos navíos darán parte de la causa de su arribada y detección.
Pero por lo que mira á los navíos mercantes de los súbditos del uno y del otro, les será permitido á los arrendadores ú oficiales de la aduana poner en ellos guardas luego que hayan entrado en los dichos puertos.
53 Esta normativa afectaba tanto al comercio en Cádiz como en los puertos americanos.
No obstante, muchos de los intereses coloniales holandeses seguirán siendo objeto de reivindicación como lo demuestra la tra ducción holandesa del The British Merchant.
En el contexto de la República Holandesa esta traducción se llevó a cabo con la idea de confrontar las opiniones de los autores del The British Merchant (Joshua Gee entre ellos) con algunos panfletos redactados entre 1727 y 1729 con motivo de las negociaciones para los tratados de Viena y Hanover (1725), en relación a la dimensión comercial de la guerra anglo-española y que también repercutieron en la abolición en 1731 de la Compañía de Ostende.
54 Lo que de alguna manera había abierto Utrecht fue la guerra política y comercial entre las grandes compañías de monopolio.
Holanda en América después de Utrecht: ¿un destino franqueado?
Francisco de Schonenbergh afirmaba, cuando se disponía a partir a su exilio portugués, que la guerra de la Sucesión de España tampoco dejaba a salvo al comercio neerlandés en la América española.
Afirmaba, en general, que «las cosas de España no están muy seguras para esta nación».
55 A pesar de su alianza con Inglaterra, la República Holandesa no salió tan bien restablecida de los tratados de Utrecht en materia comercial y colonial, sobre todo en lo que se refiere a sus relaciones, antaño favorables, con los territorios hispanos de América y a la pérdida del control sobre el comercio de esclavos que una vez llegaron a dominar.
La América holandesa, relegada a posiciones políticas y económicas marginales deberá buscar nuevas vías de beneficio comercial no siempre competitivas al nivel de lo que entonces se entendía por imperio atlántico.
En general, los tratados de Utrecht afectaron al comercio holandés de esclavos.
Está claro que las importaciones de esclavos africanos disminuyeron tras la guerra de Sucesión española (1701-1713), en cuyos años la colonia holandesa hizo de centro de tránsito para el asiento de negros de las colonias españolas por 54 Stapelbroeck, s.f.
Como el pilar fundamental del comercio en Curaçao siempre había sido este sórdido negocio, la WIC se aferró a él tras el final de la guerra.
Esta compañía siguió en tratos con Jean Chourio organizando el traslado de 88 negros africanos listos para ser desembarcados en La Guaira en septiembre de 1714.
Iban a bordo de un balandro de la compañía prestado al agente de Chourio que fue detenido y requisado por el gobernador de Caracas.
Poco después, la paz entre España en Inglaterra fue difundida junto con la noticia de que el rey de España prohibía a Chourio la introducción de más esclavos.
56 Así comenzó oficialmente el asiento de negros a manos de los ingleses.
Pero la WIC no se rindió ante los informes de que el nuevo asiento no era satisfactorio.
57 Pero Curaçao como escenario en el negocio de esclavos para la América española ya había visto caer el telón: es revelador que las autoridades coloniales de Elmina, factoría holandesa en la Costa Dorada africana, enviaran aviso en 1716 al consejo rector de la compañía de que no se debían enviar más esclavos a Curaçao ya que no se vendían.
Los nuevos envíos serían a Surinam.
Sólo en tiempos de conflictos bélicos hubo un resurgir de los cargamentos de negros a Curaçao.
Con todo, el negocio holandés de esclavos negros no remitió en términos generales aunque ahora su principal punto de venta sería Surinam junto con las otras colonias de plantación en la Guayana.
No se puede dar por terminado este capítulo sin describir otra de las herencias que la guerra de Sucesión española y el conflicto anglo-francés supuso para la América holandesa: los ataques perpetrados por corsarios franceses.
En octubre de 1708, corsarios franceses entraron a saco en la colonia holandesa de plantación Esequibo, entre Venezuela y Surinam, saqueando pueblos indios e incendiando plantaciones.
Para prevenir daños mayores, el comandante holandés capituló y se comprometió a pagar a los invasores 60.000 florines.
Una suma de tal magnitud en el XVIII se satisfizo principalmente con esclavos negros, carne y otras provisiones.
Cuatro meses después, otros corsarios franceses acabaron con la colonia saqueando y quemando las plantaciones que quedaban y robando los esclavos y los barriles de azúcar.
59 Estas acciones no fueron sino el preludio de varios estragos que causó el francés Jacques Cassard (1679-1740) en otras cuatro colonias holandesas.
Advenedizo en la armada francesa, Cassard cosechó enormes éxitos en forma de rescates por las colonias invadidas.
Al principio se centró en las colonias inglesas de Montserrat y Antigua, hasta que la paz firmada entre ingleses y franceses dejó a los holandeses como únicos enemigos en el Nuevo Mundo.
Tras un intento fallido de reducir Surinam, Cassard recaló en la Martinica, desde donde lanzó su segundo intento.
900 soldados y 150 saqueadores fueron desembarcados en el puerto de Paramaribo el 9 de octubre de 1712, las autoridades holandesas se vieron forzadas a rendirse y acordar un rescate de 622.800 florines o 747.350 libras, pagadero en esclavos, azúcar, metálico, plata y letras de cambio.
60 La colonia holandesa de Berbice, situada justo al oeste de Surinam, recibió la visita de 600 hombres de Cassard.
Tras un formidable bombardeo a su fuerte, los holandeses se rindieron y acordaron un rescate de 300.000 libras, cantidad totalmente desorbitada para una colonia de sólo seis plantaciones, a pagar en letras de cambio, esclavos, mercaderías, provisiones y un balandro.
61 La familia Van Pere, propietarios de la colonia, se negó a abonar la letra en consideración del hecho de que su valor, 181.975 libras, era mayor que el de la colonia entera.
Tras el fracaso de diplomáticos franceses de llegar a un acuerdo, un consorcio de Amsterdam se hizo cargo del pago de la letra y se convirtieron en los nuevos dueños de la colonia.
62 De vuelta en Martinica, Cassard parte de nuevo, esta vez a las islas holandesas de sotavento.
El 25 de enero de 1713 aparecen sus barcos en la rada de San Eustaquio, pero sus habitantes habían huido con sus pertenencias a Santo Tomás y a otras islas.
El gobernador dijo a Cassard que hiciera lo que quisiera.
El botín de Cassard fueron 3.400 pesos y algunos suministros que pudo hallar.
63 En este punto Cassard es informado de que sólo 700 u 800 hombres defienden Curaçao, por lo que decide partir hacia allí.
De camino recala en la costa venezolana para el acopio de agua.
ANA CRESPO SOLANA Y WIM KLOOSTER gobernador de la provincia.
64 Aunque sus defensores sabían del arribo de la flota de Cassard, su defensa sirvió de poco.
La escasez de munición, pólvora y hombres pronto se hizo evidente al gobierno.
Si la rendición fue fácil, no lo fue el acuerdo del rescate.
65 La mayor parte de los rescates los costearon los residentes locales, lo que dio pie a desacuerdos, sonoras quejas y tensiones con los gobiernos locales.
El pago se satisfizo en parte con esclavos, lo que unido al número de ellos que escapó aprovechando la confusión, dejó a la elite escasa de mano de obra.
Las repercusiones económicas y financieras de estas invasiones se recordaron durante décadas.
Puede decirse, a la luz de esta última narración, que la República Holandesa parece una de las grandes perdedoras de los tratados de Utrecht.
Ya antes de la guerra de Sucesión española había perdido el rango de hegemonía sin imperio que la caracterizó anteriormente.
Utrecht significa para Holanda y sus colonias en América una confirmación de su «achteruitgang» (retrogresión).
Sin embargo, puede decirse que se aprecia una interesante divergencia de intereses dentro de los distintos espacios políticos y económicos que configuraban esta República y que se refleja en una lucha por la supervivencia en su comercio y en su escenario colonial americano por parte de los diversos grupos mercantiles.
Así, tanto en Cádiz como en el comercio directo con América los mercaderes holandeses no tuvieron más remedio que reorientar sus mecanismos y estrategias aparte de experimentarse una breve relocalización de intereses reflejado en algunos cambios interesantes: nuevas disposiciones desde Amsterdam para el comercio directo con Curaçao, la conversión de esta isla en una dinámica factoría de contrabando con Tierra Firme, a pesar de la pérdida del control sobre el comercio de esclavos; la paradójica cooperación de los mercaderes holandeses con franceses que se verá incrementada durante la posguerra al crecer las relaciones de Curaçao con las Antillas francesas desde el punto de 64 Archivo General de Indias [AGI], Santo Domingo, 696, Gobernador Joseph Francisco de Cañas al rey, Caracas, 16 de junio de 1713.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.05 vista comercial; la estrecha colaboración entre los grupos neerlandeses de Cádiz (flamencos y holandeses) como consignatarios y almaceneros de mercancías en un mercado de derivados y reexportación, la relocalización de algunos factores en los puertos de la América hispana, especialmente en Veracruz y en las Antillas o la redirección de navíos de la flota de Levante hacía los registros de las flotas españolas, que se verá incrementado sobre todo a partir de finales de la década de 1720.
66 En los tratados firmados entre Holanda y España parece incluso que los comerciantes neerlandeses en España son considerados como «nación más favorecida» de facto, influyendo esto quizás en la cooperación mercantil en los puertos de la Península Ibérica, al contrario de las rivalidades entre holandeses y las autoridades españolas que seguirán produciéndose en América (sobre todo en el Caribe).
No obstante, en estos tratados queda evidente que el verdadero enemigo de España en América era Inglaterra, que a su vez estaría enfrentada seriamente con Francia y que el último enemigo, y posible competidora real de ambas en los puertos de la América hispana era Holanda.
Queda pendiente de valorar realmente, de forma comparativa, como fue el comercio vía Cádiz y el comercio directo desde Holanda con las colonias españolas, sobre todo desde Curaçao, en este contexto.
Un estudio comparativo de ambos comercios podría alumbrar muchas cuestiones en el marco de estas rivalidades y quizás los dos autores de este trabajo se vean en la obligación moral de llevarlo a cabo algún día o de facilitar su estudio a nuevas generaciones.
Lo que sí está claro es que en la Historia una derrota puede dar lugar a la emergencia de nuevas formas de cooperación y entendimiento que supera los resultados de analizar estadísticas y valoraciones políticas y diplomáticas. |
Los vacíos no aclarados en la trayectoria vital de Francisco López de Gómara y las circunstancias que rodearon la escritura y difusión de La Historia de las Indias y conquista de México siguen mereciendo la atención de los investigadores.
Las novedades, por su escasez, son de gran importancia.
A la biografía más completa sobre el cronista1 se han sumado en la última década contribuciones que cuestionan su supuesta condición de capellán de Cortés 2 y han revelado datos novedosos, entre ellos la declaración de López de Gómara de que conoció a Cortés cuando regresó la primera vez de la Nueva España.
3 Los nuevos testimonios aquí aportados ofrecen datos hasta ahora desconocidos sobre su filiación, grado académico alcanzado y la merced de un hábito de religioso de una orden militar.
La desconocida pretensión de López de Gómara
En el siglo XVI la pertenencia a una Orden Militar deparaba no pocos beneficios a sus miembros y familiares.
El mero hecho de llevar la insignia distintiva comportaba que en su persona se habían probado los requisitos exigidos.
López de Gómara no fue una excepción entre los hombres de su tiempo y aspiró a un hábito, tal vez por ver en ello la oportunidad de progresar en sus aspiraciones en el mundo de las letras, al que mostró gran inclinación desde fechas tempranas, o incluso alcanzar metas mayores.
La Orden elegida fue la de Alcántara y, por su condición de clérigo, el hábito solicitado fue el de religioso.
En ninguno de los estudios conocidos sobre el personaje se menciona su condición de freile, pero la merced del hábito de religioso de Alcántara debe sumarse a su biografía.
Así podemos afirmarlo tras analizar las huellas documentales de su paso por el Consejo de las Órdenes.
En la tarea nos ha resultado de gran utilidad el panorama trazado por Álvarez-Coca González sobre el funcionamiento del Consejo y la dispersión de la información sobre los pretendientes.
Por ello, el seguimiento de los diferentes trámites obliga a la consulta de los papeles del oficio del secretario, de los escribanos de cámara, del «Archivo Secreto del Consejo» y de los archivos de los respectivos conventos,4 tarea que no siempre es posible por los avatares sufridos por la documentación del Consejo y los notorios vacíos en el caso de algunas Órdenes, entre ellas la de Alcántara.
5 Nuestra investigación sobre la concesión de la merced del hábito de religioso de López de Gómara se inició a partir de su información personal, conservada en el «Archivo Secreto o Privado» del Consejo.
6 Curiosamente ha pasado desapercibida, sin ser relacionada, hasta donde alcanzamos, con el cronista.
Su gran interés radica tanto en las novedades que aporta sobre el personaje como en la calidad de los testigos que las proporcionan.
7 En los primeros días de octubre de 1543 Francisco López de Gómara se encontraba en Valladolid, donde entonces residían los Consejos.
Hasta el momento es la referencia más temprana que lo sitúa en la ciudad castellana después del desastre de Argel.
Sabemos que presentó en el Consejo de las Órdenes una «rrelaçión y petición» manifestando su propósito de ser freile de Alcántara y vivir en la observancia de su regla por la devoción que tenía a san Benito y a la Orden, por lo que solicitaba que se «le mandase admitir e dar el auyto e insignia della».
8 La petición de López de Gómara, en la que se presentó como bachiller -primera mención conocida del grado académico alcanzado-y vecino de Soria, siguió su curso y, comprobada la veracidad de los datos expuestos, se inició el procedimiento con un real decreto al presidente del Consejo, que llevaría a este órgano colegiado a decidir la concesión.
9 El calatravo, cronista y capellán real, frey Francisco de Rades y Andrada, señaló que los fundadores de las Órdenes Militares quisieron que, además de religiosos milites o caballeros de armas, en ellas hubiese religiosos clérigos dedicados principalmente para el culto divino y para pelear contra los moros con armas espirituales, es a saber: con oraciones, ayunos, abstinencias y otras obras de religión.
10 ¿Era esa la intención de López de Gómara cuando, años después de participar en la desdichada campaña de Argel, 11 solicitó el hábito de religioso de una Orden Militar?
¿Lo movían otros intereses o razones?
¿Por qué la Orden de Alcántara?
No hemos encontrado ninguna razón determinante sobre las cuestiones planteadas.
En este sentido conviene recordar que justificó la escritura de las Guerras de mar, tanto por la inclinación que tenía a la historia como Por manifestar a los extranjeros las cosas que nuestra nación ha pasado con moros, turcos y cristianos dignas de memoria.
Principalmente viendo que los italianos hacen poca memoria de las cosas que los nuestros han hecho por mar contra moros en Mazalquivir, Orán, Bugia, Tripol, Gelves, Querquenes, y en otros lugares de Berbería, y que lo mismo es de las cosas entre los moros y los Barbarrojas, de los cuales hablan poco y mal por no las saber.
Y que esto se muestra en poner mal los nombres de lugares, linajes y personas, según se ve en Paulo Bembo, Pablo Jovio y en Arnoldo Ferronio.
Item, que es bien hacer memoria de la santa intención que los reyes y hombres de España han tenido en guerrear contra infieles, con gastos increíbles, muertes y cautiverios que infinitas personas han padecido como mártires.
12 Cabe preguntarse si López de Gómara consideraba la pluma su «arma» y su «obra de religión» contra infieles, amén de que con la escritura de obras de historia aspirase a ser nombrado cronista real y por ello defendiese con sobradas razones la tradición de que lo hicieran hombres de Iglesia.
13 Durante los años que residió en Italia estuvo bien informado de la amenaza que acechaba al Mediterráneo y aumentó su sensibilidad hacia el tema de moros y turcos.
De hecho, dedicó su tiempo a escribir sobre aquella cuestión después de presentar su petición en el Consejo de las Órdenes.
En septiembre de 1545 ya había corregido una parte de la vida de Barbarroja, pese a que algunos de sus amigos le aconsejaron que siendo «cristiano y clérigo, no había de escribir historia de turco y corsario», como advirtió en la dedicatoria que hizo del texto al marqués de Astorga.
14 Los acontecimientos vividos en Argel fueron narrados como testigo, utilizando en ocasiones la primera persona, con especial dramatismo en algunos momentos, como al recordar el desbarate de la flota de España bajo los efectos de la tormenta que acabó con la mayoría de las embarcaciones al tiempo que los cristianos que alcanzaban la costa eran alanceados y otros muchos morían ahogados, situación que arrancó «mil votos a los marineros y soldados».
15 Por otro lado, la visita al convento de Alcántara había puesto de manifiesto la necesidad de que los freiles supiesen gramática.
16 A aquellas alturas el bachiller López sabía bien lo que suponía el estudio, el orden y la disciplina pues no en vano había pasado varios años en el Colegio de San Clemente en Bolonia.
Puede que viese en la merced una ayuda para seguir cultivando su inclinación por las letras 17 y la vía para aspirar al nombramiento de cronista o capellán de Su Majestad.
18 También es posible que la pertenencia a la Orden de Alcántara de algún destacado personaje, a cuya protección aspiraba o gozaba, determinase su elección.
En Argel estuvo presente el comendador mayor de la Orden, don Pedro de la Cueva, y el clavero, don Fadrique de Toledo.
Tal vez tuviese ocasión en aquella empresa de tratar con algún clérigo distinguido con el hábito de Alcántara.
19 Conviene no olvidar que en 1552, cuando López de Gómara escribió al obispo de Arras anunciándole el envío de un ejemplar de La Historia de las Indias lo hizo por mano de Luis de Ávila, 20 que en 1530 formó parte del acompañamiento del emperador 14 López de Gómara, 1989, 13-14.
En los años posteriores a la solicitud de López de Gómara las cuentas del contador mayor de la Orden reflejan una partida del pago al bachiller que leía gramática.
L. 330c, 57 y 121: «al bachiller que liere gramática en el convento de san Benito de la dicha orden de la villa de Alcántara este dicho año catorze mil y dozientos maravedís de salario».
17 Valor Bravo, 2011, 207, destaca el ambiente de estudio en el Sacro Convento de San Benito que contaba con una importante biblioteca analizada por López de Zuazo y Algar, Martín Nieto, Miranda Díaz, 2013.
18 En aquellos años, entre los capellanes del rey eran de la Orden de Alcántara frey Pedro Gutiérrez, frey Diego de Ovando y frey Francisco Calderón.
Hábito de freile de Alcántara a Antonio de Horna, clérigo.
Tras realizar la estancia requerida en el convento de San Benito solicitó hacer profesión, Valladolid, 19 de julio de 1544.
El texto de la misiva se publicó en Avisos, VIII, 32, Madrid, enero-marzo de 2003.
21 Si tenemos en consideración el procedimiento señalado por Álvarez-Coca, en la pretensión de los caballeros se generaban tres expedientes a su nombre: el del secretario, el del escribano de cámara de Calatrava y Alcántara, y el de pruebas.
Finalizada esta primera fase se iniciaba otra que concluía con la profesión.
22 En el caso de la pretensión de López de Gómara a un hábito de religioso no hemos podido reconstruir documentalmente todos los pasos.
El secretario Juan de Paredes, por acuerdo del Consejo de las Órdenes, inició de oficio las diligencias que precedían a la fase inquisitiva y el 5 de octubre de 1543 extendió una real provisión emanada del Consejo.
Esta fue presentada por el interesado en la escribanía de cámara para el abono de los derechos de expedición y registro.
23 Al igual que en el caso de los caballeros, el pretensor a religioso era consciente con este paso del inicio del proceso con la pertinente y «discreta» averiguación sobre su persona.
Para llevarla a cabo fueron comisionados Rodrigo de Torres y Juan Morales, caballeros de Santiago.
24 La real provisión llegó a manos de Juan Morales, vecino y regidor de la ciudad de Soria, el 11 de octubre.
Las indicaciones eran claras: concluida la fase inquisitiva, remitiría la información -firmada, cerrada y sellada de manera que hiciese fe-, para ser examinada en el Consejo y «proueer lo que deba ser proueýdo».
En el interior del envío, además de la comisión para recibir personalmente la información de personas que conocieran a Francisco López de Gómara y a su linaje, encontró las preguntas para el examen de los testigos y al pie de ellas la rúbrica de los del Consejo de las Órdenes.
25 Finalizada la averiguación, Morales dio cuenta por escrito de su proceder desde la recepción de la comisión, y aquel papel, la real provisión, las preguntas originales del interrogatorio y las respuestas de los testigos fueron confiadas a un portador para entregarlas en mano al secretario Paredes.
Examinada la información en el Consejo de las Órdenes, se consideró que en López de Gómara concurrían las calidades requeridas para ser freile de Alcántara.
Así lo traduce la anotación «fiat» y «despachada, año de 1543» que se hizo en la portada del expediente.
Aquella decisión dio lugar a la expedición de la real cédula por la que se ordenaba al prior de Alcántara que le diese en el convento el hábito de freile, firmada por el príncipe Felipe en Valladolid, el 26 de octubre de 1543.
26 Antes de profesar, los religiosos tenían que pasar un año en el convento de San Benito de Alcántara aprendiendo la regla y otras cosas propias de los freiles.
27 Sesenta días antes de que concluyese aquel periodo, el administrador del convento remitía al Consejo relación de sus méritos para que, si fuesen tales, permaneciese en la Orden y se diese la correspondiente cédula para ser recibido a la profesión del hábito.
Según las definiciones de Alcántara, los clérigos antes de profesar eran aprobados por el Prior28 y ancianos del convento de San Benito y luego se despachaba la correspondiente cédula de Su Majestad al prior para que, transcurrido el año de aprobación, el interesado que lo solicitase hiciese su profesión.
29 El hábito de los religiosos de Alcántara era el mismo que el de los caballeros, pero largo y talar.
Cuando salían del convento debían llevar lobas y capirotes o sotanas y manteos.
Para cubrir la cabeza usaban bonetes sin facción alguna.
En el coro y otros actos de la comunidad usaban mantos blancos.
Su condición se traducía también en su cabello, pues traían abierta la corona.
30 Desconocemos si López de Gómara se trasladó al convento de Alcántara para cumplir la etapa de prueba pues en los registros no hemos localizado su cédula de profesión.
31 Tampoco hay evidencias documentales de que se le concediese alguna excepción.
Por ello es posible que no llegase a realizar la estancia requerida o que, si la hizo, por alguna circunstancia no solicitase la cédula de profesión o esta no fuese registrada.
No hay que olvidar que el proceso requería disponer de medios para afrontar los gastos.
Es llamativo que Gómara y los que lo trataron silencien la merced real.
Revisando las escasas menciones conocidas de López de Gómara entre sus contemporáneos, el único indicio lo encontramos de la mano de Páez de Castro en una carta a Jerónimo de Zurita.
En aquel intercambio epistolar la figura de López se fue concretando con el paso del tiempo.
Un breve repaso lo pone en evidencia.
32 A partir de 1554 se encuentra en su círculo de relaciones y reconoce abiertamente su valía como historiador de las Indias.
33 En los años siguientes nos regala preciosas referencias sobre su vida en Flandes, dificultades económicas, enfermedades y sobre su trato frecuente propiciado por la vecindad.
34 López de Gómara regresó a España en 1556 y volvió a coincidir con Páez en Amberes dos años más tarde.
Narrando a su amigo Zurita este reencuentro se refirió a él como «Fr.
Todos los editores de esta carta han desarrollado la abreviatura «Fr.» 35 que se advierte en el original como fray, aunque sabemos que López de Gómara no era miembro de ninguna orden regular 36 y, hasta donde hemos podido comprobar, acostumbraba a presentarse como «clérigo presbítero de la diócesis de Osma» 37 o simplemente como «clérigo estante en esta corte».
38 Conocida la concesión a López de Gómara de la merced del hábito de religioso de Alcántara, sin duda, se presenta más oportuna la lectura de la abreviatura como frey.
La Orden de Alcántara exigía a los aspirantes al hábito de religioso probar su condición de hidalgos a fuero de España o, cuando no lo eran, «ser bachilleres en Teología o Cánones, o al menos en Artes, o que, por lo menos, supiesen gramática».
39 Para ser admitido también era preciso que el aspirante acreditase limpieza de sangre, que era cristiano viejo, hijo de legítimo matrimonio o que había sido legitimado.
Las preguntas para saber si concurrían las calidades contenidas en las definiciones de Alcántara trataban sobre el conocimiento que los testigos tenían del candidato, su familia, antepasados, condición, salud y formación.
En el caso de López de Gómara se condensaron todos aquellos extremos en ocho preguntas a las que, después de prestar juramento, respondieron los testigos secreta y apartadamente: I. Primeramente sy conoçen al dicho bachiller Francisco López de Gómara y de qué hedad es.
Yten si conoçen a su padre y a su madre e de dónde son vezinos e naturales.
Yten si conosçieron a sus ahuelos y ahuelas, ansý de parte de su padre como de su madre e de donde heran vecinos e naturales.
Yten si saben quel dicho vachiller Francisco López de Gómara e los dichos sus padres e ahuelos son e fueron christianos, christianos biejos sin tener mezcla alguna de conversos, judíos ni moros.
V. Yten si saben quel dicho vachiller Francisco López de Gómara es onbre de buenas costumbres, quito de malos biçios.
Yten si saben que sea onbre sano que no tenga enfermedad contagiosa por do sea ynútil para el seruiçio del coro.
Yten si saben quel vachiller Francisco de Gómara aya estudiado gramática o otra çiencia, e por qué tiempo, e si se ha aprovechado della y qué auilidad tiene.
Yten sy saben quel dicho vachiller Francisco de Gómara se (sic) hijo legítimo, avido de legítimo matrimonio.
Ninguna diferencia apreciable con otros expedientes de pretendientes al hábito de religioso de Alcántara en aquellos años.
40 Con el deseo de que las respuestas quedasen acreditadas el comisionado tenía que preguntar a los testigos «cómo lo sabe; e si lo cree, cómo y por qué lo cree; y sy lo oyó dezir declare a quién e cómo e qué tanto tiempo ha».
Si lo hizo no lo reflejó con detalle sobre el papel.
Juan Morales se apresuró a cumplir con el encargo.
Entre el 13 y el 17 de octubre de 1543 declararon en la ciudad de Soria y la villa de Gómara un selecto grupo de personas que conocía a Francisco López.
Con el fin de reunir la información pertinente interrogó a once testigos, tres en la ciudad de Soria y el resto en la villa de Gómara.
Buscó a personas honradas, de buen vivir y fama, que por su relación con el pretensor pudiesen responder al interrogatorio y a quienes se pudiese dar entero crédito.
El doctor Melchor de Sarabia y el clérigo Pedro Calderón fueron los primeros en declarar el 13 de octubre, en la ciudad de Soria.
Dos días después lo hicieron algunos vecinos de avanzada edad (la mayoría de 60 años o más) de la villa de Gómara: Pedro Hernández de Vitas, Hernán Núñez Romero, Sancho Garcés, Diego de Hernán González, Pedro Moreno, Alonso de la Guardia, el bachiller Juan González de Sepúlveda, médico, y Andrés González, escribano público del número de la localidad.
De nuevo en Soria, el 17 de octubre, lo hizo el bachiller Rúa.
Excepto Hernán Núñez Romero, Sancho Garcés y Diego de Hernán González, que no sabían escribir, los testigos firmaron su declaración.
Todos habían tratado al pretendiente.
El doctor Melchor de Sarabia, 41 soriano de la diócesis de Osma, lo conoció en el Colegio de España en Bolonia, podría haber «ocho años poco más o menos».
42 Allí, «de diez años a esta parte poco más o menos», también aseguró haber empezado a tratar-lo el que fue su compañero de estudio, el clérigo Pedro Calderón.
43 Pedro Hernández de Vitas era pariente en cuarto grado de la madre de López de Gómara; 44 Hernán Núñez Romero, Pedro Moreno y el bachiller Juan González de Sepúlveda lo conocían «por vista y abla después que naçió».
Sancho Garcés, Diego de Hernán González, Alonso de la Guardia y Andrés González «por vista y abla y conversaçión».
El bachiller Pedro de Rúa «porque a sydo su disçípulo y a estudiado con él».
Al hilo de sus respuestas se desvela el pasado menos conocido de López de Gómara.
Descubriendo el linaje de Francisco López de Gómara
Los años más desconocidos del autor de La Historia de las Indias y conquista de México son los que transcurren desde su nacimiento hasta su llegada al colegio de San Clemente de Bolonia, aunque las lagunas rodean gran parte de su vida.
Pese a que en Annales del Emperador Carlos Quinto recordó su nacimiento en la villa de Gómara (Soria), la mañana del domingo dos febrero de 1511, festividad de la Candelaria, 45 en aquella ocasión silenció el nombre de sus progenitores.
Tampoco los desveló en su testamento.
46 Nora Edith Jiménez, después de buscar pistas sobre su ascendencia, escribió hace más de una década «No conocemos el nombre de los padres de nuestro personaje, y puede ser que nunca lleguemos a saberlo».
47 Ahora es posible aclarar ese vacío de la mano del cronista y de algunas personas que lo conocieron.
López de Gómara dejó constancia del nombre de su padre -Juan López-en la petición que presentó en el Consejo de las Órdenes solici-43 Ibidem.
Respuesta de Pedro Calderón a la primera pregunta.
El tiempo declarado por Calderón situaría López en el Colegio en 1533, fecha que en su momento apuntó como posible Jiménez, 2001, 56.
Sin embargo, el tiempo señalado más bien parece responder a la referencia de la estancia de Calderón en Bolonia pues las fechas no coinciden.
Calderón no ingresó en San Clemente hasta septiembre de 1533 y la segunda visita del emperador al Colegio, en la que se ha creído posible la presencia de López de Gómara, fue para la celebración de la Epifanía.
A López lo conoció «capellán del dicho Colegio» lo que, según los registros del Colegio, no tiene lugar hasta mayo de 1536.
Respuesta de Pedro Hernández de Vitas a la primera pregunta del interrogatorio.
45 López de Gómara, Annales del Emperador Carlos Quinto, Biblioteca Nacional de España (Madrid), Ms. 1751, 18r.
En él manifestó su deseo de ser enterrado en la Iglesia de San Juan de la villa de Gómara en «la sepoltura de mis padres», pero no aclaró sus nombres.
48 Al hilo de la pretensión se descubre su linaje ya que varias preguntas del interrogatorio inquirían sobre sus progenitores y ascendientes (preguntas II, III y IV).
Las respuestas de los testigos permiten reconstruir su filiación al dar a conocer el nombre de sus padres y abuelos por ambas líneas, al tiempo que ratifican su condición de cristianos viejos.
Nada nuevo en la información de un pretendiente.
La sorpresa, en su caso, aparece cuando los testigos fueron preguntados por el origen legítimo del pretendiente.
Sin duda, las respuestas habrán de ser tenidas en consideración a la hora de seguir los pasos de López de Gómara e interpretar algunos hechos, entre ellos su ingreso en San Clemente de Bolonia como capellán y los motivos por los que no alcanzó el nombramiento de cronista, para el que tenía sobrados méritos, incluso más que otros, como reconoció Páez de Castro.
49 Tan solo tres testigos -el doctor Sarabia, el clérigo Calderón y el bachiller Rúa-no conocieron a sus padres y por ello no aportaron información sobre su filiación.
No obstante, los dos primeros, como a todos los que pasaban por San Clemente, lo presuponían cristiano viejo, condición que ninguno de los testigos puso en duda.
En este punto el bachiller Pedro de Rúa declaró que solo tenía referencia de oídas de sus progenitores y de que eran originarios de la villa de Gómara.
La filiación por ambas líneas familiares la podemos establecer a partir de las declaraciones de los testigos, entre ellos Pedro Hernández de Vitas, pariente en cuarto grado de la madre del cronista.
Este afirmó que los padres de Francisco López de Gómara fueron Juan López y Mari Rodríguez, 50 naturales y vecinos de Gómara.
Además, su testimonio sitúa a la madre en aquellas fechas en la villa: dijo que conoçió a su padre del dicho Francisco López, que se decía Juan López, y conoçe a su madre, que se diçe Mari Rodríguez, que agora bibe en esta villa de Gómara, y que conoçió a su padre por vecino y natural desta dicha villa y a la dicha 48 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Así se advierte en la real provisión emanada del Consejo el 5 de octubre de 1543: «Sepades quel vachiller Francisco López de Gómara, hijo de Juan López, vezino de la dicha çibdad de Soria, me hizo rrelaçión por su petición que en el mi Consejo de las Órdenes presentó».
Carta a Jerónimo Zurita, Malinas, 17 de agosto de 1554: «que de mi voto le dieran la provisión de cronista más justamente que a otros.
Vuestra merced procure que le provean, si conoce sus deudos».
50 Pérez Castañeda y Couto de León (1980, 139) Mari Rodríguez, su madre, la conoçe por veçina y natural de la dicha villa de Gómara.
51 Varios testigos utilizaron el pasado al referirse al padre («que se decía», «conoció») y, aunque en ningún caso emplean la expresión «difunto», creemos que en esas fechas Juan López ya había fallecido.
Por lo que se refiere a sus abuelos paternos declaró que fueron Juan López y Mari Ximénez 52 y, aunque no conoció a los maternos, sabía que el abuelo se llamaba Juan Rodríguez, nombre confirmado por otros testigos.
Solo Sancho Garcés facilitó el de la abuela materna -Juana Rodríguez-, puntualizando que no conoció a su marido porque siempre estaba ausente de la villa.
Por la aclaración hemos de pensar que no los confundía pues el resto de los testigos solo la recordaron como mujer de Juan Rodríguez.
53 Todos los testigos que los conocieron coincidieron en los nombre de sus antepasados por línea paterna y algunos -Sancho Garcés, Alonso de la Guardia y Andrés González-se refirieron al abuelo como Juan López de Francisco (véase árbol genealógico).
La frecuencia del apellido López en la villa de Gómara no permite averiguar por el momento la ocupación del padre y su posición en la localidad.
Toda la familia tenía reputación de cristianos viejos, sin parentesco alguno con moros, judíos, ni nuevamente convertidos.
Nada sospechoso sobre este aspecto en su persona para ingresar en una orden militar.
Sin embargo, a excepción de sus compañeros de Bolonia, que respondieron que no la sabían porque previamente habían declarado que no conocieron a sus padres, el resto de los testigos no mostró la más mínima duda al responder a la última pregunta del interrogatorio, la que indagaba sobre su condición de hijo legítimo, una de las formalidades exigidas.
Las palabras de Alonso de la Guardia y de Pedro Hernández de Vitas son claras: «no es ligýtimo ni de ligýtimo matrimonio naçido».
En términos idénticos se expresó Hernán Núñez Romero.
El bachiller Sepúlveda afirmó que «le tiene por bastardo», término que también brotó de los labios del escribano de la villa de Gómara: «es bastardo de los dichos su padre y madre».
Incluso su maestro Rúa,54 que no conoció a sus progenitores, se hizo eco de aquella realidad al declarar «queste testigo a oýdo decir que no es legítimo».
55 Carecemos de pistas para aclarar los motivos por los que Juan López no contrajo matrimonio con la madre de López de Gómara pues, según Sancho Garcés, que los conoció de mucho tiempo, «sus padres nunca fueron casados» y lo mismo repitió Pedro Moreno.
En este punto cabe preguntarse si las dos hermanas mencionadas por el cronista en su testamento, Mari Ximénez (del mismo nombre que la abuela paterna) y Brígida López,56 eran también hijas de ambos, lo que parece confirmar el que las dos asumieran la filiación paterna (López y Ximénez).
Tampoco disponemos de indicios para saber si Antón García, al que se refirió López en su testamento como «mi tío», era hermano de su padre o de su madre.
57 Para ser ordenado tuvo que salvar su condición de hijo nacido fuera del matrimonio pues los cánones oficiales establecían que los hijos ilegítimos no podían ser clérigos ni eran idóneos para poseer beneficios.
La vía para acceder a la clerecía en aquellos casos era obtener una bula papal de legitimación.
Como señala Barrio Gozalo, las dispensas fueron bastan-te frecuentes.
58 Que López de Gómara se encontró en aquella situación lo apunta Alonso de la Guardia, al mencionar que había oído decir «questá ligytymado por bula de Su Santidad», 59 lo que le habría permitido ordenarse como clérigo e ingresar en San Clemente de Bolonia como capellán.
Los testigos trazaron con palabras un retrato muy alejado de la única descripción física, casi esperpéntica, que conocemos del cronista.
60 Sin duda aparentaba más edad que la que tenía (32 años) pues en opinión de la mayoría de los testigos podría tener treinta y cinco y su maestro Pedro de Rúa y el clérigo Calderón apuntan que incluso cuarenta.
Era un hombre sano, al que no se le conocía enfermedad contagiosa ni dolencia que le impidiese servir en el coro.
El doctor Sarabia y el clérigo Calderón recordaron que en los años que convivieron y lo trataron en el colegio de Bolonia siempre gozó de buena salud.
Incluso uno de los testigos, Alonso de la Guardia, lo calificó de «hombre reçio», 61 expresión que traducía que no padecía enfermedad ni presentaba defecto físico pues era «de buena complisyón».
62 Años después, su estado de salud se dibuja de forma bien diferente en la correspondencia de Páez de Castro.
63 A su condición física sin tachas todos los testigos añadieron que era hombre de buenas costumbres y fama.
El carácter curioso de López no pasó desapercibido para sus vecinos, al igual que su comportamiento alejado de todo vicio.
59 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Alonso de la Guardia a la octava pregunta, Gómara, 15 de octubre de 1543.
Carta de Mauricio de la Cuadra a Jerónimo de Zurita.
61 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Alonso de la Guardia a la sexta pregunta del interrogatorio.
Entre los testigos del testamento de Gómara se lee el nombre de Alonso de la Guardia, que se repite en la pesquisa que se hizo en Gómara el 5 de octubre de 1572 cuando se ordenó la recogida de los papeles del cronista y que Lewis apunta que estaba casado con una sobrina de Pedro de Rúa.
Creemos que este, al igual que el Pedro Moreno que declara en la información, son homónimos de los que aparecen en el testamento.
¿Tal vez sus padres o parientes?
El Pedro Moreno mencionado en el testamento era su cuñado, marido de su hermana Mari Ximénez.
Respuesta de Andrés González a la sexta pregunta, Gómara, 15 de octubre de 1543.
A Jerónimo Zurita, Bruselas, 13 de diciembre de 1555: «Gómara está malo, aunque anda por estas calles, pero con esperanza de merced».
Ibidem, 429, Bruselas, 4 de mayo de 1556: «Gómara ha estado muy malo, de una goma que se le hizo en la cabeza, y ya está fuera de peligro, sacáronle muchas cascas de la cabeza.
Piensa partir por todo mayo.
Diéronle 250 escudos de ayuda de costa para tornarse; creo que andando el tiempo le darán algo; ahora atenderá a vivir...».
Una formación bien aprovechada e inclinada a cosas de virtud y letras
Una de los aspectos más interesante de la trayectoria intelectual de López de Gómara es su formación en España e Italia.
Sobre aquellos años profundizó Nora E. Jiménez; 67 lo conocido se enriquece ahora con los testimonios de los testigos en la información para su ingreso como religioso en la Orden de Alcántara.
Una de las preguntas del interrogatorio, la séptima, trataba sobre las habilidades y el aprovechamiento en los estudios del pretensor.
López de Gómara inició su formación a edad temprana, momento en el que quedó trazado su destino.
El testigo Alonso de la Guardia afirmó que había estudiado mucho tiempo gramática, desde que era de edad de siete u ocho años.
68 Es probable que aprendiese las primeras letras en Gómara y que luego se trasladase a Soria, donde desde 1522 enseñaba en la Colegiata de San Pedro el maestro Rúa.
Así podría deducirse del testimonio de Pedro Moreno que afirmó haberlo visto estudiar «en esta tierra», probablemente refiriéndose al «Estudio de Soria» que dirigía Rúa, y que sabía de su paso por San Clemente: a estudiado mucho tiempo porqueste testigo le bio estudiar en esta tierra y después sabe que fue al colesyo de Bolonia a donde estudió y sabe que [ha] aprobechado en él el estudio porqueste testigo le a visto predicar y declarar el ebangelio en la yglesia desta dicha villa y le tiene por honbre doto y sabio y que sabe que a estudiado de más de quince años a esta parte.
69 Para los vecinos de Gómara su dedicación al estudio era una realidad conocida.
La mayoría tenía noticias de su estancia en Bolonia y lo veían 64 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Alonso de la Guardia a la séptima pregunta, Gómara, 15 de octubre de 1543.
Respuesta del bachiller Sepúlveda a la sexta pregunta.
Respuesta de Pedro Hernández de Vitas a la séptima pregunta.
68 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Declaración de Alonso de la Guardia a la séptima pregunta del interrogatorio, Gómara, 15 de octubre de 1543.
Declaración de Pedro Moreno a la séptima pregunta del interrogatorio.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.06 predicar el evangelio e impartir doctrina en la iglesia de la localidad, de ahí la opinión generalizada de que era muy buen clérigo «y que se a aprobechado mucho en el estudio y estudios donde a estado».
70 Sus testimonios así lo confirman.
El bachiller Juan González de Sepúlveda, médico en la villa, puntualizó que había «estudiado gramática de más de quinçe años a esta parte» y que luego fue a «estar en el estudio y colesyo de Bolonia» aprovechando muy bien aquellos años, razón por la que lo consideraba un hombre docto, sabio y hábil.
71 El lejano pariente Hernández de Vitas, declaró que había estudiado en Estudios Generales que no concretó y que oyó decir que estuvo en Bolonia.
En idénticos términos se expresó Hernán Núñez Romero, quien reconoció que «no sabe que arte ni çiençia a estudiado mas de que tiene por çierto que se a aprobechado en el estudio y tiene buena abilidad y sufiçiençia».
72 Ninguno de los testigos facilita pistas sobre el Estudio en el que se formó Gómara en España ni sobre dónde obtuvo el grado de bachiller que declaró en su petición, arrojando luz sobre un aspecto desconocido en su trayectoria.
El dato no es fácil de rastrear, como se advierte en los casos de otros destacados hombres de letras contemporáneos.
Mientras que no aparezca ningún testimonio que lo corrobore se puede conjeturar que bien pudo alcanzar el grado de bachiller en cualquiera de los centros a los que se acostumbraba acudir en la época, entre ellos Alcalá -donde lo obtuvo su maestro Pedro de Rúa, que firmaba como bachelarius Rúa-, Sigüenza o Salamanca.
Sin duda la trayectoria de Francisco López se definió con su decisión de ser un hombre de Iglesia.
Las disposiciones canónicas situaban la edad mínima para recibir la tonsura en siete años y en doce para ser admitido como acólito.
Si consideramos la declaración de los testigos, coincidiría con el momento en el que se inició en los estudios.
Francisco López tuvo a su cargo la capellanía instituida por su tío Antón García con la obligación de atenderla en la forma prevista por el fundador percibiendo a cambio las rentas que constituían su dotación.
Por las referencias facilitadas por López en su testamento se trataría de una capellanía familiar o de sangre, en la que en la fundación se llamaba al patronato activo y a gozar del pasivo al pariente más cercano del fundador o a un familiar determinado.
Declaración de Sancho Garcés a la séptima pregunta del interrogatorio.
Declaración del bachiller Sepúlveda a la séptima pregunta del interrogatorio.
Declaración de Hernán Núñez Romero a la séptima pregunta del interrogatorio.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.06 candidato a un beneficio simple sin cura de almas tenía que haber cumplido los catorce años, ser clérigo (haber recibido al menos la tonsura) y tener el nivel cultural adecuado.
74 Sabemos que en octubre de 1535 se le concedió licencia para ausentarse durante diez años de la diócesis de Osma «en atención a su amor por las letras» y que en mayo del año siguiente fue recibido como capellán en el colegio de San Clemente de Bolonia.
75 En aquellos momentos tenía veinticinco años, la establecida para recibir el presbiterado.
La institución del cardenal Albornoz acogió desde su fundación a alumnos brillantes y distinguidos.
Los estatutos establecían los requisitos que debían reunir los aspirantes: ser español, cristiano viejo, hijo de legítimo matrimonio, haber estudiado en una Universidad o Estudio General, estar en posesión del título de bachiller en ambos derechos, filosofía o teología, no tener una renta superior a 50 escudos anuales y ser propuesto por alguno de los obispados peninsulares con derecho de presentación de candidatos o por un miembro del linaje Albornoz.
76 Recordemos además que los estatutos de 1522 incluyeron la novedad de que todos los colegiales debían probar que eran hijos de legítimo matrimonio.
77 Nora E. Jiménez se preguntó sobre las razones que llevaron a López de Gómara a ingresar como capellán y no como colegial.
En el intento de responder a la pregunta señaló que tal vez no reunía todos los requisitos necesarios, apuntando: «el único que pudiera faltarle sería el grado de bachiller de algún Estudio».
78 De lo que no cabe duda es que no era hijo de legítimo matrimonio, por lo que no podía acreditar aquel requisito.
Ello justificaría su ingreso en San Clemente como capellán y no como colegial.
79 La legitimación papal le permitió ser ordenado y su condición de clérigo le abrió la puerta del Colegio.
En la comunidad colegial la percepción de que sus miembros respondían al perfil de los Estatutos se manifiesta con claridad en la declaración de Pedro Calderón.
80 Este antiguo capellán de San Clemente -condición que por cierto no recordó en su declaración-, al evocar el paso de López por el Colegio, hizo especial hincapié en destacar la limpieza de sangre de los miembros de la comunidad colegial, aunque son bien conocidas las estrategias para disimular los linajes y cómo colegiales de linaje judeoconverso sortearon lo dispuesto.
81 Las palabras de Calderón traducían la ascendencia sin tacha del de López de Gómara y la confianza que mereció al encargársele las segundas pruebas sobre la limpieza de algunos de sus miembros, 82 confiada habitualmente a otros colegiales, y por ello, afirmó que aunque no conoçió a sus padres ni aguelos más de que le tiene al dicho Francisco López por christiano viejo porque si no lo fuera no le admitieran ni acogieran en el dicho colesyo de Bolonia, que no acoxen en él sy no a christianos viejos, y como a tal le dieron cargo de hazer çiertas probanças en España ques ofiçio que se suele cometer a colesyales del dicho colesyo y no a otras personas.
83 De aquella comisión colegial también supieron algunos de los vecinos de la villa de Gómara, por la que pasó cuando regresó a España, probablemente en los últimos meses de 1537, después de las informaciones recibidas en Zaragoza.
84 En este sentido, Andrés González, escribano de la villa, afirmó que «este testigo le bio benir a esta tierra y a esta villa [a] hacer çiertas probanças y entender en çiertos negoçios por el dicho colesyo de Bolonia».
85 Por su parte, Melchor de Sarabia, admitido como colegial para estudiar Derecho Canónico el 15 de enero de 1531, 86 declaró en 1543 que conoze al dicho bachiller Francisco López de Gómara por vista e abla e conversaçión que con él a tenido y tiene y que puede aver que le començó a conozer ocho años poco más o menos y le conoçió en el colesyo d España en Bolonia, capellán del dicho colesyio, donde este testigo hera colesyal en el dicho tiempo y después le conoçió en Nápoles y después que vino le conoze este testigo en España.
87 Las referencias que proporciona coinciden «más o menos» con el ingreso de López en San Clemente, registrado en el Libro de admisiones del Colegio, el 17 de mayo de 1536, siendo rector Antonio de Barahona.
88 Esta declaración tiene el valor añadido de situar a López de Gómara en Nápoles, escenario hasta ahora no incluido en sus andanzas italianas de las que se conocía su presencia en Roma, Bolonia y Venecia.
89 Su estancia allí tuvo que producirse después de su paso por Venecia, tal vez antes de embarcarse para la campaña de Argel, en la que como clérigo podría atender las necesidades espirituales y religiosas de los que acudían a la jornada.
90 Las obligaciones de los capellanes en el Colegio estaban definidas en los Estatutos.
Compartían con los colegiales algunas dependencias del edificio y sus celdas en nada diferían de las de aquellos.
Además de encargarse de la biblioteca de la institución, de leer y cantar en el oficio Divino, cuidaban de las necesidades espirituales de los colegiales, celebraban las misas prescritas y rezaban las oraciones en la mesa.
91 Está claro que López de Gómara hizo compatibles aquellas actividades con el aprovechamiento intelectual, reconocido también en los estatutos del Colegio a los capellanes.
Así lo confirman los testimonios de sus compañeros.
Melchor de Sarabia, recibido como doctor durante su etapa 87 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Melchor de Sarabia a la primera pregunta.
88 En Annales, en la información correspondiente a 1536, recogió el nombramiento de cronista del doctor Juan Ginés de Sepúlveda en Roma.
Puede que en Nápoles también coincidiese con el antiguo colegial Lorenzo Polo, nombrado oidor general de Santa Clara en 1541.
Polo había sido presentado en junio de 1534 por el obispo y cabildo de Osma y López de Gómara se ocupó de hacer sus segundas pruebas en Lantadilla, el 18 de julio de 1538.
Permaneció en el Colegio hasta finales de agosto de 1538 y fue quien como rector del Colegio admitió como capellán a Pedro de Cónsul, que ocupó la plaza de capellán de Pedro Calderón.
En aquellos momentos López de Gómara se encontraba en España realizando las segundas pruebas de varios colegiales.
Francisco López regresó a San Clemente el 15 de diciembre de 1538, meses después de haberlo dejado el doctor Sarabia.
91 Jiménez, 2001, En relación con la mención al estudio del latín y del griego, López de Gómara tuvo la oportunidad de disfrutar en Venecia de los fondos de la biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza, que contaba con una variada muestra de manuscritos latinos y griegos.
93 El clérigo Pedro Calderón, también capellán y compañero de estudio en San Clemente, reconoció el aprovechamiento en aquellos años en los que estudió gramática y humanidad y esto sabe este testigo porque se lo vio estudiar en las dichas facultades todo el tienpo que estuvo en el dicho colesyo y sabe este testigo que dello sacó mucho porbecho.
94 Tanto Sarabia como Calderón utilizan el término facultad, que puede remitir tanto a una disciplina concreta como al cuerpo colegiado o asociación de individuos que cultivaban una determinada disciplina.
95 El Estudio de Bolonia contaba desde comienzos del siglo XVI con «estudios de humanidad», en los que se impartían materias como artes o teología.
96 Pero, sin duda, el testimonio más relevante sobre su formación y progresos lo proporciona Pedro de Rúa, que recordó lo que había estudiado 92 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Melchor de Sarabia a la séptima pregunta, Soria, 13 de octubre de 1543.
93 Jiménez, 2001, 88-89, ofrece la relación de los libros editados antes de 1540 que formaron parte de la biblioteca del embajador Hurtado de Mendoza, entre ellos: «Tito Livio, Suetonio, Quintiliano, Tácito, Valerio Máximo, Ammiano Marcelino, Tucídices, y Flavio Josefo; varias versiones de los Discursos y el De oratore de Cicerón; la Historia Natural de Plinio (en edición de Aldo Manucio), la Geografía de Ptolomeo y el tratado De Sphaera de Juan de Sacrobosco».
94 Pedro Calderón no mencionó que él también fue capellán en San Clemente.
En los estatutos de Bolonia con frecuencia se refieren a la "facultad" de anatomía o a la de lógica o gramática o aun de notaría.
El número de facultades universitarias se fijó en cinco (artes, medicina, teología, derecho civil y derecho canónico), aunque no todas contaron con ese número.
Aquel proceso de transmisión del conocimiento fue reconocido por López de Gómara al recordarlo como «mi maestro».
97 La relación maestrodiscípulo, probablemente mantenida durante la estancia en Italia, continuó al regreso de Bolonia y Rúa pudo comprobar personalmente sus avances.
La satisfacción por el aprovechamiento en el estudio no se oculta, dándonos cuenta de los estudios realizados y los méritos alcanzados:
sabe quel dicho bachiller Francisco López de Gómara a estudiado latín y que sabe muy bien gramática e ystorias y poesía y artes de humanidad porque estudió con este testigo; y después sabe que a estudiado en Bolonia y después que de Bolonia vino a platicado con él en cosas d estudio e a rreçebido cartas en latýn buenas, por do syente que entiende muy bien y a aprobechado en las dichas facultades y que tiene buena abilidad.
98 El testimonio de Pedro de Rúa, autor de obras de prosa y poesía en latín, abre el abanico de la amplia formación que recibió López de Gómara.
En ella destacaba la enseñanza de textos de la antigüedad clásica y de la lengua latina, en la que fundamentaba el escribir y hablar bien.
99 Lo aprendido en la Colegiata de San Pedro de Soria, las virtudes del discípulo y el nivel alcanzado lo revelaban «sus cartas en latýn buenas» y las conversaciones sobre cosas de estudio a su regreso de Bolonia.
Aunque Lewis apuntó que no es de creer que Rúa haya sido el único maestro con el que estudió, 100 la declaración de Rúa no traduce que Francisco López estuviese en ningún otro Estudio antes de trasladarse a San Clemente.
Con Rúa perfeccionó López de Gómara el latín, dominio del que el maestro se mostraba complacido y que siguió utilizando pese a la amplia difusión de sus textos en romance.
Así lo advirtió en la dedicatoria al marqués de Astorga de la Crónica de los Barbarrojas 101 y a los impresores de La Historia de las Indias y Conquista de México.
102 Fue en Soria, con el maestro Rúa, donde estudió «ystorias», como recordó este último.
98 AHN, OM, Religiosos-Alcántara, exp.
Respuesta de Pedro de Rúa a la séptima pregunta.
101 López de Gómara, 1989, 18: «yo con el favor y mandado de V. Sa imprimirlo ahora en romance, y de aquí a poco en latín, pues la mayor parte tengo ya hecha...
Escribo en romance lo que escribo en latín».
En la advertencia a los trasladadores: «También los aviso cómo compongo estas historias en latín para que no tomen trabajo en ello». |
Este trabajo se ha enriquecido con las indicaciones recibidas durante el proceso de evaluación, las cuales agradezco sinceramente.
El presente estudio se inserta en un proyecto de investigación amplio que aborda el proceso de configuración de la sociedad colonial en las islas Filipinas y sus dinámicas.
En esta sociedad fronteriza colocada en los márgenes del imperio y afectada por una opresiva sensación de aislamiento y peligro, se desarrollarán pautas de comportamiento específicas o se intensificarán las que venían siendo habituales en otros espacios del imperio.
1 Esto último es lo que sucede en el caso de las estrategias matrimoniales desarrolladas por los funcionarios de su audiencia durante los primeros años de vida de este tribunal.
A través de ellas (tanto de las bendecidas por la Iglesia como de las que se vieron frustradas) es posible conocer las aspiraciones de este grupo, su intento de enlazar con los protagonistas de la conquista, devenidos ricos encomenderos y, en suma, la dinámica propia de una sociedad en proceso de construcción.
Para realizar esta investigación será preciso partir de los individuos y sus decisiones, las cuales los vinculan con quienes comparten intereses comunes.
El resultado del ejercicio de esa libertad personal es el tejido de entramados de relaciones que operan eficazmente, aunque no siempre resulten evidentes.
2 Y es que, a pesar de las prohibiciones que vedaban el matrimonio de los miembros de las audiencias y sus familias con residentes en el territorio de su jurisdicción, no fueron raros los que se celebraron, con o sin licencia.
Según señala Navarro García, tales prohibiciones tenían el objeto de aislarles de la sociedad y esto respondía a la sublimación de su función, que era entendida como «misión de una élite desprendida de todo interés, como una especie de sacerdocio civil».
3 Cabe plantearse si, en las condiciones peculiares de Filipinas, esperar este comportamiento era sensato.
En el presente trabajo se estudian las controversias suscitadas en el seno de la audiencia a causa del matrimonio del oidor viudo Madrid y Luna, situándolas en el contexto constituido por las relaciones entre los miembros de dicho tribunal y sus conexiones con el resto de la sociedad española de Manila, en los años que median entre 1583 (establecimiento de la primera Audiencia) y 1624, cuando la renovación del tribunal es ya un hecho.
Este segundo matrimonio del oidor Madrid y Luna ejemplifica para el caso Filipino cómo la transgresión de ciertas normas (las que afectaban al matrimonio de los funcionarios de las audiencias) tiene una repercusión diferente según las conexiones sociales del infractor y los intereses puestos en juego.
Al mismo tiempo, permite señalar la tensión existente entre el acatamiento de las normas legales y la libertad personal que se despliega en un contexto en el que la Corona, teniendo siempre presentes sus intereses, alterna rigidez y permisividad; todo ello en un espacio fronterizo como las posesiones españolas en el Pacífico.
Esta investigación se ha realizado sobre documentación inédita del Archivo General de Indias (Sevilla).
El establecimiento de la audiencia de Manila y las primeras alianzas matrimoniales
La presencia de españoles en Filipinas fue desde el principio escasa.
El Consejo de Indias, consciente de ello, consultó al rey en repetidas ocasiones sobre la necesidad de fomentar el poblamiento de las islas.
En 1589 don Santiago de Vera, que ejercía a la sazón el oficio de gobernador, definía a su capital como «bolsa vacía o posada sin huésped».
A fines del siglo XVI y tras la expedición de Gonzalo Ronquillo, que aportó unos 450 hombres, se calculan en torno al millar los españoles residentes en todo el archipiélago; entonces su capital contaba tan solo con unos 80 vecinos.
Filipinas consumía las contadas remesas que recibía, además de ver cómo muchos de los recién llegados, ante la dureza de las condiciones de vida, intentaban marcharse a la primera oportunidad.
A comienzos del siglo XVII y tras el tenue aumento registrado en la última década del siglo anterior, el alzamiento de los chinos producido en 1603 volvió a sumir a la población española en un inquietante estancamiento demográfico.
En 1611 el gobernador Rodrigo de Vivero informaba de que en todas las islas el número de españoles no alcanzaba la cifra de 1.800.
Entrada la década de 1620, la única parroquia de españoles que entonces había en Manila administraba 2.400 almas, excluidos sacerdotes, religiosos y niños.
4 Esta población en su mayoría eran funcionarios reales, militares, encomenderos o comerciantes, la mayor parte de los cuales veían en el archipiélago un destino transitorio, en espera de otro mejor.
En tanto esto sucedía, las familias españolas elaboraban sus estrategias encaminadas a consolidar su prestancia social y aumentar sus patrimonios.
Los ejemplos son numerosos y no era infrecuente la trasgresión abierta de las leyes con tal de sellar una buena alianza, lo que también contaba para el caso de los oidores de la audiencia.
La audiencia de Manila fue creada por real cédula de Felipe II, firmada el 5 de mayo de 1583.
El monarca había indicado que debían seleccionarse con cuidado los jueces de este tribunal por ser tierra recién conquistada; de ahí que se debieran escoger entre quienes ya tenían alguna experiencia y, a ser posible, entre vecinos de Nueva España por estar más próximos a su destino.
5 Para esta primera audiencia fueron nombrados los oidores Melchor Dávalos y Pedro de Rojas; la plaza de fiscal se encomendó a Gaspar de Ayala.
El 28 de mayo del siguiente año llegaba a las islas el nuevo gobernador, doctor don Santiago de Vera, llevando el sello del tribunal.
Viajaron con él los oidores y el resto de los ministros y oficiales de la audiencia.
La primera sesión se celebró con la debida solemnidad el 15 de junio.
6 Dos años más tarde (1586) llegaría a las islas el tercer oidor, don Antonio de Ribera Maldonado.
No tardaron mucho en evidenciarse las fuertes discrepancias existentes entre los miembros de la audiencia, y entre éstos y su presidente, que también era el gobernador; a los conflictos jurisdiccionales se sumó pronto la formación de un frente compacto integrado por oidores y fiscal, dispuestos a hacer y deshacer a su antojo en cuantos asuntos fueran de su interés.
Lógicamente, entre tales asuntos se contaban los acuerdos matrimoniales, materia en la que sobresalió el licenciado Melchor Dávalos.
Efectivamente, había conseguido casar a una hija con el capitán Esteban Rodríguez de Figueroa, uno de los conquistadores de las islas y rico encomendero, a quien se le calculaba una renta de 60.000 pesos.
Sobre este asunto escribiría el gobernador Santiago de Vera, más para denunciar los abusos del oidor, que para atacar a su yerno, de quien decía era «hombre muy rico y honrado» y que poseía «una de las buenas encomiendas de esta tierra».
El gobernador Santiago de Vera, al arzobispo (probablemente de México).
Dávalos contestaría que el gobernador, recién llegado a las islas, había casado a una sobrina con el capitán Pedro de Chaves, a quien poco después hizo maestre de campo.
Dávalos había intentado concertar un matrimonio entre dicho capitán y otra hija suya, razón por la que le cobró abierta antipatía al gobernador.
También casó el oidor Dávalos a su hijo Luis con una encomendera, y al mayor, Hernando, con doña Inés de Mendoza, encomendera y viuda del escribano Hernando Riquel, contra la voluntad del gobernador, que le ordenó que no casara más hijos; cosa que no sirvió sino para que el oidor le cogiera una ojeriza mortal.
8 De hecho, tenía tan adelantadas las gestiones para el matrimonio de otra hija suya, doña Elvira, con Bernardino de Sande, también rico encomendero, que cuando éste por sorpresa desposó a la hija del alcaide de la fortaleza en la que estaba arrestado bajo cargo de adulterio, «lo sintió grandísimamente porque entendió que lo tenía ya por cosa cierta y casado con su hija», por supuesto, sin licencia del gobernador.
9 En realidad, estaba buscando acomodo a la extensa prole con la que se había instalado en las islas y para conseguirlo nada le detenía.
10 Las expectativas depositadas en la audiencia de Manila se vieron frustradas por un cúmulo de factores: la injerencia de los oidores en los más variados asuntos del gobierno de las islas, los enfrentamientos personales entre los jueces y con su presidente, y las competencias habidas con el obispo en materias de jurisdicción y protocolo.
En realidad, todo ello era fruto de las circunstancias del momento, de la imprecisión de las leyes que habían creado la audiencia y del comportamiento de los oidores, enzarzados en disputas y mezclados en negocios.
11 La supresión de la audiencia fue 8 Declaración jurada del canónigo Juan de Armendáriz.
El declarante había oficiado ambos matrimonios.
Véase también la declaración jurada de Gaspar de Acebo, secretario de la gobernación.
9 Melchor Dávalos no negó estos hechos sino que, consciente de su gravedad, intentó justificarlos: «y de creer es que [...] no se me mandaron traer aquí para que a los varones metiese frailes ni a las hembras monjas (en tierra de moros), y hombre soy yo, y cualquiera de ellos lo es, para servir a V.M. en dos días más que mis émulos en años; y si un pleito tiene mi yerno y otro mi hijo, jueces hay que conocen de ellos, y no soy el que tiene que juzgarlos, de manera que no haya inconveniente».
Carta de Melchor Dávalos al rey.
La sistemática prevaricación del licenciado Dávalos fue denunciada por Gaspar de Acebo, secretario de la gobernación.
10 Según declaró Clemente Hurtado de Monreal, vecino de Manila, en la información hecha por orden de su presidente, doctor Santiago de Vera, contra los oidores y el fiscal de la audiencia, Melchor Dávalos profesaba un odio feroz al gobernador.
Así lo evidenciaban las palabras que el testigo le había oído proferir: «...plegue a Dios que yo vea a sus hijos mendigando por puertas, pues que él a los míos no ayuda, antes estorba el bien que les puede venir».
11 Buen ejemplo de que dicho tribunal no constituía un cuerpo compacto aplicado estrictamente al ejercicio de sus atribuciones, sino una institución que, por estar encarnada en personas particulares, se veía afectada por sus intereses, relaciones y conflictos.
12 Cuando llegó a Manila la noticia, el fiscal Ayala estaba suspendido en sus funciones por haber casado sin licencia a una hija.
13 Tras unos años en que la administración de la justicia en las islas estuvo en manos del gobernador y su teniente y asesor letrado, la audiencia volvió a establecerse por real cédula de 26 de noviembre de 1595, dirigida al gobernador Francisco Tello.
14 La intensificación del poblamiento de las islas, la extensión de las conquistas y el aumento del tráfico comercial con China, fueron razones aducidas en favor del restablecimiento del tribunal que, con la excusa de aliviar las tareas del gobernador, venía a poner límites a una excesiva concentración de poder en sus manos, al tiempo que contrarrestaba el poder eclesiástico.
La nueva audiencia contaba ahora con cuatro oidores, un fiscal y oficiales subordinados.
Ocupaban estas plazas Antonio de Ribera Maldonado (enviado de nuevo a Filipinas desde la plaza que servía en la Audiencia de Guatemala), Antonio de Morga, Cristóbal Téllez de Almazán y Álvaro Rodríguez Zambrano.
El oficio de fiscal recayó en Jerónimo de Salazar y Salcedo.
15 La audiencia fue oficialmente restablecida en Manila el 8 de mayo de 1598, con gran solemnidad y alegría general.
16 Al restablecimiento de la audiencia siguió el inicio de las tensiones entre sus miembros.
Así, Antonio de Ribera Maldonado recién llegado a las islas, reclamó la condición de decano de los oidores.
Esto supuso desplazar al doctor Antonio de Morga que había venido disfrutando hasta entonces de esta condición y creó en él un evidente resentimiento.
17 Ribera Maldonado inmediatamente recuperó sus actividades mercantiles, iniciadas 12 Fue clausurada por el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas, el 20 de junio de 1590.
Una síntesis de la historia de la audiencia de Manila puede encontrarse en Galván Rodríguez, 2007.
13 Más tarde, cuando desempeñaba el oficio de alcalde del crimen en México, tuvo que dar explicaciones al rey por el matrimonio secreto contraído por un hijo suyo.
Falleció el 3 de abril de 1603, mientras se realizaba su residencia.
15 Real cédula al virrey de Nueva España ordenándole acomodar en los navíos que habían de ir a Filipinas a los oidores Ribera Maldonado, Téllez de Almazán y Rodríguez Zambrano, y al fiscal Salazar y Salcedo.
La audiencia, en carta remitida al rey y fechada en Manila, a 12 de julio de 1599, afirma que este tribunal se fundó «por el mes de junio de 1598».
17 Antonio de Morga, al rey.
La llegada de Ribera Maldonado se retrasó hasta el año 1601.
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ durante su estancia anterior en las islas como miembro de la primera audiencia,18 y concibió un audaz plan para hacerse con el control de la abultada herencia del adelantado Esteban Rodríguez de Figueroa, fallecido en la empresa frustrada de Mindanao.
Se trataba de desposar a la hija mayor de éste, una niña que contaba entonces 11 años y en torno a la cual la ambición tejió una compleja red de intereses.
19 Sus manejos llegaron a ser tan evidentes y escandalosos que el gobernador Bravo de Acuña abrió una información que sacó a la luz una buena parte de los enredos, aunque no llegó a aclarar todas las cuestiones en juego.
Parece claro que era don Antonio quien aspiraba a la mano de doña Margarita, pero consciente de su avanzada edad, estaba dispuesto a ceder a favor de su hermano, Bernardino del Castillo.
No obstante, hubo quien aseguró que lo que se tramaba era un doble matrimonio de los dos hermanos con las dos huérfanas, «porque son casamientos muy ricos y de mucha renta y hacienda».
20 Mención aparte merece el matrimonio secreto de la hija mayor de don Antonio de Morga.
Según confesó él mismo al rey, su hija llevada por el temor de quedarse soltera, huyó para contraer un matrimonio desigual que colocó a su padre en una situación sumamente incómoda, y a ella fuera del círculo familiar.
21 En la información que a petición del propio oidor se realizó, quedaron en evidencia los inconvenientes de la aplicación de las leyes reales relativas al matrimonio de los miembros de las audiencias y sus familiares, en tierras tan lejanas y apartadas como Filipinas.
en diversos tiempos se le han ofrecido en esta ciudad algunos casamientos para la dicha su hija con algunos caballeros estantes en esta ciudad, los cuales el señor oidor ha resistido y estorbado por decir no tenía licencia de S.M. para casar sus hijas, con lo cual la dicha doña Juliana de Morga, viéndose ya con edad para mudar estado y que en esta tierra no hay monasterio en que poder ser religiosa, y que con voluntad de su padre no se había de casar, ni se tenía esperanza de su mudanza y salida de estas islas, vivía con desconsuelo y alguna inquietud, la cual esta declarante procuraba reparar mirando por su persona y aconsejándole se quietase y esperase hasta que Dios ordenase lo que de ella había de ser con voluntad de sus padres.
22 El caso del oidor don Cristóbal Téllez de Almazán Téllez de Almazán fue nombrado oidor de la segunda audiencia de Manila en 1595, como recompensa a sus veinte años de servicio, los siete últimos en la lejana Soria donde había sido corregidor.
23 El viaje a su nuevo destino hubo de retrasarse por el ataque inglés a Cádiz, episodio en el que perdió su hacienda cuando la flota fue incendiada, lo que le dejó «sin tener con qué cubrirse».
Según su propio relato de los hechos, hubo de esperar un año en Sevilla a la salida de la nueva flota, tiempo en el que sus dificultades económicas se agudizaron.
24 Ya en Manila, adonde llegó en 1598, comenzó el desempeño de su oficio que se prolongaría por catorce años.
En tan largo periodo de tiempo vivió episodios trascendentales de la historia española del archipiélago (como la insurrección china de 1603) y se convirtió en una figura muy relevante: instruyó la residencia del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas, y de su hijo, el también gobernador don Luis Dasmariñas, fue oidor decano de la Audiencia y asumió la presidencia y capitanía general durante la jornada de Terrenate realizada por el gobernador Bravo de Acuña y, otra vez, a la muerte de éste.
Gozó fama de honrado, y ésta llegó a la corte.
De ahí que fuera muy valorado por la Corona, que se negó reiteradamente a concederle plaza en otra audiencia, a pesar de sus repetidas instancias.
En ellas alegaba el progresivo deterioro de su salud, a la que sentaba muy mal el clima excesivamente cálido y húmedo de las islas; también, la dificultad que tenía para dar estado a su extensa prole (cuatro hijas y tres hijos).
Efectivamente, recién llegado a las islas, solicitó licencia real para casar a dos hijas, las que tenían edad para ello.
25 En 1603, cuando se cumplían los cuatro años de residencia en Manila, suplicaba ser trasladado a México, donde podría recuperar la salud, hacer profesar a sus hijas (que ya eran «muy mujeres») en un convento y dar oficio a sus hijos, a fin de que pasaran «a mejor estado».
26 A partir de entonces sus peticiones se repiten con una insistencia angustiosa.
Los argumentos con que apoyaba sus súplicas van desde la carestía de la vida que consumía el salario de un funcionario que gozaba fama de probo («no ha granjeado en materia de hacienda cosa alguna por ir más desinteresado en todo»), 27 hasta el empeoramiento de su salud, pasando por la imposibilidad de garantizar el futuro de su prole, en una tierra en la que «ni hay monasterio para las hijas ni estudio para los hijos».
28 En 1605 envió una nueva petición que llegó acompañada de un informe firmado por el definitorio y provincial de la orden de San Agustín, en el que ponderaban el recto proceder del oidor.
Tampoco en esta ocasión obtuvo respuesta favorable, pero a través de dicho documento sabemos que la mayor de las cuatro hijas del oidor tenía cerca de 40 años y que la menor contaba algo menos de 20.
De la edad de los hijos nada sabemos ya que sólo se indica que estaban todos sin casar.
Las circunstancias de la familia del oidor eran, a decir de los religiosos, dignas de conmiseración: cosa que a toda esta república da muy gran compasión por la falta que les haría su padre si le llevase nuestro Señor, dejándoles sin remedio.
29 La consulta favorable a la petición de licencia para casar a sus hijas fue firmada en abril de 1604.
Tal vez en ella pesara el escandaloso suceso protagonizado por Juliana de Morga años atrás, y el convencimiento de que en tierras tan lejanas era conveniente abrir en estos asuntos un tanto la mano.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.07 Y considerando el Consejo cuán remota, corta y apartada es aquella tierra, y cuánto importa que las hijas de semejantes personas se casen con gusto de sus padres, y que fuera del distrito no hay allí como en otras partes dónde poderlas dar estado, ha parecido al Consejo que, siendo V.M. servido, se podrá remitir esto al gobernador de aquellas islas para que, proponiéndole el licenciado Téllez de Almazán las personas que se hubieren de casar con sus hijas y no habiendo inconveniente de consideración, le dé licencia para que las pueda casar, sin embargo de la prohibición que hay para no lo poder hacer en sus distritos.
30 Con todo, la Corona y sus ministros eran muy conscientes de lo extraordinario de esta concesión y de los riesgos que se corrían.
Su decisión estaba condicionada por la necesidad de mantener al oidor en Manila, lo que implicaba retener a su familia en las islas.
Este convencimiento es evidente en la anotación hecha al pie de la consulta.
del matrimonio sería un hijo llamado como su abuelo, Pedro Sarmiento, quien supo hacer valer ante el rey los méritos acumulados por sus antepasados en el tribunal de Manila.
34 La carta con la que Téllez de Almazán dio cuenta al rey del suceso fue ocasión aprovechada de nuevo por el oidor para pedir el traslado; en esta ocasión haciendo valer la inconveniencia de que un magistrado que había trabado lazos familiares en su demarcación, continuara ejerciendo en ella.
Vista así, la petición de Téllez de Almazán era más que un deseo, una obligación: «oblígame el verme con prenda en esta tierra».
35 Un año después volvió a repetir su petición, alegando, de nuevo, falta de salud y, además, la dificultad de encontrar un marido adecuado para sus hijas.
Esta misma consideración la repetiría en febrero del siguiente año: de promoverle es por la falta que hará en el gobierno de la audiencia y de aquellas islas, que ahora está todo a su cargo».
37 También la segunda de sus hijas consiguió casarse; lo hizo con Fernando de Ayala, regidor, encomendero y, posteriormente, castellano de la fuerza de Santiago y maestre de campo.
El 31 de marzo de 1612, sintiéndose ya «al cabo de la vida», volvió a pedir el traslado a una vacante mexicana, alegando de nuevo la necesidad de sus hijos y sus largos años de servicio.
38 Pocos meses más tarde, fallecía en Manila dejando fama de funcionario honrado y poco más.
El matrimonio del oidor viudo Madrid y Luna
Don Manuel de Madrid y Luna fue nombrado oidor de la audiencia de Manila por real provisión firmada en Valladolid, a 13 de diciembre de 1601, siendo recibido como tal en 23 de junio de 1603.
39 Viajó a su destino en compañía de su mujer, Paula Vergara, y de su hija Petronila.
40 Once años después (1612) lo encontramos todavía en Manila, pero ya viudo y cargado de hijos.
41 Fue entonces cuando consideró la posibilidad de contraer matrimonio de nuevo con una muchacha huérfana, hija del que fuera oidor decano de la audiencia, el licenciado don Cristóbal Téllez de Almazán, fallecido en diciembre de dicho año.
Así pues, manifestó al gobernador, entonces don Juan de Silva, su deseo de desposar a doña Beatriz Téllez, quien estaba preparando su regreso a la península.
La renta de menos de 1.000 pesos heredada de su padre era corta para mantenerse en Manila «conforme a la calidad y puestos de sus padres» y, no contando en la ciudad con más parientes que sus hermanos, había decidido regresar a Valladolid, de donde era oriunda su familia.
La propuesta del oidor 37 Consulta de la Cámara de Indias.
La Cámara reconoció en su consulta que era acreedor a la vacante que se había producido en la audiencia de México «por su rectitud, limpieza y buen proceder», pero no le propuso alegando que era el oidor más antiguo del tribunal de Manila y porque «procede con tan buena satisfacción que puede suplir la falta de gobernador de aquellas islas en el ínterin que va de España, y ayudarle en los principios hasta que se habilite en las materias de su gobierno, siendo como es, además de esto, muy necesaria su asistencia en la dicha audiencia por ser los compañeros que tiene muy modernos».
38 AGI, Filipinas, 5, N. Por su parte, el oidor realizó consultas para confirmar que el matrimonio que pretendía no iba en contra de las leyes que prohibían a los oidores casarse con personas de sus distritos.
Su intento se fundaba en que el licenciado Téllez no había poseído ni poseía bienes raíces, ya que siempre había esperado el traslado a México.
Además, doña Beatriz estaba preparando su marcha de las islas y contaba con licencia del gobernador para hacerlo.
Los informes solicitados se referían a si, pese a todo esto, podía ser considerada doña Beatriz domiciliaria de Manila y resultar, por tanto, el matrimonio inviable.
Los letrados consultados sobre el particular entendieron que no había impedimento alguno para el enlace, ya que el oidor fallecido nunca fue domiciliario en Manila «y con su muerte se acabó todo lo que aquí representaba y quedó su hija para aplicarse a lo que quisiere».
42 El proyecto presentaba notables conveniencias para ambos, ya que el oidor tendría una esposa adecuada a su condición social que llevara su casa y actuara de madre de su extensa prole, mientras que ella encontraba una salida airosa a la situación en la que había quedado al fallecer su padre.
Así lo entendió también la audiencia cuando el gobernador pidió su dictamen sobre el caso.
43 Formaban entonces este tribunal, además del interesado, el licenciado Andrés de Alcaraz, el doctor don Juan Manuel de la Vega (oidores), y el licenciado Juan de Alvarado Bracamonte, que ejercía como fiscal.
En su parecer hicieron constar que, pese a que la susodicha tenía tres hermanos jóvenes y otras tres hermanas, no había inconveniente.
Uno de sus hermanos se preparaba para marchar a Nueva España, mientras que los otros dos empezaban carrera en la milicia.
En cuanto a sus hermanas, dos estaban casadas y sus matrimonios se realizaron en vida de su padre y con previa licencia.
En cuanto a la soltera, había manifestado su intención «de no mudar estado».
Doña Beatriz no disponía de una dote y ni siquiera de lo 42 «Parecer de los letrados de Manila sobre el casamiento del licenciado Manuel de Madrid y Luna, oidor de la audiencia de Filipinas, con doña Beatriz Téllez, hija del licenciado Antonio Téllez de Almazán, oidor asimismo de la dicha real audiencia».
Firman el doctor Juan Pérez de Ledo y los licenciados don R. de Barreda, Luis Ortiz de Padilla y Díaz Guiral.
Este caso es un ejemplo claro de «endogamia burocrática», práctica favorecida por el aislamiento que la Corona imponía a sus funcionarios tanto en la Península como en Indias.
43 Auto del gobernador don Juan de Silva.
Y llegando a efecto este casamiento, se remediarán los daños referidos, y quedarán con amparo la hermana doncella y los hermanos, que quedaron con la misma pobreza.
Y al señor licenciado Madrid le está bien, porque siendo mozo y haber quedado viudo con seis hijas y un hijo, que la mayor no tiene once años, el tendrá mujer honrada y de calidad, y sus hijas madre virtuosa, como conviene para criar hijas de tal padre.
44 El caso, por lo demás, contaba con antecedentes y, para ilustrarlo, se añadió al expediente abierto una carta remitida al rey por la audiencia, informando sobre un asunto similar.
Se trataba del matrimonio contraído en febrero del año 1600 por la viuda del oidor Álvaro Rodríguez Zambrano, doña Tomasina Arias de Rivera, con el fiscal del mismo tribunal, don Jerónimo de Salazar y Salcedo, igualmente viudo.
45 En este caso, parece ser que el propio presidente del tribunal y gobernador de las islas, don Francisco Tello, fue quien se tomó interés en arreglar el matrimonio, tratando del asunto con ambas partes.
Antes de decidirse a contraerlo, los interesados quisieron asegurarse y pidieron su parecer y su autorización.
El gobernador planteó el asunto a la audiencia y este tribunal, del que formaban parte los oidores don Antonio de Morga y don Cristóbal Téllez de Almazán, no apreció impedimento alguno, sino todo lo contrario: el asunto era «a comodidad de entrambos».
46 Una vez celebradas las nupcias y para evitar posibles quebraderos de cabeza, el fiscal informó al rey y le solicitó su aprobación, aunque aseguraba que no había contravenido las leyes.
Le inquietaba la posibilidad de que el gobernador, don Pedro de Acuña, o los 44 Parecer de la audiencia de Manila.
45 Propuesta del presidente de la audiencia, don Francisco Tello, en el real acuerdo.
El oidor Álvaro Rodríguez Zambrano llegó a Manila como oidor de la primera audiencia en 1597.
Licencia de pasajero a Indias.
Su fallecimiento, ocurrió en marzo de 1599 y dejó una hija.
Por su parte, el fiscal Salazar y Salcedo enviudó de su esposa, doña Juana de Saavedra, el 12 de septiembre de 1598, pocos días después de entrar en Manila.
46 Traslado fiel de parte de una carta de la audiencia de Filipinas, al rey.
Carta de Jerónimo de Salazar y Salcedo dando cuenta al rey de su matrimonio.
Acompañaba a la misiva el parecer de la audiencia y su presidente sobre el asunto, fechado en 23 de diciembre de 1599.
El gobernador Tello sintetizó la argumentación de la audiencia, diciendo que puesto que doña Tomasina había estado «casada con el dicho oidor, y que como él estaba casado con ella, lo puede estar el dicho fiscal, que es el propio caso».
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ dos nuevos oidores cuya llegada se esperaba le quisieran perjudicar tomando como excusa este asunto.
47 A fin de hacer más aceptable su matrimonio, expuso las razones personales que le llevaron a contraer segundas nupcias: quedando yo con su falta con mucha muda de salud y contento, a que ayuda grandemente la calidad de esta tierra, que es muy penosa, y viéndome muy necesitado de quien procurase mi regalo, que es grandemente necesario en ella para vivir, y lo deseo para emplearme en el servicio de V.M., acepté el casarme con doña Tomasina Arias de Rivera.
48 De igual modo, el proyecto matrimonial del oidor Madrid y Luna fue considerado viable y oportuno por la audiencia.
De este mismo parecer fue el cabildo de la ciudad, que a través de un acuerdo unánime, pidió al gobernador que autorizara el enlace porque de él no se derivaba mal alguno para la república: y que de haber tratado el dicho señor licenciado Madrid el dicho casamiento, los vecinos de esta ciudad se lo han estimado en mucho, pues a ello no le mueve rica dote ni otros bienes temporales, sino solamente remediar a esta doncella, hija de padre que tantos servicios ha hecho a S.M. 49 Pero el cabildo no sólo expresó su apoyo para que «tan buen intento vaya adelante», sino que lo hizo aún más evidente al comisionar a dos de sus miembros para que personalmente llevaran el acuerdo al gobernador: el alguacil mayor, capitán Antonio Carreño, y el regidor, y también capitán, Diego Ruiz de Ayala.
El intento de inhabilitación del oidor Madrid y Luna
No sabemos cuándo se produjo la celebración del enlace pero probablemente sería poco después de obtenido el informe favorable de la audiencia.
Aparentemente, el asunto quedó resuelto hasta el año 1615, cuando el oidor Juan Manuel de la Vega pidió al gobernador la ejecución de las reales cédulas que ordenaban privar de su oficio a los oidores infractores.
Este fue el punto de partida de un expediente muy interesante en el que, tras el asunto del matrimonio del oidor, se esconde una muy tensa relación entre los miembros de la audiencia y ciertas complicidades con el cabildo de la ciudad.
Parece ser que el punto de partida fue una petición cursada por el procurador de la ciudad de Manila en México, para que se le facilitara traslado autorizado de una real cédula relativa a las censuras en que incurrían los oidores que se casaban en el distrito de sus audiencias.
El documento, fechado en Viana, a 15 de noviembre de 1592, insistía en lo ya ordenado en reales cédulas anteriores (Madrid, 10 de febrero de 1575; Lisboa, 18 de febrero de 1582 y Lisboa, 26 de febrero de 1582), extendiendo la pena de privación del oficio también a aquellos que trataran de casarse o acordaran un matrimonio, aunque no se hubiera llegado a efectuar.
El virrey, marqués de Guadalcázar, autorizó la realización del traslado en el mes de enero de 1615.
En julio del mismo año estaba ya en poder del cabildo de Manila, que demandó su cumplimiento.
Efectivamente, el capitán Sebastián Pérez de Acuña, regidor de la ciudad, presentó los traslados auténticos de las cuatro reales cédulas arriba mencionadas al oidor don Juan Manuel de la Vega, instándole a que se abstuviera de compartir estrado con el oidor Madrid y a que le impidiera ejercer como juez.
Afirmaba que hacía más de dos años que había contraído matrimonio sin la licencia real y, por tanto, había quedado despojado de la condición de juez; de ahí que en su escrito aludiera al susodicho como «oidor que fue de esta audiencia».
De este modo, las sentencias y los acuerdos en los que había participado eran nulos, y lo serían todos, si continuaba interviniendo quien ya estaba despojado del poder jurisdiccional.
50 Sin embargo, con ser grave la permanencia de Madrid y Luna en los estrados, no lo era menos el menoscabo que se estaba produciendo a la Hacienda Real, ya que se estaba pagando salario a quien ejercía como juez, sin deber hacerlo.
La respuesta del oidor De la Vega fue de decidido apoyo al cumplimiento de las cédulas reales, de las que ordenó sacar tantos temiendo que pudieran ocultarse para evitar su ejecución.
Con ellos acudió al gobernador, pidiéndole que declarara al oidor Madrid y Luna desprovisto de su 50 El capitán Sebastián Pérez de Acuña, regidor de Manila, al oidor don Juan Manuel de la Vega.
Con igual fecha remitió otro requerimiento a don Juan de Alvarado Bracamonte, fiscal de la audiencia, instándole a que hiciera cumplir las reales cédulas.
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ condición de juez y le impidiera seguir usando ese oficio.
Esto sucedía el 21 de julio de 1615; habían pasado ya quince días desde que se le mostraran al oidor De la Vega las reales cédulas, y desde entonces no había entrado en la audiencia; y pensaba continuar sin hacerlo, en tanto el gobernador declaraba que el matrimonio contraído por Madrid y Luna le había despojado del oficio de oidor.
51 Convencido de que el cumplimiento de las cédulas reales era indiscutible, don Juan Manuel de la Vega instó al también oidor Andrés de Alcaraz a actuar del mismo modo.
De hacerlo así, la audiencia quedaría de facto en suspenso, ya que dos de los tres oidores que la componían suspenderían el ejercicio de sus funciones; y a esto había que sumar la inhibición del fiscal, Alvarado Bracamonte, quien había asumido la postura del oidor De la Vega.
52 Se trataba de una posición de fuerza ante la que el gobernador no habría tenido más remedio que declarar destituido al oidor Madrid y Luna.
Sin embargo, no fue esto lo que sucedió: el licenciado Andrés de Alcaraz respondió requiriendo a su vez al oidor De la Vega para que continuara asistiendo al estrado y se abstuviera de hacerse ejecutor de las reales cédulas, «hasta que se declare lo que se debe hacer».
La respuesta del oidor Alcaraz frustró el intento de conformar una oposición fuerte al licenciado Madrid y Luna, para así expulsarle de la audiencia.
Al mismo tiempo, evidenció las malas relaciones existentes entre sus miembros.
Para De la Vega, la respuesta de aquel era impertinente y jurídicamente inconsistente, propia de un juez «atrevido en no guardar lo dispuesto por derecho, en cegándole la pasión».
53 Sus palabras estaban llenas de malicia, ya que atribuían a su compañero intenciones ocultas que aquel protestó no tener.
En cualquier caso, el problema estaba abiertamente planteado y quedaba por ver la actitud del gobernador Silva.
La primera medida adoptada por quien, además de gobernador ostentaba el rango de presidente de la audiencia, fue ordenar la remisión de la petición del oidor De la Vega al fiscal de dicho tribunal, don Juan de Alvarado Bracamonte.
Este permanecía bajo arresto por orden del gobernador, debido a una discusión mantenida con el oidor Madrid y Luna sobre el 51 Petición del oidor don Juan Manuel de la Vega.
52 Requerimiento del capitán Sebastián Pérez de Acuña, regidor de Manila, al fiscal de la audiencia, licenciado don Juan de Alvarado Bracamonte.
53 La discusión se había producido el día 9 de julio y, a causa de ella, el fiscal había pasado 34 días arrestado «en cárceles indecentes a su hábito, puesto y dignidad», y continuaba en las mismas condiciones, pero en su propia vivienda, sin poder acudir a ejercer su oficio a la audiencia.
Según protestó en el escrito con el que dio respuesta al gobernador, había sido tratado injustamente, ya que lo único que cabía achacarle era un cruce de palabras sobre la inhabilitación como oidor de Madrid y Luna.
A decir del fiscal, ambos se habían compuesto hacía días y se lo habían notificado al gobernador para que alzara el castigo, cosa que no había hecho.
Por eso, antes de emitir su informe, pidió el levantamiento del arresto, protestando que, de no ser así, los autos y acuerdos de la audiencia serían nulos.
A fin de asentar sólidamente su petición, trajo a colación la real cédula de 17 de mayo de 1607 que establecía la obligatoria concurrencia de los fiscales en juntas y acuerdos.
El auto del gobernador llevaba fecha de 11 de agosto, al igual que la respuesta del fiscal; ese mismo día un nuevo auto del gobernador conminaba a éste a cumplir con lo que se le mandaba, a lo que se apresuró Alvarado Bracamonte, no sin manifestar que lo hacía «protestando como protesta lo que protestado tiene».
54 Su informe llegó a manos del gobernador al día siguiente, 12 de agosto.
En él afirmaba que desconocía el contenido de las reales cédulas que habían dado origen al conflicto, hasta que se le requirió que instara su cumplimiento; que por hacerlo había terminado en prisión y que, puesto que el oidor Madrid y Luna se había casado dos años y medio atrás, debía tenerse por despojado de su oficio desde entonces, y el gobernador debía hacer que así fuera.
Concluía su informe asumiendo el dictamen que el oidor De la Vega había escrito sobre el asunto.
El dictamen del oidor Juan Manuel de la Vega
Resulta en principio desconcertante el comportamiento del doctor De la Vega en este asunto.
Él formaba parte de la audiencia que a petición del gobernador estudió el proyecto matrimonial de su colega Madrid y Luna, y 54 Respuesta del fiscal a la notificación del auto del gobernador don Juan de Silva.
55 Dictamen del fiscal de la audiencia, don Juan de Alvarado Bracamonte.
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ firmó un parecer favorable en diciembre de 1612.
Dos años y medio después, en julio de 1615, con el apoyo de los traslados de las reales cédulas llegados de México, exigió la inmediata destitución de su colega y protestó la nulidad de todos los actos y resoluciones en las que había intervenido, desde el momento en que había empezado a preparar su matrimonio.
Esto suponía echar por tierra el parecer aprobatorio de la audiencia y rechazar por infundadas las consideraciones que expuso relativas a la condición de no residente en las islas de la hija del oidor Téllez de Almazán, ya que las cédulas en cuestión prohibían tales enlaces «sin distinción ninguna de naturaleza o domicilio».
56 La argumentación esgrimida por el doctor De la Vega supuso dar la vuelta a las razones que se habían considerado antes suficientes para aprobar el matrimonio.
Afirmaba que la prohibición era conocida por el tribunal y por el oidor Madrid y Luna, y que por ello pidió su parecer a la audiencia.
Era evidente que existía dicha prohibición ya que el propio Téllez de Almazán solicitó al rey la autorización para casar a sus hijas, y el fiscal Salcedo, una vez casado, se esforzó en que el monarca aprobara su enlace.
Este último caso había sido considerado un precedente ilustrativo precisamente para asentar la viabilidad del proyecto de Madrid y Luna.
Todos eran conscientes, por lo tanto, de que era necesaria la autorización real, para deshacer el inconveniente de la prohibición y evitar sanciones.
Las cédulas llegadas a Manila eran de obligado cumplimiento también en Filipinas, porque insistían en una norma que ya era conocida: «y así se está en la regla de derecho que dice que al que sabe una cosa no es necesario notificárselo ni hacérselo saber otra vez».
57 La argumentación de De la Vega desciende también a aspectos jurídicos muy particulares, a fin de responder a las alegaciones hechas por el oidor Alcaraz contra la ejecución de las reales cédulas; es decir, contra la destitución de Madrid y Luna.
Así, contrariamente a la opinión de su colega, De la Vega mantiene que los ejemplares de las cédulas llegados a Filipinas eran documentos válidos por tratarse de traslados autorizados del libro de gobierno de la audiencia de México, cuyo valor y fuerza eran los mismos que los de los documentos originales.
Su tenor coincidía con la prohibición vigente, y conocida en todos los tribunales de las Indias, que 56 Petición del oidor don Juan Manuel de la Vega.
57 Escrito del oidor don Juan Manuel de la Vega, al gobernador.
En cualquier caso, la sola posibilidad de que todos los actos y sentencias en que participara el oidor fueran nulos, aconsejaba apartarlo puesto que el daño que se causaría a la república sería mayor que el que padecería el interesado despojado de su oficio, en tanto el rey manifestara su voluntad en el asunto.
En este punto, De la Vega pondera ambos casos: «como una pulga con un elefante».
Más aún, según asegura, la audiencia no había respondido al oidor Madrid y Luna como él lo había demandado; ya que solicitó que el tribunal declarara que no había prohibición para que pudiera casarse, y fue respondido que «en cuanto a las personas no había impedimento considerable, para que S.M. con mayor facilidad le concediese la licencia».
Esto significaba que debía haber pedido la licencia real antes de contraer matrimonio y que la audiencia trató de ayudarle.
Por otro lado, su comportamiento fue tramposo: dicho señor licenciado Madrid no cumplió con lo que ofreció a la Audiencia; porque habiendo ofrecido que un cuñado suyo se había de ir a España y una cuñada suya donde ella no había de tomar estado, ni el cuñado se fue, antes es alférez de este campo, y la cuñada, en casándose él, se casó con un caballero encomendero, de forma que con un barangay tan crecido de cuatro hermanas casadas, y las dos con dos hombres principales y encomenderos, y un hermano aunque ya no tiene encomienda, pero cuñados y parientes de su mujer, y tres hermanos, y los cuñados, amigos y allegados de todos estos en una ciudad pequeña y tierra tan corta, la tiene toda atravesada de forma que se ha venido a dar en los inconvenientes que no quiere la real cédula, para que se administrase justicia con libertad.
58 El caso del oidor Madrid y Luna fue presentado por De la Vega como un ejemplo de los males que aquejaban a la administración de justicia; males que años atrás se había molestado en denunciar.
Efectivamente, en 1608, el oidor De la Vega remitió una carta al rey con consideraciones acerca de los inconvenientes derivados de la concesión de licencias a los oidores de Indias para casar a sus hijas.
Al licenciado Téllez de Almazán se le dio licencia para casar sus hijas.
Tiene casadas dos, y la otra, según las apariencias y publicidad, llegó muy adelante, y tanto y más ruido en la república que las otras dos, aunque no se efectuó por morir el mancebo, 58 Escrito del oidor don Juan Manuel de la Vega, al gobernador.
El barangay era la unidad sociopolítica básica de las islas Filipinas, fundada en lazos de parentesco.
Comprendía normalmente unas treinta o cuarenta familias, aunque excepcionalmente llegó al centenar.
Tiene su origen en las embarcaciones con las que los antiguos malayos emigraron a las islas en grupos familiares.
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ pero dejó tanta trabazón y obligaciones para corresponder a sus deudos con memorias de testamento y mandas gruesas como si se efectuara.
Bien se entiende que en un pueblo tan corto como este, apenas habrá vecino con quien no tengan obligaciones y correspondencias; unos por parentesco, otros por afinidad, otros por amistad, como la experiencia lo enseña, y es fuerza que han de acudir cada uno con sus intercesiones al padre.
59 Un año más tarde, en 1609, cuando De la Vega llevaba tres años de ejercicio en Manila, envió a la corte una nueva carta en la que criticaba con dureza el proceder del gobernador y de la propia audiencia, y solicitaba la realización de una visita.
60 Como ya se ha indicado, la postura del oidor De la Vega ante el matrimonio de Madrid y Luna fue asumida explícitamente por el fiscal.
Estando la audiencia dividida en dos bandos, el gobernador debía encontrar apoyos fuera del tribunal para tomar una decisión en este asunto.
El medio fue la convocatoria de una junta de autoridades.
«El remedio de familia tan sola y desamparada».
La justificación del gobernador
El 13 de agosto de 1615, tan sólo un día después de que el dictamen del fiscal llegara a manos del gobernador, se celebró una junta a la que fueron convocados el arzobispo, el provisor y vicario de la diócesis, el deán de la catedral y su tesorero, el obispo de Cebú, representantes de las órdenes de dominicos, franciscanos y jesuitas, además de tres abogados de la audiencia.
Dicha junta tenía por objeto recabar la opinión de los convocados acerca del contencioso del matrimonio del oidor Madrid y Luna.
Por el testimonio de esta reunión, incorporado al expediente con el que se informó al rey sobre el asunto, sabemos que antes de celebrarse el controvertido matrimonio, se recabó la opinión del arzobispo, de los obispos e incluso de las órdenes religiosas.
Su parecer fue concordante con el de la audiencia, el cabildo de Manila y los juristas consultados.
Es decir, había un acuerdo unánime sobre la conveniencia y licitud de la unión, ya que todos coincidieron en que no había prohibición del rey, más allá de «la Anu. estud. am., 72, 1, enero-junio, 2015, 177-210.
Una vez celebrado el matrimonio, el oidor Madrid y Luna había continuado ejerciendo su oficio, hasta el momento en que su compañero De la Vega exhibió las reales cédulas y exigió su cumplimiento.
Llegados a esta situación, el gobernador pidió su parecer a los participantes en la junta, y estos fueron unánimes al resolver que el gobernador no debía tomar ninguna providencia, en tanto el rey, a quien se había acudido ya, manifestara su voluntad sobre el asunto.
61 Cuando el gobernador informó al rey de las controversias suscitadas en la audiencia a causa del matrimonio del oidor Madrid y Luna, puso buen cuidado en justificar la licencia que él había dado para la celebración del enlace.
Las razones aducidas fueron desde la conveniencia personal de los contrayentes, a la inexistencia de un impedimento jurídico, pasando por la general aprobación de las instituciones y personalidades relevantes de las islas; también la de los teólogos y juristas a los que se pidió parecer.
Según aseguró en su escrito, la muerte de Téllez de Almazán había dejado a su familia en una situación difícil («un hospital de pobreza y necesidad»), por lo que el proyecto matrimonial del oidor viudo Madrid y Luna, que había mantenido siempre una estrecha amistad con el fallecido, fue muy bien visto.
El parecer unánime de los letrados consultados, así como la aprobación de los prelados de las órdenes religiosas, dieron más consistencia a un proyecto que convenía tanto a las partes interesadas.
Por otro lado, si bien estaba en conocimiento de todos la prohibición que impedía a los oidores contraer matrimonio en los distritos de su jurisdicción, a decir del gobernador, la real cédula en cuestión no había llegado a Filipinas.
Esto permitió al gobernador «disimular» en el asunto y permitir el casamiento, al igual que hizo la audiencia, esperando que el rey lo tuviera por bien hecho, como había sucedido en el caso del matrimonio del fiscal de la propia audiencia, don Gerónimo de Salazar y Salcedo.
En este caso, a decir del gobernador «no hubo tan apretadas causas» como las estaba habiendo con el oidor Madrid y Luna, y en esto apunta a la existencia de otros intereses que habían tomado como excusa la iniciativa de dicho oidor.
62 Un día después de celebrada esta junta, el gobernador llevó su dictamen a la audiencia para recabar la opinión del único de los oidores que no estaba incurso directamente en el contencioso: el licenciado Andrés de Alcaraz.
Este, que ya había manifestado su oposición al intento de su colega, suscribió el parecer de la junta.
El mismo día, 14 de agosto, el gobernador firmó un auto por el que desestimaba la petición del oidor De la Vega y suspendía cualquier providencia, en tanto el rey tomaba una decisión.
Aparentemente, el asunto quedaba zanjado.
63 Del cuidado escrito con que el gobernador Silva informó del asunto al rey se desprende el empeño de este por justificar su actuación, escudándose en razones humanitarias («el remedio de casa y familia tan sola y desamparada»), en el apoyo general que Madrid y Luna había granjeado para su proyecto matrimonial y, en último caso, en la falta de una formalidad jurídica que podía eximir a las autoridades filipinas de cumplir una norma que sabían ya se cumplía en el resto de las Indias.
En última instancia, el gobernador era consciente de que había transgredido las leyes, pero intentó justificarlo del mejor modo posible.
Los enfrentamientos en el seno de la audiencia de Manila
No es posible entender el significado de la controversia sobre el matrimonio del oidor Madrid y Luna sin conocer los fuertes enfrentamientos existentes entre los miembros de la audiencia de Manila en estos años.
Las enemistades y disputas habían llegado a tal punto que el gobernador se había visto en la tesitura de abrir diligencias e informar con los correspondientes expedientes al rey.
Según estos testimonios, los oidores De la Vega y Alcaraz se habían cruzado «palabras gruesas» a la salida del tribunal, y el fiscal Alvarado Bracamonte se había enemistado seriamente con el oidor Madrid y Luna, por «algunas palabras de pesadumbre graves y escandalosas», estando 62 Sobre la condescendencia ante las infracciones en materia matrimonial de las autoridades indianas, véase Martiré, 2005, 127-139.
63 Auto del gobernador don Juan de Silva.
El expediente fue remitido al rey al día siguiente.
64 Carta del gobernador, don Juan de Silva, al rey.
65 Este enfrentamiento había terminado con el arresto del oidor en las casas del cabildo de la ciudad, y del fiscal, en la fuerza de Santiago, desde donde se esforzaron en minimizar lo ocurrido y persuadir, sin éxito, al gobernador para que les soltara. falta de jurisdicción del alcalde ordinario que instruyó junto al gobernador todo el proceso, y la escasa importancia de lo sucedido.
Según el fiscal, había sido una mera discrepancia sobre una ordenanza y, siendo asunto de tan poca entidad al que no correspondía una pena de prisión, no conocía la causa real de su encarcelamiento.
En cualquier caso, no consiguieron su objetivo, ya que el expediente con el que el gobernador dio cuenta al rey iba acompañado del parecer de los letrados de la Audiencia, favorable a informar al soberano de lo sucedido.
En cuanto al enfrentamiento entre los oidores Alcaraz y de De la Vega, tuvo lugar estando ambos en el estrado de la audiencia, una vez concluida la sesión pública, en la mañana del 21 de junio de 1613.
Al parecer, la cuestión se había suscitado por unos rubíes que el licenciado Alcaraz había llevado para que su colega Madrid y Luna le diera su opinión y estimara su valor.
Las piedras pasaron de mano en mano hasta que, tras compararlas con un rubí valioso de Madrid y Luna, Alcaraz tuvo la ocurrencia de señalar que jamás verían al doctor de la Vega llevar tales piedras.
Entonces, según el testimonio del oidor Madrid y Luna, poniendo los ojos en el dicho licenciado Alcaraz, temblando de cólera y descolorido, le dijo: [...] muchos días ha que tengo conocido su mal ánimo y pecho, señor licenciado Alcaraz, que tiene para conmigo, y no sé por qué me anda dando ocasiones y tirándome varillas; ya otras veces lo ha hecho y no sé por qué se atreve a esto si no es por hacer poca estima [...] de mí; y el decirme allí en los estrados que cuándo había de traer una piedra debió de ser por motejarme de pobre.
Yo no trato de piedras y esto ha sido muy gran atrevimiento, no habiendo habido entre mí y v.m. amistad particular.
Y tras esto le dijo otras palabras con demasía de cólera.
68 Según había llegado a conocimiento del gobernador, la repuesta del oidor Alcaraz («el diablo por señalarse, por hacer suertes echa azares»), terminó de enfurecerle.
Ese mismo día el gobernador ordenó hacer una información sobre lo sucedido y recabar las versiones de los testigos.
El gobernador, por su parte, dio cuenta de todo al rey en un escrito durísimo en el que denunciaba la parcialidad de los oidores y su conexión mediante vínculos familiares y de amistad, con intereses muy diversos. la grande desunión, inquietudes y bandos que entre los oidores y fiscal de esta audiencia hay de ordinario, encaminados a querer sustentar cada uno lo que quiere y desea, 68 Declaración jurada del oidor don Manuel de Madrid y Luna.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.07 sin reparar en si es o no justo y puesto en justicia, que todo esto puede el ser tan parciales como son, teniendo las amistades que tienen con sus amigos y aliados, que se encaminan a solo sus fines e intereses particulares y a querer hacer en ellos con oposición y daño general, no siendo el menor el que se sigue de tener, como tienen, hijos, hermanos, deudos y criados, y sus aliados y amigos de los unos y de los otros, que todos quieren con igualdad tener mano y poder, de que resultan agravios en el librar y determinar justicia, cosa que generalmente se siente y causa grande desconsuelo, compasión y lástima, deteniendo la determinación de los pleitos y causas que tienen vistas, que no se puede encarecer su demora, siendo conocido el fin a que se encamina de hacer daño y amistades con ella.
69 El remedio era sacar de las islas a todos los componentes de la audiencia, fiscal incluido, ya que no había la más mínima esperanza de que llegaran a avenirse.
Yendo aún más lejos, el gobernador manifestó los temores que abrigaba ante las posibles maquinaciones de quienes tenían mucha oscuridad «en sus ánimos y corazones».
no me tiene puesto en tanto cuidado el salir a buscar los enemigos como el que me causa el suceso que tendrán estas disensiones a vueltas de mis espaldas, que me da bien qué pensar como quien tan presentes las tiene y conoce los ánimos e intenciones de estos ministros [...] los cuales tengo muy conocidos y penetrados.
70 El Consejo de Indias ante el problema y la renovación de la audiencia La carta del gobernador Silva denunciando los enfrentamientos entre los oidores y el fiscal fue vista en el Consejo, en 7 de junio de 1616.
El asunto fue considerado lo suficientemente grave como para que, en tanto se tomaba una decisión, se enviara una carta reprobatoria.
Ésta debía leerse en el acuerdo, y debía ser «apretada, nombrando a cada uno por su nombre, con apercibimiento que, además de que se procederá contra ellos, se proveerán sus plazas, si no se enmendaren con general satisfacción de aquella república que tan escandalizada está de su proceder».
La correspondiente real cédula dirigida a los tres oidores y al fiscal fue firmada en Madrid al día siguiente, 8 de junio de 1616.
MARTA M.a MANCHADO LÓPEZ El propio Consejo, sin embargo, fue consciente de que la solución vendría de las decisiones que se habían tomado antes de tener conocimiento de lo que sucedía en el tribunal de Manila.
Efectivamente, se habían provisto dos plazas, una a la muerte de Téllez de Almazán, y otra por el traslado de Madrid y Luna, al que se le había enviado ya nombramiento como alcalde del crimen del tribunal mexicano, antes de saber nada de su matrimonio y «lo demás que ha pasado».
Este, en cuanto supo del nombramiento, se apresuró a abandonar Filipinas, a pesar de que se le pidió que retrasar su viaje, habida cuenta de la situación precaria en que quedaba la audiencia.
72 En julio de 1617 sólo había un oidor en activo en el tribunal de Manila, Andrés de Alcaraz.
El oidor De la Vega se encontraba desde hacía seis meses gravemente enfermo y no se tenían esperanzas de que, si salvaba la vida, pudiera volver a ejercer.
73 Ante este panorama, fue necesario recurrir a tomar juramento al fiscal Alvarado Bracamonte y permitirle actuar como juez.
74 En cuanto al oidor Alcaraz, en 10 de julio de 1614, había solicitado al Consejo autorización para abandonar Filipinas y dar por concluidos sus servicios a la Corona, que se habían prolongado durante veintisiete años, los últimos once como oidor en el tribunal de Manila.
Se sentía enfermo y anciano, y su reciente viudez le había hecho concebir el firme deseo de cambiar radicalmente de vida: que cuando no hubiera las justas causas que refiero, para mí bastaba haberme llevado Dios a mi mujer a veinticinco del pasado, de una larga y penosa enfermedad que le duró dos años; con cuya muerte he quedado con la mayor pena y desconsuelo que jamás he tenido por no me quedar hijos ni hermanos de mi parte, ni la suya, que uno que tenía habrá cuatro meses murió.
En 23 de diciembre del mismo año fue librada una real cédula al gobernador de Filipinas, don Juan de Silva, para que le facilitara el viaje a su nuevo destino.
En AGI, Filipinas, 37, N.18 se conserva un memorial firmado por el licenciado Vergara, cirujano de cámara del rey, pidiendo la expedición de una real cédula dirigida al gobernador de Filipinas para que auxiliara a Madrid y Luna, su yerno, en su viaje a México.
Deseaba ser ordenado sacerdote y emplear el resto de su vida ejerciendo de capellán de su esposa difunta, a quien se sentía muy obligado.
Según reconoce, la decisión había sido tomada en un proceso de discernimiento largo y sereno: y esta determinación que tengo de tomar el hábito eclesiástico no es causada del dolor de la presente muerte, que en la enfermedad, temiéndome de este suceso, me determiné a que si Dios se servía enviarme este trabajo, había de servirle haciendo esta mudanza, que es la que para quietud de mi alma he menester.
76 El Consejo le concedió lo que solicitaba, en 12 de diciembre de 1615 y le ordenó embarcarse para España en la primera ocasión.
Cinco años después lo encontramos todavía en Manila; las circunstancias le habían obligado a retrasar su viaje («por haber sido a mi cargo el gobierno de ellas y cargado todo el peso de la audiencia, por no haber en ella más oidor que yo»).
77 Más tarde, una enfermedad le postró en la cama y, ya recuperado, la amenaza holandesa le retuvo de nuevo en las islas.
Con la audiencia en situación tan precaria, los problemas volverían a reproducirse.
En esta ocasión con un nuevo protagonista con estrella ascendente: el fiscal Alvarado Bracamonte.
En 1617 ejercía como fiscal y oidor, al tiempo que presidía la audiencia don Andrés de Alcaraz, sobre quien había recaído asimismo la gobernación de las islas.
Alvarado Bracamonte había casado a dos hermanas que le acompañaron en su viaje a Manila, entregándoles a modo de dote una hermosa encomienda.
Sus maridos pasaron a ser regidor y general de galeras, uno, y alcalde ordinario de la ciudad, el otro.
Además de esto, casó a una sobrina con un mercader al que convirtió después en regidor y alcalde del parián.
78 La desenvoltura con la que actuaba le llevaba a mantener una relación adúltera con una mujer casada, a ojos vista de la ciudad.
77 Andrés de Alcaraz al rey.
Cuando escribe esta carta ya habían tomado posesión de sus plazas de oidores el licenciado Jerónimo Legazpi de Echeverría y los doctores Álvaro de Mesa y Lugo y Antonio Rodríguez de Villegas.
Andrés de Alcaraz confiaba en poder embarcarse en la flota del siguiente año.
Fue nombrado para sucederle en la plaza de oidor el doctor Jerónimo de Cabrera Navarro, quien no llegaría a tomar posesión al morir ahogado en el viaje.
Real cédula al presidente y oidores de la audiencia de Manila.
Véase también la carta de su padre, Antonio Navarro de Cabrera, reclamando el salario completo de su hijo fallecido.
78 El parián era el barrio de Manila en el que se concentraba la población china.
79 Carta del cabildo catedral, al Rey.
Según una real cédula enviada al gobernador don Alonso Fajardo de Tenza en 1619, había llegado a conocimiento del rey su comportamiento ilícito, ante el cual la primera medida adoptada fue su traslado fulminante a la audiencia de Panamá en calidad de fiscal.
El nombramiento debía entregársele en mano, impedirle a continuación que entrara en la audiencia, y vigilar para que se embarcara en la primera ocasión, sin admitir retrasos, «por cuanto el promoverle no ha sido por hacerle merced sino por sacarle de esas islas».
Allí le había retenido su residencia, instruida a duras penas por don Álvaro de Mesa y Lugo.
81 En este tiempo el fiscal había conseguido atraerse el favor del gobernador, con quien había llegado a intimar tanto que le protegía a ojos vista de la ciudad, para desesperación del juez de su residencia.
Este denunciaría al monarca que el gobernador «lo defiende con gran fuerza [...] y es público que a muchas personas persuadiendo y a otras amenazando, les dice que no han de ofender al fiscal porque él lo ha de sacar a hombros».
82 En 1624, instalado ya en su nuevo destino, Alvarado Bracamonte comenzó a desarrollar una actividad que no estuvo exenta de polémica.
Doce años más tarde, en julio de 1636, solicitaba la promoción a México o Perú; no había transcurrido un año cuando su viuda pedía una ayuda para poder regresar a México, de donde era oriunda.
83 La carta con la que Enrique Enríquez de Sotomayor, presidente de la audiencia de Panamá, daba cuenta del fallecimiento del fiscal, informaba también de la suspensión en su oficio de oidor de don Antonio Quijano, por haber contraído matrimonio sin licencia.
En este caso, por encima de los intereses particulares y de la conveniencia del propio tribunal de Panamá, que quedaba con un único oidor, se alzaba el criterio superior del monarca y su voluntad de evitar que los jueces estuvieran condicionados por sus conexiones familiares.
pero como las cédulas reales son más para obedecidas que para interpretadas cuando nada dejan al arbitrio de los presidentes, tengo por más seguro errar obedeciendo que desobedecer acertando.84
El estudio del contencioso en torno al matrimonio del oidor Madrid y Luna remite al problema del establecimiento de conexiones familiares y clientelares por parte de los burócratas en Indias, cuestión especialmente importante en el caso del archipiélago filipino, habida cuenta de su lejanía de los centros de poder imperial y del corto número de familias españolas residentes.
En el periodo de tiempo estudiado, correspondiente a los primeros años de la Manila española, la efervescencia de una pequeña comunidad en proceso de formación atrapó a los miembros de su audiencia, quienes se integraron en ella a través de alianzas matrimoniales autorizadas o no.
La vida en el extremo del Imperio era difícil, incómoda y peligrosa.
En estas condiciones y con la perspectiva de permanecer allí durante largos años, se les imponía un doble exilio: el geográfico y el aislamiento social, requerido como garantía de una justicia imparcial.
No todos fueron capaces de asumirlo y así se tejieron redes de intereses difíciles de desentrañar en toda su extensión, pero de las que quedan evidencias en los documentos.
Las rencillas personales, los choques de intereses, propios o de patrocinados y amigos, estuvieron operando tras las decisiones de los miembros de la audiencia y explican sus variables comportamientos, así como las fracturas en el seno de una institución de la que, equivocadamente, se ha esperado con frecuencia posturas monolíticas.
En el caso del oidor viudo Madrid y Luna, no están totalmente claros los motivos que movieron a su colega De la Vega a procurar su inhabilitación.
Pero lo que sí resulta evidente es que los enfrentamientos entre los miembros del tribunal de Manila, unidos a los manejos de muchos de ellos no contribuye-ron a la estabilidad y respeto de la institución, que tardaría bastantes años en consolidarse.
85 Por otra parte, no he encontrado constancia documental de que la corona censurara el matrimonio del oidor Madrid y Luna, como sí la hay del disgusto del monarca por los escándalos que los enfrentamientos de los miembros de la audiencia habían producido en Manila.
86 En esta como en otras ocasiones, la Corona asumió una postura pragmática en la que, salvando el principio de supremacía, no tuvo sin embargo empacho en transigir con las infracciones a las leyes prefiriendo dar al conflicto una salida discreta.
Es posible afirmar que, habida cuenta de la todavía reciente presencia española en Filipinas, la tolerancia de la Corona contribuyó a su gobernabilidad y fortaleció la radicación de ciertas familias mediante matrimonios "convenientes" en unos años en los que las islas no ofrecían grandes alicientes.
En el caso estudiado, la renovación completa de dicho tribunal acabaría con los escándalos, pero las controversias sobre las alianzas matrimoniales no tardarían en reproducirse.
El estudio realizado constituye un punto de partida para ulteriores investigaciones; ofrece sugerentes posibilidades cuyo desarrollo permitirá comprender más en profundidad la dinámica de la sociedad que los españoles crearon en los confines de su Imperio; y esto desde una perspectiva hasta ahora muy infrecuente en el campo del filipinismo.
Recibido el 31 de marzo de 2014 Aceptado el 20 de noviembre de 2014 Bibliografía Alva Rodríguez, Inmaculada: Vida municipal en Manila (siglos XVI-XVII), Córdoba, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1997.
85 En este proceso sería determinante la propia consolidación del dominio español sobre el archipiélago y el concomitante desarrollo de su estructura administrativa y de gobierno, fruto de una voluntad de permanencia que resistió con éxito todas las adversidades; también, por supuesto, de la regularización del comercio transpacífico.
También el interesante trabajo de Bertrand sobre las tensiones entre las pretensiones de las familias novohispanas con presencia en las instituciones y la autoridad real. |
Mucho se ha escrito acerca de la participación pública en la Nueva España del visitador José de Gálvez y de su posterior desempeño como ministro de Indias en España.
Acéptase de buen grado que la actividad reformista llevada a cabo por tan reconocido funcionario malagueño, tanto en el ámbito novohispano como en el peninsular, es referencia obligada para todo aquel que, de una u otra forma y en mayor o menor medida, aborde un tema, ya sea de carácter general o regional, que anteceda o coincida con el inicio de la aplicación de la reforma militar y administrativa emprendida por las autoridades reales en la Nueva España a mediados de la década de los sesenta del siglo XVIII.
No obstante, para profundizar un poco más en la problemática situación que se vivía en la frontera norte novohispana y poder identificar ciertos móviles políticos y económicos que llevaron al superior gobierno a promover y apoyar el proyecto reformista ejecutado por Gálvez en la frontera norte, es necesario referirse a Juan Rodríguez de Albuerne.
La actividad realizada en la corte virreinal por este personaje, mejor conocido en la historiografía contemporánea como el marqués de Altamira, resulta relevante debido a que, en aras de un aprovechamiento útil del territorio, intentó llevar a cabo una reorganización integral de la estructura política, social y económica en las principales provincias septentrionales, veinte años antes de que oficialmente el visitador Gálvez pusiera en marcha la política reformista en dicha región.
De aquí entonces que uno de los propósitos de este artículo sea el de mostrar cómo Altamira, durante su gestión de auditor de Guerra y Hacienda, puso en marcha en la frontera norte ciertas medidas principalmente relacionadas con el reforzamiento del poblamiento civil, así como otras más tendientes a controlar el establecimiento y la administración de las misiones y los presidios septentrionales.
No cabe la menor duda de que el auditor y sus más cercanos colaboradores aportaron sus propias ideas con el afán de consolidar el dominio español y lograr una mejor explotación de los recursos naturales y humanos en esa zona, en provecho del real gobierno.
Sin embargo, en la documentación consultada sobre este asunto existe suficiente evidencia para afirmar que el funcionario en cuestión, con el propósito de favorecer al grupo de nobles propietarios al cual él pertenecía, hizo suyas también algunas de las propuestas de cambio planteadas desde mucho tiempo atrás.
Es de sobra conocido que desde mediados del siglo XVII la capitanía general del virreinato novohispano empezó a recibir numerosas solicitudes y proyectos pacificadores y colonizadores elaborados por diversas autoridades civiles, militares y eclesiásticas de las provincias norteñas; la mayor parte de ellos estaba encaminada a lograr la paz con los naturales y a mejorar el funcionamiento de las principales instituciones que operaban en dicho territorio para alcanzar un desarrollo social y económico de los asentamientos españoles de la zona.
A pesar de las iniciativas emprendidas por las autoridades virreinales, se sabe que muchas de las propuestas no fueron escuchadas o no pudieron ser atendidas por el gobierno central, no obstante su permanente y genuina preocupación de pacificar y repoblar principalmente con españoles y demás «gente de razón» la frontera norte de la Nueva España.
1 La difícil situación de la frontera norte y su necesaria transformación empezaron a cobrar más significado para los funcionarios reales en las dos primeras décadas del siglo XVIII.
2 Al despuntar los años cuarenta del mencionado siglo, ya circulaba ampliamente entre las autoridades y vecinos de ciertas provincias septentrionales el deseo de llevar a cabo un cambio sustancial de las principales prácticas que aún se mantenían en dicha región en materia de defensa, colonización y reducción de los indígenas.
3 Sería, sin embargo, el marqués de Altamira quien promoviera y estimulara en la corte virreinal un primer ensayo transformador en una porción del entonces llamado Seno Mexicano con la fundación, en 1748, de la Colonia del Nuevo Santander, según se verá en este artículo.
Si se atiende a lo anterior no se puede dejar de reparar en un asunto que, a todas luces, contribuye a terminar con la idea difundida en la historiografía contemporánea de que las reformas borbónicas que se aplicaron en la Nueva España en el siglo XVIII fueron todas pensadas y decididas desde la Península Ibérica.
Hoy en día semejante afirmación, al menos para 1 Prueba de ello se puede constatar en los textos publicados por Polzer & Sheridan, 1997.
2 Por ejemplo, Francisco de Barbadillo y Vitoria estuvo comisionado en el Nuevo Reino de León de 1714 a 1716 por el gobierno virreinal para que suprimiera las congregas y combatiera los excesos perpetrados por la sociedad y el gobierno neoleonés en contra de la población indígena.
Asimismo, existe un interesante informe elaborado por Antonio Ladrón de Guevara acerca de la situación que imperaba en el Nuevo Reino de León, fechado en 1739.
Posteriormente, se llevó a cabo la conocida visita del brigadier Pedro de Rivera a los presidios norteños, entre 1724-1728, de la cual se hablará más adelante.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.08 la frontera norte, no puede sostenerse frente a la evidencia de que algunas de las propuestas de cambio de esa época surgieron de los grupos de poder novohispanos y no de la metrópoli, como se asegura.
En el conjunto de las reformas contempladas y aplicadas por José de Gálvez en las provincias norteñas de la Nueva España, se llega apreciar en algunas de ellas el afán transformador del marqués de Altamira y de la elite gobernadora a la cual pertenecía.
Altamira: un burócrata ilustrado
Frente a todo lo anterior, resulta un tanto extraño descubrir cómo en los textos contemporáneos que aluden de algún modo a la organización político-administrativa, militar, económica y social de las provincias septentrionales, salvo el caso concreto del libro de María del Carmen Velázquez,4 con frecuencia se menciona el nombre de Altamira a partir de noticias aisladas en las cuales se tiende a proyectar una imagen difusa de un burócrata ilustrado de altos vuelos, diligente y puntilloso.
Ni qué decir que dentro de este desdibujado perfil que se ofrece del marqués difícilmente tiene cabida la intensa actividad desplegada por dicho funcionario en la corte virreinal.
A menudo se pierde de vista el interés del auditor de lograr la pacificación y el repoblamiento español de ciertos puntos estratégicos del septentrión novohispano, considerados parte importante del imperio en ultramar, que con frecuencia eran violentados por los grupos indígenas insumisos y asediados por la intromisión extranjera.
5 Fue a partir de su ingreso a la real Audiencia de Guadalajara en 1728 cuando Juan Rodríguez de Albuerne encontró los mecanismos idóneos para vincularse con las familias más poderosas de la Nueva España, hasta obtener el título de marqués consorte al contraer nupcias con Luisa Pérez de Tagle Sánchez de Tagle, bisnieta del primer marqués de Altamira y heredera de dicho marquesado.
Tal distinción le imprimió al estatus de hijodalgo del entonces oidor un lustre que contrastaba con su reservada personalidad.
6 En su natal España el futuro marqués de Altamira estuvo lejos de pertenecer al grupo de jóvenes abogados de abolengo que solían llegar a los altos cargos públicos con el empuje del poderoso clan familiar que los cobijaba.
Fue gracias a su versatilidad y a su gran capacidad de trabajo en tierras españolas que Rodríguez de Albuerne se ganó el nombramiento de oidor de la Audiencia de Nueva Galicia.
Una vez instalado en dicha institución, ahora sí al amparo del importante sector de nobles propietarios de origen montañés radicado en la Nueva España, empezó a obtener el poder político y los recursos necesarios para alcanzar posteriormente el nombramiento de oidor de la real Audiencia de México de 1738 a 1741, así como su ulterior designación como auditor de Guerra y Hacienda en la mencionada institución en 1742, puesto que ocupó hasta su muerte en 1753.
7 En la ciudad de México Altamira no tardó en adquirir fama de ser un oidor eficaz e ilustrado, leal a los intereses y a las directrices de la monarquía española.
Sin embargo, es sabido que desde época muy temprana de su llegada a Guadalajara, su interés de estar al servicio del gobierno real lo tuvo que empatar -y en algunas ocasiones supeditar-a sus propios intereses personales y a los del grupo montañés que le dio cabida en su seno.
En 1736, Juan Carrillo, oidor de la Audiencia de Guadalajara, presentó una denuncia ante el Consejo de Indias en contra del también oidor Rodríguez de Albuerne por entorpecer la justicia y practicar un activo tráfico de influencias a favor de un poderoso grupo de nobles propietarios de la región.
8 De tal modo que cuando Altamira llegó a la capital novohispana, dada su reciente viudez, es factible suponer que siguió manteniendo fuertes vínculos con su acaudalada familia política.
Aun más, pasado el tiempo, no solo conservó e hizo gala del título del marquesado que por derecho de consorte le pertenecía, sino que disfrutó de la cuantiosa fortuna que había heredado de su difunta esposa.
Todo parece indicar que este patrimonio le permitió continuar como integrante activo del poderoso círculo de nobles propietarios hasta el fin de sus días.
El grupo montañés estaba conformado, principalmente, por los marqueses de Altamira, los de San Miguel de Aguayo y los de Xaral y Berrio, así como los condes de San Pedro del Álamo y San Mateo Valparaíso.
Este poderoso clan cántabro poseía en Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Zacatecas, Guanajuato y Querétaro enormes e importantes haciendas, especializadas principalmente en la cría extensiva de ganado mayor y menor.
9 Pero Altamira, además del poder político, económico y social que obtuviera en Guadalajara a lo largo de toda una década que duró su gestión de oidor en dicha institución, también pudo adquirir un conocimiento -si se quiere incipiente-de las necesidades de defensa y repoblamiento que se requerían en la frontera norte.
Cabe ahora preguntarse de qué forma este alto funcionario obtuvo los elementos fundamentales que le dieran sustento para concretar -como lo hizo-un nuevo modelo colonizador que respondiera en cierto sentido a las expectativas de algunos grupos dominantes novohispanos con intereses muy añejos en la frontera norte, y que además lograra hermanarlo con la imperante necesidad del gobierno español de defender, controlar y explotar en su beneficio las tierras ubicadas en dicho territorio.
Las propuestas del marqués
En 1742, ya como auditor de Guerra y Hacienda en la capital virreinal, Altamira se fue transformando en un funcionario de altos vuelos.
Pero tuvieron que transcurrir cuatro años más para que el marqués adquiriera un detallado y consistente conocimiento del territorio norteño.
10 Durante ese periodo, a la par que se fue familiarizando con la problemática propia de dicha región, el auditor también alcanzó el prestigio y el renombre necesarios para participar de manera directa en la política sostenida por el gobierno central en los asuntos de frontera.
Vemos que su habilidad de jurisconsulto pronto se dejó sentir en el marco de la Audiencia de México; a partir del conocimiento que tenía tanto de las leyes como de las necesidades de la administración para la cual laboraba, Altamira solía encontrar la forma de justificar con razones de peso las disposiciones emanadas del real gobierno.
Es interesante destacar la fuerza política y la seriedad con que eran tomados sus dictámenes y pareceres, ya que a través de ellos el pleno de la Audiencia podía sopesar si lo que en su momento se estaba proponiendo era lo dispuesto por las leyes o, en su caso, si era necesario recurrir a alguna opción -generalmente sugerida por el mismo auditor-para dar salida a los innumerables problemas a los que se enfrentaba de manera cotidiana la administración virreinal en el norte novohispano.
11 Es verdad que el marqués nunca estuvo físicamente en el septentrión, como ocurriera con algunos destacados personajes civiles, militares y eclesiásticos de la talla de José de Gálvez, Teodoro de Croix, Pedro Tamarón y Romeral, el marqués de Rubí, Junípero Serra, Francisco Palou y Juan Agustín Morfi.
Sin embargo, en su desempeño como auditor de Guerra y Hacienda, Altamira pudo, hasta cierto punto, subsanar dicha limitación mediante el sistemático y concienzudo estudio que realizara sobre el estado de la frontera norte, con el propósito «de enderezar y expeditar un gobierno local desarreglado, prácticamente sin supervisión, en manos de quien quisiera y pudiera aprovecharse de él».12 Sus múltiples dictámenes y pareceres que emitiera entre 1742 y 1743 están sustentados en un conjunto de ordenanzas, autos, consultas, informes y representaciones, así como en todo tipo de información relacionada con el septentrión que se encontraba resguardada en la capitanía general del virreinato.
Sin duda alguna, ya para entonces Altamira era un jurisconsulto bien preparado y fogueado en la política novohispana, que conocía al detalle las circunstancias históricas de la fundación y el desarrollo de cada una de las provincias norteñas, así como los principales problemas que aquejaban a sus pobladores.
Tanto fue así que en los últimos siete años de su gestión en la Audiencia de México, el auditor logró traspasar los límites de la pura información que, de acuerdo con sus funciones, debía presentar a la capitanía general para ubicarse en el ámbito de un servidor real con acciones claramente reformistas que, desde el punto de vista de los funcionarios ilustrados, resultaban difíciles de objetar.
Muchas fueron las ideas y las propuestas que Altamira promoviera desde la corte virreinal para darle un nuevo aliento a la defensa y al repoblamiento español en la frontera norte de la Nueva España; pero es necesario acercarse a sus planteamientos con ojo crítico, ya que algunos de ellos, no se olvide, respondieron a las aspiraciones del selecto grupo de hombres prominentes al que el auditor pertenecía, interesado en el uso y la explotación de los recursos naturales y humanos de las tierras norteñas.
Asimismo, se debe tener presente que en general las iniciativas que dicho funcionario planteara o, en su caso, apoyara en materia de pacificación, defensa y repoblamiento fueron contempladas por el marqués para hacerlas extensivas a los múltiples sitios estratégicos de todas las provincias ubicadas en la frontera norte de la Nueva España.
Los documentos nos llevan a pensar que no fue tarea fácil para Altamira encontrar soluciones viables a los apremiantes problemas de los poblados septentrionales.
Por si fuera poco, las diversas y preocupantes noticias acerca de lo que sucedía en el norte terminaron por ser un elemento distorsionador de la realidad de la región, lo que dio origen a las múltiples y discordantes conclusiones entre las autoridades metropolitanas y las novohispanas, así como entre estas últimas y las locales.
Todo ello tendió a complicar aún más el panorama para el funcionario a la hora de intentar aplicar algunas de las medidas que consideraba pertinentes para lograr ciertos cambios en las provincias norteñas.
La amenaza apache, por ejemplo, es un asunto representativo de la compleja situación.
Estudios recientes han demostrado que la multicitada irrupción de los apaches en los asientos españoles ubicados en uno y otro lado del río Bravo, aunque la hubo, y de manera cruenta, también es verdad que en muchos momentos funcionó como un discurso justificador para tratar de contener -o en el mejor de los casos sortear-la creciente injerencia del gobierno real con el fin de ejercer y consolidar el poder en esas tierras.
13 Es decir que, mediante la exaltación de la guerra apache, los funcionarios locales intentaron defender sus intereses y privilegios, preservando la relativa autonomía de que habían gozado a lo largo de casi dos siglos.
Desde luego también contribuyó a engrosar las noticias en este sentido la irrupción en las villas españolas de diversas bandas de heterogénea composición étnica -mulatos, mestizos, negros, incluidos los indígenas desertores de las misiones y apóstatas-que en la confusión con frecuencia eran identificados como apaches.
14 Se puede echar mano de algunas noticias confiables para atenuar un poco más las dimensiones del conflicto apache en el norte.
Se sabe, por ejemplo, las relaciones de compadrazgo establecidas entre ciertos jefes apaches y varios capitanes de presidios.
Asimismo, en los informes de algunos capitanes de los presidios de la región norteña se señala el apoyo que estos llegaban a recibir de ciertos apaches durante las campañas militares realizadas para el combate y exterminio de otros grupos rebeldes que merodeaban el territorio.
Este fue el caso de los últimos cocoyomes que quedaban en la región de Nueva Vizcaya.
Aun así, habremos de aceptar el hecho importante de que en la década de los cuarenta del siglo XVIII el problema de la apachería adquirió nuevas dimensiones en las provincias más septentrionales de la Nueva España.
15 En un principio Altamira centró su atención en el noreste, región conformada en ese tiempo por el Nuevo Reino de León, Coahuila y Texas.
De las tres, Texas era para el auditor la que representaba un serio problema de indefensión y despoblamiento por la vecindad con los franceses asentados en la ribera norte del Misisipi, así como por el grado de beligerancia que se diera entre los apaches y los pobladores en la zona de San Antonio.
16 En el estado de abandono en que se encontraba Texas mucho tuvo que ver el criterio utilizado por el brigadier Pedro de Rivera, luego de la visita que realizara a los presidios norteños en la década de los veinte del citado siglo XVIII.
Dicho militar consideró que en esos tiempos de paz con Francia, la presencia de soldados en los asentamientos militares en la parte oriental de la provincia resultaba nula para la defensa, y que, por el contrario, estimulaba el contrabando con Luisiana.
Por tal motivo, el brigadier resolvió que todos los presidios de la zona se replegaran al distrito de Béjar, dejando solo en los Adáes una guarnición entre 60 y 100 soldados.
17 Es sabido que uno de los efectos nocivos de esta política aplicada por Pedro de Rivera fue la entrada de comerciantes galos al territorio español por Pachina, en el Misisipí, o por los cursos de los ríos Neches, Trinidad y Brazos, para relacionarse no solo con los indígenas de la localidad sino con los mismos españoles de la zona.
Además de todo lo anterior, la débil ocupación española en Texas se veía mayormente afectada por las más de doscientas leguas que comprendía el territorio conocido como Seno Mexicano, ubicado entre los ríos Pánuco y Nueces, donde residía una gran cantidad de grupos indígenas de cultura nómada y estacionaria.
La necesidad de repoblar con españoles este enorme bolsón de tierra, para integrarlo al resto de la Nueva España y unirlo con Texas hasta la Bahía del Espíritu Santo, era un asunto que habría de resolverse precisamente a finales de la década de los cuarenta del siglo XVIII, bajo el arreglo y la orientación del marqués de Altamira.
18 Antes que nada, para el auditor era necesario corregir las fallas y las deficiencias que mostraba el sistema operativo pacificador y colonizador.
Después de casi 20 años de la visita del brigadier Rivera a los presidios del norte, las fuerzas sociales se habían modificado y las 25 guarniciones militares existentes, con un total de poco más de 800 efectivos, seguían representando un gasto «inútil» de 360.000 pesos anuales para la Real Hacienda.
19 Lo mismo pensaba de los más de cien mil pesos que dicha institución aportaba al año para el sostenimiento de las misiones establecidas en distintas zonas del septentrión, toda vez que hasta ese momento -según su opinión-no se habían dejado de padecer «los frecuentes sustos y peligros de las invasiones y hostilidades de los indios», no solo apóstatas, sino incluso los congregados y cristianizados hacía ya más de 150 años.
20 Asimismo, agregaba el funcionario que, de atender a todos los ocursos presentados a la capitanía general por gobernadores, capitanes de presidios y misioneros, donde solicitaban auxilios para contener las hostilidades de los indígenas en toda la frontera septentrional, en lugar de existir los 25 mencionados presidios, habría ya más de cien.
De aquí que Altamira advirtiera repetidamente en sus dictámenes la imposibilidad para cualquier gobierno de sostener un sistema que, tal como estaba, casi nada podía resolver, y que además, aseguraba, en la siguiente centuria los costos habrían de exceder los 45 millones de pesos, sin contar la cantidad de gastos que implicaban las repentinas sublevaciones indígenas de los indios ya reducidos.
21 Entre los principales motivos que esgrime el funcionario respecto del precario funcionamiento de los presidios es el de no estar acordonados y a una distancia promedio de 60 leguas en un extenso territorio de más de 600 leguas de oriente a poniente que abarca desde el presidio de los Adáes, en Texas, confinante con la Luisiana francesa, hasta la península de California.
22 Asimismo, atribuye a los capitanes de las guarniciones militares descuido, negligencia y total abandono.
23 Refuerza el auditor su opinión adversa sobre los resultados prácticos de dicha institución con las noticias sobre el dudoso desempeño de los soldados destacados en Coahuila y Texas, quienes, dice, al parecer solo prestan a los misioneros «servicio de mayordomos de labranzas dentro de las misiones, en lugar de concretarse a defenderlas y a pacificar el territorio, según sus funciones».
24 De acuerdo con Altamira, para lograr la seguridad en la frontera norte se debía retomar y perfeccionar la reforma militar iniciada por Pedro de Rivera para transformar el sistema defensivo a partir de un gobierno militar que contara con la fuerza suficiente para controlar a los presidiales, y contener las ofensivas indígenas y la amenaza extranjera.
25 En el caso de los presidios la propuesta del auditor era dejar solo aquellos que resultaban plenamente necesarios, e incluso aceptaba la creación de algunos nuevos en puntos estratégicos para la defensa, siempre y cuando estuvieran acompañados del establecimiento de una o más poblaciones de españoles de cincuenta familias cada una de ellas, pues de lo contrario los asentamientos militares resultaban del todo inútiles.
Pero más que crear costosos baluartes defensivos, el marqués se pronunció por ubicar, en los antiguos y nuevos poblados no indígenas, pequeños destacamentos de soldados con sus respectivos capitanes y la formación de diversas compañías volantes que se encargaran de recorrer y resguardar un determinado territorio, pero sobre todo que los efectivos militares de ambos grupos estuvieran en «consonancia y correspondencia» con los «presidiales convecinos» y con los 21 AGI, Guadalajara, 191, Dictamen sobre el poblamiento de Nueva Vizcaya.
22 AGI, México, 691, 175, Dictamen del marqués de Altamira sobre la inconveniencia de la fundación de varias misiones en el paraje de San Xavier, en Texas, México, 28 de enero de 1747.
25 Osante, 2012, pobladores debidamente armados, a fin de obtener mejores resultados en la defensa del norte.
26 Pero sin duda alguna, la más severa crítica del marqués de Altamira al antiguo sistema de pacificación y penetración en el septentrión novohispano tiende a recaer sobre los centros misionales.
Consecuente con la política gubernamental del momento, en sus múltiples dictámenes y pareceres el auditor no pierde ocasión para poner en entredicho la efectividad de las misiones al señalar repetidamente el fracaso de los misioneros para propagar la fe cristiana entre los naturales del territorio.
A los religiosos, en particular, les atribuye el lamentable atraso colonizador debido al poder y a los privilegios que tenían en dichas tierras.
En buena medida, el auditor responsabiliza a los regulares de acaparar las mejores tierras y con ello acabar con el «antiguo ímpetu» de los conquistadores por poblar el septentrión.
En uno de sus escritos, Altamira afirma en tono categórico que la falta de poblaciones de españoles se debe «al invencible, cerrado, absoluto dictamen de los religiosos que administran lo espiritual en dichas fronteras».
27 Para el auditor, como para otros altos funcionarios de la corte virreinal, a todas luces resultan nocivas las leyes de división territorial que prohíben a los no indios avecindarse en los pueblos bajo el estatuto de misión.
El hecho de que los asentamientos religiosos se mantengan alejados de todo contacto con los pobladores no indígenas no solo desvirtúa sus funciones sino que bajo el amparo de algunas de ellas, los indios supuestamente congregados y con nombre de cristianos, en realidad, dice, «son los peores enemigos, alcahueyes, receptores y directores de los apóstatas gentiles», con quienes habían mantenido y seguían sosteniendo permanente contacto y comerciando entre ellos.
28 En 1746, el marqués propuso la secularización de las 22 misiones de Topia y Tepehuanes, y con los sínodos que se fueran liberando se planeó la creación de nuevos establecimientos religiosos en la zona del Moqui, al norte del río Gila.
29 Por otra parte, el auditor señaló ciertas fallas u omisiones cometidas por los franciscanos en el noreste, detectados a raíz de la visita efectuada por José de Escandón a los centros misionales de dicha región.
Por ejemplo, el coronel Escandón le informó al marqués de Altamira que varias misiones inexistentes recibían el sínodo del misionero; en otras más, los religiosos, sin dejar de percibir el sínodo, contaban con las obvenciones de los pobladores que bien les podían servir para su manutención, en lugar del sínodo anual que se les otorgaba.
30 De aquí entonces que el marqués planeara un reajuste mediante la suspensión del sínodo de los establecimientos religiosos que presentaran las irregularidades citadas.
Asimismo, pensó en fusionar de dos en dos las misiones que eran vecinas y tuvieran una escasa población de indios reducidos.
También se planteó suspender la ayuda económica a todas aquellas misiones que habían sido fundadas hacía más de un siglo, y que para entonces recibían suficientes obvenciones de los vecinos que habitaban en sus inmediaciones y, en algunos casos, incluso percibían el tributo correspondiente de los indios que radicaban en la zona.
31 Esto último llevó al funcionario a recomendar que tanto la custodia de Tampico como las misiones establecidas en Valle del Maíz y San Antonio de Tula, entre otras más, a la brevedad fueran convertidas en doctrinas, puesto que tenían indios reducidos que pagaban tributo.
Todos estos centros misionales, junto con los de la Sierra Gorda, el Nuevo Reino de León y Coahuila, hacían un total de 47 establecimientos que ocasionaban un elevado costo a real erario, justamente porque hasta entonces no se habían podido convertir en curatos o doctrinas.
De hecho, en 1751 Escandón había conseguido que cesaran doce sínodos de la custodia de Río Verde, cuatro sínodos más del Nuevo Reino de León y tres de Coahuila, al mismo tiempo que el coronel estaba tratando de que se suspendieran quince sínodos más, correspondientes a la custodia de Tampico.
Un primer ensayo transformador
Para Altamira en este primer impulso de cambio del noreste quedaba un asunto pendiente de resolver: la ocupación oficial del Seno Mexicano.
30 Instituto Nacional de Antropología e Historia, Archivo Franciscano (INAH, AF), microfilm, rollo 17, caja 45, exp.
1032, apéndice, 1v-2, Resolución de la Junta General de Guerra y Hacienda sobre pacificación, reducción y población del Seno mexicano, México, 13 de mayo de 1748; AGNM, Provincias Internas, 173, exp.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.08 El poblamiento español en esas tierras era visto como posible solución a los problemas indígenas y extranjeros en el golfo de México.
Se trataba de un enorme espacio, casi despoblado de grupos misionales y civiles, ideal para imponer la voluntad colonizadora del gobierno central, cifrada en una nueva modalidad de arraigo familiar utilizando los recursos humanos no indígenas que habitaban en las poblaciones circundantes al territorio.
Se dejaba atrás la secular idea de trasladar a distintos puntos de la Nueva España a familias procedentes de Galicia y de las islas Canarias.
El gobierno real aún recordaba el tan costoso como malogrado proyecto del traslado de familias isleñas a Texas en 1731.
Para ello, las autoridades virreinales, bajo el influjo de Altamira, diseñaron una original empresa que bien podría engarzar la inquietud del gobierno central de aplicar una nueva política colonizadora con las expectativas creadas sobre las tierras del Seno Mexicano por un selecto grupo de hombres prominentes novohispanos.
El resultado de esta planeación fue un novedoso ensayo de repoblamiento español -real y privado-a partir de un proyecto colonizador racional y limitado, prohijado en el seno del gobierno central que en manos de los particulares prometía cumplir algunos de los objetivos y de las prácticas que ciertos funcionarios ilustrados perseguían a mediados del siglo XVIII en beneficio del imperio español.
33 La propuesta fundamental para dar cauce al nuevo esquema colonizador y defensivo se centró en el establecimiento de nuevas poblaciones españolas, resguardadas principalmente por escuadras militares y compañías volantes, así como la pronta y cabal secularización de las misiones que pudieran subsistir con el pago de las obvenciones de los vecinos arraigados en la zona.
La creación de poblados mixtos, en donde convivieran los indios y los vecinos fue otra de las propuestas que completan este nuevo afán colonizador.
Ni duda cabe de que la presencia de los franciscanos era necesaria en tanto se echaba a andar y se consolidaba el nuevo proyecto.
Asimismo estaba previsto que una vez que los tiempos políticos fueran favorables se habría de prescindir de manera definitiva de dicha institución.
Por lo pronto, había que sacar provecho de su utilidad así fuera esta mediatizada.
34 Ciertamente, la mirada puesta por el marqués en instaurar un nuevo orden político y social donde prevaleciera la población española sobre la indígena avizoraba la crisis en la que de manera indefectible tenderían a caer los distritos misionales, ante la consolidación del poblamiento hispano en la frontera norte de la Nueva España.
Esta situación se iría reforzando cada vez más ante el hecho consumado de que en diversas regiones norteñas la misión, para su subsistencia, empezó a depender de las actividades realizadas fuera de los asentamientos misionales, tal y como sucediera con la fundación de la Colonia del Nuevo Santander.
El noreste es entonces la región donde ya se percibe políticamente el declive de los centros misionales que desde el siglo XVI fueran autorizados por la Corona con la expectativa de facilitar «el control social, económico, político, fiscal y religioso de la población indígena que tenía patrones de asentamiento caracterizados por la dispersión territorial».
35 Para el caso del Nuevo Santander, el auditor se inclina por una ocupación útil del territorio, junto con una mejor integración de la sociedad ahí asentada, tanto indígena como española y demás «gente de razón».
Desde luego que para lograr una mayor afluencia de nuevos pobladores y preservar la población asentada en dicha región, Altamira propone aplicar programas de poblamiento que se puedan sufragar por sí mismos, a fin de controlar el desmedido gasto que provoca al real erario el sostenimiento de las nuevas fundaciones.
36 En sus dictámenes, de manera reiterada, el marqués de Altamira expresa la necesidad de poblar lo conocido, pues señala que «no estando cubierto lo descubierto es irse descubriendo cuanto más se descubre adelante».
Es decir, el auditor rechaza la expansión mientras las provincias norteñas no sean autosuficientes y continúen subsidiadas por el real gobierno.
37 El trabajo remunerado a los indígenas, afirma el auditor, no solo coadyuva a la sociabilidad y a la enseñanza de los naturales, sino que evita que estos vuelvan a la vida silvestre, aumentando con ello las posibilidades del tan esperado auge económico en el Nuevo Santander.
38 Por otra parte, el interés del auditor por encontrar un hombre diligente, capaz de ejecutar la difícil empresa de pacificación y colonización del antiguo Seno Mexicano lo habrá de centrar en la figura del coronel José de Escandón y Helguera, quien a partir de su actividad desplegada en la Sierra Gorda se presenta con la capacidad probada en la procuración de un servicio de utilidad pública, esto es, el tipo de individuo al que los funcionarios reales deben permitir la participación en empresas públicas ventajosas para el imperio español.
Además se trata de un personaje que promete no «alterar las dimensiones del territorio en que se asienta la población y mucho menos si esta se encuentra en proceso de disminución», tal y como lo ejecutara en la región queretana.
En síntesis, Escandón se ajustaba cabalmente a la concepción que tanto Altamira como otros funcionarios reales habían defendido sobre cómo debían poblarse las tierras septentrionales.
39 Pero es un hecho que no solo Altamira se encargó de ponderar los magníficos logros de la empresa ejecutada por Escandón.
El virrey Revillagigedo -copartícipe de la política colonizadora delineada por Altamira para las provincias norteñas-en sus decretos, cédulas y demás correspondencia también suele emitir elogios desmedidos respecto de los resultados obtenidos por dicho coronel en el Seno Mexicano.
Por ejemplo, no dudaban ambos funcionarios de que con el nuevo modelo colonizador ya puesto en marcha el real erario no solo obtendría un gran ahorro en la empresa, sino también se sacarían jugosos beneficios económicos una vez que se desarrollaran ampliamente, como se esperaba, las actividades económicas en toda la región del noreste.
Entre estas últimas estaba el proyecto del puerto ubicado en la ría de Soto la Marina para comerciar, en prin cipio, de manera directa con Veracruz, para posteriormente hacer el intercambio mercantil con el Caribe, Campeche, Venezuela, y de ser posible hasta con la misma España.
40 Como se sabe, la empresa escandoniana, aunque respondió a las expectativas del gobierno real en el sentido de poblar con españoles y «gente de razón» la costa del Seno Mexicano para integrarla al resto de la Nueva España y defenderla de los indígenas rebeldes y de los extranjeros, esto no sucedió con los beneficios económicos que esperaban las autoridades virreinales, producto del comercio, de la explotación de la tierra y del uso de la mano de obra principalmente mestiza.
En realidad, toda la utilidad de las transacciones mercantiles quedó en manos del gobernador de la provincia, el coronel José de Escandón, y de sus subalternos más inmediatos.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.08 esto quiero decir que el proyecto colonizador formalmente se ejecutó conforme los lineamientos previstos por Altamira y otros altos funcionarios virreinales, pero una vez consolidada la colonización, el gobernador se encargó de mirar por sus propios intereses y los del grupo de hombres prominentes que lo apoyaban.
Finalmente, lo sabemos, la nueva modalidad colonizadora terminó por servir a los intereses económicos y políticos de los principales inversionistas, quienes -además de aportar parte importante de los recursos, materiales y humanos para la fundación del Nuevo Santander-se encargaron de dirigir y controlar el destino de los habitantes de la nueva provincia.
41 Así todo, los buenos resultados de la peculiar colonización del Seno Mexicano, motivaron a los funcionarios reales a hacerlo extensivo a otras provincias de la frontera norte.
El noroeste sería ahora el elegido.
Aun cuando desde algunos años antes de 1750 existía ya un particular interés por la provincia de Sonora y Sinaloa, no fue hasta los inicios de dicha década cuando el real gobierno habría de intentar aplicar algunos cambios importantes, luego de la destitución de Agustín Vildósola y la llegada de José Rafael Rodríguez Gallardo, en calidad de visitador y gobernador interino de dicha entidad.
Este último funcionario, dados los buenos resultados que el coronel Escandón había logrado en el poblamiento del Seno Mexicano, propuso seguir el mismo criterio en cuanto a la reducción de indios y su integración en los pueblos de españoles como para el establecimiento de las villas de españoles en la provincia de Sonora y Sinaloa.
42 Altamira, por su parte, en un prolífico dictamen sobre Sonora elaborado el 2 de octubre de 1747, hace patente su gran preocupación por el despoblamiento español de esa gobernación.
43 Para el auditor el problema más serio era el deterioro social y económico que daba pie a las invasiones apaches, y no como se pensaba que eran precisamente estas la causa del deterioro de la provincia.
En su profusa argumentación, el auditor hace ver que la raíz de todos los males en la región del noroeste es la frágil y malograda 41 Osante, 2003, 220-227.
42 Aun cuando Cinthia Radding menciona que Rodríguez Gallardo propone una nueva estructura para los pueblos de indios en Sonora, y Susan M. Deeds ve una similitud entre las propuestas de Rodríguez Gallardo y el marqués de Altamira, en cuanto a la secularización de las misiones y la importancia del trabajo indígena para la consolidación del poblamiento español, estas autoras no mencionan el particular señalamiento que hace el mencionado gobernador interino de Sonora en su Informe.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.08 colonización española, a consecuencia de la política segregacionista aplicada por los religiosos, en este caso los jesuitas.
44 A pesar de contar con el apoyo y la convicción reformista de Rodríguez Gallardo, las acciones transformadoras planeadas por Altamira para el noroeste, tuvieron que ser postergadas hasta la llegada del visitador José de Gálvez a la Nueva España en 1765.
En efecto, el impulso reformista de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta se vio seriamente afectado por la fuerza política y económica que ostentaban los jesuitas, así como por la problemática situación que se vivía en Sonora y Sinaloa, debido a los abiertos enfrentamientos entre los grupos dominantes que se disputaban el poder político de la región que, lejos de favorecer a la causa del gobierno central, tendieron a complicarla aún más.
45 Sería a mediados de la mencionada década de los sesenta cuando el visitador Gálvez implantaría personalmente la reforma tendiente a transformar al gobierno y a la sociedad arraigada en el noroeste de la Nueva España.
Asimismo, en 1769 este mismo personaje habría de ensayar una nueva modalidad colonizadora en dicha región con la fundación de Alta California, ahora sí con un doble propósito: expansionista y defensivo.
En ella retomaría el visitador la institución misión-presidio para la pacificación y la evangelización de los indígenas, pero bajo el mando de un gobierno militar.
Asimismo, volvería a poner en práctica la estrategia del poblamiento masivo ensayado en la Colonia del Nuevo Santander, mediante el traslado de familias, principalmente de Sonora y Sinaloa, con una respuesta civil bastante limitada.
46 Estas acciones emprendidas por Gálvez constatan la continuidad que en este importante periodo de la historia novohispana llamado comúnmente «reformas borbónicas», tuvieron algunas de las ideas y las propuestas que sobre la pacificación y la colonización de la frontera norte de México propusiera y estimulara desde la corte virreinal el marqués de Altamira durante más de una década.
Refuerza esta última aseveración el hecho de que José de Gálvez, a lo largo de su trabajo reformador y colonizador efectuado en el noroeste novohispano, tuviera presente la copiosa información sobre las circunstancias históricas y la problemática norteña que el marqués de Altamira aportara en un cúmulo de dictámenes, informes y representaciones.
De estos mismos documentos también se nutrirían el primer comandante de las Provincias Internas, Teodoro de Croix, así como el 44 AGNM, Provincias Internas, 357v-358, Dictamen sobre Sonora.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.08 franciscano Juan Agustín Morfi durante el recorrido que ambos realizaran entre 1777 y 1781 por las provincias septentrionales, con un propósito similar al del marqués de Altamira centrado, recordemos, en la reorganización social, política y económica de los asentamientos norteños.
47 Sin duda alguna, se habrá de reconocer que al empeñoso marqués de Altamira le hizo falta en sus dictámenes y pareceres la rica experiencia que habría significado una visita oficial por la compleja frontera norte, toda vez que, a la hora de intentar aplicar la incipiente reforma que pretendía, habría podido contar con mayores elementos de juicio, más allá de los intereses del grupo de nobles propietarios al que pertenecía.
Sobre todo, dicho funcionario podría haber valorado en su real dimensión el importante y difícil papel que hubieron de desempeñar todos los habitantes del norte novohispano -civiles, militares, religiosos e indígenas-para sobrevivir en tan alejadas e ignotas tierras. |
¡Pobres ciudades del lago!
Como Naxos, Hybla, Inessa, Os reducirá a pavesa Fulmíneo, terrible estrago.
Dejad del sueño el halago, Huid sin perder instante, Volad, que empieza el gigante Su obra de destrucción, Y es toda la isla un turbión De llamas desesperante El Volcán de Taal.
Poema 1 Los medios de comunicación actuales son capaces de poner al hombre contemporáneo frente a los acontecimientos más pavorosos en un espacio de tiempo reducido.
Sin abandonar su hogar será espectador de las mayores demostraciones de fuerza de la Naturaleza, contemplando sobrecogido el sufrimiento de miles de semejantes, inermes ante la furia de los elementos.
Hora tras hora, conocerá el esfuerzo de las autoridades para mitigar los daños y la labor de los científicos para dilucidar las causas y descubrir más misterios del entorno físico y natural en el que vive inmerso el ser humano.
De hecho, las ciencias han dado pasos de gigante en el estudio y comprensión de los desastres naturales, y puede decirse que la Historia realiza también su aportación a través del conocimiento de las catástrofes del pasado, ayudando de esta manera a su prevención futura.
2 A pesar de todo, queda mucho por hacer...
3 Este trabajo pretende contribuir a ello, ofreciendo fuentes hasta ahora poco o nada conocidas para profundizar en el estudio de la erupción volcánica acaecida en la Laguna de Taal o Bombón (Luzón, Filipinas) en 1754.
Un cataclismo que ha llamado la atención de diferentes cronistas e historiadores, y que ha producido diversos trabajos de interés.
En nuestro caso, exponemos las palabras de quienes fueron testigos oculares y vivieron los 1 Mas y Otzet, 1885, 57.
2 Un estudio contemporáneo sobre gestión de desastres naturales afirma sobre el aporte de las fuentes históricas españolas: «Disaster management during the Spanish period was an area given importance by the colonial rulers [...]
3 Cada vez es mayor el interés por el estudio de la influencia de la naturaleza en la historia humana.
Entre los títulos recientes está el de Parker, 2013.
Unos diseños que constituyen, a su manera, el testimonio gráfico del desastre en una época carente de fotografía y medios audiovisuales.
Un reflejo del asombro, del sobrecogimiento y de la fascinación de quien, sin duda, no había presenciado antes nada parecido.
Y, finalmente, aportamos los datos de la Administración, cartas e informes del Superior Gobierno de Manila que, en un lenguaje más frío, informan de lo sucedido, hablan de víctimas, arrojan datos sobre refugiados o bien dan cuenta de la ayuda proporcionada.
Crítica previa de algunas fuentes utilizadas
Para la descripción de los acontecimientos de aquellos aciagos días de 1754 vamos a servirnos de dos relatos que conviene analizar de cerca.
El primero de estos documentos lleva por título Relacion de lo sucedido en el Bolcan de la Provincia de Tal, y Balayan en Año 1754, y se encuentra en el Archivo Franciscano Ibero-Oriental de Madrid.
4 No tiene fecha ni firma.
Sin embargo, en la última hoja, en su margen inferior izquierdo, puede leerse escrito con letra distinta a la del conjunto del manuscrito: «Hecha por el Pe.
Manuel Braña, Religioso Agustino, Prior de Tanauan».
Creemos que estas acotaciones fueron realizadas por alguien que recibió el manuscrito posteriormente y que, sin duda, tuvo que indagar acerca de su autor y del momento de la redacción.
Y en ambos casos, como vamos a ver, cometiendo algunas equivocaciones.
Primeramente, debe señalarse que este documento tiene toda la apariencia de ser un original, por el modo tan elaborado como se presenta, incluyendo además dos acuarelas sobre los sucesos de Taal.
Nada propio de una mera copia.
Se encuentra en un archivo distinto al de la comunidad religiosa del que sería su ejecutor, un agustino.
Quizá se trate de un obsequio entre religiosos, aunque también es posible que el manuscrito llegara a la Orden de los Frailes Menores tras el expolio del Archivo agustino durante la ocupación británica de Manila en 1762, obligando a inquirir quién lo realizó y cuándo.
En lo referente a la fecha, durante la narración de los hechos el autor habla brevemente, hacia el final de su escrito, de algunos sucesos acaecidos concretamente tres años después de la erupción, con lo cual la fecha de elaboración se enmarca entre 1754 y 1757, y no 1751, como indica la acotación, lo que a nuestro ver es una mera inadvertencia o error formal del amanuense.
En cuanto al autor, según nuestras investigaciones5 no existió nunca en Filipinas ningún Manuel Braña, y sí en cambio un Miguel Braña, nombrado precisamente párroco de Tanauán, pueblo de la laguna de Taal, en 1753, cargo que ejerció hasta 1756.
Sin duda otro error de forma cometido por quien añadió las notas marginales.6 ¿Quién era fray Miguel Braña?
Nació en 1719 en Villamoronta (Palencia), profesando en la orden agustiniana en México en 1738.
Al año siguiente llegó a Filipinas, dedicándose a aprender el tagalo (se le atribuye la elaboración de un diccionario).
Fue párroco en Tondo en 1750, ministerio que ocuparía en otras ocasiones.
Jugó un papel destacado durante la ocupación británica de Manila, ya que estuvo encargado del abastecimiento de víveres y del pago de las tropas españolas que, bajo la dirección de Simón de Anda, resistían al invasor.
Desempeñó bastante bien este cometido, burlando varias veces a los soldados ingleses, quienes pusieron un gran empeño en apoderarse de su persona, aunque siempre sin éxito.
El padre Braña murió en 1774 en Imus (Cavite), siendo sepultado en Manila.
7 El segundo documento que vamos a utilizar se encuentra en el Archivo General de la Nación de México: Descripcion Ajustada y exacta Relacion del Bolcan de Taal, y su furiosa erupcion en el año de 1754; y sobre el título, se lee: «Año de 1755».8 Se trata también de otro manuscrito carente de firma, sin que en este caso nos encontremos con ningún tipo de acotaciones ni notas que nos permitan dilucidar la autoría.
Su soporte no es el tan común papel de arroz usado entonces en Filipinas -que es el que utiliza el escrito del padre Braña-, sino que emplea papel del que se producía en Europa.
Asimismo, carece de cualquier tipo de esmero estético, dando la impresión de tratarse de una copia de otro documento original, recogiendo quizá información recibida por la Administración virreinal de Nueva España.9
Lo que llama la atención es la gran similitud que existe entre el escrito del padre Braña y el anónimo de México.
La estructura de ambos documentos es análoga: presentación de la provincia de Balayán, entorno del volcán, y exposición de los acontecimientos, aunque el fraile agustino es más prolijo y finaliza su narración de manera menos abrupta.
En cuanto a la redacción, en ocasiones hay párrafos prácticamente idénticos, donde se usan incluso las mismas frases y ejemplos.
Todo ello nos lleva a concluir que o bien Miguel Braña conocía el anónimo de México o, lo que nos parece más probable, se trata de su autor: en un primer momento compuso aquel documento (que fue enviado a México) y posteriormente lo perfeccionó, añadiendo detalles e incluyendo dos acuarelas.
Así se explica que la acotación final del escrito que se encuentra en el archivo franciscano diga que se redactó a lo largo de tres años.
En el presente trabajo vamos a llevar a cabo la exposición de los acontecimientos de 1754 sobre la base del manuscrito de Miguel Braña, acudiendo al anónimo cuando éste complete los sucesos.
Al mismo tiempo, iremos señalando algunos ejemplos que demuestren las similitudes que existen entre ambos documentos, y que creemos dejan claro que son obra del mismo personaje.
El fenómeno volcánico es de enorme trascendencia en Filipinas hasta el día de hoy.
Las manifestaciones eruptivas empezaron a cobrar especial importancia en el archipiélago durante el periodo Terciario, con una actividad relevante en el Cuaternario, que influiría en el desarrollo del relieve y en diversos cambios tectónicos.
Dentro de esta dinámica, el volcán de Taal, junto con otros centros como los de Mayón y Pinatubo, en Luzón, el de Canlaón, en Negros, y el de Apo, en Mindanao, constituye uno de los principales focos de vulcanismo explosivo de las islas Filipinas.
Asimismo: http://www.volcano.si.edu/world/volcano.cfm? vnum=0703-07%3D, perteneciente al Smithsonian Institut, con datos sobre geología y vulcanismo; http://www.iml.rwth-aachen.de/ Petrographie/taal-mas/ta-maso.htm, que resume el trabajo del sacerdote Miguel Saderra sobre la brutal erupción de 1911; y http://www.phivolcs.dost.gov.ph/html/update_VMEPD/Volcano/VolcanoList/ taal.htm, del Philippine Institute of Volcanology and Seismology.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.09 La laguna de Taal, también llamada en lengua local Bongbong, es una caldera de aguas ligeramente saladas, con un perímetro aproximado de 120 kilómetros, formada a partir de una erupción volcánica.
Desde sus márgenes el terreno se va elevando, con dos puntos culminantes en el relieve, los picos Macolot y Sungay, ninguno de los cuales alcanza los 1000 metros.
No existen ríos realmente importantes que desagüen en el lago.
La profundidad de la laguna es reseñable, dado su tamaño, oscilando entre los 90 y los 160 metros.
En el centro se sitúa una isla, que cubre unos 23 km 2, y en la misma se encuentra el volcán (polo, en lengua nativa), al que los españoles denominarían de Taal, Bongbong o Bombón.
No obstante, sería más propio hablar de volcanes, toda vez que la actividad geológica ha hecho que surjan diversos conos y cráteres menores en diferentes puntos de esta isla.
Con todo, existe un cráter principal de casi 2 kilómetros de diámetro, en cuyo fondo hay un lago fruto de la erupción acaecida en 1911.
La primera alusión histórica al volcán de Taal la realiza el agustino Gaspar de San Agustín, al referirse a la fundación de la villa de Taal junto al lago allá por 1572.
En 1591 otro agustino, fray Bartolomé de Alcántara, Figura 1.
Vista aérea del volcán de Taal.
El norte corresponde a la parte derecha.
efectuó un exorcismo con motivo de la actividad del volcán, que comenzó a expeler humo.
En la primera mitad del siglo XVII se menciona el enclave en diversas ocasiones, pues parece ser que hubo ligeras erupciones.
Pero, en general, hasta 1707, año en que se consigna la primera erupción bien detallada, la actividad del volcán no parece haber sido realmente amenazadora.
La laguna de Taal captó también la atención de los españoles por motivos de carácter estratégico.
A comienzos del siglo XVII había quedado patente que Manila adolecía de un grave problema al existir apenas una entrada por la boca de la bahía, pues la ciudad podía ser fácilmente bloqueada por cualquier enemigo que tomase u obstruyese este acceso.
Para remediarlo, el procurador Fernando de los Ríos Coronel propuso a la Corte la apertura de dos salidas alternativas utilizando sendos ríos: uno, el de Tarlac, hacia Zambales, y el otro en dirección a la laguna de Taal, que poseía comunicación con el mar.
En 1622 se ordenó al gobernador Alonso Fajardo la ejecución del plan, pero no se hizo nada.
Así que en 1633 Juan Grau y Monfalcón envió un nuevo memorial a España solicitando que se forzase a actuar al Gobierno manilense.
Pero el gobernador Sebastián Hurtado de Corcuera tampoco se mostró favorable a la idea, con lo que la obra, finalmente, jamás se llevó a cabo.11 Observando la figura número 2 podremos darnos cuenta del alcance que tenía el proyecto de Ríos Coronel.
Se trata de un mapa posterior, elaborado en 1741,12 pero se aprecia con claridad un canal que se inicia cerca de donde se situaba entonces el pueblo de Taal, comunicando la laguna con el mar a la altura del antiguo santuario de Caysasay, en la bahía de Balayán.
Nunca se ejecutó aquel programa de ingeniería, aunque quizá hubiera sido un esfuerzo en balde, ya que, a raíz de la erupción de 1754, este canal iba a quedar cegado.13
Taal había rugido en 1731 y volvería a hacerlo con virulencia en 1749, como si fuera una advertencia de lo que habría de venir.
Hacia las 3 de la mañana del día 11 de agosto el volcán inició una intensa actividad, eyectando lava y tefra, junto con una gran columna de humo, mientras el suelo de las márgenes del lago temblaba y se agrietaba.
Una violenta erupción que se ha calificado como freatomagmática.
14 El jesuita Pedro Murillo Velarde, contemporáneo de estos acontecimientos, narra así el suceso: 15 A 11 de agosto de 1749 reventó el volcán de esta Laguna, brotando fuego por las dos isletas, y por otras cuatro bocas por medio del agua.
Calentola el fuego, de manera, que hervía, y mató todo el pescado, que arrojó muerto en gran cantidad a las Figura 2.
Mapa de la laguna y volcán de Taal dibujado en 1741 (Archivo General de la Nación, Mapas, Planos e Ilustraciones, 280).
Puede distinguirse claramente la existencia de una corriente de agua a modo de canal entre Taal y Caysasay.
Llovió ceniza tres días, tan espesa, que era menester encender luces aún a mediodía.
Tembló la tierra con indecible violencia, tres, o cuatro veces, y con más suavidad más de cien veces, y continuó temblando más de un año.
Se abrió la tierra con profundísimas, y grandes aperturas por varias partes.
Yo estaba en Antípolo, distante como 20 leguas, y fue tan violento el golpe que la Torre arrojó más de seis brazas las tejas, y se caían los libros de los estantes; y vinieron huyendo al pueblo muchos venados, y otros animales del monte, que con berridos, acompañados de los perros, causaban espanto.
Se siguieron grandes tempestades de truenos por muchos días, y algunas tan horribles, que caían los rayos, como granizo.
Después hubo grandísimas lluvias. principal, que sigue emitiendo lava y piroclastos, junto a una gran columna eruptiva.
Bajo los diseños, se lee la siguiente explicación:
Día lunes 11 de Agosto de este año de 1749, desde las tres de la tarde [sic] comenzó la exhalación de los volcanes en la forma que se demuestra con horrorosos tronidos y terremotos y grande alteración de agua de esta laguna.
Desde la una y media de la tarde empezó a calentarse el agua, de que procedió la mortandad de muchísimos peces, que hasta hoy se halla apestada toda la laguna.
Hasta el presente dura la exhalación del volcán principal pero con más sosiego, aunque continúan algunos temblores.
Aún no se tiene noticia de lo que habrá acaecido en los pueblos de Lipa y Sala, pues según se percibía desde esta Cabecera, pade[cieron] notable daño la gente y las sementeras, respecto a que en todo el dicho día estuvo el vendaval en su punto (ilegible)...acable.
Tiempo después se añadiría un breve comentario: «Y en el de Polo Nuevo permanece hasta hoy, 1o de julio de 1750».
Sí, la actividad del volcán en Taal remitió, pero no llegó a extinguirse.
De hecho, se siguieron registrando signos de la misma hasta 1753, como si fueran un preludio de la catástrofe que se avecinaba.
Signum laboris, desolationis et devastationis: la gran erupción del volcán de Taal de 1754
Dice así el agustino Miguel Braña en la primera página de su manuscrito:
El que todo lo dispuso en número, peso y medida providenció en esta Provincia de Taal una Laguna, y en esta Laguna varias isletas, y porque hay en ella una mayor que todas, se llamó por antonomasia la Isla; y por cuanto en la lengua del País la Isla se llama Polo, un volcán que hay en esta Isla grande se levantó con el nombre de Polo, por no haber término o dicción en la lengua del País que quiera decir o significar volcán, no obstante que hay tantos volcanes en esta tierra. (f.
1r) Este volcán iba a ser el protagonista de los luctuosos días que viviría la región de Taal a partir de mayo de 1754.
Una zona hasta entonces exuberante de vida, a tenor de los documentos.
Tanto el escrito de Braña como el anónimo mexicano comienzan alabando las excelencias de la «provincia de Taal» 17 -en realidad de Balayán-, siendo el religioso agustino algo más prolijo en su descripción, calificándola como una de las mejores regiones de Luzón, muy rica en agricultura, con mucho ganado y pescado: «Era, en fin, una Provincia de quien se podría decir no necesitaba de otra» (f.
Ambos documentos reseñan los pueblos que comprendía y su número de tributos, proporcionando las mismas cifras y casi que idénticos comentarios.
Según Braña, la provincia de Balayán abarcaba ocho poblaciones: Balayán, pueblo riquísimo por sus cosechas, con 1.500 tributos y diversas visitas; Taal, la cabecera, con 1.300 tributos, producía tejidos y alimentos; Bauán, de 1.200 tributos, destacaba tanto por la fertilidad de sus tierras como por la laboriosidad de sus moradores; Batangas, con 1.500 tributos, sobresalía por la gran abundancia de grano y ganado: «Ese sólo es el que se ha escapado de la infernal furia del volcán, aunque se quejan de la mala cosecha, señal que algo les ha tocado».
Desde aquí hacia el oeste, bordeando la laguna, se llegaba al sitio de Bayuyungán.
Braña prosigue su relato describiendo los montes que rodean la mayor parte de la laguna, señalando los más importantes y proporcionando algunas características notables, como la riqueza de sus maderas.
Se detiene en el monte Macolot, la principal altura del lago, haciendo referencia a la gran cueva que penetra en el mismo:
Este monte Macolot tiene una grande cueva por debajo, en medio de él parece entra un gran río por debajo de dicho monte; es dicho común de los naturales que tiene esta Laguna comunicación con la mar, por debajo de este monte.
Lo cierto es que pasando por la falda a caballo suena a hueco (f.
Aparte, en las montañas se había encontrado oro y, además, el carbunclo, «piedra tan preciosa que sólo es alhaja de Reyes y Monarcas» (f.
El carbunclo era un nombre que se daba al rubí, y según nos indica el religioso agustino esta piedra, denominada sula en lengua indígena, se encontraba «en la cabeza de una grandísima culebra, no se sabe si es la que llaman sava».
19 En fin, una rica provincia que vivía con una espada de Damocles cernida continuamente sobre su cabeza, el volcán de Taal.
Un volcán que, a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII, había dado numerosas muestras de actividad, de las que tanto Braña como el anónimo de México se hacen eco, proporcionando unas breves pinceladas.
20 Así, en 1705 la acción del volcán acarreó episodios de sismicidad durante tres semanas seguidas e incluso produjo hundimientos de terrenos, destruyéndose lugares como Sirang Lupa y Bayuyungán, 21 que quedaría estéril por un periodo de veinte años.
Hubo nuevas erupciones en 1716, esta vez sin daños significativos, aunque la laguna aumentó su nivel considerablemente.
En 1731 se vivieron tres días de actividad volcánica, sin registrarse víctimas, surgiendo en esta ocasión la Isla Nueva (o Polo Nuevo), entre el volcán principal y el monte Macolot.
Se hace una referencia especial a la erupción de 1749, que ambos manuscritos señalan erróneamente acaecida el 12 de agosto -sin duda por tratarse del mismo autor-, resaltando su virulencia.
Corroborando datos que ya conocemos, Braña detalla que hubo corrimientos, fracturas y hundimientos de terrenos, registrándose graves destrozos y víctimas en Sirang Lupa, lugar azotado por el volcán cuarenta años antes:
Se hundieron varias casas con sus habitadores, de suerte que era necesaria escalera no para subir, sino para bajar; y de aquí se puede inferir, o el mucho amor que tienen al lugar o en donde nacieron estos indios, o adonde tienen algún provecho; o su insensibilidad, pues viendo que aun se sepultaban vivos, y que podían huir de tan manifiesto riesgo, apenas había quien quisiese desamparar su habitación o chozuela... (f.
22 Tal era el volcán de Taal, al que, en un arranque de erudición, el fraile agustino compara con el del monte Hecla, en Islandia.
Una verdadera boca del infierno debido al fuego y a los bramidos que producía.
De hecho, en diversas ocasiones se habían celebrado misas en lo alto y exorcismos para intentar aplacar su furia.
23 20 Se citan las mismas erupciones y se alude a comentarios análogos.
Hoy día es uno de los barrios que conforman el municipio de Laurel (Batangas).
22 La Descripción Ajustada anónima de México, al referir esta actitud de los habitantes de Sirang Lupa dice también que se hundieron varias casas con sus moradores, «los que (o por el amor del indio al sitio donde nace o donde encuentra algún provecho, o por su innata insensibilidad), aun viéndose sepultar vivos, no dejaron sus miserables chozas» (f.
23 El exorcismo de los volcanes era entonces una práctica corriente en todo el mundo hispánico.
La primera vez que se llevó a cabo en Taal fue en 1591.
En la América española, parece ser que la primera referencia a un exorcismo para aplacar la furia volcánica se data en 1582 en Quito, cuando se hizo repicar las campanas con motivo de una fuerte erupción del Pichincha.
Braña prosigue su crónica señalando que «desde que llegué a este Ministerio, que fue el día 20 de mayo de 53, empecé a notar los movimientos del Polo; por entonces sólo se veía humo; luego que llegaron las primeras aguas noté que era más que en otras ocasiones el humo...» (f.
24 El religioso se percató además de que se oían más «bramidos» (denominados ogong en la lengua del lugar), pero cuando quiso averiguar el motivo, los nativos le dijeron que era algo habitual, un fenómeno que sucedía en época de aguas, tanto cuando había más lluvia de lo usual como cuando ésta iba a cesar.
25 Así transcurrió el resto del año 1753, hasta comienzos de mayo de 1754, cuando el volcán empezó a expulsar más vapor, lava y piroclastos que hasta entonces.
Este incremento de la actividad alcanzó su punto culminante el día 2 de junio, que fue cuando, según Braña, «comenzaron los estragos» (f.
Hasta entonces llevaban casi un mes viendo las emisiones de lava y se encontraban acostumbrados al fenómeno.
Sin embargo, el aumento de actividad se hizo patente a través de estampidos y de verdaderos rugidos del volcán, «que parecía que cada uno de ellos derribaba el monte», lo que empezaría a preocupar vivamente a los habitantes de la zona.
La situación se agravó a medida que cayó la noche.
Como narra la crónica anónima mexicana,...crecieron los estampidos, y truenos, de modo que parece se veían los montes abajo; el fuego llegaba a las nubes, y se extendió por todo el monte tanto que ardía casi toda la Isla, y a todos ponía en singular temor y peligro [...]
Arrojaba el mismo tiempo multitud de piedras, y habiéndose levantado un poco de viento Este, como a media noche se disipó el humo, y se vio el fuego por diez leguas en contorno (f.
Era la noche de la Pascua del Espíritu Santo, y el miedo se había vuelto tan intenso que, en Tanauán, Braña decidió juntar a todos los vecinos en la iglesia para llevar a cabo una serie de procesiones y actos piadosos, pensado 24 Este dato de la fecha es relevante.
Como se ha señalado, fray Miguel Braña había llegado como párroco a Tanauán en 1753, con lo que esta indicación por parte del propio autor del manuscrito corrobora nuestra idea de que fue él, y no ningún posible Manuel Braña, quien redactó el texto.
Por su parte, el anónimo mexicano dice: «Desde 20 de mayo del año de mil setecientos cincuenta y tres se empezaron a notar movimientos del volcán luego que llegaron las primeras aguas, con mucho fuego y bramidos...» (f.
Que ponga como punto de partida de la actividad volcánica el mismo día que Braña inició su labor como párroco es demasiada coincidencia, salvo que se trate del mismo autor.
25 Cabe decir que ninguno de los dos manuscritos refiere que los naturales filipinos tuvieran ideas animistas ni creencias religiosas vinculadas al volcán como sucediera entre algunas comunidades indígenas americanas con las pacarinas (Petit-Breuilh, 2006, 21-26).
Si lo hubo, ya debía haber desaparecido o, sencillamente, era algo que no se comentaba con los misioneros.
A continuación, y ya durante la madrugada del siguiente día, se evacuó el pueblo.
Aquella noche se perdió el sitio de Bayuyungán, el más delicioso de cuantos tenía el pueblo de Tanauán, un lugar muy productivo desde el punto de vista agrícola.
Recibió una verdadera lluvia de roca, lodo y arena, «y si no fuera porque llovió verdadera agua, se hubieran abrasado los del sitio» (f.
A lo largo de los siguientes días el volcán mantuvo una tónica similar, aunque con menos intensidad, recrudeciéndose la actividad efusiva de manera preocupante los días 23 y 24 de junio, a tal punto que, según confiesa Braña, hubiera clausurado la misa de San Juan «porque estaba la Iglesia en un continuo movimiento y cada tiro del volcán parecía un temblor no pequeño» (f.
Sin embargo, al final retornó una cierta calma, y en esas circunstancias el agustino decidió armarse de valor, embarcó en Sala y se dirigió a Taal para inspeccionar el volcán, regresando a Tanauán bordeando la costa.
Durante su viaje, Braña observó que la elevación del volcán había sufrido una tremenda erosión en su lado sur.
Estando realizando estas tareas de inspección, el 26 de junio se intensificaron de nuevo las explosiones, aumentando la columna de gas y tefra, que acabaría precipitándose sobre diversos puntos de la zona este del lago.
Fue en esta ocasión que se destruyó por primera vez el pueblo de Sala, el barrio de Balili, el de Bayabas y algunos barrios del pueblo de Lipa.
La actividad volcánica aquella noche fue peor que la de la Pascua del Espíritu Santo, en opinión del religioso.
Al día siguiente el volcán moderó un tanto su actividad, prolongándose dicha situación desde el 27 de junio hasta el 11 de julio.
Este último día, hacia las 3 de la tarde aproximadamente,...dio tan fatal estampido, tan terribles truenos el Polo, que pensamos había venido todo el monte abajo; fueron tales las montañas de humo que echó que menos de medio cuarto de hora no se veía cosa alguna en toda la banda del Este más que humo, y en medio de la boca del volcán fuego, de suerte que en el pueblo de Lipa, a aquella misma hora les fue preciso encender candela (f.
26 Aquel día quedaron destruidas la mayoría de las huertas de los pueblos de Lipa y de Sala, y nuevamente el barrio de Balili.
La festividad de Santiago Apóstol el volcán hizo una nueva demostración de su potencia, «que parecía celebraba con muchas salvas reales la festividad de tan gran Santo y Patrón» (f.
Llegados a este punto, tanto el relato de Braña como la Descripción Ajustada de México comentan diversos signos de carácter prodigioso que se habían notado en la naturaleza, en un intento por encontrar premoniciones, presagios y explicaciones a la espantosa realidad que vivían.
Tras los sucesos del 25 de julio volvieron unos días de actividad menos enérgica.
Pero el 13 de agosto la situación se recrudeció, alcanzando su clímax el día 19, en que se registró una fuerte erupción por la noche, una de las más terribles padecidas hasta ese momento, «que parecía quería consumir todo este hemisferio» (f.
Afortunadamente el ímpetu del volcán volvió a remitir un tanto, aunque sin cesar las emanaciones de lava y gases.
El día 17 de septiembre la actividad volvió a ser furiosa, llegando a su auge el día 25, en que no paró de expulsar lava y piroclastos, generando destrozos en la mayor parte de los pueblos de la laguna, e incluso en zonas alejadas.
Como afirma el anónimo mexicano: «Vomitó tanto fuego que desde el pueblo de San Pablo, que está más de ocho leguas distante del volcán, se veía el fuego, que parecía llegar hasta las nubes» (f.
El 6 de octubre se produjo otra jornada de intensísimo vulcanismo, a tal punto que Tanauán volvió a ser evacuado.
Sobrevino luego un periodo de poca actividad y relativa tranquilidad que no duraría mucho.
A partir del último día de octubre el panorama empeoró seriamente, y según el padre Braña: «Aquí es donde verdaderamente empiezan los trabajos, calamidades, miserias; hasta ahora sólo ha sido un rasgo, una sombra de lo que se había de pasar y sufrir» (f.
El 3 de noviembre, por la mañana, el cielo se oscureció en toda la laguna, sin duda por una tremenda nube eruptiva de ceniza.
El volcán entró entonces en una actividad frenética, vomitando una lluvia de lava y bloques.
La materia arrojada por el volcán produjo destrozos en Bayuyungán, Balayán, Ydang, Maragongdong, Liang, Calatang, Masug...:
Era cosa lastimosa ver cómo desamparaban estos miserables pobres indios sus pobres casas, cómo trepaban por cuestas muy ásperas, enfermos, preñadas, niños de edad tan tierna que no tenían aún seis años; estos angelitos a pie subían por la cuesta del Sungay, que tiene dos horas y media de subida, y todo lo tenían a menos trabajo que el perecer o entre las voraces llamas que vomitaba el volcán o entre las terribles olas con que amenazaba la Laguna (f.
Esto último parece indicar que hubo un tsunami, que pudo haberse debido a una erupción submarina o por el contacto de los flujos piroclásticos JOSÉ ÁNGEL DEL BARRIO MUÑOZ con el agua del lago.
Los piroclastos arrojados por el volcán fueron en tal cantidad que se anegó uno de los ríos más famosos de la provincia, el de Sampaloc.
El Polo Grande prosiguió su furiosa actividad más o menos con la misma intensidad, y el 12 de noviembre el pueblo de Taal sufrió una pavorosa avalancha de agua y sedimentos que casi cubrió las casas, abriendo un río de unas cien brazas de ancho y veinte de profundidad.
Esta oleada «se llevó hombres consigo, animales y casas; destruyó el mejor y más rico sitio que tenía aquel pueblo, que se llama Tubigán» (f.
Taal padecería más avalanchas similares a la anterior, que incluso abrieron otro nuevo lecho, aunque bastante menor que el primero.
27 Asimismo, se registraron oleadas de agua y aglomerado volcánico en lugares como Maputting Lupa y Bayuyungán.
Las dos crónicas que manejamos coinciden en señalar que durante los siguientes días persistió la violenta acción volcánica, con una lluvia de lodo que sepultó tierra fértil y anegó ríos.
La madrugada del 25 de noviembre la situación empeoró más, a tal punto que hubo sismos en un radio de diez leguas, en medio de ingentes eyecciones de lava.
Así lo relata vívidamente la Descripción Ajustada de México, al señalar que aquel día...empezó a oírse un bramido tan desacompasado y extraordinario que dejó atónitos a los del contorno, y del movimiento que se excitó dentro del volcán tembló la tierra por más de diez leguas en circuito terriblemente por espacio de medio cuarto de hora, y arrojando tanto fuego que no se veía otra cosa en mucha distancia.
Creció el agua de la laguna tanto, que en el pueblo de Lipa se comió dos calles, y en los de Tanauán y Sala llegó hasta el patio de la iglesia; pero se volvió hacia la playa, sólo destruyendo el camino para el pueblo de Sala y dejando tan salobre el agua de los ríos que no se podía beber y no pudiéndose pescar por haber entrado la laguna en el bosque (11 r-v).
A partir del día 25 de noviembre se vivirían momentos muy duros en distintos puntos de la laguna, especialmente en torno al pueblo de Taal, donde durante nueve días el viento del este arrastró gases emanados del volcán, al tiempo que arrojaba todo tipo de tefra.
El día 3 de diciembre sobrevino una oscuridad absoluta, como antes no se había conocido, que imposibilitaba deambular por las calles.
Según Braña, hacia las tres de la tarde el volcán retomó una actividad furiosa: «Salió mucho fuego de toda la laguna, hubo horribles temblores, terribles bramidos, espantosos truenos, así dentro del volcán como en las nubes que formaba el humo, con continuos relámpagos, culebrinas y centellas» (f.
A continuación llovió lodo con tanta fuerza y constancia que derribó la mayoría de las casas en Tanauán, Sala y Lipa.
Esta situación se prolongó durante los siguientes días, devastando nuevamente los campos.
Como consecuencia de las efusiones volcánicas el agua quedó además contaminada lo que, sumado a la carencia de pasto, produjo la muerte tanto de ganado como de fauna salvaje.
Para estas fechas, de acuerdo con el padre Braña, el gobernador de Filipinas, Pedro Manuel de Arandía, había enviado ya algunos sampanes con provisiones y ayuda para los afectados.
De las palabras del agustino parece desprenderse que incluso había llegado algún socorro del que por entonces era calificador del Santo Oficio, el dominico fray Juan Albarrán.
El anónimo mexicano también se hace eco de las providencias adoptadas por el Gobierno de Manila para auxiliar a las víctimas, elogiando la acogida dispensada por los diferentes pueblos a los refugiados de la laguna de Taal.
28 Entre tanto, el volcán prosiguió su acción destructora, y el día 12 de diciembre sobrevino una verdadera crisis: «Fueron tantos los bramidos de la mar y el volcán, tales las olas, tan grande el fuego que salió de la Laguna, que pensamos todos fuese el último término del volcán y se sorbiese la Laguna todos estos pueblos circunvecinos» (f.
Aquel día por la tarde se asistió a uno de los sismos más potentes que se recordaban desde el 3 de noviembre, generándose una columna eruptiva tan densa que las consecuencias de la erupción sólo se pudieron conocer al día siguiente, apreciándose entonces que la tremenda sacudida había acabado con uno de los montes que se extendía al oeste del volcán.
Con todo, aquello había sido el estertor final, la clarinada que ponía fin a tanto padecimiento.
Tras aquel concierto de fuego y humo, entre estremecimientos telúricos, «cesó de repente la tempestad, y se serenó el tiempo, aclarándose del todo el día trece, desde el que no ha habido hasta ahora novedad alguna».
29 Los últimos meses habían sido espantosos, pero todo había acabado ya, repentinamente, tras siete meses de pesadilla.
Sin embargo, ahora tocaba enfrentarse a otra realidad igualmente cruel: ver el alcance de los destrozos, calcular las víctimas, socorrer a los damnificados y, en fin, iniciar la reconstrucción de aquella otrora floreciente región de Filipinas.
Quare perierit terra et exusta sit quasi desertam: La región de Taal, entre la agonía y la reconstrucción
La erupción explosiva del volcán de Taal en 1754 fue tremendamente destructiva, conociendo episodios de verdadera virulencia.
Algunos la han calificado como una erupción freatomagmática violenta, aunque otros la consideran del tipo pliniano.
30 En cualquier caso, constituyó un fenómeno Figura 4.
Representación de la actividad del volcán de Taal por fray Miguel Braña, contenida en su Relación sobre los sucesos de 1754 (Archivo Franciscano Ibero-Oriental).
Al pie de la acuarela se puede leer: «A modo de este fuego fueron los que se vieron desde el día demoledor: lava, rocas, cenizas, emanaciones gaseosas y, con toda seguridad, lluvia ácida; avalanchas de lodo; tsunamis...
La tierra quedó abrasada y el agua del lago y de los ríos contaminada.
Inundaciones, desprendimientos, fracturas de tierra y terremotos acabaron con la vida de numerosas personas.
31 La crónica anónima de México describe así la situación:
El daño de esta provincia es incomparable, porque con la multitud de piedra y copia grandísima de arena se han vuelto estériles los campos, se han perdido los árboles, ha faltado todo el ganado de carabaos, vacas y caballos, con todo el venado y caza de los montes, y asolados los pueblos se han esparcido los habitadores por varios sitios, en donde la falta de todo y la malignidad de las aguas con la mutación tan sensible del temple los ha ido consumiendo con mortandad considerable.
32 El estado tan calamitoso en que quedó sumida la región propició la aparición de otros males, siendo el primero el espectro de las epidemias y las enfermedades.
33 Por otra parte, debido a la situación de desprotección y desconcierto que reinaba en la provincia, los piratas malayo-musulmanes aprovecharon para efectuar algunos golpes de mano, quemando Batangas y Balayán, con las consiguientes secuelas de destrucción, muerte y cautiverio.
34 Aunque el enemigo también podía encontrarse dentro, ya que esa misma falta de seguridad, unida a una situación de pobreza y desarraigo, favoreció un espectacular aumento de la criminalidad, como denuncia fray Miguel Braña,...que no hay pasajero seguro en los Caminos reales, no hay hacienda, no hay honra, no hay vida libre de sus manos.
Siempre ha habido ladrones, al menos de muchos años a esta parte, pero con la insolencia y atrevimiento que ahora, jamás lo han 31 Sobre las consecuencias de una erupción volcánica en el medio ambiente véase Lebon, 2009, 29-43, donde se estudian los casos recientes de los volcanes filipinos de Pinatubo y Mayón.
Acerca del impacto volcánico en las sociedades agrícolas de la América hispana, Petit-Breuilh, 2004b.
Entre otros, analiza las consecuencias de la erupción del Huainaputina en 1600 en la comarca de Arequipa, pudiendo establecerse analogías con lo acaecido en Taal en 1754: erupción explosiva, continua caída de ceniza y lapili, con flujos piroclásticos que sepultaron pueblos de indios; pobreza, hambre y enfermedades posteriores entre la población...
Cabe decir que así como tras la erupción de 1749 en Taal, el volcán siguió dando señales de actividad a menor nivel, hasta llegar a la catástrofe de 1754, en el caso arequipeño hubo reactivaciones intermitentes durante unos tres años, aunque no se terminó desencadenando otra segunda erupción.
3, Certificazion de Officiales Reales sobre los Tributos que la Provincia de Balayan tenia antes de las Irrupciones del Bolcan y Moros el en que quedó [sic] después de dicha irrupción y el que al presente tiene por la nueva numeración de tributos.
Está inserta en la carta que envía el gobernador Arandía a Julián de Arriaga, Manila, 15 de julio de 1758.
JOSÉ ÁNGEL DEL BARRIO MUÑOZ experimentado los nacidos.
Es de suerte que, en parecer de todos los naturales, son mayores los daños que causan estos que los que ha hecho la langosta y el volcán.
En estos tres años pasados, pasan de dos mil los bueyes de arado que han hurtado, fuera carabaos y caballos.
Decir las muertes alevosas, heridas traidoras que por aquí ha habido no es posible.
35 Para colmo, incluso uno de los navíos enviados por el Superior Gobierno de Manila con ropa y alimentos para socorrer a los damnificados se fue a pique en la bahía de Balayán.
36 ¿Pero cuál fue el coste humano y material de la tragedia?
El volcán destruyó las poblaciones de la laguna de Taal y algunas otras de la provincia de Balayán, haciendo sentir su furia incluso en diversos puntos de Laguna de Bay, pero la documentación no proporciona datos fehacientes que permitan evaluar realmente el alcance de la pérdida material.
Apenas sabemos, según un informe elaborado en 1757 por los oficiales reales de Hacienda, que los daños provocados por el volcán en la provincia de Balayán hicieron disminuir los ingresos fiscales en 9.446 pesos.
37 En cuanto a la pérdida de vidas humanas, los documentos de la Administración sugieren una idea aproximada.
Una de las primeras medidas adoptadas por el gobernador Arandía fue conocer el número de habitantes que restaban en Balayán tras las muertes y el éxodo poblacional provocado por el volcán.
Paralelamente, inició una política de reconstrucción y recuperación económica de la región, que poco a poco atrajo de vuelta a sus lugares de origen a los huidos.
De esta manera, en 1758 el gobernador ordenó un nuevo censo de la población, comparándolo con los cómputos obtenidos en los años anteriores.
Tras el azote del volcán y sus secuelas, se experimentó una drástica disminución: 12.814 almas, con apenas 2.814 tributos.
Las medidas destinadas a la recuperación de la provincia introdujeron una mejoría, 35 Relación de lo sucedido..., 15v.
20, Testimonio de la zertificación dada por Ofiziales Reales de la baja, y aumento de las Rentas Reales de S. M. en estas Cajas, expecialmente por lo que haze al producto de Reales Tributos, en vista de lo que han padecido las Provincias por las Inbasiones de Moros, e Irrupciones del Bolcan con liquidación de menos fondo que ha tenido la Caxa en el presente Govierno.
Está inserto en una carta de Arandía a Arriaga, Manila, 24 de julio de 1757.
3, Testimonio relativo de la disminucion de havitantes de la Provincia de Balaian causada de las Irrupciones del Bolcan e imbaciones de moros y su restablecimiento en virtud de repetidas Providencias del Superior Govierno.
Con la política de reconstrucción promovida por el Gobierno de Manila y el regreso de los refugiados, en 1758 se alcanzó esa cifra de 23.521 habitantes, lo que constituía el 90,88 % de la población censada en 1753.
Faltaban, no obstante, 2.360 personas, más del 9 % de los habitantes recogidos aquel año.
¿Es esa realmente la cifra de víctimas ocasionadas por la catástrofe volcánica?
Es arriesgado afirmarlo sin hacer antes algunas consideraciones.
Hemos de tener en cuenta que no todos los supervivientes que abandonaron la laguna tuvieron por qué retornar.
Es posible que algunos encontraran mejores condiciones de vida en las provincias donde se refugiaron, y quizá hubiera también quien aprovechase la ocasión para escapar a la presión fiscal y resolviera remontarse, es decir, instalarse en zonas apartadas y agrestes para eludir el control administrativo.
41 En otro sentido, está el hecho de que el censo de 1758 reúne a toda la población, sin hacer discriminación por edad, incluyendo a los nacidos después de 1754: unas vidas nuevas que están reemplazando a aquellos que, censados antes de la catástrofe, murieron durante la erupción o fallecieron después lejos de Taal a consecuencia de las lesiones provocadas por aquélla, siendo de igual modo víctimas del volcán.
Por otro lado, las secuelas de la erupción volcánica también causaron bajas mortales entre aquellos que, precisamente, no habían huido.
Así pues, creemos que esta cifra de 2.360 personas de menos que se registró en el cómputo poblacional de 1758 no puede considerarse como la cantidad neta de víctimas producidas exclusivamente por la acción volcánica de 1754, aunque constituye un indicador que ayuda a ponderar el número de muertos que ocasionó el vulcanismo, sumado a sus efectos posteriores, tanto físicos (hambre, envenenamiento, enfermedades) como sociales (ataques piratas y bandolerismo).
39 Según el informe elaborado, fueron excluidos 1.036 tributos y medio que tenían en ese momento los pueblos de Tiaong y San Pablo, que habían sido agregados a la provincia de Balayán, pero que cuando se produjo la erupción del volcán pertenecían a las provincias de Laguna de Bay y Tayabas.
3, Certificación de Officiales Reales sobre Tributos..., 1758).
41 Aunque no siempre era fácil escapar a la vigilancia de la Administración en las provincias cercanas a Manila.
La propia movilidad de una provincia a otra también tenía sus trabas, pues obligaba a unos requisitos administrativos de cara a mantener el control fiscal.
Había un apremio de la Administración española para mantener a las poblaciones estables y lo menos dispersas posibles.
JOSÉ ÁNGEL DEL BARRIO MUÑOZ
La primera medida que adoptó el Gobierno de Manila para paliar las consecuencias de la catástrofe consistió en el envío de navíos con víveres, para socorrer a las víctimas y evitar un despoblamiento aún mayor de la región.
42 La ayuda remitida desde Manila ascendió a 7.741 cavanes y 23 gantas de arroz, que importaron, junto con el flete para su transporte, 7.260 pesos.
Pero la habitualmente empeñada Hacienda filipina no podía deshacerse de esa cantidad tan fácilmente, por lo que el auxilio constituyó más bien un préstamo, dado que la suma habrían luego de reintegrarla «en prorrata dichos naturales, según la percepción de cada uno».
43 Otra de las providencias gubernamentales tuvo en cuenta la ubicación de las poblaciones.
Los terrenos alrededor de la laguna de Taal habían quedado contaminados, 44 vieron anegados.
Se hizo imposible la agricultura, lo que provocó el éxodo de los nativos.
Taal había sido una zona tradicionalmente bastante productiva, y precisamente el informe redactado en 1758 hacía hincapié en que la región debía recuperar su potencial agrícola y reanudar la manufactura del algodón.
45 En vista de todo ello, el gobernador de Filipinas inició su tarea de reconstrucción y recuperación económica teniendo en cuenta que, para alcanzar este objetivo, debía cambiar el emplazamiento de algunos pueblos a lugares más propicios, tarea que requería una buena dosis de diplomacia con los naturales a la hora de establecer los términos de cada lugar, por tratarse de un «obstáculo entre ellos de la mayor delicadez».
46 Cuatro poblaciones mudaron su ubicación junto a la laguna: Lipa, Tanauán, Taal y Sala, cuyos moradores fueron trasladados por orden del Gobierno de Manila a otros puntos más seguros.
47 Tanauán se movió primero hacia el este, adonde se encontraba Sala (cerca de la actual Bañadero), y un año después ambos vecindarios se mudaron juntos aún más al este, edificándose una nueva ciudad a unos 10 kilómetros hacia el noreste del margen de la laguna y a unos 170 metros sobre el nivel de sus aguas, en un emplazamiento más resguardado de futuras eventualidades volcánicas.
48 El lugar siguió llamándose Tanauán, convirtiéndose Sala en un barrio del mismo.
Lipa también se alejó de la orilla del lago, desplazándose hacia el sureste.
Taal abandonó el sitio que ocupaba desde 1572 y se trasladó hacia el sur, hacia la bahía de Balayán.
49 El mapa de la figura 6 fue elaborado por fray Miguel Braña, incluyéndolo en su manuscrito como una demostración del estado de la región de la laguna de Taal tras la acción volcánica: «Así ha quedado la Provincia y los montes de la Laguna destruidos y abrasados», se lee en el boceto.
No obstante, el dibujo no refleja todavía los cambios introducidos por el Gobierno de Manila, ya que las poblaciones siguen situadas en los asentamientos que ocupaban en 1754.
Con todo, muestra un detalle interesante.
En la parte Figura 6.
Mapa del estado en que quedó la región de la laguna de Taal tras la erupción del volcán, según diseño de fray Miguel Braña (Archivo Franciscano Ibero-Oriental).
Sin embargo, el emplazamiento de varios de los pueblos que aparecen en el mismo iba a cambiar durante los años inmediatos al desastre.
superior izquierda (equivalente al sur) se encuentra enclavada Taal en su emplazamiento primitivo.
Ya hemos señalado que existía un canal que hacía desaguar la laguna en el mar.
Braña ha dibujado alrededor de Taal dos cauces, quizá queriendo indicar de esta manera tanto el que ya existía como aquel otro de gran tamaño originado a raíz de las avalanchas de lodo y rocas que sufrió la localidad a finales de noviembre de 1754.
Los límites del mapa no permiten saber si dichos cauces se prolongarían o no hasta la bahía de Balayán.
Pero llama la atención que el fraile haya tapado con sendos trazos las bocas de estos lechos cuando se juntan con el lago.
¿Quiso indicar así que estaban ya anegados, habiendo quedado obstruida la comunicación con el mar?
El particular viacrucis de Balayán
Vamos a concluir este apartado analizando algunos aspectos de la lenta y penosa recuperación de una de las localidades afectadas, Balayán, de la que poseemos información digna de interés.
Antes de que reventara el volcán de Taal, Balayán había sido un pueblo de 1.500 tributos, agrícola-tareas de reconstrucción.
51 Rogaban que el arzobispo intercediera ante el rey para que les eximiera del pago de los tributos durante algunos años, comprometiéndose por su parte a reconstruir la iglesia y el fuerte locales.
Las quejas de los moradores de Balayán se vieron reforzadas por otro informe redactado por Ramón de Orendaín, alcalde mayor de la provincia.
Orendaín ratificó el lamentable estado en el que se encontraba la población y lo mucho que se había trabajado en la erección de una nueva fortaleza, señalando que a pesar de haberse elevado diversas súplicas al Gobierno de Manila solicitando la exención fiscal temporal, ésta había sido sistemáticamente negada, «concediéndoles sólo la gracia por un año de los polos».
Aunque deben analizarse con cautela los documentos que reflejan quejas sobre desgracias y agravios, debido a la natural inclinación humana a exagerar los males propios, no parece que careciera de razón el vecindario de Balayán, pues los daños ocasionados por el volcán todavía eran recientes, mientras que la delincuencia y los ataques piratas constituían un azote que iba a persistir durante bastantes años.
En una fecha tan avanzada como 1790, un religioso agustino que recorrió durante varios meses la provincia -que tras la erupción de 1754 pasó a denominarse Batangas-, 52 señalaba que las dos grandes calamidades que asolaban la región eran, en primer lugar, el bandolerismo y la criminalidad, seguido de los asaltos de los piratas moros del sur, con su secuela de destrucción y cautiverio.
Según este viajero, para entonces Balayán llevaba padecidos ya tres saqueos de las bandas malayo-musulmanas.
53 El 17 de junio de 1760, tras su regreso a Manila, el arzobispo remitió una carta al rey de España, transmitiendo al monarca las quejas y las súplicas que había recibido.
La misiva alcanzó su objetivo, y una cédula de octubre de 1761 eximió a los habitantes de Balayán durante cuatro años del pago de tributos y del trabajo en los polos, para que se dedicasen a las labores de reconstrucción del pueblo.
Además, una orden destinada al gobernador 51 Idem.
La Real Cédula elogia la actitud del alcalde mayor, quien favoreció la nueva fundación y el arraigo de los pobladores, proporcionándoles todo tipo de materiales y alimento.
52 Archivo Histórico Nacional (AHN), Códices y Cartularios, libro 1270, Historia de la Provincia de Batangas escrita por don Pedro Andrés de Castro y Amadeo en sus viajes y contra viajes en toda esta Provincia, año de 1790 (copia), 176r-253v.
53 Para ponderar la grave situación que atravesó la provincia pensemos que, de acuerdo con los datos que proporciona Castro, el pueblo de Batangas, que fue el menos afectado por la erupción volcánica, sufrió entre 1757 y 1763 dos epidemias, una inundación del río, un saqueo por parte de los piratas moros y otro más en 1763, perpetrado por las tropas británicas, que el año anterior habían ocupado Manila.
54 El gobernador, entonces José Antonio Raón, siguió de cerca la situación de la localidad, pudiendo informar a la Corte en 1766 que, desde 1757, se observaba una recuperación poblacional a raíz del envío a cuenta de la Hacienda pública de alimentos y armas, habiendo regresado unos 300 tributarios.
El incremento de población era sin duda un signo de recuperación material.
No obstante, el gobernador participó al rey la aprensión de los naturales, que seguían sin concluir las tareas de reconstrucción debido al nivel de indigencia en que aún se encontraban y a la necesidad de defender la tierra de los incesantes ataques de los piratas.
Se mostraban además preocupados porque aquel año expiraba la exención de polos y tributos de la que habían gozado.
En vista de ello, el soberano prorrogó la exención dos años más, ordenando al gobernador que suministrase más munición a los vecinos para la defensa del pueblo, hasta que éstos se encontrasen en condiciones de poder comprarla.55
La acción volcánica acaecida en la laguna de Taal en 1754 constituyó un hecho sin precedentes.
Desde 1749, año en que el volcán entró en acción de manera virulenta aunque breve, fueron frecuentes ligeras reactivaciones eruptivas.
Sin embargo, la vulcanología no estaba desarrollada y nadie imaginó lo que habría de venir pocos años más tarde: una actividad de siete meses que dejó la región en torno a la laguna devastada, haciendo necesaria una ingente tarea de reconstrucción posterior.
Como consecuencia de las víctimas mortales y del éxodo humano que se produjo hacia las comarcas limítrofes, la provincia de Balayán perdió más de la mitad de su población.
La política seguida por el Gobierno de Manila permitió su recuperación en los años inmediatos.
Con todo, la cifra de habitantes que arrojó el censo confeccionado en 1758 era inferior en más de un nueve por ciento al número de pobladores existente en 1753.
Aunque quizá todavía restasen personas por regresar a su provincia de origen, la cantidad puede ser indicativa del número de víctimas provocadas por la acción del volcán y sus secuelas de enfermedades, hambre, criminalidad e incluso incursiones de saqueo de los piratas malayo-musulmanes en un terreno que quedó indefenso.
Las fuentes presentadas para la narración de los acontecimientos son en parte inéditas.
La crónica que se conserva en el Archivo de la Nación de México, calificada como anónima hasta la fecha, si se contrasta con la que se guarda en el Archivo Franciscano Ibero-Oriental, presenta un parecido que va más allá de la mera casualidad.
Consideramos que ambas son obra de un mismo autor, el agustino fray Miguel Braña, párroco de Tanauán en 1754 y testigo de la tragedia, quien las compuso en momentos distintos, añadiendo incluso ilustraciones, sin duda con intención de dar una mayor divulgación y dejar una mejor constancia de los tremendos acontecimientos que había presenciado, capaces, tanto entonces como ahora, de dejar asombrado por su colosal magnitud a cualquier ser humano. |
Las expediciones mineras carolinas
Como es bien sabido, el fomento público de las ciencias durante los reinados de Carlos III y Carlos IV fue considerable, tanto en la España europea como en la americana.
En la Península, el testimonio más claro de este empeño, que ha perdurado hasta nuestros días, al menos en su doble manifestación urbanística y arquitectónica, fue lo que Antonio Lafuente ha bautizado como «la colina de las ciencias de Madrid», espacio urbano que agrupaba, en un pañuelo, a las instituciones científicas más sobresalientes de la Ilustración española: jardín botánico, academia de ciencias, observatorio astronómico, gabinete de máquinas, gabinete de historia natural y laboratorio de química, además del hospital general y de la academia de bellas artes de San Fernando.
1 En América, también se crearon algunas instituciones científicas de notable prestigio, como el real colegio de minería de México.
2 Con todo, la principal manifestación de este esfuerzo modernizador llevado a cabo por la Monarquía española fue, sin lugar a dudas, la sucesión de expediciones científicas enviadas al continente.
No en vano, Alexander von Humboldt, en su Ensayo político sobre el Reino de Nueva España, manifestaría su asombro por el esfuerzo realizado por España en este ámbito, en su opinión muy superior al llevado a cabo por cualquier otra potencia europea de la época.
3 Dentro de este conjunto de medidas de fomento científico, el impulso de la minería jugaría un papel particularmente relevante, debido a su singular importancia económica.
Aunque en el caso peruano, que aquí trataremos, la minería fuera particularmente significativa, no cabe duda de que la transformación del sector era una prioridad a nivel imperial para los refor-mistas carolinos.
Según ha descrito magistralmente Guillermo Céspedes del Castillo, y al igual que en muchos otros sectores de la economía colonial, en la minería: Los propósitos de las reformas no fueron tan sólo fiscales, sino mucho más ambiciosos, ya que trataron, primero, de dignificar socialmente las profesiones mineras, para lo que se contó con los tribunales de minería ya citados.
En segundo término, se trató de liberar a la industria de su absoluta dependencia financiera respecto de aviadores y grandes mercaderes, para lo que se erigieron bancos de avío y bancos de rescate dirigidos, respectivamente, a abaratar el crédito y hacer más remuneradores los precios que de la plata producida obtenían mineros y refinadores.
En tercer lugar, se crearon escuelas de minería y se enviaron misiones científicas a las principales regiones mineras, con objeto de mejorar y modernizar la tecnología.
4 Como es bien sabido, las autoridades españolas financiaron las diversas misiones científicas movidas por la convicción de que la minería americana padecía un «atraso técnico» que impedía un aprovechamiento racional de los recursos disponibles y que explicaba la supuesta decadencia del ramo, sobre todo en el Perú.
5 No era ésta una preocupación novedosa.
Ya en el reinado de Fernando VI, bajo la égida del marqués de la Ensenada, se había enviado a diversos comisionados al extranjero para estudiar la tecnología minera de potencias rivales, entre ellos al ilustre marino Antonio de Ulloa, destacado a Suecia y que posteriormente sería nombrado director de la real mina de azogue de Huancavelica en el Perú.
6 No obstante, esta política fue potenciada durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, monarcas que concentraron sus esfuerzos en dos ejes fundamentales: la contratación, principalmente en Europa Central, de técnicos y el envío de alumnos españoles pensionados al extranjero para formarse.
7 El proceso de transferencia tecnológica en la minería se había acelerado en la segunda mitad del siglo XVIII a medida que en Europa se fueron descubriendo nuevas técnicas de extracción y refino.
En este segundo campo destacaba el llamado método «de los barriles amalgatorios», desarrollado en Austria por el barón sueco Ignaz von Born.
Se trataba de depurar el mineral de plata con una nueva y revolucionaria máquina en la que, como bien ha resumido el historiador francés Jean-Pierre Clément, «el mineral desmenuzado se mezcla con el azogue en barriles de madera que giran sobre ejes horizontales, provocando la aleación entre plata y mercurio; luego, basta calentar la amalgama obtenida, para destilarla y separar la plata pura del mercurio».
8 El resultado suponía, al menos en teoría, un considerable ahorro en términos de tiempo, mercurio y mano de obra.
Este método había sido dado a conocer al mundo en un congreso internacional convocado en 1786 por la academia de minas de Schemnitz (Banská Štiavnitsa en eslovaco), en la Alta Hungría, la moderna Eslovaquia.
9 El representante de España en dicho congreso había sido el riojano Fausto Delhuyar, quien acudió con el encargo de reclutar una misión de expertos con objeto de introducir el nuevo método en la Amé rica española.
10 Entre los peritos reclutados se encontraría el barón curlandés Thaddeus von Nordenflicht, cuya relación con las autoridades virreinales forma el objeto de este estudio y quien lideraría la expedición al Perú,11 mientras que a México partiría una expedición encabezada por Friedrich Sonneschmidt.
En el caso de Nueva Granada, sería el hermano de Fausto, Juan José Delhuyar, formado en Francia y Suecia, quien, acompañado por el matemático Ángel Díaz y a la cabeza de un grupo de expertos centroeuropeos, se encargaría de la introducción de métodos racionales de explotación minera en el virreinato.12 Finalmente, cabe agregar a esta lista, aunque fuera un poco posterior en el tiempo y con un objetivo algo más amplio, la expedición mineralógica a Chile de los hermanos alemanes Cristino y Conrado Heuland (1795-1800).13
Desempeño de la expedición del barón de Nordenflicht y sus acusaciones contra las autoridades virreinales
Según ha reconocido unánimemente la literatura especializada, la expedición del barón de Nordenflicht al Perú resultó un fracaso.
El mayor experto en la materia, John Fisher, concluiría escribiendo que «podría argumentarse que la presencia de la misión Nordenflicht en realidad estorbó al desarrollo de la minería peruana en la década de 1790, al desviar fondos para su manutención que podrían muy bien haber sido invertidos en la industria de forma mucho más directa».
14 Más recientemente, el especialista peruano Carlos Contreras ha ratificado esta visión, al señalar que «si en el Alto Perú la expedición había logrado algunos buenos resultados parciales, en el Bajo Perú todo fue una sucesión de fracasos».
15 Muchos otros historiadores se han expresado en el mismo sentido.
16 Como ha reconocido el gran experto en la minería colonial Peter Bakewell, no se trataba de un fracaso circunscrito al Perú, ya que se dio también en las restantes regiones receptoras de misiones mineras: «Cuando la corona envió a finales del siglo XVIII a expertos alemanes para que enseñaran en América el método más innovador de amalgama, los alemanes debieron finalmente reconocer que los procedimientos tradicionales americanos eran los mejores para las circunstancias americanas».
17 Las misiones resultaron de escasa utilidad en los virreinatos de Nueva Granada 18 y Nueva España, donde Friedrich Sonneschmidt reconocería abiertamente su nulo éxito a la hora de mejorar el refino de plata: «No tengo 14 Fisher, 2000, 134.
Posteriormente este autor matizaría algo sus conclusiones, señalando en este segundo texto: «Victoria póstuma más que fracaso rotundo podría ser un mejor resumen de la misión Nordenflicht en el virreinato peruano», ya que algunas de sus propuestas, como la escuela de ingenieros de minas, fueron introducidas finalmente a finales del siglo XIX.
Como señala este autor en las páginas 90 y 91 de este mismo artículo: «La afluencia de capitales ingleses a las minas mexicanas y andinas en las décadas de 1820 y 1830 es un episodio tópico de la historia decimonónica hispanoamericana.
Pero el éxito fue impalpable.
No resultó sencillo adaptar el vapor, los mineros de Cornualles y la experiencia inglesa.
Cuando se derrumbaron las arriesgadas empresas acometidas con tanta seguridad, los decepcionados accionistas constataron cuán difícil resultaba arrancar los metales preciosos de las entrañas de América, y la magnitud de la hazaña española al superar las dificultades».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 embarazo en declarar que con diez años de trabajo, no he podido lograr introducir, ni el beneficio de M. de Born, ni otro método preferible al de patio».
19 Esta humildad de Sonneschmidt contrastaría con la actitud altanera del barón de Nordenflicht, que nunca aceptaría su parte de responsabilidad en el fracaso de la misión al Perú.
Y ello pese a que, si en Nueva España se logró al menos fundar y consolidar el prestigioso real colegio de minería, su equivalente limeño, cuyo germen debía haber sido el laboratorio del barón, acabaría sus días convertido en «casa de baños, fábrica de almidón y en pocilga».
20 De hecho, el Perú tendría que esperar casi un siglo para contar con una verdadera escuela de minería.
21 Mientras en México Sonneschmidt había tenido la honestidad intelectual de reconocer las limitaciones del sistema de refino que quería introducir y su escasa aplicabilidad a las condiciones americanas, el barón de Nordenflicht y su equipo se enzarzarían en una serie de enfrentamientos con la comunidad minera peruana y con las autoridades virreinales, a las que acusarían de haber frustrado sus esfuerzos por introducir técnicas modernas en el Perú.
John Fisher cita varios ejemplos de conflictos de esta naturaleza:
22 El enfrentamiento entre Nordenflicht y el tribunal de minería, órgano representativo del gremio creado en 1787 por el entonces superintendente de hacienda Jorge de Escobedo, 23 está bien documentado y giró, en gran medida, en torno a la resistencia de los mineros peruanos a permitir que los 19 Malamud Rikles, 1988, 141.
Según este autor, la primera escuela peruana de minas se creó en 1876.
24 La cuestión que nos interesa aquí es, no obstante, la de sus relaciones con las autoridades virreinales y, en concreto, con el virrey del momento, Francisco Gil y Lemos.
Y es que no sólo nos consta que el propio Nordenflicht se enfrentó con las autoridades coloniales, como ha documentado fehacientemente John Fisher, sino que también lo hizo el químico y metalurgista de la expedición, Anton Zacharías Helms, quien escribiría unas memorias de su periplo por el Perú en las que dejaría constancia no sólo de su enfrentamiento con el intendente de Huancavelica, el peruano Pedro de Tagle y Bracho, 25 sino también de su desazón al ver cómo el virrey se negaba en repetidas ocasiones a financiar sus propuestas de reforma, tanto en la mina de azogue de Huancavelica como en las de plata del Cerro de Pasco.
26 Ante este cúmulo de críticas expresadas tanto por Nordenflicht como por Helms, no es de extrañar que parte de la literatura actual siga considerando que la expedición fue víctima de todo tipo de trabas administrativas.
Así, en un texto representativo de este punto de vista, Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena, en su reciente historia de la América Latina colonial, concluyen que «los buenos propósitos de Nordenflicht fueron ahogándose en un mar de burocracia: rara vez se le abonaron sus sueldos con puntualidad ni se le proporcionaron los materiales que necesitaba; ni siquiera encontró en América el apoyo administrativo y político que requería».
27 Igualmente, el especialista en minería colonial Carlos Contreras ha afirmado recientemente que, «en la medida que el Estado colonial (es decir, el virrey de Lima y sus instancias inferiores) resultaba a la vez que un representante de la corona, un intérprete de las relaciones de poder locales, no 24 Véase, entre otras obras clásicas: Vargas Ugarte, 1958, 119-120 y Lohmann Villena, 1992, 787.
28 El objetivo de este artículo es demostrar que las críticas del barón de Nordenflicht y de Anton Helms contra el virrey Francisco Gil y Lemos, al que acusaron de no haber sostenido debidamente la expedición y de haber apoyado a los mineros locales en sus empeños por frustrarla, carecen de sustento documental y no concuerdan con lo que hoy sabemos sobre el citado virrey y su labor en el Perú.
Actitud del virrey Gil y Lemos hacia las expediciones científicas
Existen pruebas tanto circunstanciales como documentales que contradicen la versión de que el barón de Nordenflicht hubo de enfrentarse a una actitud desleal por parte del virrey Francisco Gil y Lemos (1733-1810).
Hoy, que conocemos mucho mejor la figura de este gobernante, uno de los representantes más preclaros de la Ilustración española en América, sabemos de su constante apoyo a la ciencia de vanguardia a lo largo de su carrera, primero como marino, posteriormente como virrey de Nueva Granada (1789) y del Perú (1790-1796) y, finalmente, como ministro de Marina (1805-1808).
29 Ya antes de llegar a Lima, este marino convertido en figura política había dado muestras de su constante apoyo a la técnica y a la ciencia.
De joven, había sido uno de los alumnos más aventajados de Jorge Juan en la compañía de guardias marinas de Cádiz y fue uno de los máximos exponentes del modelo de «oficial científico» introducido por Juan en la real armada.
Como tal, Gil y Lemos ejerció durante diez años de coman-dante de la compañía de guardias marinas de El Ferrol y fue uno de los principales promotores de los «estudios mayores o sublimes» de matemáticas en dicho cuerpo, probablemente el proyecto educativo más avanzado de la España de la época.
30 En el Perú sabemos que Gil y Lemos mantuvo excelentes relaciones con los integrantes de las diversas expediciones científicas que arribaron a esas tierras durante su mandato.
Así, está bien documentado que colaboró con el farmacéutico Juan Tafalla y con el dibujante Francisco Pulgar, los sucesores de José Pavón e Hipólito Ruiz en la real expedición botánica al Perú y Chile, a quienes encomendó la creación de un jardín botánico en Lima.
31 Nos consta asimismo que Gil y Lemos apoyó decididamente a la expedición de Alejandro Malaspina, a quien conocía de la Península, 32 y que siguió con gran interés las labores de uno de los botánicos de la expedición, el bohemio Tadeo Haenke.
33 Igualmente, colaboraría activamente con el ambicioso proyecto editorial de la Flora americana, 34 remitiendo a Madrid contribuciones por valor de 17.353 pesos correspondientes a particulares y corporaciones peruanas y encabezando la lista de donantes particulares, con una aportación de 500 pesos en apoyo de la publicación.
35 Otra contribución del virrey al progreso de la ciencia en el Perú fue la creación de un moderno anfiteatro de anatomía en el hospital de San Andrés de Lima.
Malaspina escribiría a su amigo el conde de Greppi desde Lima en los siguientes términos: «Las he leído todas a nuestro amabilísimo virrey [Gil y Lemos], el cual conserva el mismo carácter que le conociste y explaya ahora en el luminoso empleo en que se halla todas las máximas de un filósofo, hombre de bien.
Te saluda encarecidamente y por sus manos tal vez dirigiré ésta, si me pareciese que vaya más segura que por la casa de Cádiz».
Esta autora cita una «comunicación de oficio de Francisco Gil, virrey del Perú, a Alejandro Malaspina sobre las órdenes para la adquisición de aves, cuadrúpedos y reptiles en la intendencia de Tarma, así como peces y mariscos de la costa y valles próximos».
Entre los otros contribuyentes estaban el arzobispo de Lima con 200 pesos; el marqués de Avilés, futuro virrey, con 100 pesos; instituciones como la universidad de San Marcos con 3.000 pesos o el tribunal del consulado con 6.000 y la población de Lima en general, que había contribuido con 2.076 pesos en una mesa de recaudación que se había instalado a ese efecto en la ciudad el 2 de agosto de 1792.
Según la Relación de Gobierno del virrey Gil y Lemos, a finales de 1795 ya se habían recaudado 17.966 pesos para el proyecto.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 ción Malaspina, que la enseñanza de la Anatomía y la Medicina se realizara en el virreinato «conforme se practica en el hospital general de Madrid».
37 La inauguración del anfiteatro anatómico, que correría a cargo del médico y futuro prócer de la patria peruana Hipólito Unanue, daría pie a una de las obras encomiásticas más citadas de la historia del Perú virreinal, la Decadencia y restauración del Perú por la Anatomía, dedicada a Gil y Lemos.
En ella Unanue se declaró «absorto en la incomparable beneficencia y en el esplendor del sabio gobierno de V.E.»38 y enumeró in extenso los múltiples logros del mandatario a favor de la población peruana, entre los que incluía su contribución al avance de «la Física, la Mecánica, la Geometría, la Arquitectura subterránea, la Química y Docimástica [que] forman hoy delicias de muchos que, al abrigo de la protección, no pueden menos que hacer rápidos progresos que resulten a favor de la minería, y la agricultura».
39 Desde luego, no parece el perfil de Gil y Lemos el de un personaje mal dispuesto hacia la ciencia y la modernización técnica.
Más allá de su gusto bien documentado por todo tipo de cuestiones científicas y técnicas, nos consta que Gil y Lemos se interesó de forma muy específica por el sector minero.
El virrey dejó constancia escrita de que en su opinión el virreinato peruano, debido a su posición geográfica, dependía casi exclusivamente de la minería para financiar un comercio sostenido con Europa y así contribuir a la prosperidad de la metrópoli:
A cualquier aspecto que se mire en el Perú el ramo de minería debe convenirse de su importancia.
La organización física del reino, su situación política, su constitución actual, la habitual ocupación de sus moradores, todo convence de la precisa necesidad en que estamos de mirar como el principal, y único sostén del reino un trabajo que en muchas de las comarcas de América tal vez podrá considerarse como accesorio.
El Perú no puede hacer más comercio con la metrópoli que aquel que alcance a pagar con el producto de sus minas, y sin ellas cesarían, por necesidad, todas sus relaciones, y dependencia [...]
Si no se les da ese destino a estos habitantes no les queda más arbitrio que el de entregarse a la ociosidad y abandonarse en la miseria.
En el mismo caso, y por una consecuencia infalible se hallaría la hacienda del rey, si decayera, o faltara esa interesante ocupación, pues todos sus productos dimanan inmediatamente de ella; por consiguiente nada debe omitir el gobierno que pueda proporcionar a las minas su conservación y fomento.
40 Era ésta una tesis que avalaban las estadísticas, que para el año de 1790 indicaban que, sobre unas exportaciones totales del Perú con dirección a Europa de 5.561.252 pesos, solamente 757.447 pesos -el 13,6 % del total-correspondían a cascarilla, algodón, lana y otros productos extraños al sector minero.
41 Además, el virrey había recibido órdenes de Carlos IV para que prestara particular atención a la minería, según se desprende de las instrucciones que le fueron entregadas a Gil y Lemos al conferirle el mando del Perú:
Os encargo mucho que tengáis mucha cuenta con la labor y beneficio de las minas descubiertas sin que decaezcan; y en procurar que se busquen, y labren otras de nuevo, pues la riqueza de la tierra es el nervio principal para su conservación, y de su misma prosperidad resulta la de estos reinos, que es en ellos tan importante, y necesario cuanto le tendréis entendido.
42 Más relevante a la hora de enjuiciar su relación con el barón de Nordenflicht, no obstante, resulta el hecho de que Gil y Lemos ya había entrado en contacto con el llamado método de Born en Nueva Granada y que se había mostrado convencido allí de su superioridad técnica, frente al tradicional método de patio, para el beneficio de metales por amalgamación.
43 Bajo estrictas instrucciones de la corte de reducir los gastos superfluos del erario público, Gil y Lemos había iniciado su mandato en Nueva Granada suspendiendo las operaciones de la misión minera de Juan José Delhuyar, al igual que hizo con la expedición botánica de José Celestino 40 AGI, Lima, 692, Despacho n. o 2 de Francisco Gil y Lemos al conde de Lerena, Lima, 20 de octubre de 1790.
Las cifras ofrecidas por Lorente, aunque no coinciden exactamente con las publicadas por el Mercurio Peruano, vienen a confirmar la primacía de las exportaciones mineras: «En el quinquenio de 1790 a 1794 ascendió la importación a 29.091.220 pesos, 5 1/8 reales, y la exportación a 31.889.500 pesos, 6 5/8 reales en los que sólo entraba por unos 500.000 pesos el valor de la cascarilla, algodón, lana de vicuña o alpaca, y otros productos extraños a la minería».
42 Archivo Condal de Taboada (ACT), Casa de Des, caja 5, legajo 1, Instrucciones de Carlos IV a Francisco Gil y Lemos como virrey de Perú, Aranjuez, 15 de enero de 1791.
44 Al parecer el nuevo virrey había transmitido tanto a Mutis como a Delhuyar esta determinación con una gran sensibilidad, ya que el propio Mutis escribiría a su amigo al recibir la mala nueva:
La orden que yo he recibido me ha descuajado igualmente, aunque en términos de la mayor confianza y con una posdata toda de su puño, humanísima extremadamente [...]
Ello es naturalísimo que las providencias del nuevo gobierno comiencen tomando conocimiento de los inmensos gastos; y creo que el jefe lo va haciendo con grande tino.
En sabiendo los fondos del reino abrirá las manos para el fomento.
El nuevo virrey había causado una impresión inmejorable, ya que Mutis concluía su misiva, pese a haber recibido unas instrucciones contrarias a sus intereses, indicando que «parece por lo que vemos astutísimo y laborioso».
45 Lo importante es constatar que una vez en las minas de Mariquita, Gil y Lemos hizo «ejecutar a mi vista las operaciones necesarias según los métodos de amalgamación antigua y moderna, y fundición para juzgar comparativamente de sus respectivas ventajas» y quedó impresionado por lo que vio:
Hallé desde luego que el método de Born excede incomparablemente a los demás, y que este hábil metalúrgico [Juan José Delhuyar] no sólo nos ahorra gran cantidad de azogue en iguales porciones de mineral beneficiable, sino también un gran número de días, que según el que comúnmente se practicaba en nuestras minas, necesitaba el azogue para recoger el metal o formar la pella hablando en términos del arte [...] por cálculos nada aventurados rinden los minerales beneficiados según el nuevo método un treinta por ciento de plata más que antiguamente, y en los ahorros de tiempo y azogue otro tanto, que componen sesenta por ciento a su favor.
46 Gil y Lemos se había mostrado extremadamente satisfecho con la gestión de Delhuyar: «Tanto en lo respectivo al tratamiento de los trabajadores para que no peligre su salud como en evitar fraudes a la real hacienda me parece se halla tan bien establecida como pudiera estarlo en los países de Europa más dedicados a este género de trabajos».
La conclusión a la que llegó en Nueva Granada tras inspeccionar la labor de la expedición de minas fue la siguiente: Soy de opinión que las minas de Mariquita deben subsistir con la dotación mensual de mil quinientos pesos que han gozado hasta aquí, y bajo este pie he mandado continuar sus labores, no obstante de haberlas suspendido anteriormente.
Es regular que el buen éxito de ellas anime a muchos particulares a que emprendan iguales trabajos.
Sólo me falta hablar a V.E. del director Delhuyar y su compañero.
Y haciendo la justicia que debo al mérito de cada uno me parece que el primero es uno de aquellos talentos raros que hacen honor a nuestra península, y que a pesar de su modestia ha podido adquirirse un lugar distinguido entre los naturalistas del siglo.
Su probidad igualmente que su instrucción me le hacen recomendar a V.E. con particular interés.
Por lo que mira a don Ángel Díaz, aunque sus conocimientos no son tan generales como los del otro, me parecen no obstante poco vulgares.
47 Según escribiría Mutis a Delhuyar sobre el virrey Gil y Lemos: «Este amabilísimo jefe [...] es un elogiador eterno de las minas de Mariquita y de Vuestra merced.
A su llegada dio la orden en Oficio Real para que siguiese la misma dotación anterior; y en este correo va un informe arro-46 AGI, Santa Fe, 637, Despacho n o 119 de Francisco Gil y Lemos a Antonio Valdés, Santa Fe, 15 de mayo de 1789.
El efecto multiplicador de la actividad minera identificado aquí por Gil y Lemos era bien conocido en la época.
Así, el barón de Nordenflicht, en su Tratado del arreglo y reforma que conviene introducir en la Minería del Reyno del Perú, de 1791, escribiría: «No son los víveres solamente los que ocasionan la salida del caudal de los minerales, haciéndolo circular y fertilizar las campañas.
Se necesitan también en ellos otros muchos efectos como cáñamo para los cables de las minas, cebo, cueros, pólvora, etc. todos los cuales renglones y materias se compran al contado, deducidas de las mismas campañas.
A más que tantos miles de moradores que residen en los asientos de minas, han menester paños, lienzos y otros géneros indispensables para vestirse, los que se remiten así mismo pagados de contado de las fábricas del país, o son de las extranjeras que han dejado al erario sus correspondientes derechos de entrada.
Nada digo de las posesiones y terrenos próximos muy poco o ningún provento de sus dueños, si no hubiese en los contornos asientos de minas, que les proporcionan la venta de las maderas, leña y otras cosas, a que hallan salida frecuentemente a precios muy ventajosos».
48 Tras esta experiencia en Nueva Granada, resulta difícil creer que Gil y Lemos no recibiera a la expedición del barón de Nordenflicht, cuyo cometido era idéntico al de la de Juan José Delhuyar, con los brazos abiertos.
De ello tenemos además otra prueba, y es que el Mercurio Peruano, periódico creado bajo la tutela de Gil y Lemos, publicó una serie de artículos defendiendo el método de Born cuando llegaron a Lima noticias de las críticas que había recibido el barón de Nordenflicht en Potosí, donde había permanecido antes de dirigirse al Perú.
49 De hecho, algunos de los protegidos del virrey, como el fundador del Mercurio José Rossi y Rubí, resultaron ser los más apasionados defensores de la expedición.
50 En conclusión, nada parece indicar que el virrey y su entorno estuvieran mal dispuestos hacia la expedición minera cuando ésta llegó a Lima.
Relación de la expedición Nordenflicht con el virrey
Visto que todo apunta a que existía una excelente predisposición por parte de la máxima autoridad virreinal hacia la expedición Nordenflicht, cabe preguntarse por qué acabaron tanto el barón como su colaborador Helms lamentándose de la actitud de Gil y Lemos para con ellos.
La información documental disponible apunta claramente a que el virrey, por regla general, atendió las peticiones de Nordenflicht y puso a disposición de éste todos los recursos a su alcance durante los primeros años de su presencia en el Perú.
Y ello, conviene señalarlo, pese a que Gil y Lemos estaba inmerso en una política de restricción presupuestaria con la que logró, en los años de su mandato, sanear un erario virreinal que había encontrado al borde de la quiebra, política que le valió las críticas del historiador Manuel de Mendiburu, quien lo acusaría de estar dominado por el empeño «de practicar economías que por su nimiedad excedían los límites de lo razonable, achaque muy común en los españoles naturales de Galicia».
51 Así, a la llegada de Nordenflicht a Lima a finales de diciembre de 1790, el virrey aceptó, de forma poco característica, aumentar su remuneración: El día 7 de diciembre próximo pasado llegó a esta ciudad el barón de Nordenflicht con los mineralogistas que le acompañaban, a excepción de algunos que quedaron en Potosí, según se manifiesta por menor en la adjunta lista.
A su tránsito por Huancavelica, reconoció la real mina de Azogue, y me ha informado de su mal estado, ninguna regla o método que se ha llevado en sus labores; y que considera podrá remediarse cuando no con el todo en su mayor parte; sobre lo cual diré a V.E. con individualidad lo que hubiere por los correos inmediatos.
A mí desde luego me parece que su llegada puede ser muy útil a este reino, y por lo tanto procuraré estrecharlos con sagacidad, y prudencia para sacar de ellos cuantas ventajas sean posibles; pero desde ahora considero que los sueldos con que han venido dotados son muy escasos, y que siendo imposible se mantengan con ellos mediante la mucha carestía de este país, será forzoso e indispensable aumentárselos, y acceder a las solicitudes que en el particular me han hecho, usando para ello de las facultades que se me conceden en las observaciones que con Real Orden de 9 de abril del año pasado de [1]788, se dirigieron a este virreinato; aunque siempre procederé en este asunto con la mayor economía y de forma que conociendo el beneficio que se les dispensa se esmeren en su trabajo y operaciones, a cuyo fin distinguiré aquellos que con mayor cuidado y celo se apliquen al desempeño de sus deberes.
52 El virrey defendió desde un principio a Nordenflicht, pese a «la desconfianza con que estos naturales lo miran por la variedad con que se habla y escribe de Potosí a donde se han hecho los primeros ensayos», y aceptó que fuera la real hacienda la que asumiera los gastos de la creación de su laboratorio metalúrgico, ya que «en el reino no hay ningún minero bastante desahogado, que pueda costear las máquinas y laboratorios que el barón de Nordenflicht exige para demostrar las ventajas de su método».
53 La creación del citado laboratorio daría lugar, sin embargo, a los primeros desencuentros entre el barón y Gil y Lemos, ya que rápidamente se pondría de manifiesto el desorden y la falta de capacidad organizativa que caracterizaban al barón, como informaría el virrey a finales de 1791 al ministro de hacienda en Madrid: Anu. estud. am., 72, 1, enero-junio, 2015, 263-288.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 Luego que observé se pasaba el tiempo en ofertas sin efecto, en esperanzas muy dudosas, y en determinaciones vagas, y al parecer sin concierto, me propuse dos cosas que me parecieron igualmente convenientes y precisas; la primera fue la de mandarle formar un plan de operaciones según su sistema y conocimientos para que examinado se siguiera en la parte asequible, y conforme a él se dieran por mí los auxilios y providencias; y aunque lo ha ofrecido muchas veces, y yo lo he pedido muchas más, no hay forma de verlo concluido, y como mientras no se vea esa obra no puede formarse cabal concepto, todavía mis providencias no respiran más que dulzura, confianza, y condescendencia.
La segunda fue la de reducir a práctica el beneficio de metales y convencer con ella al gremio de mineros que desconfiaban, si no con razón a lo menos con apariencias de ella, pues oyendo por una parte las desfavorables noticias que vienen de Potosí, y por otra la inacción e incertidumbre en que vacilaban estos facultativos, se burlaban de sus promesas; y con este fin se trató de un laboratorio cuyo costo calculó el barón en 1.500 pesos y de esta suma fue ascendiendo la obra hasta la de 15.000 pesos que es la que por último término le limité como di parte a V.E. en 26 de julio último.
En cada una de las diferentes cantidades que se han ido fijando para la conclusión de la obra se han hecho ofertas que no se han cumplido [...] unos hechos de esta naturaleza no sólo exasperan a los contribuyentes, sino que me ponen en consternación por la duda que inspiran, cuando no de la ciencia metalúrgica del barón a lo menos de la falta de exactitud en sus cálculos, defecto de la mayor consideración, a lo menos entre gentes que lejos de estar sobradas de facultades para corregir con oportunidad semejantes yerros, no tienen lo preciso aun para las más pequeñas empresas [...] para esa pereza e inacción que le observo cuando se trata del arreglo y buen orden no descubro otra causa más que la de una confusión natural conmovida por un orgullo que también le es bastante característico.
Sin embargo de todo lo expuesto V.E. puede asegurarle a S.M. que mientras no vea pruebas evidentes de un formal desengaño no haré cosa alguna que pueda inspirarle el menor desaliento, ni desconfianza, que continuaré todas las condescendencias que con él he tenido sin embargo de su natural vacilación.
54 Como se puede observar, pese a sus propias dudas sobre el comportamiento del barón de Nordenflicht, y pese a la desconfianza de los mineros peruanos, el virrey continuó atendiendo las demandas de la expedición, y no sólo las salariales, que según el mandatario «excedían de unos límites arreglados», 55 sino también financiando el laboratorio en contra del parecer del tribunal de minería.
Y es que finalmente el laboratorio del barón, según hemos visto inicialmente presupuestado por éste en 1.500 pesos, acabaría costando casi 42.000 pesos al erario público, cifra inmensa para la época, pero que el virrey defendió frente a las críticas provenientes de la corte.
56 Por otro lado, por documentos conservados en el Archivo General de la Nación en Lima, sabemos que Gil y Lemos mandó estrictas órdenes a sus subordinados para que apoyaran al barón en todas sus determinaciones, hasta el punto de ordenar que se detuviera a quien fuere que pusiera el menor impedimento a sus actividades.
Así, cuando mandó a Nordenflicht a Huancavelica para reformar la mina de azogue, escribió al intendente de dicha provincia en los siguientes términos:
Yo no omitiré providencia que sea conducente al fin, y procuraré apartar cuanto impida su ejecución.
Vivo seguro de que V.S. como tan celoso por el mejor servicio del rey hará lo mismo, y que no dando lugar, a la menor discordia o disputa, con el barón, no sólo le dejará obrar en todo lo que le pertenece según lo determinado, sino es que guardando con él la mayor armonía, le facilitará cuantos auxilios pendan de su arbitrio y facultades.
Conozco que esta tan justa como indispensable resolución, no la han de llevar a bien muchos de los dependientes de esa real mina; y que no han de perdonar medio o arbitrio que consideren conveniente para molestar al barón, y sus subalternos y ver si pueden conseguir que las obras que se van a emprender no tengan el buen éxito que se desea; por lo cual encargo a V.S. con la mayor estrechez, esté a la mira de todo, y en caso de descubrirse, alguno, o algunos de aquéllos, les ponga V.S. en prisiones, y con las diligencias que practicase los remita asegurados a esta capital, y a mi orden, y disposición, para imponerles el riguroso castigo que merezcan sus excesos.
57 Esta actitud sumamente benévola del virrey para con la expedición Nordenflicht resulta todavía más significativa si la contrastamos con las actuaciones del gobierno en otros ámbitos relativos al sector minero, que se caracterizaban por una política de austeridad a ultranza.
Así, para ahorrar fondos públicos, Gil y Lemos procedió a una reestructuración en profundidad del tribunal de minería limeño, aligerando su estructura administrativa 56 AGI, Lima, 703, Despacho n o 11 de Francisco Gil y Lemos a Diego de Gardoqui, Lima, 26 de agosto de 1792: «Sin embargo de que el costo ha sido mucho mayor que el calculado, la obra es muy barata cotejada, con las que se hacen en el país, y a no ser un sujeto tan inteligente y activo como en ella se ha manifestado el barón a quien se debe aun la formación de las cosas más nimias que la componen, sus costos hubieran excedido en mucho a lo gastado y seguidamente no se hubiera conseguido [...]
Luego que se hagan los experimentos, participaré los resultados, que espero sean tan felices, como me aseguran lo han sido los de Potosí, pues en el barón, advierto un celo, activo y buen deseo, que si persevera, podrá producir efectos muy interesantes».
57 Archivo General de la Nación del Perú (AGNP), Superior Gobierno, 195, Expediente 771, Borrador de carta de Francisco Gil y Lemos a Manuel de Castilla, Lima, 16 de febrero de 1791.
58 Igualmente, ordenó en 1794 el cierre de los bancos de rescate como medida de ahorro, y ello pese a que en fecha tan tardía como 1793 defendía su utilidad argumentando que no son sólo los mineros los que están sacando una utilidad grande y efectiva del establecimiento de los bancos de rescates con el mayor precio a que venden sus platas, con realizar estas ventas en moneda, con comprar el azogue a precios más cómodos, en cantidades proporcionadas a la necesidad, y sin distraerse de sus ocupaciones, como hasta ahora les ha sucedido, sino también la real hacienda.
59 Y es que el virrey consideró que resultaba más conveniente gastar los fondos del real en marco 60 en las expediciones científicas que en subvencionar los bancos de rescate.
61 Por lo tanto, Gil y Lemos no se opuso al concepto de los bancos de rescate como han argumentado muchos autores para explicar su cierre, 62 sino que decidió dedicar los escasos recursos a su disposición para apoyar la expedición minera del barón de Nordenflicht, para cuyo auxilio disponía además de órdenes expresas de Madrid.
No son éstos los únicos casos que demuestran que, mientras se financiaba la expedición 58 AGI, Lima, 692, Despacho n o 2 de Francisco Gil y Lemos al conde de Lerena, Lima, 20 de octubre de 1790.
Sobre el tribunal y las reformas de Gil y Lemos, véase Molina Martínez, 1986.
60 Malamud Rikles, 1988, 40: «Con el objetivo de financiar el funcionamiento de los tribunales, colegios técnicos y bancos de rescate, se dispuso cobrar a los mineros un real por cada marco de plata registrado.
Sin embargo, en el virreinato del Perú, dado el bajo nivel de producción, lo recaudado por este concepto alcanzaba sólo para cubrir los salarios de los miembros del tribunal y los gastos del proyecto del colegio minero, pero resultaba a todas luces insuficiente para costear proyectos de mayor envergadura, como podía ser un banco general de avíos en Lima o una red de bancos de rescate en los centros mineros».
Gil y Lemos escribiría ya en 1793: «Los bancos de rescate establecidos, continúan con más felicidad de la que se esperaba pudieran tener al principio con motivo de la concurrencia de los comerciantes, y como es preciso aumentarles los fondos a medida que se aumenten los rescates, lo que ya ha sucedido con el de Chota, al cual se le han duplicado, esta operación precisa sería impracticable si el producto sobrante del real en marco se empleara en el pago de los sueldos a los mineralogistas, como lo demuestra en su representación, sin que obste, ni se contradiga en nada lo que expuse en 15 de octubre del año de 90 al número 2 de la correspondencia del Excmo.
Pedro Lerena, pues entonces se propuso la paga de sueldos de los mineralogistas del producto del real en marco en el concepto de que era impracticable el establecimiento de los bancos, y que no se presentaba ninguna aplicación más útil a esta contribución hasta entonces poco aprovechada».
IAGO GIL AGUADO del barón de Nordenflicht de forma generosa, se procedía a reducir la actividad pública en el resto del sector minero.
Otro ejemplo sumamente significativo de esta política es el hecho de que durante el mandato de Gil y Lemos el gobierno decidiera abandonar la gestión pública de la deficitaria mina de azogue de Huancavelica, tradicional nervio de la industria minera peruana, con el principal objetivo de ahorrar costes.
63 La actitud del virrey para con la expedición resulta todavía más benévola cuando se tiene en mente que el barón, quien como señalamos en su momento tuvo diversos desencuentros con el tribunal de minería, se mostró siempre un personaje atrabiliario, empeñado entre otras cosas en defender sus prerrogativas a capa y espada, como la de ser tratado de «señoría», tratamiento «que creía le correspondía de derecho por los empleos que había tenido en Polonia».
64 El barón se caracterizó asimismo por una conducta en ocasiones abusiva y por un comportamiento que llegó a rozar la insubordinación.
De hecho, el Consejo de Indias llegaría a la conclusión de que Nordenflicht había actuado de forma «impetuosa y arrogante», lo que fue, en opinión del citado Consejo, una de las razones principales del fracaso de su misión.
Ése fue el caso de la actuación del barón en las minas de Cancha, Cachirin y Bellavista: «Llegó a esta capital el barón de Nordenflicht, y por junio de [17]91 me pidió licencia para hacer reconocimiento de los dichos minerales, de sus máquinas, y laboratorios.
Y como este establecimiento corría con la opinión de estar todo hecho según reglas científicas de minería, condescendí gustoso con la solicitud del enunciado barón; así porque su presencia y disposiciones pusiesen la cosa en la última perfección, como porque éste fuese el teatro donde se hiciesen notorios sus conocimientos mineralógicos, sin necesidad de erogaciones de real hacienda para éstos de máquinas o del fondo dotal del tribunal de minería.
Un mes tardó el barón en el reconocimiento que deseaba, y llevado de la riqueza y proporciones de los referidos minerales se resolvió a la dirección y manejo de ellos clandestinamente sin pedir permiso a este superior gobierno, ni esperar la anuencia de Miralles sino obrando extrajudicialmente, suponiendo no sólo el consentimiento mío, sino empeñada toda mi autoridad, y representación para la entrega de minas, utensilios, y oficinas al barón [...]
Cinco meses corrieron sin que se me ministrasen por el barón las nociones precisas de esta empresa.
El subdelegado cuidaba de velar sobre el proyecto, y de avisarme sus resultados, y siempre con tristes anuncios del suceso.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 ministro de hacienda en fecha tan tardía como principios de 1794, el virrey concluía en su misiva a éste que, aunque demorado hasta hoy el verdadero y legítimo resultado de sus conocimientos, ventajas, desventajas [...], continó en facilitarle las providencias que pide hasta tocar el último desengaño, porque así lo exige la naturaleza de un asunto tan importante en que igualmente se interesan el público y el erario.
66 Como hemos visto, resulta evidente que Gil y Lemos priorizó en todo momento la expedición de Nordenflicht en la asignación de los escasos recursos financieros a su disposición y que extendió su protección personal al barón, haciendo caso omiso de las múltiples críticas que se elevaban en contra del curlandés.
De hecho, el virrey siguió apoyando a éste pese a las dudas que él mismo albergaba sobre su forma impetuosa y desordenada de proceder.
Gil y Lemos incluso aceptó la propuesta del barón de enviar muestras de sus ensayos a España para ser analizadas en el laboratorio de Segovia, remitiendo asimismo el 21 de agosto de 1793 instrucciones al tribunal de minería, enfrentado con el barón, para que tomara las precauciones y formalidades que propone dicho Sr. Barón, para que los experimentos que se van a ejecutar en este laboratorio químico metalúrgico, se practiquen con toda escrupulosidad con lo demás que refiere; y habiéndome conformado con lo que expresa, en los términos que manifiesta la copia n o 2, lo paso todo a V.S. para su inteligencia, y que cuide de su exacto cumplimiento en la parte que le corresponde.
67 Pese a todo el apoyo del virrey y a las precauciones que se tomaron para asegurar las mejores condiciones para la expedición, al final lo que pasó en el Perú, al igual que en los restantes territorios americanos donde se intentó introducir el método de Born, fue que los resultados de los experimentos llevados a cabo demostraron que dicho sistema de refino no arrojaba resultados superiores a los del tradicional método de patio: beneficios de los metales ni correspondían a las promesas del barón, ni a lo que les hicieron rendir los prácticos del país: las máquinas y laboratorios se iban destruyendo [...] despilfarraba para escoger los mejores minerales, los dependientes del barón, dotados con buenos sueldos, mientras Miralles gemía en suma indigencia sin un real de socorro: el partido en alboroto por el áspero manejo de los dichos dependientes...».
Por semejante antecedente sale en claro que en cotejo de ambos beneficios u operaciones no hubo diferencia alguna en gente, gastos, azogue y tiempo a favor del nuevo beneficio del señor barón.
Esto es, sin consideración alguna, al mayor costo de las máquinas de barriles que necesita igual clase de magistrales a las de buitrón, con más el cobre o hierro en piezas [...]
Don Antonio Zacarías Helms, diestro profesor de aquel beneficio, y uno de los socios de esta Comisión, estuvo ejercitando en el nuevo método en los minerales de Chanca en Cajatambo y en el rico asiento de Pasco, en los cuales no se reconocieron mayores ventajas en comparación de lo que se actúa y ejercita en el reino por el de buitrón.
68 En el caso del Perú, y como reconocería el propio virrey en su Relación de Gobierno, estos pobres resultados se habían obtenido tras un gasto de 121.448 pesos, 69 por lo que Gil y Lemos concluía, coincidiendo en su análisis con el tribunal de minería, que «el sistema que es útil a la Sajonia no es adaptable al reino del Perú», 70 y reconociendo que, «aunque el sabio barón de Nordenflicht se halla poseído de iguales conocimientos [...], a los primeros toques de su reforma se anuncian tantos inconvenientes en la práctica, cuánto parecen accesibles y benéficos en lo especulativo».
La experiencia del barón de Nordenflicht en el Perú viene a confirmar la tesis de Antonio Lafuente, según la cual, cuando llegaron a las colonias, los químicos encontraron una estructura productiva y unas prácticas técnicas aquilatadas durante siglos.
Cualquier reforma era muy difícil, no sólo por la trama de intereses que estaban en juego, sino también porque los criollos tenían los conocimientos y la experiencia que les faltaba a los científicos venidos de la metrópoli.
Véase asimismo Lafuente y Peset, 1988, 69: «La experiencia de una década de tensiones y ensayos más o menos aceptables probó que el método de Born era adecuado en vetas de plata de ley y poco conveniente para el beneficio de la mayor parte de las existentes en América.
En general, las principales novedades introducidas durante la segunda mitad del siglo XVIII sólo afectaron a la mejora de los mecanismos de desagüe, el uso de explosivos en la excavación o animales para la molienda y otras pequeñas modificaciones».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 Al igual que Gil y Lemos en Lima, el virrey de Nueva España, el conde de Revillagigedo, calificaría los esfuerzos por introducir en América el sistema de refino de Born de fracaso rotundo.
73 Mientras en Nueva España Friedrich Sonneschmidt reconocería abiertamente los escasos logros de su misión en dicho ámbito, éste no fue el caso en el Perú, donde tanto el barón de Nordenflicht como su compañero Anton Helms acabarían acusando a las autoridades españolas en general, y al virrey Gil y Lemos en concreto, de una actitud desleal, que según ellos había precipitado el fracaso de la expedición.
Dichas críticas, que se ajustan a los tópicos tradicionales sobre unas autoridades coloniales supuestamente obscurantistas y reaccionarias que impedían el desarrollo de la América española, continúan siendo dadas por buenas por algunos autores, pese al hecho de que hoy se reconoce que la tecnología que aportaban los expertos extranjeros estaba escasamente adaptada a la realidad americana.
Como ha señalado recientemente Carlos Contreras:
El método de Born ahorraba tiempo y mano de obra, a cambio de utilizar mayor capital, fierro y madera con respecto al método antiguo.
Ni el capital ni estos insumos eran abundantes en el país.
Dada la escasez de trabajadores, el ahorro en mano de obra pudiera parecer una ganancia importante para los mineros; sin embargo, una ley del cambio técnico señala que para que éste sea eficiente debe reemplazar factores escasos por factores abundantes.
Tal ley no se cumplía en este caso: se reemplazaban factores escasos por otros que también lo eran.
74 El objetivo de este artículo ha sido demostrar que las acusaciones del barón de Nordenflicht y de sus colaboradores contra las autoridades no se ajustaban a la realidad.
Según hemos visto, el virrey, al que le tocó lidiar con la difícil personalidad del barón, no sólo no puso trabas al desenvolvimiento de la expedición, sino que llegó a Lima convencido de las bondades del sistema que Nordenflicht deseaba introducir en el Perú, dio prioridad a éste en la asignación de los escasos recursos financieros a su disposición y lo defendió frente a sus múltiples detractores, que incluían al tribunal de minería de Lima en bloque.
Este apoyo continuó pese a las irregularidades que protagonizó el barón y su carácter difícil, pese al hecho de que sus gastos superaron ampliamente y de forma sistemática a los presupuestos por él presentados a las autoridades, y pese a las crecientes dudas que albergaba el propio virrey sobre la viabilidad del proyecto.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.10 demostró fehacientemente que el barón era incapaz de lograr mejores resultados que los propios peruanos con sus métodos ancestrales, el virrey decidió interrumpir la ayuda económica a la expedición.
Visto todo ello, no cabe dudar de la sinceridad de las palabras de Gil y Lemos cuando afirmaba, a punto de finalizar su misión en el Perú, que mis deseos, que han sido, son y serán los de los mayores aumentos de la nación, me hicieron ver que el logro de este sistema podría perfeccionarlos con no poca gloria de la época de mi mando, y, por tanto, procuré facilitar al sabio barón los auxilios precisos, para que, poniendo en ejercicio su importante comisión, fuesen sus operaciones las que realizasen los progresos prometidos.
75 La realidad es, por lo tanto, que la tesis de que los males de la minería local estribaban en un importante retraso tecnológico no parece haberse confirmado en la práctica y que el virrey, aunque colaboró con Nordenflicht lealmente, hubo de reconocer finalmente que la misión había fracasado.
Por lo tanto, si de algo se podría acusar a las autoridades virreinales, no es de haber puesto trabas a la expedición minera al Perú, sino de haber concentrado los limitados recursos disponibles para el sector minero en financiar una misión cuyos logros fueron casi nulos.
Por ello, no nos debe extrañar que, años más tarde, el Consejo de Indias rechazara firmemente las acusaciones vertidas por Nordenflicht contra Gil y Lemos.
76 De hecho, pese a las protestas del barón de Nordenflicht contra las autoridades españolas, la realidad es que los resultados de su expedición fueron todavía más escasos que los de la misión enviada a Nueva España.
Como ha resaltado Guillermo Céspedes del Castillo, si bien ambas fracasaron a la hora de mejorar las técnicas de refino, al menos en Nueva España se logró establecer el Real Seminario de Minería, «que funcionó con cierto éxito en México desde 1792», mientras que el de Lima «se quedó en proyecto».
77 Por ello, y en relación con la expedición del barón de Nordenflicht, lo único de lo que se puede acusar a Gil y Lemos y a su gobierno es de una excesiva paciencia y generosidad para con los científicos extranjeros.
Cuando el Consejo de Indias investigó años más tarde las acusaciones de Nordenflicht en contra de Gil y Lemos, «Nordenflicht 's claim that Gil had tried to obstruct him was firmly rejected». |
CASTRO GUTIÉRREZ, Felipe: Los tarascos y el imperio español: 1600-1740, México, Universidad Nacional Autónoma Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2004. |
El artículo indaga en las construcciones socio-culturales que operaron dentro del dispositivo de control de la sexualidad en la capital mexicana, a través del análisis discursivo de expedientes judiciales relativos a casos de sodomía.
Se exploran mecanismos de reproducción de las categorías dicotómicas de género, dentro de un sistema de dominación que, a lo largo del siglo XIX, sujetó tanto a hombres como a mujeres a través de una masculinidad prescriptiva.
Las relaciones de género que imperaron en la heterogénea sociedad mexicana a lo largo del siglo XIX supusieron la implementación de un conjunto binario de reglas, tendentes a determinar las actitudes, valores e inclinaciones en las que hombres y mujeres, como tales, debían integrarse.
La masculinidad prescriptiva, entendida como el referente ideal de comportamiento al que los hombres concretos debían sujetarse, pese a contener importantes matices en su interior, defendió un modelo de sexualidad basado en la posesión y el dominio femenino, así como, al menos en el ámbito formal, en la contención dentro de la esfera matrimonial.
Mediante el estudio de la regulación legal relativa al delito de sodomía y de los análisis temáticos de la misma por parte de tratadistas de Derecho y médicos legistas, se ha accedido a la lectura de diez procesos judiciales pertenecientes al periodo 1821 y 18701 con el objetivo de observar la interactuación del ideal de masculinidad hegemónica en el tratamiento de uno de los comportamientos sexuales más condenados y responder a las siguientes preguntas: ¿Qué continuidades y rupturas se verificaron en las postrimerías coloniales en el tratamiento judicial del delito señalado?
¿Qué diferencias de género quedaron reflejadas en la construcción de la sodomía como desviación moral delictiva y en la práctica judicial relativa a la misma?
¿Cómo fue percibida por los actores sociales implicados en los juicios la violencia sexual ejercida por hombres contra individuos de su mismo género?
¿Por qué recibió un tratamiento diferenciado del otorgado a la violencia sexual ejercida sobre mujeres?
Además del género, ¿qué otras variables determinaron la valoración judicial ante estos procesos?
Cabe advertir que la ausencia de clasificación del fondo documental consultado para la elaboración de este estudio no permite conocer la representatividad del número de procesos encontrados.
Sin embargo, al haber examinado la mitad de dicho fondo de manera aleatoria, puede afirmarse que la proporción estimada de casos encontrados por año es uno por cada dos años.
La selección del marco temporal considerado en este artículo, que discurre desde la independencia mexicana de la metrópoli española en 1821 hasta la promulgación en 1871 del Código Penal para el Distrito Federal y Territorio de la Baja California, ha respondido a la necesidad de ahondar en el tratamiento judicial de una tipología delictiva definida por la legislación colonial durante un periodo poco abordado por la historiografía actual.
Los primeros cincuenta años de vida independiente constituyeron un puente entre dos épocas notablemente abordadas desde la academia: la época colonial y el Porfiriato.
2 Se trata de un espacio temporal transitorio en el que se produjeron continuidades y rupturas con el periodo colonial, esenciales para comprender las dinámicas adquiridas durante el Porfiriato por una sexualidad masculina, entendida como una construcción socio-cultural.
En concreto, al considerar los desarrollos teóricos formulados por Michel Foucault,3 el concepto de la sexualidad ha sido concebido y utilizado en este trabajo como un efectivo dispositivo de control, un engranaje histórico-cultural, elaborado como concepto a partir del siglo XVIII en Occidente, que a través de una acción, principalmente, discursiva, ha constituido un sistema de valores normativos sobre la conducta sexual.
Precedentes, conceptualización y condena
Hacer referencia al Tercer Concilio Provincial mexicano, celebrado en 1585, en relación al tratamiento de la sexualidad mexicana durante el siglo XIX puede parecer anacrónico.
Sin embargo, a lo largo del periodo estudiado en este artículo la interrelación entre religión y norma, a pesar del monopolio judicial ostentado por las autoridades civiles ante los delitos de sodomía, impregnó la regulación de la sexualidad.
La implantación de las medidas aprobadas en Trento entre 1545 y 1563, incluyendo la normativa teológica sintetizada por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, tuvo lugar en México a partir del concilio aludido.
4 Tanto los preceptos aprobados durante el Tercer Concilio Provincial como el texto tomista gozaron de especial relevancia en el siglo XIX, ya que los primeros se mantuvieron vigentes en la archidiócesis de México hasta 1896 5 y el segundo llegó, incluso, a convertirse en la teología oficial de la Iglesia Católica.
6 De acuerdo con lo expuesto en la Suma Teológica por Santo Tomás de Aquino, el placer coital era el mayor de los placeres humanos, entendidos como medios, inevitables, que acompañaban las operaciones requeridas para el desarrollo de la vida humana, como la reproducción.
7 El goce venéreo debía siempre ir acompañado de la templanza con el objetivo de no caer en el vicio de la lujuria, consistente en «la búsqueda desordenada del placer».
8 Entre las diversas especies de lujuria existentes, ordenadas jerárquicamente por su nivel de malicie, el llamado vicio contra la naturaleza, o contra natura, ocupó el puesto más elevado.
Esta categoría debió su nombre al hecho de que en ella figuraron actos que se opusieron «al mismo orden natural del acto venéreo», es decir, a la procreación, al desperdiciar el semen producido en el acto sexual.
9 Dentro de esta teoría, el varón representaba al único dador de vida después de Dios, al considerar que su semen era la semilla que permitía la generación de nuevos individuos mediante su introducción en la mujer, quien fungía como un necesario pero pasivo receptáculo en la labor reproductora.
10 El «vicio sodomítico», que dentro de esta taxonomía figuraba como el acto más grave después de la bestialidad, 11 estaba definido como «el coito con el sexo no debido» y era más condenable cuando lo come tían dos hombres, por suponer una ofensa directa contra el orden natural creado por Dios.
12 Hasta mediados del siglo XVIII, la Iglesia gozó en el virreinato de Nueva España de poder hegemónico y legitimidad en el control de los comportamientos privados o desarrollados dentro del ámbito familiar.
13 Los procesos de delación, persecución y procesamiento de las personas acusadas de haber cometido sodomía estuvieron regulados por el fuero eclesiás-5 El IV Concilio Provincial no contó con las ratificaciones real y pontificia necesarias, por lo que las medidas aprobadas en 1585 se mantuvieron vigentes hasta la celebración del V Concilio en 1896.
11 Según Tomás de Aquino, la bestialidad era el «coito con una cosa de distinta especie».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 tico con base en una legislación civil que retomaba los principios tomistas y que estuvo compuesta, principalmente, por los textos de Las Siete Partidas del Rey Don Alfonso el Sabio y las pragmáticas promulgadas por los Reyes Católicos y Felipe II recogidas en la Novísima Recopilación de las Leyes de España.
La conflictividad existente entre las autoridades civiles y las eclesiásticas por el aumento y el mantenimiento, respectivamente, del control sobre la población novohispana, se tradujo en la prohibición en 1746, por Real Cédula, de que los tribunales eclesiásticos emitiesen sentencia ante casos de delitos sexuales.
14 De esta manera, el Tribunal del Santo Oficio tuvo que aceptar que las acusaciones de sodomía se formulasen o remitiesen a la Real Sala del Crimen de la capital del virreinato.
Como afirma Marcela Suárez Escobar, esto implicó el cese de una importante red de delatores, de un sistema inquisitorial compuesto por curas, frailes y familiares de la Inquisición, un aparato centralizado y articulado en torno a instrumentos tales como la carga, la culpa, el miedo y el secreto.
15 En consecuencia, como se desarrollará en este artículo, aparecieron nuevos y dinámicos mecanismos de control, así como individuos encargados del funcionamiento de una serie de engranajes tendentes a la construcción y reproducción de determinados patrones de género dentro de una sexualidad regulada por el poder civil que, sin embargo, siguió manteniendo elementos característicos de la teología imperante.
Tras la independencia formal de México de la metrópoli española, con la firma del acta de independencia el 28 de agosto de 1821, se puso un punto final a la historia del virreinato de la Nueva España y tuvo lugar el surgimiento de un nuevo estado, formalmente independiente y soberano.
16 Hasta finales del siglo XIX, sin embargo, la inestabilidad política asoló el país: México contó con más de treinta presidentes en cincuenta años y vio cómo se sucedían formas de gobierno tan dispares como una monarquía constitucional, una república federal, una república centralista y una dictadura.17 Por otro lado, las continuas guerras internas, acompañadas de invasiones extranjeras y pérdidas territoriales, completaron un panorama complejo para el desarrollo de una reorganización normativa acorde con las tendencias jurídicas imperantes, favoreciendo así la permanencia de un Derecho privado de origen colonial.
Según el artículo segundo del Reglamento Provisional Político del Imperio Mexicano, dictado el 10 de enero de 1822, se mantendrían vigentes aquellas leyes, órdenes y decretos que hubiesen sido promulgados antes del 24 de febrero de 1821 18 y que no contradijesen los principios de la normativa expedida tras la independencia del país.
19 A consecuencia de esta medida y de la ausencia de cuerpos jurídicos posteriores, la situación legal del México independiente estuvo caracterizada por un amplio pluralismo normativo y la vigencia del Derecho privado colonial, que operó como supletorio.
En relación con la sodomía, este concepto aludía en la época al «concúbito entre personas del mismo sexo o en vaso indebido».
20 Sin embargo, como quedó recogido por los tratadistas de Derecho consultados, la ley sólo entendía por sodomía o pederastia 21 el concúbito entre varones.
Este hecho se debía a la interpretación de que el desperdicio de semen, al ser generador de vida, constituía un atentado contra Dios pero, al mismo tiempo, estaba relacionado con la concepción de una sexualidad femenina pasiva.
Frente a una sexualidad masculina activa, poderosa y, en ocasiones, incontrolable, de acuerdo con el ideal de virilidad imperante, las mujeres fueron despojadas de su sexualidad, al ser vistas como seres carentes de deseos.
22 Esta concepción promovió un control y una preocupación social menor ante posibles encuentros sexuales entre mujeres, lo que se tradujo en la masculinización de la sodomía.
La normativa colonial vigente estipulaba ante este delito la aplicación de severas penas caídas ya en desuso.
Según el Fuero Juzgo las autoridades competentes debían ejecutar la castración como pena adecuada ante los delitos de sodomía, confiscando los bienes del reo y entregándoselos a su mujer e hijos, en caso de que los tuviera, permitiendo a su mujer que volviese a contraer matrimonio.
El Fuero Real, por su parte, advertía que la castración debía hacerse en un espacio público, colgando al acusado de las piernas al tercer día de haber sido castrado hasta provocar su muerte.
La legislación recogida en Las Siete Partidas aminoró la crueldad de las leyes existentes, otorgando la pena capital a los condenados por sodo-18 Fecha en la que fue aprobado el llamado «Plan de Iguala».
21 Los juristas Anastasio de la Pascua y Joaquín Escriche coinciden en equiparar semánticamente ambos términos.
Para una historia del «lesbianismo» durante el Porfiriato, véanse Irwin, 2004 y Núñez Becerra, 2008.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 mía sin especificar la manera de ejecutar la misma y eximiendo de ella a los menores de catorce años y a aquellas personas que hubiesen sido forzadas a cometer el delito.
De acuerdo con el análisis realizado por Francisco Tomás y Valiente, este código seguía considerando la sodomía como un pecado contra natura, haciendo referencia a los pasajes bíblicos de Sodoma y Gomorra como si efectivamente hubiesen acaecido, para remarcar que la persona que cometiese sodomía atentaba contra la sociedad al provocar la ira de Dios.
23 La Novísima Recopilación de las Leyes de España24 incluyó en lo referente al delito las pragmáticas emitidas por los Reyes Católicos en 1497 y por Felipe II en 1592.
La primera establecía la muerte por quema en la hoguera y la confiscación de todos los bienes del acusado, además de permitir la aplicación del tormento ante un delito considerado «atrocísimo» y «nefando», por ser, respectivamente, equiparable a los delitos de herejía y lesa majestad, y no ser digno de nombrar.
La segunda pragmática, pese a no incrementar las penas contempladas, permitía culpar a los acusados de sodomía aunque no existiesen testigos o las declaraciones de estos fuesen contradictorias.
Sin embargo, en relación con los mecanismos de control, sujeción y represión ante el delito de sodomía, a partir del siglo XVIII fue perceptible un notable relajamiento y una mayor permisividad ejercida desde las instancias civiles, debida, principalmente, al cambio de mentalidad acorde con los principios reformistas recogidos en la obra de teóricos como Cesare Beccaria.
25 Principios como la humanización de las penas y la aplicación de castigos proporcionales a la gravedad del delito, así como una menor incidencia de la teología dentro del derecho fueron visibles en la actuación judicial de la capital virreinal y se mantuvieron durante el primer lustro de vida independiente del país.
Al igual que lo acaecido en la metrópoli desde finales del siglo XVII,26 en Nueva España tuvo lugar una redefinición de actos delictivos como la sodomía, que dejaron de ser interpretados como una ofensa a Dios para convertirse en delitos contra la sociedad.
La secularización que tuvo lugar desde las últimas décadas de la época colonial en la capital novohispana supuso una progresiva conceptualización de la noción de delito, que fue, paulatinamente, sustituyendo a la de pecado en los discursos procesales.
27 Desde los primeros años de independencia del país, el proceso de laicización y desplazamiento de la Iglesia en el control de los cuerpos y del ámbito privado, iniciado con las reformas borbónicas en el siglo XVIII, fue continuado dentro de un proyecto político de corte liberal, basado en la defensa de la tolerancia religiosa, la igualdad ante la ley, el individualismo y la ciudadanía.
28 Sin embargo, este hecho no contradijo el sistema sexual que había imperado hasta el momento y permitió, en gran parte, el mantenimiento de una sexualidad articulada en torno a un conjunto de valores inspirado en la teología moral tomista, donde la sodomía siguió representando «la incontinencia más reprobada por las leyes y buenas costumbres como contraria a la naturaleza y de funestas consecuencias para la moralidad y conservación de la sociedad».
29 Por otro lado, hasta las primeras décadas del siglo XIX, las acusaciones de sodomía formuladas ante las autoridades eclesiásticas, pese a que no fueron admitidas a trámite, se siguieron produciendo.
30 Este hecho se debió al desconocimiento del trasvase de competencias en materia judicial por parte de la población, incluyendo a miembros del bajo clero, así como al mantenimiento de una importante religiosidad institucional en la sociedad capitalina.
Si bien es cierto que las referencias a Dios en los procesos judiciales sobre sodomía fueron disminuyendo desde las postrimerías coloniales, las definiciones del concepto de sodomía como «pecado nefando» siguieron siendo visibles en los medios de comunicación y de difusión de las élites políticas e intelectuales de la ciudad a lo largo del siglo XIX.
Las nociones de delito, pecado y atentado contra el orden natural, confluyeron en relación con un acto que siguió suponiendo un motivo de alarma social y escándalo.
Un ejemplo de lo afirmado fue recogido el 1 de julio de 1823 en el periódico El Sol, donde se anunciaba la muerte de un joven de 18 años 27 Véase Bracamonte, 2001.
28 Las llamadas «Leyes de Reforma», impulsadas por los distintos gobiernos liberales desde mediados del siglo XIX, fueron máxima expresión de este proyecto.
29 Palabras expuestas por el fiscal Fonseca en 1843 en el caso por conato de sodomía contra Agustín Rojas.
AGN, TSJDF, «Toca la causa contra Agustín Rojas por conato eficaz de sodomía», caja 180, México, 1843.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 por sodomía.31 La víctima, según lo que supuestamente habría confesado a sus padres, fue violentado a consumar, dos años atrás, una relación carnal con otro hombre que le causó una inflamación del recto que fue «comunicándose sin duda a los demás intestinos, estómago, hígado, bazo, peritoneo», hasta acabar con su vida.
Ante este suceso, el periódico denunció la elevada frecuencia con la que esa «catástrofe» solía repetirse entre los jóvenes, particularmente en los colegios, como consecuencia de la «desmoralización de algunos de los alumnos» que se entregaban a «excesos tan horrorosos» y del descuido de los padres con respecto a la educación de sus hijos.
Por último, la noticia concluía recordando la severidad con la que actuaban las «invariables» leyes de la naturaleza, dejando rara vez impune al «atrevido» que intentara trastornar su orden.
El hecho de que este caso de sodomía apareciera en el apartado de «Salud Pública», una sección poco frecuente en el periódico aludido, y no ya en otros, como el de «Tranquilidad Pública», respondió a la creciente relevancia que la medicina tuvo en el mantenimiento de un orden social y moral acorde con la normativa liberal en el siglo XIX.
Pese a ello, sólo a partir de finales del siglo las inclinaciones homosexuales comenzaron a considerarse manifestaciones patológicas.
32 En relación con los procesos y las condenas, a pesar de que los textos legales de época colonial antes citados no fueron derogados de manera explícita en el periodo aquí observado, algunas de las penas estipuladas en los mismos, como la confiscación de bienes,33 sí fueron abolidas en normas posteriores a la vez que otras cayeron en desuso, dentro de un Derecho consuetudinario ligado a postulados liberales defensores de una mayor proporcionalidad entre penas y delitos.
34 Ya desde el siglo XVIII, tanto el número de acusaciones como la severidad en las sentencias por sodomía decrecieron considerablemente.
Las condenas a muerte, tan frecuentes durante el siglo XVII ante este y otros delitos sexuales,35 fueron paulatinamente sustituidas por penas corporales como el encierro o los trabajos forzados.
De acuerdo con lo expuesto por el médico forense Francisco Roa Bárcenas en 1869, ejemplos de condenas frecuentes ante estos casos so lían ser el presidio de tres a seis años o la reclusión.
36 Sin embargo, ante la sodomía, algunos juristas de la época no recomendaban la aplicación de penas concretas, dejando al arbitrio judicial su determinación.
La ausencia de una reglamentación civil específica del mismo, según otros juristas como Anastasio de la Pascua, se debió a un silencio impuesto por el agravio que dicho acto «execrable» constituía para el pudor, lo que evidenciaba la permanencia de la caracterización de la sodomía como nefanda.
37 Hasta la materialización de los proyectos de codificación civil y penal a finales del siglo XIX, se mantuvo, por tanto, una situación caracterizada por la pluralidad normativa y la caída en desuso de las penas coloniales, lo que derivó en una situación de vacío legal suplida por el predominio del Derecho común y las circunstancias específicas de cada delito a la hora de emitir sentencias frente a la ley escrita, mediante el ejercicio de una amplia discrecionalidad judicial.
38 Un ejemplo de lo expuesto puede observarse en la diversidad de las sentencias relativas a los once acusados por sodomía en los diez expedientes judiciales consultados.
De los enjuiciados, cuatro fueron absueltos, dos fueron puestos en libertad tras pasar tres meses presos, uno fue condenado a cumplir cinco años de servicio en un hospital, dos a cuatro años en una casa de corrección y cuatro años de obras públicas, respectivamente, y otro a un año de presidio en Texas.
39 En el caso contra el coronel Manuel Montoro, el acusado no recibió sentencia judicial por gozar de fuero militar.
39 En orden de enumeración: AGN, TSJDF, «Toca a la causa instruida en el Juzgado de lo criminal contra Julián Díaz y socio por sodomía», caja 400, México, 1865; AGN, TSJDF, «Toca a la acta instruida en el Juzgado 2o de lo criminal de México a Santiago López por sodomía», caja 387, México, 1864; AGN, TSJDF, «Toca a la causa instruida en el Juzgado 2o de lo criminal contra Juan Galicia por el conato de sodomía», caja 387, México, 1864; AGN, TSJDF, «Contra Mariano Jiménez por sodomía», caja 330, México, 1858; AGN, TSJDF, «Contra Juan Portillo por sodomía», caja 416, México, 1865; AGN, TSJDF, «Pascual González y Filomeno Sánchez por sodomía», caja 73, México, 1832; AGN, TSJDF, «Toca a la causa instruida en el Juzgado 3 de la criminal contra Fermín Alanis acusado de sodomía», caja 387, México, 1864; AGN, TSJDF, «Causa instruida por el juez 4.o de lo criminal, lic. Manuel Flores Alatorre, contra Timoteo Vallejo y Floriano Mondragón», caja 330, México, 1858; y AGN, TSJDF, «Toca a la causa contra Agustín Rojas por conato eficaz de sodomía», caja Con la promulgación del Código Penal del Distrito Federal y Territorio de la Baja California, el 7 de diciembre de 1871, la sodomía dejó de estar tipificada como delito en la ciudad de México.
Este hecho, sin embargo, no impidió que esta práctica continuase criminalizada al insertarse dentro de la amplia categoría de ultrajes a la moral pública o las buenas costumbres.
A lo largo del siglo XIX, por tanto, el mantenimiento de concepciones normativas de origen medieval y la persistencia de vestigios teológicos dentro de las re-significaciones que giraron en torno al concepto de sodomía, derivaron en la categorización de esta práctica en la esfera de lo moral, es decir, dentro de los mismos parámetros maniqueos de «bien» y «mal» que habían reinado durante la interpretación de la sodomía como pecado.41
Delación, interpretación y arbitrio
A pesar de la pérdida de poder eclesiástico sobre la regulación de las actitudes y prácticas sexuales poblacionales y de la consiguiente ausencia de una importante red de delatores,42 la comunidad como red de acusación y custodia de la moral pública y de las buenas costumbres siguió constituyendo, a lo largo del periodo estudiado, un instrumento de control al servicio del poder, en este caso, secular.
Esta situación se produjo gracias al mantenimiento de una serie de vínculos comunitarios de actuación vecinal, unido a una notable confianza poblacional en las autoridades civiles como cuerpos encargados de vigilar, contener y sancionar desviaciones de la normativa sexual vigente, como la sodomía.
Por otro lado, el vacío normativo existente frente al delito de sodomía, promovió que el Derecho consuetudinario, las circunstancias de cada caso y la retórica tanto de la acusación como de la defensa, constituyeran elementos cruciales ante un amplio arbitrio judicial.
Esta situación permitía que una misma ley recibiera interpretaciones completamente opuestas por parte de los juristas.
El conocimiento de la normativa y su empleo de manera estratégica, haciendo uso de un lenguaje especializado, sirvieron como instrumentos claves en la persecución de un objetivo claro: impresionar a la autoridad judicial o derribar a la parte contraria aparentando una gran erudición.
El juicio por sodomía que el 8 de agosto de 1832 se inició contra Pascual González y Filomeno Sánchez ejemplifica lo afirmado.
43 En este caso, la acusación fue realizada después de que, supuestamente, el joven Torres, de doce años, hubiera visto a los acusados en un cuarto con la puerta entrecerrada y «en actitud y disposición de cometer un delito».
En atención a la declaración del muchacho y demás testigos, al observar el comportamiento «indecente de ambos reos», estos le reprendieron por estar espiando y el joven partió inmediatamente en búsqueda de un adulto.
Al encontrar a Loarías y contarle lo sucedido, este acudió al lugar de los hechos, donde halló a González y Sánchez en una «situación que indicaba su inhonesta [sic] y criminal acción», por lo que fue a dar aviso al alcalde auxiliar Carabes, quien aprehendió a los sospechosos.
En atención a la declaración de Carabes, ninguno de los acusados negó lo acaecido: González, tras ser detenido, reconoció que estaba dispuesto a hacerlo y que ya lo había hecho con anterioridad.
Sánchez, por su parte, tampoco negó haber cometido el delito, cuestionando al alcalde que «en caso de haberlo ejecutado, qué le habían de hacer».
Llamados a declarar ante el juez de primera instancia, Pedro Galindo, tanto González como Sánchez negaron las acusaciones formuladas y, ante esta situación, el juez ordenó el 9 de octubre del mismo año la puesta en libertad de ambos, siempre que su sentencia fuese confirmada por la Tercera Sala de la Suprema Corte de Justicia.
44 Tras dos meses en prisión, ambos reos tuvieron que aguardar la lectura del caso por parte del ministro fiscal Juan Bautista Morales y la decisión confirmatoria o revocatoria de la Tercera Sala.
Morales, tras el estudio del expediente judicial remitido desde el tribunal inferior, basó su petición en la Novísima Recopilación de las Leyes de España, recordando el rigor con el que las leyes trataban a los reos de tal crimen y citando las pragmáticas dadas por los Reyes Católicos y Felipe II por las que se castigaba «con la pena capital hasta el conato».
45 Al haberse moderado el rigor de estas disposiciones por la práctica judicial, el fiscal, en atención a la pragmática sobre la Conmutación de las penas ordinarias de los delitos en la de servi-cio de galeras, 46 pidió a la Tercera Sala que los acusados fuesen sentenciados a seis años de trabajos en un presidio de Texas.
Ante la solicitud del fiscal, el abogado don Pedro Montes de Oca sostuvo firmemente la inocencia de los acusados y, en relación con la misma normativa citada por Morales, pidió a la Tercera Sala la confirmación de la sentencia del juez Galindo y la consiguiente puesta en libertad de sus defendidos.
Según el abogado, como se recogía en la Pragmática dada por Felipe II en 1598, para poder probar el delito de sodomía debía haber «una prueba privilegiada» y «tres testigos mayores de toda excepción aunque singulares» o cuatro testigos de cualquier tipo, además de indicios que corroborasen lo afirmado por los testigos.
47 Montes de Oca continuó su discurso de defensa estructurando el mismo con base a la normativa leal y las irregularidades observadas en el juicio frente a la misma, afirmando que:
Un muchacho menor de doce años y que a esta edad no sabe la doctrina cristiana y un acusador perjuro desmoralizado y vil, son la prueba de todo lo que hay del hecho que se imputa a mis defendidos ¿y en ella podrá descansar un fallo judicial que condene a dos desgraciados?
Ciertamente que no es de temer la ilustración e integridad de ese respetable tribunal, además que el testimonio de estos hombres es del todo inverosímil, pues no es creíble que con la puerta abierta y después de una reconvención, hubieran continuado en el mismo estado.
48 Tras oír esta defensa, la Tercera Sala de la Suprema Corte de Justicia ordenó el 22 de diciembre confirmar la sentencia del juez inferior, poniendo en libertad a González y Sánchez, presos desde agosto del mismo año.
Este caso ilustra la situación de vacío normativo existente frente al delito de sodomía.
El Derecho consuetudinario, las circunstancias de cada caso y la retórica tanto de la acusación como de la defensa, constituyeron elementos de una influencia crucial ante un amplio arbitrio judicial.
Las mismas leyes, como se ha puesto de manifiesto, podían ser objeto de interpretaciones que llevasen a conclusiones completamente opuestas.
El cono-46 Novísima Recopilación de las Leyes de España, Ley II, Título XL, Libro XII: recoge la pragmática dada por Carlos I el 25 de noviembre de 1552 y por Felipe II en mayo de 1566, según la cual: en los delitos de fuerzas «y otros delitos semejantes o mayores» con excepción de aquellos tan graves que conviniese a la República diferir la ejecución de la justicia y siempre que las partes «querellosas» no fueran perjudicadas, las penas ordinarias debían ser conmutadas por la de servir en galeras.
47 Novísima Recopilación de las Leyes de España, Ley II, Título XXI, Libro XXX.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 cimiento de la normativa formal, así como su empleo de manera estratégica, haciendo uso de un lenguaje especializado, sirvió como un instrumento clave en la persecución de un objetivo claro: impresionar a la autoridad judicial o derribar a la parte contraria aparentando una gran erudición.
La continua referencia a los códigos normativos en el ámbito jurídico formó parte de un proceso de «tecnificación de los procesos judiciales» originado con las reformas impulsadas por Carlos III en el siglo XVIII, que produjeron una sustitución de paradigmas en la valoración de las elites jurídicas.
49 Tras la independencia de la metrópoli española, las autoridades políticas mexicanas mantuvieron su interés en fortalecer y dotar de una mayor eficacia a los instrumentos del Estado, incluyendo la administración y el poder judicial, por lo que el respeto de la ley y las reglas procesales se consolidaron como requisitos para estar bien valorado dentro del ámbito jurídico.
Además, con la promulgación del decreto de gobierno dado por el general Antonio López de Santa-Anna en 1841, la referencia al marco legal vigente durante el desarrollo de los procesos quedó plasmada como requisito para poder formular y mandar ejecutar cualquier tipo de decisión judicial.
50 El proceso judicial descrito contuvo otros elementos interesantes desde el punto de vista de un proceso de secularización en desarrollo, que no rompió radicalmente con un pasado inmerso en la teología moral.
Como se ha observado en el juicio por sodomía contra Pascual González y Filomeno Sánchez, la defensa de los acusados consideró que el testimonio de uno de los testigos no era válido por no conocer este «la doctrina cristiana» a causa de su juventud.
Esta referencia permite contemplar cómo a mediados del siglo XIX la sodomía, pese a no estar regulada por las instituciones eclesiásticas, seguía considerándose una desviación ligada a un código de valores cristiano.
En otro caso, el tejedor Francisco de Paula Rentería, tras haber sufrido mientras dormía un supuesto acto de abuso sexual por parte de Mariano Jiménez, tampoco dudó en acudir a las autoridades civiles para denunciar el acto y acusar de sodomía a su responsable.
51 Los hechos se dieron en julio de 1858, cuando Francisco Rentería y Domingo Ordóñez acudieron a Tlalpan de Xochimilco con el objetivo de vender rebozos.
Al llegar la noche, ambos compañeros buscaron posada, encontrándola en una casa que el vecino Mariano Jiménez tenía en alquiler y donde solía dormir, además de vender café y carbón.
A las nueve de la noche, Jiménez despertó a Rentería, que dormía sobre un poyete, invitándolo a compartir con él su petate, con el pretexto de que ahí estaría más cómodo.
Al acostarse, como Rentería le daba la espalda, Jiménez le dijo que se volteara y este le contestó «que no podía por acostumbrar dormir sobre el brazo izquierdo».
Tras quedarse dormido, Rentería despertó al sentir «alteración en el miembro que le manoseaba Jiménez» cuando advirtió que «la mano derecha la tenía puesta en el suyo».
Inmediatamente, Rentería se levantó del petate, despertó a su compañero y, sin decirle por qué, salieron de la casa.
Según el documento declaratorio de Domingo Ordóñez, al salir de la casa, en el portal encontraron casualmente al prefecto del lugar, al que Rentería se acercó y habló en secreto, contando al declarante lo ocurrido sólo en las instancias judiciales, donde le confesó que «Mariano Jiménez, que fue quien le dio posada, le tocó las partes».
La actitud de Francisco Rentería, según las declaraciones recogidas en el expediente, respondió, por un lado, al miedo y la vergüenza que le suscitó lo ocurrido.
La posibilidad de que su propio compañero o cualquier vecino cercano, dudara de su integridad como hombre de recta conducta sexual explicaría la precaución de hablar en voz baja con el prefecto y comentar lo ocurrido sólo una vez hallados en las instancias judiciales.
El poder infamatorio que los rumores acerca de un acto sodomítico 52 podían tener era tal que, ante la situación descrita, Rentería actuó con sigilo y determinación.
De esa manera, acudió a las autoridades para denunciar el hecho de forma inmediata, lo que reafirma el mantenimiento de la confianza en las autoridades civiles como instancias reguladoras del orden y la moral.
En su defensa ante el juez José del Villar, 53 Mariano Jiménez, hombre casado de cuarenta y cinco años, sostuvo que la acusación constituía una calumnia, afirmando que pese a que la noche indicada dio posada a los declarantes y les ofreció su petate, durmieron en sitios separados y con cobijas distintas.
52 El término «homosexual» surgió en el último tercio del siglo XIX en Europa y se empleó en México a partir de la década de 1920.
En la actualidad, el término alude a relaciones sexuales entre personas del mismo sexo.
Se ha empleado el término sodomítico por considerarlo más acorde con la época tratada.
53 Juez del Partido de Tlalpan.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 Ante los hechos descritos, al no haberse consumado el acto sodomítico y en atención a lo recogido en la «Ley de vagos, heridores, homicidas y ladrones» de 1857, el juez ordenó la puesta en libertad de Jiménez.
Según lo redactado en la citada ley, la simple intención de cometer un delito, así como el abandono espontáneo por parte del acusado de los actos preparatorios para llevar a cabo el mismo, no merecía pena.
No es posible saber si el denunciante, en mayor medida, pretendía con su actuación que el supuesto delincuente fuera castigado o que su propio crédito y honor fueran salvaguardados.
Lo que sí parece obvio es que su desconocimiento de la normativa legal impidió que se cumpliera el primer objetivo.
La fuerza como agravante: la exclusividad femenina de la violación
Si un acto sodomítico se llevaba a cabo mediante el empleo de violencia, las autoridades solían castigar el mismo con mayor severidad.
Sin embargo, tanto médicos como juristas, a lo largo del siglo XIX, interpretaron que la violación era un delito que podía cometerse sólo contra mujeres.
Las construcciones simbólicas existentes en torno a la virginidad y el honor femeninos promovieron distintas lecturas y reacciones ante los delitos de fuerza carnal sobre mujeres y sodomía con violencia.
A diferencia de lo observado en el caso contra Mariano Jiménez, antes descrito, el acusado Agustín Rojas, pese a no haber consumado el acto sodomítico contra el impúber Sebastián Tapia, fue condenado en 1843 a un año de trabajo en obras públicas.
54 La causa de esta sentencia fue que, según lo expuesto ante el juez por los testigos, Rojas no logró forzar a Tapia porque los gritos de este alarmaron a varias personas que acudieron en su auxilio.
Al considerar que el delito no se llevó a cabo gracias a la intervención de los vecinos, así como la fuerza con la que Rojas trató de que Tapia «accediera a sus deseos», tanto el fiscal José Urbano Fonseca como la Tercera Sala del Superior Tribunal de Justicia coincidieron en que el detenido fuese condenado a un año de obras públicas.
En relación con los códigos legales vigentes, a excepción de Las Siete Partidas, ninguno de los textos reguladores del delito de sodomía hacía referencia a la voluntad de los implicados en el mismo.
Cometía sodomía aquel que hubiese contraído relaciones sexuales con otro hombre independientemente de que en la acción hubiese mediado cualquier tipo de violencia o coacción.
El rasgo definitorio del acto, a lo largo del siglo XIX, siguió estando representado por el atentado que contra el orden natural y la sociedad suponía la emisión de semen fuera del acto reproductivo, constituyendo la fuerza un agravante en su tratamiento por parte de la justicia.
En ocasiones, a pesar de la existencia de indicios físicos, la comisión del delito sodomítico no fue condenada por las autoridades judiciales competentes al considerar que las pruebas no eran concluyentes.
Así, la tercera sala del Supremo Tribunal de Justicia del Imperio 55 confirmó en 1865 la sentencia del juez de primera instancia D. Agustín Fernández, por la que Julián Díaz y Santos Alvarado, de cuarenta y veinticinco años respectivamente, fueron absueltos de la acusación del delito de sodomía perpetrado contra el joven de 16 años, Manuel Aldana.
56 En atención a la declaración de este, mientras se encontraba en la casa de Díaz en el pueblo de San Cristóbal de Ecatepec, ambos acusados «por la fuerza lo usaron carnalmente».
El juez Fernández, tras escuchar las declaraciones de Díaz y Alvarado, quienes no reconocieron el delito, ordenó que dos facultativos reconocieran tanto a la supuesta víctima como a los acusados.
Tras efectuar las exploraciones pertinentes, los médicos encargados afirmaron que el joven Aldana tenía síntomas de «sífilis» en el recto mientras que Díaz y Santos los tenían en el «miembro viril».
57 Estos resultados, junto con la declaración de un testigo del pueblo que afirmó que había oído a una mujer desconocida que designaba a Díaz con el apodo de «joto», 58 fueron los únicos indicios de la comisión del delito.
Tanto el juez inferior como el Supremo Tribunal de Justicia no consideraron que existieran pruebas suficientes para culpar a los acusados y, por este motivo, haciendo alusión a Las Siete Partidas, 59 ordenaron la puesta en libertad de ambos.
55 Hace referencia al Imperio de Maximiliano I quien, tras la ocupación francesa en México, gobernó el país entre 1864 y 1867.
56 AGN, TSJDF, «Toca a la causa instruida en el Juzgado de lo criminal contra Julián Díaz y socio por sodomía», caja 400, México, 1865.
57 La ausencia de referencias en los tratados médico-legistas escritos en México de la época sobre el protocolo seguido en las exploraciones médicas ante supuestos casos de sodomía dificulta el conocimiento de los mismos.
58 Este calificativo hace referencia, de forma despectiva y grosera, a hombres con inclinaciones sexuales homosexuales.
59 La Ley XII, Título XIV, Partida III sostenía que los pleitos debían ser probados con «pruebas claras como la luz en que no venga ninguna duda».
ALEJANDRA PALAFOX MENEGAZZI De acuerdo con lo expuesto por el médico forense Francisco Roa Bárcena, la violación estaba tipificada como un delito consistente en la unión verificada por la fuerza entre un raptor y una mujer robada por este.
60 Esta definición coincidía con la recogida por los tratadistas de Derecho más consultados de la época, como Joaquín Escriche, quien definió el delito de violación como «la violencia que se hace a una mujer para abusar de ella contra su voluntad».
61 A diferencia del estupro, 62 que se consideraba ejercido sólo sobre mujeres doncellas, viudas honestas, mujeres casadas o religiosas, una violación sucedía cuando un hombre forzaba a cualquier tipo de mujer.
Entre las diferentes definiciones de «estupro» que convivieron en el siglo XIX, la que predominó en las prácticas judiciales capitalinas fue la perteneciente al ámbito de la teología moral, basada en el «primer acceso que se tiene, por la fuerza o no, a una doncella».
63 Los discursos de las élites judiciales de la ciudad de México evidenciaron que la virginidad representaba el eje vertebrador de la honradez de una mujer soltera, así como un elemento garante de su acceso a un buen matrimonio.
Por estos motivos, la valoración por parte de las autoridades médicas y judiciales de los daños corporales y morales de una violación femenina, residió en la castidad previa de la supuesta víctima.
64 En contraposición, el hecho de que un hombre fuese forzado a mantener un encuentro sexual con otro hombre no se consideraba violación sino que seguía estando tipificado dentro del propio delito de sodomía.
Tanto el forzador como la persona forzada habrían sido partícipes, según la concepción vigente, de un acto sodomítico.
De los diez expedientes sobre sodomía analizados, en tres casos figuraron órdenes judiciales para realizar exámenes médicos a los supuestos implicados en dicho delito para verificar el mismo.
62 Ley I, Titulo XIX, Partida VII.
64 Esta afirmación está sustentada en el análisis de los tratados de Derecho citados, además de en la lectura de cincuenta y cinco expedientes judiciales relativos a casos de estupro y violación pertenecientes al fondo documental TSJDF del AGNM.
Los resultados de este estudio fueron expuestos bajo el título «Jueces, médicos y parteras: la regulación formal de la virginidad femenina en la ciudad de México (1821-1870)» en el I Coloquio Nacional de Estudios de Género en Humanidades, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Tlaxcala.
De cincuenta y cinco expedientes analizados sobre estupro y forzamiento en mujeres, los exámenes mé dicos se ordenaron como método probatorio en veintiuno, es decir en el 38,2 % de los casos frente a un 27,2 % de los casos de sodomía 65.
En el proceso contra Fermín Alanís, acusado de haberse «prestado» a que hicieran «uso de su cuerpo», 66 los facultativos confirmaron la comisión del delito.
Este hecho, unido a la confesión del reo y las declaraciones de los testigos, sirvió para que Alanís fuera condenado a cinco años de servicio en un hospital.
Sin embargo, en los dos casos de forzamiento ejercidos sobre hombres en los que los exámenes fueron ordenados, a pesar de que los resultados ofrecidos por los facultativos competentes constataron indicios de penetración anal, los supuestos responsables fueron puestos en libertad.
Las pruebas médicas realizadas en los casos en los que la sodomía se había ejercido con violencia, no fueron reconocidas, por tanto, como elementos probatorios del delito y gozaron de una menor consideración judicial frente a las declaraciones de testigos o a las referencias a la normativa legal por parte de abogados y fiscales.
La sodomía como feminización
Al ver al joven, «lo jaló de la mano, lo metió en un cuarto vacío» y, una vez dentro, «le quitó a fuerza los calzones y recargándolo contra la pared le metió el miembro en el ano».
Después, «lo quiso acostar boca abajo en el suelo y como el exponente empezó a dar gritos, el desconocido con una navaja de afeitar le amenazó diciéndole que si no se dejaba lo mataba».
Tras terminar la agresión, Portillo ordenó al joven que saliera del cuarto, advirtiéndole de que si lo hacía llorando le metería «la navaja por la espalda».
Aterrado, José Vidal corrió a su casa y le contó lo ocurrido a su madre, María Anselma, quien examinó su cuerpo y pudo observar que «arrojaba sangre».
Ambos, junto con su tío, Juan Alvarado y el compadre69 de este, Refugio Colín, se dirigieron al lugar de los hechos en busca del desconocido, a quien encontraron en el camino de vuelta.
Tras una breve persecución y, gracias a la colaboración del guardia José María Sánchez, el sospechoso fue detenido.
Portillo, en su defensa ante el juez, declaró que la acusación era falsa.
Durante el careo ordenado por el juez entre José Vidal y Juan Portillo, Vidal sostuvo «enérgicamente» que Portillo fue quien lo forzó y ambos reafirmaron lo expuesto en sus respectivas declaraciones.
Tras interrogar a los implicados en el delito y la persecución, el juez ordenó a los facultativos de la cárcel José Galindo y Fernando Castro Hoyos realizar un reconocimiento médico a José Vidal Ángelos, del que observaron que presentaba «en el ano hacia su parte interior y lateral izquierda dos "soluciones" de continuidad de cerca de un centímetro cada una, rojas con signos de inflamación», por lo que concluyeron que el joven había «sufrido la introducción de un cuerpo extraño duro y forzadamente».
A pesar de los resultados del examen médico y de los antecedentes penales que Portillo tenía por haber herido a otro hombre en 1864, de acuerdo con lo expuesto por Miguel Madrid, abogado de pobres adjudicado al acusado, con referencia a la normativa recogida en Las Siete Partidas, ordenó poner a este en libertad bajo fianza y envió el caso al Superior Tribunal de Justicia del Imperio para su revisión.
70 Como expuso Madrid en su defensa, el delito estaba comprobado por la declaración de los facultativos pero lo que no había podido demostrarse era que Portillo fuese el responsable del mismo ya que en contra de este sólo figuraba la palabra de José Vidal, por lo que debía ser absuelto del cargo.
Al comparar la ejecución de las exploraciones médicas realizadas en los procesos de sodomía analizados con las recogidas en expedientes por estupro o violación femenina,71 se ha podido observar cómo los jueces competentes ordenaron los reconocimientos en estos últimos casos para determinar si las supuestas víctimas eran vírgenes antes del acto juzgado o si seguían siéndolo después de este pero no para verificar si habían sido forzadas.
Los exámenes no perseguían encontrar lesiones o inflamaciones que demostraran un forzamiento sino comprobar si se había producido una «desfloración».
Las causas de esta situación fueron, por tanto, de índole genérico-social más que médico-científicas y estuvieron directamente relacionadas con la supremacía del valor de la virginidad en el ideal de feminidad imperante, así como con el papel secundario jugado por la violencia ejercida sobre una mujer.
La ofensa que el atentado contra la virginidad de una doncella suponía, recaía no sólo en la mujer que lo sufría, sino, principalmente, en los miembros varones de su familia.
Los padres, maridos o hermanos de la víctima eran, por tanto, los sujetos cuyo honor quedaba dañado tras la pérdida de la honra femenina.
Al ser mayor el número de personas deshonradas mediante el estupro de una mujer que a través de la violación de un hombre, cabe pensar que los esfuerzos para redimir del agravio causado fueran mayores en el primer caso.
Como ya se ha referido, los daños que una violación causaba a una mujer, de acuerdo con las declaraciones de las élites médicas y judiciales de la época, residían, especialmente, en la pérdida de su condición de doncella.
72 Esta pérdida, si se efectuaba fuera del matrimonio, ya fuese de manera violenta, coaccionada o voluntaria, muy probablemente, causaría la depravación de la supuesta víctima en el futuro, quien caería en la mala vida y la prostitución.
73 En contraposición, los daños morales sufridos por un varón forzado, a pesar de su gravedad, no debían obstaculizar su desarrollo futuro.
Estos residían en la feminización que suponía el sufrir una agresión de este tipo: una humillación que atentaba contra el honor de la persona violentada pero que no impediría poder reorientar la propia vida hacia un camino correcto, dentro de los parámetros imperantes, formar una familia y tener un trabajo honrado que permitiera vivir en unas buenas condiciones.
De acuerdo con el sociólogo Pierre Bordieu, en diversas culturas y tiempos históricos, la penetración entre varones estuvo vinculada a unas relaciones de poder y dominación en donde la persona penetrada sufría una humillación al estar el tratamiento recibido destinado a las mujeres.
74 El daño causado, en este caso, era irreparable y el encierro o castigo del responsable tenía como objetivo no ya un resarcimiento del mismo mediante la obligación de casarse o dotar a la víctima, como en el caso del delito de estupro, sino la protección de la sociedad ante personas capaces de cometer tan terrible acto.
La asociación de lo femenino con lo débil, lo pasivo, lo dependiente y lo irracional en los discursos emanados desde las instancias de poder a lo largo del siglo XIX, se constituyó mediante una oposición ante un modelo de masculinidad forjado en torno a la virilidad, el valor, la valentía y la razón.
Una violación sufrida por un hombre, constituía una humillación relacionada, por tanto, con una asociación con la feminidad mediante la equiparación de su cuerpo con el cuerpo de las mujeres.
La corporalidad sexual femenina a lo largo del periodo estudiado estuvo caracterizada, de acuerdo con los documentos médicos y jurídicos de la época, por una enajenación basada en la expropiación y la cosificación discursiva.
De esta manera, en el proceso de sodomía con forzamiento sobre el joven José Vidal, descrito con anterioridad, según la declaración formulada por Refugio Colín, familiar de Vidal, este fue «usado» por Juan Portillo.
El empleo de este término, no fue casual: «hacer uso» de una persona significaba «penetrarla», con violencia o sin ella.
Tanto mujeres como hombres, al referir ante las autoridades judiciales que habían tenido una relación sexual, sostenían con normalidad que «habían sido usadas» o que «habían hecho uso», respectivamente.
Sin embargo, la elección de este concepto en la declaración de Refugio Colín, contuvo una connotación negativa orientada a denunciar ante las autoridades el crimen ocurrido mediante la asociación de lo acaecido con funciones pasivas propias del cuerpo femenino.
El uso del calificativo «joto» 75 y la asociación de un comportamiento afeminado con la comisión del delito de «sodomía» 76 supusieron, por otro lado, la existencia de una identidad «sodomita» concreta.
Si bien es cierto que en la literatura decimonónica el personaje del «joto» mexicano comenzó a definirse en torno a un comportamiento social más que a una práctica sexual,77 la relación entre ambos estuvo muy presente en los discursos de la época y creó una caracterización dentro del imaginario social previa a la elaboración del «homosexual» como personaje definido por sus inclinaciones naturales.
La relación entre lo femenino y lo sodomítico estuvo inserta dentro de una perspectiva que comenzaba a asociar las prácticas sexuales entre varones a una síntesis «enfermiza y peligrosa» ligada a un desorden que podía conducir al caos social.
78 Esta especie de identidad simbiótica, sin embargo, no estuvo presente en todos los casos de sodomía consultados.
Por otro lado, pese a que el rol pasivo durante el acto sexual entre varones pudo haber sufrido un mayor estigma social por su directa asociación con el papel sexual ligado a la feminidad, en los documentos consultados aparecen hombres acusados de violación sodomítica cuya masculinidad fue también debatida al haber transgredido las reglas de la misma con su comportamiento.
Sin embargo, en otras ocasiones, la virilidad de quienes fueron acusados de sodomizar a otros hombres no fue cuestionada y su comportamiento, como se verá a continuación, no apareció asociado a la feminidad.
La desigualdad social en la práctica judicial
La permanencia de los fueros y privilegios de determinados sectores durante la primera mitad del siglo XIX, así como las desigualdades originadas por la falta de poder adquisitivo de los implicados, repercutieron notablemente en el tratamiento judicial de los casos de sodomía analizados y supusieron un lastre importante para la implantación de un proyecto liberal defensor de la supremacía de la sociedad civil en la capital mexicana.
En agosto de 1837 el juez Tamayo pidió a la Comandancia General de México la aprensión del coronel Manuel Montoro, acusado de los delitos de lenocinio y sodomía.
79 De acuerdo a las informaciones aportadas por cinco testigos, Montoro, además de cohabitar con «un indio» que servía en su casa,80 solía acostarse con hombres a los que seducía a cambio de ofrecerles tener relaciones sexuales con su mujer, Guadalupe Cortés.
Frente a la resistencia mostrada por algunos individuos, Montoro, haciendo uso de su poder, podía llegar a manosear o, incluso, a tratar de forzar a sus víctimas.
En función de lo sostenido por María Antonia Colín, una de los testigos, Montoro llevaba hombres a su propia esposa «a la cama para que con ella cohabitaran prestándose estos antes con él», siendo esta «la única paga que les exigía».
Lo afirmado, según la testigo, era tan público y notorio, que podía ser acreditado tanto por, al menos, seis o siete miembros de la Comandancia de Matamoros, como por su marido, Santiago Castellanos y su compañero Herrera Esteva.
Los dos últimos, teóricamente, rechazaron «prestarse con» Montoro, quien, además, había convencido a un indio llamado Mariano de perpetrar el crimen de sodomía a cambio de dinero.
La masculinidad de Montoro no apareció cuestionada en ninguna de las declaraciones recogidas en su contra durante el proceso judicial.
Su comportamiento fue rechazado y los delitos cometidos fueron calificados como monstruosos y atroces pero Montoro no fue tachado de afeminado.
El acusado recibió en las declaraciones un tratamiento de «señor», seguido en ocasiones del de «coronel» y fue descrito como un militar violento que trataba de servirse de su rango, socialmente elevado, para perpetrar sus delitos.
Cabe advertir que a lo largo del siglo XIX, convivieron dos estereotipos de masculinidad imperantes: uno, basado en la fuerza, la violencia, la inestabilidad y una sexualidad desbocada y otro definido por una actitud más moderada, ligada al trabajo y la fidelidad conyugal.
81 A pesar de que las relaciones sexuales entre hombres contradijesen ambos estereotipos, paradójicamente, el rango militar adquirido por Montoro permitió que este siguiese gozando de una virilidad, es decir, de una forma incuestionable de ser varón.
Este poder, por otro lado, permitió, incluso, que el acusado fuese eximido de ser juzgado por la justicia civil, siendo remitido a la justicia militar por orden expresa del comandante general de México, Melchor Álvarez.
La permanencia del fuero militar constituyó una de las imágenes de la desigualdad de los ciudadanos ante el sistema judicial de la capital mexicana durante la primera mitad del siglo XIX.
82 Hasta su abolición con la Constitución liberal de 1857, los militares gozaron de una situación de privilegio que les permitía escapar de la justicia ordinaria.
De acuerdo con lo recogido en las leyes, 83 los jueces militares debían conocer todas las causas civiles y criminales en las que fueran demandados los individuos del Ejército, permitiendo una situación de auténtico privilegio.
Como sostuvo el liberal Lorenzo Zavala en 1828, junto con los eclesiásticos, los militares eran seres privilegiados que pertenecían «a otra esfera», no conocían los deberes de los ciudadanos simples y se reputaban como «una clase superior a los demás».
84 En los diez procesos analizados para la realización de este trabajo, las personas imputadas en los delitos, con excepción del coronel Montoro, pertenecieron a estratos socio-económicos populares.
85 Esta situación puede responder al hecho de que las elites dispusieran de mayores medios para impedir que sus delitos trascendieran del ámbito privado o evadir condenas judiciales.
Si se considera, además, la vigencia en la época de leyes especiales, como el fuero militar, puede afirmarse que el sistema judicial, en su función de instrumento controlador y represor de los comportamientos sexuales entre hombres, actuó en especial sobre los sectores poblacionales más desfavorecidos.
Como ya se ha comentado, en el proceso descrito contra Juan Portillo, el juez de primera instancia, Agustín Fernández, ordenó su libertad bajo 82 La exención de los miembros del Ejército de ser juzgados por la justicia civil ante casos de delitos penales quedó abolida por el artículo 13 de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos en 1857.
En 1842, el Soberano Congreso Constituyente trató de abolir estos privilegios pero su restablecimiento por decreto el 12 de octubre de 1842 retrasó su supresión hasta 1857.
85 Pese a que sólo se contienen datos acerca del oficio desempeñado por seis de los acusados, la ausencia del distintivo de «don» para el resto confirma lo afirmado.
Tras la revisión del caso, el Superior Tribunal de Justicia ordenó que volviese al tribunal de origen para que se llevase a cabo la interrogación de testigos que acreditasen el lugar donde se encontraban el acusado y el demandante en el momento en el que se cometió el delito así como la buena conducta de ambos.
La obtención del primer objetivo no fue posible ya que en el momento en el que se produjo la supuesta agresión, Portillo y Vidal se encontraban a solas.
La buena conducta de ambos, sin embargo, fue fácilmente demostrable.
En relación con Portillo, las declaraciones de los testigos presentados por él mismo operaron como piedra angular en la resolución del caso.
Con excepción del comerciante Ignacio Malo, quien sostuvo no conocer lo suficiente a Portillo, el resto de testigos coincidieron en que su conducta era correcta, siendo este un hombre honrado al que no se le apreciaba el «vicio de la sodomía».
86 Tras examinar las declaraciones de los testigos y acreditar su buena fama, el 11 de diciembre de 1865 el Superior Tribunal de Justicia decidió confirmar la sentencia del juez Fernández y poner en libertad a Portillo, quien llevaba preso nueve meses.
En este caso, por tanto, se cumplió la normativa recogida en Las Siete Partidas87 según la cual el acusado debía ser puesto en libertad siempre que fuese un «hombre de buena fama» y las autoridades judiciales no pudiesen probar su culpabilidad.
La desigualdad entre las dos partes enfrentadas en el juicio estuvo muy presente desde el momento en que la familia de José Vidal rechazó constituirse como parte acusadora en el mismo.
Tanto la madre del joven, María Anselma, como Juan Alvarado y Refugio Colín, dejaron el caso en manos de la «justicia», a la que pidieron que ejerciera su acción «con energía por tratarse de un delito horroroso y atroz».
88 La decisión tomada por la familia, motivada seguramente por la falta de recursos económicos suficientes y el temor causado por el desconocimiento ante el funcionamiento de las instancias judiciales, supuso la ausencia de un abogado defensor de la acusación y, por ende, del respaldo de una persona que hubiese incrementado las posibilidades de condenar a Portillo al conocer las estrategias procesales de lucha ofrecidas por el complejo ensamble normativo vigente.
Como se hallaba recogido en la Novísima Recopilación de la Leyes de España, 89 la parte acusadora en un juicio estaba obligada a probar la comisión del delito por lo que, en la mayor parte de los casos, en vez de denunciar formalmente, los interesados, en secreto, solían avisar al juez de las circunstancias pertinentes, con el fin de que se procediese de oficio contra el detenido.
90 Cabe recordar, por otro lado, que, en caso de no poder demostrar la acusación, la parte demandante en el juicio podía ser acusada del delito de calumnia y verse constreñida a indemnizar económicamente a la persona ofendida.
91 Esta situación, ligada al hecho de que, hasta la promulgación de la Constitución liberal de 1857, 92 la parte perdedora podía verse obligada también a pagar las expensas o costas producidas durante el pleito, favoreció que las personas carentes de recursos económicos no pudiesen correr ese riesgo y tuviesen que asumir un papel de meros espectadores durante el litigio, dejando en manos de jueces, fiscales y abogados defensores la resolución del proceso.
Como ha sido puesto de manifiesto, tanto los integrantes de las elites médicas y judiciales -jueces, fiscales y abogados-, como los implicados en los delitos tratados -testigos, demandantes y acusados-compartieron la aceptación o, al menos, el conocimiento de un mismo código de valores que permitió el desarrollo de los procesos.
Sin embargo, el carácter hermético del lenguaje jurídico marcó una importante línea divisoria entre ambos grupos de actores sociales.
La vigencia de las leyes coloniales y el vacío legal producido por la caída en desuso de algunas de las medidas recogidas en las mismas crearon un panorama interpretativo complejo.
La actuación de abogados y fiscales fue crucial en la determinación judicial de la culpabilidad y del castigo en cada proceso.
91 La caída en desuso de la severidad de las penas recogidas supuso que la pena de talión fuese sustituida por la de pago de una indemnización a la parte ofendida.
92 Por el artículo 17 de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857 las costas judiciales quedaron abolidas.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.11 Desde las postrimerías coloniales y durante los primeros cincuenta años de vida independiente, la capital mexicana vivió la confluencia de proyectos encaminados hacia la modernización de las estructuras políticas del país.
Estos proyectos convivieron con las reminiscencias de una situación jurídico-legal de origen medieval y con un imaginario conceptual anclado en la teología moral.
La ausencia de un conjunto normativo que pusiera fin a esa situación se debió, en parte, a la inestabilidad y la violencia política que asolaron el país a lo largo del periodo estudiado pero también guardó una importante relación con la adecuación de los códigos coloniales a los intereses y a las construcciones de género reinantes entre la elite dirigente.
Por otro lado, a pesar del relajamiento de las condenas en la práctica judicial y de la puesta en libertad de la mayor parte de los detenidos, la aceptación a trámite de las acusaciones, así como el mantenimiento formal de la legislación colonial y de una retórica judicial cargada de constantes alusiones a severidades pasadas supusieron diversos aspectos de una misma violencia simbólica,94 un mecanismo de reproducción y consolidación de estructuras de conocimiento que sirvieron como antecedentes en la elaboración, en las décadas siguientes, de la figura del homosexual.
Los discursos emanados desde las instancias judiciales operaron de esta manera como mecanismos de difusión, dentro de un universo conceptual basado en la dominación de una masculinidad imperante que logró sentar las bases del sistema sexo/género95 actual.
Cotejadas con varios códices antiguos por la Real Academia de la Historia, Madrid, Ediciones Atlas, 1972. |
En el arco conmemorativo de los centenarios de las independencias en Iberoamérica continental que se extiende de 1909 a 1930, los gobiernos apelaron al relato originario y a sus figuras heroicas consagradas tanto para fortalecer las identidades nacionales como para llevar a cabo políticas de acercamiento o distanciamiento con otros Estados.
En este último sentido, operaron mediante una serie de lenguajes simbólicos que incluían invitaciones diplomáticas a ceremonias, agasajos, recepciones, envío de medallas y condecoraciones, incluso a través de marcas perennes en la materialidad de la ciudad, como el rebautizo de calles y plazas, y la edificación de monumentos.
Estos recursos simbólicos fueron utilizados por los gobiernos para conseguir apoyo internacional en sus pujas limítrofes irresueltas o bien para consolidar su influencia en el tablero continental y hasta mundial.
Aunque en alguna medida todos los países compartieron estas dos preocupaciones, en este trabajo consideraremos cuatro casos y nos centraremos en la gravitación internacional en torno a la escultórica de los próceres: los centenarios argentino y chileno de 1910 (conmemoración de la Revolución de Mayo y de la creación de la Primera Junta, respectivamente) a partir de las esculturas de Bernardo O'Higgins y José de San Martín; el centenario de la independencia del Perú en 1921, en el cual fue central el acto de inauguración de la estatua y plaza de San Martín en los albores de la autodefinida «Patria Nueva» promovida por el presidente Augusto B. Leguía; y, por último, los esfuerzos escultóricos del diplomático argentino Roberto Levillier -continuando los de Carlos Estrada-orientados para que su país no perdiera influencia geopolítica ante los Estados del Pacífico durante el auge bolivariano revitalizado durante el centenario de la batalla de Ayacucho en 1924.
La documentación consultada nos permitirá acercarnos al campo de las relaciones internacionales desde el prisma de los festejos centenarios entre Estados sudamericanos, antes que en el vínculo de cada uno de ellos con las potencias europeas y los Estados Unidos, cuestión más comúnmente problematizada (aunque no necesariamente desde la perspectiva de las fiestas patrias).
A su vez, la casuística elegida está motivada, por un lado, por el carácter en buena medida compartido por los tres países del mito de origen nacional y sus protagonistas canónicos.
Examinaremos, en este sentido, distintas apropiaciones nacionales de un pasado común en función de la política internacional del momento.
Desde 1906 el gobierno de José Figueroa Alcorta intensificó la «política de acercamiento» entre los dos países y buscó realizarla plenamente durante los festejos de ambos centenarios en 1910.
Eso favoreció en 1914 la formalización del Pacto ABC, oficialmente conocido como Tratado de No Agresión, Consulta y Arbitraje al que suscribieron al año siguiente Argentina, Brasil y Chile.
Por otro lado, como es sabido, uno de los conflictos más prolongados y desgastantes en la región fue la llamada «cuestión del Pacífico»: la disputa entre Perú y Chile por la posesión de las provincias de Tacna y Arica, ocupadas por el país del sur luego de la guerra del guano y salitre (1879-1883) que también afectó a Bolivia.1 La época de los centenarios patrios en la región estuvo signada por esta amarga contienda que concluyó recién para aquellos dos Estados con el tratado de 1929.
2 Si en 1908 ambos ya habían interrumpido sus relaciones a raíz del llamado «incidente de la corona», en 1910 y 1911 se dañaron gravemente a causa de la chilenización violenta de las provincias en disputa, quedando suspendidas hasta la firma del tratado.
3 En el primer apartado argumentamos que los festejos y sus monumentos inspirados en la gesta independentista, en particular el impulso de edificación de la estatua de Bernardo O'Higgins en Buenos Aires y la estatuaria de San Martín, dieron la oportunidad a la Argentina de coronar la política de acercamiento con Chile y a la vez intentar consolidar su lugar de potencia en la región, y por ende en los altos tribunales de arbitraje, claramente en alianza y a la vez rivalidad con el Brasil, el otro poderoso.
4 En cuanto al Perú, damos cuenta del modo en que intentó utilizar ese lenguaje simbólico en la cuestión de «las cautivas» y otros problemas limítrofes, inclinando la balanza diplomática a su favor mediante operaciones que radicalizarían su enemistad con Chile.
Ambos países buscarán con sus festejos y sus monumentos la amistad de otros Estados.
Demostraremos, en los apartados segundo y tercero, que en 1921 la habilidad diplomática de Augusto B. Leguía pretendió debilitar la armonía trasandina, o en todo caso procuró mejorar la predisposición del gobierno argentino con respecto a los intereses peruanos en torno de la figura de José de San Martín, intensificando el puente simbólico preexistente creado en torno a su figura entre sectores de la elite intelectual y sectores militares de ambos países.
El centenario de Ayacucho, referido en el apartado cuarto, sin embargo, revitalizó una vieja corriente bolivariana en la cual Argentina tuvo que saber navegar para no quedar excluida de la fiesta americana y no ver menoscabado su lugar como potencia mediadora en la región, una preocupación que pareció más presente en los enviados diplomáticos argentinos en Lima que en el propio gobierno al que representan, el cual se manejó con prudencia para no alterar el acercamiento logrado con Chile y el frágil equilibro con Brasil.
Existen numerosos estudios sobre el valor pedagógico y nacionalizador «hacia adentro» de la sociedad estatal de los monumentos conmemorativos, su relación con los proyectos urbanísticos de la modernidad, o su rol en la dinámica museística y en la consolidación del campo artístico nacional.
5 Otros autores han indagado en las representaciones del pasado y las políticas de memoria de la cual son portadores.
Algunos comenzaron a utilizar fuentes documentales de archivos de cancillerías para develar las maniobras diplomáticas que pretendían interferir en la dinámica de los concursos en la medida que ponían en juego el prestigio nacional.
6 En este trabajo cruzamos datos obtenidos en los archivos históricos de las cancille rías argentina, chilena y peruana, junto con fuentes periodísticas de estos tres países con el objetivo de examinar la función que han cumplido los monumentos en el tejido de alianzas internacionales en la región y, su contracara, en el afianzamiento de enemistades.
San Martín y O'Higgins en la apoteosis de la amistad trasandina durante los centenarios del 10
Todavía son pocos los trabajos que comparen centenarios.
Un intento de comparación de los tres casos escogidos desde las historiografías, Alvarado Dodero, 2012.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.12 trabajo, constituyeron la apoteosis de la política de acercamiento entre los dos países, habilitada por los Pactos de Mayo de 1902 y especialmente impulsada desde 1906 por el presidente argentino José Figueroa Alcorta.
Los festejos y ceremonias patrias de 1910 de ambos países fueron acciones políticas clave en la construcción de las relaciones bilaterales, las cuales dejarán su huella en los años siguientes tanto en el plano gubernamental como institucional y social.
Para ello, fue central la labor de ambas cancillerías, en articulación con otras carteras ministeriales junto con una serie de instituciones intermedias, estatales y de la sociedad civil que incluían la comisión pro centenario chileno y argentino, federaciones estudiantiles y hasta la asociación de empleados de telégrafos o el gremio de tipógrafos, entre tantos ejemplos.
Durante los centenarios se efectuaron las cumbres presidenciales con la visita de Pedro Montt a Buenos Aires durante los festejos de Mayo y la del saliente José Figueroa Alcorta a Santiago de Chile, para las celebraciones de septiembre.
En la comitiva que acompañó a Montt podría verse casi un «mini Estado» en movimiento: primera dama, secretario, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile Jorge Edwards, una comisión parlamentaria, más de 700 oficiales y cadetes del Colegio Militar con su propia banda de música, buques de guerra, oficiales del departamento de policía, varios periodistas y un grupo de señoras de la elite chilena.
Buenos Aires lucía en calles y edificios públicos banderas chilenas y argentinas, los himnos de ambas naciones se entonaban tanto en actos oficiales como en forma espontánea por el público que paseaba por las calles.
Por su parte, el gobierno argentino y amplios sectores de la sociedad festejaron con exaltación los días patrios chilenos.
Según el informe confidencial de Miguel Cruchaga Tocornal, ministro plenipotenciario chileno en Buenos Aires, el festejo «revistió, por el entusiasmo ferviente que se verificaba en el público, el carácter de una fiesta cívica Nacional», en la que se destacaron a lo largo de veinte cuadras las columnas de centros sociales, obreros y deportivos, junto con grupos de políticos y universitarios.
La apoteosis de la fraternidad se completaba desde el punto de vista político con las cumbres presidenciales (a pesar de las muertes de Montt y Fernández), en conjunción con la euforia suscitada por la inauguración del ferrocarril trasandino a la par que se revitalizaban los acuerdos económicos para una cordillera libre.
7 Era representativo de la tónica general estas palabras publicadas en un periódico de Punta Arenas: ¡Honremos la memoria de los próceres en este gran día del Centenario Argentino!
Rivalidades sin objeto, inevitables pleitos de vecindad, distanciaron, hace diez años, a Chile y a la Argentina.
Ni una sombra ha quedado de esos desvíos.
8 Ahora estrechaban sus vínculos, en buena medida a partir de sus instituciones militares, en coherencia con una época de nacionalismos beligerantes.
Mientras algunos articulistas chilenos expresaban sus quejas por el gasto y la supuesta contradicción al enviar Chile tantos soldados a un país con el que se quiere consolidar lazos de fraternidad, el coronel Cornelio Gutiérrez, director del Colegio Militar Argentino, escribió una carta a Cruchaga Tocornal, comunicándole su satisfacción por haber atendido al contingente de cadetes chilenos, huéspedes de tan intachable conducta, «durante su permanencia en esta Capital, que los ha considerado con razón como los niños mimados de sus días patrios» [resaltado nuestro].9 En contrapartida, un escuadrón del regimiento de granaderos a caballo general San Martín -recreado en 1903 y desde 1907 designado escolta presidencial-fue visitante ilustre en el centenario chileno.
Llevaron consigo, a título de obsequio, una estatua en tamaño natural de un granadero, es decir, la representación de lo que era de por sí una recreación.
Los centenarios patrios sirvieron de vitrina del poderío naval y militar, fueron un importante ejercicio de ostentación que influía en el prestigio de los Estados.
Varios comunicados confidenciales entre Cruchaga y el ministerio de Relaciones Exteriores en Santiago demuestran que se evaluaba seriamente en qué torneos participar con la tropa o cuántos buques enviar para que la nación conservara, ganara o, en todo caso, no perdiera su prestigio.
En general, las comitivas extranjeras enviaban oficiales de alta graduación para las ceremonias, a veces vinculados también con la venta de armamentos y contratación de instructores militares.
10 En todo caso, la omnipresencia del estamento militar en los homenajes de los centenarios trasandinos intensificó como nunca antes una tendencia sobre el mono polio castrense de las conmemoraciones patrias.
Un síntoma entre tantos fue la decisión del Comité Chile-Argentina en Santiago de que fueran los enviados militares chilenos los encargados de entregar la placa de bronce destinada a ser colocada el 27 de mayo en la importante ceremonia de inauguración del nuevo conjunto escultórico en honor a los ejércitos de la independencia realizado por el alemán Gustav Eberlein para la base de la estatua del general San Martín en Retiro.
En este contexto, la revolución del 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires y la creación de la primera junta el 18 de septiembre del mismo año en Santiago de Chile ya se habían consolidado exitosamente en efemérides nacionales sustentadoras de un mito de origen centrado principalmente en la dimensión militar de los procesos independentistas, mito análogo a la corriente «libertadora del norte» en los que descollaban sus héroes a caballo: José de San Martín, Bernardo O'Higgins, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre.
Los actores políticos de otrora habían completado su transformación en símbolos estandarizados disponibles para un uso pedagógico nacionalizador.
11 No obstante, durante los centenarios estos símbolos anclados principalmente en la materialidad plástica de los monumentos también funcionaron como dispositivos para construir alianzas políticas, sociales y de «hermandad» militar entre diferentes Estados nacionales.
El gobierno chileno agradeció al argentino en 1909 al enterarse de que la Comisión Nacional del Centenario había resuelto pedir la colaboración chilena en la convocatoria de un concurso exclusivamente entre artistas trasandinos destinado a construir una estatua del general brigadier Bernardo O'Higgins para erigirla en Buenos Aires.
12 El autor de la iniciativa había sido Norberto Quirno Costa, quien vislumbraba en esa estatua la «nueva enseña de la paz que por siempre nos vinculará con Chile» 13.
Marco Avellaneda, ministro del interior y presidente de la Comisión, escribía a Cruchaga: «pronto podremos entonces saludar en efigie al compañero ilustre del general San Martín con los mismos alborozos con que serán glorificados los héroes de esta república» 14.
12 Un examen de los debates que surgieron sobre el valor político de la obra artística y los obstáculos diversos que se presentaron para su elaboración, en Ortemberg, 2014a, 337-340.
13 Archivo Histórico de Cancillería, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, Buenos Aires (en adelante ACA), Caja 1144, Centenario argentino, Chile, Comisión Nacional, Buenos Aires, 19 de junio de 1909, en Ortemberg, 2014a, 340.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.12 el listado de próceres del centenario argentino cimentaba la política de acercamiento a la vez que se presentaba como acto de reciprocidad por la estatua de San Martín levantada años atrás en Santiago.
«Ellos nos debían esa compensación y hoy satisfacen cumplidamente esa antigua y sagrada deuda», escribía en el periódico el historiador y parlamentario chileno Gonzalo Bulnes.
15 La construcción de la concordia del presente encontraba así su justificación metonímica en la evocación de la fraternidad de los dos héroes nacionales.
Se incluyó en el programa de festejos de Mayo la colocación de la primera piedra por parte del presidente Montt.
La estatua recién pudo inaugurarse en la Plaza Rodríguez Peña el 18 de septiembre de 1918, en el centenario de la batalla de Maipú.
Las procesiones cívico-militares a los pies de las estatuas se acrecentaron en la época de los centenarios.
En torno al año 1910 se multiplicaron, por ejemplo, los bustos estandarizados de San Martín, en consonancia con la nueva «enseñanza patriótica» establecida desde 1908 por el Consejo Nacional de Educación16.
Esto iba a la par con la instrumentalización internacional de los monumentos nacionales.
En Buenos Aires, los jefes de las legaciones chilena y peruana solían enviar ofrendas florales cada 17 de agosto al mausoleo del prócer en la catedral y participaban asiduamente desde fines del siglo XIX, con homenajes a los pies de su estatua en Retiro, actos que más allá de las formalidades protocolares contenían un importante valor político para los actores del momento.
Los protagonistas de la conmemoración no eran únicamente representantes diplomáticos u oficiales del ejército, del mismo modo que la política a través de las estatuas -y de su aparejada superposición de placas-tampoco tenía como escenario exclusivo la capital.
En numerosas ciudades y pueblos de la Argentina, como es sabido, proliferaron en 1910 aportes de muy diversos sectores de la sociedad para organizar suscripciones destinadas a erigir estatuas y diversos monumentos que expresaban el orgullo local (y sectorial) y su vínculo con el proyecto estatal.
La participación de inmigrantes de los países vecinos fue significativa en muchos casos.
En ocasiones, los monumentos levantados gracias al asociacionismo podían influir en la construcción o alteración de las relacio-nes internacionales.
Hemos dado cuenta en otro trabajo de un ejemplo de disputa entre la diplomacia peruana y chilena en Buenos Aires y en Francia ante la inauguración en 1909 de la estatua de San Martín en Boulogne-sur-Mer, 17 exponemos ahora tres ejemplos suscitados en territorio argentino pero fuera de Buenos Aires con el fin de reforzar este argumento y a la vez dar cuenta de las variantes locales.
Primer ejemplo, el pueblo de San Martín, a una hora de distancia de la capital, programó la inauguración de una estatua del prócer el 24 de mayo de 1910.
El comité organizador pidió a Cruchaga que gestionara la asistencia al acto de un congresal chileno para que hiciera uso de la palabra.
Esto confirmaba tanto la importancia otorgada a la participación chilena en el centenario argentino, como la relevancia de las marcas escultóricas para vehiculizar la fraternidad bilateral.
18 En la zona cordillerana, como segundo ejemplo, un ingeniero chileno residente en San Rafael, provincia de Mendoza, exigía al gobierno chileno, en nombre de su colectividad, el reemplazo inmediato del vice-cónsul por comportamiento «inmoral».
Una vez terminado el baile que las autoridades argentinas obsequiaron el 18 de septiembre para homenajear al país hermano, el funcionario, junto con dos jóvenes y unas «niñas alegres», se dirigieron a las 2 de la madrugada hasta la plaza principal y colocaron a modo de broma una escupidera en la cabeza de la estatua del prócer.
Los autores fueron detenidos por las autoridades locales.
El ingeniero resaltaba la indignación compartida de chilenos y argentinos, y recordaba que la estatua había sido erigida gracias a la suscripción popular de argentinos, chilenos y otros extranjeros residentes, el 9 de julio del año anterior.
19 Así, para evitar un conflicto diplomático, la cancillería de Santiago resolvió destituir sin miramientos al funcionario cuestionado.
Como último ejemplo, en la ciudad de Mendoza, la importante colonia de chilenos solicitó ayuda financiera a su gobierno para obsequiar una placa con el escudo de Chile en los festejos de mayo.
Exigían también que el Presidente Montt se detuviera en su paso a Buenos Aires para presidir la ceremonia, o en su defecto lo hiciera la Escuela Militar y las bandas del ejército asignadas a las celebraciones de Buenos Aires.
20 ACC, Argentina, vol. 218, carta firmada por miembros de la colonia chilena en Mendoza dirigida al ministro de Relaciones Exteriores en Santiago, 19 de abril de 1910.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.12 Por su parte, el gobierno peruano no expresó sus condolencias al chileno ante la muerte de los dos presidentes, como tampoco se adhirió a sus festejos patrios de septiembre.
El primer gobierno de Augusto B. Leguía envió al centenario de Mayo en Buenos Aires una embajada encabezada por el vicepresidente Eugenio Larrabure y Unanue, integrada también por Carlos Álvarez Calderón que a la sazón iba como nuevo ministro asignado a esa capital y delegado al congreso científico panamericano.
Sin embargo, el informe confidencial que dirigió Álvarez Calderón al ministro de Relaciones Exteriores en Lima está teñido de sinsabores respecto a la participación peruana en la semana de festejos argentinos.
Subraya el peruano la falta de previsión oficial durante el viaje en tren, junto con algunos desaires protocolares, en contraste con el tratamiento brindado a la embajada chilena.21
San Martín como puente simbólico entre Argentina y Perú
En vísperas de los centenarios de Chile y Argentina, Perú mantenía conflictos limítrofes con todos sus vecinos, aunque los más graves y duraderos fueron con Ecuador y Chile.
22 La evocación peruana a sus dos Libertadores, San Martín y Bolívar, habilitó un lenguaje simbólico para intentar acercamientos políticos en el sur y norte del continente.
De hecho, Chile temió al año siguiente de los festejos trasandinos que la celebración del centenario venezolano y el congreso bolivariano con sede en Caracas le diera la ocasión al Perú de sugerir una entente bolivariana que pudiera aislarlo.
Desde 1859, el Libertador de origen caraqueño tenía en Lima su estatua ecuestre en la plaza del Congreso, a tres cuadras de la Plaza Mayor.
23 Se trataba del mismo sitio en el que el ministro Bernardo Monteagudo había ideado erigir en 1822 una columna trajana en honor al congreso, coronada por una estatua pedestre de San Martín, el otro Libertador del Perú.
24 Gracias a la iniciativa de algunos jóvenes que integraban el «Comité Patriótico del Callao», los vecinos de ese pueblo efectuaron donaciones para construir en 1901 una estatua pedestre del Gran Capitán, la primera en concretarse en el Perú.
Asimismo, gracias a la donación del coronel Pérez Roca, se colocó una pirámide con el ángel de la Gloria en su honor en la plaza de la Exposición.
Desde mediados del siglo XIX, los gobiernos peruanos tenían la intención de construir la gran estatua del Protector y recién en 1904 se realizó un concurso bajo el mandato de José Pardo, pero su confección fue postergada una y otra vez.
25 En todo caso, las figuras de ambos próceres gozaban de la simpatía nacional en amplios sectores de las elites y también del pueblo: constituían los rostros visibles de la historia patria, quedando asociado San Martín con la proclamación formal de la independencia que presidió en Lima el 28 de julio de 1821, y Bolívar vincu lado a la gesta de Junín y Ayacucho.
Esta última victoria, de repercusión continental, había sido obtenida el 9 de diciembre de 1824, como es sabido, bajo el comando del mariscal José Antonio Sucre.
Aunque oficialmente después de los Pactos de Mayo los gobiernos argentinos respetaron el acuerdo de no intromisión en la cuestión del Pacífico, y a pesar de lo observado en los centenarios de 1910, subsistieron siempre fuertes corrientes de simpatía entre sectores de la sociedad peruana y argentina.
La figura de San Martín fue el vehículo simbólico primordial para mantenerla viva.
Además de la gravitación de los no pocos residentes peruanos en Buenos Aires, Tucumán, La Plata y otras ciudades argentinas, la cuestión del Pacífico encontró en este país muchos defensores de la causa de esa nación, en especial entre intelectuales, universitarios vinculados al movimiento estudiantil de 1918, políticos y juristas, además de algunos militares: Alfredo Palacios, José León Suárez, el comandante Antonio Tassi, figuran entre los más constantes «amigos del Perú».
Los lazos eran fuertes, sobre todo en cultores de las historias patria y americana.
Por ejemplo, Ricardo Palma, insigne escritor y director de la Biblioteca Nacional del Perú, mantuvo entre 1886 y 1912 una amistad epistolar con Adolfo Pedro Carranza, organizador del Museo Histórico Nacional.
Carranza le pidió al primero iconografía sanmartiniana para 24 Ortemberg, 2012, 198 aumentar las colecciones del museo, mientras que Palma le comentaba en una misiva de 1900 su admiración por el Libertador, y a modo de anécdota, mencionaba el reclamo diplomático del ministro chileno que pesó sobre él en 1890 a raíz de unos versos anti-chilenos compuestos para la ceremonia de colocación de la primera piedra del monumento a San Martín.
En otras cartas posteriores le envía postales con la fotografía del monumento erigido en el Callao.
26 Así, San Martín fue el símbolo que permitió tejer un puente intelectual en el que cada país contribuyó en la gestión del pasado patrio del otro.
En la historia de la postergación de la estatua de San Martín en Lima pueden leerse los capítulos de las esperanzas y desilusiones de las carteras diplomáticas.
En 1913, el gobierno argentino propuso enviar una embajada al Perú como «acto de reciprocidad» por la visita del vicepresidente peruano en los festejos de 1910, gesto formal, pues otras tantas irían a los demás países.
Carlos Estrada, ministro argentino en Lima, se enteró de que en pocos meses se inauguraría en esta ciudad la estatua de San Martín, obra que se encontraba en España a cargo del escultor Mariano Benlliure.
Creyó entonces conveniente a los intereses de la presencia continental argentina que la embajada planificara el viaje de modo que coincidiera con ese acto y además fuera con ella un escuadrón del regimiento de granaderos, quienes ya habían participado, como mencionamos anteriormente, en la inauguración de la estatua en Boulogne-sur-Mer y en los actos del centenario chileno.
En la nota confidencial que dirigió al ministro de Relaciones Exteriores en Buenos Aires, sostenía que conviene a todas luces imponer la personalidad del Gran Capitán de los Andes, sobre la figura de Bolívar, que tiene aquí, con gran sorpresa mía, tantos o más partidarios que San Martín.
Por de pronto, su estatua ecuestre, uno de los más hermosos monumentos de esta ciudad, se ostenta dominadora.
27 El ministro venía lidiando contra ataques reiterados a la figura de San Martín publicados en el periódico limeño La Prensa.
En enero de 1914, celebró Estrada un cambio total en la opinión de este diario al ver acompañadas de un gran elogio al Libertador la publicación de las fotografías de la estatua de Benlliure.
28 Estrada fue concibiendo el envío de la embajada al acto de emplazamiento del monumento -iniciativa suya aprobada desde Buenos Aires desde el primer minuto-como un evento crucial para la política internacional Argentina.
Llegó a solicitar permiso a cancillería para sugerirle al gobierno peruano que invitara al acto embajadas especiales, integradas por connotados representantes militares de países vinculados a la gesta sanmartiniana: Chile, Ecuador, Bolivia, Uruguay y Paraguay.
Pero también embajadas de Colombia y Venezuela, pues desde allí «nació el torrente libertador del norte que vino a confundirse definitivamente con el del sur en esta ciudad de Lima».
Según él, sería «la fiesta más grande de confraternidad americana que habría presenciado este continente».
29 Brasil quedaba sugestivamente ausente en el programa soñado por el ministro.
De todos modos, desde cancillería le ordenaron que dejara al Perú la decisión de convertir la ceremonia en evento americanista.
Podemos preguntarnos sobre el motivo por el cual Estrada daba tanta importancia a este acto ceremonial.
En un pasaje de una de sus notas confidenciales nos da una clave: jamás hasta la fecha se ha presentado a nuestro país, un momento más propicio, para exteriorizar su grandeza y poderío, y poner ambos al servicio de una amplia política de cordialidad americana, que sin obligarla con pactos peligrosos, ni con alianzas quijotescas, le atraiga, sin embargo, la simpatía de las repúblicas hispano-americanas de esta parte del continente.
Conseguir esto, será conquistar la hegemonía moral... [resaltado nuestro].
30 Esto nos permite avanzar algunas reflexiones.
La inauguración de monumentos en esta época se presentaba para muchos como una acción simbólica que admitía unir sin conflicto y de modo enmascarado los nobles valores americanistas con los propios intereses nacionales en su clave militarista.
Permitía también librar batallas políticas mediante un lenguaje simbólico menos «peligroso» o «quijotesco» que las alianzas o pactos políticos explícitos.
Por cierto, Argentina debía respetar su acuerdo con Chile respecto a su imparcialidad en el asunto pendiente con el Perú.
Asimismo, la revitalización de la narrativa sanmartiniana le permitía a la Argentina no solo intentar imponer su gravitación ante el resto de los países bolivarianos, sino también excluir a su rival Brasil de la influencia continental.
31 Y al mismo tiempo, bastante desconfianza suscitaba en el Perú el Pacto ABC formalizado en ese último año.
La estatua fue inaugurada finalmente en 1921 por el presidente A. B. Leguía, como acto central de los festejos del centenario.
Un año antes se intensificaron en Buenos Aires las batallas simbólicas entre los gobiernos de Perú y Chile en torno a la figura de San Martín por el acercamiento al gobierno argentino que ello implicaba.
El conflicto de 1909 evocado anteriormente con respecto a la inauguración del monumento de Boulogne-sur-Mer parecía reproducirse el 17 de agosto de 1920, a los pies de la estatua de Retiro.
El ministro peruano en Buenos Aires, Hernán Velarde, se empeñó en preparar a la opinión argentina para los festejos de su patria y a la vez en neutralizar los intentos chilenos de visibilidad pública a raíz de la conmemoración del centenario de la partida de la escuadra chilena desde Valparaíso.
32 Además de la guerra publicitaria a través de la prensa (con periodistas pagos, desmentidas cotidianas o propagandistas espontáneos), intrigas y espionaje, a estas alturas podemos afirmar que las efemérides de la emancipación continental fueron concebidas por los diplomáticos como instancias cruciales para intervenir en el discurso público.
Velarde describe en nota confidencial dirigida al ministerio de Relaciones Exteriores en Lima detalles que según él no aparecen en la prensa o que se aluden minimizados, tal vez para «ocultar la desairosa situación de Chile y especialmente la del Ministro Chileno, cuya actuación en el homenaje se redujo a asistir en calidad de simple espectador».
sin atribuir a las palabras que pronuncié a los pies de la estatua del Libertador otro mérito que el de la oportunidad, el hecho es que los aplausos me acompañaron desde que comencé a hablar prolongándose y convirtiéndose en una ovación al Perú cuando hube terminado.
34 Comenta la nula recepción que tuvo, en cambio, la intervención de un fraile chileno, que para conseguir un mínimo aplauso fue pasando improvisadamente del «Viva Chile», al «Viva Chile y la República Argentina», hasta resignarse a un «Viva el Perú».
35 Más allá de las posibles exageraciones del ministro peruano, al revisar la correspondencia diplomática de aquellos años, es notable la atención que los funcionarios peruanos en Argentina dedicaban tanto al tratamiento que la prensa local hacía de su disputa con Chile como a las performances públicas en ocasiones como esta.
Con todo, las esperanzas peruanas de que el gobierno argentino respaldara internacionalmente sus reclamos para anular el pacto de Ancón y se resolvieran de una vez por todas las cuestiones de Tacna y Arica, sufrieron un duro golpe a finales de este año 1920, cuando el doctor Pueyrredón, representante argentino en la Liga de las Naciones, se pronunció en contra de la revisión de pactos constituidos previamente a la constitución de la Liga.
36 El presidente Leguía -había asumido su segundo mandato en 1919-, lejos de atizar las tensiones que ello generó en la opinión pública, redobló la apuesta ritual de acercamiento.
No claudicó en sus intentos de aprovechar las oportunidades ceremoniales para ratificar, y en lo posible aumentar, la cordialidad con la Argentina que le brindó la conmemoración del centenario de la independencia en 1921.
En efecto, el presidente peruano se propuso invertir ingentes recursos del Estado en los festejos patrios por el centenario, dándole una impronta personalista al evento pero también anidando el objetivo de orientar esta acción simbólica en la obtención de un máximo de rédito político en las relaciones exteriores.
37 Entre sus promesas de candidato estaba la de dar solución definitiva a los conflictos limítrofes subsistentes.
Por lo tanto, no se trataba únicamente de enseñar los progresos del Perú al mundo civilizado sino de lograr también el apoyo «moral» de las naciones en sus temas fronterizos pendientes y en especial con el problema que acarreaba con Chile y Ecuador, los excluidos de la fiesta.
El acto principal del centenario, como dijimos, fue la inauguración de la plaza y estatua de San Martín en el centro de la capital el día 27 de julio.
De las 34 legaciones y embajadas especiales que asistieron, además de la de Estados Unidos y la de la madre 35 «Subió a las gradas de la estatua un fraile dominico que llevaba al pecho una cucarda con los colores de Chile [...] dio lectura a una breve alocución desaliñada y bombástica destinada más a glorificar a Chile que a San Martín y a servir de pretexto a un formidable "Viva Chile" que lanzó con toda la fuerza de sus pulmones, pero que repercutió en el vacío», Ibidem, 74.
36 El presidente Yrigoyen lo explica en una entrevista realizada por el peruano José Carlos Bernales.
La nota apareció con diferentes variantes el mismo día en los periódicos locales, La Prensa, El Comercio y El Tiempo, Lima, 30 de diciembre de 1920.
37 Basadre, 2005, t La estatua y el tango de los granaderos en el centenario peruano Para congraciarse con la Iglesia, el presidente Yrigoyen nombró jefe de la embajada a monseñor Luis Duprat, gesto que no dejó de ser criticado por algunos sectores, como quedaba reflejado en un editorial del diario argentino La Nación al considerar que se rebajaba la importancia de la misión y resultaba extraño en una república laica.
39 Sin embargo, la investidura eclesiástica fue aprovechada tanto por el mismo Duprat como por Leguía para imprimirle un aura de unión sagrada a la amistad con Argentina y de autenticidad «extra-política» al encuentro de dos pueblos.
40 En efecto, el balance de la actuación de la embajada es sumamente positivo, de acuerdo con la cobertura de la prensa peruana, las reacciones de la sociedad local y los discursos que circularon.
La popularidad de la embajada se debió especialmente a la presencia de un escuadrón de granaderos del regimiento general San Martín que el gobierno argentino decidió enviar -inspirado en los viajes de 1909 a Francia, y 1910 a Chile-en el transporte Guardia Nacional, con sus caballos, en una travesía llena de peripecias.
41 Si los centenarios patrios, en general, fueron momentos para escenificar los progresos materiales, artísticos y sociales de las naciones -se estructuraron como exposiciones universales-, la prioridad argentina en este caso fue mostrarse desde la «cruz y la espada».
La narrativa independentista comulgaba una vez más con los valores nacionalistas armamentistas de entonces.
El envío de los granaderos, sin embargo, respondía a una tendencia militarista que se había consolidado como modelo de participación en los centenarios de la región, tal como menciona en una carta dirigida a Velarde el ministro de Guerra peruano.
42 Por cierto, los granaderos no constituían un escuadrón más en representación protocolar del ejército argentino, sino que encarnaban el «regreso» al Perú del legendario cuerpo creado por San Martín.
Su participación en las ceremonias fue central, en especial formando la guardia de honor en la inauguración de la estatua de su «padre».
43 De modo semejante a lo sucedido durante la inauguración en 1905 de la estatua del coronel Francisco Bolognesi en Lima, cuando por deferencia el ejército peruano se puso al mando de Roque Sáenz Peña -compañero de armas del héroe de Arica e invitado de privilegio en la ceremonia-, esta vez se dio el comando de las tropas formadas al pie de la estatua del Libertador al general Carlos Martínez, agregado militar argentino.
44 Mientras se entonaron los himnos de Perú y Argentina, se colocaron tres coronas en representación de las tres provincias cautivas (Tacna, Arica y Tarapacá).
El desfile militar duró dos horas y participaron regimientos de Estados Unidos, Francia, Italia y España, así como el pueblo contempló también el vuelo de aeronaves peruanas, cuyos pilotos habían recibido entrenamiento en Argentina.
45 Si bien la política de acercamiento con Argentina se sellaba principalmente en ceremonias de impronta militar, también intervenía la solemnidad religiosa: un grupo de damas limeñas bordó y obsequió al camarín de la Virgen de Luján una bandera peruana.
Según un articulista, se trataba de ofrendas a la Argentina, que estrecharán los vínculos de confraternidad con la República hermana necesarios hoy más que nunca ante los esfuerzos que hace Chile por enfriar el afecto que nos une por más de un siglo.
46 Desde una dimensión social menos sacralizada fueron asimismo importantes las conferencias del comandante Tassi y del internacionalista José León Suárez, junto con la confraternidad por medio de un partido de futbol y un campeonato de tiro entre ambos países.
El lenguaje festivo tradicional fue utilizado por originarios de Tacna, Arica y Tarapacá para montar un carro alegórico ostentando en un enorme lienzo representando la república Argentina.
47 43 La popularidad de los granaderos llegó entonces a tal punto que los diplomáticos brasileños en Buenos Aires exigieron al gobierno argentino que enviaran al regimiento a sus fiestas por el centenario al año siguiente.
44 Se saludaron en la ceremonia el mariscal Cáceres y el general francés Mangin.
Este último tuvo el honor de comandar al ejército peruano durante la gran parada militar en el Hipódromo.
La inauguración simultánea de la estatua y de la plaza homónima -cuya ornamentación y jardines fueron obra de Manuel Piqueras Cotolí, con un entorno que ya ostentaba dos edificios art nouveau y se proyectaban otros-fue la postal de modernidad que enseñó el régimen al mundo.
48 A pocas cuadras quedaba la tradicional Plaza de Armas y también la plaza de la Constitución con la estatua de Bolívar.
En las revistas Variedades y Mundial las dos estatuas suelen ser soporte de crítica y comentarios sobre la coyuntura.
En ocasiones la caricatura las hace dialogar amistosamente y comentan desde su caballo la situación del país.
El bolivarismo no se vio opacado sin embargo en el programa de festejos sanmartinianos.
Se inauguró el Museo Bolivariano y, en otra fase del programa, Germán Leguía y Martínez, primer ministro y ministro de Gobierno y Policía, pronunció un resonante discurso en honor a Bolívar a los pies de su estatua, rodeado de las comitivas extranjeras, escolares formados y grupos de boy scouts.
49 Según el testimonio de las «modernas» revistas limeñas aludidas, los granaderos resultaron los divos de las fiestas del centenario peruano: la cámara los muestra junto al presidente Leguía, en camaradería con oficiales peruanos, los sigue en las recepciones dadas en su honor por diferentes corporaciones (incluidas las asociaciones obreras), los retrata visitando la ciudad de Huacho y el pueblo de Huaura -sitios de la gesta sanmartiniana-, asistiendo a la inauguración del monumento a Olaya, en Chorrillos, en fin, hasta hurga en su cotidianeidad en una nota de Mundial titulada «Cómo viven los granaderos».
50 Además de ser revelador de un nuevo periodismo visual del «espectáculo» social, este tratamiento mediático nos permite detectar los clisés que la sociedad peruana albergaba sobre la identidad argentina y la imagen de nación que estos «embajadores» venían a representar.
En la nota se los ve bailando el tango entre ellos (dos granaderos posan abrazados para la foto), 51 se comentan los suspiros que arrebataban a las limeñas en los bailes, se elogia su habilidad como jinetes (el turf del «Centenario» y la imagen del militar a caballo coincidían en el Hipódromo) y se exalta la virilidad de su porte y uniformes.
Otra estatua de San Martín se inauguró en Pisco, primera ciudad en la que estableció su cuartel general tras el desembarco.
49 Los discursos en honor a los Libertadores fueron impresos con intenciones de ser distribuidos en los colegios.
51 «Un tango que los oficiales bailan con la gracia de la chula más chula», Ibidem.
En el centenario peruano también estuvo presente una orquesta típica con músicos argentinos.
Con los caballos y lanzas obsequiados se crearía el regimiento histórico Húsares de Junín.
De esta manera, un San Martín-símbolo se abría en una multiplicidad de representaciones que excedían la realidad del monumento de piedra e influía en la constitución de un imaginario peruano sobre la «argentinidad».
La hora de San Martín le permitió a Leguía publicitar la «Patria Nueva», apoyada en una reforma constitucional del año anterior que se presentó como como realización de la patria independiente proclamada por el Libertador.
Recurría al mito de origen para inventar lo nuevo.
52 Para vehiculizar sus objetivos en la política exterior, Leguía recreó la Orden del Sol sanmartiniana y obsequió condecoraciones, principalmente a los diplomáticos extranjeros que participaron en las fiestas patrias, en su afán de fortalecer el vínculo con el país invitado.
También obsequió condecoraciones a argentinos que habían luchado del lado peruano en la guerra del Pacífico y envió una nueva placa al mausoleo de San Martín en la catedral de Buenos Aires.
En sus mensajes al congreso resaltaba el éxito de las fiestas del centenario como un triunfo de su política exterior.
La distribución de medallas de la Orden (mandadas a confeccionar a París) contribuyó a dar visibilidad y prestigio internacional al Perú en un momento crucial del conflicto con Chile.
El canal formal de la diplomacia peruana apeló como nunca antes a la lógica del regalo como generador de obligaciones mutuas.
Una buena parte de la opinión internacional en general se mostró en sus declaraciones por lo menos sensible a los reclamos peruanos ante Chile, al menos durante los agasajos y brindis del centenario.
Sin embargo, mientras los estudiantes argentinos se reunían a los pies de la estatua de San Martín en Retiro para enviar un mensaje de confraternidad a sus camaradas peruanos y chilenos, los universitarios en Lima experimentaban la progresiva intervención del nuevo régimen.
Leguía, quien fuera al inicio agasajado con el título de «Maestro de la Juventud», comenzaba ahora a restringir libertades individuales y a adoptar medidas de persecución cada vez más duras contra las voces opositoras.
Así, el doctor Víctor Andrés Belaúnde publicaba una carta de solidaridad con Luis Fernán Cisneros, director de La Prensa, periódico que será atacado y luego intervenido por el gobierno.
En ella denunciaba: me parece una amarga ironía que rindamos a los héroes el homenaje de las estatuas y los monumentos, manteniendo al mismo tiempo el ostracismo político, la cárcel por los delitos de opinión, desgarradas las inmunidades parlamentarias y despojado el Poder Judicial de toda autoridad y eficacia [...]
Sí, Libertador, [...] al mismo tiempo que erigimos en tu nombre mármoles y bronces, la juventud te levanta hoy un monumento más grande: la decisión de luchar por la justicia, que es la garantía de la libertad y de la democracia.
53 El boicot al centenario utilizaba el acontecimiento de la estatua para significar la protesta por la libertad.
54 El centenario peruano tuvo gran impacto en el continente.
En Argentina fue celebrado con entusiasmo, se lanzaron bombas y activaron sirenas en Buenos Aires al momento de la inauguración de la estatua de San Martín en Lima.
Se colocó una placa de bronce con el nombre «Perú» a una calle céntrica, y en las ciudades de La Plata, Tucumán y San Juan hubo precesiones cívicas hasta los pies de sus respectivas estatuas del prócer (la revista limeña Variedades dedicó un artículo a la ceremonia de Tucumán).
Una Comisión Nacional inmortalizó en un libro los agasajos argentinos al país hermano.
55 Velarde le comunicaba a su hermano por medio de un telegrama su entera satisfacción ante las muestras sinceras de adhesión del pueblo argentino a la fecha nacional.
56 Por su parte, Chile no fue invitado y se mantuvo atento a cada gesto, símbolo y palabra pronunciada públicamente por los asistentes a la fiesta de su rival: asumió como cuestión de Estado los discursos pronunciados algunos invitados en medio de brindis y ceremonias.
El gobierno chileno consiguió que el Departamento de Estado norteamericano desautorizara unas declaraciones del embajador Alfred Douglas pronunciadas durante los agasajos en Lima en las que se colocaba a favor de la causa peruana en el litigio por las cautivas.
57 Esto era sumamente delicado, porque Estados Unidos estaba mediando para la concreción del plebiscito tan postergado.
Si bien el embajador boliviano Abel Iturralde Palacios no rectificó en sustancia declaraciones del mismo tenor, el gobierno de su país debió relativizar sus dichos con el fin de apaciguar la queja 53 La Prensa, Lima, 16 de marzo de 1921.
54 En el centenario argentino tampoco se cuestionó el lenguaje estatuario en sí.
La oposición más radical al régimen proponía homenajeados alternativos.
58 Lucio Moreno Quintana, integrante de la embajada argentina, se batió a duelo con el periodista Moreno quien lo acusó de poner en peligro las relaciones entre Argentina y Chile con fervorosas declaraciones a favor del Perú en medio de los festejos limeños.
59 De ese modo, el dispositivo simbólico del centenario favoreció la emisión de mensajes que alteraban el curso de la política internacional.
En general, la sociedad y prensa chilena oscilaron entre la «chilenización» del centenario peruano, reiterando tanto en notas periodísticas como en conferencias en cuarteles y colegios el protagonismo chileno en la independencia del Perú, 60 y su negación, reduciendo los homenajes a su mínima expresión y hasta llegar a solaparlos con estentóreos festejos dedicados a su aliado Ecuador -el otro ausente de la fiesta peruana-por el 112 aniversario de su independencia.
61 En una entrevista otorgada en Lima, el periodista cubano Leopoldo Fernández Ross le decía a Luis Alberto Sánchez:
Chile debe de pensar en este momento cuán hondas consecuencias va a tener el centenario del Perú en el aspecto internacional [...]
No se pueden figurar ustedes la importancia que adquiere el Perú con estas fiestas.
62 Clemente Palma aseguraba en un editorial: «hoy Chile se siente aislado en el continente y en el mundo».
63 Sin embargo, la confraternidad chileno-argentina lejos de resentirse se ratificaba con la adhesión del gobierno de Chile a la Comisión de homenaje por el Centenario de Guillermo Rawson, cuyo programa incluía la erección de una estatua en su honor.
Según el jefe de la legación chilena en Buenos Aires, este prócer «impidió [...] que se aprobara un tratado, preparado en secreto, que habría roto la cordialidad [entre Argentina y Chile]».
64 Por su parte, la prensa peruana no ocultaba suspicacias ante la cordialidad entre estos dos países.
A comienzos de año, un corresponsal de El Comercio de Lima en Buenos Aires concluía que la «embajada chilena presidida por don Gonzalo Bulnes en Buenos Aires, con pretexto de inaugurar el monumento a O'Higgins, fue, en concreto, una misión encargada de atraer al presidente Irigoyen».
65 Otro periódico advertía meses después sobre un posible viaje del presidente Arturo Alessandri a Buenos Aires y a Río de Janeiro para afianzar el pacto ABC.
Los desafíos de Roberto Levillier en el centenario de Ayacucho
Según Jorge Basadre, los festejos por el Centenario de Ayacucho fueron más imponentes que los de la independencia peruana.
67 Esto era así no solo porque el Estado tenía más recursos para invertir, y muchas de las obras y monumentos proyectados en 1921 se concluirían recién en 1924, sino también porque se trataba al mismo tiempo de una fecha peruana y americana.
Desde que asumió la jefatura de la legación argentina en Lima a comienzos de 1922, el historiador hispanista y americanista Roberto Levillier veló para que el bolivarismo imperante no eclipsara al símbolo San Martín y en consecuencia flaqueara el posicionamiento de Argentina en el tablero continental.
Aunque movido por el mismo ideal que Carlos Estrada, dadas las circunstancias de la efemérides la tarea resultaba mucho más complicada.
Recrudecieron en algunos periódicos peruanos las notas hiperbólicas sobre Bolívar y Sucre (durante los festejos se inauguró su estatua en Lima) y lógicamente menos enfáticas en relación a San Martín.
Hasta hubo un debate entre parlamentarios peruanos porque algunos cuestionaban el rol histórico de este último.
El director de El Comercio alzó la voz cuando al desplazar la columna en honor al Gran Capitán de la Plaza de la Exposición al municipio de Barranco, se le amputó el ángel de la Gloria con la idea de «reciclarlo», como ángel de la Victoria, en otro monumento que proyectaba la municipalidad por el aniversario de Ayacucho.
68 Entre las obras por el nuevo centenario, se terminó de construir el majestuoso «Hotel Bolívar» de cara al monumento de San Martín de Benlliure.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.12 Levillier cuestionó en actos por el 25 de mayo la tendencia a hablar de «repúblicas bolivarianas», por su connotación separatista en contraposición al ABC, y vigiló cada discurso de confraternidad «confederacionista» entre el Perú y los países bolivarianos pronunciados a los pies de las estatuas o en recepciones oficiales.
69 Propuso que Argentina no solamente se adhiriera a las demás naciones americanas para la erección de un monumento en Ayacucho y enviara una embajada a los homenajes, sino que también obsequiara individualmente un monumento al Perú.
El ministro argentino planteó una lucha en el plano conmemorativo contra el bolivarismo que excluía a Argentina, y al mismo tiempo contra las propuestas de Brasil que dejaban rezagado a su país.
Las dilaciones para concretar el proyecto provinieron esta vez del congreso argentino debido a razones de presupuesto, desidia, solapada crítica al gobierno antidemocrático de Leguía e interés en no dañar el acercamiento logrado con Chile.
A finales de 1922, Levillier comenzó a enviar notas reservadas a cancillería en Buenos Aires sugiriendo que el país debía adherirse a los proyectos monumentales bolivarianos, los cuales, según él, se estaban concibiendo con exclusión de Argentina y, lógicamente, de Chile, apoyándose en una errónea lectura de la historia.
Según el ministro, se concentraban injustamente en la batalla de Ayacucho ignorando la gesta sanmartiniana que había preparado el terreno para el desenlace.
70 Coincidiendo con su antecesor, estaba convencido de que en los países del Pacífico, estos asuntos en otras partes, secundarios, son para nuestras relaciones, de una importancia primordial.
Pesa sobre ellas en mal o buen sentido el recuerdo de la historia, más que cualquier otro factor económico, espiritual o político.
Con países como Colombia, Ecuador, Venezuela a los que nos ligan escasos intercambios modernos, ¿qué vínculo fuerte y cordial nos queda salvo el pasado común? 71 Proponía obsequiar al Perú una estatua de «la Libertad» o de «la Victoria» para ser colocada, quizás como faro, en la entrada del puerto del Callao, por ejemplo en lo alto de la pequeña Isla de San Lorenzo!
[De este modo] se evitarían personalismos, y la reiteración de estatuas existentes.
Pero lo más interesante para nosotros es su concepción de las posibilidades y efectos del lenguaje simbólico: la Argentina vendría así a ofrendar por segunda vez al Perú la victoria y la libertad.
Y sería una manera discreta de recordarlo a perpetuidad, diciendo lo que había que decir, sin decirlo [resaltado nuestro].
72 Aunque Ángel Gallardo, ministro de Relaciones Exteriores en Buenos Aires, lo apoyaba en sus iniciativas, el congreso se demoraba en expedir la ley.
En marzo de 1924, se lamentaba Levillier, «lo que siento es que el Brasil ha tomado la delantera, haciendo súbitamente suya una resolución del Congreso Americanista de Río del año 22».
73 En aquella asamblea, Uruguay había propuesto que las naciones americanas sufragaran juntas un monumento para ser levantado en el lugar de la batalla de Ayacucho.
La guerra por la hegemonía continental mediante la escultura conmemorativa no podía ser más intrigante, pues Levillier creía que el ministro de Brasil en el Perú «debió tener noticia aquí del proyecto argentino y exhumaron aquél para adelantarse al nuestro y si es posible, cruzarlo».
74 El peso de la historia, argumentaba el ministro, debía posicionar mejor a Argentina que a Brasil, pues el Imperio había dado refugio a los contrarrevolucionarios.
Ante la falta de respuesta por parte del congreso y el progresivo desinterés de Ángel Gallardo, Levillier concluía con una advertencia: «no hay pequeños amigos, y puede que algún día, la amistad positiva del Perú, nos sea de gran alivio en momentos difíciles».
75 Aunque había sido invitado a las fiestas de Ayacucho, el presidente Marcelo T. de Alvear se excusó de asistir por cuestiones de política interna.
Manuel de Freyre y Santander, ministro peruano en ese momento en Buenos Aires, entendió que en efecto no era oportuno que el mandatario argentino dejara el ejecutivo al vicepresidente Elpidio González, un partidario de Yrigoyen.
76 Tampoco fue designado el ministro Ángel Gallardo sino que se nombró a la cabeza de la embajada argentina a Agustín P. Justo, luciente ministro de Guerra, con el argumento de que la conmemoración refería a un hecho militar.
77 festejos fue el de Bolivia, Bautista Saavedra Mallea, gesto que despertó sospechas en la prensa y diplomacia chilenas.
En todo caso, destacamos el contraste entre los esfuerzos de proyectos escultóricos conmemorativos vinculantes fomentados por los ministros argentinos afectados a Lima y el tibio interés por parte de la cancillería para acercarse más al gobierno peruano.
En un descarnado informe, Freyre y Santander opinaba que «el argentino se considera europeo por civilización, y sud americano por un triste accidente geográfico».
78 El mismo diplomático solicitará meses después al gobierno argentino apoyo manifiesto en caso de que los oficiales chilenos que acababan de destituir al presidente Arturo Alessandri interrumpieran las negociaciones por el plebiscito respecto de las provincias cautivas.
En una entrevista con Ángel Gallardo evocaba la amistad tradicional que une a los dos países [Perú y Argentina], amistad que debía en ciertas oportunidades, como esta, manifestarse por actos concretos y no limitarse a protestas platónicas sin valor efectivo.
79 Gallardo eludió compromisos concretos con el Perú no sin insistir en esa amistad que se manifestaba en aquellas horas mediante el proyecto de regalo sugerido por Levillier.
Los gobiernos argentinos de Yrigoyen y Alvear, en definitiva, no priorizaron la elaboración de alianzas bilaterales o pactos con el Perú, cuidando sensiblemente su vínculo con Chile y el frágil equilibro con Brasil.
Uno de los argumentos discutidos en el parlamento argentino en contra de la iniciativa de Levillier apuntó al carácter antidemocrático del gobierno de Leguía.
80 Si la estatua de O'Higgins llegó a erigirse en el centro de Buenos Aires y la estatua de San Martín se impuso en el «nuevo centro» de Lima, la estatua-faro argentina de Levillier, ideada para iluminar uno de los más importantes puertos del Pacífico, nunca se construyó.
La política de alianzas en un clima de nacionalismos armamentistas y de lucha por el predominio continental, en momentos de formación de tribunales para mediar la definición de conflictos limítrofes, encontró en la 78 Ibidem, 18 de junio de 1924, 52.
80 Levillier intentó en vano rebatirlo señalando que el regalo sería para el «pueblo» peruano y no para el gobierno de turno.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.1.12 arena simbólica de los monumentos conmemorativos y los festejos de los centenarios un lenguaje que no podía ser pasado fácilmente por alto.
Los gobiernos seleccionaron próceres y acontecimientos a partir de las narrativas de las independencias no solo para fomentar mediante las estatuas el culto cívico integrador en el propio país, sino también para forjar alianzas internacionales.
Por un lado, la estatua de O'Higgins corporizó la apoteosis del acercamiento entre Argentina y Chile que escenificaron los centenarios de 1910.
Por otro lado, las estatuas de San Martín en Argentina, Chile, Perú -y hasta en Francia-fueron soporte de batallas entre estos dos últimos por la deferencia argentina, al tiempo que se enseñaban como símbolos de integración entre los «pueblos».
El símbolo estatuario del prócer permitió articular a su vez las estrategias diplomáticas con la búsqueda de visibilidad, mediante el lenguaje «patriótico», del universo asociativo y corporativo, civil, militar y religioso en las tres naciones estudiadas.
El ministro Carlos Estrada pretendió aprovechar el inminente arribo de la estatua de San Martín a Lima para que Argentina enviara una embajada integrada por un escuadrón del regimiento de granaderos, de modo que «los cascos del caballo de guerra de San Martín se tornarán, por sus efectos morales, en algo así como las garras de nuestra influencia moral y política».
81 El lenguaje de las estatuas permitía, según el ministro, conquistar influencia y sellar alianzas evitando los peligros del pasado con la firma pactos o ententes.
Eran tiempos del ABC y Argentina debía mantener su compromiso con Chile de no intromisión en la cuestión del Pacífico.
Al mismo tiempo, el recurso al monumento permitía transmitir un doble mensaje sin conflicto: el de la cordialidad americana y a la vez el de poderío nacional-militar.
En particular, la narrativa sanmartiniana brindaba a la Argentina la ocasión de contrarrestar la gravitación de los países bolivarianos (sugirió Estrada convertir la fiesta por la estatua de San Martín en una fiesta americana) y al mismo tiempo excluir a Brasil, la potencia rival en la región.
Roberto Levillier reemplazó a Estrada en esta cruzada y con lucidez propuso utilizar el lenguaje de los monumentos para «decir las cosas sin decirlas».
Consideraba que el recurso estatuario era fundamental para acercar a la Argentina a los países del Pacífico, con quienes solo los unía la historia, en ausencia de relaciones comerciales y políticas.
Sin embargo, la política internacional de Yrigoyen, y después de Alvear, no creyó oportuno dar prioridad a estas iniciativas de acercamiento con el Perú que a pesar de lo argumentado podían despertar igualmente suspicacias trasandinas.
No obstante, a pesar de la propaganda antileguiísta de los exiliados peruanos en Argentina, las relaciones gubernamentales con el Perú se mantuvieron estables y los festejos limeños de 1921 y 1924 incrementaron una corriente de simpatía en sectores intelectuales y de la sociedad en su conjunto vehiculizada por el puente-símbolo «San Martín».
Este símbolo se manifestaba no solo en monumentos, sino también en la escenificación de los granaderos y llegaba a intervenir en el imaginario sobre la «argentinidad» que se re-creaba en la sociedad peruana.
En estas páginas hemos examinado cómo el recurso estatuario de los próceres funcionó como instancia de legitimación en el espacio público de la política exterior ante el gobierno agasajado y como expresión de poderío y cordialidad.
Además de constituir un recurso de pedagogía cívica dirigida a los propios gobernados y un lenguaje para lograr visibilidad de diferentes sectores de la sociedad civil en su creciente dinámica asociativa, los monumentos han contribuido no solo en la confirmación estética de los cambiantes equilibrios de fuerzas entre los países, sino que han participado creativamente en su sensible definición. |
La comprensión de la formación del Estado, el cambio social y el desarrollo económico en América Latina ha sido objeto de múltiples estudios en las últimas décadas.
A sociological introduction, Stanford University Press, 1978) puso de relieve hace ya bastantes años que la formación del Estado moderno requería de la definición de un territorio soberano (independencia), la existencia de un deseo compartido (Constitución), una moneda común, un sistema fiscal homogéneo, un sistema legal general, una administración fuerte, un ejército con el que defender la soberanía, una policía con el que garantizar el orden interno y el cumplimiento de la ley y una economía integrada con un proyecto definido en el largo plazo.
En la actualidad tenemos una idea bastante ajustada de los problemas a los que se enfrentó el Estado a comienzos del siglo XIX en América Latina y disponemos ya de una foto general de la región, pero todavía quedan algunos interrogantes por resolver, como es la comprensión de las diferencias regionales.
Disponemos de estudios para los casos de Argentina, Chile, Brasil, Colombia o México, pero no contábamos con investigaciones de calidad para otros casos como algunos de los países centroamericanos.
La historia de El Salvador del siglo XIX ha recibido durante las últimas décadas la atención de múltiples investigaciones académicas de reconocidos profesionales como
especializada en temas económicos, una historia del café, o un estudio de la formación de la burguesía.
La pregunta que se trata de responder en este libro es por qué si se dio un crecimiento económico en El Salvador a partir de mediados del siglo XIX y había un Estado que no puede ser caracterizado de débil, no se impulsó un desarrollo económico integral autosostenido, no hubo una modernización social y se terminó con una profunda fractura política en 1890.
El autor explica que no se puede interpretar que una elite empresarial impulsó el crecimiento económico tras la independencia como repitieron hasta la saciedad las tesis liberales decimonónicas.
Antonio Acosta parte del reconocimiento de que El Salvador tenía una sociedad heterogénea y desigual antes de 1850, y de que a mediados de siglo no había una burguesía nacional con un proyecto compartido, ni una oligarquía unificada como algunos historiadores defendieron durante décadas, sino diversos grupos dominantes que luchaban entre sí por preservar los privilegios heredados del pasado.
El libro comienza con la expansión del café a mediados del siglo XIX y finaliza con el golpe de estado de 1890.
Economía y Estado están bien entrelazados en este estudio.
El primer capítulo narra la transición que se dio durante la primera mitad del siglo XIX en las formas de organización de la economía, la sociedad y la política, poniendo de relieve las importantes herencias coloniales.
Subraya la fuerte heterogeneidad social, la concentración de la propiedad de la tierra en muy pocas manos, la inexistencia de un mercado interno derivada de una pobre red de conexiones (caminos, puentes, ríos, puertos), la dependencia de las exportaciones de añil, la profunda desigualdad en la distribución del ingreso y la presencia de una estructura fiscal basada en reducidos ingresos procedentes de impuestos indirectos regresivos (el mayor porcentaje recaía en las importaciones, quedando casi liberadas las exportaciones) en vez de directos progresivos sobre la renta y el capital.
El segundo capítulo describe cómo se fueron enriqueciendo los grupos dominantes.
Para ello repasa cómo, al calor del negocio del añil, unas contadas familias se fueron enriqueciendo no solo con las exportaciones (apoyándose para ello en una demanda externa que crecía, unos precios que se elevaban, el control de la tierra y un costo ínfimo de una mano de obra abundante), sino además con el control de los negocios que se fueron generando con los contratos que el Estado fue ofertando para la construcción de las infraestructuras que se requerían (caminos, puertos) para agilizar la producción y comercialización del añil.
Subvenciones, bajos jornales y una reducida carga tributaria a las exportaciones fueron la clave para que unos pocos comenzaran a amasar grandes fortunas.
El tercer capítulo describe el sistema monetario imperante a mediados del siglo XIX, subrayando la falta de moneda acuñada, la inexistencia de una casa de moneda (se describen los sucesivos intentos fallidos de crearla) y la ausencia de un banco que facilitara las operaciones de crédito.
Es interesante la descripción que se hace de la «habilitación», una especie de «reparto de mercancías» de la época colonial adaptado a las nuevas circunstancias del siglo XIX.
El cuarto capítulo analiza cómo la producción y exportación del café fue sustituyendo al añil a mediados de siglo, impulsado por el aumento de la demanda en los mercados internacionales, la elevación de su precio y la pervivencia de una mano de obra abundante y barata que permitía reducir los costes de producción sin necesidad de incorporar adelantos tecnológicos.
La extensión del cultivo del café fue invadiendo las tierras ejidales y los medianos y grandes productores fueron convirtiendo una vez más a las poblaciones de las comunidades en mano de obra barata sobre la base del empleo de conocidas relaciones de producción coloniales (compulsión política).
El quinto capítulo se centra en el estudio de la formación de la Hacienda a mediados de siglo.
Se relata cómo los ingresos indirectos regresivos fueron la base, quedando los directos universales y progresivos relegados.
Era evidente que los grupos de poder que controlaban el Estado no querían hacer la reforma fiscal que se hubiera necesitado.
Quedó así un sistema tributario que castigaba con gravámenes muy altos las importaciones, eximía casi por completo del pago de impuestos a las exportaciones (en manos de las más importantes familias del país) y liberaba del pago de contribuciones al producto generado por el trabajo y el capital.
Paralelamente, se analiza la distribución de gasto público comprobándose que el porcentaje mayor de los egresos se realizaban en el pago de los gastos del ejército, los salarios y estipendios de la administración (un porcentaje elevado se lo llevaban los diputados y senadores) y el pago de la amortización de la deuda.
Como se puede comprobar, la maquinaria fiscal estaba diseñada para beneficiar a unos pocos, pero lo más grave es que no era capaz de proteger la expansión de la industria interna (como sostenía la teoría al gravar las importaciones de manufacturas) ya que se encarecía sobremanera la importación de maquinaria y tecnología con lo que la productividad tenía que seguir recayendo en la explotación de la mano de obra.
Resulta curioso que en El Salvador hubiera un control tan estricto sobre el déficit.
Es un dato a tener en cuenta pues el resto de los países de América Latina (salvo el caso de Chile bajo la administración del ministro de Hacienda Rengifo) se caracterizaron por un abultado desbalance entre ingresos y gastos.
Quizás esta anomalía del caso de El Salvador se deba a que se han manejado las cuentas de los gastos programados por los ministros de Hacienda y que aprobaban las Cámaras (estas cifras las recogen las Memorias de Hacienda que los ministros presentaban para su aprobación) en vez de los gastos ejecutados.
Esta diferencia entre gasto programado/ejecutado no se especifica con suficiente claridad en el texto.
Es curioso comprobar también que en este período no se hubiera presentado ninguna propuesta de reforma fiscal, como se hizo en Chile, Colombia, México, Argentina o España por poner casos representativos sobre los que existen estudios monográficos.
1 En el capítulo sexto se analiza el triunfo del café a partir de la década de 1870 impulsado por la expansión de los mercados internacionales, la elevación de su precio, el bajo costo de la mano de obra y una legislación tributaria sumamente beneficiosa para los intereses de los exportadores.
Es sumamente importante el estudio que se hace en este capítulo de las dificultades financieras que tuvieron que arrostrar los municipios y la escasa importancia que se dio a la instrucción pública.
El capítulo séptimo analiza con minuciosidad el negocio del café y cómo las obras en la mejora de las infraestructuras (puertos, caminos, ferrocarril, agua, alumbrado) fueron asignadas a las mismas familias de los exportadores, logrando en consecuencia que aumentase aún más la concentración de los ingresos.
El capítulo octavo narra las dificultades que se dieron en la creación del Banco Internacional de El Salvador (1880) y la Casa de Moneda (1883), poniéndose de relieve las dificultades que hubo para la expansión del crédito.
El capítulo noveno analiza la etapa de la consolidación del negocio del café y cómo la oligarquía cafetalera no vio la necesidad de hacer una reinversión de beneficios para aumentar la productividad interna.
Se pone de relieve que el negocio de café, al estar basado en salarios bajos, no aumentó el consumo interno, lo cual se tradujo en la imposibilidad de un aumento de 1 Pérez Herrero, Pedro y Sanz Jara, Eva (coords.): Fiscalidad, integración social y política exterior en el pensamiento liberal atlántico, Madrid, Instituto de Estudios Latinoamericanos/Marcial Pons, 2015; Pérez Herrero, Pedro: «Fiscalidad y Estado en el espacio atlántico (1787-1860): tres casos de análisis», en Cagiao Vila, Pilar y Portillo Valdés, José María (coords.), Entre imperio y naciones.
Rivista di storia e storiografia on line, 30, noviembre 2012,. las clases medias.
La elevada riqueza de unos pocos convivía con la pobreza extendida de la mayoría de los habitantes.
La miopía de unos exportadores impidió la creación de economías inclusivas generadoras de economías de escala con eslabonamientos internos.
Finalmente, en el último capítulo se describe el hundimiento de la Hacienda y el aumento de la deuda externa.
Los impuestos indirectos regresivos siguieron primando sobre los directos progresivos; las importaciones siguieron estando castigadas; las exportaciones continuaron estando casi liberadas del pago de aranceles; y los gastos se concentraron en el Ejército, gobernación y pago de la deuda.
La inversión en educación y salud fue testimonial; y la inversión en la creación de una administración pública de mérito y capacidad con la consecuente generación de la información básica para la formación de una Hacienda moderna (censos, catastros) fue nula.
En suma, la investigación de Antonio Acosta subraya que la transición de las formas estamentales de Antiguo Régimen a las liberales del siglo XIX no se dio como ha venido defendiéndose con la aprobación de las leyes de extinción de los ejidos sino bastante antes.
Se constata que El Salvador no era una economía pobre, sino que fueron los intereses de una miope oligarquía los que impidieron que se generara una economía inclusiva como han puesto de relieve recientemente Daron Acemoglu y James A. Robinson (Por qué fracasan los países.
Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, Barcelona, Ediciones Deusto, 2012; la primera edición en inglés apareció en 2012).
El presente texto pone de manifiesto las nefastas consecuencias que tuvo el hecho de que no se fomentara una mejor distribución de ingreso y un aumento de la productividad.
Las oligarquías de El Salvador de mediados de siglo XIX construyeron un presente de riqueza a costa de hipotecar un futuro integrado.
Controlaron coyunturalmente el Estado para obtener beneficios privados pero acabaron generando fuertes tensiones internas.
A comienzos del siglo XX no casualmente los vaivenes de la demanda internacional y la lucha despiadada entre los grupos de poder internos por el control del Estado acabaron resquebrajando todo el sistema.
A tesis parecidas ha llegado recientemente Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2014) en su análisis de las más importantes economías del mundo a comienzos del siglo XXI.
El libro de Antonio Acosta es sin duda una excelente contribución a la comprensión de la historia de América, y de forma particular del Estado, la fiscalidad, la burguesía y el desarrollo económico en El Salvador en la segunda mitad del siglo XIX.-PEDRO PÉREZ HERRERO, Universidad de Alcalá, Alcalá de Henares.
Publicado a raíz de un encuentro realizado en Cambridge, Connections after Colonialism es fruto tanto de una reflexión colectiva como de la convergencia de dos itinerarios relevantes y de singular interés en el campo de la llamada historia atlántica y de la historia de las revoluciones, como pusieron de relieve ambos coordinadores de la obra en sus respectivas publicaciones.
De hecho, ubican su reflexión así como el reto que consiste en contraponer una historia historiográfica e ideológicamente consagrada -la historia atlántica, renovada en sus logros y fundamentos después de las conmemoraciones de los Bicentenarios-a la historia de revoluciones (ibero) americanas insertas entre dos épocas y dinámicas propias: la de las revoluciones atlánticas propiamente dichas y la de los imperios.
No por eso se trata en esta obra colectiva de iniciar alguna que otra historia de los imperios, notable tendencia de la historiografía americanista que tiende a opacar precisamente los procesos políticos e intelectuales identificados en este libro.
Como subrayan los coordinadores en una introducción cuidadosamente contextualizada, se trata de poner a prueba los paradigmas, ilustrados en gran parte, que han mediado en la historia de las relaciones entre Europa y América española en los años 1820, y de abrir el debate sobre el particular.
En esta perspectiva, ambos continentes ya no son partes periféricas de un proceso global sino que desempeñan un papel central en el espacio atlántico como lo demuestran a ciencia cierta los capítulos dedicados a los cambios políticos en el mencionado espacio o a estudios de casos regionales.
Dicho de otra forma, esta aproximación a la historia atlántica en la época de las revoluciones -la «década contradictoria» de acuerdo con Brian Hamnett, o la «década bolivariana» según Matthew Brown-hace hincapié en continuidades, no enfoca la década olvidada de los años 1820 como un momento de escisiones y divisiones en el orden imperial sino más bien como una etapa dentro de un proceso y de un imaginario más amplio, caracterizado por influencias recíprocas en campos tan diversos como las estrategias militares, los proyectos políticos (fundamentalmente el constitucionalismo con vistas a las independencias iberoamericanas consumadas para 1825 y al periodo republicano que las sigue), las ideas políticas, el comercio y la fiscalidad así como el ámbito cultural.
Por lo tanto, este libro busca romper con el análisis clásico de las revoluciones atlánticas, al enfocarlas desde una historia de las conexiones y circulaciones en el orden intelectual, político, cultural y económico en el preciso momento en que se fueron fraguando los Estados-naciones.
En este sentido, pone de relieve la persistencia de las «dinámicas imperiales» consumadas las independencias, junto a la afirmación de nuevas culturas políticas y nuevas estrategias comerciales en los espacios considerados.
De hecho, las soberanías se traspasaron a veces de un imperio a otro.
Así sucedió con las actividades comerciales españolas, «rescatadas» en parte por los ingleses.
La historia de estos vínculos olvidados es una de las constantes de unas historiografías patrias y luego nacionalistas asentadas en autores tales como Lucas Alamán, José Manuel Restrepo o Bartolomé Mitre y que llegan ocasionalmente hasta un siglo XXI ideologizado.
Ahora bien, y como bien lo recuerdan varios de los autores de esta recopilación (J. Fradera, J. Sexton, S. O'Phelan y otros más), las independencias iberoamericanas y el manejo del concepto de soberanía que las acompañó no surgieron de la nada, no solo derivaron de un proceso endógeno y maniqueo (criollos contra «gachupines», republicanos contra monárquicos, etc.), dicho de otra manera de una ruptura del orden político e institucional.
Estas interacciones mutuas en la denominada era de las revoluciones así como la inscripción del proceso en la larga duración y el legado «colonial» dieron pie a varios debates historiográficos, debidamente recordados en la introducción (R. Palmer, E. Hobsbawn o, más recientemente, E. Van Young).
Las recientes conmemoraciones del Bicentenario de las Independencias iberoamericanas no dieron al traste con esta perspectiva matizada y coherente a la vez.
Un enfoque renovado acerca de las conexiones atlánticas después de las Independencias contribuyó más bien a reunir las distintas posturas historiográficas y poner de relieve el carácter azaroso de las periodizaciones referentes al nacimiento del mundo moderno, cuando los años 1830 les resultaron más pertinentes en términos institucionales a no pocos historiadores del período.
De ahí las referencias a lo «atlántico» (en sus distintas acepciones), a lo «imperial» o a lo «transnacional», «global», hasta «hemisférico», entre otras modalidades de reconocer las circulaciones (hombres, ideas, comercio) entre varios espacios, redes y escenarios políticos y sociales y las influencias recíprocas, como lo evidencian los distintos capítulos de la obra (véanse el estudio de D. Rock y I. McIntyre sobre la influencia inglesa en el Río de la Plata).
El término «revolución» plantearía otros tantos interrogantes, y más cuando las distintas historias oficiales de turno se apresuran a instrumentalizar la visión del pasado histórico.
Otro tanto puede decirse de la historia de la esclavitud, confrontada más que otra vertiente de la historia social y económica a este tipo de disyuntivas.
Como ambos coordinadores pusieron también de relieve en sus obras anteriores, si bien la década de los años 20 vio la desintegración de los imperios ibéricos, no por eso significó la desaparición de las circulaciones y de los vínculos que los caracterizaron, tanto en términos de espacios como de actores.
La formación de numerosos Estados independientes y soberanos influyó en cambio en las relaciones entre las antiguas potencias europeas, a la par que se fueron definiendo nuevas sociedades y nuevas políticas y se abrió -no es el menor logro de este tipo de estudios-una etapa sugerente y novedosa en la historia de las ideas entre dos mundos, tanto a nivel intelectual como constitucional, unas ideas compartidas como lo demuestran ampliamente varias de las contribuciones incluidas en esta obra colectiva (W. Fowler en el caso de México, M. Isabella, G. Paquette).-FRÉDÉRIQUE LANGUE, CNRS, París.
Chust, Manuel y Frasquet, Ivana: Tiempos de revolución.
Comprender las independencias iberoamericanas, Madrid, Taurus/Fundación MAPFRE, 2013, 335 pp.
La edición del libro Tiempos de revolución, de Manuel Chust e Ivana Frasquet viene a confirmar la necesidad que en el panorama académico e intelectual sigue habiendo de este tipo de síntesis interpretativa, no solo para el ámbito iberoamericano, sino de una manera muy especial para el español.
Cuando se leen relatos como los que aquí comentamos nos sorprendemos más y más de que durante tanto tiempo hayamos practicado y narrado una historia casi de espaldas a la perspectiva unitaria e interrelacionada de un proceso que, sin lugar a dudas, ha constituido uno de los hitos más trascendentales de la contemporaneidad: la crisis imperial de la monarquía hispánica y el surgimiento de una constelación de nuevas naciones al otro lado del Atlántico.
Seguramente tienen razón aquellos que desde hace un tiempo reclaman una nueva historia, atlántica o no, que no solo sea capaz de superar los meta-relatos nacionalistas, sino también un eurocentrismo demasiado centrado en los efectos continentales de la Revolución Francesa y la construcción de la Europa post-napoleónica.
Quiero pensar que este libro sea el primero de un proyecto que, más allá de su influencia en la historiografía latinoamericana, pueda suponer también un replanteamiento de la historia europea misma.
El libro que nos ocupa es una espléndida síntesis interpretativa de las independencias iberoamericanas.
En cierta manera puede parecer un libro colectivo, porque se sirve de manera pudorosa y honesta de lo fundamental de la nueva historiografía sobre los diversos ámbitos geográficos e históricos del continente americano.
Pero estamos también y sobre todo ante un ensayo interpretativo que, además, mantiene una muy buena tensión narrativa y didáctica.
La ausencia de notas a pie de página refuerza este valor ensayístico que no excluye, ni mucho menos, una abundante relación bibliográfica al final.
A destacar también la cuidada parte gráfica del libro y la precisa cartografía histórica, aspectos todos ellos que auguran un éxito notable como manual y monografía universitaria.
El libro se abre con una clarificadora introducción y un sugestivo y claro «estado de la cuestión» que da un repaso a las tesis tradicionales y oficiales de la historiografía española e iberoamericana.
Por estas páginas desfilan el cambio historiográfico de los años 60; las teorías de la dependencia y del subdesarrollo, pero también el auge del «regionalismo» y, sobre todo, la emergencia de los grandes relatos «providencialistas» y nacionales.
Se acaba con un sugerente repaso a las interpretaciones hegemónicas entre las que se incluyen las de las «revoluciones atlánticas», la tesis de «las reformas borbónicas», la de la «disolución de imperios», de premisas braudelianas, la de las «revoluciones burguesas inconclusas», para finalizar con las tesis de «las revoluciones hispánicas», cuya influencia sobre las aportaciones más recientes sigue siendo muy destacada.
El desarrollo del libro se estructura en cuatro bloques siguiendo un orden cronológico y contextual.
El primero abarca la segunda mitad del siglo XVIII, ámbito imprescindible para entender las transformaciones que conducirán a la «delgada línea roja» de la crisis de la monarquía hispánica de 1790-1808.
En el segundo se incluyen dos periodos delimitados para el caso iberoamericano: aquel que va desde 1808 a 1810, caracterizado por «una independencia por el rey», en medio de la eclosión juntera a un lado y otro del Atlántico; y aquel otro que se significa de manera indeleble con la promulgación de la Constitución de Cádiz y que los autores denominan «las luchas por las soberanías» o por la libertad (1812-1814/1815).
El tercer bloque introduce ya un punto de inflexión neto en el que «la independencia lo es también contra el rey».
Y el último, desde 1820 hasta bien avanzada la década de los 30, es el de la institucionalización de las independencias y el de la construcción de las naciones.
La periodización no solo marca un ritmo histórico preciso y, de su mano, remite a una contextualización comprensiva, sino que es un instrumento imprescindible para entender dos de las líneas maestras que atraviesan este ensayo.
En primer lugar, que el proceso de independencia y revolucionario de América Latina no debe ser contemplado como un todo que desde el «providencialismo» casi metafísico de unas preexistentes y etéreas naciones conduce ineluctablemente a las independencias.
En segundo lugar, que la propia dinámica interna, remite a un hecho cuya influencia es resaltada por los autores con gran precisión: la guerra, un elemento que se convirtió en un factor clave y dinamizador de los cambios con su capacidad de movilización y de culturización, al tiempo que constituye una explicación a las múltiples soluciones «cesaristas» que se articularon tempranamente en muchos territorios del Nuevo Mundo.
Ver a lo largo del libro cómo van cambiando las propuestas al compás de la evolución externa e interna de los acontecimientos constituye sin duda la mejor manera de deshacer cualquier consideración monolítica y providencialista del proceso independentista.
«Comprender» las independencias para los autores es no solo adentrarse en un contexto comprensivo de causas y factores, sino también y de manera especial introducir una periodización y contemplar la dinámica cambiante del proceso.
Lo reseñable de este ensayo no es la «actualización» del «relato de independencia» de cada uno de los ámbitos geográficos y políticos del viejo imperio español, sino su reinterpretación y lectura en tanto que partícipes de un más amplio proceso revolucionario liberal en contra de un Antiguo Régimen de peculiares y especiales connotaciones «coloniales».
La secuencia, por tanto, no es necesariamente la consabida «modernidad-independencia» del modelo «guerrista», sino más bien la de «revolución-independencia», tal como se pone ya de manifiesto en el propio título del libro.
Una premisa que, al tiempo que ayuda a la deconstrucción del meta-relato de las independencias, propicia su inserción en su auténtica y compleja dimensión social.
La conclusión es clara: «la cuestión nacional de las independencias opacó la cuestión social de las revoluciones liberales que suponían las independencias».
Se establece, en consecuencia, una relación no problemática entre revolución e independencia, pero en donde esta última no aparece de manera primigenia, sino como opción que se va articulando en relación con los vaivenes políticos peninsulares, de manera muy especial con el absolutismo fernandino.
La dualidad entre «realistas» e «insurgentes», por tanto, solo se establece con gran nitidez cuando los proyectos autonomistas e inclusivos del primer liberalismo hispánico ceden ante la realidad de un proyecto fernandino no solo absolutista, sino profundamente patrimonial, aspecto este último, por cierto, todavía por dilucidar en toda su dimensión política y en sus múltiples vericuetos.
Buen reflejo del mismo es la reiteración, en la gran mayoría de las cartas y documentos constitucionales americanos, de la fórmula gaditana de que la nación no es patrimonio de ninguna persona ni de ninguna familia, toda una prédica profundamente antidespótica.
Desde hace muchos años, el excelente libro de J. Lynch puso de relieve el nexo existente entre los acontecimientos a partir de 1808 y las reformas borbónicas precedentes.
La nueva ordenación del territorio derivada de estas propició un nuevo marco de prácticas políticas, así como la emergencia y consolidación de nuevos intereses que, sin solución de continuidad, enlazarían con las prácticas y procesos del primer liberalismo.
Cabildos, intendencias, audiencias, capitanías generales, virreinatos y tantas otras estructuras socio-territoriales e institucionales diseñaron una trama sobre la que se superpusieron, reorientándolas en otras direcciones, las prácticas, los lenguajes, los intereses y la cultura de este primer liberalismo.
Hay una consecuencia inmediata de esta realidad, perfectamente señalada por los autores: la peculiar tensión que se introduce durante el proceso revolucionario entre individuo y territorio, con todas las consecuencias que aquella tiene a la hora de establecer el sujeto de soberanía.
A resaltar también el extraordinario papel desempeñado en muchos casos por las diputaciones provinciales como germen de la asunción de una soberanía territorial que viró hacia la creación de ámbitos legislativos territoriales o «estatales», sentando así las bases del federalismo.
El tratamiento de este interesante aspecto les sirve además a los autores de excusa para marcar distancias respecto a las tesis unilaterales de la permanencia de elementos corporativos, especialmente locales, en el proceso revolucionario, resaltando, por el contrario, la emergencia de las experiencias nuevas y novedosas del liberalismo.
La notable influencia de la Constitución de Cádiz en el proceso revolucionario americano es puesta de relieve de manera particular en el libro.
Tal vez, de las múltiples influencias, la más sorprendente, por general, es la de la práctica política y representativa establecida en torno a ayuntamientos y diputaciones, una herencia imperecedera de la Constitución gaditana y que, en el caso español, tiene sus ecos de permanencia en la cultura política del progresismo decimonónico.
La «cultura constitucional» en territorio americano es algo que, exactamente igual que ocurre en el caso metropolitano, debería rastrearse más allá de los momentos de crisis a partir de 1808.
Es un terreno todavía en gran parte ignoto.
Pero lo que resulta evidente, tal como enfatizan los propios autores, es que tanto la práctica constitucional como representativa es consustancial al proceso independentista americano.
En consecuencia, lo es también a la emergencia del nuevo estado y a la construcción de la nación.
Una realidad que confirma la extraordinaria cantidad de documentos, normas y textos constitucionales elaborados, discutidos o promulgados a lo largo de los escasos treinta años de duración del proceso.
Cuando se acaba de leer este ensayo, el lector se confirma en la intuición que tuvieron algunos contemporáneos de que el eje de la política mundial había sufrido un gran desplazamiento con las revoluciones americanas.
Si ello es así, resulta evidente que la historia europea y la americana está necesitando de una nueva visión de historia global para el primer tercio del siglo XIX, como mínimo.
De momento, Tiempos de revolución puede exhibir como gran mérito el haber proporcionado una espléndida síntesis interpretativa de unas independencias solo comprensibles como parte de un proceso revolucionario complejo que, entre otras, propició la emergencia de una constelación de nuevos estados-nación en el seno del antiguo imperio de la monarquía hispánica.-CARMEN GARCÍA MONERRIS, Universitat de València.
Representing Argentinian Mothers es una investigación que trata de los determinantes socioculturales que han influido en las representaciones de la maternidad en Argentina entre 1900 y 1946.
Es un estudio sólido, bien estructurado en sus distintas partes y capítulos y exhaustivamente documentado en el que destaca, sobre todo, la calidad y elaboración del enfoque multidisciplinar e histórico al que apela.
Introduce aportes importantes, por lo que representa un avance inestimable para campos de estudios como la historia intelectual y cultural, de género y la de los saberes y prácticas médicas en América latina.
Debido también a su implicación y a su cruce con procesos amplios de construcción de marcos ideológicos y socioculturales, como la nación y el Estado, presenta además un especial interés para los especialistas en la historia de la Argentina de la primera mitad del siglo XX.
El foco del ensayo está puesto en las formas variables que adquirió la construcción de un conjunto de representaciones sobre lo maternal, compuesto por discursos competitivos.
Se analiza sobre todo cómo a través de distintas coyunturas el discurso médico sobre el tema en cuestión se articuló, e incluso compitió con otras áreas: el pensamiento católico, la prensa y la creación literaria y pictórica.
La investigación se centra en la provincia de Córdoba, aunque buena parte de sus análisis y ejemplos son tomados de la ciudad de Buenos Aires, con la intención explícita de contrastar ambas realidades y, sobre todo, de amortiguar los peligros de las generalizaciones superficiales en un país de tan marcada heterogeneidad.
De hecho, los capítulos iniciales del libro -los que analizan de manera más específica los avatares de la construcción de un discurso médico sobre lo maternal-están organizados a partir de un juego de espejos entre la realidad porteña, más cosmopolita, y la cordobesa, más apegada a una ideología católica de tipo tradicional, al menos en los temas que aborda el estudio.
Para analizar la cuestión la autora elige explorar de manera especial las prácticas y los conceptos derivados de determinadas instituciones maternales y sanitarias, a los que, en un movimiento metodológico importante, prioriza por sobre el análisis de la legislación y los debates en ella originados.
Un ejemplo claro de esta estrategia es el análisis que hace de la aplicación de las teorías eugenésicas en los años 30, que le permite matizar aspectos de las interpretaciones predominantes sobre su influencia, aplicación y sus distintos tipos en Argentina, derivadas de los estudios de Nancy Leys Stephan.
La apelación a un abordaje metodológico multidisciplinar y multidireccional deriva de la complejidad del propio objeto de estudio: las representaciones, como los imaginarios, no admiten aproximaciones esquemáticas o unilaterales.
Destaca en este aspecto el intento explícito de la autora de superar la insuficiencia de determinadas versiones, particularmente parciales, de los estudios culturales, de género o de la medicina e incluso del psicoanálisis, como se ve de forma clara en el capítulo sobre la subjetividad de la madre de acuerdo a la mirada artística.
Se nos propone por tanto, y de manera inteligente, antes que un desarrollo basado en la mera comprobación de unos modelos cerrados, uno ajustado a «direcciones» performativas que permite, junto al enfoque multidisciplinar ya mencionado, el despliegue de una mirada histórica superadora.
La riqueza del abordaje se hace evidente en las posibilidades que abre para captar la riqueza significante de los desplazamientos y cambios en la idea de maternidad, su tema central, y también en los matices que introduce en conceptos clave como el de «medicalización», al someterlos a la exigente prueba de las variaciones socio históricas de las regiones argentinas que analiza.
El libro se divide en tres partes.
La primera, «The Medical Record», estudia la mirada médica sobre la maternidad en dos periodos.
Analiza el uso discursivo y las metáforas utilizadas por los médicos especialistas (sobre todo los obstetras) y otros grupos para referirse al cuerpo de las madres en una primera etapa, caracterizada por un intenso proceso de medicalización de la infancia y la institucionalización de la pediatría y la obstetricia como especialidades.
Parte para ello de las distintas conceptualizaciones y maneras de tratar las desviaciones sociales en la época: infanticidio, aborto y abandono de niños.
En la segunda parte, «The Textual Record», la autora complejiza la cuestión, y de paso mide la importancia relativa del discurso médico y sus afanes hegemónicos, al dar cabida a otros discursos.
Se orienta de manera especial a desgranar los usos políticos de lo maternal y los imaginarios que de forma competitiva surgieron en la época a partir de distintos focos mediáticos.
Basa su análisis en una muestra de artículos publicados en dos periódicos cordobeses, el católico Los Principios y el más liberal La Voz del Interior, que en las particulares campañas que organizó sobre el tema mostró una interesante conjunción con aspectos programáticos del pensamiento de grupos feministas locales.
El estudio de la prensa es complementado a su vez por un acercamiento a las representaciones de la maternidad que circulaban por la ficción literaria de la época.
La tercera y última parte, «The Visual Record» -según mi opinión la más original de las distintas secciones del libro y, por tanto, la que más flancos ofrece para las objeciones-, nos introduce en los espacios socioculturales del periodismo fotográfico y de la producción pictórica.
En el primero se observa cómo, en un giro propio de la modernidad emergente de los años 30, nuevos matices son introducidos en la tensión entre discursos maternales gracias a la fotografía y sus criterios de reafirmación de la «verdad» o la autenticidad.
En el segundo, la actividad pictórica y las bellas artes, campo atravesado como todos los demás por visiones antagónicas y cambiantes de la maternidad, a pesar de su masculinidad hegemónica, parecen sin embargo haberse abierto espacios de enunciación para algunos aspectos determinantes de la subjetividad femenina y para el señalamiento de algunas de sus ansiedades específicas con respecto a lo maternal.
Como he señalado, se trata de un excelente ensayo en todos los aspectos.
Sin embargo, desde mi punto de vista y en aras de forzar aún más la interrelación con las disciplinas con las que la autora dialoga, creo necesario puntualizar algunas cuestiones.
En primer lugar, y dado que el discurso médico, como todo discurso, no se produce en el vacío sino que emerge de un entramado material, cultural y organizativo, creo que por momentos el ensayo apela a una consideración poco problematizada del proceso de constitución de un campo médico profesional en la primera mitad del siglo XX.
La complejidad de ese proceso, dada la cantidad de proyectos alternativos y de actores que en él participaron es el tema de los importantes trabajos de Susana Belmartino.
Su consulta hubiera sido importante como complemento del proceso de construcción discursiva que la autora aborda.
Por otra parte, y teniendo en cuenta que entre los objetivos centrales del ensayo está el de romper con esquemas rígidos a través de una propuesta multidisciplinaria y multifocal, algunos pasajes muestran sin embargo una cierta unidireccionalidad temática.
Se da cuenta de la incidencia del discurso médico en otras áreas socioculturales, pero poco se nos dice sobre la influencia de esas áreas -salvo en los casos en que intervienen los médicos católicos y sus instituciones-sobre el campo y el discurso médico.
Como consecuencia de ello, y a pesar de todos los matices que sin duda correctamente se introducen, dicho discurso, poco contaminado por los demás, aparece en algunos pasajes como un determinante más bien externo del proceso social y cultural que se aborda.
Frases como «penetración» de las ideas médicas en la sociedad parecen así sugerirlo.
Por último, en el capítulo que trata de la subjetividad de la madre de acuerdo a la mirada artística, creo que el hecho de que la presencia femenina en el campo artístico haya sido poco tomada en cuenta -ni como telón de fondo, ni a modo comparativo-, hecho que sí se hace en el periodístico, hubiera merecido a mi juicio una argumentación más explícita y compleja por parte de la autora.
Si el conocimiento y las representaciones (y los silencios) son socialmente construidos, en términos de Helga Nowotny y Raymond Williams, creo que ese vacío sociocultural, que fue también una construcción histórica, debería haber pasado con mayor énfasis al centro del argumento.
Ello, más allá del correcto tratamiento que se hace de los canales por los cuales se filtró la subjetividad femenina en el mundo masculino de los salones y el sistema de premios y reconocimiento artístico de la época.
Por obvia, dicha carencia, según mi opinión, debilita de algún modo la fuerza con que la autora apela, en otros aspectos con mucha eficacia, a la historicidad como visión superadora de otras miradas, sin duda más lineales, sobre las representaciones de la maternidad, como las de ciertas visiones psicoanalíticas.
Estas puntualizaciones, que intentan más bien ser un diálogo con una propuesta novedosa y muy rica, de ninguna manera desmerecen el conjunto del trabajo que es sin duda una lectura imprescindible para comprender aspectos claves de la realidad social argentina de la primera mitad del siglo XX.-RICARDO GONZÁLEZ LEANDRI, Instituto de Historia, CSIC, Madrid.
Harmer, Tanya y Riquelme Segovia, Alfredo (eds.): Chile y la Guerra Fría global, Santiago de Chile, Instituto de Historia/RIL editores, 2014, 321 pp.
En estos tiempos de doble conmemoración (ambas guerras mundiales) y pese a la variabilidad de los temas que se desgajan de las investigaciones más acuciosas sobre el período, no podía faltar alguna que otra referencia al papel desempeñado por naciones no europeas en el desarrollo del conflicto, y más cuando otros dos temas sobresalen en la historiografía de un tiempo presente constantemente enfrentado con pasados que no siempre «pasan» y con la instrumentalización de la memoria.
Estos dos temas, la descolonización y la Guerra Fría, han tenido sus exegetas y siguen siendo objetos de investigaciones novedosas, conforme se van abriendo los archivos clave -tanto estatales como privados y de organismos internacionales-para esta secuencia histórica de por sí ya globalizada.
Chile y la Guerra Fría global viene en este aspecto a colmar un vacío en la historiografía de las relaciones internacionales, más particularmente de la historia de los conflictos, y de las circulaciones de hombres e ideas en el sentido lato de la palabra entre Europa y el continente americano.
De las dos orientaciones que más han sobresalido hasta ahora en la historiografía aludida -el tema castrense y las formas de colaboración militar en ambos sentidos, y la difusión del comunismo y del socialismo revolucionario junto al movimiento de los no-alineados-ambas han sido ya ampliamente tratadas en el caso de Chile y de los países del Cono Sur.
En especial se conocen bien ciertas modalidades de formación y circulación de militares y otros expertos castrenses entre la vieja Europa y el continente americano (hay estudios notables sobre Colombia, Chile, Argentina), colaboración ampliamente favorecida por cierto tipo de migraciones, i.e. de oficiales de los países del Eje refugiados en tierras americanas.
Fruto de una colaboración internacional -más precisamente de un seminario-, este libro refleja por lo tanto el estado de la cuestión y de los debates en torno al estudio de la Guerra Fría, conflicto «invisible» por naturaleza, de su conceptualización en Chile y en el exterior, de sus consecuencias a escala mundial, hemisférica/interamericana o regional, de lo que A. Riquelme caracteriza precisamente en su propio análisis como «los intrincados nexos entre lo nacional y lo global», dicho de otra forma, las influencias recíprocas entre actores políticos nacionales e internacionales.
Al igual que otros autores, pone de relieve la convicción ampliamente difundida en el medio político o cultural (extrema derecha y centro izquierda en el caso de Chile) de que el mundo enfrenta un conflicto de carácter total, globalizante, resultante de la expansión del comunismo.
Aunque compartieron la visión de un conflicto global enfrentando el campo progresista liderado por la Unión Soviética y el campo imperialista (Estados Unidos y sus aliados), los comunistas no dejaron de combatir esa visión centrada en el lema del «partido del extranjero», revirtiendo la problemática hacia una denuncia del imperialismo norteamericano, de sus tratados y alianzas continentales -y más allá-tanto en lo estratégico como en lo económico.
Basta con mencionar al respecto los tratados de Río de Janeiro (1947), de Bogotá (1948) y los distintos pactos militares trabados con EEUU (1952 para Chile).
Esta coyuntura chilena que evoluciona paralelamente a un escenario mundial dividido en dos bloques, no difiere mucho en ese aspecto de otras circunstancias continentales (véase sobre el particular el auge del populismo).
En cambio, la presencia de un Frente Popular de 1938 (involucrando a radicales y comunistas) tiende a matizar y orientar la percepción que del contexto bélico y de sus avatares se tiene.
El papel de los vecinos ante las «actividades comunistas» y las respuestas políticas y represivas, en términos de policía política (F. Aparicio, R. García Ferreira) o al revés, de integración y cooperación interamericana (F. Purcell), también despiertan el interés de los contribuyentes en el sentido de una búsqueda de la paz o de alianzas de regímenes autoritarios.
Basta con recordar en ese aspecto la llamada «Operación Cóndor», estrategia anticomunista coordinada por las dictaduras militares del sur del continente para exterminar a los militantes revolucionarios de la región.
Algunos episodios de los más significativos, como fue el caso de la vigilancia que se le aplicó a Pablo Neruda, se analizan detalladamente dentro de esas lógicas regionales que involucraron servicios de inteligencia como los de Brasil o de Uruguay.
Los lemas anticomunistas, de larga tradición en Chile desde la década de 1910 y especialmente con la ilegalización durante la dictadura de Ibáñez (1927)(1928)(1929)(1930)(1931) del Partido Obrero Socialista fundado en 1912, amén de la ruptura del gobierno de González Videla con los comunistas en 1947, vuelven a asomar con motivo de la «campaña del terror» de las elecciones presidenciales de 1964 (M. Casals), en un contexto continental marcado por la impronta de la Revolución Cubana, las luchas sociales y el auge de las propagandas dentro de un escenario de Guerra Fría trasladada al continente americano en su conjunto.
El temor de Estados Unidos, y especialmente del presidente Nixon y de su consejero de seguridad nacional Henry Kissinger, hacia un desequilibrio de fuerzas dentro del sistema interamericano se había amplificado además con la presencia de Castro en Cuba y de Allende en Chile.
Uno de los retos asumidos por esta obra consiste en conciliar precisamente visiones de la Guerra Fría fuera y dentro de Chile entre las décadas de 1940 y de 1980, producidas predominantemente por la historia diplomática o el estudio de las relaciones internacionales y rescatar sin embargo aproximaciones y experiencias a veces muy distintas (i.e. el Cuerpo de Paz de Estados Unidos en Chile).
Varios capítulos analizan la manera cómo, más allá de la contienda ideológica y de la lógica de bloques de la Guerra Fría, las relaciones con los PC, sindicatos o ciertos gobiernos europeos (Italia, Suecia), las redes de solidaridad que se tejen a raíz del golpe, llevaron sin embargo a una «nueva inserción internacional del comunismo chileno» (O. Ulianova) después del golpe militar que acaba con la vía pacífica y realista llevada por Allende en contraposición a la vía armada perseguida por los partidos comunistas ortodoxos y grupos guerrilleros inspirados por la Revolución Cubana (caso del MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, desde mediados de los años 60).
Uno de los temas relevantes del libro es en este aspecto la reorientación de los partidos comunistas europeos (eurocomunismo), especialmente del Partido Comunista Italiano, y su acercamiento a otras corrientes políticas, como la democracia cristiana, punto de partida de repetidos debates y enfrentamientos dentro del PCCh, sobre el tema del pluralismo y de los disidentes incluso después del canje de prisioneros y de la liberación de su secretario general Luis Corvalán en 1976.
Este vaivén entre circunstancias nacionales y problemáticas internacionalizadas, constantemente logrado y profundizado por los distintos autores, junto a la precisión de los datos y análisis consignados hacen de esta obra colectiva una referencia para los estudios de historia política contemporánea no solo en el caso del continente americano sino también a nivel de una historia de las ideas globalizada antes de tiempo.-FRÉDÉRIQUE LANGUE, CNRS, París.
Hidalgo Nuchera, Patricio: Antes de la Acordada.
El presente trabajo del profesor de la Universidad Autónoma de Madrid Patricio Hidalgo Nuchera se centra en la problemática de la criminalidad en el ámbito rural en Nueva España y sus consecuencias jurídico-institucionales.
Esta obra tiene como objeto el estudio de los factores que originaron la creación de «la Acordada», en especial el fracaso de las instituciones que le antecedieron en esa función como la Santa Hermandad y la Sala del Crimen.
La criminalidad ha sido considerada como expresión de la marginalidad y las diferentes autoridades a lo largo de la historia han tomado medidas destinadas a acabar con ella pues significaba un ataque contra la paz social y el orden establecido, así como un entorpecimiento de las actividades económicas.
El México colonial entre los siglos XVI y XVIII, estudiado por el doctor Hidalgo en el presente trabajo, también fue afectado por la criminalidad, como no podía ser de otro modo.
Los caminos y rutas comerciales que unían puertos, ciudades, regiones ganaderas e importantes yacimientos mineros se convirtieron en ámbito de acción de criminales, donde los carruajes con ricas mercancías se hallaban en dificultades en numerosas ocasiones por el asalto de bandoleros.
Esta problemática ya despertó en el pasado el interés de historiadores como Fernando Casado, Alicia Bazán, Bárbara G. Montogomery, Colin M. MacLachlan, Adriana Terán, Odette María Rojas o María Luisa Rodríguez-Sala.
Todos ellos han investigado sobre este fenómeno fundamentalmente mediante la documentación producida por la jurisdicción especial surgida en el año 1719 concedida por el virrey Valero al provincial de la Santa Herman dad don Miguel Velázquez Lorea, pero hasta la publicación de este trabajo no se contaba con una monografía específica que estudiase los antecedentes.
La singularidad e importancia del estudio del doctor Hidalgo Nuchera se encuentra en que se centra, como no se había hecho hasta el momento, en un estudio profundo del bandolerismo en Nueva España y las repercusiones jurídicas que causó.
Para ello ha analizado una numerosísima documentación en el Archivo General de Indias de Sevilla (inédita hasta ahora) sobre la institución que tenía la función de la protección y seguridad en el ámbito rural, tanto en España como en el Nuevo Mundo: la Santa Hermandad.
El profesor ha indagado también al respecto de las distintas opciones propuestas por las autoridades durante la década de los 80 del siglo XVII hasta la concesión de la Acordada en la segunda década del XVIII.
Un objeto central del trabajo ha sido desentrañar el modo de resolver en aquellos años por un lado el procedimiento judicial y los modos de aplicar las sentencias (penas y castigos); por otro lado la financiación de los hombres destinados a aplicar las medidas propuestas.
Como en otros muchos aspectos del Antiguo Régimen las dificultades en dirimir los ámbitos jurisdiccionales están presentes en esta problemática y son estudiados por el autor.
Antes del establecimiento del juzgado de la Acordada tenían problemas en arbitrar sus competencias los alcaldes de Hermandad y los oficiales del Sala del Crimen, organismo judicial con jurisdicción en la materia hasta entonces.
Por otra parte la cuestión económica del mantenimiento de las cuadrillas de hombres destinados a prestar los servicios de seguridad fue un asunto muy controvertido.
Los costos debían ser asumidos por los mismos habitantes del territorio, ya que los virreyes y otras autoridades no querían que fuesen asumidos por la Real Hacienda, lo que provocó conflictos que llegaron al Consejo de Indias.
La obra del doctor Hidalgo nos permite conocer la evolución histórica de la Santa Hermandad en Castilla con la intención de cómo y porqué se introdujo en las Indias en general y en México en particular, así como las razones por las cuáles a partir de la segunda mitad del siglo XVII dejó de ser tan efectiva como hasta entonces.
La solución tomada fue la aparición de patrullas de protección, conocidas como guardas mayores de caminos, sustentadas por particulares, de manera especial por comerciantes y hacendados, principales afectados por los asaltos ocurridos en el tránsito fundamentalmente de ida o venida desde la ciudad de México.
El virrey conde de Galve las sustituyó en 1601 por provincialatos de Hermandad, quitando una de las principales competencias a la Sala del Crimen por su inoperancia.
Sin embargo estas medidas fueron revocadas por el Consejo de Indias.
Galve optó por institucionalizar los antiguos guardas mayores de los caminos, aunque con ello perpetuaba el cobro de peajes como una fuente de numerosos abusos.
En cuanto al despojo de autoridad a la Sala del Crimen, ya a principios del siglo XVIII se instituye la Acordada, que en definitiva se convertía en la institución que tuvo la facultad de ejecutar las sentencias de muerte no apelables por derecho sin dar previo aviso a la Sala del Crimen.
Esta medida fue tomada con la intención de debilitar a los poderosos alcaldes del crimen.
El encargo se hará de forma permanente y en exclusiva en la persona del alcalde provincial de la Santa Hermandad (entonces Miguel Velázquez Lorea).
En 1722 fue sancionado por Felipe V, lo que desencadenó que la Sala del Crimen dedicase numerosos ataques contra el titular de la Acordada con la clara intención de deslegitimarlo y así recuperar sus anteriores competencias.
A partir de ese momento hubo en Nueva España una dualidad de medios para atajar el bandidaje rural: el provincial de la Hermandad comisionado con la Acordada y los guardas mayores de caminos.
Esta situación se mantuvo hasta 1746 cuando el primero acabó controlando a los segundos con el triple título de provincial de Santa Hermandad, juez de Acordada y guarda mayor de caminos.
Esta nueva jurisdicción especial se mantuvo vigente hasta 1812.
La obra está organizada en cuatro capítulos, más unas páginas preliminares sobre los antecedentes historiográficos y agradecimientos, un capítulo introductorio y una breve recapitulación final, además del habitual apartado dedicado a detallar las fuentes y bibliografía usadas.
En lo referente al contenido los cuatro ejes del trabajo son un estudio de la Santa Hermandad, con un análisis de su desarrollo como institución en España y su implantación en Nueva España (capítulo 1); las estrategias del virrey Galve y su reforma de la 1689 para atajar el fenómeno del bandolerismo (capítulo 2); la creación de la jurisdicción especial de la Acordada, como medio para solucionar el problema del bandidaje rural a principios del siglo XVIII (capítulo 3); y finalmente las consecuencias de la creación de la Acordada (capítulo 4).
Es de gran interés el amplio apartado documental (en anexo) con la transcripción de doce documentos inéditos hasta el momento, entre los que encontramos autos, títulos, instrucciones, reales provisiones y cédulas, de gran interés para los investigadores que se acerquen a este trabajo en busca de una información detallada del fenómeno aquí estudiado.
Por tanto, para concluir, Antes de la acordada.
La represión de la criminalidad rural en el México colonial (1550-1750) es una obra de gran importancia dado que viene a completar el campo de los estudios sobre el fenómeno de la delincuencia rural en este importante territorio de los dominios españoles en América, pero también el de los conflictos jurisdiccionales tan característicos del Antiguo Régimen.-SIGFRIDO VÁZQUEZ CIENFUEGOS, Universidad Carolina de Praga.
Kramer, Wendy; Lovell, W. George y Lutz, Christopher H: Saqueo en el archivo.
El paradero de los tesoros documentales guatemaltecos, La Antigua Guatemala, CIRMA y CEUR, 2014, XXXIV + 65 pp.
El hallazgo de los libros segundo y tercero de las Actas de Cabildo de la ciudad de Guatemala es el origen de este delicioso libro en el que sus autores, además de dar a conocer su existencia, se detienen en desentrañar la historia de algunos de esos cientos de legajos que han ido desapareciendo de los archivos en los que se depositaron: cómo es posible, por ejemplo, que el Popol Vuh o el Códice Mendoza no se encuentren en Guatemala, sino en repositorios académicos de Estados Unidos y Europa.
En la primera parte de su trabajo, los autores -que llevan trabajando en equipo desde hace más de treinta años-se preguntan cómo fueron a parar estas actas a la Hispanic Society en Nueva York.
¿Quiénes eran los agentes del Sr. Huntington?
¿Quiénes trabajaron con estas actas antes de que se guardaran en su actual emplazamiento?
¿Dónde se encuentran los libros que faltan?
Con exquisita prudencia, Wendy Kramer, George Lowell y Christopher Lutz analizan los diversos medios de coleccionar documentos que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos, distinguiendo entre regalos institucionales, saqueos descarados, robos y compras por libreros o particulares que, en la mayoría de los casos, eran ventas legales, dándonos pistas valiosísimas para poder seguir el rastro de otras colecciones.
Dos anejos completan el volumen.
El primero es un informe de Karl H. Berendt de 1877, que recoge las colecciones de documentos que existen hoy en Guatemala.
El segundo es la lista de los 83 títulos de la sección VII del catálogo 418 que hizo Karl W. Hiersemann para Archer Milton Huntington.
Como nos muestran los autores de este libro, muy a menudo los archivos dan sorpresas.
Atónito se quedó el profesor Jacques Heers cuando a finales de los ochenta del siglo pasado, revolviendo entre los anaqueles del Archivo de Estado de Génova, se encontró con una caja que contenía un buen número de ducados de oro impresos en la ceca genovesa hacia 1540.
Las monedas sirvieron entonces para hacer regalos institucionales de la ciudad.
Hace una decena de años en otro repositorio estatal, el Archivo General de Simancas, la bibliotecaria Isabel Aguirre tuvo la fortuna de encontrar un legajo -perdido en opinión de todo el mundo-que contenía nada menos que las probanzas del juicio que Francisco de Bobadilla efectuó a Cristóbal Colón en 1500 y que acarreó su destitución y envío a la Península.
Un documento que nos ha arrojado mucha luz tanto sobre los primeros años de la vida en la Española como sobre la forma y manera en la que el genovés y sus hermanos ejercían el poder en la incipiente colonia.
Muchos de los avatares de esos documentos viajeros que nos narran Kramer, Lowell y Lutz son parecidos, si no iguales, a lo que ha ocurrido con la transmisión de los escritos colombinos.
Veamos un par de casos.
En 1990, en el catálogo de una librería anticuaria de Tarragona se puso a la venta un cuadernillo que contenía la transcripción de nueve cartas enviadas por Colón a los Reyes Católicos, dos de ellas desconocidas.
El manuscrito, que se ha titulado Libro Copiador, fue adquirido por el Estado español y hoy está depositado en el Archivo General de Indias.
La documentación privada del primer almirante quedó, como era lógico, en manos de sus descendientes los duques de Veragua.
Durante buena parte del siglo XVIII las casas de Veragua y Alba estuvieron unidas hasta finales de siglo.
Cuando ambas casas se separaron, también lo hicieron sus archivos.
En 1892 la duquesa de Berwick y Alba publicó documentos de un legajo que había encontrado en su biblioteca que con el título marcado de «Inútiles.
Buenos para el carnero» contenía, entre otros documentos, ocho cartas autógrafas de Colón, siete dirigidas a fray Gaspar de Gorricio entre 1498 y 1501 y otra a su hijo Diego del 29 de abril de 1498.
Por supuesto, la duquesa, que se declara en el prólogo de su libro mujer «de escasa erudición», no nos dice quién fue el archivero que hizo tan importante descubrimiento.
Todos estos documentos han estado a disposición de los investigadores en el Palacio de Liria una o dos tardes a la semana, previa petición.
Pero he aquí que la Fundación Casa de Alba, necesitada de liquidez, decidió hace unos meses subastar la carta de Colón a su hijo Diego, señalando que en ella se trataba solo de asuntos familiares y que no había sido escrita en el Nuevo Mundo.
Afortunadamente, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha prohibido a la casa Christie's subastarla por 21 millones de euros.
Por su parte, los duques de Veragua vendieron la documentación que tenían sobre Colón al Estado español, que la entregó al Archivo General de Indias después de la exposición de 1929.
Así pues, estos autógrafos colombinos, procedentes de un mismo fondo, se encuentran en dos sedes.
Lo que nos lleva a preguntarnos sobre la conveniencia de su separación, pese a la legalidad de la propiedad por parte de ambas.
Pero esta es otra cuestión.
Volvamos al libro que nos ocupa.
Los autores nos dejan con la miel en los labios.
Ahora sabemos que, gracias a la generosidad del Dr. Van Doesburg, ha sido posible localizar esos dos legajos de las actas del cabildo guatemalteco que se creían perdidos.
Se trata, sin lugar a dudas, de un descubrimiento sensacional que nos va a permitir conocer de primerísima mano las circunstancias de los primeros años de la vida de ese país, de la que hasta ahora tan solo teníamos noticias gracias al llamado Libro Viejo, que recoge las primeras actas del cabildo de 1524 a 1530.
Bienvenido sea.-CONSUELO VARELA, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC, Sevilla.
Martínez Martínez, María del Carmen: Veracruz 1519.
Los hombres de Cortés, León (España)/México DF, Universidad de León/CONACULTA-INAH, 2013, 303 pp.
Hace ya prácticamente una década que la autora se viene dedicando al tema cortesiano habiendo publicado varios e interesantes trabajos relacionados con esa temática, lo que la convierte en una de las más reconocidas especialistas en la figura de Hernán Cortés.
En esta ocasión, se centra en su arribada expedicionaria al territorio azteca que, posteriormente, se convertiría en el virreinato de la Nueva España.
El tan repetido episodio del desembarco del extremeño en las costas del Golfo de México el 22 de abril de 1519, hecho de gran trascendencia para entender el desarrollo de muchos acontecimientos posteriores, lo conocemos al haber sido narrado por la mayoría de los cronistas de la conquista; sin embargo, no abundan los textos contemporáneos de los primeros meses en la tierra.
Los hombres de Cortés parte del estudio del documento original más antiguo conservado hasta ahora, de los españoles en la Nueva España, fechado el 20 de junio de 1519.
La investigación se enriquece con documentación inédita de archivos de México y España.
La obra cuenta con un esquema cronológico muy claro y preciso, a partir de relectura de la petición que presentó el procurador Francisco Álvarez Chico en el cabildo de Veracruz, por la que se llegan a conocer las identidades de la mayoría de los que apoyaron el nombramiento de Cortés como gobernador y capitán general.
El deterioro con el paso del tiempo del documento, felizmente restaurado, impide saber los nombres de todos los firmantes.
Se registran 344 rúbricas (337 suscribiendo la petición al cabildo, más la del escribano Pedro Hernández y seis de los integrantes del cabildo de Veracruz en junio de 1519).
A partir de este temprano testimonio se analizan los acontecimientos en la historiografía, corrigiendo la cronología tradicionalmente asumida.
La obra reconstruye, a partir del registro escrito conocido y de las referencias a otros textos perdidos o todavía no hallados, los preparativos de la expedición en Cuba hasta el despacho de los procuradores Montejo y Portocarrero a España.
Estos fueron portadores de la petición al cabildo que se conserva en el Archivo General de Indias de Sevilla.
En el capítulo I se revisan los textos redactados en aquellos primeros meses: la instrucción de Diego Velázquez a Cortés, la petición al cabildo de Veracruz (que contiene la referencia inicial de la composición del mismo), la instrucción a los procuradores, las cartas del cabildo, la primera carta de relación y su huella en las crónicas de la conquista.
Cortés era consciente de la utilidad de los documentos legales al uso y por ello fueron abundantes y de muy diverso tipo los que dictó y redactó a lo largo de su vida.
En el capítulo II se estudia con detalle tanto el interesante documento anteriormente citado -la petición y requerimiento al cabildo de Veracruzcomo los textos que se escribieron con el fin de justificar las decisiones adoptadas, contextualizándose la petición al cabildo, resaltando la importancia del grupo en la toma de decisiones pues en ella respaldaba el nombramiento de Cortés como justicia mayor y capitán general, expresando su opinión sobre la decisión de enviar procuradores a España y manifestando el deseo de la comunidad de que se le concediese la gobernación.
El minucioso análisis de las grafías revela que no todos firmaron personalmente.
Destaca la primera firma conocida del cronista Bernal Díaz del Castillo (en el documento aparece como Bernal Díaz), además de las de varios capitanes y hombres de mar, entre ellas la del piloto mayor de la armada.
La identificación de los firmantes sitúa a Salcedo en Veracruz en junio, no a comienzos del mes siguiente como tradicionalmente se ha venido repitiendo.
En el capítulo III se recrea la realidad del grupo en aquellos primeros meses, desde el desembarco hasta la fundación efectiva, contrastando las narraciones conocidas sobre los acontecimientos y lo recordado por los integrantes de la armada en las informaciones ad perpetuam rei memoriam, memorias de los méritos del grupo en la conquista.
La presencia de varios de los componentes de la embarcación de Salcedo entre los firmantes prueba que su llegada se había producido ya en el momento de la presentación de la petición al cabildo.
Se destaca la estrategia escrita para justificar la decisión de permanecer en la tierra (capítulo IV), negociando con la corte para contrarrestar las concesiones del rey a Velázquez, y el papel de la «comunidad» al solicitar el nombramiento de Cortés como capitán general y justicia mayor.
El cabildo redactó una instrucción con más de una treintena de encargos para guiar la actuación de los procuradores en la corte, solicitando diversas concesiones para los primeros conquistadores y pobladores.
El análisis del grupo (capítulo V) es muy exhaustivo.
No solo se trata de cuantificar, basándose en los datos aportados por cronistas y documentación, el número de los integrantes de la armada y hombres de mar, sino que se recopilan con investigaciones posteriores las cualidades personales y detalles de todo el grupo.
Se completa, además, con información individualizada sobre los firmantes de la petición al cabildo (capítulo VI).
Entre estos últimos, no se encuentran los allegados de Velázquez, ni tampoco ningún pariente.
Algunos de los que apoyaron la petición, con el paso de los años también se convirtieron en opositores a Cortés.
En el estudio también se comprueba si los firmantes de la petición al cabildo de Veracruz de 20 de junio de 1519 suscribieron la conocida como carta del ejército de Cortés (Tepeaca, circa octubre de 1520).
La tarea resulta mucho más sencilla al lector por incluir las firmas individualizadas acompañadas de una breve referencia biográfica.
Entre las numerosas rúbricas aparece la de Bernal Díaz, como anteriormente hemos comentado, que vendría a ser la más antigua conocida del autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
Todo ello se cierra con un interesante anexo en el que se ofrece la transcripción paleográfica del documento y la reproducción fotográfica en color de la petición al cabildo de Veracruz, firmada por los «compañeros, vecinos y estantes en la villa» de la compañía de Cortés (20 de junio de 1519) conservada en el Archivo General de Indias de Sevilla (AGI, México 95, N. 1).
Felicitamos sinceramente a la autora al proporcionarnos un excelente estudio de esta etapa inicial de entrada en un territorio que se convertirá en futuro soporte fundamental de la estructura administrativa y económica del imperio español en la zona norte del continente americano.-ISABEL ARENAS FRUTOS, Universidad de Huelva.
Naranjo Orovio, Consuelo: Historia mínima de las Antillas hispanas y británicas, México DF, El Colegio de México, 2014, 343 pp.
Somos muchos los especialistas en el ámbito del Caribe hispano que hemos señalado el interés y el deber de conocer más profundamente el devenir de esas «otras Antillas» con las que Cuba, la Española y Puerto Rico conforman un archipiélago que es ejemplo de universalidad por una común experiencia azucarera y esclavista aunque también escenario de una secular fragmentación.
Una división derivada de un proceso histórico singular por las distintas experiencias coloniales de España, Gran Bretaña o Francia en unos territorios que, en la actualidad, mantienen gran variedad idiomática, poblacional, económica y política, y entre cuyas respectivas comunidades de historiadores de uno y otro lado del Atlántico existen aún dificultades para superar las fronteras nacionales y lingüísticas, para atrevernos a comparar procesos e interesarnos por experiencias vecinas y evitar el ensimismamiento de nuestras respectivas academias.
Para paliar esta situación, plantear los problemas nodales y estimular investigaciones futuras, contamos con el reciente libro de Consuelo Naranjo Orovio, una de las mayores expertas en la historia de Cuba y el Caribe en general, innovadora en sus propuestas e imparable dinamizadora de la disciplina, que ha decidido adentrarse en los «otros Caribes» para comparar las Antillas de raigambre hispana y británica en una historia «mínima» -según el nombre de la colección de El Colegio de México-, término que justifica la complejidad de la novedosa y arriesgada síntesis comparativa de Naranjo Orovio, una de cuyas acepciones -«minucioso»-refleja el carácter de la presente investigación por su rigor documental, su análisis novedoso y pleno de sugerencias.
Ya en la monumental Historia de las Antillas (2009Antillas ( -2014)), colección de cinco volúmenes dirigida por Consuelo Naranjo, así como en sus numerosos trabajos sobre Haití y el Saint Domingue esclavista, ha dejado patente el interés por abrir y profundizar la investigación histórica sobre unas islas que, como se expresaba en el lenguaje del siglo XVIII, fueron el «teatro» de los continuos conflictos entre las potencias europeas y se convirtieron en fáciles monedas de cambio en los tratados de paz.
Consuelo Naranjo Orovio formula su historia de las Antillas hispanas y británicas explorando los recursos de una historia cultural de carácter cada vez más social y desde un punto de vista comparativo a fin de atender a los vínculos y las transferencias entre los distintos contextos culturales, así como cultivar la dimensión oceánica como nexo de unión y no como barrera de un proceso incesante ya defendido por el británico John H. Elliott y otros autores como David Gaspar, David Geggus, Laurent Dubois, Seymour Drescher, Barry Highman, Veront Satchell, Hilary Beckles, Bridget Brereton o Kevin Yelvington.
La obra nos acerca a la singularidad de las respectivas colonizaciones inglesa y española en los territorios caribeños insulares mediante una estructura temática por encima de la cronológica que analiza en cinco capítulos los ejes centrales de la historia antillana de cinco siglos de duración: los primeros contactos y el comercio alternativo, la condición estratégica de las islas y el eco de las rivalidades europeas, la heterogeneidad de sus poblaciones y sus consecuencias, la producción y comercialización del azúcar como el contexto de una larga historia de sometimiento y, por último, el contrapunto de la (relativa) libertad e independencia individual y colectiva.
La perentoria dificultad de conjugar las historias de Cuba, Puerto Rico y el Santo Domingo español por configurar historiografías muy fragmentadas, es un acicate para la autora que hilvana acertadamente los momentos decisivos de cada comunidad hispana, sus semejanzas y diferencias, superando de este modo, la tradicional relevancia de Cuba sobre el resto.
Así, junto al particular análisis «intrahispano» de las islas surgen las relaciones plenas de tensión, normalidad y emulación respecto a las británicas con alusiones a los discursos y sus prácticas, a los intereses de los agentes dinamizadores de cada ámbito, al estudio comparativo de dichas sociedades coloniales centrando el interés en el régimen esclavo y, especialmente, en el subsiguiente proceso -largo, complejo y variado en modalidad y tiempos para cada una-de su abolición; la acción de sus elites -sus improntas culturales criollas y las consecuencias de los distintos grados de enraizamiento europeo en el Caribe-y el análisis de otros sectores -individuos, colectividades e instituciones-que intervinieron en la configuraron de tan fragmentada unidad.
Ya desde la introducción se enfatiza la condición del Caribe como un espacio acelerador del ensayo de la modernidad para, en los siguientes capítulos, asistir a una exposición amena, rigurosa y sugestiva de un enjambre de temas estrechamente relacionados que afectaron -y aún lo hacen-a estas islas que salpican el mar Caribe.
Si el primer capítulo se centra en el cambio sustancial de unas islas inútiles (en favor del continente) al erigirse en zonas de alto valor estratégico para los poderes legítimos y, en especial, para el intercambio ilegal de mercancías merced a la piratería y el contrabando -un tema que la autora desgrana con pasión y objetividad-, el segundo aborda un tema de largo recorrido temporal y de calado como fueron las luchas imperiales cuyo escenario antillano se convirtió en un choque permanente entre las fuerzas navales de España y Gran Bretaña.
El capítulo tercero se centra en la importante cuestión de la población y sociedad que, desde los primeros contactos con los nativos y hasta la realidad actual de unas islas de emigración y/o paraísos fiscales y turísticos, viene configurando unas comunidades heterogéneas con afluencia de personas de todos los continentes.
Dado que la autora es experta en movimientos de población, migraciones y exilios en la América hispana y en el Caribe en particular, se ofrece un complejo panorama para entender el proceso de criollización tanto en las islas españolas como en las inglesas, recalcando las semejanzas y diferencias entre ambas y siempre con el telón de fondo de la esclavitud y su progresiva desaparición, fenómenos que han marcado la secuencia histórica de estas latitudes.
Con el penúltimo capítulo, la obra se adentra en la economía del azúcar y, de nuevo con documentados y sugerentes elementos de análisis, reflexiona sobre su práctica en las Antillas británicas, con el ejemplo de la isla de Barbados que constituyó el modelo del sistema plantacionista inglés, así como sobre determinados aspectos del sistema productivo hispano, desde su origen intentando aprovechar los conocimientos científico-técnicos y comerciales de los hacendados franceses e ingleses.
Con el quinto y último capítulo sobre los caminos de la abolición de la esclavitud y las consecuencias y recursos de individuos y colectividades para un nuevo tiempo, se cierra un libro fundamental para comprender la diferente evolución en las sociedades hispanas y británicas con los pasos dados en Cuba, Santo Domingo o Puerto Rico -y los indudables ecos en ellas del miedo a Haitífrente a Jamaica o Barbados, territorios pertenecientes a la metrópoli rectora del fin de la trata y la esclavitud.
Resulta muy interesante el tiempo de la postesclavitud relatado por Naranjo Orovio, señalando las enormes dificultades que encontraron los nuevos «ciudadanos» de segunda en todos los ámbitos de la administración, la sociedad, la cultura y la mentalidad en el Caribe, un estigma que alcanza la actualidad.
Es por todo ello que esta obra original y necesaria en el panorama historiográfico de las Antillas, elaborada con sensibilidad, rigor, documentación contrastada, amplio conocimiento histórico y una exigente perspectiva comparada se convertirá en un libro fundacional para estudiosos y especialistas interesados en el desafío que supone trascender lo fragmentario.-MARÍA DOLORES GONZÁLEZ-RIPOLL NAVARRO, Instituto de Historia, CSIC, Madrid.
«El funcionamiento del imperio», afirma Sylvia Sellers-García al principio de esta cautivante monografía, «dependía del flujo de papel».
Su argumento fundamental, presentado de manera concisa y clara, es que «los documentos eran una herramienta esencial para el funcionamiento del imperio, y particularmente del imperio a distancia».
La preparación de los documentos, el medio a través del cual fueron despachados y la forma (después de haber sido leídos, atendidos o ignorados) en que eventualmente fueron archivados y almacenados «revelan mucho sobre cómo se mediaba la distancia, en caso de que no fuera posible superarla» (p.
El interés de Sellers-García gira alrededor de la América española colonial, con enfoque especial en la unidad gobernada como la Audiencia de Guatemala.
5) en el contexto global hispánico, la Audiencia de Guatemala no era, en absoluto, la posesión más lucrativa de la España imperial ni el territorio más grande bajo su administración.
Abarcando, en términos de la geografía actual, desde el estado mexicano de Chiapas al norte y oeste hasta la frontera entre Costa Rica y Panamá al sur y este, la Audiencia de Guatemala era, no obstante, una región extensa.
Esta realidad ofrece a Sellers-García más que suficiente espacio para plantear el caso y defender su punto de vista, lo cual de hecho hace con una efectividad contundente.
El libro consta de tres partes, las cuales consideran respectivamente «la creación, el traslado y el almacenaje de los documentos» (p.
El capítulo 1 trata sobre el género de los documentos, mientras el capítulo 2 ofrece un análisis destacado de la joya de la historiografía colonial guatemalteca, la «descripción geográfico-moral» (título inspirado en la genialidad de Immanuel Kant) escrita y cartografiada por el arzobispo Pedro Cortés y Larraz (1712-1786).
El capítulo 3 examina la forma de operar del sistema de correo -«en 1599, una carta típica enviada por la audiencia tardaba cerca de un año en llegar a España» (p.
81)-, mientras que el capítulo 4 evoca las vidas y la forma de ganarse el pan de cada día de los intrépidos «correos», generalmente de mala fama, «quienes cubrían cientos de leguas a pie o a caballo» (p.
103) llevando la correspondencia desde un remoto rincón hasta otro.
Sellers-García ofrece una reflexión perspicaz en cuanto a qué consti tuía una legua, la cual podía ser una medida tanto temporal («la distancia recorrida a pie en el lapso de una hora», p.
95) como espacial («en la mayor parte del imperio... más o menos 2,6 millas», p.
Los capítulos 5 y 6, realizados con asiduidad pero hasta cierto punto carentes del fascinante atractivo de aquéllos que conforman las partes I y II, discuten el papel que jugaron los diligentes oficiales (escribanos) cuyos «métodos de organizar el almacenaje de los documentos hacían eco a los métodos de organizar su traslado» y cómo los inventarios que hicieron resultaron ser «herramientas organizativas esenciales para la preservación de los documentos» (p.
21) cuando las antiguas colonias se convirtieron en repúblicas independientes durante el segundo cuarto del siglo XIX.
La razón por la que destaqué el argumento de Sellers-García acerca de la visita pastoral realizada entre 1768 y 1770 por Cortés y Larraz no es una simple preferencia subjetiva.
Más bien, se relaciona con el hecho de que a lo largo de toda la obra se lidia con las descripciones del arzobispo, no obstante ser estas el enfoque del capítulo 2.
En repetidas ocasiones, Sellers-García hace alusión a la «noción de la distancia como peyorativa» para hacer énfasis o poner de relieve la antipatía visceral que el prelado manifestaba hacia la anarquía no cristiana de los mayas en toda Guatemala, «la gran carga de su preocupación por la salud espiritual y moral de la arquidiócesis pesaba sobre él» (p.
Consternado y perplejo, Cortés y Larraz hace un ademán de desesperanza.
«Todo es apiñamiento de montañas», escribe, «que causa horror pensar que se han de penetrar» (p.
La actitud con la que el prelado escribió sobre un pueblo tras otro a lo largo y ancho de su dominio, impactado si no disgustado por lo que encontraba, contrasta con la forma en que el oficial y escritor Antonio José de Irisarri (1786-1868) percibió el asunto.
En tanto que el primero vio «escándalos» y «peligrosa distancia al final de rutas difíciles» plagadas de miseria y adversidad, el segundo observó «en todos aquellos lugares una vitalidad, actividad y progreso», especialmente por parte de los indígenas «que eran industriosos, inteligentes, capaces, conscientes de sus circunstancias, bien proporcionados, robustos y seriamente dedicados a la agricultura, el comercio y las artes» (p.
Sellers-García enfrenta a los dos hombres uno contra el otro de una manera brillante.
Este libro es un deleite para cualquier geógrafo histórico, y todo estudioso de la América española debería prestarle atención, especialmente aquéllos cuyos intereses de investigación se centren en Centroamérica, una región donde la tarea de clarificar la naturaleza de las experiencias coloniales es aún una obra en construcción.-W. GEORGE LOVELL, Queen's University, Kingston, Ontario. |
Entre los escenarios urbanos más significativos de las ciudades y pueblos de la España peninsular y americana para el período comprendido entre los siglos XVI y XIX, se encuentran tanto las plazas mayores como las alamedas y paseos.
Durante ese período las segundas fueron ya objeto de atención por parte de diferentes personalidades y viajeros, que plasmaron en sus escritos las impresiones que estos espacios les despertaron.
También de artistas, que representaron en óleos, grabados y biombos tanto los usos que los habitantes y visitantes hacían de esos espacios, como los elementos esenciales que las conformaban (vegetación, edificios aledaños, fuentes, elementos decorativos...).
A pesar de la relevancia que tuvieron, no abundan los estudios que traten el tema de las alamedas desde una perspectiva general y desde diferentes disciplinas.
Si hablamos de la península ibérica, encontramos por lo general estudios de caso, siendo uno de los pioneros en este sentido Antonio Albardonedo Freire para la ciudad de Sevilla, con estudios como el relativo al
Para el ámbito hispanoamericano sí encontramos algunos libros y artículos que ofrecen una visión general sobre las alamedas y paseos, aunque el objetivo principal no sea precisamente esta temática.
En este sentido destacan algunos trabajos como el de José Luis Romero, titulado Latinoamérica: las ciudades y las ideas, cuya primera edición es de 1976; el dirigido por Francisco Solano sobre Historia Urbana de Iberoamérica, publicado en el año 1992; o el del arquitecto Ramón Gutiérrez, sobre Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica del año 1997.
También algunos artículos como el de Silvia Arango sobre «Espacios públicos lineales en las ciudades latinoamericanas», el de Hugo Segawa relativo a «Alamedas e passeios na América colonial», o el de María Dolores Muñoz Rebolledo y Juan Luis Isaza L. titulado «Naturaleza, jardín y ciudad en el Nuevo Mundo».
Entre los trabajos referidos a casos específicos de alamedas hispanoamericanas, que serán tratados también en algunos de los artículos del dossier, uno de los más destacados, por la información que aporta y los aspectos que abarca, es el de Efraín Castro Morales, titulado Alameda Mexicana, breve crónica de un viejo paseo, que se refiere tanto a la evolución del paisaje material y natural de la alameda, como a las características de sus usuarios o a la forma en la que las autoridades gestionaban su mantenimiento y conservación.
Destacar, por último, algunas comparaciones realizadas por autoras como María Antonia Durán Montero, entre alamedas americanas y peninsulares, con estudios como el de «La Alameda de los Descalzos de Lima y su relación con las de Hércules de Sevilla y la del Prado de Valladolid».
De lo expuesto se desprende la necesidad de realizar un estudio más completo, que analice las alamedas y paseos de ambas orillas del Atlántico, con miradas desde diferentes disciplinas, incorporando temáticas muy relacionadas con lo cotidiano de estos espacios para el período seleccionado como objeto de estudio.
El interés del análisis en este dossier de las alamedas responde, por una parte, a la importancia que tuvieron como espacios de sociabilidad durante el período seleccionado como objeto de estudio.
En este sentido se incluyen aspectos relativos tanto a los comportamientos de los diferentes sectores sociales que confluían en ellas, como a las actividades que en las mismas se desarrollaban.
Otro factor destacado es el referido a la conformación y evolución de los paisajes urbanos y arquitectónicos de las alamedas, que conllevaron un acercamiento de la naturaleza a las ciudades con la incorporación de elementos vegetales en los espacios públicos, todo ello en unos momentos en los que la difusión de nuevas concepciones planteaba la revisión de la relación ciudad-naturaleza y las formas en la que debía construirse lo urbano.
Así, su estudio permite un mejor conocimiento de la aplicación práctica de experimentos de higienismo, saneamiento y modernización operativos en diferentes centros urbanos del período.
En este dossier participan un total de cinco docentes de la Universidad de Sevilla, adscritos a los Departamentos de Historia del Arte, Historia Moderna e Historia de América, que han trabajado la cuestión de las alamedas desde diferentes perspectivas.
El primero de ellos, el ya citado profesor de Historia del Arte Antonio Albardonedo Freire, analiza en su artículo titulado «La alameda, un jardín público de árboles y agua.
Origen y evolución del concepto», el origen y evolución del concepto de alameda, identificando los elementos que eran esenciales en ellas, las construcciones que las complementaban o los topónimos que se les otorgaban.
Para ello hace un recorrido desde el Mundo Clásico hasta la Edad Moderna, prestando especial atención a los precedentes y principios urbanos de su creación.
Entre ellos, el autor analiza las experiencias en Flandes como determinantes en el surgimiento de las alamedas urbanas con fines ornamentales y de recreación en las ciudades de la península ibérica hacia 1550.
A continuación, el profesor de Historia Moderna Manuel F. Fernández Chaves, ofrece en su artículo «Las alamedas en la España Moderna.
Interpretación histórica de un espacio urbano», una visión de conjunto sobre las alamedas en la España moderna como concepto urbanístico y como espacio de sociabilidad propio de aquel periodo.
En su artículo se analizan los elementos constitutivos de estos paseos y jardines y se traza una panorámica general sobre su creación, difusión, evolución, y usos entre los siglos XVI y XVIII en las principales ciudades del país.
En dicha evolución algunos centros urbanos como Madrid adquirieron primacía sobre otros e impulsaron con su influjo político y cultural diferentes modificaciones y ampliaciones del concepto y de la justificación urbanística de estos espacios, que se plasmaban en la morfología que fueron adoptando.
A esta influencia se sumaría también la que se sentiría desde la segunda mitad del siglo XVII proveniente de Francia y otros puntos de Europa.
Se estudia de manera exhaustiva la variada y dispersa bibliografía en la que se recoge información sobre las alamedas en España y se trata de ofrecer patrones sobre sus ritmos de creación y funciones a lo largo de la modernidad.
Los resultados de este artículo se ponen en relación con los de otro trabajo PRESENTACIÓN: LAS ALAMEDAS: ESPACIOS PARA LA SOCIALIZACIÓN presente en este número monográfico sobre el mismo tema en la América Española, donde se desarrollaron tempranamente las alamedas al formar parte de la herencia urbanística peninsular.
Se trata del artículo del profesor Emilio José Luque Azcona, del Departamento de Historia de América, titulado «Conformación y características de las alamedas y paseos en ciudades de Hispanoamérica», en el que se ponen de relieve las características de varias alamedas de ciudades hispanoamericanas, especialmente durante las últimas décadas del siglo XVIII, en el contexto de las políticas urbanas aplicadas por los Borbones, y la primera mitad del siglo XIX.
En una primera parte del trabajo se tratan aspectos relacionados con la creación y las características físicas de estos espacios, todo ello en el marco de la configuración de una nueva concepción de ciudad como consecuencia de las ideas ilustradas.
En la segunda se pone especial relieve en los usos cotidianos que el público que las frecuentaba hacía de ellos, tratando de encontrar paralelismos o diferencias entre ciudades de distintas regiones americanas.
También se incluyen algunas referencias a la evolución que experimentaron estos espacios tras las independencias, haciendo uso para ello de algunos testimonios de viajeros que visitaron la región en las décadas posteriores a la ruptura con España.
Uno de los aspectos más significativos de las alamedas de ambos lados del Atlántico, aunque no surgieron con esa intención, fue el paseo en coche de caballos, a partir del modelo sevillano de la de Hércules.
Este aspecto lo trata de forma específica en su artículo titulado «Alamedas, paseos y carruajes: función y significación social en España y América (siglos XVI-XIX)» el profesor Álvaro Recio Mir, del Departamento de Historia del Arte, poniendo de relieve cómo las alamedas, como si de una suerte de circuitos de carruajes se tratase, fueron los lugares privilegiados del ocio urbano y sin duda el mejor escaparate social -junto a las plazas mayores-para ver y, sobre todo, para ser visto en un coche por el resto de la sociedad, lo cual se convirtió en una aspiración universal.
Ello fue debido a que los coches fueron desde su génesis en la Europa del siglo XVI un potentísimo símbolo de status, adoptado con entusiasmo por las cortes del continente.
Así, el coche se convirtió en emblema de la sociedad cortesana de la Edad Moderna, como el caballo lo había sido del ideal caballeresco medieval, por lo cual desarrollaron un marcado carácter suntuario que les hizo atesorar un amplio repertorio artístico.
Así, a su estructura de carpintería, sumó labores de talla, pintura y metalistería en sus exteriores y primorosas telas, bordados y tapicerías en sus interiores.
A estas especialidades artísticas aún hay que añadir los correajes y jaeces de los caballos o mulas que tiraban de ellos y los vistosos uniformes de los cocheros y lacayos.
Fue en las cortes virreinales, como México y Lima, y en las grandes urbes de América y Filipinas, como Manila, donde los coches desarrollaron todo su carácter simbólico y artístico así como su capacidad de ostentación, que se manifestó principalmente en las muchas alamedas y paseos que se levantaron en la mayoría de tales ciudades.
Las fuentes, tanto literarias como gráficas, son en este sentido generosas y ponen en evidencia tanto que fueron los virreinatos americanos los que dieron carácter universal al coche como que en ellos alcanzaron su máxima significación suntuaria.
Dentro del indiscutible papel desempeñado por las alamedas durante la Edad Moderna y en el contexto de recreo y placer sensorial, la música tuvo un lugar inexcusable.
La creación de las alamedas se convirtió en una oportunidad cotidiana para la población de gozar de un bien suntuario generalmente reservado a las élites: los servicios de los músicos municipales.
El propósito del artículo «Música y Alameda en la Edad Moderna: el caso de la sevillana Alameda de Hércules en el siglo XVIII», de la profesora Clara Bejarano Pellicer, del Departamento de Historia Moderna, es precisamente la aproximación al fenómeno musical de recreo en la sociedad urbana de la Edad Moderna, así como a su contribución a la creación de un espacio público de sociabilidad abierto a todos los estamentos.
Con todas estas aproximaciones y miradas pretendemos entender mejor las dinámicas de las alamedas y paseos, espacios singulares del urbanismo español y americano. |
Los estudios sobre las alamedas se han publicado en España y en Francia durante las tres últimas décadas.
En España, algunos estudios se centran en las características de esta tipología.
Entre ellos destacan los trabajos de Concepción Lopezosa Aparicio sobre el paseo del Prado de Madrid, proyecto realizado para la entrada triunfal de doña Ana de Austria con ocasión de su matrimonio, y que ha llegado a nuestros días profundamente transfigurado por las reformas de los siglos XVIII y XIX.
1 Las condiciones de la fundación de la alameda de Hércules de Sevilla (1574) han sido estudiadas por el autor del trabajo que se presenta en estas páginas, quien ha vinculado la génesis de la alameda con un proceso de hibridación de algunos modelos artísticos representado por el arte de la pintura y los aparatos temporales edificados para las entradas triunfales.
2 La alameda sevillana es en la actualidad un jardín de árboles urbano de carácter histórico que, como tal, debería alcanzar el mayor nivel de protección patrimonial como jardín histórico, ya que el conjunto ha llegado hasta nuestros días sin radicales transformaciones.
Aunque en origen se concibió como homenaje a la nueva dinastía de los Habsburgo, fue un espacio de clara función urbanística, que al tiempo cumplía un importante papel recreativo para el ocio de los ciudadanos y jardín de sociabilidad teatral y que, además, contó con contenidos simbólicos y epígrafes humanísticos, realizados por Francisco Pacheco, de la escuela de Fernando de Herrera, recientemente analizados por Solís.
3 Por otra parte, estos jardines públicos de árboles en Europa, han sido estudiados por Henry W. Lawrence quien estableces sus orígenes en Italia y los Países Bajos en la década de 1540.
Sin embargo, el autor no consideró el importante papel desempeñado por las alamedas españolas como modelo de gran difusión en América.
4 Las relaciones entre los jardines de árboles en la península ibérica y sus coetáneos europeos no han sido definitivamente estudiadas.
En efecto, sólo en las últimas décadas se han generado interesantes trabajos como los publicados por María Antonia Durán Montero, que establece la vinculación entre la alameda de Hércules en Sevilla (1574) y la de Nuestra Señora del Prado en Valladolid (1603) con los proyectos de lugares públicos america-nos, en especial, por su paralelismo, entre las de Sevilla y de los Descalzos de Lima (1610).
5 Otros autores se han centrado en la alameda Central en México (D.F.), o en la de Quito; 6 y las interesantes aportaciones de Paya sobre las alamedas construidas en los estados de Flandes del Imperio Español.
7 Aún sin éxito, ciertos autores han intentado demostrar que en América las alamedas surgieron de modo independiente en el continente americano, sin influencia europea alguna.
8 Durante la Edad Moderna se plantaron jardines públicos en un amplio número de ciudades y villas del reino de España.
Por ejemplo, se construyeron en La Haya (1550), Úbeda (paseo de la Alameda o del Pastor, ca.
10 De hecho, los primeros ajardinamientos de espacios públicos se constatan en el reino de España, de modo que, pese a que desde la Antigüedad la concepción de la ciudad ideal incorpora espacios públicos con árboles, en otros estados de Europa su construcción se vio demorada hasta el siglo XVIII por la falta de recursos.
Paralelismos entre las alamedas renacentistas españolas y los entornos arbolados de la Antigüedad
Las primeras reflexiones escritas documentadas sobre el valor de los árboles y los bosques corresponde a la Antigüedad, que, como declaraba Plinio, «árboles y bosques se concebían como el mayor don conferido al hombre»; según el autor, de los bosques se obtenía sustento, descanso confortable gracias a sus hojas secas, y vestimenta, 11 además de otros valores materiales o económicos imprescindibles para el hombre, como la energía obtenida con la combustión de madera y las piñas, la alimentación con la 5 Durán Montero, 1985.
9 Albardonedo Freire, en prensa.
LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA fruta y numerosas sustancias químicas obtenidas de las resinas.
El autor recordaba agradecido que con su madera se hizo posible surcar los mares, construir viviendas, tallar imágenes y la savia de ciertos árboles permitió el disfrute del aceite y el vino.
12 Los griegos y romanos admiraban el gran tamaño de los árboles y se ofrecían como ofrenda incruenta a los dioses.
Se llegó a pensar que en estos gigantes se asentaban las divinidades, y en ellos realizaban los cultos; efectivamente, el mismo Plinio el Viejo nos dejó escrito: «Los árboles fueron templos de la divinidad, y todavía en la actualidad, a la antigua usanza, los sencillos campesinos le dedican a un dios el árbol que más descuella».
13 El árbol fue considerado en todas las culturas el elemento vegetal más difícil de poseer, admirado por su larga permanencia en el mismo lugar, por el lento crecimiento hasta alcanzar su extraordinario tamaño 14 y por sus gratificantes efectos sensoriales (el placer visual de su aspecto, 15 la sensación de su sombra, el sonido de los susurros, el olor de las resinas y el gusto de sus frutos).
Las razones por las que los bosquetes arbolados proliferaron a partir del mundo clásico fueron las siguientes: ya en la Grecia clásica, se propugnaba el disfrute y la posesión de grandes ejemplares o conjuntos arbóreos, por su aristocrático porte y por valorarse el tiempo que precisaba para alcanzar la envergadura conveniente.
En consecuencia, el conocimiento sobre el cultivo de los árboles también fue muy valorado, 16 y se orientó entre otras cosas a organizar con planificación geométrica los árboles.
Especialmente, eran en gran medida estimados los bosquetes ornamentales con alineaciones de árboles de carácter geométrico, entornos urbanos que proliferaron por los escasos cuidados que los árboles precisaban una vez enraizados.
También por sus beneficios como entornos sociales, y que permitían conformar áreas de paseos de sombra para el disfrute, e incluso (como sucedió en el mundo clásico) para entrenamientos de atletas; de hecho, en Atenas y Roma se dedicaron amplias superficies con árboles, con una organización generalmente ortogonal.
15 De los árboles se ha dicho con razón que son los únicos cadáveres bellos de la naturaleza.
En las alamedas también se buscó el contacto con la naturaleza dentro de la ciudad, y un espacio en el que el paseo fuera el fin principal; se creía, no sin razón, que ambas actividades aportaban a los humanos beneficios físicos y psíquicos.
De hecho, no era nueva esta opinión, pues ya desde la Antigüedad se conocían estas ventajas saludables y Vitruvio, en su tratado De Architectura (siglo I d.C.), nos dejó claros comentarios sobre el particular:
El descubierto que se dexa en el medio entre los pórticos parece debe vestirse de plantas.
Su paseo al descubierto es muy agradable, singularmente para la vista [...].
Asi mismo, tomando el cuerpo calor con el movimiento del paseo, y desecando el ayre los humores de los miembros, alivia la plenitud, y evacua las superfluidades, disipando lo que no puede llevar el cuerpo.17
Las alineaciones de árboles en los bordes de los caminos y en los bosquetes de la Antigüedad, serán los que en el siglo XVI permitieron concebir las alamedas en España durante reino de Felipe II, con el fin de generar sombra, factor determinante en la proliferación de las alamedas, ya que permitían dar agradable cobijo a grandes concentraciones humanas.
Las alamedas de la Edad Moderna eran paseos formados por varias calles de árboles que existían gracias a la imprescindible presencia del agua de riego.
Y sin duda, los fines buscados en ellas era disfrutar de la sombra para distintas actividades, entre ellas el entrenamiento solitario y en grupo, el ejercicio atlético en todas las formas posibles, incluso para los caballistas.
En las alamedas también se producía el descanso sentado, y la contemplación de los ciclos vitales de la naturaleza, que ayudaba a la relajación psíquica y al estudio.
A esto se sumaba las múltiples formas de relación social, marco perfecto para ver o ser visto, además de para cortejo amoroso que se producían entre iguales.
En efecto, a las alamedas públicas acudían los distintos estamentos sociales a pie o en coche de caballos, reuniéndose en torno a la charla y al son de la música.
Las distintas ocasiones para reunirse en las alamedas eran el buen tiempo, las devociones, la fiesta y el mercado, entre otras.
Los árboles protagonistas de las alamedas promovidas en España durante el reinado de Felipe II fueron especies de álamos (Populus alba, Populus Nigra y Populus Tremula), aunque ocasionalmente también surgieron otras con diversos géneros de árboles.
Por el contrario, en la Antigüedad clásica, tanto en Grecia como en Roma, los árboles más característicos para los mismos espacios arbolados, públicos y privados, habían sido los plátanos de sombra (Platanus Orientalis).
Sobre estos géneros de árboles de sombra, álamo y plátano, Teofrasto los incluía en el mismo grupo, aquel que consideraba de rápido crecimiento si se cultivaba en un terreno bien regado:
Si se aprovechan terrenos idóneos y se les prestase los cuidados pertinentes, se reproducirán igualmente, como ocurre con los árboles del bosque y del pantano, es decir, el plátano, el sauce, al álamo temblón, el álamo negro y el olmo; porque todos estos árboles y otros semejantes crecen deprisa y con toda facilidad.
18 En las alamedas la elección de la especie del álamo estuvo ligada a su rápido crecimiento, especialmente cuando crecía en lugares pantanosos, y a la facilidad para reproducirlos.
Además contribuyó a la elección de esta especie, la extraordinaria carga mitológica del álamo en la Antigüedad, pues estaba estrechamente vinculado con Hércules, hijo de Zeus.
Plinio el Viejo nos lo contó de la siguiente manera:
Hay especies arbóreas que gozan de permanente protección por estar consagradas a determinadas divinidades, como el roble a Júpiter, el laurel a Apolo, el olivo a Minerva, el mirto a Venus y el álamo a Hércules.
19 En la mitología clásica también existen importantes referencias a los árboles, un caso vinculado con los álamos es el de la ninfa Leuce (en griego llamada «la Banca» o «álamo blanco») fue amada por Hades, y con él vivió en su reino.
Después del fallecimiento de Leuce, Hades la metamorfoseó en un álamo blanco (Populus Alba) de los Campos Elíseos, lugar donde se pensaba que los piadosos pasarían su vida futura.
Asimismo se decía que Hércules, después de salir del reino de Hades (los Infiernos) y de haber vencido al Can Cerbero, el perro de Hades, se hizo una corona de álamo blanco recogido en los Campos Elíseos.
El escritor Mario Servio Honorato nos lo contó así:
20 Asimismo, Pausanias dejó testimonio de que Hércules trajo el álamo blanco desde Tesprotia de Epiro a Atenas, y recordó que con ramas de álamo se coronaba a los vencedores en los juegos de Olimpia.
21 Para finalizar esta relación de escritos clásicos, recordaremos que Virgilio nos indicó que Hércules se había ceñido la cabeza con ramas de álamo en señal de triunfo, tras dar muerte a Caco en la cueva del monte Aventino.
22 Con este conjunto de fuentes escritas tenemos oportunos argumentos para valorar la decisión tomada en Sevilla de dedicar la nueva alameda a Hércules, mítico fundador de la ciudad.
23 El nombre debió ser refrendado por los munícipes cuando la mandaron plantar en 1574, basándose en la extraordinaria carga mitológica que relacionaba a Hércules con los álamos, y al mítico fundador de Sevilla con la dinastía Habsburgo.
Podemos concluir este apartado afirmando que el álamo es uno de los árboles más vinculados con la mitología clásica, además de formar parte principal del ceremonial en el culto a Hércules de los templos de Roma.
24 Asimismo, en el concepto de alameda se dan los siguientes elementos esenciales: el ser un espacio con planta generalmente rectangular, definido por las hileras de árboles; la abundancia de agua que daba vida por medio de fuentes y acequias; y las calles de ida y vuelta para el paseo.
Además, algunas construcciones complementaban el espacio: desde el siglo XVI las acequias, portadas y ciertas símbolos religiosos; ya desde el siglo XVIII se generalizaron los bancos para el descanso y el palco para los músicos.
En ocasiones se sumaban otras construcciones monumentales que completaban el adorno, de acuerdo a la estética y al poder económico de cada época.
A las alamedas se les otorgaba un topónimo que frecuentemente estaba vinculado a ciudadanos ilustres, a los que se rendía homenaje.
Los jardines de árboles alineados, públicos y privados, del mundo clásico
Frente a las escasas publicaciones sobre la jardinería clásica griega donde apenas contamos con el capítulo que Gothein dedicó a Grecia, en una historia general de la jardinería de 1914, y estudios arqueológicos concretos como por ejemplo el que realizó Thompson del templo de Hefaistos de 1937.
25 Por el contrario sobre la jardinería romana contamos con estudios generales importantes como el precursor trabajo de Grimal de 1944, y con la avanzada investigación arqueológica de la ciudad de Pompeya llevada a cabo por Jashemski desde 1979 o los estudios de casos concretos como el de Önnerfors sobre el pórtico de Octavia.
26 La evidencia arqueológica muestra que existieron pequeñas reservas de espacios centrales con vegetación en el ágora de las ciudades de la Grecia clásica.
Para la historia de la jardinería, la cultura griega clásica no posee un estilo de jardín tan definido como el estilo que se practicó en los jardines del antiguo Egipto.
Fue manifiesta la diferencia entre el esplendor en las demás artes griegas y su relativa debilidad en materia de jardines.
Marie Luise Gothein, en su Geschichte der Garden Kunst, 27 explicó que la democracia griega no favoreció la concentración de grandes fortunas.
Sin estas últimas riquezas no se pudieron crear ni mantener grandes jardines particulares.
No obstante, la democracia no fue incompatible con la ordenación de grandes espacios públicos urbanos, reservados para el solaz de los ciudadanos.
La sede del poder político de las ciudades de Grecia no se encontraba aislada en un edificio, ni lejos de la vida ciudadana, sino en el ágora, en el centro de la ciudad, y generalmente próximo crecía un gran árbol o un conjunto de ellos.
28 Con el progreso de las ciudades esas arboledas se fueron organizando como jardín público, donde la geometría reinaba en la disposición arborescente, alineada y ordenada por el hombre, quien bajo su sombra encontraba en los meses calurosos el mejor amparo.
En Atenas hubo una creciente preocupación por incluir en plazas públicas los árboles.
Estos gigantes vegetales siempre satisfacían las necesidades que después se buscaron en los distintos tipos de jardín: verdor, 25 Gothein, 1914; Thompson, 1937.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 olor, sombra, orden del espacio, frutos comestibles, definición del lugar por la presencia de una variedad u otra arbórea y ciertas variedades con claros significados mitológicos, en torno a los que se definieron claros valores simbólicos.
Sin embargo, en los proyectos más antiguos parece que no se puso mucho énfasis en la correcta disposición arbórea.
29 No obstante, pronto en el entorno de los templos de Atenas y de otras ciudades se plantaron ordenadamente árboles de acuerdo con las líneas que marcaban los ejes de las columnas de los pórticos de los templos, y con la misma separación que el espacio del intercolumnio.
Así se ha podido constatar en las excavaciones arqueológicas de algunos templos, especialmente en aquellos que se elevaron sobre colinas rocosas.
La naturaleza del lugar obligaba a que para plantar los árboles tuvieron que abrirse pequeñas cubetas, perforando la roca del macizo y rellenándolas de tierra, con el fin de en ellas plantar los jóvenes árboles.
Tales cubetas, excavadas en el s. III a.C., han sido la huella de interés arqueológico que nos ha permitido conocer la localización exacta de la plantación alrededor del templo de Hefaistos (449 y 425 a.C.), 30 o del santuario de Heracles en la isla de Tasos, en prefectura de Kavala en Grecia.
31 En definitiva, esta plantación arbórea organizada en ciudades y áreas inmediatamente adyacentes a éstas, se utilizó como elementos definidores, por los que a través de las especies otorgar la identidad de un sitio y su función.
El uso de los árboles se limitaba a los lugares de culto y enterramiento, a los gimnasios, palestras, a los centros filosóficos de la Academia y el Liceo 32 y de concentración ciudadana.
En el Liceo y en la Academia de Atenas existía un pequeño conjunto de árboles plantados en forma de paseo formado por plátanos de sombra y regados por una acequia.
La primera función de estos bosquetes era servir como el espacio para la docencia, además de un lugar de esparcimiento, un complejo deportivo de entrenamiento y lugar de enterramiento de ilustres.
Estrabón refirió la existencia del Liceo, de la Academia y de los demás «jardines de los filósofos».
33 Fueron estos lugares de gran reconocimiento internacional y el árbol tuvo larga vida pues parece que perduró hasta el 29 Panzini, 1993, 3.
3, 11, 15 y 16; Plutarco, 1990, 324 La tradición de disponer alineaciones de árboles, generalmente plátanos de sombra en los lugares académicos fue posteriormente adoptada por los griegos en las colonias como los plantados por Dionisio el Viejo en Regio di Calabria, en forma de paseo en recuerdo de la Academia de Platón, al igual que hicieron los romanos en los últimas décadas de la República y el Imperio.
35 Ya en el siglo XV fue de nuevo revivido su uso por León Battista Alberti al proponer el paseo de la Academia como modelo en De re aedificatoria (1452).
36 En aquellos jardines de árboles situados en un radio de cuatro kilómetros de la Acrópolis se podían encontrar estatuas, tumbas y santuarios.
Además, en ellos eran esenciales las pistas para el entrenamiento de los atletas, los paseos sombreados por árboles para la competición intelectual y la reflexión, junto con piscinas y baños.
Diógenes Laercio en el siglo III d.C., al hablar de la Academia de Platón dejo escrito que era «un gimnasio fuera de las murallas, en un bosque llevaba el nombre de Hecademus, un héroe».
37 Plutarco fue más explícito al recoger la empresa de embellecimiento de la ciudad de Atenas con grandes árboles y la dotación de agua y bosques en la Academia, todo emprendido por Cimón después de la victoria sobre los persas:
[Cimón] Fue el primero en hermosear la ciudad con aquellos lugares de recreo y entretenimiento, por los que hubo tanta pasión después, porque plantó de plátanos la plaza, y a la Academia, que antes carecía de agua y era un lugar enteramente seco, le dio riego, convirtiéndola en un bosque, y la adornó con corredores espaciosos y desembarazados, y con paseos en que se gozaba de sombra.
38 El mismo Platón fue quien en Fedro describió la atmósfera extraordinaria creada por un gran plátano de sombra plantado en la Academia, del cual tenemos varias referencias en el mismo libro.
39 Otro gran plátano también muy admirado creció junto al canal del Liceo de Aristóteles a consecuencia del abundante riego.
Teofrasto escribió que alcanzó muy pronto una gran envergadura: «Así el plátano que hay en el Liceo, a orillas del 34 Bengtson, 1972, 230.
37 Diógenes Laercio, «Platón», III, 5.
40 Bajo los árboles se impartía la docencia donde creían que las ideas se percibían mejor, con mayor acogida que en una sala cerrada.
Platón en Fedro sobre la Academia dejó un completo inventario de las delicias sensible que el jardín de árboles ofrecía:
Hermoso rincón, con este plátano tan frondoso y elevado.
Y no puede ser más agradable la altura y la sombra de este sauzgatillo, que, como además, está en plena flor, seguro que es de él este perfume que inunda el ambiente.
Bajo el plátano mana también una fuente deliciosa, de fresquísima agua, como me lo están atestiguando los pies.
Por las estatuas y figuras, parece ser un santuario de ninfas, o de Aqueloo.
Y si es esto lo que buscas, no puede ser más suave y amable la brisa de este lugar.
Sabe a verano, además, este sonoro coro de cigarras.
Con todo, lo más delicioso es este césped que, en suave pendiente, parece destinado a ofrecer una almohada a la cabeza placenteramente reclinada.
¡En qué buen guía de forasteros te has convertido, querido Fedro! 41 Este sistema de acequias que suministraba agua a la ciudad, regaba los árboles y atendía las demás necesidades de la Academia y el Liceo era uno de los elementos de la ciudad ideal, tal y como Platón indicó en el libro Leyes VI:
Las aguas de manantial, sean de río o de fuentes, quedarán adornadas y embellecidas con plantaciones y construcciones...
Si en los alrededores hubiese un bosquecillo o un recinto consagrado será hermosamente adornado con acequias que durante todas las estaciones del año llevarán el agua a dicho santuario.
En todo el paraje de este tipo los jóvenes deberán construir gimnasios para ellos mismos y para los ancianos; a estos últimos les prepararán baños termales adecuados a su edad... y acogerán benévolamente para su alivio los cuerpos de quienes se consumen en la enfermedad... acogida esta que será mucho mejor que la que podría dispensar un médico no demasiado competente.
42 Como se sabe, la palestra era otra institución formativa griega dedicada a la instrucción física e intelectual y a la competición de luchadores.
Todo gimnasio griego tenía que tener una palestra para entrenar a los luchadores.
Una importante fuente de información es Vitruvio, quien proporcionó unas ricas noticias de los edificios griegos de la palestra, y además dio muchos detalles sobre la disposición de los paseos de árboles, destinados 40 Teofrasto, 1988, I, 7, 1 y 90.
Las descripciones de los edificios y el uso de los espacios corresponden al siglo I a.C., si bien tenemos referencias de su existencia desde el siglo V a.C. Como Vitruvio describe, la palestra era un edificio con escasos vanos abiertos hacia el exterior, de forma rectangular con pórticos sobre columnas en sus cuatro frentes.
Vitruvio nos describe lo fundamental del siguiente modo: 50 Aunque en Italia no se usan las palestras, he querido sin embargo dar aqui una cabal noticia de ellas al uso de los Griegos [...]
En las palestras, pues, sean sus peristilos quadrados [...] tendrán de largos los pórticos en rededor dos estadios [...].
52 Fuera se harán tres pórticos uno al salir de la palestra, y los otros dos que serán estadiados [...] pero junto a la pared por una parte, y junto á las colunas por otra, se dexan dos sendas no menos anchas de diez pies; y el medio tan rebaxado que se hagan dos gradas para baxar [...].
Lo llano de abaxo no será menos ancho de doce pies.
De esta forma los que pasean en dichas sendas no serán incomodados en su ropa por los luchadores ungidos.
Los Griegos llaman xistos á este pórtico; porque los atletas en invierno luchan en estadios cubiertos.
53 Los xistos parece deberán construirse en esta forma: entre los dos pórticos se harán parques, o plantaron plátanos; y entre ellos se construirán paseos con sus descansos de obra signia.
54 Junto al xisto y pórtico doble se dexarán los paseos descubiertos, que los Griegos llaman peridromidas, y los Latinos xistos, en los quales se exercitan los atletas; dexando el xisto cubierto aun en invierno, si el tiempo está sereno [...].
43 Buenos ejemplos de palestras se conservan en Olimpia, Epidauro, Corinto, Delfos.
En Pompeya contamos con un extraordinario edificio de época romana, representativo de la traslación y adaptación del modelo griego de palestra, especialmente desde el gobierno de Octavio Augusto, cuando la educación física atlética triunfó entre los jóvenes de las familias acomodadas.
El surgimiento de la jardinería como arte en Roma en el siglo I a.C.
Los más antiguos jardines públicos de Roma eran del siglo V a.C., en forma de prados públicos en honor de grandes personajes.
Livio en Ab Urbe Condita dejó importantes referencias de los dedicados a Mucio Escévola, y a Quincio Cincinato en la orilla del Tiber, con las denomina-43 Vitruvio, 1787, «De la construcción de las palestras», V, 11, 50-54, 131-132.
44 En cuanto a la jardinería particular, y siguiendo el modelo griego, los romanos adoptaron el modelo de casa con modesto huerto hasta el siglo I a.C. A partir de entonces, tuvieron como ideal la casa mediterránea con jardín, tanto en la vivienda de ciudad, como en la villa suburbana, o las residencias rurales lejos de núcleos urbanos.
Coincidiendo con el surgimiento del jardín privado doméstico durante el comienzo del Imperio se formuló la pretensión, cada vez más imperiosa, de rus in urbe.
Primero en el ámbito privado, y después en el espacio público se ofrecían como refugio de naturaleza en la ciudad, que entonces había alcanzado una densidad de población cada vez mayor, y también como remedio al creciente ruido que comportaba.
Entre la época de Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) y la de Columela (s. I d.C.), creció el aprecio por los jardines de árboles municipales.
El rus in urbe recordaba el origen campesino de los romanos, la tierra nutricia, y los bosques primitivos de pinos de las colinas de Roma, los cuales se conservaron en algunos puntos.
Estos bosquetes, naturales o plantados,45 fueron las residencias aristocráticas de época imperial, como las del Palatino.
Estos lugares verdes eran además el ideal de recreo de cualquier ciudadano romano.
En el año 12 a.C. después del incendio del Foro, el emperador Octavio Augusto promovió un jardín de árboles; para ello mandó dejar libre una zona donde se viera la tierra natural, e hizo plantar allí un olivo, una parra y una higuera.
Tres plantas que se cuidaron en representación de los alimentos básicos, y fueron los impulsores de la rus in urbe, pues despertaron en los romanos el deseo de llevar una pequeña parte de la vida rural a la ciudad.
Además, en la ciudad imperial de Roma se encontraban más de ochenta jardines privados grandes de las imponentes villas y pequeños huertos de casas sencillas.
Los jardines de árboles romanos eran un escenario deseado por los más refinados intelectuales que en ellos se podían aislar en la calma.
Las copas de los árboles sobre los muros de cierre de los jardines privados permitían imaginar al paseante la ostentación de ciertas casas de personajes de la República y del Imperio.
Algunos gobernantes en la búsqueda de prestigio realizaron grandes proyectos urbanos ajardinados con árboles, que donaron al pueblo en recuerdo de su memoria.
De este modo, los jardines de árboles en poco tiempo asumieron un lugar en la vida pública.
La historia de la jardinería de árboles en Roma comenzó con el jardín plantado por el militar Lucio Licinio Lúculo (117-56 a.C.) tras su retiro de la vida militar.
Los jardines que promovió en su casa de Roma (ca.
60 a.C.) se conocen a través de las noticias aportadas por Plutarco en la biografía que le dedicó.
46 No obstante, fue una referencia y modelo a seguir el primer gran jardín de árboles privado situado en el Campo de Marte, los horti luculliani.
Lúculo lo organizó en terrazas debido a la gran irregularidad del terreno.
En la terraza central Lúculo mandó plantar árboles ante un gran pórtico.
Se ha propuesto que seguramente Pirro Ligorio en el grabado Antiquae urbis imago (1561) recogió los restos centenarios, o por lo menos ejemplares renovados que seguían la misma estela de aquel bosque privado, envidiado por los ciudadanos y mantenido por los gobernantes de Roma durante más de diez siglos.
Por otro lado, Cicerón en sus cartas se hizo eco del nuevo arte que estaba surgiendo en el momento, el de la jardinería, y dio detalladas descripciones de distintos jardines que él frecuentaba pertenecientes a amigos intelectuales.
Con su buena pluma nos aportó el aprecio personal por el agua, el tamaño de los árboles, la sombra, el olor, la vista y el color, además de la disposición y decoración de los mismos con construcciones y esculturas.
47 Estas últimas eran una novedad que en época republicana se había rehusado por ser un lujo ajeno, de procedencia oriental.
Cicerón vivió el momento del cambio en el que se sustituyó el huerto anejo a la vivienda por un jardín decorado y opulento con gran aparato ornamental y escultórico.
Marco Porcio Catón (234-149 a.C.) en el libro octavo de su obra De agricultura dejó referido que en la huerta o «fundum suburbanum», pese a estar concebida como una propiedad de producción exclusivamente agrícola, en ella y por primera vez en un texto romano, se contemplaba la posibi-46 Plutarco, «Vida de Lúculo», 39.
ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE lidad de tener árboles decorativos y ornamentales.
48 Esta concepción de árboles con fines estéticos de Catón, fue adoptada por los demás teóricos romanos de la agricultura, como Marco Terrentius Varro (116-27 a.C.) y Lucius Junius Moderatus Columela (s. I d.C.).
El propio Varrón en su obra De Re rustica se hizo eco de los excesos a los que se prestaban los nuevos jardines de placer en las fincas rústicas:
Las construcciones, dijo Fundanius, influyen mucho, indiscutiblemente, sobre el cultivo cuando esta concebidas según la inteligente simplicidad de nuestros ancestros y no siguiendo las actuales ideas del lujo [...] ahora no se piensa sino en satisfacer las fantasías más extravagantes.
Entonces el propietario tenía grandes construcciones agrícolas y se alojaba modestamente en la ciudad.
Hoy ocurre, generalmente lo contrario.
49 Y además dejó constancia de la magnitud de los grandes árboles plantados por los propietarios con fines ornamentales:
Más allá hay un bosque de alto fuste, plantado por la mano del hombre y que no deja penetrar la luz más que por debajo: un muro elevado lo rodea exactamente.
Entre la columnata exterior, que es de piedra, y la interior, que está hecha de abetos muy esbeltos, hay un intervalo de 5 pies de anchura.
50 Por otro lado, Columela en la obra de Res rustica, 51 dedicó todo el libro X a la jardinería.
En él rompió con su estilo sobrio y estableció una forma poética en él infrecuente, el hexámetro, siguiendo las Geórgicas de Virgilio, que contrastaban con las indicaciones y método pragmático, en prosa, seguido en el resto del libro al hablar de ganadería y agricultura.
Adoptó un estilo poético sólo para describir las emociones de la contemplación del jardín.
En cuanto al contenido, Columela en su libro amplió el concepto del «huerto», proponiendo por primera vez la inclusión de un jardín ornamental autónomo.
La fórmula retórica inducía a pasear por un jardín de árboles lleno de sombra, concepto que se convirtió en el verdadero pozo teórico de su poesía sobre el jardín ornamental.
La mitología y la religión en Roma daban a los campos y, sobre todo, a la vegetación de escala gigante, una dimensión filosófica, haciendo de ellos la imagen de las fuerzas de la naturaleza que se veneraba.
Quizá por el rechazo que para él representaba esa vida, en Epistulae Morales ad Lucilium (ca.
65 d.C.) aún ensalzó un sentimiento religioso que inspiraba los grandes árboles naturales y salvajes, un estado de la cuestión que estaba ya en decadencia:
53 Los grandes jardines aparecieron no sólo en la ciudad de Roma sino también en las correspondientes a las regiones de Campania, en la Lombardía, en el Lacio, y en numerosas ciudades y villas de todo el territorio.
En Roma se introdujo la influencia del Mediterráneo oriental, tanto griega como del Oriente helénico.
Entre otras novedades se introdujo el arte de los jardines de árboles, con pinturas de paisajes campestre y escenas de influencia griega y de Alejandría.
Asimismo se transformó la arquitectura de la casa romana que se abrió al jardín mediante los pórticos, desde donde se contemplaba el paisaje circundante.
El primer jardín público de Roma
El parque público más antiguo que conocemos de la ciudad de Roma es el Pórtico de Pompeyo.
En su origen fue una galería porticada que rodeaba un espacio abierto intermedio ajardinado con árboles, formando parte del teatro de Pompeyo en Roma construido hacia el año 55 a.C. 55 Nos ha llegado buena información del jardín que estaba inspirado en la palestra griega y definido por tres calles de plátanos de sombra, laureles y columnas.
Se trataba de un recinto ortogonal de aproximadamente 180 por 135 m, 53 Séneca, 41, 3: «Cuando con ancianos árboles, cuya altura excediese con exceso la ordinaria, te ocurre [te encuentras] un bosque frecuentado, y que con la densidad de ramas entretejidas esconde a tu vista el cielo, aquella grandeza de la selva, lo arcano del lugar, y la admiración de la sombra tan densa y tan continua en descubierto, alguna deidad testifica a tus ojos».
El jardín se dividía en tres calles, la central bordeada de plátanos de sombra era la de entrada y dos laterales; en total el espacio estaba formado por cuatro líneas de árboles y columnas, todos paralelos al eje más largo.
El pórtico de Pompeyo marcó el inicio de un modelo de jardines de árboles que se consolidó en teatros construidos durante el gobierno de Octavio Augusto.
Dicho pórtico perimetral tuvo las funciones de resguardo de espectadores en caso de lluvia y de almacén como mencionó Vitruvio, 56 y con carácter representativo, como espacio adecuado para la relación de las elites locales.
El pórtico se añadió en teatros donde acudía la familia imperial o el poder político y económico, como ocurría entre otros teatros en los de Volterra, Ostia y Mérida.
La tipología de los pórticos se introdujo en Roma en el año 100 a.C., pasando a un tamaño monumental en la década de 80 a.C., en los edificios conmemorativos del triunfo de los generales romanos como Pompeyo que volvieron victoriosos de Oriente.
57 El pórtico romano más antiguo que ha dejado evidencias arqueológicas es el pórtico Metelo del circo Flaminio, construido por Quinto Celio (146 a.C.) 58 y después dedicado por Augusto a su hermana Octavia (27 a.C.).
59 Tal y como dijo Alberti, el jardín de árboles es también arquitectura, 60 por ello ya antes Vitruvio se había ocupado del valor constructivo de los árboles al hablar de las formas arquitectónicas realizadas con árboles como la división del espacio, las alineaciones del pórtico de Pompeyo.
Vitruvio señaló que era fácil reconocer en aquella disposición interior modelos orientales, como las hileras de plátanos simétricas usados en los jardines sagrados de Oriente de época Helenística.
Tanto la elección del plátano para el pórtico de Pompeyo, como la elección de un modelo de edificio cerrado por un cuádruple pórtico era semejante a los jardines de las palestras y de otros jardines griegos.
Todo ello apunta claramente que el pórtico de Pompeyo está directamente relacionado con la tradición helenística oriental de los «paseos».
Las galerías de columnas que rodean un edificio o peristilos eran ya en época de Pompeyo una tipología generalizada.
Sin embargo, la estructura de un espacio totalmente cerrado por pórticos y un jardín de árboles en 56 Vitruvio, 1787, V, 9.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 su interior era una recientísima novedad, incluso en el mundo griego del s. I a.C. El propio Vitruvio apuntaba cómo el modelo seguido en el pórtico de Pompeyo estaba vinculado con el pórtico ateniense de Eumenes, y con el viejo pórtico del Témenos de Dionisio, detrás del teatro de Atenas.
61 Por lo tanto, los jardines públicos dados por Pompeyo a sus compatriotas no tienen nada que ver con la tradición italiana de jardín.
Estos son una novedad traída por Pompeyo en sus viajes de conquista por el próximo Oriente.
En el jardín helenístico del pórtico de Pompeyo también se crearon aulas destinadas a la enseñanza, construcciones que vamos a encontrar en los jardines privados, donde tomaron una gran importancia.
El ejemplo de Pompeyo fue seguido por Octavio Augusto y por sus colaboradores a quien Roma debió la existencia de la mayor parte de sus jardines públicos generalmente plantíos de árboles.
Fue entonces cuando se limpió la parte central del Campo de Marte de Roma, con la ayuda del general y Edil Marco V. Agripa (63-12 a.C.), y se abrió al público el jardín del pórtico de Pompeyo, por el deseo de Augusto de regalar al pueblo de Roma, jardines dignos de un emperador como él.62
La búsqueda de la herencia romana en los siglos del Renacimiento: acerca del orden de los jardines en los textos latinos clásicos
Como hemos visto, conservamos un extraordinario conjunto de escritos sobre cultivos de árboles ornamentales, de gran calidad que se extiende durante novecientos años siendo el más antiguo del siglo V a.C. Son textos de distinto carácter que contienen reflexiones sobre la vida en contacto con la naturaleza vegetal ornamental, y su cultivo destinado a la contemplación estética y a la recreación.
Por tanto están alejados de otros fines productivos agrícolas, y no reclamaban a esas especies más que belleza y disfrute para el hombre, sin demandar rentabilidad económica alguna.
Estos escritos clásicos han tenido un enorme valor para ayudar en la Edad Moderna a recuperar un nuevo interés por el cultivo de árboles y plantas ornamentales, coincidiendo con la nueva mentalidad renacentista.
Junto con la nueva forma de entender la ciencia, el saber filosófico y estético, un nuevo y prometedor amanecer surgió buscando en la vida urbana el contac-to con los árboles y la naturaleza, en ámbitos privados primero y públicos después, procurando con ellos el placer estético y la recreación entre árboles ornamentales, ordenados por el hombre generalmente con ayuda de una elemental geometría, en los nuevos proyectos de jardinería.
Los hombres del Renacimiento buscaron en los textos de escritores clásicos distintos relatos, algunos son interesantes descripciones de distinta longitud, otras obras completas concebidas como tratados técnicos o teóricos en los que se trata sobre las trazas del espacio de recreación de los jardines.
En todos se manifestó un importante interés por el disfrute personal y por el cultivo de los árboles, dispuestos en conjuntos geométricamente ordenados y según los principios de la armonía, en todo caso buscando consecuencias muy positivas para el hombre en el contacto con la naturaleza.
Es amplia la relación de textos procedentes de sabios filósofos griegos como Platón, Aristóteles o Teócrito, eruditos latinos como Catón el Censor, Varrón, poetas como Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio, ilustrísimos literatos como Cicerón, o el enciclopedista Plinio el Viejo, y también de historiadores como Suetonio, y san Sidonio Apolinar.
No obstante los principales tratadistas que aportaron información sobre jardines clásicos a los hombres del Renacimiento fueron Vitruvio y Columela.
Todos ellos incluidos con acierto por Michel Baridon en distintas obras de compilación de fuentes sobre la jardinería en general, en los que analizó la rica información sobre jardines de todo tipo que nos han aportado los autores clásicos.
63 A partir del siglo XV, una nueva estética y nueva concepción del mundo de los jardines estuvo protagonizada principalmente por el humanista y arquitecto Leon Battista Alberti, y por los arquitectos Antonio Averlino il Filarete, Francesco di Giorgio Martini, Sebastiano Serlio y Andrea Palladio.
Sus propuestas teóricas y técnicas para los jardines estuvieron basadas en la interpretación de los escritores clásicos de distinto tipo.
En aquel conocimiento de los textos de la Antigüedad también colaboraron los dominicos Francesco Colonna y Agostino del Riccio.
No obstante, Leon Battista Alberti gracias a su extraordinario dominio del latín fue el primero en poder leer con gran aprovechamiento los textos clásicos que habían llegado al siglo XV, interpretarlos y explicarlos en su tratado De re aedificatoria, obra a la que se dedicó durante gran parte de su vida.
Alberti creó un fundamento teórico para la arquitectura que no pudo ser superado en su totalidad por ninguno de sus contemporáneos, y que constituye la obra clave de la recuperación de la arquitectura y de la jardinería clásica en Europa.
Fue él quien difundió con claridad y conocimiento la herencia clásica sobre arquitectura y jardinería en Europa.
En De re aedificatoria dedicó el libro IX a «La ornamentación de los edificios privados», y en esta parte, cuando hablaba de los posibles temas a tratar para los revestimientos del edifico y el acabado con pintura, recomendaba que, entre otros asuntos, en los edificios del jardín la decoración conveniente era las costumbres de la vida campesina:
A continuación Alberti en el tratado acudió a una copia libre de un texto las Epístolas, de Horacio, para ensalzar la sombra destinada a resguardar al amo y seguir estableciendo una diferencia clara entre los campos de cultivo y el jardín ornamental:
Dice el famoso poeta: Produzca la zarza cerezas silvestres y endrinas, y que la encina y el acebo procuren / abundante alimento al ganado, sombra en abundancia al amo*.
Pero tales cosas puede que convengan más a las fincas hortofrutícolas que al jardín.
67 Finalmente, Alberti al terminar de tratar la villa rural para comenzar a dar las características de la vivienda urbana, recomendaba otra de las características de su arquitectura, la de buscar la construcción de pórticos en los que era deseable que se pudiese disfrutar de una agradable vista, si era posible desde un lugar elevado: verde con hierbas raras, y con las que poseen propiedades medicinales.
Me gusta la costumbre que entre los antiguos solieron tener los administradores, cual es la de agasajar a los amos trazando sus nombres en la superficie con boj o con plantas olorosas.
La rosa formará un seto, estará entrelazada con los avellanos y los granados.
71 En efecto, también un texto de Marco Fabio Quintiliano (ca.
95 d.C.) nos dejó su opinión favorable a los árboles frutales frente a los ornamentales, además de indicar que incluso con ellos se podía alcanzar el orden y la geometría en las alineaciones siguiendo el quincunce: ¿Por ventura tendré yo por mejor cultivada una tierra donde no se presenta a la vista lirios, violetas y manantiales de agua, que otra que está cargada de mies y llena de viñas?
¿Estimaré en más un plátano estéril y los arrayanes de ramas artificiosamente cortadas, que el olmo bien casado con la vid y la oliva que se desgaja por su mismo fruto?
Dejemos aquellos árboles [ornamentales] para los ricos: aunque ¿cuáles serían sus riquezas si no tuvieran otra cosa?
Pues qué, ¿aun en los frutales no buscamos también el adorno juntamente con el fruto?
Pues también plantamos los árboles a cuerda y con cierto orden.
Y si no ¿qué mejor vista que la de una quincunce que por donde quiera que se mire están todos los árboles en hilera?
Pues aun esta disposición contribuye para que igualmente chupen el jugo de la tierra? [...].
De modo que la utilidad debe ir junta con la hermosura; pero esto lo discernirá cualquiera de mediano talento.
El trazado regular del jardín público renacentista de árboles
La condición primordial del jardín renacentista de las alamedas era la regularidad de la composición, fundamentada en la geometría según se establecía en la tratadística.
Estos espacios preferentemente rectangulares se creaban por la implantación de dos ejes perpendiculares sobre el plano horizontal, generalmente allanado.
El trazado regular comprendía la forma rectangular del perímetro, y además líneas paralelas y la disposición ortogonal entre ellas, separadas por intervalos modulados.
Para la implantación en espacios urbanos irregulares en ocasiones fue necesario dejar alrededor de la alameda unos márgenes libres que salvaban las irregularidades de las alineaciones de las fachadas limítrofes, como ocurrió en Sevilla en 1574.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 La regularidad en el jardín se daba en los elementos principales que lo constituían: suelo, arquitectura, agua y vegetación.
El terreno se nivelaba para dar uniformidad, la geometría regular también afectaba a la arquitectura del jardín y a la vegetación sujetada a alineamientos rectos de árboles.
La distribución del agua se debía producir por acequias rectas, por el contrario las formas curvas o poligonales sólo se daban en las pilas o tazas de las fuentes.
La regularidad comprendía el eje axial del jardín, el cual dividía con una línea imaginaria central que enlaza todas las partes; y atravesaba la avenida principal y la portada de acceso, en caso de existir.
La relación compositiva, como correspondencia entre ejes, seguía las recomendaciones LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452.
La simetría axial era reforzada por las fuentes alineadas en el eje de simetría o distribuidas en pares simétricos en torno a él.
Este eje de simetría aportaba una jerarquización de acuerdo a la proximidad o distancia respecto a la línea imaginaria ordenadora del conjunto.
Por último, el núcleo normativo básico de la composición de las alamedas atendería a la buena proporción recomendada por Alberti en el libro I, 9, el de mayor contenido teórico del tratado de arquitectura, 73 y que trata de cómo la buena proporción gobierna las relaciones de medida de las partes con el todo.
El trazado regular no era una excepción destinada en exclusiva para los jardines, pues entonces se estaba intentando pasar del urbanismo espontáneo de la ciudad medieval, a un urbanismo geométrico y racional expresado en la ciudad ideal de la tratadística.
Palladio en su libro III,1, al hablar de las vías de la ciudad recomendada, abordó el interesante aporte ornamental de los árboles, el animoso efecto causado por ellos sobre los ciudadanos y la grata sombra que proporcionaban a todos: E si come nelle Cittá si aggiogne bellezza alle vie con le belle fabriche; cosí di fuori si accresce ornamento a quelle con gli arbori, i quali, essendo piantati dall'una, e dall'altra parte loro, con la verdura allegrano gli animi nostri, e con l'ombra ne fanno commodo grandissimo.
Estos principios teóricos de la arquitectura del Renacimiento se pudieron materializar en las alamedas urbanas que fueron creadas en el siglo XVI como jardín público de árboles, destinadas al servicio de la recreación y el ornamento urbano.
Tal tipo de jardín siempre estaba trazado regularmente mediante la plantación de hileras de grandes árboles de sombra.
Entre ellos se elegían especialmente los álamos, los olmos y los tilos por lo que debían contar con abundante agua de riego.
El concepto de alameda como modalidad de jardín público, era distinto de las alamedas naturales que crecían en los ríos y, diferente también de las alamedas plantadas por el hombre.
ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE contención de suelos en obras de ingeniería civil, generalmente construcciones en las orillas de los ríos o canales, en los pólderes holandeses y también con el mismo fin estabilizador se usaba en los lienzos de murallas como las de la ciudad de Lucca.
En1544 se construyó el primer tramo de la nueva cortina de la muralla renacentista, entre los baluartes de San Colombano y de la Libertad, en la que se plantaron las primeras hileras de árboles en 1546.
75 Sobre la silvicultura es interesante la noticia aportada por Plinio el Viejo quien se hizo eco de que Gayo Macio, en época de Octavio Augusto, fue el primero en plantar bosques con fines productivos.
76 En los estados de Flandes heredados por el Emperador Carlos V se conocía desde el siglo XII la técnica de estabilización de los márgenes de los pólderes.
Se realizaban con alineaciones de árboles de raíz pivotante o primaria profunda, de géneros adecuados a vivir en terrenos pantanosos como los olmos.
Las poderosas raíces servían para armar y dar solidez a las arenas de los pólderes a modo de profundos pilotes.
Estos trabajos de consolidación en los diques generaron bellas arboledas, que, por lo menos desde el siglo XVI, se aprovecharon como paseos de recrea ción en verano.
El más interesante ejemplo lo conocemos en el centro de la ciudad de La Haya, en la orilla norte de la laguna artificial de Hofvijver, donde conservamos la más antigua alameda de la que tenemos noticia.
Sobre un dique construido en el siglo XIV, formado con la arena extraída de la laguna y se fortaleció con la plantación de olmos que armaron el dique con sus poderosas raíces.
En la actualidad se conserva en el mismo lugar una replantada alameda el Lange Vijverberg que igualmente sirve de contención al dique y de paseo vecinal.
Este paseo tiene continuidad en el Korte Voorhout, otra calle inmediata arbolada con cuatro hileras de tilos, mandado plantar por el emperador Carlos V después de su visita a La Haya en 1536.
Estas últimas, como todas las demás alamedas hispánicas, tuvieron como precedente los caminos flanqueados por árboles; el arbolado daba sombra y aportaba belleza a los caminos desde la Antigüedad.
ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE alineaciones de árboles que, con fines estructurales, se plantaron en los diques y en los lienzos de murallas de tierra apisonada desde la Edad Media, convertidos en agradables paseos.
Las características de estos bosquetes sobre los pólderes con fin utilitario, han sido vinculadas con las alamedas de la península ibérica,77 aunque a nuestro entender sin fundamento suficiente, pues en España, en pocos casos había que estabilizar los suelos de las alamedas con las raíces de los árboles.
Sólo en las alamedas de ribera plantadas en zonas combatidas por las crecidas de los ríos tuvieron esa misión de consolidación con árboles de raíz principal poderosa, así ocurría en el paseo de la Magdalena de Valladolid, en la alameda de Córdoba o el paseo del León de Écija.
Como conclusión, podemos decir que quizá a partir de estas experiencias en Flandes y su consecuente uso como paseos surgieron las alamedas urbanas con fines ornamentales y de recreación en las ciudades de la península ibérica hacia 1550.
Fueron estas los primeros jardines públicos urbanos del Renacimiento europeo, que revivían un espacio semejante a los rus in urbe de la antigua Roma.
Según los datos conocidos hasta el momento, el Emperador Carlos V comenzó a financiar su construcción, pero sobre todo fue su hijo el rey Felipe II quien durante su reinado las promovió, y con el estímulo real aparecieron en las ciudades prósperas más vinculadas a la corona.
78 Los nuevos conceptos urbanísticos de los Austrias incluían la incorporación de la naturaleza a los conjuntos urbanos y palaciales.
El sustrato teórico en el que se apoyaban la presencia urbana de la naturaleza era que con ella se embellecía el espacio para gozarlo, asumiendo el papel de elemento estético.
79 Con las alamedas la naturaleza pudo penetrar en la ciudad, como espacio destinado al paseo que aportaban a los humanos consecuencias físicas y psíquicas saludables.
A lo largo de la historia, los distintos jardines públicos han estado exclusivamente organizados con plantaciones arbóreas y arbustivas.
Fueron concebidos como proyectos urbanísticos de progreso, puestos al servicio del disfrute de los habitantes de la ciudad, generando además una decoración ambiental.
En síntesis, ya desde la Antigüedad clásica los jardines públicos habían formado parte del patrimonio urbano.
Y en efecto, con signos de continuidad los jardines públicos han aparecido en el comienzo de la prosperidad urbana, así se dieron en los conjuntos urbanos más avanzados primero en Atenas y más tarde en otras ciudades balcánicas.
El nacimiento y vida de las alamedas como paseos públicos se unen al fenómeno clásico, y de nuevo en la Edad Moderna comenzaron a transformar los modos de vida y la imagen de los asentamientos urbanos.
Justamente, con la recuperación del jardín público y los privados durante el siglo XVI se dieron una serie de características que anunciaban la transformación de la ciudad medieval en la ciudad moderna.
Por último, no fue hasta la Ilustración cuando se produjo la definitiva implantación de los jardines públicos contemporáneos en el contexto urbano, que estuvo íntimamente conectada con los procesos de progreso y embellecimiento promovidos por el nuevo movimiento ilustrado. |
Sí, que no siempre se está en los templos; no siempre se ocupan los oratorios; no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean.
Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse.
Para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.1
La preocupación por el buen ordenamiento de la ciudad en España contó desde la Edad Media con el puntual abastecimiento alimentario y en menor medida, de agua, y con una preocupación por una correcta disposición de la trama urbana que facilitase la circulación del aire, aguas y personas.
La no invasión de las calles, la apropiada edificación de las casas y la eliminación de los inmuebles ruinosos y muladares, así como el desagüe de las aguas fecales y las contaminadas por actividades textiles, entre otros temas, fueron una constante en la España medieval, musulmana y cristiana.
El interés por la dignificación del espacio urbano pasaba en muchas ocasiones por la apertura de espacios diáfanos que sirvieran no solo al tránsito y regulación de usos mercantiles y de encuentro político, sino también a realzar la presencia de fachadas de edificios singulares.
2 Es sin duda en el siglo XV en Castilla y Aragón, un momento en el que se van impulsando tanto desde los concejos como desde la monarquía, iniciativas no siempre coordinadas que implementaban una serie de ideas relativas al ornato y la «honra» de la ciudad 3 que prefiguran los conceptos de ordenación y policía urbana que tendrán su gran auge en la centuria ilustrada, no solo en España sino en toda Europa.
4 Ya los Reyes Católicos daban una pragmática en 1500 que procuraba que los corregidores velasen por el buen orden de la ciudad por encima de los intereses de los concejos, 5 aunque no puede olvidarse que estos también regularían estas necesidades urbanísticas contando con el oficio de los alarifes y sus propias disposiciones.
6 Estas ideas adqui-rieron un gran impulso al calor de la expansión demográfica, económica y política de la Monarquía Hispánica en el siglo XVI, transformándose la vocación de muchos espacios urbanos y la morfología parcial de grandes y pequeños núcleos de población, 7 y la preocupación por el aspecto y organización de la ciudad tuvo un gran eco en el corpus de ordenanzas locales que se dieron a nivel peninsular y especialmente en la Junta de Ornato y Policía de Madrid creada en el siglo XVI y en las distintas medidas y ordenanzas destinadas a regular ornato y policía en la corte.
8 Este impulso de transformación urbanística continuará en el siglo XVII, para acelerarse de nuevo en la centuria siguiente, en la que el papel de orientación y estímulo director de la Monarquía será muy importante.
Entre los elementos constitutivos de la nueva faz de muchas ciudades, se contaban los intentos por generar un urbanismo estéticamente armónico; la apertura de espacios placenteros; la creación, renovación y ampliación de sistemas de abastecimiento hidráulico, con la consiguiente construcción de fuentes; el impulso de la limpieza urbana; el ensanche y alineación de calles y el surgimiento de los primeros jardines públicos en forma de paseos arbolados, llamados alamedas.
En este trabajo vamos a trazar una panorámica general de la creación y crecimiento de las alamedas y paseos en la España de los siglos modernos, para comprender su importancia y evolución en las ciudades peninsulares.
No pretendemos ofrecer un catálogo exhaustivo de todas las alamedas creadas en la España moderna sino entender su origen y funcionalidad, así como conocer sus principales características y evolución.
La proliferación de alamedas en el siglo XVIII ha hecho pensar en ocasiones que estos equipamientos eran propios de dicha centuria, y en parte ello es comprensible puesto que al considerar las láminas de Patte y el desarrollo urbanístico de París en el siglo XVII Gravagnuolo indica: Más aún que los objetos de ornato -fuentes, obeliscos, estatuas y otras piezas decorativas...-resaltan los largos boulevards arbolados y las amplias places royales, dos elementos que tienen una larga génesis en el proceso de construcción histórica de las ciudades europeas, pero que asumen una inusitada validez y una particular fisonomía en la transformación de París... la red de recorridos arbolados, bien integrada en el 7 Castillo de Bobadilla trata in extenso la importancia del ornato público manifestado en la arquitectura y traza urbana, en el acometimiento de todo tipo de obras públicas, así como en la necesidad de contar con fuentes de agua y de mantener la limpieza de las calles, «pues, como queda dicho, tanto hermosean los Pueblos, y las obras y cosas magníficas, más se encomiendan por el ornato público que por la utilidad de ellas».
LAS ALAMEDAS EN LA ESPAÑA MODERNA sistema de los parques... se convierte no solo en el nuevo cauce de las relaciones entre la capital y el hinterland sino también, en muchos aspectos, en un símbolo de la nueva ciudad «solar».
El urbanismo barroco potenció y utilizó los ejes viarios arbolados para organizar las ciudades y relacionarlas con su entorno inmediato, idea que volveremos a ver al final de este trabajo, al tiempo que estos ejes viarios eran también el alma de la organización espacial de ciudades palaciegas como Versalles o Karlsruhe, Aranjuez, Bonn, etc. 10 Pero el origen de estos espacios, donde el jardín público y el paseo se disponen al abrigo de murallas o surgen sobre un camino cercano a la ciudad, puede remontarse al menos al siglo XVI, y si bien es cierto que no habían adquirido todavía el valor de elemento de primer rango en el orden urbanístico que estos paseos-eje adquirirán en el Barroco, ya transformaban el urbanismo y el uso social del mismo.
Recientemente y siguiendo a Henry W. Lawrence,11 Laurent Paya ha señalado la influencia de la jardinería italiana y flamenca en la formación de estos espacios en el siglo XVI, tanto extramuros de ciudades como Lucca (paseos arbolados que flanquean la muralla desde 1546), como sobre todo en la alameda de Lange Vijverberg en La Haya de 1553.
Paya recoge las aportaciones de Albardonedo Freire y Lopezosa Aparicio entre otros, y señala la conexión que existe entre el conocimiento de Felipe II de las ciudades y jardines flamencos y el impulso de alamedas tanto en el Prado como en Sevilla y otras ciudades.
Dicho impulso se dio precisamente en las décadas de los años 70 y 80 del siglo XVI, algo que ya había apuntado la historiografía pero que el autor refuerza al vincular la creación de estos espacios con la que tiene lugar en el continente americano, en un proceso de construcción y revocación constante.
Una definición de las alamedas
Las alamedas son, en esencia, un jardín público en el que los árboles juegan un papel esencial al ordenar el espacio para que sea recorrido longitudinalmente, con lo que el movimiento de sus visitantes es estimulado al tiempo que delimitado en el espacio que marca el eje del paseo.
13 Nacen como tales en el siglo XVI, si bien existen precedentes medievales y por supuesto en el mundo clásico, pues su base es un camino, su función es ser recorridas y cuentan siempre con árboles.
El riego es vital para su mantenimiento, y generalmente esta necesidad se convierte en virtud al contar con fuentes que además de cumplir con una función de refresco y embellecimiento, refuerzan el carácter axial de este espacio y lo dotan de hitos emblemáticos cuando están decoradas con programas iconográficos, que generalmente aluden a la monarquía, a través de alusiones paganas o a héroes de la Antigüedad, así como al poder del corregidor, intendente o munícipes que las impulsaron.
El dinamismo de las alamedas puede ser detenido en torno a estas fuentes que son espacio natural de sociabilidad, y también en asientos con los que muchas de ellas contaban, quedando el transeúnte convertido en observador de los que pasan.
Junto a estas alamedas dotadas de fuentes, bancos, varias calles y un programa iconográfico más o menos ambicioso, tenemos los paseos arbolados, que en esencia constituyen una versión simplificada de las alamedas y que en muchos casos constituirían el núcleo de una futura alameda.
Están constituidos por el camino flanqueado por árboles, y estando próximos a las poblaciones su creación y mantenimiento eran más sencillos que el de una alameda; aunque habían existido casi desde siempre, su proliferación fue en aumento a partir del siglo XVI, formando un continuum de verde en torno a las poblaciones.
El agua es un elemento esencial en las alamedas, primero porque la cubierta vegetal (fundamentalmente árboles) necesita de riego, y segundo porque la construcción de fuentes servía no solo para marcar el diseño ortogonal del espacio, sino también para abastecimiento de las gentes que frecuentaban la zona.
El agua corriente presente a través de fuentes y pilares constituía por tanto un nodo de urbanización fundamental, como lo prueba por ejemplo la construcción de estos surtidores en las plazas del Realejo y del Campo del Príncipe para dotar de una infraestructura básica estos espacios polivalentes en Granada.
14 La creación de alamedas responde además a un esfuerzo urbanístico, interrumpido en algunas ocasiones, pero que en la larga duración se impuso en la mayoría de los casos, por ampliar las dotaciones de agua corriente en las ciudades y ensanchar los espacios urbanos, dotándolos de arbolado en el caso de estos paseos.
Por ello no puede separarse su creación y fomento de la multiplicación de los puntos de abastecimiento de agua corriente, públicos y privados, que se produce a lo largo de toda la Edad Moderna.
15 Es ya en el Setecientos cuando la lucha por el agua potable y contra el agua invasora de las inundaciones y el agua estancada, a través de las mejoras en el drenaje de las ciudades, persigue una reforma hidráulica en profundidad, que responde al «saneamiento habitacional» y al «saneamiento ambiental» que multiplica los «espacios verdes» y que se impone para hacer frente al aumento de la población.
16 Podemos decir por tanto que la creación y difusión de las alamedas corrió paralela a la ampliación propia de la Edad Moderna de la explotación de los recursos de abastecimiento de agua potable y saneamiento de espacios de aguas muertas como lagunas, etc., en todas las poblaciones donde se desarrolló con mayor fuerza la sensibilidad para con la creación y uso de estos espacios ajardinados de carácter público, e incluso se construyeron nuevos viajes de agua «ex profeso» para dotar y equipar estos lugares, siendo un caso claro el de la alameda de Hércules de Sevilla, ciudad que vio así aumentado su nivel de abastecimiento de agua potable en el siglo XVI y de nuevo en el siglo XVIII, al tiempo que pudo ampliar el número de fuentes públicas en una zona de la ciudad tradicionalmente desprovista de ellas.
17 No obstante, la difusión del agua pública no dejó de producirse durante estos siglos, aunque el concepto de ciudad plenamente abastecida no se impuso, y tampoco la idea de que dicho abastecimiento y la expulsión de aguas residuales debían ser consideradas como un binomio inseparable.
Asimismo, la modernidad de estos espacios radica en su capacidad para contar no solo con el paseante a pie o a caballo, sino también con el carruaje, que se va a convertir en el símbolo de estatus social más furiosamente de moda en los siglos modernos, que permitía revolucionariamente ver sin ser visto en movimiento y con un costoso carruaje a su disposición.
18 Las alamedas suelen situarse extramuros (aunque no siempre), 19 cerca de puertas de la ciudad o caminos de acceso o perimetrales (cuando no sobre 15 Fernández Chaves, 2012.
19 Como es el caso de la alameda de Sevilla, una de las primeras en su género y construida en el interior de la ciudad.
MANUEL F. FERNÁNDEZ CHAVES ellos), 20 y su uso las dota de una vocación propia, en la que el espacio abierto de naturaleza ajardinada se llena con la presencia humana pululante y constante, dejando los edificios que pueden surgir a su alrededor marcados por el vacío esencial que las constituye.
21 En este sentido, las alamedas cumplen también una función no escrita que permite conquistar un espacio poco urbanizado por distintas causas para la edificación y para la expansión de las zonas habitadas.
Esa modernidad también se revela en la creación de un jardín público que se asume en el tejido urbano.
Ello fue consustancial a las primeras alamedas, como la de Hércules en Sevilla, que permitieron la integración de la naturaleza en la urbe, de forma que:
En el proyecto de la alameda están recogidos los presupuestos teóricos de la tratadística de jardinería.
Así el agua y el verde se organizan en formas dominadas por el pensamiento del hombre; ejemplo claro de la influencia italiana lo presenta el organicismo de los ejes e hiladas de árboles; la simbiosis de naturaleza y el arte o el deseo de aunar y proyectar sobre dos elementos de gran valor en el entorno humanista: el paisaje y el material arqueológico.
22 Y este jardín permanente en cuya creación jugó un predominio claro el jardín-emblema humanista tenía su contrapunto en los jardines que de manera efímera se creaban en claustros de conventos y plazas con motivo de las fiestas religiosas y profanas durante toda la Edad Moderna, donde se reproducían jardines que servían de escenarios como Además de lo aquí expuesto no debe olvidarse que las alamedas suponen la conquista de un espacio desordenado, con muladares, barrizales, cultivos, etc., que constituyen además una zona de difícil paso, como fueron la laguna de la alameda de Hércules, el espacio junto al río de Córdoba, etc., donde la naturaleza recreada sirve para el solaz de los habitantes de la ciudad al tiempo que se convierte en el eje de ordenación del espacio.
De esta manera, la perspectiva amplia y la visión despejada desde múltiples lugares y el acceso generalizado convertían a estos espacios de sociabilidad en espacios donde practicar un «ocio honesto» precisamente por estar a la vista de todos.
24 No en vano parte de los prados cercanos a cuevas y ermitas extramuros de Jaén fueron transformados en una alameda en 1577 para, entre otras finalidades, limitar la libertad de los comportamientos sociales que tenían lugar en aquellas extensiones pues «era tanta la afluencia del pueblo que concurría a aquel lugar, que se hacía notar más la relajación que la devoción, más los pecados que los servicios a Dios».
25 Ello significa que una alameda era también la reorganización de la actividad de descanso y refresco que se practicaba espontáneamente por los habitantes de la ciudad, que ahora son dirigidos a un espacio apropiado para el decoro, presidido por programas iconográficos acordes con la cultura imperante del momento.
En definitiva, se reorganiza el espacio para redefinir los comportamientos sociales, siendo el lugar del paseo espacio para el encuentro galante (y no tanto), 26 temido por algunos como demasiado abierto a la ruptura de las normas sociales.
27 No en vano el corregidor de Salamanca proyectaba en el siglo XVIII crear un paseo en el campo de San Francisco que pudiera servir para todas las estaciones del año y evitar, por ese medio las picardías y excesos que, con el escándalo más público, se cometían en las vecinas parbas de labradores, a donde, escalando la muralla, se retiraban las gentes a tomar el 24 Así, la «diversión» constituyó siempre uno de los motivos de fomento del Prado en Madrid, manifestado en parte en su proyección espacial y escultórica (Reese, 1989, 33), y que se transmitía al Retiro, donde Aranda había inaugurado en 1767 «más de mil sillas para que puedan sentarse las gentes, cafés con bebidas, chicle, café, etc. unas tiendas y barcos que dicen se pondrán en los estanques... siendo lindísimo y muy acompañado de gente sin capa ni mantilla... botillerías y sillas muchas en todas partes para sentarse».
26 Sobre este ocio honesto, sus hipocresías y los límites del «cortejo» de las damas que será objeto de atención de los viajeros, véase Martín Gaite, 1981, en De esta manera, a la intención por crear un espacio más salubre donde la naturaleza está organizada para generar un lugar umbrío, fresco y ameno, se unirá en el siglo XVIII la preocupación por generar entornos urbanos que permitan dignificar, en el sentido social de la palabra, los espacios de encuentro y expulsar fuera de los límites urbanos los comportamientos, que siempre se dieron, menos atractivos para el poder.
No se olvide que habría que añadir al hecho de que los espacios abiertos como la laguna de la Feria, donde luego se construiría la alameda de Hércules en Sevilla, fueron lugares donde se practicaba el ejercicio atlético y de caballeros, incluso después de acondicionado el lugar.
Pero además de haber sido escenario de los juegos y encuentros de la nobleza, estos espacios abiertos también dieron cobijo, sobre todo extramuros, a todo tipo de actividades y violencias, y por ello las alamedas no siempre fueron un espacio de encuentro galante, sino también de pendencias como reflejan algunos cuadros sobre la alameda de Hércules, donde por ejemplo en 1630 el asistente «había hecho quemar en la Alameda un truque, sillas y vaços de una casa de conversación».
29 En las alamedas también se ventilaban pendencias, como muestran los distintos cuadros pintados sobre la de Sevilla.
Las alamedas en el siglo XVI
Las alamedas tal y como han sido descritas anteriormente no comienzan a surgir hasta el tercer cuarto del Quinientos.
Ya existen por separado todos los elementos que las constituyen, como jardines de árboles, fuen- 28 Sambricio, 1991, t.
30 Podemos tomar como ejemplo el que se exhibe en la Fundación Focus Abengoa de la capital hispalense, de ca.
1647, cedido por The Hispanic Society of America.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.03 tes..., pero no han desarrollado plenamente el carácter de alameda como conquista urbana de la naturaleza integrada en un jardín público.
Uno de los ejemplos más tempranos es el del plantío de árboles y allanamiento del camino paralelo al río Eresma en Segovia en 1560, cuyo cauce vertebraba un paseo que ya en 1573 había adquirido la consideración del cabildo como «lugar de recreo y embellecimiento de la ciudad».
32 Lo temprano de su formación y consideración como paseo público, creado y cuidado permanentemente por el cabildo segoviano lo configuran como uno de los más preclaros y tempranos ejemplos de una alameda tal y como la entendemos.
33 Otro tanto puede decirse del paseo arbolado junto al Guadalquivir en Córdoba, que desde 1553 va creándose sobre la ribera hasta la puerta del puente romano, para ser ampliado con el impulso del corregidor (entre 1567 y 1571) 34 Francisco Zapata de Cisneros, quien como veremos también fue el gran patrocinador de la alameda de Hércules en Sevilla.
Antes de su marcha a Sevilla en 1571, realizó un plantío de álamos en una zona del paseo a partir del arco de la Albolafia, dándole el pleno carácter de alameda, y a partir de ese momento se sucedieron las obras de ampliación, allanamiento del terreno y empedrado «para que se pueda pasar bien por allí bien a pie y a caballo», acondicionándose el acceso al río y dotándose el espacio una fuente, consolidándose así una alameda propia del nuevo urbanismo renacentista.
35 En 1587 el cabildo justificaba la continuidad de las obras recordando que:
conviene que se haga una salida en esta ciudad por donde los caballeros y ciudadanos se salgan a tomar el fresco en verano y el sol en invierno y a ejercitarse la gente de caballo y que en ninguna parte de esta ciudad hay lugar más acomodado que la carrera de la Fuente de las Arcas como se ha visto por experiencia este año en lo poco que allí se ha hecho [...] y porque se ha acordado por la ciudad que los barcos no anden en el río se determinó asimismo para que la gente se pueda bañar y pasara a los nadaderos de la isla y alameda por ser partes ocultas y decentes y donde ocurre siempre toda la mayor parte de la ciudad...
Paya retarda la creación de esta alameda a la presencia de Felipe II en la ciudad por su boda con Ana de Austria en 1573, pero como aquí se indica la creación de este espacio parte del concejo y es anterior, si bien es claro que la presencia del rey tuvo que influir en su conformación y consolidación.
Asimismo, tampoco considera en este proceso la ciudad de Córdoba, crucial como veremos enseguida, por la presencia del corregidor Zapata.
Este texto es uno de los ejemplos más claros sobre el papel que juegan las alamedas como espacio de sociabilidad por excelencia, donde el ejercicio, el encuentro social y el goce del aire limpio y el agua en los meses más calurosos juegan un papel esencial, y como decían los regidores la obra era «muy buena y muy necesaria para ornato de esta ciudad [y] ejercicio de los caballeros de ella».
37 Y de nuevo como en Segovia el fundamento de la alameda se organiza entre las murallas y un río, articulándose el espacio sobre una vía perimetral que enlaza con caminos de salida de la ciudad y donde los árboles juegan el triple papel de límite, estructuración de la perspectiva y provisión de sombra.
Las alamedas de Segovia y Córdoba tienen pues muchos puntos en común, y uno de los más importantes lo constituye la iniciativa concejil para crear y dotar estos espacios.
El corregidor Zapata fue uno de los más preclaros transformadores del urbanismo cordobés, y su labor continuaría en la ciudad de Sevilla, con el impulso de numerosas reformas entre las que también se cuenta la creación de la alameda de Hércules (1574), obra magna que supuso la colonización de un gran espacio intramuros ocupado por la «laguna de la Feria» que se rellenó, terraplenó y empedró, conservándose su disposición para seguir sirviendo como desagüe de la parte más alta de la ciudad que la rodeaba, a través del husillo real que daba al río Guadalquivir, al tiempo que se diseñaba una alameda considerada por la ciudad como una ocasión para aumentar el «ornato desta çibdad» para lo que, convendrá que la çibdad provea cavalleros comisarios para que vean y provean serca de lo que se ha de hazer en la laguna desta cibdad para las fuentes y paseos que alli sera bien que se haga porque sera cosa muy señalada y de un gran ornato para esta çibdad lo que alli se podra hazer con poca costa asi como de fuentes y plantas y alnuela [sic] como de todo lo que fuere neçesario para el dicho ornato y acequias y madres por donde aya de yr el agua.
38 La alameda de Hércules era todo un jardín manierista en el que el programa iconográfico humanista 39 que constituía la erección de las columnas de un viejo templo romano coronadas por sendas estatuas de Hércules y Julio César venía a asumir la vinculación de la monarquía con la ciudad, al tiempo que se recuperaba una zona degradada y se construía el segundo sistema de abastecimiento de agua más importante después de los Caños de 37 Ibidem, 237.
40 Su creación dio lugar a la de otras alamedas, incluso en América, 41 y en lugares más cercanos como Écija, donde en 1578 se construyó una alameda también a lo largo del río Genil, retirando un muladar que existía junto al puente, en una decisión que tenía una clara influencia de la alameda de Sevilla.
Ello se hizo porque el puente y la ciudad recibían «tanto perjuicio», por lo mal que paresce a los caminantes e personas que vienen de fuera a ella (la ciudad) e que ansimismo se le hiciese un pretil para reparo de las avenidas del río... se ve la necesidad que hay de que un lugar tan principal como éste, de que los caballeros e gente prinçipal del tengan a donde poder salirse a pasear, como lo tienen en otros lugares de estos reinos que son tan grandes como el... hagan fazer.. una alameda hasta las huertas, de manera que hagan calles y una azacaya para regar la dicha alameda, e se eche agua de dos fuentes... e... se hagan en ella dos fuentes que han de ser llanas, con dos taças... de piedra.
42 Es muy posible que el corregidor Zapata hubiese actuado con la aquiescencia de Felipe II, quien precisamente había visitado Córdoba y Sevilla en 1570, con ocasión de la guerra de las Alpujarras y de las cortes celebradas en Córdoba, y aquí entra en juego la promoción de estos espacios por parte de la monarquía.
Albardonedo Freire ha señalado el muy posible interés directo y fomento de Felipe II por la urbanización y ajardinamiento de estos espacios, 43 y es muy interesante considerar además que la creación de la alameda segoviana también tuvo que ser contemplada por el Rey Prudente, quien en 1570 estaba en aquella ciudad donde se realizó el recibimiento de Ana de Austria y se ratificó su casamiento.
El año de 1570 se antoja por tanto como crucial para la formación de las alamedas, habida cuenta de que las de Segovia, Córdoba, Sevilla y también Écija, 44 están vinculadas por la persona del rey, quien en aquel año tenía en mente la remodelación del paseo del Prado, también para recibir a Ana de Austria, con lo que se daría lugar a los trabajos que lanzarían definitivamente este espacio como uno de los más influyentes en materia de jardines públicos y que serviría de ejemplo e impulso para la difusión del modelo.
44 Además de la iniciativa municipal también sabemos que Felipe II estuvo en la ciudad y visitó el monasterio del Valle en 1570.
Un modelo para toda la Edad Moderna: el paseo del Prado
El paseo del Prado surge sobre un camino perimetral de Madrid y cerca de una corriente de agua, en la que ya existían previamente conjuntos arbóreos, conocidos como el Prado Viejo, por el Prado de San Jerónimo, convento fuertemente ligado a la monarquía.
Su condición de principal camino de entrada a la villa supuso que en 1570 fuera embellecido con arquitecturas efímeras y arbolado con motivo de la entrada de Ana de Austria.
Las dos avenidas de álamos y las fuentes que quedaron de manera permanente en la zona fueron la parte más visible de unas obras que fueron sucediéndose en el tiempo sobre este espacio, de manera que casi de manera ininterrumpida se fueron sucediendo los allanamientos del terreno, ensanche de las avenidas de álamos, multiplicación de fuentes y programas iconográficos de las mismas, así como una ampliación decidida del paseo que fue subiendo hacia el norte por la zona de Recoletos y la fuente Castellana, y hacia el sur hacia el prado y el convento de Atocha.
Bajo el reinado de Felipe III se buscaron nuevas fuentes de agua y se produjo un primer ensanche, extendiéndose hacia el norte y el sur el arbolado.
Las obras conocieron fuertes impulsos conforme el espacio se iba dignificando por la presencia regia, no solo por la construcción del palacio del Buen Retiro en 1634, sino también por ser uno de los escenarios del poder regio más importantes de la urbe, tanto por los acontecimientos excepcionales como las entradas reales de Margarita de Austria (1599) o Isabel de Borbón (1615) entre otras, como por ser una zona muy frecuentada por las personas reales en la que los criterios de simetría, proporción y belleza arquitectónica fueron condicionando la arquitectura y usos de los edificios que colindaban con el paseo, que no dejó de crecer y hacerse más complejo en el uso de los elementos vegetales y acuáticos, presentes en él.
Se trató además de ir rectificando los regatos y arroyos como el de la Castellana o del Prado que otrora fueran el eje del mismo, para ir soterrándolos y eliminar así el peligro de avenidas y la presencia de puentes en el paseo, 45 hasta llegar las reformas del siglo XVIII en las que estos arroyos quedaron completamente soterrados y las aguas sucias de la ciudad también tributaron su caudal al paseo de manera subterránea, creándose un salón con dos exedras arboladas en sus extremos norte y sur, presididas por fuentes, en un proyecto desarrollado por Antonio Hermosilla y rematado por Ventura 45 Lopezosa Aparicio, 2005, 36-171.
46 Esta transformación de 1767 ha sido relacionada por Reese, y lo mantiene en lo general Lopezosa Aparicio, con la una posible relación la obra de renovación de la alameda de Hércules de Sevilla llevada a cabo en 1764, cuando se cerró su extremo norte con dos nuevas columnas, y con la Piazza Navona entre otros esquemas urbanos,47 pero supera a la alameda de Hércules en la una decidida voluntad en el proyecto para soterrar las aguas negras y blancas y mejorar las condiciones del paseo.
48 Por todo ello el Prado de Madrid reúne una serie de elementos clave que forman el mejor resumen de lo que es una alameda en la Edad Moderna española, a saber: creación en el siglo XVI; construcción sobre un camino previo o espacio de transición entre la ciudad y el campo y por ello ubicación generalmente extramuros; recuperación de un espacio donde las aguas corrientes en forma de arroyo o río y las aguas sucias que tradicionalmente desembocan en él tienen un protagonismo importante; allanamiento y empedrado del espacio; ordenación del mismo con el uso de la perspectiva con álamos (estilizando la visión del paseo); recurso al agua corriente canalizada para el riego y abasto de fuentes que organizan la perspectiva del paseo, sirviendo como hitos en el mismo y como soporte de programas iconográficos específicos asociados a la vocación lúdica y estética del lugar.
Por último y no menos importante, la alameda del Prado constituye una solución urbanística en la que juega un papel importante su carácter de transición entre las avenidas de los jardines palaciegos y este espacio urbano cuya función esencial es la de ser ocupado, por lo que el fomento de la monarquía de estos lugares no debe pasar desapercibido.
Se produce aquí un fenómeno de transformación:
En la segunda mitad del siglo XVI... inicio de un trasvase de las experiencias relacionadas con la proyección de la ciudad, y así el patrimonio proyectual, técnico-histórico y, en parte, también simbólico acumulado en las numerosas obras de jardinería de la primera mitad de siglo comenzará a fundirse gradualmente en la renovación de la instrumentación de intervención sobre las ciudades.
49 Su condición de modelo ya fue anunciada por Chueca Goitia hace años cuando lo consideró como un patrón urbanístico «nacional» que se difundiría con éxito general.
La evolución del siglo XVII y el significado de las alamedas en los equipamientos urbanos
Por todo lo hasta aquí expuesto las alamedas fueron adquiriendo una importancia creciente en la evolución urbanística de la España moderna, convirtiéndose en auténticos «caminos de sociabilidad» que en ocasiones se bastaban a sí mismos y en otras conducían a otros espacios emblemáticos de la ciudad (plazas, palacios, etc.), dotando de carácter propio a las actuaciones urbanísticas de la modernidad en España.
Un clarísimo ejemplo de ello lo constituyen las alamedas construidas en Valladolid sobre caminos que discurrían paralelos o cerca del río y que conocieron un gran impulso con la presencia de la Corte en la ciudad.
51 El caso paradigmático de Valladolid nos permite comprender estos espacios en toda su dimensión, pues si bien el impulso regio de ornato y acondicionamiento fomenta la creación de estas alamedas en la ciudad, también es cierto que el propio concejo disponía de estos espacios para sus habitantes, como es el caso del prado de la Magdalena y el paseo del Espolón Viejo, al que se añadió el del Espolón Nuevo, que se benefició del deseo de Felipe III por verlo terminado, aunque no se culminaría hasta que en 1691 Carlos II indicase que «era una pena no se continuara éste (paseo) hasta el Puente Mayor, pues sería una obra heroica y de gran ornamento», concluyéndose a comienzos del siglo XVIII.
A estas alamedas se sumaban otros paseos sobre el camino de Cigales y el de los Mártires, más allá del Puente Mayor, también del siglo XVII.
52 El modelo cortesano y los precedentes de otras ciudades sirvieron de acicate a la creación y ampliación de las alamedas por la geografía peninsular durante el siglo XVII.
Por ello al pensar las alamedas hay que tener en cuenta su creación y evolución, que es lenta pero constante durante el Seiscientos.
Sobre su trascendencia, además de Lopezosa Aparicio, básica para todo lo relativo al Prado actualmente, Reese, 1989.
51 Merino Beato, 1989, t un paseo de álamos que conducía al convento de la Victoria, que fue dotándose de elementos que lo convierten en una nueva alameda en 1783.
53 En Granada en el último cuarto del siglo XVII los espacios diáfanos del campo del Triunfo y del Príncipe se dotaron primero de un monumento de carácter religioso que dignificaba el lugar, y al tiempo acaban plantándose álamos para dar sombra y ordenar el espacio, cuya vocación urbana se transforma así radicalmente,54 generándose de esta forma alamedas en el interior de la ciudad, como ocurrió en su día en Sevilla.
En esta ciudad la propia alameda fue transformándose, de manera que en 1614 se planteó por algunos capitulares que si el diputado de la alameda consideraba «a propósito mandar hazer algunos pollos lo mande hazer con asistencia del maestro mayor y lo que costare...».
55 Este dato es muy importante, pues en la descripción de Morgado de 1587 y anteriores a este año nada se dice de bancos corridos para sentarse.
De su existencia se hace eco el historiador Fermín Arana de Valflora, que indica que en su origen «se hicieron asientos correspondientes para lo que alli fueren a gozar la frescura del sitio» diferenciándolos de los ampliados y construidos bajo la orden de Ramón de Larumbe en 1764.
56 Con ellos podían hacerse paradas en los paseos, recomenzando más tarde el recorrido o esperando a nuevos interlocutores.
Los recorridos podían rehacerse o bien detenerse, brindando más opciones a los paseantes del lugar.
Asimismo, la disposición de las calles de la alameda de Hércules en el siglo XVIII, tal y como se aprecia en el plano de Olavide de 1771, es diferente de la del siglo XVII.
En el Setecientos las seis fuentes se situaban en el eje central del paseo, más ancho que las dos calles laterales.
Sin embargo en el siglo XVII había dos calles grandes y una más pequeña situada al oeste de las pilas (en ese momento solo tres), pues las memorias de reparos realizadas en 1642 y 1647 nos hablan de la existencia de tres calles, dos principales que se situaban hacia la zanja este y una «angosta» arrimada a la zanja oeste de desagüe.
57 En esta ciudad la alameda tendría siempre su protagonismo en las discusiones municipales, puesto que el sistema hidráulico que la sostenía, el mantenimiento del arbolado y empedrado, etc., resultaban tremendamente caros.
Aun así y pese a estar intervenida la hacienda municipal, nunca se vendió agua de la Fuente del Arzobispo (que la abastecía) puesto que esta posibilidad se consideraba en 1609 «en muy gran daño y perjuyzio del pueblo y de la alameda», 58 idea que se repetiría de nuevo en el siglo XVIII cuando se describiera a la ciudad como: dueña de ella [el agua] y que el nacimiento y toda el agua es de su público; este es y debe ser con prelación a todas la demás aguas y repartimientos permitidos por pura gracia... que la ciudad ha costeado la obra de las cañerías y sus arcas, y con dinero de los propios, a que tanto derecho tienen el común.
59 El gran problema de esta alameda fue la llegada correcta del agua y su pasado como colector de aguas negras del norte de la ciudad.
Por ello la alameda de Hércules podía llegar a ser insalubre, porque nunca perdió su condición de lugar desde donde se canalizaba buena parte de las aguas sobrantes de la ciudad, debiendo mantenerse limpias las zanjas de desagüe que recorrían el paseo longitudinalmente.
60 Estos desagües solían llenarse de restos arrojados por los transeúntes y vecinos.
También su propio carácter de espacio abierto «invitaba» a muchos sevillanos a acumular los desperdicios y escombros que se generaban en los rincones de aquel paseo.
61 Así en 1614 los frailes de las Cuevas habían derribado unas casas tienda de su propiedad junto a una de las alcantarillas o pontezuelas que superaban el canal de desagüe junto a la calle Garbancera, arrojando allí los escombros de la obra.
62 Esta costumbre llegaba a hacer rebosar de desperdicios las zanjas, bloqueando el desagüe de la zona, con consecuencias catastróficas AMS, ACJP, libro H-672, exp.
Así aparece también en el mencionado cuadro expuesto en la Fundación Focus Abengoa, con una hilera central de álamos que se planta en medio de las dos columnas quedando las dos calles principales a sus lados.
60 Un ejemplo entre otros muchos, la denuncia del alguacil Diego de Vega sobre la necesidad de limpiar y desatascar las zanjas, antes de que llegase el invierno y el trabajo se complicase, AMS, ACJP, AL, libro H-675, carp.
61 Así en 1609 el cabildo ordenaba al diputado de la alameda, Luis Carranza, empedrar los canales de desagüe y recoger los diversos muladares que se habían formado alrededor del paseo.
63 Por ello tampoco puede olvidarse que las alamedas también podían degradarse (la de San Pablo en Écija llegó casi a desaparecer, hasta ser reconstruida en el siglo XVIII) 64 y dependían en última instancia del comportamiento de sus moradores.
El siglo XVII es para el desarrollo de las alamedas en la España moderna una época de influencias recíprocas y de emulación entre ciudades, que se acelera en las últimas décadas de siglo y se anticipa al proceso director del urbanismo borbónico.
En este sentido un caso clave es el de la alameda de Valencia, que fue configurándose en la primera mitad del siglo XVII hasta que ya en los años 70 del siglo XVII se dio un claro impulso para recuperar la margen del Turia en un proyecto ordenado, que adquiere el carácter propio de una alameda ya en 1692, dedicada esencialmente al recreo de los valencianos.
Este proyecto creció en extensión a partir de 1714 por iniciativa del intendente Rodrigo Caballero Llanes, creándose una nueva plaza ovalada configurada por álamos en su extremo sur, con bancos en sus extremos (la plaza frente al palacio real ya existía), realizándose más plantíos de árboles y dotándola de una calle central para peatones y dos laterales para carruajes, colocándose en su extremo cercano al palacio dos columnas con bustos de Felipe V y María Luisa de Saboya y al otro lado otra columna con el busto de Luis I, estableciéndose así un diálogo con la alameda de Hércules de Sevilla, no siendo tampoco ajena a este diálogo la erección de columnas con estatuas de personas reales.
65 También se la comunicó con la ermita de Nuestra Señora de la Soledad y con un nuevo viacrucis que llevaba hasta el convento franciscano de San Juan de Ribera.
66 Con el auge de las formas de religiosidad barroca y la multiplicación de conventos, ermitas y otros edificios y emplazamientos sagrados, 67 el uso lúdico y recreativo de las alamedas adquiere una nueva significación en torno a su configuración total o parcial como lugares de paso hacia dichos 63 AMS, ACJP, AL, leg.
En 1659 los vecinos de la calle Lumbreras habían comenzado a dejar toda la basura y escombros que producían en la puerta de la casa que daba acceso al husillo real, por lo que se ordenó quitarla «para que se pueda entrar el dia de la ocasión».
64 Las ordenanzas sobre esta alameda, tanto su precedente de 1497 como la de 1592, prohíben la corta de árboles y la invasión del espacio por el ganado.
65 Como en Écija en el siglo XVIII (Aguilar Diosdado y García León, 1988), con estatuas «del actual rey de España, el príncipe y la princesa de Asturias, don Luis y el señor san Pablo, todas ellas de una execrable ejecución».
En 1797 se dividió en varios salones, al estilo del Prado, y se comunicó con un paseo bajo junto al río cercano en su concepción el paseo del Espolón de Valladolid.
67 Sobre esta proliferación y su significación social, Atienza López, 2008.
MANUEL F. FERNÁNDEZ CHAVES espacios religiosos, como puede ser el caso de la alameda construida en Jaén en 1577 con álamos y dos fuentes, y que conectaba la ermita de San Cristóbal extramuros con un convento jerónimo, donde además en el siglo XVII el obispo construiría una residencia de recreo y se edificaría un convento de bernardas y otro de capuchinos.
68 De esta forma el carácter itinerante de las alamedas las situó en ocasiones en el rumbo hacia un espacio sagrado, donde los árboles y el agua en forma de río y/o de fuentes redimensionan su significado.
No es solo la sociabilidad propia del espacio abierto y trazado, es también la peregrinación periurbana que encuentra generalmente en una ermita su punto de destino y que dota al espacio y a la sociabilidad que en él se propugna de un nuevo significado y sentido.
Un claro ejemplo es el camino del Sacromonte, tachonado de fuentes, donde a comienzos del siglo XVII la calle que discurría junto al Darro ve construirse en su parte más ancha un paseo con una fuente que disponía además de una casa con un balcón para las chirimías, 69 dado que aquel espacio donde tradicionalmente se celebraba la ciudad había enriquecido su significado urbano al formar parte de la nueva via sacra que llevaba hasta el Sacromonte, y esta no fue sino una más de otras alamedas y paseos que unían el espacio urbano con ermitas y espacios de devoción en la ciudad.
70 Hay precedentes como la alameda y fuentes que se construyeron en Ávila camino del nuevo monasterio de los franciscanos descalzos ca.
1583, 71 y pueden multiplicarse los ejemplos, como las ermitas de San Lázaro y San Sebastián que marcaban los extremos del paseo de San Sebastián en Valladolid en el siglo XVII, 72 el paseo de la ermita de la Virgen del Puerto de Madrid del siglo XVIII, 73 la alameda de Sigüenza ya construida a comienzos del siglo XIX que unía tres ermitas, 74 o la ermita construida al final de la alameda de Hércules en Sevilla, etc., crean un nuevo significado sobre estos espacios que acercan el valor de la naturaleza domesticada por el hombre a lo trascendente, pero no por esta imbricación entre los límites de lo urbano y lo natural en sí, sino porque los elementos propios de la naturaleza 68 López Cordero, 2003.
69 El enriquecimiento de estos espacios con música fue gradualmente imponiéndose y recayendo en las arcas municipales.
Véase sobre este particular y en general para la ciudad de Sevilla, Bejarano Pellicer, 2013.
LAS ALAMEDAS EN LA ESPAÑA MODERNA caracterizan como señales y márgenes del camino hacia el espacio sacro el paso de la cotidianeidad al espacio de retiro y valor religioso.
Estos valores propios del Barroco no convirtieron las alamedas en unos vectores de religiosidad, pero sí que se superpusieron a ellas, siendo el caso granadino muy interesante, 75 volviendo a aparecer en el siglo XVIII, como en el caso de la remodelación del prado de la Magdalena de Valladolid donde se retiraron árboles viejos y se creó un paseo longitudinal que unía las iglesias de la Magdalena y de San Pedro.
La generalización de paseos y alamedas en el siglo XVIII
La decidida actuación de la monarquía en el impulso del ornato, ordenación y regulación urbanísticas durante el siglo XVIII es bien conocida.
77 En este siglo el papel preponderante de Madrid en el urbanismo fue esencial, y su influjo se dejó notar tanto en la normativa al respecto que se dictaba desde la corte como en la propia modificación de la idea de ciudad que emanaba de las reformas emprendidas en ella.
78 En este sentido, fue muy importante la ordenanza de intendentes y corregidores dada por Fernando VI en 1749, donde se regulaba cómo debía procederse en lo referente al ornato de poblaciones y edificios.
Esta preocupación de la monarquía se plasmaba también en las edificaciones y paseos de la Corte y de aquellos que conducían a las residencias reales, y adquirió un nuevo impulso con Carlos III, quien en 1788 se preocupó por fomentar el embellecimiento de las ciudades de sus reinos, que pasaba por la ordenación de su espacio, 79 construcción de paseos y plantío de árboles, conservación de los ya existentes y preocupación genuina por la mejora de la salubridad con la implementación de mejoras en los sistemas de abastecimiento y saneamiento de aguas, empedrado de calles, etc. 80 Esta preocupación sobrevivió al propio monarca, puesto que formaba parte de la cultura política de muchos regidores en las ciudades, corregidores e intendentes, así como también diferentes 75 Orozco Pardo, passim.
Fue en la villa y corte donde más profundas y extensas fueron las reformas en este campo, cfr.
MANUEL F. FERNÁNDEZ CHAVES academias y sociedades de Amigos del País.
A este interés por la «policía» 81 urbana, donde los jardines y alamedas vienen a aportar una mejora en la salubridad y una clara ordenación del espacio público de ocio, se suma todo el pensamiento sobre jardinería, sus valores y su implementación tanto en los reales sitios como en quintas periurbanas, que también se aplica en la creación de estos espacios y que es propio de la cultura del siglo XVIII y el diálogo entre las tradiciones de jardinería inglesas y francesas.
82 Las alamedas ya existentes se remozan y modifican.
Así la alameda de Hércules dobla su dotación de fuentes y es reurbanizada en un proceso constructivo renovador, siendo estas nuevas modificaciones culminadas en 1764, 83 de forma que esta alameda continuaba siendo la preferida de los sevillanos como indicase el viajero Richard Twiss en 1773.
84 El eco de estas reformas haría revivir la alameda de Écija, casi abandonada por las invasiones del río, y reconstruida entre 1769 y 1774, 85 y se creará un nuevo paseo extramuros en Córdoba que formaría el núcleo de los futuros jardines de la Victoria.
86 También en Sevilla la calzada de la Cruz del Campo fue arbolándose y se aprovechó el acueducto de los Caños de Carmona para su riego con la construcción de una fuente desde 1734, y se creó también el paseo de San Telmo.
87 El paseo del Arenal existía desde el siglo XVI con cuatro hileras de álamos, y fue reconstruido desde 1775 al terraplenarse y elevarse el terreno como defensa frente al río, obra que se haría más ambiciosa en los años 80 con un nuevo malecón, ampliándose en torno al río otras alamedas como las Delicias, el Malecón y el famoso paseo de Bellaflor.
88 Así también sucedió en Zaragoza, donde el terraplenamiento de las márgenes de los ríos Huerva y Ebro fue aprovechado para plantíos que se ampliaron en el siglo XVIII, y se potenciaron con la creación del Canal Imperial a fines de dicha centuria.
89 También puede sumarse aquí el ejemplo de Burgos 90, Valladolid 91 o Soria, donde la Sociedad Económica de Amigos del País de Soria creó el paseo y plantío del Mirón en 1785, que se amplió en 1790 92, y otro tanto sucedió en ciudades medias como Jerez de la Frontera, 93 o Salamanca, al menos desde 1783.
94 En esta misma línea de crecimiento en Málaga se crea la alameda del Prado en 1783, que marcará un hito en la expansión de la ciudad extramuros.
95 Resulta muy interesante considerar la importancia de los diversos proyectos que se fueron planteando en Málaga para mejor aprovechar las aguas del Guadalmedina y evitar por un lado las avenidas y por otro utilizar ese agua para el riego, la industria y, cómo no, abastecimiento de las alamedas y paseos arbolados.
Desde su finalización en 1786, fue transformándose su entorno y constituyendo un imán para la población, al tiempo que se prolongaba su trazado sobre la antigua alameda de Capuchinos y la de Olletas, entre otras, aprovechándose cuando era posible del nuevo acueducto de San Telmo, que había multiplicado desde hacía bien poco (1784) las posibilidades de contar con agua corriente extra e intramuros.
96 En Granada a la alameda cercana a la ermita junto al Genil se añaden nuevos espacios de paseo tras la remodelación y acondicionamiento del curso del río acometido a mediados del siglo XVIII.
97 El caso de Granada como el de Málaga es arquetípico de la renovación de esta centuria: el espacio de las alamedas y paseos aumenta, mejora en la calidad de su arbolado y fuentes, y viene a ocupar un lugar preferente en el planeamiento urbano.
Se utilizó mano de obra de entre los presos de las cárceles de la ciudad, y se planteó la obra como una forma de estimular la economía de la urbe, creándose un auténtico cinturón verde sobre las murallas, Sambricio, 1991, t.
Se creó además el paseo de Floridablanca y se plantaron árboles «útiles» como moreras.
Además la Sociedad construyó tres nuevas fuentes de agua que se añadían a la única existente en la ciudad.
Se dio empleo también a campesinos sin oficio.
Esta idea de control de la población puede ponerse en relación con los motines de Madrid de 1766 entre los que se contaba el plan de limpieza de Sabatini y la decisión del conde de Aranda como Gobernador del Consejo de Castilla de renovar el Prado «como obsequio a las masas populares...
Aranda ponía de relieve el recreo, no la limpieza y la autodisciplina» en palabras de Reese, 1989, 6.
Sobre las medidas de control social y el espacio de la ciudad, Fraile, 1997, toda la obra, y especialmente, 75-90.
Esta multiplicación de alamedas se repite a lo largo y ancho de la Península.
En la propia ciudad de Madrid se aumenta la extensión del Prado hacia Atocha y se crean otros paseos hacia el Manzanares como el de la ermita de la Virgen del Puerto, entre otros.
99 Estos serán los espacios de sociabilidad por excelencia, donde las damas y sus cortejos se encontraban y daban cita.
100 Pero también los majos y otros personajes que representaban la moda y las maneras «nacionales», generándose esas tensiones entre unos y otros 101 que desembocaban en violencias como en el caso de Sevilla, donde a finales del siglo XVIII los regidores de la ciudad disponían que debía controlarse el acceso de personas no indicadas a estos paseos:
Concurriendo en las noches de verano para descargo y alivio muchas gentes de todas clases al paseo de la alameda, a la Alamedilla de la Puerta de Triana, al puente y gradas de la Iglesia Catedral, como asimismo a la circunferencia de la Lonja, y otros sitios, ha llegado a entender su Señoría que algunos jóvenes con poca reflexión y otros sujetos de mala crianza y falta de policía, han insultado a varias personas de ambos sexos con expresiones y gestiones importunas e indecentes sobre los trajes, adornos y manejo; y siendo uno de los puntos más delicados e importantes, se advierte por regla general, que a quien se le aprenda en fragante o se le justifique que ha incurrido en semejantes desatenciones y excesos se le formará sumaria, y tratará como a un perturbador de la quietud pública, procediéndose sumariamente a lo que exijan las circunstancias, y aún a otros remedios y entre ellos el de prohibir los embozos con que intenten ocultarse... a fin de que de essa suerte se pongan los paseos en el grado de atención y en esta libertad que los hace apreciables, y se recomienda muy particularmente la vigilancia a los Alcaldes de Quartel, a los de Barrios, escribanos y ministros subalternos.
102 Nótese aquí la tensión entre majos y petimetres, los problemas de los embozados, tan característicos de los altercados de orden público del siglo XVIII español, y la concepción de estos espacios como lugares de libertad, que como dijera Jovellanos: Ejercicios de fuerza, destreza, agilidad o ligereza; bailes públicos, lumbradas o meriendas, paseos, carreras, disfraces o mojigangas; sean los que fueren, todos serán buenos e inocentes con tal que sean públicos.
Al buen juez toca proteger al pueblo en tales pasatiempos, disponer y adornar los lugares destinados para ellos, alejar de allí cuanto pueda turbarlos y dejar que se entregue libremente al esparcimiento y alegría... nunca pierda de vista que el pueblo que trabaja, como ya hemos advertido, no necesita que el gobierno le divierta, pero sí que le deje divertirse.
102 Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg.
La creación de las alamedas en la España Moderna, al menos desde el siglo XVI, respondió a un doble diálogo con la tradición clásica y con las actuaciones habidas en otros puntos de Europa, y trascendió las lógicas locales para convertirse en un equipamiento urbano cada vez más demandado y solicitado, generándose un modelo impulsado por la monarquía en el que tuvieron también responsabilidad algunos cabildos municipales y que se trasladaría en los espacios americanos y filipino.
Terminó por convertirse en el siglo XVIII en uno de los elementos más importantes del ordenamiento de espacios urbanos periféricos situados extramuros y cerca (aunque no siempre) de un cauce fluvial.
Las ideas de «ornato» y «honra de la ciudad» se van desarrollando en un proceso de concepción de lo urbano que va siendo cada vez menos local y más europeo y americano, concretándose y definiéndose estas ideas en el siglo XVIII en el concepto de policía, que adquiere una significación polisémica, en el que se cuenta la necesidad de organizar la población, los recursos y el territorio para fomentar la riqueza nacional y por tanto la felicidad de los súbditos.
Estas necesidades se proyectarán lógicamente sobre el espacio urbano, 104 que a partir de la ordenanza de 1768 es dividido en cuarteles y barrios, primero en las ciudades sede de tribunales, y luego en otras a petición propia, 105 poniéndose el acento en el paisaje higienista compuesto por «paseos, alamedas, parques, plazas, jardines botánicos, campos de experimentación agrícola, huertas...».
106 En dicho proceso fue muy importante la proyección de estos valores por parte de la monarquía y su asunción como institución rectora de los mismos en sus aplicaciones urbanas, siendo Madrid el caso paradigmático.
La originalidad del siglo XVIII en materia de urbanismo pasó por canalizar el impulso regio más allá de los espacios de representación urbanos de la monarquía para trascender todos los elementos de su tejido, de manera que En la propia idea de embellecimiento se dio, sin embargo, una progresiva evolución que fue desde la valoración del espacio del Príncipe a definir propuestas en lo que ya se aceptaba era el caos.
MANUEL F. FERNÁNDEZ CHAVES único proyecto urbano consistente en la creación de paseos... se analizó que significaba el concepto límite y una idea nueva (el Paseo) sustituyó tanto a terrazas, fosos, muros, murallas..., como a la vía o eje urbano definido en las propuestas barrocas... ahora se concibe un conjunto de operaciones que se encuadran con la voluntad de organizar arboledas en los caminos que conducen a las poblaciones (Barcelona, Tarragona, Alicante, Zaragoza, Madrid) siguiendo al idea que difunde Antonio Ponz, cuando comenta cómo esta medida debía imponerse por las autoridades eclesiásticas a los párrocos, con vistas a que éstos, desde el púlpito... incitasen y estimulasen a los vecinos al plantío de árboles y organización urbana de alamedas.
107 En efecto, Antonio Ponz fue un firmísimo defensor de la multiplicación de árboles en el país, tanto por su efecto benefactor en la agricultura y en el clima como por razones económicas (combustible, material de construcción...), y alababa la creación de arboledas en caminos y paseos en Valladolid, Ávila, Burgos, Toledo, pues: ciudad y que por tanto es «exportado» del interior doméstico al espacio urbano, trasladando todos los matices positivos que conllevaba su existencia en las casas al «común» que no disponía de estos espacios.
Ciudades como Sevilla, Granada, Madrid o Valladolid contaban con un importante número de jardines y huertas privadas que hacían del tejido urbano una trama transida de distintas tonalidades de verdes, y ello no debe olvidarse cuando se tienen en cuenta las deficientes condiciones de higiene imperantes en las urbes de la modernidad.
No obstante el crecimiento demográfico del siglo XVIII elevó los edificios y tendió a colmatar las manzanas con la fábrica de los mismos, haciéndose más necesarios los paseos y espacios verdes en las ciudades,109 ocupando cada vez más el limes entre lo urbano y lo rural, con lo que, como sucedía con el paseo de Floridablanca de Valladolid.
110 Entra en juego el gran desarrollo de las alamedas y paseos del siglo XVIII que hemos comentado, donde el desarrollo de estos espacios es heredero del interés por los jardines de los dos siglos anteriores, que se desarrolla en la estética de lo pintoresco y se independiza de la arquitectura desde Laugier a Le Nôtre.
Adquiere así la naturaleza un espacio propio en las ciudades, desarrollándose en España «la voluntad de insertar amplios pulmones verdes en el interior de los tejidos urbanos» 111 como se evidencia en las ciudades que hemos ido visitando.
Pero también estos pulmones verdes tuvieron un gran desarrollo en los entornos de las ciudades, construyendo una relación nueva de los recintos urbanos con el espacio circundante.
Este borde arbóreo de las ciudades las separa a través de la naturaleza domesticada de lo que ya no es urbano o incluso de lo suburbano, como proponía sobre una ciudad de nueva traza el ingeniero Benito Bails en sus Elementos de matemática de 1783: alrededor de la Ciudad haríamos tres viales o calles de árboles, el de enmedio ancho para los carruajes; y los de los lados, más angostos para la gente de pie.
Más allá de estos tres viales plantaríamos los arrabales, adonde echaríamos todos los oficios mecánicos que causan mal olor, o hacen ruido, los lavaderos, las casas donde se alquilan sillas de posta, coches de camino, y también los mataderos con las cuadras que necesitan.
112 Y a su vez, este borde arbóreo es el mismo que se pensaba para la división intraprovincial de la España imaginada de Sinapia: «separadas unas de otras mediante fosas, doble fila de árboles y pirámides de piedra o ladrillo», y lo mismo para el límite de las ciudades, «las ciudades (también de traza cuadrada) se describían circundadas por paseos arbolados (con lo que se impedía su crecimiento)».
Ello lleva a Carlos Sambricio a indicar que:
Al releer las características que se atribuyen a las provincias, partidos o villas se advierte como la forma de marcar límites (utilizar el arbolado construyendo paseos a modos de alamedas, urbanizando la naturaleza o disponiendo pirámides de ladrillo en los puntos de encuentro de los caminos) entronca lo que en la Francia de la segunda del XVIII se denominó le devoir d'embellir, planteamiento en todo punto ajeno al urbanismo de finales del XVII.
Lo que no había aparecido ni el XVII ni tampoco durante la primera mitad del XVIII se hacía presente en la segunda mitad del siglo en Francia y España, pudiendo relacionar lo comentado con los múltiples proyectos de alamedas que aparecen en la España ilustrada (Paseo del Prado en Madrid, Ramblas en Barcelona, Arenal en Bilbao, alameda en Málaga, Paseo del Espolón en Burgos...), en las propuestas para sustituir los muros defensivos por paseos arbolados que limitaban la población (Barcelona, San Carlos en Cádiz, Madrid, Valladolid...).
113 El profesor Sambricio llega pues a la conclusión de que la multiplicación de las alamedas respondía a una mímesis de lo actuado en Madrid, que arrastraba tras de sí otras operaciones urbanas de embellecimiento y rectificación de espacios, canalización de aguas, del tráfico de coches y personas, etc., impulsándose modificaciones de la infraestructura urbana en lo que Lavedan entendía como el descubrimiento de los problemas urbanos, 114 por lo que podemos concluir que la construcción y/o ampliación de las alamedas en el Setecientos ya no suponía solo el consiguiente aumento de las dotaciones de agua corriente urbanas, sino también estimulaban todo un programa que respondía a la mentalidad urbanística de corte ilustrado imperante en la segunda mitad del siglo XVIII, y, en última instancia, se perseguía también la modificación tanto de infraestructuras como de la propia trama urbana.
115 Para los viajeros británicos el paseo constituía un rasgo distintivo de la sociabilidad española, opinando algunos que «parece que en España, todo pueblo de una cierta consideración debe tener un paseo público»; y en efecto, el respeto a esta costumbre por nobles, pre lados y gente corriente era general y así lo recogen estos viajeros, que, gustaban de las 113 Sambricio, 2014.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.03 alamedas pero criticaban que fueran el único marco de actividad social no urbana, viviendo sus habitantes de espaldas al campo.
116 La alameda es pues una creación plenamente original del Renacimiento urbano del siglo XVI, que reorganiza espacios periurbanos previamente empleados de forma espontánea para el desarrollo de lo lúdico, lo profano y también lo sacro, además de lo deportivo, y que exportan el jardín y la naturaleza sobre el plano ortogonal punteado de fuentes y estatuas y organizando la espontaneidad social desorganizada que empleaba esos espacios entre la ciudad y el campo.
117 Estas primeras alamedas, surgidas de las necesidades higiénicas claramente sentidas ya a finales de la Edad Media, donde corre el agua y el aire, fueron transformándose y adquirieron una nueva significación con el paso de los tiempos, modificándose o potenciándose según los casos su carácter lúdico, sacro, etc., y estallando gracias a la monarquía pero también al impulso de algunas élites locales en una profusión sin precedentes por todas las ciudades y localidades de la Península al convertirse en un equipamiento concebido como básico y necesario, mucho más que otros íntimamente relacionados con él, como el alcantarillado, alumbrado, etc., 118 y quedando además fijos en la trama conceptual urbana como loci amoeni donde se desarrollará el topos caballeresco en la literatura y la visión de las ciudades.
119 Su crecimiento se debe ahora a criterios estéticos entre los que se conservan los valores de sociabilidad y de disfrute de la naturaleza «suburbana», pero también se someten a la «utilidad» y el «beneficio» social y económico que generan o se asocian a estos espacios, lejos de una contemplación que no fuese dirigida y reglada a fines que están por encima del individuo.
117 Estudios tan valiosos como el de García Gómez atribuyen al siglo XVIII la salida de los espacios verdes del mundo privado y la multiplicación de paseos públicos y alamedas, cuando es claro que la creación de estos espacios ya estaba desarrollándose al menos desde la segunda mitad del siglo XVI.
118 En el viaje del clérigo de Priego, Diego Alejandro de Gálvez de 1755, este valora positivamente las alamedas como las de Burgos junto a las murallas, Logroño, la «gran y espesa alameda con una hermosa fuente en medio» entre la ciudadela y la ciudad, o en la Barceloneta indicaba, «se continuará la explanada con una gran alameda y paseo entre esta nueva población que le llaman Bacerloneta y el fuerte de San Carlos... es la cosa mas pulida que se puede imaginar ver este nuevo pueblo su igualdad, derechas líneas...».
Sobre las reformas josefinas, tanto en la trama como en la potenciación de alamedas, por ejemplo en Valencia, Sambricio, 1991, t.
MANUEL F. FERNÁNDEZ CHAVES o en lugares pequeños como Palencia, 121 y el crecimiento urbano engulliría a muchas alamedas que sobrevivieron transmutadas en «bulevares» o en espacios ajardinados mutilados (como Sevilla), en vías urbanas desprovistas de toda significación de jardín, precisamente porque estos espacios también tenían una vocación nueva de ejes directores del crecimiento urbano, 122 como efectivamente lo fueron muchos de ellos, haciendo tan cotidiana su presencia y más o menos conservada en su esencia, que hasta hace bien poco no se ha dado un estudio sistemático de las mismas, y del que estamos seguros se continuará obteniendo abundantes frutos. |
especialmente durante las últimas décadas del siglo XVIII, en el contexto de las políticas urbanas aplicadas por los Borbones y la primera mitad del siglo XIX.
En una primera parte del trabajo se tratan aspectos relacionados con la creación y las características físicas de estos espacios, todo ello en el marco de la configuración de una nueva concepción de ciudad como consecuencia de las ideas ilustradas.
En la segunda se pone especial relieve en los usos cotidianos que el público que las frecuentaba hacía de ellos, tratando de encontrar paralelismo o diferencias entre ciudades de distintas regiones americanas.
Las alamedas y paseos de ciudades de Hispanoamérica han centrado el interés de diferentes estudios, desarrollados principalmente desde disciplinas como las de la Historia del Urbanismo, la Historia de la Arquitectura y la Historia del Arte.
En este artículo se analizan, desde una perspectiva histórica, diferentes aspectos relacionados con alamedas y paseos en la América española durante las últimas décadas del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX.
Principalmente, los usos que los habitantes hicieron de estos espacios, tanto en el contexto de las políticas urbanas aplicadas por los Borbones como en las décadas posteriores, caracterizadas por profundos cambios en el panorama de la región, con el desarrollo de los procesos de independencia y la conformación de nuevas naciones.
Con todo ello pretendemos ver, por una parte, si hubo paralelismos o diferencias en los usos que los habitantes hicieron de estos espacios en diferentes regiones hispanoamericanas, con el objetivo de determinar en qué medida presentaron singularidades en el ámbito de lo local.
También ver el efecto que sobre esos usos pudieron tener los procesos de ruptura con España durante las primeras décadas de vida de los nuevos Estado-Nación en los principales centros urbanos de la región, viendo si hubo o no continuidad en los rituales urbanos preexistentes.
Para la realización de esta investigación hemos consultado bibliografía que trata el tema de las alamedas hispanoamericanas desde un punto de vista general para la región, destacando en este sentido algunos trabajos, como el dirigido por Francisco Solano sobre Historia Urbana de Iberoamérica, publicado en 1992, o el del arquitecto Ramón Gutiérrez, sobre Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica del año 1997.
También algunos artículos específicos sobre determinadas alamedas que han sido publicados durante las últimas décadas, referidos a casos específicos como los de México, 1 Lima, 2 Buenos Aires, 3 Querétaro, 4 Córdoba del Tucumán 5 o La Habana.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 Por otra parte, ha sido de especial interés para nuestro estudio la consulta de las descripciones que sobre alamedas y paseos hicieron viajeros durante el período cronológico seleccionado como objeto de estudio, por plasmar en sus escritos las impresiones que estos espacios les despertaron y, en ocasiones, las formas que los habitantes de una determinada ciudad tenían a la hora de relacionarse en ellos.
A lo largo de este trabajo haremos referencia a algunos de estos testimonios, como los que sobre la Alameda de México hizo fray Tomás Gage o, para fechas posteriores a la Independencia, Isidore Löwenstern o la escocesa Frances Erskine Inglis, conocida como la marquesa Calderón de la Barca.
También descripciones de las alamedas y paseos de Lima, como las de Le Sieur Bachelier, o las de Francis Robert Jameson para La Habana o el británico Samuel Haigh para Santiago de Chile.
Por último, mencionar también el uso de fuentes documentales que arrojan alguna luz sobre la temática objetivo de estudio, tanto del Archivo General de Indias como del Archivo General de la Nación de México, relativas a la gestión y el uso de alamedas y paseos de ciudades como México, Mérida de Yucatán, La Habana o Santiago de Cuba.
Paseos y alamedas: su conformación en el marco de las políticas urbanas del reformismo borbónico
En la América española durante el siglo XVIII, tanto virreyes como intendentes estuvieron entre los principales impulsores de iniciativas similares a las aplicadas en esos momentos en centros urbanos de la Península, orientadas tanto al control de la población como a la recuperación del espacio público o la mejora de las infraestructuras, que se tradujeron en la división de las ciudades en cuarteles, el desarrollo de obras públicas o la aplicación de bandos de buen gobierno.
Como consecuencia de ello, protagonizaron una mayor injerencia en decisiones inherentes al urbanismo, que hasta esos momentos habían sido potestad exclusiva de los cabildos, por lo que se generaron situaciones de conflicto a la hora de gestionar algunas de las medidas aprobadas.
7 Para autores como Esteban Sánchez de Tagle, estas reformas implicaron elevados costes, enormes esfuerzos administrativos y un considerable desgaste político, tanto por la oposición del sistema burocrático del gobierno municipal y la existencia de expresas prohibiciones reales a algunas de las medidas adoptadas, como por la resistencia de entidades urbanas al pago de obligaciones y también por parte de los propios vecinos, en un contexto de desinterés general por mejorar.
Para él, más que los monarcas, fueron los virreyes los verdaderos impulsores de estas iniciativas, que respondieron «al afán de boato de estos aristócratas déspotas», pudiéndose encontrar en ellas, aparte de un oculto o abierto afán fiscal, un deseo de «hermosear el prospecto público», otorgándole una apariencia que quisieron opulenta para la ciudad de su mandato.
8 Si bien gran parte de las medidas aplicadas contribuyeron a un desarrollo comercial y urbano sin precedentes, es importante destacar que los resultados de estas políticas fueron muy desiguales, como ya han puesto de relieve algunos autores como Charles Walker, al analizar el impacto duradero de las reformas urbanas borbónicas.
9 Para el caso específico de virreinatos como el de Nueva España algunos estudios han destacado los siguientes factores.
Por una parte, la ausencia de una fuerza de ejecución de los reglamentos de policía, al no suponer las reformas la creación de nuevas estructuras administrativas ni la aplicación de medios financieros y humanos adicionales, lo que hacía que estos no tuvieran efecto alguno.
En este sentido, Annick Lempérière destaca el hecho de que los jueces eran los encargados de investigar el incumplimiento de los reglamentos pero no recibían denuncias que les permitieran la aplicación de la ley.
10 Por otro lado, estaba también la interminable y lenta cadena burocrática existente para la aprobación de las obras públicas y la oposición de algunos particulares que veían con ellas afectados sus intereses.
11 De hecho, es preciso tener en cuenta que los resultados de los bandos de buen gobierno no fueron siempre los esperados, puesto que «la regla general no fue fácilmente aceptada por la gran mayoría de la población, sobre todo en los niveles inferiores».
Por último, destacar también el incremento de las tensiones sociales, originado como consecuencia del crecimiento de un sector margi-8 Sánchez de Tagle, 2000, 11-19.
12 Dentro del amplio abanico de medidas mencionadas, la construcción o remozamiento de paseos y alamedas tuvo, en cambio, un destacado desarrollo durante las últimas décadas del siglo XVIII en numerosas ciudades americanas.
En líneas generales, el término alameda se utilizó en los territorios americanos indistintamente con el de paseo, para referirse a espacios públicos destinados al esparcimiento y el recreo.
13 Constituyeron, junto a los botánicos, los jardines públicos más relevantes, por lo general con mayores dimensiones y simplicidad espacial y formal con relación a los diseños europeos.
14 Las alamedas no fueron estructuras previstas en la normativa urbanística colonial.
La de la ciudad de México, definida por Francisco Solano como «el primer parque público de una ciudad ibérica», se construyó en la década de 1590 durante el gobierno del virrey Luis de Velasco.
Al igual que la de los Descalzos de Lima, de inicios del siglo XVII, fue anterior a los dos ejemplos franceses que se consideran como precursores de los jardines públicos de occidente: el Jardín des Plantes de 1635 y la conversión en jardín público de las Tullerías en 1666.
15 Desde el punto de vista morfológico, la Alameda de México se configuró como «un espacio concentrado», al tratarse de un parque de gran tamaño, siendo sus comienzos de gran dificultad, al tener las autoridades que cercarla para evitar que los animales pastaran en ella, los daños ocasionados a árboles y el robo de tierras.
16 Las restantes, por lo general, se conformarían como «espacios lineales» plantados de álamos y otros tipos de árboles.
17 La de Lima de los Descalzos se construyó en el barrio de San Lázaro, junto al río Rímac, por orden del marqués de Montesclaros, virrey del Perú entre 1607 y 1615, con la intención, según expuso en un escrito de abril de 1611 dirigido al monarca, de imitar «la que V.M. se sirvió hubiera desde Nuestra Señora del Prado a Valladolid», y de contribuir a la diversión de los habitantes de la ciudad.
18 Como sucedió en otras ciudades hispanoamericanas, este paseo se conformó en un camino que comunicaba el núcleo urbano con un convento franciscano construido a las afueras, siendo este el caso también de la alameda Vieja de Bogotá o la de las Delicias de Santiago de Chile.
19 Trazada por Cristóbal Gómez, la de los Descalzos contaba con más de 500 metros de longitud, siete calles conformadas por ocho hileras de árboles, siendo las dos centrales de mayor anchura, y tres fuentes de piedra que tomaban agua del río, asemejándose con ello desde el punto de vista formal a la alameda de Hércules de Sevilla.
20 Dos años después de su construcción, en 1613, ya presentaba muestras de abandono, por lo que tuvo que ser reforestada.
21 Las denuncias por su estado de dejadez se repetirían en las siguientes décadas, poniendo de relieve la realizada hacia 1637 que los árboles se arrancaban y secaban y que las fuentes se deterioraban.
22 Fue el siglo XVIII, y especialmente durante su segunda mitad, cuando se conformaron numerosas alamedas y paseos en ciudades de diferentes puntos de la América española.
En este sentido, autoras como Silvia Arango destacan la simultaneidad cronológica en la construcción de varios de estos paseos durante la década de 1770.
23 En esos momentos, la forma de intervenir los espacios abiertos con la creación de espacios ajardinados, implicaba «la adopción de planteamientos de la Ilustración que concebían la inclusión de la naturaleza domesticada en la ciudad como una parte importante por los efectos higiénicos y salubres, pero también como espacios de gozo y disfrute sensorial».
24 Junto a este acercamiento a la naturaleza, las alamedas sirvieron también como escenarios para la localización de programas iconográficos que buscaban, entre otras cosas, «dignificar los ámbitos abiertos» 25 y reforzar la imagen de la monarquía, con esculturas de figuras mitológicas o de reyes concretos, destacando, en este sentido, casos como el del paseo de Extramuros de la ciudad de La Habana, al que nos referiremos más adelante.
26 Como menciona Ramón Gutiérrez, la construc-ción de avenidas rodeadas de forma simétrica por arboledas o glorietas y circundadas por rejas con jarrones y estatuas, mostraba ya una nueva manera de concebir «la inserción del paisaje» para las décadas finales del siglo XVIII.
27 Por otro lado, la localización en esos momentos también de paseos a las afueras de las ciudades, ponía de manifiesto la «intención higienista» de «exponerse a los aires frescos», 28 plasmándose la idea de cinturón paisajístico en al menos el trazado de dos nuevas fundaciones de ese período: el de Nueva Guatemala, realizado por el ingeniero militar Diez Navarro (1776), que incorpora un paseo de circunvalación con hemiciclos, en consonancia con las calles que eran tangenciales a la plaza; y el de San Ramón de la Nueva Orán (1795), en el que la forestación externa se prolonga hacia los caminos y la plaza.
29 Otro elemento fundamental en las alamedas lo constituirá el agua, introducido para el abastecimiento de la población, el riego de árboles y plantas, y como elemento decorativo a través de fuentes, estanques y acequias.
En este sentido, tanto la creación como la difusión de las alamedas en la España Moderna corrió paralela a la ampliación de la explotación de los recursos de abastecimiento de agua potable y saneamiento de espacios de aguas muertas, con casos muy significativos como el de la alameda de Hércules de Sevilla.
30 Entre las intervenciones desarrolladas durante las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX en la capital del virreinato de Nueva España, destacan algunas como la reforma de la Alameda, llevada a cabo durante el gobierno del virrey Antonio María de Bucareli y Ursua, poco después de que su antecesor, el virrey Carlos de Croix, ordenara su ampliación mediante la incorporación de las plazuelas de Santa Isabel y San Diego, concretamente en 1770.
El proyecto de reforma se atribuyó al capitán de infantería de Flandes Alejandro Darcourt, obteniéndose un nuevo trazado resultante conformado por calles diagonales y cincos fuentes que decoraban la trama inscrita en un rectángulo.
Los últimos virreyes contribuyeron a su forestación, que a fines de siglo contaba con unos dos mil fresnos, álamos y sauces.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 El mismo virrey durante su gestión impulsó la construcción del paseo Bucareli que, continuando la Alameda, llegaba hasta el coliseo o plaza de toros.
Conocido también con el nombre de paseo Nuevo, alcanzó una longitud de 1.181 varas (987,20 metros) y contó con cuatro hileras de árboles y tres carriles, los laterales para peatones y el central para coches y jinetes.
Su localización en una zona pantanosa hizo que no fuera muy frecuentado, a pesar de las intervenciones desarrolladas en la zona por los virreyes Bernardo de Gálvez y Madrid (1785-1786) y Miguel José de Azanza (1798-1800), prolongándolo el último en un tramo que se conoció como paseo de Azanza o calzada de La Piedad.
32 Otro virrey que junto a Bucareli destacó también en este punto fue Juan Vicente de Güemes Pacheco, segundo conde de Revillagigedo (1789-1794), al construirse bajo su mandato el paseo La Viga, concretamente en 1790, que discurría paralelo a la Acequia Real.
33 Junto a los virreyes hubo intendentes que se preocuparon también por impulsar la construcción de paseos y alamedas en otras ciudades del virreinato novohispano.
En este sentido, en ciudades como Guadalajara destacaron algunos con dotes administrativas y espíritu emprendedor, caso de Jacobo de Ugarte y Loyola (1791-1798), que entre otras medidas, estableció reglamentos para la policía y propios y arbitrios y se ocupó del arreglo de las calles, mercados, hospitales y cementerio.
34 Algunos de sus sucesores continuaron esta tarea, ya fuera impulsando iniciativas relacionadas con la alameda, calles, desagües, jardines, fuentes y baños, entre ellos José Fernando Abascal y Souza (1800-1804), o proponiendo la creación de alcaldes de cuartel y de barrios con el objetivo de acabar con los desórdenes y la inseguridad que caracterizaban a la ciudad, como hizo el intendente Roque Abarca (1805-1811) en 1807.
35 Como consecuencia de las medidas impulsadas durante el período analizado se produjeron importantes avances en materia de obras públicas, encontrándose entre ellas tanto la construcción del puente de las Damas y una alameda, como el empedrado de calles o la ampliación del paseo Nuevo en 1808.
36 Otros casos de interés son el de Veracruz, ciudad para la que Manuel Agustín Mascaró proyectó en 1800 un ensanche delimitado con plazas 32 Ibidem, 15.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 circulares y paseos arbolados que prolongaban las calles principales hacia las afueras; 37 o el de Mérida de Yucatán, cuyo intendente Lucas de Gálvez (1789-1792) dotó a esa ciudad de alumbrado público y de una alameda que, conocida con el nombre de «Las Niñas Bonitas», constaba de tres calles con bancos y diecisiete grandes farolas, al tiempo que arregló cuatro salidas de la ciudad para el paseo en coche.
38 Desde 1795 a principios del siglo XIX, tanto en Monterrey como en Chihuahua se pavimentaron sus calles y se construyeron también alamedas públicas.
39 En Querétaro fue el cabildo el que impulsó la construcción de una alameda para recreo de los habitantes en 1797.
40 Durante los momentos más convulsos experimentados durante el proceso revolucionario de independencia de Nueva España, el desarrollo de obras públicas se vio ralentizado.
Algunos centros urbanos, como el de Campeche, tendrían que esperar algún tiempo para contar también con su correspondiente alameda.
En su caso sería construida por la iniciativa del jefe político y comandante militar de la plaza, Francisco de Paula Toro, en 1830, con un programa iconográfico especialmente peculiar, al incorporar dos estatuas de perros que parece que representaban a los de la esposa del comandante, y una escultura de yeso y madera de la india Mosquita con plumas y flechas.
41 En las principales ciudades de las islas del Caribe también se construyeron importantes paseos y alamedas a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII, principalmente en La Habana, aunque también en localidades pequeñas y periféricas, como fue el caso de la fronteriza con las colonias francesas en La Española llamada Daxabón, que incorporó un proyecto de doble hilera de árboles para reforzar la trama de calles.
42 En lo que respecta a la capital cubana, durante la gestión de Felipe de Fondesviela y Ondeano, marqués de la Torre, se construyó entre 1771 y 1776 el paseo o alameda de Paula, consistente en un terraplén ornamentado con faroles y bancas que transcurría a lo largo de la bahía.
Este autor publica en este artículo los planos de la alameda de Querétaro, que se encuentran en el Archivo General de México.
de la muralla con una longitud superior a un kilómetro desde la Puerta de la Tierra hasta el fuerte de La Punta.
43 Las obras del paseo Nuevo continuaron bajo el gobierno del capitán General de Cuba Diego José Navarro, al tiempo que en la ciudad se desarrollaban otras obras públicas, que incluían el enmaderado de varias calles.
44 La cercanía del paseo Nuevo a la costa favorecía que en sus inmediaciones se produjeran actividades de tráfico ilícito, aspecto que pusieron de relieve denuncias como la realizada por el intendente interino de la ciudad el 15 de noviembre de 1805, relativa a la aprehensión de seis fardos de géneros de contrabando.
45 Santiago de Cuba también contó con una alameda, de la cual se conserva un plano en el Archivo General de Indias que muestra su localización también en las cercanías del núcleo urbano.
46 En la Nueva Granada, las políticas orientadas a la organización y el saneamiento del espacio urbano se centraron principalmente en Santa Fe, la capital, y Cartagena, primera plaza fuerte del imperio en América, segunda ciudad y principal puerto marítimo del virreinato.
47 No obstante, lo cierto es que la construcción de alamedas y paseos no alcanzó aquí los niveles de otras regiones hispanoamericanas como la novohispana.
Santa Fe contó inicialmente con una alameda, surgida probablemente a partir del camino que conectaba la ciudad con el convento franciscano de San Diego, a la que se sumaría a fines del siglo XVIII la alameda Nueva, tal como refleja el plano de Bogotá y sus alrededores del año 1797.
48 Parece que, al menos para principios de la década de 1780, la ciudad no contaba con destacados paseos, contribuyendo este hecho, junto con la falta de bailes y tertulias, a que un viajero anónimo concluyese que en ella no había ningún tipo de diversiones.
49 En Cartagena, en cambio, como comentaremos posteriormente al hablar de los usos de estos espacios, sí hubo paseos con mucha concurrencia de público.
Otras ciudades en las que se construyeron paseos en fechas avanzadas del siglo XVIII fueron Caracas y Quito.
En la primera, fue el capitán general de Venezuela, Manuel González y Torres de Navarra (1782-1786), el que promovió la construcción de una alameda llamada «de la Trinidad», con un auto del año 1784, «para diversión y desahogo de los vecinos», en su deseo de convertir a ese centro urbano en una ciudad ilustrada.
Para ello no dudó en enfrentarse a los miembros del cabildo, que veían con recelo su intromisión en un asunto que hasta la fecha había sido de su competencia y pusieron objeciones a algunas de sus propuestas, como la relativa a la aducción de agua para su riego, consistente en construir las fuentes y realizar las reparaciones necesarias a la cañería maestra antes de que se construyeran las tuberías para el suministro del agua.
50 En Quito, si bien la construcción de su alameda se inició en 1746 por iniciativa del corregidor Maldonado, sus obras se extendieron hasta las vísperas de la Independencia, por lo que hubo en la ciudad una falta de paseos y zonas ajardinadas, teniendo sus habitantes que «trajinar» en sus cuatro plazas.
51 En el virreinato del Perú también encontramos, como sucede con Nueva España, virreyes que impulsaron durante la segunda mitad del siglo XVIII la creación de paseos y alamedas en la capital.
En este sentido, destaca la figura del virrey Manuel de Amat y Junient (1761-1776), que influido por las ideas de la Ilustración contribuyó al embellecimiento de Lima con una serie de actuaciones en el sector San Lázaro, consistentes en la remodelación de la alameda de los Descalzos, la construcción del paseo de Aguas y de la plaza de toros de Acho.
Para el acceso a esta última construyó la alameda de Acho, también llamada alameda Nueva para diferenciarla de la anterior, con tres calles delimitadas por sauces, la central para carruajes y las laterales para peatones.
52 Como consecuencia de las actuaciones realizadas en la de los Descalzos, la misma presentaba un aspecto mucho más atractivo que el que había tenido con anterioridad, destacando una descripción dialogada del Perú de fines de siglo protagonizada por un chapetón y un peruano, que tenía «seis espaciosas calles de frondosas arboledas de naranjos, limoneros, álamos, sauces y cipreses en bien dispuesta simetría» que proporcionaban cinco paseos, los tres del medio y colaterales para la ruta de las calesas, coches y carrozas y las dos de los semicentros para la gente de a pie, destacando también los pilones para depositar las aguas «que se invierten en el riego de árboles y paseo, y así mismo cinco fuentes, con bien concertadas distancias...».
53 En cuanto al paseo de Aguas, localizado al este de la alameda de los Descalzos e inaugurado en 1772, recibió inicialmente el nombre «de la Carbona».
Desde los primeros momentos hubo problemas con el abastecimiento de agua, que se realizaba a través de una antigua acequia que corría a lo largo del extremo norte del barrio de San Lázaro.
El proyecto, que contaba con una caída de agua desde un segundo nivel del arco central hasta la fuente, tuvo una fuerte oposición por parte de los vecinos, al afectarse con ello al riego de chacras y huertas, por lo que quedó inconcluso.
54 Otro virrey que con anterioridad realizó intervenciones en este sentido fue el marqués de Villagarcía (1736-1745), concretamente la construcción de la alameda de Las Cabezas (1742), también en el barrio de San Lázaro y paralela al río Rímac, desde las cercanías del puente de Piedra hasta la antigua calle de Camaroneros, que llevaba hasta la iglesia de Las Cabezas.
55 En 1797, bajo el gobierno del virrey Ambrosio O'Higgins, marqués de Osorno, se trazaría la alameda del Callao, con espacios tanto para carruajes como para paseantes, procediéndose a su inauguración en el año 1800, si bien para entonces las obras estaban todavía inconclusas.
57 Otro ejemplo de interés para la región lo conforma el proyecto para la alameda de Huamanga de 1806, llamada paseo Nuevo en el campo de Santa Clara o plaza de los Reyes, compuesta por una calle central con cuatro hileras de árboles en torno a un camino central.
58 En Chile, las cañadas, alamedas y paseos se conformaron no sólo en los núcleos urbanos de mayor jerarquía, como Santiago, también en otros menores como La Serena, San Felipe el Real, San Fernando o Santa Rosa de Los Andes.
El más antiguo de los paseos de Santiago fue el de la Cañada, llamado con posterioridad de Las Delicias o ya en el período republicano Alameda.
Junto a este paseo, la ciudad contó también con el paseo del Marqués de Obando, de 1745, la alameda de San Pablo de 1775 y el paseo del Tajamar, del año 1792.
Este último, localizado junto al río Mapocho, se convirtió en el más famoso y concurrido paseo de la ciudad.
59 El inglés Samuel Haigh lo describía en 1817 como «un camino ancho y recto de una milla de largo, que tiene de trecho en trecho escaños de piedra y que a ambos lados del camino están sombreados por árboles siempre verdes...».
60 En el Río de la Plata, su principal núcleo urbano no contaba para mediados del siglo XVIII con un paseo para sus habitantes, siendo en 1767 cuando el gobernador Bucareli inició los trabajos para la conformación de uno en la costa.
Algunas diferencias entre el mencionado gobernador y los regidores dificultaron su materialización.
61 La idea la retomaría el virrey Vértiz a partir de 1776, plantando sauces y ombúes con el objetivo de conformar un espacio acorde con el rango de capital virreinal obtenido ese mismo año.
62 No obstante, la proximidad con el río y la presencia de árboles no disimularía el pobre marco arquitectónico de los «fondos» de los edificios que daban sobre la barranca.
63 Otras ciudades de la región fueron con los años incorporando también alamedas y paseos en sus respectivos paisajes urbanos, como Córdoba, Tucumán, Catamarca o Mendoza, esta última en 1808.
64 Puede comprobarse, por tanto, que frente a otro tipo de iniciativas aplicadas en los centros urbanos de la América española en el marco del reformismo ilustrado, la construcción de alamedas y paseos sí tuvo un alcance destacado, especialmente durante las últimas décadas del siglo XVIII y en los principales centros urbanos de virreinatos como el novohispano.
Si bien México y Lima contaban ya con espacios de este tipo desde fechas muy tempranas, fue también en dicho período cuando sus alamedas experimentaron importantes reformas que mejoraron sus infraestructuras, 59 Muñoz Rebolledo e Isaza L., 2001, 18.
61 Bucareli justificaba la construcción de la alameda para «la creación de un espacio apto para la recreación controlada de todos los sectores de la sociedad, que a su vez eliminase los espacios propicios para esconder "delitos" e "inmundicias", el acondicionamiento de la bajada del río para el uso de la artillería en caso de ataque y la disposición de un camino directo desde el Riachuelo hacia la plaza», al tiempo que los regidores se oponían con el objetivo de «manejar los propios de la ciudad de acuerdo a sus designios».
64 Page, 2007, En Nueva Granada y el Río de la Plata el fenómeno de las alamedas y paseos parece que tuvo una menor trascendencia que en los anteriores virreinatos, aunque también se convirtieron en espacios singulares, especialmente en sus respectivas capitales, Santa Fe y Buenos Aires.
No hay duda de que el peso de lo urbano era menor en estas dos regiones que en las anteriores, por lo que es comprensible esta diferencia.
En el ámbito insular del Caribe destaca el caso de La Habana, ciudad que como hemos visto contó con relevantes y ornamentados paseos.
65 Tras la consolidación de las independencias durante las primeras décadas del siglo XIX, el contexto económico no propiciaría grandes cambios en el aspecto físico de los centros urbanos de la región.
66 Por ello, los procesos de construcción y remozamiento de paseos y alamedas se ralentizaron, sufriendo algunas incluso, como la del Callao, períodos de abandono.
Control social y usos de los espacios
Las alamedas y paseos tuvieron una importancia destacada como espacios de sociabilidad en la América española, contribuyendo a la jerarquización del ocio y mostrando, como pocos, tanto las relaciones de poder existentes como los mecanismos para la transgresión imperantes, en un contexto de interés por parte de las autoridades por controlar el espacio urbano, ocupado de forma cotidiana por sectores populares.
En regiones como la novohispana durante la segunda mitad del siglo XVIII, se producía también un «relajamiento de las costumbres» en todos los niveles de la sociedad, como consecuencia del afrancesamiento de los estratos superio-res y por la «reestructuración y afianzamiento de una cultura popular urbana, provocados por el crecimiento de la población y por las transformaciones económicas».
67 La relevancia de estos espacios fue objeto de atención por parte de artistas que los representaron en grabados y biombos, destacando en ellos principalmente la presencia de caballeros y damas que disfrutan de su tiempo libre, paseando en carros o barcas y haciendo gala de su prestigio y poder.
68 En líneas generales, las descripciones sobre aspectos sociológicos de alamedas y paseos, tanto de la Península como de la América española, destacan el uso que de ellos hacían los miembros más destacados de la sociedad, si bien, diferentes testimonios reflejan también la presencia en ellos de otros sectores menos privilegiados, que incluían también a vendedores ambulantes y ociosos.
En el caso de Madrid, para el siglo XVI algunos testimonios mencionaban que en el Prado de San Jerónimo había «muchas buenas músicas, sin daños, perjuicios y deshonestidades, por el buen cuidado y diligencia de los alcaldes de la Corte».
69 Para mediados del siglo XVII las características de la zona parecen haber cambiado.
Dos descripciones del período coinciden en apuntar «que las señoras y mujeres de bien» no solían frecuentar los paseos, exponiendo Antonio de Brunel que cuando lo hacían, llevaban «las cortinas de las carrozas corridas», y Madame d'Aulnoy que las damas que lo hacían no eran de las más respetables, llamándole la atención que los caballeros acudieran «medio desnudos cuando es verano».
70 Para fechas muy posteriores, con el reinado de Carlos III, el proyecto de remodelación del Prado de San Jerónimo, concebido como un escenario en el que se conjugaban la vegetación, el agua y la escultura junto «con la tradición aplicada a la Historia», se realizaría orientado a los sectores acomodados, incluyendo la clase media, al tiempo que «vagos y charlatanes» continuarían teniendo como uno de sus principales lugares de encuentro la Puerta del Sol.
71 Centrándonos en el ámbito hispanoamericano, Celso Valdez Vargas, al referirse a los usos y funciones de los espacios abiertos urbanos menciona 67 Viqueira Albán, 1987, 15 y 17.
68 Algunos de los casos más significativos en este sentido son, para casos como el de México, los de El plano del Conde de Moctezuma, del Museo Nacional de Historia de México, en el que se destacan sus fuentes; el del Palacio de los Virreyes y la Alameda del siglo XVII o el del Paseo de la Viga del siglo XVIII.
70 que en la primera fase de «plazas y plazuelas» se produjo ya una confrontación entre la «voluntad ordenadora oficial y los diversos sectores sociales, particularmente los populares», al apropiarse estos últimos de dichos espacios para usos distintos a los prescritos «como expresión de una lucha por la permanencia en el espacio urbano y la realización de diversas actividades lúdicas y de subsistencia».
Como consecuencia de ello, las estructuras de poder intervinieron sobre el espacio urbano durante el siglo XVIII, regularizando las actividades que sobre el mismo se desarrollaban, en muchos casos «en contra de los numerosos sectores populares que los ocupaban cotidianamente».
72 Entre ellas se encontraban las diversiones callejeras, que sufrieron ataques e importantes trabas, por lo que en muchos casos pasaron a refugiarse en el interior de las casas y de las vecindades, salvo en los paseos, que fueron promovidos y alentados durante el período.
73 En líneas generales, los principales paseos urbanos se conformaron en una especie de islas en las que los grupos de poder de sociedades como la novohispana o la peruana, se encontraban a gusto, al no ver en ellos de manera tan evidente lo que catalogaban como «intolerables excesos de la plebe» y «un continuo e interminable desorden».
74 En descripciones tempranas sobre la Alameda de México, como la del fraile inglés Tomas Gage del año 1625, se destaca el hecho de que los «galanes de la ciudad se van a divertir todos los días, sobre las cuatro de la tarde, unos a caballo y otros en coche», llevando consigo unos «una docena de esclavos africanos y otros con un séquito menos, pero todos los llevan con libreas muy costosas, y van cubiertos de randas, flecos, trenzas y moños de seda, plata y oro, con medias de seda, rosas en los zapatos y con el inseparable espadín al lado».
Con relación a las señoras, menciona que iban «también seguidas de sus lindas esclavas que andan al lado de la carroza» espléndidamente ataviadas.
75 Para fechas muy posteriores, el Informe sobre pulperías y tabernas de México de 1784 nos arroja algunas pistas sobre los usos por entonces existentes de la Alameda.
Según se menciona, acudían a ella unas cinco mil personas, entre ellas miembros de la élite y las autoridades, destacando los «moralistas ilustrados» sus condiciones saludables y apartadas de las «diversiones pecaminosas».
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA este emblemático espacio, describiendo un testimonio de 1806 como «el paseo más considerable y de asistencia casi precisa era el de la Alameda los días domingo», por la «multitud de coches, la diversidad de sus colores y estructura, el aseo del traje, los sujetos ilustres que concurren, las finuras de las damas que lo hermosean».
77 En la otra gran capital virreinal, Lima, la alameda de los Descalzos servía desde el XVII como «regularizado y habitual circuito de los coches de caballos de la mejor sociedad virreinal», uniéndose a fines del siglo XVIII el ya mencionado paseo del Agua.
78 A inicios del siglo XVIII, Sieur Bachelier destacaba el hecho de que en la alameda de Lima «los amantes cortejan a sus enamoradas, y tienen a su honra seguirlas a pie, apoyados sobre las portezuelas de sus coches».
79 En una «Descripción del Perú» anónima, fechada hacia 1780, se menciona que Lima contaba para esos momentos con mil quinientos coches, tres mil calesas y «más de siete mil caballos de regalo para los paseos de sus naturales que son muy frecuentes, que en lo vistoso de sus aderezos y ligereza, no tienen comparación y tienen vicio en mantenerlos muy lozanos».
80 Las alamedas y paseos presentaban, no obstante, algunos inconvenientes para sus usuarios más refinados.
En el caso de la Alameda de México destacaba tanto el olor no siempre agradable de los puestos de comida, como la presencia de personas desnudas y sucias que en los días de fiesta permanecían hasta el amanecer participando en «festejos de dudosa moralidad», teniendo que establecer por ello las autoridades varias medidas y restricciones.
Entre ellas, la presencia de guardias y patrullas, la prohibición del acceso a la misma de «mendigos, descalzos, desnudos o indecentes», 81 creándose incluso la tabla de órdenes para el uso de los paseos de la Alameda y Bucareli de principios del siglo XIX.
82 En alamedas como la de México se prohibieron también los juegos de pelota, barra y rayuela, por considerarse como «excesos que son perjudiciales en estos parajes».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 En relación con las formas en las que se hacía el paseo, autores como Álvaro Recio Mir han destacado la importancia adquirida desde el siglo XVI y especialmente a lo largo del XVIII, por el paseo de coches en diferentes ciudades de la España peninsular y americana, al convertirse en medios esenciales de sociabilidad y galanteo.
84 No nos compete profundizar por ello en esta temática, pero sí resulta preciso incluir varios testimonios que tratan este aspecto para ver en qué medida los usos de las alamedas y paseos fueron homogéneos o no en diferentes ciudades de la América española.
En el apartado anterior hemos mencionado varios de estos espacios que incluían en su diseño lugares separados para carruajes y peatones.
No obstante, en algunas ciudades el asistir al paseo a pie estaba mal visto para los miembros de la alta sociedad, sobre todo para las damas, especialmente en aquellas en las que el protocolo era más rígido.
Un ejemplo en este sentido fue la alameda de los Descalzos de Lima, afirmando para fechas tempranas a su inauguración el cronista F. Buenaventura de Salinas y Córdoba, que las señoras acudían a ella en carrozas, exagerando posiblemente su número al decir que en más de cuatrocientas, desde las que mantenían conversaciones con los caballeros «como si se tratara de un balcón en medio de un ambiente grato y fresco».
85 Para fines del siglo XVIII, el Mercurio Peruano destacaba un prejuicio que embarazaba «algún tanto» el agradable espectáculo ofrecido por el paseo.
Concretamente, «aquella precisión de mantenerse en calesa mirándose la cara unos a otros, y la costumbre de no poder presentarse a pie, sin chocar con los principios contrarios de la opinión (etiqueta)».
86 A inicios del siglo XIX, otro testimonio, en este caso del inglés William Bennet Stevenson, describía como «el rico va en su calesa con una mula de tiro; el noble en su coche tirado por dos mulas; el título de Castilla en su coche jalado por cuatro, y el virrey acude en su carroza o coche tirado por seis mulas», exponiendo también que los caballeros iban por costumbre solos a caballo.
Para ese autor, el viajero confundió nobles con oidores, por eso la confusión entre «nobles» y «títulos de Castilla», 116.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 los que no había corrida de toros se encontraba lleno de «las alegres volantas» y paseantes, siendo la costumbre retirar el toldo o cubierta de los carruajes que protegía a los viajeros del sol y la lluvia, ofreciendo «las hermosas cubanas... a la multitud el espectáculo de sus personas sentadas en estos tronos giratorios».
88 En otras, como Quito o Santiago de Chile, en algunos de sus paseos la presencia de coches era menos relevante.
En la primera, un testimonio del siglo XVIII afirmaba que las carrozas y calesas eran poco utilizadas en el único paseo que había para ello, «saliendo por San Blas y Sta.
Prisca al Ejido», al preferir los hombres pasearse a caballo «o mulas de buen paso, y las señoras a pie o a lo más en silla de mano muy elegantes».
89 Sobre la ciudad de Santiago sabemos por el testimonio del ya citado Samuel Haigh del año 1817, que en los días de fiesta «las niñas van al Tajamar muy elegantes, en sus calesas arrastradas por una mula», al tiempo que numerosos peatones se paseaban sobre la muralla del Tajamar, «que es con mucho el paseo más agradable de Santiago».
90 En líneas generales, lo habitual era que el momento principal del paseo tuviese lugar durante la tarde, siendo la noche en cambio el propicio para la realización de actividades poco lícitas.
91 En México, según aparece en el expediente formado sobre el remate de la conservación de la Alameda y paseos para los años 1809 a 1812, el horario de cierre de las puertas de la primera debía producirse «a la oración de la noche» y su apertura a las seis de la mañana, con el objetivo de evitar desórdenes.
92 En Mérida de Yucatán, en las ordenanzas para la dirección y gobierno de la alameda formadas por Lucas de Gálvez, una de las primeras medidas se dedica precisamente a «precaver los excesos y desórdenes que la oscuridad de la noche pueda franquear en la alameda con la concurrencia de diversas gentes que asisten», resolviéndose por ello poner iluminación las noches oscuras, hasta las doce de la noche.
93 En la segunda, como en otras ciudades localizadas en regiones muy cálidas, es lógico pensar que las horas del paseo se retrasaran hasta el 88 Pérez de la Riva, 1966, 50-52.
91 En la España peninsular, en casos como el del paseo del Prado de Madrid, se consideraba un desprestigio asistir a esas horas por los encuentros furtivos y las venganzas por aventuras amorosas que se sucedían.
Ordenanzas para la dirección y gobierno de la alameda de Mérida formadas por el autor de ella el señor don Lucas de Gálvez.
atardecer y se alargaran algo más durante la noche.
Esto sucedía también en ciudades como Cartagena de Indias, según destaca un testimonio anónimo de fines de la década de 1770 y principios de la siguiente, en el que se menciona que por este motivo no se veía en ella durante el día «gentes blancas» y que era en la noche «cuando se vive allí», pudiéndose ver entonces «tantas madamas por las calles y tan petimetres llenando las tiendas, otras a los paseos con diferentes instrumentos y bailes, otras con sus cortejos comiendo frutas».
94 Junto a los paseos cotidianos, las alamedas y paseos fueron también escenarios privilegiados para fiestas en diferentes momentos del año.
En la ciudad de México especialmente durante el desarrollo de festividades como las del carnaval o la cuaresma, acudiendo durante la primera «todas clases de personas» para la celebración de concursos, no produciéndose en años como el de 1757 en ella «ni en las calles de esta capital, ninguna desgracia por la exacción de los guardias de granaderos y caballería que la rodea-ban...».
95 A partir de fines del siglo XVII y de forma especial durante el XVIII, el esparcimiento más característico durante la cuaresma eran los paseos que tenían lugar en las orillas de la acequia real y del canal que comunicaba la ciudad de México con Chalco.
En ellos abundaban los puestos de comida, pulperías y trajineras, con músicas a bordo, y con el objetivo de evitar posibles excesos, se dictaron decretos como el de 1748 que, «sin excepción alguna», obligaban al abandono de paseos como el de Jamaica y de la acequia a las nueve de la noche.
96 El de la Viga era el preferido por la aristocracia durante la primavera, aspecto que ha quedado reflejado en descripciones tanto de relatos como de novelas costumbristas, 97 aunque durante la Semana Santa se convertía en lugar de encuentro de diferentes sectores sociales, por lo que contaba con carácter menos exclusivista.
98 En Lima, a inicios de la década de 1790, según se menciona en el Mercurio Peruano, en la alameda de los Descalzos los paseos eran más concurridos durante los domingos, especialmente el de Año Nuevo, y el 94 Acevedo, 1964, 218-219.
95 Como pone de relieve Juan Pedro Viqueira, esto se producía en un siglo en el que el carnaval era duramente reprimido al interior de la traza urbana de la capital.
En el caso de Madrid, también los paseos se ponían de moda dependiendo del momento del año y según las preferencias de la población por uno y otro sector durante determinados períodos tiempo.
EMILIO JOSÉ LUQUE AZCONA 2 de agosto, «por el Jubileo de la Iglesia inmediata de los Recoletos franciscanos».
99 Como sucedía en la Alameda de México, los virreyes hacían aquí acto de presencia en días señalados, como el de San Juan, al tiempo que se celebraban carreras de caballos.
100 En Santiago de Chile una de las celebraciones que congregaba a más personas a comienzos del siglo XIX en la alameda de las Delicias era la de fin de año, con un marcado carácter popular.
101 La Alameda de México y algunos de los paseos mencionados de otras ciudades hispanoamericanas, continuaron siendo en las décadas siguientes a las independencias puntos de encuentro, a pesar del clima de inestabilidad vivido en amplias zonas de la región.
Así lo plasmaron algunas personas que estuvieron de paso por México, por ejemplo, el austriaco Isidore Löwenstern, que en sus memorias del año 1838 destacaba el cambio del tipo de usuarios de la Alameda según el momento del día: por la mañana, de siete a nueve, es el punto de reunión de hombres de Estado, sabios, generales sin ejército y comodoros sin flota.
A las nueve el jardín pierde a sus ilustres huéspedes y se ve invadido por una multitud de nodrizas, criadas con niños e indígenas harapientos o vestidos con un traje aún más natural...
Por fin, de seis a ocho de la tarde el paseo alcanza su mayor brillo con la gente elegante que lo recorre tanto en coche como a caballo o a pie.
102 También la ya mencionada escocesa Madame Calderón de la Barca, que afirma en su contemporánea descripción a la anterior que para ella no había nada más agradable que caminar por la Alameda, por ser «tan hermosa» y gozar de una «agradable sombra», si bien apunta que para entonces era extraño el ver a damas paseando, puesto que iban siempre en coche.
103 También destaca que en el paseo de Bucareli había reuniones todos los días, especialmente durante los domingos y festivos, pudiéndose observar «dos largas filas de carruajes llenos de señoras, multitud de caballeros montando a caballo entre el espacio que dejan los coches, soldados, de trecho en trecho, que cuidan el orden y una muchedumbre de gente del pueblo y de léperos, mezclados con algunos caballeros que pasean a pie».
104 Para el caso de Lima, hacia 1850 la ciudad contaba con tres paseos principales, la alameda Vieja, la de Acho y Amancaes.
La primera apenas ya se frecuentaba y sobre la segunda, un testimonio de un viajero francés, Eugene Charton, destaca como en ella todavía los «nuevos coches franceses y americanos, se cruzaban con las grandes y ricas carrozas antiguas (virreinales)», 105 aspecto que pone de relieve la llegada de nuevas influencias al tiempo que permanecían viejas tradiciones en uso.
Sobre la alameda de Buenos Aires sabemos que a principios de la década de 1820 continuaba siendo el único paseo cercano al centro, por lo que solía estar bastante concurrido al atardecer y en los días de fiesta, no siendo hasta 1829 cuando se abriría el primer jardín público de la ciudad, el Parque Argentino, organizado por Santiago Wilde.
106 Esto último no sería óbice para que la alameda mantuviese un papel destacado como punto de encuentro, mencionando en este sentido el británico William Mac Cann, en su obra publicada en 1853, titulada Viaje a caballo por la República Argentina que realizó en 1847, que en ella podían «verse a centenares de argentinos y extranjeros que frecuentan este gran retiro y cambian saludos comentando las últimas noticias y los chismes del día.
Muchos jinetes de uno y otro sexo llenan el extremo norte de la Alameda», siendo los coches que se veían para esos momentos comparativamente pocos.
107 Se observa, por tanto, que si bien las alamedas y paseos de la América española compartieron desde el punto de vista material, rasgos comunes con diferentes variables, en lo que a los usos se refiere pueden apreciarse diferencias, atendiendo al momento y el lugar de que se trate, destacando en este sentido un mayor boato en las dos capitales virreinales con mayor tradición, Lima y México, frente a otras ciudades de la región; diferencias en las horas de disfrute de estos paseos, según las características del clima; protocolos diferentes a la hora de relacionarse damas y caballeros o un carácter más exclusivo según la mayor o menor presencia de sectores subalternos.
No obstante, en líneas generales pueden advertirse una serie de aspectos comunes, como el protagonismo de carruajes y jinetes entre los sectores más acomodados en un número importante de los casos analizados; la importancia 104 Ibidem, 2008, 43-44.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.04 del cortejo, especialmente relevante en el caso de Lima; o la relevancia de las alamedas y paseos como escenarios para la celebración de diferentes festividades.
También su importancia como lugar para la trasgresión, especialmente durante la noche.
Muchos de estos aspectos se mantuvieron después de las independencias, pudiéndose observar lentos cambios en algunos de los casos analizados, al tiempo que algunas de las alamedas y paseos más tradicionales perdían peso frente a otros de más reciente aparición.
Las principales ciudades de la América española se hicieron eco de las modas y costumbres que llegaban del otro lado del Atlántico, y las alamedas y paseos que se fueron conformando en sus cascos urbanos o en sus alrededores fueron un claro reflejo de ello.
No obstante, con esta investigación hemos pretendido poner de relieve que si bien desde el punto de vista material, estos espacios compartieron rasgos comunes, con diseños y elementos similares a los existentes en la España peninsular, hubo en cambio diferentes formas de uso e interrelación dependiendo de la ciudad o del momento que se considere.
También que los sectores subalternos tuvieron una presencia más relevante de lo que tradicionalmente se ha destacado, en el uso y disfrute de estos paseos, al haberse centrado muchas de las descripciones de la época en la forma en la que los grupos de poder acudían y se relacionaban en las alamedas y paseos.
Tras las independencias, es lógico pensar que la coyuntura de inestabilidad política y económica dificultara en muchos casos el desarrollo de obras públicas de envergadura en centros urbanos de la región.
Algunas alamedas fueron abandonadas temporalmente, como la del Callao, o pasaron a un segundo plano frente a otros paseos, como sucedió con la de los Descalzos de Lima.
La ruptura con España no supuso un cambio brusco en los rituales urbanos que existieron en esos espacios, como ponen de relieve varios de los testimonios incluidos en este trabajo para casos como el de la Alameda de México de la década de 1830.
No obstante, otros como el de 1850 referido a la alameda de Acho de Lima, refleja ya la incorporación de nuevos elementos, como la presencia de nuevos coches franceses y americanos entre los que todavía circulaban, como testimonios de un tiempo pasado, los antiguos coches virreinales. |
El coche de caballos, surgido en el Renacimiento e institucionalizado y generalizado en el siglo XVII, tuvo un enorme impacto en la sociedad del Antiguo Régimen.
1 Ya señaló de manera pionera el profesor Domínguez Ortiz que los carruajes interesan tanto al urbanismo, como al arte, la economía o las mentalidades.
2 De todo ello, una de las cuestiones más significativas es la transformación que para facilitar su circulación vivieron las ciudades y su arquitectura.
Así, en una primera visión de conjunto, analizaremos, tanto en España como en los virreinatos americanos, las tipologías urbanas de las alamedas y de los paseos vinculadas al desarrollo de la carrocería y entendidas como verdaderos escaparates sociales de los coches, los cuales hasta ahora apenas han sido tenidos en cuenta al trazar la evolución de las ciudades, a pesar de que fueron uno de los principales símbolos de la sociedad cortesana moderna.
La alameda de Hércules, «paseo memorable en todo el mundo», y otros casos sevillanos
Las urbes europeas que vieron surgir los carruajes tuvieron que adaptar su trazado medieval a la circulación de tales vehículos, que a lo largo del siglo XVI se hicieron frecuentes.
Caso paradigmático al respecto fue Sevilla, cuyo irregular urbanismo de tradición islámica, parecía inoperante para el desarrollo de los coches, a lo que se sumó el rechazo que produjeron en su población.
Así, en 1579 se decía: «las calles de esta çibdad, desde que ay los dichos coches, están perdidas e ladrilladas y hechas carriles, las cañerías están quebradas».
A pesar de ésta y otras protestas, el ayuntamiento hispalense, con inusitada visión de futuro, llevó a cabo un aggiornamento del viario de la ciudad durante el reinado de Felipe II, con la intención de facilitar el tránsito de coches, cada vez más numerosos.
De este modo, emprendió una política de eliminación de los obstáculos que complicaban su tránsito; potenció la pavimentación, ensanchamiento y alineación de sus calles y reguló el tráfico de carruajes.
4 En este marco de renovación urbana hay que insertar la construcción de la pionera alameda de Hércules entre 1574 y 1578, cuya génesis parece que nada tiene que ver con el aumento de coches que vivía Sevilla.
En tal sentido, Peraza, en la primera mitad del siglo XVI, antes por tanto de su renovación, describió este lugar como «plaza de mucha grandeza, más larga que ancha» donde se pueden «correr toros, jugar cañas, justar y hacer torneo, atajándola sin que unos a otros se puedan estorvar».
Igual función, pero transformada ya en flamante alameda, es la que dijo que tenía Morgado al describirla a fines de dicha centuria: «tan ancha y llana que pueden jugarse cañas en cualquiera de estas calles assí cercadas de árboles, aunque las cuadrillas sean de a doze caballeros, prestándoles buena comodidad su suelo tiesso arenoso».
5 En cualquier caso, aunque antes y después de su conversión en alameda este lugar fuese marco de fiestas caballerescas -que encarnaban el espíritu de la tradición medieval-, desde su reurbanización hay constancia de la importancia que allí adquirió la circulación de coches.
Así, Rodrigo Caro en sus Antigüedades de 1634 dijo que la alameda contaba con «más de mil y setecientos árboles puestos en orden, de modo que hacen dos anchísimas calles, passeo frecuentado de mucha caballería y coches los veranos».
6 Esta proporción se invirtió en pocas décadas, cuando Ortiz de Zúñiga afirmó en sus Anales de 1672: «vese este sitio en las calurosas noches frecuentado de innumerables coches, que lo hacen paseo memorable en todo el mundo».
7 Resulta del máximo interés que para Ortiz de Zúñiga fuera precisamente la presencia de innumerables coches en la alameda lo que la convertía en paseo memorable en todo el mundo.
Ello prueba, de una manera tan rotunda como expresiva, el triunfo definitivo de la carrocería en este paseo.
Cabría plantearse que las palabras de Ortiz de Zúñiga fueran hiperbólicas, pero la realidad desmiente tal suposición.
La proyección de la alameda sevillana, como es sabido y veremos más adelante, fue internacional y la afluencia a ella de coches quedó reflejada en su iconografía.
De las vistas de la primera mitad del siglo XVII que de ella contamos, la más significativa es la del colegio de los Ingleses de Valladolid.
8 En todas aparecen coches, pero en la vallisoletana la alameda se ha convertido ya en un regularizado circuito de carruajes, como si de un auténtico circo romano se tratase.
Según este cuadro, los coches accedían por las columnas romanas desde la calle Amor de Dios y en dos ordenadas y nutridas filas de sentido opuesto recorrían la calle central de la alameda, dando la vuelta en su extremo opuesto, donde se ubicaba la cruz del Rodeo, cuyo nombre es posible que no sólo aludiera a que era rodeada por los fieles que peregrinaban a ella, sino también por los coches que por allí discurrían.
La perfecta alineación de los carruajes en tal imagen invita a pensar que existiese alguna norma que evitase atascos y disputas, como veremos en casos posteriores.
Quizá se reguló que los carruajes ruaran por la calle central, dejando las laterales a los peatones.
Priman en la vista de Valladolid los coches forrados de cuero negro, tachonados con clavos y bollones de latón dorado, siguiendo el modelo cortesano, cuyo ejemplo conservado más antiguo es el de Felipe III del Museu Nacional dos Coches de Lisboa, revestido en su interior de terciopelo y damasco rojos, 9 como significativamente se ve en el carruaje del primer plano de este cuadro.
Tal tipo de vehículos aparece en otras vistas de Sevilla, como en el Auto de Fe celebrado en 1660 ante el ayuntamiento.
10 De esta forma, el hipódromo que había sido la alameda en origen se convirtió en un verdadero circuito de coches.
Aunque las fuentes referidas parecen indicar que tal cambio se produjo en la primera mitad del siglo XVII, otras, tanto foráneas como sevillanas, induce a retrotraer esa fecha a fines del XVI.
En tal sentido, ya en 1582 Dámaso de Frías, en su Diálogo en alabanza de Valladolid, destacaba del prado de la Magdalena, en las noches de verano, «la gente a pie, en coches y a caballo».
Solo cinco años más tarde Alonso de Morgado en su Historia de Sevilla se admiraba de que la capital bética contase con la presencia de «tantos príncipes, duques, marqueses, condes y señores de título... con muchedumbre de coches, carroças y literas».
Por su parte, en 1590 ya se apuntaba lo mismo del Prado madrileño.
11 Sin duda, los referidos paseos de Sevilla, Valladolid y Madrid fueron modelos en todo el mundo hispánico, pero en relación al caso hispalense 9 Bessone, 1993, 37-43.
También encuerada, claveteada y abollonada es la silla de manos del Niño de la Virgen de las Aguas de la colegiata del Salvador, que prueba la pervivencia de tal tipología a fines del siglo XVIII, cuando se fecha la obra en Gómez Piñol, 2000, 336-337.
Así, en Écija su ayuntamiento decidió en 1578 -cuando aún se trabajaba en la alameda sevillana-articular un paseo dedicado a San Pablo a las orillas del Genil, de disposición similar al sevillano y en el cual también se localiza la presencia de coches en referencias posteriores.
12 Volviendo a la alameda de Hércules, hay que indicar que entre las causas que propiciaron su conversión en paseo de coches, mucho más que el mero transporte, pesó que los carruajes se convirtieron en medios esenciales de sociabilidad y galanteo.
Destaca en tal sentido una comedia de título tan significativo como La Alameda de Sevilla y recato en el amor, escrita por Cristóbal de Monroy y Silva a fines de la primera mitad del XVII -su autor murió en 1649-aunque publicada a principios del XVIII.
En ella se dice de la alameda: «en este, pues, sitio ameno, en esta frondosa estancia, tardes de verano y noches los caballeros y damas hazen alarde vistoso de hermosura y gala... aquí carrozas y coches siéndolo de Auroras tantas con dilatado paseo con espaciosa arrogancia torpes baxeles navegan esta selva de Tesalia».
El protagonismo que cobra el paseo hace decir a un galán: «o mal aya la Alameda mil vezes!
Pluviesse al Cielo que no la vieran mis ojos, no sintiera lo que siento».
13 Sobre la evolución de la alameda, los Anales de Matute señalan que, durante la estancia sevillana de la corte de Felipe V, «la frondosidad de sus copudos álamos y el frescor de sus fuentes y las delicadas aguas con que se riega los veranos, atrae en esta estación a todos los vecinos y aún a los serenísimos Príncipes e Infantes».
14 En tal escaparate, cuyos palcos para la interpretación de música hicieron de la alameda «la más amena Arcadia», 15 es fácil imaginar la admiración -y seguramente la emulación-que producirían los dos carruajes «mui ricos que se han hecho en París para los sereníssimos señores Príncipe y Princesa».
16 Recordemos que la corte llegó a Sevilla en 1729 en tres berlinas, trescientas cincuenta calesas y noventa coches de otros tipos.
De hecho, el grabado de Tortolero de su entrada a la ciudad por Triana lo centran las berlinas de los reyes y del resto de la familia real.
18 Muestra, además de la reforma del lugar llevada a cabo en 1764 y 1765, como seguía siendo un paseo de viandantes, caballeros y carruajes, aunque en esta ocasión sólo aparecen dos de estos últimos, en los que destaca su rica labor de talla dorada de estilo rococó.
Para entonces, más que los sobrios coches forrados de cuero negro, propios de la casa de Austria, el gran modelo carrocero era el francés, en particular las «grands carosses» que se difundieron desde la corte de Luis XIV.
Es posible que los carruajes de los azulejos de Osuna se inspiraran, además de en los coches sevillanos, en los recogidos en los espléndidos y celebérrimos grabados que ilustran la Encyclopédie de Diderot y D'Alembert.
19 De lo hasta aquí expuesto, cabe deducir que aunque la alameda de Hércules no se llevó a cabo como paseo de coches, a la postre fue el gran escaparate para la exhibición de carruajes en la Sevilla de los siglos XVII y XVIII.
Su disposición, alargada pero a la vez de gran anchura, no fue premeditada, ya que se adaptó a una vieja madre del Guadalquivir, pero resultó idónea para el paseo de coches.
Es significativo que su disposición fuese adoptada por las alamedas y paseos que veremos en adelante.
20 Ahora bien, la importancia de la alameda no puede hacer olvidar otros paseos con los que contó Sevilla y en los cuales también lucieron sus coches.
Como señala Matute en sus referidos Anales, «siempre el puente de Sevilla ha sido uno de los sitios más concurridos por la diversión que ofrece su continuo tránsito, amenidad del río y frescura que sus mareas traen en verano».
21 La amplísima iconografía de Sevilla muestra la animación que siempre hubo en las orillas del río, en particular en su famoso Arenal.
Ya la célebre vista de la ciudad del Museo de América de Madrid incluye, por vez primera, algunos coches circulando por ese lugar.
Su número aumenta en «Qui non ha visto Sevilla non ha visto maravilla», editada por Janssonius en 1617, momento a partir del cual es rara la vista de la ciudad que no cuenta con la presencia de carruajes.
22 Justo un siglo más tarde, Matute señaló que la nobleza de la ciudad empleaba el que él llama «Paseo del Río» para discurrir con sus carrozas.
En la segunda mitad de esa centuria también alude a que, con motivo de la llegada en 1766 del embajador de Marruecos en España y del de España en Marruecos, «varias autoridades y mucha nobleza en ricos coches salieron a recibirles camino de Dos Hermanas y vinieron en un cortejo por la orilla del río a entrar por la puerta de Triana hasta el real Alcázar».
23 Cortejos de carruajes como el referido se convirtieron en distintivos de las grandes festividades barrocas de Europa.
Estas procesiones sobre ruedas quedaron reflejadas en grabados y pinturas relativas tanto a entradas como a matrimonios reales; a la entrega de cartas credenciales a los papas en la Roma barroca y a otras fiestas en las que la sucesión de numerosos carruajes se convirtió en imagen distintiva de la celebración o, cabría decir quizá, en la celebración misma.
24 El caso romano es muy significativo, siendo con Urbano VIII -y en gran medida gracias a los diseños Bernini-cuando los coches se convirtieron en una de las más refinadas creaciones del barroco y en auténtica forma simbólica de un nuevo tiempo tan dinámico como efímero.
25 20 Otros ejemplos de su entorno inmediato son los de Jerez, estudiados en Aroca Vicenti, 2004.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.05 Volviendo al caso sevillano, hay que referir que ambas márgenes del río fueron urbanizadas en el siglo XVIII, teniendo interés para nuestro asunto el paseo que se hizo en Triana, para el que «se construyó sobre pilotaje un gran murallón... dejando entre él y las casas un espacio capaz de pasar tres coches pareados».
Se trataba por tanto este «Paseo del Malecón», como lo llama Matute, de otra alameda, ya que, tras concluirse en 1785, se repoblaron de álamos sus calles.26
El suntuoso caso madrileño y el carruaje como «el mayor deleite de las señoras» El caso de Madrid ha sido agudamente analizado por López Álvarez, que señala que, al igual que otras ciudades de la monarquía, la capital de España desde 1570 mostró interés en reformar su trazado para facilitar el uso de carruajes.
No obstante, fue con el definitivo regreso de la corte en 1606, tras su estancia vallisoletana, cuando tal asunto adquirió mayor protagonismo.
Por poner un ejemplo de 1613, su ayuntamiento elevó al consejo de Castilla un memorial que señalaba el «mucho concurso de gente que acude al prado de San Jerónimo y el poco lugar que ha para poder andar los coches».
Recoletos, San Jerónimo y Atocha no dejaron de ser reformados con tal intención a lo largo de toda la Edad Moderna.
27 Sin duda, el gran paseo de Madrid fue el del Prado, estudiado in extenso por Lopezosa.
Se trataba de una cañada que desde Recoletos a Atocha separaba la ciudad del Buen Retiro.
La afluencia de carruajes fue abundante aún antes de construirse el palacio homónimo, siendo habitual que las damas fuesen en coche y los señores a caballo.
En 1619 se establecieron las primeras medidas circulatorias, de forma que los cocheros habrían de guiar los vehículos en fila, «sin pararse los unos con los otros en todo el dicho distrito so pena de vergüenza pública y dos años de destierro desta corte».
Tan elevadas penas evidencian la magnitud de su tráfico.
28 El aumento de la circulación hizo que en la segunda mitad del siglo XVIII las normas se hiciesen más estrictas, especificando las zonas para circular a pie, a caballo y en coche.
Los carruajes habrían de ruar en fila, por los laterales del paseo en una calzada específica, quedando prohibido que estacionasen en el Prado.
No obstante, las normas dictadas fueron habitualmente incumplidas, en particular el sentido de las filas, el acceso y salida del paseo y el estacionamiento en el mismo.
Tan intenso tráfico era debido, además de a la circulación de recreo, a los carruajes de viaje que entraban o salían de Madrid por las puertas de Recoletos, Alcalá y Atocha o los que iban y venían al palacio del Buen Retiro y al Pósito.
Ello obligó a varios ensanches del paseo.
29 La abundante iconografía de Madrid muestra este trasiego de coches en el Prado.
En tal sentido, cabe mencionar la Vista de la Carrera de San Jerónimo y el Paseo del Prado, atribuida a Jan van Kessel III, del Museo Thyssen de Madrid, que muestra más de media docena de coches.
No se sabe qué representa la escena, protagonizada por un cortejo de coches que se dirige al palacio del Buen Retiro.
Se ha planteado que pudiera ser el cortejo del príncipe Eugenio de Saboya-Carignan que visitó a Carlos II en 1686, pero Trinidad de Antonio propone datarlo a finales de la década de los 70.
30 Por su parte, López Álvarez ha destacado la simultaneidad de tipos de coches representados, ya que unos siguen la tradición nacional forrados de cuero negro, otros son carrozas abiertas de tipo romano y también aparecen las nuevas «grands carosses» francesas.
31 La obra refleja el modo de desfilar los coches, configurando una procesión.
Nada tiene ello que ver con el caso de las vistas de la alameda sevillana referidas, ya que el ejemplo madrileño es un único cortejo y en Sevilla lo que vemos es la sucesión de carruajes de distintos dueños, que se disponían de ese modo respondiendo quizá a una normativa municipal.
La iconografía de Madrid no muestra nada similar hasta la imagen que del paseo del Prado de Liger, del siglo XIX, donde se ve una sucesión casi infinita de coches que giran de manera ordenada antes de llegar a la fuente de Cibeles.
32 Por otra parte, no podemos olvidar la enorme proyección que tuvo el paseo del Prado, el cual se convirtió en modelo urbanístico a ambos lados del Atlántico, como ocurrió, por ejemplo, con la alameda de Málaga o con el Paseo de Caracas.
33 En cuanto al uso del coche, López Álvarez ha analizado su vinculación a las damas y ha dicho que fue una auténtica revolución por ampliar «las posibilidades de movilidad de las mujeres atacando uno de los bastiones de la sociedad del Antiguo Régimen: el control masculino del espacio femenino y su movilidad, poniendo a la par en movimiento la emulación social».
Sin duda, la patológica pasión que los coches produjeron en toda la sociedad anidó particularmente en las damas, de lo que fue buen reflejo la literatura, como un entremés de Benavente en el que una señora le decía a su galán «pues yo he de andar en coche, aunque no comas».
No es de extrañar que Lope de Vega dijera que el coche «era el mayor deleite de las señoras».
34 También agudo y muy innovador ha sido el análisis en relación al urbanismo madrileño y al carácter femenino del coche que ha realizado García de Santo Tomás en relación a la literatura del siglo de Oro, en particular a las comedias de Lope de Vega.
Apunta que el Fénix recoge en sus obras la rápida transformación que vivió Madrid en las primeras décadas del siglo XVII, de manera que la ciudad se convirtió en un verdadero teatro urbano.
En tal sentido, dice que el paseo del Prado asumió un total protagonismo en relación a las actividades de ocio y recreo, «en donde se pasea y se luce, en donde se busca mirar y ser mirado o seducir y ser seducido», en todo lo cual tuvo enorme protagonismo el coche.
Su análisis se basa en Las bizarrías de Belisa de Lope, donde es evidente el protagonismo de la ciudad y sus paseos.
En estos últimos el coche se convirtió en «un lugar de extraordinaria intensidad, a modo de confesionario o de diván, garantizando una total discreción al amor y sus confidencias».
Así, «el mapa urbano, saturado de trayecto y trayectorias, será la nueva cartografía amorosa en donde los amantes deberán encontrarse superando las previas imposiciones de un tráfico incesante de carruajes, personas y, fundamentalmente, de sentimientos que se cruzan».
Apunta también que el coche, además de medio de transporte, era «casi una extensión del espacio doméstico» y «un signo de capital social al tenerlo aparcado a la puerta, a modo de heráldica en la fachada».
Lope llamaba a los ríos de vehículos que se forman en los paseos de la ciudad «Magallanes de los coches».
Estos alcanzaron su máxima significación en los paseos, el Prado y el del Manzanares principalmente, donde el coche se erige en «nuevo lugar de seducción en donde la dama es dueña y señora».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.05 Expresivo de lo anterior es el Viaje por España en 1679 de la condesa D'Aulnoy, tanto por sus referencias a los paseos, como a los modos de llevarse a cabo y a las posibilidades que generaban.
Su carácter extranjero sirve además para hacer comparaciones con Francia, con la cual establece constantes parangones.
36 Indica madame D'Aulnoy que en el verano las márgenes del Manzanares servían «de paseo a los coches» y que «se hace alto en ciertos lugares, donde se permanece hasta las dos o las tres de la madrugada», a lo que suma que «con frecuencia se reúnen allí más de mil carrozas».
En otra ocasión dice que fue a pasear con una prima suya y que «salimos por la puerta de San Bernardino, donde se pasea en invierno», lo que evidencia el cambio de lugar según las estaciones.
En los paseos los coches se dispo nían en fila, especificando que «en días determinados, todo Madrid pasea por los sitios preferidos, adonde el Rey acude raras veces y adonde también suelen ir los personajes de la corte.
Resulta muy incómodo el uso de tiros largos, porque los caballos ocupan mucho sitio, lo cual hace que estorben unos a otros».
No obstante, en las raras ocasiones en que el monarca hacía acto de presencia, «es costumbre que cuando pasa el rey se detengan todos los coches y se bajen las cortinillas en señal de respeto».
Pero la D'Aulnoy y su prima, siguiendo la costumbre francesa, dejaron las cortinas de su coche abiertas «y nos limitamos a dirigirle un saludo ceremonioso» al rey.
Los modos franceses eran más relajados que las estrictas tradiciones españolas, de manera que la condesa dice en otra ocasión: «fuimos de paseo al Prado a la francesa, esto es, caballeros y señoras en el mismo carruaje».
No obstante, debido a que podría peligrar la reputación de una ocupante española, «tuvimos echadas las cortinillas mientras hubo mucha gente», lo que no les impidió establecer sutiles relaciones sociales, ya que el nuncio y el embajador de Venecia «hicieron que su coche se acercara al nuestro».
37 Pone en evidencia todo ello que la vida social giraba en torno al coche.
En tal sentido, resulta de sumo interés que la visitante francesa relate para qué se iba a esos paseos y qué se hacía en ellos, incluso cuando las cortinillas se bajaban en señal de respeto o meramente por discreción.
Así, en ocasiones los coches que paseaban por las riberas del río eran escenarios de lances de amor, como en un caso en el cual una dama puso a prueba a su enamorado, advirtiéndole: «sólo aceptando estas condiciones podéis subir a mi carroza».
Es fácil imaginar cuáles eran tales condiciones.
No obstante, lo más interesante es que señala las formas de sociabilidad, ya que apunta que en el paseo se encontró con un hijo del duque de Alba, el cual llevaba «un tiro tan admirable que le prodigué alabanzas cuando su carroza se acercó a la nuestra».
El joven noble respondió poniendo sus caballos a disposición de la francesa.
Por supuesto, tales galanterías no estaban permitidas a todas las señoras, ya que las mujeres de nobles familias sólo concurren a los paseos públicos el día de su boda y aún aquel día van en el coche con su esposo, muy compuestas y atildadas.
Es de ver el efecto que producen dos figuras así, una frente a otra, tiesos como cirios y que se miran sin decirse una palabra.
Por el contrario, algunos caballeros que «no están casados o hacen poco aprecio a las mujeres, después de haberse divertido en el Prado, a donde van medio desnudos y casi tumbados en sus carrozas, en las últimas horas de la noche cenan bien y montan a caballo».
38 La diferenciación por sexos resultaba por tanto básica en cuanto al uso de los coches.
Quizá lo más expresivo que cuenta la D'Aulnoy sea que «las damas que no pertenecen a la primera nobleza van a los paseos en coche, llevan las cortinillas cerradas y miran al exterior por pequeños cristales colocados en el testero de la carroza».
Añade a ello que «al anochecer, los caballeros que pasean por el Prado a pie se acercan a las carrozas donde van las damas y les arrojan flores y perfumes.
Cuando se les permite, suben a la carroza con ellas».
39 Esta misma fuente también apunta la relación de los paseos de coches con las grandes celebraciones de la época.
Así, en la extraordinaria descripción que hace de una corrida de toros celebrada en la plaza Mayor, en presencia del rey, dice que el acceso en coche a la plaza sólo estaba permitido a personas de calidad, como los embajadores, «que entran con sus carrozas y pasean alrededor de la plaza hasta la llegada del rey.
Los caballeros saludan a las damas que se asoman a los balcones con la cabeza libre de manto y adornada con hermosa pedrería».
La imagen producida sería deslumbrante, solo superada por la presencia del monarca.
En este sentido, apunta que «al llegar la comitiva de Palacio salen tras ella todas las carrozas que paseaban en la plaza».
La comitiva regia -por sí sola imponente-la formaba la carroza del rey, precedida de cinco o seis carrozas con los oficiales, las meninas y los pajes de su cámara, y la carroza de respeto que va siempre vacía inmediatamente delante de la de Su Majestad, cuyo postillón y cuyo cochero llevaban la cabeza descubierta, llegó rodeada de guardas de pie.
Éstos, que se llaman guardias de corps, armados con alabardas, siguen de muy cerca la carroza real, junto a cuyas portezuelas van muchos pajes vestidos de negro.
En la comitiva regia se encontraban asimismo las damas de la reina, que asistieron también a la fiesta, presididas por la duquesa de Terranova, en carrozas del rey, acompañadas por nobles de alta condición, que andaban unos a pie junto al estribo, para estar más cerca, y otros montados en arrogantes caballos.
Para poder permitirse esta galantería es necesario obtener antes el consentimiento de la dama por quien se hace.
A las damas de la reina se sumaban las dueñas de honor, también en carroza, a las que acompañaban los guardadamas a caballo.
40 Otra fiesta en la que la presencia de coches fue llamativa fue el Te Deum que se celebró con motivo del acuerdo matrimonial de Carlos II con la princesa de Orleans, que se celebró en la basílica de Atocha.
La D'Aulnoy dice que como las damas no asistían a tales ceremonias se tuvo que conformar con ver pasar la comitiva regia desde un balcón.
La imagen debió ser impresionante, a pesar de que al asomarse «creí ahogarme con el mucho polvo que levantaban los carruajes».
Aunque el rey llevaba de acompañamiento poca servidumbre, le seguían los personajes de la corte en sus carrozas, que «tantas eran que no me fue posible contarlas».
41 También alude a la entrada en Madrid de embajadores y otros personajes, de las cuales no dejó de sorprenderme que algo tan vulgar como son esta clase de recepciones de magnates y embajadores despierta tanta curiosidad y entusiasmo en las damas de la corte hasta el punto de que cuando tiene efecto uno de tales acontecimientos, ni una sola falta en los balcones, vestida con sus mejores galas, como si se tratase de recibir a un rey.
Pero pronto caí en la cuenta de que la poca libertad de que disfrutan es causa de que aprovechen la mejor ocasión de lucirse y recrearse.
Les proporcionan estos festejos motivo para entenderse con sus amantes, que desde sus carrozas, situadas a corta distancia de los balcones donde se lucen las damas que cortejan, sostienen con ellas conversaciones mudas, en las que desempeñan un papel importante los ojos.
42 Cualquier excusa era buena para usar el coche y configurar una larga comitiva.
Así, indica que las señoras cuando se visitaban en sus casas iban en sillas de manos, «como una piedra preciosa en su engaste», mientras «una carroza conducida por cuatro mulas con tiros largo sigue pausadamente a los porteadores de la silla».
La estampa en ocasiones era sorprendente, como cuando «hace no mucho tiempo vi un cortejo de más de cincuenta sillas y otras tantas carrozas enfiladas, que al salir del palacio de la señora duquesa de Frías tomaban la dirección del de los duques de Uceda».
43 La agudeza de madame D'Aulnoy evidencia que los coches se habían convertido en el principal símbolo de status de la sociedad cortesana barroca, así como en plataforma de sociabilidad, particularmente de las damas.44
La alameda de México, «ver y ser vistos, cortejar y ser cortejados», y otros ejemplos novohispanos
Las ciudades americanas siguieron el ejemplo metropolitano de inmediato en cuanto a los paseos y las alamedas, reconociendo explícitamente en algún caso tal vinculación.
De los ejemplos que cabe traer a colación, imposible en estas páginas ni siquiera de enumerar, la alameda de la capital novohispana resulta emblemática.
De igual modo, la existencia de esta tipología en la mayoría de las ciudades virreinales hace de Nueva España paradigma del estudio de la relación coches-alamedas.
El origen de la alameda de la ciudad de México se fija menos de dos décadas después del gran modelo hispalense, a instancias del virrey Luis de Velasco, hijo, que en 1592 propuso su construcción al ayuntamiento para «recreación de los vecinos».
45 Resulta obligado relacionar esta dato con el hecho de que en 1591 el consejo de Indias preguntase a dicho virrey si era conveniente que volvieran a ruar por las calles de la capital los carruajes, que habían sido prohibidos por Felipe II en 1577.
La respuesta del virrey fue afirmativa.
46 Es muy posible por tanto que el origen mismo de la alameda mexicana fuese debido al resurgimiento de los carruajes auspiciado por Velasco.
En cualquier caso, la primera referencia literaria de ella data de las fiestas por la jura de Felipe IV en 1623, cuando el poeta Arias de Villalobos dijo: «aunque Sevilla encumbre su alameda, sus fuentes de alabastro y ricos caños, no implica que alabar la nuestra pueda, niña que ayer nació de pocos años».
47 Ello evidencia, una vez más, que el modelo último de las alamedas hispánicas fue la hispalense.
Acerca del uso de la mexicana, resulta paradigmática la segunda alusión literaria que de ella contamos, de Thomas Gage en 1626: los galanes de la ciudad se paseaban por allí diariamente sobre las cuatro de la tarde, algunos a caballo y la mayoría de ellos en carruajes, con la mera intención de lucirse, por un campo sombreado al que llaman la alameda, lleno de árboles y paseos, en cierto modo como nuestras marismas y allí se encuentran tan a menudo como los agentes de cambio, unos dos mil carruajes, llenos de galanes, de damas y de ciudadanos que van allí para ver y ser vistos, para cortejar y ser cortejados; los caballeros tienen esperándoles su cortejo de media o una docena de esclavos negros, con elegantes y lustrosas libreas, pesadas por la cantidad de cintas de oro y plata que llevan, con calcetines de seda en sus negras piernas y con rodas en sus pies y espadas en ambos costados; las damas llevan también junto a sus carruajes damiselas negras como el azabache, a quienes ya he mencionado antes a propósito de sus ligeros vestidos, que con sus galas y blancos mantos por encima parecen, como dirían los españoles, moscas en leche.
Pero el cortejo del virrey, que va a menudo a este lugar, es verdaderamente majestuoso y hay quien sostiene que es tan grandioso como el de su señor el rey de España.
48 La larga cita de Gage permite comprender qué era la alameda mexicana, sobre todo cuando especifica que allí se iba a ver y ser vistos, a cortejar y ser cortejados.
De igual modo, nos parece digno de resaltar el paragón que hace entre el cortejo del virrey y el del rey.
No puede sorprender la enorme opulencia que predica del cortejo virreinal, ya que señalaba que los coches mexicanos son más caros que los de la corte de Madrid y de cualquier otra parte de la cristiandad, porque allí no faltaban ni plata, ni oro, ni piedras preciosas, ni paños dorados, ni tampoco las mejores sedas traídas de la China, para enriquecer estos carruajes, incluso a sus magníficos caballos les colocaban costosas bridas y herraduras de plata.
49 Tan apasionado derroche suntuario fue debido a que en los virreinatos americanos las diferencias en los niveles superiores de la sociedad fueron menos rígidas que en la metrópoli, de manera que lo suntuario se convirtió, 47 Castro Morales, 2001, 30-33.
ALAMEDAS, PASEOS Y CARRUAJES: FUNCIÓN Y SIGNIFICACIÓN SOCIAL aún más que en España, en elemento definitorio de la condición social y en el principal mecanismo exteriorizador del status individual y familiar.
50 La iconografía de la alameda mexicana muestra esta temprana concurrencia de carruajes, como en las vistas que se conservan en el Palacio Real de la Almudaina, en Palma de Mallorca; el Museo de América de Madrid; el Banco Nacional de México o el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec.
51 No obstante, estas apacibles y ordenadas vistas, por su carácter general y falta de detalle, no permiten hacer demasiadas especificaciones sobre los coches que recogen, en los que apenas se puede intuir el paso de la tradición barroca francesa a la neoclásica inglesa conforme avanzaba el siglo XVIII.
Tampoco recogen estas vistas los problemas de tráfico que el alto número de carruajes en la alameda ocasionaba según las fuentes escritas.
De hecho, los intentos de ordenación, ampliación y regulación de la circulación en este espacio fueron una constante en dicha centuria.
Así, en 1784 se dictó una norma «para el curso o rúa que han de llevar los coches para formar sin confusión del paseo en los días de fiesta».
Se establecían varias pautas esenciales, la primera que los coches «tomarán el lado izquierdo arrimando la silla a los árboles lo que buenamente se pudiera o bien pasarán a la fila interior con el mismo cuidado de dexar los árboles a su izquierda».
Se indicaba también que «se tomará vuelta, para que todos los concurrentes se vean con comodidad y frecuencia».
En tercer lugar, que «ningún coche debe pararse en la rúa, porque inmediatamente quedaría interrumpido el paseo, con incomodidad de todos».
A continuación, se apuntaba que para salir de la alameda se «executará esperando que su coche se aproxime por la línea o giro exterior a la puerta que le convenga».
Por último, para que tales advertencias produjesen efecto deseado, «se espera que los dueños de los coches instruyan a sus respectivos cocheros».
52 La norma se acompañaba de un grabado de la planta de la alameda, en la que se especifica gráficamente la referida circulación.
53 A pesar de lo esquemático de los coches en ella representados, no deja de ser digno de mención el uso de tiros de dos y cuatro caballos y sorprende el elevado número de vehículos.
52 Recio Mir, en prensa a.
El mismo año se tuvieron que abrir dos puertas para peatones en los accesos a la alameda, a los lados de las centrales que quedaron reservadas para coches y jinetes.
54 La enorme significación que alcanzaron los coches se puso en evidencia en una sorprendente norma circulatoria que dictó el virrey segundo conde de Revillagigedo ya en la última década del siglo.
En concreto, la disposición establecía, en relación a la alameda y al paseo de Bucareli, que El coche se convirtió así en símbolo superlativo de status, en la imagen misma del virrey y de todo el aparato burocrático del Estado.
El urbanismo se sometió de esta forma y por completo a los dictados del coche, en concreto, al del virrey, a cuyo paso la ciudad debía quedar paralizada.
56 Sin duda, esta norma estaba inspirada en la de la corte de Madrid, ya referida por la condesa D'Aulnoy, que decía que cuando aparecía el coche del rey, los demás debían detenerse en señal de respecto.
Pero volviendo a la alameda mexicana, cabe señalar que se sucedieron las propuestas neoclásicas para regularizarla y ampliarla por el elevado tráfico que soportaba.
Así, en 1804 se trató «de la nueva forma que debe darse al paseo de la alameda para su mayor hermosura y grandeza».
Se insistió en que «en el estado actual que tiene es defectuosa por su corto terreno, en el qual no cabe ni la mitad de los coches de la capital, ni tampoco las gentes de a pie que la frecuentan por lo crecido de la población».
La obra se fundamentó además «por ser los paseos los que entre las naciones cultas presentan una de las mejores pruebas de su policía, finura y gusto».
57 La realización de la obra, a instancias del virrey Iturrigaray, se propuso a los arquitectos neoclásicos Ignacio Castera y Manuel Tolsá, a los que se encargaron «que formaran los presupuestos debidos».
En relación a sus propuestas, se indicaba que cualquier ampliación debía suponer que la nueva alameda resultante fuese de superficie regular, ya que en ella «todo debe ser perfectísimo, como punto que siempre está expuesto a la vista y crítica del natural y del extranjero».
Además, se indicaba que muy pocas ciudades en el mundo tienen, como México, en su mismo centro un paseo tan deleitoso, tan lindo y agraciado.
Ninguna la compite en hermosura, pues qual será la que la adelantará si a su belleza natural se le agrega la magnificencia y la perfección en la que compitan el gusto y el primor.
Será entonces un milagro del gusto, el echizo de cuantos la miren y en los más remotos rincones del universo se celebrará como el paraíso de México, el jardín de sus habitantes, del mismo modo que aún ahora admiramos, por lo que refiere la historia, los suntuosos jardines de Babilonia.
57 Archivo General de la Nación de México (AGN), Instituciones coloniales, Obras públicas, 336, v.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.05 Pero tan grandiosos modelos históricos no fueron los únicos que inspiraron la obra, también lo hicieron cuestiones técnicas y prácticas, como que «con el cascajo se terraplenarán los círculos por donde han de circular los coches».
59 El presupuesto de la obra que presentó Tolsá no deja de tener referencias de sumo interés para entender el fenómeno de las alamedas y la presencia de coches en ellas.
Téngase en cuenta que a su labor arquitectónica y escultórica hay que sumar que regentó el más afamado taller de coches de la capital novohispana a principios del siglo XIX, 60 lo que abunda en la enorme relación que los carruajes tuvieron con la arquitectura y el arte en general.
En el referido presupuesto de la obra alude a que la alameda «puede compararse en el día con las más cultas», parangonándola con el paseo del Prado de Madrid.
Lo que proponía realizar Tolsá era «otro paseo de coches, sin tocar el actual, entre el uno y el otro resulta uno amplio para los de a pie», es decir, doblar su capacidad circulatoria de carruajes.
Alude también a la disposición de las puertas del jardín, para que diesen «más comodidad para la vuelta de los coches».
61 Resulta expresivo que el proyecto señalara que la alameda tenía propiedades taumatúrgicas ya que «da consuelo al triste, alivio al enfermo, al sano recreo y al afligido hace olvidar sus cuidados».
No obstante, señala también que «el público instruido en las circunstancias de los paseos extranjeros extraña en la alameda la falta de concurrencia de las artes y su estado actual no satisface su modo de pensar».
62 A pesar de lo mucho que se discutió sobre dicha reforma, nada se hizo.
El número de carruajes no dejó de aumentar, lo que ocasionó tal congestión que en 1826 el ayuntamiento llegó a proponer que no entraran en ella ni coches ni cabalgaduras.
No obstante, tanto las fuentes como su iconografía evidencian que los carruajes fueron a lo largo de todo el siglo XIX los grandes protagonistas de la alameda.
63 En relación a su significación, hay que insistir, con López Álvarez, en que «el coche intervino decisivamente en la configuración de las cortes virreinales», igual que la literatura, siguiendo ambas palancas sociales y urbanas el modelo metropolitano.
Ya se ha mencionado el de Bucareli y en la documentación referida de la reforma de la alameda se dice al virrey: tenemos paseos hermosos, pero en largas distancias, vuestra excelencia ve en los de Bucareli, Revillagigedo y Azanza, que pródiga la naturaleza, clama por los auxilios del arte, porque al tiempo de su formación únicamente se adornaron de lo muy preciso, pero sin que el gusto al menos en el de Bucareli tuviera parte alguna.
Los de la Piedad, Chapultepec y la Tlalpana necesitan mayor reforma.
65 Otras fuentes aluden a más paseos, siempre vinculados a los coches.
Gemelli Careri en su Giro del mondo contaba en 1697: «fui al acostumbrado paseo de Jamaica, en donde encontré muchas carrozas en la orilla y canoas en el canal, en las cuales se bailaba y cantaban muchos músicos», de igual manera que «acompañada por muchas carrozas para seis, fue la señora virreina al paseo de Jamaica».
66 Esta particularidad mexicana de paseos terrestres y lacustres es también resaltada por Arcadio Pineda, que en su Diario de 1791 se hizo eco de la inauguración del paseo de la Viga, auspiciada por el virrey segundo conde de Revillagigedo y que se convirtió en la nueva zona de recreo de la ciudad.
A Pineda le sorprendió la cantidad de canoas y de coches que lo transitaban.
Estos últimos eran estacionados en las orillas de la acequia, configurando «un agradable espectáculo, el mejor que pueden presentar los paseos mexicanos».
También le sorprendieron los espléndidos carruajes que vio en el paseo de la Piedad, que «daban una idea nada equívoca de la opulencia de México».
67 Muchas ciudades del virreinato contaron con alamedas y paseos de los que ahora sólo podemos espigar algún ejemplo.
Espléndido en este sentido resulta el proyecto que guarda el Archivo General de Indias de la alameda de Santiago de Cuba, que se fecha en 1792.
Además de contar con dos columnas monumentales a la entrada del paseo, como la alameda de Hércules de Sevilla, el texto que acompaña a este proyecto nos da importante información en relación a los coches, ya que dice: plano de la Alameda que en la ciudad de Santiago de Cuba se halla situada al sureste de ella en una de sus salidas a distancia de diez varas de la última casa, en el llano de Bocagueca, desde el qual se descubre, no sólo la mayor parte de la ciudad, sino también su espaciosa bahía, logrando por su dominación el temperamento más fresco y salubre.
No obstante, lo que más nos interesa es que la disposición que se le dio a la alameda, con tres grandes avenidas, estando la central reservada «a los de a pie», contando con canapés de cantería que la separaban de las calles laterales, destinada a «paseos de las calezas».
68 Esto último explica las dos rotondas que con las que contaba la alameda en sus extremos, que servirían para cambiar de sentido los carruajes. mediados de dicha centuria, en el que vemos como dos ordenadas filas de coches circulaban por este lugar.70
Lima, los placeres mundanos y otros hitos del virreinato peruano
En Perú resulta paradigmática la alameda de los Descalzos de Lima.
La más sorprendente descripción de la misma es la que ofrece el Voyage de Marseille à Lima, publicado en París en 1720 y cuya autoría no es segura, donde se dice: las carrozas y sillas rodantes se pasean por centenares al atardecer y es el lugar de encuentro de la gente distinguida de la ciudad, de curiosos y extranjeros.
Los amantes cortejan a sus amadas y se considera un honor seguirlas a pie apoyados sobre la portezuela de sus coches.
Este lugar está siempre lleno de esclavos que venden toda clase de cosas con las que obsequian a sus amadas.
Otra referencia a la misma alameda dice que durante el gobierno del virrey Amat, ya en la segunda mitad de dicho siglo, con motivo de la celebración de la Porciúncula se vieron en ella más de un millar de coches y calesas.
71 Dos vistas de Lima de Fernando Brambila, de en torno a 1790, muestran algo de ello.
Una es de la capital desde el paseo de los Amacaes, donde unos jóvenes que llegan en coche se disponen a merendar y a pasar la tarde.
La otra es del paseo del Agua, junto a la referida alameda de los Descalzos, donde aparecen tres calesas.
72 Estas y otras referencias evidencian que Lima contó con toda una sucesión de paseos y alamedas.
En tal sentido, Descola refiere que una de las principales diversiones de la ciudad eran tales lugares.
En concreto, alude a la alameda de Acho, que se extendía desde el puente de Piedra, a lo largo del Rimac, trescientas varas y que llevaba a la plaza de toros.
A este paseo le daban sombra sauces que articulaban tres vías, «la de en medio destinada a carrozas y jinetes, las otras dos reservadas a peatones».
Ello enlazaba con los referidos paseos del Agua y de los Descalzos.
73 En cualquier caso, la más afamada fue siempre la de los Descalzos, auspiciada por el virrey marqués de Montesclaros, que había sido antes asistente de Sevilla, por lo que cabría pensar que se inspirase en el caso hispalense.
No obstante, él mismo, en una carta a Felipe III en 1611 le dijo que hizo «plantar una alameda desde San Diego, convento de frailes franciscanos recoletos, a imitación de la que Vuestra Majestad se sirvió hubiese desde Nuestra Señora del Prado a Valladolid».
Independientemente del modelo, fray Buenaventura de Salinas, poco después de su realización, la describe diciendo que tenía siete calles, tres principales en las que «pueden rodar hasta seis carrozas», mientras que por las estrechas sólo una.
La misma fuente indica que las damas acudían a ella en carruaje, llegando a haber cuatrocientos, desde cuyo interior hablaban con los caballeros como si estuviesen en un balcón.
En el siglo XVIII fue reformada, articulándose en cinco calles, de las que la central y las de los extremos se dejaron para los coches, mientras que las otras dos para peatones.
ALAMEDAS, PASEOS Y CARRUAJES: FUNCIÓN Y SIGNIFICACIÓN SOCIAL Sin duda, la proliferación de alamedas y paseos en España y en los virreinatos americanos, de los que aquí apenas hemos hecho sólo una pequeña selección, evidencia la inmensa trascendencia que el coche tuvo en la sociedad del Antiguo Régimen.
De esta manera, el urbanismo y la arquitectura de las ciudades se adaptaron para que estos complejos artefactos culturales se generalizaran ante la enorme demanda social que tuvieron.
Cuando tras la I Guerra Mundial se difundió el motor de explosión, se produjo la súbita y definitiva sustitución de los viejos carruajes por los modernos automóviles, los cuales ninguna relación tuvieron ya con las alamedas.
Esto produjo, además de la desaparición de la inmensa mayoría de los coches, el ocaso de tales paseos, que igual que su surgimiento hay que relacionar con los carruajes.
Se convirtieron así, en el mejor de los casos, en meras plazas o parques públicos y prácticamente se olvidó, hasta por la historiografía, que las alamedas y los paseos de ambos lados del Atlántico fueron durante siglos maravillosos circuitos de coches de caballos. |
más inmediato modelo que inspiró a las alamedas americanas.
La eclosión de las alamedas y paseos públicos, tanto en urbanismo como en sociabilidad, tuvo lugar en el Siglo de las Luces, preferentemente en el último tercio de la centuria.
Estos espacios no solo supusieron un aporte a la historia del urbanismo y permitieron la expansión de las actividades de ocio, sino que también contribuyeron a la sociabilidad en la segunda mitad del siglo XVIII e inicios del XIX, y al convencimiento de avance y progreso social.
Incluso están relacionados con el desarrollo del orgullo local.
1 En estas fechas, la civilización occidental había conocido un importante avance en la inserción de la audición y la práctica musical en la vida cotidiana, tanto en la esfera privada, como en la semiprivada y la pública.
Por lo tanto, no es de extrañar que las formas de sociabilidad que propiciaron la construcción de las alamedas casaran cabalmente con un recurso habitual a las actividades musicales en espacios públicos.
No obstante, remontándose a la Alta Modernidad se descubre que ambos fenómenos y su relación entre sí tienen raíces muy anteriores al espíritu ilustrado y a la generalización del consumo musical.
Los estudios sobre música y sociabilidad han tenido su ámbito preferente en la cronología decimonónica, gracias a la disponibilidad de ricas series de fuentes hemerográficas.
2 Sin embargo, para fases anteriores todavía no han experimentado el desarrollo que el tema merece, en particular en el siglo XVIII en que la música se convirtió en un pasatiempo al alcance de la sociedad y los edificios para la música comenzaron a adquirir presencia pública.
3 La investigación sobre la historia de la música en los espacios públicos cuenta con algunos exponentes notables relacionados con la musicología urbana y el paisaje sonoro 4 en la sociedad del Antiguo Régimen.
La experiencia auditiva de los habitantes de las ciudades se ha convertido en objeto de estudio de musicólogos como Alain Corbain e historiadores como Alberto Marcos Martín o María José del Río, y el ruido ha sido investigado como medio de comunicación por antropólogos como González Alcantud y etnógrafos como Miriam Germán-González y Arturo O. Santillán.
5 A su vez, hay estudios ligados a la historia de las bandas musicales en el siglo XIX, 6 que construyen el puente entre música y vía pública.
Aunque la literatura sobre la sociabilidad en las alamedas es nutrida,7 la aportación de la música en particular no ha sido el objeto de estudio de ningún trabajo hasta el momento.
Este artículo aspira a determinar los orígenes y antecedentes de las prácticas musicales que tuvieron lugar en la sevillana alameda de Hércules en siglo XVIII y los fenómenos musicales con los que estaban emparentadas, para así explicar qué papel desempeñaron en la configuración de unos hábitos de sociabilidad urbana interestamental y en qué medida contribuyeron a la novedad y al éxito de los mismos.
La indagación acerca del componente musical puede ayudar a discernir si prevalece la innovación o la continuidad con las formas de sociabilidad anteriores a la Ilustración.
Ineludiblemente, el estudio de este espacio público además debe articularse con el de los demás ámbitos de la sociedad dieciochesca, con vistas a una comprensión global de la cultura musical urbana hispana.
Lo cual a su vez contribuye a caracterizar a esta última con respecto a la de otras regiones europeas mejor conocidas y estudiadas.
Este trabajo se fundamenta en la alameda de Hércules como estudio de caso, debido a que se trata de un objeto de investigación que atesora cierto volumen de información coetánea.
La abordamos mediante documentación narrativa, literaria y archivística confrontadas, haciendo hincapié en el siglo XVIII, que fue cuando actuó como ejemplo para la fundación de tantas otras, pero remontándonos a sus orígenes a su vez.
Puesto que fue el modelo arquitectónico de las alamedas americanas (junto con la alameda del Prado de Valladolid8 y el paseo del Prado de Madrid como espejo de alamedas reformadas bajo Carlos III), 9 es razonable pensar que también fuera su ejemplo en cuanto a hábitos sociales asignados.
Al menos, eso es lo que da a entender la vaga información de que se dispone sobre ellos.
Abordar el estudio de la música en las alamedas de Hispanoamérica sería un asunto cuyo tratamiento ocuparía varias decenas de artículos e incluso algunos libros.
Por consiguiente, como primer paso profundizaremos en el caso sevillano, pues creemos que el conocimiento del ejemplo hispalense puede contribuir a un acercamiento a los casos hispanoamericanos con unas expectativas y una metodología adecuadas.
Abordaremos en primer lugar la descripción del paisaje musical que de la alameda trazan las fuentes contemporáneas; posteriormente documentaremos la realización material de esos servicios musicales.
Esto conducirá a una reflexión sobre el sentido y los objetivos de la presencia de música en la alameda, en relación con otros contextos similares en la vida urbana.
La valoración de la consecución de sus objetivos llevará a indagar sobre el impacto que producía en el auditorio, en íntima relación con el resto de experiencias musicales públicas y privadas que este tenía en el siglo XVIII.
Finalmente, proyectaremos el fenómeno en el tiempo, remontándonos a sus orígenes para calibrar su éxito y las razones últimas de su existencia.
¿Cómo era la música de alameda según las fuentes narrativas?
Rara es la alameda que no cuenta con alguna referencia histórica que avale la presencia de la música en el siglo XVIII.
Como ejemplo español, destaquemos la de Sevilla, de la que tenemos testimonios documentales, 10 literarios 11 y gráficos.
12 A juzgar por las fuentes, la música fue un elemento íntimamente asociado a la alameda desde su inauguración a través de toda la Modernidad.
Por añadidura, aunque se sabe poco en la mayor parte de los casos sobre la frecuencia, el repertorio y los integrantes, se tiene conocimiento de que en todas las ciudades hispanas existían conciertos públicos en espacios abiertos por parte de los músicos municipales, ya fueran trompetas o ministriles, que suelen coincidir en espacios ajardinados y propicios para el paseo.
En Granada y en Zaragoza, por ejemplo, es sabido que tenían lugar en las tardes de verano en la ribera del río.
13 En Fuenterrabía, sabemos que en 1785 se utilizaba como «una bellísima estancia tanto para el paseo y trato de la gente [...] como para los bailes públicos del tamboril», siendo escenario de manifestaciones de sociabilidad y de música no solo en el siglo XVIII sino también en el XIX.
14 En Hispanoamérica, por ejemplo en la alameda de la Ciudad de México también se sabe que se tocaba música los días festivos.
11 Pintura que le da algún ayre al Paseo de la Alameda, British Library, Additional Manuscripts, 20.792 (21), f.
Mis agradecimientos a Manuel Francisco Fernández Chaves por haber localizado y compartido este documento.
12 En los azulejos del monasterio de la Encarnación de Osuna en 1780 aparece una representación de la vista de la alameda de Hércules de Sevilla en la que, sobre un estrado, tañen seis músicos.
Las descripciones mencionan instrumentos musicales, no siempre definidos, que a priori se utilizaban para interpretar composiciones polifónicas y estrictamente instrumentales.
En la sevillana alameda de Hércules, en las fuentes originales se menciona «la variedad de sus tocatas de acordes, y varios instrumentos» durante el Lustro Real (1729-1733), 16 «una numerosa orquesta» y «un coro de clarines» que daban la bienvenida al comienzo del paseo a los caballeros y damas en la velada de San Juan de 1795, 17 y «ministriles y chirimías» en las fiestas ordinarias de 1796.
18 Un poema satírico manuscrito del último tercio del siglo XVIII, que Aguilar Piñal atribuye al sevillano clérigo Donato de Arenzana, 19 luego de recrear el escenario de la alameda hispalense, se ve obligado a equilibrar este paisaje visual con un paisaje sonoro, dada la íntima vinculación de la música con este espacio desde su inauguración a través de toda la Modernidad.
Le dedica no menos de cuatro estrofas al tema, pero no informa más que de la existencia de «sonoros acordes instrumentos».
20 A su vez, es frecuente que los efectivos musicales se identifiquen como militares, lo cual constituye una primera manifestación del predicamento que las bandas gozaron en la vida pública del siglo XIX.
21 En el siglo XVIII, la sociedad española se militariza en cierta medida y la música militar, antes tan desligada de la vida urbana, va a encontrar su espacio.
22 Por ejemplo, el asistente de Sevilla en uno de sus primeros actos públicos acudió a la velada de San Juan en 1795 con un piquete militar con banda de música incluida para recorrer la alameda, que era la actividad para la que se construyó.
23 A primera vista, esta diversidad que muestran las distintas fuentes podría resultar confusa.
Quizá haya que considerar la naturaleza de los ambientes que fueron retratados: el paisaje sonoro de la alameda parece adaptarse a las circunstancias, como el del resto de la ciudad.
21 Numerosos estudios avalan el importante papel que tuvieron las bandas en la vida musical urbana decimonónica, tanto en España como en Hispanoamérica.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.06 puede observar, el contexto de la visita real a Sevilla parece sugerir que los efectivos musicales estaban más diversificados que nunca («variados instrumentos»), y que en la festividad de San Juan (como ocasión extraordinaria) también sucedía (clarines y orquesta), mientras que en las ocasiones más ordinarias tan solo se mencionan los instrumentos típicos y tradicionales de una copla de ministriles (chirimías).
¿Cómo se producía la música de alameda según las fuentes administrativas?
Dada la vaguedad de las fuentes narrativas, no hay más remedio que dirigirse a los archivos, a la documentación administrativa, para determinar qué tipo de música es la que estuvo disponible en la alameda sevillana.
¿Cómo se producía aquella música?
¿Quién aportaba los recursos necesarios?
¿Quién la interpretaba y en qué condiciones?
Todas estas preguntas afloran una vez que adoptamos una perspectiva más profunda que la descriptiva del ambiente, y sus respuestas conducirán a explicar la función que aquella música desempeñaba en dicho lugar.
En el caso de Sevilla, los recursos musicales de la alameda procedían de las arcas públicas: el concejo municipal consignaba en la diputación de propios los gastos relativos a este espacio.
Existía una diputación municipal de la alameda, compuesta por un regidor y un jurado del concejo, elegidos anualmente por urnas, 24 una de cuyas funciones era cerciorarse de que los músicos municipales cumplían sus obligaciones en la alameda.
Ya los contemporáneos tenían conciencia de ello, como demuestra Ortiz de Zúñiga corregido y editado por Espinosa y Cárcel en 1796: «a veces se tienen otros públicos festejos, a veces alegría de músicas, y de ordinario en las fiestas, ministriles y chirimías, pagados de lo público».
25 La primera libranza a los ministriles municipales por su trabajo en la alameda de Hércules tuvo lugar en 1585.
26 No tocaban todas las noches del verano, tan solo algunas, las correspondientes a los días festivos y los domingos.
A mediados del siglo XVII la temporada de verano sumaba 17 actuaciones de los ministriles (desde el 24 de junio hasta el 25 de agosto).
II, Contaduría, Acuerdos para librar, t.
En 1718 subió a 1.263, sin duda inflado por la contratación de ministriles (los cuales siempre gozaron de mayor status en virtud de su cualificación como músicos) además de los clarineros para las ocasiones festivas.
33 De hecho, en 1724 realizan su primera aparición en la alameda los instrumentos de cuerda frotada (violines) junto con los clarineros, y el presupuesto (1.112 reales) confirma la correlación entre duplicación del gasto e incorporación de cualificados músicos cultos.
34 Los violinistas, por cierto, ya tocaban en la capilla catedralicia hispalense desde el siglo XVII y se habían incorporado a su plantilla en 1732 mediante la creación de seis plazas supernumerarias.
35 En la mayoría de los años, los gastos de la alameda no aparecen desglosados en la documentación, por lo que ignoramos cuánto se pagó a los músicos aunque se menciona la presencia de «ynstrumentos de cuerda y clarines que asistieron las noches de las temporadas del verano».
36 Aquí presentamos los años en los que las fuentes permiten determinarlo: Queda de manifiesto que los poderes municipales invierten un presupuesto en la música de la alameda, sin que esta esté contemplada o incluida en las obligaciones habituales de los músicos que el concejo tiene en nómina.
Tanto si tocaban los músicos municipales como otros profesionales contratados expresamente para la ocasión, el cabildo debía realizar libranzas.
El coste en música suponía alrededor de un 20% del presupuesto anual gastado en la alameda en condiciones normales, lo cual denota el porcentaje de importancia que se concedía al paisaje sonoro respecto al visual.
En determinadas fechas, la magnanimidad demostrada en música se vio ampliamente superada por la inversión total y en otros momentos sucedió al revés.
Durante el Lustro Real, la dotación musical de la alameda se amplió espectacularmente: en 1729 se pagaron los acostumbrados 660 reales solo a los clarineros, mientras que los «músicos» propiamente dichos recibieron 990.
43 Esto es, el gasto en la música de la alameda igualó por primera vez al que suponía la música municipal de todo el año: la función recreativa de la música se puso a la altura de su función heráldica.
44 Es natural que se introdujeran los violinistas para agasajar a un rey que encontraba en la música de cámara y operística consuelo para sus desequilibrios psicológicos.
45 Esta composición mixta de la música se mantuvo después de la partida de la corte real.
Mientras los clarineros continuaron cobrando 660 reales indefectiblemente, los violinistas fluctuaron entre 594 y 990.
En 1747 los dos clarineros y los tres músicos seguían cobrando lo mismo por su trabajo estival en la alameda.
46 Sabemos que en 1759 el teniente de alguacil se opuso a continuar subvencionando las actuaciones musicales en la alameda, argumentando que era un lastre para los bienes de propios del concejo, que era una costumbre exclusivamente sevillana, que los músicos no siempre cumplían con su obligación y que en cualquier caso el público menos cultivado no apreciaba esta dádiva artística.
El reglamento de 1768 suprimió la libranza de la música de la alameda por no considerarla de beneficio público.
45 El paisaje completo de las actividades musicales que tuvieron lugar en Sevilla durante la visita real está recogido en Morales, 2010; Gembero Ustarroz, 2010; Isusi Fagoaga, 2004.
MÚSICA Y ALAMEDA EN LA EDAD MODERNA mencionan a la música de la alameda en la última década del siglo en el contexto de festivo, por lo que la tradición no se perdió enteramente.
¿En qué condiciones tocaban estos músicos, de una u otra especie?
Las fuentes hablan de su estatismo sobre atalayas o pedestales.
La primera noticia en la documentación municipal sevillana en 1619 se refiere a «una torrecilla en el alameda desta çiudad, para tocar los veranos los ministriles», 48 a la que en 1621 se añadieron celosías.
49 En otras ciudades nos consta que se ubicaron similares instalaciones en fechas igualmente tempranas: el templete llamado «Casa de las Chirimías» de Valladolid fue construido en 1601 en el prado de la Magdalena, 50 en el paseo del Prado de Madrid también había una torrecilla mirador para los músicos desde 1612, 51 activos en los meses de verano, y también para servir refrescos de aloja, antes de ser demolida en el siglo XVIII por Ventura Rodríguez, 52 y en 1609 se levantó la «Casa de las Chirimías» del paseo de los Tristes de Granada, que era un mirador sobre el río Darro.
53 Lorenzo Baptista de Zúñiga se refiere a cuatro palquetos durante el Lustro Real, 54 lo cual ilustra sobre la cantidad y dispersión de los efectivos musicales, que como ya sabemos tuvieron que multiplicarse.
El poema anónimo dieciochesco al que ya hemos aludido, más tardío, menciona un tablado de madera, aunque más tarde bromea con la idea de que fuese de cal y canto.
El autor, con su lenguaje tan lírico como satírico, la califica de «arca».
A la sombra de un árbol, esta estructura inspira conmiseración al poeta por su incomodidad, llegando a considerar que para los músicos suponía una penitencia.
55 Las fuentes municipales la denominaron «cajón» cuando se pagó una de sus construcciones en 1761 al maestro de carpintería.
56 Ya en 1795, Matute y Gaviria se refiere a un terrado de fábrica como plataforma para la orquesta, 57 lo cual sugiere una tendencia a la estabilidad.
En los paseos públicos que surgen en estas fechas también se distribuyen elementos decorativos e infraestructuras para espectáculos (quioscos y templetes de música), tanto en España 58 como en Hispanoamérica.
59 En el salón del Prado de Madrid la fuente de Apolo, dios de las artes y la música, dominaba el aparato iconográfico y sobre el pórtico en 1775 Ventura Rodríguez dispuso un terrado para los músicos.
60 Comparemos el fenómeno con el del mobiliario y la decoración de las plazas mayores (entre ellos el quiosco de música) que en la Edad Moderna fue desmontable, efímero y adaptable, mientras que en la Edad Contemporánea se sedentarizó porque la plaza mayor dejó de ser un espacio polivalente: muchas de las funciones que había desempeñado se trasladaron a instalaciones específicas permanentes.
61 En cualquier caso, interesa destacar que los músicos siempre tañeron desde la altura por razones de acústica, puesto que el espacio era demasiado grande y demasiado bullicioso, y también por motivos de representación: al cabildo civil le convenía hacer exhibición de ellos y de sus uniformes municipales, no solo auditiva sino también visual.
62 ¿Por qué se producía la música de alameda?
De hecho, la presencia de los músicos en las veladas más concurridas de la alameda tiene como fin último una suerte de glorificación del concejo municipal como artífice de aquel acabado parque del bienestar.
Puesto que la música supone el paradigma del derroche por lo que tiene de efímera, que el concejo asumiera aquel dispendio confirmaba su liberalidad y creaba una ilusión de salud de sus arcas en la opinión pública.
La magnificencia estética siempre contribuyó al efecto de suspensión y maravilla que perseguía la propaganda de los poderes municipales.
Desde el Renacimiento persistía una conciencia de que a los poderes correspondía cierta responsabilidad en el entretenimiento y recreo de la población, y la Ilustración reeditó esta preocupación propiciando la urbanización de las ciudades y la organización de bailes públicos.
63 La alameda de Hércules era un espacio de esparcimiento aun antes de ser desecada, pues allí tenían lugar corridas de toros, cañas, justas, torneos y otros 58 Aroca Vicenti, 2004.
Al ser urbanizada, se convirtió en un espacio de representación de la sociedad urbana.
64 Los veinticuatros que en el siglo XVIII defendieron la continuidad y utilidad social de la música de la alameda, como por ejemplo Ignacio Retana, quien argumentó que la ciudad estaba escasa de diversiones y que la alameda era un espacio de «desahogo para el público por lo demasiado que fatiga el estío en este país».
65 De hecho, existen fuentes literarias que atestiguan esta vinculación de los paseos en coche, el verano y la música con la alameda: en la comedia La Alameda de Sevilla de Cristóbal de Monroy (primera mitad del siglo XVII), don Diego atestigua su función social al indicarle a su hermana «Doña Leonor, bien podéis ir esta noche a la alameda en el coche pues haze tanto calor», adonde ella lleva consigo un arpa para cantar.
Nótese que la misma obra revela que la alameda de Hércules en el siglo XVII se podía considerar una gloria sevillana que los visitantes no podían dejar de visitar.
Un joven sevillano muestra la ciudad a su primo cortesano, que está de visita, y después de llevarlo a la catedral «cuya fábrica gallarda no tiene igual», lo conduce a la alameda.
66 Arana de Valflora en su Compendio histórico descriptivo de la ciudad de Sevilla también salía en defensa moral de los paseos como esparcimiento y como desahogo de tensiones.
67 La música de la alameda de Hércules no fue la única a la que el concejo municipal permitió el acceso a la población urbana en el espacio público.
En el contexto de las fiestas públicas, además de la música litúrgica que tenía lugar en las ceremonias religiosas, en las fiestas y en el curso de las procesiones, el concejo solía instalar a sus ministriles en las arquerías de su edificio de la plaza de San Francisco o en tablados al aire libre, para que contribuyeran a crear una continua atmósfera de regocijo y solemnidad, muy especialmente por las noches.
A veces se refería a algún tablado que se levantaba en la plaza para su comodidad y adecuada proyección; en otras ocasiones los ministriles se situaban en los balcones o corredores de la loggia del propio ayuntamiento.
Los músicos podían ser divididos en varias copias para distribuirlos por varios puntos de la plaza, sobre tablados, con la intención de crear efectos estereofónicos.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.06 La función y la alegría duraron hasta las siete de la mañana, divirtiendo también al Público toda esta noche y las tres anteriores hasta las once las dos Orquestras de Música colocadas en la fachada de dichas Casas Capitulares al pie de los Reales Retratos.
68 El cabildo municipal ofrecía a los ciudadanos anónimos el placer de escuchar música profana instrumental de la mejor calidad, privilegio que en el tiempo ordinario estaba reservado a quien podía pagárselo.
De hecho, las clases altas disfrutaban de sus propias fiestas en ámbitos privados.
Hay quien apunta que estos fueron los primeros conciertos propiamente dichos de la Historia de Occidente, y que a partir de aquel momento la música instrumental comenzó a valorarse no como un mero oficio, sino como un arte.
69 También se puede interpretar como una sutil forma, sin recurrir a la imposición, de apropiarse del espacio urbano mediante sugerencia.
70 Yendo más allá, la iniciativa complementaria a las mencionadas fue ofrecer música recreativa a disposición del público sin necesidad de que mediara un motivo festivo.
Los conciertos gratuitos en la alameda en las noches de verano alentaron su centralidad para la sociabilidad sevillana y redondearon la impresión paradisíaca que ella inspiraba.
Los jardines pretendían recrear la Arcadia, un mundo pasado perdido idílico, y el mundo campesino en plena ciudad.
Y en el imaginario colectivo, en el paisaje pastoril la música tenía un papel.
71 Quizá en todo ello pueda adivinarse cierta competencia con el cabildo eclesiástico sevillano, a la sombra del cual estuvo siempre el municipal en cuestiones musicales.
Si bajo las bóvedas de la catedral se desarrollaron siestas y otros espectáculos musicales extralitúrgicos 72 con frecuencia, el concejo sacó sus recursos musicales al aire libre y los situó en el escenario que encarnaba el esplendor del urbanismo renacentista.
No fue hasta el espíritu reformista ilustrado de 1768 cuando el concejo municipal puso en duda la utilidad social de la música en la alameda.
La mentalidad renacentista imaginó la alameda como un jardín edénico en el que se concitaran todos los placeres sensoriales que ayudaran a la ciudadanía a abstraerse de las incomodidades de una populosa urbe.
La vida humana cercada de indispensables molestias, necesita algún inocente desahogo, que suavice sus frecuentes desabrimientos.
73 El íntimo jardín medieval se convirtió en la Modernidad en un salón señorial para el encuentro y disfrute de saberes y placeres refinados.
74 Este refugio de naturaleza antropizada en el seno de la ciudad aspiraba a constituir un jardín paradisíaco.
Al concepto de jardín no le es extraña la música, comenzando por los cantos de las aves.
La música instrumental supone un paso más en la dirección de la estilización de la naturaleza, puesto que no solo imita sino que también mejora lo propuesto por el paisaje.
La innegable composición matemática de la música y sus capacidades sosegadoras del espíritu estaban en consonancia con el efecto armónico al que el esteta del Renacimiento aspiraba.
75 De hecho, sabemos que al menos en el Lustro Real la música tocaba «las noches que duró el riego», 76 lo cual sugiere que formaba parte de un espectáculo de fuentes y sonido.
En el siglo XVIII, la presencia de la corte en Sevilla entre 1729 y 1733 impulsó la urbanización de los jardines y su uso como marco para fiestas y música, al mismo tiempo que familiarizó a la nobleza hispalense con las costumbres musicales de la corte borbónica, sus bailes y actividades musicales escénicas.
77 El interés que las reales personas tenían en los espacios ajardinados y que transmitieron a la población fue el de utilizarlos como recreo en las noches de luna, sin que pudieran faltar «la prevención de Músicos y variedad de instrumentos».
78 Los infantes frecuentaron el paseo de la alameda.
79 Se desconoce el repertorio que interpretaban los músicos de la alameda.
Todo lo que las fuentes permiten colegir es que se trataba indefectiblemente de música instrumental.
Sabiendo que en períodos posteriores serán las bandas militares y municipales las que tomen el relevo, podemos pensar que la música que los clarineros, ministriles y violinistas concejiles de la Edad Moderna tuvo el mismo carácter popular que los conciertos públicos decimonónicos.
XIII, Papeles Importantes, tomo 7, «Grandezas con que la ínclita, famosa, MN i ML ciudad de Sevilla obstentó su expesial júbilo en la venida a ella el año de MDCCXXIX la Magestad de su Rey y Señor Don Phelipe V...», f.
CLARA BEJARANO PELLICER coreográfico de las orquestas de salón y lo sacaron a las calles, convirtiéndolo en música popular al formar parte de la experiencia urbana de todos.
El desarrollo de la música popular entendida como género comercial, urbano, asequible y de fácil acceso para el consumo de todos los públicos, en oposición a la música artística o culta que comenzaba a canonizarse, tuvo sus orígenes en la creación de la sociedad burguesa en el siglo XVIII en Europa y América, 80 por lo que parece plausible pensar que las alamedas pudieran contribuir a este proceso, en tanto que espacios privilegiados para la configuración de una experiencia musical común e interclasista.
¿Cuál fue la recepción de la música de alameda?
Comprendemos las razones e intenciones por las que la música fue introducida en las alamedas, pero resta averiguar si esta cumplió su objetivo.
¿Qué efecto producía en los viandantes?
¿Qué actitud demostraba el público ante estas manifestaciones auditivas?
Estas preguntas, que entroncan con la historia de la recepción musical, tan en boga, no tienen fácil respuesta porque para la Edad Moderna faltan las fuentes hemerográficas que hacen las delicias de los investigadores sobre la Edad Contemporánea.
81 De la opinión pública ofrecen un pálido reflejo las citas de los cronistas locales, que no se pueden considerar exactamente representativas del común, y menos considerando que sus testimonios no se refieren siempre a su propia época.
La mayoría de las menciones a la música en fuentes originales es de carácter elogioso o neutro, ponderando las cualidades estéticas de esta música con un vocabulario manido, poco informativo, propio de la literatura corográfica de exaltación de las ciudades.
Por ejemplo, se destaca «la variedad de sus tocatas de acordes, y varios instrumentos».
82 Si existe un testimonio al que podamos atribuir un mínimo de frescura, es el poema anónimo del siglo XVIII que venimos citando sobre la alameda de Hércules.
Aunque ensalzará el ambiente musical con adjetivos e imágenes poéticas muy entroncadas en el lenguaje literario de la Modernidad, en cambio también contiene notas satíricas que aportan ciertas pistas.
Es habitual en las fuentes narrativas de los siglos XVI al XVIII encontrar epítetos dedicados a la música y los instrumentos como los que aparecen en este poema: dulciloquio, melifluo, suave, sonoro, acorde, grave, dulce, tierno.
Asimismo, el autor de la composición que tratamos escapó al compromiso de la mera descripción afirmando que la destreza de los músicos de la alameda sevillana sobrepasaba a las figuras musicales más sobresalientes del repertorio mitológico: Apolo, Orfeo y Anfión.
83 Sin perjuicio de todo lo cual, que encaja con coherencia en la tradición literaria sevillana de la época, cabe sospechar que el descarado poeta estuviera empleando la ironía para burlarse de la calidad del espectáculo musical.
Especialmente significativas resultan las afirmaciones de que de este aprendían a cantar las aves nocturnas (citadas las más escandalosas de ellas: tordos, cernícalos y grajos), o que los músicos sevillanos podrían irse a tocar a los infiernos (para reemplazar a Orfeo, entiéndase).
Y si los literatos se burlaban de los músicos con la pluma, otros sectores menos refinados de la sociedad hispalense del siglo XVIII encontraban formas más sensibles de manifestar el mismo desprecio: argumenta el teniente de alguacil mayor Alonso Venegas en 1759 que «los tres músicos que se ponían en el cajón de la alameda eran el blanco de los chuscos y muchachos para tirar piedras y cuantas porquerías había en ella y hacer burla».
84 Así se entiende por qué al poeta se le antoja que permanecer sobre aquel cajón era una penitencia.
Esto entronca con una corriente dieciochesca de ridiculización de los músicos que asoma en las mascaradas estudiantiles del fasto público, por ejemplo la que se hizo en el colegio de Santo Tomás de Sevilla en 1742 en honor al nuevo arzobispo Luis Jaime de Borbón, y también la de 1789 por la proclamación de Carlos IV, si bien se limitaban a desacreditar la caduca institución de la capilla musical eclesiástica.
Entre las figuras jocosas de la primera iba una capilla de música burlesca, compuesta de varios ministriles, músicos cantores, dos seises y su maestro de capilla.
Cada personaje llevaba un mote en cuatro versos que definía el vicio tópico que se le aplicaba.
85 En la segunda de las máscaras citadas, se ridiculizaba al maestro de capilla, al flauta travesera, al chirimía, al violinista, al bajonista.
86 En este contexto, tampoco es infrecuente la ridiculización de la figura de los músicos como ignorantes: «Uno de la Capilla llevaba baxón, otro viguela, otro 83 Pintura que le da algún ayre, 284-285.
87 En los tratados teórico-musicales españoles del siglo XVIII se hacen referencias al comportamiento de los músicos en público para impedir el deterioro de su imagen profesional.
Las Sociedades Económicas de Amigos del País publicaron documentos en que insistían en que en la música contemporánea se contenían tantas bondades como en la antigua, sin duda con ánimo de combatir la desvalorización en que había caído la composición musical del siglo XVIII.
Acaba con un dodecálogo que deberían seguir los músicos, y que ilustra acerca de sus costumbres groseras.
88 Testimonios como estos hacen pensar que ni los músicos ni su música gozaban de una buena reputación en la opinión pública, o al menos la de aquellas instituciones tradicionales (los cabildos municipal y eclesiástico) que en el siglo XVI habían constituido el orgullo de la ciudad manifestado en las crónicas, pero que ya no eran valoradas.
De hecho, existía en el propio siglo XVIII (impresión heredada por la historiografía hasta fechas recientes) una conciencia de decadencia de la música barroca española por contaminación de aportes italianizantes de carácter comercial, añorando los tiempos renacentistas en que España y Sevilla se habían situado en la vanguardia de la creación musical polifónica.
Puede documentarse en los textos de los pensadores más representativos, como Antonio Eximeno, el padre Feijóo en sus primeros tiempos, el viajero Antonio Ponz, el compositor Francisco Valls 89 o el dramaturgo Leandro Fernández de Moratín.
90 En cualquier caso, las referencias de los cronistas a la música de la alameda nunca mencionan cómo interaccionaba el público con ella.
Lo que sabemos positivamente era que a la alameda los ciudadanos acudían a pasear, preferentemente en carruaje.
La actividad propia de este espacio era el paseo, y no parece que lo fuera la escucha atenta de un concierto: «frequentado de innumerables coches», lo describe Ortiz de Zúñiga.
91 Cuando a fines del siglo XVI la moda de desplazarse en coche, venida de Italia, provocó atascos y accidentes en las angostas calles, el concejo sevillano tuvo que orientar su plan de urbanismo a la adaptación a los vehículos de ruedas, convirtiéndose la alameda de Hércules en el lugar favorito de paseo.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.06 Esta actividad no haría más que desarrollarse en el siglo XVIII, pues no por nada el gremio de fabricación de coches, como una especialidad de carpintería, se constituyó en Sevilla en 1707.
93 Lamentablemente, las actividades de pasear en coche y gozar la música no parecen demasiado compatibles, debido al estruendo que provocaban las ruedas sobre la pavimentación de ladrillo o empedrado de la vía pública, 94 sistemáticamente destruida por el tráfico.
95 ¿Cuál era el contexto urbano de la música de alameda?
En cualquier caso, la música de las alamedas no puede estudiarse como un fenómeno aislado del ambiente musical, del paisaje sonoro de las ciudades.
Es necesario ponerla en relación con el conjunto de oportunidades que se le ofrecía a la población para escuchar música, muy particularmente en espacios públicos de libre acceso.
¿Con qué otras atracciones musicales tenían que competir estos eventos?
¿Los sevillanos estaban habituados a asistir a conciertos públicos?
¿Qué nivel de cultura musical se les puede atribuir?
Es indispensable reconstruir la experiencia musical del público para valorar correctamente el impacto de la música de alameda.
En el siglo XVIII el consumo de música, tanto para oír como para interpretar, experimentó un desarrollo sin precedentes.
Las clases medias en expansión comenzaron a demandar actividades comercializadas de ocio, formación musical, medios para practicarla (instrumentos y partituras domésticos) 96 y oportunidades de acceder a la audición bajo la forma de conciertos públicos, y los músicos empezaron a trabajar para un cliente anónimo.
97 En España, el fenómeno estuvo lejos de alcanzar las cotas de Inglaterra, Norteamérica o Centroeuropa, aunque también se perciba notable progreso en esos aspectos, 98 así como en Hispanoamérica, 99 si bien la música vocal (religiosa y teatral) tenía mucha más demanda que la 93 Recio Mir, 2005 y 2009; Roche, 2000.
96 El estilo italiano se difundió por el continente europeo, creando una estética internacional, gracias a la imprenta.
100 La Ilustración y el Enciclopedismo trajeron la inclusión de la música en los espacios semipúblicos y semiprivados que constituyeron las tertulias, saraos y salones a la francesa, en los que se tocaba el clave o la guitarra y se bailaba.
El auge de la guitarra moderna es un fenómeno significativo de la segunda mitad del siglo XVIII.
101 Los tratados de aprendizaje musical autodidacta dirigidos a diletantes y las academias de música se hicieron populares en dicha cronología.
102 La educación musical se extendió particularmente entre las mujeres por convención social.
103 En Sevilla todavía no existen estudios sobre la alfabetización musical, la posesión de instrumentos musicales o la práctica privada.
En cambio, conocemos las actividades musicales que se llevaban a cabo de forma cotidiana en espacios públicos.
El común tenía acceso a la audición de música de cierta elaboración en ámbito eclesiástico, en los teatros y en los ocasionales bailes de sociedad.
En la iglesia los sevillanos podían ser testigos de las intervenciones de las capillas musicales en las ceremonias del año litúrgico, con mayor despliegue cuanta más solemnidad se atribuyera a una determinada festividad.
Ya a principios del siglo XVII, el padre Juan de Mariana se lamentaba de que los feligreses acudían a la iglesia como a un espectáculo: «y se mire que por el pueblo por cuya causa se reciben estas cosas no se acostumbre a ir al templo de la manera que a los espectáculos, juegos y otras fiestas profanas».
104 En el siglo XVIII, sobre el papel emblemático que correspondió anteriormente a la capilla catedralicia sevillana proyectan su sombra nuevas capillas parroquiales en auge: la de la colegial de San Salvador, la de Santa Ana, la de San Pedro, la de la Magdalena, la de San Miguel etc. 105 Las actividades de estas capillas no solo tenían lugar en sus sedes, sino que podían ser contratadas por cualquier corporación o particular con la mediación de un festero para un servicio concreto, en competencia con agrupaciones autónomas de músicos, de forma que extendían sus redes clientelares sobre la estructura institucional urbana, y la interpretación de música se realizaba tanto en espacios sacros como en la vía pública mediante procesiones.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.06 el concejo solían pertenecer a la capilla catedralicia y hacer actuaciones en otras sedes eclesiásticas, lo cual refuerza la hipótesis de la interpenetración de repertorios.
El repertorio eclesiástico se nutría de música vocal coral en latín o en castellano con acompañamiento instrumental.
Los estilos musicales que caracterizaban a las capillas eran muy diversos, combinando la textura polifónica y policoral de estilo contrarreformista con las cantatas de estructura napolitana y texto español, las formas concertantes venecianas, las arias y recitativos, el nuevo estilo galante inspirado en la música profana y el canto llano medieval.
107 Esta convivencia entre tradición y modernidad en estilo y repertorio se manifestaba en misas, motetes, lamentaciones, oratorios y villancicos.
Incluso en el repertorio organístico convivían el tiento y el verso con los géneros modernos como la tocata y la sonata.
108 Naturalmente, también existían ocasiones puntuales en que la música popular y la culta se interpenetraban en la iglesia, como es el caso de los villancicos de los maitines de Navidad, semilitúrgicos y semiseculares, en lengua vernácula, que atraían a las masas gracias a su carácter local y su incorporación de temas populares prestados.
109 A su vez, en la iglesia los feligreses tenían la oportunidad de gozar de conciertos públicos bajo la forma de siestas, la hora canónica en la que tenía lugar el protagonismo de la música instrumental sin las restricciones temporales típicas de la liturgia.
A la hora sexta (desde las dos hasta las tres aproximadamente), creadas para atraer a los fieles y honrar al Santísimo Sacramento expuesto en adoración, estas manifestaciones acabaron extendiéndose en el horario y en el calendario.
110 Esta tendencia a la secularización de la música en las catedrales, originada por las siestas, alcanza su culminación en el Siglo de las Luces con sonatas, tocatas y sinfonías.
111 La música camerística fue democratizándose a lo largo del siglo XVIII, pues pasó de ser privilegio de la realeza y la alta nobleza a interpretarse en reuniones domesticas de la burguesía y en conciertos públicos.
112 Una costumbre generalizada en España en tiempos de Carlos III desde 1787 fue el «concierto espiritual» de música profana e instrumental coetá-107 González Valle, 2000.
CLARA BEJARANO PELLICER nea en los teatros de las grandes ciudades durante la cuaresma, en que estaba prohibido representar espectáculos escénicos,113 y que también podemos encontrar en México y Buenos Aires.
114 En ámbito teatral, la ópera y la serenata italiana seria y cómica, la zarzuela y los géneros breves fueron los productos más demandados en el siglo XVIII.
En su momento y sobre todo en la historiografía posterior se ha interpretado que la influencia italiana vino a provocar una colonización musical y una decadencia, aunque actualmente se valora más como un factor de modernización en la música española e hispanoamericana.
Tras una prohibición moralizante de actividades teatrales que se prolongaba desde 1679, en 1761 se abrió el primer teatro de ópera italiana de Ribaltó en Sevilla bajo la protección de los asistentes ilustrados.
116 Entre 1779 y 1793, volvió a estar prohibido el teatro, y entonces se instaló en Sevilla una nueva compañía de ópera italiana que habría de prosperar: la de Calderi y Sciomeri, 117 que estuvo representando espectáculos distintos todos los días de la temporada teatral desde 1795.
118 Más que a la ópera, la sociedad estaba acostumbrada a la música escénica que comportaban los dramas moralizantes, comedias, tonadillas escénicas, 119 sainetes, zarzuelas, melólogos, volatines, bailes 120 y pantomimas.
121 Estos géneros breves casaron con la ópera ofreciéndose en la misma función teatral.
Por su parte, los bailes públicos de sociedad (aquellos a los que cualquier persona tenía acceso mediante la adquisición de una entrada) se celebraron ocasionalmente en el siglo XVIII, como alternativa ilustrada a los ritos tradicionales de excesos y música popular que caracterizaban el carnaval.
Debemos integrarlos en el programa de dinamización cultural y musical que pusieron en marcha los ilustrados (en Sevilla el asistente Pablo de Olavide durante sus doce años de regencia, el cual celebraba veladas culturales en su propia casa).
122 Los bailes disponían de varias orquestas y maestros de danza.
El repertorio, instrumental de danza, comprendía minués y contradanzas francesas.
123 No fue un fenómeno muy arraigado debido a vaivenes políticos, de manera que solo se celebraron durante algunas temporadas.
124 Amén de lo dicho, no se debe olvidar que existieron otros espacios para la música, menos documentados, tales como las funciones teatrales y musicales de los colegios, o las fiestas privadas populares de Triana en las que actuaban los artistas gitanos más célebres y demandados.
125 En conjunto, Sevilla gozaba una vida musical religiosa y un calendario celebrativo tan ricos como los de otras ciudades peninsulares 126 aunque no se pueda comparar con Madrid, y no en vano el siglo XVIII asiste a la multiplicación de sus capillas musicales parroquiales 127 gracias a su condición de capital económica y la concentración de órdenes religiosas, cofradías e instituciones.
La capilla catedralicia actuó a lo largo del siglo XVIII para al menos 38 instituciones, documentándose 350 intervenciones externas entre 1737 y 1738, 128 y para completar el panorama habría que sumarle las actividades de las otras capillas.
El clima musical de la ciudad parece ser próspero en el siglo XVIII en comparación con otras ciudades de pequeño tamaño como Jaca, en la que se han documentado 325 actuaciones musicales externas de la capilla catedralicia (la única propiamente dicha que existía) en 1720-1800, 129 pero no tan floreciente si lo comparamos con metrópolis comerciales vecinas como Cádiz, donde los violines se incorporaron a la capilla catedralicia en 1717, se vendían partituras de la música en boga en Europa en la librería Ulloa, 130 se desarrolló la música instrumental guitarrística, y hubo tres teatros en funcionamiento en el siglo XVIII, representando espectáculos musicales españoles, franceses e italianos, y clausurados por reveses económicos y no por interdicciones morales.
131 Después de Barcelona, fue la ciudad donde más floreció la ópera italiana en España.
127 En Valencia también existieron varias capillas musicales en el siglo XVIII, según Bombi, 1995.
131 Díez Martínez, 2004, 55-64 Hay estudios que demuestran el dinamismo en la recepción de música foránea y estilos modernos, incluso extranjera, en capitales cercanas como Cádiz 133 y en pequeñas ciudades lejanas como Jaca 134, lo cual invita a pensar que también debía existir en una gran ciudad como Sevilla.
La proximidad de Cádiz como activo puerto atlántico debió de alentar algún tipo de influencias foráneas.
Los intercambios de material musical y músicos que tuvieron lugar entre Sevilla y Cádiz (la ciudad española que encargó una composición al propio Haydn) sugieren una circulación de influencias y estilos musicales.
135 No en vano el magisterio de capilla de la catedral de Cádiz se consideraba la antesala del de la de Sevilla.
136 No obstante, tengamos en cuenta también que la pérdida de la Casa de Contratación en 1717 supuso un revés para la urbe hispalense que ocasionó su progresivo estancamiento económico y mermó sus relaciones internacionales, de modo que la capilla catedralicia redujo sus efectivos musicales.
137 A los espectáculos escénicos (que comenzaron en 1761 y fueron periódicamente atacados e interrumpidos por consideraciones morales) no acudían ni las élites ni los sectores más rigoristas.
138 Los indicios hacen pensar que a la abundancia de música barroca y religiosa se sumó una notable resistencia a las nuevas corrientes estilísticas y a los géneros profanos en general y escénicos en particular.
Por lo tanto, Sevilla parece aquejada más de conservadurismo que de aislamiento.
¿Cuál fue el papel de la música en la alameda?
Por todo lo anterior, cabe preguntarse si verdaderamente la música fue un elemento importante en las alamedas, o si por el contrario pasó con frecuencia desapercibida.
¿Su fuerza de atracción fue lo bastante potente?
¿Constituyó una verdadera contribución a la creación de un espacio público interestamental?
A falta de otras pruebas documentales, el principal aval que sostiene esta afirmación es su perdurabilidad a través del tiempo.
Los propios veinticuatros sevillanos defendían la continuidad de la costumbre musical apelando a su antigüedad.
139 Los paseos que fueron construidos antes de esas fechas (esto es, los de las capitales del siglo XVI, Sevilla y Madrid)140 gozaron de la misma presencia musical en el siglo XVI que en el XVIII, como delatan las fuentes narrativas y archivísticas.
La preeminencia de los instrumentos aerófonos continuó en estos espacios desde el siglo XVI, a pesar de las transformaciones organológicas que sustituyeron a los ministriles (tañedores de chirimías, cornetas negras, sacabuches, flautas y bajones) por clarineros.
En el siglo de las luces las capillas de música religiosa se convirtieron en el refugio de estos instrumentos en extinción fuera de España,141 y no es extraño que también los concejos los mantuvieran, en tanto que solían ser los mismos individuos los que servían a la catedral y al ayuntamiento.
La introducción de los instrumentos de cuerda jamás pudo hacer sombra a los aerófonos.
De hecho, en la representación de los músicos de la alameda de Hércules en los azulejos del monasterio de la Encarnación de Osuna en 1780 siguen figurando instrumentistas de viento, y sabemos que sus herederos serán las bandas de viento y percusión del siglo XIX.
La mayor potencia sonora de este tipo de instrumentación será siempre la más adecuada a las características del espacio abierto.
Ni siquiera el repertorio debió de cambiar de carácter (aunque no podamos comprobarlo), porque las copias de aerófonos de madera siempre vulgarizaron y difundieron las obras de los grandes compositores para las masas, de manera que desde antiguo constituyeron una correa de transmisión entre la música culta y la popular, al tañer adaptándose a ambientes muy diferentes en virtud de la variedad de sus clientes.
142 La labor de democratización de la música que llevaron a cabo las bandas en el siglo XIX ya debió de tener un importante antecedente en la Edad Moderna en las copias de ministriles.
Por consiguiente, concluimos que si las estructuras musicales gozaron de tan larga vida en el ámbito de la alameda y demostraron tanta estabilidad, ello se debió a que entraron a formar parte de la identidad de aquel espacio, del clima de recreación y del paisaje sonoro del paseo.
Aunque las fuentes no sean explícitas sobre la acogida o el efecto que provocaron en el público, las músicas ofrecidas en las alamedas debieron de cumplir satisfactoriamente las funciones que se les atribuyeron.
De hecho, se imbricaron de tal modo en el escenario y sus actividades, que la exportación del modelo urbanístico por el Nuevo Mundo llevó a aparejada la del ejemplo musical.
Ni el espacio de esparcimiento ni su ambientación musical fueron una novedad de la Ilustración, y por lo tanto rebasaron los límites cronológicos y los ámbitos geográficos de la misma, encontrando su máximo desarrollo en el siglo XIX. |
Pocas regiones del mundo occidental se han visto asociadas a la idea de crisis con tanta fuerza como América Latina.
Nacidas a la vida independiente a principios del siglo XIX en parte como consecuencia de un proceso crítico que se desarrollaba en la metrópolis (la invasión de Napoleón a la península ibérica), las naciones latinoamericanas tardarían más de medio siglo en consolidar estados nacionales viables y una ubicación -que, aunque dependiente, fue en algunos casos muy exitosa-en el orden capitalista internacional.
A lo largo del siglo XX, la mayoría de estas naciones se verían afectadas por diversas coyunturas críticas en el ámbito político, social y económico que desembocarían en dictaduras militares más o menos sangrientas, pobreza y marginalidad y, en algunos casos, invasiones extranjeras.
En las últimas décadas todos los países de la región fueron afectados virtualmente por crisis económicas de tal seriedad que llevaron al replanteo de los modelos de desarrollo económico vigentes y que, en más de una ocasión, tuvieron profundas consecuencias políticas.
Al mismo tiempo, la sucesión de problemas políticos que algunas de estas naciones sufrieron, y a partir de los años 80 la manera -por lo general exitosa-en que los han superado ha servido al mismo tiempo, y paradójicamente, para consolidar y cuestionar la viabilidad de la democracia en la región.
1 Como señala Jean Franco América Latina, antes concebida como una tierra de utopía, ahora tenía que conformarse, al parecer con la perspectiva de un futuro modesto y domesticado.
Es que el lugar mismo del intelectual latinoamericano, que tan importante papel había jugado en el devenir del continente desde los tiempos de la independencia y aun desde antes, 2 se habría visto desplazado en años recientes por una cultura de masas globalizada que ha puesto en crisis aun la noción de "lo popular".
3 En algunos países, como la Argentina, el concepto de crisis parece haberse instalado como un componente central de la identidad nacional.
Según algunas versiones popularizadas del pasado nacional, éste no habría sido sino una sucesión de crisis cada vez más cercanas entre sí de tal manera que, en vez de constituir una serie de episodios discretos, el devenir histórico del país se parecería más a una situación de "crisis permanente".
4 Volveré sobre este punto más adelante.
"Crisis" por lo tanto ha dejado en estas circunstancias de constituir una categoría analítica para transformarse en, al decir de los antropólogos, una categoría nativa, que sirve tanto para lamentarse de la situación actual, como para ser utilizada como grito de guerra y llamado a la acción.
Ahora bien, ¿cómo conceptualizar la "crisis"?
Etimológicamente, la palabra "crisis" remite a una decisión final o juicio irrevocable, definitivo.
Desde el punto de vista médico la tradición hipocrática formulaba el concepto de crisis como un momento crucial en la batalla entre la vida y la muerte en que una decisión debe ser tomada en tiempo perentorio.
En su connotación religiosa, "crisis" hace referencia al juicio de Dios el día del Juicio Final que estaría precedido por una aceleración de los tiempos.
Como señala Reinhart Koselleck, el concepto de crisis está vinculado a una presión de tiempo y es inseparable a una teoría del tiempo.
5 Crisis implica un quiebre en la temporalidad que separa el presente del pasado, introduce incertidumbres respecto del futuro y por lo tanto impediría la formulación de imágenes creíbles de un futuro deseable generando, en palabras de Claudio Lomnitz, una "saturación del presente."
Esta imposibilidad de proyección hacia el futuro estaría tal vez encarnada mejor que en ningún otro ejemplo en el grito de "que se vayan todos" que se escu-3 Sobre la crisis de los intelectuales latinoamericanos y la globalización se han escrito un sinnúmero de trabajos.
Ver, entre muchos otros, Sarlo, Beatriz: Escenas de la vida postmoderna.
Latin America in the Cold War, Harvard University Press, Cambridge, 2002; Bartra, Roger: "Cuatro formas de experimentar la muerte intelectual", en Olamendi, Laura e Cisneros, Isidoro (comps.): Los intelectuales y los dilemas políticos del siglo XX, FLACSO, México, 1997.
Sobre el impacto de globalización en la cultura ver sobre todo el texto clásico de García Canclini, Néstor: Culturas híbridas.
Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Grijalbo, México, 1990.
4 Sobre crisis en la Argentina, ver Fiorucci y lo que ella cita.
Timing History, Spacing Concepts, Stanford University Press, Stanford, 2002, pág. 238. chaba en las calles de Buenos Aires durante la crisis de 2001-2002, y que luego se repetiría en otros países.
6 Sin embargo, como veremos más adelante, la imposibilidad de futuro no siempre está asociada, ni siquiera en la Argentina, a la idea de crisis.
Existe todavía otra idea de crisis vinculada a la de progreso: crisis como "crisis de crecimiento."
Esta noción se aplica tanto en psicología al proceso de desarrollo individual de los seres humanos como en la economía a la teoría de los ciclos económicos que considera a las crisis como momentos naturales, por lo tanto inevitables, del proceso de crecimiento económico.
Las crisis de paradigmas que preceden a las revoluciones científicas, según en modelo clásico de Thomas Kuhn, también podrían verse desde este punto de vista.
Los trabajos incluidos en este número tratan el tema de la crisis en América Latina desde diferentes ángulos y perspectivas, pero todos ellos lo hacen desde una mirada externa y analítica, "desde afuera," analizando más que las coyunturas críticas en sí, los discursos que sobre ellas se generaron.
Dos de los artículos, el de Alejandra Mailhe y el de Federico Neiburg, utilizan una perspectiva comparativa; el de Rosana Guber y Sergio Visacovsky y el de Fernando Coronil, por lo contrario, se concentran en un solo país: la Argentina el primero, y Venezuela el segundo.
Por otro lado, mientras los trabajos de Guber y Visacovsky y de Mailhe se acercan al tema desde una perspectiva próxima a lo que habitualmente se caracteriza como historia de las ideas (el de Mailhe utiliza además herramientas provenientes de la crítica literaria), los de Neiburg y Coronil analizan el problema de las crisis desde una aproximación vinculada más bien a la historia y la antropología cultural.
Los textos de Mailhe, Guber y Viscacovsky, y Coronil además examinan no sólo los discursos sobre las crisis sino también las crisis que se originan en su interior.
Mientras Mailhe se pregunta por los alcances y límites del resquebrajamiento del paradigma de análisis social decimonónico basado en conceptos racialistas en la obra de tres ensayistas: el brasileño Gilberto Freyre, el haitiano Jean Price-Mars y el cubano Fernando Ortiz; Guber y Visacovsky exploran los problemas implícitos en los discursos generados alrededor de la idea de transición democrática formulada por un sector del campo intelectual argentino luego de la caída de la dictadura.
Fernando Coronil, por su parte, estudia una coyuntura crítica en particular, la generada alrededor del golpe de estado que desalojó fugazmente a Hugo Chávez del poder en abril de 2002.
Lo que interesa a Coronil específicamente es la manera en que los discursos e imágenes del Estado hicieron crisis en Venezuela durante esta coyuntura crítica.
Neiburg, en cambio, analiza el proceso de construcción de la asociación entre "crisis nacionales" e inflación en el imaginario social de Brasil y la Argentina en las últimas décadas y el papel que en esto cumplieron los economistas.
Se concentra en los llamados "planes heterodoxos" de control de la inflación formulados por los gobiernos de ambos países durante la década de 1980.
Los autores elegidos por Mailhe, aunque pertenen a generaciones distintas (Price-Mars, nació en 1876, Ortiz en 1881 y Freyre, el más joven, en 1900) y escriben en contextos nacionales e históricos bien diferentes (las obras analizadas, Ainsi parla l'oncle de Price-Mars fue publicado en 1928, Casa Grande e Senzala de Freyre es de 1933, y Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar de 1940), han sido obras fundamentales en la (re)definición de las bases de la identidad nacional de sus respectivos países.
En las tres obras analizadas el concepto de cultura viene a reemplazar, aunque con matices distintos, al de raza como idea ordenadora en la construcción de sus versiones de las historias nacionales.
Mailhe muestra que este reemplazo (nunca completo) aunque constituyó un quiebre relativo respecto del paradigma vinculado a la matriz ideológica anterior, escondía en su interior el germen de su propia limitación como fundamento para la comprensión de la compleja dinámica de las relaciones interétnicas y entre las clases en los tres países.
Aunque Brasil, Cuba y Haití son países con historias y posiciones en el mundo muy diferentes, los tres comparten algunas características que tornan fructífera la comparación en lo que respecta a la conformación de su identidad nacional.
Mientras en otros países latinoamericanos (particularmente, aunque no sólo, México y los países andinos) los debates sobre la cuestión nacional se articulaban alrededor de la tensión generada entre una noción que recuperaba y revalorizaba las culturas indígenas por un lado, y una admiración por la tradición europea por el otro, en los tres países analizados la cultura indígena había sido "invisibilizada" como en el caso del Brasil, o había virtualmente desaparecido como en los países caribeños.
Tanto en Brasil como en Cuba y en Haití los dos grupos que "formaban la nación" eran descendientes de inmigrantes, o bien libres (europeos), o bien forzados (esclavos negros).
Price-Mars, Freyre y Ortiz intentaban recuperar dimensiones de un pasado a partir del cual reconstruir la identidad nacional.
Ainsi es un libro surgido de un desafío planteado por Gustave Le Bon con quien Price-Mars había mantenido importantes debates en París, pero también como reacción al trauma de la invasión norteamericana a la isla.
7 El pasado y las raíces que Price-Mars recuperaba para Haití eran los vinculados al África, rompiendo de esta manera con el ideal decimonónico promovido por las elites haitianas que se empeñaban en ver a ese país como una provincia cultural francesa.
Tomando la práctica del vudú como centro de su ensayo, Price-Mars se proponía quebrar en Haití el imaginario colonial que obligaba, hasta en años recientes, a los alumnos de las escuelas primarias de las posesiones francesas en el Caribe y otros lados a enorgullecerse de noancêtres les Galois.
Gilberto Freyre ofrece una visión del pasado brasileño enfatizando en las contribuciones culturales de la población negra, al reforzar (o mejor dicho dando origen) al mito moderno de la democracia racial brasileña.
El mismo título del libro: Casa grande e senzala remite a una dualidad que se cuestiona a sí misma: la definida por la mansión del plantador azucarero del nordeste y la choza de los esclavos, espacios que se fusionan constituyendo a la vez un sistema que funciona como un todo.
Según Freyre sería a partir del sistema casa grande/senzala, que emergió como consecuencia del apogeo de la economía de plantación azucarera en el nordeste colonial, que Brasil construyó su carácter nacional.
El argumento de Freyre se centra en la importancia del mestizaje resultante de los contactos sexuales entre el plantador y sus esclavas, como así también de los sincretismos que se dieron entre la familia de la casa grande y los esclavos de la senzala.
De esta manera, la cultura brasileña sería, a los ojos de Freyre, el resultado de una amalgama entre el componente europeo, el africano y, en menor medida, el indígena.
Por su parte, Fernando Ortiz, articula su argumentación alrededor del concepto de "transculturación."
Ortiz enfatiza el proceso de "americanización" de Europa y de "africanización" de América, por medio del "contrapunteo" entre dos bienes exportables de características distintas: el tabaco, que estaría vinculado a una sociedad de pequeños productores locales, y el azúcar que se relaciona (como en el Pernambuco analizado por Freyre) con un sistema de plantación esclavista, resaltando él también los aspectos de la cultura popular y el mestizaje que habían sido ignorados por los pensadores y ensayistas del siglo XIX.
Mailhe compara las obras de estos tres autores y muestra los alcances de sus ideas, pero al mismo tiempo sus limitaciones.
En los tres casos ella detecta que al tratarse las dimensiones culturales discutidas como algo esencial, esto termina empobreciendo el análisis.
Por otro lado, ninguno de los tres autores termina de desembarazarse por completo de las categorías racialistas del siglo anterior, lo que les impide un acercamiento productivo al "otro".
Freyre remite la historia del Brasil a la de una región en particular: el nordeste azucarero, y a un período particular: el siglo XVII, auge de la economía de plantación de la cual él mismo es un heredero.
Aunque Freyre deplora la esclavitud e insiste hasta el cansancio que el supuesto "problema del negro" en el Brasil en realidad no era tal, sino el originado en una herencia de tres siglos de esclavitud; considera que este sistema, a todas luces injusto, fue el que generó las condiciones de posibilidad para la formación de una identidad brasileña, valorada positivamente y basada en el mestizaje.
En realidad, como muestra Jeffrey Needell, en Casa grande e senzala, Freyre trabajaba con una serie de tensiones sociales, personales y de identidad que atravesaban tanto su propia trayectoria biográfica como la del grupo social al que pertenecía, que no terminan de resolverse en el interior del texto.
8 Price-Mars, Freyre y Ortiz, señala Mailhe, intentaban recuperar la dimensión popular de la cultura de sus países y en particular el mestizaje como fundamento en la tarea de construcción de una identidad nacional.
Sin embargo, por diferentes motivos vinculados a las condiciones existentes en los tres países y a la de los intelectuales dentro de ellos, estos esfuerzos quedaron a mitad de camino.
Por lo tanto, y en palabras de la autora, "las tres escrituras ponen en crisis [el paradigma racialista decimonónico] -y hacen crisis ellas mismas-en un mismo punto", es decir en su incapacidad (o más bien en su capacidad limitada y condicionada) de acercarse al "otro" sin caer en "esencializaciones y achatamientos".
Los textos analizados son novedosos, pero al mismo tiempo anclados en el pasado.
Se podría decir, siguiendo a Mailhe, que tanto Ortiz como Freyre como Price-Mars (y tantos otros ensayistas de la "identidad nacional" latinoamericana) prolongan y a la vez clausuran el siglo XIX, "oscilando entre residuos formales e ideológicos aún activos, y nuevas 'estructuras del sentir'".
En realidad parecería que el problema residía en que la naturaleza misma del proyecto de forjar una identidad nacional partiendo de la armonización de los distintos grupos que componen la nación, ya sea como fusión sincrética (Freyre y Ortiz), ya sea como amalgama de elementos (Price-Mars) estaba intrínsecamente limitado por la matriz ideológica que presuponía.
El texto de Mailhe es un fino ejemplo de convergencia entre historia de las ideas y crítica literaria.
Sin embargo -y esto no es un dato menor en un texto que intenta vincular las ideas con las coyunturas sociales y políticas en que éstas se originaban-, la dimensión social no termina de definirse.
Es difícil pensar que las ideas expresadas en los textos no están de alguna manera vinculadas a las trayectorias personales de los autores, a sus propiedades sociales y a las de los grupos a los que pertenecen.
No parece de menor importancia el hecho de que Price-Mars sea el único negro de los tres autores mencionados, ni las diferencias entre Cuba y Brasil, por un lado, y Haití, por el otro, en términos de la presencia y lugar social ocupado por la población negra, aparte del hecho fundamental, mencionado pero no completamente desarrollado por la autora, de que Haití se encontraba bajo ocupación norteamericana en el momento en que Price-Mars escribía su obra.
Tanto Cuba como Brasil son sociedades cuyas elites intelectuales habían hecho esfuerzos desde los tiempos coloniales por caracterizarse como blancas.
Por lo tanto el negro constituía un "problema," aun para aquellos intelectuales que, como Machado de Assis o Raymundo Nina Rodríguez en el caso del Brasil, pertenecían a ese grupo étnico total o parcialmente.
No es éste el caso de Haití, donde el proceso de independencia se constituyó precisamente a partir de la conformación de una identidad que excluía a los blancos (aunque no culturalmente), y en el que la propia elite social-intelectual ha estado conformada por mulatos y negros.
La experiencia que Price-Mars vivió en Europa y sobre todo en los Estados Unidos como intelectual y diplomático negro de un país negro no puede haber sido la misma que vivió Gilberto Freyre considerado por sus mentores norteamericanos como una especie de Wunderkind exótico, pero a la vez presentable, lo que le permitió ser alumno y luego profesor de las mejores universidades norteamericanas.
Es evidente que los disparadores que llevaron a uno y otro autor a tomar la pluma no fueron los mismos.
Recordemos que Freyre se interesó por el fenómeno de la miseginación -tal como lo recuerda en el prólogo de la primera edición de Casa Grande-debido al disgusto que le causó, mientras estaba en New York, su encuentro casual con la tripulación mestiza de un buque brasileño que se encontraba amarrado en el puerto de esa ciudad.
Al igual que Mailhe, Guber y Visacovsky analizan la crisis de una escritura sobre la crisis.
Estos autores centran su atención en una coyuntura particular en la que un grupo de intelectuales intentaban por un lado constituirse en los analistas legítimos de un proceso crítico, y por otro lado actuar sobre él a efectos de superarlo.
La coyuntura estudiada por los autores es la definida por la "transición a la democracia" vivida en la Argentina en los años siguientes a la caída de la última dictadura militar que asoló el país (1976-1983).
La idea de transición, nos muestran los autores, fue construida por intelectuales vinculados a las ciencias sociales.
El momento de la "transición", según Guber y Visacovsky, constituye un tiempo liminal suspendido entre un pasado autoritario que hay que dejar atrás y un futuro plenamente democrático que hay que alcanzar, y que los intelectuales de la transición se proponen contribuir a construir, eliminando los vestigios de la "cultura autoritaria" del país.
En este caso, y a diferencia de lo que propone Claudio Lomnitz para el caso de México, lejos de impedir la producción de imágenes sobre un futuro deseable, el sentimiento de vivir en tiempos de crisis parece haber sido su precondición, al menos para los intelectuales de la transición.
Sólo a partir de la idea de crisis podía formularse la perspectiva de un futuro enteramente democrático que la superaría de una vez y para siempre.
Guber y Visacovsky, sin embargo, encuentran que los intelectuales de la transición permanecieron prisioneros de dos elementos centrales de la cultura política argentina: la concepción de la historia argentina como una situación de crisis permanente; y un dualismo fundamental.
La idea de una crisis permanente, casi un oxímoron, también plantea problemas para los conceptos tradicionales de crisis.
Si crisis es un momento de quiebre en la temporalidad, entonces una situación de crisis permanente define en realidad una "normalidad alternativa".9 Por lo tanto, la idea de transición implica la salida de una situación de crisis doble de la cual la dictadura había sido a la vez causa (la crisis coyuntural), pero también consecuencia (la situación de crisis permanente).
El tema del dualismo se refiere a una cierta visión de la historia argentina que la imagina como afectada por una tensión fundada entre dos polos que van cambiando de identidad, pero no de esencia.
Así, según esta versión del pasado, si para Domingo Sarmiento, que escribía hacia mediados del siglo XIX, la tensión habría estado definida entre los polos "civilización" (cultura urbana europea) y "barbarie" (mundo rural, local), medio siglo después, para Manuel Gálvez, José María Ramos Mejía y otros, la identidad de los polos había sido redefinida y ahora estaba constituida por los inmigrantes disolventes de la nacionalidad por un lado, y los grupos nativos "realmente argentinos" (definidos a su vez de manera diferente por cada autor), por otro.
Más adelante este dualismo habría reemergido articulado alrededor de la dicotomía igualmente irreductible entre "peronistas/ anti-peronistas", etc. La tensión entre "cultura autoritaria" y "cultura democrática" en construcción entraría dentro de este modelo.
A diferencia de ciertas visiones simplistas del pasado argentino compartida por algunos comentaristas locales y extranjeros que ven en este dualismo un componente esencial del devenir históricos del país, 10 Guber y Visacovsky lo toman como una categoría "nativa" de los intelectuales que merece ser analizada y deconstruida y no como punto de partida para analizar el pasado nacional.
Es que, para empezar (y esto no lo dicen Guber y Visacovsky), los polos que componen esta visión dicotómica nunca fueron totalmente excluyentes como pretende la versión poco sofisticada de la historia argentina mencionada arriba.
Sarmiento, es cierto, formulaba un diagnóstico de la realidad que le tocaba vivir en términos de "civilización y barbarie", pero la utilización de la partícula "y" en vez de "o" en el subtítulo de su texto seminal dejaría entender que en su visión ambas partes componentes formaban parte de un todo inseparable.
¿Acaso el contenido mismo de Facundo no puede interpretarse como un cruce de la frontera de la barbarie, simbolizada desde la introducción misma por la invocación a la "sombra terrible de Facundo" que abre el texto, a efectos de encontrar en ella el secreto de los dramas argentinos que sólo desde la "civilización" se puede descifrar, pero cuya clave sólo se encuentra en el lado de la "barbarie"?
De manera similar, ¿no era el mismo José María Ramos Mejía el que desde la dirección del Consejo Nacional de Educación mostraba una confianza ilimitada en las capacidades del Estado argentino a través de la institución que presidía, pero también del medio social y material que se les ofrecía, para transformar al "craneota inmediato" que bajaba de los barcos 10 El ejemplo más acabado de esta visión del pasado es tal vez el texto de Shumway, Nicolás: The Invention of Argentina, University of California Press, Berkeley, 1991.
(o, en el peor de los casos, a sus hijos) en ciudadanos modelos?
Guber y Visacovsky nos muestran cómo la visión dualista ha servido más para legitimar y autorizar el lugar social de los propios intelectuales que la formulaban que como concepto ordenador del pasado.
Los intelectuales de la transición intentaban superar el modelo de la crisis proponiendo a la democracia como valor absoluto, y para hacerlo retomaban el modelo dualista (o no lograban desembarazarse de él), pero esta vez desde una perspectiva "exterior"; es decir, en tanto expertos.
Esta operación pone en crisis -según nuestros autores-el discurso sobre la crisis, ya que muchos de estos científicos sociales para poder hablar de la crisis "desde afuera" debían renegar de su propio pasado político en muchos casos muy poco democrático.
Los intelectuales de la transición establecieron cuáles eran las partes contendientes de su versión del dualismo cuyos polos -autoritarismo y democracia-no se contaminaban, asignándoles una carga de valor y estableciendo las condiciones para el triunfo del polo positivo sobre el negativo lo que permitiría superar de manera definitiva el estado de crisis crónica en que vivía el país.
Esta visión de la realidad, prisionera de concepciones fuertemente asentadas en la cultura política argentina, terminaba produciendo una versión simplificada del mundo político y social que no las distinguía de aquellas que se suponía que venía a reemplazar.
En el fondo, nos dicen Guber y Visacovsky, este procedimiento -que llevaba implícita la necesidad de construir actores internos "democráticos" que sirvieran como polo alternativo al autoritario-, no lograba sino confirmar un sistema de clasificación obtenido a priori y por lo tanto tenía que ver más con una agenda política que con la construcción de nuevos objetos de conocimiento.
En otras palabras, se trataba de una operación destinada más a construir un lugar para los intelectuales que la llevaban a cabo dentro del campo político e intelectual, que se reconstituían luego del fin de la experiencia dictatorial, que a la producción de conocimiento, lo que impedía percibir los matices y contradicciones.
Desde el punto de vista teórico, Guber y Visacovsky, al igual que Mailhe, analizan las crisis y los cortocircuitos de un universo discursivo organizado alrededor de ellas.
Discursos construidos para superar crisis se encuentran prisioneros de los propios modelos ideológicos que pretendían dejar atrás.
En un caso se trata del racialismo decimonónico y de una cierta esencialidad de la cultura popular que ponía límites estrechos a la capacidad de dar voz a aquellos que no la tenían; en otro caso se trata de una versión dualista del pasado nacional que, aunque funcional a una estrategia política, no permitía percibir matices en ese pasado ni en el presente que se suponía debía dejarlo atrás de manera definitiva.
En el caso de Guber y Visacovsky una pregunta que quedaría pendiente sería acerca del recorte realizado por los autores, y la existencia de discursos alternativos y formas diferentes de entender la transición.
En tiempos un poco más recientes han aparecido otros análisis que precisamente resaltan los matices que, según nuestros autores, los intelectuales de la transición habían sido incapaces de aprehender.
11 Ahora bien, Coronil en su trabajo analiza la coyuntura generada alrededor del golpe de estado de abril de 2002 en Venezuela que desplazó fugazmente del poder al presidente Hugo Chávez como un momento crítico en el cual, además, hacen crisis los discursos e imágenes que articulan la existencia del estado venezolano.
No sólo el momento del golpe admitía lecturas diferentes y antitéticas sino que la idea misma de estado entró en crisis.
Lo que originalmente era una manifestación opositora frente al edificio de la empresa petrolera estatal para defender el estatuto de sus directivos frente a lo que se percibía como el avasallamiento de la "meritocracia" por parte del gobierno chavista degeneró luego de unos hechos de violencia de dudoso origen que terminaron con un número importante de muertos, en una marcha hacia el palacio de gobierno reclamando la renuncia de Chavez y posteriormente en un golpe militar.
En realidad este episodio fue una manifestación dramática de la profunda polarización social y política que fue generando desde su comienzo el gobierno de Chávez.
Este golpe de estado duró apenas dos días luego de los cuales Chávez fue restaurado en el poder.
Coronil hace una detallada descripción de los hechos que se desencadenaron a partir de ese episodio y de las distintas y antitéticas lecturas que recibieron.
Por medio de una analogía con los ritos de pasaje estudiado por los antropólogos, Coronil interpreta el momento del golpe de estado como un momento "liminal," el decir como un momento de transición en que las normas y valores sociales son cuestionados y afirmados a la vez, y los actores aparecen sin los atributos de sus roles tradicionales, antes de adquirir los atributos de su nueva condición.
En los golpes de estado, señala Coronil, ocurre algo parecido a lo que ocurre en estos ritos, excepto que desaparece la certidumbre del resultado final propio de éstos.
Esta incer-11 Ver en particular el texto de Vezzetti, Hugo: Pasado y presente: guerra, dictadura y sociedad en la Argentina, Siglo XXI, Buenos Aires, 2002.
Otras visiones del pasado inmediato que circulaban a poco de caer la dictadura eran aquellas vinculadas a la llamada "Teoría de los dos demonios". tidumbre respecto de los resultados es lo que permite además interpretar a los golpes de Estado como momentos de crisis.
"En los ritos cíclicos, el orden establecido controla al desorden liminal; en golpes de estado, el desordenado período liminal busca un nuevo orden."
Es en estos momentos cuando la naturaleza del estado aparece al desnudo: no solo como encarnación de un orden, sino como su creador por medio de su objetivación a través de múltiples discursos y prácticas que supuestamente lo representan.
A diferencia de los otros autores cuyos artículos se incluyen en este número, Federico Neiburg no centra su atención en un grupo de intelectuales en particular ni en una coyuntura concreta, sino en la conformación de una "cultura económica" en la Argentina y Brasil que conllevó a la identificación de las crisis nacionales en ambos países con los desequilibrios monetarios, en particular aquellos vinculados a los fenómenos inflacionarios.
Paralelamente, Neiburg analiza el proceso a través del cual un grupo profesional específico, los economistas, se han ido transformado en intelectuales públicos; es decir, en aquellos socialmente legitimados para hablar de las crisis.
De manera similar a Guber y Visacovsky, Neiburg muestra el doble proceso por el cual las crisis se construyen como objeto de análisis desde ciertas áreas de conocimiento, y a la vez estos discursos sobre las crisis legitiman y autorizan los espacios institucionales y los saberes que los constituyen.
Es decir, desde la economía o desde la ciencia social se construyen discursos sobre las crisis que a su vez legitiman socialmente la economía o la ciencia social como los discursos y los saberes consagrados para referirse, diagnosticar y operar sobre ellas.
12 En el caso particular de la economía analizado por Neiburg, estos discursos y saberes estarían conformados por una serie de técnicas cuantitativas de representación de la inflación que habrían proliferado en las últimas décadas, cuyo manejo y producción requería de la presencia de especialistas y técnicos que de esta manera consolidaban su posición como "expertos" en inflación y, por lo tanto, en crisis.
Pero por otro lado estos economistas construyeron una "cultura de la inflación" al difundir los instrumentos de análisis y educar económicamente a la población.
Pero si el proceso de constitución de un campo ampliado de la economía articulado alrededor del concepto de crisis inflacionaria ha sido en muchos aspectos similar en la Argentina y Brasil, y de hecho los diálogos, contactos y las miradas especulares de un país en el otro han sido frecuentes, las narrativas sobre la crisis, nos informa Neiburg, han sido diferentes.
En la Argentina han estado asociadas a la idea de "excepcionalidad" y decadencia luego de un pasado glorioso.
En Brasil, en cambio, la idea de crisis inflacionaria ha estado más bien vinculada a la noción de desvío respecto de un destino de grandeza.
Sin embargo, las diferencias no se agotan ahí.
Neiburg hace un fino análisis de como el campo de los economistas se fue consolidando en las últimas décadas en ambos países mostrando al mismo tiempo la dimensión internacional del proceso (generación de mecanismos de consagración internacionales, "trayectorias típicas", etc.) y las particularidades de cada país, que tienen que ver con las características de cada Estado y con la estructura social y las diferencias de las propiedades sociales de los economistas en cada contexto nacional.
Así, por ejemplo, si los economistas brasileños pudieron utilizar la autoridad y el prestigio de aquellos que los precedieron en la función pública a pesar de las diferencias ideológicas y teóricas con una fluidez impensable para sus colegas argentinos, esto se debería en parte a que aquéllos compartían una posición social mucho más cerrada que estos.
Además esta posibilidad se debía al menor nivel de polarización política de la sociedad brasileña y a la mayor "densidad de la esfera estatal" brasileña respecto de la argentina lo que tradicionalmente permitió en Brasil mayores niveles de continuidad institucional que en la Argentina.
Neiburg comienza su historia en la década de 1960 cuando él detecta el origen del proceso de "educación económica" de las poblaciones latinoamericanas, vinculado al fenómeno pernicioso de la inflación y a la existencia de campos de economistas en expansión.
Retomando algunas hipótesis de Michel Callon, 13 Neiburg resalta el carácter performativo de la ciencia económica.
Pero a diferencia de aquél la atención está puesta más en los agentes generadores de esta performance (los economistas) que en el saber que sostienen.
Los economistas profesionales no solamente discurrían sobre la inflación sino que además elaboraron una pedagogía de ella, educando a las poblaciones sobre como convivir con la inestabilidad monetaria, defendiéndose de sus efectos y eventualmente sacando ventaja de la misma.
Al igual que otros discursos (el del psicoanálisis en la Argentina tal vez sea el caso más notorio), el de la economía desbordó el reducido espa-cio de los profesionales y se tornó en una verdadera "cultura", en un sistema ordenador de la experiencia social.
14 Sin embargo, habría que preguntarse sobre el alcance real de la identificación entre crisis nacional y desequilibrios monetarios que plantea Neiburg.
No hay duda de que la dimensión económica ha ocupado un lugar central en las definiciones "nativas" de crisis, pero ¿ha sido la única?
¿Podemos, como hace Neiburg, afirmar la existencia de una identificación absoluta entre crisis y crisis económica, en particular por la inflación?
Creo que la experiencia argentina más reciente nos forzaría a matizar estos juicios.
Es evidente que términos como "convertibilidad", "bonos", "corralito" y otros han tenido una importancia tal que, como señala Neiburg, la BBC de Londres en el 2002 publicó en su página de internet un Dictionary of Argentine Crisis.
Sin embargo, la misma BBC también echó otras miradas sobre la crisis argentina.
El 24 de marzo del 2002, por ejemplo, la BBC World Service de Londres transmitió un programa especial sobre la crisis en la Argentina que consistía en una serie de entrevistas a psicoanalistas locales y, curiosamente, no a economistas.
La crisis argentina fue (y fue vivida como) una crisis económica y mucho más que eso.
En realidad lo que llamaba la atención de cualquiera que haya vivido en esos meses en la Argentina era la proliferación de intelectuales no economistas (y en este sentido es interesante destacar la presencia de psicoanalistas en los medios como "intelectuales de la crisis") que hablaban y formulaban narrativas sobre la crisis.
Se hablaba del corralito, pero también y fundamentalmente de crisis de representación política.
Los grupos que protestaban frente a los bancos a efectos de que les devolvieran sus ahorros en dólares ahora convertidos en pesos competían (y no con ventaja) en el espacio público con una nueva constelación de grupos, asambleas populares, piqueteros, etc., cuyos reclamos podrían ser caracterizados como económicos sólo si por esto entendemos la demanda de ver satisfechas las necesidades básicas de subsistencia, y aún así no olvidaban otros reclamos al menos tan urgentes como efímeros, tales como el "que se vayan todos".
Cuando en 2002 intelectuales prominentes hablaban de la "disolución del pacto social" hablaban menos de indicadores económicos que de la necesidad de reformar la constitución, cambiar el sistema político y problemas semejantes.
14 Para una discusión de disciplinas que "generan culturas" ver Turckle, Sherry: Psychoanalytic Politics: Jacques Lacan Freud's French Revolution, Free Association Books, Londres, 1991.
Pero volviendo al pasado, aun el discurso del Presidente Alfonsín en la Plaza de Mayo, en abril de 1985, cuando éste convocó a la ciudadanía para denunciar públicamente los peligros que acechaban a la naciente democracia argentina y terminó anunciando una "economía de guerra", aceptaría una lectura alternativa a la que hace Neiburg.
Si Alfonsín necesitó hablar de los peligros de la democracia en un momento en que circulaban rumores de golpe de estado para terminar hablando de la inflación es probablemente porque este último tema no hubiera garantizado la afluencia de público necesaria en un momento donde la atención estaba más dirigida al juicio de las juntas militares que a los índices de precios.
Una cosa son los discursos generados desde el poder y otra es su recepción.
Los cuatro trabajos presentados en este número son excelentes ejemplos de distintos acercamientos teóricos y metodológicos a los discursos y conceptos sobre las crisis tomando en cuenta la riqueza polisémica de dicho concepto.
Probablemente el mérito más importante de los textos sea que, desde perspectivas diferentes, todos ellos contribuyen a "desnaturalizar" el problema de las crisis enfatizando su carácter de constructo cultural y por lo tanto su historicidad. |
Gracias a su edición de 1851 a cargo de José Amador de los Ríos y probablemente su reimpresión paraguaya en 1945, la obra indiana de Gonzalo Fernández de Oviedo ha sido profusamente estudiada.
1 Ya en los tempranos trabajos de Enrique Álvarez, 2 esta fue puesta en valor desde la perspectiva de la historia natural.
Diversos autores han remarcado la importancia de sus escritos como el primer trabajo serio por dar cuenta de la naturaleza del Nuevo Mundo.
3 Aunque su aproximación no siempre es sistemática, se suele destacar la acuciosidad y detalle con que Fernández de Oviedo describe la flora y fauna del Nuevo Mundo.
Si bien su obra como precursora de cierta historia natural indiana cuenta con una aceptación generalizada, 4 el presente artículo plantea revisitar esta dimensión.
Junto a la tradición que lo ubica al inicio de una historia natural del Nuevo Mundo, su descripción de la flora y la fauna lo hacen partícipe de otra genealogía, menos hegemónica pero no carente de centralidad para la cultura americana.
Como pretendemos mostrar, bajo su descripción de la naturaleza indiana, que lo vincula en la historia natural, opera un segundo criterio clasificatorio que permite reinscribir esta dimensión de su obra en una nueva clase de saber, este es, el culinario.
Parte de una obra mayor, la preocupación por lo culinario participa del intento de Fernández de Oviedo por entregar una descripción completa del Nuevo Mundo que guíe la expansión colonial, es decir, al mismo tiempo que traduce la novedad, atraiga a población europea y genere un sentido sobre la vida cotidiana del mundo indiano.
Desde los primeros contactos con el Nuevo Mundo, los europeos no pudieron dejar de comentar la flora y fauna indiana.
Sobre todo la flora fue catalogada desde un principio como exuberante, pero también como «disforme», «desemejante» y desconocida.
5 Esta idea, recurrente entre los primeros observadores europeos, va a ser conceptualizada por Fernández de Oviedo bajo la idea del mare magno.
Para él muchos de los árboles del Nuevo Mundo ni los indios naturales los conocen, ni saben dar nombre a la mayor parte dellos, ni los cristianos mucho menos, por serles cosa tan nueva e no conocida ni vista por ellos antes. [...]
Y lo que en esto se podría decir es un mare magno e oculto; porque, aunque se ve, lo más dello se inora, porque no se saben, como he dicho, los nombres de tales árboles, ni sus propiedades.
6 Darles un nombre y asignarles propiedades, son dos gestos clasificatorios por excelencia.
Sin embargo, estos nunca ocurren en el vacío.
En el caso de Fernández de Oviedo, la operación se enmarca en al menos dos tradiciones.
Por una parte, como él mismo se encarga de explicitar en su obra indiana, por la referencia y prolongación de la obra de Plinio el Viejo, Naturalis Historia.
En su razonamiento, si el Nuevo Mundo representa una parte del orbe ignota para la conciencia clásica, la obra de Plinio debe ser complementada con la descripción de la nueva naturaleza.
Así, Plinio -y el mundo clásico en general-va a constituirse como un referente ineludible con el cual se compare, contraste y discuta la naturaleza del Nuevo Mundo.
Pero esto solo es posible en el marco de la segunda tradición que confluye en su operación clasificatoria, a saber, la episteme medieval marcada por la semejanza.
Como ha destacado Foucault, hasta fines del siglo XVI la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental.
En gran parte, fue ella la que guio la exégesis en interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte de representarlas.
El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y las hierbas ocultaban en sus tallos los secretos que servían a los hombres.
7 Así, en un principio, la clasificación operará por un doble gesto: prolongación de las categorías de Plinio e identificación por semejanza de la naturaleza indina.
8 Probablemente, el caso límite de la identificación por semejanza de la naturaleza del Nuevo Mundo ocurre cuando Fernández de Oviedo realiza el inventario de las hierbas encontradas en la isla de Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 579-604.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.07 introducirá un tercer criterio, a saber, su propia autoridad en tanto descripción directa de la naturaleza, en tanto testigo presencial y privilegiado del Nuevo Mundo; testigo ocular que permite ponderar, discutir y dirimir la distancia entre la tradición y la nueva experiencia.
9 Si la naturaleza indiana se presenta como un «mare magno e oculto», la exploración que Fernández de Oviedo hace de ella adquiere, a momentos, la forma de un compendio, el cual busca guiar al lector europeo entre esta desconocida espesura.
Carente de un sentido taxonómico moderno (post linneano), la organización de la flora va intentar replicar en el Nuevo Mundo la división propuesta por Plinio.
De este modo, en un primer momento, Fernández de Oviedo divide la flora en categorías que, si bien no son excluyentes, intentan abarcar la diversidad indiana: de un lado están árboles frutales, tanto autóctonos como los traídos del Viejo Mundo, luego están los árboles y hierbas medicinales y, por último, aquellos que Oviedo llama árboles salvajes, entendiendo por estos últimos aquellos que no son cultivados y cuya utilidad, si no se conoce, debe desentrañarse.
Es en estos últimos que la doble tradición opera con más fuerza.
Al no poseer fruto distintivo que pueda homologar a su saber europeo, basará el ejercicio comparativo en las autoridades clásicas.
Con un gesto siempre imperfecto, Fernández de Oviedo busca señales que le permitan identificar los árboles indianos y así catalogarlos en el repertorio de la tradición.
El problema es que difícilmente las señales que identifican a los árboles del Viejo Mundo se encuentran en su totalidad en un mismo espécimen de indiano.
Por ejemplo, tras remitir a la descripción que hace Plinio sobre el terebinto, Fernández de Oviedo plantea que es cierto que yo he muchas veces ocupándome inquiriendo este árbol (por mi persona), hallándome por estos caminos e boscajes en diversas partes destas Indias, y el que concierta en una señal, se desacuerda en otras.
E así, por una sola que ven los que no tienen experiencia en las cosas, le conceden el nombre, así como si tuviera todas las artes e circunstancias que Plinio dice; pero yo he visto que estos mosquitos e otros los producen, o salen acá, de algunos árboles; e de otros salen mariposas; e de otros, cocos o gorgojos e otros animalejos de diversas maneras en sí; e también diversos árboles crían los mesmos animales.
Estos terebintos de acá o cualquier árbol que ellos sean o así se llamen, no tienen mayor auctoridad de haberlos llamado así quien le pulgó.
Sobre este punto la crítica ha puesto especial énfasis.
Sobre el valor de la experiencia frente la tradición y la experiencia como método de conocer la naturaleza indiana, ver Baraibar, 2011, 21 y 2014, 16.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.07 Al igual que con el terebinto, Fernández de Oviedo suele dudar de la identidad que los españoles -haciendo mimesis de la tradición eurocéntrica-le han dado a otros árboles indianos, como el cedro y el taray.
Pero a falta de otra signatura, no tiene más alternativa que clasificarlos bajo esos nombres, mostrando su disconformidad.
Ahora bien, esta cauta actitud crítica no siempre acompaña a Oviedo cuando revisa la flora indiana, encontrando -por ejemplo-entre los árboles salvajes que describe a pinos sin piñas, que si bien «en todo son perfectos pinos los de acá; pero no tan altos, ni tan gruesos ni tan derechos como los de tierra de Cuenca»; 11 o a nogales, cuyo único inconveniente es «que las nueces destos de acá no son perfectas ni despiden la fructa, ni se pueden comer».
12 Siguiendo la premisa del mare magno, es decir, de la utilidad oculta de lo provisto por la naturaleza indiana, Fernández de Oviedo intentará asignar una función a cada árbol salvaje.
Desde las más tradicionales, como las del espino, que da buena madera para hacer sillas, fustes de sillas de montar, puertas y ventanas; hasta las más exóticas, como el caso del árbol de las cuentas de jabón, cuyas semillas sirven para lavar la ropa.
A la mayor parte de los árboles salvajes, Fernández de Oviedo les atribuye funciones constructivas o de carpintería (mangle, roble, caobán, ceiba, cuya, maría, ciguas), mientras otros como el brasil, capera, nanci o el guao, que no poseen buena madera, sirven para hacer tintas y tinturas.
13 Junto con una descripción que busca destacar la utilidad colonial del Nuevo Mundo, de algún modo, dar utilidad a la flora salvaje es también una estrategia para reforzar o restituir el imaginario de especiería: si bien el viaje colombino no llegó a Asia, las Indias occidentales ofrecen para Fernández de Oviedo la posibilidad de que su propia naturaleza sea explotada en la clave de las especias.
13 Esta actitud de describir, delimitar 7-34y buscar una utilidad a la naturaleza del Nuevo Mundo ha sido interpretado como un gesto ideológico por incorporar lo exótico y desconocido al interior de un ordenamiento imperial, gobernado por un soberano universal y cristiano.
Si bien nuestra lectura no es incompatible con esta propuesta, indaga en un contenido específico de la descripción que realiza Fernández de Oviedo.
14 Es difícil establecer una sola definición sobre qué son las especies para el siglo XVI.
Al igual que en la actualidad, estas cumplen una función de condimento, es decir, buscan sazonar los alimentos.
Sin embargo, ello no se limita a un problema de hedonismo, ni tampoco remite a la idea comúnmente citada de "disfrazar" el mal sabor de la descomposición de algunos alimentos.
Para el siglo XVI, las especies participan en la dietética de todo un imaginario galénico sobre la salud, humores, temperamentos, equilibrios y correspondencias entre lo que se come y quien lo come.
Así, más que un alimento específico, semillas, frutos, raíces, cortezas e inclusos alimentos procesados como el COMERSE LAS INDIAS.
LA ALIMENTACIÓN COMO CLAVE CLASIFICATORIA agoreros, que poseen buen sabor y olor a almizcle, así como otro árbol que -asegura-huele a hinojo; en esta misma línea, las Indias poseerían su propio árbol de la canela, que si bien no es la misma que se conoce en el Viejo Mundo, su color y sabor son semejantes: hay una buena canela, e de aquésta se trujo una carga o dos, por mandato de Atabaliba, de hacia la provincia de Quito, y es de otra forma que la canela de especiería, porque ésta es como vasillos o engaste de alguna fructa.
15 Reinscribir las Indias en el horizonte de especiería implica dar cuenta de todas las potencialidades que la naturaleza en el Nuevo Mundo ofrece.
Así, la vegetación indiana promete nuevas plantas que desbordan en usos prácticos, como es el caso de la palma.
De su fibra se hacen telas y con su madera se fabrican saetas, vítores, lanzas jinetas, picas, macanas, e incluso instrumentos musicales.
Pero lo más importante es su fruto, el cual considera de buen sabor, dulce y de carne espesa.
Estos, llamados cocos porque -según explica Fernández de Oviedo-al tener tres agujeros parecen un mono «cocando», poseen diversas propiedades: se hace aceite, vino, y se lo come cocido, pues su sabor es mejor que el de las almendras; además posee una leche, la cual los cristianos comen con maíz.
Si bien la palma es un caso ejemplar de la sobre-utilidad que presenta la flora salvaje indiana, es en los árboles medicinales donde aparece con mayor persistencia la restitución del imaginario de especierías.
La misma categoría clasificatoria -una botánica medicinal, ya presente en Pliniopretende establecer un valor agregado sobre la flora, al ligarla a un conocimiento útil para el ordenamiento colonial indiano.
Así, Fernández de Oviedo establece una proto farmacopea donde incluye el árbol que suelda las quebraduras para curar las roturas de hueso, el guayacán para tratar las búas (sífilis), y el árbol del bálsamo, que cura heridas y mitiga dolores.
Asimismo, incluye algunas hierbas como la llamada «y» que considera un purgante seguro, el goaconax, del que se hace un bálsamo para las heridas, el coigaraca que su usa para quitar la carne mala de las heridas, así como el perebecenuc y la perorica, dos hierbas que curan las llagas.
16 azúcar, cumplen en la mayoría de los casos una función digestiva y medicinal que los constituyen como especias.
Tanto su escasez como su especificidad en una salud estrictamente distribuida en clases sociales, hacen comprensible su alto valor social y económico que impulsa -al menos a nivel discursivola búsqueda de una especiería en el Nuevo Mundo.
Fernández de Oviedo no solo describe las plantas, sino que también entrega recetas y establece procedimientos para determinar las propiedades medicinales, dándole especial importancia a la experimentación: todo lo que es medicinal requiere mucha experiencia, en especial en las cosas que nuevamente vienen a noticia de los hombre e que son poco usadas. [...]
E así soy de la opinión que en este que llaman bálsamo (e no lo es sino algún licor bueno) que falta mucha parte de la experiencia a los que con él han de curar, e aquesta se ha de aprender también acaso, porque en dar más o menos en la cantidad, o en la calidad con que topa donde ha de obrar, podrá hacer lo que hacen las manzanillas con que se purgan algunos en estas partes, que a unos hacen provechos, e a otros mucho daño.
En este sentido, Fernández de Oviedo reconoce la importancia de rescatar el saber medicinal prehispánico, como en el caso de la manzanilla de las avellanas -recién mencionada-donde el conocimiento de sus propiedades purgantes es aprendido mediante una indígena.
En contra de lo que plantearía la imagen hegemónica en la historiografía sobre la vida de Fernández de Oviedo, este se lamenta de que el exterminio de la población nativa repercuta en el olvido de dicho saber:
Aunque imperfecta, el intento de restitución de la especiería vislumbra tímidamente una emergente dimensión culinaria.
La identificación de especias, como posibles nuevos sabores y condimentos del territorio indiano, constituyen un medio por el cual lo desconocido (el mare magno) se hace accesible a Fernández de Oviedo y sus lectores.
Pero también su enunciación como especias, es decir, como condimentos, medicinas y fármacos propios del Nuevo Mundo, comienzan a dar forma a una nueva 17 Ibidem, lib. X, cap. III, 12-13.
La postura de Fernández de Oviedo frente a la población del Nuevo Mundo es un tema recurrente en la historiografía sobre el cronista, con planteamientos que frecuentemente han oscilado entre el panegírico y el libelo.
clasificación que se despliega paralelamente a la topología descriptiva de la naturaleza indiana.
El vínculo no es arbitrario.
Para el siglo XVI, mientras los planteamientos de Hipócrates y Galeno siguen vigentes, la farmacopea no es mucho más que una dietética.
Alimento y fármaco, especia y medicina se encuentran íntimamente ligados.
Seña de ello es que la noción de receta se emplea tanto para la preparación de platos como para la prescripción farmacológica.19
La búsqueda del sabor vegetal
En este sentido, no basta con identificar qué elementos del Nuevo Mundo son comestibles.
Para los dietistas del siglo XVI, el buen gusto y la buena digestión están íntimamente asociados: no solo porque se digiere mejor lo que se come con gusto, sino porque se cree que si un alimento gusta es señal de que conviene al temperamento de quien lo ingiere.
20 Es así como Fernández de Oviedo examina los frutales del Nuevo Mundo desde su memoria gustativa.
Dar cuenta de los sabores de la naturaleza del Nuevo Mundo es por tanto una operación doble: por una parte, implica también dar cuenta de su utilidad en tanto imaginario de especiería; pero por la otra, remite a organizar la naturaleza comestible, permitiendo establecer una pauta para la instauración de una dieta colonial.
21 Nuevamente, es la semejanza -la mimesis con lo conocido-la que opera en un primer momento para identificar los productos del Nuevo Mundo.
Fernández de Oviedo encuentra recurrentemente «higos», «manzanas», «peras» y «avellanas» que se asimilan a sus versiones europeas.
Parecido formal, pero también gustativo (como la acana que sabe a queso), de texturas y sensaciones que sirven para aproximarse imperfectamente a lo desconocido.
Así encara la guanábana, cuya fruta es hermosa e grande, como melones en la grandeza [... por] afuera tienen escamas como piñas, más lisas que aquellas señales e no levantadas como las de las piñas [... y] el cuero o corteza es delgado, como el de una pera, o poco más, e la fructa e manjar de dentro es como natas, o manjar blanco al parecer, porque hace alguna correa.
Esta comida o manjar se deshace luego en la boca, como agua, con un dulzor bueno.
Y entre aquellas carnosidades, hay asaz pepitas grandes, como las de la calabaza, pero más grosezuelas, de color leonadas oscuras.
Son, como he dicho, altos e grandes e hermosos árboles, e muy fresca e verdes las hojas, e cuasi a la hechura de la hoja de la lima.
22 Melones, piñas, peras, manjar, calabaza y lima son necesarios para transmitir al lector las características de las frutas que se encuentran en el Nuevo Mundo.
Para evocar lo desconocido, Fernández de Oviedo debe echar mano a una tradición compartida de prácticas alimentarias, saberes y sabores.
Como plantea Alexadre Coello de la Rosa, la descripción de Fernández de Oviedo aún se encuentra anclada en el lenguaje y la mentalidad europea.
23 El caso límite de la evocación de lo desconocido es, tal vez, la descripción que realiza de la piña, donde pone en práctica cuatro sentidos, para terminar asegurando que es indescriptible: 24 Esta es una de las más hermosas fructas que yo he visto en todo lo que el mundo he andado. [...]
Ni pienso que en el mundo la hay que se le iguale en estas cosas juntas que agora diré.
Las cuales son: hermosura a la vista, suavidad de olor, gusto de excelente sabor. [...]
Mirando el hombre la hermosura désta, goza de ver la compusición e adornamiento con que la Natura la pintó e hizo tan agradable a la vista para recreación de tal sentido.
Oliéndola, goza el otro sentido de un olor mixto con membrillos e duraznos o melocotones, y muy finos melones, y demás excelencias que todas estas fructas juntas y separadas, sin alguna pesadumbre; y no solamente la mesa en que se pone, mas, mucha parte de la casa en que está, siendo madura y de perfecta sazón, huele muy bien y conforta este sentido del oler maravillosa e aventajadamente sobre todas las otras fructas.
Gustarla es una cosa tan apetitosa e suave, que faltan palabras, en este caso, para dar al propio loor en esto; porque ninguna de las otras fructas que he nombrado, no se puede con muchos quilates comparar a ésta.
Palparla, no es, a la verdad, tan blanda e doméstica, porque ella misma parece que quiere ser tomada con acatamiento de alguna toalla o pañizuelo; pero puesta en la mano, ninguna otra da tal contentamiento. [...]
No pueden la pintura de mi pluma y palabra dar tan particular razón ni tan al propio el blasón desta fructa, que satisfaga tan total y bastantemente que se pueda particularizar el caso sin el pincel o debujo, y aun con esto, sería menester las colores, para que más conforme (si no en todo, en parte), se diese mejor a entender que yo lo hago e digo, porque en alguna manera la vista del letor pudiese más participar desta verdad.
25 Utilizar el imaginario de los alimentos del Viejo Mundo no solo implica disminuir la brecha de referencia estética que permita vincular los nuevos sabores al sistema alimentario europea, sino también, es una forma de inscribir lo nuevo en una tradición simbólica asociado a una dietética particular.
Un caso paradigmático de esta actitud es, tal vez, la descripción que Fernández de Oviedo realiza del aguacate, al cual identifica con una especie de pera salvaje.
Dice así, Sin embargo, la exacerbación del gesto se alcanza cuando expone con aparente ingenuidad la versión indiana de una conocida receta proveniente del repertorio culinario galénico, a saber, las peras con queso: «con queso sabe muy bien estas peras, y cuando están sazonadas para las comer, piérdense, si las dilatan e dejan pasar aquella sazón, porque se acedan y pudren, e no valen nada si con tiempo no las conceden al gusto».
28 Aunque presente en múltiples refranes populares del Viejo Mundo, la asociación de las peras con el queso responde también a una tradición médica alimentaria.
Considerado alimento popular, hacia fines del medievo la nobleza sospecha de la calidad digestiva del queso, que progresivamente comenzaba a apreciar.
Para conjurar lo nocivo de este, el médico italiano Castor Durante de Gualdo recomienda en 1565 comérsele con peras a fin de contrarrestar sus efectos.
29 De algún modo, Fernández de Oviedo hace eco de esta tradición, y de paso reinscribe los frutos del Nuevo Mundo en un imaginario dietético que, junto a la noción de especias, busca poner en valor la naturaleza de Indias.
Sin duda es en la fauna indiana donde la emergencia de una trama clasificatoria paralela -frente a una historia natural, otra culinaria-puede apreciarse con más claridad.
Como se propone para la totalidad de la naturaleza indiana, la intención original de Fernández de Oviedo es complementar el saber de Plinio con los animales del Nuevo Mundo.
Para ello, y siguiendo el principio de semejanza, replica las cuatro categorías de Plinio para el mundo animal: los terrestres, los acuáticos, las aves y los insectos.
No obstante, identificar los animales del Nuevo Mundo no va a ser tarea fácil, la fauna que cree reconocer en la tradición pliniana va a estar sujeta a un método de contrastes entre las opiniones de los clásicos, los testimonios de las crónicas indianas y su propia experiencia en el Nuevo Mundo.
Como ocurre en el caso de los cocodrilos del río de la Plata, donde tras la descripción de ciertos animales que comen los indígenas cita la caracterización de Isidoro de los cocodrilos del Nilo, para concluir: En principio, las cuatro categorías que utiliza para clasificar la fauna no le son problemáticas y, en apariencia, son excluyentes.
Sin embargo, no hay ordenamiento que no presente anomalías y para Fernández de Oviedo esta se encuentra en la iguana.
La iguana en la obra indiana de Fernández de Oviedo representa el paradigma del problema de la clasificación.
En el Sumario realiza una primera descripción del animal.
Cuando habla de los mantenimientos indígenas de La Española, plantea que 30 Fernández de Oviedo, lib. XII, cap. VII, 1992, 2, 360.
comían asimismo una manera de sierpes que a la vista son muy fieras y espantables, pero no hacen mal, ni está averiguado si son animal o pescado, porque ellas andan en el agua y en los árboles y por tierra, y tienen cuatro pies, y son mayores que conejos, y tienen cola como lagarto, y la piel toda pintada, y de aquella manera de pellejo, aunque diverso y apartado en la pintura, y por el cerro o espinazo unas espinas levantadas, y agudos dientes y colmillos, y un papo muy largo y ancho, que le cuelga desde la barba al pecho, de la misma tez o suerte del otro cuero y callada, que ni gime ni grita ni suena, y está se atada a un pie de un arca, o donde quiera que la aten, sin hacer mal alguno ni ruido, diez, y quince, y veinte días, sin comer ni beber cosa alguna.
31 La iguana emerge como un animal indeterminado, sin embargo, en principio esto no se debe a que sea inclasificable, sino al escaso conocimiento que se posee de nuevo animal.
Asimismo, para el Sumario la clasificación no es un problema ya que la fauna indiana aparece bajo una sola categoría, a saber, la de animales.
Es, no obstante, en la primera edición de la primera parte de su Historia (1535) que Fernández de Oviedo introduce la clasificación de la fauna indina, y decide ubicar a la iguana junto a los peces.
En principio esto no debiera ser problemático.
Desprovisto de criterios taxonómicos modernos la decisión de Fernández de Oviedo puede parecer tan arbitraria como su opuesta.
El problema deviene en la segunda edición, cuando Fernández de Oviedo ubica a la iguana dentro de los animales terrestres del Nuevo Mundo.
Aunque no contamos con acceso al texto de 1535, en la segunda edición de la primera parte de la Historia Fernández de Oviedo explica las razones que lo llevaron a incluir a la iguana en la categoría de los peces: a su modo de ver, la iguana sería un animal que vive tanto en los ríos como en los árboles, y, lo que es más importante, no existe un consenso si es carne o pescado.
32 Pero la inclusión en los animales terrestres en la segunda edición tampoco soluciona el problema, sino que opera como una declaración sobre la carencia de clasificación del animal.
Agora me pareció ponerle en éste que tracta de los animales terrestres, non obstante que, segund la opinión de muchos, que entrambos libros se puede aplicar, porque muchos hombres hay que no se saben determinar si este animal es carne o pescado, e como cosa neutral, la atribuyen al uno y al otro género, así de los animales de la 31 Fernández de Oviedo, 1996, 99-100.
32 Jesús Carrillo ve en la reclasificación de la iguana que hace Fernández de Oviedo la expresión ejemplar de la confrontación de la experiencia personal con la autoridad, representada por Pedro Mártir; es decir, el hecho grafica la posibilidad de ubicar al Nuevo Mundo en una dimensión autónoma frente al mundo clásico (incluido Plinio).
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.07 tierra como de los del agua, porque así se aplica al un elemento como al otro, y en cada uno de ellos se ejercita y continúa la vida.
33 La aparente neutralidad de la iguana, su dificultad clasificatoria, responde a un problema teológico antes que epistemológico.
Determinar si es carne o pescado, más que un tema filogenético alude a discusiones religiosas.
Como el mismo Oviedo indica, independiente de dónde se clasifique «usan de él en estas partes, comiendo este animal en los días que no son de carne, así como viernes e sábado, e la cuaresma, e otros días prohibidos por la Iglesia.
Más de mi opinión e parescer, yo le habría por carne.
Lo cual no digo para que ninguno deje de seguir su voluntad, y principalmente la del prelado y lo que la Iglesia ordenare».
34 En cierto sentido, el problema de la iguana 35 demuestra cierta limitación del modelo de Plinio para dar cuenta de los animales del Nuevo Mundo.
Aunque la clasificación clásica posee utilidad para ordenar una serie de animales desconocidos en el Viejo Mundo, el dilema de la iguana abre en Fernández de Oviedo una segunda línea de clasificación de la fauna indiana.
Como hemos venido sosteniendo, es fácil constatar en la lectura de la obra indiana de Fernández de Oviedo la especial preocupación por dar cuenta de las posibilidades culinarias de la naturaleza de Nuevo Mundo.
En el caso de la iguana, su problema clasificatorio no es taxonómico, sino alimentario: esta no es más pez por nadar o no hacerlo, sino por la calidad de su carne.
Por ello, tras la descripción que Fernández de Oviedo realiza en el Sumario, concluye afirmando que «es muy mejor de comer que de ver»; 36 pero es en la Historia donde el potencial culinario de la iguana es profundizado con mayor ímpetu.
Luego de describir profusamente los métodos de cocción de la iguana, Fernández de Oviedo se dedica a explicar cómo deben ser cocinados los huevos del animal: 33 Fernández de Oviedo, lib. XII, cap. VII, 1992, 2, 32.
Sobre este punto Jeremy Paden plantea que la clasificación final que Fernández de Oviedo realiza de la iguana responde, en última instancia, a una memoria cultural, que inserta el animal en el imaginario cristiano de semana santa.
35 Si la iguana es para Fernández de Oviedo un animal terrestre cuya carne puede confundirse con un pez, el manatí ocupa una posición inversamente simétrica, pues siendo un animal marino su carne se asemeja a la de los animales terrestres: «creo que es uno de los buenos pescados del mundo y el que más parece carne; y en tanta manera parece vaca, viéndose cortado, de quien no le obiere visto entero o no supiere, mirando una pieza dél, no sabrá determinar si es vaca o ternera».
Y como experimentado, quiero avisar a quien esto leyese en estas partes (si indios faltaren, como faltan), de la manera e arte que han de tener para guisar los huevos de la iuana, porque hallarán por verdad, que queriendo hacer una tortilla de los huevos, o freírlos como los que dicen estrellados, no se podrá hacer con aceite ni manteca, porque nunca se cuajarán; mas, echando agua en lugar de aceite, se cuajan e guisan.
Esto es cosa probada e cierta, e otro indicio para porfiar a sabiendas los que menos entienden, que éste es pescado, e tan amigo del agua, que se conforma más con ella que con los materiales de la tierra.
Pero esto es falso, o no decir nada, pues que todos los pescados, o los más dellos se guisan e fríen con aceite.
37 Desde esta óptica, la distribución de los animales indianos se transforma en una suerte de compendio gastronómico, en el cual tras cada descripción física casi necesariamente se acompaña de un comentario culinario sobre el sabor de la carne o métodos de preparación.
Incluso cuando Fernández de Oviedo no ha probado determinado animal, remite a algún testimonio para dar cuenta de su sabor.
Como la hutía en La Española, que se encuentra en extinción por el consumo de los conquistadores pero que «segund testifican muchos que los vieron e comieron [...] los loan por buen manjar».
38 Así mismo, entre los animales de esa isla se encuentra el quemí, de buen sabor, aunque en la opinión de Fernández de Oviedo sobrevalorado pues los primeros colonos pasaron mucha hambre; el mohuy, altamente estimado por los caciques y del cual «los hombres que lo vieron y comieron [...] loan esta carne por mejor que todas»; 39 el corí, una especie de conejo pero cuya carne es menos seca que este animal; los perros gozques, ya extintos por el sobre consumo de los primeros colonizadores, pero «todos los españoles que los han probado, loan este manjar e dicen que les parece no menos bien que cabritos»; 40 y la ya referida iguana.
De los animales de La Española, solo los ratones y las culebras, ambos considerados perniciosos, no están acompañados de un comentario culinario.
El mismo gesto se replica cuando Fernández de Oviedo revisa la fauna de Tierra Firme.
Aquí encuentra al beori, del que alaba su carne y entrega la receta para comer sus patas: «los pies deste animal son muy buen 37 Fernández de Oviedo, lib. XII, cap. VII, 1992, 2, 33.
En su búsqueda por la rigurosidad de sus juicios culinarios, Fernández de Oviedo afirma haber probado en Nicaragua un perro similar, llamado xulo, tan preciado por los indígenas que la cabeza es privativa de los calachuni o teite, es decir, los principales.
«Y a la verdad, de aquél que yo comí, fueron dos o tres bocados, en no pensando que era perro.
E llegué donde ciertos amigos comían de uno muy gordo e muy bien asado e untado o lardado con ajos, e no me supo mal».
Mas estando tales, es manjar para darle a cualquiera que huelgue de comer una cosa de muy buen gusto o digestión»; 41 al ciervo, que en Nicaragua se conoce como mazat dice que «es de muy buena carne, y en todo tiempo del año, en especial en esta provincia de Nicaragua y en León de Nagrando»; 42 a los conejos y liebres, los que explica cómo los indígenas los conservan en sal, «así en cecina para cuando les falta la carne fresca» 43; y los encubertados (armadillos), de los que afirma son excelente manjar: quitándoles aquella concha, están muy gordos, e cuasi lo más dellos cubiertos de grasa o manteca sobre la carne.
E porque toman mucho la sal, e sin ella son muy dulces, no los comen sino salados de un día antes, porque no echándoles sal, son tan gordos que empalagan o dan fastío; pero es buena carne.
Yo los he comido algunas veces, e son mejores que cabritos en el sabor, e es manjar sano.
44 La lista prosigue con ardas, ovejas de Nueva Castilla (auquénidos) -que a su parecer tienen una de las mejores carnes del mundo-y vacas septentrionales (bisonte); para luego continuar con los peces («el manjar más ordinario de los indios e a que ellos tienen grande afición. [...]
Y a mi creer, estos pescados de acá son más sanos que los de España, porque son de menos flema, pero no de tan buen sabor»), 45 las aves, e insectos (principalmente chapulines) indianos.
Pues bien, esta segunda trama clasificatoria (la culinaria) no tendría sentido si solo existiese una categoría constituida por los animales comestibles.
Junto a los animales «buenos para comer» existen también aquellos que no lo son.
Como el oso hormiguero, del cual tras explicar su estrategia alimenticia, afirma que la carne deste animal es sucia e de mal sabor; pero como las desventuras e necesidades de los españoles en aquellas partes, en los principios, fueron muchas e muy extremadas, no se han dejado de probar a comer; pero hace aborrecido tan pronto tal manjar, como se probó por algunos cristianos.
O un animal llamado aire que «es muy duro de comer [...] y es que después de cocidos, aunque mucho más los cuezan, no están por eso más tiernos de comer, ni tampoco porque mucho los asen».
47 Aunque la oposición conforma ya un incipiente sistema clasificatorio, Fernández de Oviedo establecerá una tercera categoría alimentaria.
Junto a los animales buenos y malos para comer, emergerá aquella conformada por los animales que «se alimentan» de los humanos.
Algunos lo hacen en un sentido literal: como el tigre o pantera, que los indios llaman ochi, de los cuales «hay muchos dellos en Tierra Firme, e comen a muchos indios, e son muy dañosos», 48 o los lobos de la Tierra Firme que «son bermejos e malos, e comen algunos indios».
49 Pero también indirectamente, matando o alimentándose del sustento de la población indiana.
Como los puercos monteces que matan perros, las churchas que degüellan gallinas, o la broma que acaba con la madera de las construcciones.
Aunque la clasificación es incompleta, 50 da cuenta de la preocupación de Fernández de Oviedo por hacer de las Indias un lugar sustentable y útil para la colonización.
Junto con plantear una solución al problema de las categorías cognitivas, la inscripción de la naturaleza en el orden alimentario permite transformar parte de su obra indiana en una guía práctica para la colonización; al mismo tiempo que, como afirma Coello de la Rosa, la naturaleza se establece un principio de organización en sí mismo 51.
Así, restituir el imaginario de especiería no solo significa reinscribir un valor extractivo en el Nuevo Mundo, sino también hacer de él un espacio ordenado y, por lo tanto, habitable.
Esto explica en parte que, junto a la clasificación alimentaria de la naturaleza, Fernández de Oviedo se preocupe por indicar no solo las propiedades alimentarias de la naturaleza salvaje, sino también de aquella culturalmente domesticada por la población del Nuevo Mundo.
50 Si bien este ordenamiento abarca la gran mayoría de los animales a los que Fernández de Oviedo se refiere en su obra indiana, existen unos cuantos que quedan desclasificados, como el perico ligero (el perezoso), del cual no se sabe con certeza de que se alimenta y, aunque no ponzoñoso, tampoco es destinado a la alimentación, por lo que concluye: no «he visto hasta agora animal tan feo ni que parezca ser tan inútil que aqueste».
Los panes indianos y la aproximación culinaria
La trama alimentaria como seña clasificatoria de la naturaleza abre, en Fernández de Oviedo, una nueva dimensión para comprender las Indias.
Junto a esta, la perspectiva culinaria permite también dar cuenta de la población del Nuevo Mundo.
Desde la descripción que realiza en el Sumario de los indígenas de La Española, el mantenimiento -«lo que comen»-se transforma en un elemento constitutivo de la población.
Como si hiciera eco de la mitología prehispánica que posiblemente desconocía, Fernández de Oviedo le asigna una importancia capital a los panes indianos, hechos de maíz y cazabe (yuca).
Lo más probable es que este gesto, antes que una apertura a la simbología del otro, estuviese marcado por su propia tradición.
Como afirma Sophie Coe: para los aztecas, los mayas, los incas y los europeos del siglo XVI, el pan era la fuente de todos los carbohidratos de mayor importancia, su falta significaba hambruna, y su presencia, incluso por sí solo, indicaba que ya se estaba alimentado y satisfecho.
52 En muchos sentidos, el conocimiento sobre la alimentación de los indígenas del Nuevo Mundo no es más que el suplemento del problema clasificatorio de la naturaleza.
Desde la imagen del mare magno, este remite a un saber oculto, sujeto a ser descifrado.
Como hemos visto, la clave de ello se encuentra en la alimentación: como especia, como comida, como medicina.
Dar cuenta de la alimentación de los habitantes del Nuevo Mundo es, en este sentido, dar cuenta también de un desciframiento previo de la naturaleza, de un saber que ha sido culturalmente codificado en ciclos productivos, distributivos, elaboraciones y consumo.
Y en esta línea, describir estos ciclos se corresponde al gesto de apropiación que tiene el ordenar y clasificar la naturaleza del Nuevo Mundo.
Es así como Fernández de Oviedo explica en la Historia las técnicas y saberes agrícolas en torno al maíz 53 y la yuca, 54 con el fin de que la población colonizadora aprenda a cultivarlos.
Pero es sin duda en la dimensión culinaria donde la importancia del saber en torno estos alimentos es fundamental.
Si los frutos y los animales de la naturaleza daban pie un incipiente recetario indiano, los alimentos domesticados se encuentran culturalmente recubiertos de una serie de técnicas, procedimientos, recetas y combinaciones que Fernández de Oviedo registra acuciosamente.
Para el caso del maíz apunta lo siguiente:
En la isla Española y en otras, comíanlo en grano tostado o, estando tierno, sin tostar, cuasi seyendo leche; e cuando es así tierno, llámalo ector, queriendo cuajar o recién cuajado. [...]
En Tierra Firme tienen los indios otro uso [...] y es de aquesta manera.
Las indias, en especial, lo muelen en una piedra de dos palmos o más o menos, de longitud, e de uno y medio o dos de latitud, cóncava, con otra redonda o rolliza y luenga que en las manos traen, a fuerza de brazos (como suelen los pintores moler colores para su oficio), echando agua e dejando pasar algún intervalo, poco a poco, no cesado el moler.
E así se hace una manera de pasta o masa, de la cual toman un poco e hacen un bollo de un jeme, e grueso como dos o tres dedos.
Y envuelta en una hoja de la misma caña del maíz, u otra semejante, y cuecenlo. [...]
Y si no lo quieren cocer, asan esos bollos en las brasas, al resplandor, cerca dellas, y enduréscese el bollo, y tornase como pan blanco, e hace su corteza por de suso, y de dentro hace miga algo más tierna que la corteza, e quítanle la hoja en que lo envolvieron para lo cocer o asar, e cómenlo algo caliente, y de no del todo frío; porque si se enfría no tiene tan buen sabor ni es tan bueno de mascar. [...También] usan unas tortas grandes, delgadas e blancas, el arte de las cuales procedió de la Nueva España, así en México como en otras provincias della. [...]
Este tal pan se llama tascalpachon, y es muy buen pan sabroso.
Hacense otras tortas de la misma masa del maíz, escogiendo para ello el grano más blanco, e despican los granos, antes que los muelan, quitándoles una dureza u raspa que tienen en el pezón con que estovieron pegados en la espigao mazorca; e así sale mejor e más tierno el pan, e no se topan entre los dientes aquellas durezas que se topan cuando los bollos e tortillas son de maíz que no fue despicado.
55 Fernández de Oviedo continúa con su descripción de los usos alimentarios del maíz hablando de las bebidas: maíz fermentado que se in giere en Nueva España y la harina de maíz tostada (pinole) que consumen -mezclada con agua-los indígenas durante los viajes.
La descripción culinaria de las elaboraciones indígenas cumple distintos fines: representa la dimensión cultural que envuelve la naturaleza indiana, es decir, da cuenta de cómo la población local aprovecha sus recursos; pero también se presenta como un modo de apropiación del saber indígena para los fines de la colonización.
Así, tras la descripción culinaria del maíz Oviedo introduce un comentario que da cuenta de esta apropiación por parte de los españoles: los cristianos han dado mucha mejoría a este pan, cociéndolo en horno a la manera de España, e es más sabroso e más lindo en la vista, así cocido, en roscas o tortas.
E hácese asaz buen biscocho dello, para navegar con ello no muy largo tiempo.
56 A pesar de que es un lugar común la referencia a que la población europea tardó en asimilar los alimentos indianos, 57 para quienes vivían en el Nuevo Mundo es probable que sus márgenes de elección fueran bastante estrechos.
En este sentido, los comentarios culinarios de Fernández de Oviedo, así como la descripción del sistema productivo, implican un intento larval de sistematizar un saber necesario para la relación colonial.
Ahora bien, no solo de maíz (y de yuca) 58 se compone la culinaria del Nuevo Mundo que capta la atención de Fernández de Oviedo.
Ya hemos visto cómo la descripción de la flora y la fauna está atravesada por una preocupación alimentaria, la cual a momentos adquiere un verdadero cariz gastronómico.
Si a Fernández de Oviedo se le ha atribuido ser precursor de un naturalismo europeo en Indias, 59 así como el creador de uno de los primeros bestiarios indianos, 60 no es osado afirmar que ciertos pasajes de su Historia componen uno de los primeros recetarios mestizos del Nuevo Mundo.
Aunque no hay certeza a qué planta remiten los ajes, 61 parientes -para Fernández de Oviedo-de las batatas, afirma que: las mujeres castellanas se han apropiado del alimento, incluyéndolo en su dieta indiana.
Algo similar ocurre con la batata, parecida a los anteriores, solo que es más delicada fructa o manjar, y el cuero o corteza más delgada, y el sabor aventajado y de mejor digistión.
Una batata curada no es inferior, en gusto, a gentiles mazapanes. [...]
E se comen cocidas o asadas, y en potages e conservas, e de cualquier forma son buenas fructas, e se pueden presentar a la Cesarea Magestad por muy preciado manjar.
63 Fernández de Oviedo vuelve a evocar sabores foráneos, y aunque es probable que el curado también fuese una técnica indiana, indudablemente alude a preparaciones europeas.
Si el mestizaje culinario se produce por la incorporación de ingredientes y técnicas de cocina, también se encuentra presente por oposición.
De la piña, que ya hemos mencionado, dice que una vez mondada «hácenla tajadas redondas, o chullas, o como quiere el trinchante, porque en cada parte, al luengo o a través, tiene pelo e gentil corte»; 64 sin embargo esta fruta, que Fernández de Oviedo considera casi perfecta, posee un único problema, por el cual no agrada complidamente a todos los gustos; y es que el vino, aunque sea el mejor del mundo, no sabe bien bebido tras la piña, e si así supiera como sabe con las peras asaderas, u otras cosas que con el beber tienen aprendido los que son del vino amigos, fuera única a su parecer de los tales.
65 Otro tanto ocurre con el plátano que, como apunta Coe, era una planta domesticada en el Viejo Mundo, pero que fue una de las que se extendieron con mayor rapidez por la zona tropical del Nuevo Mundo; tanto que incluso algunos de los primeros cronistas se equivocaron, considerándola una planta nativa de América.
66 Aunque Fernández de Oviedo no entra dentro de este grupo de cronistas, pues sabe que no «los había en Indias, e fueron traídos a ellas», 67 va a dedicarles un importante espacio a la culinaria que en Indias se practica con ellos:
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.07 Hase cortar el racimo desta fructa, así como un fructo de los que están en racimo se comienza a hacer amarillo, e después, el racimo entero cuélganlo en casa, a allí se madura toda la fructa dél (o todos los plátanos que en el racimo hay).
Esta es una buena fructa, e cuando se curan estos plátanos abiertos al sol, hendiéndolos con un cuchillo en dos mitades al luengo, e dándoles sendas cuchilladas, o cada dos o cada mitad, cortando la fructa al luengo hasta la cascara, e no rompiendo la cascara o cuero, hácese el sabor, cuando están curados, muy semejante a los higos pasos, y aun mejores.
En el horno asados, sobre una reja u otra cosa semejante, son muy buena e sabrosa fructa, e parece un género sobre sí, como lo es, de una conserva melosa e de muy buen cordial e suave gusto.
Asimismo, cociéndolos en la olla con la carne, es un buen manjar; pero no ha de estar el plátano mucho duro para lo cocer con la carne, ni muy maduro, ni se ha de echar sino cuando esté la carne cuasi cocida, e desollado; porque en uno o dos hervores, en poco espacio de tiempo, se cuece el plátano.
Comidos crudos, después que maduran, es muy gentil fructa, y no es menester comer con ella pan ni otra cosa, y es de excelente sabor, e sana e de gentil digestión: que nunca he oído decir que hiciese mal a ninguno.
Llevandolos por el mar, duran algunos días, e hanse de coger para esto algo verdes; e lo que turan sin se podrir o dañar (que es doce o quince días), saben mejor en la mar que en la tierra (como hacen las cosas deseadas, donde menos se pueden haber).
Las nuevas especias indianas
Llegados a este punto no cabe duda que la clave culinaria puede ser pensada pertinentemente como una trama paralela a la hora de evaluar la aproximación y clasificación que Fernández de Oviedo hace de la naturaleza del Nuevo Mundo.
Sin embargo, aunque de la batata diga que puede ser servida en la mesa del rey, las preparaciones que anota de los productos indianos tienen una función bastante más local.
De algún modo, y como gran parte de la obra, los comentarios culinarios poseen una función pedagógica sobre la población colonizadora, 69 Enseñan qué cultivan, cómo lo preparan y qué come la población indígena, pero también entrega una guía gustativa del Nuevo Mundo a los españoles que participan de la colonización.
Así, la utilidad de la flora y fauna indiana está dirigida, en su mayor parte, a sustentar el ordenamiento colonial.
Sin embargo, como hemos venido planteando, junto a la dimensión culinaria Fernández de Oviedo introduce algunos comentarios que intentan restituir el imaginario de especiería en Indias: diversas tinturas, plantas es caliente e da muy buen gusto e apetito con los otros manjares, así al pescado como a la carne, e es la pimienta de los indios, y de que mucho caso hacen, aunque hay abundancia de ají, porque en todas las labranzas e huertos lo ponen e crían con mucha diligencia e atención, porque continuamente lo comen con el pescado y con los demás manjares.
70 Pero es sin duda su reflexión en torno al azúcar la que intenta concretar de manera más efectiva este imaginario.
En el capítulo VIII del libro IV, dedicado a La Española, Fernández de Oviedo se extiende largamente en la emergencia y proliferación que han tenido los trapiches de azúcar en la isla.
Leído desde el presente, resulta extraña la prioridad que le concede a la caña sobre otros cultivos.
Sin embargo, aunque en la actualidad pueda parecernos un producto relativamente barato, no era así para el siglo XVI.
Como plantea Sidney Mintz, «el uso de azúcar en Europa antes del siglo XVI (y, de hecho, aunque en menor medida, hasta el siglo XX), era primordialmente el de medicina y condimento, tan elevado era su precio y tan pequeña las cantidades en que solía consumírselo».
71 Por ello se entiende que el capítulo inicie declarando que «aquesto del azúcar es una de las más ricas granjerías que en alguna provincia o reino puede haber, y en aquesta isla hay tanta e tan buena y de tan poco tiempo acá es así ejercida e adquirida».
72 Traído por los europeos, el azúcar, había sido introducido al Mediterráneo por los árabes, y su expansión hacia el occidente estaba estrechamente vinculada a las expansiones ultramarinas de españoles y portugueses.
En efecto, como indica Mintz 73 las primeras plantaciones en Santo Domingo tuvieron que recurrir a un conocimiento especializado traído de las Canarias, antecedente directo de la explotación indiana.
A ojos de Oviedo, la alta demanda del azúcar permitía cerrar un ciclo económico con el Viejo Mundo: «es de notar que hasta que hobo azucares en ella [en La Española], las naos tornaban vacías a España, e agora van cargadas della e con mayores fletes de los que para acá traen, e con más ganancia».
Ante cierta ineficacia de las categorías preconcebidas (provenientes de la obra de Plinio) con que Gonzalo Fernández de Oviedo se aproxima a la naturaleza del Nuevo Mundo, hemos planteado que una lectura detallada de las descripciones sobre la naturaleza indiana permite identificar una segunda trama clasificatoria, paralela a la anterior, que ubica a esta en una clave alimentaria.
Si la naturaleza del Nuevo Mundo se presenta «disforme» y «desemejante» a lo conocido por la sociedad europea, como un «mare magno e oculto», la entrada alimentaria permitirá a Fernández de Oviedo ubicarla en un código compartido de la tradición.
No solo mediante relaciones miméticas, de analogías de sabores, colores y texturas, sino también como elementos consistentes con una organización dietética (médica y alimentaria) propia de la cultura tardo medieval.
Así, la nueva trama de clasificación abre la posibilidad de reforzar en suelo indiano el imaginario de especiería que se había difuminado en los primeros años de la conquista.
Pero la entrada alimentaria no solo remite a la descripción de la naturaleza del Nuevo Mundo.
En su intento por construir un corpus final del saber indiano, la Historia general y natural de las Indias -aunque asistemática-adquiere a momentos la dimensión de un verdadero compendio culinario.
De los animales y plantas indianas, Fernández de Oviedo no solo comenta su sabor, sino que además enseña al lector como prepáralos, mezclando técnicas y procedimientos de ambos continentes, dando cuenta de una incipiente cocina mestiza.
En una línea establecida insistentemente por Daymond Turner no solo se ha planteado estar frente al primer cronista de Indias, sino que además Fernández de Oviedo es catalogado como el creador de la primera novela indiana, de la primera enciclopedia del Nuevo Mundo y, por tanto, el primer autor propiamente hispanoamericano.
75 En este sentido, no sería osado agregar otro galardón a la lista y afirmar que fragmentos de su obra constituyen probablemente el primer recetario indiano que da cuenta no solo de las preparaciones indígenas sino también de una cocina mestiza. |
como su nuevo soberano y proclamarlo públicamente.
La oligarquía cuzqueña obedeció el mandato y dispuso que se elaborasen dos documentos que certificasen al monarca la lealtad de la ciudad y le informasen de las fastuosas fiestas que habían celebrado en su honor.
Con esos documentos analizaremos esta proclamación regia, explicando en qué consistió la ceremonia, cuál fue su significado y quiénes tomaron parte en ella.
Es bien sabido cómo en 1556 Carlos I, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, enfermo y hastiado tras largos años de luchas y conflictos, decidió abdicar, cediendo la corona de emperador a su hermano Fernando y la de rey de España, Borgoña y las Indias a su hijo Felipe.
Una corona, esta última, que podía ceder legítimamente desde hacía apenas un año, desde la muerte de su madre Juana I de Castilla, quien hasta 1555 había sigo la legítima heredera y propietaria de estos territorios, pese a hallarse legalmente incapacitada y apartada del poder.
1 No fue esta abdicación, sin embargo, un proceso sencillo.
Las aspiraciones imperiales de Fernando, aplazadas durante más de treinta años, por fin estaban siendo satisfechas, pero las disputas con su sobrino Felipe por el reparto del poder evidenciaban la fragilidad del gobierno sobre estos vastos y diversos territorios.
2 El traspaso de poderes, que fue desarrollándose de manera paulatina desde Bruselas, quedó recogido en una ingente cantidad de documentos, elaborados por su secretario Francisco de Eraso, enviados por orden del emperador a todas las instituciones del Imperio, en los que se les notificaba esta abdicación y se les ordenaba que jurasen lealtad a su nuevo soberano.
La mayor parte de estas cartas han desaparecido con el devenir de los siglos pero aun así son muchas las que han llegado hasta nuestros días, ofreciendo una valiosísima información acerca de este momento políticamente tan complejo.
En el Archivo Histórico Nacional, en la Sección Nobleza, se encuentra, por ejemplo, la carta que Felipe II envió, ya desde Valladolid, a don Gerónimo Benavides, marqués de Fromistá, exigiéndole juramento de fidelidad.
3 Asimismo, en el Archivo General de Indias se han conservado numerosos ejemplares de la real cédula, fechada el 16 de enero de 1556, que Carlos I envió a todas las instituciones de gobierno indianas.
4 En estos documentos, además de informar sobre la nueva situación política en la que se encontraba el Imperio, se especificaba de qué manera y a través de qué actuaciones debía llevarse a cabo el reconocimiento de Felipe II como nuevo rey.
5 Una de estas reales cédulas fue precisamente la que se recibió en 1557 en el cabildo de Cuzco, en Perú, desencadenando toda la serie de hechos y acontecimientos que se desarrollarán a lo largo de estas páginas.
6 Para una ciudad como Cuzco, separada por miles de kilómetros de la metrópolis, condenada a formar parte de un Imperio a cuyo soberano no vería jamás y a ser gobernada a distancia, bajo la dirección de autoridades delegadas, 7 la llegada al trono de un nuevo rey no podía suponer una transformación muy directa en su día a día y, sin embargo, la proclamación de este nuevo monarca constituyó uno de los mayores acontecimientos que la ciudad experimentó en esas décadas.
8 En un Estado monárquico tradicional, el fallecimiento de un rey y el ascenso al trono de su sucesor suponía un evento de enorme importancia para el reino, ya que el poder supremo que el monarca fallecido había ostentado en virtud de los designios divinos debía de pasar a otras manos, también señaladas por Dios mediante la línea sucesoria.
9 Por este motivo, las proclamaciones reales fueron siempre acompañadas de un complejo ceremonial, en el que se llevaban a cabo toda una serie de rituales establecidos con el fin de legitimar al nuevo monarca ante los ojos de sus súbditos, garantizando así su reconocimiento y aceptación.
10 En Castilla, estas celebraciones cívicas, en las que tomaban parte todos los estratos sociales de la ciudad, se remontan al menos hasta el siglo XV 11 y constituían uno de los acontecimientos de mayor importancia para las villas y ciudades, que ponían en juego todos los recursos de los que disponían, a fin de garantizar que el lujo y la solemnidad de la fiesta reflejase la grandeza del municipio y la lealtad de sus habitantes.
12 Pero si en Castilla las proclamaciones reales constituían un acontecimiento de enorme importancia social y política, mucha más transcendencia alcanzaron en el Nuevo Mundo, principalmente debido a la gran distancia que mediaba entre la metrópolis y sus colonias, que obligaba a emplear todos los recursos disponibles para fortalecer los lazos culturales y políticos que les unían, y mantener así vivo el sentimiento de unidad y de pertenencia a un mismo Imperio.
13 Por ello, para la etapa borbónica hay constancia de la celebración de estas fiestas en todas las ciudades americanas, tanto grandes como pequeñas, que después eran relatadas y enviadas al monarca como demostración del entusiasmo con el que había sido aclamado.
14 Estos relatos pormenorizados, cargados de simbolismo y figuras retóricas, serán denominados, ya en el siglo XVII, Relaciones de fiestas, y serán, según sostienen algunos autores, la razón por la cual, tras unos primeros años en los que los festejos adoptaron diferentes formas, pronto comenzó a percibirse una tendencia uniformadora dentro de las manifestaciones públicas de alegría y acatamiento tras el ascenso al trono de un nuevo monarca, dando como resultado que durante los siglos XVII y XVIII estas celebraciones repitiesen una y otra vez los mismos esquemas sin apenas introducir elementos originales.
15 Y es que a la hora de organizar un festejo de este calibre era frecuente que las autoridades recurriesen al ejemplo de las celebraciones pasadas, de las cuales habría quedado constancia en estas Relaciones, para garantizar que la celebración superase o al menos igualase en esplendor a las anteriores.
16 Los orígenes de estas Relaciones de fiestas pueden ser hallados en las cartas o epístolas de relación, 17 documentos públicos o privados que informaban de un acontecimiento a una persona o institución.
Ya desde la Baja Edad Media el empleo de crónicas oficiales con fines propagandísticos del monarca se había convertido en una constante.
Una de las formas de obtener información para que escritores profesionales hicieran estas crónicas, 13 Rípodas Arranz, 2006, 245.
Cercano al nuestro, por ejemplo, es el caso de la entrada del virrey Francisco de Toledo en Cuzco en 1572.
Una vez en la ciudad, los oficiales municipales admitieron poseer narraciones de anteriores entradas de virreyes en Lima y haber pretendido realizar en Cuzco unos festejos que las superasen, para, de esta forma, demostrar la superioridad de su ciudad sobre Lima.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.08 era a través de las cartas que muchos súbditos enviaban con el fin de prestar un servicio y obtener algún beneficio, como el de ver su nombre escrito en la crónica.
18 Las cartas conteniendo descripciones de fiestas celebradas en el continente americano son relativamente frecuentes a partir del siglo XVII pero para el siglo XVI, en cambio, no hay constancia de que se hayan conservado muchas, lo que convierte a esta que presentamos en un documento poco común.
19 Como ya se ha indicado, el desencadenante de los acontecimientos que tuvieron lugar en Cuzco fue una real cédula en la que Carlos V informaba de su decisión de ceder el trono a su hijo Felipe y ordenaba a todos sus súbditos que lo reconociesen como su nuevo soberano y que lo proclamasen públicamente en la ciudad llevando a cabo una serie de actos simbólicos: «e ansí os encargamos y mandamos que, alçando pendones y haziendo las otras solenidades que se requieren y acostunbran».
Este documento, fechado en 16 de enero de 1556, fue acompañado por otra real cédula, fechada tan solo un día más tarde, el 17 de enero, en la que Felipe II, intitulándose ya «El Rey», comunica su aceptación del trono y su intención de gobernar el reino con rectitud y justicia, así como la promesa de otorgar mercedes a aquellos que le obedezcan y sirvan fielmente: acordándome de vuestra fidelidad y lealtad y del amor y afiçión espeçial que entre vosotros he conoçido, mandaré mirar por lo que general y particularmente os tocare, haziéndoos merçed y fauor en lo que justo sea como lo mereçéyes [...]
Estas buenas palabras de agradecimiento hacia sus súbditos no dejan de tener una cierta carga irónica si se tiene en cuenta que apenas diez años antes, en 1545, la fidelidad y lealtad y amor y afiçión especial de los pobladores españoles del Perú hacia su rey, se manifestó a través de una rebelión que había puesto en jaque las instituciones de gobierno en América y desafiado peligrosamente el poder real en Indias.
19 Poco común pero en modo alguno único.
Otros ejemplos de cartas en la que se describen fiestas celebradas en Indias en honor de la monarquía pueden hallarse en Gómez Gómez (2009, 461-475), donde se relata la celebración se llevó a cabo en Guadalajara por el nacimiento del príncipe Fernando y la victoria de don Juan de Austria sobre los turcos; o una relación de fiestas celebradas en Cuzco tras la victoria de Lepanto que se transcribe en CODOIN América (24, 169-173), citada por López Cantos, 1992, 26.
EL PODER DEL REY AUSENTE: LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE II EN CUZCO EN 1557 había adelantado casi un mes, ya que desde el 23 de agosto de ese año la abdicación del emperador fue un tema recurrente dentro de las reuniones del cabildo.
La organización de una fastuosa ceremonia de proclamación se convirtió entonces en objetivo prioritario para los miembros del gobierno local, quienes dedicaron largas horas a definir todos los detalles de la fiesta, desde los estandartes que se mandarían bordar hasta los juegos y diversiones con los que se cerraría la celebración.
21 En un principio la proclamación quedó fijada para el 1 de noviembre aunque la magnitud de los preparativos forzó su aplazamiento, primero hasta el 30 del mismo mes, día de san Andrés, y finalmente hasta el 8 de diciembre, para dar así más tiempo a los organizadores.
Llegado el día, tuvo lugar en Cuzco la proclamación de Felipe II como nuevo rey, de la cual el cabildo puso buen cuidado en dejar constancia escrita para garantizar que la información de su obediencia y lealtad llegara a oídos del monarca.
Y es que este testimonio, contenido en los documentos que presentamos, no es un simpe relato descriptivo de la fiesta, sino que constituye una expresión directa y oficial del acatamiento de sus súbditos al nuevo monarca.
Si en Castilla era común que, tras la proclamación pública del rey, las ciudades enviasen delegados a la corte para prestar juramento de vasallaje y obediencia ante el monarca; 22 en las Indias, tan alejadas, se conformaban con enviar un documento oficial intitulado por las principales autoridades locales.
En el caso cuzqueño, fueron dos los documentos que se enviaron a la corte tras la proclamación.
El primero de ellos es una carta, enviada en nombre de las autoridades civiles de Cuzco y que fue validada mediante la firma del corregidor, Bautista Muñoz, y de varios de los regidores de la ciudad, así como con la suscripción y firma del escribano del cabildo, en cuya oficina de expedición fue elaborado el documento.
23 En esta carta, fechada el 10 de diciembre de 1557, es decir, casi dos años después de que fuesen enviadas las reales cédulas, la ciudad y sus gobernantes reconocen explícitamente a Felipe II como nuevo soberano y se hace mención a la ceremonia de proclamación a través de la cual se ha llevado a cabo este reconocimiento público.
24 Este documento coincide plenamente en forma y contenido con otra carta, escrita en la misma circunstancia, que enviaron desde la ciudad de León de Nicaragua el 17 de febrero de 1558, reconociendo a Felipe II como nuevo rey, haciendo constar la existencia de una ceremonia de proclamación en la ciudad y solicitando mercedes: En lo demás que Vuestra Magestad manda se a cumplido y cum-MARÍA LUISA DOMÍNGUEZ-GUERRERO contenido que puede hallarse en el documento ya que, a partir de la mitad aproximadamente, esta carta de acatamiento se convierte en una petición en la que se solicitan algunas mercedes, como que se mantenga en el cargo de virrey del Perú al marqués de Cañete y que se perpetúen las encomiendas de indios, que tras las Leyes Nuevas habían quedado limitadas en el tiempo.
25 El otro documento que se envió a la corte es un acta donde se certificaba que efectivamente en la ciudad se llevaron a cabo distintos actos de celebración por el ascenso al trono del nuevo rey y se realiza una descripción de cómo se desarrolló la ceremonia de proclamación regia, qué tipo de actos se llevaron a cabo y quiénes participaron en ellos.
Este documento se cierra con la validación del escribano del cabildo de Cuzco, Sancho de Orúe, quien mediante su suscripción y signo notarial aporta completa veracidad al contenido de esta acta.
La proclamación de Felipe II en Cuzco comenzó en la Plaza Mayor, centro neurálgico de toda la vida civil de la ciudad, habiéndose levantado previamente en ella un tablado desde el que las autoridades pudiesen llevar a cabo las distintas actuaciones siendo vistos por todos los asistentes.
26 Sobre este tablado se encontraban situados los retratos del monarca que dejaba de serlo, Carlos V, y el del rey que asumiría su lugar, Felipe II, generando de esta forma un vínculo legitimador que enlazaba las dos figuras regias atribuyéndoles una pátina de continuidad.
27 Sobre esta tarima se encontraban también las dos máximas autoridades de la ciudad representando al poder civil y al eclesiástico: el corregidor, Juan Bautista Muñoz, y el obispo, don Juan Solano, ambos vestidos con sus mejores galas.
El documento, tal y como ocurría en general en las Relaciones de fiestas, 28 hace mucho hincapié en las suntuosas vestimentas y en el lujo que ostentaban los protagonistas de la fiesta.
Se habla de tejidos, de colores, de plirá a la letra y se alçaron pendones en esta çiudad y en la de Granada en nombre de toda la prouinçia e se hizieron las otras solenidades neçesarias [...] plegue a nuestro Señor de graçia para que la voluntad y real desseo de Vuestra Magestad se effectue, que será dar fin a muchas buenas obras començadas y emprender otras muchas y muy grandes.
26 Esta plaza, heredera de la antigua Huacaypata o plaza cívico-religiosa incaica, fue escenario de todos los grandes acontecimientos, tanto lúdicos como dramáticos, que tuvieron lugar en Cuzco durante el siglo XVI.
En ella se celebraron fiestas civiles y religiosas, se leyeron los pregones, se presentaron las nuevas autoridades, y fueron ejecutados Diego de Almagro en 1538, tras la guerra civil, y Túpac Amaru, en 1572, tras el levantamiento indígena.
27 Para saber más sobre el empleo de retratos regios en las proclamaciones reales ver Mínguez Cornelles, 1995.
EL PODER DEL REY AUSENTE: LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE II EN CUZCO EN 1557 adornos y joyas con gran detenimiento, en un intento de dejar clara constancia de su presencia, ya que esta riqueza en el vestir era sinónimo de superioridad social y de prestigio y como tal debía ser puesta de manifiesto.
La ceremonia se inició con el alzamiento de los dos pendones, el estandarte regio, que por ser el más importante era llevado por el corregidor, como máxima figura de autoridad y representante directo del poder del monarca, 29 y el estandarte con el escudo de la ciudad y la imagen del apóstol Santiago, 30 portado por el regidor más antiguo, que era el miembro del gobierno civil que seguía en importancia al corregidor.
Mediante este acto de alzar los pendones, que fue llevado a cabo acompañado de música, se realizaba la aclamación del nuevo monarca, representado simbólicamente por su pendón, constituyéndose como una materialización de la esencia del poder regio.
31 El siguiente paso en esta ceremonia de proclamación se focalizó en torno a otro elemento que poseía el poder simbólico de representar al soberano en la distancia: el documento escrito.
32 La lectura de la real cédula mediante la que Carlos I notificaba su abdicación y, posteriormente, la de la cédula de Felipe II en la que informaba de su ascenso al trono se constituye como uno de los actos centrales de la ceremonia, en el que el documento pasaba a ser el núcleo de toda la acción y en torno a quien se agrupaban las miradas y las acciones.
33 De esta forma, el documento, firmado por la propia mano del rey, se eleva a una categoría simbólica muy superior a la de otros elementos relacionados con la monarquía, ya que se identifica con la figura regia en sí, representando en la distancia al propio monarca como una materialización de la palabra y la voluntad del soberano.
34 Por esta razón, el documento recibirá grandes muestras de respeto y devoción, como son el beso que aquellos que lo tocan le dan, y el gesto de ponerlo sobre sus cabezas en señal de sumisión.
30 Acerca de la presencia del apóstol en la proclamación regia Valenzuela Márquez (2001, 125) dice: «El apóstol Santiago era, y no por azar, el santo protector de los conquistadores.
Santiago era el símbolo del impulso y del coraje cristianos, ya fuese bajo su representación de mata-moros como de mata-indios.
Su imagen de caballero sosteniendo el estandarte de la fe constituirá una figura persistente en el imaginario de la expansión imperial por América ».
35 Acerca de las muestras de respeto realizadas hacia los documentos regios véase Romero Tallafigo, 2009, 448.
MARÍA LUISA DOMÍNGUEZ-GUERRERO Este fenómeno de la personificación de un objeto inanimado, elevándolo además a una categoría casi mayestática, resultaba de vital importancia en el caso indiano, ya que para mantener el control sobre un territorio tan extenso, incluso en la distancia, era imprescindible emplear mecanismos de control político, pero no menos importante era obtener lo que distintos autores han denominado «la dominación simbólica», basada en ritos y prácticas que traían consigo un contenido ideológico legitimador.
36 Para enfatizar el poder representativo del documento, su lectura se lleva a cabo en un lugar público y ante un amplio número de oyentes, entre los que se destacan, por el lujo que ostentan y la posición privilegiada que ocupan, los miembros de la oligarquía urbana y los representantes del poder, a quienes su proximidad al documento les permitirá compartir parte de su carga simbólica y legitimadora, 37 especialmente al corregidor, quien al realizar la lectura en voz alta se convierte automáticamente en canalizador del poder regio contenido en las reales cédulas.
38 Una vez leídos los documentos, la máxima autoridad de la ciudad, el corregidor, actuando en representación del conjunto de los ciudadanos, reconoció al nuevo monarca de forma pública y patente, gritándolo a altas vozes para que todos lo escuchasen, y también de manera oficial, pidiendo al escribano del cabildo que certificase este reconocimiento mediante un documento oficial y público, que será precisamente este acta que después se envió a la corte acompañando a la otra carta para servir como prueba fehaciente del entusiasmo con el que sus súbditos habían aceptado a su nuevo monarca y la magnitud de los festejos que se habían llevado a cabo en su honor.
Tras el corregidor, el resto de las autoridades de la ciudad repetirán su actuación y reconocerán de forma pública a Felipe II como soberano.
A continuación, estando todavía los asistentes al acto reunidos en torno a la tarima sobre la que se estaba desarrollando la ceremonia, se procedió a llevar a cabo el rito de derramar monedas de oro y plata entre el público.
Este acto, protagonizado por las dos principales figuras públicas de la ciudad, el corregidor y el obispo, hunde sus raíces en la tradición romana, aunque no se constituyó como una parte habitual de las ceremonias de proclamación en Castilla y en Indias hasta precisamente el ascenso al trono de Felipe II.
EL PODER DEL REY AUSENTE: LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE II EN CUZCO EN 1557 dase más profundamente grabada en los asistentes, que podrían conservar un recuerdo material del acto, y además el hecho de entregar oro sería percibido como una muestra de magnificencia y generosidad del nuevo monarca.
Con el ritual del reparto de medallas conmemorativas finalizaba la parte que podría denominarse «estática» de la ceremonia de proclamación, dejando paso a la parte más dinámica en la que las actuaciones ya no se sucedían en torno a un único espacio central, el tablado, sino que se extendían por distintos puntos de la ciudad.
Tras abandonar la plaza pública, el corregidor, portando aún el estandarte regio, y la multitud que se agrupaba en torno al tablado central fueron recorriendo la ciudad repitiendo el mismo grito: Castilla, Castilla; Cuzco, Cuzco; Perú, Perú, por el Rey don Felipe, nuestro señor, llevando así a cabo un ritual que fue muy habitual en las ceremonias de proclamación tanto en Castilla 40 como en Indias 41 en el que algunos expertos han querido ver una representación simbólica del acto de toma de posesión de la ciudad por parte del monarca, 42 ya que el pueblo, al repetir estos gritos, no hacía sino confirmar la presencia regia en todos los rincones de la villa.
Un ritual muy similar a este era el que se llevaba a cabo durante las entradas de los nuevos virreyes del Perú en las ciudades bajo su gobierno.
Los virreyes, representantes directos del monarca en el Nuevo Mundo, también peregrinaban por las ciudades como símbolo de posesión de estos territorios.
43 Junto a la aclamación regia, la música ocupó un lugar muy destacado en esta parte de la celebración.
Este elemento artístico fue y sería durante los siglos posteriores, uno de los puntos clave dentro de las proclamaciones, ya que no solo amenizaba la fiesta y servía como foco de atracción para los asistentes a la ceremonia, sino que también servía como un vehículo de trasmisión de mensajes ideológicos que reforzaban el poder regio.
44 Los atabales y las trompetas acompañaron a los estandartes en su recorrido por la ciudad, y las canciones, especialmente compuestas para la ocasión, cerraron este acto.
Por la narración realizada por el escribano sabemos que estos «motes y coplas» trataban sobre la alegría de los súbditos ante el ascenso al trono de su nuevo soberano, pero por desgracia no se 40 Marina Barba, 1988, 278.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.08 ha conservado una transcripción de las letras completas, sino tan solo del estribillo que compartían todas las canciones, y que decía: Venga en hora buena, en hora buena venga, el rey don Felipe, a la nueva tierra.
Una vez finalizada la proclamación civil de Felipe II, dio comienzo la ceremonia religiosa, que tuvo lugar, como no podía ser de otra forma, en la principal iglesia de la ciudad: la catedral de Cuzco, que en estos años aún no se localizaba en el magnífico edificio que en 1560 se comenzaría a construir para ella, sino que estaba situada en el antiguo palacio del Inca Viracocha.
45 Durante la misa, el papel protagónico de la ceremonia, que hasta el momento había permanecido en manos del poder civil, queda traspasado a la autoridad religiosa, representada por su principal exponente: el obispo de la ciudad.
Así, de la misma forma que el corregidor había encabezado la procesión laica que recorrió la ciudad aclamando al monarca por sus calles, el obispo entró en la catedral acompañado por un séquito de religiosos de las distintas órdenes presentes en la ciudad: franciscanos, dominicos y mercedarios.
En este punto, el hilo narrativo del documento se detiene y el relato de la celebración da paso a un contenido más solemne, procediéndose a incluir un reconocimiento expreso del nuevo monarca y un juramento de obediencia y sumisión por parte de las autoridades tanto civiles como religiosas de la ciudad, así como de los habitantes de la villa en general.
Para certificar la veracidad de este juramento, el documento incluye una medida de validación exclusivamente para él, en forma de relación de testigos, en la que aparecen nombrados cinco de los regidores de la ciudad y se hace mención además al resto de testigos que presenciaron el acto, que fueron muchos vecinos y estantes en esta ciudad.
De esta forma concluyó la ceremonia de proclamación real propiamente dicha y, una vez reconocido el nuevo monarca, se procedió a llevar a cabo una serie de actos lúdicos y juegos celebrados en su honor en los que tomaron parte el conjunto de los habitantes de la ciudad.
Este contenido festivo era un elemento de gran importancia dentro del complejo ceremonial que se desarrollaba en las ciudades durante las ceremonias de proclamación, ya que servía para fijar la celebración en el recuerdo de los súbditos, y al mismo tiempo, para reafirmar el contenido legitimador.
46 En Cuzco estos festejos estuvieron compuestos por luminarias, corridas de toros y un juego de cañas, 47 es decir, exactamente los mismos elementos que podían encontrarse en cualquier celebración cívica castellana en estas fechas.
48 Estas diversiones se encuadran en lo que se denomina rían fiestas caballerescas, que se encontraban es esos momentos en su época de máximo esplendor.
49 Los toros, por ejemplo, eran un referente en todo tipo de festejos y celebraciones tanto civiles como religiosas en Castilla, como se colige de la continua mención que se hace de ellos en casi todas las descripciones de fiestas que se elaboraron en estos años.
50 Para el caso indiano, existe constancia de fiestas taurinas desde apenas unos años después de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo, apareciendo en los documentos numerosas menciones a esta actividad, en la que participaban tanto españoles como nativos.
51 Sin embargo, menos de diez años después de los acontecimientos que se describen en esta narración, los juegos con toros fueron prohibidos por Pío V mediante una bula papal, 52 permaneciendo así hasta que, en 1596, Clemente VIII levantó esta prohibición.
En Cuzco, la proclamación de Felipe II fue celebrada con treinta toros, un número nada despreciable, especialmente teniendo en cuenta que la presencia de estos animales en América solo databa de unas décadas antes.
53 De estos toros, el documento indica que fueron «traídos y corridos» en la Plaza Mayor de la ciudad, aunque no se especifica quiénes fueron los protagonistas directos de esta parte de la fiesta.
Por su parte, los juegos de cañas eran un remedo de los tradicionales combates caballerescos medievales que en el caso americano contaban con la diferencia de estar protagonizados, en lugar de por la nobleza, que era prácticamente inexistente en Indias en estos años, por las principales figuras civiles de la ciudad, regidores, cabildantes y miembros de la oligarquía urbana, todos vestidos con sus mejores galas.
Por ejemplo, se sabe que en la villa de Potosí se corrieron toros en 1556 para celebrar la coronación de Felipe II.
Si respecto a la corrida de toros el documento no se detiene a indicar quiénes participaron en ella, en el caso del juego de cañas el acta se explaya en la enumeración de todos los personajes que tomaron parte en la actividad, incluyendo no solo a los que verdaderamente jugaron sino también a aquellos a quienes por su posición social les habría correspondido combatir pero por distintas situaciones personales -luto, enfermedad, etc.habían tenido que ser sustituidos por otra persona.
Esto implicaría que la participación en los juegos de cañas era considerada un símbolo de honor, por lo que incluso los que no pudieron jugar dejan constancia de que por su jerarquía les habría correspondido hacerlo.
De entre todos los nombres de miembros de la oligarquía cuzqueña que se incluyen no podemos evitar destacar dos, uno es el del joven Gómez Suárez de Figueroa, hijo mestizo de un español, que pocos años más tarde alcanzaría gran fama como escritor y cronista bajo el nombre del Inca Garcilaso de la Vega; el otro es el de don Carlos Yupangui, de quien se dice que era indio, lo que implicaría la presencia no solo de mestizos, como Gómez Suárez, sino también de un nativo dentro del exclusivo círculo de la oligarquía cuzqueña.
55 Con esta información y la validación del escribano del cabildo se cierra este documento, que, junto con la carta del cabildo, fue posteriormente enviado a la corte y allí conservado, cerrando de esta manera el proceso comunicativo que se había iniciado dos años antes con la redacción y envío desde Bruselas de las dos reales cédulas de Carlos V y Felipe II.
De la lectura de estos documentos no puede dejar de extraerse una reflexión acerca de la trascendental importancia que la palabra escrita alcanzó en este periodo, sirviendo no solo como un vehículo de trasmisión de información administrativa entre instituciones que se encontraban alejadas, sino como un nexo de unión simbólica entre el señor natural y los territorios bajo su dominio, físicamente separados por una distancia insalvable pero estrechamente conectados por unos lazos de poder y sumisión que viajaban dentro de estos documentos bajo la forma de símbolos, imágenes figuradas y palabras ceremoniosas.
Sacra Católica Real Magestad
Puesto que en nuestros coraçones, desde que Dios nos dio a vuestra Magestad por príncipe, sienpre os avemos tenido por Rey y señor, conociendo que a sido tan grande merçed la que nuestro Señor nos ha echo en suçeder tal hijo a tal padre como en abernos guardado hasta aquí la ymperial persona, debajo de cuya mano y anparo estos reynos an ydo en tanto acreçentamiento.
Vista la carta de la magestad ynperial y la real vuestra con otra que el marqués de Cañete, vuestro bisorrey, nos escreuió, el liçençiado Baptista Muñoz vuestro corregidor, en vuestro real nonbre con su estandarte en las manos y esta çiudad con el suyo, alçándolos con grande alegría y haziendo las demás çirimonias en semejante acto necesarias, con alegre obedençia y leales coraçones apellidamos vuestro real nombre, llamando y publicando por nuestro rey y señor a don Felipe, rey de Castilla y de León y de los estados de las Yndias y de Yngalatierra y Françia y por tal todos, con vna voz y un coraçón, diximos que ansí lo reçeuíamos y por tal real magestad os reçevimos y tenemos y reconoçemos y obedeçemos y acataremos y seruiremos y biuiremos y moriremos en vuestro real servicio, porque demás de que como leales vasallos os lo deuemos como a señor nuestro natural, nos obliga a ello vuestra alta bondad y humanidad que en la que a esta vuestra çiudad del Cuzco hizistes merçed de mandar escreuir mostrais, plega a nuestro Señor que Vuestra Magestad goze del real ceptro por largos años con la feliçidad que el que os lo dexó tan ensalçado os desea para que se acreçiente en vuestra real persona lo que resta de la monarquía del mundo.
Y se entienda y conozca en todo el que de tal padre sino el que lo es.
Según la obligaçion que da a Vuestra Magestad de seguir y lleuar adelante tan heróicos y esclareçidos hechos que están començados, non es menor la carga que tomáis a vuestros honbros que la ventura que tuvisteis para suceder en ellos y ansí no será menor la virtud y grandeza de vuestro real ánimo para los acavar.
Y estamos çiertos que pues vuestra Magestad real en todo ymitará la ymperial de su padre, no lo hará menos en las merçedes que siempre hizo a estos reynos para que se avmenten, fauorezcan y ensanchen, pues las cosas y contrataçiones de ellos por su// 1v dificultad, ansí por mar como por tierra, an menester toda la merçed y fauor que se les hiziese para que no çese el remedio de ellos.
Y vna de las mas señaladas que se les podría hazer y reçeuirán por tal es que mandásedes a vuestro visorrey, el marqués de Cañete, que se perpetuase en estos reynos, trayendo a ellos a la marquesa, su muger, porque según entendemos de su prudençia, christiandad, virtud y buen gouierno y vemos la quietud y paz que con su benida a puesto en ellos, lo que otro ninguno a podido ni açertado a hazer, lastimados de las desbenturas pasadas, y biendo el remedio que Dios y Vuestra Magestad enbiaron a este reyno, deseamos afirmarle por todas vías por lo que conbiene a Vuestro Real seruiçio y a la quietud general de la tierra y acreçentamiento de ella y para los que en ella beuimos, osemos alegremente y sin reçelo trocar por ella nuestras propias naturalezas, y ansí suplicamos a Vuestra Magestad se lo mande y con breuedad para que çesen las calamidades que asta aquí a abido, como de todo abrá dado quenta don Antonio de Riuera a quien para este efecto y para besar vuestros reales pies estos reynos enbiaron en el tienpo que Françisco Hernandez Girón y sus çecazes se rebelaron contra Vuestra real corona, como ya lo abrá hecho.
El cual, ansí mesmo, llevó por ynstruçión, entre las otras cosas, que suplicase a Vuestra Magestad por la perpetuydad de las encomiendas de yndios, que tanto conbienen para la conservación de ellos y para el sosiego de la tierra y para el remedio de todos los que aca están, que con los travajos pasados quedan fatigados, desechos y alcançados de los gastos y derramamientos de sangre que en Vuestro real seruiçio an echo, que en largos años de otra manera no tornarán sobre sí.
Y porque en esto y en todo entendemos que Vuestra Magestad nos abrá echo la merçed y remetídolo a vuestro bisorrey para que en vuestro real nonbre por su mano lo haga, pues ninguno otro lo podrá entender ni açertar como él como quien tanbién a entendido la tierra y el remedio de ella y los méritos de los que os an seruido, çesamos suplicando a Nuestro Señor la Sacra Católica Real Persona de Vuestra Magestad guarde con reconoçimiento del huniuerso como nosotros, vuestros humildes vasallos, lo deseamos.
Del Cuzco, a diez de deciembre de mill e quinientos y çinquenta y siete años.
Sacra Cesárea Católica Magestad Vuestros humildes vasallos, que vuestros reales pies vesan.
El liçençiado Muñoz (rúbrica).
Diego Ortiz de Guzmán (rúbrica).
Alonso de Loaysa (rúbrica).
Juan Julio de Oxeda (rúbrica).
Fabián de la Torre (rúbrica). // 2r Jerónimo Costilla (rúbrica).
Rodrigo De Esquivel (rúbrica).
Por mandado de la çibdad de Cuzco, Sancho de Orúe, escribano (rúbrica).// En la gran çiudad del Cuzco, cabeça de los reynos e probinçias del Perú de las Yndias del mar océano, miércoles, día de la benditísima Conçepción de la madre de Dios, ocho días andados del mes de dizienbre, año del nasçimiento de nuestro Salbador Iesu Christo de mill y quinientos y çinquenta y siete años.
A las siete oras de la mañana, en la plaça pública de la dicha ciudad, junto a la yglesia EL PODER DEL REY AUSENTE: LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE II EN CUZCO EN 1557 catedral de ella, que es la advocaçión la Asunçión de Nuestra Señora.
Y estando echo un cadalso de madera cubierto y avtorizado y puestos en él los retratos y figura del Enperador y Rey don Carlos, quinto de este nombre, nuestro señor, y de la Magestad del Rey don Felipe, su hijo.
Presentes junto al dicho cadahalso el muy magnífico señor, el liçençiado Baptista Muñoz, corregidor y justiçia mayor en la dicha çiudad del Cuzco, nonbrado por el muy eçelente señor marqués de Cañete, guarda mayor de la çiudad de Cuenca en los reynos de España, visorrey y capitán general en los dichos reynos y probinçias del Pirú por su Magestad, etc., bestido con vna ropa rozagante de raso morado, guarneçida de terçiopelo morado, y vna gorra de terçiopelo morado tocado; y el ilustre y reberendísimo señor don Juan Solano, obispo de la Sancta Yglesia de la dicha çiudad, del Consejo de su Magestad; estando presentes los señores consejo y justiçia y regimiento de la dicha çiudad del Cuzco, conbiene a saber: Diego Hortiz de Guzmán y Alonso de Loaysa, alcaldes hordinarios en ella por su Magestad, y Juan Julio de Ojeda y Pero López de Caçalla y Martín Hurtado de Harbieto y Fabián de la Torre y Gerónimo Costilla y Juan de Pancorbo y Rodrigo de Esquibel, regidores de la dicha çiudad, y Manso Sierra, procurador general de ella; yo, Sancho de Orúe, escriuano del dicho ayuntamiento, y Miguel Sánchez, mayordomo; todos los dichos señores y justiçia y regimiento bestidos de ropas roçagantes de raso y damasco morado, guarneçidas en terçiopelo de la mesma color, con gorras de lo mesmo ricamente adreçadas; estando, ansí mesmo, presentes el tesorero Garçía de Melo y Andrés de Villarreal, fator y behedor, y Françisco Çapa-// 3v -tán, contador, ofiçiales de la Real Hazienda de la dicha çiudad del Cuzco, vestidos con ropas françesas de terçiopelo azul, guarnecidos con pasamanos de oro y gorras y plumas de la mesma color, todos en buenos cavallos y ricos jaezes; estando, ansí mesmo, presentes con el dicho señor obispo, el deán y cavildo de la dicha sancta Yglesia, conbiene a saber: el deán, don Françisco Ximénez, y el chantre don Hernán Darias y el maestre esqüela, don Diego Flores, y don Juan de Gallegos, tesorero, y el canónigo Albar Alonso y el canónigo Juan de Cuéllar, benefiçiados y canónigos en la dicha Sancta Yglesia, y Alonso de Hinao, cura, y Pero Caro y Martín Harias, capelanes en ella, todos los dichos señores deán y cauildo, cura y capelanes, cavalleros en sus mulas y bestidos de ropas largas de raso y damasco carrmesí y grana fina, con becas de terçiopelo carmesí y bonetes de grana.
Y estando, ansí mesmo, congregados otros muchos caualleros y çiudadanos estantes y residentes en la dicha ciudad, que para el presente acto se juntaron delante del dicho cadahalso y retratos, y estando el dicho señor corregidor a cavallo rucio, rodado, adreçado a la brida y teniendo en su porta clave vn estandarte real de damasco carmesí bordadas en él las armas reales en la una banda y en la otra; y, ansí mismo, Juan Julio de Ojeda, regidor de la dicha ciudad, en un cavallo rosillo, caueça de moro y adreçado a la brida y en un porta clave otro estandarte y pendón de damasco blanco, figurado en él de la una banda la ymagen del glorioso apóstol Santiago, patrón de España, y de la otra, las armas de la dicha çiudad del Cuzco; y estando delante de los dichos señores corregidor y obispo y cauildos quatro porteros de la dicha çiudad a cavallo, bestidos de damasco berde con gorras y calças de la // 4r mesma color los dos de ellos con dos maças y los otros dos con dos bastones a los honbros y muchas tronpetas bestidas de tafatanes hazules y amarillos con las armas de la dicha çiudad, con música de atabales, bestidos y adereçados de las sedas y colores de las dichas trompetas.
Y auiendo tocado buena cantidad de tienpo los dichos atabales y trompetas, haviendo parado, en silençio el dicho señor corregidor tomó en las manos vna carta que pareçía ser del Enperador don Carlos, nuestro Rey y señor, e la besó y puso sobre su caueça y la dio a mí el dicho escriuano del dicho cauildo, y me la mandó ler de manera que los sircustantes la pudiesen hoir y entender, la qual yo reçeví.
Y echo el mesmo acatamiento en cunplimiento de lo que por el dicho señor corregidor mandado, la ley en claras e ynteligibles bozes, la qual es del tenor siguiente:
El sobreescrito dezía: por el Rey.
Al Concejo, justiçia y regidores de la çiudad del Cuzco de las probinçias del Pirú.
Dentro dezía: El rey.
Concejo, justiçia y regidores caualleros, escuderos, ofiçiales y omes buenos de la çiudad del Cuzco.
Ya tenéys entendido el suceso que han tenido nuestras cosas y como enprendí la guerra en Alemania por lo tocante a la religion deseando como hera razón por la obligaçión que tenía a reduzillos y boluerlos al gremio de la Yglesia, procurando de poner paz y quietud en la Christiandad, asistiendo y haziendo por mi parte todo lo posible para que se conbocase el conçilio, procurando que se concluyese, haziendo la reformaçión tan necesaria por mejor atraer a los que se an apartado y desbiado de la fee, y teniéndolo por la bondad de Dios en buenos términos el rey de Francia ronpió húltimamente la guerra por mar y tierra sin tener ninguna justa causa ni fun-// 4v damento, ayundándose de los alemanes que contra su fielidad hizieron liga con él y trayendo la harmada del turco con tanto daño de la Christiandad y espeçialmente de nuestros estados y señoríos queriéndolos ynbadir.
De manera que por lo vno y lo otro fuy forçado y neçeçitado a leuantar los exérçitos que ha juntado, de que se me an seguido grandes trauajos, ansí por aver estado en canpaña como por tratar negoçios tan contínuos y pesados que se an ofreçido, que an sido causa de la mayor parte de las enfermedades e yndispusiçiones tan largas que he tubido y tengo de algunos años a esta parte, de allarme tan ynpidido y falto de salud que no sólo los he podido ni puedo tratar por mi persona y con la breuedad que conbernía, mas conozco que ha sido ynpedimento para ello de que he tenido y tengo escrúpulo y quisiera mucho aver antes de hagora dado horden en ello.
Pero por algunas sufiçientes causas no se ha podido hazer en ausençia del serenísimo rey de Yngalatierra y Nápoles, prínçipe de España y nuestro muy caro e muy amado hijo, por ser menester comunicar, asentar y tratar con él EL PODER DEL REY AUSENTE: LA PROCLAMACIÓN DE FELIPE II EN CUZCO EN 1557 cosas ynportantes y para este propósito demás de venir a efetuar su casamiento con la serenisima reyna de Yngalatierra y le hordené que pasase húltimamente en esas partes; y abiendo benido aquí, acordé, como de prinçipio lo tenía determinado, renunçiarle, çederle y traspasarle desde luego, como lo he echo los reynos e señoríos y estados de la corona de Castilla y León y lo anexo y dependiente a ellos, en que se yncluien esos estados de las Yndias, como más cunplida y bastantemente se contiene y declara en la escritura que de esto hizimos y otorgamos en la villa de Bruselas, a diez y seis días del mes de henero deste presente año de mill e quinientos y çinquenta // 5r y seis años, confiando que con su mucha prudençia y esperiençia segund lo a mostrado hasta aquí en todo lo que a tratado en mi lugar y nonbre y por sí propio los governará, administrará, defenderá y terná en paz e justiçia.
Y siendo çierto que vosotros siguiendo vuestra lealtad y el amor que a mí y a él avéis tenido y tenéis, como lo avemos conoçido por obra, le siruiréys como lo confío y debéys a la voluntad que anbos os auemos tenido y tenemos, e ansí os encargamos y mandamos que, alçando pendones y haziendo las otras solenidades que se requieren y acostunbran para la execuçión de lo sobredicho de la misma manera que si Dios obiese dispuesto de mí, obedescáys y sirváis, acatéis y respetéis al dicho serenísimo Rey, cunpliendo sus mandamientos por escrito y de palabra daquí adelante como de vuestro berdadero señor y rey natural, segund y como avéis cunplido y debíades cunplir los míos propios, que demás de hazer lo que soys obligado, me terné en ello por muy seruido.
De Bruselas, a XVI días del mes de henero de mill e quinientos e çinquenta y seis años.
Por mandado de su Magestad, Françisco de Eraso.
Y ansí leyda la dicha carta, luego ynconteniente el dicho señor corregidor tomó otra carta, que pareçía ser de la Magestad del serenísimo príncipe don Felipe, Rey de Yngalatierra, y la besó y puso sobre su cabeça y la dio y entregó a mí, el dicho Sancho de Orúe, escriuano, para que la leyese, la cual yo receuí y echo el mesmo acatamiento la ley como la de la magestad ynperial, la qual es del tenor siguiente:
Dezía en el sobreescrito: Por el Rey.
Al concejo, justiçia, regidores de la ciudad del Cuzco, de las prouiençias del Pirú.
Conçejo, justiçias, regidores, caballeros, escuderos, ofiçiales, y omes buenos de la çiudad del Cuzco de las provinçias del Pirú.
Por la carta que el Enperador Rey, mi señor, os escriue veréys la determinación // 5v y resoluçión que a tomado en renunciar, çeder y traspasar en mí los reynos y señoríos de la corona de Castilla y MARÍA LUISA DOMÍNGUEZ-GUERRERO León y lo anexo y dependiente a ellos, en que se yncluyen esos Estados de las Yndias, de que ha otorgado las escrituras neçesarias en forma.
Y e sentido en el grado que es razón hallar a su Magestad, tan ynpedido y falto de salud por sus muchas y continuas enfermedades, que por su persona no pueda tratar ni entender en la expidiçión de tantos y tan graues negoçios como cada día se ofreçen por la grandeza de sus estados y estar tan diuididos y separados porque con su larga espirinçia y prudençia lo pudiera mucho mejor hazer, pero conformándome con su voluntad lo he açeptado confiando en Dios, nuestro Señor, me dará fuerças para administrar bien lo que su Magestad me ha encargado, alibiándole de tantos trauajos y cuydados para que más libremente atienda al descargo de su conçiençia y a la conseruaçión de su salud, que se la deseo como la propia mía.
Y siendo cierto, pornéis luego en execuçión lo que su Magestad cerca desto provee y hordena, no me queda que dezir sino çertificaros que acordándome de vuestra fidelidad y lealtad y del amor y afiçión espeçial que entre vosotros he conoçido, mandaré mirar por lo que general y particularmente os tocare, haziéndoos merçed y fauor en lo que justo sea como lo mereçéyes y ansí confío que en lo que ocurriere me servireyes y ayudareyes, como lo aveys mostrado por la obra en lo que se ha ofreçido, y sobre todo, tener el cuydado que es razón de que seáys bien gouernados y mantenidos en paz y en justiçia.
De Bruselas, a XVII días del mes de henero de mill e quinientos e çinquenta y seys años.
Por mandado de Su Magestad, Françisco de Eraso.
Y así leydas las dichas dos cartas, el dicho señor corregidor y justiçia mayor dixo a altas vozes: «escriuano presente dad por testimonio como yo, como corregidor y justiçia mayor desta grand çiudad del // 6r Cuzco por su Magestad y como su criado y basallo de don Felipe, príncipe de España y rey de Yngalatierra, y en su real nombre, tomo y apreendo la tenencia y posesion desta dicha çiudad y provincia.»
Y luego, en continente, el dicho cauildo, justiçia y regimiento dixo a mí el dicho escriuano, que le diese por testimonio cómo receuían por su rey y señor natural al dicho señor rey don Felipe y que estauan prestos de obedecer y cunplir sus prouisiones reales, bien así como lo mandan por sus reales cartas, y biuir y morir en su real servicio, como sus leales vasallos.
Y echo lo susodicho, el dicho señor corregidor y justiçia mayor, teniendo delante de sí una fuente grande de oro y en ella cantidad de monedas de oro y plata, figurado en ellas las armas y marca real, dio de ella çierta cantidad al dicho señor obispo para que lo derramase, el qual y el dicho señor corregidor derramaron las restantes en señal del la dicha poseçión y manejó el cauallo en que estaua con el dicho estandarte real diciendo: «Castilla, Castilla; Cuzco, Cuzco; Perú, Y luego, el dicho cauildo, caualleros, vezinos y ciudadanos, residentes y estantes en la dicha çiudad, congregados, siguiendo al dicho señor corregidor alderedor del dicho cadahalso corrieron en sus cauallos con mucho regozijo con la dicha música de atauales y trompetas, diziendo y apelidando a altas bozes: «Castilla, Castilla; Cuzco, Cuzco; Perú, Perú, por el Rey don Felipe, nuestro señor».
Y abiendo buen espacio de tiempo, echas las dichas alegrías y regoçijos, en silençio, // 6v se cantó música de cantores, muchos motes y coplas manifestando el alegría de la subçión del dicho rey don Felipe, nuestro señor, principiando y acauando todos los dichos motes y coplas en una que dezía: «Venga en nora buena En nora buena venga El rey don Felipe A la nueba tierra».
Y acabada la dicha música, el dicho señor corregidor y obispo y cauildos, todos juntos y concurso de gente fueron por la dicha çiudad del Cuzco y calles de ella apellidando por las esquinas: «Castilla, Castilla; Cuzco, Cuzco; Perú, Perú, por el Rey don Felipe, nuestro señor», muchas y diversas bezes.
Y manejando los cauallos con los dichos estandartes y aviendo andado por la mayor parte de la dicha çiudad y se fueron a apear a las gradas de la dicha yglesia catredal, a donde entraron.
Y el dicho señor obispo, bestido de pontifical, abiéndose echo proçesión, con grande solenidad frayles de las hórdenes de sancto Domingo y san Françisco y Nuestra Señora de la Merçed y espeçialmente fray Juan de Aguilera, comisario general de la dicha horden de san Françisco, y fray Juan de Bargas, probinçial de la de Nuestra Señora de la Merçed.
El dicho señor obispo dixo la misa de la fiesta, aviendo sermón en ella de fray Antonio de San Miguel, guardián de la casa del señor San Françisco de la dicha ciudad.
Y aviéndose dicho la dicha misa, el dicho señor corregidor y justiçia mayor tornó a tomar el dicho estandarte Real en sus manos y el dicho Juan Julio de Ojeda el dicho estandarte y pendón de la dicha çiudad y juntamente con el dicho señor obispo y cauildos tornaron a salir de la dicha iglesia.
E caualleros en sus cauallos y mulas fueron a la posada del dicho señor corregidor, que es la casa que su Magestad tiene en la dicha ciudad, donde dexaron el dicho estandarte real y el dicho estandarte y pendón.
Lo qual // 7r presençia de mí, el dicho Sancho de Orúe, escriuano que a todo lo que dicho es e sido presente.
MARÍA LUISA DOMÍNGUEZ-GUERRERO Los dichos señores corregidor y justiçia mayor, obispo y cauildos hizieron ansí como está dicho y declarado, en cunplimiento de la renunçiaçión referida en la dicha carta ynperial y lo que por ella el dicho enperador, don Carlos nuestro señor les manda y en cumplimiento, ansí mesmo, de la aceptaçión de estos reynos del Pirú contenida en la carta del dicho serenísimo rey don Felipe nuestro rey y señor natural, a quien todos, por la horden arriba declarada y con las dichas cirimonias y solenidades reçevieron, açeptaron por tal rey y señor natural suyo, a quien Dios, nuestro Señor, guarde por largos tienpos y prospere con reconoçimiento de la hunibersal monarquía y como a tal le ofreçieron y dieron la obediencia, ofreçiéndose a le seruir, tener y respetar como leales y buenos vasallos suyos, en todo y por todo, segund y de la manera que/ por las dichas cartas les hes mandado.
Siendo testigos a ello presentes: Antonio de Quiñones, Garcilaso de la Vega, Alonso Álbarez de Hinojosa, Diego de los Ríos, Hernán Brauo de Lagunas, e otros muchos vecinos y estantes en esta dicha ciudad.
Después de lo cual, el dicho día, aviendo sido mandado por el dicho señor corregidor e justiçia mayor e cabildo que oviese regozijo de toros e juegos de cañas en la plaça, donde se acostumbran hazer semejantes fiestas, fueron traídos y corridos treynta toros en la dicha plaça, en continuando las dichas fiestas.
E aviendo sido librados los dichos toros, a la tarde salieron con mucha música de atabales y trompetas dos puestos de caualleros jugadores de cañas el vno de los quales se le encomendó a Antonio de Quiñones y el otro, al dicho Juan Jullio de Hojeda, alférez, con ricas libreas, todas de sedas, en ocho cuadrillas, en lo qual salieron las personas siguientes: Antonio de Quiñones, Gerónimo Costilla, Diego de los Ríos, Ihoan de Pancorbo, Juan de Çelórigo, su hijo, Antonio Marchena, Don Carlos Yupangui, yndio, Ihoan de Salas de Valdés, Gaspar de Sotelo, Gómez Xuárez de Figueroa, hijo de Garçilaso de la Vega, Pedro de Orúe, Juan de la Plaça, Juan López de Yzturiçaga, Ihoan Julio de Hojeda, Gómez de Tordoya, su cuñado, Garçía // 7v de Cabrera en lugar de Rodrigo Desquivel por traer luto, Alonso Álbarez de Hinojosa, Mançio Serra, Diego de Vargas, que salió en lugar de Pero López de Caçalla, su cuñado, por estar enfermo de la gota, Alonso de Loaisa, Martín de Meneses, Ordoño de Valençia, Fabián de la Torre, alguacil mayor, y el contador Françisco Çapata, Miguel Sánchez.
Y auiendo jugado y escaramuçado con mucha horden e conçierto se acabaron las dichas fiestas.
E yo, Sancho de Orúe, escribano de su Magestad, del número y cabildo desta dicha çiudad del Cuzco, fuy presente a todo lo susodicho y pasó ante mi e doy fee de ello e fago aquí este myo sygno que es a tal (signo) en testimonio de verdad.
Sancho de Orúe, escribano público (rúbrica). |
Aliphat el proporcionarme algunas de las fotos que ilustran este artículo y su inapreciable ayuda con otras imágenes que aparecen en este trabajo.
Asimismo agradezco las sugerencias y pertinentes observaciones que hicieron los revisores de la revista Anuario de Estudios Americanos.
Como se observa, los términos usados en español están cargados de juicios de valor como brujo, nigromántico, hechicero, demonio y en muchos sentidos estos términos no dan cuenta del verdadero significado que tienen en las lenguas indígenas.
Esta situación dificulta la definición de entidades como los uayoob.
Tratamiento del cuerpo y control social entre los mayas itzaes, siglos XVII-XVIII * / Body Treatment and Social Control among the Maya Itza, XVII-XVIII Centuries Laura Caso Barrera Colegio de Postgraduados, Campus Puebla En diversas sociedades el cuerpo humano se ha concebido como un modelo cosmológico y por lo tanto de la sociedad.
En el caso de los mayas itzaes sabemos que el cuerpo humano es un referente para la organización territorial, social y religiosa.
En este trabajo se analiza la importancia del cuerpo humano como modelo simbólico, centrándonos en aspectos de la religión y rituales itzaes relacionados con la transformación y modificación del cuerpo humano en el período colonial.
Se examina el control que ejerció la sociedad itzá con respecto a una población con la capacidad de transfiguración.
Según la antropóloga Mary Douglas el cuerpo social constriñe la manera en la que el cuerpo físico es percibido.
Las formas que adopta el cuerpo en reposo y en movimiento, expresan presiones sociales en una gran variedad de formas.
El cuidado del cuerpo, su arreglo, alimentación, terapéutica, ideas sobre las necesidades en el dormir, ejercitarse, las etapas de la vida o el dolor que puede soportar, es decir, todas las categorías culturales en que el cuerpo es percibido deben estar íntimamente correlacionadas con las categorías sociales en que se refleja la sociedad.
1 En diversas sociedades el cuerpo humano se concibe como un modelo cosmológico y por lo tanto de la sociedad.
2 En el caso concreto de los mayas itzaes, sabemos que el cuerpo humano es un referente para su organización social, territorial y religiosa.
En este trabajo se analizará la importancia del cuerpo humano como un modelo simbólico, centrándonos en ciertos aspectos de la religión y rituales itzaes de los siglos XVII-XVIII, relacionados con la modificación y tratamiento del cuerpo humano.
La capacidad de los itzaes para transformarse en su alter ego o uay, es de gran importancia ya que los individuos con capacidad de transfiguración se consideran en las culturas mesoamericanas como entes poderosos con capacidad de destruir o proteger.
En este trabajo me centraré en los uayoob, a los que sitúo en un contexto cultural mesoamericano más amplio, pues las fuentes coloniales describen ciertas características que los definen, tales como la adivinación, lanzar conjuros, el poder curar o enfermar y principalmente la capacidad de transformarse en su alter ego.
Todas las características anteriores las comparten los uayoob con individuos a los que los españoles denominaron como «brujos, hechiceros o nigromantes» y que en náhuatl reciben el nombre de nahuales.
Otras entidades anímicas presentes entre los mayas y nahuas no se describirán en este trabajo, puesto que no se encontraron referidas en las fuentes coloniales consultadas.
La nación itzalana fue el último grupo maya en ser conquistado por los españoles a finales del siglo XVII.
Las ideas sobre la modificación y tratamiento del cuerpo entre los itzaes nos han llegado a través de la percepción hispana sobre este grupo.
A pesar de considerarlos valerosos guerreros, se observa el prejuicio con el que los españoles juzgaron las prácti-cas corporales de este pueblo.
Fray Andrés de Avendaño, decía que los hombres itzaes eran más «galanes» que sus mujeres, pues usaban complicados adornos corporales y peinados que el fraile consideró un claro signo de homosexualidad.
Ciertamente la vestimenta, adorno personal y modificaciones corporales itzaes, resultaron ser muy distintas para los españoles que describieron con horror algunas de sus prácticas.
La transfiguración del cuerpo como control social y territorial
Según Alfredo Barrera Vásquez, la palabra itzá significa «brujo del agua», traducción que parece ser la más acertada puesto que en los libros de Chilam Balam se les considera hechiceros y hombres religiosos.
El morfema itz en cakchiquel significa hechicería, brujería, encantamiento, mientras el elemento -ha significa agua.
Una variante de itz en yucateco es ix que corresponde a un día calendárico que significa jaguar.
En maya yucateco la palabra balam significa lo oculto, jaguar y hechicero.
El morfema bal denota esconder, abrigar y encubrir debajo de algo, como corteza o piel.3 Uno de los glifos que se leen como uay, se compone del símbolo ahau, cuya mitad está cubierta por una piel de jaguar.
4 Como se verá más adelante, los uayoob o hechiceros se caracterizan por su capacidad para desprenderse de su piel humana y convertirse en su alter ego.
En náhuatl se encuentran significados muy semejantes a la palabra maya uay, pues nahualli significa cobertura o disfraz.5 Según López Austin, esta palabra desde su origen fue usada para designar la relación mágica de transformación de una persona en otro ser y por ello los verbos compuestos con la radical nahual tendrán significados de disimulo, secreto, malicia, engaño y nigromancia.
6 Uay en maya yucateco significa transfigurarse por encantamiento o ver visiones entre sueños (ver figuras 1 y 4).
Asimismo puede significar hechizar, emponzoñar y contagiar.
7 El diccionario de Motul da el siguiente significado: «Uaay familiar que tienen los nigrománticos, bruxos o hechizeros, que es algún animal que, por pacto que hacen con el Demonio, se convierten fantásticamente».
8 Estos hechiceros podían convertirse no sólo en diversos animales, sino también en entidades supernaturales o fuerzas naturales.
En diversos grupos mesoamericanos las personas consideradas como «brujos» por lo general tienen entre uno y veinticuatro nahuales, cuantos más tenga el individuo, más poderoso.
Los nahuales y los uayoob pueden ser benevolentes o tener un carácter maléfico.
9 Fray Andrés de Avendaño uno de los frailes que visitó a los itzaes poco antes de su conquista en 1697, apuntaba en su crónica que todo el grupo étnico tenía la capacidad de transfiguración, lo que apunta al fuerte control social que debió existir al interior de la sociedad itzá, precisamente por el carácter dual, benéfico y perjudicial que ostentan los uayoob.
Avendaño señala que los itzaes eran «agoreros» es decir, que adivinaban o pronosticaban sucesos por ciertas señales, generalmente durante el sueño, condición que caracteriza a los brujos.
Varios principales itzaes tenían nombres de pájaros, mismos que en el pensamiento maya se relacionan con la capacidad de profetizar, característica importante de los uayoob.
Tenemos así individuos llamados Cot (águila), Kukul (quetzal) y Kauil (zanate).
Otros recibían nombres como Tunal que significa hechicero e Its Kin que es el sacerdote que pronostica los días, dejando muy claro sus ocupaciones.
Los uayoob son mediadores entre los hombres y las divinidades.
Esta característica y la capacidad de comunicarse mediante su alter ego con las divinidades, está presente en diversos grupos mesoamericanos.
10 Los itzaes se tatuaban en la cara y el cuerpo el animal que tenían por «agüero», convirtiéndose literalmente en su uay, como bien lo describiera el sacerdote Andrés de Avendaño «aquellos esculpidos, rayados y pintados rostros, hechos viva efigie del Demonio».
11 Esta modificación permanente del cuerpo por medio del tatuaje era considerado como una hazaña de gran valentía, pues era un proceso sumamente doloroso, en el que se aplicaba tinta y luego se percutía el dibujo con una navaja.
Hombres y mujeres usaban este tipo de tatuajes (ver figura 2).
Fray Andrés de Avendaño señala al respecto:
Estos itzaes son gente muy bien agestada y amestizada, casi todos de color claro y de muy perfecta estatura y prendas naturales, mas el demonio los ha cogido con la flaqueza de hacerse horrorosos y agoreros, por parecerles más valentía espantar con su vista que vencer con las fuerzas; y así los más tienen esculpidos los rostros de negro y rayados algunos como negros araraes.
Y esta fealdad la tienen también muchas mujeres con sus orejeras, de forma que no les pueden servir las arracadas o zarcillos, pintándose o esculpiendo en sus rostros la forma del animal que tiene por agüero.
12 Es importante analizar cómo podía controlar la sociedad itzá a todos los individuos que tenían la capacidad de transfiguración.
Sobre todo, como podían encauzar el poder que esto conllevaba, pues los uayoob al tener cualidades tanto positivas como negativas se convierten en personajes liminares y peligrosos.
A través de sus alter egos son capaces de lanzar enfermedades de diversa índole que afectan a los individuos y a la sociedad.
Los diccionarios coloniales de Yucatán registran el termino pulyah que significa arrojar dolor o enfermedad.
Existen diversos términos que describen las enfermedades causadas por hechiceros y las áreas del cuerpo que son afectadas como pul abich kik o hechizar para que la persona orine sangre, pul chacauil arrojar calentura, pul nok o arrojar gusano, etc. 13 Esta capacidad de enfermar el alma y cuerpo de las personas resulta sumamente importante, pues por medio de estos conjuros se podía ejercer un fuerte control social.
Alfonso Villa Rojas describe precisamente la función del nahual, como control de la sociedad:
14 Los mayas itzaes, concebían su territorio al igual que otros pueblos mesoamericanos como un espacio sagrado, creado y cedido a los hombres por las divinidades.
Se puede decir que el territorio ponía de manifiesto la relación entre los humanos y los dioses, misma que se concretaba a través de rituales y sacrificios.
El territorio era regulado y ordenado tomando como modelo primordial el espacio divino.
15 Los linajes gobernantes eran los intermediarios de los hombres y los dioses y por lo tanto se convertían en los guardianes de los territorios y por ende de sus pobladores.
En el caso de los itzaes sabemos que el territorio en el que residían era considerado sagrado y lo concebían a la vez en forma cuadrangular y concéntrica.
Los cuatro puntos cardinales se relacionaban a un punto central representado por el color verde-azul y por el Yax Chel Cab o Árbol Primigenio, cada punto cardinal se relacionaba con una deidad, un árbol, un color y un ave sagrada.
16 La isla de Noh Petén es considerada «el ombligo» del territorio itzá, considerado como centro focal del cuerpo humano, en este caso, se considera como el punto medio de la superficie de la tierra, por donde pasa el eje cósmico o Yax Chel Cab, que permite la comunicación entre el cielo y el inframundo.
17 La sociedad itzá tenía un ahau principal nombrado Canek, junto con él gobernaba el sacerdote principal o Ah Kin Canek.
Nosotros hemos propuesto que la «nación itzalana» se componía de cuatro parcialidades principales, representadas por cuatro linajes que controlaban sus propios territorios: Canek, Couoh, Tut y Pana y de varios sublinajes que controlaban parcialidades menores sujetas a las primeras.
18 Esta organización políticoterritorial en clanes principales y subclanes, debió complicarse con la capacidad de toda la población de convertirse en uayoob, representando un peligro para los gobernantes y principales que tuvieron que controlarlos.
Las subdivisiones entre los principales linajes y sublinajes itzaes crearon constantes conflictos que debieron reforzarse con la ayuda de los uayoob.
Los gobernantes itzaes impusieron medidas radicales para impedir que la gente del común tuviera acceso a este ámbito de poder.
En este sentido, Avendaño señala que los itzaes degollaban a los hombres que pasaban de cincuenta años, «porque no aprendieran a ser brujos y los maten, salvo a los sacerdotes de sus ídolos a quienes respetan mucho».
19 Desgraciadamente las fuentes no señalan si hombres y mujeres que cumplían los cincuenta años sufrían la misma suerte y si solamente los degollaban o los decapitaban.
Tampoco sabemos cómo disponían de los cuerpos de estas personas.
Diversos estudios señalan la posibilidad de que ciertos individuos enterrados en cavernas en el área maya durante el Clásico Temprano y el Clásico pudieran ser «brujos» que representaban un peligro potencial para 16 Schele y Freidel, 1990, 66-68.
20 La relación con las cuevas asocia a los brujos con las divinidades y fuerzas del inframundo.
Entre los quichés y cakchiqueles, los antepasados de cada linaje eran nahuales que conquistaron sus lugares de asentamiento, transformados en jaguares, águilas y abejas.
21 En un documento del siglo XVIII los pobladores del pueblo de San Andrés Semetabaj de origen cakchiquel, presentaron en un pleito de tierras un documento antiguo en su lengua, donde se dice que el gran ah pop al darles posesión de su territorio «volaba de monte en monte, sentándose en los mojones, hasta con impresión de sus plantas».
22 Debemos suponer que para que el ah pop pudiera volar de monte en monte, debió hacerlo transformado en su uay.
En el caso de los itzaes no contamos con fuentes que describan las capacidades de transformación de los principales, aunque podemos inferir que eran similares a las de los quichés y cakchiqueles arriba descritos.
Sabemos que el sacerdote máximo Ak Kin Canek, cuando los españoles tomaron la isla de Noh Peten, silbaba llamando a los «dioses de su parcialidad para que lo liberaran».
Asimismo convocó vientos y lluvia que azotaron a la isla, lo que lo señala como un especialista nombrado ah mac ik o conjurador de los vientos.
23 Actualmente en comunidades tzeltales, los ancianos y las autoridades político-religiosas tienen la capacidad de convertirse en nahuales o lab, con lo que pueden cuidar a su clan, linaje o comunidad y además imponer las tradiciones y sancionar lo que consideran moralmente correcto en la sociedad.
Es decir los nahuales son concebidos como custodios de su comunidad y de su territorio.
En diversas poblaciones mayas, existen especialistas que por medio de su alter ego pueden «lanzar enfermedades» a otros individuos de la comunidad.
Las causas por las que se envía una enfermedad, pueden ser conflictos políticos o religiosos, envidia o para saldar cuentas.
La manera en que se lanza el mal o el padecimiento, es cuando el individuo transformado en su lab, afecta el alma y por ende el cuerpo de la persona.
24 La envidia es una enfermedad social muy común en las comunidades indígenas, que afecta tanto a los individuos que caen enfermos al ser víctimas de conjuros lanzados por personas con la capacidad de transfiguración, como a la 20 Prufer y Dunham, 2009, 295-320; Lucero y Gibbs, 2008, 45-73.
22 Archivo General de Centroamérica (AGCA), Juzgado Privativo de Tierras, leg.
Las fuentes señalan que había hechiceras con el poder de transformarse, como una mujer que ayudaba al principal sacerdote Ah Kin Canek, a la cual enseñaba y era considerada «gran maga y hechicera» y se le tenía como a sacerdotisa.
A esta mujer la encontró un día el vicario Juan Pacheco y le preguntó que de dónde venía, a lo que respondió:
Respondió la embustera sacerdotisa que de ver al xagual [nahual] (esto es, a su galán) que siempre salía a visitarla a orillas de la laguna, en figura de leoncillo o tigre y la regalaba con conejos, faisanes y otras aves y cazas.
Y habiéndole dicho el vicario y los demás que los llevase allá, que le querían ver; ella respondió: que se espantarían los españoles en viéndole.
Y replicándola no sucedería así esto, porque antes bien huiría el tigre del sacerdote del Verdadero Dios, dijo: que de ningún suerte quería llevarlos allá, porque no se le matase, que si eso sucediese, al punto expiraría ella [...].
26 La persistencia de uayoob en la sociedad itzá subsistió al parecer hasta finales del siglo XIX, según un relato recopilado por Hermann Berendt en el pueblo de Sacluk, en El Petén en 1866.
En esta narración se relatan las peripecias de un hombre que se casó con una x uay 27 sin saberlo.
Una noche el hombre siguió a su esposa al bosque y vio a la luz de la luna como la mujer se quitaba la ropa y luego la piel, quedando en los huesos para subir posteriormente hacia el cielo.
El marido molió sal para ponerla sobre la piel de la mujer, la cual ya no pudo recobrar su forma humana, ni subir nuevamente al cielo.
28 Según Stuart, actualmente el termino uay entre los itzaes sólo significa hechicería y no tiene un sentido de «animal compañero», por lo que él traduce esta palabra en la cerámica del período Clásico como hechizo o encantamiento, más que el acto de transformación.
27 Se debe subrayar que en el texto en maya itzá se utiliza en termino x uay para referirse a una mujer con capacidad de transfiguración.
Actualmente entre los zoques de Tabasco la manera en que las personas pueden matar a un brujo es encontrar su piel humana, que por lo general dejan en un lugar del monte y echarle sal con chile.
En Cuetzalán, Sierra Norte de Puebla, a los brujos se les mata echándoles sal a la piel que esconden.
Información proporcionada por la investigadora Violeta Álvarez Quiroz.
LAURA CASO BARRERA fuentes coloniales y etnográficas con respecto a las capacidades de estos especialistas.
Curiosamente el texto itzá es muy similar a un relato recopilado en Meyacapan, Veracruz, comunidad nahua donde se narra también la historia de un marido casado con una bruja que se desarticulaba las piernas y se convertía en burra.
En este caso el marido también sigue a la mujer y le esconde las piernas, evitando así que la esposa recupere su forma humana.
Este tipo de hechiceras se describen en fuentes del siglo XVI y reciben en nahua el nombre de mometzcopinque «a la que se le arrancaron las piernas» y son consideradas sumamente perjudiciales.
30 En ambos relatos lo que identifica a la bruja es la capacidad que tiene para desprenderse de su piel y de sus extremidades, para así convertirse en otro ser.
El hecho de que en ambos relatos el marido descubra a la mujer y destruya su piel o le oculte sus extremidades, demuestra que los brujos que se transfiguraban tenían que recuperar su cuerpo físico o de lo contrario morían.
Las piernas al parecer poseen cualidades y poderes sobrenaturales, por lo que se relacionan con los brujos y son especialmente importantes en ciertos rituales de sacrificio como se analizará más adelante.
31 Es posible que en los relatos arriba descritos, la figura del marido represente el control que trata de ejercer la sociedad, sobre los individuos con capacidad de transfiguración.
Vestidos, adornos y modificaciones corporales
Para los mayas los adornos y atavíos eran de gran importancia pues tenían profundos significados sociales y religiosos, íntimamente ligados con la identidad.
Se puede señalar que los itzaes usaban modificaciones físicas de carácter temporal como la pintura corporal y modificaciones permanentes como las escarificaciones, tatuajes y mutilación de pene (ver Tabla 1).
Es posible que existieran otras modificaciones permanentes como la deformación craneal o el limado dental, sin embargo no se describen en las fuentes coloniales aquí analizadas.
Modificaciones temporales Modificaciones permanentes
Cabello largo Tatuajes y escarificaciones Pintura corporal
Horadaciones para usar orejeras, narigueras y bezotes Mutilación de pene Al parecer los hombres usaban complicados tocados en el cabello, el cual amarraban con cintas de colores que remataban en borlas realizadas con absoluto primor.
Vestían una especie de capotes con medias mangas con listas de colores, utilizaban tatuajes, se pintaban el cuerpo de negro y usaban orejeras, narigueras y bezotes.
El cuidado que mostraban los hombres itzaes hacía el cuerpo, su ornamentación y modificación fue interpretado por Andrés de Avendaño como un claro signo de homosexualidad Y con todo este ornato galán de vestido, siempre se embijan o pintan de negro.
Indicio es toda esta presunción y cuidado mujeril de adornarse tanto, de lo que muchos juzgan, que es el vicio nefando que en ellos reina.
33 Con respecto a las mujeres itzaes, Avendaño señala que no se vestían ni arreglaban tanto como los hombres.
Las mujeres usaban unas faldas de algodón de «medio abajo», llevaban el torso desnudo y el cabello arrollado sin tanto cuidado como los varones.
Usaban orejeras que a decir del fraile les impedían el uso de aretes al estilo «español», pues el lóbulo de la oreja estaba totalmente abierto.
El uso de tatuajes (hots) y pintura corporal (naabal) parecen ser significativos marcadores de identidad para diversos grupos mayas, como yucatecos, itzaes y lacandones históricos (ver figura 2).
Fray Diego de Landa describe que los mayas de Yucatán se labraban los cuerpos y «cuanto más, tanto más valientes y bravos se tenían, porque el labrarse era gran tormento».
34 Mientras la percepción europea era que el arreglo y modifica-ción corporal representaban un claro signo de homosexualidad, la verdad era que para los mayas representaba un signo de hombría y valentía.
Existían especialistas que hacían los tatuajes y que labraban la parte que querían con tinta y después sajábanle delicadamente las pinturas y así con la sangre y la tinta, quedaban en el cuerpo las señales; y que se labraban poco a poco por el grande tormento que era.
35 El tatuaje o hots no sólo era un adorno personal, ya que tenía implicaciones religiosas, pues como ya se mencionó en el caso de los itzaes el tatuaje los transformaba literalmente en su uay.
Landa menciona también que los yucatecos se pintaban el rostro y cuerpo de rojo, utilizando achiote (Bixa Orellana L.).
El color rojo se asocia con el este y es considerado caliente.
La pintura corporal además de las implicaciones religiosas y sociales, servía para evitar picaduras de mosquitos y otros insectos, así como para mantener la piel cubierta con una capa protectora y humectante.
El achiote tiene sustancias hemolíticas, antinflamatorias y antisépticas que ayudan en infecciones de la piel y heridas, propiedades terapéuticas de gran importancia.
36 Entre los dioses mayas que aparecen con pintura corporal roja se encuentra la diosa Ix Chel relacionada con la medicina, el parto y los textiles, el dios A y el dios solar.
37 A diferencia de los yucatecos, los itzaes se pintaban el cuerpo de negro, este color se asocia con el oeste y se considera frío.
Los lacandones históricos también usaban pintura corporal negra.
Esta pintura corporal se obtenía a través de quemar ocote (Pinus sp.), el tizne que quedaba lo utilizaban para escribir y para pintarse el cuerpo.
El tizne también tiene propiedades hemolíticas y antisépticas, pues se utiliza en la medicina maya para curar quemaduras y enfermedades de la piel.
38 Las deidades mayas que aparecen con pintura corporal negra son el dios L, el dios M y Ek Chuah, que están relacionados con el inframundo, el comercio y con el cultivo de cacao.
Los itzaes son considerados como comerciantes de larga distancia y los lacandones históricos son cultivadores especializados de cacao, por lo que podemos suponer que la pintura corporal negra está relacionada con dichas deidades.
39 Al parecer cuando los españoles conquistaron a los lacandones trataron de prohibir la pintura corporal y los adornos, sin embargo, una fuente señala «que los hombres se tiznan cuando van al monte a sus milpas, poniéndose los palotes en las orejas».
Cuando los curas los regañaban por hacer esto, se lavaban y al día siguiente lo volvían a hacer diciendo «que eran lacandones».
40 Esto resulta sumamente ilustrativo, pues demuestra que el uso de pintura corporal y adornos estaba íntimamente ligado al sentido de identidad étnica.
La gente común utilizaba orejeras de palo llamadas tup y también cuentas llamadas matun, que se ponían en las narices, estas horadaciones debieron ser permanentes.
Las orejeras de jade o de piedras verdes eran usadas solamente por los principales que las llevaban «en señal de autoridad y ostentación de su mayor principado» (ver figura 3).
41 Cuando uno de los caciques itzaes llamado Pana fue capturado por los españoles y llevado al presidio donde un sacerdote lo instaba a bautizarse, respondió quitándose sus orejeras en señal de derrota y murió.
42 También los principales se abrían el labio inferior para ponerse bezotes, lo cual indicaba su posición social y valentía.
Al parecer sólo podían hacerse esta incisión después de realizar alguna acción valerosa en la guerra.
43 Este corte también era permanente.
Además de estos accesorios para el cuerpo, los hombres itzaes llevaban el pelo largo amarrado con cintas de algodón.
El pelo largo tenía un especial significado para los hombres, cortarse el cabello implicaba también sumisión y derrota (ver figura 3).
En el período Clásico existen escenas que personifican a cautivos que son representados tomados por los cabellos por el gobernante victorioso que los capturó.
44 Los hombres itzaes también practicaban una modificación corporal permanente o mutilación ritual del pene (ver figura 6).
Esta mutilación no es exclusiva de los itzaes pues también la realizaban los yucatecos, lacan-39 Caso Barrera y Aliphat, 2006, 30-40.
277, Carta de fray Antonio Margil, fray Lázaro de Mazariegos y fray Blas Guillen a Joseph de Scals, Nuestra Señora de Los Dolores, 7 de julio de 1695.
41 American Philosophical Society, Reina-Jiménez Collection-Archivo Orden Mercedaria (APS-RJC-AOM), Relación jurada del capitán Juan Francisco Cortés sobre las operaciones que en la reducción del Ah Itzá realizó el padre Diego de Rivas, Guatemala 24 de octubre de 1704, 7v.
43 En la ranchería de Vicente Pach vi los sacrificios.
Cogían un cincel y un mazo de palo, ponían al que habían de sacrificar sobre una losa de piedra lisa, sacábanle el viril y se lo partían en tres partes, quedando la mayor en medio, cosa de dos dedos de largo, diciendo ensalmos y palabras que yo no entendía, sin echar gota de sangre y al parecer sin sentimiento del paciente, antes si muy gustoso, pues de varias partes venían muchos al partimiento diabólico e iban muy contentos.
45 Esta mutilación ritual es un autosacrificio en honor a una deidad posiblemente del inframundo, pues el objetivo principal era seccionar el glande en tres partes de manera que quedara como un «murciélago con dos alitas».
Según fray Agustín Cano, un indígena itzá llamado Chan, tenía «el viril [que] era una monstruosidad, con orejas o cuernos hechas a mano, muy grandes, cosa cierto asquerosa».
46 En maya yucateco a este tipo de sacrificio se le llama xicin poy, xicin significa oreja o lo ancho de algo como mantas o ropa.
Poy significa descorazonado, flojo, algo que sirve para poco, y era una expresión utilizada por las mujeres para referirse a los hombres.
Este último vocablo puede significar que los hombres que se sometían a este ritual pudieran haber tenido una disminución o una pérdida total en su funcionamiento sexual.
En 1677 fray Joseph Delgado vio dos veces como los choles del Manché, llevaban a cabo este «sacrificio».
Es de destacar que en la descripción de fray Diego Delgado se señala que la persona que se «iba a sacrificar» no sangraba, ni parecía estar sufriendo, lo cual parece confirmarse en dos figurillas de Jaina, las cuales están practicándose esta mutilación y cuyos rostros no reflejan expresiones de dolor.
47 Generalmente se ha asociado la mutilación de los órganos genitales masculinos como una forma de obtener sangre para ofrendar a las divinidades, sin embargo, en este caso el sacrificio no parece estar orientado a la obtención de sangre, sino a modificar permanentemente la apariencia del miembro masculino y posiblemente ofrendar la virilidad del individuo.
Joseph Delgado apunta que antes de llevar a cabo este ritual se de cían una serie de ensalmos, por lo que es posible que el individuo tuviera una 45 Ximénez, 1973, V, 164.
Se pueden observar otras figuras de Jaina realizando estos rituales sin expresiones de dolor, con excepción de una figura de Balancán, Tabasco, la cual se muestra con el pene erecto al parecer recién mutilado y emitiendo un grito de dolor.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.09 preparación previa que incluyera técnicas de concentración como cánticos, plegarias u oraciones mismas que lo pusieran en un estado mental para no percibir el dolor.
Uno de los objetivos de este sacrificio pudo haber sido el propiciar una visión extática que permitiera una comunicación con los dioses y con lo sobrenatural.
Esta mutilación parece haber tenido gran importancia durante el Posclásico, pues existen diversas figuras que representan este ritual, incluso se encontró un falo de cerámica en Santa Rita, Belice, que muestra las tres incisiones anteriormente descritas (ver figura 6).
Los itzaes se opusieron tenazmente a los españoles alentando desde su señorío en El Petén, acciones contra la dominación hispana.
Asolaron a poblaciones indígenas cristianizadas, para evitar que los españoles entraran a su territorio e incluso se puede decir que utilizaron en su favor los rigores de la explotación colonial, alentando a los mayas del norte de Yucatán a abandonar sus poblaciones, convirtiéndolos en sus intermediarios comerciales, frenando con esto el avance español.
49 Finalmente los itzaes se volvieron en una amenaza que ya no podía ser tolerada por la Corona y las autoridades coloniales, en 1695 salieron de Guatemala y Yucatán dos expediciones armadas que debían encontrarse en El Petén para llevar a cabo la conquista de los itzaes.
La expedición que salió de Guatemala al mando del capitán Juan Díaz de Velasco, tuvo un encuentro con un grupo de espías itzaes, que seguían de cerca los pasos de los españoles.
En este encuentro los itzaes se enfrentaron con sus arcos y flechas a los invasores y recurrieron a un combate cuerpo a cuerpo, en el que sobresalían los guerreros itzaes por su destreza y valentía.
Este tipo de combate cuerpo a cuerpo recibe en maya yucateco el nombre de p'izba, que literalmente significa «medirse», la descripción de este tipo de lucha es la siguiente: Y cercándolos los nuestros empezaron ellos [los itzaes] a disparar un aguacero de flechas, que si los nuestros no llevaban buenas cotas todos perecen.
Dispararon sus escopetas y hubo indio que estaba con cuatro balazos y no se rendía.
Echáronse a pie y se arrojaron los nuestros y cuatro de los nuestros no podían sujetar a un indio.
LAURA CASO BARRERA zo en la cabeza, aunque fue poca la herida diéronle favor y mataron al indio.
A otro soldado se le abrazó otro indio y el soldado le metió el machete por el cuerpo y con todo esto derribó al soldado a tierra, que si no lo favorecen mata al soldado.
Una hora duró la batalla y los indios tan valientes que dijo Machuca que no son bastantes cuatro hombres y buenos para cada indio de estos ahitzaes.
50 Como se puede observar en estas descripciones los guerreros itzaes eran reconocidos por su destreza, fiereza y por la capacidad de soportar el dolor para continuar guerreando.
Esa capacidad para controlar el cuerpo y someterlo a un gran dolor se observa tanto en la guerra como en el sacrificio (ver figuras 4 y 5).
Así como los itzaes soportaban el dolor, de la misma manera sometían a terribles tormentos a las víctimas que iban a sacrificar, principalmente aquellos cautivos tomados en la guerra.
El sacrificio humano a través del cual se honraba y alimentaba a los dioses, se representa en murales y en los códices mayas, las principales formas de sacrificio representadas son la decapitación, extracción de corazón y lancear a la víctima.
51 La iconografía de Chichén Itzá nos muestra que los principales sacrificios eran la extracción de corazón y la decapitación, que los itzaes en el Petén continuaron practicando (ver figura 5).
52 Asimismo la decapitación se realizó en Mayapán y en Ixlú, El Petén durante el Postclásico.
53 La decapitación para los mayas tenía gran importancia, pues se menciona como la causa de muerte del padre de los gemelos divinos en el relato mitológico del Popol Vuh.
Hun Hunahpu fue decapitado por los señores del inframundo y su cabeza fue puesta en un árbol, convirtiéndose en un fruto (Crescentia cujete L.).
La cabeza-fruto fecundo a Xkik la hija de uno de los señores de Xibalba, a través de su saliva y nacieron los gemelos divinos Hunahpu e Ixbalanque.
54 La importancia de la cabeza decapitada se muestra en su relación con la transformación, el renacimiento, los ancestros y la procreación.
El principal sustento de las divinidades para los mayas eran la sangre y el corazón de las víctimas, aunque también podían ser ofrendados individuos para que el fuego los consumiera.
Como el sacrificio realizado al dios Hobo, 55 donde colocaban a la víctima en un tronco de árbol ahuecado y le 50 Ximénez, 1973, V, 358.
55 Hobo puede ser la deidad Hobnil de los yucatecos, relacionada con Ek Chuah.
Mientras realizaban el sacrificio bailaban con estruendo de tunkules, 56 tortugones y gente cantando, para que no se oyeran los gritos del sacrificado.
57 Los itzaes sacrificaron a sus dioses a varios españoles que intentaron llegar a su isla.
Es importante destacar la violencia previa a los sacrificios y el tratamiento postmortem del cuerpo de los sacrificados (ver Tabla 2).
Una vez que este grupo llegó a Noh Petén los itzaes cayeron sobre ellos, matando a los españoles e indios de Tipú que los acompañaban.
Primero los maniataron y posteriormente les sacaron los corazones que ofrendaron a sus deidades.
Les cortaron las cabezas, las colocaron en estacas y las pusieron en un cerro cercano, mientras el cuerpo de fray Diego Delgado fue desmembrado.
Los itzaes le dijeron a fray Delgado que lo «mataban porque había ido con aquella gente y porque los religiosos que habían ido antes que él, les quebraron su ídolo y les quitaron sus dioses».
59 En cierta forma los itzaes veían la muerte de sus enemigos como una de retaliación o venganza, por lo menos así lo expresan dos de los casos aquí referidos.
Posteriormente, en 1696, los itzaes mataron a un grupo de españoles que salieron de Yucatán, al mando del capitán Pedro de Zubiaur que iba acompañado del franciscano fray Juan de San Buenaventura y un auxiliar lego.
A éstos últimos y a un español llamado Agustín Sosa, se los llevaron en canoas junto con otros españoles e indios gastadores y a todos los mataron a garrotazos y machetazos en las embarcaciones, para después sacarles el corazón en sus templos, y comerse sus cuerpos asados y hervidos.
60 Después del encuentro anteriormente descrito, los itzaes tuvieron otro con soldados que iban desde Guatemala, al mando del capitán Juan Díaz de Velasco.
Acompañando a este grupo estaban los frailes dominicos Cristóbal de Prada y Jacinto de Vargas.
Los itzaes lograron engañarlos subiéndolos a sus canoas y cuando llegaron al medio de la laguna los volcaron para que muriesen ahogados, rematándolos con palos y flechas.
A los únicos que llevaron a la isla fueron al capitán, a los dos religiosos y dos muchachos.
Según fray Agustín Cano, Ah Kin Canek molió a palos a los dos sacerdotes, para luego amarrarlos a una especie de Cruz de San Andrés donde los mantuvieron suspendidos por un buen tiempo, hasta que el sacerdote les abrió el pecho y les sacó el corazón.
61 A todos ellos también se los comieron y guardaron sus huesos en un islote cercano dentro de la misma laguna.
62 Algunos autores consideran que los españoles inventaron la práctica de la antropofagia entre los itzaes para desprestigiarlos, pero las 59 López de Cogolludo, 1971, 324-325.
3696, Petición de Rafaela Díaz de Velasco, hija del capitán Juan Díaz de Velasco, muerto en la conquista del Petén Itzá, 1707.
63 Este tipo de sacrificios también los hacían los itzaes con sus enemigos indígenas, realizando entradas para capturar víctimas, entre los que estaban los choles, lacandones, petenactes e incluso indios cristianos.
Los itzaes hacían entradas en el mes de Yaxkin (mes de secas) al área chol para buscar víctimas para sacrificar.
64 Lo mismo hacían con los lacandones, a los que atacaban por las noches para llevarse a la gente.
65 Unos indios de la población de Yucum, tal vez petenactes, dijeron ser muy pocos «por la persecución de los indios del Ah Itzá, quienes se comieron a los moradores de su pueblo».
66 En 1694 un grupo itzá comandado por un cuñado de Canek bajó en canoas a Tabasco, llegando al pueblo de Canizan, de indios cristianos, para conseguir gente para sacrificar.
Según Cogolludo los itzaes y sus vecinos siempre estaban guerreando «como sean de diferente nación y a veces los de una misma, teniendo diferentes caciques.
En especial los itzaes y chinamitas se comen unos a otros cuando se prenden».
67 En 1700 los itzaes sacrificaron al mulato Juan Tomás que fue enviado desde Campeche como prisionero al presidio de El Petén.
Habiendo escapado, pensó que podría encontrar refugio entre los indígenas y convertirse en su líder.
Los itzaes declararon haberlo sacrificado como venganza por la muerte de Ah Kin Canek y porque los españoles se habían llevado a Canek a Guatemala.
Lo primero que hicieron los gobernantes del pueblo de Hoyop fue llevarlo al de Chachachulte, donde fue colgado en un poste de los genitales, dándole además golpes y palos.
Después fue conducido al adoratorio donde se encontraba su deidad principal, tendiéndolo en el suelo y sujetándolo de pies y manos.
Kin Canek lo cuestionó sobre el paradero de Ah Kin Canek y Canek y lo único que pudo responder era que sabía que este último había sido conducido a Guatemala y que siendo él de Campeche no sabía más.
A lo que Kin Canek le contestó: «pues vos pagareis la muerte de nuestro papa y de nuestro rey que está en Guatemala».
68 Entonces de una mordida le arrancó la nariz y después le cortaron un brazo y un muslo «en señal de que ya estaban vencidos los españoles», poniendo el brazo donde pudieran verlo los soldados.
69 Como señalamos anteriormente las extremidades parecen ser receptoras de una energía especial, por lo que el cortar las extremidades de los cautivos aseguraba la victoria sobre el enemigo.
70 Posteriormente el «rey» Sesa Cit Can, Kin Canek y el Ahau Uscib le abrieron el pecho y sacaron el corazón, el cual ensartaron en una flecha poniéndolo a quemar frente a las imágenes de sus dioses, luego lo hicieron pedacitos para dárselos a comer.
La sangre fue recogida en jicaritas y la repartieron entre los principales de los pueblos que asistieron al sacrificio, para que la ofrendaran a sus dioses.
Incluso estaban presentes indios que vivían muy cerca del presidio, a quienes también les dieron un poco del fluido divino, para que lo ofrecieran a unas imágenes que tenían enterradas.
Asimismo se roció la sangre en el suelo y las milpas.
La sangre considerada un líquido precioso fue recogida y esparcida en deidades y cultivos.
Al mulato le cortaron la cabeza y le sacaron los dientes para brindárselos a las divinidades (ver figuras 4 y 5).
El cuerpo en esta ocasión no fue consumido, sino que lo enterraron en la casa de un principal llamado Ix Canek.
71 Sabemos que en el adoratorio principal de Noh Peten se llevaban a cabo los sacrificios principales como la extracción de corazón.
En este mismo templo había un ídolo de yeso con forma de sol (K'inich Ahau), con rayos cubiertos de concha nácar y en su boca se depositaban los dientes de los cautivos sacrificados.
Allí fueron depositados los dientes de los españoles que fueron sacrificados en Noh Peten.
72 En Zacpetén se recobraron dientes en diversas estructuras, aunque los autores señalan que no existen do cumentos históricos que describan dicha práctica, sin embargo las fuentes citadas en este trabajo demuestran su vigencia entre los itzaes en el siglo XVIII.
73 Para los itzaes el tratamiento previo a la muerte de los individuos implicaba amarrarlos, colgarlos de los genitales, golpearlos, flecharlos, 69 Ibidem, f.
En propinarles garrotazos e incluso machetearlos.
En el caso del mulato se dice que el sacerdote le arrancó de una mordida la nariz y además le cortaron un brazo y una pierna.
El tratamiento postmortem del cuerpo del sacrificado guarda semejanzas con el que realizaban los mayas de Yucatán.
A las víctimas se les abría el pecho para sacarles el corazón para ofrendárselo a las divinidades, las cabezas podían ser decapitadas y puestas en estacas en cerros, los cuerpos podían ser destazados y en ciertos casos se cortaban para cocinarlos, hirviéndolos o asándolos para comerlos (ver Tabla 2).
Esta fue una práctica común en toda Mesoamérica, que se acentuó durante el Posclásico.
Comerse el cuerpo de los enemigos significaba por una parte eliminarlos por completo y por otra incorporarlos al grupo para que no se convirtieran en espíritus malignos.
Quemar y hacer pedazos el corazón para alimentar a las divinidades era una costumbre que practicaban los yucatecos aún hasta después de la conquista.
La decapitación también era un elemento fundamental en los rituales de sacrificio, las cabezas eran ofrecidas a los dioses, comidas o guardadas como trofeos (ver figura 5).
Los dientes eran extraídos y ofrendados al parecer a una deidad solar que pudo ser K'inich Ahau.
La sangre fluido divino por excelencia se recolectaba para alimentar a los dioses y para regar las tierras y milpas.
Las extremidades parecen tener gran importancia ritual y sabemos que eran amputadas y en ocasiones descarnadas para garantizar la victoria sobre el enemigo.
En el caso del sacrificio del mulato destaca como éste se convirtió en el objeto de la violencia contenida de los itzaes, por lo que su muerte sirvió dos propósitos, por una parte dar rienda suelta a la ira74 y por otra parte propiciar y alimentar a las divinidades para asegurar el sustento y la supervivencia, así como la victoria sobre los invasores.
Si retomamos la idea planteada por Mary Douglas en relación a que el cuerpo social determina la percepción del cuerpo físico, podemos decir que los mayas presentan características únicas que definen la manera en que esta cultura concibe y trata al cuerpo humano.
Los itzaes presentan un caso excepcional de estudio, pues todos los miembros del grupo tenían la capacidad de transfigurarse en su alter ego o uay al alcanzar la vejez.
Esta capacidad de metamorfosis del cuerpo en otra entidad, definirá a la sociedad itzá, que debió imponer la pena de muerte a los individuos mayores de cincuenta años, para que no se convirtieran en uayoob.
Como se vio a lo largo de este trabajo los «brujos» son considerados en toda Mesoamérica como individuos con gran poder y capacidad tanto de proteger a su comunidad como de enfermarla.
La relación de los uayoob con el resguardo del territorio y sus comunidades debió ser particularmente importante entre los itzaes, que se conformaban en cuatro parcialidades principales y varias subparcialidades.
Falta mayor información documental que nos permita corroborar esta hipótesis, sin embargo actualmente en diversos grupos étnicos como tzeltales y tzotziles, los individuos que se consideran brujos o nahuales son personas que ejercen un importante control social en sus comunidades.
75 La capacidad de transformar el cuerpo físico en su alter ego iniciaba al tatuar en el rostro y el cuerpo esta otra entidad que los acompañaba y definía.
Además de los tatuajes, otra transformación radical del cuerpo fue la mutilación del pene con fines rituales, quizá relacionándolo con alguna deidad del inframundo.
Las modificaciones al cuerpo, la pintura corporal, los adornos delimitaban el estatus social de los individuos y su identidad como parte del grupo étnico.
Muchas de estas prácticas de adorno, modificación del cuerpo, autosacrificio y sacrificio, se encuentran desde el Preclásico entre los diversos grupos mayas y podemos observarlas por medio de pinturas murales, cerámica estilo códice y figurillas antropomórficas de barro que retratan a diversos personajes (ver figuras 1-6).
Así podemos saber que la pintura corporal, las escarificaciones, el tatuaje y los adornos, ya estaban presentes desde épocas muy tempranas en el área maya.
76 La representación del alter ego o uay también se expresa desde el período Clásico por medio de glifos 77 y representaciones en cerámica y figurillas de personajes en proceso de transformación.
En realidad podemos señalar que desde el Preclásico encontramos figurillas olmecas que muestran estos procesos de transformación, aunque en este caso aún no se han reportado glifos que describan dichas entidades.
A pesar de que las prácticas en torno al cuerpo parecen ser las mismas para toda el área maya desde épocas muy tempranas, al parecer cada grupo basaba su identidad en sus propias costumbres con respecto al cuidado y modificación del cuerpo humano.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.09 El cuidado y el arreglo personal de los hombres itzaes, que usaban adornos, pintura corporal y elaborados peinados, contrasta con su increíble capacidad para soportar el dolor, sometiéndose a modificaciones corporales severas y autosacrificios.
El autocontrol que ejercían los itzaes sobre su cuerpo, nos señala el fuerte control social al que eran sometidos.
Desde el período Clásico se pueden observar entre los mayas prácticas de autosacrificio y sacrificio que muestran la importancia de derramar sangre e infligir dolor, principalmente a los individuos capturados en batalla.
78 La gran mayoría de estas prácticas rituales sobrevivieron hasta principios del siglo XVIII entre los itzaes.
Este grupo continuaba realizando terribles torturas a los cautivos de guerra, que finalmente eran sacrificados y muchos eran consumidos de manera ritual.
El tratamiento ritual perimortem y postmortem de los sacrificados nos muestra un uso sumamente violento del cuerpo de las víctimas, muchas de las cuales fueron consumidas como alimento.
Podemos apuntar que la religión y los rituales itzaes se centran en la transformación y modificación del cuerpo humano, ya sea por medios físicos, mágicos o a través del sacrificio.
El tratamiento del cuerpo humano entre los diversos grupos mayas, desde el Preclásico demuestra que es una cultura que ejerce un control férreo sobre sus individuos, mismo que se demuestra en la modificación y tratamiento que le dan a sus cuerpos y a los de sus cautivos.
Es posible que el control social ejercido sobre el cuerpo humano entre los itzaes se encuentre íntimamente ligado a contener a los individuos con capacidad de transfiguración en su alter ego o uay.
FIGURA 4.-El cuerpo desnudo de un prisionero, el rostro muestra elementos iconográficos de su transformación en una deidad asociada a Chac: bigotes formados por aletas de pez, trompa-nariz y cejas en forma de escalopas.
Figurilla estilo Jaina, Clásico Tardío.
Museo de Arte, Universidad de Princeton (Foto M. Aliphat F.).
FIGURA 5.-Vasos estilo códice, Clásico Tardío.
Tratamiento de prisioneros, decapitación y cabezas trofeo.
A la izquierda, escena de la presentación de una cabeza humana recién cercenada y chorreando sangre a un gran señor en su trono, tres cautivos atestiguan la escena (Foto Justin Kerr, K680).
Derecha, tres guerreros presentan a un prisionero con sangre manando de su boca, dos de los guerreros llevan colgando a la altura de su vientre cabezas trofeo (Foto Justin Kerr, K6416). |
Para evitar la ociosidad de las indias les hicieron enseñar a hilar y teñir, para que por una parte con sus hilados tejiesen las mantas con que se cubren, y por otra se atajasen los daños que se siguen de no estar las mujeres bien ocupadas.
Pedro Lozano, Descripción Corográfica del Gran Chaco Gualamba, 1733.
Durante el periodo colonial, el territorio del Chaco era percibido como un espacio salvaje y demoníaco, imagen a la que en gran medida contribuyeron las crónicas «etnográficas» de la Compañía de Jesús.
Los pueblos chaqueños quedaron así sepultados bajo el estigma de la barbarie asociada a la cultura de los cazadores recolectores, en contraposición a los grupos con hábitos sedentarios y más civilizados, sometidos tempranamente al dominio español.
Las costumbres de los cazadores nómadas fueron también demonizadas en tanto representaban una amenaza para el éxito del programa evangelizador/civilizador de la Compañía de Jesús, basado en la sedentarización de la población nativa y en la instauración de la vida racional.
La erradicación de las actividades desarrolladas por los habitantes del Chaco en aras de procurar su sustento, fue otra de las facetas de ese colosal «combate» de los jesuitas contra el demonio.1 Incluso el cronista Lozano llegó a sostener que el desapego de esos grupos hacia el trabajo agrícola y su inclinación a la caza, la pesca y la recolección como fuentes de recursos se debían al hecho de hallarse «dementados del Demonio con la persuasión loca de que nunca les faltaría alimento».
2 En la historiografía relativa a las misiones del Chaco, si bien se cuenta con aportaciones importantes sobre la dinámica productiva de las poblaciones indígenas del área tras el contacto con el mundo colonial, 3 aun resta ampliar los estudios concernientes a las mujeres y a sus funciones económicas antes y después de la llegada europea, entre otros aspectos.
4 Sumándose a contribuciones anteriores sobre las indígenas de las reduccio-nes chaqueñas,5 este trabajo se propone formular nuevos planteamientos e interpretaciones sobre el impacto del régimen jesuítico en el ámbito productivo femenino.
Para ello, es preciso abordar, por un lado, las bases económicas de las sociedades cazadoras del Chaco y el papel desempeñado por las mujeres, en oposición a los patrones occidentales, fundamentados en una lógica y principios ajenos al universo nativo y, por otro, exponer los rasgos de la intervención misionera a través de sus discursos y prácticas, analizando el imaginario moderno sobre el trabajo para determinar su incidencia en la vida de las indígenas y sus reacciones ante el nuevo orden, que no significó, por lo demás, la total desaparición de las labores que desarrollaban tradicionalmente.
Se espera con ello contribuir al conocimiento de la experiencia histórica de esas mujeres en los márgenes, no solo por su condición fronteriza y características culturales, sino también por la escasa atención que les ha prestado la historiografía.
El estudio de los aspectos enunciados abarca la casi totalidad de los grupos reducidos en las fronteras del Chaco,6 predominando las referencias a los abipones y mocovíes en virtud del mayor volumen informativo disponible sobre ambos grupos.
7 Las fuentes utilizadas proceden sobre todo de la Compañía de Jesús (crónicas, relaciones, cartas anuas y otros testimonios), cuya consulta se ha complementado con la de contribuciones de los campos histórico, antropológico y etnohistórico, tanto las referidas al área chaqueña como a otras regiones de Sudamérica.
Dada la índole del tema, también se han tenido en cuenta aportes inscritos en el ámbito de la Historia de las Mujeres y la Historia de Género, 8 que ofrecen nuevas perspectivas y herramientas de análisis para el conocimiento de las trayectorias femeninas en distintos espacios y tiempos.
9 En lo que se refiere al tema aquí abordado, es fundamental atender a la condición étnica de las protagonistas y a la época en que interactuaron con los misioneros jesuitas, considerando el riesgo que supone observar el pasado con los ojos del presente y desde nuestra propia cultura.
Las mujeres en la vida económica de los pueblos cazadores recolectores
Sobre la economía en las sociedades «primitivas»: el caso chaqueño
El conjunto de tareas desarrolladas por los grupos de cazadores recolectores -dentro de las denominadas «sociedades primitivas»-en procura de su sustento, ha sido tradicionalmente definido por la antropología como «economía de subsistencia».
En contra de esta perspectiva reduccionista, Sahlins hacía hincapié en el sentido del trabajo y la relación que con él mantienen los miembros de este tipo de comunidades:
Un hombre labora, produce en su aptitud como persona social, como esposo y padre, hermano y camarada de linaje, miembro de un clan, de un pueblo.
El trabajo no se practica separado de estas existencias, como si fuese una existencia diferente.
«Trabajador» no es de por sí una condición social, ni «trabajo» una auténtica categoría de economía tribal.
Dicho de otro modo, el trabajo es organizado por relaciones «no económicas» en sentido convencional, perteneciendo más bien a la organización general de la sociedad.
11 procesos históricos (Ibidem, 217), mucho más necesaria en el caso de las indígenas, que experimentaron una doble discriminación, étnica y de género.
Sobre la importancia de la categoría «género» en el análisis histórico, resulta de interés el ya clásico trabajo de Scott, 1990.
9 Cabe aquí insistir en la utilidad del enfoque multidisciplinar y en la ampliación de las vías metodológicas para el estudio de las mujeres, dentro de la diversificación por la que se viene apostando desde hace tiempo.
En este sentido, los registros iconográficos o la historia oral, entre otros, constituyen recursos valiosos para el análisis de la situación femenina y su rol dentro de las relaciones familiares y sociales a lo largo de la historia, Andreo García, 2002, 15-17.
En las sociedades tribales, el trabajo es parte de la vida misma, en contraste con el mundo capitalista: «La revolución industrial desgajó el trabajo de la vida» (Ibidem, 128).
A juicio de Clastres, 1981, 135, las ideas de Sahlins, formuladas para el caso melanesio, resultan válidas para el ámbito americano.
En esta línea, Clastres ha enfatizado en la impronta dejada por los «padres» de la antropología económica al definir la economía primitiva como «economía de subsistencia», en virtud de la insuficiencia tecnológica, de una producción sin excedentes y de la ausencia de reservas (stocks).
Así, el concepto de «subsistencia» ayudó a crear «el mito de un hombre salvaje condenado a una condición casi animal por su incapacidad de explotar eficazmente el medio natural», 12 viviendo, en suma, en una «economía de la miseria».
13 Contra estos postulados, Sahlins sostiene la idea de una «economía de la abundancia», como bien podría confirmarlo un testimonio colonial sobre los indígenas del Chaco: «Solo la abundancia de caza y pesca, de chaguar, miel, frutas campestres, pudieran haberlos conservado en la miserable constitución de tanta pereza como tienen».
14 En contra de las interpretaciones de la antropología clásica, Clastres se sumaba a Sahlins en la reivindicación de los cazadores recolectores, destacando la capacidad de elaborar sus propios instrumentos de producción -equipos y utensilios para la pesca, la caza y la recolección-, y por ende el desarrollo de una «significativa tecnología» que excede a la categoría de «meros recolectores».
15 En orden a estas cuestiones y en el caso de los indígenas del Chaco, cabe subrayar, además, su habilidad para fabricar artefactos de múltiples usos como, por ejemplo, una espátula que formaba parte de los «utensilios domésticos» que cargaban las abiponas durante sus mudanzas:
Entre los elementos que llevaban las mujeres se destacaban unas estacas en forma de espátulas, cuya parte media estaba rodeada por un cilindro hecho en madera durísima, de unos dos codos de largo.
Este instrumento también lo emplean para extraer las raíces comestibles; para bajar los frutos de los árboles o las ramas aptas para hacer fuego; cuando no la usaban para quebrar las armas y la cabeza de los enemigos que encontraban en el camino.
16 Por otra parte, en lo que respecta al trabajo restringido a las necesidades diarias y no con vistas al almacenamiento de reservas, Shalins lo justificaba por la prodigalidad de su entorno vital: ¿por qué los nómadas 12 Clastres, 1981, 138.
14 Anónimo, «Descripción del Gran Chaco», 1775, Archivo del Museo Naval de Madrid (AMNM), Manuscrito (Mss.) 123.
EL TRABAJO FEMENINO EN LAS MISIONES JESUÍTICAS habrían de empeñarse en tal acopio, si los stocks se hallaban en la naturaleza misma? 17 No obstante, en relación al Chaco, la mayoría de sus pueblos prevenía los periodos de escasez mediante el almacenaje de frutas, entre otras la del chañar, «la cual comen fresca, y también la guardan seca para provisión de todo el año».
18 Desde los inicios de la evangelización, el régimen de vida de los cazadores recolectores del Chaco fue considerado como sinónimo de irracionalidad y, por ende, un obstáculo para el programa evangelizador jesuítico, cuyo éxito dependía de la sedentarización de la población reducida y del abandono de los hábitos nómadas, superando esa inestabilidad o inconstancia, tan señaladas por los jesuitas19 en sus relatos.
Las excursiones indígenas al monte para cazar y recolectar eran conceptuadas como actos no racionales, como lo dan a entender los comentarios del padre Domingo Muriel sobre los tobas reducidos: «Varias veces parece que entran en razón, y que proceden bien, otras proceden mal, otras medianamente: ya están en el Pueblo, ya en el Monte; [...] ya trabajan, ya se ponen a fumar».
20 Por otro lado, lo que se calificaba como «inestabilidad» propia de la idiosincrasia indígena, es decir, las salidas al monte a recoger miel y ciertos frutos (algarroba y chañar, entre otros), estaban ligadas a su universo ritual, dado que con estos productos elaboraban las bebidas que consu mían en sus fiestas y en las ceremonias -«asambleas»-que precedían a la guerra.
Estas costumbres, enraizadas entre los pueblos del Chaco, fueron combatidas por los jesuitas en tanto malograban los tímidos avances del adoctrinamiento, aunque hubo algunos que mostraron condescendencia y hasta cierta admiración por los guerreros cazadores, como Dobrizhoffer:
Aunque haya expuesto las virtudes naturales de los abipones más allá de lo propuesto, me parece que no habré dicho nada si no agrego unas pocas palabras sobre los pesados trabajos que realizaban.
¿Quién enumeraría las cotidianas molestias de la guerra y de la caza? 21 Los jesuitas juzgaron como un rasgo propio de su «barbarie» el desdén de los chaqueños hacia ciertos elementos prodigados por la naturaleza al carecer de una utilidad específica de cara a satisfacer sus necesidades vitales, en contraste con el valor que encerraban para los europeos.
Al describir la gran riqueza ictícola del Bermejo -uno de los ríos del Chaco-y las «almejas muy grandes» que pescaban en abundancia los abipones, Lozano se asombraba de que arrojasen las perlas, «porque no estima su barbaridad lo que otras Naciones, si más políticas, a este paso más codiciosas, tanto aprecian», como era el caso de las «señoras» de Santa Fe (gobernación de Buenos Aires), que las tenían en gran estima para fabricar sus joyas.
22 En muchos casos los pueblos cazadores se vieron forzados a una vida itinerante debido a la presión colonial sobre sus territorios.
Algunos grupos chaqueños practicaban la agricultura en la medida necesaria para su sustento, como ocurría con el maíz -o «trigo de Indias»-, que se obtenía «en grandísima abundancia en las más dos cosechas, bien que lo común de las Naciones siembran muy poco por su flojedad innata», 23 según Lozano, quien mencionaba también el cultivo de tabaco en tierras abiponas: «[...] y juzgo sería lo mismo en todo el Chaco, si lo sembraran como estos infieles».
24 Por su parte, los mataguayos aplicaban el sistema de roza, realizando previamente el corte de pasto para luego secarlo durante veinte días (para quitar la humedad, por ser tierra de bañados), proceder luego a su quema y por último sembrar.
25 Tales ocupaciones, sin embargo, no impidieron el catapultarlos como flojos y ociosos, defectos que los misioneros buscaron corregir mediante la introducción de nuevas actividades productivas destinadas tanto al autoconsumo como a la comercialización.
En general, los pueblos chaqueños consumían carne de vacuno gracias a la captura del ganado cimarrón o a las dádivas coloniales, aunque no llegaron a desarrollar su cría, una práctica malavenida con la dinámica productiva de los cazadores nómadas.
Los abipones opusieron una tenaz resistencia a los hábitos pastoriles, siendo así que, tras la expulsión de los jesuitas, los reducidos en la misión de Concepción aseguraron no poseer vacas 22 Lozano, 1733, 11.
26 La alusión a los vicios chaqueños como impedimentos para el desarrollo del proyecto evangelizador en las fronteras, no fue privativo de los jesuitas: sus más acérrimos enemigos compartieron esa visión negativa del mundo indígena.
El obispo del Tucumán, Manuel Abad Illana, creía inútiles los esfuerzos de reducir a los indígenas chaqueños por ser «holgazanes y enemigos del trabajo», 27 según el informe de la visita a su diócesis.
Este testimonio permite entrever, además, las estrategias indígenas frente a las propuestas jesuíticas, aceptando la vida en misión como una vía alternativa de sustento, al no quedar este sujeto a la exclusividad de sus prácticas tradicionales:
Acuden los indios a oír la doctrina de los Padres; mas no siendo esto acompañado de alguna afición, ¿qué utilidad se puede seguir de ellos?
Van a oír la doctrina y ¿qué mucho cuando con este casi ningún trabajo, que en casi todos será una pura ociosidad, ganan de vestir y de comer?
Por los efectos de su fuga y de su perfidia debemos colegir que si oyen la doctrina solo la oyen por comer y vestirse.
Las mujeres de las diversas etnias del Chaco cumplían un papel significativo en orden a la provisión de elementos indispensables para la reproducción material de la comunidad; el aprovechamiento de plantas, frutos y un buen número de raíces comestibles fue posible gracias a la labor recolectora femenina.
El bosque chaqueño 29 constituyó, en este sentido, una de las riquezas naturales más explotadas por los pueblos de la zona, en aras de satisfacer sus necesidades cotidianas -alimentación, salud, 30 transporte, 26 Vitar, 2000, 47.
El fragmento citado corresponde al Informe del obispo Manuel Abad Illana sobre su visita a la gobernación del Tucumán y reducciones de la frontera del Chaco (1765 y 1768), íntegramente transcrito en Vitar, 2000.
Este documento constituye una fuente de gran interés sobre las actividades económicas dentro de las misiones jesuíticas de la periferia occidental chaqueña.
29 Las crónicas misioneras, por lo general, dan cuenta pormenorizada del uso de maderas y frutos de diferentes especies nativas, además de otras implantadas en los primeros intentos de colonizar el Chaco.
30 Pedro Lozano ofrece amplios detalles sobre las propiedades medicinales de muchas plantas, lo que hacía del Chaco una «botica natural», compensando «la falta de médicos y medicina [...] en esta parte de América» (Lozano, 1733, 30), comentario este que no oculta una mirada etnocéntrica, al obviar las prácticas curativas indígenas, basadas en el uso de especies de su entorno que, por lo demás, recolectaban las mujeres.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.10 caza, fabricación de armas y utensilios, etc.-y de obtener ciertos productos como la miel, la algarroba o el chañar que, una vez procesados, estaban destinados tanto a la nutrición y al abrigo como a los usos festivos y rituales.
El trabajo se hallaba delimitado según el género, aunque existen testimonios sobre la participación conjunta de hombres y mujeres en determinadas tareas, como la caza.
Al respecto, el relato de Paucke sobre los mocovíes refiere la forma en que las mujeres acomodaban su vestimenta «cuando [...] están de caza en las selvas, para que puedan correr más ligeras [...] en pos del animal silvestre».
31 En el caso de los abipones, Dobrizhoffer apuntaba la división de tareas, correspondiéndoles a los adultos de ambos sexos preparar a los niños y niñas en las labores propias de su género: «Los padres enseñan a sus hijos desde la más tierna infancia a cabalgar, a nadar, a cazar y a guerrear.
Las niñas reciben de sus madres habitualmente las tareas domésticas de las mujeres y se acostumbran a sus trabajos y molestias».
32 La recolección era desarrollada por las mujeres de los diferentes sectores de edad, delimitando un campo de actuación femenino y autónomo, como se observa en el caso de los abipones:
«mujeres y niños se mantenían únicamente con comer algarrobas», mientras que los hombres bebían un jugo extraído del algarrobo negro -sometido a cocción por las mujeres-con el que «entretienen [...] el apetito de beber».
35 Para su colecta, madres e hijas partían al bosque «completamente solas» -igual que las abiponas-, conduciendo luego los frutos a la reducción, donde eran almacenados en trojes durante el invierno.
36 Práctica esta que contradice la tan manida idea sobre la falta de previsión de los grupos cazadores frente a los ciclos de escasez de recursos alimenticios.
Las mujeres se encargaban también de fabricar la aloja y la «chicha» con el jugo extraído del fruto del algarrobo.
Una vez tostado este, se obtenía una especie de harina con la que se amasaba el «patay», una pasta dulce cuya trabajosa elaboración era descrita por Paucke sin ocultar su aprensión, tanto por el recipiente usado -un molde de cuero crudo-, como por ser un producto manipulado por las indígenas: «Uno no debe jamás contemplar de qué manera esas indias [lo] elaboran», usando como utensilios sus «limpias manos».
37 No es un comentario baladí, en tanto aparece ya la imagen de «suciedad» de los/las «salvajes» como símbolo de su incivilidad: un estereotipo que reprodujeron los viajeros europeos del siglo XIX en sus descripciones del mundo nativo americano.
38 La recolección de miel y cera, realizada por los indígenas con fines alimenticios y rituales, también dio lugar a intercambios con el mundo colonial con anterioridad a su reducción en las fronteras chaqueñas, como ocurrió entre los lules y vilelas;39 una vez instalados los pueblos jesuíticos, ambos productos se convertirían en la base de un lucrativo comercio para la Compañía.
40 En el plano de la vida comunitaria indígena, la colecta de la materia prima, la elaboración y el consumo del «guarapo» (hecho de miel fermentada) o de la «chicha» (con maíz o algarroba) pone de manifiesto la especialización de acuerdo al sexo y la edad.
Hombres y mujeres tenían su protagonismo en cada una de las fases y tareas relacionadas con la obtención del producto y la preparación e ingesta de la bebida, de suma importancia en las tradiciones chaqueñas.
Las bebidas embriagantes se consu mían con ocasión de celebrar ceremonias fúnebres o asambleas («borracheras») para decidir guerras o alianzas, reuniones estas que constituían el centro de la «sociabilidad amerindia».
41 Entre los abipones, las mujeres de los distintos sectores etarios -niñas, adolescentes, adultas y «viejas»-participaban de un modo u otro en la preparación del guarapo, salvo en la colecta de la materia prima -la miel-, que era tarea masculina, como explicaba Dobrizhoffer: «Es propio de los varones buscar en las selvas la miel con la que se fabrica la bebida.
Todo el trabajo de prepararla corresponde a las mujeres».
42 No obstante, en el caso de este grupo, la recogida de miel para el guarapo que habría de consumirse en los ritos mortuorios era una función femenina: Dejan a las mujeres el cuidado de llorar y enterrar el cadáver.
Ellas buscan en la selva la miel que será materia del convite, para el que todos llegan a la caída del sol.
Y mientras éstos se ocupan de beber y vociferar, las mujeres, en larga fila, se cansan lamentándose a coro.
desdeñable era la función de las «viejas» en la elaboración de bebidas alcohólicas con diferentes frutos, siendo las encargadas de triturar panales, vainas de algarroba o granos de maíz.
Las fuentes consultadas solo hacen referencia a la «chicha» preparada con el llamado «trigo de Indias»; Paucke describe la operación de moler el maíz por parte de «puras indias viejas», 46 a la vez que Dobrizhoffer expone los motivos de adjudicar a estas la masticación de los granos, que «mezclados con saliva hacen las veces de fermento y dan a toda la preparación un grato sabor»: «No quieren encomendar este trabajo a mujeres más jóvenes porque pensaban que estaban llenas de humores perniciosos».
47 El cocinar los frutos recolectados y los alimentos en general era una función de las mujeres 48 pero, al igual que otros quehaceres femeninos, quedaba sepultada bajo los rasgos formales del discurso jesuítico, vale decir, por el uso del masculino genérico al explicar los hábitos indígenas.
Por ejemplo, cuando Pedro Lozano describe el modo de preparar los alcaparrones, señala que «los comen los infieles, después de cocerlos al fuego un día entero para sacarles su intolerable amargura», 49 ocultando así la intervención femenina en esta operación.
La preparación de alimentos y bebidas requería, claro está, de agua y leña, de cuya recogida se encargaban las mujeres.
Entre los abipones, las indígenas más ancianas eran las responsables de la recogida y distribución del agua:
Existe la ridícula costumbre -que para los abipones es un signo de civilidad-de que la vieja de mayor edad de toda la comunidad vele por el agua que se ocupará en las tareas domésticas; esta, aunque esté cerca del torrente de donde la sacará, lleva a caballo grandes cántaros.
50 En la misión mocoví de San Javier, las niñas fueron aplicadas a similares menesteres, aunque con el fin de proveer de agua a la huerta del misionero.
En cuanto a la recogida de leña, no solo era esencial para las labores culinarias sino también para el trabajo alfarero y el mantenimiento del fuego del hogar.
Entre los abipones, eran también las ancianas quienes mezclaban con su saliva las hojas de tabaco que mascaban los hombres.
En tales quehaceres, las indígenas denotaban una «habilidad congénita», como subraya Dobrizhoffer con respecto a las abiponas, quienes modelaban a la perfección la arcilla sin disponer del torno, fabricando ollas y cántaros de variadas formas «como lo hacen los alfareros, usando solo sus manos».
51 La función recolectora femenina contribuyó, además, al mantenimiento de la salud comunitaria mediante la obtención de productos del bosque chaqueño -raíces, plantas y frutos-, cuyas virtudes medicinales eran conocidas por las diversas etnias y aplicadas a la cura de los «cuerpos dolientes».
52 Dobrizhoffer informa de los fines curativos de la algarroba, que recogían las mujeres: «Consta por la experiencia de muchos que la bebida de algarroba es mejor que cualquier remedio para las enfermedades e infecciones y que a los debilitados por la vejez les sirve como la leche».
53 La vestimenta ocupó especialmente la atención de los misioneros, en tanto que cubrir los cuerpos era símbolo de civilidad y del pudor y decencia que debían demostrar los indígenas y en especial sus mujeres; por ello, no es casual que se alabasen las habilidades de estas últimas en la fabricación de prendas, sumando así méritos para alcanzar la condición de virtuosas.
La confección del vestido era una tarea exclusivamente femenina, y de ello se valdrían los jesuitas para fomentar el trabajo textil intensivo en las reducciones, concebidas como un espacio a la manera de conventos, 54 donde las mujeres debían emplear su tiempo conforme a las reglas de la vida cristiana y «racional».
En este aspecto, el dominio de técnicas de tejido por parte de las indígenas se convirtió en un aliado de los evangelizadores: «La confección del vestido de los abipones, de cualquier clase que sea, constituye la principal ocupación de las mujeres.
Se les encomienda a ellas, no solo por su asiduidad, sino también por su amor al trabajo».
55 Las abiponas eran expertas en la preparación de los cueros y en el manejo de los instrumentos necesarios para convertir la materia prima en prendas, destacando 51 Ibidem, 130.
Un misionero de los vilelas también pone de relieve estas labores, reconociendo que la fabricación de cacharros demandaba a las mujeres un «gran trabajo, por no tener la rueda del alfarero» (en Furlong, 1939, 60).
54 El encierro conventual de las mujeres para resguardo de su decencia y pudor, puestos en riesgo ante condiciones precarias de vida -alentándolas a la mendicidad, por ejemplo-, formaba parte del imaginario social de la época moderna.
Sin embargo, en el caso de los hombres, la pobreza y la mendicidad se asociaban a la holgazanería (Bock, 1991, 58-59).
EL TRABAJO FEMENINO EN LAS MISIONES JESUÍTICAS
Lozano el trabajo con las pieles de nutrias o venados para sus mantas, «que las cosen tan curiosa y prolijamente que admira».
56 Las fibras de chaguar -especie de cáñamo, también llamado caraguatá-eran usadas por las mujeres mocovíes para tejer bolsas, redes 57 y cántaros, que «empegándolos con betún de cera, mantienen bien el agua y los brebajes con que se embriagan».
58 Lozano incluye otros detalles sobre la obtención de la fibra, también utilizada para confeccionar vestidos, «a que las hijas y mujeres de los más principales añaden algunas labores de blanco y negro».
59 Si bien los testimonios antes citados están referidos a los mocovíes y abipones, entre los grupos del Chaco se hallaba extendido el uso de ese tejido «primitivo» 60 (hecho con hilos de chaguar), así calificado por derivar de la actividad recolectora, propia del nomadismo opuesto a los fines misioneros.
No obstante, la rusticidad del material podía pasar a un segundo plano ya que servía para cubrir parte del cuerpo femenino.
En una descripción de los mataguayos y de su barbarismo (ferocidad, desnudez, embriaguez y culto a los demonios), las referencias a las mujeres subrayan el uso de vestimentas, pareciendo ser este el fundamento de su adscripción a una condición menos despreciable: «Las mujeres en nada son menos repugnantes, sino que se cubren desde la cintura hasta las rodillas con una especie de tejido».
61 Por último, tras extraer las fibras del chaguar, las pencas se asaban y empleaban como alimento, 62 a la vez que con el jugo del fruto se elaboraba otro de los «brebajes» consumidos por los indígenas en sus «borracheras», con lo que tenía lugar un máximo aprovechamiento del producto a través de variadas técnicas que dominaban las mujeres.
De entre los frutos de la recolección, el chaguar se destaca por su íntima vinculación con el universo femenino, cumpliendo una función de relieve en la reproducción material y social de la comunidad; tal era así que los mataguayos sacados de sus 56 Lozano, 1733, 91.
Por su parte, al quedar en este estado, las abiponas se cubrían desde la cabeza hasta los hombros con un paño confeccionado con aquella misma fibra (Dobrizhoffer, 1968, II, 276) tierras y reducidos en las fronteras de Jujuy (provincia del Tucumán), comenzaron a desertar de la misión por no haber en ella «chaguar ni pescado, que era su alimento y su ajuar».
63 La introducción de ovinos en las misiones 64 permitió contar con la lana necesaria para el tejido de prendas, junto con el algodón.
Antes de ser reducidos, los malbalaes y vilelas 65 -grupos fronterizos a la jurisdicción de Salta-criaban rebaños de ovejas, utilizando la lana para sus vestimentas.
66 Las abiponas realizaban el esquilado además de aplicar tintes en los tejidos, tareas para las cuales se servían de instrumentos simples, limitados «a unas pocas cañas y maderitas que transportan a caballo en sus viajes sin ninguna molestia».
67 Al establecerse las misiones, el tejido con lana y algodón pasó a ocupar un lugar central en la organización del trabajo femenino emprendida por los jesuitas, aunque no llegó a desterrarse el uso de la fibra del chaguar, que aún hoy siguen utilizando las mujeres.
La organización jesuítica del trabajo femenino.
Las ocupaciones femeninas desde la perspectiva misionera
Antes de entrar de lleno en este punto, es oportuno destacar que ya en los tiempos modernos el término «trabajo» comenzó a adoptar el sentido de «trabajo asalariado», como ha señalado Potthast en su estudio sobre el papel femenino en la economía campesina paraguaya del siglo XIX, donde las labores agrícolas de las mujeres quedaron «invisibilizadas» al ser consideradas como una «prolongación de sus tareas domésticas y no como 63 Biblioteca Nacional de España (BNE), Sección Manuscritos, Mss.
18.577, Carta del Padre Juan Andreu al Procurador General de la Compañía de Jesús, con relatos sobre la vida del misionero Francisco Ugalde, al frente de la reducción de los indios mataguayos, Miraflores, 22 de noviembre de 1757.
65 El caso de los vilelas y de otros grupos chaqueños pone de manifiesto los intercambios con diversos estratos étnicos de la sociedad colonial, comercio a través del cual incorporaron nuevos bienes, diversificando la disponibilidad de productos fuera de los que les proporcionaban sus actividades tradicionales (Vitar, 1997, 87; Nacuzzi, 2007).
68 Véase al respecto el estudio de Montani, 2008, sobre el tejido entre las mujeres wichís («matacas», según la denominación colonial), quienes han incorporado nuevas técnicas e instrumentos a sus prácticas textiles, como la aguja para hacer crochet o ganchillo.
EL TRABAJO FEMENINO EN LAS MISIONES JESUÍTICAS trabajo».
69 Salvando las diferencias culturales, espaciales y temporales con relación a este caso, algo similar podría aplicarse a la percepción que los misioneros tuvieron de las actividades femeninas tradicionales entre los grupos del Chaco, oscureciendo su contribución a la reproducción comunitaria.
Bajo el influjo del marco ideológico europeo, los jesuitas fueron portadores de ideas estereotipadas sobre el ideal de mujer y de las funciones que le correspondían bajo un régimen patriarcal, a todo lo cual deben sumarse los condicionamientos impuestos por los objetivos del proyecto reduccional en las fronteras.
Un lugar común en las narraciones jesuíticas es la mención del cúmulo de tareas desarrolladas por las mujeres de los grupos cazadores del Chaco.
Una sola de estas referencias bastaría para ilustrar el modelo discursivo aplicado a la descripción de la situación femenina en las denominadas «sociedades primitivas», ofreciendo el pormenor de sus obligaciones cotidianas:
Las mujeres son como esclavas perpetuas de sus maridos, mientras con ellos hacen vida maridable; porque nunca descansan las miserables, ocupadas en el servicio y sustento de ellos, haciendo esteras, ollas, tinajas, tejiendo, hilando, y cargando todo su ajuar, como jumentos, cuando van caminando, sin que sus maridos les ayuden en cosa.
De las indias mocetonas antes de casarse se sirven cuando van a sus guerras, para que carguen el bagaje y ayuden a traer los despojos y les busquen raíces y cardos para comer.
70 La difusión de la imagen de las mujeres como «bestias de carga» y «esclavas» de los hombres 71 dejó su huella en la literatura etnográfica sobre el Chaco, afianzándose el uso de tales conceptos para definir el estatus femenino en los pueblos «primitivos».
Con relación a estos dictados, Evans Pritchard afirma que las múltiples, y en algunos casos pesadas, labores femeninas se debían más a las circunstancias de pertenecer a ese tipo de sociedades, con una tecnología y economía «simple», que a su condición de mujeres, poniendo en tela de juicio, por otro lado, los efectos del progreso social en un mejoramiento de sus condiciones de vida.
Esta autora señala las crónicas de Paucke (1922-1944) y Dobrizhoffer (1968-1970), como las referencias más tempranas sobre la condición «esclava» de las mujeres, aunque otros autores jesuitas lo habían destacado ya con anterioridad en sus relatos, como es el caso de Pedro Lozano (1733) ocupa, el modelo patriarcal proveniente de un mundo autoconsiderado superior y «civilizado» significó para los diferentes sectores etarios la incorporación de nuevas tareas que se sumaron a las tradicionales, como también una resignificación de roles, particularmente entre las ancianas «cacicas».
Por lo general, en los juicios jesuíticos subyacen los parámetros de un modelo de evolución cultural que constituyó el marco referencial del europeo en su percepción de la condición femenina en los pueblos «primitivos».
Al respecto, y contra la tónica de muchos estudios antropológicos, Evans Pritchard sostenía que en esas sociedades las mujeres «no se ven a sí mismas como clase subprivilegiada en lucha con la clase de los hombres, con los que aspiran a igualarse socialmente».
73 La alusión al vigor físico y la robustez de las indígenas fue otro elemento recurrente en las narraciones chaqueñas, denotando el influjo de los ideales de belleza renacentista.
Lozano señala que la fortaleza de las indígenas tobas y mocovíes les permitía soportar la carga de sus innúmeras tareas, 74 al igual que Dobrizhoffer subraya la vitalidad de las mujeres abiponas, fruto de su incansable actividad.
Esta fuerza redundaba, por lo demás, en otros beneficios, ya que «ocupadas día y noche en el quehacer doméstico, tienen abundante ocasión de activar la respiración y de reposar convenientemente.
De ahí el vigor de las madres para procrear hijos tan grandes, de aquí su robustez y longevidad».
75 Sin embargo, al igual que otros narradores coloniales, el misionero de los abipones no omitió el clásico relato de las múltiples labores de las indígenas, especialmente en las mudanzas de sitio, reforzando la imagen de bestias de carga como símbolo de su atraso cultural.
Junto a la exaltación del trabajo femenino, en el discurso jesuítico se perfila el señalamiento de lo doméstico como ámbito propio de las mujeres, que aparecen adornadas, en ocasiones, con un conjunto de virtudes que componían el arquetipo de seres hacendosos y hogareños, propio del imaginario occidental.
Dobrizhoffer destacaba la «alegría» con que las abiponas acometían los quehaceres cotidianos, aunque la mención de las incursiones en la «selva» aporta una imagen de primitivismo: 73 Ibidem, 50.
En el siglo XVIII europeo, las mujeres comenzaron a ser «objeto de especulación», convirtiéndose ello en el punto de arranque de los movimientos liberales e igualitarios que en la centuria siguiente introdujeron los conceptos de «sujeción» y «emancipación» femenina, bases del pensamiento feminista (Idem).
75 Dobrizhoffer, 1968 De buen grado comento la actitud de las mujeres abiponas que nunca desfallecen.
No hubo nadie que no admirara conmigo su incansable laboriosidad, destreza y trabajos.
Afrontan con buen ánimo y alegría las tareas domésticas que deben realizar a diario.
Entre ellas está el tejer las ropas de su marido y sus hijos, cocinar los alimentos; traer de las selvas las raíces comestibles y los distintos frutos; juntar y moler la algarroba y mezclarla con agua para preparar la bebida, acarrear el agua y la leña para los usos diarios de la familia.
76 La imagen de la mujer esclava fue sedimentándose en una percepción común entre los misioneros ignacianos, reafirmando un estereotipo que traspasó los tiempos coloniales.
La producción literaria de la época republicana ofrece una réplica de ese modelo discursivo y una tácita condena a las costumbres de los cazadores, al reforzar la idea de la condición miserable de las mujeres y con ello la inferioridad de los pueblos bárbaros.
Los franciscanos, a cargo de la evangelización del Chaco desde la segunda mitad del siglo XIX, describían a las mujeres en términos similares a los usados en las narraciones jesuíticas.
El padre seráfico Rafael Gobelli decía de la mujer mataca [wichí] que «no es considerada como una compañera del hombre, sino como una bestia de carga, un instrumento o una cosa cualquiera»; 77 así, en las mudanzas, comenta Gobelli, el hombre va adelante, llevando solo el arco y las flechas, mientras la mujer va atrás cargando ollas, ropas, hijos pequeños, perritos, etc. En la casa el hombre está tendido o sentado al lado del fuego, y la mujer debe hilar, cocinar, traer agua, buscar leña, etc. 78 La visión jesuítica aflora también en los relatos de viajes del siglo XIX, en consonancia con el discurso cientificista que veía en el vigor de las mujeres una clara señal de «animalidad» de la condición femenina, como señala Gómez, 79 destacando ciertas recurrencias discursivas, como la de contraponer a la imagen de esclava dócil la de mujeres enfrascadas en riñas sangrientas, lo que subvertía, desde la perspectiva patriarcal, el reparto de roles según el género.
80 Los misioneros destacaban como mérito de su magisterio el aprendizaje «manual» de hombres y mujeres, a pesar de haber demostrado estas últimas sus aptitudes en la fabricación de utensilios e instrumentos varios, 76 Ibidem, 147.
Al ser identificadas con la vida nómada, tales prácticas no llevaban implícito un conjunto de habilidades que, en cambio, sí podían adquirirse gracias a las nuevas labores introducidas por los jesuitas, según deja entrever Paucke: «En las misiones más antiguas donde ya no vive ninguno de los primeros reducidos y los indios e indias ya hilan, tejen y trabajan, también son ya hábiles en todos los oficios manuales».
81 En paralelo a la «esclavitud» de las mujeres, el argumento del «ocio» justificó la instauración de un régimen productivo cuya eficacia dependía de una estricta disciplina laboral, que constituyó una faceta más del nuevo ritmo vital implantado en las reducciones, donde todo se hacía al «son de campanas».
82 En este aspecto, cabe destacar que el proyecto evangelizador jesuítico supuso la implantación de una idea y medida del tiempo propias del mundo occidental, como observa Cladellas en relación a las misiones de la Compañía de Jesús en Oriente.
83 Con respecto a las mujeres, el detalle de sus abundantes labores, que alimentó el tópico de su condición servil en las sociedades salvajes, 84 tuvo como contrapartida la obsesión por perseguir su holgazanería.
En la reducción mocoví de San Javier, aunque la mayor parte de las mujeres se hallaba abocada al tejido de la lana, el misionero se quejaba de su escasa productividad así como del «ocio» de las indígenas cazadoras:
Ya habían demostrado los indios lo que ellos podían trabajar pero las mujeres indias y sus hijas no sabían otra cosa que tejer lana al huso y esto ocurría solo por una u otra cosa que frecuentemente querían trabajar para sí.
Las demás no sabían otra cosa que cabalgar a la caza y cuando volvían pasar todo el día en ocio.
Yo convoqué a los caciques y les hice presente el ocio de todas las mujeres; que ellas también eran alimentadas de lo que pertenecía a la Comuna pero no trataban de auxiliar en algo a la Comuna.
85 Desde la perspectiva jesuítica, el trabajo textil constituía la vía idónea para prevenir los efectos perniciosos del tiempo libre entre las mujeres, a la par que se daba cumplimiento a una de las prioridades de la labor misional, cual era la disponibilidad de prendas para vestir a los miembros de la 81 Paucke, 1943-1944, II, 152.
El testimonio de Lozano sobre la labor de los jesuitas en la reducción lule de Miraflores es muy ilustrativo al respecto:
Para cubrir su desnudez, ellos mismos les cortaban y cosían los vestidos, aprendiendo a este fin uno de los Padres [...] el oficio de Sastre; y para evitar la ociosidad de las indias les hicieron enseñar a hilar y teñir, para que por una parte con sus hilados tejiesen las mantas con que se cubren, y por otra se atajasen los daños que se siguen de no estar las mujeres bien ocupadas.
86 En la misión mocoví de San Javier, las indígenas «haraganas», así consideradas por resistirse al trabajo con la lana y mantener su actividad cazadora, fueron denostadas por su nula contribución a la comunidad, además de contradecir la concepción y expectativas misioneras respecto de los papeles diferenciales de hombres y mujeres en la vida económica.
87 En este sentido, la caza practicada por las mocovíes no constituía un trabajo sino más bien otra forma de ocio y, por ende, un impedimento para el arraigo en las misiones.
Por otra parte, con vistas al provecho económico, el producto obtenido en la caza era de consumo inmediato y no apto para su almacenamiento e intercambio.
La economía reduccional y su impacto en la población femenina
La planificación económica fue uno de los pilares de la empresa evangelizadora de la Compañía y, en este sentido, las reducciones significaron la imposición de una «doctrina religiosa y laboral» 88 que entró en contradicción con las pautas culturales nativas.
Las misiones fronterizas del Chaco poseían una gran importancia estratégica para el tráfico comercial, al disfrutar de una situación geográfica clave.
En el caso de la frontera del Salado, los jesuitas disponían de terrenos aptos para pasturas y cultivos y de agua para riego, favoreciendo la prosperidad de sus reducciones, cuya producción excedentaria tenía fácil salida por estar próximas a la ruta comercial que unía el Tucumán con la región minera altoperuana.
Las fuentes jesuíticas demuestran los recaudos tomados a la hora de fundar nuevos pueblos en cuanto a la disponibilidad de recursos.
Este afán por el sustento material de las misiones dio cebo a los detractores de la Compañía, que criticaban el famoso eslogan sobre el «hambre» indígena -«la fe les entra por la boca»-como un dicho «artificioso» de los misioneros, para dar entender que «solo ellos por su economía son capaces de llenarles la boca».
89 La preocupación por la falta de medios para atender las necesidades materiales de las reducciones, queda bien ilustrada con los comentarios del padre Muriel sobre la misión de Rosario del Timbó (de abipones):
Ruines son las esperanzas que tenemos de que florezca [...].
Hemos rehusado el admitirla, porque el fruto que flacamente se espera, poco y menguado, será muy tardío: y entretanto es necesario dar de comer a muchos que no trabajan [...].
Para mantener una economía tan infeliz, ¿dónde habrá fondos ni medios? 90 Las reducciones del Chaco no escaparon a los principios rectores de la gestión jesuítica y, en este aspecto, las fuentes consultadas dan perfecta cuenta de las actividades económicas promovidas por los misioneros en los pueblos fundados en las fronteras con el Tucumán y con otras jurisdicciones coloniales.
El establecimiento de misiones no implicó la ruptura de ciertas prácticas nativas, manteniéndose la recogida de miel o de frutos como la algarroba y el chañar, labores estacionales a las que seguía el proceso festivo-ritual de los pueblos chaqueños.
La recolección y la caza complementaron el sustento obtenido en los pueblos jesuíticos, al permitirse expresamente en algunos casos el mantenimiento de tales actividades, 91 como muestra del pragmatismo que acabó por imponerse en la gestión misionera.
En algunos enclaves misioneros, la laboriosidad jesuítica permitió el desarrollo de un régimen productivo generador de abundancia y riqueza, lo que dio sustento a uno de los argumentos clave de las acusaciones contra la Compañía y sus propósitos «temporales» en América (Ibidem, 29-33).
El Padre Muriel agregaba más adelante que el gobernador de Asunción finalmente asistió a la misión, cuidando «de todo lo temporal; y es cuanto podíamos desear, para insistir en el ministerio de la divina palabra, con tanto mayor empeño y atención, cuanto más libres quedamos del cuidado de servir las mesas» (Idem).
91 Las Instrucciones del gobierno del Tucumán con respecto a los malbalaes sometidos en 1710 en las frontera occidental chaqueña, especificaban que se procurase «buenamente» ponerlos a trabajar en la construcción de acequias y mantenimiento de sementeras para sacarlos de su «ociosidad», lo cual debía ejecutarse «principalmente con los mozos y muchachos, aplicando los de edad perfecta [sic] a la guerra, caza y otras ocupaciones a las que están habituados, porque no encontrasen novedad ni les hiciese violencia» (Lozano, 1733, 388).
92 Con respecto a los grupos del Chaco austral, Nacuzzi, 2007, 226, ha destacado la alternancia de la caza y las labores agrícolas y ganaderas dentro de la economía misionera.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.10 vez, el establecimiento de reducciones propició el despliegue de estrategias por parte de los indígenas, que se acogieron al régimen reduccional como fuente de recursos alternativos en épocas de escasez: ¿Querrá pues V. M. que con tanta costa de su Real Hacienda [...] se mantengan unas reducciones que solo sirven de abrigo a unos bárbaros en tiempo de hambre, y cuando el terreno los avitualla con sus frutos, huyen dejándonos el miedo de sus hostilidades e invasiones? 93 En la organización económica de las misiones, los jesuitas se valieron de ciertas prácticas recolectoras de las etnias del Chaco con miras a obtener beneficios comerciales, tal como ocurriría con la cera y la miel.
A estos dos productos se sumó la cochinilla, convirtiéndose en valiosas piezas de intercambio en los circuitos locales y regionales.
94 Las «meleadas» -un arma de doble filo pues tras la colecta de miel se producían las «borracheras»-fueron toleradas por los jesuitas en función de su rentabilidad, en el marco de las negociaciones dentro del espacio reduccional:
Entrando yo en una reducción, hallé a los indios borrachos de comunidad [sic].
Aun las mujeres lo estaban, según me aseguró quien los había visto.
Habían salido los indios a melear, esto es, a coger miel que sin industria les franquea muy liberal la naturaleza en los vecinos bosques, y habían hecho de ella guarapo, bebida fuerte de que no cesan de beber hasta trastornar su propio juicio.
95 La comida y el vestido se hallaban entre las prioridades de la planificación jesuítica, de cara a obtener progresos en la evangelización: «Una colonia americana no abundará en habitantes cristianos, si no abunda en vacas y ovejas, ya que la lana es necesaria para el vestido, y la carne como alimento».
96 Estas necesidades justificaron la introducción de tareas propias de la vida racional o sedentaria, implantándose la siembra de algodón y la cría de ovejas, con el fin de promover la manufactura textil.
En la fuente (informe del obispo Abad Illana, citado repetidas veces en este trabajo), no se especifica de cuál reducción se trataba.
97 La imposición de la labor textil a un ritmo compulsivo había ya provocado fuertes reacciones en el pasado, como la protagonizada por «la otra nación de calchaquíes» -en la antigua ciudad de Concepción del Bermejo-, obligada a un «no pequeño tributo» a sus encomenderos: «[...] apurados sobremanera del continuo trabajo de beneficiar el algodón y tejer lienzos, y viendo a sus mujeres muy afanadas con el perpetuo hilado, y rigor con que se les pedía la tarea aun a la más ocupada en criar sus hijos, les forzó la necesidad a buscar el desahogo» (Lozano, 1733, 92).
Con respecto a la ganadería, se vigiló especialmente la existencia de rebaños de ovinos en las diferentes misiones del Chaco,98 evitando el reparto de prendas ya terminadas a los reducidos.
Según las instrucciones de la Compañía para la fundación de la misión abipona de Concepción, los doctrineros no quedaban obligados a proporcionar vestidos a los reducidos, «sino que se buscarán ovejas y de la lana harán las indias vestidos para sí y sus maridos».
99 Similar ejemplo ofrece la misión lule de Miraflores, para la que «se procuró majada grande de ovejas», ocupándose los hombres de trasquilarlas y las mujeres de hilar la lana para tejer mantas y ponchos para ellas y sus cónyuges.
100 En contraste con otras zonas de América, en las que el algodón se usó desde los tiempos prehispánicos para confeccionar prendas,101 la introducción de su cultivo entre los chaqueños fue obra de los misioneros, aprovechando la disponibilidad de la mano de obra femenina para hilar, teñir y tejer, tarea esta última también realizada por los hombres.
La implantación de la lana y el algodón tuvo como objeto suplantar el recurso tradicional de la fibra del chaguar, que suponía su recogida en los montes y, por ende, el peligro de que se reavivasen antiguas costumbres en las mujeres.
Dentro del conjunto reduccional fronterizo, el pueblo mocoví de San Javier constituye un caso paradigmático en cuanto al objetivo jesuítico de convertir la reducción en una unidad productiva autónoma, un logro al que sin duda contribuyó el trabajo femenino.
La crónica de Paucke ofrece en detalle las bases de la campaña textil emprendida y sus efectos: disponibilidad de ganado ovino, 102 organización de la mano de obra comunitaria, producción y acumulación de excedentes, comercialización de las manufacturas y circulación de bienes.
En el desarrollo textil fue crucial el gran «aprendizaje» de las mujeres, hecho señalado por Paucke como fruto de la vida en misión, aunque el hábito de hilar, teñir y tejer formaba parte de las tradiciones femeninas.
Tampoco los hombres quedaron al margen del proceso: los «mozos» de la reducción fueron entrenados en la elaboración de alfombras y a los adultos se les reservó, en la cadena de producción, la función de procurar ovejas para que no faltase lana para mantas.
103 La experiencia misionera mocoví también aporta datos de interés sobre el disciplinamiento del sector etario compuesto por las niñas, 104 a fin de que cubrieran su cuota de labor comunitaria: «Como ahora los indios y sus mujeres, junto con los hijos estaban ya en algo desacostumbrados al ocio, no quedaban otras que sus hijas».
105 El entrenamiento desde temprana edad para hacer de éstas buenas tintoreras y tejedoras, permitió al pueblo contar al fin «con más de cincuenta niñas crecidas, que comparecían diligentemente en este trabajo».
106 Para el control del trabajo infantil, el misionero de San Javier recurrió a «una vieja india, cacica enviudada [...] que en todo debía estar presente» como «jefa de las niñas», teniendo a su cargo el «castigo» de las menores reticentes a las tareas textiles y también la vigilancia de su asistencia a la doctrina.
107 Esta información induce a pensar que tal vez se hubiese intentado crear entre los mocovíes un sistema similar al de los pueblos guaraníes, el cotyguazú o «casa de recogidas» de viudas, solteras, huérfanas y mujeres solas (por hallarse ausentes sus maridos), las que además de sus obligaciones religiosas, debían ocuparse en las «labores mujeriles de hilar, coser y de traer agua y leña para su recogimiento».
108 En este orden de cosas, otro aspecto a destacar es la incorporación de nuevos agentes indígenas al proceso textil, señalando Paucke el caso de una antigua prisionera de los españoles, a quien «nombró maestra de las niñas» en el tejido.
109 Por otro lado, con respecto a la producción de prendas, es de resaltar que entre algunos grupos indígenas, como los mbayá guaycurú -que conquistaron y 103 Ibidem, 273-274.
104 Sobre las actividades desarrolladas tradicionalmente por la población infantil en general y la femenina en particular, solo se dispone de referencias aisladas sobre la recolección de raíces y frutos comestibles.
109 Paucke, 1942-1944, II, 273- El éxito de la cruzada textil emprendida por Paucke llegó al punto de conseguir «toda una fábrica de mantas [...], porque las mujeres y niñas ya habían erigido su instalación de tejer delante de sus chozas», 111 un símbolo del modelo productivo instaurado por el régimen jesuítico así como del recogimiento y «domesticación» de las mujeres, conforme a los ideales patriarcales.
112 El comercio con los excedentes de la producción textil pone de relieve la contribución de las mujeres al sostén comunitario y a las finanzas de la propia Compañía.
Al respecto, Paucke aporta algunos datos aunque sin especificar fechas, 113 como el envío de dos remesas de mantas a Asunción, una de 73 mantas «terminadas y bien elaboradas», por las que se obtuvieron «48 quintales de yerba paraguaya, 15 de tabaco, [y] algunas arrobas de azúcar para el pueblo», 114 y otra de 300, operación en la que el mismo misionero había actuado de intermediario con el fin de evitar que los indígenas fuesen objeto de «engaños» por parte de los españoles.
115 En las misiones abiponas, la implantación del tejido de lana acabó teniendo una buena acogida entre las mujeres.
Las prendas de lana -«vestidos de lana en varios colores, cuyos tejidos se asemejan a un tapiz turco»-116 se convirtieron en un bien preciado dentro de la dote que el novio debía pagar a su futura esposa, sumándose a la tradicional entrega de caballos, bolas de vidrio y lanzas con puntas de hierro.
Por otra parte, también el algodón tuvo aceptación entre las abiponas, siendo esto motivo de elogios de parte de su doctrinero, quien subrayaba que, lejos de quejarse por sus numerosas tareas, «se lamentaban por la falta de lana, algodón, colores o alumbre para fabricar sus vestidos».
117 El trabajo textil en las misiones constituye un buen campo de observación de las interacciones entre jesuitas e indígenas reducidas, como refleja el caso mocoví.
Tales labores generaron al principio resistencias en un sector de las mujeres, las llamadas por Paucke «disidentes» o «haraganas».
No obstante, la posibilidad de conseguir con las mantas elaboradas ciertos productos -como cuchillos, que facilitaban las tareas recolectoras y culinarias-mediante el comercio con los centros coloniales, obró como acicate para solicitar su incorporación a la actividad textil, respondiendo a ello el misionero con una negativa que habría pretendido ser aleccionadora: «Yo ya había determinado que en este año [¿?] una sola de las disidentas [sic] obtendría trabajo de mí».
118 La manufactura textil con las nuevas materias primas introducidas por los jesuitas se arraigó entre las indígenas de las reducciones, de quienes un viajero de fines del siglo XVIII comentaba que «no hacían otra cosa que hilar algodón».
119 En estrecha relación con el trabajo textil se hallaba la colecta de grana para teñir, respecto de lo cual también resulta ejemplificadora la experiencia mocoví.
El uso de materias tintóreas era habitual en el mundo indígena, aunque, al establecerse las misiones, la recogida de grana no solo se impulsó para cubrir las necesidades de la misión, sino también para su comercialización por la fuerte demanda de dicho producto en el mercado colonial.
Tras la recogida colectiva de grana, cada mujer reservaba la que requería para «su uso y tintura», entregando al misionero el resto para obtener a cambio otros productos.
Todo este proceso suponía un «gran trabajo» según Paucke, al tener que confeccionar el listado de mujeres con sus nombres, el peso del producto entregado y lo solicitado a cambio (lienzo, franela, sombreros, cuchillos, hachas y «cosas semejantes»), todo lo cual debía remitirse al procurador de la misión para que «fuese pagado lo que cada india pedía por ellos».
120 La demanda de franelas y lienzos por parte de las mujeres obedecería a la necesidad de aliviar la carga del proceso textil, al contar con la posibilidad de adquirir el producto ya terminado, a cambio del cual -paradójicamente-ellas mismas entregaban manufacturas resultantes de una esforzada cadena de producción: hilado, teñido (previa recolecta de la materia tintórea) y tejido.
Las manufacturas entraban en un circuito comercial con la intermediación jesuítica, siendo la Procuraduría el punto desde el cual se concretaba la fase de la venta.
Asimismo, la recolecta de grana sirvió de puente para la circulación de bienes, incorporando a la vida material productos de otras reducciones o de los centros coloniales.
En aras de la diversificación productiva, además de la introducción de cultivos de huerta en la misión mocoví, Paucke emprendió la preparación de dulces en conserva y frutos secos (higos, melocotones) como postre.
En tales menesteres intervenían las «niñitas», realizando operaciones no libres del riesgo de lastimaduras al tener que maniobrar con ramas espinosas para poner a secar las frutas:
Yo hacía de los melocotones [relata Paucke] otra clase muy útil y buena de postre.
Hice venir a las niñitas, colocar en fila ramas enteras de árboles espinosos, pelar puros melocotones, también rebajar a corte la pulpa de los carozos en forma de hojas a lo largo: estos recortes se ensartaban en las espinas de las ramas para que se secaran al sol y quedaran desecadas.
121 Otras parcelas de la vida cotidiana de los grupos chaqueños también serían objeto de la reglamentación misionera.
Entre las labores domésticas que realizaban las mujeres, se hallaba la recogida del agua para uso comunitario, tarea que entre los abipones era tradicionalmente desempeñada por la anciana de mayor edad.
Al instalarse huertos en la misión mocoví de San Javier, Paucke dispuso que del riego se encargasen «todas las niñitas del pueblo», las que después de asistir a la catequesis por las tardes, debían transportar alrededor de treinta vasijas de agua desde «un lago largo y profundo» hasta la huerta.
122 Por lo demás, varias de las tareas que llevaban a cabo las mujeres adquirirían una connotación servil, al pasar a desempeñarlas en las casas de los misioneros o de los vecinos españoles.
En el caso de las abiponas, la docilidad y diligencia demostradas en las labores domésticas pasarían a convertirse en uno de los baremos para medir su valía, en comparación con las mujeres de otras etnias.
Un noble español que tenía como sirvienta a una abipona cautiva, me aseguraba que esta le era más útil que las de otras tribus, y que cumplía su oficio oportuna, cuidadosa y rápidamente, adelantándose a sus órdenes.
123 En lo que se refiere al trabajo en las viviendas de los doctrineros, una carta de edificación sobre el padre Artigas, al frente de las reducciones de Balbuena (de indígenas isistinés, «parcialidad» de los lules) y de San Ignacio (tobas), alababa su «castidad», al haber desterrado el servicio femenino en el ámbito hogareño: puso muchachos en la cocina, señaló panaderos, y para todas las haciendas que en la Reducción de los Lules se servían los Misioneros de mujeres, quedó establecido que solo hombres atendiesen al servicio inmediato de sus casas y personas.124
A través de estas notas he presentado algunos avances en el estudio de las funciones femeninas dentro de la economía de los grupos étnicos del Chaco, las repercusiones de la acción jesuítica en el plano productivo y las respuestas de las indígenas.
El análisis de esta problemática requiere sin duda la ampliación de la consulta de fuentes así como una diversificación de las mismas, con el fin de seguir profundizando en las cuestiones antes expuestas, en especial en lo que atañe a la resistencia y negociaciones de las mujeres frente a las imposiciones del sistema económico reduccional, a fin de determinar la continuidad o el grado de conservación de prácticas ancestrales.
La mirada jesuítica sobre el papel de las mujeres en la vida productiva dejó una huella imperecedera, a través de la difusión de imágenes que las catapultaron como «esclavas» de los hombres y «bestias de carga», estereotipos que mantuvieron su vigencia en la época postcolonial.
Esta percepción del trabajo femenino, basada en prejuicios etnocéntricos con relación a las sociedades de cazadores recolectores, justificó la implantación de un régimen económico sujeto a los patrones occidentales, dentro de los cuales el objetivo prioritario fue la producción de excedentes y circulación de bienes para complementar los recursos misioneros.
Si bien muchos grupos del Chaco practicaban un intercambio a menor escala entre sí o con otros sectores étnicos antes de ser reducidos, la dinámica productiva de las misiones se asentó sobre bases más sistemáticas, entre ellas una división sexual del trabajo conforme a la condición de género.
Con ello, labores femeninas como el hilado, la tintura y el tejido tuvieron un lugar preeminente en la economía misionera, mediante el disciplinamiento laboral de los distintos sectores etarios y bajo la consigna de mantener a las mujeres siempre ocupadas. |
Las campañas militares desarrolladas en los ámbitos pampeano y patagónico no solo implicaron el sometimiento de las sociedades indígenas allí existentes.
La incorporación de estos colocó a la joven República frente al desafío de diseñar una trama institucional para gobernar los nuevos dominios.
El problema ya había surgido en el contexto de la guerra de la Triple Alianza, durante la cual el Estado argentino buscó afirmar su soberanía sobre el espacio chaqueño, propósito en función del cual se creó la gobernación del Chaco.
La ley por la que fue establecida en 1872, la puso bajo el control directo del Estado nacional, sin dejar de precisar que la normativa mantendría vigencia hasta la sanción de una Ley General de Territorios Nacionales.
En 1878, la creación de la gobernación de la Patagonia respondió a las necesidades de la ofensiva preparada desde el Estado nacional sobre dicho espacio, pero en lo sustancial implicó la reproducción de la misma estructura vigente en la del Chaco, con lo que el problema de la organización de los Territorios continuó sin resolución definitiva.
Otra ley específica, sancionada en 1881, daría lugar a la creación de una nueva gobernación federal en Misiones, sin resolver tampoco el tema.
No fue sino hasta después de la incorporación efectiva de los espacios pampeano y patagónico, que la necesidad de dotar a las gobernaciones federales de una organización institucional más acabada adquirió un cariz más urgente.
Además de dividir las gobernaciones del Chaco y de la Patagonia en nuevas unidades territoriales, 1 la normativa legislaba sobre una serie diversa de cuestiones relativas a los Territorios, que iban desde las facultades y características de sus funcionarios hasta precisiones respecto de la administración de justicia y las capacidades fiscales de los municipios, entre muchos otros aspectos.
A través de dicha ley se pretendía dar una nueva organización institucional a espacios que solo habían contado con gobernaciones que habían servido al propósito de afirmar la autoridad del Estado nacional en extensas áreas de frontera.
La sanción de la ley 1532 constituyó una novedad, no solo en la medida que estableció un régimen de gobierno y administración de las poblaciones que se preveía habrían de formarse en los nuevos espacios, sino porque también contemplaba la futura incorporación de estos últimos al sistema federal.
En efecto, la ley finalmente sancionada establecía que cuando un Territorio alcanzara los treinta mil habitantes -comprobados a través de censos oficiales-accedería a la posibilidad de formar su propia legislatura, mientras que al doblar esa cifra podría ser transformado en una provincia autónoma.
Esto significaba que los Territorios creados en los espacios recientemente incorporados debían ser ulteriormente igualados a las provincias, gozando de las mismas prerrogativas que estas.
En las últimas dos décadas, una creciente cantidad de trabajos se ha ocupado de analizar diversos aspectos relativos a la historia política de los Territorios, siendo más abundantes los estudios dedicados a los del sur del país que a los del norte.2 Pero más allá de los diferentes casos y perspectivas de análisis utilizadas por los distintos investigadores, parece posible entender que existe en la historiografía sobre Territorios un supuesto bastante extendido en cuanto a la forma de interpretar la normativa establecida sobre aquellos espacios.
En particular, dichos estudios han coincidido en describir al orden institucional de los Territorios como marcado por un carácter restrictivo que, a su vez, habría sido típico del orden conservador inaugurado en 1880.
Desde esta perspectiva, los Territorios Nacionales habrían constituido entidades sujetas a un «republicanismo tutelado»,3 según el cual la población de aquellas regiones habría sido considerada como portadora de incapacidad política.
4 Ese juicio negativo habría servido para justificar la exclusión política de los habitantes de los Territorios,5 y también la demora en la transformación de estos en provincias autónomas.
6 A partir de esas lecturas, algunos trabajos han propuesto que, la carencia de autonomía y de representación política que caracterizaba a los Territorios, habría sido expresión de un régimen de «colonialismo interno»,7 cuya vigencia explicaría la tardía provincialización de aquellas gobernaciones en la década de 1950.
El principal problema de estas interpretaciones radica en que pretenden comprender la tardía transformación de los Territorios en provincias a partir de los principios que según ellas articularían el orden institucional establecido en la ley 1532.
De este modo, la evolución política que mostraron los Territorios luego de su creación en 1884, evidenciaría la persistencia de ciertas concepciones negativas acerca de los habitantes de aquellos espacios y en definitiva la vigencia de una serie de postulados restrictivos que guardarían exacta correspondencia con el modelo de la «República posible».
Si bien la imagen de esta última merecería ser revisada críticamente,8 basta aquí con señalar la conveniencia de distinguir entre al menos dos planos del problema relativo al estatus político de los Territorios.
Por una parte, el orden institucional que se pensó para aquellos espacios en el preciso momento legislativo de 1884; por la otra, las formas cambiantes en que dicha normativa fue interpretada y aplicada en los años posteriores a su sanción.
Sin intención de abordar aquí esto último, en el presente trabajo nos proponemos explorar la primera de las dimensiones señaladas, pero limitando a su vez la mirada a ciertos aspectos puntuales de los debates que se produjeron en el Congreso al sancionarse la ley 1532.
Esto significa renunciar a un análisis pormenorizado de cada una de las prescripciones contenidas en dicha ley, puesto que las mismas abarcan una serie tan diversa de cuestiones que impide ocuparse de todas ellas en estas páginas.
9 Abordar los debates parlamentarios en torno a la ley 1532 no supone avanzar por alguna suerte de terra incognita, sino todo lo contrario.
En casi toda la historiografía dedicada a los Territorios abundan las referencias a la organización institucional de estos últimos, destacando por lo general que dicha ley suponía la introducción de un régimen de gobierno opuesto al federalismo, en la medida que aquellos espacios carecían de autonomía y de representación en el Congreso.
Pero en lugar de asumir esa caracterización como algo ya comprobado, en este trabajo nos proponemos reflexionar en torno a lo que la creación de los Territorios implicaba para el sistema federal de representación consagrado en la Constitución nacional.
En particular, interesa reflexionar en torno a los siguientes interrogantes: ¿cómo resolvie-ron los legisladores de 1884 la cuestión de la futura incorporación de los Territorios al sistema federal de representación?
¿Hasta qué punto el régimen de gobierno establecido para los Territorios en la ley 1532 se mostraba contrario al federalismo, entendido -según una definición clásica-como una forma de organización política en la que las actividades de gobierno están divididas entre los gobiernos locales y el gobierno central? 10 Para explorar estas cuestiones nos detendremos en los debates parlamentarios desarrollados en torno a la ley 1532 y, en particular, en dos asuntos pertinentes a la problemática formulada.
Por una parte, la propia delimitación geográfica de los Territorios, que implicaba al mismo tiempo definir los de algunas provincias y también la relación de estas con el Estado nacional.
Por la otra, la fallida propuesta oficial de otorgar a los Territorios una forma especial de representación parlamentaria, iniciativa cuyo rechazo final en el Congreso expresa problemas más complejos que la supuesta voluntad de los legisladores por restringir los derechos de la población.
Sin agotarse en ellas el debate parlamentario, ambas permiten observar dimensiones del federalismo argentino que iban inclusive más allá de la condición particular de los Territorios.
Es importante insistir en la posibilidad de una mirada concentrada en la coyuntura de la sanción de esa ley, puesto que un abordaje semejante permite dar cuenta de los consensos, pero también de las diferencias manifiestas en los argumentos de los legisladores.
Reconstruir al menos parte de esa heterogeneidad no implica desatender el contexto en el que se produjo la organización de los Territorios, pero tampoco obliga a analizar las interpretaciones que se hicieron en torno al estatus institucional de esos espacios con posterioridad a su creación y menos aún a explorar las prácticas administrativas a que dio lugar su aplicación.
Si bien existen numerosos trabajos que se han ocupado de analizar diversos rasgos de la ley 1532, entendemos que la mayoría han alimentado una imagen demasiado unívoca de una serie de temas y problemas que en realidad obligan a introducir algunos matices.
Con ese propósito, el presente artículo ofrece en primer término un esbozo del contexto general en el que tuvo lugar la organización de los Territorios.
Luego de esto se exploran dos cuestiones relevantes para comprender el lugar asignado a dichos espacios dentro del régimen federal argentino: por un lado, la relativa a la definición de los límites de los Territorios; por otro, la posibilidad de su representación en el Congreso de 10 Riker, 1975, 101.
A partir de esas observaciones, el artículo se cierra con algunas reflexiones finales en torno a la necesidad de contemplar la diversidad de sentidos que puede albergar el concepto de federalismo.
Los Territorios en la órbita de la nación
El hecho de que las extensiones que se encontraban más allá del ámbito de las catorce provincias fueran reclamadas como propias por la nación y luego puestas bajo la administración del Estado argentino, constituyó una dimensión muy significativa de su consolidación.
11 Por primera vez en su breve historia, este lograba extender -aunque con limitaciones-sus capacidades de gobierno hacia el conjunto del territorio sobre el que reclamaba soberanía.
Como ya fuera mencionado, hasta la llegada de esos tiempos, vastos espacios al norte y al sur del país habían sido reivindicados como parte de la nación pero en realidad permanecían bajo el dominio efectivo de las sociedades indígenas.
Pero, ¿por qué esas regiones, que en conjunto terminaron representando prácticamente la mitad de la actual superficie nacional, fueron puestas en la órbita del Estado nacional?
La normativa producida a partir de 1853 fue prefigurando ese destino: la Constitución aprobada ese año fijaba como una de las atribuciones del Congreso de la nación la de organizar y gobernar los espacios que se encontraban más allá de los límites de las provincias, aunque estos no estaban definidos con claridad.
Por otro lado, la ley 28 de 1862 estableció la propiedad exclusiva de la nación sobre aquellos espacios, lo que puso freno a las ventas especulativas que muchas provincias venían practicando sobre los espacios de frontera.12 Las gobernaciones de Chaco, Patagonia y Misiones -creadas en 1872, 1878 y 1881 respectivamente-, no hicieron más que ratificar en la práctica la potestad que la nación tenía para administrar aquellos espacios, aun cuando en gran medida estos se encontraban fuera de su control efectivo.
Por supuesto, dar cuenta de esa legislación no basta para explicar por qué razones fue el Estado nacional el que asumió el gobierno de espacios tan extensos como distantes de los centros de decisión política.
Se ha dicho con razón que una de las preocupaciones más importantes para los constituyentes de 1853 radicaba en crear una esfera de poder diferente y superior a la de las provincias.
A partir de un conjunto de unidades políticas autónomas, el desafío más importante era el de crear un centro capaz de imponer sus decisiones sobre las primeras, proceso que da cuenta de una similitud entre la construcción de los federalismos estadounidense y argentino.
13 La emergencia de una esfera de poder federal con capacidad para prevalecer sobre las provincias no resultó sencilla ni libre de conflictos, 14 pero se fue produciendo a través de un juego complejo signado por la violencia y el acuerdo.
El aumento de las capacidades de ese emergente Estado federal tuvo lugar gracias a la concentración de una serie de recursos, tanto institucionales como materiales, a la que contribuyó también la nacionalización de los espacios que se abrían más allá del alcance de las provincias.
Hay, sin embargo, otros elementos que deben ser tenidos en cuenta para comprender por qué los nuevos espacios fueron puestos bajo la administración del Estado nacional.
Cabe recordar que, como numerosos trabajos han mostrado, las representaciones sociales acerca de aquellas regiones las mostraban como desiertos, en el sentido que carecían de población civilizada.
15 Fuera de algunos pequeños, escasos y aislados centros de población, la realidad de los espacios que se extendían más allá de las provincias no parecía más que confirmar aquella imagen dominante.
No es que se ignorara que esos espacios estaban habitados por indígenas, pero las formas de organización social de estos no se correspondían con las que eran consideradas propias de la civilización.
De manera que ese reconocimiento no introducía duda alguna sobre aquella representación de los espacios chaqueño, pampeano y patagónico.
Frente a ese escenario, resultaba inconcebible la posibilidad de organizar en lo inmediato algún tipo de gobierno autónomo en aquellas regiones.
Sin que existiera una población posible de ser representada políticamente, los nuevos espacios debían ser 13 En los Estados Unidos, Hamilton, Madison y Jay constituyeron los referentes más claros de esa preocupación.
14 Según Botana, durante la segunda mitad del siglo XIX el principal conflicto que atravesó la construcción del federalismo argentino se dio entre el gobierno federal y las provincias más poderosas, especialmente la de Buenos Aires, que se incorporó más tardíamente a ese régimen federal.
Otras miradas, como las de Gibson y Faletti, ponen mayor énfasis en la dimensión interprovincial de los conflictos que atravesaron la construcción del federalismo argentino.
Como estos últimos autores mencionan, ambas perspectivas son más complementarias que antitéticas.
Algunas miradas encuentran en la organización de los Territorios Nacionales en 1884 un signo inequívoco de la dirección centralizadora que algunos sectores buscaban imprimir al federalismo argentino.
Sin que esto sea incorrecto, es necesario reflexionar sobre qué otras alternativas podían existir para establecer el gobierno y la administración de tan extensas y distantes regiones del país.
¿Habrían podido las provincias asumir el gobierno de esas regiones que, según se verá más adelante, algunas de ellas reclamaban como propias?
En primer lugar, había razones de orden práctico que lo hacían muy difícil.
La más importante de ellas es que ninguna de las provincias podía asumir la administración de unos espacios que superaban largamente su disponibilidad de recursos y sus mecanismos de control.
La mejor comprobación de esto radicaba en que la secular cuestión de la frontera con el indígena solo había podido ser resuelta por la acción del Estado nacional, a partir de 1879.
16 Aun cuando reivindicaban títulos sobre porciones más o menos extensas de esos espacios, lo cierto es que ninguna de las provincias había podido por sí sola asegurar un control efectivo de aquellas regiones, que hasta la década de 1880 continuaban dominadas por los indígenas.
Durante los debates de 1884 en torno a la Ley de Territorios, el punto fue advertido por Bernardo de Irigoyen -entonces a cargo del Ministerio del Interior y vocero del proyecto del Ejecutivo-, 17 al señalar que no habían sido las de ninguna provincia sino «las armas de la Nación, las que han conquistado esos territorios, para incorporarlos al trabajo de todos: al tra-bajo de las provincias, al trabajo de la Nación».
18 Los cuestionamientos de algunos legisladores, que señalaban que la administración de los Territorios sería forzosamente ineficiente debido a la distancia que los separaba de la capital federal, estaban muy lejos de convencer a sus pares de que aquellos vastos y alejados espacios podrían ser mejor gobernados por las provincias.
Pero más importante que esa controversia en torno a la capacidad efectiva del Estado nacional para gobernar aquellos espacios resulta el hecho de que existían razones institucionales y doctrinarias que condujeron a que los Territorios quedaran bajo el control de aquél.
La posibilidad hipotética de que esos espacios fueran administrados por las provincias no podía sino introducir problemas en el federalismo argentino, en la medida que el acrecentamiento de los dominios de algunas de ellas produciría distorsiones -aún mayores de las existentes-en dicho sistema de gobierno.
La propia prescriptiva constitucional llevaba a que los nuevos espacios fueran organizados de modo tal que dieran lugar al surgimiento de nuevas provincias, lo que suponía no destinarlos al incremento territorial de las ya existentes.
En lugar de profundizar por este último camino las asimetrías entre las provincias, la solución que desde un federalismo liberal se imponía frente al problema de los Territorios apuntaba en la dirección de multiplicar los miembros de la federación en lugar de aumentar el poder de los que formaban parte de la misma.
19 Durante los debates parlamentarios en torno a la sanción de la ley 1532, Nicolás Calvo, diputado por la capital federal, afirmaba que «mientras más provincias tengamos, mayor garantía tendrá la Nación de continuar en el sistema federal de gobierno que se halla en vigencia», y para esto entendía necesario «que las provincias no se hagan más grandes en su extensión, sino más pequeñas, o queden como están».
20 Para Calvo, un estudioso de la Constitución estadounidense y sus 18 Congreso Nacional de la República Argentina, Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 1884, Buenos Aires, Imp. y Encuad. de Stiller & Laas, 1885, Tomo I, 1119.
En adelante toda referencia a los diarios de sesiones del Congreso Nacional se hará bajo las siglas DSCD, para la Cámara de Diputados, y DSCS, para la de Senadores.
19 Las observaciones de Tocqueville acerca del federalismo estadounidense son particularmente claras en cuanto a su efecto moderador del poder.
Nacido en 1817, Calvo tuvo una intensa actividad política que combinó la banca legislativa con la labor periodística.
Tuvo especial preocupación por el federalismo, especialmente en cuanto a la experiencia de los Estados Unidos.
En diferentes obras, Calvo se ocupó de introducir el pensamiento de importantes constitucionalistas norteamericanos como Joseph Story, traduciendo y comentando en 1864 sus Commentaries on the Constitution of the United States (1833), y George Washington Paschal, haciendo en 1888 lo mismo con The Constitution of the United States (1868), agregando también sus comentarios propios.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.11 comentaristas, la República Argentina debía encarar el problema de la organización institucional de los Territorios siguiendo la experiencia del país del norte, cuya formidable expansión territorial había dado lugar a la multiplicación de los estados miembros de la Unión y en su opinión afianzado las bases del sistema federal.
Es cierto que la formación futura de nuevas provincias en los Territorios suponía en lo inmediato poner a estos últimos bajo la égida exclusiva del Estado nacional.
Esto ha llevado a entender al sistema de gobierno establecido en la ley 1532 como uno de carácter unitario y por lo tanto opuesto a la tradición y las instituciones propias del federalismo.
21 En la medida que dicha normativa no otorgaba autonomía ni representación a los Territorios que organizaba, aquella caracterización parecería justificada.
No obstante, y sin desconocer la orientación centralizadora del «nacionalismo unificador» que caracterizó a la primera presidencia de Julio A. Roca, 22 es necesario llamar la atención sobre el hecho de que la misma ley que organizaba los Territorios, establecía su futura incorporación al sistema federal en calidad de provincias autónomas.
El camino en esa dirección era gradual: al alcanzar los treinta mil habitantes un Territorio podía formar su legislatura, mientras que al llegar a sesenta mil podía ser convertido en una provincia.
La sujeción de los Territorios al Estado federal era solo transitoria.
Que aquellas previsiones no se cumplieran en las décadas posteriores, aun cuando algunos Territorios fueron superando esos umbrales demográficos, ha obstruido el reconocimiento del horizonte federal que la normativa nunca dejó de marcar para aquellas gobernaciones.
Esto ha llevado a que gran parte de la historiografía dedicada a los Territorios se inclinara a buscar la explicación de esa tardía provincialización en los principios que considera plasmados en la ley 1532.
Pero en lugar de suscribir esa suerte de mirada genealógica -engañosa en múltiples sentidos-, es necesario distinguir entre, por un lado, el diseño institucional que se montó para los Territorios en 1884 y, por el otro, los avatares que el mismo experimentó en las décadas posteriores, aspecto este que no se intenta abordar en este trabajo.
Lo que sí interesa destacar es que no debe perderse de vista que la ley 1532 contenía una clara promesa de autonomía para los Territorios.
De manera que si bien 21 Botana señala como «organización unitaria» a la que se estableció sobre los Territorios Nacionales en 1884.
Para Ruffini, los Territorios eran «verdaderas cuñas unitarias».
Más enfática llega a ser la mirada de Moroni, para quien «la incompatibilidad manifiesta que existía entre la ley 1532 y la Constitución nacional rozaba la ilegalidad».
22 Botana y Gallo, 1997, es cierto que en lo inmediato dicha normativa colocaba a los Territorios bajo el control provisorio del Estado nacional, también lo es que el destino que marcaba para aquéllos era el de su futura transformación en provincias en pie de igualdad con las existentes.
Esto sugiere que el orden institucional fijado en la ley 1532 no expresaba tanto una negación del régimen federal, sino más bien un modo de preparar la extensión de este último hacia el conjunto de la nación.
Podía tratarse de un federalismo que algunos autores caracterizan como centralizador, 23 pero el horizonte establecido por la ley 1532 encajaba más que contradecía con aquel sistema de gobierno.
No advertir la importancia de esto ha llevado a postular, por ejemplo, que los Territorios fueron concebidos como «colonias internas» por un Estado nacional deseoso por emular las experiencias imperiales de finales del siglo XIX.
24 El hecho de que mediante la ley 1532 se organizara a los Territorios como espacios sin autonomía ni representación en el Congreso daría cuenta de una mirada «colonial» que deliberadamente negaba a aquellos espacios los beneficios del régimen federal.
25 Pero es que la prescriptiva federal que encerraba la ley 1532 al sancionar el destino provincial al que debían llegar los Territorios, obliga a reconocer la absoluta diferencia entre el modelo institucional adoptado para estos últimos y los regímenes de dominación colonial en los que por defecto no existía promesa alguna de autonomía futura y menos aún sujeta a un criterio puramente cuantitativo como el que definía aquella normativa.
Aún atravesado por una creciente centralización, el sistema federal consagrado en la Constitución impedía concebir a los espacios incorporados a la nación como dominios coloniales posibles de ser mantenidos en tal condición sin término alguno.
En relación con la expansión territorial de los Estados Unidos, se ha señalado que lo más importante de ella es que se llevó adelante desde el rechazo al modelo de subordinación colonial de los nuevos dominios.
De acuerdo con Bender, «la Ordenanza del Noroeste y luego la Constitución prometieron igualdad entre los viejos y nuevos estados», 26 lo que contrastaba fuertemente con el modelo imperial de dominación desplegado por las naciones europeas en sus dominios ultramarinos.
25 Para Navarro Floria, los Territorios denotaban la existencia de una «inadecuación entre el régimen político de colonialismo interno impuesto por la ley 1532 y una Constitución Nacional formalmente federal».
26 Bender, 2011, 117 No puede dejar de subrayarse la importancia de este punto dado que, como es ampliamente conocido, la organización que la Argentina definió para sus Territorios Nacionales abrevó fuertemente de la experiencia norteamericana.
Los debates suscitados en torno a la sanción de la ley 1532, con frecuentes referencias a los Estados Unidos y su modelo federal, dan cuenta de la relevancia que para los legisladores argentinos tenía el modelo de expansión territorial del país del norte.
Pero además de esa influencia, eran las propias instituciones políticas establecidas en la Argentina a partir de 1853, y en particular su régimen federal, lo que orientaba a concebir a los Territorios como provincias futuras y no como simples dominios coloniales.
El problema de los límites
El desenvolvimiento del régimen federal argentino durante la segunda mitad del siglo XIX ha sido descrito como «un sostenido proceso de reducción de las provincias a la unidad del Estado».
27 Esta imagen parece ajustarse al recorrido del Estado nacional argentino durante ese período, caracterizado por la acumulación por aquél de una cantidad creciente de capacidades, pero además guarda relación con la forma en que pensadores como Alberdi entendieron el problema de la construcción del primero.
En su Bases, de 1852, el tucumano reflexionaba: «¿Qué es la unidad o consolidación del gobierno?
Es la desaparición, la absorción de todos los gobiernos locales en un solo gobierno nacional».
28 Sin embargo, desde su constitución en 1853, ese Estado asumió un sistema federal de organización política que, más allá de los avatares que conocería en las décadas posteriores, nunca fue sustituido por un régimen de otro tipo.
Aun cuando en su funcionamiento efectivo el federalismo argentino mostró una orientación centralizadora -que fue objeto de denuncia por algunos contemporáneos-, 29 aquel sistema institucional no dejó de tener efectos sobre la vida política del país.
Aunque sería equivocado pensar a las provincias como actores coherentes y racionales, el régimen federal proporcionó a los representantes de aquéllas un lugar desde donde fue posible mantener con el Estado nacional relaciones que iban más 27 Botana, 1993, 235.
En este sentido, resulta sugestivo pensar el proceso de construcción de este último no como resultado del sometimiento de múltiples poderes -las provincias-a un poder superior que las absorbe haciéndolas desaparecer -lo que nunca ocurrió-, sino como producto de los conflictos y los acuerdos mantenidos entre todas esas partes.
Como señalan Bragoni y Míguez, vista desde esa perspectiva, la consolidación del Estado nacional durante la segunda mitad del siglo XIX no aparece como la penetración de un actor ajeno que las va conquistando o sometiendo, sea este Buenos Aires o un abstracto centro nacional, sino más bien como la construcción de un conjunto de acuerdos y de instituciones que las propias elites provinciales establecieron sobre la base de un ejercicio político empírico de ensayo y de error.
30 En otros términos, el tono centralista que fue adquiriendo el país durante aquel período se dio dentro de un sistema institucional -el federalismo-que hizo de las provincias unidades en última instancia irreductibles a la unidad del Estado federal.
Las discusiones desarrolladas en torno a la ley 1532 permiten observar algunos aspectos que invitan a matizar la imagen de un Estado nacional que sencillamente se impone sobre las provincias, y a sugerir otra en la que aquel negocia con estas últimas según la configuración del juego de alianzas existente en una determinada coyuntura.
Uno de los puntos donde esta cuestión puede ser observada es en lo relativo a la definición de los límites de los Territorios, lo que implicaba a su vez fijar los de las provincias contiguas a estos últimos.
Las gobernaciones de Chaco y de Patagonia permanecieron sin límites precisos hasta 1884, cuando la sanción de la ley 1532 no solo implicó la división de ambas en nuevos Territorios, sino también el establecimiento de límites específicos para cada uno de estos.
31 Si bien la mayoría de los análisis de la ley 1532 no dieron demasiada importancia al asunto de los límites de los Territorios -fuera de algunos enfoques puramente descriptivos-,32 su demarcación estuvo lejos de constituir un aspecto marginal del debate parlamentario y de hecho constituyó uno de los puntos más que suscitó mayor controversia.
De las siete sesiones que ocupó el tratamiento de la ley en la Cámara de Diputados, cinco estuvieron dedicadas en forma exclusiva a la discusión de dicho artículo, que volvió a ser debatido en la sesión en la que finalmente se aprobó el proyecto.
Claro que la cuestión de límites no presentó el mismo grado de controversia en todos los casos.
En particular, en aquellos destinados a separar a los nuevos Territorios entre sí, poca o ninguna fue la polémica a que se dio lugar.
Por ejemplo, en los casos de los Territorios patagónicos no hubo discusiones acerca de los límites que separarían una gobernación de otra, lo que evidencia que los legisladores concebían aquel espacio como un enorme vacío donde los límites podían trazarse sin resistencia alguna.
En cambio, los límites relativos a los Territorios de La Pampa, Chaco y Formosa dieron lugar a encendidas intervenciones por parte de diputados que denunciaban los supuestos despojos que el Estado nacional provocaba contra las provincias limítrofes.
Para los legisladores más críticos del proyecto oficial, este representaba un intento más del gobierno nacional por imponer su poderío sobre la soberanía de las provincias, que llegaba al extremo de privarlas de parte de sus respectivos territorios.
Ya se mencionó que el establecimiento de los límites interprovinciales permanecía sin resolución para 1884 y la delimitación propuesta en el proyecto de ley llevaba a algunos a ver en esta un medio oportunista para resolver la primera cuestión.
Esto hacía que legisladores como el diputado por Santa Fe, Aureliano Argento, afirmaran que antes de ocuparse de la creación de nuevas entidades, era primero necesario considerar todos los títulos que cada provincia podía hacer valer en torno a territorios reclamados como propios.
33 La misma idea de una apropiación ilegítima del territorio provincial por parte del Estado federal era sostenida por los diputados por Salta y por Santiago del Estero, que también entendían afectada la soberanía de sus provincias.
Abel B. Ortiz, diputado por la primera, calificaba de «monstruoso», «inconstitucional» y «escandaloso» el límite con el Territorio del Chaco propuesto en el proyecto oficial.
Nacido en Santa Fe en 1838, Argento se graduó como abogado en Montevideo y tras retornar a su provincia natal, se desempeñó en la administración de justicia de la misma.
Formó parte de la intervención federal que la presidencia de Mitre estableció sobre Santa Fe en 1868 y durante la década siguiente ocupó puestos ministeriales en el gobierno provincial.
Entre 1873 y 1886 ocupó bancas en el Congreso de la nación, tanto en calidad de diputado como de senador.
Ortiz nació en Salta en 1850 y se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires.
Tuvo una actuación destacada en el ámbito jurídico de su provincia y fue diputado nacional por la misma entre 1882 y 1886.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.11 diputados por Mendoza y por San Luis, provincias a las cuales, en opinión de Germán Puebla -diputado por la primera-, la delimitación propuesta para el Territorio de La Pampa implicaba «la supresión para ellas, de una parte importante de renta, como es la que estos territorios son susceptibles de dar».
35 Para los legisladores que objetaban la división territorial propuesta por el Poder Ejecutivo, esta suponía un ilegítimo desconocimiento de los derechos de las provincias.
En relación con los títulos sobre los espacios en discordia, el razonamiento de esos legisladores apuntaba a señalar la preexistencia de las provincias con respecto a la nación.
Al invocar actas de fundación de las capitales de provincia o las ordenanzas de intendentes del período borbónico, buscaban validar legalmente los derechos de las provincias sobre ciertas regiones.
36 Al mismo tiempo, esos legisladores intentaban refrendar la fuerza del planteo señalando que las regiones objeto de controversia en realidad se encontraban desde hacía tiempo incorporadas a la vida social y económica de las provincias afectadas.
No se trataba únicamente, según ellos, de actos de posesión efectuados por las autoridades provinciales -tanto en el período colonial como en el independiente-, sino también de los que surgían de la ocupación y el uso efectivo de esos espacios por particulares oriundos de esas provincias.
37 No solo de estos argumentos se valían algunos legisladores para cuestionar los límites delineados en el proyecto oficial.
Las críticas también apuntaban a la conveniencia misma de la creación de los Territorios, que algunos parlamentarios consideraban solo daría lugar a injustificadas y desproporcionadas erogaciones que el tesoro nacional debería realizar para el gobierno de espacios que contemplaban como vacíos.
En tal sentido, el diputado Puebla entendía que la creación de gobernaciones en Neuquén, Río Negro y La Pampa, obligaría al gobierno nacional a sostener un lujo de empleados completamente innecesarios, puesto que la mayor parte de las gobernaciones que se crean, no responden ni a una necesidad apremiante, ni a ninguna otra consideración que pudiera justificarlas.
Al mismo tiempo, otros legisladores apuntaban a la ineficiencia con la que funcionarían las gobernaciones territoriales, por ser dependientes de autoridades nacionales extremadamente distantes de aquellas regiones.
De manera que tanto por razones presupuestarias como de eficiencia gubernamental, algunos legisladores entendían que el criterio más adecuado consistía en ampliar la jurisdicción de las provincias para que las mismas asumieran la administración de los espacios en disputa.
Como proponía el diputado salteño Ortiz con relación a la región occidental de Formosa y de Chaco, si la Nación conociera esos territorios y fueran nacionales, como se pretende, la Nación los cedería a la provincia de Salta, porque no podrían ser bien administrados por la Nación, ni ahora, ni nunca.
39 Para quienes no consideraban pertinentes esas aspiraciones, como era el caso del ministro Irigoyen, los derechos que las provincias reclamaban eran inexistentes porque la conquista de la independencia había provocado la caducidad de todos los títulos emanados de la autoridad real.
40 Frente al argumento de la conveniencia de que los Territorios quedaran bajo la administración de las provincias, otros diputados objetaban que las que reclamaban la ampliación de sus jurisdicciones no estaban en condiciones de responder a tal desafío, dada la escasez de sus recursos y las deficiencias de sus estructuras administrativas.
41 Pero cabe advertir que las objeciones planteadas por algunos legisladores en torno a ciertos límites estuvieron lejos de ser declaraciones testimoniales sin mayor efecto, dado que sirvieron para modificar las demarcaciones establecidas en el proyecto original.
El argumento más eficaz en tal sentido consistió en representar la circunstancia de la delimitación de los Territorios como una oportunidad para corregir las inequidades existentes entre las provincias argentinas.
41 En este sentido, el diputado Calvo expresaba que «es materia de asombro para mí oír que los representantes de las provincias, piden aumento de territorio para ellas [...] una provincia que, siendo despoblada, no alcanza a cubrir su presupuesto de gastos; que no tiene absolutamente las condiciones que debiera tenerse, yo creo que, en vez de recibir un beneficio, recibe una carga que se le pone encima».
42 En tal sentido, advirtiendo que «la provincia de San Luis es sumamente pobre», el diputado Puebla sostenía que la misma «necesita extenderse igualmente á todos los rumbos desde su capital».
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.11 comisión en la Cámara de Diputados, Ramón J. Cárcano, representante por Córdoba, veía con aprobación que el trazado original del Territorio de La Pampa fuera modificado para ceder a «tres provincias una pequeña superficie que realmente la necesitan [ya que] Córdoba, Mendoza y San Luis, que son provincias pobres, necesitan la pequeña área que piden».
43 El respaldo que este argumento recibió entre la mayoría de los legisladores sugiere la persistencia de una concepción liberal del federalismo, según la cual este implicaba ante todo un arreglo institucional destinado a equilibrar a las provincias entre sí.
Para Juan Serú, diputado por Mendoza, el régimen federal debía estar animado por «un espíritu tendiente a equilibrar, en cuanto sea posible, las fuerzas diversas de las provincias, que han de formar esta armonía de elementos».
44 Desde esa mirada, el federalismo implicaba ante todo un arreglo institucional de equilibrio del poder y cuya consolidación dependía del fortalecimiento de las provincias, sino de todas al menos de las que podían mostrarse como más necesitadas.
Aquellos argumentos parecen haber encontrado respaldo entre los demás diputados.
La Cámara aprobó que los límites de las provincias de San Luis y de Mendoza con los Territorios adyacentes fueran alterados a favor de las primeras, lo que implicó la modificación de los que se habían establecido en 1878.
45 En el caso del Territorio del Chaco, parte del oeste del mismo fue cedida a la provincia de Salta.
Tales resoluciones no fueron revisadas en la Cámara de Senadores, donde la cuestión de límites no despertó mayores debates, probablemente por el criterio de provisionalidad que auspició la comisión que se ocupó de analizar el proyecto con las modificaciones introducidas por los diputados.
Como señaló Miguel M.
En una intervención posterior, Cárcano declinó la petición para Córdoba, afirmando que esta última no tenía la misma necesidad de ver ampliado su territorio.
Nacido en Córdoba en 1860, Cárcano formaba parte de los círculos juveniles ligados a Juárez Celman, cuyo gobierno lo promovió como diputado nacional en 1884.
Cuando Juárez Celman llegó a la presidencia de la nación, Cárcano fue nombrado director general de Correos y Telégrafos de la nación, cargo que debió abandonar a raíz de los sucesos de 1890.
En la década de 1930, presidió el Consejo Nacional de Educación y se desempeñó como embajador en Brasil.
Ligado a los círculos roquistas, fue ministro de Instrucción Pública durante la segunda presidencia de Roca.
45 Según la ley 947 de 1878, los límites de San Luis y de Mendoza con las tierras nacionales estaban dados por el paralelo 35 y el meridiano 10 de longitud occidental de Buenos Aires.
Este último fue mantenido, pero no así el primero, que fue desplazado hasta el paralelo 36, comportando ganancias territoriales para las provincias mencionadas.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.11 Nougués, senador por Tucumán, pese a los defectos que pudieran encontrarse en la cuestión de límites, concluía que «como es provisoria, no hiere ni los intereses de la Nación no los de las Provincias».
46 Fue así que la ley finalmente sancionada planteó que los límites fijados en ella podían ser modificados,47 lo que tiempo más tarde ocurrió en beneficio de algunas provincias.48
El rechazo de la representación parlamentaria de los Territorios
Si la resolución de la cuestión de los límites de los Territorios puede ser vista como expresión de las posibilidades de negociación que el régimen federal daba a las provincias, un punto para observar el lugar asignado a aquellas gobernaciones dentro del régimen federal es el relativo a su representación en el Congreso.
Ya se mencionó que el proyecto elaborado por el poder ejecutivo en 1883 contemplaba la representación parlamentaria para aquellos Territorios donde funcionara una legislatura, para cuya formación debían contar con al menos treinta mil habitantes.
Dicho delegado se incorporaría a la Cámara de Diputados, pero solo para intervenir en los debates y sin poder en ningún caso participar en las votaciones.
La inclusión de esa figura en el proyecto del oficialismo revelaba una clara afinidad con la legislación norteamericana, y en particular el instituto de la representación a través del delegado era considerado un valioso instrumento para promover el progreso de los Territorios.
49 Para quienes apoyaban la iniciativa prevista en el proyecto original, como José Miguel Olmedo, diputado por Córdoba, la incorporación de aquellos delegados al Congreso permitiría conocer las necesidades de dichas gobernaciones para legislar en consecuencia e impulsar su desarrollo y poder así «incorporarlas cuanto antes a la Unión nacional».50 Para Emilio Civit, diputado por Mendoza, la institución de tales delegados contribuiría a afianzar la organización institucional de la República al extender la representación al conjunto del país.
51 En definitiva, desde esas miradas la figura del delegado territorial apuntaba a dar una representación supletoria a espacios que no contaban con autonomía política y que por consiguiente no podían gozar de representación plena en el orden federal.
Pese a la utilidad que muchos legisladores encontraban en los delegados, el proyecto del Ejecutivo no prosperó en este punto y la redacción final de la ley 1532 no incluyó esa figura.
¿A qué respondió ese resultado contrario a la organización institucional que inicialmente pretendió establecerse para los Territorios?
Para algunos autores, esa negación del derecho de representación se explica porque los legisladores consideraban como incapaces a los habitantes de los Territorios y por lo tanto veían inaceptable su incorporación al Congreso.
52 Más allá de las críticas que pueden plantearse a esa interpretación, las objeciones de quienes rechazaron la incorporación de los delegados territoriales al Congreso no partían de identificar ninguna incapacidad en los individuos que habitarían los Territorios -hacia 1884, las gobernaciones seguían siendo vistas como espacios despoblados-, sino que más bien reparaban en la condición institucional y política de tales espacios.
Para quienes la criticaban más fuertemente, la incorporación de esos delegados al Congreso violaba los mandatos constitucionales.
En este sentido, Bernardo Solveyra, diputado por la provincia de Buenos Aires, señalaba el artículo 37 de la Constitución para destacar que el mismo era claro en ordenar que la Cámara de Diputados debía componerse exclusivamente de «representantes elegidos por el pueblo de las provincias y de la capital» y que, de incluirse en el recinto a los delegados territoriales, «tendríamos, en esta Cámara, individuos que no serían diputados!
53 Estas objeciones han sido interpretadas como expresión de una falta de sentido común, 54 o como un ardid jurídico para justificar la negación del derecho de representación a los habitantes de los Territorios.
55 Sin embargo, los argumentos contrarios a la creación de la figura del delegado territorial pueden ser entendidos de otro modo.
Al señalar que la Cámara de Diputados no podría incluir en su seno a representantes que no hubieran sido elegidos por el pueblo de las provincias o de la capital de la nación, los legisladores no solo encontraban ausentes a los Territorios de esa prescripción constitucional.
En efecto, algunos parlamentarios no rechazaban en sí misma la inclusión de delegados territoriales en la Cámara, sino que apuntaban a las diferencias en la legitimidad de origen que separarían a esos representantes de los diputados.
Si como mandaba la Constitución estos últimos debían ser elegidos por el pueblo de las provincias y la capital federal, los delegados territoriales contemplados en el proyecto del Ejecutivo iban a ser elegidos por las legislaturas de cada Territorio.
56 Sin advertir esta cuestión no pueden entenderse las posiciones que al respecto asumieron algunos legisladores, como Puebla, quien señalaba que «dando el nombramiento de los delegados a las legislaturas, y no al pueblo, no se ha tenido en vista los buenos principios constitucionales», 57 postulando que lo apropiado era confiarlos a la elección popular directa.
Más clara resultaba todavía la posición de Olmedo, a quien le parecía conveniente contar con esos delegados en el Congreso, pero que votó en contra de su creación subrayando que «el origen de la representación en esta Cámara no debe estar en la entidad política llamada territorio, sino en el pueblo mismo».
58 Como puede advertirse, las críticas de estos legisladores no apuntaban a rechazar de plano la creación de los delegados territoriales, sino a reconocer la existencia de una disparidad en cuanto a los objetos de representación presentes en la Cámara.
Mientras que los diputados representaban al pueblo de las provincias, tal como eran definidos en el proyecto oficial los delegados solo representarían una unidad espacial como el Territorio.
Para otros diputados, el cambio en el método de elección no bastaba para aceptar la incorporación de los delegados a la Cámara.
Según Miguel Navarro Viola, diputado por la capital federal, modificar la legitimidad de origen del delegado territorial no resolvía el problema, ya que la Constitución era taxativa al establecer que la Cámara se componía «de diputados con voz y voto; de diputados por las provincias, no de diputados ni de delegados por los territorios nacionales».
59 En la mirada de otros legisladores, la carta magna ordenaba asegurar el derecho de representación a todo el pueblo de la nación, aun cuando para hacerlo efectivo se requiriese de la creación de instituciones y figuras inusuales como la de un delegado territorial con voz pero sin voto.
A juicio de Olmedo, Territorios, pero además porque había sido puesta en práctica en los Estados Unidos y por lo tanto constituía un antecedente especialmente relevante para un país federal como la Argentina.
62 Sin embargo, estos argumentos no fueron respaldados por la mayoría de los senadores, que finalmente se inclinaron por rechazar la incorporación del delegado territorial en la ley 1532.
Las razones de esa actitud guardaban más relación con las constricciones institucionales que imponía el régimen federal que con una pura vocación restrictiva.
En primer lugar, se entendía que solo las provincias podían participar en la elección de representantes a la Cámara de Diputados.
Legisladores como Ramón Febre, senador por Entre Ríos, postulaban que la Constitución era taxativa al establecer que la representación en la Cámara de Diputados era exclusiva de las provincias, lo que implicaba que los Territorios solo podían obtenerla cuando fueran convertidos en provincias.
63 De otro modo, dicha Cámara albergaría representaciones incongruentes que afectarían su funcionamiento.
Pero en segundo lugar, y acaso más importante, el rechazo a la incorporación del delegado territorial derivaba de que su inclusión en el Congreso implicaría una violación del principio de igualdad que debía imperar entre los representantes que conformaban cada una de las Cámaras.
Como expresaba Febre, los delegados propuestos para la Cámara de Diputados «no tienen voto, que es uno de los puntos principales para venir a resolver los asuntos que se someten a la consideración de ese cuerpo».
64 Esto hacía ver al delegado como un simple informante que no podría ejercer ningún tipo efectivo de representación política.
Frente a la pregunta del senador por Jujuy, Pablo Carrillo, 65 acerca del motivo por el que la propuesta de la comisión no otorgaba también el derecho a voto a los delegados territoriales -si es que ellos iban a dar representación a una parte 62 DSCS, 1884, 763.
Febre había nacido en 1830 en la provincia de Entre Ríos, desempeñando cargos en el sistema judicial durante el gobierno de Urquiza.
Desde su banca provincial, se opuso a la asunción de López Jordán como gobernador y se desempeñó en la justicia federal de Entre Ríos hasta que fue sofocada la rebelión encabezada por el último.
Gobernador de Entre Ríos entre 1875 y 1879, luego integró el Senado de la nación, donde apoyó el indulto a López Jordán.
Opuesto a la intervención federal a Santiago del Estero impulsada por Roca, perdió los auspicios de este para volver a ser gobernador de Entre Ríos.
Cabe señalar que para esos años el nombre de Febre sonaba como acompañante de Dardo Rocha en la candidatura presidencial para 1886.
65 Además de ser un gran terrateniente en Jujuy, Carrillo fue diputado nacional por dicha provincia entre 1866 y 1870, convirtiéndose en senador nacional por la misma entre 1877 y 1886, en el marco de la consolidación del roquismo en dicha provincia.
LISANDRO GALLUCCI del pueblo de la nación equivalente a las de las provincias-, Nougués se limitó a justificarla diciendo que tal cosa no podía hacerse porque «no son verdaderos representantes».
66 De esta manera, la representación de los Territorios en el Congreso fue rechazada en ambas cámaras y finalmente no formó parte del diseño institucional establecido en la ley 1532.
Este resultado permite observar que la legislación adoptada por la Argentina para el gobierno de sus Territorios no se explica por la sola influencia de la experiencia estadounidense.
Más allá de las similitudes entre las normativas elaboradas por ambos países, diferencias sustanciales como la relativa a los delegados territoriales muestran que el orden institucional establecido en 1884 no constituía una mera reproducción del modelo norteamericano, lo que sugiere la necesidad de matizar -sin descartar-la importancia que en algunas miradas se ha dado a este último.
Según una versión muy difundida, la organización de los Territorios habría denotado la adopción de un régimen institucional contrario al federalismo.
Esa caracterización parece evidenciarse en el hecho de que aquellas gobernaciones, según lo establecido en la ley de 1884, carecerían de autonomía y de representación en el Congreso de la nación.
La dependencia respecto del gobierno federal, el carácter no electivo de las autoridades y la falta de participación de sus habitantes en las elecciones nacionales, darían cuenta de «elementos poco compatibles con el esquema republicano y federal».
68 No obstante, los Territorios constituían al momento de su organización entidades de un carácter por entero diferente al de las provincias.
No solo se trataba de espacios muy escasamente poblados -seguían siendo contemplados como desiertos-, sino que ante todo constituían entidades administrativas creadas por el propio Estado nacional.
Esto significaba que no eran, como las provincias, entidades surgidas de la historia del país, sino el mero producto de una ingeniería institucional 66 DSCS, 1884, 763.
67 No es casual, en este sentido, que trabajos que concentran su mirada en la influencia que el modelo norteamericano registró en los debates en torno a la ley 1532 no ofrezcan explicaciones al hecho de que en esta última no se incluyera la figura del delegado territorial.
LA EXTENSIÓN DEL FEDERALISMO SOBRE EL DESIERTO ARGENTINO desplegada sobre un espacio imaginado como vacío.
Para los legisladores que participaron en la sanción de la ley 1532, territorios despoblados y que acababan de inventarse no podían de ningún modo obtener inmediata autonomía ni representación parlamentaria.
Sin embargo, esa normativa definía también un claro horizonte federal para los Territorios: debían en el futuro ser convertidos en provincias que gozarían de plena autonomía y de la correspondiente representación en el Congreso.
Es posible entonces afirmar que los Territorios constituían menos una forma institucional opuesta al régimen federal que un estadio concebido para conducir la incorporación de los primeros a este último.
Esto permite cuestionar la idea de que la organización que se dio a los Territorios en 1884 expresaba sencillamente una negación del régimen federal.
Más adecuado parece en cambio pensar que el problema radicaba en la existencia de formas diferentes de entender el federalismo, las cuales se traducían en la formulación de distintas propuestas de arreglo institucional.
La resolución que tuvo la cuestión del delegado territorial, rechazada en dos ocasiones y finalmente no incorporada a la ley 1532, sugiere que para la mayoría de los legisladores la provincia seguía siendo concebida como la unidad fundamental de la representación política dentro del régimen federal.
La idea de que los Territorios no podían contar con representación parlamentaria mientras no alcanzaran el estatus de provincia, no se muestra así como expresión de una interpretación arteramente literal de la Constitución, sino que parece responder a esa concepción según la cual las provincias eran las unidades de representación del régimen federal argentino.
Ello se debía, desde esa mirada, a la preexistencia histórica de las provincias con respecto a la nación, que se entendía solo había surgido como producto de la unión entre las primeras.
69 Pero los debates en torno a la ley 1532 dan cuenta también de otras formas de entender el federalismo.
De manera similar a Alberdi, que aceptaba la forma de organización federal como una fatalidad histórica con la que hubiera sido preferible no lidiar, el ministro Irigoyen expresaba durante el tratamiento de aquella ley que la nación era preexistente a las provincias, lo que implicaba que la Argentina no era una federación sino que constituía una república que había adoptado la forma federativa de 69 Para legisladores como el diputado Serú, «nuestro sistema de gobierno es federal.
Significa la reunión de diversos estados con cierta autonomía, con cierta independencia en su propio gobierno».
Esta misma concepción era sostenida por figuras como Leandro N. Alem, para quien la nación no era sino un resultado de la unión de las provincias.
70 Esa perspectiva, que consideraba a la nación como la unidad fundamental del federalismo argentino, había ganado amplio predicamento entre las elites políticas e intelectuales del país desde la década de 1850.
71 Desde esa mirada, la representación parlamentaria de los Territorios era necesaria no solo para conocer las necesidades de sus pobladores, sino también para asegurar la representación del pueblo de la nación en toda la extensión del país.
A juzgar por la resolución que tuvo la cuestión de los delegados territoriales, esos argumentos no fueron compartidos por la mayoría de los legisladores.
Aun cuando la prescriptiva constitucional establecía que la Cámara de Diputados debía representar al pueblo de la nación, la mayoría de los legisladores parecía seguir entendiendo que las provincias constituían las unidades fundamentales de representación política en el régimen federal.
Como ha señalado Botana, la consagración del federalismo en la Constitución dio al mismo el carácter de una fórmula prescriptiva siempre disponible para objetar la distribución de poder entre la nación y las provincias.
72 Aun en períodos donde la dirección centralizadora de los gobiernos nacionales se mostró con más claridad, el mantenimiento del régimen federal implicaba también que las provincias siguieron contando con recursos políticos a partir de los cuales podían negociar sus relaciones con el Estado nacional y no solo aceptar una pasiva subordinación a este último.
La cuestión de la delimitación de los Territorios ofrece en este sentido una experiencia sugerente, en tanto que los límites contemplados en el proyecto original fueron modificados durante el tratamiento de la ley en beneficio de algunas provincias.
En esa revisión, las más beneficiadas fueron Mendoza y San Luis, dos provincias donde, como ha demostrado Paula Alonso, el roquismo había logrado construir una sólida trama de acuerdos favorable al gobierno nacional.
73 En este sentido, la relación entre el Estado nacional y las provincias no parece resumirse en la mera imposición del primero sobre estas últimas, sino más bien como resultante de una dinámica atravesada por la mudable configuración de las alianzas y disputas entre distintos sectores.
Esa postura era también la que por esos años sostenía José Manuel Estrada, para quien la Argentina no era una nación formada por la agregación de estados, sino un Estado dividido en provincias.
71 De acuerdo a Chiaramonte y Buchbinder, la idea de la preexistencia de la nación se vio fuertemente respaldada por la amplia difusión que desde mediados del siglo XIX tuvo el principio de las nacionalidades.
La ley 1532 definió para estos un horizonte federal que, más allá de la aplicación que en las décadas siguientes se haría de dicha normativa, nunca dejó de gravitar en esas gobernaciones.
La promesa de autonomía que implicaba la futura transformación de los Territorios en provincias con las mismas atribuciones que las catorce existentes, no debe ser desatendida por el hecho de que esas previsiones no se cumplieran en las décadas siguientes.
Toda una compleja serie de procesos, que convendría estudiar con mayor cuidado, median entre la legislación de 1884 y los usos que de ella se hicieron en períodos posteriores, por lo que entendemos equivocado entender ese desenlace como resultado necesario de la primera.
En lugar de ello, en este trabajo se ha procurado hacer el esfuerzo de distinguir entre ambos aspectos para comprender qué lugar se buscó asignar a los Territorios dentro del régimen federal de representación.
En este sentido, es importante advertir que el hecho de que la ley 1532 no diera a los Territorios autonomía ni representación inmediatas puede llevar a la engañosa conclusión de que esos espacios fueron desde sus inicios concebidos como meras «colonias» destinadas a alimentar al Estado nacional, cuando en realidad la organización que en 1884 se dio a las gobernaciones preveía su transformación en provincias de pleno derecho con la sola condición de que alcanzaran una población de sesenta mil habitantes.
Un requisito sin duda poco restrictivo para la obtención de autonomía.
Alberdi, Juan Bautista: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1915.
Allende, Andrés R.: «Las delimitaciones territoriales dispuestas por la Ley de 5 de octubre de 1878», Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, Tomo III, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1980, 9-18.
Alonso, Paula: Jardines secretos, legitimaciones públicas.
El partido Autonomista Nacional y la política argentina de fines del siglo XIX, Buenos Aires, Edhasa, 2010. |
La cuenca del río Colorado es un espacio singular en el escenario territorial de transición entre las regiones Pampeana y Patagónica.
Un aspecto clave de esa singularidad tiene que ver con su trayectoria de desarrollo, en la que destaca una importante contradicción: por un lado, se trata de un espacio incorporado efectivamente al avance de la frontera agropecuaria 1 a finales del siglo XIX, siendo objeto posteriormente de iniciativas desarrollistas orientadas a la implantación del regadío.
Por otro, su realidad socio-económica ha estado dominada hasta nuestros días por una atonía que contrasta tanto con la potencia de sus recursos naturales como con la trayectoria seguida por la vecina cuenca del río Negro, convertida tempranamente en el motor económico de esa frontera.
En el marco del escaso interés prestado tanto por la historiografía como por la geografía y la economía regional a la cuenca del Colorado -especialmente desde la perspectiva de su desarrollo, algo que contrasta con la abundante literatura académica dedicada al río Negro-investigaciones previas han centrado su atención en espacios concretos de la misma y en problemáticas específicas de su trayectoria territorial, relacionadas, sobre todo, con el regadío a partir de la segunda mitad del siglo pasado.
2 Sin embargo, menos atención se ha prestado al estudio de su desarrollo desde perspectivas más amplias, limitando en consecuencia nuestra comprensión de las dinámicas subyacentes a una problemática que, más allá de las particularidades locales, ha afectado al conjunto del territorio analizado.
Nuestro estudio toma la forma de una panorámica de conjunto con el objetivo de explorar esa contradicción mediante el análisis de los procesos estructurales, actores y tramas subyacentes a la construcción territorial de esta porción de la frontera.
Se argumenta que ese potencial de desarrollo no realizado guarda relación con la falta de concreción sobre el Colorado de los proyectos estatales que alimentaban la construcción territorial de la frontera en el Norte patagónico desde finales del siglo XIX.
Posteriormente, y luego de décadas de ausencia estatal, la debilidad de los acuerdos entre las entidades jurisdiccionales condóminas en momentos posteriores a la provincialización de los Territorios Nacionales dificultaron la construcción de tal proyecto hacia 1 Reboratti, 1990.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 mediados del siglo XX, contribuyendo a una fragmentación física, institucional y económica que persiste como uno de los principales frenos a su desarrollo.
Desde finales del siglo XIX, la cuenca del río Negro fue organizada de acuerdo con un «proyecto territorial» resultado de la conjunción de intereses del Estado nacional y del capital británico.
3 Esa articulación de actores públicos y privados a escala local, regional y nacional,4 que sustentaba una potente organización funcional del territorio, lo transformaría durante las tres primeras décadas del siglo pasado en una de las principales economías regionales de la Argentina.
La cuenca del Colorado, por el contrario, fue ajena a ese tipo de procesos, careciendo hasta nuestros días de una organización territorial propicia para la valorización de sus recursos territoriales.
Uno de sus aspectos característicos es la fragmentación territorial y el aislamiento de los proyectos emprendidos, que se hace aún más visible cuando se atiende a las articulaciones interprovinciales.
Cabe destacar, además, la complejidad de un escenario territorial integrado por cinco administraciones provinciales, lo que hace aún más crítica la utilización de un recurso cuya gestión es de por sí muy compleja.
5 Ese argumento se desarrolla a partir de dos consideraciones metodológicas.
En primer lugar, se modifica la escala de análisis para abordar la cuenca como una unidad espacial, encuadrada en el marco territorial del norte patagónico y, más concretamente, en el proceso de construcción territorial la frontera Sur.
6 En segundo lugar, y en ese marco territorial «ampliado», se indaga en perspectiva histórica la construcción, entre las décadas de 1890 y 1960, del contexto político-institucional que orientaría posteriormente las acciones, proyectos y estrategias provinciales sobre la misma.
Se trata de interpretar los antecedentes históricos que justifican el carácter fragmentario de las acciones provinciales y la falta de un proyecto integral de desarrollo para la misma.
Este trabajo se apoya en diversas fuentes primarias -leyes, actas, entrevistas periodísticas y otros documentos oficiales-y fuentes documentales secundarias recogidas en diferentes archivos pampeanos.
Luego de una breve presentación del contexto territorial, el segundo apartado se dedica a analizar el papel del Estado en la construcción de la frontera Sur en la transición pampeano-patagónica y el rol asignado a la cuenca del Colorado en ese proceso.
En un tercer apartado se aborda el significado de la cuenca del Colorado para las provincias y Territorios Nacionales, se analizan sus intereses sobre la misma y el intento de acuerdos para la puesta en marcha de un proyecto integral de desarrollo en la Conferencia del río Colorado de 1956.
El trabajo finaliza con un apartado de conclusiones y discusión de resultados.
La cuenca del Colorado: dilemas del desarrollo de un territorio fragmentado
Con una superficie de más de 15.000 Km 2 la cuenca del Colorado es uno de los recursos hídricos más importantes de Argentina.
Su curso principal, el río Colorado, nace de la confluencia de los ríos Grande y Barrancas, ambos en territorio mendocino.
A lo largo de sus más de 900 kilómetros presenta un caudal medio de unos 134 m 3 /seg., siendo su derrame anual solo superado por los ríos Negro y Santa Cruz.
7 Durante su recorrido atraviesa cinco provincias (Mendoza, Neuquén, La Pampa, Río Negro y Buenos Aires) 8 antes de desembocar en el Atlántico al sur de la de Buenos Aires, siendo este un aspecto que, como veremos, resultaría crucial desde el punto de vista de la planificación territorial de la cuenca.
La población se concentra en espacios muy concretos, de modo que la mayor parte de su recorrido -con una densidad de población que va entre los 0,5 y 1 hab. /km 2 -puede ser considerada un vacío demográfico que pone de manifiesto la atonía característica de este espacio.
En la porción superior del valle, la población se asienta en dos localidades adyacentes a ambas márgenes del río: 25 de Mayo (La Pampa) y Catriel (Río Negro), con 7.878 y 17.584 habitantes, respectivamente (INDEC, 2010).
Mientras tanto, en su porción inferior, se concentra en las seis principales localidades del valle bonaerense -Mayor Buratovich, Hilario Ascasubi y Pedro Luro (Partido de Villarino) y Juan A. Pradere, Igarzábal y Villalonga (Partido de Patagones)-que reúnen un total de 23.574 habitantes y en la localidad de Río Negro, que suma otros 13.828 habitantes.9 Así, con un volumen de población urbana de algo más de 60.000 personas, el peso demográfico de la cuenca en el norte patagónico es muy bajo si se considera que tan solo el Alto valle del río Negro reúne un volumen de población diez veces superior.
La principal actividad económica es la agricultura irrigada.10 Sin embargo, más allá de la diversa presencia de tierras regables en cada provincia, el regadío presenta un desarrollo dispar, reflejo tanto de sus desequilibrios internos -en particular, la diversa capacidad económica, productiva e institucional de las provincias-como de los frenos asociados a procesos estructurales que han afectado a la cuenca en su conjunto.
Las provincias con mayor superficie irrigable sobre el Colorado son las de Buenos Aires, La Pampa y Río Negro, mientras que las de Mendoza y Neuquén solo presentan pocos espacios y de reducidas dimensiones.11 La primera cuenta con un total de 140.000 hectáreas con derecho a riego en los Partidos de Villarino y Patagones, no obstante lo cual la superficie efectivamente irrigada ronda el 70 % (unas 100.000 al año aproximadamente).
El regadío en esta porción del valle experimentó un notorio impulso entre las décadas de 1970 y 1980.12 Sin embargo, como apuntan Gorenstein et al.,13 la zona «no experimentó procesos de industrialización pese al enfoque desarrollista y las ideas básicas subyacentes en la creación de la Corporación de Fomento del Rio Colorado (CORFO)».
En el caso de La Pampa, las evidencias de las dificultades para poner en marcha el regadío son aún más notables.
Su Programa Provincial de Aprovechamiento del Río Colorado comprende un total de 85.000 hectáreas distribuidas en cinco Sistemas de regadío.
Sin embargo, luego de más de cuatro décadas, la superficie irrigada alcanza arduamente el 15 % del total.
Además, tres de los cinco perímetros planificados -Curacó, Valle del Prado y Bajo de los Baguales-se encuentran todavía en proyecto, habién-dose desarrollado tan solo dos de las cinco secciones del Sistema de Aprovechamiento Múltiple 25 de Mayo, el más importante y costoso.
14 La extrema complejidad de los procesos de planificación y desarrollo regional hacen que tanto sus éxitos como sus fracasos sean resultado de una diversidad importante y siempre variable de factores endógenos y exógenos al territorio en contextos históricos específicos.
En el marco del argumento que desarrollamos aquí, nos interesa destacar un aspecto de particular interés: la fragmentación territorial de la cuenca, a la vez freno a su desarrollo y reflejo de dinámicas político-institucionales que serán analizadas en los apartados siguientes.
Desde el punto de vista espacial, la escasa integración funcional de la cuenca constituye uno de los aspectos críticos de los frenos observados, al transformar cada uno de estos emprendimientos en enclaves productivos15 incapaces de promover por sí solos el desarrollo regional, incrementando, además, los desequilibrios al interior de la misma.
16 De acuerdo con Navarro Floria, 17 la carencia de vías adecuadas de comunicación fue uno de los temas recurrentes en torno al desarrollo de la Patagonia desde el inicio de las expediciones militares.
En ese contexto, el ferrocarril jugó un papel clave tanto en la articulación espacial, 18 como en la integración socio-económica del río Negro.
19 En el Colorado, por el contrario, la falta de una adecuada red de comunicaciones permanece hasta nuestros días como el obstáculo más evidente de la falta de integración territorial.
Baste señalar que el transporte entre los «polos de desarrollo» situados en ambos extremos de la cuenca del Colorado se sirve todavía hoy de la Ruta Nacional n.o 22 que discurre a lo largo de la cuenca del río Negro, incrementando notablemente la distancia que separa ambos espacios.
Además, la debilidad de las infraestructuras de comunicaciones hacia fuera de la región se transformó en un obstáculo más a su capacidad de inserción competitiva en la economía regional durante las décadas de 1960 y 1970, afirmando su carácter periférico.
Finalmente, las infraestructuras hidráulicas reflejan también esa falta de integración territorial, poniendo en evidencia la debilidad de los mecanismos institucionales que han guiado la construcción territorial.
Tanto el sobredimensionamiento y subutilización de algunas obras, como el estado inconcluso o de semi-abandono de otras son el reflejo de esas dinámicas que, sin embargo, no resultan exclusivas de nuestro caso de estudio.
20 En la porción superior del valle, los perímetros de regadío de 25 de Mayo (La Pampa) y Catriel (Río Negro), pese a estar unidos entre sí por una sofisticada infraestructura hidráulica no han sido objeto de estrategias comunes de desarrollo.
Del mismo modo, en la zona de Río Colorado, el desarrollo de los Sistemas de Aprovechamiento Agrícola de Valle del Prado (1.200 hectáreas) y Bajo de los Baguales (20.000 hectáreas) (La Pampa) permanecen en estado de proyecto pese a las potencialidades ofrecidas por la proximidad de la Colonia Juliá y Echarren (Río Negro) y las infraestructuras disponibles del Dique Saltos Andersen, además de la cercanía de la Corporación de Fomento del Río Colorado (CORFO).
El Colorado en el proyecto estatal de construcción de la frontera Sur
Como se menciona más arriba, la cuenca del Colorado ha despertado escaso interés de los investigadores desde el punto de vista del desarrollo regional.
Sin embargo, diversos estudios previos muestran que el mismo constituía, ya desde mediados del siglo XIX, una pieza clave en el proyecto estatal de construcción territorial en la transición pampeano-patagónica.
Según Navarro Floria, 21 a finales de 1860 el Colorado representaba el margen de un «desierto fecundable», espacio potencialmente productivo que más allá se transformaba en un desierto inhabitable.
Constituía así el objetivo a alcanzar en el marco de los debates sobre la construcción del territorio nacional y la definición de sus límites.
La sanción de la Ley 215/1867 transformó ese estado de cosas al establecerse en el río Negro el nuevo límite Sur de la República.
22 De modo que la franja territorial que se extiende entre éste y el Negro se consolidó como 20 Fiorentino, 1988.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 un verdadero espacio de frontera 23 entre dos territorios contrastantes, haciéndose objeto de múltiples proyectos -desde la ocupación militar a la colonización o la expansión de infraestructuras-.
Sin embargo, a partir de ese momento, la acción del Estado en cada una de las cuencas se fue diferenciando progresivamente.
Sobre el Colorado las campañas del ejército no fueron acompañadas por la instalación de fuertes militares, la fundación de colonias agrícolas o la construcción de infraestructuras de comunicaciones como las que sostuvieron el avance por la línea del Negro facilitando su incorporación al mercado nacional.
De acuerdo con Morisoli, 24 entre 1880 y 1905, el papel del Estado sobre el Colorado se redujo a la mensura y subdivisión de tierras.
Mientras tanto, la creación de los Territorios Nacionales mediante la Ley 1.532 de 1884 incorporó tres nuevos actores en el territorio -Neuquén, Río Negro y Pampa Central-25 (Figura 1), completando el esquema político-institucional en el que tendría lugar el proceso de apropiación y puesta en valor de la cuenca.
Con ello se sentaban las bases de un territorio complejo, que se transformaría en arena de confrontaciones y disputas interjurisdiccionales marcadas por los desequilibrios político-institucionales derivados de sus correspondientes estatus jurídicos -provincias versus territorios nacionales-.
26 Mientras tanto, el avance de acciones y proyectos sobre el Negro 27 contribuía a la progresiva diferenciación interna de esa frontera, una frontera de dos velocidades que llevó a una fragmentación socioeconómica cuyos rasgos perduran hasta la actualidad.
Siguiendo la tipología de Reboratti, podría decirse que mientras la consolidación del frente sobre el río Negro fue dando lugar a una «frontera sólida» y «planificada», 28 el Colorado -y, en particular, sus porciones media y superior-, se constituyó como una frontera 23 Reboratti, 1990.
El primero fue ascendido al rango de provincia en 1951 (Provincia Eva Perón), mientras que los dos últimos fueron provincializados cuatro años después, en junio de 1955.
27 Para algunos autores el desarrollo del alto valle de Río Negro fue más el resultado de la acción privada que de la voluntad política estatal (Ruffini, 2003, 20).
Desde nuestro punto de vista es la coalición de intereses estatales y privados la que intensifica el avance de la frontera en un espacio concreto.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 más bien «espontánea» y relativamente estancada que permanecería durante varias décadas en un estatus de «frontera potencial».
Diversos factores contribuyeron a relegar la acción estatal sobre éste durante las dos últimas décadas del XIX.
Desde 1879 y hasta la finalización de la guerra en 1884, la militarización de la frontera a partir del plan presentado por Roca en 1878,29 reflejaba los esfuerzos del Estado por asegurar la línea de penetración en territorio indígena desde el Sur de la provincia de Buenos Aires siguiendo los cursos de los ríos Negro, Neuquén y Agrio dando lugar a la creación de los fuertes de Chichinal, General Roca, Primera División (Cipolletti) y Vidal (Barda del Medio)30 que se transformarían en núcleos básicos de poblamiento y articulación territorial.
Especial interés tuvo el segundo de ellos, ya que la presencia de varias unidades militares y la creación de la primera colonia agrícola -42.000 hectáreas entre Fernández Oro e Ingeniero Huergo-31 lo convirtieron en un importante núcleo de organización territorial.
32 A partir de ese momento, dos procesos afirmaron la acción del Estado sobre el Negro.
En primer lugar, la política de tierras que, mediante su entrega a quienes habían financiado la campaña militar (Ley del Empréstito, 947/1878) y a los miembros del ejército que habían participado en ella (Ley de Premios Militares, 1628/1885), favoreció la enajenación de enormes superficies y una importante concentración de la propiedad en manos de círculos oficiales porteños.
33 En segundo lugar, la participación del capital británico y, en particular, las empresas de ferrocarriles, cumplieron un papel clave en la consolidación de esta porción de la frontera.
34 Hacia 1862, unificado el país luego de la batalla de Pavón, el presidente Mitre daría un renovado impulso a la gran expansión ferroviaria iniciada en 185735 mediante el otorgamiento de concesiones para la construcción de trazados de ferrocarril a empresas británicas, dando lugar a su inusitada expansión en las décadas siguientes.
La rápida expansión del Ferrocarril del Sud, que ya en 1897 llegaba a Buena Parada sobre el Colorado, para alcanzar la confluencia de los ríos Limay y Neuquén en 1899, Neuquén en 1902, y Zapala en 1914, da cuen-ta del interés estatal por favorecer la construcción de infraestructura sobre el río Negro.
Ello obedecía tanto a motivos estratégicos -la hipótesis de conflicto con Chile, que justificaba el objetivo de prolongar el ferrocarril hasta la cordillera-, como económicos -baja producción y ausencia de concesionarios, además de los obstáculos creados por la debilidad de las comunicaciones y la imposibilidad estatal de afrontar esas inversiones-.
En todo caso, como apuntan Bandieri y Blanco, 36 el capital británico se transformaría en el acicate del desarrollo económico del alto valle del río Negro en las dos décadas siguientes.
Para los inversores británicos en busca de las zonas más aptas para invertir en infraestructuras orientadas al desarrollo de la producción primaria 37 las perspectivas no podían ser más alentadoras.
Así, según Morisoli, 38 la potencialidad de la cuenca planteada por el Informe Cipolletti (1899) impulsó a la compañía de ferrocarriles a involucrarse directamente en su aprovechamiento.
39 Ese proceso se vio acelerado durante la primera década de siglo XX, en el marco de los debates impulsados por las críticas del reformismo liberal a la acción estatal 40 en los Territorios Nacionales.
Como señala Ruffini, 41 hasta entrado el siglo XX la política económica estatal en territorios nacionales era dispersa y fragmentaria.
Así, comenzaba a ser vista como un «fracaso en la incorporación de esos territorios al sistema nacional» cuya reparación necesitaba políticas activas en ámbitos tan diversos como las obras públicas, la educación o la institucionalización política.
39 En su Informe presentado en 1899 Cipolletti planteaba que «en cuanto al agua, la hay suficiente para regar más de un millón de hectáreas, es decir, más de la mitad de todo el Egipto» (Pérez Morando, 2012).
40 Según Navarro Floria (2003, 85), el estilo liberal propio del régimen oligárquico posterior a la nacionalización en 1884 hizo que se dejara de lado cualquier posibilidad de política estatal activa hacia los Territorios Nacionales.
Los debates impulsados por el denominado «reformismo liberal» en torno a la integración de los Territorios Nacionales a la vida nacional constituyen uno de los ejercicios más ricos, profundos e interesantes de reflexión sobre el desarrollo regional en Argentina.
instalación de ferrocarriles y la irrigación.
43 En ese contexto, la empresa Ferrocarril del Sud construyó en 1910 un ramal adicional de 30 kilómetros sobre el río Neuquén entre Confluencia y Contralmirante Cordero 44 con el objetivo de transportar el material para la construcción sobre el río Neuquén de un dique derivador (actual Dique Ballester).
Éste, construido por el Estado pero financiado en un 50% por el capital británico, 45 serviría de cabecera de todo el sistema de irrigación de la cuenca del Negro, cuyos 130 Km. de canal principal hasta Chichinales fueron completados en 1928.
46 Pero el impulso estatal al desarrollo económico de la frontera se detuvo en aquel punto y, pese al interés mostrado por el capital privado, no fue acompañado de una estrategia similar en el valle superior del Colorado, obstaculizando su incorporación al despegue económico regional.
Se daba así un proceso similar al de décadas previas, cuando el desvío de la traza del Ferrocarril del Sud en la estación Fortín Uno (Río Colorado) hacia Choele-Choel (Río Negro) (Figura 1) privó al Colorado de una infraestructura ferroviaria que favoreciera la ocupación, articulación espacial y puesta en valor en el marco de la Ley de irrigación 6.546 de 1909.
47 Así, mientras en la porción inferior de la cuenca el avance del ejército, primero, y, posteriormente, del ferrocarril, dieron lugar a la fundación de núcleos de población bien conectados con las principales ciudades de la pampa húmeda y con los incipientes núcleos urbanos del alto valle del río Negro -Río Colorado (1901) próximo a la estación de Buena Parada (1897) o Pedro Luro (1912) con la llegada de la línea del Ferrocarril a las proximidades del Fortín Mercedes (1875)-, la ocupación de la porción superior del Colorado tuvo lugar de forma espontánea y sin apoyo estatal de ningún tipo.
De acuerdo con Morisoli, 48 ésta fue protagonizada por crianceros chilenos afincados en calidad de intrusos así como por familias provenientes del valle del río Negro que combinaban la actividad pastoril 43 Ruffini, 2008.
Para Bandieri (2007, 11), el proyecto de desarrollo patagónico impulsado por Ramos Mexía es el único intento superador del modelo de crecimiento «hacia afuera» en la etapa territoriana.
47 Resulta de interés el análisis de Martha Ruffini en relación con el impacto negativo que ese mismo proceso tuvo para la porción sur del Río Negro a partir de 1899.
De acuerdo con la autora, este espacio vio postergada su posibilidad de crecimiento al no obtener respuestas positivas a las necesidades de infraestructura e irrigación por parte del Estado nacional que orientó sus inversiones a la porción superior del valle (Ruffini, 2003, 2).
48 Morisoli, 1983, Investigaciones previas han mostrado incluso que esta porción de la frontera había experimentado también la llegada de colonos extranjeros en momentos previos a la construcción del Dique Ballester.
En la margen rionegrina se afincaron familias españolas provenientes de Chos Malal y francesas que ya en 1902 comenzaron la ejecución de canales de riego estableciendo cascos de estancias para el cultivo de alfalfa, viñedos y manzanas.
50 Sobre la margen pampeana diversas porciones del valle fueron adquiridas por capitales británicos cuya cabeza visible era la «Río Colorado Lands Company», transformada a partir de 1905 en el epicentro económico de la zona.
51 Mientras tanto, la propia compañía de Ferrocarril del Sud había planeado unir su estación de Contralmirante Cordero con el paraje conocido como «Costa del Colorado», llegando a acopiar en éste material a tal efecto.
52 Sin embargo, frustrado el proyecto por la gran crecida de 1914, quedó en evidencia que el Estado no preveía en su «vasto plan de obras públicas proyectados en los Territorios Nacionales» 53 un proyecto de conexión ferroviaria que permitiera la incorporación de la porción media y superior del Colorado a la dinámica económica y territorial que se estaba desplegando en la cuenca del Negro.
Más aún, resulta interesante observar su actitud frente a ese fenómeno.
Así, mientras la devastadora crecida del Negro en 1899 se transformó en un «desafío recogido y asumido por los dirigentes nacionales», 54 la «creciente catastrófica» de 1914, 55 de similares dimensiones y consecuencias, sometería al Colorado a cuatro décadas de olvido estatal.
Cabe destacar, sin embargo, que ello no mermó el interés del capital privado en las tierras de regadío del Alto valle del Colorado.
El fracaso de este emprendimiento debido al aislamiento y la falta de créditos, herramientas y provisiones,57 da cuenta del estado de cosas en esa porción del territorio y resulta paradójico al observar el impulso de la frontera a tan solo 150 kilómetros de distancia.
La falta de acciones concretas tendientes a la puesta en valor de la porción superior del Colorado estaba en directa correspondencia con los resultados de estudios técnicos encargados a prestigiosos profesionales -en particular, los trabajos realizados por César Cipolletti (1898) y Rodolfo Ballester (1932)-que no alentaban la acción estatal sobre la cuenca y, en particular, sobre su porción superior.
El primero de ellos, en el que se evaluaba la potencialidad para el de sarrollo de la irrigación sobre los ríos Negro, Limay, Neuquén y Colorado, registraba como aprovechables en la porción superior de éste último un total de 51.600 hectáreas, una superficie muy inferior a las tierras irrigables en el alto valle del río Negro.
Pero, sobre todo, recomendaba comenzar el desarrollo agrícola de la cuenca por el sector comprendido entre Huelches y Melicurá (Figura 1), en el ámbito de influencia de la línea Bahía Blanca-Neuquén del Ferrocarril del Sud.
58 Mientras tanto, los resultados de Ballester mostraban que la colonización de los extensos valles de la cuenca superior del Colorado -25 de Mayo y Catriel-constituían una opción adecuada al señalar que «si se ejecutara un sistema de riego eficiente y se entregara la tierra a colonos residentes y a precios casi nominales, podrían crearse colonias prósperas».
59 Sin embargo, y en línea con lo manifestado en las conclusiones de los primeros reconocimientos realizados en 1898 por la Comisión Cipolletti, se pensaba que la distancia al ferrocarril imponía fuertes limitaciones a un proceso de ese tipo, condicionando incluso el tipo de producción, que debía consistir en «alfalfares para ganado y producción de semilla y pequeñas plantaciones de frutales y hortalizas de consumo local».
60 En consecuencia, sus recomendaciones privilegiaron los valles inferiores, en particular, los del sur de la provincia de Buenos Aires, atendiendo al problema de solucionar la estacionalidad de su régimen hidrológico, que debía estudiarse y realizarse en primer término para disminuir los caudales de crecida que inundan los valles inferiores y, en segundo término para el aumento de los caudales en el comienzo de la primavera, que es de notoria deficiencia para el eficaz aprovechamiento de toda la superficie regable.
61 Así, el informe privilegiaba el interés de la provincia de Buenos Aires por controlar los caudales promoviendo la construcción de una presa a localizarse en su curso medio, en la zona del Paso Huelches (Figura 1), considerada una ubicación ideal puesto que «los caudales de estiaje pueden ser íntegramente aprovechados en las zonas de los valles anteriores al embalse con el agua retenida en los mismos».
Ello aseguraba condiciones adecuadas de regadío a una extensa zona del curso medio e inferior, pero condenaba al más absoluto retraso a la porción superior.
De acuerdo con Morisoli,62 por aquella época el río fue estudiado 'del mar hacia tierra adentro', en búsqueda de un lugar adecuado para la obra que solucionara los problemas de inundaciones de la cuenca inferior, y hallado éste en Paso Huelches, el examen de las perspectivas de desarrollo hacia aguas arriba mereció un examen totalmente superficial.
Esas recomendaciones constituirían un fuerte condicionamiento para la trayectoria territorial del Colorado, cuya atonía contrastaba con el avanzado proceso de integración de su frente pionero meridional al mercado nacional, profundizando aún más la brecha en el interior de este espacio.
Intereses provinciales y construcción territorial: el significado de la cuenca para el desarrollo de provincias y Territorios Nacionales
Durante la primera mitad del siglo pasado esa ausencia de acción estatal sobre el Colorado hacía depender el desarrollo económico de la cuenca de la voluntad y capacidad de las entidades sub-nacionales condóminas para promover su explotación.
Sin embargo, la complejidad planteada por el carácter inter-jurisdiccional de la cuenca generaba importantes dilemas asociados a la necesidad de compatibilizar los intereses de cada una en la utilización del recurso.
Esa situación se veía dificultada por las asimetrías de poder vigentes desde 1884 y hasta mediados de los años cincuenta del siglo pasado entre provincias y Territorios Nacionales.
De acuerdo con Favaro, 63 en el marco de la organización políticoadministrativa y territorial del país estos últimos eran considerados unidades administrativas de carácter temporal, sometidas a la legislación y jurisdicción del Estado nacional.
Así, carecían tanto de una representación parlamentaria que limitaba los derechos civiles de sus habitantes como de capacidad para establecer estrategias de desarrollo o incluso disponer de los recursos naturales presentes en su jurisdicción.
64 En consecuencia, los Territorios Nacionales confrontaban un círculo vicioso por el cual, al carecer del estatus de provincia no podían impulsar su desarrollo socioeconómico, mientras que esto último constituía uno de los principales obstáculos para su provincialización.
65 Mientras tanto, provincias poderosas como Mendoza y Buenos Aires, gozaban de una importante capacidad de acción tanto en términos económico-financieros como institucionales y de una gran influencia en las decisiones del Estado sustentada en la participación de sus elites gobernantes en las tramas político-económicas de dominación tejidas desde la Capital.
En otras palabras, tanto las asimetrías político-institucionales como los niveles de desarrollo relativo vigentes entre las diferentes jurisdicciones limitaban la posibilidad de discutir en un plano de igualdad las condiciones de aprovechamiento y valorización del Colorado y, en consecuencia, de construir un proyecto territorial que sirviera de marco para el desarrollo armónico y equilibrado de la misma.
Visiones y acciones de las provincias de Mendoza y Buenos Aires
A lo largo del período analizado, las provincias de Mendoza y Buenos Aires jugarían un papel clave en la construcción de las precondiciones 63 Favaro, 1997.
64 En el caso del aprovechamiento de los recursos fluviales ello se manifestaba, por ejemplo, en la incapacidad para otorgar concesiones para su aprovechamiento (Conferencia del Río Colorado, 1956, 25) subyacentes a las negociaciones por el uso compartido de la cuenca que resultarían determinantes en su trayectoria futura.
Como veremos, mediante diversas estrategias -a veces implícitas e indirectas-asociadas a sus propios modelos de desarrollo, desplegaron acciones que subordinaron la construcción de un proyecto territorial integral para la cuenca a sus respectivos intereses provinciales.
Mendoza es una de las provincias argentinas de mayor tradición en regadío al punto que su Ley General de Aguas (diciembre de 1884) se encuentra entre las más antiguas del país y es anterior a su Constitución provincial (1916).
Ya en 1894 contaba con un organismo para atender la administración de sus aguas, 66 desarrollando tempranamente un complejo aparato burocrático integrado por organizaciones públicas y privadas asociadas a la irrigación.
Ese contexto favoreció la construcción de articulaciones político-institucionales y redes de capital social con actores claves en el Estado nacional y, particularmente, en reparticiones claves en el proceso de construcción territorial en la Argentina de finales del siglo XIX (Obras Públicas, Agricultura).
67 En ese contexto, adhirió tempranamente a la Ley de Estudios de Obras de Irrigación (6.546/1909), mediante la Ley provincial 685/1916 autorizando al gobierno provincial a establecer convenios con el Estado nacional para la realización de obras de embalse, canalización, etc.
Sin embargo, pese a contar con algunas de las cuencas más importantes del país, las limitaciones de la oferta hídrica ha sido una constante en el desarrollo provincial, especialmente en los oasis de los ríos Mendoza, en el norte de la provincia, 68 y Atuel, al Sur, sobre el que ya en 1929 se ha bían otorgado concesiones de riego sobre 131.000 hectáreas.
69 En el intento por impulsar el regadío en esos espacios, la provincia de Mendoza desplegó 66 Reta, 2003.
67 Prueba de ello es la contratación por parte del gobierno mendocino del ingeniero César Cipolletti en 1888 para dirigir las obras de riego del río Mendoza.
Este ocupó varios cargos públicos provinciales, entre ellos, el de director del Departamento de Obras Públicas, forjándose un importante prestigio nacional, siendo comisionado por el gobierno de Roca para evaluar el potencial de desarrollo de las cuencas del norte patagónico (Diario Río Negro, 5 de diciembre de 2012).
Además de esos vínculos de los cuadros técnicos, cabe destacar también los vínculos políticos construidos en el proceso de incorporación de las oligarquías del interior al sistema de dominación nacional a partir de 1880 (Rofman y Romero, 1990, 107), que otorgaron a Mendoza una importante capacidad de negociación en la defensa de sus intereses.
Destaca el caso de Emilio Civit, gobernador electo de la provincia en 1898, quien renunció a ese cargo para transformarse en ministro de Obras Públicas de Roca, ocupando el cargo de ministro de agricultura del mismo gobierno hasta 1904 antes de volver a resultar electo gobernador provincial en 1906.
desde finales del XIX una política hídrica que generó importantes conflictos con La Pampa cuyas consecuencias se verifican todavía hoy.
Esta provincia ha demostrado siempre un interés explícito por la cuenca del Colorado pero manteniendo una relación indirecta y cuando menos paradójica con la misma.
Sus acciones en ese ámbito han sido escasas, algo que se justifica cuando se observa su localización periférica en el contexto provincial, muy alejado de los potentes oasis sobre los ríos Atuel, Diamante, Tunuyán y Mendoza.
Pero además, la escasa superficie regable que el Colorado ofrece en su porción mendocina, estimada en unas 5.000 hectáreas70 -el 1.38 % de las 360.000 hectáreas irrigadas de la provincia-,71 hace que la misma haya tenido históricamente un escaso interés económico para la provincia.
Como contrapunto, muy diferente ha sido el papel asignado a sus principales tributarios.
En efecto, la estrategia de Mendoza ha estado centrada en el trasvase de aguas de los ríos Grande, Cobre y Tordillo para su utilización en los oasis antes mencionados.
Particular interés ha tenido el primero de ellos, responsable del 80 % del caudal del Colorado,72 dando lugar a importantes proyectos de ingeniería cuya consecuencia más inmediata sería la disminución del cauce de éste último.
Pero, como se verá más adelante, más importantes aún para La Pampa han sido las acciones mendocinas sobre el Atuel, con la fundación de las primeras colonias de regadío a finales del XIX y, sobre todo, con la construcción del Complejo Hidroeléctrico de los Nihuiles en la década de 1940 dando lugar a un área de regadío de 100.000 hectáreas y 2.530 kilómetros de canales.
73 Este hecho condenó a La Pampa a la inexorable desertización de su porción occidental, y se transformó en un acicate para las posteriores acciones desplegadas por ésta sobre el Colorado en busca de recursos para potenciar la economía territorial.
Al igual que en el caso de Mendoza, la cuenca del Colorado representa un recurso económico relativamente secundario para la provincia de Buenos Aires, uno de los espacios ambientalmente mejor dotados del planeta.
Aunque su localización periférica, muy alejada de los centros de poder y acumulación, junto al breve recorrido del río en territorio bonaerense, parecen restarle importancia en ese contexto, al modificar la escala de análisis se observa que ofrece una importante superficie irrigable que, según lo estimado por el Massachusetts Institute of Technology, 74 alcanza unas 238.000 hectáreas, constituyéndose en un valioso recurso económico en los partidos de Villarino y Patagones.
No obstante, los avances del estado provincial en la puesta en valor de estos espacios han sido relativamente lentos, si se considera que estudios de comienzos de la década de 1930 destacaban la falta de un plan organizado de riego.
75 En efecto, no es hasta 1938 cuando se crea en la Dirección de Hidráulica de la Provincia una Comisión de Estudios para racionalizar el manejo del agua.
Diez años después la provincia de Buenos Aires sancionaba su Ley de Riego, 76 legislando todo lo concerniente a las concesiones de tierras de regadío y estableciendo un marco institucional a las actividades que se venían desarrollando.
Así, el regadío en el valle bonaerense del Colorado comenzó a tomar forma definitiva hacia mediados del siglo XX con la construcción de tres grandes canales unificadores, dos de los cuales, ya en operación, servían una superficie de unas 100.000 hectáreas mientras se avanzaba en la licitación de otras 50.000 sobre el tercero.
77 En definitiva, aunque de un modo diferenciado de acuerdo con sus propios intereses, ambas provincias desarrollaron desde finales del XIX y durante las primeras décadas del siglo pasado sus propias estrategias de apropiación del recurso con el beneplácito del Estado nacional.
Así, crearon de facto situaciones que implicaban una vulneración de los derechos sobre el uso de río por parte de los Territorios Nacionales que, como veremos, resultarían muy difíciles de revertir.
El papel de los Territorios Nacionales: entre la subordinación y el olvido estatal
Tanto el interés de los tres Territorios Nacionales sobre el Colorado como su papel en la construcción territorial de la cuenca ha sido 74 Idem nota 70.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 ciertamente dispar, algo que tiene que ver tanto con la disponibilidad de tierras irrigables como con sus trayectorias previas, asociadas al papel asignado por el Estado durante el proceso de ocupación de la frontera.
De ese modo, es posible observar diferentes perspectivas en relación con el recurso por parte de Río Negro y Neuquén, de una parte, y La Pampa, de otra.
En el caso de Río Negro, como se ha visto, ya a finales del XIX contaba con una importante infraestructura de comunicaciones con las principales ciudades del Sur de Buenos Aires y la Capital, a la que se incorporó una potente infraestructura de riego en la primera década del XX.
Por otra parte, en el momento de su provincialización la economía frutícola, que había reconocido un importante impulso durante las décadas de 1920 y 1930, se hallaba en pleno desarrollo78 transformando a la cuenca del Negro en una de las economías regionales más pujantes del país.
En ese escenario, si bien se habían ocupado ya las áreas regables del Colorado sobre territorio rionegrino (Catriel y Río Colorado) éstas tenían, dadas sus dimensiones y capacidad productiva, un peso relativo muy escaso en la economía provincial.
La situación del Territorio Nacional del Neuquén es similar al anterior.
Desde finales del siglo XIX, la llegada del ferrocarril y el posterior traslado de la capital del Territorio desde Chos Malal (1904) a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén contribuyeron a la configuración de este último espacio como epicentro de su actividad económica.
Además, las tierras regables sobre el Colorado en territorio neuquino son muy reducidas, de modo que aquel no constituye un recurso a considerar para el desarrollo de su porción septentrional y no ha estado en el centro de los intereses territoriales, primero, y de la provincia, después.
El caso del Territorio Nacional de la Pampa Central es muy diferente y merece un análisis más detenido.
Esto es así porque desde su creación el Colorado ha constituido un recurso clave para su desarrollo económico.
Así, el interés de La Pampa sobre el Colorado debe ser discutido en un contexto más amplio relacionado tanto con los desequilibrios territoriales generados por el proceso de ocupación del Territorio a partir de 1884 como con las acciones de Mendoza sobre el Atuel.
En las décadas siguientes a la institucionalización de los Territorios Nacionales en 1884 y hasta el momento de su provincialización a media-dos del siglo pasado, La Pampa no fue ajena a los procesos que los sumieron en un estado de decadencia como consecuencia del abandono de todo tipo de políticas activas de desarrollo por parte del Estado criticada por los «reformistas liberales».
79 Desestimado el proyecto de provincialización de La Pampa impulsado por el expresidente Pellegrini en 190080 y toda posibilidad de concreción de proyectos estatales sobre su principal recurso hídrico, el «progreso» del territorio vino de la mano del tendido de infraestructuras ferroviarias desde Bahía Blanca y, a partir de 1905, del Ferrocarril Oeste que prolongaba el trazado radial del sistema centrado en Buenos Aires.
81 Sin embargo, esas infraestructuras se limitaron a acompañar el avance de la frontera agropecuaria, frenándose al alcanzar el gran arco establecido por las limitaciones ambientales (500 mm. de precipitación).
De ese modo, las líneas férreas «envolvieron el desierto sin penetrarlo» 82 contribuyendo a la escasa integración y articulación del territorio.
En consecuencia, durante décadas el núcleo de su economía se concentró en su porción nororiental.
Más allá, en la transición de la «pampa húmeda» hacia el Oeste, se extendía un espacio caracterizado por una profunda atonía económica y demográfica asociada a un territorio débilmente estructurado, caracterizado por la presencia de «puestos» conectados entre sí mediante una red irregular de huellas en torno a tres «centros de servicios» -La Humada, Puelén y Algarrobo del Águila-que no superan en la actualidad los 500 habitantes.
83 En ese contexto, sin embargo, el Territorio contaba a finales del siglo XIX con un recurso especialmente valioso: la cuenca del Atuel-Salado-Chadileuvú, que había permitido el desarrollo de importantes rebaños de lanares y, aunque en menor medida, vacunos.
Pero el golpe definitivo vino asociado a la utilización por parte de Mendoza de las aguas del Atuel provocando una considerable disminución de su cauce.
En 1942 el gobierno nacional85 inició la construcción de una presa en El Nihuil que, finalizada en 1947, interrumpió definitivamente el libre escurrimiento del Atuel sobre territorio pampeano.
86 La evolución demográfica de los tres departamentos atravesados por la cuenca -Chalileo, Limay Mahuida y Curacó-es muy elocuente del impacto de ese proceso en la porción occidental del Territorio.
87 Forzado por ese estado de cosas, el gobierno del Territorio protagonizó en la década de 1940 la recuperación de la cuestión del aprovechamiento del Colorado.
La iniciativa estuvo asociada a la gestión del gobernador Miguel Duval (1939-1946),88 cuyos argumentos eran planteados desde una perspectiva tan innovadora como interesante.
En particular, Duval planteaba el problema hídrico de La Pampa de una manera integral, como aspecto clave del declive de su porción occidental que comprometía el desarrollo del conjunto del Territorio.
Allí, desde su perspectiva: los cultivos [...] están supeditados constantemente al arbitrio de los factores meteorológicos; no se aplican métodos racionales en el laboreo del suelo, ni hay un aprovechamiento integral e inteligente de los productores del mismo; la población rural carece de capacitación técnica y de arraigo a la tierra; los agricultores fracasados y los elementos nativos sin trabajo permanente forman legión y medran en los alrededores de los núcleos urbanos a expensas de la caridad pública.
89 En ese contexto el Colorado se transformaba en un factor clave tanto para revertir el profundo y sostenido declive socio-económico de su porción occidental como para impulsar la economía territorial: la irrigación de la cuenca del Colorado vendría a transformar fundamentalmente la economía del Territorio de La Pampa al permitir la colonización de una extensa zona de tierras vírgenes, crearía grandes y seguras fuentes de trabajo y producción que solucionarían el problema de la desocupación [...] aseguraría la explotación de la industria ganadera mediante el cultivo intensivo y económico de todas las especies forrajeras, estimularía notablemente el consumo interno de frutas, hortalizas y legumbres que por el alejamiento de los centros de producción constituyen verdaderos artículos de lujo para los habitantes de La Pampa; y por último, originaría nuevos sistemas de vida y de trabajo en estas regiones sometidas hasta ahora a la explotación extensiva, desordenada y antieconómica del suelo.
90 Sin embargo, pese a los denodados esfuerzos del gobierno territorial, los avances en este sentido durante la etapa territoriana fueron muy escasos.
Mientras tanto, los demás Territorios y provincias con intereses sobre el Colorado se mantenían alejados de la cuenca, con la única excepción de Mendoza que, como se ha visto, venía desarrollando individualmente proyectos de gran impacto sobre la misma.
Así, no fue hasta su provincialización en 1951 91 cuando La Pampa logró impulsar un debate en torno al aprovechamiento del Colorado forzando el involucramiento de las demás jurisdicciones y, en particular, a las provincias de Mendoza y Buenos Aires.
De algún modo, la reivindicación sobre el uso de los recursos propios era expresión de un ejercicio de la ciudadanía alcanzada tras décadas de luchas por la provincialización.
Pero sobre todo, con ésta el gobierno provincial se encontraba ante la responsabilidad de desarrollar por sus propios medios la economía pampeana, lo que despertó la conciencia del atraso relativo respecto de Mendoza y Buenos Aires.
92 Así lo expresaba el ministro de Obras Públicas provincial: 90 Ibidem, 8-9.
91 Ley 14.037/1951 92 El diario porteño se hacía eco de esta situación al señalar que: «A principios del siglo, La Pampa se presentaba al mundo como una tierra de promisión. [...]
Lo que antes era una bendición es ahora un desastre.
Las posibilidades que se habían pronosticado se han desvanecido.
La miseria actual es una advertencia de la Providencia sobre la imprevisión de los hombres.
Estos han talado los bosques, han arado los pastizales, han dejado secar las lagunas, persiguiendo el lucro de la explotación inmediata.
Sin preocuparse del porvenir, han convertido en desierto lo que antes abundaba con las riquezas de la flora y la fauna nativas» (La Nación, Buenos Aires, 27 de agosto de 1956).
La Pampa es una Provincia que puede y debe ubicarse entre las llamadas pobres, si para determinar la calificación han de tenerse en cuenta las fuentes de producción que se conocen hasta la fecha.
Pocos años más y su presupuesto apenas alcanzará para mantener la máquina burocrática y realizar alguna pequeña tarea de conservación.
Su industria básica, la agrícola ganadera, está desarrollada al máximo, desde que todas las tierras aptas son ya explotadas.
En esa actividad no queda nada por descubrir, apenas aspirar a un incremento de la producción merced a los adelantos técnicos o a una mayor dedicación del hombre.
Todo sujeto siempre a la trágica amenaza de los ciclos de sequía.
93 Esa situación contribuyó a buscar nuevas fuentes de riqueza y, con ello, a afirmar la importancia del Colorado como recurso económico clave en la conciencia colectiva provincial.
Ese nuevo estado de cosas movilizó a importantes sectores de la sociedad civil local (burguesía terrateniente, profesionales liberales, etc.) que se habían involucrado previamente en las gestiones por la provincialización del Territorio.
Agrupados en organizaciones como el Rotary Club, la Comisión Pro-Colonización de 25 de Mayo o la Comisión Permanente del Agua, estos actores desarrollaron una intensa actividad a favor de la puesta en valor del Colorado.
La importancia que ello tenía para la provincia de La Pampa queda de manifiesto en la creación en 1954 de una Dirección de Estudios y Obras de Riego, al frente de la cual se colocó a Federico Tapper, un profesional de dilatada experiencia en regadío en la provincia de Mendoza.
En ese contexto, La Pampa desarrolló sus propios estudios prospectivos, que planteaban una superficie regable de 250.000 hectáreas además de otras 200.000 en la altiplanicie adyacente susceptibles de ser aprovechadas mediante riego extensivo.
En ese nuevo escenario, la provincia estaba ya en condiciones de defender sus derechos en igualdad de condiciones frente a las demás provincias.
Ello impulsó al gobierno de La Pampa a convocar la realización de una Conferencia del Río Colorado a realizarse en Santa Rosa para discutir los intereses y acciones de cada provincia sobre la misma.
94 La reunión fue realizada también a instancias de la CEPAL cuyos representantes en la reunión sobre regadíos realizada en Mendoza en abril de 1956 solicitaron al ingeniero Tapper la organización de un grupo de trabajo para abordar los problemas de la agricultura bajo riego en las provincias de La Pampa, Neuquén y Río Negro (Decreto 921/56 del gobierno de la Provincia de La Pampa).
La conferencia del río Colorado constituyó el final de una etapa caracterizada por las inacciones de unos y de acciones veladas de otros sobre la cuenca pero, sobre todo, debe ser vista como el esfuerzo más importante por avanzar en la construcción de un proyecto territorial orientado a su desarrollo integrado.
En ese sentido, la iniciativa pampeana presentaba diversos aspectos de interés: en primer lugar, fue una iniciativa inédita en relación con la gestión de cuencas hídricas en el país, hasta ese momento en manos del Estado en virtud de la Ley 6.546/09.
95 En segundo lugar, partía de la premisa de la unidad de cuenca como concepto territorial privilegiado para la propuesta de acciones -un aspecto crítico incluso en los debates actuales sobre gestión de cuencas (Pochat, 2005)-al señalarse que: el Colorado constituye un factor de unidad geográfica y económica de los estados regados por sus aguas y el fundamento de vinculaciones particulares que provocan la necesidad de mutua colaboración para el mejor éxito de los intentos tendientes a promover el bienestar y fomentar el progreso de una vastísima región del país.
96 Además, se planteaba la necesidad de crear una «conciencia regional» que permitiera integrar las acciones de las distintas provincias en el marco de un «Ente Autónomo Interprovincial».
97 De ese modo, si bien era fundamental la cuestión de la distribución equitativa del recurso, la convocatoria de la misma apuntaba a un horizonte de mayor amplitud y de carácter integrador que resultaba crucial para un desarrollo equilibrado del territorio.
Sin embargo, pronto se puso en evidencia la profunda desconfianza generada por décadas de acciones unilaterales entre las provincias.
Así lo expresaba el presidente de la Conferencia, arquitecto Sierra al señalar que cada una de las Provincias presentes puede y debe hacer conocer sin recelos de ninguna clase todos sus proyectos: actuales y futuros, para poder después con conocimiento pleno actuar en definitiva.
98 En ese marco, los representantes de Mendoza y Buenos Aires hicieron valer el peso de las acciones previas sobre la cuenca mediante una estrategia de hechos consumados, favorecida por la premisa defendida por el gobierno nacional en relación con que toda acción sobre la misma debía evitar «ocasionar perjuicios considerables en zonas creadas al amparo de obras ya ejecutadas».
99 En esa misma línea, el relator de la provincia de Buenos Aires defendía que los proyectos futuros no deberían afectar las situaciones de hecho creadas por los regadíos existentes, 100 sosteniendo la estrategia provincial de construir la presa de Huelches y otras tres en la porción inferior del río.
Mientras tanto, el representante de Mendoza esgrimía argumentos técnicos, económicos y políticos para afirmar la legitimidad de los derechos adquiridos por la provincia en virtud de acciones previas sobre sus cuencas hídricas.
En particular, destacaba la consolidación de los derechos de riego a partir de su Ley provincial de Aguas de 1884 y la obtención progresiva de derechos de riego por parte del Estado Nacional hasta un total de 600.000 hectáreas, superficie que no podía ser cubierta por los caudales de sus principales ríos.
Planteaba además que: La técnica moderna de la ingeniería hidráulica ha llegado a fijar como axioma que el agua para riego debe conducirse hasta los lugares donde se encuentran las mejores tierras que tengan condiciones económicamente más ventajosas en su explotación y lograr una mayor generación de energía hidroeléctrica.
101 En esa línea, el ministro de Gobierno de Mendoza 102 señalaba que las obras de derivación planificadas por su provincia constituían una opción ineludible al favorecer el desarrollo de las tierras más aptas, es decir, los pujantes oasis de los ríos mendocinos.
A diferencia de lo ocurrido con las provincias históricas, la posición de los recientemente provincializados Territorios Nacionales fue muy dispar.
Frente al escaso interés de Neuquén y Río Negro, La Pampa volvió a plantear, en un tono de denuncia, la acuciante necesidad de puesta en valor del Colorado para superar los desequilibrios socio-económicos y territoriales de la provincia provocados por la «total absorción por parte de las pro- JUAN JOSÉ MICHELINI Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 723-754.
103 La tesis sostenida planteaba que: la totalidad de las obras ejecutadas y en ejecución, excepción hecha de algunas de las ahora encaradas por La Pampa, atenderá el riego en los últimos 220 kilómetros del tramo del Río Colorado, vale decir, atenderá el regadío en una zona donde la precipitación pluvial permite otros cultivos sin riego, dando la espalda a la zona semiárida y totalmente árida, olvidando así la unidad geográfica del río.
104 En definitiva, la Conferencia del río Colorado puso en evidencia los intereses, desacuerdos y conflictos subyacentes a la puesta en valor del Colorado.
Sus resultados son elocuentes y resultarían claves tanto para el desarrollo posterior de las negociaciones entre las provincias como para la trayectoria territorial de la cuenca.
Las posibilidades iban desde el logro de acuerdos básicos para el reparto equitativo del recurso hasta la formulación de principios que permitieran la concreción de un proyecto integral de desarrollo según el modelo predominante en América Latina en las décadas de 1950 y 1960.
105 El primero sólo se concretó dos décadas después, con la aprobación de un «Programa único de distribución de caudales y habilitación de áreas de riego en el río Colorado» 106 durante la VI Conferencia de Gobernadores en 1976.
El segundo requería la creación de un adecuado armazón institucional que permitiera articular los objetivos y proyectos de cada una de las provincias en un esquema común.
La Conferencia dio lugar a la creación de una Comisión Técnica Interprovincial del Río Colorado (COTIRC), pero se le confirió un carácter eminentemente técnico y no alcanzó el carácter de Autoridad de Cuenca impulsora del desarrollo de la misma.
En otras palabras, la gestión de la cuenca fue reducida a la administración de sus aguas 107 en un modelo que sería ratificado posteriormente con la creación en 1977 del Comité Interjurisdiccional del Río Colorado (COIRCO), dedicado a la fiscalización del cumplimiento del Programa antes mencionado.
106 Aprobado por Ley Nacional 21.611 del 1.o de agosto de 1977, consiste en la identificación de un conjunto de aprovechamientos y la definición de su dimensionamiento de acuerdo con las siguientes premisas: uso eficiente del recurso hídrico, prioridad del abastecimiento de poblaciones y del riego sobre otros usos posibles, contribución a la integración territorial.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 Por otra parte, a poco de finalizar la I Conferencia de gobernadores y mucho antes de alcanzar un acuerdo definitivo sobre la distribución del recurso, las provincias iniciaron caminos autónomos en el diseño de sus programas de desarrollo.
La Pampa creó en 1959 la Comisión Técnica del río Colorado, transformada en 1962 en el Ente Provincial del Río Colorado, para promover el aprovechamiento integral y «acelerado» del mismo en jurisdicción provincial (Decreto Ley 21/62).
108 Mientras tanto, Buenos Aires hacía lo propio con la creación de la Corporación de Fomento del Valle Bonaerense del Río Colorado (CORFO) en 1962, 109 una organización de características similares con el objetivo de administrar el riego y planificar el desarrollo regional en esa porción del territorio bonaerense.
Aunque los estatutos de ambas organizaciones consideran explícitamente la posibilidad de establecer acuerdos con «entidades similares de otras provincias», 110 investigaciones recientes han mostrado la total falta de coordinación de actividades, proyectos o estrategias conjuntas entre ellas una vez que las mismas se pusieron en marcha.
Así, cada una ha permanecido enfocada en la promoción de espacios concretos, limitando su capacidad para el establecimiento de sinergias territoriales de todo tipo.
En este artículo se ha analizado la trayectoria territorial de la cuenca del Colorado en el marco del proceso de construcción territorial de la frontera norpatagónica.
Se han abordado las claves político-institucionales que, a diversas escalas, contribuyeron a establecer el atraso relativo de este espacio en su contexto regional en las décadas finales del XIX y la primera mitad del XX afirmando en las siguientes su estatus de espacio periférico en el «circuito productivo frutícola regional».
111 108 Se trataba del marco institucional necesario para la puesta en marcha del proyecto de aprovechamiento múltiple en 25 de Mayo diseñado y presentado en ese mismo año por el ingeniero Gandolfo.
DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.12 Como se ha dicho antes, la cuenca del Colorado ha sido un espacio periférico habitualmente olvidado tanto por la historiografía, como por la geografía y la economía regional que, por lo general, han limitado sus análisis a la cuenca del río Negro.
Sin embargo, el encuadre de la problemática del Colorado en el marco de la construcción de la frontera Sur112 nos ha permitido mostrar que este jugó un papel importante en los proyectos estatales de construcción territorial del norte patagónico en los años inmediatamente posteriores a la denominada «Campaña al Desierto», no obstante la escasa concreción de los mismos sobre la cuenca.
La utilización de esa escala de análisis puso también en evidencia una doble fragmentación territorial que condicionó la trayectoria de desarrollo de la cuenca en el marco de dos etapas históricas caracterizadas por actores y procesos diferenciados.
La primera de ellas vino asociada a la estrategia de apropiación del territorio derivada de la conjunción de intereses del Estado y del capital privado.
Desde finales del XIX y en el marco de la ausencia de políticas activas para la integración los Territorios Nacionales a la vida nacional, se consolidó un proceso de desarrollo desigual que subordinó a la cuenca del Colorado a una situación periférica en el Norte patagónico.
Por otro, el carácter conflictivo de las relaciones interprovinciales en torno al aprovechamiento del recurso a partir de la década de 1950 afirmó su fragmentación interna condicionando tanto la capacidad de revertir ese atraso relativo como las posibilidades de un desarrollo equilibrado en el marco de las crisis de las economías regionales113 y, más específicamente, del regadío114 desde finales de los 70.
La Conferencia del río Colorado pretendió promover la construcción de un proyecto de desarrollo integral para la cuenca.
Sin embargo, las asimetrías de poder entre provincias históricas y nuevas obstaculizaron la superación de las tensiones construidas durante la etapa territoriana, limitando los acuerdos a un reparto consensuado del recurso.
Allí se encuentran, por tanto, los fundamentos del fraccionamiento institucional que ha caracterizado al río Colorado desde los años 60, verificándose una situación de dispersión y superposición institucional equivalente a la de la mayor parte de las cuencas hídricas en Argentina,115 considerados por los especialistas como uno de los obstáculos más importantes |
El desarrollo de un proyecto de investigación financiado por la Junta de Andalucía y dirigido por Bartolomé Yun-Casalilla ha culminado, tras sendas reuniones de trabajo en Florencia (
María Portuondo nos pone en contacto con otro filtro, el de la necesidad que sintieron científicos y humanistas de acordar la experiencia del Nuevo Mundo a las fabulaciones de la mitología bíblica, en este caso a partir de los intentos tan esforzados como fallidos de Benito Arias Montano, que se decantó por utilizar como sucedáneo la minimización de la «novedad» americana.
Se trata de una nueva variante de la «física sagrada», esas elaboraciones pseudocientíficas de los tiempos modernos que interpretaban la naturaleza de modo que no entrasen en contradicción con los textos bíblicos, una misión imposible de la que nos dejó numerosos ejemplos Horacio Capel hace ya algunos años.
Antonella Romano nos habla de la labor, mucho más crítica, desarrollada por los intelectuales de la Compañía de Jesús, en su afán de ofrecer una visión objetiva de la realidad americana.
En este caso, la asimilación del Nuevo Mundo por el público europeo fue especialmente deudora de la obra del jesuita español José de Acosta, cuya Historia natural y moral de las Indias (1590) fue la mejor introducción al conocimiento de aquel continente, como demuestra su inclusión en la difundida obra del jesuita italiano Antonio Possevino en su Bibliotheca Selecta de 1597, que ejerció un significativo papel de mediación para proporcionar una información más completa sobre la materia americana, que aparecía como un componente esencial del utillaje intelectual que debían dominar los miembros de la Compañía.
María Ángeles Pérez Samper, una de las mejores especialistas en la historia de la alimentación durante la Edad Moderna, nos habla de la auténtica «revolución alimenticia» que se originó a partir del contacto entre los diversos continentes durante la primera globalización.
En esta ocasión, se limita a dos casos que denotan una divergencia en la acogida de los productos llegados de América, de tal modo que si el chocolate fue pronto adoptado por las élites hasta convertirlo en un suntuoso producto de consumo, el mundo campesino rechazó al principio tanto el maíz como la patata, que no se abrieron camino hasta mucho después de su llegada a tierras europeas.
Su trabajo encuentra eco en el de Giovanni Levi, que ofrece datos fehacientes sobre la trayectoria de la introducción del maíz en la región del Piamonte, donde se pasó de su rechazo a un cultivo constantemente en progresión, que llegó a extenderse por casi la mitad de la tierra cultivada.
De hecho, en algunas regiones del norte de España ocurrió lo mismo, hasta el punto de que lo que se ha llamado la «revolución amarilla», es decir la expansión del maíz, transformó completamente la agricultura, la economía rural y el modo de vida de amplias capas de la población en Galicia ya desde el siglo XVII.
En el trabajo de Rebecca Earle el análisis alcanza mayor complejidad al referirse a los hábitos de consumo de los españoles que viajaron por mar a otros continentes.
Ahora se trata de una resistencia a cambiar la dieta tradicional (especialmente en lo que se refiere a la carne y el pan de trigo) por otra que incluyera comestibles más exóticos.
El fenómeno de la alimentación se une así a la permanencia de un determinado tipo de actitud: la historia de la vida material da la mano a la historia de las mentalidades.
Bethany Aram considera la utilización del consumo de especias exóticas como un elemento de diferenciación social, por sus connotaciones de signo suntuario y de símbolo de preeminencia económica, en razón de su escasez y por tanto de su elevado precio.
Un fenómeno que se da en el otoño de la Edad Media y en el primer Renacimiento pero que se va desvaneciendo a medida que se extiende la difusión de tales productos gracias a su abaratamiento.
El análisis tiene como escenario un ámbito definido algo borrosamente como «Hispano-Burgundian Court», que debe referirse a Flandes en el momento de transición en que sus soberanos (Felipe el Hermoso, Carlos V) van a pasar a serlo también de los reinos de España, traspasando la etiqueta «borgoñona» a su nuevos dominios.
Irene Fattaciu nos habla de la progresiva difusión del chocolate entre las poblaciones europeas.
En la misma línea de un reciente trabajo de Renate Pieper documentando esa inclinación imparable en dos regiones tan alejadas geográficamente (aunque no políticamente) como el reino de Castilla y el ducado de Estiria, la autora pone en este caso el acento en el incremento de las importaciones de cacao en Europa a partir de la actividad de la Real Compañía Guipuzcoana en el siglo XVIII, que permitió abaratar el precio del cacao embarcado en Caracas y Cumaná y, mucho más, el precio del procedente de Guayaquil, hasta el punto de convertir la bebida derivada en un fenómeno cultural de primer orden en el Siglo de las Luces.
José Luis Gasch-Tomás analiza la divergencia en el consumo de productos suntuarios entre dos metrópolis del mundo atlántico, México y Sevilla, a partir de la instalación española en las Filipinas.
Su análisis concluye en el mayor impacto de la seda y la porcelana procedentes de China por la vía del galeón de Manila en la capital de Nueva España que en Sevilla, más aferrada a la producción italiana de ambos artículos de lujo.
Las explicaciones podrían ser diversas, desde la inercia de las relaciones mantenidas con una Italia ampliamente española hasta el efecto de la HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
ISSN: 0210-5810 distancia, ya que Acapulco estaba obviamente mucho más cerca de la ciudad de México que de Sevilla.
En ese sentido, los datos deben contrastarse con los ofrecidos por otras investigaciones en curso (como las de Alberto Baena o Etsuko Miyata) o ya concluidas, como la de Cinta Krahe.
El afán compulsivo por procurarse los productos exóticos procedentes de los nuevos mundos se verifica en el observatorio escogido por Francisco Zamora: el Gran Ducado de Toscana.
Los Médicis, al margen de las rutas ultramarinas del comercio, no dejaron de manifestar su necesidad de hacerse con los objetos que daban lustre a las cortes europeas, utilizando para ello todas las vías a su alcance.
Así, pudieron movilizar a los jesuitas establecidos en América, a los judíos sefardíes instalados en el puerto de Livorno y, sobre todo, a los cónsules florentinos que actuaban en las plazas más directamente conectadas con el tráfico marítimo de larga distancia, concretamente en este caso Lisboa y Cádiz.
En la última sección se incluyen otros trabajos sobre la suerte de algunos productos singulares.
Así, Carlos Marichal, proyectando una mirada de larga distancia (1550-1850), se refiere al monopolio español sobre la cochinilla de Oaxaca, que fue objeto de una atenta vigilancia, que impedía la difusión de información o la salida de plantas de nopal fuera de su área de cultivo.
De este modo, pudo convertirse en uno de los productos tintóreos (junto con el añil y los palos brasil y campeche) de mayor impacto en Europa.
Por su parte, Antonio Gutiérrez Escudero, que ha dedicado toda una vida al estudio del Santo Domingo español, todavía puede ofrecernos significativas novedades extraídas de su asidua frecuentación de los archivos.
Por este trabajo sabemos que la ocupación inglesa de Cuba en 1762 fue la ocasión para un retorno al tabaco en la economía de La Española, que había venido ensayando sucesivos cultivos para garantizar su supervivencia, una vez que la lógica de la expansión colonial relegó a la isla a una posición marginal.
Ahora el tabaco apareció como solución, alimentando una prosperidad efímera que duró hasta la firma de la paz de Basilea en 1795.
Esta trayectoria aparece avalada por el trabajo de Igor Pérez Tostado, que tras señalar el papel que en la economía de La Española jugaron en el siglo XVI la caña de azúcar, el ganado y la trata de esclavos, vuelve su mirada al siglo XVIII para señalar el poderoso influjo que ejerció el cercano (y logrado) ejemplo de la economía de plantación de los franceses de Saint-Domingue sobre autores como Antonio Sánchez Valverde y su Idea del valor de la isla Española (publicada en Madrid en 1785).
Desgraciadamente, también en este caso, la resistencia de los colonos españoles impidió el desarrollo de una experiencia que también habría de tener como fecha de caducidad el año de 1795, el momento de la transferencia de la parte oriental de la isla a Francia.
El libro se cierra con el epígrafe «The Spanish Empire, Globalization and Cross-Cultural Consumption in a World Context, c.
1750», de Bartolomé Yun-Casalilla, que apoyado en una copiosa y actualizada bibliografía plantea algunas temáticas que están presentes en los grandes debates sobre la primera globalización.
Siendo imposible aquí una discusión de la complejidad requerida, podríamos contentarnos con la mención de algunas líneas sugeridas por este extenso epílogo.
Así, el texto se refiere al papel de la plata española (a nuestro juicio, posiblemente el gran catalizador de la primera mundialización), la multidireccionalidad de las transferencias, el papel de los intermediarios (viajeros, diplomáticos, mercaderes, misioneros, intelectuales), la doble dialéctica entre acogidas y resistencias y entre convergencias y divergencias, las posiciones distintas de los agentes involucrados: «Cross-cultural exchanges were not symmetrical or lacking in violence».
Oportuna alusión esta última, que nos sitúa en la contraposición entre dominantes y dominados, una tensión que podría quedar olvidada a favor de una imparcial intercomunicación entre iguales que la historia de los mundos extraeuropeos desmiente radicalmente.
Si quisiéramos ser críticos, y dejando aparte algún error tipográfico, hemos encontrado en algunos casos cierta descompensación entre la mesurada aportación de novedades a partir de la documentación original y la abrumadora riqueza de la bibliografía utilizada y la altísima calidad de la reflexión histórica sobre problemas ciertamente complejos y apasionantes.
Dicho esto, hay que concluir que nos hallamos ante una sobresaliente obra colectiva que enriquece notablemente nuestra percepción de los intercambios (materiales y culturales) en el seno del mundo globalizado de la Edad Moderna.-CARLOS MARTÍNEZ SHAW, UNED, Madrid.
Baudot Monroy, María (ed.): El Estado en guerra.
Expediciones navales espa ñolas en el siglo XVIII, Madrid, Ediciones Polifemo, 2014, 406 pp.
Desde los albores de la dinastía borbónica en España, cuando se establecieron los principales pilares de la construcción estatal centralizada, el HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS fortalecimiento de la armada fue algo unido a la consolidación de un estado-fiscal-militar organizado e ideológicamente establecido.
La idea del «fiscal-military state» acuñada por John Brewer y muy estudiada para el caso hispano por Agustín González Enciso y por Rafael Torres Sánchez, se afianza en la alineación de una hacienda pública capaz de administrar y atraer recursos para las campañas militares organizadas por el estado.
En la historiografía española se atribuye al marqués de la Ensenada (secretario de Estado entre 1748 y 1754) una gran parte del éxito de ese supuesto fortalecimiento naval y, efectivamente, Ensenada prosiguió y sobredimensionó esa política, que fue también el objetivo de otros pensadores político-económicos de la época.
No obstante, este proceso debe ser entendido en un contexto espacio-temporal mucho más amplio durante el cual un eficaz establecimiento de la cadena de mandos para la toma de decisiones desempeñó un importante papel que es analizado en los artículos compilados en esta obra conjunta.
El origen del trabajo está en las investigaciones del equipo de la Universidad de Navarra sobre el «contractor state», dedicado al estudio de la armada desde el enfoque de la política naval estatal.
Los puntos débiles a la hora de organizar una armada eran la financiación y la marinería por lo que han sido tradicionalmente los temas más recurridos.
Este libro supone un crucial avance en este marco historiográfico constituyendo un esfuerzo por reunir investigaciones de los máximos especialistas activos en el tema.
Se pretende ofrecer una visión de la armada con todos los aspectos que intervinieron para su refuerzo y el estudio de sus recursos humanos y económicos, tomando el análisis completo de casos específicos sobre organización de fuerzas navales para expediciones concretas.
A pesar del exhaustivo trabajo de investigación, se echa en falta el estudio de los recursos forestales, tema sin duda importante -a mi entender-pero que ha sido más dejado de lado en el caso hispano.
Obviando este «pecado», los once artículos y la densa introducción de la editora de la obra logran aportar nuevas visiones de casos específicos y de conjunto sobre la creación de una auténtica armada dieciochesca acorde con las metas políticas del estado español de la época.
Aparte de mantener a raya a Inglaterra en el Atlántico, cosa que hizo con irregulares resultados, la evolución de esta política naval atravesó diferentes etapas como diferentes fueron también las fases políticas de la monarquía tras la muerte de José Patiño.
Entender quizás que la mejor manera de tener una buena armada de guerra en tiempos de guerra era tener una buena armada de guerra en tiempos de paz fue una de las más importantes aquiescencias del estado fiscal-militar desde un punto de vista organizativo global.
Montar una armada suponía la puesta en marcha de un sistema organizativo y una cadena de mandos, así como la movilización de todo tipo de recursos que afectaban a la sociedad y a la economía del país.
La política naval española del setecientos tiene un importante «turning point» en las estrategias, impulsadas por Patiño, para reconquistar los territorios italianos y luchar contra la amenaza berberisca en el Mediterráneo.
Estos acontecimientos parecen ir de la mano con lo que sucederá a partir de la década posterior al final la guerra de Sucesión por el trono español, y que va a establecer una nueva dinámica, bien expresada por Baudot Monroy en su introducción, cuando dice que «es difícil comprender la política naval española y valorar las actuaciones de la Armada, sin analizar la situación política internacional, la utilización del poder naval por los distintos gobiernos y la capacidad de los ministros, de las instituciones y del conjunto de la sociedad para movilizar los recursos para la guerra» (p.
Desde el final de la guerra de Sucesión la política atlántica será defensiva en el afán de proteger las rutas coloniales y los propios puertos americanos en sí, desde donde llegaban las riquezas.
Se hizo una política naval coherente más que nada dirigida a detener a Inglaterra que deseaba poseer los mercados hispanos.
Estas fases atlánticas, a partir de 1730, solo experimentaron una desaceleración entre 1754 y 1759 con la desaparición de Ensenada y la llegada al poder político de Ricardo Wall, para volverse a potenciar en 1763, tras el asedio a La Habana por Inglaterra.
Aunque es uno de los enigmas de este libro, la pregunta de si la política naval cumplió realmente sus objetivos conlleva una respuesta positiva.
En este contexto histórico y geográfico amplio, las fuerzas navales realmente se potenciaron en ese marco del estado-fiscal-militar al conocerse un rearme naval sin precedentes y la organización y despliegue de unas políticas internas dirigidas a la construcción de bases navales (Ferrol, Cartagena y Cádiz), que además coincidían con el establecimiento de los departamentos marítimos organizados territorialmente.
Algunos, como La Carraca en Cádiz, habían sido ya antes arsenales para las carenas de navíos.
Aunque con un antecedente posible en tiempos de Felipe III (la real cédula de 5 de octubre de 1607 cuando se crea la Matrícula de mar), los departamentos marítimos se potenciaron en el siglo XVIII, precisamente durante el gobierno de Ensenada.
Esta obra cuenta con mucha investigación de base en archivos y con unas excelentes referencias bibliográficas bien relacionadas, algo que no HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
ISSN: 0210-5810 siempre está presente, infelizmente, en la historiografía clásica sobre temas navales.
Siguiendo en parte la línea de investigación marcada por estudios como los de Jan Glete (1993), la historiografía se ha centrado en la movilización de recursos para la guerra, incidiendo en la importancia de recursos humanos y económicos y en la construcción naval.
Algunos de los autores presentes en este libro han publicado recientemente nuevos conocimientos sobre la logística de las armadas, el trasiego de las mismas entre puertos europeos y americanos (donde muchas veces los barcos eran reparados con madera americana aparte de la que era importada a la península ibérica), la organización de los puertos, la importancia de tener a la gente adecuada en la cadena de mandos o las innovaciones y esfuerzos llevados a cabo por los ministros de marina en tiempos concretos.
El libro que reseño es un conjunto de extraordinarios ejemplos sobre lo que aún se puede llegar a hacer en historia naval y marítima.
Se profundiza en cómo los intereses políticos coyunturales incidían en tiempo real en la organización y destino de las armadas (González Enciso, Marchena Fernández, sobre la expedición al Río de la Plata de 1776 con objeto de destruir la colonia de Sacramento con el apoyo de una élite de militares que fueron a América).
El magnífico artículo de González Enciso sobre la escuadra de 1733 pertrechada en El Ferrol narra también las vicisitudes de la información recogida en la documentación histórica y en el contexto de la literatura sobre la política de José Patiño, una literatura extensa y de reciente actualización que plantea aún muchos interrogantes.
Ignacio Rivas desarrolla, por su parte, un interesante trabajo sobre el papel de las redes de información para conocer con alguna ventaja las operaciones de armadas enemigas, en ese caso Inglaterra, y cómo influyó hasta cierto punto en la política del rey Felipe V, demasiado atento a recuperar sus posesiones italianas.
El contexto de la guerra en el Caribe y la amenaza de las bien organizadas y pertrechadas armadas inglesas es tenido en cuenta en este y en otros textos como el de Baudot Monroy que analiza esta logística en el contexto de la guerra colonial.
Estos estudios sitúan la ofensiva inglesa en el Caribe, a partir de la guerra de la «Oreja de Jenkins», sin éxito, pero que más tarde influiría en la estrategia inglesa en su deseo de conquistar Cartagena de Indias, Santiago de Cuba, La Guaira o Puerto Cabello.
Los supuestos fracasos de la colosal armada inglesa plantean el interrogante de si realmente querían conquistar estos puertos o simplemente mantener en vilo a las fuerzas navales españolas con la intención de desmantelar la red de los puertos del imperio.
Las fuerzas navales inglesas eran muy superio-res a las españolas y el hecho de que los agentes ingleses tenían una amplísima red de información desplegada por todos los rincones coloniales parece contradecirse con sus repetidos fracasos.
¿Por qué no lograron sus objetivos?
La respuesta está en la armada y en los esfuerzos del estado-fiscal militar español en organizar escuadras puntuales en misiones específicas, exitosas en muchos casos hasta la crisis de finales del siglo XVIII, analizada por Kuethe.
El texto de Valdez-Bubnov es clarificador sobre un tema muy importante para el conocimiento de las armadas mercantes y de guerra de la edad moderna pero que ha sido escasamente analizado desde la perspectiva ensayada en este estudio: el uso de mercantes armados convertidos en buques de guerra para una determinada misión, analizando el caso de la escuadra de Juan José Navarro.
Hay que subrayar que esto era algo reiterativo desde tiempo atrás aunque aún faltaría por estudiar la financiación privada de las armadas.
Solbes Ferri profundiza en las irregularidades del «contractor state» exponiendo algunos de los problemas de duplicación habituales en el antiguo régimen, como la doble vía del gasto de la marina compartida entre la Secretaría y la Hacienda.
Torres Sánchez expone el problema de los departamentos marítimos que daban un marco demasiado rígido al sistema de organización de flotas mientras Purchase analiza el caso paradigmático del crecimiento de una ciudad por ser sede de arsenal ilustrando el caso de Brest, e introduciendo de paso un modelo comparativo para Cádiz, El Ferrol, u otra ciudad portuaria española.
Una mención aparte merece el texto de Martínez Shaw y Alfonso Mola al ser una visión de conjunto sobre la armada de Filipinas en época moderna, menos conocida quizás que las flotas atlánticas.
Para terminar, aludiré brevemente a dos «carencias» que sin embargo no deslucen para nada este extraordinario esfuerzo conjunto de investigación, y que desearía que fueran nuevas líneas para el futuro y poder compartirlas también con algunos de los autores de esta obra.
En primer lugar, y de forma muy general, estos trabajos ejercen demasiada concentración en el «contractor state» y menos en la parte privada de los negocios en torno a las armadas.
Considero que es un tema que merecería atención dependiendo de la disponibilidad de las fuentes.
En segundo lugar la historiografía española tiene aún pendiente el estudio de la relación entre recursos forestales y construcción naval de forma complementaria a como se ha venido haciendo para el análisis de los recursos humanos y económicos.
Este libro es una demostración empírica de cómo la construcción de la armada era la construcción del estado, gracias sobre todo a unos ministros HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
ISSN: 0210-5810 como Ensenada o Patiño, que podían movilizar recursos y que establecieron las nuevas directrices de la política naval.
Ya era hora de que este tema se abarcara desde la perspectiva de los posibles éxitos de aquellas armadas y no de los posibles fracasos.-ANA CRESPO SOLANA, Instituto de Historia, CSIC, Madrid.
En América Latina como en otras regiones del mundo, los combates políticos han ido a menudo parejos con reconsideraciones, a veces luchas, historiográficas de una magnitud y un vigor a primera vista extraños.
El recurso a retóricas productoras de emociones desempeñó en ellas un lugar relevante, en general en contextos y lógicas de conflicto.
Las emociones vinculadas con las manifestaciones públicas de la memoria, son componentes que pueden parecer contradictorios, en las que se mezclan entusiasmo, exaltación, a veces cólera, y nos revelan así en las sociedades que las expresan sentimientos ambivalentes frente al pasado, pero una voluntad de construir un porvenir diferente.
Este libro en muchos aspectos prolonga las reflexiones de aquel que Frédérique Langue y Luc Capdevila habían publicado en 2009 en las Presses Universitaires de Rennes (Entre mémoire collective et histoire officielle.
Por consiguiente, ¿cómo puede reaccionar, y cómo se sitúa el historiador del tiempo presente en su entorno frente a regímenes emocionales, por definir, que fundamentan -¿y con qué fines?-los procesos de instrumentalización de las emociones que van a surgir y desarrollarse, que a veces pueden ser recuperadas para dar una fuerza nueva o un legitimidad renovada a los acontecimientos en que hunden sus raíces?
Las doce contribuciones reunidas en este libro están organizadas en dos partes.
Se deben a investigadores europeos y latinoamericanos de las nuevas generaciones que trabajan sobre esos temas surgidos no hace mucho.
En la primera parte, «La mémoire des corps», los autores han tratado de demostrar «en quoi et comment les émotions collectives pouvaient manifester la trace d' une expérience passée, dévoilant le corps en archives de sensibilités», de ahí temas relativos a la cólera de los minusválidos, el miedo durante la guerra de España, el odio político en Argentina, las muertes violentas en Puebla o los funerales públicos en la Argentina de la década de 1930.
Los textos de la segunda parte, «Les émotions de la mémoire», se sitúan en un plano algo diferente, pues cuestionan las posibles articulaciones entre emociones colectivas, memoria y movilizaciones políticas a partir de ejemplos españoles (las novelas de la memoria femenina de la guerra civil), venezolanos (resentimiento y mesianismo en la Venezuela de hoy), chilenos (conmemoraciones a los cuarenta años del golpe de Pinochet), uruguayos (construcciones discursivas y movilizaciones políticas en torno a las guerras civiles de finales del siglo XIX y comienzos del XX) y paraguayos (entusiasmo, emociones colectivas e historicidad a propósito de la historia nacional de principios del siglo XX).
En esta perspectiva, estamos por supuesto en las antípodas de las celebraciones y otras conmemoraciones de las «sociedades de memoria» que tienden a multiplicarse en América y España, pero cuyas manifestaciones, HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
Con este libro, tenemos una obra sugestiva, cuyos textos, por supuesto centrados en los casos estudiados, se sitúan en la perspectiva de una fuerte estructuración teórica atestiguada por bibliografías a la vez numerosas y útiles.
Es, sin lugar a dudas, un libro de referencia para todos aquellos, en particular los jóvenes, que son deseosos de acercarse a las vías nuevas de la investigación histórica actual.-BERNARD LAVALLÉ, Université Sorbonne Nouvelle-Paris 3.
En el ámbito historiográfico de las bases étnicas y culturales de Puerto Rico, en el que tradicionalmente se había debatido entre la primacía del aporte blanco español y la recuperación de la herencia nativa taína, Jorge Chinea se propone con este trabajo recartografiar el mapa de Puerto Rico para mostrar su «totalidad polifónica».
En estas páginas muestra los resultados de su esfuerzo por dar voz a los que no la habían tenido antes, a causa de unos planteamientos historiográficos demasiado eurocéntricos, de manera que los protagonistas son, entre otros, los amerindios, cimarrones, campesinos, esclavos africanos y castas.
Podríamos decir, entonces, que recupera a marginados de una zona marginal, si bien Puerto Rico tuvo una entidad especial en cuanto que constituyó parte del arco defensivo establecido por España para la defensa de su Imperio americano.
Esta calidad la tuvo en cuenta la Corona española constantemente, en particular, como hace constar el autor, en la primera mitad del siglo XIX, etapa nuclear de este trabajo y en la que la isla experimentó grandes transformaciones socioeconómicas.
El autor dedica también su atención a la segunda mitad del siglo XVIII, considerando un precedente inacabado los esfuerzos de los Borbones para potenciar la economía de la isla.
Para analizar las características socioeconómicas de los inmigrantes de Puerto Rico en la primera mitad del siglo XIX, Chinea ha utilizado una documentación singular que constituye uno de sus aportes fundamentales a RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS la historia de Puerto Rico y sobre la que estructura su trabajo.
Se trata de una relación de alrededor de dos mil extranjeros, cabezas de familia, que solicitaron establecerse en la isla según las pautas de la Real Cédula de 1815, es decir, beneficiándose de los repartos de tierra y exenciones de impuestos establecidos por el más importante decreto de inmigración para la isla.
Con esta documentación ha compuesto una base de datos con información homogénea para cada inmigrante, que le permite hacer valoraciones cuantitativas y cualitativas, acorde con su interés por estudiar las condiciones materiales e inmateriales de los protagonistas de la transformación social y económica de la isla en el siglo XIX.
Ha completado esta base de datos con información procedente del Archivo General de Puerto Rico.
La historiografía sobre la población de Puerto Rico se había ocupado de la inmigración de europeos blancos libres y de esclavos negros, pero había olvidado la presencia en la isla de negros libres, a los que en estas páginas se dedica una atención particular, dentro del conjunto de los inmigrantes procedentes de las Indias Occidentales.
Aunque la política de la Corona española para estimular el desarrollo de Puerto Rico ocupa un lugar relevante en su trabajo, Jorge Chinea considera también la relación entre la inmigración desde el Caribe español y no español hacia la isla y las condiciones sociales, económicas y políticas de esta en la primera mitad del siglo XIX, es decir, que mantiene una preocupación constante por situar a Puerto Rico en el conjunto del Caribe.
En este punto, es interesante señalar, como otra de las constantes reflejadas en este trabajo, la paradoja entre la actitud de la Corona necesitada de promover la inmigración en Puerto Rico para estimular su desarrollo económico, y el establecimiento de una política de control para evitar que entrasen en la isla elementos que pudieran alterar la situación colonial.
No le faltaba razón teniendo en cuenta que se produjeron 22 conspiraciones y rebeliones entre 1795 y 1848, pero el peligro que generaban los esclavos no impedía los esfuerzos por mantener la trata.
El autor estructura su trabajo en tres partes.
La primera de ellas, que es la más amplia, la dedica a analizar los movimientos inmigratorios en la isla antes de 1800, una época en la que estuvo poco poblada y en la que los europeos no hispánicos que llegaron pertenecieron a sectores marginales, entre los cuales había comerciantes ilegales, piratas, desertores y náufragos.
La inmigración no europea estuvo formada por amerindios del área del Caribe y negros cimarrones.
Chinea llama la atención sobre la necesidad de revisar la posición tradicional de la historiografía sobre la desaparición de HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
ISSN: 0210-5810 la población taína nativa, porque algunos estudios muestran que los restos que sobrevivieron a los efectos de la primera colonización tuvieron habilidad suficiente como para refugiarse y pasar inadvertidos en lugares recónditos.
Por otra parte, también se pueden constatar los movimientos de la población caribe en el mundo antillano, en el que tuvieron capacidad de moverse de isla en isla buscando los recursos que necesitaban.
El autor muestra que Puerto Rico no estuvo tan aislada ni tan despoblada después de los movimientos de la población hacia México y Perú a fines del siglo XVI y principios del XVII.
La fijación de los estudios en el componente blanco de la población, junto con la falta de datos de las fuentes españolas, ha limitado la investigación sobre la inmigración extranjera en la isla hasta 1800.
Además, señala como una constante de la historiografía eurocriolla la tendencia a olvidar a la población no blanca.
En la segunda mitad del siglo XVIII la situación de las Antillas españolas experimentó cambios sustanciales con motivo de la política de los Borbones destinada a renovar las defensas militares y estimular el desarrollo económico mediante la eliminación del contrabando y el fomento de la agricultura y el comercio.
Siguiendo las pautas señaladas por O'Reilly y Abba y Lasierra, se fomentó la inmigración en Puerto Rico y Trinidad de colonos extranjeros católicos de naciones amigas, los que se consideraban útiles y seguros.
Además, las consecuencias de los conflictos coloniales en el Caribe movieron a que habitantes del Caribe, blancos y no blancos, encontraran mejores condiciones de vida en las islas españolas.
Uno de los resultados de estas medidas fue que la población esclava en Puerto Rico se multiplicó por tres entre 1765 y 1794.
La parte central del trabajo es el análisis de la inmigración de las Indias Occidentales en Puerto Rico promovida por la Real Cédula de Gracias de 1815 y continuadora de las medidas de fines del siglo XVIII.
Se trata de un estudio pormenorizado que comienza con los perfiles socioeconómicos de este grupo humano y se continúa con las consecuencias económicas de su entrada en la isla y con los controles impuestos por la Corona española para evitar el asentamiento en Puerto Rico de inmigrantes considerados peligrosos para el sistema colonial.
El estudio de las características de los protagonistas de esta inmigración y sus relaciones con los grupos de poder en Puerto Rico -en particular con las autoridades coloniales que trataban de evitar la entrada de personas de color potencialmente peligrosas, como los procedentes de Saint Domingue-se acompaña siempre que es posible con noticias que sacan del anonimato a los inmigrantes, marginados o no. No llegan a constituir semblanzas biográficas, por otra parte imposibles de recomponer probablemente, aunque se destacan por ser más amplias las de los menos marginados, es decir, las que se refieren a los colonos extranjeros privilegiados por la Corona española, los que recibieron repartos de tierra por llevar a la isla su experiencia en los cultivos de exportación, por invertir capitales y por llevar mano de obra, con frecuencia esclavos negros.
Las semblanzas de estos colonos destacados y los datos que aporta sobre ellos sí podrían constituir una base para estudios futuros que, como el mismo Chinea precisa, son necesarios para completar el panorama que se limita a esbozar aquí, aunque con gran mérito y esfuerzo por componer un marco en el que la isla queda historiada dentro del Caribe en su conjunto, tanto español como extranjero.
Por esto y por su interés fundamental por el estudio de la conformación poblacional de Puerto Rico, con la atención particular de la valoración del aporte de la población no blanca procedente de las Indias Occidentales, es por lo que Matos Rodríguez, prologuista de este libro, lo considera con fundamento continuador de la obra de Arturo Morales Carrión.
A estas limitaciones, el propio autor añade las derivadas de no haber contado para la realización de este estudio con fuentes de archivos extranjeros (franceses, holandeses, ingleses o daneses) y de sus colonias respectivas.
Por otra parte, considera razonablemente la necesidad que experimenta de completar su trabajo con un análisis de la microhistoria de Puerto Rico.
En suma, una labor de futuro, para la que Jorge Chinea deja en sus conclusiones un programa de actuación que supone la continuidad de su trabajo y que, en sí mismo, constituye también un aporte valioso.-ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO, Universidad de Córdoba.
Gálvez Barraza, Julio: Winnipeg.
Más de dos mil refugiados, casi todos españoles, llegaron a las costas de Valparaíso en el amanecer del 3 de septiembre de 1939, a bordo del buque carguero Winnipeg, al mismo tiempo que estallaba en Europa la II Guerra Mundial.
Se trataba de un barco fletado por el gobierno de la República en el exilio, en una tentativa tan imposible como titánica de salvar del horror franquista al mayor número posible de españoles que HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS quedaron a merced de las purgas del nuevo régimen político o atrapados en los campos de concentración del sur de Francia, a pesar de que muchos exiliados creyeron encontrar la libertad al cruzar los Pirineos.
El Winnipeg fue recibido en el puerto chileno con los más altos honores ordenados por el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, quien unos meses antes había ganado las elecciones liderando el Frente Popular chileno.
La travesía del Winnipeg desde las costas francesas hasta el puerto de Valparaíso está considerada como una de las grandes epopeyas del siglo XX, tal y como ha rastreado, de manera ejemplar, el periodista y escritor Julio Gálvez Barraza en este revelador libro.
A J. Gálvez ya lo conocíamos por libros importantes como Neruda y España (2003) o El aporte del exilio (2003).
Para esta obra magna, importantísima en la bibliografía sobre la memoria histórica, ha recogido multitud de testimonios de los supervivientes o familiares directos de aquellos viajeros, que consiguieron llegar a Chile gracias a los esfuerzos del gobierno en el exilio de la República, pero también gracias a la labor ímproba realizada entonces por el cónsul especial para la inmigración española en Francia: el poeta Pablo Neruda.
Con verdadera minuciosidad y rigor histórico, cuestionando mitos e informaciones interesadas, Gálvez rastrea la aventura marítima llevada a cabo setenta años atrás, sumergiéndose en los archivos, cartas, memorias, testamentos y otros documentos personales de los protagonistas, para esclarecer la singladura de un viaje que tuvo una dimensión política, humana y también, cómo no, poética.
A través de siete capítulos y un apéndice en el que recoge el testimonio por extenso de dos de sus participantes, el autor recrea paso a paso todos los factores que intervinieron en el éxito de la expedición: el proceso de recaudación del dinero para fletar el barco, con las aportaciones importantísimas de asociaciones particulares de países como Argentina, Colombia, Uruguay y, especialmente, Suecia; la preparación del barco que dejaba de ser carguero para ser buque de pasajeros; la selección de los elegidos entre los republicanos confinados en los campos de concentración franceses -especialmente el de Argelès sur Mer-; la travesía del océano; el miedo de los pasajeros a caer en otra dictadura; el estallido de la Segunda Guerra Mundial; las penalidades del propio viaje; el perfil social y laboral de la mayor parte de los viajeros; las difíciles condiciones de adaptación al país de acogida; el éxito o el fracaso profesional de cuantos permanecieron en Chile; las tensiones políticas con los grupos profranquistas; las campañas de hostigamiento de RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
ISSN: 0210-5810 los grupos más ultraderechistas; o el difícil retorno en los albores de la democracia o a lo largo de la matusalénica dictadura.
La obra, escrita con una gran sensibilidad literaria, está concebida con todo tipo de estrategias literarias, donde la narración del propio Gálvez va dando entrada a testimonios de ahora y de entonces, noticias sacadas de los periódicos, fragmentos de memorias, textos literarios que recrean la epopeya política del Winnipeg o la resolución (casi policial) de episodios que forman parte del imaginario popular a los que el escritor da una solución incontestable.
La historia del Winnipeg comienza por el final, es decir, por la llegada del barco a Valparaíso, en medio del júbilo y los gritos a favor de la República de la multitud que abarrota el puerto.
Sin embargo, no todo fueron vítores y banderas al viento.
Desde que se supo que un barco de refugiados españoles estaba preparando su viaje a territorio chileno, las fuerzas sociales más conservadoras, en perfecta orquestación con los periódicos ultraderechistas El Mercurio y El Diario Ilustrado, articularon una campaña de hostigamiento hacia los exiliados, esgrimiendo todo tipo de falacias históricas y personales para crear un clima de miedo en torno a los recién llegados.
Como noveló, a partir de los textos periodísticos de la época, el escritor Juan Uribe Echeverría en su obra Sábadomingo (1973): «llegaban una partida de desalmados ladrones, asesinos de monjas, de curas y de hombres de bien; incendiarios, profanadores de tumbas.
El argumentario tendencioso, apoyado por grupos de filofranquistas vascos y asturianos, acabó generando más de una trifulca y a punto estuvo de provocar una verdadera batalla campal en pleno puerto marítimo.
Tal y como ha investigado Gálvez, desde que en Chile se supo que Pablo Neruda estaba organizando el viaje del Winnipeg con el apoyo del presidente chileno, los sectores más conservadores del país se movilizaron en todos los frentes imaginables para que solo viajaran trabajadores y gente corriente, nunca intelectuales o artistas que pudieran ejercer una nefasta influencia en la sociedad chilena, inoculando el resentimiento con sus ideales revolucionarios y «prosoviéticos».
La prensa conservadora se regodeaba en el aislamiento de la España republicana, maltratada por Francia e Inglaterra, ignorada por la Unión Soviética e incomprendida por los Estados Unidos.
Es cierto que una buena parte de esos dos mil y pico viajeros contaba con una profesión tradicional, manual o artesanal, campesina o urbana, que podía ser aprovechada en la sociedad chilena, sin embargo, también viajaron intelectuales de toda condición, gracias a la intervención HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 759-786.
Eso permitió que viajaran personalidades como Jaime Valle-Inclán (hijo del creador del esperpento), José y Joaquín Machado (hermanos pequeños de Antonio y Manuel), José Gómez de la Serna (hermano del artífice de las greguerías), numerosos periodistas españoles y corresponsales en España, escritores como Arturo Serrano Plaja o tipógrafos de la talla de Mauricio Amster.
J. Gálvez, con una enorme pericia investigadora, llega a cifrar en 1.108 (p.
115) los profesionales que viajaron en el Winnipeg, entre los que encontramos trabajadores de la industria pesquera, de la agricultura y ganadería, de la industria textil, de la construcción, del cuero y sus derivados, los metalúrgicos, de la industria gastronómica, de la minería, la ingeniería y otras profesiones.
Gálvez ajusta la estadística hasta llegar a un total de 2.004 pasajeros -1.297 varones, 397 mujeres y 310 niños de ambos sexos-, lo que supone unos números tan incompletos como necesarios para sortear las trabas políticas y burocráticas que fueron surgiendo por el camino.
A la mayoría se les dio un folleto informativo donde se explicaban nociones básicas de Chile, su geografía, riqueza, condiciones climatológicas, historia, etc. Esta diversidad de oficios y profesiones facilitó la integración de los exiliados españoles en su nueva vida, aportando técnicas avanzadas y un grado notable de especialización y profesionalización que fue muy valorado por la sociedad chilena.
Por razones obvias, Gálvez concede un papel central a la figura de Pablo Neruda, quien desde su participación en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas (1937) y el contacto directo con la guerra civil española, había asumido en su vida y en su obra un renovado espíritu combativo, con un claro compromiso político hacia los más débiles y los «caídos» en la contienda fratricida.
Tras el triunfo del Frente Popular chileno, Neruda fue designado como cónsul especial por el propio presidente Aguirre, misión que estaría jalonada de obstáculos por parte de la diplomacia chilena -que lo veía como un intruso-y de los infiltrados franquistas -que lo consideraban un elemento subversivo-, sin olvidar las autoridades francesas, que parecían haber olvidado sus compromisos con los grandes principios de la Revolución de 1789.
Neruda se lanzó a la labor titánica de recaudar fondos de todos los países amigos, al tiempo que sobre el terreno llevaba a cabo la selección de los españoles que podían viajar en el carguero Jacques Cartier, reconvertido en el buque de pasajeros Winnipeg.
La preparación del viaje y la travesía del océano se cuentan en los capítulos 3 y 4 del libro.
Ahí están desmenuzados los mecanismos que hicieron posible la selección de los pasajeros, la labor extraordinaria desarrollada por Delia del Carril (conocida como la «Hormiguita» y esposa entonces de Neruda) en todo lo relacionado con el acomodo y la intendencia de los niños pequeños en el barco.
Neruda se encargó, entre otras cosas, de confeccionar los pasaportes para la entrada legal en Chile, donde el poeta despliega no solo una buena dosis de talento manual, sino también toda su sensibilidad como testigo privilegiado de una época trágica.
El Winnipeg zarpó de las costas francesas el 4 de agosto de 1939, gracias, entre otros apoyos, a las gestiones de Rafael Alberti y su mujer, María Teresa León.
El barco llevaba también un buen número de refugiados latinoamericanos y brigadistas internacionales chilenos, rescatados por Neruda de la España bélica.
El periplo marítimo del Winnipeg duró un mes completo y durante esos días interminables de navegación el buque se convirtió en un microcosmos flotante, radiografiado minuto a minuto por Gálvez.
Asistimos al encuentro con los primeros barcos españoles en medio de la espesa niebla, barcos franquistas o atemorizados que no saludan en alta mar.
Vemos cómo se organiza la vida sobre la cubierta, los encontronazos políticos entre comunistas, socialistas y anarquistas que se culpan de la derrota bélica, la creciente mejora en todos los engranajes que tienen que ver con la vida cotidiana en el barco: los horarios de comida, el reparto de camas, de letrinas, la creación de un servicio especial de biberones para los más pequeños, la música como entretenimiento para todos, los periódicos murales que dan buena cuenta de la ponzoñosa actualidad internacional, los mimos y payasos que distraen a los más jóvenes, los botes salvavidas convertidos en niditos de amor para las urgencias del corazón, las clases de historia chilena para preparar la llegada de los exiliados, los nacimientos y muertes a bordo, las dudas del capitán del navío y su intención de regresar a territorio francés, el abatimiento psicológico que se expande entre la tripulación ante la noticia del pacto de no agresión entre Hitler y Stalin o la tremenda humillación que viven los refugiados cuando no pueden atracar en varios puertos del Caribe por ser considerado un «barco de apestados».
Julio Gálvez nos ofrece una investigación tan imprescindible como brillante, una obra monumental en todos los sentidos, que es también un ajuste de cuentas con la amnesia que se ha instalado en la sociedad española, que parece haber olvidado aquella sentencia tremenda escrita por Juan Ramón Jiménez desde su exilio puertorriqueño: «España sale de España».
Testimonios de un exilio es ya un libro fundamental en los repertorios bibliográficos que tratan de aliviar el doloroso vacío con que la historia oficial ha tratado de maquillar los desgarramientos humanos de la guerra y la postguerra civil.
Es, además, un título clave en esa formidable Biblioteca del Exilio que desde hace años publica la Editorial Renacimiento con el empeño y la sabiduría siempre afilada de su editor, el poeta Abelardo Linares.-JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO, Universidad de Sevilla. ria de los afro chilenos), representaciones sociales, estrategias de sobrevivencia y vida cotidiana, así como la imprescindible historiografía sobre el particular conforman algunos de los temas de interés señalados en notas a pie de página.
El interés de la documentación aquí transcrita y que conforma la mayor parte del libro, de estos «testimonios de libertad» en las palabras de la autora, radica en las modalidades de su elaboración, con motivo de compraventas o cualquier negocio vinculado con la trata, en foros de justicia, a veces por los mismos esclavos, esclavas y «agentes judiciales» durante la segunda mitad del siglo XVIII.
De la muestra de 50 demandas judiciales que se conservan microfilmadas en el Archivo Nacional Histórico de Chile se subraya que reflejan la variedad de las modalidades de venta o de solicitud de carta de libertad.
Se comentan a grandes rasgos las formas de acceso a la justicia y las etapas del acto de litigar, los «derechos» establecidos a favor de los esclavos, tales como los estipula la Recopilación de 1680 y antes las Partidas, hasta la frustrada instrucción de 1789 (Código Carolino), la «producción activa de conocimiento» sobre el particular en la ciudad indiana, antes de pasar a las estrategias desarrolladas por los interesados en casos de litigación o fuga ante los dos interlocutores que fueron el procurador de pobres y el juez, con nutridas referencias a pie de página a estudios de interés que versan ocasionalmente sobre otras regiones de América (María Eugenia Chaves, Javier Laviña, etc.).
Si bien resulta algo extraño encontrar cuestionamientos propios de sociedades de Antiguo Régimen (entre ellas las «prácticas esclavistas») extrapolados a una sociedad del tiempo presente, cuyas características sociales y étnicas distan de ser obviamente las de las sociedades atlánticas o de zonas de la costa pacífica de longeva presencia africana y por lo tanto con marcada presencia afro descendiente, no faltan problemáticas por abordar como se indica con sobrada razón en este estudio introductorio.
La selección documental constituye sin lugar a dudas un aporte de interés a la investigación sobre esclavos especialmente para quienes no tengan acceso a los acervos chilenos.
Un ensayo de mayor extensión basado precisamente en los aportes de la nueva generación de historiadores y una verdadera discusión comparada a escala de América hubieran permitido sin embargo profundizar temas de interés que para el lector quedaron entredichos, particularmente en lo que se refiere a representaciones y prácticas sociales, relaciones entre normas y obediencia, autoridad y consentimiento, estructura y agentividad (agency), o también resistencia y resiliencia.
ISSN: 0210-5810 esperar que esta presentación de fuentes, más allá de estudios de casos, sea el preludio a la publicación de una síntesis de mayor alcance en los años venideros.
Fernando Hidalgo Nistri, historiador ecuatoriano radicado en Sevilla, en cuya Universidad se doctoró en 1996, se ha interesado por la historia del paisaje, y a esa línea de investigación corresponden sus obras Los antiguos paisajes forestales del Ecuador (Sevilla, 1997y Quito, 1998) y Descripción y fuentes históricas de los antiguos bosques del Ecuador (Quito 2007), que viene a ser un complemento de la anterior.
Asimismo ha hecho otras aportaciones en el ámbito de la edición de fuentes, como el Compendio de la rebelión de América.
Convencido de que en Ecuador la idea de nación se enmarca en lo que él llama el «ethos conservador», sus trabajos más recientes se han centrado en el estudio del pensamiento conservador ecuatoriano, como el libro que aquí reseñamos, publicado en 2013 (cuando recibió el Premio Isabel Tobar, del municipio de Quito, a la mejor obra publicada ese año en el ámbito de las ciencias sociales) y del que ya se anuncia una segunda edición.
Libro erudito y académico (en sus 270 páginas de texto hay cerca de 800 notas al pie), que a la vez se lee con gusto y facilidad porque está muy bien escrito, y con un estilo ágil y a veces hasta coloquial.
La República del Sagrado Corazón es un interesante estudio del sistema político ecuatoriano entre 1875 y 1950, aproximadamente, tomando como hilo conductor la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que puede definirse como «nacional» ya que según Hidalgo forma parte del patrimonio religioso cultural del país: «la devoción [al SCJ] compendia un cúmulo de sentimientos que, incluso hasta hoy, forman parte del alma del pueblo ecuatoriano » (p.
Y aprovechando o utilizando esa devoción se produce el intento de establecer un estado confesional católico, una república integrista basada en la utopía religiosa y política que veía al Ecuador RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS como un nuevo «pueblo escogido».
El 18 de octubre de 1873 la República de Ecuador se convirtió en el primer país del mundo consagrado al «Sagrado Corazón de Jesús» por decreto legislativo firmado por el presidente García Moreno, proclamación simbólica que dejaba clara la idea de que la religión estaba en el centro de la política, en un paso más hacia la consolidación de un Estado teocrático.
El asesinato de García Moreno en 1875 frenó ese proceso, que quedará definitivamente eliminado veinte años después con el triunfo de la revolución liberal de Eloy Alfaro, que traerá la secularización de las instituciones públicas y la separación Iglesia-Estado.
En este contexto, el autor plantea el conservadurismo como la corriente de pensamiento más elaborada e influyente del Ecuador, estableciendo analogías entre la política conservadora y la cosmovisión barroca.
No en vano el libro comienza así: «El conservadurismo es, en buena medida, uno de los tantos ropajes que el Barroco adoptó en su tozuda búsqueda por seguir manteniéndose como actor de primera fila» (p.
Estructurado en tres partes, «Política conservadora» (pp. 25-110), «Construir la nación imaginada: identidad y verdad local» (pp. 111-193) y «La República del Sagrado Corazón de Jesús» (pp. 195-285), precedidas por una introducción (pp. 13-24) que en cierta medida hace también las veces de conclusión, ya que en realidad esta no existe.
Claro que la conclusión principal del libro ya está expuesta en las primeras páginas: «el pensamiento conservador fue en sí mismo el resultado de un proceso de conversión de categorías religiosas a categorías sociológicas», y responde a «una voluntad de identificar sustancia política con sustancia religiosa» (p.
Conservadurismo y confesionalismo se hacen, pues, sinónimos en el Ecuador de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, como sintetizó el escritor Honorato Vázquez, uno de los pensadores «cordícolas» (como denomina Hidalgo a estos conservadores), al asegurar: «¡No hacemos política, hacemos religión!»
En la primera parte Hidalgo expone las características y evolución del conservadurismo ecuatoriano a partir de 1851, fecha en que asegura se estrena en la vida política del país el término «conservador», y aunque reconoce carecer de pruebas concluyentes considera que fueron los jesuitas quienes impulsaron la formación del primer conservadurismo ecuatoriano y le dieron uno de sus rasgos principales: la religiosidad.
El movimiento se intensifica con el régimen de García Moreno, y se produce después una escisión entre «progresistas» (Plácido Caamaño, Antonio Flores Jijón y Luis Cordero) y «terroristas» (nombre que los liberales ecuatorianos -aludiendo a la frase de García Moreno de que solo conservaría la tranquilidad pública «revestido de una firmeza que inspire terror»-pusieron a la línea dura del conservadurismo, representada por Juan León Mera, Pablo Herrera, Camilo Ponce...).
En 1895 comienza la era liberal en el Ecuador, lo que supone una nueva etapa para los conservadores, que al perder el poder se reagrupan y modernizan, influidos por el positivismo y el catolicismo social, y hasta algunas ideas procedentes del socialismo utópico.
Pensadores como Julio Tobar Donoso, Jacinto Jijón y Caamaño, Remigio Crespo Toral, Honorato Vázquez, Carlos Freile Zaldumbide, y los eclesiásticos Julio María Matovelle y Manuel Proaño, entre otros muchos, van conformando un pensamiento conservador, heterogéneo y moderno, cuyos principales rasgos expone F. Hidalgo en una serie de epígrafes cuyos títulos son en sí mismos una especie de síntesis: «autoafirmación, arte de mantener y progreso orgánico», «recolectivización», «valores comunitarios», «autoridad» (palabra que figura en tres de los nueve títulos), «orden, disciplina y profilaxis para construir la nación»...
En la construcción de la nación se centra la segunda parte del libro, que me ha resultado particularmente atractiva por incluir temas como la afirmación de la identidad, que arranca de la propia historia y que incluso lleva a los conservadores a ver el peligro del expansionismo norteamericano, lo que lleva a Hidalgo a asegurar: «Sin la menor duda, los intelectuales conservadores pueden ser tenidos como los fundadores de las posturas antiimperialistas y que ahora son bandera de lucha de movimientos tradicionalmente identificados con la izquierda.
Los liberales, por el contrario, siguieron encandilados con el mito de la Unión Americana» (p.
Vemos también cómo los conservadores apuestan por el estudio de la historia, la geografía, la literatura (incluida la indígena), todo ello presidido por la búsqueda de la originalidad y la autenticidad del ser ecuatoriano; e igualmente apoyan la modernización económica del país desde el llamado «catolicismo social», que les lleva a criticar tanto el marxismo como el individualismo liberal.
Y vemos, en fin, un despliegue de actitudes e ideas conservadoras que no desaparecen tras el triunfo de la revolución liberal, sino que según Hidalgo perviven al ser adoptadas por los movimientos reformistas y progresistas: «Sorprende comprobar las similitudes existentes entre determinados comentarios vertidos por prominentes conservadores y los fogosos discursos de los líderes de la izquierda ecuatoriana» (p.
180), es una idea que se repite varias veces a lo largo del libro.
La tercera y última parte se dedica específicamente a lo que da título a la obra: la llamada «República del Sagrado Corazón de Jesús», vertebra-da en torno al concepto de unión Iglesia-Estado, binomio que como señala el autor no significaba igualdad de rangos, sino preeminencia de la Iglesia (p.
270), o dicho de otro modo: «la política transformada en religión» (p.
Entre otros, se analizan aquí temas como el mesianismo y los movimientos milenaristas en Hispanoamérica (siendo este uno de los pocos aspectos en los que el análisis trasciende el ámbito ecuatoriano), la concepción del Ecuador como nuevo «pueblo escogido», o la idea de una «Iglesia visible» para hacer frente a la oleada secularizadora.
En definitiva, y «aunque la República del SCJ efectivamente llegó a fundarse y a adquirir oficialidad, en la práctica fue un hecho circunscrito a lo meramente simbólico.
La unión Iglesia-Estado no pasó de ser una ensoñación» (p.
275), cuyo mejor símbolo material es la Basílica del Voto Nacional, el templo neogótico concebido para perpetuar el recuerdo de la consagración del país al SCJ y cuya construcción duraría casi cien años, imitando también en eso a las catedrales medievales.
Y así finaliza el libro, con un epígrafe dedicado a la «Semántica de la Basílica del Voto Nacional», que a su vez termina con la referencia a la construcción del monumento a la Virgen de Quito, popularmente conocida como la Virgen del Panecillo.
Al concluir así la lectura de tan interesante libro, queda una especie de frustración y la impresión de que al ejemplar que tenemos le faltan algunas páginas...
En cualquier caso Fernando Hidalgo logra con creces su objetivo de analizar la ideología y forma de ser del conservadurismo católico ecuatoriano en este interesante y original libro, que en gran medida vino a llenar un vacío historiográfico pues como dice el autor es «paradójico que la importante e incuestionable presencia del espíritu conservador en la vida pública ecuatoriana no haya tenido como contrapartida un estudio más completo y sistemático que explique lo que realmente fue este fenómeno» (p.
14), mencionando como única excepción notable la obra de Yves Saint-Geours y Marie-Danielle Demélas, Jerusalén y Babilonia.
En este sentido, me parece que si bien la bibliografía que maneja el autor es realmente exhaustiva en lo relativo a obras producidas durante la época estudiada (que adquieren así el valor de fuentes), sin embargo no parece que haya puesto el mismo interés en la historiografía más actual y eso puede explicar la ausencia, por ejemplo, de los trabajos de Carlos Paladines y María Cristina Cárdenas, dentro del propio Ecuador, o los de Sol Serrano y Roberto Di Stefano, que permitirían quizás introducir un enriquecedor marco comparativo.
De todas formas, lo anterior no debe verse como una «crítica» sino como el comentario o impresión per-una consideración más favorable al repartimiento, pero de igual forma no deja duda de que la institución era abusiva, ilegal, opuesta y criticada tanto por españoles como por indígenas, y a la larga descartada por completo por ser considerada perjudicial.
No obstante, Patch propone de manera contundente un punto de vista alternativo de esta práctica repulsiva.
Una acertada introducción y los tres capítulos que la siguen preparan el terreno para dos escenarios, tan distinto uno del otro como solo en Centroamérica puede suceder, lo que le permite al autor plantear su argumento con meticulosa atención al detalle.
El primero es el altiplano guatemalteco, específicamente en el tema de los ingresos inesperados o recompensas (a individuos españoles y a la Corona) de las transacciones del repartimiento entre las comunidades mayas en la provincia de Huehuetenango.
El segundo caso pertenece a Nicaragua, donde el régimen colonial tuvo que lidiar con la intromisión británica además de la resistencia indígena, donde las tierras bajas predominan al este caribeño y donde las poblaciones de los pueblos nativos no eran tan densas ni culturalmente avanzadas como en la cercana (aunque no vecina adyacente) Guatemala.
Los documentos para Huehuetenango, que en su mayoría forman parte de un litigio albergado en el Archivo General de Indias en Sevilla, son especialmente ricos en información.
Uno de ellos registra la «Historia de dos Juanes» (p.
116), en la cual un alcalde mayor recién llegado (Juan Bácaro) confabula con un comerciante residente (Juan Montes de Oca) sobre la venta a los indígenas (quisieran o no) de los productos del repartimiento, entre ellos «algodón, herramientas, mulas, trigo, lana y tejas» (p.
El puesto de Bácaro, comprado por unos 5.800 pesos antes de su nombramiento, venía con un salario anual de 331 pesos, con lo cual Patch deja claro que «Bácaro no iba a hacerse rico» (p.
Sin embargo, la provincia de Huehuetenango era en aquel entonces «la quinta alcaldía mayor más rentable en todo el imperio» (p.
Patch señala que, como «todos los demás alcaldes mayores, Bácaro asumió el cargo en razón de la perspectiva de las ganancias producto de los repartimientos» (p.
Si bien también había que tener en mente los costos operativos, la alianza de «los dos Juanes» generó «utilidades por un total de entre 90.000 y 101.000 pesos en los cuatro años y medio que duró el arreglo».
Terminó en una «abrupta disolución» (p.
La pelea surgió cuando Bácaro se negó a cumplir las órdenes de Montes de Oca de «esconder sus mercancías del gobierno» y «no pagar los impuestos que se le debían a la tesorería real», ardid del cual Bácaro «temía las consecuencias» porque «era a todas luces ilegal» (p.
Mientras tanto, el alcalde mayor provocó la ira del clero local «al prohibir las actividades comerciales llevadas a cabo por miembros de la Iglesia, ya que creía que la pérdida de los sacerdotes sería su ganancia» (p.
Los días de Bácaro estaban contados tras la llegada a Guatemala de Pedro Cortés y Larraz, un estricto arzobispo que al enterarse de las quejas de sus párrocos, a la vez que lamentaba su nada ejemplar conducta, «presentó formalmente cargos contra el alcalde mayor», cargos que el funcionario público «no negó».
De hecho, Bácaro «admitió abiertamente haber obligado a los indígenas a aceptar repartimientos», justificando sus actos al aducir que «todos los magistrados estaban obligados a utilizar la fuerza para asegurar la participación de los indios en el comercio» (p.
Patch se centra más en demostrar cómo «Huehuetenango fue incorporado al mundo económico como un productor industrial» que en averiguar cómo se sentían los indígenas así «integrados» (p.
7) en cuanto a su difícil situación.
Anteriormente, sostiene, «los documentos sobrevivientes casi nunca incluyen la voz indígena», afirmando categóricamente que «dichas fuentes no ayudan a formarse una idea de lo que los indígenas pensaban del régimen colonial que los gobernaba y explotaba» (p.
La información no es abundante, pero «dichas fuentes» sí existen, no en los archivos españoles que Patch tan diligentemente consultó y rastreó, sino en un repositorio que, por alguna razón, escapó de su campo de investigación: el Archivo General de Centro América (AGCA) en el corazón de la ciudad de Guatemala.
Si Patch hubiese pasado algún tiempo ahí, o consultado en línea los contenidos del AGCA relacionados con este tema, estaría en una mejor posición para «incluir la voz indígena» en su análisis.
Quizá su insinuación de que será «una monografía futura la que combine las fuentes españolas con las centroamericanas en un todo nuevo que ofrezca un entendimiento aún más amplio» (p.
10) sea lo que podríamos esperar que produzca después.
Los historiadores de Latinoamérica, especialmente aquellos interesados en Centroamérica, encontrarán aquí mucho para reflexionar, y mucho para discrepar, si no debatir, en cuanto a lo que en esencia significó estar bajo el régimen colonial para los pueblos indígenas y su lucha por la supervivencia.-W. GEORGE LOVELL, Queen's University, Kingston, Ontario. |
Los qeros son una valiosa fuente para el estudio de la vida colonial andina y sus memorias sobre el pasado.
Con su decoración circuló un amplio conjunto de textos visuales entre los siglos XVI al XIX.
Identificamos al menos tres estilos que estarían vinculados a los cambios sociales y políticos que vivieron las poblaciones andinas a partir del siglo XVI, siendo estos estilos una manifestación de las experiencias locales.
Los qeros 1 fueron vasos de madera usados para hacer los brindis rituales que requerían todas las ceremonias andinas y se utilizaban en especial en los brindis de reciprocidad y en aquellos vinculados al poder inkaico.
2 Durante el Tawantinsuyu formaron parte de los regalos entregados por los inkas a los miembros de las élites incorporadas al domino cuzqueño, 3 y se siguieron fabricando a lo largo de todo el período colonial.
Lo que los hace especiales, sin embargo, es que sus superficies siempre estuvieron decoradas, ya fuera con emblemas y significantes asociados a la historia de los inkas 4 o, ya en el período colonial, con coloridas escenas que sirvieron para construir una nueva memoria acerca del pasado anterior a la invasión europea y para representar momentos y formas de la vida colonial de las poblaciones andinas.
Los qeros de madera no fueron los únicos objetos decorados colonialmente en los que se representaron relatos del tiempo del Inka o de la vida colonial.
También se describen las aquillas, vasos de plata de igual forma que los qeros y decoradas con similares imágenes y escenas, y las paqchas, recipientes rituales usados en los rituales de fertilidad agrícola, que muestran el mismo tipo de técnica decorativa y similares temas que los qeros de madera.
Dado que se ha registrado actualmente una gran cantidad de estos vasos,5 los qeros forman el conjunto de narraciones visuales más completo y diverso conocido acerca de la memoria andina colonial, con la singularidad de haber sido construidos por artesanos andinos.
6 Por su prestigiosa condición de objetos regalados antiguamente por los inkas y porque fueron usados también para demostrar la posición social de sus poseedores,7 los qeros tienen la especial condición de ser simultáneamente soportes de registro visual y objetos de valor y estatus.
1 En este trabajo emplearemos la grafía qero, siguiendo lo propuesto por Flores Ochoa, Kuon y Samanez, 1998, respetando la fonética cuzqueña, uno de los espacios más importantes en la producción colonial de estos objetos.
En un trabajo anterior abordamos algunas diferencias entre ciertos conjuntos de vasos que nos permitieron establecer una posible cronología a partir de la emergencia de ciertos temas vinculados a momentos políticos sociales durante la administración colonial.
8 En esta ocasión queremos abordar otro tipo de diferencias, que no son de época sino de estilo,9 de maneras de ordenar y representar.
Proponemos que es posible identificar tres conjuntos diferentes de qeros.
Los denominamos preliminarmente como «estilo Omasuyos-lago Titikaka», «estilo Charazani» y «estilo Cuzqueño».
Los nombres corresponden a las áreas más probables de producción de los mismos (ver mapa 1).
Áreas aproximadas correspondientes a cada estilo.
En concreto, proponemos que el surgimiento de diversos estilos de representación visuales estuvo relacionado con algunos cambios sociales y políticos que vivieron las comunidades andinas entre los siglos XVI y XVIII.
Esto fue posible, en parte, porque los qeros coloniales fueron textos autorreferenciales, que permitieron manifestar una autoconciencia de las sociedades andinas, a través del uso de las imágenes pintadas.
10 La producción de qeros en varios lugares del virreinato peruano entre los siglos XVI y XVIII ya ha sido sugerida por otros autores, 11 y se han postulado diversos focos de producción: en zonas cercanas al Cuzco, en tierras bajas o de selva (en lo que se denominaba colonialmente «la montaña»), en específico en la provincia de Carabaya; 12 en el área de Charcas, la antigua ciudad de La Plata vecina a la villa de Potosí, en el sur andino; 13 y en el área minera de Huancavelica y Huanta.
14 Sin embargo, Cummins ha discutido la idea de identificar estilos, postulando que la producción en áreas distantes entre sí no habría afectado una homogeneidad básica, una cierta uniformidad ni, en particular, el estilo figurativo con el que se pintaron los personajes y escenas.
15 Así, se ha asumido una cierta homogeneidad en las maneras de representar, como también en los mismos temas representados, todos muy ligados al área y la vida del Cuzco.
Los primeros en plantear la existencia de más de un estilo, coetáneo posiblemente con el cuzqueño, fueron Flores Ochoa, Kuon y Samanez, quienes propusieron un estilo «altiplánico» reconocible ante todo por su inclusión de temas vinculados al lago Titikaka, en especial las sirenas y peces como los suches.
Estos autores advirtieron lo que podríamos llamar componentes diferenciales en algunos vasos, que darían cuenta de miradas más locales y de la expresión de otras memorias, y ya no únicamente de la cuzqueña.
16 Siguiendo en esa misma línea es que entendemos los estilos no como una opción básicamente estética (inclusive individual), sino como una 10 Cummins, 2004, 28.
Esta provincia pertenece al Departamento de Puno, y se ubica al sureste del Cuzco y próxima al borde norte del lago Titikaka.
16 A modo de ejemplo del carácter local de los qeros del estilo «altiplánico», la representación de sirenas ha sido interpretada como una manifestación colonial del mito lacustre de Thunupa, una divinidad que fue seducida por dos peces hembra, Quesintuu y Umasuu.
J. L. MARTÍNEZ C., C. DÍAZ, C. TOCORNAL, G. ACUÑA Y L. M. NARBONA expresión de modos de hacer colectivos, que están dirigidos a una cierta comunidad humana receptora e interpretante, una comunidad de sentido.
Cummins señaló que «las imágenes de los qeros están animadas en su iconografía y composición, por contextos y tradiciones andinas».
17 Esto es, los estilos no son solo las maneras de hacer (las formas elegidas, las técnicas empleadas, las paletas de colores seleccionadas), sino y sobre todo desde nuestra perspectiva, son expresión de un «decir» que tenía una relación con los contextos y las tradiciones andinas.
Ziólkowski 18 sugirió que las diferencias podrían ser expresión de los niveles socio económicos de sus propietarios.
19 Qeros con decoración más compleja y detallada serían resultado de un mayor poder adquisitivo de quienes los encargaron y, a la inversa, los vasos con una menor cantidad de pigmentos o con escenas más reducidas estarían al alcance de personas de menores recursos económicos.
Los costos de elaboración de cada vaso, y la riqueza de sus propietarios son aspectos que se deben tomar en cuenta, efectivamente porque nos ayudan a conocer mejor las dinámicas de producción y circulación, pero no nos explican los agrupamientos regionales, ni las diferencias en el uso de algunos materiales al interior de un mismo estilo.
20 La cantidad de qeros que conforman la muestra para este trabajo es de 291 ejemplares.
Para el conjunto cuzqueño hemos identificado 159 vasos; para el conjunto del estilo Omasuyos-lago Titikaka conocemos 68 ejemplares; y hay al menos 57 que pueden ser adscritos a un tercer grupo, que denominamos Charazani.
Estas cantidades nos llevan a reafirmar que la explicación posible a estas diferencias no se encuentra solo en la posibilidad de que distintos talleres hicieran qeros diferentes (son muchos qeros en cada conjunto), sino en la existencia de distintas tradiciones y/o estilos en los qeros coloniales.
Pensamos que estamos frente a decisiones u opciones culturales locales que encontrarían una explicación en la existencia de 17 Cummins, 2004,18.
19 Aun cuando no contamos con información suficiente para estimar los costos de producción, suponemos que podrían haber sido altos, ya que las materias primas principales (las maderas, las resinas y algunos de los pigmentos) debían ser traídas desde las tierras bajas, desde los yacimientos mineralógicos cercanos a Arequipa, o adquiridos en el mercado colonial que los importaba desde Europa (Howe et al., en prensa).
20 Es importante constatar en este punto que en la colonia, con la introducción de la economía monetaria y el sistema mercantil, los qeros, al igual que los tejidos, fueron adquiriendo nuevas significaciones además de sus valoraciones tradicionales.
Para un mayor análisis de cómo esta nueva situación pudo haber afectado la producción y circulación de estos objetos ver Cummins 2004, 283-314.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.01 procesos coloniales locales distintos; y el surgimiento de diferentes estilos, en esos lugares, daría cuenta de los procesos sociales locales que vivían sus habitantes a raíz de la implantación de la sociedad colonial y de la desaparición del Tawantinsuyu.
Luego de un análisis a cada uno de los conjuntos de qeros que hemos agrupado en los distintos estilos, es posible advertir la existencia de pre determinaciones técnicas y organizativas que anteceden al acto de representar y que van mostrando diferencias notables.
Estas distinciones se hallan tanto a nivel de cómo se organizan los componentes de la decoración de las paredes del vaso, a nivel de los lenguajes utilizados y las formas narrativas presentes, como también a nivel de las temáticas y significantes utilizados.
En primer lugar, en cualquier qero (sin importar de cuál de los tres estilos se trate), todos los motivos, ya sean figurativos o abstractos, se ubican al interior de campos predeterminados que, dentro cada estilo, muestran importantes regularidades.
En los qeros del estilo cuzqueño desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII se consolida una estructura básica de tres campos horizontales, organizados jerárquicamente.
En el campo superior, se representa invariablemente una escena, el único espacio en el que aparecen seres humanos; en tanto que en el campo intermedio suele presentarse una banda más estrecha en la que se distribuyen motivos geométricos o abstractos, a veces identificados como tocapus.
Finalmente, el campo inferior está ocupado únicamente por motivos florales, ocasionalmente acompañados de animales (ver figura 1).
En los del estilo Omasuyos-lago Titikaka, 21 por su parte, los vasos están divididos solo por dos campos horizontales, aproximadamente de igual tamaño.
En la porción inferior se aprecia invariablemente un motivo figurativo floral, compuesto por un par de maywas (Stenomesson variegutum).
La mitad superior está, a su vez, subdividida por una línea vertical que distribuye ese campo en dos.
En una mitad se presenta una escena y en la otra mitad se disponen tocapus.
Lo más frecuente es una combinación de dos tocapus separados por un motivo figurativo, ya sea de flora o fauna (ver figura 2).
En el estilo Charazani los motivos también se encuentran insertos al interior de campos, predominantemente distribuidos de manera horizontal, y con un alto porcentaje de organización en tres campos.
Su singularidad está en la ubicación de las figuras humanas y las escenas, que pueden aparecer también en el campo intermedio y que pueden llegar a tomarse gran parte de la superficie del vaso.
Un segundo aspecto significativo es que la estructura de los campos muestra una presencia importante de lo que hemos denominado un campo intermedio o «pampa», esto es, una banda que -como en los textiles de donde proviene el término-22 carece de decoración y se muestra tan solo la superficie lisa, de color natural.
23 Finalmente, el campo inferior presenta con altísima regularidad la inclusión de significantes fito o ictiomorfos (ver figura 3). resultado superficies más «apagadas» o con menor brillo.
En el estilo que asociamos a Charazani, incluso, en algunas ocasiones pareciera haberse usado simplemente pintura, aplicada con pinceles delgados, ya que las superficies no siempre presentan evidencias de la técnica incisa.
Es posible advertir distintas formas de relación entre los tres estilos.
Al parecer no se trató de desarrollos temáticos totalmente independientes o aislados y parece bastante claro que los artesanos que producían los qeros compartieron materiales culturales comunes, ya fueran ciclos míticos o narrativos,24 o una cierta manera de entender y significar lo colonial, de representarse a sí mismos y a los europeos.
Pensamos que ese proceso formó parte de la construcción de una nueva semiosis andina,25 ahora colonial, que posibilitó la enunciación de nuevos temas y significantes.
Sin embargo, se trata de tradiciones y estilos que también muestran autonomía respecto de las convenciones visuales y de las maneras de «decir».
Esto se aprecia con claridad al comparar las formas de representar al «otro», en este caso, a los europeos.
A pesar de ser extraordinariamente escasos en el estilo cuzqueño, en algunos qeros se muestra siempre a un grupo de jinetes españoles avanzando sobre guerreros inkas caídos o enfrentándolos.
26 Son dos grupos humanos claramente diferenciados.
En los vasos del estilo Charazani este enfrentamiento puede darse simultáneamente entre españoles y andinos, y entre españoles y entre andinos entre sí, todo en una misma escena.
En el caso del estilo Omasuyos, la derrota andina no es evidente (no hay guerreros vencidos), como sí lo es en el caso de los qeros cuzqueños.
Por otra parte, mientras en los vasos del área del Cuzco los españoles fueron repre-sentados casi invariablemente como jinetes, en los del estilo Omasuyoslago Titikaka aparecen siempre a pie, negándoles un rasgo distintivo que los españoles cuidaron explícitamente.
27 Se trata, entonces, de un mismo significante («europeos o españoles»), construido de manera distinta.
Hay una segunda diferencia: en los vasos cuzqueños los españoles aparecen combatiendo con soldados inkaicos o realizando fiestas coloniales (como las corridas de toros) en un espacio urbano, vestidos con diferentes tipos de trajes.
En tanto que en el estilo Omasuyos-lago Titikaka los españoles aparecen preferentemente en espacios de selva, ya sea enfrentando a guerreros antis o a felinos como los otorongos o, incluso, leones; ataviados con una coraza, un yelmo y un escudo redondo, blandiendo una gruesa espada, semi curva.
Si se nos permitiera la licencia, se los diría más cercanos a las representaciones de las armas de los moros que circulaban en la época en cuadros y otras representaciones visuales (ver figuras 4a-b-c).
Son otras la composición y la narrativa que pueden advertirse en unos y otros.
Nuestra impresión es que se trataba de temáticas de amplia circulación que formaban parte de ciclos narrativos, que los artesanos podían abordar y resolver de maneras distintas de acuerdo a las características locales de la construcción de la sociedad colonial.
Cuando se analiza la gama de temáticas abordadas por cada uno de los estilos, surgen igualmente aspectos significativos.
El 51,92 % de los qeros cuzqueños estudiados representa temas del pasado inkaico y de las mitohistorias del Tawantinsuyu antes de la invasión europea.
Este porcentaje desciende a un 21,5 % en los del estilo Charazani y cae abruptamente a un 12 % en el estilo Omasuyos-lago Titikaka.
¿Qué podemos intuir de estas proporciones?
Una primera respuesta es que se trataba de temas mucho más próximos a las élites cuzqueñas; que los relatos orales eran más conocidos allí que en otros lugares, de allí su mayor representatividad; o que tenían menor relevancia para poblaciones no envueltas directamente en las luchas internas de los linajes del Cuzco.
A la inversa, en el conjunto de Omasuyos-lago Titikaka, las escenas coloniales (arriería, fiestas, chichería, entre otros) representan un 82 % del total; porcentaje que llega a un 23,5 % en los Charazani y a un 21,1 % en los cuzqueños.
Al mismo tiempo, los estilos expresaron también su propia especificidad temática, incorporando representaciones de asuntos más locales o identitarios, como escenas de la selva, en el caso del estilo Charazani; la custres, como en los del estilo Omasuyos-lago Titikaka; o representando a la ciudad de Cuzco como centro de enunciación.
Nuevamente emergen algunas diferencias entre cada estilo.
En cómo se representaba la selva, por ejemplo.
En los de Omasuyos la representación se compone de una chonta o palmera y sus habitantes (ya sea antis o felinos) están acompañados de un ave tropical.
Es siempre un espacio de enfrentamiento.
En los qeros cuzqueños esa misma selva muestra una mayor variedad de árboles, hay monos y aves tropicales y a veces puede tener serpientes.
En las escenas del pasado prehispánico la selva es un espacio de enfrentamiento entre tropas cuzqueñas y guerreros antis, sin presencia de mujeres y en las representaciones de la vida colonial aparece sobre todo como un lugar al cual ir a buscar madera y hojas de coca.
Todo eso contrasta con las representaciones del estilo Charazani, en las que los inkas del pasado andino aparecen compartiendo el espacio con otros grupos, y en el cual puede haber igualmente mujeres.
Las memorias del «tiempo del Inka» y la construcción de lo colonial
A pesar de sus diferencias, todos los estilos tocan de una forma u otra el ciclo mítico-narrativo del «tiempo del Inka».
Todos los estilos hacen referencia a distintas representaciones correspondientes a esa memoria que se construyó colonialmente acerca de los inkas y las mitohistorias del Tawantinsuyu.
Lo interesante es que lo hacen de maneras diferentes.
Por ejemplo, parecen haber existido varias posibilidades de representar al Inka; nos detendremos en una de ellas: los emblemas inkaicos coloniales.
En los qeros cuzqueños se pueden reconocer dos modelos iconográficos: uno más temprano, donde destaca el casco militar o chuco y las orejeras, y un segundo modelo, que puso el énfasis en un conjunto más complejo, donde destaca la borla real -mascapaicha-como insignia principal, desaparecen las orejeras y los chucos son usados para representar soldados y ya no a los gobernantes.
Se ha atribuido esto al impacto de las políticas toledanas, 28 pero es necesario considerar la posibilidad de que ambos modelos respondieran a posiciones distintas de la memoria política de los distintos linajes.
En el estilo Omasuyos-lago Titikaka, los inkas aparecen únicamente de acuerdo al segundo modelo iconográfico, lo que podría sugerir que el desarrollo de este estilo tuvo lugar a partir del siglo XVII o que sus artesanos tomaron parte por una de las posibilidades políticas de construir memoria.
En cambio, en los qeros Charazani se desarrolló una tercera alternativa.
Todos los inkas representados llevan grandes orejeras, la mascapaicha puede o no estar presente y lo que destaca es otro adorno, compuesto por dos plumas de corequenque (el carancho andino) y una flor con tallo largo al centro.
Se trata de un emblema que fue usado tanto en el manuscrito de Murúa 29 y en el de Guaman Poma, 30 pero que pareciera no haber sido exclusivo del Zapan Inka, como sí lo fue la mascapaicha.
Esta diversidad revela que en un amplio espacio andino, al menos del área cuzqueña y de la cuenca del lago Titikaka y sus zonas aledañas, circularon a lo largo del período colonial diversos relatos visuales acerca de ese «tiempo del Inka», de cómo habían sido los gobernantes, cuáles fueron sus emblemas y cómo relatar algunos de los episodios más importantes de esa mitohistoria.
Se trató de textos visuales que, de una forma u otra, pueden haber circulado conjuntamente con una narrativa oral, o haber dado paso a nuevas lecturas e interpretaciones de un tiempo del inka que no se cerró colonialmente con la decapitación de Túpac Amaru en 1572.
¿Hasta qué punto ayudaron los qeros a la circulación y conservación de esa nueva memoria colonial?
¿Qué papel jugaron los qeros en la reconstrucción de las identidades de los grupos andinos, poniendo en circulación una reflexión acerca de sus nuevas condiciones sociales y políticas?
Las distintas maneras de construir los relatos del «tiempo del Inka» sugieren que se trataba de un ciclo, del cual los artesanos de uno u otro 28 Martínez C., 2012.
29 En el escudo de armas de Mama Yuntu Cayan Coya y en el atuendo de Inka Urco.
30 Lo lleva el personaje masculino que acompaña a Mama Ocllo, la décima coya, y aparece en los tocados de Inka Urco, y de funcionarios como el Capac Apo Uatac y el Chacnai Camayoc.
QEROS Y DISCURSOS VISUALES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA NUEVA SOCIEDAD
Es claro, para nosotros, que lo que podríamos llamar un relato «canónico» acerca de ese «tiempo» fue elaborado a partir del Cuzco.
Su complejidad, rigor enunciativo, la diversidad temática y las sutilezas del manejo de las imágenes nos inclinan a postularlo.
Pero las variaciones percibidas en el estilo Charazani o en el Omasuyos-lago Titikaka pueden deberse no solo a una mayor distancia geográfica del Cuzco, o al mayor énfasis de lo local en sus relatos, sino que ese ciclo permitió igualmente a distintos grupos de poder, élites regionales o locales no cuzqueñas, o a sujetos que emergían a nuevas posiciones sociales, usarlas para legitimar o reforzar sus nuevas aspiraciones coloniales.
Volviendo a lo social
¿Quiénes utilizaron los qeros?
En su condición de antigua capital de los inkas y por la abundancia de información, la mayoría de los estudios sobre los qeros coloniales han estado centrados en ejemplares que proceden del Cuzco.
En efecto, para la zona cuzqueña y sus alrededores hay abundantes registros documentales y visuales que señalan su uso por parte de la nobleza inka.
Juan de Betanzos31 describió, con finos detalles etnográficos, la etiqueta social que debían seguir los integrantes de la élite cuzqueña cuando se visitaban mutuamente, ocasiones en las que los qeros ocupaban un importante papel, ya que visitante y visitado debían beber juntos en señal de reciprocidad y respeto mutuo.
Su uso está igualmente documentado en varios testamentos en los que aparecen referencias a la posesión de qeros que eran transmitidos de una generación a otra.
Este fue el caso de don Joan Pascac Ynga quien legó dos qeros pintados y don Juan Gualpa Sucso Ynga que transmitió dos pares de esos vasos a su hijo.
32 Los españoles que llegaron a esa ciudad inkaica describieron el uso casi cotidiano de esos vasos, y a los dibujos que aparecen de ellos en los manuscritos de Murúa (1590) y de Guaman Poma (1615), se agrega una lámina de fray Diego de Ocaña que muestra el traje de las pallas «reinas e indias mujeres de caciques» del Cuzco, en la cual el personaje femenino sostiene un qero policromado en una de sus manos.
33 En general, la información destaca su empleo por parte de las élites andinas residentes en el Cuzco, ya que los «indios del común» habrían empleado vasos de cerámica, de los cuales hay escasos registros documentales.
34 Pero, ¿qué pasaba más allá del área cuzqueña?
La documentación muestra varias situaciones.
Por una parte, en diversos lugares se conservaron los qeros de procedencia inkaica, ya fuera para su uso ritual o como expresión de las posiciones sociales y jerárquicas alcanzadas por los dirigentes étnicos o sus antepasados durante el Tawantinsuyu.
En 1560, los extirpadores de idolatrías en Huamachuco 35 encontraron que la wak'a Tantaçoro y otras divinidades poseían como parte de su ajuar ritual, «vasos de diversas maneras, muy bien labrados y para su beber».
Es posible que esos vasos fueran de madera, ya que los extirpadores se preocuparon de señalar su diferencia con los «quarenta y un vaso[s] de plata» que también tenían para su servicio.
36 Y en 1658, en el pueblo de San Pedro de Hacas, 37 los participantes de un ritual «en vnas aquillas de plata que son vnos basos pequeños ofresen chicha a los ydolos y en vnos mates grandes de palo del tiempo antiguo apartan la chicha para los dichos ydolos».
38 Ambos casos son interesantes porque, esos vasos parecen haber sido guardados por algunos especialistas religiosos, independientemente de que fueran o no autoridades locales de sus pueblos.
Los vínculos de las élites regionales con los qeros de procedencia inkaica, como parte de los ajuares de prestigio, son también claros.
Curiosamente, en las cuatro láminas del manuscrito Galvin del texto de Murúa en las que aparecen qeros, así como en las siete láminas del manuscrito de Guaman Poma, se muestran solo ejemplares sin decoración en sus superficies, un rasgo característico de los vasos coloniales que sí recoge Ocaña.
35 Ubicada en el actual Departamento de La Libertad, en la sierra norte de Perú.
Formó parte de la diócesis del Arzobispado de Trujillo.
37 Actual San Pedro de Acas, en el departamento de Ancash, sierra central peruana.
39 Ubicados en la vertiente oriental de los Andes, parte del actual Departamento de Cochabamba, Bolivia.
QEROS Y DISCURSOS VISUALES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA NUEVA SOCIEDAD otro ejemplo es que en el testamento de don García Mamani, mallku de Tapacarí,41 en 1571, dejaba a sus sucesores varias aquillas y cocos de plata.
42 Tal como se ha señalado,43 la posesión de esos vasos junto a otros objetos como textiles y plumas, en la misma medida que su posesión era restrictiva a quienes habían sido favorecidos por los inkas, alcanzó el doble valor de prueba efectiva para sustentar la defensa de derechos o solicitar nuevos privilegios coloniales, así como también sirvió de argumento de legitimidad y autoridad ante las propias comunidades a las que ellos pertenecían.
Esta fue, probablemente, una de las bases del valor social, político y económico que alcanzaron los qeros posteriores, elaborados ya en el período colonial, y del impacto y significación que pueden haber logrado las imágenes grabadas en sus superficies.
Estilos y dinámicas sociales coloniales
¿Quiénes podrían ser los responsables de la emergencia de estos diferentes estilos coloniales?
Por razones de espacio debemos dejar de lado momentáneamente el análisis de los especialistas y de la transmisión de las técnicas necesarias para hacer los qeros, aunque podemos dejar avanzada la proposición de que fueron fabricados por dos grupos de especialistas: aquellos que habían aprendido desde tiempos inkaicos las técnicas de la producción de los qeros, y que continuaron fabricándolos, ahora bajo condiciones coloniales y con nuevos textos visuales apropiados para los nuevos tiempos; y los nuevos especialistas, que estaban ubicados en lugares donde la demanda comercial y/o social de qeros era mayor y que continuaron e innovaron la tradición tecnológica anterior.
Lo que nos interesa ahora es entender de dónde provino el repertorio cultural necesario para componer las imágenes y los temas, ya que no se trata de simples copias de otros qeros hechos antiguamente (los qeros del período inka no tenían escenas figurativas).
¿Cómo surgieron los nuevos temas que dieron lugar a las diferencias entre estilos?
¿Se trató únicamente de textos visuales vinculados a las élites políticas andinas, tal como ha sido propuesto,44 o hubo otros colectivos sociales involucrados?
Descendientes de los grandes señores naturales (hipótesis 1)
En el caso de los vasos cuzqueños no parece arriesgado atribuirle una responsabilidad especial (al menos en un plano intelectual y cultural) a las élites locales, ya fueran parte de los linajes descendientes de los inkas gobernantes o de sectores de otras élites antes subordinadas a los inkas,45 que buscaban conservar su influencia.
Es lo que han planteado algunos autores 46 y que pareciera estar refrendado por la información documental que señala que varios miembros de esos linajes y familias poseían qeros decorados y los pasaban a sus descendientes como objetos de valor.
47 El dato respecto a que también se mandaban a hacer otros objetos de privilegio, tales como unkus y otros tejidos, determinando de antemano qué decoraciones debían llevar, 48 refuerza esta posibilidad, ya que nos muestra una élite activa, demandante, que financiaba la elaboración de esos objetos, pero -más importante aún-que sabía qué imágenes poner, cómo construir esos nuevos textos visuales.
Adicionalmente, proporciona una información sustancial respecto de que la producción de textiles (y, agregamos nosotros, los qeros) estaría en manos de especialistas que no eran los mismos miembros de las élites (o que podían no serlo necesariamente).
Es una posibilidad apoyada por otro dato, procedente del sur andino.
En un memorial que campesinos aymaras de Pocoata (en la actual Bolivia) presentaron en 1639 contra su señor étnico, el mallku don Francisco Ayra de Ariutu, señalaron que este tenía un «pintor examinado» a su servicio que, entre otras actividades, decoraba la vajilla que utilizaba ese mallku.
49 Incluso este especialista, sea probablemente el mismo pintor que diseñó el escudo de armas que ese mallku solicitó más tarde al rey de España.
50 Lo destacable de este dato es que aparentemente para esa fecha existían especialistas, alejados del área cuzqueña, que manejaban un repertorio de imágenes y de formas de decir con ellas, que estaban al servicio de la representación de las memorias locales y, por ende, de la legitimación del poder de las élites.
Es decir, algunos grandes señores todavía estaban en condiciones, en el siglo XVII, de financiar especialistas a su servicio, incluyendo alguien que les pintaba la vajilla en la que comían y que podían reproducir visualmente las temáticas ordenadas por los señores étnicos.
51 Entre los especialistas al servicio de esos señores había también plateros, que labraban vasos «con figuras e ídolos», tal como lo señaló una de las ordenanzas del virrey Toledo en 1575.
52 Aunque se trata de tecnologías diferentes, el conocimiento sobre las imágenes que debían inscribirse en uno u otro tipo de vasos era el mismo.
Una variable posible al modelo anterior tendría que ver con que los hijos segundos de los caciques y principales empezaron a formarse como artesanos.
53 Ellos también tendrían el conocimiento cultural necesario, por ejemplo, para componer de manera más o menos autónoma las distintas escenas sobre todo del tiempo del Inka, al servicio de las necesidades de sus linajes.
54 Lo que estaba en juego era, nada más y nada menos, la construcción de una memoria colonial sobre el «tiempo del Inka» que permitiera a sus descendientes demostrar su pertenencia a los grupos de privilegio y mantener vivo el recuerdo de un pasado que hacía que las poblaciones campesinas andinas continuaran acudiendo al servicio de los antiguos señores étnicos.
Hay ejemplos que lo demuestran.
55 La obra del Inca Garcilaso atribuye a Wiraqocha Inka la bravura en la defensa del Cuzco y los éxitos en la victoria contra los invasores chankas, mientras que otras versiones atribuyen los mismos hechos a Pachakuti Inka Yupanqui y acusan de cobardía y derrotismo a Wiraqocha Inka, esto muestra cómo se dio una lucha, abierta o soterrada, entre los diferentes linajes por apropiarse de la narrativa del recuerdo.
56 51 Es lo que también ha sugerido De Rojas (2008, 147) respecto del empleo de heráldicas locales para sustentar las memorias de linajes.
54 Lizárraga postuló una hipótesis diferente, plantea la posibilidad que muchos qerocamayos (especialistas en hacer qeros) participaron, junto a artistas peninsulares, en la pintura mural de iglesias y catedrales, de donde habrían tomado para sí diversos significantes visuales de origen europeo, como las sirenas, los dragones y otras figuras (2009, 46).
De allí surgiría una nueva cultura visual colonial que se expresaría también en los qeros.
Sin desconocer la posibilidad de esas prácticas y del impacto de la nueva política visual colonial, pensamos que ella puede explicar en parte la inclusión de imágenes de origen europeo, pero no de la construcción de una memoria sobre los inkas o de las escenas coloniales.
Tenemos, entonces, una posible primera hipótesis explicativa.
Ella postula que la confección de una parte de los qeros coloniales y la determinación del contenido de sus registros fue una cuestión de luchas o manipulaciones ocurridas al interior de las élites de descendientes de los inkas y de los grandes señores regionales, que habían gobernado incluso antes que los inkas.
Pero esto no explica la producción de qeros con variantes en las narrativas acerca de ese tiempo pasado.
Es posible también que las diferentes maneras de representar el tiempo del inka o la figura de los gobernantes estuvieran relacionadas con los linajes en disputa, algunos de cuyos integrantes podrían estar residiendo fuera del Cuzco en tiempos coloniales.
Una variable explicativa, para la misma hipótesis, podría ser que la producción de qeros con narrativas distintas a las cuzqueñas estuvo vinculada a grupos de esos linajes que, como resultado de la nueva dominación colonial y del derrumbe del Tawantinsuyu, permanecieron en antiguos centros administrativos de carácter regional y fueron paulatinamente construyendo sus propias versiones.
Hay antecedentes suficientes para sustentar, al menos del período colonial, esta posibilidad.
La presencia de un nutrido conglomerado de orejones en Copacabana y otras localidades cercanas al lago Titikaka ha sido ya estudiada.
57 Los linajes cuzqueños siguieron activos en el borde del lago hasta principios del siglo XVII y aún más al sur, en pleno altiplano del antiguo Collasuyo, donde los descendientes del inka Thupaq Inka Yupanqui también reclamaban su pertenencia a la élite.
Don Felipe Inga Yupanqui obtuvo en 1545 el título colonial de cacique del pueblo de Calacoto, en Pacajes, 58 y estaba directamente relacionado con otros miembros del mismo linaje en el Cuzco, como los Uchu Guallpa y los Quispe Uscamaita.
59 Sobre la zona de Charazani, la información colonial que conocemos es menos abundante que la anterior.
60 Aunque hasta ahora no hemos encontrado información etnohistórica acerca de la presencia de integrantes de las élites cuzqueñas en la zona, hay evidencia sobre una importante presencia inka anterior a la invasión europea.
58 Señorío aymara hablante ubicado aproximadamente en lo que hoy es el actual departamento boliviano de Oruro y que ocupaba tierras también en la vertiente occidental de los Andes, hacia el océano Pacífico, en la actual región de Tarapacá, en Chile.
60 Saignes, 1984; Gisbert et al., 2006, 131 en Maukallajta, en las cercanías de la actual localidad de Camata.61 La presencia inka allí habría sido de dominio directo («dominio territorial») ya que el tamaño de las edificaciones y la red caminera la revelan como un centro administrativo importante, lo que coincide con la información acerca de la gran cantidad de mitimaes desplazados hacia la región.
No es arriesgado, por lo tanto, asumir que allí permanecieron, al menos por un tiempo, integrantes de los linajes cuzqueños.
Por otra parte, sabemos ya que a pesar de las distancias con el Cuzco, muchos integrantes de esas élites no perdieron del todo el contacto con los linajes cuzqueños y con sus luchas internas, como los orejones inkas en Potosí, que entregaron a los españoles la información acerca de las riquezas de las minas de plata del Cerro Rico, como parte de las estrategias negociadoras de los inkas en Vilcabamba.
62 Ello se suma a los estudios realizados sobre los orejones residentes en Copacabana, que muestran su permanente vinculación a los grupos y linajes de poder en el Cuzco y su participación activa en las luchas internas.
63 Como lo señalamos, los grupos de orejones residentes en otros espacios andinos no parecieran haberse desligado totalmente de lo que ocurría en la antigua capital inkaica, y es factible entonces continuar explorando la hipótesis que hemos señalado, respecto de que la producción de qeros locales, en especial por los grados de conocimiento de las mitohistorias y por el uso de temáticas compartidas, haya estado vinculada a esas élites, asegurándoles a través de su producción y circulación, una posición en el debate.
Hay objeciones, sin embargo, que plantear a esta primera hipótesis y sus variables.
Ella no da cuenta de los acentos localistas, de los etnocentrismos en la construcción de las escenas.
Y de la construcción «parcializada» del «tiempo del inka».
El surgimiento de los nuevos caciques coloniales (hipótesis 2)
Proponemos entonces una segunda hipótesis explicativa, no necesariamente excluyente de la anterior: el surgimiento de diferentes estilos respondería a nuevos procesos sociales y políticos, de carácter más local, que debido a la desaparición de la cobertura del Tawantinsuyu, las antiguas y nuevas élites locales incluida la cuzqueña empezaron a elaborar sus propios discursos legitimadores, tanto frente a los españoles como ante sus comunidades, de maneras autónomas y con sus propios contenidos simbólicos.
Analizando la situación de las autoridades indígenas aymaras en la zona del lago Titikaka y en Charcas, Saignes llamó la atención sobre la decadencia e incluso desaparición de algunos de los grandes linajes gobernantes hacia mediados del siglo XVII.
Al parecer fueron pocos los descendientes de esos linajes que lograron adaptarse exitosamente a las nuevas condiciones coloniales.
En su reemplazo y en directa competencia con ellos -sugiere Saignes-fueron surgiendo nuevos liderazgos encabezados ahora por integrantes de linajes menores, a veces de un solo pueblo, que llegaron a sus cargos por distintas vías, ya no solo hereditariamente.
Estos nuevos dirigentes también necesitaron legitimarse ante los poderes coloniales y frente a sus audiencias indígenas.
64 Otro caso es el de algunos descendientes de linajes locales cuzqueños no inkaicos (los Collapiña), que formaban parte de los que fueron conocidos como «inkas de privilegio», que manipularon la mitohistoria inkaica para construir un nuevo relato acerca del origen de Manko Qhapaq, el fundador del Tawantinsuyu, y por esa vía legitimar sus pretensiones de nobleza.
Urton llamó la atención sobre una característica de los argumentos presentados por los Collapiña: estaban construidos con una lógica jurídica europea; estaban orientados tanto para oídos europeos como para otros miembros de las élites del Cuzco, fueran o no descendientes directos de algún antiguo inka gobernante.
65 Pensamos que los relatos visuales de los qeros acerca del «tiempo del Inka» de los diferentes estilos podrían haber operado de una forma similar.
Urton lo describió como un proceso «de apropiación de mitología imperial en historia genealógica local», 66 enfatizando que los intereses locales de ciertos dirigentes de menor rango po dían llevarlos a reformular los relatos del pasado cuzqueño en beneficio propio.
En los términos de nuestra reflexión, esto se expresaría en la construcción de un ciclo visual acerca del «tiempo del Inka», adaptado para las necesidades locales de legitimación y nueva cohesión social.
Cuestión que también ha sido señalada por Platt, quien califica este tipo de textos, visuales o escriturales como polisémicos, «combining European and Amerindian meaningsco-present and available to differen treaderships» (2015, 3).
Este autor ha postulado que algunas de las temáticas relativas al pasado inkaico, tales como las luchas contra los antis o el encuentro entre el Zapan Inka y el Qolla Cápac, representaban más bien reforzamientos coloniales de las fronteras étnicas y ecológicas vistas desde la posición cuzqueña.
67 Esta hipótesis sobre la construcción de narrativas «apropiadas» para uso de las élites locales nos permitiría entender más claramente las diferencias que hemos planteado, en particular la diferencia de los pesos específicos de las temáticas del pasado y el presente entre ellas y da cuenta de los rasgos «localistas» de las tres tradiciones.
De acuerdo a Cummins, incluso las escenas del «tiempo del inka» podrían ser entendidas como materiales empleados para evidenciar las nuevas identidades coloniales.
Un caso iluminador es el de don Francisco Ayra de Ariutu, ya mencionado, señor de los Qaraqara, aymara hablantes de la región de Charkas, que recibió del rey de España Felipe IV, en 1635, un escudo con sus blasones; estos incluían una torre o pukara, un cóndor, un jaguar o uturunku y una estrella, un lucero de ocho puntas.
Tal como lo destacó Platt, si bien el escudo es un soporte significante de origen europeo, los componentes del mismo fueron pensados y representados a partir de viejas maneras andinas de expresar visualmente el poder.68
Sujetos emergentes, mujeres y qeros coloniales (hipótesis 3)
Es posible formular, aun, una tercera hipótesis: la emergencia de nuevos sectores sociales implicó su posicionamiento frente a lo colonial.
Esos nuevos sectores pueden ser tanto sujetos emergentes como nuevas comunidades surgidas de las reducciones que construyeron, por vía de las imágenes, elementos de cohesión social y de normatividad, en especial expresada en las representaciones de los rituales agrícolas y ganaderos y en las escenas de viajes, caravaneo de llamas y de arriería con mulas.
Las élites, ya fueran las formadas por los antiguos señores o por los nuevos caciques locales, no fueron las únicas vinculadas al uso de qeros coloniales.
En 1630, describiendo las actividades de los vecinos de la ciudad de La Plata (Charcas), Vásquez de Espinoza mencionó un importante comercio, en manos de españoles, de objetos indígenas orientado hacia los propios indios: «Venden también vasos de madera, matizados de diferentes colores que llaman cueros [qeros] en que los indios beben su bebida de chicha».
69 «Matizados de diferentes colores» es una de las expresiones frecuentemente usadas para describir los qeros coloniales, ya que muchos de los vasos prehispánicos tenían una decoración incisa, sin color.
Hasta ahora no se conocían más referencias al comercio de estos vasos.
Sin embargo, en un documento recientemente encontrado, el inventario de bienes de Gonzalo de Figueredo de 1619, se registra que este comerciante tenía «sesenta y dos pares de queros / a quinze rreales par monta / ciento y diez y seis pessos y / dos rreales».
70 Los vasos se vendían en pares y, si consideramos que la tasa, el tributo que debía pagar cada indio adulto por esos mismos años en la misma ciudad de La Plata era de siete pesos ensayados, 71 entonces pareciera que su precio era bastante elevado.
Se trataría de un comercio para los indios.
De objetos hechos por indios para indios.
El caso de los propietarios de qeros en La Plata es interesante porque los y las propietarias coloniales parecen ser, en esos casos, sujetos urbanos.
En algunos casos, se trataría de «nuevas autoridades» o personas «influyentes», surgidas de los nuevos contextos coloniales que pudieran, o no, tener su origen en antiguos lazos de acatamiento y legitimidad comunitarios; en otros, probablemente fueron adquiridos como parte de bienes demostrativos de riqueza y poder.
72 En definitiva, los qeros, aquillas y paqchas coloniales fueron usados tanto por integrantes de las élites como por sujetos emergentes, hombres y mujeres, en los nuevos contextos coloniales.
Presta ha llamado la atención hacia personas como Luisa Colquema, al parecer una chichera de la ciudad de La Plata, quien legó a su hijo mayor, Perucho, dos pares de qeros.
73 Podemos agregar, entre otros casos, a María Guarza, «yndia natural» que vivía en el Cercado de Lima, 74 quien tenía «un par de basos de madera pintada», en 1608.
75 La pintura colonial también parece reflejar este tipo de propietarios y propietarias.
Los qeros policromados aparecen pintados también en dos iglesias coloniales.
En la representación del infierno, pintada por José López de los Ríos en 1684 en la localidad de Carabuco; y en un mural en la iglesia de Caquiaviri pintado en 1739, ambas en Bolivia.
Lo sugerente es que en la pintura de Carabuco aparece un diablo vestido con ropas andinas, ofreciendo de beber en qeros coloniales pintados a un grupo de mujeres.
Estos casos de mujeres propietarias de qeros, o utilizándolos, nos parecen interesantes porque se vinculan con el de San Pedro de Hacas, con la lámina de Ocaña que ya mencionamos y con las imágenes en los mismos qeros coloniales, en los que las mujeres aparecen sirviendo la chicha en ellos o bebiendo también de los mismos (ver figura 5).
Sobre la relación de las mujeres con la bebida y los qeros, el diccionario aymara de 1612 señala lo siguiente: «Vmajastha, huarasta: echar chicha en los mates para dar de beuer.
Es propio de las mujeres...».
76 Eso aparece refrendado, como dijimos, en las mismas ilustraciones de los qeros, tanto del tiempo del inka como del presente colonial.
Si nos detenemos en esto, es porque puede que estas mujeres coloniales, propietarias de qeros, no los tuvieran necesariamente por su valor mercantil, sino por una posición social de custodias de los objetos rituales de valor comunitario, la que pareciera haber sido una práctica social prehispánica
Los qeros tuvieron un valor propio que se lo entregaron los temas representados, textos visuales que permitían legitimar demandas, que otorgaban autoridad, que incluso transmitían mensajes políticos y continuaron ocupando un lugar central en las ceremonias andinas coloniales.
Esta es una cuestión central para comprender la aparición de los nuevos estilos y su estrecha relación con los cambios sociales y políticos que vivieron las poblaciones andinas y sus autoridades a partir de 1533.
Lo importante es que no se trataba de objetos valiosos únicamente por su valor comercial, o solo por la belleza estética de su decoración (que nos parece igualmente relevante), ni aun solo por su vínculo simbólico con los antiguos vasos inkas.
Parafraseando lo señalado por Saignes (1993), se ubicaron entre la borrachera (como parte de la experiencia con lo sagrado) y la memoria, dos estrategias desarrolladas por los dirigentes indígenas coloniales para obtener una legitimidad ante las comunidades andinas y las autoridades españolas.
Usados para beber y brindar con chicha y decorados con escenas del tiempo del inka o representativas de la vida colonial, jugaron un papel articulador entre ambos espacios.
La emergencia de los nuevos estilos coloniales (y es posible que más adelante se identifiquen otros) da cuenta de las cambiantes condiciones sociales de la vida colonial y de la búsqueda de las poblaciones andinas para construir nuevos espacios de comprensión y de reflexión que les permitieran manejar con pautas culturales propias al menos algunos aspectos de su nueva situación.
Los materiales mostrados y discutidos aquí nos señalan que en esos procesos intervinieron activamente tanto los señores de antiguos linajes como los que aprovecharon la coyuntura colonial para ganar poder y autoridad, sin excluir a otros sujetos emergentes.
En todos esos casos, se advierte la activa participación de hombres y mujeres, permitiéndonos una mejor comprensión de los actores de la construcción de esa nueva sociedad colonial.
De la multitud de participantes (desde los que hicieron los qeros, inscribieron sus imágenes, mandaron a hacerlos o los compraron, y quienes QEROS Y DISCURSOS VISUALES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA NUEVA SOCIEDAD |
En la época de los grandes descubrimientos la realidad de la Italia centro-septentrional se encontraba muy estimulada por el conocimiento y por las inversiones que empujaban a mercaderes y artesanos, pero también a intelectuales, diplomáticos y religiosos a la vía de las Américas.
En este artículo ofrecemos alguna noticia sobre los procesos de formación de los nuevos núcleos urbanos y agrícolas a través de las historias de personajes italianos no siempre conocidos que, dispuestos a confrontarse con una realidad no siempre fácil, llegaron a las Indias Occidentales a la búsqueda de nuevas oportunidades y aventuras.
Es conocido cómo sobre todo los toscanos, «mercaderes con la pluma en la mano», prestaron una gran atención a los intercambios epistolares porque sabían bien lo importante que era escribir y recibir informaciones continuamente, no solo para satisfacer su ávida curiosidad, sino también y en especial para elaborar estrategias económicas de éxito.
1 La correspondencia se movía entre países y personalidades diversas que, en un extraordinario y múltiple entrelazamiento de ciudades y de corresponsales, se intercambiaban y difundían ideas, modos de vida y conocimientos.
2 Entre las dos orillas del Atlántico, cada escrito aparece a veces como una historia en la que los motivos y los contenidos que unían a los dos corresponsales se diluían en la descripción y en el comentario de los contextos observados.
Además de noticias económicas o vicisitudes personales, se encuentran cuestiones políticas o institucionales, sociales o religiosas y con ellas, para señalar lo que interesa en este caso, los trazados ambientales y paisajísticos de los territorios descubiertos.
Concentraremos nuestra atención sobre todo en la descripciones que nuestros viajeros hacían de los asentamientos habitados, de los núcleos construidos y poblados por los indígenas, pero también de ciudades y pueblos que los españoles estaban levantando en algunas zonas del Nuevo Mundo.
Tenemos que ser conscientes del valor limitado de estos testimonios, útiles por las informaciones que ofrecen aunque parciales y fragmentarios, que tenemos que integrar con relaciones de viajes similares, diarios y crónicas.
Algunas son relaciones escritas después de su vuelta a la patria como la de Galeotto Cei, mercader florentino que desde 1539 hasta 1553 recorrió sin suerte varias partes de América y que contó su experiencia cuando ya había regresado a Toscana.
No podemos excluir que en aquellos escritos algunos recuerdos se hubieran empañado o que otros hayan sido acentuados para golpear la imaginación del lector.
Probablemente también el milanés Girolamo Benzoni, uno de los muchos aventureros que zarparon para las Indias Occidentales con la esperanza de enriquecerse, redactó su Historia 3 a su vuelta a Europa, integrando y reforzando sus reminiscencias con la narrativa existente y producida por escritores mucho más prestigiosos que él.
Entre las ciudades y las aldeas del Nuevo Mundo
Combinando los datos de algunos de mis estudios 4 con los ofrecidos por Francesco D'Esposito 5 y María Justina Sarabia Viejo 6 sobre la presencia italiana en el Nuevo Mundo, emerge que entre 1492 y finales del siglo XVI 384 italianos se mudaron a los territorios que se acababan de descubrir.
De ellos 182 llegaban de Liguria, 7 53 de Toscana, 43 de las regiones de la Italia meridional, 8 15 de Lombardía, 14 de Véneto, 10 de Córcega, 5 de Cerdeña, 3 de Lacio, 2 de Umbría, 2 de Emilia-Romaña; a estos se añadirían 55 personas de las que no sabemos sus regiones de procedencia.
Su presencia se registra un poco por todas partes.
De la tabla 1 emerge que los italianos activos en América Central eran los más numerosos.
También era elevado el número de los que junto a los conquistadores se habían mudado a la región de Río de la Plata y a los centros argentíferos peruanos y bolivianos.
De todas formas, cualquiera que fuera la región elegida para probar fortuna, mercaderes y viajeros que desembarcaban en las Américas, tenían el primer impacto con el área caribeña, en particular con La Española y el puerto de Santo Domingo que muy pronto se dotó de las infraestructuras necesarias para el atraque de las embarcaciones y para la descarga de las mercancías.
De las palabras de Galeotto Cei se deduce que para entrar con seguridad en la escala de la principal ciudad de la isla era 3 Benzoni [1565], 1991.
7 En el número se incluyen individuos provenientes de Niza.
8 En el número se incluyen individuos de Malta y Lipari.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 necesario llegar desde Levante porque, en caso contrario, las corrientes provocadas por la confluencia del río Ozama con el océano, empujaban a las embarcaciones contra algunas rocas.
Siempre por razones de seguridad, era oportuno que las naves no superaran las 500 toneladas y para descargarlas habían sido construidos «un poco de muelle» y una aduana (llamada «terrazana») donde colocar las «cosas pequeñas».
Desde el puerto hasta la ciudad a los ojos de nuestros viajeros aparecía inesperadamente bonita.
Cuando llegó su primer obispo, Alessandro Geraldini, 10 Santo Domingo había sido fundada hacía poco más de 9 Cei, 1992, 4-6.
Los inconvenientes del puerto de Santo Domingo los señalaban todos los cronistas de aquel tiempo que subrayaban, como Galeotto Cei, las dificultades de atracar, la presencia de vientos no siempre favorables y la existencia de corrientes peligrosas.
Todo esto afectaba negativamente al comercio y al desarrollo económico de la isla.
Por eso no es extraño que se comenzara bien pronto a buscar soluciones alternativas.
10 A causa de diferentes fechas de llegada, Cei pensaba que Geraldini era florentino, mientras que sus orígenes eran umbros (Cei, 1992, 5).
Sobre la figura de Alessandro Geraldini véase D'Esposito, 2000.
En su historia comparaba las nuevas arquitecturas de las ciudades con las italianas: los edificios altos y bellos se levantan como en Italia, y el puerto puede incluso acoger todas las naves de Europa; las calles son anchas y rectas, al contrario que las vías de Florencia que no se pueden si tan siquiera comparar a esas: me di cuenta que en nuestros días las calles vuelven a tomar la amplitud que tenían en tiempos pasados.
12 La comparación con Florencia no tiene que sorprender, la ciudad toscana era la cuna del Renacimiento que probablemente el religioso conocía.
Como puede intuirse la atención del obispo se concentró en la iglesia principal que había sido levantada después del descubrimiento.
De esta manera el obispo recordaba el momento en el que la vio:
Cuando entré en la iglesia edificada con vigas de madera, barro y arcilla, me estremecí: mi pueblo, que había prestado tanto cuidado a la construcción de las casas en las que vivirán solamente por pocos años, no se había puesto ningún cuidado en la construcción de la iglesia, que será para siempre un lugar de paz para todos.
Por eso maduró en mi mente el pensamiento que esta iglesia tenía que ser obra de obispos: reuní por este motivo, en la sede arzobispal, a los magistrados y al pueblo, y después de haber rezado por tres veces en voz alta, pedí a todos una ayuda.
En cualquier caso, sobre la datación de la fundación de Santo Domingo existen distintas posiciones.
Cuando Geraldini llegó (en 1519 según Francesco D'Esposito y en 1520 según Alessandro Geraldini descendiente del religioso), la ciudad ya había sido trasladada a su posición actual por Nicolás de Ovando.
Poder disponer de iglesias adecuadas para el CIUDADES Y ALDEAS DEL NUEVO MUNDO EN LOS DOCUMENTOS Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 45-64.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 Geraldini no podía descuidar dos cuestiones: la construcción parecía demasiado modesta tanto para acoger a los fieles como para representar el centro de la naciente Iglesia local; además no disponía ni tan siquiera de una sede episcopal.
Por eso, convencido de que todos le habrían ayudado, pidió al soberano uno de los dos palacios que la Corona poseía en Santo Domingo y al Papa indulgencias para recaudar fondos que pudieran ser destinados a la construcción de la catedral y del hospital.
14 Las dificultades que Geraldini tuvo que afrontar en su conjunto no fueron pocas, y por eso la primera piedra fue colocada en 1521 y las obras se iniciaron dos años después.
El obispo no vio el final de la obra, de hecho murió el 8 marzo de 1524 mientras que la catedral fue terminada en 1541.
Su cuerpo reposa en un precioso sepulcro en el interior del templo.
La fachada plateresca del edificio es un ejemplo del gótico tardío español, pero con la huella de las arquitecturas renacentistas toscanas en sus trazos arquitectónicos.
15 Sin embargo, aquellas formas tuvo que reconocerlas Galeotto Cei que, como hacíamos alusión, dejó La Española y el Nuevo Mundo cuando la iglesia ya había sido terminada desde hacía tiempo.
Ante los ojos del mercader florentino la catedral se mostraba como «una bellísima iglesia con canónigos, contables y capellanes, muy bien oficiado».
En aquella época la diócesis que, según decía, tenía unos ingresos anuales de 5.000 ducados, era un arzobispado del que eran sufragáneos los obispos de San Juan de Puerto Rico y de Cuba, el de Venezuela, Cabo de la Vela, Cartagena, Santa Marta y del Nuevo Reino de Granada.
En la ciudad existían también «tres monasterios de monjes y dos parroquias y un hospital, muy nombrado, que sería suficiente a cualquier buena ciudad de España».
16 En la misma época en que Santo Domingo era frecuentada por el mercader florentino, ministerio religioso era un problema muy sentido por los misioneros presentes en los nuevos territorios.
En una carta que Pietro Martire d'Anghiera escribió desde Toledo el 13 de junio de 1525 al arzobispo de Cosenza, Giovanni Ruffo, señalaba la misma dificultad para las iglesias construidas en Jamaica en las ciudades de Sevilla y Oristán.
Los dos templos, edificados con vigas y paja, se incendiaron bien pronto, por lo que se decidió usar las rentas de Sevilla para iniciar la construcción de una iglesia y un sagrario de piedra, donde pudiera conservarse segura la Eucaristía.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 también la estructura urbanística de la ciudad se había modificado convirtiéndose en: bellísima de muchos edificios y casas, de modo que de su grandeza en España no hay mejores, por no decir de sus murallas del tamaño de Prato situadas a la altura del mar, con un poco de fortaleza no muy fuerte.
17 La comparación con el tamaño de las murallas de Prato, ciudad cercana a Florencia capaz de acoger a más de 10.000 personas, nos es útil para intentar imaginar la dimensión de Santo Domingo, dotada entre otras cosas de adecuadas infraestructuras como algunas fuentes, que ofrecían agua buena para beber aunque «un poco salada para quien no está acostumbrado», y una fuente en la plaza de agua peor pero abundante y útil para «los servicios de las casas».
18 Mucho se ha discutido acerca del abastecimiento de agua en la capital.
Las opiniones de los cronistas son a veces divergentes, aunque es cierto que el agua que se obtenía de la fuente existente en la ribera derecha del Ozama no era de buena calidad, mientras era complicado y costoso proveerse «de la otra parte del río».
Las alternativas y las soluciones que se intentaron para resolver estas dificultades fueron numerosas, pero solo una tuvo éxito: la construcción del acueducto que alcanzaba la plaza Mayor desde un pozo cercano al convento de San Francisco.
19 Por tanto, es probable que el relato de Cei se refiera a la situación que se había creado gracias a esta intervención.
Si Santo Domingo era el centro principal de La Española, en la isla se encontraban muchos otros asentamientos urbanos de dimensión y funciones diversificadas.
Cabe señalar sobre todo dos puertos: Puerto Real, «puerto bastante bueno», y Santa María de la Maguana, situado en cabo del Tiburón, puerto más grande, pero escasamente poblado.
Sobre la construcción de las murallas y de las diversas estructuras defensivas de la ciudad, véase: Caro Álvarez, 1973.
21 No hemos conseguido identificar esta localidad.
Galeotto dice que se encuentra al este de Santo Domingo.
Suponiendo que se trata de una italianización del nombre o de la lectura errónea de una abreviatura, quizá podría corresponder a Salvaleón.
Los habitantes de «Sabana», 23 pueblo situado en la costa, se dedicaban a la agricultura y marginalmente a la cría.
La «ciudad principal» era «Vega», 24 cuya zona circundante había sido explotada al inicio por sus minas de oro agotadas en los años treinta y sucesivamente utilizada para la cría del ganado.
A la misma actividad se dedicaban los habitantes de Monte Cristi, 25 un «pueblecito» al noroeste de Santo Domingo.
Según nuestro florentino aquellas aldeas estaban habitadas por cristianos que vivían en casas hechas de paja, cañas, palmas y maderas, rodeadas y protegidas por muros, con aberturas cerradas con cañas, y así hacen casas con habitaciones, salas, pórticos, cocinas, establos y más trasteros, todo en una planta, sin utilizar ni tan siquiera un clavo, alambre, o cuerda, sino todo unido con ciertas como verbenas a las que llaman besciuccos.
26 Los asentamientos más vastos y bien organizados eran los surgidos en las zonas donde se cultivaba y se elaboraba la caña de azúcar, cuyas plantaciones fueron apoyadas con fuerza por los españoles desde su llegada a la isla.
27 Azua era la región dedicada por excelencia a la caña y a su costoso derivado.
Se encuentran numerosos molinos entre los que destaca el de La Magdalena, de Giovanni Soderini, mercante florentino que había llegado a Santo Domingo entre 1535 y 1536 y que en los años cuarenta se había casado con Isabel, hija de Alonso Hernández de Las Varas, rico empresario azucarero cuya familia poseía la gran fábrica Santa Bárbara.
Con aquella boda, Giovanni había entrado a formar parte de la oligarquía azucarera de La Española, que antes de otros grupos sociales pudo permitirse la construcción de casas de piedra.
28 Empeñada en la producción del azúcar estaba también la población de San Juan de la Maguana, pequeño asentamiento no lejano de Azua, donde estaban en funcionamiento dos ingenios.
23 Hoy probablemente Sabana de la Mar. 24 Vega o Santiago de la Vega, hoy probablemente Santiago de los Caballeros.
25 Hoy probablemente San Fernando de Montecristi.
Wright, 1916 Cei nos ofrece una descripción de una fábrica típica pero no dice nada sobre el coste de la instalación, que representaba la primera y fundamental movilización.
Además, no tenían que ser menos gravosos los gastos por capital humano que aunque no estaba constituido por obreros sino por esclavos, 200 esclavos «negros o cristianos» podían costar al menos 30.000 ducados.
Los pocos hombres libres eran individuos dotados de capacidades profesionales como el «facitore di forme» de azúcar, y los «7 u 8 capataces».
Además había una mano de obra que no trabajaba directamente en el molino, sino en otras actividades colaterales que hacen pensar en la organización de la aldea: dos carreteros -uno de los cuales dedicado a la doma de los caballos y el cuidado de los bueyes-, 30 un herrero, un carpintero, un artesano capaz de hacer carretas.
Para vigilar la plantación eran necesarias al menos dos personas que proveían también al cultivo del maíz y de otros productos.
Los hombres se ocupaban también de encontrar madera para las calderas de refinación que absorbían cada día 24 carretas de madera.
La ausencia de una sola de estas competencias, comentaba Cei, habría hecho imposible «hacer algo bueno».
De lo expuesto se entiende que la industria azucarera condicionó bastante la organización de los territorios en los que se encontraba y no solo por la presencia de los molinos para el azúcar, maquinarias que podían ser movidas por el agua (ingenios) o por la fuerza animal (trapiches).
31 «Un buen ingenio -escribía Cei-es como un pequeño pueblo».
Se estaba en los primeros decenios del Quinientos y los procesos productivos no debían estar bien organizados todavía.
Para imaginarlos puede ser de gran ayuda el cuadro de Giovanni Stradano que da una idea de las múltiples actividades alrededor del líquido recogido de la estrujadura de las cañas en una fábrica de azúcar.
En la época de Cei, él mismo contaba que había muchos molinos de agua, movidos por ruedas o por rodetes.
En todos los casos aquellas fábricas presentaban elementos de diseminación de las varias fases productivas que se realizan a menudo en lugares contiguos pero separados.
Además de la casa del molino podía estar la de la purga y la de las «piliere» donde «conservaban los azúcares».
Es inútil decir que en aquel aglomerado se encontraban edificios o cabañas destinados a diferentes usos.
Está claro que una organización articulada de esta manera y un personal tan 30 Según Cei se necesitaban al menos 70 u 80 pares de bueyes.
31 Sobre las diferentes tipologías de molinos de azúcar véase Stevens-Acevedo, 2009.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 numeroso exigiera también alojamientos adecuados que, a diferencia de los de otras realidades rurales y mineras del Nuevo Mundo, estaban hechos «de piedra y de tierra, cubiertos de tejas o de esmalte para protegerlos del fuego que provocaba grandes daños».
32 Muy racional y bien organizada nos parece la aldea de una plantación ochocentista representada en un diseño publicado por Edward Crain en su estudio sobre las arquitecturas históricas del Caribe 33 que representa probablemente el punto de llegada de un proceso de adaptación de las primeras aldeas azucareras de aquellas tierras.
En aquellas imágenes podemos reconocer un contexto territorial más amplio hecho de muchos terrenos sobre los que cultivar la caña.
Casas, fábricas y cabañas situadas dependiendo de la presencia de al menos un curso de agua para el molino e indispensable para regar los terrenos, sobre todo después la quema de los rastrojos.
34 La Española a mediados del siglo XVI mostraba una economía en expansión que era debida a la producción de azúcar y a la cría de ganado.
El contexto social de aquellos años había cambiado mucho, puesto que se había agotado la fase basada en la búsqueda del oro.
Esta había comenzado con el gobierno de Nicólas de Ovando, quien desde su llegada (1502) había organizado la explotación de los yacimientos de San Cristóbal y del Cibao, que había provocado la extinción de los taínos y determinado la importación de los esclavos africanos.
35 En el período observado por nosotros, una significativa parte de la población de la isla, no ocupada en la producción de azúcar, se dedicaba a la cría del ganado y a la producción de pieles, aquellas «pieles de las Indias» que encontraron inmediata y consistente salida en los mercados europeos.
Ya en 1531 operadores económicos florentinos activos en Andalucía pedían enviar a Toscana 200 pieles de las Indias «para una prueba», 36 para verificar cómo los consumidores respondían a una calidad hasta aquel momento desconocida.
36 Archivo de Estado de Florencia (en adelante ASF), Libri di famiglia e di commercio, 224, Pisa-Cádiz, Francesco Botti a Iacopo e Giovambattista Botti, Pisa, 23 de agosto de 1531, c.
La primera «valuta di mercanzia», signo indudable de una presencia continua y consistente en la plaza pisana, está fechada en 1533, en aquella ocasión Francesco Botti escribía que las pieles de India «ci se n' è vendute buona partita a lb.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 europeos, entre los que sobresalían los italianos, la difusión en el Mediterráneo de las pieles americanas fue más rápida que la que se verificó del azúcar.
37 De nuestros documentos emerge que los españoles, ayudados por operadores económicos italianos, sobre todo genoveses y florentinos, daban un fuerte impulso a la economía de la isla.
En este cuadro se entienden los procesos de desarrollo urbanístico de Santo Domingo que se había dotado de una Casa de Moneda, instituida en 1536.
38 En su relato, Galeotto Cei recuerda mal esta fecha, puesto que indica que la fundación de la Casa de Moneda se produjo en 1525 (Cei, 1992, 6).
Según Erwin Walter Palm, la Casa de la Moneda «instituida en 1536 un año más tarde que la de México fue establecida después de 1540 cuando aún se pide "que tuviera efecto la merced de que en esta ciudad hubiera Casa de Moneda para labrar aquí plata y vellón".
Cualquiera que sea la forma con la que se hace el azúcar / te lo muestra de muchas maneras, el cuadro que ves».
acuñaba solamente monedas de plata y cobre, que también se acuñaban en Nueva España, ya que en ninguna parte de las Indias se forjaba el oro, mercancía preciosa para vender a los europeos.
La Española también era lugar de salida para quien quería mudarse hacia Tierra Firme, la Nueva España, Venezuela, Cubagua y Perú.
La Tierra Firme correspondía a la zona alrededor de Panamá.
Expuesta sobre el mar Caribe, a 246 leguas 39 de Santo Domingo, se encontraba Nombre de Dios.
40 Allí donde hacían etapa los galeones de la carrera de Indias, se encontraban numerosos mercaderes europeos listos para participar en el tráfico de plata que llegaba desde Perú y Charcas.
El propio Galeotto encontró a un savonés, Marco Rocchetta, que le alojó en su casa.
41 Para los tráficos de plata era al mismo tiempo importante «el puerto y el pueblo» de Panamá, que se asomaba al océano Índico y distaba 20 leguas de Nombre de Dios.
El puerto de Panamá se encontraba en una ensenada situada bajo altísimas montañas abiertas a tramontana, la escala era segura, protegida por algunas rocas que los hombres de aquella época usaban como muelle.
No estaba defendida por una fortaleza, sino solamente por algunos bastiones más bien débiles ya que estaban hechos de arena, pero bien dotados de artillería.
En cualquier caso su posición lo hacía muy difícil de tomar y el mismo Cei, quizás no sin alguna exageración, decía que para apropiarse del puerto habría sido necesaria una docena de naves de 100 toneladas capaces de desembarcar dos mil hombres.
Sin embargo la zona habitada se encontraba en una pequeña llanura a los pies de las montañas y cercana al mar.
Se trataba de un área ocupada por pantanos y por tanto muy húmeda.
Las casas eran de planchas de madera cubiertas de tejas.
Para su construcción no se podía utilizar la madera de las montañas colindantes porque estaba demasiado impregnada de agua, y por eso se hacía llegar desde las islas circunstantes.
Para protegerse de la humedad algunas casas disponían de una especie de entreplanta donde tumbarse, porque quien «no duerme en palco vive poco y es poco sano».
42 Es probable que Galeotto aludiese justo a este tipo de casa, cuando decía que en Panamá el coste de los alquileres era elevadísimo, oscilaba entre los 400 y los 500 ducados de alquiler al año.
39 El florentino precisaba que se trataba de leguas de cuatro millas cada una.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 Los colonos habían introducido la cría del ganado importado de Santo Domingo pero, como ya hemos indicado, la economía local estaba unida esencialmente a los tráficos de la plata.
De hecho, en la ciudad se encontraban muchos mercaderes que, en espera del metal precioso, «jugaban todo el día al fresco intentando no sudar».
43 Como hemos visto, en Nueva España, la parte de América Central que el florentino Giovanni Nicolozzi llamaba «tierra que te hace olvidar» 44 por las grandes riquezas que habría hecho olvidar a cualquiera del deseo de regresar a la patria, operaba un buen número de mercaderes italianos.
Entre los toscanos los más activos eran sin duda los sieneses, 45 que comerciaban en la compra de azúcar y cochinilla vendiendo paños, telas y sedas.
Entre los productos americanos merece un breve estudio la cochinilla, el colorante que Jacques Heers ha definido como la tercera riqueza del Nuevo Mundo, tras la plata y el oro.
46 Por un lado, es muy probable que hayan sido mercaderes de Burgos quienes la hicieron conocer a los florentinos (la primera noticia data de 1541), 47 por otro, sin embargo, es cierto que los operadores toscanos se movieron rápidamente para controlar el mercado.
El poder tintóreo de la cochinilla era superior al del kermes asiático y al de la grana, nació de esta manera una verdadera y propia guerra comercial entre cochinilla y grana que vio como vencedor al colorante americano.
48 Cabe destacar que entre agosto de 1541 y enero de 1564, el grupo florentino de los Botti, que actuaba entre Andalucía y Toscana, comerció unas dos toneladas.
49 Las ciudades de la región mexicana vienen descritas en una carta enviada por el monje misionero boloñés Francesco Allé a sus hermanos y al superior provincial Clemente da Moneglia.
Francesco contaba cómo en México se encontraban ciudades más grandes que las europeas que llegaban a tener hasta 80.000 vecinos, las casas eran bajas y bien construidas, 43 Ibidem, 38-39.
48 En los años cuarenta del Quinientos mercaderes florentinos escribían que no habían «trovato da dar via, né a baratto, quella poca grana che qui (Toscana) quasi non se n 'usa che ànno tinto molti panni con la cocciniglia».
ASF, Miscellanea Medicea, 107/2, Florencia-Cádiz, Matteo Botti a compagnia Botti e Peri, Florencia, 12 de diciembre de 1545, c.
no protegidas por muros.
De hecho habían sido los españoles los que habían enseñado a los nativos a defender las ciudades con una muralla.
50 Sin duda el centro más conocido era Ciudad de México que provocaba en todos los visitantes europeos una sensación maravillosa.
Pietro Martire d'Anghiera en 1521 escribía: «dicen que aquella ciudad consta de un número de cincuenta mil casas» y todas de piedra; en ella también se encuentran muchos palacios principescos porque habían sido numerosos los nobles de la corte de Moctezuma.
51 Rodeaban la laguna otros seis centros fortificados todos ellos construidos con casas de piedra en parte sobre el agua y en parte sobre la tierra firme.
El citado Giovanni Nicolozzi, que había llegado a aquellos territorios en 1536, la describía así en una carta dirigida a su padre: está fundada como Venecia en un gran lago que tiene 60 millas, todo de agua y está fabricada con edificios muy buenos y todos de piedra, y así de buenas casas, como sucede en Venecia, hechas por mano de los indios.
52 El trecho de costa entre Cabo de la Vela y Coro mostraba que los asentamientos humanos se vinculaban al deseo o la necesidad de vivir cerca del mar.
A lo largo de aquel litoral, «los indios tenían sus casas y casi sobre el agua y de muchas barcas, como canoas, pequeñas y grandes, y están siempre en el agua y son muy hábiles y valientes en ella».
53 En 1544, Coro se había visto reducida a diez casas de paja distantes dos leguas del mar.
Sus estructuras eran las que habían dejado abandonadas la población local y sustituidas rápidamente por los conquistadores.
La iglesia episcopal que para ser hecha de madera, cañas y paja parecía bonita, 54 había sido realizada utilizando la gran casa del señor del lugar, el «cacique Manarve».
Los cristianos que habitaban en Coro vivían en míseras condiciones, sembrando maíz y criando gallinas que vendían a los habitantes del interior y de Cabo de la Vela.
55 Los españoles habían llevado también ganado desde las islas cercanas: vacas, caballos, asnos, cabras y ovejas.
Los pastizales eran ligeramente salinos por su cercanía al mar, hacían sus carnes excelentes, buenísimas como las franceses, recordaba Galeotto.
Al este de Coro los mercaderes y los viajeros italianos encontraban los centros de Cumaná y Maracapaná.
Las dos localidades habían conseguido cierta importancia y habían crecido sobre todo en el período en el que florecía la pesca de perlas en las islas de Margarita y Cubagua que se encontraban justo enfrente de las dos localidades costeras.
56 Según Galeotto Cei, en Cubagua para acoger a los europeos empeñados en el aprovechamiento de las zonas perlíferas, Iacopo Castiglione había hecho construir sesenta casas todas de ladrillos y dispuestas como un pequeño burgo que llamó «Nueva Cádiz», donde se construyó también un monasterio por obra de cuatro monjes franciscanos que hicieron llegar de Santo Domingo.
57 Para Cubagua era fundamental la aldea de Cumaná que se encontraba en la desembocadura del homónimo río donde los habitantes de la isla de las perlas se abastecían de agua dulce.
Para facilitar las operaciones de aprovisionamiento, los españoles habían edificado una fortaleza de madera en la que amarrar los barcos que llegaban desde Cubagua.
En el período de máximo esplendor de la pesca, entre los años 1520 y 1530, se levantó otra fortificación en tierra firme que fue destruida a causa de las lluvias que habían hecho que se desbordara el río.
58 En 1541, cuando se encontraba allí Girolamo Benzoni, todavía había cuatro o cinco casas hechas de cañas y, parece entenderse, que se encontrasen más o menos en la zona donde el capitán Diego de Ocampo edificó la ciudad de Toledo.
59 De hecho, Ocampo ordenó a los indios que construyeran veinticinco casas de paja justo en la desembocadura del río y llamó al nuevo asentamiento «Villa de Toledo».
60 Maracapaná o «Amarcapanná», como la llamaba Benzoni, era un núcleo de unas cuarenta casas donde, según lo que se decía, residían cuatrocientos españoles que cada año elegían entre ellos a un capitán.
61 La acción de penetración de los italianos en los territorios de la América meridional no se limitó a la zona costera.
Algunos de ellos llegaron hasta Potosí.
Galeotto Cei, en el período de su vida en que acompañó 56 Sobre Cubagua y su producción de perlas véase Otte, 1977.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.02 a los conquistadores en la década de 1540, llegó hasta las zonas interiores de Venezuela y participó en la fundación de Barquisimeto y más al sur, el 30 noviembre de 1545, de El Tocuyo, que se concretó en un grupillo de casas hechas de cañas, paja y maderas de las que la zona era particularmente rica.
62 El florentino, que quería alcanzar el mítico Perú, prosiguió todavía más al sur.
Superó la frontera con Venezuela para pasar a la hoy Colombia.
En los primeros días de junio de 1551 estaba en Tunja, poblada por setenta cristianos que la habitaban de forma estable.
A ellos se aña dían presencias esporádicas que hacían subir la población a 250 o 300 personas.
Justo en aquellos años se estaban comenzando a levantar casas de piedra, ladrillo y tierra.
Había llegado a la región que los indios llamaban Bogotá y los españoles Nuevo Reino de Granada, porque era fría como las montañas de Sierra Nevada.
63 Otra «ciudad principal» era Santa Fe donde se encontraba una cancillería real y dos auditores.
En ellas residían 400 cristianos de los que solo 80 eran vecinos y poseían reparticiones, territorios que cada año daban además de maíz, trigo y cebada, un tributo de 400, 500 o 1.000 ducados de oro de baja ley (entre 7 y 10 quilates).
En algunos casos se encontraban monedas con solo 4 quilates de metal precioso mezclado con latón y cobre.
64 Cei visitó también Pamplona, pequeño centro en el que habitaban 150 cristianos, y Vélez, más pequeña que Tunja y poblada por personas «de más humilde condición».
65 No consiguió llegar a la Villa Imperial de Potosí, mientras que sí la alcanzó su conciudadano Niccolò del Benino, que después de mil vicisitudes se convirtió en un rico empresario de la minería, ya que compró y explotó con éxito una veta de plata en la Veta Rica del Cerro de Potosí.
Benino describía la rica ciudad española como «un castillo o población» en la que normalmente vivían 800 hombres junto a 20.000 indios empeñados en el trabajo de extracción de la plata.
A pesar de encontrarse a 2.000 metros de altitud, entre sus calles y sus casas se encontraba de todo como en ningún otro lugar de aquella región.
Hemos visto que las historias de algunos de los italianos que dejaron el Viejo por el Nuevo Mundo, a pesar de ser algo desordenadas e incompletas, nos ayudan a entender cómo los procesos de urbanización de las ciudades más ricas e importantes se vieron condicionados principalmente por los estilos europeos, mientras en las realidades más pobres parecía prevalecer la lógica y las formas de las configuraciones originales.
En las zonas caracterizadas por actividades del sector primario y del secundario, las exigencias de racionalización daban lugar a una síntesis entre la tradicional cabaña y las más o menos innovadoras plantas productivas.
Parece ser que los españoles, al menos inicialmente, construyeron sus casas siguiendo los trazos distintivos de las poblaciones indígenas.
Se trataba de casas con un solo piso, parecidas o similares a las cabañas.
En las aldeas de La Española los alojamientos estaban hechos de paja, cañas, palmas y madera unidos no con clavos o cuerdas sino con «besciuccos», tipo de lianas que los nuestros llamaban verbenas y que formaban parte de las técnicas de construcción locales.
Sin embargo, la estructura interior de los alojamientos era la típica del Viejo Mundo: los espacios estaban divididos en cámaras, salas, cocina, lonjas, y cuadras.
Como se puede intuir, la madera constituía el material de construcción más usado en todas partes.
En Panamá las casas eran de madera cubiertas de tejas y también en Coro para los alojamientos se utilizaba la madera, ejes y mesas se usaron para la creación de nuevas aldeas como Barquisimeto y El Tocuyo en lo que hoy es Colombia.
Con el pasar del tiempo y sobre todo en los centros en los que la población residente estaba creciendo, los españoles comenzaron a levantar edificios e infraestructuras urbanas cada vez más parecidas a las europeas.
Alessandro Geraldini contaba que los edificios de Santo Domingo eran «altos», es decir con más plantas y eran «levantados como en Italia», las calles también le parecían anchas y rectas, incluso más que las florentinas.
No solo la ciudad principal de Cubagua, llamada «Nueva Cádiz», contaba sesenta casas todas de ladrillos y colocadas como en un pequeño burgo.
Todos saben que el burgo constituye la estructura urbanística típica de las ciudades medievales de Italia central.
Como hemos visto, fueron los españoles los que protegieron estas nuevas o renovadas ciudades con murallas, costumbre que las poblaciones locales no conocían.
También los CIUDADES Y ALDEAS DEL NUEVO MUNDO EN LOS DOCUMENTOS bastiones y las fortalezas de madera o arena que se levantaron en Panamá o en Cumaná, fueron introducidos por los europeos.
En el ámbito de las grandes ciudades no podían faltar los edificios del poder político y religioso.
Una atención particular se reservaba a las iglesias, monasterios y hospitales.
Con el tiempo incluso los materiales de construcción se modificaron y se comenzaron a usar siempre más a menudo piedra y ladrillos.
Queremos concluir estas consideraciones nuestras con la descripción de una «noble ciudad en las Indias» que un viajero anónimo, el 25 de septiembre de 1535, llamaba «Zhaval» y que hasta ahora nadie ha sido capaz de identificar: Tiene un puerto bellísimo y las murallas alrededor por el lado de tierra son de madera, juncos esmaltados, y dentro duplicadas con tierra, casi como a la usanza de los bastiones de Italia, y miden más o menos cuatro pasos.
También las casas están esmaltadas con finísima arcilla, con un cierto color cocido que parecen vitrificadas tanto dentro como fuera como se colocan en nuestras casas los platos y los coladores y decoradas con figuras, como solamente ellos saben hacer y que parecen las cosas más bonitas del mundo.
El tejado está cubierto con finísimas cañas blancas.
Todas están en una planta, con habitaciones y salas y otros cuartos bellísimos.
Hay solo un templo que está en el medio de la ciudad, de gran tamaño, en el que hay un sacerdote viejo. |
Este trabajo comparativo analiza los ensayos producidos en Brasil y en el Caribe en torno a los años treinta, centrándose en las operaciones llevadas a cabo por los intelectuales para apropiarse de las culturas populares.
Considera tres textos relevantes y casi no explorados en términos comparativos: Ainsi parla l'oncle del haitiano Jean Price-Mars (1928), Casa-grande e senzala del brasileño Gilberto Freyre (1933), y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar del cubano Fernando Ortiz (1940).
En particular, esos discursos son analizados a partir de las nuevas significaciones asignadas a la herencia afroamericana y de las interacciones que establecen con la vanguardia estética, para romper en conjunto con los determinismos heredados de la etapa anterior.
transculturación en cada uno de esos contextos socioculturales y políticos diversos?
Este trabajo indaga en torno a estos interrogantes, comparando tres ensayos relevantes y casi no explorados en términos comparativos: Ainsi parla l'oncle del haitiano Jean Price-Mars, de 1928, Casa-grande e senzala del brasileño Gilberto Freyre, de 1933, y Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar del cubano Fernando Ortiz, de 1940.
En especial, atendemos aquí a las miradas emergentes sobre la cultura popular que entablan un diálogo tenso (y a menudo saturado de contradicciones) entre sí y con las huellas todavía activas de los ideologemas residuales heredados del siglo XIX.
Antes de abordar comparativamente los textos, creemos importante realizar dos aclaraciones.
Por un lado, que este trabajo forma parte de una investigación mayor (recientemente iniciada) que se propone analizar comparativamente la mirada antropológica y literaria que los intelectuales de Brasil, Cuba y Haití despliegan en los años treinta sobre las culturas populares.
Por otro lado, que esta comparación tiene en cuenta la existencia tanto de sólidos puntos de contacto como de diferencias significativas (económicas, sociales, históricas, políticas) entre estos tres países, y especialmente entre las producciones culturales de la etapa a considerar.
Lejos de impugnar la operación comparativa, el juego entre convergencias y divergencias en la historia y en la coyuntura crítica de los años treinta pueden enriquecer el resultado de esta puesta en diálogo.
Entre otros rasgos comunes, las tres áreas son el resultado de largos procesos históricos semejantes, que involucran conquista y exterminio de las poblaciones autóctonas, la instauración de economías de plantación, la explotación esclavista y la emergencia de conflictos socioculturales semejantes derivados de la esclavitud, que convierten estas áreas en paradigmas culturales de las "Américas negras".
Al mismo tiempo, entre las numerosas diferencias, la colonización parece haber generado sistemas de cohesión social mucho más fuertes en el contexto brasileño y cubano que en el de Haití.
En los países caribeños, la gravitación del imperialismo norteamericano es evidentemente mayor, agravándose en las primeras décadas del siglo XX, con inflexiones diversas en cada caso (más indirectamente en el caso de Cuba, en donde los Estados Unidos controlan progresivamente la economía y la política, vulnerando la soberanía nacional, y más abiertamente en el caso de Haití, ocupado por los Estados Unidos entre 1915 y 1934.
Frente a la relativa homogeneidad nacional sostenida en Brasil (a pesar de los diversos conflictos regionalistas), los pequeños países del Caribe se inscriben en un contexto político y cultural marcado por la fragmentación "antillana" y la convivencia conflictiva de lenguas y culturas heterogéneas, producto de colonizaciones diversas y aluviones inmigratorios desiguales.
1 A la vez, en el siglo XIX los tres países atraviesan procesos independentistas heterogéneos y cronológicamente muy asimétircos.
A fines del siglo XIX, aunque experimentan grados de modernización económica y social muy desiguales, en los tres casos la consolidación del orden neocolonial implica un fuerte debilitamiento de las antiguas clases altas terratenientes, un proceso común que tendrá consecuencias directas en la crisis posterior del treinta.
2 A pesar de estas diferencias, desde la colonia hasta fines del siglo XIX las elites intelectuales forjan linajes representacionales marcadamente etnocéntricos para aprehender lo popular.
Las sucesivas reformulaciones de la razón racial (desde las jerarquizaciones coloniales y románticas hasta el racialismo científico de entresiglos) convergen en conceptualizar el elemento afro como un "escollo" particularmente significativo para la consolidación de una "civilización moderna".
El mismo linaje devaluador gravita en torno a las connotaciones asignadas al trópico como espacio simbólico común, resistente "por antonomasia" al racionalismo y la productividad eurocéntricos.
3 Al mismo tiempo, las elites forjan imágenes del otro como modelos sobre los cuales se recorta la propia identidad (en el siglo XIX, el ejemplo haitiano de rebelión negra gravita negativamente en los otros sistemas esclavistas, al tiempo que en los años veinte se registra en la elite cubana -incluso entre los intelectuales de vanguardia-un temor sostenido a la "africanización de Cuba" por la migración de haitianos).
Este tipo de representaciones relativamente convergentes consolidan un background simbólico compartido para abordar la otredad sociocultural.
Frente a éste se reposicionarán insistentemente los intelectuales de los años treinta, generando sus propios linajes genealógicos y sus fracturas radica-1 Véanse Glissant, Édouard: Le discours antillais, Seuil, Paris, 1981; Introduction a une poétique du divers, Galimard, Paris, 1996; y también Pizarro, Ana: "La noción de literatura latinoamericana y del Caribe como problema historiográfico", en Pizarro, Ana (coord.): La literatura latinoamericana como proceso, CEAL, Buenos Aires, 1985 entre otros.
La gravitación del imperialismo norteamericano, muy desigual entre Brasil y los países del Caribe (más expuestos al intervencionismo directo), también debe considerarse como un factor diferenciador significativo y con consecuencias indirectas en el campo cultural.
2 Véase Halperín Donghi, Tulio: Historia contemporánea de América Latina, Alianza, Madrid, 1985.
3 Véanse Gerbi, Antonello: La naturaleza de las Indias Nuevas, FCE, México, 1993; La disputa del Nuevo Mundo, FCE, México, 1995; Todorov, Tzvetan: Nosotros y los otros, Siglo XXI, México, 1991; Skidmore, Thomas: Preto no branco.
ISSN: 0210-5810 les con el pasado, como condición sine qua non para iniciar una puesta en crisis del paradigma racialista y un giro hacia la interpretación cultural.
Además de los trazos generales de convergencia y dispersión entre estas áreas, el elemento que parece sesgar la enunciación de estos ensayos (aunque de manera mediada y con variables significativas en cada caso) son las crisis económicas, sociales, políticas y culturales que sacuden a América Latina, en el marco de la más amplia crisis del capitalismo mundial desatada en 1929.
4 En cada campo nacional esas crisis presentan inflexiones particulares.
A lo largo de la década del veinte Brasil experimenta una serie de transformaciones políticas e ideológicas significativas, en el marco de las cuales se debilita la hegemonía de la República oligárquica.
5 En el período aumenta la significación política de las masas, al tiempo que se produce un fuerte recrudecimiento de las ideologías (acentuado hacia la década del treinta), en cuyo contexto se institucionalizan la izquierda y la derecha a nivel nacional.
También en el campo de la cultura se producen, en la década del veinte, transformaciones profundas que radicalizan la experiencia de la modernidad y suscitan una progresiva puesta en cuestión de los discursos sociales hasta entonces hegemónicos.
En este contexto emerge la vanguardia estética del modernismo, que altera los cánones estéticos hasta entonces vigentes, 6 a la vez que emprende una crítica global al discurso artístico heredado y al contexto cultural, ideológico y político, expresando en el nivel estético-cultural los conflictos ideológicos que preceden a las transformaciones estructurales de los años treinta.
Influido por la apelación a las culturas primitivas llevada a cabo por las vanguardias europeas, el modernismo brasileño (y especialmente la obra de Mário de Andrade) se orienta enfáticamente hacia las culturas populares, inscribiendo elementos provenientes de ellas en las obras de la alta cultura.
De manera convergente, el ensayismo de Freyre focaliza insistentemente el problema de la heterogeneidad racial/cultural y la definición del carácter nacional, retomando así discusiones heredadas, para evaluar positivamente los efectos de la "miscigenação".
Al menos en parte, su discurso constituye un emergente del pensamiento de la oligarquía nordestina, desplazada de su antiguo rol hegemónico nacional, y en busca de estrategias de reivindicación de su papel dominante.
7 Por ello, en el comportamiento intelectual de Freyre se percibe cierto sentido de mando, marcas de distinción y de prestigio y una visión señorial del mundo, capaz de convertir la ideología de su estamento dominante en explicación de toda la historia nacional, aunque -como veremos-adopte también una mirada crítica respecto de la ideología de las clases dirigentes, especialmente para pensar la cultura popular.
En ese sentido, ante una crisis oligárquica de larga duración que se acelera con la implantación del nuevo capitalismo, su obra profundiza -y al mismo tiempo resiste-el colapso de la Primera República y, con ella, del orden señorial.
En el caso de Cuba, la decadencia de la aristocracia hacendada cubana en las primeras décadas del siglo XX acelera la penetración económica y el intervencionismo político de los Estados Unidos.
Estos acontecimientos contribuyen a la emergencia de una conciencia nacional por parte de la elite intelectual en las primeras décadas del siglo XX, aunque ese incipiente nacionalismo sea minado por la -sutil o explícita-penetración de los Estados Unidos y por el apoyo a éste por parte de la elite que controla la economía cubana.
8 Desde el punto de vista social, en las dos primeras décadas del siglo XX emergen nuevos movimientos políticos9 y actores sociales que buscan oponerse a la hegemonía oligárquica;10 incluso en el interior de los sectores populares algunos grupos comienzan a organizarse como minorías étnicas.
11 Frente al autoritarismo político de Machado, los textos producidos por numerosos intelectuales reformistas y nacionalistas reclaman la construcción de una república democrática.
12 En este contexto crítico se producen ensayos paradigmáticos como los de Fernando Ortiz, y emergen las primeras manifestaciones de una estética vanguardista que, en algunos casos, realiza una incorporación legitimante de materiales culturales afrocubanos.
Aunque ensayismo y vanguardia convergen al realizar un mismo diagnóstico doloroso sobre la crisis nacional, estos discursos aparecen saturados de puntos de conflicto, especialmente al evaluar los componentes y la importancia nacional de "lo popular".
Aun en el seno de estas contradicciones, se produce un viraje conjunto en la definición de la cultura popular y de la identidad nacional.
Este cambio es claramente legible en los propios textos de Fernando Ortiz, en su evolución desde principios del siglo XX hasta 1940.
Como Freyre, también Ortiz proviene de una familia de la clase dirigente nacional, aunque con una orientación más bien burguesa y modernizadora; como Freyre, Ortiz despliega una intensa actividad política y académica (centrada en la emergente antropología nacional), adquiriendo así un lugar central en el seno del campo cultural, y alcanzando reconocimiento profesional dentro y fuera de su país.
A diferencia de Freyre, desde sus primeras intervenciones intelectuales, Ortiz asume posiciones afines al reformismo liberal.
13 Partiendo, a principios de siglo, de un análisis positivista y etnocéntrico sobre la cultura popular (especialmente referido al margen negro), Ortiz desemboca en una revisión crítica del papel de la vieja oligarquía en la historia nacional, y en el análisis culturalista de los procesos de mestizaje en los que se forja "desde abajo" la identidad colectiva, cobrando un peso cada vez más significativo la experiencia colonial y la legitimación de los elementos afroamericanos.
Por su parte, Haití aparece sesgado, desde el comienzo de su temprana autonomía política, por profundas divisiones sociales entre la elite mulata y los sectores populares negros (en su mayoría campesinos pobres, descendientes de esclavos, dueños de minúsculas parcelas de tierra, analfabetos y débilmente aculturados dada la intervención tardía y frágil de la Iglesia).
Pero a pesar de sus problemas políticos y económicos, y del carácter reducido de su elite, antes de la ocupación norteamericana en 1915 Haití presenta una rica vida intelectual.
En este contexto, a fines del siglo XIX la incipiente antropología nacional se empeña en refutar los principales prejuicios del imaginario heredado para pensar el universo negro, postulando un primer programa de rehabilitación de estas culturas.
14 Sin embargo, lo hacen desde una perspectiva positivista y todavía etnocéntrica acorde con las conceptualizaciones de la alteridad hegemónicas en esta etapa, y confiando de manera implícita en el conocimiento de la cultura del "otro" como vía para asegurar una más eficaz europeización del país.
La ocupación produce un viraje significativo en el proceso social y cultural haitiano, formando parte de un plan general de los Estados Unidos para ejercer un control estratégico en el Caribe.
Es inicialmente apoyada por la elite dirigente haitiana, que en general justifica el intervencionismo como vía para fomentar el desarrollo y/o controlar la agitación social.
Pero con la oposición creciente de las masas y los sectores medios, crece también la resistencia activa, alcanzando un punto máximo en 1929, cuando se producen diversas protestas fuertemente reprimidas por el gobierno.
15 El rechazo de la intervención se canaliza también a través del creciente movimiento nacionalista, al que se suman miembros de la elite antes partidarios de los Estados Unidos, creándose así una resistencia cohesionante entre sectores raciales y sociales diversos.
16 Los movimientos etnológicos y literarios promovidos por la elite haitiana producen entonces un giro radical en el modo de pensar la identidad y alteridad nacionales.
En efecto, bajo la influencia del marxismo y las vanguardias estéticas, emergen algunos discursos paradigmáticos que resisten el imperialismo norteamericano y, al mismo tiempo, cuestionan el racialismo, la herencia etnocéntrica y el colonialismo cultural en general.
Así, la ocupación opera como un catalizador que impulsa el reconocimiento de la cultura popular: reaccionando frente al imperialismo, la elite intelectual (encabezada por figuras como Jean Price-Mars y Jacques Roumain, y nucleada en torno a la llamada "escuela indigenista") convierte la cultura negra en emblema de la identidad nacional, despojando sus prácticas de las connotaciones negativas heredadas de las etapas previas, aunque esta legitimación no implique todavía un abandono completo del paradigma racial.
Así, la vanguardia y el ensayo de esta etapa (situados ambos bajo la figura paternal de Price-Mars) polemizan tanto con los discursos racistas embanderados por los partidarios de la ocupación como con las representaciones heredadas de entresiglos.
En la década del treinta emergen algunas experiencias de vanguardia, buscando soluciones sincréticas propias a las tensiones radicales (socioculturales, históricas y lingüísticas) que sesgan el escenario 15 Véase Nicholls, David: "Haití, 1870-1930", en Bethell, Leslie (ed.): Historia de América Latina, vol.9, Crítica, Barcelona, 1992, págs. 275-289.
16 Véase Hurbon: El bárbaro... nacional.
El noirisme inaugurado por Price-Mars impone una nueva definición de las culturas populares, desde una perspectiva no etnocéntrica e incipientemente autocrítica del papel del intelectual como mediador cultural.
Como Freyre y Ortiz, Price-Mars proviene de la alta burguesía nacional; como éstos, también Price-Mars consolida la antropología nacional como disciplina académica, estableciendo redes de religación con Europa y los Estados Unidos; como éstos, asume posiciones centrales en el campo cultural y político, aunque en su caso se exacerben las contradicciones (menos visibles en los casos de Freyre y Ortiz) entre práctica política y producción intelectual, pues las sucesivas intervenciones de Price-Mars permiten identificarlo como un intelectual orgánico de gobiernos autoritarios, y al mismo tiempo como autor de ensayos progresistas en términos teóricos.
17 Enunciados en contextos políticos y culturales tanto convergentes como asimétricos, sumergidos en experiencias de crisis con genealogías y pronósticos diversos, los ensayos de Price-Mars, Freyre y Ortiz tienden a interpelar sintéticamente (en términos no-clasistas) a diversos sectores, para configurar de manera incipiente un primer populismo cultural, no exento -como veremos-de componentes legitimistas.
18 Estos autores adoptan una posición ambigua (central y al mismo tiempo problematizadora) frente a los respectivos campos de poder nacionales, y en especial elaboran discursos rupturistas respecto de los valores de sus clases dirigentes de origen.
En ese marco, los tres ensayistas forjan una importante resemantización de las culturas populares, probando hasta qué punto la crisis de representación política se refracta en una profunda crisis de representación discursiva.
Los amplios sectores tradicionalmente marginados ya no pueden seguir siendo ignorados, dada su fuerza como mano de obra y/o su capacidad potencial de movilización.
De allí la emergencia de un nuevo concepto de lo popular, sesgado aún por contradicciones epistemológicas y estéticas particularmente exasperadas, a tal punto que parece posible leer en ellas, refractadas en el campo cultural, las innumerables ambivalencias y pliegues de las experiencias globales de crisis.
En este sentido, los ensayos evidencian el modo en que el discurso latinoamericano gira de manera concéntrica en torno a un nodo crítico que abre una aguda fractura en el orden político, epistemológico y estético, desencadenando el cierre definitivo del siglo XIX.
Ahora bien; consideremos primero comparativamente los ensayos de Freyre y Ortiz, los textos que a nuestro criterio presentan más elementos comunes, tanto desde el punto de vista ideológico como desde la concepción de la escritura.
Casa-grande... y el Contrapunteo... contienen una referencia explícita al modo peculiar en que opera en ambas áreas la dinámica del poder, creando "antagonismos en equilibrio".
19 Así, las tensiones perci-bidas en ese texto clásico de Freyre (entre señores/esclavos, cultura dominante/dominada o latifundio/pequeño cultivo) coinciden con la concepción implícita en el de Ortiz, sobre el contrapunteo "barroco" entre el tabaco y el azúcar, materias primas que operan como vehículo y metáfora de las tensiones de clases, subgrupos y culturas en confrontación.
En este sentido, los dos autores parten del mismo presupuesto (en evidencia desde los respectivos títulos) sobre la dinámica de binarismos en diálogo, tendientes a la conformación de una cultura mestiza.
En efecto, aunque Freyre se centra en los intercambios sexuales y culturales suscitados en la intimidad doméstica de las casas-grandes, y Ortiz enfatiza la transculturación generada a partir de la migración simbólica de las materias primas, ambos celebran el mestizaje cultural, erigido en el factor paradigmático desde donde se constituyen las instancias de cohesión que permiten saldar las fracturas sociales, e imaginar una "comunidad nacional".
Pero sobre esta base fuertemente común, los ensayos de Freyre y Ortiz establecen entre sí un "contrapunteo" de diferenciaciones sutiles.
Mientras en Casa-grande... la dominación aparece compensada a través de diversas instancias de integración colectiva (por la vía de la sexualidad y de otras prácticas culturales generadoras de cohesión), por oposición en el Contrapunteo... no se visibilizan instancias de comunión, porque las prácticas transculturadas no suponen por sí mismas la cohesión entre polos sociales.
Así, en el ensayo cubano la identidad nacional no resulta de ritos de encuentro, sino de la reapropiación múltiple y dinámica, por diversos subgrupos, de algunos materiales comunes, en un escenario variable siempre sesgado por la dominación.
Por ende, los modelos de sociedad que entretejen ambos textos resultan diferentes.
Paralelamente, la tensión de clase parece adquirir más peso en el ensayo de Ortiz que en el de Freyre.
Ortiz sugiere que no hay una identidad nacional caribeña porque la fragmentación producida por la explotación ha impedido la emergencia de sectores medios y, con ellos, de instancias de mediación que integren los polos sociales enfrentados; en cambio, aunque tampoco Freyre observa la consolidación de grupos medios (al menos hasta fines del siglo XIX), insiste en el modo en que la dinámica de la transculturación genera una cultura nacional integrada a pesar de (y junto con) la polarización social.
En este sentido, Casa-grande... es claramente el punto culminante de una larga tradición discursiva que, desde el siglo XIX, perfila el mito de una "democracia racial" sin barreras ni preconceptos.
Penetrando profundamente en la sociedad brasileña, ese mito de un universo sincrético y "sin contradicciones" puede permitir ocultar las desigualdades, al exaltar la idea de una convivencia "armónica".
Así, reforzando las instancias de cohesión, Freyre adopta una perspectiva integracionista o uniculturalista; en cambio, al reforzar los intercambios culturales pero insistir también en la ausencia de ritos de comunión colectiva (y mantener, por ende, la diferencia entre clases y/o grupos étnicos contrapuestos), Ortiz parece orientarse en favor de una perspectiva pluriculturalista.
Esta diferencia sutil entre las perspectivas de Freyre y Ortiz podría estar respondiendo a tradiciones representacionales heterogéneas, o incluso a procesos de mestizaje desiguales en cada contexto nacional/regional.
De hecho, pareciera que las respuestas materiales y simbólicas formuladas ante el mestizaje por la América española en el Caribe, por las Antillas bajo dominio francés y por Brasil hubieran sido divergentes.
Al compararlos, el discurso que refuerza el mestizaje, como trazo característico dominante del carácter nacional, parece alcanzar una gravitación mayor en Brasil que en la región antillana.
20 Tanto Casa-grande como el Contrapunteo... abordan, desde perspectivas homólogas, procesos coloniales similares, sesgados por la fuerte presencia del latifundio de la caña y del sistema esclavista.
Al centrarse en las materias primas como el eje privilegiado sobre el que se estructura el proceso histórico, estas perspectivas adquieren un cariz ambiguo, pues por un lado remiten a lo material, a la base económica como determinante; por otro, atraviesan clases y grupos étnicos contrapuestos en el proceso de dominación, reuniéndolos bajo una "comunidad" de producción y de consumo.
Al mismo tiempo, ambos acentúan el análisis de materias primas paradigmáticas de cada economía regional/nacional, como generadoras de "complejos" o "sistemas socioculturales" integradores de múltiples prácticas materiales y simbólicas.
21 20 Entre otros historiadores contemporáneos, que en términos generales confirman comparaciones clásicas en el ensayismo latinoamericano desde la colonia al s. XIX inclusive, Muranga (1999) advierte que la persecución colonial a las uniones entre "razas" diferentes fue mayor en el Caribe (sobre todo en áreas bajo dominio protestante), que en Brasil.
21 Como resultado de esta preocupación convergente por reconstruir los universos simbólicos ligados a las materias primas que fundamentan esas economías regionales, Ortiz habla del "complejo cultural" del tabaco o de la caña, del mismo modo en que Freyre se refiere, en Nordeste, a una "civilización" del azúcar.
Ahora bien, al pensar el proceso de expansión de la cultura africana y americana, Ortiz no sólo muestra los mecanismos de resistencia a la colonización, sino que también sugiere una suerte de "colonización invertida" que, por primera vez en la historia antropológica, adquiere connotaciones positivas.
22 Esta idea ya estaba presente en los inicios de la antropología latinoamericana de entresiglos (así, Nina Rodrigues en Brasil, o el propio Ortiz en su primera etapa, advierten el carácter negativo de la "colonización" de Cuba o Brasil por los negros).
La imagen de una "africanización" de la sociedad colonial, al revestir la cultura dominada con los atributos de la cultura dominante, revelaba un grado extremo de etnocentrismo.
Rompiendo con esta tradición, y reproduciendo el gesto de Freyre (que exalta la construcción de una cultura mestiza a través de la contaminación positiva de la casa-grande con las prácticas de la senzala), Ortiz celebra la americanización de Europa y la africanización de América a través del mestizaje dinámico de esos "complejos culturales".
23 Ese gesto se vuelve particularmente provocativo si se lo contrasta con la alarma que, por momentos, manifiestan algunos intelectuales de la vanguardia tanto estética como política en Cuba (Jorge Mañach por ejemplo), negándose a erigir los materiales afroamericanos en "representativos" de la identidad nacional.
En efecto, a pesar del peso de la cultura afro en Cuba y del trabajo revalorizador de ésta desplegado contemporáneamente por Fernando Ortiz, la vanguardia cubana aparece más bien desgajada entre el tibio reconocimiento de una cultura primitiva remotamente afro, y una mucho más fuerte recuperación de la vertiente cultural hispánica.
24 Los procesos económicos y simbólicos ligados al tabaco y al azúcar ponen en evidencia hasta qué punto Ortiz privilegia la focalización de una transculturación "desde abajo" que compensa la dominación "desde arriba".
Así, sintomáticamente, en ninguno de los movimientos analizados (ni en el de la caña ni en el del tabaco) la cultura europea adquiere protagonismo colonizador.
25 De este modo, el Contrapunteo... parece contrabalancear el largo proceso de aculturación, efectivamente más extendido y teóricamente más subrayado por la tradición crítica.
Ambos autores refutan abiertamente la homogeneidad de la cultura, no sólo latinoamericana sino también europea, atravesada por tensiones externas (provenientes del contacto sostenido con África, Oriente y América Latina) y fracturas internas que subrayan su heterogeneidad intrínseca.
De este modo, poniendo en crisis los binarismos jerarquizantes que oponen la superioridad de la "pureza europea" a la "hibridez americana", ambos autores destacan su carácter heterogéneo.
Así, aunque reproducen explícita o implícitamente algunos binarismos culturales estereotípicos heredados del debate finisecular (como la oposición entre "pragmatismo sajón" y "espiritualismo latino"), también los reformulan al evitar una definición esencialista.
Oriente pierde el cariz negativo que generalmente presenta en las perspectivas eurocéntricas "colonialistas" precedentes y contemporáneas y, al mismo tiempo, el mundo ibérico es percibido, desde su "origen", como transculturado: abierto a los procesos de intercambio e integración (y por ende, más apto para intervenir en la gestación de una cultura mestiza).
En ambos ensayistas, la lengua es un escenario privilegiado de esas alquimias sincréticas.
Las principales ciudades de Brasil y Cuba, y aun los espacios de interacción rural, surgen como Babeles barrocas en las que indios, esclavos, mulatos y blancos de proveniencias distintas se esfuerzan por sincretizar sus propias lenguas y las lenguas del otro, en un juego dinámico de identificación y diferencia; incluso las lenguas "imperiales" (el y otros residuos heredados del postivismo de entresiglos.
En un movimiento ambiguo complementario del anterior, textos como La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) de Jorge Mañach identifican cultura nacional y alta cultura, asignándole a la joven elite intelectual el papel mesiánico de guiar la formación de la identidad nacional.
Ese elitismo converge con la perduración de varios preconceptos heredados del período anterior (devaluación de la inmigración negra y del mestizaje, sexualización de las jerarquías culturales, reactualización de diversos estereotipos negativos sobre el carácter nacional), poniendo en evidencia así un límite ideológico paradigmático de la vanguardia cubana.
Con relación a este aspecto en la obra de Jorge Mañach (y en la revista de avance en su conjunto) véase Manzoni, Celina: Un dilema cubano.
25 Las prácticas aculturadoras que se mencionan (como la evangelización y la persecución de las culturas populares indígenas y negras) sólo son visibles de hecho en un segundo plano. español y el portugués) se revelan como contaminadas ab origine por la heterogeneidad.
Así, clausurando toda esencialización del lenguaje, ambos autores anticipan las perspectivas posteriores de corrientes como la filología histórica o la sociolingüística, centradas en aprehender transformaciones dinámicas de la lengua en función de un conjunto amplio de variables sociales y culturales.
26 Por momentos, ambos prolongan una mirada "antropológica" heredera del indianismo romántico y del folklorismo de entresiglos, que vuelve a convertir el ensayo en un "museo" o "galería de curiosidades" extinguidas, aunque ahora, clausurando el reduccionismo de esa tradición decimonónica, se esfuerzan por aprehender al otro, por cargar de densidad semántica esas huellas del pasado.
Los dos ensayistas reconocen el papel clave de las culturas populares en la constitución de las identidades nacionales, privilegiando la gravitación del elemento afro.
Pero Ortiz también se esfuerza por recuperar el peso del sustrato indígena (aunque lo sitúa en segundo plano); en cambio, Freyre (influido por la toma de partido frente al debate estético e ideológico contemporáneo) se resiste a valorizar la herencia indígena, para compensar (o incluso refutar) otras versiones contemporáneas de la identidad, como las formuladas por la vanguardia modernista.
Freyre se erige en heredero y superador del ensayismo positivista de entresiglos, y ese pasaje es legible a través de los lazos de afiliación y conflicto que se establecen entre su obra y la de sus "precursores" (especialmente de Nina Rodrigues y Euclides da Cunha).
En Ortiz, en cambio, el giro rupturista del etnocentrismo positivista al relativismo de la antropología cultural se revela en el interior de su propia producción.
27 Ortiz parti-cipa sucesivamente de los universos ideológicos del positivismo y del nuevo paradigma epistemológico de los años cuarenta, evidenciando los lazos de continuidad y ruptura que tienen en los años veinte y treinta su punto de clivaje.
28 Los dos autores piensan la transculturación a partir de los modelos de intercambio implícitos en las prácticas culturales de los sectores populares, de modo que la reflexión sincrética se apoya en la cultura popular como objeto y como patrón de análisis.
En efecto, si Freyre piensa la cohesión a partir del modelo ofrecido por los intercambios sexuales entre esclavas y señores, en el caso de Ortiz es el patrón de la "transmigración de las almas", implícita en varios cultos afrocubanos, el que le permite pensar de manera novedosa la dinámica cultural.
29 De hecho, podría pensarse que también en Freyre el discurso del mestizaje presenta puntos de contacto significativos con las prácticas religiosas de origen afro.
Las operaciones culturales propuestas por ambos autores ofrecen cierta consonancia con respecto a esas religiosidades populares y sincréticas.
Tanto la santería afrocubana como el cadombé afrobrasileño suponen una yuxtaposición sintética de identidades migrantes, semejante a la que se despliega en los fenómenos de transculturación; ambos se basan en la creencia en una relación permanente entre el mundo visible y el invisible, por la mediación de un tercer elemento sincrético.
Incluso, sería posible pensar la existencia de un lazo sutil entre la idea de que las culturas afro "colonizan" América y Europa y, en el campo religioso, la creencia en la manifestación de espíritus provenientes de los sectores populares oprimidos: en ambos se valoriza el poder "desde abajo"; en ambos el margen retorna convertido (al menos momentáneamente) en "contra-hegemonía".
Quizás ese sincretismo opere en la "estructura profunda" tanto del Contrapunteo... como de Casa-grande..., pues en uno y otro en general se rechazan las oposiciones binarias, y en distintos planos de los análisis se identifica la reunión de los opuestos a través de un factor de mediación.
Así, pareciera que en las teorías de Freyre y Ortiz hay "antagonismos en equilibrio" cuyas tensiones no se clausuran, del mismo modo que en el espiritismo brasileño y en la santería afrocubana no hay cuerpo y alma, sino que la yuxtaposición de identidades preservan sus diferencias y dan lugar a un tercer elemento.
30 Por momentos las imágenes forjadas por ambos autores, sobre la cohesión de etnias y clases sociales heterogéneas, no están lejos de las utopías de reintegración del sujeto y de la sociedad en esas religiones populares, al tiempo que parecen inspirarse (explícita o implícitamente) en esas prácticas como modelos de análisis.
31 Algo semejante sucede en textos paradigmáticos de la vanguardia brasileña como Macunaíma (1928) de Mário de Andrade, que unos años antes de Casagrande... ya erigen ficcionalmente ciertas prácticas populares (como la "macumba") en patrones de análisis privilegiados para entender temática y formalmente el fenómeno de la transculturación.
En efecto, anticipándose a las "ambivalencias en equilibrio" que sesgan en distintos planos los ensayos de Freyre y de Ortiz, travestismos, transmigraciones y metamorfosis de género, raza, clase y/o cultura ocupan un lugar paradigmático en la ficción de Mário porque constituyen modelos identitarios extraídos de las propias culturas populares y porque operan como metáforas poderosas de esa dinámica cultural peculiarmente contradictoria y mestiza.
32 Ambiguos, ambos ensayos oscilan entre la ruptura con la tradición discursiva previa en América Latina, que valora negativamente el mestizaje como "factor de atraso", y la confirmación de los lazos que resitúan esos textos en el seno de la tradición.
La pregunta por la identidad, y sobre todo cierta remisión a un "origen" mítico "fundacional" (elementos todavía vigentes en ambos ensayos), supone una nueva esencialización de las identidades que contradice el carácter migrante y heterogéneo (contrario a la esencialización y al establecimiento de un origen mítico no-genealógico) postulado para la dinámica cultural.
Además, la preocupación por mostrar instancias de cohesión y coerción en el mundo colonial debilita la "descripción densa" de las culturas populares.
En los dos ensayos, la exaltación del mundo de los pobres se empobrece en cuanto a su contenido, traicionando "sin querer" uno de los objetivos principales declarados deliberadamente por los textos.
Y en ambos, el origen se presenta todavía como un principio de autoridad válido.
33 Incluso, al idealizar la propia cultura, cada uno coloca el propio mito del mestizaje por encima del mito del otro.
Así, repitiendo un ges-32 Por ejemplo, en el capítulo VII de Macunaíma, el protagonista, desesperado por no conseguir su talismán perdido, acude a una macumba en Río de Janeiro.
En ese ritual sincrético, Macunaíma le pide a Exu que haga sufrir a Pietro Pietra (el capitalista que se ha apropiado del talismán); Exu acepta, y la mujer poseída convoca en sí al capitalista, para que Macunaíma la/lo golpee y le ordene verbalmente castigos insólitos que se ejecutan en el cuerpo de la mujer/que es Exu/que es Pietro Pietra (que mágicamente está recibiendo en San Pablo "uma tremendérrima sova").
Por medio de ese juego de cajas chinas, ese cuerpo anómalo de identidades migrantes y múltiples pone en escena el lazo estrecho entre posesión y transculturación.
En el clímax mágico de esas yuxtaposiciones absurdas, se superponen las tensiones que fracturan la identidad individual y colectiva (las oposiciones entre tradición y modernidad, masculino y femenino, centro y periferia, inmanencia y trascendencia, aura y desauratización).
Así, la ficción parece develar la conexión sutil entre las migraciones espirituales en ese tipo de rituales populares y los procesos dinámicos de mestizaje cultural (en los que también se pone en acto la inestabilidad del sujeto y de la cultura).
La convergencia de los polos opuestos subraya la disonancia absurda de los fragmentos heterogéneos e irreductibles con los que se constituyen las identidades sociales, raciales y culturales, en Brasil y en América Latina.
33 Los dos rejerarquizan el escenario nacional y/o regional, tendiendo a la autolegitimación; pero en función de la gran extensión del territorio brasileño frente a la insularidad del Caribe, esta rejerarquización adquiere modulaciones diversas en cada caso: Freyre erige explícitamente el nordeste en origen "verdadero" de la nación (y por lo tanto, en región privilegiada para la configuración de la identidad nacional), mientras que Ortiz concibe la nación como origen de la colonización de América Latina y como centro paradigmático del Caribe.
Esa tendencia a la rejerarquización se reproduce en la valoración que cada uno hace de la región del otro.
Las Antillas y el nordeste brasileño son concebidos en ambos ensayos como las dos grandes civilizaciones del azúcar en América Latina, con problemas "raciales" y procesos políticos semejantes e interdependientes, pero los autores discuten entre sí para determinar cuál de estas dos "Américas negras" es el modelo "originario" de la otra.
to colonialista que prolonga el discurso colonial, ambos ensayos reintroducen la misma jerarquización (y con ella, el mismo resabio etnocéntrico) que rechazan al pensar, en términos relativistas, la dinámica cultural.
Si la remisión al origen implica cierta esencialización de las identidades (que las concepciones dinámicas de la cohesión en Freyre, y de la transculturación en Ortiz, compensan sin anular), la urdimbre de un origen acompaña cierta resistencia a la modernización y la adopción de un tono nostálgico respecto del pasado (colonial) perdido.
34 Sin embargo, si en Freyre parece más fuerte la voluntad por historizar las transformaciones que marcan la clausura de ese orden colonial, esa clausura se hace menos visible en el ensayo de Ortiz: el Contrapunteo... no progresa hacia el progreso, más bien queda preso en una suerte de definición "barroca" sobre el origen barroco de la cultura colonial.
En un punto, ambos ensayos responden a la modernización esforzándose por reinstaurar el "aura" latente en ese pasado perdido: saturan de connotaciones cada detalle de la realidad material, resistiendo la ausencia de sentidos.
Desde lugares de enunciación paradójicos, al mismo tiempo críticos y herederos del patriarcalismo conservador, a cuya sombra se han gestado las identidades evocadas por ellos, se erigen en voces privilegiadas para recuperar esos significados "auráticos" de la cultura; a la sombra del ocio aristocrático (y decimonónico) puesto en cuestión, traman largas argumentaciones barrocas "en busca del tiempo perdido".
35 Resisten la fragmentación y la dispersión de sentidos que proclaman las vanguardias, y en el mismo gesto abren camino y/o consolidan la posición de las vanguardias, al inaugurar nuevas valoraciones de las culturas populares.
En un mismo gesto paradójico prolongan y clausuran el siglo XIX.
34 Herederos del ensayismo latinoamericano, ambos autores diseñan textos "híbridos" que buscan conciliar las aspiraciones "científicas" de las ciencias sociales en formación, con residuos de la episteme positivista y de concepciones (metodológicas y genéricas) propias del s. XIX.
Apelando a la introducción de elementos del funcionalismo y del materialismo histórico, y a cierta interdisciplinariedad "decimonónica" que resiste la especialización, organizan sus textos como espacios epistemológica y metodológicamente transculturados, incluyendo la filología, la antropología, la sociología, la historiografía o la psicología social como áreas pertinentes para aprehender los procesos de formación de la cultura popular y la identidad nacional.
35 De hecho, no es casual que los dos ensayos conciban implícitamente la cultura y la organización social y política como universos barrocos, o que valoren insistentemente el barroco estético y, al mismo tiempo, desplieguen una mirada saturada de barroquismos.
En ese sentido, la literatura modeliza el estilo, la estructura argumental y la ideología de ambos ensayos.
En los dos, ese barroquismo conceptual se refracta en la emergencia tanto de una sintaxis oracional como de una estructura argumentativa barrocas, "puestas en acto" de un modo barroco de concebir instancias socioculturales saturadas de tensiones irresueltas.
Por su parte, la escritura de Price-Mars interviene críticamente en un contexto mucho más exasperado de crisis, forjando indirectamente una respuesta de resistencia cultural.
Apuntando a reactivar la conciencia de las elites como guías en la preservación de la autonomía de la nación, 36 Ainsi parla l'oncle desarticula los fuertes preconceptos heredados del siglo XIX que devalúan la cultura popular de las masas campesinas en Haití, consideradas el foco más africanizado (y por ende, más negativo) de América Latina.
Price-Mars diseña así un discurso nacionalista y etnológico para romper con la absurda definición de la nación como "provincia intelectual de Francia" y legitimar por oposición su base afro-haitiana y su carácter sincrético.
Con el respaldo de algunos pocos precursores en el Haití de entresiglos (que contrastan con la herencia prolífica recogida abiertamente por Freyre para pensar el campo simbólico de sus precursores nacionales), Price-Mars emprende la refutación sistemática de teorías etnocéntricas y racialistas aún activas en la ideología de la clase dirigente y que, operando como un complejo de inferioridad más intenso que en los otros contextos considerados, obstaculizan la cohesión integradora entre clases.
El objetivo inmediato (y sintomáticamente inconfesado por el texto) sería generar un discurso nacionalista capaz de resistir la ocupación norteamericana.
Empeñado en suturar fracturas sociales radicales y en superar una experiencia global de crisis, concentra su reivindicación especialmente en el vudú, convertido en un simbolizador nodal de la cultura popular haitiana por su gravitación paradigmática en los sectores populares.
La estigmatización histórica del vudú (reducido a un "fetichismo" primitivo capaz de poner en evidencia la inferioridad racial, o demonizado como un ritual delictivo inclusivo de prácticas antropofágicas) lo convierte en una instancia estratégica para, una vez desarticuladas sus aristas inasimilables, relegitimar desde allí el conjunto de la cultura popular.
Contra la herencia miserabilista, Price-Mars concibe el vudú como una religión sincrética del animismo africano y del catolicismo, que habría operado entre los esclavos como la principal instancia de cohesión y de resistencia cultural y política, y que ahora podría erigirse en el principal emblema identitario, integrando discrónica y sincrónicamente campesinado y elite.
Sin embargo, el ensayo no concreta lo que promete: Price-Mars oscila entre el inventario folklorista de fábulas y leyendas populares, que busca saldar un vacío epistemológico que Brasil ya había llenado prolíficamente en entresiglos, con las obras de Sílvio Romero o Nina Rodrigues, y 36 Ese gesto era evidente en su ensayo temprano La vocation de l'elite de 1919. la revisión y discusión obsesiva con fuentes europeas (coloniales, positivistas y contemporáneas, de viajeros o de científicos preconceptuosos) que han demonizado el vudú o que, por el contrario, pueden permitirle redimirlo de las acusaciones de primitivismo.
Demorando estratégicamente el prometido abordaje de la religiosidad popular, el ensayo de Price-Mars emprende un largo viaje arqueológico en busca del origen africano de la cultura haitiana.
En esa evocación nostálgica del origen reconstruye obsesivamente el "tiempo perdido" de sociedades "evolucionadas" en África, prácticamente desconocidas por Occidente.
En este trazo de su escritura se percibe un movimiento paradójico que naufraga a dos aguas: si Price-Mars busca desarmar la estigmatización del continente (y de la raza negra) como el polo opuesto a la civilización, esa arqueología acepta acríticamente que el potencial civilizatorio sólo puede encontrarse en los confines remotos de la historia, y en un espacio imaginario libre de las complejas mutaciones sincréticas derivadas de la experiencia colonial.
Como si parodiase "sin querer" las manipulaciones arbitrarias del indianismo romántico, ese cómodo desplazamiento al pasado y al continente puro permite dejar de lado el problema del colonialismo que luego liquidará esas sociedades y dará lugar a complejos procesos de fusión y resistencia.
Al mismo tiempo, los antiguos "imperios" africanos se presentan como utopías políticas y babeles armónicas internamente libres de las coerciones de la explotación.
Así, en los pliegues de esa mítica (y farragosa) fundación de un origen subyace, además de una concepción jerarquizadora de la civilización, una rígida esencialización de la cultura que se aleja de la posibilidad de aprehender la compleja dinámica de los mestizajes con el grado de productividad que late en los ensayos de Freyre y Ortiz, así como también en las vanguardias estéticas contemporáneas de Brasil, Cuba y Haití.
En ese sentido Ainsi... postula teóricamente el sincretismo, pero lo traiciona en los hechos al concebirlo como una amalgama perfecta y cerrada de materiales puros.
El viaje nostálgico y tranquilizador al origen africano obtura la reflexión sobre el papel del mestizaje colonial como fundador de la identidad nacional, privilegiado en cambio en las escrituras de Freyre y Ortiz.
Y el movimiento comparativo, que insiste en homologar Haití/África a los modelos occidentales más "legítimos", obtura el análisis de los lazos de la historia y la cultura nacionales con los del resto de América.
Esa afiliación simbólica, guiada por una concepción romántico-folklorista de la cultura, resulta sintomática cuando el ensayismo y la vanguardia en América Latina en general insisten en una revisión obsesiva del pasado para forjar simbólicamente la unidad continental.
Esa perspectiva integradora es evidente -entre otros muchos intelectuales del período-en José Carlos Mariátegui, en Pedro y Max Henríquez Ureña y en Mário de Andrade (amén de los casos aquí considerados de Freyre y Ortiz), e incluso en la propia vanguardia haitiana (nucleada en torno de la figura fundacional del propio Price-Mars).
En esa zona "saudosista" de Ainsi... anidan también otros límites y contradicciones que ponen en crisis esa escritura de crisis.
El texto busca la superación del racialismo, pero oscila entre negar y confirmar la categoría de raza, subrayando de este modo la esencialización de la cultura.
Esa ambivalencia permitirá la relectura reaccionaria practicada pocos años después por el racialismo negrista de derecha, 37 volviendo flagrante el fuerte límite ideológico de ese primer discurso de origen, crítico de la crisis y atravesado él mismo por contradicciones críticas capaces de gestar lecturas opuestas, desde el culturalismo y desde el racialismo.
A la vez, Price-Mars confirma la existencia de un lazo estrecho entre medio físico y fuerzas humanas, reactualizando así un tópico clásico del determinismo del siglo XIX.
Y en el esfuerzo por revalorizar ese escenario racial y culturalmente devaluado, apela insistentemente a numerosos etnógrafos, arqueólogos e historiadores europeos, evidenciando la extrema ilegitimidad simbólica a la que ha sido confinado el continente negro, pero también la extrema ilegitimidad de la propia palabra que sólo puede sostener su autoridad a partir de la palabra europea.
38 Y a pesar del esfuerzo por reivindicar la cultura popular nacional, Price-Mars reencuentra la valoración de la "alta cultura" europea como patrón de legitimación.
Así, si concibe el créole como transición hacia el francés en la "elevación" cultural de las masas analfabetas, la reivindicación de la cultura popular haitiana emana sobre todo de la operación comparativa que obsesivamente acerca ese universo devaluado a modelos cul-37 El grupo intelectual Les Griots (liderado entre otros por François Duvalier, que luego se convertirá en dictador de Haití) insiste en el retorno a las raíces afro como origen étnico e histórico claves para entender la realidad haitiana.
También la vanguardia estética haitiana (nucleada entre 1927 y 1928 en torno a la Revue Indigène) colabora en la afirmación de las raíces africanas de la cultura nacional, embanderando un retorno simbólico -aunque meramente simbólico-a la Guinea original.
Pero aquí no es el vudú, ni la cultura popular afro-haitiana por sí misma, ni el ensayismo folklorista decimonónico, sino el arte de vanguardia el que puede formular un programa cohesionador capaz de consolidar la tradición y de articularla con las expresiones nuevas.
38 Aun así, también enfrenta el eurocentrismo implícito en varias de esas escrituras legítimas, discutiendo calurosamente el concepto de mentalidad "prelógica" en Levy-Bruhl, o la patologización de la posesión religiosa en las teorías psicológicas del positivismo. turales (la antigüedad grecolatina, el Egipto milenario o la cultura europea) cuya superioridad no es puesta en discusión.
39 Finalmente, el texto que cierra el ensayo cierra también retrospectivamente las ambivalencias de significado, y con ellas la potencial riqueza implícita en el resto del libro, en tanto allí se exaspera la operación conservadora que acompaña el esfuerzo bienintencionado de descolonizar lo popular.
En principio, Ainsi... se aproxima a Casa-grande... al proyectar la escritura de una antropología de la familia campesina (que desde una concepción amplia de la cultura, debería abordar detalles sobre la alimentación, la lengua, la arquitectura, las creencias religiosas, los lazos comunitarios y los valores).
Sin embargo, en una reactualización anacrónica del folklorismo romántico más estereotípico, allí estalla una idealización pastoral del campesinado haitiano que opaca radicalmente la explotación40 para sólo exaltar el papel positivo de la magia, supuestamente integradora de los sujetos con la naturaleza, la comunidad y el orden trascendente.
En esa asincronía flagrante (que niega todo primitivismo en el mismo momento en que las vanguardias estéticas exaltan con fruición la positividad de lo primitivo) puede entreleerse no sólo la carencia de una sólida tradición folklorista, sino también los rígidos preconceptos de los lectores nacionales que, para admitir la representación de ese universo ilegítimo, obligan a un repliegue del discurso hacia concepciones de la cultura y códigos representacionales que, en otros contextos, ya están muy anquilosados.
En este sentido, la asincronía ideológica converge con una escritura formalmente conservadora que, lejos de las exploraciones barrocas (y por ende, más modernas) de Freyre y Ortiz, reproduce rígidamente el modelo estereotípico del ensayo positivista.
41 En conclusión, al menos teóricamente Freyre, Ortiz y Price-Mars se centran de manera obsesiva en la recuperación de las culturas populares y del mestizaje como instancias paradigmáticas para la definición de la identidad nacional.
Sin embargo, los tres autores encuentran dificultades diversas para clausurar definiciones de la cultura netamente decimonónicas.
Por momentos, intentan establecer un nuevo vínculo "orgánico" con los sectores populares, erigiéndose en articuladores privilegiados entre la cultura popular y la cultura de elite, al llevar al plano "consciente" elementos implícitos en el "inconsciente" del "pueblo", o exorcizar temores latentes en el inconsciente de las elites.
Tal como se percibe en la comparación, Brasil y Cuba cuentan con prolíficas tradiciones cohesionantes, que bajo la crisis del treinta exigen ser reactivadas y resemantizadas.
En contraste, Haití aparece social y culturalmente desgarrado hasta los años treinta inclusive por una suerte de apartheid cultural: frente al vacío de instancias de cohesión, particularmente insostenible en el contexto de una crisis aguda exacerbada por la ocupación norteamericana, el discurso de Price-Mars busca desesperadamente fundar un modelo asimilable de cultura popular/nacional.
Mientras Freyre y Ortiz erigen el mestizaje cultural, gestado en la convivencia promiscua de los ingenios coloniales, Price-Mars apela a las prácticas más perseguidas (y más extendidas) de la cultura popular.
Sin embargo, la impostación del gesto y los enormes preconceptos con que lidia quedan claros en el silencio del texto frente a los escenarios concretos en que la elite y el pueblo suturaría sus fracturas integrándose bajo la armónica comunión espiritual del rito compartido.
El ensayo se detiene en la mera postulación teórica del mismo en símbolo abstracto, en una comunidad imaginada que parece carecer de experiencias de cohesión en el pasado, y que por ende sólo puede integrarse en el espacio utópico del deseo... y del ensayo.
Freyre y Ortiz aprehenden la complejidad de la dinámica cultural gracias a que extraen sus modelos de análisis de las propias prácticas populares (quizás especialmente de las religiosas), pero dan poca densidad semántica a ese universo popular.
Price-Mars invierte especularmente ese gesto: se concentra en la práctica vudú, buscando devolverle la complejidad de sentidos aplastada por el etnocentrismo, pero se extravía en el laberinto de los ideologemas con que lidia, cayendo en un esencialismo que le impide explorar la dinámica de los mestizajes culturales y la fuerte gravitación de la dominación material que interviene en dicha dinámica.
En cierta medida, las tres escrituras ponen en crisis -y hacen crisis ellas mismas-en un mismo punto.
Y en este sentido, la crisis de los años treinta se revela como una instancia de ruptura y de continuidad particularmente contradictoria.
Oscilando entre residuos formales e ideológicos aún activos, y nuevas "estructuras del sentir" en proceso de formación, el esfuerzo por invertir las connotaciones asignadas al otro teje sus propias trampas: lo popular vuelve a ser moldeado arbitrariamente para forjar una sutura homogeneizadora de la nación (no de la clase), y permanece como un espacio simbólico plagado de representaciones que comienzan a ser deconstruidas sin ser todavía aniquiladas.
Así, ninguno de los textos cede el espacio discursivo a la voz del otro ni percibe plenamente al otro fuera del laberinto de imágenes forjadas por la tradición de la elite.
La densidad semántica que, con variantes, todavía adquiere el mundo de los pobres sintomatiza la presencia activa de residuos etnocéntricos.
Ese hiato, esa fractura que astilla y recompone las imágenes heredadas, atraviesa las escrituras y las epistemologías en crisis procesando así, en el orden simbólico, una experiencia más amplia de crisis -estética, pero también política-de representación. |
A la memoria de Fernando Serrano Mangas
Los barcos de la carrera de Indias podían adquirirse de varias maneras.
En términos jurídicos, distinguimos dos grandes categorías: el modo originario y el modo derivativo.
El modo originario más común consiste en el encargo de la construcción de una nave, aunque parece que no fue el recurso más frecuente entre los navieros asentados en Sevilla y negociantes en la carrera.
1 La forma habitual de adquirir la propiedad de un buque en el puerto sevillano fue el modo derivativo mediante compraventa.
A este respecto, apreciamos tres situaciones generales: aquella en la que un fabricador de origen vasco-cantábrico construye por su cuenta y riesgo una nave en los astilleros del norte peninsular para luego navegarla con mercancías hasta Sevilla o Cádiz y allí ponerla en venta; el mercado de naos de segunda mano, que manifiesta la facilidad con que las embarcaciones pueden cambiar de propietarios; y las almonedas en que las que el rey se deshace de navíos propios inhabilitados por su vejez para el servicio de armada, aunque todavía aprovechables como mercantes.
2 En el presente trabajo nos hemos ocupado de las compraventas entre particulares, las más numerosas.
Casi todas tienen un carácter voluntario, alguna deviene forzada por ejecución de acreedores,3 y no faltan las ventas falsas.
4 Nuestra intención es responder a esta pregunta: ¿cómo solían venderse y comprarse en Sevilla las naves que surcaron la carrera de Indias?
Para ello desmenuzamos las cláusulas de trescientos once contratos de compraventa de naos.
La muestra -sin duda pequeña-es fruto del vaciado de 380 legajos de la sección Protocolos Notariales del Archivo Histórico Provincial de Sevilla.
Ejemplos tan escasos permiten poco más que una descripción del modo en que se venden y compran las naos en el puerto hispalense; cualquier conclusión producto de un tratamiento estadístico quizá suene a exceso cientificista.
El esfuerzo para obtener cosecha tan exigua se compensa, sin embargo, con la localización de otros documentos que nos servirán para conocer -a su debido tiempo-el negocio naviero de Sevilla en la carrera de Indias: fletamentos de mercancías, pasajes, conciertos de maestres, pilotos y resto de la tripulación, préstamos llanos y a riesgo marítimo, compras de jarcia, bizcocho, vino, artillería, cancelaciones de deudas, ajustes de cuentas, multitud de poderes y cartas de pago.
En cuanto a los límites cronológicos, 1560 y 1622 enmarcan -según Pierre Chaunu-la época de mayor esplendor de la carrera de Indias, al menos desde el punto de vista de las fuentes oficiales.5 Dos asuntos que trascienden las informaciones de los contratos de compraventa quedan para mejor ocasión: el desarrollo del mercado de adquisición de naos y el proceso de formación de precios.
El contrato de compraventa
Las formas diplomáticas del contrato notarial de compraventa de buque están condicionadas por su naturaleza jurídica.
A comienzos del siglo XVII, Juan de Hevia Bolaños considera que las naves son bienes muebles sobre los que, por ejemplo, no pueden imponerse censos u otras cargas propias de los bienes raíces.
6 Esta calificación proviene del derecho romano y parece indudable desde un punto de vista físico, pues el destino del buque es precisamente el traslado de un lugar a otro.
Sin embargo, por sus especiales características económicas, no pareció conveniente aplicarle sin reservas las normas relativas a las cosas muebles.
Esta contradicción se agudiza en la Edad Media con el ascenso del derecho germano que, a diferencia del romano, mantiene ordenamientos distintos para los bienes muebles e inmuebles.
7 Se llega así a la actual consideración de la nave como una cosa mueble sui generis, que expresa su naturaleza de bien mueble al tiempo que soporta parcialmente la aplicación del régimen jurídico de los inmuebles, sobre todo en lo se refiere a la adquisición de la propiedad y a los derechos de garantía.
8 Aunque desconocemos qué grado de desarrollo tuvieron estas apreciaciones en los siglos XVI y XVII, lo cierto es que las cláusulas constitutivas de los contratos de compraventa de buques se asemejan más a las de las compraventas de casas o tierras, es decir, a las de los bienes inmuebles, que a las de otros bienes muebles como animales y utensilios diversos.
Las compraventas de naos suelen ser documentos extensos, pero no de tanta enjundia para el historiador de la carrera de Indias como de su longitud se pueda esperar.
Si bien se mira, ofrecen menos riqueza de informaciones que otros títulos más breves: conciertos de tripulantes, fletamentos, operaciones de crédito, etc. La importancia del negocio justifica la redacción de amplias cláusulas que garanticen el correcto traspaso de la propiedad de unos bienes tan importantes y complejos como son los barcos.
Aunque resulte engorrosa su lectura -al menos para quien no es especialista en Derecho, como es nuestro caso-, no se trata de meros requilorios jurídicos sin consecuencias.
Por mucho que se repitan contrato tras contrato, no resultan indiferentes: precisan cómo se entiende la propiedad y su tradición en los siglos XVI y XVII, a qué obliga, qué derechos otorga.
Al igual que cualquier otra práctica contractual, la compraventa de naos distingue los elementos personales (vendedor y comprador), reales (el buque y el precio) y formales (cláusulas de garantía).
Elementos personales: vendedores y compradores
El estudio de los señores de naos permanece en estado raquítico.
Antonio Miguel Bernal, en su voluminoso trabajo sobre el crédito en la carrera de Indias, se pregunta retóricamente a quiénes pertenecieron las naves de la ruta trasatlántica y, al paso que confirma la escasez de análisis suficientes, aporta varias noticias acerca de tales figuras, en especial para la primera mitad del Quinientos.
9 Ruth Pike afirma que «como norma la inversión principal de los magnates en el comercio con el Nuevo Mundo era la posesión de navíos dedicados a la Carrera de Indias», pues «el gasto del equipamiento y mantenimiento de estos barcos era tan grande que hubiera sido difícil para cualquier individuo, al menos que fuera miembro de la alta nobleza, emprenderlo en solitario».
10 Que hubo nobles vinculados al negocio naviero a través de la directa posesión de buques, lo muestra la propia Pike con los casos del señor de El Viso y Santa Cruz, don Álvaro de Bazán el Viejo, o del duque de Arcos, don Rodrigo Ponce de León; 11 incluso la reina Juana fue propietaria de algunas naves entre los años 1507 y 1514, y otros nobles como la duquesa de Medinaceli.
12 Pero no debemos pensar que el papel de la nobleza en la propiedad naval fue de semejante importancia, salvo excepciones como la de Bazán el Viejo, uno de los mayores navieros de la carrera durante la década de 1550.
13 Más habitual resulta la adquisición de navíos por parte de los mercaderes.
Para diversificar actividades y, sobre todo, reducir costes, algunos comerciantes se hacen con el señorío de naves, que dedican al transporte de mercancías, ya sean propias o ajenas, a cambio del flete.
Probablemente el arquetipo de mercader-naviero sea -como en tantos otros aspectos-el de Juan Antonio Corzo Vicentelo, quien llega a poseer más de diez naves a lo largo de su vida.
14 Varios comerciantes notables en la carrera igualmente participan en la compra de barcos: Gaspar de Arguijo, Francisco de Vivero, Antonio Jorge, Pedro Antonio Ocharte, Sancho de Quintanadueñas, Leonel de Cuadros.
15 Otros colectivos representados a través de las escrituras de compraventa de buques son los corredores de lonja, sastres, clérigos o familiares de la Inquisición, aunque no siempre sea fácil asociarlos a la ruta comercial con el Nuevo Mundo.
16 Pero la mayoría de los compradores y vendedores de naos son personas relacionadas directamente con la economía marítima en el Atlántico y, en particular, con la carrera de Indias.
17 En realidad, los contratos de compraventas ofrecen escasos detalles sobre sus actores: nombre, vecindad o residencia y, algunas veces, la profesión.
Para asociarlos al marco geográfico de la carrera debemos acudir al cruce de información con otras fuentes documentales, como poderes, operaciones de crédito, pleitos, correspondencia, fletamentos, etc. 11 Pike, 1978, 42-43.
En las flotas de 1552, por ejemplo, cuatro buques son de don Álvaro de Bazán: el San Marcos y el San Lucas, con seiscientas toneladas; el San Pedro, con trescientas; y la Santa Catalina, una barca auxiliar de treinta toneladas (Chaunu, 1955, II, 482-485).
17 «En el siglo XVI, un dueño de barco era, en muchos casos, un verdadero "hombre de mar"» (Pérez-Mallaína, 1992, 97).
SEVILLA Y LA CARRERA DE INDIAS: LAS COMPRAVENTAS DE NAOS (1560-1622) No existe una relación directa entre la vecindad del vendedor y el lugar de procedencia del buque: el negocio naviero y la construcción naval son asuntos distintos en medios y fines.
La presencia destacada de Sevilla (que aporta, por ejemplo, el 39,22 % de los vendedores), poco tiene que ver con el auténtico peso de sus astilleros, más orientados en nuestra época a labores de reparación o a levantar en sus gradas naves auxiliares de pequeño tonelaje.
18 Denota más bien la importancia de la compraventa de segunda mano, así como la relativa frecuencia con que un navío puede cambiar de propietarios.
Lo mismo puede decirse de los canarios (4,79 %) y andaluces de las actuales provincias de Huelva y Cádiz (respectivamente, el 0,89 y el 2,39 %).
19 El origen cantábrico -en nuestra opinión-sí resulta significativo (un 30,50 % entre vascongados y montañeses, con notable predominio de los primeros) y demuestra de algún modo la hegemonía de los astilleros vascos en la carrera.
20 Tampoco debe sorprendernos la presencia de portugueses (cerca del 9 %).
Portugal constituyó siempre una fuente importante de abastecimiento para la carrera de Indias, tanto de hombres como de unidades navales, 21 hasta el punto de que las autoridades lusas llegan a prohibir la venta de sus vasos en Andalucía.
22 Los procedentes de la Europa septentrional (Francia, Inglaterra, Alemania o Flandes) son todavía escasos (entre unos y otros, el 5,39 %), lo que pone de manifiesto la suficiencia de la construcción naval de la Península o, al menos, la capacidad de abastecer sin demasiados agobios a las flotas de Indias, aunque sea a costa -o consecuencia-del abandono progresivo de otras rutas, como las mediterráneas y las del norte europeo, menos rentables o más peligrosas.
19 Para algunas notas sobre la construcción naval en las islas Canarias, Lobo Cabrera, 1985.
Acerca de la participación de naves onubenses en la carrera de Indias, Rodríguez Lorenzo, 2006, 38-40.
La estrecha vinculación entre la industria naval del País Vasco -sobre todo de Guipúzcoa, aunque de forma genérica de denominen a todas aquellas naos como «vizcaínas»-se pone de manifiesto en palabras como las siguientes, contenidas en un contrato para la fábrica de una nao en 1577: «Item, por cuanto la dicha nao ha de ser y servir para la navegación de la carrera de Indias, y el dicho maestre Juan de Calatras, vecino de la Rentería, sabe la forma y manera cómo han de ser, así dentro como fuera, para la dicha carrera...»
22 Costa, 1997, aprovechado una estancia anterior en Sevilla para hacerse con una embarcación que luego explotan en la propia carrera o en el comercio regional del Caribe.
23 Son vecinos de Sevilla -y entre de ellos varios de filiación vascongada (Alzate, Basterrolaza, Bengoechea, Chagoya, Echevarría, Inurriza, Laegui, Uribe, Verastegui, etc.)-quienes, por su parte, acaparan casi todas las compras de naves en una medida que no admite discusión: el 86,04 % de la muestra.
De vez en cuando, adquiere un navío (o parte de él) algún avecindado en Indias (3,63 %), algún canario (3,07 %), así como un puñado de onubenses, gaditanos y vascos aún no asentados a orillas del Guadalquivir (respectivamente el 1,94, el 1,4 y el 1,66 %).
Quizá resulte curioso que ningún extranjero -ni siquiera los naturales de Portugal, tan allegados a los castellanos-24 aproveche la estadía en Sevilla para hacerse con la propiedad de alguna de las muchísimas naves que arriban hasta el complejo portuario hispalense.
25 Si desde el punto de vista de la oferta el mercado sevillano de naos posee cierto carácter internacional en nuestro periodo de estudio, la demanda es claramente castellana, avecindada en Sevilla y vinculada a las necesidades de la carrera de Indias.
En la carrera de Indias predomina el naviero propietario de la totalidad del buque, aunque no faltan ejemplos de condominio en las naves.
Un hecho curioso es la falta de escrituras de compañías navieras, a modo de las establecidas para el comercio o la elaboración de algún producto.
26 Todo parece indicar que en el negocio naviero la mera escritura de compraventa se convierte en el documento acreditativo de la asociación por la que se reparten derechos y deberes.
Desde el momento en que una persona adquiere una parte de la nave se le hace partícipe proporcional de los gastos y beneficios, sin necesidad de mayores trámites.
Cuando el capitán Sebastián de Oñate compra de Domingo de Zúñiga la cuarta parte de la nao Nuestra Señora del Socorro, además de hacer frente a los 33.000 reales que le cuesta su participación en la nao, debe abonar a los otros tres copropie-tarios la cantidad de 8.280 reales en concepto de la carena y otros aprestos que ellos habían aportado a la compaña.
27 La participación de varias personas en la propiedad de una nave se remonta a tiempos inmemoriales en todos los ámbitos marítimos, y la carrera de Indias no es ajena a esta práctica, aunque en ningún modo alcanza las cotas de las embarcaciones de Inglaterra u Holanda, que llegan a dividirse hasta en sesenta y cuatro partes.
28 En la carrera de Indias se dividen las naos hasta en doce partes, y los propietarios rara vez pasan de cuatro, si bien parece existir una preferencia por la propiedad exclusiva de la nao o, en todo caso, compartida con otro.
Elementos reales: el buque, el precio y las condiciones de pago
Además de su carácter mobiliario sui generis, la nave puede calificarse como una cosa compuesta, agregado de partes constitutivas y pertenencias.
Las partes constitutivas (casco, timón y árboles) no pueden separarse sin dejar de afectar a la existencia de la cosa misma; las pertenencias (batel, velamen, anclas, jarcias, cables y demás aparejo), aunque accesorias y dotadas de independencia, aparecen destinadas permanentemente al servicio del buque.
La artillería y resto del armamento, así como las vituallas, no se consideran accesorios del buque, sino de la expedición, ni integran el concepto jurídico del barco.
29 Casi todas las escrituras de compraventa hacen referencia a un inventario de bienes donde se recoge lo que en efecto se vende.
Algunos de estos inventarios aparecen insertos en el tenor del contrato o en papel aparte; suelen ser bastante prolijos y constituyen un documento precioso para los especialistas en la construcción naval, pues indican la calidad y estado de conservación de muchas piezas del barco (casco, velas, árboles, antenas, cables, timón, batel), así como el material con que están fabricados o sus procedencias.
La nao Santiago y San Felipe que vende Juan Bermejero en 1590 tiene cuatro cables, uno procedente de Italia, otro de Flandes y los otros dos de Calatayud; 30 del navío San Antonio dice su inventario que envergó el burriquete en Cartagena de Indias, y el trinquete en La Habana.
SEVILLA Y LA CARRERA DE INDIAS: LAS COMPRAVENTAS DE NAOS (1560-1622) nombrada La Campechana, se traspasa «con sus árboles, excepto el de la mesana».
32 También resultan muy útiles estos inventarios para conocer el número de piezas de artillería que incluye la venta, sin que exista una relación estable entre el tonelaje de la nave y la cantidad de cañones con que se enajena: el citado navío San Antonio, de ciento treinta toneladas, se vende con ocho piezas de artillería de hierro colado de diez a doce quintales; 33 mientras que la nao La Encarnación, de trescientas toneladas, únicamente se vende con dos piezas de hierro colado de ocho y diez quintales.
34 En los contratos de compraventa, las naves aparecen individualizadas por su nombre; además, se indica su tipología, el lugar de surgimiento y, casi siempre, su tonelaje.
El porte se expresa por lo general en toneladas, aunque no falten ejemplos de arqueos en toneles machos.
35 En casos de barcos muy pequeños también se emplean unidades como la bota o la eslora en codos como dimensión única.
36 Sin embargo, el tonelaje del buque no es un dato que aparezca siempre en el tenor del documento, ni es reflejo exacto de la capacidad real del buque cuando se consigna.
El «poco más o menos» que acompaña sin falta a la declaración del porte trasluce algunos problemas ineludibles para el estudioso.
Nos enfrentamos a una época que se ha dado en llamar «preestadística», donde subsiste una mentalidad que desatiende el interés por la medida precisa y se caracteriza por la diversidad local de unidades y sistemas métricos.
37 Las aportaciones de Casado Soto sobre metrología naval aclararon bastante el panorama en cuanto a la definición de la tonelada y el tonel macho, así como sobre algunas de las fórmulas de arqueo utilizadas en la carrera de Indias; 38 pero no resuelven -y posiblemente nunca puedan resolverselos casos concretos de los innumerables navíos que sirvieron en esta ruta.
Las informaciones procedentes de la documentación privada o notarial pueden en principio tomarse como más fiables que las derivadas de instituciones oficiales, pues el comprador de la nave está interesado en el conocimiento exacto del buque adquirido y el precio que paga por él.
AHPSPN, 9290, 754v-756r (vende el barco San Diego «de diecinueve codos» a Juan de Bella, vecino de Sevilla, por trescientos reales).
SERGIO M. RODRÍGUEZ LORENZO embargo, el origen heterogéneo de los vasos que acuden al mercado sevillano provoca asimismo la confluencia de distintos arqueamientos, que impiden conocer, al propio comprador y a los historiadores, si el porte declarado en el contrato de compraventa coincide con la cabida cierta del buque; tampoco el vendedor se compromete a su exactitud, y por ello no es infrecuente que a la expresión del porte le siga una fórmula que salve su responsabilidad.
El palmero Simón Rodríguez vende al vecino de Sevilla Domingo de Artano las dos tercias partes de un navío de cien toneladas, «poco más o menos, y el porte y medida que fuere, sin quedar, como no quedo, obligado a satisfacción de medida».
39 Lo mismo declara Lope Ochoa de Andonasgui cuando en nombre de Martín de Arano de Urquiza vende una zabra a Agustín de Paz.
40 Juan Bermejero no asegura al comprador las doscientas cincuenta toneladas de su nao Santiago y San Felipe, y dispone que, en todo caso, no se descontase nada del precio si el tonelaje fuera menor.
41 Sin llegar a tales precauciones, aunque tampoco se coge las manos, Juan Antonio Sabariego enajena un navío de cien toneladas, «poco más o menos las que pareciere tener».
42 Otros no solo dejan de consignar el arqueo, sino que venden el buque con el «porte, bondad y medida que tiene o tuviere», sin más concreción.
43 Pero pocos tan conocedores de la veleidad en los arqueamientos como el capitán Agustín de Paz, quien estima un porte de trescientas toneladas para su nao Nuestra Señora de la Candelaria, «poco más o menos, las que tuviere o pareciere tener o haber tenido facultadas en las Indias».
44 Por su parte, las noticias provenientes de la documentación oficial o semioficial están sujetas a sospechas por los intereses solapados que actúan sobre ella.
Si el buque es objeto de un embargo o alquiler forzoso para servicio de la armada, los visitadores tienden al arqueamiento a la baja para disminuir el salario -usualmente estipulado en tantos maravedís por tonelada y mes de prestación-en beneficio del rey.
Si la nave viaja como mercante, a su propietario le conviene igualmente un arqueo a la baja, pues de este modo el control fiscal recae sobre una cabida menor a la real y la diferencia, libre de gravámenes por desconocida, la rentabiliza el naviero en provecho exclusivo de su empresa.
La determinación oficial del porte de un navío corre a cargo de los visitadores de naos, estrechamente vinculados al negocio naviero y cuyos sueldos salían de los bolsillos de señores y maestres por derecho de visita.
No es improbable, por tanto, que en connivencia con sus pagadores aquilatasen los tonelajes por debajo de la realidad.
Ante la incertidumbre en los portes de los buques, quizá la única salida para valorarlos resulte del cruce de información entre los documentos notariales y los de instituciones como la Casa de la Contratación, el Consejo de Indias o el Consulado.
Tampoco se obtienen demasiados detalles sobre el buque a través de las escrituras de compraventa.
Uno importante que sí consta es el referido a la tipología.
A pesar del papel intermediario del escribano en la redacción -al que le suponemos poca experiencia en calificar embarcaciones-y el uso de algunos sinónimos de la palabra «barco» a lo largo del documento -sobre todo los términos «nao» y «navío»-, existen pocos argumentos de peso que nos haga desconfiar de la tipología que se antepone al nombre de la nave en los contratos.
Al fin y al cabo, el vendedor conoce perfectamente qué clase de buque traspasa y siempre está presente cuando se escritura el concierto; los compradores poseen también esa capacidad de peritaje, salvo casos contados de una parte u otra.
Pero incluso dándolas por buenas, debemos reconocer nuestra ignorancia sobre el significado exacto de las tipologías declaradas, a diferencia de lo que les sucede a los protagonistas de aquellos actos mercantiles.
Para un naviero del siglo XVI no es lo mismo una «nao» que un «filibote», un «patache» que una «carabela», una «urca» que un «galeón» o un «navío» que una «zabra»; sin embargo, nosotros apenas entrevemos su sentido y disertar sobre ello parece simple prurito de erudición.
La mayoría de las embarcaciones se califican como «naos» (50,48 %) y «navíos» (25,41 %), de gran tradición en las navegaciones hispanas.
45 Ha pasado ya la época dorada de las «carabelas» (diez casos, apenas un 3,22 %, casi siempre de origen portugués), tan presentes en los primeros años de la carrera.
Tal vez lo más llamativo sea la escasa presencia de «galeones» (3,85 %), que para la época de nuestro trabajo ya están más considerados como barcos de guerra que como mercantes y, por tanto, de poco trato entre particulares.
Las compraventas de «urcas» y «filibotes», de origen foráneo, tampoco nos han aparecido con demasiada frecuencia (un 1,60 y un 3,22 %, respectivamente); aunque sabemos que en determinados momentos su empleo en las flotas de Indias tuvo más notoriedad de lo que revelan nuestros datos, hasta el punto de que los fabricadores vascos sintieron la competencia y consiguieron del rey la prohibición de que navegasen en la carrera en 1595.
46 TABLA 2 TIPOLOGÍAS DE LAS NAVES EN COMPRAVENTA (1560-1622) Fuente: Elaboración propia a partir de la documentación notarial consultada.
Todavía más parcas son las noticias concernientes a la edad y lugar de fabricación de los buques.
Con respecto a la primera, únicamente aparece alguna referencia aislada cuando se trata una nave recién construida, y así se manifiesta que la nao Nuestra Señora de las Mercedes, que vende Domingo de Larrea a Jorge Díaz, es «nueva del primer viaje»; 47 En una ocasión nos aparece una nao construida en la isla de Tenerife,51 y en otro un barco de escaso porte (treinta toneladas) salido de unas gradas en San Juan del Puerto.
52 La buena y merecida fama de Clarence H. Haring extendió la opinión de que los buques que navegaron en la carrera de Indias eran los «envejecidos y destartalados» desechos de otras rutas.
Esta idea, válida hasta cierto punto en 1557 -según refiere el autor a partir de una real cédula de esa fecha recogida por Encinas-, 53 y que otros autores prestigiosos han heredado, 54 no es de aplicación general más allá de 1570.
Con el levantamiento de los Países Bajos y la amenaza pirática de los gueux de la mer, la ruta Burgos-Bilbao-Flandes comienza a ser abandonada por los barcos vizcaínos, que rápidamente son sustituidos por naves inglesas y holandesas, cuya actividad transportista no se limita a los mares del Norte y Cantábrico, sino que avanzan hasta el sur peninsular y continúan por el Mediterráneo.
Desde ese momento, aunque de manera paulatina, serán los barcos de Holanda, Inglaterra y la Hansa -sin olvidarnos de las naves de Francia y la miríada de carabelas portuguesas-los que acaparen la función del transporte marítimo en Europa y enlacen las tierras septentrionales con el mediodía.
55 Cuando Braudel escribe «de cómo los holandeses se apoderaron de Sevilla, a partir de 1570, sin hacer un solo disparo», 56 una de las victorias menos discutidas fue la de sus navieros.
Para los barcos castellanos de mediano y gran tonelaje, la única ruta marítima franca es la carrera de Indias, pues hasta la de Terranova comienza a ser apetecida por los ingleses.
No extraña, por tanto, que buena parte de los vasos recién fabricados en los astilleros vascongados se dirijan hacia el emporio sevillano, lo que explica que muchos de los vendedores de naos aleguen vecindades cantábricas, en especial guipuzcoanas y vizcaínas; y aunque falten informaciones en las compraventas sobre la edad precisa de los buques, parece bastante probable que la mayoría de tales barcos navegados desde el norte sean nuevos o seminuevos: la creencia de que la carrera de Indias fue el vertedero naval de los puertos peninsulares merece ponerse en entredicho.
En ocasiones los documentos de compraventa informan de manera expresa sobre la vinculación de las naves a la carrera de Indias, bien porque declaren que han venido de ellas 57 o que se aprestan con ese destino.
58 Pero no siempre la embarcación en venta está inmersa en la ruta trasatlántica: del navío La Concepción, vendido en su cuarta parte al sevillano Luis de Cuenca, dice la escritura «que ha ido a la pesquería de los pargos en la Berbería»; 59 de la carabela Nuestra Señora de Nazaret, «que vino cargada de bacalaos».
60 A la actividad pesquera, de gran tradición en Sevilla, 61 se dirigen también algunos de los vasos adquiridos en el mercado hispalense.
Entre las condiciones generales declaradas en los contratos destaca la referida a la responsabilidad de los actores frente al estado de conservación de la obra viva y muerta de la nave.
Por lo común, el vendedor traspasa el barco «tal cual está, sin quedar obligado a daño, adobo ni reparo alguno», pues antes de concertarse la venta el comprador lo ha visto y ha quedado satisfecho con su estado.
62 Solo de vez en vez se testimonia que la nave tiene daño en su casco.
Tomás Gallardo, por ejemplo, vende la cuarta parte de la Santa Bárbola, de quinientas toneladas, a Melchor López Palomo, señor del resto de la embarcación, y aunque la traspasa tal y como se encuentra, le advierte de que «al entrar en la barra [de Sanlúcar] tocó y quedó en seco y trae algún daño y con él se la vende».
63 Incluso encontramos contratos que explicitan la causa por que el vendedor no se hace cargo de las averías en el vaso.
Cuando a fines de febrero de 1611 Julián de Estrada vende a Ruy Pérez Cabrera la zabra Nuestra Señora del Rosario, dice que sus posibles daños corren por cuenta del comprador, «por estar como está dado carena, y lo ha visto y mirado el dicho Ruy Pérez Cabrera, en razón de lo cual no ha de poder alegar lesión ni engaño».
64 Tampoco resulta extraño que el vendedor asegure la sanidad del buque y corra con los gastos ocasionados por las reparaciones; 65 pero no de cualquier manera.
Existen contratos que distinguen los desperfectos de la obra viva y los de la obra muerta.
En la compraventa del galeón San Francisco, el comprador, Juan de Chagoya, se hace cargo de los daños en la obra muerta, mientras que el vendedor, Asensio de Alsola, responde por los de la obra viva.
66 Lo mismo sucede con la nao San Juan Bautista de la Esperanza, de cuya obra muerta queda conforme su adquiriente, el capitán Melchor Moreno, mientras que el daño de lo cubierto por el agua se tasa en trescientos ducados, que paga Martín de Noja, apoderado del vendedor.
67 En cuanto a los destrozos en la obra viva, la parte vendedora suele condicionar su responsabilidad económica a tres circunstancias: que la carena que descubra las averías se efectúe en un determinado plazo, el nombramiento de terceros que valoren tales daños, y que estos superen cierta cifra.
Con más detalles aparece esta cláusula en la venta de la nao Jesús, María, José que los herederos de Cristóbal de Salcedo hicieron al capitán Alonso de Cuenca: «os la vendemos de la forma y manera en que está, sin asegurársela, que no se la aseguramos, de quilla ni costado, así de lo que encubre el agua por de fuera como el lastre por de dentro, ni de las demás obras descubierta de ella» (AHPSPN, 16840, 895r-903r).
65 «...asegurándosela como se la aseguro que es sana de quilla y costado, así de lo que cubre y descubre el agua por de fuera y el lastre por de dentro; y si pareciere ahora o en cualquier tiempo haber tenido o tener al presente cualquier daño en la dicha quilla y costado, lo pagaré por mi persona y bienes en cualquier cantidad que sea luego en lo que tal pareciere» (AHPSPN, 16837, 656-664r).
SERGIO M. RODRÍGUEZ LORENZO pasando por los quince o veinte días, el mes y medio, los dos meses, los tres meses o los tres meses y medio.
68 La importancia de estos plazos reside en que su incumplimiento provoca que el vendedor no sufrague el coste de las reparaciones y se traspase a la cuenta del comprador.
La asunción de tales gastos por parte del vendedor no significa que la carena sea responsabilidad suya; es el comprador quien tiene que concertarla con los calafates, y solo en algún caso el vendedor se obliga a poner «los oficiales y materiales que fueren necesarios».
69 Valorado el daño, el procedimiento usual es que se descuente del precio de venta.
70 Para la tasación de los desperfectos, cada parte del contrato tiene que nombrar un «tercero» que haga la función de árbitro; si existe discrepancia en sus peritajes, se recurre a la opinión definitiva de otro tercero que ofrezca un valor intermedio.
En el concierto de compraventa de la nao La Concepción de Nuestra Señora, a fines de julio de 1561, los vendedores -Sancho de Archiniega, Toribio de la Puebla y Jerónimo de la Puebla-y el comprador -Juan Vanegas-, nombran dos terceros -Juan de Bareño y Juan Sánchez, respectivamente-, pero declaran que a falta de acuerdo entre ellos, ambas partes admiten a Ginés Carrión para que decida el valor de los daños.
71 Un mes más tarde, a través de un testimonio notarial, nos constan las evaluaciones de cada uno: Juan de Bareño tasa los daños en trescientos cincuenta ducados; Juan Sánchez, en cuatrocientos; y Ginés de Carrión, en trescientos setenta ducados, que es el valor que se toma como definitivo y que ha de rebajarse del precio final de venta.
72 En ocasiones el vendedor toma para sí el coste de la reparación únicamente cuando su precio sobrepasa determinada suma de dinero.
Existen límites modestos, como los quince ducados que estipula Francisco de Narrunda en la venta de su nao La Trinidad a Miguel de Ribas; 73 otros son más importantes, como los cien ducados que consignan las compraventa de la urca El Hijo Pródigo 74 y el navío portugués Nuestra Señora de Guadalupe; 75 o los doscientos ducados de la ya citada compraventa de Sancho de Archiniega y los hermanos de la Puebla a Juan Vanegas.
76 Otras veces, sin embargo, el compromiso que hace frente a las averías en el buque deja abierta las puertas a «la cantidad que sea», 77 y se llegan a descontar hasta seiscientos ducados del precio del barco.
78 Muy imprecisa resulta la cláusula concerniente a la sanidad del navío La Buenaventura de San Nicolás, cuyo vendedor solo se hace cargo de los daños en la obra viva si alcanzan «una cantidad considerable».
79 Tras el buque, el precio que se paga por él constituye el elemento real más importante del contrato de compraventa y, asimismo, el de análisis más complejo.
Las razones por las que una nave alcanza un determinado precio son intrincadísimas.
Tanto, que deducir una relación fija ducados/tonelada que dé cuenta de su progreso en el tiempo es puro cartesianismo, fantasía de historiador poco acostumbrado a los archivos.
Que los costes sigan a los precios, y no viceversa, tiene su importancia en teoría económica: no discutimos ahora sobre esto.
80 Creemos, sin embargo, que en la conciencia del vendedor debe pesar cuánto tuvo que pagar él por la fábrica del vaso, o por su compra primitiva, para luego anunciar un precio de reventa.
Con qué aparejo se vende, de qué calidad; si artillado (y con cuántas y cuáles piezas) o sin artillar.
Qué edad tiene el barco, cómo se conserva, por dónde navegó.
¿Habrá sufrido alguna fortuna de mar?
Cada nave es un mundo y la casuística, variada.
Las condiciones del mercado, o sea, la ley de la oferta y la demanda, tienen mucho que ver en el precio.
Finalmente, el problema se reduce a la negociación personal entre vendedor y comprador: el margen de beneficio que desee obtener el primero; el interés por adquirir la nave que muestre el segundo.
Si hay precio -y los tenemos-, hubo conciliación de voluntades.
Hasta donde sabemos, en la carrera de Indias las naos se compraron en completa libertad; no hubo ninguna tasa, como sí ocurrió, por ejemplo, con los fletamentos de mercan cías durante algunos años.
81 Otro obstáculo para la comparación es que no existen dos barcos iguales en la época de la arquitectura naval en madera y la navegación a vela.
SERGIO M. RODRÍGUEZ LORENZO debemos al menos seleccionar con prudencia los términos que comparamos; en este caso, aquellas naos que parecen ser las más homogéneas: que sean nuevas, vendidas sin artillería y procedentes de una misma región.
La conclusión -por provisional que sea-no carece de interés: el incremento del precio por tonelada con el paso del tiempo, al menos considerado en términos corrientes; y la disminución de la ratio ducados/tonelada a partir de cierto crecimiento -que no sabríamos precisar-del tonelaje de la nave: en proporción puede llegar a salir algo más barato comprar un barco notablemente mayor que uno bastante más pequeño.
La nao Nuestra Señora de las Mercedes, fabricada en Portugalete por Domingo de Larrea, arquea trescientas toneladas y se vende en 1577 a Jorge Díaz por cinco mil ochocientos ducados, con una ratio ducados/tonelada de 19,33.
82 Treinta y nueve años más tarde, en 1616, la nao Nuestra Señora de la Concepción, de idéntico tonelaje, construida por Juan López de Oribar en los astilleros de Deva, se traspasa a Sebastián de Arteaga por nueve mil ducados (a treinta ducados por tonelada).
A medio camino en el tiempo, en 1596, Domingo de Goizueta vende la nao Nuestra Señora de la Concepción, cien toneladas mayor que las anteriores, por diez mil ducados, y una relación de 25 ducados/tonelada.
84 El mismo año la nao Los Tres Reyes, con seiscientas toneladas, se vende por once mil, o sea, a razón de 18,33 ducados por tonelada.
85 La diferencia de ratio entre la nave tonelaje más alto y la más pequeña es del 26,68 %, favorable a Los Tres Reyes: como decíamos, en proporción una nave más grande parece salir más barata que una de tamaño menor.
Pero si comparamos la nao vendida en 1577 (de trescientas toneladas) con la de 1596 que dobla su capacidad (seiscientas toneladas), comprobamos que, en vez de aumentar, la ratio disminuye un 5,18 %.
DOI: 10.3989/aeamer.2016 Es preciso reconocer lo delicado que resulta el análisis de los precios de objetos tan especiales como los barcos.
El empleo de valores nominales -como hacemos nosotros-presenta el inconveniente de no dar cuenta de los efectos de la inflación en cada momento (y no es necesario desarrollar lo que ha dado de sí el debate sobre la «revolución de los precios» en los siglos XVI y XVII).
Aplicar un índice deflactor es una operación aritmética sencilla y quizá tranquilice a los historiadores more geometrico, pero no resuelve el problema.
Para empezar, porque los productos seleccionados en la elaboración de los índices de precios («cesta de la compra») incluyen aquellos propios del consumo ordinario -alimentos diversos, tejidos para vestir, gastos de vivienda-, pero en ningún caso bienes tan extraordinarios como las naos.
Así que deflactar los precios de las naves no solo resulta de comparar lo incomparable (por ejemplo, un besugo con una zabra -tan empleadas, no obstante, para pescarlos-), sino que acaba siendo un modo de despistar al lector confiado.
Que la inflación durante la segunda mitad del siglo XVI fue considerable, nadie lo pone en entredicho.
Recordemos que la nao Nuestra Señora de la Concepción, de cuatrocientas toneladas, vendida por Domingo de Goizueta en 1596, incrementó su ratio ducados/tonelada 86 Hamilton, 1975, 213.
Podría decirse, entonces, que el incremento nominal del precio estuvo en consonancia con los niveles de inflación, aunque hasta que no aparezcan pruebas documentales positivas nos negamos a establecer una relación causa-efecto.
Más difícil de explicar es el aumento de un 25,86 % del valor de la ratio ducados/tonelada entre la nao Nuestra Señora de la Concepción, vendida por Juan López de Oribar en 1616, y la de Goizueta de 1596.
La diferencia entre los precios abonados en uno u otro metal debía de ser escasa hacia esa fecha, pues sabemos que el premio de la plata solo alcanza el 2 % en 1618.
88 En todo caso, estamos en una fase de deflación y la nao de López de Oribar la han comprado por una cantidad altísima si tenemos en cuenta el nivel general de precios y su evolución desde hacía tres lustros.
No existen precios sin circunstancias, y más tienen que ver estas -en cuanto al valor monetario que alcanzan las naos-con la dinámica interna de la carrera de Indias que conforma cada coyuntura que con sofisticados índices de precios que nadie tenía en la cabeza.
Si resultaba fácil o no que en 1616 una nave fuese elegida para integrar la flota; si el precio de los fletes había descendido también -como el de muchos productos-o, sin embargo, se había mantenido estable (e incluso aumentado en términos relativos); cuánta era la abundancia de tripulantes y por qué salarios estarían dispuestos a trabajar a bordo; si pretendía el señor de nao transportar mercancías propias, registradas o de contrabando; a cuánto se estaba vendiendo la pipa de vino en México o en Portobelo...
Estas serían las cuestiones de verdadera importancia para quien pretendiese comprar una nao, y que nosotros -por ahora-no estamos en condiciones de dilucidar.
El precio del navío puede abonarse tanto al contado como a plazos, sin que ninguna modalidad de pago predomine sobre la otra; al tiempo, cada una de ellas se hace efectiva a través de una variada casuística que dificulta la elaboración de modelos.
No resulta sencillo determinar quién de las dos partes en el contrato es la que decide finalmente las condiciones de pago.
Por el lado del comprador suponemos que, además del valor de la 87 Ibidem, 229.
SEVILLA Y LA CARRERA DE INDIAS: LAS COMPRAVENTAS DE NAOS (1560-1622) venta, deben conjugarse su capacidad adquisitiva, su interés por la inversión de capital propio en un corto periodo de tiempo y la seguridad que el vendedor tenga en su crédito.
Por la parte vendedora, creemos que han de barajarse dos motivaciones: la necesidad más o menos imperiosa de liquidez, tanto para su subsistencia personal como para hacer frente al pago de sus deudas, y la presunción que tenga del comprador.
No es esta cuestión de la confianza asunto baladí: un barco no se vende a cualquiera.
El 30 de junio de 1615, Martín de Navejas escribe que ha concertado días antes la venta de su nao, pero ahora cree «será la venta nula porque el comprador no cumple con dar las seguridades que ofreció, y las haciendas raíces que tiene, aunque son muchas, entendemos tienen muchos embarazos».
89 Quien desea adquirir un buque, o dispone de dinero en efectivo o tiene que ganarse la confianza del vendedor.
Cuando la compraventa estipula un precio inferior a los mil ducados el pago se efectúa al contado.
No se trata de una norma impuesta, aunque sí parece práctica habitual entre los compradores.
90 Como tantos otros aspectos del mundo marítimo, la regla es la costumbre.
Tampoco son extraños los pagos al contado por cuantías más onerosas, incluso pueden superar la nada despreciable cifra de los seis mil ducados, como le ocurre al sevillano Hernando de Guevara cuando adquiere de Ochoa de Capitillo la nao La Magdalena, de seiscientas siete toneladas, al precio de seis mil cuatrocientos ducados y una cadena de oro valorada en otros cincuenta, que paga a vista del escribano público.
91 Supere o no la cantidad de los mil ducados, la modalidad de pago al contado distingue tres formas concretas de hacerse efectiva: la entrega de dinero en mano, el abono mediante libranza sobre tercero o la combinación de ambas.
La entrega de líquido a tocateja, por lo general en el mismo momento de escrituración de la compraventa, es la opción más empleada en los pagos al contado por cuantía menor de mil ducados, y solo hemos localizado tres excepciones.
92 Cuando los precios son superiores, se recurre con mayor frecuencia a los libramientos por todo el importe 93 o a la entrega en mano de una parte del precio y lo 89 Museo Naval de Madrid, Colección Vargas Ponce, tomo V, doc. 142, 194r.
90 Solo hemos encontrado un caso donde esta idea no se cumple: la compraventa de la nao Santa María que Juan de Uribe traspasa por 585 ducados a Diego de Armijo, quien paga al contado trescientos ducados y el resto lo aplaza en veinte meses (AHPSPN, 12384, 1040v-1042r).
SERGIO M. RODRÍGUEZ LORENZO restante transferido por libranza.
94 Algunas escrituras ponen de manifiesto, sin embargo, que no todas las compraventas donde se declara un abono al contado concuerdan con la realidad.
El 11 de septiembre de 1562 el carenero de Sevilla Damián Brusio compra a Diego de Molina el navío San Andrés, de ochenta toneladas, por precio de doscientos veinte ducados que dice haber pagado al contado; 95 el mismo día, y en el folio siguiente del protocolo, Damián Brusio otorga una obligación de deuda a favor de Diego de Molina por los doscientos veinte ducados, «no embargante que en dicha carta de venta se decía que había recibido el dinero de contado».
96 Lo mismo sucede en la venta de la mitad de la nao Santa María de los Remedios, donde su comprador, Juan Caballero, reconoce haber entregado el valor del precio al vendedor, Álvaro de Colombres, para luego desdecirse y retrasar el pago quince meses.
97 Otro ejemplo más enrevesado nos informa de la falsedad de algunas de las compraventas al contado a la vez que ofrece ciertas noticias sobre las estratagemas de algunos individuos y la supuesta ingenuidad de otros.
El 13 de octubre de 1618 los portugueses Francisco Viana y Manuel Viera venden a Miguel Hernández Pereira, vecino de Sevilla en el barrio de la Magdalena, la carabela Nuestra Señora de Nazaret, cuyo precio (diez mil trescientos reales) dicen recibir al contado de manos de Miguel Hernández.
98 Una semana más tarde, los mismos vendedores (en esta ocasión junto al también lusitano Manuel Luis y a Martín Alfonso como fiador) aparecen vendiendo por diez mil reales la misma embarcación a Francisco de Ávila, también vecino en la Magdalena.
99 Esta doble venta, ilegal, se explica en una extensa declaración contenida en el expositivo del segundo documento.
Antes del 13 de octubre los vendedores y Francisco de Ávila acuerdan de palabra la venta de la carabela por los diez mil reales, a cuenta de los cuales el comprador ofrece una sortija como señal del concierto.
Se interpone luego Miguel Hernández Pereira, quien persuade a Francisco Viana y a Manuel Viera -a la sazón propietarios de solo la mitad de la carabela-para que se la vendan a él, por la que ofrece trescientos reales más y la promesa de sacarlos a paz y salvo del compromiso con Francisco de Ávila.
Sin embargo, un hecho invalida el negocio: los vendedores declaran haber recibido en firme los diez mil trescientos reales, pero la verdad es que el comprador no les ha entregado nada y en virtud de esto dan por ninguna la venta a Miguel Hernández.
El aplazamiento de los pagos se convierte en recurso general cuando el precio de la nave excede los mil ducados.
La variante más común consiste en la entrega de una parte al contado y el resto en Sevilla en una paga aplazada durante determinado tiempo, que puede oscilar entre los escasos cinco días que Juan Antonio Corzo Vicentelo demora el reembolso final de la urca Abraham 101 y los dos años consignados en el traspaso de la nao El Espíritu Santo a Juan de Uribe Apallúa.
102 El plazo corriente suele ser de quince a dieciocho meses, aunque como es costumbre en Sevilla las liquidaciones de deudas se hacen coincidir con el tornaviaje de la flota que se apresta en el momento de escriturar el negocio.
103 Las cantidades parciales abonadas al contado pueden igualmente entregarse a la mano 104 o librarse contra terceros.
105 Por otra parte, las pagas aplazadas no siempre se limitan a una.
A mediados de marzo de 1577, Jorge Díaz compra a Domingo de Larrea la nao Nuestra Señora de las Mercedes al precio de cinco mil ochocientos ducados, de los cuales mil se pagan al contado, dos mil a fines de marzo y el resto en un plazo máximo de veinte meses, o antes si la dicha nao volviese de cualquier viaje a las Indias; 106 el 7 de diciembre de 1586, Asensio de Alsola vende al capitán Juan de Chagoya el galeón San Francisco al precio de ocho mil doscientos ducados, cuyo reembolso se fracciona en tres pagas: dos mil ducados al contado, otros mil para fines de mayo de 1587 y lo restante a fines de septiembre de 1588, con el adelanto a este plazo que suponga el regreso de la primera flota que parta desde Sanlúcar a Tierra Firme.
107 Sabemos incluso de un fraccionamiento en cuatro pagas: la nao Dominguina le cuesta a Duarte de Quirós tres mil cuatrocientos ducados; cien de ellos los había entregado como señal cuando concierta la compraventa con Martín de Achualeche, apoderado del propietario; mil quinientos se los entrega en mano ante el notario cuando se hace la escritura; otros cuatrocientos los ha de abonar en ocho días y el resto veintiún meses después.
108 Otra posibilidad es demorar todo el reintegro en una, dos o tres pagas.
Elementos formales: las cláusulas de garantía
El fraccionamiento y aplazamiento del pago de la nave supone de hecho una operación de crédito donde vendedor y comprador se transforman en acreedor y deudor respectivamente.
Para proteger la satisfacción de los derechos del vendedor-acreedor, los contratos de compraventa de buques desarrollan una serie de cláusulas de garantía que reduzcan los riesgos derivados no solo del incumplimiento de las obligaciones contractuales del comprador-deudor, sino también de su posible insolvencia patrimonial o falta de recursos económicos y financieros.
Dos son los principales instrumentos de garantía: el compromiso que asume un tercero frente a la deuda (fianza) o la afectación de algún bien por la cantidad adeudada (hipoteca).
El recurso a la hipoteca de la nao (incluyendo sus pertenencias) aparece sin excepción en todos aquellos contratos donde se aplaza el pago de la nave.
Que la nao quede hipotecada hasta completarse el abono total del precio no impide que el comprador pueda tomar posesión de ella y hacerse con su dominio.
Juan de Uribe, por ejemplo, dispone en la compraventa de su nao Santa María que Diego de Armijo le entregue la primera de las dos pagas en que fracciona el precio el día que tome posesión de la nao.
110 Pero algunas veces, el vendedor declara explícitamente que hasta que no se salde la deuda y la hipoteca se levante, será él quien mantenga el señorío del buque.
111 En bastantes ocasiones los fletes y la artillería de la nave quedan asimismo afectados por la hipoteca.
AHPSPN, 16840, 236r- veinticinco mil maravedís de juros sobre las alcabalas de Sevilla y su partido con los que el capitán Diego Felipe de Andino garantiza el reembolso de la deuda de ocho mil ducados que le resta pagar a Bernardino de Noli por la compra de la nao San Jorge.
113 Cuando la sola hipoteca no es garantía suficiente para el vendedor, se exige del comprador-deudor la presentación de fiadores llanos y abonados que se obliguen al reintegro de la deuda en caso de que su beneficiario no responda al pago.
Los fiadores, a su vez, pueden comprometerse por toda la cuantía adeudada o solo por una parte de ella, remedio al que se acude cuando los pagos aplazados alcanzan sumas considerables (de seis mil a nueve mil setecientos ducados, según la muestra acopiada), repartidas sin proporción entre un número variable de personas (de tres a seis).
114 Cuando los fiadores se obligan de mancomún por toda la deuda, su número nunca pasa de tres, 115 y lo más normal es que se reduzca a uno; 116 como es lógico, estos fiadores responden a deudas menores que las anteriormente citadas.
El vendedor dispone de un último método que le garantice el cobro del precio del buque: exigir que el comprador asegure la nao de viaje y tornaviaje a las Indias por el valor de la deuda y le entregue tanto la póliza como poder cumplido para beneficiarse de ella en caso de siniestro sobre la nave.
La posesión de la nave
En la actualidad el derecho español considera la compraventa como un contrato obligatorio no traslativo, es decir, el vendedor tiene la obligación de entregar el buque objeto del contrato al comprador, pero no transmite por sí el dominio de la nave.
La propiedad del barco solo se adquiere cuando el comprador toma posesión de él, hecho que igualmente puede escriturarse ante notario.
Este concepto jurídico del contrato de compraventa rige también en el derecho castellano de los siglos XVI y XVII, como explica Hevia Bolaños en su Laberinto: «Por solo la venta de la nave no se transfiere su dominio en el comprador, si no es que interviene tradición o posesión verdadera o fiesta de ella».
118 En todos los documentos analizados se repiten las cláusulas sobre la transmisión de la propiedad del buque sin apenas diferencias.
El vendedor se «desapodera» de la propiedad de la nave, permite que el comprador se sirva de ella como cosa propia y otorga poder para que tome posesión del navío.
En el ínterin que esto sucede, el vendedor se obliga, como «inquilino» de la propiedad del buque, a salir en defensa de la nave ante cualquier persona que interponga pleito sobre la misma, obligación a la que ha de acudir en un plazo de tres días desde que se lo solicite el comprador.
Si el vendedor incumple con este deber, el comprador puede exigirle la devolución de las cantidades pagadas por el precio del barco, tras lo cual queda sin valor la escritura de compraventa.
Las actas notariales de posesión de navíos aparecen con poca frecuencia entre los tomos de protocolos; concluimos de ello -quizá sin razónque no debe ser obligatoria la presencia del escribano público, y que en la mayoría de los casos la posesión de la nave se da por supuesta con la sola escritura de compraventa (aunque la doctrina jurídica diga lo contrario).
Los navíos, junto a las tierras y las casas -es decir, las cosas inmuebles-, son los únicos bienes tras cuyas compraventas se escrituran actas de posesión.
Esta tipología documental confirma por tanto la consideración del buque como cosa mueble sui generis.
Aunque sencillo, el acto de posesión no está exento de cierta solemnidad.
Comparecen tanto la parte vendedora como la compradora junto al notario y algunos testigos; el comprador declama alguna de las cláusulas concertadas en la escritura de compraventa y en especial aquella que le da poder para la toma de posesión.
Seguidamente, el vendedor toma al comprador de la mano y lo introduce en la nave, por donde pasea y cambia cosas de lugar como muestra de su señorío.
Así reza el acta de posesión de la nao La Concepción de Nuestra Señora, adquirida por Juan Vanegas, quien tras acceder a bordo de ella se anduvo paseando por la dicha nao de una parte a la otra, y de otra a la otra, holeando la madera de la dicha nao con sus pies, en señal manifiesta, probanza y auto corporal de la dicha posesión.
Y para adquisición de ello tomó de los cables y jarcia de la dicha nao y los echó de una parte a la otra, y de otra a la otra; todo esto pacíficamente, no se lo embargando ni contradiciendo persona alguna que allí estuviere.
119 También puede ocurrir que no comparezca el vendedor.
En esta circunstancia es el escribano público quien toma de la mano al comprador y lo introduce a bordo del barco, repitiéndose el mismo ritual.120 La leyes permiten incluso que una persona desista de la posesión que haya tomado sobre un navío, como nos participa la declaración de Juan de Espinosa, vecino de Sevilla en la Magdalena, a quien le había sido rematada en Santo Domingo la carabela Nuestra Señora de Nazaret por precio de mil trescientos pesos de oro, de la que tomó posesión allí.
Sin embargo, de regreso a Sevilla, declara que en realidad la carabela pertenece a su hermano, Gregorio de Espinosa, pues con sus dineros la había comprado, y que renuncia a poseerla.121
El negocio naviero en la carrera de Indias se trata fundamentalmente de un asunto privado, entre particulares, donde las instituciones reales -tan inquisitivas en otros aspectos de la ruta-intervienen poco; y la compraventa de naos, una faceta de ese negocio que se desarrolla en libertad casi absoluta.
Ni el tipo de naves objeto de las compraventas, ni sus calidades, procedencias geográficas o precios dependen de ley positiva alguna emanada de la Corona.
Diplomáticamente, los contratos de compraventa de naos se asemejan a los de compraventa de casas u otras heredades, y revelan la naturaleza jurídica de los barcos: bienes muebles sui generis, es decir, admiten parcialmente el régimen jurídico de los inmuebles, sobre todo lo relativo a adquisición de la propiedad y derechos de garantía.
La mayor parte de los señores de naos son -o han sido-hombres de mar: capitanes, maestres, pilotos.
Varios cargadores a Indias también participan en la propiedad de algunas naves.
Lo normal es que los barcos de esta ruta trasatlántica de soberanía castellana tengan un único propietario; aunque tampoco resulta extraño el condominio: dos dueños, a veces tres y casi nunca más de cuatro.
Sevilla es un mercado internacional por lo que se refiere al intercambio de mercancías, ya sea de productos primarios -«de la tierra»-o manufacturas; pero no podemos decir lo mismo en cuanto a las compraventas de naos.
La demanda de naves es completamente nacional, afincada en Sevilla y vinculada a la carrera de Indias.
Solo en uno de los trescientos once contratos analizados aparecen compradores extranjeros.
En cuanto a la oferta, el 15,87 % son vendedores extranjeros, en buena medida portugueses.
La preeminencia de sevillanos y vascos es clara (el 39,22 y el 28,15 %, respectivamente), aunque parece reflejar realidades distintas y complementarias: los vecinos de Sevilla, el notable papel que tiene en la carrera de Indias la compraventa de segunda mano; los vascongados, la fertilidad de sus astilleros.
Un análisis exhaustivo de los precios de compraventa resulta intrincadísimo y hemos preferido dejarlo para otra ocasión.
Como las autoridades nunca los tasaron, al menos estamos en disposición de asegurar que primó la ley de la oferta y la demanda.
La calidad del buque, los costes de explotación, así como las posibilidades de beneficio, debieron de conjugarse para establecer el precio de compraventa de las naves; en definitiva, los intereses de quienes venden y compran.
Pero ya solo establecer la calidad del vaso supone una tarea casi imposible.
En los tiempos de la navegación a vela y la construcción en madera, cada barco es un ejemplar único.
Deducir una relación ducados/tonelada que nos permita entrever la evolución de los precios, exige ciertos rasgos homogéneos de las naves comparadas.
Por ejemplo: que procedan de una misma región, se vendan nuevas y sin artillería.
En esta comparación -sumarísima-hemos observado dos fenómenos: el incremento de la ratio ducados/tonelada con el paso del tiempo en naves de idéntico tonelaje, expresada en precios corrientes; y que proporcionalmente salga bastante más barata la ratio en buques de mayor tonelaje que en otros más pequeños.
Cuando el precio de una nao -o parte de ella-no supera los mil ducados, el importe siempre se abona al contado; se trata de una regla consuetudinaria, como tantas del ámbito marítimo-mercantil.
Cuando debe abonarse una cantidad superior a los mil ducados, lo usual es fraccionar el pago: una parte al contado -ya sea entregada en mano, ya librada contra terceros-y otra un tiempo después, normalmente de quince a dieciocho meses, o cuando regrese la flota procedente de las Indias.
Como garantía de que la deuda será pagada, se hipoteca la nave, los fletes y la artillería; si la hipoteca no se considera suficiente, se presentan fiadores; incluso se puede asegurar la nao por el valor de la deuda para que en caso de siniestro el acreedor pueda beneficiarse de la póliza y reducir sus pérdidas económicas.
Casuística no falta, pero, en cualquier caso, no se dieron operaciones de crédito especialmente complejas.
El entramado mercantil y financiero de los señores de naos en la carrera se muestra bastante más sencillo que el de los cargadores a Indias. |
Estrategias de conversión y modos indígenas de apropiación del cristianismo en las misiones jesuíticas de Maynas, 1638-1767 * /
Antes de iniciar las llamadas misiones de Maynas, en 1638, los jesuitas habían adquirido una consistente experiencia en la gestión urbana de comunidades compuestas de diversas etnias y en la utilización de lenguas nativas para difundir la doctrina cristiana.
Ocho años después de llegar al Perú, concretamente en 1576, el virrey Francisco de Toledo encargaba a los padres de la Compañía la doctrina de Juli, un pueblo de indios de la provincia de Chucuito, en el camino entre Cuzco y Chuquisaca.
1 En 1586, llegaron a Quito los padres Baltasar de Piñas, Juan de Hinojosa y Diego González Holguín.
Pasados seis años, el padre Onofre Este ban inició la labor evangélica entre los colorados de Andamarca; y en 1604 el padre Rafael Ferrer estableció la misión de los cofanes, punto de partida de entradas misionales a los indios que vivían en las márgenes de los ríos Aguarico, Napo y Marañón.
2 Animados con las noticias de que las provincias de Maynas y Omaguas podían esconder minas de oro, no pocos españoles enviaron memoriales al Consejo de Indias con propuestas para realizar esa conquista.
El príncipe de Esquilache, virrey del Perú, eligió al capitán Diego Vaca de la Vega, quien fundó la ciudad de San Francisco de Borja, en el valle del río Marañón, en 1619.
3 Los padres jesuitas Lucas de la Cueva y Gaspar Cujía llegaron a Borja el 6 de febrero de 1638, en ocasión de haber desamparado la ciudad los clérigos y otros religiosos mercedarios y agustinos, que se retiraron tras una revuelta de los Maynas contra sus encomenderos.
4 De 1638 hasta 1660, los jesuitas realizaron intensas exploraciones en el valle del río Marañón y redujeron los grupos maynas, jeberos y cocamas.
Entre 1660 y 1700, la misión se expandió a las márgenes de los ríos Curaray, Tigre y afluentes meridionales del Marañón.
Finalmente, entre 1720 y 1767, fundaron la llamada «misión baja», entre las sociedades tupi de los ríos Napo y medio Amazonas.
5 Los jesuitas experimentaron dificultades específicas, que te nían que ver con la gran diversidad lingüística y cultural, el elevado número de reducciones, la falta de misioneros y la influencia de esclavistas portugueses.
6 Los misioneros reconocían que la falta de productos de alto valor comercial, de cuya exportación pudieran sacar recursos para mantener más religiosos y ofertar más herramientas, ropas y abalorios a los indios, fue un factor decisivo que impidió que las misiones progresaran como se esperaba.
8 A pesar de la extensión e importancia de la región, aspectos cruciales de la vida cotidiana de las misiones, como las peculiaridades que pudieran asumir las estrategias de evangelización y las respuestas de los indios amazónicos, no han sido todavía suficientemente problematizados.
9 Queda por verificar en detalle en qué medida las antiguas tradiciones indígenas fueron plasmadas en las nuevas convenciones y de qué modo los elementos del catolicismo fueron traducidos a los indígenas.
Muchas de las categorías religiosas impuestas por los padres llevaban consigo ambigüedades propias de gobernador Francisco Requena en 1781, «bagando entre la verdadera religión y la ydolatria, cometiendo muchos excesos, y supersticiones».
Archivo General de Indias (AGI), Quito, 241, 58, «Descripción del país que debe comprehender el nuevo Obispado de misiones que se propone en Maynas», Francisco Requena, Tabatinga, 12 de marzo de 1781.
Para una discusión detallada de la localización de las misiones, ver: Grohs, 1974, 124.
6 Esos temas son desarrollados en los estudios monográficos disponibles sobre las misiones jesuíticas de Maynas, que infelizmente son pocos.
Missiones Maynarum fluvii Marañon et Amazonas», 1719.
Las dos cifras parecen razonables.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.04 su traducción, es decir, del uso de solamente un sentido de una palabra indígena que poseía muchos otros; o de la utilización de un término en castellano, que permitía a los neófitos inferir significados propios y diversos de lo esperado.
Así que los misioneros no podían evitar la replasmación de significados ambiguos en categorías religiosas y costumbres ibéricas.
10 James Lockhart, en su estudio sobre los nahuas, ha sugerido que los indios podían apropiarse de las novedades cristianas como elementos que podían hacer propios, de acuerdo con criterios de familiaridad y posibilidades de uso.
11 Es cierto, con todo, que los misioneros desde fines del siglo XVI tendían a no aceptar la apropiación autóctona del cristianismo y casi nunca reconocían su «sinceridad».
El catolicismo postridentino que emergió del Tercer Concilio Limense de 1582-1583 no pretendía hacer concesiones en la ortodoxia.
El problema no era solamente verificar la presencia de idolatrías en las celebraciones religiosas y en el culto de los santos.
A partir de esa época, la hibridación propia de los primeros años de la evangelización y las manifestaciones más o menos autónomas de aceptación del cristianismo por los indios se volvieron blanco de sospecha para los misioneros, interesados en perpetuar la posición tutelada de los nativos y en mantener la jurisdicción sobre amplios territorios.
12 El programa expuesto por el padre José de Acosta en De Procuranda, tratado que sirvió de guía para los trabajos del Tercer Concilio, hacía hincapié en el rechazo del cristianismo híbrido de la primera evangelización, basado en el bautismo y en algunos pocos elementos que apenas podían llamarse doctrina.
Acosta enfatizaba la necesidad de instruir a los indios sobre las creencias y los gestos necesarios para la salvación y de administrar los sacramentos a largo plazo.
13 Las disposiciones del Tercer Concilio contenían instrucciones sobre cómo persuadir mejor a los indios y evitar sus errores idolátricos, en especial la utilización de elementos del cristianismo fuera de los límites de la ortodoxia, en rituales miméticos que solamente podían tener al diablo como beneficiario.
14 Aun en las 10 Sobre el tema concreto de la incorporación de significados inesperados o ambiguos en las prácticas y categorías religiosas, haré referencia solamente a algunos estudios imprescindibles para el caso en análisis.
FRANCISMAR ALEX LOPES DE CARVALHO misiones instaladas en las fronteras de la Amazonía, la desconfianza con relación a los modos indígenas de apropiación del cristianismo siguió siendo la tónica de los discursos de los jesuitas, y quizá eso habrá sido una dificultad adicional para que los misioneros correspondieran a las necesidades espirituales de las comunidades.
15 Este texto está centrado en un aspecto muy concreto de la experiencia jesuítica en Maynas, a saber, el modo en que se llevaba a cabo el trabajo de catequización, las estrategias y dificultades que tuvo, y las apropiaciones particulares que los indígenas hacían de los sacramentos cristianos.
Ha sido consultada de modo sistemático la documentación producida durante el período de actuación de los jesuitas en dichas misiones, es decir, entre 1638 y 1767, pero las informaciones cualitativas más importantes seleccionadas para la presente exposición consisten en textos escritos en el siglo XVIII, algunos de ellos desde el exilio.
El análisis está dividido en dos momentos.
Primeramente, investigo algunas especificidades de la adaptación de las estrategias misionales por los jesuitas al escenario de las tierras bajas amazónicas, con especial atención a tres aspectos que, según los datos que he podido reunir, representaron dificultades o adaptaciones sugestivas.
En primer lugar, la falta de misioneros, que exigía que cada padre cuidara de dos, tres o más pueblos, mientras que en otras regiones solía haber dos jesuitas en cada pueblo.
En segundo lugar, como una consecuencia de lo anterior, la delegación en fiscales indígenas de funciones ligadas a la administración del pasto espiritual.
Finalmente, las estrategias de promoción y diferenciación social llevadas a cabo por los jesuitas, es decir, la producción y reproducción de distinciones internas, entre indios comunes y destacados, y externas, entre cristianos nuevos y antiguos.
A continuación, examino indicios de que los indios se apropiaron de elementos del cristianismo, pero infundiéndoles significados diversos de lo esperado por los misioneros.
En gran medida, la presencia de elementos nativos reelaborados en el cristianismo que emergió en las misiones fue consecuencia de las dificultades y adaptaciones impuestas por el trabajo de evangelización en la Amazonía.
Con todo, como procuro sugerir en la segunda parte del presente estudio, las exigencias de la traducción del cristianismo a partir de los elementos de la visión del mundo de los nativos fueron decisivas en la emergencia de un cristianismo negociado e híbrido.
Mi énfasis recae sobre los sacramentos del bautismo, la confesión y el matrimonio.
En el estado actual de mis investigaciones, solo puedo adelantar algunas hipótesis respecto de las circunstancias que, en las misiones de Maynas, condicionaron a los misioneros a tolerar algunas interpretaciones alternativas que los indios daban a los sacramentos, y sobre los conflictos y dudas sobre la «sinceridad» de las soluciones híbridas adoptadas.
Los misioneros, según parece, no podían avanzar contra ciertas prácticas y representaciones que aseguraban su aceptación y la inteligibilidad de su mensaje.
Como ya ha sido mencionado, los jesuitas enfrentaron dificultades específicas para la realización del trabajo misionero en Maynas.
Estudiosos han hecho hincapié en la rivalidad territorial entre los imperios ibéricos por el control de la Amazonía occidental; la dificultad de producir u obtener mercancías de alto valor comercial, que pudieran financiar la expansión de las misiones; y la dificultad de mantener la estabilidad demográfica, en razón de las constantes epidemias y deserciones.
16 Este texto está centrado en las estrategias de evangelización y en las formas indígenas de apropiación del cristianismo, y eso obliga acercarse a las dificultades y adaptaciones más directamente relacionadas con el trabajo de catequesis, que infelizmente no han recibido la debida atención de los estudiosos.
Más concretamente, este primer apartado analiza tres aspectos que tuvieron impacto significativo en la evangelización: la falta de misioneros, la delegación en los indios destacados de tareas relacionadas con la catequización, y la heterogeneidad étnica y lingüística existente en todos los pueblos de Maynas.
La carencia de misioneros
Una de las peculiaridades de las misiones de Maynas consistía en que, con la falta de misioneros, cada padre estaba a cargo de tres, cuatro o más pueblos, lo que obligaba a delegar funciones de gestión en los indios, a 16 Ver las monografías mencionadas en las notas 6 y 7.
FRANCISMAR ALEX LOPES DE CARVALHO través de los cabildos, así como también parte de la administración del pasto espiritual.
Hacia fines del siglo XVII, el provincial Vivas determinó que los padres «dejarán fiscales que el domingo, miércoles y viernes los junten y hagan doctrina; y a alguno dejarán bien industriado en la fórmula para que bautice en caso de necesidad».
17 ¿Cómo explicar la falta de misioneros que padecía la misión de Maynas?
18 Un contingente equiparable al que pasó al reino de Chile (326), pero muy por debajo del que fue al Río de la Plata (879), e inferior al de misioneros que desembarcaron en el Nuevo Reino de Granada (486).
19 Una pérdida importante ocurrió, con todo, en 1717, cuando naufragó el navío Sangronis, que llevaba 25 misioneros.
20 Si el Consejo de Indias, por lo general, accedía a lo que pedían los procuradores, el reducido número se debe atribuir a la dificultad de la Compañía de Jesús para reclutar misioneros dispuestos a ir a la Amazonía.
En 1674, por ejemplo, una real cédula concedió al procurador padre Alonso de Pantoja licencia para conducir 40 misioneros a las provincias del Nuevo Reino y Quito, pero hasta 1684 no habían pasado a Indias sino 27, todos al Nuevo Reino.
21 En 1695, el procurador padre Pedro Calderón obtuvo autorización para remitir 70 religiosos, pero solamente pudo reunir 48.
22 La falta de religiosos que padecían las provincias jesuíticas de España, especialmente a fines del siglo XVII y principios del siguiente, imponía a la Compañía la necesidad de justificar la presencia de extranjeros en las misiones.
Una real cédula de 12 de marzo de 1674 autorizó a la Compañía a enviar la tercera parte de religiosos extranjeros, vasallos de los estados hereditarios de la casa de Austria.
23 Los datos que he podido revisar para el período mencionado sugieren, con todo, que el porcentaje de extranjeros enviados a la Amazonía anduvo cerca del 42 %.
Otro agravante fue la diferencia entre el número de jesuitas residentes en el colegio de Quito y en las misiones de Maynas, según los datos de los catálogos de la provincia.
24 Ya una carta anua de 1660 afirmaba que nueve misioneros residían en Maynas, mientras que en el colegio de Quito vivían 68 sujetos.
25 El año más desfavorable fue el 1684, cuando cinco religiosos estuvieron en Maynas y 86 en el colegio de Quito; el más favorable, el 1761, con 29 religiosos en las misiones, aunque residieran 93 en el colegio.
26 En 1740, los marinos Juan y Ulloa observaron que de cada 20 jesuitas que llegaban a Quito, solamente uno era destinado a Maynas: las haciendas de Quito proveían ingresos a la Compañía, las misiones solamente ocasionaban gastos.
27 Para todo el período, en promedio, hubo en Maynas una docena de misioneros, quienes atendían a dos docenas de pueblos, mientras que en el colegio de Quito la media de residentes era de 65 religiosos.
28 En las misiones de Chiquitos, en el oriente de la actual Bolivia, entre 1724 y 1767 hubo una media de 18 jesuitas para siete pueblos, es decir, dos por pueblo, casi la proporción inversa de Maynas.
En ese cuadro, la delegación y la distinción eran algunas de las estrategias fundamentales que componían el método de evangelización de los jesuitas.
No hablaré aquí de los cabildos indígenas, formados por un gobernador y algunos alcaldes y regidores, electos anualmente por los indios destacados.
Parece innecesario recordar que ellos tenían jurisdicción para prender y castigar indios desviados y cuidar de la regularidad urbana de la comunidad.
30 Lo que interesa de un modo más directo al tema de la presente exposición son los fiscales de la doctrina cristiana, nombrados anualmente por los misioneros.
El puesto de fiscal de la doctrina ya era común desde las tempranas experiencias de evangelización en la Nueva España, cuando indios cuidadosamente escogidos enseñaban el catecismo y, en ausencia del misionero, podían ministrar el bautismo y el matrimonio.
31 Como la mayoría de los pueblos de Maynas estaba formada por etnias distintas, separadas en barrios, se nombraban dos fiscales en cada parcialidad, lo que indica que los esfuerzos de homogeneización eran limitados.
Los fiscales de doctrina tocaban la campana, llamaban a los indios a las celebraciones religiosas, vigilaban su comportamiento dentro de la iglesia, detenían a los desviados y los entregaban al misionero, cuidaban de los enfermos, organizaban todo lo que tenía que ver con fiestas religiosas y procesiones, y administraban el cementerio.
Un punto a destacar es que ellos también vigilaban el comportamiento del cabildo indígena.
Además de los fiscales de doctrina, había también los sacristanes indígenas, de tres a cinco en los pueblos menores, hasta siete en los mayores, dirigidos por un sacristán mayor vitalicio.
Ellos auxiliaban al padre en el oficio religioso, limpiaban y adornaban la iglesia y cuidaban de los santos óleos.
32 Lucían vestidos azules y comían en la misma mesa que el padre, distinciones sumamente envidiadas.
33 30 Universidad Pontificia Comillas, Biblioteca de la Sede Cantoblanco, Colección Pastells (Comillas/CP), Serie Negra, Cuaderno 108, «Fórmula de entable», por orden del provincial Baltasar Moncada [c.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.04 La delegación de roles importantes a indios distinguidos era uno de los principales instrumentos de transformación de las costumbres indígenas.
Leonhardt y Saito han estudiado el caso de los indios que realizaban las mismas funciones en las misiones de guaraníes y mojos, llamados «congregantes» y «familia», respectivamente.
34 Como algunas actividades quedaban exclusivamente reservadas a los miembros de la corporación, no pocos indios, para acceder a semejante honor, procuraban imitarlos y tenerlos como una referencia de comportamiento.
Inversamente, los fiscales de doctrina y sacristanes actuaban como representantes de sus parcialidades o grupos de parentesco específicos, sin que unos tuviesen jurisdicción sobre otros.
35 En este punto -que tiene similitud con las cofradías andinas-no parece exagerado sugerir que la identidad entre los grupos de parentesco y los indios que cuidaban del culto de los santos habrá permitido una vivencia de la religiosidad cristiana, a la vez como continuidad y replasmación de las tradiciones indígenas.
36 El desarrollo de formas de sociabilidad competitiva era, por lo tanto, un aspecto fundamental del método de evangelización de los jesuitas.
En Maynas, los jesuitas distinguían a los indios músicos y cantores con el título de «letrados», lo que suponía el privilegio de estar más cerca de lo sagrado.
Y de hecho, los misioneros se empeñaron en formar coros y orquestas de clarines, cornetines, flautas, arpas, violines y otros instrumentos; no pocos neófitos fueron enviados a Lima para tomar clases de música; el padre Zephyris compuso obras importantes en la lengua del Inga, singulares por la dulzura del metro y la armonía del cante.
37 El padre Julián, misionero entre los jeberos, dice que la distinción otorgada a los indios «letrados» producía una competición interesante que estimulaba el fervor religioso: «este título honorífico les halaga tanto que se esfuerzan mucho por merecerlo y a menudo debo dirimir entre ellos la disputa de quien sea el mayor "letrado", para evitar mayores choques», añadiendo que pocos días atrás se presentaron dos indios ante el padre: uno de ellos, que también sabía escribir lo que leía y cantaba en latín, se indignaba porque el otro sin saber escribir, pretendía ser tan «letrado» como él.
Me costó mucho convencer al acusador que dejase al otro con su honor, ya que el hecho de saber leer y cantar lo autorizaba a llamarse como él.
38 «Juan Bautista Julián a un sacerdote», Jeberos [c.
Cristianos antiguos y nuevos
La manutención de las antiguas parcialidades o etnias no era solamente una expresión de la permanencia de los esquemas nativos, sino que respondía también a una estrategia deliberada de los jesuitas de utilizar las rivalidades tradicionales en su favor.
Los jesuitas percibieron que la oferta desigual de presentes como herramientas, ropas, abalorios, cuentas y otros, ora a los más simpáticos, ora a los más recios, permitía canalizar en beneficio de la conversión la competitividad que afloraba o que ya existía entre los grupos.
Como escribe el padre Uriarte: «donde hay gente nueva junta, o cerca, es menester mostrar mucho aprecio de los indios antiguos y socorrerlos en cuanto se puede, sin faltar a los nuevos, porque estos son inconstantes ni sirven de nada».
39 El misionero y procurador padre Manuel Rodríguez, por su parte, escribía: «Los bárbaros reconocían la decencia de los christianos, que ya se vestían, y aun les embidiaban los adornos y alajas con que los padres los enriquecían».
40 Del mismo modo, si fue característico de la experiencia jesuítica en Maynas el envío de sucesivas entradas misioneras a los indios bárbaros de los entornos de las misiones, es porque esperaban que el constante contacto entre los indios reducidos y los «salvajes» concientizara a unos y otros de las ventajas de la vida urbana y política.
Tanto es así que el padre Fritz consideraba útiles las entradas bianuales «a fin de tener sujetos a los indios recién convertidos», es decir, como un mecanismo de control interno.
41 Había en este punto una poderosa contradicción: la animosidad entre las etnias y parcialidades era a la vez un catalizador de la adhesión al cristianismo y una expresión de las antiguas costumbres.
Un análisis detallado de las entradas misioneras permite percibir que los jesuitas podían utilizar antiguas rivalidades para expandir las misiones, pero también permite divisar la reiteración de aspectos de la economía de la guerra propiamente indígena.
La mayoría de esas entradas (77 %) no se dirigieron contra grupos aún no reducidos, sino contra desertores y parcialidades recalcitrantes de una etnia ya reducida.
41 Fritz, 1997 [1697] Los jesuitas hacían constantemente referencia a las relaciones conflictivas que existían entre las diversas etnias y parcialidades que habitaban en un mismo pueblo.
Una parcialidad sentía fuerte repugnancia a cohabitar con otra, aunque tuvieran entre sí relaciones de amistad o parentesco.
43 Nacía esta dificultad del temor que tenían los unos de ser víctimas de las brujerías de los otros.
Como se verá en el segundo apartado, los jesuitas no pudieron alterar una noción cara a los indios amazónicos, a saber, la de que las muertes y enfermedades eran resultado de un acto de venganza, es decir, de un hechizo.
44 Los misioneros promovían la rivalidad entre las etnias y parcialidades con la distribución desigual de presentes y puestos importantes.
La competencia estimulaba la adhesión al cristianismo porque distinguirse de los «bárbaros» era una de las ventajas de ser cristiano.
45 La contrapartida de semejante programa era una pulverización de misiones heterogéneas, de manera que un único misionero cuidaba de tres o más pueblos, como en el caso de los indios tucanos, etnia que llegó a contar con cerca de 20 misiones, las cuales no reunían más que a un grupo local o unas 50 personas.
Las parcialidades no aceptaban vivir juntas y había sucesivas deserciones.
De ahí la necesidad de enviar tantas entradas misioneras contra grupos de desertores y parcialidades ya contactadas.
46 No parece improbable, por lo tanto, que la dificultad de convivencia entre etnias y parcialidades en un mismo pueblo, y la consecuente necesidad de entradas misioneras y de la fundación de nuevos pueblos, revelaran la distancia entre la reiteración de las guerras indígenas y el proyecto expansionista misionero.
Por consiguiente, los tres factores examinados en este apartado habrán influido poderosamente en la experiencia de evangelización desarrollada por los jesuitas en Maynas.
La falta de misioneros exigió la delegación en los mismos indios de importantes funciones, incluidas las más cercanas a la administración del pasto espiritual.
El margen de maniobra disponible a los indígenas, es decir, las posibilidades de negociar las relaciones de poder y la 43 «[...] entre las diferentes casas de tribus hay peleas y matanzas continuas».
45 «Con la noticia que se ha esparcido por el monte», escribe el padre Maroni, en 1740, «de que los infieles más inmediatos a Napo se van poblando y tienen padre, quien los provee de herramientas, vestido, y otras cosas necesarias para la vida humana, también los que viven Aguaricu arriba, en los bosques que median entre este río y el Putumayo, se han animado a salir a la orilla de Aguaricu».
Archivo Histórico Nacional, Madrid (AHN), Jesuitas, 251, n.
8, «Origen, progreso y mutaciones de las XX reducciones del Napo», 1740, f.
FRANCISMAR ALEX LOPES DE CARVALHO atribución de significados religiosos habrán sido más amplias de lo que los jesuitas esperaban.
Eso se refleja claramente en el tono pesimista de la mayor parte de los documentos escritos por misioneros que trabajaron en Maynas.
Una evidencia de la dilatación del margen de negociación fue seguramente el tema de las entradas misioneras, que atendían no solo al deseo de los padres de atraer más neófitos, sino también a las estrategias indígenas de aumentar el control sobre recursos humanos, en una economía de antiguas rivalidades interétnicas y entre parcialidades.
Por otro lado, no parece inverosímil que la formación de pueblos heterogéneos, constituidos por etnias que hablaban diversas lenguas, exigiera adaptaciones importantes en el mensaje que el misionero podría divulgar, como se verá a continuación.
Costumbre, rito y traducción
En este segundo apartado, se analizan aspectos concretos del trabajo de catequización realizado por los jesuitas en Maynas.
El propósito es identificar las formas por medio de las cuales los indígenas se apropiaban del contenido doctrinal cristiano.
Los jesuitas tenían que partir de los elementos de la cultura nativa para hacerles inteligibles a los indios los varios aspectos de la doctrina cristiana.
En este apartado se hace hincapié en algunos de esos puntos que permitían el diálogo intercultural e interreligioso.
En primer lugar, las analogías entre el papel del misionero y el rol de los chamanes, nunca enteramente desmentidas por los padres, pues aseguraban su aceptación en las comunidades.
Enseguida, la disponibilidad de conceptos en la lengua indígena que podían permitir la traducción y la inteligibilidad de la doctrina cristiana.
En tercer lugar, la distinción entre costumbres civiles desprovistas de idolatría (música, danzas, juegos, etc.) y ritos religiosos: los misioneros debían combatir estos últimos, pero podían tolerar las primeras, lo que seguramente producía tensiones y ambigüedades, pues las «inocentes» costumbres nativas expresaban mucho de su visión («religiosa») del mundo.
Por fin, el tema de los sacramentos y las formas por medio de las cuales los indios infundían en ellos significados ambiguos y diversos de lo esperado.
Entre los indios amazónicos, como en otras partes de América, el misionero jesuita solía ser aceptado como un chamán, es decir, como una
persona capaz de movilizar fuerzas espirituales que podían traer beneficios o plagas y maldiciones, la cura de enfermedades y la muerte.
47 Por esa razón, el bautismo era visto como una práctica curativa o denunciado por los chamanes como un hechizo letal.
48 El alemán padre Zephyris, quien trabajó entre los andoas del río Pastaza, decía haber sido providencial haber pasado su tiempo en España leyendo obras de medicina y no de otros géneros literarios.
Como aludió en una carta: «Un misionero está obligado a preocuparse también por la salud corporal de sus enfermos y reemplazar si es posible al médico inexistente».
49 En todo caso, con relación a los chamanes, los jesuitas mantenían una actitud que oscilaba entre calificar lo que veían como charlatanismo o como actuación efectiva del diablo.
50 En algunos casos avalaban la creencia de los indios amazónicos de que enfermedades y muertes podían ser provocadas por hechizos, y atribuían a los chamanes el rol de intermediarios del demonio.
51 Los jesuitas se veían en la imagen de misionero que emergió a fines del siglo XVI, a la vez exorcista y extirpador de la presencia material del demonio, que atormentaba y encadenaba a los amerindios.
52 Como era habitual en el discurso de los jesuitas, 53 el visitador Zarate reconocía la presencia física del demonio entre los indios e insistía en el papel del misionero como exorcista: registró que el demonio se dejó ver «desenterrando a los difuntos, y cargando con sus cadáveres podridos a lo más ynterior del monte, con horror, y sumo miedo, de los que lo vieron»; y que, bajo la forma de un guacamayo (papagayo), amenazaba «con la muerte con voces articuladas».
54 Exorcismos, echar agua bendita y mandar erigir cruces eran algunas formas de destituir a los demonios de su antigua posesión.
55 El bautismo era descrito como un sacramento particularmente importante para expulsarlos.
56 La carta anua de 1642-1652 refirió que los indios eran atormentados por ciertos hombres sin cabeza que por el corte del cuello brotaban fuego: «Estos dicen los indios católicos que antes que se cristianasen eran muy insolentes contra los mismos indios y que después de bautizados los reconocen más respectivos».
Las dificultades de la traducción
Al amparar sus métodos de evangelización en la continuidad de prácticas y creencias anteriores, los misioneros les facilitaban a los indios los medios de conocer el cristianismo, aunque al precio de que estos lo adoptasen como lo interpretaban en sus propios términos.
58 Con esa orientación, la política lingüística de los jesuitas actuaba en dos frentes: de un lado, la lengua del Inga, reservada a los varayos (fiscales indios) e idioma de la administración, promovía autoridades algo distanciadas de las antiguas tradiciones; 59 de otro, la conversión religiosa seguía dependiendo de su traducción en las lenguas propias de cada etnia, las cuales hacían incidir en la doctrina cristiana significados familiares, basados en esquemas de pensamiento nativos.
60 En este punto, la situación en Maynas era delicada, pues los jesuitas se encontraron con una impresionante diversidad lingüística y cultural.
59 Según escribió un visitador, en donde había muchos ladinos en la lengua del Inga, «se avergüenzan de no serlo los bozales, y lo sienten también porque viven despreciados».
Siguiendo el III Concilio de Lima, el provincial Hernando Cavero, por la década de 1660, recomendó difundir la lengua del Inga, pero no siendo eso posible, los misioneros debían aprender la lengua de cada pueblo en que trabajaban.
Cf 61 El padre Martín Iriarte, uno de los mejores lenguajeros, llegó a clasificar las lenguas habladas en Maynas, poco antes de la expulsión, en siete grandes matrices, a saber: la pinche, la jebera, la pana, la zamea, la gae, la de los encabellados (tucano) y la omagua (tupi).
El quichua era utilizado como lengua general.
62 En las notas de archivo tomadas por el padre Pablo Pastells consta un documento intitulado «Lenguas de Mainas, según Veigel», que refiere el número de 33 idiomas existentes en la provincia.
63 El misionero era obligado a un lento y dificultoso proceso de aprendizaje y de producción de vocabularios y catecismos, sin los cuales no podía trabajar.
Tras la muerte del misionero de Pebas, Francisco Falcombeli, por ejemplo, fueron encontrados «muchos quadernos de apuntamientos, artes y vocabularios hechos de su mano, todos testimonio de su ardiente zelo, y deseo de hazerse instrumento idóneo para la salvación de las almas».
64 Excede los límites del presente estudio una discusión detallada de la política lingüística adoptada por los jesuitas en Maynas.
Una buena parte de los vocabularios y catecismos elaborados por los misioneros fue destruida en el incendio que consumió el archivo del pueblo de Santiago de la Laguna, en 1749.
Los textos conocidos están dispersos y todavía carecen de estudios multidisciplinarios.
65 Una «Arte de lengúa de las Miciones» de los encabellados, escrita por un anónimo en 1753, permite señalar algunos aspectos importantes de las adaptaciones exigidas por la traducción.
66 Los misioneros preferían mantener en lengua castellana los términos más elevados de la doctrina cristiana, como Dios, Espíritu Santo, Santa María y los sacramentos (excepto el del bautismo), o aquellos que tenían que ver con la institución de la Iglesia, como diezmos, para no contaminarlos con significados desconocidos que podían ocultar las palabras en lengua indígena.
67 Los conceptos disponibles en la lengua de los encabellados parecían más adecuados para explicar términos negativos, como brujo (raube neque), posesión de un difunto (voque cica-e), pecado (coayoye), infierno (zanaunba), deidad (ayreoquo) y demonio (coahuati).
Una excepción importante era alma, traducida por joyo.
No parece ilícito suponer que los misioneros que actuaron entre los tucano tuvieron dificultades para dar a conocer la noción de alma, como se nota por la explicación circunstanciada presentada en el catecismo: P[regunta] -¿Y como murió [Jesús Cristo] si era Dios?/ R[espuesta] -No murió en quanto Dios si no en quanto hombre./ P. -Si murió solo en quanto hombre murió para nunca más vivir./ R. -No murió de una vez, que de entro de tres días, volbia a rresositar de entre los muertos, y, subio a los cielos, y esta sentado a la diestra de Dios Padre./ P. -Luego las animas de nosotros tampoco se morirán, juntamente con los cuerpos, como sucede con las bestias./ R. -Las animas de los hombres no mueren juntamente con los cuerpos como las bestias, son inmortales, q nunca se mueren.
Llama la atención, también, la procura por alejar a los indios del politeísmo.
En el catecismo, el padre debe preguntar si «El Sol, Luna, estrellas, rayos, aves, y serros, no son Dioces», a lo que el indio debe contestar: 67 Para situación análoga en Nueva España, en época muy temprana: Burkhart, 1989, 29-41, y Duverger, 1993, 148-150.
El Consejo de Indias rechazó la publicación de algunos catecismos, por entender que las traducciones distorsionaban el contenido de la doctrina, como sucedió con un «Rezo cotidiano en lengua Cumanagota» (hablada entre ciertos indios de la antigua provincia de Nueva Andalucía, en el oriente de la actual Venezuela), escrito por el franciscano fray Diego de Tapia (antes de 1732).
Los informes de un jesuita y de un dominico, contrarios a la impresión, observaban que, aunque algunos términos continuaran en castellano (como Santa Cruz, Espíritu Santo etc.), las traducciones de fray Tapia alteraban de tal forma el habla de la Santa Escritura y de la Iglesia, que no podían ser aceptadas.
En el Credo, por ejemplo, escribe «verdaderamente creo que hay Dios Padre», y no «creo en Dios Padre», una diferencia que, para el jesuita padre Juan Francisco Lopes, era esencial, pues hasta los demonios creen que hay Dios («Informe», Colegio Imperial, 30 de mayo de 1753, en Tapia, 1969, 72).
El informe del dominico fray Juan Puga recuerda la posición de la Iglesia sobre el tema: «es mejor ponerlos sin alguna interpretación, que con la interpretación disminuir la energía, y significación de la voz» («Informe», Madrid, julio de 1753, en Ibidem, 85).
El «Rezo» fue prohibido y los indios obligados a repetir, sin entenderlo, el catecismo en español («Consejo de 22 de Diziembre de 1753», en Ibidem, 99).
Mutatis mutandis, en el caso de Maynas, los jesuitas utilizaban el catecismo impreso en quichua, lengua que intentaban convertir en general de aquellas misiones.
Buena parte de las etnias reducidas, con todo, no entendían la lengua del Inga.
Los catecismos en sus lenguas particulares circulaban en manuscrito, lo que era una dificultad adicional en el trabajo de los padres.
Sobre las lenguas de los indios del Marañón, ver Espinosa Pérez, 1955, t.
68 Un ejemplo concreto de las dificultades suscitadas por la necesidad de partir de conceptos nativos lo ofrece el padre Magnin, quien informaba que los indios no tenían ningún concepto que pudiera servir para explicarles la idea cristiana de infierno:
No les cuesta creer lo que se les dice de Dios y del paraíso, pero lo que es del infierno, no pueden aceptar que exista.
«Mientes -dicen algunas veces, en la cara del misionero-, no hay infierno».
69 Algunos parecían dudar de la existencia de un lugar que nadie vio, ni nadie oyó hablar: «q.'ayga infierno, y q.'ay esta penando con los condenados, esso no lo entienden; alla estará en la montaña, muestran con las manos: quien sabe, donde?».
70 No es sorprendente que en un texto titulado «Modo de confesar los Ticunas nuevos» la primera pregunta fuese: «¿Has dicho: no hay Dios, no hay infierno, no van allá los malos?
O que yanga dicen los Padres esas cosas (sin fundamento)».
71 Según se infiere del escrito del padre Magnin, los jesuitas habrán amparado la noción cristiana en algunas analogías con creencias antiguas: los omaguas, en concreto, admitían dos moradas distintas en la otra vida y dos clases de moradores.
Unos habitaban por encima del sol; otros por debajo de las aguas.
Los que parecían corresponder a los condenados en la religión cristiana eran llamados zuaramais.
Con todo, su vida bajo las aguas no consistía en sufrimiento, sino que «tienen placeres de toda clase.
Beben y comen todo lo que quieren, se sirven de las vacas marinas para sentarse, de las gamitas para moler su maíz, etc.».
Los de arriba, que parecían ser los bienaventurados en la perspectiva cristiana, eran, según dicen, sus antepasados: «viven allí en una abundancia mucho mayor y con los mayores gozos».
«Allá van sus almas cuando mueren, cualquiera que haya sido su vida y ninguna se va abajo», lamentaba el padre Magnin, al expresar un punto muy sensible para la comprensión de la doctrina cristiana.
«Allí también están los brujos más famosos».
Costumbres civiles y ritos religiosos
No era infrecuente que los religiosos verificasen semejanzas y analogías entre ritos y creencias prehispánicos y el cristianismo.
En las primeras décadas de la evangelización, los frailes las entendían como signos milenaristas de que el terreno ya estaba preparado para la cristianización de todo el mundo, pero la ortodoxia que emergió del Concilio de Trento no pretendía hacer concesiones y reconocimientos de este tipo.
73 Para el padre Acosta, por ejemplo, no pasaban de imitaciones infundidas por el demonio.
«El simio de Dios» era el beneficiario directo de la construcción de templos, de la confesión, de rituales de purificación y «eucaristía», e incluso de cierta imitación de la Santísima Trinidad que existía en Cuzco, en donde tres estatuas representaban el señor Sol, el hijo Sol y el hermano Sol.
74 Los primeros jesuitas que actuaron en Maynas verificaron que algunos grupos practicaban un tipo de confesión que los religiosos no dudaron en describir como una inspiración directa del diablo: es de admirar que el demonio introdujese entre estos bárbaros un modo de confesión que hacen con sus sacerdotes y el demonio mismo se indigna tanto de la falsedad de los penitentes que cuando estos omiten alguna culpa se la manifiesta al bárbaro confesor que al falso penitente le dice si lo que quiere decir mientes y luego hace se le entre una ranilla o sapo entre el cuello y el pecho donde paseándose con ofensión del miserable penitente le hace manifestar cuanto ocultó su simulación.
75 Una de las tareas más importantes del misionero, como enfatizó el padre Acosta, era distinguir entre costumbres civiles, que no tenían (según los padres imaginaban) ningún contenido religioso específico, y ritos propiamente religiosos, emulaciones incentivadas por el demonio.
Las primeras podían ser toleradas y, dependiendo de las circunstancias, incluso estimuladas: sin demostrar enojo por sus fiestas, músicas, danzas y juegos, el misionero podía ganar la confianza de los indios.
Además, en la tradición ibérica las costumbres civiles estaban asociadas al autogobierno, que era la contrapartida que aseguraba la lealtad y la obediencia de una comunidad concreta a la monarquía.
76 Por otro lado, los ritos, concebidos como evidencia de una «religión pagana», no deberían ser tolerados.
error y de la ignorancia, de los cuales se aprovechaba el demonio para infundir la creencia en ídolos, hechicería, canibalismo, poligamia y otros abusos.
Pero a los indios estaba abierta la puerta de la salvación si aceptaban la doctrina y el modo de vida cristianos, y abandonaban su antigua idolatría.
Como sucedió en otras partes, ese esfuerzo por distinguir entre costumbres civiles «inocentes» y ritos religiosos «perniciosos» fue constante entre los misioneros de Maynas.
77 Así que la introducción del calendario de fiestas cristianas no se debió tanto a una imposición unilateral, sino a una negociación asimétrica.
Por lo que dice el padre Breyer respecto a la fiesta del Corpus que condujo en La Laguna, en 1699, se infiere que los indios asimilaron de modo híbrido la celebración, integrándola, como un preámbulo, en una fiesta nativa más amplia, que seguía siendo la matriz:
Terminado el banquete me levanté para agradecerles su bondad y gentileza y les rogué que para coronar tan gran día se abstuvieran de todo exceso en la bebida.
Vana ilusión e inútil petición fue esto, pues para los indios la fiesta no es tal si no culmina en borrachera y gritería.
Y así sucedió también en este santo día.
78 El padre Mercado, por su parte, reconocía que no se les pudieron quitar las borracheras, realizadas -ahora con comedimiento, eso sí-según un protocolo que reavivaba el prestigio de los jefes, de quienes los padres dependían para hacer efectivas sus disposiciones.
79 Ornamentar el camino de las procesiones con animales vivos, macacos, pájaros y peces, además de frutas y otros géneros comestibles, como si fueran ofrendas al modo pagano, no es lo que prescribe la Iglesia, como reconoce el padre Chantre y Herrera, pero el jesuita esperaba que, con el pasar de los años, los rituales se acercarían al modelo ibérico.
80 Frei Manuel de Cisneros, en un informe sobre las misiones del río Putumayo, en donde los franciscanos empezaban a trabajar, se admiró de que «se sigue la costumbre que tenían de hazer ofrendas al demonio de varias figuras de primales y sabandijas fabricadas de ojas y plantas destinadas a este efecto».
Lo mismo pasaba en Andoas: «Francisco Javier Zephyris a Francisco Javier Goettner», Andoas, 10 de julio de 1727, en Matthei, 1972, v.
79 Mercado, 1957 [1684] Los jesuitas permitieron que el carnaval fuera un período de cierta tolerancia con las formas tradicionales de celebración.
El padre Uriarte refiere que los misioneros introdujeron en el calendario un período de tres días en los que los indios estaban obligados a escuchar misa por la mañana, pero por la tarde podían libremente hacer sus danzas y fiestas.
Las antiguas parcialidades podían reunirse y hacer borracheras, aunque con alguna moderación.
El martes había un juego que consistía en derrumbar un árbol plantado en el centro de la plaza; en su copa estaban colgados anzuelos, cuchillos, tabaco y otros regalos.
82 Con todo, era imposible para los misioneros saber el sentido exacto que los indígenas atribuían a ciertas costumbres: el padre Magnin, por ejemplo, lamentaba que, entre los omaguas ya cristianos, «hasta el día de hoy, no se ha logrado extirpar una de sus costumbres perniciosas, que consiste en que con dos palos encendidos se marcan unas señas mágicas en la frente».
83 Los omaguas decían que apretar la frente de las criaturas entre dos tablitas hasta que la cabeza adquiriera una forma puntiaguda, en tanto que adelante y atrás aparecía achatada, les otorgaba el privilegio de parecerse a la luna.
84 El padre Widman, escribiendo a principios de los años 1760, se sorprendió al verificar que las indias panas, desde hacía mucho tiempo cristianas, mantenían la costumbre de la mutilación genital.
Las indias dijeron que esa costumbre persistía porque si una joven no estaba «circuncidada», sufría prejuicio de hombres y mujeres.
En todo caso, el misionero tuvo que intervenir y decir que «el diablo [es quien] induce a esta pobre gente a mil boberías».
Ambigüedades en torno a los sacramentos
Había, de manera general, tensiones importantes entre los sacramentos y no pocas prácticas y creencias nativas.
86 El bautismo y la extremaunción colisionaban con prácticas indígenas de cura y preparación para la muerte.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.04 dicen: "¿Por qué al padre le parece mal nuestra manera de tratar a los enfermos con el soplo cuando él mismo sopla sobre el bautizado?"».
La confesión tropezaba con nociones prehispánicas de pecado e infierno.
El matrimonio chocaba con la poligamia, base del poder de los curacas.
La comunión con la antropofagia ritual: «Si han comulgado», lamentaba el padre Magnin, «dicen entre ellos que han hecho un buen desayuno».
87 La administración del sacramento del bautismo, según parece, no escapaba a criterios de selectividad.
88 En consonancia con los dictámenes tridentinos, los jesuitas consideraban un gran error el que al principio se hizo al bautizar a los indios sin primero catequizarlos e instruirlos en las cosas de la fe católica, y no menor el dejarlos después sin misionero alguno.
89 Cuando llegaron a Maynas, encontraron indios que habían sido bautizados por clérigos y otros religiosos, que los habían abandonado sin ministrarles la doctrina.
Así, fueron selectivos en revalidar y asegurar el bautismo de aquellos a quien catequizaban nuevamente, 90 y siguieron observando la norma «de no bautizar a los indios hasta que sepan la doctrina cristiana».
91 Como ya se ha referido, en cada pueblo estaban reducidos indios que hablaban lenguas tan distintas que le era imposible al misionero aprenderlas todas, por lo que tenía que echar mano de intérpretes para ministrar el pasto espiritual.
El padre Julián, escribiendo desde La Laguna en 1730, refiere las dificultades que tuvo para convencer a un cacique enfermo de la necesidad del bautismo:
Apareció por allí un lenguaraz, pero, o no comprendía mis palabras, o no las comunicaba al enfermo con el sentido que yo pretendía darles.
Así, por ejemplo, mientras yo trataba de suscitar en el indio la contrición por sus pecados, el lenguaraz le preguntaba en qué parte del cuerpo sentía el dolor.
92 Los indios solían atribuir al bautismo facultades mágicas, especie de hechizo que podría traer la salud corporal o la muerte, y en ese sentido asignaban al misionero un papel no distinto de los chamanes.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.04 casos, como sucedió con los yurimaguas, el bautismo pudo ser asimilado por analogía a los antiguos rituales nativos de preparación para una adecuada travesía entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Según registró el padre Maroni, habiendo enfermado una anciana, pidió con instancias el bautismo, no obstante los parientes hicieran burla de ella; tras su muerte, el hijo infiel no acertaba apartarse del sepulcro, pero una noche su madre apareció vestida de claridad y le dijo:
mi alma, más resplandeciente que el sol, fue llevada a un país sumamente ameno, donde veo cosas admirables, que no acierto explicarte, y todo esto lo debo al bautismo que recibí de manos del Padre, sin el cual me hubiera ido a los Infiernos irremediablemente.
94 No había razones para dudar del indio, pues -como refiere Delumeau-la creencia en los «aparecidos» que volvían para exhortar a sus parientes a seguir correctamente la vida cristiana era compartida por religiosos europeos.
95 La confesión, un dispositivo fundamental de control de las conciencias, adquiría una dimensión inesperada de negociación y adaptación.
Sacramento que cobró especial importancia tras el Concilio de Trento y que era particularmente estimado por los jesuitas, la confesión obtuvo rápida adhesión entre los indios y producía efectos poderosos en la transformación de las costumbres.
Como escribe Valenzuela Márquez, someterse a la confesión implicaba aceptar, de modo implícito, parte del sistema de valores europeos, interiorizados juntamente con el sentimiento de culpa que conlleva la consciencia de la transgresión y el imperativo de la penitencia.
96 La confesión -según sugiere Gruzinski-era un instrumento de individuación y de introyección del sentimiento de culpa, al imponer a los nativos una serie de categorías con las cuales deberían evaluar sus propios actos y pensamientos.
Enumerar los pecados significaba ponerlos en un orden jerárquico que nada tenía que ver con el sistema indígena de referencias.
97 En las misiones fronterizas, con todo, hubo espacios de negociación, adaptación, hibridación y malentendidos.
Obstaculizaban las confesiones la gran diversidad de lenguas, que exigían la mediación de intérpretes; la dificultad de los indios para asimilar la noción de arrepentimiento; y el secreto 94 Maroni, 1988 [1738], 311.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.04 que guardaban sobre ciertos «vicios más groseros, incluso en su lecho de muerte» (según palabras del misionero de los pinches).
98 El padre Magnin corroboraba esas dificultades vividas por los misioneros de Maynas y refería que no se podía fiar de lo que los intérpretes decían y que estos no guardaban secreto.
99 El padre José de Acosta no tenía simpatía por la confesión por intérpretes, y en su De Procuranda consideró «la dificultad con que llega al alma el sentimiento transmitido por boca ajena, puesto que debilitado en las vueltas del camino pierde toda su fuerza y vigor, que es como el alma de la palabra».
100 Algunos indios tenían dificultades para enumerar sus pecados, y si el número sobrepasaba los diez, se sentaban en el piso, levantaban los pies e indicaban los números con los dedos de estos.
101 Otros no asimilaban con facilidad el significado del sacramento.
Como informa el padre Zephyris: «Si el sacerdote les pregunta, por ejemplo, si están arrepentidos de algo, contestan riéndose que les ha hecho mucho bien y que todavía se sienten felices de haber seguido su gusto».
El padre D'Etré, habiendo sido llamado por un indio en su lecho de muerte, le preguntó si deseaba confesarse y el indio respondió: «Padrecito, me harías un favor mucho más grande si ahora me pasaras un buen vaso de aguardiente».
102 Los indios del Marañón mantenían una noción propia de la confesión: seguían haciéndola con sus hechiceros, buscaban al padre para confesar pecados de parientes muertos, o delegaban la obligación al cónyuge o a los niños.
103 A pesar de tales dificultades, los efectos disciplinares de la confesión no deben ser minimizados: un misionero, por ejemplo, dijo que obtuvo cambios importantes: Los jesuitas reconocían la dificultad de quitar el abuso de la poligamia e introducir el sacramento del matrimonio.
Aquí, como en otras partes, los padres encontraron ya establecida una falsa versión del sacramento.
Los indios se casaban con dos o tres mujeres, y siendo curacas, con seis o siete, «sin más ceremonia, q' el tenerlas por suyas, con obligación de mantener a sus madres», registraba el padre Magnin.
«Viven ellas en la misma casa, sin subordinación unos a los otros, con paz, fogón aparte, su huso, y algodón, y cada qual criando a sus hijos.
Raras veces se divorcian por miedo de los hechizos, q' de ay temen».
105 La muerte del padre Pedro Suárez, que actuaba entre los abijiras, por «predicar con grande fervor y espíritu contra esta bárbara costumbre», diciéndoles con energía que «por este camino se iban sus antepassados al infierno», obligó a los jesuitas a no avanzar demasiado rápido.
106 Mónica Patricia Martini, en su estudio clásico sobre el tema de los sacramentos, constató que también entre los guaraníes los jesuitas se vieron obligados a tolerar la poligamia por un tiempo, entre otros motivos porque no había consenso sobre cuál de las uniones era la legítima.
107 En Maynas, aun en 1740 el padre Magnin ponía en relieve la necesidad de ser paciente con la poligamia, como la experiencia comprobaba en el pueblo de Pebas: «el misionero predicaba con frecuencia contra esta costumbre y vicio.
Notó que ya no venían a la instrucción; cambió de tema para no perderlo todo y desde entonces, asistieron con regularidad».
108 Sin embargo, en algunos pueblos, según verificó el padre Niclutsch, la mayoría de los varones se conformaba con una sola mujer, pero cuando obtenían cautivas de alguna nación enemiga, se servían de ellas como concubinas.
109 En este segundo apartado se ha analizado la presencia de elementos nativos reelaborados en el cristianismo que emergió en las misiones, es decir, los indicios de que los indios se apropiaron de elementos del cristianismo, pero infundiéndoles significados diversos de los anhelados por los misioneros.
Esas replasmaciones se explican, en parte, por la dependencia que los misioneros tenían con relación a los esquemas mentales nativos, que aseguraban su aceptación en las comunidades y permitían presentar como cercanos y familiares conceptos y prácticas cristianos.
110 El prestigio de uno, escribía el padre Veigl, era proporcional a su capacidad de hacer y deshacer hechizos, es decir, dependía de la creencia de que enfermedades, infortunios y la misma muerte eran producidos no por causas naturales, sino por un acto de venganza.
111 Si los jesuitas reconocían que no podían quitar ese abuso, no parece improbable que se aprovecharan de él para consolidar su prestigio como nuevos chamanes.
112 Los indios seguramente verificaron la ambigüedad del proyecto misionero que, aunque podía censurar ásperamente algunos ritos que creía vinculados a la idolatría, podía también tolerar fiestas y danzas igualmente permeables a la visión («religiosa») del mundo de los nativos.
La replasmación de significados propios y diversos de lo esperado en costumbres y ritos cristianos, por los indígenas, también era una consecuencia de partir de conceptos disponibles en las lenguas nativas, que permitieran la traducción y la inteligibilidad de la doctrina cristiana.
No es sorprendente, por lo tanto, que con relación a los sacramentos, los indios tuvieran un importante margen de maniobra para infundir en ellos significados propios y no previstos por los padres.
La principal aportación de este texto consiste en intentar demostrar que en las misiones jesuíticas de la Amazonía española los misioneros no pudieron proscribir ciertas prácticas y representaciones indígenas, pues del diálogo con ellas dependía la aceptación del padre en la comunidad y la inteligibilidad de su mensaje.
Así, el análisis de la documentación producida por los misioneros ha permitido percibir la persistencia, bajo nuevas convenciones, de prácticas y formas de pensar nativas que en realidad fueron las matrices que informaron la apropiación del cristianismo.
Para explicar la presencia de elementos nativos reelaborados en el cristianismo que emergió en las misiones de Maynas, fue preciso analizar inicialmente algunas dificultades y adaptaciones específicas que los jesuitas enfrentaron para proseguir el trabajo de evangelización en la Amazonía: la falta de misioneros, la delegación de funciones directamente ligadas a la 110 Griffiths, 2007, 36-37.
Esas dificultades y adaptaciones fueron importantes, pero lo más decisivo fueron las exigencias de la traducción del cristianismo a partir de elementos de la visión del mundo de los nativos.
Así, ha sido posible aclarar que la conversión no fue un proceso unilateral e impositivo, sino un diálogo intercultural, con formas nativas de apropiación que escapaban al control del misionero.
En rigor, la permanencia de los esquemas indígenas como matrices que informaron la apropiación del cristianismo no fue mera consecuencia de las dificultades específicas que los jesuitas enfrentaron para proseguir el trabajo de evangelización en Maynas.
Los jesuitas no pudieran desterrar completamente las prácticas de hechicería, ni la creencia en su poder, ni los elementos de la religiosidad aborigen replasmados en celebraciones y sacramentos cristianos, porque asentaban su propio prestigio en su homología con la figura de los chamanes.
Los padres fueron aceptados como nuevos chamanes, más generosos, más elocuentes, dotados de un poder mágico más efectivo.
Así se comprende que les era imposible, y asimismo indeseable, desmantelar la mentalidad que aseguraba su aceptación.
113 Las tensiones y conflictos entre distintas parcialidades y etnias dificultaban la concentración urbana e impedían la homogeneización cultural, pero también estimulaban la sociabilidad competitiva (entre cristianos antiguos y nuevos, por ejemplo), que promovía tantas adhesiones al cristianismo.
114 Así se explica la continuidad del faccionalismo como característica de la mayor parte de las etnias de la región, coligada con la creencia generalizada de que todas las muertes eran resultado de un acto deliberado de otra persona, es decir, de un hechizo: «todos estos indios jamás atribuyen la muerte a las causas naturales», notó con espanto el visitador Escobar y Mendoza, «si ven morir a alguno, es, a su entender, porque otro rival suio le acabó con sus echisos y maleficios».
115 Como consecuencia, la dimensión negociada de la conversión imposibilitaba al misionero tener evidencias de los sentidos que los indígenas atribuían a los elementos del cristianismo de que se apropiaban.
Escribe el padre Veigl:
Para los misioneros es una verdadera espina en el corazón el tener que dudar siempre de la sinceridad de la fe de sus feligreses, temiendo que su práctica cristiana provenga más de la adaptación que de una firme convicción.
Nunca el misionero podrá saber si las buenas acciones de sus cristianos más antiguos provienen del amor o temor de Dios o de algún cálculo temporal.
Y esta duda produce un dolor muy profundo en el corazón del misionero que trata de buscar algún consuelo o recompensa por todos los trabajos, sufrimientos y peligros que ha pasado por sus indios.
116 Es comprensible el lamento del padre Veigl porque, entre gentes que los misioneros veían como desprovistas de fe, el gran problema era transmitir la «fe en la fe».
No estaba al alcance de los curas -como sugiere un estudioso-reconocer que la noción de creencia es cristiana, es decir, no puede ser verificada en culturas ajenas al cristianismo.
El propio concepto de religión está imbuido de la noción cristiana de fe.
En la visión de los misioneros, la religión, cualquiera que fuera, era un comportamiento basado en la fe.
117 Así, no parece improbable que no pocos indios reducidos en Maynas integraran, siempre a su modo, un buen número de elementos del cristianismo en sus prácticas cotidianas, en sus rituales y en su visión del mundo.
Lo hicieron, eso sí, según sus intereses y según lo permitieron las circunstancias.
Los misioneros tenían que llamar su atención para las contradicciones entre las novedades religiosas y las antiguas tradiciones que, según parece, para los indios no tenían la misma relevancia. |
el asesoramiento estadístico y a los dos revisores anónimos de la revista por sus valiosas sugerencias.
Las interpretaciones son, sin embargo, de nuestra exclusiva responsabilidad.
Desde una posición informada por la arqueología, en este trabajo analizamos la diversidad de prácticas del vestido de mujeres presumiblemente blancas en el Buenos Aires virreinal, discutiendo su impacto en la materialización y estilización de los cuerpos, y sugiriendo algunas ideas sobre sus posibilidades y límites para la acción.
La evidencia integra inventarios y tasaciones post mortem que describen el vestuario de mujeres con diferentes patrimonios y grupos de convivencia.
PALABRAS CLAVE: Mujeres; Vestuario; Vestido; Cuerpo; Buenos Aires; Virreinato del Río de La Plata.
Entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, Buenos Aires fue testigo de cambios relevantes.
La conformación del virreinato del Río de La Plata, junto a la sanción del Reglamento de Libre Comercio, implicó un importante desarrollo económico y geopolítico.
1 La ciudad no solo aumentó su tamaño y el flujo de bienes recibidos, también sufrió transformaciones en su organización espacial.
2 La población se multiplicó en un 63 % 3 y su composición 4 se vio alterada por migraciones forzadas de esclavos y traslados voluntarios, sobre todo, de hombres solos, burócratas y comerciantes peninsulares.
Estas circunstancias afectaron a la población femenina.
Mientras al comienzo del período las mujeres constituían más del 50 % de los habitantes, con el correr del tiempo disminuyeron su proporción.
Desde una propuesta relacional, 5 el modelo androcéntrico del mundo occidental en que se enmarcó el virreinato planteó una contraposición entre dos conjuntos de ideas: por un lado, las nociones de masculino, dominante, público y superior; por el otro, las de femenino, subordinado, doméstico e inferior.
6 El modelo de familia hispano, apoyado por la Iglesia y el Estado, sostuvo esta caracterización dicotómica de los géneros, recurriendo a discursos que presentaron variaciones según los grupos socioeconómicos comprometidos (siendo los mejor posicionados, aquellos donde la norma se expresó con mayor fuerza).
7 Antes de la conformación de las sociedades de castas, en que el modelo de género se superpuso fuertemente a las diferencias étnicas, 8 los primeros años de experiencia en las Indias permitieron que las mujeres alcanzaran mayor autonomía.
9 Para el siglo XVIII, tanto en España como en América, las relaciones de género pusieron en evidencia las debilidades de los discursos androcéntricos.
Algunos indicadores, especialmente patentes hacia mediados y fines del siglo XVIII, incluyeron: la disminución de la tasa de matrimonios, sumada a un cierto desprestigio de la institución y un cambio en el concepto del honor; 10 la mayor participación de las mujeres en el ámbito jurídico, iniciando acciones reivindicadoras de sus derechos ante casos de abuso por parte de la autoridad patriarcal o ante las mismas necesidades de su contexto familiar; 11 la separación de hecho y el divorcio; 12 la mayor participación femenina en ámbitos y/o eventos públicos con prácticas como las tertulias, paseos y visitas, el cortejo o chichisbeo y el majismo (en particular entre los grupos de élite).
13 En un trabajo anterior, especialmente centrado en las prácticas domésticas del Buenos Aires virreinal, observamos que las mujeres incorporaron cambios e innovaciones como parte de una búsqueda por posicionar su hogar entre lo público y lo privado, revirtiendo su propio confinamiento a la segunda esfera.
14 Teniendo como marco la sociedad virreinal porteña, dominada numérica y culturalmente por los hombres, en este trabajo proponemos centrarnos en la figura de las mujeres, analizando sus formas de vestir.
Consideramos que la homogeneidad/ heterogeneidad en las prácticas del vestido, en una escala tanto sincrónica como diacrónica, ofrece una vía interesante para discutir las formas en que las mujeres materializaron y estilizaron sus cuerpos, generando posibilidades y límites para la acción en un contexto atravesado por transformaciones profundas.
Definimos como prácticas a las acciones socioculturalmente informadas que las personas producen y reproducen mediante la familiaridad que su cuerpo adquiere con el mundo.
15 Asimismo, entendemos las prácticas del vestido como el conjunto de acciones a partir de las cuales el vestuario puede corporizarse y el cuerpo puede exceder las fronteras de la propia carne.
Desde una perspectiva arqueológica (especialmente interesada por la materialidad), en este trabajo analizamos el guardarropa de 24 mujeres que fallecieron en Buenos Aires entre 1776 y 1810.
Accedimos a estos vestuarios mediante las descripciones más o menos exhaustivas que se hallaban en los inventarios y tasaciones realizados al momento de la defunción y que formaban parte de testamentarías.
Las características de las fuentes llevaron a que la muestra presentara un sesgo hacia las mujeres presumiblemente 10 Ortego Agustín, 1999, 56-233.
Confiamos en que a través de las descripciones sobre la materialidad de las prendas presentes en los inventarios, junto con algunos datos aportados por la documentación asociada, podamos interpretar el vínculo entre vestuario y prácticas de vestido.
El artículo se compone de cuatro secciones.
En la primera presentamos los antecedentes de estudio sobre el vestido de las mujeres en el Buenos Aires virreinal.
En la segunda sección elaboramos nuestra propuesta teórico-metodológica y describimos las fuentes utilizadas y sus particularidades.
En la tercera, presentamos los resultados obtenidos tras analizar cuantitativa y cualitativamente los vestuarios de las mujeres porteñas.
Finalmente, a la luz de esos mismos resultados, atendemos a la materialización y estilización de los cuerpos, y sugerimos -de modo preliminaralgunas ideas sobre sus posibilidades y límites para la acción.
La bibliografía interesada por el vestido en el Buenos Aires virreinal es bastante escasa.
Asimismo, las referencias brindadas suelen ser fragmentarias.
Una parte de los trabajos consiste en artículos breves, destinados a un público amplio, donde los autores ilustran las «curiosidades» del vestuario histórico.
16 Otras referencias integran estudios mayores, orientados a discutir la realidad colonial en Buenos Aires.
17 En estos últimos casos, el interés en el vestuario suele ser marginal frente a otros aspectos de la vida cotidiana.
De cualquier modo, vale la pena mencionar algunas excepciones, como el trabajo de Rospide en Vida cotidiana en el Buenos Aires virreinal, 18 los primeros capítulos escritos por Saulquin en Historia de la Moda en Argentina, 19 las referencias de Cicerchia sobre el orden de los gestos en Historia de la vida privada en la Argentina.
20 No resulta sencillo interpretar la escasez de estudios.
Atender a las prácticas del vestido supone abordar, de una u otra manera, la materialidad del vestuario y del cuerpo con que se relaciona.
Durante años, los historiadores no se sintieron interesados por discutir explícitamente la materiali- 16 Tomeo, 1970.
MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO dad, y los arqueólogos -si bien trabajaron con restos materiales-no siempre contaron con artículos de vestuario o cuerpos vestidos entre sus colecciones.
Asimismo, tampoco se sintieron inclinados a abordar la materialidad de las prácticas únicamente mediante el estudio de fuentes documentales.
21 No debemos olvidar la falta de atención que las ciencias sociales tradicionalmente prestaron al vestuario y al cuerpo.
Algunos autores indican que el vestuario fue descalificado por su conexión con la moda, negativamente valorada como expresión de frivolidad; 22 y que el cuerpo, entendido como realidad biológica, resultó subestimado frente a otros aspectos «más culturales» de la vida de las personas.
23 Esta tendencia ha comenzado a ser revertida en distintos escenarios; 24 pero aún no lo suficiente en el contexto académico local.
Efectuando una aproximación crítica a la bibliografía, creemos posible distinguir algunas reflexiones recurrentes sobre nuestro tema de estudio; esto es, la diversidad del vestido entre las mujeres presumiblemente blancas del Buenos Aires virreinal.
En líneas generales, la homogeneidad/hetrogeneidad de las prácticas ha sido discutida mediante un eje sincrónico y otro diacrónico: aspectos de la vida cotidiana.
26 Mientras las mujeres de escasos recursos habrían intentado vestirse de forma semejante a las más acomodadas, estas últimas habrían encontrado limitaciones en el consumo como resultado de las características del mercado local, la falta de interés en las prendas como forma de inversión, etc. Los trabajos indican que las diferencias en el vestuario no habrían sido tanto resultado de los tipos de prendas escogidos como de los géneros, los accesorios y la cantidad de prendas a disposición.
27 2) Eje diacrónico: Algunas referencias consideran los cambios producidos en el vestido a partir de la creación del virreinato y el conjunto de reformas que lo acompañaron.
Por un lado, los investigadores mencionan el ingreso de nuevos productos como resultado de la libertad de comercio de 1778 y la habilitación de la aduana en 1781.
28 Otro tema de interés ha sido el impacto de las nuevas pragmáticas sobre el vestido de las mujeres pertenecientes a distintos estamentos y castas.
29 Más allá de lo expresado, los autores sostienen una cierta estabilidad de las formas de vestir comúnmente asociadas con las mujeres blancas durante el siglo XVIII.
Las investigaciones describen la coexistencia de estilos españoles y franceses, así como la inclusión de rasgos ingleses, tal como habría sucedido en España.
30 A lo sumo, algunos trabajos sugieren cambios en el peso relativo otorgado a las distintas tendencias a lo largo de los años.
El momento de mayor cambio identificado suele corresponder ya con el período independiente, desde 1810 en adelante.
31 Los antecedentes sostienen que la forma de traje dominante fue el conocido como «nacional español», 32 compuesto por pollera y jubón.
Si bien el estilo francés se habría hecho presente en España y sus colonias desde principios del siglo XVIII, algunos trajes característicos -como déshabillés y batas-habrían adquirido fuerza.
De esta manera, se señala de forma reiterada que mientras el traje español se 26 Myers, 1999.
Vale la pena señalar que en la muestra considerada por nuestro trabajo, donde todas las mujeres son presumiblemente blancas, estas reglamentaciones no habrían tenido gran impacto.
34 De acuerdo con la historiografía, la moda en el Río de la Plata -en concordancia con lo sucedido en España-habría estado retrasada con respecto a Francia, especialmente si se tiene en cuenta que mientras allá se usaba el estilo Imperio, en Buenos Aires se continuaba prefiriendo un estilo más ligado al Antiguo Régimen.
35 Finalmente, el estilo inglés se habría expresado en los géneros seleccionados para las prendas, por ejemplo, telas de algodón como muselinas, textiles estampados, etc.
Más allá de los ejes de discusión presentados, creemos importante señalar que muy pocos autores interesados por el vestido de las mujeres en el Buenos Aires virreinal dan cuenta de los marcos teóricos que orientan sus aproximaciones.
A pesar de ello, podemos entrever algunos presupuestos subyacentes.
En primer lugar, la relación entre el vestuario y el cuerpo no resulta discutida.
El cuerpo parece ser definido como una entidad biológica, cerrada sobre sí misma; y el vestuario, como un elemento que se superpone al cuerpo, permitiendo su inscripción cultural.
En segundo término, el vestuario es entendido como reflejo del mundo social.
Ello conlleva que no participe de manera activa en la producción de ese mismo universo.
Finalmente, el vestuario constituye un indicador de identidades relativamente dadas y estables.
De esta manera, los investigadores insisten en su rol simbólico antes que en cualquier otro.
Para terminar, quisiéramos agregar que, salvo contadas excepciones, 36 los antecedentes revisados no presentan el corpus de evidencia con que trabajaron.
Los autores no ofrecen detalles sobre el tipo, la cantidad o diversidad de registros analizados, y los lectores terminan encontrando un collage de referencias cuyos orígenes resultan ocasionalmente difíciles de discernir.
De cualquier forma, las fuentes más consultadas parecen ser relatos de viajeros y pinturas de época.
Siguiendo la misma tendencia, los investigadores no discuten las potencialidades o límites que presentan las fuentes consideradas, ni tampoco proponen estrategias metodológicas concretas para aproximarse a ellas.
Materialidad, vestuario y vestido: Algunos conceptos
La propuesta de trabajo que a continuación presentamos tiene un carácter arqueológico.
Considerando definiciones contemporáneas, 37 la arqueología no debe ser exclusivamente entendida como el estudio del mundo sociocultural a través de restos materiales recuperados en excavaciones -incluyendo objetos, estructuras, cuerpos, etc.-. Por el contrario, la disciplina puede ser definida como el estudio de ese universo sociocultural a través del abordaje de materialidades.
Así se vuelve posible recurrir no solo a los restos excavados, sino también a las referencias que los registros escritos, orales, iconográficos, etc. pueden brindar sobre los aspectos materiales de la vida de las personas.
Tal como referimos, en este artículo proponemos abordar la materialidad de las prácticas del vestido en el Buenos Aires virreinal a partir de un corpus documental específico: los inventarios y tasaciones post mortem de mujeres presumiblemente blancas, que permiten conocer algunos datos sobre su vestuario.
Si bien se encuentran relacionados de manera estrecha, desde nuestra posición, vestuario y vestido no son exactamente sinónimos.
Por vestuario entendemos el conjunto de artículos que conforman el guardarropa de una persona.
Este conjunto puede incluir ítems tan diversos como prendas, calzado, joyería, entre otros.
En este trabajo efectuamos un recorte analítico y decidimos centrarnos en las prendas: una serie de artículos (usual, aunque no exclusivamente, textiles) que pueden cubrir o envolver el cuerpo, en distintas formas y proporciones, desde la cabeza a los pies.
Como parte del vestuario, las prendas pueden distanciarse físicamente de los cuerpos.
Los inventarios y tasaciones relevados nos enfrentan con artículos que for maron parte del vestuario de las difuntas, y que se encontraron entre los bienes que legaron.
Así, no se nos presentan en su relación directa con los cuerpos.
Al hablar de vestido utilizamos el participio de un verbo, y la presencia del mismo nos remite a una acción fuertemente corporizada.
38 El vestido supone atender con el cuerpo a su propia materialidad de maneras socioculturalmente específicas.
MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO materialidad del mundo circundante, incluyendo los restantes cuerpos-vestidos que se hacen co-presentes en los contextos de acción.
39 Al hablar de vestido no podemos referir a un conjunto de prendas distanciadas de la carne (como podría suceder en el caso del vestuario), sino a la relación íntima y estrecha que se establece entre ambos términos.
Si bien a través de los inventarios no podemos obtener información directa sobre ese vínculo, confiamos que el mismo puede ser interpretado.
En este sentido, las prendas ofrecen pistas sobre las formas en que su materialidad se orienta hacia los cuerpos, y las formas en que los cuerpos se proyectan hacia ellas.
Sin lugar a dudas, la materialidad de las prendas tiene impacto en la experiencia de quien las viste.
Familiarizarnos con lo que vestimos requiere «in-corporar» el vestuario: hacer carne las prendas a fuerza de costumbre, y extender las fronteras del propio cuerpo.
40 La voluminosidad de los artículos resulta relevante.
Merleau-Ponty 41 ofrece un ejemplo claro, al relatar cómo una persona que usa un sombrero con una pluma puede evitar una serie de obstáculos, como si el sombrero fuera una extensión de sí mismo.
Familiarizarnos con lo que vestimos demanda ajustar el esquema sensorio-motriz a las posibilidades y límites impuestos por las prendas.
Así, la materialidad de ciertos artículos puede alentar o desalentar el movimiento de ciertas partes del cuerpo; e invitar a que ello se produzca de formas específicas.
Aquí se vuelve necesario considerar la amplitud o estrechez de los ítems, la rigidez o elasticidad de los productos con que fueron confeccionados, los puntos de articulación demarcados por las partes que los integran, etc.
Vestir ciertas prendas afecta a cómo nos percibimos a nosotros mismos, y cómo las restantes personas nos perciben en cuanto cuerpos-vestidos.
La percepción involucra el entrelazamiento de los sentidos (un fenómeno que algunos investigadores denominan sinestesia).
42 Sin embargo, en este trabajo consideramos la visión, teniendo en cuenta que constituye un complemento de la motricidad, 43 y que la información que puede ser obtenida o interpretada a través de los inventarios y tasaciones tiene un carácter especialmente visual.
La materialidad del cuerpo-vestido puede solicitar la atención de la vista sobre ciertos puntos.
44 Esto frecuentemente se produce como un juego de contrastes entre partes de la carne que resultan cubiertas o descubiertas, ajustadas o sueltas, demarcadas por cortes, etc.
A través de la práctica del vestido, los cuerpos son simultáneamente materializados y estilizados.
Este no es un evento que se produce de una vez y para siempre, sino un proceso abierto y dinámico, capaz de cobrar múltiples formas.
45 La materialización y estilización del cuerpo no se desarrollan en el vacío.
Por el contrario, dialogan con la norma dominante que dicta lo que se considera adecuado ser y hacer en un contexto determinado.
En este marco, el vestido contribuye de manera importante en los procesos de definición de identidades.
46 Con ello nos referimos a la cons titución y reconocimiento de semejanzas y diferencias entre nosotros y los otros.
Mujeres y prendas: Fuentes, unidades, variables
En el Buenos Aires virreinal, las testamentarías incluyeron testamentos, registros de obligaciones, gastos de entierro, hijuelas de distribución de bienes, inventarios y tasaciones post mortem.
En este trabajo abordamos las testamentarías depositadas en dos fondos diferentes del Archivo General de la Nación (AGN, Argentina).
El primero de ellos se compone de 31 legajos para el período que nos ocupa, y corresponde con el «Juzgado de Bienes de Difuntos», una institución que intervenía en los casos en que los herederos o mandas residían o debían efectuarse en regiones distantes al lugar de muerte, o cuando no se había elaborado una disposición testamentaria (muerte ab intestato).
El segundo fondo integra al menos 95 legajos para el período 1776-1810, y corresponde con las «Sucesiones», una serie de documentos que integraban los procesos de herencia de quienes morían ex testamento, y en cuya elaboración participaban los Juzgados de primero y segundo voto.
Considerando el objetivo del trabajo, de ambos fondos documentales decidimos seleccionar las testamentarías asociadas con mujeres que ofrecían información de calidad, tanto sobre las fallecidas como sobre su vestuario.
De este modo, seleccionamos 24 casos: 2 testamentarías del «Juzgado de Bienes de Difuntos» y 22 de las «Sucesiones».
MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO asociado a las categorías raciales jugó un rol fundamental en la sobrerrepresentación de las mujeres presumiblemente blancas.
48 Las fallecidas no fueron asociadas a «castas», y en su mayoría nacieron en territorios coloniales (15 porteñas, 1 tucumana, 1 cordobesa, 2 españolas y 5 casos para los que no se poseen datos).
Esto resultó consistente con el perfil de origen de la población femenina blanca de Buenos Aires para el período.
49 Las características del sistema jurídico permitieron la representación de diversos grupos socioeconómicos.
50 La presencia de inventarios y tasaciones resultó indispensable en la selección de testamentarías, pues ambos tipos de registros permitieron reconstruir los bienes poseídos por cada mujer al momento de muerte.
Las tasaciones fueron consideradas especialmente útiles, en cuanto acompañaron la descripción formal de los objetos con el precio que el tasador estimó para ellos.
Solo los listados más íntegros fueron incorporados a la mues tra.
Para ello efectuamos una crítica interna y otra externa a los documentos, comparándolos entre sí de modo de discutir la medida y el grado en que respetaron las sucesivas instancias burocráticas que les dieron origen.
51 Las circunstancias que rodearon la muerte, los legados de las mujeres, el vínculo con sus herederos también resultaron factores importantes.
Se establecieron tres niveles de integridad, pero se tuvieron en cuenta los de tipo máximo y medio.
El análisis de las prácticas del vestido requirió conocer las mujeres que componían la muestra y sus prendas.
En el caso de las mujeres, tuvimos en cuenta las variables sugeridas por las propias testamentarías, como la fecha de muerte, el grupo de convivencia de la difunta y su patrimonio en pesos.
La información obtenida permitió explorar ejes de diferenciación, tanto de manera sincrónica como diacrónica.
Es importante recordar que los antecedentes de estudio sobre el Buenos Aires virreinal han subestimado la diversidad del vestido entre las mujeres blancas, minimizando el impacto del patrimonio, descuidando otros posibles vectores de diferenciación, y aportando escasas referencias sobre los cambios ocurridos en las prácticas.
El presente trabajo ofrece la posibilidad de comenzar a revertir esta tendencia.
La fecha de muerte permitió discutir continuidades y cambios en el vestido.
Este ordenamiento respondió a transformaciones en los procedimientos testamentarios y las tasaciones.
52 El primer segmento en que estratificamos la muestra probablemente explica una acumulación de bienes previa al período virreinal; el segundo, un stock parcialmente conformando durante el virreinato; y el tercero, uno exclusivamente acumulado durante el período.
Esta periodización fue utilizada en trabajos previos, 53 permitiendo mostrar el impacto de las medidas tomadas entre 1764 y 1797 (incluyendo particularmente el Reglamento de Libre Comercio de 1778) en el ingreso de bienes total o parcialmente manufacturados en España o sus colonias, que pagaban menos impuestos a fin de favorecer la industria nacional.
54 Entre las variables seleccionadas, el grupo de convivencia de la difunta permitió evaluar hasta qué punto la presencia de otros miembros en la unidad doméstica afectó la conformación de los guardarropas.
A diferencia de la tendencia subrayada para la ciudad, 55 en la muestra predominaron las mujeres solas (6 casos) y cabeza de hogar, con hijos menores (3 casos) y 51 Marschoff, 2014, 59-62.
52 MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO mayores (6 casos).
También se hallaron presentes mujeres que vivían con sus parejas -sin hijos (1 caso) o con hijos (8 casos)-, tanto mayores como menores.
Finalmente, el patrimonio permitió discutir posibles diferencias en las prácticas como resultado del nivel de riqueza.
56 Considerando el haber total en pesos al momento de muerte, distribuimos las mujeres en cuatro grupos.
Como puede observarse, los grupos bajos y medios se encontraron bien representados, alcanzando aproximadamente el 70 % de la muestra.
Pasando al vestuario, nuestra unidad de análisis fue la prenda textil.
La decisión de centrarnos en este tipo de artículos hizo a un lado las alhajas, que si bien tuvieron un rol significativo en las prácticas del vestido, demandaban un análisis diferente.
Las variables que siempre estuvieron registradas en inventarios y tasaciones incluyeron los tipos, cantidades y precios (expresados en pesos de a ocho reales) de las prendas poseídas.
En total, relevamos 48 términos utilizados para designar prendas diferentes.
Los artículos se presentaron de manera separada bajo el rótulo «Ropa del difunto» o «Ropa de uso».
Sin embargo, en la mayor parte de los documentos se encontraron incluidos en listados que mencionaban otras posesiones (aunque formando conjuntos distinguibles).
Para conocer las características de cada tipo de prenda recurrimos a su búsqueda en diccionarios de la época, 57 bibliografía 58 y colecciones de museos.
59 Algunas variables solo pudieron ser registradas ocasionalmente, en cuanto las personas que llevaron a cabo los inventarios y tasaciones solo las consideraron importantes para dar cuenta de algunos artículos.
Entre las variables consignadas podemos mencionar los géneros y el estado de conservación de las piezas.
Luego de obtener información sobre las telas (de forma similar a lo efectuado con las prendas), decidimos ordenarlas en tres grupos: lienzos (de algodón u otras fibras vegetales), paños (especialmente, de lana) y sedas.
El estado de conservación incluyó descripciones como 55 Johnson y Socolow, 1980.
57 Real Academia Española, Nuevo Tesoro Lexicográfico, http://ntlle.rae.es/ntlle/SrvltGUI LoginNtlle [Consultado: 25 de febrero de 2014].
Fukai «roto», «en corte», «usado», etc. Las características menos consideradas fueron el color y los detalles de manufactura/ornamentación, que solo fueron anotadas cuando se precisó distinguir entre prendas semejantes.
Con el objeto de efectuar análisis estadísticos, decidimos construir seis unidades mayores o «conjuntos», que terminaron reuniendo ciertas prendas por su funcionalidad y relación con distintas partes del cuerpo.
Estos conjuntos fueron llamados «interior superior», «interior inferior», «externo superior», «externo inferior», «abrigos/coberturas», «tocados» (ver más adelante para más detalles).
La clasificación excluyó prendas que eran utilizadas para ir a la cama o en ocasiones especiales (camisón, camisa de dormir, hábito); artículos que tenían una definición demasiado genérica (vestido); ítems que resultaban de uso común pero que -por problemas de integridad diferencial de los documentos-no siempre fueron registrados (zapatos, medias, ligas, calcetas, suecos); «accesorios» que fueron utilizados de maneras diversas, no sistematizables, y escasamente representados (pañuelos de diversos tipos, chales, pulseras, sofocantes, vuelos, respetosas, fajas y guantes).
Para abordar las prácticas del vestido, inicialmente condujimos análisis estadísticos que consideraron los seis conjuntos referidos.
Posteriormente efectuamos una serie de estudios que tuvieron en cuenta los tipos de prendas, descomponiendo la diversidad enmascarada por los agrupamientos.
Los análisis estadísticos buscaron identificar patrones de similitudes y diferencias.
El método seleccionado fue el de clusters: una técnica que agrupa, en forma objetiva y repetible, las unidades de análisis observadas (en este caso, conjuntos de prendas que integraron el guardarropa de cada una de las mujeres).
El método supone establecer distancias y definir procedimientos.
Las distancias involucran la relación cuantitativa entre pares de observaciones, empleando las variables escogidas.
De esta manera, la técnica forma grupos por aglomeración o división.
En este trabajo consideramos las recomendaciones de Lebart, Marineau y Fenelon 60 sobre la distancia conocida como Chi Cuadrado y el método de agrupamiento por mínima varianza.
MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO Como punto de partida realizamos un análisis de clusters considerando el valor en pesos 61 de los conjuntos de prendas que poseía cada difunta.
El resultado reunió los guardarropas en dos grupos mayores, claramente distintos: A y B (ver gráfico 1).
La principal limitación del método de clusters proviene de la imposibilidad de establecer el significado de sus resultados; en otras palabras, de determinar si los grupos identificados responden a características presentes en la muestra o se trata de simples productos de la técnica empleada.
En este trabajo decidimos poner a prueba la consistencia de los grupos, contraponiendo los resultados obtenidos con la fecha de deceso, el grupo de convivencia y el nivel de riqueza patrimonial.
El agrupamiento solo se asoció de manera estadísticamente significativa con los momentos en que se produjeron los decesos, refiriendo de manera directa al paso del tiempo (y no a otros factores como la cantidad de personas que debían ser vestidas en una misma unidad doméstica o su nivel de riqueza).
Es importante considerar que el «stock» de bienes po seído al momento de muerte fue resultado de un proceso de acumulación más o menos prolongado (que, adicionalmente, pudo integrar prendas heredadas y/o caídas en desuso).
El grupo A está integrado por casi todas las mujeres que fallecieron en el período inicial (8 casos), y unas pocas del período medio (2 casos).
Por su parte, el grupo B se compone de todas las mujeres que murieron en el período final (6 casos), la mayor parte de las que lo hicieron en el pe ríodo medio (7 casos) y una única del período inicial.
En líneas generales, entonces, resulta posible afirmar que las mujeres del grupo A fallecieron en momentos tempranos del virreinato (1776-1785), y que sus guardarropas se habrían conformado mayoritariamente antes de la declaración de libre comercio.
Mientras tanto, las mujeres del grupo B fallecieron en momentos más tardíos (1785-1810), cuando ya se había producido un mayor ingreso de artículos.
Habiendo aclarado esto, podemos pasar a discutir de qué formas específicas las mujeres de ambos grupos se diferenciaron en la conformación de su guardarropa.
Con el fin de caracterizar los resultados, empleamos descriptivos básicos como porcentajes y medias.
Los mismos consideraron las siguientes variables: número de mujeres que contaron con artículos de vestir para cada uno de los conjuntos de prendas, cantidad de ítems e inversión neta en pesos para esos mismos conjuntos (ver tabla 1).
En lo que respecta al conjunto interior superior, la mayor parte de las mujeres de A (durante momentos tempranos del virreinato) poseyó alguna prenda de este tipo.
Esta situación logró mantenerse de manera aproximada en B (durante momentos más tardíos).
Si comparamos ambos grupos, observamos que las mujeres de B tuvieron en promedio mayor número de artículos interiores superiores e invirtieron más en ellos.
En cuanto al conjunto interior inferior, la mitad de las mujeres de A poseyó alguna prenda de este tipo, y esa proporción aumentó aún más en B. Nuevamente, si atendemos al paso del tiempo, observamos que las mujeres de B contaron en promedio con un mayor número de artículos interiores inferiores, e invirtieron más en ellos.
Pasando al conjunto exterior superior, la mayor parte de las mujeres de A y la totalidad de las de B poseyeron alguna prenda de este tipo.
Considerado las transformaciones de A a B, observamos que el número de artículos y la inversión promedio en ellos decreció en B. En lo que respecta al conjunto exterior inferior, todas las mujeres de A y B contaron con alguna prenda de este tipo.
Sin embargo, las mujeres de B poseyeron proporcionalmente menos artículos e invirtieron menos en ellos.
En cuanto al abrigo/cobertura, todas las mujeres de A y B tuvieron algún ítem de este tipo.
A pesar de esto, su número y gasto promedio aumentaron en B. Finalmente, si consideramos los tocados, observamos que mientras la mitad de las mujeres de A poseyó alguno de estos artículos, la cantidad de casos disminuyó en B. Esto fue acompañado por un descenso en el número y la inversión en pesos.
Las tendencias descritas fueron las que conformaron los grupos A y B en el análisis de clusters.
Para ello centramos la atención en las «prendas»; especialmente, en sus tipos y cantidades.
El objetivo es definir una mayor cantidad de tendencias que puedan ser vinculadas a cambios en las prácticas.
La ropa interior inferior incluyó enaguas sueltas y en pares, así como una pollera de zagalejo y otra de «miriñango» para dar volumen.
En el caso de las enaguas, las escasas ocasiones en que se indicó su materia prima fue lienzo.
Ya observamos que la diferencia entre A y B radicó en un aumento en la cantidad e inversión en este tipo de prendas, y el número de personas que las poseyeron.
Otra de las diferencias fue que, con el correr de los años, se incrementó el uso de enaguas dobles (mientras los artículos sueltos mantuvieron su presencia).
62 La ropa interior superior incluyó principalmente corpiños y camisas de lienzo, aunque también se registraron un corsé y una media cotilla de seda.
Tal como señalamos, en el grupo B aumentó la cantidad e inversión en este tipo de prendas.
Por otro lado, como se verifica en la tabla 2, en B se popularizó el corpiño, aunque no se registró media cotilla ni corsé.
Las camisas fueron usadas por casi la misma cantidad de personas, pero disminuyó su cantidad promedio.
Grupo B: 21 pares de enaguas (8 casos), 7 enaguas sueltas (4 casos), pollera de zagalejo (1 caso) y miriñango (1 caso).
DOI: 10.3989/aeamer.2016 La ropa exterior inferior consistió casi exclusivamente de polleras, aunque incluyó dos registros de basquiñas y visos en B (segunda pollera, generalmente traslúcida).
Exceptuando estos casos, las fuentes no indicaron un cambio de diseño en las faldas.
Sin embargo, los tipos textiles sí resultaron diversos, incluyendo lienzos, paños y sedas (tabla 3).
Tal como señalamos anteriormente, B poseyó menor cantidad e invirtió menos dinero en prendas exteriores inferiores.
Además, en este grupo se incrementó el número de polleras de lienzo; 63 ya sea de algodón o lino (materias primas más económicas que la seda o el paño).
Esta preferencia pudo formar parte de un cambio mundial en la indumentaria femenina, particularmente influido por la expansión de la industria textil inglesa.
64 Las prendas exteriores superiores incluyeron casacas, jubones, batas y déshabillés, que poseyeron un uso semejante pero diseños diferentes.
Como ya señalamos, las mujeres de B tuvieron menor cantidad e invirtieron menos en este tipo de prendas.
Las materias primas fueron tan diversas como en el caso de las polleras, pero su presencia en A y B no mostró 63 Esto resultó estadísticamente significativo (X 2:11.02; P: 0.01).
65 Las telas de lienzo mencionadas más frecuentemente (además de la denominación genérica de lienzo) fueron: angaripola, espolín, estopilla, listadillo, muselina o morcelina y pursina.
Entre los paños (además de su denominación genérica) se hallaron: bayetas y bayetillas, camelón o camellote, lila, retina y sayal.
Las sedas incluyeron: damasco, hermosilla, lustrina, melania, musulmana, raso y tafetán.
Los géneros indeterminados presentaron un nombre desconocido, o se trataron de terciopelos o tapices (de paño o seda en el primer caso, o de lienzo, paño o seda en el segundo).
66 Los modelos de prendas sí variaron a lo largo del tiempo 67 (tabla 4).
Consecuentemente, la diferencia en los precios no se vinculó con el tipo de tejido sino con el diseño especificado por las fuentes.
Resulta importante destacar que la mayor parte de las mujeres de A y B solo eligieron tener un tipo de prenda exterior superior.
En A no existió preferencia clara por ningún artículo en particular, 68 mientras que en B predominó la elección de batas, seguida por la de jubones.
Los abrigos-coberturas incluyeron prendas de abrigo, como mantas de paño, mantones y cabriolé, e ítems que no necesariamente protegían de las inclemencias climáticas pero que sí «cubrían» el atuendo exterior, como mantas de telas finas o transparentes, mantillas, rebozos y parlamentas.
Como ya referimos, B poseyó mayor cantidad e invirtió más dinero en este tipo de prendas.
Casi todas las mujeres de A y B tuvieron mantas de abrigo.
Algunos artículos fueron exclusivos del grupo A, como las mantillas y el cabriolé.
En B hizo su aparición la parlamenta y se incrementó la popularidad del rebozo.
Déshabillé y bata: 1B.
Déshabillé, bata y casaca: 2A.
DOI: 10.3989/aeamer.2016 En lo que respecta al tocado, los ítems comprendieron una amplia diversidad de diseños: redecilla, monterilla, media cofia, toca, gorra.
Tal como observamos más arriba, su uso en B fue prácticamente marginal.
Como resultado, no se pudieron efectuar análisis más detallados.
Del vestuario al vestido: Discusión y conclusiones
A partir de los resultados obtenidos podemos interpretar tendencias diacrónicas de cambio y formas sincrónicas de vestir (prácticas) que conformaron estilos diferenciados.
Entre 1776 y 1810 aumentaron las capas que componían las faldas y el volumen de la parte inferior del cuerpo (mediante enaguas dobles, miriñangos, etc.).
También se ciñó el busto con la popularización de los corpiños.
No descartamos que estos rasgos definieran una estilización semejante a la figura de «reloj de arena», ya que ambos se encontraron asociados.
69 Es importante recordar que durante el período disminuyeron los artículos que servían de adorno a la cabeza descubierta, y se incrementaron los que eran empleados para taparla, junto con los hombros y el busto (mantas, rebozos, etc.).
69 Casi el 80 % de las mujeres que tenían enaguas también tenían corpiños.
En solo dos casos se presentaron corpiños sin enaguas, y en tres enaguas sin corpiño.
ABRIENDO BAÚLES Y DESEMPOLVANDO GUARDARROPAS Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 133-161 Para comprender las formas sincrónicas de vestir, es preciso centrar la atención en la ropa exterior superior, donde las fuentes registraron -tanto para un momento más temprano como para otro más tardío (grupos A y B)-diseños diferentes.
De este modo, logramos identificar dos grandes tendencias, que la historiografía tradicionalmente asoció con una «moda a la española» y una «moda a la francesa».
70 En el contexto de la muestra, el primer estilo se encontraría representado por jubones, y el segundo por casacas, déshabillés y batas.
Como ya mencionamos, la elección de ambos tipos de prendas tendió a ser excluyente (salvo en un único caso).
Los estilos tuvieron ciertas implicancias diacrónicas.
Mientras el jubón permaneció estable durante todo el período considerado (1776-1810), las casacas y déshabillés cayeron en desuso, y las batas cobraron impulso.
En este sentido, el estilo que la historiografía denomina «moda a la francesa» se presentó como más dinámico y cambiante.
Los jubones eran prendas de mangas largas, relativamente cerradas por el frente, que terminaban a la altura de la cintura, donde presentaban haldetas.
Las casacas, déshabillés y batas eran más diversos, aunque presentaban algunas características semejantes.
Por lo general, sus mangas no excedían la altura de los codos.
El largo de los ítems era variable (aunque siempre excedía la cintura): hasta las caderas, en el caso de las casacas; hasta los muslos, en los déshabillés; y por debajo de las rodillas, en las batas.
Por el frente, los artículos se abrían desde la cintura hasta el busto en forma de V, y el espacio resultante era cubierto por una tela diferente.
De la cintura al ruedo, las casacas, déshabillés y batas volvían a abrirse, aunque en forma de V invertida.
Ello permitía ver las polleras que se usaban por debajo.
Por detrás, algunos modelos llevaban pliegues, mientras otros eran completamente ceñidos.
71 Las tendencias descritas conllevaron estilizaciones del cuerpo alternativas.
Los jubones cubrían una mayor superficie de piel, mientras que las cascas, déshabillés y batas dejaban los brazos más expuestos.
Los jubones marcaban como punto focal el busto (una de las pocas áreas que permanecía descubierta) y en menor medida la cintura (donde se establecía un corte con la pollera).
Las casacas, déshabillés y batas multiplicaban la atención sobre esos mismos puntos.
Específicamente, los tres tipos de prendas destacaban las áreas desde donde se abrían y hacia las cuales convergían los vértices de ambas V. Mientras los jubones mostraban una única capa de 70 Esto no significa que nosotras adhiramos necesariamente a estos rótulos.
71 Museo del Traje-CIPE (España).
Kyoto Costume Institute (Japón).
MARÍA MARSCHOFF Y MELISA A. SALERNO tejidos, las casacas, déshabillés y batas exhibían otras capas subyacentes.
El espacio definido por las V representaba una suerte de telón que descubría lo que de otra manera permanecía oculto.
Finalmente, el alargamiento de la ropa superior externa (especialmente en el caso de las batas) generaba una figura más continua y estilizada.
El hecho de que las mujeres de la muestra hayan elegido el estilo definido por jubones, o el estilo asociado con casacas, déshabillés y batas de forma excluyente indica que los mismos no eran considerados únicamente adecuados para ciertas ocasiones, sino que eran utilizados en una diversidad de ámbitos.
Esto contrasta con lo que sostiene la historiografía sobre el vestido de las mujeres en el Buenos Aires virreinal, donde se afirma que el estilo «a la española» era utilizado en ámbitos públicos, mientras que el vestido «a la francesa» era empleado en escenarios más privados, como fiestas y salidas en carro, entre otros.
72 Creemos posible sugerir que los cambios temporales y los estilos sincrónicos identificados implicaron formas particulares de prestar atención con el cuerpo al cuerpo propio, al mismo tiempo que solicitaron la atención de los/las demás de formas específicas.
La superposición de faldas y enaguas y el creciente uso de corpiños requirieron, por ejemplo, que las mujeres manejaran un cuerpo más voluminoso y soportaran la incomodidad que provocaba un cuerpo aún más ceñido.
En comparación con el vestido de jubón y pollera, el diseño de casacas, déshabillés y batas demandó que las mujeres ejercieran una vigilancia constante de lo que quedaba (y lo que no) al descubierto.
Las tendencias mencionadas no parecieron llevar a una experiencia confortable, a una mayor libertad de acción por parte del cuerpo.
Sin embargo, en el marco de la interacción, los diseños invitaron a los/las demás a dirigir la atención a ciertos caracteres femeninos acentuados (como el busto o las caderas abultadas), a participar en el juego de las visibilidades e invisibilidades, entre otros.
En el contexto de la muestra, las tendencias sincrónicas y diacrónicas no se vieron limitadas ni por el nivel de riqueza patrimonial ni por el grupo de convivencia.
Quizás se podría aventurar que las prácticas del vestido se vincularon con otras variables que por las características del registro no pudieron ser analizadas (como la edad, el origen, entre otros); u otros factores difícilmente generalizables, asociados con la historia particular de cada una de las mujeres.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.05 del vestido se encontraron relacionadas con la identidad individual, y las formas en que las mujeres eligieron presentarse ante sí mismas y los/las demás.
A través del cuerpo vestido, y con las posibilidades con que contaban, las mujeres optaron por una forma de ser-en-el-mundo.
Las opciones evaluadas, así como sus consecuencias en la presentación y el accionar de las mujeres, probablemente manifestaron las contradicciones, conflictos y negociaciones de sus existencias.
En este contexto, el diálogo más o menos directo con los discursos morales dieciochescos (leyes suntuarias, propuestas de reformas, posturas de la Iglesia, etc. 73 ) pudo ser importante.
Si entendemos los discursos morales como manifestaciones de la ortodoxia de una sociedad, 74 podemos interpretar las decisiones tomadas por las mujeres porteñas como un desafío a las normas imperantes.
De esta manera, incluso podemos aventurar que, tanto las tendencias diacrónicas reconocidas, como el estilo de casacas, déshabillés y batas, pudieron ser fuertemente criticados.
Pero más allá de las contradicciones y conflictos, la incorporación o no de ciertas tendencias temporales y estilos sincrónicos de vestir nos habla de diferentes aproximaciones; de las «respuestas» brindadas por las mujeres del Buenos Aires virreinal.
Una línea que nos interesa explorar en el futuro es la reconstrucción de sus historias de vida.
Analizarlas nos permitirá comprender las prácticas del vestido en un todo existencial congruente o contradictorio, y discutir las formas en que las prendas pudieron «servir» o no como forma de posicionamiento social y en la construcción de identidades individuales.
En el marco de este proyecto, entendemos que las tendencias identificadas por este trabajo, su impacto en la estilización de los cuerpos y sus implicancias en la vida cotidiana constituyen un buen punto de partida.
Andrade Lima, Tania: «El huevo de la serpiente: una arqueología del capitalismo embrionario en el Río de Janeiro del siglo XIX», en Zarankin, A. y Acuto, F. (eds.), Sed Non Satiata.
Teoría Social en la Arqueología Latinoamericana Contemporánea, Buenos Aires, Ediciones del Tridente, 1999, 189-238. |
El comercio de un monopolista.
Volumen, contenido y sentido de la circulación, según un estudio de caso (Río de la Plata, 1770-1820) * /
Metodología, fuentes y objetivos
La historiografía americanista ha llevado adelante un programa de investigación que nos permite hoy, más allá de una serie de debates puntuales, contar con una detallada aproximación al comercio atlántico en tiempos del Imperio español.
1 Dicho desarrollo ha dado cuenta de los aspectos cuantitativos del tráfico, 2 así como del aspecto cualitativo determinante: el carácter exclusivista del comercio colonial español y su debilidad relativa.
3 Dicha evolución planteó la necesidad de avanzar en nuestra comprensión de los protagonistas centrales del tráfico, los grandes comerciantes atlánticos, para resolver los problemas que las aproximaciones generales y seriales no pudieron llevar a buen término, vinculados no solo al contenido, volumen y movimiento de la circulación, sino también al carácter social de la Carrera de Indias.
4 En este sentido, existió un acuerdo en la pertinencia de dinamizar estudios de caso que sistematicen la documentación privada (correspondencia, testamentarias, documentación contable), a la luz de las fuentes tradicionalmente utilizadas (registros de navíos, protocolos notariales), aunque señalándose las dificultades de una aproximación de estas características, vinculadas a la escasez de archivos privados y al enorme trabajo que requiere el tratamiento de las voluminosas fuentes públicas y seriales.
5 Desde entonces se profundizaron, retomando los estudios clásicos sobre el tema, 6 los trabajos dedicados a los grandes comerciantes, los que atendieron a la diversidad geográfica y temporal que caracterizó al Imperio español 7 y a la modernidad atlántica, 8 observándose el predominio de análisis de redes, 9 así como la actuación política y corporativa de los cargadores.
2 Mediante la apelación a diferentes tipos de documentación, como registros de navíos, protocolos notariales, archivos privados y publicaciones periódicas (como las Gacetas holandesas y el Diario Marítimo de la Vigía, de Cádiz).
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.06 Naturalmente, también han sido recurrentes los estudios que privilegiaron los aspectos económicos y sociales que caracterizaron a los negociantes de Indias, los que dieron cuenta de la amplia gama de actividades económicas desplegadas a ambos lados del océano, que incluían producción textil, 11 empresas navieras, 12 minería, 13 propiedades inmobiliarias, 14 viñas, 15 haciendas 16 y finanzas.
17 Aunque este notable avance empírico permite un análisis más detallado de las características de los comerciantes modernos, aún existen debates en torno a su conceptualización: clase, grupo, fracción, estamento y élite son algunas de las diversas formas en que son caracterizados.
18 Para avanzar en la dilucidación de este problema consideramos necesario que los estudios de caso analicen una serie de variables que permitan su comparación a escala universal, 19 particularmente la especialización geográfica, el contenido y el volumen del giro mercantil.
En este sentido, se vuelve pertinente describir los mercados unidos por el tráfico, con el objetivo de evaluar la flexibilidad que tuvieron las rutas de comercio, sobre todo a la hora de vincularse con mercados extranjeros en tiempos de crisis.
20 Por su parte, una mirada más atenta de la circulación nos obliga a mejorar nuestra ponderación de la estructura de mercancías traficadas entre la Península y América, 21 tanto en lo que respecta a la proporción entre productos españoles y extranjeros exportados a través del Atlántico, así como en la cuantificación de los volúmenes globales traficados y el peso que cada mercancía tuvo en el comercio colonial.
22 Un mejor conocimiento del contenido concreto de las mercancías traficadas por las compañías modernas nos permitirá conocer su grado de especialización y evaluar la hipótesis de 11 Martínez Shaw, 1981.
22 Aunque se ha probado que el problema central del comercio español provenía de su carácter comisionista, en tanto el grueso de las mercancías exportadas eran extranjeras, aún no existen acuerdos en torno al porcentaje representado por la industria española: mientras que García-Baquero considera que apenas alcanzaba el 15 %, el estudio de John Fisher para el período posterior a 1778 concluye que el valor de las mercancías peninsulares alcanzó el 51 % del total exportado.
23 Finalmente, la cuantificación del volumen del tráfico de cada comerciante individual y la magnitud de riquezas que le permitió apropiarse dicho tráfico es un elemento a tener en cuenta, no solo a la hora de una aproximación más certera a las capas del capital mercantil, sino también para evaluar su capacidad material para influir social, económica y hasta políticamente en los procesos históricos en los que les tocó intervenir.
La evolución historiográfica delinea una agenda, problemática, teórica y metodológica, que se vuelve imprescindible tener en cuenta para avanzar en el conocimiento del comercio colonial.
En ese sentido, nuestro trabajo busca realizar un aporte a través del estudio del caso de uno de los más prestigiosos comerciantes mayoristas del Río de la Plata, el español Diego de Agüero.
24 En este artículo nos dedicaremos, particularmente, a reconstruir el volumen, sentido y contenido de su giro mercantil a lo largo de toda su carrera (1770-1820).
Retomando los aportes metodológicos señalados en el estado del arte, para alcanzar nuestros objetivos hemos apelado tanto a documentación de carácter público como privado, fundamentalmente registros de navíos, protocolos notariales y el archivo privado de la compañía Agüero, que incluye sus copiadores de correspondencia y documentación contable de sus operaciones.
Su rastreo implicó la visita a los repositorios de los principales mercados en los que actuó: Archivo General de la Nación (AGN-A) y Museo Histórico Nacional de Buenos Aires (MHN-BA), ambos de Argentina; Archivo General de la Nación (AGN-U) y Museo Histórico Nacional de Montevideo (MHN-M), de Uruguay; Archivo General de Río de Janeiro (AGRdJ), de Brasil; y Archivo General de Indias (AGI), de Sevilla, España.
Volumen y sentido del giro mercantil
Una aproximación certera al volumen del comercio dinamizado por la compañía Agüero requiere, en primer lugar, sistematizar la información de cada una de las partidas que componen los registros de navíos, junto con los datos ofrecidos por la correspondencia y contabilidad privada (cuentas 23 Braudel, 1984, 327.
24 Dado que presentamos un aspecto parcial de una investigación general, pueden complementarse los temas aquí tratados con la actuación política y corporativa del clan Agüero, en Schlez, 2011, 2012, 2014; y una aproximación al carácter social de sus negocios en Schlez, 2010, 2013a.
Dicha tarea nos ha permitido dilucidar la estructura de las exportaciones legales realizadas desde el Río de la Plata, como resume el gráfico 1.
25 La información nos permite analizar aspectos temporales, regionales y cuantitativos de las exportaciones de Agüero.
En primer lugar, y aunque no se desprende del gráfico presentado, es pertinente señalar que las exportaciones tienen como destino exclusivo el puerto de Cádiz, por lo que no encontramos vínculos con otros puertos españoles ni extranjeros.
26 Asimismo, debemos tener en cuenta que el volumen que aquí presentamos implica un piso mínimo, dado que presenta las exportaciones de metales preciosos con exclusión de los frutos del país, debido a que los registros no consignan ni su precio de compra ni su valor de aforo, y su inclusión a través de otra documentación no permitiría realizar una comparación sustentable.
No obstante, como veremos en el acápite dedicado al contenido del comercio, veremos que la compra y venta de productos americanos se trató de un aspecto secundario del comercio de Agüero, por lo que no modifica sustantivamente la cuantía presentada.
Pasando entonces a los datos, observamos que la cuantificación de los caudales dirigidos desde el Río de la Plata (Buenos Aires y Montevideo) a Cádiz entre 1770 y 1820 superó el millón de pesos fuertes de América (1.163.633).
Es decir que estaríamos frente a uno de los principales comerciantes rioplatenses, hipótesis que debe ser confirmada por estudios de caso que apelen a esta metodología y nos permitan ponderar los resultados.
27 Por su parte, la sistematización de las exportaciones nos permite realizar algunas apreciaciones en torno al ritmo del tráfico a en la etapa final de la Carrera de Indias.
Por un lado, un tímido comienzo, a principios de la década de 1770, se ve abruptamente detenido a poco de haberse iniciado.
Aunque es retomado luego de la sanción del Reglamento de 1778, vuelve a detenerse en 1779, debido al inicio de la guerra anglo-española.
Aunque Agüero continuó remitiendo caudales a Cádiz por la vía del Brasil, el impacto fue innegable, y apenas si se alcanzan los mismos volúmenes de 1773.
Una vez restablecida la paz, en 1784 se observa un notable crecimiento, que luego decrece paulatinamente, a lo largo de la década de 1780, resultado de la agudización de la competencia desatada al interior del capital mercantil español, como fruto de la remisión a América de los stocks acumulados en la Península durante la guerra anglo-española de 1779-1783.
Por su parte, la década de 1790 muestra el movimiento contrario: un ritmo ascendente, que no detiene la guerra contra la Francia revolucionaria, y que lleva al máximo nivel de exportaciones de toda la historia de la compañía en 1796 (que se explica particularmente por el viaje de uno de los socios, Miguel Fernández de Agüero, a Cádiz ese mismo año, y con la remisión del capital necesario para sus compras allí).
No obstante, el pico de 1796 marca, paradójicamente, el inicio del fin: la segunda guerra con Gran Bretaña sumirá a España, en general, y a la compañía Agüero, en particular, en una crisis sin precedentes, que se extenderá hasta la desaparición del Imperio.
Desde entonces, las exportaciones acompañan las breves esperanzas coyunturales de recuperación (1802, de paz con Inglaterra; 1809-1810, expulsión de los franceses de la Península; 1814, última remesa, previa a la derrota de los realistas en el Plata).
Es decir que el ritmo mercantil de la compañía Agüero expresa el movimiento más general del comercio colonial español: por un lado, el grueso de las remesas se concentró en las décadas de 1780 y 1790 (77 % del total); por el otro, el impacto de las guerras y procesos revolucionarios incidió negativamente en su desarrollo, coincidiendo con los períodos de ausencia o reducción del volumen mercantil.
28 Hipótesis que se ven confirmadas al sistematizarse el giro mercantil en el sentido contrario, es decir, a través de las importaciones que Agüero realizó desde el Río de la Plata.
Para construir el gráfico 2, hemos cuantificado las importaciones, siempre que fue posible, a partir del costo de las mercancías adquiridas en Cádiz (las que obtuvimos de diferentes tipos de documentación contable privada, como cuentas corrientes, recibos, facturas, etc.).
Cuando no se conservó este tipo de fuente (lo que es muy común), hemos tomado el valor de aforo de las mercancías de las partidas de los registros de navíos.
Naturalmente, dado que no podemos equiparar aforo con precio, hemos procedido a comparar las facturas de compra disponibles con los aforos, lo que dio como resultado que dicho valor poseía una depreciación respecto de los precios de compra en Cádiz de, aproximadamente, un 20 %.
29 Es decir que nos hemos aproximado de manera más certera al volumen monetario que atravesó el Atlántico (el precio pagado por las mercancías en Cádiz) sumando ese porcentaje a cada uno de los aforos.
Como podemos ver, el movimiento replica al de las exportaciones de caudales.
En primer lugar, Agüero recibe sus primeras mercancías en 1779, luego de haber remitido una buena cantidad de caudales a la Península, desde 1773.
Sin embargo, como señalábamos, ese tímido comienzo fue abruptamente interrumpido por la guerra entre España e Inglaterra, que difirió hasta 1784 la reanudación del vínculo regular entre Cádiz y el Río de la Plata.
La paz permitió la puesta en práctica del Reglamento de 1778 y el movimiento de un stock detenido acumulado que «inundó» de géneros los mercados americanos, lo que se expresa en el movimiento de Agüero: 1785, 1787 y 1788 representan los picos más altos de toda su carrera.
Paradójicamente, las guerras europeas parecen golpear más duramente a la importación de mercancías que a la exportación de caudales, probablemente porque, a la par que es alta la rentabilidad que ofrece especular con géneros en América en tiempos de guerra, se vuelve problemático dilatar los pagos pendientes en Cádiz, tanto a proveedores, transportistas como aseguradores.
En ese sentido, los Agüero combaten el bloqueo inglés de la segunda guerra anglo-española con un nuevo viaje de uno de los socios, Miguel Fernández de Agüero, a Cádiz.
Desde allí se traslada a Lisboa para mantener vivo el giro con Cádiz a través de la ruta portuguesa (Río de Janeiro, Lisboa y Ayamonte).
No obstante, las irregularidades de la primera década del siglo XIX y el fin del vínculo entre Buenos Aires y la Península, en 1811, dan cuenta del colapso de la compañía junto con el fin del comercio colonial español.
Por su parte, la cuantificación de las importaciones nos permite evaluar el sentido que tuvo el flujo y movimiento de riquezas: un volumen aproximado de 753 mil pesos fuertes (un monto sustantivamente menor respecto del exportado) da cuenta de una balanza comercial deficitaria para el Río de la Plata.
La balanza comercial de la compañía Agüero nos permite concluir que el tráfico dinamizado ofreció un saldo positivo estimado en 410.279 pesos fuertes, que tuvo como destino Cádiz.
Monto que debemos considerar, una vez más, como un piso mínimo, en tanto, por un lado, no cuantifica el aporte de los frutos del país exportados y, por el otro, no tiene en cuenta la ganancia apropiada por Agüero, también obtenida del proceso de circulación y acumulada en Buenos Aires, sin ser remitida a España.
En este sentido, en tanto esa diferencia comercial favorece a las exportaciones por sobre las importaciones, podemos concluir que Agüero actuaba como un elemento de transferencia de valor desde la colonia rioplatense hacia el corazón metropolitano: tomando el flujo de valor como un todo, mientras que el 39 % correspondió a importaciones, el 61 % perteneció a las exportaciones, por lo que se desprende que la diferencia del 22 % obtenida en la circulación tuvo como destino el puerto de Cádiz (más allá de que luego haya seguido viaje hacia el extranjero, como nos hará suponer el detalle del contenido del comercio estudiado).
El contenido del comercio.
Importaciones al Río de la Plata
Para graficar el contenido del tráfico de Agüero, del que da cuenta la misma documentación que venimos trabajando, apelaremos a la tradicional clasificación entre mercancías exportadas e importadas y dividiremos los productos de acuerdo a su lugar de producción: «extranjeros» (provenientes de las principales naciones europeas), «nacionales» (fabricados en los límites de la España peninsular) y «frutos del país» (producidos en América).
Individualizaremos, asimismo, el tipo específico de metales preciosos (oro y plata, en sus diferentes variantes), y clasificaremos los productos importados atendiendo a su carácter de mercancía manufacturada (a las que dividiremos en géneros textiles y otros rubros) o agraria.
Como señalamos, el primer elemento a dilucidar en torno a las mercancías importadas es su lugar de producción, en tanto nos ayuda a comprender las características específicas del giro de Agüero.
Los datos aportados por los registros de navíos muestran que mientras que el 58 % de las mercancías traficadas fueron producidas en el extran -30 Porcentaje al que arribamos luego de realizar la siguiente operación: Volumen monetario exportado -Volumen monetario importado = Diferencia mercantil luego del proceso de circulación en América.
Es decir que los productos extranjeros importados por Diego de Agüero superan casi en un 20 % a los españoles, por lo que más de la mitad de las mercancías importadas desde la Península fueron producidas fuera de España, e introducidas en Cádiz para ser reexportadas desde allí al Río de la Plata.
Asimismo, el origen de las mercancías extranjeras nos permite evaluar la importancia de las diferentes naciones europeas en el tráfico dinamizado por la compañía Agüero con sus proveedores.
31 Entre ellas se destaca, en primer lugar, la actual Alemania, con el 34 % de las mercancías comerciadas, provenientes mayoritariamente de las ciudades de Hamburgo y Silesia.
A la que le sigue Francia, que con el protagonismo de Bretaña, Rouén, París, Cambray, Nimes, Hoondschoote, Chalons y Lille, se queda con casi un tercio del total (29,92 %).
Detrás de ellas se colocan Inglaterra (23,74 %) y los Países Bajos (12,09 %), donde se destacan Flandes y Brabante, que dejan a Italia con un aporte mínimo del 0,25 %.
Es decir que el origen nacional de las mercancías traficadas por Agüero expresa otra particularidad más general del comercio español: su carácter comisionista, en tanto naciones poderosas se ven obligadas a vender sus mercancías en Cádiz en virtud del monopolio, imposibilitadas aún para desarrollar un comercio directo con Sudamérica, pese a sus estructuras productivas más competitivas.
Por otro lado, pasando a otra de las características del contenido del tráfico, un análisis de las ramas productivas implicadas nos muestra un notable grado de especialización de la compañía Agüero en el tráfico de manufacturas (99,47 %), en relación a un casi nulo aporte de mercancías agrarias (0,53 %).
32 Relación que encontramos tanto en la importación de manufacturas extranjeras (99,61 % del total) como españolas (99 %).
Pasemos, entonces, a describir su composición.
31 Los datos pueden presentar un margen de error, en tanto los registros de navíos no siempre aclaraban el origen del producto, y una serie de bienes podía ser fabricado en diferentes ciudades (como los paños holandeses, ingleses o franceses, los ruanes y estopillas franceses y alemanes; los chamelotes ingleses y holandeses, el hilo italiano y de los Países Bajos o los listados de los Países Bajos, Francia y Alemania).
32 Las importaciones agrarias corresponden a unas escasas y aisladas importaciones de comestibles, particularmente aceite, vinos, chocolate (proveniente de Caracas y reexportado desde Cádiz) y canela.
No obstante, es menester destacar que en el último arribo del navío de los Agüero, el «San Luis Beltrán», al Río de la Plata, fueron importadas 237 pipas de vino tinto, 20 pipas de vino blanco, 289 barriles de vino blanco, 800 botijas de aceite, 400 botijas de aceitunas, 300 balas de papel blanco, 126 bultos de efectos varios y 80 lastres de sal.
Dado que no hemos hallado el registro de navíos correspondiente, y hemos extraído la información del Suplemento al Correo de Comercio de Buenos
Una mirada atenta del enorme caudal de manufacturas extranjeras importadas por Agüero da cuenta de un segundo nivel de especialización, como resume el gráfico 4.
Aquí observamos una abrumadora mayoría que prueba que Agüero se especializó en el comercio de géneros textiles: con un 95,82 %, la presencia de las telas y confecciones sobrepasa elocuentemente a la mercería (2.94 %), artículos de lujo (0,52 %), sombreros (0,41 %), libros (0,12 %), mercancías religiosas (0,10 %) y acero (0,05 %).
Veamos, antes de avanzar en conclusiones, cuáles eran específicamente los géneros comercializados.
Para reconstruir y medir la importancia de los diferentes géneros traficados apelamos también a las partidas de registros de navíos, que ofrecen información de los volúmenes, procedencia (aunque no siempre) y valor de aforo.
EL COMERCIO DE UN MONOPOLISTA Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 163-198 Los datos vertidos prueban un tercer nivel de especialización, en tanto unos pocos géneros explican la estructura básica del total de los textiles importados, pese a su gran variedad.
Nos referimos a las bretañas y a las platillas, seguidas en importancia por bayetas y ruanes.
33 Este primer conjunto, de tan solo cuatro variedades, representó el 64 % del total de géneros importados.
Las bretañas eran importadas de Francia (como su nombre lo indica, de la región de Bretaña).
Su composición era variada, destacándose dos tipos: las contrahechas (angostas y entreanchas), de menor calidad y valor (36 y 55 reales la pieza de valor de aforo), y las legítimas (también, angostas, entreanchas y anchas), con un valor de aforo de 36, 50 y 70 reales la pieza.
Ambas variedades, realizadas usualmente con una medida de 8 varas por pieza.
Por su parte, los ruanes, provenientes de Silesia (en aquel entonces, parte de Prusia), un tanto más baratos, eran llamados legítimos o contrahechos, con un valor de aforo de 4 reales y medio la vara, usualmente cortados en piezas de a 55 y 72 varas.
Asimismo, las bayetas eran de los géneros más caros que los Agüero comerciaban, en su variante de pellón o de cien hilos (660 reales la pieza), de dos frisas (486 reales) y de tajuela (372 reales).
Producidas en Inglaterra, eran usualmente cortadas en piezas de entre 40 y 44 varas.
Finalizando este primer grupo encontramos a las platillas reales, también costosas (entre 160 y 170 reales), se comerciaban en diferentes colores, generalmente cortadas de a 38 1⁄2 varas la pieza.
Por su parte, los tripes de pelo y de lana, bramantes, estopillas, paños, sargas de Nimes y calamacos aportan un 22 % al total de géneros importados, y junto al primer grupo explican el 86 % del total de la estructura de géneros importada por Agüero.
Los tripes de pelo provenían de Francia, había de primera y de segunda, lisos y rayados, y su aforo rondaba los 20 reales la vara.
Su variedad en Aires (30 de junio de 1810), no hemos incluido este buque en las estadísticas.
Puede especularse que este cargamento, con una fuerte presencia de productos agrarios, se encuentra vinculado a las dificultades señaladas por Blas Agüero para cargar mercancías en Cádiz, ocupada por los franceses.
De todas maneras, esta importación, aislada y en un período de plena crisis revolucionaria, aunque hubiera aumentado levemente los porcentajes mínimos de productos agrarios españoles importados, de ninguna manera cambia el patrón general que hemos expuesto.
33 Para construir este acápite e identificar cada tipo de género apelamos al Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE), disponible en http://ntlle.rae.es/ntlle/SrvltGUILoginNtlle (consultado el 15 de mayo de 2013).
Asimismo, la bibliografía especializada en moda y vestimenta nos ha permitido acceder no solo a sus usos y características, sino también a la región específica de producción cuando los registros de navíos no lo señalaban.
MARIANO MARTÍN SCHLEZ lana también era fabricada allí, pero su valor se reducía a la mitad.
Los bramantes, como se los llamaba, tenían un valor menor, de 7 reales y medio la vara, la variedad florete, y 4 reales los crudos.
Por su parte, las estopillas venían en diferentes variedades, con diferentes valores por pieza, generalmente de 8 varas y media: clarines (56 reales), olanadas (75 reales) y labradas (60 reales).
Todas podían ser lisas o rayadas, en diferentes tonos.
De la misma manera, los paños tenían una importante diversidad, tanto en su origen como en sus calidades.
Los que llegaban desde Inglaterra eran de primera calidad (125 reales vara), de segunda (21 reales vara) y de tercera (17 reales vara); y los de Holanda poseían un aforo de 45 reales vara.
Asimismo, llegaban paños entrefinos de Carcasona, desde Francia, también de primera calidad (entre 40 y 50 reales la vara) y otros más «ordinarios», EL COMERCIO DE UN MONOPOLISTA Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 163-198 Y también buena parte de las importaciones correspondía a los paños de seda, con un valor de aforo de 70 reales la vara.
Otro de los géneros más costosos eran las sargas de Nimes, también conocidas como piezas eternas o perdurables.
Las de mejor calidad tenían un alto valor de aforo, de 400 reales la pieza de 32 varas, bajando hasta 225 reales las de segunda calidad.
Valor similar, este último, al de los calamacos, que eran fabricados mayoritariamente en lana, con un valor de 165 reales los lisos, y de 230 los rayados.
El 14 % restante de las importaciones se componía de una enorme variedad, conformada por buratos, merlines, gasas (de seda y de hilo), pañuelos (de algodón, seda e hilo), encajes (de hilo, importados de Flandes), pontivies, listados (provenientes de Francia y Flandes, hechos en hilo, estambre y lana), olanes (provenientes de París, en su variedad batistas y clarines), lilas, hilo (de Génova y de Flandes), camellones (de Inglaterra), velillos (de hilo), franelas, ercas (angostas y anchas), durois (de Inglaterra), chamelotes (de Holanda e Inglaterra), caserillos, anascotes y bayetillas.
A los que debemos sumar además las variedades que hemos agrupado en el rubro «otros», entre las que encontramos pequeñas cantidades de listones, melindres, sarguillas, felipichines, grodetur, sempiternas, satinetes, medias sarasas, serafinas, morleses, lanillas, crespones, cuvicas y estameñas frailescas.
Las manufacturas extranjeras importadas son, como vimos, una parte ínfima y variada de las importaciones realizadas por los Agüero.
De hecho, apenas pudimos agruparlas según amplios rubros, para organizar la exposición.
El único rubro que sobresale es el de mercería, que abarca aproximadamente la mitad del total, compuesto de botones, hebillas, dedales de metal y hierro, tijeras, cascabeles, navajitas, agujas de coser, alfileteros, cordones para zapatos, moños de seda, cajas de cartón y diversas mercancías más.
Muy por detrás tenemos a los artículos de lujo (diferentes tipos de cajas y cigarreras, carros de Amiens, dos pianos -uno proveniente de Sajonia-, dos relojes grandes, espejos de marco de cristal); y los diferentes tipos de sombreros (predominando los de castor, aunque también de paja y de cartón).
Y ya en menor cantidad llegaban los libros (entre los que se destacan los 79 tomos de la Historia Eclesiástica de Fleuri, valuados en 1000 reales), el acero y lo que hemos llamado mercancías religiosas, en donde agrupamos todo tipo de estampas, cruces y rosarios.
Esto por solo mencionar las mercancías que hemos clasificado de alguna u otra manera.
A ellas debe sumársele una variedad de productos que van desde paraguas hasta pequeñas limas para las uñas, navajas para afeitar, cuchillos, jaboneras, juguetes («relojitos fingidos para niños»), candados, vasos, compoteras de cristal, juegos de mapas, cucharas de estaño y hierro, bandejas, peines, juegos de naipes, abanicos, anteojos y especias, como la canela, que completaban las importaciones de Agüero.
En la segunda mitad del siglo XVIII, la economía española producía una importante cantidad de mercancías, a lo largo y ancho del territorio peninsular, que eran comerciadas tanto en el espacio nacional europeo, como exportadas desde allí a las colonias.
34 Como hemos visto, los productos españoles representan, en el giro de los Agüero, una porción menor a la de los extranjeros, aunque alcanzan un 42 % del total de mercancías importadas.
Veamos, exactamente, cuál fue su contenido.
Veamos, en primer lugar, la composición de los textiles españoles, para evaluar también si existe algún grado de especialización en algunos de ellos.
35 GRÁFICO 7 Aunque la estructura de géneros españoles importados es más diversificada que la de extranjeros, las cintas (cintería) y los listones (listonería) suman poco menos de un tercio (28 %) del total.
Ellas eran producidas en diferentes lugares de la Península, con diferentes tipos de telas, en variados colores y tamaños.
En el grupo de las cintas se destacan las de agua, de ribetillo angosto, de terciopelo, de hule, de raso, de tisú (tipo específico de cinta de seda), de lavón, de seda, de plata, de platilla, de petatillo, de granito y de coleta.
Otro grupo era llamado de acuerdo a algunas de sus características, como las acolchadas, pintadas, jaquelillo, aprusianadas o prusianas, chinescas, afondadas, grisetas o agrisatadas, bocadillo, las de espejuelos, labor a la francesa y las de la unión.
Un grupo de cintas eran llamadas falsas, y algunas de ellas eran matizadas con plata, mientras que otras eran estampadas o con adornos en plata.
Algunas venían con tres guardillas, y otras con nueve y también se destacaban las llamadas piezas dobles.
Su ancho variaba desde las pequeñas (n.o 20) hasta las más grandes (n.o 120).
Las cintas de agua eran producidas en Granada y en Sevilla, de donde también provenían las de tisú, coleta, platilla, petatillo, piezas dobles, EL COMERCIO DE UN MONOPOLISTA Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 163-198 Según valor de aforo en Cádiz.
Granada aportaba también las de raso y prusianas, mientras que las de ribetillo angosto provenían de Córdoba y las acolchadas y pintadas, de Valencia.
Las cintas de plata y seda eran producidas en Barcelona, y algunas poseían un origen doble, como las cintas de tisú de Sevilla, con encajes y plata fina de Barcelona.
36 Naturalmente, sus valores eran muy variados, dependiendo de sus telas, su ancho (definido por su número), el largo (señalado, generalmente, en varas) y el peso (mayoritariamente, el volumen de las de seda se calculaba en libras).
Las más costosas eran las cintas de seda, aforadas hasta en 400 reales la libra, aquellas que eran adornadas con plata, en una escala que arranca en los 30 reales.
Por su parte, la listonería no poseía una composición tan variada: producidas en Granada, variaban en sus colores y anchos, aunque no en las telas de su fabricación, generalmente hechas en raso y lavor.
Sus tamaños iban desde el n.o 15 hasta el 100, extremos que difícilmente alcanzaban, constituyéndose el grueso de las importaciones de listones n.° 20 y 40.
Eran de menor valor que las cintas, y su valor de aforo iba desde los 10 reales hasta los 48, dependiendo del número de su ancho.
Luego de la cintería y listonería, Agüero se destaca en la importación de tafetanes, rasos, seda de coser y medias, las que suman un 31 % del total y, junto al primer grupo, alcanzan casi el 60 % del total de los textiles españoles.
Es decir que seis variedades de géneros (sobre un total de más de veintiséis, que incluye al rubro «otros», que contiene una variopinta y numerosa composición) abarcan más de la mitad de las importaciones.
Los tafetanes eran telas fabricadas en Priego, Requena, Sevilla, Valencia y Málaga, venían en varios colores y su aforo oscilaba entre los 7 y los 20 reales la vara, dependiendo si se trataba de ordinarios, simples o dobles.
Por otro lado, los rasos eran producidos en Valencia, en diversos tipos (matizados, dobles, rasolinos, prusianos, cartolinos), mayoritariamente hechos de seda.
Su aforo iba de los 16 a los 32 reales la vara, y se ha cían de colores variados.
Por su lado, la seda de coser a la calabresa, proveniente de Murcia y Granada, era uno de los textiles más costosos, moviéndose entre los 60 y los 100 reales la libra, dependiendo de su carácter de ordinaria, joyante o surtida.
Finalmente, las medias se caracterizaban por una variada composición: para hombre y para mujer; niños y adultos; de seda, hilo, lana, raso y algodón; en diferentes estilos (a la limeña, lisas, rayadas), colores y calidades (ordinarias, de primera, de segunda, inferiores).
Su procedencia era también nutrida: Galicia (hilo), Barcelona y Cataluña (lana y seda), Cádiz (seda), Granada y Valencia.
Las más costosas eran las de seda, valuadas entre 120 y 450 reales la docena; mientras que las de algodón o raso oscilaban entre los 130 reales y las de lana 150 reales.
Un tercer grupo de textiles estaba conformado por paños, pañuelos, indianas, terciopelos, tropelos, felpas, platillas, sargas y redecillas.
Los paños tenían una procedencia y calidad diversa: producidos en Barcelona, Valencia, San Fernando y Guadalajara, había comunes, de primera, de segunda y de tercera, finos, entrefinos y de seda.
Sus aforos, naturalmente, también eran muy diferentes, desde los más costosos (84 reales vara los de San Fernando y 75 los de las Reales Fábricas de Guadalajara) hasta los de menor valor (17 reales, los de tercera).
Por otro lado, en la producción de pañuelos, situada en su gran mayoría en Barcelona, aunque también en Sevilla, predominaban los más costosos de seda (entre 50 y 150 reales la docena, dependiendo de su calidad), por sobre los de hilo o algodón (que rondaban los 70 reales) y los que poseían algunas características singulares, como la de ser estampados, pintados sobre platillas o sobre caserillo.
También las indianas eran fabricadas en Barcelona, hechas de algodón, oscilando su valor entre los 6 y los 8 reales la vara.
Por su parte, los cortes de terciopelo provenían de Valencia, fabricados lisos, rayados y labrados, aunque una pequeña proporción también tenía su origen en Cádiz.
Su valor promediaba los 50 reales la vara, y eran muy solicitados para la confección de ropa de hombre y de mujer.
También de Valencia eran los tropelos, lisos y labrados, y las felpas, confeccionadas mayoritariamente aterciopeladas, lisas y labradas, en diversos colores (ambos géneros rondaban los 40 reales la vara).
E incluso las redecillas llegaban desde Valencia, hechas de hilo, de granito, de unión y de seda, con un valor que iba de los 100 a los 200 reales la docena.
Las sargas eran otro de los géneros allí producidos, aunque en su gran mayoría eran fabricadas en Málaga, variando su aforo entre los 16 y 28 reales la vara.
Por último, las importaciones de géneros textiles se completan con un variado conjunto formado por pintados, basquiñas, caserillos, damascos, espiguillas, gorros, hilo, ceñidores, rasetes y diversos tipos de telas y confecciones que agrupamos bajo el rubro de «otros».
En los registros no aparece referencia a la procedencia de los pintados, con la sola excepción de una partida procedente de Chiclana, aunque es probable que todos hayan llegado de Cataluña.
Diferentes telas, como el algodón, pertenecían a este grupo (como las platillas a las que ya nos referimos), que tenía un valor estimado en los 10 reales la vara.
Los cortes de basquiñas, o también llamados de nobleza, eran realizadas en raso, musulmana o listado, y tenían un alto valor de aforo que iba de los 200 a los 300 reales la pieza.
Por su parte, los damascos y espiguillas, fabricados en Valencia, eran más baratos, rondando los 20 y 30 reales la vara.
Asimismo, la gran mayoría de los gorros eran fabricados en Barcelona, aunque una parte también provenía de Sevilla y Granada.
Su composición era diversa: sencillos, dobles, de seda, de algodón, de hilo, además de los sombreros de castor, que representaban un grupo bien diferenciado.
Por su parte, los hilos eran producidos en Córdoba, Granada y Barcelona, en varios colores.
Los ceñidores llegaban desde Barcelona y Valencia, mientras que los rasetes eran de Valencia, lisos y labrados, y los caserillos venían pintados y en formato de pañuelos.
Por último, Agüero importó, más bien esporádicamente, anafayas, camisas de puntiví, bayetones, cartolinas, piñuelas, chupas, lienzos, musulmanas, blondas, belillos, cordones, muselina, cotillas, bayetillas, delfinas, melanias, mexicanas, cañuelas, olandes, morleses, franelas y angaripolas.
El resto de las manufacturas representan, como ya hemos dicho, una parte ínfima de las importaciones, y a diferencia de lo que ocurre con los géneros, encontramos que su composición es absolutamente variada, sin observarse especialización alguna.
Esta enorme diversidad se expresa en que el mayor grupo de mercancías es, justamente, aquel que denominamos «otros» y que agrupa productos tan disímiles como obras de arte (una pintura con la imagen de la Virgen María), una campana de metal o un torno para fabricar fideos.
Sin embargo, existe un conjunto de mercancías que pueden agruparse en diferentes rubros, como mercería (botones, tachuelas, bolsas para dinero, charreteras), joyas (aros, gargantillas y anillos de diamantes), papel (de Cataluña), zapatos (botas, zapatos de seda de mujer y comunes, hechos en Cádiz), muebles (cama y cómodas) y libros, principalmente de autores católicos.
Pese a que el grueso de las importaciones de Agüero ya ha sido descrito, en tanto no solo resumen la enorme mayoría de su volumen sino también el grueso de su tiempo activo (1770-1811), es menester señalar la transformación provocada luego de la Revolución de Mayo (1810), y que se extendió hasta aproximadamente 1817.
Porque mientras que las guerras europeas (sobre todo la de 1796) obligaron a los Agüero a comerciar MARIANO MARTÍN SCHLEZ desde Lisboa, y a aumentar su caudal de frutos americanos, las revoluciones americanas condenaron a sus descendientes a dinamizar un comercio de cabotaje entre Buenos Aires y las costas brasileñas.
Quebrado el eje Potosí-Buenos Aires-Cádiz, la sociedad de Diego de Agüero y Miguel Fernández de Agüero abandonó sus actividades comerciales tradicionales, y quien continuó a la cabeza del giro fue Blas de Agüero (hijo de Diego y primo de Miguel), comerciando mayoritariamente mercancías agrarias rioplatenses y brasileñas entre ambas costas sudamericanas.
Aunque se trata de una historia diferente a la que hemos venido estudiando, y el estudio de este tráfico requiere de una observación más detallada de fuentes alternativas, los datos recopilados dan cuenta de un giro que vinculaba, regularmente, a Buenos Aires, Río de Janeiro y Bahía de Todos los Santos.
Dado que la serie de registros de navíos de Buenos Aires finaliza con la Revolución de 1810, para observar el movimiento comercial posterior con el Brasil apelamos a los Termos de Entrada y Salida de embarcaciones del AGRdJ, y a las entradas y salidas de mercancías, e informes a la capitanía del puerto de Buenos Aires, del AGN-A.
Una sistematización de estas nuevas fuentes nos permite acceder a las mercancías traficadas y sus volúmenes físicos, además de los años en que viajaron, el navío en que lo EL COMERCIO DE UN MONOPOLISTA Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 163-198 hicieron y el comerciante que la remitió.
Sin embargo, no nos permiten acceder ni a los comerciantes que vendieron a Agüero los productos en Brasil, ni al valor monetario (o precio estimado) de las mercancías.
Veamos un resumen que pondera las mercancías de acuerdo con la cantidad de veces que fueron importadas.
Como muestra el cuadro 1, luego de la Revolución de 1810 Blas Agüero importó desde Río de Janeiro y Bahía de Todos los Santos, fundamentalmente, productos agrarios, destacándose el azúcar, el arroz, los cueros (de novillo, tigre y otras especies; además de los de desecho), el tabaco, los dulces, el aguardiente, el sebo, las chapas, el almidón, la caña y otros productos en menor cantidad.
No obstante, también fueron parte del giro productos para la construcción (tixolos), cera, géneros (lienzos de algodón, ovillos de hilo), madera y sus derivados (platos, remos), armas (escopetas y espadas) y, finalmente, efectos, algunos de ellos europeos, además de pabilos, cocos para agua, guanterolas, barricas y tercerolas, entre otros productos.
Evidentemente, estamos frente a un giro comercial de una naturaleza diferente al desarrollado por su padre, aunque su evaluación y ponderación merece un análisis más extenso.
Finalmente, y antes de pasar a la estructura de las exportaciones, es pertinente dejar en claro que los Agüero no se especializaron en la importación de esclavos, sea desde África o Brasil, limitándose a comprarlos, en pequeñas cantidades y generalmente por pedidos, en el Río de la Plata.
37 Dato que no resulta menor a la hora de caracterizar las diferentes fracciones existentes al interior del capital mercantil rioplatense.
Exportaciones desde el Río de la Plata
Esta gran diversidad de mercancías fue intercambiada por una menos diversificada estructura de exportaciones, que se componía, básicamente, de metales preciosos y frutos del país.
Una vez más, el contenido concreto de las exportaciones legales puede reconstruirse gracias a las partidas de los registros de navíos y la documentación privada de la compañía.
Dado 37 Solo un documento de 1806 señala que Agüero habría introducido esclavos en un buque portugués, lo que le permitiría exportar frutos a puertos extranjeros.
No obstante, es probable que, al igual que lo ocurrido con la citada importación de productos agrarios de 1810, se trate de un caso excepcional, que no modifica el patrón general del comercio, aunque sí puede interpretarse como un intento por sostener el giro en tiempos de crisis. que, como ya señalamos, las partidas no consignan ni el precio ni el valor de aforo de los frutos cargados, hemos decidido ponderar el peso cuantificando la cantidad de navíos en que fueron cargados metales preciosos y productos americanos.
Como muestra el gráfico 10, la exportación de caudales predomina ampliamente por sobre la de frutos, con 114 navíos que trasladaron oro y plata, contra 23 que hicieron lo propio con producciones americanas.
De hecho, la diferencia entre ambas mercancías se acrecienta en tanto lo que distingue al oro y la plata es su capacidad para atesorar una mayor cantidad de valor en proporciones menores de volumen, a diferencia del resto de los bienes, de mayor volumen y menor valor relativo.
Es decir que, aunque no debemos menospreciar la importancia de la exportación de frutos, se trataba de una porción claramente minoritaria del giro.
Pasemos, entonces, a su contenido concreto.
La mercancía que Diego y Miguel Agüero exportaron hacia la Península en mayor volumen fueron los metales preciosos (oro y plata) en MARIANO MARTÍN SCHLEZ Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 163-198.
DOI: 10.3989/aeamer.2016 Se observa un predominio del oro por sobre la plata, frente a un mínimo de remesas en oro en pasta (tejos de oro, en todas las oportunidades) y la inexistencia de envíos de plata en pasta y labrada.
El envío de oro amonedado fue casi un 25 % mayor al de la plata, hecho que puede explicarse por dos variables: los premios y los costos de los derechos a pagar en la Península.
Por un lado, la enorme variedad de monedas existentes en el Imperio español, determinaba que, las más poderosas, obtuviesen un premio, es decir, que se paguen en el mercado real (mediante otra moneda) a 38 Metal precioso luego de haber recibido un tratamiento en una ceca, generalmente americana, que le dio el formato de moneda, sea de oro, como los doblones, o sea de plata 39 El metal fundido en forma de lingote o tejo.
40 Diferentes tipos de productos artesanales hechos en oro o plata, como, por ejemplo, un juego de candelabros.
Dicho premio que pagaban las monedas de oro y plata en Buenos Aires y Cádiz variaba de acuerdo a la abundancia o escasez coyuntural de dichas mercancías y a la demanda que los comerciantes (mayoritariamente) tuviesen de ellas.
Algunas estimaciones calculan, para la Buenos Aires de principios de la década de 1770, un premio del 3 % para la plata, y de un 8 % para el oro.
41 Asimismo, como muestran los recibos de caudales elaborados por Miguel Agüero en Cádiz, mientras que la plata pagaba un 5 % de derechos al Estado español, el oro abonaba el 1 1⁄2 %.
Finalmente, este interés por el oro que tenían los comerciantes de ambos márgenes del Atlántico, determinaba que muchos de los contratos firmados (con proveedores, aseguradoras de riesgos o prestamistas) estipulen en sus cláusulas que el retorno de América, para la debida cancelación del empréstito, debía realizarse en oro, lo que influyó, indudablemente, en este mayor porcentaje de oro por sobre la plata.
avestruz, cacao y sebo.
42 Desde entonces, la variedad y cantidad de frutos exportados creció, incorporando cueros de caballo, puntas y planchas de astas, yerba, sacas de lana, almendras, pieles y lana de carnero, además de suelas, crines, coyundas, pieles de guanaco, lenguas y cueros de alpaca.
Como señalamos al referirnos al tráfico de productos agrarios brasileños, este aumento de las exportaciones agrarias se profundizó luego de la Revolución de Mayo de 1810, hasta convertirse en el contenido privilegiado por la segunda generación Agüero en el Plata.
A cambio de las mercancías importadas desde las costas del Brasil, Blas Agüero remitió cueros de novillo, de toro y de venado, trigo, ponchos cordobeses, lana y harina.
El análisis del volumen, sentido y contenido del giro mercantil dinamizado por el comerciante español Diego de Agüero nos permite enumerar una serie de conclusiones particulares que expresan tendencias de carácter general del comercio atlántico colonial.
En primer lugar, respecto del marco temporal y los ritmos del tráfico, el giro de Agüero comienza a desarrollarse a principios de la década de 1770, en plena profundización del proceso reformista borbónico, y perdura hasta 1814, en que las revoluciones de independencia jaquean su normal funcionamiento.
Asimismo, permitió con su tráfico que el valor puesto en circulación tuviera un sentido direccionado desde las colonias americanas hacia la Península Ibérica, aunque evidentemente dicha transferencia fue acompañada del desarrollo de un núcleo de acumulación local, fruto de su actividad cuentapropista.
En tercero, ya en lo que hace al contenido del comercio, nos encontramos con una estructura fundamental que respondía a la importación de manufacturas europeas (géneros textiles, en su inmensa mayoría), a cambio de metales preciosos (oro y plata amonedados), remitidos desde América periódicamente.
A lo que debemos agregar una creciente incidencia de la exportación de frutos americanos, al calor de la profundización de la crisis del comercio colonial, que no llegó a modificar las bases del giro tradicional dinamizado en tiempos de tráfico «normal».
Finalmente, hemos mostrado cómo la Revolución de Mayo y la profundización de la conflictividad política mundial obligan a la compañía Agüero a reconvertir su giro para intentar sobrevivir, frente a la muerte de la ruta gaditana en el Río de la Plata.
Fue así como se impone, en la segunda década del siglo XIX, un giro de cabotaje, entre Buenos Aires, Río de Janeiro y Bahía de Todos los Santos, de contenido mayoritariamente agrario.
El vínculo con el Brasil aparece, de esta manera, como la antesala, o laboratorio a pequeña escala, del comercio que la Argentina desarrollará con Inglaterra a lo largo del siglo XIX.
Por su parte, más allá de las precisiones fácticas, el conocimiento detallado del caso Agüero resulta un aporte a aquellas historiografías globales y sistémicas que promueven un análisis holístico de la realidad histórica.
43 En primer lugar, lejos de una consideración posmoderna que supone una particularidad o singularidad irrepetible que imposibilita todo tipo de generalización, consideramos que Agüero nos permite aproximarnos a un conjunto social mayor, del cual resulta un observable privilegiado: los comerciantes atlánticos tardo-coloniales.
A partir de un análisis global, que supera las divisiones políticas (estatales e Imperiales), y atendiendo a la compenetración e interacción de los factores locales y mundiales, debatimos algunas hipótesis sostenidas respecto del capital mercantil en los orígenes del sistema capitalista.
En primer lugar, la especialización del tráfico de Agüero contradice la idea de que todo capital mercantil que se desarrolla tiende a su diversificación, y abona la idea de un creciente proceso de división del trabajo que caracteriza al desarrollo capitalista a nivel universal, y que incluye al comercio atlántico.
En segundo, el análisis del giro de Agüero (en relación al dinamizado por sus socios) relativiza el papel jugado por su subjetividad (o elección personal) en la estructuración de su comercio, el que da cuenta de las características productivas de las regiones conectadas, por un lado, y de la constitución de un sistema de organización socio-político específico, que requería del envío de metálico a la Metrópoli.
Es decir que estamos frente a un capital mercantil con una notable especialización geográfica (dedicada exclusivamente al conectar Sudamérica y Cádiz) y comercial (con una acotada estructura de mercancías), que a través de la compra de géneros en Cádiz y su intercambio por metales preciosos en América produjo un millonario flujo de valor desde las colonias a la península Ibérica.
Se trata, por lo tanto, de una fracción y una capa del capital mercantil que se diferencia de aquellas caracterizadas por una diversificada composición de sus negocios, rutas y mercancías.
Por lo que el caso Agüero prueba que no puede descartarse el antiguo concepto de comerciante monopolista, más no sea, en los elementos aquí presentados, en lo que hace al aspecto más fenoménico, es decir, al desarrollo de un comercio exclusivo entre el Río de la Plata y Cádiz que dinamiza una masa de valor desde las Indias a la Península.
En este sentido, las características del giro que emprendía Agüero (especializado y exclusivo) explican las causas de su crisis terminal y el fracaso de sus intentos de supervivencia: el colapso del Imperio español barrió el vínculo entre Buenos Aires y Cádiz y obligó a sus herederos a apelar al comercio de cabotaje entre el Río de la Plata y Brasil, de contenido mayoritariamente agrario, en completa ausencia del antiguo giro monopolista.
A manera de hipótesis, señalamos que, mientras que la ganancia de Diego y Miguel Agüero provenía de la vigencia del monopolio, es decir, de un comercio especulativo, dinamizado gracias a la vigencia política y a la intervención legal y militar del Estado español, luego de la Revolución de Mayo comienza a dinamizarse un comercio que tiene su motor y potencia en la competitividad de las mercancías agrarias rioplatenses, lo que da cuenta de la transformación social en curso que portaba el proceso independentista.
Es decir que la comprensión de la naturaleza de la Compañía Agüero, en particular, y de los comerciantes atlánticos, en general, requiere de una mirada holística (histórica, política, económica y social) a sus derroteros particulares, que dé cuenta tanto de sus características materiales y sus escalas de desarrollo, como de sus vínculos y redes a lo largo del planeta.
Una aproximación de este tipo nos permite considerar que el llamado «cambio de ruta» de principios del siglo XIX, que llevó a los principales mercados sudamericanos de Cádiz a Londres, expresa en realidad una transformación más profunda en la naturaleza del comercio y de las relaciones sociales: de la especulación monopólica a la imposición del valor como regulador fundamental de la dinámica económica, como regidor principal del intercambio de mercancías competitivas en el mercado mundial.
En este sentido, cuando la crisis llegó a su punto álgido, al finalizar la primera década del siglo XIX, el monopolio del comercio intermediario fue puesto en jaque por la acción político-militar de los pueblos a los que explotaba, quienes se habían desarrollado económica y socialmente, y cuyo atraso constituía su base de existencia.
A su vez, las cada vez más poderosas burguesías europeas, principalmente la inglesa y la francesa, aunque también la norteamericana, adquirieron el poder militar suficiente para destruir el monopolio, que se convertía, poco a poco, en letra muerta.
Es decir que la historia del colapso de España como nación comercial dominante es la historia de la supeditación del capital comercial al capital industrial.
En otras palabras, el fin de las condiciones que permitían la obtención de la ganancia comercial monopolista fue la apertura de los mercados americanos al tráfico internacional, lo que equivalió a la imposición de la ley del valor trabajo en el continente americano y la eliminación de la posibilidad de la obtención del sobreprecio que le permitía su reproducción al capital mercantil monopolista español. |
El trabajo se propone investigar los imaginarios y lenguajes sobre el orden político que se elaboraron en el período que va desde las reformas borbónicas a la instalación de la Asamblea del Año XIII.
1 Para ello, se analizarán los documentos de Victorián de Villava, Mariano Moreno, Matías Terrazas y Benito Moxó y Francolí, así como las proclamas, documentos de funcionarios y pasquines que se realizaron durante la crisis de la monarquía.
Si bien en un trabajo in extenso deberían analizarse las intervenciones de otros letrados u hombres de saber, creemos que estos textos seleccionados pueden dar cuenta de los debates y pugnas en dicho período.
A modo de hipótesis de trabajo, sostenemos que el periodo de tensiones y crisis que se condensan entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX empujaron a los hombres de saber a buscar entre los imaginarios y lenguajes políticos que habitaron el universo simbólico de la monarquía hispana aquellas concepciones y vocabularios que entendieron como eficaces para lograr la adhesión y lealtad a un orden, ya sea para reformarlo, conservarlo o trastocarlo.
A su vez, sostendremos que las «coyunturas críticas» se presentaron como momentos oportunos para la escritura, como para una intervención que buscó efectos performativos en el terreno político e imaginario.
En relación al periodo seleccionado, nos proponemos analizar una coyuntura previa ya que «entre 1750 y 1850 los modos de legitimación y representación del poder público en nuestras sociedades se transformaron profundamente».
2 Es decir, se dieron algunos conflictos, crisis y otros sucesos que llevan a los actores a indagar sobre la viabilidad o no del orden político.
Como observaremos, las trayectorias de los discursos, como las de los imaginarios, no son lineales, sino que están sujetas a la compleja dinámica política y a las decisiones prácticas que los grupos y la «gente de saber» 3 asumen en momentos de disputa y confrontación.
En los textos y documentos no solo habitan los debates de su época, sino los propósitos de los actores individuales y colectivos.
A esta reflexión habría que añadirle una consideración final: aquella que nos advierte que los agentes, en su vida política, asumen posiciones que no son siempre iguales a sí mismas ya que estas se encuentran íntimamente vinculadas a los cursos de acción establecidos por los grupos que integran o en los cuales se consideran representados.
En este sentido, entendemos que es posible presentar cómo los letrados y hombres de saber se apropiaron, articularon y resignificaron imaginarios y concepciones políticas sobre el orden político para fundamentar sus propuestas y las de las élites políticas a las que pertenecían o las que comenzaban a afirmarse en el escenario político.
Escritura y hombres de saber
Los hombres de saber, a partir de mediados del siglo XVIII en Hispanoamérica, desempeñaron un papel relevante en la presentación y resignificación de imaginarios y discursos.
Se constituyeron en actores claves en la circulación de ideas y de propuestas y se consolidaron en referentes del mundo letrado.
De hecho, durante los conflictos, tensiones e intervenciones que las propias reformas borbónicas suscitaron sobre el orden colonial y sus instituciones estos hombres de saber se afianzaron o asumieron un lugar relevante.
Las nuevas condiciones políticas y económicas que supusieron las reformas borbónicas -entre otras: la presión fiscal, la afirmación de la voluntad regia y el desequilibro de poderes entre funcionarios y élites locales-permitieron la creación de un renovado clima intelectual.
Como advierte Jorge Myers: si bien el pleno florecimiento de los «gens de lettres» y los «gens de savoir» de la ilustración española recién se daría en el marco -y sobre todo como consecuencia posterior a su implantación-de las llamadas «reformas borbónicas» iniciadas en el reinado de Carlos III (1759-1788) y esporádicamente continuadas por su sucesor -Carlos IV (1788-1808)-, los primeros signos de un cambio de clima intelectual profundo se hicieron sentir ya desde mediados del siglo XVIII.
4 Este nuevo clima intelectual estaba vinculado a las transformaciones que los Borbones introdujeron en un sistema político que había imperado por más dos siglos y que se basaba, como demuestran Fradkin y Garavaglia, en el consenso que el imperio tenía entre los grupos de élite coloniales.
5 Esta búsqueda por reformular los términos del orden político -situación que va a desestabilizar viejos equilibrios sociales-permitió no solo la afirmación y un renovado rol de los hombres de saber, sino un universo de intervenciones y documentos sobre el mismo.
Es decir, los intentos borbónicos por redefinir el orden y establecer nuevos consensos abrieron trayectorias discursivas y prácticas de legitimación o resistencia que quedarían cristalizadas en diversos documentos.
Los textos de funcionarios de la Audiencia de Charcas y de su tribunal, de clérigos, de miembros de la Universidad, así como los anónimos se convirtieron en «territorios» habitados por la articulación de diversos imaginarios y vocabularios políticos, intentando así construir campos discursivos, propuestas, establecer distinciones e indicar su espacio de referencia.
En este sentido, los autores que seleccionamos en este estudio participarán en el debate político y en ese proceso se constituirán como parte integrante de los campos en disputa.
Estos hombres de saber, como indica Baczko, intentaron marcar su «territorio» y las fronteras de este, definir sus relaciones con los «otros», formar imágenes de amigos y enemigos, de rivales y aliados; del mismo modo significa conservar y modelar los recuerdos pasados, así como proyectar hacia el futuro sus temores y esperanzas.
6 La argumentación como «artefacto de intervención» y como pedagogía política, no solo buscará la formación de una opinión pública, sino que perseguirá la adhesión y lealtad tanto de actores gravitantes como subalternos para modificar o conservar algunas prácticas.
En esta búsqueda, la capacidad de algunos hombres de saber se «jugará» en la posibilidad de multiplicar y forzar imaginarios, memorias, transposiciones, experiencias y representaciones.
Los hombres de saber que estudiaremos elaboran -desde las reformas borbónicas hasta la crisis de la monarquía (1808)-una mirada sobre el orden político, manteniendo como «cuerpo ineludible» del debate al 5 Fradkin y Garavaglia, 2009, 191-192.
En este sentido, con el cautiverio del rey (1808) y la polé mica sobre la legitimidad de las autoridades coloniales, observaremos la disputa entre imaginarios y «vocabularios de la soberanía», los cuales se van a constituir en los signos demostrativos de las pugnas políticas.
De esta manera, las experiencias de las juntas de La Plata y La Paz en 1809 y su impugnación implicaron, entre otras cosas, que la intervención de los hombres de saber se dirigiera a recrear la legitimidad de las acciones en pugna.
Para ello, esa intervención se valió, como indicaba Baczko, «de instrumentos de persuasión, de presión, de inculcación de valores y creencias».
7 Entonces, el uso de lo propiamente simbólico, de las representaciones y de lo imaginario se tornó relevante para las disputas políticas abiertas con las reformas borbónicas, la insurgencia indígena liderada por Túpac Amaru y Túpac Katari y la instalación de las juntas.
Es decir, había que construir una «hermenéutica» del conflicto y dotar de interpretación a las posibles consecuencias.
En el caso del Alto Perú, los hombres de saber en este periodo estudiado se valieron, al modo en que el conflicto lo suscitaba y requería, de los vocabularios del autogobierno, como del regalismo borbónico e inclusive se apropiaron de las metáforas bíblicas para elaborar adhesiones y consensos con otros actores.
De algún modo, utilizaron aquellas metáforas, vocablos y representaciones que habitaron el universo político de la monarquía hispana para legitimar sus acciones y la conservación o reformulación de un orden en crisis.
Victorián de Villava: mita y reforma del vínculo imperial
El intento de llevar adelante las reformas proyectadas por la casa de los Borbones va a plantear diversas propuestas y respuestas a ambos lados del Atlántico.
Algunos funcionarios, como es el caso de Victorián de Villava, van a intervenir desde los territorios americanos planteando una reforma de la monarquía, pero también acerca de las condiciones de trabajo a la que eran sometidos los indios.
En 1793 Victorián de Villava escribiría el Discurso sobre la mita de Potosí en respuesta a un nuevo código sobre la mita encargado por Francisco de Paula Sanz -gobernador intendente de Potosí-a su asesor Vicente Cañete.
8 Estos últimos buscaban aumentar la extracción minera, dotar a las empresas mineras de contingentes de indígenas en situación de trabajo forzoso, incrementar la presión fiscal y, por ende, coaccionar y limitar la autonomía de las comunidades indígenas.
El debate entablado entre Villava y Paula Sanz tendrá una profunda resonancia entre los hombres de saber y en los futuros abogados, ya que se recuperaban las discusiones -fundamentalmente en relación con la autonomía de la comunidad y sobre la presión laboral y fiscal-que las sublevaciones indígenas habían dejado planteadas después de su derrota.
La memoria de esos conflictos había quedado como la memoria de discusiones pendientes que ahora «emergían con cierta intensidad».
Diez años después de las derrota de los Amaru y los Katari (1782), el fiscal de la Real Audiencia criticaba a la mita advirtiendo que: indígenas.
Es decir, la presión por intensificar la mita se daba de bruces con las mayores cuotas de autonomía que venían reclamado los indios desde la insurgencia de 1780.
10 Para Villava, la mita era contraria a los intereses de la Corona -ya que esta debía resguardar su bien más preciado que era su reino-, a las leyes y, por lo tanto, a la utilidad pública y a la gobernabilidad.
Es decir, dicho fiscal expresaba una moral imperial distinta a la esgrimida por Paula Sanz, una moral humanista que vinculaba la utilidad pública y riqueza del Estado, ya no a la minería sino a la agricultura y el comercio.
Entonces, la polémica sobre la mita dejaba de ser una discusión técnica para transformarse en el enfrentamiento de dos «morales» acerca del poder, acerca del bienestar público y, por último, acerca de la condición de los indios y del orden político.
En 1797, el fiscal Victorián de Villava desarrolló sus Apuntes para una reforma de España, sin trastorno del Gobierno Monárquico ni la religión.
Su escritura se encuentra influenciada por los debates que abren los procesos revolucionarios en las ex Trece Colonias y en Francia, así como por los diversos programas de reformas que llevan adelante varias monarquías (Inglaterra, Reino de las Dos Sicilias, Prusia).
En su texto, Villava manifiesta que se encuentra motivado por la necesidad de otorgarle un «nuevo ser» a su nación para que no quede sometida a los trastocamientos políticos acaecidos en el mundo presente: de la monarquía y de la Iglesia podían destruir y erosionar a estas mismas instituciones.
De esta manera, los abusos de los que mandan aparecen como una clave de lectura para reflexionar sobre la estabilidad o la posible disolución del orden.
La corrección de los abusos y excesos suponía asumir que la reforma de la monarquía podía frenar cualquier trastocamiento político y la posibilidad de la revolución en España y la consiguiente independencia de América.
En este sentido, reforma y estabilidad aparecen como ideas comunes de un pensamiento que devela los problemas políticos del poder monárquico.
Reformar suponía, para Victorián de Villava, limitar las fuerzas excesivas y entusiastas de la política y de la historia, provengan del soberano -y de sus funcionarios-como del pueblo mismo.
Es decir, había que sustraerle aquella desmesura de los viejos tiempos (el despotismo monárquico) y la de los nuevos (las propuestas democráticas).
De esta manera, Villava buscaba reconducir y conciliar la voluntad regia con un programa de reforma.
El espíritu reformista aparece bajo el lenguaje de la advertencia a la Península, a su monarca y funcionarios, ya que una mudanza de gobierno en términos violentos desataría una catástrofe política para la monarquía.
Sobrevendría la independencia y el surgimiento de «un déspota que probablemente cerraría sus puertas con España».
13 Para ello, Villava esgrime una fórmula política diferenciada de los regalistas: «contentémonos con moderar la monarquía de modo que sin disminuir la felicidad personal del monarca aumentemos la nuestra».
14 En este sentido, Villava integraba una las perspectivas que había suscitado el impulso reformador imaginado por los Borbones.
Por tanto, podríamos plantear que se inauguraban dos lecturas diferentes acerca de la reforma del orden político: una, que reafirmaba la voluntad absoluta del rey como motor de cualquier reforma y que centraba la idea de modernización 15 en la racionalización de la burocracia; otra, que recuperaba las tradiciones constitucionales (como la aragonesa y la napolitana) y que entendía que el proceso de modernización suponía el reconocimiento de los derechos de poderes locales (y de sus autonomías) como la búsqueda del equilibrio entre la voluntad regia y los territorios.
La primera, más interesada en recuperar de «manera plena» los territorios, se sostenía en la arbitrariedad racional e «iluminista» del monarca; la segunda, en una apelación moral al rey para que limite sus pasiones y se sujete a una constitución que reconozca y articule el poder regio.
La discusión acerca de la reforma de la monarquía presentaba y abría diversos problemas políticos.
Entre estos, la reforma que imaginaba Villava colocaba al rey en el lugar de reformador y en una voluntad que podría sujetarse a las leyes que surjan de la misma.
Entonces, el monarca como poder no condicionado podía sumir a España y a las Américas en una reformulación (cultural, política, educativa) encaminada a una suerte de monarquía racional y constitucional.
Se pensaba en una monarquía en la que el soberano, guiado por su razón y por su comprensión de los espíritus de la época, encontraría conveniente sujetarse a sí mismo a las propias leyes que él había ratificado y que impulsaría en un parlamento.
En términos generales, el fiscal Villava incluye en su reforma una mixtura de principios gubernamentales que garantizarían mayores límites y estabilidad política.
Esta propuesta le permitía articular -pensando en las relaciones de poder en la metrópoli-el poderío de la nobleza como cuerpo intermediario entre el rey y la plebe con las decisiones legislativas elaboradas por un Consejo de la Nación donde se distribuirían los poderes de todos los estados (nobleza, clero, llano).
Los cuales se seleccionarían bajo las formas de designación republicana (el sorteo).
De esta manera, en el Consejo de la Nación se reuniría a estamentos elegidos por sorteo y compondría un lugar donde se encontrarían la voluntad real y los diversos estamentos para la realización de leyes.
Con respecto a América, Villava esbozaba una mirada acerca de la dominación peninsular centrándose en el comportamiento de las autoridades y el despliegue del poder en ese territorio.
Para el fiscal, el poder virreinal violentaba las libertades a la manera que lo había indicado Juan Viscardo y Guzmán algunos años antes.
Al recorrer esa gramática del orden colonial Villava planteaba que:
Por esto, proponía: «todas las facultades de los virreyes y hasta sus nombres deberían borrarse del código indiano».17 Esta evaluación lo impulsa a plantear una redefinición el lazo imperial: América no debe ser ese territorio a depredar, a saquear sus frutos y a sus habitantes, sino una súbdita amiga.
Es decir, la reforma imaginada por Villava implicaba una reconfiguración del pacto imperial en términos atlánticos.
18 El territorio americano debía ser introducido a la monarquía hispana como territorio decisional, con capacidad de establecer con otros territorios una constitución.
Esta propuesta política podría funcionar, no solo como el principio rector de una «monarquía renovada», sino como un límite a la revolución19 y al descalabro que podrían introducir la arbitrariedad política.
Una «buena constitución» podría desatender y provocar cualquier idea que apele al derecho a la resistencia.
El 13 de agosto de 1802, Mariano Moreno presentaba en la Academia Carolina su Disertación Jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de Yanaconas y Mitaxios.
Este documento, que recuperaba el Discurso sobre la Mita escrito en 1793 por Victorián de Villava, se presentaba como la continuación de una contienda jurídica que establecía como preocupaciones centrales la situación de los indígenas y del orden político.
La Disertación discutía con aquellas posiciones que consideraban a los indígenas como siervos y, además, reflexiona acerca de las «motivaciones» que habían condenado a los indígenas a trabajos forzosos.
Es decir, motivaciones que estructuraban una forma de ejercer el poder y de concebir el orden político.
Mariano Moreno indicaba que considerar en la práctica a los indios como «siervos por naturaleza» -apelando a la «extravagante» doctrina de Aristóteles-, solo tenía como propósito sustraer la libertad y los derechos a las comunidades indígenas y, por lo tanto, desconocer las cédulas reales de 1542 que prohibían taxativamente sujetar a los indios a servicios forzo-sos.
Pero también esta perspectiva aristotélica se oponía a la idea inicial de la conquista, que esperaba construir una comunidad formada solo por católicos donde los indios fueran parte de una común ecclesia 20 y, por ende, parte de un mismo corpus de derechos y obligaciones.
La religión incorporaba a los indios a la polis como católicos, pero también como sujetos de derechos y, finalmente, como súbditos.
Por ello, según Moreno, era malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica el pretexto que se ha querido para molestar a los indios y hacerlos esclavos diciendo que son como animales brutos e incapaces de reducirse al gremio y fe de la Iglesia Católica.
21 La minería aparecía en el documento como la metáfora política de un orden injusto y arbitrario que despojaba a ciertos hombres de su primigenia libertad y del reconocimiento de la Corona.
Frente a esto, solo quedaba apelar al soberano para que los partidarios de la mita se ajustasen a la ley.
Charcas, como la imaginaba Moreno, no podía ser una gran mina, sino un territorio donde reinara la agricultura, la industria, el comercio y la garantía de ciertos derechos.
Es decir, no podía ser tratada como una colonia -donde lo significativo era la extracción de minerales y frutos-sino como un reino o provincia con las mismas atribuciones, libertades y derechos que otros reinos.
En la Disertación, Moreno sugiere que el criterio de utilidad podía poner en cuestión la durabilidad del orden político y erosionar la fidelidad al rey.
Las sublevaciones indígenas habían demostrado que ello podía ser una realidad.
Por lo tanto, la insurgencia indígena asumía dos interpretaciones: para unos, podía ser entendida como un actor ya derrotado por las armas del rey, lo que confirmaba la dominación metropolitana; y, para otros, como el ejemplo de lo que podía causar un gobierno injusto.
Mariano Moreno, a partir de esta perspectiva, comenzaba a plantear un dilema sobre diversas fuentes de legitimidad de la monarquía en América.
Por un lado, una legitimidad que podría lograrse con la articulación de beneficio público y la garantía de derechos y, por otro, una legitimidad basada en el poderío de la Corona misma.
En este sentido, la primera expresaba una crítica moral al soberano, recuperando una vieja tradición pactista24 que argumentaba que tanto el derecho como el gobierno de monarca caían dentro del campo general de la moral.
Esta posición, por el contrario, no desdeñaba el beneficio público, sino todo lo contrario, ya que lo insertaba en un lenguaje que combinaba el cálculo racional -provisto por la economía política-con el humanismo propio de las tradiciones pactistas y de la filosofía moral.
Tanto Villava, como Moreno daban cuenta de las contradicciones que habían abierto las reformas borbónicas.
De manera singular, realizan ciertas consideraciones para su modificación.
Se introducen en una reflexión sobre el orden y sobre sus posibles reformas.
En ambos casos, la presión de la Corona, la política sobre las comunidades indígenas y la afirmación de las prerrogativas reales suscitaban una discusión sobre la condición de los indios y sobre el orden mismo.
Crisis monárquica y pasquines: erosión y burla
El cautiverio del monarca español (1808) provocó un conjunto de tensiones en la metrópoli y en los territorios de ultramar, así como en sus instituciones y estructuras de mando.
Ciertos actores altoperuanos (miembros del tribunal, 25 de la Universidad, 26 del clero), 27 aprovechando estas circunstancias, pugnaron para reafirmar la autonomía territorial y regional e instalaron una Junta, oponiéndose a la decisión del presidente de la Audiencia 28 y del Arzobispado.
29 Para los revolucionarios, la Junta constituía una respuesta a la incertidumbre y al vacío de poder, así como una instancia legítima para la selección de autoridades.
Durante 1809, a las tensiones regionales se sumaron aquellas entre autoridades reales y los miembros del tribunal y de la Universidad.
30 La consideración como traidores a García Pizarro y a Moxó y Francolí por permitir la circulación de documentos de Joaquina Carlota, 31 y el rechazo de la injerencia del virrey y del presidente de la Audiencia en las decisiones del claustro de doctores empujó a los partidarios del autogobierno a reasumir el poder político.
El 25 de mayo de 1809 se instaló la Junta de La Plata, donde los oidores del tribunal y algunos miembros de la Universidad -como los hermanos Zudáñez-y del clero tuvieron un papel destacado.
Un sector de la élite paceña y militar, con ayuda de los insurgentes de La Plata, instaló una junta bajo la presidencia de Pedro Domingo Murillo.
Esta elaboró un plan de gobierno y convocó a la elección de diputados.
Si bien ambas experiencias serán derrotadas, todo el año de 1809 estuvo signado por los enfrentamientos políticos y una «guerra» de pasquines que buscaban erosionar a las autoridades reales.
El pasquín es una forma de intervención en la disputa política.
Si bien puede encontrarse en estos libelos un texto con cierta densidad política y filosófica para ejercer la denuncia mordaz, también incorporan registros discursivos propios de la tradición satírica, la cual busca burlarse de Irurozqui, 2007; Roca, 1998.
31 Reina consorte de Portugal (1775-1830), que no bien fue puesto en cautiverio su hermano Fernando VII reclamó -como miembro de la familia de los Borbones-a través de diversos documentos y gestiones diplomáticas la sujeción de los territorios americanos de la monarquía española.
Burlar la liturgia de la obediencia y erosionarla, son sus propósitos más inmediatos.
Pero, a su vez, esta forma de intervención política que se produce a través de libelos y opúsculos da cuenta de la existencia de una sociabilidad dispuesta a crear o ampliar una opinión pública.
La circulación de los pasquines se articulaba con los flujos del rumor o de la sospecha social.
Ampliaban su eficacia entre aquellos sectores que sabían leer y que estaban atentos a las novedades.
Pero el pasquín tenía un propósito inmediato y este era suscitar la adhesión a diversas estrategias políticas.
De esta manera, buscaban construir una inteligibilidad, respuesta o llamado de «acción rápida» en momentos de vacío de autoridad política.
En el caso del Alto Perú, los aportes de Vitaliano Torrico Panozo32 fueron centrales para el relevamiento y análisis de los pasquines.
Estos textos, que circulaban fundamentalmente en las ciudades, buscaron construir una narración de la crisis y presentaron una respuesta al vacío político que se suscitó con el cautiverio del rey.
La captura y represión de estos pasquines por parte de las autoridades expresaba el «poder de la letra impresa» 33 que ellas mismas otorgaban a estos textos.
Por lo tanto, estos fueron considerados ilegales por su contenido, así como por su posible capacidad de establecer críticas y legitimaciones a cursos de acción alternativos.
En un pasquín encontrado por las autoridades en el territorio de la Audiencia de Charcas (1809), que lleva por título Copia de la insinuación que hace la razón y la experiencia, para que sus hijos en las Américas, se comuniquen de unos a otros, y de unos pueblos a otros, se explica: este riesgo que se hallan las Américas, no solo de caer en manos del Francés, o del Portugués, sino también en las del Inglés, o de la tiranía de alguno de los Virreyes, o Gobernadores; así por la fuerza, violencia, engaño y traición, como porque ya debemos contar por muerto sin sucesión alguna al Señor D. Fernando VII...
34 Es interesante observar la recreación de ciertos miedos políticos, sobre el «caer» en manos de tiranos.
En este sentido, el vacío de poder puede provocar fantasías de disolución, pero también puede pensarse como oportunidad para nuevas tiranías.
Por lo tanto, en los pasquines hay un llamado a «despertarse» o lo que Demélas llamaba, para analizar el diario de José Santos Vargas, la «metáfora del dormir y del despertarse brutal».
35 En otro pasquín sin fecha encontrado en Charcas, denominado Reparos al anónimo que se indica, encontramos que «si faltando el Sr. D. Fernando, no quisiese ser Francesa, Portuguesa, o Inglesa, no le queda a la América otro recurso, ni otro término que el de gobernarse por sí misma».
36 En este se construye una legitimación de las propuestas de autogobierno.
En este sentido, en otro pasquín (1809) podemos leer:
La América es de los americanos, como España es de los españoles.
Recordad que si los tiranos aparecen gigantes, solo porque sus vasallos siguen de rodillas.
De pie y erguidos, a la misma altura llegaremos.
Sacudamos el pesado yugo.
Si con Túpac fuimos vencidos, fue por falta de unión.
Que de la tierra del fuego al Golfo de México se oiga un solo grito: libertad.
37 La crisis que la ausencia del monarca abrió en el Alto Perú permitiría legitimar la trayectoria autonomista a partir de reflexiones sobre las desdichas de la insurgencia indígena.
Si bien el reclamo de «América para los americanos» 38 apelaba a «desprenderse» de una Península ocupada por el ejército napoleónico, la misma tendría una resonancia muy significa tiva en los partidarios del autogobierno y, luego, en el republicanismo continental.
Por último, otro pasquín encontrado en 1809 en territorio de Charcas, denominado Aviso a este pueblo y consejo a sus mandones, que también sería enviado al virrey Abascal por intermedio de Vicente Nieto, advertía:
Mandones dejad de mentir y enredar, ya nos entendemos, y el fruto que sacáis es irritarnos más: Cuidad no de vuestra autoridad que expira, sino de vuestras personas, reportaos y dad libertad a este (a vosotros) oprimido Pueblo, para que hable en un público congreso, antes que él con las armas en la mano se la tome.
Poned la barba en remojo si no siguen los consejos del Duende Americano.
39 Estos libelos presentan dos actitudes políticas frente a la crisis de la monarquía, las cuales no asumen posiciones antimonárquicas.
3-4v, «Reparos al anónimo que se indica».
38 Una referencia previa a la esgrimida por la doctrina Monroe.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 distintos autogobiernos: el autogobierno frente al mandato del virrey de Perú y de Buenos Aires, el autogobierno frente a los mandatos del presidente de la Audiencia y el autogobierno frente a las disposiciones de la Junta Central de Sevilla.
Es decir, una experiencia que aspiraba a instituirse en congreso y dictar sus propias leyes.
Por otro lado, se presentaba el intento de usurpación del poder del rey por parte de los funcionarios.
En el último pasquín, como advertimos, se realiza una apelación a la conformación de un Congreso donde el pueblo o la comunidad tomen la palabra para establecer respuestas a la crisis y propuestas para la organización del poder político.
Y si eso no ocurriese, el autor anónimo advierte que para garantizar dicho derecho se podrían tomar las armas.
De este modo, el derecho a la autonomía seria garantizado, como luego sucedió, con el poder de las armas.
Los pasquines, de esta manera, van construyendo un haz de argumentos y propuestas que están orientadas a legitimar el autogobierno.
También ofrecen una «escenografía del campo político», es decir, dividen el campo entre amigos-enemigos y, por ende, entre propuestas y acciones antagónicas.
Carta Pastoral e intervención de Benito Moxó y Francolí
El estudio de Marta Irurozqui 40 sobre los sermones y catecismos políticos nos habla de la capacidad de los miembros del clero de intervenir en la crisis monárquica.
Demuestra la capacidad de estos sermones y catecismos de recrear posiciones e interpretaciones sobre los hechos y de suscitar una acción determinada.
Los sermones son «textos de combate», pero también de convocatoria a recrearlos.
El arzobispo Moxó y Francolí, como otros tantos letrados, va a intervenir en una polémica sobre la sustancia misma del poder y de la política.
Su enfrentamiento con las experiencias juntistas de La Plata (1809) y La Paz (1809) queda de manifiesto en su Carta Pastoral indicando que los actores sociales debían renunciar a toda capacidad de ejercicio soberano.
Lo interesante de este planteo, es que el 9 de enero de 1809 este eclesiástico había llamado a obedecer a la Junta Central metropolitana y, pese a que la misma fundamentaba su establecimiento en la soberanía de las juntas 40 Irurozqui, 2002.
41 Entre la derrota de las experiencias juntistas de 1809 en el Alto Perú y el retomado control de ese territorio por las fuerzas del virrey Abascal, Moxó y Francolí volvía a reivindicar el argumento regalista.
La recuperación del control territorial por parte del virrey del Perú en 1810, posibilita que el arzobispo reivindique la capacidad del regalismo para suscitar adhesiones y afirmar una concepción del orden político.
Moxó y Francolí consideraba que la autoridad no es el resultado de la voluntad de la comunidad, sino que la autoridad de mando a los pueblos, no es, como se imaginan los libertinos, una invención puramente humana, o un efecto de la ambición y violencia de los poderosos; sino al contrario una verdadera emanación de la suprema autoridad de Dios.
42 De esta forma, Dios se constituye en la fuente del mando, pero a su vez se erige como aquella figura que «ha mandado, que a imitación de los que navegan, uno tenga a su cargo el timón y los demás obedezcan y cumplan sus órdenes».
43 Es decir, Dios se volvía una metáfora del dominio político y del ejercicio del poder.
La reivindicación de Dios como fuente de poder impugnaba todas las tradiciones pactistas -tanto la elaborada por la Escuela de Salamanca como las presentadas por Grocio, Puferndorf, Vattel, etc.-y a su vez introducía la asociación entre el pactismo y lo amoral.
En este sentido, el arzobispo, ante la ausencia de Fernando VII, reactualizaba la idea de que a la monarquía le corresponde una moral, es decir, la «única» moral política.
De esta manera, la crisis de la autoridad monárquica lo impulsaba a reivindicar la idea de un orden -y no ya de una figura-sujeto a una moral del poder.
La otra particularidad del razonamiento de Moxó y Francolí, es que en su negación de cualquier idea que impute a la comunidad la fuente de soberanía, objetaba directamente al pactismo de origen católico que tanta prédica había tenido en Europa y en la península Ibérica durante los años de la Contrarreforma.
En este sentido, la Carta Pastoral venía a discutir con los partidarios de la reasunción de los derechos del rey y principalmente contra las élites que habían dirigido los procesos autonomistas de La Plata y La Paz.
Estas habían colocado a la ciudad como fuente de soberanía, trastocando el fundamento regalista y abriendo una polémica sobre el «origen y legitimidad» de la autoridad.
Moxó y Francolí entendía que los sucesos de La Plata y de La Paz fueron intentos por trastocar el poder y sus seguridades.
Por ello, pretende que el «Pueblo», constituido por los insurgentes como el locus de la soberanía, debía regresar a su antigua dominación y sustraerse de cualquier concepción «libertina», la cual solo creaba «fantasías monstruosas» entre las personas.
Estas solo debían orar «a Dios por la salud y prosperidad de los Monarcas, deseándoles una vida larga, un imperio quieto, un palacio tranquilo y seguro, unos ejércitos fuertes, un Senado fiel, un pueblo dócil y bueno, el universo sumiso y pacato».
44 Por tanto, el prelado asumía un gran desafío porque, al igual que lo que había ocurrido durante la insurgencia indígena (1780-83), el regalismo se encontraba nuevamente ante la necesidad de disputar en los diversos estratos sociales su propia legitimidad y ajustar cuentas con el imaginario autonomista.
La estrategia pedagógica utilizada por Moxó y Francolí fue buscar entre los pasajes bíblicos aquellos que podían asociarse a los tiempos convulsionados de su presente.
Para esto, el autor comparó «el pueblo» de la Biblia con «el pueblo» de Charcas y así relacionó algunas de sus reflexiones con los sucesos ocurridos en el Alto Perú.
La impugnación no solo se dirigía a los dirigentes sino a toda la comunidad y a sus posibles imaginaciones, dando cuenta de lo que había implicado el proceso de autogobierno.
Hablando del «pueblo de la Biblia», advertía que «nunca se les oía a aquellos sencillos discípulos murmurar del gobierno, o hablar con desprecio de las autoridades constituidas, fuesen las que fuesen».
Y en otro párrafo aseguraba que «censurar y calumniar a los Jefes, se ha mirado en todos los siglos y en todas las Naciones como prueba de un carácter funesto a la patria».
45 En este sentido, despreciar y calumniar a las autoridades no solo era atentar contra Dios sino contra la patria misma.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 El lenguaje regalista que vinculaba Dios, rey y patria 46 contaba con una fundamentación religiosa que, paradójicamente, eran las mismas fuentes teológicas que habían justificado el luteranismo para iniciar el cisma en el mundo católico.
La prédica paulista 47 era un recurso que católicos y protestantes utilizaron para fundamentar el orden establecido.
Ante la crisis y la disputa de 1809, según la Carta Pastoral, la religión podía superar las divisiones, conducir a los hombres a aceptar la voluntad del rey y de sus funcionarios y clausurar esa voluntad que empujaba a los hombres a que «se envistan y despedacen mutuamente, como los tigres y los osos de los montes».
48 De esta manera, el cuerpo moral y ético de la religión podía asumir su objetivo: religar a los hombres entre sí y conducirlos al orden anterior.
Para el arzobispo, «obedecer y callar es y ha sido siempre la divisa de un cristiano y de un Ciudadano de Honor».
49 Así, el prelado construía un relato sobre el buen ciudadano cristiano, aquel que debía aceptar resignadamente las decisiones del monarca y sus representantes.
De esta manera, reivindicaba la fórmula de dominación regalista: vasallo de Dios y vasallo del rey, a la manera de un entramado indisociable e inherente.
La efectividad de la prédica paulista tendría sus efectos, inclusive, dilemáticos.
De hecho, algunos acusados de dar su apoyo a Juan José Castelli 50 -luego de su derrota en Huaqui (1811) y posterior retiradafundamentaron su adhesión a través del recurso paulista.
En el Expediente formado en virtud de la causa criminal seguida contra el Abogado Don Manuel Eusebio Ruiz por haber sentado en un Escrito de que la autoridad de Castelli fue legítima (1812) se indicaba que el acusado había esgrimido que su apoyo al jefe del Ejército Auxiliador del Alto Perú se debía a que 46 Sobre esta relación ver Elliott, 2004.
47 Nos referimos a la posición del apóstol san Pablo en Romanos, XIII, 1-3.
Aquí indica: «Todos deben estar sometidos a las autoridades superiores, pues no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas, de suerte que quien resiste la autoridad, resiste a la disposición de Dios».
Carta Pastoral del Ilmo.
Sr. Arzobispo de La Plata, sobre la obediencia y sumisión que se debe a las potestades legítimas.
Real Imprenta de los niños expósitos», Buenos Aires, 22 de febrero de 1810.
50 La junta revolucionaria de Buenos Aires lo nombró jefe del Ejército Expedicionario (9 de junio de 1810) y dirigió la primera expedición auxiliadora al Alto Perú.
Fusiló en Córdoba al ex-virrey Santiago de Liniers por conspirar contra el nuevo gobierno y entre septiembre y noviembre de 1810 tomó el control del Alto Perú.
Ante la derrota infringida por el ejército realista de Juan Manuel de Goyeneche en Huaqui, Castelli abandonó el Alto Perú.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 de los principios de una sana filosofía, y de los preceptos de nuestra religión cristiana: siguiendo al Apóstol San Pablo en la epístola trece a los Romanos, que dice, que no hay potestad que no venga de Dios, y así todas las que hay son ordenadas por Dios, Por lo tanto, quien resiste a la potestad resiste a las órdenes de Dios, y por eso es necesario estar obediente a cualquiera autoridades, no solo por temor de la fuerza, sino también por la conciencia.
51 De alguna manera, podemos observar cómo el «recurso paulista» -tan reivindicado por el regalismo-había servido como un argumento legitimador para explicar la obediencia a las autoridades revolucionarias.
Este Expediente concluía con una más que interesante resolución, ya que el agente letrado que oficiaba de fiscal entendió que dicha apelación era subversiva y sediciosa.
Allí se indicaba que la proposición de que Castelli y sus socios fueron potestades de las que habla el Apóstol, con obligación a obedecerlos de parte nuestra, y que [...] se sometió porque el evangelio nos lo manda, es tan aventurada, sacrílega, y escandalosa, que faltaría a su deber de fiscal si no la denunciase, como la más sediciosa, y subversiva.
En este caso, el recurso paulista solo podría ser utilizado por los funcionarios borbónicos, desacoplándolo de cualquier otra apelación a la subordinación de otra autoridad.
Entonces, podemos observar cómo la lucha interpretativa por la fundamentación de las acciones era utilizada y era reapropiada por diversos actores, inclusive observamos cómo el «recurso paulista» se instrumentalizó para legitimar su adhesión a las órdenes de Castelli.
Matías Terrazas: constitucionalismo y regalismo
Matías Terrazas pertenecía a la élite eclesiástica.
Posee una historia política singular durante los acontecimientos que se suscitan durante la crisis monárquica en el Alto Perú.
Como profesor de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca 52 firmó en 1809 la denominada Acta de los Doctores.
53 Este documento se oponía a la pretensión de la corte de 51 ABNB, Sucre, Em.
121, «Expediente formado en virtud de la causa criminal seguida contra el Abogado Don Manuel Eusebio Ruiz por haber sentado en un Escrito de que la autoridad de Castelli fue legítima», La Plata, 9 de octubre de 1812.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 Portugal (residente en Brasil) de reclamar los territorios del Alto Perú y reafirmaba la obediencia al cautivo rey Fernando VII.
A su vez, mandaba a las autoridades reales retirar los documentos enviados por Carlota Joaquina 54 y censuraba cualquier tipo de vínculo con esta.
Por lo tanto, si bien los firmantes reivindicaban la dominación de Fernando VII, abrían al mismo tiempo una confrontación con las autoridades virreinales.
Estas, según el tribunal y el claustro universitario, habían mantenido una relación ambigua con respecto a las proposiciones portuguesas.
Por lo tanto, se las culpaba de haber hecho públicas las reclamaciones de Carlota Joaquina e inclusive de sentirse «seducidos» por las mismas.
Matías Terrazas fue parte de aquellos hombres de saber que habían colaborado con la configuración de espacios de sociabilidad entre el claustro universitario y los tribunales.
A su vez, es importante considerar otro dato político: durante 1809, Terrazas no legitimó las posiciones adoptadas por el arzobispo Moxó y Francolí, las cuales adherían a la autoridad del presidente de la Audiencia.
Por lo tanto, asumió en su práctica política dos pertenencias: al clero y a la sociabilidad construida en relación a la universidad.
A diferencia del regalismo de Moxó y Francolí, Matías Terrazas apoyará la propuesta constitucional gaditana, por lo menos, hasta que la guerra haya exacerbado la construcción de bandos irreconciliables.
En 1813, el deán en su Exhortación 55 del 6 de enero convertirá su discurso y a la Iglesia misma de la ciudad de La Plata en estrategias de legitimación de la Constitución elaborada en Cádiz en 1812.
56 Esta, según su mirada, era el resultado de una fórmula política que aseguraba el trono pero que al mismo tiempo reconocía y legitimaba la capacidad constituyente de los pueblos y reinos.
Las cortes habían introducido en esta fórmula constitucional al rey y lo habían sometido a los límites que la Constitución implicaba.
De esta manera, el regalismo quedaba desterrado de su discursividad.
55 ABNB, Sucre E-123, «Exhortación hecha en la Catedral de la Ciudad de La Plata por el Señor Doctor Don Matías Terrazas, Deán de dicha Santa Iglesia, el día de la publicación y jura de la Constitución Política de la Monarquía Española», La Plata, 6 de enero de 1813.
56 La Constitución de Cádiz de 1812 determinaba como forma de gobierno la monarquía constitucional.
Este texto proponía una organización centralista de todos los territorios de la monarquía, establecía ayuntamientos constitucionales y la elección de diputaciones provinciales pero ambas instituciones eran limitadas por un jefe político nombrado por la metrópoli.
Con esto se buscaba reconstruir el resquebrajado orbe imperial y, fundamentalmente, clausurar las experiencias juntistas.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 Con respecto a la Constitución gaditana, Terrazas indicaba: Veo en este majestuoso aparato a una de las más respetables poblaciones de la América meridional: a la muy noble, leal y valerosa ciudad de La Plata, a ese pueblo religioso, ilustrado, magnánimo, siempre fiel a su nación, siempre leal a su legítimo soberano; lo veo, digo, pronto a jurar y obedecer las sanciones de un código sagrado, que ha sido y será perpetuamente la admiración de todo el mundo, y la gloria de la nación española.
De un código que en sus cláusulas respira piedad para con Dios, fidelidad para con el soberano, amor para con los ciudadanos, interés por el bien de la nación, celo por la observancia de las leyes.
57 En su Exhortación recurre -como lo vimos en los textos de Moxó y Francolí-a las comparaciones entre la Biblia y los sucesos gaditanos, haciendo del lenguaje político una didáctica de la legitimación.
Cádiz era comparada con el monte Sinaí y la constitución se homologaba a las Tablas de la Ley presentadas por Moisés a su pueblo.
Es decir, a partir del texto bíblico los letrados católicos construyeron una historia política común entre el texto bíblico y el mundo ibérico.
58 El pueblo español caminaba sobre las mismas huellas que el pueblo de Moisés.
La metáfora de Sinaí poseía una significación política relevante, ya que es el lugar del pacto entre el pueblo hebreo y Dios.
De esta manera, la metáfora venía a reafirmar ese pacto que se había reconocido en Cádiz entre el rey y los pueblos.
Entonces, tanto el Sinaí como Cádiz se tornaban metáforas del pacto y del surgimiento de una nueva ley.
La iglesia de la ciudad de La Plata fue transformada por Terrazas, como lo fue el Sinaí, en el lugar donde se dio lectura a las leyes y se convocó al pueblo a obedecerlas.
Por una suerte de transposición la Iglesia asumía el lugar de Moisés.
Es decir, aquella institución que traía y mostraba la ley a su comunidad.
Según del deán Terrazas, la Constitución que sale de sus manos reconoce un gobierno monárquico, dulce, justo, útil, amable, y por lo mismo más prudente en lo que cabe entre las vicisitudes humanas.
En él se establece el pacto social más religioso y equitativo entre el rey y los vasallos.
En él se deslindan con la mayor claridad los sagrados derechos del monarca, y los fueros propios de la nación. [...]
Se establece un sistema de monarquía, propia, equitativa, paterna, templada, que pone a cubierto al monarca y a los vasallos, de los terribles estragos, o de la anarquía o del despotismo.
58 Esta relación no es novedosa, como tampoco lo es la apelación a los mandatos bíblicos.
En este sentido debemos recordar que la conquista de América se vinculó a un plan de Dios.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 La Constitución gaditana, en palabras de Terrazas, venía a reconocer ambos derechos: el derecho regio y los derechos de los pueblos.
Pero sobre todo, venía a plantear que sus preceptos ponían a cubierto al monarca y a los pueblos, estableciendo límites y garantías.
Ahora existía una ley que limitaría el despotismo y la anarquía.
En este sentido, se planteaba en la Exhortación:
Españoles generosos, americanos ilustres, fieles chuquisaqueños: se nos presenta la gran Constitución política de la nación española; jurémosla, obedezcámosla, besémosla, estrechémosla entre nuestros pechos, pongámosla sobre nuestras cabezas.
60 Por tanto, esta Constitución debía ser obedecida por los hombres y pueblos a ambos lados del Atlántico.
La misma intentaba restablecer un imperio (político) que comenzaba a resquebrajarse.
Es decir, la Constitución podía presentarse como una estrategia para fortalecer la novísima monarquía constitucional y así clausurar la imagen de un mundo hispano en ruinas.
En este sentido, los hombres debían aceptarla ya que sería, según Terrazas, «el principio de la regeneración del reino», «el cimiento solido del glorioso trono de nuestros monarcas», «el apoyo de la justa y reglada libertad de los ciudadanos, y últimamente como la fuente y el origen de la felicidad de las Américas».
61 A su vez, la Constitución podía establecerse como una posibilidad para cerrar el proceso revolucionario iniciado en Charcas y seguido por la élite revolucionaria rioplatense que instaló en 1810 la Junta Provisoria de Buenos Aires.
Una dimensión interesante a destacar de Terrazas es que su apelación a la obediencia se construye nuevamente a través de las palabras de san Pablo.
El «recurso paulista» se torna eficaz para lograr la subordinación, no ya a un rey que no retorna, sino a una constitución que busca reconstruir una soberanía política.
Si bien las reflexiones de san Pablo aparecían, en la carta de Moxó y Francolí, como la mejor fundamentación para la sujeción a los príncipes, en la Exhortación de Matías Terrazas aparecerían como la mejor fundamentación para apelar a la obediencia hacia las cortes y al cuerpo constitucional.
Por ello, se preguntaba: «¿podrá haber autoridad mas legítima que las de unas Cortes que representan toda la nación?».
De esta forma, las cortes se transformaban en una suerte de Príncipe colegiado, y el rey en una autoridad que «suscribiría gustoso a unas decisiones que 60 Idem.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.07 sin perjudicar sustancialmente los sagrados derechos de majestad, precaven en lo posible los abusos que la vil adulación...».
62 Esta fórmula constitucional tenía como propósito superar las pugnas y los enfrentamientos y solo la obediencia a la Constitución impediría que «nos separásemos de su generoso modo de pensar, y no despedazásemos en cismas y guerras civiles».
63 Por tanto, la Constitución asumía otra significación lexical, la constitución como «conjuro» a la guerra civil.
La Exhortación recogía una propuesta reformista, inclusive ya planteada por Victorián de Villava (1797), donde afirmaba: «Sí, Americanos ilustres: tendréis parte en el cuerpo legislativo: vuestros diputados, [...] tendrán el voto para sancionar las leyes en las Cortes».
64 En el lenguaje de Matías Terrazas, a la luz de los acontecimientos en 1813, podemos observar la recreación del imaginario pactista y constitucionalista.
La reactualización de las esperanzas regeneracionistas y reformistas del reino y la afirmación, ineludible, de que la «Nación» -como sujeto en el cual residía la soberanía-se había transformado en el protagonista de los debates constitucionales en Cádiz.
Entonces, no solo se advertía una reformulación del vocablo nación, antes relacionado a lo territorial y local, sino que esta nueva significación permitía apelar a una soberanía indivisible y unitaria 65 que discipline a los actores y pueblos.
Pero, a su vez, debemos considerar que su construcción discursiva, si bien reafirmaba la cultura pactista, incorporaba la afirmación del rey como lugarteniente de Dios.
Pero ya no un vicario de Dios, como defendían los partidarios del derecho divino, sino un lugarteniente limitado por otra fuente de autoridad: las cortes.
Estas contradicciones daban cuenta de la dinámica política y de las representaciones de los actores en dicha dinámica.
De esta forma, esta discursividad mantenía una cohabitación de imaginarios, de manera tal que no lesionaba la voluntad regia y la voluntad de la nación.
En junio de 1813, el Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano toma el control sobre el Alto Perú y es derrotado por las fuerzas militares del virrey del Perú en noviembre de dicho año.
Esta trágica situación no le impidió buscar nuevos aliados y continuar fortaleciendo las guerrillas altoperuanas.
En enero de dicho año se había inaugurado en Buenos Aires la Asamblea del Año XIII, intentando construir un orden político y territorial 62 Idem.
Mientras se mantuvo el control del ejército de Belgrano, fue aceptada la soberanía de la Asamblea Constituyente.
En un Oficio 66 del Dr. Esteban Gazcon 67 se manifestaba la decisión y necesidad del general en jefe del Ejército Auxiliar de lograr el reconocimiento de la Asamblea como autoridad soberana.
Para ello, se establecía una fecha para su reconocimiento y se abría un proceso de selección de diputados, intentando ampliar la «composición territorial y representacional».
Pero el juramento no sería realizado por la derrota de las fuerzas el Belgrano.
Un mes después de la misma, Matías Terraza escribía un sermón que hacía referencia a la experiencia de autogobierno rioplatense y a la convocatoria de la Asamblea General Constituyente.
Ante estos sucesos políticos, las autoridades reales que habían retomado el control sobre Charcas van a afirmar la narración de un conflicto atravesado por propuestas irreconciliables.
En esta coyuntura, se va forjando el bando realista; bando enfrentado a secesionistas o autonomistas.
Es decir, el bando del rey construye su identidad en relación al apoyo que ejércitos y élites dispensan al monarca cautivo y a las decisiones políticas peninsulares.
La consolidación del virrey Abascal en territorios altoperuanos hizo que Matías Terrazas apoyara a su ejército y elaborara una discursividad donde se indicará cómo la religión y el mismísimo Dios intervienen en el bando del rey.
En el conflicto bélico entre Pezuela (jefe de los ejércitos del virrey Abascal) y los partidarios del autogobierno; Dios, la Virgen María y la Virgen del Carmen son «sumados» al bando del rey.
Para indagar sobre este Sermón es interesante considerar la realidad política y los actores gravitantes en Charcas.
Y esto lo advertimos porque en este texto Matías Terrazas no se refiere a la Constitución de Cádiz, sino que reafirmará la voluntad del rey, a quien se «debe honrar con sumisión y fidelidad».
145, «Oficio del Dr. Esteban Gazcón a los Ministros de Hacienda pública de las Cajas principales: transcribe la superior orden sobre la jura y reconocimiento de la Soberana Asamblea general constituyente instalada en la Capital de Buenos Aires», La Plata, 28 de junio de 1813.
Fue nombrado presidente de la Real Audiencia de Charcas por Juan José Castelli, y luego es restituido por Belgrano como presidente de la Audiencia y, a su vez, elegido como gobernador de Charcas.
Después de la derrota en Ayohuma (1813) se puso a las órdenes del gobierno de Buenos Aires.
El imaginario pactista y constitucionalista da lugar a la reivindicación de las prerrogativas de la Corona.
Es decir, el argumento «pactista» se destruye con la guerra («ya no hay pacto, hay guerra»), pero también esto se produce por la decisión del virrey Abascal de no defender la Constitución gaditana.
En su Sermón se pronunciará contra el establecimiento de la Asamblea en el Río de la Plata, ya que este cuerpo colegiado era considerado como un actor que disputaba la soberanía del rey y, a su vez, que pondría en duda la religión.
En este contexto, donde el poder militar y político de Pezuela presiona sobre los demás actores, Terrazas vuelve a las fórmulas regalistas, advirtiendo que «Dios es el principio y forma del origen de la autoridad de los Reyes».
69 En este sentido, indica que: adhesión al rey, introduce esta clave explicativa para deslegitimar al proceso autonomista.
En este lenguaje de la sospecha busca instalar una imagen de los juntistas rioplatenses e indicar que se habían apropiado de una soberanía que no les pertenecía porque el rey no ha muerto.
Por lo tanto el Sermón, a su vez, busca restituir la imagen de un rey vivo y con capacidades futuras de mando.
Entonces, el planteo de que el monarca no podría gobernar en el futuro se volvía un desacato al poder regio y divino.
Por ello, Terrazas se pregunta: «¿Quién sois vosotros que de ese modo queréis tentar a Dios y poner límites a su poder?».
73 El regalismo de Terrazas vuelve a buscar los fundamentos en la doctrina del derecho divino para deslegitimar las acciones de los partidarios del autogobierno y vuelve a reactualizar los debates que se suscitaron en las disputas entre el presidente de la Audiencia y los jueces del tribunal durante 1809 en La Plata.
Con la fuerza militar y política de Pezuela, Terrazas busca otro «cierre o clausura» del ciclo de la crisis distinto al constitucional.
Por ello, indicará que en la debida subordinación al rey, y á las Autoridades legítimas que gobiernan á su nombre, consiste la verdadera felicidad de la América, y no en las ilusiones de una independencia y libertad ilimitada, quimérica, y mal entendida.
74 La propuesta de Terrazas es resignificada bajo la perspectiva del derecho divino de los reyes.
De esta forma, daba por tierra sus anteriores apelaciones a la fórmula constitucional y sustraía cualquier capacidad instituyente de la comunidad.
La estrategia política de Pezuela, compartida en este contexto por Terrazas, pretendía negar esos derechos de transmisión de la soberanía por parte de la comunidad y reafirmar la sujeción inevitable al rey y a sus autoridades.
La radicalización de la guerra y el control de Charcas por el virrey de Perú había impulsado a letrados como Terrazas a desplazarse de un registro político a otro y habían permitido la construcción de un escenario discursivo irreconciliable donde los partidarios de la metrópoli se negaban, ya sea por la desconfianza de algunos funcionarios en la Constitución de Cádiz o por el «peligro» que suponían en la metáfora pactista, a reconocer cualquier planteo que imputase a la comunidad cierta capacidad soberana.
Las contiendas políticas que se produjeron durante el período que se extiende desde las reformas borbónicas hasta la instalación de la Asamblea del Año XIII supusieron la reactualización de imaginarios políticos que habitan el universo de la monarquía hispana para fundamentar las acciones de los actores, así como las diversas respuestas a las crisis abiertas por las reformas borbónicas y por el cautiverio del rey.
Encontramos vocabularios, lenguajes e imaginarios que orientaron a los hombres en dichas acciones, o a actores que en su intervención los «colocan en escena» para suscitar la acción de los agentes.
Los hombres de saber, a través de sus «textos de combate», no solo dieron cuenta de la posición que poseían en las diversas polémicas, sino que se tornaron indispensables para la disputa representacional e imaginaria.
Ellos, intentando animar la discusión y la polémica, establecieron marcos interpretativos sobre conflictos y tensiones.
Ahora bien, si consideramos desde una perspectiva de largo alcance las reflexiones reformistas de Victorián de Villava hasta la defensa regalista de Terrazas en su Sermón; podemos sugerir que el intento por clausurar el conflicto político abierto con la crisis de 1808 llevó a las autoridades virreinales a esgrimir distintas estrategias políticas y discursivas para mantener, relegitimar y reformular -sobre todo en 1812 con la Constitución de Cádiz-el dominio político e imperial.
El «imperio de lo político y del dominio» fueron las grandes preocupaciones de los metropolitanos y sus partidarios americanos.
Si bien estas estrategias se hacían cargo de los conflictos iniciados con las reformas borbónicas y de los vaivenes de la guerra, habían soslayado la intensidad disruptiva que causa el vacío de autoridad y la acción de las élites autonomistas.
Al considerar cada una de las propuestas y trayectorias discursivas podemos advertir cómo a partir de diversas coyunturas se fueron disponiendo, enfrentando y cohabitando distintos imaginarios y vocabularios políticos.
Imaginarios que, debemos decir, se fueron desplegando con diversas intensidades y adhesiones en el periodo que se extiende de las reformas borbónicas hasta la propuesta constitucional del Año XIII.
El cisma fundamental en el universo de los imaginarios se produce ante la ausencia del rey y, por ende, de su presencia legitimadora de las instituciones y autoridades.
Esta ausencia abrió una disputa entre los actores políticos acerca de si los pueblos y ciudades poseían el derecho o no a constituirse en sujetos transmisores de soberanía.
Entonces, la apropiación ESTEBAN DE GORI de la tradición que fundamentaba el derecho a transmitir soberanía empujó a los partidarios del autogobierno al enfrentamiento con las autoridades virreinales.
Estas últimas se apropiaron de todas aquellas representaciones y discursividades que les permitían retener, recuperar o ampliar su poder.
La apelación al derecho divino, la asociación de lenguajes bíblicos con los sucesos políticos peninsulares, el apoyo a la Constitución de Cádiz, así como el «recurso paulista», fueron todos usos posibles para clausurar los peligros disolutorios del orden que supusieron la ausencia radical del rey, el vacío y la incertidumbre.
En la pugna entre imaginarios pactistas y regalistas, existió una «variedad» de posiciones, desplazamientos, yuxtaposiciones, «grises» y dicotomías.
Todos estos usos fueron articulados en las condiciones de posibilidad simbólica que planteaba la dinámica política.
Los actores políticos del territorio de Charcas forjaron mutaciones, variaciones y resignificaciones de sus proyectos y los hombres de saber no estuvieron exentos de la intensidad y «toma de posición» que suponía la intervención política.
Las tensiones que abrieron las reformas borbónicas, la crisis monárquica, el enfrentamiento bélico, el control territorial ejercido por uno y otro bando, forjaron un escenario de discursividades e imaginarios que develaron la complejidad misma de un proceso atravesado por las contingencias de las pugnas políticas. |
Acostumbrados a dividir a los grupos de poder en compartimentos estancos -«realistas» versus «separatistas»-, la interpretación canónica sobre la «Independencia de Chile» entendió el año 1810 como un momento de epifanía y renacimiento político.
1 Para historiadores como Diego Barros Arana y Benjamín Vicuña Mackenna, la lucha por la «independencia» comenzó tan pronto aparecieron las primeras rivalidades entre las autoridades coloniales y las elites de Santiago y Concepción en torno a quién y cómo se debía ejercer la soberanía en nombre del rey cautivo.
Esta visión descansó en una interpretación nacionalista y teleológica del fenómeno revolucionario, en el que el «español» fue presentado como el «enemigo» y la separación total con España como el corolario inevitable del movimiento de «emancipación».
Con ello se simplificó un fenómeno que, como todo proceso revolucionario, fue bastante más complejo y menos lineal.
Ni en 1810 los separatistas eran mayoría -de hecho, eran el más reducido y menos poderoso de los grupos en lucha-ni la independencia y la construcción del Estado nacional chileno eran ineluctables.
La revolución no causó una guerra entre dos naciones soberanas sino un conflicto civil entre facciones políticas cuyos programas solían cambiar según las circunstancias, intereses y aspiraciones de sus líderes.
Las coyunturas críticas, en otras palabras, ejercieron una influencia poderosa durante esos años de incertidumbre y crisis política.
De ahí que un revolucionario como Bernardo O'Higgins no fuera un convencido separatista y defensor del republicanismo sino hasta bien entrada la década de 1810.
2 De ahí también que el devenir sinuoso de la guerra impidiera la construcción de idearios políticos de largo aliento.
El año 1814 fue quizás el más turbulento del primer período de la revolución chilena.
La guerra civil entre «fidelistas» (o «realistas») y «revolucionarios» (o «insurgentes» y «rebeldes») tomó un curso inesperado durante los primeros meses de ese año.
Hasta entonces, la lucha armada había seguido un derrotero relativamente esperable: encuentros esporádicos y de baja intensidad protagonizados por ejércitos mal apertrechados y de entrenamiento rudimentario se habían sucedido a partir de marzo de 1813, fecha en la que el oficial realista Antonio Pareja desembarcó en el puerto de Talcahuano junto a cerca de 2.000 hombres con el fin de reconquistar el Valle Central del territorio chileno.
3 La suerte de Pareja estaría marcada indistintamente por el triunfo militar y el dolor físico, siendo reemplazado por Juan Francisco Sánchez, quien ejerció como jefe militar hasta el arribo desde Lima de Gabino Gaínza a principios de 1814.
La figura de Gaínza cambiaría para siempre el escenario político-militar de la revolución chilena, dando a la guerra civil un curso inesperado.
Como intentaré demostrar en este artículo, el papel de Gaínza a lo largo de 1814 nos permite comprender por qué los revolucionarios chilenos pasaron de la desobediencia a Lima a defender una lenta pero decisiva ruptura con España.
Hasta mediados de 1814, el principal enemigo de los insurgentes chilenos no era el rey de España sino el virrey peruano, José Fernando de Abascal.
Los denominados radicales no buscaban, en ese sentido, separarse tanto de Madrid cuanto de Lima, una diferencia que no ha sido mayormente destacada por las dos principales corrientes interpretativas del proceso «independentista».
Al tiempo que la historiografía decimonónica defendió la idea de que el separatismo con España era un deseo generalizado entre las elites chilenas, historiadores recientes han cuestionado las características revolucionarias del movimiento autonomista a raíz de las abdicaciones de Bayona en 1808.
4 Este artículo se aparta de ambas posiciones, argumentando que entre 1810 y 1814 se llevó a cabo una profunda «revolución» autonomista en las principales ciudades chilenas, aunque sin llegar al extremo de cortar todos los vínculos con el rey cautivo.
En efecto, este trabajo defiende la hipótesis de que los primeros revolucionarios chilenos no eran necesariamente antimonárquicos, cuestión que comenzó a cambiar solo a fines de 1814 a consecuencia de la polarización de las posturas defendidas por ambos lados combatientes.
Con el objeto de comprobar esta idea presentaré cuatro puntos: en primer lugar, daré cuenta de cómo se llegó al nombramiento de Gabino Gaínza, para lo cual resumiré los principales eventos políticos y de armas durante 1813.
En segundo, estudiaré la responsabilidad de Gaínza y de los insurgentes Bernardo O'Higgins y Juan Mackenna en la negociación y firma del denominado Tratado de Lircay.
Aquí sostendré que, a pesar de la corta duración del tratado, este debe ser considerado como el primer intento de regularizar, mediante el derecho de gentes, el conflicto entre realistas y revolucionarios.
En la tercera sección explicaré el lento pero decisivo tránsito hacia la ruptura con la metrópoli, especialmente luego del regreso absolutista de Fernando VII y la derrota revolucionaria en la batalla de Rancagua.
Fue dicha derrota, de hecho, la que concretó el paso de la desobediencia a Lima a la ruptura con España.
Finalmente, concluiré con algunas ideas en torno al giro americanista adoptado a partir de 1815 por los principales líderes de la insurgencia chilena.
Orígenes de la guerra civil revolucionaria en Chile
La guerra civil desatada en Chile a principios de 1813 se dio en un contexto de revolución política.
La caída de Fernando VII en 1808 y el retorno del poder político a los principales cabildos de las ciudades y villas hispanoamericanas gatilló un proceso de renovación política que, desde entonces y hasta mediados de la década de 1820, fue protagonizado por dos grupos de poder: los militares y los hombres de letras.
En muchos casos, civiles y comerciantes poderosos devenían militares, haciendo alianzas con oficiales regulares entrenados bajo el régimen Borbón.
Ese fue el caso de Bernardo O'Higgins, quien desde su hacienda Las Canteras se unió al ejército que en los primeros años de la revolución chilena tuvo como objetivo, en primer lugar, defender la autonomía de los cabildos de Santiago y Concepción y, en segundo, oponerse a los intentos del virrey Abascal de intervenir en la política chilena una vez que los revolucionarios chilenos tomaron un curso similar al radicalismo de Buenos Aires.
La dirigencia revolucionaria chilena no fue inmediatamente separatista, como sí fue, por ejemplo, la caraqueña y quizás la bonaerense.
Aun así, el hecho de que desde 1810 en adelante el territorio chileno haya sido gobernado por un conjunto de autoridades locales que no obedecían ni a Lima ni a las corporaciones que administraban la Península en nombre del rey cautivo, demuestra el carácter revolucionario del movimiento autonomista chileno.
En la segunda mitad de 1812, dicho movimiento profundizó sus diferencias con las Cortes de Cádiz y el virrey limeño.
Aunque Abascal no era un defensor del constitucionalismo gaditano, era consciente de que su posición como virrey (o jefe político) lo obligaba a obedecer las órdenes de la Península en cuanto a que todos los territorios bajo su mando debían poner en práctica la Constitución española.
Chile no era uno de aquellos territorios; no al menos legal y formalmente.
Sin embargo, para Abascal la designación de Chile como Capitanía General en 1798, y la consiguiente declaración de su independencia administrativa del Perú, nunca fueron óbice para involucrarse en la política chilena de forma más o menos directa.
Durante los años 1810-1812, el virrey intervino en Chile de forma pacífica y persuasiva, consciente como estaba de que el comercio limeño dependía del chileno y viceversa.
Al ver en 1812 que Carrera no solo no había puesto en vigencia la Constitución de Cádiz sino que había redactado su propio código constitucional (el llamado Reglamento Constitucional Provisorio de octubre de 1812), a Abascal no le quedó más que enviar una expedición militar para combatir el radicalismo chileno en su propio territorio.
El envío de Pareja con instrucciones de que reclutara el máximo de soldados posibles en las zonas ubicadas al sur del territorio (las cuales por razones económicas e históricas eran más leales a Lima que a Santiago) fue la confirmación de que el conflicto armado seguiría el curso de una guerra civil revolucionaria.
5 El ejército de Pareja venció a las fuerzas de José Miguel Carrera (que a principios de 1813, había sido nombrado comandante en jefe de las armas revolucionarias por la Junta Gubernativa del Reino) en el primer combate de relativa importancia en la localidad de Yerbas Buenas, cerca de la ciudad de Linares.
6 No obstante, cuando Pareja intentó cruzar el río Maule en dirección al norte, los voluntarios que había reclutado en Chiloé y Valdivia se negaron a seguirlo.
Con tan solo 1.700 hombres, un moribundo Pareja se vio en la necesidad de regresar con sus tropas a Chillán y transferir la comandancia de su ejército a Juan Francisco Sánchez.
En Chillán, Sánchez reunió a su ejército, mientras que los insurgentes sitiaron la ciudad por casi 45 días.
Tanto Carrera como Sánchez debieron enfrentar el hecho de que ninguno de los lados combatientes estuviera suficientemente preparado para llevar a cabo una actuación aceptable en el campo de batalla.
Sin embargo, mientras los fidelistas encontraron refugio en un lugar relativamente seguro para descansar y entrenar, los revolucionarios sufrieron múltiples deserciones y muertes.
En palabras de un autor contemporáneo: en este estado, siendo las lluvias diarias i los frios tan escesivos, que un centinela no podia permanecer cinco minutos en su puesto, sin que se le cayese el arma de la mano, se empezó a destruir el ejército [revolucionario].
Siguiendo a Alan Knight, puede decirse que prácticamente todas las revoluciones terminan en una guerra civil (lo que no necesariamente ocurre al revés; basta con considerar el caso de la guerra civil española).
6 Para un recuento contemporáneo y muy interesante del avance de Pareja desde el sur de Chile hacia Concepción, véase Archivo General de Indias (en adelante AGI), Diversos, 3, Manuel de Matta a Abascal, 24 de abril de 1813.
JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ morian de necesidades, los caballos i ganados corrieron la última suerte, i era visto que el ejército Restaurador no habia ido a aquel destino sino para pugnar con los elementos.
7 Una serie de escaramuzas entre el ejército revolucionario y las guerrillas fidelistas debilitaron a los insurgentes aún más.
Más difíciles de combatir y resistir que las tropas regulares, las guerrillas de Sánchez sorprendieron a las fuerzas de Carrera en octubre de 1813 en el combate de El Roble.
Los errores de Carrera llevaron a la Junta chilena a reemplazarlo por Bernardo O'Higgins, quien «había construido una sólida reputación por su habilidad táctica y valor personal durante las campañas precedentes» 8 y quien al final obtuvo una victoria psicológica en El Roble cuando forzó a los fidelistas a «repasar el río Itata en el mayor desorden».
9 No obstante, la posición de los monarquistas continuaba siendo más ventajosa que la de los revolucionarios.
El ejército fidelista se hizo aún más fuerte cuando el español Gabino Gaínza tomó el control de la situación a principios de 1814.
En sus instrucciones a Gaínza, el virrey Abascal le ordenó reunir a los soldados realistas en un solo y gran ejército.
De acuerdo con el plan de Abascal, Gaínza debía desembarcar en Arauco y luego marchar hacia el norte con el fin de reconquistar Concepción y el río Maule, obligando de esa manera a los revolucionarios a concentrar sus tropas en Santiago.
Antes de ingresar a la capital, sin embargo, Gaínza debía intentar convencer pacíficamente a los insurgentes de regresar al redil monárquico.
Si los revolucionarios «se avienen a deponer las armas que sin causa han tomado contra el Rey y el gobierno supremo de la nación», entonces serían tratados «con todo el miramiento y humanidad características de aquella [la nación], haciéndole entender que este es el reencargo mío, para cortar el horroroso derramamiento de nuestra preciosa sangre y las calamidades de una guerra civil».
Abascal concluyó sus instrucciones enfatizando que cualquier intento de firmar un acuerdo de paz con los insurgentes en términos distintos a los estipulados por el virrey debía ser aprobado previamente por Lima.
Veremos que la decisión de Gaínza de no atenerse a esta cláusula provocaría su destitución como general en jefe del ejército fidelista.
10 7 Colección de Historiadores y Documentos relativos a la Independencia de Chile (en adelante CDHICh), II, 122.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA Gaínza desembarcó en Arauco el 31 de enero de 1814 junto a 200 hombres, partiendo de inmediato a Chillán, donde se encontraba el grueso del ejército fidelista.
Allí, Gaínza se reunió con Juan Francisco Sánchez, quien puso sus hombres a su disposición.
A pesar de que Gaínza nunca se relacionó bien con Sánchez y el resto de los oficiales realistas, en los primeros meses de 1814 el general español logró cortar las comunicaciones entre las dos principales divisiones del ejército insurgente (la primera estaba a cargo de Juan Mackenna en lo que hoy es la provincia de Ñuble, mientras que la segunda estaba al mando de O'Higgins y localizada en Concepción).
Lo rudimentario de las comunicaciones entre las divisiones revolucionarias era tan problemático como la falta de alimentos y hombres.
En octubre de 1813, el gobierno insurgente publicó un corto Reglamento provisional de aprovisionamiento, 11 el cual fue complementado un año después con un Reglamento mucho más comprehensivo.
12 Ambos dieron la responsabilidad de abastecer al ejército a un burócrata llamado proveedor general, quien estaba llamado a tener una relación fluida con las provincias a través de las denominadas Juntas de auxilios provinciales.
Aun así, ninguno de los dos Reglamentos puso coto a la falta de alimentos y soldados.
Mientras tanto, con el objeto de acrecentar el ejército de Santiago, el 14 de enero de 1814 las autoridades revolucionarias introdujeron la conscripción forzosa.
En dicha ocasión, se decidió que «todo habitante de Santiago es un militar.
En cada uno de los ocho cuarteles en que se divide, se formará un rejimiento o batallón de infantería, compuesto de los individuos que en ellos recidan».
13 Según el autor de este bando, la primera obligacion de todo habitante de un país libre consistía en prepararse con los conocimientos e instrucción militar necesario para defender a su patria, sobre todo en circunstancias que la tiranía hace los últimos esfuerzos por destruirla.
14 En marzo, en tanto, una ley de reclutamiento ordenó que todo ciudadano y todo individuo americano que compone la preciosa porción, y la distinguida parte patriótica que no se haya alistado en los cuerpos fijos, y de milicias, desde la edad de diez y seis años hasta la de cincuenta, se presenten a las cuatro de la tarde de este día en el patio del Tribunal de Justicia para la reunión de la Guardia Cívica.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.08 No obstante la agudeza de estas disposiciones, ellas hicieron poco y nada para mejorar la alicaída situación de los revolucionarios.
La Junta Gubernativa del Reino, que se había establecido en Talca por cuatro meses para que sus miembros se mantuvieran cerca del teatro de guerra, retornó a Santiago el 1 de marzo de 1814.
Esto permitió que el realista Ildefonso Elorreaga tomara Talca, y que el 29 de marzo un contingente fidelista venciera a una división insurgente que había sido recientemente enviada desde la capital.
Fue en este contexto que los políticos santiaguinos decidieron desmantelar la Junta Gubernativa y reunir el poder ejecutivo en una sola gran investidura.
El hombre de letras Antonio José de Irisarri votó a favor del nombramiento del gobernador militar de Valparaíso, Francisco de la Lastra, para que este ocupara el puesto de director supremo de Chile, una moción que fue rápidamente secundada por los principales vecinos de la capital.
16 En su calidad de director supremo, De la Lastra mandató a O'Higgins y Mackenna a que negociaran un tratado de paz con Gaínza, una decisión que traería importantes consecuencias para el devenir de la guerra.
Reconsiderando el Tratado de Lircay
La firma del Tratado de Lircay del 3 de mayo de 1814 causó todo tipo de impresiones: hubo quienes lo criticaron por ser demasiado condescendiente con los realistas; otros por ser demasiado benevolente con los revolucionarios.
Los historiadores, en tanto, generalmente han restado importancia al acuerdo, argumentando que ninguno de ambos bandos estaba realmente interesado en terminar con la guerra.
Sin embargo, tanto las negociaciones que llevaron al tratado como sus consecuencias inmediatas dan cuenta de un cuadro mucho más complicado, y por ello se hace necesario volver una vez más sobre un tema que no ha sido analizado en mayor profundidad.
El contexto inmediato que explica la firma del tratado está dado por el mal estado de ambos ejército al despuntar el año 1814.
A pesar de las victorias obtenidas por su ejército entre febrero y abril de 1814, en opinión de Gaínza las tropas realistas se encontraban en un estado de total abandono.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA que demuestra el bajo número de contingentes europeos con los que, en efecto, contaba el ejército del rey.
Según Gaínza, le había sorprendido la «mucha indecencia» del ejército realista al tomar su mando.
Los soldados no contaban con «casacas o chaquetones» y el prest no se sufragaba hace días.
17 A diferencia del ejército que había asumido Joaquín de la Pezuela en el Alto Perú, Gaínza concluía:
Que feliz Pezuela, que tubo que alabar tanto la pericia militar y disciplina en que halló su Exercito; quanto hé tenido que acordarme de el?
Y que contraste en el que me hé visto, y me veo? 18 La situación del ejército revolucionario era incluso más precaria.
El propio recuento de Gaínza ayuda a hacerse una idea de las muchas pérdidas -humanas y de armamento-sufridas por los insurgentes desde mediados de 1813 en adelante.
En otra carta a Abascal firmada el 26 de abril de 1814, Gaínza informaba al virrey que en los encuentros de Cancha Rayada, Talca, Gomero, Penco, Membrillar y Quechereguas las fuerzas de O'Higgins y Carrera habían perdido 23 oficiales «de todas graduaciones», además de 400 soldados y 500 prisioneros.
A esto se le sumaba la pérdida de 529 fusiles, doce cañones «de diversos calibres y porcion de municiones, equipajes, viveres etcetera».
Además, en su entrada a Concepción, el ejército realista había requisado al menos 60 cañones y 350 fusiles, «sin que el Exercito de mi mando le haya costado más que un solo oficial, apenas treinta hombres, poquisimos fusiles, pero ningun cañon».
19 Es decir, a pesar de las circunstancias críticas en que se encontraba el ejército realista, en comparación con el revolucionario, los hombres de Gaínza podían respirar algo más tranquilos.
De hecho, a las complicaciones acarreadas por la baja de hombres y la pérdida de pertrechos militares, se le agregaba un problema que, hasta ese momento (aunque no por mucho tiempo), todavía no afectaba a los realistas: el faccionalismo político.
El conflicto entre las facciones chilenas se agudizó a raíz de las negociaciones en torno al Tratado de Lircay.
Los principales acápites del acuerdo señalaban que de ahí en adelante el «Gobierno chileno» administraría el territorio con algún grado de autonomía pero no independiente del virrey del Perú ni la metrópoli.
El artículo primero establecía que Chile era «parte integrante de la monarquía española», reconociendo a Fernando VII 17 AGI, Diversos, 3, Gaínza a Abascal, 26 de abril de 1814.
Sin embargo, agregaba que el gobierno chileno retenía «todo su poder y facultad al firmar el comercio con las naciones dados los inconvenientes y apreciadamente con Gran Bretaña, a la que debe España su existencia».
El artículo segundo señalaba el fin de las hostilidades entre ambos ejércitos.
Incluso más, Gaínza aceptaba retirar sus fuerzas de Talca dentro de treinta horas después de haber firmado el acuerdo.
El artículo sexto, en tanto, declaró que los oficiales realistas «que quisieren continuar sus servicios en el país, gozarán el empleo y sueldo que disfrutaron antes de las hostilidades».
20 De estos preceptos, el que establecía que Chile era una «parte integrante de la monarquía española» fue el más criticado por la facción supuestamente más radical.
Carrera acusó en su Diario a O'Higgins y Mackenna de traición y falta de patriotismo, una denuncia que, debido a la polisemia de la palabra «patria», no tenía mayor peso jurídico.
Aun así, el solo hecho de que Carrera utilizara este argumento para deslegitimar la firma del tratado habla de la polarización del proceso político en curso.
Es difícil decir fehacientemente que Carrera, a diferencia de O'Higgins o Mackenna, fuera, para mayo de 1814, un republicano convencido y que, por tanto, dentro de sus objetivos políticos no se encontrara una posible negociación con los realistas.
De su Diario se desprende, más bien, que lo que molestó a Carrera fue que se le hubiera dejado al margen de la negociaciones, más aun considerando que hasta hacía un año él y sus hermanos, Luis y Juan José, tenían el control de la capital y gran parte del Valle Central.
Es posible, también, que Carrera estuviera en lo cierto cuando acusó de que una de las resoluciones a las que habían llegado O'Higgins y Gaínza era el destierro de los Carrera a Lima y que esto, a su vez, haya enervado aún más los ánimos entre ambas facciones.
21 Ahora bien, sin desmerecer las opiniones de Carrera, más relevante es subrayar que efectivamente hubo quienes vieron con malos ojos el tratado pues consideraban que sus artículos iban a contrapelo de los triunfos conseguidos en materia de autogobierno por los insurgentes chilenos.
Ese fue el caso de Manuel José Gandarillas, quien argumentó que «la América no puede ni debe cifrar su futura prosperidad en la piadosa fraternidad con la España».
22 20 Una copia del tratado puede encontrarse en El Monitor Araucano, Santiago, 10 de mayo de Pero los radicales como Gandarillas no fueron los únicos que se mostraron escépticos frente al tratado.
José Santiago Aldunate, un ex regente de la Audiencia de Chile que había sido expulsado a Lima pero aceptado de regreso en algún momento entre 1811 y 1814, se refirió al proceso que había derivado en la firma del tratado.
23 Crítico de los hermanos Carrera, quienes se «creyeron dueños absolutos y miraban a los vecinos honrados como granos de Mostaza», y de Antonio José de Irisarri, quien supuestamente había estado detrás de las persecuciones contra los «Europeos Españoles solteros» que habían sido recientemente obligados «a dar razón de las licencias con que havian venido a este Reyno», Aldunate era uno de los más poderosos realistas de esos años.
En una carta de 14 de mayo de 1814 a su ex compañero en la Real Audiencia, Manuel de Irigoyen (quien se encontraba en Lima), Aldunate criticó el tratado, pero desde la vereda opuesta a Carrera y Gandarillas.
En tu respuesta [la de Irigoyen] a esta [carta] espero que me digas tu sentir y el de ese Pueblo [Lima] acerca de los tratados, pues yo agoviado con el dilubio de desgracias que sobre mi han llovido desde el punto que volvi a pisar esta tierra [Chile], no atino á meditar sobre sus Capítulos, y asi atolondrado, me parece quedamos [los realistas] de peor condicion, y que no pasara mucho tiempo sin que experimentemos penas, o mayores infortunios.
El pesimismo de Aldunate se fundamentaba en una escena que había presenciado en Santiago unos días antes.
De acuerdo con su relato, el periódico El Monitor Araucano, órgano oficial del gobierno revolucionario y por ende favorable al tratado, había publicado «una que otra exprecion en que se nombraba a Nuestro Soberano», lo cual no era de extrañar considerando el artículo primero del acuerdo.
En efecto, en su número de 13 de mayo, El Monitor Araucano había publicado un bando de Francisco de la Lastra instando a que «ninguna persona insulte a otra por sus opiniones pasadas», agregando el «justo placer que nos ha traído la paz honrosa cele brada con el General del ejército de Lima».
24 Esto había causado la respuesta inmediata de los sectores más radicales de Santiago.
Siguiendo con el relato de Aldunate, estos «hubieron de comprar quasi todos [los ejemplares de El Monitor Araucano], y haciendo una Oguera baxo de la orca les pegaron fuego».
Grupos de desconocidos 25 habían aprovechado las celebraciones públicas de la firma del tratado para colgar en la horca las «vanderas del Rey», las cuales, de acuerdo con otro bando del director supremo, habían sido «caprichosamente» cambiadas por la «cucarda nacional» por parte de una «autoridad de un Gobierno arbitrario».
26 Por gobierno arbitrario, De la Lastra se refería, obviamente, a la administración de Carrera.
¿Qué decir de Abascal?
Como vimos, en sus Instrucciones a Gaínza Abascal había facultado a su lugarteniente para negociar con los rebeldes, aunque siempre y cuando los términos del acuerdo fueran visados con anterioridad por el virrey.
El espíritu negociador de Abascal puede verse en el nombramiento que hiciera del inglés James Hillyar, capitán de la HMS Phoebe y que a principios de 1814 se encontraba en Lima, como una suerte de intermediario entre los insurgentes chilenos y los fidelistas.
En un documento en inglés ubicado entre los papeles personales de Abascal hemos encontrado los borradores de los planes que este dirigió a Hillyar para llevar a cabo su misión.
No es sorprendente que el primer punto de dichos borradores indicara que «Chile es y nunca puede dejar de ser una parte integrante de la Nación Española», una idea que está fielmente reflejada en el artículo primero del Tratado de Lircay.
El segundo acápite de las instrucciones a Hillyar señala que una de las estrategias para convencer a los insurgentes de entrar en negociaciones con los realistas era mostrar «la propensión del virrey de entrar en acomodaciones racionales» con el gobierno de Chile y de enfatizar «la verdadera bondad de su corazón».
El décimo, en tanto, muestra a un Abascal aún más condescendiente, aunque siempre supeditando su actuar a que los insurgentes regresaran a la monarquía: sin proceder contra ningún cuerpo directa o indirectamente a causa de su opinión particular, o contra cualquier parte en que ellos hayan actuado durante el tiempo de la revolución.
Sin embargo, deben asegurar las propiedades confiscadas serán legalmente retornadas, la Audiencia y todas las personas del gobierno de España reinstaladas en su antiguos empleos, excepto cualquier diferencia o innovación que haya sido fijada por la Constitución.
Y por la mejor seguridad y apoyo de los tribunales, como también para mantener el orden y la tranquilidad, algunas tropas de Chiloé deberán mantenerse hasta la organización definitiva de las respectivas milicias de cada distrito.
27 Abascal, como se aprecia, estuvo dispuesto a aceptar que en Chile había ocurrido efectivamente una «revolución».
En su Memoria de Gobierno ahondó en este argumento, señalando que su gobierno «había aprobado la creación de esta Junta [de Santiago] y la de Quito, ó más bien condescendido en que permaneciesen».
Para él, esta había sido «una medida Politica con que el Gobierno presumió que podía calmar el ardor de los movimientos y el empeño que havían manifestado en sostenerlas».
28 El juntismo de 1810, empero, había derivado en un radicalismo impensado, por lo que ahora era indispensable poner fin a la confrontación entre ambos bandos, ya fuera mediante el uso de las armas o la firma de un armisticio.
¿Qué sucedió para que Abascal cambiara de opinión y rechazara, tal como lo hizo al enterarse de la existencia del Tratado de Lircay, por completo las negociaciones con los insurgentes?
La clave está, creemos, en el detalle del segundo artículo del Tratado de Lircay, el cual sostenía que cesarán inmediatamente las hostilidades entre ambos ejércitos; y la evacuación de Talca se ejecutará a las 30 horas de ser comunicada la aprobación del gobierno de Santiago sobre este tratado, y la de toda la provincia de Concepción, esto es, la tropa de Lima, Valdivia y Chiloé, en el término de un mes de recibida dicha aprobación, franqueándoseles los auxilios que estuviesen al alcance de Chile y dicte la regularidad y prudencia, y quedando esta última plaza de Chile sujeta como antes al virreinato de Lima, así como se licenciarán todos los soldados de la provincia de Concepción y sus partidos si lo pidieren.
29 Abascal podía reconocer al movimiento juntista de 1810, tal como lo había hecho la Regencia (artículo 1.o del Tratado de Lircay); sin embargo, no podía conceder que las fuerzas de Gaínza abandonaran el territorio chileno.
Aceptar esta condición era equivalente a consentir que el tratado ponía en entredicho la posición política del virrey en Sudamérica.
De ahí que se decidiera a abolirlo.
No solo Abascal abolió el tratado, sino que sometió a Gaínza a un duro juicio por no atenerse a sus instrucciones (las cuales, es cierto, no hacían mención alguna a un posible retiro de las tropas realistas de suelo chileno).
Gaínza se defendió a través de una serie de cartas dirigidas a Abascal; cartas que, a pesar de mostrar su arrepentimiento por haber firmado un tratado demasiado condescendiente con los revolucionarios, nunca fueron respondidas por el virrey.
30 En la primera de estas epístolas, Gaínza se mostraba «persuadido de que no cargo delito alguno; antes sí la satisfaccion de haber hecho no poco en fabor de la Causa que aquí me conduxo».
A pesar de esto, Abascal se había mostrado impávido e incluso descortés con él y su familia.
La mujer de Gaínza, por ejemplo, había oído del propio Abascal que su marido «se havía manejado como un Negro; y lo que es más con cobardía», dos acusaciones que ponían en entredicho el honor racial y militar de un oficial nacido y entrenado bajo el estricto régimen colonial de obediencia y subordinación jerárquica.
31 Estas no fueron las únicas imputaciones que debió enfrentar Gaínza a lo largo de la segunda mitad de 1814 y principios de 1815.
Hacía meses (quizás años) que corría el rumor en Lima de que Gaínza era aficionado al juego, una costumbre que, como comprueban estudios recientes sobre la vida privada en los cuarteles militares durante la revolución hispanoamericana, era relativamente común.
32 Con todo, preocupado de que esto pudiera afectar aún más su honra, en una de sus misivas a Abascal Gaínza aceptó que en su juventud había efectivamente jugado hasta «el ultimo peso».
En cambio ahora, en 1814, «no he jugado un peso, ni nadie lo há hecho a mis immediaciones, ó notoria en Campaña; y aun en Quartel solo del modo que las leyes, la sociedad, y buenas costumbres lo autorizan».
He decidido concentrar mi análisis sobre Gaínza a partir de sus cartas al virrey y no del proceso judicial que debió enfrentar a raíz de la firma del tratado y que puede consultarse en CDHICh, XV.
Esto, con el fin de resaltar la importancia de fuentes documentales raramente utilizadas por los historiadores.
31 AGI, Diversos, 3, Gaínza a Abascal, sin fecha exacta, pero lo más probable es que sea de mediados de 1814.
Subrayado en el original.
32 Véase el capítulo dedicado al juego en los cuarteles en el libro de Rabinovich, 2013.
En esta carta Gaínza realizó también una comparación entre su comportamiento y el de Juan Francisco Sánchez, quien, según el relato de Gaínza, era peligrosamente aficionado al baile; al parecer, estaba poseído por «la Bailomania».
EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA
La defensa de Gaínza no fue suficiente y Abascal continuó desaprobando su conducta frente a los insurgentes.
34 La posición intransigente de Abascal respecto al detalle del Tratado de Lircay muestra que las negociaciones entre ambos bandos tuvieron efectos más profundos de lo que los historiadores han tendido a creer.
35 Cierto, más temprano que tarde los insurgentes llegarían a la misma conclusión que Abascal, esto es, que el tratado no satisfacía a ninguno de los dos bandos.
36 Ello explica, como veremos en las siguientes secciones, por qué la guerra continuó su curso, culminando (al menos en lo que respecta a su primera etapa) en Rancagua, donde las tropas del reemplazante de Gaínza, Mariano Osorio, derrotaron a los remanentes del primer ejército revolucionario.
No obstante, más importante que los motivos detrás de los artículos del tratado, y quizás más significativo que subrayar su corta duración, es tomar en consideración el hecho de que este haya sido firmado.
Gracias a este armisticio, ambos ejércitos concordaron -al menos por un corto período de tiempo-que solo el derecho de gentes podía poner fin al conflicto.
Esto trajo como consecuencia que por primera vez el agente realista de mayor graduación en Chile -Gaínza-admitiera que los «rebeldes» chilenos debían ser considerados de acuerdo a la ley internacional y no ser juzgados a través del derecho penal.
Puede decirse, entonces, que Abascal rechazó el «detalle» del tratado no porque creyera que los rebeldes no estaban preparados para las negociaciones.
Más bien, el virrey se convenció de que el acuerdo era demasiado condescendiente con los revolucionarios.
Y estaba en lo correcto: el reconocimiento de Gaínza de que los revolucionarios chilenos tenían el derecho a gobernar su territorio fue un triunfo de primer orden para los rebeldes.
Los artículos del tratado formalizaron algunos de los cambios más profundos ocurridos en Chile desde 1810.
El acuerdo no institucionalizó la independencia (en gran medida porque es improbable que O'Higgins, 34 La última carta que he encontrado dirigida por Gaínza a Abascal es del 8 de enero de 1815.
En ella critica, todavía desde Chile, el actuar político-militar de Osorio.
Véase AGI, Diversos, 4, Gaínza a Abascal.
No es claro qué ocurrió con el proceso en contra de Gaínza, aunque sabemos que en 1821 fue designado capitán general de Guatemala.
Es posible que Gaínza fuera partidario del Trienio Liberal y que este, en recompensa, lo nombrara en dicha posición.
36 Incluso Francisco de la Lastra, el director supremo que había dado órdenes a O'Higgins y Mackenna de firmar el tratado en nombre del «gobierno chileno», declaró unas pocas semanas más tarde que su administración no había buscado de forma sincera mantenerse como una parte integrante del imperio español.
JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ Mackenna e incluso Carrera hayan sido separatistas a mediados de 1814; al menos de España, como veremos), pero sí institucionalizó la idea de que una revolución había ocurrido en suelo chileno.
El armisticio personificó los objetivos de dos comunidades que, al menos en teoría, eran soberanas (de otra forma no podría haberse llevado a cabo un convenio entre dos partes iguales).
Incluso más, la firma del Tratado de Lircay por los representantes de dos estados, el «Nacional» (España, en nombre de Lima) y el «Chileno», prueba que Gaínza vio en este último una contraparte con la cual era aceptable e indispensable negociar.
37 Sin duda, este fue un triunfo más relevante para los revolucionarios que cualquier confrontación militar sostenida hasta entonces.
La ruptura con España
Entre marzo de 1813 y julio de 1814, la guerra civil revolucionaria en Chile tuvo dos protagonistas centrales: el ejército insurgente, encabezado indistintamente por Carrera y O'Higgins, y el ejército realista, comandando por Pareja, Sánchez y Gaínza, estando este último, sin embargo, siempre sujeto a las órdenes del virrey de Lima.
El conflicto armado fue, en efecto, un choque entre las principales ciudades chilenas que se encontraban bajo el mando revolucionario y los políticos y comerciantes de Lima cercanos a Abascal; en consecuencia, este no fue un enfrentamiento entre «Chile» y «España», como señaló en repetidas ocasiones la historiografía tradicional.
Que la guerra civil no haya sido un enfrentamiento entre dos naciones soberanas es un punto que merece ser destacado, ya que pone el énfasis no tanto en las nacionalidades de los combatientes cuanto en los intereses y objetivos de ambos ejércitos.
En el caso de los revolucionarios, hasta mediados de 1814 su objetivo central fue disfrutar de un suficiente grado de autonomía administrativa para desligarse de Lima, aunque no necesariamente del monarca.
En el de los limeños, su aspiración ulterior parece haber sido recuperar la posición político-económica que había disfrutado hasta las décadas de 1770-1790, cuando la metrópoli había puesto en práctica una serie de reformas -la creación del virreinato de la Plata y la creación del Consulado de Santiago, entre otras-cuyo resultado había provocado el resentimiento de aquellos limeños poco acostumbrados a compartir los beneficios de un sistema imperial que, hasta 1776, consideraba a Lima como su cabeza administrativa en la América meridional.
38 Abascal, en otras palabras, intentó, mediante sus intervenciones en el Alto Perú y luego en Chile, recuperar la grandeza limeña perdida a manos de los habitantes de Buenos Aires, Santiago y Concepción.
No es de extrañar, pues, que las expediciones contrarrevolucionarias a Chile hayan sido todas preparadas y financiadas en Lima.
39 Y la de Mariano Osorio no sería la excepción.
Al igual que con sus antecesores, en sus instrucciones a Osorio, fechadas el 18 de julio de 1814, el virrey Abascal prometió indultar a los revolucionarios chilenos si es que estos abandonaban las armas, una idea reforzada por Osorio el 20 de agosto cuando ya había arribado al puerto de Talcahuano: El Excmo. señor Virrey de Lima ha desaprobado el convenio celebrado el 3 de mayo último; en consecuencia ha mandado me encargue del mando de las armas y me ha autorizado para proponeros la paz, si desde luego deponéis las que tenéis en las manos, renováis el juramento al señor don Fernando VII, a la constitución de la monarquía española y al gobierno de sus cortes.
40 Es interesante que Abascal llamara a los chilenos a «renovar» su juramento de lealtad no solo al rey, sino también a la Constitución de Cádiz y las Cortes Españolas.
Debido a que la carta gaditana nunca había entrado en vigencia en Chile, puede decirse que sus palabras estaban dirigidas a persuadir a los hispanoamericanos en su totalidad de que Lima estaba abierta a preparar un perdón generalizado en caso de que abandonaran la insurgencia.
El artículo 21.o de las instrucciones de Abascal informando a Osorio de que Chile debía ser utilizado como una plataforma para reconquistar otros territorios -Buenos Aires y el Alto Perú sobre todo-confirma esta hipótesis.
41 Así, aunque el virrey era un absolutista que nunca se convenció por completo de los beneficios de la Constitución de Cádiz, para mediados de 1814, cuando aún no se enteraba del regreso de Fernando VII 38 Para esta idea, véase Hamnett, 2000.
41 En palabras de Guerrero Lira, 2002, 74: «puede decirse que militarmente el objetivo final de la campaña no era este territorio [Chile], sino que el trasandino».
JUAN LUIS OSSA SANTA CRUZ y de la consecuente abolición de la Carta y del resto de las leyes promulgadas por las Cortes españolas, Abascal estaba en la obligación de obedecer las órdenes de la Península y hacer cumplir la Constitución.
42 Pero las cláusulas en las que Abascal habla de un futuro perdón no son ni tan importante ni tan numerosas como aquellas en las que alude al curso de acción que debía tomar Osorio en caso de que los revolucionarios no obedecieran las instrucciones del virrey.
Abascal ordenó a Osorio movilizar las tropas realistas y averiguar el «estado exacto del número de hombres de que consta cada» cuerpo, «con expresión de clase, tanto de infantería como de caballería y artillería, mencionando las armas de fuego y blancas, municiones de todas especies».
El artículo 11.o informaba que el ejército del rey había sido reforzado por el batallón de Talaveras, el cual, en palabras de Abascal, debía prevenir a los enemigos de «disputar la campaña» [Valle Central].
En caso de que los insurgentes se decidieran a atacar, continuaba el virrey, Osorio debía esperar hasta el fin del invierno, cuando estaría en condiciones de atacarlos «enérgicamente donde se les encuentre, sin darles lugar a rehacerse en caso de ser derrotados, persiguiéndoles incesantemente hasta disiparlos, y continuando su marcha hasta apoderarse de la capital».
Una vez que Santiago fuera reconquistada, Osorio debía dar al país una nueva administración.
El precepto 12.o le instruía disponer una contribución general moderada en todo el reino, a fin de que con ella y con el producto de las rentas establecidas antes de la revolución, pueda subsistir el ejército que debe quedar en pie y con la mayor fuerza posible para continuar las operaciones que se especificarán más abajo contra los insurgentes de Buenos Aires.
El siguiente artículo le ordenaba poner en segura prisión a los cómplices que hayan tenido parte en la primera revolución o en la continuación de ella como motores o cabezas, y asimismo a los miembros del Gobierno revolucionario, los cuales se enviarán a Juan Fernández, hasta que, formada la correspondiente sumaria, se les juzgue según las leyes, con lo cual se quita el recelo de que puedan volver a conspirar.
Además, Osorio debía formar un cuerpo de caballería llamado Concordia Chilena, el cual debía estar compuesto, en un número equivalente de hombres, por americanos y europeos.
Finalmente, la cláusula 17.o 42 Véanse los artículos de Juan Luis Ossa sobre Cádiz citados más arriba.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA ordenaba dejar sin efecto las promociones militares otorgadas por los generales realistas sin la aprobación explícita del virrey.
Para Abascal, era vital dejar la administración del ejército en manos de oficiales leales, por lo que insistió en ser informado secreta y constantemente sobre la fidelidad de sus hombres.
43 Como vemos, Abascal escribió sus instrucciones con dos escenarios en mente: el primero, consideraba la posibilidad de convencer a los insurgentes de que regresaran al redil monárquico.
El segundo, consideraba la posibilidad de que los rebeldes desoyeran su llamado a abandonar las armas.
Cuando Osorio arribó a Chile, las diferencias entre las facciones revolucionarias se encontraban en su punto más álgido.
A fines de julio de 1814, una insurrección expulsó a Francisco de la Lastra del cargo de Director Supremo, un evento que dio poder a los críticos del Tratado de Lircay, especialmente a los partidarios de Carrera.
Poco tiempo después, Carrera logró formar una nueva Junta con Julián Uribe y Manuel Muñoz, cuya primera acción fue expulsar a uno de los representantes del gobierno de «Chile» durante las negociaciones del tratado, Juan Mackenna, a Mendoza.
44 En tanto, las tropas de O'Higgins, que estaban acuarteladas en Talca, se negaron a reconocer a la nueva Junta; una pequeña confrontación entre ambas facciones insurgentes siguió a este desacato de O'Higgins en un lugar llamado Tres Acequias.
45 Ahora bien, más temprano que tarde Carrera y O'Higgins dejarían sus diferencias a un lado y unirían sus fuerzas en contra del ejército de Osorio.
Carrera no aceptó la invitación del general realista de abandonar las armas, por lo que para fines de septiembre ambos ejércitos estaban prestos para una nueva confrontación en el campo de batalla.
Antes de ello, sin embargo, ocurriría uno de los eventos más notables pero menos conocidos de este período de la revolución chilena y que da cuenta de que desobedecer a Lima no era lo mismo que ser antimonárquico.
Me refiero a la acusación que hiciera Carrera a Osorio por, en su pensar, traicionar las disposiciones de Fernando VII una vez que este regresara al poder.
En una proclama de 15 de septiembre de 1814, el gobierno de Carrera culpó a Osorio de desobedecer la orden de Fernando VII de 4 de mayo de ese año que mandaba mantener a «las autoridades constituidas en ambos hemisferios hasta la resolución de un nuevo Congreso», además de anular «la Constitución Española» y decretar «la pena de muerte a los que pretendan su obediencia».
Como vimos, en estos meses tanto Abascal como Osorio continuaban actuando como si la Constitución de Cádiz estuviera en vigencia, cuestión que astutamente fue utilizada por Carrera para declarar «a Osorio y a todos los que sigan su campo traidores al Rey y a la patria».
46 De esto se desprende que para los revolucionarios el enemigo continuaba siendo el virrey limeño y que, por lo menos públicamente, Carrera no estaba en condiciones de desvincularse de la figura del monarca.
47 La desobediencia a Lima todavía no se transformaba en una ruptura definitiva con España.
La ruptura con España comenzó a hacerse más explícita unas semanas más tarde, a consecuencia del resultado adverso para los revolucionarios en la batalla de Rancagua.
De acuerdo con O'Higgins, la ciudad de Rancagua, ubicada a 87 kilómetros al sur de Santiago, era el lugar más adecuado para detener a los realistas que venían avanzando desde el sur hacia la capital.
48 O'Higgins creía que el ejército revolucionario (conformado por unos 3.900 hombres) estaba suficientemente preparado para confrontar a las tropas de Osorio (unos 5.000 hombres), por lo que insistió en reunir a toda la fuerza insurgente en Rancagua.
Carrera, por el contrario, sostenía que los revolucionarios debían esperar hasta que el ejército estuviera mejor organizado.
En su pensar, la ciudad de Rancagua no era del todo segura, planteando enfrentar a los realistas en Angostura de Paine, no muy lejos de Santiago.
Al final, prevalecieron los argumentos de O'Higgins: dos de las tres divisiones revolucionarias (una comandada por O'Higgins y la otra por Juan José Carrera) ocuparon la plaza principal de Rancagua y permanecieron allí hasta que los fidelistas se decidieron a atacar.
49 Temprano en la mañana del 1 de octubre de 1814, las fuerzas de Osorio avanzaron desde los suburbios de Rancagua hacia la plaza.
El primer ataque contrarrevolucionario fue liderado por los Talaveras, un contingente español de unos 550 veteranos recientemente arribado desde Lima (el primero en llegar a Chile en décadas).
Aunque esta avanzada fue inicialmente repelida por las tropas de O'Higgins, los Talaveras continuaron avanzando con el fin de enfrentar a los insurgentes en un combate hombre a hombre.
Ninguna de las batallas de la revolución chilena había comenzado de forma tan violenta como esta.
La violencia aumentó con el paso del día.
Haciendo referencia al hecho de que esta era una guerra a muerte, los realistas llevaron a cabo un segundo ataque flameando banderas negras.
Según Jaime Eyzaguirre, los Talaveras acompañaron su ofensiva gritando «¡traidores, rendirse!
¡Rendirse, insurgentes, o morir!», mientras que los revolucionarios respondieron clamando «¡viva la patria, mueran los sarracenos!» (una palabra utilizada progresivamente por los hispanoamericanos para insultar a los peninsulares).
50 La intensidad del conflicto disminuyó en la tarde; sin embargo, durante el tercer ataque realista los hombres de Osorio prendieron fuego sobre la ciudad, provocando la muerte de casi tantos hombres como los de aquella mañana.
Consciente de la debilidad de sus tropas, O'Higgins pidió a José Miguel Carrera que enviara su división a Rancagua para reforzar a los insurgentes.
El emisario de O'Higgins regresó a la ciudad con noticias de que Carrera había aceptado y que debían esperarlo al amanecer.
Antes de que Carrera llegara a Rancagua, no obstante, dos nuevos ataques realistas debilitaron aún más a los revolucionarios.
Estos carecían de municiones, agua y provisiones.
Cuando los monarquistas se preparaban para lanzar su sexto y último asalto, guerrillas realistas fueron despachadas desde Rancagua hacia el norte para impedir que la división de Carrera se uniera a las otras dos divisiones rebeldes.
Aun cuando los hombres de José Miguel Carrera eran bastante más numerosos que las guerrillas realistas, este se retiró y dejó a O'Higgins y su hermano, Juan José, enfrentando solos a las tropas de Osorio.
No es claro si Carrera tomó este camino para luego culpar a O'Higgins de la derrota o, más bien, porque creía que era más razonable conservar sus tropas en caso de que tuvieran que enfrentar a los realistas más cerca de Santiago.
51 Cualquiera haya sido la razón, su decisión obligó a O'Higgins a abandonar Rancagua y buscar refugio en Mendoza (eventualmente Carrera haría lo mismo), al otro lado de la Cordillera, aceptando que los realistas habían triunfado en la batalla más importante de lo que iba de revolución.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.08 La consecuencia inmediata del triunfo realista en Rancagua fue que, por primera vez en casi dos años de conflicto armado, los contrarrevolucionarios lograron hacerse del control no solo del Valle Central sino de la capital chilena.
El ingreso de los realistas a Santiago fue, como ocurriría con los hombres de Pablo Morillo en Venezuela, 52 inicialmente celebrado por los santiaguinos, quienes vieron en Osorio al líder militar que pondría fin a la fratricida guerra civil.
Las tropas monarquistas ingresaron a Santiago a las 8 de la mañana del 5 de octubre de 1814.
Edificios privados y públicos fueron adornados con banderas realistas; las campanas de las iglesias fueron repicadas, e incluso se proyectaron cohetes en señal de alegría.
Diego Barros Arana comenta que las tropas realistas «ocuparon los cuarteles abandonados por los patriotas, y los oficiales fueron afectuosamente hospedados en las casas de los amigos y parciales de su causa».
Ese mismo día, Osorio, quien ingresó a Santiago el 6 de octubre, publicó una proclama llamando a sus soldados a comportarse de forma decente y con moderación, un llamado que fue aplaudido por aquellos vecinos que consideraban que los insurgentes no debían actuar con un espíritu de revancha.
53 Pero a pesar de las iniciales buenas intenciones de Osorio, el general español no demoró en cometer una serie de errores que, en vez de acercar a las elites al proyecto realista, terminarían por alienarlas por completo.
Así, por ejemplo, siguiendo la política absolutista de Fernando VII a su regreso al trono español a principios de 1814, Osorio enfatizó que los restauradores realistas fueran vistos como «reconquistadores» de un territorio sumergido en la anarquía revolucionaria.
Sin ir más lejos, las medallas conmemorativas del triunfo realista decían: «Fernando VII, Rey de las Españas» (anverso) y «Santiago reconquistado en 5 de octubre de 1814» (reverso), 54 una frase esta última que, de acuerdo con Timothy Anna, causó descontento entre aquellos que creían que la palabra «reconquistar» no debía ser utilizada en el contexto americano.
El Consejo de Indias se mostró de acuerdo con esta visión; el rey, sin embargo, resolvió lo contrario y ordenó: «que continúe con el lema que tiene».
55 Conmemorar el primer aniversario de la batalla de Rancagua tampoco fue una estrategia política bien pensada ni concebida, ya que muchos santiaguinos estaban relacionados con los revolucionarios que se habían 52 Véase Earle, 1999, 88.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA exiliado en Mendoza.
56 A esto se agregó un error aún más profundo y costoso para el gobierno de Osorio: premiar a los oficiales del regimiento de Talaveras, conformado exclusivamente por peninsulares, con el mismo salario que recibían en Lima.
Ya que el prest de los oficiales realistas chilenos -la mayoría de los cuales era nacida en Hispanoamérica-era significativamente menor que en Perú (un capitán en Chile ganaba 50 pesos, mientras que un capitán de Talaveras ganaba 250 pesos), la medida de Osorio provocó fricciones entre los peninsulares y oficiales chilenos.
Barros Arana interpretó esta diferencia salarial como una estrategia para mantener contentos a sus compatriotas.
Además, los oficiales nacidos en España que tradicionalmente habían pertenecido al ejército colonial chileno pero que no eran miembros del regimiento de Talaveras, como Ildefonso Elorreaga y Antonio Quintanilla, «recibieron otras comisiones, como las de jefes políticos y militares, que les procuraban una posición más alta que las de sus compañeros de armas».
57 ¿Por qué hizo esto Osorio?
¿No estaba acaso en posición de darse cuenta de las negativas consecuencias políticas que podían acarrear estas medidas?
Sin duda, su decisión estuvo influenciada por la organización de un ejército revolucionario al otro lado de la Cordillera, y cuyo objeto era reconquistar Chile de manos de los realistas victoriosos en Rancagua.
A principios de 1815, las tropas de José de San Martín no estaban suficientemente entrenadas ni aprovisionadas para emprender una incursión militar en Chile.
Sin embargo, los monarquistas en Chile estaban claramente al tanto de sus planes de invasión.
En una fecha tan temprana como noviembre de 1814, Osorio publicó un bando en que señalaba:
Chile, o más bien su gobierno intruso procedia servilmente confederado con Buenos Ayres, y todavia los insurgentes profugos, y los disfrazados que quizá rodean nuestra sociedad, confian en las fuerzas, en los socorros, y en la Union de las Provincia[s] del Rio de la Plata.
58 Según Osorio, los emigrados chilenos en Mendoza (descritos por las autoridades realistas como «asecinos, ladrones, incendiarios, sacrilegos, y piratas») estaban planeando aumentar sus tropas y preparativos militares, para invadir el territorio chileno.
Por ello, ordenó que los chilenos trataran 56 Para un interesante reporte de esta celebración, véase AGI, Correos, 87, Juan Bautista Aeta a los directores generales de la Real Renta de Correos de España y las Indias, 3 de octubre de 1815.
58 a los habitantes del Río de la Plata «como reveldes, y enemigos del Estado», enfatizando, sin embargo, que esta guerra no debía ser vista «como de Naciones independientes y coronadas».
Osorio incluso señaló que esta era una «guerra civil» entre «nacionales».
59 Lo que el propio Osorio no comprendió fue que aumentar los salarios de los oficiales nacidos en España a expensas de los hispanoamericanos contradecía su propia visión de que el conflicto no estaba, ni podía estar, protagonizado por dos «naciones».
Sin desearlo ni pensarlo, Osorio fue uno de los grandes instigadores de que la insurgencia fuera un paso más allá y declarara su ruptura definitiva ya no solo con Lima, sino con el imperio en su totalidad.
Conclusión: el giro americanista de la revolución chilena
A fines de julio de 1814, cuando Abascal había rechazado por completo el Tratado de Lircay, Gabino Gaínza intentó defender su postura señalando que había aceptado firmar las negociaciones luego de convencerse de que, en caso de que la guerra reasumiera su curso, los rebeldes recibirían el apoyo de Buenos Aires con el fin de organizar un ejército que, en su opinión, sería superior «a nosotros».
60 A juzgar por la empresa militar que dos años más tarde llevaría a José de San Martín a reconquistar Chile, Gaínza no estaba del todo equivocado.
Como dijimos, al mismo tiempo que Osorio intentaba reorganizar la administración realista en Chile y reestablecer las leyes y principios que hasta 1810 habían regido a la antigua Capitanía General, al otro lado de la Cordillera, en la provincia de Cuyo (formada por Mendoza, San Juan y San Luis), comenzaba a organizarse uno de los ejércitos mejor entrenados y profesionales de todo el período revolucionario sudamericano.
El proceso que culminó en la creación del Ejército de los Andes tuvo diversas características que escapan del ámbito de estas páginas.
61 Hay, empero, un elemento que sí es necesario destacar: junto con formar el Ejército de los Andes, San Martín dio a su proyecto una veta «americanista» que, hasta entonces, no había repercutido mayormente entre los revolucionarios chilenos.
Hay razones militares, económicas y políticas que explican este giro americanista.
En primer lugar, San Martín siempre consideró la invasión a 59 Idem.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA que dio razón de ser al movimiento americanista; me refiero al concepto de «patriotismo».
Durante 1808-1814 la palabra «patriotismo» fue utilizada indistintamente para referirse al rey, a América, a pequeñas localidades e incluso al imperio español (los realistas se consideraban tanto o más «patriotas» que los insurgentes); para 1815-1816, en tanto, los revolucionarios invocaban el concepto para referirse casi exclusivamente a América.
Sin embargo, debido a que los contingentes realistas, así como los de los revolucionarios, estaban compuestos en su mayoría por personas nacidas en el Nuevo Mundo, puede decir que el «patriotismo» era empleado en términos políticos más que geográficos o demográficos.
Aun cuando en su declaración de guerra a muerte de 1813 Simón Bolívar había intentado «fundar la identidad de los dos beligerantes, e instituirlos en naciones distintas» (América y España), la guerra nunca perdió sus características civiles.
De acuerdo con Clément Thibaud, Bolívar creó una ambigua ficción identitaria, donde la figura del «español» es el chivo expiatorio de la Guerra.
Mediante este acto de designación del enemigo «español» en el sentido político del término, el partido «americano» va a adquirir sentido y consistencia en contrapartida.
68 Al hacerlo, los insurgentes buscaron legitimar el uso de la violencia y justificar la idea de que esta era una causa «justa» en contra de un «enemigo injusto»: «se trataba de exterminar a un enemigo injusto con el fin de borrar tres siglos de opresión y de ignominia».
69 Por su parte, San Martín y Juan Martín de Pueyrredon, director supremo del Río de la Plata, introdujeron la misma división entre «España y América», como puede desprenderse de su actitud contra los oficiales peninsulares y los dueños de esclavos nacidos en España.
70 El americanismo, entonces, contenía en sus entrañas un sentimiento marcadamente antiespañol.
Un sentimiento que, como hemos visto en estas páginas, se fue incubando lenta pero progresivamente entre los insurgentes chilenos a lo largo del proceso revolucionario y que en Mendoza se consolidó al encontrarse estos con la oratoria separatista de San Martín.
La traducción contó con el permiso de Cambridge University Press.
1814 EN CHILE: DE LA DESOBEDIENCIA A LIMA A LA RUPTURA CON ESPAÑA no era viable.
Tanto el regreso intransigente del rey cautivo (con los consecuentes errores políticos cometidos por sus lugartenientes a lo largo del continente americano), como el convencimiento cada vez más profundo de los insurgentes de que la única salida a la guerra civil era la independencia definitiva, convencieron a autonomistas y constitucionalistas como O'Higgins a tomar el camino del separatismo.
Luego de que a principios de 1817 San Martín y O'Higgins cruzaran la Cordillera y derrotaran sucesivamente a los realistas en las batallas de Chacabuco y Maipú, el objetivo de los líderes de la Logia Lautaro fue convencer a las elites que habían permanecido en territorio chileno durante el exilio rebelde en Mendoza de que el suyo era el proyecto más idóneo para la nueva república de Chile.
No sería una tarea fácil, pero por lo menos la ambigüedad política de los años 1813-1814 no volvería a repetirse con la misma intensidad. |
Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación Donde la política no alcanza: el reto de diplomáticos, cónsules y agentes culturales en la renovación de las relaciones entre España e Iberoamérica, 1880-1939 (HAR2014-59250-R), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Agradezco las sugerencias y comentarios de los/las evaluadores/as de este artículo.
A inicios del siglo XX España aspiró a recuperar sus relaciones diplomáticas con la República del Paraguay, país que sufría una difícil situación poblacional, económica y financiera como consecuencia de la guerra de la Triple Alianza llevada adelante por los ejércitos de Argentina, Brasil y Uruguay (1865-1870).
La Casa de América de Barcelona, entidad privada inaugurada en abril de 1911, acompañó este proceso de reorganización internacional y generó nuevos dispositivos de intercambio mercantil y comercial con Paraguay.
El objetivo de este artículo es analizar el proyecto gestado por esta asociación americanista catalana al establecer relaciones directas entre su secretario, el joven abogado Rafael Vehils i Grau-Bolívar, y el español Camilo Pérez y Pérez, este último migrado a la ciudad de Asunción a finales del siglo XIX, una práctica muy habitual en la época, 1 y que en junio de 1914 aceptó convertirse en delegado.
2 La tarea de Pérez fue informar, tanto de manera oficial como confidencial, sobre la situación política, económica y social de su país receptor, y las posibilidades de fortalecer a las empresas españolas que buscaban fomentar los vínculos comerciales con Paraguay.
Parte de esta información le llegó a Vehils, quien en 1913 se encargó de elaborar un libro sobre los fundamentos del americanismo español, con especificidades estrictamente catalanas, que fue publicado en la provincia argentina de Corrientes, 3 y que dos años después, en 1915, le llevaría a elaborar un memorándum reservado sobre el fomento de las relaciones de España con las repúblicas visitadas.
4 Las cartas que se escribieron Vehils y Pérez en esos años, constituyen una importante fuente de información, ya que nos permiten reconstruir, por ejemplo, el mecanismo utilizado por la Casa de América para reorganizar sus relaciones con las antiguas colonias, pero en especial la confianza suscitada por la visita oficial que Rafael Vehils hizo a Asunción en las navidades de 1912, que le permitió conocer a Pérez y mantener la correspondencia durante más de una década.
Esta documentación fue conservada en el Archivo General de la Casa de América, ubicado entonces en la propiedad de la familia Cambó de la Vía Laietana n.o 28, de Barcelona.
En la década de 1980, los documentos que analizamos fueron trasladados al Pabellón de la República de la Universidad de Barcelona.
5 Las fuentes documentales conservadas en este Pabellón forman parte del objetivo de este artículo, que está organizado en los siguientes apartados: el primero se centra en el viaje que Vehils y Antonio B. Pont hicieron en las navidades de 1912 a Asunción del Paraguay, donde contactaron con Pérez y donde implementaron parte del proyecto comercial y financiero de la Casa de América de Barcelona.
El segundo apartado se vuelca en la descripción de las actividades llevadas adelante por Pérez al aceptar ser delegado de la Casa y corresponsal del órgano de propaganda de esa entidad catalana, la Revista Comercial Iberoamericana Mercurio, que funcionaba desde diciembre de 1901.
6 El tercer apartado analiza el contenido de las cartas que se escribieron Vehils y Pérez durante la Primera Guerra Mundial, en el marco de la creación del «Banco de España y Paraguay» con sede en la ciudad de Asunción.
Cerramos el trabajo con la transformación producida en el periodo de entreguerras en el Paraguay, hecho que impulsó la presencia financiera británica y estadounidense y acompañó la decisión de Pérez de abandonar su condición de delegado de la Casa de América y corresponsal de la revista Mercurio, además de clausurar las puertas de su banco, tanto hispano como paraguayo.
Misión Oficial en Paraguay: Rafael Vehils en el «Club Mbigua»
Los diseñadores de la original entidad americanista catalana fueron los propios miembros responsables de la Revista Comercial Iberoa mericana Mercurio.
Esta publicación quincenal nació para divulgar la producción económica y comercial desde diciembre de 1901.
Desde su inicio, Mercurio habilitó una novedosa información sobre la situación paraguaya, y en 1902 sus responsables José Puigdollers Macià, Frederic Rahola Trè mols (conocido por su trabajo como secretario del Fomento del Trabajo Nacional), 7 y el artista Pedro Casas Abarca, decidieron publicar un primer artículo sobre el viaje que el catalán Jorge Bach hizo por los ríos Paraná y Paraguay, afirmando que los religiosos estaban obligados a unir matrimonialmente a más de mil parejas en una sola bendición por el desastre poblacional que dejó la guerra de la Triple Alianza.
Esa guerra contra Argentina, Brasil y Paraguay había destrozado a la sociedad paraguaya, mientras «el pequeño comercio y las pequeñas industrias están en manos de mujeres, muy varoniles, por cierto».
8 Ese fue el primer dato que apareció en las páginas de Mercurio, la revista catalana interesada en forjar la relación comercial con Paraguay y que representaba precisamente el americanismo catalanista.
9 En febrero de 1910, Juan Silvano Godoi, el entonces director general de la Biblioteca Nacional de Asunción del Paraguay, decidió enviar a esta revista los escasos libros históricos existentes en ese desconocido país.
También solicitó a la revista que le enviase libros elaborados en Barcelona para que pudiesen leer «los hombres de letras de la República».
10 Pocos meses después fue el español Viriato Díaz-Pérez -por entonces director del Museo y Archivo Nacional del Paraguay y responsable de la redacción de la revista de este instituto, además de secretario del Centro Español en Asunción y antiguo cónsul general del Paraguay en Madrid-11 quien le agradeció al joven Vehils el envío de diversas obras publicadas en España, junto al informe de la posible creación de una «Biblioteca de América» en el seno de una futura Casa de América de Barcelona.
Díaz-Pérez se encargó de hacer llegar a Vehils el texto titulado «Las Conferencias de Blasco Ibáñez en el Paraguay», afirmando que su esperanza era colaborar con su patria de origen, escribir para la revista Mercurio, y aportar datos estadísticos del comercio paraguayo a la futura Casa de América barcelonesa.
Esta decisión coincidió con la celebración de las independencias hispanoamericanas, que ayudó a las nuevas entidades españolas a sostener, en la distancia, las relaciones con las antiguas colonias y fomentar ese imaginario que fortalecería la restauración española.
12 Ese hispanoamericanismo formó parte de un movimiento cultural que ejerció una importante presión sobre el nacionalismo español.
13 Y como escribiera Díaz-Pérez, las auras podían llegar a la madre patria si estaban saturadas de buenos deseos, y él los ayudaría desde la casa solariega «en la que no todo es oro, progreso y libertad».
14 En abril de 1911, la Casa de América de Barcelona abrió sus puertas de la mano de empresarios locales, junto a enriquecidos comerciantes que habían abandonado Puerto Rico y Cuba a finales del siglo XIX.
La estrategia de esta Casa fue unir publicidad, cultura y economía, vinculando así su condición de asociación internacional iberoamericana con la renovación de las relaciones mantenidas por España con sus antiguas colonias.
En el caso del Paraguay, la primera estrategia fue solicitar a Alejandro Morillo y Doremus, el cónsul general de la República del Paraguay establecido en la ciudad condal, que les hiciese llegar los datos de importación y exportación paraguayos, los valores cotizados, los impuestos y fianzas que se exigían a los viajantes de comercio, y una información lo más amplia posible sobre las expresiones artísticas y culturales del país.
En ese momento, Morillo y Doremus solo pudo contestar que el gobierno del Paraguay nunca había proporcionado la información solicitada y que incluso carecía de ejemplares del himno nacional.
15 La Casa de América -entidad presidida en esos años por el uruguayo José Viñas Muxí y por Luis Riera y Soler, aunque de manera transitoria-se dirigió a Valentín F. Corcova, el cónsul del Paraguay establecido en Santander, para solicitarle el envío de datos estadísticos de la exportación española al Paraguay, para que la Cámara de Relaciones Comerciales de Barcelona pudiese confeccionar una estadística exacta de las condiciones de exportación de España hacia aquel país.
El mencionado padrón debía rectificar, según los responsables de la Casa de América, los errores en que solían incurrir las estadísticas oficiales elaboradas en Madrid, las cuales señalaban «las cifras más bajas de la realidad».
Es significativo el hecho de que la sugerencia de acudir a Valentín F. Corcova proviniese precisamente del responsable del Consulado General de Paraguay en Madrid, Fernando Pignet.
16 La original correspondencia diseñada por la Casa barcelonesa facilitó la organización de una comisión oficial en pleno año 1912, cuya labor principal era contactar con los empresarios españoles establecidos en Paraguay, vincularse con centros y sociedades españolas y con la prensa local, y analizar los mercados de la América del Sur.
El Ministerio de Relaciones Exteriores del Paraguay aceptó el proyecto e hizo llegar a los cónsules establecidos en Argentina, Uruguay y Paraguay las instrucciones básicas acerca de las tareas a asumir en el momento en que recibiesen a los miembros de una novedosa «Misión Comercial» conformada por los catalanes Rafael Vehils y Antonio B. Pont.
17 En efecto, el 7 de noviembre de 1912 Vehils partió de Barcelona en compañía de Pont, utilizando el vapor «Infanta Isabel», y desembarcando poco después en Montevideo.
18 Mariano Fábregas Sotelo, el cónsul de España en Paraguay, gestionó las franquicias aduaneras y la rebaja de los pasajes de ambos viajeros para que pudiesen trasladarse a Asunción.
Tiempo después, Fábregas Sotelo utilizó una de sus cartas para referirse a la trascendencia del proyecto de expansión del americanismo español en sus antiguas colonias, en particular en la desconocida República del Paraguay.
19 Los delegados de la Casa barcelonesa llegaron a Asunción en diciembre de 1912.
Díaz-Pérez decidió llevarlos al Club Nacional de Regatas llamado «El Mbigua», entidad hoy vigente, donde pudieron conocer a un importante número de empresarios españoles, entre ellos a los dueños de la «Enrique Clari Hermanos», que provenían de la ciudad de Manresa y que en Paraguay se dedicaban a la construcción de edificios en calidad de «obras de arte moderno», así como a Camilo Pérez, el director de la «Pérez y Sanjurjo S.A.».
Este último les señaló que la persona indicada para gestionar el proyecto hispano-paraguayo era el intelectual Carlos R. Santos.
20 De regreso de su viaje al Paraguay, Rafael Vehils sugirió nombrar al paraguayo Carlos R. Santos como delegado de la Casa de América ya que se trataba de un erudito que conocía perfectamente la situación paraguaya.
21 Hablamos del autor del libro La República del Paraguay, que fue publicado en Asunción en el año 1897 gracias a la labor ejercida por los Talleres Nacionales de H. Kraus.
En dicho libro, Santos había abordado diferentes temas: límites geográficos paraguayos, clasificación y composición del suelo, hidrografía y clima, producción vegetal, animal y mineral, así como la organización política, las actividades económicas y la importancia concedida a la «naturalización» de la población establecida en Paraguay después de la guerra de la Triple Alianza, entre la que aparecía un buen número de migrantes españoles (entre ellos, catalanes)22 e italianos.
23 Sin embargo, Santos no respondió.
Por ello, el entonces presidente de la Casa de América, el marqués de Marianao, Salvador Samá y Torrents, aceptó la sugerencia de Vehils de nombrar como delegado al español Pérez, quien por entonces se desempeñaba como presidente de la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Asunción.
24 Documentos históricos de esta naturaleza nos muestran el trabajo, de carácter honorífico, que asumieron los delegados nombrados por la Casa de América al aportar información oficial o confidencial a los empresarios de la ciudad de Barcelona, y al establecer un contacto más directo con las empresas esparcidas en el mundo.
Hablamos de españoles que en su juventud habían abandonado España, su patria de origen, y se habían radicado en algún país de América.
La idea de la Casa barcelonesa era obtener de ellos una amplia información sobre la situación económica y sobre las posibilidades comerciales y financieras que permitiesen una nueva y original alianza entre Cataluña y los jóvenes gobiernos americanos.
Los delegados de bían ser «personas activas que puedan presentar a la corporación los servicios que esta necesita».
Este fue el mensaje que acompañó a todas las cartas formales que la asociación internacional catalana les hizo llegar a las personas con las cuales los empresarios catalanes pretendían mantener un contacto asiduo en virtud de su prestigio, y en especial por su «simpatía por nuestra obra».
25 Como vemos, la Casa de América de Barcelona propuso este proyecto a diversas personas establecidas en Paraguay, entre ellas un buen número de catalanes, pero finalmente consiguió nombrar a Pérez como delegado de la entidad.
Delegado y periodista español en Asunción
La primera información que Vehils envió a su delegado Pérez fue que la Unión de Asociaciones Internacionales había decidido incorporar a la Casa barcelonesa en calidad de miembro efectivo durante la reunión que se convocaría en Bruselas el 29 de junio de 1913.
Según Vehils, la corporación catalana era la única institución europea que pretendía llevar adelante la organización internacional del «viejo mundo» con el «nuevo mundo».
Esta singular actuación permitía a sus responsables designar a delegados, en general de origen español, que se hubiesen radicado en el continente americano y que hubiesen demostrado su interés por recuperar los vínculos mercantiles con su patria de origen.
Por ello, Vehils le adjudicó a Pérez el derecho a utilizar el membrete «Casa de América, Asociación Internacional Iberoamericana, Delegación en la República del Paraguay».
26 Antes de aceptar su nombramiento como delegado de la Casa, Pérez le solicitó a Vehils que le enviara las instrucciones sobre lo que se esperaba de él, aseverando que procuraría «interpretar sus deseos dentro de mis escasos conocimientos, pero sí con todo el calor que me merece la empresa patriótica».
27 En ese contexto, Camilo decidió informar de su condición de delegado de la Casa de América barcelonesa al Ministerio de Relaciones Exteriores de Paraguay; a E. Gunter, el presidente de la Cámara de Comercio de Asunción, quien fue representado por su secretario José Rodríguez Alcalá; y a Ernesto Egusquiza, el intendente municipal de Asunción, que había sido designado por el presidente Eduardo Schaerer, quien fue representado por su secretario, Eduardo Recalde.
28 Pérez también decidió consultar la opinión del intelectual y político paraguayo Gualberto Cardús Huertas, autor de interesantes textos sobre el Paraguay,29 además de doctor y profesor de Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Asunción (UNA).
Cardús le sugirió que aceptara incorporarse como delegado de la Casa barcelonesa, para ampliar así su propia trayectoria asociativa, cultural y económica desempeñada en Asunción, y para obtener recursos de todo tipo que sirviesen para impulsar a la República del Paraguay.
30 Es importante señalar a qué se refería Cardús Huerta al describir la trayectoria de Camilo Pérez en Paraguay: a inicios del siglo XX, Pérez había sido nombrado vicecónsul honorario de España en Paraguay; fue también miembro del directorio, presidente interino de las Oficinas de Cambios del Estado paraguayo, y miembro de las siguientes entidades: la «Sociedad de Seguros contra todo riesgo La Paraguaya»; la «Compañía Paraguaya de Frigorífico y Carnes Conservadas», la primera en su género en Paraguay, de la que fue fundador; el Honorable Consejo Municipal de la capital de la República del Paraguay; vocal del Ministerio de Hacienda por elección popular; consejero de la Sucursal del Banco de España y América establecida en Asunción; y miembro del directorio de la Cámara y Bolsa de Comercio de Paraguay.
En 1914 Pérez también presidía el Banco de España y Paraguay, cuyo objetivo era vincular el intercambio comercial entre ambos países.
31 A nivel social, en ese año se desempeñaba como presidente de la Sociedad Española de Socorros Mutuos, la entidad con personería jurídica que había sido fundada en Asunción el 9 de marzo de 1873 y reconocida por el gobierno paraguayo el 21 de mayo de 1877.
En febrero de 1914 nuestro personaje había acordado crear junto a su colega Antonio Sanjurjo la empresa de exportación e importación llamada «Pérez y Sanjurjo S.A.», que quedó ubicada en la calle 25 de Mayo n.o 180-184, de Asunción.
En cuanto a su organización, Sanjurjo y Pérez se encargaron de la presidencia y la dirección, respectivamente, asumiendo un total de 75 acciones.
El resto de acciones (25 %) quedó en manos de los siguientes comerciantes españoles (entre los que encontramos un buen número de catalanes): Andrés del Val, José Domingo Gómez Sanjurjo, José Manuel Balteiro, Francisco Di Lascio, Antonio Estragués, José Mayans y su hijo José Antonio.
De acuerdo con los datos ofrecidos por el propio Camilo Pérez, esta nueva sociedad anónima tenía como objetivo la explotación de negocios y operaciones mercantiles de exportación e importación.
Su texto fue publicado en Asunción por el diario Liberal, el órgano del Partido Liberal del Paraguay.
32 Pérez señaló que su reciente sociedad anónima conformada con Antonio Sanjurjo había sido legalizada en Londres.
33 Rafael Vehils, en calidad de director de la Casa de América, decidió comunicarle el primer gran ensayo que habían decidido ejecutar para formalizar las relaciones con el Paraguay.
El empresario Fábregas Sotelo había llegado a Barcelona con destino a Constantinopla, informándoles sobre el encargo oficioso que le había hecho el gobierno paraguayo de gestar en Barcelona un empréstito análogo al que había contratado el 30 de enero de ese mismo año el ministro de Hacienda paraguayo, Gerónimo Zubizarreta, con «The Paraguayan Corporation» del estado de Delaware de los Estados Unidos de América.
También hizo llegar a Pérez el principio de que no era el mejor momento para llevar adelante proyectos de esta índole, pero que en el futuro podían encontrar mejores auspicios.
Ese momento, según él, estaba caracterizado por la progresiva intensidad de las salidas del ahorro español que afectaba al capital, y por los conflictos bélicos de carácter internacional que perjudicaban a las cuentas corrientes y a los depósitos bancarios.
Vehils concluyó que lo más urgente era recibir de Pérez una copia íntegra del contrato firmado entre el gobierno paraguayo y «The Paraguayan Corporation».
34 El entonces director de la Casa se comprometió a contactar a Pérez con el ministro de Estado de España; a informarle sobre la exportación de productos españoles al Paraguay; a editar sus informes trimestrales en las páginas de Mercurio; y a hacer circular la copia de los mensajes presidenciales del Paraguay, entre ellos el del presidente Eduardo Schaerer.
También le indicó sobre la llegada de la primera madera paraguaya a Barcelona: Rahola Trèmols, en calidad de consejero de la Casa de América y director de la revista Mercurio, se encargó de recibir el primer envío conformado por diez vigas de cedro y cinco de peteribí que había aceptado transportar la «Compañía Trasatlántica».
35 En sus cartas, Vehils también se refirió al peso de la guerra internacional, que impedía aumentar la importación, y le señaló a Pérez que la Casa barcelonesa no podía gestionar ningún negocio económico, ya que era una sociedad sin fines de lucro, sin interés público, ni comercial, ni particular.
36 Con todo esto en marcha, la Asociación Internacional Iberoamericana organizó un repertorio iconográfico de delegados designados en América.
En dicho repertorio aparece la imagen fotográfica de Pérez que este último 34 CA-AG, 12.3, Vehils (Barcelona) a Pérez (Asunción), 9 de octubre de 1914.
GABRIELA DALLA-CORTE CABALLERO hizo llegar a «Tipografía La Académica» de Barcelona.
Los responsables de la Casa de América incluyeron la biografía de este nuevo delegado, afirmando su libre disposición como interlocutor entre su patria y el país receptor y su condición de emigrante:
Es queridísimo por sus connacionales y hombres de toda clase de significación social, tanto en la política como en la banca y comercio.
No se da tregua por todo lo que significa engrandecer su patria, su comercio y sus hombres.
Debido a su gran bondad, no es hombre de fortuna, pero por sobre ésta, tiene otra más importante a su manera, que es la de hacer bien a todos los que puede, y de servir y enaltecer a su patria en todos los actos.
Todos los cargos alcanzados son fruto exclusivo del reconocimiento de su comportamiento durante muchos años de trabajo, de su buena conducta y comportamiento en todos sus actos.
Salió de España para América a los 17 años el día 7 de mayo 1895, no contando con más protección que el producto honrado de su fecundo y constante trabajo.
37 El primer informe que Pérez envió a la Casa de América fue reproducido en la revista Mercurio.
En ese texto se centró en la difícil situación paraguaya en el marco de la conflagración europea.
Según él, el estallido de la guerra atentaba contra el futuro del país, ya que el gobierno todavía gestionaba en Europa y en los Estados Unidos de América un importante empréstito de 1.250.000 libras, que se había tramitado después de la guerra de la Triple Alianza.
Este contexto histórico, según él, podía favorecer a los miembros de la Casa, pero a cambio de concesiones arancelarias y exclusivas que fuesen favorables a la importación de los productos paraguayos en España.
A este primer informe le siguieron innumerables esquelas y notas sobre la exportación de tabaco y de cueros vacunos, tanto secos como salados.
En esos textos Pérez propuso que la tabacalera española dejase atrás su dependencia respecto a Hamburgo, y que reforzase las relaciones con Paraguay ya que este país facilitaba un comercio de tabaco a más bajo precio.
Según él, España podía evitar así el recargo de comisiones de los intermediarios, y frenaría la ganancia que estos últimos imponían en la transacción.
Desde Asunción le recordó a Vehils que el acercamiento comercial era consecuencia lógica del intercambio, y que por ello España estaba obligada a aprovechar las especiales circunstancias del momento.
Si el gobierno paraguayo se encontraba en esos momentos negociando el empréstito otorgado por Europa y por los Estados Unidos de América, la Casa podía apoyar una nueva contratación en España, a cambio de ciertas concesiones arancelarias y exclusivas que fuesen favorables a la importación de sus productos en la República del Paraguay.
Esta sugerencia se sumó a otra información: por telégrafo se había anunciado que el Banco de España había acordado establecer sucursales en Buenos Aires, Estados Unidos y Río de Janeiro.
No estaba claro, según él, que esta noticia fuese cierta, pero sí le pareció oportuno afirmar que dicho banco podía establecer una agencia en Asunción para fomentar así, y en un grado superlativo, las transacciones con España.
La guerra europea, afirmaba, había generado un pánico comercial extraordinario entre los miembros del gobierno, los cuales se habían visto obligados a dictar medidas urgentes.
En particular, decretaron quince días feriados, una moratoria general de 140 días de las operaciones en oro sellado, y la emisión de 25 millones de pesos en papel moneda a través de la ley sancionada por las dos Cámaras Legislativas.
Esta medida estableció que sus valores fuesen reembolsables con un año de plazo, evitando así que los bancos suspendiesen sus pagos.
Según sus palabras, el mencionado cambio había subido del 2.000 % al 3.000 % en virtud de la paralización de los artículos principales de exportación, como podían ser cueros vacunos, tanto secos como salados, junto al tabaco y el tanino procedente del árbol de quebracho colorado de la zona chaqueña.
Los mercados principales de estos productos eran Alemania, Inglaterra y Francia, países afectados por la guerra mundial, y por ello el gobierno paraguayo había optado por volcar su producción a los Estados Unidos de América.
Desde Madrid, Vehils le contestó que era prioritario favorecer la relación entre Cataluña y los empresarios establecidos en Paraguay, y entre estos últimos los que mostrasen interés en exportar cuero, tabaco y madera a Europa.
En el primer caso, los cueros debían ser enviados en consignación a la «F. Malagarrida Fabra Sen Co.», empresa ubicada en la calle Ancha n.o29, de la ciudad condal, tarea acompañada con datos concretos sobre cantidad, clase, peso del cuero, y el precio al que llegaba el transporte entre las capitales de Argentina y Uruguay: Buenos Aires y Montevideo.
El cálculo siempre fue en francos y por 50 kg de peso, cumpliendo así con la condición impuesta por la «Compañía Trasatlántica» del marqués de Comillas.
38 Pérez decidió entonces enviar a Vehils la información sobre las haciendas que eran de propiedad de la «Pérez y Sanjurjo S.A.», donde las mujeres paraguayas trabajaban en la recogida de semillas, el recurso natural que podía servir para el fomento mercantil entre Paraguay y España.
Siguiendo la idea que una década antes había expresado el catalán Jorge Bach en la revista Mercurio, Pérez sostuvo en una de sus cartas que la población masculina paraguaya se había reducido por efecto de la guerra de la Triple Alianza, frente a un mundo feminizado que se había visto obligado a trabajar para cubrir las necesidades de las familias paraguayas.
En abril de 1915 Pérez le hizo llegar a Vehils su cuarto informe trimestral en el que se refirió a la producción paraguaya y a la ineludible presencia de políticos y de empresarios estadounidenses que estaban desalojando a sus pares españoles, y que pretendían reformar el sistema financiero y bancario.
Según él, mientras los primeros conferenciaban con los representantes del gobierno para obtener concesiones y novedosas leyes que pudiesen favorecer la importación de sus productos y la inversión de sus capitales, los segundos organizaban reuniones en los centros comerciales paraguayos para propagar la bondad de sus mercaderías y el valor de las transacciones de sus sucursales bancarias.
De acuerdo con Pérez, el mensaje que circulaba en Paraguay no era otro que la promesa estadounidense de regularizar el intercambio y de fijar de manera cristalizada el «crédito americano», haciendo alusión al crédito otorgado por Estados Unidos de América.
39 Para reforzar la presencia española en Paraguay, Pérez decidió confesar que la ciudad de Asunción había recibido en esos días la visita del delegado de la «Misión Baudin», el organismo oficial del gobierno francés.
Este delegado se encontraba reunido con el presidente paraguayo Eduardo Schaerer Vera y Aragón, y con los miembros de la Cámara de Comercio, con la intención de instalar un banco y facilitar el recorrido a las compañías de navegación francesas para que se acercasen al puerto de Asunción al menos una vez por mes.
40 Ante esta situación, Pérez señaló en uno de sus informes que la única solución era instalar un banco español que pudiese proteger los intereses relacionados con la venta de mercaderías españolas que ofrecían los comerciantes en el Paraguay.
Para ello hizo llegar a Vehils los datos oficiales de las decisiones tomadas por las Cámaras Legislativas paraguayas, como por ejemplo la creación de una Oficina de Cambios a cargo del senador 39 CA-AG, 12.2, Pérez (Asunción) a Vehils (Barcelona), 26 de mayo de 1915.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.09 Gerónimo Zubizarreta, la designación de Evaristo Acosta como director del Banco Agrícola del Paraguay, y de Luis Peraso como síndico del Banco de la República, y la modificación de la Ley de Moratorias.
En contrapartida, Pérez divulgó en Asunción uno de los textos publicados por la revista barcelonesa Mercurio con el título «Política económica de Inglaterra ante el actual conflicto», y que había sido elaborado por Joaquín Sánchez de Toca, por entonces presidente del Senado de España y miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.
41 A inicios de 1916, Pérez abrió las puertas del Banco de España y Paraguay a través de un capital autorizado y de una moneda legal que llegaba a 20 millones de pesos paraguayos.
Justificó esta decisión diciendo que el directorio estaba compuesto por capitalistas españoles, y que su objetivo era fomentar de manera patriótica el intercambio comercial y bancario entre ambos países para contrarrestar la presión ejercida por los gobiernos europeos para «aniquilar la influencia de nuestra expansión comercial en estas Repúblicas Hispano-Americanas».
42 Fue en ese año de 1916 cuando Pérez le comunicó a Ramón Méndez de Cardona y a Rafael Vehils que el gobierno paraguayo había otorgado el derecho de reconstruir el puerto de Asunción a la compañía estadounidense «MacArthur & Cía.».
Desde hacía un tiempo, el puertorriqueño Méndez de Cardona había asumido el cargo de presidente de la Casa de América de Barcelona.
Hablamos de un hacendado que durante la dominación española llegó a la categoría de jefe de administración de la Hacienda Pública de Puerto Rico.
Afiliado al partido autonomista, representó en las Cortes españolas al distrito de Utuado.
Antes del establecimiento del gobierno civil en Puerto Rico, formó parte del Consejo Consultivo creado durante el gobierno militar del general David, en el cual figuraban nueve vocales escogidos entre las personalidades de más importancia en la isla de Puerto Rico.
Después del cambio de soberanía, representó a la circunscripción de Humacaco, gracias a su afiliación al Partido Unionista, y fue designado en diversas oportunidades como presidente de la Comisión de Hacienda de las Cámaras de Diputados y Senadores de Puerto Rico.
También fue concejal del Ayuntamiento de San Juan, presidente del Comité Provincial del distrito, y en 1912 fue nombrado representante de Puerto Rico en el centenario de las Cortes de Cádiz.
Establecido en ese mismo año en la ciudad de Barcelona, aceptó presidir la Casa de América «para consagrarse a la meritoria labor de relación e intimidad iberoamericana que constituye el objetivo de esa corporación».
En ese año, el paraguayo Manuel Franco (1871-1919) había asumido la presidencia del país acompañado por el vicepresidente José P. Montero, junto a los siguientes ministros: Manuel Gondra, Luis A. Riart, Ernesto Velázquez, Eligio Ayala y Félix Paiva.
Y la República Argentina había impuesto la firma del «Tratado de Comercio» con Paraguay, 43 demostrando así el poderío que gozaba en el espacio rioplatense.
44 Vehils se hizo cargo de estos informes, pero reiteró que era imposible ejecutar los proyectos en medio de un conflicto bélico, aunque sí imprescindible el hecho de organizar proyectos productivos y comerciales que se pudiesen llevar adelante desde el momento en que se firmasen los tratados de paz.
Este fue el motivo por el cual la Casa decidió organizar en la ciudad condal la Exposición de Industrias Eléctricas y General Española.
45 Ahora bien: el comité organizador decidió incluir una sección especial dedicada a la acción de los españoles residentes en América y en las Islas Filipinas, las antiguas colonias monárquicas españolas, y para ello diseñaron la Sección de Acción Española en Ultramar.
En el caso paraguayo, los responsables de la Casa optaron por incorporar al Centro Español como «institución protectora», con la condición de que abonara anualmente una cuota de 100 pesetas.
46 Esta asociación estaba domiciliada en la calle Palmas n.o 175 de la ciudad de Asunción, y su objetivo de origen fue simplemente recreativo.
El año de su fundación fue 1898, y por entonces el número de socios españoles llegaba solo a 150 varones.
Los no españoles sumaban un total de 420, mientras que los socios honorarios llegaban a 20.
Esta entidad era presidida por Enrique Prous, y Leonardo Castro actuaba como vicepresidente.
47 Por esas fechas Vehils le solicitó a Pérez que consiguiese que un buen número de organismos españoles se inscribiesen en la Casa, ya que era conveniente «conseguir ingresen en esta asociación al mayor número posible de colectividades españolas».
La tarea del Centre Català era organizar actos sociales, exhibiciones artísticas y culturales, y muestras musicales, disponiendo para ello las secciones «Orfeón» y «Arte Escénico» en las que, según los datos señalados por el delegado Pérez, participaron unos 278 socios de origen catalán.
49 Desde el año 1911 Camilo Pérez ejercía la presidencia de la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Asunción, entidad que había sido inaugurada el 9 de marzo de 1873 con el objetivo de garantizar la beneficencia, el socorro entre los españoles menesterosos y el intercambio comercial entre España y Paraguay.
En el año 1917 Pérez era acompañado por su secretario D. Sandoval, y por los vocales Enrique Prous, Pascual Ordiñana, Antonio Gastón Brun, Miguel Rueda, Salvador Espelt, Dionisio Guillen, Antonio Casariego, Agustín Lledó, Juan J. Bilbao, Blas Telechea y Antonio Sanjurjo, su colega en la «Pérez y Sanjurjo S.A.».
La Sociedad Española de Socorros Mutuos contaba con unos 600 socios, y su tarea seguía siendo socorrer exclusivamente a sus asociados españoles en caso de enfermedad o fallecimiento.
Entre sus fines también aparece la celebración de las «glorias de España», y el principio de estrechar la unión y la fraternidad entre todos los españoles residentes en Paraguay, incluyendo a sus descendientes.
Pérez hizo llegar a Barcelona la nota de esta asociación que iba dirigida a sus «compatriotas españoles».
En ella, la patria aparece como una nación que halaga la paz y la concordia frente al resto de naciones europeas volcadas a la destrucción de la civilización.
Los españoles de América no debían permanecer indiferentes ante esos momentos decisivos que orientarían el porvenir.
Debían estar preparados para colaborar con los países que llevaban su sangre, su idioma y sus costumbres: la colonia española en Paraguay podía formar un núcleo idóneo para dignificar el nombre de España, servir de lazo con la antigua metrópoli, atraer su literatura y sus productos industriales y comerciales, y gestar la unión intelectual y material para conservar el carácter de «buenos españoles y buenos amigos de esta noble tierra paraguaya».50
El Banco de España y Paraguay ante la guerra
Siguiendo con la reglamentación establecida para los delegados de la Casa de América, Pérez hizo llegar a la ciudad condal los informes trimestrales en cuyas páginas abordó las huelgas parciales y generales que se estaban produciendo en todos los gremios paraguayos, junto a la modificación de la ley electoral del voto secreto al establecer la inscripción obligatoria a todos los ciudadanos paraguayos que supieran leer y escribir.
A esto se sumó el hecho de que Camilo Pérez asumió de forma temporal el cargo de cónsul de España en Paraguay.
Pocos meses después, en setiembre de 1917, Luis Rubio Amoedo, quien se había desempeñado hasta entonces como cónsul de Cap-Town (Ciudad del Cabo), sustituyó a Pérez en calidad de cónsul general.
51 Como vemos, era hora de enfrentar los efectos de la guerra a través de la organización de vínculos internacionales entre España y Paraguay.
Por entonces el nuevo presidente de la Casa de América era Federico Rahola Trèmols, quien junto a Vehils decidió remitir a Pérez una nota general sobre la posible participación de los españoles establecidos en la tierra hispanoamericana durante la Exposición de Industrias Eléctricas y General Española, que se llevaría a cabo en el año 1919.
La idea era organizar también una pequeña Exposición Mercológica Americana, en la que fuese posible incluir datos científicos y literarios, como también muestras de productos paraguayos agrícolas, mineros y manufactureros, junto a los dedicados a la ganadería -como por ejemplo la «Liebig Extract of Meat Company»-, 52 es decir, recursos que hasta entonces no habían sido valorados en las transacciones comerciales con España.
53 En el primer caso, referido a datos científicos, Pérez avisó que no existía una ley relativa a la propiedad literaria en virtud del rechazo, por tiempo indefinido, que había hecho el Senado frente a las propuestas presentadas por la Cámara de Diputados.
A esto se sumaba el hecho de que el centro cultural «Gimnasia y Esgrima» había recibido en esos días la visita del ministro plenipotenciario de la República Argentina, José María Cantilo, quien ofreció un coloquio público sobre el peso de la literatura argentina, frente a las conferencias que hicieron las escritoras españolas Belén de Sárraga y Concepción Gimeno de Flaquer en el Instituto Paraguayo establecido en Asunción.
Pérez consideraba imprescindible recibir a personalidades españolas que pudiesen garantizar la «alta cultura» y las «grandezas y virtudes de la patria lejana», ya que el dominio argentino era demasiado grande frente al que podía diseñar la República del Paraguay.
Como él mismo señalara, el posible conflicto bélico desatado entre Bolivia y Paraguay por las tierras chaqueñas, 54 seguía siendo un problema irresoluble.
En el segundo caso, que hace mención a las muestras de productos paraguayos, las cartas se refirieron a la venta del vapor nacional llamado «Constitución» para invertir ese dinero en la deuda interna y el pago de las obligaciones atrasadas, la construcción de cuarteles, la culminación de la construcción de los muelles de Concepción y Villeta, el socorro a los pobres y el reparto de semillas a los agricultores, la compra de un local para construir la cárcel correccional de mujeres, la compostura de caminos así como recursos y útiles escolares.
En los hechos, el gobierno paraguayo había tomado la decisión de ejecutar la Ley del Servicio Militar Obligatorio (decreto N.o 6878).
Según Pérez, ese año de 1917 constituía un momento especial para el Paraguay, ya que la poderosa firma norteamericana «Swift» había adquirido la «Compañía Paraguaya de Frigorífico y Carnes Conservadas».
55 Ahora bien: el comité organizador de la Exposición de Industrias Eléctricas y General Española le pidió a Pérez una copia del mensaje leído por el presidente paraguayo en el Congreso de la República del Paraguay, los datos básicos sobre la tenería, y la «Guía del Paraguay» que contenía la ley de marcas de fábricas y patentes.
En ese año 1918, Vehils asumió como diputado de las Cortes Generales de España y director de la novedosa Oficina Regionalista de Madrid, cargos que le había otorgado, precisamente, Francesc Cambó.
56 Y fue el propio Cambó, 57 convertido entonces en un destacado líder político además de responsable de la Casa de América de Barcelona, quien le comunicó a Vehils la necesidad de contar con la ayuda de Camilo Pérez para la ejecución de los proyectos que servirían para acrecentar el crédito.
Pérez, por su parte, decidió reproducir en el diario de 54 Scavone Yegros, 2004.
55 CA-AG, 12.2, Pérez (Asunción) Asunción llamado La Tribuna, el trabajo que Vehils tituló «La Unión Interparlamentaria Hispano-Americana», junto a las notas elaboradas por Álvaro de Figueroa Torres, el conde de Romanones, que ejerció la presidencia del Consejo de Ministros de Estado en tres ocasiones, siendo su último periodo de acción política en los años 1918 y 1919.
58 En uno de sus informes trimestrales, Pérez incluyó la biografía de Cecilio Báez, quien fue nombrado ministro plenipotenciario y extraordinario del Paraguay ante los gobiernos de Inglaterra, Francia y España.
Para el delegado de la Casa, Báez era más que un eminente publicista.
Se trataba de un paraguayo que había ocupado el alto cargo de presidente de la República del Paraguay, además de asumir los cargos de ministro de Relaciones Exteriores en diversas oportunidades, el de miembro de la Alta Corte de Justicia, rector y catedrático de la Universidad Nacional de Asunción, así como el de senador y diputado del Congreso paraguayo.
El delegado señaló en su carta que la persona más importante de ese posible encuentro entre Báez y Maura era el catalán Francesc Cambó, quien para él representaba «un verdadero resurgimiento nacional», 59 en virtud del apoyo incondicional que aportaría el nacimiento del partido clave de la España de inicios del siglo XX: la «Lliga Regionalista» de Cataluña.
60 En el año 1918, el presidente Camilo Pérez, junto al gerente Antonio Casariego, inauguró el local propio del Banco España y Paraguay mediante un acto público al que asistieron el ministro de Hacienda Eusebio Ayala, el subsecretario de Relaciones Exteriores, el intendente municipal, el jefe de policía de la capital, y personalidades de la banca, del comercio y de las industrias establecidas en Paraguay, entre ellos Faustino Villabrille, el gerente del Banco de España y América de Buenos Aires.
El abogado español Matías Alonso Criado ofreció un discurso a pedido de la concurrencia, y reafirmó el acercamiento entre Paraguay y la «madre patria».
Junto a Matías Alonso, el concejal Enrique Prous, también español, reconoció que ese Banco de España y Paraguay había sido fundado «en momentos Ante esta situación, Pérez se refirió a la escasa colaboración gubernamental española que había dejado casi a solas a los propios españoles establecidos en Paraguay que trabajaban sin cesar por el prestigio patrio.
Según él, en esos años de conflicto bélico internacional se había infiltrado el capital estadounidense, de forma franca y decidida, para avalar la explotación industrial que era ejecutada por los frigoríficos que aprovechaban los campos y la ganadería paraguaya, y cuyos productos resultantes llegaban a los mercados europeos y estadounidenses.
Las industrias estadounidenses ampliarían su acción mediante la intervención en los negocios, y el control económico, comercial, monetario y financiero del país, tarea a la que se sumaban los capitales argentinos.
63 De ahí la conclusión de Pérez de que era urgente contrarrestar «la influencia de otros países que, apoyados eficazmente por su comercio y gobiernos, no escatiman medios para triunfar sobre el nuestro».
Pérez sostuvo también que, después de la guerra, le llegaría el turno a la cruenta batalla comercial en la que la victoria quedaría en manos del país más preparado.
Por ello en su carta enviada a Rafael Vehils decidió concluir su escrito con la siguiente frase: «¿lo estamos nosotros?».
62 CA-AG, 12.3, Vehils (Barcelona) A finales de ese año 1918, Pérez afirmó que, frente al resto de los países europeos y de los propios Estados Unidos de América, su país de origen, España, había cometido el gran error de otorgar escasa relevancia a la acción diplomática en sus antiguos territorios coloniales americanos.
Algunos países de Europa, como también los Estados Unidos, rivalizaban con inteligencia y perseverancia, gracias a su proyecto de captar la simpatía de la población de la América hispana.
En general, lo hacían a través de ingentes sumas de dinero, y mediante recepciones y fiestas sociales.
Por ello, ese 31 de diciembre de 1918 Pérez le escribió a Vehils afirmando que se mencionaba con frecuencia que al finalizar la guerra Estados Unidos se apoderaría del mercado internacional.
Para el caso paraguayo, llamativamente, al gobierno estadounidense se sumarían Inglaterra, Francia, Argentina, Brasil y Uruguay.
Según él, solo una acción conjunta, inteligente y rápida podía contrarrestar esta presión que afectaba a los españoles migrantes que estaban dispuestos a «cooperar para el desarrollo de las industrias patrias».
65 Al año siguiente, en 1919, el delegado Pérez aceptó enviar a la ciudad condal los productos paraguayos más importantes para la exposición diseñada por Rafael Vehils, pero con la condición de que la Casa de Barcelona cubriese los gastos del flete con las ventas de los productos.
También envió tres informes trimestrales en los que repitió la intensificación de la presencia de Inglaterra y de los Estados Unidos de América con el fin de apoderarse de este mercado.
Según él, durante el mes de octubre de 1919 el Banco de Londres y Río de la Plata resolvió establecer una sucursal en Asunción.
También el Banco Agrícola del Paraguay que había iniciado una importante propaganda para intensificar el cultivo del algodón y cumplir con la exigencia manifestada por el mercado estadounidense.
66 El 12 de octubre de 1919 fue inaugurado el local social de la Sociedad Española de Socorros Mutuos de la colonia y pueblo paraguayo.
Días después se presentó ante la Legación de España en Paraguay el agregado militar, comandante E. Montó, quien tomó contacto con sus colegas paraguayos, en particular el ministro de Guerra y altos jefes del Ejército, la oficialidad y alumnos de la Escuela Militar que era presidida por el director del establecimiento.
El acto fue organizado por las Sociedades Españolas, las cuales fueron presididas por el encargado de negocios de España en Paraguay.
Finalmente, el propio ministro de Hacienda y ex ministro de Relaciones Exteriores, Eusebio Ayala, había decidido viajar a los Estados Unidos de América para representar al Gobierno del Paraguay en el Congreso Financiero Panamericano.
Eusebio Ayala fue acompañado por R. Croskey y por Enrique Bordenabe.
67 Camilo Pérez decidió renunciar a su condición de delegado, ya que si bien reconocía que su intención era curarse de una enfermedad en los riñones, agregó que solo tenía 42 años de edad, que ya había trabajado demasiado y que era el momento de dedicarse a su propia esposa, a sus tres hijos y a sus amigos.
Pero en la carta agregó de manera indirecta que también había tomado consciencia de que los Estados Unidos de América se aprestaban a la dominación de los mercados americanos, todas noticias que llegaron a Vehils.68 Este último, director de la Casa de América, por su parte, decidió pedir a la «Compañía Trasatlántica», al marqués de Comillas y al conde de Romanones, que aceptasen el nombramiento de la «Pérez y Sanjurjo S.A.» como representante y agente en Asunción.
No había duda alguna de que había que hacer algo más que publicitar los informes de Pérez en las páginas de Mercurio, o celebrar sus contactos con la Federación de Centros Españoles en América.
Por ello Vehils le rogó que ofreciese el nombre de un posible sustituto.
69 Ante esto, la decisión de Pérez fue otra: hizo llegar a Barcelona los datos de la huelga marítima que incomunicaba al Paraguay respecto a sus países limítrofes, y el viaje de Manuel Gondra desde Washington para acceder a la segunda presidencia del país.
Según él, la transformación política era acompañada por un excesivo costo de todos los artículos de producción extranjera, la subida del cambio y la desvalorización de los productos paraguayos en los mercados europeos.
Hasta finales de 1920, este desconcertado delegado no pudo hacer llegar ni siquiera una carta a la ciudad condal.
Según sus palabras, la mala situación económica del Paraguay -consecuencia de la desvalorización y del estancamiento general de todos sus productos-le había forzado a cerrar las puertas del «Banco de España y Paraguay».
Como él mismo señalara, ocurrió lo mismo con el «Banco Mercantil del Paraguay» y con la casa de banca de «A. Perasso & Cía».
70 En ese momento existían en Barcelona unos 30 bancos, y Vehils acudió a los de «Urquijo Catalán», «Hispanocolonial» y a la «Banca Arnús».
En todos ellos le confirmaron que era casi imposible mantener la relación con Paraguay.
El 25 de mayo de 1921 le escribió a Pérez lo siguiente: «como Ud. ya sabe, la situación es la misma en mayor o menor escala en casi todos los países del globo».
71 Por ello, el último informe trimestral que escribió Pérez el 4 de abril de 1921 hace referencia a la desvalorización de casi todos los productos naturales paraguayos que eran aptos para la exportación.
Si bien el propio gobierno había hecho muy poco para remediar el estado de completa descomposición comercial del país, también existían otras razones, en particular las dificultades financieras que sufrían la mayor parte de los mercados europeos y americanos, además de los propios bancos del país receptor, sumado al escaso interés demostrado por su patria de origen para restablecer las relaciones internacionales con la República del Paraguay.
72 Vehils solo pudo afirmar que lamentaba la situación anómala de ese país y que esperaba cierta normalización de su economía.
Le agradeció el envío de algunos volúmenes del periódico paraguayo El Liberal, que contenían el texto escrito por Pérez titulado «Más sobre ibero-americanismo», como también el memorándum de los establecimientos productivos radicados en tierras paraguayas.
Ante ello le contestó haciendo referencia a Eduardo Sanz y Escartín, el conde consorte de Lizárraga -en ese año 1921 nombrado ministro de Trabajo y gobernador del Banco de España-, quien confesó que todo dependía de las gestiones financieras con los bancos establecidos en Buenos Aires, ya que las circunstancias no eran favorables a la colocación de dinero fuera del reino.
Todo dependía entonces de la reciente creación en Madrid del Crédito Territorial Español Trasatlántico.
73 A finales de ese año 1921, Pérez mencionó la convocatoria que hizo Felipe García Ontiveros, el encargado de negocios de España en Asunción, 74 de organizar una comisión compuesta por presidentes de las sociedades españolas para enfrentar la «guerra en África».
Eso sirvió para organizar un torneo de «foot-ball», y para recolectar fondos económicos a favor de la Cruz Roja Española de Melilla.
Poco después, Vehils lo invitó a la III Feria Internacional de Muestras de Barcelona, que incluyó una sección sobre productos textiles americanos, pero repitió el pedido de que designase a otro representante que lo sustituyera en la labor de impulsar el proyecto hispano-paraguayo.
75 Fue el fin de la vinculación formal entre Pérez, Paraguay y la Casa de América barcelonesa.
La asociación catalana no encontró sustituto, y el tradicional delegado tampoco aportó nombre alguno.
En 1914, iniciada la Primera Guerra Mundial, la Casa de América de Barcelona, entidad que desde 1911 buscaba reorganizar las relaciones hispano-americanas, nombró a Pérez y Pérez como delegado, con la tarea de modernizar y divulgar las relaciones peninsulares con Paraguay, y competir así con los países más involucrados en la participación económica: Argentina, Inglaterra, Francia y los Estados Unidos de América.
Y las confrontaciones políticas internacionales que llevaron a los ejércitos boliviano y paraguayo a la destructiva guerra del Chaco,76 acompañaron la decisión de Camilo Pérez de abandonar su vinculación con entidades bancarias y empresas de su país de origen, y volcarse plenamente al sostenimiento de «La Paraguaya S.A. de Seguros», en la cual llegó a ser presidente en los años 1943-1946.
Como hemos analizado en este artículo, las acciones realizadas por los españoles migrantes en Paraguay tendieron a la consolidación de vínculos mercantiles y económicos en un amplio espectro de intereses: la creación del Banco de España y Paraguay en la ciudad de Asunción; la colaboración con la organización de exposiciones llevadas adelante en la ciudad condal para dar a conocer la producción de recursos naturales paraguayos; el intercambio comercial de productos tales como fibras, textiles, madera, extracto tánico...; la reciprocidad en el envío de libros científicos y litera-rios entre España y Paraguay; la remesa de cartas y de informes oficiales y confidenciales relacionados con la estadística mercantil.
En todo este periodo en el cual se produjo la Primera Guerra Mundial, la revista Mercurio fue el instrumento privilegiado de comunicación y publicidad de las posibles relaciones entre España y Paraguay.
Hemos querido rescatar las olvidadas figuras de Rafael Vehils i Grau-Bolívar y de Camilo Pérez y Pérez, protagonistas centrales de este proyecto americanista con el cual Cataluña buscó expandirse en la República del Paraguay, la antigua colonia hispana destruida por la guerra de la Triple Alianza, y rehecha a través de un modelo económico que en la época fue denominado moderno.
El proyecto «pancatalanista» representó, en realidad, la ambición del expansionismo comercial, 77 y utilizó la oportunidad ofrecida por el conflicto bélico del Paraguay, y en especial su neutralidad junto con España durante la Primera Guerra Mundial.
Desde 1919, la relación con Estados Unidos de América trasmutó las posibilidades panamericanas de la Casa catalana, y forzó a renunciar a su representante en Paraguay.
78 El periodo histórico que va de 1870 a 1930 transformó la sociedad y la economía del Paraguay, y en esos años en que Camilo Pérez intentó unirse al proyecto liderado por Vehils, se produjo una intensa lucha entre los partidos «colorado» y «liberal», 79 situación que afectaría a la propia organización política de los inmigrantes de origen español establecidos en Asunción.
Para los historiadores Ricardo Scavone Yegros y Liliana Brezzo, la postura que asumió Paraguay fue la de abstenerse ante la primera conflagración mundial en virtud de la decisión gubernamental de reconstruir al Paraguay después de la guerra de la Triple Alianza (1865-1870), el impulso otorgado a la difusión de empréstitos e inversiones internacionales, sumado al desarrollo de la controversia territorial suscitada con Bolivia por el control de Chaco Boreal.
80 La guerra del Chaco formó parte de la expansión de los estudios petrolíferos del subsuelo chaqueño, que tuvieron lugar gracias a la empresa internacional «Standard Oil».
81 El gran modelo americanista fue acompañado por otras interesantes experiencias de la época que proyectaron el 77 Fradera, 2015. |
La historia de la historiografía paraguaya contemporánea es un campo apenas abonado hasta hoy a pesar del interés que, parece indudable, ofrece.
1 Este trabajo propone centrar la atención en el proceso de fundación de la Academia Paraguaya de la Historia (antes Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas) y en su vida institucional como vía para dar cuenta de los itinerarios que la escritura de la historia ha descrito en Paraguay durante el siglo XX.
Durante sus casi ochenta años de existencia, desde su creación en 1937, la corporación ha reunido a más de un centenar de miembros de número, entre los cuales figuran muchos -ciertamente que no todos-de los más notables exponentes de la disciplina histórica del país.
2 ¿En qué circunstancias debe comprenderse la creación del Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas?
¿Quiénes fueron sus fundadores?
¿Cuáles sus intereses de estudio?
¿Qué peso tuvieron en la producción histórica de la época?
Un primer asunto en el que parece conveniente detenerse es el contexto en el que se establecieron las primeras asociaciones letradas que pusieron de manifiesto una preocupación por el estudio de la historia paraguaya.
Aislacionismo, guerra y letrados
La trayectoria de la historiografía paraguaya está delimitada, en parte, por su poliédrica realidad aislacionista.
En efecto, la situación geográfica de un país en la periferia extrema de la frontera interior sudamericana -una «isla rodeada de tierra», como lo definió Augusto Roa Bastoshace presuponer una amplia separación del resto del mundo occidental.
Luego, las circunstancias políticas en las que se encontró el Paraguay después del año 1811, en el que se produjo la revolución de la independencia, hicieron difíciles las prácticas normales del comercio, lo cual inevitable-1 Para la historia de la historiografía paraguaya no disponemos aún de estudios que tracen un panorama general de su evolución.
Como instrumento de aproximación sigue siendo valiosa la reseña de Williams, 1973.
Una perspectiva actualizada, aunque parcial, en Brezzo, 2010a.
El encomiable y exhaustivo trabajo de Cardozo, en 1959, se limita a la producción historiográfica correspondiente al período colonial.
2 El cada vez menos exiguo interés por el rol que las Academias han tenido en la profesionalización e institucionalización de la historia se ha puesto de manifiesto en estudios recientes que proyectan un haz de luz importante y que han servido para el planteo teórico de este trabajo.
El ascenso al poder de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840), quien colocó un «cordón político» en torno al país para «protegerlo del caos del sur» y practicó una política internacional de enclaustramiento, contribuyó a su separación del resto de los países del Río de la Plata.
3 En razón de ese aislamiento y del aislacionismo, el Paraguay era a mediados del siglo XIX prácticamente un país desconocido, que incitaba la curiosidad de viajeros europeos y americanos y suscitaba una figura alegórica que recuerda lo que hoy se conoce como «formaciones asiáticas»: el aislamiento del mundo exterior; el control de una parte de su producción y explotación de recursos económicos por un lado, y del comercio exterior por el otro, ejercido por el Estado; la existencia de un poder centralizado, autoritario y vitalicio en la práctica; y la veneración cuasi religiosa de ese supremo gobierno por una población masivamente campesina, proporcionaban elementos a sumarias definiciones que hacían del Paraguay «la China, el Japón de América».
Esta realidad condicionó que, si bien se divulgaron estudios sobre la historia y la geografía del país, casi sin excepción se trataron de relatos de viajeros, diplomáticos o escritores extranjeros; de hecho, los registros disponibles indican que desde el texto de Ruy Díaz de Guzmán, 4 escrito a comienzos del siglo XVII, hasta finales del XIX la historia paraguaya fue redactada fundamentalmente por autores foráneos.
5 Sin desconocer ese fuerte condicionante, investigaciones recientes han demostrado la unilateralidad de la perspectiva aislacionista para caracterizar ese itinerario historiográfico.
Entre estas destacan las dedicadas a la identificación y edición de escritos producidos por letrados paraguayos durante la primera mitad del siglo XIX, como los de José Falcón, Juan José Brizuela y Luciano Recalde.
Inéditos hasta el presente, sus textos aparecen como expresión de las «luces atenuadas» que el país mostraba en esa época mostrando que, aunque insertos en un mundo cultural diminuto, en el Paraguay decimonónico existían quienes encarnaban la «resistencia» a la realidad aislacionista, exteriorizando un interés en el mundo más amplio, formulándose preguntas sobre sí mismos y sobre el pasado y presente de su sociedad.
En 1612 fechó su Historia del Descubrimiento, Conquista y Población del Río de la Plata.
En 1856 quedó establecida en Asunción el Aula de Filosofía, que reunió a medio centenar de estudiantes bajo la dirección del profesor español Ildefonso Antonio Bermejo, quien había arribado al país contratado por el Gobierno para organizar una Escuela Normal.
En el Aula, que pretendía constituirse en base de un centro universitario del que Paraguay carecía desde la época colonial, surgió el grupo de redactores que se responsabilizaría de la edición de La Aurora.
Enciclo pedia mensual y popular de ciencias, artes y literatura, primera revista cultural paraguaya, cuyas entregas comenzaron a aparecer en 1860.
Al mismo tiempo, entre los años 1850 y 1860 el Congreso nacional autorizó al poder ejecutivo a enviar jóvenes con destino a Europa para proseguir estudios universitarios; unos 50 becarios paraguayos se instalaron en Inglaterra y en Francia para estudiar Derecho, Química y Farmacia.
7 Mas todas estas iniciativas se vieron drásticamente interrumpidas por el inicio de la guerra contra la Triple Alianza (Argentina, Uruguay, Brasil, 1864-1870) y las consecuencias de la derrota determinaron por completo su evolución sociocultural: la población quedó reducida a un 30 % (conformada fundamentalmente por niños, ancianos y mujeres) de los 400.000 habitantes con que contaba al comienzo de la contienda, el sistema educativo completamente desarticulado, los archivos estatales destruidos y las bibliotecas públicas y privadas diezmadas.
8 Sobre el rescoldo todavía doloroso de la guerra, en medio de la extrema pobreza y de los esfuerzos para reconstruir el país se fue conformando una elite letrada a la que se conocería como la Generación del 900 o Novecentistas.
9 Una aproximación en torno al proceso que posibilitó la emergencia del grupo denominado Generación del 900 como así también a la fisonomía colectiva puede leerse en Gómez Lez y Zarza, 2013; Amaral, 2006; Centurión, 1961.
LILIANA M. BREZZO Gracias a su iniciativa quedó constituido en 1895 el Instituto Paraguayo, la primera institución cultural de la posguerra.
Sus impulsores se limitaron a enunciar como propósitos el fomento del estudio de la música y el desarrollo de la literatura, proporcionar la enseñanza de idiomas y estimular los ejercicios físicos por medio de la gimnasia y la esgrima.
Sin embargo, las cuestiones sobre el pasado reciente del país pasaron a constituirse rápidamente en materia predominante de sus preocupaciones y actividades -principalmente conferencias y debates-, las que a partir de 1896 comenzaron a divulgarse en la Revista del Instituto Paraguayo.
Definida como de carácter «esencialmente científico», poco tiempo después pasaría a subtitularse «Historia, Ciencias, Letras», haciendo referencia a sus principales contenidos y convirtiéndose en la principal publicación de erudición histórica de la época tanto por sus temáticas como por el esfuerzo que suponía su edición en el yermo contexto cultural.10 Asimismo, en la primera década del siglo XX comenzaron a circular otras publicaciones con similares pretensiones, como la Revista de la Universidad Nacional y la Revista de Agronomía y de Ciencias Aplicadas, dirigida por el agrónomo suizo Moisés Bertoni, las que convivieron a su vez con las dirigidas a un público selecto pero más aligeradas, con grabados de paisajes y de personajes, anecdotarios y textos breves.
El catálogo de la biblioteca de José Segundo Decoud, uno de los intelectuales y políticos más influyentes de ese tiempo, da noticias de algunas de ellas, de las cuales han quedado pocos o ningún ejemplar, como Ilustración Paraguaya, La Revista Cómica, La Rivista Italiana.
Coloniale, comerciale, sociale y The Paraguay Review Paraguayische Nachrichten, Tribuna de los intereses del Paraguay, La Revista del Paraguay, Crónica y Anales del Gimnasio Paraguayo, todas publicadas entre la última década del siglo XIX y la segunda década del XX.
11 En 1913 quedó establecido en Asunción el Gimnasio Paraguayo, dedicado a impulsar el estudio y la divulgación de la música, los idiomas y la práctica de la esgrima y de todo «elemento de cultura»; los Anales del Gimnasio Paraguayo tuvieron entre 1917 y 1924 similar programa editorial que la Revista del Instituto Paraguayo.
Finalmente, en el año 1933, ambas instituciones culturales se fusionaron en el Ateneo Paraguayo, prosiguiendo el propósito del «cultivo de las ciencias, de las letras y las bellas artes».
En ese contexto, los estudios históricos se vieron atravesados a su vez por la controversia de límites que el Paraguay mantenía con Bolivia por la zona del Chaco Boreal.
Nuevos temas, una segunda guerra
La disputa chaqueña entre Paraguay Bolivia fue agravándose entre las dos últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX.
En ocasión de las sucesivas negociaciones diplomáticas destinadas a finiquitarla, letrados adscriptos al novecentismo se dieron a la tarea de acopiar documentos históricos para probar la justicia de la demanda paraguaya.
Debieron adentrarse, para la reconstrucción del itinerario jurídico, en temas de historia política y social remontándose hasta la época de la fundación y ocupación de la región guaraní en el siglo XVI.
Entre ellos, Manuel Domínguez y Fulgencio R. Moreno destacarían por su profusa producción histórica, la que en parte sería el resultado de sus trabajos diplomáticos al frente de la legación paraguaya en Bolivia y de su actuación en la Comisión Nacional de Límites.
La primera obra de Domínguez apareció en el año 1917 con el título Paraguay-Bolivia: cuestión de Límites.
Y hasta el año de su fallecimiento, en 1935, publicaría más de una decena de monografías entre las que sobresalieron: El derecho de descubrir y conquistar el Paraguay o Río de la Plata (1918), El Chaco Boreal: informe que arruina las tesis bolivianas y expone los títulos del Paraguay sobre dicha zona (1918), El Chaco boreal fue, es y será nuestro (1925), Nuestros pactos con Bolivia (1928), Bolivia y sus mistificaciones (1932), El Chaco pertenecía al obispado de Paraguay (1933), Siete reyes y diez virreyes afirman los derechos del Paraguay sobre el Chaco (1933), Expediciones del Paraguay al Chaco (1934) y Bolivia atropelló el statu-quo y sus reconocimientos del laudo Hayes (1935).
Por su parte, Fulgencio Moreno hizo visible su interés por el tema chaqueño a partir del año 1904 cuando publicó Diplomacia paraguayo-boliviana, interés que iría in crescendo en el contexto de la puja diplomática de los años veinte en cuyo transcurso publicó La extensión territorial del Paraguay al occidente de su río: breve exposición de los títulos (1925).
Y en 1933, poco antes de su fallecimiento, editó Paraguay-Bolivia: cuestión de límites.
LILIANA M. BREZZO Al mismo tiempo, en Buenos Aires, Enrique de Gandía (1904Gandía ( -2000) ) comenzó a interesarse también en la controversia por el Chaco.
Hijo de un español y de una italiana, este letrado había estudiado Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y Sociología en la Universidad de la Sorbona de París, circunstancias que le permitieron conocer importantes bibliotecas y archivos de los dos países.
Su producción histórica había logrado destacarse y obtener reconocimiento en la capital argentina.
Como resultado de ello, en 1930 fue elegido miembro de número de la Junta de Historia y Numismática Americana, predecesora de la Academia Nacional de la Historia.
En ese contexto, De Gandía inició contactos epistolares con Manuel Domínguez, Fulgencio Moreno y con Juan E. O'Leary12 y viajó a Sevilla para estudiar en el Archivo de Indias documentación referida al litigio.
Con el sustento de los textos de los autores paraguayos y de los documentos acopiados por su cuenta concluyó sobre la justicia de la tesis paraguaya: el Chaco había sido explorado y conquistado por el Paraguay, que desde los orígenes de la conquista había ejercido el dominio ininterrumpido y pacífico.
Los argumentos los desenvolvió en tres estudios principales: Historia del Gran Chaco, editado en Madrid en el año 1929, Límites de las gobernaciones sudamericanas en el siglo XVI, en 1933, y Los derechos del Paraguay sobre el Chaco Boreal y las doctrinas del uti possidetis en el siglo XVI, publicado en Buenos Aires en 1935.
A comienzos de los años treinta, la disputa entre Paraguay y Bolivia se complicó y la opinión pública de los dos países reclamó soluciones de fuerza.
La guerra del Chaco, entre 1932 y 1935, constituyó una nueva sangría para el Paraguay, que estaba aún rehabilitándose tras el desastre de la anterior conflagración.
Poco después de la finalización de las acciones militares y de la firma del Tratado de Paz definitivo, a mediados de 1937, De Gandía viajó a Paraguay.
La fundación del Instituto de Investigaciones Históricas
Como lo han subrayado investigaciones recientes, el final del conflicto bélico con Bolivia derivó, en Paraguay, en una situación política interna de difícil consolidación.13 46.000 paraguayos dejaron el frente militar tras la victoria, luego de que se suscribiera el Protocolo de Paz con Bolivia el 12 de junio de 1935.
Habían integrado una organización eficaz que consiguió expulsar al enemigo del territorio en disputa, gracias a los esfuerzos de toda la población.
Resultaba natural que se sintieran artífices potenciales de la grandeza de la patria y que confiasen en que, después de la conflagración, había llegado la hora de las grandes transformaciones.
Más comprometidos se consideraron los jefes y oficiales, consustanciados con las aspiraciones de la ciudadanía que habían comandado.
Este espíritu colectivo chocó, sin embargo, con la dura realidad.
Las finanzas del Estado habían tocado fondo y el gobierno de Eusebio Ayala (1932-1936) debió, antes que nada, reajustar el gasto público, desmantelando la estructura montada para la guerra.
Se dispuso la desmovilización de oficiales y soldados, sin compensaciones y sin acompañar su reinserción a la vida civil.
La forma en que se ejecutó esta medida dejó la sensación de que se estaba cometiendo una injusticia.
A ello se sumaban las pugnas del gobernante partido Liberal de cara a las elecciones presidenciales para el período 1936-1940, la angustiosa situación económica del país y los problemas sociales no resueltos.
Los dos partidos políticos tradicionales del Paraguay, el Liberal y la Alianza Nacional Republicana o partido Colorado, fueron fundados en 1887.
Este último había monopolizado el poder de 1887 a 1904 cuando fue derrocado por la fuerza por el partido Liberal, reteniendo el control hasta 1936.
En efecto, a principios de ese año, el presidente Ayala dispuso la detención y expatriación del coronel Rafael Franco, junto a otros oficiales, a quienes acusó de conspirar en su contra.
La decisión adoptada contra el prestigioso jefe durante la guerra aceleró los afanes conspirativos de los mandos medios y la oficialidad joven del Ejército.
El 17 de febrero estalló en Asunción un movimiento revolucionario contra el gobierno de Ayala, que pasó a denominarse revolución febrerista o febrerismo.
Esencialmente de carácter militar, los sublevados difundieron un Acta Plebiscitaria en la que anunciaron el cese del personal de los tres poderes del Estado y la restitución de la nación paraguaya al nivel de su historia en el Río de la Plata, al libre dominio de su suelo y a la grandeza de su porvenir.
Y eligieron a Franco como presidente provisional.
Pronto se produjeron fricciones entre los grupos que apoyaban al gobierno, es decir, los militares y los ex combatientes.
El poder ejecutivo quedó bajo el predominio de los hombres de la Liga Nacional Independiente, un reducido grupo de intelectuales nacionalistas liderados por el canciller del gobierno revolucionario, Juan Stefanich.
Ese protagonismo de la Liga, los esfuerzos del gabinete ministerial para contener las injerencias militares, las intensas campañas interna e internacional de desprestigio promovidas por los sectores de oposición, especialmente del partido Liberal, contra la gestión del coronel Franco y las alternativas de las negociaciones diplomáticas en la Conferencia de Paz del Chaco generaron un nuevo levantamiento.
El 10 de agosto de 1937 el comandante de las tropas del Chaco, teniente coronel Ramón Paredes, intimó al presidente Franco para que se deshiciese del canciller Stefanich.
No tuvo éxito y esa fue la señal para el alzamiento militar.
El 12 de agosto la Marina y la prefectura se plegaron al movimiento con lo que se evitó el derramamiento de sangre al considerarse estéril toda resistencia.
El presidente Franco fue apresado y luego se exilió en Montevideo.
Derrocado el febrerismo, la solución política gestada por los militares buscó el apoyo del partido Liberal, accediendo a la presidencia el respetado jurista Félix Paiva, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción, el 16 de agosto de 1937.
Los ministerios fueron confiados en su mayoría a profesores de esa unidad académica: Cecilio Báez estuvo a cargo del ministerio de Relaciones Exteriores, Justo Pastor Benítez y Enrique Bordenave pasaron por el de Hacienda, Justo P. Prieto y Luis A. Argaña encabezaron, sucesivamente, el de Instrucción Pública y Andrés Barbero dirigió el ministerio de Economía.
Por este motivo, se conoció a este conjunto como el «gabinete universitario».
Fue en esas circunstancias en las que Enrique de Gandía llegó a Asunción.
El clima revolucionario se mezclaba con las celebraciones por el cuarto centenario de la fundación de la ciudad -el 15 de agosto-y con las públicas demostraciones religiosas que acompañaban la realización del Primer Congreso Eucarístico Nacional.
Su defensa intelectual de la posición paraguaya durante la guerra y los vínculos interpersonales establecidos con influyentes letrados paraguayos explican las muestras de simpatía que se le prodigaron.
Representantes de instituciones educativas, de la prensa y de la Universidad Nacional de Asunción fueron a recibirlo al puerto asunceno.
Los principales diarios -La Hora, La Capital, El Día-le dedicaron artículos con títulos elocuentes: «Lo que Enrique de Gandía ha hecho por el Paraguay» y «El Alberdi de la Guerra del Chaco»; la Universidad Nacional lo nombró doctor honoris causa y, según su propio testimonio, durante los quince días que permaneció en Paraguay pronunció dieciséis conferencias.
14 Poco después de su llegada, De Gandía reunió a un grupo de «amigos historiadores» en el Hotel Colonial y les propuso la fundación de una Academia o de un Instituto dedicado a investigaciones históricas, inclinándose la mayoría de los asistentes por esta última denominación.
De este modo, el 15 de agosto de 1937 se levantó un acta y se declaró constituido el Instituto Paraguayo de Investigaciones Históricas (IPIH).
Se designó presidente honorario, por unanimidad, a De Gandía, y se conformó una estructura directiva jerárquica presidida por Adolfo Aponte (1874-1949) e integrada por: Vicepresidente 1.o Ramón I. Cardozo (1876Cardozo ( -1943)), Vicepresidente 2.o Hipólito Sánchez Quell, Secretarios R. Antonio Ramos, Eduardo Amarilla Fretes y Andrés Barbero (1877Barbero ( -1951)).
Entre los firmantes del acta de fundación figuran también el ministro de Instrucción Pública, Luis A. Argaña, y los letrados Carlos R. Centurión, Ramón Lara Castro, Viriato Díaz Pérez, Arturo Brugada y Gabriel Ruiz.
En el mismo acto se resolvió designar como miembros correspondientes en el exterior a Luis Alberto de Herrera, en Uruguay; Ricardo de Lafuente Machaín y Juan Esteban Guastavino, en Argentina; Walter A. de Acevedo, en Brasil y Carlos E. Grez Pérez y Manuel Caviezes Serrano, en Chile.
15 El Instituto proponía:
Fomentar los estudios históricos en general y especialmente los que se refieren al Paraguay y su divulgación; unir a los estudiosos nacionales que investigan el pasado histórico del país y establecer relaciones intelectuales entre los historiadores paraguayos y los extranjeros.
16 De igual modo contemplaba organizar conferencias, certámenes, sesiones públicas, editar obras históricas antiguas y modernas y una revista o boletín que sería el órgano oficial del Instituto.
El primer estatuto, compuesto por 22 artículos, fijaba en 40 la cantidad de miembros de número y en diez la de miembros correspondientes, ambos de carácter vitalicio.
Para hacer efectiva su incorporación bastaba que quien fuese nombrado aceptase el cargo dentro de los cuatro meses de recibida la comunicación.
Desde ese momento quedaba incorporado y se le expediría el diploma correspondiente.
Carentes de una sede, los integrantes del Instituto se reunirían en los meses siguientes a la fundación en la casa particular de Aponte.
Según las actas de sesiones, los primeros domingos de cada mes, por la mañana, los asistentes intercambiaban impresiones sobre los estudios históricos que cada uno tenía en progreso.
De este modo las primeras asambleas aparecen más bien como una especie de cenáculo, más identificadas con una tertulia que con una academia.
Entre las primeras determinaciones de la comisión directiva estuvo desenvolver un programa de extensión cultural consistente en la realización de conferencias a cargo de los miembros del Instituto, abiertas al público y con una periodicidad quincenal.
Se obtuvo que el Ateneo Paraguayo facilitara sus instalaciones; el 6 de octubre quedaron inauguradas las actividades previstas con una conferencia de Efraím Cardozo sobre las «Primeras Monedas en el Río de la Plata» y el día 12 del mismo mes Viriato Díaz Pérez disertó sobre «Juan de Salazar y Espinoza: el capitán poeta».
Como toda institución no oficial, el IPIH tenía dificultades financieras.
Obtuvo para su funcionamiento subsidios esporádicos por parte del Estado.
Por ejemplo, los ministerios de Instrucción Pública y Justicia y el de Gobierno y Trabajo le otorgaron partidas entre los años 1940 y 1942 para el pago de muebles y gastos de oficina.
Consta en el acta de sesión del 17 de julio de 1940 que con esa ayuda se mandó confeccionar una mesa, 12 sillas para el salón biblioteca, una mesa escritorio y una silla giratoria para la presidencia, «todos de estilo español, en madera petiribí».
No obstante esas asistencias pecuniarias no fueron suficientes.
Debido a esa condición, el presidente Aponte solicitó al poder Ejecutivo la personería jurídica del Instituto, la que le fue otorgada por el Decreto N.o 14.400 de fecha 31 de agosto de 1942.
Se lo ponderó como un medio para allanar de algún modo la obtención de un fomento permanente que le permitiera sostener una mínima estructura administrativa y «comenzar con la edición de un Boletín o una Revista».
Pues bien ¿quiénes eran los letrados paraguayos que firmaron el acta de constitución del Instituto?
Una aproximación sociológica a los 12 hom-bres que figuran como «fundadores» permite delinear algunos rasgos de la fisonomía del grupo, delimitar sus espacios de actuación profesional y su práctica de la historia.
En primer término hay que advertir que en los años treinta no existía aún en Paraguay enseñanza universitaria de la historia.
En su mayor parte los fundadores del Instituto procedían de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción (como son los casos de Adolfo Aponte, Hipólito Sánchez Quell, R. Antonio Ramos, Ramón Lara Castro, Carlos R. Centurión y Arturo Brugada); también en su mayoría ejercían la docencia media y/o universitaria (Ramón I. Cardozo enseñaba Historia en el Colegio LILIANA M. BREZZO Anu. estud. am., 73, 1, enero-junio, 2016, 291-317
Las actas de sesiones y la correspondencia pública del IPIH permiten identificar una primera etapa comprendida entre los años 1937 y 1956, correspondiente a las presidencias de Adolfo Aponte (1937-1949) y de Ramón Lara Castro (1949Castro ( -1956)), signada por el desenvolvimiento de un plan de acción en dos direcciones.
La primera consistió en el fomento de vínculos con corporaciones similares de la región.
Para ello se intercambiaron notas con el Instituto Histórico y Geográfico de Río de Janeiro, la Junta de Historia y Numismática de la Argentina y el Instituto Histórico y Geográfico de Uruguay en torno a la fundación del Instituto, sus fines y las distintas actividades.
El fortalecimiento de esas relaciones se puso de manifiesto en una correspondencia que iría in crescendo referida a intercambios bibliográficos, de documentos y de fuentes de información; hacia mediados de la década de 1940 se iniciaron estudios para la aplicación de convenios sobre reciprocidad de credenciales académicas.
Consta, asimismo, que a las primeras sesiones del Instituto asistían personalidades públicas y INSTITUCIONALIZAR LA ESCRITURA DEL PASADO funcionarios que, eventualmente, contribuyeron a allanar esos intercambios, como por ejemplo el representante diplomático de la República Argentina en Paraguay, Juan Carlos Valenzuela, y el agregado comercial de dicha legación, José Rodríguez Alcalá.
Un primer corolario en ese sentido fue la designación de Adolfo Aponte como miembro correspondientes de la Junta de Historia y Numismática de la Argentina.
La segunda línea de acción se dirigió a promover el aumento de miembros de número y correspondientes.
Entre 1937 y 1955 se designaron 46 numerarios y fueron nombrados en el exterior 24 correspondientes, entre los que figuraban Emilio Ravignani, Ricardo Levene y Ramón de Castro Estévez en Argentina, Silvio Zavala en México, José Carlos de Macedo Soares y Virgilio Correa Filho -presidente y secretario del Instituto Histórico y Geográfico-y Walter Z. de Azevedo en Brasil, Alcides Arguedas en Bolivia, Raimundo Rivas y José Arango en Colombia, Juan Manuel Carbonell en Cuba, Manuel Caviezes Serrano y Carlos Grez Pérez en Chile, Ernesto J. Castillero en Panamá y Pedro Dulanto en Perú.
Si se atiende a la nómina de los que se incorporaron como numerarios en esa época puede visualizarse a un conjunto de hombres que coincidían en espacios de actuación política y cultural.
Julio César Chaves, por ejemplo, fue quien organizó durante la guerra del Chaco el Departamento de Prensa y Propaganda, y en 1938 accedió a una banca en la cámara de Diputados; Cecilio Báez y Efraím Cardozo fueron representantes del Paraguay en la firma del Tratado de Paz y Amistad con Bolivia, celebrado en Buenos Aires el 21 de junio de 1938; José Félix Estigarribia, quien también formó parte de esa representación paraguaya, se incorporó al Instituto en 1939, un año antes de asumir la presidencia del país; Justo Pastor Benítez y Pablo Max Insfrán fueron los redactores de la controvertida constitución de 1940, sancionada bajo la administración de Estigarribia.
Todos estos militaban activamente en el partido Liberal y se dedicaban a una intensa actividad periodística.
Dentro de ese conjunto, los miembros fundadores R. Antonio Ramos e Hipólito Sánchez Quell junto a dos de los hombres que se incorporaron en 1938, Julio César Chaves y Efraím Cardozo, compondrían un grupo de fuerte influencia en la vida institucional.
Esto se debió en primer término a su cuantiosa producción histórica en relación a la de los otros integrantes del Instituto, puesta de manifiesto ya en la época de la fundación.
DOI: 10.3989/aeamer.2016 apareció La fundación de la ciudad de Asunción, de Efraím Cardozo; en 1944 comenzó a circular La política del Brasil bajo la dictadura del doctor Francia, de R. Antonio Ramos, obra a la que seguirían La política del Brasil en Paraguay y Juan Andrés Gelly.
La segunda circunstancia fue el rol activo que el grupo iría desenvolviendo en el espacio universitario.
En efecto, el 16 de febrero de 1948 se fundó la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción en la que quedó habilitada la sección Historia y comenzó a dictarse la carrera de grado y el doctorado.
17 Efraím Cardozo obtendría la cátedra de Historia Colonial, R. Antonio Ramos la de Historia Americana y Julio César Chaves la de Historia Diplomática del Paraguay.
Una tercera circunstancia que permite sostener el fuerte influjo de esos hombres es la trama institucional que concertaron con el Archivo Nacional de Asunción, del que R. Antonio Ramos fue director.
18 Viriato Díaz Pérez y Juan E. O'Leary, miembros del IPIH, también ocuparon la dirección del Archivo Nacional.
Existen constancias, aunque no se ha producido aún una indagación específica, de que el archivo era un espacio destacado de sociabilidad entre los letrados asuncenos durante la primera mitad del siglo XX.
DOI: 10.3989/aeamer.2016 Luego se votó positivamente la reforma del artículo 4.o del estatuto general del Instituto por el que se elevó a 45 la cantidad de numerarios, en lugar de los 40 que se establecieron originalmente.
Con esta modificación, en el transcurso de ese año se designaron 16 miembros de número entre los cuales estuvo la primera mujer: la escritora María Concepción Leyes de Chaves, quien tenía en prensa una biografía novelada sobre Elisa Lynch, y sería por bastante tiempo la única presencia femenina en el Instituto.
19Con el fin de intensificar los lazos con Academias e historiadores del exterior, la nueva comisión directiva adoptó dos decisiones.
La primera consistió en designar un número significativo de miembros correspondientes.
En España a Emilio García Gómez, Manuel Ballesteros, Guillermo Céspedes, Octavio Gill Munilla, Manuel García Blanco, Francisco Sevillano Colombo y Jaime Delgado; en Argentina a Raúl Molina, Ricardo Caillet Bois y Ricardo Zorraquín Becú; en Bolivia a Humberto Vázquez Machicado, Augusto Guzmán, Hernando Fernández Sanabria, Armando Alba y Gunnar L. Mendoza; en Brasil a Guy de Hollanda y Rosendo Sampaio García; en Chile a Ricardo Donoso; en Colombia a Manuel José Forero; en Guatemala a Adrián Racinos; en Nicaragua a Adolfo Calero Orozco; en Honduras a Eufemiano Claro; en Panamá a Ricardo J. Alfaro; en Puerto Rico a Washington Lorens; en Perú a Raúl Porras Barrenechea; en Venezuela e Jesús A. Cova y en Estados Unidos a John P. Harrison.
Se decidió, asimismo, que el presidente Chaves realizara un viaje a Europa con el propósito de afianzar contactos internacionales.
De ese periplo han quedado escasas constancias, entre las que figuran noticias de la entrevista que mantuviera en París con Pierre Chaunu -director del Instituto de Altos Estudios Latinoamericanos-, de las conversaciones en Italia con las autoridades de la Biblioteca Ambrosiana, y en España con miembros de la Real Academia de la Historia.
En las Actas de sesiones del año 1956 puede leerse que el presidente de la corporación fijó el rol que, según entendía, en adelante le cabía a la corporación: «ojalá que en esta casa se forme y de esta casa salga la futura gran generación de historiadores nacionales.
Ningún servicio más alto podíamos rendir al país».
Al mismo tiempo señalaba las rémoras que, en su opinión, ensombrecían la práctica de la historia en Paraguay:
Todavía se pretende unir a la historia, que es la mayor riqueza de los paraguayos, a los ajetreos de la politiquería, a menguados intereses, a bastardas ambiciones [...]
Todavía ese archivo nuestro [Archivo Nacional de Asunción] vive allí como un huérfano desamparado, sin amparo y sin protección, corriendo graves peligros el invalorable fondo documental que encierra.
Todavía las riquezas artísticas dejan nuestros museos y templos para ir a enriquecer colecciones particulares y pinacotecas oficiales del exterior.
Pues bien, a la notoriedad que en esos años habían adquirido algunos de sus miembros debido a su profusa producción histórica y la dedicación más exclusiva al estudio de la historia que suponía el desarrollo de la LILIANA M. BREZZO carrera universitaria, se sumaba el eco que iban encontrando las actividades culturales propuestas por el Instituto, puesto de manifiesto en la alta concurrencia de público.
Todas esas circunstancias confluían para que en el futuro inmediato el Instituto tuviera, siguiendo las expresiones de Chaves, «una gran misión que cumplir, una tarea vigilante que realizar».
Al hilo de esa frase programática debe situarse la aparición en 1956 del primer volumen de Historia Paraguaya.
Es conocido que en los primeros años de la posguerra del Chaco se produjo una retracción en materia de publicaciones en el Paraguay.
Para las principales editoriales que habían funcionado hasta esa fecha como La Colmena, La Mundial y La Librería de Puigbonet, la coyuntura política delimitada por la ruptura institucional, el estado de sitio y la intervención de la prensa afectaron su rentabilidad.
No pocos escritores paraguayos buscaron talleres gráficos extranjeros, sobre todo argentinos, que les ofrecían condiciones económicas más ventajosas.
En Buenos Aires comenzaron a funcionar editoriales paraguayas o dedicadas exclusivamente a lo paraguayo; alcanzaron auge las denominadas Ayacucho, fundada por Julio César Chaves, Guarania, establecida por Juan Natalicio González, y Tupá, dirigida por Anselmo Jover Peralta.
Con el sello de Ayacucho se editaron en la capital argentina los reconocidos estudios de los académicos Justo Pastor Prieto, La vida indómita de Augusto Comte (1944); de Justo Pastor Benítez, El Solar guaraní (1947); y de Carlos Centurión, Historia de las letras paraguayas (1951), entre otros.
Cuando regresó de su exilio Julio César Chaves le propuso a un librero italiano instalado en Asunción lanzar las «ediciones Nizza» y él mismo inició la publicación de la Biblioteca Histórica Paraguaya de Cultura Popular.
En ese contexto, la aparición en 1956 del primer volumen del Anuario del IPIH, titulado Historia Paraguaya, merece ser subrayada.
Era la primera publicación periódica especializada en historia que aparecía en mucho tiempo y, no obstante algún retraso, saldría con puntualidad encomiable.
Sus secciones fijas las constituían artículos de los miembros del Instituto, la divulgación de documentos históricos, de poesías y de reseñas bibliográficas.
Por lo demás, en algunos volúmenes se incluyó una sección dedicada a la crónica académica, en tanto que los discursos de ingreso comenzaron a ser publicados a partir del año 1966, cuando se lo dispuso como condición para la incorporación efectiva de los nuevos miembros.
Fue la única publicación de estas características que circuló en el país hasta que en el año 1964 comenzó a editarse la Revista Paraguaya de Sociología.
Y, según la reseña sobre la producción histórica paraguaya que ofreciera John Hoyt Williams a comienzos de la década del setenta, eran las dos únicas revistas «dignas de consulta».
Un recuento de los artículos publicados da cuenta de que las temáticas referidas al período hispánico, al proceso de la independencia y a la primera mitad del siglo XIX fueron las que más atrajeron a los integrantes del IPIH y las que constituyeron el mayor aporte a la historiografía paraguaya.
La historia política, diplomática e institucional eran, por su parte, los campos en los que puede situarse la mayoría de los estudios históricos allí publicados.
HISTORIA PARAGUAYA 1956-1965 Luego de una década de ininterrumpida publicación de Historia Paraguaya y como consecuencia del desarrollo alcanzado por el Instituto después de más de veinte años de labor cultural y del reconocimiento que había adquirido la producción histórica de sus miembros, en la Asamblea del 28 de octubre de 1965, por el voto unánime de los miembros de número y correspondientes, se aprobó una resolución por la que el IPIH se transformó en Academia Paraguaya de la Historia.
Un nuevo estatuto, establecido en 1966, desplegaba como fines:
Propulsar los estudios historiográficos en el país, defender y enaltecer el acervo histórico de la nación y propiciar la publicación de los clásicos de la historiografía nacional; auspiciar congresos, conferencias, coloquios, concursos, etc. sobre la materia; mantener vinculaciones con instituciones del país y del exterior; publicar revistas especializadas y auspiciar la edición de las obras de los académicos y colaborar con las autoridades nacionales en la elaboración de los planes de estudio de la Educación.
La Academia quedaba constituida, a diferencia de otros casos en América, como una institución civil no oficial.
21 Estaría compuesta por 35 académicos de número y por un número indeterminado de miembros correspondientes tanto en el país como en el extranjero.
En adelante, para ser nombrado académico de número o correspondiente se requería «haberse destacado en la especialidad con investigación comprobada y ser propuesto por escrito por un mínimo de cinco académicos de número».
Y para ser incorporado debería pronunciar en solemne sesión pública una conferencia que constituyese «un trabajo original y de investigación comprobada».
Las autoridades serían elegidas cada dos años en asamblea general ordinaria y estarían compuestas por presidente, vicepresidente, secretario, tesorero, bibliotecario-archivero y síndico.
Podría sostenerse que la nueva figura institucional reflejaba algo más trascendente que una modificación de su estructura.
La transformación era el resultado, en buena parte, de la acción de una pléyade de historiadores paraguayos cuyos estudios históricos comenzaron a hacerse visibles en los años veinte, cuyo prestigio fue acrecentándose mediante la introducción de un tratamiento cuidadoso de las fuentes históricas en sus investigaciones y de una dedicación más exclusiva a la historia a través de las cátedras universitarias.
El joven historiador Rafael Eladio Velázquez (1926Velázquez ( -1994)), cercano a Cardozo, se incorporó al Instituto en 1959, a su regreso de Sevilla, donde había cursado estudios de Historia del Derecho luego de obtener el doctorado en Historia en la Universidad Nacional de Asunción.
22 Velázquez dejó constancia de las circunstancias en las que emergió la APH y de sus principales protagonistas.
En efecto, se conserva en su archivo personal un conjunto de fichas manuscritas con el título de «Historiografía Paraguaya», en las que resume sus impresiones sobre el conjunto de autores que, según entendía, desde mediados del siglo XX habían «sentado escuela» por su rigurosa metodología.
El criterio para reunirlos era que cada uno de ellos constituía un «hito» en la construcción de una «interpretación honesta y 21 Es decir que no fue establecida por un decreto presidencial como habían sido los casos de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela (1888), la Academia Nacional de la Historia de Perú (1905) y la Academia Colombiana de la Historia (1902).
LILIANA M. BREZZO seria de la historia paraguaya» que se sustentaba en un avance del rigor heurístico.
Figuran en ese grupo los académicos Pablo Max Insfrán, Carlos R. Centurión, R. Antonio Ramos y Efraím Cardozo.
Entre ellos, dedicó especiales referencias a este último concentrándose en dos de sus iniciativas: la «monumental Historiografía Paraguaya», que publicara en México en 1959, y el plan para una historia general del Paraguay.
23 Velázquez destacaba en el manuscrito tanto la prolífica labor historiográfica de Cardozo como su talante como historiador, puesto que -sostenía-«no vivió enclaustrado en su gabinete de trabajo sino que participó activamente de nuestras luchas cívicas y prodigó su salud en la cátedra y el periodismo».
En cuanto al proyecto de una historia general del Paraguay, Velázquez sostenía que se disponía de pruebas que demostraban que Cardozo pergeñó el proyecto en los años 60, como una primera síntesis histórica del país.
El propósito quedaría trunco con su muerte en 1973, no obstante haber dejado finalizada la redacción de ocho capítulos, correspondientes a los siglos XVI y XVII, en los que analizaba el territorio, los primitivos habitantes, el descubrimiento, la creación, la conquista, las fundaciones, el gobierno de Hernandarias, las consecuencias de la división territorial de 1617 y la destrucción del Guairá.
El manuscrito pone en evidencia que se trató de un plan con el que Cardozo se proponía llegar al mayor número posible de lectores, motivo por el cual limitó sustancialmente el uso de notas y de referencias de fuentes documentales.
A su vez, el contenido aparece como corolario de una producción histórica sostenida en el tiempo que Cardozo principiara en 1949 -como ha sido, en parte, ya apuntado-con la publicación de El Paraguay Independiente para luego añadir en los años siguientes las obras El Paraguay Colonial (1955), Historiografía Paraguaya (1959), Historia Cultural del Paraguay (1964) y Breve Historia del Paraguay (1965).
24 La suma de los intereses cultivados puestos de manifiesto en esos estudios, además de su esencial continuidad, permiti rían sostener, con toda probabilidad, que Cardozo fue el historiador más «total» -en el sentido de la cantidad de intereses y territorios históricos que fueron objeto de sus indagaciones-de la Academia Paraguaya de la Historia al momento de su fundación, sin dejar de advertir, claro está, la necesidad de un análisis más exhaustivo en torno a este supuesto.
Hasta aquí el breve recuento de las circunstancias que rodearon a la fundación de la Academia Paraguaya de la Historia y la aproximación a quienes la integraron entre 1937 y 1965.
De intento nos hemos movido en un nivel descriptivo por lo que este estudio no está agotado.
Se trata únicamente de un punto de partida para una investigación que, en un futuro cercano, cubra los jalones posteriores a ese último año.
No obstante, el trayecto expuesto en este artículo hace posible enumerar algunas conclusiones.
En primer término puede concluirse que la Academia Paraguaya de la Historia fue promovida, al igual que la mayoría de las academias en América, por un grupo de letrados deseosos de lograr progresos en los estudios históricos nacionales; surgió como un cenáculo que contribuyó a crear un nuevo tipo de espacio público-privado en Paraguay, diferente al estatal y al estrictamente privado o íntimo, en el que se reunía un grupo de personas para conversar y hacer uso de su capacidad crítica racional.
Sus fundadores y los miembros que se incorporaron hasta el año 1965 no fueron, con la excepción de Rafael Eladio Velázquez, historiadores profesionales, es decir, formados específicamente en la disciplina en el espacio universitario, pero dedicaron a la escritura de la historia buena parte de sus esfuerzos intelectuales.
Entre los componentes del grupo un hombre cobra importancia al facilitar, con toda probabilidad, la articulación y cohesión: Julio César Chaves.
No solo por su prolífica producción sino también porque fue quien impulsó la edición de Historia Paraguaya y profundizó el relacionamiento regional e internacional de la institución.
La historia política, diplomática e institucional fueron los territorios que más atrajeron a los académicos, concentrándose en temáticas referidas sobre todo al período hispánico y a la primera mitad del siglo XIX.
Sus intereses no se vieron modificados desde su ingreso a la Academia, más bien se nota una continuidad y profundización, si para ello se tiene en cuenta las obras que publicaron entre 1937 y 1965.
Una mayor rigurosidad en el tratamiento de las fuentes por parte de los historiadores de la Academia destaca como un avance cualitativo para la práctica de la historia en el Paraguay desde mediados del siglo XX, aunque hay que decir al mismo tiempo que, según las pruebas disponibles hasta ahora, tanto los textos publicados en Historia Paraguaya como los LILIANA M. BREZZO estudios monográficos individuales no se habrían hecho eco de las transformaciones que fueron acompañando la práctica de la historia en esos años en Europa y en algunos países de América.
Contando con estos avances aparece asimismo como necesidad fundamental establecer de qué modo el contexto político caracterizado por el régimen dictatorial de Alfredo Stroessner condicionó el proceso de institucionalización de la historia en Paraguay a partir de los años sesenta.
Como ha sido mostrado en investigaciones recientes referidas, por ejemplo, al caso de la institucionalización de la sociología, el régimen desmovilizó a la sociedad civil y puso especial énfasis en la reducción del espacio público y la ampliación del sector privado.
Teniendo esto en cuenta podría cavilarse que la Academia Paraguaya de la Historia se constituiría en un factor de institucionalización destacado. |
Los procesos nacionales fracturan las memorias ancestrales anclando códigos y referentes a sus límites soberanos y arbitrarios.
Con ello, los riesgos asociados a fenómenos naturales son comprendidos fragmentariamente en regiones fronterizas.
Proponemos utilizar herramientas históricas para reducir los riesgos en esas regiones y reconstruir memorias colectivas desde la investigación documental con ese fin.
Fronteras en las memorias
Los desastres parecen no tener un espacio reservado en la memoria de las historiografías tradicionales.
Embebidas en una persecución interminable que va tras los pasos de los héroes, de los cambios institucionales y de las decisiones políticas, las adversidades especialmente asociadas a fenómenos naturales apenas colorean las aventuras de los protagonistas de siempre.
Esto es así, y con gran énfasis, en el caso de las «Historias Patrias» latinoamericanas, 1 construidas al filo de su necesidad imperante de instituir un relato que justificara sus surgimientos y darle sentido a la nación recién fundada.
Al único desastre al que estos relatos prestan atención es a la guerra, entendida como el escenario que pone a prueba el temple de sus personajes y el pulso de sus plumas.
2 En la lógica interpretativa de esa historia tradicional, los fenómenos potencialmente destructores o conducentes a padecimientos extremos, como los terremotos, las lluvias, las inundaciones, los aludes, las sequías, las erupciones, los huracanes, o las anomalías meteorológicas de gran extensión, todos ellos de regular comportamiento, parecen pertenecer a la «otra historia», la de la naturaleza, aquella que no construye héroes.
Rafael María Baralt y Ramón Díaz, conspicuos representantes de la Historia Patria venezolana, habrían sentenciado en 1841 que «Los trabajos de la paz no dan materia a la historia: cesa el interés que ésta inspira cuando no puede referir grandes crímenes, sangrientas batallas, o calamitosos sucesos».
3 No obstante, esas calamidades a las que se refieren se hallan vinculadas, siempre, a las andanzas de los héroes, y no necesariamente a las adversidades características asociadas con el comportamiento de la naturaleza.
Resulta todo un enigma, además, el hecho de que estos fenómenos infundan temor generalizado y al mismo tiempo no ocupen un lugar distinguido entre los objetos de estudio historiográficos o sociológicos.
Es esta una relación contradictoria, pero es, asimismo, el producto de una forma de historiar y de una forma de olvidar.
En ese sentido, esos fenómenos naturales conducentes a padecimientos extremos parecen hallarse condenados a formas de interpretación en las que su condición de amenazas se potencia y exacerba, mientras que las vulnerabilidades con las que se articulan parecen profundizarse con el paso del tiempo, puesto que ese olvido con el que se representan en la memoria colectiva, les hace crecer como amenaza en relación directamente proporcional con la vulnerabilidad que les padece.
Nos proponemos explorar en este trabajo ese efecto de olvido producido por la construcción de las memorias colectivas nacionales, especialmente en Latinoamérica, a partir de las cuales se ha generado al relato de la nación, así como a los referentes más representativos de esa relación subjetiva con el pasado y los procesos históricos y sociales que le son propios a las comunidades que habitan, especialmente, en las regiones fronterizas de estos países.
Pensamos que en las fronteras nacionales, cuyo origen pertenece al mismo contexto histórico en casi todos los casos latinoamericanos, esas comunidades que han existido asentadas en dichas regiones desde antes de los decretos fundadores de las nuevas naciones, han padecido la fragmentación de sus memorias colectivas en favor del relato de la nación, y los procesos subjetivos construidos a partir de sus relaciones concretas y simbólicas con los medioambientes en los que se hallan enclavadas, han sufrido la intervención de las estrategias socializadoras de los países que hoy dividen su entorno entre soberanías y jurisdicciones que fracturan la continuidad temporal de esa relación.
Esto, desde luego, afecta directamente a la percepción y producción de los riesgos y las vulnerabilidades.
Más aún cuando las políticas institucionales que han atendido (exitosa o parcialmente) al problema de las amenazas naturales en esas regiones, solo alcanzan a hacerlo desde una de las caras de esas fronteras, contribuyendo a la fragmentación de esas mismas políticas y a la fractura de sus resultados.
Los fenómenos naturales que despliegan sus regularidades en esos entornos nada saben de jurisdicciones o soberanías, y sus efectos se van transformando históricamente al ritmo con el que las relaciones de poder y los intereses de turno intervienen sobre la relación que las comunidades desarrollan con sus comportamientos.
Tal transformación parece significarse en el aumento de los efectos adversos asociados a sus manifestaciones regulares, figurando que los fenómenos se antojan más catastróficos con el paso del tiempo.
No es el fenómeno el que cambia, sino la sociedad que convive con sus manifestaciones.
Creemos que si esa memoria, hoy fragmentada e intervenida en favor del relato nacional, se recupera trascendiendo los límites que separan a esos países y se devuelve a esa relación concreta y simbólica que allí se produce y reproduce socialmente, probablemente se contribuya a la construcción de herramientas subjetivas y efectivas capaces de enfrentar con mejores respuestas al retorno de los fenómenos potencialmente destructores que allí tienen lugar.
Esto no es un método, sino una reflexión surgida a partir de la interpretación del hecho indefectible que se sucede a la producción de las memorias colectivas de la nación: el del olvido igualmente colectivo.
Sobre la nacionalización de las memorias colectivas
En ciencias sociales hablar de memoria es hacer referencia a la memoria colectiva, siempre.
Toda consideración sobre la memoria en el estudio de las sociedades o de las culturas hace alusión a mucho más que el individuo, de manera que aquello que torna en referente común a un hecho del pasado trasciende la experiencia individual del recuerdo y se asienta sobre aspectos que superan el tiempo existencial, desplazándose en velocidades estructurales, imperceptibles a escala individual.
4 La memoria, en este sentido, es colectiva porque logra extenderse más allá de una vida y no depende de las vicisitudes de un sujeto, sino de lo que sostiene simbólicamente a una sociedad en su cohesión relacional a través del tiempo.
De allí que, en tanto que colectiva, necesita de vehículos capaces de transportar sus referentes por encima de la voluntad personal, con el objeto de prolongar y consolidar su eficacia.
Por ello no se trata de un ente, de un espíritu transcendental o una naturaleza propia de las sociedades: la memoria solo puede sostenerse y ser eficaz si se articula simbólicamente con las relaciones de poder, el único aspecto del entramado social y cultural que produce, reproduce o transforma las estructuras profundas.
5 En el caso de los Estados nación, esa articulación es una responsabilidad formal, pública y oficial, y las naciones latinoamericanas representan un transparente ejemplo al respecto.
6 Estas naciones se fundaron sobre los efectos concretos e ideológicos de las independencias.
Fue a partir de allí que se «creó» a la nación, y en ese proceso se levantaron los referentes de su memoria colectiva.
No sucedió al revés, como lo supone la historiografía más tradicional y con ella el discurso oficial que despliegan los Estados con relación a su propia historia, al proponer que la nación, por fuerza, es la entidad que crea a los Estados.
Sucede al contrario, como lo ha explicado Eric Hobsbawm, por ejemplo, al afirmar que es el Estado el que crea a la nación.
7 El pasado colonial en las naciones latinoamericanas muy pronto se transformó en causa justificada de rebelión, y las independencias se volvieron génesis dicientes y manifiestas de la anterioridad de las identidades nacionales.
Con el surgimiento de las necesarias Historias Patrias, los procesos independentistas y todos sus avatares fueron interpretados como mitos genésicos, con todo lo que ello sugiere y representa.
8 Como mito, las independencias se convirtieron en relato de la nación, y más de dos siglos después de aquellos acontecimientos, los discursos historiográficos y oficiales sobre el asunto continúan sosteniendo el mismo sentido justificador y dignificante de la gesta.
9 Estos discursos son, al mismo tiempo, vehículo y dispositivo reproductor de la eficacia simbólica de esa justificación.
La lógica de la nación, aquí como en todas partes, se cumple con todas sus condiciones y complejidades.
Más allá del propio mito, se observa en esta problemática sostenida a través de doscientos años a la estrecha relación que vincula a nación y Estado, nexo indivisible en el discurso moderno sobre la existencia misma y el sentido de sociedad que abrigan ambas nociones.
La figura clave del orden social moderno, el Estado nación, supone que al aparato institucional que conjuga a las relaciones de poder que toman decisiones, se le adosa, indefectiblemente, la sociedad sobre la que se levanta como ente regidor y censor.
El aspecto fundamental de esta ecuación no es el Estado, obviamente (pueden hallarse rastros milenarios de su existencia), sino la nación, pues en ella recae la novedosa armazón conceptual que la modernidad depositó en su seno como representación de la sociedad.
10 La historia de la nación es, por tanto, la historia de la identidad, del nosotros que está por encima de la existencia individual, del nosotros ideal que significa la nación misma.
De esa obra, también, procede la siguiente afirmación que se articula coherentemente con lo que aquí planteamos: «...nación y nacionalismo ya no son términos adecuados para describir, y mucho menos para analizar, las entidades políticas que se califiquen de tales, o siquiera los sentimientos que en otros tiempos se describían con ellos».
8 Hemos adelantado una noción de «mito genésico» en Altez, 2011.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 historia es una misión (formal y oficial) del Estado, el soporte institucional de la nación, y en su reproducción, en tanto que relato, se funda la tradición nacional, el sino de la identidad que articula las subjetividades y las proyecta como colectivo.11 En esa misión articuladora, la memoria colectiva juega un papel fundamental: el de unificar al pasado en un sentido único que no puede ser discutido o cuestionado, pues es el sentido del «nosotrossociedad», propiamente.
La memoria colectiva no se encuentra flotando sobre la patria ni se transporta sobre el pensamiento auto-reflexivo de los individuos; por el contrario, los individuos, la sociedad misma, son insertados en esa memoria a través de los recursos de socialización que se imponen desde el Estado.
Ningún sujeto, por sí mismo o por el simple hecho de haber nacido en cierto territorio, nace con una memoria en particular; no se trata de un fenómeno asociado a la tierra en la que se viene a la vida, sino de la adquisición de una información que se vuelve referente común con el resto de los individuos con los que convive, la cual es impuesta a través de las estrategias formales de socialización.
En ese sentido, la educación formal, vehículo concreto de la eficacia simbólica del Estado, es el instrumento a través del cual se incorporan los individuos a esa memoria colectiva.
Esa «lista de acontecimientos cuyo recuerdo conserva la historia nacional», como ha dicho Halbwachs, «no es ella, no son sus marcos los que representan lo esencial de lo que llamamos memoria colectiva»;12 no obstante, lo que resulta de ello es lo que finalmente hallará el significado común que se le otorga al imaginario y a la interpretación, también comunes, del pasado nacional, del pasado colectivo.
Los hechos que la historia oficial enumera como si se tratase de una concatenación lógica de sucesos que tienen como final el surgimiento de la nación, se transforman en «nuestros hechos», en antecedente directo de nuestra existencia.
Eso que Halbwachs llama «historia nacional», no es sino la tradición impuesta desde el Estado, la interpretación única del pasado que viene a servir de antecedente justificativo de la ideología nacional.
Su fuerza integradora, centrípeta y excluyente, es el fondo subjetivo de las identidades nacionales, forjado sobre un relato que se vuelve memoria por el efecto de la socialización formal.
Oficial y tradicional, esta historia que decretó a la nación como razón y expresión de las independencias, acabó siendo un discurso hegemónico e indiscutible, 13 solidificado por su propia fuerza centrípeta y arropadora, a la luz de la transparente misión de haber sido (y continuar siendo) el relato de la nación.
Ideológicamente legítimo, historiográficamente soportado y metodológicamente confuso, este relato se fundó sobre «una interpretación maniquea de la independencia», donde una nación en ciernes habría despertado de su letargo en opresión para levantarse contra el imperio que la explotaba, desplegando una lucha aguerrida «entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, también entre vencedores y vencidos.
Construcción de la nación que alumbró la historia patria».
Manuel Chust y José Antonio Serrano señalan lo siguiente al respecto:
Un discurso que se volvió hegemónico y que tenía el sentido de unificar la historia de las sociedades altamente diferenciadas étnica y socioeconómicamente, así como con amplios contrastes regionales. [...]
Las guerras de independencia interpretadas desde el nacionalismo se convirtieron en sustrato histórico común de las naciones iberoamericanas.
Éstas fueron el inicio de su historia contemporánea.
Y, en esto, no hay mucha diferencia con la Europa occidental.
14 El sentido esencial de las memorias colectivas (especialmente en Latinoamérica), reproduce esa esencia justificadora de la nación, convirtiéndole en horizonte simbólico.
Para este relato, por ejemplo, la naturaleza es un espejo romántico del ideal telúrico de las identidades, y nada más.
15 No existe en esta fuerza convocadora de las subjetividades nacionales una relación que advierta a la naturaleza en sus funciones regulares y en su convivencia fenoménica con las sociedades.
No hay registros capaces de enlazar a la identidad y la memoria colectiva con su entorno natural más allá de los significados románticos y alucinatorios de costumbre.
Ese vínculo está aún por construirse.
Catástrofes en el olvido
Los desastres son el resultado de procesos materiales y subjetivos que se producen a través del tiempo, o lo que es lo mismo: son el resultado de procesos históricos.
NACIONALIZACIÓN DE LAS MEMORIAS COLECTIVAS sus manifestaciones dramáticas y paroxísticas comenzarán a ser comprendidas como indicadores de esos procesos, y solo así podrán convertirse en objetos de estudio de las disciplinas históricas, logrando salir del silencio historiográfico al que han sido sometidos.
Mientras tanto, desastres y fenómenos naturales permanecerán encarnando los mismos significados de costumbre: sorpresa, interrogantes existenciales, mitos, leyendas, la proyección hacia la naturaleza de las responsabilidades humanas, e inclusive la humanización de sus comportamientos.
Con este sentido, no parece posible la incorporación de los desastres a la memoria colectiva como productos concretos de procesos históricos, ni la relación concreta de esas sociedades con la naturaleza que les envuelve en sus lugares de asentamiento.
Continuando esto así, los desastres y los fenómenos permanecen sumidos en el olvido característico de aquellas sociedades que reproducen la riesgosa escisión entre naturaleza y cultura.
El olvido es una forma, parafraseando al antropólogo francés Marc Augé, cuyo contenido está determinado por cada proceso histórico y social desde el cual se le da sentido y contenido a esa forma.
Olvido y memoria representan una dualidad cuyo significado se apoya en ambas partes, de manera que se envía al olvido aquello que se extrae de la memoria.
Ambos, memoria y olvido, constituyen un proceso de selección, pues no es posible recordarlo todo, del mismo modo que no es posible olvidarlo todo.
17 En esa lógica subyace la relación que una sociedad construye y reproduce con su entorno natural.
Lo que generalmente se le sustrae al comportamiento de la naturaleza, es la regularidad de sus fenómenos, nublando la relación de convivencia que indefectiblemente existe entre las propias sociedades y esos fenómenos naturales.
En este sentido, no solo es el temor al dolor y la destrucción vivida con cada catástrofe lo que impulsa al mecanismo de defensa, sino la construcción sistemática de una memoria colectiva que a partir de la contemporaneidad moderna se instruye desde los intereses del poder.
Solo puede olvidarse aquello que ha sucedido.
No obstante, el olvido no necesariamente es un acto voluntario, decretado, sino un resultado.
Freud lo explicó con mayor precisión y propiedad: «en la vida psíquica nada de lo una vez formado puede desaparecer jamás...».
18 Esto permite razonar que lo que se olvida solo se deposita en algún lugar, guardándole de la posibilidad de entrar en contacto con la realidad sensoperceptible.
He allí que olvidar implique construir una realidad paralela a la percibida, una realidad que pretende interponerse ante la que se construye diariamente.
Este mecanismo que descompone la percepción de la propia realidad eventualmente opera para olvidar los desastres.
En ocasiones, eludimos el sufrimiento que puede acusar la memoria tratando de no recordar la que puede herirnos.
El olvido, en este caso, resulta activo.
Tiene lugar sobre todo en el plano de la historia y de las grandes catástrofes históricas...
19 La vulnerabilidad ante los fenómenos naturales potencialmente destructores comienza por el desconocimiento de su presencia regular, y esto, a su vez, inicia en el olvido que se ha construido desde una memoria colectiva que solo da la cara a la historia política y heroica, legitimadora y cómplice de poderes y gobiernos.
Cuando esos fenómenos son eventualmente incorporados, por lo general se asumen desde interpretaciones alucinatorias o veladoras de sus reales efectos.
Esas incorporaciones a la memoria colectiva con la que se distinguen algunos desastres, o bien algunos fenómenos recurrentes, padecen de distorsiones o bien son recreadas desde el imaginario colectivo, el cual también se halla intervenido por procesos de resignificación del pasado, a menudo impulsados desde la propia nacionalización de las memorias, así como desde procesos contemporáneos inductores de ese imaginario.
Si la memoria fuese un acto mecánico, poco habría que agregar acerca de las representaciones que los fenómenos naturales construyen dentro de las estructuras simbólicas de la sociedad.
Sin duda, sus irrupciones y efectos se convertirían en referentes indefectibles, pues el asentamiento concreto de una sociedad sobre su entorno natural se encuentra determinado por las regularidades fenoménicas y los ciclos de la naturaleza, aspectos que de por sí habrían de conducir a la construcción de una relación indivisible entre medioambiente y sociedad.
Pero la memoria es un depósito de sensaciones que acumula respuestas ante hechos que se atesoran sin que muchas veces se esté plenamente consciente de ello.
Esas respuestas, eventualmente transformadas en reflejos casi musculares, cuando se trata de la memoria colectiva de una sociedad, pueden estar condicionadas por la forma a través de la cual se han ido almacenando esos hechos.
Y esto no depende siempre de la voluntad de la sociedad (tal como si ese colectivo operase al igual que un individuo o poseyese una personalidad similar a la de un sujeto), sino de las estrategias con las cuales se socializó a ese colectivo.
En ello han participado todos los componentes de una sociedad, desde el Estado formador y educador, hasta la actividad de las propias comunidades con sus recursos de supervivencia.
20 Por consiguiente, las memorias colectivas que se han construido desde la función socializadora de los Estados nacionales, al menos en el caso latinoamericano, no solo han desdibujado a la naturaleza y sus regularidades detrás de la nebulosa y «telúrica» idea de la nación,21 sino que al mismo tiempo han nacionalizado esas memorias, de manera que los pasados solo alcanzan a ser comunes a los colectivos que conviven dentro de las fronteras impuestas por los movimientos nacionales.
La nacionalización de las memorias, en consecuencia, ha levantado fronteras simbólicas e históricas sobre las interpretaciones de los pasados regionales, ambientales y fenoménicos, diluyéndoles tras los discursos justificadores de la nación.
Esta problemática resulta más crítica aún en las regiones propiamente fronterizas, donde las memorias tropiezan con las arbitrariedades limítrofes y limitantes de la «patria».
Allí, los fenómenos naturales, destructores o benéficos para las comunidades de la zona, van y vienen con la cotidianidad, viéndose relegados a formar parte de un entorno que se antoja esencialmente diferente a la condición humana, apeados definitivamente de la memoria colectiva por los procesos formales de socialización, y arrojados al olvido sistemático del relato identitario nacional: la naturaleza es un vecino incómodo, especialmente cuando se manifiesta en forma de fenómeno destructor, y en poco o nada contribuye a la memoria colectiva hecha de lógicas nacionales.
La recurrencia de los desastres en las regiones que padecen este tipo de fenómenos con regularidad, no necesariamente conduce al aprendizaje de la coexistencia sociedad-contexto natural, ni a la experiencia suficiente como para desplegar gestiones de riesgo exitosas.
22 Por lo tanto, con cada terremoto, erupción, alud torrencial, sequía o fenómenos de gran extensión como El Niño, los recursos utilizados se manifiesten en forma de asistencia, atención a la emergencia y reconstrucción, pero nunca se levantan en forma de prevención real, pues ello habría de indicar el reconocimiento de sus regularidades, o bien el testimonio fehaciente del conocimiento del pasado.
Y ese conocimiento, funcionalmente reservado para la historia de la nación es, antes bien, una carencia tan común como su aspecto contrario: la ideología nacional.
Desastres con pasaporte y sin visa
Las naciones latinoamericanas demarcaron sus límites sobre las antiguas jurisdicciones coloniales.
Por lo general, sus fronteras proceden de acuerdos o conflictos binacionales que resultan de las disputas sobre las posesiones territoriales de provincias y virreinatos del pasado.
Sin embargo, las fronteras provinciales del período colonial no significan ni representan lo mismo que las nacionales.
Aquellas jamás se plantearon encerrar identidades ni defender soberanías, sino delimitar los dominios ultramarinos peninsulares desde su función propiamente administrativa.
No construyeron, a despecho del romanticismo moderno, ningún «apego al terruño» o sentido de patria, como lo han hecho creer desde el relato nacional.
Las sociedades que se conformaron al calor del proceso colonial se articularon históricamente en torno a la dinámica regional-geográfica y jurisdiccional del sistema metropolitano español.
Hoy sus referentes se hallan perdidos y confundidos con la mitología nacional.
Allí, en ese pasado temporalmente cercano y simbólicamente distante, la relación de las comunidades con la naturaleza y sus fenómenos encerró significaciones que en el presente se desconocen, y que la nacionalización de las memorias se ha encargado de sepultar debajo de su relato de auto-justificaciones.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 Los desastres del pasado colonial, al igual que su proceso histórico, solo pueden ser históricamente reconstruidos desde los esfuerzos metodológicos del presente.
Todo lo que se puede saber de ese pasado se filtra en el tamiz de una historiografía más nacionalista que nacional, 23 preocupada por reproducir la secuencia de los héroes en la construcción de la nación, y concentrada en las variables historiográficas de siempre: lo político, lo económico y lo social.
La historia de la naturaleza, sus fenómenos y sus efectos en la vida social, económica y política de estas sociedades, no ha sido un objeto de estudio ni un objetivo de comprensión en esa historiografía que tropieza su mirada y sus fuentes contra las fronteras nacionales.
Con ello, las fuentes primarias, documentales y testimoniales sobre el pasado (colonial o republicano), yacen al abrigo de repositorios cuyas jurisdicciones son ahora nacionales, independientemente de que su origen provenga del orden colonial-provincial.
La información sobre los hechos de ese pasado pre-nacional, se disemina entre archivos y fuentes sometidos a jurisdicciones soberanas que acaban por fragmentar a su vez a la memoria.
Esto afecta, desde luego, a la reconstrucción de esos pasados y a su comprensión, y con ello al conocimiento certero de los hechos, como los desastres o los efectos regulares de los fenómenos naturales conducentes a padecimientos extremos.
Todo lo que en el pasado colonial haya tenido lugar sobre las actuales fronteras nacionales, queda dividido entre dos memorias, cuando menos, que se dan la espalda, y el único camino para reconstruir sus procesos es el de la búsqueda complementaria a ambos lados de las fronteras.
De allí que los desastres del pasado, por lo general, registran efectos que se atenúan o desaparecen conforme se aproximan a los límites de la actualidad.
Aquellos que alcanzaron a afectar las regiones a ambos lados de los márgenes presentes, de seguro cuentan con impactos y efectos lo suficientemente graves y contundentes como para haber generado registros documentales sobre grandes extensiones geográficas.
Sin embargo, en el caso de fenómenos con efectos de menor rango de alcance, la información producida suele dividirse por localidades, descubriéndose al presente en forma atomizada dentro de los archivos parroquiales o regionales.
24 De esta manera, los desastres que se hallan fragmentados entre legajos esparcidos de forma aislada por archivos de países diferentes y que hoy aparecen como 23 Cardozo, 2005, 9.
De ello dan cuenta los esfuerzos que al presente realizan algunas instituciones dedicadas a la investigación de ciertos fenómenos y sus efectos sobre la sociedad, las construcciones y la naturaleza, como los observatorios sismológicos o vulcanológicos.
Y los ejemplos de eventos históricos cuyos efectos parecen desaparecer al topar con las fronteras nacionales son elocuentes al respecto.
Esto se vuelve más problemático cuanto más hacia el pasado se trasladan las fechas.
Como casos característicos del asunto pueden citarse algunos eventos que han tenido lugar sobre las fronteras entre las actuales Colombia y Venezuela.
Por ejemplo, el sismo del 3 de febrero de 1610, que causó daños en las localidades hoy fronterizas de La Grita y San Cristóbal en Venezuela con graves efectos sobre la geomorfología de la región,25 parece desaparecer en sus registros hacia los pueblos de la actual Colombia, unos pocos kilómetros al Oeste.
Otros casos del pasado profundo colonial presentan confusiones, como sucede con el terremoto que el 16 de enero de 1644 sacudió a Pamplona (Colombia), al que se la ha atribuido erróneamente la destrucción de Mérida (Venezuela), por confundirle con el terremoto que, con la misma fecha pero en 1674, sí causó daños en la ciudad hoy venezolana.
26 Casos como estos abundan en el período colonial de esta zona fronteriza, y las historiografías nacionales reproducen los mismos errores al respecto sin la menor preocupación por el asunto.
Más recientemente, en el período republicano, temblores que han estremecido localidades en la misma frontera enseñan daños atenuados o fragmentados por la misma línea divisoria entre ambos países.
Este es el caso del terremoto del 18 de mayo de 1875, bautizado como «Sismo de Cúcuta» (por haber sido la ciudad más afectada), cuyos efectos parecen atomizarse sobre localidades que se derraman a ambos lados de la frontera, sin que hasta el momento se haya realizado una investigación conjunta entre ambos países, o bien un estudio que contemple archivos y repositorios en las dos márgenes de la frontera.
El Sismo de Cúcuta es un ejemplo característico de la «nacionalización» de los fenómenos.
Erupciones y temblores reproducen la misma problemática en otras zonas fronterizas latinoamericanas.
Por ejemplo, ¿cuánto podría conocerse del terremoto del 23 de mayo de 1575 que afectó a San Salvador, pero que tuvo efectos en Guatemala y Chiapas, si se revisaran las fuentes primarias que cubren esta zona, hoy entre tres países?
27 El caso de los sismos y los volcanes permite una búsqueda puntual de sus efectos por hallarse impulsados a partir de una o varias fechas específicas (las del temblor o las de las erupciones), y en ese sentido la prosecución histórica es eventualmente más accesible, a pesar de las dificultades señaladas.
No sucede lo mismo con los fenómenos de impacto lento o de efectos sostenidos, como las sequías o las anomalías meteorológicas.
Ausencia de precipitaciones que se extienden por varios años dificultan su precisión en el tiempo, y si su alcance abarca largas regiones que hoy se encuentran divididas entre países, la interpretación del fenómeno como un solo evento de gran extensión territorial resulta ser un problema para la investigación del caso, y casi una utopía si se piensa en reconstruirlo como memoria colectiva en su zona de impacto.
Fenómenos como el ENSO, 28 de extensiones continentales y de largo alcance temporal en sus efectos, han demostrado que las sociedades expuestas a su retorno ofrecen una memoria colectiva focalizada, en el mejor de los casos, o bien memorias fragmentadas y disociadas regionalmente que dan cuenta con mayor énfasis de las vulnerabilidades de esas comunidades, que de sus fortalezas al respecto.
A pesar de la existencia de comunidades que han sostenido a través del tiempo ciertas características o prácticas que indican adaptabilidad a su medio y al clima en el que se insertan (como algunas comunidades centroamericanas y mexicanas), 29 tanto esas prácticas como su memoria al respecto se encuentran hoy intervenidas por procesos nacionales (o transnacionales) que modifican (o son capaces de modificar) sus tradiciones.
Sin embargo, no todas las comunidades que se agrupan hoy bajo sociedades nacionales provienen de pasados precolombinos, y no son ellas tampoco las únicas con tradiciones vinculadas al medioambiente, independientemente de que esas tradiciones supongan inadaptaciones o la 27 Para saber más de estos eventos, se sugiere consultar la obra de Petit-Breuilh, 2004a.
28 «El Niño Southern Oscillation», por sus siglas en inglés.
Pensamos que estas comunidades, forjadas en el pasado colonial, en su mayoría, o en procesos republicanos y modernos, han padecido también la intervención de los procesos formales y oficiales de socialización, y con ello, desde luego, han asistido al modelamiento de sus memorias colectivas.
Creemos que no existe, al presente, ninguna comunidad con asiento en Latinoamérica que no se encuentre articulada simbólica o ideológicamente con los procesos de nacionalización de las memorias y las identidades.
Los ejemplos son numerosos desde México hasta el extremo sur de América, y enseñan con ello la calidad de la problemática, así como la escasa atención hacia la historia de los fenómenos naturales y su relación indivisible con la sociedad.
Demuestran, a su vez, que la importancia de las memorias colectivas en estos países descansa sobre la nacionalización de sus pasados, resquebrajando los procesos históricos en impertinentes divisiones territoriales que desarticulan, fragmentan e ideologizan los procesos simbólicos de las memorias colectivas regionales y, especialmente, las relaciones de integración e incorporación de la naturaleza a los procesos sociales.
Memorias que no encajan
Las naciones que se independizaron de la corona española en el siglo XIX dibujan continentes divididos en países que poco tienen que ver con el sentido de las fronteras provinciales del período colonial.
Si algunas líneas coinciden físicamente, no significa que representen lo mismo simbólicamente.
Sin embargo, sobre estas fronteras impuestas por las divisiones territoriales nacionales, se han levantado memorias que fragmentan los procesos subjetivos e históricos que se fraguaron desde el siglo XVI en esas regiones.
Estos procesos de nacionalización de las memorias colectivas, como se ha apuntado anteriormente, interrumpen los procesos simbólicos de la sociedad colonial, resignifican y resemantizan los procesos de integración regional, y fragmentan los procesos de conformación de memorias colectivas originados siglos atrás.
Al presente esas memorias, intervenidas por la socialización formal de los Estados nacionales, no encajan entre sí, y eventualmente se oponen, antes que complementarse simbólicamente.
Fronteras nacionales en disputas conforman, además, procesos de desarticulación social en torno a las líneas imaginarias que imponen NACIONALIZACIÓN DE LAS MEMORIAS COLECTIVAS soberanías sobre las subjetividades regionales.
Incluso las relaciones de parentesco, de asociación, de cotidianidades, de intercambios comerciales, de circuitos pastoriles, o de simple circulación, se ven interrumpidas y flanqueadas por intereses de poder que diluyen los procesos centenarios de integración regional.
Mayor problemática, además, se conjuga en regiones fronterizas sobre las que se asientan comunidades indígenas o conflictos armados por el narcotráfico, la guerrilla o la delincuencia común.
Estas zonas, complejas por las condiciones que presentan en la actualidad, suponen dificultades aún más graves al tratar de reconstruir su pasado (reciente o lejano) en torno a su relación con la naturaleza y sus manifestaciones fenoménicas.
Aquí la nacionalización de las memorias es una traba que se superpone a las conflictividades existentes, y que en casi todos los casos acaba por agravar las circunstancias.
La mayoría de los países latinoamericanos cuentan hoy con fronteras en disputas, e incluso muchos de ellos han llegado a la confrontación bélica.
Buena parte de esos países, enemistados políticamente por sus fronteras o por enrevesadas diferencias ideológicas, comparten zonas expuestas a amenazas naturales conducentes a riesgos de envergadura, como los sismos, los volcanes, las anomalías climáticas, entre otras variables que afectan directamente sus medioambientes.
Las fronteras de la región Andina son el más claro ejemplo al respecto: Chile, Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela resumen estos problemas en la historia de su existencia como naciones independientes.
Los fenómenos naturales cuyos impactos y efectos favorecen los desenlaces catastróficos, y que son compartidos entre esas regiones fronterizas, son capaces de desnudar las vulnerabilidades de esas sociedades de manera transversal.
Sismos, erupciones, sequías, lluvias, anomalías meteorológicas, e inundaciones, por ejemplo, estremecen comunidades y formas de vida en casi todos esos territorios.
Selvas, bosques, ganado, recursos materiales, vida comunitaria y cotidianidad, acusan consecuencias que son independientes de las líneas divisorias impuestas por las realidades nacionales, pero que precisamente por ellas ven incrementadas las afecciones de esos fenómenos tal como si las circunstancias de cada país se convirtieran en amplificadores o atenuadores de estos efectos, según sea el caso.
Cuando esas amenazas se prolongan en el tiempo, como sucede con los fenómenos cuyo retorno supera grandes lapsos (décadas e incluso siglos), la ausencia de memorias colectivas que sostengan la advertencia de esos retornos, puede contribuir con desenlaces desastrosos o superar la capacidad de respuestas a las emergencias que han sido preparadas en tiempos modernos y cercanos.
Esto sucede, por ejemplo, con el caso del ENSO en las comunidades de los Andes, y su facilidad para concatenarse con otras amenazas a través de las largas exposiciones a sus efectos, por tratarse, precisamente, de fenómenos capaces de mantener su impacto por periodos extensos.
30 Esas respuestas modernas, desde luego, han sido promovidas y puestas en práctica, con o sin éxito, desde proyectos nacionales o gubernativos, generalmente asociados a intereses clientelares o de inversiones privadas.
Tal cosa solo puede atender el problema dentro de sus fronteras, espacio que marca el alcance jurisdiccional de esas intervenciones.
Incluso los procesos de adaptación al clima y al medioambiente, forjados a través del tiempo e inductores de cambios adaptativos en las tradiciones (o bien que han introducido nuevas tradiciones al respecto), como lo notaron los estudios de Amos Rapoport o Paul Oliver, y que se reflejan en viviendas que demuestran la plasticidad cultural de algunas comunidades en su relación con la naturaleza, han sido o son susceptibles de ser intervenidos (en la mayoría de los casos latinoamericanos), por procesos centralizados de planificación urbana o por esas relaciones clientelares que mencionamos.
31 Estas intervenciones, promovidas desde intereses políticos o inversionistas, eventualmente imponen nuevos sentidos de lo tradicional, a partir de discursos ideológicos que determinan qué es tradición y qué no lo es, dependiendo de los intereses de turno.
Sabemos de estos casos en la actual Venezuela, por ejemplo, y con relación a comunidades indígenas asentadas en zonas fronterizas, o bien comunidades denominadas ambiguamente como «campesinas», en la región andina de ese país.
Probablemente, una aproximación a las expresiones más características de las memorias colectivas de las comunidades que se asientan sobre las fronteras latinoamericanas y que conviven con todo tipo de riesgos, dé cuenta de contradicciones, complementos, olvidos e interpretaciones que han sido intervenidas por los procesos de nacionalización de las memorias y por la intervención clientelar de sus tradiciones, igualmente.
Con ello, desde luego, el pasado se vuelve una línea que tiene un antes y un después de la independencia, partiendo en dos el significado de los procesos y enviando a un foso inalcanzable e inaccesible los significados construidos en el pasado colonial.
Qué decir de aquellos significados que provienen de tiempos precolombinos.
32 El resultado de esta fragmentación de los procesos simbólicos iniciados en ese pasado colonial o precolombino, y la nacionalización de las memorias colectivas, sin duda ha de conducir a la parcelación de las interpretaciones sociales y culturales sobre los procesos naturales y fenoménicos en esas comunidades fronterizas.
O bien a la fractura de interpretaciones que pueden ser compartidas por tales comunidades, para sumirlas en resemantizaciones con arreglo a fines ideológicos, nacionales o clientelares.
Por todos lados, los procesos simbólicos en sociedades asentadas hoy en regiones fronterizas se ven abruptamente intervenidos por las fuerzas centrípetas y excluyentes de los procesos ideológicos nacionales.
Amenazas fragmentadas y reproducción del riesgo
En tanto que nacionales, las historias de los países latinoamericanos han fragmentado la comprensión de los procesos históricos regionales y con ello la incorporación de interpretaciones también regionales acerca de esos procesos.
Se trata de una atomización simbólica que interviene de manera abrupta la incorporación social-regional-comunitaria de las experiencias del pasado lejano o cercano a las memorias colectivas, que acaba escogiendo qué incorporar o qué obviar dentro de esas interpretaciones, así como imponiendo dispositivos interpretativos ya codificados desde los centros de poder y socialización nacionales.
Esta atomización del proceso no solo afecta a las memorias colectivas con relación al devenir comunitario-social-regional, sino también a las formas de comprender y de adaptación de esas sociedades con relación a sus medioambientes y entornos naturales.
Regiones, comunidades y sociedades que conviven con amenazas naturales asociadas a fenómenos de regular comportamiento, han acoplado sus formas de interpretación y adaptación a sus entornos con los mecanismos de socialización nacionales que se imponen formalmente desde los centros de control y de poder de cada país.
Esto ha afectado tanto a las comunidades asentadas en zonas alejadas de las fronteras territoriales, como a aquellas que se encuentran sobre los límites nacionales.
En estos casos, la intervención sobre los procesos simbólicos vinculados a esa convivencia con los fenómenos naturales potencialmente destructores, como ya se ha mencionado, fractura las posibles articulaciones comunitarias o regionales que se superponen a las jurisdicciones nacionales.
Al fragmentar los procesos subjetivos y simbólicos de convivencia e interpretación de esos fenómenos y de los entornos medioambientales, las comunidades asentadas sobre regiones fronterizas nacionales acaban por articularse con los procesos simbólicos e ideológicos construidos desde los centros administrativos de poder, interviniendo con ello a los procesos de memorias colectivas que venían de antiguo.
La proximidad a las amenazas naturales, en estos casos, se traducen en probabilidades heterogéneas de riesgos que dependen de las eficiencias o ineficiencias de los Estados que atienden estas regiones y estas comunidades.
Por lo general, las regiones fronterizas representan un conglomerado de problemas para los Estados nacionales (y en especial en los casos latinoamericanos), que históricamente han obviado a las amenazas naturales de sus agendas de turno.
Solo después de que la Organización de Naciones Unidas hizo del tema una prioridad a partir de la última década del siglo XX, los riesgos y sus probables consecuencias se colocaron en esas agendas, con lo que, eventualmente, el problema fue atendido de manera circunstancial.
Un proceso de especialización institucional y crecimiento discursivo sobre el asunto permitió que los Estados latinoamericanos (fundamentalmente) atendieran el tema, ya de la mano de experiencias desastrosas, o bien desde el impulso generado por el conocimiento profesional.
33 Con todo, la atención al caso (salvo aisladas experiencias regionales) acabó siendo nacional, de manera que las regiones fronterizas y sus convivencias con las amenazas (como sucede en la región Andina, como 33 Petit-Breuilh, 2004a, 13-15.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 ejemplo característico), han dependido de esas eficiencias o ineficiencias nacionales para sus estrategias de prevención de riesgos.
Un caso excepcional lo representa el Proyecto PREDECAN (Prevención de Desastres en la Comunidad Andina), que de la mano de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y con patrocinio de la Comisión Europea, elaboró entre los años 2005 y 2009 un programa conjunto de atención a los riesgos en las naciones de la comunidad que arrojó productos comunes.
34 Como una muestra de las problemáticas ideológicas y políticas mencionadas, hay que subrayar que Venezuela, en una acción de manifiesta distancia ideológica con la CAN, se retiró del proyecto en el año 2007 y quedó por fuera de sus resultados.
35 De esta manera, regiones y comunidades fronterizas ubicadas en zonas de alcance o manifestación de ciertos fenómenos conducentes a padecimientos extremos, pero distribuidas sobre países diferentes, acaban por convivir con una misma amenaza que fragmenta sus riesgos de acuerdo a las condiciones y formas de respuestas que ofrece cada país en particular.
Un ejemplo de esto tiene lugar con los volcanes ubicados entre Argentina y Chile, y basta con referir las erupciones del Lonquimay entre 1988 y 1989.
Por entonces los chilenos padecían el régimen de Pinochet, y en la intervención de la emergencia se ha conocido, tiempo después, que las enfermedades asociadas a las emisiones de gases o a la exposición al flúor no se hicieron públicas, como tampoco se revelaron las potencialidades de contaminación estimadas por las autoridades, información que tampoco fue conocida en Argentina, con zonas habitadas próximas al lugar.
36 Los riesgos se producen y reproducen histórica y socialmente, 37 y las probabilidades que se desprenden de estas situaciones y circunstancias se verán condicionadas por las atenciones particulares sobre el asunto que 34 http://www.comunidadandina.org/predecan/.
35 Hemos tenido la oportunidad de participar en el proyecto como representante de Venezuela en «Taller Subregional Andino para la discusión de conceptos y enfoques en Gestión de Riesgo, Prevención y Atención de Desastres / Protección Civil y para la definición de metodologías de referencia común para la formulación de planes de Gestión Local de Riesgo» (La Paz, Bolivia 2006), y en otros talleres de PREDECAN llevados a cabo en Caracas, desarrollando la Mesa de Trabajo n.o 4, «Fortalecimiento del Conocimiento y la Investigación».
En mi caso particular, fui el único delegado ante el proyecto que no provenía del gobierno nacional, sino de instancias académicas.
La participación de Venezuela se retiró a comienzos del año 2007, impidiendo con ello la continuidad de las propuestas desplegadas en esos talleres.
37 García Acosta, 2005; aunque la autora utiliza el término «construcción» y no «producción», llega esta misma conclusión: se trata de procesos históricos y sociales.
Una misma amenaza ubicada sobre una región fronteriza se verá fragmentada por esa misma situación, produciendo y reproduciendo los riesgos de acuerdo a las condiciones que cada país ofrezca con relación al problema.
La fragmentación de las amenazas supone, en todo caso, una reproducción heterogénea de los riesgos que, al atender el problema de esta manera, vuelve ineficiente toda preparación parcelada de tal situación.
Una misma amenaza sobre este tipo de regiones, en consecuencia, representa la reproducción heterogénea y transversal de los riesgos en esos territorios y sobre esas comunidades, contribuyendo de esta manera a hacerlas más vulnerables.
Se trata, pues, de contextos vulnerables con variabilidad nacional-regional, cuya condición de vulnerabilidad no solo se hace evidente en aspectos materiales, infraestructurales, de preparación, o atención a posibles emergencias, sino también desde lo simbólico y lo subjetivo, pues sus memorias (fragmentadas, intervenidas por la ideología nacional, y de corto alcance temporal), apenas pueden incorporar a su interpretación y adaptación ambiental la convivencia con fenómenos naturales potencialmente destructores de regular comportamiento.38
Reconstruir memorias y borrar fronteras para reducir riesgos
Las fronteras tienen su historia, y a menudo son fundidas en clave de elementos emblemáticos con las historias de las naciones.
Se confunde en ello a la jurisdicción con la soberanía y al territorio con la identidad, en una muestra más de la eficacia simbólica de la ideología nacional.
Pero las historias de las fronteras y sus vicisitudes políticas, no necesariamente son las historias de las sociedades que habitan en ellas, y mucho menos las historias de esas sociedades en convivencia con su medioambiente y los fenómenos naturales.
Allí la naturaleza apenas es un accidente geográfico que sirve de marmolillo demarcador.
Sin embargo, la naturaleza y sus fenómenos siguen allí y continúan su regularidad, junto con sus vecinos humanos, haciendo una historia que en muchos casos está por escribirse, especialmente con relación a las regiones fronterizas, donde el tiempo y la memoria se han visto fragmentados por las fuerzas centrípetas de los poderes nacionales.
Planteada esta problemática en los párrafos antecedentes, nos proponemos llamar la atención al respecto y tomar en cuenta algunas herramientas alternativas para confrontar el asunto en búsqueda de recursos eficientes y soluciones posibles, advirtiendo que cuando esa convivencia con la naturaleza halla como protagonistas a ciertos fenómenos conducentes a padecimientos extremos, dichos fenómenos se transforman en amenazas y sus manifestaciones se revisten de riesgos que dejan de ser característicamente regionales para volverse arbitrariamente nacionales, binacionales, o incluso multinacionales.
A pesar de que la memoria no es una «cosa» que pueda transformarse a voluntad, parece posible aportar elementos que permitan reconstruirla.
En este punto resulta pertinente precisar que reconstruir no es lo mismo que rescatar.
El «rescate» de la memoria (a menudo promovido por la antropología de corte populista y romántico), supone, a grandes rasgos, la captación de información que por lo general es tomada a través de entrevistas orales, y si pensamos que la memoria colectiva está hoy determinantemente intervenida por su nacionalización, esa recuperación de la información (vinculada a la historia de la relación que esas comunidades ha sostenido con la naturaleza en sus regiones de asentamiento), ha de encontrar un imaginario distorsionado en lugar de una memoria eficiente.
Por eso creemos que la reconstrucción, que entendemos como el entrecruzamiento complementario de la información histórica, la científica especializada, la ambiental y la oral, es el objetivo que podría contribuir con la producción de nuevos mecanismos adaptativos al respecto.
En el caso de los procesos históricos que se articulan entre sociedad y naturaleza, prácticamente todo está por hacerse.
En ese sentido, las memorias colectivas, intervenidas por los procesos ideológicos nacionales, y constituidas por la omisión característica sobre la relación naturalezasociedad, pueden convertirse en herramientas eficaces a partir de la reconstrucción de la información histórica, de la mano de todas las herramientas metodológicas que se complementen al efecto.
El principio fundamental que soporta estas nociones se asienta en la convicción de que es posible convertir al conocimiento histórico en memoria, 39 a través de estrategias de acceso y divulgación de la información que involucren a las comunidades y sociedades en general de manera activa, y no solo como entes receptores de la información.
Se trata, también y entre otras cosas, de recuperar información histórica desde las fuentes primarias hasta las fuentes tradicionales, y de involucrar a las comunidades en ese proceso de reconstrucción.
Al mismo tiempo, se entiende que dicho proceso debe tornarse en una recuperación dinámica, si se incluye en el mismo al contraste de la información hallada con la memoria existente, las tradiciones, el olvido y las relaciones que en la actualidad se despliegan en esas sociedades con sus medioambientes.
Como recurso base puede tomarse a la elaboración de catálogos de eventos adversos vinculados a amenazas naturales que han sido desarrollados desde experiencias nacionales, académicas e institucionales.
La catalogación, de por sí, supone la recuperación de toda la información existente y por construir sobre un tipo de fenómeno en especial, y ya con ese producto acabado, el recurso de la contrastación con los saberes y la información que al respecto posean las comunidades en cuestión, conduce a un proceso dinámico de reconstrucción de la memoria colectiva.
La catalogación se figura como una plataforma de información transversal, que incluye desde la documentación primaria hasta la iconografía existente.
Del mismo modo, es una fuente esencial para la investigación de esos fenómenos, de manera que el complemento de este producto viene a dar en estudios transversales (históricos, sociales, analíticos, disciplinares) sobre los fenómenos en especial, así como sobre la relación entre sus manifestaciones y efectos con la sociedades que conviven con ellos.
Estos resultados contribuyen a enriquecer las formas de interpretación que esas comunidades poseen sobre esta convivencia.
Como aporte metodológico a este trabajo de recuperación de la información histórica, así como a la investigación transversal que se desprende de ello, se sugiere la incorporación de las comunidades al proceso analítico, desde la propia recuperación de la información (especialmente la oral y la tradicional), hasta el diálogo en la construcción de resultados interpretativos sobre el asunto.
El aspecto fundamental que se advierte se centra en el hecho de que las regiones fronterizas ofrecen, de suyo, un espectro de problemas concretos que dificultan el desarrollo de este tipo de trabajos.
Operar con comunidades asentadas en regiones por el estilo supone, por un lado, un problema político-institucional, pues los trabajos de campo tropiezan con el libre desenvolvimiento a un lado y otro de los límites nacionales.
Por otro lado, el trabajo con las fuentes primarias no necesariamente conduce a una investigación documental in situ, pues las centralizaciones administrativas de los Estados nacionales han concentrado bajo su injerencia, a su vez, a los repositorios documentales y la información histórica correspondiente a los territorios de cada país.
Con ello, los archivos más substanciosos, por lo general, se encuentran a distancia de las localidades ubicadas en las regiones de interés.
Sobre la base del reconocimiento de esas realidades, la catalogación resultaría viable si se acometen proyectos binacionales, multinacionales o regionales, a partir de los cuales se construyan perspectivas integradas sobre las amenazas naturales en regiones fronterizas, con esfuerzos estratégicos y metodológicos cuyos enfoques se asienten en la reducción de los riesgos.
Desde luego, para ello se necesitan recursos institucionales y especialmente políticos que permitan el éxito de esta propuesta.
Con todo, existen antecedentes que conviene mencionar, pues sirven de soporte y experiencia al respecto.
Quizás los más representativos de esos antecedentes descansan en los catálogos del Centro Regional de Sismología para América del Sur, CERESIS, que cubren a América del Sur como región.
Estos trabajos, ciertamente, tienen como objeto de estudio a los temblores, y no toman en cuenta (salvo en el caso de las manifestaciones eruptivas con efectos sísmicos) a los volcanes ni a otros fenómenos.
El CERESIS, con sede en Lima, ha producido diversos trabajos de investigación en el área, incluyendo catalogaciones en países andinos y en la región suramericana.
Entre sus publicaciones destacan al respecto el Catálogo Sísmico América del Sur 1992-1997, que supone un listado de parámetros; 40 los nueve volúmenes dedicados al Catálogo de Terremotos para América del Sur, conocido como «Catálogos SISRA»; 41 y el trabajo de Enrique Silgado.
42 Asimismo, el CERESIS ha estimulado el estudio histórico de los terremotos en las naciones que más afectadas se ven por estos eventos, y la investigación de Alberto Giesecke y Enrique Silgado, resulta un ejemplo en ese sentido.
43 Otros catálogos regionales han contribuido con la información histórica de los temblores, como el trabajo del ingeniero venezolano José Grases.
41 Programa para la Mitigación de los Efectos de los Terremotos en la Región Andina, Proyecto SISRA, coordinado por CERESIS y desarrollado entre 1985 y 1997.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 Servicio Geológico Colombiano; Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, Quito; y otras instancias académicas y universitarias.
56 Otros fenómenos no han despertado el mismo interés que los temblores y las erupciones, de manera que resulta difícil hallar catálogos de otras manifestaciones regulares de la naturaleza que den cuenta de sus impactos y efectos.
Una excepción lo representa el trabajo de Virginia García Acosta, Juan Manuel Pérez Zevallos y América Molina Del Villar, Desastres Agrícolas en México.
Catálogo Histórico (2003), que representa un compendio importantísimo de información vinculada a las sequías en ese territorio, fundamentalmente.
El caso de los huracanes resulta emblemático.
57 Este fenómeno posee temporadas anuales claramente registradas, pero no existe una catalogación precisa sobre sus efectos más allá de investigaciones aisladas o de observatorios modernos fundados para atender el problema a partir de políticas nacionales.
Se sabe de eventos que han impactado en zonas tan distantes como la isla de Margarita en Venezuela y el Golfo de México, pero que debido a la ausencia de estudios internacionales al respecto, esos casos hoy aparecen confundidos con lluvias extraordinarias en algunos estudios puntuales.
De ellos destaca el trabajo de Raymundo Padilla, el investigador mexicano que ha impulsado el proyecto Los huracanes en la historia de México.
Memoria y catálogo, que pronto tendrá productos acabados.
58 Recuperando la memoria oral en comunidades de la península de Baja California Sur, Padilla indica la utilidad de este recurso para contrastar la información recabada con la información histórica, sosteniendo que «los testimonios de los sobrevivientes y las gráficas de los impactos pueden aportarnos otras luces para caracterizar al fenómeno hidrometeorológico», a partir de la necesidad científica de categorizar los efectos de los huracanes del pasado de los que no se cuenta con información en esa zona.
Y destacando la necesidad de contar con herramientas interpretativas adecuadas, nos explica cómo es que en esa recuperación oral puede llegar a confundirse un mismo evento de acuerdo a la terminología característica de los habi-56 Gómez Capera y Rendón, 2013.
57 Un primer listado al respecto fue elaborado en el Seminario sobre los huracanes del Caribe, que se llevó a cabo en República Dominicana en 1957.
58 Véase el blog http://huracanes.ciesas.edu.mx/ sostenido desde el año 2009 con apoyo del CIESAS y el CONACYT, y el trabajo de Padilla, 2006, o la obra colectiva Memoria en movimiento.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 tantes: «Los Choyeros [habitantes de la zona] suelen llamar a los ciclones tropicales como "chubascos, tifones, temporales, ciclones y huracanes"».
59 Con todo, la mayoría de las iniciativas mencionadas, especialmente las que tienen que ver con los terremotos y los volcanes, apuntan al conocimiento especializado sobre las amenazas naturales que estudian, y no necesariamente representan esfuerzos de investigación que atiendan el problema desde el punto de vista sociológico, antropológico o histórico.
Menos aún asumen como un objetivo a la problemática de las fronteras, algo que estiman como un escollo administrativo-institucional, o técnico, en todo caso.
El trabajo que adelanta Raymundo Padilla y la metodología que aplica, al cruzar la información oral y la documental en clave de complementariedad, nos parece el enfoque necesario para acometer la reconstrucción de la memoria colectiva en general, pero específicamente en relación con la problemática que observamos en las regiones fronterizas latinoamericanas y las amenazas compartidas entre dos o más países, reflejada sobre las comunidades asentadas en esas zonas y la multiplicación heterogénea de sus riesgos.
Los problemas (de cualquier índole) que hoy envuelven a la mayoría de esas regiones fronterizas, solo potencian sus vulnerabilidades, e incluso las hacen cada día más vulnerables.
Está claro, además, que todos los problemas que padece una sociedad son la expresión cristalizada de procesos históricos que han producido esas características.
En ello no solo se advierten los conflictos tradicionalmente identificados con esas zonas y generalmente atendidos como conflictos «compartidos» por los países limítrofes (tráficos ilegales, movimientos poblacionales no controlados, integración, seguridad, ecología, energía, servicios, entre otros), sino también aquellos que eventualmente han sido tratados desde un solo lado de cada borde, como el de los riesgos, las amenazas naturales y las vulnerabilidades.
Esta atención parcelada del asunto solo alcanza un trato fragmentario del mismo, como todo lo que sucede en torno a la problemática de los límites nacionales.
Pensamos que las amenazas naturales de mayor potencialidad destructora o de altas probabilidades de producir padecimientos extremos (como los sismos, los volcanes, o las anomalías meteorológicas), representan una destacada oportunidad para iniciar investigaciones enfocadas en la 59 Padilla, 2011.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.1.11 reconstrucción de memorias colectivas más articuladas con las realidades fenoménicas, ambientales y climáticas en las que hacen vida las comunidades allí asentadas.
Pero esas amenazas también representan una combinación de problemas transfronterizos y transversales, y ante ello parece necesario desplegar una perspectiva que observe a los riesgos como aspectos que deben desnacionalizarse, indefectiblemente.
De lo contrario, desde la reproducción de las acciones que tradicionalmente han sido conducidas por estrategias públicas propias de cada país involucrado en esas fronteras, solo continuarán reproduciéndose los riesgos, profundizando las vulnerabilidades, y perdiendo las inversiones en ofertas limitadas y clientelares que apenas rozan los problemas sin hallar solución aparente al asunto.
Al mismo tiempo, y tomando en cuenta que los desastres son el resultado catastrófico de procesos históricos y sociales, se considera que la reconstrucción histórica de los procesos de desastres contribuiría a la recuperación del pasado de una sociedad, desde una perspectiva analítica y crítica con la cual observar, y sobre todo comprender, la producción y reproducción de las vulnerabilidades y los riesgos como procesos concretamente humanos.
Una memoria colectiva que apunte a la consolidación simbólica de la sociedad (y no a su articulación ideológica con los gobiernos de turno), ha de incorporar a sus elementos más característicos aquellos aspectos que le recuerdan al colectivo la existencia de las amenazas con las que convive, independientemente de la calidad y el origen de las mismas.
Asirse a una lógica por el estilo tendrá como resultado, por lo menos, el entendimiento acerca del origen histórico y social de los desastres, algo distinto a la común y desacertada calificación de «naturales», noción que responsabiliza a los fenómenos de sus resultados adversos en los contextos humanos.
Comprender esto representaría un sólido paso hacia adelante en la reducción de las vulnerabilidades de toda sociedad.
Por encima de cualquier ejemplo, la reconstrucción de las memorias colectivas regionales se levanta como un recurso de defensa y reforzamiento social-simbólico ante la intervención sostenida y permanente de la aplanadora ideológica nacional.
En el caso de las regiones fronterizas, desde luego, este reforzamiento estructural podría conducir a la reducción de los riesgos, ya se trate de amenazas naturales, o bien de las peores, las de origen propiamente humano.
La idea de reconstruir las memorias colectivas de la mano de herramientas múltiples y la recuperación de la información histórica con ese destino, pretende hacer de la memoria una herramienta aplicada para, en este caso, reducir riesgos asociados con amenazas naturales.
La transformación del conocimiento histórico en memoria amplía los horizontes interpretativos de la investigación académica o profesional y persigue, también, competir con los dispositivos institucionales y públicos, siempre anclados en estrategias políticas con fines ideológicos.
Una memoria aplicada debería contrarrestar las fuerzas centrípetas de los Estados nacionales y fortalecer subjetiva, simbólica y estructuralmente a las comunidades que tradicionalmente han sido clientes involuntarios de intereses que se hallan muy lejos de valorar su pasado.
En cualquier caso, una memoria que alcance a aplicarse en favor de la sociedad, siempre redundará en el fortalecimiento estructural de esa sociedad, donde quiera que se encuentre asentada. |
Del dualismo argentino en la apertura democrática 1 Sergio E. Visacovsky 2 y Rosana Guber 3 Instituto de Desarrollo Económico y Social, Buenos Aires Este trabajo presenta un análisis de la organización conceptual del modelo de "transición a la democracia" mediante el cual un amplio sector de científicos sociales conceptualizó la crisis de la última dictadura militar en la Argentina en 1982, e interpretaron su advenimiento y desenlace, para guiar a la sociedad hacia su definitiva democratización.
Este modelo estaba sustentado en nociones y estructuras conceptuales producidas y empleadas en la sociedad argentina para describir e interpretar el proceso político.
La noción de "crisis" revirtió en una aplicación del modelo de transición a la democracia que, aún cuando se propuso como un marco interpretativo volcado a la inauguración de una nueva era y a la superación definitiva de las interrupciones democráticas, conllevó una perspectiva sobre el pasado político y, en especial, sobre las causas del "autoritarismo", que se forjó dentro de los moldes clásicos del pensamiento argentino.
PALABRAS CLAVES: crisis, transición democrática, Argentina, dualismo, cultura, intelectuales.
1 Este trabajo está basado en los resultados preliminares de varios proyectos de investigación; UBACyT TL57: "Usos del pasado e identidad social en la Argentina contemporánea: etnografías de las memorias sobre el'Proceso de Reorganización Nacional (1976/1983)', Programación Científica 1998-2000 y el UBACyT F802.
El presente trabajo constituye una reelaboración.
Deseamos agradecer los comentarios críticos y sugerencias recibidos de Antonius Robben, José Emilio Burucúa, Federico Neiburg, Eduardo Hourcade, Cecilia Lesgart, Claudio Lomnitz y Mariano Plotkin.
2 Departamento de Ciencias Antropológicas, Universidad de Buenos Aires, Argentina.
Centro de Antropología Social, Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), Buenos Aires, Argentina.
3 CONICET-IDES, Centro de Antropología Social, Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), Buenos Aires, Argentina.
La derrota en las Islas Malvinas (Falklands) marcó un hito en la vida institucional argentina: puso fin a la última dictadura militar y a una sucesión casi ininterrumpida de democracias, semidemocracias y dictaduras desde 1930; terminó con una práctica oficial, sistemática y generalizada de desaparición, tortura, delación y muerte de personas; y concluyó el único conflicto bélico internacional del siglo XX que tuvo a la República Argentina como principal protagonista.
El período que sucedió a la rendición argentina dio lugar a una prolífica literatura especializada de politólogos, sociólogos y filósofos, que calificó a la coyuntura como una "crisis" y que se abocó a la reflexión sobre las vías para superarla.
Este campo, nuevo para la Argentina, adoptó el nombre de "transición a la democracia", "democratización de la sociedad argentina" y "pasaje del autoritarismo a la democracia", y constituyó un sitio específico desde el cual estos intelectuales de las ciencias sociales en la Argentina se convirtieron en expertos sobre la política, la sociedad y la cultura.
En estas páginas presentamos un análisis de la organización conceptual del modelo de "transición a la democracia" con que estos especialistas conceptualizaron la crisis de la dictadura militar autodenominada "Proceso de Reorganización Nacional" (en adelante PRN), e interpretaron su advenimiento y desenlace, para guiar a la sociedad argentina hacia su definitiva democratización.
La vigencia de este modelo referido a hechos cronológicamente lejanos reside, como trataremos de mostrar aquí, en su anclaje en nociones y organizaciones conceptuales producidas y empleadas en la sociedad argentina para describir e interpretar el proceso político.
Tal es el caso del reiterado recurso a la noción de "cultura" para caracterizar la política nacional, establecer las causas de sus males y proveer sus soluciones dentro de un marco interpretativo que llamaremos "dualista".
Como los marcos de significaciones de los que hablaba Clifford Geertz, este dualismo comparte las características de las teodiceas y otros sistemas cosmovisionales en que es invocado, a la vez, como instrumento de diagnóstico y como aspecto de la realidad diagnosticada.
En este sentido, la noción de "transición democrática" ha sido, también en términos de Geertz, un "modelo de" la realidad y un "modelo para" incidir en lo real.
Su interés radica no sólo en su organización teórica, su gran difusión y la grave época que caracterizó y de la que fue parte, sino también en que intentó producir un cambio en el modo de sucesión de los acontecimientos y en su conceptualización como objeto de análisis.
La crisis, entendida como irrupción abrupta, catástrofe, caída o puerta al nuevo orden,4 ha constituido una vía de acceso a la realidad sociopolítica argentina, un pasaporte a la autoridad de los analistas y un campo para la constitución de expertos.
Pero desde 1982, quienes predicaron el modelo de la transición democrática aspiraban no sólo a interpretar sino también a impactar en la realidad política, terminando de una vez por todas con el decurso pendular entre dictaduras y democracias que acompañó al siglo XX argentino.
¿Por qué se concibió a la coyuntura abierta en 1982 como una "crisis" y como una "transición"?
¿Acaso ambos conceptos son compatibles en el imaginario político de este país?
¿Qué novedades introdujo su articulación y cuáles fueron sus limitaciones para entender la sociedad y la política argentinas?
¿Qué efectos de temporalidad suscitó para pensar su pasado y su futuro?
Como veremos aquí, la noción de "crisis" revirtió en una aplicación del modelo de transición a la democracia que, aun cuando se propuso como un marco interpretativo volcado a la inauguración de una nueva era y a la superación definitiva de las irrupciones institucionales argentinas, conllevó una perspectiva sobre el pasado político y, en especial, sobre las causas del "autoritarismo", que se forjó dentro de los moldes clásicos del pensamiento argentino.
Estos moldes encuentran en "la crisis" más que en "la transición" un anclaje interpretativo de sustento dualista no sólo extremadamente familiar a los modelos historiográficos y políticos de este país, sino también promotor de ciertos objetos de investigación, y obturador de otros.
Entre la política y la academia
Una vez culminada la última dictadura militar, los textos producidos por intelectuales ligados a las ciencias sociales y a las humanidades argentina presentan el advenimiento democrático de 1983 con la expectativa de constituir un punto y aparte respecto de un pasado autoritario, plagado de turbulentos enfrentamientos y signado por la violencia política.
Pero esta perspectiva no era sólo académica.
La esgrimió en su plataforma electoral el radical Raúl Alfonsín que, tras ganar la contienda del 30 de octubre de 1983 que concluyó con el régimen del autodenominado "Proceso de Re-organización Nacional" (en adelante PRN), 5 se dispuso a erradicar el endémico autoritarismo y a fundar una nueva "cultura política".
Como afirmó tiempo después, en 1984, ya como presidente de la Nación, "la debilidad de la democracia en la Argentina... (y la fugacidad de sus intentos) radican menos en sus instituciones que en nuestro modo subjetivo de asumirlas.
Se trata de un problema cultural más que institucional".
6 Según él, una nueva lógica y una nueva legitimidad podían elaborarse desde fuera de su contexto histórico, "educando" a las subjetividades en esa nueva cultura.
Desde su asunción el 10 de diciembre de 1983, el partido gobernante transformó a la "democracia" en el leit-motif de su gestión, viabilizadora de una "cultura constitucional" que desplazaría "para siempre" a la cultura autoritaria de los golpes de estado.
Como en otros momentos considerados críticos de la Argentina, diversos intelectuales y políticos señalaron la necesidad de una profunda y definitiva transformación de la sociedad.
El final del PRN se presentaba como una nueva oportunidad para que la nación se encausara por la buena senda.
Si en tiempos anteriores para salir de la crisis era necesaria la "modernización", el "desarrollo" o la "revolución", en los años 1980 el nuevo principio orientador del cambio social -o, más propiamente, cultural-era la "democratización".
Esto no implicaba que se hubiesen abandonado convicciones tales como "desarrollar" el aparato productivo, "modernizar" la tecnología o generar condiciones más equitativas en la distribución del ingreso, pero todos estos temas no podían materializarse a menos que la Argentina se realizase, de una vez y para siempre, como democracia.
Los abogados de esta postura afirmaban que el país había vivido durante el pasado reciente -y en varios puntos del siglo XX-en el auto-5 Aquí empleamos preferentemente el término "Proceso de Reorganización Nacional", entre comillas o más a menudo abreviado (PRN), para designar el modo nativo de autodefinición del gobierno militar asumido en 1976.
Visacovsky, Sergio Eduardo: El Lanús Memoria y política en la construcción de una tradición psiquiátrica y psicoanalítica argentina, Alianza Editorial, Buenos Aires, 2002; Visacovsky, Sergio Eduardo: "Entre lo evidentemente sucedido y lo posiblemente experimentado: para una reconciliación entre historia, memoria social y análisis narrativo", en Entrepasados, Revista de Historia, Año XIII, N.o 26, 2004, págs. 127-145.
6 "Alfonsín" en López, Ernesto: El último levantamiento, Editorial Legasa, Buenos Aires, 1988, pág. 57.
También Hipólito Solari Yrigoyen parangonaba la naciente democracia con una criatura recién nacida, lo cual explicaba su debilidad.
Véase: Solari Yrigoyen, Hipólito: "Antidemocracia y democracia en la Argentina", en Sosnowski, Saúl (comp.): Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino, Eudeba, Buenos Aires, 1988, págs. 19-26. ritarismo.
El uso de la violencia como recurso político en lugar de la discusión, el pacto y la negociación, las violaciones a los derechos humanos como consecuencia del terrorismo de estado durante el PRN, incluso las tendencias de organización social corporativas o las lealtades a liderazgos carismáticos, eran expresiones del autoritarismo argentino, el cual había establecido una recurrente inestabilidad del sistema republicano.
Esta experiencia de crisis permanente se contraponía a la democracia, la cual, sin embargo, no era completamente extraña al país; es sólo que al coexistir en una relación de oposición y conflicto con el autoritarismo, había sucumbido a él.
La Argentina se encontraba atrapada en el presente, y desde hacía muchas décadas, en el dilema que le proponía esta dualidad inherente a su propia condición, autoritarismo/democracia, en una sucesión crítica y por lo tanto tumultuosa, pasional, impulsiva e incierta.
Dada la magnitud del horror generado por la violencia política y el terrorismo de estado en los años 1970, las horas cruciales que siguieron a la derrota de Malvinas y al triunfo de Alfonsín, podían resolverse sólo con la disolución del autoritarismo y la instauración definitiva de la democracia.
Sin embargo, pese a las horas decisivas que vivía la Argentina, el ingreso a la democracia no podía producirse de la noche a la mañana.
Aunque imperioso, el cambio demandaba tiempo no sólo por el arraigo del autoritarismo en la sociedad, sino porque la transformación debía imponerse de un modo gradual, consensual y democrático para no contradecir los preceptos rectores de la democratización, y para instaurar esa nueva cultura en la política y en la sociedad.
Precisamente, al centrar su atención teórica en la "transición", los expertos ponían de manifiesto sus sospechas de que los cambios eleccionarios, por sí mismos, garantizasen la estabilidad democrática e, implícitamente, la salida de una "cultura política autoritaria" y la "crisis" que había provocado.
Hablar de "transición democrática" refería a la teoría de la democratización y a un período histórico determinado.
En la Argentina, la "transición democrática" se convirtió en un período de incierta duración, 7 abierto en las postrimerías del PRN, señalado como un tiempo real parte de la periodización usual de la historia política argentina contemporánea.
8 Como los ritos de paso estudiados por los antropólogos, 9 también la "transición democrática" argentina trataba de tender un puente entre un presente crítico (caracterizado por el autoritarismo), que se necesitaba abandonar (y, por ello, transformar en pasado), y un futuro estable (la democracia) al que se deseaba arribar (y, por ende, transmutar en presente efectivo).
La Argentina ingresaba así a un tiempo liminal en el que todo era transitorio 10 e incierto.
Lo que había definido a la nación hasta entonces debía ser abandonado, y lo que se esperaba que la definiese aún no había nacido o estaba débilmente instaurado.
El fin de la transición debía acontecer -o ya estaba acaeciendo-en un lapso que se esperaba fuese breve para democratizar definitivamente a la sociedad argentina, una vez "restaurada", "recuperada" o "restituida" la democracia institucional.
Pero para que esta operación de democratización fuese eficazmente transformadora, había que impedir que el autoritarismo retornase, como tantas veces había ocurrido.
¿Qué garantías podía tener la novel democracia y el proyecto democratizador de la sociedad para que el ciclo fatídico no volviera a imponerse?
¿Cómo desarmar la alternancia entre autoritarismo y democracia que había comandado hasta entonces la historia política nacional?
En modo análogo a las teodiceas religiosas, 11 el desafío interpretativo y práctico que se les planteaba a los expertos de la transición era explicar, primero, cómo había sido posible un régimen que, como ningún otro en el siglo XX, había basado su existencia en el terror, y segundo, cómo había sido posible además el eterno péndulo argentino entre regímenes "democráticos" y "autoritarios".
Mostraremos aquí que la formulación de esta narrativa del pasado nacional 12 estuvo fundada en un principio de organización dualista 13 antagónico, el cual interpretaba, diagnosticaba e incidía sobre un Estado considerado crónicamente como "crítico" de la República.
Como veremos seguidamente, las representaciones de los intelectuales argentinos de la salida del gobierno militar están organizadas en modo semejante a los dualismos antagónicos que, basados en el principio de jerarquía entre opuestos y faltos de la posibilidad lógica de la complementariedad, sólo dan lugar a la dominación de un término sobre el otro.
El dualismo al que nos referimos supone la división del mundo entre principios opuestos y enemigos, cuya lucha se despliega a lo largo de la Historia, siguiendo un patrón cíclico, pues cada fuerza en pugna obtiene victorias transitorias.
El problema que se presenta es, entonces, cómo lograr que la dominación actual de uno de los antagonistas (en lo posible, el democrático) no se invierta en el futuro.
Este planteo tiene algunas consecuencias, pues la única salida posible del dualismo antagonista es su transformación en monismo.
Pero como los principios actuantes son igualmente potentes, las dos fuerzas no consiguen vencerse; por eso aspiran a que la eterna contienda se resuelva en un combate final.
Mientras tanto, los momentos victoriosos exigen el control de todas las manifestaciones del oponente, para lo cual es preciso identificarlo, desenmascararlo y discriminarlo/separarlo.
Si todos los eventos, personajes e instituciones pasadas y presentes admiten una y sólo una clasificación en algunas de las dos clases posibles, no sólo se resuelve el problema de la identificación del contrario, sino que es posible determinar, además, las líneas de parentesco genealógico que vinculen formas autoritarias o democráticas del presente con las del pasado.
Así, el pasado vive en el presente para inclinar la balanza hacia uno u otro lado, en condiciones de crisis actuante o pendiente.
El programa de democratización que imaginaron los intelectuales de la transición y que intentó ejecutar el gobierno radical se abocó a buscar los núcleos "puros", "incontaminados", "resguardados", en definitiva, "democráticos" en los que fuera posible confiar, con el fin de construir a partir de 12 Sobre narrativas de crisis, véase: Hay, Colin: "Rethinking Crisis: Narratives of the New Right and Constructions of Crisis", en Rethinking Marxism, 8/2, 1995/6, págs. 2-18; "Narrating Crisis: The Discursive Construction of the Winter of Discontent", Sociology 30, 1996, págs. 253-277; "From Crisis to Catastrophe?
ISSN: 0210-5810 ellos una nueva sociedad; entre tanto, arremetía contra los núcleos "impuros" y "contaminados" de autoritarismo.
"Crisis" coyuntural y "crisis" esencial
Tal vez uno de los acuerdos más profundos y persistentes gestados por los intelectuales y expertos de la "transición" ha sido el de la "recuperación de" o el "retorno a" la democracia como consecuencia de una "crisis" interna en el gobierno tras la derrota militar por Gran Bretaña en las Islas Malvinas.14 Según este relato, la rendición ante las fuerzas británicas el 14 de junio ocasionó el alejamiento de la presidencia del General Leopoldo F. Galtieri en medio de una profunda convulsión en el ámbito castrense, entendiendo por "crisis" la descomposición, la caída de la confianza internacional, el descontrol y la pérdida de autoridad interna.
El 23 de junio la Fuerza Aérea y la Marina se apartaron del comando del PRN, y dejaron que el Ejército asumiera la conducción política.
El 1 de julio el Estado Mayor Conjunto designó al General Reynaldo Bignone como nuevo titular del Poder Ejecutivo y proclamó la decisión de "institucionalizar la Nación en el menor tiempo que sea posible".
En este proceso, los partidos políticos ejercieron su presión.
Integrada por radicales, peronistas, desarrollistas, intransigentes y demócratas cristianos en 1981 para negociar una salida electoral con el segundo presidente militar, Roberto Viola, la "Asamblea Multipartidaria" convocó el 16 de diciembre de 1982 una manifestación que reunió a unas 100.000 personas.
La respuesta del gobierno fue una brutal represión, en la que hubo un muerto, varios heridos y un centenar de detenidos.
Como corolario, la "Multipartidaria" exigió al gobierno un cronograma para la normalización institucional y respuestas oficiales por los ciudadanos desaparecidos y la derrota militar del Atlántico Sur.
Bignone anunció la decisión del gobierno de llamar a elecciones en 1983.
Así, se abría el período "de transición a la democracia", cerrando y consagrando una secuencia que se expresaba en algunos productos intelectuales de la época, como los dos volúmenes compilados por Oscar Oszlak, Proceso, crisis y transición democrática.
15 Si bien esta crisis de coyuntura era responsabilidad del régimen militar, por lo que podía encontrar su salida con el llamado a elecciones y la asunción de las nuevas autoridades, los intelectuales de la "transición democrática" detectaban una crisis más profunda que no era patrimonio de una coyuntura o de un régimen, sino de la nación toda.
En otros términos: una cosa era buscar una solución a la crisis política del PRN, y otra encontrar una salida para la crisis en que estaba la Argentina desde hacía décadas.
El término "crisis" era la síntesis de términos negativos tales como "deterioro", "fragmentación", "desarticulación" e "inestabilidad", aplicados al "Estado", al "sistema político" o a la "cultura".
16 Por eso, la "transición democrática" significaba salir de la crisis, esto es, "reorganización", "recomposición", "reparación", "reunificación" o "reestructuración" del "Estado", el "sistema político" o la "cultura".
Estas ideas eran compartidas por sectores intelectuales que podían albergar simpatías políticas muy distintas.
Por ejemplo, la asociación entre "crisis" y "descomposición general de la sociedad" estaba presente en los intelectuales cercanos por entonces al peronismo, como el filósofo José Pablo Feinmann, que por esa vía explicaba el advenimiento del PRN.
17 Por su parte, el término "crisis" como "desestructuración" y "fragmentación" era empleado para señalar los efectos del PRN en la sociedad, o en algunos de sus grupos.
Así, desde una perspectiva del poder inspirada en Michel Foucault, complementada con el concepto de hegemonía de Antonio Gramsci, Juan Villarreal, otro intelectual ligado al peronismo, sostenía que la política del PRN había conducido a un panorama de "desestructuración/reestructuración", en la medida que fracturó los sectores populares e intentó, por medio del terror, generar nuevas formas de relación social.
Estos efectos, que él llamó "crisis orgánica", 18 dieron lugar a un "proceso social regresivo", resultante no sólo de la obra de los militares, sino de una conjugación más compleja de fuerzas sociales, entre las cuales participó la corporación militar.
Fuerzas políticas, religiosas y culturales se plantaron como reacción frente a los avances y a la radicalización de los sectores populares en las décadas pasadas.
17 Feinman, José Pablo: "Política y verdad.
La constructividad del poder", en Sosnowski, Saúl (comp.): Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino, Eudeba, Buenos Aires, 1988, págs. 79-94.
Desde la crítica literaria, Beatriz Sarlo (directora de la revista Punto de Vista y por entonces miembro del "Club Socialista", ambos en sus comienzos adherentes a la propuesta alfonsinista) aplicaba la imagen de la fragmentación al campo intelectual, apelando al término "fractura" que, según ella, había sido doble: una provocada por los exilios, que había dividido al campo entre "los de adentro" y "los de afuera", atomizándolos; y otra que los había segregado de los espacios públicos y de los sectores populares, a diferencia de lo que había ocurrido en los años 1960 y el primer lustro de los 1970.
20 La represión desatada por la dictadura había conducido al "corte" del tejido social, como medio de desalentar el disenso y la resistencia, e imponer la despolitización a todos los niveles, apelando a la defensa de modelos individuales y familiares, y estigmatizando a los intelectuales como subversivos y responsables disolventes de la sociedad.
21 Desde la renovación política e intelectual del peronismo tras su primera derrota electoral en 1983, el filósofo Oscar Landi relacionaba la "crisis" con la "fragmentación" del campo intelectual, entendida como "desarticulación de sus posibles principios de organización internos".
22 En términos semejantes a Villarreal y Sarlo, Landi sostenía también que el PRN se había propuesto "fragmentar" el tejido social a través del miedo y producir nuevas mentalidades centradas en "el mercado".
23 No obstante, la acción del PRN se desarrollaba en un terreno ya desarticulado por la misma inestabilidad política que impedía tanto la continuidad y consolidación de corrientes de pensamiento como el fortalecimiento de las instituciones, entre ellas las "culturales".
24 Así, en 1982, la Argentina vivía una crisis que era en parte heredada del PRN, y en parte permanente, hasta explicativa del PRN.
La transición a la democracia debía conducir al abandono de la "crisis" coyuntural y de la esencial, esto es, a la supresión de la inestabilidad política, la reparación de lo deteriorado o destruido, y la reorganización o reestructuración de lo desorganizado o desestructurado.
Pero para lograr tal objetivo era menester no sólo dar cuenta de la aparición del PRN, sino situarlo en un cuadro más amplio que lo incluyese en la lógica de la inestabilidad política, y que per-20 Sarlo, Beatriz: "El campo intelectual: un espacio doblemente fracturado", en Sosnowski, Saúl (comp.): Represión y reconstrucción de una cultura: el caso argentino, Eudeba, Buenos Aires, 1988, págs. 95-107.
21 mitiera entender las razones que lo condujeron a desarrollar acciones destructivas inéditas.
Se necesitaba, en suma, formular una teodicea secular.
La batalla entre el "autoritarismo" y la "democracia" La polarización medular de los "nuevos tiempos" en la Argentina de comienzos de los 1980, autoritarismo/democracia, y el modelo de la "transición democrática" no fueron aplicados con exclusividad a la Argentina.
También se usaron para interpretar y producir políticas en países de Europa (España, Portugal, Grecia) y Latinoamérica (Brasil, Uruguay y Chile).
Cecilia Lesgart se pregunta por qué los intelectuales argentinos apelaron a esas ideas para analizar la situación argentina, y responde que fue debido a "la tragedia política (personal y colectiva) que condujo a los regímenes militares que se inauguraron en el Cono Sur entre 1973-1976".
25 Sin desestimar la importancia decisiva de experiencias como las generadas por el terrorismo de Estado, cabe a su vez preguntarse qué habrían encontrado de nuevo y adecuado en este nuevo enfoque los intelectuales y expertos de la "transición" para interpretar las experiencias personales y colectivas recientes, y qué características específicas ofrecía el modelo en el contexto político argentino.
Esto es: si la "crisis" era un concepto conocido aplicado a períodos históricos fácilmente identificables en el sentido común político argentino, si aún era posible recordar caracterizaciones de esos períodos y ciertos momentos como crisis de coyuntura, crisis estructurales o crisis de modernización, ¿qué agregaba sobre la realidad sociopolítica y sobre el fenómeno de las crisis el nuevo modelo?
En todo caso, ¿significaba éste una superación conceptual de aquél?
Ciertamente, los conceptos de "transición democrática" o la polaridad autoritarismo/democracia eran una novedad en el lenguaje del análisis político en la Argentina, pero organizar la experiencia en términos dualistas para sustentar y caracterizar "la crisis" argentina era un recurso familiar.
26 Isidoro Cheresky llamó la atención en 1987 sobre la recurrencia de las tradiciones políticas locales a apelar a las clasificaciones dualistas, tales como nación vs. imperialismo, pueblo vs. oligarquía, obreros vs. burgueses, adoptando una posición crítica: si en el pasado dichas polarizaciones podían expresar auténticos conflictos, ahora difícilmente satisfacían las exigencias de un proceso de democratización.
Es que si la democracia era concebida como "la lucha secular del pueblo contra sus enemigos" autoritarios, lo único que podía conseguirse con dicho esquema era preservar las ideas políticas dominantes, idealizando al pueblo y sin cuestionar sus tradiciones,27 y por ende, lo que de ellas había contribuido a la crisis perenne de la sociedad y la política.
El dualismo en la Argentina puede reconocerse fácilmente en la demonización del adversario político a mediados del siglo XIX, con unitarios y federales, o en la segunda mitad del siglo XX, con peronistas y antiperonistas, y en las concepciones de quienes asumieron la violencia política de la década de 1970.
La afirmación de la polaridad antinómica, y el consiguiente extrañamiento entre los dos polos, como si se tratara de dos culturas ajenas entre sí, ha llevado a algunos intelectuales a afirmar una causalidad histórica de los diferentes dualismos políticos generados en el pasado argentino, manteniendo su continuidad.
Esta perspectiva conlleva la postulación de una tendencia irreversible de la sociedad y la política, un rasgo atávico o esencial, como sugería el investigador norteamericano Nicholas Shumway en los dos linajes-liberal y nacionalista-que los intelectuales argentinos generaron durante el siglo XIX, antes de la organización del Estado nacional.
28 Mas si bien es posible reconocer una tendencia a interpretar la vida política en términos dualistas antagónicos, los principios que guían la clasificación dualista, así como los eventos, personajes o instituciones clasificados han ido variando con el tiempo.
Por ende, el mentado dualismo argentino constituye una precondición del pasado, un marco interpretativo propiamente nativo con el cual deben tratar los agentes sociales en el presente, y no una esencia de la "condición argentina".
El dualismo no se reproduce de manera automática por imposición de la costumbre, sino que representa un desafío, una dificultad que políticos e intelectuales deben enfrentar y resolver en función de sus experiencias, enfoques y exigencias del presente, puesto que las condiciones actuales producen nuevas interpretaciones que, a su vez, obligan a la relectura global del pasado político.
Este desafío que representa conciliar experiencias e interpretaciones asumidas con nuevos esquemas referenciales puede seguirse en las reinterpretaciones del pasado político para dar sentido al presente.
El mismo año en que la Argentina recuperaba la institucionalidad democrática, el politólogo Marcelo Cavarozzi publicó un libro cuyo título expresaba, justamente, el signo de la dualidad de los nuevos tiempos: Autoritarismo y democracia.
29 El título era seguido por la periodización "1955-1983", que ponía en evidencia el contexto temporal del cual se ocupaba, y también un punto de inicio a partir del cual tornar inteligible la situación en la que había caído el país en la pasada década.
Cavarozzi llevaba al lector a un momento peculiar: el golpe de estado de 1955, denominado por sus protagonistas "Revolución Libertadora", que acabó con el segundo gobierno constitucional del Gral.
Dicho de otro modo: el dilema autoritarismodemocracia en que se encontraba atrapada la Argentina en 1983 tenía un origen preciso que se remontaba a veintiocho años antes.
De este modo, Cavarozzi no sólo identificaba el origen de la inestabilidad democrática, sino que también ofrecía las claves para reconocer las genealogías de autoritarismo y democracia en la Argentina.
El golpe de 1955 se convertía en antecesor de los golpes siguientes, del mismo modo que la "Revolución Libertadora" se transformaba en precursora del PRN.
En la misma operación, el gobierno de Perón en 1955 quedaba emparentado con los gobiernos que en los años siguientes cayeron bajo "planteos" o golpes militares (Frondizi en 1962, Illia en 1966 e Isabel Perón en 1976).
Cavarozzi caracterizaba al tiempo pendular de inestabilidad política como "de equilibrio dinámico", esto es, un tiempo durante el cual las fuerzas en pugna habrían arribado a una suerte de imposibilidad de obtener ventajas absolutas o definitivas sobre el adversario.
Este tiempo de "equilibrio" se dividía, a su vez, en dos períodos: entre 1955 y 1966, desde la "Libertadora" hasta la caída del radical Arturo Illia, y entre el inmediato ascenso de la "Revolución Argentina" con el Gral.
Juan C. Onganía, y el final del PRN.
Según Cavarozzi, lo que caracterizó al primer período fue el "fracaso de la semidemocracia" que pretendió operar junto a la proscripción del peronismo.
30 Nos referimos a la proscripción de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas correspondientes o utilizados por los individuos representativos del peronismo, impuesta por el presidente de facto, Pedro Eugenio Aramburu, en 1956.
Véase Anales de legislación argentina, XVI-A, 1956, págs. 41-242. misma del peronismo se encontraba, también, un relajamiento de los canales político-institucionales debido a la primacía de las relaciones directas "entre el líder y la masa".
Ante la "tiranía peronista", los conductores de la "Libertadora" habrían levantado los estandartes de la democracia y el parlamentarismo.
Pero al golpe lo sucedieron gobiernos débiles en una época caracterizada por una fórmula política dual: por un lado, un sistema político institucionalizado formado por la alianza entre los partidos políticos antiperonistas y los militares autodenominados "democráticos", y por el otro, una serie de movimientos extra parlamentarios integrados básicamente por el sindicalismo, relacionado con el peronismo proscrito.
En modo similar, Liliana de Riz ubicaba lo que consideraba "el problema medular de la Argentina", el peronismo, y la particularidad abierta en 1955 con el partido de las mayorías populares proscrito y con su líder en el exilio.
El gran dilema posterior a 1955 para todos los gobiernos, civiles o militares, fue cómo posicionarse ante el peronismo.
31 Para Cavarozzi el dualismo constituyó, de hecho, una forma efectiva de organización política de la nación, basada después de 1955 en la oposición peronismo/ antiperonismo.
Este período tuvo una importancia crucial para entender lo que sucedería después, pues habría sido en el período 1955-1966 que se estableció una nueva forma de hacer política.
En primer lugar, se produjo un desfase entre los intereses socioeconómicos y los intereses políticos, puesto que el golpe contra Perón fue llevado a cabo por sectores con intereses económicos diferentes, pero que coincidían políticamente en su deseo de proscribir al peronismo (partidos antiperonistas y militares autodefinidos como "democráticos").
Luego de 1955 este bloque "cada vez más autoritario" se fue fracturando, al no poder arribar a un acuerdo respecto del destino del peronismo (proscripción definitiva o integración) y a la política económica, debatiéndose entre un populismo reformista (expresado por la "Unión Cívica Radical del Pueblo"), el desarrollismo (por la "Unión Cívica Radical Intransigente", que triunfó en las elecciones de 1958) y el liberalismo (expresado por varios partidos conservadores y sectores militares, pero sin base electoral).
En segundo lugar, se formó un nuevo actor político con gran autonomía, el movimiento sindical peronista.
Si bien las pretensiones de la alianza antiperonista por erradicar o modificar al peronismo fracasaron, en algún modo el movimiento obrero 31 De Riz, Liliana: "Argentina: ni democracia estable ni régimen militar (conjeturas sobre las perspectivas para la democracia)", en Oszlak, Oscar y otros: "Proceso", crisis y transición democrática, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1984, págs. 7-28. habría cambiado respecto de su perfil y accionar durante la etapa peronista (1946-1955), por estar bajo la tutela del Estado, ya que al convertir al sindicalismo peronista en subversivo y externo al sistema, el establishment fijó las condiciones para cambiarlo en un actor anti-sistema, con la capacidad de lograr golpes de Estado (como en 1966), y de presionar para que los militares en el gobierno abandonen el poder.
Finalmente, se produjo el ingreso definitivo de los militares a la arena política, como tutores primero del sistema democrático, y luego de la sociedad y el sistema político.
La "Doctrina de Seguridad Nacional" generada en los Estados Unidos, según la cual las Fuerzas Armadas asumían el manejo de los asuntos públicos en función de la seguridad hemisférica, sentaba las bases para el golpe de estado de 1966, con apoyo de liberales (en lo económico) y sindicalistas no verticalistas a Perón.
La supremacía militar fue en aumento hasta tomar dominio pleno y distintivo en el período siguiente, la "profundización del autoritarismo" entre 1966 y 1983.
El gobierno de Onganía (que derrocara al presidente Radical Arturo Humberto Illia el 28 de junio de 1966) se autopresentó como "fuerte", y con explícitas pretensiones de transformar la sociedad argentina, pero para ello necesitaba caracterizar a la sociedad como "enferma" e incapaz de arribar a consensos.
Ello demandaba la aparición de un actor providencial que deviniese en árbitro capaz de mediar y conciliar los intereses opuestos.
En este papel las Fuerzas Armadas se internaron en la profundización del control y la represión estatal de la sociedad, y en la imposibilidad de canalizar los reclamos sociales dentro del sistema institucional.
Muchos de los espacios extra parlamentarios por los que antes de 1966 había circulado la política de un modo no conflictivo fueron cerrándose, precisamente por la creciente represión.
Se generó así un clima de miedo cotidiano que llevó a la destrucción de los sectores productivos y al desmantelamiento cultural, técnico y profesional.
Aquí Cavarozzi situaba la emergencia de la violencia social como una respuesta de los espacios no institucionalizados no sólo para continuar existiendo, sino para hacer oír sus reclamos (como en las revueltas populares de 1969, y su mayor exponente, "el Cordobazo").
32 De modo similar, de Riz locali-zaba una ruptura crucial en 1966 pues la oposición se separó en "social", por un lado, y "político partidaria", por el otro.
Es decir, se generaron grupos sociales movilizados, integrados por trabajadores asalariados y sectores estudiantiles de clase media que hacían política.
33 Esta respuesta social al proyecto represivo autoritario habría obligado al gobierno militar, ante una inédita situación de "crisis social", a pensar en un retorno a la democracia preparado durante el gobierno del Gral.
Alejandro A. Lanusse, mediante el retorno de Perón a la Argentina para reasumir su mandato como presidente, lo que se concretaría en 1973.
Según Cavarozzi, Perón compartía con Onganía el diagnóstico del "problema argentino" como "político", pero en lugar de abolirlo pretendió institucionalizarlo.
Sin embargo, su gobierno se afirmó en la consolidación de las posiciones ganadas y en el desplazamiento de los adversarios políticos, lo cual no hizo sino minar las fuerzas del régimen democrático.
Como consecuencia, la convocatoria del propio gobierno peronista -tras la muerte de Perón en 1974-a las Fuerzas Armadas para llevar a cabo "la lucha contra la subversión" les permitió recuperar la iniciativa política, ya insinuada por los escuadrones de la muerte de la Triple A del gobierno peronista y el ministro José López Rega.
34 En estas acciones volvía a manifestarse la tensión entre autoritarismo/ democracia que preanunciaba el golpe de estado de 1976.
Cavarozzi lo definía como una "revolución burguesa en contra de los burgueses... y de los proletarios" que tenía profundas diferencias con los regímenes anteriores: mientras que en 1955 y 1962 los militares habían impedido que determinados regímenes políticos continuasen en el gobierno, y en 1966 procuraron decididamente instalarse como un gobierno no democrático sostenido por las Fuerzas Armadas, en 1976 el gobierno fue sólo de ellas, y su propósito fue el cambio social radical (erradicar la guerrilla, la política populista y la economía basada en la industria nacional).
Para modificar el sistema de relaciones sociales recurría al sistema de libre mercado, que al introducir la competencia de productos extranjeros disminuía la capacidad de sindicatos y empresarios de negociar precios y salarios.
En modo semejante, de Riz 33 De Riz: "Argentina: ni democracia...".
34 De febrero de 1975 era el decreto 261 que habilitaba al Comando General del Ejército a "aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la Provincia de Tucumán".
De octubre del mismo año eran los decretos 2770, 2771 y 2772, que otorgaban a las Fuerzas Armadas, Fuerzas de Seguridad y Fuerzas Policiales la potestad de la lucha "contra la subversión" en todo el territorio nacional a través de operaciones militares. sostenía que el golpe de 1976 traía un elemento común al de 1966, pero también una diferencia.
Si en 1955 y en 1962 el problema había sido cómo impedir que el peronismo llegase a elecciones libres, en 1966 y 1976 los militares sostuvieron que la crisis argentina tenía raíces en la economía y en la sociedad, y en 1976 los militares en el poder postularon como remedio un cambio profundo de la sociedad toda, 35 particularmente en su relación con el Estado.
Porque dicha relación era "perversa", ya que el Estado era, en su apreciación, fuertemente intervencionista.
Ahora bien, este Estado que en el pasado tuvo tan amplias atribuciones en política económica y asistencial, era intrínsecamente débil ante una sociedad civil fuerte cuyo exceso de poder había sido alcanzado por sus instituciones políticas y corporativas (en especial, el sindicalismo), o por la sobreabundancia de conflictos y demandas.
36 Para transformar a la sociedad civil, el nuevo gobierno apeló no sólo a la represión, sino también a la política económica.
Claro que debieron establecer alianzas con determinados sectores de la sociedad civil; fueron los empresarios quienes, según de Riz, no estaban dispuestos a pagar los costos que implicaba la aplicación del modelo, situación que eclosionó en 1981.
37 Al propugnar una economía libre del mercado de capitales, se desató necesariamente una selección natural de las empresas más "eficientes".
Si tempranamente la gran burguesía agraria fue beneficiada, después fue la perjudicada por la política monetaria, ya que se sostuvo una tasa de devaluación rezagada con respecto a la tasa inflacionaria.
Y la reforma financiera sólo llevó a la especulación en medio de una alta inflación.
El "momento crítico" fue entre 1980 y principios de 1981, con una sucesión de quiebras bancarias.
La brutal transferencia de ingresos del sector asalariado al capital no llegó a favorecer a ningún sector en particular de la burguesía.
La "crisis" económica de 1981 llevó al aislamiento de la corporación militar respecto de sus pretendidos aliados sociales, ya que por razones de seguridad no estaban dispuestos a propugnar una política que implicase un alto nivel de desempleo: su objetivo era disciplinar las fuerzas sociales en pugna, no desproteger a la clase obrera ni desmantelar la industria.
38 35 "Más que nunca se autopercibieron como una corporación militar por encima de la sociedad y, por ende, capaces de hacerse cargo de esa sociedad enferma para imponerle su lógica disciplinaria.
De Riz: "Argentina: ni democracia...", pág. 13.
36 La debacle económica profundizada por la derrota militar en Malvinas acentuó su propia "crisis",39 caracterizada por la debilidad del régimen, la descomposición de la autoridad y la fragmentación interna del gobierno, obligando a los militares a una entrega rápida del poder.
40 Para Cavarozzi, la coyuntura de 1982-83 sólo era una peor versión de lo mismo que había sucedido en 1975-1976, donde "la sociedad estaba desgobernada", el elenco dirigente desintegrado y la economía fuera de control.
Sólo que ahora el camino iba en dirección a la democracia, no al autoritarismo.
Valga esta larga reseña para mostrar que trabajos como los de Cavarozzi y de Riz exhibían el modo en que la contienda entre el autoritarismo y la democracia se habían desplegado en la historia concreta de la Argentina de las últimas tres décadas.
Ambos situaban los orígenes de la "inestabilidad democrática" en el golpe de 1955, debido a que la contienda entre peronistas y antiperonistas que la había promovido era central para entender los sucesos, al menos hasta 1973, cuando Perón retornó al poder.
Desde este punto de vista, los tiempos inaugurados en 1955 permitían entender por qué se gestaban las intervenciones militares que habían tornado "inestable" a la democracia, las limitaciones a su pleno ejercicio, y la emergencia de un nuevo activismo social y político que buscaría transformar radicalmente las estructuras sociales.
Esta situación fue, a su vez, condicionante del nuevo golpe militar de 1976 y de su inédito accionar represivo.
Cavarozzi y de Riz veían al PRN como un momento del desarrollo de la contienda entre autoritarismo y democracia, un tiempo singular en el que se intentó llevar a cabo una "última batalla" para curar/transformar definitivamente a la Argentina de sus enfermedades crónicas.
Además, y como novedad, los dos autores presentaban al autoritarismo y a la democracia de entonces como descendientes de un sistema de doble filiación, lo que les permitía escapar de la antinomia peronismo/antiperonismo que había dominado el escenario político hasta 1973: aun expresando ciertas dudas respecto del carácter plenamente democrático del peronismo, no podían volver a considerarlo una "tiranía", como lo habían hecho los intelectuales antiperonistas de 1955, e incluso algunos de 1983.
41 Quizá, la nueva hora exigía que tanto quienes en el pasado habían luchado por la justicia social, como quienes lo habían hecho por las liber-tades civiles, uniesen sus esfuerzos en una nueva síntesis, como dijo el propio presidente Alfonsín en su discurso de "Convocatoria para una convergencia democrática" a los delegados del Comité Nacional del radicalismo el 1° de diciembre de 1985.
Los golpes militares remontaban su genealogía al 6 de septiembre de 1930, cuando el Gral.
José F. Uriburu derrocó al gobierno radical de Hipólito Yrigoyen.
42 El PRN podía ser interpretado como la expresión culminante del "liberalismo económico", la "antipatria", lo "antinacional", que lidiaba desde los tiempos de la "Organización Nacional" a mediados del siglo XIX, y quizá aún antes, un combate con el polo de la "Patria", con lo "Nacional"; 43 y la naciente "democracia" podía ser inscripta en una genealogía que tenía su origen en la Constitución Nacional de 1853 y en los orígenes de la Argentina como nación, en la introducción del voto universal masculino, secreto y obligatorio por Roque Sáenz Peña en 1912, que permitió la victoria del radicalismo en 1916, pero también en hitos del peronismo como la reforma constitucional de 1949 o la sanción de la ley de 1947 que permitía a las mujeres ejercer su derecho al sufragio.
44 Todas estas perspectivas eran plausibles, pues descansaban en marcos interpretativos familiares a muchos argentinos.
Pero los intelectuales de la "transición democrática" construyeron una peculiar relación con los sistemas de oposiciones pasadas: los analizaban en clave sociológica, política o económica, sin presentarse a sí mismos como continuadores actuales de esas luchas pasadas que los había tenido por partícipes directos unos pocos años atrás.
Ciertamente, esto les exigía a algunos, a veces hasta en un tono de extrañeza, interrogarse sobre sus pasiones hoy abandonadas.
El compromiso intelectual que debían exhibir era con la "democracia", algo distinto al que podía establecerse con un partido político o con una corporación.
Era un asunto de "cultura", de "valores culturales".
"Democracia" y "autoritarismo" eran oposiciones profundas, de modo que transformar una "cultura" autoritaria" en otra "democrática" debía permitir entender, a la vez, cómo los viejos compromisos políticos, las luchas que apenas ayer los habían comprometido hasta el riesgo de muerte, podían hoy carecer por completo de sentido.
42 Solari Yrigoyen: "Antidemocracia y democracia...", pág. 20.
43 Feinman: "Política y verdad...".
Tras su pintura de la "deflación del poder" durante el último régimen militar, Cavarozzi consideraba las "posibilidades de la democracia en la Argentina" y concluía que había profundas dificultades para consolidarla, ya que la "cultura política" argentina estaba regida por "valores antidemocráticos"-el "culto a la violencia", la "falta de tolerancia", la "destrucción de los patrones de acuerdo social"-que explicaban por qué el golpe militar de 1976 había gozado de respaldo popular.
45 La explicación del eterno "fracaso argentino" para consolidar la democracia radicaba, pues, en la debilidad o carencia de una "cultura democrática", a expensas de una vasta "cultura autoritaria".
Por esta vía, Cavarozzi pretendía alcanzar una comprensión más profunda del comportamiento crispado de la política argentina, puesto que una lectura "cultural" permitía trascender los procesos estrictamente económicos y políticos, para poner en primer plano las subjetividades y sus adhesiones valorativas.
Por encima de todo sistema institucionalizado o conjunto de normativas, el "autoritarismo" estaba encarnado y naturalizado en las vidas de los sujetos, por lo que la "transición democrática" debía constituir, necesariamente, una "transformación cultural", esto es, una metamorfosis total de las subjetividades.
Como sostenía Landi: "La formación de una cultura política democrática no se agota en el consenso a ciertas reglas de elección y de control de los gobiernos, sino también debe expresarse en la vida cotidiana, las relaciones familiares, en las formas de sociabilidad de los argentinos".
46 Al mismo tiempo, la perspectiva "cultural" conllevaba otra consecuencia: en cierto modo, responsabilizaba al conjunto social por su destino.
En efecto, si el problema del "autoritarismo" era "cultural", no se podía responsabilizar sólo a un sector (los militares) o a un partido (el peronismo), que más bien expresaban valores y creencias colectivos hondamente enraizados en la sociedad.
Como vimos, Cheresky ya había planteado la necesidad de no idealizar las tradiciones políticas del pueblo, por su posible contaminación de "autoritarismo".
La apelación a "la cultura" como un medio para interpretar procesos definidos como "políticos" no era nueva en el contexto intelectual argentino.
46 Landi: "Cultura y política...", pág. 103. de su apropiación de la Escuela de Frankfurt (y a través suyo, de Talcott Parsons y la antropología cultural norteamericana), para tratar de entender la adhesión de las masas a regímenes considerados "autoritarios", tales como el fascismo y el nacionalsocialismo en Europa y el peronismo en la Argentina.
47 Pero en la llamada "transición democrática", las referencias invocadas se orientaban a Antonio Gramsci y, muy especialmente, a algunos de sus intérpretes contemporáneos como Raymond Williams.
48 Para los expertos de la "transición democrática", "cultura" aludía no sólo a un concepto que designaba una de las dimensiones de la vida social, también refería un campo específico de la sociedad moderna en el cual se desenvolvía la acción de los intelectuales.
Eran "culturales" las creencias y valores de los argentinos respecto de la autoridad o la libertad, y la producción de artistas y escritores, las críticas sobre esta producción, los medios para difundirlas, y las políticas formuladas desde el Estado para fomentarlas y expandirlas.
Aquí nos concentraremos en el primer sentido -como dimensión de la vida social-debido a la importancia crucial que adquirió en los primeros años de la "transición" para comprender el "autoritarismo" y para sentar las condiciones necesarias para convertirlo en "democracia".
Una de las formulaciones en las que es posible encontrar esta perspectiva respecto de "la cultura", así como la impronta de Antonio Gramsci, fue aportada por José Nun en dos trabajos publicados en la revista Punto de Vista (1986, 1987).
En el primero, Nun rescataba el enfoque gramsciano del sentido común como un modo de volver la atención a las creencias y valores de los miembros de una sociedad.
Su revalorización como crucial a la democracia -en la medida que ésta supone la voluntad popular-ponía en evidencia hasta qué punto el moderno desinterés y falta de información de los ciudadanos por los asuntos públicos, aducidos muchas veces para imputarlos por sus elecciones políticas, era un producto del sistema que, justamente, atentaba contra una auténtica democracia participativa.
49 Por otra parte, Nun advertía que las "teorías de la transición" que tuviesen 47 Blanco, Alejandro: "Ideología, cultura y política: la 'Escuela de Frankfurt' en la obra de Gino Germani", en Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 7, n.o 3 (sept.-dic.), 2001, págs. 51-77 48 Plotkin, Mariano, y González Leandri, Ricardo: "Estrategias de formación de una elite intelectual en un contexto de redemocratización.
El caso de la revista Punto de Vista (1978-1985)", en Plotkin, Mariano, y González Leandri, Ricardo (comps.): Localismo y globalización.
49 Nun, José: "Elementos para una teoría de la democracia: Gramsci y el sentido común", en Punto de Vista.
Revista de Cultura, año IX, N.o 27, 1986, págs. 26-40. como modelos de "democracia" a las sociedades occidentales conocidas bajo esa denominación, cometían un error "etnocéntrico" al no tener en cuenta las abismales diferencias que las separaban de las precarias democracias latinoamericanas.
En su exhortación, Nun concluía que el desarrollo de una "cultura democrática" no podía realizarse sino a partir de las circunstancias materiales y simbólicas ya existentes, y las tradiciones y creencias locales correspondientes.
50 A estas precondiciones habían aludido Cavarozzi y Cheresky, sintetizadas en la fórmula de una "cultura autoritaria" en la Argentina anterior al PRN, y en cierto modo como explicación de su llegada y adhesión masiva.
Guillermo O'Donnell, por ejemplo, también entendía que el autoritarismo argentino tenía raíces históricas anteriores a 1976, y lo explicaba como un producto del encuentro de las tradiciones políticas del radicalismo y el peronismo con los sectores dominantes de la sociedad.
El radicalismo y el peronismo contribuyeron a crear condiciones igualitarias en la sociedad argentina, que permitieron contrapesar una "derecha" que carecía de representación política pero conservaba el poder económico y el prestigio cultural.
Sin embargo, esa contribución consistía en acentuar un sistema democrático-institucional frágil, confiando más en la organización corporativa de la sociedad, que poco a poco llevó a un proceso de confrontación cada vez más violento.
Esto terminó debilitando a la sociedad, 51 pues cuando a mediados de los años 1970 estalló la violencia política con su mayor crudeza, gran parte de la población la percibió como "desorden" y "anarquía", ante lo cual no quedaba otro remedio que reclamar "orden".
Según O'Donnell, a pesar de que una sociedad que demandaba semejantes valores no parecía necesitar la "inculcación" de valores "autoritarios" por parte del PRN, éste habría percibido que la "subversión" la había infectado, por lo que era urgente una tarea regenerativa.
Esta acción del PRN sobre la sociedad también había sido sugerida por Oszlak, para quien el régimen buscaba el "disciplinamiento y reconstitución de los actores sociales y políticos" debido a "la naturaleza indomable de su sociedad civil".
52 50 Nun, José: "La legitimidad democrática y los parecidos de familia: notas preliminares", en Punto de Vista.
51 O'Donnell, Guillermo: "Democracia en la Argentina: micro y macro", en Oszlak, Oscar (coord.):'Proceso', crisis y transición democrática/1, CEAL, Buenos Aires, 1987, págs. 13-30.
52 Oszlak, Oscar: "Privatización autoritaria y recreación de la escena pública", en Oszlak, Oscar (coord):'Proceso', crisis y transición democrática/1, CEAL, Buenos Aires, págs. 31-48.
Véase también la "sospecha generalizada" y la "cultura del miedo" en: Villarreal: "Los hilos sociales...", pág. 206.
O'Donnell marcaba la importancia de este diagnóstico como un modo de implantar un sistema de obediencia y autoridad en la escuela, la familia, el trabajo, en las conductas en la calle o en el aspecto de las personas (ejemplificando con las formas aceptables e inaceptables de vestirse y de peinarse), técnicas que expresaban un proyecto dirigido a despolitizar la sociedad.
53 Basándose implícitamente en Gramsci y Foucault, y como también lo habían sostenido muchos otros, sostenía que el PRN no había podido ejercer el control sólo a través de sus funcionarios y el aparato represivo, sino que había necesitado que la sociedad se patrullase a sí misma, naturalizase las nuevas disposiciones y se convirtiese en más represiva y autoritaria.
54 Entonces, el gran peligro que se abría en 1983 era la subsistencia de patrones autoritarios, lo cual exigía tareas de democratización del sistema político y muy especialmente de la vida cotidiana.
En definitiva, la "transición a la democracia", el pasaje del "autoritarismo" a la "democracia", la "democratización" de la sociedad argentina, expresaban un mismo asunto "cultural" o más precisamente un "cambio cultural".
¿Cómo salir de una sociedad presidida por la violencia e ingresar a una sociedad que resolviese sus conflictos mediante "acuerdos"?
¿Cómo pasar a una "cultura" en la que rigiese la "tolerancia" como "valor democrático"?
En principio, como señalamos, identificando al "autoritarismo" y sus agentes, y modificándolos mediante la introducción de nuevas normas y valores, potenciando las escasas zonas y agentes "democráticos" que aún contuviera la sociedad civil, posibles ejemplos y vehículos del cambio.
Las rémoras autoritarias y los agentes democráticos de la transición
Como vimos, Oszlak resumía al autoritarismo en la noción de "privatización autoritaria".
El régimen autoritario se había propuesto el disciplinamiento y la reconstitución de los actores sociales y políticos de la Argentina mediante la "redefinición del papel del Estado y el cuestionamiento de la función cumplida por los mecanismos de intermediación política".
55 El individuo habría pasado a constituirse en el legítimo defensor de 53 O'Donnell: "Democracia en la Argentina...", pág. 15.
55 Oszlak: "Privatización autoritaria...", pág. 34. sus intereses, y toda forma de "acción colectiva", toda mediación institucionalizada entre la sociedad y el Estado, perdía legitimidad.
La "privatización autoritaria" exigía la "destrucción" de todo aquello que articulara.
La sociedad era concebida como un conjunto de múltiples unidades independientes, y el mercado se convertía en la pieza central del proceso de privatización, atomizando a los individuos y promoviendo su mutua competencia, destruyendo sus formas organizativas y redefiniendo sus identidades sociales y políticas.
En la Argentina, señalaba Oszlak, el PRN combinó "lo peor de cada sistema", eliminando todo mecanismo de regulación y control de los comportamientos estatales y sociales.
Este "vaciamiento de la escena pública" confinó la sociedad a la vida privada.
La "democratización" consistía, entonces, en el proceso inverso a la "privatización" de la sociedad, pues requería de la recreación de la "escena pública".
Parafraseando a O'Donnell, 56 el problema de esta transición era, para Oszlak, que los contextos institucionales debían ser aprehendidos e inventados prácticamente "de la nada", porque la sociedad no había podido conservar sus instituciones fundamentales: los partidos políticos.
Por eso, la transición radicaba en recuperar los "mandamientos éticos" que conformarían el marco de la acción política en una sociedad en la que la ausencia de prácticas dogmáticas exigía la explicitación de las normas de conducta.
Para que la democratización fuera exitosa, estas normas deberían decantar en la conciencia generada en la "trama profunda de tendencias autoritarias y de poca tolerancia para la disidencia, fruto de una larga historia de prácticas antidemocráticas, reforzadas hasta el horror por el autoritarismo militar".
57 Por eso, reconocer lo viejo (el autoritarismo) permitiría construir lo nuevo (una sociedad democrática), en la que funcionasen "los mecanismos institucionales para solucionar la crisis sin quebrar el sistema, y producir decisiones allí donde se recurría a la regla autoritaria".
58 La democracia representativa estaría fundada en la ruptura de esa trama y en la fundación de una nueva relación entre Estado y sociedad basada en la desprivatización-descorporativización-desestatización de la política.
Es que el PRN había impuesto un régimen de obediencia y autoridad arraigado en la cotidianeidad, para que la "sociedad se patrullase a sí misma"; así, "no era sólo que el gobierno incitaba sino también -más sutil y poderosamente-el 'permiso' que daba para que se ejerciera el minidespotismo 56 O'Donnell: "Democracia en la Argentina...".
57 De Riz: "Argentina: ni democracia...", pág. 21.
58 Ibídem, pág. 26. frente a trabajadores, estudiantes y toda clase de 'subordinados'".
59 Para superar esta situación era necesario democratizar también la organización social y la vida cotidiana en su conjunto.
¿Con quiénes se contaba para ello?
Si los partidos políticos se encontraban en una encrucijada, la esperanza residía en los "movimientos sociales".
Movimientos artísticos como "Teatro Abierto", "Danza Abierta", "Buenos Aires Rock" fueron las primeras expresiones públicas y masivas de oposición al PRN, reivindicando las expresiones de la "cultura popular" como dividida y hasta opuesta a la noción de "cultura" como "bellas artes".
Precisamente y en correspondencia con los analistas de los movimientos sociales, Landi encontraba un sitio específico de los intelectuales en general, y del arte en particular.
Como la democracia no podía garantizarse por reglas formales, él sugería consolidar la relación entre intelectuales, cultura y vida cotidiana para trazar una ruptura con la intervención estatal basada en la arbitrariedad, las listas negras y la censura.
La cultura entendida como arte sería otra avenida hacia una sociedad más íntegra, ética y creativa.
60 Los intelectuales de la transición, en tanto intérpretes e ingenieros de la nueva democracia, debían identificar los núcleos "puros", "no contaminados", "democráticos", para fundar una nueva sociedad, embistiendo contra los núcleos "impuros", "corrompidos" por el autoritarismo, como las Fuerzas Armadas y de Seguridad, y sus aliados civiles de la derecha.
Por definición, aunque no en forma exclusiva, los militares eran autoritarios.
Sin embargo, y previo a pronunciarse acerca de los grados de complicidad de otros sectores y agentes de la sociedad civil con el PRN, lo cual podía entrañar ciertos desacuerdos y caer en meras acusaciones, 61 los científicos sociales se volcaron a la reivindicación positiva de aquéllos a quienes caracterizaban como los auténticos "enemigos" del régimen militar, aquellos grupos que habían peticionado públicamente al régimen de facto; por su empecinada labor, se trataba de los auténticos paladines de la democracia.
62 Mientras a éstos se les atribuía el poder de desafiar el orden autorita-59 O'Donnell: "Democracia en la Argentina...", pág. 18.
60 Landi: "Cultura y política..." 61 Para las disputas verbales entre los intelectuales exiliados en el exterior y aquellos que permanecieron en el país, véase: Sosnowski: Represión y reconstrucción...
Sobre acusaciones de "colaboracionistas" a los que permanecieron en el país véase: Bayer, Osvaldo: "Pequeño recordatorio para un país sin memoria", en Sosnowski: Represión y reconstrucción..., págs. 203-227.
62 Jelin, Elizabeth (comp.): Los nuevos movimientos sociales, CEAL, Buenos Aires, 1985.
rio, se consideraba que otras organizaciones lo habían perdido por haber sido blanco directo de la represión (las líneas sindicales combativas) o por haberse transformado en cómplices del régimen (la Concentración Nacional de Trabajadores, una escisión de la CGT).
Las organizaciones humanitarias designadas como "organismos de derechos humanos" se convirtieron en el emblema de la pureza anti-autoritaria, y como si se tratara de esencias contagiosas, el contacto con ellas aparecía como la clave para democratizar las organizaciones corporativas invadidas por el autoritarismo, como los sindicatos y los partidos políticos de más larga trayectoria, inexorablemente ligados a algún episodio autoritario del pasado argentino.
63 Otros agentes de menor importancia eran los agrupamientos sociales caracterizados por alguna actividad o interés colectivo que excedía, como en el caso de los derechos humanos, la clasificación partidaria, ideológica y de clase.
Para englobarlos en una misma categoría, los autores retomaron la prolífica literatura sobre los "movimientos sociales", 64 y se refirieron así a las mujeres, los jóvenes y los vecinos no en tanto adherentes a partidos políticos, sino por inventar canales de expresión propios y diversos, desde los cuales la sociedad argentina habría logrado resistir, con sus grupos de edad, de género y de residencia, el absolutismo de la cultura autoritaria.
El "rock nacional", las ollas populares, los grupos feministas eran parte de la esperanza desde donde se podrían construir nuevos patrones realmente democráticos de organización que garantizaran la convivencia pacífica.
65 Para quienes se ocuparon de ellos, 66 estos movimientos eran confiables por las condiciones que los habían originado.
Al obturar los canales tradicionales de ejercicio del poder, típicamente corporativos, la presión de la dictadura había abierto, en forma involuntaria, nuevos canales de expresión de intereses y demandas populares, capaces de limpiar, oxigenar y renovar los canales de la política tradicional.
67 La autenticidad, incluyendo la perdurabilidad de la democracia, dependía, para estos autores, del éxito de estos movimientos en imponer métodos de representación autogestivos, autónomos y colectivos arraigados en las bases, no en las elites políticas y gremiales fundadas en el concepto delegativo de la representación democrática, como era el caso de los partidos políticos.
Los métodos democráticos de estas organizaciones estaban garantizados, porque el propio régimen autoritario había eliminado los canales corporativos, con lo cual la sociedad civil debió apelar a formas inéditas de participación.
68 Y puesto que estas agrupaciones se forjaban en las bases populares y en los intersticios de esa sociedad privatizada por el neoliberalismo del PRN, los movimientos sociales habían sido capaces de generar una nueva cultura, esto es, un nuevo cuerpo de sentidos, valores y normas, para sobrevivir en la colectividad y no perecer en el aislamiento y la represión.
Esta "cultura de la resistencia" gestada entre 1976 y 1980, los años más sangrientos del terrorismo de estado, constituía para los autores una posible salida a la "crisis de legitimidad" simbolizada y corporizada en el régimen; las "acaloradas discusiones políticas que caracterizaban a los argentinos" fueron reemplazadas por experiencias privadas como el rock, las sociedades de fomento, los derechos humanos y las comunidades eclesiales de base.
Así, en las narrativas de los científicos sociales, los métodos democráticos eran representados en una relación de oposición a los métodos autoritarios, y quienes mejor revelaban esta relación de oposición eran los integrantes del movimiento por los derechos humanos que, epitomizado por las Madres de Plaza de Mayo, concitaban el interés mundial como movimiento por los derechos individuales imprescriptibles, simbolizados en el amor de las madres por sus hijos... desaparecidos.
El dualismo caía ante el monismo representado por la unidad biológica indisoluble de la familia humana madre-hijo, que sólo el terror había podido separar ante costos futuros impensables para la sociedad argentina.
67 Villarreal: "Los hilos sociales..." 68 Jelin: Los nuevos movimientos....
Más allá de todo cuanto se ha dicho y queda por decir en torno al modelo teórico de la transición democrática, hemos querido en estas páginas mostrar cómo algunos de sus puntos nodales se articulaban con la historia de las ideas en la Argentina, y conducían a los intérpretes del modelo por una senda que les resultaba ya familiar.
Esta senda era la de la crisis política argentina como una crisis crónica, fundada en una cultura dualista antagónica.
Fue este modelo el que dio forma, en la Argentina, a la caracterización de la transición, entendida como un pasaje de un estado rival a otro, oposición producto de un viejo antagonismo que llevó a los argentinos a la eclosión del PRN.
Para sostener este modelo de transición, los intelectuales emprendieron varias operaciones: establecieron cuáles eran las dos partes contendientes -autoritarismo y democracia-, les asignaron un valor -negativo y positivo, respectivamente-, y esbozaron las condiciones para el triunfo de un polo sobre el otro para emerger definitivamente de la lógica pendular en la que se movía la crónica crisis argentina.
La concepción subyacente en las intervenciones de estos científicos sociales consistió, pues, en un dualismo antagónico compuesto por dos culturas irreconciliables de la política argentina que condujeron a la crisis final, cuyos dos ingredientes necesarios fueron el terrorismo estatal y la economía neoliberal.
Si bien no buscamos que los autores examinados fueran representativos del período tratado, creemos junto con Lesgart que su vocalidad representaba el compromiso de parte de los intelectuales argentinos, muchos de ellos volviendo del exilio, con el proceso político posible aunque difícil en la Argentina.
El marco interpretativo del modelo de y para la transición democrática permeó el medio universitario de todo el país, y la enorme producción a la que se volcaron sus intérpretes se vio amplificada notablemente por el evento sin precedentes del Juicio a las Juntas Militares (1985), y las posteriores reacciones castrenses de 1987, 1988 y 1990, que amenazaron con volver la pesa del péndulo al polo autoritario.
La amenaza residía, precisamente, en que el futuro fuera una reedición del pasado, y su superación consistía en forjar un futuro absolutamente distinto al pasado.
¿Cuáles eran los alcances del modelo?
La identificación coyuntural del paso a dar, la claridad de objetivos teórico-prácticos y la delimitación de los campos.
En continuidad con el pasado, el modelo debía seguir inscripto en la lógica del enemigo, ya que la propuesta era consolidarse en el poder para salir definitivamente de la crisis a la que había conducido el endémico autoritarismo argentino.
Sin embargo, dicha inscripción caía necesariamente en una simplificación de la política y la sociedad, connotada moralmente según períodos, filiaciones y actores.
El sesgo culturalista implícito en la caracterización del autoritarismo argentino alcanzó a todo el espectro social y político de manera que la fuente alternativa -democrática-debía venir desde "afuera", o al menos, desde "afuera" del polo autoritario.
Por eso, estos intelectuales aparecían extrañados de su propio pasado político, y de la lógica que había acompañado a sus opciones pasadas.
También, por eso necesitaban generar actores internos a la Argentina, de probada calidad democrática, si es que la nueva etapa estaba llamada a durar.
Pero con este procedimiento analítico no hacían más que confirmar un sistema clasificatorio establecido a priori que, a la hora de sugerir preguntas de investigación, debía desembocar más en una profecía autocumplida que en nuevos objetos de conocimiento.
La perspectiva dualista con que los científicos sociales se erigían en expertos sobre la crisis permitía abordar tan sólo como recaídas o retrocesos autoritarios lo que era responsabilidad o "decisión" política de los sectores involucrados, impidiendo apreciar, por ejemplo, la enormidad de matices y contradicciones en cada acto, cada evento, cada sector.
Las interpretaciones nativas de las que hablaba Geertz, y que, en efecto, tanto había tenido en cuenta Gramsci en su llamado a detectar los núcleos de buen sentido que despuntaban en el sentido común, debían ceder ante la moralización de lo sociopolítico y a la división del panorama argentino en hebras democráticas y listones autoritarios.
La fórmula laudatoria sobre los "héroes de Malvinas" con que el presidente Alfonsín culminó la primera de cuatro sublevaciones militares al orden institucional, para referirse a los sublevados de Semana Santa (1987); la finalización de dichas sublevaciones con el encierro de uno de sus cabecillas y el simultáneo indulto presidencial de Carlos S. Menem en la Navidad de 1990 a los comandantes presos; el férreo orden democrático que actuó de sostén de la privatización de las empresas públicas y a la flexibilización de la legislación laboral, que condujo entre 1989 y 2001 a un nivel de desocupación, hambre y miseria inéditos en la sociedad argentina, son algunos hitos de un decurso que en nada se parecería a un ordenamiento dualista, y que contaminó de síndrome autoritario hasta al más pintado demócrata.
El "modelo de" la transición tuvo así interesantes efectos en la institución de temas posibles de investigación.
La detección del autoritarismo fue paralela al análisis de los protagonistas "democráticos", segregados de otros sectores sindicados como autoritarios, y que fueron o bien condenados de antemano, o bien ignorados por la literatura.
Las organizaciones defensoras de derechos humanos y los grupos reconocidos como "movimientos sociales" en tanto reivindicativos de derechos fundamentales estuvieron en el centro de la escena sociológica, pluralizando los actores objeto de estudio.
Entre tanto, los quiebres "autoritarios" en su interior quedaron fuera de la atención.
Las huellas del dualismo encumbrado como monismo final se adivinaban en procesos sociales que jamás estuvieron regidos por actores sólo democráticos ni sólo autoritarios.
Las contaminaciones recíprocas en el decurso del servicio de psiquiatría del hospital Evita, más conocido como "el Lanús", fueron largamente desestimadas para concluir en versiones más heroicas y por ello, necesariamente, más esquemáticas.
El caso de la guerra de Malvinas, que apenas comenzó a entrar en la investigación empírica a fines de los años 1990, es por demás revelador: ni los ex soldados fueron analizados como partícipes de un "movimiento social", ni el respaldo popular a la causa de Malvinas en 1982 fue caracterizado como algo más que objeto y suceso de la manipulación política ejercida por la Junta militar.
69 Siendo uno de los dos legados políticos más notorios del PRN, es notable que ni los ex soldados hayan logrado aunar sus esfuerzos con las organizaciones humanitarias, ni los trabajos sobre derechos humanos hayan podido entender el lugar específico de los únicos civiles argentinos que participaron en una guerra regular en el siglo XX, a instancias de toda la sociedad argentina.
Como "modelo para" actuar en la realidad, la transición a la democracia inundó todas las esferas posibles de sentido relativas a la vida académica y universitaria de las humanidades y las ciencias sociales.
Si los conductores del PRN atribuían al mal subversivo la distorsión de la sociedad toda, y por lo tanto trataron de re-instruir o "reorganizar" a los argentinos, ahora se trataba de insuflar la cultura democrática en una sociedad enferma de autoritarismo.
Esta mirada, tan holística como el mismo concepto de "cultura", renovó los estudios empíricos desde múltiples perspectivas y relaciones.
Sin embargo, su margen se fue revelando estrecho en la medida que los objetos y los resultados de las investigaciones debían subordinarse al fortalecimiento de la agenda democrática, más que indagar el autoritarismo de los democráticos, y alguno que otro quiebre democrático entre los autoritarios.
La caracterización de la crisis de 1982 y de todas las anteriores como un modelo de transición democrática basada en la noción de cultura política dualista, fue un puente para interpretar y resolver la crisis argentina entendida como un dilema pendular.
Pero en el cruce de dicho puente, el modelo reveló también los alcances y limitaciones de la noción que los intelectuales trazaron de la crisis, para conducir, ¿acaso esta vez sí?, a una reorganización cultural de la política y la sociedad.
Por lo demás, la crisis como objeto y como concepto siguió acaeciendo a los argentinos. |
Hay épocas que parecen hechas para confundir las lenguas, diezmar los rebaños y dispersar las tribus», escribía Alejo Carpentier en su conocida obra El siglo de las luces, como resumen del momento de cambio que tuvo lugar en el tránsito del siglo XVIII al XIX.
En ese proceso de transición se sitúa el libro de Antonio Annino, Silencios y disputas en la historia de Hispanoamérica, cuyo hilo conductor son tres ejes temáticos: el liberalismo, la cuestión imperial y la revolución novohispana, que han interesado al autor a lo largo de su carrera académica.
El libro es la reunión de los principales trabajos de Annino sobre estas cuestiones, pero supone algo más que una simple colección de artículos editados con anterioridad, porque los tres campos de investigación tratados en él están conectados entre sí de manera que su lectura resulta natural y nada artificiosa.
El volumen se puede leer de forma cronológica, de principio a fin, y encontrar el sentido de la progresión reflexiva de Annino, pero también puede leerse cada capítulo por separado y estos siguen manteniendo la coherencia narrativa y comprensiva de los temas.
Esta forma de facilitar al lector la aproximación a unas cuestiones no siempre de fácil comprensión es, sin duda, un acierto del autor, de su pluma experta y de su capacidad de organización de los temas.
El libro es también una reivindicación acerca de los silencios historiográficos que han oscurecido algunas cuestiones sobre el siglo XIX hispanoamericano -y el siglo mismo, cabría decir-para tratar de recuperar la autonomía de este frente al siglo XX, como el propio Annino indica.
Pero al mismo tiempo es una llamada de atención sobre la facilidad con que se han asimilado ciertas disputas historiográficas, repitiendo tópicos y convirtiéndolas en paradigmas, a veces, insalvables.
La primera parte del libro trata uno de esos tópicos, el que mantuvo una supuesta inferioridad americana respecto a Europa en el sentido de no 355
poseer una auténtica verfassung, una constitución material y un conjunto de normas de origen histórico que regían un sistema de poderes.
Esto obligó a Hispanoamérica a buscar su identidad histórica en el mismo momento en el que se estaba conformando la nación.
Los mismos diputados americanos en Cádiz reivindicaban la carencia de una «verdadera» historia, subsumidos como habían estado en tres siglos de despotismo y falta de libertades.
En este sentido, la crisis finisecular del liberalismo y de las mismas elites políticas decimonónicas quedó marcada por la idea de que la independencia no había sido capaz de lograr lo que se esperaba de ella.
La dependencia, el atraso, la excepcionalidad de Hispanoamérica se asumieron como un estigma que cayó sobre el liberalismo.
Pero lo que plantea Annino es la necesidad de separar las expectativas de las elites políticas, de la historia del liberalismo decimonónico en sí.
Y ello por varias razones.
Primero, porque se debe seguir insistiendo en que Hispanoamérica no fue un caso excepcional y, segundo, porque las formas de percibir «lo nacional» en contextos y lugares distintos forman parte de la historia de los liberalismos.
La idea va mucho más allá en la propuesta del autor, pues cuestiona otro de los paradigmas historiográficos que más peso ha tenido en Europa hasta ahora y es el de la supuesta continuidad entre el liberalismo y la democracia.
Este mito se construyó entre el fin del liberalismo del siglo XIX y la creación de la democracia de masas de postguerra con la idea de encontrar una razón histórica de ser para la segunda.
El supuesto «fracaso» del liberalismo decimonónico, incapaz de conseguir las formas más acabadas y perfectas de ciudadanía, sufragio y libertades, sería reparado con el éxito de una democracia de masas que -en preciosa metáfora del autorhabía enterrado al liberalismo -y al individuo mismo-en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.
Annino realiza magistralmente la reconstrucción de esta búsqueda histórica de las raíces de la democracia a partir de Weber y Bobbio como principales autores, para enfatizar la asunción historiográfica que se realizó de dos discursos políticos divergentes -el liberal del siglo XIX y el democrático del XX-, que explican la repetida continuidad entre ambos siglos asociados al fracaso del primero y al éxito del segundo.
Es decir, en Europa la democracia masiva consiguió lo que el liberalismo decimonónico no pudo lograr: el voto universal como tipo ideal de participación política.
Trasladado este tópico a América Latina las conclusiones fueron devastadoras: el liberalismo no cumplió y por eso fracasó.
De este modo, las prácticas políticas representativas no liberales no fueron estudiadas en su contexto por ser consideradas poco democráticas y fuera de la modernidad.
En este sentido, Annino propone recuperar la dimensión social completa del voto y comprender las elecciones del siglo XIX como prácticas culturales de comunidades unidas para entender el liberalismo en la sociedad para la que fue pensado, una sociedad rural, corporativa y de naturaleza comunitaria.
Solo así se liberará la historia del liberalismo decimonónico del estigma de su fracaso al ser comparado con la sociedad democrática de masas del siglo XX.
La segunda parte del libro reúne cuatro capítulos dedicados a la cuestión imperial de la monarquía hispánica, uno de ellos escrito expresamente para este volumen.
En ella, Annino aborda un tema espinoso y delicado, el de la construcción del tópico de si los territorios americanos de la monarquía católica española podían o no ser considerados colonias de un imperio.
Es este, sin duda, uno de los temas centrales en la investigación del autor que parte de la duplicidad conceptual que subyace al interior del término «revoluciones hispanoamericanas», referido tanto al evento histórico como a una categoría historiográfica.
Una de las aportaciones más importantes en este sentido es demostrar la naturaleza horizontal y vertical que tuvieron las revoluciones en la monarquía compuesta.
La primera se referiría a la relación entre los reinos y la monarquía, la segunda a la jerarquía al interior de cada reino.
Asumir esta doble dimensión es fundamental para comprender que las revoluciones -para el autor las independencias fueron un momento trascendente dentro del ciclo revolucionario-no solo acabaron con el vínculo colonial sino también con la propia monarquía.
Y ello es así porque lo colonial se construyó durante el siglo XVII tras el fracaso del proyecto feudal de los conquistadores pero mantuvo una ambivalencia indefinida entre reinos y colonias que explotaría en la crisis de 1808.
Nunca América fue considerada parte de un imperio, en el sentido de dominación jurídica, porque este carecía de una formación política constitucionalmente organizada, algo que sí poseía la monarquía.
Por este motivo, Annino sugiere emplear el concepto de monarquía colonial como más acertado para definir el conjunto de territorios que formaban parte de la monarquía compuesta en América.
La tercera parte del volumen es la dedicada al caso concreto de la independencia de México y lo que Annino ha llamado la «revolución novohispana».
Aquí el autor reconoce que el cambio de perspectiva en el estudio de las independencias, de la nacional a la imperial, ha ayudado aunque sea para englobar en un espectro más amplio estos procesos.
La asunción ya definitiva por parte de la historiografía del enfoque que planteaba que fue la crisis de la monarquía la que produjo las independencias y no al contrario, ha supuesto una mayor comprensión de estos fenómenos.
Por su parte, Annino, reconoce la deuda con el planteamiento jurídico -sobradamente conocido-que el grupo de Marta Lorente y Carlos Garriga realiza de las independencias y de la Constitución de 1812.
Ello le permite asumir la continuidad del orden jurídico colonial en América para establecer lo que ha calificado como la «mexicanización» de la Constitución gaditana por su naturaleza historicista.
Es desde este punto de vista que Annino establece la existencia de una revolución novohispana que operaría en el nivel de los pueblos y que consistiría en la emancipación de los cuerpos de la república frente al gobierno de los jueces.
Esta revolución de carácter autonomista y anterior a la independencia misma supuso la asunción de la soberanía popular en la esfera de la justicia y no en la de la representación.
A ello ayudaron las guerras insurgentes que consolidaron en México las sociedades locales y comunidades en una primera etapa y que después construyeron nuevas jurisdicciones territoriales con la municipalización de los pueblos.
Es decir, los pueblos se quedaron con una soberanía entendida como justicia, mientras a nivel nacional esta soberanía fue entendida como representación.
El libro de Annino es, como decía al principio, algo más que una simple colección de artículos.
Es una obra completa, que permite diferentes lecturas, que va de lo general a lo particular y que acompaña al lector por las dudas y preguntas que el historiador se ha ido haciendo a lo largo de los últimos años.
Una obra de madurez que, sin duda, nos enseña también la intrahistoria de una vida dedicada a la investigación de aquella época de explosiones en catedrales que Carpentier narró magistralmente.
Más allá de los temas de los trabajos aquí reunidos, Annino traslada oficio, maestría y sinceridad de historiador.
Esta será una obra esencial en los futuros estudios sobre el tema, para aprender del contenido y de su autor.
El presente libro es una compilación de estudios que da cuenta de algunas de las numerosas visitas de figuras intelectuales de relevancia internacional que se sucedieron en la Argentina durante el periodo 1898-1936.
Tal y como la coordinadora manifiesta con claridad en la introducción, esta selección de casos demuestra que aunque muchas de las situaciones generadas por estos eventos tuvieron rasgos compartidos, cada personaje terminó generando unos efectos diversos e imprevisibles en la vida cultural argentina.
Atendiendo a sus aspectos formales, el libro cuenta con una introducción de la coordinadora y se organiza en torno a doce capítulos en los que participan catorce autores pertenecientes a distintas disciplinas.
El periodo estudiado abarca 38 años, presentándose, según orden cronológico, la visita de nueve intelectuales europeos -tres de ellos españoles-, la de un hindú y de un norteamericano.
La variedad de enfoques y estilos hacen de esta obra un conjunto coherente donde se aportan ideas y desarrollan estudios concretos que permiten adentrarse en las dinámicas de la vida cultural argentina de finales del siglo XIX y principios del XX.
El primero de los capítulos, realizado por Martín Albornoz, trata la estancia de casi cuatro años del italiano Pietro Gori -un importante referente anarquista-, analizando su gira, sus conferencias y sus posteriores repercusiones en el Buenos Aires de fin de siglo.
Su visita, la más larga de las recopiladas en esta obra, se caracterizó por las controversias entre anarquistas y socialistas y por el enfrentamiento que mantuvo con José Ingenieros.
Así pues, la experiencia de Gori permitiría, según el autor, reconocer la presencia, complejidad e influencia del pensamiento anarquista en la cultura argentina de finales del siglo XIX.
El segundo capítulo, a cargo de Gustavo H. Prado, aborda el viaje de Rafael Altamira como primera etapa de una embajada cultural de escala continental.
Altamira llegó a Buenos Aires y La Plata en 1909, liderando un proyecto institucional de intercambio intelectual gestado en la Universidad de Oviedo y difundiendo un discurso panhispanista que tuvo buena recepción en la coyuntura del Centenario.
Este viaje -respaldado por liberales reformistas argentinos y por los líderes republicanos de la emigración española-habría conseguido crear las condiciones necesarias para afianzar las relaciones hispano-argentinas y dar paso a otras embajadas culturales españolas entre 1910 y 1916.
El tercer capítulo, realizado por Paula Bruno, aborda la visita como conferenciante del estadista francés Georges Clemenceau a Buenos Aires en 1910.
Pese a llegar contratado por un empresario teatral y no recibir un acompañamiento oficial, la autora insiste en que Clemenceau fue reconoci-do in situ como una figura política de talla y sus Notas de Viaje por América del Sur tuvieron una gran repercusión en generaciones posteriores.
El análisis de las distintas fuentes permite a Bruno afirmar que las conferencias de Clemenceau tuvieron un éxito indiscutible, al menos como «espectáculo» político, aunque abrirían un interrogante respecto de la composición del público que las siguió.
El cuarto capítulo, a cargo de Carlos Miguel Herrera, analiza el cruce de los discursos que León Dugurit y Jean Jaurés desplegaron durante los festejos del Centenario.
Estos republicanos franceses, que ya contaban con una importante fama en el país, tuvieron intervenciones opuestas.
La de Dugurit fue fundamentalmente universitaria y se centró en divulgar, en el ambiente jurídico, la necesidad de una nueva concepción del derecho capaz de pensar y gestionar las transformaciones sociales.
En el caso de Jaurés, que logró una repercusión pública considerable, sus palabras se centraron en legitimar políticamente al Partido Socialista ante las conservadoras clases dominantes del país.
El quinto capítulo, realizado por Maximiliano Fuentes Codera, aborda las visitas a la Argentina de José Ortega y Gasset en 1916 y Eugenio d'Ors en 1921 y analiza el Colegio Novecentista como un puente entre las dos visitas y como ámbito ideológico receptivo a la influencia de estos intelectuales.
Sus visitas habrían permitido el acercamiento de los jóvenes intelectuales en un contexto marcado dramáticamente por la revolución rusa y la posguerra mundial.
Este estudio conduce a Fuentes Codera a afirmar que tanto Ortega como D'Ors contribuyeron, en perspectiva, a desarrollar alternativas intelectuales y políticas de «matriz antiliberal».
El sexto capítulo, a cargo de Martín Bergel, se centra en el viaje del escritor indio Rabindranath Tagore a finales de 1924 con el objetivo de reconstruir los efectos inesperados de su visita a través, fundamentalmente, de los relatos de su secretario Leonard Elmhirit y del análisis de la prensa argentina.
Lo que habría diferenciado a Tagore de otros viajeros fue lo imprevisto de su viaje y su carencia de vínculos locales previos.
Pese a esto, Tagore lograría establecer una importante relación con Victoria Ocampo lo cual, según Bergel, abriría un interés por la India en el campo intelectual argentino.
El capítulo siete, a cargo de Alejandro Gangui y Eduardo L. Ortiz, aborda la vista del científico alemán Albert Einstein, analizándose los condicionantes que permitieron el viaje, así como los actores que lo facilitaron, algunas de las actividades que Einstein desarrolló en el país y sus posteriores repercusiones en los distintos medios científicos y publicísticos.
El capítulo ocho, a cargo de Alejandro Dujovne, también trata de la visita de Albert Einstein, pero centrándose en su recepción en la comunidad judía en Argentina y en las disputas que se dieron en torno de la organización y financiación de esta estancia.
Para reconstruir los pasos que condujeron al arribo de Einstein en el país, sus contactos y las visitas que este realizó a las distintas instituciones judías, el autor se valdrá fundamentalmente del análisis del diario Mundo Israelita.
El capítulo nueve, realizado por Sylvia Saítta, aborda la figura de Filippo Marinetti en la Argentina y las controversias generadas alrededor de una posible visita política de este al país en 1926.
Los distintos diarios analizados por la autora, que muestran ciertas divergencias en torno a los asistentes a sus disertaciones, parecen coincidir en que sus conferencias y su figura dejaron de despertar debates.
A pesar de esto la visita del poeta italiano instaló la vanguardia estética en un circuito de circulación más amplio, a la vez que su figura alentó discusiones sobre el fascismo en Italia y en Argentina.
El capítulo diez, a cargo de Rosa Aboy y Violeta Nuviala, tiene el objetivo de reconstruir el viaje del arquitecto francés Le Corbusier a la Argentina en 1926; contrastando las expectativas del visitante y de quienes lo recibieron; y analizando la huella que estos acontecimientos produjeron tanto en el visitante, como en aquellos que lo rodearon.
La documentación hallada en la Fundación Le Corbusier en Francia y su complemento con otras fuentes como los diarios argentinos no solo habría permitido reunir más datos de este viaje, sino demostrar, según las autoras, que pese a que el arquitecto no logró cumplir sus expectativas iniciales -realizar obras arquitectónicas-, sus ideas teóricas dejaron una huella importante en la enseñanza y la práctica de la arquitectura.
El capítulo once, a cargo de Miguel Rodríguez Ayçaguer, aborda las distintas visitas del norteamericano Waldo Frank a la Argentina y las diferencias que hubo entre ellas.
En la primera de estas visitas Frank acudió a dictar una serie de conferencias y fue portador de un discurso crítico sobre su país.
Sin embargo, y a pesar de las buenas sensaciones iniciales, Frank terminó convirtiéndose en persona no grata para el gobierno argentino y su opinión proaliada en la Segunda Guerra Mundial le hizo entrar en conflicto con los sectores nacionalistas argentinos.
Sus experiencias fueron recogidas en el libro Viaje por Sudamérica publicado en 1944.
El último de los capítulos, a cargo de José Antonio Zanca, se centra en el viaje de Jaques Maritain a la Argentina en 1936 y en la huella que este dejó en el catolicismo argentino a pesar de su corta estancia.
Maritain, que era considerado el máximo exponente del renacimiento de la filosofía de Santo Tomás, acudió a la Argentina por una invitación gestionada por los jóvenes de los Cursos de Cultura Católica.
Los distintos estudios epistolares así como el análisis de prensa y los discursos pronunciados en los Cursos y en el Centro de Estudios Religiosos conducen al autor a afirmar que este viaje debió convertirse en la «coronación» de las expectativas de los jóvenes nacionalistas que desde la década de los años veinte apostaban por la formación de una universidad paralela a través de los Cursos de Cultura Católica.
Esta obra colectiva es, pues, el resultado de un esfuerzo conjunto y coherente que viene a demostrar que los trabajos colectivos, debidamente coordinados, son fundamentales para el desarrollo de la historiografía de las relaciones intelectuales y culturales internacionales, ya que permiten abordar y cotejar una variedad de experiencias que difícilmente podrían ser abarcadas por un solo investigador.
Además, cabría destacar que el volumen reseñado ofrece más elementos de análisis de los que cabría deducir de su título y de la experiencia de los viajeros, pues en las distintas aportaciones se abren nuevas perspectivas relacionadas fundamentalmente con el estudio de diferentes figuras del mundo cultural local que actuaron como intermediarios entre los visitantes y su público argentino.-ALICIA SAN MARTÍN MOLINA, Universidad Complutense de Madrid.
Esta nueva entrega de Ada Ferrer, si bien profundiza la problemática insurreccional abordada en su primer libro, Insurgent Cuba: Race, Nation, and Revolution, 1868-1898(University of North Carolina Press, 1999), así como en varias contribuciones colectivas, contempla de entrada dos realidades y hasta modelos de emancipación opuestos en relación con la problemática de la esclavitud y hasta de incipientes formas de nacionalismo.
Ensayo de historia comparada en primer término, se apoya en numerosas fuentes procedentes de los archivos cubanos, españoles, estadounidenses, ingleses, haitianos o franceses para ahondar en la mayor paradoja quizás de la historia de la esclavitud: el apogeo de las ideas antiesclavistas y de libertad, y su expresión política mediante la Revolución haitiana.
Bien se sabe que la creación de la primera República negra de las Américas (1804) coincidió con el auge de una floreciente economía de plantación y de su correspondiente élite sacarócrata en la vecina Cuba, evolución que no se cuestionaría sino hasta bien consumada la independencia después de 1898.
En una narración que se aproxima a veces a la novela realista, la autora analiza detalladamente dos procesos de la llamada «era de las revoluciones».
El mayor interés del libro radica precisamente en la aproximación conjunta hacia la historia de dos «naciones» que, hasta ahora, la historiografía especializada había enfocado por separado, resaltando de forma casi exclusiva el miedo que se originó en el «mal ejemplo» haitiano.
De acuerdo con muchos trabajos, el espectro de la revolución haitiana hasta explicaría en parte el carácter tardío de la independencia cubana.
En esta línea interpretativa, el libro demuestra que la «revolución azucarera» cubana se realizó a ciencia cierta «a la sombra» de la de Santo Domingo, aunque la argumentación radica en la especificidad de la sociedad cubana, una sociedad con esclavos más que una sociedad esclavista, hasta el cambio coyuntural de fines del siglo XVIII y principios del XIX, o sea los cambios drásticos introducidos a raíz de la Revolución haitiana y del crecimiento de la demanda mundial de azúcar.
Ferrer analiza los orígenes de esta peculiar colonia, desde el papel del contrabando en el área caribeña hasta la contienda marítima y comercial inglesa después de la guerra de los Siete Años y la formalización de la relaciones comerciales con los recién creados Estados Unidos de América, amén de las reformas promovidas desde la misma España a favor de la libertad de comercio.
No deja de subrayar el papel de determinados personajes en este debate de largo alcance (como el hacendado criollo Francisco Arango y Parreño), que contempla tanto la cuestión de los derechos de los esclavos mediante la implementación del llamado Código Negro en las Américas como la circulación de la información y de un nuevo vocabulario de libertad (constitución, ciudadanía) estrechamente vinculado con los acontecimientos de Santo Domingo, amén de las llamadas «revoluciones atlánticas».
Las modalidades de difusión de esta información resultan fundamentales a la hora de comprender la actuación de las autoridades locales: son de diversas procedencias e incluían informes oficiales de gobernadores, panfletos diseminados en las colonias inglesas, francesas y españolas (acerca de los derechos del hombre), o periódicos de las colonias, estampas y correspondencias diversas, y hasta rumores de sublevaciones y subversión promovidos por los esclavos o sus descen dientes.
En este orden de ideas, destaca la manera cómo, en las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, los negros franceses fugitivos (africanos o criollos procedentes de las colonias francesas) se consideraron portadores del contagio revolucionario y despertaron el temor de las élites locales.
De ahí las disposiciones encaminadas a prohibir su entrada en Cuba, que no llegan sin embargo a contrarrestar la constante circulación de las noticias traídas en los barcos que recorren las rutas del Caribe insular o continental, como bien se especifica en el libro.
Muestra cómo el control de unas múltiples fuentes de información, y asimismo de los navíos, de la gente (especialmente de los refugiados) y de los objetos se convierte un reto permanente en un contexto de acérrimas disputas acerca de la necesidad de la abolición (o no) de la esclavitud, de las soberanías en juego y de las distintas estrategias imperiales (cesión de Luisana, expansión de la esclavitud en el sur de Estados Unidos).
Ada Ferrer se adentra por lo tanto en el vaivén y en la cronología de unas cuantas «improbables alianzas» (Cuba, Santo Domingo y los llamados auxiliares negros) y hasta de la «contrarrevolución», destinadas a obstaculizar la difusión de las ideas de libertad, revolución o abolición desde una Haití convertida en adelante en la primera República negra de las Américas (1804).
Si bien pone de relieve las relaciones a la vez constantes y antagónicas entre ambos proyectos militares, políticos y económicos, insiste en los ecos persistentes de la Revolución haitiana en una Capitanía General de Cuba donde el comercio «libre» de cautivos desde África llegó a prosperar.
Evidencia además, dentro de este crisol de representaciones sociales y políticas contrastadas, hasta qué punto el año 1812 desempeña un papel clave respecto a la elaboración de «ficciones» vinculadas con los relatos de la independencia haitiana (a raíz, por ejemplo, de la expedición fracasada de Dessalines en Santo Domingo), o las distintas formas de resistencia de esclavos y de libres de color tanto dentro como fuera del enclave creado por la Constitución haitiana, como fue el caso de la rebelión esclava de 1806 en Cuba, o de las relaciones trabadas con los refugiados, negros marrones (si bien existía antes de 1804, el marronaje se intensificó al ritmo de la revolución haitiana, especialmente tras la evacuación de Francia de Saint-Domingue, convirtiendo a Haití en la soberana «tierra de los negros» y en la «metafórica metrópoli del Atlántico negro»), filibusteros y contrabandistas del área.
De hecho, el «espectro» haitiano siguió funcionando hasta bien entrado el siglo XIX cubano y se instaló de forma duradera en el imaginario político y social caribeño.
Al relacionar los itinerarios aparentemente inversos de ambas islas, este libro pone de relieve el complejo andamiaje económico y social que sustenta las representaciones de la presencia africana en las Américas en vísperas de las independencias iberoamericanas, episodio de 1808 incluido (con sus debidas consecuencias en términos de reivindicación de la abolición especialmente en 1811-1812 y desde los debates entablados al respecto en las Cortes de Cádiz), y en un tiempo obviamente más largo tratándose de Cuba.
Junto a las constantes «manipulaciones» de la imagen de Haití en su antítesis cubana, resalta también los mecanismos de formación de una diáspora en el ámbito caribeño así como de una nueva forma de ciudadanía y de solidaridad, enarboladas por la República haitiana y sus seguidores en una región convertida en crisol de intereses imperiales y donde el comercio de esclavos siguió vigente hasta después del tratado anglo-español de 1820.
El incipiente movimiento independentista cubano de 1868 evidencia el hecho de que Haití, tan presente en los discursos de Martí, se convirtió en un centro de «efervescencia internacional» respecto a las cuestiones de raza, cultura y soberanía, en una fuente de inspiración que sobrepasaría incluso las fronteras del siglo XX.
Conforma por lo tanto una historia por seguir más allá de la «era de las revoluciones», luego del aporte significativo de este libro, en una coyuntura historiográfica marcada por estudios versados predominantemente en teorías raciales y no siempre en las experiencias vivenciales que sustentan el símbolo y modelo haitiano e in fine, la notable argumentación de esta obra.-FRÉDÉRIQUE LANGUE, Institut d'Histoire du Temps Présent, CNRS, París.
Gil Lázaro, Alicia: Inmigración y retorno.
El libro de Alicia Gil Lázaro es un estudio sobre historia de las migraciones que aborda las experiencias migratorias de los españoles en la Ciudad de México durante el primer tercio del siglo XX.
El objetivo principal de la obra es analizar las formas de articulación social de los sujetos para hacer frente a los problemas propios de la inmigración y a los conflictos de este periodo histórico, especialmente durante la revolución y las primeras décadas posrevolucionarias en México.
De esa manera, la organización del texto responde al análisis de las dificultades usuales del proceso migratorio: las trabas habidas durante el viaje y la llegada, en la inserción social y ocupacional y también a la hora de retornar.
Además, la autora vuelve sobre la idea de la conformación de las redes sociales y las asociaciones formales migratorias enfocando el tejido de la red únicamente desde el punto de vista de la solidaridad colectiva, tanto para la administración de las tareas asistenciales y sanitarias, como para la gestión de la asistencia al retorno y la repatriación semigratuita por parte del Estado español.
Se trata de una investigación empírica sólida, construida a partir de un caudal numeroso de fuentes primarias tanto españolas como mexicanas: documentación oficial de los organismos diplomáticos y gubernativos estatales y locales de ambos países, hemerografía y folletería del periodo y fondos documentales de los archivos de las asociaciones españolas en México.
La bibliografía es igualmente abundante y la autora dialoga esencialmente con las tradiciones historiográficas mexicana y española.
Desde nuestro punto de vista, uno de sus mayores logros y originalidades de este texto es la habilidad con que se combinan dimensiones de análisis distintas.
Por un lado, el trabajo aborda la dimensión macrosocial, utilizando datos estadísticos provenientes de los censos nacionales de población y otros registros seriales; por otro lado, el estudio desciende al ámbito colectivo para tratar al sujeto emigrante en su interacción cotidiana en el seno de redes sociales donde actúa como agente racional capaz de tomar sus propias decisiones y de elaborar estrategias migratorias autónomas; pero igualmente el estudio se refuerza con un planteamiento novedoso que alude a los límites de esta supuesta racionalidad del inmigrante y de la acción de las redes sociales.
Las dimensiones macro y colectiva se completan, así pues, con una tercera de tipo individual, que muestra al emigrante como un ser humano complejo que afronta problemas y que ve cómo su proyecto migratorio, racionalmente concebido y socialmente desarrollado, no siempre llega a buen puerto.
De hecho, en la intersección entre el análisis clásico de las redes sociales y la mirada historiográfica a los conflictos políticos o económicos, el trabajo trata de dar respuesta a la cuestión crucial y no tan aborda-da de ¿qué ocurre cuando dichas redes no son suficientes para conseguir la estabilidad del proyecto migratorio o para hacer frente a las crisis?
Cuando el entorno migratorio cotidiano colapsaba, o las redes jerárquicas regidas por líderes étnicos social y económicamente fuertes no eran capaces de cubrir todo el espectro de necesidades de la comunidad de referencia, el inmigrante utilizaba un último recurso: acudir a las autoridades consulares para pedir ayuda.
Incluso este último recurso muchas veces tampoco era suficiente.
En el análisis de los retornos subvencionados esto se demuestra en repetidas ocasiones, cuando los recursos económicos o la voluntad política no resultaban suficientes para repatriar a todo aquel que lo solicitaba.
Los fondos del Consulado de España en México guardan una riquísima información que no se había explotado de forma sistemática como lo hace Gil Lázaro en este libro.
Entre la documentación se hallan cientos de cartas que los inmigrantes escribían a sus representantes consulares cuando tenían problemas y necesitaban ayuda fuera del círculo directo de su colectividad.
También en muchos casos se han conservado las respuestas de dichas autoridades y sus comunicados con el Ministerio de Estado para contrastar la información y esperar órdenes.
Además, la lectura entre líneas de esas misivas permite a la autora atisbar las causas de las fracturas de la red primaria de ayuda.
Las cartas responden a una tipología variada entre la que se encuentran búsquedas de paraderos, solicitudes de empleo, requerimientos diversos de mediación frente a problemas personales y, por supuesto, los típicos trámites burocráticos de los consulados; pero la parte que enlaza toda la argumentación del libro se refiere a los expedientes de repatriación: cuando la situación en los proyectos migratorios se hacía insostenible, siempre quedaba la posibilidad de solicitar ante el consulado una subvención al retorno financiada por el Estado español.
En efecto, a partir de la primera Ley de Emigración Española de 1907, la legislación contemplaba la posibilidad de que algunos emigrantes a ultramar encontraran dificultades en los países de destino y requirieran volver a su tierra de origen.
La concepción tutelar y paternalista que el Estado español tenía a principios del siglo XX, en un contexto de puesta en marcha de las primeras reformas sociales, hizo que se organizara un sistema de pasajes subvencionados para repatriar inmigrantes pobres o en estado de indigencia.
¿Cómo gestionó el Estado español estas repatriaciones?
En principio, la ley obligaba a las navieras que hacían las rutas ultramarinas a proveer pasajes semigratuitos a un veinte por ciento de los emigrantes transportados a la ida y el cálculo se hacía trimestralmente.
Por tanto, el sistema hacía depender la política repatriadora del número de expatriados, lo que constituía un contrasentido ya que durante las crisis económicas o políticas en los países receptores, que era cuando más aumentaban las solicitudes de repatriación, también era cuando menos se emigraba y, por consiguiente, de forma paradójica cuando menos repatriaciones se podían efectuar.
Además, muchos inmigrantes no contaban con medios económicos suficientes para sufragar la mitad del pasaje que corría de su cuenta, por lo que quedaban a expensas de la solidaridad de sus comunidades migratorias, que si bien no podían asegurar su permanencia en el contexto inmigratorio, sí podían colaborar de manera puntual en su regreso.
Entraban en juego, entonces, tanto las redes informales compuestas por los parientes, amigos o paisanos, como las instituciones del grupo, ya fueran asociaciones de asistencia -como la Sociedad de Beneficencia Española-o sociedades de ocio y recreación.
Por tanto, en torno a la repatriación se tejió un entramado de estrategias de solidaridad similar al de la llegada o al de la inserción: redes densas, fuertes o débiles, que ayudaban no solo a sufragar esa otra mitad del pasaje, sino que proporcionaban alojamiento y manutención en Veracruz mientras esperaban la salida del barco, pagaban pasajes de tren a los que llegaban de otros lugares de la República, o incluso prestaban algún dinero para afrontar el último tramo del viaje ya en España.
Las asociaciones organizaban suscripciones, los patronos de negocios firmaban cartas de aval, etc.
Aunque usualmente todo emigrante, desde el momento de partir, tenía en mente la idea de regresar, el retorno solía aplazarse una y otra vez si las cosas iban relativamente bien.
Y esto era una realidad en la capital mexicana a principios del siglo XX.
Muchos lograron enriquecerse y alimentar una corriente continua de llegadas.
Aun así, en los cálculos macro las tasas del retorno español de América son bastante altas, casi la mitad en los momentos más fuertes de las salidas.
Cuando las cosas no iban tan bien, el horizonte del retorno se hacía algo cotidiano, para muchos la única salida posible.
Así pues, el trabajo resulta novedoso en la medida en que aplica al ámbito del retorno el ya muy estudiado concepto de la red social primaria para la solidaridad.
En su búsqueda de fuentes primarias desde las que analizar el retorno, la autora explota la información proveniente de la actividad asociativa, especialmente la asistencial.
De nuevo aquí detectamos una originalidad del libro: la forma en que se estudian las asociaciones de beneficencia.
La metodología aplicada se aparta de las clásicas crónicas bienintencionadas y a menudo hechas por encargo de las propias instituciones, para llevar el análisis al terreno de la cobertura médica y asistencial, gracias a la lectura exhaustiva de las memorias anuales del mayor organismo de asistencia español de México, la Sociedad de Beneficencia Española.
El objetivo del capítulo que dedica a esta institución es demostrar que una parte de los recursos se destinaba a la solidaridad con sus congéneres en situaciones de desvalimiento.
Pero el estudio desborda el marco de ese objetivo, de tal manera que termina ofreciendo una visión del funcionamiento interno de esta institución, de la gestión de sus finanzas y de sus instalaciones hospitalarias, todo lo cual permite a la autora concluir que, sostenida y legitimada por un discurso caritativo, la Sociedad se mantenía gracias a un estricto funcionamiento mutual, basado en el cobro de cuotas y en la atención a los afiliados, con un gasto flexible, pero en general pequeño, destinado a la caridad.
Para terminar, el libro se titula en buen sentido Inmigración y retorno porque para poder explicar un proceso -el del retorno-se necesitaba antes explicar el otro -la inmigración-, o dicho de otra manera, para saber por qué se fueron más de tres mil individuos entre 1910 y 1936 con pasajes subsidiados hay que entender cómo les fue en el periodo que pasaron en México.
Esto nos lleva a valorar muy positivamente el esfuerzo de Alicia Gil Lázaro por integrar las experiencias migratorias en el contexto histórico mexicano de la época.
Un contexto que condicionó sobremanera la trayectoria de muchos de ellos.
Primero la revolución entre 1910 y 1920, después las sucesivas crisis a fines de la década de 1920, hasta llegar a las repercusiones en México de la depresión económica mundial de los años treinta.
Esta particular visión de las migraciones tiene la valía de intentar recuperar la vida de las personas, sus experiencias, sus problemas y las posibles soluciones.
La autora analiza la relación de los sujetos con el Estado, con las instituciones y también con sus pares.
Pero lo más interesante de este análisis es que superpone a una historia institucional la atención a los problemas concretos de los individuos, lo que hace que este estudio constituya una verdadera historia social de las migraciones.-MARÍA JOSÉ FERNÁNDEZ VICENTE, Université de Bretagne Occidentale, Brest.
Cuba revolucionaria es uno de los mayores objetos de controversia académica desde 1959, pero por su naturaleza candente muchos debates han tenido y tiene sesgos ideológicos y resultan estériles para el conocimiento científico.
Tanto es así que hasta la publicación del libro de Luis Martínez-Fernández carecíamos de una historia política del país desde el inicio del socialismo.
Y digo política, pues de eso trata Revolutionary Cuba.
La obra no es una historia completa, social, cultural o económica, y como lo perceptivo es juzgar los textos por lo que son y lo demás especulación y pretexto, resulta preciso señalarlo.
La necesidad de delimitar objetivos y temáticas lo es más en un tema con los rasgos descritos, pues desde su publicación Revolutionary Cuba ha sufrido acogidas poco acordes con el esfuerzo y profesionalidad de su autor y, por supuesto, con su propósito y contenido.
Un paseo por Internet para observar lo que se ha dicho del mismo permite al lector juzgar por sí mismo de qué se está hablando, pues no merece la pena gastar más tiempo en ello.
Dicho esto lo importante es resaltar que Martínez-Fernández ofrece en Revolutionary Cuba una historia política sintética y honesta de la Gran Antillas entre la llegada al poder de Fidel Castro y el inicio del proceso reformista actual emprendido por su hermano Raúl.
Como se ha señalado, el libro incursiona poco en la economía, lo social o cultural, pero hay buenas y abundantes historias económicas del periodo y las carencias en los análisis de los demás aspectos quedan para otros autores y obras, ya que el esfuerzo que supone abordar la temática de este libro y su aportación son más que suficientes, además de interesantes y oportunos.
Dedica excesivo espacio el autor a postular su idoneidad para elaborar una historia profesional de Cuba revolucionaria.
Las razones son las expuestas, dicho vox populi, curarse en salud por lo que seguro habría de venir.
Martínez-Fernández es un reputado historiador, cubano de nacimiento, formado en Puerto Rico, y ha trabajado fundamentalmente en Estados Unidos, desde donde regresó periódicamente a su país de origen mientras tuvo familia en él.
Referir sucintamente el curriculum de su autor es preciso pues Revolutionary Cuba sí es un libro de autor.
Como el resto de las obras de Martínez-Fernández, se caracteriza por un diseño metodológico que facilita el abordaje del objeto de estudio y su comprensión, y por una estructura de discurso sencilla propia de un docente universitario estadounidense, aunque por otro lado se señale que su destino explícito son, en primer lugar, los cubanos.
Con esos mimbres se construye un texto equilibrado en su contenido y alcance, bien escrito y conforme a su boceto.
La metodología empleada es histórica en cuanto el valor explicativo del conocimiento del pasado y el peso que se confiere a la sucesión de los procesos, que se ordenan de modo cronológico, pero también es transdisciplinar, pues utiliza herramientas de la sociología política e histórica que enriquecen el análisis.
El autor plantea siete ideas eje para articular el estudio: la revolución pendular, el arte de la triangulación, las largas 90 millas, el tercer hombre revolucionario, la persistencia de la plantación, una isla a caballo y muchas Cubas.
Esas ideas se presentan en la introducción, sirven para recapitular y sintetizar el discurso en la conclusión, y su engranaje permite un rico y a la vez sencillo relato y análisis de la historia del país caribeño desde 1959.
La imposibilidad de reemplazar un sistema económico basado en la producción azucarera y que impregna la sociedad y cultura insular, la pendulación que explica la construcción revolucionaria en torno a ella y los alejamientos y retornos a la ortodoxia socialista que han caracterizado al castrismo, el militarismo y caudillismo heredado y reforzado por él y que se desdibuja y fortalece a la vez en las sucesivas figuras secundarias del régimen, pero también supuestas herederas de su liderazgo, la compleja relación con Estados Unidos y con la población exiliada o migrada a la vecina nación y a otros lugares por motivos políticos y económicos.
Una estructura rica y sencilla, metodológica y formalmente bien construida, aporta valor a un análisis que, pese a la subjetividad inherente en cualquier autor, es sin duda uno de los más objetivos y honestos que se pueden hallar entre los estudios sobre la Cuba revolucionaria.
Sin embargo, además de justipreciar las virtudes del libro, esa estructura explica también sus límites, no obstante algunos de ellos guardan relación con la referida elección de Martínez-Fernández por trazar una historia política.
Un enfoque más socio-económico habría conferido mayor relevancia como idea fuerza al énfasis igualitarista del castrismo, a los logros de la revolución que esgrimen sus defensores pero también reconocen muchos críticos.
Ese enfoque habría atendido más a los cambios en el discurso sobre la especialización productiva azucarera, originalmente presentada como raíz de todos los males y posteriormente, al establecer la URSS precios subvencionados para el dulce en los mercados del CAME, considerada base material de la construcción del socialismo y recurso necesario para cualquier transformación.
Una óptica institucional, por otro lado, quizás hubiese priorizado analizar el diseño de un sistema socio-político pensado para sobredimensionar la democracia popular mediante una red organizativa celular, los comités de barrio, que confluye piramidalmente en el comité central del Partido Comunista, y que junto a la necesaria adscripción de la población a sus centros laborales, núcleos sindicales, dispensarios sanitarios, escuelas educativas y regímenes de pensiones y de abastecimiento subsidiado constituyeron un sólido y exitoso entramado de control social.
Un enfoque más global, al cabo, tal vez articularía el estudio por la dimensión internacionalista de la revolución cubana, su anti-imperalismo y adscripción a los movimientos anti-imperialistas internacionales, su supervivencia, en relación con ello y en el contexto de la Guerra Fría, mediante una especial relación con la Unión Soviética y su decidida declaración como socialista, o su retorno posterior al populismo anti-estadounidense con la llegada de Hugo Chávez al poder y la sustitución de dicha especial relación con la URSS tras su extinción por una nueva alianza con Venezuela, que ha sido incluso más rentable para la isla.
Todos los temas enunciados se abordan en Revolutuniary Cuba.
Su ordenación y peso analítico pueden cuestionarse, pero a la vez se ha de señalar que Martínez-Fernández opta por el que cree mejor para ganar eficacia y a la vez ofrece al lector los recursos básicos imprescindibles para construir su propia versión.
Por eso lo que se ha de destacar es la profesionalidad, honestidad y objetividad posible que rezuma el libro, aunque, por poner una pega, llama la atención el escaso uso de la literatura generada en Cuba acerca de los diversos temas y procesos que aborda.
Ha señalado el autor que cualquier estudio sobre Cuba que abarque hasta la actualidad corre el seguro peligro de quedar rápidamente desactualizado, pues los procesos abordados no han acabado, al contrario, experimentan una transformación sin parangón desde 1959.
Basta mencionar el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos y las perspectivas que con ello se abren, empezando por la progresiva supresión del embargo establecido por dicho país sobre la isla, o la batería de medidas de reforma económica que han acontecido tras la edición de Revolutionary Cuba.
Sin embargo la obra es un libro de historia y como tal desmiente per se el mal augurio de su escritor.
Su aportación al conocimiento difícilmente sufrirá por los cambios, si acaso lo harán sus predicciones, y ni aun así, pues lo que en él se expresa y desprende de su análisis es una llamada al diálogo y la conciliación: «en la Cuba que soñamos habrá que clarificar qué clase de cubanos seremos.
Seremos cubanos simple y llanamente».
Para empezar, el reformismo reciente ha pecado de falta de definición de sus metas y objetivos y se ha diseñado sin apenas contar con la población insular residente en el exterior, lo cual puede ser un grave defecto, aunque también una expedita invitación a dialogar y concordar.
Para seguir y también acabar, en una conferencia Martínez-Fernández decía hace tiempo que la historia de Cuba está plagada de momentos rupturistas que supusieron el reemplazo de sus elites; la transición que parece estar en ciernes de momento no alberga repetir esa costumbre histórica, no obstante habrán de idearse y priorizarse mecanismos de entendimiento para lograrlo y que lograrlo sea en beneficio de todos.-ANTONIO SANTAMARÍA GARCÍA, Instituto de Historia, CSIC, Madrid.
Navarro García, Luis: El arzobispo Fonte y la independencia de México, Sevilla, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2014, 295 pp.
El 8 de diciembre de 1829 Pedro Fonte concluía Los Apuntes reservados y verdaderos que podrán algún día interesar la curiosidad de mi familia y de mis amigos.
A lo largo de 57 folios, articulados en cuatro partes, el último arzobispo de México bajo soberanía española explicaba su actuación al frente de la sede metropolitana y su salida de la tierra azteca al proclamarse el imperio de Iturbide.
El doctor Navarro García nos transcribe aquí estos Apuntes (que fueron publicados ya en 1981 por José Martínez Ortiz en la revista Teruel) con el objetivo de proporcionar una nueva fuente de análisis que permita ahondar en el carácter y actuación de este arzobispo que ha sido denostado -cuando no olvidado, subraya Alberto de la Hera en el prólogo de la obra reseñada-por una historiografía que no le perdonó su decisión de abandonar el arzobispado.
Precisamente la salida de Fonte del arzobispado es la principal cuestión a la que el doctor Alberto de la Hera se propone responder en el prólogo del libro, evidenciando, una vez más, la importancia que la decisión del prelado ha tenido en el conocimiento y opinión que la historiografía tiene sobre él.
Cuatro eran las opciones posibles y su decisión la única comprensible en un hijo del regalismo ilustrado, que valoró que su presencia en el territorio novohispano legitimaría o, cuando menos, podría ser interpretada como un reconocimiento tácito del nuevo orden político.
En este contexto De La Hera explica que su conducta jamás fuera reprochada por la corona, mientras que justifica que Roma no condenara el desamparo en que dejó su sede bajo el argumento de la «escasa personalidad» de León XII (1823-1829) -diplomacia calculada, más bien-y de Pío VIII (1829), mientras que Gregorio XVI (1831-1846) navegaba en las tumultuosas aguas de definir una nueva relación con la América independiente, que atacaba claramente los derechos patronales de la monarquía.
Pero, al margen de estas consideraciones iniciales, ¿quién fue Pedro Fonte?
Esta es la pregunta que el doctor Navarro se plantea y que trata de responder en el estudio introductorio que precede a los Apuntes de Fonte.
El origen, formación y primeros años de carrera eclesiástica son los principales episodios de la vida de Fonte que tejen la primera parte de la introducción.
Fue en la catedral de Teruel donde conoció a la persona que cambió el escenario en el que el joven Fonte habría de desenvolver los principales y más polémicos momentos de su carrera: en 1802 el arzobispo de Teruel, Francisco Javier de Lizana, nombraba a quien había sido su familiar y penitenciario de la catedral turolense como su vicario y provisor general en su nuevo destino, el arzobispado de México.
Testigo de los acontecimientos que las abdicaciones de Bayona desencadenaron en el virreinato novohispano, Fonte fue juez en la causa al fraile mercedario peruano Melchor de Talamantes, quien jugó un destacado papel en el fallido intento de crear una junta patriótica de la capital mexicana, y presidente del tribunal que se ocupó del conocido proceso al sacerdote José María Morelos.
Sin embargo, esto lo haría ya como arzobispo electo de la sede novohispana, un destino que le llegó en 1815 como reconocimiento a años de acreditados servicios al frente de la Iglesia y de probada fidelidad a la Corona.
La elección de Fonte a la canonjía doctoral de la catedral mexicana abre la segunda parte del estudio de Navarro y los sucesivos virreinatos constituyen el eje entorno al cual lo articula.
La institución eclesiástica, sus miembros -desde la alta jerarquía hasta el clero parroquial-aparecen como parte activa -cuando no en un rol fundamental-de un complejo momento histórico, donde el posicionamiento político de los actores son determinantes para su ascenso o caída.
La narración cronológica de los hechos es puesta en diálogo y confrontada con la visión que los contemporáneos -fray Servando Teresa de Mier, Lucas Alamán, Carlos María Bustamante-y la historiografía -Francisco Sosa-han dado sobre la conducta de sus protagonistas.
Se recogen, por ejemplo, diferentes explicaciones al cambio de actitud del arzobispo Lizana respecto a la conducta observada por el virrey Iturrigaray en torno al proyecto de junta patriótica de la capital novohispana, o sobre la salida del propio Lizana del virreinato, para el que fue nombrado interinamente en 1809 y en la que, tradicionalmente, se ha atribuido un gran peso a los informes que el mismo Fonte envió a la Junta Suprema Central describiendo la situación del virreinato.
Esa interacción entre el hecho y la historiografía proporciona al investigador los elementos de juicio que le permitirán valorar la fuente documental a la que sirven de introducción.
Es este esfuerzo el que confiere a la obra un valor añadido.
La etapa de Fonte como arzobispo de México es la que se narra en la tercera parte de la introducción.
Navarro recorre los principales hitos de su gestión eclesiástica, dibujando la imagen de un prelado preocupado por sus fieles.
Así lo vemos realizando una visita pastoral a la Huasteca, exhortando y predicando entre el clero parroquial la necesidad de permanecer en sus parroquias o creando nuevas cátedras en el seminario de la capital, entre ellas la de Constitución.
Esta faceta de Fonte, la de prelado, ha pasado desapercibida o no ha sido lo suficientemente valorada frente a su actuación política, que, en definitiva, ha sido la que ha determinado el juicio que nos ha llegado del arzobispo.
Navarro presenta a Fonte en su papel de pastor y el de padre que abraza al hijo pródigo.
Aquí, el caso del licenciado Rosains, que fue caudillo de los insurgentes y al que el cura de Ixtapalapa dio asilo para evitar que sus compañeros le asesinaran.
El aspecto religioso y de salvación de almas confluye con el papel de la Iglesia como instrumento político: el arrepentimiento de Rosains serviría de ejemplo para todas aquellas «ovejas» que habían abandonado el «rebaño», la permanencia del clero al frente de sus iglesias, un freno al avance insurgente.
Fonte fue un testigo de excepción del desarrollo político del virreinato, como se observa en sus Apuntes.
Navarro nos acerca las dudas de un arzobispo que solo buscó proceder en la forma que mejor sirviese a la conservación de los derechos reales sobre el virreinato.
En esa incertidumbre se explica su actitud expectante ante el Tratado de Córdoba de 1821 y su consulta a O'Donojú sobre cómo debería actuar en caso que España no aprobase el Tratado: se debatía entre sus deberes pastorales y la obediencia debida a un rey al que había jurado fidelidad.
El camino de la independencia estaba sellado y con ello el destino del último arzobispo español bajo la colonia, quien ya había advertido al jefe superior político su intención de regresar a España en caso de que esto ocurriera.
La singularidad del caso de Fonte, aquella que lo distingue de los otros obispos que abandonaron sus sedes durante las guerras de independencia o con la proclamación de las repúblicas americanas y por la que ha sido juzgado duramente, es la de que conservara su título de arzobispo.
El viaje de regreso a España a comienzos de 1823, la etapa de redacción de los Apuntes en Valencia y los cargos que ocupó en la península son los episodios por los que el autor transita en la última parte del aparato introductorio.
Navarro se pregunta sobre las razones que pudieron inducirle a su redacción y concluye que su propósito fue dejar memoria a sus allegados de su actuación al frente del arzobispado.
De La Hera secunda esta opinión en el prólogo.
Que no se le pidieran explicaciones por su gestión es, a juicio de ambos, la razón que secundaría la hipótesis sobre el porqué de estos Apuntes.
Los últimos destinos en el gobierno (presidente del Consejo de Ministros, miembro vitalicio del Estamento de Ilustres Próceres, participación en las Cortes, pro capellán y limosnero mayor) y el título de patriarca de las Indias y vicario general del ejército y de la armada, la culminación de una carrera eclesiástica consagrada a servir al monarca.
Sin lugar a dudas este libro aporta el valor de una fuente documental casi inédita.
Navarro logra trazar un perfil contextualizado del arzobispo de la sede novohispana, a la par que recupera viejos interrogantes y plantea otros nuevos, muchos de los cuales trata de responder.
Una cuestión que queda por resolver es si, a petición de la Santa Sede, Fonte renunció al arzobispado en 1838.
Con este libro se reivindica la importancia de esta figura y la conveniencia de nuevas investigaciones, que estamos seguros contribuirían a una mejor y más completa comprensión del papel de la Iglesia en el proceso de independencia mexicano.-CONSOLACIÓN FERNÁNDEZ MELLÉN, Universidad del País Vasco.
Desde una óptica renovadora, esta obra propone otras miradas sobre las relaciones hispano-indígenas en el centro-sur de Chile, invitando al abandono de categorías conceptuales que impiden abrir nuevas perspectivas en el estudio de las fronteras.
Para ello, la autora parte de una fuente singular: las actas del proceso judicial seguido por las autoridades hispanocriollas contra catorce araucanos-mapuches, trece hombres -tres de ellos caciques-y una mujer chamana, acusados de brujería y rebelión.
Dicho juicio se desarrolló en los años 1693-1695 en Concepción -lugar al que fueron trasladados los inculpados desde sus tierras en el piedemonte andino, área fuera del control hispano-y quedó concluido con la condena a «destierro perpetuo», el servicio en obras y edificios públicos y el trabajo en fortificaciones con la mitad de sueldos y raciones (pp. 432-433).
Estas actuaciones judiciales constituyen el pilar de la investigación desarrollada por Obregón Iturra, quien desde su tesis doctoral de 2003 fue ampliando y profundizando las argumentaciones originalmente formuladas con relación a los conflictos suscitados en los territorios al sur del río Bío-Bío en Chile colonial.
Sin duda, el hecho de privilegiar el recurso a una fuente judicial para tratar una problemática que involucra a una multiplicidad de actores en las fronteras, constituye un gran reto al que la autora responde con un meticuloso estudio basado en los conceptos de «ritual» y «conflicto», dos herramientas analíticas cuya potencialidad queda demostrada a lo largo del trabajo, a los efectos de comprender tanto la realidad hispano-criolla como la araucano-mapuche; ambos conceptos son abordados primero por separado y luego conjuntamente, delimitando así sus puntos de articulación.
El estudio arranca de la fuente en sí misma, presentando todo lo referido a su elaboración (a través del «ritual» de la escritura) y a los sujetos intervinientes (jueces encuestadores e inculpados) en la «encuesta proceso», 1 definida como una mezcla de justicia militar y civil, de justicia excepcional y procedimiento penal.
Al mismo tiempo se trazan las vinculaciones con el contexto en el que se desarrollan las actuaciones judiciales, esto es la gestión de los asuntos de frontera por parte del gobernador de Concepción, Tomás Marín de Poveda, y los conflictos abiertos con los órganos locales de poder.
Se trata de un aspecto crucial en la marcha del proceso, ya que estos enfrentamientos fueron los causantes de que el expediente judicial no llegase a la metrópoli (la única copia que ha quedado del mismo se encuentra en Santiago de Chile).
Un hecho tras el cual se hallan las maniobras de Marín de Poveda, con el objeto de ocultar unas actuaciones nada favorables a su desempeño como funcionario real.
La documentación analizada permite, a su vez, detectar las contradicciones, divergencias y conflictos dentro del mundo indígena, por la vía de los testimonios obtenidos mediante la persuasión, la amenaza y la fuerza física (aplicación de la tortura).
Iniciada la investigación judicial por denuncias de actos de brujería cometidos por araucanos-mapuches contra «indios amigos», el proceso alcanzó pronto una dimensión política, al ser los prisioneros acusados de preparar un levantamiento.
El juicio a los rebeldes se convirtió en un asunto de Estado, en especial por la intervención del gobernador Marín de Poveda, una de las piezas del puzzle que la autora desmenuza siguiendo el rastro de su trayectoria dentro de la administración colonial, donde consiguió un vertiginoso ascenso militar, político y social respaldado por una red familiar con poder y riquezas.
Parte de estas, habidas por el mismo gobernador a través de la venta de indígenas capturados en la guerra durante el mandato de su antecesor, Juan Henríquez.
En primer lugar, una necesaria y útil introducción le sirve a la autora para definir algunas cuestiones metodológicas y explicitar los ejes de análisis en la investigación realizada, que gira en torno a los conceptos de «ritual» y «conflicto», aplicados por igual a indígenas y a españoles.
A lo largo de las más de cuarenta páginas de este apartado se plantean aspectos de interés, tales como la terminología usada en la historiografía para designar a los grupos indígenas del centro-sur chileno, partiendo del célebre poema de Ercilla y la consagración mítica del nombre «araucanos» hasta llegar a la auto-denominación actual de «mapuches»; ante este dilema la autora opta por la denominación de «araucanos-mapuches», fórmula que vendría a resumir las contingencias históricas en las relaciones entre indígenas e hispano-criollos en la región sur de Chile.
Asimismo, el periodo elegido (siglo XVII) se justifica en función de la menor atención dedicada a esta época, marcada por sucesos de envergadura como la celebración de parlamentos, la refundación de emplazamientos hispánicos destruidos, la sublevación de 1655 y la esclavización de los indios rebeldes.
Obregón Iturra extiende sus cuestionamientos a la concepción de la frontera, proponiendo una visión amplia que descarta la idea de bloques monolíticos (indígenas por un lado, hispano-criollos por otro), apostando por una metodología que se define por una «mirada simétrica» (p.
33), abarcadora de ambas sociedades.
Esta vía metodológica adquiere mayor significación desde el momento en que el estudio se estructura, en esencia, en torno a los documentos judiciales referidos; circunstancia que es clave en lo que respecta a la información sobre el mundo indígena, toda la cual proviene de escritos producidos por la administración colonial.
La primera parte de la obra comprende el análisis de la propia fuente en lo que respecta a su eficacia simbólica como producción ritual.
Aquí, el concepto de «ritual», además de referir a las prácticas araucano-mapuches, se proyecta al acto de escritura, un fenómeno inherente al proceso colonizador hispano en América.
La puesta por escrito de los testimonios orales del interrogatorio judicial realizado a los indígenas inculpados, asume los ribetes de un «ritual» íntimamente ligado al complejo colonial de poder.
Al introducirse en los entresijos del manuscrito y en su elaboración, la autora escudriña esa ritualidad emergente en la puesta por escrito de los testimonios orales de los acusados, con la mediación de intérpretes, operación que ofrece el mismo potencial interpretativo que los ritos araucano-mapuches para convocar a la guerra.
Dentro de ese ritual se incluye el análisis de los mecanismos que subyacen en la producción de las actas judiciales y la función de los agentes que participan en su confección (escribanos, copistas, lenguaraces o intérpretes).
El procedimiento de elaboración de dichos escritos es estudiado, además, en su estrecha conexión con los enfrentamientos entre Marín de Poveda y los subordinados que le son fieles, por un lado, y el cabildo de Concepción y los oidores de la Audiencia de Santiago, por otro.
En este punto nos encontramos con los habituales conflictos de competencias que se observan en toda la América colonial, y que en medio del juicio a los «indios rebeldes» del sur de Chile pone de manifiesto las resistencias del concejo municipal y de los jueces del alto tribunal a las ambiciones de mando absoluto pretendido por el gobernador, dotado de competencias en materia de justicia militar.
El ejercicio de una mirada atenta a las actas judiciales permite detectar, en los hechos analizados por Obregón Iturra, las imbricaciones complejas entre la «encuesta-proceso» y el intervencionismo político-judicial en el seno de la sociedad mapuche, proceso en el que tuvo un papel significativo el capitán de amigos e intérprete Antonio de Soto Pedrero (mestizo), encargado de asuntos indígenas a las órdenes del gobernador Marín de Poveda.
En contra de la representación hispánica como «acuerdos de paz», los parlamentos, así como los escritos que daban fe de su realización, son descritos como una «ficción jurídica» cuyo fin era exhortar a los indígenas -como en el requerimiento practicado en el siglo XVI-a sujetarse al dominio de la Corona española y justificar persecuciones y represalias coloniales en caso de negativa.
Fue con este espíritu que se convocaron los parlamentos en los inicios del gobierno de Marín de Poveda, concluyendo la autora que tanto el gobernador como Soto Pedrero se valieron del proceso judicial y de esas asambleas para desplegar una política intervencionista, erigiéndose como jueces protectores, garantes de la paz y de la seguridad de los araucanos-mapuches, que devendrían súbditos fieles de la monarquía.
Una doble injerencia que se operaba en el plano de las relaciones hispano-indígenas y dentro de la propia sociedad araucano-mapuche al mismo tiempo.
Como telón de fondo, se hallaba la posibilidad de capturar indígenas («piezas») y lucrar con su venta, pues a pesar de estar prohibida esta práctica desde 1674, existían indicios de que aún se mantenía en los tiempos en que se efectuó la encuesta-proceso estudiada, incluso con la participación de los indios «amigos» que acompañaban al ejército español.
La exploración de los mecanismos que articulan la encuesta-proceso realizada a los inculpados (segunda parte del libro), pone de relieve la adecuación del modelo judicial ibérico a la dinámica específica de las relaciones hispano-indígenas en el sur chileno.
Entre otras cuestiones objeto de una revisión crítica, como el uso de los conceptos de etnia y cultura en la producción científica, el de frontera -sin restar trascendencia a los anteriores-resulta de sumo interés para la problemática objeto de estudio.
Las representaciones o visiones de la frontera, emergentes de la documentación judicial, son analizadas en la tercera -y última-parte del libro; en esta, resulta oportuna la discusión en torno a la idea de frontera, que ocupa un lugar central en los estudios sobre los araucanos-mapuches.
En este plano, Obregón Iturra apela al concepto de «entre-deux», perspectiva desde la que profundiza en los niveles de imbricación o puntos de articulación más complejos entre las dos sociedades enfrentadas, con el fin de aprehender la geopolítica de las relaciones de fuerza y los conflictos vividos en las tierras australes de Chile en el siglo XVII.
El término «entre dos», además de su utilización habitual como referencia temporal (por ejemplo, para aludir al periodo entre dos guerras) remite también a su sentido espacial (v. gr. «entre dos aguas»), que en esta investigación permite ir más allá de la concepción de la frontera como línea o espacio divisorio entre dos mundos; más que concebirla en estos términos, se trata de poner el foco en los fenómenos de interconexión y en las lógicas divergentes que operan en las regiones fronterizas (p.
El mismo concepto, en fin, es aplicado a las respuestas de los araucanos-mapuches ante la presión colonial a lo largo del procedimiento judicial instruido por el gobernador Marín de Poveda: las reacciones indígenas, si bien se enmarcan en la práctica de la resistencia, también adoptan la forma del acomodamiento y la alianza, dibujando múltiples entrecruzamientos e interacciones complejas en la región centro-sur del Chile colonial.
Dentro de este bloque, se dedica el capítulo final a dos prácticas rituales araucano-mapuches: la brujería y los preparativos de guerra.
Una vez obtenida la información sobre ritos de brujería contra los indios aliados de los españoles, la atención de los encuestadores se centrará de modo progresivo en otros rituales que tenían lugar en las mismas «cuevas» y mediante los cuales se preparaba una ofensiva armada, como el itinerario de las flechas ensangrentadas que sellaban la alianza guerrera.
Un importante complemento a la obra aquí reseñada se halla en los Anexos, donde se incorpora la edición crítica de los manuscritos que han dado origen al estudio y que han sido transcriptos en su totalidad.
Al respecto, cabe agregar que sería de gran utilidad para el mundo científico la digitalización del mencionado material documental, contándose al presente con revistas disponibles en línea, especializadas en la publicación de fuentes referidas al periodo colonial en América.
Finalmente, queda recomendar la lectura de este libro enriquecedor, con sugestivas interpretaciones sobre la compleja historia que hispano-criollos y araucanos-mapuches entretejieron en los territorios del sur de Chile.-BEATRIZ VITAR, Universidad de Sevilla.
El libro que presentamos no pretende ser un estudio de historia sino un ensayo problematizado sobre la formación de las categorías raciales como herramienta para el gobierno de las poblaciones.
La originalidad principal de esta obra radica a la vez en su enfoque global, pues abarca todo el mundo occidental -Europa y sus extensiones americanas-, y en su cronología de la larga duración, que va de la edad media hasta el presente.
Se trata de ofrecer al lector una ambiciosa reflexión epistemológica, historiográfica y metodológica antes que proponer una síntesis meramente histórica sobre el tema (un libro que discute la historiografía, ya en preparación con su colega Silvia Sebastini de la prestigiosa École des Hautes Études en Sciences Sociales de París).
El punto de partida del ensayo observa tres lagunas relativas al uso del concepto de «raza» en las ciencias sociales y más precisamente en historia.
Primero, a diferencia de los países anglosajones donde abundan, en Francia existen muy pocos estudios sobre la raza.
Según el autor, la ausencia de la palabra «raza» no solo dentro de las ciencias sociales sino también de las políticas públicas forma parte precisamente del problema: este rechazo debe estudiarse por sí mismo, lo que hace Schaub dedicando varios párrafos al proceso de eliminación del término del léxico público en Francia y en Estados Unidos (pp. 134-140).
Respecto del «pasado que no pasa» -es decir de colaboración con los nazis bajo el régimen de Vichy-, se debe recordar que no existen en Francia estadísticas étnicas (están prohibidas por ley, lo que impide medir las formas de segregación socio-raciales persistentes en el país).
Esta primera constatación abre una paradoja: según el autor, la afirmación de la emancipación política de los ciudadanos no desembocó en la desaparición de un racismo efectivo que perdura tras la igualdad política.
La abolición de la esclavitud iría de la mano de un aumento de los prejuicios raciales (p.
Segundo, cuando los historiadores participan en los debates relativos a las políticas raciales suelen centrarse únicamente en temas, terrenos y épocas delimitados y conocidos.
El apartheid en Sudáfrica, las segregaciones raciales en Estados Unidos durante y después de la guerra de Secesión, la violencia de las fuerzas del orden durante los movimientos de descolonización de los imperios franceses o británicos, las pesquisas históricas sobre las políticas raciales se polarizan en un periodo muy contemporáneo.
Schaub propone conectar estos episodios con otros mucho más antiguos.
Tercero, los estudios existentes limitan a menudo la noción de raza a los negros, lo que impide una reflexión global sobre el proceso de racialización en la gestión política de la alteridad en Occidente.
Según el autor, no podemos reducirla únicamente ni a los fenotipos ni tampoco a una cuestión cromática.
Por lo tanto, Schaub nos invita a ampliar esta noción tomando en cuenta otros marcadores culturales (costumbres, religión) que participan también en la construcción de las categorías raciales: raza y cultura no pueden separarse en la época moderna (p.
Más adelante, pone en tela de juicio el surgimiento de un «racismo científico» generado por la antropometría al final del siglo XIX.
Una de las hipótesis claves del libro es que con las disposiciones legales formuladas en contra de los judíos, conversos y moriscos en la España medieval de la Reconquista habría sido una matriz fundamental para entender el surgimiento de las políticas raciales en América.
De allí, los conquistadores llevaron arquetipos raciales al Nuevo Mundo que a largo plazo impactaron en la gestión de las poblaciones de los imperios español, británico y holandés.
Reformuladas y transformadas en el laboratorio americano, estas políticas se desplegarían de nuevo en Europa durante los siglos XVIII y XIX.
La raza es una construcción histórica de larga duración.
Sin embargo, advierte el autor, no se trata de tejer un hilo cronológico -y teleológico-que iría de la expulsión de los judíos en 1492 hasta el genocidio nazi de la segunda guerra mundial, más bien de «vincular las diferentes fuentes de racialización entre sí».
No hay continuidad sino formas obvias de antecedencia que cualquier investigación histórica debería incluir.
Este libro de formato de bolsillo es corto pero denso y estimulante.
Ocho capítulos estructuran las múltiples hipótesis que lanza el autor a partir de una lectura crítica de una abundante bibliografía internacional reciente y políglota con títulos en inglés, francés, portugués, castellano e italiano.
Schaub cruza trabajos de historia, de antropología, de sociología y de filosofía con lecturas refrescantes de autores clásicos, desde Tocqueville hasta Goffman, incluyendo a Boas o Fanon, entre otros.
De estas miradas se desprende una visión novedosa del papel del historiador en los debates públicos.
También destacan entre líneas algunas críticas contra las excesivas especializaciones del mundo académico encerrado en sus propios debates y en sus temporalidades cortas.
La larga duración incluyendo el tiempo presente, los enfoques cronológicos no lineales, los estudios comparativos entre diferentes áreas de civilización son las nuevas herramientas que propone Schaub para potenciar el papel de la historia dentro del paisaje de las ciencias sociales.
Más que de un ensayo bibliográfico, se trata pues de un libro-manifiesto.
Una encuesta histórica sobre las ideologías raciales en Occidente supone finalmente convocar varias habilidades históricas y conocimientos que abarcan tanto el proceso político de formación de las sociedades, como el desarrollo de las ciencias naturales -pensamos aquí en las obras de Bufón y en Linneo-y una historia de las artes puesto que existe una amplia variedad de fuentes iconográficas sobre la representación de la alteridad.
Pero ¿en qué medida las pinturas de castas de la Ilustración mexicana despliegan una ideología racial?
Este programa de investigación tal como se define parece muy difícil de llevar a cabo y de poner en práctica, por ser demasiado ambicioso.
Sin embargo, hoy en día varios historiadores están explorando algunas de las perspectivas propuestas en Pour une histoire politique de la race.
Es el caso de los miembros del programa STARACO (Statuts, Races et Couleurs) coordinado por Antonio de Almeida y Clément Thibault de la Universidad de Nantes, donde estudian la elaboración de las jerarquías raciales en el mundo atlántico entre Europa, América y África desde la antigüedad hasta la fecha; en Estados Unidos, Karen B. Graubart de la University of Notre Dame se dedica actualmente a comparar la construcción de las categorías de la diferencia (no habla de «raza») a escala trasatlántica entre Sevilla durante el siglo XV y Lima durante el siglo XVI.
Ahora bien, considerando la ambición del propósito, la apertura del enfoque inicial y la formulación de hipótesis estimulantes aunque a veces débiles, este ensayo se expone sin duda a los comentarios críticos, y a veces displicentes, de los especialistas de cada uno de los numerosos temas que trata el autor.
No obstante, es un ensayo valiente, válido y socialmente muy útil en el contexto político actual.
Nos limitaremos en formular dos sugerencias críticas desde el punto de vista de los americanistas.
La primera crítica se refiere a la misma palabra «raza», ya que su uso y su erradicación del léxico de las ciencias sociales forma parte de la pesquisa.
En la historiografía americanista, remite a un debate ya antiguo para definir las relaciones en los mundos coloniales ibéricos entre los partidarios de una «sociedad de castas», donde el color de la piel condiciona la jerarquía social, y los defensores de una «sociedad de clases», quienes insisten en el peso de las estructuras económicas.
Si bien el autor se define a favor de una concepción amplia de la raza y así se inscribe dentro de un nuevo paradigma de la raza, no obstante omite presentar los argumentos de los que se niegan a usar la palabra como los coordinadores del SEMPERCAT (Seminario Permanente sobre categorías socio-históricas de la identidad) en la Escuela de Estudios Hispano-Americanos del CSIC de Sevilla: Berta Ares, Laura Giraudo y Juan Martín Sánchez.
En el contexto de las Indias Occidentales, «raza» es empleado únicamente a partir de finales del siglo XVIII por viajeros europeos como Alejandro von Humboldt.
En los documentos administrativos, como en la correspondencia de los virreyes, son otras palabras las que prevalecen para referirse a las categorías de la diferencia cómo género de gente, naciones o calidades.
Últimamente, en dos estudios que no cita Schaub, Pilar Gonzalbo del Colegio de México y Joanne Rappaport de la Georgetown University coinciden en hablar de «calidad» de los individuos, pues es la palabra que más sale en los registros de la época colonial.1 «Calidad» traduciría con más precisión el perfil de una persona dentro de culturas plurales y mestizas.
Para ambas autoras, usar la palabra «raza» equivale a caer en interpretaciones anacrónicas y así proyectar modelos interpretativos actuales (y norteamericanos) sobre sociedades mucho más complejas donde los individuos se ubican en el tejido social según una gran variedad de criterios de identificación tales como la residencia, el oficio, las redes sociales o la pertenencia a una cofradía.
La segunda crítica que deseamos formular remite al contenido de las categorías raciales y a sus aplicaciones concretas.
¿Cómo pasamos de la raza como concepto pertinente de análisis a una lectura efectiva de su presencia en la vida cotidiana?
¿De qué manera circulan estas categorías de la península ibérica hacia el Nuevo Mundo?
¿Quiénes son los que asignan las categorías?
¿Cómo las aplican a las nuevas poblaciones encontradas (indios, negros, chinos) y cómo estas primeras categorías van reconfigurándose con el mestizaje?
¿Cuáles son los saberes administrativos movilizados en las prácticas de identificación?
¿Según qué esquema circulan estas categorías de un espacio a otro, de un imperio a otro, en particular dentro de la región del Caribe?
Intentar responder a estas preguntas permitiría salir de una visión tal vez un poco rígida y sobresaliente de lo que el autor llama una «mecánica racial» o una «máquina para discriminar» (p.
Para eso, sería muy útil cambiar de escala de análisis bajando a un escalón individual y etnológico para ver materialmente si esta mecánica existe, de qué manera funciona (es decir, si una política racial se traduce en términos segregacionistas) y cómo se adaptan los individuos a estas políticas jugando con etiquetas finalmente muy elásticas y maleables en contextos de mestizaje avanzado como los mundos urbanos.
Tal vez Schaub, eminente especialista de la Península Ibérica, tiende a racializar demasiado las relaciones sociales sistematizando el modelo exclusivo puesto en marcha por los Reyes Católicos en espacios americanos, donde la negociación suele combinarse con la coacción.-ARNAUD EXBALIN OBERTO, Université Paris Ouest Nanterre La Défense. |
Eran los protagonistas y nosotras formábamos parte de la decoración.
Jóvenes todas que encarnan en la ficción la violencia de un mundo dominado por los varones: el de la frontera y del narcotráfico.
No obstante, tanto la inmigración hacia el norte como el tráfico de drogas se atribuyen, en el imaginario común, al ámbito masculino.
El narco, el sicario, el coyote, el mojado, el agente de la migra son figuras masculinas que dominan la zona fronteriza en la realidad y en la ficción, tanto literaria como cinematográfica.
La mujer es la que se queda en el pueblo, 2 es la obrera de las maquiladoras, 3 es la prostituta de los burdeles de las ciudades fronterizas, 4 es la reina de belleza de los carteles de droga, 5 es la víctima del feminicidio.
6 En fin, es la que espera y no la que actúa: tiene un papel secundario o, sencillamente, de figuración.
Su perfil es bastante similar en todos los relatos y no varía mucho a lo largo de los años (casi un siglo de escritura): es un joven trabajador, ingenuo, bondadoso hasta el momento de cruzar el río (si lo consigue), y será víctima de muchos infortunios e injusticias del otro lado de la frontera.
Un personaje genérico pues, muchas veces arquetípico, que siempre estará habitado por el sueño de volver a su tierra natal.
2 Véase, por ejemplo, Las aventuras de Don Chipote de Daniel Venegas.
3 Véase el cuento «Malintzin de las maquilas» de Carlos Fuentes.
4 Podemos pensar en las novelas de Elmer Mendoza, por ejemplo.
5 Véanse, por ejemplo, Santa muerte de Homero Aridjis o la película Miss Bala.
6 Véase Huesos en el desierto de Sergio González Rodríguez o 2666 de Roberto Bolaño.
7 Podríamos abrir esta reflexión a la novela de la migración indocumentada en toda América Latina.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.02 De la misma forma, la novela llamada del narcotráfico es dominada por los personajes masculinos desde el sicariato colombiano a la narrativa mexicana más actual, pasando por la anglosajona.
14 Personajes como el jovencísimo Alexis en La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, o el Zurdo Mendieta, el detective de la saga fronteriza de Elmer Mendoza protagonizan unos relatos en los que la violencia y el poder (casi absoluto), inherentes al narcotráfico, también se vinculan con un universo profundamente machista.
Las mujeres son objetos del deseo, elementos constitutivos de los atributos tópicos del capo, tanto como los hipopótamos y tigres de su zoológico particular, las berlinas lujosas o las villas sobreprotegidas.
15 Sin embargo, en este contexto viril, que se apoya en una semántica real indiscutible, observamos en el elenco de obras de ficción (tanto narrativas como cinematográficas) una nueva tendencia a elegir a una mujer como heroína de relatos en torno a la violencia, la frontera y el narcotráfico.
En el cine más reciente, varias películas son un ejemplo emblemático en este uso de lo femenino en la ficción fronteriza.
Tanto el director estadounidense Cary Joji Fukunaga como el hispano-mexicano Diego Quemada-Díez han tratado sobre el tema de «la Bestia», este tren arrollador que lleva a los migrantes de Centroamérica hacia el norte.
En Sin Nombre (2009) y La jaula de oro (2013), la juventud de los personajes (unos adolescentes) agudiza el drama actual, el de las maras que genera un nuevo éxodo -precoz y masivo-hacia el norte.
Pero la presencia central de una muchacha -Sayra en la primera película, Sara en la segunda-es lo que zanja el peso trágico del viaje: son víctimas del machismo de todos antes de ser víctimas del contexto migratorio.
Asimismo, otra película, Miss Bala (2011) de Gerardo Naranjo, trata del tema de la violencia del narcotráfico a través de los ojos de Laura, una reina de belleza captada y manipulada por los sicarios de un cartel.
Estas obras cinematográficas actuales participan del nuevo enfoque propuesto por las ficciones ultra-contemporáneas sobre la frontera.
En efecto, prosiguiendo una trayectoria iniciada por las escritoras chicanas como Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros o Estela Portillo Trambley (desde los años 80), por Jorge Franco en Colombia con su famosa Rosario FRONTERA, NARCOTRÁFICO Y GÉNERO: LAS HEROÍNAS ALTERNATIVAS Tijeras (1999) 16 o por Arturo Pérez Reverte en España con el bestseller La reina del Sur (2002), adaptado luego en telenovela, los nuevos aportes de la actual ficción fronteriza mexicana parecen estribar en el cambio de género del protagonista.
Por razones estéticas y éticas que trataremos de resolver a lo largo del artículo, lo femenino (aliado a la juventud) se impone como la nueva forma de retratar un mundo fronterizo caótico y cada vez más al borde del abismo.
La heroína, ya no solo como víctima sino también como actriz de la violencia, ha pasado de ser una originalidad a ser una apuesta segura de la ficción actual.
Desde luego, permite darles un nuevo enfoque a las injusticias generadas por el monstruo fronterizo, y es lo que vamos a analizar aquí.
En efecto, también en la literatura mexicana de la última década se han multiplicado las novelas protagonizadas por mujeres para retratar la violencia inherente a la frontera.
17 Este incremento de los sujetos femeninos se puede explicar por el auge de la presencia de escritoras en el mercado editorial mexicano (tanto de la capital como de la periferia).
De hecho, las mujeres todavía tienden a elegir a un narrador homodiegético y femenino.
18 Este punto sería una primera explicación a la proliferación de heroínas fronterizas.
Por otra parte, en esta zona que condensa miles de obstáculos y ritos de paso, las aventuras de una mujer acentúan las desigualdades y el nivel de valentía del sujeto.
Para estudiar estas dos líneas explicativas vamos a analizar más particularmente tres novelas distintas por su fecha de publicación (aunque todas del siglo XXI), por su autoría (dos hombres y una mujer) y por su trato del personaje femenino.
Elegimos estos tres relatos, sin embargo, porque reúnen una temática común, la frontera (con todo lo que conlleva) y porque sus protagonistas, en los tres casos, presentan una vertiente femenina similar: una fuerza de carácter que les lleva a querer comerse el 16 También en Paraíso Travel (2001) el mismo autor crea el personaje de Reina, una joven que convence a su novio de fugarse de Colombia para ir a Estados Unidos.
17 Pensamos por ejemplo en Después de la montaña (1992), donde Margarita Oropeza cuenta la experiencia de indocumentada de Adelaida Quintero en tierras californianas, en Santitos (2005) de María Amparo Escandón, que propone el viaje de una madre coraje, o en Por el lado salvaje (2011) de Nadia Villafuerte, protagonizada por una adolescente manca.
18 Véase el debate iniciado por Simone de Beauvoir, proseguido por el feminismo francés del post 68 encabezado por Hélène Cixous, y actualizado o refutado por Judith Butler en torno a una escritura calificada de femenina.
Sin embargo, aquí, sin entrar en el debate, podemos observar que unos puntos definidos por Cixous y Clément en 1975 para encontrar la feminidad en la escritura son respetados por O. Alarcón: la oralización de la voz (mediante el monólogo interior y el uso del lenguaje coloquial), la relación menos sublimada al cuerpo femenino (aquí veremos una degradación).
Contrariamente al patrón aplicado al hombre indocumentado en las novelas de inmigración (tal como lo hemos definido anteriormente), F. Olsson, que ha tratado de sistematizar los contornos del sujeto migrante indocumentado en su tesis, señala «en cuanto a las protagonistas, destaca [...] una tendencia a retratarlas como personajes singulares y extraordinarias -heroínas o villanas-, a diferencia del migrante subalterno arquetípico».
19 Es esta misma observación lo que ha motivado nuestro trabajo en torno a las tres novelas de nuestro corpus.
En efecto, Diablo Guardián (2003) de Xavier Velasco (1964), Señales que precederán el fin del mundo (2009) de Yuri Herrera (1970), y Perra Brava (2010) de Orfa Alarcón (1979), son protagonizadas todas por una mujer impactante (memorable para el lector) y remiten, cada una a su manera, a la migración, al narcotráfico y a la violencia colindante.
Diablo Guardián pone en escena a Violetta, una joven adolescente que se fuga a Nueva York después de haber robado 114.690 dólares en el armario de sus padres, estafadores, estos, de la Cruz Roja.
En Señales que precederán el fin del mundo Yuri Herrera reescribe la peregrinación mítica al Mictlán (el «lugar de los muertos» en las culturas mesoamericanas) a través de la persona de Makina, una joven telefonista encargada de llevar un mensaje a su hermano que se fue a Estados Unidos para recuperar el terreno adquirido supuestamente por el padre (también desaparecido en el país vecino).
Finalmente, en Perra Brava Orfa Alarcón arrastra literalmente al lector en la vida esperpéntica de Fernanda, la novia de un capo de Monterrey.
Para observar cómo el cambio de género del héroe fronterizo condiciona el mensaje de la obra, empezaremos analizando el proceso de emancipación de las tres protagonistas, Violetta, Makina y Fernanda, desde su subordinación como instrumento de los demás a su afirmación como sujeto soberano.
Luego analizaremos, para cada una, su estatus fluctuante de heroína -o anti-heroína-como forma de provocar las certidumbres del lector.
Para Makina, el análisis del sujeto se llevará a cabo mediante una lectura doblemente mítica (el Mictlán y la Malinche).
En el caso de Violetta, se estudiarán los elementos de la picaresca para definirla como anti-heroína.
Y en cuanto a Fernanda, además de una lectura psicoanalítica azuzada por la escritora, se estudiará el viaje constitutivo del personaje a través del patrón del monomito elaborado por J. Campbell.
Cada novelista ha creado a tres mujeres que inundan la novela y no dejan ningún sitio para protagonismos secundarios.
Violetta es definitivamente anticonformista, compleja, imprevisible, políticamente incorrecta.
Exaspera al lector porque lleva hasta las últimas consecuencias los sueños extremos (y por lo tanto no realizables) de cada uno de nosotros: despilfarrar el dinero, escaparse, seguir un carpe diem peligroso, no rendir cuentas a nadie.
La heroína no tiene límites, no teme ningún vicio.
Es venal y materialista: su único motor es el dinero.
Makina es carismática, decidida, sabe defenderse (en contra de los hombres, de los traficantes de droga, de los coyotes y de la policía gringa).
Su primer acto de valor es dirigirse a los capos y la focalización interna en su persona revela sus temores interiores, controlados para no revelarlos al mundo exterior.
Yuri Herrera propone una comparación hábil entre el terremoto que abre la novela y el pánico de la protagonista: «Sentía la tierra hasta debajo de las uñas como si ella se hubiera ido por el hoyo».
20 Lo telúrico, lo acuático, atributos femeninos en la dualidad mesoamericana, van a servir para describir las angustias interiores de nuestra heroína a lo largo de la novela.
El contraste entre los sentimientos experimentados y el control de su expresión exterior será revelado por el narrador heterodiegético para enseñar que el valor se nutre del miedo.
Fernanda (predestinada por una etimología que apunta a la valentía) es vengativa de un pasado que aborrece.
Para salir de la invisibilidad en la que vivió hasta su adolescencia, la heroína se define como una mujer extremadamente decidida.
Es también pasional y fiel hasta las últimas consecuencias.
Nunca se arrepiente de sus acciones.
Fernanda oscila entre momentos de lucidez y fases de locura, una ambigüedad en la que se sustenta íntegramente la trama de la novela.
Las tres mujeres estudiadas son extraordinarias al luchar contra una normalidad que les parece aburrida o abyecta.
Makina, «entendida y leída», 21 se escapa de su condición (una mujer en un pueblo pobre) por ser autodidacta y dominar los idiomas.
Violetta no soporta la hipocresía de su familia católica y de clase media y huye de sus «genes tan corrientes» 22 que 20 Herrera, 2009, 13.
24 Mientras que Fernanda inicia el proceso inverso al dejar de ser «fresa» 25 para parecer «naca reguetoneraenseñaombligo».
26 Hasta esta última le dedica un capítulo a la normalidad que revela su obsesión por ser distinta y reconocida.
Aparentemente, según el trasfondo de estas tres novelas, elegir a una mujer como protagonista implica, todavía en el siglo XXI, tratar del machismo y de la transgresión de su condición en el seno de la trama novelística.
El personaje femenino, aquí, no se ha emancipado de las trabas tópicas asociadas a su propio género y, por lo tanto, no es neutral su elección como personaje, como pasa con su equivalente masculino.
En las tres obras, en efecto, la heroína plantea los lastres que arrastra su género desde los siglos de dominación masculina.
Si Makina lucha desde el inicio para que la respeten los hombres y encarna a la mujer moderna, Violetta y Fernanda son, al principio, víctimas directas de su condición: han asimilado la imagen degradada reservada a la figura femenina en la cultura de masas y en la sociedad.
Hablar de mujer-objeto en este contexto (una sociedad regida por las normas masculinas) es hablar de su cuerpo.
En efecto, la mente alienada de las protagonistas (en este caso Violetta y Fernanda) abandona al otro el uso de su persona.
Así, de forma in medias res, Orfa Alarcón nos echa en cara el nivel de penetración de la violencia en la sociedad mexicana actual.
«Supe que con una mano podría matarme» 27 es la primera frase de la novela y es la forma con la que la joven escritora inicia la descripción de un coito.
Estamos ante una colectividad que asume como normal y excitante (se repite este verbo dos veces en el segundo párrafo) la violencia entre los individuos.
Me diante la descripción del acto sexual, la novelista consigue revelar las relaciones sociales en el mundo narco: el poder absoluto del hombre se retrata por un sexo brusco mientras que la mujer es cosificada, usada esencialmente como satisfacción del impulso sexual.
El uso de un narrador homodiegético con focalización interna en Fernanda provoca desentrañar la alienación de la heroína: la penetración sexual súbita y agresiva no se vive como una violación sino como un deber, e incluso un premio.
La escritora privilegia el monólogo interior para enseñar desde su mundo íntimo las contradicciones de la protagonista.
Aquí, desde la primera página, percibimos el síndrome de Estocolmo de la mujer casi esclavizada que profesa un amor incondicional al capo todopoderoso.
Además de ser objeto, también la heroína es animalizada, como lo indica el propio título: Perra brava.
Primero será perra, es decir sumisa, antes de ser brava, es decir rebelde.
El rebajamiento de la mujer a la única satisfacción del deseo masculino es una aceptación que se explicita por dos motivos en la novela.
Primero, como lo indica al final el editor, Orfa Alarcón se inspiró en las letras de varias canciones del grupo de rap Cartel de Santa para imaginar las relaciones entre géneros.
Se propone evidenciar una cultura de masas que propaga la misoginia entre los más jóvenes y que la normaliza.
El mundo bling bling del hip hop y de los narcos es el reflejo paradigmático de la apariencia, de la presunción del poder y de la representación callejera.
Los verbos pronominales como «presumirme», «me exhibiera»,28 subrayan la instrumentalización de la mujer en el sistema de representación del poder de los carteles.
Segundo, en el caso de Fernanda, el amante idealizado aparece como el único vínculo que la guarda en vida.
La sumisión total se sustenta por la ausencia de valor concedida a su existencia: «En contra de ese cabrón no había voz, no había ley, no había voluntad.
A los pies de ese cabrón yo había dejado mi vida para que la pateara cuanto quisiera».
29 Perder fe en la vida y en el futuro genera el abandono del propio cuerpo a otro que lo domine.
Por otra parte, empezamos a conocer a Violetta (así inicia el relato de su propia existencia) con 13 años, edad de la pubertad y del descubrimiento de su anatomía sexuada.
Encerrada en su casa porque es castigada constantemente por unos padres que no la aman, el único lugar de transgresión que le queda es el territorio corporal: «emputecí de noche»,30 «quería poner a prueba mi cuerpo».
31 Crea un espacio de libertad en su cuarto donde puede desarrollar la intimidad evolutiva del adolescente.
Poco a poco, alienada mentalmente por su familia (no es una hija sino una esclava32 ), su cuerpo se consolida, ya no solo como objeto de rebeldía sino también como recurso para alcanzar sus objetivos: al desnudarse ante un joven vecino generoso empieza a conseguir dinero para financiar sus lujos y escaparse más tarde de su casa.
La temprana pérdida del valor concedido al pudor inicia su camino hacia la prostitución.
Pronto, el cuerpo es el único vector para llegar a su meta última: la ascensión social.
La desvinculación cuerpo/mente en sus años de prostitución se revela por una pregunta retórica sumamente provocativa a su confesor: «¿Tú crees que si mi vagina no fuera una estúpida, incapaz de pensar en nada, podría soportar las babas de quien sea?».33 Contrariamente a Fernanda, la cosificación del cuerpo de Violetta es decisión suya, es un instrumento para sus éxitos (que se revelarán siempre fracasos), su arma,34 tiene consciencia de ello.
Pero esta elección -aparentemente libre-es obviamente contaminada por la degradación de la figura femenina en las revistas de moda compradas por Violetta, y por las películas porno que descubre en Nueva York (y que aparecen como un instrumento formativo).
Su atracción por los «villanos» refleja la asimilación de una supuesta inferioridad de la mujer.
Como en Perra Brava, la heroína solo contempla dos caminos antitéticos para el destino femenino (propuestos por la cultura popular y los cuentos infantiles): «Si no podía ser princesa, entonces que viniera un villano a esclavizarme».
35 Como anti-heroínas, tanto Violetta como Fernanda van a seguir la segunda opción, reductora y humillante.
De manera distinta (políticamente correcta), a lo largo de su viaje en solitario, Makina está alerta ante los posibles abusos sexuales.
Es absolutamente consciente de lo que representa: es el objeto deseado de todos los hombres -perversos-que van a cruzar en su camino.
Un mínimo roce de rodilla la hace desconfiar, con razón, del hombre sentado a su lado.
Estas premoniciones certeras denuncian la normalización del acoso machista en la sociedad mexicana, en particular en la anonimidad del viaje migratorio (véase el destino de las adolescentes en las dos road movies citadas en la introducción), y justifican la elección de una mujer como protagonista de una historia que pretende revelar los obstáculos del paso hacia el norte.
El gesto violento de Makina, doblándole dolorosamente un dedo al agresor, y la reacción sorprendida del susodicho, asustado, demuestran, por un lado, que los hombres no están acostumbrados a que las mujeres sean lo suficientemente valientes para contestar, y por otro, que la protagonista tiene la estatura de una heroína por salirse de la norma.
Transformando la focalización (para que esté interna en la persona de Makina) y luego introduciendo un discurso directo (para que la heroína tenga voz propia en este asunto), Yuri Herrera pretende revelar la dimensión claramente feminista de su heroína moderna con un acto aleccionador contra la impunidad masculina sobre las mujeres.
Luego, del lado estadounidense, cada interlocutor masculino, incluyendo a su propio hermano, prosigue el esquema machista.
La reiteración de los avances seductores y lujuriosos (casi estructurales del relato) sirve para subrayar el nivel de arraigo de estas creencias entre los hombres.
En las mentes masculinas presentes en la novela se antepone la construcción de la mujer como objeto del deseo, al servicio de los hombres.
Por consiguiente, Yuri Herrera se nutre de la reinvención del mito de la Malinche, siguiendo la trayectoria de una larga tradición literaria en México.
Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Rosario Castellanos, Elena Garro, Laura Esquivel, Margo Glantz, etc. 37 también reescribieron o analizaron la historia de la amante de Cortés como mito fundacional de la identidad mexicana (enfocada en el mestizaje) o soporte del primer feminismo mexicano.
Considerada como traidora de su pueblo (véase el desenlace de nuestra novela), encarna a la mujer activa, de las pocas representantes de su género en los conflictos bélicos, no solo en México sino en el mundo entero.
Yuri Herrera crea un personaje de esta estirpe porque encuentra en la figura de la Malinche la ambigüedad entre un carisma único y un destino decepcionante propio de una heroína trágica.
La sutilidad de Makina se realza en su comprensión más importante de los silencios (como parte integrante del lenguaje), como lo demuestra la anadiplosis que subraya un dominio perfecto del trilingüismo: «Makina hablaba las tres y en las tres sabía callarse».
38 Siguiendo la comparación con la mujer histórica, la Malinche también es famosa como estratega de la conquista.
Aquí, el conflicto en el que Makina va a participar a su pesar es la llamada guerra de los narcos.
La palabra «emisaria», 39 que también suele calificar a la amante de Cortés, subraya la dimensión de sujeto activo de nuestra heroína mediante el dominio del habla (expresión y discreción).
Las tensiones entre dos carteles se calman en efecto «al escuchar las palabras transmitidas por Makina (que ella no entendía; aunque sí entendiera)»: 40 la paz está en su poder.
Por consiguiente, usa el poder de la palabra (con los artilugios de la ironía) como contrapunto al poder de la fuerza física de los hombres.
También la hace diferente de los demás y la dispone al altruismo.
En su espera en el hotel de la línea fronteriza, en muy pocas frases, el escritor la describe escribana, profesora, lectora para los demás migrantes.
La palabra es su arma (constante obsesiva de las tres novelas de Yuri Herrera publicadas), lo que le permite vencer los distintos obstáculos que tendrá que sobrellevar.
Acaba burlándose de un policía estadounidense (encarnación de la serpiente pérfida del mito) Nosotros somos los culpables de esta destrucción, los que no hablamos su lengua ni sabemos estar en silencio.
Los que no llegamos en barco, los que ensuciamos de polvo sus portales, los que rompemos sus alambradas.
Los que venimos a quitarles el trabajo, los que aspiramos a limpiar su mierda, los que anhelamos trabajar a deshoras.
Los que llenamos de olor a comida sus calles tan limpias, los que les trajimos violencia que no conocían, los que transportamos sus remedios, los que merecemos ser amarrados del cuello y de los pies; nosotros, a los que no nos importa morir por ustedes, ¿cómo podía ser de otro modo?
Los que quién sabe qué aguardamos.
Nosotros los oscuros, los chaparros, los grasientos, los mustios, los obesos, los anémicos.
41 Esta resistencia rabiosa e impulsiva ante la sumisión y la humillación de los otros detenidos demuestra una vez más su altruismo, como motor de su aprendizaje.
Su superioridad, ante los demás indocumentados y el propio representante de la ley, se debe al manejo de todos los recursos retóricos, aquí mediante una antífrasis irónica y en voz propia.
En cuanto a Violetta y Fernanda, ambas voces narrativas de su historia, el uso de un lenguaje extremadamente coloquial y sembrado de insultos e incluso de neologismos consolida su dimensión de anti-heroínas.
La jerga utilizada revela la degradación que sendas protagonistas atribuyen a su existencia.
Contrariamente al lenguaje cuidadosamente medido por Yuri Herrera, Xavier Velasco y Orfa Alarcón proponen un flujo imparable y sin censura para representar la urgencia de una conciencia confusa y rebelde.
El estilo, llevado a su extremo por ambos novelistas, plantea problemáticas estéticas: ¿El argot parece más impropio en boca de una mujer y el atrevimiento literario es más gozoso?
¿La transgresión es mayor cuando se trata de una mujer porque rompe definitivamente el molde?
Aquí, ambos parecen disfrutar de esta libertad de tono usado de punta a punta en su relato.
El ganador del premio Alfaguara 2003 reconoce así el vínculo entre estilo y género como propósito literario: Desde 1982 hablaba y hablaba con las chicas y fui depurando la técnica.
Y en 1997 puse un mensaje sensual en una página web.
Al principio sólo me contestaban hombres, pero luego las mujeres empezaron a curiosear y hacer preguntas.
Así estuve tres años hasta que me dije: «Bueno, basta ya de perversiones, ponte a redactar».
Y me puse a escribir sobre la mujer.
42 Por otra parte, en cuanto a la trama de ambas novelas, como lo hemos introducido, la construcción del sujeto pasa por la apropiación de la palabra por las mujeres.
Por ejemplo, Fernanda no es el arquetipo de la reina de belleza boba que suele acompañar a los narcos.
Es una estudiante de filología de la Universidad de Monterrey.
No es por falta de inteligencia que nace la sumisión.
El lenguaje va a permitir en su caso subrayar la evolución del personaje: como Makina, también está en transición.
La asimilación del lenguaje masculino (incluso misógino) del rap y de los suburbios, aparece directamente en el enunciado: cada vez Fernanda es más violenta en su expresión.
Por otra parte, su monólogo interior utiliza como un leitmotiv las anáforas y las repeticiones que subrayan la progresión de su pensamiento y evidencian el carácter obsesivo de la protagonista.
El lector descubre de esta forma sus rasgaduras interiores mediante la voz de su conciencia, que revela lo que consigue no enseñar al mundo exterior: «Esa debía ser la definición de "contenerse": todo mi cuerpo contenía a Fernanda.
Mi cuerpo era una olla exprés que no debía dejar salir nada».
43 Esta cita revela la ventaja del uso del monólogo interior: desmentir la pantomima de la mujer-objeto que Fernanda presenta al mundo.
En el caso de Violetta, en cambio, el lenguaje personal no es de autopersuasión sino de autocrítica sarcástica e incluso cínica.
La voz en primera persona, desde una distancia temporal sintética, autoriza la expresión de las dudas mediante un diálogo más bien retórico.
En efecto, el flujo (el débito es abrumador) del discurso de la protagonista no corresponde a un monólogo interior simultáneo a la acción, sino que es una confesión ulterior, grabada, que tiene vocación de ser escuchada por Pig (el amante y biógrafo) y servir de base testimonial a una posterior narración.
El artefacto no es novedoso, pero modifica las intenciones del sujeto.
La violencia de las palabras pasa aquí por el prisma de la perspectiva temporal.
Violetta se burla de la joven que fue mediante la multiplicación de adjetivos despectivos que reflejan su falta de preparación («pendeja», «ñoña», «palurda», «bruta», «mamona», etc.).
Pero espera, mediante el uso abundante de la metaficción y de preguntas que se dirigen a la aprobación (o desaprobación) de Pig, una reacción a lo que afirma.
El tuteo interrogativo, con la repetición de las preguntas «¿Me entiendes?», «¿O no, Diablo Guardián?», proyecta en el narratario la problemática más universal de la recepción, busca el asentimiento para contrarrestar el juicio ajeno ante la amoralidad.
La verdad testimonial, al transgredir el último pudor que tenía es su acto de valentía final.
Enrique Serna subraya así que «la recreación del habla funciona como un aparato de rayos X que muestra las fisuras íntimas de la heroína».
44 En efecto, el interés de la novela estriba exclusivamente en la complejidad de Violetta, y no hay mejor camino que percibir lo extraordinario del sujeto por la expresión directa de su conciencia fluctuante.
Finalmente, cabe notar que la protagonista (y es un punto que la une a Makina) presta un especial interés a los efectos de la lengua.
Por un lado, su aprendizaje de un inglés underground es una obsesión identitaria para salir de su condición: una nueva lengua para ser otra.
Xavier Velasco consigue evitar el spanglish, prefiriendo la perfección semántica de uno u otro idioma.
Por otro lado, lleva a cabo sus engaños con la elaboración de un discurso elegido y adaptado a su víctima.
Sabe dañar, pero a su vez es dañada por las palabras de sus padres o de Nefastófoles (el chulo y amante), cuyos insultos son más dolorosos para Violetta que cualquier maltrato físico o sexual: «Una roba y putea y vende coca sin verse en el espejo y decir: Yo soy todo esto.
Pero igual se lo había contado a Nefastófeles, y él sí podía decir que su nueva amiguita era ratera, narca, puta».
45 La formulación, en voz alta, de en lo que se ha convertido, la consolida como el sujeto viciado que es.
La verdad oralizada reduce de repente la distancia entre el cuerpo abandonado a los demás y la conciencia de sí misma como sujeto resistente a la degradación.
Makina o la reactualización del viaje mítico sin regreso
Yuri Herrera se ocupa del tema de la inmigración en Señales que precederán el fin del mundo adaptando a la problemática fronteriza actual el mito precolombino del viaje -sin regreso-al Mictlán.
La referencia es explícita, ya que los nueve capítulos que componen la novela llevan como título las nueve etapas del viaje mítico.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.02 lecturas dobles y los doble sentidos: aquí nunca va a aclarar si se trata del viaje del alma de Makina (después de haber muerto en el terremoto con el que arranca la novela) hacia su aceptación en los infiernos precolombinos, o el viaje migratorio de Makina a Estados Unidos, con sus pruebas de fuego y la recepción de nuevos documentos de identidad al final de la novela, a modo de renacimiento simbólico.
En los mitos, los trabajos suelen ser realizados por un hombre (o por un grupo de mujeres).
Yuri Herrera aquí quiere llevar a cabo una reescritura moderna del viaje al Mictlán y la mujer autónoma forma parte de esta renovación.
Así justifica esta elección:
Muy pronto me quedó claro que el personaje que debía realizar el viaje era una mujer, por la clase de desafíos y obstáculos extra que tiene que enfrentar una mujer al hacer un viaje en solitario.
46 De manera que el sexo es el elemento que define la independencia y la fuerza de la protagonista.
La aclaración del escritor acerca de la elección de su protagonista también se explicita en el relato y es el punto de partida de las peripecias de Makina por ser mujer.
En efecto, según su madre, es la única que puede hacer el recado: «Vaya, lleve este papel a su hermano, no me gusta mandarla, muchacha, pero a quién se lo voy a confiar ¿a un hombre?».
47 El inciso y la interrogativa demuestran el miedo de la espera mítica de Penélope.
No puede confiar en los hombres, porque el padre y luego el hijo salieron de México para nunca volver, y sucesivamente abandonaron a su familia.
Yuri Herrera revela aquí la miseria del México rural, regida por normas machistas, dependiente de las remesas de los emigrados y subordinada a los servicios (logísticos, financieros) de los narcotraficantes: «los duros» de la novela, a la vez protectores y peligrosos.
Para pasar la serie de obstáculos propios del viaje migratorio y adaptados al viaje al Mictlán, Makina va a usar como arma (además de la lengua) su conciencia de las debilidades de la sociedad machista (véase lo que analizamos en la parte titulada «La mujer objeto»).
En contraposición, la seducción nace en el cruce de la frontera entre la heroína y Chucho (un coyote simpático con mote de perro guardián).
Esta atracción corporal y emocional es la metáfora de un lento cambio mental en Makina hacia la captación irremediable del Norte-inframundo.
Con el enamoramiento repentino, la dimensión del cuerpo femenino evoluciona y el pudor se desvanece: «era cosa no sentir ni miedo ni rabia por encuerarse sin pared de por medio».
48 Mediante el paso de la frontera geográfica, Makina ha cruzado simbólicamente su propia línea hacia una libertad sexual autorizada por la nueva actitud masculina (que nunca había conocido).
Dos negaciones, «sin miedo» y «no comenzara a sentirse culpable», 49 subrayan el proceso de despojo (metaforizado por el acto de desvestirse), en este caso del yugo impuesto a las mujeres por una sociedad machista y tradicional.
La heroína, en este momento de plenitud transitoria, descubre el deseo femenino permitido por el hombre respetuoso y protector.
Esta etapa forma parte del viaje iniciático de una mujer.
Dudamos que estuviera presente si fuera protagonizado por un hombre.
El mito predestina el fin de la protagonista, ya que Yuri Herrera sigue las mismas pautas que el viaje precolombino.
El proceso de captación de Makina va a pasar por la observación, y sobre todo los encuentros que irá haciendo a lo largo de su recorrido.
En su pueblo, los que volvieron aparecían como definitivamente desplazados.
Al pasar las fronteras, los chicanos son seres en transición, cuya hibridez les diferencia para siempre de su tierra original.
Los habitantes de la ciudad estadounidense sustituyen la ilusión del sueño americano por la quimera de una vuelta al país natal: Tst, yo aquí nomás estoy de paso.
Voy para cincuenta años...
50 La exageración es irónica, tal como lo es también el juego con doble significado característico de la escritura de Yuri Herrera entre volver al cuartel para el hermano y a México para Makina: Ahí se quedaron, en silencio, hasta que él dijo Tengo que regresar...
No sabía qué más decir.
¿Tienes con qué volverte?, dijo él, ansioso.
51 Hasta el final el lector confía, a pesar del fatum anunciado por el mito, en la capacidad de deducción de Makina, para que no repita los errores de los demás.
Su don de comunicación le permite acercarse a las historias ajenas, y más generalmente a la otredad.
Su género, además, la diferencia de todas las personas consultadas: ¿Podrá ser distinta?
Yuri Herrera no quiere una migrante habitual: le interesa más bien el proceso de adoctrinamiento de un personaje limpio de ilusiones.
Pero el abrazo frío, impersonal, de despedida que se da con su hermano, arrebata emocionalmente todas las enseñanzas absorbidas y sacuden cualquiera de sus certidumbres: «Fue como si le arrancara el corazón, como si se lo extirpara limpiamente y lo pusiera en una bolsa de plástico y lo guardara en el refrigerador para comérselo después».
52 La modernización del famoso acto ritual mesoamericano (que también corresponde a la séptima etapa del descenso en el inframundo) impulsa a Makina al sacrificio.
En la afrenta literaria contra el policía, su defensa sarcástica enseña sin embargo que no solo ha asimilado todos los estereotipos asociados a los migrantes, sino que ella se incluye en esta comunidad subalterna.
La repetición del pronombre personal «Nosotros», que inicia y concluye su alegato, transforma definitivamente el viaje temporal en éxodo duradero.
La vuelta ya no se contempla porque pertenece, de ahora en adelante, a otra comunidad, la de los migrantes indocumentados.
La última huida, expresada en un campo semántico que subraya la urgencia del movimiento, ya no puede engañar al lector.
La liberación de su pesar no se concluirá por una vuelta al país ni por una victoria contra las cadenas de los narcotraficantes.
Hasta su fin, hasta en el ambiente surrealista del antro subterráneo, Makina tratará de nombrar las cosas como medio de afirmarse como sujeto humano.
El olvido del idioma simboliza la pérdida de identidad, de su ser más profundo, lo que da lugar a una muerte espiritual.
Makina está lista para renacer (según el ciclo mítico): le ofrecen falsos papeles para vivir en el inframundo donde, después de haber superado todas las pruebas, es aceptada.
La heroína aparece en toda la novela contra cualquier tipo de dominación, bien sea masculina (de los hombres o de los narcos) o neocolonial (Estados Unidos).
Pero, por muy extraordinaria que sea, si pensamos fríamente es una mula víctima de los carteles.
Y al final se deja influenciar irremediablemente por la voz común, la llamada del Norte.
Algunos investigadores han analizado la última palabra, «silencio», 53 como la muerte de la protagonista, pero podría suponer también una página en blanco para recomenzar y aprender a nombrar en el nuevo país.
El silencio, lo hemos dicho, es sagrado en la escritura de Yuri Herrera y constitutivo de la singularidad del sujeto.
Violetta, pícara underground de México a Nueva York (ida y vuelta)
Diablo Guardián aborda una temática (el binomio adolescencia/drogas) ya muy tratada en la ficción, en particular anglosajona.
Después de la novela anónima y precursora Pregúntale a Alicia (1971), los años 90 vieron la publicación de la novela generacional Junk (1996) de Melvin Burguess y el estreno de películas emblemáticas tales como Trainspotting (1996) o Requiem for a dream (2000).
Además, la literatura del viaje, el road trip y la literatura urbana completan las fuentes de inspiración de Xavier Velasco para crear esta picaresca posmoderna.
La forma misma del relato -la falsa confesión de una Violetta madura-respeta la forma tradicional de la novela picaresca, en la que el antihéroe se arrepiente y propone una lectura moralizante de sus desventuras.
En efecto, el relato retrospectivo de Violetta empieza en su pubertad, a los 15 años, y acaba en su edad adulta, a los 25 años, añadiendo algunas analepsis para recordar momentos puntuales y traumatizantes de su niñez.
Con reminiscencias del bildungsroman (generalmente encarnado por jóvenes masculinos), la formación de la protagonista se consolida a través de unas desventuras que nos llevan de lo miserable a lo sórdido en un torbellino oral imparable incluso cuando parece tocar fondo.
La novela de aprendizaje suele recibir el apego del lector, porque cada uno reconoce una parte de sus dudas formativas en la difícil construcción del personaje.
Aquí, las elecciones radicales de Violetta y su propensión a bajar cada vez más los peldaños de la vida digna, provocan un sentimiento ambiguo en el lector.
La fase evolutiva, propia del aprendizaje del héroe, va a ser aquí degradada, como lo reivindica Violetta: «Transformar a la niña ñoña en mujer inconveniente».
54 De hecho, el rock, la cocaína, el shopping, los vídeos porno modernizan el género y son los instrumentos de Violetta para romper en pedazos la moral social y religiosa en la que la criaron.
Como en la picaresca, el punto de partida de las peripecias de la heroína es el rechazo de su condición social, la cual va a querer transgredir inexorablemente.
En la reactualización del género narrativo renacentista, Violetta pertenece a una familia conservadora de clase media del D.F. obsesionada por ser otra.
El sueño neocolonial que les habita participa del retrato nefasto presentado por el escritor, tanto como explicita el carácter de Violetta.
Los padres tiñen a sus hijos de rubio, hablan inglés (incluso en privado), se van de crucero cada año y son devotos.
Xavier Velasco expone así el contexto familiar: el malinchismo (definido por Octavio Paz) es la obsesión de esta pareja.
Como el pícaro, Violetta es la retoña, en realidad, de padres delincuentes.
La cuestión de honor está en el centro del retrato que Xavier Velasco hace de los progenitores.
La avaricia les lleva a estafar a la Cruz Roja y a privar de cualquier lujo a sus hijos, hasta regalarle juguetes de segunda mano y ropa usada en Navidad, u obligarles a ducharse con agua fría para ahorrar energía.
El pánico a la normalidad de Violetta inicia una reflexión sobre los complejos de la identidad mestiza (heredada del casticismo colonial).
El color de la piel determina a la heroína su lugar en la familia: «mis papás son ovejas mestizas, yo salí negra con modales de cabra».
55 Violetta, nacida Rosa del Alba, es rechazada, golpeada, ninguneada por unos padres que esperan posicionarse en la sociedad mediante su color de piel.
Va a sufrir sobre todo un maltrato mental a lo largo de su niñez: la van a convencer de que no forma parte del núcleo familiar, «Esa muchacha es chiva de otro corral».
56 El determinismo del pícaro se plantea también a través de la herencia transmitida por los padres.
Con miedo a lo que la recepción deduzca de su relato, Violetta explora de forma reiterada si el mal está presente en sus genes.
Sin embargo, la fuerza del personaje es vigente porque Xavier Velasco no cae en la facilidad del substrato psicoanalítico para explicar el malestar de la anti-heroína ni en tópicos maniqueos.
Su atracción por el mal aparece como una venganza a su educación católica y a la vez una adhesión reconfortante al dogma cristiano.
Por lo tanto, ante su condición banal, Violetta quiere medrar, ya no cambiar de estamento como el pícaro del Renacimiento, pero lo que es lo mismo, propone una visión clasista y racista de su ambición.
Quiere ser rica para dejar de ser «naca».
La modificación física pasa por las pelucas y el perfeccionamiento de su inglés.
Pero no transgrede la forma de actuar de sus padres sino que la repite y la empeora.
El paso de la frontera no es motivado por una migración económica sino por los complejos identitarios de cierta mexicanidad.
La obsesión por Nueva York ilustra el sueño americano tanto como la elección de las tiendas remiten a una jerarquía capitalista en la cual Violetta quiere llegar a la cima.
La rebeldía desafiante de la protagonista nace para hacer trizas la actitud falsamente comedida de sus padres.
El encierro en su cuarto es una primera fase en su aprendizaje: se convence de que el modelo de clase media bienpensante y caritativa es una farsa porque puede observar la otra cara de la representación familiar desde el interior de su casa.
Criada en una familia sin amor por haber nacido más oscura de lo que deseaban sus padres, condenada en cambio a no tener amistades en clase «por güerita renegada»,57 Violetta se acostumbró a la soledad, llenando su mundo interior con la elaboración de un plan para escaparse de una vida aborrecida.
Es este mismo modelo de funcionamiento, asimilado en esta fase formativa inicial, el que se va a aplicar en cada uno de sus infortunios.
Cada «plan» para volver a levantarse del abismo en el que ha caído recuerda las astucias (siempre ilegales) usadas por el pícaro, lleno de recursos para tratar de medrar algún día.
Ya no es el hambre lo que le empuja a superar cada fracaso sino sus distintas adicciones, a las compras compulsivas primero, a las drogas después, revelando así el materialismo de nuestra época.
De la misma manera, los servicios a los amos propuestos por el pícaro original encuentran una nueva significación cuando la novela es protagonizada por una mujer.
Electrón libre, el honor de la anti-heroína tiene un precio muy relativo, como afirma irónicamente: «soy una chica llena de virtudes negociables».
58 En tres frases resume sus contradicciones movidas por la necesidad: pasa de querer ser una «niña rica y decente» (su propia ascensión social), a ser «una niña piruja» (los medios usados para conseguirlo) y resultar «niña idiota» 59 (el fracaso final).
La degradación de los adjetivos retrata a Violetta como una digna heredera de la picaresca.
Sus desventuras se desencadenan en un descenso continuo: desnudarse, robar, fugarse, despilfarrar el dinero, perder su virginidad, estafar, ser escort, probar las drogas, ser drogadicta, prostituirse, vender drogas, mantener a un chulo, ser matona, etc. Como la pícara que encarna, cada nuevo plan que elabora fracasa y la lleva a otro.
Cada nueva etapa hacia el envilecimiento se avisa irónicamente en el discurso por un amargo «Welcome to the next level»,60 avisando de la siguiente peripecia.
Contrariamente a Fernanda, que no concede ningún valor a la vida, Violetta muestra un empeño por la vida apreciable en las oraciones que lanza en sus peores momentos de cocainómana prostituta: «Ayúdame, Diosito, soy un asco de vieja pero no quiero morirme».
61 El final, incierto pero abierto, también respeta las características del género.
En conclusión, Violetta demuestra el sistema feudal vigente en México y en Estados Unidos, donde han nacido nuevas formas de servilismo: el neocolonialismo, el machismo, las exigencias sociales (la apariencia como el antiguo decoro) y la creación de nuevas dependencias (las drogas, el sexo, las compras adictivas).
Aunque en ningún momento encontramos una crítica directa por parte de Xavier Velasco, el malestar de Violetta nace, lo hemos dicho, de su condición.
Ser mujer, ser mestiza, ser de clase media en México remite a unos complejos de identidad colectiva y nacional.
La obsesión por dejar de ser «naca» es una idea común en México, corresponde al temor de siempre ser la «naca» del otro.
Aquí Xavier Velasco revoluciona la identidad mexicana de El laberinto de la soledad.
La anti-heroína refleja tanto lo subversivo de los años 90 como un complejo identitario (el estado de deshonor del pícaro) mucho más arraigado en un contexto social todavía colonialista.
Fernanda, degradando el viaje iniciático del héroe
La trama de Perra Brava se sustenta en la evolución mental del personaje desde la subordinación a la radicalización.
De allí que, en el caso de Fernanda, la emancipación esperada es doble: asumir su condición de mujer y liberarse de las redes del narcotráfico.
Por ello, los doce estadios del viaje iniciático del héroe definidos por Joseph Campbell en el patrón del monomito pueden aplicarse al recorrido interior emprendido por nuestra heroína a lo largo del relato.
El respeto de la trama tradicional del viaje del héroe demuestra que Orfa Alarcón quiere presentarnos hasta el último momento a su protagonista como una heroína, para provocar luego en el lector una decepción enorme y un desapego total.
Así, podríamos esquematizar lo sucedido en los siguientes puntos:
El mundo ordinario: Fernanda es una adolescente que sufre por su invisibilidad.
La llamada de la aventura: La manera de alejarse de su vida ordinaria será desear a los hombres malos, encarnados por Julio, su «macho mamón insolente».
62 Conocerá por primera vez a este brevemente en el baile de fin de curso, en el que es ninguneada por los demás.
Reticencia del héroe o rechazo de la llamada: Fernanda pierde de vista a Julio.
Encuentro con el mentor: Fernanda se cruza por casualidad con Julio en un aeropuerto.
Es un segundo y definitivo flechazo para ella.
Cruce del primer umbral: Fernanda se instala en una casa comprada por Julio y penetra para siempre y sin percatarse en el universo narco.
Pruebas, aliados y enemigos: Fernanda se da cuenta de que Julio la engaña con otras y forma parte de una organización ilegal porque vuelve cubierto de sangre a casa.
Acercamiento: Fernanda acompaña a Julio a una de sus reuniones (entre narcos) y es presentada oficialmente como su pareja.
Prueba difícil o traumática: En esta reunión Fernanda, que se siente abandonada por Julio, besa a Mónica, jefa de otro cartel.
Julio la golpea en público y la abandona completamente durante semanas.
Fernanda está totalmente perdida.
Un día recupera su coche dejado delante de su casa por el Coyota, uno de los sicarios contratados por Julio.
Es detenida por la policía.
En los asientos traseros hay una cabeza cortada.
Es inculpada pero no denuncia a Julio ni a su organización, sino que asume la responsabilidad.
Recompensa: Gracias a un soborno, Julio la recupera y vuelve con ella declarándole su amor incondicional y pidiéndole la mano.
A partir de su sacrificio (inculparse), se invierten los papeles: es ella la que protege a los demás.
El camino de vuelta: La vuelta a su rutina es difícil y caótica.
Fernanda se va alejando irremediablemente de un Julio cada vez más a sus pies.
Resurrección del héroe: Fernanda consigue (mediante las influencias de Julio) una beca para estudiar dos semanas en Japón.
Es un pretexto que ella se inventa para quedarse escondida en Monterrey y reflexionar sobre las salidas posibles a su vida en forma de impasse.
Regreso con el elixir: La decisión (el elixir) es totalmente radical: la única salida viable es matar al padre para volver a su normalidad.
Pero primero, por celos, quiere asesinar a la amante de Julio.
Quema su casa pero el que sale muerto es un niño, hijo del capo.
Su barbarie ha superado a la de Julio.
Cuando este viene a verla, no la mata a ella sino que se suicida ante sus ojos.
Al final ha provocado la muerte del padre simbólico, es decir Julio.
Los estadios 1 a 5 se cuentan mediante unas analepsis que reconstruyen la niñez y la adolescencia de Fernanda y que sirven para que entendamos su vida errática.
Sufre claramente por una madre ausente y un padre borracho y violento.
El enfoque psicoanalítico del que Orfa Alarcón usa (y abusa) para construir su personaje autoriza el análisis de los traumas infantiles y los complejos de Fernanda.
La escritora propone un rastreo freudiano de los miedos de la heroína.
Su inestabilidad relacional y la concepción sumisa que atribuye a la figura masculina nacen de la precariedad familiar en la que se ha criado y de la violencia machista perpetrada por un padre idealizado.
Las imágenes traumáticas («tenía el cadáver de mi madre engarrotado encima»)63 la atormentan hasta en sus sueños.
La protección, la propiedad y la sangre son los hilos conductores de la novela, porque obsesionan la conciencia de Fernanda al ser distorsiones de sus traumas reprimidos.
Además, en toda la novela esta se caracteriza por su soledad y la falta de referencias.
Su hermana Sofía (la voz de la sabiduría según la etimología), su sobrina Cynthia, su mejor amigo Dante (que remite al poeta de los infiernos), su novio Julio (encarnación del César moderno) y los Cabrones, los sicarios del cartel (en particular el Chino, del que se va a enamorar) son las únicas personas que comparten su vida.
Charlar con los tres primeros es, porque representan la normalidad, la única vía de escape, aunque temporal, a su encierro moral en la jaula narco.
Su enloquecimiento se iniciará conforme se vaya alejando de sus tres confidentes.
En efecto, la locura se agudizará cuando desaparezca el diálogo en beneficio del exclusivo monólogo interior: Fernanda ya no conseguirá razonar y elegir la vía sana.
Los estadios 5 a 7 ocupan la primera mitad de la novela,64 una etapa en que Fernanda reivindica su estatus de sumisión total al hombre.
Efectivamente, pertenecer a alguien y sentirse amparada (aunque de forma relativa) es una forma de redimir sus miedos formativos descritos en los flashback.
Así se explicita, en un auto-psicoanálisis en el que deja el campo libre a su conciencia (enseñado a nivel tipográfico por la anulación de cualquier signo de puntuación en 15 líneas) y que es muy aclarador para el lector:
[...] todo eso de haber soñado que la vida podía ser distinta que en la vida se podía amar era ese sueño que tienen los niños porque yo no había sido niña a los seis años desperté y ya era grande y sabía del infierno y de la sangre y cuando abrí los ojos estaba Julio y sus ganas de matar nunca me intimidaron porque yo siempre quise morirme por eso había acomodado mi cuello entre sus dientes.
65 Julio es claramente el padre de sustitución.
Su vida adulta es una recreación del esquema que conoció en su niñez.
Estamos ante un complejo de Edipo (o en este caso de Electra, padre-hija): Fernanda vive un amor paternalista con Julio y al final provoca su muerte, es decir, que el magnicidio es simbólicamente un parricidio.
Como lo acabamos de demostrar, Orfa Alarcón se nutre del psicoanálisis freudiano para construir a su personaje.
El estadio 8,66 como en el monomito de Joseph Campbell, es el núcleo de la novela y marca una ruptura clara en la falsa rutina de Fernanda.
Debido a los complejos arriba señalados, aparece como fácilmente manipulable y se revela su punto débil: su necesidad imperiosa de seducir.
Es lo que precipita su fin.
En el estadio 9, 67 se enseña claramente que ha vencido al «monstruo»: ha cumplido el rito de aceptación del cartel y ha ganado la confianza de Julio.
La recompensa se concluye por una ruptura total en la construcción de su mundo personal y el inicio de una nueva fase para Fernanda.
La visión de la cabeza cortada que los policías tiran en sus rodillas funciona como un electrochoque en el viaje iniciático de la heroína: es un nuevo trauma que tendrá que asumir.
Tampoco le gusta lo que ha ganado: Julio ya no representa la figura temida que amaba.
A partir de esta fase, y hasta el final de la novela, Alarcón juega con una inversión completa de papeles entre la primera y la segunda parte.
Su rebelión se avisa por una frase en discurso directo dirigida al principal interesado y que se diferencia de su monólogo interior porque la oralidad la hace irremediable: «-No me digas "princesa"».
68 La negación, como representación cognitiva de la emancipación del sujeto, se convierte en la única respuesta que Fernanda dirigirá a Julio en discurso directo durante los estadios 9 y 10.
En esta misma inversión de valores, la dicotomía adentro/afuera que parecía tranquilizarla en la primera parte de la novela aparece de repente como un encierro del que hay que liberarse.
Durante el camino de vuelta, 69 sus sueños indican una vía hacia la emancipación que pasa por borrar todas las certidumbres cómodas con las que se mantenía en vida en su cotidiano, falsamente ordinario, de la primera parte.
Si Julio era digno de amor porque era «dueño y señor», 70 ahora sus afirmaciones como «nadie tiene a nadie», «solo me tendría a mí misma», 71 invierten completamente su aceptación de la propiedad.
Por otra parte, la blandura de Julio hacia ella modifica su imagen (ya no encarna la figura paterna) y colma un deseo que antes parecía inalcanzable y por consiguiente la decepciona: «la desaparición de mi Julio», «(Él no era mío, y cuando comenzó a serlo, dejó de ser Él)».
72 El paréntesis explicativo y la epanadiplosis que pone en valor el pronombre personal ponen de relieve en el enunciado la caída de Julio de su pedestal de figura masculina única y totalizadora.
Además, cabe notar que Alarcón construye su relato en la repetición de escenas para que el lector, primero empático con Fernanda, pueda advertir su degradación moral.
Aquí la cabeza cortada del comandante que la había detenido (sentenciado por orden de Julio), el dolor de la esposa y sus «hijitos», así como la perdida de inocencia de los niños que descubrieron el cadáver conmueven a Fernanda hasta tal punto que tiene una reacción física a la violencia (de asco y vómito), prueba de que el contexto la supera.
El estadio 12 contrastará directamente con esta reacción ya que la muerte de un niño (volvemos a la inocencia infantil) que ella misma provoca no llegará a inmutarla.
En esta fase del camino de vuelta (10), Fernanda tiene una nueva mirada sobre el mundo y su condición.
También le va a pesar la culpabilidad de dos muertes: la del comandante y la del Coyota, ambos 68 Ibidem, 83.
Al tocarla de cerca, los crímenes de su pareja se hacen reales y ella tiene dos opciones: huir o asimilar la violencia como la única normalidad.
La tentación de omnipotencia («Estaba en la cima del mundo, podría ser coronada reina de belleza») 73 conlleva soñar con vengar a su madre y asesinar a su padre.
Pero poder y violencia (una pareja que se establece aquí como inextricable) todavía no salen victoriosos en el debate interior de Fernanda.
De manera muy hábil, Alarcón superpone un diálogo (discurso directo) entre Julio y Fernanda a reflexiones interiores de esta que revelan el endurecimiento de la heroína y su proceso de distanciamiento y emancipación.
La fuerza de la novela estriba en la inestabilidad de Fernanda en esta fase clave.
Actúa y piensa de forma bipolar.
En efecto, en sus actos alterna entre mimetizarse con los narcos (apariencia, seducción, egoísmo y odio hacia los demás) y soñar románticamente con una vida normal (en Estados Unidos o junto al Chino, un sicario culto y tierno).
El estadio 11 74 corresponde a una etapa de reflexión clave.
En un momento de lucidez, Fernanda revela el poder implacable de los carteles, que no contempla una marcha atrás: «Yo era la única pendeja universitaria que no vio nada hasta que estaba metida hasta el cuello».
75 Aquí el lector, empático como nunca, espera que tome una decisión salvadora y en este punto de la trama todavía es factible (huir a Estados Unidos junto a su hermana y su sobrina).
Aun se presenta en la novela como una víctima de los narcos, que representaron una sustitución simbólica a las carencias afectivas de su niñez.
El receptor aun la compadece por el enfoque psicoanalítico empleado por Orfa Alarcón para elaborar a su personaje.
La repetición de la expresión de probabilidad «podía ser» en el discurso de Fernanda en la primera hora de su fuga es también un artificio de la escritora, en el pacto de lectura, para inducir un alivio en el lector: todavía hay una salida a esta realidad amenazadora.
Pero la sed absoluta de seducción y de reconocimiento de la heroína frustra las últimas expectativas del lector.
Sus actos transgresivos solo se limitan a copular con varios amantes: va ocupando poco a poco el papel de Julio en la primera etapa.
Actúa con el Chino, aprovechando sus sentimientos, para alienarle mentalmente, tal como hacía el capo con ella hasta el estadio 8.
La emancipación es entonces una toma de poder representada simbólicamente por una liberación sexual donde se 73 Ibidem, 87.
Fernanda toma por fin la iniciativa, como lo indica el uso de la exclusiva primera persona del singular: «por primera vez en mucho tiempo me preocupé por mi propio placer, por metérmelo y frotármelo a mi gusto, por seguir la velocidad que dictara mi deseo».
76 Fernanda es provocativa, violenta, pero no es capaz de alejarse de su mundo.
Su fuga (a Japón) se limita en realidad a encerrarse en un cuarto de hotel con una televisión que la vincula irremediablemente, mediante las noticias morbosas, a su rutina diaria.
Poco a poco, se va revelando el desliz de la heroína.
La fase de exploración interior desemboca en realidad en una obsesión por asesinar a su padre.
Si bien el trato psicoanalítico empleado por la escritora ha revelado que en la figura paterna se encontraba el origen de los traumas de Fernanda, esta aparece aquí como contaminada por una sociedad en la que la violencia es banalizada y estructural.
El símbolo freudiano de matar al padre se contempla en sentido propio: la venganza se asimila como único remedio a estados emocionales desagradables como miedo, celos, envidia o humillación.
El estadio 12 se debe observar como una evolución en la construcción del propio sujeto literario: la heroína accede definitivamente al estatus de anti-heroína y, contrariamente al mito del héroe definido por Joseph Campbell, no sale enaltecida sino irremediablemente degradada.
El regreso a casa consagra la superioridad de Fernanda sobre Julio; la canibalización de su papel prepara al desenlace funesto, ya que el capo encarnaba la barbarie.
Cuando se hace tangible el adulterio de Julio, los celos extremos nacen más de la necesidad de posesión y de la humillación que del amor que ya no profesa al capo.
Como cualquier narco, da una paliza a la mujer indefensa y embarazada (detalles que sirven para acentuar la perversión de Fernanda e iniciar el proceso de desapego del lector con la protagonista).
La exclamación despiadada «¡Ojalá la haya matado!» 77 anuncia el final: la heroína ha pasado definitivamente por el lado del odio y de la venganza.
Sin arrepentimiento, cree que va a ser sentenciada por Julio.
En cambio, este la protege de las represalias de otro cartel.
Esta reacción inesperada del capo la propulsa a otro nivel: lleva la voz cantante y es la que decide.
Sin la figura dominante del novio, como lamenta mediante una metáfora canina («pero tú ya no me muerdes»), 78 está totalmente fuera de control.
Avisa y premedita su crimen, pero ante la pasividad de Julio que se niega en ponerla en los rieles, Fernanda ya no tiene frenos para llevar a cabo su venganza y ser, prosiguiendo la alegoría, «el perro que ladra más fuerte».
79 Su miedo traumático por la sangre también condiciona su crimen: no puede verla, así que tendrá que quemar para matar, un asesinato cobarde y que resultará equivocado ya que matará al hijo y no a la amante.
Su frialdad radical (incluso su «euforia») 80 distorsiona el propósito del monólogo interior: asesinar a una criatura pone a prueba los límites de la empatía de lector (encarnado aquí por el desapego de Dante) para con el personaje.
Matar al símbolo de la inocencia y no sentirse arrepentida desprestigia definitivamente a la figura de la protagonista.
Orfa Alarcón eligió al acto más imperdonable para provocar un rechazo inequívoco.
También deconstruye la imagen de pureza (la virgen) o de histeria (la bruja) reservada a las mujeres de ficción: Fernanda es capaz de matar fríamente y de llegar al cinismo, al igual que cualquier hombre.
Lo abyecto no tiene sexo, es una construcción mental errática.
La afirmación de ella misma, mediante la repetición de «yo» para iniciar cada frase del último párrafo de la novela, petrifica al lector.
El desenlace de la tragedia es invertido: como Yocasta (la madre de Edipo) se suicida el capo, vencido por la omnipotencia de una bestia salvaje, esa perra brava del título.
Fernanda bebe la sangre del sacrificado, convertida en emperatriz de un mundo masculino que ha doblegado al superar su violencia.
En resumen, Orfa Alarcón utiliza el psicoanálisis para circunscribir las acciones y decisiones de su heroína, entender sus fallos, buscar de dónde nace la violencia.
Habíamos hablado de un componente social en la primera parte de nuestro trabajo, pero también observamos los motivos psíquicos.
Alarcón plantea de la siguiente manera los cuestionamientos que hemos mencionado: ¿existe una justificación de la violencia?, ¿hay excusas a la barbarie?
El trasfondo socio-psicológico usado por la escritora, así como el uso del patrón del viaje iniciático del héroe, relata cómo una chica normal cruza el umbral de la ilegalidad e ingresa al mundo narco.
No obstante, el papel reservado a la mujer en la sociedad y la cultura de masas (televisión, rap y reguetón) así como los traumas infantiles de Fernanda en ningún caso justifican el horror vengativo y enloquecido del final de la novela.
Fernanda, al seguir las distintas etapas que llevan hasta el desenlace trágico, tuvo posibilidad de salvación mediante unas puertas dejadas 79 Ibidem, 188.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.02 abiertas por la escritora: Sofía, Dante, el viaje a Japón, el Chino eran posibles escapatorias que la anti-heroína rechazó.
No es un personaje trágico cuyo fatum se encontraba preescrito (aquí el complejo de Edipo es freudiano y no mítico).
Orfa Alarcón levanta pistas para entender la dualidad del personaje, pero induce a pensar que son sus elecciones, erróneas, las que le llevan a sumirse a la barbarie del mundo de los narcos.
Para concluir, las tres novelas empiezan por la idea simbólica de la muerte: Violetta habla desde la supuesta ultratumba, Makina muere simbólicamente en un terremoto premonitorio que anuncia su marcha hacia el inframundo, Fernanda somete su vida al albedrío de Julio.
De hecho, la vida de estas tres mujeres está condicionada por la violencia endémica en México.
Pero en las tres novelas esta violencia es distinta.
Perra Brava se adentra en la violencia actual de la guerra de los carteles, que no excluye a jóvenes ni a mujeres.
El ambiente ominoso que reina en Monterrey se retrata en la novela mediante la cotidianeidad de las escenas familiares: «la ciudad desayunaba teniendo enfrente huevos estrellados, salsa cátsup y unas cavidades vacías de ojos mirándola fijamente».
81 La escritora denuncia un hábito ante la violencia mediante la multiplicación de los actos bárbaros y su difusión banalizada (espectáculo) por los medios de masas.
La corrupción policial y política se señala claramente como partícipes de esta violencia e indican que no hay ni justicia ni salvación.
Señales que precederán el fin del mundo, por su parte, contempla una violencia económica y social (causa y consecuencia de la migración) más oculta pero igualmente actual.
Finalmente, Diablo Guardián presenta de forma soterrada la violencia colectiva e íntima de la identidad mexicana, en particular del mestizaje, herencia traumática del sistema clasista y racista colonial.
Por consiguiente, estamos ante una violencia social, que excluye por el color de la piel (malinchismo), por el sexo (machismo), por la pobreza (migración) o por no pertenecer al cartel (narcotráfico).
Por otra parte, si la heroína de Alarcón cae de lado del mal cruzando las últimas barreras de lucidez razonable en su mente, nunca llega a pasar del otro lado de la frontera geográfica («ir al gabacho» era la única opción viable para salvarse definitivamente de la enredadera narco), mientras que Violetta y Makina desarrollan su existencia ficcional en el norte de la valla.
Como subraya Fredrik Olsson, también nosotros observamos una «falta de mujeres novelistas que se centren en el tema de la migración indocumentada».
82 Se podría justificar por la tentación de quedarse en la madre tierra, y sobre todo por la voluntad de enseñar que no es el cambio de país lo que determina la evolución mental y moral del sujeto.
Aquí la violencia omnipresente -individual y colectiva-contamina, lo hemos dicho, las últimas certidumbres de Fernanda.
Alarcón apunta que la odisea no tiene por qué pasar por este viaje migratorio: construye un viaje interior que nos lleva hacia las más íntimas contradicciones de la antiheroína, o hacia el mal absoluto.
Si en la introducción señalamos la valentía de las protagonistas como justificación de su género, podemos matizar esta afirmación y que es su capacidad de transgresión la que justifica la elección de una mujer para encarnar la historia.
Además, en estas tres novelas los personajes femeninos viven en un mundo regido por reglas masculinas.
A primera vista el poder y la violencia son atributos de los hombres.
Pero pronto cada heroína llega a sobrepasar lo establecido.
Como temática común vemos que cada heroína pretende superar al hombre, dejarlo de lado, vencerlo.
Por lo tanto, su singularidad les permite ir más allá de los tópicos que encierra a menudo su género.
Reactualizan el mito (Makina), revolucionan un género narrativo (Violetta) o degradan un patrón literario (Fernanda).
Son dignas de ser heroínas por su cualidad fronteriza.
Makina, intermediaria de palabras, recados y mundos; Violetta, passenger de una sociedad underground a la Iggy Pop; Fernanda nadando a contra-corriente del viaje iniciático, encarnan la frontera por su carácter maleable, fluctuante e imprevisible. |
fronteras, por cuanto en ella se ocupa de mostrar lo falaz que resulta el sueño americano para los latinos y, simultáneamente, de revisar los diferentes prejuicios con los que se configura la imagen de los ciudadanos del Sur.
Esta afirmación sirve de punto de partida a la lectura hermenéutica que se propone en este artículo, donde se analiza el proceso comparativo entre los del Norte y los del Sur que desarrolla su autora a través de una trama policiaca.
El análisis se detiene en dos motivos temáticos de naturaleza dicotómica, el idioma/la escritura y lo limpio/lo sucio, propuestos en la novela como parámetros de diferenciación y de encuentro entre las dos culturas.
Laura Restrepo (Bogotá, 1950) es una de las escritoras colombianas con mayor reconocimiento dentro y fuera de su país.
Su militancia política en Colombia, Argentina, México y España, su participación en las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y el grupo revolucionario M-19, su desempeño como docente universitaria en Estados Unidos y su labor como periodista en el diario El País de Madrid y la revista Semana de Colombia, hacen de ella una figura atractiva para los medios de comunicación y el público en general.
Pero, más allá de estas actividades, está la escritora que ha capitalizado sus experiencias para configurar una obra, para nutrir sus novelas, reportajes y crónicas con personajes y situaciones reales, para hacer de la escritura un oficio que le permite desplegar tanto su creatividad como una mirada crítica sobre la sociedad contemporánea.
Dicho en palabras de la misma autora: «en el proceso de escribir novelas pervive tanto la persona que hizo política como la periodista».
1 A sus quehaceres como política y periodista responde de manera directa su primera obra, Historia de un entusiasmo (1986), en la cual se sirve del reportaje como estrategia para informar acerca del proceso de negociación de paz entre el Gobierno y el M-19.
Le siguen una serie de novelas que, si bien utilizan recursos propios del periodismo, 2 se inscriben en la ficción.
Cada una de estas novelas da cuenta de su compromiso con la escritura al tiempo que evidencian su interés por los temas del exilio y la lucha por la supervivencia (La Isla de la Pasión, 1989); el narcotráfico y la guerra entre familias (Leopardo al sol, 1993); la religiosidad popular (Dulce compañía, 1995); la prostitución asociada a las grandes compañías petroleras (La novia oscura, 1999); el desplazamiento forzado a causa del conflicto armado (La multitud errante, 2001); 3 los problemas sociales derivados del narcotráfico (Delirio, 2004); la militancia política en contra del dictador argentino Videla (Demasiados héroes, 2009); la inmigración de latinos hacia Estados Unidos (Hot Sur, 2012).
Temas que se desarrollan, en su orden, en contextos espaciales tan disímiles como la isla Clipperton (Océano Pacífico, México en el momento de la narración); la Guajira; los barrios populares de Bogotá; la región petrolera del Magdalena Medio;
3 Para Giraldo la naturaleza de esta novela responde al concepto de peregrinación, modalidad de desplazamiento a la que se ven obligados un sinnúmero de personas que van de un lugar a otro en la búsqueda de sus familiares desaparecidos o de un lugar donde construir un nuevo hogar.
Para Rueda, por su parte, la novela plantea «la necesidad de construir un nuevo relato fundacional para una comunidad que ha sido desterrada».
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.03 los departamentos del Huila y del Tolima; la Bogotá de la burguesía colombiana; Buenos Aires (Argentina) y Nueva York (EE.
Como puede observarse en esta apretada síntesis de temas y espacios geográficos, la narrativa de Restrepo se afinca en Colombia, pero trasciende sus fronteras para ocuparse de la sociedad latinoamericana, de los problemas políticos, económicos y culturales que le son comunes a sus hombres y mujeres sin importar su raza ni su nacionalidad.
Esta intención de dar cuenta de asuntos que no respetan límites geográficos ni culturales es la que acompaña de manera más decidida la escritura de su última novela: Hot Sur (2012).
Así lo declara Restrepo en diversas entrevistas.
La importancia de tales epitextos4 trasciende la función de publicitar la aparición de un nuevo libro, pues además de dar una síntesis de la trama, de señalar cómo la novela trata los problemas que enfrenta la mujer latina cuando va en busca del sueño americano y de explicar la naturaleza híbrida y plural de la novela en la que concurren géneros discursivos como el diario, la autobiografía y el reportaje para configurar una historia policiaca salpicada de reflexiones metaficcionales, la autora se detiene, una y otra vez, en una reflexión sobre la propuesta genérica y estética de esta obra.
Si bien declara su intención de hacer un thriller, Restrepo cataloga esta obra como novela de fronteras.
Asunto que resulta interesante no solo porque tal clasificación no forma parte de las taxonomías de una obra literaria sino, sobre todo, por el movimiento autorreflexivo que acompaña a sus declaraciones y que constituye una suerte de poética de la novela.
Poética que, como más adelante se verá, bien puede servir a manera de guía para su lectura.
Valga entonces iniciar con un recorrido por algunas de las explicaciones de la autora acerca de lo que para ella significa la expresión 'novela de fronteras'.
En entrevista concedida a ABC.es, responde así a la inquietud sobre las categorías con las que se etiqueta a las obras literarias:
Esta es una novela de frontera, que reivindica la mezcla.
Estamos ante realidades nuevas.
Las categorías viejas no nos sirven y es lícito echar mano de lo que tú quieras.
Nosotros venimos de la tradición del «boom», pero también de una reacción contra eso.
Ellos delimitaron el territorio, le dieron cuerpo y presencia, pero estamos en una época en la que las literaturas nacionales ya no tienen sentido.
5 Además de llamar la atención sobre la necesidad de dejar atrás rótulos generacionales, estas palabras abogan por la ruptura de consideraciones nacionalistas y proponen la apertura de los límites territoriales al momento de catalogar una obra literaria.
La mezcla entonces a la que se alude en estas palabras es de tenor cultural y, en esa medida, advierten que la novela reúne diversidad de costumbres, conocimientos y tradiciones propios de las sociedades latinas y norteamericanas.
Concepción que la autora ratifica en otra entrevista cuando afirma que:
Esa es justamente la idea, una novela de frontera: entre el norte y el sur, entre el inglés y el español, entre el viejo sueño global americano que se derrumba, y el nuevo sueño que los personajes persiguen sin saber todavía cómo será.
Quise contar a través de miradas cruzadas: la extrañeza de los gringos frente a la marejada de latinos que se les viene encima, por un lado, y por el otro las expectativas y decepciones de los latinos ante esa realidad de allá.
6 En suma, la propuesta consiste, en términos formales y de estrategia composicional, de servirse de una doble focalización y, en términos temáticos, en desplegar una historia donde entran en escena idiomas, razas y concepciones del mundo.
Estos asuntos, además, adquieren unidad por su función de aristas del tema de la novela: la inmigración 7.
Así lo expresa Restrepo: los límites de su espacio para defenderlo de los otros.
Queda así explícito el último aspecto de esa correlación que para Restrepo debe existir entre los asuntos y situaciones alrededor de los cuales un autor configura la trama de su obra y las categorías que se acuñan para su descripción y catalogación.
Según el desarrollo argumentativo antes expuesto, puede afirmarse que la presuposición de la expresión 'novela de fronteras' se despliega en las tres ideas ya expuestas, esto es, la trasgresión de límites territoriales, la comparación cultural y la inmigración en cuanto confrontación de visiones del mundo.
Las mismas que conforman su campo semántico y que bien pueden considerarse rasgos distintivos de Hot Sur.
Así las cosas, a continuación se propone una aproximación a esta obra de acuerdo con el desarrollo de estos tres temas, a las estrategias de las que se sirve la autora para configurar su historia y, lo más importante, a la proposición de mundo, según expresión de Ricoeur, 9 que acompaña el proceso de construcción de la trama.
A este propósito se disponen los dos apartados siguientes que responden a la intención de la autora de dar cuenta de esas «miradas cruzadas» entre norteamericanos y latinos.
El orden de presentación obedece al propuesto por la novela desde su título y su epígrafe.
De ese lado de la frontera: los del Sur
En su función de apertura del texto, el epígrafe se ofrece también como frontera 10 que marca el inicio de la novela y, como bien lo anota Genette, «está, para el lector, a merced de su relación con el texto» 11 y, por lo tanto, es en el transcurso de la lectura que se configura una interpretación de tal relación.
En ese sentido, el epígrafe de esta novela resulta interesante, no solo por sus características formales, sino también por plantear el tema del texto, la inmigración, y dar cuenta de la percepción de esta problemática por parte de uno de sus personajes.
Y es precisamente el hecho de que la autoría de la cita corresponda a Ian Rose, actor principal y narrador de buena parte del relato, el primer rasgo formal que llama la atención en cuanto puede considerarse, por una parte, como un auto-epígrafe 9 Ricoeur, 2006a, 107.
10 Para Genette (2001, 123), el epígrafe es un paratexto en la modalidad de peritexto por cuanto se sitúa «al borde de la obra».
disfrazado ya que finalmente remite a la voz del autor, el creador del personaje 12 y, de otra, como auténtico e inexacto, 13 pues si bien corresponde a las digresiones acerca de la inmigración de latinos hacia Estados Unidos que en un momento dado de la historia hace el personaje, también es cierto que no se transcriben literalmente sus palabras.
La variación, como más adelante se verá, resulta significativa.
Ahora bien, de las funciones que se le atribuyen a un epígrafe la más común es la de comentar, esclarecer y justificar el título de la obra.
En este caso, la cita explica desde la perspectiva de un ciudadano estadounidense el significado que se condensa en la expresión 'hot sur'.
Para que no se dude de sus palabras, estas se respaldan en experiencias del personaje y en su convivencia con latinos.
Este ingeniero hidráulico, empleado de una compañía inglesa, vive varios años en Colombia y durante ese tiempo él y su familia temen ser robados, secuestrados y agredidos.
La situación de inseguridad y desconfianza llega a tal punto que su esposa lo abandona y se lleva al hijo para protegerlo de ese «lugar calamitoso donde en cualquier momento podría ocurrirles una desgracia».
14 En el presente de la narración, trabaja para él una dominicana, ilegal en el país y quien ha ingresado a Estados Unidos por el hueco, 15 en la cifra récord de 17 veces.
Esta es la historia que está tras sus palabras.
Una historia, por demás, plagada de situaciones que son ya un lugar común cuando se habla de Colombia.
El epígrafe dice así:
Ya tenemos encima al Sur, al desmadrado y temible Sur, quinientos millones de seres de piel oscura que hablan español y que vienen subiendo desde la Patagonia, se multiplican en Colombia, atraviesan Nicaragua, en México se vuelven marejadas y ya son horda cuando se cuelan por los huecos de nuestra frontera vulnerable.
16 Lo primero a observar en estas palabras es la inclusión de su enunciador en el grupo de los del Norte.
Grupo que si bien no se nombra directa-12 Precisa Genette que en este caso se aplica un principio narratológico, según el cual «atribuir (en ficción, por supuesto) al autor solo lo que es materialmente imposible de atribuir al narrador -admitiendo que en realidad todo se vuelve al autor-, ya que él es también el autor del narrador».
15 Restrepo refiere que esta situación no es ficcional: «En Hot Sur hay un personaje que ha hecho lo que en la vida real hizo de veras un amigo mío: cruzar la frontera, de aquí hacia allá y de allá hacia acá, no dos veces, ni tres, sino 17.
O sea cada que le daba la gana, pese a toda la parafernalia bélica que supuestamente impide que eso pase».
Pero la denominación, que responde a una ubicación geográfica -América del Sur y América del Norte-, rápidamente desborda este criterio espacial y se le otorgan nuevos sentidos por efecto de un juego de contraposiciones y el uso del recurso retórico de la metonimia.
En un primer momento, el Sur adquiere un estatuto dinámico, cual ser, y, en esa medida, se caracteriza a partir de dos rasgos expresos mediante adjetivos.
Estos dos rasgos, además, homologan todas las regiones y desconocen límites geográficos y diferencias culturales.
El primero de ellos,'desmadrado', califica a la persona que actúa de manera alocada y desenfrenada o sin respeto ni miramiento.
El segundo,'temible', da cuenta del efecto de miedo que causa en los otros.
Así las cosas, bien puede afirmarse que estos dos adjetivos sintetizan una evaluación en la que se alude a lo incontrolable, a la imposibilidad de sujeción alguna, a la manera irreflexiva, por decir lo menos, como se comporta esa región del Sur.
Quizá a esta característica obedezca el miedo y el temor que suscita, pues, si no hay poder alguno que la contenga ni razón que guíe sus acciones, ¿cómo afrontar entonces a tal región?, ¿cómo contener a esa especie de bestia salvaje que se perfila tan sutilmente en estos dos adjetivos?
Esa es una de las conclusiones a la que invita esta descripción del Sur, la cual, en función de explicar el significado del título de la novela, establece una correlación entre el adjetivo 'caliente', traducción de hot al español, y una de sus connotaciones más comunes:'violento','desfogado'.
El epígrafe a continuación da un viraje temático y focaliza su atención en los habitantes del Sur a quienes describe, inicialmente, a partir de rasgos convencionales -muy numerosos y con un color de piel e idioma diferentes a los del Norte-y, de manera particular, con un rasgo sobre el cual parecen recaer las preocupaciones del personaje: su movilidad.
Según su percepción, esas personas se transforman en ese camino de la Patagonia a los Estados Unidos a su paso por cada una de las estaciones por las que transitan.
La progresión semántica se observa en las siguientes expresiones: vienen subiendo/ se multiplican/ atraviesan/ se vuelven marejadas/ son horda/ se cuelan.
De esta suerte, cuando llegan a su destino final, no solo la cifra inicial se ha alterado considerablemente, también su estatuto, y al momento de traspasar las fronteras son ya una horda, es decir, un grupo que obra sin disciplina, con violencia que actúa, cual fenómeno natural por demás.
Se reitera así el carácter desenfrenado e irracional de los del Sur y el temor que suscitan en los del Norte al afectar su seguridad.
Este aspecto, adquiere FRONTERAS EN VILO.
UN ESTUDIO SOBRE HOT SUR DE LAURA RESTREPO nuevos valores en el desarrollo de la novela cuando el personaje discurre acerca de la inmigración hacia su país y considera que existe una suerte de «complot latino» 17 al que no se puede escapar dado que:
No había defensa posible, a la civilización occidental se le estaba viniendo encima todo el Sur, el explosivo y atrasado Sur, el desmadrado y temible Sur, con sus miles de odiadores de gringos que venían subiendo en horda encabezados por María Paz y Empera, que eran las líderes de esa gran invasión que avanzaba por Panamá, atravesaba Nicaragua, se dejaba venir como tsunami por Guatemala y México y era incontenible cuando se colaba por los huecos de la vulnerable frontera americana.
18 Dos nuevos adjetivos se suman a los ya enunciados.
El Sur es ahora 'explosivo' y 'atrasado', rasgos que enfatizan, el primero, el carácter violento de esa región y, el segundo, su rezago (¿cultural, económico, social?) con respecto a los del Norte.
La descripción cuantitativa de sus habitantes se acompaña de la percepción de una animadversión profunda hacia ella y su grupo social.
Para que no quede duda de tal cosa, el enunciador utiliza una expresión,'gringos', que no hace parte del lenguaje del ciudadano norteamericano y cuya connotación despectiva se reconoce históricamente.
Además, en una suerte de equilibrio semántico, califica nuevamente a los habitantes del Sur como una horda.
A continuación, y de manera semejante al epígrafe, las palabras del personaje tratan el tema de la inmigración, de la movilidad del Sur que en esta ocasión se marca discursivamente con algunos términos menos fuertes en su connotación -'avanzaba','atravesaba','se dejaba venir','se colaba'-, pero se compara, otra vez, con un fenómeno natural de dimensiones superlativas superiores a la marejada para enfatizar su naturaleza incontenible y violenta.
Para completar esta descripción, a todas luces negativa, el personaje alude, en las dos ocasiones aquí referidas, a un único rasgo del Norte: su vulnerable frontera.
Retorna así a criterios geográficos para señalar un aspecto frágil de su territorio, que no de sus gentes, pues a estas por contraposición y en virtud de la elisión, les corresponde la disciplina, la obediencia a las leyes, la racionalidad, y, por supuesto, el sedentarismo.
Además, no son tan numerosos, son blancos, no hablan español y son pacíficos.
En suma, el Norte es una sociedad civilizada, tal como lo declara el personaje de manera explícita y excluyente de los otros, que en su calidad de víctima debe afrontar a un victimario salvaje, el Sur.
El caliente y violento Sur, con mayúscula, además.
La apertura semántica del título señala así hacia la confrontación como campo semántico.
Esta situación se hace explícita de manera contundente en la siguiente conclusión a la que llega el personaje:
Los buenos, que ya habían perdido Texas, California y Florida, ahora perdían también Arizona y Colorado.
New México y Nevada eran ya bastión del enemigo, y poco a poco irían cayendo en manos de los malos los demás estados.
19 Es un hecho, entonces, que esa lucha por un territorio viene de tiempo atrás y que el avance y la ocupación no se detendrá.
Las categorías éticas y morales hacen su aparición para establecer la diferencia entre los dos grupos, los del Norte son los buenos, los del Sur son los malos.
El enemigo está identificado y por paradójico que resulte, está derrotando a la civilización occidental.
Cabe anotar que con el ánimo de matizar tal descalificación de los latinos, estas disquisiciones de Ian Rose se tratan de justificar al inscribirlas en un episodio de crisis de ansiedad originado por la muerte trágica de su hijo.
Sin embargo, tal estado no logra exorcizar la imagen negativa, descalificadora y maniquea que se cifra, primero en el epígrafe y, posteriormente, en la extensa elucubración antes referenciada.
Pero el título de la novela puede interpretarse desde otra perspectiva que igualmente resuena en algunos episodios de la novela.
Las connotaciones de 'caliente' también se inscriben en el campo semántico de lo sexual y lo erótico y allí, Bolivia y María Paz, madre e hija respectivamente, aportan unos cuantos ejemplos.
María Paz, la protagonista de la novela, será actriz principal de relaciones intrincadas en las que asuntos como la conveniencia, el dinero y el sexo juegan un papel importante.
Esta colombiana, a quien su madre indocumentada logra traer a Estados Unidos después de años de trabajos y de sometimientos sexuales y sufrimientos, se casa con un expolicía muchos años mayor que ella con la esperanza de solucionar sus problemas económicos y de residencia.
Pero no puede evitar la atracción física hacia su cuñado, Sleepy Joe, con quien, como ella misma lo confiesa, «me revolqué de placer y toqué el cielo con las manos haciendo el amor con él no una vez, ni dos, ni tres, sino muchas».
20 Si a estas declaraciones se agregan las descripciones pormenorizadas del cuerpo del amante, las evocaciones de los momentos de goce que comparten y la atracción incontrolable que siente, bien puede configurarse la imagen de una mujer en la que la infidelidad es el resultado de una naturaleza ardiente imposible de domeñar a pesar de los ingentes esfuerzos que hace y de su arrepentimiento.
No se piense, sin embargo, que Restrepo se limita a mostrar y demostrar en su novela esta visión del mundo latinoamericano para denostar o cuestionar ya al ciudadano norteamericano, bien a la mujer latina.
En pro de la objetividad, se escucha la voz de quienes piensan diferente.
Corresponde al hijo de Ian, Cleve Rose, por una parte, ofrecer una mirada sobre Colombia y la mujer latina que aunque no logra alejarse completamente de los estereotipos antes enunciados, sí rompe por lo menos con algunas connotaciones negativas; y, por otra, ser la voz que transmite una reflexión crítica acerca de la sociedad norteamericana y la visión del mundo latino dominante en ella.
La percepción de Cleve, fruto de su experiencia en Bogotá cuando era un niño, está signada por la nostalgia de lo mágico y sorprendente del mundo latino.
A diferencia del padre, el hijo recuerda los olores, sabores, expresiones, paisajes y gentes con un sentimiento de afecto y resiente su ausencia, pero su vivencia también se asocia con la aventura y el riesgo para su seguridad que entraña ese mundo.
Cleve conserva en su memoria, por ejemplo, la emoción que sintió cuando presenció una «pelea a machete entre dos hombres»; asocia el territorio con el «peligro de las carreteras de montaña, los camiones que aceleraban de manera suicida por curvas cerradas sobre abismos de niebla», y en su mente resuenan los nombres de frutas «como si fueran conjuro, chirimoya, chirimoya, papaya, papaya, maracuyá».
21 Entre todos estos recuerdos destaca la imagen de su nana, «una morena muy hermosa que en su pueblo natal había sido coronada Reina regional del Currulao»,22 y a quien posteriormente relacionará por su belleza y color de piel con María Paz, su alumna en el taller de escritura que dicta en la cárcel de Manninpox y de quien se enamora.
Se destaca de esta forma la seducción que ejerce el mundo latino sobre el personaje y el ansia por recuperar los estímulos sensitivos del pasado.
El hijo, entonces, se distancia del padre por la fascinación que entraña la aventura que le ofrece el Sur; el miedo y la desconfianza de Ian se transforman en Cleve en la oportunidad de romper con la rutina, lo conocido y lo seguro.
En Cleve, además, se observa un esfuerzo consciente y racional por superar los prejuicios raciales y morales propios de su sociedad.
Existe en él una voluntad de romper las barreras culturales entre norte y suramericanos.
Así lo demuestra una de las entradas de su diario en la cual se detiene en la perturbación que le suscita su relación con María Paz, fruto de la ambivalencia de sentimientos y visiones del mundo que confluyen en su percepción acerca de los latinos.
La imagen que utiliza para describir tal situación es la de un «monstruo bicéfalo» 23 cuya primera cabeza reconoce en María Paz a la mujer que despierta su pasión, a alguien que incluso puede ser superior a él dada la rudeza y energía con la que enfrenta las adversidades.
Mientras la segunda, arrastra consigo una serie de prejuicios según los cuales es «alguien venido de un universo incomprensible y lejano de tierras empobrecidas, hambrientas y violentas, esas que salieron mal libradas del reparto».
24 En uno y otro caso, el personaje focaliza su discurso en la manera como se considera desde dos perspectivas diferentes la diferencia racial.
Así, por una parte desea, según lo afirma, «traspasar el umbral» racial y experimentar la unión de una piel blanca con una morena, tal como se pregona desde el Cantar de los Cantares, se representa en Otelo de Shakespeare y testifica un tenista como Boris Becker, 25 ejemplos cuya selección es indicativa de su afán por demostrar cómo su anhelo no es ajeno a preceptos religiosos, a una tradición de la que da fe la literatura y, por supuesto, a experiencias cercanas de su propia cultura.
Por otra parte, expone los argumentos por los cuales debería evitar una relación amorosa en la que las diferencias se revelan como irreconciliables; así lo demuestran las habilidades para el robo, la maldad y la manipulación exhibidas por la mujer latina en experiencias que son ya un lugar común en su sociedad.
Ante este estado de cosas, el personaje concluye su reflexión con un diagnóstico: el problema de quienes desconfían de los latinos radica en que siempre los considerarán extranjeros y pasa entonces a de-construir el significado de tal expresión con el fin de demostrar sus implicaciones; dice: Proviene del latín extraneo, desheredado, o extraneus, externo, de la parte de afuera, extraño, raro, que no me resulta familiar.
Es una foreigner, del latín foras, afuera, de fuera, alguien venido de lejos, de lo exterior.
O forastera, de foris, puerta, entrada: alguien que permanece del otro lado de mi puerta cerrada, que no 23 Ibidem, 169.
Y forastera del latín foresta, bosque, selva: alguien que viene del bosque, un ser salvaje, selvático, y por tanto ajeno a la paz y seguridad de mi casa y de lo mío.
26 Como puede observarse, la transformación semántica del término y las presuposiciones que en él se condensan remiten al lector a las mismas conclusiones implícitas en las palabras de Ian que sirven de epígrafe a la novela.
Sea que se trate de elucubraciones producto de la crisis, o bien de una indagación filológica, el resultado es el mismo: los latinos resultan extraños a la sociedad y al territorio norteamericano, a los ciudadanos y a sus hogares; el Sur y sus gentes son una amenaza para la seguridad del ciudadano estadounidense dada su barbarie y violencia.
Esta es en síntesis la radiografía de una postura que comparte Ian, el padre, con muchos de sus conciudadanos y a la cual se opone Cleve, el hijo, para quien tales argumentos no son otra cosa que prejuicios producto de los cuales se toman decisiones equivocadas.
La discriminación, el aislamiento y la reclusión son algunas de las que resultan a sus ojos censurables e injustas.
La novela presenta así dos miradas sobre el mundo latino, la de dos generaciones de norteamericanos para quienes esa región allende de sus fronteras representa bien una amenaza, ya una oportunidad de nuevas experiencias, pero que, al fin y al cabo, no logra superar completamente tal ambivalencia.
El balance, en todo caso, es desalentador para quienes, más acá de los límites de Estados Unidos, todavía creen en el sueño americano.
No por ello, la situación para los del Norte es diferente, así lo propone Restrepo en su novela a través de la mirada evaluadora de María Paz y, nuevamente, de Cleve; la primera como vocera de los latinos, el segundo de la sociedad norteamericana; uno y otro, como representantes de una nueva generación que quizá asuma de otra manera las diferencias raciales y culturales.
La estrategia para dar cuenta de las diferencias culturales consiste en una doble focalización: se narra desde la mirada de María Paz, pero se analiza desde los conocimientos de Cleve.
Para el primer caso, se configura un personaje que se mueve en múltiples escenarios y desempeña muchos roles; para el segundo, se le otorga el estatuto de escritor de novelas gráficas de cierto renombre y de profesor-tallerista literario.
Uno y otro se presentan por sí mismos a través de sus escritos, la autobiografía y el diario, respectivamente, que se insertan en la narración como pruebas documentales por parte de la narradora-periodista.
Son dos personajes con voz propia y que rompen con el estilo indirecto que caracteriza la voz enunciativa de gran parte de esta novela y de algunas otras de Restrepo.
27 El siguiente apartado se dedica entonces a mostrar a los del Norte desde esa doble perspectiva: lo que María Paz percibe fruto de su experiencia vital y lo que piensa y conceptualiza el hombre ilustrado, Cleve.
A este propósito se seleccionan dos motivos temáticos, el idioma y los hábitos de limpieza, cuya relevancia se destaca en la novela no solo por su recurrencia, sino también por el papel que se les otorga en tanto rasgos con los cuales la autora desarrolla una suerte de cotejo entre la naturaleza utópica del sueño americano y lo falaz de los prejuicios -raciales, éticos-que determinan la percepción de lo latino más allá de la frontera.
De este lado de la frontera: los del Norte
De manera semejante al modo en que se trazó la visión de los del Norte acerca de los del Sur a partir de prejuicios de cuño tradicionales, la novela acoge una serie de premisas que son ya un lugar común para delinear la otra cara de la moneda.
Hablar de Estados Unidos como la tierra prometida; caracterizarlos como el paraíso donde reinan la abundancia y las oportunidades; señalar hacia el Norte cuando se piensa en la libertad y en la igualdad; pensar en la sociedad estadounidense como modelo por excelencia de la civilización occidental, entre otras proposiciones, constituyen algunas de las razones que motivan el viaje de Bolivia, la madre, y de María Paz, 28 la hija, hacia ese país.
Estos dos personajes, al igual que otros tantos latinos, van tras el sueño americano que más temprano que tarde se revela como una quimera: «América no está en ningún lado.
América solo está en los sueños de los que soñamos con América», 29 dice María Paz.
Esta voz narrativa transmite, sintetiza y presenta la información obtenida de las entrevistas, documentos y testimonios.
Para ampliar este aspecto de la narrativa de Restrepo puede consultarse Ardila-Jaramillo, 2015.
28 La explicación que aporta el personaje según la cual es una tradición familiar bautizar a las mujeres con «nombres geográficos, como si en vez de una familia fuéramos un atlas», no logra ocultar la intención de configurar un valor simbólico y de aprovechar la doble referencialidad del nombre.
La resonancia simbólica se afecta por lo evidente del recurso y se resiente por las interpretaciones del personaje; dice por ejemplo acerca de su nombre: «Me gusta porque de La Paz nadie habla y a la Paz nadie va».
Lo aislado de la capital boliviana y, al tiempo, lo escurridiza que resulta la noción de paz en Latinoamérica, es una implicatura que podría dejarse al lector.
Frase que sintetiza la intención de la novela de demoler, uno a uno, tales prejuicios sobre los que se sostiene el imaginario sobre el Norte y sus oportunidades.
Postura, además, que hace eco a las palabras de Giraldo quien afirma en su investigación acerca de las migraciones y los desplazamientos en la narrativa colombiana, que quien «migra o emigra, se desplaza, vive la realidad de una diáspora».
30 Las historias de madre e hija se configuran también con situaciones habituales a través de las cuales se denuncia la discriminación e injusticia para con los latinos: empleos al margen de la ley, horarios extensos, mala remuneración, carencia de condiciones de seguridad, viviendas indignas, hambre, soledad y un largo etcétera a través del cual se pasa revista a situaciones y circunstancias que no por sabidas dejan de suscitar un grito de protesta por parte de los personajes.
Sin embargo, en la historia de María Paz puede observarse un esfuerzo por parte de la autora por dar cuenta del mayor número posible de situaciones que, en su calidad de mujer latina, tiene que enfrentar en Estados Unidos.
A este propósito viene bien la naturaleza genérica de la novela como un clásico thriller y desfilan entonces por sus páginas una alta dosis de comportamientos violentos en la que no faltan azotes, violaciones, torturas, diez asesinatos, persecuciones y, en fin, una serie de comportamientos patológicos sobre los cadáveres -despellejamientos, crucifixiones, incineración-.
El papel de victimario, contrario a lo que los prejuicios de la sociedad norteamericana dictan, le corresponde a un blanco, 31 Sleepy Joe, el passion killer de la trama.
Este personaje se configura como un maniático religioso que celebra con cada una de sus víctimas un ritual particular que sigue, según lo verifica Ian Rose en su papel de detective, «el patrón al pie de la letra» 32 que sugieren Paulo Coelho y Dan Brown en sus obras y que ha elegido para sus rituales los instrumentos de la pasión de Cristo: quitarle el rostro a su víctima para exhibirlo en un trapo, coronar de espinas la cabeza de Cleve, marcarle con un puñal los cinco estigmas de Cristo a su hermano Greg, etcétera.
31 Así explica la autora esta asignación del papel del villano a un ario y no a un latino: «Si María Paz está en la cárcel por un asesinato que no cometió, tenía que haber un asesino que sí lo hubiera cometido.
El pavor a lo oscuro y a lo distinto está en la ideología americana.
La novela trata de ese otro muro quizá más sólido y difícil de echar abajo que es el muro de los prejuicios frente al que es diferente».
33 Restrepo con esta alusión justifica en cierto modo la presencia de tales modelos en su propia obra.
CLEMENCIA ARDILA-JARAMILLO proviene de una familia de eslovacos y tal como se presenta en la historia, siguiendo un modelo que es ya un lugar común, sus comportamientos erráticos y violentos obedecen a una infancia infeliz, a un padre castigador y a una madre con trastornos psicológicos.
En suma, sus problemas se originan en la casa y se nutren del medio social y cultural en el que se educa, donde proliferan sectas religiosas y sociedades secretas para adorar a una divinidad o para delinquir.
Su hermano, Greg pertenece a la confraternidad católica de El Santísimo Nombre de Jesús; los dos tienen un tatuaje en «cruz de doble travesaño sobre monte azul de tres crestas [...] y debajo de la cruz, en letras góticas una leyenda, "relámpago sobre Tratas"»,34 referencia esta última a una zona geográfica de su país natal y, además, participan de una red de tráfico de armas.
Así se configura el núcleo familiar al que ingresa María Paz al casarse con Greg y ser la amante de su cuñado; de esta forma se representa una parte de la sociedad norteamericana que le toca en suerte a la protagonista de la novela cuya vida entonces da un giro y termina viviendo en medio de comportamientos religiosos extremos y participando, sin saberlo, de acciones ilegales fruto de las cuales es acusada de asesinar a su esposo, recluida en la cárcel de Mannipox y luego perseguida por la justicia y por su cuñado.
María Paz es pues un personaje que recorre variedad de escenarios y vive situaciones diversas en su oficio de encuestadora de aseo, en su papel de esposa de un expolicía, en su calidad de amante -primero de un maniático religioso y, más tarde de un escritor norteamericano-y, sobre todo, en su estatuto de inmigrante latina sindicada de asesinato, prisionera en un momento, prófuga de la justicia después.
Así tramada la historia, la vida de la protagonista le permite a Restrepo mostrar los diferentes estatus por los que puede llegar a transitar una mujer latina en Estados Unidos: inmigrante ilegal, ciudadana americana por efecto de un matrimonio, reclusa en una prisión de alta seguridad, prófuga de la justicia, perseguida por un asesino en serie y, vuelta a empezar, pero ya en un nuevo paraíso: Canadá.
Este recurso le permite a la autora hacer del personaje un testigo de primera mano de las costumbres y características del ciudadano estadounidense del común; de la corrupción que corroe sus instituciones; de la problemática ideológica que permea las relaciones y, por supuesto, del trato inhumano que impera en las cárceles.
Esta concentración de funciones en un solo personaje y el privilegio de focalización que se le otorga constituyen un rasgo distintivo de la novela en aras de justificar una aproximación crítica a la situación actual de ese lado de la frontera.
En esa dirección, la narración de María Paz se acompaña de una serie de reflexiones acerca de cómo las diferencias de raza y de idioma inclinan la balanza hacia la aceptación o la exclusión de un grupo social, según se trate de sobrevivir en la ciudad o en la cárcel, en el mercado laboral o en medio de pandillas, en Nueva York o en Manninpox.
Se plantean entonces dos escenarios posibles para los inmigrantes y cómo una es su situación en las cárceles norteamericanas y otra muy distinta fuera de ellas.
Bien lo sintetiza el personaje, «mientras estuve en libertad, mi meta era borrarme lo latino como si fuera una mancha, y desde que estoy presa me ando volviendo una fundamentalista de la latinidad».
35 En esta metáfora sanitaria, por calificarla de algún modo, se sintetiza el estigma que supone ser latino o, según el código que se propone desde la sociedad norteamericana, ser de color moreno y hablar español.
Porque, así lo denuncia la novela, para los del Norte no existen diferencias identitarias importantes y estos dos rasgos, el color de la piel y el idioma, son suficientes para agrupar a mejicanos, colombianos, peruanos, ecuatorianos, panameños y, en fin, a todos los del Sur, en la categoría de latinos.
Este enunciado da cuenta, además, de la transformación del personaje, de su deseo de retornar a las creencias y principios éticos de su grupo cultural.
Hecho para cuya comprensión cabal es necesario detenerse en la propuesta de la novela acerca del lenguaje.
Las experiencias y las reflexiones las realizan María Paz y Cleve, pero tras ellos resuena la voz del autor implícito con su noción del lenguaje como sistema simbólico.
Quiere ello decir que se asume el lenguaje como un sistema de significación, un proceso cultural a través del cual una sociedad articula las experiencias, expresa una percepción del mundo y se establecen las relaciones entre sus miembros.
Dicho de otra manera y siguiendo los planteamientos de Ricoeur, es con arreglo al lenguaje que un individuo interpreta, describe, comunica su percepción del mundo y de sí.
36 Solo a través de los símbolos es posible relatar situaciones y acciones, dar forma a la narración y representar acontecimientos en un discurso.
A estas funciones parece hacer eco el relato de María Paz acerca de su primera impresión al llegar al país de sus sueños y comprobar decep- 35 Ibidem, 88.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.03 cionada «que en América se hablara solo español» 37 pues los nombres de las tiendas, de los productos, de las personas y de todo lo que la rodea en ese nuevo hogar está en ese idioma.
Se fija así la negativa por parte de los del Sur a renunciar a su lengua y, al tiempo, se demuestra la importancia que esta tiene en el proceso de apropiación de un espacio.
Como bien lo señala Giraldo, se trata de construir una «comunidad de lengua, cultura y costumbres» 38 como mecanismo para exorcizar la ausencia, el vacío y la nostalgia que acompañan al emigrante.
Para reiterar tal función, la novela presenta la otra cara de la moneda, lo que sucede cuando se les obliga a hablar solo inglés.
Esta es la situación a la cual se ven abocadas las latinas en las prisiones norteamericanas donde se les prohíbe el uso del español al momento de comunicarse entre ellas y con sus familiares en el momento de la visita.
La dirección de la prisión aduce que utilizan su lengua nativa para insultar a las guardianas, delinquir y conspirar.
Al taller de escritores que dicta Cleve, por ejemplo, solo pueden asistir seis latinas que tienen cierto grado de bilingüismo y en el momento en que este resuelve utilizar también el español en sus clases, la dirección cancela el programa.
María Paz da cuenta de esta situación de manera extensa y denuncia la intimidación de la que son víctimas, la violencia de las que son objeto «obligándote a hablar con los tuyos en un idioma que no es el tuyo, un idioma que tu gente ni siquiera sabe hablar» 39 y, lo más importante, acusa al sistema carcelario de utilizar como mecanismo de control una diferencia cultural, la más importante quizás dada la naturaleza simbólica del lenguaje, lo que resulta a todas luces injusto para las convictas, muchas de las cuales ni siquiera hablan el inglés.
Para que no quede duda acerca de la gravedad de tal prohibición y del impacto que tiene sobre una persona el no poder utilizar su lengua nativa, la novela explicita el poder del lenguaje como instrumento de apropiación del mundo y como medio de expresión de una ideología, en una de las lecciones de Cleve para con sus alumnas convictas del taller de escritura.
Lección que en palabras de María Paz se traduce en el hecho de que «el lenguaje es la estantería y sin lenguaje todo queda revuelto, confuso, por ahí tirado como si fuera basura».
punto que bien puede considerarse también esta novela como metaficcional, ya que desde la ficción se otorga sentido al hecho literario y a la propia obra con el propósito último de configurar una re-descripción del mundo de la literatura.
41 En efecto, en los primeros ocho apartados, se despliega una suerte de doble poética: de la novela como género literario y del proceso de configuración de la obra misma.
Tanto María Paz, la escritora novel que se inicia con un ejercicio autobiográfico, como Cleve, el escritor consagrado y reconocido por sus novelas gráficas, se pronuncian acerca de su oficio y, en el caso de la primera, también manifiesta su intención de aportar los insumos necesarios para que el segundo escriba una obra que llegue a ser un best seller y, por tanto, se esfuerza por configurarse a sí misma como un personaje de ficción.
Así lo anota en el siguiente comentario: «Me pregunto si usted podrá verme cara de personaje, después de enterarse de estas cosas ordinarias de mi vida.
Digo para su novela».
42 Este movimiento autorreflexivo interesa en la medida en que se direcciona, por intermedio de Cleve, hacia la denuncia de la manipulación ideológica que en las prisiones norteamericanas se realiza por mediación de los talleres de escritura cuando se le presentan al reo a modo de oportunidad de alcanzar el perdón de la sociedad, hacerse notable y ganar mucho dinero.
Su intención como tallerista, por el contrario, se fundamenta en una premisa de Walter Benjamín que parafrasea así: «la narrativa es el lenguaje del perdón».
43 María Paz, pocas páginas más adelante, amplía esta idea y califica su ejercicio escritural como una confesión, que no debe ser entendida únicamente en términos sacros, sino que se homologa, según ella lo explica a «echar baldazos de agua fría y desinfectante por toda la casa».
44 En otras palabras, la escritura se concibe en la novela como un acto de limpieza a través del cual se logra eliminar todo aquello que empaña una vida y retornar así al origen, a ser una hoja en blanco, según expresión del personaje.
De esta manera, Restrepo liga los dos motivos temáticos predominantes en su novela, el idioma/la escritura con la dicotomía limpio/sucio.
El primero, con el propósito de demostrar cómo una diferencia cultural se manipula en pro del dominio y el control sobre el otro.
El segundo, como otra opción de aproximación a la problemática relación entre los del Norte y los del Sur, pues como bien se señala en la novela, «entre lo pulcro y lo asqueroso cada quien traza su propia raya».
45 En su interés de demostrar cómo las diferencias entre culturas pueden abordarse desde parámetros diferentes a los de la raza y el idioma, la novela dirige su atención hacia las costumbres sanitarias, 46 las cuales, así se propone, «están referidas a toda una jerarquización social, ética y estética del mundo según estándares de suciedad/limpieza».
47 Jerarquización y función que la novela se ocupará de mostrar y demostrar en la esfera de lo íntimo -los hogares de los norteamericanos y latinos-y en el ámbito de lo público con el megabasurero Fresh Kills de Nueva York.
Cabe anotar que Manninpox se presenta a manera de una versión micro de la sociedad norteamericana a través de María Paz, quien se pregunta si América es lo que logra vislumbrar por una pequeña ventana, «¿o América es más bien esto de acá adentro?», 48 por lo tanto, en este espacio, la relación limpio/sucioprivado/público adquiere características particulares.
A la intención de dar cuenta de la relación limpio/sucio/íntimo responde el trabajo de María Paz, el cual consiste, según su descripción, en «meterse a las casas de la gente a preguntarle cosas íntimas» 49 para realizar estudios de mercadeo, por esto recorre barrios de diferentes estratos económicos y encuesta a personas de todas las razas y religiones.
Esta experiencia arrasa con su imaginario sobre América.
Como bien lo anota el personaje, desde afuera las casas de los ricos parecen pequeños paraísos con sus jardines verdes y bien cuidados, con sus espacios amplios y bien iluminados, con la tranquilidad y plenitud que proyectan.
Allí, piensa María Paz, habita el sueño americano: «Esto sí es América, pensaba yo, por fin la veo.
América está allá adentro en las casas de ellos.
50 Pero la realidad se impone y lo que encuentra al interior de las casas es desolación, soledad e infelicidad.
Así lo atestiguan una serie de historias que consigna en su ejercicio autobiográfico: la de la viuda que no lava las 45 Ibidem, 75.
46 El título inicial de la novela, según declaraciones de la autora, era Limpio, más limpio, limpísimo, pero fue objetado por los editores.
Restrepo destaca así la importancia de este motivo temático en la novela: «la contraposición de lo limpio y lo sucio recorre toda la novela, porque es un tema con tremendas cargas de todo tipo: raciales, sexuales, sociales y éticas, para alguien lo que es limpio para otro puede ser asqueroso y viceversa, cómo se juzga al otro como sucio y lo propio como limpio».
sábanas desde hace siete meses para conservar las huellas de su marido; aquella de la mujer cuyo pecho está atravesado por una mancha roja y clama por un producto que elimine su desgracia; esa otra madre que en el afán de ocultar la drogadicción de sus hijos lava todos los días su ropa de camas o el hombre que mantiene atada con alambre a su mujer.
Todas estas historias tienen como propósito hacer evidente la disonancia entre la fachada y el interior, entre el espacio público y el privado, entre la realidad y la falsa imagen que se proyecta de esa sociedad y, sobre todo, reiterar lo etéreo que resulta ser, al fin de cuentas, el sueño americano.
Pero la novela no deja al azar esta interpretación; por el contrario, la hace explícita páginas más adelante a través de la voz de Ian Rose.
Este, en su búsqueda de información sobre María Paz, visita a una amiga de esta, latina también, y al observar la limpieza del interior de la vivienda y los esfuerzos de su dueña por tratar de contener los olores del basurero cercano piensa La relación limpio/privado también se considera en la novela en otro contexto, el de la cárcel de Manninpox, aunque para destacar que los términos a considerar son del orden de lo sucio/lo público.
En ese espacio, las latinas y su banda, Noli me tangere ('no me toques', en su traducción), trasgreden el estereotipo cultural según el cual las latinas se distinguen por su limpieza.
Exhortadas por Mandra X, su líder (la única aria y a quien, quizá por su condición racial, se le configura como una mujer educada, defensora de los derechos de las presas y que conserva en prisión su derecho a voz y voto), 52 este grupo se distingue por manifestar su inconformidad con grafitis escritos con heces, por el uso de «palabras soeces, dirty words, filthy talk, amenazas, insultos, agresiones, locuras, gritos».
53 Acciones de protesta y rebeldía que se enaltecen en la novela como mecanismo para marcar los límites territoriales entre pandillas y para demostrar la potestad de las convictas sobre su cuerpo.
Varios autores con sus teorías resuenan en los comportamientos de la banda.
Del listado de estos antecedentes teóricos y experienciales se encarga Pro Bono, su abogado, y a quien la narradora-periodista presenta de manera rápida, sin detalle, pero sí con la intención de justificar y otorgar verosimilitud a su discurso, como autor de una serie de artículos sobre la relación entre la limpieza y la utopía americana.
Este, en una suerte de lección, comparte con Ian Rose sus impresiones sobre las prácticas de la banda y cita entonces a Sade y a Pasolini con sus dos círculos, el de la sangre y el de la mierda; a Jean Genet y su reivindicación de los piojos como testigos de la existencia del reo; a Liduvina de Schiedam, la mística holandesa del siglo XIV, a quien parece imitar Mandra X y al igual que ella interviene entonces su cuerpo no ya con tormentos ni enfermedades, pero sí con tatuajes y piercings de todo tipo; y, por último, al movimiento independentista irlandés, Sinn Fein, y a una de sus premisas: «lo sucio es humano y nos pertenece, lo limpio es inhumano y es herramienta de nuestros captores», 54 la misma que proclamaron en 1978 algunos de sus integrantes cuando iniciaron la denominada 'protesta sucia' en la cárcel y que según el abogado constituye el credo de las Noli y una práctica asumida en Manninpox.
52 Como justificación del rol de líder que se le asigna a este personaje, se dice que «se había impuesto a trancazos, a punta de fuerza y carisma y porque había vivido muchos años en América Latina y hablaba español».
También en el contexto de la prisión, se le asignan al menos dos sentidos a la sangre en tanto elemento del cuerpo que sirve para demarcar fronteras.
Por una parte, «marca el límite del aguante» 55 de las convictas, derrotadas por una enfermedad o por las heridas que alguien les infligió.
Sea cual sea el caso, derramar sangre es un signo de debilidad que genera el aislamiento y el rechazo.
Esta es la situación de la protagonista de la novela, quien a raíz de los golpes recibidos al momento de su captura sufre un aborto cuyas consecuencias no son atendidas adecuadamente en el hospital de la cárcel, pero en su caso, la pérdida continua de sangre suscita la solidaridad y protección de las Noli.
Por otra parte, para María Paz su enfermedad constituye una manera simbólica de escapar de la prisión: «Está claro que de cuerpo entero no podré escapar, es decir con todo y mis ojos, mi pelo, mis huesos, mi carne.
Lo único de mí que puede salir es mi sangre, que corre libre y no para hasta encontrarse lejos».
56 Lo explícito del sentido, por paradójico que suene, hace innecesaria cualquier interpretación.
La función de todas estas referencias teóricas, políticas y simbólicas, además de contribuir a la configuración del ambiente de la prisión, es otorgarle fuerza y contundencia al propósito de la novela de denunciar las condiciones inhumanas de las convictas latinas en Estados Unidos y de reivindicar su pujanza y su valía.
Sin embargo, son quizás los mismos antecedentes teóricos y políticos los que resienten tal propósito, pues las acciones que se les atribuyen al grupo de convictas, se ligan desde el discurso mismo, a una tradición europea por excelencia que poco tiene que ver con la de las latinas integrantes de la banda.
Si bien María Paz es a quien se privilegia para observar, relatar y describir a la sociedad norteamericana, la función de evaluar se comparte con Cleve Rose quien en su calidad de escritor e intelectual aporta reflexiones conceptuales que se suman a las valoraciones emotivas de la mujer.
Sus disquisiciones concitan las voces de escritores como Homero, Dostoyevski, Shakespeare, Borges, Slavoj Žižek y a filósofos como el alemán Peter Sloterdijk 57 y el francés Michel Serres, entre otros.
57 Llama la atención la inclusión de este filósofo alemán, quien se ocupa del espacio en sus textos.
Particularmente, Cleve, no podía ser otro, para referirse a lo extraño del asesinato de su vecino, alude a la noción deep play, que explica como «acciones rituales profundamente envolventes y de máximo estrés».
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.03 percibir la sombra de una discriminación sexual y racial en esta distribución de papeles en los que corresponde nuevamente a la mujer latina estar al margen de la ley, de la educación y ser la voz de la emoción 58 mientras al hombre norteamericano le toca en suerte el papel del ciudadano modelo e intelectual.
Pregonar la inteligencia práctica de María Paz, su empeño por aprender a escribir y su fuerza vital no es suficiente para evitar la inclinación de la balanza hacia una postura ideológica que otorga atributos por sexo y raza.
Cleve, en su papel de intelectual, investiga sobre el tema y lee «un buen poco de teoría al respecto» 59 y despliega una extensa reflexión sobre el significado cultural de las prácticas y mecanismos de acumulación de desechos en su comunidad y su reflexión se enfoca entonces en la relación sucio/público.
De manera explícita el personaje anuncia que se apoya en las teorías del filósofo de la ciencia Michel Serres a quien cita como el autor de la siguiente tesis: «lo que está limpio no es de nadie».
60 Enunciado que en su discurso prontamente se transforma en una proposición contraria, esto es, que la ocupación y posesión de un territorio se realiza mediante la acumulación de toda clase de desperdicios.
Aporta además como ejemplo el caso del megabasurero Fresh Kills, situado cerca del barrio residencial neoyorquino West New Briton (el mismo donde vive la amiga de María Paz antes referida) el cual constituye, según aclara, una «verdadera marca de fábrica de nosotros, los norteamericanos», es decir, un signo de posesión de la tierra que además «legaliza nuestra propiedad sobre toda esta zona del planeta».
61 Así, esta entrada del diario de Cleve presenta su lectura e interpretación del texto del francés y se destaca en el contexto de la novela por su dimensión crítica.
Al confrontar la larga disquisición de Cleve con los planteamientos de Serres en su obra El Mal Propio o los fundamentos vividos del derecho de propiedad, el lector se percata de la estrecha relación intertextual que existe entre uno y otro discurso, particularmente entre los siguientes fragmentos.
En el primero de ellos, Cleve sella su reflexión de la siguiente manera: 58 Los referentes de María Paz son una serie de televisión, Doctor House, una cantante colombiana, Shakira, y solo dos novelas, Desayuno en Tiffany's de Truman Capote y El lejano mundo de Christina de Jordan Hess, productos norteamericanos todos sin excepción, pues hasta la cantante colombiana ha sido moldeada según los parámetros de esa región.
Empujando el raciocinio al extremo, concluyes que esta gran porción de tierra, cielo y agua que llamamos América está sembrada hasta los tuétanos con nuestra basura, nuestra mierda, nuestros olores y desperdicios.
Por eso es nuestra, más allá de los títulos de propiedad, de las invasiones y agresiones defensivas contra las demás naciones y de los operativos de los guardias de la frontera [...] porque así como los tigres y los perros marcan su territorio con su orina, así nosotros hemos conquistado una patria a punta de mierda.
De basura y de mierda.
62 El texto de Serres, por su parte, dice:
Pasando por orina, sangre, estiércol o cadáver, esperma también, las salidas corporales servían para la apropiación de los lugares; la etología animal, la antropología, la historia de las religiones, la sexología, el viejo derecho privado... confirman este análisis y permiten comprender diversos fundamentos olvidados del derecho de propiedad.
63 Como puede observarse, las palabras de Cleve despliegan algunos de los asuntos que en el texto de Serres se presentan en forma condensada.
Particularmente, adhiere a los planteamientos que provienen de la etología animal para declarar la posesión de un territorio a partir de los desechos corporales.
La presuposición es clara: tales desechos y prácticas hablan de naturaleza animal del hombre, de los instintos que le son propios y, lo más importante, los erige como los principales gestores de los derechos de propiedad.
Son, en suma, el argumento más sólido para eliminar algún cuestionamiento sobre la legalidad de la posesión de un territorio, más aun si se tiene en cuenta su cantidad y dimensión, tal como lo plantea Serres cuando afirma que:
El crecimiento del volumen de las basuras o deyecciones -orina, esperma, sangre, cadáveres...-, siempre corporales o fisiológicas, marca una extensión del espacio apropiado -nicho, finca, ciudad, país-, así como el aumento del número de los sujetos de la apropiación -individuo, familia, nación.
64 Y lo asume Cleve cuando, además de llamar la atención sobre las dimensiones del basurero Fresh Kills -que «se logró arrojando a ese terreno trece mil toneladas de basura diarias durante medio siglo»-, 65 lamenta formar parte de una sociedad que tiene el récord mundial en esta categoría.
Este basurero fue clausurado en el año 2001 para construir sobre él un parque y en el presente es fuente de energía.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.03 La fuerza persuasiva de los desechos supera incluso todos los esfuerzos de propios y extraños por apropiarse o defender el territorio: así lo declara la afirmación final, cuya contundencia radica en su fuerza connotativa de signo negativo que no deja lugar a dudas acerca de la visión desencantada del personaje respecto a su sociedad.
A manera de conclusión, bien puede considerarse este como un factor a agregar a los ya expuestos en el propósito de la novela de demoler la utopía del sueño americano y de demostrar cómo la búsqueda de tal espejismo es un asunto problemático y complejo en el que intervienen múltiples elementos, algunos tan evidentes como el idioma, otros tan ciertos, pero poco considerados, como los hábitos de aseo.
Un asunto en el que el papel protagónico lo comparten latinos y norteamericanos quienes aportan por igual sus prejuicios y miserias, sus costumbres y tradiciones, su lengua y su visión del mundo.
Un asunto acerca del cual puede concluirse que está destinado, así lo propone la novela, a culminar en la fusión de las dos culturas, tal como lo asumen los protagonistas, María Paz y Cleve, quienes trasgreden las prohibiciones de mezclar las razas y, la primera en sus escritos y el segundo en sus clases, utilizan la lengua del otro de tal forma que «los dos idiomas se mezclaban juguetonamente, como amantes inexpertos en la cama».
66 Esta parece ser la apuesta de la autora, la proposición de mundo que a través de la ficción hace a las gentes del Sur y del Norte. |
La narrativa latinoamericana del siglo XXI está aprovechando de forma muy visible las problemáticas transnacionales y las nuevas condiciones de territorialización y, entre esas condiciones, no cabe duda de que la frontera, con toda su polisemia, funciona con especial productividad.
1 Identidad y espacio adquieren connotaciones novedosas que superan las antiguas cuadrículas nacionales o sociales en consonancia con la acelerada transformación del mundo contemporáneo, y en ese nuevo panorama, la relación entre Estados Unidos y América Latina destaca por sus complejas intersecciones y correlaciones, que interesan muy especialmente a los novelistas latinoamericanos.
Si hubiera que sintetizar la más evidente aportación de Norte, de Edmundo Paz Soldán, al corpus de la literatura de frontera en lengua española en el siglo XXI deberíamos señalar ante todo la pluralidad de identidades migrantes que presenta la novela, una pluralidad que además cubre un amplio tiempo diegético: 1931-2009.
Pero dentro de esa pluralidad se incluyen además experiencias radicales de aislamiento, individualismo y autoconocimiento que convierten la novela en una novedosa exploración literaria sobre los límites de la experiencia solitaria del migrante y sus respuestas, no siempre pacíficas, ante la nueva realidad a la que se enfrenta.
La anterior novela de Paz Soldán, Los vivos y los muertos, transcurría en Estados Unidos, pero sus personajes eran básicamente estadounidenses.
Norte desarrolla y alterna tres historias de latinoamericanos en Estados Unidos con focalizaciones narrativas muy diferentes entre sí: la del asesino en serie mexicano Jesús González, que durante años cruza la frontera con Estados Unidos para cometer crímenes brutales y arbitrarios, movido por una pulsión de odio extremo; la del artista esquizofrénico, también mexicano, Martín Ramírez, que décadas antes emigra al país en busca de trabajo y acaba en un sanatorio, donde se descubrirá de forma casual su talento artístico; y la de la boliviana Michelle, exestudiante de doctorado en una universidad estadounidense, que es la única de los tres que actúa también como narradora de su propio relato.
Según apunta el autor, 2 los dos primeros personajes -que son, en todos los sentidos, migrantes excepcionales y por tanto nada fáciles de comparar-están directamente inspirados en casos reales, con lo que la ficcionalidad de la novela adquiere importantes matices y los hechos más anómalos y extraordinarios que se narran -básicamente, los crímenes atroces y el sorprendente éxito artístico de Martín-tienen una base empírica, lo que contribuye, como suele suceder, a hacerlos más verosímiles.
El relato de Michelle, que es el último en el tiempo de la historia narrada, incluye de forma secundaria alusiones a los otros dos protagonistas, lo que engarza las tres historias aunque estas conservan una importante independencia en términos estrictamente narratológicos, ya que Jesús y Martín ni siquiera coinciden en el tiempo: Martín fallece en 1963 y Jesús nace en 1969.
La combinación de tres personajes tan distintos entre sí en términos sociológicos y psicológicos le concede al texto una evidente heterogeneidad, pero esta se amplía si tenemos en cuenta que aparecen otros personajes migrantes, como el ranger Fernandez -sin tilde-, que es el policía de origen mexicano que detendrá finalmente a Jesús, o el argentino Fabián Colamarino, profesor de literatura latinoamericana de Michelle en la universidad y examante suyo.
Es cierto que Estados Unidos como país receptor es un punto en común y que todos los personajes han seguido el movimiento sur-norte, pero lo hacen en condiciones muy diversas y nada fáciles de sistematizar.
Tenemos, en conjunto, migrantes legales e ilegales, letrados y no letrados, sociópatas y no sociópatas.
Ni siquiera la nación de origen o el sexo son factores unificadores, como tampoco las categorías sociales más habituales, que difícilmente pueden servir para definir la originalidad trágica del asesino en serie o la del artista outsider y esquizofrénico.
Solo la soledad y la incomunicación parecen factores unificadores, pero incluso ahí la evolución de cada personaje es diferente.
Sin embargo, precisamente por ese camino podemos llegar a una hipótesis interpretativa sobre la originalidad de la novela y su posición en el conjunto de la literatura contemporánea de frontera: en Norte la experiencia migrante libera un potencial humano inesperado, que puede ser constructivo o destructivo, pero que en cualquier caso es impredecible e inconmensurable.
La experiencia migrante es así una vía para alcanzar límites de la conciencia del individuo frente a la colectividad, y esos límites son los que parecen interesar prioritariamente al novelista boliviano.
De hecho, la heterogeneidad de la novela alcanza también a la propia idea de frontera, que tampoco es unívoca: solo uno de los personajes, el psicópata Jesús, se mueve regularmente en el espacio físico de cruce de la frontera geopolítica, alternando México y Estados Unidos.
A pesar de que en dos ocasiones es detenido, consigue llevar a cabo muchos de sus planes y DESPUÉS DE CRUZAR LA FRONTERA SE LLEGA AL LÍMITE: NORTE Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 483-498.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.04 domina con sus propias reglas el espacio fronterizo, cometiendo sus crímenes y manteniéndose durante bastante tiempo al margen del acecho policial: Entraba y salía como si todo ese vasto territorio le perteneciera.
Sabía moverse: su tamaño le daba una agilidad que ellos no tenían.
Tenía tarjetas falsas de la seguridad social que había comprado a coyotes, licencias de conducir robadas, incluso carnets de bibliotecas y gimnasios.
Conocía sus debilidades: había armas por todas partes, la violencia era algo de todos los días.
Como en México pero diferente a México.
3 A diferencia de tantos migrantes, su proyecto vital no tiene que ver con la prosperidad económica, sino con la posibilidad de aprovechar en su beneficio cualquier flexibilidad de la frontera como espacio y lograr así su opaco objetivo final, que el narrador intenta explicitar: «lo suyo debía ser una batalla solitaria.
4 La frontera se convierte así en el espacio de una libertad criminal sin límites que incluye también una doble vida: una fachada de normalidad en México y una independencia casi absoluta en Estados Unidos.
El desafío de un solo individuo al país más poderoso del mundo le concede a este personaje un estatuto excepcional como personaje migrante y la descripción de sus inusuales procesos mentales se convierte en uno de los principales ejes de la novela.
Si Jesús intenta dominar la frontera imponiendo su violencia personal y única frente a todos los poderes policiales y sociales, en Martín, en cambio, la frontera física pierde todo sentido.
La frontera para Martín es mental y cognitiva: nunca consigue integrarse en el lugar de destino porque no entiende el inglés pero sobre todo porque su enfermedad le impide comprender la realidad externa aunque esté físicamente en los Estados Unidos.
Recluido en sanatorios, muere en el país estadounidense sin conseguir nunca regresar a México.
Su posición de radical pasividad es, en cierto sentido, antitética a la de Jesús: el asesino intenta controlar su destino y a menudo lo consigue, mientras que la posición de Martín carece de toda resistencia o acción frente a cualquier forma de poder o autoridad.
Aunque las dos identidades comparten la dimensión patológica, reaccionan de forma completamente opuesta ante la realidad.
Sin embargo, los dos se sitúan en una posición límite de independencia y alienación frente al país de destino y sus valores y exigencias.
Están en el país pero socializan en muy escasa medida, y de ese modo confirman su marginalidad radical.
Los otros tres personajes, aunque cercanos físicamente a la línea de la frontera, no se mueven en el espacio de cruce y trasvase; están más integrados en Estados Unidos y no tienen la misma marginalidad social, aunque los grados de integración cultural sean diversos.
En el caso de los personajes más intelectuales, como Michelle y Fabián, la frontera se define como objeto de reflexión sobre la identidad de la cultura latinoamericana, muy particularmente en el terreno artístico.
Ambos quieren interpretar esa cultura desde fuera de América Latina; pero la exterioridad se convertirá en ambos casos en frustración e imposibilidad.
Michelle quiere encontrar nuevas fórmulas estéticas que renueven la autointerpretación latinoamericana más allá del narcisismo teórico de críticos e intelectuales; Fabián, aunque también intenta ser creador, tiene sin embargo como objetivo una teoría «unificadora» de la literatura latinoamericana.
Una de las consecuencias de esta diversidad de migrantes es que la novela también amplía el universo de referencias y alusiones, que van desde los elementos básicos de la sociedad de consumo tanto mexicana como sobre todo estadounidense -muy frecuentes en esta novela en forma de trade mark-hasta figuras fundamentales del cómic, la música actual e incluso la crítica literaria y cultural latinoamericana, como Roberto González Echevarría o Beatriz Sarlo, figuras que aproximan algunos aspectos de la novela al mundo académico estadounidense, con sus polémicos debates teóricos sobre la identidad cultural latinoamericana, pero también con sus códigos específicos de comportamiento y sus reglas de competencia profesional.
Un mundo académico en el cual, recordemos, trabaja el autor de la obra y que por tanto es esencial en su propia condición de migrante latinoamericano.
Esta disparidad en la estructura de la novela entre intelectualismo y locura radical, que dividiría la obra en dos niveles de lectura que corresponden también a dos estilos narrativos, parece proponer la importancia de alguna clave interpretativa en forma de poética o de autorreflexión a partir de conceptos críticos o metaliterarios.
Sin embargo, como veremos, no es fácil encontrar una síntesis de esa pluralidad de discursos en la novela.
Así, la novela puede, por ejemplo, incluir alusiones a Roberto Bolaño como nuevo escritor canónico y a su importante éxito en Estados Unidos, y al mismo tiempo hacer referencias puramente policiales a los feminicidios de Ciudad Juárez, con lo que la violencia histórica y verificable y la reflexión culturalista coexisten en el texto.
En concreto, Michelle y su amigo Sam reflexionan de un modo aparentemente antiacadémico sobre el DESPUÉS DE CRUZAR LA FRONTERA SE LLEGA AL LÍMITE: NORTE Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 483-498.
Bolaño Inc.»,5 porque la romantización de su figura ha contribuido a su prestigio en Estados Unidos y ha generado «un montón de doctorados con tesis sobre Bolaño».
Por otro lado, en un enfoque totalmente opuesto, Jesús renuncia a seguir su impulso criminal en Ciudad Juárez porque ya empieza a ser conocida la ola de asesinatos en la ciudad («Esta ciudad está cada vez más peligrosa.
Lo peor son las mujeres muertas.
La policía no tiene ni idea de lo que está pasando», le comenta su amigo Miguel)6 y él prefiere descubrir nuevos lugares menos predecibles para ejercer el terror.
La alusión a Bolaño y al mundo terrible de 2666 es uno de los elementos metaliterarios diseminados básicamente en el relato de Michelle, con los que la novela establece ese nivel de lectura más reflexivo e intelectualista, en el que el fenómeno migrante se conjuga con el importante debate crítico, generado desde el influyente mundo académico estadounidense, sobre las exigencias y retos de la literatura latinoamericana.
Con ello, la estructura de la novela crea una distinción, que algún lector podría considerar un desajuste, entre los discursos de Jesús y Martín, por un lado, marcadamente irracionalistas o anticulturales, y los discursos de la parte centrada en el mundo universitario estadounidense, con códigos más cercanos a la literatura de campus y la ficción metaliteraria.
Habría que ver, insistimos, si la presencia de una carga teórica en Norte puede interpretarse como parte de un fructífero diálogo entre todos esos discursos, como una clave en forma de poética o incluso como una crítica a cualquier modelo homogeneizador de la literatura latinoamericana.
Artistas, académicos, asesinos y policías se conjugan de ese modo para ofrecer un cuadro muy singular del fenómeno migrante en Estados Unidos, tanto en lo que se refiere a la migración regular como a la irregular.
Los motivos más o menos habituales de la literatura de frontera (relacionados, básicamente, con estructuras de violencia y pobreza) se mezclan en la obra con dimensiones individuales como la creatividad y la locura, que no se deducen, o al menos no es fácil decirlo así, de esas mismas estructuras.
Sin duda, Martín y Jesús son dos protagonistas patológicos, pero la protagonista de la tercera historia no está al mismo nivel clínico.
En todo caso, su profesor, Fabián, sí muestra indicios de diversas patologías mentales: adicciones, depresión y paranoia.
La presencia de estas voces tan heterogéneas aleja Norte de otros textos más o menos coetáneos con los que se la podría comparar inicialmente, como Señales que precederán el fin del mundo, de Yuri Herrera, un texto más homogéneo en términos tanto sociales como lingüísticos.
7 Paz Soldán ha configurado una imagen poliédrica de la presencia latinoamericana en Estados Unidos, que incluye y asimila modelos y motivos previos, pero sin reducir el viaje a un esquema puramente social basado en los traumas y peligros del migrante que intenta y consigue o no cruzar la frontera entre el subdesarrollo y la prosperidad capitalista.
Ese esquema está presente, desde luego, en Norte, pero no es prioritario.
Se alude, por ejemplo, a la actualidad de México a través de «las oleadas de mexicanos que llegaban de Juárez y buscaban quedarse, tratando de escapar de la guerra entre los cárteles y de los intentos desesperados del gobierno por controlarla»,8 así como a la fuerza de atracción del norte ya a mediados del siglo XX: «algo había en ese país que hacía que no volvieran, buscaran excusas para quedarse, se contentaran con enviar dinero, incluso se quedaran cuando no había dinero».
9 No obstante, ese esquema sociohistórico básico no explica toda la casuística de migraciones del texto, que encaja poco con los principales esquemas interpretativos que los investigadores han aplicado a la literatura de migración.
Podemos ejemplificarlo tomando como punto de partida el análisis de Kanellos, que plantea una serie de características textuales definitorias de lo que llama literatura hispana de inmigración.
10 Una de ellas es el sueño de regresar a la patria en lugar de asentarse en Estados Unidos.
Aquí encontraríamos ya una importante gradación entre los cinco principales personajes migrantes de la obra.
El ranger Fernandez parece el más cómodamente instalado: tiene hijos ya nacidos en Estados Unidos y su aculturación es sólida, aunque aun conserva cierta lealtad patriótica por la cual es sensible a los excesos xenófobos de la sociedad estadounidense:
Estados Unidos era su único país, lo había aceptado con convicción desde los doce años, cuando llegó con sus papás a Calexico, pero igual no le gustaba que se hablara mal de México o los mexicanos.
11 En el caso de Michelle, estudiante que abandonó los estudios y se ha dedicado a trabajar en una cadena de restaurantes, no hay tampoco sueños de regreso, aunque su padre, también emigrado a Estados Unidos, sí se plantea regresar a Bolivia con la ilusión de participar en la lucha política del país.
El profesor argentino Fabián, por su parte, ejemplifica la competitividad de la carrera académica y sus altos niveles de exigencia: después de triunfar con su primer libro de crítica (sobre el Modernismo) y conseguir un cierto prestigio académico, empieza a hundirse emocional e intelectualmente, abrumado por las adicciones y las inalcanzables utopías de la cultura y del arte.
No obstante, no parece haber nostalgia en su caso, salvo que su nostalgia tenga que ver con esa utopía culturalista.
En cuanto a Martín, el artista esquizofrénico, el recuerdo y la nostalgia familiar se deforman en él por culpa del trastorno mental.
Abandona su rancho y a la familia para pagar las deudas, pero su hermano le comunica por carta que su esposa se ha unido a los federales en la Guerra Cristera: todo eso había pasado apenas se fue él.
El señor Gobierno esperó a que él se fuera para ponerse a destruir iglesias.
Los campesinos esperaron a que él se fuera para armarse.
María Santa Ana esperó que él se fuera para unirse a la guerra y hacer otras cosas más.
Su rancho, por el que se había endeudado tanto, ya no estaba más.12 A partir de ahí, comprenderá su nueva situación de no retorno: «él había venido al otro lado sólo por un tiempo.
Ahora no había forma de volver».
13 El sueño del retorno sí está presente en cierto modo en el asesino Jesús, que es en realidad un migrante de ida y vuelta que ha creado un terrorífico borderland: cruza la frontera y comete brutales asesinatos para regresar a México y llevar un simulacro de vida convencional.
Sin embargo, sigue deseando a su primer amor, su hermana Ana Luisa, con quien llegó a tener sus primeras experiencias sexuales y que perdurará como su objeto de deseo muchos años después.
La hermana emigra finalmente también al norte, en concreto a Albuquerque, y seguirá siendo el móvil de la única obsesión no violenta de Jesús.
Por ello, el sueño del regreso no tiene que ver con la nación o la cultura de origen, sino con la única idea de amor puro y no violento que Jesús parece concebir.
De ahí llegamos a la escasa función que el nacionalismo, como motivación del migrante, tiene en la novela.
No hay defensas del sueño americano, pero tampoco hay cohesión entre los migrantes ni defensa de la ilusión de pureza cultural, aspecto también señalado por Kanellos como propio de la literatura hispana de migración.
Así, por ejemplo, Jesús parece mostrar una ilusión inicial de migrante: «no podía creer que estaba en ese país que durante tanto tiempo imaginó como imposible»,14 pero pronto empieza a detestar el confort de lo que podría ser la clase media estadounidense:
Por un momento se imaginó con una vida prestada en ese país que no era el suyo, recibiendo amigos durante las noches, cortando el césped los sábados por la mañana, viendo televisión con su mujer e hijos los domingos por la noche, un perro o un gato a sus faldas.
Le dio asco esa fantasía, tener esa vida.
15 El odio de Jesús a Estados Unidos va creciendo después de su experiencia en la cárcel, pero no hay razones nacionalistas en su flujo de movimientos fronterizos, puesto que su motivación es estrictamente patológica: un modus operandi para ejercer su violencia extrema y continuar su desafío individual y absoluto frente a todos y todo.
Otros de los aspectos señalados por Kanellos se cumplen solo de forma parcial.
La familia es, por supuesto, tema fundamental para todos los migrantes de la novela.
Sin embargo, la separación familiar no tiene las mismas connotaciones para todos los personajes: en Jesús, la familia se reduce a la pasión incestuosa; en Martín, el recuerdo de la familia abandonada en México se vuelve confuso y ambivalente como resultado de la locura; en Fabián, el trauma es la idea de formar una familia en el país de destino.
Michelle, por su parte, muestra una significativa distancia con respecto a los intereses y preocupaciones de sus padres, sin revelar traumas ni nostalgias.
La protesta política y la defensa de los derechos no son tampoco temas prioritarios: Jesús se mueve en el mundo marginal de la delincuencia fronteriza pero carece de cualquier preocupación social y, de hecho, sus ideas se van volviendo más incoherentes y reaccionarias a partir de su larga estancia en la cárcel estadounidense, en la que es adoctrinado en las ideas más conspirativas y antiliberales del país, lo que le lleva a simpatizar con el terrorismo islamista y con la secta davidiana conocida por la tragedia de Waco.
Martín, obsesionado por el recuerdo de la Guerra Cristera, trabaja duramente en el negocio del ferrocarril hasta que enferma, pero es incapaz de interpretar la actualidad política y acabará socializando casi únicamente con enfermos mentales, enfermeros y médicos.
La historia de Michelle y Fabián está centrada en los vaivenes de la pasión amorosa; aunque Michelle tiene un trabajo poco gratificante y Fabián critica de manera feroz algunos aspectos del sistema universitario estadounidense, ninguno de los dos desarrolla un discurso coherente contra la explotación laboral ni las diferencias sociales.
Cuestionan muy superficialmente el sistema económico del norte y no hay en ellos una verdadera actitud contestataria o emancipadora.
Ni siquiera siguen los discursos antihegemónicos que los centros académicos estadounidenses han producido en las últimas décadas, y que han generado múltiples propuestas de sentido crítico, descolonizador o subalterno, muy influyentes en ese sector intelectual.
De ese modo, Norte carece de un planteamiento unificador sobre la controversia política en torno al fenómeno de las relaciones entre poder capitalista y periferia y los factores generadores de diferencias económicas.
No hay tampoco un esquema ideológico nítido que pueda interpretarse como una denuncia de los diferentes actores que intervienen en los fenómenos migratorios: aunque aparecen las mafias de tráfico de personas, estas tienen un papel secundario y ni siquiera acaparan la máxima violencia de los personajes del texto, que le corresponde a Jesús.
Es cierto que las penurias extremas de los inmigrantes ilegales a manos de los «coyotes» son ejemplificadas, de forma sintética, en los relatos que Jesús escucha: «uno había pasado treinta horas encerrado en una caja de frutas.
Otro cruzó por Tecate a través de un agujero en una malla de metal y luego canales de desagüe llenos de mierda».
16 Sin embargo, Jesús no se identifica con esa identidad migrante: uno de los factores que facilitará la actividad criminal de Jesús.
El asesino incluso presume de conocer los puntos débiles del poder estadounidense: Era un gigante tosco, desmañado.
Como todos los gigantes, tenía vulnerabilidades que no se veían fácilmente.
Cuando se las descubría, era fácil usarlas para beneficio propio.
Los policías eran capaces de conmoverse al ver sus ojos de niño asustado.
Las viejitas, las parejas jóvenes, dejaban sus puertas abiertas para que él hiciera de las suyas.
En las casas de empeños no le pedían papeles.
Decían que habían endurecido las medidas contra los inmigrantes, que el país no podía aceptar tanta invasión, pero él no sentía esas restricciones.
Pese a sus quejas, necesitaban a gente como él.
A arrestarlo, preferían mirar a otro lado.
18 Ni siquiera puede decirse que el norte económico y político sea el factor generador de los principales problemas de los personajes: Jesús ya comete su primer asesinato antes de cruzar la frontera, es decir, que su pulsión violenta no deriva de condiciones fronterizas, y, de la misma manera, el trastorno de Martín no parece totalmente explicable por las condiciones de vida en el país de destino, en el que será tratado y donde encontrará el apoyo, por ejemplo, del profesor que descubre su talento artístico.
Igualmente, siguiendo con el planteamiento de Kanellos,19 pocos de estos migrantes están interesados en preservar la cultura de origen.
Tenemos sin duda un personaje más aculturado, que es el ranger Fernandez.
En el caso de Martín, su proceso cultural es mucho más complejo, porque la enajenación le impide entender la realidad, tanto la mexicana como la estadounidense, lo que convierte toda su experiencia en un caos que solo tiene una mínima estabilidad a través de la pintura.
En lo que respecta a Michelle, el intento de preservación de la cultura latinoamericana -no solo boliviana-se realiza también a través de sus intentos artísticos, y muy particularmente a partir de sus intentos de transculturación -no en vano el personaje asiste a un seminario sobre el concepto antropológico creado por Fernando Ortiz y aplicado a la crítica literaria latinoamericana por Ángel Rama-.
Así, Michelle tiene el proyecto de crear cuentos en los que se mezclen los clásicos de la narrativa latinoamericana del siglo XX con relatos de zombies, e incluso la novela nos presenta el ejercicio intertextual de una posible reescritura del cuento «Luvina» de Rulfo en clave zombi.
Esa reescritura sería en sí misma un ejercicio de transculturación, como lo fue en su momento -y así lo entendía Rama-la obra del propio Rulfo, 20 solo que en este caso la asimilación creativa no sería, como en el caso del escritor jalisciense, entre vanguardismo y regionalismo, sino entre literatura canónica y formas de la cultura audiovisual contemporánea.
La presencia del concepto de transculturación en la novela no puede ser considerada gratuita, sobre todo si recordamos el prestigio de ese concepto entre la crítica literaria latinoamericana como síntesis aparentemente feliz de los dilemas del escritor ante situaciones de contacto cultural en las que hay pérdidas y adquisiciones.
21 En realidad, y volveremos a ello, la novela puede ser interpretada como una crítica a la posibilidad de la transculturación como ideal armonizador, organizador y previsible.
El fracaso de la crítica y la inferioridad de la teoría frente a la propia ficción están, de hecho, presentes en Fabián, que es mucho más ambicioso en su proyecto intelectual, ya que intenta sin éxito una teoría totalizadora de la literatura latinoamericana y también una novela experimental que resuelva las necesidades actuales de esa misma literatura.
El fracaso del profesor argentino, que se sitúa en una zona también fronteriza entre posmodernidad y nihilismo, funciona así en la novela como planteamiento desmitificador de la propia literatura latinoamericana, incapaz de sintetizar en un único proyecto su heterogeneidad radical.
Si exceptuamos al ranger Fernandez, los otros cuatro personajes migrantes se resisten de diversas formas a la aculturación o a la simple asimilación en el país de destino dependiendo de su grado de patología.
Sus procesos de transculturación van desde la creatividad insólita de Martín hasta la síntesis violenta que significa la doble vida de Jesús.
La enajenación es extrema en el caso de Martín Ramírez: la desconexión entre su yo y la realidad le impide comprender no solo la cultura de los Estados Unidos, sino su propio talento artístico, que no es capaz de valorar en términos estéticos.
Su enajenación es también lingüística, puesto que no entiende el inglés, por lo que, en realidad, nunca llega a producirse en él un fenómeno de neoculturación.
Se convierte en un caso extremo de pérdida identitaria del migrante, desconectado del origen y de cualquier destino.
Sin embargo, su alienación es curiosamente productiva: su locura le permite alcanzar una originalidad artística radical y profunda que constituye una forma inusual y anómala de plasticidad creativa resultado del contacto entre culturas, como en su momento definiera Rama la transculturación narrativa del siglo XX.
21 Véase un balance del complejo y extenso debate en Sánchez Prado, 2006.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.04 Jesús sí aprende a comunicarse de manera eficaz en inglés, e incluso utilizará un trabajo de profesor de inglés como fachada social en su vida mexicana.
Su grado de incomunicación es menor que el de Martín, pero su forma de combinar los dos idiomas le conduce a un bilingüismo patológico: sus máximas expresiones de odio e impulso homicida las piensa en inglés y el narrador las reproduce con unas enfáticas mayúsculas: «KILL THEM ALL».
El proceso de adquisición de una nueva cultura, en él, solo sirve para aumentar su sociopatía.
La hibridación cultural, lejos del modelo transcultural, se convierte así en una aberración absolutamente opuesta a cualquier ideal social.
Todo ello nos lleva a insistir en que en Norte la prioridad no es la representatividad social de los migrantes, sino que precisamente lo importante es la excepcionalidad psicológica individual con la que algunos desarrollan un proceso identitario anómalo e incomparable en el país de destino y sufren una transculturación de resultados imprevisibles o desconcertantes.
La exploración fundamental del texto es la radical imprevisibilidad de la respuesta del migrante: su identidad se vuelve multiforme e impredecible a partir de una soledad esencial, porque no hay una esencia única y absoluta que lo condicione todo.
Los esquemas nacionales y las ideologías son insuficientes frente a la inconmensurabilidad de la experiencia, que genera en cada caso una identidad excepcional e irreductible.
Igualmente, el propio esfuerzo de autointerpretación de la cultura latinoamericana, tan extendido en el circuito académico, se muestra incapaz de abordar la infinita complejidad de las respuestas humanas.
No hay ni puede haber una sola forma de transculturación, ni siquiera un modelo dominante o deseable.
En nuestra opinión, Norte plantea precisamente el fracaso de cualquier esencialismo identitario del migrante y por extensión de la propia identidad latinoamericana: no hay esencia, sino que cada migrante crea su propia ficción para reconocerse e identificarse, y esas ficciones implican infinitas formas de asimilación cultural, algunas creativas y otras frustrantes o incluso muy destructivas.
Paz Soldán prefiere, por tanto, ahondar en la riqueza interior de los procesos mentales de los personajes para tratar de alcanzar algún tipo de límite y definir cómo se forja una nueva identidad cuando no hay esencia.
En ese sentido, la reterritorialización de la novela opera como mecanismo para aspirar a plantear problemas que no son exclusivamente latinoamericanos, sino que conectan con la extensa tradición literaria occidental centrada en ahondar en la irracionalidad humana más allá de condicionantes DESPUÉS DE CRUZAR LA FRONTERA SE LLEGA AL LÍMITE: NORTE Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 483-498.
De ahí, entendemos, la brillante minuciosidad con la que el autor detalla, de manera especial, el discurso mental de sus dos personajes patológicos.
Y de ahí quizá la ambivalencia que sugiere el título de la novela, planteado en una doble acepción, geopolítica pero también psicológica: los principales personajes, salvo el ranger Fernandez, están en alguna u otra medida «desnortados».
El verdadero trauma del migrante en la novela no es, por tanto, económico, sino cultural y psicológico.
Los factores externos sociopolíticos más evidentes carecen de alcance explicativo: la migración genera soledad e incomunicación, pero a Paz Soldán le interesa más encontrar y describir modulaciones extremas de esa soledad que plantear las causas previas.
Modulaciones que pueden implicar pulsiones homicidas y destructivas, como en el caso de Jesús, pero que también pueden ser creativas y a la vez autodestructivas, como la locura de Martín o la neurosis de Fabián, o creativas en fase de maduración, como los esfuerzos artísticos de Michelle.
El texto mismo parece explicitar y sugerir una autointerpretación en esa línea en la parte más intelectual de la obra, la narrada por Michelle, que combina, como hemos dicho, diversos elementos del debate crítico sobre la tradición literaria latinoamericana a partir de alusiones culturalistas no siempre fáciles para un lector no universitario: Spivak, Bhabha, Rama, García Canclini, etc. En concreto, Michelle relaciona a Fabián como individuo con el planteamiento teórico del profesor sobre el modernismo:
No era casual que esa torre de marfil privada fuera la metáfora ideal para que Fabián desarrollara su argumento: la literatura latinoamericana tenía en apariencia lo social, lo político como tema central, pero en realidad el escritor, el artista era un alienado de ese mundo, alguien más bien preocupado en crearse un refugio de esa bulla y vulgaridad modernas.
Ese era Fabián para mí.
22 Si asumimos que el nivel autorreflexivo del texto tiene importancia, eso quizá explique el fuerte contraste, ya señalado antes, entre las partes protagonizadas por Jesús y Martín y la intelectualista de Michelle.
En ese sentido, Norte se alejaría de cualquier propósito de denuncia política o propuesta de transformación de la situación de los migrantes para plantear los casos más radicales psicológica y culturalmente de la infinita variabilidad de los procesos migrantes.
Lógicamente, el asesino Jesús no puede considerarse un «torremarfilista», pero su marginalidad le sitúa fuera de convencionales coordenadas sociales y políticas.
Al fin y al cabo, vive mentalmente en su territorio virtual, en la ficción de la psicosis y las alucinaciones.
Con menos agresividad, Martín también ha creado su espacio ficcional, ajeno al mundo real.
Fabián y Michelle igualmente aspiran de una manera u otra a ser artistas y por ello practican alguna modalidad de la ficción, aunque en ningún caso logran un resultado satisfactorio.
El conflicto con la realidad y la transculturación resultante se resuelven así en diversos tipos de búsqueda de ficciones o fantasías.
Estos personajes alienados no buscan soluciones políticas o sociales, sino que, voluntariamente o no, bucean en los peligrosos abismos de la subjetividad.
La conexión entre los cuatro personajes se refuerza al final de la novela, cuando Michelle empieza a interesarse por la historia de Jesús y cree que los extremos de la locura pueden servirle de base para su propio proyecto artístico.
En ese punto el personaje ofrece otra clave autointerpretativa de la novela que parece guiar al lector: la clave sería la idea de «un país inmenso en el que se extraviaban y encontraban los latinos».
23 A la inmensidad exterior de ese país, añadiríamos nosotros, le correspondería una exploración radical de una inmensidad interior, la de la soledad y la incomunicación, llevada a cabo a través de los personajes de Jesús y Martín y que sin suerte intentan teorizar o interpretar los personajes más analíticos, Michelle y Fabián.
De ese modo, podemos concluir que Norte, con su énfasis en lo estrictamente individual e irrepetible, se aleja en buena medida, como hemos visto, de la tendencia general de la literatura hispana de migración, aunque gracias a ello consigue ampliar la perspectiva del fenómeno migrante latinoamericano en Estados Unidos, incorporando nuevas variables que sumar a lo que parece una interminable heterogeneidad.
Y de ahí podría deducirse otra conclusión: que los fenómenos de transculturación siguen siendo un terreno altamente productivo para la literatura latinoamericana, siempre que se acepte que el contacto cultural puede generar respuestas infinitas, en una amplia gama que, por desgracia, va desde el artista hasta el asesino. |
1 La compleja conceptualización espacial de la frontera, una verdadera encrucijada de múltiples miradas, es la estrategia que adopta el presente estudio para acercarse al borderlands mexicano-estadounidense.
Su enfoque será el microcosmos del retrato literario de Los Ángeles, ciudad-frontera por excelencia, recreado en la novela Their dogs came with them (2007) por la escritora chicana Helena María Viramontes.
Gloria Anzaldúa, una de las voces chicanas más impactantes que han pensado el espacio fronterizo en la escritura ensayística, entiende el borderlands mexicano-estadounidense como «una herida abierta resultante del constante rallar» de un mundo contra el otro, una herida dolorosa que nunca logra cicatrizar y cuya sangre nutre el germen de una nueva cultura fronteriza.
2 El intento de captar literariamente cómo el lugar estructura las percepciones, interacciones, memoria y anhelos de quienes lo habitan no es original en Anzaldúa.
Basta (para no alejarnos demasiado en el tiempo y el tema) recordar el brillante simbolismo geográfico que ilustra las relaciones entre el poder y su representación cultural en la Crítica de la pirámide de Octavio Paz.
En la obra ensayística de Anzaldúa, sin embargo, se puntualiza la necesidad de apertura: la índole contradictoria y compleja de la vida fronteriza -que la escritora vivió en carne propia y que nunca encajaba en la cerrada claridad de las representaciones binarias-la llevó a subrayar una tercera dimensión de la interpretación del espacio.
La tradicional dualidad del espacio percibido y concebido fue complementada con el llamado thirdspace o espacio vivido, 3 que ofrece tanto resistencia a la reducción simbólica como apertura al encuentro e intercambio críticos.
Este estudio ofrece tres incursiones al carácter multifacético del mundo literario de Viramontes haciendo que las dos primeras culminen en la tercera.
Iniciamos con el conflicto de diferentes perspectivas bajo las cuales la realidad fronteriza física y temporal de East Los Angeles entre 1960 1 Anzaldúa, 2012, 217.
De aquí en adelante todas las traducciones del inglés al español son nuestras.
3 La base teórica de la división tripartita del espacio vivido-percibido-concebido será desarrollada con más detalle en el tercer apartado del presente ensayo.
La segunda parte continúa con el tema de la tensión en el espacio fronterizo: esta vez entre la memoria como fuerza preservadora de la cultura/identidad del barrio y la modernización vial urbana como su antípodo destructor.
La heterogeneidad de las voces fronterizas evidenciada en los dos primeros apartados desemboca luego en la parte final.
Esta gira en torno al llamado thirdspace, intentando demostrar que el retrato literario de Los Ángeles en Their Dogs Came with Them aporta la complejidad y apertura del tercer espacio a la existente imagen mitificada de la metrópolis angelena como el lugar de Sunshine de una urbe costera de playas y placeres veraniegos o como el estilizado lugar Noir del inframundo criminal combatido por detectives solitarios.
Cerré los ojos, los abrí.
Entonces vi el Aleph. [...] ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph...? 4
La alegoría borgiana del Aleph, el «lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos», 5 es acaso la mejor manera de captar la vida urbana angelena.
La radical heterogeneidad de imágenes diversas de todo el mundo atadas a un lugar, de micromundos interconectados y, al mismo tiempo, divididos por fronteras, se resiste a la representación creíble.
Observando Los Ángeles desde el interior, introspectivamente, uno está propenso a ver solamente fragmentos e inmediateces, sitios fijos de entendimiento miope impulsivamente generalizados para representar el conjunto.
Al forastero más hipermétrope, la agitación confusa del agregado visible de todo Los Ángeles le induce solamente poco más que estereotipos ilusorios de la caricatura interesada -si es que su realidad logra ser percibida del todo.
Jugando con la óptica borgiana, el autor se refiere a la megalópolis de Los Ángeles como al LA-leph, idea que luego encuentra su continuación en el estudio de Manuel Albaladejo Hacia una cartografía de Los Ángeles a través de la literatura chicana (2007).
LA REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LA FRONTERA Es esta simultaneidad y tensión entre las fuerzas ambiguas de unión/división lo que propulsa la novela de Viramontes: el barrio que intenta preservar los restos de la antigua vida comunitaria pero al mismo tiempo facilita el acorralamiento de sus habitantes y los freeways en construcción que para comunicar a unos fatalmente dividen a otros.
La multifocalidad del borgiano «punto que une todos los puntos [...] sin confundirse» es posible divisarla no solamente a nivel temático del texto literario, sino también en la estrategia narrativa que la escritora escoge para eludir el desarrollo lineal.
7 El motivo central de la frontera/autopista forma la base de la estructura del espacio vivido en la novela de Viramontes reuniendo las historias cuyas protagonistas se cruzan sin encontrarse realmente.
Como si fuera a través del Aleph, el lector primero entra en el mundo de Ermila, que desde el portal de sus abuelos observa la destrucción de su barrio latino.
Después, su mirada enfoca a la vecina Antonia (apodada Turtle), que junto a su hermano juega con la maquinaria de la construcción autoviaria en First Street, calle que luego Turtle defenderá celosamente como miembro de la pandilla McBride Boys.
La atención del lector pronto se dirigirá al adyacente cruce con semáforos que vinculará la red de los destinos ya conocidos con el de Ana: es el lugar del accidente trágico que invalida a su hermano, cuyo cuerpo «collapses completely like the buildings being pulverized one block at a time to make way for the Interstate freeway».8 La necesidad de apoyo humano años más tarde acercará a Ana con Tranquilina, hija de misioneros que intentan aliviar la desintegración social del barrio roto por la autovía.
What a bastard child, this city lost in the soft llorando de las madres.9
Las imágenes de la frontera (freeway) y del barrio dominan metafóricamente la novela de Viramontes del mismo modo que el «Poema para los Californios Muertos», de Lorna Dee Cervantes, que acabamos de citar.
La frontera cobra una especial resonancia con el fondo extraliterario del desarrollo urbano moderno de Los Ángeles.
La década de los años cincuenta fue testigo del cambio del transporte municipal: la vieja red de tranvías Pacific Electric Railway (que operaba en Southern California en la primera mitad del siglo XX) cedió lugar al nuevo sistema automovilístico de Interstate Freeway.
10 En la parte oriental de Los Ángeles, como Eastside o Boyle Heights, este paso resultó en la construcción de una concentrada red de autovías y sus intersecciones masivas.
Eric Avila advierte que el Eastside aloja la segunda concentración más grande de gente con origen mexicano en el mundo (después de la Ciudad de México) y, desde la mitad del siglo XX, también siete autovías.
11 La simultaneidad espacial alephiana, que vista desde diferentes ángulos adquiere diferentes formas, cobra importancia una vez más: el famoso East Los Angeles Interchange edificado en 1965 es, en su época, considerado un milagro de ingeniería civil.
Al mismo tiempo, sin embargo, causa desalojo y destrucción de palpitantes comunidades latinas y afroamericanas: barrios que son vividos y percibidos por sus propios habitantes como centros de vida comunitaria y enraizamiento cultural resultan, a la vez, concebidos por las autoridades municipales como ghettos, áreas del deterioro urbano.
12 La tarea titánica de la modernización de Los Ángeles alrededor del automóvil se justifica con la «mística científica» del progreso, orden y eficien-cia.
13 Pero también tiene su cara opuesta: son precisamente los angelenos sin acceso a coche propio los que pagan el precio por la elegancia y libertad de la Autopía.
Este término, acuñado por el crítico arquitectural británico Reyner Banham en su libro Los Angeles.
The Architecture of Four Ecologies (1971), expresa su opinión de que la circulación automovilística en las autopistas angelenas ofrece una experiencia intensificada de la libertad que representa el ideal de la movilidad democrática.
Irónicamente, el elogio de Los Ángeles por Reyner Banham afirmando que «la ciudad nunca será plenamente comprendida por los que no pueden moverse fluidamente por su difusa textura urbana»,14 encuentra su vuelta de tuerca en el texto de Viramontes donde Ermila ofrece su opinión desde el barrio: «Four freeways crossing and interchanging, looping and stacking in the Eastside, but if you didn't own a car, you were fucked».
15 La novela Their dogs came with them insiste en demostrar esta ambigüedad de unión a costa de división y destrucción.
16 La autora repite imágenes idénticas que recrean la construcción de las autopistas: las excavadoras y buldóceres ofrecen metáforas de agresión y conquista deshumanizada, metódica e imparable.
De este modo, Viramontes trasciende el momento agitado de los años sesenta y mediante el simbolismo canino y naval ofrece un paralelo con otra época de unión/división que marcaba fronteras: la de la conquista española de territorios indígenas que se refleja en el mismo título de la novela.
Así, las excavadoras anclan con «their tarps whipping like banging sails»,17 tienen «muzzles like sharpened metal teeth» 18 haciendo el camino para la autovía, mordiendo «chingón bites too close to the cemeteries, chewing up coffins [...] acting like it's no big deal, sabes?».
19 Este fondo histórico-mítico (subrayado además por la cita de la Visión de los vencidos de Miguel León Portilla,20 que inspira el título de la novela e introduce su texto) le dota a la representación del conflicto urbano y humano de Boyle Heights de una dimensión profunda.
Se hace eco de la parte final de Borderlands/La Frontera de Gloria Anzaldúa: «Esta tierra fue mexicana una vez, ha sido indígena siempre y lo sigue siendo.
21 Son palabras que insisten en la violencia de la frontera pero también en la capacidad de abrirse a otros modos de percepción y renacer cambiando de forma; invitan a la reinvención de la historia y, al mismo tiempo, indican que la frontera es un punto de división y contacto a la vez.
¿Y tú no los oías, Ignacio? -dijo-.
No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.
22 La sobriedad de la expresión literaria de Rulfo, sus diálogos escuetos y escenas mínimamente trazadas, fuerzan al lector a centrarse en el mundo psicológico de los personajes y sus relaciones interpersonales.
La ausencia de la ayuda y esperanza en el cuento «No oyes ladrar los perros» quizás no dice tanto de la determinación social de los protagonistas por el México violento de la revolución como de la feroz lucha interior del padre e hijo que buscan su salida de la amalgama de amor y odio, generosidad y mezquindad, perdón y culpa.
El mensaje rulfiano de que la íntima «microviolencia» humana devasta más que los estragos de las guerras y conflictos influirá nuestra lectura de la novela de Viramontes a continuación.
Nos centraremos en la imagen literaria del barrio y su memoria como espacio vivido, contradictorio, narrado desde la experiencia de Ermila, Turtle, Ana y Tranquilina.
El barrio literario de Their Dogs Came with Them es un mundo autónomo que vive en el precario balance entre las fuerzas regeneradoras que rehacen y le dan sentido a la realidad contradictoria a través de la memoria, y las fuerzas destructivas que segregan, deforman y desarraigan la vida comunitaria.
A primera vista podría parecer que se trata de la contienda entre las internas fuerzas «barriológicas» y las externas presiones «barrioizantes» como las llama Raúl Homero Villa.
23 Sin embargo, una mirada más atenta descubre que Viramontes no parece trabajar solamente con esta simplificadora lógica dual.
Si bien el «cosmos» sofocante del barrio tiene que enfrentarse al tráfico y segregación municipal en una lucha desigual, su resistencia vacila también debido a sus contradicciones internas, a la falta de empatía y comunicación intergeneracional que pudiera reavivar la memoria y, así, las estrategias de supervivencia.
La poética de Viramontes busca esperanza justamente a través de la memoria y la creatividad sin límites de la imaginación infantil.
Los niños del barrio reconstruyen la mitad destruida de su calle a través del juego, dándoles vida a las casas vacías y a la maquinaria parada: «The rows of vacant houses were missing things.
25 El poder de los juegos de la niñez se quedará firmemente incrustado en el subconsciente de las heroínas.
Sin embargo, son los recuerdos de la vieja señora Isabel Ybarra, o Chavela, los que representan las fuerzas más importantes de la afirmación cultural del lugar.
Su sabiduría y empatía coinciden con lo que Gloria Anzaldúa llama «the mestiza way» 26 que permite el contacto y la transformación.
La señora ofrece refugio no solo frente a la cacofonía polvorienta de la maquinaria destructora, sino también a la apatía o la violencia doméstica en las casas del barrio.
27 La sed de las niñas vecinas es un resultado físico del caluroso y polvoriento verano angeleno pero también, en el sentido figurado, una sensación de falta de amor, de raíces, de relatos que dan respuestas a sus preguntas infantiles.
Su sed puede ser apaciguada por la limonada casera de Chavela: los limoneros cultivados en el jardín de la viejita personifican la memoria del barrio y con ella la capacidad de resistir.
A través de los limoneros, de sus raíces, de la misma Chavela y de su memoria Helena Viramontes desarrolla la unión mítica de la mujer (madre/hija, abuela/nieta) con la tierra (jardín) que nutre y reiteradamente renueva la existencia.
28 Lorna Dee Cervantes capta esta pervivencia en su poema «Freeway 280»: 25 «podrían llegar al lugar llamado New Mexico donde uno despertaba pegándose con la cabeza contra el cielo o almorzaba chupando la pulpa dulce de los cactos u observaba lagartijas transformarse en cocodrilos por la tarde.
Para escapar, explicó Luis, todo lo que ellos dos tenían que hacer era excavar un túnel a través de la colina de Eastern Street y el campo esperaba su llegada».
27 «La toalla caliente de Chavela olía a jabón Dove.
Chavela limpió la cara de Turtle y la limpidez húmeda la hizo sentirse refrescada, agradable.
Por alguna razón la viejita quería a Turtle y le pellizcaba su barbilla y le daba limonada porque hasta donde Turtle recordaba, siempre tenía una sed insaciable».
28 En su lectura del cuento de Helena María Viramontes «Neighbors», Raúl Homero Villa analiza esta forma de unión mítica acudiendo a la llamada «womanist tradition» de la cultura afro-americana.
Villa, 2000, 124 La transmisión de la memoria de Chavela a la gente joven del barrio es vital para la continuidad, es la manera de salvar el espacio latino.
Pero es una tarea precaria: las notas con pedazos de información pegadas por todas las paredes de la casa anuncian que la memoria es justamente algo que Chavela está perdiendo debido a una enfermedad.
Además, la única oyente que suele visitarla, Ermila, tiene problemas con el oído: «Listen to me! [...]
30 A pesar de que todos los vecinos piensan lo contrario, Ermila sí oye.
31 De manera casi instintiva Ermila aprende a cruzar las fronteras: de la edad, de la ausencia, de la violencia.
La construcción autoviaria desaloja a Chavela, destruye su casa y su jardín con los limoneros.
Para el barrio esto significa una sumisión gradual al olvido y a la violencia de un lugar sin base firme.
En su cuento «Neighbors» Viramontes capta de modo similar la desintegración del barrio debido a la falta de comunicación entre las generaciones: «People of her age died off only to leave their grandchildren with little knowledge of struggle».
32 Es esta falta de conocimiento, entre otras razones, que debilitará la resistencia de los personajes a las presiones destructoras.
Pon atención, Chavela insistía».
31 «Un par de vigas de madera sostenía el techo y la niña intentaba memorizarlas porque Chavela le había dicho que era importante no olvidar.
Sus oídos recordaban [...]».
32 «La gente de su edad moría dejando a sus nietos con poco conocimiento de lucha».
34 La idea de la ciudad carcelaria 35 se hace patente cuando, en nombre de la seguridad y sanidad, East L.A. se vuelve una olla a presión: el humo negro del tráfico en la autopista (en lugar del polvo y humo de los buldóceres de hace una década) se une al calor, olor a asfalto y smog para hacer fondo a los retenes de la Quarantine Authority: A neighbor 's idea of validity was totally incongruent with the QA' s norms or anyone else's, for that matter.
36 La segregación, desconfianza y ubicua vigilancia policial se intensifica durante las noches dominadas por el ruido de los helicópteros y el tiroteo resultante de la caza de perros callejeros:
The world is going crazy. [...] the wheeling copter blades over the power lines rose louder and closer and closer and 33 Se hace alusión literaria a la represión policíaca del Chicano Moratorium movement que agitó East LA en 1970.
Fue un movimiento de activistas chicanos que organizaban protestas contra la guerra de Vietnam y actividades en comunidades mexicano-americanas a lo largo de Southwest desde noviembre 1969 hasta agosto 1971.
El movimiento culminó el 29 de agosto de 1970 con una marcha de 30 mil participantes en East Los Angeles.
La represión policíaca dejó 4 muertos, entre ellos el periodista Rubén Salazar.
34 «el volante entregado por el cartero decía: Crecientes casos de rabia denunciados en el barrio (véase el área sombreada) han forzado al alto funcionario de sanidad a aprobar, solo temporalmente, la observación y fuego aéreo a los mamíferos no domesticados. [...]
Trabajemos juntos para mantener a nuestras familias y nuestra ciudad seguros, insistía el final del mensaje».
Véanse las reflexiones de Mary Pat Brady sobre «the discourse of blight».
35 Manuel Albaladejo elabora la idea de Los Ángeles como ciudad carcelaria acudiendo a su vez a Postmetropolis de Edward Soja y City of Quartz de Mike Davis.
36 «La idea de la validez para los vecinos era totalmente incompatible con las normas de la Quarantine Authority u otras autoridades.
Las cosas se hacían de otro modo en Eastside. [...]
Para la gente sin papeles, la residencia legal pasó a ser un constante adelantamiento, un asunto de demarca ción dudosa dependiendo de quién era el dueño de la frontera.
Nadie en Eastside creía en papel».
37 Con el salto temporal, que le trae a la Ermila adolescente los recuerdos de su infancia, la metáfora canina resurge otra vez, transformada: los perros ya no se asocian con los «perseguidores» de la conquista.
Ahora son los «perseguidos», exterminados igual que los miembros de las pandillas urbanas que comparten con ellos las calles nocturnas de Eastside.
Es el caso de Turtle que de niña compartía con su hermano los sueños de escapar del barrio por un túnel excavado.
Ahora, siempre siguiendo a su hermano, el único punto fijo de su vida, experimenta la cruda realidad de la vida pandillera.
Y es que, con toda la destrucción y segregación del barrio, lo que más les abruma tanto a Ermila y a Turtle, como a Tranquilina y Ana (que recorren las calles de Eastside en vana búsqueda o de un ideal misionero o de un familiar perdido), es la simple ausencia de la madre.
Por diferentes razones -idealismo revolucionario, violencia doméstica, desaparición o fervor proselitista-el seguro espacio materno que nutriera a las niñas, les diera cariño, les permitiera echar raíces o les transmitiera la memoria cultural, no existe.
Esta ausencia de conexión íntima (solo brevemente suplida por la vieja Chavela) es el núcleo de su lucha.
Una lucha que -para cerrar este apartado otra vez con Rulfo-hace eco de sus palabras: «Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta.
Con nosotros, eso pasó».
Nunca se me ha ocurrido nada ni he podido hacer nada que sea más asombroso que la realidad.
En el primer capítulo de City of Quartz: Excavating the Future of Los Angeles, Mike Davis expone la imagen de Los Ángeles como la dicotomía entre el Sunshine (utopía basada en el melodrama de 37 «Ermila observaba los helicópteros de la Quarantine Authority brotando del cielo de medianoche para cazar a los perros sueltos.
El mundo se está volviendo loco. [...] las aspas girantes del helicóptero sobre las líneas de electricidad sonaban más y más alto y más y más cerca y alto, justo como los infatigables motores de los buldóceres hace diez años cuando Ermila era una niña».
Comentario casi idéntico aparece también en la página 12.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.05 Hollywood y el oropel paradisíaco de la publicidad inmobiliaria del «Booster myth») y Noir (distopía basada en Los Ángeles como el oscuro y criminal «Gran Lugar Equivocado»).
Llega a la conclusión de que: «el eje primordial del conflicto cultural en Los Ángeles siempre ha girado alrededor de la construcción/interpretación del mito citadino».
40 Los análisis de los apartados anteriores nos ayudan a concluir que a la dualidad de Sunshine o Noir, Viramontes le añade una tercera dimensión al espacio fronterizo angeleno.
Su representación literaria de la cartografía urbana y humana de Los Ángeles se basa en la ironía, contradicción y multiplicidad del espacio vivido.
Es preciso ahora detenernos brevemente en esta inclusión de thirdspace, o tercer espacio, ya sugerida en el principio de este ensayo a través de las palabras de Gloria Anzaldúa.
La división tripartita del espacio vivido-percibido-concebido fue inicialmente propuesta en la psicología infantil por Jean Piaget en La representación del mundo en el niño (1926).
Desde la perspectiva urbana fue replanteada por Henri Lefebvre en La producción del espacio (1974): Lefebvre entiende el espacio percibido como la práctica y producción espacial, el espacio concebido (la representación del espacio) como el espacio empíricamente objetivo y material, conceptualizado por los planificadores y tecnócratas detentadores del poder, y, finalmente, el espacio vivido (el espacio de representación) como el que envuelve el lugar físico en sistemas simbólicos de imágenes e imaginarios y al mismo tiempo subraya la imposibilidad del conocimiento pleno.
Este último espacio es directamente vivido por sus habitantes y al mismo tiempo utilizado por artistas, filósofos o escritores, ofrece tanto manifestaciones de subordinación al poder como expresiones de resistencia.
Nuestro entendimiento de la novela de Viramontes se apoya en los estudios de Postmodern geographies (1989) y Thirdspace (1996) de Edward Soja, que continúa desarrollando la tríada de lo vivido-percibido-concebido en el espacio urbano de Los Ángeles.
Su firstspace (inspirado por el espacio percibido) es experimentado subjetivamente, imaginado o imaginable, materializado solamente a través de las representaciones cognitivas y simbólicas.
El secondspace (que deriva del espacio concebido) es cuantificable, medible y cartografiable, es el lugar del poder epistemológico.
Finalmente, el thirdspace (que procede del espacio vivido) es el espacio más complejo en el cual coinciden tanto las 40 «The paramount axis of cultural conflict in Los Angeles has always been about the construction/interpretation of the city myth».
LA REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LA FRONTERA fuerzas de dominación y subordinación como las de resistencia, es el espacio que combina lo percibido, concebido y vivido sin que ninguna de las espacialidades sea privilegiada a priori.
Por ende, está sujeto al constante proceso de reelaboración.
41 Similarmente, Viramontes entiende el lugar marginal del barrio como un «sitio de apertura radical» que invita a la búsqueda de posibles salidas.
Es visible su sintonía con el pensamiento de la teórica afroamericana bell hooks que aboga por la reinvención de los lugares marginales como lugares de inclusión, no exclusión, formando así los «sites of radical openness and possibility».
42 Del mismo modo, podríamos encontrar una actitud parecida en Anzaldúa que invita a la necesidad de acción (y no reacción) frente a la situación de marginalidad:
43 Al mismo tiempo, sin embargo, Viramontes evita toda utopía.
Tres personajes de la novela intentan trascender la opresiva realidad del barrio buscando la transformación de los moldes tradicionales del género, reli gión o jerarquía social/racial: Turtle supera su miedo y su cuerpo femenino para poder seguir a su hermano pandillero con el que la ata el único vínculo emocional que conoce en su vida; Tranquilina intenta sobreponerse a la desolación y falta de comprensión en Eastside a través de la labor misionera; Nacho, el primo mexicano de Ermila, adopta una masculinidad desenfadada para evitar el machismo exacerbado profesado por los muchachos del barrio.
Los tres intentos son válidos y valientes pero aniquilados por una fuerza que les sobrepasa, una fuerza cruda y humillante cuya sobriedad contrasta con el éxtasis 44 de los sueños de Hollywood.
44 La dicotomía de éxtasis y sobriedad está desarrollada en detalle por Hermann Herlinghaus en su estudio Narcoepics: A Global Aesthetics of Sobriety (2013) dedicado al tema de la violencia en la literatura hispanoamericana contemporánea.
Es posible encontrar interesantes paralelismos entre los textos estudiados por Herlinghaus y la representación literaria del mundo de East LA en Their Dogs Came with Them.
Would Nacho have tales to share back home! 45 Su desenfado y nostalgia de imágenes estereotipadas fácilmente reconocibles le impiden descifrar los códigos de supervivencia de la calle.
En «la vida loca» de las pandillas cada paso tiene que ser calculado y el menor descuido es castigado.
Nacho carece de instintos que le previnieran de la intoxicación y punzante humillación que llevan a Turtle a lanzarse sobre él «with all the dynamite rage of all fucked-up boys stored in her rented body».
46 Así, por violencia callejera o balas de policía, acaban Nacho, Turtle y Tranquilina que se dejan llevar por el ensueño de una alternativa utópica y ya no le prestan atención a las leyes del barrio.
Son víctimas irónicas, ni inocentes, ni culpables, chivos expiatorios en la tradición griega de pharmakos, como desarrolla Northrop Frye:
47 Es justamente este mundo culpable que se refleja en Their Dogs Came with Them: la ciudad como frontera, como un lugar de disputa «entre las fuerzas de movimiento y las voluntades de quedarse en el sitio».
48 Y de hecho, si bien unos pierden la lucha, otros se quedan en el sitio.
Ella posiblemente ha aprendido a moverse entre ambos mundos, se hace portadora de la memoria de la vieja Chavela y, en el sentido 45 «Nacho tenía que admitirlo: una característica de esta ciudad que apreciaba era su melodrama: su salida acentuada con la lluvia, la mujer rara en búsqueda de un hombre perdido, su compañera extenuada con bolsas tan viejas debajo de ojos tan jóvenes.
¡Nacho tendría historias que contar otra vez en casa!».
46 «con la entera rabia dinamita de todos los chicos jodidos en su cuerpo prestado».
LA REPRESENTACIÓN LITERARIA DE LA FRONTERA anzalduano, de la abierta conciencia mestiza, del tercer espacio.
Es ella quien, por su actitud contradictoria, personifica la superación de las dualidades simplistas.
Concluyendo, podemos afirmar que el barrio literario de Viramontes representa fronteras, las denuncia pero también las trasciende.
Como el thirdspace propuesto por Soja, 49 rechaza una visión totalizadora y dicotómica de la ciudad y sus habitantes, abre una nueva dimensión para pensar la complejidad de una realidad que supera los mitos de Los Ángeles.
Desde diferentes ópticas, sus elementos se ven en el caleidoscopio alephiano todos separados y todos a la vez.
Esto hace posible las constantes mutaciones del motivo central del perro en la novela: los temibles perros conquistadores pueden al mismo tiempo adquirir la forma de perros callejeros víctimas de tiroteos nocturnos.
Los perros guardianes se convierten en agresores o en sus caricaturas.
50 Valga la extensión metafórica a los jóvenes de las pandillas que aterrorizan pero también son las principales víctimas de la ciudad convertida en frontera.
Their Dogs Came with Them extiende una simultaneidad abierta e inclusiva que, como subrayaba Wolfgang Iser, 51 ofrece los «espacios en blanco» que funcionan como un reto y una invitación para la imaginación del lector. |
En 1976, el Premio Casa de las Américas de novela le fue concedido al escritor chicano Rolando Hinojosa por su segunda obra, titulada Klail City y sus alrededores.
El propio autor ha aclarado en alguna ocasión que, aunque no tenía claro si podía presentarse al galardón al ser ciudadano estadounidense, decidió intentarlo tras revisar la brillante nómina de escritores que lo habían obtenido hasta la fecha.
Asimismo, asegura que, dado lo complicado que resultaba mandar el manuscrito de su novela desde Estados Unidos a Cuba, prefirió enviarlo a una dirección postal que la organización tenía en Suiza, gracias a lo cual su texto llegó a tiempo y posteriormente resultaría premiado aunque, como es lógico, la edición cubana de la obra no llegó a distribuirse en Estados Unidos.
1 El jurado del Premio Casa de las Américas, formado ese año por Juan Carlos Onetti, el venezolano Domingo Miliani, el paraguayo Lincoln Silva y el cubano Lisandro Otero, destacó entre los méritos de Klail City y sus alrededores el «hábil manejo de los diálogos» o el «excelente dominio de formas dialectales (coloquiales) chicanas».
2 Era la primera vez desde la creación del galardón en 1960 que se premiaba a alguien nacido en Estados Unidos, una circunstancia que, curiosamente, no ha vuelto a repetirse hasta la fecha.
Cuatro años después de obtener el galardón, Hinojosa actuaría en 1980 como miembro del jurado (puesto en el que el poeta de la 'Generación Beat' Allen Ginsberg ya le había precedido en 1962).
Casi un cuarto de siglo después de ser premiado en La Habana, Rolando Hinojosa ofreció en 1998 una sugerente contribución al entonces incipiente corpus de la narcoliteratura con Ask a Policeman, novela publicada en Texas en la que aborda la temática del tráfico de drogas desde un enfoque novedoso -el chicano-que complementa no solo al de autores hispanohablantes como Elmer Mendoza, Yuri Herrera o Lolita Bosch, sino también anglófonos como Don Winslow.
De hecho, en Ask a Policeman Hinojosa incide en cuestiones poco habituales en el corpus de la narcoliteratura como los fuertes vínculos que existen entre la comunidad chicana y la mejicana, o el impacto que la violencia del narcotráfico tiene en territorio estadounidense.
En este trabajo se abordan las múltiples ramificaciones, tanto reales como metafóricas, que un concepto clave en el mundo actual como el de frontera adquiere en esta novela de Rolando Hinojosa.
Asimismo, se analiza si un fenómeno criminal tan novedoso e imparable como el narcotráfico constituye un elemento de unión o de separación entre México y Estados Unidos, dos países vecinos cuyas relaciones históricas han resultado ciertamente convulsas.
Al distinguir a un autor estadounidense de raíces hispanas como Rolando Hinojosa, el Premio Casa de las Américas no solo estaba abogando en 1976 por construir un imaginario cultural pan-americano de habla española en todo el continente, sino también otorgando visibilidad a la cultura chicana que existe en Estados Unidos desde que en 1848 se firmara el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, pero que nunca había obtenido reconocimiento alguno.
De hecho, en su sugerente estudio sobre las relaciones literarias interamericanas, The Dialectics of Our America.
Genealogy, Cultural Critique and Literary History, el influyente crítico chicano José David Saldívar llega a aseverar que el Premio Casa de las Américas despertó interés a nivel internacional no solo por la obra de Hinojosa, sino por las letras chicanas en general.
3 De todos modos, el propio Hinojosa afirmaba recientemente que Cuba y México son los dos países latinoamericanos en los que su obra goza de mayor aprecio y que ha sido invitado a la UNAM, aunque también añada que solo se ha publicado una única reseña de su obra en toda Latinoamérica, aparecida en 1976 en un periódico de la capital mejicana, El Universal.
4 Por su parte, José David Saldívar subraya en su libro la paradoja de que los editores de la traducción alemana de la novela premiada, Klail City und Umbegung, no supieran si clasificar la obra de Hinojosa como estadounidense o latinoamericana, aunque Yolanda Julia Broyles (responsable de la traducción) solventa el dilema definiéndola simplemente como literatura «sin fronteras».
5 Asimismo, resulta revelador que se premiara a Rolando Hinojosa precisamente en 1976, habida cuenta de que ese año Estados Unidos celebraba sus doscientos años de vida, desde que se independizara del imperio británico.
Si el Premio Nobel de 1976 recayó en el novelista judío-estadounidense Saul Bellow (nacido en Canadá, pero afincado en Chicago), el Casa de las Américas reconoció en ese año tan cargado de simbolismo a un escritor chicano: curiosamente, se trata en ambos casos de autores que pertenecen a minorías étnicas históricamente marginadas en Estados Unidos.
Cuatro décadas después de haber recibido el Premio Casa de las Américas, la de Rolando Hinojosa (1929) constituye una de las trayectorias más sólidas de las letras chicanas.
La crítica coincide en señalar que, junto a sus coetáneos Tomás Rivera (1935-1984) y Rudolfo Anaya (1937), el autor de Ask a Policeman conforma la primera generación de novelistas chicanos de prestigio que irrumpió en Estados Unidos al inicio de los años setenta con aspiraciones tanto estéticas como éticas, dado que reivindicaban la identidad de la comunidad chicana en Estados Unidos.
6 Jesús Benito Sánchez y Ana Manzanas Calvo enfatizan el valor que en dicho país posee el intento de los escritores étnicos por presentar sus formas culturales genuinas no como restos exóticos y primitivos sino como fuerzas activas capaces de generar una noción de su identidad individual, histórica y social.
7 En 1973, la primera novela de Hinojosa, Estampas del valle y otras obras, se alza con el preciado galardón Quinto Sol, tras haberlo obtenido previamente otros dos puntales de la novela chicana: Tomás Rivera (1971) y Rudolfo Anaya (1972).
8 Esta obra inicial de Rolando Hinojosa supone el germen de un ambicioso proyecto literario que -bajo el título global de Klail City Death Trip Series-sigue vigente y al que pertenecen todas las novelas que el autor ha publicado hasta la fecha.
9 En sus obras iniciales Hinojosa a veces define su narrativa con el término español «cronicón», que el crítico Manuel M. Martín Rodríguez retoma en el título del que posiblemente sea el estudio más completo publicado sobre este autor hasta la fecha: Rolando Hinojosa y su «cronicón» chicano: una novela del lector (1993).
En su libro, Martín Rodríguez destaca el elemento en torno al cual se vertebran los textos de la serie Klail City Death Trip: «la obra es una intrahistoria de la comunidad que ha habitado, desde los primeros asentamientos en el siglo XVIII, ese lugar del Valle del Río Grande en Texas que está entre la ficción y la realidad».10 Conviene recordar que esta obsesión por el pasado y por la (re)visión crítica de la historia desde posiciones marginales es uno de los rasgos esenciales de la literatura postmodernista, como queda de manifiesto en novelas ya canónicas como Cien años de soledad o Hijos de la medianoche del anglo-hindú Salman Rushdie (admirador confeso del nobel colombiano).
11 Uno de los rasgos más distintivos y originales de la serie Klail City Death Trip es la amplia gama de géneros literarios a los que Rolando Hinojosa recurre, en un alarde intertextual nada frecuente, probablemente para intentar recrear la experiencia chicana en la frontera desde la mayor variedad de prismas posibles: si novelas iniciales como Estampas del valle y otras obras o Klail City son literalmente 'estampas', es decir, textos breves de corte impresionista y fragmentario, con el paso de los años el autor se ha ido aventurando en otros géneros tan inusuales en la narrativa contemporánea como la novela epistolar (Mi querido Rafa, 1981) o incluso la lírica, pues Korean Love Songs (1978) es una novela en verso que aborda la experiencia chicana en la guerra de Corea (lo que la convierte en una obra insólita tanto en el fondo como en la forma).
En una de sus novelas más recientes, We Happy Few (2006), el escritor se ha adentrado en un género tan propio de la narrativa anglófona como la llamada campus novel o novela de ambiente universitario.
Pese a esta inusual multiplicidad de géneros, nada hacía presagiar que en 1985 Hinojosa publicara Partners in Crime, una incursión en el género policíaco cuyo protagonista era uno de los personajes clave en la serie Klail City Death Trip: Rafa Buenrostro (Rafe, en inglés).
Al autor de Partners in Crime debió satisfacerle esta primera incursión en lo policíaco, ya que varios años -y algunas novelas-después publicó una segunda entrega, Ask a Policeman (1998), que también estaba protagonizada por Rafe Buenrostro y en gran medida era una continuación de la anterior entrega, aunque pueda leerse de forma independiente, al igual que todas las novelas de la serie.
No importa tanto que, como Ralph E. Rodriguez sostiene en su libro Brown Gumshoes: Detective Fiction and the Search for Chicana/o Identity, Hinojosa fuera el primer autor chicano en adentrarse en el género policíaco, como el hecho de que sus novelas Partners in Crime y Ask a Policeman se enmarquen en un momento literario en el que -en las postrimerías del siglo XX-este género popular experimenta un cambio radical en Estados Unidos.
Se diversifica enormemente, dando cabida por primera vez a autores y temáticas multiculturales y de género antes impensables en la obra de nombres clásicos como Dashiell Hammett, Raymond Chandler o James M. Cain: por un lado, mujeres y homosexuales y, por otro, minorías étnicas como la afroamericana, la indígena o, por supuesto, la chicana.12 Como acertadamente apunta Antonio Prieto Taboada, al integrar a un personaje chicano en el cuerpo de policía, Hinojosa está subvirtiendo de forma deliberada estereotipos racistas hegemónicos que tradicionalmente han definido al chicano siempre como un 'otro' al margen de la ley.
13 Como ya evidencian los títulos de sus obras, conforme su carrera avanzaba Rolando Hinojosa ha ido evolucionando en el ámbito de lo lingüístico, pues si sus primeras novelas estaban escritas en español, en su obra más reciente predomina el inglés.
Resulta obvio que en los albores del Movimiento Chicano escribir en español tenía una innegable carga nacionalista que, al correr de los años, se ha hecho menos necesaria conforme la comunidad chicana y su cultura han ido adquiriendo un mayor prestigio tanto en Estados Unidos como en el extranjero.
14 El propio Hinojosa ha justificado su cambio de lengua argumentando que hay temas y contextos (como la guerra de Corea) que pertenecen al ámbito de lo anglófono y que, por consiguiente, no pueden recrearse en otra lengua; en una entrevista a la revista Quimera, el autor declaraba:
Yo prefiero escribir en español si el ambiente que estoy describiendo es de habla hispana, pero, así que entra el mundo norteamericano, el inglés es la lengua más natural...
El idioma profesional, el de los negocios, el de la docencia, es el inglés.
15 Aunque este planteamiento resulte razonable, cabe considerar asimismo la posibilidad de que Hinojosa esté cada vez más integrado en el mundo anglosajón, tras haber abandonado su valle natal para desarrollar una brillante carrera como profesor y gestor en diversas universidades estadounidenses.
Asimismo, resulta incuestionable que escribir en inglés le facilita a cualquier escritor estadounidense un mayor acceso al público lector, al estamento crítico y al mundo editorial (aunque Hinojosa siempre haya publicado en sellos menores).
16 De hecho, todas sus novelas transcurren en Klail City, la capital del condado de Belken, un espacio geográfico ficticio claramente inspirado en su Texas natal que guarda una relación directa con otras geografías similares en las letras americanas del siglo XX: el referente más directo -y al que siempre aluden tanto la crítica estadounidense como el propio Hinojosa-es William Faulkner, cuyo mítico condado de Yoknapatawpha está ubicado en Mississippi, un estado de marcada idiosincrasia sureña, como Texas.17 Obviamente, el condado de Belken de Hinojosa remite asimismo a autores latinoamericanos como Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo y, sobre todo, Gabriel García Márquez.
Respecto al indudable influjo tanto de Faulkner como de García Márquez en las obras que conforman Klail City Death Trip, Martín Rodríguez apunta con acierto que «la presencia implícita en la serie de estos dos autores sirve como un entronque con las dos grandes vertientes culturales que convergen en lo chicano, la angloamericana y la méxico-hispana».
18 Tras publicar Partners in Crime en 1985, Hinojosa aseguró estar trabajando en una segunda novela policíaca que iba a titularse A Thief, A Liar, and a Murderer, pero que finalmente habría de ser Ask a Policeman.
19 En efecto, pese a los doce años que median entre las dos novelas, la trama de ambas está directamente relacionada: si Partners in Crime termina con el arresto de un jefe de policía mejicano -Lisandro Gómez Solís-por tráfico de drogas, Ask a Policeman se inicia precisamente con su fuga y posterior asesinato; el proceso de investigación de su muerte va a dejar al descubierto el papel crucial que el narcotráfico y la violencia desempeñan ahora en la frontera entre México y Estados Unidos.
El microcosmos mítico y rural de las primeras novelas de la serie Klail City Death Trip deviene ahora en un espacio netamente urbano y tecnológico en el que predominan teléfonos móviles, faxes, armas automáticas o avionetas ligeras.
Asimismo, Hinojosa ha pasado de recrear un universo coral en el que no cabía atisbar personaje central alguno a una novela que -como Partners in Crime-lleva el inequívoco subtítulo de 'A Rafe Buenrostro Mystery', por lo que ya desde la portada misma se subraya quién es el eje central de la obra.
Hinojosa dedica esta novela a sus dos progenitores y destaca que su padre fue policía, por lo que el texto se erige obviamente en un tributo a su memoria.
Quizás ello explica por qué a lo largo de Ask a Policeman Hinojosa hace especial hincapié en presentar a Rafe Buenrostro y sus hombres como personas normales carentes de cualquier heroísmo, cuya vida diaria se ve marcada por ataques de alergia, dolores de espalda e innumerables tazas de café, en vez del alcohol que se ingiere en novelas y películas clásicas del género negro.
Pese al tiempo transcurrido, el carácter antiheroico de estos agentes de la ley quedaba ya esbozado en un breve pasaje que aparece al inicio de Klail City y sus alrededores, la novela que en 1976 obtuviera el Premio Casa de las Américas:
Aquí no hay héroes de leyenda: esta gente va al escusado, estornuda, se limpia los mocos, cría familias, conoce lo que es morir con el ojo pelón, se cuartea con dificultad y (como madera verde) resiste rajarse.
El que busque héroes de la proporción del Cid, pongamos por caso, que se vaya a La Laguna de la Leche.
20 Asimismo, si en Partners in Crime Rafe era un mero agente de policía, en Ask a Policeman se ha convertido en el inspector jefe, lo que pone de manifiesto que ha logrado integrarse plenamente en Belken, accediendo de ese modo al mito estadounidense del American Dream.
La integración social de Rafe Buenrostro también se manifiesta a nivel lingüístico, pues su vida cotidiana se desarrolla íntegramente en inglés, aunque en momentos puntuales demuestre que sigue siendo capaz de comunicarse en español; no hay que olvidar que esta novela -aunque transcurra en parte en territorio mejicano-está escrita en su práctica totalidad en inglés, incluso algunos diálogos que supuestamente tienen lugar en español.
En principio, una novela fronteriza debiera abordar el choque entre dos culturas tan dispares como la mejicana y la estadounidense, pero la crítica coincide en señalar que en Ask a Policeman prácticamente ha desaparecido el componente de tensión racial presente en las primeras entregas de la serie -escritas en español-en las que Hinojosa denunciaba sin ambages la discriminación que los chicanos han padecido históricamente en Texas desde 1848.
En la sociedad tejana contemporánea que Hinojosa recrea en un texto publicado exactamente siglo y medio después, da la impresión de que la comunidad chicana ya no sufre racismo alguno sino que, por al contrario, ha sido socialmente aceptada.
Así, resulta sintomático que en la brigada interracial que comanda Rafe Buenrostro las relaciones se desarrollen en un ambiente de camaradería y cordialidad absolutas, sin que en ningún momento surja el más mínimo roce, lo cual no resulta muy creíble, teniendo en cuenta el ambiente de tensión y cansancio (físico y mental) en el que se desarrolla su trabajo.
De hecho, resulta significativo que el episodio en que más aflora el tema de la discriminación racial en toda la novela sea precisamente para hablar de ella en el pasado, como si se tratara de una lacra que ha sido erradicada por completo.
Ello implica que el discurso crítico del texto se vea notablemente mermado, al ofrecer Hinojosa una visión extremadamente amable y complaciente de la realidad chicana en Texas hoy día.
Así, uno de los capítulos iniciales parece marcar ya el tono de toda la novela cuando Rafe Buenrostro, en uno de sus escasos momentos de privacidad, se desplaza al hospital local para visitar a su suegro, Noddy Perkins, un rudo banquero de origen galés que es uno de los máximos responsables de la actividad financiera en Belken.
Y SANGRIENTO: NARCOTRÁFICO, VIOLENCIA Y FRONTERA esta insólita confesión con la parsimonia que le caracteriza y apenas dice nada, lo cual desconcierta al anciano Noddy Perkins.
No obstante, el hecho de que su suegro pronuncie unas palabras tan conciliadoras justo antes de pedirle un gran favor invita a dudar de la sinceridad de las mismas.
Uno de los ejes sobre los que asienta la visión del narcotráfico en Ask a Policeman es el papel que desempeña la frontera entre México y Estados Unidos, que el autor chicano relativiza al presentarla como una demarcación política totalmente artificial y arbitraria.
Al haber nacido y crecido a unos kilómetros de México, es una cuestión que Rolando Hinojosa conoce a la perfección y que ha abordado en diversos ensayos, escritos tanto en inglés como en español: «Living on the River» (1995), «Breve pesquisa del Valle del Río Grande» (2000) o «Puentes» ( 2001), recopilados todos el año 2011 en el volumen Voice of My Own: Essays and Stories.
22 En estos textos tan breves como sugerentes, el autor reitera una idea que también suele mencionar en sus entrevistas, y es la de que la frontera entre México y Estados Unidos no cumple su objetivo de separar realmente a ambos países sino que, muy al contrario, se trata de una demarcación sumamente «porosa», adjetivo al que Hinojosa recurre a menudo para ilustrar sus reflexiones sobre este singular espacio geográfico y emocional.
En «Breve pesquisa del Valle del Río Grande» (2000) aclara otra de sus aseveraciones recurrentes, la diferencia entre la separación legal y la real:
Esa barrera entre los dos países era y sigue siendo una barrera jurisdiccional que no cultural.
El español que hablamos en la banda norteña forma parte del español que se habla en los cuatro estados que lindan con Texas: Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Chihuahua.
Ligado a ambos lados de la frontera aún más; pero las ligaduras viejas también son importantísimas porque son ligaduras psicológicas, comerciales, históricas y culturales.
23 Lo que la política impone no se corresponde en absoluto con la experiencia real de las personas.
Es lógico que así sea, dado que se trata de una frontera creada en una época relativamente reciente, y teniendo en cuenta que del Tratado de Guadalupe Hidalgo se derivó el hecho de que, de 22 Hinojosa, 2011.
La visión de la frontera de Hinojosa es menos trágica que la de la autora chicana Gloria Anzaldúa, quien en su ya clásico texto bilingüe Borderlands/La frontera.
The New Mestiza, la concibe como un espacio de confrontación tanto literal como metafórica: «The U.S.-Mexican border es una herida abierta where the Third World grates against the first and bleeds [...]
Hinojosa se ha desmarcado claramente del concepto de frontera que planteó la difunta escritora tejana.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.06 repente, la población del norte de México se viera separada en dos naciones diametralmente opuestas en lo social, cultural, religioso y, por supuesto, lingüístico.
En Ask a Policeman se sugiere la posibilidad de que los lazos que unen a un chicano de Texas con un habitante del norte de México sean tan fuertes o mayores incluso que los que lo unen con la población angloamericana de Texas o del resto de Estados Unidos.
De hecho, Hinojosa va incluso más allá pues, en el que sin duda constituye el episodio más cómico de la obra, una falsa conversación telefónica revela la complicidad innata que existe entre los jefes de policía a ambos lados de la frontera, ya que se burlan de un agente del gobierno, el chicano Chip Valencia, que está obsesionado con militarizar y llenar de tanques la frontera; Hinojosa ridiculiza dicha idea sin cesar, criticando así a aquellos burócratas estadounidenses que optan por dicha postura, en especial si -como en el caso de Chip Valencia-tienen lazos personales con México.
A lo largo de la novela se pone repetidamente de manifiesto que el trabajo diario de la policía se ve a menudo entorpecido por incontables trabas burocráticas que les ponen otros agentes del gobierno como el ya citado Chip Valencia, los oficiales de Inmigración o el nuevo supervisor del FBI en una zona tan conflictiva, todos los cuales parecen estar más preocupados siempre por ofrecer una buena imagen ante los medios de comunicación que por desarrollar una labor verdaderamente eficaz en la zona.
Hinojosa deja de manifiesto a lo largo de la novela que las prioridades de los representes gubernamentales distan mucho de ser las adecuadas.
Asimismo, llama la atención que a lo largo de la novela ni el narrador ni los personajes apenas empleen términos como «border» o «frontier» («frontera») pero, en cambio, recurran a eufemismos del tipo «pasar al otro lado», «cruzar el puente» o «cruzar el río», como si también a nivel puramente verbal se cuestionara la demarcación política creada en 1848.
De hecho, en el ensayo «Living on the River» -fechado en la misma época que Ask a Policeman-Hinojosa se encarga de puntualizar que el término «frontera» es usado únicamente por quienes no viven en esa zona de Estados Unidos, los llamados «fuereños», mientras que a la población local le basta con decir «el río»; además, pone de manifiesto su profundo escepticismo respecto a lo que supone la frontera entre México y EEUU: «The border is a defining place, a separateness of citizenship, even, but it may, to outsiders, also imply a separate culture.
24 De hecho, tanto Rafe Buenrostro y su brigada como el resto de los personajes de la novela cruzan constantemente los diversos puentes que conectan ambos países y cuya función -como la del propio río-puede ser tanto unir como bien separar, según la perspectiva desde la que se perciba la compleja relación entre México y Estados Unidos.
Por momentos, una novela policíaca como Ask a Policeman ofrece instantáneas que retratan a la perfección el incesante trasiego humano que caracteriza a toda zona fronteriza: como si de un verdadero río humano se tratara, hay un movimiento constante de personas que fluyen en ambas direcciones y van al país vecino a pasar el día o solamente unas horas.
Un miembro de la brigada de Buenrostro cruza a México y contempla el bullicio de las calles de Barrones, ciudad que comparte con Klail City la vitalidad de todo enclave fronterizo:
25 Esta descripción de las calles de Barrones apenas difiere de la que, con posterioridad, se ofrece en el texto de las de Klail City: «the customers streaming across the two bridges by the hundreds and sweltering on the sidewalks ready to spend their money, and the day, on the Texas side».
26 En efecto, un río humano de ambos países cruza la frontera a diario para ir de compras, hacer turismo o incluso hay mejicanos que -como en el caso del joven Daniel Varela-van a trabajar a Texas por la mañana y regresan a México por la noche.
Esta última circunstancia pone al descubierto el abismo que separa la economía de ambas naciones, un factor que diferencia esta frontera sureña de la que Estados Unidos tiene al norte con Canadá, un país cuya holgada situación financiera poco tiene que ver con la mejicana.
Hinojosa incide en este contraste de forma tan sutil como evidente, ya que entre la enorme gama de personajes que desfilan por su novela se cuenta un político del estado de Dakota del Norte (próximo a Canadá), que durante su visita a Klail City hace comentarios en tono despectivo al comparar ambas fronteras.
Uno de los recursos más ingeniosos que Hinojosa emplea a lo largo de su novela para hacer hincapié en lo inoperativas que resultan las fronteras políticas -que no geográficas-es hacer referencias constantes a la climatología y a los fenómenos naturales propios de esa parte del continente americano.
La trama de Ask a Policeman se desarrolla en pleno verano, y el calor sofocante y los huracanes son experiencias intensas que han de padecer por igual tanto mejicanos como estadounidenses.
Las referencias meteorológicas que se suceden en casi todos los capítulos no solo dotan al texto de un fuerte aire realista, sino que también enfatizan el carácter asfixiante y abrasador de los hechos brutales que se suceden en el mundo del narcotráfico.
Resulta sintomático que el capítulo inicial de la novela se inicie con una referencia expresa a un «hot, humid August day», y que el capítulo final empiece de forma análoga mencionando el impacto que la meteorología tiene a ambos lados de la frontera: «The heavy rain squalls brought ocasional relief as the lower Texas Gulf Coast braced itself for a predicted landfall anywhere between Corpus Christi [Texas] and La Pesca, in the state of Tamaulipas».
27 Queda patente que en Ask a Policeman Hinojosa saca enorme partido a los fenómenos climatológicos para subrayar que los lazos que unen a los habitantes de la frontera mejicano-estado unidense son mucho más profundos e imprevisibles de lo que cabe pensar y van mucho más allá de lo que puedan dictaminar los gobernantes y sus leyes: sobre la naturaleza no se puede ni legislar ni imponer límite alguno.
La frontera, impuesta en 1848, también se muestra incapaz de controlar otra experiencia avasalladora que también padecen por igual los habitantes del norte de México y los del sur de Texas: la violencia extrema propia del narcotráfico y de la narcoliteratura, que se erige en un elemento vertebrador de Ask a Policeman.
En su artículo «La alfombra roja del terror narco», Juan Villoro ofrecía en 2008 una lúcida reflexión sobre la brutalidad y el poder desmesurados que caracterizan a este submundo criminal.
Tras afirmar que «el narco se apoya en el discurso de la crueldad» y aludir a «la teatralidad del narco», el autor mejicano acuña una expresión sumamente afortunada que refleja a la perfección lo que acontece en los 41 capítulos de Ask a Policeman: «una nueva gramática del espanto».
28 En efecto, durante toda la novela se suceden sin cesar los elementos que conforman el universo de la narcoliteratura: contrabando y consumo de estupefacientes, asesinatos, burdeles y prostitución, ajustes de cuentas, torturas, corruptelas, blanqueo de dinero o sicarios a sueldo, entre otros muchos.
No parece casual que la trama se inicie de forma fulgurante, con la fuga del narcotraficante mejicano Lisandro Gómez Solís, una acción espectacular y de enorme fuerza visual que pone de manifiesto ya desde el primer capítulo la influencia del cine en Ask a Policeman.
El ritmo narrativo va in crescendo ya que, tras aterrizar en territorio mejicano la avioneta que lo transporta, el narcotraficante es ejecutado inmediatamente por las mismas personas que han planeado su fuga: sus dos sobrinos gemelos y su propio hermano, Felipe Segundo, un nombre irónico que revela su ambición y su megalomanía.
Este sorprendente asesinato, que marca desde un principio el tono de la novela, constituye un episodio de resonancias cainitas que destaca sobremanera en un texto en el que el componente religioso es mucho menor de lo cabría imaginar.
Tal como hicieran Dashiell Hammett o Raymond Chandler al sentar las bases de la novela negra estadounidense en la primera mitad del siglo XX, Hinojosa describe esta violenta muerte bíblica con firme pulso narrativo:
Este asesinato a sangre fría, que transgrede las pautas de comportamiento humano más elementales y remite a las tragedias de Shakespeare, tiene implicaciones más complejas si cabe, ya que posteriormente un soplón le revela a la policía tejana que, en realidad, los gemelos no son sobrinos de Lisandro Gómez sino hijos suyos, por lo que su eliminación constituye un caso de parricidio involuntario, ahondando aun más todavía en esa «gramática del espanto» que según Juan Villoro es inherente al submundo del narcotráfico.
Posteriormente se descubre que el asesinato de Lisandro Gómez responde al cambio de rumbo que su hermano Felipe Segundo quiere introducir en el negocio del narcotráfico, que de ser un asunto eminentemente familiar se va a modernizar e internacionalizar, lo que supone asociarse a un misterioso grupo de recién llegados de quienes se rumorea que son «sudamericanos», «gente dura» y muy joven, detalle este que apunta a un claro relevo generacional en el negocio que conlleva JUAN IGNACIO GUIJARRO GONZÁLEZ eliminar a toda la vieja guardia, empezando por el propio hermano de un narcotraficante tan implacable como Felipe Segundo Gómez.
El resultado de este cambio de rumbo en el negocio del narcotráfico es un verdadero reguero de cadáveres a ambos lados de la frontera, motivo por el cual las fuerzas policiales mejicanas y estadounidenses se ven obligadas a cooperar estrechamente en toda la novela, una colaboración que Hinojosa plantea como inevitable, cordial y muy fructífera.
En el capítulo de su libro Brown Gumshoes dedicado a la obra policíaca de Hinojosa, Ralph E. Rodríguez sugiere con acierto que la violencia extrema de Ask a Policeman recuerda a la de Mickey Spillane o Jim Thompson, autores estadounidenses de novela negra de los años cincuenta especialmente recordados por la brutalidad descarnada de sus tramas.
29 De hecho, al asesinato inicial de Lisandro Gómez le sigue el del fiscal jefe de Klail City, Theo Crixell, que además es torturado y sometido a vejaciones sexuales, pese a que ya había renunciado a seguir investigando el narcotráfico después de que su familia recibiera amenazas.
Hinojosa hace hincapié en la crueldad y el sadismo del narcotráfico al reflejar en una frase breve el impacto que ver el cuerpo destrozado del fiscal Crixell tiene en uno de los agentes de Buenrostro: «Dorson had seen his share of blood during his sixteen years on the force, but this, he thought, this ranked among the worst: slashed chest, throat, hands and arms.
30 A estos dos brutales asesinatos hay que añadir, entre otros episodios, un robo ultraviolento en el que varias personas mueren atropelladas de forma absurda y gratuita, o un encuentro sexual de tintes sadomasoquistas en el que una mujer fallece al jugar con una pistola que no debía estar cargada.
Resulta elocuente que, tras visionar una grabación de este último episodio (narrado con todo detalle en el penúltimo capítulo de la novela), hombres acostumbrados al crimen y la violencia como Rafe Buenrostro y su brigada enmudezcan y se queden literalmente sin palabras, horrorizados ante el macabro espectáculo que acaban de contemplar:
31 Una de las conclusiones más consistentes que se derivan de esta segunda novela policíaca de Rolando Hinojosa es que la violencia siempre acaba generando más violencia: de hecho, el propio Felipe Segundo Gómez termina siendo brutalmente asesinado por el hijo de un pistolero al que años antes él había traicionado y enviado a prisión.
Este acto de venganza paterno-filial no hace sino contribuir a perpetuar la espiral de violencia en una nueva generación, por lo que se convierte en un fenómeno viral que parece no tener fin.
A diferencia de lo que ocurría en las primeras novelas de Hinojosa, en las que la brutalidad transcurría -al igual que en Macondo o Yoknapatawpha-en un microcosmos de carácter netamente mítico y claustrofóbico, la violencia actual del narcotráfico posee un cariz globalizado y postmoderno, como ya se ha señalado, por lo que por las páginas de Ask a Policeman no solo desfilan rifles automáticos usados en todo el mundo (AK-47 soviéticos, Uzis israelíes), sino también asesinos a sueldo en posesión de múltiples pasaportes y tarjetas de crédito que actúan por todo el planeta y a los que un organismo supranacional -la INTERPOL-ya tiene fichados: «They move around: Montreal, Marseilles, Paris, and so on».
32 En el tránsito del siglo XX al XXI, el crimen organizado se ha convertido en un negocio de alcance global que mueve cantidades ingentes de dinero por todo el mundo y que posee ramificaciones infinitas, por lo que resulta prácticamente imposible controlarlo.
33 Posiblemente, uno de los aspectos más destacados del acercamiento de Rolando Hinojosa al mundo del narcotráfico en Ask a Policeman sea el gran protagonismo que otorga a sus personajes femeninos.
En este sentido, la presencia más determinante es la mejicana Lu Cetina de Gutiérrez, nombrada responsable de la policía de Barrones tras desvelarse en la anterior obra policíaca del autor que su antecesor en el cargo, Lisandro Gómez Solís, estaba ligado al mundo del narcotráfico.
La figura de Lu Cetina resulta harto sugerente y dota a la novela de un marcado matiz feminista, pues no solo se trata de una profesional brillante y eficaz, sino que además logra destacar en un ámbito tan tradicionalmente masculino y proclive al machismo como el policial, donde la fuerza física o la autoridad resultan esenciales.
A lo largo de la novela la labor de Lu Cetina es elogiada no solo por Rafe y otros agentes tejanos, sino incluso por algunos delincuentes que saben de la excelente reputación de la responsable policial de Barrones.
Del mismo modo, varios son los personajes estadounidenses que en momentos puntuales de la novela lamentan el tradicional sexismo que perdura en la sociedad mejicana, que queda claramente de manifiesto cuando la madre y la hermana de un joven mejicano que ha desaparecido (el ya mencionado Daniel Varela) visitan a Rafe Buenrostro en su oficina, y se comportan con una humildad rayana en el servilismo.
Por el contrario, lo que se echa en falta en Ask a Policeman es alguna referencia similar al machismo que, sin duda, existe (aunque pueda ser en menor medida) en un estado tan sureño y conservador como Texas.
Por otra parte, resulta paradójico que quien comande las fuerzas policiales en territorio mejicano sea una mujer (Lu Cetina) y que, sin embargo, quien lo haga en suelo estadounidense sea un hombre (Rafe Buenrostro).
Otra paradoja digna de mención es que Hinojosa establezca una singular conexión a tres bandas entre Rafe Buenrostro y las dos mujeres con las que mayor relación tiene a lo largo de la novela: por un lado, su esposa Sammie Joe (hija del banquero Noddy Perkins) y, por otro, su colega mejicana Lu Cetina.
Apenas tiene tiempo libre para tratar a su esposa, mientras que con Lu Cetina se reúne a menudo y está en contacto permanente, o bien por teléfono o por fax.
Ya se ha señalado que Hinojosa dedica esta novela tanto a su padre («el policía») como a su madre («la mujer del policía»), por lo que cabe inferir que en cierta medida está rindiendo homenaje no solo a aquellos agentes entregados a una profesión tan dura y arriesgada, sino también a sus esposas, que apenas ven a sus maridos y además viven con el miedo constante de que puedan fallecer en acto de servicio.
La preponderancia de Lu Cetina viene refrendada por el hecho de que sea el personaje del que más detalles personales se proporcionan a lo largo de la novela.
Tras estudiar en un colegio católico de Klail City, volvió a su país natal para licenciarse en Derecho en México D.F., lo que implica que no solamente posee una sólida formación intelectual, sino que además conoce a la perfección la vida a ambos lados del Río Grande.
Su excelente preparación le permite ascender puestos en el escalafón profesional, hasta que el gobernador del estado de Tamaulipas la nombra para sustituir al corrupto Lisandro Gómez, como ya se ha señalado.
Precisamente, luchar contra la corrupción endémica en las fuerzas de seguridad mejicanas se convierte de inmediato en uno de sus principales objetivos en cuanto toma posesión de su cargo.
Hinojosa deja de manifiesto que es una mujer con carácter a la que no le tiembla el pulso a la hora de reorganizar a su per sonal, sobre todo al que más años lleva en el RÍO GRANDE, BRAVO...
34 De nuevo, llama la atención que Hinojosa haga hincapié en el ambiente corrupto que se respira en la policía mejicana pero que, al mismo tiempo, ofrezca un retrato tan idealizado de la brigada de Klail City.
Más que a un problema de patriotismo o de falta de distancia crítica seguramente se deba a que, como ya se ha sugerido, Hinojosa concibiera Ask a Policeman como un homenaje a su padre y a otros policías.
En cualquier caso, la eficacia y la profesionalidad de Lu Cetina quedan sobradamente demostradas cuando, entre otros, logra objetivos tales como subirle el sueldo a sus subordinados, hacer un seguimiento constante de cada uno de ellos o incluso establecer unas relaciones cordiales con la prensa a ambos lados de la frontera.
35 Sin embargo, la mayor demostración de que está tan capacitada para desempeñar su trabajo como cualquier hombre acontece precisamente en el capítulo final de la novela, cuando protagoniza la última acción policial de la trama al acudir a un burdel para detener al único de los gemelos que queda con vida y tras poner en peligro su integridad física en un arriesgado cara a cara con José Antonio Gómez, consigue arrestarlo.
Alguien tan poco dado a excesos verbales como Rafe Buenrostro no oculta su admiración por su colega mejicana, cuando le espeta con su habitual laconismo: «You did a good job, Lu».
36 Es muy probable que un personaje tan consistente como el de Lu Cetina surgiera como la respuesta de Rolando Hinojosa a las acusaciones vertidas por parte de la crítica -sobre todo la feminista-de que sus personajes femeninos suelen poseer mucha menos entidad que los masculinos, un rasgo habitual en la primera generación de escritores chicanos al que pondrían remedio las autoras de la siguiente generación, antes mencionadas.
Resulta significativo que, al preguntársele a una feminista militante como Gloria Anzaldúa por este insalvable abismo generacional, el primer nombre que mencionase en tono crítico fuera el de Hinojosa: 34 Hinojosa, 1998, 23.
35 Por su eficacia y su profesionalidad, el personaje de Lu Cetina se sitúa en la órbita de la detective V. I. Warshawski (creado por Sara Paretsky) y otras protagonistas afines de la reciente novela policíaca femenina en lengua inglesa, un subgénero literario que se analiza en Pascual y López-Peláez, 1998.
37 A pesar de -o quizás gracias a-palabras como las de Anzaldúa, lo cierto es que el personaje de Lu Cetina aflora como el retrato sólido y convincente de una mujer moderna e independiente de finales del siglo XX.
Asimismo, este cambio parece preludiar el hecho de que la siguiente novela de Hinojosa, publicada dos años después con el título de Becky and Her Friends (1990), fuera su primera obra de temática enteramente femenina, pues en ella se narra el proceso de autoafirmación de una mujer, Becky Escobar, tras divorciarse de su marido.
38 De todos modos, un retrato femenino tan sólido como el de la responsable policial de Barrones se ve contrarrestado en Ask a Policeman por otro de muy distinta índole, el de Laura Castañón de Greyson, la viuda mejicana de un piloto estadounidense que transportaba droga para el clan de los hermanos Gómez Solís.
Laura Greyson encarna a la perfección el clásico estereotipo de la femme fatale, tan propio del cine negro estadounidense de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, lo cual confirma que en Ask a Policeman las influencias no son solo literarias sino -inevitablemente en un texto policíaco-también fílmicas.
39 Como suele ocurrir con las protagonistas del subgénero del film noir, una mujer tan atractiva como Laura Greyson deslumbra a los hombres que se cruzan con ella, y el autor la describe con gran detalle la primera que aparece en la obra: «a Mexican-American woman in her late thirties, wearing high heels, and clad in a smart white-and-yellow floral print and a sensible hat to ward off the blinding sun, slid from the driver's seat of a newish-looking Audi».
40 Detalles tan puntuales como sus tacones, su llamativa vestimenta o su coche lujoso delatan su condición innegable de femme fatale, que además se ve refrendada por el 37 Anzaldúa, 1999, 222.
38 En las entregas iniciales de la serie Klail City Death Trip el personaje femenino de mayor consistencia era Viola Barragán, «mujer bravía y de mucho ovario», una persona fuerte de espíritu libre e independiente que descuella en el microcosmos marcadamente masculino de Hinojosa.
Sobre este controvertido tema, véase lo que se planteaba hace ya décadas en Duke y De la Fuente, 1984, 65.
39 Hay que recordar que una de las femme fatale por antonomasia de Hollywood fue el personaje de Laura, protagonista de la obra maestra homónima dirigida por Otto Preminger en 1944, por lo que cabe inferir un posible vínculo intertextual entre la novela de Hinojosa y dicha película de estética noir.
Y SANGRIENTO: NARCOTRÁFICO, VIOLENCIA Y FRONTERA hecho de que miente reiteradamente a la policía, consume drogas y, sobre todo, le era infiel a su difunto esposo, pues mantiene relaciones sexuales con ambos gemelos, unos encuentros que además se grababan con una cámara de vídeo.
No cabe duda de que esta «viuda negra» es la perversión personificada y, seguramente por ello, al final de la novela muere de una forma tan cruel como absurda, pues es ella quien juega con una pistola que no debiera estar cargada.
Por todo ello, Laura Greyson se sitúa claramente en las antípodas del modelo de mujer honesta y profesional que encarna Lu Cetina: se trata de dos polos opuestos de feminidad que Hinojosa incluye en la novela.
41 Si el personaje de Lu Cetina no se corresponde con la imagen de mujer pura y frágil que encarna la Virgen de Guadalupe, parece incuestionable que, por el contrario, Laura Greyson sí que se asemeja al otro gran modelo femenino del imaginario cultural chicano: la Malinche, la mujer traidora y seductora por antonomasia que encaja a la perfección en el mundo cruel y despiadado del narcotráfico.
42 En definitiva, en su novela policíaca de 1998 Ask a Policeman, un autor clave de las letras chicanas como Rolando Hinojosa ofrecía hace ya casi dos décades un retrato certero de la realidad del narcotráfico desde una perspectiva novedosa, la de un autor estadounidense de ascendencia hispana.
Por consiguiente, la suya es una mirada necesariamente fronteriza que hace hincapié en los incontables lazos que unen a las poblaciones del norte de México y del sur de Estados Unidos, al tiempo que cuestiona abiertamente el papel que desempeña la frontera entre ambos países creada artificialmente en 1848 a raíz del Tratado de Guadalupe-Hidalgo.
El texto de Hinojosa subraya que esta frontera es un espacio geográfico y emocional sumamente poroso y fluido, incapaz por tanto de poner freno a un fenómeno imparable como el narcotráfico, que en el tránsito del siglo XX al XXI ha adquirido unas proporciones desmesuradas hasta convertirse en una lacra de alcance global.
Igualmente desmesuradas resultan las proporciones que la violencia, el sadismo y la crueldad adquieren en el entorno del narcotráfico, tal como demuestra el proceder del clan mejicano de la familia Gómez Solís.
Según Rolando Hinojosa, la violencia extrema del 41 El discurso de género en Ask a Policeman se complica aun más, dado que el personaje más cruel y violento de todos -el narcotraficante Felipe Segundo Solís-no solo es homosexual, sino que se llega a sugerir que le atraen los chicos y, además, todo indica que debe ser él quien abusa sexualmente del fiscal Theo Crixell cuando este es asesinado.
42 Para una revisión crítica de dos iconos clásicos como la Virgen de Guadalupe y la Malinche desde el prisma de una chicana feminista, véase Anzaldúa, 1999, 44-53.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.06 narcotráfico se ha acabado convirtiendo en un mal endémico que se perpetúa de generación en generación; ha alcanzado tal magnitud que ya no pueden hacerle frente por separado las autoridades de México y Estados Unidos, por lo que resulta imprescindible que colaboren estrechamente, tal como hacen Rafe Buenrostro y Lu Cetina, dos responsables policiales cuya labor y entrega se ensalza abiertamente.
Paradójicamente, la lucha contra esta nueva actividad criminal sirve para unir a dos países vecinos con unas turbulentas relaciones históricas.
Por el contrario, con su brutalidad descarnada y gratuita los narcotraficantes traspasan de forma reiterada e insolente todo tipo de fronteras, no solo geográficas, sino también éticas. |
2004) es una de las grandes novelas hispanoamericanas sobre la violencia que azota la frontera que hay entre México y Guatemala, donde operan las maras, los narcotraficantes y todo tipo de bandas mafiosas.
Rafael Ramírez Heredia recrea el peregrinaje lastimoso de miles de inmigrantes indocumentados que tratan de cruzar México a lomos del tren conocido como la Bestia.
Del Tijuanita a El Palmito.
Hacia una cartografía fronteriza de la corrupción
Poco antes de su muerte, el escritor mexicano Rafael Ramírez Heredia (Tampico, 1942-Ciudad de México, 2006) dejó para la literatura en español una obra deslumbrante y monumental, una novela virtuosa e irrepetible en el uso de los recursos orales, una ficción admirable surgida de las espesuras abisales de la selva, un relato portentoso que perfila con trazo certero la corrupción y la violencia descarnada de la frontera entre México y Guatemala, donde campan a sus anchas las bandas juveniles y los grupos criminales organizados para extorsionar, chantajear y asesinar a los inmigrantes indocumentados que tratan de alcanzar el norte del sur.
La Mara, 1 como tituló el escritor mexicano su extraordinaria novela, obtuvo desde el primer momento el reconocimiento de la crítica -Premio Dashiel Hammett de la Semana Negra de Gijón (2005)-y fue considerada como «la obra más importante escrita en México en los últimos treinta años».
2 Ramírez Heredia ha situado su novela en el corazón de una frontera tan importante como la que conduce a los indocumentados hasta EEUU, y que supone una escala importantísima en los movimientos migratorios hacia el norte, como es la frontera que divide y conecta a México con sus vecinos del sur, Guatemala, Honduras y el Salvador, a través del río Suchiate, uno de los lugares más turbios y peligrosos de la larga travesía, porque alrededor de sus aguas opera todo tipo de mafias y grupos violentos, donde se trafica con armas, con drogas, con indocumentados, con mujeres, con órganos, con todo aquello que pueda generar algún tipo de riqueza en los márgenes de la ley.
En este sentido, el título propuesto por el novelista mexicano, La Mara, resulta equívoco, porque no es una obra al uso centrada en estas pandillas urbanas sino que plantea las formas complejas de la violencia en torno a una frontera fluvial, donde los mareros actúan como compinches de las autoridades locales y de los poderes fácticos de la sociedad, facilitando la impunidad e, incluso, la protección de los cuerpos de seguridad del estado, del ejército desplegado en la zona, de los agentes de inmigración o de la propia migra norteamericana.
De los establecimientos que conforman este inquietante microcosmos, el narrador centra su atención en varios enclaves que trazan las prin-cipales líneas argumentales de la novela: el prostíbulo o «bailadero» de doña Lita, conocido como el Tijuanita, la estación policial de El Palmito, el consultorio médico-mágico de Ximenus Fidalgo, la casa llena de insectos de don Nicolás Fuentes, excónsul de México y las propias aguas del Suchiate en donde trabaja sin descanso un balsero conocido como Tata Añorve y que será clave en la dimensión trágica y mesiánica de la novela.
Buena parte de la localización de la novela transcurre en el Tijuanita, el prostíbulo de altos vuelos de Tecún Umán, en la parte guatemalteca, donde las jóvenes no solo están adiestradas en las artes del kamasutra tropical, sino que además, muchas de ellas tienen sus propias redes de distribución y su clientela incondicional que les permite hacer negocios con la cocaína, las metanfetaminas, el crack o la propia heroína.
De alguna forma, todas las historias que articulan La Mara están conectadas con este epicentro del placer, un topos lujurioso y fronterizo, un santuario erótico cómplice de la violencia vertical que coloniza toda esta zona, donde los códigos, los valores y las normas han sido subvertidos para generar un nuevo espacio regido por sus propias leyes.
Al igual que ocurre en otros prostíbulos de postín de la narrativa hispanoamericana -como los que aparecen en El lugar sin límites de José Donoso, en El amor en los tiempos del cólera o en Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, en La casa verde o Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, en La carreta de Enrique Amorim, en Ilona llega con la lluvia de Álvaro Mutis o en La dulce canción de Cayetana, de Nélida Piñón-, también en La Mara el prostíbulo de doña Lita es el centro neurálgico del poder, donde se dan citas las fuerzas vivas de la sociedad: el licenciado Cossio, el general Valderrama, el excónsul Nicolás Fuentes, los «comandantes» Julio Sarabia, alias el Moro, y Artemio Medardo, más conocido como el Burrona, además de toda una ristra de empresarios de moralidad venenosa, suficientemente peritados en las mil prácticas delictivas que convierten ambas orillas del Suchiate en un verdadero parque temático de la criminalidad.
La propietaria del burdel es doña Lita, mujer emprendedora y llena de iniciativas, auténtica matriarca de la vida nocturna, que cuida a sus muchachas con un afán maternal, atendiéndolas con mimo y animándolas para que prosperen y puedan montar sus propios negocios en un futuro inminente, aunque pocas conseguirán desenclavar la poderosa influencia de la madame.
A pesar del mundo sórdido de los burdeles y lupanares de la frontera, doña Lita siempre mantiene, al menos en apariencia, una actitud protectora y solidaria hacia sus muchachas, a las que trata de inculcar unos EL INFIERNO SOBRE RIELES.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA valores que pasan por la profesionalidad y la lealtad en el cumplimiento de su trabajo, advirtiéndoles en todo momento de los peligros que entrañan las trampas del corazón, las espinas y el veneno que se liba en los amores traicioneros y previniéndolas de las tretas y mil peligros derivados de los reclamos de los coyotes, polleros y otros elementos transfronterizos.
El único amor que se le conoce es el curita de Mazatenango, un párroco muy poco ortodoxo, profundamente comprometido con el mensaje cristiano, pero alérgico a las normas y protocolos dictados desde la curia vaticana.
En realidad, las actividades de doña Lita van más allá de los trajines del Tijuanita, asumiendo papeles de intermediaria encargada de contactar con los coyotes y polleros de la zona para llevar a los indocumentados hasta puntos intermedios del territorio mexicano, con la complicidad siempre de los agentes de la migra mexicana -el Moro y el Burrona, principalmente-, tal y como vemos en el capítulo 19 de la novela.
Es ella quien facilita el viaje laberíntico de Dimas Berrón, junto con su esposa, y otros tres inmigrantes centroamericanos al final de la novela (capítulo 26).
Del rosario de personajes que pululan o trabajan en el Tijuanita, el narrador centra su atención en dos prostitutas, Selene Artigas y Sabina Rivas, el gran amor del cónsul mexicano don Nicolás Fuentes.
Selene Artigas, más conocida como Lizbeth o la panameña, aparece por primera vez en el capítulo quinto de la novela, cuando el autobús en el que va camino de la frontera guatemalteca para trabajar en el Tijuanita es detenido en un retén de los habituales por los agentes de la policía mexicana, sin saber que se trata de la última adquisición de doña Lita para el mejor «bailadero del mundo».
La solución viene de uno de los compinches de doña Lita, el comandante Julio Sarabia, quien al redactar su informe sobre el retén de marras habla de siete detenidos, ignorando así la presencia de la panameña.
Los gringos aceptan este vacío aprovechándose sexualmente de las mujeres que han sido detenidas para su deportación, con lo que la corrupción se inocula también en los eficientes y probos funcionarios norteamericanos, quienes son capaces de facilitar la entrada a Guatemala a cambio de los pertinentes favores sexuales: «la panameña fue colocada como guatemalteca por las razones que Sarabia comentó como un favor que los gringos gruñeron aceptando, porque a su vez ellos se estuvieron las horas dentro de la celda de las mujeres con la hondureña jovencita y con Selene-Lizbeth, dura de cuerpo, con las tetas como astas de novillo» [91].
Muy pronto Lizbeth se va a convertir en la favorita de doña Lita, en la muchacha encargada de satisfacer las fantasías sexuales de los ricos y poderosos que controlan ambas orillas de la frontera fluvial.
La primera vez que Lizbeth cruza el Suchiate para trabajar en uno de los lugares de moda en la zona mexicana, lo hace conducida por un balsero clave en la novela, el Tata Añorve, quien todavía no ha vivido la terrible desgracia de perder a su hija a manos del marero Jovany Rivas y que de alguna forma trata de protegerla contra los males y las perversiones que se filtran a través de las aguas del río, en un gesto premonitorio de su propia tragedia: La siguió con los ojos al subir tan diferentes a las de su chiquita.
El cabello largo tan distinto al de Anamar.
Su niña jamás usaría esos colores en las uñas de los pies, y tuvo ganas de decirle a esa muchachita de cabello brillante, olorosa a baño enzacatado y perfume pegosteoso, que los zopilotes siempre hacen rodelas a los fiambres y que lo pensara mucho antes de atreverse a cruzar la noche del camino, porque las ratas devoran a los pajarillos que se apartan de su nido; sabiendo de lo inútil de las palabras que no dijo se quedó en la orilla, con el agua a la cintura, con la mano trazando una disimulada cruz [132].
Lizbeth llega al burdel mexicano con la idea de ejecutar todo tipo de coreografías y deleitar a los asistentes con sus bailes sensuales, deslizándose por la barra americana, contoneándose en una silla al son de la música de Marea Baja que tanta gloria le ha dado en otros establecimientos, obviando que en este lugar solo la quieren para disfrutarla en la cama y llevar a cabo las más estrafalarias fantasías sexuales.
Por eso, tras una noche loca, de sexo loco, de grandes ingestas de cocaína y anfetaminas, de no saber cuál es el revés ni el derecho de la realidad, Lizbeth despierta con «la punzadura de los dientes ajenos en la carne machacada en varios sitios, en especial los pezones» [135] y con una resaca tremenda que no es solo física, sino también mental, aguijoneada por todo tipo de humillaciones y resentimientos cuando recuerda: los señores de una alegría discreta pasaron a las apuestas en la bebida, a los abrazos rudos, a los jaloneos, a las exigencias dolorosas de alojar por atrás lo que ella a muy pocos les ha permitido, la molestia de chupar una y otra y otra las pichulas alineadas frente a su cuerpo hincado, y hacer cosas que no la sorprendieron más de lo que hubieran hecho las peticiones cobradas extra con los clientes del Tijuanita, o lo que el patrón don Santos le enseñara en ciudad de Panamá, o don Nico en Tecún como coyote jarioso.
Puros cerotes con el nombre de don, que son los peores, como don Chava, como don Cossio, sin dejar de lado a doña Lita, los carajientos dones [136].
Sin embargo, no solo se cruza la frontera entre México y Guatemala para ofrecer belleza y un sinfín de artes amatorias, sino también para hacer las veces de intermediaria («mula» o «camella») en el suculento negocio de la droga, proporcionada siempre por el comandante Burrona.
El mercadeo EL INFIERNO SOBRE RIELES.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA de la cocaína obliga al personaje a cruzar infinidad de veces el río Suchiate, conocido entre los maras como el río Satanachia, lo que le permitirá establecer una extraña complicidad con el viejo balsero, quien siempre habla en un tono profético y apocalíptico, sobre todo cuando se refiere a las bandas de tatuados, lo que impresionará a los visitantes que lleguen hasta su casa, generándose una particular corriente mesiánica.
De hecho, Lizbeth es de las pocas que se atreven a comercializar la droga con los mareros, a pesar de que Peredo, el presentador del Tijuanita, le «diga que meterse con esos tipos es andar jugando con las babas del diablo» [243].
Su idea, cuando gane suficiente dinero, es «regresar a ciudad de Panamá a poner un negocio de bingo, un cabaret de lujo o una casa de cambio» [243], equiparándose así a otros personajes de la novela -como Dimas Berrón o Rosa del Llano-que aspiran a alcanzar el sueño americano, simbolizado, en este caso, en la ciudad de Miami.
Sin embargo, no es la vida lujosa y confortable lo que espera a la panameña, sino un infierno de drogas y alcohol que arruinará su cuerpo y su vida.
En La Mara hay una relación muy particular y próxima al amor entre don Nicolás Fuentes, excónsul de México, y Sabina Rivas, una de las bellezas rutilantes que trabajan en el burdel y que da voz a las miserias y sinsabores de las prostitutas del Tijuanita.
Su historia, punteada a lo largo de la novela, está centrada en el capítulo 16, conectada siempre a las confidencias que le hace a don Nico, antes de su caída en desgracia.
Natural de San Pedro Sula (Honduras), Sabina Rivas procede de una familia violenta y desestructurada, con un padre tremendamente agresivo y una madre, doña Jaci, preocupada solo por sus cosas, generándose un caldo de cultivo excepcional para que la niña Sabina acabe prostituyéndose por la calle y su hermano Jovany ingrese en el mundo de la Mara Salvatrucha 13.
Como reconoce a don Nico «El pasado de nosotras es agua revuelta que nadie quiere beber, ni siquiera un bróder leal» [189].
Con apenas trece o catorce años tuvo que salir huyendo de su casa, para caer en manos de Mario Antenor, un texano, de origen salvadoreño, que la violará de manera inmisericorde y más tarde la ofrecerá como festín sexual a un grupo de amigos, todos nacionalizados norteamericanos pero de origen hispano, repitiendo de manera sórdida la historia de miles de mujeres de los burdeles.
Sin embargo, en su historia contada una y mil veces a don Nico hay un asunto turbio, una zona oscura de su biografía referente a sus padres, una pulsión incestuosa creciente hacia la figura de su hermano, el marero Jovany Rivas.
El cónsul siempre se pregunta «¿Por qué ese asunto mete a la catra-cha en unas negruras que le arrancan los chillidos?» [192].
La razón no es otra que el origen parricida de las dos primeras lágrimas de Jovany, el asesinato de sus padres, lo que lo convierte en un auténtico héroe en el mundo ultraviolento de la Mara Salvatrucha.3 Pasado el tiempo, Sabina se enteraría, en el barrio de Suncery de San Pedro Sula, de que «habían enterrado a sus padres sin ella saber en qué cementerio estaba la cripta, o si reposaban en tierra bendita» [289].
La historia verdaderamente conmovedora de Sabina Rivas es la pasión incestuosa por su hermano, alimentada a lo largo de los años en la búsqueda obsesiva de sus olores en cada uno de sus clientes y en los coqueteos amorosos con sus amantes ocasionales.
El miedo, la atracción sexual y la fascinación por la maldad de Jovany acaban generando en Sabina una personalidad obsesiva, en intensa búsqueda de aquel que la atemoriza y cuyo deseo aparece larvado en lo más profundo de su conciencia:
No quiere saber que su hermano Jovany anda cerca, aunque lo sabe.
Lo sabe y le aterra que una noche se le aparezca y le renueve ese sentimiento que odia, o lo peor, lo que siente con los hombres y se le pega al recuerdo del hermano, y eso es mucho menos agrio que si él le contara dos partes de la historia de las lágrimas tatuadas en la cara [...]... que oiga lo que quiere decirle, que ella no tiene salida, está marcada como vaca de engorda desde que supo lo que Jovany había hecho pa ponerse dos de sus malditas lágrimas... [...]...si le pide que se acueste con él, que cojan como locos, a lo mejor ella le dice que sí, que lo único que le importa es olerle el sudor, que le meta la pichula hasta lo hondo del cuerpo y así no tenga voz pa pedirle cuentas por lo que les hizo a sus padres, la maldita sinrazón de haberles dado luz verde pa ponerse un par de lágrimas y darse el lujo de que la clica lo admire por ser más el más cabrón de los cabrones del mundo [32 y 284].
A mitad de camino entre la vida prostibularia y su casita cerca del río Suchiate, encontramos a don Nicolás Fuentes, uno de los personajes más complejos de la novela, quien practica todo tipo de corruptelas menores desde su condición de cónsul de México en el norte de Guatemala, después de haber pasado veinte años como oficial de pasaportes en Ciudad de México.
Presentado al principio de la obra como un personaje en caída libre, abandonado en todos los sentidos, pasa sus días encerrado en la casa donde nada funciona, tumbado en su hamaca, acompañado por un televisor asediado por las interferencias, sin aseo personal, rodeado de mugre y cochambre, con el pijama manchado por la orina y rumiando los recuerdos lacerantes de la bellísima Sabina Rivas, cuyo paradero desconoce y cuya muerte presume en la matanza de la Ermita del Carrizal.
Su trabajo no ha sido fácil en Tecún Umán, a sabiendas de la animadversión de los guatemaltecos hacia la población mexicana y de la imposibilidad de vivir en una localidad abrasada por el calor y la violencia.
Durante años ha dado muchas visas a cambio de sexo, con frecuencia a niñas que apenas eran adolescentes, viajando ocasionalmente al DF para rendir cuentas de sus gestiones en la frontera, pero siempre cuidadoso con no convertirse en un ser omnipotente de la burocracia, una deidad rectora de las visas y otros documentos necesarios para la legalidad transnacional.
Aunque ha sido cauto en todas sus fechorías en los últimos diez años, la sospecha, posiblemente lanzada desde el propio gobierno regional, de que estuvo implicado en la matanza del Carrizal, ha terminado costándole el cargo diplomático que ha ejercido con el consentimiento y la aprobación de la mayoría de los vecinos de Tecún Umán, un lugar infame y pestilente, lleno de burdeles y «bailaderos» que huelen a orines.
En cierto sentido, sus corruptelas son siempre sexuales, como le recuerdan a doña Lita sus muchachas, y siempre ha sido muy cuidadoso con no tocar otros asuntos que podrían convertirse en auténticos avisperos para la tranquilidad y su seguridad diplomática en ese territorio inhóspito, al que llama «basural, refugio de canallas tatuados» [21], por eso se ha mantenido alejado del tráfico de drogas -a pesar de las invitaciones insistentes y machaconas de los agentes de inmigración-y de las pandillas y bandas callejeras, grupos ponzoñosos de jóvenes escorados hacia una violencia patológica: Pero a los tatuados nunca les dio papel alguno.
Chacales perdidos de la oscuridad.
A ésos los evita si se atraviesan en su camino.
Percibe sus ojos en la negrura de los bailaderos.
Oye su voz en el pitido del tren.
En la estación donde tienen su madriguera.
Para ellos la visa no es vida, es la calavera del demonio.
Nunca hizo eso y tampoco tuvo nada que ver con la noche en el Carrizal.
Eso bien lo sabe, aunque haya gente que lo dude [...]
Aferrado a eso por no querer penetrar en directo a la historia de los hombres tatuados, semidesnudos, dispuestos a hendir hasta el silencio, de odio encanijado, de muerte en los ojos.
Tampoco a los alijos de cocaína, por más que Julio el Moro Sarabia, y el Burrona, cada quien por su lado, lo camelaran, lo siguieran por meses para decirle que no fuera tonto:... don, el gobierno ni se da cuenta...
Su caída en desgracia, tras ser maliciosamente relacionado con el episodio trágico del Carrizal, se debe en buena parte a su posicionamiento independiente y poco cómplice con las corruptelas policiales a ambos lados de la frontera.
A pesar de sus chanchullos libidinosos con las jóvenes del Tijuanita, don Nico no ha visto con buenos ojos la corrupción policial, el tráfico de armas y de drogas o la complicidad de las autoridades con los mareros.
Tampoco está de acuerdo con las intromisiones de los agentes de la migra norteamericana, quienes parecen hacer y deshacer a su antojo, a pesar de estar en una frontera muy alejada de los Estados Unidos, retorciendo aun más la implacable corrupción institucional: Dichos señores -evitó decir sujetos-llegan a eso de las nueve de la mañana y se retiran ya entrada la noche.
Por los informes se sabe que los dos señores ejercitan el idioma inglés y al parecer comandan a los funcionarios mexicanos, quienes cumplen con acuciosidad las órdenes de los ya mencionados señores, regresando a la frontera a los indocumentados o dejando pasar a quienes determinen los multicitados señores extranjeros [...] el par de gringos al mando de un puesto fronterizo mexicano a miles de kilómetros del río Bravo recibía un estímulo por parte de su gobierno de cincuenta dólares por cada centroamericano detenido que no fuera guatemalteco, y que cálculos bajitos mencionaban de ochenta a cien deportados al día [33][34].
Don Nico vive en un completo abandono desde que fue cesado en su puesto diplomático, paladeando el desastre cotidiano en el que sobrevive, la obsesión por la desaparecida Sabina, el pijama maloliente, la tele que no funciona, los insectos, las cucarachas y los alacranes que se pasean alegremente por su casa, la brisa podrida que llega desde el río Satanachia, «como Ximenus le dice al río» [36].
En su deterioro imparable se queja amargamente de que siempre estuvo solo en su oficina, sin que nadie de la Secretaría le hiciera caso cuando denunció que los gringos estaban mandando en la frontera.
Su declive le impide volver a una cotidianidad que se pierde en la bruma del pasado, porque ni siquiera puede «ir al Tijuanita si la cerveza lo hace orinar a cada rato y se mancha los pantalones y le da vergüenza que lo vean así» [187].
Posiblemente fueron sus denuncias veladas las que determinaron su caída, sobrepasando las líneas rojas de la información reservada que cuestionaban la actuación de los agentes norteamericanos, tal y como plantea en su escrito de defensa:
Que nunca tuvo que ver con contrabandos de nada, aunque en las investigaciones jamás saliera la palabra contrabando.
Que sugirió, nunca de una manera directa porque no era tan torpe, que en la frontera hay un permanente contrabando de armas y de drogas.
Que el tráfico con indocumentados es pan de cada hora.
Que el cónsul informó a tiempo de las sectas religiosas [281].
Pero nada de eso sirve, porque don Nico, hombre querido en Tecún Umán, se va a convertir en el chivo expiatorio de todas las bellaquerías cometidas en la frontera y su denuncia de la complicidad de los mareros en dichas prácticas corruptas, en connivencia con los poderes fácticos, la policía, el ejército y los servicios de inmigración, será cuestionada y ninguneada por las autoridades mexicanas que verán en el cónsul un verso suelto al que hay que silenciar por la vía de su destitución:
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA lo mejor era no mover el detritus del chúcaro y firmar la jubilación, porque el escándalo debía tener acreedores, reales o no, tenía que tenerlos, así es la vida, y los inquinosos gringos se dieron a relatar las barbaridades de la frontera, las visas dadas con intereses desconocidos, la actividad de los polleros, la cantidad de muertos que cada uno de esos traficantes provoca, en fin, Nico, don Nico, la serie de anomalías que se han dado a lo largo de muchos años con el nombre y apellido del cónsul como lugar común [...]
Pero lo que nunca pudo decirles antes de firmar la jubilación, y no se los dijo porque no se lo permitieron, fue que el asunto sangriento del Carrizal no fue por líos de religión, sino trampas que los malditos acostumbran.
La Mara Salvatrucha no existe, le hubieran contestado, son mamencias de los desocupados que quieren ensuciar la frontera pa que los inversionistas no traigan dinero.
La gente del gobierno insistió en que no existe tal conjunto de canallas cobijados en una organización llamada Mara, y si no existe eso, pues menos pueden estar coludidos con las autoridades.
Lo hubieran tachado de manipulador, o por lo menos de mal informado, de estar desviando las líneas de investigación para el rumbo de la imaginería popular [280 y 282].
Todo parece indicar que el intento quijotesco de don Nico de enfrentarse a la corrupción gubernamental acaba derivando en una creciente locura,4 que hunde al personaje en un mundo abisal y sin retorno, rodeado de cucarachas que lo acosan y «hacen parte del decorado», al tiempo que se dedica a disparar contra los alacranes que lo observan desde el techo, en un particular delirio psicótico que recuerda a Else, el doctor sueco, protagonista del cuento «Los destiladores de naranja», del escritor uruguayo Horacio Quiroga, en lo que también parece un pequeño homenaje literario a Geoffrey Firmin, la figura del excónsul británico de Malcolm Lowry en Bajo el volcán (1947).
El infierno sobre rieles.
Los mareros y la Bestia
El rastreo etimológico por la palabra «mara», característica de El Salvador y del área centroamericana, nos sitúa, en principio, ante un término positivo, que alude a un grupo de amigos, de camaradas, de aliados o compinches, que comparten aficiones y pasiones en común, relacionadas con el barrio, la cultura, el cine, la música o el deporte.
Sin embargo, desde el último cuarto del pasado siglo, el término ha adquirido unas connotaciones muy negativas, relacionadas con las actividades delictivas y mafiosas, con la violencia brutal ejercida por los pandilleros o clicas, con el consumo y tráfico de drogas, donde no faltan las armas, las agresiones gratuitas, las intimidaciones a través del lenguaje corporal y los tatuajes, especialmente los tres puntos negros en los nudillos que representan «la vida loca» y las lágrimas en la cara, o los grafitis con que toman posesión de amplias zonas urbanas.
5 En los años ochenta llegaron miles de niños y jóvenes a Estados Unidos, huyendo de la guerra y de la represión paramilitar perpetrada en sus respectivos países centroamericanos.
Llegaron masivamente a Los Ángeles y allí se organizaron en pandillas o clicas, como una forma de reivindicación étnica frente a la discriminación racial y social,6 como puede rastrearse en el testimonio de Alex Sánchez, considerado como el fundador de la Mara Salvatrucha, quien cuenta cómo «Estando en la secundaria, donde sólo había güeros, empezaron a llegar salvadoreños que también se habían ido por la guerra.
Se asociaron para defenderse de todo lo que yo también andaba huyendo: la discriminación, la soledad, el miedo.
Y a este grupo le llamaron la Mara Salvatrucha».7 Como recuerda Valenzuela, «Mara alude a una forma tradicional y coloquial salvadoreña que refiere a un grupo de personas o de amigos, y salvatrucha de la conjunción de salvadoreño y trucha, expresión antigua de alerta, inteligencia o precaución».
8Las maras suelen llevar, además, algún tipo de número que representa al barrio o a la zona donde viven y operan, como ocurre con Barrio 18 o con el 13 de la Mara Salvatrucha, un número cabalístico con todo tipo de connotaciones: «la M (la treceava letra del abecedario), M de México, M de marihuana, M transmutada de sureño».9 Sin embargo, el término mara ha podido triunfar, como explica Carlos Monsiváis, porque en el imaginario popular se ha relacionado con «Marabunta, el título en español de The Naked Jungle (1954, de Byron Haskin), el relato de una invasión de hormigas rojas en el Amazonas, el «encono de hormigas voraces» (Ramón López Velarde) que desata el espanto ante el zumbido monstruoso de su peregrinación».
10 Lo que sí parece evidente es que estos grupos practican lo que Rossana Reguillo ha llamado la «estética de la violencia», convirtiéndose a sí mismos en «cuerpos-emblemas», portadores de todo tipo de señales amenazantes para generar miedo, donde no faltan los tatuajes y las cicatrices en el cuerpo que intimidan y ahuyentan al contrario con su siniestra simbología.
En estas pandillas resultan fundamentales los lazos de fraternidad entre los diferentes miembros, ya que la clica es como una familia alternativa, la que garantiza la protección de los pandilleros allí donde ha fracasado el estado, la iglesia, el vecindario o la familia tradicional.11 Se caracterizan, además, por el «uso de determinados códigos de comunicación que a su vez son formas de dramatizar su identidad.
Algunos de estos códigos son señales con las manos, un registro discursivo particular, tatuajes y grafittis».12 Es evidente que no todos los aspirantes pueden entrar en estas «bandas apocalípticas», como las ha llamado Monsiváis, sino que la propia mara establece un particular numerus clausus por medio de ritos de entrada y permanencia muy severos, como el descrito por Ramírez Heredia en el capítulo décimo de la novela, que incluye palizas tremendas perpetradas por los miembros de la clica, violaciones, daños a terceros, especialmente a miembros de la propia familia, lo que otorga un aumento de prestigio para el aspirante, y mantener la lealtad al grupo hasta la muerte, ya que la mara es la nueva familia y eso le confiere al marero una «identidad orgullosa» que visibiliza y exhibe en todo momento.
13Pero no son las bandas juveniles el tema central en la novela, sino parte importante del paisaje de la violencia que tiene que ver con los desplazamientos de los inmigrantes indocumentados, con el tráfico de drogas y de armas, con los ajustes de cuentas, con las venganzas tribales14 o con los ritos iniciáticos extremos, siempre bajo el amparo de la policía o el ejército y la complicidad de las fuerzas vivas de la sociedad.
Los maras, o mareros, están dispersos por la novela, como una amenaza latente para ese enjambre de personajes que van y vienen a ambos lados del río Suchiate, aunque hay varios capítulos donde la narración se centra en su mundo -capítulos 1, 4, 6, 10, 15, 23-, y otros en los que la presencia de los tatuados es un recuerdo y un apuntalamiento de la violencia intrínseca de ese mundo, como ocurre en los capítulos 7, 8, 12, 14 y 21.
Ramírez Heredia aborda en los pasajes centrales un tema importante en la configuración de este tipo de pandillas, como es la importancia de sentirse unidos por una nueva forma de familia, que eso significa la palabra «mara», al menos en El Salvador y Honduras, 15 y la exhibición orgullosa de sus logros por la vía de la fuerza y la violencia, lo que les ha permitido en ese tránsito hacia el norte cambiar sus vidas, dejando a un lado su condición de nuevos parias sociales 16 y víctimas de las guerras y los desplazamientos forzosos, para convertirse en victimarios y dueños del espacio que ocupan, 17 vinculado en la novela, casi de forma mítica, al río, a la selva y a las vías del tren: Son ellos que, sabiendo por qué están ahí y por lo que esperan, tienen los ojos puestos más allá de la selva, dentro de la franja fronteriza que es su indiscutida comarca, donde su ley es la ley triunfadora...... hey putos, nosotros somos la Mara Salvatrucha 13 [...]
Así como al Papa le hacen reverencias, se les deben hacer a ellos, a los que cerca del río están esperando la entrada de uno nuevo para formar parte de la clica.
Siempre hay un novato que quiera entrar a la MS 13.
Uno nuevo como éste o aquel que anda buscando pertenecer a los batos locos de la Mara 13.
Vivir el segundo como viven ellos...... como sus meros bróders de la clica 13... [...]
Buscan las reglas de otras reglas que no se asemejen a ninguna de las conocidas abajo, en el sur, donde antes ellos eran sólo bazofia de prisión, gatos de los patrones, sobada de gringo apestoso, fumadores de yerbita cochambrosa, hambreados sin salida, mensajeros de los capos, de los putos capos que todo tienen y nomás la basura reparten.
Pero aquí no, aquí están junto al Satanachia que es de ellos, que les arremanga sus vaivenes, les desflora sus brisas, que les cobra y les regala sus peajes.
Ésta es su propiedad y lo que es de ellos no se parte ni se comparte, se lleva a lomo de su mismo lomo para hacer lo que les salga de cada una de las bolas negras de sus nudillos.
Y la trifulcan grueso contra los que se ponen bravos, porque no saben de qué lodo divino están construidos los bróders de la MS 13...
Tratándose de bandas donde se cuestiona la propia jerarquía, 18 es fácil que se diluyan los liderazgos o no esté claro quiénes son los jefes y subalternos, quiénes son de confianza o han caído en desgracia, por eso la narración suele ser muy imprecisa en ese sentido, destacando la colectividad de la banda, frente a las individualidades que terminan siendo representativas o simbólicas, perfectas metonimias de una violencia descontrolada que 15 Nateras Domínguez, 2013, 129.
17 Reguillo habla de «nomadismo traslocal», ya que «la novedad que la mara introduce es la de llevar el territorio a cuestas y su capacidad para establecer vínculos de estabilidad relativa en las localidades donde se instala» (2016, 5).
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA sacude la vida cotidiana de los personajes.
Por su importancia dentro de la trama argumental en la novela destaca el personaje de Jovany Rivas, de quien tenemos siempre una información complementaria muy rica gracias a su hermana Sabina, quien lo teme, lo ama y lo desea más allá de las limitaciones y los cepos culturales del tabú del incesto.
19 Pero además, Jovany es presentado desde la ambigüedad sexual, con una evidente pulsión homosexual, como se pone de manifiesto en el capítulo cuarto, en el que se cuentan los reclamos sexuales de su compañero de tropelías, conocido con el apodo de Laminitas.
Algunas de las escenas homosexuales descritas basculan entre la dimensión onírica y la realidad, no quedando claro si han ocurrido en verdad o forman parte del imaginario o de los sueños más profundos del personaje, pero, en cualquier caso, cuestionan el hiato de la virilidad como una de las señas de identidad de los maras, en paralelo a lo que hizo el escritor colombiano Fernando Vallejo con sus sicarios homosexuales en La Virgen de los Sicarios.
20Laminitas conoce el secreto de su escoramiento homosexual, por eso se convierte en alguien peligroso, que puede desvelar ese asunto tan espinoso.
Antes de ser pandillero, Laminitas ha conocido las burlas, los rechazos agresivos, las palizas de sus compañeros, la intolerancia del barrio y la intransigencia de sus padres.
En su huida, en busca de la libertad, se une a una clica camino de la frontera con México.
El viaje se convierte en una auténtico descenso al inframundo, un tributo pagado a «los rencores de la selva» [15], un viacrucis lleno de sufrimientos, penurias, picores, hambres, encontronazos con la violencia, que Laminitas no desaprovecha para estar cerca de su amado y admirar su cuerpo delgado y fibroso, sus brazos fuertes y tensos, «adornado uno de ellos con el tatuaje de un alacrán» [50].
El objetivo es siempre llegar al norte del norte y la selva no es el fin, sino el medio para sortear las múltiples fronteras que llevan hasta los Estados Unidos.
Lo dice uno de los jefes locales:
De los quince, sólo el Motroco y Regan han llegado hasta la frontera con México.
Para los demás todo es nuevo, como lo son los nombres de las ciudades de Estados Unidos, de los que viven en California, de los que la hacen muy bien en las clicas de allá y de los que también andan de lujo en Tecún y Tapachula.
-Esto es de puro tránsito, mis buens -marca el Poison-la neta está en California [51].
El camino al norte resulta tan accidentado como revelador, la oportunidad de descubrir nuevas realidades, nuevos pueblos, la posibilidad de construir una nueva identidad a través del movimiento y la violencia:
[Jovany] Meses después se dio cuenta de que, durante el camino rumbo al norte, él desconocía tantas cosas fuera del barrio Suncery de San Pedro Sula.
En la misma Honduras nunca viajó más allá de El Progreso, por el lado del mar hasta Laguna Alvarado, y rumbo al norte hasta Masca, que era la tierra de sus abuelos, pero jamás pensó en ir a Tegucigalpa, menos llegar a la frontera de Guatemala y México [...]
En ese tiempo no sabía cuánto les faltaba para llegar, ni qué cosa era una frontera, ni cuántas noches el Laminitas le iba a buscar las calenturas [...]
O si en aquel su primer viaje ni siquiera sabía dónde estaba Quezaltepeque, ni El Tesoro, ni Jocotán, pues mucho menos algo que se llamara México.
Ni en qué idioma hablaban ahí.
De qué tamaño eran los pueblos.
Y si no sabía eso, pues tampoco cómo se vivía junto al río, ni tenía idea de por qué un río también fuera eso que tanto lo inquietó: una frontera, palabra que todos mencionan igual que si fuera la aparición de un santo [55].
Es el encuentro con otro grupo de mareros lo que permite a Jovany ser aconsejado y seducido por la fuerte personalidad del Poison, un tipo duro y recio, de piel morena, quien «deja ver en el pecho unas letras renegridas con ribetes de rojo sucio: La Vida Loca, entre figuras tatuadas que se extienden hacia los brazos, la espalda y los muslos.
Al hablar muestra los puños; en los nudillos lleva tatuados tres puntos negros» [52].
Ese tatuaje -La Vida Loca-representa los excesos sin límites en las drogas, en la bebida, en el sexo, en la violencia que lo llevará a una muerte temprana o a la vida carcelaria en confrontación permanente con otras bandas similares.
Es el Poison quien le da las claves para convertirse en un perfecto miembro de la clica, haciendo las veces de inductor y maestro de ceremonias, trazando el camino que debe seguir, las pautas que debe asimilar y los estrictos ritos de iniciación que deben ser superados para cincelar el perfil de un orgulloso miembro de la Mara Salvatrucha 13, firmando, de alguna manera, la sentencia de muerte de Laminitas que se convertirá en una lágrima de Jovany: le dijo que era necesario se pusiera más tatuajes, que el pinche alacrancito ese del brazo era mierda de toro... -Pa puras vergüenzas, bato...... y que si quería irse con él a Los Ángeles debía empezar por lo valedero antes que por otra pinche cosa.
-Lo primero es que te mandes a poner tu lagrimita debutante, bato, como éstas -mostró un par de tatuajes en la mejilla.
Eran unas lágrimas muertas.
Marcadas punto a punto.
Como flores del mal en medio de la carne.
El tipo no quiso decir la historia de los tatuajes, sabiendo que Jovany EL INFIERNO SOBRE RIELES.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA sabía que una lágrima clavada para siempre en el rostro era igual a un cristiano menos en el mundo de acá abajo, y si las lágrimas del Poison eran dos, pos dos eran los batos putos que se habían ido a bailar a los congales del cielo [54].
Cuatro serán las lágrimas que ensucien el rostro juvenil de Jovany, cuatro lágrimas que representan muertes y sufrimiento, asesinatos inmisericordes que son asumidos por el lector como ajustes de cuentas con un pasado turbio y lleno de perturbadoras patologías.
Esas lágrimas aparecen una y otra vez en su memoria, porque representan a los cuatro muertos que carga sobre su conciencia -Laminitas, sus padres y la joven Anamar, hija del Tata Añorve-y que aparecen de forma quimérica en los momentos de mayor violencia, casi siempre relacionados con el río Suchiate-Satanachia, con la selva o con el tren abarrotado de indocumentados a los que hay que robar, torturar y marcar de por vida: al aspirante, el narrador retuerce un lenguaje que detalla la ferocidad del rito de entrada con su avalancha de golpes propiciados por los veteranos del grupo, el crujir de los huesos rotos, las costillas fracturadas, los dedos desmembrados, los dientes arrancados de las encías a patadas, la hemorragia que estalla en la cara, una violencia espeluznante contra el candidato que se convertirá en el certificado de su valentía, en su compromiso fraternal e ineludible con los demás miembros de la pandilla, ofreciendo, de manera ritual, un tributo de dolor que los une para siempre 21 -«Ellos son los que le atizan.
Aguardan una oscuridad vana porque nadie llegará a detener la entrada del nuevo, que sentado fuma.
Nadie será capaz de quitarle la ilusión al nuevo bróder.
Nadie que se oponga al borbollón de golpes que durará trece segundos.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y así hasta completar trece que es el número de segundo a segundo a segundo hasta llegar a trece y el nuevo sea parte de la clica 13 sin que el machacar de los golpes le quite el gusto de ser uno de ellos.
Y también el número que le da contraseña a su Mara.
No hay quien pueda cruzar la vida sin una identificación que les diga a los del más allá de dónde salió ese que porta los tatuajes, el letrero y las lágrimas en el rostro.... pa que los batos locos del otro barrio sepan de qué sitio arrancaron en el viaje...... de qué lugar del puto mundo vienen...
Y los haga resaltar de los demás que no son suyos, como sí lo son los signos en sus cuerpos, el valor de cada una de las figuras que les clavaron punto a punto, dolor a dolor que no manifestaron aunque la mano del dibujante punzara las agujas sucias en la punta de una espátula con hilera de dientes, delineadores perfectos de las figuras en el cuerpo y de los tres puntos en sus nudillos [...].
Para mostrar que un marero no se tumba ni siquiera cuando le aticen con todo, que no se va a quejar porque le rompan el alma, ni se va a cuajar antes que La Vida Loca le enseñe que para entrar a la Mara Salvatrucha 13 tiene que calarse los güevos bien puestos pa soportar esos segundos recibiendo chungazos menos duros de los que les ha dado la vida antes de ser parte bien alebrestada de la clica donde están...
Otros mareros cumplen una función estructural y permiten ampliar el arco temático.
Uno de ellos, se presenta como «Marvis Menses.
Guatemalteco, repite y muestra sus documentos.
A visitar a unos amigos en Tapachula.
En dos o tres días se regresa a Tecún Umán.
No pertenece a ninguna banda y nunca ha oído mencionar eso de la Mara Salvatrucha» [86].
Se encuentra detenido en El Palmito, el puesto de la policía de inmigración en el que, obviamente, no se creen la versión del pandillero.
El propio agente Julio Sarabia el Moro es testigo de las lágrimas tatuadas y de la violencia 21 Valenzuela Arce, 2013b.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA de los motivos dibujados en su piel, que indican peligro y amenaza para todo el que se cruce en su camino: Julio Sarabia mueve la boca removiendo la saliva.
No conoce el tipo, no puede conocer a toda la gente de Tecún, pero sí sabe de qué árbol se cuelga el verga ese.
A la luz de la oficina, los tatuajes del hombre parece que se mueven.
La manta le cubre parte del cuerpo, no así el rostro donde un racimo de lágrimas tatuadas, tres de un lado y dos del otro, le parten las mejillas.
La manta no esconde los brazos adornados de calaveras y aves.
Tampoco cubre las manos donde tres puntos tatuados en los nudillos florecen como rosas negras [...]
Marvis se quita la manta gris.
Lo hace como si fuera un mago segundos antes de iniciar su acto.
Los tatuajes del cuerpo se mimetizan en las paredes de la celda: dragones de hocico flamígero, el rostro de un Cristo de mirada fiera, serpientes entrelazadas, águilas de ojos penetrantes, cruces sobre tumbas, miles de puntos que arman una constelación de estrellas, las dobles fauces de un tigre [86 y 92].
Al igual que Lizbeth, Marvis Menses no va a ser registrado en el parte oficial de El Palmito a pesar de haber sido detenido en un retén rutinario, como si fuera transparente o invisible para los agentes de inmigración, y va a aprovechar esta condición para desvalijar con inusitada violencia al grupo de indocumentados que comparten la celda, pasando por alto que se encuentra en un recinto policial donde la complicidad con los mareros es evidente y todo parece estar sumergido en las aguas pestilentes de la corrupción.
No hay duda de que existe una complicidad absoluta entre las fuerzas del orden y las pandillas que pululan por la selva, a las que se recurre para la protección de ciertos operativos relacionados con el tráfico de armas o de drogas, tal y como Ramírez Heredia narra en el capítulo 21.
De esta forma, la corrupción, en perfecto maridaje con la violencia, no solo es vertical y horizontal,22 sino que parece tocarlo todo por medio de interminables círculos concéntricos que convierten el espacio de la frontera en un verdadero esperpento de la sociedad, un esperpento atravesado por líneas de ferrocarril en las que los inmigrantes van a vivir un auténtico calvario.
La Bestia o el «tren de la muerte», como se le llama popularmente, no es un tren solo, obviamente, sino una red de convoyes que cruzan México de sur a norte, en ambos sentidos, transportando todo tipo de mercancías, entre las que destacan los productos químicos o altamente tóxicos que deberán evitar a toda costa los inmigrantes.
Después de cruzar el río Suchiate en alguno de los puntos que conecta a Tecún Umán con Ciudad Hidalgo, los indocumentados tendrán que abordar el tren, que no está preparado para llevar pasajeros, tratando por todos los medios de alcanzar el techo de los vagones o quedar instalados en cualquier saliente de hierro o en las escalerillas que conectan unos vagones con otros, en los lugares más insólitos, después de luchar a brazo partido con otros hombres y mujeres que en su desesperación patean, golpean, muerden, arañan, arrastran, con el único objetivo de tener un pequeño espacio a lomos de la Bestia que le permita llegar lo más cerca posible de la frontera con los Estados Unidos.
23 Una de las particularidades de este tipo de trenes es que no anuncian los días ni las horas de salida, facilitando, de esta manera, una información privilegiada para todo tipo de coyotes, poyeros, halcones de los narcos, chivatos y soplones de los maras y otros informantes de la fauna transfronteriza, que utilizarán esta valiosísima información, filtrada oportunamente, para rentabilizarla con grandes cifras económicas.
24 Tan importante como subir al tren en medio de la batalla campal y escapar de lo que se ha llamado «la nube de inmigrantes», es evitar a toda costa los «vagones malos», aquellos que cargan productos tóxicos y, sobre todo, sortear aquellos lugares donde viajan estos informantes de los narcos, de las maras o de otras mafias operativas, que más tarde señalarán para su desvalijamiento a los indocumentados que supuestamente tengan mejores recursos económicos.
La subida al tren se hace en movimiento, en medio de los tropezones, codazos y empellones por alcanzar el mejor sitio posible, por lo que las caídas y los accidentes forman parte del traqueteo siniestro del tren, con sus ristras habituales de miembros cercenados o inmigrantes que mueren al caer bajo sus ruedas, a los que hay que sumar las caídas por efectos de la modorra, el sueño o los vaivenes inesperados de la maquinaria en los tramos difíciles del trayecto.
Muchos serán enterrados en los cementerios locales, en fosas comunes casi siempre, sin un nombre y unas señas para identificarlos en el manglar de la desgracia, porque la mayoría viaja sin documentación, de ahí el apodo de «indos», con el objeto de dificultar y retrasar su deportación en el caso de ser detenidos por los agentes del ramo 23 Martínez, 2010, 64-79.
24 Véanse los documentales: A lomos de la Bestia, de Jon Sistiaga, Canal Plus España, 2011, http://www.documaniatv.com/social/jon-sistiaga-a-lomos-de-la-bestia-video_eaa08f74d.html; y Fronteras al límite: La frontera de la bestia (México-Guatemala), TVE, 2015, http://www.documania tv.com/social/fronteras-al-limitie-2-la-frontera-de-la-bestia-mexico-guatemala-video_58822a28c.html.
25La geografía mexicana está punteada de estaciones o apeaderos en los que se produce el abordaje a la Bestia por parte de los inmigrantes, aprovechando la carga o descarga de la mercancía, pero también de puntos negros en los que operan las maras, los narcos y las mafias de todo pelaje, a veces compinchados con los responsables o funcionarios de la estación, o en sintonía con el maquinista y los interventores del tren.
Es frecuente que los tatuados vayan camuflados entre los inmigrantes, haciéndose pasar por uno de ellos.
Por eso, el miedo es constante en cada kilómetro del viaje, el temor agazapado en cada curva, la congoja y la angustia en cada tramo de vías, en cada pitido de la Bestia, pitido o silbato que puede ser anuncio de salida o de llegada, o código secreto a modo de contraseña para alertar a las maras del inminente asalto.
Aparecen entonces las armas más rudimentarias, palos, machetes, navajas, cuchillos, punzones, alicates, herramientas y aperos que han perdido su significación positiva para convertirse en instrumentos que generan un dolor atávico, que mueve los miedos más ancestrales del hombre, que devuelve a la víctima a un primitivismo mayor del que tratan de escapar.
Los tatuajes en el cuerpo, los puntos negros en los nudillos, las lágrimas feroces que certifican el número de víctimas, el lenguaje encriptado y retorcido de los pandilleros, sus cabezas rapadas, las bocas desdentadas, los ojos saltones por las drogas, cuando no vacíos por los golpes, todo acaba generando una atmósfera tenebrosa y asfixiante, infierno de herrajes y plantas, posiblemente sobredimensionado por los medios de comunicación, como creen Valenzuela y otros,26 pero que en cualquier caso supone una inmersión en las zonas más abisales y turbias de la sociedad:
Entre 1998 y 2003 se produjo el incremento de las actividades violentas y delictivas de estos grupos.
Sin embargo, es a partir de 2004 cuando, de manera espectacular, las maras (la «Salvatrucha» y la «18») empiezan a ocupar un lugar central en el imaginario del miedo y se convierten en la «nota valiente» favorita de los medios.
Es indudable que dos factores contribuyen a esta centralidad mediática: la decisión del gobierno estadounidense de declararlas «problema de seguridad nacional» y, desde luego, la «diversificación» delictiva de la mara: venta de protección y traslado de migrantes (centroamericanos, europeos del este, árabes) de Centroamérica a México, en red con grupos mexicanos; control de la ruta fronteriza Guatemala-México (Tecún Umán-Ciudad Hidalgo) a través de «la bestia» o «el tren de la muerte»; posesión de armas de alto calibre y de asalto.
Sin embargo, y pese a los continuos reportes de los medios, todavía estamos lejos de entender desde adentro este acelerado deslizamiento hacia la violencia extrema y la delincuencia de los jóvenes agrupados en maras.
27 Es cierto que el fenómeno de las maras ha podido ser utilizado por los gobiernos centroamericanos como una forma de suprimir y violar derechos constitucionales y retorcer el código penal a su antojo, pero las cifras que ofrece el periodista Jon Sistiaga no dejan lugar a dudas: del casi medio millón de indocumentados que se suben a la Bestia, casi un diez por ciento de ellos van a ser secuestrados, vejados, torturados, mutilados o asesinados ante la mirada atónita y reticente de los demás pasajeros, sin perder de vista que siete de cada diez mujeres serán violadas y vejadas en repetidas ocasiones antes de llegar a su destino, 28 con lo que su vida, si la mantienen, quedará para siempre estigmatizada.
29 El tren cumple una función importante en La Mara, no solo por ser un medio de transporte clave para los indocumentados más pobres que tratan de llegar al norte de México, sino también por formar parte ya de la imaginería más siniestra de la zona, con una importante carga mitológica que ha llevado a la opinión pública a bautizar al tren como «la Bestia» y que es, en última instancia, el responsable de ese continuo zigzagueo de indocumentados que buscan entre los vagones de carga una nueva oportunidad para sus vidas.
Lo dice un personaje sin escrúpulos, obsesionado con el dinero, el agente de inmigración Artemio Medardo, alias el Burrona: «que lo pongan cerca de donde el tren tiene su reino, el bendito tren que pega más insectos que un mosquitero, que jala las hordas que quieren irse y creen que el tren los va a sacar del calor y nomás embauca a los jodidos que traen pocos dólares, o sea» [214].
Y en otro lugar: «No se queja, qué se va a quejar si estos vergas se estuvieran quietecitos en su país, el negocio se desploma» [259].
30 Por paradójico que resulte, el tren cargado de indocumentados e inmigrantes desamparados reactiva la economía más sucia y sórdida de la zona y es protagonista y testigo de algunas de esas escenas más abyectas y 27 Reguillo, 2016, 4.
30 Galgani plantea una formidable paradoja, ya que el «tren se constituye en la simbólica resistencia con que el progreso prueba y expele a los que no considera dignos de sí.
Maquinaria nueva que lleva hacia el norte, hacia la promesa, hacia el futuro, pero que puede arrojar hacia la muerte o devolver hacia el pasado, la pobreza, el sur, con el cuerpo amputado o con el alma vendida a los poderes fácticos que gobiernan en la frontera.
El tren es el adelanto de lo que serán los Estados Unidos para los inmigrantes, es decir, una férrea promesa de progreso y rapidez, pero también la amenaza destructiva de un sistema que revienta a quienes no se adaptan a sus leyes y mecanismos» (2009,30).
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA abominables de la novela, que parecen sacadas de las pinturas de El Bosco.
Sin embargo, Ramírez Heredia no pone la lupa en los inmigrantes que se aferran a los hierros del tren, no cuenta su durísima cotidianidad a la espera de que el tren arranque o se detenga en alguna estación, a excepción de algunos pasajes referidos al inmigrante Dimas Berrón y su esposa, Rosa del Llano (capítulos 7, 19 y 26).
De hecho, el tren aparece y desaparece de la obra, como tragado por la selva rencorosa, sin embargo, el capítulo primero y el último están conectados por su presencia inquietante, lo que confiere una dimensión circular y casi onírica a esta pesadilla que se vive de forma tormentosa sobre las vías y los rieles.
En La Mara hay un personaje que ejerce una gran influencia en todos los estamentos, Ximenus Fidalgo, quien se presenta ante el lector como una especie de brujo o visionario, chamán o líder de una secta, alguien que parece dominar el mundo que le rodea con su misticismo grandilocuente y lleno de marbetes y sintagmas ampulosos, como si fuera el representante de las fuerzas cósmicas sobre la tierra.
No obstante, en el perfil del personaje hay muchos aspectos que apuntan a una condición maldita, casi satánica, un líder carismático que hace y deshace a su antojo desde su consultorio astrológico y que mantiene unas relaciones privilegiadas tanto con los agentes de inmigración, como con las maras, pasando por doña Lita y otros personajes centrales del enclave fronterizo.
31 Es él, según parece, quien le ha cambiado el nombre al río, sustituyendo «Suchiate» por «Satanachia», 32 lo que implicaría una especie de culto fluvial a la figura de Satanás.
Desde este enclave puede ver -o sentir-a las decenas de inmigrantes que pululan por la selva a la espera de subirse al tren.
Esos inmigrantes van doblados, como tratando de ser invisibles, caminando entre burdeles y cantinuchas, a la espera de llegar al destino, 5.000 kilómetros al norte, en el otro mar de Veracruz.
Se trata de vidas anónimas, criaturas perdidas y desesperadas, cuyo desconsuelo se multiplica como los insectos que padecen ante la posibilidad de regresar a sus lugares de origen: Los ojos de Cristo y de Ximenus no cambian su expresión mientras arriba de los carros de hierro se inicia el combate por obtener un mejor sitio.
Se pistonean los pujidos.
A un hombre se le desfigura el rostro por la patada lanzada desde una posición más alta en el ferrocarril.
Se escucha el desliz de los lamentos.
Las amenazas y ofertas.
Todo en voz baja, como si fuera un pacto nunca acordado.
Se escuchan los golpes que otro recibe en las manos sangrantes para desprenderlo de su asidero.
Ahí, la pelea que uno sostiene contra los jalones a su ropa para quitarlo de la escalera.
Allá, los golpes que recibe un tórax pegado al latido del que le dispara los puñetazos mientras el dolor se esconde en el bufido que defiende su posición [...]
Percibe los olores y los ruidos del tren y lo que sucederá durante el viaje: la perforación de los mosquitos del dengue.
El mordisco de las ratas.
El hambre sin tapujos.
La terquedad de las niguas entre los dedos.
Lo que las ruedas de hierro apachurrarán cuando alguno de ellos se canse y caiga.
Nadie como él para saber lo que todavía no saben los inmigrantes indocumentados, que el viaje está lleno de «persecuciones, atracos, romances, huidas y mucha sangre» [14] en su intento desesperado por subir al convoy.
Todavía no saben que «en cada rejuego está la caída, la pérdida de los brazos, las piernas cortadas, la deportación, la cárcel, el ulular de las anfetaminas y el polvo de la coca.
No lo imaginan porque es más terrible regresar hacia sus países quemados que sufrir las desventuras hacia el norte» [16].
Y si malo es encontrar en cualquier curva del ferrocarril un retén de los agentes de inmigración, armados hasta los dientes, nada será comparable a la terrible y fatal experiencia de encontrarse con la Mara Salva trucha, la temida MS 13, algunos de cuyos miembros viajan en el tren, camuflados para que no salgan a la luz sus terribles tatuajes, para ocultar sus lágrimas criminales.
De alguna forma, su aparición en medio de la noche, en medio de la bruma de la selva tiene algo fantasmagórico, de pesadilla apocalíptica, de visión espeluznante que invita al escritor a lanzar una especie de reto metaliterario: «¿Qué contador de relatos podría inventar uno donde narre que a los lados de este mismo ferrocarril de avanzar asmático por entre la selva ajena, seres de tatuajes enramados en el cuerpo y lágrimas estáticas viajan por senderos oscuros esperando que el tren se detenga?» [16].
Esa visión espeluznante que se plantea en el primer capítulo de la novela se completa en el capítulo 15, cuando la MS 13 lleva a cabo su particular cacería contra los indocumentados que logran escapar de los agentes de inmigración, planteándose una formidable paradoja, puesto que al ser detenidos y deportados salvarán sus vidas, en contraste violento con la suerte que van a vivir quienes caigan en las garras de los mareros, sobre EL INFIERNO SOBRE RIELES.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA todo si son mujeres, a las que violan y matan de forma salvaje, para dejar los cuerpos desmembrados, tasajeados y repartidos entre la maleza para alimento de las alimañas.
Y todo ello parece verlo Ximenus Fidalgo utilizando la magia y los poderes que lo conectan con fuerzas sobrenaturales:
Los ojos de Ximenus penetran la oscuridad, se acercan a las vías desoladas, lejos de las luces de los mexicanos.
Allá, del otro lado de la vía, está la Mara Salvatrucha, puede ver las calaveras, la serpiente bífida, la cruz gamada, el rostro de la Virgen María y las letras de los tatuajes del Poison que se estremecen a la seña que hace al puñado de tatuados que siguen sus órdenes.
Un poco más hacia el sur, el Parrot, brillante del cráneo y arañas sobre los hombros, murciélagos de afilados colmillos en los bíceps, lanza un corto chiflido y sus hombres se agachan [174].
La primera intervención tiene lugar por parte de los agentes de inmigración, que utilizan sus protocolos establecidos para parar el tren, requisar la mercancía, identificar a los viajeros que se descuelgan como racimos en un intento suicida de escapar a la policía, sin saber que las trampas de la selva deparan la sorpresa de la MS 13 agazapada entre la maleza:
Al acto de linterna en sortilegio, el tren poco a poco disminuye la velocidad con el trabajo de detener lo que tanto ha costado iniciar.
Las dos máquinas que jalan un sinfín de carros bufan haciendo la segunda a las órdenes de los dos migras parados en los durmientes de una vía que corre dentro de la floresta [...]
Las luces de las linternas sobre el tren descubren trozos de hierro, fragmentos de rostros, humos blancuzcos, cuerpos que se quieren untar al ferrocarril cuando las órdenes hechas ladrido lépero y los gritos que lanzan los agentes migratorios se dirigen hacia los que incrustados donde sea viajan arriba y se confunden con el resoplido de los motores que descansan [175].
Frente a las voces, los gritos, los exabruptos de la policía mexicana que llenan la noche de toda clase de ruidos, los mareros se mueven sigilosamente y se comunican entre ellos a base de silbidos.
A los códigos de comunicación corporales -tatuajes en el cuerpo y lágrimas en la cara-, los mareros incorporan el silbido como un lenguaje codificado y encriptado que garantiza la invulnerabilidad de su mensaje, generándose una extraña conjunción musical entre los pitidos del tren y los silbatos de los tatuados: «El Rogao se talla las lágrimas grabadas en las mejillas [...]
Se escuchan los chiflidos del Poison contestados por los del Parrot y la noche se hace de pitidos» [174].
A la espera de poder asaltar el convoy, el Rogao «silba con otra modulación recibiendo la contraseña llegada de varios puntos desde arriba de los furgones de carga.
Desde sus escondrijos, el Poison, el Parrot y sus hombres también escuchan» [175].
Resulta evidente que hay JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO numerosos mareros infiltrados en el tren y que conocen al dedillo todo el protocolo de actuación cuando se dé la orden con los silbidos de los jefes:
Al contrario de los cerotes mexicanos, los mareros no gritan órdenes ni aprisionan a los que la cercanía se los permite.
Aprovechando el descontrol, centran su accionar en las mujeres jóvenes, en las bichitas que llevan ropas holgadas, también en los batos de pantalones vaqueros, en los que cargan bultos pequeñicos.
Los de la Mara Salvatrucha saben a quién agarrar y por qué, batos locos.
Aquí está la única 13, batos putos.
Los rejodidos agentes agarran lo que sea pa llenar la perversa estadística, la Mara Salvatrucha no; sabe lo que se debe tener a mano, lo que tiene un valor.
La Mara posee ojos mil.
Manos tan largas como la oscuridad.
Los mareros robarán, golpearán, mutilarán, castigarán de forma salvaje a los hombres y acabarán brutalmente con las mujeres, como una forma de marcar su territorio.
Siempre dejarán algún testigo, alguien que pueda contar que ha sobrevivido, que pueda dar testimonio del poder de la MS 13, que pueda certificar el reinado absoluto que ejerce en ambos lados de la frontera, de esa frontera donde la barbarie y la violencia se trenzan en una geometría implacable.
33 Quienes sobrevivan lamentarán siempre haber salido de sus casas, de sus terrenos, de sus pueblos, haber dejado atrás a la familia, a los amigos, a los difuntos, en busca de una quimera situada al otro lado de la frontera última de todas las fronteras.
34 Por eso, los indocumentados sobrevivientes:
Añoran sus fronteras del sur.
Las gallinas en cazuela.
Los jarros de agua fresca.
Los olores de su pueblo.
La brisa de sus sierras.
Los calores de sus costas.
Piensan en lo dejado atrás como si fuera un sueño roto por un dolor hecho pánico que impide enfrentar a los guardianes tatuados [180].
Quien mantiene la solidaridad con todas las víctimas de los tatuados es el balsero Tata Añorve, que busca entre las lágrimas siniestras de los mareros al asesino de su pequeña Anamar.
En su condición de mensajero de las dos orillas, el balsero es testigo privilegiado del tráfico de drogas y de armas, de la trata de muchachas, del ir y venir sin descanso de los indocumentados que buscan una vida mejor, ajenos a los horrores agazapados en el camino y que, en muchos casos, los convertirán en bastimento para las fieras:
No quiere ver dónde descargan las armas, ni la droga.
No desea imaginarse, porque los siente parte de su tragedia, ni quiere suponer dónde se pudre el muerterío de ilusos que vienen del sur, después de ser hallados en las orillas de los canales de riego o en las apreturas de los árboles.
Lo que a él le interesa son los vivos, aunque estén cojos porque perdieron la pierna bajo las ruedas del tren.
Los mancos que vieron desaparecer su brazo en la tarascada del ferrocarril.
Los que han sido castrados en la selva.
Esos son a quienes puede unir a su causa [...]
Cómo decirle a los ilusos que no se atrevan a subir en los camiones contratados por los polleros.
De qué forma contarles del calor que arrasa con el aire en los espacios tan castigados por los cuerpos uno sobre otro.
Gritarles a los tontos que nunca se dejen llevar a pie por los senderos de la madreselva que no tiene hijos y se los cobra a los que sin malicia se meten en sus dominios [168].
La violencia descarnada alcanza dimensiones espeluznantes casi al final de la novela, en el capítulo 23, cuando los miembros de la MS 13 dan un escarmiento en forma de castigo ejemplar a dos hermanos que han denunciado ante la policía los atropellos perpetrados por varios miembros de una pandilla que han empleado una violencia brutal contra uno de ellos.
Los mareros reaccionan de una manera cruel e inhumana contra los hermanos por la delación y la denuncia, dejando a las claras que el chivatazo a los tatuados solo puede venir de alguno de los miembros de las fuerzas del orden.
La escena transcurre en medio de la selva, muy cerca de los raíles del tren, en una noche infectada de insectos.
El castigo consistirá en atar a las vías del tren al hermano que permanece inconsciente y dejar que el otro contemple la escena en la que el tren pase por encima, cercenando cada uno de sus miembros, para ver cómo luego los animales de la selva dan buena cuenta del festín improvisado.
El hermano-testigo tampoco saldrá indemne, porque al horror de este aquelarre sanguinario que ha tenido que contemplar se sumará la mutilación a machete de uno de sus brazos, el petróleo vertido sobre el sanguinolento muñón y el improvisado torniquete para que sobreviva con la idea de que cuente, cuando llegue a algún espacio habitado, lo que los miembros de la MS 13 hacen con los soplones.
A esta secuencia verdaderamente dramática, el narrador da una vuelta de tuerca cuando sitúa el punto de vista de la acción en la propia conciencia del maquinista, que no puede hacer nada para evitar que el tren pase por encima del hombre que yace sobre los rieles: JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO El tren ya está muy cerca.
Su mole divide las nubes y la luz del faro delantero traza una intensa raya sobre las vías y los insectos que se cortan en el aire.
Con una odiosa lentitud el tren entra al terreno del grupo de hombres que aguardan en la orilla.
El maquinista los ve, sabe que es tierra de migrantes y todos quieren subirse al ferrocarril.
Él con sus dos ayudantes viaja en la cabina con clima artificial, bien cerrados por dentro.
Que corra el mundo y los culeros migrantes se suban si quieren.
El maquinista no es policía ni agente migratorio.
Que los pendejos esos hagan lo que quieran, se hagan engrudo con la tierra, como se hace el grupo que divisa ente los vaivenes del movimiento del convoy.
El maquinista los mira al irse acercando y la luz del faro a ráfagas despierta el perfil de los árboles y matas.
Ha visto tantas cosas que no se va a asustar por las locuras que una bola de desarrapados está haciendo en la selva, y por más que hagan lo que hagan no hay fuerza que detenga al par de máquinas que arrastran lo que se ponga enfrente [...].
De nuevo el maquinista ve por el espejo y alcanza a mirar cómo un cuerpo es lanzado hacia donde el espejo ya no alcanza y el maquinista sabe lo que ha sucedido pero él no puede cargar las desventuras del mundo si apenas puede con las suyas [...] sabe que por ahí deben haberse quedado los jodidos que el grupo de tatuados rechingó, cabrones maras [301][302].
Quien todo lo sabe y parece ver a través de las paredes es el todopoderoso Ximenus Fidalgo, que desde su consultorio lleno de Cristos y figuras religiosas consiente la tragedia y aprueba el escarmiento como siniestra pedagogía para mantener el orden y el poder a ambos lados de su río, el Satanachia.
Desde su condición transgresora y sectaria, casi luciferina, «Constata el pago de aquellos que quieren jugarle contras a la Mara Salvatrucha 13» y recuerda que «Nadie debe olvidar que todo aquel que se atreva a descubrirlos, se va pabajo» [306].
Mesianismo y religiosidad popular en la matanza del Carrizal
La frontera no es solo geo-política y cultural, también lo es religiosa, aunque desde una vertiente muy transgresora y heterodoxa, como corresponde a espacios periféricos muy alejados de los centros de poder desde donde se dictan los protocolos religiosos.
En el eje narrativo Tecún Umán / Ciudad Hidalgo, el catolicismo más o menos relajado, representado por el «amante-esposo» de doña Lita, el párroco de Mazatenango, comparte espacio religioso con movimientos sectarios y milenaristas de pelaje variopinto y con otros cultos alternativos, donde no faltan las supersticiones, las prácticas mágico-religiosas o las incursiones en corrientes místicas que rozan la brujería y la hechicería.
Frente al cura del Tijuanita encontramos a la otra figura religiosa de gran influencia en la novela, como es Ximenus Fidalgo, EL INFIERNO SOBRE RIELES.
LA VIOLENCIA QUE NO CESA EN LA MARA de origen colombiano, quien se traviste y transforma en un ser distinto a través de sus capas, pelucas, uñas postizas y maquillaje, para asesorar a sus pacientes (niega que sean clientes) y darles su bendición en el camino que tienen que emprender rumbo al norte.
Otros personajes, como doña Lita, siempre se encomiendan a él y hay quienes, como el Burrona, siempre llevan amuletos, talismanes, ungüentos y yerbajos de todo tipo para contrarrestar las «malas vibras» de la frontera, como las que proceden de los mareros, cuyos tatuajes invocan la iconografía del cristianismo para apuntalar otra página siniestra en la teología del mal.
En La Mara hay una tragedia referida y apuntada a lo largo de toda la obra, que solo se resuelve en el capítulo 24, la «masacre de El Carrizal», a la que don Nico hace referencia una y otra vez desde su presentación en el capítulo segundo, en parte porque lo han hecho cómplice de la matanza, en parte porque tiene la sospecha de que Sabina Rivas, su gran amor, ha intentado redimir su vida prostibularia siguiendo el movimiento religioso promovido por el balsero Añorve y ha encontrado la muerte, con toda probabilidad, allí donde buscaba tener una segunda oportunidad.
En realidad, todo lo que tiene que ver con el balsero y la matanza de El Carrizal, sigue un recorrido intertextual, en el que resultan evidentes las muestras de la literatura religiosa, con incursiones en los textos hagiográficos, marianos, en los miracula medievales y, en general, en toda la literatura milenarista que señala el final de un mundo abyecto y pecaminoso y el advenimiento de un nuevo Reino a este mundo.
Tras el brutal asesinato de su hija, la pequeña Anamar, Tata Añorve cruza una y otra vez el Suchiate en su balsa de neumáticos, buscando entre los tatuados al responsable de su desgracia.
Hombre bueno y solidario, el Tata comienza a recibir en su humilde choza a gente desamparada y muy necesitada, primero salvadoreños, y más tarde guatemaltecos, nicaragüenses, hondureños, gentes hambrientas, maltratadas por el entorno, a las que alimenta y da afecto en una secuencia con claros referentes bíblicos: Los panes se duplican, se triplican, se hacen carretadas, porque después del Pichi llegaron otros, hondureños y nicaragüenses y entre ellos organizaron la forma de acomodarse para vivir alrededor de la casa situada en ese paraje de las afueras de Ciudad Hidalgo, respetando la hamaca de Añorve, quien empezó a pensar que la niña Anamar ayudaba a la gente a descansar en el sitio [308].
Poco a poco comienzan a llegar gentes de todas partes, de todos los confines de la frontera, hombres y mujeres humillados, maltratados, mutilados, sin esperanza.
Gentes que encuentran en este particular Caronte, que JOSÉ MANUEL CAMACHO DELGADO habla dulcemente de su hija, una voz «reveladora», una voz purificadora y reconfortante.
35 El «hombre pez» recibe del Suchiate las palabras que luego transmite a quienes le rodean, iniciándose un proceso mesiánico que solo acabará cuando se produzca la masacre.
Con un extraordinario virtuosismo técnico, Ramírez Heredia sacraliza todos los elementos que intervienen en el proceso de mesianismo y santificación que tienen que ver con Tata Añorve y su hija.
Primero es su palabra, su discurso intimista que adquiere las resonancias del sermón bíblico; luego será la sacralización del espacio que ocupa, la transformación de un trozo de árbol, mutilado como muchos inmigrantes, en un banco sacerdotal desde el que la reunión con sus protegidos se va a convertir en una particular misa profana.
Luego será la transformación de los visitantes, convertidos en peregrinos, que buscan el camino a la casa del Tata Añorve, hasta que alguien, no sabemos quién, alumbra con una veladora el recorrido hasta la casa de carrizos.
Siempre de forma anónima, alguien colocó un retrato de Anamar en el nicho de un árbol, convertido en un altar improvisado, donde las muchedumbres cuelgan «los exvotos, los papelillos pidiendo dádivas» [310].
La transformación del padre es paralela a la de su hija, quien deja de ser Anamar, en el imaginario colectivo, para convertirse en la Niña,36 siguiendo el itinerario hagiográfico de otras santas-niñas del acervo popular, como la recreada por Eduardo González Viaña en su novela Sarita Colonia viene volando (Lima, 2004).
37 El Tata Añorve deja su trabajo de balsero para dedicarse en cuerpo y alma al culto de la Niña, junto a cuyo retrato, siempre adornado de flores frescas, dicta las palabras sabias que antes le ofrecía el río y ahora lo hace el espíritu de su propia hija.
La llegada al Carrizal de una hondureña conocida como la Sabia, sirve para introducir la música y los cánticos necesarios para la liturgia popular, ya que «dijo haber compuesto una serie de cánticos alabosos a la vida de la Santa Niña del Río, como a partir de ese momento, hasta el final, y muchos años más tarde, se le llamaría en todo el Soconusco y sitios más alejados de esos lugares del poder de sus milagros» [313].
Los cambios de nombre acaban generando una topografía religiosa, en donde la choza del Tata pasó a llamarse «la Ermita del Carrizal, y mientras se decía ese nombre, se persignaban encomendándose a la Santa Niña del Río, porque la Ermita era el hogar de la Santita» [313].
La sacralización del lugar y de los protagonistas no está exenta de un grado creciente de carnavalización, como ocurre en muchos textos de García Márquez 38 o en los funerales de Susana San Juan, en Pedro Páramo.
Sin embargo, lo que verdaderamente conecta esta pulsión mesiánica del balsero mexicano y su entorno piadoso con el realismo mágico de García Márquez, es el recuento de milagros que genera el culto a la Santita, la Santa Niña del Río, cuya imagen venerada en un simple recorte de periódico, y más tarde sustituida por un retrato al óleo de un artista de Huixtla, acaba generando toda una baraja de milagros que ponen en alerta a las autoridades:
Los tres guanacos empezaron a enlistar el nombre de los aliviados para que el borbollón de milagrerías no se quedara en la pura palabra [314][315].
La confrontación entre las autoridades y este movimiento religioso popular alcanza cotas de gran tensión política, en parte porque ven a los devotos del Tata Añorve como una secta peligrosa, que puede poner en grave peligro la estabilidad de la zona.
Primero fueron algunos policías, quienes «leyeron uno a uno los exvotos, tomaron fotografías del altar, de los alrededores y de la gente que rodeaba a Tata» [312].
Más tarde clausuraron el recinto, bajo la supuesta denuncia de algunos vecinos insidiosos.
Demasiadas señales que el Tata, ensimismado en su papel mesiánico, no sabe interpretar y que acabarán en la masacre de El Carrizal.
El proceso de santificación propio -«Tata Mayor, el nuevo San José» [318]-y el de su hija alcanzan su cénit religioso cuando ella se convierte en el baluarte contra los tatuados, en el antídoto contra las fuerzas del mal que representan las clicas, en la luz que debe iluminar todo lo que han oscurecido las maras escondidas en la selva: Los Cuatro Hermanos, que ya se les llamaba así a los tres salvadoreños y a la catracha de cabellos rizados [...] distribuyendo estampitas con la efigie de la Santa, recogiendo limosnas, ordenando las filas, coordinando a los fieles durante las tres charlas diarias que Tata ofrecía con la misma parsimonia de siempre, sólo que ahora Añorve hablaba de que su Niña del Río, como sólo a él le era permitido decirle, levantaba la tizona de la luz contra las injusticias, cerraba el puño para que la perversidad lo viera, dejaba oír su voz para acorralar a la villanía de este mundo que les ha tocado vivir al lado del río que encauza a los desheredados, que son todos los que vienen del sur y han sufrido en carne propia las enfermedades del dengue y del sida que destruyen sin compasión a los humanos ya sea adultos o desde antes de su nacimiento, a aquellos que han dejado su hogar para caer en la explotación de los polleros, pero sobre todo, los humildes que padecen las horrendas maldades de los perversos que usan tatuajes, símbolo de los habitantes de las tinieblas, enemigos naturales de su Santa Niña y por consiguiente de todos sus seguidores, y que las pruebas señalaban que entre esos malditos llamados la Mara Salvatrucha y las autoridades existía un contubernio descarado y la voz de la Niña obligaba a destapar la cloaca en que se vivía en la frontera [320].
Siguiendo la caracterización de los profetas bíblicos, el Tata llega a tener visiones, tan características de la literatura apocalíptica, 39 «un pálpito desconocido clavado en su alma desde la fecha misma de la reapertura de la Ermita y que le hacía ver sangre corriendo por la selva, escuchar gritos de pánico opacando el rugido de los monos, sentir pegado a sus orejas el sonido de las balas sobre las romanzas de los coros de Sabia» [321], y que tienen un valor premonitorio de la propia matanza, perpetrada unos días más tarde.
La autoridades acusan a Tata de utilizar sus recursos para arengar a la multitud con «mítines políticos con tono de franca subversión...» [322].
Acusan a los peregrinos de agredir a las autoridades, de ir contra los visitantes extranjeros e indocumentados, de romper la paz de la comunidad, todo ello propiciado, en cierto sentido, por la guerra declarada contra los mareros y sus compinches gubernamentales a los que el Tata Añorve acusa de «actos de bandidaje, asesinatos, violaciones, rapiña de los guardias, tropelías de los agentes migratorios, atracos de los polleros y la siniestra actuación de los tatuados, que nadie detiene sino son protegidos por chivatos y soldados, temidos por la ley y aliados de todo acto malvado» [324], todo ello avalado por el brujo o chamán de la frontera, Ximenus Fidalgo.
La matanza se produce en plena noche, después de que el general Valderrama y el licenciado Cossio hayan dado la orden, en la que incluyen también la eliminación previa del Burrona, caído en desgracia ante los jefes [334].
De los dieciséis miembros de la comunidad religiosa de la Santa Niña del Río, en la que posiblemente también se encuentre Sabina Rivas, solo se salvará de la masacre el propio balsero, quien aprovechará su conocimiento exhaustivo del río para escapar a través de sus aguas y hacerse invisible para el resto de sus días.
Nunca llegará a saber que las autoridades justifican la carnicería como un episodio de «la violencia intrarreligiosa y las fratricidas luchas por la posesión de la tierra» [326], ocultando un dato fundamental, como es la participación en ese terrible episodio de los miembros de los cuerpos de seguridad, ayudados por los mareros que están a sueldo y compinchados con las autoridades: controlar el destino de los miles de indocumentados que tratan desesperadamente de subirse a lomos de la Bestia, dejando para el lector la amarga sensación de que la corrupción implacable y las formas complejas de la violencia han triunfado en este mundo inmisericorde que castiga severamente a los más débiles. |
el ensayo concluye con algunas observaciones teóricas sobre el Estado, su constitución y la forma como ejerce su hegemonía.
1 Escribí este ensayo durante mi estadía en la Universidad de Harvard como Fellow del Centro David Rockefeller de Estudios Latinoamericanos y profesor invitado del Departmento de Historia, donde estoy trabajando en un libro sobre el golpe contra Chávez.
Por permitirme ausentarme durante este año estoy agradecido a la Universidad de Michigan, donde doy clases en los Departamentos de Antropoloía e Historia y dirijo el Centro de Estudios Latinoamericanos.
Mis sinceros agradecimientos a mis colegas y amigos de Harvard por las valiosas discusiones que se encuentran reflejadas en este trabajo, a Silvia Álvarez y June Erlick, además, por sus numerosas sugerencias estilísticas, a Elio Gasparí, por sus iluminadoras comparaciones con Brasil, a José Falconi, por provocaciones sin fin pero con sentido, y muy especialmente a mis estudiantes del seminario sobre Venezuela quienes me enseñaron más de lo que puedo expresar aquí.
Un fantasma recorre un continente pleno de encantamientos: el desencanto con el capitalismo.
Apenas iniciándose, el tercer milenio nos da sorpresas: la historia no se presenta como la anunciaban (quienes tienen poder de hacerlo).
Justo cuando la confrontación entre el socialismo y el capitalismo parecía un asunto del pasado y el libre mercado centelleaba en el horizonte como el reino del progreso, ahora su promesa de bienestar universal se revela, inclusive entre quienes más la enarbolaron, como un elusivo espejismo.
Mientras que en los centros de poder metropolitanos se buscan ansiosamente correctivos al mercado que reduzcan la pobreza global imperante y aseguren su legítimo dominio, en América Latina, desde muchos sectores, se ve con más frecuencia al libre mercado no tanto como una neutra y eficiente solución tecnocrática para males colectivos, sino como un abultado remedio casero que si bien alivia algunos males, dispensa bienestar solamente a una minoría afortunada al costo de profundas heridas al cuerpo social y natural de la humanidad.
En un contexto global donde la economía capitalista formal ofrece posibilidades de logro y de lucro sólo a un fragmento de la humanidad, muchos buscan ahora contarse entre los afortunados que logran fortuna por medio del abuso del poder público.
En la América Latina esto ha llevado a una intensificación de la duplicidad de un discurso político que con creciente frecuencia proclama la búsqueda del bien colectivo pero persigue el bien individual.
La "corrupción" -palabra que condensa múltiples significados relacionados con violaciones de normas públicas en función del beneficio privado, desde la desidia en el trabajo, el clientelismo y las comisiones ilegales hasta el chantaje y el asesinato-se ha convertido en un fenómeno endémicamente estructural y culturalmente aceptado como parte de la cotidiana normalidad.
Pero lejos de extinguirla, esta crisis económica y moral ha alimentado la esperanza de que alguien, o algo, ofrezca una solución que resuelva estas fracturas sociales y dobleces del alma y establezca un sentido de dignidad y comunidad.
Nuevos encantamientos, viejos fantasmas
Especialmente desde el "Sur," el supuesto advenimiento de un mundo definido por el "fín de la historia" anunciado por Fukuyama, o por "ideologías post-ideológicas" vislumbrado por Zizek, aparece como una fantasía de ciencia ficción sólo imaginable desde y para el "Norte."
En una América Latina plena de memorias de luchas por la justicia, enriquecida por sus ideales y plagada de frustraciones, fragmentada por la pobreza y atravesada por profundas heterogeneidades sociales y culturales, el espectral desencanto con el capitalismo se transfigura cada vez con mayor frecuencia en el viejo fantasma del socialismo.
Este moribundo espectro, tantas veces dado por desaparecido pero tantas otras reaparecido entre las grietas del capitalismo, aparece animando a los sectores radicales de muchos movimientos sociales desde la Patagonia hasta el Río Grande, sean éstos los piqueteros de la Argentina, los sin tierra de Brasil, los cocaleros de Bolivia o los zapatistas de México, así como impulsando las alas extremas de gobiernos progresistas, desde Kirchner y Lagos en el sur de la América Latina, Lula en el medio y el gobernador y aspirante presidencial López Obrador en su norte.
Pero tal vez nadie como el presidente Hugo Chávez lo ha encarnado y reencantado con más espíritu, generando, según la mirada conque se lo mire, desbordadas esperanzas o desorbitados pánicos colectivos.
Mientras esto ocurre en el Sur, en el Norte el gobierno de George W. Bush ha convertido al terrorismo en el nuevo terror, transfigurando la llamada Guerra Fría en la Guerra contra el Terrorismo, una guerra infinita sin cuartel contra un enemigo al que no se le atribuyen fronteras, ideología, Estado, y casi ni siquiera humanidad.
Contra esta malévola fuerza sin bordes, los Estados Unidos ha aparecido como un poder del bien obligado a desbordar los límites convencionales de la violencia en defensa de la humanidad.
Y al asumir tan abiertamente el liderazgo mundial como defensor de la civilización, el republicanismo democrático de los Estados Unidos se ha revelado como el ropaje interior de una vestimenta imperial que crecientemente galardonea no ya sin disimulo sino con descarado orgullo.
Desde el centro del imperio, ahora se lo critica no tanto por ser imperial, sino, como lo hace Niall Ferguson en Harvard, por no serlo suficientemente.
En medio de una guerra imperial contra el terrorismo, toda confrontación contra el imperio tiende a quedar cubierta, desde la perspectiva del imperio, bajo el manto de la lucha contra el terror.
Como dijo el presidente Bush después del ataque del 11 de septiembre de 2001, el que no está con él en su lucha contra el terror, esta contra él.
Y si el candidato presidencial Kerry, por oponerse a la guerra en Irak, fue reiteradamente presentado en los medios estadounidenses como un aliado de los terroristas, con igual sin razón ahora presentan a Chávez, dado su nacionalismo anti-imperialista, como parte del campo terrorista.
Cuando en respuesta a la invasión decretada por Bush contra Afganistán Chávez mostró fotos de niños asesinados por las bombas estadounidenses y dijo que no se podía luchar el terrorismo con el terrorismo, Washington inmediatamente llamó a su embajadora en Venezuela para una reunión de emergencia para responder tal insolencia.
En la guerra de palabras que se ha desatado, mientras más se acusa a Chávez de ser aliado de terroristas, o a los Estados Unidos de ser el mayor terrorista mundial, más se confirma el terrorismo como parte esencial de nuestra realidad, sea cierto o no lo que se le atribuye.
Compartiendo temores, como si se reflejaran en espejos opuestos, los oponentes terminan pareciéndose y reproduciendo el discurso maniqueo que los separa y une a la vez.
En este contexto, si bien el capitalismo continúa dominando el panorama político como el único horizonte visible o viable para la humanidad, el luminoso futuro que anunciaba se presenta ahora oscurecido por esta guerra imperial infinita contra el terror y por proyecciones de persistente marginación, pobreza y destrucción ambiental en el mundo.
Esta crisis social y discursiva ha ensombrecido especialmente a América Latina, la región con la más profunda desigualdad social en el mundo y a la vez con la más larga experiencia postcolonial y mayor cúmulo de búsquedas de los plenos beneficios de la modernidad.
Esta yuxtaposición de esperanzas, temores y frustración la convierte en una zona particularmente susceptible de inestables apegos a políticos y políticas, a la volatilidad en las ilusiones, creencias y afectos, a súbitos encantamientos y penosos desencantos.
Dentro de este ensombrecido paisaje, han encontrado fuerza movimientos y líderes que proclaman que otro futuro es posible.
Pienso que la polarización en Venezuela frente a Chávez debe verse dentro de la matriz de este clima mundial de discursos contrapuestos de factura maniquea.
Para quienes confunden la incendiaria retórica de Chávez con sus menos fogosas acciones, su populismo anti-imperialista, unido a su solidaridad con Cuba, bastan para evocar el espectro de la implantación del socialismo en Venezuela.
Como si estuviéramos en una caverna de terrores fantasmáticos made in Disneylandia, evidencia de la existencia real del socialismo no es realmente necesaria; su evocación espectral aterra con similar fuerza, como si la aparición de lo que se teme venir estuviera ya a cuerpo completo en el socialismo realmente inexistente venezolano; la democratización de la distribución de la renta petrolera (o al menos la ampliación de sus circuitos) es sin duda un cambio significativo, pero no puede confundirse con la socialización del capital, tanto en su forma de capital productivo y financiero, como de tierras rurales y propiedades urbanas.
Precipitado en el presente, al futuro se lo ve en medio de signos que no se deben leer tal como figuran, sino como una prefiguración o disimulación.
Como la duplicidad es parte de la naturaleza de este malévolo espectro que aparenta ser lo que no es para revelarse sólo cuando ya sea demasiado tarde, su presencia se manifiesta no por medio de signos transparentes, sino a través de claves opacas que exigen una traducción.
La vida cotidiana venezolana se ha convertido en una decodificación permanente del espectáculo público: se practica diarianamente el arte de leer entre líneas, de ver detrás de la fachada, de identificar conspiraciones, de descubrir los disimulos del poder y las transfiguraciones de lo que aparece como la verdad.
Para la oposición, el gobierno chavista encubre, bajo lo que presenta como una inmaculada vestimenta democrática, a un engendro totalitario o al menos autoritario.
A pesar de las enormes diferencias con el proceso histórico que hizo posible el desarrollo del socialismo en Cuba, el espectro de Cuba pesa sobre la oposición como una pesadilla, en parte gracias a la presencia de una influyente colonia cubana que interpreta los pasos de Chávez bajo el prisma de las huellas, o heridas, que dejó Fidel Castro por su camino hacia el socialismo en la Cuba de los sesenta.
Sin que se dejen de reconocer algunas vinculaciones externas, la política en Venezuela se vive intensamente como un proceso estrictamente interno.
Ubicándola como parte de esta crisis latinoamericana y mundial, en este ensayo la exploro como una crisis también de los discursos que la definen.
Mi discusión se centra en las visiones polarizadas que han dividido a los venezolanos en dos bandos, dejando casi sin voz pública a quienes no se ubican en los extremos.2 Me enfoco aquí en los extraños sucesos del 11 al 14 de abril, cuando el presidente Hugo Chávez fue desalojado del poder por grupos apoyados en un sector de las Fuerzas Armadas después de una gigantesca marcha en protesta a su mandato, y fue devuelto al poder 48 horas más tarde, como resultado de fracturas entre la oposición y el apoyo de sus seguidores y defensores de la legitimidad constitucional.
Le seguiré la pista a tres hilos que ayudaron a tejer la densa urdimbre de esos días: la protesta contra la violación de la meritocracia petrolera, la representación de la masacre del Puente Llaguno y la proclamación de Pedro Carmona como presidente interino.
Ubicaré esta discusión dentro del contexto de la cultura política venezolana, en la cual la nación se vive, según he argumentado en otros trabajos, como una entidad con dos cuer-pos: un cuerpo material, formado fundamentalemente por el petróleo, y uno social, constituido por "el pueblo" o los ciudadanos como miembros de una comunidad, y se concibe al Estado como el ente que los protege y unifica.
3 Al final, exploraré brevemente algunas ideas con respecto al Estado que tal vez permitan una mayor comprensión de los complejos procesos que establecen su hegemonía.
En ningún otro país ocurrieron en tan breve lapso cambios de gobierno tan súbitos y desconcertantes: nunca un presidente ha sido derrocado y devuelto al poder tan rápidamente y en medio de tan confusas circunstancias.
Este desencanto masivo vino unido a una intensificación y polarización de la lucha política en campos radicalmente opuestos.
En un país acostumbrado a celebrar y afirmar la armonía social, a pesar de las agudas diferencias de ideología o de posición económica, la población se dividió enfurecidamente en dos bandos, cada uno más apasionado que el otro y convencido de poseer la única verdad.
A tal punto llegó el desencanto entre los oponentes de Chávez, que partir del 2001, en gran parte gracias a su control de los medios, habían establecido como lugar común el hecho de que era imposible vivir en un país dominado por el chavismo.
Convencida de que el país era un barco a la deriva comandado por un incompente capitán, la oposición se sentía obligada a deshacerse de Chávez por cualquier medio.
El cuerpo natural de la nación 4
En medio de entrecruzadas conspiraciones y de un polarizado debate público caracterizado más por la intensidad de las pasiones que la claridad de las ideas, esta repolitización del país tuvo al menos la virtud de lanzar al debate público a sectores que nunca antes se habían movilizado por la polí-tica nacional.
Politizados súbitamente, sin mayor contacto con los sectores que adversaban, muchos tomaban su realidad como la realidad.
En este contexto de expectativas desmesuradas, el descontento de gente recientemente politizada cristalizó en la mayor marcha en la historia del país (hasta ese momento) para protestar, en principio la violación de la meritocracia petrolera, pero también con la esperanza de sacar a Chávez del poder.
Chávez, haciendo uso de sus facultades legales, había despedido en forma airada (a través de su programa "Aló Presidente") a varios directivos de la compañía petrolera estatal, y nombrado otros que, aunque eran reconocidos expertos petroleros, saltaban los escalones habituales para la promoción a estas posiciones directivas.
Una emotiva marcha de varios centenares de miles de personas (las cifras oscilan entre 300.000 y 1.000.000), autorizada para concentrarse en la "Plaza de la Meritocracia" frente a la sede de la compañía petrolera estatal PDVSA, fue prontamente desviada por sus dirigentes hacia Miraflores, el palacio presidencial.
Usando la violación de la meritocracia gerencial como bandera para aglutinar el rechazo de la oposición contra el gobierno, la marcha, que fue bautizada "Ní un paso atrás" para establecer su afinidad con otras luchas de significado histórico, radicalizó su consigna: desde tempranas horas de la mañana se pasó rápidamente de pedir la restitución de la meritocracia a exigir la renuncia de Chávez.
La eufórica marcha ya no era para corregir una política del Estado, sino para conquistar al Estado.
La extraordinaria magnitud de la marcha fomentaba la ilusión de que el país en pleno estaba con ellos y la historia en sus manos.
Cantando consignas que marcaban otras luchas -"el pueblo unido jamás será vencido"-se creyó ese día que esa acción colectiva podría llevar al control del Estado, salvar al país de la deriva y cambiar el rumbo de la Historia.
Como señala un artículo del periódico de la oposición El Nacional conmemorando la marcha del 11 de abril tres años más tarde, "el sentimiento de poder de esas masas humanas era total".
Aunque este cambio de consigna surgió desde los inicios de la marcha, sangrientos acontecimientos ocurridos en la tarde lo convirtieron en un clamor generalizado que le dieron mayor legitimidad y urgencia.
En varios sitios alrededor de Miraflores, el palacio de gobierno, y del Puente Llaguno, sobre la avenidad Baralt, murieron baleadas 19 personas en situaciones bastante confusas.
Inmediatamente, sin que hubiese evidencias claras, noticias televisivas de amplia divulgación por los canales privados acusaron al gobierno de causar estas muertes, repitiendo con insistencia la ima-gen de miembros y simpatizantes del gobierno disparando desde el Puente Llaguno contra "pacíficos manifestantes".
Aunque hay evidencias de que la rebelión militar (al menos la de algunos oficiales) venía planificada de antemano -que incluía posiblemente la propia masacre como su mecanismo justificatorio-a nivel público la "Masacre de Llaguno" o la "Masacre de Miraflores" rápidamente se convirtió en un detonante que transformó el repudio civil contra Chávez en una abierta rebelión militar.5 La repetida yuxtaposición de la imagen de representantes del gobierno disparando desde el Puente Llaguno y de cuerpos heridos o muertos de manifestantes pacíficos era exhibida por la televisión para demostrar la ilegitimidad absoluta del gobierno que asesinaba al "inocente pueblo."
Se repetía por los medios que después de esta masacre se hacía intolerable un gobierno que había "ensangrentado sus manos con la sangre del pueblo," como proclamó ese día el veterano dirigente Luis Miquilena al distanciarse del gobierno que él había dirigido hasta entonces junto a su más avezado discípulo político, Hugo Chávez.
Esa imagen fue mostrada en cuarteles a oficiales para establecer la legitimidad de la exigencia de la renuncia de Chávez.
También circuló por los medios en los Estados Unidos y en países europeos y latinoamericanos, sirviendo de apoyo a declaraciones oficiales como las del gobierno de Bush a través de su jefe de prensa Ari Fleisher, quie apoyó al gobierno de Carmona al afirmar el 12 de abril que Chávez había provocado su propia caída por sus impropias acciones.
El 11 de abril, en un mismo día, el gobierno de Chávez era revelado a través de los medios televisivos e impresos controlados por la oposición como un usurpador de un Estado que hería gravemente tanto a la industria petrolera como al pueblo.
Esta herida doble contra lo que yo he llamado "los dos cuerpos de la nación" -su cuerpo social y su cuerpo materialtambién hacía ilegítimo y hería mortalmente al Estado como representante de la nación en su unidad.
En el imaginario político venezolano, formado en luchas democráticas contra gobiernos personalistas o sectarios que habían usado al rico Estado para su propio provecho, se da como un lugar común que el deber del Estado es establecer una armoniosa relación entre los ciudadanos y el territorio, entre pueblo y petróleo-entre los dos cuerpos de nación.
Desde los tiempos del dictador Juan Vicente Gómez (1908-1935), la nación había sido imaginada en Venezuela, por quienes se convirtieron en sus dirigentes políticos durante el siglo XX, como una entidad social y natural.
Sólo podía representar legítimamente a la nación quien supiese proteger al pueblo asegurando que su riqueza colectiva -porque el petróleo es de todos los venezolanos-fuese usada para el bien común.
Pero para lograr este objetivo se hace necesario también proteger al petróleo del asalto de los piratas del tesoro público que amenazan permanentemente con usarlo como botín individual.
A partir de 1936, el Estado tomó forma como el protector de la nación encargado de dirigir la "siembra del petróleo," es decir, tutelar un proceso de transformación de la efímera riqueza minera en permanente valor social.
En abril de 2002, el discurso de la meritocracia petrolera fue usado como un escudo contra al temido espectro de un Estado que usaría el petróleo con fines sectarios y convertiría a PDVSA en una empresa tan ineficiente como muchas de las caóticas burocracias estatales.
En un editorial de su periódico Tal Cual, el respetado líder socialista y periodista, Teodoro Petkoff, pedía apoyo a los petroleros que defendían la meritocracia en PDVSA enarbolando el argumento de su eficiencia: "En definitiva se está defendiendo que la empresa no se hunda en el pantano de la ineficiencia, que no se vuelva otro Seguro Social.
Dada la centralidad del petróleo en el imaginario nacional, a pesar de que se presentaba el argumento de la meritocracia como un asunto fundamentalmente gerencial, el reclamo de respetarla no era vivido sólamente como una violación de una normativa corporativa, sino como un mortal atentado contra las entrañas de la nación.
Por otra parte, desde la perspectiva del chavismo, el discurso de la meritocracia era una pantalla -una "mitocracia," como la llamaba repetidas veces Chávez-que escondía el interés de la oposición, apoyada por el gobierno de Bush, de cambiar el gobierno y controlar a la industria petrolera nacional.
Según el gobierno, la nueva directiva estaba constituida por técnicos petroleros de reconocida y respetada trayectoria (cada uno con más de veinte años en la industria); sólo se habían saltado de cuatro a siete rangos en los méritos de los nuevos directores (en una escala de 1 a 36); en el pasado también habían ocurrido cambios parecidos sin que causaran protestas.
El problema de fondo era de política, no de normas gerenciales.
En efecto, el Estado chavista desde 1998 había cambiado el rumbo de PDVSA, pues según éste la compañía petrolera nacional, a partir de su nacionalización en 1976, se había convertido en "un Estado dentro de un Estado."
La política del gobierno consistía en controlarla a través del ministerio del ejecutivo y por medio de una nueva directiva, fortalecer la OPEC, aumentar los precios petroleros a través de reducciones en la producción por medio de franjas de precios establecidas en el año 2000 por la OPEC (en gran parte gracias a la iniciativa de Venezuela), limitar la apertura petrolera hacia el capital extranjero y establecer leyes que aumentaban las regalías y el control estatal sobre inversiones en el sector enérgetico.
Los opositores de Chávez estaban en contra no sólo del manejo gerencial que el Estado quería imprimirle a PDVSA, sino de su política petrolera.
No apoyaban el subsidio petrolero a Cuba, ni la disminución de la producción de acuerdo con las cuotas de la OPEC y, en general, compartían la vision del ex-presidente de PDVSA, Luis Giusti, bajo el gobierno de Caldera según la cual a Venezuela le convenía ser una potencia petrolera a través de la maximización de la producción, y desligarse de la OPEC y sus restricciones.
Desde la perspectiva del gobierno, la oposición interna encontraba apoyo externo, especialmente de los Estados Unidos que se enfrentaba al peligro de que Lula fuera electo en Brasil y a un inminente conflicto bélico en Irak.
Ante la identificación de la energía y la seguridad en el reporte sobre energía dirigido por el vicepresidente Dick Chenney en mayo de 2001, era lógico pensar que los Estados Unidos apoyaría un cambio de gobierno en Venezuela que la asegurara como una potencia petrolera aliada a sus intereses.
Es curioso que en el debate público ocurrido durante estos tumultuosos días, ni el gobierno ni la oposición realmente centraran la discusión en los asuntos fundamentales de la política petrolera y de la geopolítica del petróleo.
Por ejemplo, en los breves y acalorados discursos que dieron los dirigentes petroleros en la Plaza de la Meritocracia el 11 de abril en la mañana no se plantearon asuntos de fondo sino breves consignas dirigidas a motivar a los manifestantes.
Y en el discurso que dio Chávez durante la tarde del 11 de abril tampoco aprovechó la oportunidad para explicar con cuidado los aspectos técnicos con respecto al problema de la meritocracia, la cual no mencionó como tal, ni los asuntos fundamentales de su política petrolera.
Y esto sorprende porque el discurso público de Chávez, a pesar de mantenerse dentro de una retórica barroca dirigida a maravillar, se ha diferenciado por recurrir con frecuencia a la didáctica como género expositivo.
Se actuaba en general como si se asumiera un consenso de entendimientos y sentimientos ya suficientemente asentados: el asunto era movilizarlos, no discutirlos o profundizarlos.
El cuerpo social de la nación
El pabellón tricolor nacional, que durante la marcha hacia la Plaza de la Meritocracia en la mañana del 11 de abril había sido enarbolado por la oposición para protestar contra una política estatal pero que amparaba también el pedido de renuncia de Chávez, al final de la tarde era mostrado ensangrentado cubierto por los cuerpos de ciudadanos muertos para exigir, ya sin ningún otro amparo, su renuncia inmediata.
Desde esa tarde, la imagen de las muertes de Llaguno asesinados por los "pistoleros chavistas" fue lanzada al aire por la televisión privada como prueba irrefutable de que se trataba de un gobierno que había perdido toda legitimidad.
Como si hablara mil palabras con voz propia, pero acompañada de las palabras de locutores que parecían repetir un guión pre-fabricado, la repetición de la imagen del pueblo ensangretado por pistoleros chavistas reforzaba la insistente exigencia de la renuncia de Chávez.
Otra versión de estos eventos surgía de la perspectiva del chavismo, o inclusive de quienes fueron sus testigos.
Quienes vieron lo que pasó en Puente Llaguno pudieron apreciar que los "pistoleros" no disparaban contra inocentes manifestantes, sino contra vehículos blindados de la Policía Metropolitana a cargo del alcalde Alfredo Peña, opositor de Chávez.
Desde ese mismo día corrió el rumor generalizado de que la oposición había colocado francotiradores para matar personas en ambos bandos y justificar el golpe.
Esta versión encontró apoyo en declaraciones posteriores de un periodista de CNN quie aseveró que el video del pronunciamiento en contra de Chávez de un grupo de altos oficiales leído por el vicealmirante Hector Ramírez Pérez que justificaba su insurgencia sobre la base de la muerte de seis manifestantes civiles había sido grabado antes que estas muertes ocurrieran.
Al día siguiente, el 12 de abril, el vicealmirante fue designado Ministro de Defensa por Pedro Carmona.
El juicio que consideró inocentes a los "pistoleros de Llaguno", así como los intentos posteriores para demostrar que el reportaje de Venevisión que mostraba la famosa imagen de la Masacre de Llaguno -y que ganó el prestigioso Premio Rey de España-era un montaje no parecen haber tenido mayor impacto en la opinión pública; o al menos entre los sectores de la oposición, tal vez porque los consideraban sesgados.
6 A partir del 11 de abril, para el grueso público venezolano que recibe información por medios televisivos, radiales e impresos controlados por la oposición, la versión que dominó ese día sigue aún vigente.
Parecería que su memoria histórica, como si confirmara el hábito generalizado de un Estado de disimulo, se hubiese congelado en la potente imagen que encubrió a ese día.
En la tarde del 11 de abril, dos imagenes se juntaron en la visión de la oposición: el arremetido estatal contra el cuerpo natural de la nación, encarnado en el ataque contra PDVSA, y la violencia estatal contra su cuerpo social, encarnado en la masacre de manifestantes indefensos.
Como he sugerido aquí, el significado de estos sucesos para uno y otro bando -las ideas, pasiones y sentimientos que evocaron-sólo se entiende al ubicarlos dentro del contexto de un complejo cultural que ha constituido al Estado en el guardián de la nación como entidad con doble cuerpo, natural y social.
Pero los sucesos de abril hicieron evidente también cambios que este constructo de la nación, formado a lo largo del siglo XX, había sufrido hacia su final.
A partir de la crisis de los 80 el cuerpo social de la nación ya no podía ser imaginado como una armónica unidad, ni a su rico cuerpo natural como fuente de riqueza para todos, ni al Estado como el agente que lograría el milagro de una modernidad para el país.
Ante la polarización social, el empobrecimiento de los sectores medios y populares y el endeudamiento del país, era difícil mantener ese mito.
El evento emblemático de este cambio fue el "Caracazo" de 1989, cuando el Estado reprimió y causó la muerte de centenares de manifestantes que protestaban por la implementación de medidas de ajuste impuestas por el Fondo Monetario International.
En contraste a las 19 muertes de abril de 2002, los 399 muertos de febrero de 1989 fueron aceptados por los medios y sectores que definen la "opinión pública", como el costo necesario para mantener el orden social y entrar a una etapa de austeridad y racionalidad definida por el mercado capitalista.
7 Si bien los eventos de abril son la expresión de la fractura del cuerpo social de la nación, se los vivió desde posiciones extremas que la agudizaron aún más profundamente.
Mientras para la oposición el Estado chavista había agredido a la nación en su unidad social y natural; para sus seguido-7 Para una discusión detallada de estos eventos y de su representación pública ver Coronil, Fernando, Skurski, Julie: "Dismembering and Remembering the Nation: The Semantics of Political Violence in Venezuela", Comparative Studies in Society and History, 33, no. 2, 2001, págs. 288-337.
La cifra de 399 muertos corresponde a los difuntos identificados por COFAVIC.
En medios periodísticos se especuló que hubo cientos de muertos más.
ISSN: 0210-5810 res, Chávez la protegía contra un sector privilegiado que quería recuperar los beneficios que había disfrutado durante la IV República.
Si el mito político de la IV República se apoyaba en la unidad de todo el pueblo representado por el Estado en aras de un proyecto modernizador capitalista, el de la V República chavista, reflejo de la polarización de un país empobrecido y sin horizonte claro de progreso colectivo, ofrecía la justicia para las mayorías en el contexto de una díficil modernidad en un mundo globalizado dominado por el imperialismo.
Un prisma producía visiones contrapuestas de los eventos del 11 de abril.
Mientras que para la oposición Chávez transformaría a PDVSA en un apéndice de su grupo político, para sus seguidores PDVSA por fin iba a ser un instrumento al servicio del pueblo.
Para la oposición las personas muertas del 11 de abril eran víctimas inocentes que revelaban la verdadera cara de un gobierno autoritario; para los chavistas, estas muertes, causadas por francotiradores de la oposición, eran la excusa para legitimar un golpe contra un gobierno popular.
Aun cuando estas dos versiones estaban en disputa, en la tarde del 11 de abril la balanza de poder se inclinaba hacia la oposición.
A través de un despliegue masivo de los medios que controlaba, la masacre del 11 de abril sirvió para legitimar y exigir la renuncia de Chávez.
A partir de la masacre, esta exigencia no venía no sólo de boca de civiles agrupados en la calle que protestaban contra la ilegitimidad de las políticas del Estado, sino de militares que desde sus cuarteles proclamaban la ilegitimidad del propio Estado.
Si durante la marcha del 11 de abril los gritos de los manifestantes pidiendo la renuncia de Chávez no habían tenido suficiente fuerza de persuasión con respecto a Chávez, que se mantuvo sordo frente a este masivo reclamo público, a partir de la tarde del mismo día los pronunciamentos mesurados de los máximos oficiales de las cuatro armas de las Fuerzas Armadas iban fortalecidos por la persuasión de la fuerza: si Chávez no renunciaba, amenazaban con atacar al palacio presidencial.
Esta amenaza fue escuchada.
Para evitar un baño de sangre, y siguiendo a sus consejeros domésticos e internacionales, Chávez aceptó que el general Lucas Rincón -su único general de tres soles con el más alto rango militar-anuncie su renuncia en la madrugada del 12 de abril pero tomando ciertos recaudos con respecto a su salida del país.
Sin embargo, minutos después del anuncio, los militares en el cuartel Tiuna se opusieron a que Chávez se refugiara en Cuba, exigían que el presidente fuese enjuiciado en Venezuela por las muertes del día anterior.
Ante este cambio en las condiciones acordadas, Chávez desistió en firmar el fax con el texto de la renuncia que le había sido enviado.
Todavía para evitar la confrontación, Chávez aceptó entonces ser apresado pero no renunciar.
Muchos vivieron ese momento como si Chávez hubiese realmente renunciado y el gobierno estuviese sin mando.
Dentro de la confusión generada por esta situación, o al menos amparada bajo su justificación, la renuncia anunciada por el general Rincón ha servido hasta el día de hoy para alimentar la creencia, no sólo entre la oposición, que lo que ocurrió en Venezuela ese día fue un "vacío de poder".
El estado de la nación
En la madrugada del 12 de abril, con Chávez preso, con el vicepresidente Diosdado Cabello escondido, y con la Asamblea Nacional desbandada, el Estado chavista, tan concentrado en la figura de su presidente, se encontraba en efecto súbitamente descabezado.
Ocupando su lugar sin más legitimidad que la ofrecida por el ejercicio del poder por quienes lograron ser reconocidos como sus agentes, un grupo de militares y civiles asumía funciones del Estado en el cuartel Tiuna.
Tras los bastidores del escrutinio público, este pequeño grupo, evidentemente actuando sobre la base de planes pre-establecidos y con el aparente apoyo de altos dirigentes de las Fuerzas Armadas y de otros sectores claves del país, daba toques finales a los decretos y términos de la transición y confirmaba al líder empresarial Pedro Carmona como presidente interino.
En un ambiente bastante caótico, en medio de apresuradas reuniones y consultas, Carmona, apoyado por sus seguidores, se ajustó a un plan original y rechazó el pedido que el presidente interino fuese designado por la Asamblea Nacional con los votos de una mayoría lograda por acuerdos politicos a última hora.
En el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, al atardecer del 12 de abril, en una ceremonia que aspiraba ser espectacularmente histórica, Pedro Carmona se proclama presidente provisional en nombre de la leyes de la constitución de Chávez.
En el mismo acto, nombra parte de un gabinete ejecutivo, elimina de golpe a los miembros de la Asamblea Nacional, a gobernadores y dirigentes municipales, todos electos en elecciones universales, y destituye al Tribunal Supremo de Justicia, al Fiscal General de la Nación y al Defensor del Pueblo.
También anula las 49 leyes decretadas por Chávez en noviembre de 2001 bajo poderes especiales -las más con-troversiales eran la ley de tierras, que afectaba sobre todo a tierras ociosas, y la de hidrocarburos, que aumentaba la regalía y exigía mayoría accionaria estatal en empresas energéticas mixtas-, le devuelve el nombre de Venezuela a la República Bolivariana de Venezuela y suspende el acuerdo de suministrarle petróleo subsidiado a Cuba.
Esta ceremonia incluyó dos momentos emblématicos, aparentemente sencillos, que, sin embargo, evocaban en ese momento transcendental el imaginario de una nación herida y de su nuevo Estado protector.
Para comunicar su deseo de sanar las heridas sufridas por el cuerpo social de la nación, Carmona inició sus palabras pidiendo un minuto de silencio en honor a los caídos el día anterior y ofreciendo ayuda a los familiares de las víctimas.
8 Y para indicar su voluntad de salvaguardar al cuerpo natural de la nación, Carmona tomó especial cuidado en designar como presidente de PDVSA al general Guaicaipuro Lameda, un competente ingeniero que había mostrado estar de acuerdo con la visión corporativa de PDVSA dentro de la línea de su ex-presidente, Luis Giusti, ahora asesor de energía del presidente Bush.
Para subrayar la importancia de esta designación, celebrada en círculos domésticos y extranjeros ligados al Estado y la industria estadounidense, basta decir que Carmona llamó al general Lameda a su casa a las seis y media de la mañana del viernes, justo después de ser confirmado como presidente por los oficiales en el cuartel Tiuna.
Fue en cierta forma su primer acto de gobierno.
En contraste, aún en la tarde del viernes durante su proclamación como presidente, Carmona nombró a ciertos ministros sin haberles avisado previamente y dejó para el futuro la designación de otros.
Para una eufórica oposición, la cadena de eventos que había apresado al país bajo el dominio de Chávez parecía romperse con este acto; el futuro mostraría que en realidad era sólo un eslabón más.
Aparte del comprensible repudio que provocó entre quienes apoyaban a Chávez, la auto-proclamación de Carmona también produjo un intenso rechazo entre quienes querían liberarse de Chávez, pero no de ese modo.
La crítica fundamental a nivel público era que Carmona había violentado las leyes al disolver poderes públicos, especialmente por destituir a los diputados de la Asamblea Nacional y a los gobenadores, todos representantes del pueblo 8 Sin quitar valor a este gesto, valga recordar que en 1989 ninguna organización empresarial o partido político protestó contra la masacre ocurrida contra centenares de venezolanos en manos del Ejército Nacional; COFAVIC, la ONG que se encargó de ayudar a las víctimas trabajó prácticamente a solas y en contra de la corriente.
ESTADO Y NACIÓN DURANTE EL GOLPE CONTRA HUGO CHÁVEZ
Esta crítica iba acompañada por otra más privada pero no menos intensa: Carmona había establecido un gobierno elitista y sectario conformado por oficiales de la armada y personajes del partido COPEI, de la iglesia y del Opus Dei, que excluía a muchos de los sectores que trabajaron para derrocar a Chávez, incluyendo grupos del ejército, de la elite, de la clase media y de los trabajadores.
Y pensando en su impacto general, se decía que después del gobierno de Chávez, el equipo de Carmona lucía "demasiado blanco".
Como le exigió a Carmona en privado la noche del 12 un destacado miembro de la Iglesia: "Pedro, tienes que poner un negro ahí".
9 Es común que un golpe produzca un estado de excepción que violenta el orden legal en nombre de la ley.
En este caso, la intensa defensa de la legalidad en medio de una situación de emergencia que necesariamente la violaba -o al menos que hacía evidente que la legimitidad podía ser sustentada de acuerdo con criterios contrapuestos-obliga a la reflexión.
Este fuerte apego a la constitución podría verse como expresión de un genuino respeto hacia el orden legal y de un sincero deseo de defenderlo aun en el contexto de un Estado de excepción, o precisamente por tratarse de un regimen excepcional cuyos límites había que definir claramente desde el principio.
Pero por otra parte, dado tanto el flexible cumplimiento de la letra de la ley desde los tiempos de la colonia como el fácil acomodo a su violación durante otros golpes de Estado en la historia reciente de Venezuela (por ejemplo, los golpes del 1945, 1948, 1952, y 1958), 10 esta inflación del discurso legalista hace sospechar que en este caso jugaba un papel fundamental no sólo la violación de la ley, sino quienes la violaban y con cuáles fines, no sólo el poder de la ley, sino la ley del poder.
Vinculando finamente ambos aspectos -las convenciones legales y las intimidades del poder-Teodoro Petkoff mostró indignación frente a la auto-proclamación de Carmona en unas valientes declaraciones dadas por televisión en la misma tarde del 12 de abril en las cuales le aseguraba que se opondría a sus arbitrariedades así como lo había hecho contra las de Chávez.
Su voz reflejaba un temor y un clamor colectivos.
En el teatro de Miraflores el 12 de abril, la representación del grupo que proclamaba ser el nuevo Estado no fue convincente no sólo por las fallas del script -la violación de las fórmulas legales-sino por fallas del casting 9 Entrevista confidencial.
10 Para una discusión de estos golpes y del doble discurso durante los mismos, ver Coronil: El estado mágico...
El drama no convenció tanto por su inepta representación de la legalidad, como por su falta de representatividad.
Al caer el telón en el salón Ayacucho de Miraflores con las últimas palabras de Carmona, mientras un exclusivo público presente aprobaba con frenéticos aplausos el acto que terminaba, un público televidente mucho mayor observaba este aplauso como parte del acto mismo y a quienes aplaudían como el coro de una tragedia griega que anunciaba el significado profundo de la actuación en el podio principal.
Este coro elitista, que un público mayor vio como un club de gente con vestidos "finos" y de "marca," o para los conocedores, con trajes Armani, corbatas Gucci, y camisas Zulka, y perfumados con fragancias Christian Dior o Hermés que, según me han dicho, " se podían oler a través de la pantalla," diseñadores del mundo al representar al exclusivo público del Estado de Carmona, revelaba su verdad: la gestación de un Estado elistista y excluyente detrás de una fachada democrática.
Y como si confirmara su apariencia autoritaria, la persecución de chavistas en la calle engendraba el espectro de un gobierno represivo.
El problema no era solamente que el nuevo gobierno había violado la ley, sino que había concentrado el poder estatal en un grupo demasiado reducido, excluyendo no sólo a quienes se sentían con derecho a ser gobierno, sino a quienes tenían suficiente poder para respaldar esos sentimientos.
La violación de la ley era emblemática de la violación de un pacto implícito de la oposición; la transgresión legal reflejaba una transgresión política.
Estas transgresiones y los discursos que la expresaban se entrecruzaron íntimamente en la representación de estos eventos hasta que se confundieron.
Tal vez sin la transgresión política, la transgresión legal hubiera sido aceptada, o tal vez ésta no hubiera podido ocurrir o no hubiera tomado la misma forma.
En la contingencia histórica del momento, así como fue posible imaginar que Carmona hubiera podido proceder por la vía de la Asamblea Nacional, como le aconsejaron muchos, también se pudo imaginar que dentro de su mismo marco legal, Carmona hubiera includo a sectores más amplios -por ejemplo, nombrando como ministro de defensa al general del Ejército Efraín Vásquez Velasco, a representantes de los distintos partidos en el gabinete (especialmente Acción Democrática), y como vicepresidente a un representante de los trabajadores con piel oscura (como en efecto Carmona trató de hacer el sábado 13 de abril al proponerle esta posición al líder laboral de Acción Democrática, Manuel Cova).
Si ya es difícil saber con certeza lo que sucedió en realidad en la historia, es imposible saber lo que hubiera podido suceder.
Pero lo que sí se vivió en ese momento con la fuerza de una verdad absoluta fue el rechazo inmediato de amplios sectores al acto de Carmona.
En vez de cambiar el rumbo del país y entrar en la Historia como su Salvador, se sintió que Carmona había provocado el decarrilamiento de la oposición.
Comentando posteriormente estos eventos, agudos observadores como Carlos Blanco han argumentado que el golpe de Estado no ocurrió el 11 de abril contra Chávez, pues entonces la movilización popular en su contra provocó su salida del poder (en estas interpretaciones juega un papel muy importante la noción que Chávez había renunciado), sino el 12 de abril contra la oposición, al tomar Carmona el poder para sí.
Otros comentaristas, como la revista Newsweek, presentaron la toma de posesión del poder de Carmona, más acertadamente a mi juicio, como "un secuestro del golpe," o como "un golpe dentro del golpe".
Frente a este repudio y al apoyo que Chávez recibió de partidiarios que habían tomado las calles, altos personeros del ejército, comandados por el general Efraín Vásquez Velasco (cuyo apoyo a Carmona se había entibiado por pensar que por rango y por arma le habría correspondido a él ser designado Ministro de Defensa), obligaron a Pedro Carmona a rectificar.
Carmona convocó a la Asamblea Nacional en la tarde del sábado 12 para que sea ésta la que elija al presidente provisional.
Como solución, esta propuesta era perfectamente lógica: aparte de ofrecer el manto de legalidad, también obligaba a la inclusión de diversos grupos y a la negociación política; el poder sería repartido y no exclusivo.
Pero su rectificación no sólo se ajustaba al proverbio "demasiado poco y demasiado tarde", sino que también resultaba demasiado descarada.
Carmona no sólo convocó a la Asamblea Nacional después de haberla disuelto de un plumazo el viernes 11 de abril, sino después de haber escapado de Miraflores al Fuerte Tiuna en la tarde del 13 de abril porque fuerzas chavistas empezaban a tomarlo.
Ya el juego de fuerzas había cambiado.
En efecto, este tardío gesto de supuesta amplitud por quienes se proclamaron dueños exclusivos del poder el viernes 12 se interpretó el sábado 13 no como evidencia de una rectificación o de la magnanimidad de su mando, sino como señal de su debilidad.
Visto como un acto desesperado para mantenerse en el Estado sin contar con su poder y su fuerza, este acto sólo encontró por respuesta la movilización en su contra de casi todas las fuerzas, inclusive de aquellas que lo habían apoyado y que ahora se prestaban a repudiarlo y convertirlo en el chivo expiatorio de un plan gestado en común por muchas manos.
En el Palacio de Miraflores, la Guardia Presidencial, que sorprendentemente no había sido cambiada por los insurgentes y aparentaba apoyar o servir a Carmona, terminaba de tomar el palacio presidencial y de apresar a los miembros del gabinete de Carmona que se encontraban allí para juramentarse y que no habían logrado escapar.
Y como en un replay invertido de lo que había ocurrido en la madrugada del viernes 12, cuando los oficiales insurgentes amenazaron a Chávez de atacar a Miraflores si no renunciaba, ahora los oficiales que apoyaban a Chávez, por boca del General Baduel, comandante del cuartel de paracaidistas de la ciudad cercana de Maracay, amenazaban con bombardear a los insurgentes si no apoyaban la constitucionalidad.
Pero a diferencia de los partidarios que apoyaron a Chávez, las fuerzas de la oposición se plegaron rápidamente.
Las calles, que había tomado tan masiva y dramáticamente el 11 de abril, a partir del 12 de abril sólo contaron con la presencia creciente de seguidores de Chávez.
Y en contraste con los militares que apoyaron a la constitucionalidad, que habían logrado asegurar la lealtad de los oficiales medios que controlaban las tropas, los altos oficiales que insurgieron contra Chávez, sin mando real sobre los soldados, no tuvieron más recurso que rendirse, huir o ser apresados.
Al final de la confusa tarde del sábado, la Asamblea Nacional finalmente hizo su aparición, pero ya no para legitimar a Carmona, como él había propuesto bajo presión de las cambiantes circunstancias, sino para mostrar la vigencia de la Constitución y el retorno al poder del gobierno chavista.
Después de haber recobrado la televisión del Estado, en otra dramática escenificación del poder estatal que tenía a los televidentes como su único público, la noche del sábado 13 de abril, los televidentes pudieron observar la juramentación como presidente de Diosdado Cabello, vicepresidente de Venezuela, a cargo de William Lara, presidente de la Asamblea Nacional.
En realidad, sin embargo, la Asamblea Nacional no se había reunido porque no podía hacerlo en esas condiciones.
Las cámaras sólo presentaron la imagen de estos dos líderes.
En este otro teatro del poder, se afirmaba un principio legítimo de la constitución por medio de un acto de simulación.
Pocas horas después, a las cuatro de la madrugada del domingo 14 de abril, la televisora presentaba el retorno de Hugo Chávez al palacio presidencial, rodeado de una emocionada multitud, donde era reconocido como el presidente que nunca había dejado de ser.
En medio de tanta confusión, entre la noche del sabado 13 de abril y la madrugada del domingo, Vene-zuela tuvo, o aparentó tener, tres presidentes: Pedro Carmona, Diosdado Cabello, y Hugo Chávez.
En esta cadena de confusiones, cada eslabón no era realmente resuelto, sino que era suplantado por otro que establecía el orden por ser el último, no por ofrecer un esclarecimiento general.
La cadena de sucesos del 11 al 14 de abril se ha presentado de acuerdo con muchos guiones: una rebelión civil, si se enfatiza la gran marcha contra Chávez del 11; un golpe de Carmona contra el gran movimiento contra Chávez del 11 de abril, si se enfatiza el carácter exclusivo de su breve regimen y se da por cierta la renuncia de Chávez; un golpe cívico-militar, si se privilegia el apresamiento de Chávez y la proclamación de Pedro Carmona como presidente en desconocimiento de la legitimidad de la constitución; un "vacío de poder," si se toma al pie de la letra el anuncio de la renuncia de Chávez pronunciado por el General Lucas Rincón (esta posición fue asumida por el Tribunal Supremo de Justicia, el cual decretó el 14 de agosto de 2002 que no era golpe sino "vacío de poder"); un autogolpe dado por Chávez para descubrir a sus enemigos, si se cree que tuvo la maquiavélica habilidad de aparentar estar perdido para descubrir a sus enemigos; varios golpes no sincronizados, si se piensa que en un país tan mal organizado como Venezuela hubo muchos grupos conspirando y ninguno logró coordinar los acontecimientos; un "secuestro del golpe", o un "golpe dentro del golpe", si se ve al equipo de Carmona como un sector conservador, ligado al Opus Dei y a sectores financieros de derecha, que dio la espalda a sus conspiradores aliados y trató de conquistar el poder para sí; o como un golpe imperial organizado o con la participación de uno o más de los siguientes gobiernos y sus principales agencias de inteligencia: Bush (CIA, NSA, entre otras), Sharon (Mossad), Blair (MI6) y Aznar (CESID), si se privilegia la geopolítica del petróleo y la agencia de los centros metropolitanos, cuyos intereses convergían en garantizar el suministro de petróleo a los Estados Unidos, debilitar la OPEC, evitar un embargo petrolero contra Israel, defender las inversiones españolas en Venezuela y fortalecer la alianza entre los Estados Unidos, Israel, Inglaterra y España.
En realidad estas versiones, o variantes de ellas, pueden ser complementarias.
Tal vez porque ha sido difícil demostrar lo que realmente pasó, independientemente de que existan o no pruebas de su veracidad y que mezclen lo fantasioso con lo demostrable y plausible, las distintas versiones han sido mantenidas con encendido convencimiento hasta el presente.
Para el momento en que escribo este ensayo -marcando ya el tercer aniversario del 11 de abril de 2002-las versiones contrapuestas todavía cubren los controversiales eventos de abril, sin mayor reconciliación o resolución.
Nuevos escándalos tienden a tapar a los viejos y a dificultar que surja una verdad más persuasiva; intentos de resolverlos son interpretados como maniobras para beneficiar a ciertos sectores o perseguir fines ocultos.
La masacre del 11 sigue sin solución legal o sin crónica definitiva, a pesar de, o a causa de, la existencia de reportes opuestos -así como siguen en el mayor y vergonzoso silencio las numerosas muertes que ocurrieron el 12 y el 13 de abril durante los saqueos y confrontaciones.
Un ampliado Tribunal Supremo de Justicia, cuya legitimidad ha sido cuestionada por incluir doce nuevos magistrados, ha cuestionado la sentencia que determinó que los eventos de abril no constituyeron un golpe de Estado sino un "vacío de poder", por lo cual se ha abierto de nuevo el caso.
Pero en estas palabras finales no quiero resumir nuevos hallazgos ni resolver anteriores debates, sino más bien explorar brevemente, sobre la base de la discusión que he presentado, algunas ideas sobre el Estado, que tal vez puedan ayudar a refinar nuestra comprensión de su forma y la manera como ejerce su hegemonía.
Es fácil reconocer que un golpe de Estado es un hecho extraordinario.
Sin embargo, me interesa verlo también en relación a lo ordinario, no sólo porque un golpe también está formado por una serie de hechos cotidianos, sino porque, como conjunto, forma una fase cuya intensidad excepcional le otorga características propias que hacen más visible los principios y relaciones que organizan la vida cotidiana.
En este sentido la ruptura del orden ordinario durante un golpe se asemeja a la fase "liminal" o intermedia de los rituales discutidos por Arnold Van Gennep 12 y Victor Turner 13.
De acuerdo con ellos, el período liminal de los ritos corresponde al proceso de transición entre la salida del orden habitual, y el reingreso a ese orden una vez sufridos los cambios impuestos durante la transición, como ocurre, por ejemplo, en los rituales de curación o de cambio de status social o personal.
En los periodos liminales disminuye la normativa social convencional y se incrementan las representaciones culturales; los actores aparecen sin los atributos de sus roles tradicionales, como personas desnudas y sin ataduras (como naked unaccomodated man, en la feliz expresión de Turner) mientras adquieren los nuevos atributos, como por ejemplo la salud o el nuevo status de la adultez o la jefatura del grupo.
Durante esta fase, las normas y valores sociales son a la vez cuestionados y afirmados, en una especie de carnaval metafísico y sensual que subvierte y agiganta los principios axiomáticos para hacerlos más visibles y reforzar, al final, al orden imperante.
Procesos similares ocurren también durante los golpes de Estado, pero sin la probable certidumbre de un resultado final pre-establecido, y con la carga tremenda de tener que re-estructurar un orden social desde los centros de poder.
Esta obligación a re-establecer un orden desde la cima del Estado también los diferencia de lo que ocurre en los movimientos milenarios en sociedades complejas, cuya misión es establecer un orden distinto al margen de la sociedad, tal como muestra Victor Turner en su discusión del "proceso ritual".
Durante el limen de un golpe de Estado, la ruptura con el orden normal se presta no sólo a la revelación y afirmación de los elementos axiomáticos del orden social, sino también a su redefinición o transformación.
Por ello este tipo de orden liminal tiende a prestarse a la confusión de principios y normas, al cambio brusco de identidades, a dobleces y mutaciones de posiciones y lealtades, a la acentuación de contradicciones generalmente encubiertas, a la revelación de lo oculto y a la redefinición de las relaciones de poder.
En ritos cíclicos, el orden establecido controla al desorden liminal; en golpes de Estado, el desordenado período liminal busca establecer un nuevo orden.
En un golpe exitoso, el desorden liminal impone un nuevo orden; en un golpe fallido, el orden establecido se impone sobre el intento de reordenarlo.
Pero aún en este caso, su reordenamiento implica necesariamente cambios; nada puede seguir igual que antes.
En los momentos liminales de un golpe de Estado, éste aparece desnudo y se muesrta como es en realidad: no sólo una encarnación del orden, sino también su creador.
Como creador de sí mismo que aparenta no ser su propio creador sino el agente de un poder general, el Estado aparece en muchos sitios y por medio de muchos agentes: su encarnación varía de acuerdo con el lugar y al ente que defina y represente su poder.
El Estado es la fábrica del Estado.
Su ley puede aparecer como arbitraria o legítima, sus agentes como sus representantes o como impostores, su apariencia como de justa forma o falso artificio, las lealtades de sus sujetos como sólidas o mutables; sus variadas objetivaciones cambiando de forma al vaivén de los ritmos del poder.
Durante un golpe, desde fuera o desde alguna parte del mismo Estado, otro Estado se proclama como legítimo.
Si la actuación del nuevo Estado es efectiva, puede lograr desplazar al viejo; si no lo es, los aspirantes a representarlo se convierten en sus ilegítimos usurpadores.
Durante el golpe en Venezuela, Pedro Carmona pasó rápidamente de ser aclamado por los medios como un gran estadista, en su breve momento de gloria, a no ser más que "Pedro el Breve", como lo llamarían después de caído, jocosa pero también despectivamente, quienes lo alababan cuando ocupaba el poder.
El contraste fue aún más extremo con respecto a la representación pública de Chávez durante estas cambiantes horas, quien pasó rápidamente de ser despreciado públicamente en los vergonzosos términos reservados para las conversaciones íntímas de los sectores más racistas y clasistas de la oposición, a ser alabado como un presidente cuyos extraordinarios atributos no podían seguir siendo despreciados; de un "mono" que no sabía hablar ni gesticular, pasó a ser un "brillante orador," envidiable "encantador de serpientes," y "sagaz político".
El Estado, como encarnación de la nación, se objetiva a través de múltiples discursos y prácticas que proclaman representarlo; el "efecto Estado" se logra a través de la efectividad de estas objetivaciones.
El Estado es así el conjunto de relaciones y objetivaciones particulares que lo constituyen como el agente general de la nación.
Como forma general, su compleja identidad se forma desde posiciones que reflejan y constituyen toda una cartografía del poder: palacio presidencial, ministerios, oficiales, cuarteles, burocracias, personalidades, discursos, leyes, códigos, ceremonias, actos.
Si se sabe hacerlo bien y se tiene el poder de hacerlo, el Estado puede ser representado o redefinido desde cualquier agencia, posición o individualidad particular, sean multitudes desde la calle, militares desde un cuartel, líderes políticos desde la televisión o un empresario desde el palacio presidencial.
Pero los momentos liminares de un golpe de Estado revelan que esta cartografía del poder estatal, dibujada por múltiples manos, se esculpe no sólo sobre un majestuoso mármol, sino sobre la humilde arena, cuyos trazos pueden demarcar formas tan permanentes como una estatua, pero también tan efímeras como líneas dibujadas sobre minúsculos cristales.
El Estado nacional es su propio fetiche y el de la nación; su mistificadora forma de representarla y de representarse es parte esencial de su cons-titución como su representante.
Desde esta perspectiva, el Estado no es, como afirmara Philip Abrams, la "máscara" que encubre al sistema político14, ni el sistema político detrás de la máscara, sino la unión mistificadora de la máscara y lo enmascarado, lo visible y lo oculto.
Su invisibilidad, sus secretos son parte esencial de su ser; su mayor secreto es su invisibilidad a pesar de su materialización permanente.
Lo que he llamado la "forma Estado," de modo similar a la forma mercancia pero por medio de un abanico más amplio de corporizaciones, funciona por medio de relaciones sociales objetivadas en múltiples particularidades -instituciones, discursos, objetos, emblemas, individuos, espacios-las cuales no son entidades meramente independientes con atributos propios, ni sólo símbolos, sino los medios a través de los cuales el Estado se constituye y adquiere significado como una forma general.
Al igual que la forma mercancia, la forma Estado no sólo se encarna o simboliza por medio de objetivaciones particulares, sino que se realiza mediante ellas.
Como tal, el Estado se forma a través de objetivaciones que establecen una relación de equivalencia entre lo concreto y lo abstracto, lo particular y lo general -una equivalencia simbólica que permite que objetivaciones individuales aparezcan como el Estado sin que este pueda ser reducido a ninguna de ellas.
Si Chávez había logrado aparecer como la encarnación del Estado, la oposición trató de romper ese vínculo entre su persona y el Estado, presentándolo como el agente responsable de la masacre del 11 de abril.
Para que el ejército pudiera forzarlo a abandonar el palacio Miraflores, había primero que desalojarlo de un Miraflores simbólico, romper el encanto que lo convertía en un ícono de la nación, reducirlo a un ser común, aún más: a un usurpador del verdadero poder.
Lo primero que hicieron los militares cuando llegó preso al Cuartel Tiuna fue despojarlo de su vestimenta militar y ponerle un vulgar mono para ejercicios atléticos ("un mono para el mono" como comentó alguien).
Igualmente, el acto de proclamación de Carmona, a pesar de todo el esfuerzo que desplegó en estructurar su coreografía, no logró objetivar la forma general del Estado sino hacer evidente su parcialidad -los intereses particulares que organizaron este simulacro del poder estatal.
Pero esto revela también, como señaló una vez José Ignacio Cabrujas, el dramaturgo venezolano y brillante observador de nuestra cultura política, que el Estado venezolano se constituye a través de actos de disimulo.
Yo agregaría que todo Estado se constituye por medio de distintas formas de simulación; el secreto del Estado es hacerla invisible.
Es evidente que durante los golpes de Estado afloran acalorados conflictos entre grupos contrapuestos: el Estado encarna razones y pasiones.
Su capacidad de persuadir y dominar el espacio cultural y político -su hegemonía-involucra el control sobre los sujetos en su integridad corporal y espiritual, no sólo el poder sobre sus ideas e intereses, sino sobre sus posiciones y disposiciones espirituales y corporales en el cuerpo social.
Quiero destacar dos aspectos sobre el concepto de hegemonía.
En primer lugar, el concepto de hegemonía se refiere a un orden permanentemente construido y disputado.
No creo útil identificarlo con el dominio de lo habitual en contraste a la ideología como el terreno de lo consciente15; si fuésemos a aceptar esta distinción, el concepto de ideología hegemónica demuestra precisamente la imposibilidad de separar las prácticas habituales de las actuaciones conscientes en sus cambiantes relaciones.
En segundo lugar, esta unión entre lo habitual y lo conciente subraya que la hegemonía involucra tanto la construcción y mantenimiento del consenso alrededor de intereses e ideas compartidos entre clases opuestas, del "sentido común" tan central en la noción de hegemonía gramseiana, como un sentir común que se realiza por medio de la comunión de los sentidos.
Esta integración de factores cognitivos y emotivos, del juicio y la fe, se traduce en la formación de posiciones y disposiciones corporales y espirituales tanto individuales como colectivas.
Siguiendo una larga tradición de escenificaciones espectaculares de la política en Venezuela, los eventos públicos que he analizado aquí fueron también con frecuencia fábricas del Estado para producirlo o reproducirlo.
Como escenarios para mostrar la presencia del Estado -ocultando los artificios de su construcción y haciendo del disimulo un modo genuino y legítimo de ser-, buscaban no sólo convencer por la fuerza de la razón, sino también arrastrar por el flujo emotivo de la retórica y de la acción.
Durante estos tumultuosos días, actos como la marcha "Ni un paso atrás" que avanzó de la Plaza de la Meritocracia a Miraflores, la representación mediática de la "Masacre de Llaguno" o la proclamación de Carmona en el Salón Ayacucho del palacio presidencial, lograban sus efectos no tanto por medio de iluminaciones, sino a través de deslumbramientos.
En medio del drama del momento, los guiones públicos que orquestaban estos actos creaban "estados de encantamiento": complejos de ideas y sentimientos que seducían -o repugnaban-a los sujetos por su impacto sensorial total, no sólo por la lógica ordenada de ideas o razones.
Como en posesiones rituales, se desplegaban fórmulas convencionales para invocar un vasto repertorio de ideas y sentimientos encarnados en lo profundo de cada ser.
Así, en días forjados por dramáticas acciones orientadas a cambiar o defender el rumbo de la Historia de acuerdo con visiones en pugna, donde se enfrentaron y confundieron lo digno con lo abominable, lo genuino con el disimulo, se daba una vez más la común y tantas veces dolorosa paradoja que nos obliga a reconocer que los seres humanos hacemos nuestra historia, pero en medio de las condiciones que nos forman y que la impulsan detrás de nuestras espaldas.
Como si fueran partos de la Historia, los momentos liminares de un golpe de Estado nos hacen sentir su fuerza y nos constituyen a la vez como una comunidad y como individuos, capaces de llevar a cabo inusitadas acciones individuales y colectivas, y de fundir nuestros cuerpos, nuestras vidas, con los de la nación.
Tal vez un entendimiento más profundo de estas condiciones nos ayude a comprender cómo tanta gente pudo actuar con tanta fe en su capacidad de hacer que la historia siga el camino de sus visiones, y al final, una serie de contingencias llevaran a resultados inesperados que sorprendieron a los mismos que la impulsaron. |
La frontera es uno de los símbolos más poderosos de nuestro tiempo, visible a través de un inexpugnable campo léxico y semántico que incluye alambradas con púas, vallas electrificadas, muros de cemento rematados con pinchos, o estructuras metálicas infranqueables, coronadas en su parte superior por las temidas concertinas (cuchillas de afeitar), para aviso del viajero o inmigrante infeliz que quiera pisar el suelo prohibido, la tierra mil veces soñada a través de los reclamos fraudulentos de la publicidad globalizada y la realidad inquietante de las mafias, la trata de personas, la explotación sexual o la esclavitud.
La cancelación de las utopías sociales, simbolizadas en la caída del Muro de Berlín (1989), las reacciones virulentas de los antiguos territorios colonizados por la vieja Europa, las nuevas guerras diseñadas en pizarras cibernéticas que no contemplaron en su memoria virtual la posibilidad de un terrorismo con métodos bárbaros en medio de la revolución tecnológica, las hordas de refugiados que recorren los espacios de una geopolítica desastrosa, que se asemeja a un pandemónium, han dado mayor visibilidad a las fronteras en el contexto de la política rasante e hipertrofiada del siglo XXI, fronteras que no solo son físicas, sino también religiosas, culturales, sociales, económicas y psicológicas.
Podríamos decir que los medios de comunicación certifican una especie de «hiperinformación» sobre las fronteras, los límites, las demarcaciones, los confines y contornos espaciales en diferentes lugares del mundo, pero es en Europa, con la llegada de los refugiados que huyen de la barbarie del Estado Islámico y de las múltiples guerras que asolan Oriente Medio, y en el enclave fronterizo entre Copyright: © 2016 CSIC.
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Esta frontera, que comprende 3.200 kilómetros y abarca desde las costas del Pacífico, entre Tijuana y San Diego, hasta las costas atlánticas de Matamoros y Brownsville, fue fijada en 1848 por el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, por
Estados Unidos y México, donde encontramos los epicentros informativos explotados hasta la saciedad por los medios de comunicación de masas que ven en la frontera una nueva forma de distopía.
No es casual que un candidato republicano a la Casa Blanca, el empresario Donald Trump, haya prometido construir un muro infranqueable a lo largo de la frontera con México -pagado, eso sí, con el dinero azteca-, convirtiendo esta nueva frontera de cemento y alambres en un poderosísimo icono de su intento de «blanquear» y «proteger» a la nación norteamericana de la creciente invasión de inmigrantes indocumentados que ponen en grave peligro la «pureza» de un país que, como olvida Trump, se ha construido a partir de importantísimos flujos migratorios desde principios del siglo XIX.
Todo ello no ha impedido que esta zona del mundo se haya convertido en uno de los lugares más tenebrosos y siniestros del planeta, un espacio abyecto e inmisericorde, donde se ha asesinado a miles de mujeres en el área metropolitana de Ciudad Juárez, trasunto de la inquietante Santa Teresa en la monumental 2666 de Roberto Bolaño, una franja o interfaz en donde se ha permitido el tráfico de armas, el tráfico de órganos, la trata de mujeres, el narcotráfico y todo un catálogo de actividades ilícitas que han convertido esta franja fronteriza en un campo temático de la criminalidad y las patologías más abisales del ser humano.
El paso por la frontera ha dejado un reguero de muerte y una violencia desorbitada que está siendo recreada de forma singular en la literatura que se hace, sobre todo, en el ámbito hispanoamericano.
La frontera, convertida en una membrana permeable y porosa, permite el flujo de miles de inmigrantes de todas las nacionalidades que tratan de alcanzar el sueño americano.
Estos peregrinos del sur, como se les ha llamado, llegan a pagar un peaje demasiado elevado para sus pretensiones, y no solo por el dinero que pierden o gastan en el camino, sino también porque a veces vuelven a sus lugares de origen sin nada, completamente desvalijados, cuando no amputados, heridos o vejados, con violaciones sexuales reiteradas, con humillaciones y heridas interiores que les acompañarán el resto de sus vidas.
La búsqueda de la tierra prometida, a través del río y el desierto, ofrece un enorme potencial literario, al equiparar estos tránsitos reales con los ritos iniciáticos característicos de la literatura mítica.
En la medida en que la frontera se ha convertido en un hecho visible y tangible se han multiplicado los estudios multidisciplinares que tratan de ver este fenómeno desde los ángulos más dispares, más allá de las interpretaciones diplomáticas o políticas, que tratan de retorcer los contornos de las fronteras naturales (ríos, cordilleras, mares, desiertos o selvas) para ajustarlas a una realidad política que, como ocurre en el caso de EEUU y México, ha sido cambiante desde mediados del siglo XIX.
Se trata de un enfoque interdisciplinar relativamente joven, que algunos investigadores sitúan en la primera mitad del siglo XX y que en las últimas décadas está viviendo una auténtica revolución en sus avances metodológicos.
De hecho, la frontera era considerada en los años ochenta del pasado siglo como un lugar de paso en el tránsito migratorio, como un «espacio-puente» o «una regióntrampolín», lo que propiciaba una doble mirada, desde el norte y desde el sur, con escoramientos temáticos muy diferentes, según apunta el escritor Gabriel Trujillo: por el lado de los estudiosos anglosajones, la frontera era una tierra de nadie, una fisura por donde escapaban sus forajidos, sus criminales, sus pervertidos y por donde entraban los ilegales, los indeseables, los espías, los terroristas de otros países.
Un lugar sin ley ni orden.
Por ello buena parte de las novelas estadounidenses con tema fronterizo fueron escritas por autores de novela policial, desde Raymond Chandler hasta Michael Connelly, desde Wade Miller hasta Ross Macdonald.
Por otro lado, a partir de los años sesenta del siglo XX, con la aparición del movimiento chicano y la publicación de numerosas novelas y memorias de familia, los estudiosos mexicanoamericanos llevaron a cabo una tarea similar a sus contrapartes estadounidenses: hacer de la frontera una etapa de sus relatos de migración, hacer de la frontera un obstáculo a superar.
1 De alguna manera, esa idea de frontera como límite, como línea divisoria o franja de exclusión ha sido reemplazada por otra visión más abarcadora, como recuerda Lawrence D. Taylor: la frontera representa una zona o ambiente de transición y cambio, en medio de la cual se encuentra el límite o línea divisoria entre dos países.
Las fronteras cumplen con una función dual de ser barreras divisivas y membranas permeables a la vez; bajo ciertas circunstancias, actúan como particiones para bloquear el movimiento de personas de un lado a otro, y, en otras ocasiones, sirven como un tipo de filtro o tamiz con el propósito, hasta cierto punto, de controlar el movimiento a través de sus límites.
2 En esa misma línea, Lise Demeyer considera que la frontera divide, segrega, margina, aparta, fragmenta, compartimenta una superficie, o un grupo humano en dos lados, polos, hemisferios, sociedades, naciones.
Sin embargo, la frontera también une, acerca, aúna, prolonga, junta, reúne en su simple línea de demarcación, parte integrante, recíproca y compartida de los dos lados.
Implica, en este caso, complementariedad, intercambios, comunicación e intercomunicación, simultaneidad, hibridez y transculturación.
3 Este carácter polisémico y antitético de la frontera explica su ambivalencia, porque por un lado es límite protector y línea de exclusión, y por otro lado es umbral y puerta simbólica que invita a la transgresión.
En los últimos años el estudio de la frontera ha centrado su atención no solo en el tránsito de un lado a otro, en el paso de una realidad a otra, sino en la vida misma que se desarrolla a ambos lados de la línea demarcativa cuyo cruce puede tener todo tipo de consecuencias.
Esta zona o confín de los estados, no es solo el lugar por donde pasan inmigrantes y gente trabajadora que busca nuevas oportunidades para crecer en todos los sentidos, también es un topos privilegiado para la criminalidad en todas sus variantes, ya que la frontera, convertida en periferia, es percibida como el lugar más remoto y alejado de los centros desde los que el estado y los cuerpos de seguridad ejercen el control de la sociedad.
Por eso en estas zonas se produce una suerte de inversión en los valores, códigos y normas que caracterizan los centros neurálgicos del poder, generándose una especie de antisociedad o mundo al revés, por utilizar un topos medieval, un espacio distópico, un verdadero pudridero humano donde los valores han sido laminados por una violencia desaforada.
A pesar de esta criminalidad incontrolada, simbolizada de forma siniestra en Ciudad Juárez, lo cierto es que la población que vive en estos lugares ha desarrollado una «identidad transfronteriza», un afiladísimo sentido de la transculturación, con una visión pragmática e integradora, visible no solo en la lengua que se habla, sino también en el tipo de fábricas e industrias que se desarrollan, en la comida que se sirve, en el tipo de hoteles y pensiones que puntean su geografía o en las tiendas de souvenirs que sirven tanto para avivar el recuerdo con los regalos, como para abastecer el aprovisionamiento adecuado para el inminente viaje.
El periodista y escritor Tom Miller, en un estudio pionero sobre la frontera (On the Border.
Portraits of America's Southwestern Frontier, 1981), consideraba que esta zona era un universo en expansión, con una enorme energía que se hacía sentir en ambos lados, una suerte de «tercer país» o twilight zone de la conciencia humana, un territorio geográfico, conceptual, simbólico y lingüístico en el que convergen fuerzas sociales, procesos económicos y grupos humanos de distintas etnias y culturas, que multiplican la resonancia de vivir al borde de una cultura, en la orilla misma de la otredad.
4 Los diferentes trabajos agrupados en el presente dossier han pretendido analizar el fenómeno de la frontera y todo lo que rodea a los movimientos migratorios desde los diferentes ángulos posibles, tomando como punto de partida lo que Cornejo Polar llamó el «sujeto migrante», lo que nos permite analizar el proceso de transculturación que comienza a miles de kilómetros al sur de la frontera, un viaje clandestino marcado por la indocumentación o la documentación falsa, lo que invita a reflexionar, desde el corpus literario propuesto, sobre categorías como nación, etnicidad, lengua, género, sexualidad y clase social, al tiempo que se cuestionan conceptos como lugar, hogar, pertenencia, desarraigo, nostalgia, familia, extrañamiento, progreso y pertenencia.
También interesa de manera especial el reverso de este proceso de inmigración a partir de los trabajos de Kanellos, en donde se estudian aspectos novedosos como el rechazo del sueño americano, la nostalgia del retorno o las representaciones dicotómicas entre los latinoamericanos y los angloamericanos.
Así mismo, las aportaciones teóricas de pensadores como Ángel Rama (transculturación narrativa), Homi Bhabha (el «tercer espacio», hibridación), Gloria Anzaldúa (el concepto de frontera múltiple y mestiza), Néstor García Canclini (culturas y sociedades híbridas) y Fernando Aínsa (el tópico de la tierra prometida) han resultado fundamentales a la hora de trazar el marco teórico por el que se mueven los colaboradores del presente volumen.
El dossier recoge aspectos como la exploración de los diversos «sujetos fronterizos» en las novelas, tales como migrantes de segunda generación y personajes que viven en la frontera y se definen a través del cruce repetido de un lado al otro.
También se analizan cuestiones de transnacionalismo y «culturas resistentes», sobre todo relacionado con el ámbito chicano y su protagonismo creciente, y la representación igualmente binaria entre migrantes culturalmente conservadores y migrantes «agringados» o «renegados».
Lugar destacado merece todo lo relacionado con los cárteles de la droga, así como la mitología fronteriza y transfronteriza vinculada a la violencia, el culto a la muerte, los temibles caza-inmigrantes o el tren conocido como «la Bestia» que recorre México para alcanzar el punto más accesible de la frontera norteamericana.
Abrimos el dossier con el trabajo de Lise Demeyer, una de las grandes especialistas en el tema de la frontera, quien aborda en esta ocasión un tema de absoluta originalidad, como es el del nuevo protagonismo de la mujer en este metagénero narrativo.
Hace una peculiar inmersión en el mundo de la frontera, dominado siempre por el arquetipo masculino, representado en la figura del narco, el sicario, el coyote o pollero, el mojado o el agente de la migra, mientras que la mujer ha sido recreada en ámbitos asignados tradicionalmente, como la muchacha casadera en el pueblo, la prostituta en los burdeles de la franja fronteriza, las reinas de la belleza, las mulas que transportan la droga o convertidas en víctimas de una violencia masiva y espeluznante, como la perpetrada en Ciudad Juárez.
Sin embargo, en los últimos años se ha producido un viraje temático en las nuevas ficciones, en donde la mujer se ha convertido en la nueva heroína, capaz de sobrevivir en medio de la abyección moral de la frontera.
Demeyer analiza tres novelas de gran calado en donde las mujeres son las grandes protagonistas, como heroínas o antiheroínas, cuya morfología literaria sigue las pautas de la literatura mítica y arquetípica, como Violetta y el prototipo de la femme fatale (en Diablo Guardián, de Xavier Velasco); Makina, nueva Malinche que realiza simbólicamente el viaje al Mictlán de la frontera y el narcotráfico (en Señales que precederán el fin del mundo, de Yuri Herrera); o el caso de Fernanda (en Perra Brava, de Orfa Alarcón), que sigue fielmente la tipología heroica propuesta por el mitólogo Joseph Campbell en su clásico El héroe de las mil caras.
En su trabajo sobre Hot sur de Laura Restrepo, Clemencia Ardila-Jaramillo se ha centrado oportunamente en el papel de las inmigrantes latinas en EEUU, a partir de una doble mirada, llena de estereotipos, que enfrenta el mundo racional y ordenado del norte, frente a los desórdenes y las amenazas procedentes del sur.
En su análisis desde el norte, toma como punto de mira la figura de Ian Rose, un ingeniero hidráulico que vive varios años en Colombia, junto a su familia, atemorizado por la violencia y la inseguridad del país.
Para él «lo latino» tiene que ver con la violencia, el exceso, la inseguridad, con las hordas que se multiplican al llegar a la frontera norteamericana.
El personaje siente que la civilización está siendo vencida por la entrada imparable de inmigrantes que solo traen consigo una violencia exacerbada y la inclinación natural hacia todo tipo de patologías y perversiones.
Para contrarrestar esta mirada corrosiva y maniquea, Restrepo incorpora al hijo de Ian, Cleve Rose, un escritor y profesor de escritura, quien se va a enamorar de María Paz en uno de los talleres que imparte para reclusas en la cárcel de Manninpox.
El contraste con el norte se produce en torno a este personaje, que entra ilegalmente en los EEUU junto a su madre Bolivia y cuya vida va a estar marcada por la mala fortuna y por las situaciones más violentas y escabrosas.
Casada con un expolicía corrupto, María Paz se enreda en amores con su cuñado Sleepy Joe, un psicópata con tintes mesiánicos, obsesionado con las sectas religiosas y con la idea de llevar la justicia religiosa a todos los rincones del país, lo que lo convierte en un asesino en serie.
Este contraste entre los diferentes personajes permite a Laura Restrepo reflexionar sobre la desprotección que viven los inmigrantes, especialmente las mujeres, cuando cruzan la frontera y el desamparo en el que tienen que construir sus vidas.
Aprovecha, como apunta Clemencia Ardila, para desmontar tópicos y estereotipos sobre las costumbres y la idiosincrasia de unos pueblos frente a otros.
Por su parte, Pablo Sánchez ha trabajado una novela extraordinaria, como es Norte, del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán.
A partir de referentes teóricos que tienen que ver con las «problemáticas transnacionales», las «nuevas condiciones de territorialización» o la «pluralidad de identidades migrantes», analiza las tres historias que focalizan la trama argumental de Norte, a partir de experiencias radicales de soledad y aislamiento por parte de inmigrantes latinoamericanos en EEUU que conforman un cuadro variopinto de personajes que son legales e ilegales, letrados o analfabetos, integrados o sociópatas.
A través de las historias de Jesús, psicópata y asesino en serie que actúa en la frontera mexicano-norteamericana, Martín Ramírez, el artista esquizofrénico que pasa parte de su vida en un sanatorio mental donde desarrolla sus portentosas cualidades para la pintura, y Michelle, exestudiante de doctorado en una universidad norteamericana, Pablo Sánchez reflexiona sobre elementos claves en este tipo de novelas como son la transculturación, el problema de la identidad, las trampas del sueño americano o la vigencia de la cultura latinoamericana.
Sirviéndose del marco teórico propuesto por Kanellos, Sánchez plantea el sueño incompleto, por parte de algunos personajes, de regresar a su patria, la escasa motivación nacionalista visible en los protagonistas, la importancia que cobra la familia para la identidad latinoamericana, aunque sea desde ángulos claramente patológicos, y la imposibilidad de alcanzar grados considerables de transculturación de una manera pacífica y armónica.
Partiendo de las teorías de Gloria Anzaldúa sobre el tercer espacio de la frontera (thirdspace) y la idea de que la frontera mexicano-norteamericana es «una herida abierta», Markéta Riebová analiza una novela clave sobre la vida en la megalópolis de Los Ángeles a partir de los años 60, como es Their Dogs Came with Them, de la escritora chicana Helena María Viramontes.
En ella se plantea la modernización de la ciudad a través de la construcción de grandes autovías que tienen que conectar los diferentes enclaves angelinos, destruyendo a su paso barrios enteros y arrasando con formas de vida tradicionales, que quedan convertidas en escombros bajo el trabajo implacable de las máquinas excavadoras.
Viramontes plantea entonces las nuevas formas de frontera a partir del trazado de las autopistas, dejando a su paso un reguero de destrucción, escombros y polvo, allí donde antes vivían y jugaban los protagonistas de la novela.
A través de las pandillas de jóvenes latinos, como los McBride Boys, que guardan celosamente la vida de los barrios, Viramontes reflexiona sobre la «modernización» del Eastside de Los Ángeles, lugar que alberga la segunda concentración de mexicanos más grande del mundo, después de México DF.
La cancelación de un mundo tradicional por otro moderno y asfáltico, en consonancia con los nuevos tiempos, plantea entre líneas una interpretación mítica, felizmente desarrollada por la profesora Riebová, en donde los perros callejeros del presente, que dan título a la novela, conectarían, como una moderna epifanía, con los canes depredadores que trajeron los conquistadores al Nuevo Mundo.
La presencia del género policial y la novela negra en el ámbito chicano ha sido estudiada por Juan Ignacio Guijarro en su artículo sobre Ask a Policeman, del novelista chicano Rolando Hinojosa.
El mundo de la droga ofrece en esta novela una mirada nueva y original, desde la visión chicana, como una intersección de la narrativa hispanoamericana y la anglófona.
Galardonada con el Premio Casa de las Américas en 1976, el premio supuso el reconocimiento literario de la minoría chicana y el comienzo de una carrera literaria verdaderamente sólida que llega hasta nuestros días.
Con Ask a Policeman, Hinojosa inició su colosal proyecto literario Klail City Death Trip Series, al que pertenecen todas las novelas que ha publicado el autor y que tratan de recrear y analizar el devenir histórico de la comunidad chicana en el Valle del Río Grande, en la frontera colindante con México.
El profesor Guijarro analiza la originalidad de su protagonista, el policía Rafe Buenrostro, que cancela la imagen arquetípica del chicano al margen de la ley para convertirse en representante ejemplar de esta.
Creador de un mundo mítico, el condado de Belken, en la mejor tradición faulkneriana, Rolando Hinojosa muestra su virtuosismo técnico articulando tramas encadenadas, que van de una novela a otra para dejar al descubierto la realidad más sórdida de la frontera controlada por los narcotraficantes.
Finalmente, el dossier se cierra con mi trabajo sobre La Mara de Rafael Ramírez Heredia, donde estudio la corrupción, el narcotráfico, la violencia de las bandas juveniles -especialmente la Mara Salvatrucha 13-en una nueva frontera, localizada en torno al río Suchiate, entre Guatemala y México.
Con un lenguaje portentoso y una afiladísima riqueza técnica, Ramírez Heredia recrea el viaje a lomos de un tren de mercancías, conocido como «la Bestia», que miles de inmigrantes toman para cruzar el territorio mexicano y llegar a la frontera norteamericana, en medio de la barbarie salvaje de las maras, la violencia exacerbada de los narcotraficantes y la propia crueldad e insolidaridad de los indocumentados, que convierten el viaje en una experiencia abisal, destinada a mostrarnos las entrañas del mismísimo infierno. |
Un malagueño poco conocido
Diversos historiadores que se han ocupado de la armada de 1542 hacia las Islas de Poniente (actuales islas Filipinas) señalan la reducida información que se tiene en torno a la figura de Villalobos, comandante de la misma.
Así, Eduardo Anguita Galán y José Moreno Gómez, en una obra que comprendía una serie de retratos biográficos sobre malagueños partícipes en la historia de América durante los siglos del XVI al XVIII, al abordar la persona de Ruy López de Villalobos advierten que no se dispone de fuentes directas sobre su biografía y que los escasos datos proceden de las referencias obtenidas de las «tres relaciones del viaje» conservadas.
1 Misma conclusión a la que llega la historiadora Santos Arrebola.
2 Por otro lado, en un estudio preliminar sobre la Relación de García de Escalante Alvarado, miembro de la expedición de Villalobos, el historiador Carlos Martínez Shaw mantiene la idea de la exigua información sobre nuestro personaje, aunque añade algunos esbozos más: su llegada a México en 1535, su nombramiento como alguacil mayor de la ciudad y sus nupcias con Juana de Ircio.
Por último, el mismo Martínez Shaw le atribuye cierto parentesco con el virrey Mendoza, su designación como jefe de la expedición de 1542 y su fallecimiento en la isla de Amboina (islas Molucas) cuatro años después.
El linaje de los Villalobos de Málaga
Durante una de las fases de la guerra de Granada contra el reino nazarí (1482-1492), los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, conquistaron tras un prolongado asedio la ciudad de Málaga a los musulmanes en 1487.
Inmediatamente se inició el proceso de repartimiento de solares, tierras y casas para los repobladores cristianos.
Entre los nuevos habitantes figuró Juan de Villalobos, quien obtendría su vecindad en 1489, además de la consiguiente distribución de bienes inmuebles.
4 De esta manera y según los libros de repartimientos de la ciudad de Málaga, Villalobos recibió varias propiedades: unas casas en la calle de las Guardas (hoy calle Compañía), otro inmueble en calle de los Carpinteros, el cual había pertenecido en un principio al mercader florentino Lorenzo de Rebeca, un solar ubicado a las afueras del recinto amurallado de Málaga, concretamente en el arrabal que daba a la denominada «Puerta de Granada» y por último dos molinos en la zona de Laolín (alquería musulmana), topónimo referido al actual municipio malagueño de Alhaurín de la Torre.
Con anterioridad a su establecimiento en Málaga Juan había residido en la villa extremeña de San Martín de Trebejo o Trevejo, localidad donde había sido alcaide.
5 Asimismo tuvo la posesión de la dehesa de «Azagala»; 6 ubicada en la provincia extremeña de Badajoz y cercana a la Sierra de los Castaños.
De su origen familiar tan solo se conoce lo mencionado por uno de sus hijos en una declaración realizada en la ciudad de México: «hijo de Villalobos, natural que fue de la Casa de Villalobos de León».
7 Por otro lado, en el mismo año de 1489 Juan de Villalobos fue designado como mayordomo del concejo de la ciudad de Málaga, 8 puesto que ejerció hasta 1491.
9 A partir de aquí, el que sería padre de Ruy López de Villalobos inició su ascenso socio-político dentro de la oligarquía malacitana al desempeñar diversos cargos administrativos.
11 En 1507 fue nombrado receptor de los bienes de los moriscos del Reino de Granada que se iban «allende», es decir, al norte de África.
12 Dos años después (1509) y tras la toma por la armada de Pedro Navarro del enclave norteafricano del Peñón de Vélez de la Gomera a los musulmanes en 1508 se le concedió la alcaidía de esta fortaleza, elección debida quizás a su experiencia en este tipo de cargo cuando tiempo atrás había sido alcaide de Trevejo.
En la recta final de su vida, y hallándose probablemente enfermo, renunció en 1511 a su regiduría en el concejo malagueño a favor de su hijo mayor Francisco.
7 Relación de conquistadores de Nueva España, Declaración de Antonio de Luna, Archivo General de Indias (AGI), México, 1064, L.1, 128v.
10 indispuesto para desempeñar sus ocupaciones,14 meses después ya había fallecido.
15 Juan de Villalobos estuvo casado en dos ocasiones.
La primera de ellas lo había hecho con doña Constanza de Rivadeneira, tal vez con anterioridad a su establecimiento en Málaga, con la que tenía dos hijos: Francisco y Diego de Villalobos; trasladándose seguramente con ellos a Málaga en 1489, pues el nombre de Constanza aparece junto al de Juan en los repartimientos malagueños.
16 De los hijos habidos en este primer matrimonio, Diego de Villalobos aparece en algunas escrituras protocolarias de Málaga junto a su hermano Francisco y con el título de licenciado.
17 Por su parte, Francisco de Villalobos sucedió a su padre en los cargos de regidor de Málaga 18 y alcaide del Peñón de Vélez de la Gomera, aunque este último puesto se lo cedió a su tío, llamado también Francisco de Villalobos.
Francisco contrajo matrimonio con doña María de Góngora (enlace del que al parecer no hubo descendencia) y fallecería en 1521, siendo su mujer la heredera de sus bienes.
19 Tras el fallecimiento de su primera mujer, doña Constanza, hecho que debió ocurrir entre finales del siglo XV y principios del XVI, Juan de Villalobos contrajo segundas nupcias con la madrileña Juana de Vargas, 20 sobre cuya biografía hay escasos datos.
Por una carta fechada en la ciudad de Málaga el 27 de marzo de 1518 sabemos que había otorgado su última voluntad ante el escribano Juan López de Portillo el 19 de noviembre de 1516.
Sin embargo, y tras una consulta a las escrituras protocolares realizadas en ese año y pertenecientes a dicho escribano, esta resultó una búsqueda infructuosa al no hallarse tal documento pese a las referencias aportadas, una ausencia que podría deberse a factores de deterioro o pérdida de parte del legajo que lo contendría.
No obstante, la propia carta de 1518 menciona algunas de las cláusulas testamentarias rectificadas.
La mayoría hace referencia a temas de liquidación de deudas con particulares, mandas de misas, limosnas, donaciones, etc., pero los datos más significativos son sin duda la mención del lugar de sepultura tanto del alcaide Juan de Villalobos como de Juana de Vargas, así como la existencia de hijos del matrimonio.
21 El lugar de enterramiento se localizaba en una capilla ubicada en el monasterio de San Francisco de Málaga,22 donde pedía a sus hijos la realización de un retablo dedicado a las advocaciones de San Francisco y San Andrés, invirtiendo la cantidad de unos 15.000 maravedíes.
A ello se añadía también la fabricación de un ornamento en blanco para dicha capilla, gastándose en él hasta 7.000 maravedíes.
Pese a la mención de hijos fruto del matrimonio entre Juan de Villalobos y su segunda esposa, Juana de Vargas, en la carta de 1518 no se indica ni el número ni la identidad de estos.
Sin embargo, estas incertidumbres hallaron respuesta a raíz del hallazgo de una escritura de 1524 realizada en Málaga y otorgada por Juana de Vargas, donde sí se esclarece nombre, apellidos y número de los mismos:
Sepan quantos esta carta de poder vieren como yo doña Juana de Vargas, muger del alcaide [... roto] de Villalobos, mi señor que aya gloria, vezina que soy en esta muy noble y leal çibdad de Málaga [... roto] y en nombre de Rodrigo e Antonio de Villalobos y Bernardino de Vargas, mis hijos y del dicho alcaide Juan de Villalobos, my señor y como su madre legítima...
23 Este testimonio nos revela por tanto el número de hijos y sus nombres: Rodrigo de Villalobos (Ruy López de Villalobos), Antonio de Villalobos (en América adoptó la identidad de Antonio de Luna) y por último el menor de los tres, Bernardino de Vargas.24
Alcaides del Peñón de Vélez de la Gomera (1508-1520) En julio de 1508 el conde de Oliveto, Pedro Navarro, tomó a los musulmanes norteafricanos la fortaleza y enclave costero del Peñón de Vélez de la Gomera, dejando allí una pequeña guarnición con un capitán.
El presidio estuvo bajo el mandado de Navarro hasta la llegada, en abril de 1509, del nuevo alcaide del lugar, Juan de Villalobos, quien se ocuparía del abastecimiento del enclave, por cuyo oficio sería remunerado con un salario anual estimado en unos 80.000 maravedíes.
25 Juan de Villalobos mantendría la titularidad de la alcaldía de Vélez de la Gomera hasta poco antes del año de su fallecimiento en 1512, renunciando probablemente el cargo en su hijo Francisco de Villalobos, sin embargo este último lo acabaría cediendo a su tío de igual nombre, Francisco de Villalobos, verdadero protagonista de la caída del enclave norteafricano a manos de los musulmanes de la zona.
Sobre la pérdida del presidio hispano no existe un consenso unánime entre los autores que han tratado tal hecho histórico, difiriendo las fechas, los protagonistas y las versiones.
Por ello se ha optado por la reconstrucción del mismo a través de la comparación de tres narraciones del siglo XVI que narran este suceso: Descripción general del África y de las cosas peregrinas que allí hay, de Juan León el Africano (Venecia, 1550); 26 Comentarios de la fundación y conquistas y toma del Peñón, de Baltasar de Collazos (Valencia, 1566); 27 y por último, Descripción general de África, sus guerras y vicisitudes desde la fundación del mahometismo hasta el año 1571, de Luis del Mármol Carvajal (Granada, 1573).
28 De esta consulta hemos extraído un cuadro comparativo sobre los sucesos acaecidos en Vélez de la Gomera desde 1508 hasta su pérdida (cuadro 1).
Apoyándonos en la documentación, la versión de Baltasar de Collazos es la más completa y la más próxima a la verdad, equivocándose únicamente en la fecha, pues la pérdida del Peñón no fue en 1516 sino en 1520, como sí lo apunta acertadamente León el Africano en su obra.
Primeramente contamos con la referencia al fallecimiento del alcaide Juan de Villalobos en Málaga en 1512.
29 Luego constatamos la existencia de un hermano del alcaide con el nombre de Francisco de Villalobos a raíz de una carta de obligación de doña Juana de Vargas de 1512, segunda esposa de Juan: «que Francisco Suñer, mercader, debe al dicho alcaide Juan de Villalobos, mi señor, de los dineros que Francisco de Villalobos, hermano del dicho alcaide...».
NUEVOS DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE RUY LÓPEZ DE VILLALOBOS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 575-596 Traición de dos moros que contrataban con el alcaide, ofrecimiento de una esclava negra que sabía de la alquimia del oro, pero resulta ser un negro disfrazado, y dan muerte al alcaide y a su mujer.
Traición de dos moros alquimistas de Fez que, en asociación con un soldado de la guarnición que estaba molesto con el alcaide por sospechas de andar con su mujer, matan al alcaide y se apoderan de la torre.
Sabida la noticia desde Gibraltar sale don Juan de Velasco para recuperar la plaza, también se envía un socorro desde Málaga.
Ambos socorros no pueden hacer nada y terminan regresando.
Así como su designación como capitán y alcaide del Peñón de Vélez de la Gomera en documentos malacitanos de 1514 y 1519: «Sepan quantos esta carta vieren como yo Francisco de Villalobos, alcaide e capitán del Peñón de sobre veles de la Gomera otorgo e conosco...».
31 Por otro lado, algunos autores han unido en una misma persona al Francisco de Villalobos, hijo de Juan, con el hermano de este al llevar ambos el mismo antropónimo.
32 Pero si hacemos un ejercicio de cotejo de sus firmas, se observa que se trata de dos personas distintas, estableciéndose por lo tanto la contemporaneidad de dos Francisco de Villalobos, tío y sobrino.
De esta manera, y tomando dos puntos de comparación, se aprecian las siguientes diferencias caligráficas:
1.-Forma de escribir el nombre.
2.-Motivos gráficos donde encajan los nombres.
Izquierda: Firma de Francisco de Villalobos, hijo de Juan y regidor de Málaga.
Derecha: Rúbrica de Francisco de Villalobos, alcaide del Peñón y hermano de Juan.
Fuentes: AHPM, Protocolos Notariales de Málaga, 75, Málaga, 17 de junio y 6 de agosto de 1514, respectivamente.
En cuanto a la versión de la traición que dio lugar a la muerte del alcaide Francisco de Villalobos y la pérdida del presidio de Vélez de la Gomera, la narrada en la obra de Baltasar de Collazos en cierta manera está corroborada documentalmente por una carta que Pedro de Castañeda envía al duque de Medina Sidonia en torno a 1520:
Que el Peñón de Vélez lo tomaron los moros a los cristianos desta manera, que le truxeron tres o quatro moros a vender al alcayde una esclava y ya vendida le rogaron que los toviese allí tres o quatro días hasta que los que venían en pos dellos por el esclava que 31 Carta de venta de un esclavo negro del alcaide Francisco de Villalobos a favor de Juan Romero, vecino de Málaga, Málaga, 6 de agosto de 1514, AHPM, Protocolos Notariales de Málaga, 75.
Carta de poder de Francisco de Villalobos a favor de Gastón de Caizedo, Málaga, 12 de julio de 1519, AHPM, Protocolos Notariales de Málaga, 76.
32 trayan hurtada perdiesen el trato y teniéndolos desta manera aguardaron a que estaba el alcayde solo en la torre y la gente abaxo e allí lo mataron e se alçaron con la torre.
33 Por último, encontramos dentro de las actas capitulares del concejo malagueño, ubicadas en su Archivo Municipal, el envío desde el puerto de Málaga de un socorro de bastimentos y hombres al Peñón de Vélez de la Gomera tras conocerse su caída en manos musulmanas, 34 tal y como recogía Collazos en sus Comentarios.
Hermanos de padre y madre: Antonio de Villalobos y Bernardino de Vargas
En apartados anteriores se ha hablado de Francisco y Diego de Villalobos, hermanastros de Ruy López de Villalobos.
Es, por tanto, el momento de centrarnos ahora en sus hermanos Antonio y Bernardino.
Antonio de Luna o de Villalobos reconocía en México por declaración propia, su filiación como hijo de Villalobos (sin indicar el nombre) y doña Juana de Vargas.
Este hermano de Ruy López de Villalobos había participado, según él, en la conquista de las regiones de Santa Marta y Cartagena.
35 No obstante, no hay una indicación clara en la documentación, ya que la única referencia posible y con ciertas reservas sería relacionarlo con un tal Villalobos, personaje que figuró como capitán de infantería en la hueste comandada por el gobernador de Santa Marta, García de Lerma, en 1528.
36 Posteriormente, Antonio dirigió sus pasos hacia Nueva España, viaje que ocurrió entre 1534 o 1535, afincándose en la ciudad de México, donde finalmente contraería matrimonio con la criolla Isabel de Caicedo, hija de Antón de Caicedo y doña María Montes de Oca.
El suegro de Antonio era un antiguo conquistador llegado en la expedición de Pánfilo de Narváez de 1520 y por cuyos servicios en la conquista de México fue recompensado con las encomiendas de Teguaçin, Teguadín, Periván, Cuecoromaçón y Testitlitán.
Sin embargo, explicaba Antonio de Luna que al tiempo del fallecimiento de Caicedo su hija no heredó las encomiendas, pues aun no había llegado a Nueva España la merced real que instituía la posibilidad de la sucesión de las hijas en las encomiendas de sus padres.
Esta tardanza de la normativa le llevaba por tanto a una situación de precariedad, no quedándole otra cosa más que la súplica a las autoridades coloniales de algún tipo de remuneración para su manutención.
37 Asimismo, el retraso de la aplicación de la nueva ley de sucesión en torno a las encomiendas condicionó a que doña María Montes de Oca, viuda de Caicedo, fuese la benefactora de las suyas.
Motivo que llevó a don Antonio de Luna a suscitar varios pleitos con la viuda, quien además era su suegra, con la firme intención de recibir las encomiendas correspondientes por el matrimonio con su hija Isabel.
38 Tras numerosos juicios, don Antonio conseguiría finalmente retener para sí las encomiendas de Tarecuato y Perivan.
La descendencia habida de su matrimonio con Isabel de Caicedo fue de al menos dos hijos: Rodrigo de Luna, quien sucedería a don Antonio en la encomienda de Tarecuato, 39 y doña Mariana de Luna, que casaría en dos ocasiones, la primera de ellas con el cronista y descendiente de conquistadores Baltasar de Obregón.
Don Antonio de Luna amplió sus miras económicas y enriquecimientos, apostando por la extracción de perlas en la zona de California.
Así, en torno a la segunda mitad del siglo XVI (1563) preparó una expedición hacia la riqueza perlífera californiana.
Mención del viaje hizo el cronista Baltasar de Obregón en su crónica escrita en México hacia 1584 y conservada en el Archivo General de Indias (ya que se halló en él), pues ningún otro documento lo refiere: fui el primer descubridor de minas en esta provincia [Chiametla] quando vine del viaje que ise a la ysla Cardena de la Carnifería [sic Califonia] en compañía de don Antonio de Luna mi suegro, antes que se poblase, viniendo juntos [...] de algunas cossas delas que hago rrelaçión a vuestra magestad soy testigo de vista espeçialmente delas costas desde Acapulco hasta el rrío del Tizón California ala qual fui a servir a vuestra magestad en compañía de don Antonio de Luna mi suegro que fue a sacar perlas en la dicha ysla en la qual sacó en tres días mucha cantidad de ostras con los buzos naturales de la isla [...] y si ffuera el dicho don Antonio a tiempo y sazón y perseverara en el viaje no se duda sino que sacara cantidad de perlas gruesas.
Tiempo después, don Antonio casaría a su hija Mariana de Luna con Baltasar de Obregón, hecho ya reseñado en la propia obra de Obregón y confirmado por la documentación concerniente a una información realizada por este en la ciudad de México hacia 1584.
Entre los testigos presentados figuró el caballero de la Orden de Santiago don Luis de Castilla, quien enumeró los antecedentes familiares de ambos cónyuges: dixo que conoce a los dichos Baltasar de Obregón y conoce a la dicha doña Mariana de Luna su muger, hija ligítima de don Antonio de Luna y conoçió a Baltasar de Obregón su padre y a la dicha doña Beatriz de Çayas su madre y conoció al dicho Rodrigo de Vaeça y a la dicha Mari López de Obregón sus abuelos, y conoció assimismo al dicho Antón de Caicedo aguelo de la dicha doña Mariana de Luna y conoció assimismo a la dicha doña María Montes de Oca muger que fue del dicho Antón de Caicedo aguela de la dicha doña Mariana de Luna.
41 Este enlace Obregón-Luna no trajo consigo descendencia alguna, tal vez por la muerte prematura de Baltasar de Obregón, pues doña Mariana de Luna volvió a casar con don Cristóbal de Cárcamo, hijo del oidor don Bernabé de Cárcamo y su mujer doña Catalina de Gálvez.
De su segundo esposo, doña Mariana dio a luz un hijo, Francisco de Cárcamo y Luna.
42 La última aparición de don Antonio de Luna en la documentación procede de 1582, cuando participó como testigo en la probanza realizada por su sobrino Ruy López de Villalobos «el mozo» 43, expresando su parentesco: «e queste testigo es tío del dicho Ruy López de Villalobos, hermano de su padre».
44 En cuanto a la fecha de su fallecimiento, esta debió de ocurrir a finales del siglo XVI, pues hacia 1600 su hijo Rodrigo de Luna ya era el titular de las encomiendas paternas.
El menor de los hermanos de Ruy López de Villalobos, Bernardino de Vargas, viajó con este a México en 1535; acompañándole posteriormente en su expedición a las Islas de Poniente en 1542,45 donde hallaría la muerte en la isla de Sarragán un año después.
46 Por otro lado, cabría la hipótesis de su posible participación en la armada dirigida al Río de la Plata de don Pedro de Mendoza, pues aparece entre la documentación un Bernardino de Vargas solicitando licencia para llevar un caballo.
47 Tal referencia podría pasar por anecdótica o simple caso de homonimia, si no fuese porque en la misma armada figuró a su vez un Rodrigo de Villalobos, que había sido nombrado tesorero 48 de la región rioplatense, aunque dejó este cargo antes de partir la expedición mendocina en 1535.
49 Pero a falta de información más precisa sobre la naturalidad y progenitores de estos, resulta casi imposible establecer con certeza que ambos sean los malacitanos Rodrigo de Villalobos y su hermano menor Bernardino de Vargas.
Tras este recorrido en torno a los antecedentes familiares de Ruy López de Villalobos es momento de centrarnos en su biografía particular.
Desvelada queda ya la identidad de sus padres 50 y hermanos según hemos explicado en páginas anteriores.
En cuanto a su fecha de nacimiento estamos en situación de poder establecerla en un marco temporal definido que quedaría comprendido entre los años de 1506 a 1509, extraído de la propia declaración de Villalobos en una carta de venta concerniente a unas propiedades ubicadas en Málaga: «porque soy menor de veinte e cinco años e mayor de veinte».
Dos años antes (1532) se le había entregado una Real Cédula donde se le nombraba como tesorero a la espera de expedirle la Real Provisión (Real Cédula, Segovia, 5 de septiembre de 1532, AGI, Indiferente, 422, L.15, 174v).
Asimismo se le concedía un regimiento en el Río de la Plata en la ciudad donde residiese el gobernador de la región: Concesión de regimiento, Palencia, 6 de agosto de 1534, AGI, Buenos Aires, 1, L.1, 19r; Licencia para llevar caballos, Ibidem, 19v; Licencia para llevar esclavos, Ibidem, 21r; Licencia para comerciar, Madrid, 11 de diciembre de 1534, Ibidem, 54r-54v.
49 Real Provisión concediéndole el cargo de tesorero del Río de la Plata a Gonzalo de Alvarado por renuncia de Rodrigo de Villalobos, Madrid, 20 de agosto de 1535, AGI, Buenos Aires, 1, L.1, 23v.
50 El mismo Villalobos menciona a sus progenitores en una carta de venta realizada en Málaga en 1530: «yo, Rodrigo de Villalobos, hijo del alcaide Juan de Villalobos, alcaide de Trebejo, ya difunto y de doña Juana de Vargas, su mujer, estante al presente en esta muy noble y muy leal çibdad de Málaga».
Carta de venta de Rodrigo de Villalobos, Málaga, 31 de agosto de 1530, AHPM, Protocolos Notariales de Málaga, 146.
Nada más sabemos de su estancia en Málaga, puesto que en 1535 ya se encontraba en México y con el nombre cambiado de Rodrigo de Villalobos a Ruy López de Villalobos.
Aunque como ya apuntamos en el caso de su hermano menor, Bernardino de Vargas, tal vez intentase con anterioridad su marcha hacia las Indias en la armada de don Pedro de Mendoza con destino al Río de la Plata como tesorero, cargo que dejaría antes de partir la expedición.
Si esto fuese así y ambos fueran la misma persona, cabría la hipótesis de que tras esta renunciación estuviese el nombramiento como virrey de Nueva España en 1535 de don Antonio de Mendoza, al que se le atribuye cierto parentesco con Ruy López de Villalobos, prefiriendo tal vez este último la protección de tan alto funcionario.
Esta mención de ser pariente del virrey Mendoza no está justificada en profundidad.
52 Por nuestra parte y tras indagar en la correspondencia del II conde de Tendilla, don Iñigo López de Mendoza, padre del virrey, localizamos una carta que este envía al alcaide Juan de Villalobos (padre de Ruy) dirigiéndose a él en los siguientes términos: «pariente, señor y amigo».
53 Sin embargo, dudamos si tal tratamiento es un simple protocolo de cortesía o ciertamente había alguna relación de parentesco entre ellos.
La otra posibilidad estaría en torno a la madre de Ruy, doña Juana de Vargas, emparentada con el tesorero Francisco de Vargas 54 y perteneciente al linaje madrileño del mismo apellido, puesto que una hija de este, doña Catalina de Vargas, estaba casada con el virrey don Antonio de Mendoza.
Por una información levantada por uno de sus hijos 55 sabemos que Ruy López de Villalobos viajó a Nueva España en 1535 entre la comitiva del virrey, pues varios testigos de la probanza le vieron llegar con él.
56 Una vez instalado en México, el malagueño Villalobos casó con doña Juana de 52 El cronista Bernal Díaz del Castillo recoge esta relación entre el virrey y Ruy López de Villalobos con motivo del apresto de la armada hacia las Islas de Poniente: «Mendoza mandó que tomasen ciertos navíos, los mejores y más buenos de los trece que enviaba el adelantado a descubrir la China por la banda del poniente, y envió por capitán de los navíos a un su deudo que se decía fulano de Villalobos».
55 Ruy López de Villalobos el «mozo» hijo del malagueño Ruy López de Villalobos presentó una información de méritos y servicios correspondiente a los de su abuelo materno Pedro de Ircio y de su padre Ruy López de Villalobos.
56 Declaración de Pedro de Saucedo (8v-9r), Juan Carlos de Bonilla (9r-10v), Diego Agúndez (10v-11v), Rodrigo de Barrionuevo (11v-12v., este incluso vino con Ruy López desde España) y Francisco de Valdenebro (12v-13v), Ibidem.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.08 Ircio, hija única de Pedro de Ircio 57 y de su esposa doña María de Andrada, hija esta última del conquistador Leonel de Cervantes (llegó con Pánfilo de Narváez) y de Leonor de Andrada.
58 El suegro de Villalobos era un antiguo conquistador partícipe en la campaña realizada por el extremeño Hernán Cortés para la conquista del imperio mexica (1519-1521).
Fue recompensado a tenor de sus servicios con la encomienda de Maxçalcingo, cuya titularidad poseyó hasta su fallecimiento en 1526, ya que solo tenía por heredera a su única hija, que en base a la normativa del momento en cuanto a la ley de sucesiones en las encomiendas, quedaba excluida.
Así que la encomienda de Pedro de Ircio fue objeto de distribución entre la Corona y diversos conquistadores.
59 Cuatro años después de su muerte, Martín de Ircio, su hermano, realizó una probanza póstuma que contenía los méritos y servicios del ya desaparecido Pedro de Ircio.
60 En cuanto a la averiguación de si hubo descendencia entre el malagueño Ruy López de Villalobos y doña Juana de Ircio, la primera referencia con la que contamos es la de fray Jerónimo de Santisteban acompañante de Villalobos en su expedición hacia las Islas de Poniente en 1542.
Se trata de una carta que el fraile envió al virrey de Nueva España desde Conchín el 22 de enero de 1547, relatando los acontecimientos de la armada, donde cuenta: «acuérdese vuestra señoría que prometió a Ruy López según el me dijo que sería padre de sus hijos».
61 Luego tenemos la información levantada por Ruy López de Villalobos «el mozo», reconociendo ser hijo de Ruy López de Villalobos y doña Juana de Ircio.
62 Asimismo algunos de los testigos que depusieron en la probanza afirmaron lo siguiente: Juan del Hierro dijo que vio venir desde Acapulco a México a doña Juana de Ircio embarazada, 63 y el testigo Diego de Agúndez declaró que «parió del dicho Ruy López de Villalobos su marido legítimo çiertas criaturas».
64 Por otro lado, antes de su nombramiento como capitán general y teniente de gobernador de las Islas de Poniente (futuras islas Filipinas), 57 Thomas, 2001, 98.
59 Información de los méritos y servicios de Pedro de Ircio y Ruy López de Villalobos, Declaración de Juan de Vera, AGI, Patronato, 77, N.1, R.2, 31r-32v.
NUEVOS DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE RUY LÓPEZ DE VILLALOBOS
60 Información de los méritos y servicios de Pedro de Ircio y Ruy López de Villalobos, AGI, Patronato, 77, N.1, R.2.
62 AGI, Patronato, 77, N. Finalizado el conflicto con la derrota de la coalición de las tribus chichimecas por las armas españolas, el virrey don Antonio de Mendoza reanudó los preparativos de la armada con destino a las Islas de Poniente del Mar del Sur, cumpliendo la capitulación que había concertado con su ya desaparecido socio don Pedro de Alvarado.
69 El virrey Mendoza eligió para la dirección de la armada al malagueño Ruy López de Villalobos, nombrándolo teniente de gobernador y capitán general de los territorios colonizados, además de insistirle en el hallazgo del tornaviaje, es decir, la ruta de regreso desde las Islas de Poniente a México.
Sin embargo, no es nuestra intención contar los detalles de la expedición, pues existe una abundante bibliografía que se ha ocupado de ella en diversos aspectos diplomáticos, evangélicos, históricos y geográficos, 70 además, nuestro principal objetivo es profundizar en la persona de Villalobos, más desconocido para la historiografía.
No obstante, nos interesa el dato relativo a la propiedad de uno de los navíos que componían la armada, pues era del propio Villalobos, en cuya construcción había gastado la casi totalidad de su hacienda y la de su mujer.
Varios testigos certificaron la construcción del navío, don Antonio de Luna, Juan de Castilla, Juan de Padilla, fray Sebastián de Trasierra y fray Lorenzo de Herrera, estos tres últimos acompañaron a Villalobos en su expedición.
71 El navío era el llamado «San Juan», como señala fray Sebastián de Trasierra.
Embarcación con la que se hicieron los dos intentos de búsqueda del tornaviaje desde las Filipinas hacia Nueva España, ambos infructuosos ante el regreso de la nave al punto de partida.
El primero corrió a cargo del capitán Bernardo de la Torre (1543) y el segundo lo dirigió el vizcaíno Iñigo Ortiz de Retes (1545).
Ruy López de Villalobos terminaría enfermando en la isla de Ambón o Amboina (cerca de las Molucas), donde fallecería en 1546 siendo enterrado en un poblado.
Sobre la muerte de Villalobos el fraile y testigo fray Sebastián de Trasierra dice:
Fueron a inbernar a una ysla nombrada Ambón, donde estando en ella vio este testigo como el dicho capitán cayó malo y a lo que este testigo entendió fue la enfermedad de la pena que reçibió de no aver podido efetuar lo que su magestad deseava que era ganar aquellas islas y hazer aquel descubrimiento e luego murió e antes que muriese este testigo le comulgó y estava tan pobre como lo vieron después que vieron su testamento porque rrogava y encargava a este testigo y a los demás rreligioso que avían ydo con él que por amor de dios le dixesen algunas misas no embargante que no dexava con que pagar la limosna dellas.
72 De los hijos del malagueño Villalobos solo nos queda memoria de uno de ellos, Ruy López de Villalobos «el mozo», protagonista de la probanza sobre los méritos y servicios de su padre y su abuelo materno (Pedro de Ircio).
El fin de esta información no era otro que la obtención de alguna remuneración ya fuese en encomiendas, rentas o cargos públicos por parte del solicitante.
Así pues, pedía la suma de 2.000 pesos de renta, bien procedentes de la Caja Real, de encomiendas o el oficio de alguacil mayor, además de que dicha merced le fuese concedida también por la vida de una hija.
73 Ruy López de Villalobos «el mozo» realizó varios viajes desde México a España.
El primero de ellos fue en 1573 y había embarcado en la flota comandada por el capitán general Juan de Alcega en su ruta desde Nueva España a la Península.
El asunto del viaje era: «entender en çiertos negoçios tocantes a mi hazienda», 74 actividades que seguramente tendrían relación con la presentación en el Consejo de Indias de la probanza de méritos de su padre y abuelo con la esperanza de ser remunerado.
Esta primera estancia en España se dilató por tiempo de cinco años, pues el 2 de mayo de 1578 el joven Ruy se hallaba en la ciudad de Sevilla a la espera de conseguir su licencia para volver a México, trámite que exigía la presencia del escribano de la Casa de la Contratación sevillana, que en su caso era Álvaro de Salinas, y la comparecencia de tres testigos que asegurasen que se trataba del mismo Ruy López que había venido de México a España.
Estos fueron el artillero y sevillano Iñigo de Espinosa, compañero de viaje en la flota de Alcega; el labrador y vecino de la población mexicana de Atisco Antonio Roldán, quien describió a Villalobos así: «es un hombre de treynta e cinco años mediano de cuerpo, moreno, delgado y tiene una señal grande de herida en la cabeça a la parte derecha»; y por último el clérigo Diego de León, quien conocía al joven Villalobos desde hacía catorce años, cuando residió en México.
75 El segundo viaje tuvo lugar en 1585, contando en esta ocasión con el permiso de don Pedro Moya de Contreras, arzobispo de México.
76 Esta segunda estancia en España duró hasta 1589, aunque el rey le había otorgado tres años antes licencia para volver a México, concretamente el 26 de junio de 1586.
77 Sin conocer las causas exactas, la partida de Ruy López de 73 Las cédulas y cartas relativas a la concesión de las mercedes solicitadas por Ruy López de Villalobos «el mozo» se encuentran al final de la información de méritos y servicios que presentó de su abuelo y padre y contenidas en AGI, Patronato, 77, N. Villalobos «el mozo» se demoró hasta 1589, de ahí que volviera a solicitar pasaje.
Finalmente partiría a su destino junto con dos criados y la cédula que le otorgaba la merced de 2.000 pesos por los servicios de sus antepasados.
78 Los últimos datos de la vida del hijo del malagueño se resumen a su casamiento y descendencia, aspectos que dilucidamos de la obra de María Concepción Amerlinck de Corsi y Manuel Ramos Medina: «El patrono era cesionario de doña Juana y doña María de Yrcio, hijas y herederas de Ruy López de Villalobos -nieto del conquistador y capitán don Pedro de Yncio [o Yrcio]-».
Las nuevas referencias sobre la biografía de este singular malagueño amplían sin duda un mayor conocimiento del mismo.
De esta manera, Ruy López de Villalobos, hijo del segundo matrimonio del leonés Juan de Villalobos con la madrileña doña Juana de Vargas, procedía de un linaje de origen hidalgo perteneciente a la oligarquía malacitana.
Su padre ostentó algunas de las magistraturas municipales del cabildo malagueño, a las que sumó la alcaidía de la fortaleza del enclave norteafricano del Peñón de Vélez de la Gomera.
Sin embargo, fue su hermanastro Francisco de Villalobos, hijo del primer matrimonio de Juan, así como primogénito del mismo, quien sucedería al cabeza de familia en los cargos de regidor y alcaide, ya que a la muerte de Juan de Villalobos (1512), Ruy era tan solo un niño de corta edad.
El linaje de los Villalobos sufrió un duro revés al protagonizar la pérdida del puesto fronterizo del Peñón de Vélez de la Gomera, al caer este en manos musulmanas en 1520, enclave estratégico para controlar los ataques piráticos berberiscos hacia las costas del sur peninsular.
Fortaleza que no volvería a recuperarse hasta la segunda mitad del siglo XVI con la exitosa campaña del IV marqués de Villafranca, don García Álvarez de Toledo, en 1564.
Hacia 1530 y rondando la treintena, Ruy López de Villalobos se encontraba en Málaga vendiendo ciertas propiedades, tal vez para invertir el dinero en viajar a América en alguna de las expediciones que se organizaban en ese momento y buscar una oportunidad para aspirar social y 78 AGI, Indiferente, 2064, N. 137.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.08 económicamente, eligiendo el Nuevo Mundo como lugar de realización de sus sueños como hicieron y hacían muchos de sus contemporáneos.
Enrolándose quizás en un primer momento en la expedición de don Pedro de Mendoza hacia el Río de la Plata de 1535, para finalmente desechar esta y embarcarse junto con su hermano menor Bernadirno de Vargas hacia México bajo el amparo de su pariente don Antonio de Mendoza, nombrado virrey de Nueva España ese mismo año.
Como recién llegado al Nuevo Mundo, el malagueño Villalobos tenía varias alternativas para mejorar su posición socio-económica.
Una de ellas fue el enlace con hija o descendiente de conquistador; en su caso lo hizo con Juana de Ircio, hija del conquistador Pedro de Ircio, ya que esto le proporcionaría la posibilidad de acceder a encomiendas y optar a puestos en la administración colonial.
Otra opción era la participación en nuevas expediciones o hechos bélicos, donde hemos señalado su intervención como jinete durante la denominada guerra del Mixtón y su nombramiento para dirigir una expedición hacia el Pacífico.
Por último estaría la protección de alguna autoridad, en su caso por el virrey, ocupando cargos como alguacil mayor de México, teniente de gobernador y capitán general de las Islas de Poniente.
Su parentesco con el virrey, figura de gran poder en Nueva España, sin duda le allanó el camino para conseguir diversos cargos, hasta el momento decisivo de dirigir una expedición de suma importancia para la Corona española como era la colonización de las Filipinas y el hallazgo de la ruta del tornaviaje, proyecto este último que ya habían intentado otros sin demasiada suerte, caso de la «Trinidad» de la armada de Magallanes en 1521 y los dos intentos de Álvaro de Saavedra Cerón con su «Florida» en 1528 y 1529.
Sin embargo, la fortuna no estuvo de su parte y en las dos ocasiones en que Villalobos envío el «San Juan» a buscar la vía del tornaviaje a México desde el Pacífico fracasó igualmente.
La superación del reto le habría encumbrado a la fama y la consiguiente apertura de las puertas del comercio y la comunicación entre Asia y América, reto que lograría finalmente fray Andrés de Urdaneta en 1565.
A ello habría que añadir el incumplimiento de uno de los apartados de la capitulación del viaje, no tocar tierras pertenecientes al Rey de Portugal.
En efecto, Villalobos, acumulando fracasos, no tuvo otra opción que recalar en las Molucas portuguesas y, ante el panorama que se le presentaba, decidió pactar con los lusos la repatriación de sus hombres a cambio de los barcos que le quedaban con todos sus aparejos, hecho que le granjeó el descontento de la mayoría de sus oficiales.
Sin embargo, este gesto de humillación habría que interpretarlo como un acto de consideración, prefiriendo el malagueño salvar a sus hombres.
Los supervivientes llegaron a Lisboa en 1548, pero Villalobos no les acompañaría ya que halló la muerte en la isla moluqueña de Ambón dos años antes. |
Existe un creciente interés historiográfico por el importante papel de la cosmografía en el horizonte científico español del siglo XVI.
Tanto autores hispanos como procedentes del mundo anglosajón, se han ocupado de la actividad científica desarrollada en la Península Ibérica durante la edad moderna y ligada especialmente a la cosmografía, la cartografía, la navegación y los viajes de ultramar como consecuencia del descubrimiento europeo de nuevos territorios geográficos.
1 Este interés se ha visto acrecentado en las últimas décadas, como se constata por la aparición de publicaciones sobre el caso ibérico y por extensión estudios sobre la ciencia en el mundo Atlántico.
En este contexto surge este artículo con el objetivo de realizar una hipótesis de reconstrucción gráfica de dos sencillos instrumentos ideados para determinar la longitud geográfica de cuantos lugares fuese posible en las posesiones españolas de ultramar, al objeto de componer un detallado mapa de esos territorios, así como la ubicación de los mismos respecto al resto del mundo.
Este ambicioso proyecto de López de Velasco constituyó la primera observación astronómica conocida a gran escala.
Dado que el tema ya ha sido tratado desde el punto de vista histórico y epistemológico, este trabajo se centra en los aspectos formales, en su definición geométrica, teniendo en cuenta que no nos ha llegado ningún dibujo de la época que ilustrase estos instrumentos.
Parte del interés de este trabajo estriba en que las reconstrucciones realizadas no se limitan a la forma y el tamaño que se deducen de las fuentes primarias conservadas, sino que se tratan de explicar, de una manera sencilla, los fundamentos en los que se basan, sin entrar en los complejos cálculos matemáticos que los cosmógrafos debían aplicar posteriormente al resultado de las observaciones, hasta obtener las preciadas coordenadas de longitud.
Con la sola excepción de los trabajos publicados por María Portuondo, 2 en los que se incluyen unos dibujos -aunque esquemáticos-3 de los instrumentos, no hemos encontrado en la bibliografía especializada ninguna otra propuesta de reconstrucción de los mismos.
En la España del siglo XVI la necesidad de conocer la extensión del continente americano y su ubicación respecto al mundo hasta entonces conocido, hizo que la ciencia cosmográfica se plantease importantes retos tanto en sus planteamientos teóricos como, y sobre todo, en sus métodos prácticos.
Probablemente, una de las razones por la que fracasó el proyecto de representación del Nuevo Mundo fue la imposibilidad de establecer un sistema de referencia que permitiese localizar cualquier punto de la superficie terrestre mediante sus coordenadas geográficas de latitud y longitud.
4 En realidad fue la determinación de la longitud el obstáculo que impidió cubrir el globo terráqueo con una red de meridianos y paralelos que hubiesen permitido no solo cuantificar la extensión del Nuevo Mundo, sino situarlo con exactitud con relación al resto de la ecúmene conocida.
Para el pragmático Felipe II, con un interés personal por la geografía, el Nuevo Mundo había de ser descrito con precisión no solo para satisfacer su curiosidad, sino también de cara a la administración del más vasto imperio hasta entonces conocido.
5 Este magno proyecto se planteó con unas premisas que desde el punto de vista teórico lo hacían perfectamente factible: se confeccionarían mapas generales, desglosables en otros tantos particulares que, como piezas de un gran puzle, una vez encajadas en su lugar correspondiente, compondrían un detallado y exacto mapa continental.
Para lograr ese «encaje» era necesario referenciar cada mapa en un sistema de coordenadas geográficas de meridianos y paralelos.
Durante el siglo XVI, entre los cosmógrafos encargados de dirigir y organizar la vasta labor de representar gráficamente las posesiones españolas en ultramar, los más destacados fueron Alonso de Santa Cruz (c.
Ambos encontraron un obstáculo difícil de superar: la determinación de las longitudes.
Entonces la latitud se hallaba fácilmente, cualquier navegante podía localizar la estrella Polar, que se encuentra aproximadamente alineada con el eje polar de la Tierra.
Durante la noche con un simple instrumento como la ballestilla, un marino podía medir el ángulo vertical entre la estrella Polar y el horizonte, valor que prácticamente coincide con la latitud del lugar.
De día, la latitud puede determinarse mediante la altura meridiana del Sol.
7 Por tanto, el esfuerzo de estos cosmógrafos se centró en obtener un medio para poder determinar con exactitud las longitudes de cuantos más lugares fuese posible en los territorios ultramarinos, pues sin esos datos el mapa del Nuevo Mundo carecería de exactitud, dada su extensión, además del problema de ubicar la posición del continente americano en relación con el resto del mundo hasta entonces conocido.
Efectivamente, aunque con mediciones de ángulos y distancias realizadas in situ se podían obtener levantamientos planimétricos locales, al tratar de cubrir regiones del tamaño de un continente, los errores acumulados en la estimación de distancias alcanzarían valores incompatibles con la exactitud deseada.
Aunque la determinación de la longitud planteó siempre un verdadero problema, especialmente desde que el hombre se lanzó a la navegación astronómica, en el siglo XVI el asunto llegó a ser de tal importancia que la mayoría de los gobiernos con intereses coloniales ofrecieron al final de la centuria grandes recompensas a quien propusiera un método que obtuviese la longitud con una precisión de un grado aproximadamente.
Desde los primeros tiempos a que se remonta la historia de la astronomía, se ha conocido que la cuestión de determinar la diferencia de longitud entre dos puntos del globo se reduce a registrar las horas locales que 6 La importancia del papel de Santa Cruz en los intentos para determinar las longitudes como condición indispensable para la construcción de un completo mapa del Nuevo Mundo y su situación en el orbe, se trata más adelante.
Cuando los puntos que se quieren relacionar se hallan en distintos continentes, en mar abierto o a considerable distancia con relación a las dimensiones de la Tierra, es preciso auxiliarse de observaciones astronómicas.
Así lo comprendió ya Hiparco de Nicea (siglo II a.C.) hace más de dos mil años.
Este hábil geógrafo y astrónomo concibió el pensamiento de resolver el caso en cuestión midiendo la distancia de cada lugar al ecuador y a un meridiano de situación conocida, y aunque le pareció muy difícil el cálculo de esta última cantidad, juzgó con acierto que podría obtenerse por medio de observaciones simultáneas de los eclipses de Luna.
Los principios subyacentes a la determinación de distancias longitudinales observando eclipses de Luna -bien conocidos en la antigüedad-recobraron su crédito tras publicarse, en el siglo XV, la Geografía de Ptolomeo.9 Verdaderamente este método era muy ingenioso, pero en aquella época de difícil aplicación práctica.10 En Europa, durante los siglos XIII, XIV y XV los marineros disponían de portulanos que recogían la delineación de todas las costas del Mediterráneo y parte de las del Atlántico Norte, con una más que aceptable exactitud en cuanto a la forma.11 Estos mapas incorporaban una escala lineal y un entramado de rectas de los vientos o rumbos (multitud de haces radiales de líneas rectas entrecruzadas), con el cual un piloto podía calcular su rumbo de puerto a puerto.
En cambio, no tenían red de latitud y longitud, por lo que carecían de proyección.12 Para el Mediterráneo, con su corta distancia relativa norte-sur, eso no importaba mucho, puesto que la convergencia de los meridianos hacia los 15 grados de las latitudes medias era demasiado insignificante como para ocasionar una distorsión seria.
Durante el tiempo en que la navegación se limitó a los mares interiores, sin perder de vista la costa y navegando de cabo a cabo, el problema de la situación por coordenadas era prácticamente inexistente.
A finales del siglo XV, cuando los marinos llevados quizás por la necesidad, perdieron el miedo que les infundía el Mare tenebrosum y comenzaron a navegar los océanos; se hizo necesario determinar la latitud, más o menos exacta.
Esta se podía obtener, bien por la observación de la estrella Polar o del Sol a mediodía a su paso por el meridiano.
No ocurría así con la longitud, que los pilotos españoles conocían como «altura del leste-oeste».
Durante ese tiempo se navegaba por estima y latitud; esta se obtenía de la observación astronómica, pero la longitud se calculaba haciendo una estimación en función de la distancia navegada desde la salida, para lo cual se empleaban correderas de barquilla (cuerda anudada) y ampolleta (reloj de arena).
13 La determinación precisa de la longitud en el mar continuó siendo imposible hasta dos siglos y medio después de que el papa Alejandro VI la convirtiera en «una cuestión vital», al decretar un meridiano como la línea de demarcación entre los hemisferios español y portugués, en el Tratado de Tordesillas.
Por primera vez en la historia occidental, la medición geodésica precisa tenía implicaciones políticas.
14 El cálculo de la longitud o meridiano fue por largo tiempo un problema descorazonador, casi irresoluble.
Los cosmógrafos de la época de Colón lo consideraron resignadamente como un límite puesto por la Providencia al conocimiento humano.
Tan grave llegó a ser que los monarcas de los estados atlánticos -España, Portugal, Francia e Inglaterra-ofrecieron sustanciosas recompensas a quien descubriera un método para determinar longitudes geográficas.
En 1598, Felipe II convocó un concurso con un premio de 6.000 ducados de renta perpetua, a los cuales su hijo Felipe III añadiría 2.000 ducados de ayuda de costa.
15 Tan tentadora oferta hizo que numerosos científicos, entre ellos Galileo Galilei, presentaran propuestas.
Longitud y eclipses de Luna
La observación de un acontecimiento cósmico visto en el mismo instante desde distintos puntos de la Tierra podría servir como un evento de sincronización global para conocer la diferencia horaria entre diferentes lugares.
Un ejemplo de fenómeno simultáneo es un eclipse.
No un eclipse de Sol, que se produce a distintas horas en distintos lugares del mundo, y además solo es visible desde ámbitos muy restringidos, sino un eclipse de Luna.
En este caso el fenómeno se produce en todo el hemisferio que se oscurece, por lo que puede ser visto en áreas muy extensas.
Si dos observadores anotan sus horas locales respectivas al ocurrir el fenómeno y se restan, el resultado coincide, precisamente, con la diferencia entre las longitudes de los puntos en cuestión, equivaliendo una hora a 15 grados.
El problema es que los eclipses de Luna no se producen todos los días, ni a veces todos los años.
16 El empleo de la Luna para determinar la longitud ya fue propuesto por Juan Werner de Núremberg (1468-1528) en los comentarios a su edición de la Geografía de Ptolomeo en 1514,17 aunque ya aparecía esbozado en el Theorica planetarum de Gerardo de Cremona (c.
Tanto el procedimiento basado en el movimiento de la Luna, como el empleo de cronómetros fueron anunciados por Gemma Frisius (1508-1555) en 1530, en su De principalis astronomiae et cosmographia.
En 1536, en la Península Ibérica Pedro Núñez, cosmógrafo del rey de Portugal, ya ordenó renovar el derrotero oficial de la travesía Portugal-Molucas usando eclipses de Luna para corroborar las distancias.18 La determinación precisa de la longitud geográfica preocupaba sobremanera desde el Tratado de Tordesillas (1494), y durante el siglo XVI fue una preocupación de hombres egregios como Hernando Colón, Pedro Apiano, Alonso de Santa Cruz, Jerónimo de Girava o Juan López de Velasco.
19 Las ordenanzas del Consejo de Indias, aprobadas en 1571, que regulaban el ejercicio del cosmógrafo-cronista mayor de la institución, detallaban en su artículo 118 los métodos que había que emplear para recabar coordenadas geográficas para las descripciones (cartográficas) generales.
Para determinar la longitud se establecía utilizar la observación de eclipses, en lugar de los derroteros de rumbos y distancias que los pilotos iban registrando en sus viajes.
20 Otro método, en principio muy sencillo, y que al final resultó definitivo, consistía en el empleo de relojes.
Se trataba de poner un reloj en la hora del meridiano de referencia, y transportarlo al lugar cuya longitud se quisiese determinar.
La comparación con la hora local suministraría inmediatamente la longitud.
Efectivamente, la Tierra da una vuelta completa alrededor de su eje cada 24 horas, por lo que a cada hora corresponden 15 grados de longitud, y a cuatro minutos un grado.
Sin embargo, los avances en cronometría distaron de poder proporcionar un reloj lo suficientemente exacto hasta mediados del siglo XVIII.
Santa Cruz, López de Velasco y la Instrucción de los eclipses
Alonso de Santa Cruz (1505-1567), nombrado cosmógrafo de la Casa de la Contratación en 1536, trató de abordar durante casi todo el tiempo que sirvió a la Corona el problema de la longitud.
Consecuencia de ello, escribió en 1555 el Libro de las longitudes,21 que contenía una descripción de las doce maneras más usuales de obtener la longitud.
En su manuscrito Santa Cruz proponía la recolección simultánea de las lecturas de la posición de la Luna, realizada por observadores de todo el mundo.
A partir de esos datos, podría determinar matemáticamente dónde establecer las líneas de longitud.
Su método intuitivo pedía concretamente observaciones de un eclipse lunar, con instrucciones a profanos sobre la forma de registrar su posición en el cielo.
Santa Cruz podría predecir cuándo se producirían los eclipses porque estos y la órbita de la Luna alrededor de la Tierra eran bien conocidos por los cosmógrafos del siglo XVI.
Los eclipses serían fácilmente observables, si no perfectamente entendidos, por personas no instruidas en cosmografía.
A partir de un conjunto de observaciones de un único eclipse, Alonso de Santa Cruz podría determinar matemáticamente las longitudes y construir el deseado modelo reticular de meridianos y paralelos que envolviese la Tierra, con lo que habría encontrado, por fin, un sistema universal para posicionar cualquier punto sobre su superficie, en tierra o mar; así como un medio indiscutible para zanjar las disputas territoriales entre las potencias con intereses coloniales, especialmente los reinos de España y Portugal.
Como correctamente señaló Santa Cruz, este método no era muy útil para las necesidades continuas de los navegantes, ya que los eclipses eran fenómenos infrecuentes.
Pero además había otros inconvenientes pues, como comprendió claramente el cosmógrafo real, era esencial asegurarse de que estaba siendo cronometrada la misma fase del largo proceso del eclipse en los lugares en cuestión.
Un error de tan solo pocos minutos en la medida del tiempo acarrearía grandes errores en la longitud.
22 A pesar de estas dificultades, Santa Cruz ideó para las Indias un cuestionario que debía ser remitido a navegantes y descubridores.
Aunque dicho formulario sirvió de base para algunos de los que finalmente adoptó la Corona, 23 su proyecto no fue realizado y los numerosos mapas del mundo que dejó en su colección todavía contenían errores longitudinales.
Aparte del cuestionario para la observación de los eclipses, no existe constancia documental de que Alonso de Santa Cruz hubiese descrito algún instrumento para realizar las observaciones.
24 Cuatro años después de la muerte de Santa Cruz, sus proyectos se retomaron cuando, en 1571, Juan López de Velasco, por entonces ayudante del presidente del Consejo de Indias, don Juan de Ovando; fue nombrado con el doble cargo recién creado de cosmógrafo-cronista mayor de Indias.
25 Las obligaciones y facultades de este oficio venían a corresponder a la figura cuya creación Santa Cruz había pedido repetidas veces al monarca, sin conseguirlo entonces por la oposición de los miembros del Consejo de Indias, todos de formación jurídica, que se negaban a que existiera en el citado consejo un oficial de alta cualificación que no fuera letrado.
26 Jurista como su mentor y sin especial formación científica, López de Velasco era un burócrata consumado -persona dedicada al «oficio de papeles»-, el consejo lo consideró un hombre apropiado para el cargo pues hablaba el idioma de los entonces llamados «letrados».
Para los miembros de aquella institución, lo fundamental no era poder ubicar pueblos y lugares en función de una retícula matemática absoluta de latitud y longitud, sino en jurisdicciones políticas y eclesiásticas definidas.
27 Sin embargo, la primera parte del programa de su antecesor que López de Velasco llevó a cabo fue la Instrucción de los eclipses, un proyecto que sin duda debió su génesis al manuscrito de Santa Cruz sobre las longitudes, en el que había propuesto usar este tipo de encuesta para recoger observaciones astronómicas.
Poco después de tomar posesión como cosmógrafo-cronista, López de Velasco envió un cuestionario a las colonias españolas para recabar observaciones de eclipses lunares, 28 con la intención de acumular datos que permitiesen 24 Nos referimos a instrumentos para determinar la longitud mediante la observación de eclipses de luna, puesto que Santa Cruz -cosmógrafo, cartógrafo y fabricante de instrumentos-ideó en 1535 un aparato para calcular la longitud por distancias entre la Luna y los planetas.
Un año más tarde inventa otro aparato para calcular la longitud por las desviaciones de la brújula.
28 Juan López de Velasco, Instrucción y aduertimientos para la observación de los eclypses de la luna, y cantidades de las sombras que Su Magestad manda hacer, Madrid, 28 de mayo de 1578, BNE, Mss/3035, 40r-41.
Para ello optó, como Santa Cruz había aconsejado, la más simple de las múltiples formas de determinar la longitud: las observaciones de un eclipse de Luna.
Se veía ante la ocasión de estandarizar este tipo de observaciones y el formato empleado para su registro por todo el imperio.
29 Esta iniciativa real significó la puesta en marcha del primer plan sistemático de observación astronómica a gran escala en el mundo.
30 El proyecto fue llevado a cabo por varias decenas de cosmógrafos reales, matemáticos y otros funcionarios en todos los dominios de Felipe II, siguiendo las instrucciones dictadas por López de Velasco.
Los observadores debían registrar cuantas circunstancias rodearan el eclipse que contemplaban, como la hora de inicio, la duración, la intensidad -total o parcial-y la sombra sobre un instrumento.
31 Aunque en esta época el nivel alcanzado en la observación astronómica era elevado, López de Velasco quiso verificar las coordenadas geográficas de las poblaciones de Indias con una triple finalidad: primera dando un carácter intercontinental, ya que debería realizarse en el mayor número de poblaciones pertenecientes a Europa, América y Asia; segunda imprimiendo un perfil universalista al detallar un procedimiento que cualquier persona, aun sin preparación científica, pudiera registrar los datos astronómicos del eclipse, y tercera explicitando la uniformidad del método a realizar por todos los observadores.
32 La lentitud de la maquinaria burocrática colonial impidió la llegada de las Instrucciones a tiempo para la observación del eclipse que tuvo lugar en 1577, teniendo que esperarse al siguiente de 1581 para lo que hubo de remitirse una nueva instrucción.
33 La mayoría de los encuestados, si no todos, hicieron caso omiso al cuestionario.
Aun siendo varios los cosmógrafos de entonces que trataron el método de los eclipses para hallar la longitud, no existe precedente similar sobre 29 Portuondo, 2013, 257.
Los primeros cuestionarios llegaron a Nueva España el 28 de mayo de 1578, siendo imposible la observación del eclipse de 1577, y probablemente demasiado tarde para llegar a tiempo, en algunas jurisdicciones, al de 1578.
Ya sea por esta razón o por la falta de respuesta, se enviaron sin éxito recordatorios en 1580; decidiéndose finalmente que se realizase la observación del próximo eclipse, el 15 de julio de 1581, para lo que hubo que enviar una nueva Instrucción.
MANUEL MORATO-MORENO la descripción detallada de los instrumentos, del protocolo específico para su construcción y del registro de la observación, como el procedimiento explicitado por López de Velasco en la Instrucción de los eclipses.
34 Es bastante probable que se inspirase para redactarlas en el legado que recibió de Santa Cruz.
35 Este ya apuntaba en su Libro de las longitudes que el método planteaba algunos problemas, como por ejemplo lo complicado de determinar a ojo los momentos exactos del comienzo y el final del fenómeno.
También planteaba Santa Cruz lo difícil e impreciso de sincronizar relojes con el correspondiente meridiano de observación; por no hablar de la escasa frecuencia con que se producen los eclipses lunares y la imposibilidad de utilizar el método en el océano.
Desafortunadamente no nos ha llegado ninguna respuesta al cuestionario de los eclipses de López de Velasco, bien por haberse perdido o por no haber tenido la encuesta contestación por parte de las autoridades locales encargadas de que se llevasen a cabo las observaciones y enviar sus resultados a España.
Sin embargo, en el Archivo General de Indias se conservan dos juegos de documentos que constituyen la única documentación gráfica sobre la observación de los eclipses de Luna que ha sobrevivido del siglo XVI.
Se trata de los registros correspondientes a una observación realizada en Ciudad de México del eclipse de 1584, 36 y otra en Puerto Rico, 37 cuya fecha exacta está aun por determinar.
38 La observación del eclipse de 1584 en Ciudad de México tuvo lugar el día 17 de noviembre y se llevó a cabo por un grupo compuesto por los cosmógrafos Jaime Juan -responsable de la misión-y Francisco Domínguez, el doctor Pedro Farfán y el armero real Cristóbal Gudiel.
La observación tuvo lugar en la azotea de las casas reales, en presencia del arzobispo Pedro Moya de Contreras (virrey de Nueva España).
35 La única copia manuscrita del Libro de las longitudes, conservada en la Biblioteca Nacional, está mutilada, faltándole una página (entre la hoja 11 y la 12), precisamente la correspondiente a parte del relato donde describe la tercera de las doce maneras de calcular la longitud: por los eclipses de Sol y de la Luna.
36 Doce figuras o planos del eclipse de Luna observado en México el 17 de Noviembre de 1584, hechas por Jaime Juan, Cristóbal Gudiel, Francisco Domínguez y el doctor Farfán conforme á las instrucciones de Su Majestad, AGI, Mapas y Planos, México, 34.
37 Observación astronómica de la Luna, hecha en Puerto Rico, demostrada con círculos, AGI, Mapas y Planos, Teóricos 1 y 2.
38 Aunque en la catalogación del AGI se le atribuye como fecha probable el 2 de septiembre de 1600, María Portuondo estima, por los registros del mismo archivo, como fecha posible 1581 o 1588.
recoge el registro del eclipse, además de la memoria en latín, posee numerosas ilustraciones explicativas del procedimiento seguido para la observación, así como los resultados de la misma, con textos en español.
39 De especial interés son los ocho dibujos que se incluyen en el manuscrito por ser los únicos, junto con los de Puerto Rico, que han sobrevivido sobre el registro de un eclipse lunar para la determinación de las longitudes en el siglo XVI.
De cada uno de los cuatro participantes en la observación se incluyen dos dibujos, uno correspondiente al instrumento y trazado de la línea meridiana y el otro al uso de otro instrumento para el registro de la observación del eclipse propiamente dicha.
Los instrumentos descritos en la Instrucción de López de Velasco
El objetivo central de este estudio es establecer una hipótesis de reconstrucción gráfica de los instrumentos atribuidos a Juan López de Velasco.
Esto ya ha sido tratado por algunos autores contemporáneos, como Edwards o Portuondo, 40 aunque de una forma esquemática, en lo que respecta al dibujo de los instrumentos.
La reconstrucción que aquí se propone se ha realizado a escala, basándose en las descripciones de los instrumentos que se hace en la Instrucción, tomando las dimensiones que se deducen de la misma.
Asimismo se ha tratado de ilustrar el funcionamiento de los mismos.
La Instrucción, a pesar de no contener ninguna información gráfica que ilustre el procedimiento y los aparatos que era necesario construir al efecto, fue el instrumento documental que se utilizó para la observación simultánea de los eclipses lunares en varias ciudades españolas y americanas y, desde luego, el antecedente inmediato de la primera misión científica realizada en las posesiones españolas de ultramar, concretamente en la Ciudad de México, a la que nos hemos referido anteriormente.
Al igual que en esta, eran dos los instrumentos necesarios para realizar la observación: uno para trazar la línea meridiana, línea que corre de la equinoccial al polo (dirección norte-sur).
Un segundo instrumento situado perpendicular 39 El contenido íntegro del documento ha sido publicado en forma facsimilar, reproduciendo los dibujos y textos, junto con la transcripción paleográfica y la traducción de los textos en latín.
Además se realiza un estudio contextual del fenómeno observado en la misión científica: Rodríguez-Sala, 1998.
Portuondo, 2009 a la línea meridiana (dirección este-oeste) era el encargado de registrar la observación del eclipse.
El procedimiento que describía la Instrucción era simple: en primer lugar, en la víspera del eclipse, había que trazar la línea meridiana (nortesur) por el método de las sombras.
Este método de índole geométrico que se ejecuta in situ no es otro, sino el descrito por Pedro Roiz en su obra Libro de los Relojes Solares, 41 además fue el utilizado por la mayoría de los tratadistas del Renacimiento como Pedro Apiano, Gemma Frisius, Ginés Rocamora y Andrés García Céspedes entre otros.
42 La Instrucción de López de Velasco decía al respecto:
Sobre alguna cosa de barro duro, cal, yeso o de madera, se haga un plano ó llanura de hasta una vara en quadro a regla y nivel [...] y en el medio del con un compás, que se podrá hazer de madera (en el caso que no le aya de otra cosa) hazerse han dos círculos redondos, uno dentro del otro, desde un mismo centro [...] que para un circulo estara abierto una tercia de vara de medir de punta a punta y para el otro tercio y medio [...] pondrase hincado en el centro y punto de en medio un clavo ó estilo de hierro, o de madera, derecho, liso, y delgado de una tercia de largo justa, y levantado a nivel como se podra nivelar con un hilo delgado de que cuelgue algún pequeño peso [...] mirarse ha con atención después de salido el Sol, la parte y punto de la raya del circulo mayor por donde la sombra del estilo viniere a meterse toda en él [...] y habiendo tomado los dichos dos puntos de la entrada y salida de la sombra en cada uno de los círculos, echarase otro punto tercero en la circunferencia de cada uno de ellos, en medio de los primeros [...] y quitando el stylo de su lugar, poner ha una regla bien ajustada, desde el punto de en medio de un circulo, hasta el del otro y tirarse ha una línea larga que atraviese los círculos, y el plano que se llamará Línea Meridiana, porque yra derecha del Norte al Mediodía.
43 Una variante simplificada de este método la describe y dibuja Juan de Arfe y Villafañe con gran sencillez en su tratado De varia commensuracion para la esculptura, y architectura.
44 El procedimiento que describe Juan de Arfe es muy sencillo de realizar: basta clavar un perno o estilo aplomado en un punto (A) de una superficie plana y nivelada, situada en un lugar despejado, para evitar sombras cercanas.
Se marca sobre la misma el extremo de la sombra arrojada por el perno (B) antes del mediodía, trazando después una circunferencia de centro A y radio AB.
sombra del perno vuelva a coincidir con algún punto de la circunferencia (C), cosa que ocurrirá después del mediodía.
La mediatriz -perpendicular por el punto medio-del segmento BC es la línea meridiana o dirección norte-sur.
Para realizar la reconstrucción virtual de los instrumentos se han deducido sus dimensiones considerando que la vara castellana equivale a 83,6 cm. El primer instrumento estaría compuesto por un tablón rígido de 83,6 x 83,6 cm («una vara en quadro»), con dos circunferencias concéntricas dibujadas sobre el mismo de 55,8 y 74,4 cm de diámetro («un circulo estara abierto una tercia de vara de medir de punta a punta y para el otro tercio y medio»), y un estilo o gnomon de 27,9 cm de longitud («de una tercia de largo justa»), clavado en el centro de las circunferencias.
Como explica la Instrucción, una vez nivelado el instrumento, para lo que probablemente se aplomase el gnomon o estilo, 45 antes del mediodía había que marcar los puntos donde el extremo de la sombra del estilo intercepta a los círculos mayor y menor (figura 3, A' y A).
Por la tarde había que repetir la operación señalando donde la sombra del estilo intercepta de nuevo ambos círculos (figura 3, B y B').
La línea meridiana es la que pasa por los puntos medios (M y M') de AB y A 'B'.
Como comprobación de que el trazado era correcto había que verificar que, una vez retirado el estilo, M y M' estaban alineados con el punto donde este estuvo alojado (centro de los círculos, O en la figura 3), así como con el punto donde la sombra tuvo menor longitud.
Obsérvese que cuando el extremo de la sombra del 45 Entre las distintas versiones impresas de las instrucciones hay variantes sutiles.
Así por ejemplo, para asegurarse la perpendicularidad entre el gnomon y el tablero base, si en la primera edición (1577-1578) López de Velasco aconsejaba usar una plomada, en ediciones posteriores recomendaba verificar con el compás la equidistancia de la punta del estilo con respecto a los círculos trazados sobre el plano del instrumento (método más preciso).
Estando de acuerdo que este método del compás es más preciso para verificar la perpendicularidad entre el estilo y el plano base del instrumento, lo cierto es que esto por sí solo no garantiza la horizontalidad de dicho plano, lo que puede realizarse con una plomada situada sobre el estilo.
estilo está en los puntos A y B, la elevación del Sol es de 45 grados, puesto que el radio del círculo menor es igual a la longitud del estilo.
Los datos registrados en el instrumento debían ser trasladados a un papel o pergamino, dos líneas a tinta: una de igual longitud que la mínima sombra arrojada por el estilo (a medio día, con el Sol a 90 grados de elevación), la otra línea «con la largura del estylo desde la rayz y nacimiento del, hasta lo alto, sin lo que estuuiere metido en el plano donde estuuiere hyncado».
Finalmente había que indicar por escrito a qué correspondía cada una de estas dos líneas, así como indicar si la sombra del estilo cayó al norte o al sur, anotando la fecha completa -día, mes y año-de la observación.
En segundo lugar, López de Velasco daba instrucciones para la construcción de otro instrumento que habría de servir para registrar el eclipse lunar, midiendo la sombra de la Luna sobre el utensilio al comienzo y al término del mismo:
En un tablero que sea de largo como una vara de medir y de ancho como una tercia y quatro ó seys dedos de más; se hará un medio circulo en esta forma: pondrase el pie del compás en el medio del largo del uno de los mayores lados, un dedo u dos a MANUEL MORATO-MORENO Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 597-621.
Explicación del método para trazar la línea meridiana, basado en la Instrucción para la observación de los eclipses... de Juan López de Velasco. dentro de la orilla no más: y con el otro pie abierto de punta a punta una tercia justa [...] si la sombra cayo de la parte de septentrión el instrumento mira al sur ó Mediodía y al contrario si la sombra yva al sur el instrumento mire al norte, de manera que al lado largo de junto al estylo quede en lo alto y el otro lado largo al contrario arrimado todo sobre la línea del plano que va de Oriente a Poniente.
46 Este instrumento debía situarse en posición vertical («de canto»), perpendicular a la línea meridiana (en la dirección este-oeste), con el estilo en la parte superior.
López de Velasco indica que es necesario orientarlo según donde haya caído la sombra durante el día, en la determinación de la línea meridiana.
Si la sombra solar del estilo en el primer instrumento cayó hacia el septentrión (norte), como en la figura 3, hay que orientar este instrumento con el estilo hacia el mediodía (sur), como se muestra en la figura 5.
En caso contrario, el instrumento se situará con el lado del estilo mirando hacia el norte.
De esta forma se garantizaba que la cara del instrumento mirase a la mitad del orbe celeste donde en la tarde del eclipse estaría la Luna.
47 Tomando la vara castellana igual a 83,6 cm, las dimensiones del segundo instrumento eran 83,6 cm de largo («que sea de largo como una vara de medir») y aproximadamente 40 cm de alto («de ancho como una tercia y quatro ó seys dedos de más»).
Sobre una de las caras del instrumento se dibujaba una semicircunferencia con el centro a unos 8 cm de uno de los bordes mayores («pondrase el pie del compás en el medio del largo del uno de los mayores lados, un dedo u dos a dentro de la orilla no más»), y 27,9 cm de radio («de punta a punta una tercia justa»).
En las figuras 4 y 5 se reproduce este instrumento, una pequeña plomada sujeta al estilo sería suficiente para asegurar la verticalidad del mismo.
Explicación del procedimiento para registrar el eclipse lunar, según la Instrucción para la observación de los eclipses... de Juan López de Velasco.
Durante la observación, además de cronometrar la duración del eclipse, se debían marcar en este instrumento la sombra lunar del estilo sobre el tablón, al comienzo y al final del eclipse, así como la línea vertical indicada por la plomada.
Uno de los inconvenientes del método era determinar con exactitud cuándo comenzaba y finalizaba el fenómeno, por lo que se recomendaba la presencia de varios observadores para que estableciesen dichos momentos de manera consensuada.
48 En la versión impresa de la Instrucción de 1581, que reproduce García de Céspedes en su Hidrografía, segunda parte de su Regimiento de navegación, 49 el instrumento que se describe para el registro del eclipse lunar difiere del que acabamos de mostrar según la Instrucción Real.
En la obra de Céspedes se habla de un instrumento a dos caras, con una semicircunferencia y un estilo que en cada lado del tablero.
En esta variante del instrumento, al registrarse las dos caras, no era necesario orientarlo al norte o al sur dado que se medía la sombra lunar por ambas caras.
La organización administrativa de los dominios de Felipe II en el Nuevo Mundo, así como zanjar las disputas entre los imperios español y portugués como consecuencia de las tensiones políticas sobre la línea de demarcación; requería disponer de unas detalladas y precisas representaciones de esos territorios, así como su ubicación respecto al resto del mundo, para lo que era necesario determinar las coordenadas geográficas de latitud y longitud de cuantos más lugares mejor.
Ya desde la Antigüedad, la obtención de la de latitud se relacionó directamente con la observación del Sol durante el día o de la estrella Polar durante la noche.
El problema de la determinación de la longitud, científica y tecnológicamente más complicado, constituyó una de las mayores preocupaciones científicas durante todo el siglo XVI.
Juan López de Velasco, primer cosmógrafo-cronista mayor del Consejo de Indias, se propuso determinar las longitudes mediante encuestas, estableciendo un procedimiento fiable para calcularlas.
Entre los métodos empleados destaca el basado en la observación de los eclipses de Luna, siguiendo la estela de su antecesor, Alonso de Santa Cruz.
LA MEDICIÓN DE UN IMPERIO: RECONSTRUCCIÓN DE LOS INSTRUMENTOS de este proyecto radica, especialmente, en que su ejecución significó la puesta en marcha del primer plan sistemático de observación astronómica a escala intercontinental.
50 Sin embargo, no sería hasta bien entrado el siglo XVIII cuando se logró medir exactamente la longitud, estableciéndose un método práctico a partir de que se pudo contar con cronómetros transportables, que permitieron una medición precisa del tiempo en cualquier lugar.
51 Experiencias como las de Juan López de Velasco para resolver el problema, supusieron un valioso trabajo para la historia de la cosmografía, así como un sistema altamente científico en el horizonte cultural del siglo XVI.
Por su formación, disposición intelectual y gran volumen de trabajo, López de Velasco no se sentía llamado a realizar él mismo los complejos cálculos necesarios para determinar las coordenadas geográficas a partir de las observaciones astronómicas.
Que en la Instrucción que redactó para la observación de los eclipses no se especificase cómo calcular la latitud y longitud a partir de los datos registrados, se debe a que dichos cálculos los realizarían los cosmógrafos en España.
52 A los observadores solo se les pedía construir los instrumentos y realizar el registro del fenómeno siguiendo el protocolo especificado al detalle en la Instrucción.
No existen datos que permitan afirmar que el propio López de Velasco realizase los complejos cálculos de trigonometría esférica que permitiesen la determinación de las longitudes a partir del registro de las observaciones enviadas al consejo.
53 Uno de sus sucesores en el cargo, Andrés García de Céspedes, llegó a sugerir que López de Velasco desconocía el procedimiento, al no encontrar indicio alguno de los cálculos necesarios en las instrucciones impresas ni en los papeles personales de su antecesor.
54 Durante los ocho años que estuvo al servicio del Consejo de Indias, antes de ser nombrado a instancias de su mentor Juan de Ovando, cosmógrafo-cronista, es evidente la ausencia en sus documentos de cualquier referencia a estudios o trabajos en el campo de la cosmografía o la geografía.
Juan López de Velasco no aparece por estas fechas entre los cosmógrafos profesionales, pues adoleció de la preparación científica, y sobre todo matemática, indispensable en un auténtico cosmógrafo.
55 Aunque la historiografía suele atribuir a López de Velasco el método para el cálculo de longitudes mediante la observación de los eclipses según la Instrucción redactada por el cosmógrafo real, creemos que existen bastantes indicios para suponer que tanto el procedimiento de observación, como el diseño de los instrumentos y los cálculos tendentes a la obtención de las longitudes, no son obra suya.
Con relación a la Instrucción, algunos autores atribuyen a López de Velasco el papel de difusor y eficaz organizador.
56 Efectivamente, es sabido que era un hombre de una gran formación humanística, pero probablemente carecía de la preparación matemática suficiente para formular un procedimiento que requería de altos conocimientos astronómicos y matemáticos, 57 dado que para obtener la longitud a partir de los datos de la observación era necesario realizar complejos cálculos matemáticos trigonométricos.
Sus inclinaciones personales -y su trayectoria-fueron llevándole a sentirse más cómodo entre las palabras que entre los números.
58 El Consejo de Indias no le encargó directamente a López de Velasco la reforma de las cartas e instrumentos, sino que, aunque no de forma oficial, los primeros intentos de llevarla a cabo estuvieron dirigidos e inspirados por Juan de Herrera.
López de Velasco tan solo fue requerido para emitir ciertos informes, más para cumplir con el formalismo legal que por lo que pudiera decir en ellos.
59 Por todo ello, es bastante probable que el procedimiento de observación y los instrumentos para llevarla a cabo se deban a su antecesor Alonso de Santa Cruz, cuyos documentos -«papeles»-le fueron entregados a López de Velasco; o bien al versátil y polifacético Juan de Herrera (1530-1597), maestro mayor de obras de su majestad y Aposentador Mayor de Palacio.
El arquitecto de Felipe II fue responsable de hecho de la actividad cosmográfica de la corte desde la muerte de Santa Cruz (1567).
Las cuestiones concernientes al establecimiento y corrección de mapas náuticos y a la preparación esmerada de los instrumentos de navegación -de una importancia capital, ya que los lazos marítimos entre España y las Indias 55 Berthe, 1998, 147 y 166.
dependían en buena medida de ellos-quedaron como un dominio reservado a Juan de Herrera, quien parece haber tenido una influencia decisiva sobre ese género de actividades.
60 Herrera no solo manifestó su interés por el problema de la medición de la longitud, sino que llegó incluso a obtener licencia real para la explotación de determinados instrumentos inventados para la navegación.
El propio López de Velasco avaló en diversas ocasiones la labor de Juan de Herrera como fabricante de instrumentos astronómicos, 61 como manifiesta en un informe sobre los cometidos de Jaime Juan en la misión cartográfica a Nueva España y Filipinas, en la que debía probar unos instrumentos inventados por Herrera para calcular la longitud, basados en la desviación magnética.
En dicho informe el cosmógrafo-cronista, además de plantear la necesidad de comprobar los instrumentos de Herrera, da su respaldo al arquitecto: en el uso de ellos [los instrumentos inventados por Herrera] no se puede juzgar sin verlos y examinarlos, aunque si son los instrumentos que a hecho Joan de Herrera maestro mayor de las obras de Su Majestad, bien se pueden tener por ciertos y bien entendidos [...] 62
Resulta cuanto menos extraña la ardorosa defensa que hace López de Velasco de los instrumentos del arquitecto, sin que previamente se hubiesen examinado ni comprobado.
El Consejo de Indias expresó al propio Felipe II su disconformidad con la opinión del cosmógrafo-cronista sobre la corrección de los mismos.
Desafortunadamente, no nos han llegado pruebas sobre su utilidad y excelencia, 63 por lo que cabe suponer que no alcanzasen el éxito previsto.
64 En cualquier caso, la dirección del proyecto encomendado por Felipe II a Jaime Juan parece haber escapado al control de López de Velasco, a quien no se consultó sino por lo que toca a la forma.
61 Real Cédula a Juan de Herrera concediéndole licencia y monopolio durante los diez años siguientes para fabricar y utilizar unos instrumentos por él inventados para la navegación a Indias, El Pardo, 13 de diciembre de 1573, AGI, Indiferente, 426, L.25, 275r-276r.
62 Informe del cosmógrafo-cronista mayor de Indias Juan López de Velasco, con instrucciones sobre lo que debería hacer Jaime Juan, Madrid, 12 de febrero de 1583, Archivo General de Simancas (AGS), Guerra y Marina (Guerra Antigua), legajos 142, 147, 151, y Mar y Tierra, legajo 1682.
A dicha misión corresponde la observación del eclipse de 1584 en Ciudad de México.
Del análisis de la documentación que se conserva en el Archivo de Indias, se desprende que la observación se llevó a cabo siguiendo un procedimiento muy similar al descrito en las Instrucciones de López de Velasco, cuya primera copia impresa se emitió en 1577.
Los dibujos de 1584 revelan una gran similitud entre los instrumentos utilizados en la observación de Ciudad de México y los descritos por López de Velasco, cuya reconstrucción ha motivado este artículo.
Dado que Jaime Juan llevaba los instrumentos de Herrera para el cálculo de la longitud en el mar basados en la desviación magnética, es bastante probable que los que utilizó en Ciudad de México para la observación del eclipse de 1584 fuesen proporcionados por la misma persona, inspirador y responsable científico de la misión.
Sin restar importancia a la labor cosmográfica de Alonso de Santa Cruz, lo cierto es que su estilo giraba en torno a la vertiente descriptiva e histórica de la disciplina, Herrera en cambio optó por la rama matemática e instrumental de la cosmografía, lo que por otra parte evidencia los inicios de la separación entre la corriente descriptiva y la matemática que durante la cosmografía del Renacimiento se habían desarrollado de forma conjunta.
66 Por todo lo expuesto, creemos que hay bases para apoyar la intervención de Juan de Herrera en el diseño de los instrumentos descritos en la Instrucción de los eclipses.
Sin embargo, cabe señalar que esta tesis de la participación del arquitecto de Felipe II en la ideación de los instrumentos descritos por López de Velasco no ha sido señalada en las fuentes consultadas, con la sola excepción del trabajo citado de Vicente y Esteban, siendo generalizada la atribución de la invención al cosmógrafo real.
A pesar de los intentos de estos eminentes hombres de ciencia para la determinación exacta la longitud y el subsiguiente proyecto para completar el mapa del Nuevo Mundo, el problema de las longitudes, «límite puesto por Dios a la inteligencia humana», 67 seguiría sin resolverse hasta el siglo XVIII. |
del virreinato del Perú en la segunda mitad del siglo XVI.
Se analizan los principales aspectos materiales, humanos y económicos que impidieron que estas embarcaciones a remo tuvieran en el Pacífico una óptima utilización.
En este trabajo se analizan la construcción y utilización de galeras en el virreinato del Perú, impulsadas por la Monarquía Hispánica para la defensa de sus costas durante la segunda mitad del siglo XVI.
Dos son los objetivos fundamentales: conocer los principales aspectos técnicos de las primeras galeras que se realizaron en América, y analizar su funcionalidad militar a partir de los recursos materiales, humanos y económicos que se requieren para una óptima navegación de estas embarcaciones a remo.
Los primeros planteamientos para incorporar a las galeras como elemento de la estrategia naval en Indias, los podemos situar a partir de mediados del siglo XVI, cuando comenzó a ser frecuente en aquellas costas la presencia de enemigos de la Corona, dando lugar a un aumento en los ataques y saqueos de las poblaciones costeras, que se convierten en enclaves muy inseguros y peligrosos.
Un ejemplo claro de esta situación se refleja en un memorial realizado en 1560 por Antonio Barbudo, marino y vecino de Santo Domingo, donde además expone las graves consecuencias económicas y de despoblamiento de esos enclaves.
1 En ese documento también encontramos el que podemos considerar primer antecedente conocido sobre la conveniencia de utilizar galeras para «la guarda delas costas y Navegacion de Indias por medio de Navios de Remos».
Para ello, Barbudo da una serie de argumentos que apoyan la participación de estas embarcaciones, resaltando lo que suponían en cuanto al prestigio, maniobrabilidad y capacidad bélica: «y asi es terrible nombre para los Cosarios oir nombrar Galera por la mucha seguridad y ventaja que les tiene en el hazer de la guerra, porque si no quieren venir á las manos, facilmente los hechan á fondo».
2 Es a partir de este momento, y sobre todo en la década de los setenta, cuando se abrirá un largo debate sobre la conveniencia de utilizar galeones o galeras para la protección de las costas americanas.
En febrero de 1578 se aprueba por primera vez el envío, acompañando a la flota, de dos galeras a Cartagena de Indias.
3 Es la aparición de estas embarcaciones en el organigrama de la política de defensa de los territorios americanos.
Por ello, cuando unos meses después aparece Drake en el Pacífico, es lógico que se pensara en la galera para proteger esas costas.
No debemos olvidar que esta era la embarcación militar mejor desarrollada en esos momentos, además estaba todavía reciente en la memoria la gran victoria en 1571 de la decisiva e importante batalla de Lepanto, en donde estas embarcaciones fueron las auténticas protagonistas.
Debemos diferenciar entre las galeras que se realizan en Europa y van a Indias,4 y las que se construyen allí, siendo estas últimas las que inauguren y formen parte de las unidades navales de la recién creada Armada del Mar del Sur.
5 Su realización en América, además de su mayor costo, va a cambiar, en algunos aspectos, el planteamiento táctico y técnico de las galeras.
Una de las consideraciones más importantes es que tendrían que enfrentarse fundamentalmente con «navíos de alto bordo», y no con otras galeras, como era tradicional en el Mediterráneo.
Además, deberían adaptarse a los factores climatológicos de la zona, lo que llevaría a proponer adaptaciones o modificaciones en su construcción: pues aunque no sean tan ligeras hace poco al caso, no habiendo alla otras Galeras de enemigos, y para combatir con Navios de alto bordo, y sufrir tormenta serian mejores mas altas de puntal y mas suspendidas de popa y proa que las que ahora navegan son tan rasas, que poca mar que haya pasa de una vanda a otra; y tambien se podrian hacer de menos vancos porque serian mas recias y mas fuertes.
6 Desde 1579 hasta finales de la centuria hemos identificado y estudiado las cinco galeras que se construyeron en el Perú, y analizamos además aspectos como sus dotaciones, organización, sistema de boga, artillería, pertrechos, mantenimiento y evolución.
7 Es muy reducido el número de trabajos que sobre las cuestiones que aquí tratamos se han realizado en la historiografía.
Pueden ser varios los motivos, pero principalmente consideramos que dos son los más relevantes: uno, que las fuentes están dispersas por distintos archivos y bibliotecas españoles, algunos de los cuales no tienen instrumentos de descripción detallados que faciliten el acceso a la documentación que custodian; el otro, que el estudio de estas embarcaciones genera mayor dificultad de compresión por el gran número de términos técnicos existentes en el ámbito de la construcción y organización.
8 Hay referencias de gran interés en unas pocas obras 9 y algún estudio más específico sobre estas embarcaciones, 10 incluso acaba de aparecer un trabajo sobre el papel de estas naves en la llegada de los galeones de la Carrera de Indias a Sevilla.
11 Su utilización, cada vez menor a partir del siglo XVII, y el gran protagonismo de los buques a vela, pueden ser algunos de los motivos para que hayan pasado casi inadvertidas en la Historia de América.
Fuera del ámbito geográfico americano sí que hay un número considerable de trabajos dedicados a las galeras que surcaron, preferentemente, el mar Mediterráneo durante siglos.
12 Pasamos a analizar brevemente los que tratan de manera concreta el tema de estas embarcaciones en América, en el virreinato del Perú, o aspectos que se pueden vincular estrechamente con ellas.
Fernández Duro hace referencia a las galeras en América y presenta la trascripción de algún texto.
13 Olesa Muñido referencia solamente algunas de estas naves que hacen la travesía atlántica.
Zavala trata en un artículo las galeras en América, tanto en la zona del Caribe como en el Perú durante el siglo XVI, pero no se ocupa del análisis técnico, sino que aporta una serie de documentos transcritos incardinados referentes a esta materia.
Cappa, a finales del siglo XIX, estudiando la industria naval americana, cita varias galeras y analiza el costo de la dotación de una de las construidas en El Callao.
Sánchez Baena analiza la composición y organización de las galeras enviadas desde España, a los puertos de Cartagena de Indias, Santo Domingo y La Habana.
14 Apenas existen estudios dedicados exclusivamente a las galeras del Perú.
Las únicas excepciones hasta el momento son la obra de Pérez-Mallaína y Torres Ramírez y la de Bradley.
Los primeros, en su libro sobre la Armada del Mar del Sur, incluyen estas embarcaciones a remo en los orígenes de esta fuerza naval.
En cuanto a Bradley, 15 se ocupa de estas naves en su último libro, siendo el que más espacio ha dedicado a ellas de la escasa bibliografía existente.
12 Una recopilación de estos trabajos puede consultarse en Sánchez Baena, Fondevila y Chaín, 2012.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 La galera del siglo XVI Básicamente una galera es una embarcación con una sola cubierta, diseñada para propulsarse a remo, con una alta relación eslora/manga (del orden de 8), que también lleva velas (del tipo latino), cuyos árboles tiples (palo de una sola pieza) se pueden abatir, y cuyos remos van apoyados, al exterior del casco, en la postiza (especie de arbotante que permite aumentar el rendimiento de los remos).
16 Otra importante característica de la estructura de la galera, que comparten todas las embarcaciones similares, es la crujía (pieza doble de madera que liga, sobre la cubierta, la proa y la popa del buque, para evitar el peligro de quebranto 17 o quiebra).
Por similares de la galera se entienden los diferentes tipos de embarcaciones, a remo y vela, construidas según las reglas y pautas de esta, y que, de mayor a menor, son: galeaza, galera, galeota, fusta, bergantín y fragata.
En cuanto a la galera, la tipología de las que hacen la travesía a América en 1578 18 corresponde a las mismas que combatieron en Lepanto, con las pequeñas variaciones introducidas al poco tiempo de esta batalla.
Por una parte, aparece la incorporación de un tercer árbol, el mesana, colocado en la crujía delante del tabernáculo (tarima fija que servía de puesto de mando al capitán) y, por otra, aumenta el número de remeros por banco.
19 Este modelo es el que, en teoría, debería haberse construido en el Perú.
Ahora bien, lo que define el tamaño y fuerza de una galera es el número de bancos que tiene.
En el período que abarca este estudio, las galeras ordinarias españolas eran de 26 bancos por banda, bogando 24, 20 es decir, 52 en total, llevando desarmados dos contiguos en la banda diestra, a la altura del árbol de Mestre, donde se estibaba el esquife (embarcación menor de la galera), y otros dos en la banda siniestra, simétricos a los anteriores, donde se alojaba el fogón (cocina).
Este modelo era el que se exigía en las escuadras de galeras, tanto las construidas por el sistema de asiento como por el de administración.
21 Dentro del tipo galera existía la llamada bastarda, que era una de mayor tamaño y fuerza que se destinaba para capitana, donde embarcaba el general de la escuadra de galeras correspondiente, y para patrona, donde lo hacía el segundo jefe o cuatralbo de la 16 Sobre los diferentes tipos de boga y los diversos empleos de la gente de galeras: Fondevila y Sánchez Baena, 2010.
22 Sabemos que desde la primera mitad del siglo XVI la gente de remo (o chusma) que llevaba una galera ordinaria era de 150 hombres, bogando 144 y los 6 restantes para cámaras, es decir, para criados de los alojamientos, aunque en caso de necesidad también bogaban.
23 En 1585 se aumentó hasta 170 la gente de remo (formada por buenasboyas o remeros a sueldo, forzados y esclavos del rey).
24 Además del número de bancos que debía montar la galera en función de su categoría (capitana, patrona u ordinaria), otro elemento importante es determinar el número de hombres que remaban en cada banco.
Desde mediados del siglo XVI, las galeras bogaban a galocha (que todos los remeros de un banco manejaban un único remo),25 a diferencia del antiguo sistema de a tercerol, donde cada uno de los remeros de un banco, normalmente tres, manejaba un remo.
Con el nuevo sistema de boga se produce, por lo tanto, un aumento progresivo de remeros por banco.
La galeota era la siguiente en dimensiones a la galera.
Se diferenciaba de esta por su menor tamaño, de 16 a 20 bancos por banda, aunque lo usual en las españolas eran 18, y por carecer de arrumbada (cubierta elevada en la proa que forma el techo de la corulla, desde donde combatía parte de la infantería).
Las galeotas españolas no llevaban chusma, bogando los marineros a dos por remo.
26 La fusta era ligeramente menor que la galeota, con 15 a 16 bancos por banda, y dos remeros en cada remo.
En lo demás igual a la galeota, y desapareció durante el siglo XVII.
En cuanto al bergantín, armaba dos árboles latinos y era de 10 a 14 bancos por banda, con un solo hombre bogando en cada remo.
27 Por último, la fragata armaba de 7 a 9 bancos por banda, con un hombre por remo, y uno o dos palos latinos.
28 Se utilizaban en las escuadras de galeras para hacer descubiertas, llevar avisos y tomar lengua (conseguir información) del enemigo.
En cuanto a cómo se realizaba una galera, debemos decir que se fabricaban sin planos.
El método de construcción consistía en la utilización de un gálibo (plantilla) realizado a partir de los maderos (o medizos) maestros.
Así, un maestro d'aja (o maestre daxa, carpintero de ribera) experimentado solamente necesitaba, para construir una galera, que se le dijese el número de bancos y la cantidad de hombres que iban a bogar por cada uno de ellos.
Para realizar el gálibo de cada pieza, a partir del patrón de la primera o principal de cada tipo, se preparaba uno especial provisto de diferentes escalas y tablillas graduadas, que permitía trazar cada una de las sucesivas piezas de los maderos, de las estamenaras (piezas de ligazón) y de los forcaces (varenga de los extremos de proa y popa cuyas ramas, al arrancar, van curvándose hacia afuera en forma de horquilla abierta).
Estas plantillas constituían un secreto profesional celosamente guardado, aunque es probable que muchos maestres d'aja, o maestres de azuela, solo conocieran la mecánica de su uso sin entender sus principios, que pasaban de padres a hijos y que se empleaban en todo tipo de embarcaciones.
Este ocultismo ha hecho que prácticamente, al menos en España y en relación con las galeras, no haya llegado hasta nosotros ninguno de esos gálibos.
Hay que reseñar que en la construcción de una galera se empleaban entre ocho o diez tipos diferentes de madera, tomando en consideración las características de estas y el nivel de esfuerzo que iban a soportar, para seleccionar la menos pesada que podía servir para hacer cada pieza y ajustando las dimensiones para conseguir el menor desplazamiento en rosca.
La primera noticia sobre construcción de galeras en el Perú, data del año 1545 en plenas guerras civiles, cuando Gonzalo Pizarro, autonombrado gobernador un año antes, «tiene acordado de hazer galeras en Arequipa» con el objetivo de recorrer toda la costa de Nicaragua y Guatemala y controlar tanto el amplio espacio marítimo como las embarcaciones mancas (aquellas que no llevan remos y se desplazan a vela) de la zona.
29 No hemos encontrado información alguna sobre construcción de estas galeras, entre otras razones porque en abril de 1548 Pizarro es vencido por Pedro de Lagasca en la batalla de Jaquijaguana, y ejecutado inmediatamente.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 La siguiente referencia aparece en febrero de 1557, cuando Pedro Rodríguez Portocarrero, oficial real de Lima, manifiesta lo conveniente que sería «hazer galeras para navegar esta mar del sur», mandando que se construyera una de 24 bancos en la isla de la Puná (Guayaquil).
Pero los miembros de la Junta no estaban conformes con que se hicieran «hasta quatro galeras con su artillería y armas a punto de guerra», pareciéndoles a todos «que es la cosa mas inútil del mundo», ya que según ellos se corría el peligro de que «algun tirano se levantase y apoderase de ella haciendose señor de la mar» y entonces «desasogaria mucho este Reyno», 31 miedo basado en los sangrientos conflictos que se habían desarrollado en el Perú unos años antes.
Aunque Clayton de alguna referencia de esta embarcación, dando por supuesto que en ese año el marqués de Cañete llegó a contratar a un tal Baltasar Rodríguez para realizarla con un coste de 18.000 pesos, 32 una cosa es mandar construir una galera y otra es que se lleve a cabo.
No hemos hallado evidencia alguna de la supuesta actividad de dicha galera de 24 bancos, lo que nos hace inferir que nunca se llevó a efecto, sobre todo por lo difícil de construir una embarcación de esa envergadura en esos años, sin el personal especializado, por la falta de pertrechos y debido al alto costo para sufragarla y mantenerla, pero sobre todo por la negativa de todos los miembros de la Junta.
Quizás se realizó algún tipo de embarcación a remo mucho más pequeña.
Como hemos visto, tenemos que llegar a la década de los años setenta para volver sobre el tema de construir galeras en esos parajes.
Nos referimos a la opinión favorable dada en 1572 por el virrey Toledo sobre la utilización de estas embarcaciones para la defensa de las costas, aun sabiendo las dificultades para ello.
Así, no es extraño que el impulso definitivo viniese algunos años después, determinado por los efectos producidos por la aparición de Francis Drake en las costas españolas del Pacífico en abril de 1578.
En diciembre de ese mismo año Felipe II autorizó la construcción de dos galeras, 33 que fueron el origen de la llamada Armada del Mar del Sur.
Esta última es una obra fundamental para el conocimiento de esta agrupación naval, siempre con muy pocas embarcaciones, pero que existió hasta principios del siglo XVIII.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 lo ultimo que se de los yngleses es traydo e yr siempre en demanda de la galera que savian que estava hecha en el puerto de Guayaquil y del navio que llevaban por delante con tanta plata [...]
Este pirata ingles se fue por toda esta costa tanteandola y apuntandola que siguen e entendido el efecto principal de su benida a sido el descubrir y saber esta noticia hasta el puerto de Payta avia tomado tres o quatro navios como por las informaciones y cartas de la ciudad de Guayaquil que es donde el a publicado que yba a tomar la galera que alli esta echa de cómo la avia echado ya al agua el corregidor y llevadola a esconder a un estero.
35 Drake tenía como uno de sus objetivos fundamentales hundir la galera que sabía que estaba construida en Guayaquil, conocedor de que le podía ocasionar graves problemas e incluso hacer fracasar su plan.
La maniobrabilidad y versatilidad de este tipo de buques es lo que permitió salvar esta embarcación, adentrándose, para esconderla, en un estero.
Dichos acontecimientos actuaron de resorte para activar definitivamente el establecimiento de galeras en las costas del Perú.
En octubre de 1579: yo e mandado aplicar para la galera que acabaron en Guayaquil dos mill pesos de un repartimiento [...] agora mando traer esta galera con la chusma que a ella se a aplicado de condenados, que aunque se havian de hazer dos como escrivi y vuestra majestad manda agora que se hagan que se vea primero como salia la muestra de una.
36 Se trataba de la nombrada Santísima Trinidad.
De esa manera se comenzaba la política de construcción de este tipo de embarcaciones en el virreinato del Perú, siendo solamente una de las dos proyectadas un año antes la que se llevó a efecto como una especie de galera «piloto».
En 1580, en una carta de Alonso de Carvajal al rey informándole de la aparición de corsarios ingleses y de las prevenciones realizadas por el virrey Toledo para la defensa de esas costas, se acuerda que:
La galera que se hizo en el puerto de Guayaquil se traxo a este puerto es de diez y siete vancos por vanda tratase de la armar a costa de vuestra rreal hazienda hizose acuerdo sobre ello y dice el virrey que se dara orden para hazer otra.
Si fuese como una galera ordinaria, tendría que dejar dos bancos sin montar en la banda diestra, para el esquife, y otros dos, simétricos a los anteriores, en la banda siniestra, para el fogón.
Sería, por lo tanto, tal como se decía en la época, de a veinte bancos bogando dieciocho.
También, debería llevar corulla (parte cubierta de la proa de la galera) y arrumbada, lo que obligaría a alargar el casco en una longitud equivalente, más o menos, a dos remiches (espacio comprendido entre dos bancos sucesivos).
Esto supondría un tamaño de la galera muy grande para los remeros que tenía, por lo que creemos que solamente llevaría una barrera (parapeto o reparo de tablas, con portas para la artillería, colocada en la proa).
También resulta dudoso que dejasen el hueco de dos bancos, a cada banda, para el esquife y el fogón.
Parece más lógico que, con el mismo número de remos que una galeota, hiciesen como estas, que llevaban el fogón en la espalda y el esquife a remolque o sobre la crujía.
Para la descripción y estudio de la Santísima Trinidad nos basamos en un interesante documento de la Colección Fernández de Navarrete,39 que fue publicado parcialmente por Fernández Duro,40 quien -a pesar de que no tiene ni fecha ni firma por rotura de la última página-lo sitúa acertadamente en la documentación relacionada con las galeras en América, aunque lo data erróneamente en el siglo XVII, relacionándolo con las «galeras pequeñas» (galeotas) de la guarda de las costas americanas.
El sistema utilizado para armar esta galera no corresponde a las tomadas por asiento, sino a las gestionadas por administración.
41 El primer párrafo del documento nos aclara la cuestión: «Relacion de la Orden que se debe tener para que se sustente la galera que su Excelencia manda harmar, y las demás que se hicieren y armaren para la costa deste Reyno».
42 Es obvio que no se trata de las costas de España ni las de los virreinatos de Nápoles o Sicilia, entonces ¿qué virreinato es el que ha construido una «galera» que no responde al modelo de las galeras ordinarias que existen en las escuadras de España, Nápoles o Sicilia?
Es evidente que se trata del Perú y que el citado documento fue redactado alrededor de 1580, o al año siguiente, por orden del virrey, ya que se realiza precisamente para conocer las necesidades del armamento de la única galera, la Santísima Trinidad, ormejada (fondeada) en el puerto de El Callao.
En cuanto al informe, es probable que fuese redactado por gente de las galeras Santiago y Ocasión, que en 1578 cruzaron el Atlántico en dirección a Tierra Firme, y estaban establecidas en Cartagena de Indias.
43 La dotación o plan para el servicio de esta galera, en cuanto a la gente de cabo (guerra y mar), se establece en un capitán, 30 soldados, 12 marineros y 4 proeles (categoría más baja de marinero, que bogaba en el esquife o bote y hacía otras labores menores), los cuales no debían estar forzados sino en situación de sobresalientes (libres a bordo, pero sin poder saltar a tierra).
Se nombraba un cabo de escuadra, que en las galeras se llamaba caporal, encargado de todas las armas y municiones embarcadas, y de organizar las guardias y designar a los soldados que necesitaba el alguacil cuando salía con esclavos a tierra a realizar alguna faena.
44 La llamada maestranza queda compuesta por tres miembros: un remolar, encargado de los remos y de su arreglo; un maestre daxa para cualquier necesidad que tenga la embarcación como consecuencia de los temporales, y un calafate que repare cualquier vía de agua que se produzca.
Además se fijan otros oficiales: un cómitre y un sotacómitre (que dirigen la boga y la navegación a vela y el resto de maniobras marineras de la galera), un lombardero (encargado de las piezas de artillería), un barbero, que debía ser también cirujano, con el doble cometido de vigilar que se rapen a navaja cada 15 días los forzados y esclavos de la galera, y encargarse de los enfermos de la misma, y dos consejeres, que debían ser marineros prácticos, conocedores de la costa, para que ante un fuerte temporal, junto al capitán, el cómitre y sotacómitre, decidieran la mejor derrota y maniobra para la navegación.
En la documentación consultada aparecen dos destinos compartidos: el de patrón, encargado del control y custodia de los pertrechos de la galera, del cual se sugiere se nombre a uno de los consejeres; el de contador, responsable del control de la cuenta y razón de los caudales y de escribano de raciones, encargado de asistir al reparto de las mismas y dar fe de las distribuidas.
Por otra parte, se establece en 90 el número de la gente de remo o chusma, organizados de la siguiente manera:
A menester la dicha galera para armar los 18 bancos que tiene 90 hombres de remo, los cuales se han de repartir y bogar de esta manera; los 54 dellos han de bogar 43 Sánchez Baena, 2010, 82.
Para el servicio desta galera serán menester 17 esclavos y estos pueden entrar en el número de los 90 que son menester para el remo, los quales an de saltar en tierra con buena guardia a hazer el aguada y leña y meter los bastimentos que se probeyeren para el sustento de la dicha galera.
45 Para ciertos trabajos se determina que eran necesarios 17 esclavos, que entran en el número de los remeros.
Por ejemplo, se utilizaban para saltar a tierra a hacer la aguada (provisión de agua), cortar leña y cargar las provisiones.
Para bajar a tierra se les deshierra de la cadena que tiene cada banco, pero se les mantiene la manilla (calceta o grillete que se le ponía a la chusma en el tobillo del pie más próximo a la banda en la cual bogaban; nótese que bogaban mirando a popa).
Durante los trabajos en tierra iban custodiados por soldados y cuando regresaban a bordo se les volvía a herrar.
Se utilizaba preferentemente a los esclavos en los trabajos en tierra porque, en caso de fuga, les resultaba más difícil encontrar ayuda para esconderse que si fuesen forzados.
Por tanto, la dotación o plan propuesto para la Santísima Trinidad queda organizado según aparece en la tabla 1.
Para controlar a la chusma se nombra a un alguacil de galera, que se encarga de las herramientas para herrar, de las que se utilizan para cortar leña y de los barriles y otros útiles para la aguada.
Entre sus cometidos también está comprobar dos veces al día el estado de sus prisiones, y por la noche, al finalizar cada cuarto (turno de guardia), los soldados y marineros que lo hubiesen montado debían avisar al alguacil para que hiciera su cerca (ronda) comprobando las prisiones y contándolos.
Si faltaba alguno tenían pena de prisión los que estuvieran de guardia en ese turno, y a los que se hallaban culpables, no probándose que le hubiesen ayudado a escapar, quedaban obligados, si era forzado el evadido, a bogar por él o pagar el sueldo de un buenaboya por el tiempo que le faltaba de cumplir de condena, y si era esclavo el que se fugó, debía pagar el precio en que se tasase su valor.
46 Uno de los problemas más frecuentes era la «desaparición» de soldados y marineros sin licencia del capitán, pero la necesidad de estos en América era tan grande que si volvían no se les aplicaba ningún castigo, solamente no se les pagaba lo atrasado y comenzaban a contar con el sueldo desde el día que volvían a asentarse en el libro de registro (alardes Podía haber soldados condenados sin sueldo a la galera, teniendo que dar una fianza que cubriera todo el tiempo de su condena.
Además, podían estar en situación de sobresalientes.
En el caso de ausentarse sin acabar de servir el tiempo establecido, se determinaba proceder contra su fiador, haciéndole pagar el tiempo que dejó de servir en razón de lo que gana un soldado ordinario en sueldo y sustento.
48 Las raciones de comida que se van a dar a la gente de cabo de la galera Santísima Trinidad serán las estipuladas por la Ordenanza de las Galeras de España.
49 En cuanto a la alimentación que debía recibir la gente de remo de esta galera, también sabemos que era la estipulada por la Ordenanza.
Así, a cada remero, al comenzar el día, 26 onzas de bizcocho, y a medio día repartían un caldero de menestra de habas o de garbanzos, a razón de media fanega (25,25 litros), guisado con un cuartillo (1,15 litros) de aceite.
Si se acababan las existencias de menestra, se les daba mazamorra (guiso hecho con las migajas del bizcocho y agua, sazonado con aceite y sal).
Según consta en la documentación, en el virreinato del Perú se le podía dar, con menos gasto que con la menestra, carne fresca y salada.
También se especifica que cuando se exigiera un esfuerzo extraordinario a la chusma, como «doblar una punta» (pasar al otro lado) con «viento contrario» (el viento que viene por la proa tan cerrado, que no permite navegar de bolina o ciñendo) o dar caza a alguna embarcación, se debía dar a cada remero un cuartillo de vino para que no «desmayen», además del que se repartía en las Pascuas y las fiestas más importantes.
51 Por lo que respecta a las imprescindibles raciones de agua, se especifica que en cada banco de la chusma ha de haber tres barriles de aguada y en la espalda (la parte de la galera comprendida entre el comienzo de la cámara de boga y la carroza, estructura de madera para sustentar el tendal y proporcionar abrigo a los oficiales) cuatro a cada banda, debajo del tabladillo (cubierta de la espalda), que sirven para la mesa del capitán.
Además, se deben llevar seis pipas de agua (barrica de madera con una 50 Idem.
JUAN JOSÉ SÁNCHEZ BAENA capacidad de treinta arrobas, o sea 484 litros) y algunas botijas (vasija de barro cocido, redonda y de cuello angosto).
Estas últimas las repartía por las cámaras el cómitre para ajustar la estiba (colocación de los pesos de forma que la embarcación consiga las mejores condiciones marineras para navegar).
Respecto a los palos o árboles de la galera, esta disponía de dos, un árbol de mestre o mayor, situado en la cámara de boga en una posición central algo desplazada hacia proa, y un trinquete (árbol de menor tamaño situado en la corulla) y hecho firme a las bitas (2 piezas de madera que sirven de apoyo al trinquete en las galeras).
Estos palos eran latinos, es decir, tiples o hechos de una sola pieza, y rematados por un trozo postizo, el calcés, realizado de una madera diferente más fuerte que la del palo, en la cual se labraban dos cajeras para alojar las dos roldanas de bronce, por donde pasaban los dos amantes (cabos gruesos) que servían para izar y arriar la entena (verga de las velas) en que iba envergada la vela.
El calcés formaba parte de la motonería (o tallamen) de la galera, pero se ajustaba tan bien al extremo del árbol que en todos los dibujos de galeras aparenta ser una pieza labrada del palo.
Las velas que llevaba el árbol de mestre eran dos: un bastardo, para vientos suaves, y una borda, de menor tamaño, que sustituía en la entena a la vela anterior cuando aumentaba la intensidad del viento.
Estas velas eran latinas, es decir, triangulares.
Sin embargo, cuando el viento arreciaba o había temporal, o fortuna, se izaba en este árbol una vela cuadra o redonda, el treo, la única de este tipo que llevaban las galeras, que se empleaba para correr fortuna, es decir, aguantar o huir del temporal dándole la popa.
El trinquete solo llevaba, en esta galera, una vela latina denominada con el mismo nombre que el árbol.
Para proteger la cámara de boga de la embarcación se debían hacer dos tiendas (abrigo o techo de lona, la que amparaba la popa se llamaba tendal) y dos parasoles para popa (piezas rectangulares de tejido que se colocaban lateralmente al tendal y a la tienda, por el lado del sol, para dar sombra) y otro tanto para la cámara de boga (en el documento está redactado confusamente, pues solo menciona las dos de popa, olvidándose de la cámara de boga, pues existían dos tipos de tiendas y de tendales, los de invierno de sayal y los de verano de angeo).
En América empleaban la de sayal para el día y la de lienzo o angeo para la noche.
También se dan instrucciones sobre cómo debe darse forma a los bersos (versos o paños) para adaptarse a la forma de la galera, quitando desde el ancho de la tienda a la CONSTRUCCIÓN Y OPERATIVIDAD DE LAS GALERAS DEL PERÚ altura del árbol «cuatro dedos» (6,8 cm.) a cada verso.
Al igual que con el paño para la vestimenta, en el corte para la galera también debía estar presente el contador de la misma.
Por lo que respecta a la artillería, 52 llevaba un cañón de crujía, llamado así porque iba situado en el extremo de proa de la crujía, en el espacio llamado corulla, a proa de la cámara de boga.
De este cañón no se especifica su calibre: «un cañon de cruxia de 16 quintales», 53 tan solo su peso.
Esto indica que es una pieza de bronce, las cuales llevaban grabado el peso al salir de la fundición, pues este dato figuraba en los registros de pertrechos, para que cuando la pieza se desfogonaba o se rajaba, se pudiese emplear el bronce para fundir otras nuevas.
Calcular el calibre con un dato tan variable como es el peso del arma es difícil, ya que la pieza podía ser cañón, medio o cuarto de cañón, y una pieza de un calibre y tipo determinado difería apreciablemente de peso según el fabricante, pero podemos estimar que su calibre rondaría entre las 6 y las 8 libras de peso de bala.
Este es realmente bajo para cañón de crujía de una galera, que en esa época oscilaba en las piezas de artillería que no estaban normalizadas, entre un mínimo de 13 hasta un máximo de 30, siendo el calibre promedio de la bala de 19 libras.
54 Queremos resaltar que estamos hablando de calibre o diámetro de la bala, porque el de la pieza o cañón, expresado también en el peso de la bala teórica del diámetro interior del ánima del cañón, era superior, siendo la diferencia entre ambos el viento, margen que se dejaba para que la bala pudiera introducirse fácilmente en el ánima de la pieza.
En la corulla llevaba además otras dos piezas, una a cada lado del cañón de crujía: «Dos piezas de a 7 quintales cada una, para la proa».
55 Estamos igual que en el caso anterior.
Sabemos que eran de bronce, pero no se especifican el tipo y el calibre.
Estimamos que las piezas podían ser medios sacres, es decir medios cuartos de culebrina y el calibre de sus proyectiles sería de 4 a 4 1⁄2 libras.
Completaban la dotación de artillería «dos falconetes para la Popa, uno por banda».
56 Estas piezas eran de hierro, pues no se indica el peso, y estarían colocadas en la espalda.
El falconete era la pieza de menor calibre del tipo culebrina, caracterizada por la gran longitud de su ánima.
Respecto al armamento portátil aparecen «70 picas de respeto; 20 partesanas».
57 Aquí las picas hay que entenderlas como medias picas o chuzos, más cortas y manejables en la cubierta de la galera que las picas.
No hay mención a las armas de fuego, pues estas las traían los soldados y no estaban en el cargo de la galera.
Los pertrechos para la artillería y arcabuces eran «8 Barriles de Polbora; 4 quintales de Plomo; un quintal de cuerda».
58 Por cuerda debe entenderse cuerdamecha, que servía tanto para los arcabuces de los soldados como para los botafogos o botafuegos de la artillería.
En cuanto a las cadenas y piezas para la chusma y las herramientas necesarias, el que realiza el informe parece que no conoce bien el significado de algunas de ellas, pues calceta y manilla son sinónimos: 36 ramales de cadena, tantos como remeros de un banco, que iba asegurada en sus extremos, paralela a este sobre la banqueta (plataforma de madera sobre la cual bogaba la chusma).
Los ramales se ajustaban a la calceta o grillete del tobillo del remero.
Además, 150 manillas para herrar, 6 pares de grillos (esposas, para encadenar las dos muñecas), 26 calcetas, un botador, un martillo, un dado (pequeño yunque) para herrar y desherrar, y un tajaferro (cortafrío, cincel fuerte para cortar hierro en frío a golpes de martillo).
Cuando bajaban a tierra los forzados o esclavos normalmente solo llevaban la calceta.
Por otra parte, se requerían 36 ballesteras (plancha de madera que une el banco de boga con el corredor) para que los soldados durmieran y 36 remos para bogar y 12 de respeto (repuesto).
Completaban los pertrechos de la galera, además de las medicinas y las dietas para los enfermos: ble despalme anual para mantenimiento, lo cual nos lleva a sospechar que acabase con sus fondos podridos por la broma, siendo este el motivo por el que se tuviesen que construir dos nuevas galeras.
Las galeras Santiago el Mayor y Santiago el Menor
En 1585 tenemos noticia de dos galeras recientemente construidas y surtas en el puerto de El Callao: la capitana Santiago el Mayor y la patrona Santiago el Menor.
Es a través de una declaración hecha por los contramaestres y condestables de las dos embarcaciones 60 ante el capitán general de ambas galeras y del Mar del Sur, que informan sobre las necesidades de personal, pertrechos y coste de los mismos.
Primero analizaremos por separado las dotaciones, el número de bancos y arboladura.
Posteriormente, y de manera conjunta, los pertrechos y la artillería de ambas, para realizar una comparación de precios y vicisitudes de estas con una galera de la Escuadra de Galeras de España, con objeto de conocer la problemática y las diferencias de costo entre las construidas en Perú y en la metrópoli.
Por lo que se refiere a la galera capitana Santiago el Mayor, en el citado documento figura:
En ese momento el plan de la nave estaba cubierto solo en un 36 %.
De gente de remo faltaba más de la mitad (62 %), de la gente de guerra casi la totalidad y de la de mar alrededor de un 40 %.
Es de destacar que no tienen, ni se consideran necesarios, los dos consejeres sin los cuales no se puede navegar ni siquiera costeando.
De ello se desprende que a ninguno 62 Condenados a servir sin sueldo en la galera, aunque se especifica que no se deben contabilizar en el estado actual de la embarcación.
63 Y que ha menester dos mil doscientos treinta y dos varas de Lonas para las velas que duraran quinze años las ochocientas cuarenta varas para un bastardo y las trecientas y treinta varas para la borda, las trescientas y cincuenta varas para el treo, las doscientas varas para el trinquete y lo demas para mantiletes, sabas (fajas), filoibindas (filo y bandas) y otras cosas de las velas.
65 En la galera patrona Santiago el Menor, el número de bancos por banda es de 13, a dos remeros por banco.
«Y que ha menester cincuenta y dos Remeros para veinte y seis remos, treze por banda, que tiene a dos remeros por cada remo».
66 Creemos que esta embarcación, que corresponde a la clasificación de bergantín (algo crecido de manga, puesto que este llevaba solo un hombre en cada remo, y aquí lleva dos), ya que no tenía ningún banco desbancado para alojar el esquife o el fogón, tanto por sus pequeñas dimensiones como por no aparecer ningún pertrecho o gasto de dicha barquilla.
Tampoco podía llevar arrumbada, por mucho que se la quisiera llamar galera real, por sus pequeñas dimensiones, y dado que la única pieza que llevaba, a la que se denomina «cañón de crujía», era en realidad un sacre o una moyana de 3,5 libras de bala, como se demuestra por el peso y material de las pelotas.
Sobre este punto volveremos cuando analicemos el armamento.
De la declaración podemos inferir, por una parte, la conformación necesaria de la planta de la galera y, por otra, la existente en ese momento 67 (tabla 3).
Como vemos, la Santiago el Menor estaba aun más necesitada.
Faltaba casi la totalidad de gente de remo, y de gente de guerra no había nadie.
En cuanto a la de mar, solamente estaba la mitad de la necesaria.
En resumen, había que cubrir el 90% de la dotación para que la galera estuviese operativa.
En cuanto a la arboladura llevaba, como era usual, un árbol maestro o mayor y un trinquete.
Y que ha menester mil cuatrocientas veinte y cinco varas de Lona para velas de quinze años, las seiscientas varas para el bastardo, las cuatrocientas y cincuenta varas para 64 Levillier, 1925, vol. X, 390.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 la borda, y doscientas veinte y cinco varas para el Treo, ciento y cincuenta varas para el Trinquete, que a seis reales cada vara costará nuevecientos y cincuenta Pesos, que partidos en quinze años, que pueden durar las dichas velas se echan de desminucion dellas setenta e nueve Pesos cada año de costa.
68 Pasando ahora a los pertrechos de ambas galeras, se hace un listado muy poco detallado de las dos embarcaciones: Y en cumplimiento de lo que su merced les manda que digan y declaren lo que al presente tienen las dichas Galeras, dicen que tienen los remos, las velas, másteles, xarcia, cables, anclas que han menester para navegar y que la Galera Capitana tiene tres piezas de artillería, que son un cañón de cruxia, y dos piezas pequeñas a sus lados, y dos tiendas y dos tendales una de angeo y otra de sayal [...]
Y que la Galera Patrona tiene un cañon de cruxia y dos tiendas y dos tendales de Angeo y de Sayal.
69 Esta relación es bastante inusual, pues el patrón era responsable de todos los pertrechos y debía llevar un registro completo, con las altas y las bajas, y la correspondiente justificación de su deterioro o pérdida, con excepción de las armas, pólvora y piezas de artillería, de las cuales se encargaba el condestable de la misma forma que el patrón.
Llama la atención que no se detallen pertrechos de gran importancia para la navegación, como por ejemplo cuántos remos hay y qué cantidad se tiene de reserva 68 Idem.
(con mala mar solían romperse algunos); de cuántas velas y de qué tipo se disponía y en qué estado estaban; de cuánta pipería y barrilamen para almacenar agua, pues debido a la numerosa dotación y al gran consumo, las galeras tenían que hacer aguada cada semana; de cuántos arcabuces, cuerda, pólvora y pelotas se dispone para ellos y para la artillería; de qué número de ferros se dispone (el ferro es un rezón de cuatro uñas sin cepo; las anclas que se mencionan en la declaración arriba citada tienen dos uñas y un cepo transversal, en consecuencia no pueden ser izadas a bordo y estibadas con los arganos -especie de grúa-, pues estas embarcaciones necesitaban cuatro ferros con las correspondientes gúmenas o cabos).
Veamos lo que contestan los cómitres y condestables a la pregunta de que cosas había menester cada una de las dichas Galeras para andar bien aviadas y aderezadas de velas, másteles y entenas, xarcia, cables, anclas, tiendas, tendales, remos, y de todas las demas cosas que ordinario habran menester, y lo que les pereze que podrá costar lo que declaren.
70 Farragosa sería la relación de todos los pertrechos que se piden y los precios en que se valoran, y además muy difícil de comparar, pues las partidas de gastos de las galeras de la Escuadra de España que conocemos son congruentes, mientras que las propuestas de los dos cómitres son una mezcla incoherente de materiales y acciones que pretenden justificar un elevado gasto futuro, en las cuales solo aparece el precio final.
En consecuencia, solamente compararemos algunos de los más significativos.
Exponemos algunos ejemplos del documento de las galeras Santiago el Mayor y Santiago el Menor (que llamaremos A) y su comparación con el gasto tipo anual de una galera de la Escuadra de España (que llamaremos B) de la misma época:
[A] Y que ha menester cada año retovar y renovar los masteles y las vergas que se quebraren o pudieren, y que se retovaran, adovaran con cien pesos cada año.
[B] Un arvol (lo mismo que mástel) que montan veinte y dos mil y quatroçientos y quarenta maravedís; podrá servir diez años y a la dicha razon sale en uno (año) dos mil y dozientos y quarenta y quatro maravedís»; (B) «Dos entenas costaran sesenta ducados que montan veinte y dos mil y quatroçientos y quarenta maravedís; podran servir quatro años y a la dicha razon sale en cada uno cinco mil seiscientos y veinte y cinco maravedís digo y diez maravedís.
71 Para comenzar diremos que los mástiles de las galeras no se adobaban (carenaban).
Si se sentían (aparición de grietas) no se podían reparar 70 Idem.
No quedaba más remedio que cambiarlo al llegar a puerto.
No está claro lo que quieren decir con retobar, que hoy en día se entiende por cubrir de cuero.
Lo más parecido que podría hacerse en el árbol era forrar de cuero las palomas o gazas de los amantes que servían para sostener la entena.
En cuanto a la estimación del gasto, pasando todo a reales de vellón, resulta que un árbol cuesta 660 reales en España importado de Flandes, y se supone que podía durar hasta diez años, y la estimación anual del documento A de gastos de entenas y arboladura es de 1.500 reales de vellón.
Teniendo en cuenta que los árboles de las galeras de El Callao debían ser de maría (madera de gran resistencia que no había que importar), el gasto anual previsto supera a lo que cuesta en España comprar anualmente dos árboles maestros de importación.
[A] Y habrá menester seis quintales de sebo, y tres quintales de brea, y dos quintales de estopa, y dos mil clavos de barrote, y quinientos clavos de escora, y ocho tablas para dar carena cada año, y que roldanas, y motones, y aderezar pernos, y chavetas de los remeros, y para calzar Hachas, y otras cosas tocantes a esto que costaran quatrocientos cincuenta pesos cada año.
72 [B] «Costara el adovio de una galera en todo un año, con clavazón, brea y estopa, madera y maestrance ciento y treinta ducados, que montan quarenta yocho mil setecientos y cincuenta maravedís».
73 (B) «Sebo para espalmar la dicha galera diez y seis quintales».
74 Cuando la galera estaba preparándose para salir de la invernada se le recorría la obra viva, o parte sumergida del casco.
Se le daba un despalme de fuego para matar la broma y se cambiaban las tablas del forro podridas, se calafateaban las costuras del casco y se finalizaba dando una mano de sebo a toda la obra viva, para proteger el casco y disminuir la resistencia al avance.
Durante los siete meses de actividad, la galera debía despalmarse, es decir, rascar toda la obra viva para librarla de algas, lapas y otra vida marina y dar una capa de sebo al casco, con un intervalo de un mes como máximo.
Eso hace, contando el ensebado del carenado o adobío, un mínimo de siete veces.
Por tanto, una galera de la Escuadra de España gastaba como mucho 2,28 quintales en cada ensebado del casco.
Si tenemos en cuenta que la superficie de obra viva de la Santiago el Mayor era menos que la mitad de la de una galera de la escuadra española, se deduce que con 72 AMNM, CFN, tomo 26, doc. 21.
En consecuencia sobraban cinco quintales de los seis pedidos para la obra.
Otro dato que llama la atención es el valor de los materiales necesarios para la carena anual.
Entre los citados en el documento A aparecen roldanas (polea) y motones y cosas tan ridículas y de nimio valor como las chavetas, pequeñas cuñas de hierro que se utilizaban para asegurar la calceta o grillete del tobillo del remero al ramal de cadena del banco, o para calzar una herramienta a su mango.
Sin embargo no mencionan el gasto más importante: la maestranza.
Si comparamos el valor indicado en el documento A, 6.750 reales de vellón, con el del documento B, 1.433,8 reales, si consideramos que este último lleva incorporado el elemento más caro, la maestranza, y que el gasto B corresponde no solo al de poner en servicio la galera después de la invernada sino también a las averías producidas durante los siete meses de actividad por mal tiempo, varadas, etc., podemos colegir que, una vez aplicado al documento A los costes de la maestranza, no solo para la carena anual, sino también los correspondientes a los siete meses de actividad en la mar (cosa que creemos que no se les pasó por la cabeza a ninguno de los componentes de la Junta), el coste superaría más de diez veces el correspondiente al presupuesto B. Estos excesos en la petición de materiales para las carenas y el coste de las mismas, especialmente en los sueldos de la maestranza, incluyendo las negligencias interesadas para que la embarcación tenga que volver a ser carenada, serán un mal endémico en el virreinato del Perú, incluyendo las naves mancas, como sostienen Pérez-Mallaína y B. Torres: «Así pues las carenas siguieron siendo una ruina para la real hacienda y una bendición para todos aquellos implicados directa o indirectamente en su ejecución».
75 El estudio de la relación de gastos anuales de las galeras nos descubre otra carencia importante: la falta de mención de partidas fundamentales para el servicio de la galera.
Así, faltan las botas de estiba y las cuarterolas para el agua de la gente de cabo, la gente de remo tenía su agua en los barriles que se estibaban en los remiches; faltan las gavetas para dar de comer a la chusma, el caldero para la comida, otro para la brea y sebo y otro para los enfermos; faltan los cueros para los bancos, que, además de proteger las nalgas de los remeros en el retroceso de la boga, colgando hasta la cubierta, protegían a estos del frío cuando descansaban o dormían; no se mencionan las herramientas para que la chusma hiciera leñamen al tiempo de la aguada, ni el coste de la renovación de los ferros y un largo etcétera.
Es evidente que estamos ante un documento que pretende cubrir las apariencias de un informe competente sobre el estado de las galeras y sobre las necesidades de gasto anual de las mismas.
Pero la realidad es que estamos ante un caso claro de fraude contra la Real Hacienda y de falsificación del estado en que se encuentran estas embarcaciones, en el que participan todos los presentes, desde el intitulado «muy ilustre Señor Pedro de Arana Capitán General de las dos Galeras de S.M. que están en este Puerto y de la Mar del Sur y deste Pueblo y Puerto por S.M.»,76 hasta el escribiente que redacta el acta, pasando por el pluriempleado «Tomas de Ribas Comitre Carpintero y Remolar de la Galera Capitana»,77 que suponemos que además de cobrar por esos tres empleos, también cobraría por los de carpintero y remolar de la otra galera, la patrona, porque esta no tiene esos oficiales ni tampoco se piden en las necesidades de la dotación.
Es más, creemos que la galera capitana no tenía velas, pues en el detalle de lo que tiene solo aparecen dos tiendas y dos tendales, y, cuando estas galeras se desbaratan en 1587, no se aprovecha nada para las nuevas que se van a construir en El Callao.
78 La falta de las tiendas y tendales, que estaban permanentemente montadas en puerto y que según los registros de la Escuadra de Galeras de España duraban un año y medio, es explicable, pero las velas se guardaban en su cámara y deberían estar intactas y haber pasado a las nuevas embarcaciones, pues aunque serían de menor tamaño que las que necesitaban estas últimas, podrían haber servido para confeccionar las más pequeñas o el treo.
Con la excepción del cañón de crujía, no hay constancia de que se aproveche para las nuevas galeras, que se construirán en 1590, ningún pertrecho de las anteriores.
79 Por lo que respecta a la artillería que tienen en ese momento las dos galeras es la que se considera necesaria, ya que en la relación de gastos anuales no se propone ningún aumento.
La capitana montaba un cañón de cruxia y dos piezas pequeñas, mientras que la patrona solamente un cañón de cruxía.
Del cañón de crujía de la capitana solo sabemos que lanzaba pelotas de hierro, por lo cual hay que suponerle un calibre de 4 libras o superior.
Las dos piezas menores que lanzan pelotas de plomo hay que considerarlas falconetes o, más probablemente, esmeriles con un calibre de 3 libras o menor.
«Y diez quintales de Plomo, y hierro, para municion de las tres piezas».
80 Del cañón de crujía de la patrona sabemos más: «Y que la Galera Patrona habrá menester un Cañon de Cruxia de quince quintales como el que al presente tiene y para el treinta pelotas de Plomo y hierro, que pesen ciento y diez libras».
81 Las treinta pelotas pesan cada una 3 libras, y las balas de plomo con dados o perdigones de hierro son características de los esmeriles, 82 se trata, pues, de un esmeril de 3 libras de calibre.
Pasemos ahora al tema de la previsión de gastos de la artillería, dada por los condestables de las dos galeras.
Dejando sin comentar las necesidades de pólvora, porque podrían deberse al gasto en salvas, veamos algún párrafo del citado documento:
(Galera Capitana) Y diez quintales de Plomo, y hierro, para munición de las tres piezas, y los cincuenta Arcabuzes que ha de tener la dicha Galera [...]
Que habrá menestercucharas para cargar la Artillería, y Tachuelas, hilo de alambre, zoquetes, cucharas para derretir plomo, y hazer balas, hilo de acarreto, madera para hazer cuñas, pellejos para limpiar las piezas [...]
Que habrá menester una Guindaresa que pese seis arrobas para zallar el cañón de cruxia. [...]
Y que la Galera Patrona habrá menester un Cañon de Cruxia de quinze quintales como el que al presente tiene y para el treinta pelotas de Plomo y hierro, que pesen ciento y diez libras, y ciento e veinte libras de polvora, y cucharas para cargar y hazer valas, zoquetes, cuñas.
83 Analizada toda la información, la artillería de la galera capitana no está en condiciones de disparar.
Carece de los útiles para cargar y limpiar el cañón, no tiene pelotas o balas para las piezas, por eso se pide hierro para la munición del cañón de crujía y plomo para las piezas menores.
Pedir hierro para las balas es un desatino, pues eran necesarios unos moldes especiales para realizarlas, que solamente se tenían en las fundiciones de artillería.
Además, el cañón de crujía no podía disparar por carecer de dos cabos fuertes para subir dicha pieza de su estiba al pie del árbol dentro de la propia crujía, donde se le colocaba hasta el momento de usarlo en combate, para disminuir el riesgo de quebranto de la galera cuando había mala mar.
84 Por un documento posterior sabemos que este cañón era corto (de poco calibre) para ser utilizado en la galera nueva, y tampoco servía para un galeón, y lo que es peor, que tenía el «fogón remendado», es decir, que estaba desfogonado (pieza inservible).
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 auténtica chapuza, probablemente no se había disparado desde que esta se hizo, y suponía un riesgo para los artilleros de la pieza.
Pasando a la galera patrona, el único cañón con el que contaba en ese momento estaba también desfogonado, es decir, el orificio del fogón de la pieza se había agrandado por el uso hasta hacer inútil la pieza.
En este caso ni se intentó «remendar».
Además, la relación de los futuros gastos anuales de este armamento es disparatada y se intenta ocultar el hecho de que se carece de munición, la poca entidad de las piezas y la circunstancia de que una esté inútil y la principal, el cañón de crujía, probablemente también.
Como en el caso de los cómitres, los condestables ocultan el sinsentido de que un barco de guerra esté listo para salir a la mar cuando no tiene armas para combatir.
Después de lo descrito, la vida de estas dos embarcaciones no sería muy halagüeña.
Así, al año y medio de ser construidas, tuvieron un triste final: «Las dichas dos galeras se sacaron a tierra y se hallaron tan podridas que no podran ser para ningún efecto y ha sido maravilla no averse abierto y hundido en el puerto».
86 Ello corrobora la falta de operatividad y mantenimiento y el abandono en el que se vieron sumidas desde el principio.
Dos nuevas galeras de reemplazo
Debido a la ruina total en que se encontraban las galeras Santiago el Mayor y Santiago el Menor, en julio de 1587 se toma la determinación de construir dos nuevas en El Callao:
Ytem que por la madera questa mandada traer para hazer dos galeas rreales en este puerto para los dichos efectos como esta acordado y la brevedad del tiempo pide que se ponga algun rremedio en esto pues la galera patrona y capitana están perdidas y podridas de manera que no son de ningún efecto ni provecho.
87 Se decide que las nuevas galeras serán mayores que las anteriores, ya que de esa manera podrían ir a Panamá y volver para escoltar a los galeones de la plata, pero, sobre todo, su objetivo será la defensa del puerto de El Callao y de las costas del virreinato.
88 La que será la capitana, y de la que desconocemos su nombre, por sus características va a ser la primera galera ordinaria de 26 bancos por banda bogando 24 que se construye en América en el siglo XVI, similar a las de la Escuadra de Galeras de España.
La otra, nombrada Santa María, de 22 bancos, será la patrona, que plantea una cierta discusión al parecerse más a una galeota.
Podemos inferir que fue construida sin corulla ni arrumbada, ya que llevaba dos remeros por banco, además de no dejar hueco para el fogón, ni para el esquife.
Según Ricardo Cappa, 89 en 1588 estaba construido en El Callao el casco de una galera llamada Santa María, que tenía la dotación de gente de cabo incompleta, faltando por nombrar en el plan de dicha embarcación un capellán, un piloto, dos consejeres, diez marineros, un cirujano (barbero), un caporal y cuatro proeles.
En el tintero se quedaron los soldados que debería mandar el caporal y que eran la parte más importante de la fuerza de la galera, cuyo número estimamos en unos 29.
En cuanto a la gente de remo y su distribución en la embarcación, los datos que nos proporciona dicho autor indican que había 119 forzados útiles para el remo y 4 inútiles; que la galera montaba 15 bancos por banda en el cuartel de popa, de la espalda al árbol, «armados de cuatro a cuatro», es decir, cuatro hombres por banco manejando un solo remo, lo cual exigía 120 remeros.
El cuartel de proa, del árbol a la proa de la cámara de boga, montaba 7 bancos por banda, «armados de tres en tres», lo que supone 42 hombres más, con un total de 162 remeros.
Por tanto, faltaban 43 para completar la gente de remo.
La cifra de remeros necesarios no nos parece creíble.
Las galeras españolas solo empezaron a bogar de cuatro a cuatro en el cuartel de popa a partir de 1584 en que se autorizó este aumento en la chusma, mientras el de proa seguía siendo de tres a tres.
Pero, sobre todo, una «galera» de 22 bancos, en esa época correspondía a una galeota, que además de carecer de la corulla y de las arrumbadas, no tenía desmontados los dos bancos de cada banda a la altura del árbol, de modo que la relación de la longitud con las respectivas cámaras de boga, expresadas en espacio entre bancos es, al menos, de 22 a 28.
Con esa relación no serían posibles los cuatro hombres por banco en el cuartel de popa y dudosísima la de tres en el de proa.
La cifra mayor de gente de remo necesaria estimamos que sería de unos 90, mientras que la de cabo de aproximadamente 50.
Pero el dato definitivo lo encontramos en 1588, cuando el virrey conde del Villar advierte que el número de remeros necesarios para las dos galeras era de unos 300 forzados.
En cualquier caso, la cifra exagerada de forzados para la Santa María nos parece un ejemplo más del fraude, ya puesto en evidencia en las galeras Santiago el Mayor y Santiago el Menor.
Y en este caso también con los sueldos de las personas supuestamente embarcadas en la Santa María, pues los forzados se emplearían, posiblemente, para trabajos de fortificación, sin que se les en señase a bogar.
Es evidente que la falta de chusma fue una constante durante todo el período y, para el caso de estas galeras, se vuelven a proponer algunas soluciones ya conocidas: que los delincuentes con penas de galeras de los dos virreinatos pudieran pasar al puerto de El Callao, la compra de esclavos negros en Cabo Verde «a precios moderados» y la utilización de algunos buenasboyas, que eran difíciles de encontrar aunque tenían unos jornales altos.
91 Debemos reseñar que en las galeras de El Callao, el nombre de «buena boya» no se aplicaba solamente al remero voluntario, sino también a aquellos negros esclavos que sus dueños ponían al remo para aprovecharse de los sueldos, que ellos controlaban.
92 En cualquier caso, la dificultad parecía insalvable ya que en abril de 1589 el virrey vuelve a reiterar la necesidad de buenas boyas y de mandadores, siendo el problema de estos últimos que «la gente de mar de acá no se quiere ocupar en esto».
93 En la escasa información que hemos localizado sobre los pertrechos y el armamento de estas dos nuevas galeras, un documento fechado el 26 de febrero de 1590 nos da cuenta del estado de las mismas:
Los basos de las galeras son muy buenos y la capitana tiene veynte y seis bancos y la patrona veynte y dos la qual halle sin chusma, xarcias, arboles ni otra cosa a la capitana le faltan setenta o ochenta remeros (recordar que una galera ordinaria de este tipo necesitaba 170 remeros) y esta desproveida de lo demás que ha menester.
94 Si consideramos que en la Escuadra de Galeras de España se estimaba que una galera con chusma nueva necesitaba un año de aprendizaje para poder enfrentarse a operaciones de guerra, unido a la tremenda falta de aparejos, pertrechos y artillería, vemos lo lejos que se estaba de tener operativas estas dos embarcaciones.
Además, este es el último ejemplo de la rapiña que se hizo con los pocos pertrechos de las dos galeras anteriores.
En lo referido a la operatividad de las dos embarcaciones, la siguiente propuesta es bastante esclarecedora en cuanto a la organización y utilización de dichas galeras:
Pasados estos tres meses que son los en que los enemigos pueden entrar por el estrecho entiendo hazer varar las galeras en tierra y ponerlas en una ataraçana porque desde que se hicieron no an sido de ningún efecto ni navegado una legua.
95 Así, una vez finalizado el peligro de ataques enemigos, determinado por el fin del verano austral, se piensa en subirlas a tierra durante la invernada, lo cual parece una sabia medida pues las protegería de la broma y de las inclemencias del tiempo.
Pero parece que esta decisión solo era pura teoría.
Finalmente no se varan las galeras para no perder la «reputación de ser un puerto de galeras».
96 Se suceden las medidas contrarias a la operatividad de estas naves: se decide solo sustentar una única galera, 97 retirar los oficiales (maestranza) 98 y enviar a los forzados a hacer el fuerte del puerto, aunque se repite en la documentación que estas costas solo se pueden defender con navíos o galeras.
99 Esto último indica el interés de que llegaran más embarcaciones a El Callao, donde las reparaciones tenían un costo mayor, pues las maderas había que traerlas de Guayaquil y de Chile.
El contrasentido de construir dos galeras cada tres o cuatro años se explica por la llegada de recursos económicos y para poder emplear su chusma en otros trabajos en tierra.
El epílogo de estos dos buques llega dos años después, el 27 de mayo de 1592.
La historia volvía a repetirse.
En esa fecha ambas embarcaciones se quedan sin gente y la chusma se envía a las galeras de Cartagena de Indias.
100 A comienzos de 1593 el marqués de Cañete informaba al rey que en El Callao había «dos galeras mui mal apercibidas, de ningun provecho y mucha costa».
101 La última noticia que tenemos de una de las dos galeras, suponemos que corresponde a la de 26 bancos por ser la más grande y la última construida, es del mes de diciembre de 1599, en una carta remitida a la corte por el virrey Luis de Velasco, donde informaba que para la defensa del puerto 95 Ibidem, 100.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.10 de El Callao, y una vez que «la Armada se hazia a la vela», mandó que en dicha embarcación (suponemos que no quedaba mucho más que el casco) hubiese gente de guerra,102 probablemente para evitar que los holandeses, que en 1600 cruzaron el estrecho de Magallanes, la quemasen.
La aparición de Drake en 1578 en el Pacífico impulsó el uso de las galeras para la defensa de las costas del Perú, siendo las primeras que se construyeron en América.
Entre 1579 y 1600 tenemos constancia de que se realizaron cinco, de ellas solamente una, cuyo nombre desconocemos, tiene el número de bancos para la boga (26) que caracterizaba a las denominadas ordinarias que se utilizaban en España.
Las cuatro restantes son una propuesta constructiva original del virreinato, donde la característica más reseñable es la reducción de sus dimensiones y del número de bancos: Santisima Trinidad (18), Santiago el Mayor (17), Santiago el Menor (13) y Santa María (22).
Aunque el astillero más importante estaba en Guayaquil,103 será en El Callao donde se construyan las dos galeras reales más grandes de este período.
La primera conclusión sobre estas naves de remo autóctonas es clara: eran más pequeñas que las que se construían en el Mediterráneo y su mantenimiento era mucho más costoso para la Corona.
Estas galeras estaban mal dotadas y peor mantenidas y al poco tiempo dejaban de estar en condiciones para navegar, lo que explica que su utilización no tuviera demasiado éxito.
La lejanía de la corte y el desconocimiento sobre la construcción y organización de estas embarcaciones por los virreyes, supusieron que su administración estuviera expuesta con mayor facilidad a los fraudes, constituyéndose estos en un mal endémico.
Se han podido comprobar las dificultades existentes para completar las dotaciones tanto de gente de cabo (guerra y mar) como, sobre todo, de la imprescindible gente de remo.
Es evidente que la falta de chusma fue una constante y un determinante importante durante todo el período, proponiéndose soluciones como que los delincuentes con penas de galeras en Indias pasasen al puerto de El Callao, la compra de esclavos negros o la utilización de buenos boyas.
Algunos miembros de la gente de mar, sobre todo la maestranza, tenían dos o tres empleos dentro de la misma galera o los simultaneaban con los de los galeones.
Ello significaba que una parte de los empleos venían determinados para servir indistinta y simultáneamente en las unidades navales que conformaban la Armada del Mar del Sur, más que por asignación a la dotación de una embarcación concreta.
La ausencia en el plan de algunas de estas galeras de los consejeres, imprescindibles para la navegación, indica que desde el principio no estaba previsto que saliesen a navegar, como literalmente encontramos en la documentación: «no han sido de ningún efecto ni navegado una legua».
También se evidencia que la mayoría de las veces las declaraciones que se realizan solo pretendían cubrir las apariencias de un informe competente sobre el estado de estas galeras y las necesidades de gasto anual de las mismas.
Pero realmente estamos ante varios casos de claro fraude contra la Real Hacienda y de falsificación del estado en que se encuentran estas embarcaciones, en el que participan todos, desde el capitán general hasta el cómitre.
Uno de los ejemplos más evidentes de estos desatinos y carencias es la artillería que montaban algunas de estas galeras, donde se pone de manifiesto la poca preparación y conocimientos para el buen funcionamiento de un aspecto fundamental de un buque de guerra.
La actuación de construirlas aunque no de mantenerlas -lo que supone una corta vida de estas para luego tener que volver a construir nuevas unidades-solo se entiende a partir de un doble interés: disuadir al enemigo y conseguir grandes asignaciones económicas para la construcción y el supuesto mantenimiento de las mismas.
En la práctica dichas embarcaciones no se realizaron para la defensa de las costas, sino exclusivamente para la defensa del puerto de El Callao, que de esta manera obtenía la llamada «reputación de puerto de galeras», con todo lo que ello conllevaba en importancia, prestigio, medios materiales, humanos y asignaciones económicas a las instituciones de la ciudad, donde una parte de estas recaía en la gente de cabo y en los altos cargos de la Armada del Mar del Sur.
El mayor costo de estas embarcaciones en Indias, conocido y asumido por la Corona desde el principio, se terminaría convirtiendo en la coartada perfecta para el desfase y los fraudes presupuestarios.
Por ello, y aunque las galeras fueron perdiendo protagonismo, durante el siglo XVII se siguieron construyendo algunas unidades más pequeñas en el virreinato del Perú.
JUAN JOSÉ SÁNCHEZ BAENA |
De acuerdo a nuevos y antiguos documentos se concluye que el terremoto de 1730 en Chile estuvo compuesto por dos sismos independientes, cada uno con un tsunami asociado.
Considerando la extensión latitudinal de los daños y el tamaño de los tsunamis, este puede ser calificado como el mayor evento sísmico ocurrido en la historia de Chile metropolitano o central.
Estas conclusiones permiten conocer mejor la secuencia
Desde fines del siglo XIX la Historia se ha ocupado sistemáticamente de conocer mejor los terremotos, estudiándolos desde varias perspectivas y con distintos objetivos, siendo uno de ellos el aumentar y precisar la información y cronología sísmica por países o regiones.
Para el caso de Chile, el más completo catálogo de terremotos fue publicado por Montessus de Ballore, quien compiló y dio a conocer la documentación disponible para estudiar cada terremoto en Chile, hasta el momento en que escribió, 1911.
Este registro ha sido complementado más tarde, principalmente por Cinna Lomnitz en 1970Lomnitz en y 2004.
1 Los países latinoamericanos también se han ocupado de construir su cronología sísmica, destacando en ello Perú, con los trabajos de Giesecke y Silgado de 1981, otro de Silgado y el reciente de Lizardo Seiner, 2 y México, donde tres investigadores han publicado una completa cronología de los sismos desde la época prehispánica hasta el año 1821.
3 Además de los catálogos y cronologías, y siempre refiriéndonos a Latinoamérica, existen estudios de caso en que se entregan más antecedentes para conocer mejor uno o más terremotos en particular.
4 En una categoría distinta se encuentran los estudios de un terremoto o una secuencia de ellos, en un contexto temporal o espacial delimitado, para explicar su papel en procesos económicos, políticos, sociales o culturales.
5 Dentro de ellos, además, es posible distinguir los estudios que interrelacionan terremotos u otros eventos físicos de gran impacto como huracanes y erupciones volcánicas, con desastres asociados y la acción-reacción de las sociedades que los han experimentado.
6 Todo esto ha producido tal cantidad de libros y artículos que es imposible dar cuenta de ellos aquí, aun cuando nos restrinjamos a los grandes terremotos, como en este caso.
Los sismólogos consideran que un terremoto es grande cuando en la escala de Magnitud de Momento (Mw) -escala basada en la energía total liberada por un sismo-es igual o superior a 8.
7 En el caso de Chile, este se localiza íntegramente sobre una joven y activa zona de subducción de placas (la de Nazca y la Sudamericana), siendo el país más sísmico del mundo, generando un terremoto grande cada 12 años, en promedio.
8 En el sur de esta zona de subducción hubo en 1960 un megaterremoto que devastó el territorio entre las penínsulas de Arauco, por el norte, y Taitao, por el sur (37 a 47 grados de latitud sur), y que por su medida (9,5) pasó a la categoría de gigante (igual o mayor de 9 Mw): fue el terremoto más grande que ha habido en la historia de la humanidad.
Los terremotos gigantes son altamente destructivos, incluso en el país mejor preparado del mundo, como quedó demostrado recientemente por el terremoto magnitud Mw 9 en Japón, del año 2011.
El terremoto de 1960 desencadenó un tsunami trans-Pacífico que cobró cientos de víctimas en Chile y al otro lado del planeta, en Hawaii y Japón.
9 La investigación paleosismológica ha obtenido evidencias de haber ocurrido ocho eventos similares, en la misma zona, en los últimos 2.000 años.
10 Por esta razón la secuencia sísmica del sector sur de la zona de subducción -el sur de Chile-ha recibido más atención que el centro y norte del país.
Asimismo, dado que en el norte y centro de Chile no ha habido registro histórico de terremotos gigantes (igual o mayor que 9 Mw), se han buscado razones geológicas para explicarlo, argumentando que el contacto entre las placas varía a lo largo del país y que en la zona central o norte del país no existirían las condiciones para que ocurriese un terremoto gigante o megaterremoto como el llamado de Valdivia, de 1960.
11 Para Chile, en general, y para cada segmento de la zona de subducción, en particular, es importante conocer y actualizar sus períodos de recurrencia, porque existe un principio geológico que dice que aquello que ha relación entre desastres naturales y ocupación del territorio, así como la visión de los indígenas sobre los desastres naturales (2004 y 2006); y por último, a Virginia García, con la coordinación (en 1996, 1997 y 2008) de tres tomos que tratan la relación entre terremotos, desastres, y reacción de las sociedades.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.11 ocurrido en la naturaleza una vez, volverá a suceder.12 Ello explica el interés que los sismólogos tienen en los registros escritos de las sociedades del pasado, así como en desarrollar la paleosismología, disciplina que podría advertir de territorios de los que no se tiene registro escrito u oral de eventos sísmicos de gran magnitud, pero en los que los ha habido.
En Chile metropolitano o central (que consideraremos situado entre las ciudades de La Serena y Rancagua -30 a 34 grados de latitud sur-; que corresponde a la zona más tempranamente ocupada por los colonos españoles, y por lo tanto con más antigüedad de registros escritos, y más permanentes; y donde se concentra actualmente el 80% de la población nacional) no ha habido un terremoto gigante al menos desde que existen instrumentos para medirlos.
Ello no descarta que hayan ocurrido antes de que pudiesen ser medidos, o antes del poblamiento español, o finalmente, del poblamiento humano en general.
Además de suponerse, como ya hemos dicho, que el área de subducción donde se encuentra el centro de Chile es diferente a la de más al sur y no es capaz de generar terremotos gigantes, otra de las causas de la falta de atención a los terremotos grandes de Chile central es que parecieran repetirse a intervalos regulares y presentar un tamaño comparativamente moderado, con magnitudes que variarían entre 8 y 8.5.
14 Sin embargo, en los últimos años la frecuencia de la serie ha sido puesta en duda, porque no tendrían todos la misma «fuente» u origen15 -se ha argumentado que el de 1647 sería intraplaca,16 a diferencia de los del resto de la secuencia, que son interplaca-,17 y porque estaría incompleta: se agregó un terremoto ocurrido en 1580.
Por estas razones, parece oportuno reconsiderar la secuencia y detenerse en cada uno de esos sismos.
Aunque de todos ellos hay registro documental, mientras más antiguos son los terremotos chilenos de la secuencia, menos conocidos son, y lo son menos aun en los territorios donde no había ciudades o estas eran poco importantes.
Estas afirmaciones explican que en Chile la historia sísmica y la historiografía sobre los efectos de los terremotos se haya centrado en aquellos con buen corpus documental, como Valdivia 1960, Valparaíso 1906, Arica 1868 y Concepción 1751.
De ellos el de 1730, 19 por su nivel de destrucción, ha sido considerado como el mayor de la secuencia mencionada, incluso por sus contemporáneos (que le llamaron «magno»), a pesar de ser pre-instrumental.
¿Es posible que el terremoto de 1730 haya sido el mayor de la serie e incuso gigante (mayor que 9 Mw)?
Describirlo mejor no solo modifica el catastro sísmico, haciéndolo más riguroso y completo, con lo que se aporta también a la historia ambiental, sino que además contribuye, desde la descripción, al conocimiento histórico de Chile colonial, porque creemos que aun hace falta volver a las fuentes y recuperar los hechos poco o parcialmente conocidos.
La relectura de todos los documentos que se han conservado hasta la actualidad de los testigos presenciales que lo describieron, ya conocidos (la mayor parte de su información fue recogida y compendiada por Montessus de Ballore en 1912 20 y por Palacios), 21 junto con nuevos documentos que hemos encontrado en archivos (el de Indias de Sevilla, de órdenes religiosas de Chile, y municipales), nos ha permitido conocer e interpretar mejor este evento geológico.
La investigación paleosismológica -ejecutada en lugares que la documentación señalase como importantes-, podría reforzar la histórica.
22 La hipótesis de esta investigación es que el terremoto de 1730 se diferencia del resto de la serie o secuencia ya referida, al ser un evento sísmico de gran envergadura, altamente destructivo y único, porque después no ha habido otro con similares características.
Pensamos que es mayor de lo que se creía y que los demás porque los documentos dicen expresamente 19 Véase Gay, 1852.
21 Palacios, en prensa [2016]. que la secuencia del sismo estuvo compuesta por dos terremotos grandes y dos tsunamis independientes, que ocurrieron con tres horas de diferencia, y a la misma hora en Santiago y Concepción, ciudades distantes entre sí 500 kilómetros; porque las fuentes reportan daños graves en la infraestructura en un territorio más extenso del que se había considerado, lo que indica que el tamaño de la ruptura fue mayor del que hasta ahora se había creído; y porque el tsunami penetró más metros al interior de lo que se pensaba hasta ahora, mostrando así que fue mayor.
De la hora precisa de los terremotos y tsunamis solo contamos con información de testigos presenciales de Santiago y Concepción, y de no presenciales de Valparaíso.
No hemos hallado información cronológica proveniente de otras localidades.
Un primer movimiento fue reportado alrededor de la 01:30.
En Concepción, el maestre de campo (gobernador de esa plaza militar), informó que el terremoto ocurrió a la 1 de la madrugada.
24 Un jesuita, también testigo ocular y autor anónimo de un escrito cuyo título comienza como «Relación del lastimoso», también señala la una de la mañana para el comienzo del primer sismo.
25 Las tres fuentes coinciden en que el movimiento, aunque largo en duración, no fue muy recio y no provocó daños de importancia.
A pesar de ello, este terremoto fue capaz de generar una salida de mar en la bahía de Concepción, lo que indica su gran tamaño.
De acuerdo al jesuita recién citado, inmediatamente después del primer movimiento: se supo después por el dicho de unos pescadores que, teniendo tendidas en el mar sus redes, despiertos con el temblor fueron a reconocerlas, desde esta hora empezaron a retirarse para adentro sus aguas, señal cierta de su salida pues, revolviendo dobladas y con mayor ímpetu entrando por la boca del río y rebalsando por las calles, anegaron las casas vecinas, la guardia y casi todo el palacio con inundación tan repentina que fue ella la primera que haciéndose sentir dio el aviso de sí misma.
26 En Santiago, el gobernador de Chile, Gabriel Cano y Aponte, reportó que el primero ocurrió entre la 01:00 y 02:00 y que duró «cerca de medio cuarto de hora».
27 Otra relación jesuita anónima, cuyo título comienza con «Relación del espantoso», describe que el primer sismo ocurrió a la 01:30, «poco más».
28 El gobernador reporta que no fue con tanta violencia como para ocasionar ruina; mientras que un informe de siete meses más tarde, de febrero de 1731, relata que el movimiento fue «tan formidable que ninguno hubo que no se vistiese y saliese».
29 La «Relación del espantoso» describe un movimiento suave pero alertador.
El segundo terremoto y tsunami, tres horas después
El segundo sismo se desencadenó «como» a las 03:00, según el obispo de Concepción, y «cerca del amanecer» de acuerdo al jesuita autor de la «Relación del lastimoso», sin decir una hora.
Sorprende que el maestre de campo no mencionase este terremoto, sino solo el primero.
Según el jesuita que describió el terremoto en Concepción, este segundo movimiento duró más que el precedente, y fue «tan recio sacudimiento que casi no se podía estar en pie, haciéndose necesario buscar algún arrimo para mantenerse, como que la tierra nos quisiese atajar la huida, negándonos la acogida que en ella buscábamos».
30 A este terremoto también le siguió una salida del mar, que fue más descrita que la primera por los testigos.
Aun así, todo el tsunami se describe como un proceso continuo desde el sismo de la 01:00, habiendo traspasado el mar la costa varias veces, retirándose y entrando, hasta la tarde de aquel día.
En Santiago, el segundo sismo, según Cano y Aponte, fue a las 05:00, duró lo mismo que el primero y tuvo «mayor fuerza», 31 es decir, liberó una cantidad mayor de energía.
El cabildo de Santiago lo fijó a las 04:00 y menciona que ese, y no el primero, fue el más destructivo.
32 Otro informe señala que fue «tan espantoso que no daba lugar el movimiento de la tierra a mantenerse en pie a ninguno de sus habitadores».
33 La «Relación del espantoso» reportó que fue tres horas después que el primero, que señaló a las 01:30, es decir, a las 04:30, y lo calificó como «espantoso terremoto, cuya violencia en el movimiento, entre todos los temblores que habían experimentado los vivos, pudo calificarlo por el primero, si ya el tiempo o por mejor decir la piedad no le hubiera hecho el segundo», 34 dice quizá refiriéndose al devastador terremoto de Santiago de 1647.
Fray Francisco Seco escribe que fue «como» a las 04:00, mayor y más terrible que el anterior, y fue el que derribó los edificios.
35 Sin citar su fuente de información, la Gazeta de México escribió que fue a las 05:00, que arruinó «en un todo» la ciudad, siendo «el mayor que se ha experimentado desde que está en poder de Españoles».
36 En Santiago se percibió un tercer movimiento a mediodía, aunque -dice el gobernador de Chile-fue con menos «vigor».
La Gazeta de México dice de él lo mismo que el gobernador; el obispo de la ciudad lo señala entre las 12:00 y 13:00, pero dice que fue mayor al de las 04:00.
37 Es interesante que en Concepción no se mencione este tercer movimiento.
Los sismos se repitieron aquel día y durante los dos meses siguientes.
Aunque la bibliografía señala que hubo dos terremotos esa noche, se ha supuesto que el primero fue alertador y el segundo fue el destructivo.
La lectura detallada de los documentos conocidos muestra que aun cuando el primero (01:30) haya sido menor que el segundo (04:30), su tamaño fue lo suficientemente grande como para generar un tsunami que inundó parte de Concepción.
Asimismo, la intensidad de cada uno de ellos se percibió como igual en Santiago y Concepción, distantes 500 kilómetros entre sí, lo que da cuenta de su fuerza.
Además, un documento no considerado hasta ahora podría acreditar que también en la ciudad de La Serena se diferenciaron al menos dos terremotos (y no uno, como dicen los demás documentos que mencionan a La Serena): un vecino reportó que la ruina de la ciudad había sido ocasionada por «los repetidos temblores» del año 1730.
38 Fueron dos (y no solo uno) movimientos que liberaron gran cantidad de energía, que generaron tsunamis independientes entre sí.
De otras localidades costeras, incluyendo las dos que estaban densamente pobladas, Valparaíso y La Serena, no tenemos información respecto a la hora de la inundación, y de si ambos lo hicieron o solo uno de ellos.
Solo podemos afirmar en base a los documentos y los relatos de testigos que fueron dos para el caso de Concepción.
El segundo de ellos fue mayor que el primero, y tanto que no permitía que las personas se mantuviesen en pie ni en Concepción ni en Santiago.
El terremoto fue destructivo a lo largo de al menos 1.200 kilómetros
Pocos días después del terremoto (en rigor, de los terremotos) del 8 de julio de 1730 las fuentes reportaban: «alcanzó la conmoción de tierra a todo el reino», «la desdicha de este reino» y «la ruina que padecieron las ciudades de aquel reino».
39 El daño, se dice, abarcó a todo el reino de Chile, que por entonces contaba con pocas ciudades (La Serena, Santiago y Concepción, 40 situadas en casi en la misma graduación longitudinal y separadas entre sí por mil kilómetros en línea recta) y muchas localidades o poblaciones informales, dispersas, cuyo origen era la agrupación de casas al interior de haciendas, antiguos pueblos de indios, población en torno a conventos rurales, y asientos mineros.
Por esta razón, la información sobre 38 Expediente seguido por Juan Cristóbal Bórquez sobre naturalización, La Serena 1740, ANH, Fondo Municipalidad de La Serena, vol. 5.
40 Valparaíso no era aun ciudad, sino el puerto de Santiago, y no tenía cabildo ni, por lo tanto, vecinos.
Aunque Quillota había sido fundada en 1717, no se consiguió que los vecinos se trasladasen al sitio de la ciudad (el gobernador de Chile dijo que nada más fundada, los vecinos se retiraron a sus haciendas) y el gobernador Manso de Velasco la refundó en la década 1740.
APORTES A LA HISTORIA SÍSMICA DE CHILE: EL GRAN TERREMOTO DE 1730 los efectos del terremoto es mayor en las ciudades más importantes (Santiago y Concepción), menor en el puerto de Valparaíso, un simple dato en algunas ciudades pequeñas o localidades que tenían iglesia y convento, y casi inexistente en lugares rurales intermedios (figura 1C).
El margen norte de efectiva ocupación del reino hacia 1730 era el poblado de Copiapó (27° 32' latitud sur), límite meridional del desierto de Atacama (figura 1C), perteneciente a la Audiencia de Charcas.
Localizado a 680 kilómetros al norte de Santiago, el valle de Copiapó estaba prácticamente despoblado, excepto por pequeños oasis de antigua ocupación indígena.
Originalmente, Copiapó era un antiguo pueblo de indios, sin ciudad formalmente fundada y con poca población.
En 1707 se descubrieron ricas vetas de oro y plata que promovieron su crecimiento, por lo que en 1713 ya contaba con 900 habitantes dedicados principalmente a trabajar en los trapiches de los alrededores.
Solo catorce años después del terremoto de 1730, se encomienda la traza y fundación de la ciudad.
41 De este modo, es difícil esperar información relativa al terremoto desde ese poblado o desde los trapiches.
Montessus de Ballore puso de manifiesto que el límite septentrional de los efectos del terremoto había sido La Serena, por no haber encontrado documentación de zonas más al norte, pero reconoció que podrían haberse extendido más en esa dirección.
42 En su reciente libro, que contiene la descripción de todos los terremotos importantes de Chile hasta fines del siglo XIX, Alfredo Palacios reafirma la idea de que «se propagó entre Coquimbo y Concepción».
43 Para 1730 ya existía un convento franciscano en Copiapó, y por el fraile Francisco Seco se sabe que dicho convento fue arruinado «hasta sus cimientos», 44 dato que no había sido considerado, hasta ahora, para extender hacia el norte los daños en infraestructura, como tampoco el que cinco años después, en 1735, el provincial franciscano confirmase también la «ruina» de ese edificio por efecto del terremoto.
45 A esta información, conocida pero no considerada en lo referente a Copiapó, agregamos un documento que hemos hallado: el testimonio del recorrido que realizó el 41 Galdames, 1966, 146.
44 47 Agregamos lo que consta en un documento municipal de 1740, no considerado hasta ahora, en el que el vecino Juan Cristóbal Bórquez reportó que la ciudad había padecido «ruina general», que estaba la mayor parte «demolida», debido a «los repetidos temblores» de 1730.
48 Francisco Seco informó que el convento franciscano de la ciudad fue arruinado hasta sus cimientos.
49 Otro documento recientemente encontrado indica que la iglesia y convento dominico habían quedado «arruinados».
50 Mucho más tarde, en 1796, se informó que las murallas de La Serena y puerto de Coquimbo fueron destruidas por el sismo de 1730.
51 Por lo tanto, en La Serena y su puerto, Coquimbo, el terremoto fue muy destructivo: derribó casas, las murallas de la ciudad, y dejó iglesias y conventos arruinados hasta sus cimientos.
Avanzando hacia el sur, se refiere que un convento franciscano, situado por entonces en un paraje llamado Higuerillas (cercano a la actual ciudad de Ovalle, 30° 34' de latitud sur), se salvó del terremoto, pero solo por estar recién construido.
52 Siguiendo, Cano y Aponte informó que los asientos mineros de Illapel (31° 37' latitud sur), Petorca (32° 15' latitud sur) y Til Til (33° 04' latitud sur), «y otros, han quedado incapaces y sin trapiches» 53 (figura 1C).
Aunque se reporta daño en la infraestructura minera, no se mencionan las habitaciones; sin embargo, es probable que aquellas fuesen campamentos de construcción liviana.
No consta la existencia de iglesias ni conventos y solo hacia finales del siglo se fundarán villas para congregar a la población dispersa en esa y otras zonas.
Es difícil también conseguir información sobre el valle de Aconcagua y alrededores.
Allí existían haciendas, «lugares» y conventos, pero no ciudades fundadas, excepto la de Quillota (32° 52' latitud sur), que existía en el papel (véase la nota 40).
De acuerdo a Francisco Seco, el convento franciscano de Quillota quedó totalmente arruinado, y según un historiador jesuita que escribió en 1891, también fueron destruidos aquí la iglesia y convento de su orden.
54 En el valle de Aconcagua, en la localidad de San Felipe, de antigua población que fue congregada como villa recién en 1740 (32° 45' latitud sur), un convento mercedario «quedó reducido [...] a solo terreno lleno de los despojos de la ruina».
55 En sus cercanías, de acuerdo a fray Francisco Seco, el convento franciscano también se arruinó, y en el vecino Curimón ocurrió lo mismo con el convento dominico de Santa Rosa (32° 45' latitud sur), dato que no había sido mencionado.
56 El obispo Bravo de Rivero escribió que todas las iglesias entre San Felipe y Santiago quedaron maltratadas.
Aunque es una publicación reciente y el autor no cita su fuente, se sabe que este escribió su libro teniendo documentación franciscana antigua a la vista, por eso no nos pareció descartable.
53 Al poniente, en el territorio insular, el archipiélago de Juan Fernández estaba deshabitado y no sería ocupado hasta 1750, cuando se fundó un fuerte y se estableció población permanente, arrasada, por cierto, por el tsunami de 1751.
61 Santiago (33° 23' latitud sur) y sus alrededores eran la zona más poblada del reino.
Respecto al sismo de aproximadamente las 4:30 de la madrugada, su cabildo informa que la ciudad quedó completamente arruinada.
62 Quedaron en «ruina» los edificios de la cárcel, la real audiencia y el cabildo.
63 En cuanto a los edificios religiosos, el gobernador informa la ruina de la mayoría de las iglesias: «quedaron por tierra» las iglesias y conventos de los monasterios de Santa Clara, donde se hundió su iglesia, la parte superior de la torre, y se cayeron las paredes; de las agustinas; del convento de Santo Domingo, en que «no quedó piedra sobre piedra»; la iglesia del convento mercedario de San José, que se arruinó completamente.
64 Aportamos al conocimiento que se tenía hasta ahora el reporte de la visita del padre provincial mercedario: «la iglesia que teníamos más es para llorar al referirla que para inventariarla, pues se halla toda en el suelo con todas sus alhajas perdidas, y el altar mayor se hizo pedazos con el terremoto», porque se cayeron las bóvedas de las tres naves, que eran de ladrillo.
65 El convento mercedario de San Miguel también se arruinó.
Se hundió la torre con el reloj del convento principal de los franciscanos en Santiago, y tuvo varias murallas derribadas.
66 El franciscano de la Santa Recolección quedó «lastimosamente asolado», al igual que su colegio, el de San Diego, en la Cañada, aunque ambos, se dice, susceptibles de ser reconstruidos.
67 La catedral, aunque muy dañada, no cayó.
Hubo otros conventos más pequeños dañados, con sus iglesias incapaces de celebrar misas.
Sobre las viviendas particulares, la mayoría de las casas de la ciudad tuvieron «ruina total», solo algunas quedaron capaces de arreglo, y la gente las abandonó cobijándose bajo toldos en la plaza, cañada y arrabales.
68 En suma, el sismo hizo caer hasta los cimientos de las casas y edificios de la ciudad, probablemente con similar intensidad que en Concepción.
En el puerto de Santiago, Valparaíso (33° latitud sur), la reducida población civil y militar ocupaba el estrecho pie de cerro del puerto, y la primera terraza de los cerros más cercanos, alrededor del castillo de San José (figura 1D).
Dice la «Relación del espantoso» -no distinguiendo expresamente los dos movimientos-que el terremoto se sintió con violencia y que los edificios que no fueron afectados por el posterior o posteriores tsunamis, quedaron «casi inservibles» por el sismo, salvándose solo la iglesia de la orden de San Agustín.
69 Compulsando los documentos, tenemos que la iglesia mayor o matriz cayó, quedando completamente inutilizada, 70 aportamos que también lo hizo la franciscana, 71 y una pequeña capilla jesuita, junto con las viviendas de sus religiosos.
72 Todas estas iglesias estaban al pie de los cerros.
Asimismo, las construcciones militares estaban en la terraza inferior del cerro que se llama del Castillo, de las que cayeron el castillo del gobernador, hecho de adobe, las salas de guardia, almacenes de pólvora y calabozos, construidos de cal y piedra.
Una visita posterior, no mencionada hasta ahora para describir este terremoto en Valparaíso, constató que «fueron arrancadas desde su cimiento» las murallas de la sede de gobierno y las escalas de piedra que daban acceso al cerro y al castillo, que «fueron tronchadas y reducidas a fragmentos».
73 En síntesis, el terremoto en Valparaíso, por entonces restringido a la playa frente a la actual iglesia La Matriz y a los cerros inmediatos, fue altamente destructivo.
Aunque no tenemos información de los efectos de la sacudida en el Almendral, una planicie arenosa pobremente habitada por ese entonces, sí sabemos que fue cubierta por el mar (figura 1C).
En los alrededores de Santiago, se informa que las haciendas del reino quedaron «desoladas», declarando sus dueños la ruina total.
Se describe que en los campos vecinos el estrago fue mayor que en Santiago, en esos campos (figura 1 C).
Muchos de ellos quedaron «arruinados».
Fray Francisco Seco reporta la ruina de los conventos de San Francisco del Monte, San Pedro de Alcántara, Malloa (ambos en el valle de Colchagua), y Unigüe (al norte de Chillán); hacia 1735 los religiosos aun habitaban en chozas.
Los dominicos también declaran graves daños en sus haciendas rurales.
A unos 120 kilómetros de Santiago, la estancia llamada Pucauquén en «la costa de San Antonio» (33° 35' latitud sur), se arruinó totalmente, aunque era nueva y costosa.
Se cayeron hasta las paredes y cimientos, y se perdieron «con su ruina todas las maderas y demás materiales, sin haber quedado cosa de algún provecho».
76 Vecina estaba la estancia de Bucalemu, que pertenecía a los jesuitas.
Allí se derribó gran parte de la iglesia, «y paró tan mal lo restante que fue preciso edificarlo de nuevo», 77 se dice en 1891.
Finalmente, a unos 350 kilómetros al sur de Santiago, y a alrededor de 120 al norte de Chillán, en la estancia dominica de Cauquenes, se arruinaron todos su edificios, 78 información que podemos aportar como nueva.
En la ciudad de Chillán, 400 kilómetros al sur de Santiago, fue la ruina total de los conventos dominico y franciscano.
79 La zona entre Chillán y Concepción era de haciendas agrícolas y ganaderas, pero con un acento de territorio pre-fronterizo.
Concepción, asentada por ese entonces en el sitio de Penco (36° 46' latitud sur), era la segunda ciudad del reino.
Ambos terremotos fueron tan importantes que provocaron dos tsunamis.
Debido a que el mar salió inmediatamente después de cada uno de los dos sismos, es difícil diferenciar la principal causa de la destrucción de la ciudad.
Al sur de Concepción no existía población española -excepto los fuertes de la frontera del Bío Bío cercanos a Concepción (figuras 1B y 1C)-desde 1598, año en que mapuches y huilliches se levantaron contra el dominio español, expulsando a los colonos y fijando el río Bío Bío como límite entre ambos «estados», a 500 kilómetros al sur de la capital.
Así, el territorio entre el Bío Bío y los fuertes de Carelmapu y Calbuco (41° latitud sur, atendidos desde la provincia de Chiloé), conocido como «la frontera» o «Estado de Arauco», estaba ocupado por población indígena que vivía en agrupaciones dispersas.
80 fue menor o por la falta de presencia de población hispano-criolla, no se cuenta con reportes de daños generados en 1730.
Además, es poco probable que dañara las ligeras viviendas de los mapuches.
A pesar de esto, contamos con una escueta referencia de daño en la costera Valdivia (39° 48' latitud sur), refundada en 1645 como plaza fuerte en medio de territorio indígena, y que hacia 1730 contaba con vecindario civil.
82 Sin embargo, no tenemos referencia a él en la documentación propia de la plaza, por lo que decir ruina de la ciudad podría ser superlativo.
Más al sur de Valdivia, como hemos dicho, no había poblados sino hasta los fuertes chilotes de tierra firme: Carelmapu y Calbuco, y al sur de ellos se extienden por 2.300 kilómetros los archipiélagos patagónicos, hasta el confín del continente.
Al extremo norte de ellos, en la isla de Chiloé, el puerto de Chacao y la ciudad de Castro (42° 28' latitud sur) eran los únicos asentamientos de españoles (figura 1B).
Sin embargo, no se conocen reportes que mencionen la percepción del sismo de 1730.
De esta manera, mediante el obispo citado Bravo de Rivero podría confirmarse que el terremoto de 1730 fue destructivo en infraestructura al menos hasta Copiapó, y por lo tanto lo fue por al menos 1.200 kilómetros (entre esta ciudad y Concepción); 200 más que los 1.000 (entre La Serena y Concepción); 83 más que la extensión entre 350 y 550 que sostienen otros; 84 y más que cualquier otro registrado en Chile, excepto el de 1960.
Se acredita también que fue destructivo hasta Mendoza.
Aunque lo que vio y escribió el obispo no es la primera noticia que tenemos de la destrucción en Copiapó y Mendoza, esta permite acreditarlo y asentarlo.
Pero además, de acuerdo a la situación poblacional de Chile por entonces, es posible afirmar que la extensión territorial de los efectos del terremoto de 1730 fue mayor que la reportada en los documentos, que solo dan cuenta de las ciudades y los lugares de interés económico o religioso, pero no de los poblados secundarios.
Por otro lado, es evidente que la documentación generada por las autoridades de Santiago y Concepción y por las órdenes religiosas que lamentaban la ruina de sus iglesias y conventos rurales, da cuenta de la destrucción allí donde había edificios importantes, pero no refleja las pérdidas de construcciones particulares, dispersas en el reino, 81 Guarda, 2001.
MARÍA X. URBINA, NICOLÁS GORIGOITÍA Y MARCO CISTERNAS de adobe y un solo piso, como era la costumbre de edificación, y mucho menos los «lugares» de indios en los oasis del desierto al norte y alrededores de Copiapó, y al sur, en el «Estado de Arauco».
Queda abierta, por lo tanto, la posibilidad de que su extensión haya sido más al sur de Concepción, pero es difícil comprobarlo con los documentos disponibles.
El mayor tsunami registrado en la secuencia histórica de Chile colonial
Además de reconstruir y reconsiderar el tamaño del tsunami (o de los tsunamis) en base a la documentación conocida, expondremos los aportes de algunos documentos hallados.
De acuerdo a las fuentes conocidas, la «salida del mar» de 1730 hacia el norte fue notoria al menos hasta El Callao (12° 2' latitud sur), distante 2.300 kilómetros de Santiago.
El virrey, desde la vecina Lima, reportó sin especificar la hora que se advirtieron en esta mar la nunca vista novedad de elevarse lentamente hasta cubrir las paralelas y huestes que resguardaban sus ímpetus, retirándose con algunos pasos con la misma lentitud que duró todo aquel día y buena parte del siguiente.
85 Desafortunadamente, no conocemos referencias del tsunami en la costa intermedia entre El Callao y La Serena.
En esta última ciudad, solo destruyó algunos ranchos costeros, se dijo muchos años más tarde.
86 No es de extrañar que el daño no haya sido mayor, por cuanto la ciudad de La Serena se restringía por entonces a su planta original, situada sobre una terraza de 30 metros de altitud y distante dos kilómetros del mar.
No tenemos noticias de su puerto Coquimbo.
Lo que habría al nivel del mar, como dijo el jesuita Olivares, serían ranchos costeros.
Hacia el sur, sabemos que el tsunami entró por el río Aconcagua hasta el sector de Colmo, localizado 6 kilómetros tierra adentro: «entró el mar en la boca de Colmu, donde había plantadas viñas», 87 dato no considerado 85 El virrey marqués de Castelfuerte al rey, Lima, 19 de noviembre de 1730, ANH, BVM, 304-C.
87 Se trata de una heredad llamada «La boca de Colmu», propiedad de Diez de Hidalgo, de la que informa Vicuña Mackenna en 1874.
Refiere este dato de un escritor llamado Joaquín Villarino, quien entrevistó en Colmo a unos ancianos octogenarios, que «dijeron ambos que habían oído hablar a su abuelo de unas casas de teja con viñas que había cerca del mar, y que un gran temblor y salida de mar habían desaparecido», lo que Villarino relaciona «indudablemente» con la salida de mar ocurrida el 8 de julio de 1730.
APORTES A LA HISTORIA SÍSMICA DE CHILE: EL GRAN TERREMOTO DE 1730
88 Sesenta kilómetros al sur de Valparaíso, en la estancia Pucauquén de la orden dominica, se experimentó una «salida de mar» que mató mucho ganado mayor y menor que estaba a orillas del mismo (figura 1C).
Aunque las víctimas totalizaron varios miles, se aclara que una parte de ellas había perecido previamente por una extendida sequía y que una fracción desconocida fue producto de la inundación de 1730.
89 Los testigos además declararon que secó una laguna costera: y habiendo ido a reconocer una laguna que se halla en dicha estancia, que con el pescado que del mar le entraba y las pescas que en ella se hacían mantenía la dicha religión todo el año sus ayunos como hallé que totalmente se han [im]posibilitado dichas pescas, por habérsele cerrado la boca por donde le entraba el pescado y el agua, con unos cerros de arena que ocasionó el terremoto y salida de mar, de suerte que ha quedado seca la dicha laguna.
90 Hacia 1730 Concepción se localizaba en el sitio del actual Penco, en la cabecera de la somera bahía homónima (figura 1E).
Estaba asentada tan cerca del mar que pocos años después de su fundación se reportaba que «casi baten sus olas en ella y suelen bañar sus calles y aun los más retirados aposentos de las casas», «mucha parte de ella sobre misma playa».
91 A esto se le sumaba que la planicie estaba dividida por un arroyo por el que entraban las mareas más altas (estero Penco).
Respecto al arroyo, la «Relación del lastimoso» señala un siglo después: como el plan por donde corre sea igual al del mar, suben por él las mareas entrando muy adentro de la ciudad, y a veces por no caber en su cauce se explayan por las calles, con peligro de los edificios y siempre con susto de que creciendo los anegue.
92 Esta desfavorable localización facilitó que el tsunami de 1730 devastara Concepción.
El mar entró «consecutivamente» a la ciudad tanto por la playa como por el arroyo, varias veces desde la una hasta las cuatro de la madrugada, sin dejar de haber «acomentimentas» hasta la tarde.
Como ya hemos dicho antes, pescadores que tenían tendidas sus redes fueron a revisarlas inmediatamente después del primer sismo, advirtiendo el retroceso del mar.
En la primera salida, el mar inundó las casas reales y la guardia, donde había armas, municiones, soldados y presos (figura 1E).
A estos últimos, por estar encerrados, el agua les llegó hasta la cintura antes de ser liberados.
Considerando los dos grandes tsunamis como uno solo, se reportó que el agua subió más de diez varas de alto (8 metros), que el mar penetró tres cuadras dentro de la población y que las aguas de la bahía se retiraron media legua (aproximadamente 2,8 kilómetros) antes de volver con violencia.
Olivares menciona que luego del segundo sismo el mar se retiró tres veces, y «volvió con más furia con todo el peso de aquellos montes de agua», entrando por la ciudad y arruinando más de 200 casas cercanas a la playa.
Sin embargo, la segunda salida fue «la más tremenda, porque avanzaron más sus olas y fue la que causó más daño».
93 Se sabe que al oriente del arroyo estaban los conventos de San Francisco, San Agustín y Nuestra Señora de las Mercedes, conformando un sector bien poblado, y el barrio de Cantarranas, localizado en un área baja (figura 1E).
Al occidente, la sede del gobierno, la guardia, el hospital y las cajas reales, y detrás de estos edificios, frente al mar, estaba la planchada, sala de armas y demás almacenes del rey.
La plaza mayor se extendía a una cuadra del palacio de los gobernadores, y en ella se situaba la catedral, las casas del ayuntamiento, el colegio de la Compañía de Jesús, el seminario de San José, y una cuadra más arriba estaba el convento de Santo Domingo.
94 La «Relación del lastimoso» dice que después de cada retroceso, el mar «revolvía [volvía nuevamente, ¿refiriéndose a dos grandes salidas?] con impetuosa furia atropellándose unas con otras las olas, ganando por instantes mucha tierra».
Desde los cerros, la población observaba «montañas de aguas», que entraban por las bocas de algunas calles de la parte occidental de la ciudad, y por todas las del oriente, especialmente a través del mismo arroyo, desplomando las edificaciones.
El agua se llevó los puentes que cruzaban el arroyo, y también algunas casas de madera, que las «traspuso enteras llevándolas boyando a partes bien distantes».
94 «Relación del lastimoso y horrible...», Concepción, s/f., ANH, Colección Sergio Fernández Larraín, 23.
98 Del puerto fluvial de Valdivia, ubicado 850 kilómetros al sur de Santiago y único poblado costero ocupado por españoles entre Concepción y Carelmapu, sabemos que sufrió «ruina» por el sismo y que, junto con Concepción, «por la vecindad y cercanía al mar padecieron también su inundación».
99 Sin embargo, no hemos encontrado otras fuentes locales que ratifiquen estos hechos.
Mucho más tarde, a fines del siglo XIX, un historiador, sin citar la fuente, afirmó que «en Valdivia la conmoción del mar hizo subir las aguas del río, pero la inundación, que causó algunos daños, no alcanzó a ofender las fortificaciones de la plaza».
100 Desde Valdivia hacia el sur hasta Chiloé no había territorio poblado por españoles, ni poblaciones costeras reconocibles, sino hasta Chiloé, provincia insular de la que no hemos hallado reportes que mencionen sus efectos en esas costas.
Fuera del reino de Chile, además de alcanzar al Callao, contamos con datos que nos permiten afirmar que el tsunami de 1730 cruzó el océano Pacífico, llegando hasta las costas de Japón.
En la península de Oshika, al noreste de Honshu, inundó cultivos y campos de arroz.
101 En síntesis, hemos aportado el dato de la entrada de mar por el río Aconcagua por 6 kilómetros tierra adentro.
Aunque no es una información dada por un testigo presencial, nos parece relevante en el intento de caracterizar mejor el evento de 1730.
Además, con la revisión de documentos conocidos, es posible relevar que el tsunami alcanzó, por el sur, no solo hasta Concepción sino a lo menos hasta Valdivia, que está 3.000 kilómetros distante del Callao.
El tsunami o «salida de mar» de 1730 en Valparaíso
Valparaíso, por entonces reducido al sector que hoy se llama El Puerto, comprendía la playa, que llegaba casi a los pies de los cerros; una estrecha calle informal que seguía sinuosa ese pie, donde había algunas construcciones, especialmente bodegas; y alguna edificación en la primera terraza de los cerros frente a la bahía (como el castillo del gobernador).
El sector del Almendral, territorio plano y costero hoy incorporado a la ciudad, no era en 1730 un lugar habitado.
La madrugada del 8 de julio de 1730 el mar inundó la todo el puerto de Valparaíso.
La «Relación del espantoso» describe el avance de las olas como la peor experimentada hasta entonces por algún puerto en Chile.
102 Dos semanas después, el gobernador de Chile reportó que Valparaíso se había arruinado completamente porque, además de los efectos del terremoto, el tsunami destruyó la mayoría de sus bodegas.
103 La relación jesuita detalla que el mar subió ocho y media varas (siete metros) «del natural asiento en que le encierran sus playas», inundando la mayor parte del puerto, y arrastró en su retirada las casas y bodegas.
104 Explicaba el jesuita Olivares, pocos años después de los hechos, que la Compañía de Jesús tenía bodegas cerca de la playa, pero «agua y terremoto las echaron por tierra».
105 La mayoría de las bodegas pertenecían a comerciantes de Santiago.
Almacenaban productos mientras esperaban ser embarcados al Perú, especialmente trigo.
Sabemos que «las más» fueron arruinadas por el mar, siendo la mayor pérdida de Valparaíso, pues el puerto tenía solo unas pocas y sencillas casas-habitaciones en la parte baja (figura 1D).
Las bodegas se localizaban paralelas a la playa, inmediatamente bajo el cerro Castillo, en la única calle ya citada.
Un nuevo testimonio, fruto de esta investigación, consigna que «eran de adobe y teja fábrica, lindaban con la playa y quedaron totalmente inundadas».
106 La pérdida de mercancías fue total.
La Gazeta de México de abril de 1731 informó, sin referir su fuente, que en Valparaíso «el mar, saliendo de sus términos, anegó a Flurosino [sic], y pasando por zima de las bodegas se llevó más de ochenta mil fanegas de grano», 107 equivalentes a 3,5 toneladas actuales.
Cargamentos de sebo también fueron dañados por el tsunami, como los 38 zurrones alcanzados por el agua, que aun después de cuatro años seguían pudriéndose sin que nadie los reclamara debido a la pérdida de la documentación durante la inundación, 108 como dice un documento que no había sido considerado.
Como resultado, en octubre de 1730 ante el cabildo de Lima, se informó que faltó el sebo y se encareció.
109 Además de esta pérdida, escasearon los almacenes disponibles para las nuevas transacciones: «en Valparaíso que no había granero ni bodega para recoger las especies que se remitían a Lima».
110 Conociendo, por lo tanto, lo que era Valparaíso por entonces, debió inundarse completamente en 1730.
En cambio, en la extensa planicie arenosa del Almendral, localizada inmediatamente al sureste del puerto, el mar pudo penetrar mucho más (figura 1D).
Hacia 1730 el Almendral era un sector extramuros, poco poblado y que solo tenía la iglesia y convento de la orden de la Merced como únicos edificios de importancia.
El emplazamiento original de estas construcciones mercedarias, a 800 metros de la costa actual, se ha mantenido hasta hoy.
El sismo dejó al convento «sumamente arruinado en sus edificios y totalmente sin iglesia».
111 Un nuevo hallazgo documental de 1731 reporta que «sin duda el convento estaba hacia el mar y la iglesia hacia el oriente porque entonces seguro fue el milagro de llegar [el agua] a las puertas de la iglesia donde dejó las espumas y retrocedió».
En cambio, el mar arrasó con el convento, llevándose sus papeles y documentos.
112 De este modo, es probable que el tsunami de 1730 inundara el sector Almendral hasta al menos 800 metros hacia dentro de la actual línea de la costa.
Y lo hizo en todo el frente de la bahía, entre el puerto por el oeste y el cerro Barón por el este (figura 1D), porque un nuevo documento encontrado indica que una bodega situada en la «punta del Morro» (actual sector y cerro Barón) fue inundada.
113 Ello indica que se cubrió de agua tanto al oriente (el Almendral) como al occidente (el Barón) del estero de Las Delicias (actual avenida Argentina).
Esta inundación entre punta y punta de Valparaíso, de 800 metros de profundidad y 9 metros de altura,114 es muy relevante si consideramos que ese sector del Almendral está hoy completamente poblado, que es el actual centro comercial de Valparaíso y lugar en que se asienta el Congreso Nacional.
La recopilación y relectura minuciosa de los documentos escritos por testigos del terremoto que han sido conocidos hasta ahora por los investigadores, y la aportación de nuevos datos contenidos en documentos no considerados con anterioridad, nos han permitido caracterizar mejor el evento estudiado.
En primer lugar, el terremoto ocurrido la madrugada del sábado 8 de julio de 1730 fue, en realidad, una secuencia de dos movimientos.
Aunque eso es evidente en la documentación, estamos en condiciones de afirmar que ambos movimientos liberaron tal cantidad de energía que originaron cada uno una salida de mar independiente, y que no solo lo hizo el segundo, como hasta ahora se pensaba.
Eso sí, solo en Concepción podemos asegurar que hubo dos tsunamis independientes.
Tan recio fue el segundo que, tanto en Concepción como en Santiago se escribió que no era posible mantenerse en pie mientras duró.
Su composición de varios sismos altamente destructivos sucesivos lo acerca al de 1960 en el sur de Chile.
En segundo lugar, el terremoto devastó una gran extensión geográfica, al menos 1.200 kilómetros de norte a sur y 350 kilómetros de oeste a este, cordillera de los Andes de por medio (figuras 1A y B).
Al reafirmar la destrucción en el área de Copiapó y en el sur de ella mediante el testimonio del obispo Bravo de Rivero, se agregan 200 kilómetros latitudinales, porque hasta ahora se suponía que el límite del daño estaba en La Serena.
Asimismo, la contextualización acerca de las zonas pobladas y despobladas del territorio de la Audiencia de Chile y de los lugares donde podría haber infraestructura pública o religiosa importante, permite comprender mejor porqué no hubo más reporte de los daños en las zonas intermedias entre Copiapó y Valdivia, y al norte y al sur de estas, y permite a la vez suponer que el movimiento fue fuerte aun más allá de ellas.
En tercer lugar, el tsunami fue reportado en la costa sudamericana entre El Callao y Valdivia, inundando las ciudades intermedias de Valparaíso y Concepción.
De norte a sur consta que, en alguna medida (destruyendo «ranchos»), inundó el bordemar de La Serena, penetró 6 kilómetros por el río Aconcagua, en Pucauquén entró el mar y secó una laguna, inundó Concepción, tapó la desembocadura del río Imperial y, por último, penetró por el río y ciudad de Valdivia y causó daños, pero no «ofendió» a los fuertes que defendían la entrada por el río.
El tsunami atravesó el Pacífico e inundó campos de arroz en Japón.
No hay antecedentes de otros tsunamis conocidos de Chile colonial que hayan tenido ese nivel de proyección.
Por último, el tsunami en Valparaíso, además de inundar la estrecha playa del puerto y llegar hasta el límite de los cerros, lo hizo también en el sector del Almendral, por entonces un pago no incorporado al puerto.
El mar penetró por todo el Almendral, a uno y otro lado del estero de las Delicias, desde la punta del Barón hasta el puerto, avanzando 800 metros de fondo y hasta una altura de 8 metros.
El tamaño del terremoto de 1730 fue tan singular que incluso sus contemporáneos lo diferenciaron de los anteriores, señalándolo como «terremoto magno» y caracterizándolo como el más grande sentido en el reino de Chile desde que se tenga memoria.
Hoy estos antecedentes y argumentos contribuyen a proponer no solo que el terremoto de 1730 fue el mayor experimentado en Chile colonial y el mayor registrado en Chile central, sino que es posible que se acerque a la categoría de gigante (igual o mayor que 9 Mw).
Siendo el mayor de los grandes, o gigante, es igualmente importante prestarle atención porque, atendiendo al principio geológico citado al comienzo (lo que ha sucedido en la naturaleza una vez, volverá a suceder), pone en riesgo de grave inundación la costa más poblada de Chile. |
El artículo se propone analizar y aportar nuevas conclusiones sobre el comercio gaditano con el Perú entre los años 1814 y 1826.
Para ello nos hemos servido de la correspondencia inédita del comerciante Francisco de Carranza, testigo directo de los acontecimientos, con los más importantes comerciantes limeños.
Conoceremos las enormes dificultades que padecieron estos hombres de negocios en tiempos de tribulación y las estrategias utilizadas para sobrevivir en un comercio que parecía abocado a su fin.
Asimismo podremos saber si desapareció o se adaptó el comercio entre ambos territorios.
El buen oficio ejercido por historiadores como Ramiro Flores Guzmán, Paúl Rizo-Patrón Boylan, Deolinda Villa, Carmen Parrón, Scarlett O'Phelan, Brian Hamnett, Antonio García-Baquero, Jesús Turiso, Manuel Bustos Rodríguez y Alberto Flores Galindo nos ha ayudado a conocer mejor este episodio tan destacado en la historia del Perú y España.
Pero entre todos emergen dos figuras que han desentrañado con sus investigaciones el comercio limeño del primer cuarto de siglo XIX: Carlos Malamud, maestro para muchos de los historiadores que nos hemos acercado a esta temática, y Cristina Ana Mazzeo de Vivó.
A modo de síntesis podemos decir que Malamud en fechas tan tempranas como 1978 nos abría el camino de la investigación del comercio gaditano con el Perú con su trabajo «El fin del comercio colonial: una compañía comercial gaditana del siglo XIX», y que años después Mazzeo ha continuado en su Perú adoptivo con una rica producción bibliográfica.
Esta autora ya nos advertía de que la limitación de fuentes originales impedía presentar un estudio completo de las relaciones mercantiles entre estos dos importantes puertos de Cádiz y El Callao.
La suerte nos ha permitido acceder a un archivo inédito de más de 10.000 documentos perteneciente al comerciante vizcaíno Francisco de Carranza y Ortiz, quien ejerció el comercio en Cádiz entre los años 1794 y 1846, fecha esta última de su fallecimiento, es decir medio siglo de historia de las relaciones mercantiles con el Perú y la Nueva España.
1 Con este rico legado pretendemos completar, en la medida de lo posible este vacío documental y mostrar asimismo episodios de la vida cotidiana de estos comerciantes ultramarinos.
Durante los primeros años del siglo XIX, El Callao ocupó el segundo lugar en importancia en el contexto global del comercio con España a través de Cádiz.
Nueva España absorbía la mitad de las exportaciones de Cádiz, con un 55,2 %, siguiendo en importancia El Callao con un 17,2 % y en tercer lugar se encontraba el Río de la Plata con el 11,5 % de las exportaciones de Cádiz.
El resto se distribuía entre Cuba y Puerto Rico (6,5 %), Venezuela (6,1 %) y Nueva Granada (2,7 %).
2 Respecto al origen geográfico de los comerciantes españoles en el Perú destaca de manera clara la presencia vasconavarra; de hecho, entre 1787 y 1810 el 70 % de los pasajeros que pasaron al Perú procedían de las provincias cantábricas y de estos el 46 % del País Vasco y Navarra.
3 Desde que en 1810 se levantaran los primeros movimientos independentistas en el continente americano los comerciantes peruanos y en especial los limeños, representados por su consulado, cerraron filas y a través de numerosos e importantes donativos y préstamos permitieron a lo largo de casi 15 años mantener la esperanza de continuar bajo el amparo del rey de España.
El control del comercio americano estuvo en manos de los principales exportadores gaditanos al Perú y en sus colegas peruanos que gozaban de un alto grado de confianza, ya sea por vínculos familiares o de paisanaje.
Los ricos miembros del consulado de Lima ejercieron su hegemonía en el comercio oceánico desde el sur chileno hasta incluso los lejanos puertos novohispanos de San Blas o Mazatlán.
De la importancia del Tribunal del Consulado de Lima, cuya Junta General estaba integrada por 200 personas en 1815, podemos decir que en sus arcas guardaba cerca de 5 millones de pesos4 y durante sus últimos años de existencia estuvieron a la cabeza de esta institución, entre otros, los hermanos Antonio y Matías de Elizalde, quienes habían relevado a Javier María de Aguirre, y finalmente su paisano Francisco Xavier de Izcue.
En este comercio entre Cádiz y El Callao podemos distinguir básicamente dos etapas determinadas por los conflictos bélicos en los que España estuvo involucrada: La primera entre los años 1814 y 1820, es decir desde el final de la guerra de independencia en la península hasta los momentos previos a la independencia del Perú, en donde se manifestó un claro aumento del tráfico marítimo en el que España pretendía ocupar de nuevo un espacio en donde cada vez era menos protagonista y en un mar cada vez está más controlado por las naciones independientes; y la segunda, desde la citada proclamación de la independencia del Perú en 1821 hasta la derrota final de las tropas realistas en el continente americano en la batalla de Ayacucho el 5 de diciembre de 1824 y el inicio de los primeros gobiernos patrios.
En fechas previas a esta primera fase, la negociación con barcos neutrales benefició a los puertos distantes de los principales centros mercantiles, como el de Buenos Aires, Veracruz y el Caribe.
Por tal razón, cuando en 1799 se quiso derogar la real orden y volver a los navíos de registro, no se logró ya que esta política beneficiaba a los comerciantes al contar con un flete más barato y, a su vez, la corona recibía ingresos fiscales por los derechos que debían pagar los consignatarios extranjeros al retirar del país mercancías, oro y plata.
Por lo tanto, la corona siguió entregando licencias comerciales especiales con la única condición de transportar mercadería legal con tal de que no perjudicase a la industria del país, tales como ropa hecha, cueros curtidos, suelas, botas, zapatos, sillas, mesas, cómodas, coches, calesas, sillas de montar y demás manufacturas de talabartería, velas de cera, esperma y sebo.
A pesar de que entre 1802 y 1804, el tráfico comercial entre Cádiz y América notó un aumento al coincidir con un breve período de paz con Inglaterra, lo cierto es que tras la alianza con Francia se produjo la mayor contracción del comercio ultramarino.
Tan solo los buques ingleses que llegaban al puerto gaditano fueron los encargados de mantener viva la red comercial con las colonias americanas hasta 1814 cuando España, victoriosa de la guerra de independencia, reabrió muy lentamente su tradicional comercio con el Perú.
El incremento del contrabando en América y los estragos del corso fueron determinantes y prácticamente ya irresolubles para los intereses españoles en el continente americano.
Una de las primeras embarcaciones que llegaron a Cádiz tras la expulsión de las tropas napoleónicas fue la fragata Nuestra Señora del Carmen alias la Resolución que tras anclar en el puerto del Callao en agosto de 1814, zarpaba para finales de ese año rumbo a Cádiz «con registro de oro, plata y frutos» tras pagar por razón de flete 2,5 %.
Entre los propietarios que embarcaron su plata destacaron ricos e importantes comerciantes limeños que aprovecharon estas primeras oportunidades de enviar dinero a sus consignatarios en Cádiz; podemos señalar a fray Rafael Castro (Colegio de JESÚS RUIZ DE GORDEJUELA URQUIJO Moquegua) (600 pesos en plata doble), Francisco Xavier de Izcue (8.136), Francisco Carranza (1.575), Francisco Ignacio de Alvizu (1.125), Juan Bautista de Gárate (2.000), Bartolomé de Lopetedi (5.000), Manuel de Acasuso (4.190), Sres.
6 Pronto apareció el corso frente a las costas del Perú y con ellos el miedo a ser capturados los barcos mercantes que hacían la ruta transoceánica.
Francisco Xavier de Izcue escribió a su paisano Juan de Abajas Carranza de cómo no había llegado ningún barco al Callao procedente de Valparaíso tras haberse divisado cuatro embarcaciones sospechosas de ser «piratas del Río de la Plata que ha quedado desvanecido al comprobar que son balleneros con rasgos de contrabandistas».
Asimismo Izcue era optimista respecto al comercio entre la metrópoli y el virreinato del Perú al conocer de los recientes éxitos del ejército realista en el Bajo Perú y «con este motivo empieza a ponerse en movimiento el comercio; la confianza va recuperándose y los efectos aunque no tomen mucho valor, a lo menos se costearán».
7 El temor a que los frutos del comercio fueran apresados por los corsarios obligaba a que se tomaran todas las precauciones posibles.
Francisco de Carranza en 1816 escribía a su paisano Francisco María de Zuloaga indicándole claramente el modo de actuar con su plata.
Un ejemplo de las medidas que debían tomar los depositarios lo tenemos en una carta que el citado Francisco de Carranza escribió poco tiempo después de su regreso a Cádiz en 1817 al comerciante limeño Saturnino de Barinaga, responsable de que su mercancía fuera bien vendida en tierras peruanas, en donde le insistía en que sus beneficios fueran embarcados rumbo a España en primer lugar en un buque de guerra tanto de bandera nacional como de neutrales y en su defecto en dos buques mercantes armados para que de este modo se redujera el riesgo de ser capturado por los muchísimos corsarios que infestaban tanto el Pacífico Sur como el Atlántico.
En caso de no cumplir estos requisitos le instaba a que el capital obtenido lo depositara en manos de sus personas de confianza en Lima, Francisco Xavier Izcue y Juan de Abajas quienes se encargarían de enviarlo en el momento más conveniente.
8 Para mostrar la tipología de mercancías que eran demandadas por los comerciantes limeños en estos primeros momentos del restablecido comercio interoceánico nos pueden servir de ejemplo los productos embarcados en las fragatas Cinco Hermanos y en el Alcides.
En la primera de estas, el comerciante Miguel del Camino envió por su propia cuenta y riesgo a Francisco Xavier de Izcue cuatro cajones con listonería, seda joyante de Murcia, tafetanes, pañuelos de seda y todo por un valor de 25.146 reales con un gasto de 2.264 (entre los que destacan el 3 % de comisión de compra, corretaje y remesa)9, mientras que el segundo buque que había partido del puerto de Cádiz el 25 de noviembre de 1814 llegó al puerto del Callao el 1 de abril de 1815, transportó 648 cabos de bayeta de pellón superfina a 87 pesos/cabo y 76 cajas toscas que contenían 1.540 piezas de panas, lo que ascendió a 962.935 reales de plata de los que José Xavier de Zuloaga poseía las dos terceras y el otro tercio (320.978 reales) pertenecía a la compañía comercial gaditana Viuda de Ruiz e hijo Terry.
Los tiempos de paz había que aprovecharlos y por ello era necesario cargar lo más rápidamente posible el barco para hacer el retorno sin demora.
De este modo se lo manifestaba el armador de este barco al maestre Francisco de Carranza: «[...] lo conveniente de no perder momento en la descarga del buque a fin de que con la mayor actividad se disponga también lo necesario para la compra de frutos por nuestra cuenta y habilitación de retorno de la referida fragata, teniendo presente que nada será de más provecho para la expedición que un buen registro de plata».
Ponía énfasis en que «para su regreso se aproveche bien el buque, pues lo pequeño de este obliga a que nada se desperdicie aunque vengan con alguna estrechez.
Asimismo, procurará Vuestra Merced que en la cámara se coloquen los más pasajeros que puedan venir y que los pasajes sean proporcionados al mérito del buque».
Las instrucciones de navegación no dejan de lado asuntos tan concretos como la necesidad de crear en el barco un espacio en donde se «lleven bien la oficialidad y pasajeros para evitarnos el disgusto que tendríamos si lo hubiese entre ellos con el mejor modo posible» así como instrucciones dirigidas a su capitán, Martín Revilla, para que cuando se acercase a la altura del Río de la Plata se alejase todo lo posible para eludir a los numerosos corsarios, para lo que le aconsejaba que siempre «hubiera hombres de descubierta en las crucetas para huir con tiempo de todo barco que divisen, aunque su apariencia no sea sospechosa y lo mismo al acercarse al Callao, donde no deben fondear hasta que mandando el bote a tierra y volviendo con las reseñas oportunas de inteligencia se asegurasen que no hay en tierra ninguna novedad funesta».10
Estudio de caso: El Alcides
La suerte de que el archivo particular de Francisco de Carranza tuviera entre sus fondos el sobordo del Alcides en su viaje de regreso a Cádiz desde El Callao en fechas tan tardías, nos permite ofrecer información novedosa en la que se muestran los principales actores del comercio tardocolonial hispanoperuano.
Nuestra Señora del Rosario, o más conocida por El Alcides, fue una fragata mercante forrada en cobre y armada de 10 cañones propiedad de la compañía gaditana Viuda de Ruiz e Hijo Terry.
Como hemos podido leer en líneas anteriores, este buque fondeó en el puerto del Callao procedente de Cádiz el primero de abril de 1815, permaneciendo en esta bahía hasta el 25 de octubre de ese mismo año en que tomó vela de vuelta a España, fondeando en Cádiz el 29 de febrero de 1816, tras 127 días de navegación.
Asimismo transporta 6 barriles de vino moscatel a 80 reales de plata (48 pesos) embarcados por Francisco Xavier de Izcue de cuenta y riesgo y consignación en Cádiz de Juan Manuel de la Cruz, conde de Maule, un cajón de loza de Bucaro embarcado por Buenaventura Llavería de cuenta y riesgo de José Santiago Solo de Zaldívar y a consignación de Dionisio Prendergat y un cajón con alhajas y loza de Chile.
11 Como hemos señalado anteriormente también estos barcos mercantes transportaban un grupo limitado de personas.
En este caso el costo del pasaje ascendió a 600 pesos (6.000 reales de plata), cantidad nada despreciable si tenemos en cuenta que el sueldo de un empleado de almacén en aquellos días en Lima no superaba los 5 pesos al mes.
En esta ocasión el pasaje estuvo compuesto por fray Juan de Dios Cabezudo con un criado negro, Francisco de Ortega Ramos y su hijo Isidoro, Bernabé Fernández, Luciano Murrieta y José Joaquín de Aramburu, quien falleció durante la travesía por lo que tan solo se le cobraron 300 pesos de la mitad del pasaje.
Además de estos pasajeros viajaban los reos de estado Francisco Carrascón (de Cuzco) y José Mestra (de Lima).
El estudio del sobordo del Alcides nos permite conocer a los tres principales actores de este registro: los depositarios, los propietarios de los caudales y los consignatarios en el puerto de Cádiz.
En esta rica e inédita documentación el maestre Francisco de Carranza registró toda la carga, incluidas las entradas de plata y oro que los depositarios le entregaban, en su mayor parte pertenecientes a ricos personajes de la sociedad virreinal, para que fuera trasladada a España con la mayor garantía de seguridad.
Estos depositarios eran comerciantes limeños con importantes contactos en distintas plazas americanas y europeas que registraban tanto mercancías como plata y oro en el puerto del Callao en el barco que menos costes y más seguridad ofrecieran los maestres de las distintas naves que preten dían navegar al destino.
De los 321 registros de que consta este sobordo, 10 corresponden a cálices de oro y plata, joyas y perlas, mientras que casi la mitad del resto, 147, están compuestos de cantidades inferiores a los 1.000 pesos.
La siguiente franja de valores lo conforman los depósitos de cantidades comprendidas entre los 1.000 y 2.000 con 59 registros, reduciéndose estos según ascienden las cantidades de plata enviada.
Además de los comerciantes citados en el anexo n.o 1, otros muchos tan solo realizaron un único depósito en el buque Alcides.
Respecto al origen de los bienes depositados, estos procedían principalmente de la venta de los productos comprados en España por sus consignatarios y vendidos en el virreinato del Perú, y de la plata y oro fruto de años de capitalización.
En cuanto a la proporción de uno u otro no estamos en condiciones de determinar su cuantía, aunque sí podemos asegurar que mientras se mantuvo el comercio entre España y el Perú, gran parte de las remesas enviadas a Cádiz y a otras plazas europeas fueron los beneficios obtenidos en las transacciones comerciales y destinadas a alimentar el flujo mercantil; ya con la independencia del virreinato se produjo la salida apresurada de la plata y oro de los españoles que abandonaron precipitadamente la nueva república.
Tipología de las mercancías peruanas transportadas a Cádiz
Además de plata y oro, El Alcides transportaba la no despreciable cantidad de 5.514 cargas de cacao de Guayaquil (48 reales carga) por valor de 26.468 pesos.
Este solicitado producto representaba el 68 % del total de las exportaciones a Cádiz y era controlado por los ricos comerciantes de los consulados de Lima y Cádiz.
La apertura al comercio del cacao en 1796 del puerto novohispano de San Blas, y posteriormente de los puertos de Panamá, Sonsonate y Realejo, llegarán a absorber hasta el 27 % de la producción total del cacao guayaquileño.
13 En una carta escrita por el comerciante Francisco María de Zuloaga desde el puerto del Callao a Francisco de Carranza le informaba de la salida el 1 de diciembre de 1815 de este puerto rumbo a Cádiz del barco El Águila y que en fechas próximas saldrían La Mariana y las fragatas Comercio y Minerva que, procedentes de Guayaquil, se les esperaba para el día 25 de ese mes cargadas con cacao.
Del mismo modo Zuloaga aseguraba que el barco fletado por Arismendi, La Reina de los Ángeles, saldría en enero de 1816 y que a estos le seguirían El Catita y La Warren.
Estos cinco últimos buques «transportarán de 36.000 a 40.000 arrobas de cacao y tras su marcha no quedaría barco alguno en El Callao.
El precio de la arroba de cacao en Guayaquil se mantuvo de 4 a 41⁄2 pesos».
14 Ante la posible saturación del mercado de Cádiz por una llegada masiva de cacao que produciría una importante bajada de los precios, Carranza ordena que el dinero que le debe Zuloaga se lo mande en dinero y no en frutos.
La cascarilla, también llamada quina aromática, fue también uno de los productos más requeridos en Europa por su valor curativo y antitérmico.
Esta planta se extraía principalmente en Cuenca y Piura y en menor grado en Yungo, Huánuco y Tarma.
El precio de la arroba de cascarilla en Lima se mantuvo entre los 4 y 6 pesos, con un flete fluctuante que llegó a costar incluso el doble en periodo de guerra.
A modo de ejemplo en periodo de paz se cobraba 36 reales por arroba y en guerra su valor ascendía hasta los 72 reales.
El poderoso comerciante Francisco Xavier de Izcue remitió a Francisco de Carranza la factura de 41 cajas de cascarilla embarcadas en la fragata Nuestra Señora del Carmen, alias Resolución, con destino a Cádiz a la consignación de su maestre Juan de Abajas y en caso de ausencia a los señores Marcelo Polanco y Olaguer Reynals, que dieron un peso de 628,7 arrobas por un valor de 6.651 pesos.
15 Finalmente otros productos menos importantes eran comercializados en la península, tales como el cobre y el estaño, que en 1817 se exportaron 10.488 quintales del primero y 2.263 del segundo.
Tal y como señala Mazzeo, en los años en que la salida de plata y oro decaía se producía un aumento de estos dos minerales.16
Tiempos difíciles para el comercio gaditano al Perú
Aunque el transporte marítimo se había reactivado tras la guerra napoleónica a partir de 1816 el acoso de buques al servicio de Buenos Aires y de Chile estranguló casi hasta asfixiar el libre tránsito de mercancías por mar.
Corsarios como el británico Willliam Brown, que al mando de cuatro buques bloqueó y bombardeó el puerto del Callao capturando dos embarcaciones que entraban en el puerto, crearon el pánico entre la atemorizada población limeña.
Una de estas dos naves, la fragata Consecuencia, transportaba seis tercios y un cajón arpillado asegurados en Cádiz por Juan de Abajas en el concepto de 4.000 pesos al 5,5 % y propiedad de Antonio Sáenz de Tejada.
La crisis ya hacía mella en el comercio peruano y por esta razón Tejada le impartía a Abajas instrucciones muy precisas de las mercancías con alta demanda en el virreinato para que se las remitiera, como creas y entre anchas de Hamburgo que sean bien tupidas y con bastante grano, pero sin el lustre con que suelen venir algunas por la goma y mucha prensa que se les dan; renglón a que me inclino por el pronto por ser de pobres, y que en todo tiempo, cuando no deje utilidad, tampoco mucho quebranto.
17 después al acondicionar y armar el barco correo Abascal para que navegase de cabotaje y diera aviso a las naves españolas que se acercaban al puerto limeño.
Finalmente el costo final de armar y mantener la flota durante esta acción costó al consulado 383.293 pesos.
Varios meses después el virrey Pezuela solicitó al consulado que armara otras dos naves, la fragata Veloz Pasajera y el bergantín Pezuela, que durante el año que estuvieron de servicio su mantenimiento ascendió a otros 243.177 pesos.
La venta de los productos procedentes de España no resultaba nada fácil, debido a factores como el citado corso, la profunda descapitalización que padecía el virreinato y, sobre todo, por el colapso de mercancías procedentes de Panamá y Jamaica que inundaron los mercados peruanos.
De este modo lo manifestaba Francisco María de Zuloaga al anunciar que ningún comerciante se había acercado a Lima procedente de la Sierra, Chile, Trujillo, Guayaquil, Cuenca, Quito, etc. por temor a sufrir algún peligro y «estamos sin saber a quién vender y atorándonos de Panamá».
19 Otro ejemplo lo observamos en las impresiones que Juan de Abajas manifestó a su tío Francisco de Carranza de que no había encontrado quien quisiera entrar en el total del negocio que trajo en su expedición a excepción de un comerciante que tan solo le ofreció 350.000 pesos pagaderos en plazos largos.
En vista de la imposibilidad de vender la mercancía, Abajas trató de hacerlo por partes o renglones según se presentase la ocasión, vendiendo cerca de 300.000 pesos, parte al contado y el resto a plazos, a «personas de moral seguridad».
Entre las prendas que Abajas logró colocar destacan: camisas con plazo a 59 pesos la docena y gracias pues se están vendiendo muchos efectos a menos de los principales de esa.
Los efectos que he traído a mi cargo han sido renglones de mucha consideración sin surtimiento y con un terrible sobrecargo, como que fueron comprados a cambio de cacao.
20 Recientes investigaciones nos desvelan que, a pesar de la victoria insurgente en Chacabuco en 1817, el intercambio de azúcar peruano por trigo chileno no llegó a desaparecer.
21 Del mismo modo podemos decir que aunque la pérdida de Guayaquil y Trujillo suspendió el comercio lícito con la capital, este fue sustituido por un intenso y lucrativo contrabando.
Jamaica, la vía inglesa del comercio del Pacífico Sur
La ausencia de barcos de guerra españoles en la región permitió a Inglaterra controlar las remesas de oro y plata con las que los comerciantes peruanos pretendían activar sus intercambios mercantiles.
De este modo el corredor Panamá, Jamaica, Londres ocupará la mayor parte de la salida de caudales con destino a la capital británica.
Allí la plata será cambiada a libras, parte se depositarán en las más importantes casas de comercio londinenses y el resto será enviado a España en letras de cambio.
La correspondencia entre Juan de Abajas y su tío Francisco de Carranza nos desvela cómo se produjo este comercio con Jamaica.
El primero le notificaba que Manuel de Bárcena, comerciante y paisano, tenía previsto salir rumbo a Jamaica en la fragata Cazadora para colocar en Londres una remesa de 24.000 pesos de plata propiedad de Francisco María de Zuloaga:
Creo habrá muchos que hagan esta operación [... y] temo se dificulten las seguras libranzas contra Londres en donde son preferibles las que da el Almirante contra el Banco.
Ustedes sin duda ignoran haberse impuesto nuevamente en Panamá un 4 % a la plata que salga para Jamaica que es decir paga 14 % en lugar del 10 que antes exigían.
En este puerto se desembarcó la carga para ser transportada en mulas hasta Cruces, en donde era embarcada en canoas hasta el puerto de Chagres.
Allí se trasbordó a la goleta Alexandra hasta el populoso Portobelo en donde el navío inglés Saliburg transportó la plata hasta Kingston.
En la isla caribeña los caudales fueron embarcados en la fragata de guerra Ynconstand quien la trasladó hasta Londres.
En la capital del Támesis, Manuel Bárcenas entregó la plata al consignatario Pedro Casimir Timerman y en ausencia del anterior se harían cargo los señores Fartet Lacosta y Cía.
Abajas escribía que el citado Bárcenas: trate de poner el líquido de esta cantidad en poder de usted bien sea tomando libranzas del Gobierno de Jamaica contra ese Banco y a favor de vuestra merced o remitiendo los pesos por el conducto más seguro y pronto que se presente.
24 Timerman anunciaba a Francisco de Carranza la recepción de la plata remesada y se ponía a su disposición para terminar esta operación mercantil:
Respecto a cuyas partidas aguardo las órdenes que tenga usted por conveniente dirigirme.
Según la resulta del caudal conducido por esta fragata y del que se aguarda por momentos en seguida con la fragata Active, se presenta en este instante nuestra plaza, juzgo que será muy prudente no manifestar empeño alguno por realizar aprisa los intereses de la parte de él que haya de retornarse en letras a España.
25 La preciada plata americana era codiciada por todas las naciones y máxime en unos años en que las colonias se habían desmonetizado hasta tal punto que incluso se ofrecían interesantes cambios de moneda con tal de hacerse con esta savia del comercio ultramarino.
En el siguiente texto podemos leer cómo algunos maestres de los buques encargados de trasladar la plata a Europa eran seducidos por suculentas comisiones si despachaban la plata en donde se lo solicitasen.
Del siguiente modo Francisco de Carranza se quejaba airadamente a su amigo y paisano Francisco Xavier de Izcue de la actitud del maestre de la fragata Carlota quien procedió de manera ilegal al desembarcar todo el oro y plata que tenía registrado en ese barco en Bahía de Todos Santos (Brasil) sin tener en cuenta la voluntad de sus dueños: el registro de plata del que bajados 121⁄2 % lo negoció con aquel Banco Portugués a razón de 800 reis por cada peso, cuya operación a mi entender no justa, da quebranto a los interesados, quienes están en libertad de disponer cada uno de por sí de sus interés registrado por la vía que puedan, y como les acomode; pero el maestre no tuvo presente el derecho de extracción que tiene que pagar pues no lo bajó, y queda comprometido con la Real Hacienda para cancelación de su registro.
26 Asimismo, a la saturación del comercio limeño con mercancías procedentes de Panamá hubo que sumar el creciente arribo de buques extranjeros de permiso que dieron el golpe de gracia al comercio hispanoperuano.
El rico comerciante limeño Antonio Sáenz de Tejada era testigo de los «muchos algodones, y otros renglones que entran de Panamá» y de cómo una fragata inglesa con permiso, cargada de efectos; y dos rusas, según se dice con cera, lonas, brines, jarcia y otras cosas más productivas del Norte: razón por lo que las platillas reales, bretañas, creas y demás lencería de Hamburgo, y otros muchos géneros abundan y se vende a los precios con que no se costean los mismos renglones que viene de esa Península.
27 La percepción de la decadencia del comercio limeño también era compartida por el ya citado Francisco Xavier de Izcue, yerno del anterior y uno de los grandes comerciantes del virreinato, cuando se quejaba de:
La llegada de una fragata procedente de Baltimore con permiso de la casa Smith y la venida de la fragata nombrada Infante D. Carlos procedente de Calcuta han hecho rebajar los lienzos a precios ínfimos a que se agrega la continua introducción por la vía de Panamá de toda clase de efectos.
28 En 1818, la expedición que se hallaba embarcada y pronta a dar la vela bajo la escolta de la fragata de guerra María Isabel (su comandante el capitán de navío de la real armada D. Manuel del Castillo) estaba formado por las embarcaciones La Jerezana, Dolores, Magdalena, Elena (capturadas en la batalla de Talcahuano los días 28 y 29 de octubre de 1818), Todos los Santos (que debido a una vía de agua tuvo que anclar en Tenerife), La Trinidad (que se quedó en Buenos Aires) y la Especulación, Atocha, Santa María, Esmeralda (fragata de guerra) que llegaron al Callao durante 1818.
Estos buques transportaban a dos batallones del regimiento Cantabria, el cuerpo de cazadores dragones y una compañía de zapadores.
A partir de 1820 las cartas que enviaba Carranza a Lima fueron embarcadas en fragatas inglesas de permiso, tales como La Mary, Lord Suffield, Eduardo, Hélice (estas dos últimas retenidas a la entrada del Callao por Cochrane).
Los buques Comercio, Primorosa Mariana y Vigarrena suspendieron en junio de 1820 su salida para El Callao debido a la epidemia de fiebre tifus que asolaba la ciudad de Cádiz y asimismo por la insurrección del coronel Riego en Las Cabezas de San Juan en enero de ese mismo año.
La esperanza de reconquista de la capitanía general de Chile que el virrey Pezuela había depositado en el brigadier Osorio se vio truncada de forma definitiva tras su derrota en la batalla de Maipú en 1818, por lo que 27 Carta de Antonio Sáenz de Tejada a Francisco de Carranza, Lima, 10 de mayo de 1817, AFC.
28 Carta de Francisco Xavier de Izcue a Francisco de Carranza, Lima, 1 de agosto de 1817, AFC.
Tras esta pérdida, el consulado de comerciantes de Lima presentó un memorial al ministro de Hacienda Martín Garay para informarle de primera mano del estado lamentable que sufría el comercio peruano.
Este documento criticaba la política liberal que la Junta Central había permitido a partir de 1809 a las naciones amigas, y más concretamente a Inglaterra, el comercio que a través del istmo de Panamá y con origen en la isla de Jamaica, inundaba con sus productos de bajo coste el mercado del Pacífico americano y la actitud pasiva de las autoridades virreinales al permitir durante años el contrabando que llevaban a efecto naves francesas, angloamericanas, inglesas y rusas.
La respuesta del gobierno español no tardó en producirse y tras agradecer el patriotismo demostrado por el consulado, denegó su solicitud de cerrar los puertos españoles a los productos de naciones neutrales hasta que la maltrecha industria española se recompusiera.
29 El año siguiente a esta derrota española no pudo ser más nefasta para los intereses de los comerciantes limeños.
Si introducir legalmente sus productos procedentes de la península resultaba prácticamente imposible, más difícil lo fue con la llegada al Callao de cuatro buques ingleses con permiso: los ingleses a nombre de ellos [los insurgentes de Chile y Buenos Aires] nos afligen solicitando el comercio libre con lo que este gobierno nos saca el corazón en términos que nos llegará a precipitar: Tiene concedido permiso a 4 buques ingleses para que descarguen el resto de sus cargamentos, que será valor de esta de 800 [mil] a un millón de pesos, habiendo descargado antes clandestinamente más de medio millón, llevándose su importancia en plata sellada y piña, en la corbeta Blosson.
30 Pezuela apostó por conceder permiso durante un periodo de dos años a los comerciantes ingleses pensando que con esta medida se cargaría con un 30 % los productos desembarcados que irían directamente a las arcas reales, además del 12 % sobre los derechos comunes.
Aunque Hamnett 31 señala que esta polémica medida provocó la división de los realistas pe ruanos al posicionarse a favor de ella el Ayuntamiento y los exportadores limeños, deseosos de vender su azúcar, mientras que los comerciantes peninsulares rechazaban frontalmente esta injerencia extranjera, la realidad se nos presenta más compleja ya que pesaban más los intereses particulares que gremiales.
Un ejemplo lo podemos ver cuando en 1818 los comerciantes ultramarinos Martín José Pérez de Cortiguera y Juan Abajas votaron en contra de la decisión del consulado de comerciantes de Lima de impedir el libre comercio con neutrales ya que en esos momentos lo que a estos comerciantes les urgía era poder sacar el capital obtenido de sus ventas.
32 A finales del año siguiente, en diciembre de 1819, los españoles José de Arizmendi y Pedro de Abadía obtuvieron una licencia para introducir por el puerto del Callao artículos europeos y asiáticos por un monto de 150.000 pesos a cambio de entregar a la Real Hacienda una tercera parte.
Pocos meses después Arizmendi volvió a obtener otro permiso, esta vez para la introducción de mercancías procedentes de los Estados Unidos por un valor de 50.000 pesos pagando los mismos impuestos que si fuesen productos españoles procedentes de Cádiz.
Posteriormente este privilegio lo obtuvieron los vascos Murrieta y Lizarazuy 33 para comprar telas que serían importadas al Perú procedentes de Río de Janeiro para su venta por un valor de 348.000 pesos y el pago de los mismos derechos aduanales impuestos a los productos procedentes de Panamá aportando para ello 100.000 pesos a las arcas reales.
34 Para Izcue el comercio marítimo entre Cádiz y Lima resultaba una empresa abocada al fracaso más absoluto:
Tengo lástima a los que hayan remitido buque y efectos para el Callao, precisamente han de ser sacrificados: con estos acontecimientos nada se vende, ha desaparecido la confianza enteramente, y el clamor del comercio es grande.
De la ancheta 35 que de mi cuenta me remitió usted en el San Antonio y Xaviera, nada he vendido y ahora menos.
36 La actividad corsaria no cesó durante este año e incluso la fragata Castilla que navegaba rumbo a Cádiz fue capturada.
En ella viajaba el citado Juan de Abajas quien vio cómo era despojado de todos sus bienes dejándole tan solo la ropa que vestía.
«Los corsarios cruzan nuestras costa y tiene paralizada nuestra navegación y la están haciendo los extranjeros que son nuestra ruina», escribía apesadumbrado Izcue.
Porción corta de mercancías que alguien lleva a vender a cualquier parte.
Pacotilla de venta que se llevaba a América en tiempo de la dominación española.
Para el primer marqués de la Concordia Española del Perú, a los exportadores agrícolas tan solo les guiaba el ansia de vender su azúcar excedente en el mercado chileno.
38 Asimismo no perdió la oportunidad de expresar su inquietud por el libre comercio en las costas peruanas al entender que si se adoptase el comercio libre con los ingleses no solo por dos años sino por menos tiempo, pues no necesitan mucho para arruinar la industria del país... no parece difícil discurrir el partido que tomarían los 15-20 mil artesanos que en Lima viven de su trabajo, 5-6 mil de ellos milicianos hechos a manejar armas...
39 La pronta aportación del consulado de Lima de medio millón de pesos al 6 % de interés a pagar en mensualidades de 100.000 pesos, así como la entrega de otros 200.000 pesos al contado en el mes de octubre y el compromiso de aportar a la corona 117.000 pesos mensuales, obligó a revocar el acuerdo con Inglaterra.
Finalmente para el año 1820 la cantidad final entregada por el consulado a las arcas reales desde principios de siglo alcanzaría la impresionante cifra de 7.306.244 pesos.
40 Aunque Pezuela no aprobó el libre comercio con neutrales, siguió concediendo permiso a barcos de distintas banderas.
Izcue manifestaba su pesar por estas licencias y así se lo manifestaba a su amigo Carranza a finales de 1820:
Este gobierno ha concedido seis permisos para los puntos que quieran pedir, coincidiendo la internación de toda clase de efectos, sin reservar Calcuta, Cantón, Janeiro, Londres y Estados Unidos; con tal que le adelanten dinero a cuenta de los derechos que han de adeudar en su internación de modo que ese comercio debe olvidarse de este punto, por año y medio contados desde esta fecha a excepción de papel, fierro, vino Cantón y algunos renglones peculiares a ese suelo.
41 Sobre esa misma fecha se llevó a cabo una contratación con la fragata inglesa ballenera Apost para la compra de 4.000 fusiles, pistolas y sables de Inglaterra o Francia y la autorización de ingresar efectos extranjeros por valor de 200.000 pesos, los cuales pagarían a su entrada aranceles como si vinieran de Cádiz.
41 Carta de Francisco Xavier de Izcue a Francisco de Carranza, Lima, 22 de diciembre de 1820, AFC.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.12 Los barcos ingleses 43 aprovecharon la falta de buques de guerra españoles en el área para portar en sus bodegas miles de pesos con destino a Inglaterra u otro puerto en donde ganarían en el cambio: «En la actualidad no hay buque de guerra español, pero se podrá acaso proporcionar registro en buque de guerra neutral para el Janeiro», señalaba Izcue.
44 Finalmente el consulado de comerciantes limeños obtuvo del virrey permiso para abrir registro de caudales a la corbeta de SMB Tyne con destino a Portmouth con escala en Río de Janeiro, con el pago del 15 % anticipado por todos los derechos reales y el 2 % de flete a su llegada.
45 El ejército libertador argentino-chileno desembarcó en Paracas en septiembre de 1820 y pronto las tropas realistas quedaron cercadas en la capital peruana.
La actitud del virrey de no abandonar Lima, en contra del criterio de la mayor parte de su oficialidad que consideraba conveniente organizarse en la sierra (en donde los recursos eran más abundantes e impedían la continua deserción realista), provocará su destitución en enero de 1821 por el general La Serna.
Este vacío permitió al general San Martín entrar en la capital limeña, donde encontró una población de más de 50.000 habitantes agotada de soportar a lo largo de los últimos años el peso de la defensa del virreinato.
46 El 5 de julio de 1821 el general La Serna abandonaba la capital virreinal para dirigirse a la sierra en donde podría reconquistar el espacio perdido y derrotar finalmente a los independentistas.
De todos era conocido que, ante el sitio que sufría Lima y el control del mar por Lord Cochrane, pocas posibilidades de supervivencia le quedaban al ejército realista si continuaba defendiendo una ciudad tan grande con tantos frentes abiertos que imposibilitaban su aprovisionamiento.
La Serna trasladó a la fortaleza del Real Felipe en El Callao 900 soldados que no podían acompañar al cuerpo del ejército a la sierra por encontrarse enfermos con la esperanza de que tras su recuperación protegieran tan importante bastión.
El general español delegó en los marqueses de Montemira y del Valle de Oselle la custodia de la ciudad hasta que llegaran las tropas de San Martín, hecho que se produjo cuatro días después.
44 en la ciudad pero cantidad insuficiente como para emprender una acción armada contra los patriotas.
47 Flores Galindo habla de cómo el temor a la inminente entrada de los patriotas provocó que gran parte de la aristocracia se refugiara en los cercanos castillos del Callao, en algún convento, iglesia e incluso en algún buque extranjero anclado en este puerto.
Esta huida contagió a los temerosos españoles, en su mayor parte compuesta por pequeños comerciantes, propietarios y administradores que, asustados ante lo que ellos creían una inminente rebelión de la plebe y razia de los esclavos negros, abandonaron sus negocios y domicilios para refugiarse junto a sus familias en los castillos.
Resulta paradójico que las casas y bienes de la aristocracia no sufrieron ningún daño siendo objeto de la ira popular los pequeños y medianos comercios peninsulares.
48 Una de las primeras medidas que aprobó el general San Martín tras su entrada en Lima fue la de proclamar la independencia del Perú, acta que fue firmada por menos de la mitad de los nobles titulados y solo una tercera parte de los miembros del Tribunal del Consulado.
49 Entre los que no comulgaron con el nuevo régimen y que decidieron regresar a la península se encontraban al menos una quinta parte de los miembros del cabildo eclesiástico metropolitano, siete miembros peninsulares de la Audiencia así como otros altos funcionarios del virreinato.
50 Importantes comerciantes españoles en el Perú como Félix D'Olhabarriaga Blanco, Andrés Sánchez Quirós o José Ventura Aguirre-Solarte ya habían emigrado a distintas plazas de Europa desde fechas previas a la independencia, cuando cientos de españoles abandonaron el Perú como consecuencia de la política antiespañola orquestada por el ministro Monteagudo.
51 Muchos de estos emigrados decidieron instalarse en Londres o Burdeos, en donde llegaron a gestionar el comercio y la llegada de caudales americanos, hecho que inquietó a los comerciantes bordeleses, que veían cómo la plata que llegaba no era precisamente como resultado de sus empresas comerciales en el continente americano, sino más bien de los ahorros de los expulsos americanos.
52 La Junta de Comercio, con la totalidad de sus miembros, debió resolver la petición urgente del nuevo gobierno de un préstamo de 150.000 pesos sobre los derechos de aduana.
Ante la imposibilidad de que los ricos comerciantes pudieran sufragarlo se optó por ampliar la convocatoria al resto de vecinos de Lima.
53 El comerciante que mayor cantidad aportó resultó ser Francisco Xavier Izcue, quien se comprometió a donar 4.000 pesos, aunque la cantidad final que entregó fue poco más de la mitad de lo prometido (2.666 pesos).
54 Para solventar la guerra, el 12 de abril de 1822 San Martín aprobó el comercio libre únicamente por los puertos del Callao y Huanchaco de buques de todas las banderas bajo el pago de un 20 % sobre todos los géneros que ingresaran en buque extranjero, el 18 % sobre los productos que llegasen en buques de Chile, Río de la Plata y Colombia y el 16 % si se trataban de buques peruanos.
Además abolió las aduanas interiores y permitió la circulación de mercancías sin necesidad de guías.
El oro y la plata debían pagar por su extracción, cualquiera que fuese la bandera de la embarcación, el 5 % por la plata y el 2,5 % por el oro; además quedaba prohibida la extracción de dichos minerales no acuñados.
En cuanto a los productos que saliesen en buques extranjeros, habrían de pagar el 4 %, y el 3,5 % y si lo hacían en buques con bandera de Chile, Río de la Plata y Colombia, pagarían solo el 3 %.
55 De esta manera se ponía en funcionamiento el primer reglamento de comercio de la época republicana, que establecía, más que un comercio libre, un comercio «protegido» que imponía aranceles escalonados para favorecer a los países americanos.
Esta circunstancia permitió que muchas embarcaciones inglesas se «americanizasen» al enarbolar la bandera peruana antes de entrar a puerto para recibir mayores franquicias.
56 A pesar de las enormes dificultades que padecían los peninsulares para ejercer el comercio, estos continuaban buscando otras vías para poder vender sus mercancías.
Izcue no descansaba en sus proyectos comerciales e instaba a su viejo amigo Carranza a que le procurase enviar, vía Gibraltar, efectos que escaseaban en Lima.
Izcue, que se acababa de naturalizar peruano, no quería quedarse fuera de los negocios de importación por lo que dio órdenes a Carranza para que comprara mercancías por valor de 10 a 15.000 pesos y que estas fueran embarcadas en algún navío inglés o norteamericano y que cuyo capitán se hiciera responsable de la carga y de su consignación.
57 En una carta posterior el mismo Izcue describe un panorama desolador para los comerciantes limeños cuando dice que: el numerario escasea mucho: el papel moneda está perdiendo de 18 a 20 %.
La salida del dinero en lugar de pagar 5 % en lo sucesivo pagará 7 % y el oro 3 % se está haciendo mucho reglamento y se prohíben todas cosas hechas de ropa blanca y de color, muebles de todas clases, jabón, etc. 58 En 1823 la fragata inglesa Amanda desembarcó en los puertos peruanos mercancía por valor de 800.000 pesos y obtuvo la extracción libre de derechos de 3.000 quintales de cacao (299.700 libras esterlinas).
A la cabeza de este negocio con el gobierno republicano se encontraban los comerciantes ingleses Juan Begg, Guillermo Hodgson, Guillermo Cochrane, Estalisnao Lynch, Juan Parish Roberson y José Priglos, y el español Manuel Castilla, quienes hicieron entrega de 70.000 pesos al contado, 120.000 pesos pagaderos en tres mensualidades, 20.000 a entregar en el plazo de un mes y los 40.000 restantes en dos meses.
Cádiz dejó de ser destino de las exportaciones del continente americano y los comerciantes españoles en el Perú vieron cómo desaparecían sus nexos políticos y comerciales con la metrópoli.
De este modo el prestigio y poder ya no emanaban del reconocimiento de la corona, y al romperse este lazo secular se abría paso a una nueva etapa de enorme dificultad.
59 A pesar de la profunda crisis, desde 1820 Francisco Xavier de Izcue continuó con su comercio oceánico pero, en vez de hacerlo con apoderados españoles y desde Cádiz, lo realizó desde Gibraltar y con apoderados ingleses como James Giró y Carlos G. Suett.
Pero esta política comercial no sería ejercida solo por Izcue.
Su paisano Santiago de Goyeneche viajó en la fragata americana Brown desde Gibraltar al Callao, con escala en Intermedios, transportando ancheta propia y por comisión de terceros.
A este le acompañaba su socio Carlos Olivares, quien para Carranza era un «paisano honrado y merecedor de mejor suerte que tendría mucha satisfacción la lograse en ese país con el favor de los amigos, entre quienes cuento a usted como primero para que consiga su objeto».
60 Otro ejemplo lo tenemos en el viaje de la fragata norteamericana India, que zarpó el 5 de diciembre de 1824 del puerto de Gibraltar rumbo a los puertos peruanos.
En esta embarcación viajaron Samuel Robert y el joven Felipe González (sobrino de Francisco de Carranza y primo de Juan de Abajas).
Este último, decía su tío, «posee el francés y lleva de aquí ya rudimentos del idioma inglés que si el tiempo los detiene en Gibraltar llegará al destino con el idioma en el cuerpo».
Carranza entendió claramente que el nuevo comercio exigía de nuevos y preparados comerciantes, en donde el dominio de idiomas resultaba vital para poder hacerse un hueco en este nuevo orden mercantil: «He visto que para andar por el mundo es necesario tratar con individuos de dichas dos naciones».
61 Para los peninsulares que permanecieron en Lima, las derrotas españolas en las batallas de Junín y Ayacucho en diciembre de 1824, y la inminente entrada de las tropas patriotas en la ciudad, provocaron que muchos de los españoles y limeños que habían sido afines a la corona se refugiaran en las fortalezas del Callao, en donde 2.000 soldados realistas a cuyo mando se encontraba el brigadier Rodil resistirán hasta enero de 1826 cuando la hambruna y las enfermedades aniquilarán a un número no determinado de realistas, cifra que pudiera variar, según los investigadores, entre los 3.000 y los 6.000 fallecidos, sobreviviendo tan solo 700 de los sitiados.
En palabras del comerciante Felipe González:
Muchísima ha sido la mortandad que ha habido por hambre en la población del Callao: en el bien entendido entre ella y Castillos componían desde un principio de 6 a 7 mil almas de todas clases y edades; y los que han sobrevivido a tantas angustias y privaciones, etc. es de un corto número.
González pudo conocer de primera mano cómo los efectos del sitio habían provocado la desaparición de los pocos comerciantes peninsulares que aún permanecían en el Perú: Murió Elizalde, Tellería, D. Ignacio González, D. Víctor Angulo, D. José Francisco de Isasi en el castillo de Callao.
D. José Lasarte está bastante enfermo, Idiáquez, Santo Domingo Celayeta y algunos otros pocos como Salguero, Zalduendo también están encerrados en las fortalezas con bastante incomodidad.
63 Cuatro días antes de que Rodil entregara la plaza, el 19 de enero de 1826 fallecía entre sus muros, víctima del escorbuto, Francisco Xavier de Izcue.
64 El papel protagónico de la elite comercial peruana se vio radicalmente anulado por el papel jugado por profesionales liberales; de hecho, en el Primer Congreso Constituyente sobre un total de 91 diputados tan solo se encontraban nueve comerciantes, nueve propietarios y tres mineros.
La llegada al poder de los insurgentes vino acompañada de la presencia de agentes comerciales ingleses, que destacaron por su giro mercantil en los primeros años independientes.
Juan Beggs fue un importante importador de productos de consumo masivo que, en el período de 1821 a 1828, ingresó un total de 68.551 pesos en telas provenientes de Liverpool, Valparaíso y Arica, además de otros productos de distintos puertos del Pacífico y Europa, por un valor de 153.172 pesos.
Estos comerciantes eran reconocidos por el consulado de comercio como principales, dado que anualmente se les había calculado un giro mercantil de 120.000 pesos.
65 Tal y como señala Flores Galindo, Inglaterra se convirtió en la nueva potencia hegemónica gracias a diversos factores determinantes como la destrucción 63 Carta de Felipe González a Francisco de Carranza, Guayaquil, 5 de agosto de 1825, AFC.
Su hijo Juan Francisco continuaría con sus negocios.
Razón del repartimiento hecho por este Consulado de acuerdo con sus consejeros y diputados a todos los comerciantes de esta ciudad «mayores y menores» con arreglo al supremo decreto de 4 del corriente, Lima, 1826, AGN, Aduana del Callao, Sección Mares del Sur, 1821-1829.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.12 de la flota mercante peruana, la quiebra del Tribunal del Consulado limeño y la profunda crisis económica que asolaba el virreinato.
Esta situación provocará una cadena de quiebras mercantiles en Cádiz que debilitarán aún más el comercio ultramarino gaditano.
66 Entre los muchos españoles que abandonaron el Perú, algunos continuaron negociando con la nueva nación gracias a una importante red de empleados, muchas veces familiares, que a lo largo del continente americano y de las principales plazas comerciales europeas trabajaban para ellos, tal como lo habían venido realizando con anterioridad.
Años después, bien entrado el siglo XIX, solo unos pocos emigrados retornaron al Perú en donde habían dejado familia, amigos y propiedades.
Respecto a estas últimas, muchas habían sido confiscadas por el gobierno independiente o enajenadas por sus administradores, por lo que les esperaban largos procesos judiciales para recuperarlas, aunque serán sus hijos y nietos los que lo conseguirán.
67 A partir de 1835 empezamos a conocer españoles que pretenden emigrar al Perú para dedicarse al comercio aunque su número será muy limitado.
Los comerciantes gaditanos y limeños del primer cuarto de siglo XIX, en gran número vasconavarros, vivieron un periodo jalonado de dificultades de todo tipo.
El contrabando, el pretendido libre comercio, las embarcaciones extranjeras con permiso de entrada de mercancías, la inexorable presencia británica y un corso que llegó a estrangular un paupérrimo flujo naval entre los puertos de Cádiz y El Callao hicieron que una impotente expotencia como la española claudicara y dejara al amparo de naciones extranjeras el comercio limeño.
Esta investigación nos permite concluir, entre otras cosas, que los hombres de negocios de ambas orillas no cejaron en su empeño por 66 Ruiz de Gordejuela, 2006a, 227.
Entre las muchas compañías que quebraron podemos señalar la producida en 1825 por los citados anteriormente Viuda de Ruiz e Hijo Terry (propietaria de la fragata Alcides).
El vecino de Bilbao Valentín García viajó a Lima en 1839.
EL COMERCIO GADITANO CON EL PERÚ ENTRE 1814 Y 1826 mantener un negocio que ya manifestaba importantes limitaciones desde finales del siglo XVIII y que, como consecuencia de las numerosas guerras en las que España se vio involucrada, frenaron, incluso en ocasiones anularon, el comercio entre el virreinato del Perú y la península.
Inglaterra, como principal embarcador, se posicionó en el primer lugar en esta carrera por el control del enorme mercado peruano-chileno utilizando la vía de Panamá y Jamaica para trasladar a su metrópoli los caudales de los comerciantes españoles que aún permanecían en el virreinato, unos para ser invertidos en nuevas negociaciones y otros para ser atesorados en bancos y casas de comercio de Londres.
A pesar del fuerte impacto de la guerra en las relaciones comerciales estas no se interrumpieron del todo, aunque los pocos comerciantes españoles que en los primeros años de la década de los años veinte aun se atrevieron a enviar sus mercancías al Perú lo hicieron principalmente en barcos y a consignatarios ingleses desde el puerto de Gibraltar.
En síntesis creemos demostrar que, a pesar de las enormes dificultades propias de un escenario en guerra, los comerciantes tanto peruanos como gaditanos buscaron distintos modos que les permitieran continuar con su secular comercio, por lo que podemos concluir que no se produjo una desaparición sino una costosa adaptación a los nuevos tiempos que permitieron el intercambio de mercancías entre estos dos destinos. |
Durante los centenarios de las independencias, importantes intelectuales españoles desplegaron una enérgica acción panhispanista en Hispanoamérica.
Se analizará aquí cómo americanistas, diplomáticos y líderes de la emigración españoles se coaligaron en las postrimerías del porfiriato para publicitar este programa, estudiando el viaje de Rafael Altamira a México a través del modelo conceptual de embajada intelectual.
El movimiento americanista español y la promoción del panhispanismo
Como es sabido, los centenarios de las independencias abrieron una interesante revisión de las relaciones entre España y América Latina e importantes debates acerca del tipo de vínculos culturales, económicos o políticos que debían desarrollarse de allí en adelante.
En aquellos años el principal impulso español para replantear estas relaciones no provino del gobierno de la Restauración, sino de la sociedad civil y, más concretamente, del movimiento americanista español.
Este movimiento recogía amplias corrientes de opinión, sensibilidades e intereses, que movilizaban a individuos y grupos ligados con el redescubrimiento de una América en fase acelerada de crecimiento, que lograba atraer a emigrantes españoles tras utopías de ascenso social.
Los sectores más concienciados del americanismo español impulsaron, en la última década del siglo XIX, un proceso organizativo 1 del que surgieron nuevos espacios americanistas.
Esto permitió al americanismo constituir un pequeño pero dinámico lobby panhispanista 2 que, trascendiendo los intereses sectoriales, planteaba la necesidad de potenciar y jerarquizar las relaciones culturales, políticas y económicas con las repúblicas americanas, para resituar a España en el concierto internacional, dentro de un bloque hispano de naciones.
Este grupo de presión institucionalizado, que pretendió erigirse en cerebro y portavoz del americanismo español, puede caracterizarse como un colectivo de notables, miembros de las élites de una sociedad desigual, en proceso de modernización económica y gobernada por un sistema político fraudulento y excluyente, propio del capitalismo oligárquico.
Luego del Desastre de 1898, la irrupción pública de este movimiento, 3 logró atraer nuevos elencos de notables del mundo intelectual, político y económico, permitiendo la emergencia de nuevos referentes doctrinarios, atentos a asociar sus reivindicaciones con otras que circulaban en el campo cultural y el campo de poder.
Esta repolitización del america-1 Cagiao Vila y Rey Tristán, 2006.
2 Nos apartamos aquí de las consideraciones del panhispanismo como ideología impregnada de «nostalgia neoimperial» (Aken, 1980 [1959].
Marcilhacy, 2010, 35-32) y también de la propuesta de considerar al panhispanismo como una lectura conservadora e inicial del americanismo, diferenciada ideológicamente del hispanoamericanismo progresista (Sepúlveda, 2005, 99-121).
GUSTAVO H. PRADO nismo -asociada con la crítica regeneracionista y la emergencia del nacionalismo español-4 permitió superar el horizonte mental del autonomismo cubano, la era de las exhortaciones fraternales y de la diplomacia de gestos.
Entre 18925 y 1910, desde estos sectores organizados del movimiento americanista se ensayarían dos estrategias: la primera procuraba atraer e integrar subordinadamente a las élites americanas en iniciativas españolas tuteladas o financiadas por el Estado; la segunda proponía una intervención autónoma desde la sociedad civil en el terreno americano, para prohijar vínculos con las élites locales -en especial con los emergentes sectores hispanófilos-de modo de crear una comunidad de intereses que pudiera comprometer, más tarde, a los gobiernos respectivos con un programa panhispanista.
Esta segunda estrategia partía de dos supuestos: el primero, que los gobiernos españoles no podían liderar este acercamiento en sus etapas iniciales, debido a la incapacidad o resistencia de las burocracias ministeriales; el segundo, que era peligroso dejar abandonada la acción americanista a las iniciativas de particulares, ya que de la simple sumatoria de intervenciones de emprendedores culturales carentes de respaldos institucionales, de unidad orgánica y de una doctrina rectora, jamás se podría generar una política panhispanista coherente.
Así pues, el fracaso de la cooptación de intelectuales americanos, sumado al desinterés de los gobiernos por innovar en estas materias y a la creciente profusión de aventuras individuales, contribuyó a que se perfilara una estrategia de intervención -que es posible conceptualizar bajo el tipo ideal de embajada intelectual-basada en la iniciativa unilateral y autárquica de instituciones americanistas.
Esta estrategia apostaba, pues, por una vía de acción paradiplomática que, más allá de una agenda ligada a los intereses específicos de quienes la patrocinaban, desplegara otra agenda paralela, cuya prioridad era la propaganda panhispanista.
Si bien este tipo de intervención no se encarnaba en un perfil único, quienes protagonizarían esta etapa incierta de aproximación serían intelectuales de orientación liberal-reformista.
Este protagonismo no solo puede explicarse por la composición socio-profesional del lobby americanista, sino también porque la viabilidad del giro panhispanista se jugaba, en América, en los terrenos culturales, en la opinión pública y en los imaginarios históricos, donde la hispanofobia seguía entorpeciendo acercamientos más profundos.
6 Las intervenciones de los embajadores intelectuales del movimiento americanista, junto con la acción espontánea de los emprendedores culturales, serían decisivas en esta etapa inicial de la reconstrucción de las relaciones.
Tanto unos como otros poseían el respaldo de su prestigio intelectual o profesional, sumado a las contribuciones eventuales que recabaran de sus redes sociales; pero solo los embajadores intelectuales del movimiento americanista podían contar con el respaldo de instituciones que les concedieron su representación oficial y se hicieron cargo de las gestiones que les permitirían obtener el plácet de las universidades, academias, asociaciones profesionales y foros de la sociedad civil donde se formaban las élites latinoamericanas con las que se pretendía establecer una alianza política e intelectual.
Uno de los mejores ejemplos de embajada intelectual española en la América de los centenarios fue el protagonizado por Rafael Altamira, quizás el principal de los nuevos referentes del americanismo español surgidos en la coyuntura de fin de siglo.
Este significado republicano y regeneracionista, discípulo de Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos, emprendería entre 1909 y 1910, un viaje americanista como delegado de la Universidad de Oviedo -donde comenzó a dictar cátedra de Historia del Derecho en 1898-, con los objetivos manifiestos de: tomar contacto con las instituciones educativas y del área cultural de Argentina, Uruguay, Chile, Perú, México y Cuba; establecer acuerdos de intercambio regular de recursos humanos y bibliográficos con las universidades latinoamericanas; y promover la creación de academias correspondientes a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, la cual lo había nombrado, también su representante oficial.
7 Junto a estos aspectos propositivos, Altamira desplegó una intensa actividad pedagógica en instituciones universitarias, académicas, museísticas, culturales y de la sociedad civil, ejemplificando prácticamente las potencialidades del intercambio intelectual.
Altamira fue escrupuloso a la hora de disertar sobre materias de su competencia, las cuales eran objeto de especial interés para un Estado en construcción: la institucionalización universitaria de la historia; la pedagogía de la historia en los niveles primarios y secundarios de la enseñanza; la pedagogía popular como instrumento de integración social; el Derecho consuetudinario y la Historia del Derecho.
Junto a estas cuestiones, la agenda paralela de Altamira se centró en la difusión de los avances científicos españoles; en refutar las leyendas negras sobre la cultura española; en proponer la fundación de institutos de investigación latinoamericanos en Sevilla para explotar el Archivo de Indias; y en publicitar los contenidos económicos y políticos del programa panhispanista, haciendo énfasis en la necesidad de una asociación igualitaria de los países hispanos.
Este periplo y el regreso de Altamira a España dieron lugar a demostraciones multitudinarias -con una notable repercusión mediática y política-en Montevideo, Lima, Mérida, México, Coruña, Santander, Alicante y Oviedo.
Si bien existieron algunas disonancias notorias en Cuba 8 y surgieron post facto detractores ideológicos de la labor de Altamira en Asturias, 9 lo cierto es que el incontrovertible éxito del profesor ovetense entre las élites y las opiniones públicas latinoamericanas había significado un impulso formidable para el americanismo español.
Este resultado fue posible, en buena medida, por la eficaz logística del rector de la Universidad de Oviedo, Fermín Canella, y también por el apoyo de los españoles en América, tanto de los diplomáticos de la Restauración como, sobre todo, de los líderes de la emigración.
Existiendo investigaciones recientes acerca de esta embajada intelectual, particularmente de su experiencia en Argentina, 10 nos detendremos aquí en su escala mexicana -comprendida entre el 12 y el 20 de diciembre de 1909 y el 12 de enero y el 12 de febrero de 1910-, recurriendo a la abundante documentación inédita conservada en los diferentes repositorios que recogen el archivo original de Altamira y en archivos estatales que recogen informes diplomáticos, cruzando esta evidencia con documentación de prensa.
El objetivo no es solo contribuir a recuperar la memoria de un acontecimiento significativo para la compleja historia de las relaciones hispano-mexicanas; 11 sino también proveer elementos para construir el modelo de embajada intelectual, como un instrumento capaz de dar cuenta del proceso de acercamiento entre España e Hispanoamérica en este período.
La llegada de Altamira a México estuvo precedida por las noticias del espectacular impacto que había tenido su misión en Sudamérica.
Estos antecedentes sirvieron de incentivo para que los sectores afines a la empresa retroalimentaran el clima de apoteosis hispanista, en un contexto propicio para la revisión positiva de la herencia cultural española.
13 Sin abandonarnos a una simple descripción erudita -que realizamos con anterioridad 14 y seguimos aquí, en parte-es necesario brindar un panorama sintético de las actividades de Altamira en México.
Altamira pronunció un ciclo de cuatro conferencias para la Escuela Nacional de Jurisprudencia, presentado por el secretario de Instrucción pública y Cultura, Justo Sierra, y clausurado por el director de la Escuela y presidente de la Academia de Ciencias Sociales, Pablo Macedo, ante la presencia del embajador español y del presidente Porfirio Díaz.
15 Altamira disertó también en la Escuela Nacional Preparatoria, en la Escuela de Artes y Oficios, en la Escuela Normal de Maestros, en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología, en el Colegio Militar, en el Casino Español para el Nacional Colegio de Abogados, en el Ateneo de la Juventud, y en el Salón de Actos de la Escuela Nacional de Artes y Oficios, para la Academia Nacional de Ingenieros y Arquitectos.
16 Durante su estancia Altamira fue invitado a visitar la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la Biblioteca Nacional, las excava-12 Este tipo ideal deberá identificar los factores estructurales y coyunturales que favorecieron el acercamiento hispano-mexicano, los actores y los hechos, explorando sus relaciones, para construir a partir de todo esto -y del conocimiento que tenemos sobre las experiencias de Altamira en el Río de la Plata-un modelo explicativo que, como tal, abstraiga los aspectos más significativos de la realidad, para componer una herramienta teórica capaz de aplicarse a los fenómenos constituidos en objetos del estudio histórico y contrastarse con la evidencia disponible de esta y otras escalas del viaje de Altamira y, más allá, con la evidencia de otras experiencias americanas de viajeros intelectuales españoles.
15 Archivo Histórico de la Universidad de Oviedo, Fondo Rafael Altamira, en catalogación (AHUO/FRA, en cat), Caja VI.
Para el pormenor de este ciclo y títulos de las conferencias, véase Prado, 2008b, 37.
La edición crítica de tres de las conferencias por Jaime del Arenal Fenochio, en Altamira, 1993.
GUSTAVO H. PRADO ciones de Teotihuacan, el Liceo Mexicano, la Casa de Correos, el Colegio de la Marina.17 También fueron visitadas la escuela de niñas indígenas de Xochiman, la Escuela Superior de Xochimilco y la Escuela Ignacio M. Altamirano.
18 En el plano político, Altamira fue arropado por el jefe de Estado y varios de sus secretarios, por el obispo, las autoridades de Mérida y el gobernador de Yucatán.
19 La Secretaría de Instrucción solicitó un dictamen a Altamira a propósito del proyecto de fundación de la Universidad Nacional de México, designándolo como futuro profesor titular de una cátedra de Historia del Derecho.
20 Estas actividades, sus relaciones y la propia dinámica del viaje, hicieron que Altamira fuera exaltado por la prensa 21 y acumulara distinciones entre las que podemos destacar las membresías honorarias de la Academia Central Mexicana de Jurisprudencia y Legislación 22 y de la Sociedad Científica Antonio Alzate, 23 y la corresponsalía de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
24 Altamira fue agasajado también con numerosos banquetes por altos funcionarios, por sus colegas universitarios, por profesores de nivel secundario y primario, por el Colegio de Abogados, por las legaciones española y argentina, por el Liceo y por la Liga de Acción Social de Mérida.
25 En su informe oficial, Altamira destacó el acontecimiento social que significó su partida de la capital mexicana rumbo a Yucatán.
26 En esta ocasión, la Escuela Nacional Preparatoria convocó «a lo más selecto de la cultura de México» y lanzó una campaña de publicidad callejera para atraer multitudes a una impactante demostración en su honor que se desarrolló en la estación ferroviaria y que logró emocionar a Altamira:
Siento que ahora veis en España una hermana dispuesta a ir con vosotros sea como fuere.
¡Benditos seáis vosotros, porque habéis hecho que mi palabra fructificara e hiciera de dos pueblos una sola alma!27 A raíz de esta anécdota y del corolario que de ella extrajo Altamira, es necesario recordar que su éxito en México y en los demás países visitados no puede ser explicado teniendo en cuenta solo el carisma de su protagonista o los contenidos de su discurso, ignorando los diferentes contextos de recepción americanos de los emprendimientos culturales o embajadas intelectuales españoles.
Estos contextos no pueden ser reducidos a un patrón único, debiéndose observar, en cada país, las razones subyacentes de que una iniciativa con tales trasfondos políticos, obtuviera este tipo de respuesta.
Es innegable que existió un cierto clima de época y preocupaciones compartidas en torno al imperialismo anglosajón y las doctrinas social-darwinistas de las relaciones internacionales,28 pero ello no es óbice para reconocer que la recepción positiva del panhispanismo obedeció a diferentes razones, por ejemplo, en el Río de la Plata que en México.
El apoyo decisivo de los españoles de América a la misión de Altamira
Más allá de la existencia de condiciones estructurales que tendían a acercar a España e Hispanoamérica -relacionadas con unos sistemas políticos homólogos y complementariedades socio-demográficas-y de un clima cultural favorable para la recepción del discurso panhispanista, es inevitable constatar que estas situaciones y tendencias fueron manipuladas y potenciadas, en la coyuntura de los centenarios, por ciertos individuos y grupos que, reunidos en torno a intereses concretos, apostaron por asociarse al emprendimiento americanista de la Universidad de Oviedo.
El prestigio de Altamira como historiador y jurista, el respaldo institucional que le brindaban la Universidad de Oviedo y la Academia de Ciencias Morales y Políticas, o los sesudos contenidos del programa panhispanista y los proyectos ovetenses, con ser necesarios no eran suficientes para suscitar la repercusión deseada.
En efecto, ignoto para el gran público, huérfano del respaldo de partidos políticos y desprovisto de una representación gubernamental, Altamira necesitaba del concurso activo de individuos confiables que, gracias a su inscripción en redes sociales cosmopolitas -de las que participaban españoles de uno y otro lado del Atlántico y miembros de las clases dominantes hispanoamericanas-, pudieran abrirle camino entre los altos funcionarios, caciques políticos o dirigentes sociales que tenían capacidad para negociar acuerdos bilaterales en torno de las propuestas panhispanistas.
Si el profesor ovetense pudo acceder a los despachos de seis jefes de Estado, si pudo obtener el respaldo público de secretarios y ministros, si pudo disfrutar de una vasta y profunda cobertura periodística para todas sus actividades, todo ello fue, en gran medida, porque los principales líderes de la emigración29 y, en algunos casos, los diplomáticos españoles movilizaron sus influencias en el entramado de la sociedad de acogida, en la cual la comunidad española se hallaba inserta y procuraba integrarse en unas condiciones más aventajadas.
Explotando su capacidad para operar como bisagras entre los mundos intelectuales, políticos y sociales de España e Hispanoamérica, estos agentes acicatearon a las colonias de emigrantes -siempre necesitadas de recrear el lazo identitario con la patria lejanapara que no desaprovecharan esta oportunidad de demostrar a España la supervivencia de su patriotismo y jerarquizar, en su tierra de residencia, los cuestionados valores de la hispanidad.
Durante su viaje de 1909-1910 Altamira obtuvo, en mayor o menor medida, los respaldos de los líderes étnicos y diplomáticos españoles, siendo en las etapas donde mejor y más equilibradamente se articularon, aquellas que destacaron por ser especialmente fructíferas: Argentina, Uruguay y la que más nos interesa aquí, México.
No es de extrañar que este proyecto necesitara sumar apoyos en la sociedad civil asturiana, cántabra y gallega, teniendo en cuenta que esta empresa fue planificada como una iniciativa universitaria autárquica y sustraída, voluntariamente, del tentador concurso de los políticos.
30 Pero el éxito de la misión de Altamira se jugaba, sobre todo, en América misma y estaba en relación con la capacidad de asegurarse el apoyo moral y el soporte material de las comunidades de emigrantes.
Con estos apoyos, sumados a los aportes de universidades, academias o gobiernos latinoamericanos, se pretendía evitar la dependencia económica de las estructuras ministeriales españolas o la subordinación de este proyecto patriótico a los intereses de los partidos dinásticos.
De allí que no se esperara apoyo alguno de unos diplomáticos españoles prevenidos y hostiles hacia los republicanos que solían visitar sus jurisdicciones sin ahorrar críticas al sistema político español.
Sin embargo, Altamira, como opositor pragmático de la Restauración y asumiendo un papel esencialmente institucional, no despreció, allí donde hubo de ofrecérsele, la cobertura oficial u oficiosa de los encargados de negocios o del personal consular.
31 En Buenos Aires, con la titularidad de la legación española vacante, se contó con la activa colaboración del vicecónsul José María Sempere y sus allegados, personalmente vinculados con Altamira y la Universidad de Oviedo; 32 pero en las etapas siguientes, a medida de que se despejaban dudas y recelos, el papel jugado por las legaciones fue cada vez mayor.
Pese a carecer de instrucciones específicas, los ministros plenipotenciarios Germán de Ory, en Uruguay, Silvio Fernández Vallín, en Chile, Julio del Arroyo, en Perú, y Pablo Soler, en Cuba, jugaron un papel importante a la hora de vincular a Altamira con los altos cargos políticos con los que era menester dialogar.
Este giro se debió, sin duda, a que los diplomáticos se percataron pronto de que esta embajada intelectual estaba desbordando su natural ámbito académico, pudiendo ser capitalizada por España para mejorar las relaciones con los países americanos.
33 Consciente de la necesidad de contar con el apoyo de los españoles de América, pero también del riesgo que comportaba caer preso de sus agendas e intereses inmediatos, Altamira procuró mantener ciertas distancias para no quedar secuestrado por los diplomáticos, ni atrapado en las rencillas facciosas de los emigrantes.
33 unos como para otros, conscientes de que los réditos colaterales que pudieran obtenerse del éxito de Altamira solo podrían capitalizarse para beneficio de España y de sus emigrantes si los españoles en América mantenían una unidad de discurso y acción de cara a las élites políticas latinoamericanas.
En líneas generales, los diplomáticos y las dirigencias comunitarias guardaron las espaldas del catedrático, que se había convertido en un polo de atracción para muchos de sus compatriotas, en tanto que protagonista de un fenómeno colectivo de identificación, que hizo que muchos españoles vieran encarnados en Altamira aquellos aspectos de la lejana España que movilizaba sus nostalgias, anhelos y esperanzas.
Pero estaba claro que, en medio de este clima de exaltación hispanista, entre tanta lisonja, tanto banquete, tanto personaje rondándolo, no eran pocos los pícaros que intentaban sacar partido de aquel acontecimiento 34 o beneficiarse indirectamente de él.
35 En efecto, la cercanía de Altamira, su accesibilidad y su influencia coyuntural en las autoridades atrajeron demandas de varios individuos para que los ayudara a conseguir trabajo, ascensos y aumentos de sueldo, contratos, homologaciones de títulos universitarios o, en el caso de los más altruistas, para obtener beneficios económicos para la colectividad.
36 En todo caso, la repercusión pública de la labor de Altamira en México debió mucho a la decidida acción de la pequeña comunidad española, 37 la cual se movilizó activamente para asegurar el feliz desarrollo de la empresa, 38 asociándose para ello con el gobierno mexicano, que puso a disposición del viajero los recursos necesarios para su desplazamiento y manutención dentro del país.
39 34 El presidente del Centro Castellano de México, el leonés A. Larín, solicitó a Altamira autorización para registrar y usar su nombre, retrato y unos «pensamientos apropiados para el caso» para lanzar una lujosa edición de chocolates dedicada a «los estudiantes de México» (Carta de los socios de la Gran Fábrica de Chocolates y Dulces a Rafael Altamira, México 2 de febrero de1910, IESJJA/LA, C-4/87).
35 Altamira citaba en un reportaje, la ilustrativa frase de un comerciante español de Buenos Aires que declaraba vender mejor sus aceites después del éxito de sus cursos y conferencias.
Véase: «Entusiasta recepción al Doctor Altamira», Diario Yucateco, Mérida de Yucatán, 7 de febrero de 1910.
36 El poderoso industrial José Sánchez Ramos no dudó en ofrecer el Casino Español de la ciudad de México, que entonces presidía, para que Altamira presentara el programa americanista de la Universidad de Oviedo ante Porfirio Díaz y su gabinete, 40 y el Centro Asturiano le abrió sus salones para que disertara acerca de «La misión docente de las asociaciones españolas de América».
41 En Veracruz, Altamira fue invitado a conferenciar por el Casino Español de esa ciudad, y en Mérida de Yucatán la colectividad le encargó tres conferencias para público general y una lección pedagógica especial para los maestros primarios.
42 Pero, pese a que la comunidad española pareció estar unida en torno a Altamira, lo cierto es que proliferaban en ella diversos conflictos fundados en la convivencia de diferentes exilios e inmigraciones, en las tensiones políticas peninsulares y mexicanas, y también en la mezquina e implacable competencia por poderes y dignidades intracomunitarios.
Custodio Llanos, uno de los propietarios de la compañía El Abastecimiento Eléctrico de México, alertaba al profesor español de que se encontraba frente a una comunidad desgarrada por la herencia del caciquismo y del faccionalismo político peninsular, pero también por el egoísmo y vanidad de muchos notables.
Llanos, entusiasmado con el proyecto de Altamira de abrir una escuela de inmigrantes en México, no tenía duda de que «todo el elemento sano de la colonia» lo apoyaría sin reservas.
Para este empresario, una colectividad española -que unida «tiene un gran poder»-podía sacar muchos beneficios de esta institución.
De allí que debieran extremarse las precauciones y desoír las «opiniones bastardas» alejadas de la «obra común» y patriótica, que solo servirían de coartada para profundizar una desunión que perjudicaría a todos.
43 En otra carta, Llanos reafirmaba sus consejos de que Altamira utilizara su prestigio intelectual, su talento persuasivo, sus «espléndidas relaciones personales» y, sobre todo, su condición de no residente -«que le escuda contra críticas y censuras»-para interpelar a los emigrantes «desde un lugar de absoluta neutralidad» política, puesto que «ninguna de las personalidades de nuestra Colonia por más desinterés, acendrado patriotismo y esfuerzo personal 40 Altamira, 1911, 346.
41 Discurso pronunciado por Rafael Altamira en el Centro Asturiano, México, 8 de marzo de 1910, AHUO/FRA, en cat., Caja s/n.
42 «Entusiasta recepción al doctor Altamira», Diario Yucateco, Mérida de Yucatán, 7 de febrero de 1910.
GUSTAVO H. PRADO que pusiera en tamaña obra lograría un resultado final favorable a sus propósitos».
44 El llanisco Alfredo Romano también escribió a Altamira rogándole su intervención para favorecer la unidad de la comunidad española fragmentada regionalmente y dividida en facciones irreconciliables.
45 Pese a su prescindencia, Altamira debió posicionarse junto a las autoridades de las asociaciones españolas, alejándose discretamente de los elementos conflictivos que pudieran entorpecer sus actividades y su prédica de confraternización hispano-mexicana.
Claro que este pragmatismo tuvo sus costes; por ejemplo, en el informe final del ministro plenipotenciario español se registra la «aislada disonancia» del diario católico El País, el cual se habría puesto «desde el primer instante en guardia por si el Sr. Altamira desenvolvía determinados criterios, aquí imperantes y exclusivos en la enseñanza oficial».
Bernardo de Cólogan y Telesforo García
Si bien los inminentes fastos de los centenarios de las revoluciones americanas, instalaron en las colonias emigrantes un clima entre prevenido y festivo, propenso al agasajo de los visitantes de su lejana patria, las dimensiones y el fervor que cobró el acompañamiento de la embajada cultural de Altamira excedió todo lo previsible, no porque ese tipo de repercusión popular fuera desconocida, sino porque esta movilización se produciría para ensalzar a un sabio ignoto para las multitudes.
En este sentido, creemos que este fenómeno debe imputarse principalmente a la enérgica acción promocional que desplegaron algunos diplomáticos españoles y, sobre todo, líderes emergidos de las élites empresariales, profesionales o intelectuales de la colectividad 47 -muchos de los cuales emigraron o se exiliaron en América tras la caída de la Primera República-, identificados con los objetivos y fundamentos del americanismo español o leales a sus relaciones personales previas con Canella o Altamira.
Así pues, en México las apuestas convergentes de dos españoles, uno de ellos un notorio diplomático y el otro un influyente líder comunitario, resultaron decisivas para publicitar la embajada intelectual de Altamira cuyo éxito parecía, por diversas razones, convenir a todos.
El primero de ellos, Bernardo de Cólogan y Cólogan (1847-1921), 48 ministro plenipotenciario en México, flanqueó al viajero durante toda su estancia y no tuvo reparos para elogiarlo en sus informes confidenciales al ministro de Estado.
49 Cólogan ponderó la labor de Altamira en la promoción de España en el exterior y recomendó al gobierno proveer a que esta pauta de moderación, neutralidad, patriotismo e idoneidad intelectual se repitiera en quienes realizaran futuras incursiones en México, advirtiendo la necesidad de prevenir que acudieran «imitadores... más bien sueltos, sin condiciones para la obra apostólica», que podrían causar daños a «estos ideales y fecundas corrientes de aproximación».
50 Cólogan creía que la instintiva hispanofobia podría ser sorteada siempre y cuando se hiciera una buena gestión del mensaje hispanista, que explotara la existencia de un background cultural común y las demandas de los propios mexicanos, cuestiones que explicarían, en definitiva, el triunfo de Altamira: aun cuando indudablemente han ido y continuarán desvaneciéndose disentimientos o resquemores tradicionales, estos pueblos guardan y guardarán siempre una gran susceptibilidad respecto a nosotros; pero también pienso que cuando el mérito sólido y verdadero de un español, o éxito de España, se ofrece a ellos espontáneo, fraternal, desinteresado e ingenuo, despierta lozano el sentimiento de raza, ya que el amor a lo indígena no ha de ocultarles que no están en ello la civilización y promesas del porvenir, propendiendo entonces hacia nosotros, no por altruismos nacionales en que no creo, sino porque en su afinidad y convivencia con una España culta vigorizada, presentirían el fortalecimiento de su propio ser y patria.
Así me explico los entusiasmos que he presenciado, yo que en esto me he precavido siempre contra ilusiones, y los Vivas a España provocados por un Altamira, notables ya en las efusiones del banquete en el Casino Español, pero más sonoros, y también de más precio por no mediar 48 Cólogan había sido compañero en su juventud de Fermín Canella en el Seminario Real de Vergara.
Véase: Carta de Fermín Canella a Rafael Altamira, Oviedo, 16 de noviembre de 1910, Archivo de la Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid, Fondo Altamira (AFREM/FA), RAL 2.
49 Despacho n.o 8 del ministro plenipotenciario de S.M. al ministro de Estado.
GUSTAVO H. PRADO tributo o sugestión de cortesía, en la Estación del ferrocarril durante casi media hora de larga despedida.
51 Altamira reconoció la labor de Cólogan 52 y, ya en España, no dudó en actuar como su intermediario ante sus políticos liberales afines, publicitando un proyecto de 1908 del embajador sobre un nuevo marco tarifario postal que incentivaría la producción y circulación de libros españoles.
Cólogan pidió a Altamira que influyera en Madrid para que su proyecto tuviera curso favorable en la administración española, donde sufría constantes derivaciones administrativas, 53 y que hablara en su favor al presidente José Canalejas e incluso, si deseaba, «picando más alto», en obvia alusión a Alfonso XIII.
54 El segundo de los apoyos de Altamira fue el cántabro Telesforo García (1844-1918), 55 empresario periodístico y minero -con inversiones diversificadas en el comercio, las finanzas y los ferrocarriles-y líder comunitario, cuya base de poder estaba no solo en sus periódicos, sino en el Casino Español, donde se congregaban los emigrantes más ricos e influyentes.
García fue el verdadero factótum del éxito de Altamira en México, arropándolo personalmente -llegó a alojarlo en su casa-y desempeñándose como intermediario permanente entre el viajero, el gobierno, la sociedad civil mexicana, las instituciones culturales y la comunidad española.
56 García fue el negociador español que acordó lo esencial de la agenda de Altamira en el país con su amigo personal, el secretario de Instrucción Pública de México, Justo Sierra, tal como se desprende de sus informes al catedrático ovetense en fechas previas a su arribo.
Si bien Sierra había conocido a Altamira y a Canella en 1900, cuando era juez del Tribunal Supremo y asistió al Congreso Hispano-Americano de Madrid, este rápido acceso a su despacho estuvo garantizado por la activa intermediación de García.
57 García y Sierra habían formado parte del grupo de jóvenes liberales y positivistas que colaboraran en El Precursor (1874-1876), que editaron el periódico «político, científico y literario» La Libertad (1878-1884) y, luego, el periódico Orden y Progreso.
Con Porfirio Díaz en el poder, García, Sierra y otros científicos fueron moderando, sin perderlas, sus aspiraciones liberal-reformistas, valorando progresivamente la estabilidad e integrándose, críticamente, a los círculos del poder.
Claro que la relación privilegiada que entabló Altamira con García provocó tensiones con otros referentes de la emigración.
José Porrúa, el librero, editor y entonces director del periódico El Correo Español, enemigo de García, se quejó ante el rector Canella de la desconsideración de Altamira al no visitarlo en su redacción y acusándolo veladamente de parcialidad.
Altamira, rápidamente informado del asunto,58 explicó a Porrúa su decisión de no visitar ningún periódico para evitar desaires con aquellos a los que no pudiera asistir.
59 Pero esta réplica y la oferta de publicar sus conferencias con su sello editorial 60 no evitó que Porrúa reafirmara enfáticamente su visión negativa de la dirigencia comunitaria que se habría aprovechado de su desconocimiento del país, rodeándolo en todos los pasos y sumergiéndolo en un «ambiente falso» que nada tenía que ver con la realidad de la colectividad ni con las relaciones de esta con la sociedad mexicana.
De allí que Altamira, «por no darse cuenta de estas cosas», fuera también responsable de haber «perjudicado» o cuando menos de no haber servido eficazmente «a la misma causa que aquí lo ha traído y a los verdaderos intereses de la Colonia y de la Patria».
61 Pese a los costes que pudiera tener, parece claro que honrar la asociación privilegiada con García fue una prioridad para Altamira y que ello hizo que su relación se prolongara epistolarmente, ya concluido el viaje.
62 En su correspondencia puede verse cómo Altamira confió abiertamente a García sus inquietudes respecto de la suerte del americanismo español, recibiendo algunos consejos acerca de las precauciones que debía tener con el presidente asturiano de la Unión Ibero-Americana de Madrid, Faustino Rodríguez de San Pedro.
63 Esta mutua confianza se debió en parte al prudente comportamiento de Altamira y a la aprobación entusiasta que supo suscitar su labor en la opinión pública mexicana, la cual revertía positivamente en una comunidad española esperanzada en tener un representante informal, pero consecuente, ante el siempre distante gobierno español.
Estas expectativas llevaron a Telesforo García a reprocharle amigablemente su desidia en mantener las relaciones entabladas con los políticos e intelectuales mexicanos afines a la causa hispanista:
Ha tenido Vd. un poco olvidados a sus amigos de México.
A Justo, a Macedo, a García el del Museo, etc...
Al mismo Presidente probablemente le hubiese agradado que le hubiese Vd. dado alguna noticia de sus conversaciones con el Rey en lo que se relaciona con la compenetración recíproca y amorosa del alma española con el alma latino-americana.
Todo esto es necesario para que no sufra interrupción y mantenga apoyos decididos la alta política española que Vd. y yo perseguimos.
64 En esos meses, García y otros notables de la comunidad insistieron acerca de la oportunidad de utilizar las condecoraciones reales para premiar e incentivar el compromiso de los principales líderes comunitarios, a la vez que señalaban la necesidad de servirse de ellas como instrumentos de atracción y confraternidad respecto de las élites mexicanas.
La comunidad española era consciente de su influencia y poder económico, pero también de su mala imagen en la opinión pública y de las ambigüedades respecto del legado hispano en el imaginario popular.
65 De allí que los líderes más perspicaces propusieran continuamente utilizar estos recursos simbólicos para halagar a los hispanófilos mexicanos y seducir a los políticos, predisponiéndolos en favor de los intereses comunitarios.
Los presidentes del Círculo Español Mercantil y de la Sociedad Española de Beneficencia sugirieron al vicecónsul de España en México, Federico Gutiérrez y Pico, que el gobierno hispano condecorara al gobernador de Veracruz, Teodoro Dehesa Méndez, antes de las celebraciones independentistas, como una forma «de alejar la posibilidad de que durante ellas haya alguna nota mortificante para nuestra patria».
Ambos dirigentes recordaban el trabajo y el tiempo que había sido invertido para consolidar la situación de la colectividad española en México y la conveniencia de condecorar al gobernador, lo cual «además de ser una merecida recompensa sería también una medida política altamente beneficiosa para todos los intereses españoles que en esta jurisdicción radican».
66 Telesforo García también defendía una política generosa en el otorgamiento de cruces y collares a los líderes de la emigración más comprometidos con la causa hispanista 67 y a los políticos porfiristas más notorios.
Pero García ya tenía muchos reproches que hacer a los políticos españoles por su comportamiento con el gobierno de México y por su sordera hacia los reclamos de los emigrados.
Particular importancia tuvo, en aquellos momentos, la controversia entre la colonia española y el gobierno liberal a propósito de la representación peninsular en las fiestas del centenario mexicano, de la que García mantuvo prolijamente informado a Altamira.
El centenario, como efeméride fundacional, originó un gran interés político en el porfiriato, que constituyó en 1907, bajo el influjo de Justo Sierra, una Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, encargada de organizar los fastos a escala nacional.
69 El envío de una delegación extraordinaria española, presidida por el capitán general Camilo García de Polavieja, preocupó a los emigrantes por su perfil conservador y ultracatólico y porque la jerarquía de la delegación era claramente inferior a la enviada en mayo de 1910 a la Argentina, presidida por Isabel de Borbón.
Así pues, los dirigentes comunitarios solicitaron por telegrama la inclusión de «personal prestigioso civil y brillante militar» para «borrar desencanto, contrarrestar fría impresión y patriótico descontento» que se habían suscitado, a la vez que recomendaban enfáticamente que se reconociera con la orden del Toisón al presidente mexicano, «demasiado justificado por trascendentales servicios del Presidente a España y [a la] Colonia además [de] eminentes prestigios propios, causando pésimo efecto no concederlo ahora por haberse indicado varias veces».
70 García apoyó estos reclamos con una carta personal para Canalejas en la que exponía el grave error que cometía el Gobierno enviando como cabeza de la delegación hispana a una «vieja reaccionaria», sin incluir al menos «dos o tres hombres importantes de reconocida significación democrática y de carácter civil», lo cual, preveía, tendría un «excelente efecto por las pretensiones republicanas que aquí arraigan».
71 Otra de las quejas de García a Canalejas se refería a la condecoración insuficiente, a su juicio, que se le enviaba al presidente mexicano -el Collar de la Real Orden de Carlos III-, protestando por la reticencia a la hora de otorgar a Porfirio Díaz el Toisón y no reservar un par más para los presidentes de Argentina y Chile.
72 El presidente Canalejas recibió también una carta de la colonia española en la que aseguraba que la «limitada» delegación del Estado sería lealmente recibida, a la vez que se presentaba otra queja amarga por lo mezquino del «galardón ofrecido al patriarca que, con admiración universal, rige los destinos de México» y por el silencio del Consejo de Ministros frente a las peticiones patrióticas de una colonia que siempre había sido leal con los gobiernos españoles, cualquiera fuera su signo político, y nunca había desertado de auxiliar a España «cuando la fatalidad ó el dolor han tocado a sus puertas».
73 A propósito de este silencio -ilustrativo de «cómo ayudan los Gobiernos españoles a las generosas iniciativas de sus colonias americanas»-, García confiaba a Altamira su escepticismo respecto de su «amigo» Canalejas, convencido de que nada de lo que se le dijera lograría atraer su atención, centrada por entonces en la «cuestión clerical» y en su propia «posición personal... vanidades y hasta odios».
74 Persuadido de la ceguera de los políticos españoles, pronosticaba que la solicitud de condecoraciones, incluso las de menor rango, sería desatendida: «las cruces, pues, que nada cuestan y que bien y oportunamente repartidas constituirían un buen auxiliar de nuestros propósitos fraternales, quedarán relegadas al olvido, o vendrán cuando no hagan falta».
75 Las consideraciones de García resultarían premonitorias, ya que a su muerte, en 1918, dichas condecoraciones seguían pendientes de consideración.
76 Era evidente que los españoles de México tenían razones para estar preocupados por las políticas de sus gobiernos y esperaban utilizar sus vínculos con Altamira como una baza para producir un giro en las relaciones hispano-mexicanas.
Pero poco pudo hacer Altamira para apoyar a Cólogan o a García cuando, tras su gratificante y prometedora recepción por parte de la Corona y el Gobierno, los mismos caudillos liberales -Moret, Romanones, Canalejas y García Prieto-que abrían espacios de colaboración institucional con los krausoinstitucionistas y que, en lo inmediato, lo promoverían a la Dirección de Primera Enseñanza, se apresuraban a expropiar en favor del Estado las posibles esferas de la acción americanista.
77 En el marco de esta política, se liquidarían las aspiraciones del claustro de Oviedo de que se gestionara el intercambio intelectual con América desde el ámbito de la autonomía universitaria 78 y se bloquearía la iniciativa de 73 Copia de carta de la colonia española en México a José Canalejas, México, 26 de agosto de 1910, IESJJA/LA, C-22/111.
77 Notas de Rafael Altamira para servir de guía de reclamos y preguntas al ministro de Instrucción Pública acerca de los proyectos derivados de la entrevista con el rey y sobre «Cuestiones referentes a la Inspección», s/l y s/f (redactadas entre septiembre y octubre de 1910), Instituto Juan Gil Albert, Fondo Altamira, II.FA.187.
Los documentos del Fondo Altamira del Instituto Juan Gil Albert se encuentran hoy en el Archivo de la Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid, Fondo Altamira.
GUSTAVO H. PRADO reorganizar unitaria y transversalmente el aparato administrativo encargado de gestionar la política española hacia Hispanoamérica.
79 Entre 1910 y 1911, luego de que lograra inscribir la cuestión hispanoamericana en la agenda del poder -al coste de que fuera absorbida y esterilizada por las instituciones estatales-y de que sus proyectos se estrellaran con la indiferencia política o administrativa, Altamira consideraría que la suerte del programa americanista y de la jerarquización de la imagen de España en América dependería de las acciones que pudieran desplegar, desde España, las instituciones americanistas y, desde América, las comunidades de emigrantes.
80 En lo que respecta a las primeras, debe consignarse que su capacidad de acción y presión quedaría mermada en lo inmediato por la intervención de los gobiernos españoles, más atentos a neutralizar cualquier injerencia de la sociedad civil en la política exterior, que a implementar un auténtico giro americanista.
De allí que los grandes caudillos conservadores y liberales, al tiempo que abrazaban una nueva retórica americanista, procuraran encauzar la imprevisible efervescencia panhispanista y boicotearan -a través de la Unión Ibero Americana de Madrid-el proyecto de federar las diferentes asociaciones americanistas, partenaires ideales de las asociaciones españolas de emigrantes en la potenciación del panhispanismo.
81 En lo que respecta a las segundas, el problema de fondo radicaba -tanto para García como para Altamira-en que las comunidades de emigrantes eran sistemáticamente ignoradas en Madrid.
El camino a transitar sería, pues, el que impulsaba García desde México: no esperar nada de la Restauración, auxiliar materialmente a España, promover unilateralmente las relaciones hispano-americanas, realizar su propia labor de propaganda hispanista y abocarse a fortalecer internamente las comunidades emigrantes, promoviendo la concentración patriótica y evitando tanto las tentaciones de republicanizar la colectividad, como las de forzar -desde dentro o desde la Península-una identificación con la España conservadora.
82 La evolución de las relaciones entre España y las naciones americanas, ciertamente positiva en el mediano plazo, tuvo que sufrir en lo inmediato toda suerte de estancamientos y extravíos desmoralizantes para los impacientes americanistas españoles.
Pero estas frustraciones no solo fueron causadas por las torpezas diplomáticas, sino también por vicisitudes americanas.
Un caso notorio, quizás el más dramático, en el que las expectativas de avances inmediatos abiertas por el viaje de Altamira se vieron rápidamente frustradas fue precisamente el de México.
En efecto, las convulsiones internas causadas por la sucesiva instalación de escenarios sediciosos, represivos, insurreccionales y revolucionarios tras la proclama del Plan de San Luis Potosí, implicaron el eclipse político de varios de los liberales más aperturistas y reformistas del porfiriato.
Este fue el caso de Justo Sierra, que renunciaría a su secretaría meses antes de la caída de Díaz, para consternación de su amigo Telesforo García, que prometía a Altamira observar cómo podía influir en su favor, de allí en adelante, en el Gobierno mexicano.
83 García mantuvo a Altamira informado de las desventuras de Sierra 84 antes de que el presidente Francisco I. Madero lo rehabilitara nombrándolo ministro plenipotenciario de México en España, en el que sería su último servicio público, ya que fallecería en Madrid el 13 de septiembre de 1912, al poco de hacerse cargo de la legación.
García informó a Altamira de la evolución del proceso revolucionario, testimoniando lo inesperado de las primeras convulsiones y minimizando inicialmente las consecuencias que podían derivarse aquella «revuelta», que inquietaba al Gobierno aunque «sin amenazarlo seriamente», y le explicaba que a su juicio lo que hacía grave la situación era que Estados Unidos alimentaba la sedición por sus intereses respecto de la Baja California.
En todo caso, García concluía recomendando a Altamira, interesado en hacer escala en México al planificar su futuro viaje a los Estados Unidos, que «no tome resolución alguna sin que el horizontes se despeje por completo».
85 Meses después, García reafirmaba su desconcierto, pero no solo exhibía un previsible tono crítico hacia Madero, sino un punto de vista muy diferente del sentido que tomaban los acontecimientos: bástele por ahora saber que todo el antiguo régimen de orden y progreso se encuentra profundamente trastornado.
Había ciertamente en el estado político anterior graves vicios que corregir de orden mental y de orden práctico; pero la mutación teatral que hemos sufrido no parece llamada a corregirlos, porque las revoluciones suelen aprovecharse cuando traen hombres de valer consigo y cuando cuentan con una masa 83 Carta de Telesforo García a Rafael Altamira, México, 29 de marzo de 1911, IESJJA/LA, C-7/18.
GUSTAVO H. PRADO capaz de comprender y de servir un ideal elevado.
La revolución nada de esto arrastra tras de sí.
Es simplemente la repetición de esa borrachera de ofrecimientos verbales que tan fecundos veneros ha tenido siempre en los países americanos de nuestro origen, que ni escarmientan con sus eternos fracasos, ni se enmiendan con sus invariables decepciones.
No sabría qué decir si se me preguntara cuál ha sido la causa material e inmediata de un cambio tan inesperado y tan brusco.
86 Describiendo la debacle del porfiriato poco después de alcanzada su aparente apoteosis en 1910, García retrataba la traumática salida de la escena política de una generación política «positivista», en beneficio de un grupo imprevisible de advenedizos:
Invadió los ánimos una especie de fiebre que en pocas semanas recorrió todo el país, produciendo un atolondramiento completo en la vieja administración absolutista [...]
El fenómeno psicológico ha sido, pues, de cansancio, de aburrimiento, de deseo insaciable de cambiar, sin que el odio, ni la ira, ni la venganza tuviera más que tal cual manifestación esporádica hija de la barbarie o de alguna que otra mala pasión individual.
Lo viejo se fue, llevándose consigo mucha honradez, mucho prestigio, mucho talento y también una gran cantidad de errores, abusos y corruptelas propias de toda administración no discutida, que considera como una propiedad suya el ejercicio de las funciones públicas.
87 El naufragio de una generación política más conservadora que liberal haría zozobrar también los proyectos de asociación hispano-mexicanos, bosquejados en torno al panhispanismo promocionado por Altamira.
El análisis de la escala mexicana de Rafael Altamira permite reconocer una serie de elementos recurrentes en el viaje americanista que es necesario identificar.
Tenemos el contexto de unas relaciones bilaterales normalizadas en un ambiente diplomático favorable para el acercamiento, de unos regímenes políticos propios del capitalismo oligárquico con dinámicas y problemáticas equivalentes, y de unos climas ideológicos convergentes instalados tras la guerra hispano-norteamericana de 1898 que facilitaron el diálogo entre americanistas e hispanófilos 86 Carta de Telesforo García a Rafael Altamira, México, 17de junio de 1911, IESJJA/LA, C-7/36.
Ante esta configuración, concurre la acción de una institución pública autónoma española con marcada sensibilidad americanista que organiza una embajada intelectual independiente del Gobierno, y un embajador intelectual de reconocido prestigio académico, capaz de articular desde presupuestos patrióticos y apartidarios, un discurso panhispanista y unas estrategias sociales eficaces de confraternización.
Esta acción es apoyada, en el terreno, por las élites de un asociacionismo español interesado en fortalecer y cohesionar a su colectividad, prestigiando la imagen de España y utilizando sus redes sociales para promocionar dicha embajada intelectual ante sus interlocutores de las élites gobernantes, y por una legación diplomática dispuesta a secundar esa iniciativa y extraer de ellas líneas de acción diplomática para el futuro.
Esta embajada, así planteada, gestionada y apoyada, será recibida por un campo cultural en desarrollo, con unas instituciones universitarias, académicas y culturales en construcción, abiertas a incorporar aportes de los intelectuales españoles en el área pedagógica, jurídica, historiográfica y científica; por un campo de poder local interesado en utilizar las ciencias sociales y las humanidades para fortalecer el proceso de institucionalización estatal; y por unos referentes políticos e ideológicos locales interesados en incorporar críticamente el legado hispano dentro de un proyecto propio y de actuar como valedores locales del embajador intelectual.
Estos contextos, acciones y recepciones nos muestran la omnipresencia palpable de unas redes sociales cuyas tramas superpuestas -de matriz nacional, regional, iberoamericana y europeas-involucraban a casi todos los actores que participaron de una forma u otra de la misión del embajador intelectual, 88 en una coyuntura propicia marcada por el ciclo de efemérides de los centenarios de las independencias.
La presencia y actuación de estos factores en la etapa mexicana del viaje de Altamira -una de las tres principales del proyecto ovetense-nos dan la pauta de que poseemos elementos para relacionar esta experiencia con la argentina y cubana, pero también con la peruana y chilena, que muestran, todas ellas, patrones similares.
En todo caso, estando todavía en el proceso de reconstruir los hechos, redes y actores en base a la documentación española y de cada uno de los países involucrados, podemos proponer que para avanzar en el conocimiento de estas y otras iniciativas similares es 88 Los avances en la formalización de las redes sociales operantes tras la misión de Altamira en México confirman, de momento, nuestros planteamientos iniciales (Prado, 2005, 29-53 y 461-491; y 2008b) y la viabilidad del tipo ideal propuesto, en lo que a estos asuntos atañe: Ledezma, 2013, 437-447.
GUSTAVO H. PRADO necesario relacionar estos elementos para construir, en lo inmediato, un tipo ideal de embajada intelectual americanista.
Pero también es necesario registrar que, más allá de las recurrencias, la escala mexicana de Altamira muestra también especificidades que deben tenerse en cuenta: a) la migración masiva no formaba parte de los condicionantes estructurales que posibilitaban el acercamiento, al igual que en Perú y Chile y a diferencia de Argentina, Uruguay y Cuba; b) el asociacionismo español con ser denso e influyente, era pequeño, sumamente elitista y altamente fragmentado por conflictos facciosos; c) la necesidad de apoyarse en los principales líderes étnicos en el marco de una colectividad dividida, generó tensiones intracomunitarias, a diferencia de lo ocurrido en los demás países visitados; d) el panhispanismo fue bien recibido porque encajaba en los intereses de las élites locales, pero no en el marco de proyectos liberal-reformistas en el ámbito político-social -como en Argentina y Uruguay-, sino de otros más ortodoxos en que el legado hispano era asumido como un instrumento de legitimación cultural de una hegemonía política y social oligárquica y excluyente; 89 e) el compromiso mostrado por la legación española fue muy superior al de otras, siendo solo comparable con lo ocurrido en Uruguay.
Ponderando estas especificidades mexicanas, podemos ver que representan, en principio y en la mayoría de los casos, diferencias de matices o grados en la manifestación de los factores antes mencionados y presentes en otras escalas del viaje de Altamira ya estudiadas por la historiografía.
Creemos que esto es prometedor en lo que hace a las potencialidades analíticas del tipo ideal de embajada intelectual, en tanto estas parecen no constituir singularidades no integrables en el modelo.
En este sentido, la flexibilidad de este instrumento analítico estaría en condiciones de captar los elementos esenciales de la exitosa misión de Altamira en América -y el caso mexicano parece confirmarlo-, lo cual nos permitiría superar el anecdotario y los enfoques centrados en la exaltación del carisma de su protagonista.
Observando la evidencia a través de tal modelo puede apreciarse mejor que desde la crónica de viajes la conformación -en un contexto propicio en el que convergen factores estructurales y coyunturales-de una alianza estratégica que no solo se recreaba en ideales patrióticos y altruistas, sino que expresaba la articulación pragmática de los intereses 89 Guedea, 2012.
DOI: 10.3989/aeamer.2016.2.13 que representaban, en primer lugar, los embajadores intelectuales españoles, centrados en impulsar un giro político panhispanista, en fortalecer el movimiento americanista refrendando sus propios liderazgos y en trabar fuertes compromisos con las élites locales; en segundo lugar, los dirigentes del mundo asociativo emigrante, enfocados a prestigiar la colectividad, recrear el vínculo identitario y fortalecer su liderazgo potenciando su capacidad de interlocución con los poderes locales; en tercer lugar, los diplomáticos, interesados en promover la buena imagen de España y obtener avances reconocibles en unas siempre espinosas relaciones bilaterales, como modo de aumentar su propio prestigio profesional; y en cuarto lugar, los sectores revisionistas e hispanófilos de las élites intelectuales americanas interesadas en integrar la otrora despreciada tradición cultural hispana, dentro de diferentes proyectos de construcción nacional.
Por esto proponemos que el tipo ideal de embajada intelectual americanista puede servir para comprender las pautas dentro de las cuales se desenvolvieron otros embajadores intelectuales españoles durante las dos primeras décadas del siglo XX y parte de la tercera, y también para comprender la viabilidad de las intervenciones paradiplomáticas, hegemónicas en esta etapa, ante las renuncias o incapacidades de los estados iberoamericanos.
Volviendo al caso mexicano para terminar, es indudable que la embajada intelectual de Rafael Altamira en el centenario daría tardíos frutos en lo que hace al desarrollo de las relaciones intelectuales hispano-mexicanas.
El camino sería lo suficientemente largo como para que otros actores de este fenómeno, como Bernardo de Cólogan, Telesforo García, Justo Sierra o Fermín Canella no llegaran a verlos y para que Altamira apenas pudiera apreciar alguno de ellos antes de morir en México en 1951, tras contribuir a reconstruir allí la tradición académica del americanismo español.
90 Este americanismo recreado en el exilio no hablaba, ciertamente, en nombre de la España que proponía a América una hispanidad reaccionaria, sino por cuenta de una fantasmal República española atrapada en el amargo exilio mexicano -en buena medida una república de las letras-, apartada ya, por imposición de la realidad, de la utopía panhispanista. |
tantos otros que, allá por las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo, nos reuníamos en su casa y a veces en la mía, en conversaciones distendidas y académicas en las que aprendí todo lo que sé del mundo andino.
Este año, en que se cumplen diez de su fallecimiento y cien de su nacimiento, no quisiera dejar pasar la ocasión para recordarlo en sus dos facetas que tuve la dicha de conocer a fondo: la personal y la académica.
Y como me mueve más el cariño y la nostalgia del amigo que su magna obra, conocida y reconocida por los especialistas, voy a comenzar por lo primero.
Hace poco desempolvé una carta del año 2004 en la que, después de su última estancia en Sevilla y mucho tiempo sin verlo, le decía entre otras cosas:
En septiembre pasado estuve en Perú, en Lima, Cuzco y Machu Picchu.
Creo que la plaza es la más bonita del mundo.
Me acordé mucho de ti todo
Estuve en un congreso, pero también presentando uno de mis últimos libros que he escrito con D. Guillermo Lohmann, sobre una familia de comerciantes sevillanos que actuaron mucho tiempo en Perú.
He terminado un trabajo sobre un personaje que fue escribano de Charcas en los primeros años de la creación de la Audiencia, que coincidió con Polo y con el Dr. Barros, y que más tarde fue contador de Lima.
Tú lo tienes que conocer.
Se llamaba Tristán Sánchez y fue el padre de Alonso de Sandoval, el jesuita de los esclavos negros.
Es un personaje muy interesante pero no tengo bastantes datos de él.
Cuando me jubile, quiero dedicarme a otro personaje que actuó en Perú, fue minero en Potosí, inventó un método de amalgamación con hierro y más tarde fue nombrado alcalde de minas.
Fue un personaje del que ya he escrito algo.
Se llamaba Carlos Corzo de Leca y creo que se merece una monografía.
De él sí hay mucha documentación en el AGI.
Como verás, mis preferencias actuales apuntan a personajes que trabajaron en Perú.
Hay mucho de influencia tuya y de aprendizaje en nuestras largas conversaciones.
Y efectivamente, para mí Perú, los Andes y John Murra van siempre asociados porque supo transmitirme su amor por aquellas tierras que yo tardé tanto en visitar.
Sus conversaciones, mientras estaba en Sevilla, siempre giraban en torno a Polo de Ondegardo y, sobre todo, al personaje que lo deslumbró en sus últimos años: el Dr. Barros.
Más adelante, cuando me ocupe de su obra, me detendré en ellos.
Conocí a John, creo que en el Archivo de Indias, allá por finales de los años setenta, en una de sus estancias sevillanas cortas.
Coincidió con María Rostworowski, que esos años pasaba también en él grandes temporadas, y sus afanes mutuos no les permitían perder el tiempo con una principiante como yo, que además no estudiaba el mundo andino ni los incas.
Mis prioridades entonces eran el mundo atlántico y los esclavos africanos.
Nuestra incipiente amistad se consolidó en el primer año sabático que estuvo en España.
Hombre de fuerte y difícil carácter para aquel que él no admitía en su círculo, podía ser tierno, cariñoso, entrañable, si finalmente eras de los agraciados.
Exquisito en todo, no puedo olvidar las cenas preparadas por él en su apartamento de la calle Santiago -era un exigente gastrónomo-ni la noche en la que me invitó a cenar en un elegante restaurante con música sudamericana en la ciudad de Bogotá.
Ni su afición a acompañarme a las sillas adonde llevaba a mis hijos pequeños a ver las cofradías de Semana Santa, que él observaba con todo respeto; ni sus largas conversaciones sobre los temas que le apasionaban; ni sus sabios consejos para preparar un proyecto de investigación que tenía que presentar para una de mis oposiciones; ni su ayuda cuando tomé la dirección de la revista Anuario de Estudios Americanos, recomendando a sus amigos y discípulos que colaboraran en ella; ni su lucha con la administración cuando creyó que le iban RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 757-785.
ISSN: 0210-5810 a reconocer sus servicios prestados en la Guerra Civil; ni tantos y tantos buenos momentos que tuve la suerte de compartir con él.
La última vez que lo vi, poco antes de morir, fue en un viaje que hizo a Madrid adonde tuve que acudir para poder estar con él.
No consintió volver a Sevilla y nunca supe qué le pudo ocurrir para no querer hacerlo.
Estuvimos charlando en el Café Madrid y su preocupación entonces era el destino final de su documentación y de su biblioteca.
Me di cuenta de que era nuestra última conversación.
¡Estaba despidiéndose de tantas cosas...!
Poco después supe por Tristan Platt de una caída que lo inmovilizó y de su muerte en Ithaca, ciudad que nunca quiso abandonar a pesar de los duros inviernos que lo dejaban medio enterrado porque, según me contaba, la nieve cubría los cristales de sus ventanas.
Aunque siempre añadía que nunca había pasado tanto frío como el Archivo de Indias, cuando los investigadores estábamos muchas horas en aquel ancho corredor habilitado para sala de investigación sin calefacción de ningún tipo.
Trabajaba con mitones y se llevaba una mantita que se echaba por los hombros y un cojín para aliviar la dureza que aquellas sillas frailunas.
Tiempos pasados y compartidos, difíciles de olvidar.
Su obra sobre la civilización andina es inmensa, profunda, y fue uno de los creadores del concepto de control vertical de los distintos pisos ecológicos en que se basó el sistema económico que dio lugar al gran imperio inca.
El dar a conocer esta idea, básica para comprender el mundo que lo obsesionaba, lo llevó también a convertirse en un gran amante de la bibliografía y compilador de su propia obra, que difundía en varios idiomas y en distintas épocas según avanzaba en sus investigaciones.
Desde 1934 a 1936 estudió en Chicago la carrera de Sociología y recién licenciado se embarcó en la aventura de la Guerra Civil española, a la que le llevó sus convencimiento marxista.
De regreso a su tierra de adopción, inició en los años cuarenta del siglo XX estudios de los aborígenes norteamericanos.
En 1943 inició sus estudios de Historia andina cuando tuvo la oportunidad de trabajar en un grupo de investigación sobre Ecuador que lideraban Donald Collier y Wendell C. Benett.
Fue profesor en las universidades de Chicago, San Marcos de Lima y Cornell, en la que fue nombrado emérito, y presidente del Instituto de Investigaciones Andinas de Nueva York.
Autor de libros clásicos tales como The Economic Organization of the Inca State (1956), Formaciones económicas y políticas del mundo andino (1975), o la edición crítica de la Nueva Crónica y Buen Gobierno de Guaman Poma de Ayala junto con Rolena Adorno y Jorge Urioste en 1980, HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 757-785.
ISSN: 0210-5810 por citar aquí alguno de los más difundidos, fue un gran publicista de sus artículos y conferencias.
Y pondré solo algunos ejemplos: en 1943 publicó junto con Donald Collier y Shara K. Roy el trabajo Survey and Excavations in Southern Ecuador, que volvió a aparecer en español en Ecuador en 1982 con el título Reconocimiento y excavaciones en el sur de Ecuador y que en 2007 la Casa de la Cultura Ecuatoriana volvió a editar en su honor con el título de Reconocimiento y excavaciones en el austro ecuatoriano; o su muy conocido trabajo sobre «La función del tejido en varios contextos sociales y políticos» presentado en 1958 como una ponencia al Segundo Congreso de Historia del Perú y publicado en Actas y trabajos del Segundo Congreso de Historia del Perú, cuya versión en inglés fue publicada en 1962 en American Anthropologist, con el título «Cloth and its functions in the Inca State» y vuelta a editar en distintos lugares en 1970, 1975 y 2002; o su trabajo de 1964 «Rebaños y pastores en la economía del Tawantinsuyo» publicado en la Revista Peruana de Cultura, reeditado en distintas publicaciones en español e inglés en 1965, 1975 y 2002; o su libro recopilatorio de 1975 publicado por el Instituto de Estudios Peruanos en el que se recogen doce de sus mejores ensayos publicados desde 1958 a 1970, titulado Formaciones Económicas y Políticas del Mundo Andino, citado arriba.
Y así hasta poco antes de su muerte y después de ella, porque las obras del profesor Murra nunca perdieron actualidad y sus trabajos siguen siendo obligatorios para todos los que quieran adentrarse en el complicado y mágico mundo andino.
Por eso me parece obligado -sobre todo a mí, que no soy especialista-acudir a varios de sus bibliófilos o a las compilaciones que él mismo hizo de su obra para poder apreciar la dimensión de la misma.
Porque la erudición de la obra de John Murra solo se comprende si se tienen en cuenta las distintas versiones de sus trabajos y su constante atención a la bibliografía, que se inicia con su colaboración en la sección «Ethnohistory -South America» de la muy prestigiosa revista Handbook of Latin American Studies.
Pienso que en una revista especializada como el Anuario de Estudios Americanos, el mejor homenaje que se le puede hacer en este año tan significativo para su figura es remitir a una de las bibliografías que se han escrito sobre lo más importante de su producción.
Me ha parecido especialmente completa y cuidadosa la de David Block, publicada en Chungara.
En este cuidado trabajo se puede encontrar toda su prolífica producción, los ilustres colaboradores con los que trabajó y el interés que siempre siguieron despertando sus pioneros trabajos.
Pero sus dos personajes favoritos, de los que mucho hablaba, fueron el licenciado Polo de Ondegardo -funcionario que vivió todas las guerras del Perú y acompañó al virrey Toledo en la famosa visita por el recién creado virreinato, y cuyas obras tantos datos le proporcionaron sobre la primera visión de los señores andinos-y, sobre todo, el Dr. Barros de San Millán, que defendió a los indios del reino de Quito cuando estos se opusieron al pago del impuesto de las alcabalas.
En el Archivo de Indias pudo encontrar mucha documentación sobre él y como fruto de sus investigaciones publicó en 1988 el trabajo titulado «El Dr. Barros de San Millán, defensor de los "señores naturales" de los Andes» (en las Actas del IV Congreso Internacional de Etnohistoria), que volvió a salir en Barcelona en 1993 como El Dr. Barros de San Millán, defensor de los «señores naturales» de los Andes, y en 2002 volvió a glosar esa figura en el Diccionario Histórico de Bolivia coordinado por Joseph Barnadas.
En las décadas de 1980 y 1990, John Murra aprovechó bien sus horas de archivo en Sevilla y publicó una serie de trabajos con nuevos enfoques que le proporcionaron su experiencia y la documentación que iba recopilando en una labor incansable.
Quisiera terminar agradeciendo al equipo editorial del Anuario de Estudios Americanos que haya acogido en este volumen unas líneas que quieren ser un pequeño homenaje al gran antropólogo, en las que se vuelcan evocaciones y recuerdos personales de alguien que tuvo la suerte y el honor de ser amiga de este gran maestro y gran hombre.
Altez, Rogelio y Chust, Manuel (eds.), Las revoluciones en el largo siglo XIX latinoamericano, Estudios AHILA de Historia Latinoamericana, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015, 265 pp.
En estos tiempos de malversaciones de la historia e instrumentalización del pasado, no carece de interés regresar a los fundamentos de la investigación histórica a través de una mirada de largo alcance que se ubicaría en el tiempo largo de los procesos sociales.
El título de este libro, al estilo de E. Hobsbawm, refleja sin lugar a dudas los debates que han surgido aprovechando encuentros internacionales.
Lo comprueba asimismo la variedad de los enfoques críticos y de las aprehensiones epistemológicas en torno al tema -a la vez rebatido y santificado-de las revoluciones e incluso del «meta-concepto» que sustenta el término (Rogelio Altez).
ISSN: 0210-5810 Sobradamente justificada por la duración del proceso independentista en la América española así como por las modalidades de las conmemoraciones del Bicentenario de las Independencias de Iberoamérica -portador de mitos genésicos/nacionales reinterpretados que remontan a las «revoluciones» de independencia-, esta entrega se contrapone felizmente al discurso histórico reiterativo de las conmemoraciones.
Lejos de los paradigmas y símbolos machacados (los héroes y libertadores, la gesta militar, el pueblo «soberano» y actor de su historia, el liberalismo unificador del pensamiento y de los gobiernos «modernos», amén del «invento» de las «naciones» siguiendo unos cuantos modelos institucionales que no siempre logran dar con un Estado estable, o también las «identidades» que poco que ver tienen con sociedades de Antiguo Régimen, para mencionar tan solo algunos de estos fundamentos nacionalistas), el primer logro de la obra consiste en cuestionar la periodización comúnmente admitida.
El llamado «siglo de las revoluciones» cobra sentido, en efecto, en la larga duración de la historia social, económica, política y cultural así como en la heterogeneidad de los procesos observados que tampoco pueden subsumirse en el lema académico de las «revoluciones atlánticas».
La especificidad, a veces pasada por alto, del continente iberoamericano radica además en la naturaleza de las «rupturas» anunciadas, más propias de unas mutaciones en el orden cultural: el Antiguo Régimen seguiría inspirando no pocas iniciativas institucionales de cuño no tan ilustrado y más bien conservador, o renuencias políticas desde un principio (independencias tardías, rechazadas o prolongadas como fue el caso en Cuba o en Brasil).
Más decisivo quizás es el resquebrajamiento de un pacto colonial generador de tensiones y conflictos conforme alcanzaron autonomía no pocos sectores de la sociedad indiana, en contextos muy diversos si no disímiles respecto a las formas de dominación vigentes, para retomar una expresión caída en desuso aunque de lo más adecuada y más si incluimos la coyuntura europea en esta revisión.
En este sentido, y como se subraya a ciencia cierta en la introducción, «las revoluciones hispanoamericanas que condujeron a las independencias no pueden ser observadas únicamente desde una lógica interpretativa américo-centrada, pues de esa manera se estarían obviando los hechos, decisivos también, que tuvieron lugar en la metrópoli y en toda Europa» (p.
De los conflictos políticos europeos y de una historia de las ideas en buena parte heredada y compartida se derivó la carga simbólica de estas «revoluciones» y, posteriormente, los usos instrumentales del pasado latino-americano por los gobiernos de turno, caudillos y dictadores incluidos.
De ahí la movilización de ideologías encaminadas a «rescatar» o «refundar» en el tiempo presente las naciones, a través de conmemoraciones (fundadas muy a menudo en historias patrias reformuladas) e incluso de «segundas independencias» nutridas en el siglo XX de la teoría de la «dependencia», y del consiguiente alejamiento del horizonte pregonado un siglo antes, de igualdad, justicia y libertad.
En este sentido, la sinonimia revolución/independencia, especialmente en el rubro historiográfico militante, y de igual manera las tesis «hegemónicas» tal como las ejemplificó Manuel Chust (tesis de las «revoluciones atlánticas» de Palmer, la de «las reformas borbónicas» de Lynch, la de «las guerras como cambio esencial de la sociedad americana» de T. Halperin Donghi, la de las «revoluciones burguesas» de M. Kossok, la de «la modernidad» de Guerra o la del «contexto hispanoamericano y la influencia de Cádiz» de Jaime Rodríguez) tienden a opacar los procesos en sí mismos (R. Altez, siguiendo a E. Pani) y a desligar el discurso expresivo de un proceso político de una base social (la sociedad colonial) tan heterogénea y evolutiva como las ideas enarboladas por las revoluciones, «si las hubo», de acuerdo con la contribución de M. Chust.
En este sentido, tanto el contenido semántico, la percepción como la significación del término «revolución» están históricamente determinados.
Las revoluciones de independencia contempladas en esta entrega no son solo el producto de un andamiaje ideológico determinista que busca en cada «revolución» o en sus «antecedentes» la expresión de une teleología libertadora.
De ahí la propuesta lógica que consiste en contraponer ambos conceptos y en considerar las múltiples experiencias regionales de las independencias en la década de los años 20.
Se trata por lo tanto de reconsiderar el papel del Estado/Estado-nación y del liberalismo en cuanto base doctrinal de las nuevas repúblicas americanas (I. Frasquet), los paradigmas en juego (R. Fradkin acerca del Río de la Plata), el significado de la representación en la República de Colombia, «dictadura» de Bolívar incluida (I. Quintero, A. Almarza) o el intento de tipología para Chile y su «guerra civil revolucionaria» que desembocó en un Estado donde mandaron las mismísimas élites coloniales (J.L. Ossa Santa Cruz).
En este orden de ideas, las independencias tardías, negadas o prolongadas conforman un apartado específico de esta recopilación: Brasil y su «no-independencia» (João Paulo Pimenta y Mariana Ferraz Paulino), Cuba, una «excepción americana» con su «proyecto no revolucionario» (Antonio Santamaría García y Sigfrido Vázquez Cienfuegos).
Tratándose de México, ¿será tan sui generis el proceso analizado y su «larga marcha» (Ariel Rodríguez Kuri)?
Tres contribuciones inician en efecto una discusión de incuestionable fundamento mítico, y más cuando la Revolución de 1910 termina coincidiendo con el centenario (Tomás Pérez Vejo).
Dentro del relato oficial y de la definición institucional de la «revolución» (el Partido Revolucionario Institucional), las reformas (la Reforma, revisitada por Silvestre Villegas Revuelta) e, in fine, la promesa de orden y progreso, adquieren especial relevancia.
La Revolución mexicana, primera revolución del siglo XX en América Latina, levanta sin embargo no pocas dudas habida cuenta de su cambiante denominación in situ: ¿política, económica, agraria, social, zapatista, villista, maderista, carrancista, o cardenista?
Como se puede comprobar a lo largo de estos capítulos, el papel de los imaginarios, la imprescindible referencia a la historia de las ideas más que a fechas y mitos fundadores de las «naciones» importan sobremanera a la hora de problematizar los procesos revolucionarios.
Por eso mismo casi no se mencionan otras «revoluciones» debidamente señaladas en los manuales de historia pero cuya formulación ameritaría un regreso a las fuentes por no ser precisamente procesos transformadores de las sociedades e historias nacionales aludidas (Chile 1851; Arequipa 1854; las Revoluciones Azul de 1867-1868, Amarilla de 1870, Legalista de 1892, Restauradora de 1899 o Libertadora de 1901 para Venezuela; la Revolución Liberal de 1895 en Ecuador; la Revolución o «pacto» de 1897 y la de 1904, en el caso de Uruguay).
En cuanto a Haití, éxito editorial y mediático de la última década, que los coordinadores lamentablemente no lograron incluir en este conjunto, ¿fue esta ejemplificación de la lucha por la libertad y primera «República negra de las Américas» realmente obra del «pueblo» y de los esclavos sublevados?
Las mismas revoluciones del siglo XX (Cuba, Nicaragua, y hasta Venezuela, y, al revés, la «conservadora» de Chile) plantean la misma eterna pregunta (auto)definitoria -¿urnas o armas?-a la par que evidencian la inscripción del acontecer revolucionario en un imaginario de larga duración, propicio al culto a los héroes fundadores e incluso mesiánicos, en contextos de derrumbe del orden (colonial) y de entrelazamiento de los procesos observados a escala regional.
Sin caer en el idealismo intelectual o hacer concesiones a las distintas tendencias historiográficas que han copado el tema y lo siguen desvirtuando en parte (bajo las especies del oficialismo, del nacionalismo o del etnocentrismo, para mencionar tan solo las más pugnantes), este libro ofrece por lo tanto un itinerario de interés, hecho de balances críticos y reiterados cuestionamien-tos, a quienes quieran salir de los caminos trillados de la producción editorial conmemorativa y de las ilusiones de las últimas modas historiográficas racializantes.-FRÉDÉRIQUE LANGUE, CNRS, París.
Martínez de Salinas Alonso, M.a Luisa, La colonización de la costa centroamericana de la Mosquitia en el siglo XVIII.
Familias canarias en el proyecto poblador, Valladolid, Ediciones Universidad de Valladolid / Cabildo de Gran Canaria, 2015, 163 pp., mapas, cuadros y gráficos.
La obra que aquí se reseña constituye una investigación bien perfilada, en la cual la autora expone y desarrolla la singularidad de un proyecto poblador: el de las familias canarias destinadas a colonizar el espacio de la costa caribeña comprendida entre Honduras y Nicaragua.
Partiendo de una sucinta exposición sobre la política del Estado español en la época de Carlos III y Carlos IV, destinada a prevenir el riesgo de la implantación de potencias europeas en zonas periféricas de las provincias hispanoamericanas con aporte de emigrantes peninsulares para potenciar los territorios más expuestos y afectados por la escasa densidad demográfica, con alusiones a los casos de Luisiana y la Patagonia, se plantea la singularidad histórica del ámbito de la Mosquitia, sometido ya en la segunda mitad del siglo XVII a un incipiente proceso de ocupación por parte de súbditos británicos, conscientes de su potencial y elevado valor estratégico; puesto que el problema se agravó a mediados de la siguiente centuria, con la mayor penetración inglesa y sus notables ventajas económicas, ello obligó al Estado español de la época ilustrada a tomar las correspondientes medidas defensivas.
A continuación, analiza el final de la dominación británica en el territorio y la consiguiente puesta en marcha del proyecto poblador, valorando el hecho de que el plan coincidía en el tiempo con el proceso de reformas administrativas que implicaron la adaptación del sistema de intendencias en suelo americano, en este caso Centroamérica.
El siguiente capítulo está dedicado a las Canarias y su historia como trampolín para la emigración a América, destacando particularmente el período comprendido entre el último cuarto del siglo XVII y las décadas finales del XVIII: precisamente en esa etapa los isleños se trasladaron en grupos familiares amplios a diversos lugares de la geografía americana, para asegurar la posesión de territorios clave por su valor para los intereses HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS de la Corona.
Citando estudios de diversos investigadores, el comienzo del plan se sitúa en el panorama económico que afectaba a las islas; ello permite entender la facilidad con que las autoridades pudieron organizar el proyecto poblador de la Mosquitia, reuniendo con relativa rapidez las familias necesarias que optaban por la aventura trasatlántica como una posibilidad de huir del panorama de suma pobreza que afectaba al archipiélago.
En lo tocante a la organización de la empresa, la autora destaca las facilidades que ofreció la administración ante la urgencia de poblar las tierras abandonadas por los británicos, valorando primero los preparativos del proyecto, con la obligación de reunir las sesenta familias para su traslado a Centroamérica; esa fase se desarrolló con agilidad, gracias a la experiencia acumulada pocos años antes en el envío de familias pobladoras con destino a la Luisiana; se perfilan aspectos tales como la difusión de la real orden de 1787, la recepción y embarco de familias, los pertrechos y provisiones necesarios para la travesía, las condiciones de alojamiento y manutención en los buques, las condiciones sanitarias de atención a los emigrantes; particular interés ofrece el análisis de las contratas.
A continuación se estudia la formación del contingente poblador, los responsables de la captación, la composición de las familias -aspecto muy relevante al presentar las fichas de cada unidad participante, con alusión al número de personas, edades, vínculo familiar, lugar de origen y profesión del cabeza-, ofreciendo así un perfil demográfico y sociológico sumamente interesante; también es revelador el cuadro con el origen de los cabezas de familia, según su adscripción isleña, con sus respectivos municipios, así como el desglose por oficios.
Otro componente objeto de particular atención en la investigación es el de la financiación del proyecto, con alusión a aspectos burocráticos y administrativos, y relación de gastos.
El siguiente capítulo está dedicado a las dificultades relacionadas con el tránsito y el establecimiento de las familias en el territorio de la Mosquitia, así como las duras condiciones de habitabilidad, alojamiento y previsiones de desarrollo económico.
Destaca la autora cómo la acogida y organización del grupo en la ciudad portuaria de Trujillo (en la actual Honduras) implicó la necesidad de atender a su socorro, con gastos no contemplados en una partida específica de las exiguas Cajas Reales de Guatemala; aquí se centra en los auxilios proporcionados por el gobernador a cada una de las familias pobladoras para cubrir las necesidades calculadas durante el primer año de su instalación, así como en lo tocante a la distribución de los emigrantes por diversas zonas de la gobernación, donde su presencia fue considerada más necesaria.
Enseguida se manifestaron las dificultades que mermaron con rapidez el contingente de emigrantes canarios, afectado por la improvisación con la que se abordó el proyecto en Centroamérica, los problemas económicos y la pobreza de medios, que impidieron luchar eficazmente contra las enfermedades contraídas, consecuencia de las carencias alimenticias soportadas durante la travesía y la vulnerabilidad de los colonos a los efectos del clima tropical e insalubre de la zona.
En el último capítulo se plantea el final del proyecto y se analiza la situación de las familias que permanecieron en Trujillo, o quedaron allí por el abandono de otros asentamientos proyectados.
Muy valioso es el documento aportado por la autora en el cual un pequeño grupo de supervivientes del proyecto de 1787 manifiesta siete años después las duras condiciones de su vida diaria; el perspicaz análisis de tal documento es utilizado para presentar el cuadro final de esta rigurosa e interesante investigación.
La cuidada selección bibliográfica permite plantear estudios comparativos de los dos aspectos fundamentales del trabajo -la emigración de población canaria y la realidad histórica de la Mosquitia-y de un aspecto colateral fundamental como es la política migratoria y de defensa territorial del Estado español en áreas estratégicas o marginales del territorio americano, casos de la Luisiana y la Patagonia.-JESÚS M.a PORRO GUTIÉRREZ, Universidad de Valladolid.
Ponce Leiva, Pilar y Andújar Castillo, Francisco (eds.), Mérito, venalidad y corrupción en España y América siglos XVII y XVIII, Valencia, Albatros, 2016, 362 pp.
La historia de la corrupción se ha convertido en un lamentable tema de actualidad política y económica.
Actualmente se relaciona con el abuso de poder, la injusticia o el expolio de bienes públicos.
Sin embargo, su existencia es tan antigua como la propia evolución de las sociedades humanas y está estrechamente relacionada con la competencia por los recursos naturales y económicos que generan la jerarquía de los mercados y la necesidad de ciertos grupos sociales de tener poder y posición social con el fin último de posicionarse en un ámbito favorable sobre otros individuos.
Es como una «tragedia de los comunes», siguiendo la visión sociológica de Garret Hardin HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS (1968), en la que los individuos, aunque actuando racionalmente, destruyen los recursos compartidos (en común) por una codicia no controlada o inspirada por el egoísmo humano.
A pesar de su consideración negativa actual la idea de la corrupción -si es que el concepto era considerado igual que hoy lo es-en los siglos XVI al XVIII era un hecho comprensible y hasta «natural» en diversas situaciones y contextos.
A veces, en su dimensión histórica, podía tener connotaciones de supervivencia para ciertos grupos y elites, e incluso se consensuaba el uso de los favores para establecer el orden político (como hiciera el emperador Carlos I con los príncipes alemanes, por ejemplo).
Aunque la corrupción ha sido relacionada con cierta inestabilidad, su existencia parece unida al desarrollo y fortalecimiento de los estados nacionales.
Como concepto es polisémico y se asocia a denuncias de «mal gobierno» o codicia por las riquezas que abre la puerta a la ingobernabilidad y la crisis de la cultura política.
La corrupción es un fenómeno social y no exclusivamente político.
Desde la sociología y la antropología se ha insistido en la relación de la corrupción con la concentración de poder y riquezas, la impunidad de ciertos sectores de la sociedad y sus terribles derivaciones en las desigualdades de derechos y deberes o la falta de ética social antes tan unido a la existencia del «bien común».
Con un clarificador prólogo que introduce la necesidad de un análisis no anacrónico de la corrupción para los siglos modernos, este conjunto de ensayos supone una perfecta labor historiográfica que coloca el concepto y el marco de la corrupción en una perspectiva de categoría histórica para su comprensión y estudio.
Y es que en la edad moderna la idea de corrupción podía analizarse en relación con otros conceptos como el de «mérito», algo fundamental para la ocupación de oficios públicos y que bien podía vincularse con la pertenencia a ciertas familias, con los servicios al rey, a la corona o a la religión, o incluso con el dinero.
La meritocracia, como se señala en un bloque de artículos, está apenas estudiada debido al anclaje de su concepto en las teorías sociales clásicas, como la de Max Webber sobre la burocracia y el poder del Estado.
Ello en parte se entiende porque la edad moderna, por su propia naturaleza social, constituyó una etapa importante en la construcción de las estructuras organizativas de los estados y repúblicas, y en la creación de procedimientos centralizados, jerarquía, relaciones personales que persiguen controlar la eficacia y el trabajo de los funcionarios.
Pero a su vez fue un juego del ejercicio del poder a la hora de crear una red de acólitos a la monarquía, a las elites, a las instituciones; servidores leales a cambio de la dispensa de honores, títulos y riquezas.
Esto sucedió a diversos niveles de la sociedad española y americana del antiguo régimen tal como se describe en este brillante compendio de ensayos, basados en documentación inédita de archivos y empleando una metodología y análisis diacrónico pues analiza los problemas relacionados con la corrupción y la meritocracia en su contexto histórico concreto, teniendo en cuenta los factores y circunstancias especificados en las propias fuentes pero sin dejar de lado una valiosa aportación cualitativa y cuantitativa del problema en su marco real.
En los estudios de redes, se ha profundizado en lo que realmente suponía el sistema de nombramientos basado en el favor, el dinero o el mérito, y sus consecuencias en el ejercicio del poder o en la patrimonialización del mismo (a veces implícita en los mecanismos de la venalidad de cargos).
Algunos estudios recientes han tomado esa dirección (la aplicación de las SNA) aunque de forma más teórica que práctica.
Los ensayos reunidos en este libro contienen material de primera mano para el análisis de casos específicos de venta de cargos y honores en el antiguo régimen en España y América, lo cual no puede considerarse de forma anacrónica ya que el monarca, en aras de su propia patrimonialización de la corona y el propio Estado, podía privatizar los cargos, donarlos y venderlos.
Una Monarquía Hispánica siempre necesitada de brazos que le sirviesen y de dinero para financiar su propia expansión llegó a hacer lógica la venta de oficios por beneficio a través de servicios pecuniarios que parece se multiplicaron a partir del reinado de Felipe IV.
El conjunto de artículos se distribuyen en torno a tres bloques temáticos, lo que hace muy llevadera su lectura: estudios sobre los méritos para conseguir títulos de Castilla y hábitos de órdenes militares; cómo se originaba el camino a la tenencia de cargos en instituciones, ilustrando casos muy importantes desde el Consejo de Indias hasta el ejército; y el análisis de algunas manifestaciones para entender la venalidad de oficios.
Estos temas se reparten a lo largo de notables contribuciones.
Voy a hacer especial mención de algunos textos que por su innovación merecen ser destacados, aunque a veces me remitiré a otros no menos importantes estudios en los que los mismos temas se relacionan.
La cronología es aleatoria al priorizar el estudio de casos.
El estudio de Marcos Giménez Carrillo sobre la entrega de hábitos de órdenes militares introduce una diferencia entre «mercedes de hábitos» y «caballeros».
En tiempos de Felipe V se volvió a recobrar la función antigua de dar hábitos a quiénes habían servido en la milicia.
El autor explica la política de concesión otorgada a militares y marinos seguida muy de lejos por burócratas de la alta administración, personal de justicia y hacienda; y los méritos que fueron recompensados.
Relacionado con esta investigación podemos situar también el brillante artículo de Antonio Jiménez Estrella HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 757-785.
Se producen unos cambios lógicamente derivados de la relación del ejército con la administración real.
La milicia se convirtió en una nueva forma de escalar oportunidades.
Analizando el proceso venal y considerando el mérito y el servicio a la corona en su contexto político real se aprecia cómo la idea del dinero era algo intrínseco a los procesos sociales de consideración del individuo en el antiguo régimen.
El dinero, aparte de permitir el ascenso social, era una necesidad imperiosa en tiempos de guerra, para alimentar el ejército de una nación en expansión como la Monarquía Hispánica del reinado de Felipe IV.
El dinero a cambio de honores era un auténtico servicio al rey y a la causa defendida por la corona.
Algunos miembros del ejército incluso ofrecían sus servicios para la organización de levas, participando así en el sistema de reclutamiento y estableciéndose una cadena de negocios con la corona o los asentistas militares para poder ascender en el escalafón.
María del Mar Felices de la Fuente ilustra cómo los diversos accesos a la nobleza titulada recayeron en méritos y servicios más a menudo de lo que la historiografía ha afirmado y ello fue notable durante la segunda mitad del siglo XVII.
No obstante, fue apareciendo la costumbre del mérito pecuniario o la valorización del servicio a la corona.
La compra-venta de títulos se inició en los territorios italianos de la monarquía propagándose la costumbre en España y América donde se abrió un mercado rentable de prestigio y acceso a la nobleza.
En América se vio protagonizado por comerciantes y por miembros de los patriciados urbanos.
El capital más usado fue el procedente del comercio, los negocios de arrendamientos de tierras, de la ganadería o de la práctica de la usura, haciendo casi alusión a que el dinero era igual a honor.
Esto no se alteró con el cambio dinástico sino que, como afirma Francisco Andújar Castillo, la nueva dinastía conservó prácticas burocráticas y mecanismos político-administrativos del siglo XVII.
Así, si analizamos la evolución de los méritos que había que tener para conseguir títulos de Castilla entre los reinados de Felipe IV y Carlos II se aprecia cómo el servicio pecuniario fue alcanzando cada vez mayor importancia en detrimento de verdaderas actitudes para lograr la nobleza titulada, algo que repercutió negativamente en su valor social.
Este aspecto se repite en otros ensayos, en los trabajos sobre los cargos concedidos por méritos y sin ellos, como el caso de Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, cuyo único mérito era ser sobrino y yerno del duque de Lerma, logrando así la presidencia del Consejo de Indias aunque desempeñó bien su papel pese a la resistencia de los otros consejeros, estudiado por Amorina Villarreal Brasca.
Como no hay regla sin excepción, Guillermo Burgos analiza algunos casos en los que los individuos logran sus puestos por méritos propios aunque esto dependía de algunos cargos de gobierno concretos o de la ubicación geográfica de los mismos.
Francisco Andújar analiza cómo se vendían los oficios en el siglo XVII.
En sus clarificadoras conclusiones, el autor relaciona la complejidad de los procesos venales con el verdadero funcionamiento de la máquina estatal de los llamados estados absolutistas.
La venta de cargos sin duda pudo producir un «retroceso» del poder real y una complicación de la burocracia estatal en manos de redes de poder y negocios personales.
La intermediación política de las instituciones y sus miembros produjo una delegación de poder por parte del poder real.
El problema era incluso evidente en la propia época tal como señala el autor citando importante información documental.
De alguna manera, la venta de cargos hipotecó a la corona a cambio de unas fuentes de riqueza sin las cuales no podría subsistir ni mantener sus ejércitos.
El autor señala también la visión «funcionalista».
La práctica de la venalidad de oficios era tan corriente en el antiguo régimen que fue avalada y criticada en la propia época, a veces como un mal necesario y otras como algo nocivo para el bien común, público y de la propia monarquía al consolidar un sistema de poder basado en las redes de clientelismo, patronazgo y amistad, y sustentado por el poder del dinero y las influencias personales.
La idea, incluso criticada por los juristas del siglo XVI, consolidó una imagen teórica de corrupción relacionada con el sistema de clientelismo.
Se defiende a los actores sociales como únicos en valorar, a través de las pistas empíricas y documentales, lo que esta idea de la corrupción y clientelismo suponía para la propia época y qué implicaciones tuvo en lo político, social y económico.
Los propios consejos y sus miembros facilitaron la venta de cargos e incluso vendieron muchos de estos cargos, a pesar de que a veces criticaron este sistema que aparentemente podría haberles restado poder de decisión, algo que se acrecentó a lo largo del siglo XVII.
A pesar de todo se mantuvo pues de estos procesos venales podían depender incluso los salarios de miembros de los consejos y audiencias.
Un tercer problema relacionado con ello fue no la venta precisamente sino la perpetuación de los oficios en manos de familias o dinastías.
El problema se evidenció en el Consejo de Indias, un órgano que llegó a vender cargos y nombramientos para América, protagonizado incluso por sus propios presidentes a partir de 1683, de forma alarmante.
Esto me recuerda al memorial de Juan Díez de la Calle, que defendía la idea de que la mejor manera de obtener rentabilidad de los virreinatos e islas de las Antillas era vendiendo los cargos allí pues había una mediana nobleza española necesitada de esta promoción (Memorial y noticias sacras del imperio de las Indias occidentales, 1646).
ISSN: 0210-5810 corrupción tiene, como el poder, mucho que ver con la percepción de la realidad, siempre analizada o vista de acuerdo al sistema de valores imperante en el momento histórico que se estudia.
Es sin duda, como bien indica Pilar Ponce Leiva, una categoría cultural o sociocultural, o más bien histórica que no analítica, puntuaría yo.
El concepto y la idea de corrupción ya era motivo de implicaciones y percepciones negativas como en el curioso ejemplo del sermón de Quito de 1684 (p.
Pilar Ponce hace un detallado análisis del concepto de corrupción como categoría histórica pues ya aparece en los documentos de la época.
Con la corrupción se transgrede el «buen gobierno» tal como se especificaba en documentos históricos, siendo así importante este artículo para la conceptualización de la corrupción.
Va en contra del bien común y la idea de la justicia distributiva era algo que se deseaba en la propia época en contra de los abusos.
La autora describe los tres problemas más intrínsecamente relacionados con la práctica de la corrupción al producirse por la -según ella-inexistencia de la idea de un «bien común», la escasa frontera entre lo público y lo privado y la existencia del «patronazgo» que implica relaciones impuestas por obligaciones adquiridas.
Era algo «ambiguo, cambiante y polémico», ¿como lo es también, quizás, en la actualidad?
Algunos autores afirman que la idea de corrupción como tal apareció en el siglo XVIII cuando se inició un cambio en las mentalidades colectivas y en la cultura política.
Antes eran comportamientos sociales poco éticos o de dudosa moralidad aunque no eran considerados delitos.
En la década de 1960 empezó a estudiarse como concepto y sus implicaciones sociales y económicas (sobre todo en las cuestiones comerciales), y era considerado algo «funcionalista».
Era un «mal necesario» pero era realmente nocivo para la sociedad pues implicaba la destrucción de las formas de gobierno y de la comunidad.
Estas consideraciones son tratadas desde varios casos, como el estudio de Anne Dubet que considera la corrupción desde la visión de los propios actores sociales y las estrategias que adoptan como expresión de unas determinadas culturas políticas vigentes en cada época.
Otros ensayos -que no citamos por cuestión de espacio-reclaman estudios concretos sobre fraudes, compra de oficios, visitas a las instituciones que producían el destape de casos de corrupción y fraude.
Por su parte, la América hispana constituye un laboratorio para el análisis de las prácticas corruptas.
Christoph Rosenmüller analiza la evolución de la venta de oficios en cargos americanos de gobierno desde Carlos II hasta 1750.
Se trata de un estudio específico de la provisión de alcaldías mayores en Nueva España en 1690, un caso de uso muy interesante.
Otros estudios sobre casos en México colonial ofrecen perspectivas innovadoras de cómo se entretejió la monarquía, como los estudios de Del Valle Pavón o de José Luis de Rojas, en un artículo innovador y muy interesante sobre el comportamiento socio-político de los señores indígenas en Nueva España en relación a prácticas corruptivas.
Los señores étnicos se acomodaron a las nuevas circunstancias que ofrecían pertenecer al imperio español en relación a las relaciones de poder produciéndose, al menos durante el siglo XVI, la continuación de un sistema simbiótico con lo que antes había sido el imperio azteca ahora revestido del virreinato de Nueva España.
Antes que nada este conjunto de artículos supone una visión comparada del problema.
Parece que este esquema sobrevivió a las revoluciones del siglo XIX tanto en España y Portugal como en América, donde -según el prologuista-«la falta de límites claros entre política y administración, y la redistribución de los fondos públicos hacia los actores políticos siguen siendo un grave problema».
Historiográficamente hablando, es obvio que la idea de la corrupción flota tanto en la documentación analizada de la época moderna como en los análisis de los historiadores y científicos sociales dedicándose importantes proyectos de investigación, como los que ha liderado uno de los editores de este conjunto de ensayos, a las prácticas «corruptas» o de «mal gobierno» como se entendía en la época.
Algo que quizás no vemos de forma tan anacrónica en nuestra actualidad política.-ANA CRESPO SOLANA, Instituto de Historia, CSIC.
Sagredo, Rafael y Moreno, Rodrigo (coords.), El Mar del Sur en la historia.
Ciencia, expansión, representación y poder en el Pacífico, Santiago de Chile, Universidad Adolfo Ibáñez, DIBAM, Centro de Investigaciones Barros Arana, 2014, 559 pp.
El año 1513 Vasco Núñez de Balboa se internó por el istmo de Panamá para dar paso a uno de los descubrimientos más importantes del periodo, el avistamiento del océano Pacífico, bautizado por este explorador como Mar del Sur.
La conmemoración de los quinientos años de este acontecimiento no pasó desapercibida para un grupo de historiadores que se reunió para repasar la historia de este océano.
El Mar del Sur en la historia es resultado de estas reflexiones y un tributo a los aventureros que, siguiendo el ejemplo de Núñez de Balboa, se lanzaron a la conquista de un mundo completamente desconocido.
Resulta paradójico, por la relevancia HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS que tiene el mar para América, que los estudios de los océanos, los ríos y los viajes sean más bien escasos.
Da la sensación de que la historiografía latinoamericana ha sido heredera de una cultura hispana que, aunque llegó a través del mar, se desarrolló tierra adentro, quizás condicionada por el peligro que representaban los piratas y corsarios.
Respecto a los temas y los autores, tal como el subtítulo del texto lo destaca, los trabajos están vinculados al Pacífico sur, con un marcado énfasis en la cartografía y las exploraciones.
Acerca de los autores, hay una interesante mezcla de tradiciones historiográficas.
Los artículos de García Redondo, Varela y Moreno, a través de la reproducción de grabados, otorgan a este trabajo un valor especial.
En este sentido, se agradece el esfuerzo de la editorial y la preocupación de los coordinadores por mantener el color de los mapas y, especialmente, porque estos vayan en relación con la lectura, lo que posibilita ir descubriendo, junto a la explicación de los autores, la belleza y particularidades de los grabados.
En esta línea, García Redondo no solo introduce la obra, sino que su artículo es, en sí mismo, una hoja de ruta que permite guiar al lector por los distintos derroteros a los que nos conducen los otros investigadores.
El desarrollo general de la obra nos permite evidenciar que el descubrimiento del océano y ríos se efectuó en dos etapas.
La primera a través de la acción de los marinos y la segunda por intermedio de los cartógrafos.
Aunque resulte paradójico, fue esta última la que, al igual que los relatos, transformaba, abría o cerraba los espacios.
Tal como plantea uno de los coordinadores, Rafael Sagredo, en su artículo sobre el piloto Moraleda, los europeos, en su obsesión por ser objetivos, terminaron transformando la realidad radicalmente al intentar configurarla (p.
De estos análisis queda en evidencia que los mapas se conforman de acuerdo a los intereses de sus creadores.
No son iguales los grabados de los corsarios que los de los naturalistas, aunque el territorio pudiera ser el mismo; el mapa se construye a partir de los intereses y valores de su autor.
Un proceso que se asemeja bastante a la labor de los historiadores, pese a su afán de objetividad.
Otro punto a destacar en esta compilación es haber considerado el Sudeste Asiático dentro de los estudios, una región vinculada a América a través de España que se alejó, en términos económicos, sociales y culturales, luego de la independencia.
A partir de la biografía de Rodrigo de Vivero, por ejemplo, Juan Gil reconstruye este circuito, como también las redes, los peligros, las desgracias y la lucha por conseguir un reconocimiento nobiliario que fue común a la mayoría de los españoles.
Una de las temáticas que da unidad a este trabajo, además del eje principal sobre la que se construye, está constituida por los relatos de viajeros.
Más allá de la hipótesis y problemáticas desarrolladas de manera minuciosa en cada uno de los capítulos, hay una serie de descripciones que amenizan la lectura y fascinan al lector.
Bernabéu, por ejemplo, detalla la dramática supervivencia a bordo del galeón de Manila: «una ciudad incómoda y maloliente » (p.
En esta misma línea, Foerster y Montecino cuentan que James Cook sobrevivió comiéndose al perro favorito de uno de sus acompañantes.
Más dramático aun, Ortiz Sotelo hace referencia al castigo que recibió un negro portugués por haberse peleado con un inglés: el millar de latigazos al que fue sentenciado, fue completado con baños de agua salada que hincharon su cuerpo y terminaron provocándole una horrorosa muerte.
Sobre estos viajeros, es interesante la coyuntura que se dio entre hombres que buscaban saciar su interés científico y Estados que estaban dispuestos a financiar sus viajes con objetivos no tan elevados, pero no por ello menos relevantes.
Detrás de estas empresas, hay un interés económico, pero este no alcanza a explicar el sacrificio de aventureros que prácticamente dedicaron su vida a la exploración.
La obra es generosa en la representación de estos personajes, sus logros y derrotas.
Martínez Shaw, por ejemplo, recrea la peregrinación de Tadeo Haenke, que estuvo tres años y medio recorriendo Sudamérica y cuya inquietud intelectual lo llevó desde retratar las costas hasta intentar plasmar en el papel el canto de los pájaros.
Son este tipo de crónicas las que humanizan las exploraciones y sus protagonistas, empecinados en tratar de presentar un mundo nuevo a los europeos.
Asimismo, permiten al lector admirarse con los descubrimientos de serpientes y cangrejos gigantes, ríos de nieve, frutos desconocidos, etc.
De forma similar, el rol de las mujeres en algunas zonas apartadas también sorprende a los expedicionarios.
Ximena Urbina, por ejemplo, menciona que eran las indias chonas o guaiguenenes las que prestaban invaluables servicios al rey como buceadoras (p.
Foerster y Montecino, en tanto, en su estudio sobre Isla de Pascua señalan que sus mujeres fueron criticadas por George Foster por ser «desmedidas en sus deleites», quien además cuestionaba de forma tácita la virilidad europea (p.
Junto con estas exposiciones, igualmente aparece la mirada económica a cargo de Valdez-Bubnov, Rosenblitt y Alfonso Mola.
El primero hace referencia al ambicioso proyecto de José de Bustamante y Guerra de aprovechar la expedición de Alejandro Malaspina para fomentar la construcción naval por medio de la suscripción pública y reactivar, a través de las HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 757-785.
Rosenblitt, a partir de la cartografía del sur de Chile, evidencia el desinterés de la autoridad por conectar este territorio vía marítima, cuyas consecuencias económicas seguirían vigentes hasta hoy.
Por último, Marina Alfonso, en un aporte a la historiografía de la independencia americana, desmitifica el impacto inmediato que tuvo esta en el comercio, pues, a partir de documentación de la época, afirma: «Si las cifras no engañan, las independencias no muestran una cesura significativa en el comercio del Pacífico, ni muestran una diferencia estructural en la composición y fisonomía de la flota que lo sirve, ni disminuye el número anual de buques, ni los navieros españoles americanos se retraen, sino que intensifican su actividad en el Pacífico para compensar la paulatina ausencia de otros puertos alternativos para sus fletes» (p.
Finalmente, resta decir que este trabajo cumple con el objetivo planteado al inicio por los coordinadores de reflexionar y dar a conocer la historia del Pacífico sur.
Sin embargo, se echa de menos un colofón que refuerce la unidad de la obra, su relevancia y sugiera nuevos estudios en esta misma línea.-GONZALO SERRANO DEL POZO, Universidad Adolfo Ibáñez, Chile.
Muy pocas veces en la vida se tiene la oportunidad de reseñar una edición príncipe y, para colmo, de una obra tan importante como es el Boxer Codex, una fundamental recopilación de los conocimientos que tenían los españoles a finales del siglo XVI acerca del Sureste asiático, Japón y China, así como una delicia visual por los dibujos, hechos por artistas chinos, que adornan la obra, comparables a los que ilustran el famoso manuscrito Casanatense.
El códice, que fue comprado por el sabio historiador, bibliófilo y coleccionista británico Charles R. Boxer (1904Boxer ( -2000) ) en la subasta de la Biblioteca de lord Ilchester en Holland House, celebrada en Londres el RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS 10 de julio de 1947, se encuentra desde 1965 en la Lilly Library de la Universidad de Indiana.
En 1950, el propio Boxer publicó un artículo dando cuenta de la gran importancia que tenía su nueva adquisición; a partir de entonces, diversos especialistas han dado a luz estudios parciales sobre algunos capítulos de la obra.
Esta es, pues, la primera edición completa de la misma.
El tratado trata primero de las islas de los Ladrones, sigue por Cagayán, zambales, visayas, tagalos, etc., y termina en Japón y China.
Para redondear la información, el autor último del códice incluyó en su recopilación tres textos hoy fácilmente identificables, que comprenden casi la mitad de la obra: el viaje a China del agustino Martín de Rada (1575) y dos relaciones traducidas del portugués: el derrotero de las costas de Aceh, compuesto en 1584 por Juan Ribeiro Gaio, obispo de Malaca (capítulos que fueron objeto de un estudio espléndido de J. M. Santos Alves y P.Y. Manguin), y la descripción de Nueva Guinea, escrita por Miguel Roxo de Brito.
No se sabe, sin embargo, quién fue el autor de la descripción de otras islas (Borneo, por ejemplo).
Los dibujos sobre las deidades y el bestiario chino derivan de textos sínicos: Souza y Turley sugieren la posibilidad de que el artista chino se haya inspirado en el Shanhai Jing (El clásico de las montañas y el mar), el Fengshen Yanyi (Novela de la investidura de los reinos) o el Sanguozhi Yanyi (Novela de los tres reinos).
El códice, escrito en papel de arroz, fue comenzado a escribir después de 1590 (en ese año pasó por las islas de los Ladrones quien fue probablemente su compilador).
Finalmente, las hojas fueron encuadernadas en Madrid hacia 1614 (para reforzar la cubierta se emplearon las páginas 226 y 231, todavía en rama, del Tratado general de los tiempos de Pablo de Mera, publicado en Madrid en 1614, según descubrió muy agudamente J. N. Crossley).
Sobrevino después la pérdida de algunos folios: al menos 17 hojas fueron cortadas a continuación del folio 240 (en algunas de ellas se describía el ceremonial del emperador chino); otros cortes se observan después de los folios 243 y 244 (unos doce folios).
Tras esta mutilación se llevó a cabo la numeración de los folios.
Es evidente que falta asimismo la dedicatoria de la obra.
Como ya advirtió Boxer, la idea de hacer esta compilación nació muy probablemente en el entorno de la familia Das Mariñas (don Gómez llegó como gobernador a Manila en 1590: la fecha en que se avistaron las islas de los Ladrones, según consta en el capítulo I), con objeto de presentar a un gran señor (el monarca, el presidente del Consejo de Indias u otro prohombre de la corte) un volumen ricamente ilustrado que le brindara información de primera mano sobre los pueblos aledaños a Filipinas: un verdadero tratado de etnografía del Sureste asiático.
Crossley ha sugerido plausiblemente que fuese Hernando de los Ríos Coronel, un buen amigo de la familia Das Mariñas, quien trajo el códice a España cuando acudió a la metrópoli como procurador de Filipinas en 1605.
Sobre la persona del compilador solo se pueden hacer vagas conjeturas.
Los profesores Souza y Turley proponen la autoría de Morga (p.
26-27), una hipótesis que no me parece convincente.
Los textos sobre los pueblos adyacentes a las Filipinas van precedidos de 97 dibujos que ilustran el aspecto físico y las costumbres de los aborígenes.
Con cierta frecuencia, el dibujo no va acompañado de un texto explicativo: p.e., después del diseño de los negritos se dejaron siete páginas en blanco, sin duda con la intención de poder colmar esa laguna alguna vez.
En total, pues, quedaron 192 páginas sin escribir, contando con que no se utilizó adrede el reverso de los dibujos a fin de que no los dañase la previsible transparencia.
Editar por primera vez un manuscrito no es tarea fácil, sobre todo cuando el texto que se tiene entre manos incurre en infinidad de errores.
El escribano (¿un chino?) parece que no sabía bien el castellano, por lo que no comprendió bien ni los cultismos ni las palabras de poco uso.
Por ejemplo, gentílicas en ceremonias gentilicas (59r = «Heathen rites») fue entendido como gentiliças: de ahí la deformación del adjetivo en gentilesas (línea 2) o gentileças (líneas 8-9); a su vez, supersticiosas (63r 29 nóminas supersticiosas, «superstitious amulets») se transforma en supertinaçias (tampoco se escribe a derechas la palabra en f.
43r palabras... supesticiosas), y escala, en osucala (153v 3 = «marching through»).
No es extraño, por consiguiente, que se confundan letras (n por ti [153r 8], sinole = sitiole, traducido demasiado elípticamente por «stormed»); rr por n [231v 9-10] chiromarrçia = chiromançia); que se inviertan (superfula = superflua [217v 13]); que se omita una letra (atienen = atienden [167r 4-5]) o varias (calderas o sarte açofar [153v 17]), y que se produzcan haplografías (una yndia esclaua vn esclauo = una yndia esclaua vn esclauo [66r 16], bien traducido por «or if a slave»; si Bacabundono se abrasara con el = si Bacabundono se abrasara [= abrazara] con el [154r 9], mal traducido en este caso por «if Kubo-sama took up his cause»).
Es notable la forma antion (93r 33, i.e., anfión, opio): se esperaría el aportuguesado y más común anfián.
La edición no es crítica, por lo que no se enmiendan las equivocaciones del copista ni se anotan las posibles correcciones.
P.e., en una frase como «quando salen de prisión o escapando algún trabajo» es claro que escapando ha de ser corregido en «escapan de» (64r); de la misma manera, «auiendoselo rrendido» debe ser enmendado en «auiendosele rendido» (153r 25).
En este punto, que creo fundamental, me voy a detener a continuación.
La lectura del manuscrito no ofrece problemas, aunque su interpretación resulte a veces complicada.
De ahí que la transcripción realizada por el profesor Turley y su equipo incurra en algunos errores, algunos de ellos, los de menor cuantía, sospecho que originados por el corrector automático del ordenador que, con la fatal impertinencia de las máquinas, no tolera que se escriba lebantan, escrivir, etc. Otros son deslices causados por la distracción o el cansancio.
No faltan, por último, algunas erratas.
Juzgo de utilidad, y pienso que en esto radicará la principal aportación de esta reseña, presentar a continuación las discrepancias de lectura que he observado tras un laborioso cotejo de varios capítulos de la edición impresa con unas espléndidas fotos del Boxer Codex que hace tiempo puso a mi disposición el profesor Yu-Chung Lee.
En honor de los editores, es preciso decir que, a menudo, la traducción sortea el error de transcripción y capta milagrosamente el sentido de la frase.
Las equivocaciones menudean en el capítulo dedicado a los tagalos, quizá porque los editores han depositado excesiva confianza en la transcripción y traducción realizada por Carlos Quirino y Mauro García en 1958.
Las diferencias sustanciales, que implican un cambio morfológico o sintáctico, van indicadas con un asterisco.
Pongo en primer lugar la lectura de Turley y a continuación la mía.
CAPÍTULO I (Ladrones) 3r 5 yslas las phili-= yslas phili-ǁ 17 que le = que les ǁ 24 en el momento = en un momento.
3v 8 platanos = plantanos (i.e. plátanos [«plantanos» también en f.
110r, por cruce evidente con 'planta'; la forma correcta «platanos» se documenta en f.
40r]) ǁ 9 la [sic] conoçiamos = las conoçiamos ǁ 12 arcabuz = arcabuz sea (i.e., unido el verbo sea al renglón siguiente, «Sea lo uno o lo otro, ellos gritan»).
Traducción correcta: «Whatever the meaning».
Traducción aproximada: «by convincing them» ǁ *30 sin daño nin = sin daño nro (i.e., nuestro; la misma HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Anu. estud. am., 73, 2, julio-diciembre, 2016, 757-785.
Traducción aproximada: «whitout inflicting any harm on them».
4v 29 pujanza = pujansa ǁ 36 llaman ladrones = llaman de ladrones.
La traducción al inglés es excelente -incluso salva, como hemos señalado oportunamente, algunos errores de transcripción-, y va acompañada de numerosas notas exegéticas.
La bibliografía es exhaustiva.
Arranca el libro con un utilísimo glosario (p.
XVIII-XXXII) y lo cierra un copioso y no menos útil índice (p.
La magnífica presentación editorial y la cuidada impresión de las láminas hacen honor a la merecida fama de Brill.
El volumen, que, además de ser una lectura apasionante, constituye un regalo para la vista, ha de figurar necesariamente en la biblioteca de quien esté interesado por la historia de Filipinas y del Sureste asiático.
Los profesores Souza y Turley merecen nuestro agradecimiento por haber dado a conocer en su integridad este espléndido e interesantísimo códice.-JUAN GIL, Real Academia Española.
Straka, Tomás, La República fragmentada.
En la Venezuela de hoy, hay un fenómeno que obvia a veces las divisiones políticas así como el desencanto que tiende a agobiar a la intelectualidad criolla: el éxito editorial e incluso mediático de los libros que versan sobre temas de historia.
En la mayoría de los casos se trata de análisis de historiadores profesionales, de investigadores lidiando con un pasado del que se espera que permitirá entender un presente conflictivo, superar el RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS descalabro de la sociedad criolla y reconciliar memorias enfrentadas en un contexto de suma incertidumbre.
Desde La Voz de los Vencidos.
Ideas del partido realista de Caracas, 1810de Caracas, -1821de Caracas, (2000)), Hechos y gente, Historia contemporánea de Venezuela (2001), Un Reino para este mundo (2006), o La épica del desencanto (2009), Tomás Straka se adentra en las razones que desde la revolución de independencia propiciarían el fracaso de determinados proyectos políticos y desembocarían en el «bochorno nacional», de acuerdo con la despiadada mirada de los humoristas.
De ahí su interés por la conformación de la historia patria, el culto a Bolívar y el resurgimiento del militarismo o, mejor dicho, del pretorianismo -tema ampliamente analizado por el finado Domingo Irwin-en una república civil, tanto a nivel institucional como a escala de los actores particulares.
Esta última entrega reúne artículos de prensa publicados durante varios años en Debates IESA, una revista especializada más bien en temas de gerencia.
De ahí las interrogaciones que nutren buena parte del libro y la referencia a valores de emprendimiento y hasta de liberalismo, en clara oposición a la historia oficial tal como la promovió la revolución bolivariana y luego el denominado socialismo del siglo XXI.
Al igual que en las recopilaciones anteriores, la pregunta que aflora constantemente y guía su reflexión de los historiadores de vocación ciudadana es en efecto la siguiente: ¿es posible que una sociedad fracase?
«Interpelar el pasado, mirar el porvenir»: tal es el propósito que se anuncia en el prólogo, en un contexto de reiteradas confrontaciones políticas heredadas del periodo de gobierno de Hugo Chávez (1999-2013).
Si bien Straka identifica una «taxonomía de los fracasos históricos», el libro no se conforma con ofrecer un recuento lacrimoso del pasado, un listado de las promesas incumplidas de 1958 o la denuncia de una generación despolitizada como lo fue la denominada Generación X. Al contrario: el pasado, aunque «no pase», de acuerdo con el señalamiento de los especialistas de la historia del tiempo presente en su versión europea, se enfoca como «vaticinio», siguiendo a Mariano Picón Salas.
Hasta abre las sendas de una «confianza en el porvenir», pese a lo que fue el punto de partida de la idea de esta «República fragmentada» en la línea trazada por Elías Pino Iturrieta en País archipiélago (2001): las visiones contrapuestas del proceso de independencia que surgieron con motivo de las conmemoraciones del Bicentenario.
El autor adelanta, para entender a Venezuela y explicitar las «catástrofes» identificadas por la historia del tiempo presente, unas cuantas claves centradas en la naturaleza del «proyecto nacional» (expresión forjada por G. Carrera Damas), también denominado liberal.
Estas claves las constituyen el petróleo y sus incidencias en los reajustes del proyecto nacional y en la vida republicana en su conjunto, el manejo del sistema democrático (fundado en el voto y el bienestar, siendo la democracia asociada a una amplia revolución en lo educativo, en lo social, incluyendo la salud pública y la reforma agraria de acuerdo con el proyecto liderado por Betancourt), y el sentido de la democracia (liberal) para los venezolanos.
Hay que subrayar sin embargo que el autor relaciona la democracia criolla con sus valores intrínsecos más que con los efectos sociales de la renta petrolera.
También se mencionan las crisis de la «Venezuela moderna» -crisis sobradamente ejemplificadas por Manuel Caballero en su acucioso libro epónimo de 1998-, cuya última expresión durante el chavismo generó un marcado proceso de emigración, al revés de lo que había sido buena parte de la historia del país soñado.
Pasa luego a declinar las encarnaciones de la «barbarie» tales como se expresan a través del personalismo político.
La barbarie no sería sino la manifestación de tendencias autoritarias derivadas de aquella «virtud armada» que orienta los espíritus desde la revolución de independencia, pese a la consabida entrada en la «modernidad» en los años 30 del siglo XX, bajo el régimen gomecista.
La revolución, bajo las especies de las «revoluciones nacionales», y de igual manera de las «revoluciones historiográficas» llevadas desde perspectivas opuestas por Federico Brito Figueroa o Germán Carrera Damas (las «ideologías de reemplazo» como el bolivarianismo-militarismo), amerita una capítulo específico.
El calendario conmemorativo no deja de influir en el conjunto de estos aportes acerca de la conformación de la Nación así como en el lenguaje político tal como se vino elaborando en las distintas etapas de la historia nacional.
Tal es el sentido del rescate conmemorativo de los 150 años de la Federación y sobre todo, del Bicentenario de la Independencia, o mejor dicho del 19 de abril de 1810 (Junta Suprema Caracas) que antecede la independencia propiamente dicha el 5 de julio del siguiente año.
Fragmentación resulta ser la palabra clave de esta entrega, de ahí el título del libro que se adentra en el pasado más lejano -incluso en las desventuras de la nobleza criolla, una historia casi novelada tal como la relata Inés Quintero-.
Sin embargo, no deja de poner de relieve temas «innovadores» para la historiografía nacional y discutir las relaciones entre historia intelectual, una cultura socialista de raigambre criolla y la prolongada impronta «adeca» que nos remite a una forma genuina de populismo impulsado por el partido Acción Democrática, el «partido del pueblo».
En la sociedad de principios del siglo XIX, más precisamente a partir del año clave de 1808 -momento en que se configura de cierta forma la orfandad venezolana según Ana Teresa Torres-, se ubicaría el inicio de un proceso largo caracterizado por tensiones raciales heredadas de la colonia (es el tema de la población de color, libre o esclava), tensiones económicas, regionales y político-ideológicas (el ideario liberal) debidamente contextualizadas en un ámbito atlántico.
En ese preciso momento se originaría también un fenómeno fundamental en la historia de Venezuela: el igualitarismo, como condición de la libertad desplegada no desde las élites sino desde «abajo», desde la «pardocracia» tal como la definió Bolívar o simplemente de la sociedad civil, en un sistema democrático que culmina en los años 1958-1998 bajo la denominación de «sistema populista de conciliación de élites» (J.C. Rey) y se desvirtúa con la última «revolución» del siglo XX.
Los traumas que se derivan de las medidas de ajuste neoliberal se vislumbran en el Caracazo de 1989, librando una que otra «indignación» para retomar una caracterización aplicada habitualmente a otros espacios aunque no carece de interés en el caso venezolano, expresivo sin embargo de un «espíritu empresarial».
Este itinerario diversificado por «claves» históricas de que se espera que permitan entender a la Venezuela de ayer y de hoy no deja de contemplar e ilustrar determinados acontecimientos de la historia nacional desde la fundadora revolución de independencia.
Escrito para un lectorado criollo, como lo atestiguan múltiples referencias expresivas de una idiosincrasia nacional, ocupará sin embargo un lugar destacado en la biblioteca del historiador preocupado por la permanencia del pasado o mejor dicho por la presencia o el eco de los traumas del pasado en el presente.
Asimismo será de una gran utilidad al estudioso de la escritura de una historia nacional que la actualidad política terminaría dividiendo irremediablemente, en una perspectiva maniquea que descansa no solo en la fragmentación de la república sino también en la instrumentalización del pasado y la falsificación del mismo con fines abiertamente ideológicos.-FRÉDÉRIQUE LANGUE, Institut d'Histoire du Temps Présent, CNRS, París. |
Olivero Guidobono, Sandra, "Producción y mano de obra en las haciendas jesuíticas del Buenos Aires colonial: La Chacarita y Las Conchas en el siglo XVIII", Anuario de Estudios Americanos, vol. 69, núm. 2, Sevilla, jul.-dic.
2012, pp. 627-663, doi:10.3989/aeamer.2012.2.09 La desautorización se basa en los siguientes hechos: El Anuario de Estudios Americanos solo admite artículos originales e inéditos, y así consta en sus "Normas para la entrega de originales", publicadas tanto en la versión impresa como en la electrónica.
El artículo desautorizado es en su mayor parte una duplicación de otro de la misma autora titulado "Las propiedades de los jesuitas en el Pago de la Costa: Tierras, producción y población esclava.
Congreso Internacional, Universidad Nacional de Córdoba, Universidad Católica de Córdoba, Junta Provincial de Historia de Córdoba, 2000, tomo 4, pp. 417-445.
La autora envió su texto a la revista el 9 de diciembre de 2011, omitiendo por completo la referencia a ese artículo.
Esta omisión contribuyó a que la duplicación no fuera advertida por el Consejo de Redacción ni por los evaluadores externos, lo que dio lugar a la aceptación y publicación de un artículo que debió haber sido rechazado.
La autora alega que ignoraba que su trabajo se hubiera publicado en el año 2000, argumento que el Consejo de Redacción considera inconsistente dado que dicho artículo figura en la lista de publicaciones de la autora incluidas en la solapa de su libro Sociedad y Economía en San Isidro Colonial, publicado en el año 2006.
En cualquier caso, ese desconocimiento no invalidaría el hecho objetivo de la existencia de dicha publicación anterior, que por sí sola justifica la desautorización del artículo.
El Anuario de Estudios Americanos pide disculpas a sus lectores y hará lo posible por evitar que se repitan situaciones similares en el futuro.
El Consejo de Redacción no tendrá en consideración las posibles réplicas, contrarréplicas o comentarios a esta decisión editorial.
Esta nota editorial se incorpora a la versión electrónica del artículo desautorizado y se publicará en el próximo número impreso de la revista (AEA, 73-2, jul.-dic. |
Inflación y crisis nacional.
Culturas económicas y espacios públicos en la Argentina y Brasil
Universidade Federal de Rio de Janeiro Este artículo describe algunos aspectos de la construcción de la asociación entre inflación y crisis nacional en Brasil y la Argentina, explorando la relación entre dos procesos: la progresiva transformación de los profesionales de la economía en intelectuales públicos, y el paso de formas cualitativas de percepción del desequilibrio monetario a formas eminentemente cuantitativas de representar la inflación.
Ambos procesos son paralelos a la transformación de los saberes económicos en verdaderas culturas económicas, en un idioma que ha servido para describir los problemas nacionales más allá del estrecho mundo de los especialistas.
El horizonte temporal del artículo se inicia hacia mediados del siglo XX, cuando se reconfigura el campo de los profesionales de la economía en ambos países, y termina hacia mediados de la década de 1980 cuando se lanza una serie de planes de estabilización monetaria conocidos como "heterodoxos".
PALABRAS CLAVE: inflación, crisis, culturas económicas, espacios públicos, el Brasil, la Argentina.
En los primeros meses del año 2002 la BBC de Londres publicó en su página de Internet un Dictionary of Argentine Crisis con la finalidad de ayudar a sus lectores a comprender la geografía de asuntos invocados por términos como "convertibilidad", "bonos", "pesificación", "dolarización" o "corralito".
Mientras los no familiarizados con los acontecimientos que conmovían al país en ese momento podían informarse por ese y otros medios sobre lo que allí estaba aconteciendo, los argentinos debatían la crisis en las calles, al tiempo que los intelectuales de mayor renombre del país poblaban páginas de diarios y revistas discutiendo los destinos de la nación; algunos incluso se preguntaban sobre la posibilidad de que éste simplemente dejara de existir.
En el vecino Brasil, el fantasma de la "argentinización" se agitaba en todo debate público sobre los destinos de la economía y la política.
Y no era la primera vez que eran invocados los riesgos de la contigüidad, siempre tan afines con la dimensión internacional del desequilibrio financiero.
Desde hacía unos veinte años varias habían sido las expresiones (como la teoría del "efecto Orloff", según el cual, se decía, "la Argentina de hoy es el Brasil de mañana") que describían la pérdida súbita de valor de las monedas nacionales en términos de contagio.
2 De hecho, el desequilibrio monetario no era novedad para argentinos y brasileros.
Desde hacía tiempo que las poblaciones de ambos países convivían con fenómenos semejantes, aprendiendo a identificar la pérdida del valor de sus monedas con representaciones respecto de las crisis nacionales.
El propósito de este trabajo es describir algunos aspectos de la construcción de semejante asociación entre inflación y crisis nacional en Brasil y la Argentina, explorando la relación entre dos procesos:
1) La progresiva transformación de los profesionales de la economía (académicos, funcionarios de agencias internacionales y de gobiernos, periodistas, operadores de mercado, etc.) en intelectuales públicos; paralela a la consagración del fenómeno inflacionario en un problema nacional de primera magnitud y a la modernización del campo de los especialistas (que ocurre en la segunda mitad del siglo XX, con la americanización de la economía académica y la construcción de un nuevo perfil profesional);
2) El paso de formas eminentemente cualitativas de percepción del desequilibrio monetario a formas eminentemente cuantitativas de representar la inflación, ligadas a la proliferación de los index numbers, que ocurre como un efecto de la ampliación del campo de los especialistas (reclutados para producir indicadores de variación de precios por los nuevos organismos estatales, empresariales y de investigación académica) y, paralelamente, a la transformación de esos indicadores en "números sociales", objeto de confianza pública (sancionando el doble papel de todo indicador: describir variaciones pasadas y organizar mercados futuros).
De hecho, y eso también interesa de modo central a este texto, si bien la asociación entre inflación y crisis nacional es un rasgo común de la historia reciente de Brasil y la Argentina, los contenidos específicos atribuidos a dichos términos en cada caso varían.
Describir, aunque más no sea de forma exploratoria, esos contenidos diferenciales es un objetivo adicional de este texto.
Del lado argentino encontramos la actualización de un relato que gira en torno a dos motivos: la excepción y la decadencia; del lado brasilero, una narrativa que habla de desvíos respecto de un destino de grandeza.
La participación de los profesionales de la economía en la elaboración de fórmulas distintas para estos viejos motivos confiere nuevas modulaciones a la narrativa sobre la crisis, legitimando a aquellos que la formulan como figuras públicas, capaces de develar los más profundos dilemas nacionales a través del uso científico de los instrumentos de la más auténtica ciencia social, la ciencia de los números: la moderna economía académica.
El relato que se presenta a continuación se inicia hacia mediados de la década de 1980, en el punto culminante de este proceso: el lanzamiento, un poco antes en la Argentina que en Brasil, de la primera generación de los planes de estabilización monetaria conocidos como "heterodoxos".
A partir de allí, el texto retrocede unos 30 años para mostrar algunos aspectos del lento proceso de transformación de los profesionales de la economía en intelectuales públicos y el también lento proceso de cultivación económica de las poblaciones de ambos países; paralelos ambos a la transformación de los saberes económicos en verdaderas culturas económicas, en un idioma que ha servido para describir los problemas nacionales más allá del estrecho mundo de los especialistas.
Inflación y crisis nacional
El lunes 22 de abril de 1985 los diarios de Buenos Aires informaron en grandes titulares el inicio del juicio a las Juntas Militares que habían gobernado el país entre marzo de 1976 y diciembre de 1983.
Con una singular intensidad los argentinos eran expuestos al pasado reciente de autoritarismo y violencia.
Ese mismo día, el presidente Raúl Alfonsín denunció públicamente que la naciente democracia estaba amenazada y llamó a los ciudadanos para que el viernes acudieran a la Plaza de Mayo, principal centro político y simbólico del país.
El presidente comenzó sus palabras mencionando la "grave crisis" por la que atravesaba la nación, pero dio un giro inesperado al discurso que pronunció desde los balcones de la Casa Rosada (y que fue reproducido en todo el país por radio y televisión), el jefe de Estado casi no se refirió a la supuesta conspiración golpista.
Dijo, en cambio, que la principal amenaza era la inflación; más precisamente era el hecho de que "la institución de la moneda se ha desvanecido en la Argentina".
Restituir su valor exigía imponer una verdadera "economía de guerra"; y advirtió: "todos debemos comenzar a sacar cuentas de lo que eso significa".
En realidad, los argentinos convivían desde hacía mucho con tasas de inflación importantes.
En toda la última década los índices anuales habían sido siempre de más de 100 % y eran varias las voces que desde hacía meses advertían sobre las consecuencias que el aumento exponencial de los precios podría tener en el corto plazo para la naciente democracia.
De esa forma, si bien la multitud que acudió al llamado de Alfonsín se retiró atónita de la Plaza de Mayo por la dirección que habían tomado los acontecimientos, como el propio presidente sugirió en sus palabras, ciertamente, todos tenían elementos para entender de qué se estaba hablando: la "crisis argentina" era sinónimo de desequilibrio monetario; serían necesarias terapias de emergencia para salvar a la nación del abismo.
Poco menos de dos meses después, el 14 de junio, Alfonsín volvió a dirigirse a los argentinos anunciando un amplio plan para "terminar con la inflación y salvar la democracia".
Cuando está en juego un sistema político, dijo, "no es posible pensar en gradualismos", se hace necesaria una ver-dadera "política de shock".
Lo siguió el ministro Juan Sourrouille, que explicó en detalle los principales ejes del plan que se pondría en marcha de inmediato para salvar al país de la crisis: congelamiento general de precios para terminar con la indexación de la economía, sustitución del peso por una nueva moneda nacional, el austral, y revisión de todos los contratos a futuro aplicando una escala de conversión o "desagio".
Siete meses después en el vecino Brasil los acontecimientos argentinos resonaban como algo más que simples ecos.
Después de aclarar que "as medidas não são cópia de nenhum programa instituído por qualquer outro país" (en obvia referencia a los dispositivos del Plan Austral), Sarney dijo entre otras cosas: "Estamos derrubando os muros da fortaleza inflacionária.
Nacía el cruzado, una nueva moneda, que junto con otros dispositivos "heterodoxos" más o menos semejantes a los del plan argentino, era presentada como una auténtica "terapia" destinada a salvar a la nación de una "situación terminal".
Sin duda, la eficacia de los anuncios tuvo que ver en parte con la propia retórica y, en particular, con la dramaticidad de la retórica de la crisis que cada plan de estabilización prometía finalmente superar.
En el caso de la Argentina, eran accionados los temas centrales de una narrativa que reconocía una profundidad de más de medio siglo: de un lado, el fin de la "excepción argentina" (con toda la ambigüedad que permite el doble sentido de la expresión: excepción como algo cargado de valores positivos y, también, como algo que escapa de la norma); de otro lado, una nueva manifestación de una ya larga decadencia nacional que, a cada día, alejaba a la colectividad de un pasado de esplendor, y colocaba al país frente a la perspectiva casi fatal de su propia disolución.
En Brasil, el horizonte de la crisis no era (nunca fue) la disolución nacional, tampoco la pérdida de un pasado de gloria, sino el extravío del rumbo que conduce a la grandeza y cuyo último capítulo (para bien o para mal, ya que refería al reciente periodo autoritario) había sido el llamado "milagro brasilero".
Ése fue el motivo central del ministro Funaro en su discurso de lanzamiento del cruzado: recuperar "o caminho das promessas do crescimento brasileiro", la necesidad de "despertar a nação e movimentar suas forças poderosas".
Si del lado argentino el contenido dramático del anuncio realizado por el presidente Alfonsín de la "economía de guerra", primero, y del Plan Austral, poco después, buscaba movilizar a la población en defensa del sistema político, invocando los fantasmas de la peor experiencia autoritaria de la Argentina moderna, los términos del presidente Sarney fueron mucho menos apelativos; pero la dimensión dramática estaba implícita en cada uno de sus actos, incluso en el fragmento del discurso de lanzamiento del cruzado en el que se refirió a sus compromisos con la Aliança Democrática (coalición que daba sustento político a su gestión, a la cual había sido arrojado luego de la inesperada muerte de Tancredo Neves que, designado presidente por el Colegio Electoral después del fin del régimen militar, nunca llegó a gobernar).
Recordemos que Tancredo Neves fue internado para someterse a una operación abdominal el 14 de marzo de 1985, víspera de su designación como presidente.
Murió 38 días después, víctima de una infección generalizada.
La historia parecía reforzar el sentido de la tragedia nacional: era 21 de abril, día de Tiradentes, "mártir de la independencia" del Brasil.
Ése era el escenario en el que se abría el ciclo de los planes de estabilización llamados "heterodoxos".
Un ciclo que culminaría la década siguiente con el lanzamiento, en la Argentina en 1991, del Plan de Convertibilidad, y en Brasil, en 1994, con el Plan Real (en una pequeña historia poblada de otras marcas, como los eventos hiperinflacionarios de la Argentina, en 1989-90, el Plan Collor en Brasil, en 1991, o los "ajustes" de los planes Austral y Real, conocidos como Planes Primavera y Verano).
De hecho, en las últimas dos décadas del siglo XX la implantación de sucesivos planes de estabilización ganó una verdadera dimensión ritual en esos países.
Cualquiera que haya vivido en Brasil o en la Argentina en aquella época no tendrá dificultad en recordar repetidos anuncios por cadena nacional de radio y televisión de congelamientos de precios, ahorros forzosos, cambios de denominación en las monedas corrientes, seguidos de feriados bancarios en los que no sólo los profesionales de la economía, sino también los asalariados, los deudores de cuotas bancarias, los locatarios, los comerciantes, en fin, la mayor parte de los ciudadanos, era expuesta a nuevos dispositivos (desagios, tablitas, "indexadores") que esta vez sí salvarían a la colectividad de la peste de la inestabilidad monetaria.
Eran terapias que, como reconocían sus hacedores, buscaban extirpar el mal de la pérdida de valor de la moneda reformulando todos los contratos, interviniendo en todas las relaciones sociales mediadas por dinero.
Pero para que semejantes imágenes fueran eficaces era necesario también que quienes participaban de la esfera pública tuvieran cierta formación económica.
Era preciso que tuvieran los elementos necesarios para comprender y navegar en el mundo de las tecnologías de la desindexación, de las tablitas, de las conversiones monetarias.
Era preciso, por fin, que los expertos, autores de esas terapias, gozaran de un cierto crédito público; o más que eso: que fueran verdaderos intelectuales o figuras públicas, reconocidas con la autoridad suficiente para diagnosticar y remediar los males de la nación.
Veamos a continuación algunos rasgos de ese proceso de cultivación económica y de transformación de la economía en una lingua franca del espacio público, en Brasil y en la Argentina.
Pedagogía de los números y percepciones de las crisis
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y especialmente a partir de los años cincuenta, la pregunta por la naturaleza y los orígenes de la inflación (en ocasiones, aunque no siempre, vista como una dimensión de la cuestión del desarrollo económico) pasó a ocupar un lugar central entre los economistas latinoamericanos o interesados en América Latina.
El debate pronto cristalizó en dos escuelas o corrientes mutuamente reconocidas.
De un lado, los estructuralistas, que proponían una visión global sobre la articulación entre sectores de la producción, haciendo recaer la responsabilidad principal del aumento de precios en los "estrangulamientos", en especial, del sector agrícola (en otros términos, una perspectiva que acentuaba los problemas de la oferta de bienes).
De otro lado, los monetaristas, más cercanos a las visiones ortodoxas o neo-clásicas, que centraban la interpretación del fenómeno inflacionario en la abundancia de dinero (acentuando los efectos del exceso de demanda).
La contienda ganó consistencia también gracias a la participación de una serie de figuras que, reconociendo y siendo reconocidas por ambas escuelas, tomaban distancia de éstas, al presentarse como independientes, al tiempo que enfatizaban otras dimensiones del fenómeno inflacionario (como la estructura impositiva, por ejemplo).
3 La densidad de la disputa indicaba la existencia de un campo de economistas profesionales relativamente autónomo en diversos países del subcontinente (como la Argentina, Brasil, Chile o México), con instituciones propias de formación y de difusión de teorías y de políticas (incluso varios de los actores del debate ocupaban posiciones centrales en ese campo).
La discusión confería también cierto prestigio internacional a algunos de sus protagonistas, al tiempo que en los ámbitos académicos internacionales transformaba a la región en un espacio atractivo, "bueno para pensar" el problema de la inflación.
Sin embargo, a pesar de toda la atención dada al desequilibrio monetario, lo cierto es que, como pudo constatar Albert Hirschman dos décadas más tarde, la inflación en América Latina acabó por tornarse "ubicua, prolongándose durante largo tiempo, de modo que hoy [en 1980] parece familiar y casi 'normal'".
4 Reflexionar sobre las causa de esa persistencia es y podrá seguir siendo una obsesión para los economistas.
Por su parte, un antropólogo o un historiador interesado en la inflación, no como fenómeno económico sino como un hecho social y cultural, no podrá dejar de atender a una de las dimensiones de la construcción del fenómeno que suele ser considerada por los economistas sólo en el plano de sus luchas internas (esto es, para des-calificar adversarios acusados de ser responsables por la elaboración de modelos defectuosos, o por el fracaso en la implementación de una determinada política).
Me refiero a la participación de los propios economistas en la elaboración de una verdadera pedagogía de la economía inflacionaria, de dispositivos y tecnologías que permitieron que las poblaciones (los "agentes económicos") aprendieran a convivir con la inestabilidad monetaria, a defenderse de sus efectos nocivos y, también, a aprovechar las oportunidades abiertas por ella.
Sin duda el período más significativo para observar este proceso de cultivación económica es la década de 1960.
Mientras discutían los orígenes y la naturaleza de la inflación y mientras declaraban que el desequilibrio monetario era uno de los peores obstáculos para el desarrollo económico, los especialistas formulaban hipótesis sobre los márgenes de inflación tolerable (algo que no era en modo alguno patrimonio de una u otra corriente).5 Al mismo tiempo, países como Brasil y la Argentina experimentaban una verdadera proliferación de indicadores de medición de precios, impulsada por una dinámica que puede reconocerse aun hoy: la implantación de cada nuevo plan de estabilización suele "exigir nuevos y mejores recursos técnicos", al tiempo que los economistas reunidos en instituciones compiten en el mercado de ideas y políticas elaborando y vendiendo índices que serán luego consumidos en la esfera pública económica, cada vez más poblada por boletines de empresas y de asociaciones, por revistas de circulación masiva, por diarios y secciones informativas especializadas (lo que, a su vez, amplía el mercado de trabajo de los profesionales).
Ciertamente la historia de los indicadores de medición de precios es bastante más larga.
En la Argentina los index numbers fueron introducidos por Alejandro Bunge en la década de 1920 6.
En Brasil, en 1944, la Fundação Getúlio Vargas (FGV) creó el índice más antiguo de los que existen en la actualidad, el IGP-DI.
Pero a partir de la década del sesenta se asiste a una verdadera proliferación de indicadores, paralela a la proliferación de instituciones en el campo de los economistas.
Algunas de estas ins-tituciones, como la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL) en la Argentina o la FGV en Brasil, fueron también pioneras en implementar estrategias tendientes a difundir por medio de la prensa los indicadores que ellas producían, ofreciendo cursos de formación económica para periodistas.
Los index numbers pasaron de esta forma a estar cada vez más presentes en los medios de comunicación, en las nuevas revistas especializadas y no sólo en los recientemente creados suplementos de información financiera, también incluso en las primeras páginas de los diarios de circulación nacional.
La proliferación de indicadores de medición de precios, basada en esta dinámica de expansión del campo de los especialistas, de competencia entre las instituciones que los producían y de difusión y legitimación en el espacio público, considerado por sus fabricadores como un sinónimo de mercado, ocasionó cambios en las formas de percepción del valor del dinero (tal vez sería más correcto decir que acentuó formas antes presentes, otorgándoles modulaciones distintas).
Las nuevas tecnologías de medición segmentaron de modo creciente las percepciones del espacio y aceleraron las percepciones del tiempo.
Por un lado, índices específicos para mercados específicos (contribuyendo con eso también a dar forma a un fenómeno que los index numbers buscaban simplemente describir: la "segmentación de los mercados"): productos de "primera necesidad", productos "estacionales", productos "escolares", entre muchos otros.
Por otro lado, unidades de agregación de variaciones en series temporales cada vez menores ("semanales" o incluso "diarias"), junto a la invención de unidades nuevas como, por ejemplo, entre varias otras, las "cuadri-semanas".
Así, paralelamente a la sofisticación de las formas científicas de describir las relaciones entre los precios (de imaginar teorías para explicar los cambios en esas relaciones y modos de conducir o controlar esos cambios), se aceleraba la percepción del tiempo relativa a la dimensión económica de la vida social.
Ahora bien, la proliferación de indicadores de medición de precios fue central en la generalización de una representación eminentemente cuantitativa y numérica del fenómeno inflacionario, coherente con la consagración de ciertas terapias monetarias y de ciertos terapeutas: los "magos de los números", como los presentaba un diario carioca hacia 1986.
En Brasil, el inicio de la proliferación de indicadores de medición de inflación puede situarse en las vísperas del golpe de estado de 1964 y reconocerse en la demanda por "más y mejores estadísticas", promovida por la prensa por quienes pedían el fin del gobierno de João Goulart debido, justamente, a su supuesta incapacidad para controlar los precios.
Resulta fantástico observar con los ojos del presente, educados en una percepción cuantitativa de la inflación, el debate de aquellos años.
En Brasil no había entonces índices nacionales "confiables" de medición de precios.
El que merecía más crédito, según algunas usinas golpistas, era por ejemplo el índice de inflación del estado de Guanabara (producido por la Fundação Getúlio Vargas y que tenía un ámbito provincial).
Eso acentuaba la paradoja: quienes discutían el problema y denunciaban el descontrol del "tigre de la inflación" o los efectos insoportables del "azote del aumento de precios", utilizaban para fundar la denuncia un repertorio de fórmulas cualitativas que revelaba, él mismo, su supuesta incapacidad para conceptuar el fenómeno.
Para tratar un mal "vagamente" percibido mediante esas categorías (finalmente, se decía, todo ciudadano brasilero podía "sentir la enfermedad en sus bolsillos") eran necesarios instrumentos de diagnóstico precisos que serían, al mismo tiempo, el principio de la cura.
La difusión de los index numbers y su transformación en una nueva meteorología social, junto a la difusión de las formas de percepción del tiempo operadas por ellos y cada vez más presentes en la vida de las poblaciones integradas al mercado serían centrales en la actualización de la representación de "urgencia" presente en el lanzamiento de cada nuevo "paquete de medidas económicas" o "plan heterodoxo", que tendía, una y otra vez, a salvar países como Brasil y la Argentina de las crisis inflacionarias, transformadas en verdaderas crisis nacionales.
La pedagogía de los números reconocía, también en la década de 1960, otros canales: las acentuadas expectativas de "movilidad social" y expansión del consumo en las crecientes clases medias urbanas, especialmente marcada por la multiplicación de medios de pago: tarjetas de crédito, cheques y sistemas de ahorro y préstamo para la compra de viviendas, automóviles y electrodomésticos (bienes centrales en los padrones de modernidad y confort de los sixties).
7 Para "estimular el desarrollo", gobiernos, asociaciones de empresas, bancos y agencias de inversión se empeñaron también en la ampliación del mercado de capitales, buscando no sólo que las empresas medianas y pequeñas cotizaran en la Bolsa, sino también que los títulos privados y públicos fueran comprados por individuos que aprendían a invertir en valores para "ganarle" a la inflación.
Así, desde finales de los años cincuenta se expandieron las campañas para atraer inversores a la Bolsa, se diversificaron las hojas de información financiera distribuidas en las cities de Buenos Aires o São Paulo y fueron editados nuevos "manuales del buen inversor" para no especialistas.
8 Por otra parte, al mismo tiempo en que insistían en denunciar la calamidad del aumento de precios, y diseñaban e implementaban sucesivos planes de estabilización, los profesionales encargados de la gestión estatal de la economía ponían en funcionamiento dispositivos que difundían la cultura de la inestabilidad monetaria.
Dos ejemplos ilustran este proceso.
El primero: en la Argentina, en julio de 1962, el ministro de economía, Álvaro Alsogaray, en un discurso emitido por Cadena Nacional de Radio y Televisión después de anunciar que "el país enfrenta la más grave crisis económica de su historia reciente" comunica el lanzamiento del "Empréstito Nacional 9 de Julio", un título público que "no sufrirá los efectos de la inflación".
El ministro convoca a que "en cada ciudad, en cada pueblo, en cada escuela, en cada fábrica, en una palabra en cada lugar en donde se reúnan voluntades argentinas, se organicen comisiones, se discuta, se estimule y se desarrolle la idea del empréstito".
9 Y anuncia que se espera que pronto los comercios y los empresarios acepten recibir y pagar deudas no en moneda corriente, sino en esos títulos.
Pocas semanas después se establece que los empleados públicos reciban partes de sus salarios en "Títulos 9 de Julio".
Así sucede por algunos meses, hasta que cerca de fin de año Alsogaray renuncia a su puesto.
El segundo ejemplo remite al "Programa de Ação Econômica do Governo" (PAEG) puesto en marcha en Brasil en 1964, bajo la gestión militar del mariscal Castello Branco y elaborado por Otávio Gouveia de Bulhões y Roberto Campos.
El PAEG dio inicio a un proceso de indexación institucionalizada que no tuvo paralelo en otros contextos nacionales, con la invención de la llamada "correção monetária" y con la disposición de reajustes de contratos y salarios según las variaciones de una moneda 8 Como, en Argentina, entre otros, el libro de Alemann, Juan: La inversión bursátil, selección contable, Buenos Aires, 1956.
En términos más institucionales fueron promovidos seminarios nacionales del "Programa para el desarrollo del mercado de capitales", organizados por el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericano (CEMLA), creado en 1952 por los Bancos Centrales del continente.
10 Estos sistemas de indexación, que se generalizarían en el país a partir de entonces, sintetizaban el doble papel de los index numbers ya mencionado: eran al mismo tiempo instrumentos de diagnóstico y de cura.
Y, cuando exitosos (esto es: cuando servían para regular eficazmente contratos futuros), los indicadores se asemejaban a las ambiguas funciones del propio dinero en las sociedades de mercado porque estaban al mismo tiempo dentro y fuera del juego del intercambio, y eran al mismo tiempo medidor de valores y portador de valor.
11 El hecho de que dispositivos semejantes hayan tenido menos continuidad en la Argentina ciertamente indica algo de la menor densidad de la esfera estatal en este país respecto de Brasil.
Pero más que eso (y teniendo en cuenta que con las comparaciones en el plano de las culturas de la economía es preciso ser muy cuidadosos), interesa notar que en la construcción de mecanismos de interiorización de la inestabilidad monetaria puede ser tan eficaz la relativa continuidad en la implementación de una política, como la implementación de una serie de políticas heterogéneas y discontinuas que obligan a los agentes económicos a aprender permanentemente nuevas "reglas de juego".
Por otra parte, no todo se juega en el plano de las políticas públicas (como muestra la proliferación de medios de pago, el mercado ciertamente "actúa" con relativa autonomía), ni, en fin, todo se restringe al universo de las reglas (como se sabe, en ocasiones son éstas las que acaban incorporando hábitos que los agentes económicos desarrollan para burlarlas).
De cualquier manera, lo dicho hasta aquí basta para sustentar una de las ideas centrales de este artículo: la inestabilidad monetaria tuvo siempre como uno de sus artífices a los profesionales de la economía.
Un resultado de la contribución de estos especialistas a la construcción social de la inestabilidad monetaria puede verse en las carreras académicas, políticas y en ocasiones empresariales o financieras, nacionales e internacionales de varios de ellos.
Otro resultado se constata en la transformación del lenguaje de la economía monetaria en una dimensión del sentido común de amplias capas de las poblaciones urbanas de países en los que la inflación acabó por 10 Para un análisis contemporáneo de este proceso ver Gudin, E.: "A institucionalização da inflação", Digesto econômico 163, 1967.
11 Esta aproximación entre el uso y el sentido de los indicadores y del dinero se inspira en Simmel, Georg: La philosophie de l'argent, PUF, Paris, 1997.
Especialmente el capítulo 1.
Sobre la confianza pública en los números y la construcción de "números sociales", ver la obra de Porter. ser, en las palabras ya citadas de Hirschman, "algo familiar y casi normal"; modelando las formas de imaginar el futuro de cada país y sus crisis.
Gradualismo y shock: terapias y debates públicos
La identificación de desequilibrio monetario y crisis nacional, en la década de 1980, estuvo asociada al ascenso social de nuevos especialistas: los economistas profesionales, transformados en verdaderos intelectuales públicos, protagonistas de primer orden de la gestión estatal.
Ése era el caso de los "terapeutas del austral", como fue conocido el plan para estabilizar que impuso esa nueva moneda en la Argentina, en 1985.
Al contrario de quienes habían gestionado las políticas económicas del partido que entonces gobernaba el país (como el primer ministro de economía de Raúl Alfonsín, Bernardo Grinspun, que era contador).
Después de graduarse en la Universidad de Buenos Aires, varios habían obtenido sus doctorados en Estado Unidos (José Luis Machinea en Minnesota, Daniel Heymann en California, Mario Brodersohn en Harvard, Adolfo Canitrot en Stanford), con tesis que trataban más o menos directamente sobre la inflación desde perspectivas no monetaristas, y enriquecían, de esa manera, las elaboraciones de varios profesores de relativo prestigio en los Estados Unidos sobre la inestabilidad monetaria y el crecimiento económico en los países subdesarrollados.
12 Sólo el ministro Sourrouille había ocupado antes altas funciones en el campo estatal (como primer director del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, INDEC, fundado en 1968).
13 También había vivido un periodo en los Estados Unidos, trabajando en Harvard junto al latinoa-12 Fue el caso del integrante más joven del equipo, Heymann, que defendió su tesis en UCLA bajo la supervisión de Axel Leijonhufvud, que en esa época era un profesor de gran prestigio pero, como neo-keynesiano, un outsider.
Su interés en comprender contextos de extrema inestabilidad monetaria fuera del marco de la teoría del equilibrio general lo hacía (en palabras de Heymann, en entrevista con F. Neiburg, Buenos Aires, el 11 de noviembre de 2003) especialmente atractivo para estudiantes oriundos de países con tradición inflacionaria y que, por razones teóricas e ideológicas, preferían no realizar sus doctorados en departamentos de economía identificados con el mainstream monetarista.
Buscaban modos de combatir la inflación sin implementar políticas regresivas en términos de ingreso y empleo.
La asociación entre profesor y alumno acabó rindiendo varios frutos, como puede verse en Heymann, D. & Leijonhufvud, A.: High Inflation, Oxford University Press, Oxford/ New York, 1995, donde, entre otras, se revisa la experiencia en los años ochenta de la Argentina, Bolivia, Brasil, Israel, México y Perú.
13 Aunque antes o después de volver de Estados Unidos casi todos ellos se habían desempeñado como técnicos en instituciones estatales (como el propio INDEC o el Consejo Nacional de Desarrollo, CONADE).
Ambos se conocieron en la CEPAL, en Chile,14 lo que apunta a otro de los ejes que estructuran esa red de individuos (una experiencia compartida por otro de sus miembros, Roberto Frenkel): la participación en el circuito latinoamericano que transitaba entre la CEPAL (en Santiago y en sus filiales), y otras agencias internacionales y centros académicos con sede en los Estados Unidos.
En la Argentina, dos instituciones fueron centrales para esas articulaciones, que proyectaban a sus integrantes en la escena política y académica local: el Centro de Investigaciones Económicas del Instituto Torcuato Di Tella, y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), creados respectivamente en 1958 y 1960.
15 Durante la dictadura militar que antecedió a la llegada de estos jóvenes a las más altas posiciones de la gestión estatal de la economía, especialmente el IDES (casi todo ese periodo bajo la dirección de Sourrouille) se convirtió en un think tank por el que pasaron los creadores y gestores del Plan Austral.
Retrospectivamente, vale la pena imaginar la singular excitación intelectual de estos money doctors cuando las vicisitudes de la política los colocó frente a la posibilidad de ejercitar su saber para salvar al país y la democracia.
16 Un puñado de individuos se reunía horas y horas durante días y noches, en la semi-clandestinidad, pues buena parte del éxito del plan se jugaba en llegar al "día D" sin que los detalles fuesen conocidos por los mercados.17 Apasionados por su profesión, desarrollaban una original experiencia de laboratorio, especulando sobre la cultura económica de la población (que debía "creer" en las medidas), preparando hasta los detalles más sutiles de los dispositivos que "rediseñarían la totalidad de la vida de las personas" y que, factor central para su éxito, debían ser anunciados en el momento justo.
Durante los meses previos al lanzamiento del austral la inflación se aproximaba, sin llegar en efecto, al 30 % mensual.
El "día D" sería el de la realización (en el sentido literal de hacerse real) de ese número mágico de 1 % al día.
Cuando los especialistas consideraron que ese coeficiente finalmente se había trasladado de las "cabezas" a las prácticas y la pérdida del valor de la moneda pareció estabilizarse en ese porcentaje, el plan fue efectivamente anunciado.
18 Pocas semanas antes, algunos de los integrantes de aquel singular laboratorio en el que se preparaba el austral habían viajado a Washington (casi clandestinamente, según recuerdan, en días y por rutas diferentes) para presentar los detalles del proyecto a las máximas autoridades del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Federal Reserve.
Aunque tensa, la reunión parecía envuelta en un clima de familiaridad, propio del encuentro entre viejos conocidos, poseedores de una misma cultura académica y económica.
Unos y otros reproducían una relación en la que cada uno sabía ya su papel: estudiantes latinos debían demostrar seguridad en inglés y en sus gestos, honrar su fama de jóvenes brillantes y tornar convincentes los proyectos heterodoxos que, por primera vez, serían puestos en práctica.
Los profesores dieron su aprobación.
En realidad, no era la primera vez que escuchaban ideas semejantes.
Hacía tiempo que circulaban en agencias internacionales, think tanks y departamentos de economía de ciertas universidades norteamericanas.
Incluso, a comienzos de diciembre de 1984 había tenido lugar en Washington una conferencia patrocinada por el Institute for International Economics en la que fueron discutidas formas de terminar con la "inflación inercial", en especial, en la Argentina, Brasil e Israel.
19 Un mes después de anunciado el Austral, sería lanzado un plan con aspectos semejantes en Israel.
Siete meses más tarde Brasil entraba en la era del cruzado.
Entre quienes participaron en esa conferencia había dos individuos que integrarían el equipo que diseñó el plan de estabilización aplicado en este último país: Pérsio Arida y André Lara-Resende.
Aunque las distintas reconstrucciones del debate que llevó a la implementación del Plan Cruzado pueden trazar genealogías diferentes, 20 todos los autores reconocen un carácter pionero en el libro Inflação: gradualis-mo X tratamento de choque, publicado por Mario Henrique Simonsen en 1970.
La razón de semejante unanimidad tal vez se encuentre menos en su contenido (ya que el autor buscaba un término medio entre las posiciones) y más en el hecho de que Simonsen era uno de los héroes modernizadores de la economía brasilera, entre otras cosas uno de los fundadores y el primer director de una institución, creada en la década del sesenta, que se había tornado central en el campo de los economistas, la Escola de Pós-Graduação em Economia (EPGE, Fundação Getúlio Vargas, Rio de Janeiro), por la que pasaron varios heterodoxos de los ochentas.
21 Dos de ellos, André Lara-Resende y Francisco Lopes, habían completado sus maestrías en la EPGE antes de trasladarse a los Estados Unidos para obtener sus doctorados (en el MIT y en Harvard, respectivamente).
A su regreso al país, se integraron al recién creado Departamento de Economía de la Universidade Católica do Rio de Janeiro (PUC-RJ).
Sus organizadores, Pedro Malan y Dionisio Dias Carneiro, habían encabezando una escisión entre quienes rodeaban a Simonsen en la EPGE, cuando éste se integró al gobierno del general Geisel como Ministro de Planejamento.
Militantes a favor de la democracia y, al mismo tiempo, fuertes en economía matemática y con un alto capital de relaciones internacionales, los jóvenes economistas de la PUC encarnaban como ningún otro un grupo singular al que no demoraron en integrarse otros individuos que tendrían papeles claves en el cruzado, como Pérsio Arida, formado en la Faculdade de Economia e Administração de la Universidade de São Paulo (FEA-USP), que había pasado un periodo en Princeton y otro, en el que coincidió con Lara-Resende, en el MIT.
22 Desde inicios de los años 1980 la PUC-RJ se transformó en una usina de elaboración y de divulgación de nuevas teorías y planes de estabilización; el Plan Cruzado fue el primero de ellos.
Por allí pasaron varios economistas de renombre y también algunos jóvenes latinoamericanos 21 Simonsen fue también colaborador de Roberto Campos en la implementación del PAEG, ministro del general Geisel y miembro del directorio de varias empresas y bancos (ver la entrevista a Simonsen, en Biderman, C.; Cozac, L. F. & Rego, J. M., (orgs.): Conversas com Economistas Brasileiros, Editora 34, São Paulo, 1996, págs.189-211).
22 Arida obtuvo su doctorado en el MIT recién en 1992, lo que en nada afectó su reputación de "joven brillante".
Edmar Bacha, doctorado en Yale y por un tiempo profesor de la EPGE, fue otro de los reclutados por la PUC que participaría en el cruzado.
Sobre las trayectorias sociales e intelectuales del Departamento de Economía de la PUC-RJ (fundado en 1977), ver Loureiro, M. R.: Os Economistas no Governo, Fundação Getulio Vargas, Rio de Janeiro, 1997, págs. 65-95 -entre éstos, uno de los futuros hombres del Austral, el ya mencionado Roberto Frenkel.
23 A partir de 1984, junto con el final del gobierno militar, dos trabajos en particular ganaron cierta notoriedad.
Ambos postulaban la necesidad de acabar con la "inflación inercial", esto es, con el mecanismo por medio del cual el aumento de precios se transforma en un proceso autónomo, impulsado por los agentes económicos que actúan buscando reproducir la tasa de inflación y los picos de sus ganancias reales pasadas.
La teoría confirmaba el éxito social de los index numbers y de todas las tecnologías de la indexación ensayadas en las últimas décadas, en las que, como vimos, los números se habían transformado, de hecho, en objeto de confianza pública.
Las soluciones propuestas tenían distintos énfasis.
Podía argumentarse en favor de un periodo de congelamiento de precios24, o proyectar un sofisticado mecanismo de transformación de los "indexadores" (con los que, como ya fue mostrado, los brasileros convivían hacía ya dos décadas) en moneda corriente.
Era justamente el paper presentado en la conferencia de Washington por Arida y Lara-Resende (1985) y que, conocido como "propuesta Larida", circulaba en Brasil a instancias del propio Simonsen, que daba así su padrinazgo al proyecto de estos jóvenes, a pesar de las diferencias teóricas y políticas que mantenía con ellos desde hacía una década.
25 Algunos contrastantes entre los procesos de legitimación de las heterodoxias en Brasil y la Argentina son bastante sugestivos y contribuyen a dotar de tonos singulares las percepciones de la crisis, de la inflación y sus terapias en cada país, acentuando imágenes de continuidad y futuro, en el caso brasilero, y del carácter terminal y de ruptura, en el argentino.
El primer contraste se refiere a las relaciones entre generaciones de especialistas, siempre más marcadas por quiebres en el segundo país que en el primero.
Los brasileros podían citar en sus papers una constelación ecléctica de profesores (el propio Simonsen, Rangel, Furtado, o Delfim Netto, por ejem-plo), algo casi impensable entre sus colegas argentinos (con la única eventual excepción de Julio Olivera, un reconocido académico que nunca fue alto funcionario del Estado, ni tuvo participación de relieve en la empresa privada).26 Eso a su vez indica padrones diferentes de relaciones entre los segmentos de las elites intelectuales y políticas: ciertamente ninguno de los jóvenes economistas democráticos argentinos reconocería el padrinazgo (o aun algún mérito intelectual) en cualquier funcionario del gobierno militar anterior, como sí podían hacerlo sus amigos brasileros.
Por fin, aunque las biografías sociales de ambos grupos muestran varios paralelismos (como trayectos de ascenso social a través de la profesionalización y del pasaje por los Estados Unidos), entre los brasileros predominaba una proximidad mayor a las elites que siempre se mostraron más cohesionadas (algo ciertamente característico de una sociedad más diferenciada y menos plebeya que la Argentina).
27 A todo eso se debe agregar el hecho de que las teorías heterodoxas tuvieron otros focos de producción (no sólo la PUC-RJ), que gozaban también de gran prestigio intelectual y buenas articulaciones con el campo político y económico.
Profesor de la EAESP y de la Facultad de Economia e Administração de la USP (FEA), donde obtuvo su doctorado (luego de un MA en Michigan), Bresser había sido alumno de otro de los héroes modernizadores de la economía brasilera y hombre fuerte del régimen militar: Antonio Delfim Netto.
La revista de Bresser fue uno de los medios más dinámicos de difusión de las "tesis inercialistas" (de las que según varios comentadores tenía cierta razón en reclamarse precursor).
28 Otro factor impensable para sus amigos argentinos: mantener una relación de cierta proximidad con Delfim Netto y, al mismo tiempo, fundar una revista que tenía (y tiene) como "patronos" a figuras que, identificadas con el progresismo, merecen un respeto teórico unánime entre los economistas brasileros de las varias corrientes: Caio Prado Jr., Celso Furtado e Ignácio Rangel.
Algo común a los heterodoxos de São Paulo y de Rio de Janeiro era, asimismo, relativamente más escaso entre los argentinos, una trayectoria continua en los medios empresariales y financieros y en la burocracia de gobierno, aun durante el periodo militar al que se oponían.
29 Así, a sus articulaciones académicas y políticas intergeneracionales los brasileros podían sumar un alto capital de credibilidad, fundado en la proximidad con el mercado y con el Estado.
30 Pero hay otro contraste que merece mayor atención aquí, pues remite a lo que un poco exageradamente tal vez podría llamarse "difusión de la cultura económica en tiempos de crisis": del lado argentino, como vimos, el relato de un seminario académico semi-clandestino; del lado brasilero, una intensa participación en discusiones públicas.
Es verdad que la contraposición debe acreditarse más a un registro de grados y de énfasis: los detalles del plan brasilero fueron también elaborados en secreto (recordemos la importancia del "día D") y en la Argentina había igualmente una sensación de inminencia antes de los anuncios.
También es verdad que es necesario tomar en cuenta la cronología, el hecho de que los planes argentino e israelí fueron lanzados primero que el cruzado.
En suma, aun con todas esas precauciones, el contraste sugiere una escala y una intensidad sensiblemente mayor de la esfera pública económica en Brasil.
31 De hecho, en el periodo que pasó entre el lanzamiento del austral y el anuncio del cruzado la experiencia de los vecinos (que pronto había 29 Algunos participaban en la Fundação Instituto de Pesquisas Econômicas (FIPE), creada en 1973 en la FEA-USP y que representaba de modo ejemplar la articulación de los nuevos profesionales de la economía con la modernización del campo económico en la época del "milagro brasilero"; otros publicaban regularmente en la importante revista Pesquisa e Planejamento Econômico, del Instituto de Pesquisa Econômica Aplicada (IPEA), perteneciente al Ministerio de Planejamento.
30 Entre los creadores del austral, sólo Brodersohn tenía características semejantes.
Loureiro ha llamado la atención para una regularidad que vale para los economistas brasileros que llegaron a la adultez a inicios de los años ochenta: su pasaje por la consultoría de grandes empresas como una escala previa a la gestión política.
31 La mayor dinámica de la esfera pública económica en Brasil que en la Argentina en esa época contrasta a su vez con la historia de la disciplina en cada país: en la Argentina la primera Facultad de Ciencias Económicas fue fundada en 1913 y hacia el fin de esa década ya había dos revistas académicas de importancia (la Revista de Ciencias Económicas y la Revista de Economía Argentina).
En Brasil, la primera Facultad de economía fue creada recién en 1946 (un año después, fue lanzado la Revista Brasileira de Economia, primera publicación del género en el país).
ISSN: 0210-5810 comenzado a dar señales de debilidad) fue ampliamente debatida en Brasil, en publicaciones de tinte más académico, 32 en ámbitos periodísticos (como ISTOÉ, Exame o Gazeta Mercantil) 33 y en medios empresariales, que reflejó no sólo la escala, la institucionalización y la continuidad del campo de los economistas en este país sino también una rara certidumbre: antes de ser anunciado, el plan heterodoxo brasilero parecía ser aceptado como un hecho aun por los economistas más identificados con la ortodoxia.
Figuras como Delfim Netto, o el propio Simonsen, admitían que era la hora de los más jóvenes, y reconocían méritos en las ideas heterodoxas (aunque expresando diferencias o exigiendo revisiones, principalmente en cuanto al congelamiento de precios).
34 Por otra parte, otros grandes nombres de la generación anterior, ligados al estructuralismo y al desarrollismo (como Celso Furtado), mantenían relaciones de estrecha proximidad con el tercer foco de gestores del Plan Cruzado, integrado por figuras como Luiz Gonzaga Belluzo, Jõao Manuel Cardoso de Mello, y Maria da Conceição Tavares, enrolados en instituciones académicas que ocupaban posiciones reconocidamente diferentes a las de la PUC-RJ, la EPGE o la EAESP, como el Departamento de Economía de la UNICAMP y el Instituto de Economía de la UFRJ.
35 A los ojos de los argentinos, el cruzado no podía sino aparecer como resultado de una rara confluencia entre individuos de trayectorias variadas y de legitimidades políticas y académicas contrastantes; una percepción bien fundada, si atendemos al esbozo aquí propuesto de las configuraciones diferenciales en las relaciones entre intelectuales (economistas) y elites estatales en cada país.
33 En realidad ya en diciembre de 1984, bastante antes del austral, Lara-Resende había publicado una serie de artículos en Gazeta Mercantil proponiendo una "moneda indexada" para "romper o frustrante imobilismo a que está relegada a política anti-inflacionária".
En una línea semejante, Arida publicó otro texto en el mismo diario, en octubre en Arida, P.: "Economic Stabilization in Brazil", Working Paper, No. 149, Woodrow Wilson International Center for Scholars, Washington, 1984, y un artículo en inglés en el Woodrow Wilson International Center for Schollars en Arida, P.: "A ORTN serve apenas para zerar a inflação inercial", Gazeta Mercantil, 19 de outubro, 1984.
34 Aunque manifestando reservas, Delfim Netto en un primer momento no dudó en calificar a sus autores de "brillantes" (ISTOÉ, 5/3/1996: 20-21).
Ver también Delfim Netto, Antonio: "Alfonsin substitui demagogia por coerência", Revista de Economia e Política 5(4), 1985 y el artículo de Lara-Resende: "A moeda indexada...".
35 Otro de los gestores del plan, João Sayad, había hecho carrera en la FEA-SP.
Cuando el 28 de febrero de 1986 el presidente Jose Sarney anunció a los "brasileiros e brasileiras" las "mudanças fundamentais na economia" que se instituían a partir de ese día para "tirar o país da crise", el Ministro de Fazenda, Dílson Funaro, anunció los fundamentos conceptuales de la reforma:
36 Rara magia la de la ciencia económica que consigue reproducir términos tan semejantes en anuncios dirigidos a públicos tan diversos: aquí, la población de un país, allí un grupo selecto de especialistas.
Lo cierto es que la aproximación entre ambos públicos era el resultado de un lento proceso al cabo del cual los intérpretes de la crisis, que eran los cerebros de la teoría de la inflación inercial y de las técnicas del desagio, se habían convertido en verdaderos intelectuales públicos.
De hecho, casi al mismo tiempo en que era anunciada la reforma monetaria, los brasileros bien informados podían leer las obras que presentaban la teoría que le servía de fundamento.
Así, por ejemplo, sólo dos meses después de lanzado el plan y con el título "Garantia na embalagem" el semanario ISTOÉ (25/8/1986) difundía la reseña de dos volúmenes recientemente publicados: Choque heterodoxo 37 e Inflação Zero 38.
También informaba, al pasar, la decisión de sus autores de pedir a las editoras Campus y Paz & Terra que imprimieran el valor de los libros en la tapa, como "garantía de estabilidad", algo inusual en la época dado el permanente aumento de precios.
La articulación entre la narrativa económica erudita y las culturas de la economía, difundidas en la esfera pública e incorporadas en forma de disposiciones por los individuos, opera en buena medida a través de imá-36 Los discursos han sido tomados de "Plano de estabilização (documentos)", Revista de Economía e Política 6 (3), 1986: págs. 112-115.
38 Arida: Inflação Zero... genes y metáforas relativas a la naturaleza, centrales en las representaciones de las crisis que han servido para justificar la aplicación de planes de estabilización monetaria.
39 El vocabulario de la crisis monetaria se lo puede equiparar a un vocabulario médico.
Describe el mal en términos de la propagación de una "enfermedad" que, tratada con retardo o inadecuadamente, puede merecer el adjetivo de "terminal".
Nada de extraño hay en que así sea en sociedades como las nuestras, donde el dinero es el principal mediador de las relaciones entre las personas mismas, y entre las personas y los objetos, y también un valor en sí mismo, central en la definición del estatus y la identidad de las personas.
En semejante mundo social, la pérdida de valor, o la incertidumbre respecto del valor de la moneda, no puede sino ser sinónimo de vértigo colectivo.
Pero si la historia de la asociación entre inflación y enfermedad posee una duración tan larga como la propia modernidad, 40 no sucede lo mismo con las formas contemporáneas, eminentemente cuantitativas de conceptuar la inflación, asociadas al uso generalizado de los números, a la legitimación social de la economía matemática y a la transformación de los money doctors en intelectuales públicos.
41 Con las representaciones cuantitativas de la inflación sucede algo semejante a la "pasteurización de la sociedad", descrita por Bruno Latour como un efecto del descubrimiento del carácter nocivo de esas entidades nuevas llamadas microbios.
Las teorías y sus objetos escapan de los laboratorios, invaden la vida cotidiana de las personas que pasan a observar sus cuerpos a través conceptos híbridos, que mezclan formas antiguas y nuevas de concebir la salud y la enfermedad.
42 Importa señalar la relación circular que en el sentido común, o en la cultura, mantienen las formas cuantitativas de conceptuar el desequilibrio monetario (cuyo principal instrumento son los indicadores) y las tecnologías y terapias monetarias (como los mecanismos de indexación y desagio, o las tablas de sustitución de monedas nacionales).
Para que éstas sean eficaces (nadie lo sabe mejor que los propios economistas) deben ser "confiables" a los ojos de los agentes económicos.
Y para ser confiables, deben, 39 Para una reflexión general sobre el lugar de las imágenes naturales en la legitimación de las teorías económicas, ver la obra de Mirowski.
40 Las teorías de Nicolás de Oresme, que asocian la inflación y la peste en la Francia del siglo XIV son, ciertamente, un punto de inflexión en semejante construcción.
41 Sobre la aparición de la categoría money doctor en América Latina hacia finales del siglo XIX, ver Drake, P. W.: Money doctors, foreign debts, and economic reforms in Latin America from the 1890s to the present, SR Books, Wilmington, 1994.
entre otras cosas, ser comprendidas.
De allí que en el lanzamiento de cada plan de estabilización, tan importante como los técnicos idealizadores de las tecnologías hayan sido siempre los comunicólogos encargados de explicarlas y traducirlas al lenguaje ordinario.
Los legos, por su parte, poseen un banco de conocimientos que permite no sólo decodificar las tecnologías terapéuticas sino también defenderse y explotar las posibilidades abiertas por los periodos de crisis inflacionaria.
43 Esa larga cultivación monetaria, que permite a los individuos conceptuar y navegar en las crisis, se ha favorecido también de los ciclotímicos periodos de expansión económicas, asociados a expresiones como "milagro" (en Brasil) o "plata dulce" (en la Argentina).
Ésas han sido experiencias cruciales en el aprendizaje de las distinciones y la manipulación de índices, de las posibilidades abiertas por el paso de una a otra forma de crédito, contando, de antemano muchas veces, con la pérdida de valor de las monedas, o con la conversión entre monedas, indexadores y contratos.
Ejercicios tan sofisticados y tan difundidos, que merecieron la atención de más de un visitante extranjero, admirado por la alta cultura monetaria de sus anfitriones brasileros y, especialmente, tal vez, argentinos, de las últimas décadas del siglo XX.
44 Este proceso, aquí apenas esbozado, permite llamar la atención sobre un problema teórico crucial, en relación al cual la economía parece brindar un terreno de reflexión particularmente fértil.
Me refiero a los "efectos performativos" de la ciencia económica sobre la vida social, una hipótesis que se ha generalizado en la literatura reciente a partir de un texto de Michel Callon 45 y que, como hace poco han mencionado MacKenzie y Millo, 46 en un trabajo que se refiere al campo de lo que los especialistas denominan "micro-economía", espera aún demostraciones empíricas plenamente convincentes.
Aquí he querido sugerir que la "macro-economía" parece ser un 43 Sobre la noción de "memory bank", en una antropología del dinero y la moneda en la sociedad contemporánea, ver Harth, K.: Money in an Unequal World, Texere, New York, 2001.
44 Esto pone en evidencia la utilidad que la reconstrucción del largo y lento proceso de cultivación económica puede tener para la comprensión de los comportamientos individuales y colectivos en los momentos de crisis hiperinflacionaria, que permite avanzar respecto de las descripciones ya disponibles (como las propuestas para el caso argentino por Spitta 1988 y por Sigal & Kessler 1997).
Ciertamente las crisis son privilegiadas para el ejercicio de la pedagogía de la economía monetaria, pero sólo a condición de que puedan ser movilizadas disposiciones ya incorporadas, incluso también en periodos de relativa estabilidad y bienestar.
45 Véase la obra de Michel Callon.
ISSN: 0210-5810 terreno particularmente propicio para ensayar una demostración semejante, pues sitúa claramente el problema en el dominio de la sociología general de la cultura.
Mas, específicamente, he querido sugerir que el punto de partida de tal demostración exige refinar el postulado de Callon, mostrando que si hay algo como la performatividad su agente no es la "ciencia económica" (una inexistente, abstracta y homogénea economics, con agency), sino más bien un efecto de las relaciones de interdependencia y de competencia entre profesionales de la economía que actúan al mismo tiempo en el plano de las políticas, de la academia y del mercado.
47 El hecho de que esas relaciones y sus efectos estén situados en el tiempo hace que la sociología de las culturas económicas deba ser necesariamente histórica.
Y el hecho de que los fenómenos tratados (incluso en lo que se refiere a su difusión o contagio) tengan como referentes espacios nacionales con fronteras obliga a que esa sociología sea también comparativa (es siempre el cuerpo de la nación el que, antes que nada, sufre el síntoma de la crisis).
48 En este último sentido vale la pena notar también que a pesar de sus demandas de universalidad (sistematizadas en el lenguaje abstracto de las ecuaciones y de los números), los saberes económicos son deudores de tradiciones intelectuales nacionales, y su transformación en políticas (algo esencial para su eficacia preformativa) depende de condiciones de legitimación y de implementación que son internacionales pero también nacionales.
49 Por fin, habrá que considerar que los dispositivos inventados por los economistas (como las propias monedas) son objeto de elaboraciones sociales, i.e. revestidos de significados y colocados en contextos que no son 47 La noción de "campo económico", propuesta por Pierre Bourdieu en Bourdieu, Pierre: "Le champ économique", Actes de la recherche en sciences sociales 119, 1997, págs. 48-66, parece especialmente adecuada para avanzar en una dirección semejante.
48 Los "países periféricos" no parecen tener ningún privilegio.
Ver, por ejemplo, la asociación entre crisis nacional y terapia monetaria descrita, para los casos contemporáneos de Francia y de Gran Bretaña, respectivamente en Lebaron, F.: La croyence économique.
49 Sobre la dimensión de las tradiciones nacionales en la historia social de la economía, ver por ejemplo, Fourcade-Gourrinchas, M.: "Politics, Institutional Structures and the Rise of Economics: A Comparative Study", Theory and Society 30, 2001.
Para un análisis de la producción de saberes sobre la sociedad que considera al mismo tiempo las condiciones nacionales e internacionales de su legitimación y de su implementación en una perspectiva comparativa, ver De L'Estoile, B.; Neiburg, F., y Sigaud, L. (org.): Empires, Nations and Natives.
Anthropology and state-making, Duke University Press, Durham, 2005. siempre aquellos imaginados por los economistas.
50 Pero dejemos para otra ocasión este registro del argumento, que exige examinar en profundidad los sentidos sociales vinculados a, por ejemplo, contratos, tablitas de desagio, indexadores, bonos y otras cuasi-monedas.
Lo dicho hasta aquí me parece suficiente para mostrar el interés que el estudio del desequilibrio monetario tiene para una indagación sistemática sobre las culturas económicas.
Sabemos que los economistas se ocupan de juzgar las causas de los éxitos y los fracasos de los planes económicos desde la perspectiva de su "consistencia interna" y que, buscando resolver el mismo misterio, los cientistas políticos acostumbran especular sobre los mecanismos de "creación de consensos" (entre partidos y sectores sociales) que dan sustento a los programas de estabilización.
A las "otras" ciencias sociales (la antropología, la sociología y la historia) no les caben interrogaciones semejantes.
Más bien, su objetivo debe ser (como ha sido aquí) describir la construcción social de las teorías económicas, los complejos mecanismos que les dan legitimidad y las difunden más allá del estrecho círculo de los especialistas, comprender los procesos a través de los cuales éstas se funden con otras formas de conceptuar las relaciones entre las personas y la vida en sociedad.
50 Los trabajos de Viviana Zelizer son especialmente agudos en ese sentido. |
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ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO En 1960, Juan Friede comenzaba un libro dedicado al descubrimiento y conquista de Nueva Granada comentando que la hazaña de Gonzalo Jiménez de Quesada no había sido suficientemente apreciada todavía por los historiadores americanos.
1 En 2007, casi cincuenta años después, John M. Francis, uno de los más recientes especialistas en el tema, insiste en que esta conquista no ha atraído la atención tanto como las de México o Perú, y tampoco los muiscas han captado la imaginación popular como lo han hecho los aztecas y los incas.
Además, añade que esa falta de atención, que en otras palabras podría traducirse por desconocimiento, se extiende a los que participaron con Jiménez de Quesada como miembros de la hueste: pocos entre los más serios especialistas reconocerían los nombres de Antonio de Lebrija, Juan de San Martín, Antonio Díaz Cardoso o Juan de Céspedes, todos ellos figuras prominentes...
Incluso Jiménez de Quesada mismo continúa siendo una figura enigmática, uno de tantos conquistadores ocultos bajo la larga sombra proyectada por hombres como Hernán Cortés o Pizarro.
2 Con este trabajo me gustaría colaborar al conocimiento de esos hombres que acompañaron a Jiménez de Quesada.
Lo haré ajustándome a lo que expresa el título, centrando mi objetivo en las repercusiones que tuvo esta conquista en la familia de dos parientes (primos hermanos) que participaron en ella como capitanes.
No obstante, la participación cordobesa en esta hueste fue lo bastante amplia como para que las relaciones entre estos capitanes y otros compañeros y paisanos aparezca con frecuencia en la documentación, reflejando las conexiones entre ellos, algunas veces por pertenecer a entramados familiares y siempre por paisanaje.
El hecho de que se pueda ver el funcionamiento de redes familiares entre los cordobeses que participaron en las conquistas de Nueva Granada, Panamá y Perú, puede quedar apuntado en estas páginas pero no es objeto de este trabajo.
Algunos casos de familias cordobesas que emplearon los recursos conseguidos en la conquista para el engrandecimiento del patrimonio de sus linajes y de su representación en la vida municipal se pueden encontrar en otros trabajos.
3 Lo que me gustaría considerar en estas páginas es la posibilidad de añadir un nuevo tipo de noticias sobre los conquistadores de la hueste de Jiménez de Quesada y, tal vez con ellas, alguna nueva perspectiva a esos EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES trabajos.
Me refiero al estudio de las repercusiones de la conquista en las familias de los conquistadores en España, para lo cual es necesario entrar en los archivos de protocolos, cuestión no fácil porque no existe una catalogación que muestre las esporádicas conexiones americanas de la documentación, pero sí muy gratificante en cuanto que permite contemplar las consecuencias del éxito o del fracaso de las actividades de los miembros de la hueste en sus lugares de origen y en sus pequeños o grandes ámbitos familiares.
En cierto modo, también es una manera de estudiar a los conquistadores como ha hecho James Lockhart con los miembros de la hueste de Pizarro.
En este caso, centrar la atención en los capitanes Hernán Venegas y Pedro Fernández de Valenzuela, que eran primos hermanos y que responden respectivamente al conquistador que se establece en América permanentemente y al que regresa a su lugar de origen con el botín conseguido, muestra la incidencia de la conquista en el ámbito americano (Santa Fe) y en el español (Córdoba).
Ha sido muy frecuente detenerse en los aspectos heroicos de los conquistadores y apenas se ha entrado en los del «antihéroe colonizador», el que se ocupó de préstamos, del cultivo de sus haciendas y de la cría de ganado para sobrevivir o para mantener un patrimonio más o menos brillante.
4 Estas páginas suponen un intento de contemplar esa perspectiva de un conquistador transformado en colonizador y otro que invierte la riqueza americana en su lugar de origen, pero sin renunciar definitivamente a América.
Hernán Venegas: de soldado de a caballo a mariscal de Nueva Granada Uno de los aspectos que más me ha interesado de la colonización de las Indias españolas ha sido el del mundo privado de los pobladores, tanto en el primer momento de la conquista como a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Esto me ha llevado a emprender un proyecto singular con el doctor José Gabriel Venegas 5 sobre historia y ADN que ya ha producido ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO algunos resultados.
6 El elemento principal de referencia ha sido Hernán Venegas Carrillo Manosalbas, uno de los protagonistas de estas páginas y también uno de los miembros de la hueste de Jiménez de Quesada, que fue reclutado por su primo, el capitán Pedro Fernández de Valenzuela, y que llegó a ser mariscal de campo y encomendero de Guatavita, una de las mejores encomiendas de Nueva Granada con más de mil tributarios.
Hernán Venegas se ganó su posición en la hueste por los méritos que acreditó en la conquista del Nuevo Reino, según se puede comprobar por el juicio que hizo de él Jiménez de Quesada:
EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES séptimo, que dedica a este conquistador, los que él consideró que tuvo fuera de matrimonio, y solo menciona a dos.
9 Entre los que tuvo con Magdalena de Guatavita, algunos cronistas nos han dejado testimonio expreso de que gozaron de la consideración de caballeros en la sociedad del Nuevo Reino.
Fernández de Piedrahita se refiere a don Diego Venegas como «nieto por parte de madre del cacique de Guatavita», y precisa que participaba en los juegos de cañas que se celebraban en la plaza de Santa Fe.
Flórez de Ocáriz es algo más generoso en su información cuando indica que don Diego «era tratado con estimación y admitido en juegos de cañas públicos y otras acciones caballerosas con los otros caballeros».
El resto de hijos e hijas mestizos también tuvieron el reconocimiento de la élite social conquistadora del Nuevo Reino.
10 Por otra parte, un comentario del cronista Fernández de Piedrahita, criollo de Santa Fe de Bogotá y muy cercano en el tiempo a la primera sociedad conquistadora, merece ser tenido en cuenta por lo que puede tener de irónico.
Sobre la muerte del zipa Sagipa, padre de Magdalena y abuelo de Diego Venegas, dice lo siguiente: ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO que había tenido con él el mariscal, su padre.
Lo cierto (es que) fue caso desgraciado, porque la vara con que le tiró no tenía más que el corte del machete o cuchillo con que se cortó en el monte.
12 Esta mención a conflictos entre Hernán Venegas y Gonzalo García Zorro podría tener alguna relación con el enfrentamiento habido entre miembros de la hueste sobre la conveniencia o no de matar a Aquimenzaque, cacique de Tunja, interpretando la concentración de indígenas que se produjo con motivo de la celebración de sus esponsales como un acto de rebelión contra los españoles.
Estos sucesos ocurrieron después de la marcha a España de Jiménez de Quesada, cuando su hermano Hernán Pérez Quesada estaba al mando de la hueste y preparaba su expedición al Dorado con cien españoles y cinco mil indios de servicio que transportaban los pertrechos y mantenimientos.
13 Los capitanes Hernán Venegas y Antón de Olalla fueron contrarios a esta acusación y lo manifestaron con un alegato, recogido en detalle por Fernández de Piedrahita, que conviene tener en cuenta para comprender la idea que tenía y defendía Hernán Venegas del indio conquistado y de la propia conquista.
Como indicaré más adelante, es posible que Fernández de Valenzuela tuviera sobre su conciencia la muerte de Aquimenzaque toda su vida, teniendo en cuenta los legados testamentarios que hizo para los hijos del cacique de Tunja.
El alegato que el cronista atribuye a Hernán Venegas y Antonio de Olalla dice así:
Si empresa tal como la de haber ganado este Reino fue gloria, quién no teme que indignidad como la de romper la fe prometida al zaque (Aquimenzaque) será nuestra infamia.
Si pretende, como se dice, recobrar su imperio perdido y su libertad oprimida, eso podrá obligarnos a la defensa de las propias vidas, más no al estrago de las ajenas.
Si no es traidor el que aspira al recobro de su estado en tiempo hábil, aunque precedan rendimientos a que le obligó la violencia, qué derecho puede alegarse que no condene de injusta la muerte de este cacique por los medios que propone la conveniencia.
No todo lo que conviene es lícito; menester es que se midan la justicia y la conveniencia, que, si ésta sobra, importa poco cuando aquella falta.
14 De los ocho hijos de su matrimonio con Juana Ponce de León, Flórez de Ocáriz informa que Pedro Venegas Ponce de León se estableció en Tunja, casado con Francisca del Castillo, y fue el primer heredero de la encomienda paterna de Guatavita.
No tuvo hijos, como tampoco los tuvieron sus hermanos Luis y Alonso.
El que tuvo mejor fortuna fue Francisco, EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES caballero del hábito de Calatrava, maestre de campo del Nuevo Reino de Granada y alguacil mayor de la Real Chancillería, alcalde ordinario de Santa Fe en 1607 y alcalde de la Hermandad en 1619.
Heredó de su hermano Pedro la encomienda de Guatavita y contrajo matrimonio con María Maldonado de Mendoza, de la que tuvo cuatro hijos.
En cuanto a las hijas de Hernán Venegas y Juana Ponce de León, María contrajo matrimonio con Cristóbal Galindo de Araque y se estableció en Pamplona, en donde su marido era encomendero y llegó a ser alcalde ordinario del cabildo; tuvieron cuatro hijos.
Las otras tres hijas, Juana, Isabel e Inés, también hicieron buenos matrimonios.15
Una incursión en el mundo privado de otros conquistadores cordobeses
Hernán Venegas será uno de los protagonistas de estas páginas, pero dentro de un grupo de conquistadores que en algunos casos -como el suyo-pertenecieron al núcleo distinguido de la sociedad cordobesa, estuvieron muy vinculados al poder municipal como caballeros veinticuatro y jurados y contaron con bienes suficientes cuando emprendieron su experiencia indiana.
En este grupo podemos encontrar dos modelos de conquistadores: el de los que se quedaron en América y comenzaron nuevas vidas allí y el de los que regresaron, quizá precisamente porque eran personas de recursos y habían planteado su participación en la conquista como un negocio para potenciar su nivel económico y social.
Esto no excluye la opción de que los conquistadores cambiaran de planes según las perspectivas que se plantearon en los nuevos territorios después de la conquista.
El mismo Hernán Venegas mantuvo durante algunos años la intención de regresar a España, aunque terminó asentándose definitivamente en Santa Fe como uno de los miembros más distinguidos de la ciudad y del Nuevo Reino.
Es posible que los españoles que marchaban a Indias participaran de las mismas aspiraciones, es decir, que fueran con el propósito de enriquecerse y regresar; sin embargo, la atracción de América fue lo bastante fuerte como para que esos planes se cambiaran y terminaran integrándose en su nueva tierra.
16 También he encontrado en este grupo de cordobeses una presencia notable de profesionales de las armas que, antes de enrolarse en las empresas ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO conquistadoras, habían conocido los campos de batalla de Europa y el norte de África.
Según Friede, el envío de estos contingentes en los que abundaban militares y conquistadores veteranos a las posesiones americanas correspondió a una necesidad de la corona para contrarrestar el avance de los portugueses en Brasil y la rivalidad de Inglaterra y Francia en el Caribe.17 Esta opinión de Friede ha sido matizada por Francis que, en su análisis de la hueste de Jiménez de Quesada comparándola con la de Pizarro, resalta la juventud de los de Santa Marta: en la de Pizarro aproximadamente la tercera parte tenía menos de 25 años, mientras que en la de Jiménez de Quesada era más de la mitad.
Precisamente esta combinación de juventud y falta de experiencia indiana podrían explicar que solo 179 de los 800 españoles de la hueste de Quesada sobrevivieran al primer año de la expedición.
18 En todo caso, es posible que ambos tengan razón en cuanto que, si la juventud de la hueste es incuestionable, también lo es la experiencia militar de los oficiales de Jiménez de Quesada, en su mayor parte conseguida en campañas europeas, pero también en Indias, como era el caso de los capitanes Juan de Céspedes y Juan de San Martín, veteranos de Santa Marta.
19 También en la hueste de Nueva Granada hubo cordobeses con experiencia en Indias: algunos de ellos estuvieron primero en Tierra Firme, después se enrolaron con Jiménez de Quesada para la conquista del Nuevo Reino y acabaron asentándose en Perú.
Ese grupo de cordobeses no fue particularmente original porque el fuerte atractivo del Perú se notó con mucha fuerza en todo el Caribe, hasta el punto que las autoridades coloniales de esos territorios alertaron a la corona del peligro de despoblación.
En Santa Marta, durante los años del gobierno de García de Lerma (1528-1535), se organizaron expediciones para llegar al lugar en el sur del que hablaba Pizarro y en el que se encontraban las riquezas fabulosas de las que los vecinos habían visto pasar algunas muestras camino de España.
En último término, esas expediciones prepararon la expansión que se produjo en los años del gobierno de Pedro Fernández de Lugo (1535-1537), 20 aunque revelan la incertidumbre que existía sobre las auténticas dimensiones de América del Sur: los que sentían la atracción del Perú compartían el En todo caso, la avalancha de gente hacia el Perú en los años inmediatamente posteriores a la conquista lleva a Lockhart a considerar la necesidad de distinguir entre los que llegaron de regiones distantes, como Nueva España y La Española, que tenían una buena posición económica y que se asentaron rápidamente en Perú, y los que llegaron de territorios más cercanos, como Panamá, Nicaragua y Guatemala, en los que también había gente turbulenta e inestable, como correspondía a una zona de acantonamiento para la conquista.
22 También Santa Marta reunía las condiciones de territorio de población inestable y realmente necesitada de buscar mejor fortuna.
Aunque sus posibilidades reales la situaban lejos del Perú, sus habitantes estaban convencidos de lo contrario.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO Algunos de los que volvieron a Córdoba con el botín conseguido en sus actividades conquistadoras hicieron bastante buen uso de él: compraron casas, adquirieron fincas rústicas, concedieron préstamos, hicieron contratos de censos, e incluso algunas grandes familias incrementaron sus mayorazgos.
He rastreado el uso de la riqueza indiana especialmente cuando se empleó en la consolidación de la posición de algunas familias poderosas, tanto en lo que se refiere a su situación social y económica privilegiada, como a su participación en la política local por medio de cargos de gobierno en el cabildo.
A través de estas actividades es posible dar relieve a un aspecto de la vida de los conquistadores de Indias que no se ha tratado tanto como sus grandes gestas: el que hace referencia a su mundo privado y a las relaciones que tuvieron con los familiares que se quedaron en sus lugares de origen en España.
Estas relaciones dieron lugar a un intercambio de noticias que produjo estímulos para organizar cadenas migratorias y, en ocasiones, para realizar un activo comercio que enriqueció a sus linajes.
Matthew Restall, que ha dedicado su atención a la conquista y a los conquistadores, se refiere a la presencia de estas redes familiares y de paisanaje, a veces con miembros soldados profesionales que ocuparon puestos de dirección en la hueste, y a su participación en la formación de compañías integradas por jornaleros y artesanos, soldados de ocasión, que se unieron a los veteranos en el Caribe para constituir las expediciones conquistadoras.
23 Esta perspectiva comprende la consideración de cuestiones como las transformaciones que, como consecuencia de la conquista, se produjeron en la posición social y económica del conquistador y cómo se reflejaron en su entorno familiar, tanto en España como en América.
También es posible acceder al ámbito de las creencias de los conquistadores y al de la influencia de estas creencias en la experiencia conquistadora, así como en la reparación de hechos y omisiones sucedidos en la conquista.
Por último, permite analizar el comportamiento de los conquistadores una vez transformados en los elementos importantes de las nuevas comunidades.
Los conquistadores fueron, por regla general, muy sensibles a la necesidad de descargar su conciencia en el momento en que hicieron sus testamentos al final de sus vidas.
Por eso podemos encontrar referencias a cuestiones en las que entendieron que su comportamiento tenía consecuencias morales, como sus relaciones con indios y esclavos negros, el trato que dieron a sus hijos mestizos y el modo en que cumplieron los compromisos relativos a 23 Restall, 2004, 36-38.
su situación como encomenderos.
Por tanto, a través de la documentación privada, se pueden encontrar testimonios que se refieren al entorno social y económico de los conquistadores, es decir, a su mundo material, y también otros que se refieren a su mundo espiritual y que nos permiten entrar en su intimidad, incluso en su misma conciencia.
Este tipo de información singular es la que, en particular, se puede obtener por medio de los testamentos.
Ambos mundos, material y espiritual, interesan aquí y he procurado que las cuestiones relativas al mundo espiritual quedaran reflejadas en este trabajo, aunque primero me voy a ocupar de cuestiones materiales.
Lo que he encontrado en la documentación de protocolos notariales es una relación abundante de conquistadores, unos transformados ya en pobladores de los nuevos territorios y otros que regresaron a España.
El objetivo de cada uno de ellos fue la defensa y la promoción de sus intereses y los de sus familias, aunque tal vez sería mejor decir redes familiares, porque participaron en la conquista individuos de familias emparentadas entre sí, que ya se relacionaban estrechamente en Córdoba antes de su partida a las Indias.
La documentación muestra cómo continuaron relacionándose después, estando unos en Córdoba y otros en distintos lugares del Nuevo Mundo, dando la sensación de que el Atlántico era una barrera que no estorbaba un sentimiento de cercanía que hasta hoy mismo resulta extraordinario.
Una proximidad, además, que los andaluces indianos pusieron de relieve en las múltiples ocasiones en que contaron con América para resolver sus problemas, como la planificación de operaciones económicas y la realización de gestiones de todo tipo entre una y otra parte del océano con una absoluta naturalidad.24
Cordobeses en Castilla del Oro, Nueva Granada y Perú
Aunque este trabajo se centra en los enrolados en la hueste de Pedro Fernández de Lugo que salieron de España hacia Santa Marta a fines de 1535 y desde allí en 1536 para hacer la conquista y fundación del Nuevo Reino, 25 para mostrar la importancia de la actuación de algunas familias en el proceso de conquista y asentamiento en Indias, es necesario tener en cuenta otras dos expediciones en las que participaron cordobeses y que desarrollaron su actividad en fechas cercanas a la de Jiménez de Quesada.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO Siguiendo un orden cronológico, debo mencionar en primer lugar a los que fueron a Panamá con Pedro de los Ríos (en realidad Pedro Gutiérrez de los Ríos), que había sido nombrado gobernador de Castilla del Oro en 1526 para sustituir a Pedrarias Dávila.
Pedro de los Ríos llevó a su mujer, Catalina de Saavedra, y a un grupo de paisanos entre los que, en los protocolos del Archivo Histórico Provincial, figuran Antonio de Heredia, Fernando de Aguayo y Gonzalo de Pineda.
Este grupo atrajo a otros paisanos a Panamá, entre ellos algunos familiares del gobernador Pedro de los Ríos, como Juan de los Ríos y los hermanos Pedro y Arias de Acevedo.
En segundo lugar, me referiré a los que salieron de Córdoba con Jiménez de Quesada, un grupo notable compuesto por más de cien personas, entre las que figuraban Pedro Fernández de Valenzuela, Hernán Venegas Carrillo Manosalbas, Juan Ruiz de Orejuela, Antón de Olalla, Juan Tafur y Andrés de Pineda.
Como he señalado, me voy a ocupar sobre todo de Pedro Fernández de Valenzuela y Hernán Venegas; de las relaciones que mantuvieron durante muchos años, a pesar de que Hernán Venegas se quedó en el Nuevo Reino y Fernández de Valenzuela regresó a España en 1539 con Jiménez de Quesada, Sebastián de Belalcázar y Nicolás Federmann.
La participación de ambos en la conquista de Nueva Granada influyó en el engrandecimiento del conjunto de la familia asentada en Córdoba y también fue ocasión para que otros miembros de ella pasaran a Indias, como un sobrino de Fernández de Valenzuela llamado Julián de Valenzuela, hijo del jurado Bartolomé de Valenzuela, que vivía en la colación de San Pedro en una casa colindante con la de su tío.
También otro pariente, fray Francisco Venegas, hermano dominico de Hernán Venegas, pasó a Nueva Granada en 1549 y fue uno de los fundadores del convento de Nuestra Señora del Rosario, en Santa Fe, además de provincial de la Orden de Santo Domingo en el Nuevo Reino.
26 En tercer lugar estarían los cordobeses que se asentaron en Perú, algunos de los cuales habían residido antes en Castilla del Oro, como Fernando de Aguayo, Antonio de Heredia, Gonzalo de Pineda y dos sobrinos de Pedro de los Ríos, llamados Diego Gutiérrez de los Ríos y Pedro de los Ríos.
También salieron cordobeses que fueron a Perú del grupo de los veteranos de Santa Marta y Santa Fe de Bogotá, como Diego Gutiérrez de los Ríos 27 -distinto del anterior y de la misma familia-y Diego Quiñones, que eran 26 Díaz-Trechuelo, 1983, 120.
27 Unas referencias a este Diego Gutiérrez de los Ríos en Lockhart, 1972, t.
EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES vecinos de Cuzco en 1551, Pedro Muñoz de Godoy, que se asentó en La Paz, y Jerónimo de Cabrera y Alonso Pérez de Valenzuela, que lo hicieron en Lima.
Gonzalo de Pineda, uno de los hombres de Pizarro en Cajamarca, recibió como botín 384 marcos de plata y 9.909 pesos de oro, que debió invertir preferentemente en Córdoba.
Es lo que se debe deducir de una escritura por la que Antonio de Heredia, otro indiano, le vendió un juro por 817.640 maravedíes, en la que se especifica que procedían de «las barras de oro y plata que trajo del Perú en la armada de 1534, de las cuales se incautó la Casa de la Contratación».
28 Gonzalo de Pineda usó sus recursos para conseguir el cargo municipal de jurado de la colación de San Lorenzo, al que curiosamente renunció Pedro Fernández de Valenzuela en 1535, año en el que se embarcó con Jiménez de Quesada para ir a Santa Marta.
29 Otro de los hombres de Cajamarca fue el herrador Juan de Salinas, del que Lockhart dice que en 1536 estaba en Córdoba para resolver asuntos relacionados con la limpieza de su linaje, aunque contempla la posibilidad de que definitivamente se asentara en Jerez de la Frontera, en donde se había criado.
30 Me inclino por esta alternativa porque no he encontrado referencias a Juan de Salinas en los protocolos de Córdoba.
Por otra parte, terminaron afincados en el Nuevo Reino otros cordobeses procedentes de otras expediciones, como Martín Yáñez Tafur, Hernando de Rojas y Juan de Orozco, que llegaron con Sebastián de Belalcázar, y Alonso de Olalla, que acompañó a Nicolás Federmann.
Este Alonso de Olalla y Herrera, según José de la Torre, era primo del capitán Antón de Olalla, personaje destacado de la expedición de Jiménez de Quesada.
No aporta pruebas de este parentesco, que quizá resulte un poco forzado teniendo en cuenta que Antón de Olalla era de Bujalance, un pueblo de Córdoba, mientras que Alonso de Olalla era natural de Agudo, en Ciudad Real.
En los protocolos de Córdoba de esos años figura un Alonso Sánchez de Olalla procedente del arzobispado de Toledo, pero no parece fácil identificarlo con Alonso de Olalla.
31 Escritura del doctor Pedro Amato, sobre rentas cobradas por Alonso Sánchez de Olalla.
Algunas noticias sobre la actividad en Indias y en Córdoba de los cordobeses mencionados en este epígrafe pueden encontrarse en: García-Abásolo, 1992a.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO Estos cordobeses se asentaron en el Nuevo Reino de manera tal que se puede encontrar a alguno de ellos en cada una de las primeras ciudades desde sus inicios.
Fueron vecinos de Santa Fe Antón de Olalla, 32 Hernán Venegas, Juan Tafur, 33 Cristóbal Ruiz, Francisco Gómez de la Cruz, 34 Fernando Gómez Castillejo, Juan Valenciano,35 Alonso de Olalla y Juan Ruiz de Orejuela.
Casi todos desempeñaron cargos de gobierno en la ciudad.
Entre los fundadores y vecinos de Tunja figuran Gómez del Corral,36 Juan de Torres Contreras, Pedro Ruiz Herrezuelos y Juan de Orozco.
En Vélez se estableció Juan Fernández de Valenzuela y en Pamplona lo hicieron Pedro Gómez de Orozco y Diego de Torres.
Por último, Hernán Venegas fue uno de los fundadores de Santa Fe en abril de 1539 y llegó a ocupar cargo de regidor; fue, asimismo, nombrado regidor de Tunja en agosto del mismo año y fundó San Jacinto de los Caballeros de Tocaima en 1544.
37 Esta fundación la debía haber hecho Juan de Céspedes, pero la cedió a Hernán Venegas porque él debía ocuparse de la reedificación de Santa Marta, destruida y quemada en un asalto francés.
Dicha reedificación le había sido confiada por el adelantado Luis Alonso de Lugo.
38 Cuando Hernán Venegas fue nombrado mariscal de campo del Nuevo Reino de Granada, una de sus atribuciones fue la de ser regidor de todos los cabildos.
Fueron vecinos de Tocaima Martín Yáñez Tafur, el escribano del cabildo Miguel de Morales y Valenzuela y el dominico Andrés Méndez de los Ríos.
Las repercusiones de la conquista del Nuevo Reino de Granada en Córdoba
Vamos a ver ahora cómo la conquista influyó en el engrandecimiento económico y social de las familias de algunos de los conquistadores que he mencionado.
No me refiero solo a la llegada a la ciudad de los recursos procedentes del botín, sino a unas relaciones económicas duraderas.
Podemos entrar en este ámbito a través de la documentación notarial en la que, entre otros, quedaron registrados asuntos tan variados como envíos de dinero, barras de plata, objetos de oro y piedras preciosas, testamentos de los conquistadores y de sus parientes, contratos de censos, compras de propiedades rústicas y urbanas, escrituras de otorgamiento de poder, reclamaciones de deudas, negociaciones de matrimonios o instituciones de mayorazgos.
Una gran parte de los cordobeses que participaron en las expediciones que he citado han dejado rastro documental en los protocolos, pero aquí me centraré en los Venegas Manosalbas y los Fernández de Valenzuela, emparentados entre sí como he señalado, aunque también aparecerán mencionados los Aguayo, Olalla, Tafur y Gutiérrez de los Ríos.
No solo aportaré datos a las biografías de estas personas, sino que debo detenerme en algunas porque son relevantes para los objetivos de este trabajo.
Además de los familiares que he señalado ya, voy a mostrar otras noticias que he podido encontrar de los padres, hermanos y parientes de Hernán Venegas Carrillo Manosalbas y de su primo Pedro Fernández de Valenzuela, que siempre estuvo muy ligado a los Venegas, tanto en lo afectivo como en lo puramente físico, en cuanto que vivieron siempre cercanos y a veces juntos.
La posición privilegiada de Fernández de Valenzuela en la hueste debió ser un factor decisivo para que los cordobeses que le acompañaron solicitaran su ayuda en muchas cuestiones de negocios planteadas entre los que regresaron y los que se quedaron en el Nuevo Reino.
Pedro Fernández de Valenzuela, la transformación de un conquistador
Pedro Fernández de Valenzuela fue una persona de extraordinaria importancia en el mundo cordobés-indiano presente en la ciudad en la segunda mitad del siglo XVI, formado por la participación de un buen número de cordobeses en las expediciones de Pedro de los Ríos en Panamá, de ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO Pizarro en el Perú y de Gonzalo Jiménez de Quesada en el Nuevo Reino, y también por los que acudieron después atraídos por el éxito de sus paisanos.
El hecho de que Pedro Fernández de Valenzuela fuera uno de los veinte conquistadores que regresaron a Córdoba en 1539, inmediatamente después de terminada la conquista de Nueva Granada,39 puede explicar que aparezca mencionado pocas veces en las crónicas.
No obstante, Pedro de Aguado y Juan de Castellanos lo citan en varias ocasiones: especialmente para señalar su participación en la guerra contra los panches y para destacarlo como el elegido para encontrarse con Nicolás de Federmann cuando se acercaba con su hueste a Santa Fe.
Aguado es muy explícito al referirse a la confianza que tenía Jiménez de Quesada en Fernández de Valenzuela:
Envió al capitán Pedro Fernández de Valenzuela para que fuera con otros caballeros a recibir a Federman y a darle la enhorabuena de su llegada y a reconocer la gente que traía, y que procurasen que se juntasen todos y se sometiesen debajo de su dominio y jurisdicción.
El capitán Valenzuela fue a Pasca y vio a Federman y a su gente y vio cuan distraídos venían de vestidos y trabajados del camino, por respecto de haber sido largo; y diose tan buena orden en todo que trajo fácilmente con su discreción y prudencia, que era mucha, a Federman, y que haría lo que quisiese el general Jiménez de Quesada; y dejando encargada su gente al capitán Pedro de Limpias, se vino a Santa Fe a ver al general Jiménez de Quesada, y fue muy buen recibido y se confederaron los dos generales muy amigablemente, que fue asegurar un paso harto peligroso.
40 También tuvo un protagonismo singular en el descubrimiento de las minas de esmeraldas de Somondoco, a las que había sido enviado por Jiménez de Quesada para comprobar «si era verdad que las había, como los indios le habían dicho».41 Flórez de Ocáriz también lo distingue como uno de los capitanes de tierra nombrados por Jiménez de Quesada, pero sus intereses en Nueva Granada y las relaciones y negocios que mantuvo con su sobrino, el mariscal Hernán Venegas, y otros antiguos compañeros de armas que se asentaron en las nuevas ciudades, parece que no dieron lugar a que lo citara en las partes del libro dedicadas a la ascendencia y descendencia de los primeros conquistadores.
42 de Valenzuela trajo gente a su cargo; no dejó memoria de sí».
43 No obstante esta afirmación tan contundente, Joaquín Acosta, que también es breve en sus referencias a Fernández de Valenzuela, expone lo siguiente: «dejó hijos naturales; volvió a Córdoba, su patria, y murió de clérigo».
44 Mostraré que este conquistador regresado a Córdoba mantuvo un contacto estrecho con sus colegas del Nuevo Reino de Granada durante el resto de sus días, tanto en lo que se refiere a cuestiones de negocios como por causas derivadas de afectos y sentimientos en general.
Además, fue de los que participaron en los primeros repartos de encomiendas y las dejaron al cuidado de otras personas, temiendo perderlas cuando acompañaron a España a Jiménez de Quesada en 1539, algunos con la intención de regresar al Nuevo Reino.
Pedro Fernández de Valenzuela mantuvo sus intereses como encomendero de Pasca hasta su muerte y, como sus colegas encomenderos que viajaron a España, consiguió «las cédulas correspondientes, ordenando que, de confirmarse sus recelos, les fueran devueltos los indios y restituidos con todos los intereses y tributos que hubieran rentado».
45 En diciembre de 1539 ya estaba en Córdoba y los documentos indican que rápidamente familiares de sus antiguos compañeros solicitaron su ayuda.
El 7 de diciembre firmó una escritura de poder aceptando el encargo de Juan Pérez de Jubera, padre del capitán Juan Tafur, para cobrar cualquier cantidad de oro, plata u otros bienes que enviase su hijo, uno de los fundadores y vecino entonces de Santa Fe de Bogotá.
46 Con Jiménez de Quesada tuvo unas relaciones de amistad y confianza que continuaron en España, como prueba el hecho de que le facilitara recursos en momentos de penuria financiera de su antiguo jefe.
Jiménez de Quesada había regresado con un considerable botín de once mil pesos de oro y nueve cajas con esmeraldas, pero empleó buena parte en sus tratos con Alonso de Lugo, en los pleitos sobre su actuación en la conquista que tuvo en España y en Nueva Granada y en su prolongada estancia en Francia, Italia y Portugal huyendo de las sentencias.
Cuando regresó a España en 1547 contó con la ayuda de su tío Jerónimo de Soria, tintorero de Córdoba, aunque tuvo que pedir dinero a más deudos y amigos para trasladarse a Nueva Granada en 1550 y ocupar el cargo de mariscal con una dotación de 3.000 pesos, que le fue concedido 43 Rodríguez Freile, 1859, 37.
45 Eugenio Martínez, 1977, 16 Pedro Fernández de Valenzuela tuvo la confianza de los que habían sido sus compañeros de armas y se habían quedado en Nueva Granada y tuvo la de los familiares cuando regresó a Córdoba.
Las razones que ayudan a comprender este predicamento podrían ser, entre otras, que probablemente ya conocía a todos o a la mayor parte de ellos antes de partir porque pertenecía a una de las familias conocidas de la ciudad; también influyó el prestigio que le proporcionó haber regresado con un importante botín y, por último, su ordenación sacerdotal y el desarrollo de su labor pastoral en Córdoba.
Antes de mencionar algunos de los casos en los que Fernández de Valenzuela ayudó a sus compañeros, me parece necesario entrar un poco más en su biografía.
Cuando se organizó la expedición de Pedro Fernández de Lugo, Fernández de Valenzuela ya era conocido como un militar de prestigio que había estado en los escenarios de guerra europeos, en particular en las campañas de la guerra entre el emperador y la liga de Cognac, es decir, la alianza constituida por Francia, Milán, Venecia, Florencia y el papa Clemente VII contra el emperador Carlos.
Aunque aquí no ha interesado tanto el debate sobre el Epítome como su contenido, un estudio más reciente puede verse en Millán de Benavides, 2001.
Noticias sobre el reparto del botín en Relación sobre la conquista del Nuevo Reino de Granada por Juan de San Martín y Antonio de Lebrija, AGI, Patronato, 27, R 16, transcrita en Apéndice por Friede, 1960, 187 y 198 para lo relativo al botín.
Escritura de Diego de Frías, vecino de Madrid, obligándose a pagar a Pedro Fernández de Valenzuela 50 ducados en nombre de Gonzalo Jiménez de Quesada, Córdoba, 29 de mayo de 1547, AHP, 14299P, 314.
Es probable que este episodio dejara un peso incómodo en su conciencia, como debió dejarlo también en las de sus compañeros de armas.
Una muestra del impacto producido por este saqueo la podemos ver en el juicio que Jiménez de Quesada hizo en el Antijovio, el escrito en el que rebatió las acusaciones de Paulo Jovio, obispo de Nocera, contra los españoles por su actuación en las guerras de Italia, en particular en las entradas en Génova y en Roma; de este último suceso se ocupa en el capítulo undécimo y hace una valoración de su gravedad:
Dios perdone a los que tuvieron la culpa y a los que dieron la causa de ella.
Y así se concluye este capítulo con que aquella hazaña fue abominable, sacrílega y cruel, y que puso espanto grande a las gentes, y que fue llena de tanta maldad como de victoria, que esta no se puede negar sino que fue grandísima; pero nunca se vio este nombre victoria, vencimiento y grandeza de gloria en la guerra, con falta de placer en los príncipes, a quien se atribuye la honra (y por cuya causa se pelea por haberla ganado), sino entonces.
Antes de salir de Córdoba, dejó escrito su primer testamento, fechado el 30 de abril de 1525, cuando tenía menos de veinticinco años.
51 Cinco años después, y con motivo de su estancia en Nápoles, Berenguela de Mendoza, mujer de su primo Bartolomé de Valenzuela, le encomendó que cobrara en Italia, en Roma y en el campo español todos los maravedíes, muebles, esclavos, caballos y otros bienes que dejó su hermano Luis de Mendoza, del que era heredera.
En las tropas del emperador Carlos en Italia figuraron varios profesionales de las armas que fueron contratados por el adelantado Pedro Fernández de Lugo y que constituyeron en 1536 los cuadros de mando de la expedición de Jiménez de Quesada.
En ese grupo estaban, entre otros, Jiménez de Quesada, Juan Ruiz de Orejuela, Juan del Junco, Fernández de Valenzuela, Lope de Orozco y Antón de Olalla.
Un grupo muy importante de soldados profesionales que aportó su experiencia en las guerras de conquista del Nuevo Reino.
Sin embargo, como señala Pedro Simón, no siempre pudieron aplicarla en una geografía hostil: cuando salieron de Santa Marta, marchaban «por sus hileras y buen orden, como lo dispone el arte militar; aunque esto duró poco por no ser la ruta que comúnmente se hace en estas tierras de la calidad de las de Flandes, donde se puede guardar un modo en todas las milicias».
53 En diciembre de 1539, Fernández de Valenzuela hizo gestiones para invertir la plata que le había correspondido en el botín de la conquista en forma de censos y de compras de casas y tierras.
No toda la plata, porque había dejado acreedores en el Nuevo Reino y una buena parte de su capital a su sobrino Hernán Venegas.
En realidad, también dejó al cuidado de su sobrino otros bienes cuya rentabilidad iba siguiendo por las informaciones que este le remitía, como consta por uno de sus testamentos en el que aparecen dos partidas que se refieren a bienes encomendados a su sobrino: una de mil pesos, de la que Hernán le había remitido a Córdoba solo 260, y otra de valoración no precisada que se refiere a la multiplicación de una piara de cerdos sobre cuya administración habían tratado a través de una correspondencia regular: No cabe duda de que la actividad de Fernández de Valenzuela a su regreso fue grande, porque los contratos que hizo han dejado un rastro relevante en los protocolos de Córdoba.
Lo mismo se puede decir de otros cordobeses que estuvieron en Nueva Granada y se quedaron, como Juan Tafur, Antón de Olalla, Juan Ruiz de Orejuela y Martín Yáñez Tafur; todos ellos remitieron parte de los bienes ganados en Indias a sus familias y consiguieron mejorar su situación económica o al menos aliviar sus necesidades.
También emprendieron actividades comerciales enviando productos para vender en las nuevas ciudades: Fernández de Valenzuela envió ropa para vender a Ortuño de Velasco, vecino de Pamplona, en el Nuevo Reino, y actuó muchas veces como representante legal de sus compañeros de Nueva Granada y de sus familiares en Córdoba en cobros de dinero y en negocios mercantiles.
55 Desgraciadamente, no tengo información precisa sobre la fecha de la ordenación sacerdotal de Fernández de Valenzuela, que debió producirse entre 1547 y 1548; en todo caso, en septiembre de 1548 figura ya como clérigo en la documentación.
Creo que hay fundamento para sugerir que en ese cambio radical de vida intervino Juan de Ávila, con el que debió tener una amistad estrecha: en el testamento mencionado antes, dejó encomendadas a Juan de Ávila cuestiones importantes relativas a asuntos de su conciencia.
El contenido del encargo testamentario es el siguiente:
Otrosí dispongo, quiero y mando que si por caso alguna o algunas de las dichas cláusulas de mi testamento e de lo contenido en los dichos memoriales resultare alguna duda en que parecieren inciertas cualesquier mandas, e por ello o en otra manera la cruzada se entremetiese a pedir los maravedís en ellos contenidos, o sobre ello pusiese algún pleito e pleitos a mis herederos, o dispusiese de mi hacienda, o intentare ponelles (contradicción) que lo ha de contradecir o pedir por el mismo fecho, luego que lo tal 54 Testamento de Pedro Fernández de Valenzuela, Córdoba, 3 de abril de 1557, AHP, 12845P, 514v-525.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO pareciere, de ahora para entonces, revoco y anulo y doy por ningunas las dichas cláusula o cláusulas que así pareciere contradecirse o pedirse en la forma dicha, e todos los maravedíes en ellas contenidas sean, y yo los mando libremente sin cargo ni obligación alguna, fuera de lo contenido en las dichas mandas ni de otra cosa fuera dellas, al padre Francisco de Saucedo y al Maestro Joannes de Ávila para que ellos hagan su voluntad.
Sobre esto y lo demás les ruego y encargo sus conciencias miren mi intención.
56 También creo poder sugerir con fundamento que Pedro Fernández de Valenzuela y Juan de Ávila se conocieron en el Hospital de San Bartolomé de las Bubas, en el que Juan de Ávila fijó su residencia en Córdoba y del que Fernández de Valenzuela fue patrono.
El maestro Ávila había llegado a Córdoba en 1535, llamado por el obispo fray Juan Álvarez de Toledo para encomendarle trabajos de formación del clero de la diócesis, labor por la que Ávila había mostrado una especial predilección.
Las medidas adoptadas en el Concilio de Trento para la formación de los sacerdotes diocesanos, como la institución de seminarios, se debieron en gran parte a los memoriales de Juan de Ávila que llevó a Roma su amigo el arzobispo de Granada Pedro Guerrero.
57 A su llegada a Córdoba, después de rehusar amablemente el alojamiento que le ofreció el obispo en su propia casa, Ávila estableció su residencia en el Hospital de San Bartolomé de las Bubas, situado muy cerca de la casa de Pedro Fernández de Valenzuela.
No tiene nada de extraño que Pedro hubiera dedicado la atención de su caridad a este hospital antes de marchar a Indias, pero sobre todo fue su gran mecenas cuando regresó sobrado de recursos; tan gran mecenas que en uno de sus testamentos nombró heredero del remanente de sus bienes al Hospital de San Bartolomé.
58 Es bastante probable que la vocación al sacerdocio de este soldado de dos mundos se debiera a la labor de Juan de Ávila, y es posible que en los memoriales sobre asuntos de conciencia que Pedro le confió se contemplaran actuaciones delicadas, como el saqueo de Roma y otras que pudieron suceder en la conquista de Nueva Granada.
Sobre estas cuestiones de conciencia me gustaría destacar una donación que Fernández de Valenzuela hizo al final de su vida y que voy a transcribir literalmente.
57 Estos memoriales también fueron utilizados en los concilios celebrados en España para la aplicación de los cánones tridentinos.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO hizo testamento y dispuso que sus herederos entregaran a Pedro lo que le correspondía por herencia, es decir, la mitad del patrimonio con la mitad de los frutos y rentas que hubiera producido desde que ambos heredaron.
Las dificultades económicas de los padres de Hernán se dejan ver en que Diego solicitó de su sobrino Pedro la renuncia al importe acumulado de los frutos y rentas y reducir la partición a la mitad de la casa familiar, en la colación de Santiago, y a la mitad de la heredad de olivar y encinas de las Albarizas, en la sierra de Córdoba.
61 Otra heredad llamada Campo Alto pasó a ser propiedad de Pedro íntegramente en 1552,62 año en el que otorgó a sus tíos una asignación anual de 8.000 maravedíes.
63 La mitad de las Albarizas y la mitad de la casa en la que residían Diego Ruiz Manosalbas e Inés Venegas pasó a Pedro en mayo de 1554.
64 Durante unos años, el gestor de los negocios de Pedro en Santa Fe fue Hernán Venegas, pero en 1547 lo sustituyó por Andrés de Mesa, porque su primo estaba ocupado en un negocio de particular relevancia: un pleito con Alonso de Lugo que se desarrollaba en el Consejo de Indias.
65 Este pleito debió resolverlo Hernán Venegas mediante procuradores en Madrid, porque sus padres no hicieron referencia a ninguna estancia de su hijo Hernán en España en sus testamentos, que están fechados en 1552 y en 1554, pocos años después.
Si hubiera estado en España, lo esperable es que hubiera pasado por Córdoba y que se hubiera interesado por su familia y por los negocios que -como mostraré después-había intentado hacer en la ciudad, enviando dinero y recursos desde Nueva Granada en años posteriores a la conquista.
Por tanto, me parece difícil de admitir la afirmación de Fernández de Piedrahita sobre un viaje de Hernán Venegas a España, comisionado ante la Corona como procurador de los cabildos de las ciudades del Nuevo Reino para suplicar la revocación de las Leyes Nuevas, que aunque no señala las fechas, por el contexto se entiende que debió tener lugar entre EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES 1547 y 1548, y asegura que Hernán Venegas «consiguió carta acordada de la sucesión de las encomiendas en los hijos y mujeres de los feudatarios, de que al presente se usa».
66 Continuando con la semblanza de Pedro Fernández de Valenzuela, conocemos un asunto de interés para estudiar el recorrido de los botines de la conquista, a través de un poder que otorgó a favor del doctor Meneses, canónigo de la catedral de Valladolid y por tanto colega suyo, porque en ese tiempo Pedro debía haber entrado a formar parte del cabildo eclesiástico de Córdoba.
Además, también dio poder para la misma cuestión a Hernando de la Peña, contador del marqués del Carpio, y a otro vecino de Valladolid llamado Melchor de Vallejo, para que los tres recuperaran tres cruces de esmeraldas, dos sortijas y otras alhajas que Pedro había entregado a Carlos de Seso, noble de Verona, para que las vendiese en Francia o en Italia.
67 Las joyas tenían que ser recuperadas porque Carlos de Seso había sido perseguido y apresado por la Inquisición, acusado de formar parte de un grupo protestante que actuó en ese tiempo en Valladolid.
Carlos de Seso había servido a Carlos I en Italia como soldado y debió conocer y entablar allí amistad suficiente con el también soldado Pedro Fernández de Valenzuela para confiarle un encargo tan delicado como el de las joyas referidas.
Carlos de Seso fue procesado, condenado y ajusticiado en la hoguera en el auto de fe celebrado en Valladolid, el ocho de octubre de 1559, por ser uno de los introductores del protestantismo en España.
En Valladolid y en Sevilla se formaron focos de seguidores de las doctrinas de Lutero, como Juan de Valdés, Carlos de Seso o Casiodoro de Reina, monje jerónimo en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce (Sevilla), y primer traductor al castellano de la Biblia.
En esos años también fueron vigiladas como sospechosas algunas figuras destacadas de la iglesia en España, como Juan de Ávila, otro amigo de Pedro, y el arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza.
Los linajes de los Fernández de Valenzuela y los Venegas Manosalbas
La posición social elevada de algunos de los cordobeses que participaron en la conquista de Tierra Firme, Perú y Nueva Granada nos proporciona algunas noticias de cómo influyó su condición de conquistadores en el engrandecimiento de sus linajes.
Hay casos en los que la inversión de los recursos conseguidos en la conquista para el beneficio social y económico de la familia es claro, como en el linaje de los Gutiérrez de los Ríos, del que unos cuantos miembros participaron en posiciones de privilegio en la conquista de Tierra Firme y Perú.
Tradicionalmente, la familia había participado en el gobierno de Córdoba con miembros que fueron caballeros veinticuatro, y en Indias también ocuparon puestos como regidores de los cabildos de las nuevas ciudades: Diego Gutiérrez de los Ríos, sobrino del gobernador Pedro de los Ríos, fue regidor de Panamá, y Arias de Acevedo, yerno del gobernador, ocupó otro de los regimientos de esa ciudad; además, ambos fueron grandes propietarios de tierras y ganados.
Los dos marcharon desde Panamá a la conquista del Perú, extendiendo los intereses de la familia.
Pedro de los Ríos, que había regresado a Córdoba en 1534, dio poder a Diego y a Arias para que cobraran en Panamá las deudas pendientes y para que recibieran los frutos y rentas de sus negocios.
También comenzó con ellos una serie de actividades de comercio, una vez terminada la conquista y establecidas las primeras poblaciones.
Arias de Acevedo envió a Córdoba 600 pesos para que Pedro de los Ríos se encargara de comprar esclavos en Sevilla y de enviarlos a Charcas para su venta.
Hay muchos testimonios que permiten comprobar la habilidad de estas personas para montar una red de intercambios muy beneficiosa para la familia en su conjunto, que puso recursos en Córdoba y Sevilla para comprar mercancías para su venta en Tierra Firme y Perú, y los beneficios consolidados los emplearon en incrementar las posesiones de sus mayorazgos en tierras y rentas.
Las redes funcionaron tan bien entre los familiares en Córdoba y las Indias, que en dos ocasiones la sucesión del mayorazgo la ocuparon jóvenes miembros de la familia asentados en Indias, a los que se fue a buscar para llevarlos a Córdoba.
El engrandecimiento del mayorazgo con los recursos americanos es evidente en el linaje de los Acevedo.
Leonor de los Ríos, mujer de Arias de Acevedo e hija del gobernador Pedro de los Ríos, invirtió sistemáticamente los bienes que le fue remitiendo su marido desde Indias para procurarle el hábito de Santiago a su hijo Pedro de Acevedo, al que también consi-EFECTOS DE LA CONQUISTA EN EL ENTORNO FAMILIAR DE LOS CONQUISTADORES guió situar como caballero veinticuatro del cabildo de Córdoba.
Además, compró tierras, casas, molinos y rentas suficientes para proporcionarle una propiedad vinculada y una escritura de mayorazgo que pudo disfrutar su hijo y que heredaron sus descendientes, fortaleciendo el linaje también con participación en el gobierno de Córdoba y con encomiendas de órdenes militares.
69 En el caso de los Fernández de Valenzuela y los Venegas Manosalbas, su posición en Córdoba antes de partir a las Indias era buena, aunque no tanto como la de los Gutiérrez de los Ríos y los Acevedo.
Pedro Fernández de Valenzuela fue muy hábil en la inversión de sus recursos indianos en Córdoba, pero parte de ellos los empleó en asistir a la familia de Hernán Venegas, sus primos Diego Ruiz Manosalbas e Inés Venegas, y también a su sobrino Diego, que en los años que vivió Pedro en Córdoba, pasaron dificultades que es difícil precisar en la documentación, aunque en algunos casos se pueden deducir.
Durante algunos años, Hernán Venegas planeó regresar a Córdoba y remitió a sus padres varias partidas de dinero para que las emplearan en inversiones seguras, de manera que pudieran disfrutar de las rentas que produjeran hasta su vuelta del Nuevo Reino.
Es posible que tuviera pensado enviar más recursos y que su destino final fuera la constitución de un mayorazgo, como habían hecho los Gutiérrez de los Ríos y los Acevedo, pero Hernán Venegas se quedó en Nueva Granada.
Por otra parte, sus padres declararon humildemente en sus testamentos que no habían cumplido el encargo de su hijo Hernán y que se habían visto obligados a gastar todo el dinero que les había enviado.
Diego Ruiz Manosalbas se justificó en su testamento porque sus necesidades habían sido muchas.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO hijo, viniese a España, y que en tal manera esto así fuese, que la propiedad de todos los dichos maravedís que así envió siempre estuviese viva y no se pudiese disminuir, sino (que) estuviese por del dicho Hernán Venegas el principal y no se pudiese gastar cosa alguna de los dichos maravedís.
Y como quiera que esto es y pasó así y realmente los dichos maravedís me fueron enviados para el dicho efecto, a causa de mis necesidades que han sido muchas para suplillas y cumplillas.
Digo y declaro por descargo de mi conciencia que todas las cuantías de maravedís de suso contenidas que así yo recibí y recibió la dicha mi mujer las habemos gastado y de ninguna parte de los dichos maravedís se hizo la voluntad del dicho Hernán Venegas, mi hijo, en comprarse la dicha renta según y como él lo había dicho y para cuyo efecto lo envió, y así por esta causa le soy en cargo y obligación y deudor en los dichos quinientos ochenta y dos ducados y cien ducados en oro que pesó la dicha cadena y cien coronas en oro.
Por tanto, descargando mi conciencia, quiero y mando y es mi voluntad que de bienes míos, luego que yo falleciere, el dicho Hernán Venegas, mi hijo, sea pagado y se le pague todas las dichas cantidades de maravedís de suso declaradas que así recibí, porque juro por Dios y por Santa María y por los santos evangelios y por la señal de la cruz que esta conciencia y declaración por mí hecha es cierta y verdadera en la dicha razón.
70 Dos años antes había hecho testamento Inés Venegas y manifestó los mismos escrúpulos de conciencia por el incumplimiento de los encargos de su hijo Hernán.
Las necesidades familiares en esos años debieron ser grandes porque, como antes mencioné, Pedro concedió a sus tíos un donativo de ocho mil maravedíes anuales «durante todos los días de sus vidas» y les liberó de las cargas de renta que le debían por el arrendamiento de la heredad de Campo Alto.
71 Es posible que entre estas necesidades estuvieran los problemas de Diego Venegas, hermano de Hernán, que en febrero de 1547 estaba preso en la cárcel real de Córdoba debido a «ciertas querellas y recusaciones que hicieron en su contra el jurado Pedro Ponce y el racionero del cabildo eclesiástico de Córdoba Luis Velasco».
No conozco las causas de esta querella, pero me consta que su padre lo avaló y pudo destinar a pagar los gastos de este proceso una cantidad relevante de dinero, porque Diego fue trasladado en mayo a la cárcel real de Granada.
Escritura otorgada por Pedro Fernández de Valenzuela para dejar libres de rentas del arrendamiento de Campo Alto a Diego Ruiz Manosalbas e Inés Venegas, Córdoba, 5 de diciembre de 1552, AHP, 12836P, 836v-838.
73 Otro dato relacionado con los problemas económicos de Diego Venegas es que su padre le otorgó en su testamento el tercio de mejora sobre sus hermanos, «para que sea más rico y tenga con que mejor pueda sustentar su persona».
74 Por otra parte, en varias ocasiones Fernández de Valenzuela acudió a socorrer a su sobrino Diego, a su mujer Ana de Angulo y a sus hijos Luis, Juan, Inés y Leonor.
Luis y Juan profesaron como religiosos en el convento de San Pablo y Leonor en el de Regina Coeli.
75 La presencia de Pedro Fernández de Valenzuela Manosalbas en Córdoba en la segunda mitad del siglo XVI fue muy activa y su capacidad de relación y de negocios con otras familias destacadas fue muy intensa.
En realidad, estaba emparentado con esas familias y en cierto modo cabría decir que transmiten una presencia como grupo en los distintos escenarios en los que actuaron algunos de sus miembros, primero en Italia, después en las Indias y siempre en Córdoba.
76 Los Venegas Manosalbas y los Fernández de Valenzuela Manosalbas compartieron algunos puntos de referencia, especialmente su vinculación al monasterio de Santa Cruz, en donde están enterrados los Venegas Manosalbas y Pedro Fernández de Valenzuela en la misma sepultura.
En enero de 1589 Pedro fundó en este monasterio una capellanía, en el altar de Nuestra Señora, con una dotación generosa de cien mil maravedíes, y en la iglesia de San Agustín mandó edificar un retablo en la capilla de la Magdalena, en la que estaba la sepultura de sus padres.
77 Tuvieron en su patrimonio la heredad de las Albarizas y la de Campo Alto, además de rentas de censos.
Pedro fundó un mayorazgo el 4 de diciembre de 1575 y disfrutó él mismo del usufructo de los bienes vinculados hasta 1585, año en que los cedió a su sobrino Andrés de Valenzuela y Mendoza, como heredero formal.
En realidad, Pedro y su primo Bartolomé de Valenzuela comenzaron a hacer donaciones de bienes para este mayorazgo al menos desde 1556.
ANTONIO GARCÍA-ABÁSOLO Me gustaría que este trabajo sirviera para recuperar los aspectos menos tratados de los conquistadores: el del conquistador que regresa, como Pedro Fernández de Valenzuela, soldado de dos mundos convertido en sacerdote, que al final de sus días recordaba al cacique de Tunja y a sus hijos, quién sabe con cuánto arrepentimiento; y Hernán Venegas, el conquistador colonizador que hizo suya la nueva tierra como tantos otros conquistadores que fueron seducidos y conquistados por su conquista.
Algunos hechos de su actuación en Nueva Granada tal vez podrían acercarlo a los representantes de esa «huella de indigenismo durante la conquista que buscó Juan Friede [...] cautivado por los personajes cuyo pensamiento y acción estuvo aliado a la defensa de los indios». |
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La historiografía española y mexicana ha reducido, hasta el momento, la actividad artística del maestro extremeño Martín Casillas en el virreinato de la Nueva España, casi en exclusividad, a su participación en la construcción de la catedral de Guadalajara en Nueva Galicia, iniciada en la década de 1570 y finalizada parcialmente en 1618.
A ello se suman los escasos datos conocidos de su intervención en la catedral de México, bajo la dirección de Claudio de Arciniega, entre 1584 y 1586, así como de su presencia en la obra del desagüe de la Ciudad de México en 1627.
A excepción de esas noticias, poco más se conoce del trabajo realizado por el discípulo del arquitecto Francisco Becerra en Nueva España, sobre todo en Guadalajara, donde se estableció y debió desarrollar su etapa profesional de mayor madurez, dejando una amplia descendencia que, a la postre, ocuparía diferentes cargos de cierta relevancia en los ámbitos político, religioso y arquitectónico de la ciudad.
1 Los diferentes estudios de carácter general que han abordado la labor del maestro, así como las monografías realizadas sobre la catedral neogallega, han reiterado, en ocasiones, las pocas noticias que se dan en las crónicas de Tello y Mota Padilla, si bien han sido cuestionadas.
2 Tanto la fecha de inicio de la construcción novogalaica en 1561, como la atribución del proyecto primigenio a Martín Casillas, recogidos en ambos escritos, han sido superadas desde hace tiempo en sucesivos trabajos.
3 También en relación con la catedral de Guadalajara, los estudios se han centrado sobre todo en las cuestiones referidas al debate sobre la elección del tipo de cerramiento más adecuado para el templo, producido entre Diego de Aguilera -maestro mayor de la catedral de México-y Martín Casillas -maestro mayor de la catedral de Guadalajara-en 1599, fecha clave en la construcción de la obra.
4 Por otro lado, desde la publicación sobre la catedral de México, realizada por Toussaint, en la que se documentó también la intervención del maestro extremeño, poco más se ha avanzado en conocer nuevos datos sobre su posible participación en otros proyectos en 1 También se ha señalado la atribución de la dirección de las obras de la catedral de Oaxaca a Martín Casillas.
El dato consultado en el texto de Pizarro Gómez, donde se retoma la noticia, no indica el documento que lo verifique ni la procedencia bibliográfica.
3 Marco Dorta reflexionó sobre el período en el que se inició la catedral definitiva, indicando que debió ser después de 1568.
Por otro lado, la última monografía realizada sobre el edificio ha vuelto a insistir en dichos aspectos y ha considerado que debió comenzarse la obra a finales de 1573 o a principios de 1574.
4 Para el estudio de dicha etapa constructiva es fundamental la aportación documental de Marco Dorta, 1951, v.
MARTÍN CASILLAS, MAESTRO MAYOR DE LA CATEDRAL DE GUADALAJARA la Ciudad de México.
5 Asimismo, los datos biográficos del artista conocidos hasta el momento son escasos, lo que dificulta su estudio.
A la luz de la nueva documentación consultada, aunque la vinculación del maestro con la catedral de Guadalajara sigue siendo la que proporciona el mayor número de datos sobre su actividad como arquitecto en el virreinato novohispano, hay que añadir que participó en otros proyectos.
Su producción artística se amplía con el desempeño de otros trabajos en la construcción, inspección y valoración de obras en México y Guadalajara.
Por ello, el presente estudio tiene como objetivo destacar la trayectoria profesional de Martín Casillas en tierras americanas, pues si bien las nuevas noticias al respecto siguen siendo insuficientes para realizar un estudio minucioso sobre su vida y obra, ahora permiten avanzar en el conocimiento de su actividad artística desarrollada en ambas ciudades, lo que a su vez ha servido para reflexionar sobre varios aspectos relacionados con su llegada a América, su posterior traslado a Guadalajara, la movilidad geográfica del maestro por Nueva España y otras cuestiones sobre su trabajo.
El desarrollo de la actividad constructiva del artífice extremeño en el virreinato de Nueva España se puede enmarcar dentro de algunas de las características generales, que definieron a los arquitectos profesionales en el último cuarto del siglo XVI y principios del XVII.
La mayoría de ellos trabajaron solo en una obra importante y, si fueron llamados para ocuparse de otras, lo fue de forma ocasional.
6 Aunque hay que aproximarse a esa cuestión con cierta cautela, debido a los estudios monográficos que existen sobre la labor arquitectónica de otros artífices que tuvieron una vida profesional fructífera en el Nuevo Mundo durante ese período, lo cierto es que se puede incluir el trabajo de Martín Casillas en tierras indianas dentro de esa idea general.
Tras la consulta de la nueva documentación y después de la revisión bibliográfica sobre el tema de estudio, es posible mantener que el maestro se centró en la construcción de la catedral novogalaica, siendo esta su gran empresa arquitectónica.
Antes de su paso a Guadalajara se tienen varias noticias sobre su actividad, aunque dispersas en diferentes publicaciones.
Hasta el momento se ha dicho que el maestro mayor de la catedral era oriundo de Trujillo (Extremadura), y se formó con Francisco Becerra, con quien llegó a Nueva España como aprendiz.
Solís Rodríguez puntualizó que es probable que ENRIQUE CAMACHO CÁRDENAS Casillas marchara con Becerra a América en 1573, o bien lo hiciera poco después junto a su compañero de taller Alonso Pablos.7 Años más tarde, el maestro Casillas estuvo trabajando en las «medias muestras» de la catedral de México, bajo las órdenes de Claudio de Arciniega, al menos hasta 1585, trasladándose después a la ciudad tapatía.8 Sin embargo, en relación a su paso a América hay que puntualizar que aunque se ha comentado por varios historiadores que Martín Casillas posiblemente llegó a Nueva España con el arquitecto Francisco Becerra, sin todavía haberse probado documentalmente, el nombre del extremeño aparece vinculado más directamente con un tal Alonso Sánchez.
El 18 de junio de 1583, Casillas aparece como testigo en el expediente sobre el matrimonio de Alonso Sánchez y Ana de Tapia con el objetivo de demostrar la soltería de este.
El documento que hace referencia a Casillas, como vecino de México, natural de Trujillo y maestro de cantería, certifica que ambos se conocían desde siempre por ser de Trujillo, continuando con esta amistad en el Nuevo Mundo, pues «pasaron juntos en una flota de esta Nueva España y nunca lo ha perdido de vista y cuando mucho lo ha perdido de vista ha sido un mes [...]».9 De interés es la edad del maestro que, según el documento, tenía veinticinco años aproximadamente en 1583.
También aparece como testigo el cantero Alonso Pablos, de treinta años de edad aproximadamente, que «siempre le trató y comunicó hasta que este testigo se vino [...] que puede haber cuatro años poco más y [...] al cabo de dos años vino el dicho Alonso Sánchez con unos tíos suyos y siempre desde que vino hasta ahora han andado juntos [...]».
10 Por otro lado, hay constancia de que a Alonso Sánchez, hijo de Antón García y de Isabel García, se le permitió salir a Nueva España como aprendiz de carpintero con Pedro Machalino el 21 de mayo de 1580.
11 Asimismo, se apuntó que el carpintero Andrés Hernández MARTÍN CASILLAS, MAESTRO MAYOR DE LA CATEDRAL DE GUADALAJARA partió para México en 1580 con su mujer y sus hijos, un aprendiz y su sobrino Alonso Sánchez, también carpintero.
12 Al hilo de lo anterior es posible comentar que, si bien se podría dudar de la autenticidad del testimonio de Martín Casillas, que pudo mentir para ayudar a Alonso Sánchez a conseguir su propósito, es posible pensar que fue en el mismo año de salida de Sánchez cuando Casillas abandonó la Península, y no como hasta el momento se ha comentado.
Así mismo, parece evidente que la llegada de Alonso Pablos a América debió ser anterior a la de Martín Casillas.
Según la información que proporciona el documento, la hipótesis sobre la salida de Casillas a tierras indianas se podría establecer entre 1580 y 1581, cuando contaba con veintidós o veintitrés años de edad, idea que se refuerza con las noticias que se tienen sobre su actividad en Extremadura.
Las últimas notas documentales aportadas por Sanz Fernández ayudan a insinuar que pudo ser realmente en esas fechas cuando salió de la Península Ibérica, ya que en 1579 se localiza trabajando en unas casas de la calle Campillo en Trujillo, como lo indica la memoria de condiciones que el cantero extremeño realizó para hacerse cargo de la realización del lienzo delantero de las mismas, siendo asimismo esa fecha y ese trabajo los últimos de los que se tienen constancia en tierras extremeñas.
13 Previamente a 1579 se tienen referencias profesionales y personales que lo sitúan en Trujillo.
En 1571 aparece junto a Alonso Pablos, hijo, y Francisco Casco como testigo en el contrato de obligación entre el monasterio de la Concepción Jerónima y los canteros Francisco Becerra y Francisco Sánchez.
14 En 1573, meses antes de la marcha del maestro Becerra a América, viajó con él a Herguijuela para trabajar en la iglesia.
Becerra recibió del mayordomo 45 reales «por el jornal de quince días que trabajó Martín Casillas su criado», es decir, su ayudante.
15 El 3 de noviembre de 1577 contrajo matrimonio con Mencía González, hija de Francisco Sánchez, cantero difunto.
16 La primera noticia que se conoce del arquitecto en el virreinato data de 1582 cuando aparece como vecino de Puebla.
A diferencia de lo expuesto ENRIQUE CAMACHO CÁRDENAS anteriormente, Tovar de Teresa indicó que Casillas se avecindó y casó en la ciudad poblana con Mencía de Cabrera hacia 1582.17 Respecto a su trabajo en Puebla, se desconoce por el momento su participación en algún proyecto de la ciudad.
No obstante, es de interés señalar cómo la historiografía ha hablado de la relación profesional que unía a Francisco Becerra y Martín Casillas en tierras extremeñas, aunque sea más difícil hablar de ese vínculo en territorio novohispano, entre otras cuestiones porque las últimas noticias documentales mencionadas situarían a Casillas en Nueva España a partir de 1580.
18 Por ello existe la posibilidad de que Casillas no coincidiera con su maestro en Nueva España, pues Becerra partió a Quito en 1580.
19 Sin embargo, no es de extrañar que los contactos del maestro en territorio poblano facilitaran el camino en el ámbito profesional al recién llegado Casillas, quien curiosamente se localiza en esas tierras, antes de su estancia en México.
Sin duda, la labor de Becerra como maestro mayor de la catedral de Puebla desde 1575 tuvo que favorecerle de modo positivo, aunque Casillas debió concluir su formación en territorio americano, de la mano de otros maestros que estaban desarrollando su trabajo desde hacía tiempo en el Nuevo Mundo.
A continuación se localiza como cantero en las obras de la catedral de México como indican los libros de cuentas de las obras que se llevaron a cabo en los años 1585-1586, en los que se ejecutaron las reparaciones en la iglesia vieja para el III Concilio Provincial de la Iglesia Mexicana, y también algunas obras en la iglesia nueva.
Casillas cobró 390 pesos por cuatro hiladas de las medias muestras de los pilares torales y cien pesos por una hilada de un pilar toral en la catedral nueva.
También se le pagó el trabajo ejecutado en la portada principal de la catedral vieja, por trece piedras que labró y estrió para la portada de los pies de la misma.
20 Respecto a la ejecución de la portada principal de la catedral vieja se sabe que los autores fueron Martín Casillas, maestro de arquitectura, Alonso Pablos, Juan de Arteaga y Hernán García de Villaverde, oficiales canteros.
Casillas estuvo a cargo de diversas obras desde los últimos meses de 1584 y el 6 de febrero del año siguiente, pues se le entregaron 150 pesos de oro común, «que pagó por el alquiler de siete canoas grandes para traer en ellas tablas de Chalco a esta ciudad, para la tijera y cobertura de la iglesia catedral, por quince días MARTÍN CASILLAS, MAESTRO MAYOR DE LA CATEDRAL DE GUADALAJARA a razón de un peso cada día y por cada canoa, montó los dichos 150 pesos».
Su intervención en esa obra duraría más de un año, pues el 21 de abril de 1586 recibió una cantidad por el labrado de las trece piedras para la portada, a 12 pesos cada una.
21 Con posterioridad a esas fechas, las notas localizadas sobre el arquitecto no se relacionan con su trabajo.
En 1588, Pedro López de Aragón obligó a Martín Casillas como principal, a Juan Ruiz, maestro albañil, y a María Sánchez, viuda de Diego Martín Casillas, como sus fiadores, a pagar a Luisa Coronel, albaceas y herederos unos 2.592 pesos, 2 tomines de oro común, por diez carros herrados y seis bueyes.
22 En 1591, aparece como testigo en el poder que otorgó Domingo de Mercado, alguacil mayor de la corte de México, para que Diego Ronquillo, vecino de las Islas Filipinas y que en esos momentos se disponía a ir para allá, pudiera cobrar cualquier cuenta en su nombre y enviar a Nueva España las mercancías que comprara.
23 En México, la actividad del maestro no solo se centró en la catedral, sino que intervino en las escuelas de la ciudad.
24 Casillas estuvo en la cárcel pública de México por no dar cuenta de ciertos materiales que estuvieron a su cargo para la obra de estas, siendo don Luis de Velasco quien ordenó, el 8 de abril de 1591, que lo dejaran en libertad.
25 El 6 de julio de 1593 se celebró claustro pleno en la Universidad de México, en el que se trató el tema del préstamo que se necesitaba pedir de 4.000 o 5.000 pesos al virrey de Nueva España para la prosecución del edificio de las escuelas nuevas.
A cargo de la obra consta que estuvo Martín Casillas.
El primer apunte que se conoce de su presencia en Guadalajara, y concretamente en la obra de la catedral, es del 24 de septiembre de 1593, en el que, por cuanto conviene que en esta santa iglesia el obrero que en ella hubiera sea persona que entienda de edificios y asista con cuidado, nombraban y nombraron por obrero de ella según como hasta aquí lo ha sido, Diego de Espinosa, hasta hoy, de este dicho día en adelante lo sea y sirva el dicho oficio de obrero, Martín de Casillas, maestro mayor de la obra de la iglesia nueva que se hace en esta ciudad [...].
27 Las funciones de obrero eran atender todas las obras de arquitectura y reparo, no solo de la catedral sino del hospital, colegio, cárcel y casas pertenecientes a la Iglesia en Guadalajara, además de «la traza y armadura del monumento».
28 Martínez González fue el primero en señalar el año 1593 como fecha en la que Casillas fue nombrado obrero, percibiendo por ello un sueldo anual de cien pesos de oro.
29 Pero si bien en esa fecha el cabildo eclesiástico decidió nombrarlo obrero, Casillas ya era maestro mayor de la catedral.
Sin embargo, es probable que su traslado a Nueva Galicia no fuera mucho antes de esa fecha, por existir documentos que lo sitúan el mes anterior en México, tal y como se verá a continuación.
Quizás el cabildo eclesiástico aprovechó la presencia y formación del maestro para destituir del cargo de obrero a Espinosa y encargarle ese puesto al extremeño, además del que ya ostentaba de maestro mayor de la obra.
Lo curioso es que la fecha de su nombramiento como obrero coincidió aproximadamente con el fallecimiento de Claudio de Arciniega, maestro mayor de la catedral metropolitana, y el nombramiento del geómetra y arquitecto Diego de Aguilera, el 19 de agosto de 1593, como nuevo maestro mayor con el sueldo anual de 500 pesos de oro.
A las órdenes de Aguilera quedaban todos los oficiales canteros, carpinteros y el resto de las personas que estaban desarrollando su trabajo en el templo metropolitano.
30 No se conocen las razones ni las personas que pudieron intervenir en el traslado de Martín Casillas a Guadalajara, así como en su nombramiento como maestro mayor de la catedral.
Tampoco se sabe si después de 1586 27 Acta capitular, Guadalajara, 24 de septiembre de 1593, Archivo Histórico del Cabildo Metropolitano de la Arquidiócesis de Guadalajara (AHCMAG), Libro 3o de actas capitulares, f.
30 Nombramiento de maestro mayor de la catedral en Diego de Aguilera en lugar de Claudio, Ciudad de México, 19 de agosto de 1593, AGN, Instituciones Coloniales, Gobierno Virreinal, Reales Cédulas Duplicadas, vol. 2, exp.
continuó trabajando en la catedral de México, ni la fecha exacta de su llegada a Guadalajara.
Sin embargo, como se ha destacado, su nombramiento como obrero de la iglesia neogallega en septiembre de 1593, cuando ya era maestro mayor de la catedral, resulta significativo, principalmente por el cambio simultáneo que se produce en la dirección de la obra de la catedral de México.
La muerte de Arciniega y la continuación en la dirección del proyecto catedralicio metropolitano por parte de Aguilera pudieron influir en el traslado del maestro trujillano a Guadalajara, ya que es posible pensar que su nombramiento como maestro mayor de la catedral tapatía tuvo lugar casi en la misma fecha en la que el cabildo lo nombró además obrero de la iglesia.
Quizás el apoyo profesional de Arciniega le ayudó o lo puso en relación con la ciudad neogallega para hacerse cargo de la obra de la catedral, dejando la capital de Nueva España en el momento en el que ya no contaba con la protección del arquitecto vallisoletano, recientemente fallecido.
Por otro lado, y aunque no consta ninguna nota al respecto, Casillas pudo no mantener una buena relación con Aguilera, nombrado nuevo maestro mayor.
La disputa profesional que entre ambos se vivió en Guadalajara años más tarde para hacerse con el remate de la obra catedralicia, y la insistencia de Casillas como maestro mayor de la misma para conseguirlo, podría al menos servir para plantear la idea.
Además de lo comentado, se han localizado otras noticias que ayudan a situar la llegada de Casillas a Guadalajara posiblemente en 1593, pues antes de abandonar la capital novohispana tuvo que resolver ciertos asuntos económicos y judiciales, como se refleja en el poder especial y traspaso que hace el 15 de agosto de 1593.
Dicho poder se lo otorgó a Rodrigo Dávila de la Vega y a Andrés Moreno, para que pudieran cobrar del mayordomo de la obra de la catedral de Guadalajara en Nueva Galicia unos 1.131 pesos de oro común.
Casillas se comprometió a pagar 200 pesos de oro común cada final de año, como maestro y obrero mayor de la obra, hasta liquidar la deuda con Dávila.
Asimismo, renunció y traspasó los derechos y acciones de ese dinero a Dávila en satisfacción de similar cantidad de dinero por la que había estado preso en la cárcel real de la corte de México.
Al día siguiente, el maestro otorgó un poder general a Pedro de la Colina y a Martín Salcedo para que actuaran en todos sus pleitos, causas, y negocios civiles y criminales.
Instalado en Guadalajara, simultaneó su labor como maestro mayor de la obra nueva y obrero de la iglesia, trabajando en este segundo cargo hasta el 5 de julio de 1594, por estar ocupado en la obra de la catedral definitiva y no poder asistir a los reparos de la provisional.
El canónigo José Ramírez lo sustituyó con el sueldo anual de cien pesos.
32 En cambio, sobre el cargo de maestro mayor se sabe poco.
La falta de documentos sobre las cuentas de fábrica de la obra nueva durante el siglo XVI impide precisar ciertos datos económicos que ayuden a esclarecer el período exacto de la participación de Casillas en la obra, de igual forma que la de los anteriores arquitectos, así como el sueldo específico que recibieron los maestros mayores.
Nueva documentación ha permitido ampliar los datos sobre su intervención en el edificio, aunque estos se centran otra vez en el período comprendido entre 1599 y 1602, en que tuvo lugar el remate de la obra, momento clave en la historia constructiva del edificio.
Si bien sobre su intervención se conocía la solución propuesta para cubrir la catedral con bóvedas de nervadura, a diferencia de la opción de bóvedas vaídas defendida por Diego de Aguilera, ahora también consta su decisión de destruir los soportes primitivos que separaban las naves, y con ello su nueva propuesta para los definitivos, expresada en las mencionadas condiciones del remate con las que consiguió de nuevo la dirección de la obra.
Además, en ellas se trataron otros aspectos relacionados con los materiales que debían usarse en la construcción de las cubiertas y vanos, así como sobre el diseño de la portada del Perdón en la fachada principal del edificio, y de las torres, entre otras obras.
En relación a su labor en el diseño del edificio, es de interés destacar la noticia documental que señala la participación de Alonso de Robalcava y Juan de Alcántara como tracistas y maestros en el proyecto de la catedral, antes que Martín Casillas se hiciera con el cargo de maestro mayor de la obra.
34 A pesar de eso, si se comparan las noticias que se tienen de la presencia de Robalcava y Alcántara en la obra con las referentes a Casillas, las del maestro trujillano son las más abundantes, convirtiéndose por ello y de momento en el maestro mejor documentado del proyecto quinientista.
35 La intervención de tracistas y maestros en la catedral de Guadalajara anteriores a Martín Casillas, así como el trabajo desarrollado por el maestro trujillano en la obra se han destacado y analizado en mi tesis doctoral, aun inédita, «La catedral de Guadalajara en Nueve Galicia: tres siglos de construcción», defendida en la Universidad de Sevilla en el 2014.
Interior de la catedral de Guadalajara.
Portada del Perdón de la fachada principal de la catedral de Guadalajara.
Por otro lado, habría que acercarse a las cuestiones sobre cómo Casillas consiguió seguir en la dirección de la obra, a pesar de haber obtenido Diego de Aguilera el remate en 1599.
Al margen de las condiciones que presentó Casillas para la obra, se puede señalar una razón que tuvo que ser decisiva, o bien influir considerablemente en ese momento.
En 1601, Andrés de Concha fue nombrado maestro mayor de la catedral de México, ya que Aguilera -que le había antecedido en el cargo-había fallecido un año antes.
36 El mismo virrey advirtió que el nombramiento sería mientras se encontraba a una persona más apta y se proveía el cargo con mayor conveniencia.
El acto se justificó comentando que Andrés de Concha era un pintor por oficio y muy aventajado, y aunque no sabía nada sobre cantería, había hecho obras de escultura que lo acreditaban y consideraban más apto para desempeñar las labores de un arquitecto que el resto de aspirantes.
37 La desaparición del arquitecto granadino tuvo que aumentar la probabilidad de Casillas para conseguir finalmente la obra de la catedral, así como ayudó a Andrés de Concha a tomar la dirección de la de México.
En las condiciones de la postura de Casillas en 1600, el maestro trujillano mencionó la muerte de Aguilera en relación a cómo se debía solucionar el reparto del dinero invertido en la construcción.
Martín Casillas insistió en que la persona en quien se rematara la obra le debía pagar toda la cantidad de la obra realizada desde el día en que se remató en Diego de Aguilera hasta el momento de su fallecimiento, y el resto de la obra que se hizo después de la muerte.
Para evitar problemas se estableció que si se remataba la obra en otra persona que no fuera él, se debía elegir dos personas hábiles, una de cada parte, para tasar y valorar lo obrado.
38 Es evidente que como maestro mayor de la misma, sus posibilidades para quedarse con el proyecto eran mayores, más si se tiene en cuenta que al año siguiente de la muerte de Aguilera se nombraría a Concha como maestro mayor de la catedral de México, sin este contar con la formación adecuada para el desempeño del puesto.
Dicha decisión pone en evidencia la falta de arquitectos cualificados que durante ese período hubo en el virreinato de Nueva España.
La labor del maestro en Guadalajara no se ciñó estrictamente al proyecto de la catedral.
Paralelamente, su nombre se localiza en otros 36 García Fernández señaló que el 28 de marzo de 1600 se informó de la muerte de Aguilera, así como expresó que tal hecho es probable que beneficiara a Casillas para hacerse de nuevo con la obra.
38 Expediente de las condiciones y cantidad del remate de la catedral de Guadalajara, Guadalajara, 13 de abril de 1600, AGI, Guadalajara, 64, s/f.
ENRIQUE CAMACHO CÁRDENAS inmuebles en los que realizó labores de inspección y tasación, así como en otras diferentes actividades.
Así, en 1606 Martín Casillas «el Viejo» se hizo con uno de los seis regimientos de la ciudad para su hijo Martín Casillas Cabrera «el Mozo», por una cantidad de 500 pesos de oro.
El 4 de enero de 1608, mientras se estaba cubriendo la catedral, el cabildo llamó al maestro para que diera su parecer sobre las reparaciones de una pared de la cárcel de la ciudad, y un presupuesto para la obra.
Según Casillas, la pared que daba a las casas de Tomás Pérez estaba muy deteriorada y necesitaba una rápida solución para no derrumbarse.
El obrero Sebastián Muñoz realizó la obra en un plazo de quince días, por la que cobró 50 pesos de oro.
Además, el 24 de octubre de ese año la Audiencia de Guadalajara acordó pagar a Martín Casillas los aproximadamente 940 pesos que la ciudad debía a la obra de la catedral.
También en noticias de 1609 aparece como fiador de Diego de Benavides Canceno para el desempeño del oficio de alguacil mayor de la ciudad.
En otro documento de 18 de septiembre de 1610, se dio libranza a Martín Casillas de Cabrera, regidor de la ciudad, en nombre y con poder de Martín Casillas, su padre, de 343 pesos y 3 granos de oro común «que cupo a pagar a los vecinos españoles de esta ciudad que no sean encomenderos, del veinte y ocho repartimiento para la dicha obra [...]».
39 El 10 de enero de 1619, se le nombró como tasador para valorar dos pares de casas que pertenecían a los bienes de los difuntos Francisco Rodríguez y Lucía de la Vera, que lindaban por una parte con casas que fueron del canónigo José Ramírez, difunto, y de Miguel Manuel Pimentel, y con otras de Francisco Martínez y de la capellanía del canónigo Juan de Arteaga, también difunto.
40 Dentro del ámbito religioso, varias noticias relacionan al arquitecto en la construcción de diversos templos conventuales de la ciudad.
Tal es el caso del templo de San Agustín, que parece que estaba a cargo de un ayudante suyo.
Por ese y otros motivos se acusó al arquitecto en 1609, subrayándose que se encargaba de otras obras de la ciudad y hacía un mal uso del dinero destinado a la obra catedralicia.
Así, el 4 de abril de 1609 en una carta de Hernando de Velasco, tesorero, y de Rodrigo Ibarra Ateguren, contador, en la que se informó al rey de los novenos reales y su distribución, se trató ese asunto.
Se señaló que el 28 de noviembre de 1608 la Real Audiencia había prestado a Casillas unos 4.000 pesos del último repartimiento que hizo el MARTÍN CASILLAS, MAESTRO MAYOR DE LA CATEDRAL DE GUADALAJARA rey de la cantidad de 5.112 pesos 7 tomines para que prosiguiera la obra.
Tal parece que la falta de confianza de la Audiencia hizo que se solicitara a México la presencia de Alonso Pérez de Castañeda, maestro de cantería, para valorar y tasar la obra catedralicia, quien permaneció en la ciudad cincuenta días con el salario de ocho ducados de Castilla e informó sobre esos asuntos al rey.
Los autores del informe se lamentaron del esfuerzo que muchos pobres y viudas tenían que hacer para contribuir con sus aportaciones anuales a la construcción de la obra, mientras se continuaba esta lentamente.
De eso se responsabilizó a Martín Casillas que fue acusado junto a sus hijos de hacer un mal uso de los 12.000 pesos anuales que se destinaban a la obra.
Al parecer estos se estaban usando «en galas y compras que hacen y demás de esto toma obras de la ciudad y últimamente la de la iglesia de San Agustín en cabeza de un criado suyo».
41 Sin embargo, esa acusación no fue la única que recibió el maestro.
Precisamente en otras ocasiones anteriores se tuvo que justificar por los mismos motivos, como queda reflejado en la mencionada documentación de 1602.
En ese año se le acusó, entre otras cosas, de trabajar en otras obras y de utilizar mano de obra de la catedral para tales fines.
Todo ello le obligó a afirmar que era cierto que había hecho una portada a Pedro Álvarez, que tenía que asentar, debido a que le había dado el dinero para ello.
Asimismo, el fiscal real lo acusó por estar sometido bajo escritura y condiciones del remate a no hacer otra obra que la catedralicia.
Casillas negó que tal dato figurara en las condiciones, realizando una defensa a favor de su categoría y calidad como profesional.
En ella puntualizó que la acusación implicaba el interés por despojarle junto a sus hijos de dichas oportunidades.
Además, el artista señaló que contaba con un indio oficial, un negro y dos españoles a su servicio para afrontar obras de importancia que pudieran salir, sin necesidad de sacar personal de la obra de la catedral.
Es de interés destacar las palabras que el arquitecto dedica a la defensa de su formación y autoridad profesional: y no se entiende que yo me tengo de encargar de obrillas comunes sino de obra de calidad y cantidad y para eso aprendí yo mi arte con mucho trabajo y cuidado y las obras de cantidad mejores que las haga yo que las sé hacer que no quien no lo entienda y quererme quitar que yo no use mi oficio es ir contra lo que todos los maestros usan mayormente estando la obra a destajo.
42 41 Carta de Hernando de Velasco y Rodrigo Ibarra Ateguren sobre los novenos de la Catedral de Guadalajara, Guadalajara, 24 de abril de 1609, AGI, Guadalajara, 31, N. 49.
42 Expediente de las condiciones y cantidad del remate de la catedral de Guadalajara, Guadalajara, 11 de marzo de 1602, AGI, Guadalajara, 64, s/f.
A raíz de tal acontecimiento, el maestro indicó no tener interés personal en obras conventuales y otras principales de la ciudad, pero insinuó que con anterioridad debió intervenir en El Carmen, en el convento de San Agustín, en la Compañía de Jesús y en San Francisco, pues si no hubiera sido por su intervención se hubiera derrumbado antes de finalizarse.
43 De mayor interés si cabe es su actitud ante el reproche y acusación del personal de la Real Audiencia, en la que manifestó el poco agradecimiento mostrado por su trabajo, ya que había realizado obras a su costa en la iglesia, pues «de una iglesia perdida y errada la he reparado y remediado en la forma que hoy se ve por tanto».
44 Retomando su trabajo en la obra catedralicia, no se sabe con seguridad hasta qué año estuvo Martín Casillas al frente de la misma.
Las escasas cuentas de fábrica conservadas de ese período, o al menos desconocidas, dificultan aun más aproximarse a esa fecha.
Durante los primeros años de la década de los 20 del siglo XVII, el maestro seguía en la obra, aunque su edad era avanzada.
De hecho hay constancia de varios pagos que se le hacen entre 1620 y 1622 por su trabajo en el coro y parte del enlosado de la catedral.
45 Mientras tanto, a partir de 1631 aparece en las actas capitulares su hijo Francisco, que se encargó de continuar algunas de las obras iniciadas por su padre.
46 Entre 1622 y 1631 poco se sabe de su posible trabajo en el edificio, intuyéndose que siguió con la dirección de las obras.
No obstante, de ser así tuvo que simultanearla con otras labores, ya que en 1627 se localiza de nuevo en la ciudad de México entre los ingenieros, arquitectos y canteros que dieron su opinión sobre el estado general de la compuerta de San Cristóbal y los ríos de Azcapotzalco y Tlalnepantla.
Entre los comisionados para esa labor se encontraban Adrián Boot y Juan Gómez de Trasmonte, entre otros.
Todos aparecen como maestros de arquitectura y cantería.
47 No 43 En el caso del edificio carmelita, el documento debe hacer referencia a una ermita titulada de la Inmaculada Concepción, pues según González Escoto, los carmelitas atendían dicha ermita en torno a 1593.
Después la orden abandonó la diócesis sin conocerse, hasta el momento, los motivos.
En 1651, la orden se había establecido de nuevo en la ciudad episcopal, aunque en la época del obispo Garabito la volvió a abandonar.
No será hasta el primer tercio del siglo XVIII cuando los carmelitas vuelvan a Guadalajara.
44 Expediente de las condiciones y cantidad del remate de la catedral de Guadalajara, Guadalajara, 11 de marzo de 1602, AGI, Guadalajara, 64, s/f.
45 Libranzas, Guadalajara, 24 de enero, 13 de marzo y 20 de abril de 1620, y 1 de septiembre de 1622, Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara (AHAG), Gobierno, Secretaría, Fábrica General de la Diócesis, caja 1, s/f.
se conoce si fue ese el motivo que lo sitúa de nuevo en México, o en qué año concreto se trasladó, pero lo cierto es que desde años antes se estaba pidiendo que el templo de Guadalajara se concluyera definitivamente de la mano de Casillas.
Cuando aparece en México en 1627 entre los maestros que declararon, se puede entender que el trujillano ya se encontraba instalado en la capital novohispana.
La última noticia que se tiene de la presencia de Casillas en la catedral de Guadalajara es en 1622, por lo que cabe la posibilidad de haberse instalado temporalmente y con posterioridad a esa fecha en la ciudad de México.
La constancia que se tiene de que Martín Casillas estaba en México en 1627, viene a romper ciertos argumentos que la historiografía había mantenido.
Entre ellos, está la afirmación de que una vez instalado en la capital novogalaica, el arquitecto extremeño desarrolló su actividad profesional en la catedral hasta su fallecimiento.
Sin embargo, lo realmente curioso es que esa no fue la primera vez que abandonó la ciudad.
De hecho, tal parece que la relación de Casillas con la capital de Nueva España continuó con el paso de los años, como consta el 16 de septiembre de 1610 cuando se encontraba en la ciudad de México.
En ese año aparece como «arquitecto de cantería» y vecino de Guadalajara.
48 Además, en 1611 aparece en Atlixco (Puebla) en relación con Francisco de las Casas, quien era dueño de unas casas en dicha ciudad poblana.
49 Así, es posible pensar que el arquitecto pudo haber ejercido su cargo de maestro mayor de la catedral hasta finales de los años 20 del siglo XVII, aunque parece que su actividad como maestro mayor, antes y después de la dedicación del templo en 1618, le permitió ausentarse de la obra.
Por la relevancia que presenta para la historia constructiva de la catedral de Guadalajara, la presencia de su hijo Francisco en la obra a partir de 1631 podría significar la no continuación de Martín Casillas en la misma.
La historiografía ha mencionado en varias ocasiones la figura de Francisco, haciendo referencia a que era hijo del maestro extremeño y arquitecto de profesión como el padre.
50 Los datos sobre su actividad, hasta ahora inéditos, se limitan a su participación en el edificio de la catedral y en alguna ENRIQUE CAMACHO CÁRDENAS obra de menor entidad bajo las órdenes de su padre.
En relación a los aspectos biográficos, Tovar de Teresa fue quien documentó que nació en la ciudad de México el 22 de noviembre de 1584 y después se estableció en Guadalajara, en la que murió hacia 1659.
51 Aproximadamente con nueve años de edad tuvo que llegar a Guadalajara con motivo del trabajo que su padre estaba desempeñando en la catedral de la ciudad, quien debió trasladarse supuestamente con toda la familia.
La primera noticia que ahora se conoce sobre la labor de Francisco como arquitecto en la ciudad novogalaica la menciona su padre en 1602, en la documentación sobre las condiciones del remate de la obra catedralicia.
Cuando Martín Casillas fue acusado de usar personal de esta para llevar a cabo otros encargos personales, el maestro habló de una portada que se estaba realizando.
Esta la habían labrado su hijo y ayudantes y la estaban asentando, «porque no solamente lo sabe mi hijo labrar pero es el mejor tracista que hay en esta ciudad y así no tengo necesidad yo de la gente de la obra».
52 Las palabras de Casillas indican que su hijo trabajó bajo sus órdenes antes de pasar a la obra de la catedral.
Tal parece que a la edad de dieciocho años, Francisco destacaba como tracista en la ciudad.
Con probabilidad Francisco Casillas sucedió a su padre en el cargo de maestro mayor de la obra, si bien en 1631 se menciona solamente como maestro de arquitectura.
Sin embargo, será años más tarde cuando aparezca como maestro mayor de la misma.
Su labor en la catedral se reduce, por ahora y según la documentación consultada, a dos momentos concretos.
En 1631 se hizo cargo de la obra del tabernáculo del altar mayor, 53 y en 1636 se localiza trabajando en el campanario de una de las torres.
54 Los datos no son suficientes para concretar el tiempo que estuvo en la obra, siendo posible que permaneciera hasta poco antes de su fallecimiento.
Para reforzar esa idea se podría tener en cuenta la poca actividad que parece se desarrolló en el edificio desde los años 30 hasta los 70, y el desconocimiento sobre posibles intervenciones de otros artistas en la obra hasta después de su muerte.
En cualquier caso, aunque con los pocos datos que hay sobre su vida y obra no se puede profundizar en su personalidad como 51 Tovar de Teresa, 2008, 92 y nota 13.
52 Expediente de las condiciones y cantidad del remate de la catedral de Guadalajara, Guadalajara, 15 de marzo de 1602, AGI, Guadalajara, 64, s/f.
MARTÍN CASILLAS, MAESTRO MAYOR DE LA CATEDRAL DE GUADALAJARA arquitecto, habría que suponer que Francisco obtuvo trabajos de cierta importancia.
La calificación que su padre le otorgó como «el mejor tracista» de la ciudad a principios del siglo XVII y la relevancia de Martín Casillas como maestro mayor de la catedral, tuvo que influir para que la sociedad neogallega depositara su confianza en él a la hora de encargarle ciertos proyectos arquitectónicos.
Un último dato en relación a Francisco es la constancia de una libranza de 40 pesos que se dio el 19 de noviembre de 1631 a Martín Casillas de Cabrera, regidor de la ciudad y hermano de Francisco, con motivo de un auto de 21 de octubre de ese año.
En él se pedía al regidor, a Francisco Casillas de Cabrera, como arquitecto y alarife, y a Francisco González, carpintero y albañil, que fueran hasta las fuentes del Camino Real de México que iba a Atotonilco con la intención de inspeccionarlas y ver los reparos que eran necesarios.
55 En torno a los aspectos personales del maestro Martín Casillas se señalan algunos de ellos, que conducen a nuevas interpretaciones.
Hijo de Pedro Martín Casillas y Mari Sánchez, el maestro vivió en Guadalajara en una casa situada en la Plaza Real.
56 Concretamente esta se localizaba en la mitad sur de la manzana, donde ahora se encuentra el Palacio del Gobierno.
57 En los documentos relativos al juicio en contra de Pedro Cuéllar y Martín Casillas por unos bienes que debían a la sucesión de Pedro Ramírez, aparece una información hecha por el padre Escobar acerca del maestro mayor de la catedral de Guadalajara, en la que manifiesta haberlo conocido.
58 En ellos se difiere sobre el lugar de su nacimiento y se asegura que murió en México.
Según el padre, el arquitecto era natural de Almendralejo, en Extremadura, y murió en el año 1627 en la ciudad de México, donde se le había llamado para concluir la catedral, aproximadamente a los setenta años de edad.
Asimismo, consultada la obra que reúne las actas de cabildo de los años sucesivos, no aparecen otros datos sobre su labor.
56 El de 2 de enero de 1612 se señaló: «por cuanto está concertado con el padre Martín de Albisuri que haga los portales de las carnicerías de esta ciudad en trescientos pesos [...], y para cumplir con tenor de ella, y se le pague la dicha cantidad; y que Martín Casillas, maestro mayor de esta catedral, es deudor a los propios de la ciudad de más de trescientos pesos del censo que tiene sobre sus casas que están en la plaza de esta ciudad, de corrido con más lo que está obligado a pagar de la cincuentena parte de la compra de las dichas casa [...]».
58 Después de conocer las palabras de Escobar, es quizás el dato de la muerte de Casillas lo más interesante a destacar, sobre todo por coincidir lo expresado con la constancia de que se encontraba en México en 1627.
Además, si se tiene en cuenta la edad con la que aparece en el documento mencionado anteriormente sobre el matrimonio de Alonso Sánchez y Ana Tapia de 1583, esta respondería en 1627 a la dada por el padre Escobar.
Por otro lado, se conoce que la bóveda o cripta de los Casillas está situada en el segundo tramo más próximo a la cabecera de la nave del evangelio de la catedral de Guadalajara, en el lugar que ocupó el altar de San Martín, hoy reemplazado por el dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe.
Sin embargo, no hay noticia del acta de defunción que pueda confirmar que Casillas fue sepultado en la cripta familiar, o bien que su muerte se produjera en México.
62 Por una parte, a través de la partida de defunción de su esposa Mencía González de Cabrera, se sabe que ella murió el 30 de enero de 1638 y que fue enterrada en la catedral.
63 En la partida no se menciona que fuera viuda de Martín Casillas, sino mujer en esa fecha.
Pero si en esa ocasión aparece como la esposa del maestro, es en una escritura de censo otorgada 60 Sobre la descendencia de Martín Casillas se recogen diversos datos encontrados en el Archivo del Sagrario Metropolitano de Guadalajara, en Villaseñor Bordes, 1955, 17-19.
62 Tras la consulta y conversación con varios historiadores de la ciudad interesados en la figura de Casillas y su familia, me informaron que el acta de defunción del arquitecto no se ha localizado en el Archivo del Sagrario Metropolitano de Guadalajara.
Tampoco se da noticia en Vizcarra A. de Jiménez y Jiménez Vizcarra, 1975.
por Diego Sánchez y Mariana de Cabrera, hija del arquitecto y de Mencía, al convento de la Merced de la ciudad, firmada el 31 de diciembre de 1635, en la que se hace mención a la propia Mencía González de Cabrera como viuda de Martín Casillas.
64 Por otro lado, el 22 de junio de 1632 se casó su hija Mariana Casillas y Cabrera con Lázaro Sánchez Domínguez, siendo padrinos sus padres, motivo por lo que, según Tovar de Teresa, se alargaría la cronología del arquitecto extremeño.
65 Y en la «Relación de Méritos» de Martín Casillas Cabrera, cura beneficiado del partido de Zapotlán y Xonacatlán, juez eclesiástico del obispado novogalaico y nieto del arquitecto, realizada el 11 de febrero de 1643, se menciona a Martín Casillas como la personalidad que acabó una de las más insignes obras [catedral de Guadalajara], dejándosele a deber una gran suma de dinero, a pesar de la insistencia del rey para que se efectuasen esos pagos al maestro y a sus herederos.
66 Por todo ello, según los últimos documentos indicados, el maestro mayor de la catedral debió morir durante la primera mitad de la década de los 30, pero no se puede precisar por ahora la fecha ni en qué lugar.
Para concluir es de interés realizar varias apreciaciones sobre su producción arquitectónica.
Por un lado, parece incuestionable que la obra de la catedral de Guadalajara fue su gran empresa, pues a ella le dedicó al menos unos treinta años de su vida.
Su cargo como maestro mayor le permitió alcanzar un prestigio profesional aun sin clarificar, pero que es posible intuir por la información que el propio maestro proporciona sobre su grado de cualificación en el ámbito de la arquitectura.
Su hijo Francisco tuvo que adquirir sus conocimientos, pues debió formarse y trabajar con él, además de continuar con algunos de sus encargos, quizás como consecuencia del traslado de Martín Casillas a la capital novohispana, al menos temporal, o bien debido al cargo relevante que ocupaba su padre.
Sin embargo, la falta de documentación, por el momento, que informe de manera detallada sobre qué tipo de trabajo realizó Martín Casillas en los diferentes inmuebles mencionados y en qué partes de los mismos intervino, contribuye al desconocimiento de los rasgos definitorios de su estilo o del modo de proceder en lo arquitectónico, así como de las posibles diferencias o semejanzas con otros maestros a lo largo de sus carreras profesionales.
De ese modo, no es posible precisar un conjunto de peculiaridades que definan su sello 64 Escritura de censo otorgada por don Diego Sánchez Caballero y doña Mariana de Cabrera, Guadalajara, 31 de diciembre de 1635, AHAG, Justicia, Testamentos, caja 3, fs.
ENRIQUE CAMACHO CÁRDENAS personal, ni analizar la evolución de su trabajo a través de otras obras suyas.
Si bien ahora se conoce su participación en otros proyectos en las ciudades de México y Guadalajara, así como su presencia en otros ámbitos de la geografía novohispana, aun no es posible clarificar el verdadero alcance de sus actuaciones. |
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Aquel que domine los mares dominará el mundo, y quien domine el comercio en el mundo gobernará en sus riquezas y, por tanto, en el propio mundo.1
Estas palabras tan clarividentes y materialistas, escritas por ese relevante marino, cosmógrafo y aventurero inglés que fue Sir Walter Raleigh (1554-1618), paradójicamente una de las personas que más empeño puso por encontrar la mítica región de El Dorado al sur del continente americano, son un reflejo fiel de los rápidos y trascendentales cambios que se estaban produciendo en el universo político e intelectual europeo de principios del siglo XVII de resultas del apresamiento de la carraca portuguesa Santa Catarina 2 por el almirante holandés Jacob van Heemskerk (1567-1607).
Tal hecho, que se produjo el 25 de febrero de 1603 en un lugar impreciso de la ruta mercantil lusa que unía Malaca y Goa, en cierto modo resultó legitimado por Hugo Grocio (1583-1645) en un amplio tratado titulado De iure praedae, 3 cuya finalidad era convencer, ante el Tribunal de Presas de Holanda, al poderoso lobby de accionistas mennonitas de la recién fundada Compañía de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie, o VOC) (1602), que dudaban si había que aceptar o no las ganancias obtenidas en este apresamiento (3.389.772 florines de la época), reprobable en opinión de muchos de ellos porque, además de ir en contra de su principal precepto religioso (las acciones violentas eran repudiadas por el conjunto de la comunidad mennonita), posibilitaba que otras potencias marítimas emergentes (Inglaterra sobre todo) efectuaran actos semejantes contra los intereses mercantiles neerlandeses en sus enclaves y factorías en el Brasil, las costas del continente africano y el sudeste asiático.
4 «GOBERNAR EL MUNDO».
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM Sea como fuere, lo cierto es que las principales autoridades holandesas decidieron no difundir De iure praedeae íntegramente, y ello se explica porque cuando este trabajo lo terminó de escribir Grocio, entre 1604 y 1608, algunos plenipotenciarios de Holanda y de la Monarquía Hispánica (Portugal y sus colonias también formaron parte de ella entre 1581 y 1640) tenían ya en mente suspender temporalmente sus viejas hostilidades y asperezas, lo que finalmente se hizo en la ciudad de Amberes el 9 de abril de 1609, y por un periodo de más de una década, hasta 1621.
5 Sin embargo, en la recién fundada editorial Elsevier, de Leiden, se decidió publicar, aunque es cierto que de forma anónima, un capítulo principal del texto mencionado -el XII-, cuyo título completo era Mare liberum sive de iure quod batavis competit ad indicana commercia, dissertatio (1609).
6 Este libro (uno de los escritos fundamentales de la ciencia jurídica internacional, no solo por su propio contenido doctrinal sino por su trascendencia teórica y práctica) cuestionaba el monopolio mercantil obtenido por los portugueses (e indirectamente también el de los españoles, a los que estaban dinásticamente unidos desde el reinado de Felipe II) en las Indias orientales entre finales del siglo XV y principios del XVI gracias al apoyo de la curia papal.
Su publicación motivaría la respuesta tardía pero notable del portugués Serafín de Freitas (1570?-1633) con su De iusto imperio lusitanorum asiatico (1625).
6 Hasta que se editó la segunda edición, en 1618, no apareció el nombre de Hugo Grocio.
Por ejemplo, William Welwood (1613) indicaba que Mare liberum (1609) estaba escrito por un autor «desconocido».
Serafín de Freitas (1625) califica también al autor de Mare liberum de «desconocido» e «incógnito», lo mismo que Juan de Solórzano (1629).
JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES Basta apenas con hojear las páginas de la mencionada obra de Hugo Grocio para apreciar que su postura contraía evidentes deudas con el pensamiento de la segunda escolástica hispana contenido en textos seminales como De Indis et Iure Belli relectiones (1532) de Francisco Vitoria (1483/1486-1546), In regulae Peccatum, de regulis Iuris lib. VI (1554) de Diego de Covarrubias y Leiva (1512-1577), y Controversiarum illustrium aliarumque usu frequentium libri tres (1564) de Fernando Vázquez de Menchaca (1512-1569).
8 El pasivo con estos tres autores -sobre todo con el primero y el último-es notable, pues en De iure praedae se han podido contabilizar 68 referencias a Vitoria y 74 a Menchaca.
9 Es más, Grocio, como los citados Vitoria y Menchaca, compartía admiración por el viejo concepto de libertad que formulase Ulpiano: «mare commune omnium est sicut aer».
Es decir, «el mar pertenece a todo el mundo como el aire».
El principal propósito de este artículo consiste en comprender y entender, en su propio contexto, 10 esta disputa político-intelectual o «gran batalla libresca» (la expresión la hizo célebre hace algo más de cien años el experto en derecho internacional Ernest Nys) en torno al principio de la libertad o del dominio marítimo iniciada en Holanda a principios del siglo XVII y sostenida con cierta viveza y pasión en toda Europa durante la centuria restante y parte de la siguiente.
11 La confrontación de los mencionados trabajos de Hugo Grocio y Serafín de Freitas resulta por tanto ineludible.
Unos datos biográficos sobre ambos autores y sobre el particular y convulso marco histórico en el que se encuadran sus respectivas obras nos permitirán entenderlas mejor.
Serafín de Freitas y Hugo Grocio: vidas distintas pero cruzadas
Al contrario de lo que se suele admitir, el jurisconsulto inglés John Selden (1584-1654), con su Mare clausum (1635), no fue el primer autor ni el único que cuestionó el derecho al libre tránsito y comercio por los mares y océanos del mundo que defendiera el «anónimo» autor de Mare liberum 8 Pagden, 1988.
10 Véanse las todavía originales observaciones de teoría y método formuladas por Skinner, 1969.
Asimismo, resulta obligada la lectura de la compilación de ensayos de Pocock, 2011.
Lesaffer, 2009 (agradezco la referencia a Pablo Fernández Albaladejo).
Una sistemática y notable crítica -no siempre puesta de manifiesto por la historiografía-al trabajo de Grocio, si prescindimos de Minos seu mare tutum (texto incompleto e inédito redactado por el jesuita flamenco Nicolás Bonaert en 1610), y del ya citado An abridgement of all the sea laws (1613), del escocés William Welwood (1566-1624), fue realizada por el portugués Serafín de Freitas en De iusto imperio lusitanorum asiatico (1625).
12 Religioso perteneciente a la Orden de la Merced y profesor de derecho canónico en la Universidad de Valladolid, Freitas publicó este libro, dedicado a Felipe IV, cuando apenas le quedaban ocho años de vida, cuando Portugal y sus posesiones de Ultramar hacía casi medio siglo que estaban siendo gobernadas por los Habsburgo españoles debido a la extinción natural de la dinastía Avís, y cuando dicha agregación territorial estaba siendo más cuestionada que nunca, tanto dentro de la península ibérica como fuera de ella.
13 Ante la imposibilidad de hallar documentos sobre el nacimiento de Serafín de Freitas (la parroquia en la que fue bautizado sufrió graves e irreparables daños tras el terremoto de Lisboa de 1755), todavía resultan válidos los datos biográficos sobre sus orígenes proporcionados hace algún tiempo 12 Nussbaum, 1949, 359-463 (este trabajo incluye unas «adiciones sobre Historia de la doctrina hispánica de Derecho Internacional» a cargo de Luis García Arias).
13 La bibliografía sobre la agregación de la Corona de Portugal a la Monarquía Hispánica ya es prolija.
La importante dimensión colonial de la Unión de Coronas, menos atendida por algunos de los investigadores citados, se aborda en Subrahmanyam, 1999; Veen, 2000; Valladares, 2001; Gruzinski, 2004; Ramada Curto, 2009; Martínez Shaw y Martínez Torres, 2014; Elliott, 2015 (agradezco al En Valladolid, capital política de la Monarquía Hispánica durante algo más de un lustro (entre 1601 y 1606) y residencia de algunas de sus principales casas nobiliarias, fue respetado su buen hacer jurídico, dejando escritas un total de 19 «alegaciones» en materia de derecho canónico.
15 Según parece también, y pese a que es cierto que Freitas nunca disfrazó sus simpatías hacia las ideas independentistas que representaban sus amigos el arzobispo de Lisboa don Rodrigo de Cunha y Silva (1577-1643) y el entonces VIII duque de Bragança, don João (rey de Portugal entre 1640 y 1645), Felipe IV quiso concederle un destacado obispado para atraerlo a su causa, cargo que finalmente no aceptó alegando no encontrarse bien de salud.
Aquejado de una fuerte sordera y de achaques propios de la vejez, decidió abandonar la docencia universitaria en la década de los veinte, muriendo en Valladolid el 11 de junio de 1633.
Si comparamos la poco conocida biografía de Serafín de Freitas con la divulgada de Hugo Grocio,16 su antagonista en materia doctrinal, comprobaremos que mientras que Freitas escribía en su madurez y como fruto del aprendizaje y práctica de la regulación jurídica de la Iglesia católica, 14 Miaja, 1932-1933, 174-176.
El más completo estudio biográfico sobre Serafín de Freitas es el que proporciona Placer López, 1956, que incluye un apéndice final con toda su obra doctrinal y poética.
16 Los libros sobre la vida y obra de Hugo Grocio son abundantes (véase asimismo: Edwards, 1981.
Un clásico e informativo trabajo es el de Levesque de Burigny, 1752.
El mejor y más completo trabajo es el de Ittersum, 2006, que he seguido en todo este punto.
Hugo Grocio, nacido en Delft el 17 de abril de 1583, ya lo hacía más que solventemente en su infancia.
Con tan solo 11 años comenzó sus estudios de leyes en la Universidad de Leiden, ejerciendo de letrado en La Haya en 1599, y ya como fiscal general de toda Holanda en 1607.
Igual que Michel de Montaigne (1533-1592) o Tycho Brahe (1546-1601), Grocio también fue un niño prodigio, pues además de conocer profundamente el derecho romano, tenía vastos conocimientos de matemáticas, teología, astrología, historia y poética.
A finales del siglo XVI, nada más acabar derecho en Leiden, Grocio entra de lleno en la vida pública de su patria, formando parte de una misión diplomática encabezada por el estatúder Justino de Nassau (1559?-1631) y el consejero político Johan van Oldenbarnevelt (1547-1619), cuyo fin era confirmar una alianza holandesa con Enrique IV de Francia (1589-1610).17 Tal maniobra finalmente no se llevó a cabo, pero le sirvió a Grocio para alcanzar en 1613 la dignidad de procurador de la ciudad de Rotterdam.
Caído en desgracia en 1619 por sus fuertes convicciones liberales (se oponía tanto a la ortodoxia calvinista como a la de la Casa de Orange), fue condenado a cadena perpetua y a la confiscación de todos sus bienes materiales.
En prisión permaneció dos años, lo que le sirvió para leer y escribir con verdadera voracidad e incontinencia.
En 1621, con la ayuda de su mujer, María van Reigersberg, se fugó pintorescamente (escondido en un gran cofre que solía contener ropa sucia y libros) de la cárcel para instalarse en Francia, donde fue protegido del rey Luis XIII hasta 1631.
Ese mismo año decidió regresar a Holanda, pero tuvo que huir un año después a Hamburgo y Estocolmo.
En la corte de la reina Cristina de Suecia, donde también encontró acomodo el matemático y filósofo René Descartes (1596-1650), se le reconoció su extraordinaria valía como jurista y diplomático y se le nombró, en 1635, embajador ante Francia, cargo que ocupó hasta 1645, cuando inesperadamente falleció en Rostock de regreso de una misión diplomática.
Grocio fue para Holanda lo que más tarde John Locke (1632-1704) sería para Inglaterra, el más influyente pensador y polemista de su tiempo.
Aunque se consideraba teólogo, filósofo, historiador y poeta (por este orden), su implicación en cuestiones legales estaba marcada no solamente por la tradición europea del estudio del derecho romano, sino también por los debates humanistas sobre filosofía moral y política.
La rivalidad ibero-holandesa en la Indias orientales
Durante buena parte del tiempo en que escribieron y publicaron Grocio y Freitas sus mencionadas y opuestas obras, entre 1604 y 1625 respectivamente, los holandeses y los ibéricos fueron enemigos declarados.
Obviamente la rivalidad que mantuvieron por el control político y mercantil de las Indias orientales también fomentó esta disputa intelectual, cuya raíz se encuentra en la larga y sangrante guerra por la independencia de la Monarquía Hispánica que mantenían las 17 provincias de los Países Bajos desde hacía algo más de tres décadas.
Desde 1595 (salida del puerto de Amsterdam de las primeras flotas mercantiles con rumbo a las islas Molucas) hasta 1640 (separación de Portugal de España), los choques entre los holandeses y los ibéricos fueron recurrentes en las posesiones hispano-portuguesas de Asia, codiciadas por la riqueza de sus principales materias primas (pimienta, nuez moscada, clavo y sándalo fundamentalmente).
19 Pero no todo fue guerra.
Hubo momentos de declarado alto el fuego como la aludida Paz de Amberes (1609-1621), que resultó ser un fracaso para la Monarquía Hispánica, pues sirvió para que los holandeses rearmaran su ya de por sí poderosa flota naval (desde 1571 disponían de unas 232.000 toneladas frente a las 300.000 que poseían en conjunto España y Portugal) gracias a las ganancias obtenidas con un tráfico de contrabando realizado no pocas veces con la connivencia escandalosa de autoridades españolas y portuguesas.
20 Hay que indicar, asimismo, que este armisticio no resultó ser ningún impedimento para que los marinos holandeses siguieran con sus tratos mercantiles en las Indias orientales.
Al contrario, los intercambios fueron en aumento gracias a una hábil política de pactos y alianzas con las autoridades autóctonas de los principales lugares de donde los bátavos extraían la canela (Ceilán), la pimienta (Java y Sumatra), la nuez moscada, el sándalo (Banda) y el clavo (Amboina).
La dificultad de defender los intereses de la Monarquía Hispánica en tan lejanos y dispersos territorios planteó incluso la posibilidad de «trocar» las levantiscas y costosas Provincias Unidas por los lucrativos territorios de las Indias orientales.
Felipe III de España (II de Portugal) no solo sería el «rey de la plata», sino un verdadero monarca «especiero» con «señorío y dominio de toda «GOBERNAR EL MUNDO».
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM la Mar del Sur», lo que no habían conseguido nunca el emperador Carlos V ni Felipe II.
21 Esta difícil convivencia entre los marinos holandeses y los vasallos de la Monarquía Hispánica en el sudeste asiático se fue agravando aun más si cabe con la fundación, en 1602, de la mencionada VOC y, en 1621, con el nacimiento de la Compañía de las Indias Occidentales (West Indische Compagnie, o WIC).
El área de competencia de Holanda con la Monarquía JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES Hispánica para contrarrestar su monopolio mercantil abarcaba así el suroeste de la India, las islas Molucas, Macao, Filipinas, el Brasil, la desembocadura del Río de la Plata y el continente africano en todo su perímetro.
22 El ataque a las fortificaciones ibéricas de Ultramar y el asalto a sus navíos, cargados de ricas, necesarias y exóticas mercancías, fue una imagen cotidiana en el primer tercio del XVII.
La literatura y la pintura dan buena fe de ello.
Estos enfrentamientos fueron lo más parecido a una guerra «mundial» o «global», probablemente la primera en la historia.
En 1606 y 1623, por ejemplo, los productos que acostumbraban a traer a Europa los galeones portugueses de la Carreira da Índia no llegaron a descargarse en Lisboa debido a que su puerto y el de Goa, vinculados desde que llegaran a estas latitudes Vasco de Gama (1460-1529), Fernando de Magallanes (1480-1521) y Juan Sebastián Elcano (1476-1526), se encontraban cercados por navíos neerlandeses de gran tonelaje y extraordinaria potencia artillera.
De todo el periodo que la Corona de Portugal y sus colonias permanecieron unidas a la Monarquía Hispánica, el arco cronológico comprendido entre 1629 y 1636 resultó ser extraordinariamente convulso para los lusos que estaban asentados en las poblaciones del océano Índico, sobre todo en las aguas del estrecho de Malaca y en la costa Malabar, pues cerca de 150 de sus barcos (algo más de la mitad de la flota mercante que tenía en estos momentos) fueron asaltados y destruidos por los marinos bátavos.
23 La peligrosidad que aquí estamos mencionando tuvo su reflejo en el descenso del tráfico comercial luso-indio, extraordinariamente patente entre 1630 y 1640, y no a partir de 1590 como se tenía admitido.
24 Para una serie de recientes investigaciones no existen dudas: la decadencia de la Carreira da Índia comienza en 1636, momento en el que la VOC empieza a realizar una serie de calculados bloqueos marítimos contra Goa, la «llave de toda la India» en célebre expresión de la época.
25 Evidentemente que no hay que subestimar los perniciosos efectos que tuvo el corso holandés en el declive de la Carreira, pero lo cierto es que entre 1595 y 1625 (primeros avistamientos de naves holandesas en el Estado da Índia y publicación de las obras de Hugo Grocio y Serafín de Freitas) las pérdidas de naves portuguesas por la impericia de los pilotos y por el imponderable climático fueron más, en términos absolutos y relativos, que las producidas por los «GOBERNAR EL MUNDO».
Sin embargo, uno de los asaltos corsarios que más trascendencia tuvieron en estas fechas fue, desde la óptica que imprime la historia político-intelectual europea, y como ha quedado subrayado al principio de este trabajo, la captura holandesa en 1603 de la nave portuguesa Santa Catarina, legitimada unos pocos años después por Hugo Grocio en Mare liberum.
No resulta difícil imaginar la conmoción que, a principios del siglo XVII, pudo llegar a ocasionar la publicación del Mare liberum de Grocio entre las autoridades de España y Portugal, unidas durante algo más de medio siglo, y con asentamientos y factorías mercantiles en las «cuatro partes del mundo» conocido en esos momentos.
El impacto del pensador holandés en la península ibérica resultó considerable.
En cierto modo lo demuestra el hecho de que tan solo tres años después de su salida de la imprenta, en 1612, Mare liberum fuera incluido en el Index librorum prohibitorum et derogatorum de la Inquisición española.
En Portugal habrá que esperar un poco más, hasta 1624, para que el conjunto de la producción grociana publicada hasta esa fecha (un total de 14 obras entre textos históricos, de derecho y piezas de teatro fundamentalmente) sea anatemizada por la parte más reaccionaria y combativa de la Iglesia católica.26 ¿Qué explica esta animadversión de las principales autoridades del sur de Europa por el autor de Mare liberum?
Obviamente su cuestionamiento al «legítimo» reparto y explotación del mundo que, con el apoyo de la cancillería papal, habían realizado los soberanos de España y Portugal amparándose en los célebres y controvertidos tratados de Alcaçovas (1479), Tordesillas (1494) y Zaragoza (1529).
Para Grocio no había dudas posibles: «una cosa era poseer algo y otra muy distinta era tener derecho para poseerla».
¿Es lícito -se preguntaba el jurista de Delft-entregar a dos pueblos casi los dos tercios del mundo?
Este sin duda era el nudo que Hugo Grocio estaba dispuesto a desatar con sólidos argumentos, distintos sin duda a los manejados por Serafín de Freitas en De iusto imperio lusitanorum asiatico, uno de su principales rivales en materia doctrinal como ahora sabemos.
27 JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES Comenzando por el principio, por la estricta declaración de intenciones de Mare liberum, Grocio negaba con rotundidad y vehemencia cualquier tipo de derecho de Portugal y España en las Indias orientales conferido en base a los supuestos de «descubrimiento» (capítulos V y IX), «concesión papal» (capítulo VI) y «prescripción» (capítulos VII y XI).
Su disertatio demostraba, según el ius gentium y el ius communicationis formulado por Francisco de Vitoria, que cualquier pueblo, no solo el holandés, podía navegar y comerciar libremente en aguas asiáticas.
Nadie, ningún príncipe de la cristiandad -incluido el sumo pontífice-, podía prohibir el legítimo acceso de los mercaderes neerlandeses a las Indias orientales, objetivo preferencial de sus intereses económicos.
Tal declaración de principios, fundamentada en el citado derecho de gentes y en el de comunicación, partía además de una inmutable razón: «todas las gentes pueden relacionarse y negociar entre sí».
28 Actualmente estos supuestos histórico-legales son ampliamente admitidos, pero en el pasado no estaba tan claro.
El mismo Grocio constituye un ejemplo.
Si a principios del siglo XVII defendía para Holanda y otras repúblicas y monarquías el derecho a navegar y comerciar libremente en los mares y océanos donde tradicionalmente venían haciéndolo los ibéricos, poco antes de morir en 1645 redactó informes en los que solicitaba para Suecia el monopolio mercantil en el Mar del Norte.
Serafín de Freitas, desconociendo la identidad del autor que pretende refutar pero no su nacionalidad (repetitivamente Grocio es llamado el «desconocido», el «incógnito»), desde el inicio de su De iusto imperio lusitanorum asiatico señala también las razones de fondo que le han llevado a escribir su trabajo.
Sus palabras, como su estilo, son menos precisas que las de Hugo Grocio.
Sin embargo, también merecen destacarse por su contundencia:
Los holandeses, que ya se habían sustraído a la fidelidad y obediencia debidas a su propio y natural Señor, so pretexto de su rebelión, comenzaron a perturbar con hechos el derecho correspondiente a los portugueses en los emporios de Indias y su imperio; y al ser rechazados repetidas veces por los nuestros, un desconocido apela de las armas al derecho en nombre de sus coterráneos (sic), y en un libro, al cual puso por nombre Mare liberum, ejercita su ingenio llamando a los españoles partidores y usurpadores del océano, si bien dirige sus tiros principalmente a menoscabar y destruir el derecho de Portugal de navegar con rumbo al Asia y comerciar con sus indígenas.
Frecuentemente se las echa de vencedor, aunque conculca sin miramientos todos los fundamentos del derecho, que a su antojo muda y trastueca sin dejar verde ni seco, y «GOBERNAR EL MUNDO».
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM en lo único que le hallo digno de alabanza es en no haber osado revelar su nombre, temiendo acaso que al ser tomado en tan torcidas interpretaciones y tantas imposturas, lejos de merecer premio y gloria habría de sufrir vituperios.
29 Prácticamente todo el contenido de la obra de Serafín de Freitas se corresponde exactamente con el ya citado Mare liberum de Hugo Grocio.
Las 18 partes que componen De iusto imperio lusitanorum asiatico 30 siguen casi al pie de la letra los 13 apartados en que divide Hugo Grocio su trabajo.
No obstante, su refutación la hace de acuerdo a dos peculiares características: a) Método analítico extensivo.
Freitas en ningún momento considera en su conjunto la tesis de Hugo Grocio favorable a la libertad de navegar y comerciar en los mares y océanos de las Indias orientales, sino que su método de análisis consiste en examinar uno a uno todos los argumentos y citas de los que se sirve Grocio para sostener su tesis.
La utilización de este método dota a su obra de una gran extensión (casi cuatro veces más amplia que Mare liberum) y complejidad.
b) Utilización de toda clase de fuentes, pero preferencia por las de derecho canónico.
Esto era algo natural entre los jurisconsultos de la época.
31 Grocio hace lo mismo que Freitas en Mare liberum, y todavía con mucho más en detalle en De iura praedae, que como sabemos era el texto matriz.
Sin embargo, Freitas, probablemente por su formación canonista, hace un uso desproporcionado del derecho canónico en De iusto imperio lusitanorum asiatico, lo que explica las largas y farragosas digresiones (él mismo reconoce que pueden ser «pesadas» para un lector no especializado) para rebatir las interpretaciones dadas a algunas leyes por Grocio, que según el mercedario portugués «juzga de manera equivocada».
Sus palabras preliminares ilustran magníficamente este último aspecto: Enseña nuestro Incógnito que puede promover la acción de injurias aquel a quien se vedare pescar en el mar, o delante de mi casa; invocando para ello el si quis me de injuriis en la Ley de injuriis, que contiene un dicho de Ulpiano, pero bonitamente se calla lo que el mismo Ulpiano enseña a propósito del arrendador público, respecto del cual establece regla contraria.
Enseñó el jurisconsulto Paulo en la Ley sane contenida en el título De injuriis, que a quien tiene propio derecho sobre el mar compete el interdicto uti possidetis, si se viese perturbado en su ejercicio; pero nuestro autor trocó la 29 Freitas, 1925 [1625], 19.
30 Los capítulos XV, XVI, XVII y XVIII dejan un poco de lado la polémica con Grocio y se intitulan: «De la fidelidad y verdad de los portugueses», «De las riquezas de los portugueses antes de que navegaran a Indias», «Del lucro que reporta a los portugueses el comercio índico» y «De la religión de los portugueses en la India oriental», respectivamente.
JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES palabra maris por el vocablo divertículo, y así esquivó la dificultad.
Por añadidura solo admite los Doctores, cuyos dichos, a lo menos como él los interpreta, le favorecen, y tacha a los demás de aduladores, y con estas y otras semejantes ventajas provoca confiadamente a juicio.
32 No tenemos constancia de que Hugo Grocio respondiera a estas acusaciones de manipulación por parte de Serafín de Freitas, pues por esas fechas se encontraba exiliado en Francia y ocupado en intereses diferentes.
33 Todo lo cual no significa que no conociera la obra del publicista y religioso portugués.
Así, en la informativa correspondencia que mantuvo con su hermano, Grocio constata, con errores de fecha y lugar probablemente, la existencia, en abril de 1617, de una refutación a su Mare liberum escrita en Salamanca.
Es más, en otra carta de febrero de 1627 Grocio anotaba haber leído una obra llamada De iusto imperio lusitanorum asiático.
34 Ya se ha dicho que el objetivo de Freitas era rebatir los argumentos de Grocio sobre el hecho de que los mares y océanos que había en el continente asiático no podían ser objeto de propiedad del rey de España y Portugal por derecho de «descubrimiento», «concesión papal» y «prescripción».
La propia naturaleza del agua se resistía a esto.
Parafraseando las palabras de Freitas, el océano «era tan ilimitado» que nadie podía poseerlo.
35 Esta imposibilidad natural también se extendía a la tierra, y más en concreto a todo el conjunto de posesiones portuguesas «descubiertas» en Ultramar desde los tiempos del infante Enrique (1394-1460) y el rey Manuel I (1495-1521).
Todas ellas contenían inmensos desiertos, montañas, bosques, ríos, arroyos y lagos que no podían ser divididos por ningún hombre, ni siquiera por el papa.
Ahora bien, a la tesis grociana del derecho a beber agua por ser necesario a la supervivencia humana como el aire que se respira, Freitas replicaba que no era lo mismo que «el derecho a pescar o comerciar».
36 Los holandeses podían beber todo el agua del océano Índico y los mares adyacentes si querían hasta terminar por hartarse, pero lo que no podían hacer era comerciar y sacar provecho de «los trabajos, los sacrificios, la sangre y la vida de otros».
37 Esta «oportunista» capacidad de los holandeses de meterse entre los resquicios del imperio de los ibéricos, pero sobre todo su «deslealtad» 32 Freitas, 1925 [1625], 8.
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM para con su legítimo y «propio rey», era lo que más molestaba a Freitas del autor de Mare liberum.
«No se ha de tomar venganza contra los padres ni contra la Patria, a quienes, después de Dios, debemos la vida, la índole y la educación», señalaba el mercedario portugués.
Y tanto menos -insistía en este punto-contra el régimen de los reyes de España, que «tiene más de paternal que de señorial, como es notorio hasta a los extranjeros».
38 Pese a las críticas de «oportunismo» y «deslealtad» para con aquellos holandeses que habían decidido desplazarse hasta las poblaciones de las Indias orientales con el fin de efectuar sus «pérfidas» negociaciones mercantiles, Serafín de Freitas aceptaba, al igual que Hugo Grocio, que tanto el derecho de navegar como el de comerciar que les amparaban fueran parte del derecho de gentes, pero no los consideraba derechos primarios, ilimitables.
39 Según Freitas, navegar y comerciar eran derechos propios de la «naturaleza caída», que no existían en el «estado natural», y por eso mismo podían ser regulados por el derecho positivo o la ley escrita que tenía cada república o monarquía en particular.
40 La complejidad de su pensamiento en este apartado en concreto es harto considerable, pues en otras secciones de su obra habla de la existencia de una «dualidad» que es fruto de dos estados de naturaleza humana, el de «naturaleza íntegra» y el de «naturaleza corrupta».
El comercio obviamente pertenecía a esa segunda naturaleza -la corrupta-, y los holandeses («una raza dañina» en opinión de Serafín de Freitas), con el uso de tales prácticas y abusos parecía que habían «nacido para saquear a otras naciones».
41 Había muchos ejemplos de las «malas artes» realizadas en los tratos por los mercaderes holandeses, pero era ilustrativo el que proporcionaba la Historia de Etiopía Oriental.
Según glosaba Freitas, dos naves holandesas que habían llegado a Java en 1600 para aprovisionarse de mercancías (nuez moscada probablemente) pagaron sus intercambios con monedas de cobre «artificiosamente plateadas».
Descubierto el engaño, los responsables pagaron con el castigo y la cárcel, y «a duras penas pudieron lograr de los javaneses que esperasen a que llegara otra expedición de holandeses, quienes les pagarían en buena moneda a su satisfacción».
39 A diferencia de Grocio, Vitoria y Menchaca, Freitas no era partidario de dividir el «derecho de gentes» en dos: el «derecho de gentes primario», aplicación de la ley natural a las relaciones internacionales, y el «derecho de gentes secundario», nacido de los usos y las costumbres.
Sobre todo ello informan en detalle: Carro, 1944.
JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES Hugo Grocio, que profesaba una religión distinta a la de Serafín de Freitas, lógicamente no le otorgaba ninguna validez a la donación papal de la Indias orientales a los reyes de Portugal y España.
43 Para Grocio «nadie es dueño de lo que ni él ni otro en su nombre poseyó».
Los territorios asiáticos que, según argüían los publicistas y cronistas portugueses, eran suyos por «descubrimiento» y «ocupación», tenían y «siempre tuvieron sus reyes, su estado, sus leyes y sus derechos».
El comercio era una «concesión» de sus autoridades para con los mercaderes lusos como lo probaba el hecho de «que pagan tributos y pedían [a sus príncipes asiáticos] el derecho de comerciar».
44 Todo lo cual atestiguaba que los portugueses venían como «extranjeros» y no habitaban en esas tierras sino por permiso.
Esta ausencia de derecho de dominio por título de descubrimiento también la corroboraba el Digesto (41,2,3), que solo otorgaba «derechos sobre aquellas cosas que antes del descubrimiento eran res nullius».
45 Y este precisamente no era el caso de los pueblos que había antes de que llegaran los marinos y soldados lusos a las Indias orientales.
Indudablemente, sentenciaba Grocio, todos eran «idólatras envueltos en graves pecados», pero tenían «dominio público y privado de sus cosas y territorios, lo cual sin justa causa no se les podía quitar».
Santo Tomás de Aquino (1224 o 1225-1274), Francisco de Vitoria y Fernando Vázquez de Menchaca ya lo habían dicho antes mucho mejor: «no pueden los cristianos seglares ni los eclesiásticos privar a los infieles del poder civil y de la soberanía solamente porque son infieles».
El quitarles las propiedades que poseían, recalcaba Grocio, era un robo no menor que si se hiciese entre cristianos.
46 La propiedad de los mares de las Indias orientales que Freitas reclamaba para Felipe IV de España (III de Portugal), aludiendo al derecho de «descubrimiento», a la ocupación y a «los trabajos, los sacrificios, la sangre y la vida» dada por tantos portugueses y españoles, en cierto modo se supeditada a una interesante interpretación -y esto quizás sea lo más novedoso de su trabajo-de las bulas papales de donación del mundo, que en cierta medida le distancia de las posturas defendidas unos años antes por relevantes colegas suyos como los mencionados Vitoria y Menchaca.
El papado, según opinaba Freitas, no podía conceder a los portugueses ni a los españoles ni a otras «naciones católicas» el derecho «de navegar y viajar a 43 Grocio, 1979 [1609], 69-77.
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM las Indias» de manera metapositiva, in abstracto.
47 En cambio la Iglesia, la reunión de todos los fieles en el sentido etimológico del término, sí tenía, y el papa en particular, como vicario de Dios en la tierra, la auctoritas suficiente para otorgar a un monarca el derecho exclusivo de evangelizar, lo que indirectamente conllevaba la misión de comerciar y conquistar sin límites ningunos.
Nicolás V (1447-1455), Calixto III (1455-1458) y Alejandro VI (1492-1503) lo habían corroborado así en sus oportunas bulas, pues «jamás concedieron a secas y por sí solos a los portugueses [y a los españoles] los derechos de navegar y comerciar con los indios, sino que lo hicieron por vía de corolario y compensación del derecho más importante y capital de enviar predicadores y convertir infieles».
48 La fórmula que se repetía desde mediados del siglo XV en todas la bulas y cédulas emitidas desde Roma así lo atestiguaba: los soberanos católicos «prestarían un singular obsequio a Dios si con su trabajo e industria lograban hacer navegable el mar que conduce hasta los Indios».
49 Pese al agotamiento sufrido por la autoridad papal desde mediados del siglo XVI, portugueses y españoles obtenían así un vínculo histórico con el imperio como segunda espada de la cristiandad que pocos soberanos de Europa, hasta bien avanzado el siglo XVIII se atrevieron a disociar.
50 El derecho de prescripción era el tercer y último punto que Hugo Grocio estaba dispuesto a cuestionar al soberano de España y Portugal para acabar definitivamente con su «legítimo» monopolio mercantil en las Indias orientales.
La prescripción, señalaba Grocio, era propia del derecho civil, por lo cual no tenía ningún tipo de cabida entre reyes o pueblos libres como Holanda.
51 Y menos aun donde el derecho civil y el de gentes convivían, pues siempre prevalecía el segundo frente al primero.
El ya mencionado Digesto lo había remarcado bien: las «cosas públicas», aquellas que pertenecían a un pueblo, como el mar, no podían ser adquiridas apelando a una dudosa posesión acreditaba por el transcurso de los años.
52 Desde la más temprana ocupación de la tierra, así como los pueblos tenían el derecho de cazar, también tenían el derecho de pescar en su propio río, señalaba Grocio.
53 Ibidem, 121, 133-138 JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES Este sin lugar a dudas era el flanco más débil de toda la disputa de Freitas contra Grocio por la libertad y el derecho de navegar y comerciar en las Indias orientales, y precisamente por ello prefirió solucionarla de una manera autoritaria y mucho menos dialogante.
Es decir, otorgando en dicha disputa el máximo poder a la autoridad real.
Según Freitas, «cuantos doctores exigen prescripción inmemorial para adquirir el mar suponen que el soberano goza de igual derecho» que todos los hombres.
Sin embargo, «esto no es aplicable a los soberanos que no están sometidos al emperador u otro príncipe temporal, pudiendo afirmar por tanto que cuando uno de tales soberanos se apropia y vindica para sí le basta la ocupación previa y su determinación».
En la particular refutación de Serafín de Freitas a la tesis de Hugo Grocio sobre el derecho de todos los pueblos al libre navegar y comerciar por los mares y océanos de las Indias orientales pesó mucho su formación de canonista, y desde ese campo del saber poco se podía hacer para frenar la deriva comercial a la que se veían obligadas y arrastradas las repúblicas (Holanda) y monarquías (Inglaterra) más punteras de este momento.
El «dominio de los mares» -así lo refleja la cita de Walter Raleigh que abre este trabajo-era la almendra o clave de bóveda para dominar el comercio, obtener riqueza y ponerse a la cabeza del mundo.
España y Portugal, unidas durante algo más de medio siglo gracias a una mezcla de azar, conquista y realpolitik, pero actuando ante los ataques holandeses e ingleses en sus posesiones de Asia como si fueran «siameses unidos por la espalda», decidieron reafirmarse en su tradición de pensamiento «político propio» y hacer oídos sordos a los buenos y sabios consejos que en la dirección apuntada por Raleigh les proporcionaban competentes y leales súbditos como Diego Sarmiento y Acuña (1567-1626), primer conde de Gondomar y embajador de España en Inglaterra entre 1613 y 1622.
Para Diego Sarmiento y Acuña, testigo de los cambios que se estaban produciendo en la Inglaterra de Jacobo I, no había alternativa posible: «quien es hoy señor del mar también lo es de la tierra», subrayaba en 1616 en una importante carta a Felipe III de España (II de Portugal).
La expresión «siameses unidos por la espalda» la he tomado prestada de la reseña que Pablo Fernández Albaladejo realizó del libro de Jean-Frédéric Schaub Le Portugal au temps du comte-duc d'Olivares (2001) para Revista de Libros, 67-68, julio-agosto 2002.
LA POLÉMICA MARE LIBERUM VERSUS MARE CLAUSUM La huella intelectual de Serafín de Freitas fue muy distinta, y la podemos encontrar, aunque con importantes matices de método y presentación, en autores contemporáneos suyos como Juan de Solórzano y Pereira (1575-1654), cuyo célebre tratado De indiarum iure (1629) es la primera tentativa de exposición jurídica de conjunto sobre las razones de la presencia de los españoles en los territorios americanos.
O en Domingos Antunes Portugal, autor algo posterior a Solórzano, pero que, con su Tractatus de donationibus iurium et bonorum regiae coronae (1673-1675), al igual que Freitas y otros autores en esta línea argumental, como Camilo Borrell, Benito Gil y Pedro Calixto Ramírez (1556-1627), daba total validez jurídica y moral a las donaciones papales de los territorios de América y Asia a los reyes de España y Portugal.
56 Tales publicistas demuestran una lógica continuidad de pensamiento, distinta a la que otros destacados colegas y compatriotas estaban produciendo en sus territorios de origen y en el resto de Europa.
El segundo tercio del siglo XVIII será un momento dulce para reverdecer las posturas tradicionales de este pensamiento «político propio» sobre la cuestión del derecho de propiedad del mar con obras como las de Pedro José Pérez Valiente (Dissertatio político-juridica de maris imperio, 1744), Ignacio José de Ortega y Cotes (Questiones del Derecho público en interpretación de los tratados de paces, 1747), Ramón Lázaro Dou (De Dominio Maris, 1765) y José de Olmeda y León (Elementos de Derecho público de la paz y de la guerra, 1771).
57 Aunque sin duda es cierto que la obra de Serafín de Freitas no tiene el peso ni la proyección político-intelectual de la de Hugo Grocio, sus argumentaciones sobre el poder del papa representan un punto remarcable, concordante también, como se ha mencionado, con esta cultura de pensamiento «político propio» que generó la monarquía de España durante los siglos XVI y XVII.
Ocupándose del importante momento transicional de «crisis de la conciencia europea», véase Martín Marcos, Iñurritegui y Cardim, 2015. |
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Que la venalidad de cargos para servir en Indias alcanzó unas cotas inusitadas durante el período de valimiento del conde-duque de Olivares es algo que conocemos sobradamente merced a estudios generales como los de Tomás y Valiente 1 y, últimamente, al detallado trabajo de Ángel Sanz Tapia sobre la evolución y cuantificación de las ventas de cargos de hacienda a lo largo de toda la centuria barroca.
2 Precisamente este último autor ha demostrado que, junto a la gran almoneda de todo tipo de cargos para ejercer en América que tuvo lugar a partir del año 1674, el período de Olivares fue, con diferencia, una de las etapas venales más álgidas de todo el siglo XVII.
Su análisis cuantitativo, tanto del volumen de provisiones por dinero como de las sumas obtenidas por este medio, revela la existencia de una dinámica venal intensa de la que aun restan numerosos aspectos que estudiar para dar respuesta a interrogantes esenciales sobre los procesos enajenatorios en un contexto político en el que las denominadas «urgencias de la guerra» justificaban casi todo.
Incluso, que sobre la mesa del Consejo de Indias se planteara la posibilidad de que a ese mercado se pudieran incorporar las magistraturas de justicia, algo que siempre se había considerado como inalienable pues la justicia del rey jamás debía verse «manchada» por semejante proceder.
3 Habría pues que esperar hasta el año 1683 4 para que las plazas de oidores y alcaldes del crimen de las audiencias americanas entrasen a ser una pieza más de la fabulosa bolsa de dinero que representó para la hacienda de Madrid la provisión de cargos de la administración americana en sus cuatro ámbitos principales: hacienda, gobierno, justicia y guerra.
5 Sin embargo, de la almoneda de cargos para ejercer en América que tuvo lugar en la corte, y más concretamente en el Consejo de Indias, tenemos hasta hora tan pocos datos como numerosas interrogantes.
Desde una perspectiva historiográfica que trata de salir del marco cuantitativo, se trataría de dar respuestas a problemas esenciales como son conocer las razones de esa intensificación de ventas que tuvo lugar durante el valimiento de Olivares, acercarnos a la totalidad del «mercado», explicar cuáles fueron las atribuciones de los agentes del rey encargados de las ventas y, por último, aportar una primera aproximación a la aplicación del dinero recaudado.
2 Es obligada la referencia también al clásico trabajo de Burkholder y Chandler, 1984.
5 A partir de entonces las ventas alcanzarían a la práctica totalidad de la administración indiana.
Tras las múltiples referencias de Schäfer, la obra de Parry fue la primera que llamó la atención sobre la existencia de procesos venales en Indias, 6 pero sin duda fue Tomás Valiente quien planteó las líneas principales que habían de seguir las posteriores investigaciones sobre el tema al señalar la importancia de la patrimonialización de oficios en la estructura políticoadministrativa americana.
7 Aquellas obras pioneras, abrieron una senda de investigación en la que después han profundizado las obras de Burkholder y Chandler, 8 Sanz Tapia, 9 Keneth 10 y las aportaciones de otros investigadores como Muro Romero y Román.
11 No obstante, lejos de ser un tema agotado, nuevos datos nos ayudan a entender mejor el complejo proceso de implantación del aparato burocrático en la América hispana.
Las vías de venta: Consejo, Juntas y comisiones
Aunque se ha afirmado que las ventas de oficios de hacienda durante el período de Olivares no se efectuaron a través del Consejo de Indias sino por medio de juntas especiales, tales como la Junta de Vestir la Casa o la Junta de Coroneles, lo cierto es que la importancia de estas últimas en los procesos venales de esta etapa fue muy exigua en relación con los cargos que se tramitaron, no tanto por el Consejo como por algunos de sus consejeros y, en especial, por el conde de Castrillo, García de Haro Avellaneda, presidente del Consejo de Indias entre noviembre de 1632 y el año 1653.
El Consejo de Indias benefició directamente cargos de América, pero el mayor volumen de operaciones y negociaciones se desarrolló por medio de una serie comisarios encargados directamente por el rey -o probablemente por el conde-duque de Olivares-para que procedieran a enajenar toda una serie de «productos», entre los cuales destacaron por su volumen los puestos de contador, tesorero, veedor y factor de las cajas reales de la hacienda americana, así como las plazas de contadores de los Tribunales Mayores de Cuentas, aunque, como veremos, ni fueron los únicos ni los de más alta cotización.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ Es más, tanto el Consejo como esos comisionados no solo beneficiaron oficios de Indias sino una serie de «efectos» que venían a configurar todo un conjunto de ingresos extraordinarios que tuvieron como destino la tesorería -receptoría-del Consejo de Indias, aunque en cuentas separadas, una del propio Consejo y las demás con lo beneficiado por cada uno de los comisionados.
Por tanto, funcionaron al mismo tiempo varias vías de enajenación de cargos y otros efectos de Indias.
De una parte la del Consejo de Indias, de otra la de los distintos comisarios regios con poderes especiales.
Para nutrir las arcas de la tesorería del Consejo de Indias, de las cuales se pagaban desde salarios de los propios ministros y personal del Consejo hasta ayudas de costa pasando por limosnas para obras pías y otra serie de gastos de esta institución, el consejero y presidente de la Casa de Contratación entre 1635 y 1637, Pedro de Vivanco, se ocupó de vender toda clase de efectos y actuó en paralelo a los demás comisionados que enajenaban «productos» similares.
12 Aparte de los gastos propios del Consejo, de lo que recaudaba se aplicaban algunas cantidades a fines específicos, relacionados tanto con la guerra como con el gasto cortesano.
13 Las cuentas de lo que corrió por su mano entre 1633 y 1639 son harto elocuentes para analizar la financiación del propio Consejo de Indias: oficios de hacienda de las cajas reales americanas, de los tribunales de cuentas, naturalezas de Indias, licencias de navíos para navegar en la Carrera, 14 cargos de la propia Casa de Contratación, prórrogas de encomiendas, e incluso el importe de algunas multas, caso de la de un oidor que había casado sin licencia real.
15 A lo largo del período de Olivares hubo, como mínimo, tres comisiones -más la mencionada de Pedro de Vivanco y lo que vendió la Junta de Vestir la Casa-para enajenar cargos de América, si bien dos de ellas las podríamos considerar como menores en relación con la gran empresa que asumió el conde de Castrillo a partir del año 1635.
La primera, por orden cronológico, fue la que se encargó a una «Junta particular» formada por los consejeros de Indias, Busto de Bustamante, Lorenzo Ramírez de Prado y 12 Vivanco ya había colaborado junto con el duque de Medina de las Torres para idear nuevos arbitrios con los que obtener fondos para la monarquía.
13 Se puede anotar, como ejemplo, que los 15.000 ducados que pagó en 1635 el capitán Juan de Quesada por una plaza de tesorero de Lima se aplicaron al pago de una partida de dinero que se debía enviar a Liérganes para la artillería y otra parte a las obras del Buen Retiro.
14 Tales licencias funcionaban, cual lo ha explicado Carmen Sanz Ayán, como coberturas legales para el comercio ilegal.
Otra comisión se dio al consejero de Indias Juan Pardo Arenillas en los años de 1638 a 1640, pero fue no solo limitada en el tiempo sino en cuanto al número de transacciones -apenas alcanzó la decena de operacionespues no podía, ni debía, competir con el gobernador del Consejo, el todopoderoso conde de Castrillo, quien por entonces gozaba de una comisión amplia y muy especial para enajenar plazas de Indias, con las de hacienda a la cabeza.
21 No obstante, la explicación de esta comisión se encuentra en que Pardo Arenillas fue encargado de vender efectos desde abril de 1638 para financiar las propinas de los consejeros y el mantenimiento de una compañía de soldados cuyo gasto debía soportar el Consejo de Indias, labor esta última de la cual se ocuparía años después el mismo conde de Castrillo.
22 Entre los efectos que vendió el más considerable por su valor fue el de Proveedor General de armadas y flotas de Indias de la Casa de Contratación, beneficiado por Alonso Ortega en octubre de 1638 por 12.000 ducados.
El problema durante esos años, al igual que sucedía para los cargos que se enajenaban para servir en Castilla, fue el de la competencia entre los distintos «vendedores» que ofrecían de forma simultánea cargos por doquier, lo cual, sin duda debió incidir en una baja de los precios.
23 Era conocido el perjuicio que causaba a la Real Hacienda tal concurrencia, pues cualquier comprador podía acudir a cada una de esas oficinas en las que por dinero se despachaban toda suerte de empleos pero, a causa del interés particular de los consejeros en mantener activas e incluso ampliar las comisiones recibidas; y de la creciente necesidad de fondos para la guerra, el mercado venal no hizo sino aumentar aun a costa de provocar caídas en los precios.
Además, estos «espacios de competencia» fueron manejados a la perfección por algunos de los más activos consejeros.
Uno de esos «espacios» de que formaban parte miembros del propio Consejo de Indias estuvo en la Junta de Vestir la Casa, de la cual fue miembro Lorenzo Ramírez de Prado, y a la que también llegó a asistir Juan Pardo Arenillas.
Además, el propio Lorenzo Ramírez de Prado sería quien proseguiría la comisión de Juan Pardo tras la muerte de este, concentrando en su mano varias de las vías de beneficio del Consejo de Indias.
23 En el caso castellano se expresaba así Luis Gudiel en el ejercicio de varias comisiones que recibió en el reino de Granada: «Veo destruir el servicio del Rey en que las materias de las gracias y ventas de oficios corran por diferentes manos porque con eso los merchantes acuden siempre a quien le hace mayor barato».
entre los años 1636 y 1643, negoció algunas operaciones de cargos relacionados con Indias y en especial con el circuito de la plata americana desde su origen hasta la llegada a Sevilla.
Sirvan de ejemplo los casos del oficio de fundidor y ensayador mayor de la Casa de la Moneda de México, vendido a los carmelitas descalzos por 6.000 pesos de a 8 reales en 1641, 25 o la contaduría de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, adquirida a perpetuidad por Antonio Arrieta Mascarúa a cambio de sus servicios previos y del desembolso pecuniario de 12.000 ducados de a 11 reales cada uno.
El conde de Castrillo.
Unas notas biográficas FRANCISCO GIL MARTÍNEZ En 1622, el rey, influido por Olivares, lo eligió para ocupar una plaza en el Consejo de Órdenes entre la terna de oidores propuesta por la Cámara de Castilla.
31 Poco después de llegar a la corte, el valido, necesitado de hombres de confianza dentro de las instituciones del sistema polisinodial y percibiendo ya la valía de García de Haro, propició su promoción al Consejo de Castilla en 1624 y, al año siguiente, a la Cámara.
32 Durante un breve periodo de tiempo también ejerció como gobernador interino del Consejo de Indias en 1626, una experiencia que le resultaría valiosa, pues en 1632 asumió la presidencia del mismo y la desempeñó hasta 1653, cuando se ausentó para ocuparse del virreinato de Nápoles.
Asimismo, entró a formar parte del Consejo de Estado en 1630 y sirvió durante unos meses en 1642 como gobernador interino del Consejo de Hacienda.
33 Su casamiento en 1623 con María de Avellaneda le permitió acceder al título de conde de Castrillo y emparentar con Bernardino de Avellaneda, primer titular de la dignidad, el cual había sido presidente de la Casa de Contratación y Asistente de Sevilla, por lo que tenía un profundo conocimiento de las cuestiones relacionadas con las Indias.
El último cargo que ocupó el primer conde de Castrillo fue el de virrey de Navarra, destino que supo aprovechar en su favor, pues cuando en 1629 el rey decretó que los consejeros de Castilla saliesen a pedir el donativo por los territorios castellanos García de Haro fue enviado precisamente a Navarra.
Dicho donativo, conocido como de «las guerras de Italia», fue uno de los primeros ensayos del reinado en los que se empleó la venalidad de forma sistemática para obtener financiación extraordinaria.
Castrillo demostró entonces una enorme pericia en su comisión pues no solo recaudó una cantidad considerable de dinero sin generar grandes conflictos, sino que innovó reduciendo los costes de recaudación para la Real Hacienda.
Para ello negoció directamente con Octavio Centurión, marqués de Monesterio, asentista encargado del asiento y abastecimiento de los presidios en los que se incluían los de Navarra, 34 que los pagadores de estos recibiesen el dinero de los plazos que se obligaban a pagar la población a cambio de las mercedes.
33 La lista de cargos que ocupó Castrillo a lo largo de su carrera resulta asombrosa pues a lo ya expuesto hay que sumarle las presidencias de los Consejos de Italia y Castilla en la segunda mitad del siglo.
También fue uno de los elegidos por Felipe IV para formar la Junta de Gobierno que debía ayudar a Mariana de Austria a asumir la regencia tras su muerte.
el conde-duque de Olivares tuvo en cuenta los buenos resultados obtenidos por su pariente cuando la monarquía hispánica entró en la Guerra de los Treinta Años, y con ella en una campaña venal de proporciones desconocidas hasta entonces.
Otro elemento fundamental para explicar las múltiples comisiones que recibió Castrillo para enajenar mercedes así como el amplísimo margen de libertad del que gozó es la relación que mantuvo con el soberano y su entorno.
Desde su llegada a la corte, Olivares lo introdujo no solo en los entresijos del aparato administrativo sino también en el epicentro del poder, la Casa Real.
Para mantener su influencia sobre el monarca el valido creó a su alrededor un círculo de aliados que le permitían controlar las vías de acceso al rey.
Como parte de esta estrategia Castrillo fue nombrado gentilhombre de cámara de Felipe IV, lo que le permitió entrar en contacto directo con el monarca y establecer con él una relación de confianza que extendería luego con la reina, de modo que logró ir asentando sus propias bases de poder al margen del conde-duque, 36 de forma que en 1640 sería nombrado mayordomo mayor de la Casa Real de Castilla.
37 Castrillo fue progresivamente distanciándose de Olivares hasta el punto de que llegó a conspirar para provocar su caída en 1643.
Los conocimientos de leyes, la habilidad mostrada en la recaudación del donativo y la confianza que mostraron en él monarca y valido, le convirtieron en la elección idónea para estar al frente de la gran almoneda de oficios de Indias.
Además, debido a su refinado gusto artístico, en varias ocasiones se le confió no solo la provisión de fondos para los palacios reales sino también su decoración, 38 lo que ayudó a estrechar los lazos con los monarcas.
Del tamaño de la almoneda que efectuó directamente da una idea la cifra que, según la relación de sus cargos y servicios, llegó a aportar a lo largo de todos sus años de servicio a las arcas regias 31 millones de escudos, 39 cantidad desorbitada si tenemos en cuenta que superaba con creces los ingresos anuales que percibía la monarquía de sus rentas.
40 Además 36 Debido a este afecto Castrillo fue el encargado de organizar el funeral de la reina.
39 Relación de los títulos, puestos y servicios de don García de Avellaneda y Haro, conde de Castrillo, Google Books.
Se trata de un documento procedente de la Biblioteca Nacional de Austria (31.
47), en el que se hace un extenso relato de su carrera; al final hay una certificación de la gruesa cantidad beneficiada por Castrillo, dada por el contador del Consejo de Indias Francisco Antonio Mancolo.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ de las comisiones que recibió, Castrillo también participó en numerosas Juntas, siendo uno de los principales ministros especializados en la recaudación de fondos de forma extraordinaria tanto en los territorios americanos como en la península.
La primera comisión para enajenar cargos, en su calidad de gobernador del Consejo de Indias, pero siempre a título personal, se la dio Felipe IV el 16 de octubre de 1635, es decir, cinco meses después de que Francia declarara la guerra a España.
Tal comisión venía a ampliar otra previa para proveer parte del crédito que se debía a los asentistas que habían hecho préstamos a la monarquía.
Por la misma se le daban facultades para «poder beneficiar efectos, rentas de oficios en las Indias de lo que en esta mi corte y estos reinos se proponen y ofrecen», de manera que de todo lo que proveyese recibiese después el correspondiente despacho del Consejo de Indias.
Además, dicha comisión, a pesar de las urgencias de numerario para la guerra, precisaba de forma clara el destino del dinero: que todo lo que «conde de Castrillo beneficiare se convierta para pagar lo que se ha gastado y gastare en el Buen Retiro y en la casa de la Zarzuela y en las demás cosas que le tengo y mandare y que el receptor de mi Consejo de Indias reciba por ordenes del dicho conde de Castrillo lo que resultare de los dichos efectos y lo pague también por órdenes y libranzas suyas».
41 Sin embargo, apenas transcurridos tres meses de esa comisión, Castrillo vio nuevamente ampliados sus poderes para el mismo fin, probablemente facultándole para enajenaciones de cargos que no estaban incluidos en aquella primera comisión.
Pero la razón de esa ampliación no estuvo solo en las necesidades de la guerra sino también en otras causas más oscuras.
Lo cierto es que los «efectos de Indias», y dentro de ellos la venta de oficios, se presentaron como una fuente de dinero rápida, en efectivo, buena parte de ella en moneda de plata, que podían permitir aprontar caudales en tiempos de extrema necesidad.
La ampliación del «mercado» de Castrillo tuvo su fundamento, por un lado, en los deseos del monarca de recaudar más, y por otro en la amplia experiencia del conde en tales menesteres.
El 27 de diciembre remitió el LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES rey a Castrillo un decreto para que se estudiase en el Consejo de Indias un memorial de expedientes que había mandado beneficiar para que el dinero procedente de ellos se entregase al Protonotario de Aragón, Jerónimo de Villanueva, «para cierto gasto secreto de mi servicio de que no se le había de hacer cargo ni pedir cuenta».
42 El Consejo de Indias, estudió el memorial pero encontró «algunos inconvenientes» que impedían que todos los medios propuestos en el mismo se pusiesen en ejecución, es decir, que debía contener tal vez cargos de justicia.
Castrillo que ya gozaba de su comisión previa para enajenar, hizo una consulta particular al monarca por la cual se ofrecía a recaudar el mismo dinero pero obteniéndolo de «otros efectos» sobre los que el Consejo de Indias no pudiese plantear objeción alguna.
El rey aprobó su propuesta y le encargó que se ocupase de ese negocio «y procurare suplir las dichas cantidades con anticipación de plazos y beneficiar los dichos expedientes y ajustar con el Protonotario de Aragón el asiento que sobre ellos estaba contratado para el efecto secreto de mi servicio».
En ejecución de esa orden, el conde de Castrillo no solo benefició las cantidades de los dichos expedientes sino que, a instancia del dicho Protonotario de Aragón, y en nombre del rey, firmó una cédula de 23.429 ducados de a 11 reales de plata que se deberían pagar al financiero genovés Carlos Strata por el asiento que con él había tomado el dicho Protonotario de Aragón.
43 Así pues, lo que hizo Castrillo fue suplir el dinero que se debía pagar a Strata y vender los efectos que contenía el memorial remitido por el rey al Consejo de Indias, si bien lo hizo con «productos» que no estuviesen reprobados expresamente por dicho órgano.
44 Castrillo recibió poderes omnímodos del rey para negociar personalmente con aspirantes o agentes de negocios los contratos, asientos o «conciertos» que iban a permitir a numerosos individuos colocarse en las cajas americanas merced a simples servicios pecuniarios, contaran o no con servicios previos a la monarquía.
Es más, recibió facultades especiales muy superiores a las que se iban a dar a los mencionados consejeros.
Era el encargado de pactar el precio, las condiciones de uso del cargo, las calidades y preeminencias y, desde luego, los plazos de pago.
De cada ingreso, de cada «negocio» que corriera por las manos de Castrillo se debía entregar el FRANCISCO GIL MARTÍNEZ dinero en una cuenta aparte para los efectos que el rey ordenare librarlos.
En suma, quien concedía la «gracia» para ejercer un cargo en América no era el rey sino Castrillo.
Lo deja muy claro un asiento de la contaduría de mayo de 1644 en el que con motivo del ingreso de Juan de Saiceta de 24.000 reales por la plaza de tesorero de las minas de Oruro, el contador del Consejo de Indias anotó sin ambages que «le concedió la dicha gracia el conde de Castrillo».
45 Castrillo actuaba pues siguiendo las amplias facultades concedidas por el monarca para «componer negocios de Indias», «beneficiar efectos», o «negociar expedientes».
Lo que resulta más complejo de dilucidar es si siempre actuó solo o se valió de algunas personas de su confianza.
Sabemos que en Sevilla, siguiendo órdenes de Castrillo, negoció efectos de Indias el conde de Peñaflor, presidente de la Casa de Contratación, quien no solo recaudó dinero de «beneficios» sino que también hizo pagos con cargo al mismo, siempre previa orden del conde de Castrillo.
46 Igualmente es más que probable que de las operaciones de alto valor se ocupara personalmente Castrillo, en tanto que de las de poca monta lo hicieran algunos servidores suyos.
Su poder fue tal en estos «negocios» -como la propia documentación los definía-que podía incluso anular de forma unilateral pactos ya firmados.
Así, por ejemplo, en enero de 1638 vendió una plaza de tesorero de Acapulco a un tal Sebastián Caja por un importe total de 41.000 reales, pagaderos a plazos, pero la operación la abortó un tiempo después el propio Castrillo «por haber beneficiado este oficio con otra persona que dio más por él».
47 Pero tan interesante como esas facultades fue el hecho de que el mismo Castrillo se encargase personalmente de la distribución -siguiendo órdenes del rey, según la documentación-del dinero que recaudaba de las ventas de cargos.
De cada contrato, o asiento, el dinero se ingresaba en la receptoría del Consejo de Indias en una cuenta separada de la cual no podía salir un solo maravedí si no era precediendo orden expresa del conde y comunicación a través del secretario de dicho Consejo.
Castrillo gozaba de este modo de un extraordinario poder personal, pues de sus asuntos relativos a la venta de cargos no debía dar cuenta alguna al Consejo de Indias.
Su actuación se desarrolló siempre en nombre de un monarca que le había dotado de poderes excepcionales que le permitían
fijar las condiciones contractuales con agentes de negocios y compradores.
No en vano, entre esas condiciones, una de las más importantes para el pago de los segundos plazos del precio de los oficios adquiridos -que casi siempre se solía hacer en Indias-era que los adquirientes se comprometían a efectuarlo con el rey, no con Castrillo.
Por tanto, las «escrituras de obligación» que se formalizaban ante escribano tras cerrar los contratos se hacían entre los deudores de esos segundos plazos y el monarca.
Como modelo podemos reseñar el caso de la escritura de obligación firmada 11 de julio de 1642 por el agente de negocios Gregorio de Vega -uno de los más activos en este período-, por la que en nombre de Antonio de Medina Sánchez de Cuellar, vecino de Sevilla, se obligaba a pagar al rey en un plazo de cuatro meses, y en su nombre al receptor del Consejo de Indias, 1.500 pesos de a ocho reales por la futura de una de las cuatro plazas de contador de cuentas de la avería de la Casa de Contratación, tras haberlo negociado todo con el conde de Castrillo, quien tenía «poder especial para beneficiar expedientes de Indias».
48 El procedimiento que seguía cualquier operación de venta consistía en la presentación de una oferta ante el conde de Castrillo por parte de quienes aspiraban a hacerse con un cargo, bien personalmente, bien a través de agentes de negocios.
Dicha oferta, que solía contener el precio que estaban dispuestos a pagar, los plazos de entrega del dinero, e incluso la moneda -pues no era lo mismo pagar en vellón que en plata-, era regulada por el propio Castrillo, es decir, determinaba si aceptaba las condiciones o las modificaba.
A partir de ese momento se abría una negociación en la que por parte de la Corona todo el poder decisorio radicaba en Castrillo, quien además tenía poder para determinar en qué cuenta se ingresaba el dinero y, seguramente siguiendo órdenes superiores, a qué se aplicaba el dinero obtenido.
El mercado no pareció tener demasiados límites pues mediante el sistema de futuras se podía enajenar varias veces un mismo oficio sin que estuviese vacante.
Precisamente, la existencia de estas futuras, más allá de la necesidad de conocer con detalle los puestos de la administración indiana, debió estar detrás de los trabajos que algunos oficiales del Consejo emprendieron en la década de 1640 con el fin de trazar un exhaustivo panorama del sistema de gobierno en América y, sobre todo, precisar qué puestos eran de provisión de virreyes y gobernadores y cuáles correspondían a la 48 Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, Prot.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ provisión del monarca.
Las relaciones de oficios como las elaboradas a mediados de la centuria por Juan Díez de la Calle se enmarcarían, como han señalado Jean Pierre Berthe y Thomas Calvo, en la necesidad de la Corona de conocer con detalle todos los hilos de la administración imperial, de saber «quantos oficios y ministerios hordinarios y extraordinarios de todas profesiones se proveen» en todos sus dominios, 49 pero también habría que ubicarlas en ese contexto de voracidad fiscal de una monarquía que halló en el mercado americano uno de los más sustanciosos graneros de caudales.
Si bien el beneficio de cargos de la hacienda indiana fue el que más número de transacciones registró -y en conjunto, el que generó un mayor volumen de ingresos-durante los años que Castrillo estuvo comisionado para la venta de empleos de Indias, algunas operaciones singulares reportaron sustanciosas sumas que, en algún caso, llegaron a superar al total de ingresos procedentes de la enajenación de cargos de hacienda.
Así, mientras que en el año 1639 el beneficio de puestos de hacienda proporcionó a las arcas de la tesorería del Consejo de Indias 40.000 pesos, 50 una operación realizada ese mismo año por el conde de Castrillo con un agente de negocios, Bernabé de Robles, la compra por parte de la ciudad de Cartagena de Indias de los oficios de corredor general y fiel ejecutor, con carácter de perpetuos, se pactó en un precio de 100.000 pesos de a ocho reales.
51 Y es que las perpetuaciones de oficios fueron, con diferencia, las principales operaciones venales que tuvieron lugar durante el valimiento de Olivares y durante todo el siglo XVII.
Es el caso de la perpetuación del cargo de escribano mayor de la Mar del Sur que consiguió en 1636 Ana de la Cueva por un servicio de 24.000 ducados, con el fin de que el cargo que había desempeñado su marido, Francisco de la Presa, quedara para siempre de su propiedad y por tanto pudiera transmitirlo a sus hijos o venderlo a un tercero.
52 De entre las perpetuaciones, las que mayor volumen de ingresos generaron a la particular cuenta de Castrillo en el Consejo de Indias fueron las de una serie de cargos enajenados en la Casa de Contratación de Sevilla, institución que durante el siglo XVII experimentó la venta de casi la totalidad de sus cargos, ora fuesen como beneficios vitalicios ora como ventas a perpetuidad, un proceso que, como se ha afirmado, permitió que 49 Berthe y Calvo, 2011, 68.
La negociación se había realizado entre el conde de Castrillo y el jesuita Francisco Crespo, quien había recibido poder de la citada Ana de la Cueva.
comerciantes y hombres del Consulado accedieran a los puestos de la Casa de Contratación.
53 El conde de Castrillo, encargado por Felipe IV de beneficiar «expedientes de Indias», se ocupó personalmente de negociar y tratar las ventas a perpetuidad de los principales puestos de la Casa, es decir, empleos que no eran para ejercer en América pero que entraban dentro del ámbito competencial del Consejo de Indias.
Sin duda, debieron ser complejas operaciones pues fueron muy elevadas las sumas de dinero en juego y no había precedentes algunos de transacciones similares.
La primera perpetuación de alto valor que se produjo en la Casa de Contratación fue la compra en 1634 por parte de Diego Villegas, por la suma de 50.000 ducados, del puesto de contador mayor.
54 En realidad con esta venta lo que se hizo fue privatizar uno de los tres puestos fundamentales de la sala de gobierno de la Casa, pues el título que adquirió fue el «contador mayor juez oficial» de la Casa, de modo que quedaban a provisión del rey los otros dos cargos, los de juez oficial tesorero y el de juez oficial factor.
Según Schäfer, este «negocio» no había sido competencia de Castrillo sino del camarista de Castilla José González de Uzqueta y se habría producido en 1632, si bien la operación debió cerrarse en julio de 1634, fecha en que Villegas abonó la citada cantidad.
55 En 1637 otro oficio que debía velar por el control de los productos del comercio con Indias, el de veedor general de las armadas y flotas de la Carrera de Indias fue vendido por Castrillo en 12.000 ducados a Alonso Tapia Vargas.
56 En 1642 Castrillo volvería a negociar los precios y condiciones de nuevos oficios perpetuados en la Casa de Contratación, entre los cuales el de mayor valor fue el de alguacil mayor de las armadas y flotas de Indias, adquirido por Pedro de la Mata Velasco en 10.000 ducados.
Esta compra tuvo dos fases, la primera, de 50.000 ducados, por la que adquiría el cargo y otra segunda en 1641 por la que ampliaba las facultades de goce del mismo al abonar 5.000 ducados más a cambio de que se le concedieran nuevas facultades, entre ellas la de nombrar teniente que lo sirviera.
Además de los 50.000 ducados, Villegas tuvo que presentar fianzas por importe de otros 30.000 ducados, para cuyo abono tuvo que hipotecar el oficio recién adquirido.
56 En diciembre de 1639, junto con Antonio Mascarúa, que había adquirido también como perpetuo a través de la Junta de Vestir la Casa en 1637 el puesto de Contador de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias, pagó una cantidad adicional a cambio de que se le concedieran diversas facultades, entre ellas la de «servir sus oficios en sus casas».
El único empleo de Indias que vendió como perpetuo desde Madrid el conde de Castrillo fue el de tallador mayor de la Casa de Moneda de Potosí, adquirido por 8.750 ducados de a 11 reales por el Colegio de la Compañía de Jesús de Villafranca del Bierzo, representado para tal inversión por fray Antonio de Velázquez.
58 El «asiento», como es obvio, comportaba el ejercicio del cargo por medio de teniente o, lo que es lo mismo, que los frailes leoneses lo pudiesen arrendar a quien pretendiere desempeñarlo personalmente.
La explicación a esa transacción hay que buscarla en que el titular del oficio, que lo poseía con carácter de renunciable, Gabriel de Robles, oriundo de Villafranca del Bierzo, había legado sus bienes, y entre ellos el mencionado oficio, para que se aplicaran a la fundación del Colegio.
59 Una vez que el oficio estuvo en poder de los jesuitas procedieron a transformarlo en propiedad perpetua mediante ese nuevo servicio pecuniario que negociaron con el conde de Castrillo.
Al margen de los oficios, el conde de Castrillo vendió otra serie de expedientes de menor monto económico pero no por ello menos relevantes.
Entre ellos destacan las concesiones de «naturalezas de Indias», es decir naturalizaciones de extranjeros para tratar y comerciar con América, por módicas cuantías, al estar tasadas en 400 ducados aunque alguno llegó a pagar hasta 500 ducados.
60 Del tema se ha ocupado con gran solvencia José Manuel Díaz Blanco, quien además ha demostrado cómo los intereses de los comerciantes nacionales, la oposición del Consulado y del Consejo de Indias a la concesión de estas naturalizaciones por dinero, provocaron que años después acabaran siendo revocadas por el rey y devuelto el dinero a quienes las habían adquirido.
61 El mismo Díaz Blanco ha señalado que el propio conde de Castrillo fue contrario a la venta de las naturalezas de Indias y que denunció las funestas consecuencias que tal procedimiento tenía para el comercio,62 pero sin embargo las vendió personalmente, al menos entre septiembre de 1640 y noviembre de 1642.
63 La Carrera de Indias tuvo su segundo ámbito venal en las ventas en pública almoneda de los maestrajes de plata, cargos que se comenzaron a enajenar a finales de 1636 por parte de la Junta de Vestir la Casa, a propuesta LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES de la propia Junta.
Se trataba de puestos fundamentales en la Carrera pues se encargaban del registro de todos los metales preciosos, tanto los de la Real Hacienda como los de particulares, que se enviaban desde los puertos americanos hasta la Casa de Contratación de Sevilla.
64 Los nombramientos para maestres de plata los dieron en primera instancia los generales de las flotas, luego, desde 1598, la Casa de Contratación, aunque contando con el parecer del Consulado.
A raíz de la quiebra de uno de ellos, el conocido Domingo de Ipeñarrieta, 65 pasaron en 1615 a ser nombrados por el Consejo de Indias, previa propuesta por la Casa de Contratación y del Consulado.
Que puestos tan importantes entraran a formar parte de subastas públicas no se justificaba por las urgencias de la guerra sino por el interés particular del conde-duque de Olivares en asegurarse la percepción de una renta de 12.000 ducados anuales que el rey le concedió en septiembre de 1638 y que inicialmente le fueron situados en las encomiendas de indios que estuviesen vacas en Perú, «prefiriendo en la situación a cualesquier otras personas que tuviesen semejantes mercedes aunque fuesen anteriores a la suya».
Sin embargo, dadas las dificultades y retraso en el cobro de esa cantidad por parte de Olivares, el rey ordenó en diciembre de 1639 que en lo sucesivo se le situase dicha renta de lo que «se beneficiaren los maestrajes de plata de la Capitana y Almiranta de los galeones de mi Armada Real de la Guarda de Indias, Capitana y Almiranta de las flotas, o de otros cuatro navíos que él eligiere en cada navegación».
66 Desde luego el conde-duque, seguramente bien informado a través de Castrillo, conocía la realidad de la cotización de las almonedas de esos puestos de maestres de plata.
Como mostró en su día Carlos Álvarez Nogal, la capitana y almiranta eran los navíos con mayor volumen de registro y las que mayores beneficios podían producir a los maestres de plata.
67 Es por ello que fueron los que mayor cotización alcanzaron en las subastas y los que fueron patrimonializados por activos mercaderes u hombres a su servicio, pues podían concurrir a las sucesivas pujas que año tras año venían a privatizar tan decisivo cargo para la custodia del tesoro.
Para asegurar aun más el cobro de la crecida renta que le había concedido el rey, la comisión por la cual los maestrajes de plata eran beneficiados por la Junta de Vestir la Casa fue revocada y pasó a ocuparse de ellos 64 Álvarez Nogal, 2000, 141.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ el propio conde de Castrillo.
Dado que los potenciales compradores eran siempre mercaderes sevillanos, Castrillo delegó la comisión en Francisco de Mansilla, juez letrado de la Casa de Contratación.
68 La competencia entre los mercaderes por acceder a los maestrajes, bien directamente bien a través de testaferros, se convirtió en una cuestión pública, posibilitando que durante el tiempo que Mansilla se ocupó de la comisión -desde 1639 hasta su muerte en 1649-para beneficiar los maestrajes de plata, el valor en las subastas de los puestos de las Capitanas y Almirantas fuera subiendo de cotización.
Por último, en el marco de las amplias facultades concedidas a Castrillo para negociar todo tipo de «efectos de Indias», trató asuntos ajenos a la venta de oficios aunque en cuantías inferiores.
Así, percibió dinero de «composiciones» pecuniarias por delitos cometidos en América -causa contra Francisco de Arana, vecino de La Habana-, o lo que es lo mismo, el producto de perdones a cambio de dinero como el concedido en diciembre de 1635 a Simón Ribero por importe de 4.000 ducados por el que quedó libre de dos causas que tenía en el Consejo de Indias por dos arribadas de esclavos negros que había hecho en Indias y por las cuales había sido condenado.
69 Del mismo modo, Castrillo formalizó contratos o asientos para la concesión de prórrogas de disfrute de encomiendas en América.
Puede anotarse como ejemplo, el acuerdo que firmó con un agente de negocios de Madrid en marzo de 1638 para que Bartolomé de Mazmela, que gozaba de una encomienda en Nueva Granada -en Santa Fe-, pudiera gozarla por otra vida más, esto es, pasarla o subrogarla en un hijo u otro familiar, a cambio de un servicio de 4.000 ducados que el comprador pagaría en varios plazos.
70 Como señalamos, la provisión de plazas de justicia por «servicios pecuniarios» estuvo en varias ocasiones en el debate de los consejeros de Indias.
Los reparos en «vender la justicia», aunque fuese por medio del sistema del «beneficio», que no comportaba la propiedad del cargo, impidieron que las primeras tentativas de conseguir plazas de oidores de América por este medio tuviesen éxito.
Así, aunque Arrigo Amadori en su tesis sobre el gobierno de América durante el período de Olivares afirmó que en abril de 1637, a través de la Junta de Vestir la Casa, Juan Padilla se hizo con una plaza de oidor de Lima a cambio de 14.000 ducados, 71 lo cierto es que LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES la operación resultó mucho más compleja.
Padilla ya había sido nombrado oidor de la Audiencia de Santa Fe, cargo del que fue depuesto en 1632 por la visita de Antonio Rodríguez de San Isidro Manrique.
72 Fue condenado a cinco años sin ejercer de oidor, tiempo que aprovechó para viajar a la corte y tratar allí de obtener las dispensas necesarias para ejercer una plaza de oidor en Lima.
El principal debate estribaba en que tanto el oidor como su mujer eran naturales de Lima, lo que suponía una doble ilegalidad.
La Junta de Vestir la Casa inició el trámite de venta pero se paralizó y se formó una Junta de la que participaron los miembros de las dos instituciones para dirimir la cuestión.
73 Finalmente Padilla consiguió una plaza de fiscal de Lima, 74 pero la única merced que compró fue la licencia para poder ejercer en su ciudad natal, no el cargo de oidor que por derecho le correspondía.
Sí parece ser que se llegó a «beneficiar la justicia» cuando, dos años después, un tesorero de rentas de Córdoba, Alonso Gutiérrez Torreblanca, ofertó al Consejo de Indias servir con mil vestidos de munición a cambio de que su hermano Melchor fuese designado para una de las audiencias de España o de Nápoles, si bien la consulta fue elevada al rey a través del Consejo de Indias.
75 Aunque desconocemos el proceso de debate previo a la provisión, el resultado fue que Melchor acabó como oidor de México.
76 No obstante, dada la fuerte oposición del Consejo a las ventas de oficios de justicia y la inexistencia de casos similares con los que comparar, resulta probable que el candidato tuviese méritos suficientes para obtener la plaza por la vía ordinaria y la oferta venal no fuese más que una forma de adelantar el nombramiento.
En suma, Castrillo, desde su llegada a la presidencia del Consejo de Indias en noviembre de 1632 fue el principal protagonista de la recaudación extraordinaria que se desarrolló para obtener dinero de «beneficios de Indias».
Pero no fue esa su única ocupación, pues paralelamente desde su covachuela madrileña enajenó toda clase de bienes del patrimonio regio, desde oficios a exenciones de jurisdicción, pasando incluso por la venta de algún que otro señorío.
77 Fue sin duda el personaje central de la venalidad en tiempos del conde-duque de Olivares.
El inicio de la década de los 40.
La guerra y el incremento de la venalidad
La apertura de dos nuevas contiendas en Portugal y Cataluña en el año de 1640 provocó un repunte de las ventas de oficios de Indias.
De hecho, el Consejo de Indias se ocupó de financiar la leva y sostenimiento de varias compañías de caballería e infantería que se «levantaron por mano del conde de Castrillo», cuyo coste se hizo recaer sobre la venta de toda clase de efectos del patrimonio real.
78 Como hemos visto, fue el momento en que se comenzaron a proveer por dinero los puestos de maestres de plata.
La venalidad se consolidó como una renta segura, de valor no constante, pues dependió, por un lado de la demanda de compradores y, de otro, de disponer de información precisa para seguir expandiendo ese potencial mercado, ora arrebatando la capacidad de nombramiento a virreyes y gobernadores, ora incrementando el número de nombramientos en régimen de futuras.
Lo cierto es que a partir de 1640, entre los ingresos de dinero por «expedientes beneficiados» por Castrillo encontramos lo que podríamos denominar como nuevos «nichos de mercado».
El origen debió estar en esa comisión especial que recibió para financiar la leva de nuevas compañías de caballería.
Un somero repaso a esas cuentas evidencia que se mantuvo el beneficio de cargos de la hacienda americana79 y que se intensificó la venalidad de oficios de la Casa de Contratación -muchos de ellos enajenados a perpetuidad-, las naturalezas de Indias, algunos oficios subalternos de los tribunales de justicia e incluso que se «criaron» -crearon-nuevos cargos que se proveyeron de inmediato a cambio de dinero.
Amén del inicio de las ventas de los maestrajes, se mantuvo la incorporación a las cuentas de la tesorería del Consejo de Indias de los ingresos procedentes de ventas de toda clase de bienes del patrimonio regio sitos en Castilla -incluidos los oficios-y el producto de algunos «expedientes especiales» relacionados con la guerra.
Comenzando por estos últimos, sorprende encontrar entre las cuentas de Indias dinero que debía haberse ingresado en otras tesorerías.
Por entonces, una Junta de Hábitos se encargaba de conceder las mercedes de las órdenes militares castellanas a cambio de servicios pecuniarios, tal y como lo LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES ha puesto de relieve Agustín Jiménez Moreno.
80 Pues bien, en las cuentas de Castrillo, exactamente el 6 de septiembre de 1642, se contabilizó un ingreso de 11.000 reales de vellón que en virtud de orden del conde de Castrillo se habían entregado en la tesorería del Consejo de Indias «de lo procedido de dos hábitos».
81 Poco importaba en aquellos tiempos de extrema necesidad que el rey pudiera incurrir en el delito de simonía.
82 Relacionados con la guerra también se contabilizaron entre los ingresos de Castrillo una serie de entradas aplicadas para «el apresto de soldados montados» que, con toda certeza, debieron ser las que hicieron muchos hidalgos a cambio de no ir a servir a la guerra, esto es, pagar una cantidad para que con su producto se pagase un sustituto.
El segundo bloque de ingresos extraordinarios que se contabilizaron dentro de la tesorería del Consejo de Indias, en la cuenta separada de «beneficios», lo conformaron las ventas de «efectos» del patrimonio regio ajenas por completo a Indias.
Esa tarea la desarrolló Castrillo al mismo tiempo que el presidente del Consejo de Hacienda, Antonio Camporredondo, quien realizó su tarea limitándose estrictamente el ámbito castellano, en tanto que Castrillo tuvo sus miras puestas en la distante América.
El conde de Castrillo ¿entre la venalidad y la corrupción?
La documentación conservada sobre la empresa venal del conde de Castrillo es escueta y apenas aporta otra información que no sea el nombre del comprador, el cargo enajenado y el precio.
Excepcionalmente pueden encontrarse las condiciones contractuales de los contratos, prolijas y precisas sobre todo cuando se trataba de perpetuaciones de alto valor.
84 Negociaciones que tenían lugar en el ámbito de lo privado y, generalmente resueltas «a boca», que no han dejado más huellas documentales que las referidas.
Pero es posible interrogarnos acerca de una problemática clave para entender la realidad de estos procesos y, sobre todo, para poner en cuestión las cifras -precios-que manejamos acerca de las transacciones.
83 Los contratos de Camporredondo, en especial los relativos a exenciones de jurisdicción, se pueden encontrar en AHPM, Prot.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ coincidió siempre con la suma realmente abonada por los compradores?
Dicho de otro modo, ¿en qué medida el conde de Castrillo se pudo lucrar en estas operaciones al pactar con los compradores o sus agentes un precio oficial y otro real?
Como es obvio, tales interrogantes son susceptibles de ser trasladadas a otros comisarios regios que a lo largo del siglo XVII fueron encargados para la enajenación de bienes del patrimonio regio, y entre ellos los oficios perpetuos.
Las preguntas antedichas plantean el problema de la corrupción que pudo haber en estas empresas venales que tantos caudales movían.
Por lo que respecta al conde de Castrillo, según Janine Fayard, tras dejar la presidencia del Consejo de Indias fue acusado de haber aprovechado el ejercicio de sus cargos en la administración para vender oficios en América que le habrían permitido acumular unos beneficios de 26.000 ducados anuales.
85 ¿Qué había de cierto en aquella acusación?
Aunque sin poder precisar el precio de la «mordida» que Castrillo pudo obtener anualmente de sus negocios en la venta de oficios de Indias, un elemento indiciario abona la tesis aportada por Fayard de que se debió mover en prácticas que hoy calificaríamos como corruptas.
Se trata de la certeza de que vendió oficios a precios inferiores de su valor de mercado o, en otros términos, el importe que se ingresó en tesorería no se debió corresponder con el total del dinero pagado por determinados cargos.
En mayo de 1637 vendió a perpetuidad por la «sospechosa» -por lo baja-cifra de 5.000 ducados cada uno, los dos oficios de Visitador de Armadas y Flotas de la Casa de Contratación.
86 Probablemente esa doble operación debió ser un buen negocio particular para el propio conde de Castrillo pues en 1697 los poseedores de ambos cargos serían denunciados por el propio fiscal del Consejo de Indias por «lesión enormísima» en la perpetuación de los mismos, es decir, por haberlos adquirido por un precio muy por debajo de lo que realmente valían, quedando de este modo perjudicados -lesionados-los intereses de la Corona.
87 En todo caso, dicha demanda -de la que serían finalmente exonerados-y que venía a acusar de delito al comprador, bien pudiera haber sido fruto de la diferencia entre la cantidad abonada por ambos compradores y el dinero ingresado realmente en la receptoría del Consejo de Indias.
La distribución del dinero
Por lo general, todas las empresas venales que tuvieron lugar a lo largo del siglo XVII encontraron su legitimación perfecta en las urgencias de las guerras, omnipresentes durante toda la centuria, pero como hemos mostrado en otro estudio, precisamente relativo al período de Olivares, no todo el dinero recaudado se aplicó a tal fin, antes al contrario, al oneroso gasto cortesano, y dentro de él, a la obra del palacio del Buen Retiro.
Para proteger la imagen del la monarquía de las acusaciones de despilfarro en la construcción del palacio no se utilizó ninguna renta ordinaria de la Real Hacienda.
La consecuencia fue que los dos millones y medio de ducados que según Elliott y Brown costó la construcción se obtuvieron de medios extraordinarios.
89 Estos ingresos extraordinarios coincidían con los anteriormente referidos «efectos de Indias», es decir, descaminos, penas de Cámara, cartas de naturaleza, ventas de perdones y, por supuesto, también la venta de oficios.
90 No obstante, es preciso distinguir entre la distribución del dinero recaudado de «efectos de Indias» por parte del Consejo de Indias y el que había negociado el conde de Castrillo.
El primero, como señalamos más arriba, se destinó a lo que podríamos denominar como gastos corrientes del Consejo, o lo que es lo mismo, pagos de salarios, ayudas de costa, pago de mercedes pecuniarias consignadas sobre la tesorería del Consejo, pensiones a viudas, limosnas a conventos y un numeroso conjunto de gastos menores.
Nada que ver pues con la aplicación del dinero que había ingresado el conde de Castrillo en su especial tesorería.
Aunque el destino del dinero recaudado por Castrillo precisaría de por sí una monografía, podemos avanzar que la distribución del mismo, de la cual se ocupó personalmente el conde, siguiendo órdenes superiores, tuvo variadas aplicaciones.
El grueso de lo recaudado se destinó a pagar a los asentistas que habían hecho préstamos al rey.
Se trataba siempre de pagos a cuenta de sumas de mayor cuantía correspondientes a dichos asientos.
Los nombres de asentistas italianos y portugueses como Francisco María Piquinotti, Duarte Fernández, Carlos Strata, Lelio Imbrea, Jorge de Paz Silveira, entre otros, figuran entre los destinatarios de los caudales de ventas de oficios.
91 Todos ellos se encuentran muy bien documentados en la obra de Sanz Ayán, 2013.
Consejo de Indias, que las tenía separadas de las del Consejo, revela el sinfín de conceptos de gasto a los que se aplicaba el dinero.
Como muestra pueden anotarse las siguientes: pagos de salarios de criados reales; ayudas de costa a aristócratas que habían recibido mercedes pecuniarias del rey que no encontraban consignación en otras rentas, pagos por portes desde Sevilla de regalos que se recibían desde Indias -carey, quitasoles enviados desde La Habana-y, en suma, un copioso listado de capítulos de gasto cortesano.
92 Por su reiteración, amén de los caudales que tuvieron como destino las obras del Buen Retiro, también cabe significar los gastos en las obras del palacio de la Zarzuela, tales como pagos a unos marmolistas por la chimenea de jaspe de San Pablo, a los que construían el estanque, al fontanero que se ocupaba del encañado del palacio, así como la compra de diversos objetos para el adorno de ambos palacios.
En ese sentido, no es posible dejar de mencionar los 163.200 maravedíes que por libranza del conde de Castrillo se pagaron a la viuda del duque de Lerma por el «precio de doce cuadros países con figuras y con sus marcos dorados que se compraron para Su majestad en la almoneda del dicho duque y se pusieron en Buen Retiro en la Sala de las Consultas».
93 Con anterioridad a la tarea de Castrillo, las comisiones que beneficiaron expedientes de Indias también vieron cómo el dinero recaudado se destinaba a gastos múltiples y entre ellos a los palacios reales.
De la Junta particular que formaron en 1632-1633 el duque de Medina de las Torres, Busto de Bustamante y Lorenzo Ramírez de Prado, y que como hemos visto produjo unos ingresos muy inferiores a los que iba a obtener Castrillo, su producto salió hacia gastos tan diversos como fueron pagos al factor general Bartolomé Spínola a cuenta de 55.000 ducados que había de proveer de los 300.000 escudos de la factoría de los estados de Flandes; al guardajoyas de la reina para «cosas que le están mandadas del servicio de S.M. para adorno del Buen Retiro»; pago de un bufete de plata, de un brasero, etcétera.
Incluso se fueron pagando deudas de dinero adelantado por financieros para el ornato del palacio real, como los 25.000 reales de plata que se abonaron en febrero de 1634 a «Juan Lucas Palavesin del resto del precio que este hubo de pagar por la tapicería de oro y seda que compró el dicho duque de don Fadrique de Toledo que se puso en el Buen Retiro para el servicio de Su Majestad por cuyo mandado se compró».
94 De todo lo que fueron pagos rela-LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES cionados con la construcción y adorno del palacio del Buen Retiro se ocuparon personalmente el duque de Medina de las Torres, yerno del conde-duque de Olivares, el propio conde de Castrillo y Jerónimo de Villanueva.
Por último, entre esas múltiples aplicaciones que tuvo el dinero de los efectos de Indias, reseñamos las partidas que fueron a parar a lo que debieron ser los «gastos secretos» del rey.
De cuantas tesorerías funcionaban en la monarquía, tan solo la de gastos secretos no debía dar cuenta ni razón de algunos de los pagos que realizaba, aunque eso sí, siempre precediendo orden del monarca.
Más arriba hemos visto cómo Jerónimo de Villanueva, Protonotario de Aragón, fue destinatario de una partida de 23.429 ducados para el pago de un asiento que había hecho con Carlos Strata.
Seguramente se trataría de un préstamo hecho por Strata a la tesorería de gastos secretos en la que, precisamente, el dinero salía siempre a las órdenes del Secretario del Despacho, Jerónimo de Villanueva, quien tenía entre sus atribuciones la de atender privativamente la administración de los gastos secretos.
95 Detrás de dichas órdenes es más que probable que estuviera el conde-duque de Olivares, de quien Villanueva era, en palabras de Elliott, su «mano derecha».
Cambiar mercedes por dinero fue durante todo el Antiguo Régimen una medida polémica cuya aplicación varió en función de coyunturas y de las necesidades de numerario de la monarquía.
La etapa de Olivares fue una fase álgida de ventas de cargos, especialmente de aquellos que se iban a ejercer en Indias, con los de hacienda a la cabeza, pero también los de la Casa de Contratación y los apreciados maestrajes de plata de la Carrera de Indias.
Habría que esperar al reinado de Carlos II para que al mercado venal americano se sumaran los puestos de justicia y gobierno.
En esta aportación hemos mostrado cómo el fenómeno del valimiento del conde-duque de Olivares tuvo una estrecha relación con la forma en que se orquestó la almoneda de oficios y mercedes.
Que el conde de Castrillo, a espaldas del Consejo que presidía, llevase un volumen de ventas como el que hemos referido, nos lleva necesariamente a tener que replantearnos el papel de las instituciones de gobierno de las Indias.
La venalidad sirvió a Olivares no solo como fuente de ingresos extraordinaria para la monarquía, 95 Seiz Rodrigo, 2010, 123.
FRANCISCO GIL MARTÍNEZ sino también como un poderoso instrumento para aumentar su control sobre las instituciones de gobierno a través de sus más afectos colaboradores.
El papel del Consejo como vía para la provisión de cargos quedó por tanto prácticamente anulado no solo por el hecho de que el dinero sustituyó al mérito a la hora de designar a los oficiales, sino porque fue una única persona, Castrillo, quien negoció todos los detalles de las operaciones.
El enorme poder que el aristócrata llegó a amasar en sus manos supone también un elemento fundamental para entender el gobierno de los territorios americanos en esta época.
La opinión del sínodo de letrados pesó muy poco en el ánimo del rey, quien constantemente respaldó las propuestas de Castrillo, aun en contra del parecer del Consejo.
Se trata por tanto de una singular variación del fenómeno del valimiento tal y como lo conocemos, pues si bien Castrillo no llegó a tener con el monarca la misma relación personal que Olivares, sí que gozó de una amplísima libertad para hacer y deshacer en todo lo referente a los territorios americanos.
Precisamente este amplio margen de maniobra que Felipe IV otorgó a Castrillo es quizá uno de los mejores ejemplos de absolutismo, pues ni siquiera la propia legislación promulgada durante el reinado sirvió de barrera al poder regio cuando se puso en marcha la política venal.
No obstante se trata de un proceso con una doble implicación, pues aunque a corto plazo supuso una concentración de poder en los círculos más cercanos al monarca, las ventas de oficios tuvieron implicaciones a más largo plazo, reduciendo considerablemente el margen de poder del soberano.
En todo caso, en el ciclo venal abierto por el valimiento de Olivares las ventas de oficios no fueron únicamente un expediente con interés fiscal, sino que sirvieron también para reforzar las posiciones afines al conde-duque.
Queda por estudiar si la venalidad desempeñó este mismo papel en otros periodos o si, por el contrario, la primera mitad del reinado de Felipe IV constituye una excepción.
Asimismo, en las páginas precedentes, amén de poner de manifiesto el poder acumulado por Castrillo en la venta de oficios de Indias, hemos mostrado problemas conexos que precisan de investigaciones de mayor calado.
La aplicación del dinero recaudado, no solo para la guerra sino para el gasto cortesano, con la construcción de los palacios reales a la cabeza, merece un análisis en profundidad.
Mantener, e incluso aumentar, el nivel de gasto cortesano es un elemento que se encuentra estrechamente relacionado con el valimiento, pues la posición del privado dependía de la comodidad del soberano.
Del mismo modo, un estudio sobre las relaciones entre Castrillo y los compradores de cargos americanos, en especial en torno a las cuantías LA VENTA DE CARGOS DE INDIAS EN TIEMPOS DE OLIVARES «oficiales» abonadas y las que pudieron ir a bolsillos privados nos acerca a plantear el problema de la corrupción o, si se nos permite la redundancia, de los «beneficios privados del privado».
Sea como fuere, ambos problemas, aplicación del dinero y posible corrupción en las negociaciones de ventas de cargos, son cuestiones que precisarán de un estudio más global que analice la figura de Castrillo como gran artífice de la enajenación de cargos para ejercer en América y también en España. |
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ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA En Chile apenas hubo toros.
1 Esta es la errónea premisa con la que, tras un par de lacónicas referencias a lo sumo, se salva el particular en las obras generales dedicadas al estudio de la tauromaquia fuera de los límites ibéricos.
2 Con Argentina, Paraguay y Uruguay, Chile integra la lista de los países «taurófobos» que han hecho del Cono Sur un lugar ajeno a la consideración de la fiesta.
Resulta cuanto menos extraño que, siendo como fueron territorios dependientes del poder español, los toros no formaran parte de su universo lúdico.
Sobre todo cuando sabemos que desde Italia a Filipinas existieron, y que en gran parte de América se siguen celebrando.
Las causas de la desaparición son intrigantes, sobre todo por el contraste que se produce en el continente con otros contextos, pero ameritan un mayor estudio y más páginas donde exponerse.
En las presentes nos limitaremos a enmendar el error y, más allá de lamentarnos de los «tan poco taurófilos» historiadores chilenos como Armando de María, nos ocuparemos de cubrir esta laguna historiográfica.
No obstante, es de justicia reconocer que esta afirmación apesadumbrada del historiador mexicano es exceptuada por el reputado Pereira Salas, quien dedicó un capítulo en su célebre Juegos y alegrías coloniales, 3 y por Isabel Cruz de Amenábar, quien también ha concedido espacio en su obra sobre la fiesta, 4 al igual que, más recientemente, lo ha hecho Jaime Valenzuela.
5 Pero cierto es que, más allá de noticias entreveradas en obras dedicadas al tema de la fiesta o al de la crónica de tal o cual ciudad, no encontramos un solo texto particularizado sobre la materia taurina en Chile.
Con la obligación de una mayor profundización en el horizonte, nos centraremos en esta ocasión en el desarrollo de la fiesta taurómaca en la ciudad de Santiago desde el siglo XVI hasta los primeros años del XIX, cuando se procede a su abolición.
Adelantemos que no fue la capital el único lugar donde se celebró la fiesta y que, más allá de las latitudes LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL septentrionales, 6 como cabe lógicamente suponer, también se practicaron en puntos más meridionales como Valdivia.
7 Nuestra aproximación ofrece una evolución diacrónica de la fiesta capitalina desde sus inicios en torno a 1555 hasta el cierre del siglo XVIII, focalizando la atención en aspectos que hemos considerado de relevancia: la casuística de la fiesta; su imbricación con el calendario festivo religioso y el esfuerzo por mantenerla por encima de los cambios a los que las inclemencias meteorológicas avocaron; las tensiones que suscitó entre las autoridades eclesiásticas y civiles; su condición de espejo de lo caballeresco; o su transformación en espectáculo a lo largo del siglo XVIII.
Al alimón, para utilizar una expresión taurina, nos complace presentar este trabajo con el que dejar de ignorar que en Chile hubo toros.
Los hubo, y con más asiduidad y relevancia de lo que generalmente se cree.
La metamorfosis de fiesta de toros ritual a moderno espectáculo taurino
El criterio para establecer las diferentes fases de la tauromaquia se asienta sobre la naturaleza de la fiesta, que experimenta un viraje de lo festivo-ritual al espectáculo en torno a los comedios del siglo XVIII.
Nos alejamos de este modo de la organización bipolar toreo ecuestre / toreo pedestre que vienen señalando los estudios al respecto desde García-Baquero a Guillaume-Alonso, 8 por entender que, aunque ciertamente existe un predominio de una forma sobre otra en épocas sucesivas, ambas se solapan y no dejan interactuar en todo el proceso hasta el triunfo indiscutible del toreo a pie en el siglo XIX.
Así, durante la época colonial se distinguen en Chile dos periodos: el primero, que abarca desde los años iniciales de la conquista española hasta comedios del siglo XVIII, al que denominamos toreo festivo-ritual; y el segundo, desde entonces hasta la abolición en 1823, que corresponde al toreo-espectáculo.
6 Incluso en lugares tan inhóspitos como el altiplano andino, sabemos de la existencia de esta fiesta en las plazas públicas de pequeños poblados, como la pintura mural de algunas iglesias atestigua.
La efeméride contó con sus correspondientes toros, los más australes registrados documentalmente hasta la fecha, aunque fueran «bastarda producción de las montañas».
El toreo festivo-ritual (siglos XVI-XVIII)
Los toros tuvieron en esta etapa un carácter eminentemente caballeresco.
Como sucedía en la metrópoli, estuvieron inseparablemente unidos a los habituales juegos ecuestres: sortija, estafermo, pero especialmente las cañas, que llegaron a rivalizar en protagonismo hasta mediados del siglo XVII, para desaparecer a partir de entonces.
Pero más que allí o que en otros escenarios americanos, el toreo de a caballo fue una actividad más necesaria y destacada por una circunstancia que hizo de estas tierras australes uno de los puntos candentes de la resistencia indígena: las guerras contra los mapuches.
De este modo, la tendencia connatural hacia la vertiente ecuestre de la tauromaquia en esta etapa se vio incrementada por el recio y prolongado conflicto araucano, haciendo del enfrentamiento con el toro desde el caballo un ejercicio ecuestre útil, como recogen las actas del cabildo de Santiago: «que no cese el arte militar [el toreo ecuestre], pues tan necesario es que se ejerza en esta tierra por estar de guerra, como está».
9 El patronazgo del santo ecuestre y bélico por excelencia sobre el territorio y el trasvase al patronímico de la capital no son casuales.
Con Santiago se trabará una relación crucial (aunque no exenta de problemas) en el ámbito festivo-religioso, dentro del cual los toros llegaron a constituir el punto álgido.
En Santiago existieron corridas ordinarias, vinculadas al calendario litúrgico-festivo, y corridas extraordinarias, motivadas por sucesos de índole fundamentalmente civil y de carácter más exógeno que concerniente a sucesos internos, aunque también entre estas existieron algunas de tono particular.
Las primeras se celebraron en torno a dos fechas principales: la del patrono Santiago, el 25 de julio, y la de la Asunción, el 15 de agosto, ya que la de San Juan, pronto desaparece de la documentación no alcanzando 9 Cabildo de Santiago, 31 de agosto de 1582, Archivo Nacional Histórico de Chile (en adelante ANH Chile), Actas del Cabildo de Santiago (en adelante ACS), 2.o rollo LCH 95.
[La consulta de estas actas solo se permite actualmente a través de microfilm, por lo que las citas se consignarán según la ordenación asignada por el archivo en tal soporte, como arriba se ha referido.
No obstante, las actas entre 1541 y 1810 han sido publicadas en varios volúmenes desde fines del siglo XIX.
Remitimos al lector interesado en su consulta a tales volúmenes, con una mayor accesibilidad.
Un listado de los primeros once tomos que recogen las actas del cabildo -junto con otras fuentes de la historia de Chile-especificando los años comprendidos en cada volumen se puede consultar en Chiappa, 1905; no así para los tomos sucesivos].
En Lima se tiene la misma preocupación y un decenio antes el cabildo de la ciudad justifica los toros «para que los de a caballo se exerciten en la caballería que se ba perdiendo por el poco exerçicio que ay en ello», citado en Molinié-Bertrand, Duviols y Guillaume-Alonso, 1999, 162.
a traspasar el siglo XVI.
10 Estas fechas que en España marcaban los hitos festivos del periodo estival resultaban especialmente inapropiadas para el invierno austral de la capital chilena.
Fue esta circunstancia la que acarreó complicaciones constantes a causa del necesario traslado de la fiesta, especialmente los años donde las inclemencias meteorológicas fueron más adversas.
Así, en 1654, el cabildo acordaba retrasarla hasta fines de octubre porque aun «queriéndose hacer, no se han de correr y por el invierno no se han corrido».
11 Aunque durante el siglo XVI el 25 de julio se mantuvo, estoicamente hemos de pensar, en la siguiente centuria la fiesta de los toros dedicada al apóstol va postergándose, uniéndose en ocasiones a celebraciones puntuales, y las más de las veces a la festividad de la Asunción.
A pesar de los esfuerzos por ajustarse a la fecha y mantener los toros del patrón «como era uso y costumbre», lo cierto es que para 1666, «como la festividad de los toros del señor Santiago se había dejado ya al presente», 12 se intercambiaron por otra festividad mariana de gran impulso por aquellos años y que se convertiría en una de las referencias devocionales de la monarquía hispánica y su imperio: la «Limpia Concepción».
13 Por cierto, mucho más apropiada meteorológicamente: en la agradable primavera final chilena, el 8 de diciembre.
No obstante, el cabildo continuó esforzándose por mantener un aspecto tan relevante para su identidad como la celebración de las fiestas taurinas del patrono y el 9 de noviembre de 1711 el cabildo destinaba quinientos pesos a los toros de Santiago y ordenaba que «sean todos los años».
Pero lo cierto es que no volveremos a encontrar más noticias taurinas al respecto, y sí problemas de financiación para mantener la celebración.
Quizá esta inconveniencia del 25 de julio austral para correr toros fuera una de las causas que motivó la extinción de la fiesta taurómaca hacia el segundo cuarto del siglo XVIII en su perfil de fiesta ordinaria en relación con el calendario litúrgico, y quizá también lo fuese para el escaso éxito de 10 De hecho, solo hemos podido encontrar la advocación joánica en una referencia de 1575 cuando se habla de estas tres datas.
Las actas referencian que en 1582 «se corran toros el día de Nuestra Señora de Septiembre», pudiendo referirse a la natividad de la Virgen, que se celebraba el día 8, o a N.a Sra. de los Dolores, el 15, pero es, como la data joánica, marginal.
El 8 de diciembre fue declarado fiesta de guardar en todos los reinos de su majestad católica desde 1644, cuando fue adoptada como patrona y protectora por Felipe IV, uno de los muchos monarcas españoles que contribuyeron a esta piedad, la cual culmina con la proclamación dogmática en 1854.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA la festividad en líneas generales, borrada en la actualidad de la memoria de la ciudad a pesar, paradójicamente, de su nombre.14 Pero los toros se siguieron corriendo, y lo siguieron haciendo no solo motivados por hitos excepcionales sino en su faceta de entretenimiento ordinario (permanente, digamos) de los santiaguinos, aunque convertidos ya en espectáculo.
Esto se produce muy pocos años después de que dejemos de encontrar referencias a los toros jacobeos, pues en 173215 ya se consigna la primera corrida fuera de los límites de la plaza mayor, que había sido el espacio taurino en virtud de su estatus de punto neurálgico de la fiesta urbana.
Esto por lo que concierne a la fiesta taurina ordinaria o frecuente, pero los toros también constituyeron parte ineludible, por no decir principal o única, de aquellos hitos históricos que moldearon el devenir de la vida colonial santiaguina.
Las corridas extraordinarias venían motivadas por sucesos de índole civil y, principalmente, no acaecidos dentro de las fronteras del territorio, ni tan siquiera del continente; como los éxitos militares del ejército español, que en Santiago fueron festejados en el caso de los conflictos catalanes.
16 Se trataba de celebrar el afianzamiento del poder, que era también el trasfondo de las celebraciones más repetidas en todo el imperio, aquellas relativas a la sucesión en la corona: juras y, en menor medida, natalicios.
Santiago no era México ni la Ciudad de los Reyes, pero no les iba a la zaga.
La urbe no escatimó con las juras reales desde Carlos II a Carlos IV, incluso celebró la coronación de Fernando III de Habsburgo en 1638, y natalicios: el del malogrado Felipe Próspero y el de Carlos José en 1663.
En paralelo se celebrará también la posesión de otro cetro, el del poder de la gobernación de Chile, aunque en bastantes casos con no pocos aprietos económicos que obligarán a retrasar, cuando no a eliminar, los agasajos a pesar de la probada intención de realizarlos.
Las entradas de gobernadores se celebraron fundamentalmente en el siglo XVII y raramente en el XVIII, LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL aunque la del presidente Joaquín del Pino, el penúltimo gobernante colonial, fue célebre.
Así, F. Meneses en 1664, o el marqués de Navamorcuente cuatro años después, fueron lisonjeados con toros; otros tuvieron menos suerte, como Acuña y Cabrera,17 las arcas se encontraban poco llenas entonces para tales dispensas.
En otros momentos más boyantes recibieron el agasajo de los toros personajes de otro rango como el presidente de la Audiencia J. Henríquez,18 o incluso la esposa del gobernador Bravo de Saravia, por cierto, la primera ocasión en que se registran toros para un suceso extraordinario, corría 1568.
19 La fiesta por la canonización de san Francisco Solano en 1633 constituye el único evento de tono religioso.
20 Pero también hubo, entre los festejos extraordinarios, otros de carácter particular o privado por parte de la «gente más principal o poderosa».
El motivo atendía, según Alonso de Ovalle, a dos eventos concretos: bautismos y bodas.
21 El cronista jesuita lo relata con respecto a Santiago en el segundo tercio del siglo XVII, aunque quizá la práctica se realizase con anterioridad, y raramente traspasada esa centuria.
Tampoco existen referencias similares para otras latitudes del territorio chileno, ni del mundo hispánico.
La emulación de la monarquía parece exceder los límites en este caso, pues correr toros para natalicios y matrimonios había sido prerrogativa real desde el alto medievo.
Solo el grado de doctor o la profesión monacal habían motivado toros con este carácter «particular» y no monárquico en la península.
Pero la cúspide social de Santiago del Nuevo Extremo fue, desde su fundación, una nobleza caballeresca altamente militarizada por las vicisitudes bélicas, díscola y alejada del trono, sin embarazo en asumir este tipo de celebración reservada a los monarcas.
De ejercicio militar a espectáculo barroco (siglo XVIII)
A partir del segundo tercio del siglo XVIII se opera, siguiendo la evolución de la metrópoli, la transformación del festejo patronal taurino en espectáculo despojado ya de su aspecto ritual.
22 El objetivo pasa a ser ahora económico, una manera de financiar determinados proyectos, bien en clave de obras públicas como la construcción de un puente, la expansión o ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA adecentamiento de la alameda, la conducción de agua a la plaza mayor o la refacción de las casas capitulares; o bien con carácter benéfico: sustento para reos o niños expósitos.
El organismo administrador será el cabildo, sacando a pública subasta los derechos de explotación del espectáculo por espacios de tiempo de entre cinco y diez años con rentas sustanciosas de mil pesos anuales, más un ciento de estos por corrida.
Además, existe la obligación de reservar determinados sitios, los mejores, para los estamentos gubernamentales de la ciudad que, siguiendo la costumbre de los festejos en la plaza mayor, podían acudir gratuitamente con sus familias y esclavos.
Esta prerrogativa se convirtió, junto a otras, en argumento quejoso para justificar la imposibilidad del pago de la renta contraída en los contratos por parte del empresario, lo cual generó largos pleitos que constituyen una de las tipologías documentales más abundantes y ricas para los estudios taurinos, aunque, no podemos negarlo, farragosas.
Conoceremos a través de ello precios, tipos y nombres de participantes, objetos necesarios para el desarrollo de la fiesta o el sesgo del público.
En definitiva, la necesaria reglamentación del festejo a que conllevó su carácter de espectáculo de pago, se tradujo en una codificación, pero ¿qué mantuvo de las fiestas extraordinarias como las juras, también reglamentadas?, ¿diferían mucho de lo desarrollado en la metrópoli o en otros contextos?
Una tauromaquia austral: los rasgos de la fiesta en Santiago de Chile
Con los escasos datos obtenidos del periodo relativo a la tauromaquia festivo-ritual, desarrollada desde el siglo XVI hasta el primer tercio del XVIII, intentaremos estructurar un correlato en torno a diversos aspectos en cotejo con aquellos otros que se producen en el siguiente periodo: el toreo-espectáculo, que se desarrolla desde el segundo tercio de la centuria.
Abordaremos por un lado en la lidia y sus componentes: el animal y los toreadores, su desarrollo, sus suertes o tipos de tratos con el toro, el espacio; y por otro, el público y los organizadores.
Todavía sigue resultando un misterio cuándo llegaron algunas especies de toro bravo a América, es más, se desconoce si realmente este arribo llegó a producirse y es que a la problemática del traslado de cualquier Figura 1.
Grabado con escena de caza taurina por un indígena contenido en la Histórica Relación del Reino de Chile de Alonso de Ovalle; las matrices, anónimas, fueron realizadas en Italia, donde se publicó la obra del jesuita (Roma, 1646).
La traducción del texto en latín es: «Así alancean los indios a los toros y a los caballos, lanzándoles [a las patas] unos bolos atados al extremo de una cuerda».
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA y que ha sido difundida como rasgo del gaucho argentino, aunque este lo emplea desde el caballo.
La lidia mantenía una íntima conexión con la caza de toros cimarrones, como Argote de Molina ya había indicado para 1582 a tenor de las islas antillanas,27 y constituía parte capital en la cinegética del país andino, como Claudio Gay pone de manifiesto en su Atlas (figura 2).
Hacia 1744, el Sínodo de Concepción advierte en su Constitución V que el exceso de vacas en «tierra de los indios» iba en detrimento de los diezmos,28 evidenciando una preponderancia en la cría y trato del ganado vacuno por parte de los indígenas sobre españoles y criollos.
En otras zonas de América, especialmente en el Collao, tan próximo a Chile, el sincretismo del toro con elementos culturales prehispánicos diversos es patente; se ve ya desde el siglo XVI en algunos keros, en los toritos cerámicos de Pucará, o en la impactante Yawar fiesta, donde se cosen las garras del cóndor al toro para ser toreado.
29 Hemos de suponer que en el siglo XVI sería difícil encontrar especímenes que cumpliesen los requisitos que se le demandaban al toro de lidia, y poco lógico malgastar ejemplares con una cabaña tan corta.
Dejando a un lado la incógnita de un traslado de toro bravo ibérico y pasados los tiempos de limitaciones de carácter cárnico, podemos suponer la existencia de animales más embravecidos por cruces genéticos.
Más adelante, la propagación asilvestrada en parajes alejados e inaccesibles desembocó en una feroz y feraz existencia de ganado vacuno «atacando [...] un gran número de caballos y no pocos infelices vaqueros», en palabras del abate Molina.
El perfil de los actores de la lidia fue, en la primera etapa, aristocrático o al menos relativo al estamento dirigente, de la misma manera que por entonces ocurría en la península.
Los caballeros, como etimológicamente indica la palabra, fueron los que, al estar en posesión del caballo, podían participar.
Esta naturaleza caballeresca del toreo de esos siglos fue en Chile más acusada, atendiendo a la situación conflictiva en la frontera meridional.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA un paisaje urbano, interaccionado con un dragón (figura 3).
Más allá de elucubraciones acerca del parangón toro-dragón como símbolos del mal (y otras más que pudieran hacerse desde la iconografía), nos interesa aquí la asimilación de una escena taurómaca en el imaginario de una población del actual norte de Chile, aunque históricamente conectada a Potosí, una ciudad con amplia tradición taurina como el cronista Arzáns de Ursúa, entre otros, se encargó de reflejar.
34 Es la única imagen de un torero de a caballo que tenemos para Chile durante la tauromaquia colonial, y una de las pocas de América.
El caballero, tocado con sombrero, vuelve el rostro hacia un enorme astado, sin duda desproporcionado, pero ¿por una impericia con las leyes de la perspectiva o con la intención de sobredimensionar las facultades del animal?
Acaba de hacer un quiebro y, como revela el instrumento en su mano, de hundir un rejón en la cerviz del toro.
Este, enfurecido, embiste las ancas del caballo que no por naif, deja de transmitir menor sensación de dinamismo.
Puede afirmarse, entonces, que el toreo ecuestre formaba parte del imaginario de este territorio al menos hacia fines del siglo XVIII, momento en el que puede datarse la pintura.
Lo seguirá haciendo en la siguiente centuria, como testimonia un documento alusivo a una fiesta de toros celebrada en 1845 en la plaza de Belén, una doctrina de indios a cuatro kilómetros de Pachama.
35 Entendemos que el predominio del caballo en la lidia no fue en estos años excluyente de un toreo a pie que pudo haber tenido muchos matices, desde la indiscutible participación de los lacayos dentro de la tauromaquia caballeresca, hasta un no documentado toreo popular y espontáneo a socapa de la primera.
Sí se confirman para Chile tratos con el toro en contextos agrarios, con una práctica tan americana como la monta del animal.
36 Esta tauromaquia, de raigambre medieval, nunca dejó de practicarse en España ni en el momento de mayor auge de lo caballeresco, dándose especialmente en las tareas previas de conducción y encierro del animal, así como en las capeas de raíz agraria o en el «laboratorio» de la encrucijada de ambas que suponía el matadero.
Los protagonistas de este toreo lúdico y tumultuoso fueron, lógico es, plebeyos, planteando una dicotomía frente al caballero que tiene en la tauromaquia y su evolución un fiel reflejo de la sociedad coetánea.
Claro que decir plebeyo en el Santiago colonial esconde una mayor complejidad, al menos heterogeneidad, que en la península.
Entendamos el término en negativo, como un gran cajón donde se acoge a todos los individuos que no integraban la reducida élite dirigente.
Más allá de peninsulares de baja estofa primero y de criollos después, ¿qué papel correspondió a indígenas, mestizos o negros?
Desafortunadamente no contamos con datos como en el virreinato peruano, donde Fernando Iwasaki ha subrayado la temprana participación de indígenas y su protagonismo en determinados lances, también de negros.
37 Bernal Díaz del Castillo lo corrobora respecto al virreinato de Nueva España cuando dice que los indios «y aun en algunos Figura 3.
Pintura mural anónima con escena de un caballero corriendo un toro, segunda mitad del siglo XVIII.
Iglesia de San Andrés de Pachama (muro interior, en el lado de la epístola flanqueando la puerta de ingreso), Precordillera, Región de Arica y Parinacota.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA pueblos juegan cañas y corren toros [...] y hay muchos que aguardan los toros y aunque sean bravos».
38 Para el ámbito neogranadino el cronista Fernández de Oviedo también refuerza la idea subrayando la celebridad de los indios coyaima y notagaima, así como de los negros, en las fiestas taurinas.
39 Sus intervenciones se asimilaron a un toreo pedestre y, en no pocos casos, a la vertiente cómica y burlesca de este, aunque, cabe decir, no solo.
40 Decididamente puede hablarse de la apertura de la tauromaquia a los no españoles desde muy temprano y de forma dilatada, y ello es tremendamente interesante desde el punto de vista de que supone una forma de integración cultural.
41 ¿Hemos de entender que, habida cuenta de lo extendido de la práctica, en Chile sucediese lo mismo?
El testimonio al respecto es tardío: en 1760 el arzobispo Alday hace una recomendación en contra de las «gentes de castas que aquí suelen dedicarse a los toros».
42 Ello, además de evidenciar la participación de las castas, deja entrever otro aspecto: la profesionalización del arte del toreo, uno de los puntales de la evolución al toreo dieciochesco.
En España la primera noticia respecto al pago a un torero es la que aparece en Sevilla en 1733.
Miguel Canelo cobra 2.100 reales, el doble de lo que podía ganar al año un empleado del matadero.
43 Sabemos que en México se ofrecen 100 pesos como premio a la mejor lanzada.
44 El ascenso social a través del toreo, muchas veces vertiginoso y por ello con tintes de milagro, es incuestionable y en América al factor económico se suma el étnico.
El parangón con el fútbol en la actualidad es difícil de soslayar, aunque en una época con una ausencia de movilidad social endémica, aun resulta más asombroso.
Todos, desde el español más encopetado hasta el mestizo más empobrecido, pueden participar en la tauromaquia, 38 López Izquierdo, 1994, 27.
Añade el cronista las fechas: Corpus Christi, San Juan o Santiago, y «nuestra señora de Agosto».
Nótese las coincidencias con los primeros cabildos santiaguinos, confirmándose como fechas taurinas.
Véase también para el contexto quiteño Alfonso Mola y Martínez Shaw, 2003.
En una relación de 1659 se indica como «salieron dos indios a garrochear a los toros» (cit. en Ibidem, 320).
Se trata, por tanto, de una suerte ecuestre.
Recordemos que el capeo, lance donde se utiliza la capa o capote desde el caballo, es de origen peruano.
El autor cita un proceso del tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Celaya a comienzos del siglo XVII, donde mestizos e indios estaban acusados de haber hecho un pacto con el diablo para «ser buenos caballeros y buenos toreros».
Significativo testimonio que demuestra el interés de un tema sobre el que seguir ahondando.
con un factor de competencia de innegable atractivo para el concepto de igualdad en una sociedad extremadamente clasista.
Negros alanceando toros a caballo, reos desterrados, indios y castas con alta e importante participación, primero, y profesionales, después; todos con la posibilidad de competir en torno a los conceptos de destreza y valor con el alto estamento, y ascender.
Ascender simbólicamente y, en muchos casos, de forma real.
La litografía de un arrogante torero negro de a caballo en Lima, fechable en 1855, refleja soberbiamente esta realidad (figura 4).
En Chile el británico John Byron recoge que en 1744 (solo una década después que en España) «algunos [sin especificar carácter étnico] se dedican por oficio», 45 no mostrando empacho en afirmar que las fiestas son mejores que en Lisboa.
Litografía a color anónima con un capeador negro a caballo, Lima, 1855.
En Recuerdos de Lima.
Tipos, trajes y costumbres, de A. A. Bonnaffé, Lima, 1857.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA muy lejos, de estas cifras: en 1764 seis pesos;46 en 1773, cinco pesos;47 lo pagado a ocho toreros, más la cuadrilla y los participantes en la mojiganga, por los cinco días de toros que se ofrecieron al nuevo presidente Joaquín del Pino (1799) ascendía a 180 pesos, pero no se desglosan.
48 Puntualicemos que los toreadores de a caballo también recibieron una dotación económica, aunque sin carácter de estipendio, o bien alguna prerrogativa.
Así, en 1784 el capitán Pedro Valenzuela solicita que como «siempre que la magnificencia de Su Majestad ha querido premiar estas acciones con algún empleo», se le exonerase de cuatrocientos pesos de censo que había de pagar sobre la chácara en la villa de Santa Cruz de Triana por salir a torear en la jura de Fernando VI, reconociendo, no obstante, que «aunque exponer mi vida al riesgo de perderla es propio y debido obsequio de mi lealtad».
El protocolo de la fiesta: la ritualización celebrativa
Sobre el protocolo y desarrollo del festejo taurino no contamos más que con un testimonio relativo a aquello que hemos denominado festejo extraordinario.
Se trata de un invaluable documento emitido por el cabildo de Santiago con motivo de la jura de Carlos III en 1760, donde se pretende protocolizar esta ceremonia real y todo lo que la rodea: «Tabla de ceremonia y etiqueta del cabildo».
50 Los toros, como aspecto fundamental de este ritual, también fueron abordados para su codificación, probablemente conocida con anterioridad, aunque quizá no fijada preceptivamente.
El inicio se produce con la entrada en la plaza de los alcaldes y los toreadores, estos en número de seis, «que deben ser los caballeros más distinguidos de la ciudad, a quienes gratifica el señor Corregidor».
El perfil aristocrático se ratifica, pues, y también el aguinaldo.
Hecha la cortesía al presidente, los alcaldes dejan sus caballos para acomodarse en sus privilegiados balcones y LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL se procede al despejo de la plaza, en dos ocasiones, la segunda por la Compañía de Dragones.
Ello revela el carácter tumultuoso que debía reinar en el espacio, como demuestran numerosas fuentes gráficas en España.
Una vez despejada y concedida la llave del toril por el corregidor, los clarines indican la salida del toro, comienza la lidia.
Esta se divide en dos fases y culmina con la muerte del animal, un aspecto que no era común en esta tipología de festejo.
Primero intervienen los toreadores de a caballo, que se valen de rejoncillos de quebrar, y, tras sonar los clarines, los toreadores de a pie salen a poner las banderillas.
En torno a la suerte de matar, no se especifica a manos de quién se produce.
En cualquier caso, toreadores de a pie y de a caballo parecen compartir de forma más o menos equitativa el protagonismo.
Más interesante resulta la noticia de que los seis toros de la mañana pueden «torearse por cualquiera libremente», aunque para matarlos sea necesaria licencia del corregidor.
Al toreo codificado y aristocrático vespertino se contraponía aquel espontáneo y plebeyo matinal, dando cabida a las pulsiones taurómacas del pueblo que encontraba en ello una apetecida vía de escape a tantos sinsabores diarios.
La parquedad documental sobre estas fiestas en Chile impide apuntar la práctica de tales o cuales lances, aunque encontremos referencias a aquellos más habituales: garrochas, rejoncillos, banderillas...
En el documento que incumbe a los gastos relativos a la entrada del presidente Del Pino en Santiago en 1799, 51 aparecen dos elementos relacionados con el toreo cómico: el negro y la negra, lo que demuestra la intervención del grupo étnico en lo taurino, o «el tinajón», consistente en la colocación del gran tiesto con un burlador dentro al medio de la plaza.
También se dio una de las suertes de origen americano, el «monta-toro», relacionada por Byron en una corrida hacia 1744.
52 En cuanto a la suerte de matar, seña y culmen del toreo dieciochesco, se practicó, pero no siempre.
53 Los organizadores de la fiesta taurina estuvieron siempre en relación con el estamento gubernamental pues, incluso con el posterior toreo-espectáculo, será el ayuntamiento quien remate en pública almoneda el derecho de explotación de la plaza, con pingües beneficios aunque fuese un «empresario» particular el encargado de la gestión.
Se especifica que en una corrida a beneficio de los presos de la cárcel en 1760 se habrán «de pagar los [toros] que se desgraciaren».
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA que estipuló cinco días consecutivos de toros a celebrar en dos ocasiones anuales, estas ya más ajustadas a la pertinencia de las condiciones climáticas veraniegas: diciembre y febrero.
Aunque en la documentación no queda del todo claro, también el ayuntamiento parece ser el propietario del coso, pues compra al convento dominico el terreno donde se instala, llamado el basural de Santo Domingo, «a espaldas de la claustrada hacia el río».
54 El coso, frágilmente permanente, era el escenario que sustituía a las talanqueras colocadas en la plaza mayor, pero sin poder hacer uso ya de este ónfalos citadino.
La corrida se trasladará a emplazamientos periurbanos y diversos: la Chimba, al otro lado del río, la Alameda adentro y, con más asiduidad, al dicho basural de Santo Domingo, curioso paralelismo con Sevilla, que instala su plaza en lo que fue el muladar del Baratillo.
Se conserva, realizado por el maestro Juan Briceño, un plano de esta plaza de maderos, que tanto mantenimiento habría de necesitar (figura 5).
En Santiago nunca llegó a Figura 5.
Dibujo con la planta de la plaza de toros de maderamen para Santiago, Maestro Juan Briceño, 1760, ANH Chile, Capitanía General (Colección de mapas, planos y dibujos), 665, 249r.
existir una plaza de cal y canto como en Buenos Aires o Montevideo, aunque en la documentación se expresa la intención de que «se vaya de año en año haciendo de firme el sitio de los toros» 55.
La fiesta taurina y sus implicaciones sociales
La fiesta taurina fue utilizada como instrumento de dominación ideológica, una pedagogía para que el pueblo recibiese el mensaje de superioridad de sus señores.
En los festejos extraordinarios como las juras, la plaza se transformaba en un espacio donde la nobleza renovaba ritualmente la aceptación de su superioridad.
Era el escenario ideal para la demostración del estatus de cada uno.
El repartimiento de balcones -por cierto, fuente de no pocos conflictos-así lo revelaba.
En la «Tabla de ceremonia y etiqueta del cabildo», ya citada, se especifica el espacio concedido a cada organismo.
56 Este sistema de privilegios se trasladó al toreo-espectáculo, como demuestran las quejas de los empresarios.
Johnston decía en 1811 que en Santiago a las corridas iba «gente de más suposición que al teatro».
57 Los tendidos eran, pues, reflejo especular de la sociedad de la época y su clasificación.
No obstante, los toros fueron una fiesta integradora, donde participó toda la sociedad y, lo más importante, donde desde muy pronto se asimiló como participantes activos a todos los grupos étnicos y sociales: indios, castas, mestizos, negros... y también a las mujeres.
No creemos pecar de exagerados o poco rigurosos si afirmamos que la fiesta taurina fue uno de los espacios de más igualdad fáctica del periodo virreinal.
Las corridas de toros constituían un espacio visible que escondía tras de sí las tensiones respecto al orden social urbano en la ciudad de Santiago, así como de la moralidad cristiana en una colonia remota de la monarquía católica española.
Al pesquisar las noticias referidas a este evento, podemos ver cómo los principales poderes de la época -el eclesial y el secular-se involucraban en discusiones que tenían como trasfondo las oportunidades 55 Acuerdo, Hermandad para pedir la limosna..., Manuel González Hidalgo, 12 de enero de 1764, AHN Chile, Capitanía General, 665 (microficha 07), 237r.
Para el estudio de la tipología de plaza de toros dirigimos a Halcón, 1990.
El repartimiento quedaba de la siguiente manera: treinta varas para la Real Audiencia y cabildo, doce para el cabildo eclesiástico, ocho para la universidad, seis para cada colegio, cuatro para cada uno de los seis tenientes; a los escribanos le correspondían los arcos bajos de la casa del cabildo y ya el resto podía venderse a particulares.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA y obstáculos para formar buenos cristianos y buenos ciudadanos, respectivamente.
El que sea este un espacio de tensión no significa que estos dos agentes hayan estado siempre enfrentados, sino más bien que las corridas de toros eran una excusa para proponer una determinada forma de gobernar las almas y las mentes de los pobladores de Santiago durante su historia anterior a la independencia.
En estas fiestas se jugaban valores como la austeridad, la piedad, la moralidad y el orden, que en el escenario lúdico y necesario de la fiesta no siempre encontraban un campo de cultivo fértil para poder desarrollarse.
En las corridas de toros ocurrían muchas cosas que atemorizaban y escandalizaban a ciertos eclesiásticos o autoridades porque el pueblo podía desbandarse.
En este sentido, entonces, las fiestas en general y las de toros en particular ejercieron un importante papel en la vida urbana de los habitantes de Santiago hasta comienzos del siglo XIX.
No es raro que este entretenimiento haya tenido sus controversias en nuestro territorio.
Ya el año 1567 el papa Pío V lo había prohibido para la cristiandad bajo pena de excomunión.
Imbuido del espíritu contrarreformista romano de mediados del siglo XVI, el papa decidió luchar contra todos los vicios e inmoralidades y auspiciar una vida terrenal cristiana, austera y virtuosa.
Dentro de las costumbres que detestaba por considerarla pagana y bárbara estaba la fiesta de los toros.
En la bula prohibió los toros con castigo de excomunión inmediata y perpetua a quienes desobedecieran y a los que murieran lidiando se les negaría sepultura cristiana.
58 En Italia la prohibición fue acatada de forma inmediata, no así en países como España, Francia y Portugal donde la tradición de los toros estaba muy arraigada.
Eran el espectáculo público más popular de España.
El rey interpretó la bula a su manera, argumentando que la forma en que las corridas se llevaban a cabo en su territorio no era peligrosa, que era una forma en que sus vasallos se entretenían y que además constituían un ensayo de los ejercicios militares.
59 A pesar de esta prohibición, tenemos referencia de la presencia de toros en Chile en la celebración de la llegada del gobernador Bravo de Saravia el año 1568.
No había pasado ni un año de la prohibición y en Chile parecía no cumplirse esta disposición.
Sencillamente a que en España, la bula nunca se hizo pública.
Incluso Felipe II intentó convencer al papa de que la derogase, pero no tuvo éxito.
Esperó la llegada del nuevo pontífice -Gregorio XIII-para renovar las conversaciones.
Lo que obtuvo fue que la pena se levantase solamente a los laicos, quedando entonces LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL vigente para los eclesiásticos.
Además, no podían efectuarse en días festivos.
Las disyuntivas que causaba la posible presencia de eclesiásticos en las corridas de toros, llevó a preguntarse si era pecado mortal o venial que los obispos asistieran.
Según el padre Pedro Hurtado de Mendoza -muy escrupuloso en temas de toros-«los obispos y los eclesiásticos de grande calidad pecan mortalmente si ven los toros», 60 por considerar la actividad intrínsecamente mala.
Pero, como veremos más adelante, las opiniones estaban divididas entre los religiosos.
Otra referencia a la discusión respecto a los toros y el probable no acatamiento a las disposiciones religiosas de la alta jerarquía, es la que se relata en una junta del cabildo en el año 1582.
Como excusa para poder celebrar libremente, se recurre a los hechos ya consumados: tanto en España como en Perú se estaban llevando a cabo, ¡incluso en vista y presencia de autoridades eclesiásticas e inquisidores! 61 Más adelante, concretamente en el papado de Clemente VIII en 1596, se derogaría la bula de Pío V. Mientras el rey y el papado discutían en Europa el destino de las corridas de toros para la cristiandad, en esta lejana colonia se discutía acerca de los detalles de su realización.
Debían hacerse para cada fiesta de Santiago, San Juan y la Asunción, como constatan las actas del cabildo secular de aquella época.
Tenemos algunos vestigios de que la prohibición se conoció en Chile pero no se cumplió: uno de ellos es el hecho de que el cabildo le pide licencia al obispo para poder hacer corridas de toros el año 1579.
62 También está el hecho de que el año 1582 el cabildo discute si es realmente escandaloso realizar corridas de toros.
Para argumentar que no, recurren al hecho de que estas se realizan en Lima y a la necesidad que hay en Chile de llevarlas a cabo para ejercitar el arte militar.
Pereira Salas dice que la sociedad santiaguina conoció las disposiciones que hiciera el papa Pío V en la bula, pero se interpretó y discutió acorde a las circunstancias locales, argumentando que la situación de permanente guerra en esta parte del imperio, hacía necesario que no terminara el arte militar.
Y así como las autoridades eclesiásticas tenían sus preocupaciones, las civiles también tenían las suyas.
Al comienzo era difícil organizarlas porque la Capitanía era muy pobre y se consideraba impensable matar en «un sangriento y costoso combate» a un animal que era tan caro y difícil 60 Ibidem, 352.
ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA de reproducir.
63 Para las corridas mismas, el cabido debía dar disposiciones claras respecto a la organización, porque si esto no ocurría, comenzaban las irregularidades y desórdenes en el espacio público.
Las barreras para contener el espectáculo en las calles aledañas a la plaza mayor debían ser firmes y estar bien construidas para evitar que los toros se desbandasen e hicieran daño a algún vecino.
El que no lo hiciera según lo dispuesto, tendría pena de diez pesos.
64 Había que limpiar la plaza mayor, hacer el tablado para que se sentaran los señores del cabildo y los regidores y proveer todo lo que fuera necesario para poder celebrar.
Durante el siglo XVII la ciudad de Santiago fue escenario de varias fiestas tanto civiles como religiosas.
En todas ellas había corridas de toros y una preocupación explícita porque no dejaran de hacerse y se guardara su continuidad.
En las actas del cabildo de la primera mitad del siglo XVII abundan las expresiones: «como suelen hacerse» o «como es costumbre», «como es uso y costumbre», «la costumbre antigua», demostrando que su permanencia era algo importante para el pueblo que necesitaba divertirse y evadirse de una vida cotidiana dura y ruda.
Revisando las actas del cabildo, llama la atención que cuando hay que discutir sobre las corridas de toros, los acuerdos son siempre unánimes.
Insertamos aquí una cita de uno de los acuerdos del cabildo, para dar cuenta del tono y de las preocupaciones aparejadas a las celebraciones de las fiestas:
LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL mucha decencia y con la veneración que «se debe y conviene» 66 o «con todo gusto», como se recomienda en otra acta edilicia.
67 Pero no solamente este actor secular veía con buenos ojos las corridas de toros para las celebraciones, sino también importantes figuras representativas de los poderes eclesiásticos, como es el caso de fray Gaspar de Villarroel, quien escribe un tratado de defensa el año 1656.
Este describe el barroquismo y fastuosidad que espera de una fiesta en general y de los toros en particular.
Para él, las fiestas, saraos, toros y otras diversiones y ruidos que una sociedad pueda llevar acabo, son gritos a Dios para que escuche a un pueblo que está a punto de dar un estallido.
El tratado de Villarroel es muy interesante porque recoge las clásicas críticas que tradicionalmente se habían argüido contra los toros y se hace cargo de ellas.
Respecto a lo que dijera el padre Hurtado de Mendoza en torno a la naturaleza intrínsecamente mala de los toros, Villarroel argumenta que el propio papa había otorgado ciertas dispensas.
Si esto era así, lo malo de los toros no era intrínseco sino relativo a las personas, los lugares y las situaciones.
Contraponiéndose a lo expresado por Hurtado de Mendoza sobre la peligrosidad de la forma en que se corren en España, Villarroel cita a otra autoridad (Villalobos y la Universidad de Salamanca) diciendo que eso no es así si se hacen con moderación, se resguarda debidamente a la gente disponiendo de varias guaridas y se les corta las puntas de los cuernos al toro.
Cuando ha habido muertes de toreadores ha sido porque estos han sido imprudentes o porque ha habido un accidente y no porque la actividad sea peligrosa en sí.
Respecto a que no se corran toros los días de fiestas, Villarroel argumenta que eso debe interpretarse como que no se realicen en las tardes, en que son los oficios divinos, pero en las mañanas pueden correrse.
A Villarroel también le importa el orden público.
En su tratado releva la importancia de aquellos que hacen tablados para alquilarlos y ganar dinero con eso, así como los que alquilan sus balcones o ventanas.
Con este tipo de iniciativas, los toros se pueden ver con toda seguridad y se evitan peligros.
68 Entre los fieles, había quienes justificaban los toros con el argumento de que el obispo de Lima no los había prohibido para el Concilio Limense de 1682, o los que decían que los toros no hacían daño a los toreadores cuando respetaban la santidad de san Francisco Solano, «a cuyo honor se ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA hacían las fiestas».
69 Cuando en un acta del cabildo de 1604 leemos que se acuerda que se hagan las fiestas a Santiago y que «le corran toros», 70 no podemos sino entender que el lenguaje discursivo es elocuente de la relación entre fiesta y devoción en aquella época.
El año 1658, para los preparativos de la fiesta de Santiago, se decide que se «hagan algunas alegrías y corran toros tres días», como agradecimiento por los buenos sucesos que Dios le ha dado al ejército.
71 Como una forma de entender la lealtad a la monarquía española es que se hacían fiestas con toros cada vez que había funciones reales.
En ambos casos hubo varios días de cañas y toros.
A pesar de este ambiente bastante propicio para la celebración de fiestas de toros en Santiago durante el siglo XVII, hay también voces de críticas frente a los excesivos gastos en los que había que incurrir para financiar esta fiesta.
Era obligación financiar los toros y todos los refrescos y comidas que se consumían durante las fiestas.
El que no lo hacía debía pagar una multa, sobre todo porque implicaba un desaire a la Audiencia.
72 También se ven rencillas entre los poderes religioso y civil con las corridas de toros como moneda de cambio.
Si la Iglesia se sentía ofendida por alguna razón, acudía a las amenazas y los castigos para con el poder civil.
Y quedarse sin toros era un castigo significativo.
Un evento interesante a este respecto es el cambio de fecha en la celebración de las fiestas del apóstol Santiago con sus respectivos toros en 1631 a raíz de un conflicto con el obispo Francisco de Salcedo.
73 Casi un siglo más tarde, el obispo de Santiago se niega asimismo a asistir a la fiesta de Santiago porque los miembros del cabildo no habrían asistido, por su parte, a la fiesta de san Justo y Pastor que organizara el propio obispo.
74 El siglo XVIII es de grandes cambios para la actividad taurina.
Vemos que el cabildo, preocupado por los daños que pueda provocar correr toros en el centro de la ciudad, recomienda ahora hacerlo «a extramuros del poblado».
Entre estos, el que se comiencen a proyectar y fabricar plazas de toros.
Pero en este proceso de institucionalizar la fiesta en un espacio especial y alejarla de las plazas y calles públicas, muchos eclesiásticos continuaron 69 Pereira Salas, 1947, 66.
oponiéndose y poniendo obstáculos.
Como ocurrió el año 1732 cuando, después del terremoto, unos capitanes tuvieron la iniciativa de organizar una corrida de toros de beneficencia en la Chimba para ayudar a reconstruir una capilla.
Esta iniciativa no fue del gusto del arzobispo Pedro de Azúa, quien instigó a las autoridades para impedirlo.
Para él, era esto algo inadecuado en días de calamidades.
Más rotunda aun fue la proclamación de Azúa de un sínodo diocesano el año 1744, donde se quejaba de que las fiestas se estaban profanando y que se habían convertido en verdaderos espectáculos teatrales y se había perdido por completo el respeto y la devoción.
Se quejaba asimismo de que los dineros se estaban malgastando porque en estas fiestas públicas se llegaba a todo tipo de abusos entre hombres y mujeres, que terminan estando muy cerca.
El documento se dirigía a los sacerdotes para que excomulgaran a las cofradías que organizaran comedias o toros.
Azúa reconocía que lidiar toros no era intrínsecamente malo, pero no era cosa para religiosos ni para días festivos, por considerarlo inoportuno.
75 Algunos años antes, el cabildo catedralicio había prohibido las corridas de toros por considerarlas nocivas para las almas de sus feligreses.
Se acuerda que el cabildo eclesiástico escribiría una carta a los señores de la Real Audiencia explicando el motivo de la prohibición.
76 Por su parte, la autoridad civil manifestaba su preocupación por los desórdenes de los ciudadanos involucrados en las fiestas de toros.
En las ventas de bebidas y comidas expendidas durante esos días, hombres y mujeres en concurso entran en pleitos, embriagueces y otros excesos criminales.
Se dispone que en esos casos deberán evacuarse las ventas del interior y el exterior de la plaza de toros.
A quien no obedeciera, se le darían penas según su condición social y se quitarían los permisos para expender licores.
También hay orden de mantener el recinto iluminado con faroles por dentro y por fuera, también con pena de multas en caso de incumplimiento.
77 Otro vicio que se quiere evitar en los días de corridas de toros es el de las rifas y las ruedas de fortuna.
Incluso se habla de no tener ni retretes para que no haya encuentros ilícitos entre hombres y mujeres 75 Pereira Salas, 1947, 71.
76 Cabildo de la catedral de Santiago, 20 de febrero de 1702, Archivo Arzobispal de Santiago de Chile, Actas del cabildo de la catedral de Santiago, libro II, 46v-47r.
Confirma la prohibición de las corridas de toros.
77 Expediente, Tasación del sitio nombrado El Basural que compró la ciudad al Convento de Predicadores, 1796, AHN Chile, Capitanía General, 969 (microficha 06), 198r.
No obstante, las lidias de toros eran, como hemos estado revisando, un espacio para discutir problemas más generales.
Pareciera que en Chile las menguadas dimensiones de la fiesta no daban para hablar tampoco de grandes desórdenes, como sí ocurría, en cambio, en lugares como Lima y México.
Podemos agregar que las finanzas de esta colonia distaban mucho de la riqueza que ostentaban otras ciudades del imperio español.
Todo esto incidía en la magnitud de las fiestas, que eran más esporádicas y menos lustrosas que las de otras localidades.
A pesar de esto, las gentes se quedaban hablando durante meses y años, al punto de que surgiría la expresión «habrá toros» para referirse a varios días seguidos de fiestas. |
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Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile (1782) del jesuita expulso Felipe Gómez de Vidaurre: una obra injustamente desvalorizada por la historiografía chilena/ Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de Chile (1782) of the Jesuit Expelled Felipe Gómez de Vidaurre: a Work Unjustly Devalued by Chilean Historiography
Este fragmento, que corresponde a la dedicatoria que Felipe Gómez de Vidaurre Girón hace en su obra a Antonio Porlier, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia de España y de Indias, y en el que se enfatizan los agradecimientos a la persona más que al ministro de Estado, puede ser considerado como una muestra de su molestia hacia la administración española, pues este jesuita y criollo chileno, nacido en la ciudad de Concepción en 1740 2 en una de las más antiguas y prósperas familias del periodo colonial chileno, fue parte del grupo de alrededor de trescientos cincuenta religiosos pertenecientes a la provincia de la Compañía de Jesús de Chile que partieron al exilio a comienzos de 1768, luego de conocerse el decreto de expulsión de la orden ignaciana para los territorios pertenecientes a la monarquía española, emitido un año antes por el rey Carlos III.
Los primeros años de su exilio los vivió en Imola, ciudad italiana donde se destinó a la mayoría de los jesuitas provenientes de Chile, por lo que pudo compartir con otros expulsos importantes para las letras chilenas, como Juan Ignacio Molina, Manuel Lacunza y Miguel de Olivares.
En los primeros años de exilio en Imola los jesuitas pudieron transitar una suerte de normalidad, que en parte se debía a la subsistencia de la Compañía de Jesús, pero principalmente por el buen manejo de los provinciales Baltasar Huever y Francisco Javier Varas, que lograron mantenerlos reunidos (viviendo en comunidad) y en buenas condiciones.
El destacado es nuestro.
2 Se manejan algunas fechas posibles de nacimiento, principalmente el año 1748, señalada por José Toribio Medina en la «Introducción» que hace de la obra del expulso para la edición de 1889, seguida por algunos autores posteriores y que parece ser equivocada.
Este error pudo deberse al calcular mal la edad que tendría el jesuita al momento del expulsión de la Compañía, pues toma como fuente un documento que contiene la nómina de los jesuitas expulsos chilenos donde se señala que Vidaurre al momento de la detención (1767) tenía 28 años.
Walter Hanisch (1972, 229) señala que el jesuita nació el 1.o de mayo de 1740, fecha que puede ser la más probable, pues al momento de la expulsión el jesuita chileno enseñaba gramática en el Colegio Máximo de Santiago, y no creemos posible que esto lo hiciera a la temprana edad de 19 años, que habría tenido si hubiese nacido en 1748.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) en este periodo finalizaría su profesión de votos y comenzaría a escribir su Historia.
4 Después de la supresión de la Compañía, decretada en 1773 por el Papa Clemente XIV, la situación emporó para la mayoría de los expulsos.
El ecuatoriano Juan de Velasco nos entrega uno de los pocos testimonios en primera persona que se pueden leer respecto a este triste momento de los padres jesuitas, recordemos que entre las prohibiciones que contenía la Real Pragmática Sanción de 1767 para los expulsos, y a riego de perder la pensión vitalicia, no se podía escribir, imprimir o declamar sobre el asunto del extrañamiento;5 en un capítulo inédito de su Historia moderna del Reyno de Quito y crónica de la Provincia de la Compañía de Jesús del mismo Reyno, Velasco señala:
Cada cual tiró libremente por aquel camino que le deparó la casualidad, la fortuna o la natural inclinación.
Unos se aplicaron a enseñar a leer y escribir, o la Gramática o alguna otra facultad o ciencia, en privado o tal vez en público; otros a confesar y aun predicar donde lo gustasen y querían los Obispos; otros a escribir sobre diversas materias, de modo que no hubo arte, facultad, ni ciencia sobre la que no diesen a la luz tantas y tan excelentes obras que han merecido los comunes aplausos y podrán formar ellas solas una muy selecta y cumplida biblioteca.
Unos se aplicaron a contratar con algunas frioleras y otros a moler tabaco o chocolate, para ganar algo con los mismos Españoles.
Unos de los que vinieron de Escolares y Coadjutores se dieron modo a ordenarse de Sacerdotes; y otros se fueron casando, más casi todos infelizmente.
Los que no eran capaces de aquellas ocupaciones o no quisieron emplearse en ellas, se aplicaron unos a sólo leer libros, otros a sólo cuidar de sus almas, y otros a consumir en la inacción y el ocio el resto de sus tristes y amargos días.
6 Considerando que Imola ya no seguiría siendo el refugio de esos primeros años de exilio y que la pensión que suministraba la Corona era insuficiente e impuntual, Vidaurre y su colega (y amigo) Juan Ignacio Molina decidieron trasladarse a la vecina ciudad de Bolonia a comienzos de 1774.
Esta ciudad ofrecía para estos letrados americanos mayores horizontes desde el punto de vista material y cultural, ya que por aquella época seguía siendo un centro académico importante.
Si bien casi no existen noticias de la vida de Vidaurre en esta ciudad, se pueden utilizar como referencia algunas de las actividades que realizó allí el abate Molina, que han concitado mayor interés para la historiografía chilena, 7 por lo que podemos inferir MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA que en Bolonia nuestro autor mayormente realizó algunas actividades para mejorar su renta -como hacer clases privadas-8 y terminó de redactar su obra.
También es probable que en los primeros años su actividad más importante haya sido redactar, posiblemente junto a Molina, el Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile (1776),9 el llamado «Compendio anónimo», tan admirado por Francisco de Miranda y recomendado por el propio libertador americano a Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos.
10 La escritura de la Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile Vidaurre la emprende motivado por el desconocimiento que existía en Europa a fines del siglo XVIII de la por entonces Capitanía General de Chile y por la degradada imagen que habían construido de este territorio, como del resto de América, algunos sabios europeos.11 El primero era un objetivo que se venía enunciando desde mediados del siglo XVII, principalmente en la Histórica Relación del Reino de Chile (1646) de Alonso de Ovalle, otro jesuita chileno,12 y el segundo, que más bien consistía en un rebrote de la «leyenda negra antiespañola» en la Europa del siglo XVIII, ayudó a perfilar discursivamente los trabajos de los escritores jesuitas criollos y expulsos hacia una defensa de lo americano.
Estos jesuitas expulsos criollos, como el mexicano Francisco Javier Clavijero, el ecuatoriano Juan de Velasco, el chileno Juan Ignacio Molina y el propio Vidaurre, no podían defender lo americano e inmiscuirse en una HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) disputa intelectual con los europeos validando y defendiendo lo realizado por España en América durante casi tres siglos de coloniaje; asimismo, no podían ser abiertamente críticos con la administración española, por la sencilla razón de poner en riesgo la pensión vitalicia, que para muchos de ellos era el único dinero con el que contaban para solventar los gastos básicos.
Esta dificultad discursiva la resuelven al orientar sus trabajos principalmente en hacer una descripción detallada de la naturaleza y de las culturas originarias de sus respectivos países, como también, particularmente en el caso de Juan Ignacio Molina, pero extrapolable al resto de expulsos citados, confiriéndole a lo nacional y autóctono una validez universal, argumentando que las sociedades americanas no son degeneradas e inferiores, sino que han tenido un ritmo de progreso distinto.
13 Para el filósofo argentino Arturo Andrés Roig estas polémicas dieron como resultado uno de los primeros ensayos en los que hombre americano se hizo cargo de su representación e historicidad, en cuyo trabajo utilizó el mismo lenguaje del europeo, 14 pero con una intencionalidad claramente distinta.
15 Federico Álvarez Arregui sostiene que «leyendo estas obras el lector se da cuenta de que constituyen algo así como la primera conciencia americana o, al menos, un incipiente orgullo criollo», pues, si bien, lo específico americano venía perfilándose progresivamente desde «los primeros vagidos del peculiarísimo barroco americano hasta la insurrección de Túpac Amaru», es a través de estos jesuitas que el «ser americano abre una nueva etapa en su desarrollo hacia una plena autoconciencia y adquiere un perfil mucho más concreto».
16 Habría que agregar que este «autorreconocimiento» -parafraseando a Roig-de los criollos jesuitas se aceleró por los especiales hechos históricos que les tocó vivir directamente, como la expulsión de la Orden del continente americano y su posterior supresión y el desarrollo de la Ilustración en el último cuarto del siglo XVIII (que absorbieron en escenario europeo), así como también otros más personales, pero no menos importante para este proceso, como su calidad de exiliados en Europa y el orgullo ignaciano incrementado por el proyecto interrumpido.
Es así como Vidaurre, de la misma forma que los jesuitas expulsos más connotados, eso sí, con menos insistencia, discute el determinismo geográfico propuesto por algunos pensadores europeos para el continente 13 Figueroa, 2008, 96.
14 Muchas de las historias civiles y naturales que escribieron estos jesuitas se ajustaban a los más estrictos cánones científicos de la época.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA americano, que por lo demás afectaba directamente a los criollos.
Por ejemplo, le impugna a Cornelius de Pauw17 algunas de sus falaces teorías, como que la naturaleza americana es inferior y que sus especies, tanto vegetales como animales, degeneran rápidamente.
Además, le responde con ejemplos que ha obtenido de manera directa o con los que ha recogido de otros autores que han visitado los territorios americanos, como los españoles Antonio de Ulloa y José de Acosta y los viajeros franceses Amadeo Frezier y Louis Feuillée, recriminando la irresponsabilidad del filósofo holandés al injuriar territorios que conoce solo de segunda mano.18
Las vicisitudes de Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile
Por la notoriedad que estaba adquiriendo Juan Ignacio Molina en Europa, principalmente por la edición de su Saggio sulla storia naurale del Chili (1782), 19 el ministro Porlier comenzó a solicitar a los jesuitas expulsos sus trabajos para una futura publicación.
Vidaurre al parecer no tenía mayores intenciones de hacer publicar su obra, pues el manuscrito de esta circulaba entre sus colegas como material de lectura desde 1782, año en que habría finalizado su redacción.
Sin embargo, en 1788 le escribe a Luis Gnecco, comisario real y uno de los encargados de vigilar a los jesuitas expulsos en Bolonia, señalándole que después de recuperar su obra y de hacer los últimos arreglos la enviará a España; lo hace el 20 de enero de 1789.
20 A pesar de estos áulicos intentos Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile no se publicaría en aquella época en España, sino recién en 1889 en Chile, en los volúmenes XIV y XV de la Colección de Historiadores de Chile y de Documentos Relativos a la Historia Nacional 21 y con HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) un trabajo introductorio de José Toribio Medina.
El manuscrito original de esta obra, guardado en la Real Academia de la Historia de Madrid, contiene ilustraciones originales, otras del llamado «Compendio anónimo» y de la Historia de Alonso de Ovalle.
La edición de 1889 -obtenida desde una copia del manuscrito original-no incluye ninguna de estas ilustraciones, lo que en cierta medida reduce su valor.
De los once libros en que se divide la Historia, los cinco primeros están dedicados a la historia natural.
El libro sexto se refiere a los indígenas de Chile, especialmente de los mapuches.
Los libros que van del séptimo al décimo están consagrados a la denominada Guerra de Arauco.
El último libro de la obra, el undécimo, se dedica al estudio de la sociedad chilena urbana, particularmente de la elite criolla.
Desde su publicación la obra de Vidaurre no ha tenido una buena acogida por parte de los críticos, ni mucho menos una dedicada atención.
Entre lo más importante que se escribió respecto a la obra del jesuita a fines del siglo XIX, podemos destacar lo realizado por José Toribio Medina, que además del trabajo introductorio para la edición de la CHCH, que ya hemos mencionado y en el que no le resta todo mérito, algunos años antes le había dedicado algunos pequeños fragmentos en su Historia de la literatura colonial de Chile.
22 Más tarde, en 1891, el historiador español de la Compañía de Jesús Francisco Enrich se referiría al expulso en su libro dedicado a la orden ignaciana en Chile, entregando datos bibliográficos poco precisos y refiriéndose con algunos reparos a su Historia.
23 Pero sería Diego Barros Arana, una autoridad en la historiografía chilena, el que proferiría las críticas más duras en contra de la obra del jesuita.
En su Historia jeneral de Chile (1884-1902), Barros Arana señala que Vidaurre no estaba preparado para escribir el libro que se propuso, por no disponer de los materiales necesarios y por carecer del talento y la educación para realizar aquel trabajo.
Para el historiador decimonónico, en la obra del jesuita, que -cabe mencionar-revisa desde el manuscrito copiado en España, no encuentra nada que revele un espíritu sagaz y penetrante, sino todo lo contrario, considera que su estilo es mediocre, su mirada superficial, su vocabulario deficiente y con frecuencia impropio y no le habría servido de nada escribir su Historia en un contexto más ilustrado como era el europeo, por lo que «ni la historia ni la literatura ganarían gran cosa con su publicación» pues su estudio y análisis no permite obtener ningún dato importante.
24 MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA El primer crítico que se estudió exclusivamente algunas particularidades de la obra de Vidaurre fue Eduardo Solar Correa en un trabajo de su libro Semblanzas literarias de la Colonia (1933) titulado «Felipe Gómez de Vidaurre, 1748-1818».
Aparte de breves reseñas de su vida y obra presentes en algunos libros y artículos de prensa (principalmente de Concepción), más la valiosa, pero poco aprovechada, información que se encuentra desperdigada en los trabajos del historiador jesuita chileno Walter Hanisch Espíndola, lo último importante acerca de la obra del jesuita es un artículo de Fernando Casanueva (2001) y un trabajo de Luis Hachim Lara publicado en 2013.
25 Es probable que la exagerada indisposición de Diego Barros Arana haya influido en el poco entusiasmo que por la obra del expulso tuvieron los especialistas contemporáneos a este historiador y esto a su vez pudo propiciar el desconocimiento de los críticos que vinieron más tarde.
Si bien, nuestra intención no es hacer una defensa en el plano de lo estético de la obra del jesuita, consideramos que contiene varias particularidades que son muy interesantes y que han pasado casi inadvertidas, como por ejemplo, ciertas descripciones que hace de la sociedad mapuche y de los criollos, así como también las sugerencias y propuestas para mejorar la educación, la agricultura y el comercio del Reino de Chile, que por lo demás objetan el juicio de Barros Arana, pues se ajustan perfectamente, como veremos más adelante, al pensamiento ilustrado del siglo XVIII.
El nuevo concepto de Historia
Como se dijo más arriba, probablemente el primer estudio que fija la atención en ciertas características originales de la obra de Vidaurre es el de Eduardo Solar Correa.
En este ensayo el crítico literario chileno señala que si bien en la obra del jesuita no se obtendrán detalladas noticias de batallas y escaramuzas, ni una depurada y preciosa narración, contiene pasajes que aportarían a las letras chilenas «un nuevo concepto de historia».
Para Solar Correa esta nueva forma de comprender la narración histórica en la obra de Vidaurre se percibe cuando comienzan a tomar relevancia en la narración los aspectos de la vida cotidiana chilena, lo que lo aproximaría a un espíritu dieciochesco, más acorde con la época.
Solar Correa incluso se pregunta si 25 Insistimos que las referencias presentadas son hasta la fecha los únicos trabajos impresos que hemos ubicado que presenten alguna importancia para el estudio de la obra de Vidaurre.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782)
Vidaurre habrá conocido las novísimas teorías de Voltaire sobre la manera de escribir la Historia, a lo que se responde que «posiblemente».
26 Otra característica presente en el libro de Vidaurre que Solar Correa establece como ejemplo de esa evolución en las letras nacionales es su crítica hacia la mayoría de las obras anteriores dedicadas al Reino de Chile por tratarse casi únicamente de la Guerra de Arauco.
El jesuita señala que estas obras, en las que seguramente incluía algunas de sus colegas, «no presentan más que un campo, todo él bañado de sangre y cubiertos de cadáveres; no hacen más sino mutuas hostilidades [...]
¿Pero qué provecho saca el público?
No otro que el impresionarse contra aquella parte que ve pintada más cruel, más inhumana».
27 A pesar de lo que sostiene, Vidaurre no pudo abstenerse de relatar las noticias del interminable enfrentamiento entre mapuches y españoles, por la simple razón de que aquellos sucesos constituyen la base de la sociedad colonial chilena.
A esto dedica cuatro partes de las once que conforman su libro, siendo además las más extensas.
La escasez de materiales bibliográficos relacionados directamente con el Reino de Chile fue un inconveniente para el autor a la hora de enfrentar estos pasajes históricos, ya que por más que en sus primeros años en Imola estuviera rodeado por un grupo de más de doscientos chilenos,28 que bien pudieron aportarle algunas noticias del país, los libros que trataban de Chile con los que contaba -además de los textos de viajeros europeos-eran casi únicamente la obra de Alonso de Ovalle, La araucana de Alonso de Ercilla, un manuscrito de la Historia general del reino de Chile de Diego de Rosales y otro de Miguel de Olivares.
29 Este último, con el cual compartió esos primeros años de exilio, fue el que más aportó a la parte dedicada a la historia civil, cuestión que puede ser comprobada incluso desde algunos errores presentes en la obra del expulso, en los que parece seguir el manuscrito de Olivares, como cuando confunde a Francisco de Aguirre con Francisco de Villagra como el militar MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA enviado por el gobernador Pedro de Valdivia a explorar la zona de Cuyo, 30 dato equivocado que también toma Juan Ignacio Molina en su Saggio sulla storia civile del Chili (1787).
A pesar de esta utilización, la Historia de Vidaurre está lejos de ser un compendio de la obra de Olivares, como le imputa Diego Barros Arana.
31 Si bien es cierto que contiene muchas informaciones del manuscrito de su colega, estas son reinterpretadas y no siempre llega a las mismas conclusiones.
Por ejemplo, es factible que una información como el disgusto de los pehuenches por la fundación en sus tierras de San Bartolomé de Chillán haya sido obtenida de la Historia de Olivares, pero mientras este señala que gobernador Alonso Sotomayor, al enterarse que los indígenas del lugar estaban invadiendo la nueva ciudad, mandó dos compañías pagadas y bien armadas a desalojar a los intrusos, lo que hicieron supuestamente sin mayores inconvenientes, 32 Vidaurre señala, cuestión que no dice o no advierte Barros Arana, que estas dos compañías fueron a Chillán solo a saquear las haciendas de los pobladores y en el momento en que el gobernador se hizo presente, escaparon a los montes con el ganado que habían robado.
33 Si bien Vidaurre no cita ni menciona a Miguel de Olivares en estos pasajes para discutirle, podemos aseverar que esta utilización crítica de las fuentes se ajusta a esa fuerte «posición en favor de la verdad» que, según el historiador alemán Reinhart Koselleck, en los historiadores del último tercio del siglo XVIII se allanó a través de la Ilustración.
34 En esta misma línea debemos ubicar los juicios críticos expresados al inhumano proceder en batalla de algunos gobernadores de Chile, como el recién señalado Alonso Sotomayor, pero principalmente de García Hurtado de Mendoza y Manrique, que difieren de manera considerable del retrato que Miguel de Olivares hace del joven gobernador que reemplazó a Pedro de Valdivia.
Sin desconocer que la nueva interpretación de algunos hechos históricos que hace el jesuita en su obra es importante de distinguir, lo más 30 Vidaurre, 1889, I, 103.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) sobresaliente -o si se quiere novedoso-a nuestro juicio son las descripciones que hace de los mapuches y de la sociedad criolla, que ocupan los últimos capítulos de cada volumen de la edición de 1889.
Respecto a los indígenas de Chile, ya en el prefacio Vidaurre se quejaba del poco estudio que los autores anteriores les habían dedicado, críticas que dirige a escritores como Alonso de Ercilla y Pedro de Córdoba y Figueroa, pero también a sus colegas jesuitas Alonso de Ovalle y Diego de Rosales: MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA Vidaurre defiende estas apreciaciones y juicios acerca de los mapuches señalando que él no tiene predilección por estos, sino que al contrario, tiene sobrados motivos para desdeñarlos, pues considera que son pocas las familias que han derramado tanta sangre en la Guerra de Arauco como la suya.
Pese a esto, lo que lo incita a señalar estas características de los indígenas de Chile sería «el amor a la verdad [...] y no la ciega pasión, con que han escrito hasta ahora los autores», que leídos con cierto cuidado, podrá notarse que se contradicen cuando se refieren al indígena como un ser sin mayores capacidades, pero al tratar de la guerra, y en sus afanes por sobrevalorar las aptitudes de los españoles, lo enaltecen, señalando por ejemplo, la buena disposición de sus tropas o su ordenada disciplina militar.
40 Son muy interesantes también algunas reflexiones que el jesuita hace de otros aspectos culturales de los mapuches, como objetar la idea de ser «hombres sin religión» solo «por la manera libre de vivir y el no ver en ellos sacerdotes, sacrificios ni lugares sagrados», sin concebir que pudieran tener una religiosidad que se acomodara a su forma de pensar y vivir, 41 o por ser «sumamente amantes de la libertad» no posean un código de leyes (admapu) que regule su comportamiento y castigue delitos como «la traición, el homicidio, el adulterio, el hurto y el maleficio».
42 En este mismo orden ubicamos la descripción de sus narraciones orales (o fábulas, como las define el jesuita), que van transmitiendo generacionalmente y la utilidad que prestaban -y que continúan haciéndolo-, como el antiguo relato de un intenso temblor y posterior maremoto que cubrió gran parte de la tierra, que instituyó en los mapuches la costumbre de subir a los «tentenes» (cerros que terminan en tres puntas y únicos montes que el mar no alcanzó a cubrir aquella vez), inmediatamente después de un sismo proveídos de agua y alimentos para varios días.
43 Pero la que parece resaltar entre estas observaciones es la desprejuiciada explicación que el jesuita ofrece acerca de la poligamia de los mapuches, uno de los obstáculos más importantes para los misioneros a la hora de introducir a los indígenas en el evangelio.
Vidaurre consideraba que «la incontinencia por la pluralidad de las mujeres» no era un vicio predominante que se pueda contar entre los mapuches; según el jesuita, esta práctica se explica más por el provecho económico que acarrea, que por satisfacer 40 Ibidem, 309-310.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) apetitos sexuales, «cuantas más mujeres tienen, son, en realidad, más ricos».
44 Para Fernando Casanueva el expulso presenta aquí argumentos antropológicos adelantados para finales del XVIII.
45 Si bien coincidimos con Casanueva, es preciso señalar que esta idea de Vidaurre pudo ir desarrollándose desde muy temprano entre los jesuitas de Chile, pues, como señala Rolf Foerster, cuando los padres jesuitas comprendieron que la poligamia sería una práctica muy difícil de eliminar entre los mapuches, optaron por una solución que dejaba algo más conforme a ambas partes; Foerster cita una carta annua del 17 de mayo de 1609 en la que el padre Horacio Vecchi, encargado de las misiones de Arauco, le explica al superior Diego de Torres en qué consistía esta solución:
El mayor impedimento que tienen nuestros indios para recibir nuestra santa fe, es el entender que se les han de quitar sus mujeres; mas cuando entienden que si se hacen cristianos se han de casar con una y de las demás se pueden servir para hacer sus chacras y lo demás que han de menester, no se les hace tan dificultoso.
46 Sin embargo, no todas son buenas apreciaciones para los indígenas de Chile en la obra de Vidaurre, también manifiesta varios de los prejuicios que se vienen arrastrando desde mediados del siglo XVI y que hasta hoy pueden percibirse en parte de la sociedad chilena, en buena medida por la influencia que ejerce el discurso discriminatorio y racista de un sector importante de los medios de comunicación.
Por ejemplo, los critica por la alta mortalidad infantil que provocaba el exagerado consumo del alcohol que compraban a los españoles (destilados, como el aguardiente) o de la chicha que elaboraban ellos mismos.
La indiferencia del hombre por el trabajo, es otra de las 44 Ibidem, I, 310.
Más adelante, al final del capítulo titulado «Gobierno civil de los chilenos», explica más detalladamente cómo se producen y en qué consisten estos enlaces.
Julio Retamal Ávila señala que en un padrón levantado por las autoridades españolas de una comunidad indígena de la zona de Arauco y controlada por los jesuitas se puede detectar cómo se presenta la ancestral práctica de la poligamia, pues si bien en una lectura superficial de los registros lineales se observan solo matrimonios monógamos, haciendo un análisis más detenido se comprueba «que los hijos de un mismo padre tenidos en distintas madres se disfrazan en una familia uniparital».
Sostiene también que esta práctica «casi imposible de erradicar» no fue un obstáculo importante ni siquiera para las instancias de los parlamentos de paz, aunque en estos participaran las más altas autoridades eclesiásticas, por ejemplo, una de las cláusulas que incluyó el gobernador Tomás Marín González de Poveda en el Parlamento de Yumbel del 16 de diciembre de 1692 -que permitía la instalación de misiones religiosas-consistía en el abandono de «la pluralidad de mujeres», sin embargo, ante la negativa de los indígenas, por constituir la base de su economía, Marín de Poveda tuvo que acceder a que pudieran casarse con una mujer y tener las otras como criadas.
Para Retamal esta indicación permitió replicar entre los indígenas lo que ocurría en la sociedad española: la práctica del adulterio.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA costumbres de los indígenas que reprocha; según el jesuita, los hombres mapuches creen que nacieron solo para la guerra, despreciando cualquier otra actividad que no tenga que ver con la milicia y ni siquiera se inquietan cuando sus mujeres se hacen cargo de oficios más pesados, como el trabajo de la tierra, el cuidado de los animales, el abastecimiento de leña, etc. 47 Probablemente en la misma línea de lo anterior podemos ubicar la aprobación que Vidaurre hace de la encomienda indígena.
Este parecer, que podría ser considerado polémico para un jesuita, no hace más que manifestar aquella disparidad de criterios que tuvieron en relación a este tema algunos jesuitas criollos, la mayoría descendientes de familias encomenderas, frente a una parte de sus colegas europeos, principalmente españoles, como Luis de Valdivia y Diego de Rosales.
El expulso sostiene que si la encomienda hubiese sido siempre llevada de forma humanitaria, no habría que estar en contra de esa «bellísima» institución.
48 Este calificativo, tan contrario al pensamiento del recién mencionado Luis de Valdivia, para quien la encomienda no era sino la esclavitud de los indígenas y, al mismo tiempo, uno de los obstáculos más importantes para la evangelización, 49 se atenúa en cierta manera con el recuerdo de un encomendero de Concepción que habría dado un trato digno a sus indígenas, al preocuparse de que pudieran asistir diariamente a la iglesia para rezar el catecismo, además de vestirlos con regularidad, curar su enfermedades y ofrecerles tierras para criar animales y sembrar.
Señala que si otros «feudo-encomenderos» hubiesen procedido así con los indígenas, estos no habrían disminuido tanto.
Los criollos chilenos de finales del siglo XVIII
Si bien el «Libro último» de la Historia de Vidaurre, titulado -sugestivamente a nuestro juicio-«Estado presente del dominio español en Chile», comienza describiendo las castas existentes en el país, donde se pueden leer elogiosas palabras y singulares reflexiones acerca de los mestizos, por lo menos para los textos del periodo colonial chileno, que «sacan todo lo bueno de ambas naciones», 51 los capítulos están dedicados 47 Vidaurre, 1889, I, 342-347.
49 Memorial del padre Luis de Valdivia a S.M. sobre la importancia de cortar la guerra de Chile, 1610, en Medina, José Toribio (ed.), Biblioteca hispano chilena (1523-1817), Santiago de Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, 1963, II, 60-93, casi exclusivamente a los criollos, su clase social.
Se puede percibir que el jesuita se siente muy a gusto narrando una serie de datos curiosos de la acomodada sociedad chilena de finales del siglo XVIII, como la dedicación que ponían los hombres en adornar sus caballos («la silla es toda cubierta de terciopelo bordado de oro y plata»), los sacrificios de las mujeres por conseguir el ideal de belleza de la época, como era tener pies pequeños, o los detalles de los diferentes trajes y del lujoso mobiliario, 52 todas observaciones que para un historiador como Barros Arana solo podían emanar de un observador superficial y desprovisto de rigurosidad estadística.
53 Una de las preocupaciones evidentes de Vidaurre respecto a la aristocracia chilena era la vinculación que algunos de sus miembros estaban sosteniendo por esos años con sujetos que provenían de la península y que, según las informaciones que obtuvo cuando pasó por España, descenderían de una reconocida baja extracción social.
Sostiene que estos enlaces ponen en riesgo la conservación de la nobleza chilena, como también, podían ser motivo de desprestigio en España.
54 Probablemente estos sujetos de «poca nobleza» que el jesuita despreciaba, no eran otros que los nuevos burócratas y comerciantes que desde mediados del siglo XVIII comenzaban a llegar por oleadas a los territorios americanos, siendo además preferidos en la alta administración colonial por las autoridades borbónicas, en un esfuerzo de la Corona, según John Lynch, por «desamericanizar» el gobierno de América y controlar a los criollos, periodo que habría comenzado en 1765 y que el historiador inglés ha denominado como la «segunda conquista de América».
55 Por este temor, que parece responder más a la tradición que a un espíritu ilustrado, aconseja a los padres que antes de casar a sus hijas por lo menos comprueben los datos del recién llegado a América.
Esto lo dice sin ocultar su preferencia por los europeos para tales enlaces, ya que, según su propia experiencia y a riesgo de ser tomado a mal por algunos habitantes de Chile, vinculándose con gente del viejo continente, se podían mantener relaciones directas con Europa y con España, lugares donde es «preciso recurrir para cualquier pretensión».
Por otro lado, la preferencia por el europeo se debía a que estos no dilapidaban el dinero como lo hacían los chilenos.
La primera conquista, dice Lynch, habría sido para controlar a los indígenas.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA Vidaurre señala que en Chile existen familias muy distinguidas, como «los Carreras, los Girones, los Solares, los Covarrubias, los Prados», etc., y otras menos nobles que estarán «escondidas en los rincones del Reino y en sus campañas, gozando de los bienes de fortuna en que los ha puesto el desbarato de sus antepasados».
También dice que hay algunas familias de la nobleza chilena que gozan de importantes y medianas fortunas, pero que no alcanzan los «caudales de tan desmesurada grandeza» que existen en México y Perú.
Según el jesuita esto no se debería a la inferioridad de riquezas del Reino de Chile, sino al precario comercio que se practica y a la continua guerra con los indígenas que ha retrasado el progreso y el aumento de la población.
57 Los criollos chilenos también serían responsables de la inferioridad económica del Reino de Chile, pues, más allá de alabar los ánimos de los jóvenes chilenos, insta a los padres a crear conciencia en sus hijos varones del valor de lo material, porque el criollo «nacido en abundancia, criado con magnificencia, alimentado con regalo, contentado en un todo de estas cosas, se cría sin apego al dinero, se acostumbra a la ostentación, de donde viene el lujo y la poca aplicación a buscar dinero».
Vidaurre señala -al parecer con cierta experiencia-que a pesar de que los padres chilenos son conscientes de que en esto hacen mal, consideran equivocadamente que ese defecto de los jóvenes se corregirá cuando lleguen a la madurez.
58 De las mujeres criollas chilenas, «generalmente bellas, de buen talle y proporcionado a su sexo, su color blanco rosado y su pelo largo, rubio y sutil», sostiene que la gran preocupación de los padres es convertirlas en buenas amas de casa, porque según la tradición chilena «la mujer gobierna el gasto de toda la casa y el marido atiende o al comercio o al empleo que goza en la ciudad».
Por eso cuando se casan, generalmente muy jóvenes, saben todo lo relativo al manejo doméstico.
Esta experiencia, que también consiste en manejar el caballo y estar al tanto de las cosechas, les ayuda mucho si se quedan viudas y con hijos pequeños, pues al conocer todo lo que proviene de la hacienda «no las pueden engañar los mayordomos».
Para Vidaurre la autonomía que logra la mujer criolla respecto a su marido produce más beneficios que problemas al matrimonio, pues esta experiencia les permite convivir en mayor armonía con sus maridos, lo cual se comprueba en los pocos divorcios que se presentan en Chile.
59 HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) Sin embargo, las criollas chilenas no se libran de la ostentación -evidente, al parecer, entre los miembros de clase alta chilena de aquella época-, manifestada fundamentalmente en el lujo de sus vestidos, que muchas veces compran sin necesidad o porque ha pasado de moda el último modelo que adquirieron.
Esta actitud, según el expulso, pone muchas veces en juego la economía familiar, ya que sus propios maridos, «amigos de parecer bien», en el afán de satisfacer los caprichos de sus mujeres derrochan grandes cantidades de dinero.
Las propuestas del jesuita
El sentido crítico que muestra Vidaurre con ciertas costumbres de la sociedad criolla chilena y de los mapuches, no se percibe a la hora de referirse a la administración colonial.
Es justo señalar, eso sí, que críticas en ese sentido eran casi imposibles de realizar por el jesuita, pues aparte de arriesgar la pensión, podía hipotecar cualquier posibilidad de regreso a América, seguramente uno de sus más grandes anhelos, como para la gran mayoría de los jesuitas expulsos americanos.
Lo que sí es posible observar son sugerencias encaminadas a reestructurar algunos ámbitos de la sociedad chilena para su mejor funcionamiento, que por lo demás, no deja de ser una forma efectiva de criticar.
Entre los más importantes consejos, encontramos propuestas en áreas como la educación de los criollos, la agricultura y el comercio.
Acerca de la enseñanza de las ciencias, el jesuita dice estar completamente seguro que los criollos chilenos tendrían grandes avances si se hicieran cambios al existente modelo escolástico, comenzando, por ejemplo, por complementar la enseñanza del latín -en el que se emplean muchos años y con escasos resultados positivos-con conocimientos en retórica, poesía, geografía y geometría, para que de esa forma pueda ser una herramienta útil en la comprensión de la filosofía, y que esta ya no sea «de la abstracta y metafísica».
Estaría sugiriendo el estudio del sistema cartesiano, como también el newtoniano, métodos -dice-que ya estarían siendo utilizados por algunos de sus compatriotas en el Reino de Chile.
61 En cuanto a la agricultura sus ideas están muy cercanas a los planteamientos fisiócratas del XVIII, que consideraban esta actividad como la 60 Ibidem, 298.
Estas propuestas de cambios en la enseñanza Vidaurre las hace con cierta experiencia, recordemos que el jesuita se desempeñaba como profesor en el colegio de la Compañía en Santiago.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA única capaz de generar riquezas para una nación; el jesuita piensa que la agricultura, y no la explotación de las minas, debería ser la primera actividad productiva para los chilenos, ya que de ella depende el progreso de las ciudades.
Piensa también que Chile es el lugar ideal para fundar una escuela agrícola que perfeccione este arte, como lo considera, el cual, si bien se practica con frecuencia y generalmente de buena forma, pues casi no existe campiña en Chile que no esté sembrada, lo cierto es que el éxito de esta práctica se debe más a la riqueza de la tierra que al conocimiento del labrador.
La escuela agrícola también ayudaría al mayor desarrollo de otras actividades que se dan en las haciendas, como las curtiembres y la elaboración de productos lácteos.
Agrega también que los maestros o personas aptas para capacitar en diferentes áreas de la producción lograrían excelentes avances con los chilenos, pues a diferencia de lo que se cree, son muy trabajadores y «se muestran deseosos de saber».
62 Es importante señalar que la familiaridad de Vidaurre con el fisiocratismo seguramente se deba a su obra Conversaciones familiares de un Padre americano con sus hijos Caupolicán y Colocolo que, según Hanisch, sería una adaptación de «El gentil hombre agricultor, escrita en italiano y que le sirve de base a sus disquisiciones».
Esta obra, hasta hoy inédita, que el jesuita debió comenzar después de redactar la Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile (es decir, con posterioridad a 1782) 63 y en la que aun estaba trabajando cuando se le solicitó su Historia, está dividida en nueve partes, «la primera trata de la crianza física, civil y moral de los hijos; de la segunda a la sexta, de la agricultura, la séptima de la cría y multiplicación del ganado, la octava de las fábricas, caseríos, etc., y la novena del cultivo del lino y del cáñamo».
64 Se sabe que Vidaurre dio noticias de su trabajo por una carta que el 23 de agosto de 1788 envía Luis Gnecco a José Nicolás de Azara, embajador de España en Roma, en la que le comenta que el ex jesuita necesita tres meses para arreglar su Historia y también «me pide dirija a V.S. el otro papel, también adjunto, que contiene el prospecto de otra obra, que está trabajando, para que si fuera de su agrado se sirva enviarla al Señor don Antonio Porlier».
63 Vidaurre le informa a Juan Nicolás de Azara el 16 de mayo de 1785 que está traduciendo «El gentil hombre agricultor» (Hanisch, 1972, 228), así que es probable que después de finalizar este trabajo comenzara a redactar Conversaciones familiares de un Padre americano con sus hijos Caupolicán y Colocolo.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) a la corte para su aprobación y publicación, 66 que serían los manuscritos originales que se guardan en los fondos de la Real Biblioteca de Madrid.
En relación al comercio, Vidaurre sugiere sus propuestas más atrevidas al hacerse vocero de una de las mayores preocupaciones de la elite criolla de finales del siglo XVIII, a saber, la imposibilidad de desarrollar sus negocios debido al monopolio comercial ejercido desde un primer momento por la Corona.
Consideraba que Chile debía balancear la asimétrica relación comercial que mantenía con «la Europa» (se refiere solo a España), en la que desempeñaba el papel pasivo, pagando altas sumas de dinero por una variedad de productos -que iban desde los paños de cocina, hasta el fierro y sus derivados-que en Chile no se elaboraban.
Esa situación podía mejorar desde su perspectiva, incluso sin la instalación de industrias locales que fabricaran parte de esos productos, sino solo enviando a España y al resto de los países europeos la materia prima que en Chile abundaba y que en el viejo continente hacía falta, como el trigo, el cáñamo, el cuero, etc. 67 Esta propuesta, la de exportar los recursos naturales, no era otra cosa que la apertura de los mercados europeos para los productos chilenos y debía implementarse aprovechando la gran cantidad de puertos que tiene el país, así como los ríos y canales que hacen comunicable en un corto tiempo gran parte del territorio con la costa.
68 Quizás estas reflexiones y consejos tan alejados de la política económica exigida por la administración de los Borbones e implementada para optimizar las riquezas provenientes de sus colonias americanas y minimizar el contrabando, que como concesión más importante solo permitió a los empresarios criollos un mayor comercio entre los puertos hispanoamericanos con los de España, pero nunca la posibilidad de comerciar con otros mercados europeos, fueran las responsables de que esta obra no se publicara en su momento.
Al parecer, no existen datos que den cuenta de si hubo misivas entre el expulso y el ministro Porlier por algo relacionado con algún cambio o corrección de la obra que envió en enero de 1789.
Mártir de la independencia de Chile
Como apuntamos en una nota al comienzo de este trabajo, quisiéramos presentar y relacionar algunos datos del jesuita que no se han difundido 66 Hanisch, 1972, 230.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA mayormente y menos de forma conjunta, pero que pueden ayudar a construir una biografía más completa de este escritor chileno, particularmente de sus últimos veinticinco años, que coinciden con los tiempos de la emancipación americana, años además en los que el expulso parece haber madurado algunas ideas independentistas que esboza en su obra, ya que al parecer habría tenido una significativa -como también lastimosa-participación en la lucha por la independencia de Chile, particularmente en su natal Concepción.
Vidaurre vivió en Bolonia hasta 1785, después lo haría en Sinigaglia.
69 A fines de 1789 acompañó a Juan Ignacio Molina a Roma en un breve viaje del abate que, entre otros fines académicos, buscaba ampliar sus relaciones con otros científicos jesuitas, como Felipe Luis Gilij y Javier Xuárez.
70 No sabemos si Vidaurre permaneció por más tiempo en Roma 71 o si regresó más adelante, pero desde esta ciudad en 1793 hace algunos trámites para conseguir una doble pensión; primero le escribe a Juan Acedo-Rico, secretario de Gracia y Justicia y posteriormente al embajador José Nicolás de Azara, para que puedan interceder en su favor.
En la carta a Acedo-Rico -mencionada en una nota anterior-Vidaurre se queja del lamentable estado en que se encontraba, «sin apoyo alguno en la corte, abandonado del todo de los suyos y extremadamente necesitado, y ya molestado de diversos achaques, particularmente de la vista, que le va faltando».
Como principal mérito para obtener el beneficio dice ser el autor de la obra anónima Compendio de historia natural, geográfica y civil del Reino de Chile.
72 Si bien la carta al embajador Azara tiene un tono similar a la de Acedo-Rico, al ser más extensa y algo más cuidada en su redacción es más reveladora del estado de ánimo de Vidaurre.
La presentamos íntegra, pues consideramos que es un documento que puede representar el abandono en que se encontraban muchos jesuitas expulsos americanos en su exilio europeo a finales del siglo XVIII.
Señor: No llegaría a tocar las puertas de V. Excia., si no supiera que ellas están abiertas siempre para todos; no lo obligaría a interrumpir los gravísimos negocios a que asiste y preside, si no estuviese cierto que V. Excia. reputa, por su piedad, por el mayor negocio de los que están a su cargo el dar oídos al afligido y alivio al necesitado.
El que se presenta a Excia. es un sacerdote destituido de todo apoyo, abandonado del todo de los suyos, extremadamente necesitado y ya molestado de varios achaques, 69 Tampe, 2008, 269.
71 Según Tampe habría vivido algunos años en Roma.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) particularmente de la vista, que a largos pasos va perdiendo.
El impelido de la miseria, en la que se halla, llega con estos motivos a tocar las puertas del piadoso corazón de V. Excia., llevando en las manos un parto de sus limitados talentos, que pasa a V. Excia. en ese ejemplar, que le remite, para suplicarle que por premio de sus fatigas le obtenga de Su Majestad segunda pensión para remedio de sus graves necesidades, y, si no es de este modo, irremediables; porque no tiene que esperar cosa alguna de sus parientes.
La obra es anónima, pero en el instrumento que incluye al Excmo.
Señor Secretario de Gracia y Justicia, hace constar ser él su autor.
En V. Excia. espera, en V. Excia. confía, y entre tanto le llega el despacho favorable, queda rogando a Dios por la prosperidad de V. Excia.
Besa la mano de V. Excia. su más rendido servidor y Capellán D. Felipe Gómez de Vidaurre.
73 Este trámite no prosperó porque Vidaurre no apuntó el título de la obra en la carta recién citada y también porque Juan Acedo-Rico no adjuntó el documento que avalaba la autoría de Vidaurre en su presentación al embajador.
Azara informa que el archivo no encuentra una obra que se ajuste a lo que se dice en la carta, que puede ser uno de los muchos manuscritos anónimos que existen allí, pero que sin el nombre de la obra no puede hacer nada.
Al parecer, Acedo-Rico no respondió al embajador y también es probable que Vidaurre no se haya enterado de esta dificultad tan fácil de solucionar.
Esta nueva decepción, que se venía a sumar al silencio de la corte respecto a los trabajos que ya había mandado, pudo desmotivar definitivamente la relación del jesuita con sus escritos, por lo menos no existen datos de que haya realizado algún intento más por publicar sus trabajos, ni de haber comenzado a redactar otros, ni siquiera en los años de relativa tranquilidad que vivió en Chile.
La suerte para Vidaurre parece mejorar algunos años después, por lo menos en apariencia, ya que para 1797 se encontraba en Barcelona a la espera de la promulgación de la cédula de Carlos IV que permitiría a los ex jesuitas españoles y a los que pertenecían a las colonias de España regresar a sus lugares de origen.
Esta cédula fue expedida en el mes de enero de 1798.
Ese mismo año, Vidaurre junto a su primo H. Pedro Arduz -un ex jesuita de la provincia de Paraguay que se había casado en el exilio-y dos hijos de este, se embarcaron rumbo a Buenos Aires.
De esto se tiene noticia porque escribieron desde Barcelona solicitando auspicio para este viaje.
Además de este dinero, que debía entregarse en Málaga porque de ahí partían, también un poco más para continuar el viaje por tierra desde Buenos MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA Aires.
Se les concedió mil reales y se les notificó que obtengan pasaporte e informen su residencia para enviarles la pensión.
74 Las próximas noticias de Vidaurre se tienen dos meses después y son alarmantes; escribe desde Málaga pidiendo auxilio, ya que habían sido capturados por un pirata a poco de zarpar.
Dice: Hemos sido prisioneros de un pirata inglés, el cual nos ha botado a tierra desnudos, quitándonos hasta la pobre ropilla de los dos niños.
Hemos llegado a esta ciudad pasando trabajos cuasiincreibles [sic], pidiendo limosna a este y aquel, y aunque hemos hallado piedad no ha bastado para cubrir nuestras carnes [...]
Todo lo hemos perdido hasta el dinero en la suma de 150 duros, que habíamos anticipado al capitán de la nave que debía llevarnos a Buenos Aires, comprendiendo en ellos la pensión de esta última parte del año; y en consecuencia nos vemos obligados a vivir de limosna todo el tiempo que queda del año.
75 Después de varios meses de insistencia, tiempo en que «para vivir y alimentarnos, andamos mendigando de aquí y allí la comida», a comienzos del mes de enero de 1799 se remite la orden a Málaga para que se les otorgue mil reales y además se les habilita para poder cobrar la pensión.
Vidaurre llegó a Buenos Aires a comienzos de marzo de 1800 y en el mes de julio de ese año a Santiago de Chile, 76 donde reside por algunos meses acogido en un convento de monjas, para después trasladarse a una chacra en las proximidades de Concepción que había heredado de su familia.
77 Otros cuatro jesuitas que aprovecharon estos meses para volver a Chile, pues la corte después comenzó a restringir los pasaportes y se hizo casi imposible retornar a sus lugares de origen, fueron Francisco Caldera, Juan José González, Domingo Valdés Carrera y Juan Crisóstomo Aguirre.
Esta chacra probablemente se ubicaba en las cercanías de Penco, que era la «patria» de Vidaurre según Diego León de Villafañe, un sacerdote que estaba de visita en Santiago para el tiempo de la repatriación de los ex jesuitas chilenos.
En Penco Pedro de Valdivia fundó el 5 de octubre de 1550 la antigua ciudad La Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo, pero después del terremoto del 24 de mayo de 1751 que destruyó la ciudad, como también Chillán, Cauquenes, Curicó y Talca, las autoridades decidieron trasladarla al Valle de la Mocha, su actual ubicación.
El repoblamiento de Penco comenzó recién en 1840.
Vidaurre plasma en su libro la violencia de este terremoto que presenció siendo un niño: «El último, y de que puedo hablar como testigo ocular [...] arruinó enteramente la Concepción, no quedando en ella edificio alguno que pudiese servir a su dueño: impelió el mar contra ella, que la bañó enteramente por tres veces, y sacando cuanto precioso tenía, la dejó una de las pobres poblaciones del Reino».
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) Una nueva complicación surge en la vida de Vidaurre en febrero de 1800 cuando el gobernador de Chile, Joaquín del Pino Sánchez de Rozas Romero y Negrete, informa a la corte que han llegado los ex jesuitas Francisco Caldera y Juan José González sin otro documento que el pasaporte.
El 25 de marzo de 1801 la corte ordena el regreso inmediato a España de todos los ex jesuitas que se encontraban en Chile.
Este mandato también disponía la detención de los ex jesuitas en el cuartel de San Pablo de Santiago.
En Chile se alegó que los jesuitas estaban enfermos y no podían realizar el viaje de vuelta.
Incluso, el Dr. Sánchez -dice Hanisch-, fiscal que llevaba el caso, pide que no se le exija la reclusión, proponiendo una fianza e invocando que en la orden no se aclaraba cómo hacer esa diligencia y también la religiosa y buena conducta de los padres.
El 14 de diciembre de 1801 la Audiencia de Chile decidió que los jesuitas solo tuvieran reclusión en sus propias casas.
79 Unos días antes de esta resolución de la Audiencia a Vidaurre se le había notificado que debía presentarse a la brevedad en Santiago.
El jesuita, que había sido diagnosticado de parálisis por Juan Campa, médico del batallón de infantería de Concepción y de «parálisis del lado izquierdo, fruto de los insultos apopléticos, que suelen repetirle» por Fulgencio Rodenas, responde que como vive en el campo y está únicamente por casualidad en Concepción, necesita la pensión para pagar las ropas que ha mandado a hacer y otras deudas que ha contraído en la ciudad.
En la administración de las temporalidades jesuitas de Santiago se revisó su caso y se dictaminó que le debían once meses.
Vidaurre en ese intertanto se resintió de su salud, por lo que pidió un plazo para recuperarse.
Según los informes proporcionados por el médico Juan Rodenas y el presbítero Juan Fermín Gómez de Vidaurre, sobrino del jesuita, su estado de salud para 1802 no había mejorado.
En agosto de 1803 la Real Audiencia decide informar al rey de las enfermedades de los ex jesuitas, 80 por lo que vuelve a solicitar informes médicos.
De la hemiplejia de Vidaurre esta vez informa el doctor en cirugía de Concepción Freeman Crowell.
80 Los partes médicos de los otros jesuitas indicaban que: Juan José González presentaba indigestiones, cardialgias, frecuente reumatismo y cálculos a los riñones; Francisco Caldera tenía un asma humoral, habitual y convulsiva que lo ponía en peligro de muerte; Domingo Valdés Carrera sufría de hemoptisis, que se le presentaba en cualquier situación que alterara su ánimo; Juan Crisóstomo Aguirre presentaba deterioros de salud por ser octogenario.
MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA Los inconvenientes para los jesuitas comienzan a solucionarse el 2 de enero de 1804, fecha en que se suspende el decreto que exigía el regreso a España, principalmente por la imposibilidad de ponerse de regreso.
82 Otra cuestión que trajo mayor tranquilidad a los expulsos fue la regularización del pago de sus pensiones, que se hizo con cierta normalidad hasta 1814.
83 En el caso de Vidaurre, todo indica que permaneció más tiempo en Concepción, dedicado principalmente al ministerio sacerdotal.
Se ha dicho que en esta ciudad tuvo una destacada participación en la lucha por la independencia, incluso mayor que la del prócer local Juan Martínez de Rozas, figura ilustre de la emancipación chilena e inspirador y amigo de Bernardo O'Higgins.
Se supone que Vidaurre aprovecharía su labor en la Iglesia para influir en los fieles y sacerdotes que se acercaban a consultarle acerca de las ideas que circulaban sobre independencia y autonomía, pues desde un primer momento manifestó su adhesión por la causa independentista, y cooperó «públicamente a impulsar el movimiento de opinión, que preparó la instalación de la Junta gubernativa del 18 de Septiembre de 1810».
84 Esta destacada participación le habría costado una nueva detención y prisión al jesuita, primero en la catedral de Concepción y luego en la isla Quiriquina.
85 Este nuevo arresto se enmarca en el ataque del 13 de abril de 1813 de las tropas realistas a la ciudad de Concepción, una de las incursiones militares que antelaría el periodo de la historia de Chile conocido como la reconquista española (1814-1817).
Ese día, el brigadier español Gabino Gaínza desobedeciendo uno de los acuerdos tomados anteriormente con los ciudadanos de la ciudad para su rendición, mandó detener a alrededor de doscientos vecinos (grupo en el que habría estado Vidaurre), casi todos acomodados e influyentes y que a su juicio parecían peligrosos.
86 Por una de las cláusulas del Tratado de Lircay, 87 los detenidos fueron liberados, pero 82 Para esta fecha Juan Crisóstomo Aguirre ya había fallecido.
Esta pequeña isla que está ubicada a 11 kilómetros de la bahía de Concepción volvió a ser utiliza como prisión política por la dictadura chilena desde el 11 de septiembre de 1973 hasta abril de 1975.
Hanisch (1974, 187) señala que Vidaurre fue desterrado a la Isla Mocha, situada frente a las costas de la provincia de Arauco en la VIII Región del Biobío.
87 Este fue un tratado entre las fuerzas realistas y los representantes del gobierno chileno firmado el 3 de mayo de 1814 a las orillas del río Lircay, en las cercanías de Talca.
Una de sus cláusulas disponía que los patriotas chilenos reafirmaban su lealtad a Fernando VII, considerando a Chile como parte de la monarquía española.
Este acuerdo no fue respetado por ninguna de las partes y alcanzó a durar solo unos meses.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) solo por un breve tiempo, pues la mala defensa llevada por un ilustre vecino que pretendía congraciarse con las nuevas autoridades españolas los llevó a ser declarados reos de lesa majestad.
88 Aunque parece no existir información que pueda confirmarlo, Vidaurre habría formado parte de un grupo de patriotas que la noche del 12 de abril de 1817 llegó con vida a las costas de Talcahuano luego de fugarse de la prisión en la Quiriquina.
Este escape, que se realizó en endebles embarcaciones, estuvo forzado por las míseras condiciones en que quedaron los prisioneros tras la retirada de los guardias españoles de la isla.
89 Ya en Concepción y considerando la violenta situación política de la época, como también su avanzada edad y frágil salud, habría hecho su testamento.
90 Según Walter Hanisch, Vidaurre murió el 11 de enero de 1818 «en la retirada de los patriotas de Concepción al llegar a Cauquenes».
91 Hanisch agrega además que «murió de un balazo» y que al momento de ser herido habría gritado: «¡Muerte de Vidaurre!».
92 Si bien el historiador jesuita no apunta la fuente de esta notable información, es posible que esto aconteciera así, principalmente si se tiene en cuenta que la evacuación hacia el norte del Maule ordenada por O'Higgins a los cerca de 50.000 vecinos de Concepción -entre los que se contaba Vidaurre-, sin dejar nada que pudiera servir a las tropas realistas que se aprestaban a desembarcar en Talcahuano, fue muy violenta, pues además de algunos fusilamientos a realistas y la fuga de algunas familias españolas, esta gran caravana de personas que comenzó a salir de la ciudad el primer día de enero de 1818, si bien avanzaba resguardada por las tropas patriotas, sufrió ataques armados continuos de los realistas y de bandoleros.
La partida de defunción de Vidaurre, que agrega Hanisch, dice así: MARCOS A. FIGUEROA ZÚÑIGA
Es importante señalar antes de finalizar este trabajo que la obra de Vidaurre ha tenido la desdicha de ser siempre comparada con la de su colega Juan Ignacio Molina, uno de los más importantes sabios que ha tenido Chile a lo largo de su historia.
Esto es tan evidente, que en la propia «Introducción» de la Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile, José Toribio Medina agrega unas notas de Rodolfo Philippi para la parte consagrada a la historia natural en la obra del expulso, en las que el naturalista alemán radicado en Chile comienza demostrando una serie de errores de Vidaurre, ocasionados casi siempre, según Philippi, por seguir los yerros de Molina.
A la inversa, cuando intenta dar cuenta de unos de los pocos aciertos que descubre en la obra, por ejemplo, la forma genérica de los indígenas de Chile para denominar las legumbres (degul), señala que «esto sería un dato precioso si no fuese acaso sacado de Molina».
94 Las críticas para los libros dedicadas a la parte civil en esta «Introducción», Medina las extrae principalmente de la historia de Diego Barros Arana, que en parte hemos mostrado en este trabajo.
Como se podrá entender, nada menos elogioso para la obra del expulso, así como en nada atrayente para el futuro lector, que el estudio introductorio de su primera y única edición contenga impresiones poco alentadoras -por no decir descalificadoras, en el caso de Barros Arana-de dos de los más importantes eruditos de la época en Chile.
En este trabajo se ha intentado continuar la línea crítica y revisionista de los ensayos de Eduardo Solar Correa (1933) y de Fernando Casanueva (2001), autores cuyos trabajos están distanciados por varias décadas, pero posiblemente los únicos consagrados enteramente al estudio de la obra de Felipe Gómez de Vidaurre.
Este manifiesto abandono que ha mantenido la crítica especializada con la Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile, así como con su autor, probable mártir ilustre de la independencia chilena, pero tan exiguamente investigado que se hace casi imposible afirmar alguna fecha o dato de su biografía, puede deberse principalmente a la desvalorización que hizo de esta obra la historiografía chilena del siglo XIX, en particular Diego Barros Arana, uno de sus máximos representantes.
Si bien el manuscrito original del jesuita expulso por lo menos merecía una revisión más acuciosa que ayudara a mejorar en parte eso de no poseer «una pluma fácil», 95 su libro puede ser considerado rico en descripciones 94 Medina, 1889, XIX-XX.
HISTORIA GEOGRÁFICA, NATURAL Y CIVIL DEL REINO DE CHILE (1782) y en ciertos juicios que sugieren estar en presencia de un observador singular para su tiempo, incluso hasta adelantado y tomando ribetes de historia social, particularmente en los libros que dedica a los mapuches y a la elite criolla.
A diferencia de Barros Arana, creemos que la obra del expulso sería un valioso aporte al mayor conocimiento del pasado colonial, principalmente del periodo que precede a la independencia, y una mayor difusión de este libro, en lo posible en una nueva edición crítica, así como un mejor examen realizado por los nuevos especialistas, contribuiría a reconstruir ese importante periodo de la historia de Chile y de América Latina.
Sin embargo, el mejor estudio y valoración de la Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile y de Felipe Gómez de Vidaurre no estarían completos si no se tienen en cuenta sus otras obras, por lo que se hace necesaria la publicación de los manuscritos (que se encuentran únicamente en Madrid) de Conversaciones familiares de un Padre americano con sus hijos Caupolicán y Colocolo, como también las investigaciones que ayuden a establecer que el «Compendio anónimo» es una obra de su autoría o al menos compartida con Molina.
Esto, que pondría a Vidaurre como uno de los escritores más prolíficos del periodo colonial chileno, también posibilitaría relacionar en conjunto la línea argumentativa de este pensador jesuita de finales del siglo XVIII respecto a Chile. |
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Deuda, trabajo y coerción.
Las experiencias de colonización canaria en el Estado Oriental del Uruguay (1830-1843)/ Debt, Labor and Coercion.
En 1838 Manuela Gordillo y su hijo Francisco Suárez partieron desde Las Palmas de Gran Canaria con destino a Montevideo a bordo de la corbeta Bella Julia, al mando del capitán Juan José de Soria.
Juan María Pérez, arrendatario del viaje, se hizo acreedor de la deuda generada por concepto de los dos pasajes, que ascendía a un total de 250 pesos.
Desde el 6 de marzo de 1839, tanto la mujer como su hijo fueron contratados por Carlos Parco, quien tras la firma de un contrato con Pérez se hizo cargo de la deuda a cambio de contar con los servicios de ambos.
Manuela y Francisco quedarían empleados bajo las órdenes de Parco hasta que saldaran su deuda y en caso de no hacerlo, la policía capitalina podía intervenir para obligarlos a pagar o regresarlos a la casa de Pérez.
El caso de esta madre y su hijo fue solo uno de los que se repitieron en la década de 1830 en el recientemente creado Estado uruguayo.
Por iniciativa privada y bajo control estatal se produjo un tipo especial de colonización que involucró a individuos de las islas Canarias.
Los colonos desembarcaban desde Europa con una deuda por sus pasajes que debían afrontar con su trabajo una vez arribados a destino.
En un contrato se estipulaba el valor de la deuda y el salario a percibir, además de la precisión de que no podían abandonar su trabajo hasta no saldar lo adeudado.
Estos varones y mujeres canarias decidían contratarse para hacer el viaje, pero eran objeto de coerción una vez llegados a Montevideo en pos del cumplimiento del contrato que habían firmado.
El Estado Oriental del Uruguay fue creado por una Asamblea constituyente en 1829.
Un año antes se había firmado un tratado de paz entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata, mediante el cual la independencia de estos territorios fue reconocida.
Uruguay se sitúa en la franja norte del Río de la Plata, limitando al oeste con Argentina y al noreste con Brasil.
Parte de esta zona fue denominada durante el dominio colonial español como Banda Oriental e integraba la región del Río de la Plata que comenzó su proceso hacia la independencia en 1810, tras la crisis del imperio español en el marco de las guerras napoleónicas.
Luego de dos décadas de guerras por la independencia y de grandes penurias económicas, el Estado uruguayo debió enfrentar un problema central: la escasez de población y de mano de obra.
Para intentar combatirlo, el Estado y los particulares ensayaron dos prácticas complementarias: la atracción de mano de obra desde el extranjero y el disciplinamiento de la DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA fuerza de trabajo disponible en el país.
Los planes de colonización canaria fueron parte de estas estrategias impulsadas durante la década de 1830 en pos de equiparar la oferta con la creciente demanda de mano de obra ante la tendencia de mejora de las condiciones económicas.
Este artículo propone describir y analizar la colonización canaria al Uruguay durante la década de 1830.
El tema se inserta en la discusión historiográfica sobre los sistemas de trabajo compulsivos y su vínculo con la inmigración a América Latina.
Las fuentes a utilizar serán diversas: documentación proveniente del archivo del empresario montevideano Juan María Pérez, uno de los principales protagonistas de esta empresa; leyes, decretos, reglamentos y resoluciones del gobierno; documentos de la Jefatura de Policía de la capital; censos o padrones de población.
Los estudios de migración española a Uruguay son diversos y se nutren de las historiografías de diferentes países.
Específicamente sobre los inmigrantes canarios, los trabajos provienen tanto de Uruguay como de España.
Uno de los primeros autores en estudiar la inmigración a Uruguay en la década de 1830 fue Juan Oddone (1966), quien la definió como una etapa del proceso inmigratorio marcado por el accionar privado y con poca intervención estatal.
Para el autor, este tráfico «tendía a asimilarse a las formas operativas del antiguo comercio negrero».
1 El historiador uruguayo Juan E. Pivel Devoto plantea que los primeros gobiernos constitucionales impulsaron medidas para fomentar la producción agrícola y la inmigración y así resolver el principal problema que obstaculizaba su desarrollo: la escasez de brazos.
De acuerdo al autor, las medidas del gobierno para atraer población extranjera no fueron efectivas dada la inexistencia de un ordenado plan de colonización.
Identifica, sí, una serie de iniciativas privadas para la atracción de población canaria, como fueron los casos de Samuel Lafone y Juan María Pérez.
2 Otros aportes, desde los años ochenta, fueron los de Luis Musso y Nelson Martínez.
Ambos autores han abordado la cuestión desde múltiples perspectivas (historiográfica, social, política) y marcos temporales (período FLORENCIA THUL CHARBONNIER colonial, independiente, finales del siglo XIX).
Han consultado fuentes de diversa procedencia, tanto en Uruguay como en España.
También la historiografía canaria se ha dedicado a abordar la migración hacia Uruguay, aunque de acuerdo a Carnero y Barroso (2006) es todavía uno de los aspectos menos estudiados de este movimiento en su conjunto.
Tanto estos autores como los uruguayos han señalado que una de las características de esta migración era la existencia de «contratas», sistema que implicaba una relación de colonato del emigrante canario con los empresarios, de manera que debían pagar el precio del viaje, quedando los colonos en una situación de explotación económica y casi de servidumbre.
Sistema que no solo fue propio del caso uruguayo sino también de otros destinos como Venezuela y Cuba.
3 En cuanto a la historiografía norteamericana latinoamericanista, son muy pocos los títulos sobre la migración española a América Latina anterior a 1850.
La situación de los colonos canarios que aquí analizamos puede ser comparada con otras modalidades de trabajo extendidas en América desde el siglo XVII.
Una de ellas es la experiencia de la «servidumbre por contrato» (indentured servitude) extendida en Estados Unidos desde cerca de 1620.
De acuerdo al economista norteamericano Farley Grubb (1985) la «servidumbre por contrato» jugó un papel de importancia en la migración europea a Estados Unidos en los siglos XVII y XVIII.
4 En este sistema, los inmigrantes eran llevados desde Europa a Norteamérica mediante intermediarios a los que les debían el costo del pasaje y tenían que trabajar para ellos o para quien comprara su trabajo hasta saldar su deuda.
El principal atractivo de esta empresa estaba en la posibilidad de los migrantes de obtener tierras en DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA Norteamérica, a las que no tenían acceso en Inglaterra.
Esta es una diferencia importante respecto al caso de los trabajadores canarios que llegaban a Uruguay ya que estos no obtuvieron tierras.
5 Según el historiador norteamericano David Galenson (1984) uno de los principales problemas de la Compañía de Virginia era el reclutamiento y motivación de la fuerza de trabajo.
La solución institucional encontrada para esto fue la implementación de la «servidumbre por contrato» experiencia que ya tenía sus años funcionando en Inglaterra para contratar mano de obra rural.
De acuerdo al mismo autor las condiciones de trabajo eran duras y generaban una situación de extremo control para los migrantes.
6 Para la década de 1830, la bibliografía disponible nos permite afirmar que el caso de Uruguay no fue un caso aislado.
Veamos algunas experiencias similares en Cuba, Venezuela y Argentina a mediados del siglo XIX.
En 1836, la Real Junta de Comercio de Cuba solicitó operarios para la construcción de un «camino de hierro».
La respuesta dada por las autoridades del archipiélago canario se tradujo en la serie de «contratas» que se firmaron para ello.
Este contrato hacía alusión al precio del pasaje y a cómo sería abonado: «Su obligación a trabajar por cuenta de la Real Junta de Fomento será por el tiempo que tarden en reintegrar el dicho importe del pasaje y Licencia, a menos que entreguen en efectivo esa suma, en cuyo caso quedarán en libertad de trabajar por su cuenta».7 Los contratados, recibirían nueve pesos mensuales y estaban obligados a destinar un tercio de su salario al pago de la deuda.
En 1837 el poder ejecutivo de Venezuela se propuso contratar labradores para trabajar en la ciudad de Caracas.
La documentación encontrada por Albelo en Canarias, da cuenta de que en estas islas se recibió la propuesta favorablemente y 89 canarios viajaron hacia América.
Al igual que en el caso cubano, el contrato estipulaba que los individuos debían abonar el costo de su pasaje con un tercio del salario que percibieran, que estaba fijado en seis pesos fuertes.
8 El historiador argentino Jorge Gelman (1999) plantea la situación ocurrida en la campaña de Buenos Aires a mediados de la década de 1840 con un tipo de inmigración similar a la registrada en Montevideo: los gallegos traídos a trabajar en las estancias de Juan Manuel de Rosas.
FLORENCIA THUL CHARBONNIER Para intentar reducir los costos de la explotación, así como para garantizar la presencia permanente de trabajadores, Rosas debió recurrir a dos estrategias de atracción de mano de obra: los cautivos y los gallegos.9 Estos gallegos eran trabajadores españoles que el gobernador «importó» por su cuenta, o sea que les pagó el pasaje para que arribaran a Buenos Aires, con el compromiso de que trabajarían en sus estancias, por un salario, del cual se iría descontando el valor del pasaje hasta saldarlo y así convertirse en peones libres.
El salario que recibían era menor que el que cobraban los demás peones y trabajaban más días a la semana que estos.
10 Gelman plantea que a pesar de los intentos por consolidar este tipo de trabajo coactivo, en una especie de sustitución del lugar dejado por los esclavos, el éxito fue relativo.
Las fuentes le permiten identificar varios casos de fugas, así como de gallegos que lograban saldar sus deudas y pedían que se les abonara el mismo salario que a todos los peones.
El autor concluye diciendo que el caso de Rosas muestra esta búsqueda bastante frenética por obtener acceso a trabajo seguro y barato, que en estas condiciones solo parece posible a través de sistemas serviles o semiserviles.
Pero el ejemplo nos muestra también el fracaso de estos sistemas de trabajo coactivo, y en ello parecen estar interviniendo otro tipo de factores, que exceden ampliamente la situación de la economía y la demografía.
11 Otro estudio más reciente sobre inmigración de asturianos y gallegos a Buenos Aires a mediados del XIX es el de la autora argentina De Cristóforis (2008).
Plantea que fue recién después de 1852 que tanto el gobierno español como las autoridades argentinas expresaron su preocupación por lo que llama «tráfico emigratorio» e iniciaron diversos programas para su regulación y reglamentación.
Hasta entonces se venía realizando bajo la responsabilidad de actores privados y bajo un laxo control estatal.
A mediados del ochocientos se incrementaron las corrientes migratorias desde el norte de España hacia Buenos Aires por el funcionamiento de diferentes mecanismos migratorios: «agentes impersonales de la emigración» («armadores», capitanes y otros intermediarios), los «llamados» y factores que facilitaron el pasaje ilegal.
Los gallegos y asturianos que llegaron a Buenos Aires en las décadas de 1840 y 1850 lo hicieron a través de alguno de estos mecanismos.
12 Estos agentes e intermediarios convirtieron DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA este tráfico inmigratorio en verdaderos negocios, de los que siempre salían favorecidos en detrimento de la situación de los migrantes y sus familias.
La inmigración canaria a Uruguay en la década de 1830
La colonización canaria a Uruguay tras la independencia debe situarse en un contexto de migraciones desde las islas Canarias a varios destinos americanos.
Como señala la bibliografía española, Cuba y Venezuela fueron los principales países receptores de migrantes canarios en la primera mitad del siglo XIX.
Uruguay, por su parte, fue el destino preferido por los originarios de las islas de Fuerteventura y Lanzarote.
13 Las migraciones ocurridas hacia Uruguay a mediados del siglo XIX estuvieron marcadas por la asociación del Estado y los particulares.
El historiador uruguayo Arturo Bentancur señala una primera etapa en el proceso migratorio de españoles entre 1830 y 1890 caracterizada por la diversa actividad llevada adelante tanto por los particulares como por el Estado uruguayo.
Agrega que hasta 1852 se dio el dominio de la iniciativa privada y la preferencia por los canarios: «con el lucro como único motor y el individualismo como norma».
14 En cuanto a esta preferencia señala que estaba dada por la cercanía geográfica, la falta de fertilidad de las tierras en las islas y la característica opuesta en la zona del Río de la Plata.
A esto podrían agregarse otros dos aspectos: la conexión marítima existente entre las Canarias y Montevideo y la presencia previa de comunidades canarias en Montevideo.
15 Desde 1833, las embarcaciones españolas eran admitidas en los puertos uruguayos16 y mediante un acuerdo firmado en 1837 entre el cónsul de España en Bayona y la «Casa Inglesa» de Samuel Lafone establecida en Montevideo, se aprobó el traslado de colonos canarios y vascongados a Uruguay.
Nelson Martínez (1985) transcribe el contrato celebrado entre Lafone y el Estado Oriental del Uruguay en 1837.
Allí se estipula que el empresario se comprometía a traer al puerto de Montevideo a «personas industriosas y agrícolas que fomentasen las artes y la labranza».
Las intenciones de Lafone eran promover el aumento de población de «este hermoso país única fuente de su engrandecimiento y prosperidad para que pueda llegar á ser un Estado, fuerte, respetable y rico».
Agregaba que esta necesidad se agravaba por «las escaseces de brazos que se hace sentir en cualquier empresa industrial y también en la Agricultura».
Los documentos de pago que recibía el empresario por parte del Estado (80 patacones por cada mayor de 14 años y 40 patacones por los menores) eran destinados a la compra de tierras públicas.
Los colonos tenían un plazo de 24 meses para abonar el costo de su pasaje al fisco.
Se agregaba que el Estado tendría preferencia para emplearlos en caso de que les fueran necesarios y que estaban exentos del servicio militar por 6 años desde su arribo.
18 En cuanto a las estrategias del Estado, Oddone plantea que la acción oficial de Uruguay con respecto a la promoción de la inmigración fue limitada: «la circunstancia de carecer de un vasto territorio apto y sobre todo la indeterminación real de la tierra pública, dada su caótica situación jurídica, no favorecieron por cierto la política de concesiones y contratos por intermedio de agentes».
19 Quienes llevaban adelante estas empresas migratorias se dedicaban a explotar en su provecho los desplazamientos transoceánicos.
Actuaban sobre todo como intermediarios y recibían una comisión por emigrante transportado o embarcado.
20 Un informe de 1838 de Pedro Lago, administrador de rentas nacionales de la isla de Lanzarote, lo define como un comercio clandestino prohibido por todo el derecho de gentes, que generaba la ruina de la agricultura y de la hacienda pública.
De acuerdo a Lago, eran conducidos «artesanos e industriales con tanta abundancia como si fuesen fardos de mercancía, sin más habilitación que la muy precisa para el viaje».
Agregaba que como la mayoría tenían pocos bienes, eran llevados como esclavos y encerrados en barracas hasta que se presentara quien los comprara «por el flete de cien duros que vayan a trabajar a sus haciendas: allí los tienen algunos años en DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA los oficios mecánicos trabajando como los negros».
21 Hay en su discurso una vinculación directa entre la migración de canarios y el comercio de esclavos, asemejando ambos procesos y destacando las pocas diferencias que había entre un tráfico y otro.
Según este informe, los canarios conducidos eran «artesanos e industriales», aunque la historiografía que ha estudiado el tema plantea que la mayoría de los inmigrantes eran campesinos; la principal preocupación de Lago radicaba en que con este movimiento interoceánico, las islas Canarias se estaban quedando sin mano de obra.
El entonces ministro de Estado español, Narciso Heredia, agregaba en el mismo sentido: «hombres codiciosos y al mismo tiempo que declaman por moda o por sistema contra la esclavitud de los negros, están promoviendo la de los blancos; porque no es otra cosa el transportarlos a América del modo que se acostumbra».
22 Ambos testimonios llevaron a que en 1838 se ordenara al jefe político de las Canarias que exigiera pasaporte para el traslado de colonos a Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y prohibiera el tráfico hacia otros destinos americanos.
Definir los números de la colonización canaria al Uruguay en esta década resulta complejo debido a la escasa información confiable al respecto.
Representaban el 17 % del total de los inmigrantes llegados al país en ese período.
24 Es necesario tener cautela con estos números ya que se desconoce su origen.
Andrés Lamas no menciona cuál es su fuente de información y por tanto no sabemos si son números de entrada de pasajeros por el puerto o de inmigración.
Nelson Martínez Díaz ha sugerido que la inmigración canaria representó entre el 16 y el 18 % del total de la oleada inmigratoria en la década de 1830.
Mediante un estudio del archivo de Juan María Pérez, este autor contabilizó 2.880 canarios ingresados entre 1835 y 1843, consignados como colonos a nombre de este empresario.
Funcionario del Ministerio de Gobierno y Relaciones Exteriores desde 1834.
Fue opositor al gobierno de Manuel Oribe, a quien combatió desde la redacción del diario El Nacional.
Desde 1843 fue jefe de la Jefatura de Policía de Montevideo.
Durante la llamada «Guerra Grande» (1838-1852) fue ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores.
Los censos del período son poco precisos ya que las procedencias regionales se pierden bajo la categoría de «españoles».
El «negocio» de la colonización
El archivo de Juan María Pérez permite hacer un seguimiento del circuito de este negocio desde sus etapas iniciales, que iban desde de la captación de migrantes en Europa hasta su arribo al puerto de Montevideo.
28 Juan María Pérez fue un comerciante, ganadero, industrial y naviero nacido en Montevideo en 1790 y fallecido en la misma ciudad en 1845.
Fue doctor en Teología por la Universidad de Charcas y participó activamente en los ejércitos artiguistas.
Fue además ministro de Hacienda de la segunda presidencia constitucional del Uruguay.
30 Tenía 20 estancias, aunque su especialidad eran las tierras a los alrededores de Montevideo donde se dedicaba a la agricultura.
Tenía panaderías y pulperías, atahonas y hornos de ladrillo y un molino hidráulico en la zona del Buceo.
Fue constructor y armador de barcos.
Consignatario, barraquero y acopiador de frutos.
Sus empresas de colonización le significaron solo parte de la inmensa fortuna que amasó hasta el estallido de la Guerra Grande.
31 Un contrato entre Pérez, el consignatario y el dueño del bergantín sardo Dido, muestra las etapas iniciales del circuito, basadas en la captación de canarios.
Las intenciones del viaje eran evidentes: se trataba de captar trabajadores, sobre todo familias, para que se integraran al sector DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA productivo una vez arribados al puerto montevideano.
La propuesta estaba dirigida a «familias de gente de trabajo, y poniendo cuidado especialmente que las expresadas familias sean compuestas de más hombres de trabajo o de 16 años para arriba, que de mujeres».
32 Según Albelo, en tres buques arribados desde Canarias en 1838 (Bella Julia, Uruguay y Circunstancia) desembarcaron 916 colonos, siendo la mayoría de ellos grupos familiares completos y no hombres solos.
33 Las obligaciones de Juan María Pérez también quedaban pautadas en este contrato.
Se comprometía a recibir la expedición y hacerse cargo de ella luego de los cuatro días hábiles del arribo «debiendo serle entregados los colonos en el muelle o en la playa de la Bahía que designare».
Por cada colono de más de 12 años, varón o mujer, Pérez abonaría 50 patacones de plata al señor Pezzi -consignatario del barco-del modo siguiente: una cuarta parte del total a los 3 meses de la fecha en que fueran recibidos por él, otra cuarta parte a los 6 meses, otra a los 9 y la última a los 12.
Los colonos de menos de 12 años serían reputados 2 por 1 y los de menos de dos años viajaban gratis.
Quedaba exceptuado del pago si alguno de los colonos llegaba «gravemente enfermo», al menos hasta que mejorara y estuviera apto para trabajar.
34 Los colonos quedaban obligados desde su salida de Canarias, ya que debían firmar un contrato ante un escribano en el que se expresaba su obligación de servir a Pérez o a cualquier otra persona a quien este traspasara su derecho, por el salario de 5 pesos mensuales, hasta satisfacer completamente el importe del pasaje.
35 Los viajes tenían su productividad tanto de ida como de vuelta, ya que se aprovechaba la salida del puerto de Montevideo para enviar dinero, bienes, comunicaciones, por parte de los canarios que ya habían arribado a la ciudad.
En el año 1840 se publicó un «aviso a los naturales de las islas Canarias» donde se anunciaban las condiciones del viaje.
El bergantín español Indio Oriental partiría de Montevideo para las Canarias en abril de 1840 al mando de su capitán don Florencio Arata.
Se admitían «pasajeros, encomiendas o belillos, cueros, dinero para entregar en las Islas, hacer contratos para conducir de allá pasajeros, si aquella autoridad lo permitiese».
Los pasajeros que se querían transportar de este país a aquellas islas debían abonar su pasaje antes de embarcarse «a razón de 150 pesos los de Cámara, y 100 pesos los de Combez».
Los cueros «se recibirán viniendo bien desgarrados, aprensados y escrito en el interior el nombre de la persona a quien se remite y la Isla y lugares de su residencia abonando antes los derechos y flete acostumbrado».
El dinero que quisiera remitirse para las islas se entregaría en el escritorio de Juan María Pérez, quien daba recibos interinos por las cantidades que recibiese «y a vuelta de viaje el Capitán Arata los rescatará con los recibos de las personas a quien les fuesen entregados los dineros en las Islas».
Si por enfermedad, ausencia o cualquier otra causa no llegara a recibir el dinero la persona a quien se le remite, Pérez quedaba obligado a devolverlo íntegramente.
La particularidad de estos viajes era la posibilidad de que individuos que ya vivían en Montevideo contrataran el viaje de familiares desde las Canarias.
Generalmente se trataba de la familia de colonos que habían viajado años o meses antes, que tras instalarse en su nueva ciudad, pagaban el viaje de sus mujeres e hijos desde las islas.
Los contratos estipulaban que el costo del pasaje debía ser pagado al contado por quien se contrataba al momento del arribo a Montevideo.
37 La responsabilidad de Pérez era aducida por los capitanes de los barcos que se dirigían a él para responsabilizarlo del bienestar de los recién llegados: «sírvase usted proteger la referida expedición a fin de que por este medio logre un buen resultado de ella, advirtiendo a usted que dichos pasajeros son todos hombres robustos con buenas familias, útiles en la labranza y aptos para toda clase de trabajo».
38 Las particularidades del viaje desde Europa hacían que en la mayoría de los casos fuera necesaria una escala en Río de Janeiro.
En agosto de 1836 se especificaba un contrato mediante el cual el capitán Onorato Faracio, del buque sardo Dido, se obligaba a trasladar para Montevideo a cien colonos de las islas Canarias, venidos a Río de Janeiro en el bergantín español Libertad, a razón de 20 patacones por cada mayor de edad.
Llegado a Montevideo se entregarían los colonos a Pérez.
La situación se repitió en setiembre del mismo año cuando se contrató a «Pedro Smith, capitán del Escuna Oriental, para el traslado de 46 a 50 colonos desde Río a Montevideo venidos de las Islas Canarias».
39 DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA Los contratos no involucraban solamente a Pérez y su consignatario, sino que los colonos intervenían directamente en las negociaciones.
Un contrato de colonos del bergantín Libertad fechado en 1837 en la bahía de Montevideo, señalaba: Decimos nosotros los abajo firmados pasajeros que somos del bergantín español Libertad que arribó a Rio de Janeiro desde donde hemos sido conducidos a este puerto en el bergantín argentino Bella Juanita que por la presente nos obligamos a satisfacer a Juan María Pérez, además del flete que le adeudamos desde Lanzarote, como dueño de la expedición, los gastos que hemos hecho en el Janeiro.
Se estipulaba luego que le pagarían a Pérez con nuestro trabajo personal regulado a 5 pesos mensuales cada uno de los hombres de trabajo, pues el de los muchachos queda a su criterio arreglarlo conforme a sus aptitudes, debiendo nuestras mujeres e hijas permanecer en nuestra compañía, y todos sin separarnos de la casa que nos recibe hasta que acabemos de satisfacer totalmente las cantidades que declaramos adeudar, o se nos contrate con otro patrono a cuya casa pasaremos en la misma conformidad y bajo las propias condiciones que lo estamos en esta; sin que para ello sea precisa la intervención de la policía que ahora autorizará la presente, ni de otro Juez alguno, pues a ello no hemos de oponer la menor resistencia.
40 Las obligaciones de Pérez eran suministrarles el alojamiento, la manutención diaria (carnes, verduras, legumbres y fariñas) y adelantarles el dinero que necesitaran para comprar ropa o costear curas de enfermedades.
La especificidad del contrato era tal que se estipulaba de antemano incluso el salario que percibirían los colonos al integrarse a la actividad laboral.
La particularidad estaba en que las mujeres trabajarían pero no recibirían a cambio de eso más que lo necesario para su manutención y debían permanecer junto a su familia.
El archivo de Pérez cuenta con varias docenas de contratos firmados por los colonos.
Hacían referencia a los nombres de los contratantes, a las obligaciones que asumían, al monto de la deuda por el pasaje y a cómo la pagarían.
Se incluía también unas líneas acerca de la imposibilidad de los colonos de desligarse de sus obligaciones y que en caso contrario, se daría intervención a la policía.
Las formas de saldar la deuda eran varias.
Algunos de los contratos estipulaban que los colonos se dedicarían al trabajo agrícola y el pago lo harían a través de las ganancias obtenidas por la cosecha de trigo que operaba como una especie de «seguro de pago».
41 FLORENCIA THUL CHARBONNIER Luego de recibidos por Pérez, los colonos eran remitidos a diferentes propietarios que se obligaban a pagar una suma mensual a cambio de contar con el trabajo de las familias canarias.
El accionar policial es presentado como contrapartida del cumplimiento del contrato por parte del colono.
La policía era la fuerza que intimaba a que los migrantes cumplieran sus contratos, por lo que la acción del gobierno era fundamental para el funcionamiento de esta operativa.
La policía había sido creada en 1827 bajo la denominación de «Policía Provincial» y luego de que en 1826 se dispusiera que tras la supresión de los cabildos la función policial estuviera a cargo de los comisarios departamentales.
Fue regularizada y uniformizada por ley del 18 de diciembre de 1829, creándose el cargo de jefe político y de policía de cada departamento además del ya existente jefe de policía del Estado (creado por ley de agosto de 1829).
42 Los contratos también eran firmados directamente entre los colonos y Pérez, como es el caso de un pasajero venido de las Canarias en la polacra española Bella Julia quien se «obligó a pagar al señor don Juan María Pérez, como consignatario de dicha expedición la cantidad que resulte adeudar según la contrata que tengo celebrada en dicha isla».
El escrito se cerraba con la mención a que en caso de incumplimiento del pago de la deuda la familia canaria debía ponerse a disposición de Pérez.43
La «venta» de la mano de obra en Montevideo
Si bien buena parte de los colonos arribados quedaban a la orden del propio Pérez y los empleaba en sus diferentes actividades productivas y comerciales, otros eran «alquilados» para que se integraran como mano de obra en otras actividades.
La evidencia más clara de que los colonos eran traídos con la intención de que fueran «alquilados» como mano de obra a quien los solicitara, es una nota enviada por Juan María Pérez al editor del diario El Universal que expresaba:
Familias Canarias han llegado a este puerto desde el de Buenos Aires con el objeto de contratarse para el servicio de cualquiera establecimiento, todas ellas tienen hombres de trabajo y pocas mujeres, y también se contratan solteros; el que necesitase de unos u otros ocurra al escritorio de Juan María Pérez.
44 DEUDA, TRABAJO Y COERCIÓN.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA Uno de los casos en cuestión es el de Pablo Ordóñez.
Este se obligó a satisfacer a Juan María Pérez diez pesos mensuales por los jornales de Bartolomé Martín y Salvador Martín, pasajeros del Bella Julia: «y en caso que no me conviniese que continuasen en mi servicio, se los entregaré a dicho Pérez en su casa».
Un documento fechado meses más tarde señala la devolución por parte del hijo de Ordóñez de un nuevo colono llamado Eugenio, así como del contrato firmado con Pérez, advirtiéndole que «el colono Bartolo se halla bastante atacado de unas fiebres malignas, y lo estoy haciendo asistir lo mejor que me es posible».
45 Los colonos se «alquilaban» para conseguir el dinero suficiente para pagar el costo de su pasaje o se ponían bajo las órdenes de quien se hiciera cargo de este pago.
Tal es el caso de Valentín Tobal quien se obligó a pagar a Pérez lo adeudado por pasaje de Isidro Oliva y Domingo Figueras a quienes tenía empleados en su panadería.
Agregaba que en caso de que «estas familias no les acomodase continuar en mi servicio, a que los tengo destinados, o a mí no se me acomodase tenerlos los presentaré en la casa de dicho Pérez y quedaré exento de este compromiso, pero de ningún modo antes de verificarlo».
46 Otro aviso, de 1843, relataba la situación de una canaria ofrecida por su patrón: Aviso.
El que se interese en una sirvienta canaria, colona de 19 á 20 años de edad, solamente resta en la casa donde está, la mitad de su pasage; es de un servicio regular y de muy buena conducta: el que se interese en ella puede ocurrir calle del porton de la esquina de la Buena Vista 3 cuadras para fuera sobre mano derecha en la pulperia.
La persona que la tiene se desase de ella por tenerse que ausentar del pais.
47 FLORENCIA THUL CHARBONNIER El sistema dotaba de mano de obra a los empleadores que la reclamaban, a cambio de la coacción a la que quedaban sometidos estos inmigrantes canarios, que solo lograrían su «libertad» si conseguían saldar su deuda.
La deuda de los colonos y sus consecuencias
Como señala Juan Oddone, este sistema «basado en la explotación del inmigrante que adeudaba el pasaje» estuvo vigente incluso hasta la década de 1870, según distintos testimonios consulares.
49 La deuda generada era el principal elemento de la coacción ejercida sobre los colonos quienes eran forzados a integrarse al mercado de trabajo, tanto en Montevideo como en sus alrededores, siendo obligados a permanecer en el sistema hasta saldarla.
Según las fuentes notariales españolas consultadas por Albelo, el pago del pasaje debía realizarse al llegar al puerto de Montevideo.
50 Esto podría explicarse por la presencia de un intermediario, que pagara la deuda al responsable del viaje y a quien pasara a deberle el colono cuyo pasaje se abonaba a su arribo al puerto.
Dada la información sobre pagos mensuales de los colonos venidos a Montevideo en el barco Bella Julia, no queda claro si eran ellos mismos los que se hacían cargo de su deuda o si pasaba a ser responsabilidad de quien contrataba sus servicios.
La cuestión surge de identificar pagos mensuales de más de cien pesos, como por ejemplo los 180 pesos abonados por Siderio Carrión en junio de 1838 o los 210 pagados por Agustín y Pedro Morales en febrero de 1839.
51 ¿Cómo alguien que recibía un salario de cinco pesos mensuales podía abonar 180 para saldar la deuda?
Es evidente que en estos casos aquellos que contrataban como trabajadores a estos colonos abonaban el dinero requerido por Pérez, por lo que había una especie de transferencia de la deuda, ya que el colono ahora pasaba a deberle ese dinero a quien lo empleaba y lo pagaría con su propio trabajo.
Pero la fuente nos permite hacer nuevas consideraciones.
Si bien es evidente que un colono no podía abonar cantidades tan grandes para saldar la deuda, tampoco se entiende que pudieran pagar 12 pesos si percibían 49 Oddone, 1966, 106.
50 Un registro notarial fechado en marzo de 1838 en Las Palmas de Gran Canaria estipulaba que la deuda «la satisfarán el día de su llegada al citado puerto de Montevideo, pudiendo compelérseles a ello ante las autoridades, y sin poder alegar ni admitírsele ninguna clase de excepción ni excusa de que pretenda valerse para eludir el cumplimiento de esta inviolable condición».
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA apenas cinco por su trabajo.
Esto nos obliga a cuestionarnos si la remuneración estipulada en el contrato era real y si estos colonos percibían el salario habitual en la época más allá de su condición.
A esta hipótesis, que consideramos la más probable, se adhieren varios de los casos encontrados.
A través de un contrato, Pérez se comprometió a darle trabajo de albañil al colono Juan Arronga a cambio de 17 pesos mensuales más la comida.
Por su parte el colono se obligaba a servirle sin separarse del trabajo y a no pedirle aumento de jornal.
Luego de transcurrido el año inicial y según su comportamiento, Pérez podría pagarle un adelanto de su jornal y ofrecerle continuar con el servicio.
52 Otro ejemplo es del año 1841 cuando los hermanos Ortega se comprometían a llevar a dos colonos canarios a su establecimiento de matadero «designándoles el salario de 15 pesos mensuales».
También don Carlos García se obligó a llevar a otros dos a su establecimiento de saladero «pagándoles a razón de 13 patacones y también se compromete a mantenerlos y darles razón de galleta».
53 De acuerdo a los contratos firmados por los colonos antes de viajar hacia Montevideo, los hombres recibirían cinco pesos mensuales por su trabajo y las mujeres no recibirían pago alguno.
Si se comparan estos salarios con los datos sobre remuneraciones en la época se puede comprobar que estaban muy por debajo de los salarios pagados en la ciudad en distintas actividades.
Una mujer esclavizada podía recibir 6 pesos mensuales si trabajaba para una persona que no fuera su amo (la plata, la mayor parte, se la quedaba el amo) y un hombre esclavizado podía recibir, dependiendo de su tipo de trabajo, entre ocho y diez pesos de conchabo mensual en la década de 1830.
54 El archivo de Pérez también brinda datos acerca de los salarios abonados en el trabajo de saladero.
A esto se agregaba el tabaco y la vestimenta que les proporcionaba el propietario como parte del pago.
55 Si dejamos la esfera privada y comparamos el salario que recibirían los colonos con los pagos del ámbito público la diferencia sigue siendo notable.
El único salario mensual que se equipara con el que recibían los colonos canarios es el del trabajador que realizaba la limpieza en la escuela de la ciudad.
Los peones del cementerio, que podrían ser definidos como trabajadores no calificados, recibían dos veces más que los colonos que aquí estudiamos.
56 Surge también la pregunta de si a aquellos que contrataban la mano de obra de estos colonos mediante un contrato con Pérez no les convenía más hacerse cargo ellos de la deuda y lograr con eso contar con mano de obra disponible por un tiempo prolongado, lo que no era tarea sencilla en un contexto de escasez de mano de obra y por tanto de altos salarios.
Si cruzamos las fuentes logramos corroborar que tanto los colonos como quienes los contrataban cumplían con sus obligaciones con Pérez.
Uno de los casos es el del colono José Joaquín Pérez y Ramón de las Carreras, siendo este último quien se compromete a abonar el pasaje del primero y su familia, que ascendía a 282 pesos.
Cruzando estos datos con la rendición de cuentas entre De las Carreras y Juan María Pérez se comprueba que efectivamente el primero abonó dicha suma en agosto de 1838.
Este documento permite además comprobar que el atraso en los pagos generaba intereses a favor de Pérez que se sumaban a la deuda original.
57 La deuda obligaba a los colonos a trabajar hasta saldarla o de lo contrario ponerse a las órdenes directas de Pérez y trabajar para él.
Las formas de pagar eran varias y las fuentes revelan que las posibilidades de los colonos variaban mucho, obteniendo algunos de ellos más «libertad» que otros para escoger sus trabajos.
Uno de los casos es el de Juan Pérez quien en mayo de 1839 envió una carta a Juan María Pérez diciendo haber sido pasajero de la fragata Bella Julia él y su familia y que se obligaba a pagarle 60 pesos de la próxima cosecha de trigo que iba a sembrar en terreno de don Joaquín Valdovino en Barros Blancos, a cuenta de su pasaje y el de su familia.
Agregaba que en caso de no poder cumplir con dicho pago, se presentaría en la casa de Pérez y trabajaría para él.
58 Tomás de León, otro canario arribado con su familia en el mismo barco, recibió la autorización de Pérez para «salir con mi familia a buscar mi subsistencia por el término de 14 meses», ya que se encontraba en una situación particular desde su arribo al puerto y no había pagado nada de lo adeudado por estar enfermo y no poder dedicarse a ningún tipo de trabajo.
Agregaba que solo tenía hijos pequeños y por lo tanto tampoco estos se podían hacer cargo de salir a trabajar para pagar la deuda.
57 La deuda generaba tal obligación con Pérez que este no dudaba en reclamar al juez del crimen por la libertad de tres colonos apresados que le adeudaban aun su pasaje: «Me presento y digo: que han sido aprehendidos por algunos desordenes y existen en el Juzgado de la Capital 3 colonos que me adeudan el pasaje, uno de ellos es José Guadalupe, padre de los otros dos Manuel y Francisco».
Tras asegurar que ya se había comprobado que estos no eran criminales solicitó que se los liberara para que pudieran continuar con su trabajo y ofreció incluso pagar una fianza para la liberación en caso de que fuera necesario.
60 Con la misma intención, de recuperar su dinero invertido en el arribo de los colonos, el apoderado de Pérez se presenta ante la justicia esta vez reclamando que la viuda de Manuel Coello, Sebastiana Bermúdez, le era deudora de 240 patacones por el pasaje de su familia «y además de los gastos que ha ocasionado y para las enfermedades de su marido».
Se la acusaba de fugarse de la casa de Pérez sin su consentimiento por lo que se solicitaba que se la remitiera a esta familia nuevamente.61
Los colonos arribados bajo este sistema migratorio no solo se encontraban con una deuda que pagar sino también con un difícil escenario para integrarse a la sociedad montevideana.
Varias son las situaciones que dan cuenta de esto.
En 1835 se denunciaba en el libro copiador de notas de la policía de Montevideo la situación de una «porción de personas» mendigando por las calles, entre las que se destacaba la presencia de «canarias, que con el título de pordioseras transitan y entran en las casas, haciendo vivas instancias para que se les dé limosna».
Debido a que la reglamentación prohibía mendigar, excepto con orden policial, se disponía que toda persona que se encontrara en estas condiciones fuera conducida a la policía del departamento.
62 Los libros de entrada y salida de presos del período 1834-1836 muestran que solamente tres individuos identificados como «canarios» fueron apresados durante esos años.
Debe tenerse en cuenta que el registro del FLORENCIA THUL CHARBONNIER origen del apresado, no siempre se hacía con precisión.
En el mismo libro se identifican a algunos con los genéricos «extranjeros», «españoles» y «europeos».
De aquellos tres, Juan Martínez y Pedro Martínez fueron enviados a prisión por Juan María Pérez en abril de 1836 por haber abandonado su trabajo, faltando así a su contrato.
Pérez solicitaba se los remitiera a los trabajos públicos, aunque fueron dejados en libertad.
63 Otro caso de intervención policial ocurrió en 1840 cuando Juan Iturbe presentó un escrito ante el juez del crimen de la ciudad.
Allí señalaba que en la estancia de un vecino encontró a Juan, un colono canario que «pertenecía» a una familia que había pagado por la deuda de su pasaje, trabajando en un corral de piedra.
Considerando que se encontraba «fugado», le pidió que volviera a sus trabajos, tras lo que «se apersonaron otros, diciéndome que aquel canario no había de volver a mi casa, que nada me debía».
Tras la discusión, se inició una pelea con cuchillo y «pistola vacía», resultando Iturbe con varias puñaladas «que se observan en la chaqueta que vestía».
El escrito finaliza con la solicitud de que el agresor fuera a prisión y que además pagara por los gastos y perjuicios causados.
64 Juan Solari, el acusado, presenta al mismo juzgado, días más tarde, una comunicación donde detalla haber llegado a un arreglo con Iturbe para abonarle la cuenta por gastos por la herida que le causó en la estancia, que ascendía a 60 pesos.
A cambio, este desistía de iniciar toda acción contra él.
La suerte corrida por el colono que inició la discusión se desconoce.
No obstante, podría creerse que dada la resolución del caso a favor de Iturbe, el canario debió regresar con este o al menos saldar su deuda.
65 Pero además de las situaciones laborales conflictivas, la precaria situación económica y el peso de la deuda, los colonos debieron enfrentarse a otra dificultad: la militarización desde el comienzo de la llamada Guerra Grande (1838).
La ley de Guardia Nacional de 1835 exoneraba del servicio militar a los extranjeros, 66 pero para que esto se cumpliera era necesaria la presencia de agentes diplomáticos en el país que resguardara los derechos de aquellos.
En caso contrario, como el de los españoles hasta 1845 cuando arribó 63 AGN, AGA, Policía de Montevideo, Libro de presos, 944.
66 La Guardia Nacional fue creada el 1 de junio de 1835 para «suplir la falta del Ejército de línea para defensa y seguridad del Estado»; en su capítulo cuarto, la ley 90 señalaba que quedaban fuera del alistamiento «los extranjeros» entre otros.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA Carlos Creus, la situación de los colonos estaba casi igualada a la de los nacionales.
67 Fueron exonerados aquellos que «empleados en labores de labranza y establecimientos industriales, se hallan adeudando su pasaje».
En 1842 se abrió en la policía un libro de colonos para registrar a los que quedaban exceptuados del servicio militar, a quienes se le daba una papeleta que acreditara su condición en la que debía contar el contrato entre el patrón y el colono.
68 Apenas unos meses después, y ante la urgencia del avance de la guerra, este decreto fue derogado.
Los canarios de entre 14 y 45 años debían ser reunidos, clasificados y enrolados en el Batallón de Infantería N.° 6 durante un año.
No obstante, las autoridades declaraban que ningún canario se había presentado, a lo que se sumaba el reclamo de los acreedores de su deuda o de sus patrones, a quienes se les quitaba su mano de obra.
69 A pesar de la resistencia al enrolamiento, los canarios, como también españoles de otras regiones, formaron parte de diferentes divisiones del ejército de la defensa de Montevideo durante la Guerra Grande.
Los años posteriores a la creación del Estado Oriental del Uruguay estuvieron pautados por un problema económico central: la escasez de mano de obra.
Para enfrentarlo, tanto el Estado como los particulares, impulsaron dos tipos de medidas: la atracción de trabajadores extranjeros y el «disciplinamiento» de los brazos disponibles en el país.
Ambas situaciones se caracterizaron por la coacción ejercida hacia los individuos, en un contexto de inexistencia de relaciones de trabajo plenamente libres.
El objetivo de este artículo fue analizar una de las experiencias de atracción de inmigrantes: la de los colonos canarios.
Como se pudo comprobar con la bibliografía analizada, el uruguayo no es un caso aislado sino que este tipo de inmigración ocurrió en varias regiones de América hacia mediados del siglo XIX.
Se realizó un estudio de las empresas de colonización emprendidas por el montevideano Juan María Pérez, uno de los principales contratistas 67 Etchechury-Barrera, 2015, 121.
68 AGN, AGA, Policía de Montevideo, Libro de adeudo de los pasajes de colonos, 967.
FLORENCIA THUL CHARBONNIER navieros de la época.
Los inmigrantes canarios arribados al puerto de Montevideo durante la década del treinta se integraban al mercado de trabajo mediante un contrato que los obligaba a ocuparse hasta saldar la deuda de su pasaje.
La policía podía intervenir en caso de que los colonos no cumplieran con lo estipulado, obligándolos a ponerse nuevamente bajo las órdenes de quien se había hecho cargo de su deuda.
La participación de la policía era fundamental para la pervivencia de este sistema ya que era la que permitía, mediante la coerción, el cumplimiento de los contratos.
Los colonos no eran obligados a viajar desde Canarias, la coacción no estaba en esta etapa del proceso sino una vez arribados a Montevideo, cuando eran sometidos a un estricto control privado y policial para que cumplieran con sus obligaciones.
A través de la bibliografía disponible, se comprobó que los empresarios privados tuvieron gran influencia en cuanto a los proyectos de colonización que eran aprobados o no por el Estado para ser ejecutados.
La intervención del Estado era clave, no solo en la aceptación de los proyectos sino que, a través de la policía, funcionaba como garantía de que las condiciones del contrato se cumplieran asegurando a los propietarios inversores el rédito económico que buscaban.
La importancia de estas empresas no estaba tanto en los beneficios en dinero que generaban sino más bien en que aumentaban los brazos disponibles y bajo un sistema en el cual los trabajadores no podían negarse a trabajar, aunque en la práctica se constataran fugas e incumplimientos de contratos.
El artículo pretende aportar en relación al conocimiento histórico de un tipo particular de inmigración.
Su particularidad está dada por la situación de coacción a la que estaban sometidos los extranjeros arribados al país.
Es posible hablar de este como un régimen de «semi-esclavitud».
La evidencia empírica aportada da cuenta de que la situación que enfrentaban los colonos tras su arribo era compleja.
Muchos quedaban inmersos en la pobreza, que se sumaba a la situación de dominación a la que eran sometidos mientras adeudaran su pasaje.
Fueron, además, blanco del enrolamiento militar ante el estallido de la Guerra Grande.
No obstante, también fue posible encontrar casos donde queda en evidencia la resistencia, manifestada a través de la fuga e incluso el no pago de su deuda.
LAS EXPERIENCIAS DE COLONIZACIÓN CANARIA |
Lejos de ser universales e indistintas para todas las sociedades, las nociones de limpieza y suciedad se construyen y transforman.
Los cambios se vinculan al progresivo avance de los umbrales de la vergüenza y el desagrado, inherentes al proceso civilizatorio.
1 A lo largo de este, según desarrolla Norbert Elias, se añadieron sucesivamente unas exigencias a otras, provocando que determinadas acciones, que entre las sociedades guerreras medievales no generaban repugnancia, sí causen vergüenza o desagrado en los grupos sociales con mayores cadenas de interdependencia y elevada diferenciación de las funciones sociales.
En esta línea, una historia de lo limpio/sucio debe tener en cuenta los cambios en las percepciones y sensibilidades de las personas para con sus propios fluidos y olores corporales; el desagrado frente al contacto con el cuerpo de otras personas y sus emanaciones; y también debe reparar en el concepto que se tenga del agua y sus efectos.
En este trabajo proponemos describir y analizar las prácticas domésticas de limpieza en la ciudad argentina de Córdoba a partir de la presencia (o ausencia) de objetos materiales y espacios de la vivienda destinados al aseo.
Los inventarios post mortem constituyen una fuente sobradamente eficaz para conocer los objetos que se encontraban en los hogares cordobeses, ya fuera mobiliario, menaje de cocina, servicio de mesa o la ropa de uso de los habitantes de la casa.
2 Estos documentos oficiales, llevados a cabo luego de un deceso, tenían como fin último la repartición del patrimonio del difunto entre los herederos; para ello, los peritos encargados de realizar la tasación observaban, pesaban y medían cada objeto, consignando no solo el precio sino también las dimensiones, colores, materia prima, ornamentos y estado de conservación de los bienes.
La minuciosa lectura y análisis de inventarios post mortem efectuados en la ciudad de Córdoba entre finales del siglo XVIII y finales del XIX, nos permitió identificar los diferentes objetos que utilizaran hombres y mujeres para limpiar sus cuerpos.
Al analizar esta documentación en un período amplio fue posible establecer la frecuencia de algunos artefactos puntuales, es decir la cantidad de veces que determinado 1 Elias, 1988.
2 Existen considerables investigaciones sobre aspectos de la cultura material doméstica que toman a los inventarios post mortem como fuente privilegiada para su análisis (García Fernández, 2003, 2004; Pereira Iglesias y Rodríguez Cancho, 1982, entre otros).
Una interesante síntesis de las potencialidades y limitaciones de este tipo de documentación fue puesta de relieve por Sobrado Correa, 2003.
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS elemento se menciona en las fuentes a lo largo del tiempo.
El definir la frecuencia de tinas de baño, baños, bacinicas y escupideras resultó fundamental para identificar cambios y continuidades en el uso de dichos objetos y en las prácticas cotidianas de aseo.
A lo largo de nuestro análisis observaremos que en siglo XIX no solo se incrementó notablemente la cantidad de artefactos destinados a lavar el cuerpo, sino que esos objetos tendieron a ser cada vez más específicos.
Lo mismo ocurría con el espacio destinado a la higiene corporal.
Progresivamente se asignó un lugar definido dentro de la vivienda para llevar a cabo las prácticas cotidianas de higiene.
Estos cambios en la cultura material y en el espacio construido nos permitirán reconocer tanto modificaciones como permanencias en las sensibilidades y en las ideas de limpieza/suciedad.
El espacio temporal que analizamos comprende las últimas décadas del siglo XVIII y se extiende hasta fines de la siguiente centuria.
El período resulta significativo por varias razones.
Se trata de un espacio temporal plagado de transformaciones políticas y sociales que tocan a diversos espacios del mundo Atlántico.
En Latinoamérica se disolvía el edificio colonial dando lugar a la emancipación de los territorios; independencias que fueron seguidas por múltiples conflictos sociales, políticos y militares desatados en torno a la organización política de las regiones ahora independientes de la metrópoli española.
Asimismo, la apertura comercial postrevolucionaria significó la masiva llegada de manufacturas provenientes de la Europa industrializada, principalmente Inglaterra.
Nuevos y numerosos objetos trajeron consigo nuevas prácticas, nuevas ideas.
3 Todo ello conformó el tránsito, a distintos ritmos, de una sociedad colonial a una moderna, donde convergieron, convivieron y se superpusieron elementos tradicionales y modernos, nativos y foráneos.
La ciudad de Córdoba ocupaba, desde su fundación en el último tercio del siglo XVI, un lugar periférico dentro de los vastos territorios americanos pertenecientes a la Corona española.
En el marco de una economía colonial orientada a la extracción de metálico, las regiones no mineras, como era el caso de Córdoba, orientaban sus actividades productivas y comerciales hacia las regiones donde se extraía metal precioso.
El comercio de mulas fue la principal actividad económica de Córdoba durante la colonia 3 Víctor Goldgel (2013) señala la creciente presencia y legitimidad de «lo nuevo» en la primera mitad del siglo XIX hispanoamericano; en medio de transformaciones políticas, tecnológicas, económicas y sociales, y eclipsando otros horizontes de sentido como la tradición y el dogma religioso, lo nuevo se convierte durante esa época en criterio central de asignación de valor.
CECILIA MOREYRA y se dirigió, precisamente, hacia el norte minero.
Luego de los episodios revolucionarios, Córdoba reorientó su actividad mercantil hacia el espacio Atlántico a través del puerto de Buenos Aires.
Observamos, entonces, que aunque periférica, la ubicación de la ciudad de Córdoba era ciertamente estratégica en tanto se constituyó en nudo de rutas comerciales hacia el Alto Perú, Buenos Aires y Cuyo.
Por lo tanto, es fácil imaginar una ciudad que a lo largo del período abordado se viera cotidianamente transitada por personas, carretas, mercancías e ideas.
Desde finales del siglo XVIII, cuando el marqués de Sobremonte gobernaba la Córdoba del Tucumán, se llevaron a cabo algunas obras, enmarcadas en el afán modernizador e ilustrado de las reformas borbónicas, que tendieron a mejorar la provisión de agua, controlar las crecidas del río de la Ciudad (actualmente, río Suquía), optimizar el alumbrado, mantener los edificios, establecer un lugar para el faenamiento de animales, y conservar la limpieza de las calles.
4 Estas acciones no deben concebirse como excepcionales ya que encontramos actuaciones semejantes en otras partes de Latinoamérica, 5 que respondían a la Ordenanza de Intendentes donde se establecían las condiciones edilicias y de higiene que se debían respetar en las ciudades.
6 Más adelante, ordenanzas municipales que tuvieron lugar entre 1839 y 1840 disponían la erradicación de las curtiembres ubicadas a la vera del arroyo La Cañada, la prohibición de los entierros en el centro de la ciudad, la restricción del lavado de ropa en las acequias, la organización del riego, la construcción de un camino de entrada a la ciudad y el traslado del cauce del río para evitar las frecuentes inundaciones.
7 Estas normativas revelan una creciente búsqueda de orden y limpieza en el ámbito urbano.
Al establecer un lugar periférico dentro de la traza urbana para determinadas actividades, como la matanza de animales o el curtido de cuero, se pretendía limitar el contacto de la población con desperdicios, olores y demás despojos.
Este tipo de reglamentaciones expresan un ideal de orden, una situación deseada, una tendencia en el pensamiento y el discurso, más que constituir 4 Memoria del marqués de Sobremonte escrita para su sucesor el coronel de ingenieros don José González, 1791, en Segreti, 1973, 195-213.
5 Por ejemplo, Ana Inés Punta señala que en Lima, Chuquisaca, Huancavelica y Arequipa, los respectivos gobernadores intendentes instalaron desagües, mejoraron las calles y caminos, se ocuparon de la limpieza e iluminación de los espacios públicos y construyeron hospitales, cárceles y escuelas.
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS un reflejo de la realidad.
Efectivamente, normativas como estas se repiten en el Reglamento de Policía de 1858, donde se establecía la ubicación que debían tener las barracas de cuero, los lavaderos de lana y las curtiembres, consideradas por las autoridades como focos infecciosos y contaminantes.8 Los reiterados reclamos por la inobservancia de estas normas que se expresan en la prensa local de finales del siglo XIX, manifiestan lo trabajoso que resultó el proceso de ordenamiento de la ciudad según los modernos preceptos de higiene, salubridad y estética.9 Las mencionadas ordenanzas públicas tendientes a ordenar y limpiar la ciudad de Córdoba no fueron inéditas, sino que se enmarcan en un contexto temporo-espacial más amplio.
Podemos identificar la base de las preocupaciones higienísticas en la Europa occidental de finales del siglo XVIII.
Según analiza Alain Corbin (2002), nuevas prácticas sanitarias, ancladas en conocimientos médicos y científicos, se encaminaron a purificar, es decir, desinfectar y desodorizar, el espacio público parisino.
La limpieza de las calles, la desecación de los pantanos pestilentes situados en las cercanías de la ciudad, la limpieza de las letrinas, el destino último de los desperdicios privados.
Todo ello, pasó a ser objeto de ordenanzas públicas, de políticas sanitarias que pretendían, más que lavar, ventilar el ambiente, aislar el espacio aéreo de las emanaciones telúricas.
El proceso civilizatorio conllevó cambios en las sensibilidades, en los umbrales de la vergüenza y el desagrado y, a su vez, implicó políticas de salubridad tendientes a limpiar la ciudad, es decir, ordenarla y, con ello, disciplinarla.
Es en este amplio marco donde debemos situar algunos de los cambios en las prácticas domésticas de higiene.
A ello nos abocaremos a lo largo de este trabajo, el cual se organiza de la siguiente manera: en primer lugar, desarrollaremos los aspectos teóricos y metodológicos de este análisis.
La historia de la vida cotidiana y los estudios de cultura material proporcionan los antecedentes y conceptos teóricos referentes de este trabajo.
Seguidamente, entrando de lleno en el tema que nos ocupa, nos abocaremos a identificar y analizar las prácticas de aseo en la ciudad de Córdoba, identificando continuidades y transformaciones a lo largo del siglo XIX.
Nos concentraremos en cuatro puntos fundamentales, que derivan de los datos provistos por las fuentes: primero, la limpieza en seco y su relación con la muda de ropa, particularmente, la denominada interior o CECILIA MOREYRA «blanca»; en segundo lugar, analizaremos la creciente presencia de tinas, baños y lavatorios que sugieren nuevas concepciones frente al agua y al lavado del cuerpo.
En tercer lugar, nos adentraremos en las acciones relativas a la satisfacción de necesidades fisiológicas y, finalmente, describiremos y analizaremos objetos implicados en el arreglo de rostros (navajas de afeitar, escobillas para dientes) y prendas de vestir (cepillos para ropa y bateas de lavar).
La progresiva diversificación de instrumentos para limpiar indica una creciente especialización de la cultura material, aspecto característico del período abordado.
Vida cotidiana y cultura material
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS rezar, lavarse, andar, sentarse, entre muchas más); actividades que podemos considerar rutinarias, aunque no por ello espontáneas.
De este modo, lejos de ser un ámbito trivial e intrascendente, la vida cotidiana es compleja y está poblada de significados y símbolos.
El análisis de las dimensiones simbólicas y semióticas de los objetos se enmarca dentro de los estudios de cultura material.
Este concepto, acuñado desde la arqueología y la antropología, alude a las dimensiones físicas y tangibles de las cosas pero, sin detenerse ahí, ahonda en la permanente interacción que existe entre estas y las personas que las construyen, las piensan, las comparten, las venden, las compran, las utilizan, las desechan.
Arqueólogos, geógrafos, arquitectos, artistas, antropólogos e historiadores se han interesado, en las últimas décadas, por el lugar que lo material ocupa dentro de sus respectivos campos de estudio.
El hecho de que atraviese diferentes disciplinas da cuenta de la amplitud de este campo de investigación, donde no se pretende abordar los objetos como algo contrapuesto a lo social o lo económico, sino a partir de una relación dialéctica entre sujeto, objeto y sociedad.
Desde los clásicos trabajos de Fernand Braudel (1984), Arjun Appadurai (1991), Sindey Mintz (1996) y Daniel Roche (1989), los historiados vienen observando a objetos y mercancías como actores y motores de los procesos históricos.
En el espacio latinoamericano, el trabajo de Arnold Bauer (2001) constituyó la primera gran síntesis de las transformaciones en el ámbito de la cultura material.
Esta obra constituye todo un referente en este campo de investigaciones, particularmente por proponer un abordaje complejo que tiene en cuenta los aspectos simbólicos de los objetos, problematizando constantemente las razones del consumo.
En tanto nuestro trabajo procura relacionar la cultura material con las prácticas de higiene, resulta imperativo referirnos a Norbert Elias, quien construyó una historia de objetos cotidianos como el tenedor, el pañuelo de nariz y la vestimenta para dormir, entendidos como elementos sustanciales en la conformación de una sociedad «civilizada».
El sociólogo alemán explicó los cambios en las sensibilidades y los umbrales de la vergüenza y el desagrado a partir de la aparición, el uso y las reglas establecidas en torno a aquellos objetos.
Así, los manuales de urbanidad, por ejemplo, recomendaban usar un pañuelo para recoger las mucosidades de la nariz, evitando que entrara en contacto con otras personas y aconsejaban emplear el tenedor para servirse la comida en lugar de hacerlo con la mano.
Siguiendo la línea desarrollada por Elias, Georges Vigarello (1991) analizó, entre las sociedades occidentales, la construcción histórico-cultural de las prácticas CECILIA MOREYRA y percepciones relativas al aseo corporal, el cual pasó de insertarse en el terreno de la civilidad y moralidad a formar parte del ámbito de la salud, y con ello, de la medicina, cobrando entidad el moderno concepto de higiene y con ello, las políticas higienistas y de salubridad que analiza Corbin (2002).
La historia de lo limpio y lo sucio habla del perfeccionamiento de la conducta, el aumento del espacio privado y del autodominio, con una creciente relación entre lo íntimo y lo social.
Para identificar cambios en las prácticas domésticas de limpieza en la ciudad de Córdoba, observaremos, tal como anticipamos, la presencia/ ausencia de objetos destinados al aseo de cuerpos, ropas y espacios en los inventarios post mortem.
Estos documentos eran llevados a cabo luego de la muerte de una persona, ocasión en que comenzaban a jugar los intereses de distintos actores: la familia, amigos, acreedores y la Iglesia, entre otros.
Dependiendo de la complejidad del círculo social del fallecido o fallecida y el tamaño de su patrimonio, las tasaciones, particiones y juicios sucesorios eran más o menos extensos en cantidad de fojas y tiempo insumido en su conclusión.
Lo anterior restringe el sector social representado en estos documentos, es decir, que contamos con inventarios cuyos titulares eran, principalmente, hombres y mujeres de la elite socioeconómica.
Estos eran personas de etnia española, 11 propietarios de tierras, haciendas y solares, dedicados principalmente al comercio y con cargos político-administrativos en la ciudad.
Sin embargo, aunque el grueso de la documentación alude a los sectores principales de la sociedad cordobesa, estas fuentes también ofrecen indicios del entorno material de otros sectores, particularmente hombres y mujeres de etnia parda, 12 algunos libertos, dedicados a la actividad artesanal o al servicio doméstico.
Valiéndonos de una base de datos relacional, 13 sistematizamos los datos obtenidos en los inventarios.
El uso de esta herramienta informática facilitó la consulta de la información y permitió cuantificar algunos objetos, es decir, determinar su frecuencia a lo largo del espacio temporal analizado.
No obstante subrayamos la importancia de un análisis cuantitativo, nos 11 Tal como expresa Lockhart (2000, 80) el término más adecuado para referirse a las personas que conformaban la cúpula de la sociedad colonial es el de «español/la» en lugar de «blanco/a» ya que este último término raramente aparece en el lenguaje popular u oficial; este grupo conformaba la elite social con poder económico y político, eran los propietarios de esclavos, tierras, haciendas y solares.
12 La denominación «pardo» era ampliamente utilizada para referirse indistintamente a mulatos y mestizos, grupo que tenía el denominador común del tono bronceado de la piel y su dedicación, en la mayoría de los casos, a oficios manuales o mecánicos: alarifes, orfebres, herreros, carpinteros, etc.
CECILIA MOREYRA al baño, insinúa que el cuerpo no se limpiaba a través de la ablución.
Esto se enraíza en una mentalidad tradicional reticente al baño que surge y se extiende en la Europa medieval durante la expansión de la peste negra.
En ese contexto el agua era concebida como un elemento penetrante, capaz de abrir los poros de la piel dejando a la persona permeable al aire corrupto e indefenso frente a las enfermedades.
Así como el agua permitía el ingreso de aire pestilente, también dejaba escapar los humores y vigores.
Entonces, el agua enfermaba y debilitaba, desequilibraba y desordenaba.
Por todo ello, se desaconsejaba el baño; y al ser los poros considerados la puerta de entrada para los males, solo era posible protegerse mediante ropa de tejidos de tramas compactas.
Por lo tanto, para lavar el cuerpo bastaba con limpiar lo que lo envolvía: el vestido.
Estas ideas fueron alimentadas por los tratados de urbanidad de los siglos XVII, XVIII y parte del XIX y es factible rastrear su impacto en estas latitudes.
Efectivamente, la limpieza personal en la Córdoba de fines del siglo XVIII estaba vinculada a la muda de ropa, tal como observan Vigarello y Sarti 15 para la Europa moderna.
El característico color claro de la ropa interior, hecha en su mayoría con tejidos de lino, explica su denominación en los documentos como «ropa blanca».
Blancura que alude a la capacidad que se le atribuía a estas prendas de limpiar el cuerpo del sudor y demás impurezas propias de la piel.
Entre los diversos bienes que constan en las tasaciones, las prendas de vestir ocupan un lugar destacado y, entre estas, las camisas y enaguas femeninas y las camisas y calzoncillos masculinos, están presentes en la mayoría de los inventarios, evidenciando que eran una parte significativa dentro del conjunto de la indumentaria.
Incluso se menciona la ropa interior separada del resto de las prendas: «ropa blanca» y «ropa de color» diferenciaban los peritos al inventariar y tasar los bienes del difunto.
16 Las prendas interiores entraban en contacto directo con el cuerpo absorbiendo, cual esponja, sus secreciones.
Por este motivo, para eliminar esa suciedad, era necesario mudarse de ropa; lo que limpiaba no era el agua sino las prendas de vestir.
A su vez, aunque las camisas eran prendas íntimas, algunas de sus partes, como el cuello y los puños, podían estar a la vista de los demás.
16 Los peritos tasadores emplearon el término «ropa blanca» para hacer alusión a la ropa interior tanto de hombres como mujeres, a la que diferenciaron de la «ropa de color» para referirse a las prendas exteriores.
Inventario de Manuel Hurquiri, Córdoba, 1811, AHPC, Escribanía 1, leg.
Inventario de Antonio Benito Fragueiro, Córdoba, 1813, AHPC, Escribanía 1, leg.
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS eran asunto aun de mayor cuidado que el resto de la prenda.
Su candor y sus formas (adornados con encajes y otras guarniciones) indicaban la limpieza general de la persona.
Lejos de ser una actividad realizada a diario, la muda de ropa interior era poco frecuente.
En su paso por la campaña rioplatense, el viajero inglés John Miers percibía que «muy pocos lavan o componen sus ropas una vez que se las ponen, las conservan día y noche hasta que se rompen».
17 En el reglamento del colegio de niñas nobles huérfanas de finales del siglo XVIII, por ejemplo, estaba dispuesto que las niñas recogidas lavaran y cosieran la ropa que los varones mudaban, o debían mudar, «una vez por semana».
18 Varios años más tarde, a mediados del siglo XIX, en el Manual de Urbanidad de Manuel Carreño, obra publicada en Caracas pero con una amplia difusión de toda Latinoamérica, se estimaba como conveniente que la muda de ropa se hiciera no menos de dos veces por semana, y si una persona no tenía a su alcance mudar las ropas exteriores que no prescindiera el mudar, al menos, la ropa interior.
En ambos casos se trata de prescripciones establecidas, es decir situaciones ideales que se pretendía lograr con estas reglamentaciones, un ideal que probablemente distaba de lo que efectivamente ocurría en la práctica.
La limpieza de los cuerpos se transforma
A medida que avanzaba el siglo XIX, la higiene en seco se vio si no reemplazada al menos acompañada por el baño, la ablución del cuerpo en el agua contenida en una «tina de bañarse» o en un «baño».
19 Estos artefactos eran cubos de madera, en el caso de las tinas, o de lata, en el caso de los baños.
Medían aproximadamente un metro de largo por unos setenta centímetros de ancho, 20 lo que nos permite imaginar la postura sentada que se adoptaba dentro de la misma.
19 La tercera acepción al vocablo baño que ofrece el primer Diccionario de la Lengua Castellana (conocido como Diccionario de Autoridades) es la siguiente: «Se llama también (por el efecto para que sirve) uno como cubo grande, espacioso y ancho, que de madera o barro y tal vez de metal se hace para bañarse».
20 La tina para baño que el escribano José Albino Fernández tenía en su vivienda, medía una vara y un cuarto de largo por siete octavas de alto.
Inventario de José Albino Fernández, Córdoba, 1827, AHPC, Escribanía 3, leg.
Con el correr del tiempo, se incrementó la presencia de tinas y baños en las viviendas, lo que significó que cada vez más personas accedieran a estos dispositivos.
Lógicamente, en el decenio de 1810, cuando la posesión y uso de tinas no era algo extendido, eran las personas de alto estatus socioeconómico quienes empleaban estos elementos especializados, particularmente acaudalados comerciantes.
Las novedades, ya fueran cosas, costumbres o ideas, encontraban lugar primero entre los hombres y mujeres de mayor estatus social, es decir, las personas que tenían el poder adquisitivo para hacerse de las mercancías novedosas y, además, tenían contacto con costumbres e ideas modernas al relacionarse, por ejemplo, con comerciantes europeos.
Por el contrario, avanzado el siglo XIX, en la década de 1860, podemos ver tinas y baños en las viviendas no solo de destacados comerciantes sino también de personas con un perfil profesional y patrimonial más heterogéneo.
23 La práctica de la ablución del cuerpo entero tenía lugar entre amplios intervalos de tiempo.
El lavado de la cara y las manos permitía mantener la limpieza durante esos intervalos o incluso eran un sustituto del baño.
Para el lavado diario, las personas se valían de lavatorios, lebrillos o palanganas.
Estos artefactos eran vasijas, más o menos profundas, hechas de madera, lata, loza o porcelana, que se ubicaban sobre un cajón, armazón, banco o pie de madera, iban acompañados de la correspondiente jarra que servía para verter el agua dentro de la vasija.
En tanto no existía una habitación de la vivienda destinada específicamente para lavarse, este artefacto se situaba en la alcoba o en un cuarto contiguo.
Como en el caso de las tinas y baños, el número de lavatorios registrados en los inventarios creció significativamente a medida que avanzaba 21 El mismo aumento en el número de bañeras es claramente observable en la Francia de finales del siglo XVIII, cuestión que insinúa la paulatina instalación de la práctica del baño relativamente periódico entre la elite francesa de esa época.
22 Los ejemplares identificados en la década de 1810 estaban en manos de los acaudalados comerciantes Antonio Benito Fraguerio (Inventario de Antonio Benito Fragueiro, Córdoba, 1813, AHPC, Escribanía 1, leg.
1) y José Manrique de Lara (Inventario de José Manrique de Lara, Córdoba, 1818, AHPC, Escribanía 1, leg.
23 Por ejemplo, encontramos una tina para baño entre las pertenencias de Nazario Reta, un pardo libre casado con una esclava liberta (Sucesorio de Nazario Reta, Córdoba, 1863, AHPC, Escribanía 2, leg.
Josefa Güemes, una mujer perteneciente al sector artesanal, dedicada a la fabricación de jabón y velas, disponía de una tina y un baño de lata (Inventario de Josefa Güemes, Córdoba, 1863, AHPC, Escribanía 2, leg.129, exp.
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS el siglo XIX.
El incremento de la cantidad, tanto de tinas como de lavatorios, indica que cambiaron las maneras en que se aseaban los cuerpos.
Podemos pensar que, progresivamente, las personas dejaban de percibir el agua como un elemento penetrante y corruptor y, en relación a esto, que el aseo personal entró en el terreno de lo íntimo, involucrando a toda la piel que estaba oculta por la ropa.
Por mucho tiempo la limpieza del cuerpo y con este, de la ropa, estuvo asociada a ideas de moralidad y civilidad.
No es casual, entonces, que quienes se ocuparon de reglamentar estas cuestiones fueran, por largo tiempo, los tratados de urbanidad.
Según transcurría el tiempo, y a distintos ritmos, gracias al avance de conocimientos científicos y el espíritu de racionalización que se expandieron en Europa, se comenzó a buscar en el ambiente las casusas de los procesos patológicos, ello llevó a la consideración del aseo de los cuerpos, las casas y la ciudad misma como elementos claves en la prevención de enfermedades.
Lo limpio/sucio dejó de ser una mera cuestión de apariencias y comenzó a remitir al ámbito de la salud por lo que las reglamentaciones en torno al aseo pasaron al dominio médico.
De este modo, se instalaba el concepto de higiene, entendido como ciencia médica cuyo objetivo era la conservación de la salud.
24 Cabe aclarar que a pesar de la multiplicación de bañeras y tinas a lo largo del XIX, es probable que las dificultades prácticas de su uso y la mentalidad tradicional que asociaba el baño con la debilidad, se opusieran a estas novedades.
Los cambios en las prácticas de higiene no deben ser entendidos en términos revolucionarios, donde una novedosa forma de hacer las cosas reemplazaría definitivamente a las anteriores, sino que diversas prácticas, que remiten a sensibilidades heterogéneas, conviven en un mismo período y un mismo espacio.
A lo largo del siglo XIX se gestó otro cambio relativo al aseo corporal.
Recordemos que dentro de la arquitectura doméstica del siglo XVIII y parte del XIX, no había un lugar específico para lavarse.
Observemos algunos ejemplos que atestiguan cambios en estas disposiciones espaciales.
En la vivienda de Mercedes Bracamonte, una hilandera de etnia española, cuyo inventario se lleva a cabo en 1825, encontramos que existía, al pie del CECILIA MOREYRA brocal del pozo de agua, «un estanco de calicanto para baño».
Por otra parte, avanzado el siglo XIX, observamos en la vivienda de los cónyuges Josefa Martínez y Joaquín Urtubey, cuyo inventario data de la década de 1870, la presencia de un pequeño cuarto de baño, que se hallaba en el segundo patio convenientemente ubicado contiguo al pozo de agua.
25 El espacio destinado al aseo personal era, en el primer caso, un espacio abierto, un pequeño anexo del pozo de agua, mientras que en la segunda vivienda, el lugar para el lavado del cuerpo era un cuarto separado, con paredes y techo, un sitio definidamente más privado e íntimo.
La especialización de los objetos (tinas y baños) y espacios (cuartos de baño) para el lavarse se relaciona con la creciente privatización e individualización de las actividades cotidianas.
Consideramos importante insistir en el carácter procesual de los cambios observados, que a su vez no son en modo alguno casos aislados sino que también pueden advertirse en otros territorios del espacio americano.
Para el Medellín de finales del siglo XIX, Luis Gonzáles Escobar se refiere a ciertos cambios en los hábitos privados de limpieza: el aseo del cuerpo y la ropa, la separación del espacio doméstico otorgado a los animales y la clasificación de los espacios interiores.
Todo ello enmarcado en prácticas y políticas higienistas importadas de Europa, que se constituyeron en puntos clave del proyecto civilizador de las elites locales.
26 Recién podemos hablar de higienismo como tendencia coherente de acción social para finales del siglo XIX y comienzos del XX.
27 Sin embargo, las propuestas de ordenamiento de los espacios urbanos propias de las reformas borbónicas que tuvieron impacto en amplios espacios del territorio americano, son los antecedentes de las acciones salubristas que cristalizarán décadas más tarde.
Las necesidades fisiológicas: bacinicas y lugares comunes
Las ideas y prácticas relativas a la limpieza/suciedad también se vinculan a todo lo relativo a las evacuaciones diarias de las personas, es decir los desperdicios sólidos y líquidos que los cuerpos generan a diario.
Tal como señalamos anteriormente, en las viviendas de la ciudad de Córdoba se evidencia una clara jerarquía de los espacios cotidianos.
El sector principal CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS estaba conformado, esencialmente, por el denominado patio principal, el zaguán, la sala de recibo, tiendas y trastiendas y las alcobas de los dueños de casa.
En el sector posterior de estas residencias, ya fuera en el segundo patio o traspatio, tenía lugar junto a la cocina, despensa y cuartos para criados, un pequeño espacio llamado «lugares comunes», «secretas» o «necesarias», 28 constituido esencialmente por un pozo que servía a las funciones de excreción.
Los términos empleados para nombrar este particular espacio de la casa, evaden aludir a las «primitivas» actividades que concretamente se desarrollaban a dicho lugar.
Más avanzado el siglo XIX, este espacio recibió la denominación de letrina, 29 término que se utiliza en la actualidad para denominar a los excusados de carácter más precario.
Uno de los elementos clave en el proceso civilizatorio lo constituye el avance del umbral de la vergüenza y el desagrado frente a determinadas prácticas que anteriormente no generaban tal aversión.
Las actitudes frente a las necesidades corporales son un claro ejemplo de esta transformación.
Los manuales de urbanidad y civilidad minuciosamente analizados por Elias para los siglos XVI, XVII y XVIII establecían como precepto evitar realizar las evacuaciones en escaleras, pasillos o aposentos y hacerlo, en cambio, en los lugares apropiados, que debían estar apartados de la vista de los demás, en lugares «secretos».
30 La existencia de este tipo de lugares en las viviendas cordobesas de los siglos XVIII y XIX nos habla de una «domesticación del desperdicio», 31 donde estos tendrían un sitio determinado dentro del espacio privado; asimismo, sugiere que las funciones fisiológicas estaban excluidas de la vida social, recluidas en un apartado espacio destinado para ello, ubicado en los confines de la casa habitación, lejos de la sala, la alcoba, el comedor y cualquier habitación principal.
Además de un espacio específico, había un utensilio técnico empleado en la satisfacción de las necesidades: la bacinica o bacinilla.
Esta podía usarse, por ejemplo, en la alcoba para luego arrojarse su contenido en el correspondiente lugar común, tarea que realizaban, en el caso de haberlos, los esclavos o personal de servicio.
Las bacinillas eran instrumentos de forma 28 En el segundo patio de la residencia del comerciante Felipe Antonio González había, junto con despensa, cocina y cuartos para criados, una «necesaria con chimenea de cuatro varas de largo por tres de ancho».
Testamentaria de Felipe Antonio González, Córdoba, 1818, AHPC, Escribanía 4, leg.
29 En la espaciosa vivienda de la citada Josefa Martínez de Urtubey había cuatro letrinas.
Sucesorio de Josefa Martínez de Urtubey, Córdoba, 1873, AHPC, Escribanía 2, leg.
CECILIA MOREYRA redonda, más o menos profunda, con un asa u «oreja» en el borde que permitía manipularla y solía guardarse en un cajón de madera.
32 En el Diccionario de 1726 se especifica que este artefacto lo usaban «frecuentemente las mujeres para sus menesteres corporales».
33 Aunque no sabemos con certeza si en la práctica su uso se limitaba al género femenino, lo cierto es que para los hombres era posible llevar a cabo algunas de sus necesidades estando de pie en casi cualquier lugar, mientras que la posición que debía adoptar la mujer hacía necesario el uso de este instrumento.
La mayoría de las bacinicas registradas en los inventarios eran de plata y loza.
34 Sin duda, las de plata eran objetos preciados cuyo valor trascendía la estricta función práctica y se las incluía en los inventarios, sobre todo, por el valor que tenía el precioso metal.
Las bacinillas de loza, por su parte, comienzan a observarse con mayor frecuencia a principios del siglo XIX, cuando la gran producción de loza inglesa es volcada en los mercados americanos y este material resistente y más barato es empleado para la construcción de vajilla, ornamentos y bacinillas, reemplazando así a otros materiales más caros como la plata, el peltre y las tradicionales mayólicas españolas.
La presencia de bacinillas en los documentos descendió considerablemente con el correr del tiempo.
Por el contrario, es nula la presencia de estos utensilios en las tasaciones realizadas entre 1840 y 1870.
El claro descenso del número de bacinillas a lo largo del siglo XIX puede sugerirnos que gradualmente dejaron de usarse y se los reemplazó por otros artefactos con la misma función, o bien tuvieron lugar nuevas prácticas en la satisfacción de las necesidades fisiológicas.
Sin embargo, aunque no se las incluía en la tasación de bienes, es probable que las bacinillas continuaran en uso.
La exclusión de estos particulares utensilios de la lista de bienes del difunto, ocurría por dos razones fundamentales, por un lado, las bacinillas dejaron de formar parte del preciado conjunto de «plata labrada» y comenzaron a circular y usarse bacinillas hechas con materiales más comunes y baratos como la loza, es 32 Así lo hacía el prestigioso comerciante Hipólito García Posse, al conservar su bacinica de loza catalana dentro de su correspondiente cajón de pino.
Sucesorio de Hipólito García Posse, Córdoba, 1821, AHPC, Escribanía 2, leg.
CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS decir que se las excluía por su menor valor económico.
35 Por otra parte, al menguar la naturalidad con que las personas hablaban de las funciones naturales del cuerpo, decrecía la mención de los objetos relacionados a la satisfacción de las necesidades fisiológicas.
Otros objetos para limpiar
Inventariadas a la par de otros elementos de aseo, las «navajas de afeitar» o «navajas de barba» eran instrumentos que los hombres usaban para acondicionar su rostro.
Se guardaban de a dos, tres o cuatro unidades en sus correspondientes estuches, junto con una navaja de afeitar más angosta llamada verduguillo y acompañadas de las «vasijas de afeitar» y las «piedras de asentar o afilar navajas».
Todos estos instrumentos eran adquiridos en los comercios de la ciudad, como la tienda y almacén de Pedro García quien tenía para la venta estuches con navajas de barba a cuatro reales cada uno.
36 Según Michelle Perrot la diferencia de los géneros masculino y femenino se evidencia en relación a la pilosidad y sus usos: el cabello para las mujeres, la barba para los hombres.
Esta puede ser considerada un signo de virilidad, de poder, valor y coraje.
37 Pero para que el signo de virilidad sea también un signo de civilización esta barba debía domesticarse.
De aquí entendemos la importancia que tenían las navajas de afeitar y todos los implementos para domesticar la pilosidad del rostro masculino.
Otro objeto empleado en el aseo personal, que destaca por su singularidad, era la «escobilla para dientes».
Si bien constituye un caso excepcional, ya que hemos identificado solo un ejemplar en toda la documentación, vale la pena referirnos a él en tanto encarna la práctica de higiene de una parte específica: los dientes, que también podían limpiarse con los también escasos mondadientes.
La escobilla en cuestión pertenecía a Rosa Montes, 38 una mujer de etnia española y oficio costurera, casada con un comerciante inglés, quien debió haber introducido, entre las diversas mercaderías traídas de Europa, el particular utensilio para la higiene bucal.
La importancia de este instrumento se relaciona con la creciente especialización de los 35 Similar es el caso de las prendas de vestir, que a medida que avanzó el siglo XIX dejaron de ser objetos lo suficientemente importantes como para ser tenidos en cuenta a la hora de realizar la lista de bienes del difunto y repartirlos entre los herederos.
CECILIA MOREYRA objetos, que sucesivamente son pensados y construidos para cumplir funciones determinadas.
Las denominadas escupideras, otro de los objetos vinculados a la higiene cotidiana, estaban destinadas a contener la saliva que escupían las personas.
Eran elementos fundamentales para mantener la limpieza y el orden, en tanto evitaban que se esputara en el suelo de la vivienda.
Durante el siglo XVI, según desarrolla Elias, creció en la sociedad occidental el sentimiento de desagrado frente a la emanación de los fluidos corporales.
La costumbre de escupir en la calle, la mesa o el piso de la vivienda resultó cada vez más desagradable.
En este sentido «la escupidera, como instrumento para combatir ese hábito tiene una gran importancia en el siglo XIX en el interior de las casas, en correspondencia con el avance de los límites de la repugnancia».
39 En la ciudad de Córdoba, por ejemplo, el comerciante y funcionario público Pedro Funes tenía entre sus bienes una «salivadera de sala»;40 asimismo Bernardo Capdevila, acaudalado comerciante, contaba con una escupidera «de sala».
Ambos ejemplos indican que este objeto se ubicaba en la habitación principal de la vivienda, el lugar que ocupaban no solo los dueños de casa sino también las visitas.
Esto quiere decir que no permanecía oculta en lugares privados.
Escupir, siempre que se usara la salivadera correspondiente, no era considerado un acto desagradable que debía hacerse en «secreto».
A lo largo del siglo XIX es notable la frecuencia de escupideras dentro de los inventarios: en la década de 1810, solo el 3,85 % de los documentos refiere una salivadera o escupidera, mientras que en la década de 1850 el 37,24 % de los inventarios registra un ejemplar de estos.
El rotundo incremento en la cantidad absoluta de escupideras manifiesta que se extendió el uso de estos objetos entre los habitantes de la ciudad de Córdoba.
A su vez, este aumento de la cantidad de escupideras testimonia la cada vez más extendida práctica de mascar tabaco que luego era arrojado en el recipiente.
Con el correr del tiempo, las salivaderas dejaron de usarse; basta observar el entorno material de nuestras sociedades contemporáneas para darnos cuenta de que las escupideras son casi inexistentes.
Según Elias, estos artefactos dejaron de usarse porque desapareció en forma más o menos completa la costumbre de escupir o la necesidad de hacerlo, lo que constituye un buen ejemplo de la maleabilidad del espíritu humano.
41 CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS ¿Qué podemos decir en cuanto a la higiene de las prendas de vestir y los espacios?
En los inventarios escasea la mención a elementos destinados a limpiar muebles u objetos, probablemente porque los trapos y demás elementos usados para ello fueran de escaso o nulo valor económico.
Esto explicaría su ausencia dentro de las tasaciones.
No obstante, se identificaron algunas pocas escobas con las que se barría el suelo enladrillado de las habitaciones más importantes y los pisos de tierra propios de cuartos como la cocina.
Estos instrumentos aparecen en pocos inventarios, lo que podría indicar que no era generalizado su uso.
Sin embargo, las escobas formaban parte del stock de mercaderías que se vendían en los comercios locales, como en el almacén de Carlos Bardecio, quien tenía como mercadería para la venta 116 «escobas norteamericanas ordinarias».
42 En este sentido, entendemos que el uso de las escobas era más extendido de lo que reflejan los inventarios, lo que sugiere que estos artefactos eran de corto valor y su inclusión en las tasaciones de bienes era excepcional.
En un período en el que convivieron las prácticas de limpieza en seco con la ablución del cuerpo, el lavado de la ropa era importante.
Diferentes elementos servían a estos fines; entre los más comunes estaban las bateas de lavar, los jabones, cenizas o lejía, y las pailas para hacer almidón.
La diversidad de objetos para lavar las prendas de vestir sugiere la realización de distintos procesos.
Las bateas de lavar y el jabón permitían el lavado general de la ropa.
Los bateones o batellones para lejía eran empleados para «hacer la colada», proceso que incluía una mezcla de agua caliente y ceniza «reciente y limpia de carbón» en un cubo o batea que se cubría con un lienzo, luego de pasar la ropa por esta solución recién se la enjabonaba.
43 El aumentativo del sustantivo bateón alude al considerable tamaño que debió tener este instrumento, volumen necesario para que cupiera toda la ropa que se deseaba lavar.
El proceso general del lavado requería el tiempo necesario para recolectar la ceniza, por un lado, y sacar agua del pozo y ponerla a calentar en la caldera, por otro, sin olvidar que en muchos casos el lavado de la ropa se realizaba directamente llevando las prendas al río.
Las pailas de hacer almidón 44 o bien la olla con idéntica función 45 constituyen indicios de otro de los procesos llevados a cabo para acondicionar 42 Sucesorio de Carlos Bardecio, Córdoba, 1865, AHPC, Escribanía 2, leg.
Esta obra fue editada originalmente en Madrid en 1830 y reeditada tres años más tarde en Buenos Aires en la imprenta de la Gaceta Mercantil.
CECILIA MOREYRA los textiles: el almidonado.
Procedimiento realizado para dejar la ropa más o menos tiesa y evitar así que se arrugue fácilmente, mejorando su aspecto estético.
Luego de realizado el lavado o la «colada» y el almidonado de las prendas, el proceso de dejar lista la ropa incluía, finalmente, el estirado o planchado; para lo que se usaba una plancha para ropa, que debía calentarse con brasas.
Todas estas actividades implicadas en el lavado y acondicionamiento de la ropa, requerían muchos brazos para ser llevadas a cabo e insumían una importante cantidad de tiempo.
En consecuencia, no cabe duda que los tratamientos realizados para mantener y dejar la ropa en condiciones eran privativos de aquellas personas que podían contar con personal para el trabajo y prendas de repuesto mientras se concluía el lavado, almidonado y planchado de la ropa.
No queremos decir en absoluto que las personas de menores recursos no lavaran sus ropas, pero sí es probable que no sometieran sus prendas a semejantes procedimientos que, además de costosos, insumían mucho tiempo.
Por este motivo, en el transcurso cotidiano, la ropa era puesta a punto mediante el cepillado, usando los «cepillos de ropa», instrumentos recurrentemente citados en las listas de bienes.
A lo largo de este trabajo, nos adentramos en el escenario de la vida privada de los cordobeses del siglo XIX observando un peculiar aspecto de su cotidianidad: el aseo.
Este se relacionaba con las percepciones que las personas tenían respecto a su propio cuerpo y los fluidos y olores que este emanaba y, por otro lado, se vinculó fuertemente a las concepciones que se tenían en torno al agua y los efectos que esta podía tener sobre la piel y el cuerpo.
El camino que elegimos para estudiar las prácticas de limpieza fue observar, cuantificar y analizar los objetos materiales utilizados para lavar cuerpos, cosas y espacios, a partir del cuidadoso análisis de inventarios post mortem.
En este punto cabe recapitular dos cuestiones metodológicas relevantes para este trabajo.
Por un lado, reconocemos que los cambios en el ámbito de las prácticas cotidianas no fueron «revolucionarios», sino que coexistieron distintos modos de pensar y hacer, dando lugar a un eclecticismo de formas tradicionales/coloniales con modernas.
Por ello, advertir indicios de cambios y nuevas tendencias requiere situarnos en un mediano y largo plazo.
Así también lo entienden Pereyra Iglesias y Rodríguez Cancho (1983) en su análisis de la riqueza campesina en Extremadura, donde CULTURA MATERIAL E HIGIENE COTIDIANA EN LA CÓRDOBA DEL OCHOCIENTOS subrayan la necesidad de atender a un período de larga duración para comprender mejor la evolución y desarrollo de las fortunas campesinas.
Por otra parte, reconocemos que los documentos trabajados solo nos proporcionan una lista de objetos, que aunque detallada no deja de ser una nómina que solo se vuelve significativa al poner en contexto los objetos descriptos, es decir, al situarlos en un concierto más amplio que involucre aspectos políticos, sociales y económicos, no solo en la ciudad de Córdoba sino en otros territorios del mundo Atlántico.
En este orden de cosas, resultó fundamental considerar las acciones tendientes a ordenar y limpiar las ciudades europeas y, más adelante, americanas, como parte de proyectos ilustrados, civilizadores y modernizadores del espacio público.
Ya observamos que algunas ordenanzas encuadradas en las reformas borbónicas del siglo XVIII avanzaron en la búsqueda de aseo de los espacios urbanos, sin embargo, pasarán muchos años hasta que la ciudad de Córdoba contemple auténticos cambios en infraestructura, por ejemplo en la provisión del agua corriente,46 que le permitan acercarse a los ideales higienistas que hacía tiempo venían ganando terreno en Europa.
Lo mismo se observa en otras ciudades americanas.
En Quito, por ejemplo, el impacto de las acciones higienistas recién se percibe hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque sí es factible reconocer antecedentes de acciones salubristas en algunas propuestas y escritos reformistas del siglo XVIII.
47 Considerar las acciones, propuestas y políticas públicas tendientes a limpiar, ya fuera lavar o airear, las ciudades, es una de las dimensiones de la historia de lo limpio/sucio.
El estudio del desplazamiento de las sensibilidades también debe tener en cuenta las prácticas cotidianas.
De allí nuestro interés en observar el espacio doméstico identificando la presencia/ausencia de objetos materiales y ámbitos destinados a la higiene del cuerpo como una vía eficaz para obtener pistas de los hábitos privados de aseo.
Tal como manifestamos en los apartados anteriores, la frecuencia de algunos objetos fue variando a lo largo del siglo XIX.
El creciente número de tinas, baños y lavatorios sugiere la introducción de otras formas de lavar el cuerpo que convivieron con la denominada «limpieza en seco».
No solo creció el número de objetos destinados al lavado del cuerpo sino que también se diversifi-CECILIA MOREYRA caron y especializaron, algo que ocurrió también con el espacio.
De carecer de un lugar específico dentro de la vivienda, la práctica del lavado del cuerpo llegó a ocupar un cuarto construido pensado para el desarrollo de esta actividad: el cuarto de baño, con su tina o baño correspondiente.
Todos estos cambios se insertan en la búsqueda de confort y, por sobre todas las cosas, privacidad, valores destacados de las sociedades burguesas decimonónicas.
No cabe duda de que lo cotidiano se transforma.
Lejos de ser inmutables en todo tiempo y lugar, las prácticas ordinarias, en este caso las relativas a la higiene corporal, cambian a lo largo del tiempo.
Estas transformaciones tienen que ver, a su vez, con modificaciones en las sensibilidades personales y sociales.
No se trata de cambios concluyentes sino largos y complejos procesos en los que intervienen percepciones individuales, discursos y acciones públicas, la producción y comercialización de nuevos productos y la circulación de estos objetos junto con ideas y prácticas. |
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Tenencia y derechos de propiedad en las tierras de Maíz Gordo
Durante la constitución del Estado en la Argentina se fue forjando un importante patrimonio inmobiliario en sus distintas jurisdicciones -nacional y/o provincial-, sobre el que se sustentó un conjunto de ensayos distributivos de tierra, con variados corolarios socioeconómicos.
En un estudio sobre las plataformas ideológicas de las políticas agrarias oficiales Míguez propone interesantes vinculaciones entre los proyectos de apropiación de la tierra pública y los de «reforma social».
Encuentra que los principales preceptos conceptuales que guiaron el manejo de la propiedad fiscal en el Río de la Plata mantuvieron una línea de continuidad desde el siglo XVIII y hasta finalizado el siglo XIX -con la excepción del régimen rosista (1835-1852)-, que se entroncaba con la postura «agrarista» de los ilustrados borbónicos, 1 primero, y con el patrón norteamericano de Thomas Jefferson, luego.
En su diálogo con las tradiciones historiográficas sobre el asunto, sin embargo, el autor deja claro que hubo una notable distancia entre proyectos y realidad, principalmente porque en la definición de los derechos de propiedad intervinieron una serie de factores que van más allá de las instituciones creadas al efecto, como la disponibilidad de los recursos, las prácticas preexistentes, «la mentalidad de los actores, la oferta de los factores y la evolución de los acontecimientos».
2 La incorporación de una pluralidad de fuentes alternativas a la legislación en materia de tierras públicas 3 ha permitido complejizar el conocimiento sobre su origen, formas de apropiación y transferencia, las tramas sociales que subyacían en estos espacios agrarios colmados de diferentes actores, y también por la multiplicación de escalas geográficas regionales y microregionales que se analizan.
4 Así, una lista amplia y muchas veces contrapuesta demuestra la gama de opciones que adoptaron las políticas oficiales pese a la matriz general liberal de consagrar la propiedad privada.
Las distintas iniciativas obedecieron al carácter divergente de tierras de antigua ocupación o espacios de fronteras: 5 distribución fraccionaria con 1 Comulgando con las ideas fisiocráticas y un modelo de pequeños propietarios y productores independientes, mediante la implementación de planes de colonización.
3 Ese fue uno de los tópicos prevalecientes en los estudios pioneros sobre el tema como el de Cárcano, 1972.
4 No podemos aquí dejar planteado un catálogo completo de los numerosos aportes producidos, citamos como texto referencial la compilación de Blanco y Banzato, 2009.
5 La primera categoría alude a los territorios controlados estatalmente desde la etapa colonial donde el paquete de tierras públicas se generó por procesos de expropiación y desamortización de LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD base en la pequeña propiedad, subastas públicas de grandes unidades territoriales al mejor postor como garantía de inmediatos y seguros ingresos estatales o de radicación de empresas «viables», cesión gratuita con finalidad política, entrega de tierra a naturales y pobladores originarios, proyectos de colonización para el asentamiento de inmigrantes, o como fomento a determinados rubros productivos para procurar concretos modelos de desarrollo e inserción en los mercados mundiales.
También en la provincia de Jujuy, situada en el extremo fronterizo del Noroeste argentino, convergieron diversos modelos constitutivos de la propiedad fiscal.
Así, parte de ese dominio se situó en la Quebrada de Humahuaca y se instituyó desde fines de la década de 1830 como consecuencia de la desamortización y expropiación de la propiedad comunal incumbiendo a varios pueblos de indios de la región.
6 Otro modo de conformación de bienes inmobiliarios públicos tuvo lugar en el territorio de la Puna en la década de 1870, donde igualmente se fraguaron sobre áreas de antigua ocupación y formas de dominio de raíz colonial, como sucedió con las tierras de Casabindo y Cochinoca.
El hecho surgió de la acción de los pobladores indígenas arrendatarios que desconocieron los derechos de propiedad ejercidos entonces, concerniendo directamente a los intereses de uno de los principales encomenderos y terratenientes de la zona, el heredero de turno de los marqueses de Tojo, Fernando Campero.
Estas tierras originariamente repartidas a los pueblos de indios de Casabindo y de Cochinoca (a su vez población afectada a la encomienda del marquesado de Tojo) pasaron definitivamente al dominio fiscal de Jujuy en 1877 por reversión del derecho real.
7 En la causa judicial que se tramitó en la Corte Suprema de Justicia, cuya sentencia definitiva fue a favor del Estado provincial, se diferenciaron claramente las figuras coloniales de mercedes de encomienda con las de tierras, se declararon caducas las primeras y se determinó que las haciendas de Jujuy nacidas de las mercedes de tierras eran tenidas como propiedad privada con títulos válidos para el gobierno provincial.
8 antiguos derechos de propiedad.
Los «espacios vacíos» -aunque no lo fueron en términos realesfueron trazados sobre los territorios sin control estatal, por eso concebidos como «espacios de frontera», que paulatinamente desde finales del siglo XVIII y principalmente en el siglo XIX fueron incorporados a esa esfera y reconocidos inicialmente como propiedad fiscal.
Con ese antecedente las causas legales que se sucedieron cuestionando la validez de títulos originados en mercedes de tierras fueron rechazados, si la merced de tierra resultaba probada era fuente de pleno reconocimiento de propiedad privada, Fandos, 2015.
CECILIA A. FANDOS Asimismo, otro caso singular de formación de propiedad pública afectó a antiguas mercedes de tierras ubicadas en la zona de Maíz Gordo y de Santa Bárbara, donde operó el desconocimiento de derechos de propiedad por el carácter de «despueble».
En este artículo repasamos todo el asunto corrido judicialmente hasta llegar a la declaratoria de tierra fiscal (1883) en esta geografía, y también las oscilantes políticas estatales para definir sobre ellas nuevos derechos, hasta comienzos de la década de 1920.
Nuestro objetivo central es analizar el proceso histórico de formulación de ese dominio público y de definición de nuevos derechos de propiedad, a la vez de determinar los diseños de cesión y transmisión ensayados.
Más allá de tener en cuenta a los actores expropiados y a los beneficiarios de las transferencias, nos proponemos también indagar las formas y evolución de tenencia de quienes sí las poblaban (puesteros, ocupantes de hecho, arrendatarios) durante ese proceso.
Para ello nos basamos en una multiplicidad de fuentes, estadísticas y de contenido, que ponen en evidencia esa trama social subalterna a los propietarios.
Sin enfocar aspectos más clásicos del tema como son la ecuación tierra pública-ingresos fiscales o el estudio exhaustivo del funcionamiento del mercado de tierras, apuntamos a desentrañar la singularidad del caso como un aporte al conocimiento más general de las políticas de tierras públicas en América latina, la formulación de derechos de propiedad en la era republicana liberal, las respuestas y los resultados en términos sociales.
Maíz Gordo y Santa Bárbara, tierra de «frontera».
De la merced a la expropiación
Entre las condiciones geográficas de la provincia de Jujuy un factor de peso es la pluralidad ambiental que presenta.
Efectivamente, sobre el extremo cordillerano se ubican las llamadas «tierras altas», conformadas por la Puna y la Quebrada de Humahuaca, compuestas por mesetas de altura -entre 3.000 y 4.000 metros sobre el nivel del mar-, y valles de altura entre los 600 y los 3.700 msnm.
A su vez las «tierras bajas» presentan zonas de climas templados y terrenos a 1.200 msnm; por un lado, la región de los Valles Centrales que fue el territorio escogido para el emplazamiento de la principal ciudad cabecera en la jurisdicción al producirse la conquista de la zona; por otro lado, más hacia el oriente de la provincia, la región de los Valles Orientales fue el epicentro de la agroindustria azucarera a fines del siglo XIX (sello económico fundamental de la economía provincial).
El espacio que nos interesa abordar es el actual departamento de Santa Bárbara (ver mapa), comprende el ambiente natural de «yungas», por su carácter de selva tropical y bosque andino, presenta un relieve montañoso y accidentado, una importante pluviosidad y red fluvial.
Este territorio está emplazado en las postrimerías del «Impenetrable», en la región geográfica del Gran Chaco, 9 nombre que alude a una agreste y tupida vegetación de un espacio natural que dificulta el acceso y fácil control humano.
Los intentos de ocupación española datan del siglo XVII, con una existencia efímera.
El control comenzó a fraguarse durante el reinado de los Borbones, en el siglo XVIII, cuando algunas campañas militares resultaron exitosas y se pudo asegurar una línea defensiva con una cadena de fuertes.
Ese sistema quedó reforzado con la implementación de estrategias «pacificadoras» fundando misiones o reducciones al mando de órdenes religiosas.
Como demuestra Teruel, esa política de ocupación se completó, a su vez, con el reparto de tierras a particulares bajo la figura de mercedes reales, el acceso por compra de las propiedades misionales y por ocupaciones de hecho.
El resultado social fue que los militares adelantados en las entradas al Chaco fueran los principales beneficiarios de las mercedes fortaleciendo la concentración de la propiedad y la constitución de grandes haciendas, como esencia del paisaje agrario.
Pero, paralelamente, la frontera permeó el acceso a la tierra también a los soldados de menor rango a través de mercedes o por la propia radicación en el lugar, y a un conjunto de migrantes que si no alcanzaron la propiedad, pudieron asentarse como arrendatarios o simples ocupantes de hecho.
11 El escenario original de las tierras de Santa Bárbara y Maíz Gordo comparte los rasgos generales de ese proceso.
En efecto, la apropiación del territorio se hizo en base al otorgamiento de cinco mercedes: la de Robles, la de Iriarte, la de Zegada y las tierras de Lavayen.
12 Cabe recalcar que lejos 9 Un área que involucra a las provincias argentinas de Salta, Formosa, Chaco y Santiago del Estero, y también porciones de Brasil, Paraguay y Bolivia.
12 La primera fue cedida en 1760 al Comandante de los presidios de las fronteras Francisco Javier Robles.
Diego Tomás Martínez de Iriarte fue beneficiario de la merced de otra porción en esta región (en 1765).
A ellos se suma el nombre de Gregorio de Zegada quién se hizo merecedor en 1779 de otras tierras.
Finalmente, en Lavayen se fraguaron derechos de propiedad por mercedes otorgadas en distintas épocas a dos sujetos diferentes: uno, la merced de Lavayen cedida a Agustín Martínez de Iriarte, en 1714; dos, la merced del Fuerte de Lavayen -con una extensión de ocho cuadras cuadradas, que fue parte de la política de poblamiento de esas fortalezas defensivas para asentar habitantes en los mismos-recayó en 1751 en favor de Juan Montero.
CECILIA A. FANDOS de desconocerse la documentación aportada por los sucesores de ese reparto originario en el procedimiento seguido para delimitar la propiedad fiscal en la zona durante la segunda mitad del siglo XIX, el gobierno y los peritos actuantes no cuestionaron su validez.
Es decir, como ya sucedía en otras áreas geográficas de Jujuy, la merced de tierra probada fue legitimada como propiedad privada.
No obstante, desde el momento mismo de distribución de estas mercedes se suscitaron litigios entre los propietarios vecinos por la imprecisión de linderos, que resultaban deficientes y ambiguos.
En ese haz de tensiones, por ser cesiones superpuestas, se mantuvo por casi un siglo la demarcación de las tierras de los Robles e Iriarte.
13 La declaración de tierras fiscales, en la década de 1880, de amplias superficies territoriales del departamento de Santa Bárbara fue un proceso de larga gestación.
La primera vacilación sobre el carácter fiscal se debe a una diligencia iniciada en la década de 1840, en la que se dio aviso de baldío a las autoridades, se hicieron las tareas de reconocimiento y la publicación de edictos.
14 El siguiente turno fue entre 1861-1863, con tres denuncias sucesivas entabladas por Tomás Alvarado, provocando el reconocimiento definitivo del Potrero de Capichunco como propiedad de la provincia.
15 Esta constituyó la primera zona de demarcación fiscal del departamento de Santa Bárbara.
Entre los años 1863 y 1865 se implementó la ocupación de ellas por un sistema de arriendos,16 para luego privatizarlas por remate público.
Luego hubo otras dos instancias más, previas a la resolución adoptada en 1883.
Una corrió entre 1876-80, con la imputación de terrenos baldíos a los situados en un punto reconocido como tierras del Este de la Totorilla.
La denuncia fue introducida por dos vecinos de la zona y de inmediato el gobierno procedió a la convocatoria de interesados por edictos.
En ese acto los herederos de la merced de Robles acusaron derechos, pero igualmente tras las tareas oficiales de inspección resultó fiscal.
17 El trámite quedó avanzado hasta este punto de reconocer estas porciones del territorio del departamento de Santa Bárbara, sin terminar de concretarse LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD la declaración por la contención interpuesta por José Lozano (heredero de las tierras de Robles) atento a los términos del decreto del 3 de julio de 1874.
Es interesante detenernos en los motivos históricos coyunturales que incidieron en esa circunstancia, pues esa norma restituía las tierras expropiadas en esa época en Casabindo y Cochinoca, y fue aprobada con fuerza de ley el 12 de marzo de 1875.
18 La figura judicial que frenó la afirmación sobre el carácter fiscal de todas estas propiedades fue la incompetencia del poder ejecutivo para ese acto, que debía ser reservado para los tribunales de justicia por ser juicios contenciosos.
Fue una respuesta frente a la abierta rebelión campesina indígena de la Puna jujeña desatada desde el año 1872.
Los arrendatarios de las fincas de Casabindo y Cochinoca presentaron denuncia cuestionando la legitimidad de los títulos de propiedad de su patrón, Fernando Campero, acogida positivamente por el gobierno provincial, declarándolas fiscales en una primera instancia.
Ese viso favorable a los sectores campesinos animó a pares de otras haciendas, agudizando la situación con acciones de violencia.
En ese clima un nuevo gobierno de turno en 1874 lanzó el decreto que tratamos y otro en el que se restituyeron las tierras expropiadas a Campero.
19 La otra pericia para declarar tierra pública en Santa Bárbara y Maíz Gordo introdujo, por primera vez, el despoblamiento de viejas mercedes como argumento de base, con dos sumarios administrativos iniciados en 1872.
En estos casos no se puntualizaba un área geográfica específica, como se había hecho con Capichunco y Este de Totorilla, porque se entendía que cerca de una cuarta parte del territorio provincial se ajustaba a la situación de despueble, afectando «unas seis mil doscientas leguas cuadradas».
20 La novedad de la tesis exigía otras tareas oficiales inéditas.
Además de la ya usual publicación de edictos, era preciso levantar información testimonial entre todos los vecinos del lugar para comparecer sobre los tiempos de ocupación y reconocer a los dueños de las tierras.
Según Tello así se procedió en el mes de abril del año 1872 trascendiendo que muchos lugares estaban despoblados.
Luego de ello vino el decreto del poder ejecutivo declarando «baldías y de propiedad pública» las tierras de Maíz Gordo y parte de Santa Bárbara, el 31 de marzo de 1873.
Sin embargo, el asunto no prosperó mucho más porque las cámaras legislativas no CECILIA A. FANDOS le dieron fuerza de ley, ni se actuó en consecuencia en la organización de una comisión de deslinde de las tierras comprometidas.
Por el contrario, se devolvió el expediente al poder ejecutivo el 23 de marzo de 1875, sin ninguna resolución al respecto.
21 Estos hechos administrativos eran coetáneos de la convulsión social y política que derramaba el levantamiento campesino en la Puna de Jujuy.
Nuevamente, el decreto de incompetencia administrativa del gobierno provincial para entender en ciertos actos de denuncia de tierras fiscales de julio de 1874, que ya tratamos, frenó jurídicamente este proyecto de fiscalización en Santa Bárbara.
22 Además contribuyeron a este estado de cosas la oposición de los propietarios damnificados, José Lozano y herederos de Martínez de Iriarte, siendo que para finales del año 1882 el juez sentenció como extinguida esa causa.
Pero el asunto se retomó oficialmente un año después, lográndose entonces contar con la sanción de ley de tierras fiscales de Maíz Gordo y Santa Bárbara, el 13 de diciembre de 1883.
¿Qué tierras son fiscales y cuáles son privadas en Santa Bárbara?
El instante político, el sello de un nombre propio y la coyuntura histórica rebaten cualquier rasgo de contingencia a la sanción de esta ley.
Por el contrario, el momento expresa un punto culminante del recorrido transitado en la consolidación de los derechos de propiedad privada en Jujuy.
Ese estadio estuvo encarnado en la figura del gobernador de turno Eugenio Tello (1883-1885), a quien se puede considerar como uno de los máximos exponentes provincianos del «orden burgués» vinculado al tejido político del «roquismo» en la Argentina.
23 Fue entonces cuando de las reformas iniciadas previamente con la desamortización de la propiedad y la expropiación de terrenos comunales que habían reportado a las primeras tierras fiscales, se pasó a la etapa del ordenamiento y de la legitimación de la propiedad privada con un plan de acción gubernamental múltiple: subdivisión de latifundios improductivos, erradicación de las tendencias de propiedad comunal afianzando al campesino como propietario privado por compra-venta, LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD incentivo a la colonización e inmigración mediante entrega gratuita de tierras y autonomía de los pueblos nucleados en las haciendas azucareras.
24 En ese contexto, la ley del 13 de diciembre de 1883 declaraba explícitamente fiscales las del Este de la Totorilla y las existentes en Maíz Gordo y Santa Bárbara, ordenaba practicar un inmediato deslinde y su venta posterior con preferencia de los actuales ocupantes, paralelamente reservaba unas 50 leguas cuadradas para la colonización oficial y promovía la inversión de capitales externos autorizando cesiones gratuitas a los sujetos interesados en ese propósito.
Además, conceptuaba explícitamente el despueble, del que se valía el reconocimiento fiscal, como «terrenos de más de tres leguas de extensión en las que no hayan ganados, casas, [...] o algún otro trabajo hecho que indique ocupación actual».
25 Tello, en su informe de 1889, delibera sobre el siguiente asunto: «¿Por qué el gobierno provincial consideró fiscales aquellas estancias despobladas?
Porque toda merced de tierras se concedía por los agentes del rey de España para poblarlas».
26 La idea madre se fundaba en las leyes castellanas del siglo XV que figuraban el carácter gracioso, revocable y de orden público que revestían las mercedes de tierras.
También acude a las Leyes de Indias en referencia a la dimensión máxima de las estancias entregadas en merced (con una superficie de tres leguas cuadradas).
27 Esta cuestión -tamaño de las mercedes-fue primordial para asentar la regla oficial de que no era necesario que la totalidad del área comprendida en cada una de las mercedes otorgadas en Santa Bárbara evidencie despoblamiento para fundar el derecho de propiedad fiscal, sino que bastaba con comprobar esa situación en ciertas «partes del todo».
Así razonaba sobre el principio de que dominio y posesión eran jurídicamente distintas cosas y daba cabida a la posibilidad de divisibilidad de la propiedad integral: «en una merced de tierras tan extensa como las hechas a Robles e Iriarte, se comprendían muchas estancias, que hoy pasan de setenta, y por consiguiente estaban en el deber de poblarlas todas, lo que no ha sucedido en ciento veinte ocho años».
28 El tema es interesante no solo por la interpretación jurídica sino también por el hecho de que la fiscalización obrada no abarcó todas las tierras 24 Idem.
CECILIA A. FANDOS del actual departamento de Santa Bárbara sino partes que reunían determinadas condiciones:
Terrenos poseídos sin legítimos títulos de propiedad.
Terrenos despoblados actualmente 3.
Terrenos poblados después de 1850 por sus propietarios o a nombre de ellos.
Terrenos cuyos pobladores no han reconocido derechos sobre los mismos, sino al fisco antes del 31 de diciembre de 1883 y continúan como tales.
29 Tales parámetros solo podían ser eficaces luego de un meticuloso estudio de los antecedentes de cada palmo de tierra, misión que se encomendó a Nicolás Alvarado y se llevó a cabo entre los años 1884 y 1885.
La inspección oficial se practicó en todo el espacio que originalmente comprendía las mercedes de los Robles e Iriarte y las del Este de la Totorilla, consistió en la fijación de lindes de estas propiedades y la determinación de lo que era fiscal y no fiscal, con un minucioso trabajo de campo y recopilación de toda prueba documental aportada por los interesados, se recorrió los terrenos y se tomó declaración a los pobladores y propietarios.
Con los resultados de este deslinde hemos elaborado la tabla que adjuntamos en el anexo y que analizamos a continuación.
El acto oficial de deslinde y de mensura diseñó una variedad de derechos siendo posible distinguirse las tierras fiscales, las de propiedad privada y un conjunto que se consideraron inciertas.
Al menos es posible reconocer once escenarios diferentes como consecuencia del procedimiento efectuado.
Sin ser territorios despoblados ni desconocidos, la zona de Lavayen (ver mapa, zona 1) se reportó fiscal pese a la pretensión de propiedad privada, tanto de los herederos de las mercedes de los Iriarte como de los Monteros.
En el examen de los límites se entendió que no comprometía la propiedad los Iriarte y, a su vez, los derechos de los Monteros fueron desconocidos porque no lograron exhibir títulos legítimos.
Ambas familias para esa época habían celebrado contratos de compraventa, en calidad de propietarios, de por lo menos 10 fracciones, a cuyos nuevos titulares el Estado solo reconoció como simples poseedores.
Posteriormente, el Estado admitió todas las pretensiones particulares resolviendo a favor de la propiedad privada en Lavayen.
Las tierras del Este de Totorilla (mapa, zona 2) también se consideraron fiscales, parte de ellas ya estaban privatizadas hacia la década de 1880 dado que reportaban ese carácter desde 1876.
Ahora se sumaron al paquete público otras secciones que estaban sin poblar y fuera de las fronteras de 29 Alvarado, 1886, 171.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD las propiedades circundantes de los Zegada.
Una situación semejante, fiscal desde los años sesenta y vendidas luego, resultó en el potrero de Capichunco (mapa, zona 3), en la región que alcanzaba el trazado de la merced de Robles hacia el sur.
Dentro de los bordes oriental y norte de la merced de Robles (mapa, zona 4) se localizaron áreas comprendidas en la misma, que en el criterio oficial no habían sido transferidas con el grueso de este patrimonio en la operación de ventas de los herederos de Robles a Mariano Gordaliza, en 1813.
Por esa clarificación de linderos efectuados en la mensura de Alvarado quedaron fijadas una serie de parcelas fiscales que se encontraban despobladas, y las que presentaban títulos insuficientes, desechándose los derechos particulares de las fincas del Quemado, Gramillar y Palmar de los sujetos que las habían comprado a José Lozano (heredero en sucesión por la vía de los Gordaliza de las originales tierras de los Robles), para inscribirlos solo como poseedores.
Sobre el mismo dominio de Robles, hacia el lado occidental (mapa, zona 5), también se declaró pública una rica porción de ese territorio al ser catalogado entre los casos vinculados a límites imprecisos, y a la falta de títulos válidos de los poseedores de turno (aceptados oficialmente solo en ese estatus): la familia Villar, que alegaba derechos privados por ser sucesores de las tierras dadas en merced a Gregorio Zegada.
Para el fisco esa merced resultaba superpuesta con la de Robles, que había sido otorgada primero pero que ahora tampoco presentaba mejor derecho por la condición de despueble.
Una parte importante de otra de las mercedes coloniales, la de los Iriarte, ubicada en la zona 6 del mapa, igualmente se sentenció fiscal.
Como la familia Gil presentó una escritura de compra-venta, algunas fracciones del área quedaron sujetas a resolución para excluirlas de las propiedades públicas, pero se delimitaron zonas despobladas a las partes sobrantes de los Gil.
Tres áreas más (zonas 7, 8 y 9 del mapa) no tuvieron definición en ese momento ya sea porque no se pudo cerrar el trámite de comprobación de pruebas presentadas, o porque los propietarios directamente no se presentaron al proceso de deslinde (algunos por ser vecinos de la provincia de Salta).
Finalmente, había una región que no tenía muestras de incursión humana, se trataba de las tierras recostadas sobre la sierra de Maíz Gordo, extremo sur este de Santa Bárbara (zona 10 del mapa), que por inexploradas y despobladas también engrosaron las propiedades fiscales.
Hasta acá las tierras recorridas y clasificadas como privadas o públicas excluyen uno de los mayores patrimonios territoriales de Santa Bárbara durante el proceso de fiscalización: el de José Lozano, que abarcaba partes CECILIA A. FANDOS originarias de la merced de Robles, vendidas a Gordaliza en 1813.
En esa porción hemos clasificado cuatro realidades diferentes.
Como se ve (zona 11A del mapa) un segmento importante no fue expropiado por el fisco, se reconoció como propiedad de Lozano y a cada uno de sus ocupantes como arrendatarios de aquel.
También preservaron la condición de propiedad privada (zona 11B del mapa) tierras que Lozano había vendido pasada la mitad del siglo.
Pero en un radio cercano a las 40.000 hectáreas de este contorno patrimonial que detentaba Lozano fueron declaradas fiscales por ser despobladas y ocupadas con posterioridad al año 1850 (tope seguido como primera declaración de baldías) (zona 11C del mapa).
En su mayor parte estaban usufructuadas por un grupo de ocupantes de hecho que no pagaban renta a nadie y en algunas fracciones alegaban derecho privado de Salvador Villar y Lucas Gil.
Finalmente, la provincia encontró ciertas vacilaciones para declarar la condición de propiedad sobre otra zona (mapa, zona11D), pese a que sus ocupantes y puesteros desconocieron derechos de propiedad de Lozano en ese área (prueba suficiente en otros casos).
Nicolás Alvarado, agrimensor encargado del deslinde de 1885, precisó una circunstancia peculiar en el dominio y posesión ejercido por la familia de Gordaliza para poner en tela de juicio si era el caso de terrenos despoblados estos que habían sido ocupados ilegítimamente.
Narró la trama familiar a la muerte de su titular, don Mariano, seguida rápidamente por la de su esposa, de tal suerte que ese patrimonio quedó en manos de menores hasta que se pudieron hacer cargo.
En ese lapso de tiempo, el ganado y la propiedad de Gordaliza fueron saqueados y apropiados por administradores, puesteros y arrendatarios.
Todas estas consideraciones son explicitadas por Alvarado para asegurar, según su criterio, que no se puede interpretar la ley del 18 de diciembre de 1883, sobre «terrenos poblados por su dueño, despobladas luego [...] y pobladas últimamente por cualquiera que dijera "yo no sé de quiénes son y no pago arriendo a nadie [...]"
Y si la causa de despoblación fue inevitable, fortuita ¿pueden así mismo ser fiscales?».
30 Esta fue una cuestión que quedó irresuelta y que le restó el suficiente apoyo político para que el laborioso deslinde de Nicolás Alvarado quedara sin aprobación legislativa.
En la práctica se estableció como referencia obligada de la primera exploración sistemática de la propiedad en Santa Bárbara a la hora de dirimir diversos conflictos.
Como resultado de esta acción CECILIA A. FANDOS de 1885 podían considerarse fiscales unas 148 leguas cuadradas (más de 370.000 hectáreas), las que debían dividirse en cien lotes de agricultura de cien hectáreas cada uno y 46 lotes de estancia de dos a cuatro leguas cuadradas cada uno, implicando un haber público de 64.375 pesos.
Una maraña de derechos I. Nuevos y viejos propietarios.
Las tierras fiscales efectivamente controladas por el gobierno de la provincia de Jujuy fueron menores a las 370.000 hectáreas sumadas originalmente en el deslinde de Alvarado.
Una de las más ricas por sus condiciones ambientales, aptas para cultivos tropicales en gran escala y la explotación forestal de sus frondosos bosques de quebracho, era Lavayen.
Sin embargo, en sucesivas resoluciones gubernativas de finales de los años de 1880 se fueron certificando varias propiedades privadas y títulos de la zona, al punto de declarase a toda la región de Lavayen no fiscal, 32 mutilando casi un 20 % de la superficie estimada como tierra pública.
33 La hilera de fincas recostadas en la margen derecha del río San Francisco (Santa Clara, Piquete, Quebrachal, Lecheronal, Chacaritas y Totoral, ubicadas de sur a norte), que en el deslinde de 1885 quedaron sin precisar, también fueron reconocidas como propiedades privadas.
34 Frente la necesidad de sacar a la venta en remate propiedades de la región 35 se realizó un nuevo deslinde y mensura general y pública (en paralelo corrían iguales trámites entre particulares de fincas vecinas), entre los años 1906-1907, que estuvo a cargo del ingeniero Ernesto Leonardi Cattólica.
Si bien no hemos podido encontrar los registros de esta nueva mensura, sabemos que fueron aprobados y que desde entonces sirvieron en los siguientes procesos de deslinde.
Con esa nueva base hubo reajustes desventajosos para 31 Ibidem, 201.
33 En el deslinde de Alvarado las tierras de Lavayen reconocidas fiscales eran 36 leguas cuadradas de cinco kilómetro cada legua (Alvarado, 1886, p.
Además, esos recortes del control público sobre esta región obedecieron a las marcaciones jurisdiccionales de hecho y de derecho que la provincia de Salta comenzó a ejercer desde el año 1894, provocando que esa zona sea un área de litigio entre ambas provincias.
34 Ya en el informe de Tello producido cuatro años después del deslinde no se encuentran inventariadas como tierras fiscales, ni en ningún otro plano de demarcación de tierras públicas levantado con posterioridad.
el fisco en las delimitaciones con los inmuebles privados.
De hecho, la superficie estimada entonces de tierra fiscal se redujo a más de la mitad de la calculada en la década de 1880, ahora con 182.986 hectáreas.
36 También se clarificaron los derechos que tenían los herederos de la merced de Gregorio Zegada considerados simples poseedores en 1885, ahora se asentó el carácter privado de las propiedades de José y Macedonio Villar sobre todo el cuadrante norte del departamento Santa Bárbara, desde Vinalito en esa dirección, conocido como El Palmar.
37 Por otra parte, los desacuerdos surgidos con los dueños de algunas tierras luego de la fiscalización no fueron menores e impidieron el goce de la propiedad «plena y absoluta» que tanto se pregonaba, tanto del Estado como de los particulares.
En este sentido, la situación más enredada fue la entablada entre Tomás Roque Alvarado y el gobierno de la provincia de Jujuy.
La secuencia de este asunto es compleja y encubre una trama de conflictos cruzados, no solo por los entretelones socioeconómicos sino también de orden político.
38 En 1880 Tomás Alvarado compró a José Lozano las propiedades de Pie de la Cuesta y Campo Grande (zona 11D del mapa).
Esta propiedad le fue reconocida en absoluto dominio recién en 1906.
En ese lapso de tiempo se disputaron, en primer lugar, las pretensiones fiscales sobre esas fracciones con las de Alvarado, pues en el deslinde de 1885 habían quedado sin determinarse en su condición de pública o privada.
Esa indefinición paralizó la cuestión ya que el gobierno se declaró inhibido e incompetente para sentenciar al respecto -aludiendo nuevamente al decreto de julio de 1874-y, a la vez, tampoco reconoció los supuestos derechos de Tomás Alvarado.
Por su parte, este reclamó recurrentemente al fisco se expida declaración sobre el carácter público o no de estas tierras, protestó su propiedad y denunció la inconstitucionalidad de la ley de 1883 que declaraba tierra fiscal a Santa Bárbara y Maíz Gordo.
38 En este trabajo nos abocamos simplemente a la primera dimensión, pero resaltamos que en todo el problema debió haber una trama política que no fue menor.
39 La ley era inconstitucional principalmente porque el decreto del «3 de julio de 1874 [...] resolvió que quedaba sin efecto todas las resoluciones y medidas que se hayan dictado administrativamente por los anteriores gobernadores contra los derechos de propiedad y posesión alegados por un ciudadano en contestación con el fisco».
CECILIA A. FANDOS Pie de la Cuesta y Campo Grande también se superponían los intereses de Delfina Alvarado, quien aludía derechos de prescripción por posesión de treinta años.
La insistencia de Tomás Alvarado presionando una y otra vez al gobierno para que diera una definición clara al respecto desde 1884 fue el motivo que fundó el estudio de antecedentes efectuado por Eugenio Tello para aconsejar al respecto -su informe de 1889-, y la formulación de las primeras propuestas de arreglo entre las partes, que desarrollamos más abajo.
Sin embargo, el asunto quedó en espera hasta la sentencia definitiva de 1906 que aseguró los derechos de propiedad privada de Alvarado en esas fincas.
Lo curioso es que en las nuevas causas abiertas por este para formar los títulos de esas propiedades, en tres expedientes sucesivos, 40 se advierte que se legitima su vieja pretensión de propiedad no por la compra efectuada oportunamente a Lozano, sino por ser heredero de Nemencio y Delfina Alvarado, sus padres.
La justicia, en definitiva, sentenció desconociendo los derechos originarios de la merced Robles traspasados a Gordaliza, heredados por Lozano y adquiridos en compra por Tomás Alvarado, y reafirmó el carácter de despoblado, ocupados de hecho y prescripto por los progenitores de este último.
A su vez, para finales de la década de 1880 Tomás Alvarado realizó una serie de transacciones formalizadas pero que esconden negociaciones paralelas, algunas con fines especulativos.
Efectivamente, en 1888 José Lozano le transfirió todos los remanentes de sus propiedades de Maíz Gordo y Santa Bárbara.
El contrato se celebró sin mayores precisiones sobre superficies ni linderos salvo por el nombramiento que se hace de las fracciones vendidas previamente y sobre las cuales Alvarado no tenía atribución alguna.
41 Aparentemente, el comprador fue apenas un intermediario del verdadero interesado de esta operación, el salteño Ángel M. Ovejero, a quien le traspasó Alvarado esos mismos derechos al año siguiente, en 1889.
En ese nuevo contrato celebrado en la ciudad de Salta, Alvarado declara que el Dr. Ovejero era su socio en la operación de compras de aquellas propiedades y por tanto dueño de la mitad de ellas.
42 40 Pie de la Cuesta y Campo Grande, San Salvador de Jujuy, 2 de septiembre de 1900, Archivo Histórico de Tribunales de Jujuy (AHTJ), expte.
41 Embargo e inhibición de Maíz Gordo, Santa Bárbara y Este de la Totorilla, San Salvador de Jujuy, 5 de febrero de 1891, AHTJ, expte.
Antes de sellarse este convenio hubo intentos de negociación previa entre Tomás Alvarado y el comisionado de los intereses públicos Eugenio Tello.
El asunto nacía de la ambigüedad de los límites de esa última transferencia de Lozano a Alvarado, que se superponía con la delimitación de zonas fiscales que el Estado reconocía desde 1885 como «Tierras al Naciente» (zona 10 del mapa).
43 Alvarado propuso entonces «donar» a la provincia la mitad de la superficie de tierras compradas a Lozano, a cambio de que esta desista sobre cualquier otro derecho dentro los límites concedidos en las mercedes de Robles e Iriarte.
44 Tello aconsejó transar renunciando de este modo a una enorme extensión de tierras públicas, porque entendía que así se podía asegurar en forma eminente la propiedad para utilizar en garantía de crédito en la fundación de un banco oficial, comulgando con la filosofía liberal de «que las industrias se desarrollan en la tierra con derechos de propiedad claros, y no oscuros como hoy, por cuya razón esa zona no prospera».
45 Como vimos, casi en el mismo instante se produjo la venta de Alvarado a Ovejero, sin que se concrete este pre-acuerdo.
Pero, aparentemente, Alvarado desconocía que en su negociado con Ovejero se ocultaba un tercer socio, el gobierno de Jujuy.
En los papeles oficiales se comenzó a tramitar, en 1890, la venta de todos los derechos y acciones de propiedad fiscal en Maíz Gordo y Santa Bárbara, sin mayor demarcación territorial, a la sociedad compuesta por Martín G. Guémez, Ángel M. Ovejero y José María Sanz (todos oriundos de Salta).
La venta se selló el 11 de agosto de 1890, el precio fue de 101.750 pesos, en un contexto gubernativo forjado por la apremiante situación financiera pública a raíz del coletazo de la crisis de 1890, se buscaba «llenar el déficit de las rentas ordinarias y amortizar el préstamo de 100.000 pesos que contrajo con el gobierno nacional», y también «eliminar una inmemorable cuestión que perjudicaba a los pobladores de aquella región productiva por la indecisión en que se hayan sus derechos».
46 Este convenio produjo bifurcaciones de diversos órdenes, en el corto y largo plazo.
43 Una superficie de 300 leguas cuadradas, que fueron declaradas fiscales por cuanto no habían sido incluidas como tierras de los Iriarte en los deslinde privados con Robles, ni habían comprendido las partes que vendieron los herederos de Robles a Gordaliza (Cuestiones de Límites, 1950, 139).
46 Mensaje del Poder Ejecutivo de la Provincia, Jujuy, Tipografía de José Petruzzelli, 1891, 12.
Por un lado, la venta de la propiedad pública de Santa Bárbara a la sociedad Ovejero, Guémez y Sanz fue rescindida cuando los entes fiscales descubrieron la oferta de esas tierras en remate, en un anuncio de negocios inmobiliarios de la prensa de Buenos Aires, publicado en enero de 1891.
Se les trabó una orden de embargo e inhibición sobre la propiedad porque no habían cumplido con los pagos a la provincia de Jujuy estipulados en el contrato de venta.
47 Con aguda celeridad, en el mismo mes de 1891, se selló un acuerdo entre ambas partes por el que Ovejero y sus socios reconocieron como propiedad del estado jujeño esos terrenos fijando un límite conocido en lo sucesivo como «línea de transacción».
Para rescindir el contrato de compra venta, Ovejero renunciaba a todos los derechos que pudiera tener por la compra hecha a Alvarado, con excepción de una parte determinada por esa divisoria y, a su vez, el gobierno de Jujuy renunciaba a cualquier pretensión de propiedad marcada por la misma línea de transacción.
48 Para criterio de las autoridades provinciales ese resultado era muy favorable porque permitía que extensas zonas por fin quedaran reconocidas como fiscales y con límites definidos.
Por otro lado, la seguidilla de transferencias de las mismas tierras (la venta de Lozano a Alvarado, de este a Ovejero, de Ovejero al gobierno de Jujuy, de este último a Ovejero, Guémez y otros, y finalmente de estos tres de nuevo al gobierno de Jujuy) se reprodujo en un nuevo juicio que llegó a instancias de la Corte Suprema de Justicia.
Mientras vivió Tomás Alvarado porfió sus derechos alegando fraude y manejos políticos.
Denunció públicamente a Eugenio Tello como responsable de «combinación» en «consociedad» con Ángel Ovejero (refiriéndose a la venta efectuada por el gobierno de toda la tierra fiscal en la zona) para hacer retardar sus derechos de propiedad, cuando al mismo tiempo pactaron con él, ocultándole mayor información e incumpliendo con lo que se le había prometido: que después de darse un trámite calculado para nunca resolver en este asunto, a pesar de no ser declaradas fiscales mis expresadas tierras [habla de Pie de la Cuesta y Campo Grande] en el informe del perito nombrado [...], dos sujetos altamente colocados de común acuerdo me dijeron que habían arreglado con el gobierno las cosas de tal manera que si yo condescendía en sus pretensiones todos los obstáculos creados para que yo no pueda disponer libremente de esas propiedades [...] desaparecerían.
Las pretensiones era: que el uno le reconozca derechos como a cuatro leguas cuadradas de LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD mis tierras [...] compradas el 23 de noviembre de 1888 que [foja rota] en treinta mil pesos [foja rota] 49 otro le regale quince mil pesos para salir de un apuro [...] accedí comprando así mi tranquilidad.
50 A cambio, él desistió en la gestión de reconocimiento de propiedad de Pie de la Cuesta y Puesto Grande que tramitaba desde 1884, y luego vino la venta por parte del fisco a la sociedad de Ovejero.
51 El punto final a los conflictos entre el gobierno de Jujuy y Tomás Alvarado trascendió su vida, marcando el cierre de una etapa en la definición de derechos de propiedad inaugurada desde la década de 1870 por las sucesivas acciones para reconocer tierra pública en Maíz Gordo y Santa Bárbara.
El desenlace sucedió entre 1907 y 1911, tramo que duró la causa abierta por Felisa Torres de Alvarado (su viuda) en la Corte Suprema de Justicia, contra el Estado jujeño, caratulada como pedido de reivindicación de las tierras fiscales que eran de su propiedad, por nulidad e inconstitucionalidad de todos los decretos y leyes gubernativas obradas con anterioridad en este asunto.
La reivindicación se hacía por la sexta parte que Tomás Alvarado se había reservado en la transferencia de las tierras compradas a Lozano a favor de Ángel Ovejero, y que este y sus socios luego transaron a favor de la provincia de Jujuy, porque Ovejero estaba inhabilitado para hacer esa cesión sobre derechos más extensos que los que le habían sido transmitidos en la operación con Alvarado.
Otra razón de primer orden retomada en la sentencia era la inaceptabilidad según las pruebas aportadas de la caducidad de la merced de Robles por despueble, desconociendo en varios de los términos los conceptos de despoblamiento vertidos en la ley del 18 de diciembre de 1883.
En congruencia con estos y otros puntos se declaró a la viuda de Alvarado y sus hijos con derechos absolutos a la porción comprada a Lozano y reservadas como propias en la cesión a Ovejero.
52 En conclusión, el fallo de la Corte Suprema de Justicia reconoció derechos a favor de la sucesión de Tomás Alvarado no a una superficie territorial determinada ni inscrita geográficamente, sino a la sexta parte de las operaciones inmobiliarias entabladas entre Lozano-Alvarado-Ovejero y gobierno de Jujuy de finales de la década de 1880, una superficie estimativa. según 49 Haciendo alusión a la cesión que le hizo luego a Ovejero en 1889.
51 Recordemos que finalmente los derechos a esas fracciones le fueron reconocidos en 1906.
52 Reproducción parcial de la «Sentencia de la Corte Suprema de Justicia en la Nación en el juicio seguido por Doña Feliza Torres de Alvarado y otros contra la Provincia de Jujuy, 1911», en Cuestiones de Límites Interprovinciales, 1950, 240-241.
53 Quedaba pendiente esa labor (de reconocer in situ la propiedad reivindicada), que fue encomendada a Mario Romano.
La obra abarcó distintas tareas: principalmente medir y amojonar el lote reivindicado a la sucesión Alvarado, establecer líneas demarcadoras de lindes interprovinciales y replantear la «línea de transacción» de 1891.
Culminó en 1930 exigiendo rectificaciones de límites de propiedades particulares y fiscales, remoción de superficies territoriales de distintas fincas y resultando en nuevos recortes de medidas de las áreas fiscales.
Era la consecuencia lógica del carácter de los derechos ejercidos en el medio siglo transcurrido desde la sanción de la ley de propiedad fiscal de Santa Bárbara de 1883, completamente enmarañados.
54 Como vemos hasta acá el dominio público sobre las tierras de Santa Bárbara fue limitado a determinados puntos geográficos y fue sobre ellos que el Estado provincial pudo ejercer su administración.
Las posibles operaciones que disponía la ley madre de 1883 era la venta con preferencia a ocupantes, programas de colonización y cesiones gratuitas.
Lo más inmediato a esa declaratoria fue la «donación» hecha a Juan Pellischi en el año 1885 de unas 5.000 hectáreas.
Por un pleito posterior entre ambos agentes (el señor Pellischi y el gobierno de Jujuy) 55 sabemos las motivaciones esgrimidas en la cesión de estas fracciones sin ningún tipo de condicionamiento al beneficiario, que no era vecino ni natural de la zona, sino un individuo con relativa participación en el Departamento Nacional de Ingenieros, de Buenos Aires.
«Colocar tierras públicas» en personas emprendedoras para fomentar la inversión de capitales fue la doctrina perseguida en este caso, pero también retribuir con esta acción la campaña pública que oportunamente había emprendido Pellischi a favor del trazado de prolongación del ferrocarril central norte a Bolivia por Jujuy y la Quebrada de Humahuaca, que se disputaba con la provincia de Salta.
56 En más de 20 años las tierras de Pellischi fueron infructíferas limitándose a lo producido por la renta de cuatro familias 53 Cuestiones de Límite, 1950, 271.
54 Al respecto dice el informe de Romano: «el perito pudo comprobar que la confusión de los límites entre los terrenos fiscales y los particulares era tal, que algunos que habían pagado pastajes al gobierno por la ocupación de terrenos [...], se habían negado a continuar haciéndolo o lo pagaban a otras personas que se creían con mejor derecho».
Reproducción parcial del Informe del Perito Comisionado, Ing.
55 Reclamo de dos leguas, San Salvador de Jujuy, 5 de septiembre de 1910, AHJ, Caja de Expedientes, expte.
56 Efectivamente el Ferrocarril a Bolivia podía tomar dos rutas alternativas transitando en su mayor parte geografía de la provincia de Salta o por la de Jujuy, suscitando un fuerte cruce de interés políticos que resultaron propicios para la segunda provincia (Bovi, 2013).
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD arrendatarias, que en realidad ingresaron al fisco, en una muestra más de la permeabilidad que el ejercicio de la propiedad privada admitía.
57 Además del intento fallido de transferencia de todas las tierras fiscales de Santa Bárbara y Maíz Gordo a la sociedad de Ovejero, la otra gran operación inmobiliaria que emprendió el Estado jujeño en estas tierras fue la concesión de tierras hecha a la compañía The Argentine Timber & States, en 1906, de 50.000 hectáreas (un 27 % de la propiedad fiscal contabilizada para esa época), por el valor de 40.000 pesos.
El aval gubernativo que acompañó esta acción se fundamentó en el credo de que la tierra pública era un incentivo para atraer capitales y fomentar la radicación de empresas generadoras de riqueza, no solo privada sino también públicas.
58 Efectivamente, la apuesta era la explotación de los bosques de la zona para fabricación de madera de construcción y elaboración del tanino, actividades que recobran un vuelo especial en la Argentina en ese momento.
A su vez, el gobierno jujeño tenía claro que quería impedir una oleada especulativa con la activación de este mercado de tierras y que debía advertir los mecanismos para evitarla.
Ese cometido hizo eco en el contrato con los capitales ingleses estableciendo una serie de condiciones previas antes de la escrituración definitiva de las tierras: un depósito de garantía de obras de 8.000 pesos y un reaseguro de inversión de 100.000 pesos que constate la radicación de la fábrica de tanino.
59 Algunos testimonios refieren que había mejores ofertas de precios, que eran tierras que valían mucho más, por lo que seguramente el monto pagado fue uno de los beneficios de los inversionistas, a lo que se añadió la exención fiscal por 10 años.
La propiedad de la compañía inglesa radicada en Santa Bárbara encabezó la cúpula propietaria de la región durante las tres primeras décadas del siglo XX.
El panorama de la estructura de la propiedad previo a la intervención del Estado sobre estas propiedades se modificó substancialmente para entonces.
Según los datos que proporciona un catastro del año 1872 había solo 11 propietarios privados, siendo el de mayor fortuna el heredero 57 La provincia de Jujuy usufructuó de los arriendos fiscales de ese inmueble hasta el año 1909, fecha desde la cual «ninguno de estos arrendatarios han pagado al fisco porque se consideraron situados en tierras de propiedad particular, entre ellas algunas de las que pasaron a propiedad de Don Pedro A Prado».
Reclamo de dos leguas, San Salvador de Jujuy, 5 de septiembre de 1910, AHJ, Caja de Expedientes, expte.
CECILIA A. FANDOS de la merced Robles, José Lozano, quién concentraba el 30 % de la riqueza territorial.
60 En cambio, en el año 1915 los dueños de tierras se habían quintuplicado en número (se catastraron 52), la compañía The Argentine Timber & States reunía el mayor patrimonio, el 54 % del valor inmobiliario total de Santa Bárbara, y solo tres de las familias propietarias de la década de 1870 perduraban en esa calidad (Gil, Gámez y Alvarado).61
Una maraña de derechos II.
¿Y los ocupantes y pobladores?
En Santa Bárbara existía un universo de pequeños criadores y productores agrícolas de auto-subsistencia quienes quedaron al margen del acceso a la propiedad privada durante la recirculación de la tierra promovida por el Estado provincial.
Por las mismas condiciones ambientales y otras circunstancias, entre las pautas demográficas la región presentaba escasa densidad,62 muy poca población relativa63 y una fuerte movilidad geográfica de sus residentes.
64 Además, el territorio prácticamente carecía de redes camineras y quedó fuera del trazado del ramal del Ferrocarril Central Norte que recorrió los valles subtropicales.
Con estas características, un problema inherente era la falta de mano de obra y la que había era cautivada por los establecimientos de gran envergadura (ingenios vecinos localizados en el departamento de San Pedro y Ledesma, las madereras y ferrocarriles).
65 Las otras explotaciones LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD económicas que se desarrollaron fueron la de ganadería bovina comercial -que se basada en un sistema de arriendo con puesteros-, y/o la producción agroganadera, principalmente de autosubsistencia.
66 Tomando como indicador de ese paisaje social productivo la cría de ganado vacuno, según datos del censo económico de 1895, vemos que cuatro de los 141 productores reunían el 20 % de este ganado, más de 500 cabezas cada uno, mientras un 65 % de ellos (91 criadores) congregaban el total de vacas de esos cuatro principales, correspondiente a otro 20 % del stock total.
Este último grupo tenía crías inferiores a las 100 cabezas, siendo más recurrentes aquellos con menos de 50 vacas per cápita.
67 La organización de puestos era un modo típico de las grandes fincas, que facultaban a sus arrendatarios a trabajar como puesteros, requiriendo una prestación mínima al año y adquiriendo de este modo una cesión gratuita de tierra para la siembra de aprovechamiento individual; el beneficio también era para el propietario pues el trabajo del arrendero en los grandes días de la faena ya sea en la cosecha o en la yerra, es indudable que representa una gran economía para el propietario, pues queda así el gasto de brazos limitados a esos días, pudiendo requerir durante el resto del año solo el trabajo de un hombre por legua, a sueldo, para distribución de las aguas cuidado, vigilancia o un número reducido de camperos, individuos encargados del cuidado de la hacienda en el monte.
68 La confusión de derechos privados y públicos sobre determinados territorios, los largos pleitos, las propias dificultades geográficas y de recursos para un control estatal efectivo 69 y la presencia de áreas sin poblamiento seguramente fueron factores propicios para el acceso a parcelas como ocupante de hecho o como puestero, dado que la tierra no se presentaba como un recurso escaso, sino en relativa disponibilidad y con pocas restricciones a estas formas de tenencia.
66 En un proyecto de ley de conchabo de 1892, que propone diferenciar a la población arrendataria con capacidad de costear la subsistencia familiar del que no para obligarlo a conchabarse se establece como mínimo de esa subsistencia el cultivo de cinco hectáreas y/o la posesión de cinco cabezas de ganado mayor o 300 menor.
El grueso de los productores de Santa Bárbara apenas alcanzaban ese límite.
67 Segundo Censo Nacional, año 1895, Cédulas censales, Archivo General de la Nación (AGN), legajo 180, Provincia de Jujuy, Boletín de ganadería, 30, Departamento de San Pedro, fs.
69 La precariedad de la presencia estatal en la zona se constata en la carencia de la infraestructura mínima necesaria para funcionamiento de las agencias oficiales.
Comisaría Santa Clara, San Salvador de Jujuy, 14 de febrero de 1911, AHJ, Caja de Expedientes, expte.
CECILIA A. FANDOS Esta idea se visualiza en las actas ofrecidas en el informe de mensura de Nicolás Alvarado de 1885, que toman nota de algunas de las prácticas vigentes por esa época.
70 Por ejemplo, la trayectoria de un ocupante de hecho, que al poco tiempo se reconoce asimismo arrendatario y, finalmente, cubre obligaciones de propietario: «se estableció en este punto con treinta cabezas de ganado sin saber a quién pertenecían estos terrenos, que hace dos años tomó arriendos a don José R. Lozano considerándolo propietario de los mismos, que no obstante esto le han cobrado derecho territorial el año pasado».
71 También la permisividad a la ocupación de hecho por parte de los sectores propietarios, que no ejercían mayores presiones rentísticas sobre residentes asentados en sus fincas, se visualiza en este otro testimonio: «hace como veintiséis años que se estableció en él [...] en el supuesto que estas tierras pertenecían a Lucas Gil, [...] que sin embargo de esto nunca le ha cobrado arriendos; que antes que poblara el declarante estos señores Gil tuvieron puesto de ganado en ese paraje, pero que lo retiraron».
72 Poblador, poseedor, ocupante, propietario, puestero, arrendatario son los diversos estatus que revisten los testigos indagados por Nicolás Alvarado.
En el rastreo hecho de estos sujetos en diferentes catastros de propiedad inmueble, un dato que salta a la vista es que la regla fue quedar al margen de la propiedad privada.
La circulación de la tierra en Santa Bárbara se activó con nuevo ritmo desde que el Estado jujeño comenzó a intervenir para reconocer en este suelo tierra fiscal.
Una vía de movilización del recurso provino de la oferta incentivada por los particulares, mediante el fraccionamiento privado de las grandes mercedes (como la que detentaban los herederos de Robles e Iriarte).
Así, de nuestro cotejo sobre este universo de los residentes, puesteros, arrendatarios -salvando el caso de Eugenio Ruiz que había comprado en remate público la propiedad fiscal de Capichunco en 1865; 73 y los de Delfina Alvarado y Dámaso Salmoral que siendo pobladores pasaron a ser propietarios privados por prescripción de fracciones fiscales-, fueron unos cuantos arrendatarios de Lozano, quienes efectivamente pudieron comprar sus parcelas en uso.
Las operaciones inmobiliarias fraguadas sobre la amplia merced de Robles durante el siglo por su heredero José Lozano se transaron con distintos adquirientes.
Algunas fueron celebradas con colindantes y otras en pago de servicios y amparos a los apoderados y abogados actuantes de las muchas tratativas judiciales en que se vio involucrado.
74 Y las que nos interesa subrayar se sellaron con algunos de sus arrendatarios y puesteros.
Si damos crédito a un testimonio, para la década de 1880 José Lozano tenía previsto activar un mercado de tierras, fraccionando su inmensa propiedad para venderla entre los residentes afincados en ella.
Pero, en cierto sentido, su plan se había coartado por la incertidumbre que provocó la declaratoria de tierra pública.
75 Aun así algunos de sus arrendatarios pudieron concretar estas compras de tierras, constituyéndose en los únicos casos de toda Santa Bárbara que siguieron ese rumbo.
76 En cuanto al Estado, el gobierno que inspiró la ley de tierra pública de 1883 también tenía en sus planes que los «poseedores» de estas tierras accedieran a la propiedad.
Recordemos que esta ley estipulaba transferencias por cesiones para proyectos de colonización y/o gran inversión de capitales, y por venta prefiriendo los «actuales poseedores».
En un decreto reglamentario posterior se reconoce como «poseedor» a todos los sujetos que detentaban diferentes formas de tenencia, con cualquier título de posesión, menos «los que han ocupado fracciones fiscales a nombre de otros en calidad de arrenderos hasta el 31 de diciembre de 1883, y que continúen como tales».
De tal suerte, solo los primeros eran preferidos en las compra 74 Con este carácter pueden catalogarse las ventas que hizo a Lucas Rocha en 1883 (Cuestiones de Límites, 1950, 225), a Cosme Belaunde en 1865 (Información seguida por Cosme Belaunde, San Salvador de Jujuy, 7 de febrero de 1884, AHJ, Caja de Documentos, año 1884) y las distintas fracciones que transfirió a Tomás Alvarado.
75 «Todas las tierras de Santa Bárbara y Maíz Gordo han estado pobladas desde mucho tiempo atrás [...], pero se han despoblado, porque las autoridades principalmente, han hecho correr la vos de que iban a perder sus mejoras si reconocían por dueño a don José R. Lozano, porque el gobierno las iba a quitar y vender por fiscales de modo que siendo dudosa su posición y permanencia, para garantir su estabilidad las despoblaban: Que con la vos de que la tierras se iban a declarar fiscales, no se han venido estas tierras en fracciones en su mayor parte, como lo proyectaba el Sr. Lozano y aun los que ya habían dado a cuenta de compra se retractaron» (Alvarado, 1885, 28-30).
76 Los sujetos con este fortunio fueron Martín Graíño, Anacleto Báez, Cayetano Cruz, Francisco Farfán y José León Gallardo La historia personal de Francisco Farfán resulta una prueba de lo que pudo significar la experiencia de vida en estas tierras de Santa Bárbara.
Él declara en un expediente donde oficia de testigo que fue desertor del ejército al mando de Alejandro Heredia cuando se desarrolló la Guerra contra la Confederación Peruano-boliviana (1837-838), y que huyendo de la persecución fue que se asentó en la zona para esa época, ocupando un puesto de Gordaliza (Información seguida por Cosme Belaunde, San Salvador de Jujuy, 7 de febrero de 1884, AHJ, Caja de Documentos, año 1884, f.
CECILIA A. FANDOS y revestían el carácter de cuasi-propietarios ya que estaban comprendidos en los sujetos con obligación de pago de la contribución territorial.
77 Iniciada la década de 1890 se nota un giro en la política del Estado para administrar estas tierras.
Por un lado, se trató de vender en un solo paquete toda la propiedad fiscal de la región, según vimos en el negociado inicial con Ángel Ovejero y sus socios, desistiendo de los planteos iniciales de 1883 que preferían diferentes operaciones de menor escala con los «poseedores».
Por otro lado, malograda esa venta se buscó racionalizar la tutela en el dominio de su patrimonio replanteando su visión sobre los «poseedores» de tierra fiscal, para establecerse claramente la figura de arrendatario del fisco.
Fue así que: «Considerando que la clasificación de propietarios que por decreto del 11 de enero de 1884 se da a los poseedores de tierras fiscales de Maíz Gordo y Santa Bárbara, para el percibo de la contribución territorial que se le impone no corresponde a la designación que las leyes generales dan al propietario de bienes raíces, quedando a voluntad de ello eliminar el impuesto con tan solo mudarse de domicilio», se decretó que esos «tenedores» eran simples arrendatarios de bienes del Estado y se organizó el cobro del mismo por un valor de 20 pesos anuales por una legua cuadrada.
78 Desde ese momento y hasta comienzos del siglo XX no hubo novedades en el manejo fiscal de estas tierras salvo por las múltiples acciones emprendidas para intervenir directamente en los arriendos.
Su mayor atención se expresa, por ejemplo, en la elaboración de padrones específicos de arrendatarios,79 inspecciones periódicas para reconocer «intrusos», cesión de arriendos y nuevas leyes.
Aparentemente, la nueva figura de arriendo fiscal fue difícil de implantar en unos sujetos acostumbrados a «ocupar» sin más la tierra necesaria para su reproducción familiar, solían evadir el pago y su registro.
80 El gobierno logró un mayor control efectivo recién hacia mediados de la década de 1890 como resultado del esfuerzo seguido en el asunto, 81 sumando también desde ese LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD momento otras solicitudes de arriendos de sus tierras, amén de los que ya las ocupaban.
82 La letra de los acuerdos de arriendos con el fisco revela que el principal uso productivo era el pastaje para ganado.
Fue quizás ese factor por el que se introdujo una revisión en la modalidad de cobro, que a partir de 1903 se hacía no ya sobre la base de un monto por superficie de tierra sino en proporción al número de cabezas de ganado mayor o menor que cada uno poseía.
83 Avanzando en la primera década de 1900 hubo un rediseño de las políticas sobre Santa Bárbara y Maíz Gordo que se plasmó en la nueva filosofía de venta por cesión a los capitalistas ingleses para el rubro maderero, como ya vimos; pero también en la sanción de una nueva ley de venta de tierras que introdujo, por primera vez en Santa Bárbara (aunque no en otros puntos geográficos donde se administraba propiedad pública), la modalidad del remate público.
El gobierno jujeño maniobró una serie de acciones durante el proceso de constitución de su patrimonio inmobiliario público afectando arraigadas legitimidades en las formas de control y de acceso a la propiedad de la tierra durante el siglo XIX.
Si tempranamente la primicia fue desamortizar los bienes de la comunidad indígena concerniendo a sectores con menor capacidad de negociación en la relación de fuerzas, la novedad desde mediados del siglo XIX fue arremeter también sobre otras esferas más afanosas del poder: los intereses legatarios de algunas de las mercedes de tierras de origen colonial.
El caso que tratamos de Santa Bárbara corresponde a esa segunda secuencia.
En este trabajo se intentó clarificar y determinar cuáles y con qué fundamentos determinadas tierras fueron finalmente declaradas fiscales en Santa Bárbara reconstruyendo todo el periplo histórico entre mediados del siglo XIX y 1920.
CECILIA A. FANDOS Así, la fiscalización de tierras en Santa Bárbara resultó un largo proceso de legitimidad disputada, fue gradual (con marchas y contramarchas) tanto en los fundamentos, la reglamentación, como en la comprensión geográfica, abierta desde 1850 cerró un primer ciclo pasada la primera década del siglo XX.
La declaratoria de áreas de propiedad pública fue progresiva, mientras por las propias desinteligencias del cuerpo político y los litigios desatados el reconocimiento legal de las mismas fue regresivo, reduciendo a la mitad la superficie inicialmente estimada.
La principal secuela fue la constitución de un mosaico de derechos sobre la tierra, añadidos y complejos.
Un punto de inflexión de este dilatado proceso fue el deslinde las tierras practicado por Nicolás Alvarado en 1885, que hemos analizado en detalle.
Como fruto del mismo se desencadenaron una serie de desacuerdos posteriores y un cúmulo de derechos inciertos afectando distintos intereses.
Por un lado, los que se consideraban propietarios privados siguieron en ese credo, realizando contratos con tierras que el Estado reconoció como propias, a la vez que entablaron sucesivos pleitos.
Por otro lado, a medida que se presentaron los problemas el Estado fue desmembrando partes de las tierras públicas, especulando en diversas transacciones, difiriendo resoluciones y también privatizando algunas porciones.
Finalmente, los pobladores se auto-consideraron y fueron reconocidos alternativamente, a veces simples ocupantes, otras veces propietarios y definitivamente arrendatarios.
El desmembramiento de los terrenos fiscales fue una consecuencia de las pérdidas a favor de la jurisdicción de Salta y sus vecinos por conflictos limítrofes, la recomposición de límites con los propietarios privados de la zona y las ocupaciones de hecho que buscaban posesión por prescripción.
De todos modos, se llegó a constituir un patrimonio de más de 180.000 hectáreas.
¿Qué hizo el gobierno de Jujuy con las que estuvieron a su alcance?
Celebró contratos de arrendamiento y transacciones de venta y de concesión.
Puso su mayor esfuerzo en promover la radicación de los capitales externos en inmuebles y la iniciación de la actividad forestal local en gran escala, por ejemplo a través del establecimiento de The Argentine Timber & Estates Company Limited, congruente con la forma en que sus plataformas políticas entendían el «progreso».
Pero en el proceso se fue rescindiendo el afán de facilitar el acceso a los puesteros, criadores de algún ganado y pequeños productores agrícolas que componían la fotografía de la población avecindada en Santa Bárbara.
Por el contrario, de ese espectro de actores LA MERCED DESPOBLADA.
TENENCIA Y DERECHOS DE PROPIEDAD los pocos que devinieron en propietarios de tierras, las adquirieron no del Estado sino del bastión privado de José Lozano.
Y el resto fue mutando su estatus de ocupantes con prioridad de derechos de propiedad al de simples arrendatarios.
85 Tierras de Maíz Gordo en el extremo sureste de Santa Bárbara (lindante con Salta).
86 En 1813 la sección de la merced de tierras de Francisco Javier Robles que este había reservado para herencia de sus hijas, fue vendida por dichas sucesoras a Mariano Gordaliza.
En 1855 fue declarado y reconocido con registro de escribano como heredero universal de esas tierras José R. Lozano, de cuyo dominio se resolvieron como fiscales algunas fracciones en la década de 1880.
87 Estuvieron sujetas a una circunstancia especial a la muerte de Gordaliza (robo de ganado y ocupación ilegítima). |
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El periódico anarquista Nuestra Tribuna.
Un diálogo transnacional en América Latina/
Desde fines de los años 90 el enfoque transnacional viene impactando fuertemente en la historiografía de América Latina y, particularmente, en los estudios sobre el anarquismo.1 A pesar de que, por sus propias características, el anarquismo exigió siempre una mirada que trascendiera la experiencia local, los últimos aportes demuestran la productividad de un abordaje que presta particular atención a la dimensión transnacional del fenómeno anarquista y su expresión en distintos lugares del mundo.
2 En el caso argentino, ese enfoque se torna indispensable dado el alto grado de heterogeneidad de un movimiento compuesto por inmigrantes de distintas zonas de Europa que dieron al escenario local, al menos en las primeras décadas, una impronta políglota, plural en corrientes ideológicas y dinámica en los debates doctrinarios y coyunturales.
3 Como ha sido señalado por los reconocidos historiadores libertarios Diego Abad de Santillán y Max Nettlau, una de las actividades principales de los anarquistas en el país fue la difusión de su doctrina a través de la prensa periódica y los proyectos editoriales.
4 Ya sea a partir de material editado en otros países como con autoría local, los hombres y mujeres anarquistas que pasaron o se establecieron en Argentina se destacaron por la prolífica producción de folletos y periódicos.
Fueron responsables de un emprendimiento tan célebre como La Protesta, periódico que comenzó a salir en 1897, se convirtió en diario desde 1904 y se mantuvo durante todo el siglo hasta nuestros días, 5 además de animar múltiples experiencias editoriales, especialmente en Buenos Aires y en Rosario, pero también en ciudades más pequeñas como Bahía Blanca o General Pico.
El periódico anarquista es tributario de una larga tradición que se remonta a los primeros pasos de la prensa política europea.
6 Comparte con otras expresiones políticas el objetivo de difundir una doctrina, ciertas temáticas y hasta algunos estilos de enunciación.
7 Sin embargo, el ideario libertario impone a su prensa una cualidad distintiva.
Desconfiados de toda EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA autoridad, carentes de una dirección central y dispuestos a que todos tomen la palabra, los responsables de las publicaciones tratarán de incluir voces diversas.
En Argentina tal característica se intensifica dado que los anarquistas son numerosos y provienen de diversos países, experiencias y lenguas.
8 Por supuesto, esa polifonía producirá serias tensiones, pero también productivos cruces en los que se ponía en discusión la prensa misma.
9 Este artículo tiene por objetivo general proponer que el enfoque trasnacional alcance al abordaje de la prensa anarquista.
Es por eso que se inscribe en las líneas de trabajo que analizan la prensa como soporte de las redes trasnacionales que animaba el movimiento.
10 Un objetivo más específico está relacionado con el caso particular del periódico Nuestra Tribuna.
En lugar de profundizar las influencias que desde Europa se direccionan al continente americano, este periódico argentino contribuye a iluminar una extensa red de contactos entre varios países de América Latina.
Por último, la peculiar composición de género del periódico, exclusivamente escrito y dirigido por mujeres, ofrece la oportunidad de hacer un aporte adicional al visibilizar su participación en las redes trasnacionales.
Nuestra Tribuna y su mentora, Juana Rouco Buela
Se suele indicar el año 1910 como punto de inflexión de la presencia anarquista en Argentina.
11 Jaqueado por los cambios estructurales y por la represión estatal, el movimiento pierde su ascendencia directa sobre un movimiento obrero en el que también operaban socialistas y sindicalistas.
12 Sin embargo, a principios de los años veinte, la actividad editorial y la propaganda a través de la prensa contradicen la idea de un declive que clausuraría la actividad libertaria.
Los catálogos de la editorial de La Protesta, por ejemplo, muestran una extensa lista de títulos de libros y folletos ofrecidos a la venta que incluyen obras de referentes históricos, folletos de propaganda, obras de teatro y una importante colección de autores de la literatura universal que los anarquistas consideraban afines a sus ideas.
A su vez, La Protesta no estaba solo, su hegemonía era resistida por otros periódicos que disputan la orientación del movimiento y que animan sus propios 8 Fernández Cordero, 2013.
LAURA FERNÁNDEZ CORDERO proyectos editoriales y culturales como La Antorcha (Buenos Aires), Ideas (La Plata), Pampa Libre (Gral.
Este último se presentaba como «Quincenario femenino de ideas, arte, crítica y literatura» y estaba escrito y dirigido exclusivamente por mujeres.
Su mentora y líder era Juana Rouco Buela quien trabajó con un activo grupo que encontró en la pequeña localidad de Necochea en el sudeste de la provincia de Buenos Aires.
Desde los años ochenta del siglo pasado algunas autoras comprometidas con el feminismo y los estudios de género han señalado la importancia de las publicaciones sostenidas por las mujeres, así como la necesidad de recuperar su aporte al movimiento en general.
13 Nuestra Tribuna, en particular, fue de algún modo redescubierto y visibilizado por Dora Barrancos cuando todavía había que viajar al Instituto de Historia Social en Ámsterdam, donde se resguardaba la única colección conocida.14 Esa dificultad fue salvada gracias a la edición facsimilar que llevó adelante Elsa Calzetta y que nos permite ahora un acceso directo al quincenario.
15 Existen abordajes parciales que procuran recuperar esa experiencia particular del denominado, no sin problemas, feminismo anarquista.
16 El aporte de este artículo será también parcial dado que no se propone profundizar en el estudio de la publicación hasta agotarla, sino llamar la atención sobre las redes de intercambio que sostiene con grupos y personas de otros países de América Latina.
Ya existían antecedentes de un proyecto similar a cargo de las mujeres anarquistas en Argentina.
Hacia fines del siglo XIX veía la luz en Buenos Aires el periódico La Voz de la Mujer y, a pesar de que solo pudo mantenerse por un año (con una secuela posterior en Rosario hoy inhallada), intervino en el campo de la propaganda de manera explosiva ya que algunos anarquistas se oponían a un emprendimiento exclusivamente femenino.
17 EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA En algunos casos por sus propios prejuicios sexistas, en otros casos porque temían la división «por sexos» de un movimiento que siempre contó entre sus reivindicaciones centrales la emancipación de la mujer.
Sin embargo, a fines del siglo XIX y en los años veinte, las mujeres anarquistas sintieron que no estaban debidamente incluidas en la prensa y se lanzaron a publicar sus propios periódicos.
18 La figura de Juana Rouco Buela es central para comprender un proyecto editorial como Nuestra Tribuna.
Dueña de una personalidad decidida y con una larga trayectoria en el movimiento, ella duda, pese a todo, de que sus memorias tengan algún valor.
No obstante, escribió su autobiografía y la editó ella misma en 1964 con el sugerente título de Historia de un ideal vivido por una mujer.
Allí cuenta que llegó a Buenos Aires siendo pequeña, con su madre viuda y un hermano mayor.
Es él quien la inicia en el contacto con el movimiento obrero de modo tal que, apenas con quince años, ya comienza su vida militante.
Muy pronto su destacada actividad ligada al anarco-comunismo y a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) la pone en la mira de las autoridades y es así que, aplicando la Ley de Residencia, deciden su deportación a inicios del año 1908.
Comienza a partir de ahí un ciclo de viajes que serán inesperadamente enriquecedores para la joven Juana Buela y para su actuación posterior.
Madrid y Barcelona serían sus primeros destinos.
Antes de abandonar Europa pasó una breve temporada en Marsella y en Génova, siempre perseguida por las autoridades locales y sintiendo nostalgia de Buenos Aires.
Por ese motivo se embarcó nuevamente con la promesa de llegar lo más cerca posible: Montevideo.
Hacia el año 1909 la encontramos en esa ciudad completamente comprometida con el movimiento y en plena actividad de dirección de un periódico: La Nueva Senda.
Otra vez en la mira de la policía, es encarcelada y vigilada hasta que logra escapar de las fuerzas del orden social.
Tras pasar un tiempo escondida, volvió a Argentina y, por precaución, tomó el apellido Rouco y se instaló en la ciudad de La Plata, a pocos kilómetros de Buenos Aires.
Sin embargo, en 1910 -año del centenario de la República Argentina y particularmente represivo-es nuevamente detenida por pedido de extradición de las autoridades montevideanas.
Luego de pasar diez meses encarcelada, logra la libertad bajo fianza y permanece en Uruguay hasta que decide trasladarse a París.
Sin embargo, su viaje como polizón no LAURA FERNÁNDEZ CORDERO prosperó y fue desembarcada por el sorprendido capitán en Río de Janeiro (Brasil).
Previsora, Rouco había apuntado las direcciones de los compañeros conocidos en los distintos puertos en los que atracaría el barco, de modo que pronto, a través de José Borobio, estuvo nuevamente conectada con el movimiento.
Fueron cuatro años los que vivió en Brasil, escribiendo y dando conferencias a pesar de sus dificultades con el idioma.
Durante ese tiempo, su madre había impulsado y finalmente conseguido la anulación de su primera deportación ya que se había realizado cuando todavía era menor de edad.
Gracias a ese trámite, logró volver a Buenos Aires y recuperar su intenso nivel de actividad.
En síntesis, tenía menos de treinta años y ya había conocido y estrechado lazos con varios de los anarquistas más activos de España, Francia, Italia, Uruguay y Brasil.
Otro tanto le aportaron sus viajes por distintas ciudades de las provincias argentinas que retomó al volver al país.
En múltiples ocasiones, era convocada por la Federación Obrera Regional Argentina para hacer giras de propaganda, en las cuales se esperaba que fuera capaz de inspirar a las mujeres que conocía a su paso.
Según ella misma cuenta, siempre tuvo en mente el proyecto de editar un periódico escrito y dirigido solamente por mujeres, pero recién en 1921 encontró lo que necesitaba para realizarlo: un grupo de mujeres muy entusiastas que residían en la pequeña localidad de Necochea, a 500 kilómetros de la capital.
Es así que Rouco -que había formado una pareja (de quien decide no dar el nombre en sus memorias, pero sabemos que se trataba del anarquista y luego miembro de la Unión Cívica Radical, José Cardella)-no duda en establecer su hogar en Necochea para poder cumplir el sueño del periódico de mujeres.
Allí con Fidela Cuñado, Terencia Fernández y María Fernández impulsa y logra publicar Nuestra Tribuna.
Las biografías de estas mujeres se han perdido como la de la mayoría de los militantes, pero a pesar de que el periódico quedó inevitablemente ligado al nombre de Rouco, el grupo fue un factor fundamental como para casi toda publicación de estas características.
Lo prueba el hecho de que su mentora apenas pudo sostenerlo cuando, a causa del recrudecimiento de la represión policial, tuvo que continuar sola en Tandil y en Buenos Aires.
Los últimos números demuestran la pérdida del grupo editor y los esfuerzos finalmente inútiles que hace su directora para mantener la publicación.
A medio camino entre el periódico de doctrina y la revista cultural, el quincenario se publicó desde Necochea, Tandil y Buenos Aires a partir del 15 de agosto de 1922 y hasta el 1.o de julio de 1925, llegando a tiradas de EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA 2.500 ejemplares.
No es un mal desempeño para una iniciativa que no contaba con mayor apoyo que el de sus entusiastas suscriptores y vendedores.
Sus propósitos explícitos eran participar de la propaganda anarquista desde la mirada de las mujeres y aportar así un sello distintivo que, según ellas, estaba ausente.
El artículo de Barrancos de 1996 llamó la atención sobre el periódico y dio cuenta de la complejidad de la interpelación que pretendían sus gestoras.
Por un lado, una convocatoria general de tipo anarquista y, por otro, el hecho de que se presentaran como «mujeres».
Para explicar esa doble convocatoria, Barrancos recuperaba un concepto paradojal que ya había acuñado en otros trabajos: el contrafeminismo anarquista.
Se trata de una fórmula que procura dar cuenta del carácter opuesto al feminismo burgués de aquel momento y, a la vez, señala que muchos de los postulados de las mujeres anarquistas tenían un fuerte componente de lo que hoy llamaríamos feminismo.
Hecha esa salvedad, la autora repone el diálogo que entabló Nuestra Tribuna con el campo libertario que la acogía, dominado por los hombres, pese a las constantes declaraciones en favor de la emancipación femenina.
19 El aporte de Elsa Calzetta, casi diez años después, fue impulsar la publicación facsimilar del periódico y ofrecer una introducción donde, recuperando el texto de Barrancos, reponía las características principales de la empresa y los principales datos biográficos de su responsable.
Si bien no avanzó con elementos que hubiera provisto una investigación de mayor profundidad, Calzetta intentó poner al periódico en diálogo con parte del imaginario de su época, así como explorar las representaciones sobre la mujer que vehiculizaba.
Tuvo, además, el enorme mérito de hacer que la publicación fuera mucho más accesible y abrir la posibilidad a trabajos de interpretación posteriores.
20 Entre ellos podemos mencionar a Eleonora Ardanaz, quien en una breve ponencia analizó el carácter «contrahegemónico» del discurso femenino.
21 Por su parte, Lanzillota y Folco pusieron en relación a Nuestra Tribuna con la vida política de la zona pampeana, mucho menos estudiada que la ciudad de Buenos Aires, especialmente con el quincenario anarquista Pampa Libre (1922-1930).
De esta manera, las autoras realzan otro costado de la publicación, su relación con el mundo de las provincias y no tanto con el exterior como nos proponemos aquí.
Un par de años después, Manzoni, LAURA FERNÁNDEZ CORDERO presentó una ponencia en la que se detenía en la propuesta antimilitarista que Nuestra Tribuna cultivaba, al igual que el resto del arco libertario.
La autora intentó recuperar cierta especificidad del discurso de las mujeres anarquistas en el período de entreguerras.
22 Por último, en una lista que no se pretende completamente exhaustiva, señalamos el aporte de Ledesma Prietto y Manzoni, quienes recorren en clave biográfica la figura de Juana Rouco, con el fin de explorar el mundo laboral en un contexto de intensa inmigración.
Allí las autoras destacan la recuperación del periódico que significó la edición facsmilar y afirman que la hija de Juana había entregado una colección con los 39 números a la Federación Libertaria Argentina (FLA) donde, lamentablemente, desaparecieron.
La mayoría de los trabajos hace hincapié, con razón, en el carácter exclusivamente femenino de la publicación, sin embargo sería un error desconocer la presencia masculina.
Así como muchas veces las mujeres se encuentran invisibilizadas en el estudio de las redes trasnacionales, no deberíamos aquí dejar de notar que en este caso los varones fueron parte fundamental en el emprendimiento editorial y en la red de contactos.
En principio porque la impresión misma estaba a cargo de José Cardella, quien aprovechaba los talleres en donde trabajaba.
23 A su vez, la mayoría de los paqueteros, es decir, los encargados de la distribución en cada ciudad, eran, a juzgar por las notas administrativas, hombres.
Del mismo modo, es preciso registrar su colaboración permanente a través del envío de dinero por ventas o suscripción.
En ese sentido, es necesario remarcar que una red depende de numerosos actores (editores, propagandistas, escritores, imprenteros, paqueteros, oradores, etc.) y diversas prácticas (edición, recorte, comentario, recolección de dinero, distribución, intercambio de materiales, etc.).
Conscientes de la debilidad de su posición -eran pocas y carecían de recursos propios-, desde un primer momento convocaron la participación de las mujeres del mundo, principalmente de los países de América Latina.
Ya en aquel artículo pionero, Barrancos señalaba que «el quincenario se EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA proyectaba al ámbito internacional» y, por el importante lugar que ocupa en la publicación esa faceta, es necesario describir y analizar tales intercambios de manera detenida.
24 En realidad, la publicación no hacía más que profundizar una característica intrínseca del periódico libertario, esto es, su disposición al diálogo transnacional.
Los grupos responsables de las publicaciones reproducían década tras décadas las mismas prácticas: intercambios epistolares, bienvenida y asilo a quienes migraban, traducciones y glosas, envío y recepción de materiales, etc.
Durante los años de publicación de Nuestra Tribuna, una parte del anarquismo estaba embarcada en la construcción de redes que tenían por soporte los periódicos y se apoyaba en el intercambio epistolar.
Una intensa tarea con múltiples responsables, aunque liderada por anarquistas argentinos, cuyas vicisitudes han sido analizadas con detenimiento por la investigadora María Migueláñez Martínez.
25 En ese marco, las redactoras de Nuestra Tribuna eligen la primera página del primer número para apoyar la gira del «Grupo de Propaganda Internacional».
Este grupo tiene como objetivo enviar folletos, libros y compañeros a los países más cercanos, entre ellos, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y Brasil.
Según las redactoras es preciso «cruzar las fronteras de las republiquetas sudamericanas» y es por eso que su ayuda se hace explícita, a través de la inclusión de esta nota y de un segundo comunicado del grupo, y mediante el envío de «un paquete de nuestra querida hojita».
26 El secretario del grupo afirma que han recibido mucho apoyo y, sobre todo, pedidos de material por parte de Chile, Paraguay, Perú, Brasil y Uruguay.
27 Nuestra Tribuna cumple desde el inicio con el internacionalismo propio del anarquismo.
No solo con el apoyo al «Grupo de Propaganda Internacional», sino tomándolo como un objetivo fundamental:
Haciendo nuestra querida hojita caso omiso de las fronteras, un borrón de las demarcaciones «patrias», tendremos también a nuestras hermanitas del Uruguay, Chile, Perú, Brasil, Bolivia y demás republiquetas, que nos ayudarán y colaborarán en un todo con nosotras en la obra que hemos emprendido.
28 LAURA FERNÁNDEZ CORDERO La vocación internacionalista se evidencia claramente por la recurrencia de la sección «Colaboración Internacional» y «De la reacción americana».
29 Las editoras mantienen contacto con Estados Unidos y Europa, especialmente España y, en menor medida, Italia.
Se observa que, además, anuncian aumentos de tiraje a causa de la demanda externa y mantienen una cuenta bancaria que puede recibir tanto pesos argentinos como dólares.
En sus memorias, Rouco señala que «la ayuda del exterior era tanta, que lo que sucedía en Necochea nos perjudicaba poco».
30 Un estudio aparte merecería la red de colaboradoras extendida por todo el país con sede en pequeñas localidades de provincia.
Las huellas de este intercambio que atraviesa el continente se presentan en los periódicos bajo distintas formas.
A veces se trata de notas temáticas enviadas por las mismas autoras, en otros casos son las editoras las que incluyen transcripciones de otros periódicos, folletos y libros dando cuenta de sus preferencias y de sus bagajes de lectura.
Otro aspecto a observar es el intercambio de material.
Muchas veces libros, folletos y periódicos viajaban tanto o más que los militantes, atravesando fronteras de manera muy fluida.
En ese sentido son significativos, también, los comentarios críticos que quienes editan suelen hacer al material recibido.
Eso permite inferir acuerdos y polémicas que se dan entre los distintos grupos y corrientes, tanto al interior del movimiento como con otras expresiones políticas.
Particularmente ricos en datos son los anuncios de los grupos que informan sobre su creación o su disolución, así como comentan sus objetivos y propósitos.
Una de las primeras acciones de un grupo recién constituido solía ser enviar a los periódicos en circulación un comunicado que expresara su nombre, sus características, sus miembros y sus lugares de reunión.
Por último, uno de los aspectos más importantes a tener en cuenta al momento de rastrear huellas del intercambio transnacional es, por supuesto, la página en la que se sintetiza la actividad del correo en la publicación.
La red se expresa precisamente allí a través de un diálogo sostenido que, en pocas frases, da cuenta de la relación que la publicación mantiene con otras ciudades del país o del exterior.
Veremos varios de estos aspectos en el recorrido sobre Nuestra Tribuna propuesto por este artículo.
EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA
Anarquistas en diálogo a través de América Latina
La firme vocación internacionalista propia del anarquismo, las ansias de prosperar como periódico y los contactos personales de Rouco alimentaron la faceta transnacional de Nuestra Tribuna.
La relación con los distintos países fue, sin embargo, dispar.
Algunos de ellos se hacían presentes con colaboradoras más o menos estables, mientras que otros apenas se vislumbran por la mención de un pequeño grupo o por un esporádico intercambio epistolar.
A continuación, ofreceremos un panorama de los contactos entre Nuestra Tribuna y los distintos países a los que llegó su invitación y su llamado a la emancipación de las mujeres.
Es necesario apuntar que muchos de los nombres resultan hoy desconocidos dado que muchas veces remiten a personas de poca trascendencia pública posterior o, incluso, son seudónimos.
A su vez, los estudios biográficos del anarquismo y de las izquierdas en general en América Latina recién se están desarrollando de manera sostenida desde hace unos años.
31 Conocemos la vitalidad del movimiento en Chile, pero no se sabe casi nada sobre las mujeres militantes, cuya presencia, según los historiadores, habría sido escasa.
32 Hace unos años dos investigadoras compilaron las notas firmadas por mujeres en la prensa anarquista chilena.
33 Los indicios que ellas aportaron son numerosos y es esperable que en algún momento la historiografía cumpla su deuda pendiente con aquellas militantes.
No es objetivo de este trabajo subsanar esa carencia, pero sí aportar las huellas de los principales contactos que hicieron con la publicación argentina en los años veinte.
En principio, la presencia chilena se registra en la transcripción de poemas de la célebre escritora Gabriela Mistral.
34 A juzgar por sus memorias, era una poeta admirada por Rouco y es así que incluye en el periódico algunas obras: «El poema de la madre», «Oración de la maestra» y «El niño solo».
35 El primero de ellos fue elegido en sus memorias al momento de narrar la experiencia de su primer embarazo.
LAURA FERNÁNDEZ CORDERO de intercambio directo u otro contacto con la autora.
La segunda escritora más mencionada es Angelina Arratia: «Nosotras y la política», «Nuestra actitud», «El Cristianismo» (Santiago, Chile).
37 Los temas centrales de sus intervenciones giran en torno a la crítica a la política y a la religión como velos que ocultan y moderan la realidad opresiva que las mujeres deberían combatir.
En «Apuntes de nuestra crítica» Rouco comenta largamente el folleto «El comunismo en América» y elogia la pluma de la autora.
38 En su nota Rouco reseña el trabajo de Arriata, pero fundamentalmente destaca la propia obra, el hecho de que una «mujer del pueblo» tome la palabra para denunciar las injusticias e, incluso, hacer una lectura de la historia en sentido libertario.
Este tipo de intervenciones establece un diálogo entre las escritoras, convoca a nuevas lecturas y demuestra que el intercambio excedía el simple listado de las obras recibidas, para abarcar una lectura crítica y en clave local de las autoras de otras latitudes.
Otro nombre recurrente es el de Lutecia Gorky, de Iquique.
Sabemos que algunas de sus notas se publican en el periódico chileno El Sembrador y que este llegaba a la mesa de trabajo de Nuestra Tribuna.
Sus intervenciones son tres y están dedicadas a dar una mirada femenina a diversos temas: «Servilismo militar», «Machos, pero no hombres, hembras pero no mujeres» y «Separación que se impone».
39 En sus notas, Gorky vehiculiza el clásico punto de vista libertario sobre cada uno de los temas que aborda.
Lo hace con una notable voz en primera persona que narra las injusticias que ve y que vive.
Por ejemplo, el diálogo con el supuesto padre de su hijo, a quien le propone la separación a causa de sus diferencias ideológicas.
40 Cuando las redactoras de Nuestra Tribuna hacen un reclamo porque no obtienen respuesta, Lutecia Gorky está en la lista de las compañeras en falta, pero no sabemos mucho más de ella.
41 Con una sola intervención, se registra el nombre de Luzmira La Rosa, también de Iquique: «La mujer como factor de progreso».
42 Un intercambio particular se da con Agustín Pereyra.
Este militante de Pueblo Unión, provincia de Antofagasta, escribe a Rouco una carta que ella incluye en el periódico.
Allí relata que un ejemplar de Nuestra Tribuna fue leído por más de cincuenta mujeres y que, por ese motivo, solicita que le sean enviados más números para vender entre las compañeras que se organizan «bajo los auspicios de la F.O.R chilena».
44 Un año después, el grupo editor lo denuncia porque recibió 100 ejemplares quincenalmente y debería el dinero correspondiente a 1.600 ejemplares.
También afirman que tienen en su poder cartas que comprobarían su calidad de «difamador de los militantes anarquistas y de un saboteador de nuestra prensa revolucionaria».
45 Las responsables de Nuestra Tribuna reciben y comentan material que proviene de la Editorial Lux: «Mi palabra anarquista», de Manuel Márquez, «El comunismo en América» de Angelina Arratia y «Organización y revolución» de Ricardo Mella.
46 Como prueba de la colaboración internacional, será esta la editorial elegida por Rouco para publicar su folleto «Mis proclamas».
47 Según parece, aquí también habría surgido un conflicto ya que se reciben menos ejemplares de los acordados y Rouco reclama la deuda con firmeza.
48 A su vez, como decíamos anteriormente, reciben regularmente el semanario El Sembrador y folletos que ese grupo edita y vende a través de los pedidos que se envían a E. Arenas en Iquique.
49 También dicen recibir la revista Claridad y comentan el cierre de Plumadas de Agitación de Concepción, a causa de la persecución policial.
50 En el mismo sentido, Nuestra Tribuna se hace eco de las denuncias internacionales por el ataque que sufrió la imprenta de El Sembrador hacia 1924.
51 Como se verá en varios de los casos aquí expuestos, el periódico era un vehículo fundamental para dar a conocer fuera de las fronteras la represión y la persecución a la que era sometido el anarquismo en cada uno de los países.
Por último, la sección del correo permite observar que enviaban ejemplares a Rancagua, a E. Flores de Unión, e intercambian libros con el LAURA FERNÁNDEZ CORDERO anteriormente citado Manuel Márquez.
52 Entre la nómina de paqueteros se mencionan: Valentina Orellana (de Coronel), M. Soto y A. Traviño.
53 Para el caso de Perú no se registran, en Nuestra Tribuna, colaboradoras recurrentes.
Sara Castell firma una nota titulada «Yo soy mi dios»; 54 mientras que Rosa Aliaga envía desde Lima una colaboración que es publicada bajo el título «La Confesión» y donde la autora denuncia los confesionarios en tanto serían para la conciencia humana «como el narcótico para los experimentos quirúrgicos».
55 Ambas aportan la clásica crítica a la religión desde un punto de vista libertario pero, a tono con la publicación, ofrecen en sus notas una mirada «desde la mujer» que suele ser una suerte de víctima preferencial del discurso religioso.
En una ocasión se desata un interesante intercambio polémico con Dora Mayer «de Talen», reconocida escritora y activista indigenista de ese país.
56 Su nota «El sol y las nubes», dedicada a cuestiones religiosas, es criticada en Nuestra Tribuna.
57 La edición de la nota de Mayer incluye unos números entre paréntesis que Rouco retoma en varios párrafos críticos insertos inmediatamente debajo.
El tema central es la religión y la posibilidad, planteada por Mayer, de recuperar la figura de Jesús.
La redacción se expresa en contra de su creencia en un dios y en la insistencia con la que busca acercar al anarquismo a una interpretación religiosa.
Al contrario, con la firma de Rouco en esta pequeña nota procuran combatir esas ideas y, al mismo tiempo, demostrar «imparcialidad», ya que se muestran capaces de incluir en el periódico una intervención con la que no están de acuerdo.
Mayer acepta la invitación a enviar una réplica que es publicada unos números más tarde con una nueva crítica de Rouco.
58 A pesar de ello, ambas se demuestran respeto por el ánimo polémico y la valentía con que defienden sus ideas.
Otra objeción recibe María Alvarado Rivera.
56 Dora Mayer (1868-1959) nació en Alemania aunque desarrolló una intensa actividad como escritora y luchadora indigenista en Perú donde vivió desde pequeña; en 1909 formó parte del grupo que fundó la Asociación Pro-indígena y dirigió el periódico El Deber Pro-Indígena.
Es probable que se haya deslizado un error en su nombre dado que Mayer se hacía llamar «de Zulen».
EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA Amor y Maternidad» y, debajo, un pequeño señalamiento crítico que demuestra una notable atención en la lectura de las notas incluidas en el periódico.
En este caso, una «nota de la redacción» plantea a la autora una discrepancia respecto del uso de la figura de Juana de Arco como ejemplo de lucha.
Las redactoras dejan sentado su desacuerdo con la exaltación de la mítica luchadora, quien, a su entender, «mejor se hubiera quedado de pastorcilla».
60 En el apartado «De la reacción Americana» se publican noticias del proceso político peruano y se transcribe, con nota elogiosa, un manifiesto por la libertad de Haya de la Torre.
61 Como miembro de sindicato textil, Lizardo Medina se comunica para comenzar la recepción del periódico y el envío mutuo de materiales.
62 Por su parte, Hipólito Salazar, de la Federación Indígena, envía un comunicado para pedir, indican las redactoras, «material de lectura asequible a la mentalidad de una raza autóctona vilmente encarnecida por los sátrapas que explotan en aquel país la industria de la goma».
63 Evidentemente ellas están al tanto y son sensibles a la situación económica y social de aquel país, como lo demuestra el hecho de que comenten una situación violenta contra los indígenas en Argentina titulando: «Igual que en el Perú».
64 Un mes antes de ese comentario habían incluido una página entera con una nota, sin firma, titulada «Reseña de los crímenes perpetrados en los gamonales del Perú».
65 En la misma nota en la que se critica un congreso feminista realizado en la ciudad de Lima, se denuncia la avanzada represiva del «tirano Leguía».
Especial atención les merece a las redactoras el encarcelamiento de «la activa educacionista» María Alvarado Rivera y la deportación de Haya de la Torre.
66 Finalmente, en un pequeño apartado Nuestra Tribuna difunde el pedido de la Biblioteca González Prada de Abancai.
A través de E. D. Vivanco solicitan periódicos, folletos y libros para esa institución.
Por el correo también sabemos que «Vivanco» envía nota y pide ejemplares para sus compañeras.
Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) fue un intelectual y político peruano; fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana y referente del Partido Aprista Peruano (APRA).
Como en tantos otros periódicos anarquistas, la difusión de la persecución y los procesos judiciales que sufrían determinadas personas contribuía a potenciar su figura, así como a entronizarlas dentro de una suerte de panteón libertario de luchadoras y luchadores enrolados en la causa.
Eso se observa especialmente en relación con México, dado que las redactoras de Nuestra Tribuna mantienen una relación directa con las compañeras de los hermanos Flores Magón.
Las relaciones entre los anarquistas de Argentina y el magonismo han sido exploradas.
68 Se estudiaron, también, los nexos entre los movimientos anarquistas de ambos países, dando cuenta de un intenso intercambio entre sus militantes.
69 En este caso, se trata de un momento particular en esa familia pues el hermano más célebre, Ricardo, se encuentra preso.
Por ese motivo, las responsables de Nuestra Tribuna abren una lista de suscripción para obtener dinero que luego enviarían a los familiares.
70 María B. Magón, compañera de Ricardo, reenvía una carta que él escribe desde la cárcel, precedida de un comentario de su autoría especialmente dirigido a Argentina.
71 Allí cumple con su misión de dar a conocer las injusticias desatadas sobre los luchadores mexicanos y clama por la solidaridad internacional.
Unos meses después, las redactoras incluyen en primera página una nota de tono muy triste por la muerte del reconocido militante.
72 María B. vuelve a comunicarse tras la muerte de su compañero, esta vez lo hace a través de una carta que dirige especialmente a Rouco y que se transcribe en el periódico con un comentario por parte de la redactora de Nuestra Tribuna.
A su vez, varios números después publican dos textos de Teresa Magón, esta vez sin aclarar explícitamente que se trata de la compañera del hermano menor de los Flores Magón, Enrique.
73 Por último, del mismo modo que habían hecho con María, publican un fragmento de una carta de Teresa en la que relata la persecución sufrida por Enrique.
74 En este caso, la situación mexicana les es útil a las redactoras para ajustar cuentas con un argentino, Julio Barcos (reconocido por entonces como adherente a la corriente anarcobolchevique), quien habría elogiado el gobierno de México.
EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA La presencia de ese país también está representada por dos notas que se incluyen en la sección de Colaboración internacional: «De ayer y de hoy» de Luisa Bustencio y «La mujer y la educación» de Isolina Borguez.
75 Bustencio escribe a las madres llamándolas a resistir a la patria que les roba a sus hijos con su sed de guerra.
Borguez se ocupa de la educación, específicamente de la necesidad de instrucción científica para las mujeres.
Por último, es posible verificar que el «Grupo Feminista de Salina Cruz, México» recibe como el de Talca, Chile, una reprimenda por su silencio en el correo.
76 Mientras que brevemente anuncian la llegada de libros que agradecen a «Bernal, México».
77 Por la cercanía y por el hecho de que Rouco vivió en Uruguay, se esperaría que los intercambios con ese país fueran más fluidos.
El paso de Juana Rouco por Montevideo forma parte importante de la historia del anarquismo uruguayo y se entronca con la experiencia militante de otras mujeres que allí la acompañaron, como María Collazo y Virginia Bolten.
78 Sin embargo, aunque los contactos son varios no adquieren, en Nuestra Tribuna al menos, mayor profundidad.
Antes que colaboradoras estables, se registra la intervención puntual de dos autoras: Vicenta González, que desde Salto participa con su nota «A mis compañeras», y Rosalina Gutiérrez, que desde Montevideo envía «Mujer, hermana mía, escucha».
79 Ambas ensayan la típica convocatoria a la lucha femenina que suele incluir, sin variación, la crítica a la religión y la exigencia de educación y formación ideológica.
En relación con este país, se da una situación particular a partir de la figura de una joven militante uruguaya llamada María Álvarez.
Hasta ese momento, sus notas eran frecuentemente publicadas por el periódico La Antorcha de Buenos Aires.
Como era de esperar, sus editores lamentaron su prematura muerte con notas conmemorativas, entre ellas un panegírico que afirmaba: «América jamás alumbró vida femenina más alta».
80 Esa nota de Horacio G. Badaraco provocó el comentario crítico de Rouco dado que ese tipo de intervenciones en ocasión de la muerte de una compañera le 75 NT, 28, 1 de noviembre de 1923.
El apellido correcto de esta colaboradora parece ser «Bórquez».
En el periódico chileno Verba Roja de 1919 se registran notas firmadas por Luisa Bustencio e Isolina Bórquez (Palomera y Pinto, 2006).
LAURA FERNÁNDEZ CORDERO resultaba «una hipérbole efectista e hinchada de alabanzas».
81 Por supuesto, el objetivo de la discusión no era quitarle méritos a la militante fallecida, sino el hecho de que se desconociera la existencia de numerosas mujeres activas en la propia ciudad.
Rouco intentaba denunciar, con este ejemplo, la actitud de algunos varones anarquistas para quienes parecía más fácil aceptar dos o tres autoras reconocidas y lejanas, que compartir la brecha con sus madres, hermanas o novias.
82 Y lo hacía con un tono de fuerte enfrentamiento:
Y, cosa rara y contradictoria si se quiere: la mayoría de ellos [«los compañeros más ilustrados»] están, unidos, unos y casados, viviendo bajo el mismo techo con mujeres que, si algunas de ellas no son analfabetas, son generalmente inconscientes.
83 En parte, poder enunciar este tipo de opiniones es la justificación para contar con un periódico escrito y dirigido exclusivamente por mujeres como lo era Nuestra Tribuna.
De hecho, las editoras no aceptan seudónimos ni iniciales que impidan comprobar que, al menos, se firma con nombre de mujer.
De manera directa exigen a los autores que envíen «su nombre claro y corrido».
84 Es así que alguien que desde La Teja, Montevideo, firma como «Una niña libertaria» recibe la rotunda negativa de las responsables.
85 Como es usual, enlistan las publicaciones recibidas y desde el vecino país se cuentan: El Trabajo (del cual celebran su cambio de orientación ideológica), Vivir (publicación naturista de Montevideo) y El libre pensamiento (material antirreligioso de la «Asociación de Propaganda Liberal de Montevideo»).
86 Las notas administrativas demuestran que había algunos pocos paqueteros y grupos que se encargaban de la distribución: «Acracia» y «Sembrando ideas», ambos de Montevideo.
87 En cuanto a Brasil, se sabe que hubo una efectiva participación femenina en el anarquismo.
88 Como apuntaba al principio, Rouco desembarcó accidentalmente en Río de Janeiro y se quedó cuatro años viviendo allí.
82 La crítica es aun más significativa teniendo en cuenta que Horacio G. Badaraco (Buenos Aires, 1901 -Buenos Aires, 1946) era un importante dirigente gremial y periodista anarquista; comenzó escribiendo en La Obra y continuó colaborando con La Antorcha, más tarde editó el periódico Spartacus (Tarcus, 2007, 41) 88 Rago, 1998.
EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA embargo, sus contactos con las anarquistas de ese país no parecen muy estrechos, salvo con una de las militantes más reconocidas, María Lacerda de Moura.
89 Ella es, precisamente, la principal referente de ese país en cuanto a los contactos con Nuestra Tribuna se refiere.
Las editoras comentan la publicación que dirige la «compañera de lucha» en la ciudad de San Pablo.
90 Se trata de Renascença, una «revista de arte y pensamiento» que cuenta con una sección literaria.
Meses más tarde, en el apartado «Lecturas comentadas» agradecen un nuevo envío de la autora.
Esta vez reciben el libro «La mujer es una degenerada» y un folleto que no especifican.
Quien hace el comentario promete una futura «crítica razonada» que nunca llega porque Nuestra Tribuna deja de salir.
91 A pesar de ello, la presencia de los escritos de Lacerda tendrá larga proyección en el mundo libertario durante décadas.
Por otro lado, María A. Suárez escribe desde Río de Janeiro a propósito del centenario de la independencia Brasil.
92 Dos meses después se edita otra colaboración de la misma autora titulada «Paz burguesa».
93 En cuanto a materiales de la propaganda anarquista acusan recibo de O Libertario de Puerto Alegre y A plebe de San Pablo.
94 Además, les envían dinero desde el «Grupo de Propaganda Social» de Río de Janeiro.
Se ha afirmado que la cuestión de la mujer tuvo un lugar importante entre los anarquistas en Cuba.
Muchas de sus producciones estaban orientadas a definir un modelo de «mujer noble» y de «madre revolucionaria».
95 Sin embargo, no se ha avanzado tanto en el rastreo de la biografía de las militantes.
Entre ellas, Adoración Rodríguez aparece como la colaboradora más activa de Nuestra Tribuna y firma sus notas desde La Habana.
En primer lugar, se publica una carta suya saludando especialmente el nuevo emprendimiento y prometiendo enviar sus escritos.
96 Los siguientes números demuestran que ha cumplido con creces ya que se editan cuatro notas idénticamente tituladas «A las mujeres».
María Lacerda de Moura (1897-1945) LAURA FERNÁNDEZ CORDERO la emancipación de la mujer anarquista y constituyen, a la vez, un llamado a la lucha.
El uso de la primera persona, en femenino, le imprime a las notas un tono singular pese a que los tópicos son recurrentes en el discurso libertario.
Por último, el único material cubano recibido parece ser El Progreso de la industria fabril de La Habana.
97 En el caso de Bolivia, las responsables de Nuestra Tribuna demuestran interés por cubrir los hechos que el grupo «La Antorcha» se encarga de difundir a través de sus comunicados.
98 Ese grupo se había presentado desde La Paz como «el primer centro ácrata que se constituye en la república boliviana» y el aviso estaba firmado por Luis Cusicanqui.
99 Varios números después informan un cambio de dirección y agradecen el envío de material.
Sin embargo, la represión se desata sobre el grupo; bajo el título «La reacción se cierne amenazante en la república de Bolivia» Nuestra Tribuna denuncia el «destierro de los compañeros y el asalto a la A.A. La Antorcha».
Las redactoras describen la persecución y el destierro que sufren los «compañeros Cusicanqui, Centellas, Palacid y otros».
100 En esta ocasión, las responsables de Nuestra Tribuna ofrecen detalles de la importancia que tiene el contacto trasnacional no solo en la difusión de las ideas libertarias, sino en la circulación de información que logre evitar las barreras de la censura y la represión estatal: Los anarquistas de la Argentina no tenemos más medio de comunicación que las cartas y los periódicos que allende los mares y las fronteras llegan a nuestras modestas mesuchas de labor; esto, no con mucha normalidad, porque periódicamente la censura de los gobiernos «democráticos» obstruccionan que lleguen a nuestras manos con normalidad nuestra correspondencia y canje [sic].
101 Precisamente gracias a una de las cartas que logra llegar desde Bolivia, las redactoras se enteran y lamentan el encarcelamiento de la reconocida militante Domitila Pareja.
102 102 Domitila Pareja fue una costurera anarquista que formó parte de la fundación del grupo anarquista La Antorcha en Bolivia; tuvo una intensa actividad militante hasta su temprana muerte a los veintiséis años.
EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA anuncia que suspende los envíos porque «la policía se incautó del sello y el archivo del centro».
103 El contacto con Paraguay es escaso.
Desde Asunción las noticias son enviadas por Antonio González de la «Agrupación El Combate».
En lugar de pedir material, este grupo se ofrece a editar folletos a «precios reducidísimos».
104 Para ello, solicitan que se les envíe el material a fin de poder indicar el precio de la edición.
105 Fruto de ese emprendimiento será el folleto «Preludiando al libre amor» de Pierre Guiroule [sic], promocionado por el autor y el grupo en otro comunicado.
En el marco del fuerte impacto del enfoque trasnacional sobre los estudios del anarquismo señalado al comienzo, este artículo se propuso extenderlo al análisis de publicaciones periódicas.
Específicamente, se ofreció una lectura minuciosa del periódico Nuestra Tribuna desde esa perspectiva a través de sus 39 números.
El artículo se inscribe en la línea que abrió el trabajo de Dora Barrancos, ya que hace hincapié en una arista señalada por la autora como elemento central del periódico: el intercambio internacional.
Si bien no agota el análisis de una publicación tan rica, el artículo se integra a los avances de Elsa Calzetta y Gisela Manzoni sobre otros aspectos de Nuestra Tribuna y su aporte principal es sistematizar los contactos de la redacción con hombres y mujeres anarquistas propiamente dichos o cercanos al ideario a lo largo de América Latina, en una década de fuertes intercambios políticos y culturales que han sido mucho más estudiados.
Así, se hicieron visibles numerosas huellas que dan prueba del intenso intercambio que el periódico sostuvo a través del subcontinente.
Pierre Quiroule es el seudónimo de Joaquín Alejo Falconnet (Lyon,1867 -Buenos Aires 1938) quien vivió desde niño en Argentina; publicó el periódico La Liberté (1893-1894); colaboró con El Perseguido (1890-1897) y Le Cyclone (1895); formó parte de la redacción de La Protesta en varias oportunidades; fue un prolífico escritor de utopías, dramas y ensayos.
LAURA FERNÁNDEZ CORDERO que el movimiento se encontraba particularmente enrolado en una tarea de construcción de lazos intercontinentales.
107 Otro aporte del artículo se relaciona con una variación en la perspectiva de análisis respecto de los contactos con Europa.
En el campo de los estudios anarquistas es común que se repare en la influencia que el «viejo continente» tuvo sobre los anarquismos del resto del mundo.
Sin embargo, no solo hay un intenso tráfico que, por momentos, cambió la dirección del intercambio haciendo que el «nuevo continente» alimentara el anarquismo europeo,108 sino que los contactos entre los países de América Latina han sido muy importantes.
Desde Argentina las anarquistas procuraban incidir también en las relaciones ya establecidas a lo largo del continente y lograron contactar con las mujeres presentes en cada una de esas expresiones locales.
Como vimos, Nuestra Tribuna supo tomar parte en el fortalecimiento de lazos en el que estaba embarcado el anarquismo argentino manteniendo contacto con personas u organizaciones de otros ocho países de América Latina: Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú, México y Cuba.
Resulta claro que la intensidad de los contactos no es coherente con la cercanía geográfica, sino con la construcción de redes interpersonales alimentadas por viajes de propaganda o de exilio y por el intercambio epistolar.
Esos países tenían grados disímiles de desarrollo del movimiento libertario y tienen hoy sus propias historiografías.
Sería deseable que, en un futuro trabajo, pudiéramos profundizar el estudio de esas relaciones para tener un panorama más acabado del mapa libertario latinoamericano en una década de fuerte ascendencia antiimperialista.
Por otro lado, la singularidad del caso nos habilitó una vía de entrada a la actividad de figuras no siempre reconocidas en el estudio de las redes transnacionales: las mujeres.
Como demuestran aquí, ellas también son protagonistas de giras de propaganda, escritura, edición y circulación de material, así como son responsables de sostener una red de intercambios que es, a la vez, soporte para un periódico de una pequeña ciudad de provincia abierta al mundo.
Sus diálogos nos ofrecen la oportunidad de problematizar un supuesto muy extendido.
Muchas veces, al abordar a las mujeres redactoras o militantes como un conjunto, se pierden de vista las polémicas que mantienen.
Así se preserva, erróneamente, la unidad del colectivo EL PERIÓDICO ANARQUISTA NUESTRA TRIBUNA « mujeres», en lugar de leer de manera productiva para la interpretación aquellos momentos en los que se muestran las fallas propias de una unidad siempre en construcción.
Al contrario, hemos visibilizado aquí algunos de sus desacuerdos y debates.
Es preciso concluir, al mismo tiempo, que lo transnacional no es una dimensión accesoria en una publicación como la que analizamos, sino parte constitutiva del proyecto.
Más allá del afán de Rouco por mostrar el éxito de la campaña internacional de Nuestra Tribuna, es cierto que el periódico se sostenía en parte por el apoyo que recibía del exterior.
Además, ese apoyo se traducía en legitimación al interior del movimiento donde, recordamos, había resistencias al emprendimiento femenino así como controversias entre Rouco y líderes responsables de otros periódicos.
En suma, este artículo se detuvo con detalle en la mención de cada huella de esa vital red transnacional.
A medida que el estudio sobre publicaciones específicas de otros países se vaya desarrollando en esta clave, seguramente surgirán nuevos elementos para reevaluar el contacto de Nuestra Tribuna con quienes animaron el anarquismo en distintas ciudades de América Latina.
En este sentido, el principio internacionalista tan caro al anarquismo adquiere otro cariz porque, lejos de ser una idea abstracta, encarna en cientos de publicaciones libertarias sostenidas por una red de intereses y recursos comunes.
Por esa razón, finalmente, un renovado enfoque transnacional no puede dejar fuera de sus miras el prolífico mundo de las publicaciones periódicas y los proyectos editoriales anarquistas. |
Este trabajo intenta contribuir a rellenar un vacío sobre el estudio de la población de origen africano y, por lo general, esclava en un área en la que, tradicionalmente, se negaba incluso su presencia.
El interés recae sobre el proceso de evangelización llevado a cabo por los jesuitas, pues fueron ellos quienes se ocuparon prioritariamente de tal ministerio entre los esclavos.
Primeramente, se ponen de relieve algunos problemas canónicos que se planteó la Iglesia, y en particular los jesuitas, en torno al bautismo y catequización de la población esclava; a continuación, se
Cuando se evoca a la provincia jesuítica del Paraguay, se piensa principalmente en las celebérrimas misiones guaraníes que correspondían al Paraguay y al norte de la Argentina actuales.
Ahora bien, en el momento de su fundación abarcaba la región de Buenos Aires, la Banda Oriental, Tucumán (Córdoba, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán) y buena parte de Chile, por lo menos el "valle" de Santiago.
Hoy en día se ha olvidado que los negros fueron numerosos en este espacio, no sólo en el servicio doméstico y en la artesanía, sino también en la ganadería y en la agricultura.
A este respecto, remitimos a los trabajos recientemente publicados sobre la presencia negra en los países del Río de la Plata.
1 En dicho ámbito, como en otras áreas del Nuevo Mundo, fueron los jesuitas quienes, en materia de enseñanza religiosa, atendieron a los esclavos bozales procedentes de África, directa o indirectamente, y a sus descendientes criollos, situación que contemplaremos a través de las "cartas anuas" de los cuatro primeros decenios del siglo XVII.
La trata por Buenos Aires
Para evitar mejor el escape fiscal en sus territorios del Nuevo Mundo, la Corona española limitó el número de puertos donde se podían efectuar transacciones con la metrópoli.
Buenos Aires se encontró apartado del comercio legal, si dejamos aparte algún que otro galeón al año, obtenido por las presiones de los vecinos.
3 Trasladados al Alto Perú por la ruta de Panamá, los esclavos alcanzaban precios disuasivos.
De ahí el surgimiento del contrabando con Brasil, bien abastecido de negros de Angola por los asentistas, que llegaba hasta las "provincias de arriba" e incluso Chile por el Río de la Plata, Córdoba, San Miguel de Tucumán, Salta y Jujuy.
Diego de la Vega, establecido en Buenos Aires en 1601, adquirió -recuerda Enriqueta Vila Vilar-una "sólida posición" como mercader negrero, extendiendo sus relaciones con el Perú y Chile, y logró "hacer del contra-Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1958.
Sería muy largo citar las varias publicaciones que siguieron, por lo cual remitimos a la bibliografía propuesta por una de las mejores especialistas del tema Goldberg, Marta B.: "Los negros de Buenos Aires", en Martínez Montiel, Luz María: Presencia africana en Sudamérica, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1995, págs. 600-607.
Para el Uruguay, se consultará la bibliografía brindada por Oscar D. Montaño en el artículo "Los afro-orientales.
Breve reseña del aporte africano en la formación de la población uruguaya", en Martínez Montiel: Presencia..., págs. 446-448.
Para el Paraguay, la de Cooney, Jerry W.: "El Afroparaguayo", en Martínez Montiel: Presencia..., págs. 521-525.
2 Nos apoyaremos en la documentación presentada por el P. Carlos Leonhardt s. j., "Cartas anuas de la Provincia del Paraguay, Chile y Tucumán de la Compañía de Jesús (1609-1614)", Documentos para la Historia Argentina, Tomo XIX-Iglesia, Buenos Aires, 1927, y "Cartas anuas de la Provincia del Paraguay, Chile y Tucumán de la Compañía de Jesús (1615-1637)", Documentos para la Historia Argentina, Tomo XX, Buenos Aires, 1929.
Se respetará la presentación de los textos citados por las ediciones utilizadas.
3 En 1602 se les permitió exportar durante seis años el producto de sus tierras a los territorios de la Corona, a Brasil y Guinea y traer de allí lo que necesitasen.
En 1616 la Casa de Contratación de Sevilla rechazó otra petición, y concedió tan sólo un permiso para cien toneladas durante tres años, facultad que se renovó después, al llamarse el navío "el registro de Buenos Aires"; véase: Scelle, Georges: La traite négrière aux Indes de Castille, Pédone, París, 1906, pág. 54. bando en Buenos Aires un hecho irreversible".
5 Se inició el tráfico desde 1588, año en que se realizó la primera venta de los embarques del obispo de Córdoba, el dominico portugués Francisco de Vitoria.
6 En 1595, sin embargo, Gómez Reynel obtuvo 4 Con la incorporación de Portugal a la corona de Felipe II, los portugueses empezaron a radicarse en Buenos Aires, entre ellos Diego de la Vera, que, con el sevillano Juan de Vergara, elegido alcalde por el cabildo en 1614, fue acusado de favorecer "fraudulentas arribadas de navíos de negros".
En 1614 entraron en el puerto de Buenos Aires quince o dieciséis navíos procedentes de Angola y Brasil.
En 1615 trece o catorce navíos salidos de Buenos Aires volvieron de Brasil con cuatro mil piezas de esclavos.
Para más datos sobre Diego de la Vega, se consultará Revello, José Torre: "Un contrabandista del siglo XVII en el Río de la Plata", Revista de Historia de América 45, México, 1958, págs. 121-130, de donde se han sacado estos datos.
5 Vila Vilar, Enriqueta: Hispano-América y el comercio de esclavos.
6 Sempat Assadourian, Carlos: "El tráfico de esclavos en Córdoba.
En una cédula del 9 de octubre de 1591, la Corona censuró la actuación del virrey García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete: "Dezis que auiendoseos pedido por parte de la ciudad de la Plata y de algunos vezinos de Potosi que por falta que auia de negros para el seruicio de las minas ingenios y otras haziendas diesedes licencia para traer alli algunos de Brasil y de otras partes por el rio de la plata distes algunas de las dichas licencias con condicion que antes que se usase de ellas las pagassen a razon de a 30 pesos ensayados por cada esclavo demas de los otros derechos que deuiessen y fuera bien escusado el entremeteros en ello sin darme primero auisso para que os ordenara lo que deuiades hazer porque esta materia de meter negros por el paragua y del Brasil angola y otras partes ha dias que se platica aca sin auerse tomado resolucion por offrecerse muchos inconuenientes y principalmente por el que ternia abrir aquel camino para que se puedan meter por alli mercaderias" (Archivo General de Indias, Lima 570, lib. 13, fols.
Además el tráfico amenazaría los intereses del comercio de Panamá, los negros no serían útiles en las minas de Potosí por el clima frío y maltratarían a los indios.
El virrey se explicó el 1° de mayo de 1592: "... digo hauian metido quinientos o seiscientos esclavos el obispo de Tucumán y otros particulares sin licencia ni pagar a V. M. de la entrada derechos algunos, con dezir que ya lo hauian hecho en el brasil y que assi podian nauegarlos y traerlos adonde quisiesen...".
A Mendoza le parecían útiles dichos negros para el Alto Perú, no en las minas sino en los ingenios, labranzas y crianza de ganados (AGI, Lima 32, n.
En 1594 le ordenó la Corona lo siguiente: "... dareis orden en que de aqui adelante no se consiente ni permita que por alli entren ni contraten hierro, esclauos ni otro ningun genero de mercaderias del Brasil, angola, guinea ni otra parte de la corona de Portugal ni Indias orientales sino fuere de Seuilla en nauios despachados por la casa de la contratacion conforme a las ordenanças de ella y esto en lo que toca a las mercaderias porque esclauos en ninguna manera se han de permitir entrar por alli..."
El 16 de abril, Luis de Velasco informó que se le había dado noticia "de los negros que se metian por el Puerto de Buenos Ayres" y que había revocado las licencias que había dado el marqués de Cañete, "y assi queda libre el paso para solos los que metiesen los contratadores por permision de V. M.".
Se refirió a continuación el virrey al factor mandado por Pedro Gómez Reynel (AGI, Lima 33, n.
El 30 de noviembre de 1595, se les prohibió a los gobernadores del Río de La Plata enviar "a Angola y Guinea por negros" y "meter mercadurías del brasil y otras partes" (AGI, Buenos Aires 1, lib 4, fol. 164 y 2, lib. 5, fol. 11).
El 2 de mayo de 1599, Luis de Velasco avisó a la Corona que el asiento con Gómez Reynel ocasionaba "grandes fraudes", "asi para meter mucha hazienda sin quenta ni raçon como por adesaguarse por alli gran parte de la plata de potossi".
Se mostró favorable a "cerrar aquel passo totalmente o al menos a Reinel "MINISTERIO DE NEGROS" EN LA PROVINCIA JESUÍTICA DEL PARAGUAY AEA, 62, 1, enero-junio, 2005, 141-160.
7 El 2 de julio de 1612, la ciudad de Buenos Aires y los prelados de las órdenes religiosas escribieron a la Corona para que se prorrogase el permiso de llevar a Brasil productos agrícolas y cabezas de ganado y traer en retorno lo que se necesitase y algunos esclavos.
8 El gobernador de Buenos Aires, Diego Marín Negrón, avisó al Consejo de Indias el 31 de mayo de 1613 de la dificultad de reprimir la trata clandestina de negros.
9 En 1618 una real cédula tomó de nuevo en cuenta las protestas de los mercaderes autorizando la introducción anual de 450 esclavos.
10 Los asientos siguientes previeron también esta posibilidad.
De modo que, sin contar los efectos del intenso contrabando, ingresaron 22 982 esclavos por Buenos Aires hasta 1680, según Marta B. Goldberg, o sea un promedio anual de 243.
11 No insistiremos más en estos aspectos históricos: lo importante para nuestro tema es que quede bien clara, en materia de con graues penas..."
El 26 de julio de 1608, la Corona le pidió su parecer a la Audiencia de La Plata sobre la introducción de esclavos por el puerto de Buenos Aires (Biblioteca Nacional de Madrid, ms 2927-IX-121).
El 26 de mayo de 1609, dirigió la misma petición al virrey marqués de Montesclaros.
En su respuesta del 3 de abril de 1611, éste admitió que se necesitaba esclavos para las chácaras de los valles calientes, de modo que se los podría traer por el Río de la Plata con tal que se vigilase el tráfico (AGI, Lima 36, n.
El 11 de octubre de 1636, el conde de Chinchón solicitó el cierre de la contratación por el puerto de Buenos Aires, debido al escape fiscal organizado por los "mercaderes judaizantes" a través de los puertos de Brasil y de Portugal (AGI, Lima 48, n.
El 2 de febrero de 1625, se expidió en el Pardo una cédula real que declaraba libres a los esclavos que llegarían al puerto de Buenos Aires: "Por lo cual ruego y encargo a los prelados de las religiones de ellas que tengan particular cuidado en procurar el cumplimiento de esta mi carta, que para ello, les doy bastante poder, facultad y jurisdicción como en esto se requiere, sin que tengan dependencia de mis gobernadores y capitanes generales de las dichas provincias..."; en Millé, Andrés: Derrotero de la Compañía de Jesús en la conquista del Perú, Tucumán y Paraguay y sus iglesias del antiguo Buenos Aires.
7 Juan Rodríguez Coutiño le sucedió a Reynel.
Informó el Consejo de Indias al presidente de la Real Audiencia de La Plata el 25 de agosto de 1605 que desde el 20 de diciembre de 1603 hasta el 31 de enero de 1604 habían entrado por el puerto de Buenos Aires 681 esclavos y otra partida de 81 esclavos "contra lo ordenado por cedula mia y que por ser de mas de lo permitido en el contrato de Joannis Coutinu y por su muerte mis oficiales reales de dicho puerto ordenaron que los derechos dellos entrasen en la caxa de dicho puerto" (Biblioteca Nacional de Madrid, ms 2927-IX-94, fol. 298a comercio negrero y para la época contemplada, la dependencia del territorio de la provincia jesuítica frente a Brasil.12
Esta fuente de abastecimiento, fraudulenta en la mayoría de los casos, acarreaba una duda sobre la validez del bautismo recibido por los esclavos en las costas africanas; por lo menos para los jesuitas del Paraguay, que, al igual que sus colegas del Perú y del Nuevo Reino de Granada, se hicieron cargo de su doctrina, aspecto que desarrollaremos a continuación.
Todo empezó con la iniciativa de Diego de Torres Bollo, provincial del Paraguay y de Chile desde 1608.
13 Ya había aquilatado el padre la importancia del problema planteado por la situación de los esclavos en Cartagena de Indias, lugar de redistribución legal de la trata negrera en el virreinato del Perú, donde en 1604 había fundado una viceprovincia.
En el puerto caribeño respaldó los esfuerzos del padre Alonso de Sandoval en el establecimiento sistemático del "ministerio de los negros".
14 No se olvidó de esta misión en Córdoba de Tucumán, como aparece en una larga carta dirigida el 3 de enero de 1623 al padre Diego Ruiz de Montoya, de Sevilla.
15 Le habían informado de la actuación a su lado de los jesuitas Francisco Díaz y Pedro de Espinosa, bajo la vigilancia del arzobispo Pedro de Castro y Quiñones.
16 Recién llegados del Paraguay, obraban a favor del bautismo de los bozales procedentes de África.
En 1621, Torres Bollo había recibido en Angola una carta del rector del colegio de Loanda, el padre Gerónimo Vogado.
Este, dada la ignorancia en materia de fe de los esclavos embarcados, recomendaba que fueran de nuevo bautizados sub conditione.17 De acuerdo con los obispos de Buenos Aires y de Tucumán, 18 Torres Bollo pidió a dos hermanos que estudiaran la "lengua de Angola", de donde venía la mayor parte de los esclavos.
A decir la verdad, agregó, habría bastante trabajo para seis u ocho padres:
Porque entran cada año por este Puerto de Buenos Ayres mas de mil y quinientos [esclavos].
Y en esta tierra va aviendo ya tantos que en pocos años seran mas que los Yndios, y en ocho ni en diez no deprenden los misterios de nra. fee en nra. lengua para poderse saluar; y vamos allando que los Negros mas ladinos y antiguos no estan baptizados.
Con todo esto, y que en Lima, Panama y Cartagena allan lo propio que aca experimentamos, y sin dificultad alguna hacen los examenes y baptismos: aca de nuevo se hallan [dificultades], con que se ha atajado este tan grande bien.
I la primera es parecer... [roto] de nuebo ministerio sin obligacion.
La segunda, podria causar escandalo, reuoluer esta Piscina de querer baptizar Negros ladinos y examinados generalmente.
Y si bien es verdad que hacen poco peso estas dificultades, mirando las muchas y graues por la contraria parte y el exemplo de essa Ciudad, y las demas que he dicho, se ha suspendido esto por ahora asta que el nueuo Prouincial, que ha visto lo que en esta Ciudad se hace, y en las de Cartagena, Panama y Lima, ordene aca lo mismo.
Especialmente que en los Negros de aca, por ser todos de Angola, es mas cierta la necesidad, por no tener alla rastro alguno de conocimiento de Dios, ni haver Sacerdotes la tierra adentro, sino solo en el Puerto, adonde todos los Negros que se embarcan estan muy poco tiempo, y en prisiones.
Y en las demas naciones no corre assi.
Desta, salen cada año de aquel Pueblo catorce o quince mil para diversas partes, España, México, Santo Domingo y el Perú.
Y sería grande seruicio de Nro.
Señor dar aviso desta necesidad, por medio de nro.
Procurador de Yndias, embiando el vn traslado de la carta del P. Ror de Angola (o por mejor decir, Puerto de Loanda).
V. R., amore Dei, pues le ha dado tanta autoridad y zelo de su honrra y de la saluacion de las almas, fauorezca este negocio, assi con nuestro Padre General, para que lo mande advertir, como con nuestro Procurador de Corte, para que lo trate alli, y el de ay de Seuilla como he dicho.
Sigue una visión totalmente negativa de la coyuntura en la provincia.
De 400 o 500 exámenes que efectuó, añadió Torres Bollo, ninguno le permitió afirmar que los negros conocían el valor del bautismo, ni siquiera después de un año transcurrido con españoles.
19 En esta carta se destaca su amargura frente a dificultades de varias índoles que obstaculizaban la actuación de los jesuitas.
Amén del poco número de "operarios", insuficiente para enderezar debidamente la situación, su obra suscitaba reticencias.
Por ello el nuevo provincial prefirió contemplar más detenidamente el caso primero que entrar en conflicto con personas influyentes.
Dichos personajes no tenían nada que ver con los obispos de Buenos Aires y de Tucumán, quienes le habían brindado su apoyo.
Se trataría tal vez de presiones ejercidas por los que sacaban provecho del comercio negrero y quizá del contrabando con Brasil.
Pero no era imposible que se manifestaran oposiciones más insidiosas como dan a entender las cartas anuas.
Y ¿por qué no pensar en una colusión entre varios intereses?
De todos modos, el caso le parecía lo bastante grave a Torres Bollo como para requerir el apoyo del mismo prepósito general e incluso de la Corte.
Sandoval describe los obstáculos que habrían de superar los jesuitas de Cartagena para atender a los recién desembarcados, víctimas de enfermedades que les ponían muy a menudo in articulo mortis.
En la duodécima carta anua firmada el 12 de noviembre de 1628, el padre Nicolás Durán Mastrilli20 dio horrendos detalles sobre las consecuencias de una epidemia, posiblemente de cólera o de tifus que afectó el armazón de un barco negrero que entró en 1627 en Buenos Aires después de pasar por Brasil y contaminó a los esclavos de la ciudad:
A todos estos acudieron los nuestros con grande puntualidad y zelo a todas horas del dia y noche auiendo grandes diligencias para saver la casa donde auia enfermo supliendo con su mucha industria el grande descuydo que algunos de los amos tienen, en cuydar de las almas de sus esclavos, de que no hacen mas caso que si fueran de brutos.
Sirviose mucho desto nuestro Señor porque por ser los mas dellos nuevamente venidos de Angola, y por esto no entender nuestra lengua, y por otra parte estar con la enfermedad tan desformes y asquerosos que daba orror solo mirarles, estaban destituidos de todo remedio, mas ambas dificultades se vencieron remediando la falta de la lengua, o con la que a aprendido un hermano estudiante que sabe lo bastante de la suya y era su ordinario interprete, o con la de otros negros ladinos que consigo llevaban, la segunda dificultad, vencia la caridad pues con estar echos hervidero de corrupcion, y muchos juntos arrojados sobre una estera, ques la cama ordinaria desta miserable gente, se pegaban con ellos y revolvian con sus manos a un lado y otro, para instruirlos y sacarles materia de confesion sin detrimento de su sigilo por estar todos juntos.
21 Volveremos más tarde sobre ciertos aspectos de la misma carta cuya tremenda descripción servirá de telón de fondo para entender el desasosiego de los padres provinciales.
Dicha carta es una denuncia indirecta del tráfico y directa del comportamiento de los dueños para quienes los esclavos no eran más que "brutos".
La doctrina de negros
Según las cartas anuas de Diego de Torres Bollo y Pedro de Oñate, se tomaba muy en serio el ministerio de los negros en el colegio de Buenos Aires.
En 1612 todavía no se había especializado ninguno de los tres jesuitas de la residencia, dos padres y un hermano, que acudían "a sus ministerios con españoles, yndios y negros".
El 8 de abril de 1614 señaló Torres Bollo que en dicha ciudad sus colaboradores tenían harto que hacer "porque allá se reúne la gente más abandonada espiritualmente, y un sinúmero de negros venidos de Etiopía".
Este sería un leitmotiv de los siguientes informes sobre la ciudad portuaria, como la carta de Oñate redactada en 1615.
El documento ofreció más precisión en cuanto al ministerio a que se dedicaba, sin excluir por ello a los indios, el padre Andrés Jordán.
Cuando llegaban barcos negreros, había trabajo para dos padres.
22 A juzgar por la cuarta y sexta cartas anuas (1613 y 1615), los jesuitas de Córdoba de Tucumán no despreciaban a los negros pese a su "cortedad".
El 12 de noviembre de 1628, Durán Mastrilli indicó que un padre, además de sus clases de artes, se encargaba de la instrucción impartida a los negros.
23 La undécima carta, del 17 de febrero de 1620, patentizó el mismo interés por los "morenos" en el colegio de Santiago del Estero.
24 En cuanto al de San Miguel de Tucumán, Torres Bollo señaló en la cuarta carta de febrero de 1613 que los padres acudían "con mucho fervor en sus ministerios", en particular en el de los negros.
Oñate expresó en 1616 su inquietud por motivos que examinaremos más abajo.
La décima carta, del 13 de agosto de 1637, se hizo más prolija sobre la atención reservada a esta gente, dedicándose a ella el mismo rector, quien sabía la "lengua de Angola", y sobre los métodos empleados para granjearse la benevolencia de los esclavos: "Les alivia primero de los sufrimientos corporales, y así ganada la voluntad de ellos los instruye en la religión, los aconseja y los confiesa".
No diferían pues los procedimientos de los instaurados en Cartagena de Indias, si nos atenemos a la relación de Sandoval.
25 Aunque eran pocos los negros en Asunción, no por eso les desatendían los jesuitas, aseveró Oñate en 1616.
26 La décimo tercera carta correspondiente a los años 1628-1631, firmada por Francisco Vázquez Trujillo, puso de realce los progresos efectuados en Asunción, donde el operario de negros había sido el padre Marcial de Lorenzana.
Por motivo de enfermedad, le sucedieron el rector y otros jesuitas.
28 En muchas de estas referencias no se pasaron por alto los estorbos evocados por Torres Bollo en su carta a Diego Ruiz de Montoya.
El mismo responsable adoptó un discurso reiterativo para calificar a los esclavos.
Hablando de Córdoba, dijo en 1614 que era "la gente más abandonada espiritualmente".
Le seguiría los pasos Oñate afirmando que era "gente de las mas necessitadas y rudas de todas".
29 Frente a la faena, faltaban los "obreros", insistió Oñate, aludiendo más particularmente a la situación en Buenos Aires.
30 Pero, por muy esencial que pareciera, quizá no fue éste el obstáculo mayor.
Dada la envergadura del contrabando de esclavos hacia el Alto Perú, los dueños no admitían de buena gana el interés de los jesuitas por sus negros adquiridos ilegalmente.
A propósito de las actividades del colegio de San Miguel de Tucumán, la décimo cuarta carta con fecha de 13 de agosto de 1637 afirmó que preferían ahogarles en el río primero que verse "atrapados".
31 Se refiere a una partida de 80 esclavos conducida hacia Potosí por un mercader que intentó engañar al padre rector, afirmándole que todos eran cristianos, cuando éste sabía por experiencia que así no podía ser.
32 Las cartas hacen énfasis en el bautismo recibido por los recién llegados de África.
33 En el colegio de Asunción se empezó una campaña en 1627 "acerca del asegurar sus bautismos", empresa que, a decir del provincial Vázquez Trujillo, estimó mucho el obispo, don fray Christóval de Aresti, de la orden de san Benito.
34 En 1628, Durán Mastrilli confirmó que el examen de los bautismos recibidos por los negros en África era una de las prioridades del colegio de Córdoba: "Muchos destos negros se an bautizado sub conditione in articulo mortis...".
35 Las otras órdenes, según parece, veían con muy mal ojo el ministerio de los jesuitas porque apartaba de sus conventos a los esclavos de la ciudad y aminoraba de esta manera su poder de control.
Sabemos que en las grandes urbes de todas las Indias occidentales se expresaba la rivalidad entre las diferentes congregaciones religiosas en parte por el intermedio de las cofradías.
En los conventos dominicos, por ejemplo, las del Rosario agrupaban a muchos negros.
A propósito del colegio de San Miguel de Tucumán, se quejó el provincial Oñate a fines del año 1616, dejando bien claro que los jesuitas no estaban decididos a abandonar su misión entre las manos de las otras órdenes.
Bien mirado, no se fiaban de ellas, porque se consideraban los especialistas en la materia.
36 Pero no mejoró la situación, según explica la décimo tercera carta de Vázquez Trujillo sobre las actividades de los años 1628-1631.
Si bien se intentó hacer algo para atraer a los numerosos angolas de la ciudad, a través de la cofradía ubicada en el colegio, resultaron vanos los esfuerzos: "... aunque antiguamente acudían a casa a muchos años que lo dexaron de hazer por averlo impedido con maña cierta persona que no nos tenía mucho afecto".
37 ¿A quién aludiría el provincial?
Al mismo obispo de Tucumán, fray Tomás de Torres, si tenemos en cuenta el tenor de una carta al rey de su predecesor, arzobispo electo del Nuevo Reino de Granada, según la cual el prelado, ayudado en esto por su hermano fray Ambrosio de Torres, dominico, no dejó de estorbar los ministerios de los jesuitas en su antigua diócesis del Paraguay.
38 No habría cambiado de actitud el dignatario en su nuevo puesto, disfrutando quizá de la benevolencia de las otras órdenes.
De todas formas, no omitieron los provinciales de aludir al apoyo de los obispos.
El 12 de noviembre de 1628, Durán Mastrilli confirmó para el colegio de Buenos Aires la poca asistencia de los negros porque la cofradía de los negros dependía de otra orden, de modo que "estaban sin ninguna enseñanza todo el año".
Se estableció una relación de fuerza que justificó una petición de apoyo al obispo.
Éste, desde el púlpito de la catedral, alabó la actuación de la Compañía a favor de la enseñanza cristiana impartida a los negros, exigiendo de los amos que los domingos les mandasen a la plaza para recibir la instrucción de un hermano que hablaba la "lengua de Angola".
39 Las cartas anuas valorizan los métodos de los jesuitas para atraer a estos negros, pese a su ignorancia y a la indiferencia de los amos.
Elaboraron una "pedagogía de aproximación", en particular a través de las cofradías que trataremos a continuación.
Consistía primero en manifestar su compasión ante las dolencias físicas y morales de estos seres, arrancados de su tierra y totalmente abandonados por sus propios amos en cuanto se presentaba una epidemia mortífera.
Mostráronse conscientes los jesuitas de lo cruel de los maltratos infligidos.
Si las cartas no denunciaron el sistema de la esclavitud, no dejaron de delatar su carácter inhumano, lo cual era una respuesta a la justificación religiosa de la trata no sólo por los negreros sino también por ciertos altos responsables administrativos, como por ejemplo el oidor Francisco de Anuncibay, de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, cuando se trató en 1595 de convencer a la Corona de la utilidad de suministrar la mano de obra servil solicitada por los mineros de 37 Popayán.
40 La décimo cuarta carta de 1635, en el párrafo dedicado a la actitud del rector de San Miguel de Tucumán, patentiza un buen conocimiento del estado psíquico de las víctimas de la trata, adquirido a través de la enseñanza de Sandoval, de la experiencia personal del responsable y, por supuesto, de la docencia: "Les alivia primero de sus sufrimientos corporales, y así ganada la voluntad de ellos los instruye en la religión, los aconseja y los confiesa".
41 Ello suponía una atención sin fallo, subrayaron varias cartas.
No era cuestión de introducir la perplejidad en los esclavos con una ruptura entre las palabras y los hechos.
En Córdoba, afirmó Durán Mastrilli en 1628, el padre que les tenía a su cargo posponía cualquier ocupación, incluso la docencia, cuando era preciso atenderles.
Esta aproximación requería de cierto dominio de sí mismo en algunos casos, como las llegadas de armazones contaminados por epidemias letales.
Cedía luego el paso a lo que llamábamos hace años la "teología de la resignación", que intentaba hacerles admitir su situación a los esclavos, tratados con "cariño" por los padres, expresión extraída de la décimo cuarta carta de 1635-1636.
Convencidos por las prédicas de los jesuitas de Buenos Aires, los negros "hasta se alegran haber caído en esclavitud, por haber ella sido el camino de alcanzar la libertad en Dios".
El énfasis retórico del provincial Diego de Boroa tiene obviamente como propósito ponderar la actuación de sus colegas, acudiendo a la advertencia paulina según la cual la verdadera esclavitud es la del alma.
Estaban conscientes los jesuitas de que era mucho pedir.
Por eso proponían a los esclavos no sólo una esperanza en el más allá (¡tan largo me lo fiáis!), sino un proceso de compensación en este valle de lágrimas que les brindaba la liturgia católica.
Les parecía a los jesuitas muy idóneo valorizarles de esta manera, permitiéndoles participar del "aparato" de las procesiones como dijo Durán Mastrilli el 12 de noviembre de 1628 a propósito del colegio de Córdoba.
Así se rompía la soledad de la esclavitud, destructora para seres tradicionalmente acostumbrados a una vida colectiva.
42 Se trataba 40 "... y, como ignorante no hago escrúpulo de sacar como quiera negros de Guinea para los cristianar; y como veo cristiano un negro me alegro con San Pablo, aunque sea la servidumbre la ocasión, y téngola por dichosa cuando acarrea al racional tanto de felicidad y le pone en camino de la salvación..."; Francisco de Anunzibay, "Discurso sobre los negros que conviene se lleven a la gobernación de Popaián, a las ciudades de Cali, Popaián, Almaguer y Pasto" (1592), Anuario colombiano de Historia Social y de la Cultura I, Facultad de Filosofía y Letras, Bogotá, 1963, págs. 197-208.
de fomentar el surgimiento de una nueva psicología por medio de estas manifestaciones multitudinarias, frente al desprecio de la sociedad colonial.
Boroa se refirió el 13 de agosto de 1637 a "la esplendidez del culto, desarrollado en especial con ocasión de los funerales de un cofrade".
Estas ceremonias intentaban poner a los negros a la altura de los amos, haciéndoles compartir, por lo menos en estas circunstancias, la dignidad de hermanos de Cristo, lo cual, dentro de la mentalidad de la época, no era poca cosa.
Oñate, en el párrafo de la carta de 1617 consagrado al colegio de Córdoba, aclaró la motivación de la metodología de sus colegas frente a esta "gente incapaz".
Les tocaba romper las barreras del rechazo y suscitar lazos de confianza que facilitasen el endoctrinamiento, "el que conociendo ellos se vienen casi todos a confessar con nosotros".43
En esta aproximación era de primera importancia la comunicación.
No desaparecía la incomodidad con el tiempo, debido a la soledad de los esclavos y al descuido de sus amos, que se interesaban por ellos como instrumentos de trabajo, lo cual necesitaba tan sólo un intercambio mínimo.
De creer a Torres Bollo en la quinta carta anua del 8 de abril de 1614, la incomprensión mutua explicaba el desinterés del clero de Córdoba.
44 El problema era básico desde el punto de vista canónico: admitir esta incomprensión como algo imposible de mejorar, dado el incesante flujo del esclavizaje, hacía correr el riesgo de otorgar los sacramentos a personas indebidamente preparadas, y podía desembocar en el sacrilegio.
Así lo notificó Vázquez Trujillo, tratando del colegio de la Rioja en la décimo tercera carta de 1628-1631.
45 Los padres, con mucho optimismo, se mostraron dispuestos muy temprano a adoptar el procedimiento usado para los indios; a saber, el empleo de las lenguas vernáculas en materia de enseñanza religiosa.
Aparece en 1609 esta determinación en un memorial de Juan Darío, rector del colegio de Santiago del Estero, según el cual todos los padres y hermanos aprendían las lenguas de los indios y de los negros.
46 Lástima que el documento no se demorara más en este tema, facilitando detalles sobre los idiomas aprendidos y los métodos de aprendizaje.
Los jesuitas de Santiago del Estero, como los de Cartagena, se valdrían de la ayuda de esclavos ladinos para elaborar una "doctrina cristiana" con las oraciones y los principales aspectos del dogma traducidos a dichas lenguas que, dada la procedencia de la mayoría de los negros, pertenecerían al área bantú.
Pero el hecho de que todos, padres y hermanos, se dedicaran a este aprendizaje nos deja algo escépticos en cuanto a su rentabilidad.
Sin embargo, la sexta carta anua con fecha de 12 de junio de 1615 afirmó para el colegio de Santiago de Chile que la doctrina se impartía los domingos a los indios y negros "según su respectiva lengua".
47 Fundamenta nuestra duda lo estipulado por Durán Mastrilli en la duodécima carta anua del 12 de noviembre de 1628.
En ella, como sabemos ya, el provincial escenifica los efectos de la terrible epidemia de 1627 entre los esclavos de Buenos Aires, insistiendo en lo arduo de la comunicación entre jesuitas y enfermos.
Se superó la dificultad con la ayuda de un hermano estudiante que estaba aprendiendo su lengua, lo cual prueba que los padres todavía no eran muy hábiles en este dominio, y la de negros ladinos que servían de intérpretes.
48 Sin embargo, pronto habrían adelantado los conocimientos mínimos de los padres, de modo que dos de ellos, que pertenecían al colegio de Córdoba, pudieron dirigirse en 1631 a los esclavos de los obrajes ubicados fuera de la ciudad.
49 El mismo documento, en lo que correspondía al colegio de Santa Fe, hizo hincapié en los progresos efectuados por el establecimiento, merced a la mediación del rector Pedro de Elgeta.
50 Cabe ahora preguntarse por los resultados de los esfuerzos de Torres Bollo.
Fue él quien instauró el recurso a intérpretes negros en Cartagena de Indias y obró desde La Plata por la elaboración de las Oraciones traducidas en lengua del Reino de Angola, a partir del manual del jesuita portugués Mateo Cardoso destinado a la enseñanza en Angola, publicadas en Lima en 1629, y que todavía no hemos podido encontrar.
Camino de Angola, Cardoso pudo dejar unos ejemplares de su Doutrina en Brasil.
Habida cuenta de las relaciones entre la colonia portuguesa y Buenos Aires, no les resultaría muy difícil a los padres del colegio porteño tener uno de ellos a su disposición, o por lo menos una copia.
51 La duodécima carta de Durán Mastrilli del 12 de noviembre de 1628 alude a las estrechas relaciones mantenidas por el colegio de Buenos Aires con los jesuitas portugueses de Brasil, algunos de los cuales se encontraban precisamente en dicho establecimiento cuando estalló la epidemia de 1627.
52 Prestaron sus servicios para atender a los esclavos posiblemente valiéndose de sus conocimientos en "lengua de Angola", es decir, en Kikongo.
53 Otro padre del colegio, Lope de Castilla, se puso al trabajo, según el provincial Francisco Vázquez.
Compuso un "arte y vocabulario" que se repartió en los colegios de la provincia.
54 Es posible que se confundiera con un manual que se estaba preparando bajo las órdenes de Torres Bollo.
Pero no llegó a publicarse.
Las congregaciones de negros
Uno de los recursos usados por los jesuitas para facilitar la progresión de los negros en la práctica religiosa era, hemos dicho, su integración en cofradías ubicadas en los colegios que permitían una mejor vigilancia.
El 17 de mayo de 1609, en la primera carta anua escrita desde Córdoba, aseveró Torres Bollo que tales estructuras existían no sólo en el colegio de la ciudad sino también en los de Santiago de Chile y Santiago del Estero.
El 8 de abril de 1614, en la quinta carta, se hizo más preciso en cuanto a Córdoba.
Por supuesto esta estructura tenía como finalidad la enseñanza de la doctrina que se impartía los domingos, con las dificultades expuestas más arriba.
Si no pasamos por alto la referencia, recurrente en las siguientes cartas, al abandono de los negros por sus amos, se adivina que el deseo 51 Para más sobre los jesuitas y la "lengua de Angola", véaseTardieu: L'Eglise et les..., págs. 523-550, o "Los jesuitas y la «lengua de angola» en Perú (siglo XVII)", Revista de Indias, 1993, vol. LIII, núm. 198, págs. 627-637.
52 Las relaciones remontaban a los primeros años de la presencia de los jesuitas en el territorio.
En abril de 1587 llegaron a Córdoba misioneros mandados por el provincial de Brasil, y entre ellos dos portugueses, Manuel Ortega y Esteban Grao.
El primero integró la provincia peruana y el segundo volvió a Brasil. de los jesuitas era crear una psicología de grupo que les permitiera a los esclavos superar sus inhibiciones y progresar con más facilidad en la fe.
El 17 de febrero de 1620 confirmó Oñate la existencia de una congregación de morenos -ésta era la apelación oficial de las cofradías controladas por los jesuitas-en el colegio de Santiago de Chile, al lado de las de los españoles, de los estudiantes y de los indios.
En San Miguel de Tucumán la cofradía de negros decayó con el tiempo, por motivos comentados más arriba.
Pero, según Vázquez Trujillo, entre 1628 y 1631 los jesuitas reanudaron sus esfuerzos para restablecerla.
La componían negros de Angola que servían en la ciudad y en la gobernación.
En 1617, Oñate, recalcando el abandono de los negros, manifestó que la cofradía de negros del colegio de Córdoba era la congregación que más había progresado.
Con alicientes de tipo material evocados anteriormente, se granjeó la benevolencia de los esclavos.
56 Sería vano creer que las cofradías de negros de los colegios eran estructuras de acceso abierto, meras asociaciones de autovalorización y de ayuda mutua, con un control religioso más o menos eficaz, como ocurría en otros conventos.
57 La décimo cuarta carta anua de 1635-1637 explicitó los criterios adoptados por la Compañía, por lo menos en el colegio de Buenos Aires.
Sólo se admitía en la congregación, después de una larga prueba, a los negros "de sólido carácter".
58 Vale la pena demorarse en esta descripción muy significativa de la finalidad rebuscada por los regulares.
Se las arreglaban para que el ingreso en la cofradía fuera sentido como una promoción en el dominio espiritual, de ahí una selección de los miembros cuyo comportamiento había de proponerse como ejemplo.
El resultado era una emulación que brindaba la posibilidad de seleccionar a los elementos más seguros como vectores del control ideológico.
En la misma carta, los datos propuestos acerca de las congregaciones marianas de indios y morenos del colegio de Santiago del Estero permiten entender mejor la voluntad de los padres.
Acudíase a la generosidad de los congregantes, motivados de la manera que acabamos de ver, para realzar el boato de las ceremonias con "ornamentos sagrados de plata y seda", lo cual contribuía al prestigio de Experimentarían los cofrades negros una grata sensación de compensación a su miseria física y moral, que evocan las cartas, y de agradecimiento para con aquellos que les permitían participar de la exaltación cristiana.
Pero había más: se hacían conscientes de que la cofradía era cosa suya.
Surgía, pues, un fenómeno identitario que les ataba a ella de un modo seguro.
Otra prueba del acierto de los jesuitas en el dominio psicológico.
La "reformación de vida"
Para que se cerciorase el prepósito general de estos avances, algunas cartas se explayaron en lo que llamaban la "reformación de vida".
Daremos unos ejemplos, el primero sacado de la carta anua de Oñate de 1617 con referencia al colegio de Córdoba.
El provincial enfatiza en la ruptura suscitada en el comportamiento de una negra por la enseñanza inculcada en la cofradía.
Además de resistir a las solicitudes de un sacerdote precedido por su mala reputación para llegar a sus fines, esta mujer le escarmentó de una manera paradógica, en una inversión de valores significativa de la opinión que tenían los jesuitas de la actitud del clero secular respecto de los esclavos:
Una negra que auia sido distrahida se reformo de suerte que procurandola un sacerdote resistio e insistiendo el en su perverso intento con ser negra no muy ladina ni capaz como si fuera una santa de mucha capacidad le dio una reprehension diciendole que tuviese verguença y temor de dios, que como diciendo missa, y tomando a Jesuchristo en sus manos se atrebia a pretender aquello y abreuiando raçones con su corto caudal le dixo que se fuesse noramala, y pues era sacerdote viuiesse como tal, y con esto le despidio dejandole que roer para hartos dias, y que una negra de Etiopia medio boçal predicase a un sacerdote de Christo.
No sería muy azaroso pensar que dicho suceso se expusiera en el colegio de Córdoba como uno de los ejemplos dignos de imitación (los "exempla"), exaltando así a la "negra de Etiopía medio boçal" que supo adoptar una actitud digna de "una santa de mucha capacidad".
Este proceso era muy lisonjero para la mentalidad de los congregantes, acostumbrados al desprecio.
Y, por si fuera poco, el instrumento de la tentación no era nada menos que un sacerdote: huelga insitir en la dinámica compensatoria de la inversión.
Pero no es de descartar el significado de la experiencia en un segundo nivel: los negros sólo podían fiarse de los jesuitas para progresar en el camino hacia Dios.
Así que la anécdota se inserta en el contexto de rivalidad a que hemos aludido más arriba.
Muy parecido es el caso evocado por la décimo cuarta carta de 1635-1637, más expresiva de la reforma que acarreó al parecer la enseñanza impartida por los jesuitas:
Así cierto individuo había comprado una negra de Angola, para abusar de ella libidinosamente; haciéndole comprender a la pobre, que tenía derecho de hacer con ella lo que quería.
Quitósele a ella esta idea, y queriendo el malvado otra vez abusar de ella, le replicó aquella, en forma airada.
¿No tienes vergüenza, miserable, de hacer traición al matrimonio?
¿Te importa tan poco la salvación de mi alma, que a toda costa quieres que me vaya juntamente contigo al diablo?
¡Qué vergüenza para un cristiano!
Te aseguro que cuando todavía yo estaba en Angola, era lo bastante tonta, para que me pudieses engañar.
Pero ahora sé que la ley cristiana prohibe tal cosa, y prefiero morir mil veces antes de faltar contra ella.
60 No es ninguna casualidad si ambos ejemplos atañen a la explotación sexual de parte de la clase dominante, muy común en el Nuevo Mundo: no faltan los pleitos en los archivos de las Reales Audiencias que exponen las quejas de las víctimas.
Los jesuitas, si nos referimos a estos documentos, no se quedaron indiferentes frente a este problema que tocaba a la dignidad del individuo en su dimensión más íntima.
Para ellos la cristianización les permitía a los negros encontrar la verdadera libertad, que consistía en librarse del pecado resistiendo a la tentación.
Precisamente la segunda relación insistió en la objetivación de la mujer, y, si bien reanuda la misma idea de exaltación, su formulación enfática, de tipo obviamente teatral, deja suponer que, a partir de la anécdota, se elaboró en el colegio una verdadera escenificación con una finalidad didáctica.
La duodécima carta de Durán Mastrilli de 1628 alude también a la "reformación de vida" integrando con más nitidez al negro en el plan divino.
La Providencia no les negaba señales de su benevolencia a estos seres, instruidos por los jesuitas.
Ocurrió que un negro no vaciló en despertar a una hora indebida a un padre del colegio de Córdoba para que le confesase después de una visión premonitoria:
Le dijo el negro que aquella noche durmiendo le pareçio allarse en su tierra donde vio un incendio espantoso de fuego en que muchos se estaban horriblemente abra-sando entre los quales conocio a su madre que padecia aquel tormento, y quel entre otros muchos de su tierra iva por el camino que venia a dar en aquel paraje, mas que dos Padres de la Compañía le asieron del brazo y con grande imperio le divirtieron para otra parte y atemoriçado con esta vision luego en madrugandose avia venido a confesar.
61 Se intuye que este sueño nació de la fuerte impresión que dejaban en los esclavos los sermones sobre el castigo del fuego eterno.
Además solían los padres ayudarse con cuadros que exponían escenas parecidas.
Así lo hacía más tarde Francisco del Castillo en las predicaciones dirigidas a los negros del Baratillo en Lima.
Comentaba cuadros que representaban la muerte, el infierno donde sufrían los condenados, y al pecador dominado por los siete pecados capitales.
62 No carece de interés la dimensión subjetiva introducida por la referencia a la madre del negro de Córdoba a quien éste vio arder en el infierno.
En todas las civilizaciones del África donde impera la poligamia, la madre merece un sitio sin par en el corazón de sus hijos; de ahí la proyección onírica suscitada por el terror.
Al fin y al cabo la salvación del alma de este negro, y de sus parecidos, pasaba por una drástica ruptura con el pasado, simbolizada por la intervención de los jesuitas.
En este caso como en los otros dos, no es muy arriesgado afirmar que los padres de Córdoba sacaron el mejor provecho pedagógico de este suceso que, dejando aparte la evocación de la madre, parece muy convencional.
No cabe duda de que se encontrarían alusiones parecidas en documentos del mismo carácter.
Los diferentes responsables de la provincia del Paraguay, Tucumán y Chile, en los informes dirigidos a la curia generalicia de la Compañía en los primeros decenios del siglo XVII, conceden un protagonismo a los negros difíciles de entender sin conocer el contexto histórico.
El flujo de la trata negrera con Angola, añadiéndose al intenso contrabando con Brasil hizo que, como en el Nuevo Reino de Granada, los padres se vieran obligados a atender a sus víctimas.
Pero Diego de Torres Bollo, además de valerse de la experiencia personal adquirida en Cartagena de Indias, supo adaptarse sacando provecho de la de sus colegas del Brasil vecino con quienes estaba relacionado el colegio de Buenos Aires.
Los jesuitas, debido a la estructuración de su orden, eran los únicos con el poder para asentar la doctrina de los negros en el conjunto continental.
Las cartas anuas de la provincia manifiestan su capacidad de adaptación en materia de enseñanza, con el recurso a la "lengua de Angola", tomando en cuenta la unidad de procedencia de los esclavos.
63 Ilustran también cómo en su ministerio los operarios de negros no dejaban nada al azar, fundamentando su metodología en un buen conocimiento de la psicología de los esclavos para controlarles del mejor modo, pese a los impedimentos amontonados por la sociedad colonial. |
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LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ En octubre de 1942 Manuel García Fernández, propietario del ingenio Bella Vista (Tucumán) 1 y presidente de la Unión Cívica Radical (UCR) 2 de esa provincia, celebró el triunfo electoral del candidato a gobernador de su partido.
Sostuvo que la victoria de la UCR en Famaillá, departamento en el que se radicaba el establecimiento fabril, demostraba «que la fuerza que hemos constituido no se ha desconectado de la masa radical sino que, por el contrario, ha consultado sus orientaciones».
3 Sin duda, parte sustancial de la fuerza constituida remitía al liderazgo político que fraguó en el pueblo aledaño al ingenio, donde logró articular una densa trama relacional permeada por los vínculos productivos agroindustriales y volcada masivamente al radicalismo.
El triunfo en el circuito Bella Vista 4 fue elocuente, los 1.749 votos alcanzados por esta fuerza lo distanciaba de los 494 obtenidos por el Partido Demócrata Nacional (PDN), a cargo del gobierno nacional, y los 257 votos del Partido Socialista (PS).
5 Hombre acostumbrado a las victorias, nada le hacía prever su inminente retiro de la política y el ciclo de derrotas radicales que se avecinaba.
El golpe de Estado de junio de 1943 significó un paréntesis en la vida institucional.
Posteriormente, la irrupción del peronismo implicó una sensible transformación en las lealtades políticas de la sociedad bellavisteña.
Basta recordar que en las elecciones presidenciales de febrero de 1946 la candidatura de Juan Domingo Perón 1 La provincia de Tucumán se ubica en la región Noroeste de Argentina.
IV Censo General de la Nación, Buenos Aires, Dirección Nacional del Servicio Estadístico, 1947, I, 430-431 (disponible en https://www.santafe.gov.ar/archivos/estadisticas/censos/ censo1947.pdf).
El ingenio Bella Vista fue una nítida expresión del desarrollo azucarero tucumano de fines del siglo diecinueve.
Fue fundado en 1882 por los inmigrantes españoles José y Manuel García Fernández en un paraje ubicado a 25 kilómetros al sudoeste de San Miguel de Tucumán, centro administrativo y comercial de la provincia.
2 La UCR fue fundada en 1891 en oposición al régimen conservador dominado por el Partido Autonomista Nacional.
De bases sociales y programáticas heterogéneas, entre sus ejes identitarios pueden destacarse la defensa de las instituciones republicanas y la reivindicación de los derechos establecidos en la Constitución Nacional de 1853.
Luego de un período en el que la UCR combinó la política de abstención y participación electoral con el desarrollo de movimientos revolucionarios para derrocar al gobierno conservador, alcanzó el poder en 1916 de la mano de Hipólito Yrigoyen y gobernó el país hasta 1930, cuando este presidente fue desalojado del poder por un golpe de Estado.
4 En términos electorales Tucumán se dividía en 11 departamentos y 130 circuitos.
Bella Vista contaba con un total de 2.537 votantes efectivos, lo cual representaba alrededor de un 20 por ciento del departamento Famaillá y un 2 por ciento de Tucumán.
5 El conservador PDN fue fundado en 1931, constituyéndose en una importante fuerza política nacional en la década de 1930.
El Partido Socialista (PS) fue fundado en 1896 y su principal radio de influencia fue la región pampeana.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO concitó 2.181 sufragios, mientras que la alianza partidaria liderada por la UCR cosechó 286 votos.
A fines de los años cuarenta, los recurrentes descalabros comiciales radicales llevaron a un observador a señalar que «ni siquiera los fiscales» votaban por su partido.
6 Este contrapunto constituye un disparador para reflexionar sobre un conjunto de problemas inscritos en la renovada la historia política argentina de las últimas décadas.
En ese sentido, preguntarse por las formas de hacer política en un pueblo azucarero tucumano en la transición entre el radicalismo y el peronismo supone, por un lado, complejizar construcciones asociadas a los dos partidos más importantes de Argentina en el siglo veinte.
Al analizar la construcción de redes partidarias y prácticas políticas de la UCR en una localidad agroindustrial del noroeste, el artículo abona a un campo poco transitado por la historiografía, que privilegió el estudio de la expansión radical en clave urbana y pampeana, particularmente para el período 1916-1930.
En esta dirección pueden subrayarse los clásicos trabajos de David Rock (1977) y Joel Horowitz (2007) sobre las redes partidarias en la capital federal y su articulación con las formas de patronazgo desplegadas por el Estado y asociadas al otorgamiento de empleos públicos.
Entendemos que las preocupaciones que guían este texto contribuyen a comprender las dinámicas y particularidades que asumió la construcción política del radicalismo en zonas agroindustriales, especialmente en las comunidades laborales.
Por otro lado, el artículo ofrece aristas para repensar la emergencia del peronismo en el interior del país, en consonancia con las producciones compiladas por Darío Macor y César Tcach (2003), y recuperar el desafío, planteado por Raanan Rein (2009), de transitar «de los grandes relatos a los estudios de pequeña escala».
En efecto, el análisis de la trayectoria del peronismo en Bella Vista permite ponderar la fuerte impronta sindical en el despegue y consolidación del movimiento, en contraste con la gravitación que el radicalismo y el conservadurismo tuvieron en otras latitudes.
Esta marca de origen posibilita escudriñar, entre otros tópicos, las tensiones asociadas a la construcción de nuevos liderazgos, las aspiraciones de exclusivismo político impulsadas por el naciente gremialismo, las disputas por el control partidario desatadas con otros actores, así como los canales de resolución de la conflictividad local.
En segunda instancia, la reducción de la escala de observación y la perspectiva «a ras del suelo» 7 procura desandar construcciones que LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ asociaron la política en las comunidades laborales como «una consecuencia automática de las relaciones de lealtad y obediencia derivadas directamente de las relaciones de producción»,8 al tiempo que permite indagar cómo la dinámica local se «redefine y se ve redefinida por los cambios y permanencias de ese universo macro en cuyas tramas se referencia».9 Esta mirada centrada en los actores y las prácticas constituye una privilegiada estrategia metodológica para acercarnos a la construcción social del poder y las formas cotidianas de hacer política.
La elección del recorte temporal, en el tránsito del radicalismo al peronismo, permite analizar la reconfiguración de las redes partidarias locales, la transformación de los liderazgos y sus anclajes sociales, así como la articulación de organizaciones de base que marcaron el pulso de las prácticas y dinámicas políticas.
En tal sentido, el artículo argumenta que durante el ciclo de gobiernos radicales en Tucumán (1935-1943) se consolidó en Bella Vista un entramado partidario que, liderado por la patronal, apuntaló la trayectoria política del propietario y algunos empleados jerárquicos e involucró, de diversas formas, a los trabajadores del ingenio.
El golpe de Estado de 1943 y, más tarde, el triunfo del peronismo, erosionaron la hegemonía radical y provocaron el repliegue de las redes partidarias vinculadas a la patronal.
En ese marco se produjo un reordenamiento de los liderazgos locales y de la dinámica política, asociados al novel protagonismo sindical y a la identificación de la comunidad local con el movimiento liderado por Perón.
El afianzamiento político de los obreros y sectores medios engendró niveles de conflictividad que, lejos de representar un signo de debilidad, remitían a un movimiento en franca expansión.
El campo político bellavisteño en los años treinta: la centralidad de las redes lideradas por la patronal
En 1934 la UCR de Tucumán se convirtió en la primera filial del partido en reincorporarse a la lucha electoral tras el golpe de Estado de 1930, abandonando la estrategia abstencionista adoptada por el Comité Nacional como respuesta a la política hostil del gobierno.
10 El triunfo de la UCR de Tucumán en las elecciones legislativas y ejecutivas abrió paso a un ciclo de HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO gestiones radicales (1935-1943), que contrastó con un mapa político nacional dominado por la Concordancia.
En ese marco, el propietario del ingenio Bella Vista y sus colaboradores más estrechos participaron activamente en la vida pública y accedieron, a través de la UCR, a puestos de influencia en el mapa político provincial y nacional.
En 1923 Manuel García Fernández asumió el mando del establecimiento fabril, en razón del fallecimiento de su progenitor, iniciándose en las lides políticas como diputado provincial por el departamento Famaillá (1922-1930).11 Durante el ciclo de gobiernos radicales de los años treinta García Fernández ocupó los cargos de senador -provincial y nacional- (1936-1943) y presidente de la UCR (1938-1943), erigiéndose en una figura central del tablero político tucumano.
Su principal aliado político fue Arturo Álvarez, administrador del ingenio.
Al igual que García Fernández, la trayectoria de Álvarez en el radicalismo se inició durante los años veinte, alcanzando a partir de 1934 un lugar preeminente en la escena política tucumana.12 En su carácter de presidente del Senado (1936-1943), primero en la línea de sucesión del gobernador, ejerció interinamente la magistratura provincial en repetidas oportunidades.
Ambas trayectorias recuperaban una tradición característica del empresariado azucarero tucumano desde finales del siglo diecinueve, cifrada en la ocupación de puestos de influencia en los partidos, el aparato administrativo provincial y la asunción de cargos parlamentarios nacionales como una vía para la defensa de los intereses industriales y la promoción de medidas asociadas a los departamentos azucareros.
13 Las carreras políticas de García Fernández y Álvarez tuvieron un anclaje eminentemente local, punto de partida que les permitió proyectarse en la escena provincial y nacional.
En este sentido, los lugares de preeminencia social que ostentaron como propietario y administrador del ingenio les permitieron articular un repertorio de prácticas que involucraron a la LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ comunidad bellavisteña en diferentes formas e instancias de la política.
14 Como un profeta en su tierra, García Fernández construyó una densa red social modelada por la impronta de las jerarquías socio-laborales características del pueblo azucarero.
Por su parte, las funciones que asumió Álvarez en la estructura laboral del ingenio coadyuvaron al afianzamiento de su carrera política.
Como director del hospital (1916-1930) desempeñó un rol destacado en la sociedad bellavisteña, su función no solo se limitaba a velar por la salud de obreros y empleados, también intervenía en el otorgamiento de licencias, pensiones y otros beneficios proporcionados por el ingenio a sus trabajadores.
Como administrador (1930-1943) representó la cara visible de la patronal frente a los dependientes de la fábrica y los vecinos del pueblo.
En los ingenios «todas las funciones de coordinación y contralor fluían de forma ascendente hacia la cabeza del establecimiento» representada por el administrador, quien contaba con la colaboración de jefes de fabricación y cultivo, mayordomos y capataces.
15 El administrador sintetizaba la presencia e intereses del propietario en la cotidianeidad laboral y comunitaria, era el encargado de supervisar los procesos y ritmos productivos y coadyuvar al sostenimiento del orden social.
Concomitantemente a estos roles, Álvarez lideró ámbitos de sociabilidad obrera organizados desde la patronal con el fin de promover formas de ocio y modelar sentidos de pertenencia asociados al ingenio.
En los años treinta fue presidente de los clubes Social de Empleados y Obreros y Sportivo Bella Vista.
El primero encarnaba el lugar de reunión por antonomasia de las familias acomodadas de la comunidad (empleados jerárquicos y obreros calificados, comerciantes, funcionarios locales), destinado a actividades recreativas (cartas, billar), funciones de teatro, bailes y eventos sociales de diferente índole.
Este espacio de matriz excluyente convivió con otros de mayor integración comunitaria.
Tal fue el caso del club Sportivo, dedicado a la práctica de diversos deportes y juegos (fútbol, básquet, bochas, palitroque), el cual fue alentado por García Fernández a través de donaciones de tierras y contribuciones monetarias y fue sostenido con los descuentos aplicados al salario de los trabajadores.
En su plantel futbolístico, cuyo distintivo rojo y blanco recuperaba los colores tradicionales de la 14 Los pueblos azucareros configuraron comunidades laborales jerarquizadas y contrastantes.
En la cima de la pirámide socio-laboral se ubicaban el propietario y el administrador del ingenio, secundados por empleados jerárquicos, técnicos y personal administrativo.
Más abajo se hallaban los obreros permanentes, ya fueran de fábrica o surco.
El último eslabón de la cadena productiva eran los obreros temporarios.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO UCR, se entremezclaron obreros, empleados y jugadores contratados por el establecimiento, impronta policlasista refrendada con la asistencia masiva a sus presentaciones.
16 Centradas en García Fernández y Álvarez, las redes de interacción política lideradas por la patronal involucraron un denso entramado de actores, provenientes mayoritariamente de la estructura laboral azucarera.
Con diferentes grados de responsabilidad, empleados del ingenio y arrendatarios de tierras propiedad de la fábrica se sumaron al radicalismo y participaron activamente en la vida política local y provincial entre 1934 y 1943.17 Asimismo, un conjunto importante de empleados del ingenio activaron centros y comités18 del partido en Bella Vista y los circuitos electorales aledaños, alrededor de la mitad de ellos militaron en diferentes instancias del radicalismo a lo largo de la década de 1930.
19 Esta capilaridad política los involucró, con disímiles grados de compromiso, en las faenas preelectorales y la dinámica asociativa local.
Superando los márgenes de la comunidad laboral azucarera, pero en estrecha vinculación con ella, también identificamos numerosos actores de la sociedad local (comerciantes, empleados de actividades terciarias) que participaron en el entramado partidario de la mano de García Fernández y Álvarez.
20 La urdimbre liderada por el propietario del ingenio se potenció a través de la alianza con los poderes públicos locales, hecho que gravitó en la dinámica política bellavisteña.
En consonancia con lo señalado para otras comunidades laborales de Argentina, 21 los representantes del Estado en los pueblos azucareros solían erigirse en aliados estratégicos de los empresarios a la hora de arbitrar en los conflictos locales y prestar su colaboración en tareas ajenas a su función pública, tales como el proselitismo político.
Contar con un comisario aliado implicó, por ejemplo, valerse de la fuerza LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ pública para sofocar protestas obreras, como sucedió en junio de 1919 en el ingenio Bella Vista.
22 Por el contrario, la presencia de funcionarios adversos al signo político del industrial generó conflictos, como sucedió en el ingenio San Juan, cuyo propietario, enrolado en el radicalismo, denunció que el comisario intimidaba a los votantes en razón del «compromiso» asumido con un partido rival.
23 Cabe señalar que la presencia de funcionarios locales (comisario, juez de paz, comisionado de higiene y fomento) afines a los intereses del establecimiento dependía de la buena voluntad de las autoridades provinciales, quienes controlaban las designaciones.
24 De allí que la patronal bellavisteña no escatimara recursos ni gestiones a la hora de obtener el favor estatal en los nombramientos, como se desprende de la correspondencia entablada entre Manuel García Fernández y su padre en 1919.
25 Desde 1935, la influencia de la patronal en el gobierno radical le aseguró la presencia de funcionarios afines, quienes colaboraron en las tareas electorales.26 En respuesta, los partidos opositores denunciaron que el comisario del pueblo y sus colaboradores se «hallaban entregados» al radicalismo en la campaña electoral de octubre de 1942, connivencia que los llevaba a intimidar a los dirigentes opositores y tolerar prácticas de juego clandestino y episodios de violencia protagonizados por los radicales.
27 Las redes lideradas por la patronal también se proyectaron en las actividades y dinámica de los centros y comités partidarios, que visibilizaron la relevancia de García Fernández y sus allegados en la política bellavisteña.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO
Como señalamos, una de sus expresiones fue la participación de empleados del ingenio en las comisiones directivas, destacándose, por ejemplo, la presencia de Juan Mena (enfermero del hospital), Ramón Blanco y Ramón Castro (empleados jerárquicos) y Juan de Boeck (obrero calificado).
Nos detendremos en Mena, en tanto sintetiza el nexo entre la jerarquía laboral y la actividad política liderada por la patronal.
Como enfermero del ingenio, Mena se relacionaba estrechamente con los médicos y el director del nosocomio bellavisteño, representantes de los propietarios, y con los trabajadores de la fábrica y de las colonias agrícolas ubicadas en la periferia del pueblo.
Sus actividades en el hospital y las dispensadas en su domicilio particular, situado en los lindes del casco urbano de Bella Vista, lo vinculaban cotidianamente con obreros, empleados y vecinos del pueblo.
En efecto, la residencia particular de Mena fue un punto de reunión para los bellavisteños y sede habitual de comités radicales, lo cual se explica por la naturaleza de su labor profesional y por las características de su vivienda, que poseía un terreno extenso dotado de una parrilla y un espacio destinado a la práctica de la taba y las bochas, entretenimientos populares de gran difusión en el mundo rural.
28 Su posición estratégica en la comunidad y sus lazos con la patronal potenciaron la participación de Mena en la dinámica política local: presidió comités del partido en las campañas de 1934 y 1937 y fue electo convencional provincial 29 por el departamento Famaillá (1942).
30 La trayectoria de Mena puede interpretarse en consonancia con la caracterización de Mirta Lobato sobre la comunidad obrera de Berisso (Buenos Aires), donde médicos y abogados «ayudaban a mantener los lazos políticos con la población en su conjunto y con los obreros» ofreciendo servicios que constituían un camino «para forjar adhesiones y lealtades» partidarias.
31 Otra variable que reafirmó la centralidad política del industrial y sus allegados se expresó en las denominaciones de algunos comités, que fueron bautizados con los nombres de García Fernández, Álvarez y Julio César Romano (médico del hospital y dirigente radical).
32 Además de escenificar un reconocimiento y adhesión simbólica a figuras representativas de 28 Entrevista a Manuel Valeros realizada por Leandro Lichtmajer, Tucumán, 3 de junio de 2013.
29 La Convención Provincial, formada por delegados de los departamentos, era el órgano máximo del partido en la provincia.
LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ la comunidad, es factible explicar estos nombramientos con razones más pedestres, como el patrocinio económico brindado a las entidades.
A este argumento abona la inclusión sistemática de García Fernández, Álvarez y otros empleados jerárquicos del ingenio en las comisiones honorarias, actitud que refrendaba el reconocimiento a los impulsores y sostenedores materiales de los comités.
33 La participación de los trabajadores en las redes partidarias tendió a ubicarse en un plano activo pero subalterno.
La dinámica política reprodujo, con matices, el paternalismo que caracterizó la relación entre la patronal y la comunidad laboral;34 como contrapunto, el conjunto obrero pudo canalizar expectativas y demandas.
35 En este contexto de preocupaciones, la integración de los trabajadores en el entramado radical bellavisteño fue alentada: algunos obreros calificados ocuparon puestos intermedios en la estructura partidaria, como miembros de los comités o convencionales provinciales.
36 Por otro lado, el conjunto obrero nutrió los actos partidarios y electoralistas, como sucedió en la reunión que el comité «4 de febrero» realizó en Bella Vista en 1934, en la que se ofreció a los concurrentes un «asado con cuero», o su presencia en la carrera de ciclistas organizada en 1942 por el centro «Arturo R. Álvarez».
37 Finalmente, la movilización de contingentes obreros el día de las elecciones constituía un eslabón en la cadena de prácticas partidarias y comiciales que, organizadas por la patronal, se nutrían de las relaciones paternalistas.
Un trabajador permanente del ingenio, Fronterita, refería que durante las campañas electorales de los años treinta «se reunía la gente en el comité [...] el día de las elecciones ahí estaban.
Daban, ponían autos para votar porque había unas escuelas que estaban retiradas de ahí.
Daban tres pesos por voto: dos de ida y uno cuando volvían con la libreta».
38 Por su parte, fracciones radicales contrarias a García Fernández HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO denunciaron las maniobras de este en un acto de campaña realizado en San Miguel de Tucumán en 1934.
Lo acusaron de «hacer desfilar» a «la gente mandada de Bella Vista» tras ofrecerles un «preludio de beberajes en algunos comités de la ciudad y tabeadas».
Así, aunque el ingenio pagaba «salarios de hambre, sin asistencia social», a cambio del voto proporcionaba una «jornada de turismo urbano» a los trabajadores del establecimiento.
39 Si bien esta caracterización, surgida al calor de la disputa entre las fracciones radicales, enfatiza el rol pasivo de los trabajadores, restándoles capacidad de agencia, cabe señalar que las múltiples implicancias de la política electoral suponían expectativas de reciprocidad que encontraban en los comicios una oportunidad para expresarse.
El triunfo radical en las urnas, al tiempo que revelaba el dinamismo de las relaciones paternalistas, habilitaba a los trabajadores un espacio de negociación avalado por los favorables resultados electorales.
En efecto, los comicios articulaban demandas obreras y los escaños legislativos generaban promesas que podían plasmarse en mejoras para el pueblo: plazas, mercados, bibliotecas y estaciones sanitarias materializaban los alcances de la reciprocidad.
Desde la perspectiva de García Fernández, su participación política procuraba la defensa de los intereses de la industria, en general, y de la comunidad bellavisteña, en particular.
En 1934 afirmó que «era industrial y se honraba en serlo dado que se complacía en declarar que, como tal, había cumplido con los trabajadores del surco dándoles buen salario, instituciones culturales, habitación higiénica, hospital y alimento digno con el concepto de que tal era no solo un deber sino una obligación».
40 Delineaba, de ese modo, una suerte de tutela política de los trabajadores que, en consonancia con la reivindicación del paternalismo empresarial, procuraba diferenciarse de las prácticas de los industriales conservadores enrolados en el Partido Demócrata Nacional (PDN), a las que atribuía un carácter regresivo y coactivo.
41 La configuración de un imaginario que discriminaba las políticas de los industriales radicales y conservadores fue planteada por Ramón Paz Posse, empresario azucarero aliado a García Fernández.
Desde su punto de vista, mientras los propietarios radicales ponían «todo su empeño» en mejorar las condiciones de vida de los trabajadores a través del «estricto cumplimiento» de las leyes sociales y la mejora en las condiciones de vida, los conservadores se empecinaban en mantener una «situación denigrante» 39 Adelante, Tucumán, 14 de diciembre de 1934.
Sobre el rol de los industriales en el PDN véase Parra, 2011.
LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ para la clase obrera.
42 La defensa del rol tutelar de los industriales radicales y su reivindicación frente a sus pares conservadores sintetizaba una autorrepresentación que les atribuía un papel protagónico y enfatizaba la armonía entre los actores azucareros.
Cabe suponer que esta representación se asentaba en los guarismos electorales, que refrendaban periódicamente el liderazgo político de los industriales radicales.
En efecto, los dispositivos señalados afianzaron una aceitada maquinaria electoral que erigió a Bella Vista en un núcleo radical insoslayable de la provincia.
En las elecciones internas de la UCR (mayo de 1934) participaron 1.268 vecinos del circuito y zonas aledañas.
Esta cifra representaba un 50 por ciento de los votantes efectivos en los comicios generales, evidenciando que una de cada dos personas que participaban en las elecciones pertenecía formalmente a la UCR.
43 El volumen de votantes remitía, asimismo, a la capacidad de movilización del partido a nivel local y a la relevancia del circuito en las filas partidarias de Famaillá y del territorio provincial, ya que en Bella Vista se concentraba la mitad de los afiliados radicales del departamento y un 6 por ciento del total de Tucumán.
Como es de suponerse, el marcado predominio radical confinó a los demás partidos a un lugar minoritario del mapa político local.
El principal contendiente era el PDN, dominado en Bella Vista por un grupo de comerciantes acomodados y productores cañeros.
44 Las demás entidades (PS, Partido Agrario) contaron con una influencia limitada.
Estos triunfos electorales ubicaron a la UCR bellavisteña por encima del promedio de votos alcanzado por las listas radicales en el departamento Famaillá y en la provincia.
45 El electorado local reveló una fuerte fidelidad a las orientaciones políticas del industrial y sus lugartenientes.
En los comicios presidenciales de 1937 García Fernández llamó a votar en blanco en señal de protesta por la falta de consenso que obtuvo, dentro del partido, su estrategia de apoyar al candidato de la Concordancia (Roberto Ortiz), coalición enfrentada con la 42 El Orden, Tucumán, 12 de noviembre de 1934.
44 José Gabino Núñez, Pedro Galante, Fernando Juri, Roque Bustos.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO UCR a nivel nacional.
Esta tesitura se impuso en el circuito bellavisteño, alcanzando un 50 por ciento de los votos, contra un 26 por ciento de la lista radical.
46 Si bien el porcentaje de votos en blanco se ubicó algunos puntos por debajo de las candidaturas de la UCR en los comicios de los años previos, su predominio indica que, para gran parte del electorado bellavisteño, el sentido de pertenencia a las redes locales del industrial era más potente que la identificación, un tanto más difusa, con los candidatos nacionales del radicalismo.
La reconfiguración de la política: repliegue industrial y avance obrero
El golpe de Estado de 1943 impuso novedades en las coordenadas políticas nacionales y provinciales, desencadenando múltiples transformaciones en el ámbito bellavisteño.
La intervención federal a Tucumán, decretada por el presidente conservador Ramón Castillo en enero de ese año, puso fin al ciclo de gobiernos radicales, abriendo paso a un breve interregno del PDN.
Cinco meses más tarde, el golpe militar abrió una nueva etapa que repercutió en la dinámica local, poniendo en jaque la urdimbre política tejida por García Fernández durante los años treinta.
En ese marco, una de las innovaciones fue la avanzada de la sindicalización obrera, alentada por la Secretaría de Trabajo y Previsión que, liderada por Juan Domingo Perón, impactó profundamente en la comunidad bellavisteña.
La fundación de sindicatos de base se propagó de forma vertiginosa por los ingenios tucumanos.
En enero de 1944 un centenar de obreros del Bella Vista, evadiendo la mirada de la patronal, organizaron una reunión para fundar su sindicato.
Este nuevo factor de poder local gravitó en las relaciones con la patronal, transformando la dinámica del pueblo y las formas de hacer política.
La nueva presencia tutelar del Estado también se expresó en el reconocimiento de postergados derechos laborales, interpelando las relaciones paternalistas de las comunidades azucareras y cuestionando las prerrogativas de los industriales.
La politización se acentuó con la irrupción del peronismo, movimiento que redimensionó las prácticas de los pueblos al incentivar la participación obrera y promover la llegada de nuevos actores a la escena provincial y nacional.
Como se observará, estas novedades implicaron el repliegue de los empresarios, un sustancial retroceso electoral del radicalismo en la geografía azucarera, así como la reformulación de la participación política de los obreros.
Asimismo, los cambios en LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ el tablero local posicionaron a dirigentes, hasta ese momento distantes del juego político, particularmente gravitante fue el involucramiento de actores vinculados al funcionariado local y al ámbito comercial.
En junio de 1944 los sindicatos de base fundaron la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA), la organización sindical más importante del norte argentino en el período analizado.
En virtud del peso cuantitativo de los afiliados bellavisteños -recordemos que este establecimiento era el segundo más importante del país-, el sindicato local se erigió en un engranaje central de la nueva entidad, posición refrendada con la unción de su líder, José Leguizamón, como primer secretario general de FOTIA.
La sindicalización bellavisteña recuperó las experiencias de organización previas; las instancias de descontento y resistencia que jalonaron a la comunidad; las formas de solidaridad y reciprocidad obrera forjadas en el proceso de proletarización y las postergadas demandas laborales, que el peronismo desató y articuló con el respaldo estatal.
47 En ese marco, el sindicato de Bella Vista interpeló diversas prácticas del paternalismo empresarial al replantear el funcionamiento de la olla popular promovida tradicionalmente por García Fernández.
En junio de 1945 los trabajadores se preguntaron por qué el patrón tenía que «decir qué da de comer a los hijos de sus obreros [...] nosotros necesitamos trabajo y no olla popular».
48 Días más tarde, los obreros se manifestaron por las calles del pueblo exigiendo la sustitución del médico de la compañía por mal desempeño de sus funciones y demandaron la renuncia del comisario y un agente de policía, a quienes acusaron de someter a requisas ilegales a los trabajadores involucrándolos en el robo de azúcar.
49 También discutieron el descuento salarial aplicado por la patronal para el sostenimiento del club Sportivo, finalmente, decidieron que la adhesión era voluntaria y, por tanto, podían renunciar a su condición de socios.
50 En ese contexto, la vertiginosa consolidación de los sindicatos fue resistida por algunos propietarios mediante diversas estrategias como la de prohibir las reuniones en el perímetro de los establecimientos o cortar el suministro eléctrico durante los actos.
Los intentos por frenar el proceso de sindicalización y matizar la conflictividad obrera naufragaron ante el crecimiento exponencial de las organizaciones y por la relevancia que HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO alcanzaron los dirigentes gremiales en la arena política.
51 Los desafíos a la autoridad patronal no se circunscribieron al universo de los trabajadores.
En febrero de 1945 se fundó la Federación de Empleados de la Industria Azucarera (FEIA), representativa de las escalas más altas de la pirámide laboral, aquellas que habían tenido una gravitación sustancial en las redes políticas articuladas por la patronal.
La sindicalización de los empleados conmovió a los industriales, quienes, frente a la huelga declarada por FEIA en julio de ese año, remarcaron el «daño moral» que implicaba esta medida que, devenida de sus más cercanos colaboradores, quebrantaba «el ambiente de armonía y armoniosa comprensión [...] sin necesidad de apelar a otro arbitrio del que surge de la mutua estima nacida al calor de compartidas tareas».
52 Este diagnóstico, que atribuía a la conflictividad social generada por la irrupción peronista un debilitamiento de las relaciones paternalistas que habían caracterizado a la comunidad azucarera durante las décadas previas, fue suscripto por García Fernández en diferentes oportunidades.
Al desarrollarse la extensa huelga obrera de fines de 1949, que paralizó la actividad productiva por sesenta días, el industrial confesó a su hijo, con un marcado tono de desilusión, que «ya ni mi pueblo me quiere», motivo por el cual tenía que «pegarse un tiro».
53 La organización gremial de trabajadores y empleados impactó en el mapa de poder local, cuyo vértice organizativo y dinamizador se había cifrado, casi con exclusividad, en García Fernández y sus allegados.
En la primera comisión directiva del sindicato de obreros del Bella Vista (1944-1945) ocuparon lugares protagónicos algunos miembros del entramado político local de los años treinta.
Tales fueron los casos de José Leguizamón (presidente), Juan Coronel (vicepresidente), Juan de Boeck (prosecretario), Juan Quesada (tesorero) y Luis Silva (vocal).
54 Se trataba de segundas o terceras líneas en el mapa de poder, Coronel y de Boeck ocuparon cargos partidarios en el nivel departamental mientras que el resto formó parte de los comités.
Por su parte, la organización de los empleados fue liderada por estrechos colaboradores de García Fernández.
Por ejemplo, Felipe Salto, juez de paz durante el ciclo de gobiernos radicales de los años treinta, 55 fue 51 Gutiérrez y Rubinstein, 2012, 296.
53 Las transformaciones en el campo político local introducidas a partir del golpe de Estado de 1943 no se limitaron al proceso de agremiación de obreros y empleados.
De manera menos estridente que la irrupción de las organizaciones sindicales, el recambio en los planteles de gobierno desarrollado durante el gobierno militar tuvo amplias repercusiones.
Como en otros distritos de Argentina, uno de los efectos más perdurables del golpe fue la incorporación de funcionarios en diferentes niveles de la administración pública, quienes nutrirían las filas del naciente movimiento peronista.
57 En los inicios del gobierno militar los cambios en la burocracia provincial y local se sucedieron incesantemente.
Los interventores federales y sus colaboradores abastecieron al aparato estatal de un plantel heterogéneo de dirigentes, propios y ajenos al medio tucumano.
En ese contexto cobró relevancia en el tablero político bellavisteño Fernando Riera, cuya designación como juez de paz en enero de 1944 constituyó el punto de partida de una dilatada trayectoria, que lo erigió en un personaje clave de la política local.
Proveniente de una familia de comerciantes acomodados, Riera sintetizó el perfil de la clase media local consolidada al calor del despegue azucarero pero ajena a la influencia directa de la patronal.
Al igual que numerosos exponentes de ese sector, los Riera simpatizaban con el conservadurismo encarnado en el PDN y se identificaban con los valores del catolicismo y el nacionalismo.
Estas condiciones influyeron en el nombramiento de Fernando, por entonces un destacado dirigente estudiantil universitario, en el mencionado cargo.
58 Los cambios en el mapa de poder local introducidos durante el gobierno militar y el empoderamiento de actores ajenos a la influencia de la patronal convergieron con la crisis del partido radical, procesos que socavaron el liderazgo de García Fernández.
57 El peronismo reunió dirigentes de diversas vertientes políticas e ideológicas, que abarcaron a sindicalistas, radicales, conservadores y nacionalistas católicos.
En las diferentes provincias esta amalgama asumió modalidades propias, primando en Tucumán el peso de la rama sindical.
Tras cursar los estudios secundarios en el colegio Nacional Bartolomé Mitre, ámbito de formación de la clase dirigente tucumana, inició la carrera de abogacía en la Universidad Nacional de Tucumán.
Las oportunidades abiertas por el golpe de Estado lo inclinaron a abandonar los estudios y volcarse a la política.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO clima de ideas refractario al ciclo político cerrado en 1943 recrudecieron las críticas hacia el radicalismo y, en este contexto, uno de los blancos privilegiados fueron los industriales.
Las impugnaciones a este sector también nacieron del propio seno partidario, la presencia de los empresarios en el partido fue cuestionada y, a tono con el clima de polarización política y social de 1945, su marginación se convirtió en leitmotiv del propio radicalismo.
59 Las demandas de recambio dirigencial orientadas a promover la inclusión de afiliados desvinculados del poder azucarero, visibles desde los años treinta y amplificadas en el nuevo escenario, marcaron el pulso partidario.
Sumida en este debate interno, la UCR tucumana atravesó el período comprendido entre la prohibición de los partidos y el inicio de la campaña electoral (enero de 1944 a noviembre de 1945) en un estado de quietud que repercutió en los departamentos agroindustriales.
En contraste con la febril actividad desarrollada por los dirigentes peronistas, en las zonas de concentración de ingenios el radicalismo sufrió un sensible desgranamiento.
La pérdida de apoyos de la UCR en los distritos azucareros se reflejó en la fuerte caída de afiliados que participaron en las elecciones internas en diciembre de 1945.
60 En este clima de polarización política y crisis partidaria, García Fernández y sus hombres de confianza se mantuvieron al margen de la vida pública local.
Su vuelta al ruedo se produjo a fines de 1945, con motivo de la definición de las autoridades y listas de candidatos de la UCR frente a las inminentes elecciones de febrero de 1946.
En el marco de una disputa que trascendió el cauce político para traducir un conflicto social, cifrado en el apoyo de las patronales a la Unión Democrática 61 y la sólida presencia sindical en el peronismo, tanto García Fernández como los demás industriales radicales fueron objeto de fuertes impugnaciones en las reuniones y actos proselitistas.
La Convención Provincial abocada a definir las autoridades de la UCR se desarrolló en un clima plagado de acusaciones cruzadas y cuestionamientos a los propietarios de ingenios, a quienes se procuró marginar del entramado partidario.
61 La Unión Democrática fue la alianza electoral sostenida en 1946 por la UCR y los partidos Socialista, Comunista y Demócrata Progresista.
Se enfrentó a los partidos Laborista y UCR Junta Renovadora, que impulsaron la candidatura de Juan D. Perón.
LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ Desafiados por las organizaciones de obreros y empleados, objetados por sus correligionarios y conmovidos por la avanzada del Estado en la esfera laboral, García Fernández y sus hombres de confianza se desmarcaron de la escena política y sustrajeron su participación en las filas radicales.
En la campaña electoral de 1946 el empresario y los empleados jerárquicos del ingenio rehuyeron la presencia en los actos proselitistas del partido radical, tal como sucedió al pasar por el pueblo el «Tren de la Democracia», vehículo que trasladaba a dirigentes de la Unión Democrática.
Dichas ausencias fueron resaltadas por los medios, que advirtieron la escasa presencia de afiliados y simpatizantes radicales en un pueblo tradicionalmente alineado con ese partido.
Los contrastes con las campañas electorales previas a 1943 también se vislumbraron en la ausencia de comités radicales en el circuito.
63 Cabe señalar que el abandono partidario de García Fernández y sus allegados, que perduró a lo largo del período analizado, no minó su capacidad para defender sus intereses corporativos ante el Estado.
Así lo reflejó la política azucarera impulsada por el gobierno peronista, caracterizada por un profundo involucramiento del Estado nacional en la agroindustria, una de cuyas expresiones fue la política crediticia destinada a los ingenios.
En ese marco, Bella Vista fue uno de los establecimientos más favorecidos por los créditos del Banco Industrial y del Banco de la Nación Argentina.
64 En efecto, puede afirmarse que el retraimiento de García Fernández no carecía de pragmatismo al combinar el abandono del protagonismo político con la obtención de beneficios estatales y la cordial la relación con las autoridades provinciales y nacionales.
El impacto del cuestionamiento al liderazgo político patronal, el empoderamiento obrero y la preeminencia de actores ajenos al organigrama del ingenio constituyen elementos clave para comprender los cimientos del peronismo bellavisteño.
Sus primeros balbuceos nos revelan un movimiento de contornos imprecisos que construyó sobre la marcha sus fronteras, jerarquías y tradiciones.
Durante este período embrionario pueden identificarse algunas líneas del conflicto entre las redes políticas apuntaladas desde la burocracia estatal por Riera y las que construyó, desde el sindicato, el dirigente obrero Felipe Sosa.
64 El ingenio Bella Vista fue la segunda fábrica receptora de partidas mayores a un millón de pesos, y a tasa preferencial, otorgada por estos bancos entre 1946-1955.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO Partido Laborista, 65 esta disputa evidenció la gravitación de nuevos actores y formas de hacer política que modelaron el entramado de poder local hasta fines de la década del cuarenta.
Al igual que cientos de funcionarios estatales a lo largo del país, Riera se adhirió tempranamente a la candidatura presidencial de Perón.
Para promocionar su postulación a diputado provincial por el departamento Famaillá fundó un centro junto a un grupo de jóvenes bellavisteños con los que compartía un mismo rango etario, redes de parentesco y ámbitos de sociabilidad.
Nos referimos a Ramón Bustos 66 y Amado Juri, 67 miembros de las redes lideradas por Riera.
Su entramado político también abarcó a trabajadores del ingenio, donde su principal aliado fue el obrero calificado Rolando González.
La necesidad de contar con este apoyo derivaba del peso cuantitativo adquirido por el sindicalismo en Bella Vista y su creciente relevancia en el juego político local.
Asimismo, obedecía a la necesidad de hacer frente a los dirigentes gremiales que le disputaban el liderazgo en las filas peronistas.
68 Precisamente, el principal contendiente de Riera en el seno del movimiento político en ciernes fue Felipe Sosa.
Obrero calificado del ingenio, provenía de una familia de afiliados radicales, partícipes de las redes políticas lideradas por García Fernández durante los años treinta.
Sosa formó parte del sindicato desde su creación.
Sin embargo, su ascenso en la estructura interna gremial, a partir de mayo de 1945, coincidió con su ascendente entre los trabajadores de surco, los cuales constituyeron su principal base de sustento.
69 En virtud de dicho contexto, el intento de Sosa por liderar el peronismo en Bella Vista fue un hecho a todas luces previsible.
Se 65 El Partido Laborista fue creado en octubre de 1945 con el objeto de apoyar la candidatura presidencial de Juan D. Perón.
Fue disuelto en mayo de 1946 al formarse el Partido Peronista (inicialmente denominado Partido Único de la Revolución Nacional), organización que pervivió hasta el golpe de Estado de 1955.
66 Nacido en Bella Vista en 1918, Bustos fue hijo de un obrero calificado del ingenio.
Transitó un camino formativo equivalente al de Riera: estudió en el colegio Nacional Bartolomé Mitre (Tucumán), tras lo cual se graduó de abogado en 1946.
Casado con una hermana de Riera, fue dirigente de la filial bellavisteña del Sindicato de Obreros y Empleados de Comercio en los inicios del peronismo.
68 Al visibilizar la mixtura entre la dirigencia proveniente de los ámbitos sindical y estatal, las redes partidarias aquí descritas contribuyen a matizar la distinción entre «sindicalistas» y «políticos» planteada en el pionero trabajo de Moira Mackinnon en relación a la formación del Partido Peronista.
En ese sentido, este texto recupera la observación de Nicolás Quiroga sobre las limitaciones de dicha distinción para aprehender la conflictividad en las escalas inferiores de la estructura partidaria peronista.
LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ trató, por cierto, de una actitud que los dirigentes gremiales bellavisteños compartieron con sus pares de los ingenios tucumanos, definida acertadamente por Gustavo Rubinstein como una «búsqueda del exclusivismo gremial y político».
70 Con ese fin, Sosa se rodeó de un grupo de referentes de peso entre los trabajadores -tales como Andrés Paliza, vicepresidente del sindicato, y Antonio Salas, prosecretario-y los empleados, entre los que se destacó Nicolás Socci, ex médico del ingenio.
71 El salto del campo gremial al partidario estuvo lejos de ser una tarea sencilla para Sosa y sus lugartenientes sindicales.
Dicho pasaje los obligó a posicionarse en el complejo mapa de fracciones y grupos que pugnaban en el seno del emergente movimiento político que impulsaba la candidatura presidencial de Perón.
Las filas peronistas de Tucumán se quebraron en enero de 1946 con la proclamación de dos candidaturas para gobernador.
Por un lado, la de Enrique Thiele (Partido Laborista de Tucumán), abogado a cargo de la Dirección General de Rentas de la Provincia; y, por el otro, la de Carlos Domínguez (Partido Laborista), militar retirado, oriundo de Buenos Aires y ex secretario general de la Intervención Federal (1943).
72 Riera y sus aliados bellavisteños apoyaron la candidatura de Domínguez.
Por su parte, las huestes lideradas por Sosa se mostraron reacias a ponerse bajo la tutela de Riera y el grupo de jóvenes que lo secundaban, volcándose hacia Thiele.
Para contrarrestar la creciente influencia de Riera en el circuito y apuntalar las candidaturas de Sosa y Socci a diputados, dichos jóvenes formaron un centro político a comienzos de 1946.
73 Los ecos de la disputa al interior del peronismo bellavisteño signaron el derrotero del sindicato.
Los trabajadores aliados con Riera, liderados por González, emprendieron una campaña de denuncias contra la comisión directiva e incitaron a la desobediencia a los obreros de surco.
Las autoridades fotianas reaccionaron enérgicamente: expulsaron del sindicato a los responsables y consiguieron que la administración del ingenio los suspendiera en sus funciones.
74 Mientras que la pulseada al interior del sindicato se volcó hacia Sosa, las tensiones en torno a la conducción local del peronismo se dirimieron a favor de Riera.
En este desenlace tuvo un peso sustancial la intervención de Perón, quien manifestó públicamente su 70 Rubinstein, 2006, 33.
HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO apoyo a la candidatura de Domínguez en febrero de 1946.
La palabra del líder partidario persuadió a los dirigentes gremiales bellavisteños a resignar sus aspiraciones y a abandonar la lista de Thiele con el fin de fortalecer la nómina bendecida por aquel.
A pesar de estos gestos de acercamiento, las represalias provocadas por la estrategia inicial no se hicieron esperar.
En las listas departamentales del Partido Laborista no se incluyó a representantes del Bella Vista, priorizándose a delegados de establecimientos de menor porte como Mercedes y Nueva Baviera.
75 Aunque se trató de un desenlace previsible, a la luz del derrotero seguido por las autoridades gremiales, esta decisión no pasó desapercibida para los trabajadores bellavisteños, que se resistieron a resignar el liderazgo político en manos de Riera.
Así lo expresaron en el masivo acto de proclamación de los candidatos peronistas en Bella Vista, del que tomó parte la plana mayor de la filial tucumana del partido.
Cuando González, principal aliado de Riera, profería un discurso, un numeroso grupo de trabajadores coreó el nombre de Sosa y reclamó su inclusión en la lista legislativa.
A pesar del pedido de Domínguez de abandonar tal actitud, reclamar que no se agraviara a «la cultura, la bandera nacional y al coronel Perón» e invitar a Sosa a ocupar el palco, la concurrencia siguió en su tesitura y el acto debió suspenderse.
76 Puestos crudamente en escena durante la campaña electoral, los conflictos que acompañaron la emergencia del peronismo en el campo político bellavisteño, derivados principalmente de la disputa por el liderazgo de las filas locales del partido, introdujeron un elemento poco habitual en el período analizado.
Aunque en las campañas electorales de los años treinta no faltaron los enfrentamientos entre grupos, el liderazgo de la patronal, permeado por el paternalismo, delimitó y atenuó los conflictos, impregnando a la dinámica local de cierta contención que se resquebrajó con la irrupción del peronismo.
Lejos de representar un signo de debilidad, esta impronta conflictiva, en constante estado de ebullición, remitía a un movimiento magmático que se encontraba en franca expansión a nivel local.
En contraste con un radicalismo replegado, que no fundó organismos de base en vista de los comicios de febrero de 1946, el peronismo bellavisteño 75 Los candidatos del Partido Laborista por el departamento Famaillá fueron los siguientes: electores de gobernador: Marcos Campos, Héctor Morales, Manuel Santiago, Javier Leiva, Luis Castro, Ernesto Luna; senadores provinciales: Delfor Gallo, Ernesto Luna; diputados provinciales: Juan González, Fernando Riera, Manuel Osores, Luis Castro.
LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ intervino en el espacio público a través de centros filiados en las dos fracciones opositoras.
Los resultados electorales escenificaron el reacomodo del campo político local.
Si hasta 1943 Bella Vista había sido un bastión electoral de las redes patronales, los comicios de febrero de 1946, que marcaron el acceso del peronismo al poder, confinaron a la UCR a un lugar periférico.
La candidatura presidencial de Perón logró en el circuito 2.181 sufragios (88 por ciento) contra 286 (12 por ciento) de la Unión Democrática, encabezada por el radicalismo pero de la que García Fernández se mantuvo distante.
La conquista de un porcentaje de votos lindante al 90 por ciento superaba todas las marcas alcanzadas por la patronal durante la etapa previa.
El descenso del voto radical en Bella Vista rebasó los pronósticos más pesimistas de la prensa, que confesó su perplejidad ante la vertiginosa caída del otrora partido dominante.
Un periodista del principal diario provincial señaló que si bien el proceso de organización sindical hacía prever un triunfo peronista en Bella Vista, la contundencia del resultado llamaba la atención, en razón del pasado radical del circuito.
77 El descalabro electoral fue aun más acentuado en el caso del conservadurismo, que cerró su ciclo político en la localidad durante varios lustros.
Los partidos de izquierda (PS, Partido Comunista), por su parte, mantuvieron una presencia limitada en el circuito.
78 El fuerte apoyo popular a las candidaturas peronistas fortaleció la figura de Riera en el tablero político local.
Su elección como diputado (1946) lo convirtió en el único bellavisteño que logró un sitial en las cámaras legislativas provinciales en los años iniciales del peronismo.
Su febril actividad, plasmada en numerosos proyectos orientados a los vecinos del pueblo, le granjeó numerosos apoyos en la zona.
79 Asimismo, apuntaló a sus aliados en el renovado entramado local.
En tal sentido, Bustos fue designado en 1946 abogado de la Dirección Regional de la Secretaría de Trabajo y Previsión, cargo clave en la relación entre los sindicatos y el Estado, para ejercer entre 1950 y 1952 como ministro de Gobierno.
80 de la Comisión de Higiene y Fomento, entidad que presidía el hermano de Bustos (Moisés).
82 Estas designaciones revelan hasta qué punto impactaron el cambio en las lealtades políticas y la irrupción del peronismo en los planteles locales de gobierno, dominados hasta entonces por funcionarios afines a la patronal.
La construcción de un sólido andamiaje político confluyó, en el caso de Riera, con una estrecha relación con el gobernador Domínguez y con Eva Perón, personajes que coadyuvaron a su proyección en la escena provincial.
En su afianzamiento contribuyó, asimismo, la definición de la puja sindical sintetizada en el desplazamiento de la fracción encabezada por Sosa y la preeminencia del sector afín a Riera.
A través de diferentes mecanismos desplegados a lo largo de 1947, que incluyeron desde denuncias de malversación de fondos contra la comisión directiva hasta la creación de un sindicato paralelo, los disidentes lograron acorralar a Sosa y forzar su retirada.
Tras denunciar un boicot de Riera, Sosa renunció a la presidencia del sindicato en agosto de 1947.
83 En las elecciones de autoridades del Partido Peronista, realizadas a los pocos días de su desplazamiento del gremio, Sosa tomó parte en la lista opositora a Riera, intentona que también resultó en vano.
84 Por entonces, la figura del diputado estaba en franco crecimiento en la política provincial.
En 1948 fue designado ministro de Gobierno, cargo que ejerció hasta 1950 cuando encabezó la candidatura a gobernador de la provincia, siendo electo por amplia mayoría.
85 Como contrapartida, el desplazamiento del radicalismo se profundizó hacia finales de la década de 1940.
El desmembramiento del radicalismo bellavisteño se reeditó en las elecciones legislativas de marzo de 1948, al reducirse su caudal a solo 145 votos contra 2.313 de las fracciones peronistas.
Esto llevó a un medio local a concluir que, en contraste con la avalancha de sufragios que cosechó el radicalismo en el circuito hasta 1943, en esta oportunidad «ni siquiera los fiscales» votaron por el partido.
De esto LEANDRO LICHTMAJER Y FLORENCIA GUTIÉRREZ se desprendía una conclusión categórica: ni los empleados superiores del ingenio respondían a «sus viejos ideales políticos».86
A mediados de la década de 1940 el pueblo azucarero de Bella Vista experimentó una sensible transformación política, cuya expresión más nítida fueron los resultados electorales, en los que el arrasador triunfo peronista dejó atrás años de hegemonía radical.
El contraste visibilizado en el cambio en las lealtades partidarias locales implicó cambios en las prácticas políticas, promovió la construcción de nuevas redes y liderazgos, alentó la irrupción de actores organizados más allá de la mirada empresarial y generó renovadas instancias de conflictividad y consenso.
La transición del radicalismo al peronismo supuso nuevas formas de hacer política que ganaron en autonomía frente a la patronal.
Este proceso fue consustancial a una creciente politización local expresada en la participación de los trabajadores y de los sectores medios, que adquirieron un inusitado protagonismo no exento de conflictos.
El aliento gubernamental a la sindicalización obrera, el recambio del funcionariado estatal y el reconocimiento de derechos que horadaron las prerrogativas empresariales modelaron la trayectoria del peronismo, impactaron en la urdimbre tejida por la patronal y, por ende, contribuyeron a desarticular el predominio radical.
Esta dinámica promovió nuevas prácticas políticas, que recuperaron experiencias y tradiciones previas.
En tal sentido, el desplazamiento de los industriales de la política local se potenció con los cuestionamientos devenidos del propio seno partidario que, entre las estrategias desplegadas para enfrentar al peronismo, buscó la marginación y estigmatización de los empresarios azucareros.
La convergencia de obreros y sectores medios en la política bellavisteña generó nuevos entramados, inescindibles de una construcción de poder asociada a la expansión territorial del peronismo, promoviendo una inusitada conflictividad social que marcó el pulso de dinámica local.
Estas tensiones expresaron el proceso de incertidumbres y posibilidades en el que fueron definiéndose los contornos sociales y proyecciones políticas del naciente movimiento peronista.
En síntesis, revisitar el pueblo de Bella Vista en la transición del radicalismo al peronismo permitió repensar sentidos historiográficos asociados HACER POLÍTICA EN UN PUEBLO AZUCARERO: PRÁCTICAS A RAS DEL SUELO a los partidos de masas argentinos desde espacios e interrogantes que ocuparon un lugar marginal en las investigaciones.
La localización de este proceso en una comunidad laboral azucarera del interior argentino complejizó el predominante tinte urbano de los estudios históricos al recuperar las diversas prácticas políticas del radicalismo, en este caso, las propias del ámbito agroindustrial.
Asimismo, la reducción de la escala local de observación nos devolvió la densidad de la conflictividad inherente al peronismo y su impacto en la construcción de liderazgos y las formas de hacer política, procesos inescindibles del protagonismo sindical azucarero en la emergencia del nuevo movimiento.
De ese modo, la perspectiva de análisis en el cruce de la especificidad local y las tendencias generales del derrotero nacional posibilitó recuperar el anclaje social de la política, distanciándonos de concepciones per se que desdibujaron el protagonismo de los actores y opacaron las formas de construcción, conflicto y negociación propias de dicha instancia. |
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Temor, rechazo y desconfianza en el Uruguay * /
El golpe de Estado argentino de junio de 1943 y el posterior proceso peronista fueron interpretados de manera diversa en el Uruguay, pero el rechazo fue la norma, entre las élites liberales y de izquierda y entre la sociedad, a excepción del herrerismo.
El surgimiento de una dictadura militar fundada en el nacionalismo católico despertó grandes reservas primero y graves temores después en un país de tradición democrática y laica.
1 Las sospechas de nazi-fascismo de la «revolución de 1943» chocaron con el masivo apoyo al bando republicano en la guerra civil española y a los aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Y especialmente la intención de los militares de concebir una Argentina potencia, que actuara en el primer plano del concierto regional, suscitó resistencias en el país.
Así pues, nuestro objetivo es estudiar la irrupción del proceso peronista y su recepción política en el Uruguay en los prolegómenos de la Guerra Fría.
2 Desde la primera postguerra mundial, Uruguay consideraba el equilibrio de poderes regional como la herramienta principal de sus decisiones internacionales.
En la Segunda Guerra, la neutralidad duró muy poco, y así fue como el gobierno del general arquitecto Alfredo Baldomir se alineó con los aliados y luego con las políticas panamericanistas de los Estados Unidos.
3 Su sucesor, el presidente Juan José de Amézaga y sus cancilleres -José Serrato y Eduardo Rodríguez Larreta-siguieron la misma línea, aunque el segundo, durante su breve mandato proclamó una «doctrina», que habilitaba la intervención extranjera en caso de que hubiera gobiernos de corte totalitario.
Como veremos, la Doctrina Larreta, además de ser una «sugerencia» norteamericana, estaba pensada en clave argentina.
En definitiva, si bien la política exterior norteamericana influyó directamente en las decisiones uruguayas respecto de su vecino platense entre 1943 y 1945, el Palacio Santos buscó custodiar cierta autonomía en las formas de relacionarse con Argentina.
Pero conforme el conflicto del país 1 Para abordar el tema de las relaciones entre la Iglesia y el Ejército argentino durante el periodo 1943-1946: Zanatta, 1999.
De la bibliografía sobre el nacionalismo en los orígenes del peronismo destacamos: Piñeiro, 1997 y Buchrucker, 1987.
Halperín Donghi (2003) sitúa el debate intelectual argentino en el contexto de la Segunda Guerra.
Asimismo la dictadura militar y posteriormente el presidente Juan Domingo Perón estrecharon amistad con la España de Franco: González de Oleaga, 2002; Figallo, 1992.
2 Sobre las relaciones argentino-uruguayas hay escasos e irregulares trabajos: Rodríguez Ayçaguer, 2004 (documento de trabajo que aborda el tema solo para el año 1943); Oddone, 2003 (libro con una introducción a una recopilación de documentos desclasificados del Departamento de Estado); Rilla, Brando y Quirici, 2013 (libro de divulgación sin trabajo de fuentes primarias); Mercado, 2015 (incluye un breve capítulo dedicado a las relaciones bilaterales).
3 Sobre la política exterior uruguaya en esta época: Oddone, 1990.
DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 vecino con los Estados Unidos se fue agravando,4 Uruguay mantuvo un equilibrio cada vez más difícil y «escorado» hacia su gran aliado, la «democracia del norte», que terminaron respaldando y utilizando la política internacional uruguaya contra la dictadura a la que calificaban de pro-nazi y, luego, contra el peronismo.
Los Estados Unidos, el Uruguay y la Argentina en la «revolución de 1943»
El 4 de junio de 1943 las fuerzas armadas argentinas se sublevaron contra el presidente constitucional, Ramón Castillo.
En un principio el proceso revolucionario no estuvo claro para la diplomacia uruguaya.
No se había previsto la posibilidad de un golpe de Estado, y cuando finalmente se produjo fue parte del asombro y de la confusión general ante este nuevo gobierno que no definía su perfil.
5 Las élites políticas uruguayas se dividieron inmediatamente ante la sublevación militar.
El herrerismo mostró, en principio, simpatía por el «motín», o por qué no el inicio de una «auténtica revolución» se preguntaba, mientras hacía un llamado a la prudencia para esperar cómo se desarrollarían los acontecimientos.
6 En las semanas siguientes el diario El Debate comenzó a hacer un uso constante de las medidas «moralizadoras» que se tomaban en la otra orilla platense como forma de castigar al gobierno de Amézaga.
7 Para los socialistas, el golpe era la reacción ante el gobierno de Castillo y del fraude, también señalaban su decepción ante la dictadura que no solo eliminó las libertades, sino que había integrado al gobierno a notorios personeros de la época de Uriburu y CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO a filo-fascistas confesos.
8 En el caso del comunismo, la ruptura institucional tenía «un acentuado corte nazificante» 9 y apuntaban una temprana alianza con el herrerismo.
10 El batllismo, al igual que el nacionalismo independiente, condenó el golpe y no tardó en calificarlo de filo-nazi significando un peligro para el Uruguay.
Aunque, otra cosa era la política exterior del país.
Sucedía, en realidad, que la diplomacia uruguaya estaba condicionada por sus compromisos producto del alineamiento pro-aliado ante la Segunda Guerra Mundial.
11 Para el Palacio Santos resultaría un ajedrez muy complejo ubicarse ante la nueva situación argentina.
Y en ese delicado equilibrio Uruguay debió sortear presiones y temores optando por la alianza con los Estados Unidos.
Uruguay era un punto estratégico para los Estados Unidos.
Ubicado entre los dos colosos sudamericanos, permitía la rápida llegada tanto a Argentina como a Brasil, pero en el caso del primero significaba una base para detener la expansión del nazismo, considerando que la revolución de 1943 había dado el poder a simpatizantes del Eje.
Washington invirtió en logística y en defensa en Uruguay, además de tenerlo como un aliado especialmente considerado.
Sin embargo, los norteamericanos no siempre obtuvieron lo que querían.
Por ejemplo, en febrero de 1942, en un memorándum, el Departamento de Estado había solicitado permiso para operar aviones de patrulla y barcos de guerra en el Río de la Plata utilizando los puertos uruguayos.
A su vez, pretendían hacer extensiva esa autorización a «los barcos de guerra ingleses comprendidos en las fuerzas de patrulla».
12 No consta que ambas potencias hayan operado en el Río de la Plata ni en el espacio aéreo uruguayo en aquellos años.
Esto no quiere decir que la cancillería «durmiera» el expediente o 11 En enero de 1942, Uruguay rompió relaciones diplomáticas con el Eje; no obstante desde el principio de la contiende manifestó sus simpatías por las democracias.
Sobre el contexto político partidario en el marco de la segunda guerra: Frega, Maronna y Trochón, 1987.
12 Memorándum reservado y muy confidencial, Embajada de los Estados Unidos, Montevideo, 10 de febrero de 1942 (fecha de redacción) y 27 de julio de 1943 (como entrado), AHDMREU, Fondo MRE, serie Uruguay, caja 21.
El asesor letrado de la cancillería, Gilberto Pratt de María, «entiende que debe indicarse al M.D.N [Ministerio de Defensa Nacional] que debe accederse a lo solicitado» con el acuerdo de Serrato.
Memorándum secreto, Montevideo, 11 de noviembre de 1943, AHDMREU, Fondo MRE, serie Uruguay, caja 21.
DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 se desentendiera del tema; en realidad, la solicitud de 1942 fue un nuevo sondeo para intentar instalar bases norteamericanas en el territorio uruguayo.
13 A principios de noviembre de 1943, el ministro de Guerra, general Alfredo Campos, informaba a Serrato que habían concluido las reuniones entre los ejércitos y las marinas uruguaya y norteamericana donde se completaron los protocolos a seguir en caso de que Uruguay fuera atacado.
Se había acordado abastecimientos de armas, controles de las comunicaciones y estrategias de defensa inmediatas para proteger la infraestructura básica militar.
Los norteamericanos exigían los informes detallados de sus puertos, aeropuertos, ferrocarriles, carreteras, hospitales, depósitos de abastecimientos de combustibles, información clave y estratégica que se ofrecería pues los oficiales uruguayos, general Sicco y contraalmirante Schröeder, estuvieron «completamente de acuerdo» en brindarla.
Inclusive el memorándum advierte que se debería hacer una campaña para justificar el accionar de las fuerzas armadas de los Estados Unidos «para oponerse a acusaciones de la radio y la prensa de "Imperialismo Yankee", etc.».
Finalmente, el 18 de noviembre, el gobierno de Amézaga denegó la autorización a estas medidas.
14 El rechazo seguramente tenía sus razones y hay que buscarlas en la región y en cierto nacionalismo.
El acuerdo del paso de tropas por su territorio antes de que se desatara un conflicto dejaba abierta la posibilidad de que Washington, si la relación con Argentina se calentaba, utilizara al Uruguay como base haciendo cumplir los acuerdos firmados.
En otro orden, entregar a una potencia, por más aliada o amiga que fuera, información estratégica es algo que ningún gobierno sensato permite ni habilita.
Además, si el acuerdo trascendía, la situación del país sería terriblemente incómoda y quedaría ante el mundo, no como un aliado, sino como la base de operaciones norteamericana en la región.
Y esto último, probablemente, hacía temer al gobierno la reacción argentina.
Mientras tanto Argentina, necesitada de armas y bloqueada en el abastecimiento por Estados Unidos, 15 decidió, increíblemente, en 1943 esperarlo de Alemania.
Esto fue descubierto y el 26 de enero de 1944 se rompieron 13 En 1940, los Estados Unidos habían intentado instalar bases aeronavales en el Uruguay, pero el proyecto fue frustrado por el partido nacional y su contraria votación en el senado.
Sobre este tema se sugiere el libro del diplomático y periodista Mercader (1999), quien traza un panegírico de Luis Alberto de Herrera.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO relaciones con el Eje.
No se creyó en la sinceridad de la ruptura, pero esta precipitó la crisis en el gobierno militar.
El 24 de febrero Ramírez se «alejó» del cargo aduciendo «cansancio» y delegando el mando en el vicepresidente general Edelmiro J. Farrell.
16 Para Uruguay, su caída fue una complicación más a su delicado equilibro diplomático regional y global.
17 Los norteamericanos estaban convencidos de que había sido un golpe -no era exactamente una deducción sagaz, aunque importante conclusión a pesar de lo simple-y que respondía a presiones nacionalistas.
18 El desplazamiento de Ramírez afectaba «la seguridad del hemisferio», dijo Norman Armour, embajador norteamericano, a Eugenio Martínez Thedy, embajador uruguayo, ambos acreditados en Buenos Aires.
Seguramente producto de estos intercambios fue que el ministro Serrato elevó al gobierno un informe subrayando el enfoque norteamericano: Farrell era un pro nazi y por tanto «sugería» a los gobiernos americanos que «estudiaran» el tema de forma «cuidadosa», pues Estados Unidos no reconocería al gobierno argentino.
19 Por supuesto que el lenguaje diplomático de «la gran democracia del norte» implicaba, casi, órdenes y una presión imperial, en el sentido más sutil del término, para el alineamiento con su posición.
Las prevenciones de Washington eran tales que consideraban el golpe de Farrell y el ascenso del coronel Juan Domingo Perón al ministerio de Guerra como «una maniobra destinada a impedir la cooperación de la Argentina con las naciones hermanas en la actual emergencia militar y a reanudar la cooperación argentina con las potencias del Eje».
20 Para el gobierno uruguayo aquellos días fueron críticos.
El nuevo régimen argentino casi no tenía adeptos en Uruguay -con la excepción 16 Una revisión historiográfica sobre la neutralidad argentina en Rapoport, 1995.
«La actitud del Departamento de Estado fue no reconocer al gobierno argentino basándose en la "Doctrina Guani" -elaborada por un ministro de Relaciones uruguayo-que requería previa consulta entre los miembros de la Unión Panamericana antes de que cada uno de ellos estableciera relaciones con un gobierno no elegido constitucionalmente», Rapoport y Spiguel, 2009, 42.
Una excelente y ya clásica biografía de Perón es la de Page, 2005.
DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 del herrerismo-, pero la razón de Estado implicaba mantener los canales abiertos con un vecino al que cada día veían con mayor aprensión o temor.
Los informes de Martínez Thedy querían tener un atisbo de esperanza: Farrell continuaría la política de ruptura con el Eje que le había costado la presidencia a Ramírez,21 lo que significaba muy poco, pues luego del paso dado por su antecesor sería casi absurdo que se volviera a abrir una embajada en Berlín.
Probablemente la endeble situación de un gobierno que recién se establecía generó en los observadores y analistas diplomáticos la percepción de que la caída de Ramírez había abierto un período de inestabilidad, que no podía sostenerse mucho tiempo al estar a contramano de la realidad del continente.
22 El Departamento de Estado se encargó de terminar con las ilusiones de cambio: Argentina debía dar los «pasos necesarios para volver total y completamente al redil de la solidaridad hemisférica».
23 Una presión de estas características era inadmisible para cualquier gobierno, y sobre todo para uno de corte nacionalista.
El gobierno Farrell-Perón se encerró en su actitud soberanista, la que chocaba totalmente con las exigencias norteamericanas no por el contenido, sino por el estilo de la imposición y el tono de obligatoriedad que atizó el sentimiento antiimperialista forjado por la «revolución del 43».
El gobierno uruguayo apoyó a Estados Unidos, aunque trataba de mantener un equilibrio sensato con el vecino y cierto decoro público en la política internacional.
El Departamento de Estado sabía los «riesgos» que corría el Uruguay en su vínculo con Argentina.
24 Quizá esta prevención haya sido abonada por el informe secreto donde por primera vez encontramos -en la documentación diplomática uruguaya-nombrado al GOU (Grupo de Oficiales Unidos) y sus planes de tono expansionista.
25 Un espantado «agente» CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO informó el 17 de marzo de la existencia de «un ambiente de agresividad progresiva, dentro de cierto núcleo de oficiales del ejército [argentino], en contra el Uruguay [sic]».
El miedo era que en el «corto plazo» se buscara alguna excusa que llevara a «una medida extrema».
¿Había una hipótesis de invasión, o por lo menos de tensar la relación con Uruguay al límite?
No lo sabemos aun, pero la medida prevista debería ser grave ya que el informante destacaba que, de ser activado el plan, se podría «convulsionar con la medida a este continente».
26 Los temores existían, el gobierno de Amézaga no tardó en tomar prevenciones consultando a su homólogo británico.
La respuesta mostraba admiración por el valor y la actitud uruguaya.
27 Su viejo aliado, que en 1944 se encontraba en franca decadencia, no lo dejaría solo en el conflicto con Argentina.
Si bien Uruguay valoraba, y mucho, el apoyo anglo-norteamericano, también abrigaba esperanzas de restablecer «relaciones normales» con Buenos Aires, para lograr la estabilidad.
28 No solo por una cuestión de buena vecindad que permitiera un relacionamiento armonioso, sino con el objetivo de la reconstrucción de las relaciones internacionales globales del mundo que vendría.
29 El gobierno uruguayo intentaba convencer a los Estados Unidos de que el «bloqueo diplomático» era equivocado, aunque sin abandonar el lazo de solidaridad en su pulseada con Buenos Aires.
El 17 de mayo, Martínez Thedy trató de convencer al embajador Armour de que la táctica empleada no era «la más acertada para solucionar el problema.
Que era desconocer la psicología latino americana [sic] el emplear procedimientos coercitivos que afectan la dignidad ciudadana».
30 Este intento de hacer entender a Estados Unidos las buenas razones para el cambio de táctica formó parte de 26 Documento sin título, al final del manuscrito aparece: del agente en Buenos Aires, 17 de marzo de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
Vale la pena destacar que Perón disolvió el GOU a fines de febrero de 1944 en el contexto de la delegación del mando de Ramírez por Farrell, por lo cual es dudosa la fecha del documento.
27 Memorándum confidencial, Legación británica, Montevideo, 30 de marzo de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4, carpeta 7.
El documento señala la «grave ansiedad» del gobierno de Amézaga y refleja serias dudas respecto a que el «bloqueo diplomático fuera la única solución al problema argentino».
29 Serrato sostenía: «Yo por mi parte me había hecho ilusiones de un mundo más justo, más democrático y menos imperialista y dominador que el que parece se está elaborando».
Y se atrevió a ir más lejos: «Uruguay mantendría por el momento la situación que tiene, siempre que Estados Unidos, Inglaterra y Brasil no modifiquen las suyas, pero entiendo que el impasse no puede continuar sin que el Uruguay corra serios y graves riesgos».
Esto sonaba bastante realista, teniendo en cuenta que la segura derrota de Alemania obligaría a Argentina a asumir una posición pro aliada, si quería romper su aislamiento y entrar en el concierto de los países que estaban creando las Naciones Unidas.
Dos días después de la gestión de Martínez Thedy, Washington definió su política pero no en los términos esperados.
En un extenso memorándum, «muy confidencial», enviado a todos los países de América Latina se fijaba la posición sobre Argentina y las medidas a tomar.
Según Cordell Hull, por ese entonces secretario del Departamento de Estado, Argentina utilizaría «arteramente» las celebraciones del 25 de mayo como una forma de lograr cierto reconocimiento de hecho, gracias a la concurrencia de los embajadores a los festejos.
El «régimen no ha tomado medidas efectivas para complementar la ruptura de relaciones con el Eje», o sea Estados Unidos creía, y todos los gobiernos americanos debían considerarlo así, que los vínculos de Buenos Aires con Alemania seguían y se traducían en la protección que le ofrecían a jerarcas diplomáticos germanos.
31 Para Hull, «la ingerencia contínua [sic] del régimen argentino en los asuntos internos de otros países americanos constituye una grave amenaza a la unidad continental».
32 En conclusión, los Estados Unidos «no pueden concebir que se reconozca al régimen argentino a menos que este por medio de sus actos demuestre un cambio completo y fundamental de política y una consagración definitiva y sincera a la causa de las Naciones Unidas».
33 Estados Unidos se empleó a fondo con el fin de doblegar al díscolo del hemisferio, incluyendo extremar las sanciones económicas; y no se daba cuenta de que en realidad avivaba el sentimiento nacionalista, tal como había sugerido evitar el prudente gobierno uruguayo.
Sin embargo, el Ministerio de Relaciones Exteriores uruguayo, dejando a un lado sus propios consejos, decidió no participar en los actos del 25 de mayo (banquete y evento en el Teatro Colón), con excepción del Te Deum por ser una ceremonia religiosa, 31 Asimismo llamaban la atención de que el gobierno militar no había intervenido las principales firmas comerciales nazis, ni había cesado los negocios de las reparticiones del gobierno con estas.
Tampoco había cerrado medios de propaganda filo fascista, ni había ilegalizado las organizaciones pro Eje.
Para la diplomacia norteamericana era inadmisible que no se restringieran los cruces de frontera a «personas sindicadas de actividades a favor del Eje que ponen en peligro la seguridad del hemisferio».
En contrapartida, el gobierno argentino había confiscado empresas inglesas y norteamericanas y había censurado agencias informativas de los aliados, mientras «ha observado una actitud benévola hacia las publicaciones y las actividades de propaganda del Eje».
Muy confidencial, Departamento de Estado, 19 de mayo de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO pero para ello contó con el aval norteamericano.
34 Que un gobierno que se vanagloriaba de su laicidad tomara esta posición explica por sí solo los vaivenes a los que se vio expuesto para mantener la alineación con los aliados.
Para los gobernantes argentinos, el boicot a los festejos patrios había sido demasiado evidente y molesto, y peor aun, había contado con casi la unanimidad de las naciones americanas, a excepción de México.
35 Martínez Thedy, al igual que Armour, esperaba que el conflicto se pudiera resolver a la brevedad.
36 El optimismo duró poco, el 24 de junio de 1944, Hull informó que el gobierno norteamericano decidió «romper el impasse» y «como primer paso ha llamado al embajador Armour para consulta», y esperaba que todos los países hicieran lo mismo «durante la próxima quincena».
37 La presión se hizo sentir, especialmente en Uruguay, un punto geoestratégico fundamental.
Pero para el gobierno oriental el retiro de su embajador le generaba un dilema político muy difícil.
Al fin y al cabo, el deber de Amézaga y Serrato era velar por los intereses de su país y el más importante de ellos era el mantenimiento de la integridad territorial y de la paz.
Estados Unidos solicitaba una medida de fuerza, en un momento en que circulaban versiones de la existencia de fuertes tendencias internas en el gobierno argentino que propiciaban el objetivo de pasar a ser el eje geopolítico de América del DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 Sur.
38 La cancillería uruguaya tenía en su poder una copia de una proclama que circulaba en los círculos militares argentinos que marcaba una intención expansionista -«nuestra misión es hacer posible e indiscutible nuestra tutoría»-y para ello proponía los siguientes pasos tácticos: las alianzas eran el primer escalón, donde sostenían que «tenemos ya al Paraguay» para continuar el avance sobre Bolivia y Chile, de manera que a ese cuarteto le resultaría fácil «presionar al Uruguay.
Luego las cinco naciones unidas atraerán fácilmente a Brasil».
39 Con este peligro en la casa de al lado, lo que menos se quería era que la tensión entre Estados Unidos y Argentina se agravara.
40 Hacia el 30 de junio de 1944 la mayoría de los países habían retirado su embajador, pero el uruguayo permanecía en su puesto.
Este hecho era una señal hacia el gobierno argentino, una suerte de seguro para las relaciones binacionales.
En tal sentido, Serrato y Amézaga temían una carrera armamentista regional y la formación de una corriente ultranacionalista y xenófoba.
Entonces, Serrato preguntaba a Estados Unidos si no creía «llegado el momento de poner término a esa situación de intranquilidad», con el objetivo de la paz hemisférica.
Así pues, proponía utilizar el mecanismo de consulta más que el de las presiones, asimismo, previsor, preguntaba qué sustento podrían ofrecer a Uruguay en caso de guerra.
41 Estados Unidos confirmó varias veces que Uruguay iba a contar con su apoyo siempre.
Serrato se atrevía a precisar que la solidaridad continental «no puede ser dirección de un solo país sino fruto del acuerdo en procura del bien común», en clara referencia a la orientación cada vez más unilateral que estaba ejerciendo Estados Unidos.
Por eso era vital que otro país dejara CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO su embajador, pues si todos los retiraban «Uruguay no podría en ese caso mantenerlo [...] [pues] no puede separarse de la solidaridad americana, apoyada por Gran Bretaña, y menos adoptar actitudes que puedan en lo más mínimo distanciarlo de Estados Unidos».
Serrato ratificaba las razones del equilibrismo uruguayo: «La paz de América puede ser alterada, y los preparativos del Brasil y el estado de agitación bélica en que se encuentra la Argentina tiene que inquietar a todos los espíritus uruguayos».
Al final el canciller trasmitía su punto de vista estratégico, si bien «el Uruguay no puede ni debe perder el apoyo y la defensa que la solidaridad ha de proporcionarle en un trance semejante.
Que solidaridad no implica sumisión sino cooperación, colaboración, discusión pero armonía en los resultados, en interés de la paz».
42 La última aclaración sobre la definición de solidaridad no debe haber sido muy bien recibida en el Departamento de Estado.
El intento de mantener la dignidad nacional del que hizo gala Serrato -un viejo batllista y por tanto pro norteamericano, aunque portador de un moderado nacionalismo-pronto iba a recibir una áspera respuesta norteamericana, en la que harían sentir su nuevo poder hegemónico: no aceptarían fisuras ni excepciones en su bando.
Es decir, debía retirarse el embajador que era el único del hemisferio que permanecía en Buenos Aires.
El chantaje iba más lejos aun, pues debía «tener en cuenta no solamente "el interés de la solidaridad continental" sino también y especialmente "el propio interés del Uruguay tanto inmediato como a largo plazo" (!)».
43 La cancillería oriental confirmaba que «todo ello hace pensar que Estados Unidos se inclinaría a adoptar una actitud de recelo, y aun de enojo o enemistad hacia el Uruguay, la cual podría generar, bajo pretextos diversos, medidas contra el país: no enviar petróleo, ni combustible de ningún género, ni elementos económicos básicos, etc. etc.».
44 La conclusión era que el país permanecería aislado, «perdería la amistad y el apoyo de Estados Unidos y del bloque de las repúblicas americanas, y no tendría, para el caso eventual de un conflicto en el Río de la DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 Plata, ninguna garantía para su independencia».
45 Uruguay, entonces, «solo podría aspirar a la consideración de Argentina», lo que no era una garantía.
Y si no se sumaba al boicot quedaría implicado al lado de un gobierno anti popular que seguramente caería.
Washington no toleraría disidencias que pudieran «comprometer sus sistemas de seguridad», asimismo era previsible «que se asigne el Río de la Plata un considerable valor estratégico en la futura evolución de la guerra en el sistema internacional y político del futuro».
46 Enemistarse con la nueva potencia emergente, sustituta del imperio británico en la región, no era un buen negocio para el gobierno de Amézaga.
Finalmente, se llamó en consulta al embajador Martínez Thedy.
47 Ahora, los retiros colectivos de los jefes de misión serían eficientes si eran «un primer paso en un proceso de coacciones progresivas y rápidas, capaces de determinar, cuando menos, un cambio rápido de orientación en el gobierno de Farrell».
48 Uruguay quedaba en el medio de un juego político complicado, arrinconado por los contendientes que buscaban la mínima ocasión para intentar influir en su derrotero internacional.
Veamos los hechos de setiembre de 1944, como muestra.
Seguro de su rol imperial, Estados Unidos propuso al Uruguay realizar «conversaciones exploratorias y no oficiales» con el fin de estudiar temas de cooperación militar.
Para ello, el Departamento de Defensa estaría dispuesto a enviar oficiales para que tuvieran reuniones con militares uruguayos.
Así pues había echado a andar su sistema interamericano de defensa a toda velocidad, 45 Idem.
En el memorándum citado se adjunta una nota en la que dice que el 10 de julio se había resuelto llamar al embajador Martínez Thedy, información que fue trasmitida personalmente al implicado y al embajador de los Estados Unidos en Montevideo, William Dawson, por lo cual no había sido conocida por otros miembros de la cancillería.
48 Memorándum, Montevideo, s/f (probablemente finales de julio de 1944), AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
Asimismo, en un folleto del grupo de derecha argentino Alianza Libertadora Nacionalista agradecían la resolución del directorio del Partido Nacional contra la política «intervencionista» en la Argentina.
Folleto «7 senadores y 23 diputados uruguayos afirman la hermandad rioplatense», Montevideo, 31 de julio de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
La posición del herrerismo es radicalmente opuesta a la de Luis Batlle Berres quien compartía las posiciones del gobierno de turno.
Batlle Berres estaba preocupado por las «medidas militares poco amistosas» tomadas por el gobierno de Buenos Aires en las fronteras del río Uruguay y por «el clima inamistoso que está creando en su pueblo contra nosotros».
Por lo cual consideraba que la unidad con el pueblo argentino subsistía, y eso significaba que no apoyarían a un gobierno «que ni representa al pueblo, ni atiende sus aspiraciones, ni cuida los intereses de América, ni sabe ser respetuoso para con sus vecinos y se mueve con veleidades y aspiraciones de dominio sudamericano».
Carta de Batlle Berres al chileno Pedro Castalblanco, Montevideo, 24 de julio de 1944, Archivo General de la Nación Uruguay (AGNU), Fondo Luis Batlle Berres (LBB).
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO estaban seguros que de esta manera se «asentarían los cimientos para una colaboración fructífera».
49 O sea, el Pentágono pasaría a abastecer y entrenar a los militares uruguayos en el nuevo orden mundial.
Serrato no estaba de acuerdo con el punto.
Si bien no veía inconveniente en que se efectuaran las reuniones «exploratorias y no oficiales» aclaraba, estas debían ser no entre simples oficiales sino «entre los Estados Mayores de los respectivos países».
El ministro sugirió «la firma de un gran pacto americano de paz, seguridad y mutua protección» que garantizara la integridad territorial, el respeto de los derechos y el arreglo pacífico de las controversias.
50 Lo llamativo es que la propuesta de Serrato recibió una respuesta del secretario de Estado.
En la nueva realidad hemisférica que se avecinaba Uruguay iba a ser, si no era ya, una pieza importante.
Hull no veía mal que se estableciera un pacto americano en el futuro, pero que para ejecutar «esa hermosa idea» era necesario que toda América estuviera unida, cosa que Argentina evitaba realizar.
Por tanto el pacto recomendado por Serrato no se desarrollaría hasta «que varíen por completo las circunstancias».
51 Al final Hull se mostró dispuesto a enviar a Uruguay «los armamentos necesarios para su seguridad interna y externa», por lo que apresuraría las consultas sobre el tema con las autoridades competentes.
52 Argentina, en la misma época, tenía otra razón para estar molesta con su vecino: las emisiones radiales, publicaciones y panfletos que se realizaban contra la dictadura desde Montevideo por exiliados, una protesta que se repetirá hasta 1955.
53 49 Muy confidencial, correspondencia de Serrato a Blanco, Montevideo, 5 de septiembre de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
(Se transcriben las notas intercambiadas con el embajador norteamericano en Montevideo, William Dawson).
La respuesta del canciller uruguayo buscaba esquivar la injerencia norteamericana, una manera diplomática de señalar que una cuestión de este calibre no se resolvía entre «oficiales» sino entre Estados Mayores, lo que Estados Unidos aun en guerra no iba a poder hacer.
51 Carta (confidencial) de Blanco a Serrato, 22 de septiembre de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
En el documento se transcriben las conversaciones con el secretario de Estado norteamericano.
«Hay en los medios militares alguna inquietud y queja por la forma como Estados Unidos envía los armamentos y equipos para nuestro Ejército.
Dicen que son incompletos o insuficientes, y que ante una agresión de la Argentina, por ejemplo, no podría resistirse sino breves momentos.
Ruéguele al señor Hull quiera llevar adelante su promesa de influir para que el Uruguay obtenga los armamentos necesarios para su seguridad interna y externa».
53 Por ejemplo, Embajada argentina en Montevideo, nota de protesta del 18 de septiembre de 1944, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 4.
Entre las organizaciones pluripartidistas de exiliados destacan Asociación de Mayo y Patria Libre.
y el Uruguay: el año en que todo cambió
El mundo más justo «y menos imperialista» que había soñado Serrato iba a ser, en realidad, otro muy distinto marcado por «el choque de intereses entre las tres grandes potencias vencedoras que no ha de tardar en producirse, por más que todas ellas deseen evitarlo».
54 En ese escenario que preveía la Guerra Fría, ¿qué posición debía tomar el Uruguay en la convulsionada región?
Asimismo, la relación con Estados Unidos basada en «la buena vecindad» 55 ¿hasta cuándo duraría?, ¿continuaría?, ¿había sido acertada?
Al fin y al cabo varios políticos norteamericanos sostenían que esa política de Roosevelt había habilitado la existencia de regímenes como el argentino.
Hacia 1945 la construcción del nuevo mundo era, para los diplomáticos y para las sociedades en general, algo brumoso e imprevisible.
Había un consenso general en América Latina de que Argentina, que no había participado en la Conferencia Interamericana sobre los problemas de la Guerra y la Paz, reunida en el castillo de Chapultepec entre el 21 de febrero y 8 de marzo, debía reincorporarse cuanto antes y de la manera menos traumática posible al concierto de las naciones.
56 No obstante, se le ofreció la posibilidad de firmar el Acta de Chapultepec y declarar la guerra al Eje para así poder ingresar a la ONU.
La embajada uruguaya en Buenos Aires informaba sobre desacuerdos en la interna militar argentina, entre un sector nacionalista agresivo y nazi a ultranza y otro oportunista, que parecía con probabilidades de éxito.
57 No aceptar lo acordado en México implicaba aislarse completamente y, peor aun, quedar fuera «de las deliberaciones de postguerra».
Para Azarola Gil, consejero de la embajada, la declaración de beligerancia a Alemania y Japón era el punto central del debate, que se encontraba en un callejón sin salida.
58 CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO Finalmente el nacionalista y altivo gobierno de Farrell-Perón firmó el Acta de Chapultepec y le declaró la guerra al Eje, visto como un formalismo, no auténtico.
59 Para la diplomacia uruguaya la contradicción más grave, lo que «resultaba incomprensible o incompatible [era declarar] la guerra contra las potencias totalitarias mientras la estructura actual de la Nación argentina es igualmente totalitaria».
60 Los embajadores retornaron a Buenos Aires, el uruguayo, Martínez Thedy, tomó posesión de su cargo el 10 de abril, y el 19 de mayo de 1945 arribó el nuevo jefe de misión norteamericano, Spruille Braden, y ya nada fue lo mismo.
La distensión se hizo cada vez mayor, especialmente cuando a principios de junio se puso en libertad a los presos políticos y se permitió la vuelta de los exiliados.
Braden se involucró en la campaña política a favor del retorno a la democracia.
La embajada y el gobierno uruguayo fueron sumamente prudentes ante sus embates a la dictadura militar.
61 En los meses siguientes, los informes diplomáticos uruguayos abonaban las esperanzas sobre la crisis definitiva del régimen y la caída de Perón.
62 Un síntoma de esa inestabilidad fue la renuncia del embajador argentino en Uruguay, Dr. Alberto Uriburu, por discrepancias con su gobierno, cosa que se encargó de publicar en los diarios de Buenos Aires.
63 El gobierno de Amézaga, sus diplomáticos y los medios de comunicación favorables a los «opositores democráticos» argentinos no comprendieron la metamorfosis profunda DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 que se había producido en la sociedad hermana, o sea, se les escapó esa otra Argentina que estaba a punto de aparecer.
Quiso la casualidad que mientras se procesaba ese giro histórico, en Uruguay -el 4 de octubre de 1945-asumía un nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Eduardo Rodríguez Larreta, quien fue un acérrimo enemigo de la naciente Argentina peronista.
Si bien se ofrecieron argumentos menores para el cambio ministerial -«el Ing.
José Serrato había anunciado su voluntad de retirarse de la actividad política»-64 no puede dejar de llamar la atención que ocurriera justo en ese momento y que los personajes presentaran perfiles distintos.
Serrato había buscado una política de equilibrio con Argentina y al mismo tiempo mantuvo la alianza con los norteamericanos, y trató de no terminar en una situación de sumisión, protegiendo el decoro internacional de su país y la seguridad de sus fronteras.
Su oposición a la existencia del Consejo de Seguridad de la ONU, en la conferencia de San Francisco, por entenderlo no democrático, le valió duras críticas de los aliadófilos en el Uruguay y seguramente no cayó bien en el Departamento de Estado.
A su vez, sus posiciones que reflejaban el típico moderado nacionalismo batllista, no tenían lugar en la nueva realidad que se avecinaba.
Tal vez Amézaga supuso que necesitaba de una personalidad más vehemente que alineara al Uruguay en el escenario de la postguerra en la región.
Esa fue la función de Rodríguez Larreta, especialmente en las relaciones con los Estados Unidos.
Por algo diría que apenas había asumido había tenido una entrevista urgente con el embajador norteamericano.
65 El 8 de octubre de 1945 un inquieto Martínez Thedy informaba que en Buenos Aires «circulan versiones sobre grave situación militar» que se estaba procesando en Campo de Mayo.
Todo le hacía prever que «están produciéndose acontecimientos importantes».
66 Farrell presionado por la asamblea de oficiales acordó que Perón renunciaría a todos sus cargos.
67 A pesar de los cambios dramáticos que se estaban desarrollando en la Argentina y que podían prever una salida hacia la democracia, los Estados Unidos proseguían su trabajo diplomático para aislar al país, como 64 Casal, 1997, 15.
65 Las cuestiones tratadas entre Rodríguez Larreta y el embajador norteamericano en Montevideo fueron dos: la suspensión de la Conferencia de Río y la de «iniciar consultas sobre la situación argentina». nota del MREU-Secretaría General, Montevideo, 15 de octubre de 1945, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 3.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO si la dictadura de Farrell fuera un régimen poderoso y estable.
Mientras Martínez Thedy comunicaba a la cancillería su impresión de que «se tiende a cierta normalidad»,68 llegaba a Montevideo un memorándum explosivo del Departamento de Estado solicitando la opinión sobre qué hacer con Argentina.
El documento volvía a las valoraciones sobre el totalitarismo, el nazi-fascismo y los incumplimientos argentinos al respecto, pero lo que realmente importa es que ponía en evaluación cinco puntos sobre la manera de actuar con el vecino.
Es decir, se quería saber, en primer lugar, si Uruguay estaba de acuerdo en que Naciones Unidas iniciara alguna acción.
El segundo punto proponía nombrar una comisión «compuesta por 4 o 5 Ministros de Relaciones Exteriores» que informaría sobre el no cumplimiento del gobierno de Buenos Aires con los compromisos interamericanos.
Una tercera posibilidad era no tomar una medida unilateral hasta que no se terminaran las consultas.
En cuarto lugar entendían que estas «se limiten a la consideración del no cumplimiento por el gobierno argentino con los compromisos contraídos bajo las resoluciones de México» o sea el Acta de Chapultepec.
Y como quinta opción ofrecían que se cambien informaciones sobre las «pruebas de dicho no cumplimiento».
69 La consulta al Uruguay, a pesar de haber sido hecha ya a diecisiete países, tomaba características especiales por su posición geoestratégica.
Quizá esa fue la razón por la cual Rodríguez Larreta el 15 de octubre -nótese la fecha, a mitad de camino entre la caída de Perón y a dos días de su regresodecidió consultar al espectro político gobernante o cercano al gobierno.
Así, fueron convocados a la cancillería batllistas, blancos independientes y cívicos para recabar sus opiniones sobre la propuesta norteamericana.
Las transcripciones de estas discusiones son un aporte valioso para el análisis histórico, pues permiten conocer de primera mano la actitud y los puntos de vista de los dirigentes uruguayos sobre la crítica situación del otro lado del Plata.
70 En cierta forma, el hecho de que Estados Unidos realizara esta DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 consulta implicaba el alto concepto que tenía de su pequeño aliado, y tal vez en estos intercambios se estaba incubando la Doctrina Larreta.
Luego de un largo intercambio los dirigentes políticos concluyeron que lo mejor era esperar a que se definiera la actualidad política argentina, en plena efervescencia.
Sin embargo es interesante subrayar la perspectiva que presentó el canciller: «la cuestión no solo [es] de nuestra posición respecto al momento actual de la Argentina, sino también cuál debe ser la actitud de América frente a los gobiernos de la misma índole que existan o se creen en el futuro dentro del continente.
Sería un juicio permanente de extraordinaria trascendencia», 71 un esbozo de la doctrina intervencionista que lo tendría a él como padre.
Si bien todos los concurrentes admitían la gravedad del momento, y que la Argentina era un régimen totalitario y peligroso para el Uruguay, finalmente la respuesta a Estados Unidos buscó la mayor coincidencia con la potencial posición que asumiría el Departamento de Estado.
Para Rodríguez Larreta era muy grave que en Argentina hubiera capitales nazis, o actividades nazis de cualquier tipo.
En consecuencia comunicaba a sus aliados del norte un concepto que guiaría la doctrina que presentaría poco después:
Quiero dejar establecido que, acordando todo su significado e importancia el principio de no intervención, [...] no creo que pueda extenderse hasta amparar ilimitadamente la notoria y reiterada violación por alguna república de los derechos más elementales del hombre y del ciudadano y el incumplimiento de los compromisos libremente contraídos acerca de los deberes externos e internos de un Estado que lo acreditan para actuar en la convivencia internacional.
72 El ministro terminaba afirmando su famosa tesis para la política americana, «la del paralelismo entre la democracia y la paz».
73 O sea, estaba a favor de limitar el principio de no intervención cuando se violaran derechos fundamentales, por supuesto que no definía quién evaluaría la existencia de esas violaciones.
La coyuntura aconsejaba esperar que el escenario argentino se despejara.
De manera que recomendaba a su aliado del norte no intervenir «por ahora».
La embajada uruguaya el 17 de octubre destacaba que la «preocupación principal» era «la constitución del gabinete», por las sucesivas renuncias ministeriales.
Sin embargo no dejaba de advertir que «se han producido 71 Idem.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D 'ALESANDRO manifestaciones callejeras» donde «predominan elementos procedentes de los suburbios de la Capital Federal, cuyas expresiones los revelan como adictos a la persona y tendencias sociales del ex Vicepresidente de la República, Coronel Juan D. Perón».
No había obreros, ni siquiera personas, la muchedumbre en las calles eran «elementos» y, para peor, de los suburbios.
74 Esta primera interpretación del acontecimiento fue similar a la que hizo el espectro político antiperonista del Uruguay.
A media tarde la avalancha humana que avanzó sobre Buenos Aires cambió la percepción del asombrado embajador.
De urgencia, en un telegrama cifrado, Martínez Thedy, en un tono inusual, describía que «prodúcese agitación elementos obreros partidarios del Coronel Perón recorren desde primeras horas calles de Buenos Aires con vehementes demostraciones a su favor.
Son grupos [que] proceden de Avellaneda y otras zonas industriales de la Provincia, especialmente las que corresponden a Frigoríficos [sic]».
75 Ya no eran simples elementos de los suburbios, ahora eran obreros principalmente de un rubro fundamental de la economía, la industria frigorífica, que venían a reclamar por sus derechos y por la libertad de su líder.
La huelga convocada para el 18 -«sin saberse el grado de éxito que tendrá»-era el reflejo del «aspecto tumultuoso [que] va adquiriendo aquella agitación».
76 La Argentina vivió el gran giro histórico aquel 17 de octubre, cuando los trabajadores y los sectores populares entraron a la fuerza, si se quiere, a integrar el país, y las clases medias, los intelectuales y el cuerpo diplomático solo vieron «hordas» y no a una sociedad que defendía sus derechos.
Por ejemplo, Roberto Ibáñez, dirigente del Partido Socialista uruguayo, hombre de letras comprometido con las luchas sociales en su país, estaba casualmente en Buenos Aires ese día.
Su descripción de los hechos no desentonaba con la de Martínez Thedy y representaba la interpretación promedio que tuvo el antiperonismo uruguayo: «Perón no es un mito.
Es, por desgracia, una realidad que costará disminuir y disolver».
En su discurso, Perón «Argentinizó a la manera de Rosas; no de Moreno, San Martín, Rivadavia, Sarmiento».
El fenómeno social que tenía ante sus ojos era descrito de la siguiente forma: «presumen de obreros.
Y muchos, por desgracia, lo son; pero son, al par, los infaltables rompehuelgas; los trabajadores desaprensivos y DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 egoístas, sin conciencia de clase».
Ibáñez, con mucha lucidez y sin dejar de lado el desdén, veía las causas sociales del hecho: «Favorecido por el atraso de la legislación obrera en la Argentina, recurrió a burdas concesiones, intentando sustituir la ley.
Pero las dádivas de los déspotas son siempre revocables porque se apoyan en la arbitrariedad».
Lo que vio en Plaza de Mayo no era «el verdadero pueblo», ese fue el «que desfiló conmovido en la gran Marcha de la Libertad.
El pueblo encarnado en las mujeres que se congregaron en las calles de Buenos Aires desafiando la barbarie policial; los obreros auténticos, inmunes al soborno y a la mentira».
77 El triunfo del peronismo en 1945 encendió las alarmas desde Washing ton hasta Montevideo.
78 Se había comprobado que no era solo una imposición militar sino que contaba con un innegable apoyo popular.
En definitiva, ¿cómo operar para terminar con el único foco «totalitario» del continente?
En ese contexto, el Uruguay y su canciller tuvieron un papel clave en el concierto regional y en la estrategia de Estados Unidos para enfrentar al peronismo en sus inicios.
La doctrina que llevaría su nombre, en realidad fue «sugerida», digámoslo así, por el Departamento de Estado y discutida en Montevideo, en absoluta reserva, con importantes dirigentes políticos el 29 de octubre de 1945.
79 Rodríguez Larreta leyó una nota «sumamente reservada» del Departamento de Estado donde se le solicitaba a Uruguay asumir determinadas actitudes dirigidas hacia Argentina.
El análisis final de Ibáñez estaba en sintonía con las concepciones antiperonistas clásicas: «El Coronel es la versión criolla, el modelo 1945 de Mussolini y Hitler, ya sin sombra en Europa.
Usa métodos de sus liquidados arquetipos: el nacionalismo ramplón e irresponsable, la prepotencia sistemática, el histrionismo espectacular, la baja demagogia, el desdén por la cultura».
En cuanto a la marcha de la libertad fue una significativa manifestación de la oposición democrática realizada el 19 de septiembre de 1945.
El libro de Spinelli (2005) reconstruye y complejiza la trayectoria histórica del antiperonismo y las imágenes construidas sobre el peronismo.
Una obra que recoge las miradas nacionales e internacionales sobre el peronismo: Rein y Panella, 2008.
El embajador dio cuenta de la llegada de diversos refugiados a la embajada uruguaya y de pedidos de asilo.
79 A la reunión en cancillería concurrieron: Eduardo Rodríguez Larreta y Martín Aguirre, como ministro y sub secretario, y los siguientes políticos: Juan Andrés Ramírez, Jacobo Varela Acevedo, César Batlle Pacheco, Dardo Regules, Héctor Payssé Reyes, Alberto Domínguez Cámpora, Cyro Giambruno y José A. Quadros.
Nota confidencial, Montevideo, 29 de octubre de 1945, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 3.
80 La nota norteamericana no ha sido encontrada aun, pero por el debate que se desarrolló pudimos inferir que se le solicitaba al Uruguay realizar una declaración doctrinaria que apuntara a la Argentina, que implicara relativizar el principio de no intervención en contraposición al principio de democracia y paz.
Batlle Pacheco fue quizá el más vehemente defensor de la propuesta norteamericana.
Veía a Argentina, ahora más que nunca, como un régimen nazi, por tanto consideró que: no debemos apartarnos de la política de colaboración con los Estados Unidos.
Si lo hiciéramos, caeríamos fatalmente en la órbita de ese vecino que soporta un régimen nazista y nuestra democracia sucumbiría.
Debemos proceder con valor y disponernos a iniciar el camino hacia la acción colectiva frente a la Argentina.
Si Estados Unidos nos propone ser los iniciadores de esa acción, es porque somos el único país en condiciones de hacerlo, porque somos la única democracia.
Por lo demás, ese gran país que es Estados Unidos nos ofrece todo su apoyo.
81 Y más adelante concluyó: «el poder irresistible de Estados Unidos recurre a nuestro pequeño poder Rodríguez Larreta precisó que Washington solicitaba que «extendamos los principios de la nota ya conocida», a su vez quería convertirla en «una declaración continental».
82 Con matices, todos los participantes estuvieron de acuerdo en que Uruguay debía tomar la iniciativa con valentía y con el apoyo de Estados Unidos.
Solo faltaba fijar la oportunidad en que la nota enviada por el ministro a Washington el 19 de octubre se transformara en doctrina.
El 20 de noviembre de 1945, el Departamento de Estado hizo llegar al Uruguay un «repartido confidencial» y aclaraba que «no deberá ser publicado, citado o utilizado de ninguna forma».
83 El texto era la transcripción de un discurso de Ellis O. Briggs, Director de la Oficina de Asuntos de las Repúblicas Americanas, donde se trazaba la línea a seguir en la Conferencia de Río.
Era, básicamente, el libreto general sobre el armado del sistema panamericano.
Para el objeto de nuestro trabajo nos importan dos puntos.
En primer lugar, anunciaba la creación de lo que luego sería el TIAR, y lo presentaba como algo ya prefabricado, como «el primer instrumento inter-americano de este carácter que nuestro gobierno ha estado preparado para ajustar» el que se enviaría a todos los países americanos «para su previa consideración».
84 El 23 de noviembre, Rodríguez Larreta hizo pública una extensa nota que envió a los cancilleres de América y que había sido votada en el consejo de ministros por unanimidad.
O sea, era una posición oficial del gobierno uruguayo.
En ella se reafirmaba el vínculo entre democracia y paz, su núcleo central era la propuesta de mantener el principio de no intervención «pero armonizarlo con otros cuya vigencia adquiere importancia fundamental para la conservación de la paz y la seguridad internacionales».
89 En concreto, la lucha contra el nazi-fascismo no fue un hecho aislado en un continente, también se daba a escala planetaria y, como «los conflictos no pueden ser aislados, ni pueden subsistir indefinidamente», hay derecho a ponerles término.
En esencia, «la no intervención no es el escudo atrás del cual se perpetra el atentado, se viola el derecho, se ampara a los agentes y fuerzas del Eje, y se burlan los compromisos contraídos».
90 En definitiva, «ante sucesos notorios» debería darse «un pronunciamiento colectivo multilateral [...] sea por medio de una Comisión dictaminante, sea por una consulta expresa, sea incorporando el tema a la proyectada conferencia de 85 Idem.
También en: Carta de Rodríguez Larreta a Javier Correa, ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Montevideo, 21 de noviembre de 1945, AHDMREU, Fondo MRE, serie Uruguay, caja 22.
«La no intervención no puede transformarse en el derecho de invocar un principio para violar impunemente todos los otros.
No debe considerarse, entonces, que una acción colectiva multilateral ejercida con total desinterés por las demás repúblicas del continente [...] [para] el simple restablecimiento de lo que es esencial [...] y que se ejerce en beneficio de todos».
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D 'ALESANDRO Río de Janeiro».
91 El objetivo era habilitar la intervención en Argentina con un respaldo jurídico internacional.
92 La doctrina contó con el apoyo relativo de los países de América, con la excepción de Argentina, Colombia, Ecuador, El Salvador y Haití que rechazaron íntegramente la propuesta.
Paraguay y Bolivia no se pronunciaron.
Mientras varios de los países consultados ponían alguna objeción al documento, los Estados Unidos fueron enfáticos: «completa adhesión».
93 Las elecciones se realizarían el 24 de febrero de 1946 y el bloque opositor continental abrigaba la esperanza del triunfo de la fórmula electoral de la Unión Democrática (en adelante UD), José Tamborini-Enrique Mosca, concebida como una alianza antifascista.
94 Uruguay recibió varias protestas del Palacio San Martín por el tono y estilo de las audiciones radiales.
Quizá el mejor ejemplo de lo anterior sean las de Luis Batlle Berres en Ariel y su radical simpatía a la UD, así como su rechazo casi visceral al peronismo y a sus aliados uruguayos, el herrerismo y su diario El Debate.
95 En los programas se refería a los seguidores de la candidatura de Perón como «bandas», «turbas bárbaras», «pistoleros» o «matones».
De alguna manera, era el enfrentamiento entre la barbarie y la moralidad del pueblo argentino: «Ponen en peligro no solo la tranquilidad de Buenos Aires, sino que desprestigian en tal forma la educación civilista de la Argentina».
96 La campaña electoral se presentaba a favor o en contra de la democracia; el escenario no era solo el argentino sino el continental, estaba en juego la paz y la tranquilidad de los países vecinos.
La elección se reducía a: Tamborini o Hitler.
97 A continuación llamaremos la atención de cuál era la opinión del futuro presidente 91 Idem.
92 En su editorial, El Debate fue claro: «La nota del Ministro de Relaciones Exteriores circulada a las Cancillerías de América, tiene un único objetivo: procurar la intervención extraña en la política interna de la Argentina» («La inconciencia de una actitud», El Debate, 25 de noviembre de 1945).
Una síntesis sobre el pensamiento de Herrera sobre el deber de la política internacional del Uruguay en Zubillaga, 1976, 88-137.
Ver también en la caja citada el documento fechado en Montevideo el 11 de enero de 1946.
94 La UD estaba integrada por radicales, socialistas, comunistas y demócratas progresistas, contó con el aval de los grandes medios de comunicación, la Sociedad Rural, la Unión Industrial Argentina, el Jockey Club, entre otros.
95 «Comentarios de política internacional.
En la caja se encuentran las desgravaciones de los programas de radio Ariel de las 8.15 hs. de los siguientes días: 10, 12, 14, 15, 16, 17, 20 DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 del Uruguay sobre la política esperable del militar argentino, texto que dice mucho sobre el posterior y conflictivo relacionamiento bilateral:
Perón no es un problema solo argentino, porque Perón desde el gobierno va a imponer un terror y una violencia, y va a realizar una gestión pública con tales caracteres, que sin duda pondrá en peligro la tranquilidad y la paz americana [...] que va a tener oprimido al pueblo, que va a continuar una política de agresión, que se va a hallar rodeado por hombres que no son respetuosos de nada que sea contrario a su ánimo antojadizo o imperialista.
98 Mientras Batlle Berres, y otros políticos uruguayos, intervenían activamente en la política argentina, en el mundo diplomático se estaban negociando otros procesos.
Los norteamericanos hacían saber al canciller uruguayo que no sería conveniente incluir su iniciativa en el temario de la Conferencia de Río.
99 El fracaso de la Doctrina Larreta -que quedó en el olvido en poco tiempo, salvo para los historiadores-se debía a razones tácticas.
Por un lado tenía imprecisiones y vacíos, además de ser una generalización.
Estados Unidos, diplomáticamente, comunicó que «una propuesta de una importancia tan fundamental requiere tiempo para cuajar», 100 y entre los que la rechazaban y aquellos países que pusieron reparos había una amplia mayoría.
La adhesión categórica solo la habían expresado Costa Rica, Guatemala, Panamá, Venezuela y, obviamente, sus autores, Estados Unidos y Uruguay, seis de veintiún países no era mucho.
101 Por otra parte, el Departamento de Estado, en concreto Spruille Braden, secretario de Asuntos Latinoamericanos, venía preparando una nueva injerencia que, esperaban, determinaría las elecciones de febrero a favor de los demócratas, el Libro Azul.
En consideración a la alianza tan especial que Uruguay tenía con Estados Unidos, el embajador uruguayo fue citado a una reunión reservada y «muy importante» en Blair House.
A llegar fue recibido por Dean Acheson, secretario auxiliar de Estado y por Braden que «me expresaron en forma inequívoca su confianza en la identidad de opiniones y sentimientos de nuestros dos países respecto al asunto en deliberación» o sea, Argentina y 98 «A tres días de las elecciones en la Argentina», 21 de febrero de 1946, p.
La conferencia interamericana de Río, proyectada para el 20 de octubre de 1945, había sido suspendida a dos semanas de su reunión a pedido de los Estados Unidos, ya que no podían negociar un tratado de asistencia militar con un régimen como el argentino.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO el Libro Azul.
La estima hacia el Uruguay no solo era una formalidad diplomática, ahora era cada vez más necesaria.
Acheson reveló: que el objeto de la reunión era dar cuenta de que el Departamento de Estado había remitido a las cancillerías [...] un memorándum sobre la Situación Argentina, que fue confeccionado durante muchos días y noches de incesante trabajo por el señor Braden con el auxilio de un importante personal y mediante el estudio de la voluminosa documentación recogida durante varios años [...] y enriquecida después de la victoria con gran cantidad de piezas encontradas en Alemania.
102 Braden y Acheson fueron enfáticos y claros, Estados Unidos «no puede acordar confianza ni poner su fe en cualquier gobierno argentino que surja de entre los hombres que han figurado comprometidos en actividades nazi-fascistas en la Argentina desde el 7 de diciembre de 1941 y que por lo tanto [...] no podrán firmar con aquel un pacto eventual de asistencia mutua entre las naciones del hemisferio».
103 Para el armado del TIAR debía haber gobiernos afines filosófica y doctrinariamente, dóciles, podría decirse.
Así, el Departamento de Estado ayudaba a sus amigos en Argentina a ganar las elecciones, pero el efecto sería exactamente el contrario, le regaló al peronismo un arma que supo usar con maestría; que se tradujo en una consigna que recorrió el país: Braden o Perón.
Los sectores antiperonistas del Uruguay, o sea la mayoría del espectro político, apoyaron la publicación del Libro Azul.
Tal vez Luis Batlle sea quien mejor resumió las razones de este apoyo, dedicándole varios programas al documento que sentenciaba la muerte de Perón.
104 Defendió su necesidad y legitimidad antes del veredicto de las urnas, ya que era una nueva demostración del colaboracionismo norteamericano a favor de la democracia y la libertad.
Era cierto, entonces, el apoyo popular que ahora se revelaba indiscutible.
Los peligros podrían llegar a ser peores 102 Embajada del Uruguay, secreto, Washington, 12 de febrero de 1946, AHDMREU, Fondo MRE, serie Uruguay, caja 22.
La reunión en el marco de Blair House debió haber sido imponente para el embajador uruguayo, allí estaban Acheson -que en unos años sería secretario de Estado-Braden, el embajador Dawson y «no menos de veinte funcionarios del Departamento de Estado».
105 «Repercusión del Libro Azul de Estados Unidos, referente a la Argentina en la prensa americana», 14 de febrero de 1946, p.
La legitimidad también se asociaba a que no podía aceptarse el silencio y continuar con el peligro peronista.
DICTADURA MILITAR ARGENTINA 1943-1946 teniendo en cuenta los temores sobre el expansionismo argentino.
Para muchos era hora de reconsiderar la Doctrina Larreta.
Quizá la respuesta argentina fue comenzar a bloquear al Uruguay, tanto en el turismo, complicando el flujo de turistas a sus playas, como limitando el comercio entre ambos países, especialmente el de trigo.
La prensa norteamericana lanzó una campaña señalando que Perón quería derrocar al gobierno uruguayo con el objeto de poner en la presidencia a Luis Alberto de Herrera.
106 Pronto, además, estallarían una serie de incidentes diplomáticos.
En mayo de 1946, el embajador argentino en Uruguay, Gregorio Martínez, llamó «pelele» a Rodríguez Larreta en una fiesta en la legación de Bolivia, acusándolo de ser instrumento de Estados Unidos que se encargó de apuñalar a la Argentina por la espalda».
107 Si bien todo fue desmentido estaba en el aire la posibilidad de la presión que le iba a tocar vivir al Uruguay con un vecino al que se había enfrentado, al que había intentado derrotar y que finalmente había salido victorioso.
Argentina y Uruguay: antecedentes y perspectivas a raíz de la emergencia del peronismo
Cuando se produjo el golpe de Estado argentino en medio de la Segunda Guerra Mundial, el ascenso de los militares nacionalistas, vistos como pro-Eje, espantó a su pequeño vecino.
El Uruguay estaba alineado con la causa aliada y tener en la casa de al lado al «enemigo» atizó los sentimientos nacionalistas y anti argentinos.
El proceso político argentino de 1943 a 1946 generó todas las prevenciones posibles entre los sectores liberales y de izquierda del país, y estas se despertaron aun más con la aparición de la figura carismática de Perón, confirmación de la faz demagógica del fascismo.
Uruguay echó mano a los recursos internacionales que tenía y que tan buenos resultados le habían dado, encontrar un aliado poderoso en quien respaldarse.
Su «alianza histórica» había sido con el imperio británico.
El batllismo, con su moderado pero firme nacionalismo, ya hacia 1940 106 Recortes de prensa de Santiago de Chile, 24 de abril de 1946, AHDMREU, Fondo MRE, serie Argentina, caja 5.
El embajador argentino fue aun más lejos, sostuvo que la independencia uruguaya había sido un error y que de haberse mantenido en la unión argentina hubiera sido el principal puerto del Río de la Plata.
Ver también, en la misma ubicación, carta de Marques Castro a Rodríguez Larreta, México, 4 de junio de 1946.
CAROLINA CERRANO Y FERNANDO LÓPEZ D'ALESANDRO había comenzado la transición de hegemonías, del dominio británico a la alianza con los Estados Unidos.
Asimismo Uruguay tiene una singular «escuela o estilo diplomático».
La reserva, la discreción, la prudencia y la apertura a todos es una de las características, la otra es la búsqueda de equilibrios que permitan sobrepasar dificultades.
La «revolución de junio de 1943» rompió los equilibrios regionales y distorsionó las políticas hemisféricas, y la república oriental optó en principio por la prudente política de Serrato.
Hemos visto los trabajos y las dificultades que tuvo este ex presidente, un viejo batllista, para no tensar la relación con Argentina.
Su estrategia fue relativamente exitosa, inclusive hasta hábil.
El episodio del retiro de embajadores, donde Uruguay se mantuvo hasta el final, da cuenta de un estilo que, quizá, debió haberse mantenido.
Sin embargo, el triunfo aliado trastocó todo el mapa geoestratégico del mundo y de la región.
La aparición de los Estados Unidos como un imperio victorioso transformó definitivamente el relacionamiento hemisférico latinoamericano.
Washington no aceptaría disidencias.
Su impericia diplomática fue promisoria; los manejos de la crisis argentina muestran no solo la prepotencia del «nuevo rico» sino también la incomprensión sobre Latinoamérica y los latinoamericanos.
En ese contexto Uruguay apostó al alineamiento total y con un estilo similar al de su aliado del norte.
La Doctrina del ministro Larreta nació a imagen y semejanza de documentos del Departamento de Estado que la cancillería uruguaya manejaba y conocía.
Si bien su propuesta fue un fracaso -tanto en lo político como en lo ideológico-alineó inevitablemente al Uruguay con los Estados Unidos y esta situación perduró en el tiempo.
Peter Waldmann sostiene que el peronismo fue una de las fases de la construcción de la nación argentina, que consistió en integrar a los excluidos, a los sectores populares.
108 A su vez esa construcción nacional, por su estilo y sus formas, y por el tamaño del país así como por el proyecto político expansivo que encarnaba, generó prevenciones y también diferenciaciones en sus vecinos.
Aquel proceso que se abrió en 1943 y perduró hasta 1955 terminó de integrar a la nación hermana, afectó al Uruguay y a los uruguayos afirmando aun más su identidad liberal, democrática y laica. |
Esta monografía representa la culminación de largos años de investigación sobre la vida y obra de un fraile que no ha tenido el eco que debiera, a pesar de los esfuerzos de beneméritos estudiosos como Esteban J. Palomera y el inolvidable padre Isaac Vázquez.
César Chaparro no solo ha colmado esta dolorosa laguna con importantes estudios, sino que también ha creado una fructífera escuela de estudios valadesianos.
Analicemos un libro perfectamente estructurado.
El capítulo I traza la biografía de fray Diego, al que se da decididamente por nacido en España y no en el Nuevo Mundo.
Así lo prueban varios hechos: que él mismo dijera que era eius terrae [la Nueva España] fere alumnus («casi natural de esa tierra»); que los humanistas italianos lo llamasen Iberus y, finalmente, que Wadding aludiese a él como Hispanus.
Según Chaparro, el futuro fray Diego, hijo de Bartolomé Valadés e Inés Díaz, nació en Barcarrota en torno a 1533.
Su padre pasó a Nueva España con toda la familia en 1537.
Las escasas noticias que tenemos sobre la vida de Diego en el Nuevo Mundo se deben, sobre todo, a lo que cuenta el propio fraile en su Rhetorica Christiana.
Fue discípulo de fray Pedro de Gante, probablemente en el convento de Tlatelolco.
Tras su profesión en la orden franciscana, se entregó a la evangelización de los chichimecas; en un ataque de estos belicosos e indómitos indios estuvo a punto de morir, perdiendo todos los libros.
Casi cuarenta años después volvió a España: el 4 de mayo de 1571 dos hermanos, los dos vecinos de Puebla, Salvador y Juan de Cárdenas, le dieron poder para cobrar la herencia paterna en Sevilla.
Llegado a la Península Ibérica, Valadés marchó de inmediato a Francia a entrevistarse con el general de la Orden franciscana, fray Cristóbal de Cheffontaines, saltándose por las bravas el patronato regio.
Sigue una prolongada estancia en Sevilla.
En 1574 Valadés publicó el Itinerarium Catholicum de su
maestro Juan Focher en la imprenta hispalense de Alonso Escribano.
En 1575 encontramos a Valadés en Roma, nombrado por Cheffontaines procurador general de la Orden en la curia.
Todas las actuaciones del flamante procurador se encaminan de nuevo a obviar el patronato regio a favor de la Santa Sede.
Reacciona airadamente la corte española, logrando la expulsión de Valadés de Roma y su cese como procurador.
Sin embargo, el Pontífice protegió al fraile, aliviando su destierro en una ciudad papal, Perugia, donde Valadés acabó su Rhetorica cristiana, dedicada en 1579 a Gregorio XIII.
A partir de entonces se pierde su rastro.
Después de la biografía, la obra.
El capítulo II está dedicado a situar en su contexto la Rhetorica Christiana, a cuyo fin se procede al análisis de tres obras similares, las escritas por Bartolomé de las Casas, el padre Acosta y fray Luis de Granada.
Las Casas, en su De único uocationis modo, sostuvo que los indios, como seres racionales, debían ser evangelizados de modo racional.
El padre Acosta unió la persuasión pacífica con la coacción militar, pero exigiendo al predicador «acomodarse a la capacidad de la audiencia».
También fray Luis se dio cuenta de la extrema dificultad de inculcar a los infieles los misterios de la religión cristiana.
A mi juicio, el problema para Las Casas estribó en que no podía admitir que los indios tuvieran menor capacidad que los europeos para ser educados en la fe, ya que, de haberlo aceptado, hubiera parecido que cedía ante las tesis de su contrincante, Juan Ginés de Sepúlveda.
Que los iniciados en la fe debían de ser tratados como niños lo había indicado ya San Pablo en un pasaje famoso de su carta a los Hebreos 5, 12ss.
«Debiendo ser ya maestros a causa del tiempo, tenéis necesidad de volver a ser enseñados cuáles sean los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tengáis necesidad de leche, y no de manjar sólido; que cualquier que participa de la leche, es inhábil para la palabra de la justicia, porque es niño; mas la vianda firme es para los perfectos, para los que por la costumbre tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal».
Los educandos, de hecho, son como niños, pues son rudes («groseros, ignorantes»), una palabra clave que asimismo empleó San Agustín para titular su tratado de cathechizandis rudibus.
Este mismo criterio había adoptado la Orden franciscana desde un primer momento, y su postura no había cambiado en la segunda mitad del siglo XVI.
En un memorial enviado por la Orden a Valadés se afirma que los indios son «flacos y débiles como niños» (p.
Ahora bien, si los indios son como niños, se deduce que no pueden valerse por sí mismos, luego necesitan de un tutor que los guíe, una tesis que se acerca sobremanera, si es que no es igual, a la propugnada por Juan Ginés de Sepúlveda con un ropaje más humanístico y aristotélico.
Es curioso, sin embargo, que los mismos frailes que tildaban a los indios de niños se indignasen cuando se reprochaba a sus catecúmenos su inestabilidad en la fe.
Valadés rechaza ardorosamente la comparación de los indios con los moros granadinos (p.
155ss.), un parangón que no es del todo exacto, ya que a los moriscos se les aplicó la Inquisición, mientras que en el Nuevo Mundo, tras los primeros autos de fe realizados por Zumárraga y Landa, se evitó por todos los medios llevar a los indios ante el tribunal del Santo Oficio.
En el extenso capítulo III se analiza la estructura y contenido de la Rhetorica Christiana, un tratado que tuvo dos ediciones (1583, 1587) y fue traducido al alemán (1588).
La obra, que no se corresponde con su título (el final es un resumen de Pedro Lombardo), es una «amalgama de temas retóricos, teológicos, bíblicos, jurídicos e históricos».
Esta «enciclopedia», que en un principio debió llamarse Summa summarum scientarum omnium, tiene una clara intencionalidad política, sirviendo otra vez a la estrategia papal frente al patronato regio.
Las ideas de Valadés sobre el imperio terrenal del Pontífice resultan «anacrónicas», como señala con toda justicia Chaparro (p.
126); pero esa doctrina trasnochada siguió siendo utilizada por los españoles para defender la donación de Alejandro VI ante los demás pueblos de Europa, cuando otras potencias -Francia, Inglaterra-empezaron a discutir con toda justicia los derechos esgrimidos por los juristas hispanos; por eso nos suenan hoy también a viejas y anticuadas algunas páginas de Solórzano Pereira en que se alega la bula papal como título de derecho sobre las Indias.
El tratado contiene un ars memoriae, basada en la in rhetoricam isagoge de Lulio.
En ella se defiende la primacía de la memoria en el discurso humano y se busca una armónica combinación de las imágenes reales con las imágenes mentales, tal y como era de esperar en un libro dirigido a un auditorio indígena, acostumbrado a aprender mensajes mediante pinturas.
Valadés ensambló de este modo dos tradiciones, la indígena y la europea.
Si en el Viejo Mundo la pintura fue el libro del analfabeto durante toda la Edad Media, Chaparro nos recuerda que San Ignacio volvió a dar gran importancia a la iconografía (una atención a las ilustraciones que culminará en el libro del padre Nodal); que otro tanto hizo la familia caritatis y que el mismo fin, desde otro punto de vista, buscó la emblemática.
Chaparro hace un estudio detenido de los grabados (aunque no creo que aprendiera la técnica de Pedro de Gante: non omnia possumus omnes), señalando algunas importantes coincidencias de algunos de ellos con los que se encuentran en los Monumenta humanae salutis de Arias Montano.
Como el autor señala oportunamente, en los diagramas o tablas se echa de ver la influencia de la doctrina de italianos contemporáneos de Valadés, y probablemente conocidos suyos, como Agustín Valerio, Denores, Robortello, Castelvetro y Toscanella.
Muy interesante es el apartado dedicado al influjo del mundo náhuatl en la Rhetorica.
Con buen criterio, Chaparro rechaza que, como quería Díaz Cíntora, algunos pasajes sean parodias de las pláticas de viejos (los huehuetlatolli o «sabiduría de la palabra», consistentes en una diálogo: admonición paterna y respuesta filial); en realidad, se trata de evocaciones de la realidad indiana.
A ello se añade un hallazgo notabilísimo: la historia persiana de la Rhetorica deriva de un cuento que se refiere en el Don Florindo de Basurto, un libro que pudo agradar a Valadés por su afición a los emblemas y su profunda misoginia.
En el capítulo IV se examinan otras obras del franciscano.
En primer lugar, el Itinerarium de Focher, que el fraile barcarroteño «amplió, corrigió, pulió y editó» y que es «un manual práctico dictado por las exigencias concretas de la evangelización de los indios».
En segundo término, una obra inédita, las Assertiones catholicae, conservadas manuscritas en la Biblioteca Vaticana, en los manuscritos Ottoboniani Latini 582 y 2366.
En el capítulo V se establece una muy interesante comparación entre Valadés y Ricci.
El primero compuso el «Atrio de la memoria», el segundo, el «Palacio de la memoria».
Hay otras coincidencias, sin duda, entre el franciscano y el jesuita; pero no se puede decir que ambos «se vistieron como vestían los indígenas».
Ricci se hizo con el atuendo y aparato de los mandarines, desde luego, pero Valadés siguió llevando durante toda su vida el tosco sayal franciscano; no me lo imagino vestido de chichimeca.
En otro punto menor estoy en desacuerdo con Chaparro: en que fuese Sahagún el blanco de las críticas de nuestro fraile cuando este escribió que «abunda en muchos errores y mentiras la historia de la Nueva España y de todo el Nuevo Mundo» (p.
En efecto, no consta que Sahagún escribiese una historia del Nuevo Mundo.
El cronista aludido, a mi juicio, no puede ser otro que Gómara, posibilidad que se admite en p.
Gómara es el único autor que cumple los dos requisitos de haber escrito una historia de las Indias y una exaltación de Cortés, una crónica que se olvidaba de los méritos de los frailes, para gran indignación de Valadés; mas, a decir verdad, los franciscanos no habían participado en la expedición conquistadora.
Las traducciones, como no podía ser menos, son siempre correctas.
Una pequeña observación: en p.
159 se habla de «lugares de asentamiento (reducidos y no dispersos)»; como «reducidos» puede dar lugar a equívocos, sería mejor hablar de «reducciones».
183, cuando se alude al pretor y al prepósito, convendría aclarar que se trata del alguacil y del alcalde, respectivamente.
Hay muy pocas erratas: Itinerarim (p.
A un hombre de mi edad le choca el uso de términos como «implementación», pero la jerga técnica ha introducido esta palabreja de manera definitiva en nuestro vocabulario.
En suma: se trata de un libro excelente, muy bien pensado y muy bien escrito, que dice lo que tiene que decir con llaneza y tino y no se pierde en divagaciones hueras y enojosas.
Chaparro ha evitado empedrar el texto de latines incomprensibles para los lectores y, cuando hace una cita erudita, la traduce de inmediato.
Ya era hora de que la biografía y la obra de Valadés se hiciesen accesibles a un lector culto; este, sin duda, es otro de los grandes méritos de esta ejemplar monografía.-Juan gil, Real Academia Española.
Ciaramitaro, Fernando y Ferrari, Marcela (coords.), A través de otros cristales.
Viejos y nuevos problemas de la historia política de Iberoamérica, México/Mar del Plata, Universidad Autónoma de la Ciudad de México/Universidad Nacional de Mar del Plata, 2015, 294 pp.
Este libro nos muestra un diálogo entre diferentes perspectivas que instalan una nueva forma de hacer historia política.
Es resultado de un encuentro y diálogo entre investigadores de distintas nacionalidades en el simposio «La política entre teoría y práctica.
Pasado y presente en la historia de Iberoamérica», en el marco del 54.o Congreso Internacional de Americanistas (ICA), que tuvo lugar en la Universidad de Viena en julio de 2012.
En sus capítulos existen y coexisten diferentes posturas epistémicas, teóricas y metodológicas para abordar los diversos temas correspondientes a la nueva historia política desarrollada desde los años ochenta del siglo XX, que indaga -como exponen Ciaramitaro y Ferrari en la introducción, «Repensando la nueva historia política iberoamericana desde el umbral del siglo XXI»-sobre los viejos temas de la vida institucional, el Estado y las organizaciones, a la vez que incorpora a la sociedad civil, con sus actores y diversidad de prácticas políticas.
Además de una amplia gama de perspectivas, este libro contiene dos estudios referentes a México, uno a Brasil y tres a Argentina, en un intento por discutir estas temáticas no solo a partir de diferentes preceptos teórico-metodológicos sino también incorporando una mirada que pretende construirse en una reflexión transversal sobre Iberoamérica.
El primer artículo correspondiente a México -titulado «Diferenciación y periferia de la sociedad moderna: orden social y sistema político en México» y realizado por Raúl Zamorano Farías-intenta, desde un marco teórico luhmaniano, construir una discusión sobre la democracia en México teniendo en cuenta las categorías de diferenciación funcional del sistema político.
La experiencia mexicana mantiene esquemas patrimonialistas y corporativistas, como pueden ser los sindicatos y las cooperativas, lo que la aleja de la idea de diferenciación funcional propia de la modernidad.
En este sentido, junto a los procesos de centralización de las funciones del Estado, se genera una entronización de esquemas culturales que reproducen la estratificación, las relaciones personalizadas propias del compadrazgo, la familia o de las redes clientelares y, en general, de las redes de confianza que actúan en los márgenes del Estado y que funcionan como canales únicos de inclusión política.
Esta cultura política que produce orden social desde el uso de voluntades políticas no es sino el sello de una modernidad periférica que aleja, según el autor, cualquier expectativa democrática ampliada.
En un sentido igualmente crítico de la historia política mexicana, el texto de Mariano Torres, «Colapso de un régimen y reorganización del estado revolucionario en México: cultura política heredada y fundamentos económicos distorsionados », nos habla de las exiguas conquistas de las dos revoluciones mexicanas.
La revolución de independencia de 1810 y la revolución mexicana de 1910 intentaron ampliar las bases de justicia social pero ambas fracasaron en instalar las máximas aspiraciones de los campesinos y trabajadores.
El reparto de tierras no solo fue insuficiente sino que estatizó las áreas agrícolas vinculándolas a las nuevas élites; asimismo, las mejores condiciones laborales derivadas de la legislación obrera apenas duraron una generación.
Es decir, fueron conquistas de corto plazo que no cambiaron las formas de representación mientras que la nueva HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS clase política emanada de la revolución terminó actuando como la oligarquía que había desplazado.
El capítulo correspondiente al Brasil, «La política exterior brasileña en la era democrática: un análisis constructivista», de Beatriz Alves y André Luis Eiras, analiza, desde la perspectiva de la teoría constructivista -que incluye las categorías de moral y conciencia, así como la idea de que la estructura y el agente son una construcción mutua-, la política exterior brasilera a través de los presidentes Neves, Sarney, Collor de Melo, Itamar, Cardoso y Lula.
En este recorrido propone que las distintas etapas por las que atravesó la política exterior en sus intentos de alinearse, ya sea a las directivas de los países desarrollados o bien a la construcción de estrategias regionales, forman parte del modo en que se erigen los diferentes proyectos nacionales.
A pesar de la intención inicial, se trata de un ensayo poco logrado, en gran medida debido a la desconexión entre el desarrollo teórico y el relato histórico y politológico de la diplomacia brasileña del siglo XX.
Finalmente, los capítulos dedicados a la historia política de Argentina muestran, desde diferentes configuraciones, una forma de estudiar el peronismo desde la periferia.
Carolina Barry, en «Los centros cívicos peronistas: de los "Coronel Perón" a los "María Eva Duarte de Perón", política, partido y liderazgos (1945)(1946)(1947)», nos describe la participación de los centros cívicos, formados en diferentes momentos de arriba abajo, acompañando la campaña de Perón o bien de manera independiente, en el surgimiento del liderazgo de Eva Perón, quien finalmente emergió como abanderada del voto femenino.
La autora aprovecha este pasaje de la historia política argentina para mostrar la vida asociativa implicada en el funcionamiento, en las formas de agrupación -desde secciones de partido a redes barriales y parentales-y en los objetivos de los centros cívicos; coyuntura que realza la participación política de las mujeres en una coalición que enlaza a peronistas, laboristas y radicales provenientes de un amplio espectro en términos sociales.
No obstante lo anterior, no es una historia de mujeres, es una historia del peronismo y cómo distintos actores -incluidas las mujeres-construyen la agenda masculina del partido y se comprometen con el desarrollo de estrategias de inclusión, en este caso a través del sufragio femenino.
«El Peronismo en la fragua.
En este sentido, la experiencia de lucha en la expropiación de los latifundios del líder Miguel Tanco, perteneciente a la Unión Cívica Radical en la provincia de Jujuy, se funde en la nueva fuerza política que es el peronismo.
Basado en un extenso trabajo en los archivos provinciales, este caso no muestra exclusivamente el traspaso de lealtades de un partido existente a uno de reciente aparición, sino también cómo operó la política de alianzas del peronismo para ampliar su base social y cómo se apropió de las demandas de tierras preexistentes.
Finalmente, el capítulo «Consensos, liderazgos y movilidad social en la actividad política.
Etnografía de un municipio en Argentina (1990Argentina ( -1999))», de Virginia Mellado, construye desde la etnografía un mapa de la transformación institucional en el departamento de Maipú, en la provincia de Mendoza, en el noroeste de Argentina.
Aquí aparecen, a partir de la historia oral, las formas en que se van entretejiendo el trabajo político de base y las formas de iniciación política y posibilidades de ascenso de los personajes más ligados a las bases sociales.
La emergencia del «delegado municipal» en la década de los noventa es parte del proceso de descentralización de funciones administrativas y fiscales para agilizar la resolución de problemas concretos que aquejan a los vecinos.
Gracias a estas reformas, las delegaciones municipales se encargan de las políticas sociales y de vivienda a nivel local, de ahí que, dada la naturaleza socialmente sensible de los temas, el delegado además de corporizar esta nueva presencia del Estado entre los ciudadanos actúa como operador político al viejo estilo, orientando el voto y formando redes clientelares.
Es posible, a partir de una mirada transversal de los diferentes capítulos, obtener un panorama general de las vastas posibilidades de las teorías y prácticas metodológicas que pueden ser empleadas en el oficio del historiador político.
En este sentido el libro constituye un importante ejemplo de la multiplicidad de enfoques desde los cuales pueden comprenderse los distintos aspectos del quehacer político institucional.
Por otra parte, desde una mirada de la periferia, es viable observar cómo la construcción de la política puede ser abordada desde los personajes de la historia no oficial, los «sin historia», para dar voz a las alteridades que construyen en definitiva el devenir de la historia política aunque, como se muestra en los ensayos relacionados con el peronismo, la «periferia» pensada como espacio y como actores busca reproducir el orden del centro.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Finalmente, un aspecto inconcluso para las ciencias sociales en general es el intento de conjugar las distintas vertientes teóricas con los estudios de caso, materia todavía pendiente en algunos títulos de este libro, pero que también puede servir como aprendizaje para los futuros emprendimientos.-Karina Kloster y wilda western, Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Siendo estas propuestas el punto de partida y llegada, la obra analiza el Descubrimiento como hecho cultural poliédrico a través de quince capítulos redactados por un excelente conjunto de historiadores de Huelva, la Casa Colón de Valladolid y diferentes especialistas internacionales, especialmente portugueses.
La diversidad del enfoque queda reflejada en la atractiva terna del título: «versiones, propaganda y repercusiones».
Su dimensión más evidente se encuentra en la naturaleza del Descubrimiento como hecho geográfico que modifica profundamente el arte de la navegación, los paradigmas cartográficos o el conocimiento etnográfico.
Varios capítulos se vuelcan sobre estas consecuencias intelectuales.
El debido a Pilar Gil Tébar desvela sutilmente las primeras manifestaciones europeas de alteridad ante la contemplación de los indios americanos, cuyas identidades culturales previas al encuentro con los europeos no tuvieron más remedio que evolucionar.
Pablo E. Pérez-Mallaína, por su parte, nos plantea cómo la forja de las rutas oceánicas tuvo relación con la aparición de una portentosa literatura náutica en España, presentada como elemento destacado de la apertura europea hacia el resto del mundo.
En general, como Siro Villas Tinoco recuerda en su contribución, muchos saberes se renovaron profundamente entre finales del siglo XV y el siglo XVI, y el Descubrimiento representó un capítulo esencial en una etapa histórica marcada por el anhelo generalizado de cambio y progreso.
Sobre la renovación de los conocimientos cartográficos en concreto, escriben Jorge Ángel Gómez Martín y Bár-HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS bara Polo Martín.
El primero demuestra la influencia de las observaciones colombinas (errores incluidos) sobre las representaciones geográficas de primera hora, como las de Juan Rodríguez de Fonseca y, muy especialmente, Juan de la Cosa.
Polo Martín, finalmente, retoma la cuestión y aborda la presencia de las huellas de Colón en el mapamundi de Zorzi y la carta de Roselli-Contarini.
Otro estrato del libro bucea en la difusión textual del Descubrimiento.
Así, las páginas de Renate Pieper buscan profundizar en los procesos de publicación de la nueva americana en Europa a través de los textos impresos en España, Italia, Francia y el Sacro Imperio, donde el acontecimiento coincidió con el acceso a la dignidad cesárea de Maximiliano de Habsburgo.
Según Jesús Varela Marcos, la primicia del conocimiento de América en España no se debió a Colón sino a Martín Alonso Pinzón, que informó a los Reyes Católicos desde Bayona a últimos de febrero de 1493, después de lo cual comenzó un proceso de difusión literaria y cartográfica que, dentro de su carácter caótico y oscuro, persiguió llegar a Roma para recabar la colaboración papal en la competencia marítima de Castilla frente a Portugal Lo que se escribía en esos textos, entonces, no era inocente.
De hecho, pocos de los textos redactados en el entorno colombino lo eran.
Julio Izquierdo Labrado se introduce en sus dobleces e indaga en algunas de las realidades que ocultaban.
El primero de los dos capítulos a su cargo denuncia la manipulación del diario del primer viaje de Colón, que establece una ruta de navegación imposible a fin de ocultar a los portugueses que los descubrimientos se habían realizado en la zona de demarcación que el Tratado de Alcáçovas-Toledo les reservaba, situación dudosa que no se legalizó hasta la firma del Tratado de Tordesillas.
La desvirtuación textual de la realidad también benefició a Colón, según defiende David González Cruz.
El Colón de González Cruz es tan buen publicista como navegante y, a través de la propaganda personal, logró capitalizar individualmente los méritos de la epopeya atlántica, en detrimento de la marinería onubense.
Él mismo sentó las bases de un mito persistente que, según revelan las páginas de Maria Matilde Benzoni, continuó desarrollándose a lo largo de los siglos, entroncando con tendencias de pensamiento exaltadoras de Europa y Occidente.
Julio Izquierdo, en su segundo capítulo, rellena muchos de los silencios de la propaganda colombina.
En particular, profundiza en el conflicto entre Cristóbal Colón y Martín Alonso Pinzón, presentado aquí como el líder natural de la marinería palerma y sin cuya concurrencia y experien-cia práctica difícilmente habría podido manejarse el genovés.
La villa de Palos fue decisiva tanto en lo individual como en lo colectivo durante la construcción de las nuevas rutas oceánicas a América y, paradójicamente, encontró en este ímpetu emprendedor las razones de una fuerte declinación.
En la misma línea, el trabajo de Diego Ropero Regidor hace hincapié en la enorme contribución de la localidad de Moguer a los mismos acontecimientos: marineros, familias que quedaban en tierra, productos agrarios, barcos, saberes náuticos...
Pese a la relativización individual de Colón, el libro no deja de incluir capítulos que abundan en una figura a la que, por supuesto, se sigue reconociendo una importancia decisiva.
El de Manuela Mendonça pone el centro de atención en la relevancia de sus múltiples vínculos portugueses y valora particularmente los detalles de un acontecimiento tan problemático cono la estancia de Colón en Lisboa y su encuentro con el rey portugués Juan II en 1493, al regresar de su primer viaje.
Montserrat León Guerrero desentraña las complejidades financieras de las expediciones colombinas y se pregunta por los beneficios económicos que estas le generaron a Colón y a su familia, concluyendo que, aunque haya dificultad para aportar cifras de mucha exactitud, resulta necesario rechazar la leyenda que afirma que Colón murió pobre: además de la rentabilidad social, sus viajes le proporcionaron unos ingresos significativos.
En cambio, como es bien sabido, jamás disfrutó del placer de comprender la verdadera dimensión del viaje de 1492.
Maria da Graça Mateus Ventura indaga en la mentalidad del genovés y evoca sugerentemente sus dificultades para asimilar los territorios que encontró, superadas pronto por otros hombres como Martin Waldseemüler o Amerigo Vespucci.
Colón opacó los méritos de muchos, pero otros opacaron los suyos también.
Muchos méritos científicos acreditan la nueva obra coordinada por el profesor González Cruz.
No se agotan solo por recordar la capacidad de aportar novedades sobre un tema tan ampliamente tratado, la sutil crítica de las fuentes históricas, las comparaciones y contrastes entre las construcciones culturales y la realidad factual, la generosa heterogeneidad de planteamientos o su incuestionable voluntad de generar debates, que ojalá efectivamente se produzcan.
Hay que alabar en él la reivindicación de una explicación colectiva del Descubrimiento que supere la simplificación del paradigma personalista, haciendo justicia a las esforzadas gentes de las poblaciones del Tinto y el Odiel en el siglo XV.-José Manuel díaz blanco, Universidad de Sevilla.
La principal novedad en la sociedad cubana en las últimas décadas, desde el período especial que siguió al fin de la Unión Soviética, ha sido el surgimiento de empresarios y trabajadores por cuenta propia.
Fueron permitidos por el Estado, obligado por la supervivencia de la revolución, y procedentes del mercado negro o animados al ejercicio de las actividades consentidas, pero siempre con una fuerte conexión con este último, impelidos por las limitaciones de su desempeño dentro de la legalidad, las trabas resultado de la misma, y las aperturas y cierres en las autorizaciones.
Cuentapropistas de los sectores de reparación, servicios y pequeña producción, usufructuarios de tierra que venden toda o parte de su oferta en el mercado libre, socios de cooperativas no rurales y agentes inmobiliarios son los rubros que agrupan a los trabajadores y empresarios citados, que con el tiempo, pese a haber sufrido ciclos de mayor o menor permisividad con su actividad, han ganado relevancia debido a las urgencias de la revolución.
Desde 2011, con el VI Congreso del Partido Comunista, en el que se estableció como hoja de ruta la reforma económica y adelgazamiento del sector público en lo referente al empleo, y con las medidas subsiguientes en las que esto se concretó, los referidos sectores se han consolidado.
No obstante, aunque ahora se les exige que a la provisión de bienes y servicios añadan otra función, tradicionalmente ejercida por el Estado, y dispongan de fuentes de trabajo alternativas para la población, que ya no son monopolizadas por aquel, su situación en general no ha mejorado en correspondencia y similar proporción.
El contexto económico-social y político en que el que han surgido y se han desarrollado los empresarios y trabajadores por cuenta propia en Cuba explica también por qué son muy pocos los datos y estudios sobre ellos y que, en consecuencia, sean bastante desconocidos.
Voces de cambio en el sector no estatal cubano pretende ayudar a resolver tal carencia.
El libro es fruto del esfuerzo de un selecto grupo de académicos y profesionales, Roberto Veiga y Lenier González (codirectores de Cuba Posible y antes director y vicedirector, respectivamente, de Espacio Laical), Aníbal Pérez-Liñán y Sofía Vera (catedrático de la Pittsburgh University y editor de Latin Ame-rican Research Review y doctoranda de esa universidad), coordinados por Carmelo Mesa-Lago, uno de los mejores especialistas en el análisis de la revolución castrista, sobre todo de su economía.
El propósito de la obra es reunir y divulgar la escasa información disponible acerca de las personas que trabajan en la isla fuera del espacio público y de sus actividades, y contribuir a su visibilización y conocimiento, para lo cual han confeccionado, ejecutado y tabulado el resultado de una serie de entrevistas, 80 en concreto, realizadas entre 2014 y 2015 en varios municipios de la provincia de La Habana y aledaños.
La pequeñez de la muestra se debe a las dificultades que en el contexto socio-político cubano tiene la realización de un estudio y más aun si se basa en información proporcionada por la población y versa sobre problemas que afectan a la estructura del régimen revolucionario.
La debilidad del trabajo, por tanto, está en los problemas inherentes que ha supuesto su confección, y por eso es también su principal aportación, ya que ayuda a entender sus limitaciones y a la vez su necesidad.
La obra comienza con la exposición y análisis de la escasa información sobre los sujetos y actividades económicas que estudia.
Las investigaciones de Carmelo Mesa-Lago al respecto en las últimas décadas, su rigor y común reconocimiento, son presentación suficiente de la calidad de este apartado, en el que se intenta responder ¿qué es el sector no estatal emergente cubano?
Se explica que con efectos metodológicos se haya dividido en cuatro categorías: trabajadores autónomos, usufructuarios de tierras, socios de cooperativas no rurales y agentes inmobiliarios, y la estructuración del libro en capítulos que las examinan específicamente, indagan en sus antecedentes y exponen lo que las entrevistas permiten conocer de ellas en sí mismas y comparativamente, en lo cual se extienden los últimos acápites, completados con un apéndice sobre las entrevistas y una bibliografía.
Además de examinar el contexto político, institucional y social de los sectores no estatales de la economía de Cuba desde su legalización por el Estado, el libro explica la normativa cambiante respecto a sus actividades, que con el tiempo se ha vuelto más permisiva, pero aun adolece de la cortapisa fundamental sancionada por el VI Congreso del Partido Comunista, que las considera como complementarias y reguladas por el gobierno e impide a quienes las ejerzan acumular riqueza.
Junto a su estudio en tales términos Voces de cambio aporta también las pocas estadísticas disponibles sobre su sujeto de estudio.
Se estima que quienes trabajan al margen de lo público en la isla son aproximadamente el 33 % de la fuerza laboral, compuesta por unos 5.100.000 individuos.
De ella el 43 % son empleados o cooperativistas, el 31 % cuentapropistas, el 20 % usufructuarios de tierra y el 6 % propietarios.
Llama la atención la rala presencia de mujeres -no llega al 30 %-y sobre la cual los autores apenas adelantan explicaciones.
Por otra parte, acerca de su potencial únicamente hay un cálculo oficial grosso modo realizado en 2011, en el cual se señalaba que en 2015 llegaría a aportar un tercio del PIB, y algunas investigaciones privadas muy limitadas.
En todos los sectores analizados la información oficial respecto a la edad, género o nivel educativo es escasa o nula y las entrevistas resuelven poco el problema por no ser suficientes para conformar una muestra susceptible de análisis científico.
Las conclusiones que de ellas se obtienen, no obstante, son muy interesantes y sugestivas.
En general los sujetos analizados fueron reticentes a hablar de sus ganancias y se quejaron de los mismos problemas, de la rigidez de las regulaciones, escasez de las ayudas y disposición de crédito, la burocratización y falta de incentivos que padece su actividad, los elevados impuestos, poca capacitación específica del trabajo, acrecentada por estar prohibido a los profesionales ejercer oficios en los que están formados, la concentración de la oferta de los bienes y servicios en la agricultura, alimentación, transporte y turismo, o la constatación de que los precios han bajado poco a consecuencia de la carestía de los insumos y tasas y a la mejora, sin embargo, de la oferta y su calidad.
Las entrevistas evidencian también que entre los que trabajan en Cuba al margen del Estado son los cuentapropistas quienes muestran un grado mayor de satisfacción, y vinculan ello al hecho de que en su gran mayoría obtienen algunas ganancias de su actividad, lo que no ocurre con quienes se dedican a la agricultura, debido a que no disponen de mercados realmente libres, a que el Estado fija los precios y muchas veces compra la producción por el importe que establece, a que los insumos son caros, faltan tecnologías, fertilizantes, plaguicidas e infraestructuras de comercialización.
Por lo general ambos sectores y los demás tienen poca capacidad de generar empleo, cuentan con escasos trabajadores, defecto que solo es algo menor en el caso de los cuentapropistas, que además suele ser más atractivo para la población joven.
El sujeto analizado por Voces de cambio del sector no estatal cubano, finalmente, es en general y como promedio hombre, de unos 41 años de edad, blanco y con estudios medios o superiores, aunque los autores señalan que por la debilidad metodológica y empírica del trabajo efectuado es posible que las mujeres, los afrocubanos e individuos con menor nivel de enseñanza estén subrepresentados.
Otra conclusión interesante que se obtiene de las entrevistas es que sobre todo entre los cuentapropistas hay una tendencia destacada a reinvertir parte significativa de las ganancias, lo que seguramente indica confianza en la propia capacidad y en el contexto político y socio-económico y, desde luego, aporta solidez a las actividades económicas.
En conclusión Voces de cambio es un esfuerzo, a la que vez que limitado, enorme por su contribución escasa pero descomunal -en el entorno y con las posibilidades con las que está realizado y ha podido ser realizado-al conocimiento de lo más novedoso que ha surgido en la sociedad de Cuba en las últimas décadas y cuyo desconocimiento hace de cualquier intento honrado y riguroso de aliviarlos, como el que aquí nos ha ocupado, un esfuerzo de incalculable valor y transcendencia.-antonio santaMaría garcía, Instituto de Historia, CCHS-CSIC, Madrid.
Navarro García, Luis y Navarro Antolín, Fernando, Las dobles exequias del arzobispo Figueredo ( 1765): El canto del cisne de los jesuitas de Guatemala, Huelva, Universidad de Huelva, 2016, 397 pp.
Nunca me pude imaginar que detrás del título de Las dobles exequias del arzobispo Figueredo (1765) hubiera un contenido tan rico tanto por la materia en sí como por los autores, dos Navarros, un tándem singular, padre e hijo, que hacen una combinación muy armoniosa, aportando cada uno lo propio de su especialidad, a saber, historia de América y cultura clásica.
Como su título expresa, en el caso del arzobispo de Guatemala, Dr. D. Francisco José Figueredo y Victoria, se celebraron dobles exequias, en la catedral de la capital de la Audiencia bajo el título de Lágrimas de las dos Américas y en la iglesia del colegio de los jesuitas con el título de El llanto de los ojos de los jesuitas, como si una sola hubiera sido insuficiente o, quizás con mayor precisión, como si la Compañía de Jesús de Guatemala no hubiera podido renunciar a celebrar las exequias en familia, ya que tanto debía al arzobispo payanense.
Porque, efectivamente, Figueredo había nacido en Popayán en 1685, se había formado en el Real Seminario de San Luis en Quito bajo los jesuitas y ejercido de cura rural durante años hasta que fue llamado a la sede de Popayán, donde ocupó algún cargo en la curia hasta que en 1741 se le designó para ocupar la sede episcopal.
Tanta era su vocación pastoral que realizó visitas a un territorio que aun hoy en día es sumamente difícil por su terrible orografía.
Hasta 1753 no fue promovido a la sede arzobispal de Guatemala, un criollo que no había salido de su territorio antes de alcanzar los setenta años.
Muy limitado de fuerzas físicas, consumidas en su etapa anterior, y prácticamente ciego entregó su vida al creador en 1765.
La relación con los jesuitas le venía desde sus años de formación en Quito, relación que lejos de disminuir potenció sobre todo cuando tuvo más poder y capacidad para favorecerlos con generosas dádivas y concesiones.
No contento con esa protección, siempre aspiró a vincularse más íntimamente a la orden ignaciana, de modo que solicitó del padre general y del papa poder hacer los votos de la orden antes de morir y ser amortajado con la sotana de los religiosos ignacianos, como efectivamente ocurrió.
Junto a ese rasgo tan sobresaliente de amor a los jesuitas destacó también por su deseo de progresar en su carrera eclesiástica para lo que no ahorró influencias cortesanas.
Esta obra consta de dos partes.
La primera es un estudio preliminar, que alcanza un poco menos de la mitad de la obra, y nos ofrece una semblanza del personaje que con humildad titula el Dr. Navarro García como «aproximación a su biografía», pues no cabe duda que le hubiera gustado descubrir mucho más de la vida del arzobispo Figueredo, en especial de su estancia en la sede de Guatemala, de la que apenas han quedado testimonios dado que en muy poco tiempo perdió completamente la vista, pero que le ha exigido consultar en el Archivo de Indias la documentación de tres audiencias, Santa Fe, Quito y Guatemala, dada la posición peculiar de Popayán entre las dos primeras.
Destacan en su ejecutoria de obispo las visitas a las sucesivas diócesis, tanto en Popayán, comenzando desde el Chocó hacia el sur, como en Guatemala, donde visitó 48 de las 123 parroquias en un inmenso territorio desde Chiapas hasta Nicaragua.
Aparte de las visitas a los pueblos, que constituían el mayor objeto de sus cuidados, tuvo que armonizar a su equipo de capitulares en el gobierno de las diócesis, así como a los doctrineros y llevarse bien con las autoridades civiles, sin descuidar los asuntos económicos y las demandas culturales y asistenciales.
Las exequias y en este caso dobles exequias, ocupan la mayor parte del texto de la primera parte, en que dentro del contexto de la Compañía de Jesús en la Nueva España, se trata en detalle del arte funerario, de los túmulos, de las oraciones fúnebres, de la pira funeraria erigida para las exequias del obispo Figueredo, de los autores jesuitas de los opúsculos, de toda la iconografía y de las imágenes debidas a los padres Sacrameña y Molina, simbolismos y textos de las cartelas tanto en latín como en castellano con amplias y minuciosas explicaciones en numerosas notas.
En total las notas suman 616 en 342 páginas de texto, a las que hay que añadir como complemento imprescindible las 42 páginas de ilustraciones.
Todos los textos latinos, tanto poéticos como retóricos, están traducidos y anotados, corrigiendo y comentando las distintas versiones que han aparecido publicadas.
Destaca en un contexto barroco de gran profundidad de erudición, pues ha tenido que ser un experto latinista y humanista como el Dr. Navarro Antolín, quien indague la enorme carga de sabiduría clásica contenida en las composiciones poéticas y en las oraciones fúnebres para que lleguemos a saber los niveles alcanzados por los jesuitas de los centros universitarios de Guatemala, donde desarrollaban su labor docente y apostólica.
A continuación, en la segunda parte se presenta la edición crítica, traducción y notas de los textos, tanto los exhibidos en la pira de la catedral como en la iglesia de los jesuitas, ambas con sus cartelas de epitafios y poemas latinos o castellanos, así como de las oraciones fúnebres de los predicadores jesuitas en ambos templos, para de este modo fijar de acuerdo a los criterios más exigentes una versión fiable.
Es una auténtica obra literaria en sus distintos estilos poético y prosaico, un ejercicio barroco de estilismo que demuestra la altura de los conocimientos de los maestros jesuitas en saberes teológicos y en recursos estilísticos.
Con esta edición lograda de la comparación y cotejo de todas las ediciones anteriores de esos textos, se puede albergar la certeza de que el Dr. Navarro Antolín ha fijado con seguridad una versión incontrovertible.
Como se ha dicho ambas exequias corrieron a cargo de jesuitas, en la catedral el P. Cantabrana pronunció su Lugubris lamentatio y el P. Calatayud su Sermón fúnebre, mientras que en el colegio fueron el P. Rafael Landívar con su Funebris declamatio y el P. Vallejo con su Lúgubre declamación.
Ante las limitaciones de la biografía del arzobispo finado cabe la tentación de pensar que es más valioso el continente que el contenido, es decir, el homenaje que el homenajeado, precisamente porque su estancia en Guatemala nos queda algo desdibujada, salvo en lo que afectó a la Compañía de Jesús, receptora de las predilecciones del pastor, y lo que destaca son los oradores fúnebres.
Puede que en esto se manifieste el barroquismo que no es tan aparente en los textos y panegíricos del difunto.
Pero en este estudio la explicación de las honras fúnebres desarrolladas en los túmulos con la cantidad de simbolismos, órdenes y disposición de toda la pira en los distintos pisos, adornos e iconografía, sin contar con los bosquejos biográficos de los autores, es en sí misma de un valor superior.
Todo ello es fruto de investigaciones acuciosas, pero donde más resalta la maestría del experto es a la hora de interpretar y buscar el origen de figuras, alusiones, citas de episodios de la literatura bíblica, clásica o patrística.
Todo eso no lo hace más que un experto y por tal motivo destaca tanto el continente.
Claro que estas explicaciones y riqueza de saberes no serviría de mucho sin el valor de los pensamientos de los propios panegiristas, que dentro del marco barroco no abusan de elogios regalados.
Paradójicamente, ¿quién hubiera podido decirle al gran benefactor de la Compañía que todos sus desvelos por favorecer la obra educativa y apostólica de aquellos padres iba a desaparecer por su extrañamiento de los territorios españoles en apenas dos años?
¿Cómo podía perderse todo aquel legado de saberes y conocimientos, desarrollados en tantas casas de estudio y centros de difusión y enseñanza?
Una floración tan ubérrima hasta en rincones no nucleares, como Guatemala, iba a quedar truncada con una medida tan política como injusta por un monarca absoluto, que tenía potestad para guardarse las razones de tal medida en su real pecho.
Lo mismo que los jesuitas produjeron un sin fin de obras materiales de orden económico agrícola y ganadero, que levantaron extraordinarias obras de arte a lo largo de todo el continente, que son motivo de admiración hoy en día, lo mismo que regentaron grandes centros de saber para difundir los conocimientos y que se internaron en los lugares más inhóspitos o peligrosos en pos de la difusión del Evangelio, también alcanzaron cotas importantes de obras literarias gracias a su método didáctico del ratio studiorum como vemos en estos ejercicios que no son de puro exhibición sino salidos del agradecimiento más sincero.
Quienes pudieron producir estas perlas de la oratoria o de la poesía estaban en condiciones de crear obras más importantes como en el caso de Rafael Landívar con su Rusticatio Mexicana, obra de un exiliado en Bolonia que lejos de dejarse vencer por la melancolía, la superó escribiendo sobre su tierra un poema admirable.
Paradoja no menor esta que para poder escribir esta gran obra tuviera que producirse la extinción de la orden ignaciana, pues seguramente sin el exilio no se hubiera visto forzado a escribirla.
Si este de Landívar fue un caso excepcional, hubo muchas otras obras que quedaron frustradas tras esa medida.
Por todo lo cual este libro de los doctores Navarro pone en valor la producción literaria de unos miembros de la Compañía que dominaban el RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS castellano y el latín como para plasmarlo en obras dignas de ser conocidas.
Junto a otros autores contemporáneos ya en unos años de renovación ilustrada tenían todo el armazón mental y el desarrollo metodológico para estar a la altura de los mejores.
Mérito de los autores de esta obra es poner en conocimiento, aunque sea con la excusa del obispo Figueredo, el acervo de saberes que en cualquier ciudad del imperio español se poseía gracias a la tarea de unos religiosos entregados a labor tan digna humana y divinamente.-Julián b. ruiz rivera, Universidad de Sevilla.
Pino Iturrieta, Elías, Positivismo y gomecismo, Caracas, Editorial Alfa, 2016, 202 pp.
Es bien sabido que los libros tienden a cobrar vida propia, escapándosele al autor sin por eso dejar de acompañar a veces una actualidad cuyas raíces se hunden en un pasado no tan remoto, aunque no siempre asumido.
Tal es el caso de esta tercera reedición de la obra de Elías Pino Iturrieta, historiador de las ideas de reconocida trayectoria académica e intelectual, cuya acuciosidad no se ha desmentido para nada en lo que a interpretación de la historia reciente y especialmente a personalismo político e historia oficial de Venezuela se refiere.
Este «tercer regreso», como lo llama el autor, se nutre en efecto de una amplia y novedosa bibliografía sobre el «benemérito» «tirano liberal» Juan Vicente Gómez.
El libro se vuelve a publicar además en un contexto de creciente imposición del personalismo en la cúspide del Estado, de intentos sistemáticos por asegurarse el control de la sociedad en su conjunto y, en fin, de apología constante a los «mandones de turno» si no al finado «Bolívar del siglo XXI».
En este sentido, el papel de los intelectuales dentro de un régimen personalista no es el menor aspecto de estas permanencias del pasado criollo en un presente revuelto más cercano a la «última catástrofe» ejemplificada por Henry Rousso que a un gobierno cabal y de fundamentos democráticos.
La influencia del positivismo se remonta en Venezuela a la sexta década del siglo XIX, con una alocución de Rafael Villavicencio pronunciada desde las aulas universitarias.
Hasta 1935 (fin de la cruenta dictadura gomecista que duraba desde el año 1908) esta corriente filosófica e intelectual que reúne a historiadores, sociólogos, juristas y médicos, predomina en la vida política.
Las leyes sociales, el progreso como meta, la ciencia positiva y la importancia para los «conductores del pueblo» del método científico y de la sociología, son unos de los lemas que sustentan la nueva ideología asentada en la lectura de autores europeos (Comte, Spencer, Stuart Mill...) y en la búsqueda de una economía fortalecida por el auge de la industria petrolera así como de un gobierno liberado de los caudillos.
El libro se adentra precisamente en este andamiaje ideológico, dicho de otra forma en el papel de la intelligentsia en la conformación del nuevo credo y legitimación del mandato autoritario de Gómez.
En este sentido, ofrece una visión panorámica de notables intelectuales «orgánicos» en la perspectiva gramsciana, voz y a veces pluma del dictador y académicos todos y desvirtuando por esta misma razón el oficio del historiador profesional: Pedro Manuel Arcaya (escritor, historiador, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia en 1910, diplomático, ministro, senador), José Gil Fortoul (sociólogo, escritor, diplomático, ministro de Instrucción Pública, autor en 1907 de la famosa Historia Constitucional de Venezuela), Laureano Vallenilla Lanz (senador, encargado de propaganda del régimen, portavoz del presidente, diplomático) y César Zumeta (jurista, editor propagandístico, cónsul, ministro).
En su actuación sobresale el papel del «pensamiento como vehículo para la fábrica de un proyecto nacional», a lo largo de un «período capital de las relaciones entre los intelectuales y el poder», caracterizado por un análisis de los «males del continente» que radica en el pasado siglo XIX (siglo de los caudillos y de las revoluciones), «diagnóstico» altamente justificador de la dictadura.
El «atavismo antropológico» ejemplificado por Zumeta y luego por Arcaya, el «gendarme necesario» de Vallenilla Lanz (la aprensión de la autoridad no deja de ser ambigua y debatida entre los cuatro teóricos: ¿el caudillo llega a liberar la nación de la anarquía?), y el rescate (¿panacea hasta en lo moral?) de patrones procedentes del mundo europeo-occidental en sus elementos humanos -la benéfica inmigración-o materiales, junto a sus costumbres cívicas, no tendrán otro significado.
El libro recorre la matriz ideológica de esta intelligentsia así como la nueva historiografía que se dedica a explicar y explorar, como lo hizo Gil Fortoul en su Epistolario, «las costumbres y la evolución histórica de Venezuela por la influencia, combinaciones de la raza, del medio físico y de los factores ocasionales que obran siempre en toda evolución social y política».
No se trata aquí de considerar a cada uno de estos autores por separado sino de restituir el ambiente intelectual e ideológico que propició la justificación del gomecismo, incluyendo no sólo su filosofía racional encaminada a alcanzar la paz y el progreso y las leyes de la sociología positiva sino también la «cultura científica» que defendieron a nivel nacional y hasta la maltrecha integración continental.
También insistieron en la introducción de procedimientos democráticos, advirtiendo sin embargo la especificidad del caso venezolano: raza, sociedad guerrera y de pocas virtudes colectivas, condición sine qua non del ejercicio de la ciudadanía, vida política arrastrada por el personalismo caudillista y las revoluciones, aunque no concordaron siempre en la etiología del caso.
Arcaya hasta puntualizó en sus Memorias que «la democracia es un mito en Venezuela, pero mito peligroso, porque ha servido de bandera a las revoluciones que afligieron y arruinaron al país».
Ahora bien, todos se convirtieron en apologetas de la autoridad de un césar, autoridad legítima por razones históricas y constitucionales así como por las «necesidades del momento».
Solo un hombre imprescindible estaba en condiciones de contrarrestar el fenómeno de «disgregación» (Vallenilla), o sea un hombre de acción y disciplina como Juan Vicente Gómez.
De este régimen fundado en un proyecto «positivo» y de esta «nación hecha Gómez», los letrados que integraron la camarilla se hicieron los pilares, obviando la presencia de los partidos, bajo el ropaje de una ruptura con el pasado y de la puesta en escena de un «personalismo positivo» (a diferencia del ninguneado siglo XIX).
Fomento de la actividad económica, obras públicas incluidas, y modernización del ejército dejaron huellas en la historia del siglo XX venezolano.
La correspondencia de Gómez con los intelectuales entregados a la causa de la dictadura y portavoces de ella desde sus cargos diplomáticos conforta esta interpretación que despierta no pocos ecos en el tiempo presente venezolano.
Si en la obra del «tirano liberal» (título de una obra de Manuel Caballero) despertó no pocas contiendas historiográficas, el nexo entre gomecismo y positivismo, como doctrina e ideología al servicio de la dictadura, no arrojó tantas dudas.
Como lo subraya Elías Pino, «si el gomecismo significa la privanza absoluta y arbitraria de un hombre en la génesis de la Venezuela contemporánea, el positivismo es el escudo para presentarlo a la consideración del mundo, el ropaje erudito de una realidad de la que forma parte y a la cual debe su permanencia, mientras en otras latitudes golpean nuevos aires en la mente de los hombres».
En pocas palabras, estamos ante un análisis imprescindible que deberían revisar cuidadosamente -y tener en su biblioteca-tanto los estudiosos de un pasado no tan lejano como los analistas de un presente asediado por los mismos «males»: personalismo y revolución.-Frédérique langue, CNRS-IHTP, París.
La conflictiva historia de las relaciones entre España y México ha despertado desde siempre un gran interés entre los historiadores de ambos países, especialmente desde el lado mexicano.
Ello ha dado lugar a una multiplicidad de estudios que abordan esta cuestión desde distintos aspectos y períodos.
El resultado ha sido un escenario historiográfico muy fragmentado, en el que no existía una obra que analizara las relaciones bilaterales en conjunto desde la independencia de México hasta la actualidad.
Los autores de Historia de las Relaciones entre España y México 1821-2014, Agustín Sánchez Andrés, adscrito al Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo de México, y Pedro Pérez Herrero, catedrático de Historia de América en la Universidad de Alcalá de Henares, son destacados especialista con aportaciones previas en esta área de investigación.
En esta monografía reconstruyen las relaciones hispano-mexicanas durante casi doscientos años y lo hacen desde una perspectiva interdisciplinar, atendiendo a las diferentes variables -políticas, económicas, migratorias y culturales-de unas relaciones que, como señalan, revistieron desde el inicio un carácter poliédrico derivado de su enorme complejidad.
Su propósito es entrar en el análisis de los diferentes factores que condicionaron las dos últimas centurias, diferenciando lo estructural de lo episódico y centrándose en las problemáticas de fondo que condicionaron la forma en la que las relaciones bilaterales se desenvolvieron en el tiempo largo.
De este modo, hacen un recorrido por el entramado de intereses, vínculos y conflictos en continua transformación que marcó la historia compartida de estos dos países desde la independencia al tiempo presente.
El objetivo de la obra podría parecer a priori sumamente complicado y ambicioso, pero el resultado, lejos de defraudar, sorprende positivamente.
Seguramente porque ambos investigadores llevan décadas profundizando en el estudio de los diferentes recovecos de la compleja relación entre España y México y conocen perfectamente no solo la historiografía en torno al tema, sino también la historia de ambos países.
El resultado se acerca más a un profundo ensayo de análisis histórico que a una monografía al uso en el ámbito de la historia de las relaciones internacionales.
El libro está articulado en torno a once capítulos que conjugan las variables políticas, sociales, culturales y económicas desde la independencia hasta la historia reciente.
Termina con un balance a modo de conclusiones relativas a la última etapa de las relaciones y se anexa una cronología acerca de los principales acontecimientos que las enmarcaron.
El prólogo de la embajadora de México en España, la historiadora Roberta Lajous, resalta la importancia que la relación bilateral ha tenido tradicionalmente para la República mexicana, más importante sin duda que para el lado español.
El primer capítulo constituye una reflexión en torno a las características generales de las relaciones hispano-mexicanas desde el siglo XIX al XXI.
Profundiza en los factores que condicionaron las distintas etapas y hace un seguimiento de cuáles fueron sus rasgos diferenciales y la manera en que evolucionaron en una panorámica poliédrica de las relaciones bilaterales desde la perspectiva braudeliana de la larga duración histórica.
Asimismo, este capítulo lleva a cabo un exhaustivo análisis historiográfico de los estudios relativos a las relaciones hispano-mexicanas publicados tanto en España como en México, señalando qué áreas han sido más estudiadas y cuáles están aun pendientes, contribuyendo de este modo a abrir nuevos campos de investigación.
El segundo apartado se centra en las vicisitudes del prolongado proceso de reconocimiento de la independencia de México por la antigua metrópoli, que solo pudo ser culminado en 1836, tras la muerte de Fernando VII.
Se plantea cómo el establecimiento de relaciones diplomáticas dejó pendientes una serie de problemas que gravitarían sobre el futuro de las relaciones hispano-mexicanas, como la indefinición de la nacionalidad de los españoles en México.
Los conflictos que marcaron las relaciones desde el reconocimiento hasta el último cuarto del siglo XIX son abordados en el tercer capítulo.
Se atiende al papel jugado por la influyente colonia española en México, así como a los problemas provocados por el carácter cambiante del imaginario español en México y, en particular, por el peso socio-cultural atribuido por liberales o conservadores a la herencia colonial.
Se analiza también cómo la cuestión de Cuba influyó en las relaciones bilaterales y llevó a los sucesivos gobiernos moderados y unionistas españoles a tratar de intervenir en la política mexicana a fin de intentar imponer un monarca español en el trono mexicano o, al menos, incluir a este país en la esfera de influencia española.
Significativamente se pone de manifiesto cómo la intensa conflictividad política de las relaciones durante esta etapa, que puso en varias ocasiones a ambos países al borde de la guerra, no afectó apenas a las fluidas corrientes migratorias y culturales que caracterizaron al período.
El porfiriato supondría la normalización de las relaciones diplomáticas sobre la base de la importante participación del colectivo español en el proyecto modernizador impulsado por el régimen porfirista.
El cuarto capítulo nos muestra cómo este período constituyó una auténtica «edad de oro» para la colonia española en México y cómo se resolvieron algunos de los principales diferendos que habían marcado el período anterior, como fue el caso de la llamada «deuda española».
La Revolución Mexicana pondría fin a este acercamiento y abriría una nueva etapa de tensiones bilaterales marcadas por nuevos intentos intervencionistas de la diplomacia española en el desarrollo político del país, como se puso de manifiesto durante el golpe de Estado contra Francisco I. Madero, y por el desarrollo de actitudes hispanofóbicas entre amplios sectores de la sociedad y del propio liderazgo revolucionario.
El capítulo quinto estudia este proceso, así como la estabilización de la situación durante la década de 1920 a partir del progresivo acomodo de la colonia española en el nuevo régimen político.
Los dos capítulos siguientes atienden a los factores que llevaron al entendimiento hispano-mexicano durante la Segunda República y a la intervención mexicana en apoyo de la República en la Guerra Civil española.
Se detienen en la atracción ejercida por el programa social del México revolucionario sobre la izquierda española y la creación de importantes redes entre políticos e intelectuales de izquierda de ambas orillas del Atlántico, un tema poco estudiado sin el cual no se explicaría la solidaridad del México cardenista hacia la España republicana durante la Guerra Civil.
Esta parte del libro aborda asimismo la llegada del exilio republicano a México, sin duda uno de los episodios más relevantes de las relaciones hispano-mexicanas, así como su importante impacto sobre el mundo académico y cultural.
Las razones de la ruptura de las relaciones diplomáticas durante la prolongada dictadura franquista son objeto del capítulo octavo.
Una convergencia de factores internos y externos condujeron al régimen presidencialista mexicano, configurado a partir de la presidencia de Manuel Ávila Camacho, a adoptar una decisión que, paradójicamente, no impidió el progresivo fortalecimiento de las relaciones migratorias, comerciales y culturales entre ambos países durante las décadas centrales del siglo XX.
El libro destaca la importancia de los vínculos oficiosos establecidos durante esta etapa por dos regímenes políticos que, más allá de las apariencias, pre-sentaban a fin de cuenta notables semejanzas derivadas de su respectiva naturaleza autoritaria y tecnocrática.
El final de la dictadura franquista eliminó trabas y los gobiernos de Adolfo Suárez y José López Portillo sellarían el restablecimiento pleno en 1977.
El noveno capítulo se ocupa de las relaciones bilaterales durante la transición democrática española y de su trayectoria entre 1975 y 2014.
Durante los gobiernos de la Unión de Centro Democrático se conformó un marco de confianza que sentó las bases de lo que sería el establecimiento de una asociación estratégica entre ambos países y la reconfiguración de los imaginarios mutuos, que se ha afianzado tanto durante los gobiernos socialistas de González y Rodríguez Zapatero como con los del Partido Popular presididos por Aznar y Rajoy.
Los dos últimos capítulos del libro ofrecen un estudio exhaustivo de las relaciones económicas y migratorias entre España y México desde 1976 hasta la actualidad.
Se analiza, con profusión de gráficos y series estadísticas, la evolución de las relaciones comerciales y financieras en el marco de los compromisos regionales de ambos países (Unión Europea y Tratado de Libre Comercio, entre otros).
Se advierte cómo la definitiva normalización de las relaciones hispano-mexicanas durante las tres últimas décadas ha ido de la mano del progresivo crecimiento de los intercambios económicos.
El último apartado disecciona e interpreta, a partir de una exhaustiva información proporcionada sobre todo por organismos oficiales, las características específicas de los flujos migratorios y el impacto del turismo en los intercambios entre ambas naciones en los últimos años, estrechamente vinculados a la situación de sus economías y al contexto de la economía mundial.
El libro se cierra con un balance y una perspectiva a futuro sobre los nuevos retos de las relaciones bilaterales a raíz del proceso de globalización, enfatizando la necesidad de reformularlas por las demandas de un mundo cada vez más interdependiente, especialmente tras el establecimiento de un acuerdo de asociación estratégica entre México y la Unión Europea.
En la historiografía sobre las relaciones entre España e Iberoamérica las mantenidas con México han atraído especialmente la atención de los investigadores, pero hasta la aportación conjunta de Sánchez Andrés y Pérez Herrero no se contaba con un estudio científico al tiempo que exhaustivo y comprensible.
Y ese es uno de los haberes que convierten Historia de las relaciones entre España y México, 1821-2014 en una monografía novedosa en el conjunto de los estudios hasta ahora editados.-ascensión Martínez riaza, Universidad Complutense de Madrid.
Shanahan, Maureen G. and Reyes, Ana María (eds.), Simón Bolívar.
Héroe de una independencia de múltiples ecos a nivel continental, mito nacional en su país de origen, el muy mantuano Bolívar ha sido el tema de numerosas biografías, mayormente en el rubro de la historia patria venezolana y, desde la llegada del «segundo Bolívar», Hugo Chávez, al poder (1999), desde los pregones de la historia oficial y de una consiguiente reescritura de la historia bolivariana.
Ante la instrumentalización del pasado y la «divinización» del héroe «reencarnado» en el siglo XX, más propia del «realismo mágico» en su vertiente negra y de una gesta de cuño militarista que de la escritura de la historia, la movilización de los historiadores de oficio ha sido fundamental hasta tal punto de que pasó a la posteridad como «rebelión de los historiadores».
Esta recopilación de enfoque multidisciplinario, que cuenta con un prólogo de Germán Carrera Damas, señero autor de El Culto a Bolívar.
Esbozo para un estudio de las ideas en Venezuela (1970), prolongado en 2005 por El bolivarianismo-militarismo: una ideología de reemplazo, hace hincapié de entrada en una característica notable del personaje histórico.
Bolívar se convirtió en efecto en un icono, no solo desde el punto de vista cultural como reza el título, sino también político e ideológico.
A través de tres grandes apartados, el libro busca analizar las razones y modalidades de la elaboración del mito en lo «cultural», de sus vaivenes a lo largo del tiempo, desde el fundacional siglo XIX -referencia mayor para el presidente Chávez y no solo en lo que a Simón Bolívar y a la revolución de independencia atañe-hasta los siempre muy debatidos siglos XX y XXI.
Reúne tanto contribuciones inéditas como republicaciones de artículos aparecidos en revistas científicas.
No carece de sentido recordar que, pese a su omnipresencia en el debate público, las ideas de Bolívar no siempre cundieron en la misma Venezuela y en la Gran Colombia en que respecta la creación de los Estados naciones y al significado de la palabra ciudadanía.
Su imagen hubiera sido remodelada incluso, de acuerdo con la introducción, a usanza de los individuos y de las comunidades, desembocando en «bolivarianismos culturales».
Si bien no compartimos esta sola adjetivación «cultural», que tiende a obviar el origen militar del mito y la actuación guerrera y política del héroe -vinculado además con una realidad social impostergable, la de un aristócrata criollo, representante asumido de una élite encumbrada-, amén de los usos que de Bolívar se hicieron reiteradamente a lo largo de la historia de Venezuela, el estudio de las representaciones ya que de esto se trata, no deja de adquirir especial relevancia a la hora de desentrañar el funcionamiento del mito.
La historia de las representaciones (sociales, políticas, culturales) asociada además, y como lo hicieron historiadores como Elías Pino Iturrieta, a la historia de las ideas, resulta aun más pertinente en el tiempo largo.
Resultan incluso imprescindibles en el contexto de la Revolución Bolivariana y del ocaso de la democracia in situ, de un discurso propagandístico y de una simbología que se extienden incluso fuera de las fronteras nacionales.
Más allá de la adscripción globalizadora en los Cultural Studies, el libro ofrece varias vías para la comprensión de un personaje polifacético -quizás, el sentido más sensato que se le pueda aplicar al término «unhinged» evitando de paso el juicio de valor o la referencia decontextualizada a «esferas públicas agonísticas» tipo Laclau/Mouffe-.
Pese a la mitificación orquestada desde el Estado, a la santificación del héroe por el régimen chavista y a la reescritura sesgada de su actuación política y social en la esfera pública y orientada hacia el «pueblo», tal populismo «revolucionario» (Gómez Calcaño/Arenas), no cabe la menor duda de que el Libertador no siempre fue hombre de progreso y portavoz de los anhelos de libertad e independencia, o «libertador de los esclavos» (sic).
Basta con recordar, amén de la conformación del ejército bolivariano, la etapa constitucional y especialmente la Constitución de Bolivia (1826) y la dictadura comisoria, entre otros aspectos autoritarios de su pensamiento ocultados por la historia oficial de turno.
Habida cuenta de los trabajos ya realizados sobre el tema, el propósito de esta recopilación no es, sin embargo, adentrarse en el análisis del bolivarianismo o del culto a Bolívar tal como se viene consolidando desde finales del siglo XIX bajo el régimen de Guzmán Blanco, sino proponer un estudio en el orden iconográfico y cultural de un sistema simbólico y de un «campo cultural».
No carece de interés puntualizar aquí, como lo hicieron las editoras en su introducción, que los llamados estudios culturales abarcan objetos entendidos como «signos» integrados en un dinámico y rebatido campo de poder y de significación.
El proyecto intenta por lo tanto sobrepasar la cuestión del culto y de las «formaciones ideológicas o bolivarianismo» con el fin de rescatar une extensa serie de representaciones de Bolívar y, dentro de ellas, las más desatendidas: la música, las artes visuales, la iconografía desde la época de Bolívar hasta nuestros días, y otros «procesos performativos» que las conmemoraciones del centenario (y del bicentenario de la independencia) tienden a resaltar.
De hecho se entiende mejor el propósito inicial y se aclara la definición predominantemente «cultural» del bolivarianismo tal como se enarbola en las primeras páginas de la obra.
Una primera parte incluye una serie estudios dedicados a la imagen de Bolívar y a la forja del icono «visual» tal como se afirmó el siglo XIX a través de sus retratos, una «conquista visual» de singular significado en el mismo proceso de independencia (E. Engel) en relación con una «ideología de la raza» que abarca otras regiones del Caribe (Cuba), concluyendo con el esclarecedor aporte de T. Straka acerca del papel de la historiografía liberal del mito y del nacimiento del historicismo junto a la creación de los símbolos nacionales en el siglo XIX, conformando una incipiente política de la memoria.
En los descalabros del siglo XX se centra una segunda serie de análisis, desde el «héroe de las Luces», el centro Bolívar de Eslovenia como «símbolo de liberación», un acercamiento de interés de A. M. Reyes a la reinterpretación de las imágenes «canónicas» tal como los pintó la artista colombiana Beatriz González con una mayor abstracción crítica respecto al modelo, la revitalización de la pintura contemporánea desde la vecina Colombia, hasta una deconstrucción narrativa del mito especialmente a partir de los años 1980 (A. Ríos), su expresión por medio de la poesía y de la sátira (N. Roberts) o el tratamiento que del mismo se hizo en el cine a través de la película Bolívar Soy Yo (2002).
La versión inglesa de la «espada del Libertador» como reliquia más preciada de la Revolución Bolivariana (A. Gómez), la variabilidad de la figura de Bolívar en la política y en la vida cultural venezolana y, finalmente, los usos del bolivarianismo y la disputa por la «(re)encarnación» del Libertador en una reapropiación religiosa y popular a la vez (con motivo de la tétrica exhumación de sus restos en 2010), cierran un conjunto de aportes diversos respecto a las prácticas culturales recientes en torno a la figura de Bolívar como «signo cultural» y objeto de culto.
Este breve repaso por una obra que no deja de confortar muchas pistas para la historia cultural de Venezuela quedaría incompleto de no mencionarse el selecto cuaderno iconográfico central, que viene a completar las numerosas ilustraciones que acompañan los textos y en que se sustentan la mayoría de las argumentaciones aquí reunidas.-Frédérique langue, CNRS-IHTP, París.
Como algunas otras zonas de los Andes Centrales, la región del lago Titicaca es mundialmente conocida por la arquitectura monumental producida por los estados precolombinos.
Esta situación ciertamente ha eclipsado una gran cantidad de expresiones arqueológicas, testigos silenciosos de los desarrollos culturales acaecidos durante miles de años, pero poco estudiadas por los investigadores.
Este libro contribuye justamente a visibilizar una de dichas expresiones, el arte rupestre, que se encuentra copiosamente distribuido por toda la cuenca del mencionado lago.
Como es bien sabido, la Sociedad de Investigación del Arte Rupestre de Bolivia (SIARB) ha hecho esfuerzos significativos por divulgar trabajos sobre el arte rupestre en Suramérica, a través de la colección Contribuciones al Estudio del Arte Rupestre Sudamericano.
Este volumen, número 8 de esa colección, tiene su origen en un simposio realizado en 2012 en La Paz con motivo del Congreso Internacional «Arqueología y Arte Rupestre 25 años SIARB», al cual se le agregaron textos preparados especialmente para esta edición.
El editor ha procurado reunir en este libro las contribuciones de varios investigadores que en diferentes momentos han trabajado el tema en dicha región, que incluye porciones de Perú y Bolivia, por lo que el texto constituye una síntesis actualizada de los sitios que se conocen y las explicaciones que sobre ellos se están generando.
En la introducción Matthias Strecker ofrece un resumen de los desarrollos culturales del lago Titicaca, lo que permite al lector no familiarizado comprender a grandes rasgos los procesos sociopolíticos que allí tuvieron lugar.
Una serie de capítulos escritos por Matthias Strecker, Rainer Hostnig, José María López Bejarano y Elizabeth Arkush documentan la persistencia y variación del arte rupestre desde el período Arcaico hasta la época republicana, pasando por los períodos Formativo, Intermedio Tardío, Incaico y Colonial.
Con estos aportes es posible obtener un ajustado panorama de todo el espectro rupestre de la región: técnicas, motivos, estilos, patrones y tradiciones.
La existencia de sitios con arte rupestre pertenecientes a diferentes períodos arqueológicos convierte a la región del lago Titicaca en un área muy interesante si se pretende estudiar tanto las transformaciones como las continuidades en las prácticas de tallar o pintar las rocas.
Por ejemplo, y al contrario de lo que plantean los manuales clásicos sobre el desarrollo del arte rupestre en Suramérica, llama la atención que los sitios más tempranos se compongan de figuras talladas en tanto que los tardíos lo sean de figuras pintadas.
¿Por qué se produce el cambio en las técnicas de elaboración del arte rupestre?
Es el tipo de preguntas que pueden ser abordadas en regiones como la del lago Titicaca.
Otro conjunto de artículos se ocupa de temáticas diversas, a propósito de conjuntos localizados en distintos momentos y subregiones.
El texto de Elizabeth Klarich es una revisión de sus antiguos postulados sobre las diferencias en las figuras de camélidos como correlato de los procesos de domesticación.
El de Adán Umire estudia la distribución espacial de las cúpulas en la cuenca norte del lago y las implicaciones cronológicas de los diferentes soportes sobre los que fueron elaboradas.
Freddy Taboada analiza la persistencia en la tradición de signar con arte rupestre la cueva Qillqantiji y su relación con lo que se conoce como la «cultura andina».
Elizabeth Arkush encuentra diferencias en los contextos en que aparece el arte rupestre y postula que ellas son corolario de cambios en las condiciones socio-políticas de la sub-región de Puno (Perú).
Por último, Arik Ohnstad hace un balance de algunos tópicos presentes a lo largo de este volumen.
Especial mención merece el capítulo escrito por Strecker, López y Arkush sobre los monumentos rupestres incaicos en Copacabana e Isla de Sol ya que abre la puerta a la discusión sobre lo que se puede considerar o no arte rupestre.
Seguramente muchos investigadores consideraran que las tallas en las rocas presentadas en este capítulo forman parte de un tipo de expresión ciertamente diferente a lo que es el arte rupestre.
Una lectura transversal de los catorce artículos que componen este libro permite dar cuenta de ciertos elementos comunes a la investigación sobre el arte rupestre del lago Titicaca y por extensión a otros lugares de Sudamérica.
En primer lugar, tal y como lo reiteran casi todos los autores, la mayoría de estos trabajos en realidad constituyen aproximaciones iniciales, primeros registros, denuncias de sitios que no se conocían o de los cuales apenas existían menciones parciales.
Si bien es necesario -deseable-establecer programas de investigación de largo aliento, es claro que una mejor comprensión del arte rupestre no necesariamente pasa por el registro de cantidades enormes de sitios con arte rupestre.
Artículos como el de Umire o el de Arkush proponen explicaciones interesantes basadas en conjuntos rupestres ciertamente reducidos.
Lógicamente sus conclusiones se convierten en puntos de partida, hipótesis que deben ser contrastadas; pero es justamente así como puede avanzar la investigación sobre el tema.
Segundo, todos los trabajos hacen uso de una larga tradición de investigaciones en zonas aledañas, lo que permite, por ejemplo, postular asociaciones cronológicas sin demasiados inconvenientes.
De una parte, esta forma de proceder hace patente la madurez de los procesos investigativos en esta región de Sudamérica, producto del paciente trabajo acumulado a lo largo de varias décadas.
De otra, muestra cierta comodidad respecto a las metodologías por medio de las cuales se ha llegado a estandarizar procedimientos de asignación cronológica.
Tercero, es posible observar que los análisis estilísticos e iconográficos continúan siendo el propósito, la razón de ser, de buena parte de la agenda investigativa sobre el arte rupestre.
En conjunción con conceptos ciertamente problemáticos como el de tradición, parecería entonces que buena parte de la práctica investigativa sigue dominada por el paradigma histórico-cultural.
Más allá de las críticas que se pueden hacer a dicho paradigma, lo que debería ser objeto de discusión es el carácter mismo de las preguntas de investigación y la forma en que tales preguntas suponen la integración del arte rupestre a otros objetos y contextos arqueológicos.
Más allá de las controvertidas asociaciones cronológicas que surgen de la identificación de motivos comunes en el arte rupestre y demás objetos arqueológicos como la cerámica, la pregunta que debería hacerse es qué nos dicen esas semejanzas en términos de la cultura, de la economía, de la política.
Es claro que todas estas discusiones solo pueden originarse en contextos investigativos con algún grado de madurez como el alcanzado gracias a décadas de investigación en la región del lago Titicaca.
Si bien los autores recalcan que ella está en su fase inicial esta es, comparativamente, una región con alto grado de dinamismo.
Difícilmente se encuentra en Sudamérica otra región que convoque un número tan alto de investigadores, lo que genera un caldo de cultivo para el debate, el contraste de perspectivas diversas y la generación de nuevas hipótesis, algunas de las cuales seguramente podrán extenderse a otras regiones del continente.-Pedro María argüello garcía, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. |
Aguilera Manzano, José María: «La Revolución cubana y la historiografía», Anuario de Estudios Americanos, vol. 65, núm. 1, Sevilla, enero-junio 2008, pp. 297-320, DOI: http://dx.doi.org/10.3989/aeamer.2008.v65.i1.106 Dicho artículo contiene numerosos párrafos que son reproducción literal (con leves cambios de redacción en algunas pocas ocasiones), sin entrecomillar ni citar, del siguiente texto: Piqueras Arenas, José Antonio: «Introducción: Ensayo de contextualización de la última historiografía cubana», en Piqueras Arenas, José A. (ed.), Diez nuevas miradas de Historia de Cuba, Castelló de la Plana, Publicaciones de la Universitat Jaume I, 1998, pp. 9-39.
(Los párrafos reproducidos, que suman no menos de catorce páginas del artículo desautorizado, corresponden a pp. 10-24 y 28-32 de este texto).
Asimismo, se ha detectado la existencia de párrafos que son reproducción literal, sin entrecomillar ni citar, de otros autores.
Entre ellos (sin descartar que pueda haber más casos) los siguientes: Hernán Venegas («América en la historiografía cubana, 1832-1940», Islas, 132, 2002, 69-79, 69-79; textos de páginas 74-75 reproducidos en pp. 297-298 del artículo desautorizado); Elíades Acosta («¿Qué aportan los estudios biográficos a la historiografía cubana actual?», en Hibay, Denise A. (ed.), Trends and Traditions in Latin American and Caribbean History, Papers of the Forty-Seventh Annual Meeting of the Seminar on the Acquisition of Latin American Library Materials, SALALM Secretariat, USA, 2005, 77-84; textos de pp. 81-82 reproducidos en pp. 317-318) y Mildred de la Torre Molina («La nueva mirada de la historiografía cubana», http://www.archivocubano.org/delatorre.html [consulta 6 de febrero 2017], párrafos reproducidos en pp. 317-318).
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Evidentemente la historiografía que ha estudiado los viajes colombinos ha avanzado de manera notable durante el siglo XX y comienzos del XXI en el progresivo conocimiento de lo acontecido en los inicios de la Edad Moderna en los puertos de Andalucía occidental; aun así, la escasez de fuentes no ha permitido efectuar en todos los casos un análisis exhaustivo de cada acontecimiento, lugar o personaje relacionado con la gestación del descubrimiento de América1 en el triángulo formado por los estuarios de los ríos Tinto y Odiel.
A pesar de ello, y siendo consciente de las limitaciones que suele imponer la documentación histórica de esta época, el objetivo de esta investigación pretende continuar aportando datos inéditos que contribuyan a arrojar nuevas luces sobre algunos de los protagonistas de las relaciones que pudieran haberse tejido en el espacio denominado como «Lugares Colombinos», así como sobre el entorno geográfico donde pudieron haberse desarrollado; más concretamente el estudio se ha centrado en el Puerto de San Juan -primer nombre dado a esta población por el duque de Medina Sidonia en la carta puebla otorgada el 10 de enero de 1468-.
Precisamente, se trata de una localidad que había quedado al margen de la mayoría de los trabajos realizados hasta el momento presente sobre los viajes colombinos y su organización -salvo algunas excepciones, como es el caso de las investigaciones efectuadas por Consuelo Varela y David González-,2 y ello como consecuencia de la parquedad de las fuentes y como resultado de la pérdida de casi la totalidad de la documentación del Archivo Municipal de San Juan del Puerto correspondiente a fines del siglo XV y primeras décadas del siglo XVI.
3 En este sentido, partiendo de la base de que el río Tinto fue la arteria principal de comunicación de los personajes que prepararon la primera expedición a América en las localidades de LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS ambas orillas, parecía extraño que la historiografía tradicional solamente hubiera hecho referencia a tres de los puertos de su estuario (Palos de la Frontera, Moguer y Huelva) y casi nunca al cuarto (San Juan); en este marco, los resultados del trabajo de investigación que ahora es objeto de esta publicación tienen la virtualidad de seguir perfilando el círculo de interrelaciones entre las dos riberas de los Lugares Colombinos de la provincia de Huelva contribuyendo así a formar una imagen global de ellos en tiempos de las exploraciones descubridoras.
Desde luego, el estudio de la vinculación geográfica de Briolanja Muñiz -cuñada de Cristóbal Colón-con el puerto de San Juan no parece que sea una cuestión menor a tener en cuenta en el análisis de un acontecimiento cuya armada se preparó en estas tierras y que ha tenido una evidente trascendencia en la historia de la humanidad.
En cualquier caso, la tarea propuesta resultaba atractiva, pero al mismo tiempo la mencionada parquedad de las fuentes exigía hacer un seguimiento de ellas hasta el más mínimo detalle para proceder en una segunda fase a un cruzamiento de documentos muy diversos que permitieran revelar determinados «silencios aparentes» contenidos en los papeles de archivo y en los recursos topográficos o de planimetría utilizados.
Por tanto, las conclusiones y las aportaciones de este artículo proceden, principalmente, del conjunto de interrelaciones que de manera continuada se han realizado entrelazando con todo el rigor posible la variada tipología de fuentes; entre ellas, las existentes en los fondos del Archivo General de la Fundación Casa Medina Sidonia, Archivo General de Indias, Archivo General de Simancas, Archivo Municipal de San Juan del Puerto y en la sección de protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Huelva; a ellas se unirían determinadas ordenanzas señoriales y reales provisiones, diferentes colecciones documentales sobre el descubrimiento de América, los pleitos colombinos, crónicas y obras historiográficas, testimonios orales sobre topónimos referentes a lugares del término municipal de San Juan del Puerto, así como diferentes planos hallados en el Museo Naval (Madrid) u otros elaborados por el Instituto Geográfico y Estadístico de España.
En fin, esta ardua labor de investigación dilatada durante varios años que ha ido conexionando acontecimientos, lugares, personajes, testigos, e indicios nos posibilita ahora presentar los avances conseguidos, lo cual no supone que en el futuro -cuando obtenga nuevos datos e informaciones relevantes-no continúe progresando en el análisis del papel que desempeñaron los puertos del Tinto en los viajes descubridores en los que tuvieron una participación efectiva los marinos y residentes en ambas orillas.
Con todo, para empezar DAVID GONZÁLEZ CRUZ habría que ocuparse del estudio del lugar que fue referente geográfico para Colón y foco de atracción familiar para su venida a las tierras y puertos suroccidentales de Andalucía.
Localización y límites de las tierras explotadas
por la hermana de la esposa de Colón García Fernández, físico de Palos, quien tuvo la oportunidad de conocer a Cristóbal Colón en el estuario del río Tinto, habló con él y participó en sus conversaciones con los frailes de La Rábida con anterioridad al descubrimiento del «Nuevo Mundo», dejó registrado en su testimonio de los pleitos colombinos una razón -según sus propias palabras-de la presencia del descubridor en estas tierras occidentales del reino de Sevilla; no en vano, declaraba en las probanzas del fiscal que «se vino de la corte e se yva derecho desta villa [de Palos] a la villa de Huelva para fablar e verse con un su cuñado casado con hermana de su mujer e que a la sazón estava e que avía nombre Mulyar».
4 Desde luego, el médico palense,5 uno de los interlocutores de Colón en la zona y conocedor de sus intenciones, confirmaba la función que tuvieron sus parientes en la configuración geográfica de la ruta colombina seguida durante el proceso de gestación del descubrimiento de América.
En esta misma línea se pronunciaba Bartolomé de Las Casas cuando afirmaba que acudió al «monasterio de La Rábida, de la Orden de sant Francisco, que está junto a aquella villa, con intinción [sic] de pasar a la villa de Huelva a se ver con un concuño [sic], casado diz que con una hermana de su mujer».
6 En principio, la mención de García Fernández a que el genovés iba en dirección hacia Huelva nos ha llevado a investigar las referencias a sus cuñados en las fuentes demográficas de esta villa; si bien tras el estudio de la documentación disponible no se ha encontrado evidencia alguna de que estuvieran avecindados o residieran en ella antes de 1492, no se puede descartar totalmente esta posibilidad.
En este sentido, el primer padrón conocido fue elaborado en 1503 por la administración ducal, pero en esa LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS fecha Miguel Muliart ya había fallecido 7 y Briolanja Muñiz, su cónyuge, se encontraba residiendo en la ciudad de Sevilla; en cualquier caso, no quedaron registrados en el mencionado padrón.
Por otra parte, el hecho de que los Reyes Católicos hubieran concedido el 30 de mayo de 1493 al matrimonio Muliart-Muñiz una casa en Huelva 8 procedente de los bienes confiscados a Bartolomé de Sevilla 9 -acusado del «delito de herejía»-para que la usufructuasen en la modalidad de «secuestro», podría indicar también -solamente como una posibilidad-que hasta ese año no dispusieron de una vivienda en esta localidad, 10 aunque para entonces figuraban en el documento como vecinos de Sevilla tras haberse producido el descubrimiento de América.
Con todo, no sería hasta el 24 de octubre de 1496 cuando obtuvieron la posesión definitiva de la casa y de todos los bienes correspondientes a la citada persona que fue enjuiciada por el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, 11 a excepción del derecho de tercias disfrutado por el duque de Medina Sidonia en las tierras de su jurisdicción; así lo expresaba el documento otorgado por los monarcas:
Don Fernando e Doña Ysabel [...] por fazer bien e merçed a vos Briolanja Muñiz, muger de Miguel Muliarte, difunto, vezino de la çibdad de Sevilla, acatando los muchos e buenos servicios quel dicho vuestro marido e vos nos aveys hecho [...] en remunerazión dellos [...] vos fasemos merçed [...] no revocable agora e todo tiempo e syempre jamás de todos los bienes muebles e rayses e semovientes que fueron [...] de Bartolomé de Sevilla e de Elvira Gonçalez, su mujer, vecinos que fueron de la villa de Huelva e fueron confiscados [...].
12 7 Curiosamente su muerte se produjo durante el segundo viaje colombino y como consecuencia del tormento sufrido por mandato de Cristóbal Colón.
8 Es de suponer que la merced de otorgarle esta posesión procedería de una petición efectuada por Cristóbal Colón a los Reyes Católicos si se tiene en cuenta que recibieron al Almirante en Barcelona en el mes de abril de 1493, poco antes de materializar esta decisión mediante una real cédula.
10 Así reflejaba esta merced en una real cédula dirigida a los inquisidores de Sevilla: «Devotos padres ynquisidores de la herética pravidad de la çibdad de sevilla e su arçobispado.
Nos vos encargamos en mandamos que los bienes muebles e rayzes que fueron de bernabé de Sevilla vecino de huelva e por vuestro mandado están secrestados en poder de diego Alonso escrivano vecino de la dicha villa de huelva los pongays en secrestaçión de miguel muliert vecino de la dicha çibdad de sevilla e briolante Muñiz su muger para que los ellos tengan en secresto hasta que su cabsa sea determinada non permitays que dellos disponga el nuestro reçebtor cosa alguna syn primero nos lo faser saber e veays nuestro mandamiento [...]
De Barcelona a XXX de mayo de XCIII años».
11 El secuestro y confiscación de los bienes de Bartolomé de Sevilla tendría lugar como consecuencia de la actividad inquisitorial promovida por los Reyes Católicos en el Condado de Niebla mediante una real provisión dictada el 8 de febrero de 1491 mientras se encontraban en la ciudad de Sevilla.
12 Archivo General de Simancas, Registro General del Sello, leg.
Con todo, los datos analizados apuntan a que no hay certeza de una residencia permanente de los cuñados de Colón en la villa de Huelva antes de 1492; a este respecto, el padre Ortega exponía su tesis de que la estancia de Miguel Muliart en esta localidad era «transitoria y accidental» y que la frase del médico palense indicando «que a la sazón estaba» 13 en ella solamente significaba que entonces, por aquellos días, se encontraba en Huelva, aunque al mismo tiempo consideraba que no había morado previamente en ningún lugar de la comarca como consecuencia de no haber encontrado fuentes que probasen su vinculación con estas tierras.
14 Sin embargo, el hallazgo de nuevos documentos ha permitido demostrar fehacientemente una relación continuada de Briolanja Muñiz con San Juan del Puerto.
Así la doctora Consuelo Varela halló un apunte de contabilidad referente al año 1493 que registraba el arrendamiento de tierras que le hizo el duque de Medina Sidonia en San Juan; 15 posteriormente, en el curso de mis investigaciones, descubrí que en un privilegio otorgado a los vecinos de este lugar se mencionaba expresamente a esta noble portuguesa, demostrándose de este modo que la explotación del terreno arrendado se produjo con toda seguridad antes del primer viaje colombino, concretamente la fecha exacta podría situarse entre 1484 y 1492, puesto que en el citado documento se aprecia que el ejido comunal concedido en un principio al concejo municipal del puerto de San Juan estaba en poder de la hermana de la esposa de Cristóbal Colón, como mínimo desde 1492, y muy posiblemente en años anteriores, por decisión del duque Enrique de Guzmán, quien había privado a los vecinos de este privilegio que le fue otorgado en 1484.
De ello se hacía eco su hijo Juan de Guzmán cuando mencionaba la petición de los sanjuaneros de que les restituyese la tierra de que el Duque, mi señor, y mi padre (que santa gloria haia) hizo merced a Vriolanja Muñiz, para Exido de dicho Conzexo, como antes lo era, por ser cosa mui necesaria, e provechosa así al pro común de mis vasallos, como para las bestias de los requeros que vienen a ese mi lugar.
15 Libro de rentas mayores y menores del Condado de Niebla, San Juan del Puerto, 1493, Archivo de la Fundación Casa Medina Sidonia (AFCMS), 2.428, f.
LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS comunal continuó siendo arrendada a particulares por parte de la casa ducal; aun así, el reconocimiento social y la notoriedad que consiguió la cuñada de Colón en el condado de Niebla -especialmente después del descubrimiento de América-contribuiría a que los contadores y los administradores del duque reflejasen en la contabilidad de las rentas de la casa de Medina Sidonia correspondientes a los años 1493, 1494, 1495 e, incluso, 1513, que las mencionadas tierras habían sido cultivadas previamente por Briolanja Muñiz; 17 ciertamente, se trataba de una mención identificativa que no era precisa a efectos económicos atendiendo a que el arrendamiento había pasado a manos de otras personas.
Una vez confirmada la vinculación de la familia de Cristóbal Colón con San Juan del Puerto a través de los estudios realizados por Consuelo Varela y David González, parecía francamente difícil avanzar en la investigación de manera que pudiera hallarse el lugar concreto donde se encontraba la finca referida, y ello a pesar de tratarse de un emplazamiento de referencia en el periodo de la gestación del descubrimiento de América, si se tiene en cuenta -tal como afirmaban testigos directos-que el famoso navegante llegó desde la corte al estuario del río Tinto para encontrarse con sus parientes.
Desde luego, la empresa se presentaba complicada considerando que ni el privilegio de 20 de enero de 1493 ni los libros de rentas de la casa ducal delimitaban el sitio exacto de las tierras arrendadas.
Con todo, el cruzamiento de estos datos con el privilegio concedido por Enrique de Guzmán a los vecinos de San Juan el 22 de septiembre de 1484, por el que les dotaba de ejido, ofrecía algunas pistas no determinantes sobre su ubicación, pero que precisaban ser estudiadas con detalle; precisamente, como podemos comprobar, el mencionado privilegio reseñaba los límites de esta finca: DAVID GONZÁLEZ CRUZ cubierto en el camino que va del dicho lugar a Niebla.
Por los quales dichos mojones e alcornoques quedose señalado e amojonado el dicho exido [...].
18 A pesar de la información expresada en el documento anterior, los lugares de referencia no permitían establecer una clara conexión con la denominación utilizada actualmente ni con la vegetación o masa forestal existente en nuestros días; en efecto, los alcornoques, los lenticos, la mojonera, el ejido, o la denominación de un estero reseñado en el privilegio transcrito previamente habían quedado obsoletos para la memoria colectiva de los sanjuaneros e, incluso, en gran parte de la planimetría reciente; por tanto, después del intento de obtener testimonios orales de trabajadores del campo de edad avanzada, ya jubilados en su mayoría, todo parecía indicar que quedaba por delante una ardua investigación para localizar con exactitud este lugar colombino.
Pese a ello, he perseverado durante varios años en la búsqueda de la documentación que posibilitara rastrear nuevos indicios que llevaran al objetivo final; de esta forma, he realizado determinadas averiguaciones en el Archivo Municipal de San Juan del Puerto, en los protocolos notariales del Archivo Histórico Provincial de Huelva, en los libros de fincas del Catastro de Ensenada y en el Archivo General de la Fundación Casa de Medina Sidonia, que unidas al análisis topográfico, al cruzamiento con fuentes orales, a algunas huellas arqueológicas y también mediante planos elaborados en el periodo que va desde el Antiguo Régimen hasta el siglo XX han permitido identificar los principales referentes utilizados a fines del siglo XV por Diego de Ayón -corregidor, justicia mayor y caballero de la casa ducal-para la delimitación de este espacio geográfico.
Entre los mencionados referentes analizamos a continuación el emplazamiento del estero de Juan de Coto, el sitio de El Montecillo, los registros documentales conservados sobre la extensión del citado ejido en la Edad Moderna, así como los restos arqueológicos inventariados.
El estero de Juan de Coto
El conocimiento de la situación geográfica de este estero ha sido complejo dada la evolución de su nomenclatura a lo largo de los últimos cinco siglos y, por ello, ha requerido de un estudio de detalle mediante el manejo de documentación de diversa procedencia.
La principal dificultad ha LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS residido en que su consideración nominal como estero no se ha conservado hasta nuestros días como consecuencia directa de las obras de infraestructura realizadas por las compañías ferroviarias de Rio Tinto, Buitron y M.Z.A. durante los siglos XIX y XX.
Ciertamente, la colocación de vías férreas en el término municipal de San Juan del Puerto contribuyó a dividir el estero en dos partes reduciendo la afección de la subida y bajada de las mareas del estuario del río Tinto hasta el punto que ha terminado desecándose para convertirse, en apariencia, todo el cauce del estero en una prolongación del arroyo llamado de Ruy Lorenzo, 19 al que con posterioridad se le dio el nombre de arroyo del Prado o arroyo de la finca de La Habana -esta última es la denominación más extendida actualmente entre los habitantes de San Juan del Puerto-.
En todo caso, para su exacta ubicación ha sido especialmente relevante el hallazgo de un documento relativo al arrendamiento del molino mareal que era propiedad de María Magdalena García Valladares, ya que en esta escritura notarial se menciona el estero de Juan de Coto, donde estaba instalado el citado molino, así como el que se hallaba más cercano a él hacia el este, el estero de Berjillos -conocido actualmente por los sanjuaneros como Brejillo debido a la evolución lingüística de su expresión coloquial-.
20 De igual modo, se indica la obligación de los arrendatarios de construir un estero nuevo hacia el sitio de la Alquería 21 (hacia el oeste, en un espacio de la marisma en dirección al término municipal de la vecina localidad de Huelva); por tanto, es evidente que el estero Juan de Coto quedaba en medio de ambos transcurriendo su cauce por el centro de la finca llamada actualmente como La Habana.
Desde luego, los fragmentos de la escritura de arrendamiento consultada en el Archivo Histórico Provincial 19 Con este nombre se menciona al citado arroyo en los libros de fincas eclesiásticas y seculares del Catastro de Ensenada correspondientes al término municipal de San Juan del Puerto.
Por otra parte, entre los trabajadores del campo de San Juan del Puerto -según los testimonios orales manejados-la denominación ha evolucionado en el uso del lenguaje hasta llamarle río Lorenzo, pues se ha podido atestiguar que se ha transformado el nombre de «Ruy» en «río».
20 Una parte importante del estero de Berjillos se situaba, desde siglos anteriores, en el lugar que actualmente ocupa la avenida Andalucía, pues hace varias décadas que este sector que transcurría por el núcleo urbano de San Juan del Puerto fue canalizado a través de tuberías y pavimentado para el tránsito de vehículos y personas; solamente se conserva en su estado original un tramo de este estero, concretamente el que circunda las instalaciones de las antiguas bodegas Lazo que se encuentran en las proximidades del río Tinto y de la estación de ferrocarril de esta localidad.
21 No tenemos constancia documental de que este último estero se llegase a realizar de manera artificial y si su emplazamiento en la marisma en dirección a La Alquería pudo condicionar su ejecución definitiva, ya que su entorno estaba inmerso en una disputa entre los cabildos municipales de Huelva y San Juan del Puerto que condujo a un pleito judicial en el siglo XVIII.
DAVID GONZÁLEZ CRUZ de Huelva, concretamente en los protocolos notariales del escribano Antonio Torneo de los Ríos correspondientes a 1773, no dejan lugar a dudas respecto a su identificación: Digo yo Da.
María Magdalena García Valladares, vecina de esta villa de San Juan del Puerto [...] doi arrendamiento vitalicio por tiempo de quattro años [...] hasta el día treinta y uno de octubre de mil settecientos sesenta y siette, es a saber un molino pan moler, que tengo en la ribera del río de esta villa, en el estero que dicen de Coto, a el qual molino llaman regularmente el de D. Agustín [...]
Ytt. con condición, que durante el tiempo de dichos quatro años an de abrir un estero nuebo a su costa en la marisma, hacia el lado de la Alquería, el que a de ttener quando menos tres varas de ancho, y quattrocienttos de largo, con el hondo correspondiente para que reciba, y bacie el agua [...]
Ytt. como condición que durante dichos quatro años an de ser obligados dichos arrendadores a limpiar el estero de Berjillos, y la caldera de un golpe de pala, y cumplido dicho arrendamiento no aviéndolo practticado lo e de poder hacer a su costa y por su importte [...].
22 Por otro lado, la pervivencia de la denominación de Coto en el siglo XVIII también se aprecia en el libro de fincas seculares del Catastro de Ensenada cuando se alude a una propiedad de tierra de secano situada en el sitio llamado del Bermejal, que según testimonios orales obtenidos 23 se confirma que coincide con unos terrenos que están en las proximidades del mencionado estero; así se puede comprobar en la descripción efectuada a mediados del setecientos sobre la siguiente parcela: tierra de dos fanegas y tres quartillas de sembradura de secano de primera calidad; a el sitio del Bermejal, distante de la población un tiro de vala: confronta [...] al Norte con el camino de Huelva; y al Sur con el estero que nombran el Coto [...].
24 En el fragmento del plano de San Juan del Puerto (figura 1) se observa perfectamente que el estero Juan de Coto transcurría por la finca La Habana y enlazaba con un arroyo antes de efectuarse las obras por parte de las diferentes compañías ferroviarias a fines del siglo XIX y principios del XX, 25 22 Contrato de arrendamiento firmado en San Juan del Puerto el 28 de octubre de 1773, Archivo Histórico Provincial de Huelva (AHPH), Protocolos Notariales de San Juan del Puerto, 5.184, f.
23 Información topográfica proporcionada por Rafael García Gómez, vecino de San Juan del Puerto y trabajador del campo, que frecuentó a mediados del siglo XX esos terrenos, y que atestigua se les daba la denominación de Bermejal.
25 En torno a una información más amplia sobre las infraestructuras construidas por estas compañías puede verse: Romero, 2007, 590.
LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS así como consecuencia de la construcción de la carretera nacional A-472 (Huelva-Sevilla); no en vano, se advierte que confluían en su cauce los diferentes trazados de las líneas ferroviarias de Rio Tinto Company Limited, The Buitron & Huelva Railway & Mineral Co. Ltd.y la M.Z.A. en su tramo Huelva-Sevilla.
Asimismo, hacia el este se aprecia el cauce del estero Berjillos, situado entre las bodegas de Lazo y las últimas viviendas del núcleo urbano de la localidad, siendo cruzado igualmente por la carretera nacional A-472 y los trazados ferroviarios de Rio Tinto Company Limited y M.Z.A.
Sea como fuere la evolución de este estero, lo cierto es que desde la época de la fundación del puerto de San Juan adoptó la denominación de una persona concreta, al igual que otro de los esteros más conocidos del estuario del río Tinto que estaba situado cerca del convento de La Rábida y que tomó el nombre de Domingo Rubio.
Lógicamente surge el interrogante de quién era Juan de Coto y qué vinculación podría haber tenido con San Juan del Puerto.
Aunque es imposible tener la certeza absoluta de que Figura 1.
Detalle del plano correspondiente al término municipal de San Juan del Puerto, elaborado en 1898 por el Instituto Geográfico y Estadístico (España), según los bosquejos de planimetría mandados formar por la ley de 24 de agosto de 1896.
DAVID GONZÁLEZ CRUZ no hubieran habido dos personas con este mismo nombre, parece viable que estuviera ligado a la figura de un capitán de una carabela llamado exactamente así que participó en la expedición a Guinea organizada por Charles de Valera 26 en 1476 -entonces tenía la condición de vecino de Moguer-; en el caso de que hubiera sido de este modo se trataba de un marino experto que podría haber utilizado el estero como un lugar de referencia para sus actividades marítimas, sobre todo teniendo en cuenta que estaba localizado frente al puerto moguereño de La Ribera, a escasa distancia aunque en la orilla opuesta.
También consta documentalmente que el apellido Coto pertenecía, al menos, a una familia integrada en la élite local; no en vano, se ha podido atestiguar, en una escritura otorgada en 1481, que el alcalde de Moguer en esa fecha era Gonzalo de Coto.
27 También se ha constatado la existencia de un Gonzalo Pérez de Coto, vecino de Moguer (podría ser la misma persona que el anterior e, incluso, un pariente), que tenía concertada en 1490 una compañía con el mencionado Charles de Valera -alcaide del Puerto de Santa María-y con el capitán Bartolomé Leytes -también vecino de la citada localidad gaditana-, con quienes mantuvo una disputa por no haberles entregado la parte que le correspondía por el apresamiento de una embarcación musulmana que se dirigía al reino de Granada.
La ubicación de este lugar en las proximidades del estero de Juan de Coto reafirma la identificación que se ha efectuado previamente, puesto que precisamente el sitio de El Montecillo se trata de una elevación de terreno de escasa altitud situado en las proximidades del río Tinto y, por tanto, su configuración es el resultado de la evolución geológica de su cauce y del propio estero.
Desde luego, el emplazamiento de las tierras explotadas por Briolanja Muñiz era privilegiado por encontrarse cercano a las instalaciones portuarias de San Juan del Puerto y al camino que unía a esta localidad con Huelva; concretamente, la propiedad que le arrendó el duque de 26 En la citada expedición participaron cuatro embarcaciones mandadas por moguereños: la carabela de Juan de Burgos estuvo capitaneada por Juan Quintero, la de Juan de Boria mandada por él mismo, la de Lope Ruíz por Rodrigo Quintero y la de Juan de la Plaza por Juan de Coto.
27 Escritura sobre la delimitación de los términos de los concejos de Moguer y Palos, otorgada el 13 de octubre de 1481, Archivo Municipal de Moguer (AMM), Pergamino n.o 25 del Libro de Privilegios.
Bosquejo de planimetría del lugar El Montecillo, realizado por José de Madariaga el 18 de mayo de 1898; marca el límite de los términos municipales de Huelva y San Juan del Puerto.
Medina Sidonia se hallaba justamente en el límite con el término municipal de Huelva.
Por ello, tampoco es de extrañar que Cristóbal Colón fuese en dirección a Huelva en la búsqueda de su cuñado Miguel Muliart, pues desde allí también podía enlazar con el camino que iba a San Juan.
Por otro lado, la descripción que el Catastro de Ensenada efectuaba sobre una finca ubicada en este sitio ratifica su situación limítrofe con el término municipal de Huelva y, por otra parte, la referencia que hacía a la calidad del terreno -de primera calidad-, dedicado al cultivo de cereales, nos confirma que continuó explotándose de la misma forma que en la época colombina, cuando eran arrendados por la casa ducal a cambio de algunos cahices de trigo; en estos términos se describía en el libro de fincas seculares:
otra pieza de tierra a veintte y siette fanegas de sembradura de secano de primera calidad al sitio de Montesillo distantte de la poblazión medio quartto de legua confronta a Levante con el Arroyo que llaman de Rui Lorenzo, a Poniente con la raya de la villa de Huelva [...], produze en dos años una cosecha siette partes de trigo y una de cevada [...].
29 Asimismo, otro registro documental del mencionado Catastro, en este caso tomado del libro de fincas eclesiásticas, indica que El Montecillo limitaba con el camino que conectaba al puerto de San Juan con la villa de Huelva, al tiempo que corrobora las cualidades de las tierras para su uso agrícola: otra pieza de tierra de seis fanegas de sembradura de secano de primera calidad a el sitio del Montesillo, distante de la población medio quarto de legua: confronta a Levante con el Arroyo de Ruy Lorenzo [...], y a el Sur con el camino de Huelva, produze en dos años una cosecha, siette parttes de trigo y una de cevada [...].
30 Por su parte, en el plano de la figura 3 se aprecia de forma evidente la ubicación de El Montecillo junto a tierras de aprovechamiento comunal con la denominación de ejidos y otras fincas llamadas Carrascales, situadas al Norte, que pertenecían al cabildo municipal de San Juan del Puerto; es sintomático que todas ellas hubieran tenido una dimensión colectiva en su origen, al igual que el ejido que fue arrendado por el duque de Medina Sidonia a Briolanja Muñiz, lo cual nos lleva a plantear la hipótesis de que LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS Figura 3.
Detalle del término municipal de San Juan del Puerto, extraído del plano más antiguo conservado sobre esta localidad, que incluye los municipios de Huelva, San Juan y una parte de Trigueros.
Reseña el lugar de El Montecillo y los ejidos.
No se encuentra datado, pero muy posiblemente fue realizado en el siglo XVIII por encontrarse integrado en la documentación elaborada en el mencionado siglo.
Archivo General de la Fundación Casa de Medina Sidonia (AFCMS), 1.156.
DAVID GONZÁLEZ CRUZ antes de la concesión de la carta puebla a los vecinos de San Juan del Puerto la propiedad del conjunto era de titularidad ducal.
Precisamente respecto al uso comunitario que se le daba a los Carrascales en favor de los habitantes de la localidad, 31 se dispone de un acuerdo fechado el cinco de septiembre de 1583, recogido en las primeras actas capitulares que se conservan del municipio, en el que se manifiesta al mismo tiempo una cierta dependencia de la voluntad ducal respecto al derecho de disfrutar del terreno:
Yten se acordó que se acerca el tiempo de la sementera [...] y los Carrascales se deven senbrar por los vecinos desta villa para el aprovechamiento universal dellas y que por quanto el dicho Señor Corregidor en la residencia que tomó en esta villa mandó que no se senbrase sin liçencia de su Excelencia y aunque de la dicha sentençia está apelado por el acatamiento que deven a su Excelencia se acordó que vaya e no de los señores regidores desta villa con carta del consejo suplicando a su Excelencia de licençia para que se sienbren los dichos Carrascales e para que se le de salario a un boticario y que el dicho Señor Corregidor escriva sobre ambas cosas a su Excelencia.
32 No es descartable, por tanto, al no conservarse actualmente los alcornoques y mojones descritos en el privilegio otorgado a los vecinos de San Juan el 22 de septiembre de 1484, 33 que Los Carrascales pudieran haber estado integrados en la época del descubrimiento de América en las tierras arrendadas a Briolanja Muñiz; sobre todo, si se tiene en cuenta que el espacio cultivado por la cuñada de Cristóbal Colón cruzaba por el carril que iba hacia la población de Trigueros.
LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS requiere del hallazgo de nuevas fuentes que la corroboren en un futuro, sí se tiene certeza de que una vez analizado este yacimiento por el equipo de investigación de Arqueología de la Universidad de Huelva, fue confirmada la cronología bajomedieval-moderna de los materiales existentes en él.
35 En efecto, han aparecido en el mencionado yacimiento restos suficientes que testimonian su ocupación y habitabilidad: cerámicas vidriadas correspondientes a grandes recipientes, fragmentos de azul sobre blanco, trozos de ladrillo y alguna escudilla, entre otros.
El ejido o las «tierras que tenía Briolanja»
La delimitación exacta del ejido del concejo de San Juan del Puerto presenta las dificultades lógicas que genera -después de haber transcurrido más de cinco siglos-la descripción efectuada por la administración ducal en el privilegio de 22 de septiembre de 1484, en el cual se establecían sus límites; ciertamente, en el citado documento se utilizaba como referencia varios alcornoques, una retamera, un lentisco y algunos mojones que actualmente han desparecido, lo que complica la identificación.
Por tanto, la labor de reconstrucción histórica de su localización se encuentra, a priori, con evidentes obstáculos que se han tratado de salvar partiendo de elementos inamovibles como el estero de Juan de Coto y El Montecillo -situados en el extremo oeste en la zona limítrofe con el término municipal de Huelva-, y cruzando esta información con documentación cronológicamente posterior que pudiera establecer sus límites hacia el este antes de llegar a las viviendas del núcleo urbano de la localidad.
En cualquier caso, sí se tiene constancia de la solicitud realizada por el concejo municipal de San Juan del Puerto al duque de Medina Sidonia sobre la devolución de las tierras que habían sido entregadas «por merced» a Briolanja Muñiz -según se afirmaba en el privilegio otorgado el 20 de enero de 1493-, 37 pues los capitulares pretendían que volviesen a cumplir la función comunal original de beneficiar a los vecinos de San Juan y a las 35 Memoria científica inédita del «Proyecto de prospección superficial del término municipal de San Juan del Puerto (Huelva)», 31-33.
Director del Equipo de Investigación «Urbanitas.
Arqueología y Patrimonio» de la Universidad de Huelva: Dr. Juan Manuel Campos Carrasco.
Director de la intervención: Dr. Javier Bermejo Meléndez.
Agradezco a los mencionados investigadores los datos que me han proporcionado sobre el citado yacimiento para que pudiera hacer referencia a ellos en este artículo.
«bestias de los recueros» que transitaban por el lugar.
A este respecto, no ha sido posible conocer la fecha concreta de la restitución del aprovechamiento del ejido debido a que las actas del cabildo municipal correspondientes a fines del siglo XV y gran parte del siglo XVI no se han conservado.
No obstante, al menos antes de 1587 se hallaba restablecido su uso primigenio, tal como puede deducirse de un acuerdo capitular adoptado el 30 de enero de ese año, en el que se ordenaba que los «rocines y bestias de albarda» 38 no anduviesen por la dehesa ni fuera del «ejido que les está señalado».
39 Por su parte, el hecho de no haber sido perennes algunos de los elementos de referencia que fueron utilizados para su delimitación en 1484 ha impedido saber con certeza si con posterioridad se produjeron modificaciones de la extensión del mencionado ejido, si bien el libro de fincas seculares del Catastro de Ensenada datado a mediados del siglo XVIII reseña su proximidad a los caminos de Huelva y de Gibraleón 40 -tal como sucedía en la época colombina-y su límite en dirección este en torno a los corrales de las actuales calles Pozo Nuevo 41 y Trigueros, 42 y las tierras de regadío situadas junto a la calle Huelva.
43 En este sentido, después de la consulta detallada del citado catastro se llega a la conclusión de que en el setecientos las huertas limítrofes con el ejido eran las que estaban localizadas más al oeste del núcleo urbano de San Juan del Puerto, concretamente las que se cultivaban en la calle Huelva y sus inmediaciones; de ahí que no se podría descartar que alguna de ellas se pudiera identificar con la denominada «huerta de Ruy López», citada como límite de las tierras que explotó la cuñada de Cristóbal Colón.
LOCALIZACIÓN HISTÓRICO-GEOGRÁFICA DE LAS TIERRAS EXPLOTADAS Aun teniendo en cuenta los inconvenientes originados por las fuentes para determinar la extensión exacta de las tierras de Briolanja Muñiz, este hecho no ha sido óbice para conocer que su emplazamiento gozaba de una situación privilegiada al encontrarse en torno a un nudo de comunicaciones; en efecto, por sus inmediaciones pasaba la vereda que se dirigía al señorío de Gibraleón, el camino hacia Huelva, el carril en dirección a Trigueros que conectaba con Sierra Morena y Extremadura, el camino que enlazaba con la villa de Niebla en dirección a la ciudad de Sevilla, así como el estero de Juan de Coto que comunicaba con los puertos del río Tinto y, por tanto, con las rutas marítimas nacionales e internacionales.
En este contexto, la atractiva localización geográfica del terreno de su cuñada le pudo haber proporcionado a Cristóbal Colón un lugar de acogida tras su llegada desde Portugal y un potencial hogar para su hijo Diego -una vez fallecida su esposa Filipa Moniz-; sin duda, se encontraba perfectamente comunicado con las vías terrestres y de navegación, lo que podría haberle permitido al ilustre navegante regresar sin demasiadas dificultades tras los viajes que realizó por Castilla en la búsqueda de apoyos para su proyecto descubridor.
Desde luego, la relación afectuosa mantenida por el Almirante con Briolanja y de esta con su sobrino -ratificada documentalmente con muestras de evidente cariño-pudo haber sido consecuencia de que la portuguesa se hubiera encargado del cuidado y tutelaje del niño mientras que negociaba y gestionaba el primer viaje a las Indias.
44 DAVID GONZÁLEZ CRUZ A este respecto, parece razonable la tesis de la doctora Consuelo Varela que considera que Diego Colón residió en San Juan del Puerto atendido por sus tíos durante parte de su infancia; así lo expresaba:
Cuando Cristóbal Colón llegó a Andalucía por primera vez procedente de Portugal en 1485, la Muñiz estaba casada con un aragonés, Miguel Muliart, y residía en San Juan del Puerto, muy cerca de Huelva, y al ladito del Monasterio de La Rábida; allí, en su casa y a su cuidado, debió de quedar Diego.
El genovés nunca olvidaría ese favor.
45 Por último, junto a un potencial lugar de residencia para su hijo primogénito, la condición de cruce de caminos de San Juan del Puerto y del entorno de las tierras que cultivaba Briolanja Muñiz le proporcionaba a Cristóbal Colón la posibilidad de establecer contactos con el duque de Medina Sidonia 46 y con sus criados en relación con la empresa descubridora.
Precisamente, el ofrecimiento que hizo del proyecto a la casa ducal entraba dentro de la lógica atendiendo a que este linaje había participado durante décadas en las navegaciones a las Islas Canarias y tenía la experiencia que le había proporcionado la obtención de las tierras africanas comprendidas entre el cabo de Agüer y el de Bojador gracias a una concesión de Juan II de Castilla.
47 A este respecto tampoco se puede olvidar que Martín Alonso Pinzón -capitán de la carabela Pinta y prestigioso marino de la zonaaparecía registrado en un documento de 1479 relativo a la venta de un dozavo de Palos de la Frontera como regidor, siendo contabilizado entre los «criados» del Guzmán que asistieron a su toma de posesión en la iglesia de San Jorge el 27 de enero de ese mismo año.
48 En este sentido, se dispone de referencias sobre la presencia de Enrique de Guzmán en las proximidades de los terrenos que unos años más tarde fueron arrendados a la cuñada del genovés; concretamente, el cronista Barrantes Maldonado relataba del siguiente modo los testimonios recogidos sobre un presunto intento de asesinato del titular del condado de Niebla en 1478 mientras que realizaba 45 Varela, 1992, 85.
46 A estos contactos entre Enrique de Guzmán y el genovés se han referido diferentes historiadores.
Por su parte, el padre Las Casas también reseñaba la oferta realizada por Colón al duque de Medina Sidonia: «como tuviese noticia de las riquezas y magnanimidad del duque de Medina Sidonia D. Enrique de Guzmán, el cual, por aquella causa, obraba cosas egregias y de señor de gran magnificencia [...], así que propuesto ante el dicho duque su negocio, Cristóbal Colón, o porque no lo creyó, o porque no entendió la grandeza de la demanda, o porque, como estaban ocupados todos los grandes del Reino, mayormente los de Andalucía con el cerco de la ciudad de Granada».
47 Aunque no han sido probadas las sospechas de Enrique de Guzmán sobre que este supuesto complot para su asesinato hubiese sido ordenado por los Reyes Católicos, no es menos cierto que el episodio se desarrolló en San Juan y que a partir de 1481 generó diversa documentación oficial en la que intervinieron el secretario real Fernán Álvarez de Toledo, Diego de Oyón -criado del duque-, y los propios monarcas.
50 Por otro lado, de la relación directa de la casa ducal con estos parajes daba cuenta un acuerdo del concejo municipal de San Juan del Puerto de 1590 -evidentemente posterior a la época colombina-en el que se dejaba constancia de la existencia de una casa de propiedad del duque en el Pradillo, 51 la cual podría haber sido utilizada por los Medina Sidonia en sus cacerías o durante cortas estancias, precisamente en un sitio localizado junto al camino que enlazaba su término municipal con la villa de Huelva durante la Edad Moderna.
52 En cualquier caso, como se ha podido comprobar, el antiguo ejido disfrutado por la familia de Cristóbal Colón poseía un emplazamiento geográfico envidiable, puesto que se encontraba a medio camino de los señoríos de 49 Barrantes, 1857, 304-305.
50 Libro de cartas reales de la Casa de Medina Sidonia con tres documentos fechados en Valencia el dos y el veintitrés de diciembre de 1481.
51 Así puede deducirse del acuerdo adoptado el 6 de octubre de 1590: «y que por el mesmo tiempo [seis años] e paga se ar[ri]ende el Pradillo de junto a la Casa del Duque», AMSJP, 1, f.
52 Así, al menos, consta en el Libro de fincas eclesiásticas del Catastro de Ensenada, San Juan del Puerto, 1752, AMSJP, 494, f.
Niebla y de Huelva, a 60 kilómetros de la frontera con Portugal, a 82 kilómetros de la ciudad de Sevilla y, además, junto a un estero del río Tinto que los conectaba con las rutas marítimas atlánticas y mediterráneas.
Los resultados de esta investigación permiten conocer emplazamientos geográficos inéditos del proceso de gestación del descubrimiento de América.
Además, el hallazgo de nuevos documentos y su cruzamiento con otras fuentes ha posibilitado la localización de las coordenadas geográficas concretas del lugar donde se encontraban las tierras arrendadas por la hermana de la mujer de Cristóbal Colón en San Juan del Puerto, contribuyendo así a la delimitación de un sitio histórico de carácter colombino que como consecuencia del trabajo de indagación efectuado ha permitido definir determinados límites tales como el estero de Juan de Coto o El Montecillo.
A este respecto, se ha demostrado que la finca estaba situada en un enclave privilegiado en torno a un nudo de comunicaciones, junto a un estero del río Tinto que la conectaba con las rutas marítimas nacionales e internacionales y también inmediata a un conjunto de vías terrestres que la enlazaban con Sierra Morena y la ruta de la Plata, con las localidades limítrofes con Portugal y con la ciudad de Sevilla, lo que facilitaba al célebre descubridor un lugar de acogida para él y su hijo Diego tras su venida desde el reino lusitano, y que además le proporcionaba diversas conexiones para negociar la participación de otros marinos de los puertos del entorno en la organización de la expedición a América o, en su caso, regresar sin demasiadas dificultades a las tierras explotadas por sus parientes tras haber realizado las gestiones necesarias ante la corte castellana, los duques de Medina Sidonia o de Medinaceli, con quienes se comunicó en la búsqueda de apoyos para su proyecto ultramarino.
Por último, esta investigación ratifica que los cuñados de Colón -partícipes del flujo migratorio que llegó desde el reino de Portugal-se integraron en el proceso de repoblación de esta nueva localidad promovido por los duques de Medina Sidonia mediante la carta puebla otorgada el 10 de enero de 1468 y una serie de privilegios datados en las décadas posteriores; por tanto, pudieron haberse acogido a algunas de las atractivas ventajas concedidas por los Guzmanes en materia de exenciones fiscales y actividades comerciales, entre otras. |
Como antecedente, el libro de Carlos Sempat Assadourian consideró las conexiones mercantiles interregionales, comenzando con la producción metalífera y siguiendo con la producción agraria.
Su análisis reconstruyó, como él mismo señaló, la organización de los mercados internos, regiones y espacio económico.
1 Sin embargo, Assadourian no profundizó en los vínculos entre Paraguay y Chile durante el siglo XVII, que es el núcleo de nuestro análisis.
Además, como dijimos, subrayamos las causas y etapas iniciales de las relaciones entre ambos espacios.
Señalamos que la causa fue, a fines del siglo XVI, la necesidad de proteger el sur de Hispanoamérica.
Basado en fuentes primarias y secundarias, el artículo también muestra el rol de Santa Fe, un puerto sobre el río Paraná, y del comercio a través de él en la consolidación de los nexos entre el Paraguay con Chile, vía Mendoza en Cuyo.
En un mapa actual localizamos las colonias y regiones estudiadas.
Para el periodo considerado, que se extiende entre 1580 y finales del siglo XVII, los límites inter-regionales eran difusos.
Comencemos con algunas interpretaciones sobre cómo se representaban estos espacios en la cartografía colonial.
2 Asunción del Paraguay y Santiago de Chile están alejados entre sí por unos 1.500 kilómetros lineales, incluyendo la navegación por el Paraná desde Asunción hasta el puerto de Santa Fe.
Le seguía el tránsito por tierra hasta Córdoba (360 km), que dependía de condiciones meteorológicas favorables.
Desde Córdoba, el ingreso a Mendoza en Cuyo se hacía por tramos donde predomina el clima desértico.
Y ya en Mendoza había que organizar el cruce de los Andes por el paso de Uspallata, que está localizado a unos 2.000 metros sobre el nivel del mar.
Atravesar la cordillera insumía otra semana completa del viaje y era posible solamente en los meses de verano.
Comenzaremos exponiendo los elementos ligados a la defensa imperial del sur de Hispanoamérica hacia el último tercio del siglo XVI, porque eso posibilitó el surgimiento del vínculo entre Chile y Paraguay.
A finales del siglo XVI una revuelta masiva de araucanos expulsó a los españoles de las poblaciones ubicadas al sur del río Biobío, lo que fue trascendental porque cambió la evolución del Chile colonial en numerosos aspectos de su economía, sociedad y relaciones interétnicas.
2 No interesa a los fines de este análisis discutir las características ni las limitaciones de los mapas históricos; sobre estos aspectos se pueden consultar Monmonier (1996), Harley (2005) y Lois (2006), entre otros.
MARGARITA GASCÓN vista, fue trascendental ya que el sur chileno era una pieza fundamental para proteger al resto del virreinato del Perú.
Dos décadas antes de la rebelión araucana, en 1578, la exitosa irrupción de Francis Drake en el Pacífico había probado el rol de Chile a la hora de cuidar las espaldas del virreinato y de preservar la integridad de la ruta del tesoro americano, desde Arica al Callao y desde allí a Panamá.
La rebelión araucana de 1598-99 vulneraba la protección de los territorios y las rutas frente a probables invasiones ya que ahora los nativos rebeldes podían auxiliar a los enemigos de España.
En consecuencia, una de las primeras medidas tomadas por España fue exigirles a los jesuitas el envío de guaraníes desde sus misiones paraguayas para auxiliar en la defensa de la Araucanía mientras se organizaba el envío de un ejército profesional desde la península.3 A esto le siguió el flujo de bienes paraguayos a través de una ruta que involucraba la navegación del río Paraná.
Este es, a grandes rasgos, el proceso que reconstruimos.
Difiere del analizado para el puerto de Buenos Aires durante el siglo XVII por Zacarías Moutoukias.
En el puerto bonaerense, activamente dedicado al contrabando, los intereses mercantiles de la élite y la política imperial para la protección del Río de la Plata fueron dos aspectos íntimamente relacionados y difíciles de separar, incluso analíticamente.4
Política imperial y espacios coloniales
Comencemos con las políticas defensivas imperiales para el sur del virreinato peruano y el momento inicial del proceso a finales de 1598, cuando los araucanos iniciaron una rebelión de tal magnitud que, tras la derrota de los españoles en Curalaba y el asesinato del gobernador Martín García Oñez de Loyola, los sobrevivientes debieron abandonar precipitadamente la Araucanía y refugiarse en la pequeña ciudad de La Concepción, en la ribera del Biobío.
Mientras la junta de guerra ordenaba la organización de un ejército profesional de unas dos mil plazas, a pagar con un situado en las cajas peruanas, se ordenó a los jesuitas enviar guaraníes desde Paraguay para ayudar a la estabilización de la frontera interétnica en el sur de Chile.
Cumpliendo con la orden, en 1608 alrededor de unos doscientos guaraníes llegaron a la Araucanía para servir en el ejército.
A partir de esta fecha los RUTAS Y FLUJO DE RECURSOS ECONÓMICOS ENTRE PARAGUAY Y CUYO jesuitas comenzaron a enviarles regularmente cargas de yerba mate y tabaco.
La ruta tenía el río Paraná como eje navegable y utilizaba el puerto de Santa Fe, desde donde se llegaba a Córdoba por tierra.
Desde Córdoba se ingresaba a Cuyo por San Juan de la Frontera y se seguía hacia el sur, para alcanzar Mendoza.
Fundada en 1561, esta última ciudad era la capital del corregimiento de Cuyo, que pertenecía a Chile, y era donde se preparaba el cruce de los Andes.
Con el correr del siglo XVII, los productos paraguayos dejaron de ser exclusivamente para los guaraníes en la Araucanía, y su consumo se había expandido a lo largo de la ruta y en diversos sectores sociales, militares y civiles, españoles e indígenas.
Los principales recursos del intercambio fueron el vino cuyano y la yerba mate paraguaya (ilex paraquariensis).
Un ejemplo referido a Mendoza de cuán continuo y vigoroso fue este flujo es el juicio contra los jesuitas en 1696 debido a la denuncia de que los padres habían recibido una carga de yerba mate de 240 arrobas (una arroba equivalía aproximadamente a diez kilogramos) que se dirigía a Santiago de Chile.
La denuncia era porque parte de esa yerba se vendía en el mercado local, aunque sin pagar los impuestos que sí pagaban los demás comerciantes.
El rector del colegio se limitó a informar que esa yerba mate pasaba hacia Santiago para terminar en Lima, donde las ganancias le permitían a la Compañía adquirir ropas y esclavos.
Agregó que la yerba mate que se vendía en Mendoza, junto con otros productos como pan y velas, «en el aposento de una negra», había sido recibida en pago por haberse vendido «en las provincias del Tucumán y Río de la Plata» los vinos y aguardientes que se elaboraban en las propiedades mendocinas de los jesuitas.
5 Otros bienes fueron importados desde el Paraguay hacia la Araucanía debido a las necesidades del ejército de unas dos mil plazas, lo que tendría también repercusión en el proceso de articulación regional.
6 Dado que los elementos para las campañas militares debían trasladarse a lomo de caballo o de mula, pues en la Araucanía no podían usarse carretas debido a sus senderos estrechos y ríos caudalosos, un informe militar aseguraba que se requerían de ocho a diez animales (entre mulas y caballos) por cada soldado en campaña.
7 El obstáculo para abastecer de caballos al ejército era su MARGARITA GASCÓN escasez y elevado precio porque los civiles preferían la cría de mulas para las caravanas comerciales y porque, a diferencia de los caballos, las mulas casi nunca eran incautadas para el ejército.
Importar los caballos desde el Paraguay se presentaba como la solución.
8 Contamos con datos sobre este flujo de recursos gracias a un juicio contra un oficial encargado de realizar la compra de mil caballos para el ejército.
En 1610 la misión recayó en el capitán Martínez de Zavala, quien volvió a Chile con solamente 158 animales que tampoco sirvieron para las actividades militares.
En el juicio, Martínez de Zavala enunció los inconvenientes que lo exculpaban de delito alguno.
9 Uno de ellos fue una crecida del Paraná, dijo, que le impidió llegar al Paraguay, de modo que compró los caballos a los criadores de Córdoba, quienes también estaban padeciendo por inclemencias climáticas.
Cuando llegó a Mendoza en noviembre, todavía había temporales de nieve en los Andes: «con tantos meses cual jamás se han visto».
10 Hoy sabemos que esos eventos meteorológicos anómalos fueron los efectos locales de un fenómeno de El Niño (ENOS -El Niño Oscilación del Sur).
11 Para este flujo de recursos el Paraná era crucial.
En los mapas coloniales se marcó la fuerte presencia de este río en el espacio.
Inicialmente, el Paraná era considerado como el Río de Solís o Río de la Plata, constituyendo un gran sistema fluvial que conectaba Buenos Aires con el Alto Perú.
De alguna manera se expresaba no tanto la realidad como el interés de los españoles por encontrar una conexión fluvial entre el frente Atlántico, con puerto en Buenos Aires, y el núcleo del virreinato, cuyo frente daba al Pacífico en sus puertos de Valparaíso, Arica, Callao y Panamá.
Este interés se relaciona con las necesidades defensivas pues, si existía semejante sistema fluvial, se podían enviar recursos bélicos al Alto Perú desde España, desembarcándolos en Buenos Aires.
En otras palabras, se podía conectar el frente del Atlántico con el frente del Pacífico, evitando la peligrosa navegación del Estrecho de Magallanes.
El Nova et exacta delineatio Americae Partis Australis de Levinus Hulsuis, confeccionado en 1599, retrataba un posible sistema navegable 8 Gobierno de Juan de la Jaraquemada, Archivo Nacional de Chile (ANCh), Fondo Claudio Gay, tomo 14, expediente 27, doc. 24.
Acta del 24 de enero de 1611, ANCh, Actas del Cabildo de Santiago de Chile, tomo X. 9 Juicio al capitán Pedro Martínez de Zavala, ANCh, Fondo Claudio Gay, exp.
desde el Atlántico hasta el Alto Perú, a través del denominado «Río de la Plata o Paraná».
12 Es interesante que su confección se relacione con la preocupación en la corte española por esta periferia austral.
Para empezar, se sabía que existía una ruta terrestre desde la costa del actual Brasil hasta la actual Sucre (600 km al sur de Cusco), que había sido transitada por el portugués Alejo García en 1524 cuando, partiendo desde la isla de Santa Catarina (27o LS), había llegado a Asunción del Paraguay.
Aunque se desconoce su derrotero con exactitud, se cree que siguió un camino indígena denominado Peabiro.
13 Aunque malograda, la expedición probaba la factibilidad de llegar hasta el Alto Perú desde la costa atlántica.
Fue también una prueba de las penurias de semejante viaje y de la importancia de los nativos en cuanto a la logística y a tolerarles la mera presencia.
Cuando García y sus hombres volvían con abundante plata, fueron asesinados por indígenas paraguayos.
Desconociendo este final, una segunda expedición ya estaba en camino al saber de los buenos resultados iniciales de García y recién cuando llegaron a Paraguay supieron de la muerte de este y sus hombres.
Los miembros de esta segunda expedición también se quedaron sin el apoyo de los nativos y fueron asesinados en una emboscada.
14 A comienzos del siglo XVII, el mapa de Corneille Wytfliet daba una imagen de la cuenca del Río de Solís-Paraná como si permitiese llegar a sitios más al norte del trópico de Capricornio.
Se trata del Plata Americae Provincia del atlas impreso en Lovaina en 1597, que señala las tempranas colonias de la malograda Sancti Spiritus (primera población fundada por Sebastián Gaboto en 1527 en actual territorio argentino), Córdoba, San Miguel (Tucumán) y Asunción.
De manera similar, el mapa de Jodocus Hondius (Paraguay, o Prov. de Rio de la Plata cum regionibus adiacentibus Tvcvman et Sta.
Cruz de la Sierra) marcó un sistema fluvial desde el Atlántico hasta el seno del continente sudamericano.
15 En la corte española, el cronista de Indias Antonio de Herrera y Tordesillas (1549-1626) ponía en palabras esta noción de un vasto espacio donde el Paraná oficiaba de eje articulador, cuando sostenía que «este gran río de la Plata, por otro nombre 12 Los mapas mencionados están disponibles on line; el mapa de Hulsius puede verse, por ejemplo, en www.wdl.org/es/item/171/ y datos.bne.es/edicion/a4463246.html.
Un importante repositorio es también www. memoriachilena.cl.
El mapa se puede consultar on line, por ejemplo en www.swaen.com/ jodocus-hondius-1629.php y www.raremaps.com/gallery/enlarge/35116.
Paraguay [...] corre de las cordilleras del Perú y entra en la Mar del Norte [Atlántico] en altura de 35o por el sur».
16 Un detalle de interés del mapa de Hondius es que señala una ruta acompañando a un río (inexistente) que corre desde Mendoza hasta el sur de Buenos Aires.
Al momento de confeccionarse este mapa, había pasado por Buenos Aires la expedición del general Alonso de Sotomayor que traía recursos desde España para el ejército de la Araucanía.
Pero no es la ruta de Sotomayor la que está marcada pues este general ingresó a Cuyo por San Juan de la Frontera.
Desde Buenos Aires, Sotomayor se había dirigido primero a Santa Fe y, desde allí, torció hacia el oeste para seguir a Córdoba.
En Mendoza preparó el cruce de la cordillera.
Esta ruta también se abrió ante las demandas imperiales de protección territorial porque Sotomayor había sido enviado como gobernador de Chile en la misma expedición que debía fortificar el Estrecho de Magallanes como respuesta a la expedición de Francis Drake.
En 1578 después de atravesar el Estrecho en tiempo récord, Drake atacó al poderoso galeón español cargado del tesoro sudamericano poco antes de que este llegase a Panamá.
Al conocerse esta noticia en España, la junta de guerra del Consejo de Indias ordenó reconocimientos costeros del sur de Chile junto con la colonización del Estrecho, enviando para ello a Pedro Sarmiento de Gamboa y a Alonso de Sotomayor como gobernador de Chile.
17 Debido a varios inconvenientes durante la navegación (aunque una fuente argumenta problemas de salud entre sus hombres), 18 Sotomayor decidió desembarcar en Buenos Aires y llegar a Chile por tierra, mientras que Sarmiento de Gamboa continuó hacia el Estrecho para efectuar las fortificaciones.
Era 1580 cuando Sotomayor terminó de recorrer por primera vez la ruta completa que unía el puerto atlántico de Buenos Aires con Santiago de Chile, vía Mendoza.
Sotomayor escribió a la corte sobre los beneficios de lo que él mismo denominó un «camino real» para la protección del sur del virreinato peruano, al posibilitar el envío de recursos militares desde la península ibérica, sin correr los riesgos de la navegación del Estrecho de Magallanes.
19 La ruta entre Buenos Aires y Mendoza que figura en el mapa de Hondius seguía un curso de agua que nacía en las lagunas de Guanacache, 16 Herrera y Tordesillas, 1610, 196.
18 Servicios de Cristóbal González, Potosí, noviembre 2, 1592, documento reproducido en Anales de la Biblioteca de Buenos Aires, 10, 240-243, Newberry Library, Chicago, Illinois.
situadas entre San Juan y Mendoza, y desembocaba en el Atlántico al sur de Buenos Aires.
Esta ruta (¿indígena tal vez?) marcaba el límite austral del mapa de Hondius del territorio «Paraguay o Provincia del Río de la Plata».
Carecemos de pruebas documentales para corroborar si alguna ruta a esa latitud pudo haber sido recorrida por los españoles previamente a la elaboración del mapa, pero es seguro que no puede referirse a la ruta de Sotomayor.
20 Tres décadas más tarde, en 1657, quien fuera probablemente el más importante cartógrafo de su época, Nicolás Sansón (1600-1667), continuó representando al Río de la Plata y al río Paraná como parte de un mismo sistema fluvial que llegaba hasta la mitad de América del Sur.
Otro siglo más y aun se dibujaba la desembocadura de los ríos de Mendoza en el Atlántico (lo que es erróneo) y se mantenía al Paraná como eje del sistema fluvial de mayor importancia en los territorios del noroeste argentino (lo que es correcto).
21 Recordemos que una considerable parte de la cartografía se relacionó con los jesuitas, quienes habían fortalecido su red de circulación de bienes y personas entre sus colegios y misiones a lo largo del siglo XVII.
22 Hasta que fueron expulsados en 1767, los jesuitas confeccionaron alrededor de 18 mapas sobre el Río de la Plata, la provincia de Tucumán, Paraguay y Chile.
23 Sus representaciones e información nos importan ya que ellos fueron los primeros en activar el flujo de recursos económicos dentro del esquema para la protección de Chile en particular y del Perú en general.
Asimismo, los jesuitas participaron en la consolidación de las relaciones entre Paraguay y Chile, vía Mendoza en Cuyo, al mantener los circuitos de intercambios entre sus estancias y colegios.
Los flujos de yerba mate y vino en la articulación de los espacios coloniales
Las caravanas que circularon desde temprano el siglo XVII entre Mendoza y Córdoba tenían como uno de sus destinos seguir hacia el puerto 22 Retz, 1732.
MARGARITA GASCÓN de Santa Fe para vincularse con Paraguay navegando el Paraná.
24 Se llevaban vinos y se traía yerba mate.
Si bien estos no fueron los únicos bienes intercambiados entre Paraguay y Cuyo, sí fueron los principales y por ello son los que consideramos.
Paraguay era un neto proveedor de yerba mate, tabaco y ganado; y de maderas para la construcción de viviendas y embarcaciones.
Los primeros relatos que así lo refieren son retratos de abundancia de recursos naturales y humanos con valor estratégico para las poblaciones.
Fray Juan de Rivadeneyra, por ejemplo, describía en su «Relación de las provincias del Río de la Plata» (1581)25 tres grandes ríos que desembocaban en el Río de la Plata, asegurando que se podían fundar tres ciudades y dar de comer a trescientos españoles dada la disponibilidad de peces, aguas, pastos y leña.
No era menor su población nativa teniendo presente los requerimientos de mano de obra.
Rivadeneyra hablaba de Asunción del Paraguay como un sitio de manufacturas destinadas a la producción y almacenaje de alimentos, y a su transporte por el río Paraná.
Entre sus pobladores había toneleros, calafates, torneros, sogueros o cordoneros, carpinteros que hacen navíos, arcabuceros, herreros y plateros y demás oficios: gran suma de labradores y muchos ingenios de azúcar, aunque ninguno hay fundado que muela de todos, sino que cada uno hace para sí su trapiche, y hay muchos que cogen a quinientas arrobas de miel de caña, que el año pasado se empezó a hacer Azúcar.
Hay muchos vinos y frutas nuevas, mucho pan y tocino y vaca.
26 Cuando Rivadeneyra escribió su obra, las necesidades de asegurar los confines australes del Perú debían ser conocidas porque, convenientemente, este fraile describía la utilidad de llegar desde Buenos Aires hasta Santa Fe navegando por el Paraná, para seguir a Chile vía Córdoba y entrando por San Juan de la Frontera.
Desde San Juan, afirmaba, se podían cruzar los Andes y llegar al puerto de Coquimbo («La Serena de Coquimbo», en sus palabras), desde donde los refuerzos militares se podían llevar a cualquier otro puerto del Mar del Sur.
Creemos que Rivadeneyra debió de tener noticias sobre este derrotero cuando lo propuso en una fecha tan temprana (1580) y vimos que, cuando llegó Sotomayor a Buenos Aires en 1583, se dirigió a Santa Fe RUTAS Y FLUJO DE RECURSOS ECONÓMICOS ENTRE PARAGUAY Y CUYO donde estaba Juan de Garay, su fundador y también el fundador de Buenos Aires por segunda vez.
Garay proveyó a Sotomayor de caballos santafesinos para que continuase su ruta hacia Chile.
27 Este dato importa porque en la descripción de Rivadeneyra sobre los beneficios militares de Santa Fe se resaltaba la abundancia de caballos en los alrededores de ese puerto y se aseguraba que servían para el traslado por tierra de hombres y bastimentos.
28 Dado lo anterior, la descripción de este espacio hecha por Rivadeneyra puede relacionarse con el interés imperial de reducir la vulnerabilidad de zonas que podían ser ocupadas por enemigos europeos.
Tras el ataque de Drake de 1579, vimos que se sucedieron medidas tales como el envío de Alonso de Sotomayor, quien desembarcó en Buenos Aires y fue efectivamente a Santa Fe.
Desconocemos, sin embargo, si su intención era cruzar la cordillera por San Juan o por Mendoza.
En los hechos, posteriormente al paso de Sotomayor, la ruta desde Buenos Aires a Santiago por Mendoza fue la más utilizada por militares, religiosos y civiles, contrabandistas y comerciantes.
29 La otra ruta para la circulación de los recursos era en sentido norte-sur y utilizaba al Paraná.
Había llevado a la fundación de Santa Fe la Vieja en 1573 para que sirviese de puerto intermedio entre Asunción y Buenos Aires, y así figuró al definirse su jurisdicción: «por la parte del camino del Paraguay [...] y por el río abajo camino a Buenos Aires».
Según Juan de Garay, Santa Fe contaba con «agua y leña y pastos y pesquerías, cazas y tierra y estancias para los vecinos y moradores de ella y repartirles como Su Majestad lo manda».
30 No resultó, sin embargo, tentadora para los españoles, como lo atestigua su lento crecimiento demográfico.
Incluso después de ser trasladada al sitio de la Vera Cruz, cuyo emplazamiento era mejor, según decían, pues evitaba las crecidas del río, las plagas de langostas y los ataques indígenas, Santa Fe estaba poco poblada.
La necesidad de comunicar Asunción con Buenos Aires caracterizó las primeras décadas de la vida colonial (Gandía, 1935, 241-322.
31 Para el siglo XVII casi un treinta por ciento de sus pobladores eran portugueses, y estos tenían participación en cargos políticos (Areces y Tarragó, 1997.
Para conectar el Paraguay con el circuito económico altoperuano y atlántico, Garay había partido de Santa Fe y fundado Buenos Aires por segunda vez en 1580.
Según fray Reginaldo de Lizárraga 32, Garay fue «a descubrir la tierra y ver si podía dar con la comarca de Tucumán, para comenzar a tener comercio con ella y con el Perú».
Esto puso en marcha el resto del proceso poblacional y en 1585 Alonso de Vera y Aragón fundó Concepción del Bermejo y en 1588 Juan Torres de Vera y Aragón fundó San Juan de la Vera de las Siete Corrientes.
33 Uno de esos espacios, el rioplatense, quedaba conectado con el noreste argentino y con el Paraguay, mientras que las relaciones con espacios al oeste (Cuyo y Chile) fueron quedando desdibujadas ante la creciente importancia de Buenos Aires en los circuitos comerciales.
En cuanto a la evolución que tuvieron los recursos intercambiados, hasta comienzos del siglo XVII, el principal producto paraguayo de exportación había sido el vino.
Más tarde, la yerba mate se mantendría como el primer ítem, seguida por el azúcar (que siempre fue el segundo producto exportable) y el tabaco.
Ya mencionamos cómo la primera etapa de la exportación a Chile se relacionó con el previo envío de guaraníes a la frontera sur.
En un proceso de larga duración, los jesuitas primero y luego los civiles fueron abriendo mercados consumidores a lo largo de la ruta entre Asunción y la Araucanía.
Vimos también que el Paraná permitía la circulación hasta el puerto de Santa Fe, desde donde se distribuían los bienes hacia el norte y el oeste.
Al respecto, Garavaglia estimó que el flujo de yerba mate desde Paraguay a Santa Fe era de entre veinte mil y veinticinco mil arrobas anuales hacia fines del siglo XVII y primeras décadas del XVIII.
34 Mendoza quedó en el circuito de la yerba mate al llevar «productos de la tierra» a Córdoba y Santa Fe, como permitía la corona.
El argumentar que se llevaban vinos daba la posibilidad de desplazarse dentro de un sistema comercial restringido.
Ese transporte de vinos a Santa Fe (donde incluso inicialmente competían con los vinos santafesinos y paraguayos), a pesar de ser costoso y arduo, dejaba ganancias porque se podían traer de vuelta yerba mate y otros productos.
Incluso podían ser exportados a los mercados trasandinos y, cuando se cruzaba la yerba mate a Santiago, los 32 Lizárraga, 1916, II, 244.
mendocinos se unían al circuito comercial del Pacífico.
35 En este circuito, la yerba mate pasaba por Mendoza y podía terminar en Buenos Aires, aunque sin haber llegado hasta allí navegando todo el curso del Paraná, sino a través de las cargas enviadas por los mercaderes limeños.
Para comienzos del siglo XVIII y hasta mediados de esa centuria, Mendoza subió de tercero a segundo destino en importancia para la yerba mate comercializada en Santa Fe.
36 Este dato no apunta al mercado consumidor mendocino, que era bastante reducido, sino a la posición de Mendoza en el amplio circuito referido arriba.
La competencia con los jesuitas por parte de los mendocinos que llevaban vinos para traer yerba mate era desigual.
En el Paraguay y desde poco después de la instalación del colegio de la Compañía en 1609-1610, los padres retenían la comercialización de la yerba mate sin palo denominada caminí, que significa cultivada, que no ha sido sacada del monte o crecido salvaje.
37 En el siglo XVIII la yerba mate del Paraguay preferida era la caminí y se consumía masivamente en todo el virreinato peruano.
Fray Pedro José de Parras escribió sobre su consumo: MARGARITA GASCÓN caso donde el hecho de haber bebido mucho mate no le había evitado la enfermedad.
A su centralidad en las transacciones de productos paraguayos, Santa Fe sumó ser «puerto preciso» desde la segunda mitad del siglo XVII hasta 1779.
Esto implicaba registrar productos, pago de impuestos y control del movimiento de los nativos que eran utilizados como peones para la navegación del Paraná.
Se buscaba así evitar su desnaturalización: 39 siendo una de sus causas principales del pedido por la Asunción, el que como los marineros que conducían las embarcaciones eran todos naturales de aquella provincia, con la mayor distancia de su país o por inclinación novedosa de los ánimos, no dejaran su natural residencia desamparando a sus mujeres e hijos.
40 No solamente en la navegación sino también para cruzar el río, yendo de isla en isla, los indígenas eran necesarios ya que se usaba el denominado «peloteo», que era una especie de taza o «pelota» confeccionada con un cuero al pelo y plegado por sus bordes.
Las estacas de madera aseguraban la abertura; una «pelota» puede verse en una ilustración del libro de Florián Paucke, donde se dibujó a un jesuita que cruza en una «pelota» conducida por un nativo nadando, mientras que otro nativo empuja una «pelota» desde la ribera hacia tierra firme.
41 Los mendocinos favorecieron el comercio de vinos para llegar a Santa Fe donde se desembarcaban bienes paraguayos a lo largo del siglo XVII.
En la centuria anterior, sin embargo, este comercio era despreciable pues todas las poblaciones procuraban tener sus viñas y producir sus vinos para consumo diario y por ser el vino necesario para oficiar las misas.
El vino era además considerado una medicina y era una bebida segura, al menos más segura que el agua de las lagunas cuando se viajaba.
Lo anterior explica que encontremos viñas incluso en lugares con climas poco propicios para su cultivo.
41 El mencionado dibujo del padre Paucke puede verse on line en varios lugares, y en Archivo General de la Provincia de Santa Fe (ed.), 2003, 44.
42 Hay que considerar la variabilidad climática, particularmente el fin del Calentamiento Medieval y el comienzo de una fase fría denominada Pequeña Edad Glacial, que se dio desde el siglo XV.
La fase cálida previa desde el siglo X explica que, por ejemplo, en América del Norte, los europeos encontraran viñas salvajes en Nueva Inglaterra y más al norte incluso (la región denominada Vineland).
No lo sabemos pero quizás inicialmente las condiciones climáticas fuesen propicias en Paraguay y Santa Fe para el arraigo de algunas variedades de vid (Wilcomb, 1971).
43 En 1589 fray Reginaldo de Lizárraga compró vino paraguayo para su viaje desde Córdoba a Chile, agregando que «traen de Santa Fe bonísimo vino, y de la Asumptión, porque como vienen el río abajo llegan en breve a Santa Fe».
El relato muestra la dispersión del vino paraguayo una vez que llegaba al puerto de Santa Fe: «estando yo en Córdoba llegó allí un mercader con tres o cuatro carretas cargadas de vino bonísimo y conservas, y le compré dos arrobas para mi viaje de allí a Chile».
44 En este sentido, la ruta del vino paraguayo precedió a la que seguiría después la yerba mate, su más emblemático producto.
En Santa Fe la Vieja también se plantaron viñedos al momento de su fundación, con poca suerte ya que un acta de cabildo anuncia que «no se dan las viñas por las hormigas y pulgones que acuden cada año».
45 Eso no impidió, sin embargo, que se continuara con la elaboración de vino, aun si era de baja calidad, ya que permitía «estirar» los vinos mendocinos.
Un ejemplo de estas prácticas podría ser Feliciano Rodríguez, vecinoencomendero, propietario local y en Buenos Aires.
Dedicado al transporte fluvial de mercaderías por el Paraná, al morir en 1606, dejó 21 barriles, 20 botijas y tres cántaros de «vino de la tierra», a lo que se sumaban «treinta y cuatro ollas de hacer vino, una caldera grande de cobre y una alquitara o alambique para destilar alcohol del mosto».
46 En varios testamentos encontramos referencias a viñas y botijas con «vino de la tierra» o bien con «vino de Chile» (casi seguro que se referiría al vino de Mendoza, capital del corregimiento de Cuyo que pertenecía a Chile).
47 Las prácticas de adulteración eran tan frecuentes en Santa Fe que el fiel ejecutor y escribano de cabildo inspeccionaba dos veces por semana los sitios de venta de vino.
Según se informaba, «con agua caliente mezclada con vinagre suelen, de una botija de vino bueno, hacer tres».
48 Hasta 1626 la producción de vinos en Santa Fe fue considerada exitosa ya que en ese año el cabildo exigió que los vinos de otras regiones, especialmente los vinos mendocinos, se vendiesen después de acabado el vino elaborado localmente, y a más subido precio.
MARGARITA GASCÓN utilizaron en ocasiones semejantes, como en Buenos Aires en 1612, cuando el cabildo protegió la producción local contra la introducción de vinos paraguayos.
49 En Santa Fe, el aumento de impuestos a los vinos locales fue acusado de deteriorar los márgenes de ganancia y llevó a que el cabildo terminase por prohibir cortar cepas y vides porque recaudaba poco tributo en este rubro.
Los gravámenes sobre el vino fueron importantes y le servirían al cabildo para financiar el traslado de Santa Fe al paraje de la Vera Cruz, algo que se concretó recién en 1660.
50 A comienzos del siglo XVIII la producción de vinos en Santa Fe era mínima por lo que ahora sí el mercado era abastecido por vinos mendocinos.
Lacoste afirma que anualmente desde Mendoza iban a Santa Fe treinta carretas con vinos, mientras que a Buenos Aires iba el doble.
Los cálculos se han realizado sobre la producción total y se han basado en la cantidad de vides plantadas o en el número de botijas disponibles en los establecimientos elaboradores.
Consideramos que tales cifras deben interpretarse como estimaciones y, por lo tanto, manejarse con prudencia.
Por una parte, las cosechas suelen variar bastante de año en año ya que pudieron ser afectadas por situaciones impredecibles como eran las heladas, el granizo, los insectos y las enfermedades de las plantas.
Por otra parte, la información documental para el siglo XVII es exigua e incompleta, dificultando establecer la evolución de la producción y comercialización.
51 Según el padre Lozano, el deterioro en la producción tanto en Paraguay como en Santa Fe se debió a que las hormigas acabaron con las parras: la multitud de hormigas persigue con tal tenacidad a los parrales que no deja llegar a sus frutos, por lo cual en el Paraguay desistieron de su cultivo y dejaron perder las muchos viñas que tenían plantadas y que fructificaron maravillosamente por muchos años, hasta que abundaron irresistiblemente estos insectos.
52 Otro dato para interpretar con cuidado es que en 1680 se cobraban impuestos en Santa Fe a los vinos «de las provincias de Cuyo y Chile».
53 No podemos saber cuán exacta es la separación territorial que ahora se hace al colocar esa «y» entre Cuyo y Chile.
de los vinos cuyanos: de Mendoza «sacan muy buen vino que llevan a Tucumán o de allá se lo vienen a comprar» 54 y, en otro testimonio, el vino de Mendoza que se consume «no es muy inferior al de España».
55 En 1679, bajo juramento, un particular había usado esa expresión de vino de «Cuyo y reino Chile», por lo que parece que era un uso de costumbre decir «Cuyo y reino Chile».
Es difícil suponer que se podía cruzar los Andes con cargas de vino, y menos en carretas como se lee en una declaración: «dos carretas que traía de Cuyo y reino de Chile, una con 10 botijas de vino, 6 fardos de trigo y dos de aceite, que le pertenecían y traía para su casa».
56 Por otra parte, el traslado en botijas de cerámica deterioraba los vinos, aunque cuando las caravanas se dirigían hacia el este, los vinos eran los «regalos» para los indígenas que ocasionalmente podían aparecer por el camino, de modo que la calidad era lo menos relevante si se los llevaba como «regalos».
Por eso se colocaban botijas con los vinos de más baja calidad para cumplir con el pedido de los indios a cambio de no atacar a las caravanas.
57 El desprecio por la salud de quienes recibían de regalo vino que se encontraba en mal estado fue generalizado, y no se limitaba solamente a dárselo a los indígenas.
En Santa Fe, el gobernador De la Cueva declaraba en sus ordenanzas para el comercio (1640) que se revisase el vino de las pulperías y que «sino [sic] es bueno, se regale a los conventos y pobres de la cárcel».
Mostramos cómo en la última parte del siglo XVI las necesidades defensivas de España para el sur del virreinato del Perú iniciaron la articulación de dos espacios muy alejados entre sí como eran Paraguay y Chile.
La respuesta de la corona a la expedición de Drake, la necesidad de proteger el Estrecho de Magallanes de incursiones de piratas y corsarios, la rebelión araucana de 1598 y el establecimiento de un ejército profesional en el sur de Chile fueron los momentos iniciales de este proceso.
El envío de guaraníes desde las misiones paraguayas para ayudar en la estabilización 54 Lizárraga, 1916, II, 246.
MARGARITA GASCÓN de la frontera después de la rebelión araucana sirvió para que los jesuitas comenzaran a enviarles yerba mate y tabaco; y ambos productos pasaban por Santa Fe, Córdoba y Mendoza.
A eso se sumó la compra de caballos en Paraguay para el ejército.
En el mismo sentido referimos la apertura de la ruta entre Buenos Aires y Santiago de Chile que hizo Alonso de Sotomayor y la propuesta de fray Reginaldo de Lizárraga sobre el rol de Santa Fe en la vinculación entre aquellas dos ciudades.
Consideramos datos que evidencian cómo fueron las primeras conexiones que se dieron en el marco de las necesidades de protección del espacio imperial.
Y analizamos cómo durante el siglo XVII el flujo de bienes, principalmente vino y yerba mate, terminó de consolidar la articulación de estos espacios y las rutas dentro de amplios circuitos comerciales. |
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Desde 1765 hasta 1784 un grupo de barcos de la Armada española unió Cádiz y Manila a través del cabo de Buena Esperanza.
Se trataba de una novedad, ya que hasta ese momento la ruta tradicionalmente transitada para unir el archipiélago filipino con los puertos peninsulares pasaba por Nueva España y el océano Atlántico.
El objetivo que perseguía la Corona con esta reforma era explorar un nuevo camino directo que le permitiera tener un mayor control administrativo y militar sobre Filipinas, pero que al mismo tiempo abriese nuevas oportunidades de negocio a los comerciantes de Cádiz.
En los últimos años los barcos de la Armada han sido estudiados por un pequeño grupo de historiadores, que se han preocupado por diferentes aspectos asociados a los mismos.
En primer lugar, Salvador Bernabéu y Antonio García-Abasolo pusieron en valor las importantes contribuciones que consiguieron sus pilotos para la navegación y la ciencia moderna.
1 Carlos Martínez Shaw y Marina Alfonso, situaron esta reforma dentro de las dinámicas internas del imperio pero también en el contexto político internacional, especialmente como una de las consecuencias derivadas de la guerra de los siete años.
2 Asimismo, supieron desarrollar la idea apuntada por Lourdes Díaz-Trechuelo en su obra clásica sobre la Compañía de Filipinas, al considerar que este grupo de fragatas y navíos fue el antecedente necesario para la formación de compañías privilegiadas que vinculasen el archipiélago con España.
3 Desde una perspectiva más novohispana, Carmen Yuste ha destacado lo relevantes que resultaron estos barcos a la hora de proporcionar una alternativa al galeón de Manila y las pérdidas que conllevó para los comerciantes mexicanos la aparición de nuevos actores.
4 Por último, José Cosano Moyano publicó dos excelentes trabajos sobre las cargas de estos barcos.
5 No obstante, se trató de un análisis más cuantitativo que enumera las mercancías, siendo todavía necesarios trabajos que se refieran al uso y significado que se dio a una parte de estos objetos, aquellos que no eran destinados al comercio.
Durante los quince viajes que realizaron las fragatas y navíos de la Armada entre Filipinas y España, numerosos personajes aprovecharon la ocasión para mandar géneros.
Las motivaciones eran frecuentemente económicas, comerciantes de Manila y Cádiz hicieron negocios tanto directamente, al manifestar mercancías en la Real Contaduría, como de forma indirecta, comprando o alquilando el espacio en las bodegas que correspondía a la tripulación de los barcos.
A pesar de que la mayoría de los productos embarcados se destinaba al comercio, en los registros de mercancías también se declaraban regalos enviados por vecinos de las islas a alguna persona o institución en España.
Asimismo, una pequeña parte de las bodegas de los buques se reservó para el transporte de los equipajes de tripulantes y pasajeros, que también acostumbraban incluir presentes.
El presente artículo se ocupa de analizar estos regalos, organizándolos tanto en función de quién fuese el emisor y el receptor como del objetivo al que se destinaban.
A partir de las referencias a los cargadores y consignatarios anotadas en los registros de mercancías, se recuperarán algunas de los vínculos personales que se tejieron con ayuda de estas dádivas.
Al mismo tiempo, se procederá a enumerar los principales objetos escogidos para este tipo de uso, reflexionando sobre cuáles eran los más comunes, qué uso se les daba y qué valor pudieron tener para sus propietarios.
Finalmente, con el fin de interpretar el significado que tuvieron los diferentes obsequios identificados, se tomarán en consideración los debates iniciados por la obra clásica de Marcel Mauss sobre la función del intercambio de objetos entre grupos o individuos.
Según este autor, los regalos ofrecidos en las culturas antiguas creaban vínculos sociales que obligarían al receptor a corresponder de alguna manera a su emisor («contradon»).
6 Esta práctica establecía entre ambas partes una «deuda» o «dependencia» que podría entenderse tanto desde el punto de vista material como moral o simbólico.
Para poder contextualizar estas remesas en la monarquía española del siglo XVIII resulta necesario también considerar los estudios sobre el funcionamiento del estado moderno, la «cultura del don» y la corrupción.
7 Además, para aquellos presentes que no estaban directamente asociados a aspectos políticos o económicos, se tendrán en cuenta el ambiente cultural de la época, las obligaciones sociales de los grupos privilegiados, las relaciones de género, o las preocupaciones religiosas.
Nuevos intereses científicos y económicos
Después de la pérdida transitoria de Manila durante la guerra de los siete años contra Inglaterra, se consideró prioritario realizar una serie de reformas que permitiesen mejorar la administración y defensa del archipiélago.
Estas preocupaciones se unieron a las reflexiones metropolitanas sobre cómo sacar mayor beneficio de sus territorios ultramarinos.
La viabilidad del proyecto dependía de la consolidación de una ruta directa entre España y Filipinas, la cual pondría a prueba los saberes geográficos y náuticos de las nuevas ciencias surgidas en Europa.
En primer lugar, era necesario desvelar los secretos de esta travesía, cartografiar los espacios por los que se navegaría, encontrar puntos de avituallamiento y asegurar las derrotas de los barcos.
Los encargados de afrontar este desafío serían una generación de pilotos formados en la Compañía de Guardiamarinas conforme a las últimas corrientes europeas introducidas por el militar y científico Jorge Juan y Santacilia.
El esfuerzo y los conocimientos de estos marinos permitirían desarrollar métodos modernos de navegación astronómica que abrieron a España la vía a través del cabo de Buena Esperanza.
En 1773 Juan de Lángara, al mando de la fragata Venus, aprendió a calcular la longitud naval a partir de las «distancias lunares», contribuyendo a que los oficiales pudieran fijar la posición de sus barcos correctamente.
8 Gracias a estos logros, como señaló Salvador Bernabéu, las beneficiosas consecuencias de las ciencias colaboraron con el «desarrollo del estado borbónico».9 En un momento en que las expediciones marítimas de exploración albergaban también objetivos de toma de posesión de territorios no reclamados por otras potencias europeas, aumento del control administrativo sobre las colonias, y nuevas formas de explotación de los recursos disponibles.
10 Desde el siglo XVI, los funcionarios destinados en lugares recónditos de la monarquía habían tratado de agradar al monarca enviándole curiosidades, que podían corresponder a piezas producidas por sociedades humanas diferentes o a elementos de la naturaleza descubierta.
Así, el historiador Mello Pereira, afirma que «la ciencia moderna se desenvolvió en interacción con la cultura política del Antiguo Régimen, en la cual la dádiva y la reciprocidad tenían pesos determinantes».
11 En el siglo XVIII, el avance de las REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS DE LA ARMADA (1765-1784) ciencias y el deseo de clasificación de la naturaleza convivieron con aquellos objetos extraños llegados por la vía tradicional del obsequio al monarca:
Una buena ofrenda, sobre todo cuando es dada a un rey, tenía que ser algo notable y excepcional.
La consecuencia es que el coleccionismo de los gabinetes de curiosidades, como el propio nombre dice, tendía a crear un 'microcosmos' caracterizado por la excepcionalidad de las cosas.
La gran tarea del siglo XVIII fue pasar de la esfera restricta del ítem excepcional para la noción ampliada de que todo puede ser objeto de colección, clasificación y estudio, pero no debemos perder de vista que la cultura del patronato y de las cadenas de dádivas continuaban muy vivas, cuando no, determinantes en la composición de muchos acervos que se pretendían científicos.
12 Durante el siglo XVIII, los nuevos intereses científicos llevaron a la creación del Real Gabinete de Historia Natural, la Real Academia de la Historia, o el Real Jardín Botánico.
Estas instituciones estimularían la promulgación de instrucciones para la identificación y envío de plantas, animales, minerales y curiosidades.
La Real Orden de Felipe V de 1712, la Memoria de 1752 de Antonio Ulloa, la Instrucción de Pedro Franco Dávila de 1776 y la Instrucción de Casimiro Gómez Ortega de 1779, entre otras, organizarían la recolección de piezas en los diferentes territorios de la monarquía.
13 Ya fuese por iniciativa propia o atendiendo al encargo hecho desde Madrid, los remitentes vieron la oportunidad de llamar la atención del monarca y ganarse una recompensa.
14 Si tenemos en cuenta la «cultura del don» imperante en el antiguo régimen, según la cual a cada servicio de un vasallo debía corresponder una merced del rey, se entienden mejor las intenciones de estos funcionarios.
15 Cada remesa que se enviaba se consideraba como un mérito contraído que debía retribuirse.
Este sistema contribuía además al mantenimiento de la lealtad de los súbditos a través del agradecimiento del beneficiado.
En los barcos de la Armada se encuentran numerosos ejemplos de partidas de objetos curiosos o de historia natural para la corte.
En 1770, en la fragata Buen Consejo, Francisco de la Concepción y Villanueva, provincial de San Francisco en Filipinas, «atento a la real orden que pedía maderas exquisitas para remitir a Nápoles», despacha de regalo a su majestad una 12 Ibidem, 95.
14 Con este objetivo, en 1746 el gobernador de Filipinas, fray Juan de Erechederra, le había regalado a Felipe V un venado blanco.
Según Díaz-Trechuelo y Gómez-Centurión, el interés del religioso sería conseguir el perdón real por haber enviado el galeón a Nueva España, a pesar de ser suspendido por una real orden de 1744.
ALBERTO BAENA ZAPATERO mesa redonda de ébano morado «que los naturales llaman Loyan, un trosso del mismo evano para el pie de dicha mesa, otra dicha de líndalo de nueve palmos y medio de diámetro y más de tres dedos de grueso, un trosso de madera más fina que el tindalo y tan fuerte como el molave vulgarmente llamada colin manuo».
Asimismo, afirmaba esperar «más maderas especiales luego que llegue un champan que las conduce de la costa de Tayabas».
Todos estos objetos deberían ser entregados al rey por mano de Simón de Anda y Salazar, en ese momento miembro del Consejo de Castilla, quien pudo haber conocido al remitente durante su primera estancia en las islas.
16 En 1771 sería fray Antonio Mozo, de la orden de San Agustín, el que consignaría a Julián de Arriaga, secretario de Marina e Indias, un presente de objetos de historia natural para el príncipe de Asturias.
El heredero al trono se aprovecharía de los mecanismos oficiales de envío de piezas a las instituciones científicas para aumentar su colección privada.
Así, la fragata Astrea conduciría «un cajón forrado en lona blanca que contiene varios arbolillos de coral de todos colores, una gran porción de conchas de varias hechuras grandes y colores de nuevas especies de caracoles grandes, medianos y pequeños de hechuras diferentes; petrificaciones de maderas, y mariscos con otras curiosidades».
17 En este mismo barco y conforme al decreto de 31 de diciembre de 1770, se pondrían en partida de registro trece cajones, tres de ellos con «conchas y caracoles de mar y los diez restantes de Bonga fruto del país con peso neto de 49 arrobas y 7 libras, todos rotulados al rey Nuestro Señor».
18 Desde su vuelta al cargo de gobernador en 1770, Simón de Anda y Salazar mantuvo relaciones diplomáticas con los nawabs de la India que le permitirían hacerse con tres elefantes.
El primero viajó en 1773 a bordo de la fragata Venus como regalo para Carlos III.
19 Este presente fue muy bien recibido por el monarca ya que, durante la Edad Moderna, la posesión de animales «exóticos» vivos fue considerada un símbolo de estatus y una manifestación del poder real.
19 El elefante desembarcó en la isla de León, Cádiz, desde donde caminaría 42 días hasta La Granja de San Ildefonso, donde se encontraba Carlos III.
Mazo, 2008 En 1779 sería el gobernador ilustrado, José Basco y Vargas, el que despacharía en la Astrea la nada despreciable cifra de 12 cajones llenos de todo tipo de fósiles y animales disecados «destinados al gabinete histórico de SM».
En la lista de mercancías se alude a los efectos benéficos de algunos de los productos naturales incluidos.
Así por ejemplo, se refieren «las piedras de San Xavier aquí llamadas runas que hechas polvo y en agua como masa sirven para deshacer postemas y contra picadura de culebras».
24 También en la Astrea viajaría Juan Francisco de Anda con otro paquidermo vivo.
Como responsable de los bienes dejados por su tío, tuvo que hacerse cargo de una elefanta que el Nabab Hider Alican de Carnate había regalado al mandatario español.
25 La idea inicial de Simón de Anda había sido que actuase como pareja del ejemplar macho que remitió a España años atrás, pero la falta de colaboración del nuevo gobernador dificultó el traslado.
Después de mantenerla durante un año y medio en su casa, Juan Francisco de Anda viajó a Cádiz con el animal.
Una vez en su destino y con la ayuda de su primo, Tomás de Anda, encaminaría el animal a Madrid.
26 Un año más tarde, nuevamente José Basco y Vargas remitió de regalo para el gabinete del rey quince cajones con «curiosidades del país».
Además, mandaba otros nueve cajones más con «dos estatuas y dos loros ALBERTO BAENA ZAPATERO encarnados» a José de Gálvez, secretario del Consejo de Estado y ministro del Despacho Universal de Indias, que serían recogidos en Cádiz y reenviados a Madrid por Francisco Manjón, presidente de la Casa de Contratación.
27 En el último de los barcos de la Armada, la fragata Asunción, el capitán de dragones de Luzón, Juan Mir, obedeciendo los reales decretos dados al efecto, despacharía un cajón con «mancerinas y caracoles de nácar» al Real Gabinete de Historia Natural.
28 Al mismo tiempo, Juan Antonio del Corral, contador real, «manifestó un cajón que contiene caracoles y muestras de madera que remite para don Isidro Granja», del Consejo de Guerra.
29 Además de los regalos enviados a la corte, los cargamentos de los buques de la Armada reflejaron las inquietudes culturales de los militares y funcionarios reales de la época, muchos de los cuales fueron los encargados de llevar a cabo los estudios científicos.
Así, Juan de Lángara, a la vuelta del viaje al que nos acabamos de referir, llevaba entre su equipaje «un cajón con piezas de historia natural».
30 Mientras que Alejandro Malaspina, capitán de fragata y segundo comandante, aprovecharía su paso por las islas para incluir en su generala «un surtimiento de bagatelas de historia natural, de encargo», que probablemente le supusieron unos buenos beneficios.
31 Estas remesas constituyen un ejemplo de cómo las posesiones coloniales fueron aprovechadas desde Europa para ampliar el conocimiento sobre la diversidad natural del planeta.
Al mismo tiempo, los regalos despachados también servirían a aquellos que trataban de ganarse el favor real explotando la curiosidad científica del monarca.
Junto a los intereses científicos, los regalos enviados a la Península muestran los propósitos utilitarios e imperiales de la Corona.
A lo largo del siglo XVIII fueron redactados numerosos memoriales y proyectos que trataban sobre «el acceso directo desde España al comercio con Filipinas y Extremo Oriente y la transformación del espacio mercantil español del Pacífico».
32 Los cargamentos estudiados evidencian el deseo reformista real después de la guerra de los siete años y el interés de algunos funcionarios y comerciantes por desarrollar la producción del archipiélago.
La mayoría de los géneros embarcados en los barcos de la Armada continuarían siendo importados, especialmente de China y de la India, pero también comenzaron a incluirse algunos filipinos.
Ya no se trataba solo de utilizar el archipiélago como base desde la que acceder al comercio con Cantón, la India y el resto de islas del Pacífico, ahora además se quería fomentar la obtención local de materias primas, generar riqueza y enviarla a la Península.
Una parte del azúcar, canela, algodón hilado, palo sibucao y meriñaques que se mandaban eran originarios de las islas y poco a poco se incorporaron los nuevos cultivos implantados de añil, tabaco o cacao.
33 A pesar de que el mérito del desarrollo de la agricultura y la industria se ha atribuido en gran parte a la inversión posterior de la Compañía de Filipinas, los registros de los barcos de la Armada indican que estos proyectos se venían aplicando desde tiempo atrás.
Francisco Leandro de Viana, fiscal de la Audiencia de Manila, escribió en 1765 el memorial «Demostración del mísero y deplorable estado de las Islas Filipinas...», en el que defendía la creación de una compañía comercial que uniera España y Filipinas a 33 Cosano Moyano, 1981, 203 través del cabo de Buena Esperanza.
Según el autor, este proyecto ayudaría a superar la dependencia filipina de Nueva España y aumentaría los lucros de la metrópoli.
Asimismo, proponía el fomento de la producción de las islas y su inserción en el comercio internacional.
34 Esta preocupación de Viana se manifestaría dos años después, cuando entre las mercancías que remitió de regalo a Francisco de la Guardia, incluiría un envoltorio con «una sobrecama de Ylocos campo blanco y bordado de seda encarnada para que se vea lo que son capaces de hacer los indios de Philipinas».
El deseo de llamar la atención sobre el potencial de las islas se refuerza por la presencia en el mismo cajón de petates o esteras hechos por «los indios de Philipinas» y «vuelos bordados por las indias de Manila».
35 Francisco de la Guardia era uno de los principales comerciantes de Cádiz y probablemente la intención que tenía Viana al remitir estos presentes era sugerirle las posibilidades de negocio que ofrecía la inversión en la producción filipina.
36 También en el primer viaje del navío Buen Consejo, Juan Infante de Sotomayor, vecino y del comercio de Manila, embarcó «23 piezas con frutos de la tierra».
Entre los productos incluidos en esta categoría se encontraban seis cajas con «un mil setecientas treinta y nueve y media libras de canela de Samboanga» y un cajoncito que iría de regalo para Pedro Calderón Enrique, oidor de Valladolid.
37 Prueba del desarrollo temprano de cultivos, la explotación de esta especia al sur del archipiélago abría una oportunidad de riqueza que no podía pasar desapercibida ni al rey ni a los comerciantes.
No es casual que tanto Viana como Sotomayor, consignasen las mercancías durante el viaje al cuidado de Tomás de Anda y Salazar, que en ese momento regresaba a la corte de Madrid.
Simón de Anda en su informe sobre la situación en Filipinas entregado en 1768 quiso destacar el potencial económico de las islas al sostener que «la especieria se puede poner corriente, que hay oro, añil, bejuco, algodón finísimo, cera, riquísimas maderas, y otros muchos frutos: esto sin tocar en REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS DE LA ARMADA (1765-1784) lo que se puede traer de China y la Costa».
38 La intención del oficial real era apoyar el proyecto de comercio directo entre España y Filipinas que comenzaría a desarrollarse con los barcos de la Armada.
Los comerciantes residentes en Cádiz estaban vinculados al comercio atlántico y no tenían un buen conocimiento de los mercados asiáticos.
Sin embargo, estaban interesados en aprender sobre la oferta de productos que podrían adquirir a través de esta nueva ruta.
En el Archivo Histórico Nacional se encuentra una lista, «Géneros y metales de China de nombres no comunes que conducen el Navío Buen Consejo, y las Fragatas Venus, y St.a Rosa», que debió de ser realizada en 1770, año en que estas tres embarcaciones arribaron a Cádiz al mismo tiempo.
39 El autor desconocido del documento enumera diferentes productos con sus respectivas explicaciones, por lo que su objetivo debió de ser el de ayudar a aquellos que quisieran invertir en la compra de mercancías asiáticas.
En este pequeño catálogo abundan los diferentes tipos de telas y también se hace referencia a las realizadas en Filipinas, aunque en este caso no se les concede un gran valor.
De los meriñaques se afirmaba que eran un «tejido de yerbas de nuestras islas equivalente a las telas de zedazo», mientras que de las colgaduras de rengue sostenía que «pueden ser muy especiales por su pintura si es de China, y no de nuestras islas, en donde sólo es ordinario lo que se fabrica».
40 En 1778, sería el gobernador José Basco y Vargas quien dirigiera al secretario de Estado, José de Gálvez, «quince muestras de géneros bastos de algodón y guimaras indígenas [...] con destino al comercio africano».
Probablemente en la mente del gobernador estaba la idea de seguir el ejemplo portugués, que desde el siglo XVI intercambiaba algodón de la India y sedas chinas por oro, marfil y esclavos del África subsahariana.
En este caso se introducía una novedad, las manufacturas filipinas, ya que una de las muestras sugeridas era de «lienzo cambaya azul, teñido en Manila».
41 ALBERTO BAENA ZAPATERO Ya en el último de los viajes de la Armada, el oidor Ciriaco González envió a José de Gálvez un cajón con «muestras de varios tejidos de las Islas» y otro con «café de la misma Isla», evidencias del desarrollo de la agricultura.
Pero quizás la prueba más relevante del nuevo impulso tomado por la manufactura local es otro cajón consignado por el mismo funcionario, que contenía «muestras de la primera seda cogida en Filipinas».
42 Esta remesa demuestra que, para el momento en que la fragata Asunción partía rumbo a Cádiz, ya se había conseguido introducir con éxito esta producción, abriendo numerosas posibilidades para el comercio y la industria nacionales.
Así lo apuntaba el duque de Almodóvar al referirse al algodón, la seda y el añil:
Le ha empezado a promover la Sociedad Económica, y puede hacerle prosperar la compañía.
La seda es en Filipinas un nuevo fruto, que por dirección y encargo de la Sociedad en 1780, envió desde China el Padre Galiano religioso Agustino, prevalece prodigiosamente; se hacen nueve cosechas al año, y es susceptible de inmensas ventajas.
El añil es otro precioso género que antes era de mala calidad, cultivado con descuido, y casi inservible; pero desde el año de 1779 le promovió eficazmente el padre Octavio, religioso de la misma Orden, quien lleno de espíritu patriótico y de discreto zelo a fueza de un trabajo ímprobo, ha logrado establecer el método de beneficiarle como en Guatimala ayudado de la generosidad y patriotismo de Don Diego García Herreros, inteligente y rico negociante de Manila.
Se hizo la primera remesa a Europa en 1784 con la fragata real la Asumpcion, y debe ser este género un considerable objeto de comercio muy digno de una protección bien entendida.
Los funcionarios destinados en Filipinas no solo mandaron piezas de historia natural a la corte de Madrid, el deseo de agradar al rey también les llevó a enviar objetos «exóticos» o de alto valor que se equiparasen a la categoría del personaje homenajeado.
El objetivo pudo ser el mismo, ganarse la voluntad del monarca o agradecerle favores.
Como apuntó Francisco Montes para el caso del mecenazgo de los virreyes novohispanos, una de las motivaciones que pudieron tener los oficiales reales de alta graduación para encargar objetos a artesanos locales pudo ser remitir regalos al monarca, a instituciones religiosas o a familiares residentes en España.
De esta forma, «las piezas se revestían de valores sentimentales, devocionales e incluso REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS DE LA ARMADA (1765-1784) propagandísticos, cuando la idea era contentar al rey mostrándole las maravillas de sus dominios de ultramar».
44 Las mismas motivaciones que los virreyes tuvieron los gobernadores de Filipinas durante su estancia en las islas.
Así, Simón de Anda y Salazar envió al rey a bordo de la fragata Juno catorce cajones que contenían: treinta sillas, un canapé y dos mesas de caña, un tocador, y dos loros de filigrana de plata.
45 A diferencia de lo que sucedió durante la fiebre evangelizadora de los siglos XVI y XVII, no se incluyeron entre los presentes piezas devocionales hechas por conversos, sino que se trataba en su mayoría de objetos utilitarios que por sus materiales o manufactura llamasen la atención del monarca.
En este caso, los muebles de caña fueron adquiridos en Cantón y Simón de Anda destacaría que, aunque por sus materiales podrían parecer cosas pobres, por su trabajo y curiosidad bien podrían complacer al rey.
Además, se ofrecía a remitir más objetos de este tipo si eran de su gusto:
Ya se ve que nada de ello es cosa digna de la soberanía, pero por lo extraño de la obra y primoroso trabajo del chino, con solo caña y plata, me ha parecido no dejar de proporcionar la vea y disponga de ella el Rey, [...] son muebles, que de su especie serán acaso los primeros y únicos que se han visto en Europa, y pueden promover alguna nueva idea, de que remitiéndome diseño, me es fácil cumplir cualquier encargo.
46 Contrariamente a las palabras del gobernador, en el mismo barco varios tripulantes llevaban también piezas de caña: Andrés de Viedma, José Govantes y el propio capitán, Juan de Araoz.
Este último, además de incluir entre sus propiedades un cajón con dos canapés de este material, cargaba «2 cajoncitos con 900 abanicos de caña ordinarios» y «1 cajón chico angosto y largo con 800 abanicos de caña ordinarios».
47 Como se comprueba por el análisis de las mercancías enviadas en los barcos de la Armada, los abanicos realizados en este material fueron una partida numerosa y compartió espacio con los elaborados en maque o marfil.
Además, Simón de Anda se encargaría de resolver todos los detalles de su transporte y montaje 44 Montes González, 2009, 507.
45 Nota de lo que contienen los catorce cajones que remite el gobernador de Filipinas para el rey y se han de entregar en Cádiz al marqués del Real Tesoro, Manila, 10 de enero de 1775, AGI, Filipinas, 390, N.60.
46 Carta n.o 419 de Simón de Anda y Salazar, gobernador de Filipinas, a Julián de Arriaga incluyendo la nota de canapés, sillas, mesas, un tocador y dos loros de plata que remite para el rey, Manila, 10 de enero de 1775, AGI, Filipinas, 390, N.60.
ALBERTO BAENA ZAPATERO en Madrid.
En primer lugar, se preocupó de que el capitán Juan de Araoz colocase la carga en el barco «con el gran cuidado que pide la delicadeza de la obra de caña y en especial de plata».
A continuación explicaba minuciosamente cómo se debería conducir de Cádiz a Madrid:
1.a los cajones de n.o 1 a 12 son voluminosos pero de poco peso y pueden conducirse desde Cádiz a la Corte en Galera o carro con alguna cosa blanda por abajo para excusar golpes y debe tener una cubierta que no cale el agua para evitar que ablandada la caña con la humedad se afloje y desfigure la obra.
2.a Que el número 13 pesa una arroba y el n.o 14 último mucho menos: por lo que y por la delicadeza de su obra parece forzoso deberse conducir ambos a mano y con el cuidado de que no reciban el menor golpe pues se quiebra fácilmente por más que se ha procurado estivar con papel suave y en los mismos cajones en que vinieron desde el puerto de Cantón: lo más mínimo que padezca la obra creo que no se halle en la corte quien lo componga y aunque no es alhaja que merezca tantas preocupaciones sería sensible que por su omisión se desluciese el primor del trabajo.
Muchos de estos regalos estaban hechos con materiales valiosos y delicados, por lo que era habitual que se protegiesen colocándolos en el interior de tibores o entre petates.
Desde el siglo XVI, la posición privilegiada en relación al comercio americano que disfrutaron estos consejeros hizo que en sus ajuares abundasen las importaciones.
50 En los cargamentos de los barcos de la Armada existen ejemplos de este movimiento de piezas curiosas o de alto valor, predominando entre los receptores el secretario de Marina e Indias y los miembros del Consejo de Indias o de Castilla.
Dado el valor de los regalos y que la mayoría de los destinatarios no vivían en Cádiz, se solía encomendar su descarga y posterior envío al presidente de la Casa de Contratación.
Como es lógico, desde Filipinas se tenía especial interés en influir en aquellos funcionarios de la metrópoli que tenían relación con la administración de las islas.
Si se considera la corrupción como una categoría cultural que «incluye todas aquellas prácticas que aprovechan las contradicciones o ambigüedades del sistema normativo para el lucro personal», los regalos pueden encuadrarse en este tipo de actividades.
51 En este caso, la corrupción partía de la iniciativa privada y pudo utilizarse como una forma de soborno encubierto.
En 1767 el funcionario Francisco Xavier Salgado envió en el navío el Buen Consejo regalos para el rey y para el secretario de Marina e Indias, Julián de Arriaga, probablemente con la intención de buscar apoyo para sus negocios con la canela y el añil en Filipinas.
52 En 1770 se registrarían en el mismo barco tres cajones a nombre de Tomás de Mello, secretario del Consejo de Indias, que contenían «una buzeta o tocador de maque con sus cajetas dentro de lo mismo, seis caxitas de Cantón con veinte botecitos de té con dos libras: doscientas y seis piezas y juguetes de losa de China, y quatro esteritas finas, que no consta de partida de registro».
53 Por sus características es muy probable que este mueble ocupase un lugar especial en los salones del ministro del rey.
Además, José Joaquín Martínez, depositario general de Manila, despachó un cajón de regalo a Domingo Trespalacios Escandón, ministro del Consejo de Indias.
Entre los objetos remitidos destacaba «una copa de unicornio que se dice contra veneno engastada de plata», sin duda 50 Gil, 2011.
ALBERTO BAENA ZAPATERO útil para un oficial real con tantas responsabilidades.
54 Martínez había sido nombrado ese mismo año para el cargo y poco después conseguiría el corregimiento de Tondo, lo que demuestra las excelentes relaciones que mantuvo con la institución de la que formaba parte Trespalacios.
Finalmente, el poderoso José de Gálvez, secretario del Consejo de Estado y ministro del Despacho Universal de Indias, no podía faltar entre el grupo de afortunados que recibieron obsequios.
Antonio Pacheco, uno de los comerciantes de Manila más activos en los barcos de la Armada, mandó al ministro «5 cajones con un bajilla de loza fina con escudo de armas de 625 piezas y un juego de cha y café de 143 piezas», además de otros 7 cajones «con piezas y efectos del reino de China».
55 En este caso, la presencia de las armas de Gálvez en la loza demuestra que se trató de un encargo especial, un símbolo doméstico de estatus que sin duda agradaría a su beneficiario.
Dado su valor, el presidente de la Casa de Contratación tomaría todos los cuidados necesarios para hacer llegar la vajilla intacta hasta Madrid.
Cuanto mayor era la posición de poder del funcionario real, más probable era que se recibiese algún regalo.
Pedro de Ávila y Soto, Manuel Casafonda, Francisco Manjón o Miguel Orbaneja y Ortega, miembros todos del Consejo de Castilla, recibieron regalos transportados en los barcos de la Armada.
56 También Simón de Anda y Salazar obtendría varios presentes durante su paso por este Consejo.
Justo antes de que el viejo militar partiese nuevamente para las islas como gobernador, José de la Guardia, procurador general de la provincia franciscana de San Gregorio, le hizo llegar dos cajones que contenían «varios ramos de corales, trece petates de varios dibujos y tamaños, seis cocos de pepitas de s Ygn.o y un emboltorio con todo lo necesario para hacer un pabellón tejido de Abaca».
57 En 1772, sería el turno del conde de Aranda, a la sazón presidente del Consejo de Castilla, quien recibiría un «cajoncito con loza de china que se compone un juego de cha», de parte del arzobispo Basilio Sancho de Santa Justa y Rufina.
58 Probablemente el religioso buscaba apoyo real en sus conflictos con las órdenes religiosas y el gobierno de las islas.
La cercanía al monarca también era premiada ya que esta situación proporcionaba influencia sobre sus decisiones.
Así por ejemplo, el miembro del Consulado de Manila, Antonio Rivera Montenegro, envió al conde de Baños, grande de España que gozaba de la confianza de la familia real, «un cajón con quince piezas de loza de China».
59 En algunos casos la estrategia pudo haber sido ganarse el favor de un familiar del funcionario con el que se deseaba tener buenas relaciones.
De esta forma, el gobernador José de Basco y Vargas, entregaría a la mujer del presidente de la Casa de Contratación, María Teresa Micón y Manjon, «un cajón con doce laminitas con sus cristales».
60 También la condesa de Tepa, una vez que su marido formaba parte del Consejo de Indias, recibiría un colmillo adornado de oro y plata del importante comerciante filipino, Pedro Galarraga.
61 A pesar de que Horst Pietschmann, acompañando las reflexiones de Van Klaveren, sostiene que «la corrupción en América ha tenido un carácter de sistema y habrá que explicarla en términos de una tensión más o menos permanente entre el Estado español, la burocracia colonial y la sociedad colonial», los regalos demuestran una relación de intereses entre los funcionarios de la Península y una parte de la élite económica de Manila.
El siguiente tipo de regalos es aquel que un individuo remitía a otro particular o institución.
Como ya explicamos, el don fue utilizado para crear relaciones de gratitud y correspondencia entre personas o grupos, práctica común al conjunto de la sociedad y no se limitó a la esfera política.
Partiendo desde la investigación del derecho, Antonio Manuel Hespanha explicó la formación de «redes sociales» en función del sistema de intercambio material y simbólico que caracterizó el Antiguo Régimen y de conceptos como la amistad o el amor.
Así, estas redes son consideradas:
A la hora de describir el modo en virtud del cual los agentes distribuyen recursos socialmente escasos (recursos económicos, empleos, honores y distinciones sociales, saber e información).
Cada red puede ser considerada como un circuito social ALBERTO BAENA ZAPATERO en el que se llevan a cabo intercambios (exchanges, transactions) de servicios, tanto actuales como virtuales.
Si los intercambios son desiguales (o asimétricos), la parte acreedora gana en ascendencia, dando entonces origen a una relación de poder.
Esta situación de desequilibrio se expresa con mucha frecuencia a través de la idea de «amistad» -respecto del acreedor: significa buena disposición para hacer un favor sin exigencia expresa de devolución-y de «respeto», «solicitud» o «consideración» -respecto del deudor: significa buena disposición para hacer servicios futuros e indeterminados.
63 Entre los vecinos de Filipinas fue habitual la creación de redes a la larga distancia mediante el envío de presentes a algún comerciante en la Península.
Siguiendo la pista de estos regalos podemos recuperar los vínculos personales o comerciales que hubo entre numerosos personajes de España y Filipinas, y el deseo, por lo menos de una de las partes, de agradar al otro, suponemos que con algún tipo de intencionalidad práctica.
Entre estas relaciones, como vimos, estuvo la que mantuvieron Francisco Leandro de Viana, uno de los principales defensores de la apertura de la ruta del cabo de Buena Esperanza, y Francisco de la Guardia, marques de los Castillejos, comerciante afincado en Cádiz que con su enorme inversión ayudó a financiar el proyecto.
64 En 1767 Viana mandó un cajón de regalo a De la Guardia, seis años después este tendría la oportunidad de demostrar su agradecimiento y amistad invitándole públicamente a suscribirse a la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.
65 En ese momento Viana había sido promovido a oidor de la Audiencia de México y desde este cargo continuaría velando por los intereses de Francisco de la Guardia en Nueva España, hasta que en 1776 volviera a la Península.
El regalo enviado en el Buen Consejo demuestra que el vínculo entre estos dos personajes era anterior a la labor desempeñada por el futuro conde de Tepa en la Real Sociedad.
Diecisiete años después de que Viana mandase aquel presente a De la Guardia, para el sacerdote José de Jesus Días Vardera seguía estando clara su relación.
Entre los objetos que manifestaría para embarcar en la fragata Asunción registró «un cajon lleno de conchas y caracolitos» para el antiguo fiscal y «un cajoncito con azucar de piedra» para el comerciante.
66 Además, el hecho de que Francisco Leandro de Viana consignara las mercancías al REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS DE LA ARMADA (1765-1784) cuidado de Tomás de Anda y Salazar, anticipa las excelentes relaciones que tendrá con el posterior gobernador de las islas, Simón de Anda.
Son precisamente Francisco de la Guardia y Tomás de Anda los protagonistas de otro triangulo de relaciones que es posible recuperar gracias a los registros de entrada de los barcos de la Armada.
Juan Francisco Solano, comerciante de Manila, en 1767 enviaría al cuidado de Tomás de Anda dos cajones de regalo con loza de China, piezas de Chitas, pañuelos encarnados, petates y algunas objetos de plata, que Francisco de la Guardia debería recoger al llegar a puerto.
67 En los años posteriores, Solano despacharía grandes cantidades de productos al comerciante afincado en Cádiz.
En la Palas, por ejemplo, compraría las generalas del teniente de navío y segundo comandante Gabriel Alderete, del contador y maestre de fragata Juan José de Avendaño, del primer piloto José Nolante, y del pilotín José Ortega, para enviar mercancías a Francisco de la Guardia.
68 Mientras que en 1776, en el registro de la fragata Astrea, el piloto Domingo Manuel de Paz manifestaría 12 generalas por un valor de 12567 pesos, que irían de cuenta y riesgo de Solano y consignadas al marqués de Castillejo.
69 Los lazos entre estos personajes se entienden mejor al estudiar las cartas que Francisco de la Guardia escribió entre 1772 y 1773 a Tomás de Anda, en ese momento residente en Madrid.
Bartolomé Solano, hijo de Juan Francisco Solano, había viajado a España, quedando bajo la tutela de Anda e Ignacio Balzola.
El marqués, por su parte, se ocupaba de servir de intermediario con el padre y de sufragar los gastos de la educación del joven a través de sus agentes financieros, los hermanos Romero de Tejada.
Durante su estancia, pagaría sus estudios en el colegio de nobles y un nombramiento en la compañía de infantería del regimiento del príncipe, además de remitirle los cajones que mandaba su padre.
70 Así, los regalos enviados por Solano pudieron haber sido una forma de pago por los favores recibidos o una manera de mandar mercancías a su hijo.
Francisco de la Guardia y Francisco Leandro de Viana formaron parte de otra red de conexiones, en este caso con el comerciante de Manila, Pedro de Asteguieta.
Dentro del cajón de regalo que envía Viana a Francisco de la ALBERTO BAENA ZAPATERO Guardia se encontraba un envoltorio y una caja que Pedro de Asteguieta dirigía a su hermano Domingo, administrador principal de la renta del tabaco de Murcia.
Entre los objetos remitidos se encontraban diversas telas, cuatrocientas piedras de culebra y numerosas piezas de tumbaga.
71 En 1772, Asteguieta ingresó en la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y, como comisionado en Manila, mandó mercancías a De la Guardia en los barcos de la Armada hasta su muerte en 1775.
Por tanto, los tres fueron de origen vasco y los tres acabarían perteneciendo a La Bascongada.
Francisco de la Guardia también mantendría una colaboración estrecha con Juan Agustín de Uztáriz, marqués de Echandía, miembro de una importante familia de comerciantes navarros afincados en el puerto gaditano.
Uztáriz compró generalas de los barcos de la Armada y acostumbraba a aparecer como segundo consignatario en todas aquellas partidas destinadas a De la Guardia.
Asimismo, entre las mercancías manifestadas por Juan de Araos, comandante de la fragata Juno, que iban de cuenta y riesgo de Pedro Sisto y del marqués de Echandía, se hallaba un envoltorio rotulado al marqués de Castillejos con seis piezas de cambray de la costa.
72 A su vez, los comerciantes Sisto y Uztáriz, junto al canónigo Domingo de Villanueva, serían los encargados de recibir los presentes que Simón de Anda enviaba a su hijo, vecino de Madrid.
Posteriormente, también sería Pedro Sisto quien se ocuparía en Cádiz de las partidas enviadas por el oidor Juan Francisco de Anda a su primo Tomás.
La ayuda prestada es la prueba de la relación próxima y de confianza que existió entre el gobernador y el comerciante.
Anda no fue el único funcionario con el que el marqués de Echandía sostuvo buenas relaciones, en 1772 recogería un cajón de loza china de regalo del tesorero y oficial real de las Cajas de la ciudad de Manila, José Antonio de Larzábal.
73 Asimismo, su primo, Juan Bautista de Uztáriz, conde de Reparaz, también recibiría del comerciante de Manila, Pedro de Galarraga, una vajilla de porcelana, un baúl de palo de rosa lleno de géneros y un biombo de 24 hojas.
74 Todo lo cual demuestra el interés por los géneros asiáticos que tuvieron los miembros de esta familia, ya desde antes de que 71 Las piedras de culebra eran indicadas para quitar el dolor de cabeza.
Pedro de Galarraga, marqués de Villamediana y administrador de la renta del tabaco en Manila, mandaría años después un conjunto de plata labrada y ornamentos para la catedral de Tudela.
REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS DE LA ARMADA (1765-1784) se formara la compañía «Uztáriz y San Ginés» para el trato con Filipinas.
Si se tiene en cuenta su participación económica en los cargamentos de la Armada y sus relaciones con comerciantes y funcionarios de las islas, se entiende mejor cómo fue estableciendo las bases para desarrollar su posterior proyecto de comercio directo.
A partir de 1779 Juan Agustín de Uztáriz constituiría junto a Francisco de Llano San Ginés la primera compañía comercial para el trato entre Cádiz y Filipinas.
75 Una nueva ruta necesitaba tejer nuevas redes comerciales y estos regalos sirvieron como instrumento para afianzarlas.
De esta manera, otra asociación interesante es la que se dio entre Enrique de Olavide y Michelena, quien fuera gobernador de las Marianas (1749-1756) y que en ese momento se dedicaba al trato en Manila, y el comerciante Matías de Landáburu, quien tenía importantes negocios en varios puertos de América.
76 El primero remitió de regalo a Cádiz cuatro tibores de loza de China pintados «con sus leones en las tapaderas abrigados con manta y cavo negro» y en un baúl un envoltorio con chitas.
Dentro de dos de los tibores iban además diez petates de diferentes tamaños que eran también para Landáburu y un envoltorio con telas, un petate y cuatro cajoncitos de té para José Taboada, oficial del ramillete del rey.
77 Tanto Francisco de la Guardia como Matías Landáburu formaron parte de un grupo de negociantes de origen vasconavarro residentes en Cádiz y enriquecidos por el comercio colonial, que aspiraban a un título nobiliario.
78 Para ambos, sus deseos de reconocimiento social debían apoyarse en un estilo de vida aristocrático para el que contribuirían excelentemente los obsequios que acababan de recibir.
79 Ninguno de los dos debió esperar mucho para ver hechas realidad sus ambiciones, en 1769 Francisco de la Guardia se convertía en marqués de los Castillejos, mientras que en 1772 Landáburu compraría al conde de Aranda el vizcondado de Biota.
A sus respectivos donantes también les iría muy bien, Leandro de Viana acabaría siendo nombrado conde de Tepa y promovido al Consejo de Indias, 75 Para más información: Herrero Gil, 2008-2009.
76 79 Ignacio de Balzola y Larreche, segundo capitán de fragata Santa Rosa de Lima, transportó regalos suntuosos tanto para Francisco de la Guardia como para Matías de Landáburu.
ALBERTO BAENA ZAPATERO mientras que Enrique de Olavide y Michelena volvería a ocupar el cargo de gobernador de las Marianas.
Otra red que no podría dejar de reflejarse en los cargamentos de la Armada es la protagonizada por la importante familia de comerciantes encabezada por José Antonio de Memije y Quiroz, alguacil mayor de Manila.
Su sucesor en el cargo, Vicente Laureano de Memije, despachó cuatro cajas de regalo, una rotulada a Carlos Valenciano, contador mayor y juez oficial del Tribunal de la Casa de Contratación, y tres a Manuel de Memije, comerciante afincado en Cádiz.
80 Vicente Laureano aprovechó los barcos de la Armada para comprar generalas y enviar mercancías a Manuel de Memije y José Savater, por lo que unas buenas relaciones con la Casa de Contratación siempre serían ventajosas para los negocios.
Al mismo tiempo, Joaquín Fabián de Memije, miembro de la familia desplazado a México, actuaba como apoderado de los intereses del gobernador José Antonio Raón en Nueva España.
81 Dado su trato con la familia de mercaderes, se entiende mejor el hecho de que cuando el oficial real quiso mandar regalos a su mujer, Teresa Zejudo, residente en la Rioja, pidiese que se entregasen en Cádiz a Manuel de Memije, quien los haría llegar a su destino.
82 También es posible descubrir relaciones entre militares de una misma familia.
Los hermanos Sebastián y Juan José Ruiz de Apodaca, formarían parte de las tripulaciones de los barcos de la Armada y después harían carrera dentro del ejército.
Antonio Apodaca, quien fuera gobernador de las Marianas, mandaría tres cajones de regalo a Francisco Wentuisen, jefe de escuadra de la Real Armada, registrando a Sebastián y a su madre, Eusebia María de Eliza, en segundo y tercer lugar.
83 En muchas ocasiones lo que se buscaba era despachar objetos excepcionales que llamaran la atención de su receptor en España.
El comerciante Gregorio del Escobal afirmó enviar para obsequio que debía hacer en la corte de Madrid, dos tibores y un cajón con «menudencias».
La lista de piezas incluidas demuestra en muchos casos un interés por lo original o «exótico».
Así, se registran dos figuras de metal de China con cabeza y manos de marfil, diez figuritas de loza, una cajita de nácar con tres piezas de paños de paliacate para narices, rollos de papel con figuras de China, un palillero 80 Registro del Buen Consejo, Cádiz, 16 de agosto de 1770, Ibidem, R.3, 537r-537v.
83 Juan José Ruiz de Apodaca llegaría a ser virrey de la Nueva España.
DE LA ARMADA (1765-1784) de diente de caimán en una cajita de marfil y esmalte, un par de leones de loza, y un caracol de madre perla, entre otros objetos.
84 La misma intención pudo tener Francisco Enríquez, comerciante de Manila, que en 1780 envió a su colega en Cádiz, Roaf Aguado: «Catorce piezas de figuras de raíces de árbol» y «una silla grande de caña de Cantón poltrona».
85 El hecho de que estas mercancías vinieran junto a otros muchos objetos de maque de Cantón, nos lleva a pensar que Enríquez tuvo un acceso privilegiado al trato con este enclave comercial, principal puerta de salida de los productos chinos.
REGALOS DE FILIPINAS A CÁDIZ EN LOS BARCOS
Existió otro tipo de regalos, aquellos que se hacían a instituciones religiosas y que en las fuentes de la época se denominaban «limosnas».
Durante el periodo colonial fue frecuente que religiosos y laicos desplazados a Filipinas o América enriquecieran las iglesias de sus lugares de origen con ofrendas de piezas litúrgicas realizadas por artesanos locales.
La intención del remitente de estas donaciones pudo ser la de mostrar públicamente la fortuna conseguida o la de agradecer a la devoción local la protección recibida.
86 Este fue el caso de Enrique de Olavide y Michelena, quien dirigió por medio de Matías de Landáburu una donación al monasterio y seminario de San Salvador de Urdax, en el valle navarro de Baztán, de donde era originario su linaje.
Se trataba de «un baúl de maque encarnado y oro con su escudo en la tapadera, contiene un ornamento pontifical bordado de oro, plata, y seda sobre razo liso blanco doble, con su escudo, forradas todas las piezas en pequín grana».87 La heráldica impresa en el baúl y en el ornamento indica la voluntad del remitente de dejar testimonio de su donación.
La decoración personalizada y la técnica utilizada tanto en el baúl como en los «dos atriles de maque encarnado con oro» y las «seis sillas grandes de altar de maque encarnado con oro», sugieren que esta obra pudo ser un encargo directo a un artesano asiático, al que se le facilitaría un modelo de la imagen que debería reproducir.
88 Si se tiene en cuenta que muchos de los trabajos ALBERTO BAENA ZAPATERO chinos de exportación se caracterizaban también por fondos rojos y figuras doradas, podemos suponer que el autor pudo ser de este origen.
Lo que resulta imposible de determinar es si se realizaría en Manila o si lo haría en algún taller del continente, probablemente cerca de Cantón, ya que desde el siglo XVI hubo una población permanente de sangleyes en la ciudad que se ocupó de suministrar manufacturas al galeón.
El arzobispo de Manila, Basilio Sancho de Santa Justa y Rufina, no se olvidó ni de su tierra natal en Teruel ni de su pasado por Zaragoza.
Entre los regalos y limosnas que envía por medio del padre Joaquín de Santo Domingo se encontraban «un cáliz con su patena de oro consagrado» para las escuelas pías de Zaragoza, de las que fuera secretario general al inicio de su carrera eclesiástica.
A esta misma ciudad remitía «dos bastones con puño de oro», sin duda excelentes símbolos de jerarquía y estatus para José y Domingo Tragia, teniente coronel y capitán del regimiento de voluntarios a caballo de Aragón.
Finalmente, se acordaba de la iglesia del pueblo en el que naciera, Villanueva del Rebollar de la Sierra, adonde mandaba «tres cavillas» de limosna.
89 También algunas monjas españolas tuvieron la suerte de recibir géneros de regalo desde Filipinas.
La madre María de los Dolores, religiosa carmelita descalza en Málaga, disfrutaría de un cajoncito con telas pintadas, dos sombreros de marfil, diferentes tipos de loza y un petate pintado, que le enviaría Baltazar de Cozar en la fragata Venus.
90 También Juan Álvarez Valcárcel, fiscal de lo civil de la Audiencia de Filipinas, aprovechó la intermediación del comerciante afincado en Cádiz, Esteban de Acuña, para enviar regalos y limosnas a religiosas.
A las monjas de Medina Sidonia les hizo llegar «un emboltorio con dos petates con oropel de la Laguna», mientras que a su hijo, José Javier Gálvez, «un bastón de puño de oro».
91 En ocasiones no fueron residentes en las islas los que enviaron objetos a iglesias o religiosos de la Península, sino justamente al contrario.
Fray José de San Buenaventura, procurador general de los agustinos descalzos de la ciudad de Manila, remitió en nombre de su provincia numerosos géneros al duque de Híjar.
Este envío se explica porque Pedro de Alcántara Fernández de Híjar, tenía el título de patrono y protector general de la Sagrada Congregación de Recoletos Agustinos Descalzos de España, 89 Entre los regalos también iría una casulla para fray Jorge Rey, de la orden de San Agustín, residente en Barcelona.
Entre las mercancías expedidas estaban un baulito de concha y plata que tenía tres piedras basares de venado adornadas de oro, una sobrecama de algodón bordada, dos cajoncitos de té, dos colmillos de caimán y 500 piedras de culebra.
92 En este como en otros casos, no es fácil saber si se trató de un regalo hecho por iniciativa de los religiosos de Filipinas o si el duque aprovechó su posición para encargarles piezas asiáticas, entre ellas algunas con supuestos efectos medicinales.
Francisco López Perea, maestrescuela de la catedral de Manila, mandó objetos tanto a religiosos como a comerciantes.
En 1773 despachó dos cajones al dominico fray Sebastián Valverde, procurador general de la provincia del Santísimo Rosario de Filipinas en la corte de Madrid.
93 Tres años después, remitiría al comerciante Simón Babil de Uris «un San Sebastián de marfil de dos quartas y media de largo, en su árbol de lo mismo».
Otra situación muy habitual en los barcos de la Armada fue el envío de regalos a un familiar por parte de algún personaje importante de Manila, normalmente funcionarios de alta graduación destinados en las islas.
Ya en las normas para el comercio entre Filipinas y Nueva España se había previsto esta situación, al establecer en uno de sus artículos «que se permita a los Gobernadores, ministros togados y a los oficiales reales de Manila puedan enviar a sus correspondientes en estos reinos algunos cajones con regalos».
95 Para muchos de estos personajes, el paso por América o Filipinas era una oportunidad para enriquecerse y adquirir piezas de lujo a un precio menor que en España.
Así, estas cargas podían destinarse a mejorar los ajuares domésticos de sus lugares de origen, incluyendo ricas y prestigiosas piezas orientales.
Además, estos objetos solían colocarse en el salón principal de la casa y servirían para recordar a las visitas la experiencia cosmopolita de su dueño.
Este pudo ser el caso del gobernador José Raón, que remitió en el navío Buen Consejo y en la fragata Santa Rosa de Lima varios presentes para su mujer e hijos.
ALBERTO BAENA ZAPATERO de plata, papeleras con ropa y alhajas, dos bastones, un retrato, tres cajas de maque, tibores y una gran variedad de porcelana, doce abanicos de nácar y marfil con varias figuras de china, un tocador de maque, un vaso de cuerno de ciervo, petates, un San José con su cristal dorado, y hasta tres estampas de Palafox.
96 Finalmente, a su vuelta a España en 1773, transportaría en su equipaje «una papelera con cuatro abanicos para sus hermanas».
97 Sobre este asunto, merece especial atención el gobernador Simón de Anda y Salazar, ya que durante los años en los que estuvo en el cargo envió a su hijo numerosas partidas de regalos.
Entre 1772 y 1776, las fragatas Palas, Venus, Juno y Astrea transportaron inmensas riquezas remitidas a Tomás de Anda y Salazar.
La lista de objetos de lujo que se incluyeron en estos presentes es muy extensa y tan solo se referirán los más significativos.
Las remesas comenzaron al poco tiempo de asumir el cargo, la Palas llegaría a Cádiz cargada con regalos del gobernador para su hijo y varios comerciantes de la ciudad, Gregorio Alzasua, Esteban de Acuña y Pedro de Anda.
Entre los objetos que obtuviera Tomás de Anda destacaban una papelera, diez y seis figuras de sangleyes, y dos uniformes azules bordados de oro.
98 Un año después sería el turno para la fragata Venus.
El gobernador utilizaría la generala del contador José García Armenteros para enviar libres de impuestos numerosas piezas de filigrana, un biombo chino, porcelana, abanicos, etc. Entre la ropa llamaban la atención «4 bestidos de chinos y 4 de chinas» que, en una nota al margen, se sugiere que pudo tratarse de disfraces con todos sus complementos: «se componen de ocho camisas, ocho calzones, cento cuarente y cuatro botones, quatro collares, quatro monteras, quatro ceñidores con bolsas, quatro abanicos, quatro pares de zapatos, quatro de botas, y ocho mascaras».
99 En la lista de nombres de géneros del Archivo Histórico Nacional se constata la curiosidad que se tenía por las vestimentas orientales.
Al referirse a las pinturas tártaras y a los papeles pintados que se importaban en los barcos se afirmaba que «pueden ser muy excelentes y estrañas por retratar los trages tartaros» o los «vestuarios de los chinos».
100 China se puede relacionar con el éxito de los biombos de Coromandel con representaciones de ambientes palaciegos, o con la porcelana de la Compañía de las Indias en la que aparecían mandarines con trajes suntuosos y de colores vivos.
De una manera más general, este gusto se integra también perfectamente en la moda europea de la chinoiserie y su fascinación por el «exotismo» oriental.
En la fragata Palas iría el mayor volumen de cajones que dirigiría Simón de Anda a su familiar, trece.
En el número 1 iba un baúl de maque negro de China con telas y porcelana, en el número 2 otro baúl de maque negro con 100 libras de canela china, en los cajones del 3 al 6, una vajilla de loza fina de China de quinientas piezas, en el 7 una mesa de palo de rosa de China, en la 8 siete figuras de barro de China, en el 9 dos biombos, mientras que en el 10 y en el 11 encontramos dos tanques para pescado de loza fina de China y un juego de café compuesto por 48 piezas.
101 De este conjunto de mercancías resultan especialmente interesantes los «veinte cueros maqueados y pintados en ellos la historia de Don Quijote de la Mancha», que componían dos biombos.
Se trata de un ejemplo del impacto de la mundialización en la cultura material y el arte de la época, ya que encontramos un mueble típicamente asiático que fue realizado por artesanos locales a partir de grabados europeos.
El tema del Quijote debió de gozar de cierto éxito entre los encargos ya que seis años después el comerciante Francisco Gómez Enríquez aprovecharía la generala de 300 pesos que comprase a Juan Naranjo para transportar: «treinta y cuatro cuadros dorados con vidrios de la Historia de Don Quijote» a dos pesos cada uno.
102 La siguiente remesa de Simón de Anda viajó en la fragata Juno, que en 1775 condujo ocho cajones para su hijo.
Aquí vuelven a aparecer cajas de maque, abanicos de nácar, carey, marfil o caña, objetos de filigrana, porcelanas, etc. Además se incluyen muebles de lujo como un baúl de palo de rosa y otro de marfil con cerraduras de plata; dos rosarios de oro y perlas; dos petates de marfil valorados en 100 pesos; y valiosas objetos litúrgicos: una Virgen del Carmen y un San Gerónimo de colmillo de caimán con guarniciones de oro.
103 La fragata Astrea (1776) sería la última en la que el gobernador manifestaría mercancías, siendo lo más destacable ocho cajuelas de carey, un tocador con marco y remate de plata de filigrana, y una 101 Registro de la Palas, Cádiz, 16 de julio de 1774, AGI, Contratación, 2437, N.3, 403r y v.
ALBERTO BAENA ZAPATERO papelera de ébano con herrajes también de filigrana.
104 Después de la muerte de Simón de Anda, su sobrino, Juan Francisco de Anda, continuaría con los envíos a su primo Tomás de Anda.
En este caso, entre los objetos de lujo remitidos se encontraban algunos que debieron pertenecer al gobernador y, por lo tanto, también tendrían un valor sentimental.
Especial interés debieron tener «quatro sellos con el escudo de armas del Ylm.
Señor don Simón de Anda y Salazar», uno de oro, dos de plata y uno de cobre, y «una medalla de cobre también con dichas armas».
105 El volumen de las cargas que el gobernador despachó para España nos lleva a plantearnos dos cuestiones.
La primera es cómo el cargo que ostentaba en Filipinas y la facilidad con la que podía acceder a mercancías asiáticas a precios económicos, hicieron que este consiguiese numerosos objetos de alto valor.
La segunda tiene que ver con el elevado número de géneros enviados, que nos lleva a preguntarnos si una parte no estaría destinada a la venta en su destino.
En este caso, los regalos serían una forma encubierta de participar en el comercio de mercancías asiáticas con mayores márgenes de beneficio, ya que solo se pagaba un dos y medio por ciento de impuestos a su salida frente al resto de géneros, que pagaban en Manila y Cádiz.
Este pudo ser el caso del regalo que encaminó Manuel Fernández Toribio, castellano del castillo de Santiago en la ciudad de Manila, a su hijo Francisco Javier, residente en Sevilla.
Junto a piezas más singulares que podrían ser del agrado del receptor, cómo unas imágenes de San José y del niño Jesús de marfil o un quitasol de seda de Cantón, iban «498 peines de carey corbos con flores sobre doradas de canto muy fino» y «260 peines de marfil».
106 Nuevamente, es difícil pensar que un número tan grande de estos objetos no fuese comercializado.
También cabe la posibilidad de que algunos objetos específicos fueran reutilizadas posteriormente como presentes a personajes cercanos a la familia.
El uso que se hacía de estos regalos resulta también sospechoso en el caso de implicar a mercaderes, ya que podrían intentar presentar las mercancías de esta manera para pagar menos impuestos.
Un año después Francisco Javier Fernández Toribio viajaría a Manila con su familia y parte de sus propiedades.
Dentro iban un juego de té y otro de café de loza de China.
107 Otro funcionario que remitiría enormes cantidades de objetos a un familiar en la Península sería Francisco Leandro de Viana, quien haría llegar el «ajuar y servicio» de su casa a José Francisco de Viana, canónigo de la iglesia de Palencia.
Entre los objetos consignados destacaban dos canapés, cuatro mesas, y dieciséis pantallas de charol, «cinco flores de piedra blanca de China con sus peanas de piedra negra», cuarenta y una «repisas pequeñas con sus marquitos y láminas de nácar y marfil», «quince láminas pequeñas o quadros de pintura de China sobre vidrio», y porcelana.
108 Si lo que Viana pretendía era ofrecer estos objetos a su familiar, el gesto podría verse deslucido por encontrarse usados y maltratados varios de los muebles.
Los estudios realizados sobre el interior de las bodegas de los barcos de la Armada que entre 1765 y 1784 unieron Cádiz y Manila a través del cabo de Buena Esperanza son todavía escasos.
La reivindicación de su importancia política, económica y científica debe completarse con análisis más pormenorizados de las mercancías que se transportaron y de las redes que se tejieron en torno a las mismas.
La mayoría de las mercancías de los barcos era destinada al comercio pero también hubo espacio para un pequeño grupo de regalos.
Estos presentes fueron de varios tipos, desde objetos curiosos o de historia natural hasta piezas con un elevado valor social y económico.
A lo largo del trabajo fueron organizados en función de las motivaciones que animaron a sus emisores, variando entre aquellas de naturaleza política (destinadas al rey o a alguno de sus funcionarios), económica (entre particulares), simbólica y religiosa, o afectiva (familiares).
Los regalos que se remitieron a la corte fueron analizados desde dos puntos de vista.
En primer lugar, se integraron en un contexto de cambios culturales, en los que a la vieja costumbre de dirigir objetos excepcionales al rey se sumaron los nuevos intereses científicos de la ilustración por conocer y clasificar la realidad física.
Así, las dádivas podían responder a una iniciativa particular y acabar en las colecciones particulares de la familia real, 107 Registro de la Juno, Cádiz, 15 de julio de 1780, AGI, Contratación, 2438, N.3, 213r.
ALBERTO BAENA ZAPATERO o ser fruto de un plan organizado por instrucciones reales que pretendía proporcionar material a las nuevas instituciones científicas creadas por los Borbones.
En segundo lugar, los regalos fueron pensados dentro de la cultura política del Antiguo Régimen, como un mérito que debía ser correspondido por el monarca o alguno de sus ministros.
En este sentido, dado que el don influía en sus decisiones, pudo considerarse un tipo de corrupción del sistema, ya que anteponían los intereses personales a los del reino.
Este tipo de prácticas era aceptado con normalidad, como demuestra su manifestación y registro en las cargas de los barcos, y sugiere que en el siglo XVIII aun no se había consolidado el proceso de separación entre lo público y lo privado, manteniendo prácticas habituales del periodo de los Austrias.
El regalo no sería una práctica aislada e individual sino que formaría parte de una dinámica de formación de redes sociales informales que contribuían al funcionamiento del sistema económico.
Una nueva ruta necesitaba tejer nuevas relaciones que le ayudaran a consolidarse.
Los presentes estudiados explican cómo se llevó a cabo este proceso, ya que en algunos casos dejaron un rastro que permite revelar relaciones personales o económicas solo intuidas hasta el momento.
Así, las redes que desvelan estos objetos muestran hasta qué punto comerciantes y funcionarios mantenían negocios juntos.
Si lo que se pretendía era agradar o ganar el favor de un individuo, los objetos asiáticos eran una herramienta especialmente apropiada, ya que estaban envueltos en un halo de riqueza y sofisticación.
Al mismo tiempo, las dádivas a familiares y las limosnas a instituciones religiosas revelan una dimensión no material de esta práctica.
Por medio de donaciones se aumentaba el capital social y simbólico del linaje en sus lugares de origen y, en el caso de los comerciantes con pretensiones nobiliarias, ayudaba a imitar una de las prácticas habituales de la aristocracia española.
A partir de las fuentes es difícil saber si todos los regalos se debieron a la iniciativa del remitente o si alguno de ellos respondió a un encargo previamente acordado.
Tanto los vecinos de Filipinas como aquellos que estaban de paso tenían la posibilidad de acceder directamente a los mercados asiáticos.
Esta circunstancia no solo les facultaba para obtener las mercancías a mejores precios sino también para encargarlas a los artesanos según sus intereses.
De esta forma, muchas piezas fueron individualizadas al colocarles, por ejemplo, el escudo de armas del beneficiario.
Finalmente, los regalos podían despacharse de manera independiente o ir dentro de los equipajes.
Su movimiento desde Asia hasta Europa |
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Al hilo de la revisión que se está llevando a cabo sobre la naturaleza de la Monarquía Hispánica, sobre sus mecanismos de integración y de pervivencia, se ha planteado la consideración de que el vasto conglomerado de territorios que la integraban pudo mantenerse unido durante más de 300 años en buena medida gracias a la circulación de un contingente de personas, objetos e ideas que, al desplazarse de un punto a otro del imperio, dieron cohesión y solidez a una construcción que en diversos momentos y por diferentes factores podría haberse disgregado en múltiples unidades.
1 Una parte esencial de ese conglomerado fueron los agentes de la administración civil y eclesiástica, como gestores de la negociación o el conflicto sobre los que se asentaba el ejercicio del gobierno y como «sólidos lazos humanos» a través de los cuales los Austrias mantuvieron sus territorios en conexión.
2 Esa consideración de la administración como argamasa que unía los reinos es la cuestión que se pretende revisar a continuación.
Se trata de analizar de qué materiales estaba compuesta tal argamasa, cómo y por dónde circularon esos agentes y qué problemas ocasionó la falta de determinados ingredientes.
Para ello, se analizarán tres aspectos relacionados con la gestión de las Indias: el primero se sitúa en la metrópoli y se refiere al ingreso en el Consejo de Indias de magistrados con experiencia americana, el segundo se refiere a la circulación de magistrados (presidentes, oidores y fiscales) por las diferentes audiencias indianas y el tercero se desarrolla entre la España peninsular y América y atañe a la participación de americanos en la alta administración de justicia.
Una vez analizadas la naturaleza, las vías de acceso y los ámbitos de acción de esos agentes, se plantearán algunas consideraciones en relación al debate sostenido durante el siglo XVII sobre la posición que las Indias ocupaban, o debían ocupar, en el amplio universo que integraba la Monarquía Hispánica.
La experiencia como mérito en el Consejo de Indias
La estabilidad y continuidad institucional que tuvo el Consejo de Indias a lo largo de los siglos no impidió que se desarrollaran en su seno proyectos de reforma y cambios que, en determinadas épocas, supusieron una profunda LA ARGAMASA QUE UNE LOS REINOS: GESTIÓN E INTEGRACIÓN DE LAS INDIAS modificación de sus competencias.
Durante el siglo XVII, de forma recurrente cada 20 o 25 años llegaba al Consejo un decreto cuyo objetivo era introducir modificaciones bien en su composición, bien en su funcionamiento interno, bien en ambas cuestiones.
3 Un aspecto mucho más interesante que los vaivenes en la planta del Consejo son los diversos intentos llevados a cabo para cambiar la composición cualitativa de sus miembros, más concretamente la polémica largamente sostenida sobre el nombramiento de letrados con experiencia americana.
Cabe aclarar que, de momento, no estamos hablando de consejeros americanos, sino de individuos con experiencia en asuntos relativos a América por haber servido en ella.
Prácticamente todos los virreyes en sus memorias de gobierno hicieron referencia a la importancia de tener experiencia y conocimiento de las realidades americanas antes de tomar decisiones.
Este requisito era esencial en los agentes que pasaban desde la península u otros reinos europeos, pero también aquellos que eran trasladados desde Nueva España a Perú requerían un tiempo de entrenamiento; en palabras del marqués de Montesclaros escritas en Perú en 1615: «aun los que venimos por el rodeo de Nueva España, extrañamos su lenguaje, y nos es preciso, o vivir tartamudos los primeros años, o preguntar desautorizadamente algunas menudencias, que sólo sirven de cimbria al edificio y máquina principal».
4 De ahí que el marqués de Guadalcázar recomendara a su sucesor en 1628 obrar con cautela, evitando introducir novedades «hasta que, teniendo mayor experiencia de todo, vaya consultando a S. M. lo que se ofreciere en esta razón [...] para lo cual es menester larga experiencia de las cosas de las Indias, y cuando se viene a tener es tiempo de salir de ellas».
5 Dando un paso más allá, el príncipe de Esquilache en 1621 atribuyó a la falta de conocimiento preciso de las realidades americanas algunas órdenes -a su juicio equivocadas-enviadas desde la metrópoli, limitándose a callar ante ellas y esperar el desarrollo de los acontecimientos, justificando tal actitud al decir «no repliqué a este mandato, porque la experiencia y el tiempo lo harán».
6 PILAR PONCE LEIVA Fue esta una cuestión de largo recorrido en la literatura sobre el gobierno americano, siendo tratada en numerosos memoriales y consultas del Consejo de Indias durante el siglo XVII.
Un memorial anónimo de principios de esa centuria resumió puntualmente las ventajas que podía tener el recurrir a los magistrados con experiencia para cubrir las plazas del Consejo -competencia que en el caso de las Indias correspondía a la Cámara de Castilla-, como se hacía en los casos de Portugal, Italia y Aragón; entre otros argumentos, el autor -buen conocedor del virreinato del Perú-alegaba la complejidad de los asuntos indianos y sus diferencias con respeto a los de otros reinos, lo cual hacía más necesario aun el conocimiento directo del territorio.
Buena prueba de ello era, a su juicio, que de las 70 u 80 cédulas anuales que se despachaban a Indias, tan solo una décima parte fueran «de cosas decididas, las demás son para consultar y querer S. M. ser informado, diciendo "por cuanto a nuestra noticia ha venido [...] mandamos a la audiencia nos avise del estado de [...]"».
La experiencia, pues, considerada como «el nivel por el cual las cosas de estado se rigen»,7 era esencial en un Consejo como el Indias, cuyas ocupaciones en materia de gobierno y guerra eran bastante más frecuentes que las de justicia.
Desde la propia sala del Consejo, en 1630 el conde de Puebla -como presidente-aconsejaba que en sustitución de Juan de Palafox fuera nombrado como fiscal del Consejo Francisco de Alfaro, precisamente porque venía de ser oidor en Lima, alegando que «este sujeto es entre todos los que pueden ofrecerse el de mayor experiencia y aprobación porque ha servido muchos años en las Indias y ha sido asesor de los virreyes y visitado personalmente todas las provincias del Perú, con particulares observaciones de lo que ha menester aquel gobierno».8 Casi 20 años después, Solórzano Pereira en su Política Indiana dejaba testimonio de que se ha tratado muchas veces, y tenido por conveniente (aunque no con resolución precisa de ejecutarlo) que en el Supremo Consejo de las Indias haya de ordinario algunos consejeros que sean naturales de ellas, o por lo menos hayan servido tantos años en sus audiencias, que puedan haber adquirido entera noticia de todas sus materias y particularidades, y darla a los demás compañeros, cuando los casos la pidan [... como] que vemos se hace y practica en los Consejos de Aragón, Italia y Portugal, que nunca se dan si no a naturales de sus provincias, o a ministros que hayan servido en ellas.
Aunque no hay en las Ordenanzas del Consejo de 1636 ninguna indicación sobre los requisitos que debían reunir los consejeros de Indias, 10 una consulta elevada al rey el 11 de mayo de 1676 no deja lugar a dudas sobre el consenso existente al respecto entre los miembros de la Cámara de Indias, 11 quedando finamente recogido este criterio en el decreto de reforma del Consejo promulgado el 6 de julio de 1677, en el que se hace constar explícitamente: y porque conviene que los consejeros tengan práctica y experiencia de aquellas provincias, he mandado a la Cámara de Castilla que para la provisión de estas ocho plazas se me consulten sujetos que hayan servido en los tribunales de las Indias y especialmente a los que en conformidad de mis órdenes hubieren sido promovidos y servido ya algún tiempo en los de España.
12 El decreto ratificaba, por lo tanto, el tradicional principio de promoción que debía marcar el cursus honorum de los magistrados, 13 quienes deberían ir ascendiendo en cargos y destinos desde las instancias inferiores en las plazas menos apetecidas a los niveles más altos en las audiencias de mayor prestigio para, eventualmente, acabar accediendo a los consejos de la corte.
El problema era que ese principio de promoción tampoco se cumplía.
Un repaso a la relación de consejeros de Indias pone de manifiesto que la participación de individuos con experiencia americana fue muy escasa a lo largo del siglo XVII.
11 «habiendo servido estos mismos sujetos [magistrados que han servido en América] en las chancillerías y audiencias de Castilla serían muy a propósito para cualquiera de los consejos y particularmente para el de Indias por las noticias que habrían adquirido del gobierno municipal de ellas [...]
Y esto se verifica bien con lo que se practica en los de Aragón, Italia y Flandes [...]
Y esto se ha calificado bastantemente siempre que ha venido en el Consejo ministros que han estado en las Indias y últimamente se reconoció con la asistencia del Lic.
D. Juan de Villela que fue presidente del Consejo, Alonso Maldonado de Torres, D. Rodrigo de Aguiar, D. Juan de Solórzano y D. Bartolomé Morquecho que fueron del dicho Consejo».
Resolución de la Cámara, 22 de diciembre de 1676: «Dese aviso de esta resolución a los virreyes para que la participen a los oidores de las Audiencias de Lima y México».
Consulta proponiendo el medio para nombrar a los mejores sujetos en las plazas de las audiencias americanas, Madrid, 11 de mayo de 1676, AGI, Indiferente General, 785.
13 Sobre el concepto de cursus honorum de los letrados, su discurso e ideología, véase Barrientos, 2004.
PILAR PONCE LEIVA presidentes y consejeros de Indias en ese siglo, tan solo 15 (7 %) habían estado alguna vez en América, y solo 40 tenían experiencia en asuntos indianos por haber sido previamente fiscales del Consejo de Indias.
La concentración de magistrados con conocimiento directo de América fue especialmente llamativa entre 1600 y 1630, 14 posiblemente como consecuencia de las ideas reformistas introducidas por el duque de Lerma y el conde de Lemos en la gestión de los asuntos americanos.
Fue entonces cuando ocuparon sus plazas dos de los consejeros más reputados de cuantos ejercieron en el siglo XVII: Rodrigo de Aguiar y Acuña y Juan de Solórzano Pereira.
Precisamente por ser ambos tan conocidos y sus obras tan consultadas, proyectan una idea un tanto distorsionada sobre la presencia de magistrados con experiencia americana, ya que suelen ser citados como ejemplos de dicha participación, cuando más bien deberían ser mentados como excepciones de una práctica consolidada.
En todo caso, ambos juristas fueron extraordinariamente importantes en la historia del Derecho indiano, y más concretamente en el tema que nos ocupará más adelante, cual es la reivindicación de la posición que las Indias debían ocupar en la Monarquía Hispánica en relación a los otros reinos que la componían.
Si el Consejo de Indias era favorable a la promoción de magistrados procedentes de América ¿quién se oponía? y ¿cómo se explica su escasa incorporación al Consejo?
La clave de esa aparente contradicción podría encontrarse en la intensa -y recurrente-polémica mantenida entre las Cámaras de Castilla y de Indias al respecto.
En abril de 1652 la Cámara de Indias elevó una consulta sobre la petición de una plaza de consejero realizada por Martín de Arriola, por entonces presidente de la Audiencia de Quito y con 24 años de servicio en tierras americanas.
causaría sumo desconsuelo verse pospuestos y que a estos en conciencia no se deben anteponer los que sirvieren en las Indias, a donde tienen mayores comodidades.
15 Frente a esa reticencia de la Cámara de Castilla al regreso de los magistrados destinados en América, la de Indias argumentó que: no se niega su razón a los que sirven a VM en estos reinos para ser antepuestos en las plazas de la corte y otras competentes a que suelen salir, pero [...] tal vez se acuerde la Cámara de Castilla de los que están sirviendo a VM en las Indias, pues no deben excluirse por eso de sus esperanzas de volver a su naturaleza los que procedieren como deben, sin echar raíces por allá, ni desconfiarse de esto otros premios en partes tan remotas y ocasionadas donde si fuera posible se habían de enviar los mejores sujetos, lo cual se conseguirá mucho menos juzgando que sólo pasan a morir fuera de sus patrias, casas y deudos.
16 Queda claro, en todo caso, que fue la Cámara de Castilla quien se opuso a trasladar de regreso a la península a los ministros destinados en Indias -posiblemente para conservar para sí ese espacio de patrocinio-, y que el rey aceptó su criterio frente al defendido por la Cámara de Indias.
En diciembre de 1652 el rey comunicó a la Cámara de Indias la decisión adoptada por la de Castilla, según la cual Martín de Arriola debía viajar a España y «a vista de ojos se decidirá».
La respuesta ante lo que se consideró una innecesaria dilación del asunto se centró en tres puntos: 1) que no hacía falta hacerle venir de América, ya que con los informes enviados era suficiente; 2) «que es muy perjudicial hacerle venir sin tener certeza en el nombramiento, o peor aún nombrarle solo porque está aquí»; y 3) «que los presidentes no pueden abandonar sus puestos para venir a pretender a la corte, que no es normal dejar sus plazas sin motivo justificado y menos aún para pretender».
Por otra parte, dado que el interesado solo pedía licencia si se le confirmaba la plaza, la Cámara de Indias no se pronunció sobre el permiso hasta que no se solventara el asunto de su plaza.
19 Finalmente se dio permiso a Martín de Arriola para regresar a España cuando se produjera una vacante, pero no llegó a hacerlo ya que murió en 1651, es decir un año antes del debate entre Cámaras.
20 La consulta de 1652 citada en relación al caso Arriola plantea una cuestión bastante más amplia que la relativa a una plaza de consejero de Indias, ya que extendía el problema a todas las audiencias de la España peninsular, no solo a los consejos de la corte.
En la segunda mitad del siglo XVII era el propio Consejo de Indias quien constataba la escasa circulación de magistrados entre ambas orillas de la Monarquía Hispánica al decir «la experiencia ha mostrado han sido muy pocos los que han vuelto a España».
Por eso, en 1676 volvió a proponer que se adjudicasen dos plazas de oidores en las Chancillerías de Valladolid y Granada y otras dos en las Audiencias de Sevilla y Galicia para que ascendieran a ellas los oidores que estuvieran sirviendo en Lima y México («pues los demás se supone tienen ascensos a ellas»), de manera que «trayendo las experiencias y calificación que les daría su buen proceder y habiendo servido estos mismos sujetos en las chancillerías y audiencias de Castilla serían muy a propósito para cualquiera de los consejos y particularmente para el de Indias».
La reina gobernadora aceptó la propuesta, pero excluyendo las plazas en Galicia y en Sevilla «y a esta última tendría inconveniente en proveerlos por las dependencias que traerían de las Indias».
De acuerdo con lo dispuesto en mayo de 1676, entre enero y febrero de 1677 la Cámara de Indias propuso el nombramiento de varios oidores de Lima y México como magistrados en las audiencias castellanas o como jueces letrados de la Casa de Contratación, pero a mediados de 1677 aun no se habían expedido los títulos correspondientes, por lo que la Cámara de Indias volvió a solicitar al rey que instara a la Cámara de Castilla que empezara cuanto antes a poner en práctica la resolución, máxime teniendo en cuenta la inminente partida de la flota y los galeones y que convenía difundir la noticia lo antes posible por América, «pues con esto se alentarán los ministros de Indias a proceder con mayor desvelo en el cumplimiento de sus obligaciones».
22 Queda así planteada la estrecha relación existente entre la promoción efectiva de los magistrados destinados en América y su recto proceder en el cumplimiento de sus funciones.
Para comprobar si se cumplió o no ese principio de promoción de magistrados con experiencia americana en las chancillerías o en los consejos de la península, a continuación se presentan los resultados de un estudio realizado a partir del seguimiento de las carreras administrativas de 86 letrados como fiscales, oidores o presidentes en el virreinato peruano entre 1598 y 1700.
Se deja, pues, el ámbito del Consejo de Indias para considerar en exclusiva a los letrados que ejercieron en determinadas audiencias indianas.
El punto de conexión entre los individuos considerados es que en algún momento de su vida fueron nombrados para ejercer en la Audiencia de Quito; ahora bien, teniendo en cuenta que prácticamente todos los que llegaron a tomar posesión del cargo en Quito ejercieron antes o después en Lima, Charcas o Santa Fe, la muestra constituye un grupo representativo de magistrados con experiencia en el área andina, ya que esos 86 individuos suponen un tercio del total (277) de cuantos que ejercieron en las cuatro audiencias contempladas.
23 De los datos recopilados se desprende que la imagen de un constante trasiego de agentes de un punto a otro de la Monarquía Hispánica puede ser válida para los cargos de gobierno y militares, 24 pero no lo es en absoluto en la judicatura.
El seguimiento preciso de las trayectorias profesionales de PILAR PONCE LEIVA los 86 letrados considerados permite constatar su escasa circulación intercontinental ya que, como reiteradamente expone la documentación, los que iban a América no regresaban a la península; de hecho, de los 57 peninsulares que llegaron a tomar posesión de su cargo en el área andina, sabemos el lugar de fallecimiento de 43, de los cuales solo cuatro murieron en la España peninsular.
Paradójicamente, murieron más americanos en la península -sin ejercer en ella cargo alguno-que peninsulares previamente destinados en América.
Este fenómeno resulta particularmente interesante para establecer una comparación con el caso del imperio portugués, donde efectivamente se produce una intensa y fluida circulación de magistrados entre los diversos tribunales de Portugal, África, América y Asia.
25 Yendo un poco más allá, algunos casos que podrían presentarse como evidencias de una amplia circulación de agentes a lo largo y ancho de la Monarquía Hispánica comprobamos que, en realidad, obedecían a dos situaciones un tanto irregulares.
La primera era el producto de una negociación entre el Consejo y el candidato elegido para un determinado cargo, estableciéndose un compromiso por ambas partes: el letrado aceptaba un destino poco grato (por ejemplo visitador en Filipinas) a cambio de ser recompensado después con otro más amable (oidor en Guatemala).
26 La segunda eran los conocidos traslados «en depósito», situación poco deseada tanto por el Consejo como por los letrados ya que era un claro indicador de que el desplazado había tenido problemas en su anterior destino.
Cabe destacar, por otro lado, que los magistrados promovidos desde América no necesariamente procedían de Lima o México, como recomendaban las consultas del Consejo y aprobó el rey, sino que llegaron también desde Quito, La Plata, Guadalajara y Guatemala.
Estrechando más aun el espacio contemplado, vemos que ni siquiera se produjo la supuesta circulación de agentes por la propia América, como se ha deducido a partir de algunos casos de virreyes que pasaron de Nueva España a Perú.
Hubo, efectivamente, una intensa circulación pero con una clara especialización regional, o virreinal; en el caso de los presidentes, oidores y fiscales, al llegar a Panamá o Santo Domingo siguieron normalmente un itinerario que les llevó de Panamá a Santa Fe, de ahí a Quito, a Charcas y a Lima, sin pasar al virreinato de Nueva España.
De hecho, solo hemos encontrado siete casos de letrados que ejercieron en ambos LA ARGAMASA QUE UNE LOS REINOS: GESTIÓN E INTEGRACIÓN DE LAS INDIAS virreinatos, siendo la mayoría oidores que pasaron de Lima a México o viceversa, pero no entre las demás audiencias.
Esta diferencia entre lo supuesto y lo constatado es un nuevo indicador de la distorsión que suele provocar tomar como representativo del conjunto de América lo que se produce tan solo en las capitales virreinales.
El irregular cumplimiento del principio de promoción tuvo negativas consecuencias en la gestión de América.
La cadena de problemas comenzaba con la dificultad de reclutar letrados para servir en las audiencias americanas; dada la certeza de que, como se ha indicado anteriormente, «sólo pasan a morir fuera de sus patrias, casas y deudos», 27 los recién nombrados alegaban situaciones de la más diversa índole que les impedían ocupar la plaza -especialmente una alarmante falta de salud entre sus familiares-, 28 hasta el punto de que en 1660 el gobernador del Consejo de Indias, José González Caballero, se vio en la obligación de recordar que las órdenes del rey debían cumplirse, pues no eran opcionales.
29 Esta dificultad en el reclutamiento produjo un desequilibrio entre lo deseable y lo posible en materia de nombramientos; en opinión del Consejo, «no queriendo pasar a las Indias los sujetos beneméritos es preciso que las plazas de las audiencias vengan a recaer en otros de menos letras y grados que no habiendo podido lograr su pretensión en estos reinos, la necesidad les obliga a apetecer las plazas de Indias».
Todo ello desembocó, finalmente, en un incremento de las prácticas arbitrarias e irregulares que subyacen en el llamado «mal gobierno»; en una consulta de 1676 el Consejo estimaba que las Indias estaban gobernadas por ministros que no tienen las partes necesarias para administrar justicia [...] ocasionándose de esto y de la codicia de los ministros tantos y tan graves daños [...]
Y es cierto que esto ha muchos años que se padece en ellas y que el Consejo lo tiene entendido y [...] lo ha procurado remediar [...]
No es bastante remedio el de las visitas generales y particulares.
30 El recorrido trazado desde lo que parecía ser un asunto meramente administrativo -el sistema de promoción entre agentes destinados en Indias-hasta llegar a un severo y recurrente problema que debió afrontar la 27 Consulta de la Cámara sobre petición de Martín de Arriola de una plaza de consejero de Indias, Madrid, 22 de noviembre de 1652, AGI, Quito, 2, 605.
28 Carta de Antonio Genil Santaelices a José González, gobernador del Consejo de Indias, rechazando su nombramiento como presidente de Quito, Madrid, 24 de julio de 1660, AGI, Quito, 3, 36.
29 Consulta del gobernador del Consejo de Indias, sobre las dificultadas para cubrir la plaza de presidente de la Audiencia de Quito, Madrid, 28 de agosto de 1660, AGI, Quito, 3, 30.
30 Consulta proponiendo el medio para nombrar a los mejores sujetos en las plazas de las audiencias americanas, Madrid, 11 de mayo de 1676, AGI, Indiferente General, 785.
Monarquía Hispánica -como era la corrupción-pone de manifiesto la necesidad de contemplar las cuestiones americanas y europeas desde una perspectiva conjunta, que evidencie la conexiones entre lo que se hacía en un lado y lo que provocaba en el otro, pero guardando las especificidades de cada ámbito territorial, ya que la situación observada en el Consejo de Indias no era la misma que en los otros consejos de la monarquía.
Frente a la consideración de que la corrupción en América fue mayor que en la España peninsular y se debía a la insaciable ambición de sus élites, a la inmadurez de las instituciones implantadas o a la aceptación tácita de la corrupción por parte del público en general,31 con una visión ciertamente más crítica el Consejo de Indias en 1676 centró la cuestión en dos aspectos que le competían directamente: la recta administración de justicia -«siendo así que esta es la que más conserva los reinos y provincias»-y el recto proceder de sus agentes, para lo cual «el principal remedio es enviar buenos ministros a las audiencias».
32 Otra posibilidad era buscar en la propia América los candidatos idóneos, pero esa opción parece no haber sido contemplada, como se verá a continuación.
Reivindicaciones americanas: el (interminable) debate en torno a los nombramientos
Es bien conocida la existencia de una larga tradición reivindicativa de los americanos específicamente dedicada a su participación, o mejor dicho a su exclusión, de la alta administración hispana.
La documentación al respecto es inequívoca en cuanto a la enorme importancia conferida por los coetáneos al lugar de origen de aquellos que eran objeto de mercedes, fueran estas de cargos o de honores.
Entre 1620 y 1670 cabe situar el punto álgido de la polémica, siendo entonces cuando la reivindicación de los cargos públicos para los españoles nacidos en Indias se convierte en un asunto central de la ensayística hispanoamericana.
Sus obras forman un conjunto de textos estrechamente relacionados entre sí, cuyo objetivo esencial fue defender el derecho de prelación que los americanos debían tener sobre los cargos y oficios de Indias; para ello recurrieron tanto a los fundamentos que jurídicamente les amparaban como a los méritos personales acumulados por varias generaciones.
33 No se analizará a continuación cómo los americanos fueron paulatinamente superando cualquier obstáculo que les fuera surgiendo (básicamente a través del uso del dinero y de las relaciones familiares); tampoco interesa ahora el desenlace final de ese largo conflicto.
Lo que interesa es el debate en sí mismo, por sus implicaciones intelectuales y por su vinculación con la teoría y la práctica política en la Monarquía Hispánica.
La cuestión nuclear planteada en estas obras guarda relación, en última instancia, con un debate mucho más amplio en torno a las formas de incorporación, o agregación, de los diferentes reinos a la monarquía y las consecuencias políticas que de ello se derivan.
Lo que se dirime, entre otras cosas, es la relevancia y la presencia que debía tener en el gobierno de la monarquía la impronta americana.
Constatación del fenómeno: americanos en la judicatura
Para aclarar de qué estamos hablando cuando nos referimos a escasa participación de americanos en la alta administración de justicia parece conveniente ofrecer algunos datos concretos.
Frente a los 15 consejeros que ejercieron en el siglo XVII habiendo pasado previamente por América -sobre un total de 209-, la presencia en el Consejo de individuos nacidos y criados en América se reduce a dos casos: Francisco Guevara Altamirano y Juan Jiménez de Montalvo y Saravia.
34 33 Sobre los principios mantenidos por estos autores y sus líneas de argumentación existe una amplísima literatura.
34 Francisco Guevara Altamirano: Puebla de los Ángeles, c.
Juan Jiménez de Montalvo y Saravia: Lima, c.
No se incluye en este cómputo a Diego González de Contreras, consejero de Indias en 1624, quien nació en Lima por ser su padre oidor allí, pero su vida transcurrió en España, donde llegó a ser consejero de Castilla.
El ejercicio de americanos en las audiencias indianas como fiscales, oidores o presidentes fue notablemente más alto que en el Consejo de Indias, pero es necesario tener en cuenta una serie de variables para comprender cómo y bajo qué condiciones se desarrolló su ingreso en los tribunales.
Retomando el conjunto de los 86 letrados contemplados en este estudio, comprobamos que 57 fueron peninsulares y 25 americanos, quedando un resto de 4 de los cuales no constan datos; la ya conocida mayoría de magistrados peninsulares en las audiencias americanas queda, por lo tanto, plenamente constatada.
La cronología de esa incorporación se inicia en la década de 1640 y tiene su punto álgido entre 1670 y 1690, lo cual confirma la lenta y en general tardía presencia de americanos en la judicatura, a diferencia de su amplia participación en la esfera local, en la real hacienda y en menor proporción en los corregimientos.
Como ya se observó en el caso de los consejeros, esta es una cuestión que claramente diferencia a la América hispana de la portuguesa, donde la presencia de letrados brasileños en tribunales fue muy amplia; alguna relación debe de tener esta participación con el hecho de todos ellos se formaran en Coimbra, dado que en Brasil no había universidades.
Al considerar la vía de acceso a los cargos conviene poner especial atención a la práctica seguida, no solo a la norma, para así poder establecer la vía precisa de nombramiento: además de contemplar la diferencia entre decreto y consulta,35 cabe precisar las variantes que presentan ambos sistemas.
De los 86 letrados considerados, sabemos la vía de acceso al cargo desempeñado en Quito en el 69 % casos, entre los cuales resulta evidente el predominio de la vía consultiva (un 59 % sobre el total, pero un 86,4 % sobre los casos conocidos), frente al 9 % sobre el total (o 13,6 % sobre los casos conocidos) que representan los nombramientos por decreto; cabe concluir, por lo tanto, que durante el siglo XVII prevalece la vía consultiva.
Sin embargo, un análisis detenido del contenido de las consultas permite observar que el sistema de nombramiento por consulta se fue haciendo cada vez más opaco, en el que cada vez intervenían menos consejeros -inclusive dentro de la misma Cámara de Indias-, los cuales fueron argumentando cada vez menos sus decisiones, hasta convertir la consulta en una escueta terna, cuya lógica a veces no solo no resulta clara, sino incluso sospechosa.
Cruzando el lugar de origen con la vía de acceso, constatamos que: a) el porcentaje de magistrados peninsulares es más del doble que el de LA ARGAMASA QUE UNE LOS REINOS: GESTIÓN E INTEGRACIÓN DE LAS INDIAS americanos (66 % frente a 29 %); b) el porcentaje de magistrados peninsulares nombrados por consulta es tres veces superior al de americanos que acceden por la misma vía (46 % frente a 15 %); 36 y c) el porcentaje de americanos que ingresa por decreto (por dote o por compra) es el doble que el presentado por los peninsulares (6 % frente a 3,6 %).
Las cifras globales pueden ser bajas, pero la tendencia es clara y representativa.
No puede ser casualidad que esta cuestión -es decir las reivindicaciones de los americanos sobre cargos en la alta administración y muy especialmente en la administración de justicia-pierda protagonismo en la literatura americana a partir de la década de 1670, momento en el que la venta de cargos se convierte en la vía mayoritaria de acceso a la administración.
Ante esa evidencia, continuar escribiendo y publicando obras sobre la materia resultaría a todas luces inútil; la incorporación de americanos a la administración de justicia no se produjo, por lo tanto, por un éxito de sus reivindicaciones sobre la prelación a la que aspiraban, sino por el predominio del sistema de compra en todos los cargos y oficios de la administración, única vía de acceso efectiva para los españoles nacidos en Indias.
La cuestión volvería a resurgir con mayor fuerza si cabe en el siglo XVIII, 37 precisamente cuando arreció la llegada de agentes peninsulares y las reformas borbónicas intentaron neutralizar el pacto hasta entonces mantenido entre las élites americanas y la Corona.
Argumentos desde la metrópoli
Conocemos bien las opiniones de los americanos al respecto y el despliegue de argumentos presentados, pero ¿qué se decía en la España peninsular al respecto?
Hasta el momento, no puedo citar una obra escrita en la península dedicada específicamente a rebatir las tesis americanas.
De forma dispersa aparece el argumento de que América era parte agregada de forma «accesoria» por conquista a Castilla, y por tanto los americanos no tenían ningún derecho de prelación, como podía ocurrir en otros reinos incorporados a la Corona aeque pincipaliter; 38 también se alude, aquí y allá, al hecho de que estaban emparentados con los residentes en su distrito 36 De los 57 peninsulares 38 fueron elegidos por consulta (46,6 %); de los 25 americanos lo fueron 13 (15,8 %) 37 Véase Garriga Acosta, 2002; y para el caso portugués Slemian, 2014.
38 Sobre las diferencias entre ambas vías de incorporación de reinos a una unidad mayor y, especialmente, sobre las consecuencias de ellas derivadas para los vasallos, véase Gil Pujol, 2012.
PILAR PONCE LEIVA (entre otros, con aquellos peninsulares que habían sido nombrados por no estar emparentados).
Sí contamos, por el contrario, con documentación explícita en relación al nombramiento de americanos en el Consejo de Indias a través de un informe emitido por el secretario de Estado en 1635, cuyo contenido resulta muy significativo sobre la opinión que parece haber imperado en la corte.
Seguramente como consecuencia de una consulta del Consejo de Indias al rey, en abril de 1635 Jerónimo de Villanueva 39 dio su parecer en relación a «la pretensión que tienen los naturales de la Indias, llamados criollos, de que uno de ellos sea de ordinario consejero», 40 pretensión que el rey se inclinaba a considerar favorablemente «por los ejemplares de los Consejos de Aragón, Italia y Portugal».
En principio, Villanueva se mostró favorable a incluir algún americano en el Consejo de Indias, pero consideró que tal posibilidad no debería convertirse en norma recurriendo, entre otros, a los siguientes argumentos:
«Podría ser que alguna vez faltase de quien echar mano y si muriese el que ocupase esta plaza, primero que se hallase otro de aquellas provincias tan remotas, pasarían muchos años».
Al margen de que para evitar esas situaciones existían las relaciones de méritos enviadas regularmente al Consejo, una vez más aparece la distancia como argumento -o como pretexto-utilizado con frecuencia para encaminar las decisiones en el rumbo que interesara.
«Siendo las mismas provincias tantas y tan dilatadas [...] qué consuelo han de recibir en que se les dé por premio a sus hijos una sola plaza en este Consejo, pues estrechar esto a que sea de esta o aquella provincia, es agraviar y aun irritar a las otras».
Es decir, que para no agraviar a ningún americano, según Villanueva era mejor nombrar a un peninsular.
«También se peligra en que el que viniere ha de tener muchos parientes».
Es esta una cuestión que aparece reiteradamente asociada a los americanos, como si los letrados nacidos en la metrópoli no tuvieran (o contrajeran) parentesco alguno.
39 Jerónimo de Villanueva, secretario de Estado y protonotario de Aragón fue estrecho colaborador del conde-duque de Olivares, ocupándose de la «tesorería de gastos secretos desde 1627 hasta su encarcelamiento y caída en desgracia en 1643», véase Gil Martínez, 2016.
40 Consulta del secretario de Estado, Jerónimo de Villanueva, sobre reserva de una plaza de consejero de Indias a un criollo, Madrid, 28 de abril de 1635, Archivo General de Simancas (AGS), Estado, 2655.37.
«Que el ejemplo de Aragón e Italia no parece se ajusta, pues estos reinos se unieron como ellos estaban, equi [sic] principaliter, lo que no pasó en las Indias, pues se rigen por las leyes de Castilla».
Este es el argumento de mayor peso, ya que es el único con respaldo jurídico.
En la documentación se observa una clara inclinación del rey a considerar las Indias como territorios si no aforados, al menos agregados a la monarquía en similares condiciones a los otros reinos, cuestión a la que se opone Villanueva apelando a la diferencia existente entre reinos agregados aeque principaliter y aquellos incorporados de forma «accesoria».
Trasladada esta cuestión al ámbito de la provisión de oficios significa que al considerar a las Indias como parte de Castilla, teóricamente sus súbditos deberían tener los mismos derechos al margen de que fueran de Nueva España o de Valladolid -por ser todos ellos castellanos por naturaleza-, cosa que como hemos visto no ocurría.
Aun cuando no se aceptara el derecho de prelación tan vivamente defendido por los americanos, 41 ello no implicaba necesariamente su exclusión de la alta administración castellana.
«Que no se consiguen con proveer un criollo las noticias generales de las Indias, porque raras veces las tienen de más que de las provincias donde nacieron».
Al parecer Villanueva consideraba preferible un letrado que tuviera la ventaja de desconocer por igual cualquier territorio americano, frente a otro que al menos conociera uno.
«Esto se consigue con más cierta prevención con la atención de proveer los sujetos de más partes que suele haber en las audiencias de Lima o México, aunque no sean criollos».
En definitiva, Villanueva recurrió al consabido premio y consideración a los magistrados con experiencia americana cuando, como ya se ha visto, tampoco ellos fueron promo cionados.
La abundancia, extensión, erudición y cuidado en la argumentación que presentan las obras escritas por los americanos en relación al mecanismo de provisión de cargos son, por sí mismas, indicadores de la importancia que los coetáneos otorgaban al tema.
Frente a ellas, llama la atención la simpleza de las consideraciones alegadas por un personaje tan influyente -y tan cercano al valido y al rey-como era el secretario de Estado Villanueva, que claramente intentó minimizar la cuestión.
Es más, el argumento empleado en 1652 por la Cámara de Castilla para oponerse al nombramiento de Martín de Arriola como consejero, parece indicar que la reticencia a incorporar individuos procedentes de América obedecía más bien al interés PILAR PONCE LEIVA de los consejeros de Castilla en conservar un espacio de patrocinio donde situar a quienes resultase conveniente.
Dando un salto en el tiempo, que permite constatar la vigencia del tema a lo largo de los siglos y la importancia que tuvo en la construcción y conservación de la monarquía, nos situamos a mediados del siglo XVIII, cuando surgen «nuevas propuestas en relación a la política de nombramientos al servicio de las tareas de construcción nacional, que algunos vislumbran ya como imperiosas», 42 lo cual no implicó que se dejaran de vender cargos de justicia y gobierno en América, como es bien sabido.
43 Una de esas propuestas de cambio se presentó en 1768 en el Consejo Extraordinario que se había formado -como sala especial del Consejo de Castilla tras la crisis de 1766-para deliberar sobre las medidas convenientes para sosegar el descontento que la expulsión de los jesuitas había causado en México.
Los fiscales Campomanes y Moñino creían que para «prevenir el espíritu de independencia y aristocracia» que percibían, se hacía preciso adoptar medidas que fomentasen el «amor a la matriz que es España», formando de este modo un «cuerpo unido de Nación».
44 En esta línea, una de las medidas más urgentes era implementar, precisamente, la igualdad o reciprocidad en la política de nombramientos, esto es:
Negociando posiciones: integración, emulación y preeminencias ¿Por qué son tan importantes los nombramientos?
Las frecuentes reclamaciones de los americanos en relación a su marginación de la alta administración, o a su aspiración de formar parte de ella, no es la manifestación de un mero conflicto de intereses susceptible de ser neutralizado con los habituales matrimonios y negocios entre españoles americanos y los llegados de la metrópoli, como ha sido frecuentemente considerado y, en consecuencia, relegado a un segundo plano, cabe decir de índole doméstica.
No se trata de presentar una lista de agravios desde una visión victimista, pero tampoco parece aceptable -por insuficiente-la visión pragmática y economicista del tema que atiende esencialmente a los beneficios materiales pretendidos u obtenidos.
Desde la perspectiva americana, nos encontramos ante una cuestión que al menos desde comienzos del siglo XVII adoptó un cariz de claro contenido político e ideológico; no solo se estaba dirimiendo el papel de los americanos en la monarquía, sino su percepción por los otros reinos que la componían.
46 La cuestión, en definitiva, era cómo se sentían los americanos en ese edificio, construido con una argamasa tan rígida como flexible, y cómo eran valorados por los demás reinos.
Desde el punto de vista de la percepción de los coetáneos, como ha explicado Gil Pujol, es evidente «la tendencia de todos los reinos de la monarquía a equipararse entre sí en cuanto a prerrogativas e inmunidades»; hay, por lo tanto, una «inquietud de todos los reinos por autoafirmarse ante su rey y ante los restantes territorios».
47 Se trata, pues, de un asunto eminentemente político y cultural que está presente en todos los reinos de la Monarquía Hispánica y que tiene que ver con la posición que cada uno ocupa en el conjunto de esa monarquía, las bases sobre las que se sustentan las relaciones entre rey y reino, y la inquietud de todos los reinos por afirmarse ante su rey y ante los restantes territorios.
Ahí radica la importancia de las reivindicaciones americanas: en su afán de emulación y autoafirmación.
Si bien desde el punto de vista de la teoría política «en el conjunto de la Monarquía, Portugal es quizá el ejemplo más clásico de agregación [y] PILAR PONCE LEIVA las Indias Occidentales lo son de integración», 48 desde la perspectiva que ofrece la interpretación que del asunto hicieron los juristas esa dicotomía no resulta tan evidente.
En una época en la que las prácticas de gobierno y justicia no venían tan marcadas por las leyes cuanto por la interpretación que de tales leyes hacían los juristas, resulta significativo que letrados implicados en la gestión de la América hispana utilizaran diferentes términos para describir el tipo de vínculo que unía a Castilla con sus posesiones americanas.
En esa línea, como sutilmente observa Gil Pujol, «para quien quisiera creerlo, se iba imponiendo el supuesto -más o menos fundadode que los distintos reinos de la monarquía compartían una parecida condición aeque pincipaliter» 49 o, en última instancia, que a los ojos de algunos juristas y virreyes el lugar adjudicado a las Indias en el conjunto de la monarquía debía ser algo más que un territorio ocupado por conquista.
Dando la vuelta a la argumentación, Solórzano Pereira sostuvo reiteradamente que las Indias no eran menos que los otros reinos por haber sido incorporadas «accesoriamente», sino iguales a ellos por ser parte de Castilla; 50 yendo más allá, Aguiar y Acuña defendió la mayor consideración que se había de tener con los territorios conquistados, por ser su mérito superior al de los heredados, «que procede por ventura y es ganancia sin propia virtud».
51 Como conclusión de este largo debate sobre la posición que ocupaban las Indias en el conjunto de la Monarquía Hispánica podría decirse que su situación era de carácter mixto o, quizás, mejor dicho, incompleto: de las características que definían a los territorios aforados, las Indias cumplían el tener un Consejo soberano y particular en la corte, el tener una legislación propia -además de la castellana-, el contar con tribunales territoriales capaces de aplicar la normativa real, el haber creado una jurisprudencia propia en sus territorios, el tener capacidad de resolver los procesos en su ámbito jurisdiccional; por el contrario los requisitos que las Indias no cumplían 48 Mazín Gómez y Ruiz Ibáñez, 2012, 30.
Así parece entenderlo Aguiar y Acuña cuando afirma «después de unidos unos reinos y otros a una corona no se halla razón natural ni jurídica para que importe algo haberse agregado el más antiguo por conquista (Indias) y el menos por herencia (Flandes)».
Copia de consulta a S.M. representado las razones que le asisten para que no le prefiera el de Flandes.
50 «Los reinos y provincias que accesoriamente se unen o incorporan con otros se tienen y juzgan por una misma cosa, y se gobiernan por las mismas leyes y gozan de los mismos privilegios que el reino a quien se agregan», Solórzano, 1676 [1629], 380.
51 Copia de consulta a S.M. representando las razones [...]
-o lo hacían de forma muy esporádica-eran el tener magistrados naturales de sus territorios, el gozar de derecho de prelación en los cargos y el contar con naturales de esos reinos en las casas de la reina y del rey.
52 Las diferentes cuestiones que se han venido presentado en las páginas anteriores, como el sistema de promoción en la judicatura, la presencia de consejeros con experiencia americana, la participación en la alta administración de justicia de los españoles nacidos en Indias y la posición que América debía ocupar en el conjunto de la monarquía confluyen en el Consejo de Indias en las décadas de 1620 y 1630, periodo en el que se llevan a cabo importantes proyectos de reforma en los asuntos indianos; 53 mientras en Perú se escribían las influyente obras de Ortiz de Cervantes (1619), Salinas y Córdoba (1630) y Gaspar de Villarroel (1631-1634), en la corte se planteó la necesidad de revisar en profundidad la situación en las Indias -lo que dio lugar a una cadena de visitas-y se puso en práctica la política iniciada por el conde de Lemos tendente a nombrar consejeros con experiencia previa en asuntos de Indias, práctica que, como vimos, duró poco.
Es entonces cuando tuvo lugar el conocido enfrentamiento entre el Consejo de Flandes y el de Indias por una cuestión -significativamente-de precedencias y honores.
Se trata de una cuestión puntual y aparentemente superflua, pero representativa de los temas que venimos analizando y altamente simbólica.
El imperio de las Indias frente al condado de Flandes
Los conflictos jurisdiccionales fueron algo habitual en la administración polisinodial hispánica, dado el solapamiento de competencias entre consejos territoriales y no territoriales.
En el caso específico del de Indias, las interferencias más frecuentes se dieron con el de Castilla (siendo proverbiales las malas relaciones que mantuvieron ambos), con el de Hacienda, con el de Estado y ocasionalmente con el de Portugal.
La disputa que enfrentó al Consejo de Indias y al de Flandes en 1628, como veremos a continuación, no se enmarca en esa danza de órdenes, apelaciones, contraórdenes o ratificaciones que dio movimiento y ritmo a la gestión administrativa.
No fue un conflicto jurisdiccional al uso.
Fue más bien un exponente del debate sobre cuáles eran las prioridades políticas del momento, sobre la primacía de los intereses dinásticos frente al de los 52 Sobre las características atribuidas a los reinos aforados véase Cardim, 2016.
PILAR PONCE LEIVA reinos y, sobre cuál era la posición adjudicada a América y a los americanos en el conjunto de la monarquía.
54 Partimos, por lo tanto, del reconocimiento entre los coetáneos de una identificación entre consejos y territorios por ellos «representados», en la línea sostenida por Solórzano Pereira al afirmar: «la calidad y preeminencia de los Consejos y magistrados se mira y regula por la de los reinos y estados que gobiernan y representan».
55 Para entender lo que ocurrió en 1628 parece necesario remontarse unos años atrás.
La muerte sin descendencia del archiduque Alberto de Austria (1621), esposo y primo de la infanta Isabel Clara Eugenia, a quienes Felipe II había otorgado como dote (1598) los Países Bajos reservándose para sí y sus herederos el emblemático ducado de Borgoña, supuso el fracaso del intento de establecer allí una rama autóctona de los Austrias; los Países Bajos volvieron entonces al dominio del rey de España, quedando la infanta como gobernadora hasta su muerte en 1633.
Al estar gobernados por un miembro de la familia real, esos territorios no habían tenido su correspondiente consejo en la corte, pero esa situación cambio al quedar instaurado un nuevo Consejo de Flandes en 1627.
56 Pues bien, el detonante del enfrentamiento entre consejos fue la pretensión del flamenco (o mejor dicho la voluntad real por motivos dinásticos) de tener primacía frente al de Indias en la jerarquía polisinodial, lo cual implicaba su preeminencia en los actos públicos, entre ellos la ceremonia del besamanos real con motivo de la pascua de Navidad en 1628, que desató el escándalo.
El primer mensaje enviado al Consejo de Indias sobre los cambios que se avecinaban llegó en el lenguaje de gestos propio de la corte; el 24 de julio de 1628, con motivo de la visita del príncipe de Gales, a los consejeros de Indias se les notificó que debían ceder a «otras personas» los lugares que tradicionalmente ocupaban en las ventanas de la plaza Mayor.
Ante su inmediata -y previsible-protesta, la respuesta real fue un tranquilizador recado de que para la próxima fiesta «ya era tarde, pero lo tendré en cuenta».
57 Un año después, inmerso ya en el conflicto de preeminencias, en dos consultas del 20 y 21 de junio de 1629, tanto el duque de Medina de las Torres como el Consejo en pleno volvieron a reclamar el lugar público que les correspondía, solicitando al rey «se sirva de mandar se señale ventanas al Consejo de Flandes en otra parte, y que no se quiten al Consejo de Indias las que tienen tanto años ha [...] y más no hallándose hoy en la corte los consejeros de Flandes»; la respuesta real fue «así lo he mandado» y «quedo advertido», dando por zanjada la cuestión.
58 Entre ambos episodios simbólicamente escenificados en los balcones de la plaza Mayor de Madrid, en el seno del Consejo se elaboraron varias consultas y memoriales que constituyen el alegato oficial presentado ante la -mal recibida y peor acatada-pretensión del de Flandes.
La primera consulta fue redactada por Rodrigo de Aguiar y Acuña el 22 de diciembre de 1628; 59 en ella condensa, muy ajustadamente, los argumentos jurídicos que avalaban la prioridad que debían tener las Indias frente a Flandes, siendo la base sobre la que se desarrollaron las siguientes consultas y memoriales, los cuales, con mayor o menor detenimiento, incorporan todas las consideraciones alegadas en esta primera consulta.
60 La prelación de Indias sobre Flandes se fundamenta, entonces, no solo en que formaba parte inalienable de la Corona de Castilla, sino en que su incorporación fue anterior a la de Flandes, y a partir de ahí «no se halla razón natural ni jurídica para que importe» la vía por la cual se había producido la unión.
En cuanto a la antigüedad de los consejos, «el de Flandes es tan moderno en estos reinos, que hoy es el primer día que trata de que se le conceda besamano, y se quiere anteponer a quien la ha besado a cuatro reyes».
Las Indias eran, o habían sido, «imperios poderosísimos de emperadores y monarcas de inmensos señoríos y de sumas riquezas»; así, la enormidad de las Indias -donde «en una sola de sus islas, de las más pequeñas, cabría todo Flandes»-era solo comparable a su riqueza y «siendo la plata y el oro los nervios de la guerra [...] cosa es que no se puede dejar de sentir en aquellas provincias que sea inferior la que da, que la que recibe, la que paga que la que consume».
Tras rebatir la prelación de la varonía frente a la herencia 58 Consulta del duque de Medina de las Torres sobre disputa entre el Consejo de Indias y el de Flandes por las ventanas de la plaza mayor, Madrid, 20 de junio de 1629, AGI, Indiferente General, 756.
Consulta sobre disputa entre el Consejo de Indias y el de Flandes por las ventanas de la plaza mayor, Madrid, 21 de junio de 1629, AGI, Indiferente General, 756.
Nombrado consejero de Indias en 1604, cuando Solórzano Pereira se incorpora al Consejo como fiscal en 1627, Aguiar y Acuña lleva 25 años como consejero, siendo por entonces el más antiguo.
60 Copia de consulta a S.M. representado las razones...
PILAR PONCE LEIVA materna -dado que a Felipe IV todos sus reinos le fueron transmitidos por línea paterna-, Aguiar y Acuña recuerda que «es más glorioso el conquistar que el heredar [...] con tantos peligros, tantas vidas de los naturales, tanta sangre derramada del reino que conquista».
Completa este argumento la consideración de que «conquistar es agregar y ensanchar los términos y la potencia [...] siendo unos mismos los vasallos y la misma gente que desde los principios de la conquista nacieren en aquellas provincias hijos de los conquistadores son verdaderos descendientes de los godos como nosotros».
Estas alusiones a los súbditos americanos -que no se encuentran en los memoriales y consultas posteriores-resultan especialmente significativas ya que permiten a Aguiar introducir en el alegato el componente específicamente americano -como son los naturales-y a la vez defender la igualdad de los españoles nacidos en Indias en relación a los nacidos en la España peninsular.
Dejando para otra ocasión un análisis más detenido de las consultas y memoriales elaborados en torno a este debate, de momento cabe destacar la evidente continuidad -en ideas, argumentación y frases textuales-entre la consulta de Aguiar y Acuña del 22 de diciembre de 1628 y la obra publicada por Solórzano en 1629, compuesta por 20 razones avaladas por un centenar de notas que acreditan la conocida erudición de su autor; el punto de conexión entre ambas sería un memorial anónimo y sin fecha dividido en 11 puntos, cuya autoría puede atribuirse a Solórzano, y que seguramente fue redactado a fines de 1628 o principios de 1629.
61 Todo ello formó parte de una estrategia diseñada desde el Consejo de Indias consistente en preparar una sólida argumentación, solicitar que el de Flandes presentara por escrito «las causas en que se funda», y esperar el momento oportuno para presentar el caso ante el rey, una vez atendidos «otros cuidados que se debían anteponer».
62 No sabemos si el Consejo de Flandes llegó a elaborar el memorial solicitado, aunque se conoce bien su línea argumental al ser rebatida en la documentación generada por el de Indias, pero lo que resulta evidente es que al final prevaleció el criterio dinástico frente a cualquier otra consideración.
Si en la Monarquía Hispánica todo se integraba en un orden y este tenía una jerarquía interna, por muy incorporadas que estuvieran a Castilla, en esa 61 Memorial al rey sobre que el Consejo Real de las Indias ha de preferir al Consejo de Flandes..., s.l. / s.f.
62 Consulta sobre la precedencia del Consejo de Flandes frente al de Indias, Madrid, 18 de febrero de 1629, AGI, Indiferente General, 756.
jerarquía las Indias ocupaban el último lugar.
Desconocemos el impacto que esta polémica pudo tener entre los súbditos americanos, incluso si la noticia llegó a cruzar el mar, pero el tiempo acabo resolviendo el conflicto: la riqueza de las Indias entró en el escenario de la corte por la puerta que abrió la venalidad en las últimas décadas del siglo XVII, mientras Flandes dejo de formar parte de la Monarquía Hispánica tras los acuerdos de Utrech en 1714.
La existencia de una intensa circulación de agentes de la administración por los diferentes reinos de la Monarquía Hispánica es un fenómeno ampliamente mentado por la bibliografía reciente.
Si es eso lo que se busca, sin duda se encontrará.
Cabe tener en cuenta, sin embargo, que tal circulación no afectó por igual a todos los reinos y a todas las jurisdicciones.
Según los datos recopilados en el presente texto a partir de fuentes primarias, en el ámbito específico de la judicatura indiana se constata una escasa circulación intercontinental, una clara especialización por virreinatos (del Perú y de Nueva España) y una mínima presencia de españoles nacidos en América, tanto en cuanto se refiere al Consejo de Indias como a la judicatura en general.
Teniendo en cuenta que los consejeros de Indias eran designados por la Cámara de Castilla, la llamativa escasez de nombramientos de individuos con experiencia en tierras americanas se debería, posiblemente, al interés del rey o de los camaristas en reservar para sí un espacio de patrocinio, que no siempre guardó relación con los méritos de los candidatos y el natural transcurrir de los cursus honorum.
La escasa presencia de americanos en la judicatura podría atribuirse bien al hecho de que no gozasen del derecho de prelación (por no ser territorios aforados), bien a la prohibición de que los jueces ejercieran en los distritos de donde eran naturales; al respecto cabría considerar, por un lado, que la no prelación no implicaba necesariamente la exclusión y, por otro, que la prohibición de naturaleza afectaba exclusivamente a la población de origen, no al conjunto de América.
¿Cómo explicar entonces la escasa participación de americanos en la alta administración hispana?
Más que una falta de voluntad política, o un indicador del «desprecio» con que eran vistos los súbditos americanos en la corte -como alegaron algunos coetáneos mostrando su profundo PILAR PONCE LEIVA malestar-, más bien podría atribuirse a la práctica generaliza del clientelismo y a la potencia del patrocinio; de ahí el recurrente énfasis hecho en la justicia distributiva y en las nefastas consecuencias de la acepción de personas.
Esa práctica intensiva del patrocinio, entendido por algunos como parte del sistema y por lo tanto plenamente aceptable, fue interpretada por otros ya entonces como un peligro para la recta administración de justicia y la adecuada selección de los agentes reales; no es tanto que se tuvieran prejuicios contra los americanos -no entraremos en ese laberinto-cuanto que se tenía mucho a favor de los allegados.
Por eso las ventas de cargos y honores tienen, desde la perspectiva americana, una lectura muy distinta a la hecha desde la España peninsular.
La conflictiva relación entre los españoles nacidos en Indias y la alta administración -la única que premia y da lustre a los súbditos-guarda relación con un debate mucho más amplio en torno a la integración de las Indias en Castilla y a la posición que debían ocupar en el conjunto de la Monarquía Hispánica.
Lejos de ser un lugar común, de irrelevantes consecuencias prácticas, requiere ser entendido desde una perspectiva más global, que no esté ni enfocada únicamente al análisis de los intereses económicos de las élites locales, ni exclusivamente centrada en América, sino integrada en el amplio mundo hispánico; eso sí, sin olvidar la peculiar situación que las Indias ocupaban en el entramado político y administrativo de tal escenario.
Las diferentes formas de incorporación de los reinos a la Monarquía Hispánica, y las consecuencias de ellas derivadas, constituyeron otro frente de debate entre juristas que no quedó en absoluto zanjado por disposiciones legales y argumentos de teoría política, sino más bien resuelto por el contundente pragmatismo de la «razón de estado».
De los argumentos esgrimidos por unos y otros, a la vista de los resultados obtenidos cabe concluir -en contra de lo que esperado-que la incorporación de las Indias a la Corona de Castilla no favoreció precisamente su integración en la Monarquía Hispánica, más bien todo lo contrario; al ser considerado un territorio no aforado e incorporado por conquista, no se le reconoció una personalidad histórica y jurídica propia, quedando en una posición vulnerable frente a los otros reinos.
En definitiva, tanto la participación de los españoles de Indias en la administración, como la vía de incorporación de estas a la Monarquía fueron temas emblemáticos de la ensayística hispanoamericana, que guardan estrecha relación entre sí y constituyen un rito de paso inevitable para comprender el significado de términos de alto contenido político como son LA ARGAMASA QUE UNE LOS REINOS: GESTIÓN E INTEGRACIÓN DE LAS INDIAS «emulación», «autoafirmación» y «percepción» propia o ajena.
Una plaza no era solo un cargo que permitía medrar en la jerarquía social, era también (o sobre todo) un lugar concreto y adecuado en un mundo enorme, complejo e implacable.
En un tiempo regido por las posiciones y los símbolos, cuando cada gesto tenía su significado y sus consecuencias, una afrenta al Consejo de Indias significó -o así pudo interpretarse-una afrenta al territorio que dicho Consejo representaba en la corte, patria común de todos los súbditos. |
Desde la publicación del libro de Boleslao Lewin La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la independencia de Hispanoamérica, 1 otros investigadores se preguntaron por la recepción de las sublevaciones andinas, en especial la liderada por Túpac Amaru, en el territorio del actual noroeste argentino.
Los estudios se centraron particularmente en Jujuy, jurisdicción que fue señalada por el autor como la de mayor repercusión de las insurrecciones dentro de la región.
El mencionado libro brindó una completa reconstrucción cronológica de las rebeliones indígenas y criollas de la década de 1780 en las colonias españolas, lo que lo convirtió en objeto de múltiples consultas.
Como parte de ese conjunto -y bajo el título de «La rebelión de Túpac Amaru en el actual territorio argentino»-el historiador abordó los episodios que tuvieron lugar, por una parte, en la ciudad de Jujuy, los valles orientales y la frontera con el Chaco y, por otra, en la Puna de la jurisdicción de Jujuy.
Concretamente, se refirió al ataque al fuerte del Río Negro en la frontera con el Chaco por, según pudo identificar, un grupo de soldados y tobas reducidos y dejó asentadas las referencias documentales, escasas por cierto, que encontró sobre circulación de «convocatorias» de Dámaso Katari en los pueblos puneños de La Rinconada, Cochinoca, Santa Catalina y Casabindo.
Con un sustento documental compuesto fundamentalmente por correspondencia e informes de autoridades civiles, militares y eclesiásticas y reproduciendo en buena medida las versiones de estas, interpretó esos hechos -como también lo harían años después Acevedo 2 y Poderti-3 como una «repercusión» de las rebeliones indígenas andinas.
Además, incorporó dentro de los acontecimientos que entendió influenciados por Túpac Amaru otros hechos de lo más diversos ocurridos en el virreinato del Río de la Plata, tales como: deserciones de milicianos de La Rioja, Salta y San Miguel de Tucumán destinados a socorrer Jujuy; sospechas sobre la fidelidad de las tropas milicianas de Córdoba y Buenos Aires; protestas urbanas contra el estanco de tabaco 1 Anteriormente Lewin publicó Túpac Amaru, el rebelde: su época, sus luchas y su influencia en el continente (Ed.
Claridad, Buenos Aires, 1943), sin embargo, la presentación de sus principales líneas de trabajo la haremos a partir de su publicación posterior, en la que el autor sostiene que amplió el estudio iniciado con aquel libro.
3 Alicia Poderti (1997) no solo planteó una vinculación directa con los levantamientos de Andes, sino que además extrapoló en sus explicaciones sobre los hechos de Jujuy -con escaso sustento documental y sin profundizar en los procesos de conflicto social en esta jurisdicción-características conocidas específicamente para Cusco y Charcas.
en Córdoba y La Rioja; publicación de pasquines con amenazas de alzamientos en Santiago del Estero y denuncias de conspiración en Mendoza.
4 Cuatro décadas más tarde, Sandra Sánchez 5 retomó el problema, se percató de los inconvenientes provocados por los paralelismos en las interpretaciones y, desde un enfoque etnohistórico, planteó la necesidad de una reinterpretación que considerase las particularidades del sistema colonial y de la sociedad de Jujuy, distinguiendo las zonas y poblaciones que la integraban.
Partiendo de esa base, su estudio aportó un tratamiento inicial de los hechos ya referidos en Jujuy, donde cuestionó que existiera una identificación de los grupos involucrados en ellos con el proyecto de Túpac Amaru y una conexión con las insurrecciones del Perú y Charcas, planteando la necesidad de reflexionar sobre las posibles recepciones del «llamado del Rey Inka» entre los habitantes de la jurisdicción.
Sostuvo que, con la insuficiente base documental de Lewin y Acevedo, resultaba forzado plantear una situación de sublevación entre los puneños, mientras que en la frontera oriental afirmó que fueron los criollos y españoles quienes tomaron el mensaje de Túpac Amaru (los primeros para hacer frente a un régimen que no los favorecía, los segundos para reprimir y consolidar su poder) y no los grupos chaqueños reducidos.
Además se preguntó por la ausencia de participación de la población de la Quebrada -que no había sido considerada por aquellos autores-y planteó que esta se habría mantenido al margen por la imagen negativa arraigada en ella sobre las naciones indígenas del Chaco.
Cabe aclarar que Sánchez no ahondó en las perspectivas de esos grupos ni en sus relaciones económicas y sociales con las poblaciones sublevadas en áreas andinas cercanas, puesto que se basó en la escasa documentación édita o conservada en los archivos de Jujuy, que impuso límites a su análisis al mostrar solo una parte de la visión y actuación española y al no contener el testimonio de sus protagonistas.
6 4 Algunas de sus interpretaciones han sido revisadas y cuestionadas en los últimos años.
Charles Walker, por ejemplo, se alejó de la caracterización propuesta por Lewin del movimiento de Túpac Amaru como antecesor de las independencias del siglo XIX, pero no rechazó su carácter anticolonial y planteó que se trató de un movimiento «protonacionalista», ya que «tenía una visión de una sociedad postcolonial y buscaba implementarla a través de una revolución social».
Sinclair Thomson, por su parte, consideró que Lewin «concibió equivocadamente» a la insurrección de Chayanta y La Paz «como si hubiera irradiado del Cusco, pensando que tanto Tomás Katari como Tupaj Katari tuvieron contactos previos con los líderes cusqueños».
6 Consideramos que el trabajo de Sánchez (2002) representó un cambio significativo con respecto a los análisis precedentes no solo por sus explícitos cuestionamientos al «mito historiográfico» iniciado por Lewin (1957) y Acevedo (1960) y continuado por Poderti (1997), sino por recuperar como objeto específico de análisis el conflicto producido por la toma de los fuertes en Jujuy, distinguiéndose LUCÍA GLATSTEIN Contamos finalmente, entre las producciones del último tiempo, con los trabajos de Romina Zamora y Enrique Cruz.
Por su parte, Zamora 7 se centró en la deserción de milicianos en la gobernación del Tucumán y realizó una reconstrucción del episodio de Jujuy en sintonía con lo expresado por las autoridades en el proceso judicial y la documentación oficial contemporánea.
Extrajo de las fuentes que había existido un «principal instigador y cabecilla» que había inducido a los tobas a sublevarse a partir de noticias relacionadas con la coronación del «Rey Inka» en el Perú.
Así, le adjudicó a un «mestizo» las mismas acciones que los jueces establecieron en sus sentencias, como veremos, sin plantear ningún tipo de distancia respecto a ellas.
Desdibujada queda así su hipótesis sobre un alzamiento con causas propias relacionadas con una crisis al interior del orden social local en Jujuy, sobre la cual la autora no se explaya y por ende no logramos conocer en qué consistiría y cómo pudo haber afectado al grupo sobre el que específicamente recortó su análisis (los soldados partidarios).
Cruz, en su análisis de lo que llamó «la rebelión indígena y mestiza de 1781» -que entendió como «la única rebelión colonial en el territorio de lo que luego será la Argentina»-, 8 buscó realizar una clasificación de los participantes en los sitios de los fuertes de la frontera con el Chaco.
En su reconstrucción trató de consignar el «origen geográfico», el «status de residencia y calidad» y las «categorías laborales (oficio y trabajo)» de una parte de los testigos del proceso judicial.
A estas características agregó la identificación del tipo de armas utilizadas por lo que entendió eran los «dos bandos» enfrentados en 1781 (que dividió en «rebeldes» y «leales a la corona»).
Buscó demostrar con ello su hipótesis de la existencia de una gran «diversidad social» y de una incipiente presencia de «criterios de distinción social de tipo clasista» en la frontera oriental a fines del período colonial.
Respecto al liderazgo, se centró solo en uno de los «criollos» -que coincide con quien fue acusado como «caudillo principal»-y trató de distinguir en su persona las cualidades de un «líder carismático», sin referirse a otros testigos que también fueron señalados como «cabecillas».
Observamos que, preocupado por extraer de las fuentes datos que sustentasen su hipótesis sobre la de trabajos como el de Gullón Abao (1993), quien en el marco de un vasto y cuidadoso estudio sobre la frontera del Chaco de la gobernación del Tucumán, recuperó estos hechos sin ser su objeto de estudio los procesos de resistencia y rebelión del siglo XVIII.
No obstante, no podemos dejar de señalar que observamos que este autor delineó algunos aspectos locales interesantes relacionados con el proceso de conformación de la frontera oriental, necesarios para entender los conflictos sociales en ese espacio.
La afirmación nos resulta discutible.
ACCIONES Y REPRESENTACIONES existencia de distinciones «protoclasistas» y de «un liderazgo carismático» en la frontera oriental hacia 1781, el autor no termina de aclarar cómo estos dos aspectos habrían influenciado en la conformación de los dos bandos de la rebelión que identificó.
Tampoco deconstruyó las argumentaciones judiciales que hicieron las autoridades coloniales sobre los hechos, las motivaciones y aspiraciones de los acusados, ni se preguntó por el tipo de relación que las mismas autoridades establecieron con las insurrecciones andinas.
9 Recuperando las contribuciones de los trabajos mencionados, nos proponemos reevaluar el conjunto de acciones colectivas ocurridas en 1781 en la ciudad, los valles orientales y la frontera con el Chaco de Jujuy (ver mapas), sobre la base de una revisión más extensa de fuentes sobre el caso.
Específicamente, en este trabajo haremos una revisión integral del proceso de construcción del expediente judicial que reunió los testimonios de acusados y sospechosos de participar en los episodios de Jujuy, un análisis que no fue emprendido en las investigaciones previas.
10 Nuestros objetivos son dilucidar las condiciones y procedimientos de su producción en tanto documento judicial e identificar la intervención y las representaciones discursivas que las autoridades coloniales de la jurisdicción de la ciudad y de la gobernación del Tucumán realizaron en torno a estos movimientos de 1781.
Nuestra hipótesis de trabajo sostiene que el cabildo español de Jujuy, el gobernador del Tucumán y su lugarteniente y asesor letrado elaboraron un discurso de verdad 11 que resultó funcional para justificar tanto la ejecución de un juicio sumario de características excepcionales como el despliegue de severas medidas represivas contra la población sospechosa de haberse rebelado.
Como documentación complementaria recurriremos a oficios, correspondencias, decretos e informes de méritos y servicios, en su mayoría contemporáneos a la actuación judicial.
10 El documento --que actualmente se encuentra en el Archivo General de Indias (en adelante AGI) bajo la signatura Buenos Aires, 143--se trata de una copia de las actuaciones originales realizada por el escribano público y de cabildo de Jujuy enviada al rey en 1782, que incluye desde el auto cabeza del proceso hasta la última sentencia y una transcripción de las actas de los acuerdos de cabildo que se realizaron simultáneamente.
Antes de su remisión al rey, según pudimos reconstruir, el gobernador del Tucumán envió al secretario de Indias informes parciales y copias de las sentencias tomadas.
Agradecemos a Élida Tedesco, Alberto Gullón Abao y Sonia Tell por localizar y remitirnos copias de este expediente y de los informes y cartas anexos incluidos en ese y otros legajos de la sección Gobierno, subsección Audiencia de Buenos Aires, del AGI.
12 Accedimos a algunos de ellos a través de las transcripciones publicadas en colecciones de documentos o en otras investigaciones que citaremos oportunamente, mientras que otros son documentos inéditos conservados en los fondos del AGI antes mencionados.
Como se puede observar, se trata de un corpus documental formado íntegramente por escritos oficiales que como tales son -asumimos-portadores de una lógica de producción y eficacia que es necesario cuestionar.
13 Teniendo en consideración que jueces y escribanos introducen constantemente mediaciones según la información que les interesa y les parece relevante adquirir y registrar de los testimonios, nos detendremos a ver qué se reveló, encubrió o ignoró en los registros, cómo se presentaron los hechos y los participantes y qué información se privilegió en el armado de la causa.
14 En un primer momento, cruzaremos dos líneas de información: una relativa a los hechos que tuvieron lugar en el espacio de los valles orientales y en la frontera con el Chaco y otra centrada en la forma en que se construyó la sumaria.
En un segundo momento, completaremos el análisis a través del estudio de las representaciones discursivas que el gobernador del Tucumán y su teniente y justicia mayor, los cabildos españoles de Jujuy y Salta y los fiscales de la causa construyeron sobre los hechos, sus motivaciones y alcances.
15 En su conjunto, el trabajo pretende contribuir a las investigaciones referidas a procesos de resistencia y rebelión en los Andes centrales y meridionales a fines del siglo XVIII mediante el desarrollo del episodio que tuvo lugar en los valles orientales y frontera de Jujuy y de los dispositivos institucionales y discursivos que las autoridades coloniales montaron en torno al mismo.
Cabe aclarar que nuestro análisis no se circunscribe a la ciudad y su dominio suroriental, recorte que coincidiría con el área que muestra la causa judicial pero que no se condice con el espacio mayor que las autoridades estaban vigilando efectivamente.
El reintegrar el caso al contexto de insurrecciones andinas en Perú y Charcas supondrá alejarnos de las preguntas tendientes a develar si los movimientos en Jujuy fueron fruto o no de una expansión de las rebeliones hacia el sur, preocupación que encontramos reiterada entre varias de las investigaciones previas, para pasar a ahondar en el modo en que la coyuntura influenció en la intervención de las justicias y la forma en que estas la introdujeron en sus narrativas sobre los hechos.
Se trata, en consonancia con las últimas propuestas de investigación sobre resistencia e insurrección en el mundo andino, de desentrañar la faceta política del conflicto y el significado social que determinadas acciones colectivas adquirieron para cierto sector de la sociedad colonial.
«Los autos que se siguieron»: un recorte judicial
Entre marzo de 1781 y abril de 1782 el cabildo español de Jujuy y autoridades de la gobernación del Tucumán residentes en Salta llevaron adelante el proceso judicial a partir del cual se conformó el documento principal de nuestra investigación.
El expediente se inicia el 28 de marzo de 1781 ante el escribano público y de cabildo Manuel de Borda por orden del doctor Tadeo Fernández Dávila (abogado de las reales audiencias de Lima y Charcas, justicia mayor de la ciudad de Jujuy y teniente de gobernador), José de la Quadra (alcalde ordinario de primer voto) y Tomás de la Inda (alcalde ordinario de segundo voto) con el objetivo de aprehender y castigar a todos aquellos que resultasen «reos de estado», LUCÍA GLATSTEIN se dirigía hacia la reducción de San Ignacio de indios tobas y que, según le contaron, «llebaba la idea de seducir a aquellos indios combersos para arruinar esta ciudad, para lo qual tenia combocados la maior parte de los naturales christianos en la clase de mestizos, cholos y mulatos libres de esta jurisdiccion».
Desde la reducción se había comunicado al cabildo sobre «la altaneria y ninguna subordinacion con que se manejan los mencionados indios combersos».
Asimismo, habían llegado numerosas noticias sobre «movimientos repentinos por los pueblos de la Puna» y se manifestó preocupación por la muerte de los corregidores de indios de Chichas y Lipes.
En este acuerdo se plantea organizar la defensa de la ciudad para «cortar el primer golpe de qualquiera vil traicion que repentinamente pueda subcitarse por los no conocidos rebeldes».
18 En el tercer acuerdo, del 28 de marzo, el comandante de frontera del Río Negro, José Lorenzo Sarverri, responde a la solicitud del cabildo de Jujuy de averiguar quién había pasado a la reducción de San Ignacio e individualiza como tal a José Quiroga, relatando que fue imposible apresarlo por la resistencia de los tobas reducidos, e informa sobre la muerte por tal razón de su teniente en la reducción, «estando sublebados los indios como partidarios de Tupamaro».
Además, da cuenta de la toma del fuerte de Ledesma que realizaron una vez fuera de la reducción junto a soldados partidarios 19 que se encontraban en ella y denuncia que habían «obligado» a que los soldados que estaban de socorro en ese fuerte «los siguiesen para las empresas que tenian acordadas entre si».
Ahora las medidas organizadas desde la ciudad comenzaron a dirigirse «para cortar el buelo al canzer que con tanta vibacidad se estendia insensiblemente».
20 Un día más tarde, ya se tenía como cierto que una convocatoria se hubiese filtrado en la ciudad y que «cholos, mestizos y mulatos libres» contribuirían en el inminente ataque a la misma, pues decían que: «ESTANDO EL FUEGO A LAS PUERTAS».
ACCIONES Y REPRESENTACIONES lo havian comprovado algunos que anticipandose a la ora de citacion se hallaron entre los indios tovas con varias lanzas, de las que por el governador de armas se les entrego, en virtud de tener destinado el sabado siguiente treinta y uno del corriente mes para el asalto a las doze del dia.
21 En el acuerdo de cabildo en el que se manifestaba esta preocupación, se discutían opciones con que «remediarse la conspiracion [...] y assi mismo libertarse esta ciudad».
22 Consideramos que las autoridades capitulares y el teniente de gobernador dan inicio a la sumaria a partir de noticias que iban llegando desde distintos puntos de la jurisdicción, entre las que se deben contar aquellas brindadas por los primeros cuatro declarantes en el proceso judicial, en base a cuyos testimonios pensamos que se redactaron los acuerdos de cabildo reseñados y el auto de inicio de la causa y se estructuraron los interrogatorios.
Juan Ossorio, Pedro Serrano, María Miranda (pobladores de la zona o de la ciudad) y el «negro Justo» (negro libre, capataz de la estancia de la reducción) prestaron su declaración días después de haber informado a las autoridades: mientras que sus testimonios están fechados el 28 y 31 de marzo, estimamos por los hechos que narran que en realidad se acercaron a la ciudad a «dar parte de lo acaecido» entre el 25 y 28 de marzo.
23 Como común denominador, todos estos testigos adujeron haberse dirigido a la ciudad para advertir a los vecinos o autoridades sobre una «alianza» entre «indios tobas» y «gente plebe» 24 convocada «por los partidos de esta jurisdicción» para participar en una «junta» que se efectuaría en un paraje cercano a la ciudad con el objetivo de «abanzar», «invadir» o «asolar» la misma, matar a todos los españoles y hacerse de sus caudales, haciendas y mujeres.
25 Es este objetivo el que Ossorio arguye que Quiroga le manifestó cuando «se enrredaron en conversación» el día que pasó por su casa con destino a la reducción de San Ignacio, lo que inferimos en base al cotejo LUCÍA GLATSTEIN de deposiciones que sucedió el sábado 24 de marzo.
26 Una vez que Quiroga arribó a la reducción, lo que pudo haber ocurrido el domingo 25 o el lunes 26 de marzo, se habrían provocado las tensiones que devinieron en la muerte del teniente de la reducción, a la que aludimos anteriormente al referirnos al tercer acuerdo de cabildo, acción que al ser conocida por las autoridades marca un momento de inflexión en su evaluación y proceder.
Tras una reunión de cabildo se inicia la sumaria, se decide informar al gobernador del Tucumán, Andrés Mestre, sobre los «acaecimientos subcedidos» en Jujuy para que «libre las providencias que estime por combenientes» y se ordena al gobernador de armas citar a todas las milicias de la jurisdicción.
27 El lunes 26, los tobas ya estaban fuera de la reducción.28 Uno de los soldados que estaba «de socorro» en el fuerte de Ledesma testimonia que ese día un grupo de tobas y «christianos» avanzaron sobre el mismo.
29 Inferimos a partir del cruce de varios testimonios que, tras este hecho, quienes estaban en este fuerte se sumaron -voluntariamente o no, no lo sabemosal grupo de tobas y soldados de la reducción de San Ignacio.
De la declaración de Pedro Serrano, testigo que se vio involucrado e incluso llegó a ser «capitán» dentro del movimiento, desprendemos que hubo dos intentos de tomar el fuerte del Río Negro, que se habrían producido posteriormente al sitio y ocupación del fuerte de Ledesma.
Entendemos que es durante ambos ensayos cuando algunos de sus soldados salieron y se plegaron al movimiento, aunque la mayoría parece haberlo hecho durante el segundo.
El primero ocurrió probablemente el martes 27 de marzo, cuando Serrano tropezó con los «coligados» y se le indicó que ese mismo día «acababan de cortar la agua al fuerte del Rio Negro».
30 El segundo, según Serrano y el negro Justo, tuvo lugar cuando los que estaban en la junta de Guaico Hondo se enteraron de que habían sido traicionados por estos dos declarantes ante los «principales» de la ciudad.
En las narraciones de estos dos testigos se presenta que, como consecuencia de la noticia de su traición, los «rebeldes» se desplazaron desde «ESTANDO EL FUEGO A LAS PUERTAS».
ACCIONES Y REPRESENTACIONES el primer sitio de reunión identificado (Guaico Hondo) hacia otros puntos.
Una parte se trasladó hacia las serranías de Zapla y continuó lo que se consideró como la formación de una «junta», mientras que otros se retiraron al fuerte del Río Negro e iniciaron lo que hemos identificado como el segundo intento de hacerse del mismo al que se refiere Serrano, que suponemos ocurrió el 28 de marzo.
Por esta razón, los mencionados testigos arguyen que la «marcha» de treinta soldados (de la propia jurisdicción), que había salido el 28 de marzo de Jujuy al mando de Tadeo Fernández Dávila,31 no alcanzó a encontrar a nadie en el Guaico Hondo y no logró su cometido.
32 El sábado 31 de marzo un segundo grupo de cien soldados salió de la ciudad con dirección al cerro de Zapla -el nuevo sitio de reunión-bajo el mando del gobernador de armas, Gregorio de Zegada.
Nos parece relevante destacar que tanto el miércoles 28 como el sábado 31 de marzo fueron dos fechas en que los vecinos de la ciudad temieron, por las noticias que brindaban los informantes, que se concretase el «asalto» de los «aliados».
Llegaron en esos días, además, noticias de la probable participación de la «plebe» de la ciudad e incluso de soldados milicianos encargados de su defensa en ese asalto.
33 En el oficio que dirigió al gobernador del Tucumán, señalaba Zegada que se encontraron en Zapla sesenta hombres, de los que se habían logrado apresar veintisiete.
La primera de las dieciséis declaraciones del proceso judicial que corresponden a los presos en Zapla tiene por fecha el 1° de abril de 1781.
34 LUCÍA GLATSTEIN A esa altura, ya se había logrado la colaboración de los españoles de otras ciudades del Tucumán.
Otra «marcha» de soldados, compuesta por una guarnición de setenta granaderos comandados por el teniente coronel de veteranos Cristóbal López y dos compañías de doscientos milicianos de Santiago del Estero y del Valle de Catamarca al mando de José Antonio Gorostiaga, se dirigió a contribuir a la ruptura del cerco del fuerte del Río Negro junto con doscientos soldados de Jujuy dirigidos por Gregorio de Zegada, produciéndose el avance la madrugada del 3 o 4 de abril.
35 Los indios tobas y los cristianos que lograron escapar se refugiaron en el monte.
Desde allí, algunos huyeron o solicitaron el perdón, mientras que otros se mantuvieron ocultos y reintentaron por tercera vez tomar el fuerte tiempo después, razón que motivó el retorno de las compañías de López y Zegada.
Las declaraciones de quienes estaban en el sitio del fuerte aquella madrugada comienzan el 6 de abril de 1781.
La mayoría confesó que escapó de los soldados y que luego se le capturó en distintos lugares.
Mientras se tomaban las declaraciones de quienes fueron apresados en los alrededores de Zapla y del fuerte del Río Negro, nuevos informantes se presentaron a relatar a las autoridades lo que habían visto u oído o lo que les había acaecido, y otros sospechosos de estar implicados en la «sublevación» fueron apresados por patrullas de soldados que quedaron recorriendo los campos en búsqueda de posibles implicados.
Se reunieron de esta forma cincuenta y seis testimonios referidos a los movimientos de la frontera oriental que fueron tomados fundamentalmente por los alcaldes ordinarios y el teniente de gobernador en la ciudad de Jujuy, hacia donde eran trasladados los presos.
Por momentos, el gobernador también se encontró presente en los interrogatorios, que tuvieron como común denominador no realizarse en presencia de defensores de los acusados.
Entre los interrogatorios no se encuentran declaraciones de los tobas que se escondieron en el «impenetrable monte» y que reintentaron por tercera vez tomar el fuerte del Río Negro a mediados o fines de abril.
Supuestamente un grupo de indígenas chaqueños no reducidos identificado como «matacos» que se encontraba apostado en las cercanías del fuerte de Ledesma se aliaría menciona Zegada en este oficio, número que se repite en el expediente de sus méritos y servicios que fue transcripto por Sánchez, 2002.
Desconocemos si hubo un error intencional o no en el número indicado por Zegada o si algo sucedió en su traslado a la ciudad que no fue notificado.
Carta de Andrés Mestre al ministro José de Gálvez, Jujuy, 24 de abril de 1781 AGI, Buenos Aires, 467, sin foliación.
Declaraciones, AGI, Buenos Aires, 143.
con ellos, según informaron las autoridades, «esperando a multitud de indios que havian combocado».
Ello provocó, como hemos señalado, el regreso de los soldados comandados por López y Zegada, quienes capturaron a alrededor de setenta «matacos bien armados», a unos treinta muchachos y muchachas y a «la vieja que traian por adivina».
No se encuentra en el expediente referencia alguna a este grupo, pero en cartas y probanzas de méritos se asegura que fueron ajusticiados por los militares que los conducían.
36 Luego, otras compañías españolas continuaron recorriendo el área e incluso una se adentró aun más en el Chaco, llegando hasta el paraje llamado El Caimancito, donde se produjo a fines de mayo un enfrentamiento en el que habría muerto, entre otros, un cacique toba de la reducción de San Ignacio.
37 Estos son los principales hechos de la ciudad, los valles orientales y la frontera con el Chaco sobre los que versarán parte de los interrogatorios en Jujuy.
38 Si bien no se explicita en el expediente un cuestionario que los guíe, en general las preguntas registradas se orientaron a conocer cómo se integró cada sospechoso al grupo identificado como «rebelde» y la causa, dónde se encontraba en momentos precisos -al producirse la muerte del teniente de la reducción de San Ignacio o los sitios del fuerte del Río Negro, por ejemplo-, el motivo y el proyecto que se sostenía y quiénes eran los principales cabezas de la «rebelión».
En varias oportunidades estas preguntas se encuentran implícitas en las anotaciones que el escribano realizó de las narraciones que los declarantes hicieron ante las justicias y nos permiten entrever qué tipo de información interesó recabar a las autoridades.
El relato oficial de los hechos
Los hechos que hemos recuperado tras una exhaustiva contraposición de las declaraciones fueron integrados en las narraciones de las autoridades e interpretados a través de una lógica de representación particular, concordante con la intención de justificar ante el virrey, el rey y sus secretarios acciones 36 Carta de Andrés Mestre a José de Gálvez, Jujuy, 24 de abril de 1781, AGI, Buenos Aires, 467, sin foliación.
38 El proceso judicial reúne otros testimonios relativos a la Puna de la jurisdicción de Jujuy, donde el intento de publicar un edicto atribuido a Dámaso Katari en el pueblo de La Rinconada motivó la realización de una pesquisa.
La causa iniciada independientemente fue integrada al proceso abierto en la ciudad de Jujuy luego de que las autoridades la identificasen como parte de un movimiento mayor.
LUCÍA GLATSTEIN -judiciales y militares-tendientes a la protección de un orden que creían vulnerado por las prácticas de la «gente plebeya» -tal la expresión genérica con la que caracterizaron a los sospechosos-, en un contexto regional donde cualquier conflicto local podía tomar mayor significación.
En las siguientes páginas avanzaremos sobre las versiones que las autoridades coloniales dieron sobre la naturaleza, causas y objetivos de los movimientos en los valles y frontera oriental.
Recuperamos para ello lo expresado por el gobernador del Tucumán y su teniente y justicia mayor, por los cabildos españoles de Jujuy y Salta y por los fiscales nombrados en el proceso judicial.
Los motivos atribuidos a los «conjurados»: el «contagio» proveniente de las «provincias de arriba»
Las narraciones que sustentaron las prácticas judiciales recuperaron el contexto insurreccional más amplio, dotando aquellas prácticas de una eficacia concreta.
Las autoridades y vecinos españoles consideraron que se habían producido en la jurisdicción de Jujuy «rebeliones» o «sediciones» o que una parte de la población se había «sublevado» o había hecho «traición» al rey español.
Ya prevenidos y alarmados por el curso de las sublevaciones en las «provincias de arriba», centraron su argumentación en resaltar que los movimientos de la jurisdicción de Jujuy resultaban del «contagio» que había llegado desde dichas provincias y lo entendieron como un «cáncer» que debía ser «cortado» velozmente.
Al consultar las investigaciones existentes sobre los Andes centrales y meridionales pudimos apreciar que hacia marzo de 1781 los levantamientos regionales de Cusco, Chayanta y La Paz atravesaban su etapa más álgida.
La Paz estaba sitiada por comunidades del altiplano paceño y de Oruro y por tropas comandadas por líderes cusqueños; Potosí se encontraba amenazada y había protestas en toda Chayanta articuladas con otras comunidades de Charcas que semanas antes habían atacado La Plata.
Asimismo, otras provincias vecinas a Chayanta eran escenario de rebeliones (entre ellas, Lipes y Chichas donde los corregidores fueron ajusticiados y un mestizo fue nombrado gobernador) y las comunicaciones con algunas jurisdicciones estaban cortadas o disminuidas.
39 En la gobernación del Tucumán compañías de milicianos de San Miguel de Tucumán, La Rioja y del Valle de Catamarca 39 Entre los numerosos trabajos que hemos consultado para realizar la síntesis del contexto insurreccional más amplio, se destacan: Lewin, 1957.
ACCIONES Y REPRESENTACIONES convocadas para contribuir en la desarticulación de focos rebeldes se amotinaron o desertaron colectivamente a principios de abril; mientras que se temía el avance de grupos chaqueños sobre la frontera oriental de Salta y se recibían noticias sobre «alborotos» y «sublevaciones» en la Puna de Jujuy.
Sostenemos que es este escenario más amplio el que las autoridades estaban conociendo, atendiendo y vigilando simultáneamente cuando volcaron sus argumentos sobre los movimientos de los valles y frontera oriental jujeños en oficios, correspondencias, decretos e informes de méritos y servicios.
El gobernador del Tucumán, Andrés Mestre, consideró que los movimientos en la jurisdicción de Jujuy habían sido fruto de una «enfermedad» en expansión que provenía del Perú y Charcas.
Notamos que al tomar más conocimiento sobre la situación en la jurisdicción, cambió en su correspondencia la forma en la que entendió que esa «propagación» de la rebelión se produjo sobre el territorio tucumano.
40 En un informe del 3 de abril de 1781 al virrey de Buenos Aires, Mestre escribió: Los alborotos del Perú se hicieron al cabo trascendentales a mi provincia, en términos que los ejemplares de Paria, Lipes y Tupiza como tan inmediatos han llegado a la inteligencia de los tobas fronterizos del Río Negro jurisdicción de la ciudad de Jujuy, y habiendo hecho alianza con los matacos, han resuelto atacarla.
41 En un nuevo informe del 24 de abril el gobernador amplió la zona del traspaso, marcando una secuencia en la que la Puna se habría visto afectada primero y la frontera del Chaco en un segundo momento, aunque no estableció un vínculo entre ellos: de resultas del motin de las interiores llego el contagio a Lipes y Tupiza contiguas a esta, y convocados por los reveldes, los pueblos de Cochinoca, Santa Catalina, Rinconada y otros, pude cortar los incendios que se preparavan [...] y con efecto hasta oy, se experimenta un general sociego, si nuestra infelicidad no nos hubiera deparado en la ciudad de Jujuy (donde me hallo) un traidor criollo de Santiago llamado Josef Quiroga [...] que seduciendo la maior parte de la gente común de la jurisdicción logro seducir al sequito de sus maquinas mas de doscientos cristianos criollos que se pasaron a la reduccion de tovas [...] y les hicieron concevir era tiempo oportuno de desprenderse del yugo y sugecion de los españoles.
42 LUCÍA GLATSTEIN Consideramos que no puede ignorarse que los escritos del gobernador tienen mayormente sus bases en lo que otras autoridades le relataron o habían recopilado y se insertan en el contexto mayor al que nos hemos referido y que incorpora la situación de otras ciudades, parajes o caminos de la gobernación del Tucumán, en los que las autoridades veían con alarma signos de descontento entre la «plebe» y los milicianos.
El gobernador priorizó la visión de que los movimientos aparecieron como producto de una fuerza externa a los habitantes de su provincia.
En esa lógica, las motivaciones que habrían tenido los tobas de la frontera oriental para abandonar su reducción fueron entendidas como una mecánica respuesta a la «impresión imponderable» que sobre ellos habría causado el nombre de Túpac Amaru.
43 Cuando en junio de 1781 el gobernador se explaye en nuevos informes sobre las razones de las «alteraciones» en el Tucumán, volverá a mencionar la expansión de las convocatorias «de los Cataris por disposicion de Tupamaro» desde Lipes y Tupiza hasta la provincia del Tucumán, donde consideró se encontraban «cercados de indios, cholos y zambos que sé tienen particular inclinacion y no apetecen la sugecion del español», a quienes «les ha sonado tan dulce el nombre de este revelde que a la mas minima persuacion cedieron voluntarios a la conjurazion».
Interpretamos así que, por un lado, les reconocerá una mayor agencia a las poblaciones de la jurisdicción al señalar su «aversión» a la sujeción a los españoles, incluyendo a toda la plebe, sin distinción de indios, mestizos y castas.
Por el otro lado, ya en referencia concreta a los indios, manifestará su incomprensión por la disposición que creía ver entre ellos de unirse a la sublevación, cuando los grupos del Chaco reducidos contaban con los beneficios de protección y de no entregar tributo y cuando no estaban alcanzados por los repartos de mercancías:
pues no haviendo en ella repartos, otras cargas, ni pensiones que puedan producir tales efectos [...] sin que para arrastrarse a tan ruin deliberacion los haya obligado ninguna fatiga, pues absolutamente se les molesta en nada, y solo los indios pagan su extablecido tributo gozando muchos de una plena exepcion por no conocidos, o porque viven vagantes: a eso se agrega que muchos mulatos apetecen pagar esta taza por gozar de los privilegios de indio en que se prueba que estos no padecen extorsiones que los precisen sublevarse.
En junio de 1781 los cabildos de la gobernación responden a la solicitud del virrey del Río de la Plata de informar «el origen que hayan tenido las presentes conmociones de las provincias de arriba, y parte de esta».
45 Disponemos de algunas respuestas al pedido del virrey, de las cuales nos centraremos en las expedidas por los dos cabildos que tuvieron injerencia directa en este proceso: el de Jujuy y el de Salta.
Desde este último se expresó que la plebe de la ciudad de Jujuy fue la única de la gobernación que «intentó a exemplo de las de arriba insultar a sus moradores, trascendiendo a esta aquella chispa».
46 La explicación que dieron los capitulares salteños sobre la situación de Jujuy contrasta con su diagnóstico de las causas de las rebeliones en el Perú y Charcas -la imposición de aduanas y exacciones, la opresión de los corregidores y de los curas doctrineros-o, de forma más específica, sobre posibles fuentes de descontento entre la población urbana de Salta, donde si bien decían que no se había experimentado rebelión, estaba «toda la plebe sensible» por modificaciones en torno al real estanco de tabaco.
No identificaron este tipo de causas locales para explicar algún «malestar» entre la «plebe» jujeña.
En el informe al virrey, el cabildo de Jujuy dirá de forma más explícita -coincidiendo con la opinión de Mestre-que no había motivo de «descontento» ni «resentimiento» alguno para que se produjese alguna rebelión entre la población de su jurisdicción, fundamentalmente porque no había repartos de mercancías: LUCÍA GLATSTEIN con ladrones y codiciosos.
48 En marzo, unos meses antes de la redacción de este informe, los integrantes del cabildo jujeño y algunos oficiales militares habían acordado pagar dos reales y ración a quienes contribuían en la defensa de la ciudad, puesto que de otra manera opinaban que era probable abandonasen sus puestos y fuesen «en busca del enemigo».
En el acuerdo de cabildo del 29 de marzo en que se notificó sobre esta decisión, se expresó que la misma había surgido de los requisitos de los propios milicianos para que se les retribuyese su trabajo, «todos en comun con la maior desverguenza», argumentación en sintonía con la visión que se lee posteriormente en el informe de junio de la «plebe» como «ambiciosa» y «propensa al robo».
49 No vemos en este punto diferencias con las versiones del gobernador, quien consideraba a las milicias de la gobernación faltas de lealtad, indóciles y carentes del sentido de obediencia y dudaba de sus intenciones y objetivos.
50 No les concedió -como no lo había hecho con «los indios neófitos y los christianos»-el mérito de tener proyectos o motivaciones concretas que justificaran sus protestas o su desobediencia; como mucho les atribuyó la intención de enriquecimiento individual, conviniendo con los capitulares en perfilarlos como grupos de «bandidos».
Tampoco encontramos divergencias respecto a la participación de la «gente común» pues, en las cartas e informes citados, Mestre consideraba que las alteraciones en la gobernación del Tucumán se debían a «la libertad con que viven sus moradores», aspecto sobre el que se explayó largamente en su informe de junio, y no reconoció otro móvil a los «christianos» de Jujuy para levantarse que «el zevo del robo a exemplo de Oruro».
51 El primer fiscal de la causa también consideró que «solo fue movido [uno de los acusados] de la codicia por hazerse ricos robando las vidas de los vezinos honrrados como suzedio en la villa de Oruro».
52 Al sugerir la correspondencia entre Oruro y Jujuy creemos que se resaltaron las noticias sobre los ataques a los habitantes peninsulares de aquella villa y sus bienes entre el 10 y el 17 de febrero.
Cabe remarcar que en el informe al virrey, el cabildo de Jujuy se expresaba de la siguiente manera sobre Oruro: «ESTANDO EL FUEGO A LAS PUERTAS».
ACCIONES Y REPRESENTACIONES el origen que tubo la sublebacion de Oruro, este ha sido Señor Excelenticimo un enigma que hasta la presente no se ha podido descubrir, ni se ha comunicado por las ciudades mas immediatas donde se habran vertido con menos variedad las expecies, y no tenemos otro motibo a que atribuir tan execrables operaciones que el robo y la codicia de aquellas gentes que quisieron locupletarse [sic] con los agenos intereses haciendose ricos por un medio tan reprovado como aquel.
53 Las investigaciones relativas al levantamiento de Oruro coinciden en que este se produjo en un contexto local de recrudecimiento de las pugnas políticas entre la aristocracia criolla y los españoles peninsulares, cuando a principios de 1781 los primeros fueron excluidos de las elecciones anuales de alcaldes municipales y, por ende, de los cargos del cabildo que ocupaban desde hacía tiempo.
La alianza entre habitantes criollos de la ciudad e indígenas de los pueblos adyacentes -la principal característica que se resalta de este focose produjo luego de confusas circunstancias durante la organización de la defensa de la ciudad, la que se creía amenazada a raíz de la sublevación indígena de Paria y Carangas.
Cajías de la Vega explica que rumores que aseguraban que los europeos acabarían con la plebe y los milicianos de la villa, sumados a concretas agresiones, desencadenaron la violencia colectiva contra sus personas y bienes.
A partir de allí, el 11 de febrero, miles de comunarios entraron a la ciudad en solidaridad a sus habitantes criollos sin encontrar resistencia.
Sin embargo, la unión, los acuerdos y permisos que comenzaron ese día no se extendieron por mucho tiempo y al cabo de una semana comenzaron a resquebrajarse las relaciones.
54 Sinclair Thomson sostiene que la fragilidad de la alianza se debió a que los criollos principales habían decidido pragmáticamente aliarse con los indígenas en el contexto de sus propias luchas políticas locales y a que no estuvieron dispuestos a otorgar ciertas concesiones, especialmente aquellas que se referían a la redistribución de las tierras; a la vez que fueron quitando su apoyo a medida que más peninsulares morían y que la revuelta tomaba un cariz tupacamarista más explícito.
Thomson considera que los indios, por su parte, interpretaron tal alejamiento como falta de lealtad y compromiso político a Túpac Amaru y de disposición a continuar en la guerra.
El 17 de febrero los comunarios fueron expulsados de la villa.
Una vez rota la alianza, los objetivos de uno y otros se modificaron y se radicalizaron: mientras los indios buscaron ya eliminar a todos los residentes de Oruro fueran españoles peninsulares o americanos, destruir la ciudad, eliminar el tributo y hacerse de las tierras, minas e ingenios; los criollos se aliaron con sus anteriores enemigos y junto a los españoles peninsulares expulsaron y rechazaron por tres veces el ataque indígena a la ciudad entre marzo y abril.
56 Concurrente en el tiempo, con identificación semejante de grupos participantes y de objetivos y figurado como un suceso de bandidaje (obviando las referencias a su trasfondo político), Oruro se volvió un referente importante de los peligros que podía acarrear una alianza entre criollos e indígenas, aunque hubiese profundas diferencias en la situación social y la relación de fuerzas entre Jujuy y Oruro.
57 El gobernador del Tucumán y el cabildo de Jujuy parecen proceder de la misma forma.
Creemos que la percepción queda sintetizada en los dichos del cabildo: «ESTANDO EL FUEGO A LAS PUERTAS».
ACCIONES Y REPRESENTACIONES exposiciones de los informes de Mestre y no observamos digresiones con la visión otorgada por el gobernador.
La concreción de una «alianza»: cabecillas, organización y fines del movimiento
Hasta el momento vimos que las autoridades expresaron en sus informes que parte de la población de la jurisdicción de Jujuy estaba participando de una sedición cuya fuente se encontró en las influencias de los levantamientos andinos que habían llegado hasta la gobernación.
Una lectura más detenida de la sumaria, enfocada en lo que se extrajo y registró de los testimonios y en las vistas de los fiscales, complejiza nuestra comprensión de la forma en que la «sublebacion» fue representada por españoles y criollos principales.
61 Aparte de su relación con las rebeliones tupacamaristas, observamos que se habló desde un principio de la concreción de una alianza entre la «gente plebe» e indios «neófitos» y «bárbaros».
Con el correr de las actuaciones, se fue bosquejando la imagen de un movimiento con cierto grado de articulación y jerarquización que se consolidó en las sentencias.
Del conjunto que integraba la parcialidad rebelde se identificó a José Quiroga como el «caudillo principal», información que se reiteró en informes y correspondencias que analizamos.
Se lo presentó como quien había pasado hacia la reducción en búsqueda de los indios y como quien había impulsado la circulación de la noticia que advertía sobre la pronta muerte de la «gente plebe» por los españoles, que fue registrada por el escribano en prácticamente todos los testimonios como el motivo por el cual cada declarante dijo haber participado o permanecido en el movimiento.
Soldado partidario del fuerte del Río Negro «desde sus tiernos años» -y, por un año, ordenanza en las cajas reales de la ciudad-, expresó en su declaración que era natural de la ciudad de Santiago del Estero y vecino de la de Jujuy, donde además hacía un tiempo residía luego de que fuese suprimida su plaza en el fuerte cuando buscó participar en una expedición hacia la ciudad de Corrientes, lo cual estimamos sucedió hacia mediados de 1780.
61 Recuperamos la crítica de las mediaciones introducidas por los jueces que interrogan y por los escribanos actuantes en la operación de transcripción de testimonios orales al registro escrito en los expedientes judiciales, desarrollada por Guerrero, 2010, 269.
En algunos testimonios e informes se habló de la existencia de varios «principales», todos «propios christianos de la gente plebe».
En ciertas ocasiones el escribano además de consignar los nombres de los «capitanes criollos» asentó la razón por la cual el declarante lo identificó como tal: se había visto u oído que era el que más mandaba, disponía o gobernaba; era el más distinguido de todos; era quien cargaba bastón, portaba sable o alguna otra arma; era quien había salido a convocar o quien se había quedado a cargo en un sitio de reunión; era el «mas enemigos de los christianos»; había sido nombrado como tal por el resto para la empresa.
Pensamos que lo que alcanzó a registrarse seguramente se trató de lo que las propias autoridades consideraron que funcionaba como prueba del grado de compromiso del reo a acusar.
En un pedido de requisitoria encontramos menciones explícitas e individuales sobre quiénes eran estos «capitanes» para las autoridades.
63 Se buscaba en tanto «caudillos principales» prófugos a José Quiroga, Basilio Eraso, José Domingo Morales, Antonio Humacata y Gregorio Juárez.
Excepto Eraso y Humacata que siempre fueron identificados como «indios», el resto aparece descripto indistintamente en ese documento y en el expediente como un «mestizo amulatado», un «criollo» o un hombre que tenía «cara o cuerpo blanco», «mulato», «mestizo» o «pardo».
Estos semblantes no los diferenciaban del resto de los presos y acusados.
64 Sí los distinguía el formar parte del grupo de soldados partidarios de los fuertes y de la reducción o el detentar el rango de sargento del partido de Los Alisos en el caso de Humacata.
Esporádicamente los tobas aparecieron en las expresiones de las autoridades en posiciones que no fueron reducidas únicamente a la de un conjunto indiviso seducido, como cuando el gobernador del Tucumán expresó que el cacique Santiago -autoridad de una de las parcialidades tobas que se encontraban en la reducción de San Ignacio-era uno de los que «del todo traian en insesante movimiento a la reduccion».
64 En la declaración de Domingo Rojas se anotó que era natural de la ciudad de Jujuy y en la de Antonio Humacata que lo era de la provincia de Cinti, aunque en el censo de población de 1778-79 lo encontramos registrado en la hacienda de Los Alisos de Jujuy.
No podemos dar cuenta del lugar de origen de Basilio Eraso o de Gregorio Juárez, pues al cerrarse el expediente ambos continuaban prófugos y las otras declaraciones no nos aportaron información al respecto.
Sí pudimos constatar que Eraso en 1778-79 fue censado en la hacienda de Lormenta de Jujuy.
a veces se filtró información sobre este cacique, 66 pero el interés de los jueces parece haber estado centrado en individualizar a los parciales plebeyos de la jurisdicción y en señalar las acciones que los pudieran involucrar en la rebelión.
De esta forma, por ejemplo, se interrogaba específicamente sobre los «caudillos entre los christianos».
67 En general, las naciones indígenas chaqueñas aparecieron como grupos sin proyectos propios o motivaciones concretas que reactivamente se habían aliado con habitantes de las tierras e instituciones coloniales de la ciudad, los valles y la frontera oriental para contribuir con sus objetivos.
El proyecto que se les atribuyó a los rebeldes les supuso la intención de invadir la ciudad de Jujuy, matar a todos los vecinos hombres, quedarse con las mujeres y apoderarse de los caudales.
Esto fue lo que el escribano registró, sin variaciones significativas, en cada una de las declaraciones.
Luego fue recuperado por los fiscales para hacer su acusación y por el gobernador y su teniente para redactar las sentencias.
Este sería el fin concreto vinculado directamente a Jujuy, pero al ser acusados por el crimen de traición (a la patria, al rey, a la religión, al estado y a la causa pública) y al ser relacionados con las rebeliones andinas, se infiere que se buscó mostrar que el ataque a Jujuy era el primer paso para un fin más vasto.
Por ejemplo, en sus apreciaciones el segundo fiscal de la causa consignaba que los acusados habían aspirado a «usurparle» el «dominio» de las tierras al rey español para «adjudicárselas» al «tirano» José Gabriel Túpac Amaru que se había «erigido» en Rey Inka y «absoluto señor» de las «provincias del Perú».
68 La codicia, la ambición, la malicia estaban por detrás de estos fines.
Los apelativos que contribuían a degradar a los acusados como bandidos inclinados a la rapiña, insumisos y poco civilizados, se remataron con estos agregados de tinte religioso y moral.
69 Las tres sentencias que integran la sumaria nos brindan elementos para terminar de dibujar la imagen que las autoridades presentaron de los 66 Se lo introduce circunstancialmente en los relatos tomando decisiones, dando órdenes y otorgando o negando a los parciales permisos solicitados a su persona.
Se lo encuentra requiriendo se le haga lectura de correspondencia interceptada y despachando espías para conocer lo que sucede en la ciudad.
69 Observamos en las acusaciones los tres componentes que tenía la noción de delito en la matriz jurídica hispánica: «el religioso o moral (pecado), el social (daño común), el de ofensa personal» (particularmente grave cuando alcanzaba a la persona del rey).
LUCÍA GLATSTEIN movimientos de la ciudad, los valles y la frontera oriental y de los involucrados en ellos: entre la población de criollos, mestizos, mulatos, cholos e indios que habitaban ese espacio y la ciudad se estableció que algunos de ellos habían sido «caudillos principales», otros «convocadores» y otros «voluntarios parciales».
Quienes fueron vinculados con alguna de las dos primeras figuras -en total veinte personas-fueron todos ejecutados y aquellos que fueron relacionados con la última pasaron por un sorteo -o «quinto»-70 a partir del cual cuatro personas más recibieron la pena máxima.
A los diecisiete restantes se determinó marcarles a fuego el rostro con una «erre» que indicase «rebelde» o «rebelado» para que «le sirva de memoria su delito y por otros se conozca su traicion».
71 En total, las justicias acusaron del delito de lesa majestad a cuarenta y una personas, de las cuales veinticuatro recibieron la pena de muerte.
Coincidentemente, fueron ejecutados como «caudillos principales» o «convocadores» todos los soldados partidarios de los fuertes que declararon y quien detentaba el cargo de sargento en uno de los partidos de la jurisdicción.
A uno de ellos en particular (José Quiroga) se le adjudicó la seducción de los indios tobas y la propagación de la noticia de la coronación del «Rey Inga».
La noticia de la muerte de la gente plebe por españoles -que fue asentada, como dijimos, como la razón principal de la participación en el levantamiento en casi todos los testimonios-no fue tomada por las autoridades como justificación o «atenuante» de la responsabilidad de los acusados, ni como un hecho plausible de ser creído.
Se consideró en las vistas de los fiscales y en las sentencias que había sido creado adrede y se buscó atribuirle un origen específico.
En ellas se desoyeron las expresiones vertidas en muchos de los testimonios que la presentaban como una «voz común» que circulaba entre los habitantes de la jurisdicción; y, en cambio, se le arrogó el carácter de una «vaga voz» impulsada por José Quiroga y José Domingo Morales, otro de los reos a los que se le adjudicó un lugar destacado en la convocatoria y organización del sitio.
Se estableció en las sentencias que los tobas de la reducción de San Ignacio, a pesar de no haber sido llamados a declarar como ya expusimos, debían presenciar los suplicios de los acusados, «sus principales cabezas».
A los matacos «infieles», cuya cercanía al fuerte de Ledesma se interpretó «ESTANDO EL FUEGO A LAS PUERTAS».
ACCIONES Y REPRESENTACIONES como una clara señal de su predisposición a integrar el bando rebelde, se los eliminó sin mediar ninguna formalidad y sin registrarse en el expediente ni sus voces ni la orden de su ejecución.
Se infiere que se entendió que unos y otros habían participado de la ofensa al rey perpetrada por la «gente plebeya» de la jurisdicción.
Aparentemente su diferenciada relación con el sistema colonial determinó que corrieran distinta suerte.
La deconstrucción realizada de los autos del proceso judicial implicó explicitar los mecanismos legales y discursivos que utilizaron las autoridades coloniales de Jujuy y de la gobernación del Tucumán en la desarticulación de las acciones colectivas que consideraron peligrosas para el orden social en el que vivían y para sus personas.
Esto supuso someter al expediente a un tipo de crítica que aun no había sido realizada en los análisis previos de otros autores.
Nuestra principal preocupación -en sintonía con las últimas investigaciones sobre las sublevaciones andinas de fines del XVIII-radicaba en desentrañar la lógica de representación de las autoridades coloniales, deconstruir el significado que le arrogaron a los movimientos y poner de relieve la dimensión política del episodio.
Para ello comenzamos por cruzar información relativa a los hechos que tuvieron lugar en la ciudad, los valles surorientales y la frontera con el Chaco de Jujuy hacia 1781 con la forma en que se construyó el proceso judicial; y luego complementamos el análisis incorporando el trabajo sobre las representaciones discursivas que realizaron autoridades coloniales de la jurisdicción de Jujuy, de la gobernación del Tucumán y del virreinato del Río de la Plata.
En primer lugar, cabe destacar que pudimos dilucidar que hubo momentos de inflexión en la evaluación y proceder de las autoridades, aspecto que no había sido advertido por las anteriores investigaciones.
Si bien se encuentran en ellas una reconstrucción de los hechos que tuvieron lugar en Jujuy, no se había realizado aún un cruzamiento entre estos y las medidas judiciales y militares tomadas.
Al hacerlo, pudimos señalar que hubo determinados hechos que impactaron en las decisiones de las autoridades y que, asimismo, estratégicamente algunos elementos fueron resaltados en sus narraciones, mientras que otros fueron desplazados del registro judicial.
Un ejemplo que podemos señalar aquí de lo se refiere a la circulación LUCÍA GLATSTEIN de noticias sobre la coronación del «Rey Inka» en la jurisdicción y al cambio que se introdujo en el desarrollo del proceso judicial entre la forma en que se mencionó en los testimonios (como una «voz común») y la manera en que se presentó en las acusaciones (como una «vaga voz» inventada y difundida por el «reo principal»).
Consideramos que, el recuperar solo este tipo de detalles les permitió a los jueces construir la argumentación legal necesaria para justificar la acusación de delito de lesa majestad a determinados individuos.
Es el caso de José Quiroga, quien en los trabajos de Lewin, Acevedo, Poderti y Zamora aparece -en sintonía con las narrativas oficiales-como el «principal agente de la sublevación» que había «influido» a los tobas por medio de «noticias» sobre el «Rey Inka».
72 Cruz, también analizó solo a Quiroga cuando se propuso estudiar el «liderazgo carismático de la rebelión», siguiendo principalmente su testimonio y la sentencia que lo señalaba como «caudillo principal».
73 Entendemos que quedaron desdibujadas la agencia política de otros protagonistas, la complejidad de las relaciones que se expresaron en los movimientos y la construcción de un discurso de verdad 74 por parte de las autoridades que hizo recaer el peso de la justicia fundamentalmente en la población mestiza y criolla de la jurisdicción, razón por la cual sus prácticas son las más fácilmente distinguibles en los relatos contemporáneos de las autoridades.
Por otro lado, y como señalamos en la introducción, un grupo de estudios interpretó los hechos de Jujuy como una «repercusión» de las insurrecciones andinas.
En general, podemos afirmar que concibieron la existencia de una «ola rebelde» que comenzó en los Andes centrales y avanzó hasta incluir a poblaciones del actual territorio argentino, en especial a las que habitaban en la entonces jurisdicción de Jujuy.
Sus explicaciones trazaron una conexión lineal con el «impacto» del nombre Túpac Amaru sobre la población que allí habitaba.
75 La reconstrucción que realizamos muestra que se trata de lo que las mismas autoridades montaron como imagen de los movimientos para sustentar y dotar a las prácticas judiciales de una eficacia concreta.
El contexto de guerra generalizada en amplias zonas de los dos virreinatos -ya de tipo anticolonial según las investigaciones más recientes-fue utilizado por las autoridades para remarcar un contexto de excepcionalidad que les permitiera llevar a cabo un proceso judicial con 72 Lewin, 1957.
Recuperamos textualmente aquellas expresiones de los investigadores que no difieren entre sí.
ACCIONES Y REPRESENTACIONES determinadas características.
Abierto de oficio, tomó la forma de una sumaria en la que se recortó al máximo instancias procesales, se prescindió de determinadas autoridades y se obvió el nombramiento de defensores.
Este uso del contexto mayor es el que habilitó la aplicación inmediata y eficaz de las penas para ejemplo de posibles indecisos.
Finalmente, deseamos realizar un comentario más respecto a aquellos aspectos que creemos que nuestra investigación nos permitió dilucidar y aportar al conocimiento sobre los episodios de Jujuy.
Lewin, Acevedo, Poderti y Zamora establecieron que la «conspiración de Quiroga» terminó por medio de una represión que no había conllevado demasiado esfuerzo, agregando el primer autor que ello se debió a la superioridad de los armamentos españoles.
76 Nuestro análisis propone otra interpretación.
Si bien estos autores hicieron un recuento de las compañías que contribuyeron en la desarticulación de los movimientos, no realizaron una inserción del episodio en el escenario mayor que las autoridades estaban atendiendo y vigilando simultáneamente.
Observamos que Sánchez y Cruz tampoco lo efectuaron.
77 Es decir, que el conjunto de antecedentes no consideró cómo la coyuntura política general condicionó las decisiones y acciones de las autoridades en el espectro habitual de relaciones que mantenían con funcionarios de otras jurisdicciones o jerarquías, ni contempló entre sus objetivos realizar un análisis diferenciado de las versiones que presentaron según el lugar que ocupaban dentro de la estructura de gobierno colonial.
Precisamente a diferencia de otros momentos, encontramos a las distintas autoridades -el cabildo español de Jujuy, al gobernador del Tucumán, al virrey del Río de la Plata, a los fiscales y comandantes a cargo de las acciones punitivas-actuando coordinadamente y efectuando discursos semejantes.
Consideramos que el contexto de guerra generalizada en amplias zonas de los dos virreinatos -ya de tipo anticolonial según las investigaciones más recientes-no solo fue utilizado por las autoridades para remarcar un contexto de excepcionalidad que les permitiera llevar a cabo un proceso judicial con determinadas características, sino que además atenuó, aunque sea momentáneamente, diferencias entre las distintas jerarquías de gobierno.
A modo de cierre, opinamos que el análisis resultante reafirma la necesidad de superar la línea iniciada por Lewin y Acevedo y apostar por profundizar en la propuesta de Sánchez sobre la necesidad de romper con 76 Idem.
LUCÍA GLATSTEIN el «mito historiográfico» que asumió una relación directa con los levantamientos andinos y que diluyó las particularidades de la población y del sistema colonial en Jujuy.
78 Las nuevas investigaciones que se pregunten por las lógicas políticas de la población rural y urbana de Jujuy en el contexto de las acciones colectivas de 1781 deberán considerar la lógica de su representación colonial -que hemos procedido a desmontar-si no quieren confundir unas con otras,79 pues en la mirada general y homogeneizante de las autoridades se pierden de vista las posibles reivindicaciones de las poblaciones de Jujuy, sus dinámicas históricas específicas de relación y conflicto y las opciones políticas conversadas y discutidas en el contexto de las sublevaciones indígenas andinas de fines del siglo XVIII. |
Iglesia y crisis monárquica en el Río de la Plata al finalizar la época colonial.
Wilson González Demuro y Cecilia Robilotti Universidad de la República, Montevideo Este trabajo pretende contribuir al estudio de la Iglesia rioplatense en las postrimerías del orden colonial.
Constituye un avance de investigación sobre la vida de Juan José Ortiz, cura vicario de Montevideo que realizó grandes esfuerzos por difundir el catolicismo y se plegó a la revolución en 1810, generando serios conflictos entre las autoridades religiosas y políticas.
Ortiz fue un caso de "cura rebelde", que a diferencia de muchos integrantes del clero residente en la Provincia Oriental, no revistó en el sector más radical de la insurrección sino entre los partidarios del gobierno centralista de Buenos Aires.
PALABRAS CLAVE: Iglesia rioplatense, época colonial, revolución, "curas rebeldes".
La historiografía rioplatense y los temas religiosos
En las últimas décadas los investigadores uruguayos han comenzado a interesarse más sostenidamente por los temas vinculados a la historia religiosa.
Si se evalúa la anterior producción historiográfica uruguaya sobre estos temas, se arriba sin muchas dificultades a la conclusión de que, en general, se ha tendido a valorar estas cuestiones como secundarias, reservando su tratamiento más bien a los autores directa o indirectamente ligados a la Iglesia Católica.
A lo largo del siglo XX se fue desarrollando en la cultura uruguaya una suerte de "laicismo ambiente" que si bien aportó notables beneficios en muchos órdenes de la vida nacional, significó desde otros puntos de vista una infravaloración y hasta un ostensible desdén por algunos elementos culturales de indiscutible importancia en la configuración de nuestra sociedad.
Naturalmente, el estudio del pasado acusó el impacto del fenómeno: hace más de dos décadas Carlos Zubillaga y Mario Cayota hacían notar la existencia de un hueco en la producción de conocimiento histórico en lo tocante a temas religiosos, considerando este vacío "fruto de una acción proselitista, más que científica";1 aunque en otro escenario la historiografía argentina atravesó una situación en cierto modo similar.
Pero en los últimos tiempos han ido apareciendo en el Río de la Plata los resultados de diversas investigaciones, que de diferentes formas vienen modificando el panorama.
Junto a los abordajes de corte individual se destacan crecientes esfuerzos institucionalmente más orgánicos, aunque es en la Argentina donde los avances han sido mayores.
En un ámbito académicamente tan importante como el Instituto de Investigaciones Históricas "Dr. Emilio Ravignani" de la Universidad de Buenos Aires, ha funcionado a partir de 1996 el "Grupo de Estudio sobre Historia de la Iglesia, siglos XVIII y XIX".
En ese año se creó dentro del mismo instituto el "Grupo de trabajo y discusión Religión y sociedad en la Argentina contemporánea".
Los resultados de lo allí producido son muy estimulantes, y a la vez que actualizan y profundizan el conocimiento sobre el fenómeno religioso como hecho social e históricamente relevante (nótese la asociación entre "Religión y sociedad..."), ponen al descubierto un ancho campo aún abierto a estudios de este tipo.
En Uruguay, siempre en términos generales, puede decirse que desde los años finales de la dictadura de 1973-1985 la apertura hacia esta materia se ha hecho más tangible.
Antropólogos y sociólogos han mostrado mayor interés por "lo religioso", en sentido amplio.
En materia de producción estrictamente historiográfica, cabe apuntar que el número de publicaciones sobre estos temas sigue sin ser muy alto, aunque muchas de ellas constituyen un valioso aporte al desarrollo de nuestra disciplina.
Cabe recordar aquí algunas que constituyen verdaderos hitos recientes: la citada Cristianos y cambio social en el Uruguay de la modernización (1895-1919), de Carlos Zubillaga y Mario Cayota (1982); la breve pero sustanciosa Iglesia Católica y burguesía en el Uruguay de la modernización (1860-1900), de José Pedro Barrán (1988); una muy fáctica, apologética pero útil Historia de la evangelización en la Banda Oriental (1516-1810), obra colectiva dirigida por Mario Cayota (1994); La búsqueda de lo maravilloso.
San Cono y otras devociones populares, interesantísima investigación de Roger Geymonat y Alejandro Sánchez (1996); La secularización uruguaya (1859-1919), de Gerardo Caetano y Roger Geymonat (1997); y dos muy logrados trabajos de 1998: La espiritualización de la riqueza.
Catolicismo y economía en Uruguay: 1730-1900, de José Pedro Barrán, y el injustamente poco difundido El catolicismo popular en Uruguay.
Una aproximación histórica, de Tomás Sansón.
Este breve e incompleto inventario permite dejar constancia de dos cosas: por un lado, el crecimiento del número de investigaciones sobre esta materia, y por el otro, la diversidad de aspectos que supone lo religioso.
El presente trabajo2 es un avance de una investigación de mayor aliento sobre cuestiones como religiosidad y vivencias de la muerte en Montevideo durante la etapa finicolonial, que junto con otros colegas vengo desarrollando en el marco del proyecto Cultura material, mentalidades y vida cotidiana en las sociedades urbanas del Río de la Plata, 1790-1860.
3 En este caso, la atención se centra en Juan José Ortiz, quien fuera cura vicario de Montevideo por más de tres décadas en el tramo final de la etapa hispánica.
Este singular clérigo, pese a ser una figura relevante para la historia social y religiosa rioplatense, es poco conocido y, en general, escasamente tenido en cuenta por nuestra historiografía.
Se ensayará aquí un acercamiento a su condición de "cura de transición", además de la posible incidencia de su marcada personalidad sobre su gestión.4
En 1730 se completó la etapa fundacional de Montevideo con dos hechos: la instalación del Cabildo, el 1 de enero, y la asunción como primer cura párroco de José Nicolás Barrales, en abril.
Desde entonces y hasta la extinción del dominio español, la ciudad contó con 3 curas vicarios propietarios (es decir, que alcanzaron esa condición por concurso): Barrales (hasta 1764), Felipe Ortega y Esquibel (1770-1778), y Juan José Ortiz (1783-1815).
Varios sacerdotes ejercieron como vicarios interinos en los períodos intermedios.
En la sociedad católica colonial, los curas párrocos desempeñaron siempre un papel relevante en todo el continente americano.
Para reflexionar sobre este elemento es necesario tener en cuenta un elemento central del patrón de asentamiento urbano seguido por el colonizador español; esto es, las "iglesias matrices".
Ellas fueron focos de irradiación cultural y religiosa y bases fundadoras de nuevas parroquias o viceparroquias, de acuerdo con las necesidades de una población que crecía lenta pero sostenidamente.
Precisamente, el año 1730 marcó el inicio de la expansión territorial de la Iglesia rioplatense, cuando además de la parroquia montevideana fueron fundados los primeros seis curatos rurales en torno a la ciudad de Buenos Aires.
5 En la Banda Oriental,6 el proceso análogo tuvo lugar entre el último cuarto del siglo XVIII y la primera década del XIX; de 1772 a 1805 se fundaron varias parroquias dentro y fuera de la jurisdicción de Montevideo: Canelones, Florida, San José, Minas, Porongos, San Carlos, Maldonado, Mercedes, Paysandú, Durazno y Melo, y vice parroquias como la de San Juan Bautista (posteriormente denominada Santa Lucía), sumado a los numerosos oratorios y capillas particulares creados en el sur del actual territorio uruguayo durante este período.
Esta productividad fundacional nos acerca al creciente proceso de complejización de la sociedad rioplatense tardocolonial, directamente vinculado a la fundación del virreinato en 1776.
Buenos Aires y Montevideo, a escalas y ritmos diferentes, vivieron por ese entonces su mejor momento, en tanto se incrementó fehacientemente la importancia económica, demográfica y geopolítica de esta zona del continente.
7 En todos los casos, las parroquias resultaban fundamentales desde el punto de vista social, en el más amplio sentido.
Sabido es que todo lo concerniente a registros de casamientos, bautismos y defunciones les estaba reservado, y que cumplían una importante tarea económica como recaudadoras de impuestos tales como diezmos y primicias.
El cura párroco era además uno de los escasos, y en ocasiones el único individuo letrado de su comunidad.
En términos generales, aunque su nivel de instrucción no necesariamente era muy elevado, su formación le ubicaba por encima del promedio entre los miembros de su grey.
En tanto representante de Dios, su autoridad era indiscutida, sin olvidar que sus mayores conocimientos (reales o imaginados) lo convertían algunas veces en educador, boticario o médico.
8 El principal beneficio eclesiástico al que un sacerdote podía aspirar en la Banda Oriental era el vicariato de la Iglesia Matriz de Montevideo (llamada simplemente "la Matriz" por los habitantes de la ciudad, incluso en la actualidad).
Aunque no se encontraba aislada, sí estaba claramente alejada de Buenos Aires, ciudad sede de una diócesis poco conectada con las máximas autoridades de Roma.
9 Los párrocos de Montevideo podían gozar de una relativa autonomía funcional, ventaja más evidente todavía en los curatos rurales de la ribera norte del Plata.
Por otra parte, en términos comparativos, nuestra ciudad creció muy rápidamente en la segunda mitad del siglo XVIII; mientras que entre 1744 y 1810 la población bonaerense se multiplicó (según distintas mediciones) por cuatro o por seis, alcanzando la cifra de algo más de 61.000 habitantes, 10 la de Montevideo aumentó siete veces pero en un período menor, de 1769 a 1810, llegando a casi 11.500 habitantes.
11 La intensa actividad comercial del último tramo de ese siglo fue determinante en la aceleración demográfica.
Derivaban de allí interesantísimos beneficios para el párroco de la Matriz, pues una mayor cantidad de fieles con mejores ingresos significa-ba más recaudación por concepto de "derechos de pie de altar"; es decir, aquello que se cobraba por la administración de los sacramentos.
Asimismo, el caudal de las limosnas también estaba atado a la cantidad de devotos y su capacidad contributiva.
Pero eso no es todo: en 1761, el Cabildo había aprobado especialmente una congrua, o ingresos fijos, de 2000 pesos anuales para el titular de la Matriz, 12 cifra nada despreciable si se la compara con los salarios de otros funcionarios o de algunos trabajadores especializados de la región.
Por ejemplo, el administrador general de la Aduana y el oficial mayor del resguardo de Montevideo tenían fijados los ingresos en 1300 y 700 pesos anuales, respectivamente, 13 mientras que en Buenos Aires, en la primera década del siglo XIX los maestros supervisores de carpintería o herrería (los más calificados) podían percibir en el mejor de los casos 720 y 600 pesos anuales, también respectivamente.
14 Consideremos también, para cerrar esta breve introducción, ciertos aspectos de la vida institucional de aquella pequeña pero activa ciudad portuaria, que sobredimensionaban la importancia de su párroco.
En lo que a organización eclesiástica se refiere, Montevideo no contó en tiempos coloniales con monasterios, conventos femeninos o universidad.
Solamente estaban allí el cura vicario y -expulsados los jesuitas-los franciscanos.
15 El vicario se ocupaba, directa o indirectamente, de toda la actividad pastoral, de colectas y celebraciones de distinto tipo; testadores y fundadores de obras pías como memorias de misas o capellanías, lo nombraban albacea o patrono; los integrantes del Cabildo le dirigían frecuentes consultas, y hasta sus contactos políticos eran a veces requeridos por quienes necesitaban alguna gestión a nivel gubernamental.
16 Y todo ello, durante períodos a 12 Barrán, José Pedro: La espiritualización de la riqueza.
13 Archivo General de la Nación, Montevideo -Fondo ex Archivo General Administrativo (en adelante AGN-EAGA), "Razón de los empleados de Aduana y Resguardo de Montevideo", año 1795, 159/77.
14 Johnson, Lyman: "Salarios, precios y costo de vida en el Buenos Aires colonial tardío", Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani", n.o 2, 1er. semestre de 1990, pág. 141.
15 Bazzano, Daniel y otros: Breve visión de la Historia de la Iglesia en el Uruguay, OBSUR -Librería San Pablo, Montevideo, 1993, pág. 17.
16 Un ejemplo: en 1800, el provisor y vicario del obispado de Buenos Aires, Francisco Tubau y Sala, escribió a Ortiz solicitándole "que se interes[ara] cuanto [fuer]a posible para conseguir" que las autoridades montevideanas concedieran al francés Carlos Armando Lepelley su licencia como piloto; el navegante había prometido casarse con "una niña" de la ciudad, lo cual parecía garantizar su afincamiento y hacer viable la gestión.
AGN -Fondo Archivos Particulares (en adelante AGN-AAPP), Carta de Francisco Tubau a Juan José Ortiz, Buenos Aires, 11 de junio de 1800, 3, 2, 2. veces muy largos: 34 años en el caso de Barrales, y 32 en el de Ortiz.
Juntas, ambas trayectorias cubren más de dos tercios de toda la historia de la Iglesia montevideana en tiempos coloniales.
Tres momentos en la trayectoria de Juan José Ortiz como párroco montevideano
Es poco lo que se conoce de la vida de Ortiz.
Disponemos para su estudio de documentos muy dispersos que contienen informaciones fragmentarias; además, no abundan las piezas de su autoría, y muchas de las existentes son meras formalidades burocráticas.
El relevamiento practicado permite ensayar con más certeza una aproximación a algunos momentos clave de su vida.
Se intentará en lo que sigue fijar la atención en tres de esos momentos, para delinear determinadas facetas personales y el contexto histórico-religioso en el que le tocó desarrollar su labor.
La investigación en curso procura profundizar el conocimiento de estos y otros tramos de su peripecia vital.
No existen dudas sobre el lugar de nacimiento de Ortiz, aunque sí sobre la fecha.
Proveniente de Buenos Aires (ciudad en la que permaneció toda su familia), 17 algunas fuentes señalan que nació "alrededor de 1757", 18 mientras otras sitúan el hecho "en 1759".
19 De acuerdo con esto en 1776, es decir, entre los 17 y 19 años de edad, figuraba como estudiante del tercer curso de Teología en el Colegio "San Carlos" de Buenos Aires.
20 Contamos con una carta escrita por el presbítero José Manuel Pérez Castellano, que en 1787 informaba que el nuevo párroco montevideano era "un mozo que no llega a treinta años".
21 La edad de Ortiz al hacerse cargo de la principal parroquia de la Banda Oriental rondaría, pues, entre los 24 y los 26 años.
Pérez Castellano lo encontraba "tan maduro y juicioso en su porte, que puede servir de modelo de curas.
Cumple perfectamente con todas las obligaciones de su empleo [...].
Su elección fue del cielo", y agregaba que en todas sus actividades desplegaba una gran energía espiritual,22 hecho que contrastaría fuertemente (de acuerdo con lo informado por Pérez Castellano) con la notoria debilidad física mencionada en otros documentos.
23 Sin extremar en especulaciones, puede suponerse que nuestro personaje contó con un importante respaldo diocesano o político para acceder a su puesto en la Matriz.
En este plano, Montevideo no configuraba un caso diferente al del resto del mundo católico hispánico, en el que la movilidad clerical solía estar acotada y muy supeditada a las vinculaciones políticas, más que a la acumulación de méritos de los religiosos.
24 En nuestra región resultaban decisivas, pues, las intervenciones del obispo y del virrey o del gobernador de determinada jurisdicción en el proceso de selección entre los aspirantes a los beneficios más seductores,25 y Ortiz -un desconocido en Montevideo hasta 1783-desplazó en la puja por la titularidad de la principal iglesia montevideana al propio Pérez Castellano, sacerdote montevideano que en 1783 ya contaba con una extensa trayectoria en esta ciudad, siendo inclusive poseedor de bienes inmuebles.
26 Pese a no ser vecino, el nuevo vicario se destacaría rápidamente por su gran energía y su fuerte temperamento.
Poco después de su llegada (el 1 de enero de 1783) habría de encontrarse con un problema severo: la precariedad física del templo a cuyo cargo debía ponerse.
a) La construcción de la nueva Iglesia Matriz
En efecto, la maltrecha edificación original de la Matriz comenzó a sufrir derrumbes parciales en 1764.
Dos años después de la llegada de Ortiz, el síndico procurador del Cabildo denunciaba el "estado ruinoso" 27 de la vieja iglesia, hasta que en 1788 se derrumbó completamente.
Para entonces ya estaban elaborados los planos de un nuevo templo que el párroco había solicitado.
28 El derrumbe aceleró el proceso de la nueva edificación, aunque no eliminó las dificultades para su avance.
Impulsados por su cura vicario, los vecinos elevaron solicitudes de apoyo económico a varios niveles para dicha obra.
Las primeras proyecciones establecían (según informe citado en una Real Orden del 16 de enero de 1799) que el costo total del nuevo templo ascendería a más de 69.000 pesos, de los cuales (según las disposiciones vigentes) el monarca debía aportar la tercera parte.
En enero de 1791 Carlos IV ordenó a la Real Hacienda y al virrey Arredondo, en Buenos Aires, evaluar la posibilidad de abaratar dicha construcción.
Ya entrado 1792 se hizo saber al monarca que "no era posible en aquel estado moderar el costo [del nuevo edificio] sin causarle deformidad", puesto que desde finales de 1790 las obras estaban en marcha.
La población de la ciudad alcanzaba a esa altura, según el mismo informe, "nueve mil almas sin la Tropa, Marinería, y Transeúntes", y el nuevo templo estaría en condiciones de "contener devotamente dos mil personas", esto es, casi el 22% de la población de Montevideo, cifra realmente elevada que hacía muy ambicioso el proyecto.
Se recordaba, asimismo, que una inversión "en obras pías" como la que se esperaba de parte del rey, era "tan necesaria y recomendable" como ninguna otra.
Carlos IV accedió a lo solicitado, pero exhortando a las autoridades locales a extremar el ahorro y procurar que los vecinos incrementaran el caudal de las limosnas.
29 Es importante recordar que en esa década final del siglo XVIII se agudizó la ofensiva monárquica sobre los privilegios eclesiásticos; la reticencia a liberar los fondos para la Matriz se encuadra, pues, en ese nuevo esquema de relación entre las autoridades políticas y religiosas.
Fue así que resultó imprescindible complementar esta partida con unos ingresos que surgían, en no menor medida, del fervor católico de la sociedad montevideana, acicateada por su principal pastor.
Aunque la 27 Barrios Pintos, Aníbal -Reyes Abadie, Washington: La Ciudad Vieja, Montevideo, serie "Los barrios de Montevideo", n.o IX, Intendencia Municipal de Montevideo, tomo 1, 1997, pág. 85.
Corona vaciló a la hora de aportar los dineros como la normativa estipulaba, anunciando que lo haría "siempre que [...] las urgencias del Estado no exi[gier]an su pronto destino a otro objeto", 30 finalmente liberó los 23.000 pesos comprometidos.
31 Sin embargo, el costo final de la obra estuvo largamente por encima de los cálculos iniciales: concretamente, la cifra se ubicó "muy cerca de doscientos mil pesos", monto que según el Cabildo, Ortiz "supo buscar únicamente entre el vecindario [...] pues todos concurrieron con gusto a dar cuantiosas limosnas." 32 En efecto, la alianza entre el carácter tesonero del cura párroco (tesonero e irritable, como se verá después), que llamaba a los fieles a contribuir, y la importancia que la Matriz tenía para ellos acarreó donaciones de 100, 33 300 34 y 500 pesos, 35 así como otras mucho menores, de 25 36 y 20 pesos, 37 y algunas de solamente cuatro reales.
38 Por su parte, la Casa de Comedias realizó desde su surgimiento una función anual a beneficio de la Iglesia.
39 El 17 de agosto de 1791, el gremio de hacendados decidió donar medio real por cada cuero orejano comercializado y un cuartillo por cada uno de los marcados, mientras que el vecindario ofreció aportar dos reales por cada res consumida; la coordinación de la campaña de recolección de fondos quedó, según acordaron los cabildantes, a cargo del vicario.
40 Con el mismo fin, dieciséis corridas de toros sumaron otros 1.120 pesos a los fondos para la construcción de la Matriz.
31 "Solicitud y Certificado...", f.
Algunos de los datos extraídos de la documentación testamentaria que aparecen citados en este párrafo corresponden a una investigación previa de Arturo Bentancur.
37 Se trataba de una limosna que se ofrecía "por la sepultura, aplicada a la fábrica de la Santa Iglesia Matriz".
AGN-AJ-PEP, Testamento de Domingo Bauzá, 1 de marzo de 1792, 1792, 1 (II), 68 Ortiz no sólo no dejó pasar la más mínima oportunidad de aumentar los ingresos de su iglesia, sino también se encargó de demostrar que, en tanto estuviera a su alcance, evitaría que éstos disminuyeran.
En noviembre de 1790 comenzaron las obras que finalizarían casi 3 décadas más tarde, en 1818, al completarse la torre derecha y los trabajos en la fachada.
Pero el 23 de junio de 1790, cuando el párroco se hallaba reuniendo el dinero necesario para llevar a cabo su proyecto, el Cabildo prohibió los entierros en el interior de las iglesias montevideanas, tanto en la Matriz como en la de San Francisco, 42 en el marco de las nuevas políticas sanitarias promovidas por las autoridades en todos sus dominios.
Enterado Ortiz de que en San Francisco se continuaban practicando entierros (dentro del templo y no fuera, como quedaba establecido) reaccionó rápidamente, y en oficio a los cabildantes reclamó el 8 de agosto un tratamiento igualitario, ya que como se consideraba "mayor honor enterrarse en la Iglesia" antes que en el cementerio vecino, la Matriz se vería "defraudada de la mayor parte de sus emolumentos" si era la única en respetar las normas.
El Cabildo aceptó lo demandado por el vicario, y reiteró que la mencionada prohibición regía para ambos templos.
43 La nueva iglesia fue consagrada por el obispo Benito Lué y Riega el 21 de octubre de 1804, en presencia de Ortiz y otros sacerdotes que luego se destacarían en el proceso independentista (Dámaso Larrañaga, Juan Francisco Larrobla, Pérez Castellano, etc.).
44 Había mejorado notablemente su situación material, hasta el punto en que los vecinos, representados en el Cabildo, solicitaron sin éxito en 1808 que "en consideración a lo magnífico del nuevo templo, a la numerosa población de [la] ciudad, y a lo crecido de sus rentas decimales y de las de su jurisdicción", fuera erigida "en Prioral o Colegiata".
b) 1808: Ortiz y la Junta de Gobierno montevideana
La invasión napoleónica a España y los confusos episodios que rodearon la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VII en abril de 1808 generaron reacciones dispares en el Río de la Plata.
Mientras en Buenos Aires el virrey Santiago Liniers puso reparos a jurar de inmediato fidelidad al nuevo monarca (ante la existencia de versiones de que éste había devuelto el trono a su padre), el gobernador de Montevideo, Francisco Javier de Elío, adoptó una postura españolista a ultranza y procedió en sentido opuesto.
Todas las noticias de lo ocurrido en España llegaron al Río de la Plata algo deformadas y con atraso: recién a fines de julio comenzó a conocerse aquí lo que en la península había tenido lugar tres meses antes.
No corresponde analizar ahora las características del enfrentamiento político entre las autoridades de la capital virreinal y las de Montevideo; sin embargo, los choques entre el gobierno leal a Fernando VII y el cura párroco serían ruidosos, y sus ecos llegarían hasta la misma metrópoli.
El 22 de setiembre se instaló en nuestra ciudad una Junta de Gobierno, presidida por Elío, enfrentada a Liniers y subordinada a la Junta Central peninsular.
Ya a esa altura, y por lo menos desde abril, las relaciones entre las autoridades políticas de la ciudad y Ortiz estaban en franco deterioro.
El cura vicario exhibía una muy marcada independencia de criterio en su forma de conducir la vida religiosa de la ciudad, lo que comenzaba a incomodar seriamente al cuerpo capitular.
Por ejemplo, ante la demora en terminarse las obras de la Matriz (consagrada, como vimos, 4 años antes), se negaba a trasladar al nuevo edificio el sacramento de la Eucaristía, que mantenía en la vieja iglesia provisoria.
46 Pero los encontronazos con el Cabildo se multiplicaron en setiembre.
En ese entonces, la actitud decididamente "fernandista" del gobernador Elío no fue acompañada por el párroco, que pareció acercar sus posturas a las del gobierno virreinal.
Autores como Luis Astigarraga sostienen que Ortiz era partidario inequívoco de Liniers, 47 y aunque la documentación no permite hacer una afirmación tan rotunda, lo cierto es que sus opciones lo ubican en esa dirección.
Al Cabildo abierto del 21 de setiembre, que proclamó la instalación de una Junta leal al monarca español, acudieron otros religiosos ya mencionados, como Larrañaga o Pérez Castellano, pero no Ortiz, que adujo problemas de salud, y se marchó al campo, pasando luego a Buenos Aires.
Muchos miembros del Cabildo, que ya conocían la fuerte personalidad del párroco, interpretaron aquello como un rechazo liso y llano al movimiento juntista.
a celebrar el cumpleaños del rey Fernando VII.
Para escándalo de al menos una parte de los montevideanos, los días 13 y 14 de octubre (o sea, la víspera y el aniversario del monarca) parecieron absolutamente normales para la Iglesia Matriz, cuando todos esperaban que fuera especialmente engalanada y sus campanas tañeran como era costumbre en estos casos, ni tampoco, según algunas denuncias, Ortiz adornó su casa particular, como se estilaba.
Hasta la iglesia se acercó un grupo de vecinos enardecidos que, con amenazas de derribar sus puertas, exigían se festejara de acuerdo con lo anunciado por el gobierno.
Uno de ellos, Manuel García, declaró luego que al procurar convencer a Ortiz de que reviera su posición, el cura contestó "que qué empeño tenían en que se tocasen las referidas campanas, que cada cual cuidase de su casa, [...] que él no daba las llaves, ni menos mandaba tocar las campanas".
Finalmente, el grupo reunido en la iglesia forzó la puerta y se apoderó del campanario, logrando así su propósito.
48 Elío escribió entonces al obispo Lué, denunciando a Ortiz y "su pluma siempre propensa a deslizarse contra la autoridad".
Señaló la inconveniencia de que continuara en su puesto un sacerdote que "de nada cuida[ba] menos que de pacificar los ánimos", 49 y yendo más lejos expresó en otro oficio posterior que tanto Ortiz como el obispo habían tenido escaso valor para defender la causa de Fernando, escudándose en la seguridad de la distancia.
50 En otra carta, dirigida esta vez al párroco, anunció que no se le permitiría regresar a Montevideo puesto que "ni [la Junta] ni el pueblo quieren un pastor que a la más mínima tempestad abandone su rebaño".
Hizo además una delimitación de los bandos muy interesante, al sentenciar que de un lado estaban "los preceptos de esa superioridad que V.M. nombra" (en alusión a las órdenes que el obispo impartía) y del otro la causa religiosa aliada a la defensa de la monarquía, o en palabras del propio Elío, "Jesucristo y los sentimientos de un buen español".
51 Como elemento de presión adicional, el Cabildo votó la asignación de 4.000 pesos para la con-48 Información acerca de la conducta del cura de la Matriz P. Juan J. Ortiz promovida a instancias del Cabildo, 22 de octubre al 14 de diciembre de La Junta sevillana ordenó al obispo de Buenos Aires tomar las medidas que creyera oportunas, 55 pero Lué no relevó a Ortiz.
Tal vez resultaron convincentes las explicaciones que el vicario diera en setiembre de 1809.
En un extenso escrito el sacerdote sostuvo que su ausencia de la ciudad de Montevideo se debió en un comienzo pura y exclusivamente a razones de salud.
"Usted sabe y es testigo ocular sobre toda excepción de mi debilísima natural complexión.
Desde que V.S.I. dignamente ocupa la sede Episcopal tiene repetida experiencia de mis continuos achaques."
Instalado en el campo y luego en Buenos Aires, lugar natal y residencia familiar, el vicario se encontró con el surgimiento del movimiento juntista, al que no adhirió, según dijo, por respeto a las normas: sus promotores "tomaron la resolución de sustraerse de la obediencia del Excelentísimo Señor Virrey de estas Provincias y Tribunal de la Real Hacienda", procedimiento que juzgaba "escandaloso [...] e inconciliable con el amor y respeto que debemos a nuestro soberano".
El texto abunda en otras precisiones.
La aparente prescidencia de Ortiz en ocasión de celebrarse el cumpleaños de Fernando VII fue explicada de esta forma: las actividades de estilo se vieron interrumpidas por un grupo de individuos que amenazaron al vicario y la integridad material de la Matriz, ante la pasividad gubernamental.
Además, era obligación del párroco "comportarse en todas las ocasiones, aún aquellas de suma ale-52 Acuerdo del Cabildo de Montevideo, 27 de noviembre de 1808, Revista..., n.o 9, pág. 185.
54 Sansón, Tomás: "La religiosidad de Artigas", en Frega, Ana -Islas, Ariadna, Nuevas miradas en torno al Artiguismo, Departamento de Publicaciones de la FHCE-UDELAR, Montevideo, 2001, pág. 263.
55 Acordada de la Junta Central sobre la conducta del cura Juan J. Ortiz, Sevilla, 11 de agosto de 1809, Frega-Islas: Nuevas miradas..., págs. 180-181. gría en los Pueblos, uniendo siempre el gozo con la moderación".
"Es cierto que no se me ha visto en las calles victoreando a nuestro Monarca y dando voces como un frenético", señalaba Ortiz con un toque de ironía propia de un ilustrado, aclarando que contra lo denunciado su casa sí estaba iluminada.
Responsabilizó a su espíritu de colaboración y al Cabildo del escaso despliegue, al subrayar que "hubiera sido más completa la iluminación si no hubiese sido tan condescendiente con la súplica que se me hizo de parte del Ilustre Cabildo por uno de sus Regidores, prestándole los vasos o candilejas de barro para iluminar la casa consistorial, los que hasta el presente no tengo noticia se me hayan devuelto".
56 Mientras este debate se prolongaba, el momento del estallido revolucionario estaba próximo, y con él llegarían nuevos problemas y motivos de discusión entre la jerarquía religiosa y las autoridades políticas de la ciudad.
Las relaciones entre el clero y la revolución en América han sido motivo de numerosos estudios, más o menos penetrados por vocaciones científicas o apologéticas.
En cualquier caso, la fuerte participación del personal eclesiástico en la instancia independentista está fuera de toda duda.
Más discutibles son las razones por las cuales ese hecho se produjo, o mejor dicho, es posible interpretar de diferentes formas los motivos que impulsaron a cada uno de aquellos clérigos a incorporarse a las distintas tendencias del movimiento insurreccional, ya se trate del escenario global americano, 57 como del más específicamente rioplatense.
57 Es de sumo interés comparar los casos novohispano y rioplatense.
En México, los clérigos revolucionarios fundaron su enorme trascendencia mucho más en elementos discursivos y simbólicos de corte religioso, y mucho menos en ideas vinculadas a la soberanía popular y los derechos del hombre, que sus pares del sur continental.
En este sentido resulta esclarecedora la lectura de Brading, David: Orbe indiano.
58 Para una aproximación a esta temática es muy sugerente el planteo que realiza Di Stefano en "La revolución de las almas: religión y política en el Río de la Plata insurrecto (1810-1830)", en Calvo, Nancy -Di Stefano, Roberto -Gallo, Klaus (comps.): Los curas de la Revolución.
Vidas de eclesiásticos en los orígenes de la Nación, Emecé, Buenos Aires, 2002, especialmente págs. 17-27.
un grande deseo de independencia [...], y así es que en el estado eclesiástico, tanto secular como regular es donde más fuertemente se manifiestan las ideas [de] la libertad".
59 Tal vez no fueran los religiosos quienes más fuertemente manifestaban tales pensamientos, o tal vez sí; pero los dichos de Salazar revelan que para los defensores del vínculo colonial, el hecho de que alguien tan representativo del Antiguo Régimen como el sacerdote se alzara junto a los revolucionarios, o como uno de ellos, fue un golpe bajo y dejó un sabor muy amargo.
Pero, ¿hubiera podido ser de otro modo?
Parece que no; el análisis debe tener presente el contexto de "unanimidad católica" colonial, en la cual los campos de la religión y la política no se encontraban separados del modo en que los hallamos hoy en día.
Es por eso que cuando en 1808 Elío criticaba al obispo de Buenos Aires, y por su intermedio a Ortiz, señalando que la intromisión en asuntos políticos no era de la incumbencia del clero, estaba haciendo una lectura equivocada de la realidad.
Era más bien inevitable que los curas intervinieran, con ideas y con hechos, en este proceso.
Ahora bien, sin extendernos más en estas consideraciones, ¿cómo fue la inserción de Juan José Ortiz en el proceso revolucionario rioplatense?
Como "cura revolucionario", nuestro personaje aparece muy poco mencionado en los estudios existentes.
Tras los sucesos de mayo de 1810, Ortiz abandonó la ciudad y se instaló en Buenos Aires.
Sin embargo, dada su condición de cura y vicario propietario, conservaba su condición de párroco de Montevideo, lo que generaba no pocos inconvenientes puesto que al ser también juez eclesiástico, el funcionamiento regular de la vida religiosa se veía distorsionado.
Al finalizar el primer sitio a la ciudad, regresó y se hizo cargo nuevamente de sus tareas; desde enero de 1812 su firma reaparece en los libros de bautismos.
Pero iniciado el segundo sitio, en octubre de ese año, Ortiz abandonó nuevamente la plaza, que quedaba a esa altura como último punto controlado por los españoles en la costa rioplatense.
Su ausencia despertó las iras de Gaspar de Vigodet, gobernador de Montevideo desde 1810, que decidió zanjar la cuestión convocando en agosto de 1813 una junta de teólogos para que determinaran si en su carácter de párroco partidario de un gobierno enemigo, como el de Buenos Aires, Ortiz podía o no ser destituido del curato de la Matriz.
Según la crónica que nos ha dejado Bartolomé Muñoz en su Diario del Segundo Sitio 59 José María Salazar al Secretario de Estado y Despacho Universal de Marina, 4 de junio de 1810, Mayo documental, tomo XI, Facultad de Filosofía y Letras -Instituto de Historia Argentina "Dr. Emilio Ravignani" -Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1965, pág. 255.
de Montevideo, la mayoría de los sacerdotes así reunidos determinaron que tal remoción no tenía lugar, pero Vigodet decidió de todos modos sustituirlo por José Redruello, que no por casualidad era uno de los partidarios de la expulsión.
60 Ortiz no fue uno de los religiosos con mayor protagonismo en todo este movimiento; su participación en filas revolucionarias no tuvo una relevancia como la de Santiago Figueredo, José Valentín Gómez o Dámaso Larrañaga, por mencionar algunos de los casos más notables.
61 ¿Falta de oportunidades, o de una voluntad que lo llevara a comprometerse más a fondo con la lucha política?
Con todo, es visible en Ortiz una gran afinidad con la orientación que imprimía a la revolución el gobierno de Buenos Aires, en contraposición a esa otra vertiente más radical, federalista y agrarista que representaba el sector conducido por José Artigas.
La postura de Ortiz se destacó, además, por su consecuencia; no se reconocen en él (al menos no en forma estridente) señales de un pragmatismo político e ideológico similar al de otros clérigos protagonistas, como Larrañaga o Pérez Castellano.
62 Hacia finales de 1813, en el tercer año de la revolución, la Banda Oriental, ya convertida en Provincia, era el reducto más fuerte del artiguismo.
Las diferencias entre esta tendencia y el gobierno bonaerense iban en aumento.
En noviembre fue convocado un congreso de diputados de los pueblos provinciales a sesionar en el paraje de Capilla Maciel, cerca de Montevideo.
Dicho congreso había sido convocado a los efectos de elegir nuevamente a los diputados orientales ante la Asamblea de las Provincias Unidas del Río de la Plata (reunida en Buenos Aires), luego de que fueran rechazados los representantes electos en un anterior congreso (conocido como Congreso de Abril o de Tres Cruces, por el lugar en que sesionó) 61 Sansón: "La religiosidad...", págs. 262-265.
62 Este "pragmatismo" hace referencia a las actitudes de estos dos sacerdotes (valoradas de diferentes maneras por los historiadores uruguayos) hacia las distintas potencias que invadieron el territorio oriental: en el caso de Pérez Castellano, ante los ingleses (1807); en el de Larrañaga, ante las tropas portuguesas (1817).
Ambos mostraron (por diversas razones que no viene al caso analizar aquí) gran disposición a convivir con las fuerzas de ocupación en unos términos tan pacíficos que no excluían, particularmente en el caso de Larrañaga, la más amplia colaboración con aquéllas.
Agreguemos simplemente que el primero de los mencionados recibió duras críticas de Ortiz por su disposición al entendimiento con los ingleses, según su propio relato, en Pérez Castellano: Selección de escritos..., pág. 45.
IGLESIA Y CRISIS MONÁRQUICA EN EL RÍO DE LA PLATA
Al nuevo encuentro concurrieron como delegados de los exiliados montevideanos partidarios de la revolución, Juan José Durán (elegido por 66 votos) y Ortiz (que sumó 55).
63 El congreso sesionó entre el 8 y el 10 de diciembre, presidido por el Gral.
José Rondeau, importante jefe militar que pese a responder a Buenos Aires gozaba de la confianza de Artigas.
En este congreso tendrían lugar episodios claramente demostrativos de la centralidad alcanzada en aquella coyuntura por la figura del sacerdote-político.
Ortiz se encontró ante una situación un tanto curiosa; según Pérez Castellano (que participó como delegado de los vecinos del pueblo de Minas, en el este de la provincia) se convirtió en vocero involuntario de dos pueblos diferentes, Montevideo y Rosario, ya que el delegado de este último, Julián Sánchez, que "según su aspecto podía muy bien pasar de los ochenta años, era sordo casi como una tapia, y siempre que [se] votaba algo, se le preguntaba [...] cuál era su voto [...] a voces y acercándosele al oído [...] y constantemente respondía que [...] era el del Sr. Juan José Ortiz."
Por tal razón, en los días siguientes se solicitó a Sánchez que tomara asiento cerca del clérigo, para así poder evitar la gritería.
64 Cuestión anecdótica, tal vez, pero sin duda sintomática.
Más trascendente sería una intervención de Ortiz, rechazando con dureza un pedido de José Artigas para que se anularan las resoluciones del congreso.
En efecto, el 10 de diciembre, último día de sesiones, Artigas envió una carta que contenía el siguiente planteo: dado que los delegados no habían pasado antes por su campamento a examinar las actas del Congreso de Abril (como se les había pedido), lo actuado en Capilla Maciel violentaba las resoluciones anteriores y carecía de valor.
Según informó un asistente al congreso cuya identidad desconocemos, tras esos cuestionamientos, los congresales permanecieron en silencio un largo rato.
Fue entonces que Ortiz, "cual víbora la más furiosa que [...]
Elector Ortiz [...]", incluyendo algunos que hasta ese entonces siempre habían estado de acuerdo con las directivas del caudillo.
65 Haya sido exactamente esto lo que ocurrió o no, lo cierto es que poco tiempo después se consumó la ruptura de Artigas con el gobierno porteño.
66 El caudillo oriental abandonó el asedio a Montevideo en enero de 1814, mientras que Ortiz permaneció junto a los sitiadores comandados por Rondeau hasta abril, 67 cuando se marchó a Buenos Aires para regresar más tarde e ingresar a la ciudad el 21 de junio, con las fuerzas comandadas por Carlos María de Alvear, que pusieron punto final a la presencia española en territorio rioplatense.
De inmediato intentó reorganizar la vida religiosa de la Iglesia Matriz, en la que encontró una "notoria falta de todo lo preciso a la decencia del culto".
68 Con la ocupación porteña de la ciudad se entregó nuevamente a las tareas parroquiales, de las cuales se apartó solamente para co-redactar las instrucciones que los diputados de la provincia debían llevar ante la Asamblea General Constituyente, documento en el que fundamentalmente se abordaban distintas cuestiones económicas y lo referente a la delimitación de las propiedades.
69 Buenos Aires, dos en Montevideo), a las que ordenó vender y repartir el dinero en algunos casos, o donar en otros; una de ellas era un inmueble afectado a una capellanía, a cambio de lo cual había tomado a censo 1.555 pesos.
Tenía al momento de su muerte 6 esclavos, 4 mujeres y 2 varones; a quienes dispuso dejar en libertad cuando cumplieran 20 años, mientras que en el caso de las mujeres resolvió que las tres solteras permanecieran esclavas hasta el momento de casarse, dejando en libertad inmediata a la cuarta por haber ya contraído matrimonio.
72 Donó sus libros a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, pero enterado José Artigas de esta determinación, los consideró "propiedad extraña" e intentó incorporarlos -al parecer sin éxito-73 al acervo de la futura Biblioteca Nacional de Montevideo (que sería fundada por Dámaso Larrañaga en 1816).
74 Digamos, por último, que el trecho final de su vida tuvo una cierta similitud con el de otro destacado clérigo de este tiempo, José Valentín Gómez, quien formara parte del ejército artiguista y recibiera elogios del caudillo por su capacidad y arrojo en el combate de Las Piedras (18 de mayo de 1811).
Ambos fueron exponentes de esa clase sacerdotal que de diferentes modos se sintió llamada en la hora de las armas independentistas; ambos, también, abandonaron la vida política casi por completo para entregarse a las faenas religiosas una vez que -aparentemente-consideraron concluida su función en el campo político y militar, zona vital de reducida extensión, pero recorrida con intensidad, en el caso de Ortiz.
Pero a diferencia de Gómez, despedido en su funeral por gran cantidad de personas, 75 el del cura vicario de Montevideo fue un entierro muy sencillo, y en nuestros días se ignora en qué sitio reposan sus restos.
Sabemos que fue sepultado, eso sí, en el cementerio de su Iglesia Matriz.
73 El inventario de los primeros fondos bibliográficos de esta institución no registra materiales procedentes de la biblioteca de Ortiz.
Para este punto, consúltese Narancio, Edmundo: "Introducción" a Oración inaugural que en la apertura de la Biblioteca Pública de Montevideo, celebrada en sus fiestas mayas de 1816, dixo D.A.L.
[Dámaso Antonio Larrañaga] director de este establecimiento [edición facsimilar], Montevideo, Biblioteca de Impresos Raros Americanos (tomo II), Instituto de Investigaciones Históricas -Facultad de Humanidades y Ciencias [anterior denominación de la FHCE] -UDELAR, 1951, pág. 15.
75 Ternavasio, Marcela: "José Valentín Gómez (1774-1839) y el valor de la palabra en la disputa política revolucionaria", en Calvo -Di Stefano -Gallo (comps.), Los curas de la Revolución..., págs. 171-200. |
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Construcciones identitarias y sentidos de pertenencia en el espacio surandino al finalizar la guerra de independencia.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ
Desde las últimas décadas del siglo XX varios trabajos han abordado de manera renovada el estudio de la conformación de los estados nacionales en Hispanoamérica durante la centuria decimonónica, proceso desatado a partir de la crisis monárquica y resultante de un período de guerras que se inició en el decenio de 1810.
1 Tempranamente la cuestión territorial se tornó significativa a medida que distintos colectivos reclamaron derechos sobre el territorio que habitaban y sobre el cual aspiraban a ejercer el poder.
2 El ejercicio de la soberanía, las guerras y los reordenamientos jurisdiccionales desdibujaron las divisiones administrativas coloniales y en el caso del Río de la Plata dieron origen a la conformación de las provincias como entidades soberanas.
3 En este contexto de cambios, los sujetos no dejaron de elaborar sentidos de pertenencia en relación a una o más comunidades en particular.
José Carlos Chiaramonte señaló la coexistencia de tres formas de identidad política hacia 1810 en el espacio rioplatense: una identidad hispanoamericana como prolongación de lo español americano en tanto diferenciación a escala imperial; otra identidad definida como provincial «asentada en el sentimiento lugareño», y la identidad rioplatense o porteña que irá adquiriendo la denominación de «argentina».
Se trata de una coexistencia que tiene significatividad al considerarlas como «formas alternativas de satisfacer la necesidad de organizar un nuevo estado que suplantase al dominio hispano».
4 La producción historiográfica posterior ha dado cuenta de la emergencia de identidades sociales y políticas durante esa primera mitad del siglo XIX a partir de la guerra de independencia y el surgimiento de las provincias como estados independientes luego de la caída del Directorio (1820).
En Buenos Aires, capital del virreinato del Río de la Plata, se desconoció al Consejo de Regencia, lo que dio lugar a la conformación de una junta de gobierno en nombre de Fernando VII.
Las nuevas autoridades invitaron a los cabildos de las ciudades que integraban el virreinato a enviar diputados para su incorporación a la junta.
Aun cuando las provincias «no eran parte de un Estado superior a ellas», conservaron la denominación por la vigencia de la tradición administrativa española y «la fugaz calidad de provincias propiamente dichas que les otorgaban los breves lapsos de existencia de gobiernos centrales rioplatenses, tales como el Directorio [1814-1820] o la presidencia de Rivadavia [1826-1827]».
Hacer foco en los espacios provinciales que resultaron fronteras políticas con otros estados nacionales puede contribuir a la reflexión sobre algunos de los derroteros posibles en la conformación de las autorreferencialidades locales y en la articulación de estos procesos con otros colectivos supraprovinciales.
En este escrito analizaremos los procesos de construcciones identitarias en el espacio surandino en el contexto de las relaciones entre la provincia de Salta y la República de Bolivia creada en 1825.
6 En ambos espacios, sectores de las elites invocaron denominaciones para los habitantes de estos territorios que estaban conformándose en soberanos durante la década de 1820, por lo que es un objetivo de este estudio indagar en los sentidos de pertenencia respecto a estas comunidades políticas.
Los gentilicios abajeños, argentinos, altoperuanos y bolivianos remiten a referencias identitarias, de allí la importancia de historizar estas identidades para determinar los «contextos [en los que] se activan o no ciertas marcas».
7 Una aproximación a la temática será a partir de ubicar algunas líneas de análisis en torno a las cuestiones identitarias y los vínculos que otorgaban pertenencia a las comunidades abrevando en los planteos generales de los aportes historiográficos de las últimas décadas.
Luego consideraremos los casos de Salta y Bolivia en la conformación de la frontera para analizar las marcas identitarias emergentes en la construcción discursiva de las diferencias por parte de algunos actores de las elites locales.
La indagación comprenderá el interregno 1824-1826, coincidente con la culminación de la guerra de independencia, la diferenciación política y jurisdiccional gestada entre Salta y los territorios del Alto Perú a partir de la conformación del estado de Bolivia, 8 y el inicio del faccionalismo político de alcances regionales.
9 Las representaciones de quienes tuvieron participación en la arena política acerca de la situación de Salta y de Bolivia se hicieron manifiestas en relación a las otras provincias argentinas y a Buenos Aires, también entre la provincia salteña y la nueva república.
Se trata de una coyuntura interesante por las 6 Antes y después del período de estudio, el noroeste de los territorios que conformarán la Argentina, sobre todo Jujuy y Salta, y el suroeste de Bolivia estuvieron vinculados por lazos culturales, económicos, poblacionales y familiares, los cuales hacen inteligible su pertenencia a un espacio que la historiografía regional reconoce como surandino o Andes meridionales.
8 Durante la reorganización administrativa colonial borbónica, la jurisdicción de Charcas pasó a depender del Virreinato del Río de la Plata con la denominación de Alto Perú.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ expresiones de pertenencia que aparecen asociadas a las configuraciones territoriales y a los proyectos de integración a comunidades políticas que se encontraban en formación.
Vínculos y pertenencias en la conformación de la provincia de Salta
La comunidad local nucleada en torno a la ciudad, que otorgaba rasgos de identificación y de pertenencia en la época colonial, se vio redefinida en clave política a partir de la revolución de independencia.
Fue en ese sentido político que lo local reclamó autonomía, resignificando las múltiples identidades construidas en el período colonial.
10 Se trata de un sentimiento lugareño colectivo, fortalecido luego del fracaso de los intentos constitucionalistas y de unidad en las Provincias del Río de la Plata, 11 que asumió una forma política al proyectar un «manejo autónomo del poder».
12 Este pasaje se advierte también en la conformación de grupos y redes familiares y de poder.
En Salta a fines del siglo XVIII prevalecían -aunque no exentas de conflictos-redes sociales conformadas desde solidaridades basadas en el parentesco, la amistad, el paisanaje, combinadas con los lazos forjados a partir de la participación en los mismos circuitos mercantiles, que a su vez se cimentaban en vínculos personales.
Desde la creación de la Intendencia de Salta del Tucumán, la ciudad de Salta recibió la afluencia de funcionarios enviados por la Corona, los cuales constituyeron un factor que dinamizaba y complejizaba el espacio social local.
Las reformas administrativas derivadas de este proceso impactaron al interior de la elite plasmando diferencias previas y conflictos nuevos en el marco de la lucha por las atribuciones y jurisdicción de la intendencia y los distintos cabildos.
13 El espacio económico también sintió el impacto del proceso de mercantilización, producto entre otras cuestiones del ascenso comercial del puerto de Buenos Aires y de la recuperación de la minería peruana y altoperuana.
La ciudad -eje de tres circuitos comerciales, de los cuales el más importante unía Buenos Aires con el Perú, articulando un comercio de gran escala-14 asistió a una 10 Guerra, 1995, 214-228.
Durante este período se declaró la independencia de las Provincias del Río de la Plata (1816) y se proclamó una constitución unitaria que fue rechazada por las provincias (1819).
reactivación económica y un crecimiento poblacional que se expresó por un mayor flujo comercial.
A raíz de este impulso mercantil arribó a la ciudad de Salta un importante número de comerciantes peninsulares y de otras regiones del virreinato, 15 quienes fueron protagonistas de un proceso de ascenso social ya que, si bien no detentaban linaje, prestigio social y poder como las familias tradicionales, lograron acumular riquezas a través de sus actividades económicas y las redes sociales que construyeron.
16 Por su parte, la elite salteña debió adecuarse a la dinámica de la actividad económica y buscó alianzas con el sector de comerciantes, a fin de unir riqueza y linaje y permanecer en la cúspide de la jerarquía social.
17 La coyuntura abierta en 1810 fracturó algunas de esas alianzas y las redefinió, incluso a nivel familiar.
La participación de integrantes de una misma familia en bandos opuestos, la alineación de los miembros en los diferentes conflictos, las rupturas generacionales, permiten observar una lógica en la cual lo político aparece como parte de las relaciones y lazos que vinculan a los individuos, sumándose y superponiéndose a otros vínculos de tipo familiar, religioso o comercial, en una compleja trama de intereses y oportunidades.
18 Con la ruptura revolucionaria los alineamientos políticos comenzaron a prevalecer frente a las lealtades familiares.
19 Los miembros de la elite local debieron optar rápidamente por el bando revolucionario o realista.
Los estancieros y hacendados locales apoyaron el pronunciamiento de la Junta de Buenos Aires y esto quedó expresado en la composición del cabildo local.
Marcelo Marchionni sostiene que a partir de 1810 los principales comerciantes peninsulares que habían tenido destacada actuación en el cabildo desaparecieron de los cargos capitulares, 20 quedando el cabildo en manos de los propietarios de tierras y los sectores más vinculados a ellos.
Teniendo en cuenta enfrentamientos anteriores, el autor afirma que «la revolución significó la consolidación de las familias tradicionales de propietarios de tierras que se habían encolumnado en la defensa de las prerrogativas del Cabildo», 21 a los que se sumaron los comerciantes que 15 Mata, 1993.
19 Para el caso salteño, se indagaron en otros trabajos los derroteros de algunos grupos familiares durante el proceso revolucionario, a partir de la reconstrucción de redes y alianzas forjadas en el período finicolonial y que se reestructuraron con la revolución.
Los casos estudiados refieren a familias de la elite local como los Ruiz Gauna, Costas, Uriburu y Figueroa.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ adhirieron a la revolución.
Sin embargo, el sector realista tendrá en Salta una importante presencia, que tiene relación con el apoyo brindado por parte de la elite local a los funcionarios borbónicos.
22 Este «partido realista» aseguró la adhesión a la causa del rey, articulando mecanismos para el sostén del ejército o la presencia de los jefes militares en la ciudad.
23 Los nuevos vínculos implicaron nuevas figuras identitarias y la guerra desorganizó las pertenencias espaciales de quienes estuvieron involucrados en el conflicto.
24 En el caso de la familia Costas resulta interesante analizar cómo impactó la guerra y la conformación progresiva de fronteras estatales al interior de grupos de la elite local con vínculos familiares y comerciales que exceden el espacio local.
25 Los miembros de esta familia se dispersaron a raíz de sus actividades comerciales y profesionales por distintas ciudades del virreinato, particularmente los varones, permaneciendo las mujeres en tierra salteña.
Iniciado el proceso revolucionario, la familia Costas integraba el «partido realista», mientras que otra rama familiar -los Ruiz Gauna-se adhirieron a la causa revolucionaria.
La figura central de la red familiar Costas era Francisco Avelino y la integraban dos de sus hermanos: Juan Manuel, exiliado en Puno desde 1819 donde falleció sin regresar a Salta, 26 y Santiago, deán de la catedral de Potosí.
27 También formaban parte de la red tres de sus cuñados: Rafael de Echenique, casado con Francisca, 28 Juan Antonio de Murúa, casado con Manuela Antonia, 29 y Agustín de Gasteaburu, casado con Liberata.
Otro integrante fue Rafael Peró, quien llegó al Callao en 1816 para combatir en los ejércitos reales y al finalizar la guerra se avecindó en Salta y contrajo matrimonio con Josefa Costas Frías, hija de Francisco Avelino.
25 Francisco Manuel Costas llegó a la ciudad de Salta a mediados de la década de 1760 y se vinculó a otra familia ya asentada en la región desde principios del siglo XVIII, los Ruiz Gauna.
Su matrimonio lo incorporó a esta red familiar que si bien no formaba parte del sector más tradicional de la elite salteña, se encontraba vinculada a esos sectores.
Francisco M. Costas se dedicaba principalmente al comercio de efectos de Castilla, vinculándose con comerciantes locales y de Buenos Aires, con los cuales conformó redes mercantiles.
A la muerte de Francisco Manuel, producida en los primeros años del siglo XIX, le sucedieron sus nueve hijos.
CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA revela esencial en su accionar, desprendiéndose de la red formada por su padre junto a su familia política, los Ruiz Gauna, a quienes ahora se encontraba enfrentado.
31 Esta red familiar excede los límites de la ciudad y su jurisdicción.
Santiago Costas luego de ordenarse sacerdote se desempeñó en la ciudad de Cochabamba 32 y en tiempos de las guerras de independencia fue deán de la catedral de Potosí, mientras que Juan Manuel se casó en Abancay (provincia del Cuzco) donde se avecindó, 33 en 1816 se encontraba como comandante en Tarija y a partir de 1819 se exilió definitivamente en Puno.
Esta presencia y conocimiento del espacio les permitió movilizarse y seguir los avatares de la guerra como parte de las tropas realistas o exiliándose en los reductos realistas altoperuanos.
Así, otros vecinos de la intendencia como Pedro Antonio Olañeta, Guillermo Marquiegui o Saturnino Castro también emigraron luego de la batalla de Salta (1813) con el ejército de Pío Tristán.
34 Sin embargo, aun en tiempos de avances y triunfos de los ejércitos revolucionarios, la presencia realista en Salta se mantuvo y se articularon mecanismos para ayudar a los enrolados en la causa del rey.
35 La presencia y el accionar de las mujeres constituye una clave para ahondar el estudio y la comprensión de este período.
36 La historiografía local ha rescatado el accionar de algunas mujeres en la lucha contra el enemigo realista, pero también es interesante mostrar la actitud de madres y hermanas que actuaron acompañando a los jefes de las familias entre los leales a la monarquía española.
Estas mujeres, que permanecieron en sus ciudades cuando los hombres partieron, son quienes continuaron con las actividades cotidianas y se hicieron cargo de distintas operaciones para mantener los negocios familiares, a la par que prestaron auxilio a las tropas realistas.
Estos registros también nos permiten observar las vinculaciones existentes entre las distintas familias realistas, vínculos entretejidos a partir de las mujeres.
Así, Eulalia Costas, hermana de Francisco Avelino, fue «encargada especial» en la ciudad de Salta de Josefa Marquiegui de Olañeta, 37 quien permaneció en Jujuy aun cuando su marido y hermanos abandonaron la misma con los ejércitos de Pío Tristán y las 31 Quiñonez, 2007, 13.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ siguientes retiradas del ejército realista.
Por su parte, el coronel Guillermo Marquiegui figura como apoderado de María Ignacia Ruiz Gauna mientras las tropas ocupaban Salta en 1821.
38 Pero estos vínculos también se expresaron en auxilio de las tropas realistas durante los últimos esfuerzos por recuperar las ciudades de Salta y Jujuy para la causa del rey.
En mayo de año 1821 María Ignacia Ruiz Gauna (madre de Francisco Avelino Costas) y una de sus hijas se presentaron ante el gobernador intendente de Salta, José Ignacio Gorriti, para auxiliar al coronel Juan Guillermo Marquiegui y a su hermano, quienes se hallaban bajo arresto, y pidieron fueran trasladados a su domicilio, ya que «uno y otro se hallan gravemente heridos, a fin de proporcionarles con más comodidad los medicamentos y asistencias necesarias».
39 En este auxilio a los Marquiegui, las dos mujeres no solo comprometieron su nombre sino también sus propiedades, hipotecando tres fincas de la familia, haciendo de «causa ajena suya propia».
El respaldo otorgado por ambas a los Marquiegui fue significativo en tanto ambos hermanos eran reconocidos militares de los ejércitos del rey, mostrando además que no disminuyó el fervor realista de la familia Costas.
Para inicios del siglo XIX, Jaime Peire postula la construcción de una autorreferencialidad en Buenos Aires a partir de «las patrias» que fueron surgiendo.
Desde el periódico Telégrafo Mercantil, se promovía una patria que coincidía con el espacio de «las Provincias del Río de la Plata, que constituían el virreinato de creación muy reciente [1776]», y aludía a «Buenos Aires y sus Provincias».
En el interregno 1801-1806, este autor analiza el despliegue temático de una patria asentada en la imagen del poderío económico del Río de la Plata y por la cual Buenos Aires aparece en la construcción de procesos de identificación a partir de un espejo autocelebratorio.
40 Esto implica considerar otra veta del proceso, la transición del patriotismo del antiguo régimen -donde el sentido de pertenencia estaba en el rey, la religión y el estado-hacia un patriotismo que se fue configurando desde las dos victorias obtenidas por las milicias de Buenos Aires en las invasiones inglesas de 1806 y 1807,41 y que con la revolución depositó la fuente de sentido en el ejercicio de la soberanía una vez instalada la junta de gobierno en 1810.
42 Esa reversión de la soberanía terminó orientándose al CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA mínimo posible de cohesión política, es decir a las ciudades, como «las únicas capaces de establecer un rudimento de organización social para mantener el orden», lo que entró en tensión con las jerarquizaciones impuestas durante las reformas borbónicas.
Las ciudades y sus cabildos renegaron de la dependencia de otra entidad a la que consideraban igual, por lo que ese localismo municipal suprimió «el engranaje de las intendencias [y la] subordinación de unas ciudades respecto a otras».
43 Las provincias como nuevas entidades políticas fueron creadas por disposiciones de los gobiernos centrales en 1814; entre ellas se encontraban Entre Ríos y Corrientes, separadas de la intendencia de Buenos Aires; Salta y Tucumán por la división de la intendencia que tenía como ciudad cabecera a Salta.
Por otra parte, algunas elites dirigentes decidieron la segregación de sus ciudades de otras de las cuales dependían.
44 La conformación de la provincia suponía también una delimitación territorial, lo que acarreó conflictos durante la primera mitad del siglo XIX.
Salta, establecida como provincia por un decreto del Directorio en 1814, incluía un conjunto de ciudades en disímil situación: Salta, Jujuy, Orán, Tarija y Santa María.
Durante la guerra de independencia, Tarija se encontraba bajo el control de los ejércitos realistas.
Orán -de reciente creación-fue la única que permaneció subordinada a Salta.
Santa María, vinculada con Tucumán, nunca se encontró efectivamente unida a la provincia salteña y finalmente se mantuvo en la jurisdicción de Catamarca.
45 Por su parte, el cabildo de Jujuy reclamaba estar en igualdad respecto del de Salta, lo que se hizo explícito en ocasión de la elección de gobernador en 1815 y 1818.
46 Es necesario entonces entender el problema del poder y la soberanía en vinculación con la materialización de ese ejercicio de la autoridad en el territorio provincial.
47 Esto se visualiza con las ciudades que dieron forma a la provincia de Salta de manera discontinua.
Terminada la guerra de independencia, Tarija solo estuvo incorporada a la provincia en 1826 durante pocos meses, hasta que se unió a Bolivia, mientras que Jujuy permaneció hasta 1834.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ El período abierto en 1821 dio inicio al proceso de institucionalización de Salta con la creación de las Juntas Provincial y Permanente,48 y una configuración compleja, en tanto no existió «una unidad territorial con una ciudad cabecera que haya dado origen a la Provincia a partir de la jurisdicción del Cabildo».
49 Es importante tener en cuenta que la conformación de una unidad territorial, jurídica y política que expresara la existencia de la provincia de Salta no ocurrió sino hasta que Jujuy se autonomizó en 1834.
50 Marchionni sostiene que en el interregno de 1820 a 1830 «las primeras referencias textuales a entidades políticas supraprovinciales como pudiera ser la nación argentina» fueron débiles, así como escasas «las adscripciones que pudieran remitir a una identidad provincial».
Todo esto alerta acerca de la necesidad de pensar las construcciones identitarias y las pertenencias en vinculación con la cuestión territorial, dado que no existió una identidad única y uniforme en Salta a lo largo de la primera mitad del XIX.
51 De allí que resulte significativo prestar atención a coyunturas que pudieron actuar a manera de catalizadoras de sentidos de pertenencia, las cuales permitan indagar en los derroteros identitarios de las denominaciones argentinos, abajeños, altoperuanos y bolivianos.
Salta: la frontera de las Provincias Argentinas
La firma del armisticio en 1821 entre el jefe del ejército de vanguardia realista, el general Pedro Antonio Olañeta, y la fracción de las elites de Salta y Jujuy a través de los comisionados de los respectivos cabildos terminó con la guerra independentista en territorio salto-jujeño.
El armisticio estableció el retiro de las tropas realistas al Alto Perú y el compromiso de respetar los territorios gobernados por cada fuerza, permitiendo delinear espacios políticamente diferenciados a partir de establecer como límite la CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA quebrada de Humahuaca (mapa 1).
52 La frontera política pasaba a ser objeto de interés y se volvía necesario asegurar su defensa, 53 como se desprende del informe del gobernador Juan Antonio Álvarez de Arenales 54 a la Legislatura provincial:
Las tropas de línea, así los Dragones que hacen el servicio de vanguardia en la Quebrada de Humahuaca, como el batallón de Cazadores de nueva creación que existe en ésta, al mando de jefes distinguidos y expertos se conservan con una moral y disciplina laudable, y el Gobierno se promete de su fidelidad, orden y bravura, no solo la defensa y seguridad de la Provincia, si tambien otros servicios de alta importancia á toda la Nacion.
55 El fin de la guerra en territorio salteño significó para las provincias altoperuanas el fin de la posibilidad de alcanzar la independencia a partir de la acción de las provincias «de abajo», 56 ya que con la disolución del Directorio en Buenos Aires quedó trunco el proyecto para organizar una fuerza militar que «avanzara al Alto Perú en apoyo a la campaña de José de San Martín con el Perú».
57 La guerra siguió en el Alto Perú hasta la victoria del general Antonio José de Sucre sobre los ejércitos realistas en diciembre de 1824.
Mientras que en Salta, el gobernador José Ignacio Gorriti (1821-1823) desestimó la organización de fuerzas militares para avanzar hacia ese territorio.
Debido al entendimiento posible para firmar la paz entre España y Buenos Aires, que se estaba tramitando en 1822, no prosperó el apoyo político y económico para continuar la guerra en el Alto Perú.
No obstante lo establecido por el armisticio, el proyecto de liberar las provincias altoperuanas persistió entre algunos de los miembros de la elite salteña y otros actores militares que habían participado en las acciones a favor de la independencia, como los altoperuanos José María Pérez de Urdininea, Melchor Daza y Agustín Dávila.
53 La construcción de fronteras estatales implicó un proceso histórico específico y complejo.
Estas fronteras establecen los límites del territorio sobre el cual se pretende el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia.
55 Mensaje del Gobierno de Salta a la Cuarta Legislatura, Salta, 15 de diciembre de 1824, Archivo General de la Nación (AGN), Sala VII, Colección Celesia, Doc.
56 Delimitación espacial utilizada a partir de la percepción territorial en relación al Alto Perú/ Bolivia, vigente durante el período colonial y el siglo XIX.
Mata, 2005, 17 Aun cuando las autoridades porteñas designaron al gobernador salteño « jefe de la expedición a fin de reivindicar sus derechos sobre las provincias del Alto Perú», Arenales consideró «oportuno apoyar la reunión de un Congreso que decidiera el futuro de las provincias altoperuanas» ante el temor de que se desatara la anarquía.
63 También recibió instrucciones del Congreso reunido en Buenos Aires para no intervenir respecto a la decisión que tomarían los altoperuanos.
64 El gobierno de Buenos Aires estaba al tanto de las intenciones independentistas de sectores de la elite altoperuana, de jefes que habían actuado en el ejército realista y de integrantes de las expediciones provenientes desde el sur; 65 además en esos momentos suscitaba 59 No solo adhesiones políticas llevaron a algunos salteños a enrolarse en el bando realista, sino que los comerciantes trataban de salvar las rutas que unían al Alto Perú.
Halperin Donghi, 2002, 77 mayor preocupación la guerra inminente con el Brasil por la posesión de la Banda Oriental.
La expedición de Arenales llegó cuando ya se encontraba convocada la Asamblea que resolvería el destino de los antiguos territorios de la Audiencia de Charcas, novedad que el general Sucre puso «en conocimiento de los diferentes Gobiernos de las Provincias Unidas».
66 En mayo, el Congreso de Buenos Aires sancionó que las provincias altoperuanas dispongan «de su suerte», 67 renunciando a ejercer la jurisdicción que había mantenido sobre esos territorios hasta antes del armisticio de 1821.
68 En una misiva, Sucre escribía a Bolívar:
Dicen que el Gobierno y el partido ministerial han sostenido la independencia de estas provincias pero que el partido de oposición reclama la incorporación de ellas al Estado argentino; y que grandes debates hubo en el Congreso sobre el particular.
Parece que la provincia de Buenos Aires ha calculado que no está en sus intereses la reunión de estas provincias á la República.
69 Lo sancionado implicaba reconocer la autodeterminación de las provincias del Alto Perú y delimitaba un «nosotros» que hacía referencia al espacio rioplatense o argentino, con exclusión del altoperuano.
Jorge Myers señala que hacia la primera mitad de la década de 1820, los redactores del periódico El Argos de Buenos Aires reseñaban las informaciones sobre el Alto Perú en la sección «Noticias de Afuera», 70 mientras que aquellas sobre «Montevideo» o la «Banda Oriental» aparecían casi siempre colocadas bajo el rubro de las «Provincias del Río de la Plata» (a pesar de su incorporación como «provincia cisplatina» al Imperio Brasileño).
Conocida la independencia de Bolivia, los redactores procedieron a diferenciar al Alto Perú por su población, costumbres y permanencia de «quince años más bajo el régimen despótico español» respecto de las Provincias Unidas -especial-66 «Nota de Sucre al gobernador de Salta», Mojo, 10 de abril de 1825, AGN, Sala VII, Colección Celesia, Doc.
68 Entre 1814 y 1821 el movimiento insurgente en las provincias altoperuanas mantuvo relación con el Ejército de Buenos Aires a través de la mediación de los generales Álvarez de Arenales y Martín Güemes.
La subordinación de estas fuerzas supuso «para Buenos Aires conservar la legitimidad política sobre la jurisdicción territorial del ex virreinato».
El «partido ministerial» alude a una facción política en el Congreso, de tendencia unitaria y nucleada en torno a la figura de Bernardino Rivadavia, quien entre 1820-1824 ocupó el Ministerio de Gobierno de la provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Martín Rodríguez.
CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA mente de Buenos Aires-, las cuales en ese tiempo «se habían regenerado bajo la doble influencia de la experiencia de la libertad y del progreso de la ilustración».
71 Lo decidido por el Congreso estaba a contramano de las expectativas iniciales que abrigaron el gobierno y los integrantes de la Sala de Representantes de Salta, «la incorporación de las Provincias del Alto Perú», en tanto se trataba de «Provincias hermanas».
72 Las expectativas de los sectores de las elites salto-jujeñas se cimentaban también en la vinculación entre estos territorios y el Alto Perú, que se expresaban en los lazos comerciales de tradición colonial, en pautas culturales, de consumo y festividades compartidas.
Así mismo, hombres y mujeres se encontraban unidos por vínculos familiares, de amistad, de paisanaje.
El Alto Perú no constituía para los comerciantes y hacendados locales un alejado espacio de transacción, como para los comerciantes de Buenos Aires que tenían allí sus socios o dependientes, 73 sino que era un espacio vivido y transitado por ellos mismos o por sus parientes.
74 Para el caso de la familia Costas, algunos de los hijos de Avelino permanecieron luego de 1825 en la República de Bolivia y no regresaron a Salta.
Pascuala Bailona Costas Frías contrajo matrimonio en 1825 en Potosí con el general Juan Gregorio Fernández y luego se estableció en Sucre, 75 donde nacieron sus tres hijos; Pío Nemesio Costas Frías también se radicó en Sucre donde contrajo matrimonio con Virginia Fernández Saravia; y Ángel Costas Frías contrajo matrimonio en Santa Cruz de la Sierra con Francisca Justiniano Cuellar.
Por su parte, Josefa Costas Frías contrajo matrimonio en 1828 con Rafael Peró, militar realista quien luego de finalizada la guerra de independencia se avecindó en Salta.
Sin embargo, en la década de 1850 el matrimonio emigró y se instaló también en Sucre junto a sus hijos.
76 La nueva generación nacida o radicada en Bolivia unió a veces sus destinos entre sí, pero el apellido Costas desapareció paulatinamente en la rama boliviana de la familia.
Ángel Costas Frías tuvo tres hijas de su primer matrimonio -Delfina, Justa y Benita-que contrajeron matrimonio en 71 Myers, 2003, 54- La ruptura entre las dos ramas, y el olvido de cada una con respecto a la otra, ilustra un proceso fundamental en la construcción de las nuevas fronteras republicanas.
Pues, la construcción del Estado-Nación en el siglo XIX impuso, no menos que la construcción de una memoria compartida, el olvido colectivo como un mecanismo central en la delimitación de la nueva «nación».
78 El curso de los acontecimientos en 1825 y los ánimos imperantes entre los altoperuanos respecto al rumbo político a seguir, influyeron para que las autoridades salteñas acataran lo resuelto por el Congreso; además se encontraban alineadas políticamente con Buenos Aires y se reconocían parte integrante de un espacio argentino en formación.
El gentilicio argentino comenzaba a utilizarse para nominar a un territorio mayor y adherir a una identidad política argentina «de manera más amplia y general».
La convicción de destinos separados respecto a los ex territorios altoperuanos y la de la pertenencia argentina en vinculación a una nueva condición de frontera aparecen también esbozadas en un mensaje que el gobernador Arenales dirigía a la Junta Provincial a principios de 1826:
La conclusion de la guerra del Perû ha cambiado la posición de esta Provincia [Salta].
Después de haber sido por el largo espacio de quince años el cordon sanitario contra la maligna influencia de la tirania metropolitana, el antemural donde se ha estrellado constantemente el furor de los Exercitos españoles, y el teatro sangriento en que tantas veces se hizo admirar el valor y ardimiento de sus hijos, regando con su sangre el arbol sagrado de la libertad, empieza hoy a formar la frontera de las Provincias argentinas, y el punto de contacto de las relaciones de esta con la nueva Republica de Bolivia.
Esta circunstancia delicada demanda grandes consideraciones del Gobierno Nacional y de la Legislatura de la Provincia.
80 La memoria acerca del sostenimiento de la guerra independentista pasó a formar parte de los elementos heroicos que distinguían a Salta y aportaban un sentido de identificación, como expresaba el gobernador al aludir a la condición de antemural para impedir el avance del ejército realista.
Marchionni señala que las alusiones presentes en proclamas y escritos acerca del protagonismo de la provincia constituyen un elemento aglutinador y legitimador para las facciones que se ubicaban en el poder entre 1820-1830.
81 En 1826 la memoria acerca de la guerra era destacada por un lector salteño del periódico El Cóndor de Bolivia, quien se autoindentificaba como «Un Abajeño» que respondía las opiniones allí vertidas: «Todo el mundo sabe que los abajeños desde el año diez no han pertenecido sino al pendón de la libertad en todas partes y en todas las circunstancias, y que las han sabido criar y aprovechar para proclamarla y propagarla».
82 Por su parte, en la Legislatura, Arenales expresaba acerca de Salta: «una Provincia, que tiene tantos derechos para ser respetada por la bravura de sus hijos en la guerra, como por sus aptitudes para establecer la libertad civil».
83 Hacia el exterior, teniendo como interlocutores a editores y lectores del periódico boliviano, y hacia el interior de la misma provincia, con los representantes de la Junta, se recuperaba la lucha por la libertad durante la guerra como una marca identitaria de Salta.
De allí las expresiones acerca de que TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ la provincia sostuvo la guerra de la independencia «con valor y ardimiento de sus hijos» y que a partir de la conformación de la República de Bolivia le correspondía la función de defender esa frontera que tenía la condición de nacional.
Bolivia y la República Arjentina: la construcción de las diferencias
Esther Aillón Soria postula que «la experiencia de las expediciones porteñas» durante la guerra de independencia «marcó una diferenciación colectiva en la identidad de los altoperuanos, moviéndolos hacia un imaginario de autonomía respecto de un Virreinato del Perú (realista) y de una presión porteña (patriota pero inefectiva)».
84 Después de la declaración de la independencia por parte de la Asamblea en agosto de 1825, se construía discursivamente esa diferenciación que afirmaba el ejercicio soberano respecto de la jurisdicción de los gobiernos de Buenos Aires.
85 Esto puede observarse en el periódico El Cóndor de Bolivia, 86 con un tratamiento continuado en el apartado titulado «Asamblea jeneral» en siete ejemplares impresos entre diciembre de 1825 y febrero de 1826.
En uno de esos apartados, los editores expusieron las razones que motivaron el pronunciamiento de la independencia, ponerse «á cubierto de las pretensiones del gobierno Arjentino», pues manifestaron que a pesar de la ley del Congreso por la cual el «Gobierno de Buenos Aires se mostró dezinteresado», «comunicó secretas instrucciones que la desmienten».
87 El nombre de Argentina aparecía en las páginas del periódico en referencia al gobierno de Buenos Aires.
Se lo utilizaba también en relación a las otras provincias, con la denominación «Repùblica Arjentina» para aludir al conjunto de ellas.
85 La prensa difundió el nombre Bolivia, sobre todo desde el primer número del periódico El Cóndor de Bolivia.
En honor a Simón Bolívar, la Asamblea decretó en agosto de 1825 la denominación «República de Bolívar».
La Diputación Permanente que reemplazó a esta Asamblea intercalaba el nombre de Bolivia con el de Alto Perú y comenzó a usar el gentilicio de «boliviano».
Desde 1826 el nombre de Bolivia se volvió definitivo.
Los periódicos tuvieron un papel constitutivo en el proceso de formación nacional en Bolivia, durante la primera mitad del siglo XIX a partir de la intervención en los debates políticos, los esfuerzos por definir los elementos que identifican con la nacionalidad y la promoción de los valores patrios, entre otros aspectos.
87 «Observaciones dirijidas al autor de un papel escrito en Salta con el título de Posta al Cóndor de Bolivia», Suplemento al Cóndor de Bolivia, domingo 26 de febrero de 1826, 1.
En cuanto al argumento de la pertenencia al virreinato, se sostenía que no resultaba suficiente para sustentar la unión «con los pueblos de la Republica Arjentina», dado que la revolución destruyó «cuanto hicieron las leyes españolas» y «puso à los pueblos en el goce de sus derechos».
89 Ante la inexistencia de una unión con los gobiernos revolucionarios o una participación representativa del Alto Perú que pudiera considerarse legítima, nada justificaba la asociación con las provincias de abajo: Estaremos de acuerdo en el principio político de que un pueblo no puede separarse de la sociedad á la que pertenece después de pronunciada su union con toda libertad.
Sostener lo contrario sería incurrir en la horrible nota de anarquistas que tanto aborrecemos.
La Asamblea ha creido que la asociación se hace espresa o tácitamente: del primero modo firmado por medio de sus representantes el pacto que los liga: la constitución.
Jurando, y obedeciendo estas leyes fundamentales sin resistencia.
El Alto Perú de ninguna de estas maneras se unió á la Repùblica Arjentina.
Para que la carta no tenga el carácter de nulidad es indispensable que los apoderados del pueblo sean electos con legitimidad por el mismo pueblo ó sus encargados: estos son los principios ò vías legales del sistema representativo [...]
Ahora bien, ¿el Alto Perù nombró Diputados para el Congreso Arjentino?
Recórrase la historia de los Gobiernos de la Patria [los gobiernos revolucionarios rioplatenses] en los años once, trece y quince, ecsaminese el modo y quien hizo las elecciones y resultará su absoluta nulidad.
90 El Cóndor de Bolivia fue in crescendo en la exposición de los motivos en contra de la unión con las provincias de abajo.
En referencia a las expediciones realizadas durante la guerra independentista pusieron mayor acento en que esta autodeterminación era producto del olvido y abandono generado por el gobierno «arjentino», y por la cual se disolvió la «antigua asociación» de los territorios del Alto Perú con la jurisdicción rioplatense.
Dos meses después, en febrero de 1826, el periódico homologaba el «poder arjentino» al «poder español» como igualmente despóticos y opresores:
Si nuestras provincias en el largo período de la revolucion han sufrido mas que otras el despotismo, es por que pasaba alternativamente del poder español, al poder Arjentino; es por que los Ejercitos que los acompañaron por tres veces con el titulo de ausiliares, 91 usaron una conducta mas opresora que los que venían de la metrópoli, es porque los mandatarios argentinos eran mas barbaros que los jefes españoles.
92 «Observaciones dirijidas al autor de un papel escrito en Salta con el titulo de Posta al Cóndor de Bolivia», Suplemento al Cóndor de Bolivia, 26 de febrero de 1826, 1-3.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ La identificación «actúa a través de la diferencia, entraña un trabajo discursivo, la marcación y ratificación de límites simbólicos [...].
Necesita lo que queda afuera, su exterior constitutivo, para consolidar el proceso».
93 De allí que aparecieran artículos que aludían a la situación de las «provincias de abajo», sumidas en la anarquía por la disolución del gobierno central.
Los editores consideraban que esto había puesto al Alto Perú «en plena libertad de disponer de su suerte».
94 Esa falta de organización «bajo un sistema de unidad» era un inconveniente para unirse a «la Republica Arjentina»:
Cuando por consecuencia de estos acontecimientos las miserables rancherías de Santa Fe, Rioja, Catamarca, Santiago, cada uno de estos pueblos con trescientas cuatrocientas almas y las provincias de Córdoba y Salta ejercen su plena soberania cuando el Congreso instalado el año veinte y cuatro á principios no ha podido organizar el Gobierno, y cuando es necesario consultar las lejislaturas parciales solo la forma que debe adoptarse en el Rio de la Plata, es claro que la asociación antigua se disolvió de tal manera que hoy mismo subsiste dislocada, y por consiguiente si alguna vez los peruanos formaron el pacto de familia sus obligaciones cesaron por la injusticia del Gobierno Arjentino, su olvido para auxiliarnos, su cesión temporal á los españoles, su absoluta impotencia, y la anarquía de la República que dura todavía.
95 Las situaciones políticas divergentes brindaban los argumentos para construir las diferencias entre las provincias argentinas y Bolivia, operación discursiva en la que los opuestos anarquía/orden obtenían centralidad, haciendo temer «que la anarquía pasase los limites del suelo argentino [...] a perturbar la paz de los Bolivianos», quienes habían iniciado un proceso de institucionalización y organización administrativa 96 que era leído como bien supremo frente a la dispersión del «sistema federal» adoptado por la Argentina, a partir de la inexistencia de un gobierno central y la organización autónoma de las provincias:
Nosotros no deseamos la abyección y la ruina de la Republica Arjentina: nosotros quisiéramos que ella, prosperè á la par de los demás Estados libres de América, que olvide la ecsaltacion de sus ideas, que abandone para siempre el sistema federal cuyas funestas consecuencias ha experimentado ya con bastante destrucción de su 93 Hall, 2003, 17.
96 La Asamblea General declaró la forma de gobierno representativa, republicana y de régimen unitario y creó los símbolos nacionales (bandera, moneda, escudo).
En 1826 la Asamblea Constituyente sancionó la constitución.
CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA tranquilidad y de su crédito, que forme con nosotros los sagrados vinculos del interés común, que se penetre de los sentimientos liberales del siglo, y que por fin marche con los demás pueblos á la opulencia y á la gloria que se preparan para nuestro continente: que ponga al frente de sus negocios hombres de ilustración y de virtud; y que una vez entregada su confianza sepa respetar la estabilidad de las autoridades que la presiden: sobre todo que imite nuestra conducta, que siga nuestros pasos, persuadiéndose que por esta senda se encamina á la prosperidad y el honor.
97 La divisoria nosotros/ellos, es decir: Bolivia/República Argentina-Provincias argentinas, no agotaba la dinámica de las identificaciones.
Esto se observa al considerar cómo visualizaba el periódico a algunas provincias, apareciendo ambivalencias en los discursos.
98 El periódico El Pregón de Salta 99 en mayo de 1826 elogió a Bolivia y sus autoridades, actitud que fue retribuida por el periódico boliviano en el reconocimiento de la participación de la provincia en la guerra de independencia: nos es tanto mas estimable cuanto que viene como el sentimiento de una provincia Arjentina que, sola y abandonada á sus propias fuerzas después del año 15, no vaciló en hacer frente á las tropas realistas para defender su libertad y el transito de los enemigos á aquella Republica.
Salta ocupa un lugar muy distinguido en la guerra de la revolucion por el patriotismo con que sus hijos prefirieron la muerte antes que permitir en su suelo las lejiones españolas.
Nos es muy agradable este tributo a una de las provincias de las mas beneméritas en la Republica Arjentina, y que, siendo fronteriza de Bolivia, tendrá siempre nuestra amistad y nuestros votos por su bien y dicha.
100 Estas expresiones reflejan también una realidad sobre las vinculaciones entre los distintos espacios y territorios y el impacto de los procesos abiertos con la revolución de 1810.
Las decisiones tomadas en Buenos Aires o por los distintos Congresos no siempre representaban los intereses de los altoperuanos ni los de la provincia de Salta.
La guerra de independencia implicó una acción directa de sus hombres -reconocida como «patriotismo»-y un impacto sobre la población, la producción y el comercio.
La característica de mayor impacto de este proceso es que los centros mineros andinos quedaron en manos realistas hasta 1825 y luego pasaron a formar parte de la República de Bolivia, desestructurando rutas comerciales, 97 «Observaciones dirijidas al autor de un papel escrito en Salta con el titulo de Posta al Cóndor de Bolivia», Suplemento al Cóndor de Bolivia, 26 de febrero de 1826, 3.
98 Los editores conocían lo que pasaba en las provincias argentinas por los periódicos procedentes desde allí, y la presencia de emigrados políticos.
TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ relaciones familiares, vínculos y trayectorias de raigambre colonial.
101 Las redes de poder fueron alteradas desde el inicio de la revolución y las elites locales fueron interpeladas y reconfiguradas en estas décadas.
Los grupos familiares se vieron incluso fracturados.
La pertenencia a los sectores realistas llevó a muchos miembros de las familias de elite a seguir los derroteros de los ejércitos del rey sin regresar nunca a la ciudad de Salta, como vimos.
Estos lazos se vieron atravesados por las nuevas fronteras estatales, y con ello la identificación y construcción de memorias colectivas que afianzaron pertenencias territoriales en clave de los nuevos estados nacientes a la par que olvidaron trayectorias anteriores.
A pesar de estos vínculos, y si bien Salta era un provincia considerada benemérita, en la construcción de las diferencias no podía obviarse que también formaba parte de «esa tierra malhadada», donde «los papeles hablan tanto de libertad [...] en Buenos Ayres mismo altos funcionarios por decreto del gobierno sin formula judicial, y en otras provincias, militares de alto grado son fusilados y asesinados por la simple orden de un gobernador».
102 La incorporación de Tarija a Bolivia en septiembre de 1826 marcó otro punto de inflexión que hizo aparecer nuevamente en las páginas de El Cóndor las referencias a los contrastes entre Bolivia y la República Argentina acerca de las situaciones políticas disímiles en lo que hacía a la elección del presidente, al reconocimiento de su autoridad, al respeto del gobierno por las libertades públicas.
103 Las rivalidades y los desacuerdos existentes entre el gobierno de Buenos Aires y las otras provincias respecto a la organización de un estado unificado, marcaban una heterogeneidad que no escapaba a los editores de El Cóndor, quienes señalaban en cuanto a Buenos Aires: «Tiempo hace que sus provincias se encuentran irritadas por la prepotencia que la ciudad trata de ejercer sobre los demás pueblos».
104 Contrastaba esta visión con el apoyo del gobernador Arenales y parte de la elite salteña a la política de Bernardino Rivadavia en Buenos Aires y a su proyecto de sancionar una forma de gobierno de unidad con el centro en esta provincia.
105 Otro punto de ambivalencia surgía al recurrir a la noción de «pueblos hermanos» para hablar de la relación entre Bolivia y la República Argenti-101 Assadourian y Palomeque, 2003, 200.
CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA na, producto de la condición de americanos, la cual implicaba amistad, paz y unión;106 armonía que los bolivianos veían descomponerse por acción del Congreso argentino «dominado por la fuerza ò facción de Buenos Ayres».
107 El Cóndor también señalaba que los periódicos argentinos (El Argos de Buenos Aires, El Mensajero Arjentino, El Duende de Buenos Aires, El Pregón de Salta) y los papeles ministeriales abundaban en insultos a Bolivia: 108 eran los Peruanos y Bolivianos llamados indios, brutos, estúpidos y animales; aun después se han cansado los papeles de Buenos Ayres de injuriarnos con los nombres de abyectos y serviles: siempre nosotros les hemos dicho que nuestro deseo era la paz y la unión; que entre pueblos hermanos no deben haber diferencias que no puedan cortarse amigablemente[...] 109 observaremos si al Sr. Oro [Domingo de Oro, mendocino] [...] que mientras tubo esperanzas de comprometer a nuestro país de un modo activo en la guerra con el Brasil, nos hizo cumplimientos y nos llamó Bolivianos.
Cuando ya no hay aquella esperanza, somos otra vez Alto Peruanos: y esto ¿por que?
Por que hay miras para cuando se desembarasen de la guerra con el Brasil de llamarnos rebeldes, insurgentes, anarquistas & c. &c. y esto ¿por que?
Por que o doblamos nuestra cerviz a Buenos Aires por que dejamos de ser collas y colonos de los porteños; por el imperdonable crimen de haber preservado nuestra Patria de los trastornos y de la anarquia: porque en medio de que somos abiectos y serviles, como nos tratan los ministeriales de Buenos Ayres, no permitimos que una facción de las orillas del plata decida de nuestros destinos, nos dé magistrados elejidos furtivamente y sostenidos por la fuerza de las provincias mismas que obedecen.
110 Los editores del periódico reproducían la condición despectiva que tenía la denominación colla como referente de la población indígena.
Los collas han sido identificados con los pobladores de la puna y del desierto de Atacama.
Habitaban también los valles circumpuneños, en un espacio que estaba unido y articulado por «lazos socio históricos» y los cuales preexistían a las fronteras nacionales.
111 De nominar a la población «de las tierras altas», el etnónimo colla «pasó a ser sinónimo de "indio", y se constituyó lentamente en una categoría de diferenciación con la sociedad no indígena».
112 La connotación negativa de las denominaciones indios y collas se observa en las citas documentales.
Peruanos y bolivianos aparecen con la TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ condición de indios, asignada por «los papeles de Buenos Aires» y calificados como brutos, estúpidos, animales, abyectos y serviles.
Incluso la denominación de collas se encuentra en la correspondencia oficial durante la guerra de independencia al mencionar a las fuerzas del ejército real integradas por indígenas.
Si bien los editores usan esta clasificación para justificar la decisión de conformar un estado independiente de Buenos Aires, lo que se evidencia en la mención «colonos de los porteños» como indicativo de la dependencia del Alto Perú respecto a la jurisdicción del virreinato rioplatense durante el periodo finicolonial, la atribución de inferioridad a los indígenas también era compartida por la elite boliviana.
Los editores asumían la denominación de indios y collas aplicada a los bolivianos como agraviante, por lo que dejar de ser collas era dejar de ser indios por la acción de un estado organizado, de lo cual carecían los territorios de «las orillas del plata», de quienes no querían volver a depender.
De hecho la historiografía acerca del proceso de construcción del estado nacional en Bolivia ha postulado «que la identidad nacional boliviana se forja en oposición a lo indígena».
113 La elite independentista que asumió el poder buscó asimilar al indígena «a condición de que [...] dejara de serlo y se convirtiera en ciudadano o campesino mestizo».
114 Las diferencias también se construían desde Salta a partir de la contribución a la guerra de independencia y de la obtención de la libertad por esfuerzos propios, acciones que no desarrollaron los altoperuanos.
En respuesta a las expresiones que aparecían en un artículo sobre la Asamblea General, el diario boliviano recibió una carta a principios de 1826.
Su autor, si bien menciona ser «un pobre gaucho que no estoi en los secretos de Gavinete», otorgaba datos acerca de la organización de la expedición que comandó Arenales y que permiten inferir que se trataba de alguien vinculado a la administración provincial: nosotros hemos sabido ser libres y llevar la libertad a todas partes con inmensos sacrificios.
¿De donde viene la culata de la revolucion a insultar tan engreída a los biejos y constantes campeones de la libertad ¿Por qué no se aisla dentro del circulo posivo que ha ocupado siempre mientras nosotros hemos llenado el Continente de nuestro heroísmo y de nuestra sangre?
¡Que orgullo tengo al decirlo atestandolo con todo el globo!
Si nuestros Pueblos son miserables rancherías como Vd. les llama; calcule qualquiera que tenga frente de quanto serán capaces estos pechos que sin la menor cooperación estraña han podido hacer tanto, y por quantos valdra cada uno de ellos-no tendría Vd.
CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA por cierto tamaña arrogancia si no se viese bajo la egide del Libertador Bolivar que por un hallazgo ha querido ejercitar la generosidad de su genio extraordinario entre hombres que bien pronto le harán conocer qúe como no han podido darse su libertad, tampoco han querido recibirla.
De hay resulta la saña y oposición que han encontrado siempre nuestros Exercitos quando la han conducido en sus bayonetas y en sus corazones al alto Perû.115
La culminación de la guerra de independencia en el espacio surandino a fines de 1824 implicó la demarcación de una frontera política entre los territorios altoperuanos y aquellos ubicados al sur.
Esta diferenciación había comenzado a delinearse en 1821 con el armisticio firmado entre el general Olañeta y fracciones de las elites salto-jujeñas.
No obstante lo establecido en el tratado en cuanto a respetar los territorios controlados por cada fuerza, sectores de estas elites no habían renunciado a terminar con el dominio realista en el Alto Perú acompañando esfuerzos realizados desde otros territorios.
La campaña finalmente se concretó a partir del despliegue de las fuerzas colombianas comandadas por el general Sucre.
A pesar de las dificultades de la provincia de Salta para participar activamente se organizaron por separado dos expediciones que arribaron después del triunfo obtenido en Ayacucho por las fuerzas del Ejército Libertador Colombiano, asistiendo a la sucesión de hechos que aceleraron la decisión autonomista consolidada en la formación del nuevo estado de Bolivia en 1825.
Ni el Congreso reunido en Buenos Aires, ni el gobernador Arenales de Salta, fueron ajenos a esta determinación de dejar en libertad de acción a los altoperuanos.
Se abría a partir de allí el camino hacia la construcción de las diferencias.
Los derroteros disímiles entre comunidades que integraron una misma jurisdicción hasta los inicios de la guerra independentista, que mantuvieron vinculaciones de variada índole durante la etapa colonial y no completamente interrumpidas con el inicio de la revolución, llevaron a demarcar la frontera entre dos comunidades políticas con distintos rangos de organización.
El reconocimiento de soberanías diferenciadas implicó también procesos de nominaciones (Bolivia, Provincias Argentinas/República Argentina) y construcciones identitarias que expresaran esas alteridades.
Nos referimos a aquellas que remitían a comunidades ampliadas, como los gentilicios TELMA LILIANA CHAILE Y MARÍA MERCEDES QUIÑONEZ altoperuanos, bolivianos, argentinos; y a las expresiones que evidenciaban una referencialidad restringida a la provincia, tal es el caso de «los hijos» de Salta, o a una región, como parece denotar la expresión abajeños.
Se trata de «identidades transitorias» o «en tránsito» -para utilizar las expresiones de Aillón Soria y Peire, respectivamente, en relación a Bolivia y al Río de la Plata-, características de un momento clave en la configuración de fronteras estatales y que adquirieron el carácter de excluyentes (altoperuanos y abajeños e hijos de Salta, argentinos y bolivianos) en tanto remitían a diferencias producidas «entre un orden interioridad-pertenencia y uno de exterioridad-exclusión».
116 Estas identificaciones relacionales eran el resultado de tensiones en la coyuntura de conformación de la frontera política y de la necesidad de diferenciar espacios y poblaciones unidos por lazos comerciales, pautas culturales, vínculos familiares y de amistad.
Para nada fijas, sino en proceso de redefinición y en coexistencia, es posible concebirlas en transición hasta la consolidación de las identidades nacionales boliviana y argentina en el transcurso de los siglos XIX y XX.
Fue la exaltación de las diferencias -históricas y más recientes en torno al desempeño en la guerra de independencia y a la forma de organización política adoptada-entre dos constructos «República Argentina» y «Bolivia», uno de los derroteros posibles en las construcciones identitarias y de pertenencias.
En ese proceso, la provincia de Salta tuvo un papel central, en tanto se constituyó en frontera entre esos dos estados en construcción.
En ese contexto es posible observar elaboraciones discursivas desde Salta y desde Bolivia respecto a realidades que distinguían a una y otra organización, y que referían en tono aglutinante, a las antiguas Provincias Unidas, ahora identificadas como República Argentina.
Pero justamente la década de 1820 fue una coyuntura donde esta conformación distó de realizarse.
Las provincias argentinas soberanas realizaban su propio proceso de establecer rasgos identificatorios, pero también de ejercer el poder en un territorio aun con límites difusos.
En el caso de Salta se observa este esfuerzo y una disputa que recién fue saldada en 1834 con la separación de Jujuy.
Entre el constructo de dos estados/naciones/territorios quedó la provincia de Salta, anclada en los Andes meridionales, con fuertes vínculos culturales con las provincias de arriba, pero también reconociendo y enrolándose sus hombres en las guerras iniciadas a partir de 1810 y formando parte de las «Provincias Unidas».
El enemigo común -el rey o los insurgentes, CONSTRUCCIONES IDENTITARIAS Y SENTIDOS DE PERTENENCIA según el caso-que durante el decenio de 1810 aunó voluntades, en la década siguiente y con la finalización de la guerra a partir de 1824, se reformuló de manera tal que posibilitaba nuevas formas de diferenciación ancladas en la pertenencia a alteridades recientes como lo eran las provincias argentinas y Bolivia, que bregaban por afirmar soberanías sobre los territorios que reivindicaban como propios en tanto los unían o separaban devenires históricos y trayectorias políticas.
Plantea Eduardo Restrepo que las identidades ponen en juego prácticas de asignación y de identificación, al tiempo que requieren ser asumidas por los individuos o colectivos que se reconocen en ellas, aunque sea de manera parcial.
117 En este contexto, «los hijos» de Salta se distinguían por la bravura en la lucha y la propagación de la libertad durante la guerra de la independencia, rasgos y acciones mediante los cuales se constituían discursivamente tanto Arenales ante la Sala de Representantes como aquel lector anónimo del periódico El Cóndor de Bolivia.
Por su parte en Bolivia, el periódico vocero de la administración de Sucre insistía en la ruptura de la asociación del Alto Perú con los gobiernos revolucionarios, una asociación que con la contienda independentista ya finalizada se consideraba inconveniente dada la «anarquía» imperante en las provincias argentinas por la ausencia de un gobierno centralizado.
Mientras que Bolivia transitaba el camino de una organización estatal acelerada, la provincia de Salta, también internamente en proceso de institucionalización, se convirtió en el límite político entre dos estados en formación, perdiendo el rol de ciudad intermediaria que detentaba en el período colonial. |
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El peso de las jerarquías sociales locales en el orden público: la guardia nacional chilena durante el gobierno de José Joaquín Prieto (1831-1841)/
La inestabilidad política e institucional que caracteriza a los gobiernos de la década de 1820, comienza con la abdicación del director supremo Bernardo O'Higgins en 1823 1 y culmina con la guerra civil 2 que estalla tras las elecciones presidenciales de 1829.
Diversos factores contribuyen a dicho escenario, a saber, conflictos entre los poderes ejecutivo y legislativo, tensiones entre el gobierno central y las provincias que alcanza niveles críticos en 1825, 5 malestar de los uniformados por sueldos y pagos irregulares, 6 y posterior división -durante la contienda de 1829-entre los seguidores del general José Joaquín Prieto y del capitán general Ramón Freire, al mando del ejército restaurador de la constitución y del ejército constitucional, respectivamente.
El fraccionamiento al interior de las filas militares, corola-1 La presión política de las tres provincias -Coquimbo, Concepción y Santiago-conduce a su abdicación el 28 de enero de 1823.
3 Si bien los escrutinios definen claramente una primera mayoría para presidente de la república no ocurre lo mismo para el cargo de vice presidente.
Según el artículo 72 de la constitución del 1828 las cámaras, mayoritariamente pipiolas, deben dirimir entre las mayorías inmediatas que adhieren al peluconismo.
Sin embargo, el Congreso objeta esta alternativa y procede a votar entre todos los candidatos restantes.
Gana por un estrecho margen el candidato pipiolo.
Los pelucones solicitan la repetición del procedimiento, pero la mayoría parlamentaria lo rechaza.
Esta situación que irrita a la oposición se convierte en la oportunidad de los pelucones para alzarse contra el gobierno, para liderar la revolución.
4 Chile cuenta con presidente de la república desde 1826; hasta esta fecha la máxima investidura es de director supremo.
5 Este año comienza con bases políticas inciertas por la derogación de la carta de 1823 y con condiciones económicas deficitarias por la prolongada crisis de hacienda.
El antagonismo y la falta de coordinación entre el poder ejecutivo y el legislativo no hace más que debilitar al primero.
Ello se cruza con la tensión que se genera entre las provincias de Coquimbo y Concepción, y la de Santiago.
Las primeras acusan que el cuerpo legislativo no es más que una asamblea santiaguina que hostiga a sus representantes, por lo que cada una retira a los suyos y organiza una asamblea provincial.
Este desconocimiento tácito al gobierno central pone en evidencia la pérdida de unidad política y administrativa territorial de la capital frente a la autonomía provincial, y obliga al director supremo Ramón Freire a cerrar el Congreso, convocando a nuevas elecciones para estabilizar la situación.
La crisis tiene su punto más álgido cuando ambas provincias deciden no enviar a sus representantes al Congreso que se reabre en septiembre de 1825.
6 El desorden institucional y el excesivo gasto de mantenimiento, insostenible para el erario nacional, definen nuevas líneas de acción para resolver los problemas estructurales y mejorar las condiciones laborales.
El gobierno busca revertir la precaria situación del ejército a través de la Reforma militar de 1827.
EL PESO DE LAS JERARQUÍAS SOCIALES LOCALES EN EL ORDEN PÚBLICO rio de la división política de la elite chilena entre pelucones (conservadores) y pipiolos (liberales), 7 es visto por el peluconismo vencedor de la batalla librada en los campos de Lircay -el 17 de abril de 1830-como la causa del desorden público y expresión final del debilitamiento del gobierno pipiolo.
En respuesta a este periodo que la historiografía tradicional ha tildado de anarquía, 8 las nuevas autoridades peluconas 9 y, en particular, el gobierno del presidente José Joaquín Prieto y su ministro Diego Portales Palazuelos 10 procuran el fortalecimiento del poder ejecutivo y la recuperación del orden público, que se alza como preciado valor de la sociedad chilena.
11 Por una parte, la población, hastiada de las perturbaciones políticas, solo anhela la paz e incluso tolera cuotas de autoritarismo a cambio de seguridad, afirma el historiador liberal Diego Barros Arana, 12 por la otra, el propio proyecto de Estado requiere de un orden institucionalizado.
13 De allí que, en la primera mitad de la década de 1830, el presidente Prieto se jacte de la «feliz tranquilidad que gozamos», «la permanencia del orden», «el amor al orden», como un logro político del gobierno pelucón.
14 No por acaso, la historiografía nacional, en particular la conservadora, ha ensalzado la relación entre Estado y orden como constitutiva de la estabilidad chilena.
15 Ahora bien, el triunfo del general José Joaquín Prieto sobre el capitán general Ramón Freire en Lircay, exige a los primeros gobiernos pelucones la difícil tarea de administrar políticamente la victoria militar sobre los pipiolos.
Ello requiere supeditar las filas castrenses del fraccionado ejército; 7 Al igual que en los siglos anteriores, en esta etapa de formación estatal solo los militares aseguran la administración del gobierno.
Desde la Independencia en 1811 los uniformados han estado en la cima gubernamental, por ende, las cúpulas políticas coinciden o se vinculan con los altos mandos militares.
De allí la relevancia política de la división interna entre Prieto y Freire, ambos de reconocida trayectoria militar.
La adhesión del primero a O'Higgins y los aires pipiolos del segundo generan una animadversión personal que alcanza ribetes institucionales en la coyuntura de 1829.
14 Discursos de apertura, 1858a, 8, 16 MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ en lo inmediato para evitar levantamientos que desestabilicen la instalación del nuevo gobierno, en el corto plazo para reequilibrar los poderes a favor del ejecutivo.
La constitución de 1833 apuntará precisamente en esta dirección al establecer que los militares no deliberan y deben obediencia al gobierno.
16 La sumisión de las armas es un requisito para la estabilidad institucional.
17 Por esta razón, las autoridades proceden a despolitizar el ejército.
La cantidad es muy significativa para un contingente que no supera las 2.500 plazas.
19 El gobierno castiga a militares díscolos de diversa graduación con exoneración, prisión, y destierro, incluido el capitán general Freire.
20 La limpieza política de las filas es necesaria, pero insuficiente para garantizar que el ejército no se vuelva a sublevar.
La solución es contrarrestar las armas del ejército con las armas de la guardia nacional, institución que tendrá una triple finalidad: subordinar el ejército, fortalecer el ejecutivo y garantizar la tranquilidad pública.
21 ¿De dónde surge la guardia nacional?
El gobierno aprovecha los únicos recursos armados disponibles en la apremiante coyuntura de 1830: las antiguas milicias que se remontan a mediados del siglo XVI cuando la corona impone a conquistadores y primeros pobladores la obligación de defender la tierra y acudir al llamado del monarca.
El deber miliciano de cargar armas se origina en la obligación del vecino encomendero de proteger la ciudad con sus propios recursos (armas, dependientes y animales) aunque no tenga preparación militar; en el caso del reino de Chile, principalmente frente al acecho indígena.
22 Los milicianos, paisanos (civiles en lenguaje antiguo) apercibidos para cumplir con el deber de cargar armas, tienen una larga historia y amplia cobertura territorial, pero una precaria experiencia con el fusil.
El entrenamiento militar es esporádico e insuficiente porque los instructores del ejército son escasos; exiguas son las armas, pertrechos, vestuario y cuarteles.
21 La guardia nacional tiene una doble dependencia: administrativa y política del ministerio de guerra, técnica y estratégica del ejército, específicamente de la inspección general y de la comandancia general de armas.
EL PESO DE LAS JERARQUÍAS SOCIALES LOCALES EN EL ORDEN PÚBLICO de la «gente decente» temerosa de la plebe armada, el gobierno de Prieto, en particular el ministro Portales, se empeña en perfeccionar los inorgánicos cuerpos milicianos para transformarlos en cuerpos cívicos debidamente organizados, en un «recurso de seguridad», en palabras del ministro.
24 Cabe destacar que pese al aporte de Portales, no se trata de una guardia nacional «portaliana» creada por el ministro.
Aunque sea reconocido por el presidente Prieto como el «genio creador de la Milicia Cívica» y «jefe nato» de la institución;25 aunque se afirme que es el «el brazo, la cabeza y el corazón»26 de la institución; y aunque la historiografía se empeñe en adjetivarla «portaliana», lo cierto es que el ministro no crea nada.
Solo reactiva y fortalece un antiguo mecanismo de seguridad que se sostiene en obligaciones, vínculos sociales y lógicas locales existentes, que bien sabe articular con las necesidades políticas y defensivas de la crisis de 1830.
La guardia nacional es un tema presente en la historia política, electoral y militar de la primera mitad del siglo XIX, pero nunca es el principal.
Pese a la importancia que la historiografía nacional da al problema del orden público y al Estado como su principal garante, son escasos los historiadores que se han abocado al estudio de la institución.
En primer lugar, cabe destacar el artículo de Roberto Hernández Ponce que presenta la trayectoria histórica e institucional desde las milicias coloniales hasta la guardia nacional decimonónica.
27 El autor realiza un aporte pionero al contextualizar el desarrollo en términos legales, constitucionales, políticos y electorales, destacando los principales hitos que marcan su relación con el ejecutivo y el ejército.
En segundo lugar, Joaquín Fernández Abara discute los alcances y limitaciones del guardia nacional como soldado ciudadano.
En un lúcido artículo establece que en el marco de construcción nacional (1820-30), la guardia nacional pasa a ser un medio de difusión del nacionalismo y republicanismo imperantes.
Si bien los «defensores de la patria» se legitiman constitucionalmente como ciudadanos en la carta de 1828, el autor señala los obstáculos políticos, sociales y burocráticos para alcanzar una real conciencia política.
En un trabajo posterior retoma la relación entre nacionalismo MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ y guardia nacional afirmando que el Estado incurre en una retórica nacionalista y republicana para legitimar el reclutamiento miliciano; tarea difícil considerando la carga que significa el servicio para obreros y artesanos.
28 Tanto Hernández Ponce como Fernández Abara dan luces sobre un punto central para este artículo, cual es el peso de las jerarquías sociales en la organización y funcionamiento de las jerarquías milicianas.
El primero plantea que la guardia nacional refuerza la estructura social al consolidar las figuras de «coronel-patrón» y de «guardia nacional peón», asegurando con ello el orden, la guerra y las elecciones.
El segundo advierte que las lealtades señoriales minan la difusión de una identidad nacional desde la guardia nacional.
29 Si bien reconocidos historiadores clásicos como Barros Arana y Alberto Edwards y contemporáneos como Sergio Grez Toso, Julio Pinto y Verónica Valdivia se refieren a la tutela/dominación de las elites (comandantes) sobre la plebe (tropa), lo cierto es que requiere una mayor reflexión.
30 Con todo, a partir de la revisión de fuentes primarias y secundarias, este artículo establece la relevancia de las funciones defensiva y moralizadora, y de los acuerdos políticos en torno a la guardia nacional, que responden a tres problemas específicos: contrapeso frente al ejército, reconocimiento público y consenso al interior de las elites, y eficacia militar de los cuerpos cívicos, respectivamente.
Pero a su vez plantea que estos serían estériles si no operara el mecanismo sociopolítico y territorial que resuelve el problema de la confiabilidad y legitimidad de esta «masa misma de ciudadanos, armados en defensa de las leyes y la nación», 31 que cumple con el deber constitucional de cargar armas sin mayor conocimiento ni entrenamiento militar.
Dicho mecanismo es el sostén de la guardia nacional que le permite, en definitiva, a los vecinos pudientes -y sus dependientes-colaborar en la función estatal de garantizar el orden público, sobre todo en territorios alejados geográfica y políticamente del poder central.
Este punto es crucial para comprender cómo el Estado chileno, debilitado por una década de crisis y una guerra civil, sin la capacidad política y burocrática para asegurar la tranquilidad pública por sí solo, refuerza un vínculo estratégico con la «sociedad», con las elites locales en aras de un objetivo compartido.
Este artículo se detiene en dicho vínculo que no ha sido abordado en profundidad por la historiografía chilena.
Función defensiva: problema del contrapeso frente al ejército
La subordinación de los militares al ejecutivo, en aras del reequilibrio de poderes, no es solo política sino fáctica: el gobierno de Prieto contrapesa las fuerzas del ejército con las fuerzas de la guardia nacional.
Al respecto el historiador conservador Ramón Sotomayor Valdés sostiene que: «El ejército, instrumento por tanto tiempo de las facciones políticas, tuvo en la guardia cívica un contrapeso que debía disminuir con mucho su funesta influencia en la suerte de 1os Gobiernos y de 1os partidos».
32 La imagen de un dique de contención ante posibles insurrecciones, levantamientos y motines es una idea reafirmada por la historiografía nacional.
33 La capacidad de la guardia nacional de servir como antemural atañe a su masificación y extensión territorial, es decir, a la cobertura del servicio.
Ello es plausible porque las antiguas milicias superan con creces las filas de línea.
34 La evidencia histórica del periodo 1830-50 indica que el crecimiento de los cívicos es exponencial mientras el número de hombres de línea se mantiene prácticamente constante.
En la apertura del Congreso Nacional de 1831, el ministro del Interior Portales informa sobre los adelantos de la guardia nacional y de sus 25.000 hombres.
38 Al finalizar la década, el Congreso dictamina que para 1840 el ejército permanente reducirá su tamaño a 2.116 efectivos.
34 A modo de ejemplo, al estallar la independencia, los milicianos superan los 15.000 mientras que los militares no alcanzan las 2.000 plazas.
35 Portales habla en nombre del presidente provisorio Fernando Errázuriz, «Sesión inaugural», Congreso Nacional, Santiago, 1° de junio de 1831 (Letelier, 1899, XX, 32).
MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ tanto, al menos en términos numéricos la guardia nacional es superior al ejército.
Este último, por su parte, enfrenta problemas para llenar las plazas por la inexistencia de una ley de reemplazo que complete y renueve la fuerza de dotación; así lo plantea el ministro Portales en 1831 y lo refrendan sus sucesores en el Ministerio de Guerra en 1835Guerra en, 1840Guerra en, 1841Guerra en, 1843Guerra en y 1850.
41 Ahora bien, las posibilidades del gobierno de Prieto de imponer el orden público se apoyan en la amplia distribución territorial de las milicias.
Pero precisa extender y afianzar más aun la cobertura que en 1825 se extiende desde Copiapó por el norte hasta Concepción en el sur.
En este sentido, para los primeros años de la administración es clave cubrir y fortalecer puntos neurálgicos como forma de marcar presencia estatal.
Por razones políticas, comerciales y defensivas, Santiago, Valparaíso y Concepción, respectivamente, son prioritarios.
42 A mediados de los treinta el aumento de la cobertura es promovido por altas autoridades gubernamentales.
En la memoria de la cartera de Guerra de 1835, el ministro José Javier Bustamante señala que para Santiago y muchos pueblos de la república se ha decretado la formación de una «guardia más o menos numerosa, según las circunstancias de cada uno, para atender la seguridad de las cárceles, cuarteles, armamentos».43 Dos años más tarde el presidente Prieto reconoce que la extensión progresiva de las milicias hacia las provincias y su servicio activo es un aporte a la Patria.
En esta misma línea, Portales sostiene que: «El Gobierno, empeñado en extender esta preciosa institución a todos los pueblos de la República, no creerá haber hecho bastante hasta que cada uno de ellos tenga dentro de sí los medios necesarios para su propia protección».
44 Esta última afirmación contenida en la Memoria de Guerra del año 1836 no solo recalca la voluntad política de aumentar la cobertura territorial de la guardia nacional sino que advierte sobre su importancia a nivel local, lo que equivale, como se verá más adelante, a resaltar la participación de los vecinos en el mantenimiento del orden público.
En definitiva, cada localidad, cada comunidad se hace cargo de su seguridad interna.
Tres años más EL PESO DE LAS JERARQUÍAS SOCIALES LOCALES EN EL ORDEN PÚBLICO tarde el sucesor en la cartera, Ramón de la Cavareda, plantea que se han formado nuevos cuerpos disciplinados y moralizados, tal que «ya cuenta la República en la actualidad con una masa de ciudadanos armados capaces de sostener el orden interior en sus provincias y departamentos».
45 Como instrumento de orden, la guardia nacional debiera poder incluso reprimir conatos sediciosos de los uniformados de línea.
46 Pero para ello precisa ser objeto de reconocimiento público y de consenso político, y requiere demostrar que sus hombres están debidamente moralizados para cumplir eficazmente con la función defensiva.
Acuerdos políticos: problema del reconocimiento público y consenso al interior de las elites
Cuando el ejecutivo confía a la guardia nacional el rol de contrapeso del ejército, en lo inmediato debe convencer a las elites dirigentes de que este reequilibrio de las armas traerá la paz a la República.
El fortalecimiento institucional impulsado por el gobierno necesita recursos para financiar gastos operacionales e infraestructura.
Pero no es tarea simple porque la imagen pública de las milicias es poco alentadora.
A juicio de Encina, en sus más de doscientos años de historia han sido un hacinamiento de hombres indisciplinados, sin armas ni espíritu militar.
47 ¿Se justifica, entonces, financiar un servicio que históricamente ha tenido un desempeño paupérrimo?
El gobierno debe transformar esta aprehensión en aceptación y confianza, persuadiendo a las elites de que es un eficaz «sistema de seguridad nacional», en palabras del presidente Prieto.
48 La discusión en torno al desarrollo de la institución tiene asidero al interior de las elites porque posiciona el orden público como una urgencia y un valor indiscutible tras la experiencia de la guerra civil.
El ejecutivo comprende que la garantía de dicho orden es fundamental para que las elites apoyen la administración pelucona tanto en la opinión pública como en la tribuna parlamentaria.
Desde este piso político le es posible conseguir los consensos necesarios para costear el crecimiento y perfeccionamiento de los cuerpos cívicos a lo largo del territorio.
La guardia nacional se va posicionando en la discusión pública como una institución tan perfectible como imprescindible.
Para visibilizar su labor, logros y lealtad al gobierno el reconocimiento del público es fundamental.
Así ocurre a mediados de 1830 cuando el vicepresidente Ovalle felicita a los 200 cívicos que participaron en la expedición pacificadora de Coquimbo contra Freire.
El acto se transforma en fiesta pública, en parada militar.
49 Asimismo, las filas se lucen en las celebraciones patrias del mismo año y del siguiente donde 2.000 hombres rinden honores al presidente Prieto y realizan un simulacro de batalla ante 30.000 personas.
50 Pero el aplauso público debe trasladarse al Congreso Nacional de plenipotenciarios donde el gobierno introduce en la discusión parlamentaria el financiamiento de la institución.
En reconocimiento al desempeño y sacrificio miliciano, en mayo de 1830, el gobierno de Ovalle solicita al Congreso la aprobación de dineros extraordinarios -por un monto de cinco mil pesos chilenos-para vestir a los tres batallones de Santiago.
Argumenta que el restablecimiento del orden en la capital responde al comportamiento constante y honrado de estos hombres que dejan de ganarse la subsistencia por cumplir con su deber.
51 Si bien el Congreso Nacional reconoce los importantes servicios prestados y autoriza la cifra solicitada, 52 el financiamiento está lejos de ser un tema resuelto.
El gobierno continúa con una lógica persuasiva para reforzar las confianzas y expectativas en torno a la guardia nacional.
En la apertura del Congreso Nacional de 1831, el ministro Portales señala que: «Los cuerpos cívicos que antes eran masas informes, se hayan en disposición de prestar útiles servicios a la República, por la organización y disciplina a que se les ha sometido».
53 El mensaje tiene repercusiones.
Cuatro diputados expresan su admiración por el progreso del servicio, apoyan su masificación gradual, y afirman que su relevancia ha sido consensuada y canalizada por la opinión pública.
54 Pero los apoyos políticos aun no se materializan en acuerdos legales para costear los gastos de la guardia nacional.
Ovalle-Portales, Santiago, 4 de mayo de 1830, cit. en nota anterior.
A mediados de 1833 el ejecutivo solicita al Congreso la aprobación de cien mil pesos chilenos anuales.
55 Tras discusiones sobre el carácter provincial o nacional del gasto en milicias, por ley del 3 de septiembre del año en curso 56 el poder legislativo faculta al gobierno para gastar hasta cincuenta mil pesos anuales en armamento, vestuario, cuarteles y música.
57 La medida es fundamental porque el Estado institucionaliza los gastos como nacionales, por lo tanto, costeados por el erario.
Pero aun hay dudas sobre la conveniencia de financiar la guardia nacional.
Al respecto, en 1835 el ministro de Guerra Bustamante defiende el gasto frente a quienes consideran que los recursos se debieran destinar a «objetos de mayor utilidad», argumentando que no hay fin más importante que la conservación del orden y que no hay un medio más barato para asegurar la tranquilidad pública.
58 Por su parte, la prensa contribuye notablemente al reconocimiento y credibilidad de la guardia nacional como institución funcional a los objetivos defensivos y políticos del gobierno.
En esta línea, El Araucano, principal canal de comunicación de las autoridades peluconas que busca afianzar la idea de orden público y de gobierno fuerte, publica en septiembre de 1831 que los cívicos ya no son agentes de facciones, sino guardianes de la ley, colaboradores del gobierno y moderadores de excesos.
59 Pero probablemente la impronta personal del ministro Diego Portales en la guardia nacional sea su mejor publicidad.
«Al frente de todos los ministerios, Portales supo darse tiempo para dirigir personalmente la nueva organización», señala Encina.
60 En abril de 1831 se extiende los despachos de teniente coronel y comandante del nuevo batallón número 4 de Santiago, 61 y mantiene el cargo dos años y medio, organizando su cuartel en la Casa de Moneda.
62 Para cumplir con esta jefatura e igualar el nivel de su MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ batallón con los de línea, estudia táctica militar y el régimen disciplinario del ejército.
63 Asimismo, en octubre de 1832, mientras ejerce su cargo de gobernador de Valparaíso, 64 es nombrado comandante en comisión del batallón de infantería y encargado de la organización cuerpos cívicos en el puerto.
65 A los pocos meses, informa al ministro de Guerra que cuenta con 1.500 hombres, moralizados, subordinados dispuestos a defender al gobierno.
66 Portales infunde confianza respecto a la guardia nacional a través de dos argumentos: cobertura y disciplina bajo su propio control.
Es el hombre con la mayor preponderancia e influencia de la década de 1830; el hombre más poderoso del Estado.
En palabras del historiador Isidoro Errázuriz, es el «director omnipotente de la administración y la política».
67 Por consiguiente, ponerse a sí mismo como rostro visible de la guardia nacional es una efectiva carta de credibilidad frente a las escépticas elites.
Por último, lo que resta para conseguir mayores acuerdos legales es que la guardia nacional exhiba resultados que justifiquen el gasto del erario.
Debe mostrar en hechos, su compromiso político y capacidad militar.
68 En esta línea, la operación conjunta de militares y cívicos que derrota a la banda de los Pincheira en 1832 contribuye a la mayor estima de la opinión pública.
En suma, la institución será objeto de consenso político en la medida que demuestre ser sujeto de confianzas para las elites dirigentes.
La moralización de los cuerpos cívicos es una herramienta fundamental para aumentar dichas confianzas.
Función moralizadora: problema de la eficacia militar de los cuerpos cívicos
Durante el siglo XIX la moralización está estrechamente vinculada a la imposición de la ley, instrumento de progreso material e inmaterial, que «encierra en sí el germen de una perfección indefinida».
70 Tampoco cree en la educación como medio moralizador, la descarta por su lentitud, acceso restringido y focalización en niños y no en adultos.
71 Desde su sitial privilegiado en el gobierno impone una moralización inmediata y concreta para corregir a la plebe, catalogada en el arraigado imaginario de las elites como indecente, ignorante y ociosa.
Si bien el gobierno considera a la plebe moralmente inferior, 72 solo puede reclutar la tropa entre campesinos y artesanos porque no hay más hombres «disponibles» para cargar armas, y solo puede nombrar para su mando a la «gente decente».
Tanto la historiografía clásica liberal como la conservadora subrayan la función moralizadora que se auto-arrogan las elites.
En este contexto se debe entender el rol que Barros Arana y Sotomayor Valdés asignan a la guardia nacional: «medio de proporcionar al pueblo una distracción que lo apartase de las tabernas y del vicio en los días festivos» y «medio de moralidad para un pueblo cuya índole y costumbres [Portales] conocía profundamente», 73 respectivamente.
Pero a diferencia de los autores recién citados, aquí se plantea que la intención del gobierno no es tanto sacar a la plebe de los vicios, como asegurar un contingente de hombres para el funcionamiento de la guardia nacional.
Como el populacho que tanto se desprecia es la única alternativa para organizar las tropas, la solución alentada por Portales es moralizarlo para asegurar su credibilidad y subordinación como grupo armado.
Procura moralizar mediante disciplina militar dirigida por uniformados, pero encauzada a través de jerarquías sociales, es decir, vía dominación social, como se verá en el siguiente apartado.
El propósito es lograr la mayor adhesión a las autoridades constituidas, reduciendo el riesgo de desobediencia y disidencia.
En suma, la finalidad primera de la moralización es la instrucción para servir de dique de contención, pero la última es la adhesión política al gobierno.
El cuartel es el espacio para moralizar a la tropa.
En este contexto, moralizar es disciplinar; moldear el comportamiento con órdenes y castigos que cercioren el cumplimiento de deberes militares y lealtades políticas.
70 Portales advierte que el problema no son las leyes en sí mismas, sino los encargados de velar por su adecuada aplicación.
Los jueces no hacen bien el trabajo, no garantizan la correcta y oportuna sanción de penas y castigos.
MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ Según Sotomayor Valdés, el sentido de pertenencia colabora a este objetivo ya que el cívico se identifica con un cuerpo, un uniforme, y un jefe que lo instruye y al cual debe total obediencia.
74 El entrenamiento es primordial para contrapesar las filas castrenses.
Por este motivo, Portales releva la instrucción de la guardia nacional con diversas medidas.
Primero, insiste en la separación de la comandancia general de armas de la inspección del ejército.
75 Segundo, con el objeto de depurar el ejército, rehabilita la academia militar, orientada a jóvenes de familias decentes, a cargo -entre otras funciones-de la instrucción de cívicos.
76 Tercero, establece la obligatoriedad de ejercicios militares en todo el territorio los días domingo para no interferir en las actividades productivas y laborales; toma la precaución de no entorpecer la misa dominical ni la cosecha de verano para evitar problemas con la iglesia y con los hacendados.
77 Cuarto, incentiva la música como herramienta disciplinaria porque aleja de distracciones groseras.
Su especial interés por formar bandas de músicos comienza con la dotación de instrumentos al batallón número 4, bajo su mando.
78 De esta manera, se formaliza y organiza el contingente cívico sobre una ancha base disciplinada.
79 Para las autoridades peluconas, la ampliación de la cobertura de tropas moralizadas colabora con el orden institucional estatal.
En el discurso anual de 1835 leído frente al Congreso Nacional, el presidente Prieto asegura que: «La disciplina de los cuerpos cívicos, y la extensión que se les da sucesivamente en las provincias, fundamentos indestructibles de la independencia de Chile y la estabilidad de nuestras instituciones republicanas».
80 En el mismo año el ministro de Guerra Bustamante se jacta de que la «milicia es una masa arreglada por las ordenanzas generales del ejército» Agrega que los cívicos de Santiago están en «tan buen estado de disciplina que, en cualquier caso, con pocos días de campaña o cuar-74 Sotomayor Valdés, 1954, 57.
Mientras a la comandancia general le compete la movilización y logística de las tropas, a la inspección le corresponde la organización y funcionamiento interno de los cuerpos (disciplina, moral y orden contable).
76 La academia o escuela militar es fundada por O'Higgins en 1817, pero cerrada dos años después.
tel, podían hacer las fatigas y servicio de los veteranos».
81 La comparación entre ambas fuerzas es un recurso recurrente para justificar las decisiones políticas que apuestan a la guardia nacional como antemural del ejército.
Contar con una tropa moralizada es la base mínima de confianzas entre el comandante del cuerpo y las autoridades de gobierno.
Por lo tanto, la violencia que cae sobre los cívicos en aras de la moralización -tan criticada por la historiografía liberal contemporánea-82 estaría plenamente justificada para un Portales que no duda de la eficacia del «palo y el bizcochuelo, justa y oportunamente administrado» como mecanismo capaz de enderezar a la plebe.
83 Pero los palos y azotes no son el único medio para asegurar la obediencia, ni menos el más efectivo.
La subordinación de los soldados no se sustenta únicamente en la fuerza directa, sino en el empalme de jerarquías cívicas y sociales.
En la tradición miliciana la figura del comandante es clave en dicha articulación.
De allí que la cobertura, el consenso político y la moralización, no sirvan de nada si el gobierno no cuenta con jefes cívicos confiables distribuidos a lo largo del territorio que canalicen las instrucciones y objetivos del gobierno.
Mecanismo sociopolítico y territorial: problema de la confiabilidad y legitimidad de la guardia nacional
En los años treinta el Estado chileno necesita marcar presencia en territorios amplios, dispersos y aislados.
La administración pelucona debe enfrentar el problema geográfico y político de cómo gobernar espacios y habitantes alejados del poder central.
A comienzos de la década, la autonomía provincial de los veinte demuestra que aun puede ser un peligro para el gobierno pelucón.
84 En conformidad, la carta de 1833 elimina las asambleas como estructuras políticas y de representatividad local, sancionadas constitucionalmente desde 1823.
Pero para evitar que las provincias caigan en «turbulencias peligrosas» este último texto limita su accionar.
Aunque la asamblea pierde la facultad de legislar y dictar constituciones, la autonomía provincial sigue dando problemas al gobierno central.
En febrero de 1830 la provincia de Aconcagua declara su independencia frente a la capital y su decisión de elegir una asamblea constituyente, siendo sofocada por el gobierno de Ovalle.
MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ atribuciones para las organizaciones locales precisamente porque los recursos e influencias de sus actores pueden ser desestabilizadores.
Si bien las comunidades pierden peso constitucional y status político administrativo, las jerarquías sociopolíticas locales siguen intactas.
Pero dichos poderes no son un problema para la administración de Prieto, al contrario su avenencia es necesaria para reactivar los resortes de las antiguas milicias.
En este sentido, más allá de la exclusión constitucional, el gobierno reconoce el papel estratégico de las localidades como espacios socialmente jerarquizados.
Así lo indica el nombramiento de comandantes entre ciudadanos, a saber, vecinos distinguidos y respetables, de «notoria calidad».
Son funcionales a un Estado precario -de recursos escasos y burocracia limitada-que requiere administrar y controlar sus territorios, específicamente, que debe garantizar la paz tras un periodo de desorden institucional y guerra interna.
El gobierno refuerza, entonces, la guardia nacional como instrumento de orden público sobre la base de una distribución masiva y territorial de las armas en manos de poderosos locales confiables.
La masificación del servicio es impensable sin la confianza en los ciudadanos y en su expectativa de colaboración en la prosecución de una tranquilidad pública compartida.
85 El problema de la confianza no es solo político sino social.
Desde las primeras milicias del reino de Chile la autoridad social sirve de pivote para la autoridad al interior de los cuerpos, en otras palabras, las jerarquías milicianas se sostienen sobre jerarquías sociales.
De esta manera los sectores decentes asumen la comandancia y oficialidad, mientras que la tropa es reclutada entre campesinos y artesanos, reproduciendo las diferencias sociales al interior de los cuarteles.
86 En términos de Max Weber, la autoridad del jefe cívico se legitima en la tradición, 87 en la forma de vínculo social patronal entre hacendado e inquilinos, verticalidad que se extiende a la relación entre comerciantes y dependientes.
Además, a través de las milicias los rangos sociales son investidos con cargos militares que refuerzan la distinción social en la medida que la graduación miliciana se equipara a la veterana.
Precisamente, dicha transmisión de prerrogativas, códigos y símbolos militares explican el reconocimiento social que aun tiene la 85 Ovalle-Portales, Santiago, 29 de abril de 1830, AMG, v.
87 En la dominación tradicional la autoridad se legitima en la fe en la rutina cotidiana como norma de conducta inviolable.
Su fundamento de legitimidad está en la santidad de las normas y poderes de mando heredados de tiempo inmemorial.
EL PESO DE LAS JERARQUÍAS SOCIALES LOCALES EN EL ORDEN PÚBLICO oficialidad y comandancia miliciana a mediados del siglo XIX.
88 Mientras la historiografía tradicional constata la conveniencia de esta convergencia que refleja las tradiciones sociales que cuadra «el espíritu general del país», la mirada contemporánea liberal es crítica.
La moralización impulsada por Portales no sería más que un instrumento de dominación en los cuarteles, señala Gabriel Salazar; 89 una forma de «sujeción pasiva de los pobres a la jerarquía militar, al orden social y al poder político», agrega Grez Toso.
90 Más allá de las interpretaciones historiográficas, lo cierto es que en este empalme de jerarquías radica la confiabilidad y legitimidad del servicio porque se trata de un mecanismo de seguridad conocido y probado en el tiempo, basado en la dominación social.
Pero más allá de la explicación weberiana sobre la legitimidad de un tipo de autoridad basada en la tradición, en este caso, arraigado en la estructura rural patronal y alentado por el simbolismo militar, ¿por qué tal dominación que alcanza ribetes de autoritarismo social mantiene un status incólume en el tiempo sin mayores cuestionamientos?
¿Es mera reproducción de la tradición lo que explica el empalme de jerarquías sociales y cívicas o hay algo más?
Probablemente sea el propio ministro Portales quien mejor se acerque a la respuesta.
En una célebre carta de 1832 escribe lo siguiente: «El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública.
Si ella faltase, nos encontraríamos a obscuras y sin poder contener a los díscolos más que con medidas dictadas por la razón, o que la experiencia ha enseñado a ser útiles».
91 Con estas palabras establece que el orden social se conserva porque no existe una alternativa racional ilustrada, a saber, hombres sutiles, hábiles y cosquillosos que pudieran cuestionar y luego cambiar dicha estructura social; en términos de Alfredo Jocelyn-Holt porque no existe un orden liberal que critique este orden social fáctico.
92 El resultado es el mantenimiento del statu quo garantizado por el reposo de la masa, a saber, la sumisión, docilidad y obediencia que consagra las jerarquías sociales, y que muy bien colabora a la reproducción de la guardia nacional como un servicio que naturaliza las diferencias y desigualdades sociales.
MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ Ahora bien, a fines de los años veinte las elites todavía ven con reticencia la militarización masiva de quienes consideran inferiores.
En 1831, durante la gran convención de reforma a la constitución de 1828 se retoma el viejo temor de armar al populacho: «¿Cómo formar la milicia nacional sin que vuelva las armas contra su gobierno?».
93 El peligro de entregar el fusil a la plebe se resuelve asegurando su control al jefe cívico, cuya autoridad no es tanto militar como social.
La «gente decente» solo confía en milicias previamente organizadas, jerarquizadas y dirigidas por hombres de su misma categoría social, observa Fernández Abara.
94 De allí la celosa selección de oficiales y comandantes de la guardia nacional que bien grafica el ministro de Guerra Bustamante en la memoria del ramo de 1835: «El Gobierno tiene sumo cuidado de que la fuerza cívica sea mandada por jefes, cuyo carácter, honradez y fortuna presten una garantía al orden».
El documento agrega que la confianza del gobierno en la institución descansa en «bases sólidas y prudentes» porque las jefaturas son designadas a «hombres ilustrados y de sana razón».
La adecuada designación de comandantes augura una fuerza bien arreglada y útil al ejecutivo.
95 Así, más que una efectiva masificación, adecuada instrucción y suficiente financiamiento, es la decencia dada por origen familiar, prestigio local, riqueza y propiedad la garantía primera del orden público.
Ello explica por qué en 1843 el gobierno del presidente Manuel Bulnes (1841-1851) decide nombrar con el cargo de coronel de escuadrones en zonas rurales, a «uno de los propietarios de más nota del distrito militar».
96 El nombramiento de comandantes presupone entonces altas cuotas de confianza que, en las primeras décadas del siglo XIX, está ligada a la decencia de los vecinos y sus familias.
En Hispanoamérica en general y en Chile en particular, el concepto de ciudadanía de las primeras décadas republicanas aun tiene resabios del antiguo concepto de vecino que versa sobre la pertenencia (a un territorio, estamento, cuerpo).
Ser vecino es más que ser habitante de un territorio, es ser poseedor de estatutos al interior de una comunidad política -la ciudad-que otorgan privilegios, franquicias y exenciones.
97 Dado que «el vecino es siempre un hombre concreto, territorializado, enraizado», 98 su notoriedad está dada por el reconocimiento de la 93 «Un proyecto de reforma a la parte 6a el artículo 83 de nuestra Constitución», Artículos relativos a los trabajos de la Comisión de formular un proyecto de la Constitución y otras materias, Anexo 10, Gran Convención, sesión 4.a, Santiago, 25 de octubre de 1831 (Letelier, 1901, XXI, 16).
EL PESO DE LAS JERARQUÍAS SOCIALES LOCALES EN EL ORDEN PÚBLICO comunidad que respeta a quienes tienen un modo honesto de vivir.
99 Pero la decencia no refiere solamente a la extracción social, sino a cómo cada cual reconfirma y representa su relevancia social.
En efecto, «lo más representativo de una comunidad política es su parte más sana: mejor, más distinguida, su sanior pars, melior pars o valentior pars».
100 Por consiguiente, criterios como «moralidad intachable», «patriotismo», «adherencia al orden», «miembro de familia distinguida», «origen familiar prestigioso», «vecino respetable» son los fundamentales para cerciorar que el comandante represente adecuadamente los intereses del gobierno y los de su comunidad.
Se trata entonces de una doble representación, en este caso, en aras del objetivo común del orden público.
En cuanto a la representación de intereses sociales y políticos, el historiador francés Pierre Rosanvallon plantea dos principios.
El «principio de la semejanza» se sostiene en la demanda social que los elegidos hacen a sus pares, es decir, a sus iguales; buscan en el representante la proximidad y el parecido.
El «principio de la diferencia», en cambio, enfatiza las capacidades y la experticia.
Cuando prima este último, el conocimiento del funcionamiento social da al representante las herramientas para responder a las demandas.
En cambio, bajo el primero la experiencia comunitaria entre representante y representado es lo fundamental.
Los vínculos sociales mueven los mecanismos de esta representación inmediata.
Aquellos que pertenecen a los estamentos privilegiados se encargan de mostrar públicamente quiénes son y quiénes constituyen su círculo.
La manera más evidente y directa de representarse es a través de un otro igual.
101 Pero la representación no se agota en la elección.
102 Tal característica de sociedades de antiguo régimen aun se mantiene en el Chile decimonónico.
La mayoría de los cargos no son elegidos, sino designados según criterios tradicionales como status moral y buenas costumbres.
La representación inmediata no se pide, ni se rechaza; se recibe y acepta.
103 Se trata del reconocimiento público del «principio de semejanza»: las elites dirigentes solo ponen a los suyos en cargos de confianza, quienes no se pueden negar a representar a sus iguales.
Estas prácticas políticas se observan precisamente en los nombramientos de comandantes y oficiales de la guardia nacional.
MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ en sus manos reproducir las relaciones de desigualdad al interior de los cuarteles como una arista más del orden social que es preciso mantener.
De esta manera, las diferencias estamentales se representan de manera inmediata, sin intermediación procedimental.
Con todo, obligaciones formales sancionadas constitucionalmente, compromisos políticos, lealtades personales y lógicas locales convergen en un punto: el despacho de nombramiento para comandante de la guardia nacional.
Este instrumento burocrático formaliza la doble representación: como miembro de la elite dirigente el jefe cívico representa los intereses políticos y defensivos del gobierno, y como miembro de la comunidad representa los intereses de los poderosos locales.
A través del despacho las autoridades gubernamentales se aseguran de un contingente armado confiable, y la comunidad del resguardo del orden público local.
Ambos se juegan sus cartas en la figura del comandante.
La doble representación se cierra en el privilegio honorífico que da ser un hombre de confianza del presidente de la república, investido con títulos militares, altamente valorados por la elite chilena como criterio de distinción social.
104 En suma, solo los mejores hombres, solo aquellos que tienen la capacidad para gobernar y mandar, la distinción económica, política y social para estructurar un orden jerárquico deben vestir uniforme cívico y guiar tropas en aras del orden público.
El peso de la noche al que refiere Portales, aseguraría, precisamente, que los mejores hombres sean los que deben ser, a saber, los que están en la cúspide de las jerarquías.
No es pensable ni plausible que sean otros; no están dadas ni son esperables condiciones que cambien esta selección natural.
Al respecto, el ministro de Guerra José Santiago Aldunate se refiere en 1844 a la importancia de salvaguardar este principio, cerciorando la calidad del comandante: «Sin duda que la empresa de organizar la Guardia cívica envuelve cuestiones de alto interés social porque la milicia es y será en lo venidero un cuerpo muy influyente en nuestra suerte política y conviene saber en qué manos habrán de depositarse los resortes que la mueven».
105 De sus palabras se desprende que no cualquiera puede representar al gobierno y a las elites locales porque está en juego la distribución masiva de las armas en los territorios de la República para salvaguardar, precisamente, el orden público que favorece a los poderosos.
El funcionamiento y posicionamiento de la guardia nacional como «recurso de seguridad» incluye pero trasciende la voluntad y gestión política del gobierno de Prieto y de su ministro Portales.
Es parte de un entramado sociopolítico propio de las localidades que ordena jerárquicamente los territorios, al margen de la institucionalidad estatal.
Es más, el Estado al apoyarse en este antiguo mecanismo reconoce sus propias debilidades y releva la fortaleza de las dinámicas y estructuras sociales, de las cuales, quiéralo o no depende para asegurar el orden público.
El gobierno de Prieto observa y actúa; preserva e innova.
Primero, quita poderes fácticos a un ejército revoltoso y fragmentado, poniendo como antemural a un contingente masivo de hombres, sin mayor preparación ni entrenamiento, pero bajo un jefe cívico designado por el presidente de la república para comandarlo en su función defensiva.
Segundo, comprende que sin el apoyo político de las elites la guardia nacional no tiene posibilidad alguna de desarrollo.
Es preciso convencer a la opinión pública y a la tribuna parlamentaria que la institución contribuye a la recuperación de la tranquilidad pública perdida en la crisis de 1829.
Sin este reconocimiento básico no es posible el consenso político necesario para legalizar el financiamiento.
Tercero, la guardia nacional debe evidenciar que sus hombres tienen la destreza y disciplina militar suficiente para servir de contrapeso ante eventuales levantamientos de los uniformados de línea.
Solo tropas moralizadas y comprometidas con el gobierno pueden transformar la deplorable imagen que se tiene de las antiguas milicias, contribuyendo a su credibilidad como fuerza de orden eficaz.
Cuarto, conserva el pilar de las antiguas milicias y asume la relevancia sociopolítica del territorio, depositando el vínculo de mando y obediencia en jerarquías milicianas que empalman con jerarquías sociales sancionadas por la tradición.
Allí radica la eficacia de la guardia nacional.
Este dispositivo a pequeña escala de gestión de las armas se multiplica territorialmente porque es confiable y goza de legitimidad.
En suma, el ejecutivo considera el deber de cargar armas, internalizado en la población por siglos, para innovar.
Las milicias dan paso a una institución con más batallones, escuadrones y brigadas.
Pero no se trata solo de masificar, sino de centralizar el servicio.
Aumenta la cobertura con cuerpos mejor instruidos y disciplinados, bajo el mando de jefes que actúan como punto de anclaje del gobierno en la localidad.
Los poderosos MARÍA TERESA DOUZET CARAFÍ locales colaboran con la función estatal de garantizar el orden público porque también es útil a los intereses de la comunidad que representa.
Solo así la guardia nacional puede cubrir las necesidades de seguridad de los territorios y tener alcance nacional.
Solo así el poder central puede «llegar» e «instalarse» en las localidades.
Solo así el Estado puede centralizarse.
En la época centralizar implica principalmente marcar presencia en territorios aislados y distanciados, pese a sus insuficiencias institucionales.
Al relevar el rol de la guardia nacional en 1841, el ministro de Guerra subrogante Manuel Montt da cuenta de dicha precariedad burocrática estatal: «auxiliar poderoso de las autoridades civiles y judiciales, ya sea en las poblaciones, ya sea en los campos, en donde por la imperfección de nuestro sistema gubernativo, la mayor parte de los funcionarios carecen de recursos para cumplir debidamente sus deberes».
106 En este escenario el gobierno articula la única forma que un Estado precario tiene para mantener la seguridad interna: asumir las debilidades institucionales, reconocer el peso sociopolítico de las localidades, aprovechando la fortaleza de vínculos sociales legitimados para cumplir con objetivos estatales.
Así, durante las primeras décadas del siglo XIX, la centralización del orden público en los territorios es una función compartida y no exclusiva del Estado chileno, que es una institución todavía en proceso de construcción que requiere la colaboración de los poderes locales porque aun no tiene la autosuficiencia burocrática ni la capacidad de monopolizar la violencia.
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El «modelo» norteamericano en la reglamentación de las intervenciones federales en la Argentina decimonónica.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO
Los Estados Unidos constituyeron el principal referente republicano para la formación de los estados hispanoamericanos que se organizaron tras las independencias de comienzos del siglo XIX.
En la Argentina, ese «modelo» 1 fue fundamental para edificar la república representativa federal diseñada por la primera Constitución nacional de 1853 que rige, con reformas, hasta nuestros días.
Sin embargo, sobre el final del siglo Estados Unidos perdió ese status de modelo jurídico, en el marco de crecientes críticas contra el funcionamiento del régimen federal.
2 Entonces, la jurisprudencia nacional comenzó a competir con el ejemplo norteamericano y Estados Unidos pasó a ocupar un rol de referente histórico más que jurídico.
Este trabajo examina los usos de la doctrina norteamericana en la práctica parlamentaria argentina y explora los cambios en su utilización que se dieron entre la organización nacional y el fin de siglo, tomando como mirador los debates que giraron en torno a la reglamentación de la facultad del gobierno nacional de intervenir las provincias en casos de conmoción interna o ataque externo.
Esa competencia, que había sido creada por la Constitución norteamericana, fue incorporada con distintos matices por varias naciones hispanoamericanas que adoptaron el esquema federal.
3 En la Argentina este principio fue consagrado en el artículo sexto de la Constitución nacional 4 y aplicado en más de cincuenta ocasiones durante el siglo XIX, pero su implementación estuvo acompañada de profundos desacuerdos respecto de cuáles eran los alcances de las competencias del poder nacional, y a cuál de los poderes públicos (ejecutivo o legislativo) correspondían.
Esas 1 Nos referimos al conjunto de doctrina constitucional y jurídica norteamericana laxamente como modelo, a pesar de los desacuerdos que tenían lugar en Estados Unidos sobre el funcionamiento político e institucional de la república federal.
Esos desacuerdos fueron recuperados en la Argentina y alimentaron a su vez las controversias sobre los dilemas que el país estaba enfrentando para la organización de su sistema político.
Sobre la historia norteamericana del periodo: Bender, 2006.
Sobre el régimen federal en la Argentina: Botana, 1993.
4 La carta de 1853 estableció que «El Gobierno Federal interviene con requisición de las Legislaturas o Gobernadores provinciales, o sin ella, en el territorio de cualquiera de las Provincias, al solo efecto de restablecer el orden público perturbado por la sedición, o de atender a la seguridad nacional amenazada por un ataque o peligro exterior».
Posteriormente, durante la reforma constitucional de 1860 que acompañó la incorporación de Buenos Aires a la Confederación Argentina se reformó el artículo para preservar la autonomía de esa provincia frente al poder nacional y quedó redactado así hasta la actualidad: «El gobierno federal interviene en el territorio de las provincias para garantir la forma republicana de gobierno, o repeler invasiones exteriores, y a requisición de sus autoridades constituidas para sostenerlas o restablecerlas, si hubiesen sido depuestas por sedición, o por invasión de otra provincia».
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN controversias plantearon la necesidad de sancionar una ley reglamentaria del mencionado artículo constitucional, iniciativa que el Congreso encaró en varias ocasiones pero que solo en dos momentos tuvo alcances políticos decisivos.
El primero se produjo en 1869-1870 en el marco de los intentos del poder nacional de subordinar al conjunto de las provincias para consolidar el naciente estado, y el segundo se dio varias décadas después, en los años noventa, en el marco de una profunda crisis política.
En esas dos instancias, la historia constitucional de los Estados Unidos funcionó como el espejo frente al cual las dirigencias evaluaron la situación argentina y defendieron cursos de acción diversos y, en ocasiones, opuestos.
La centralidad del modelo norteamericano en la temprana experiencia constitucional
El ejemplo estadounidense tuvo un decisivo impacto en el diseño constitucional de las repúblicas hispanoamericanas durante el siglo XIX.
5 En el caso argentino, los estudios sobre esas apropiaciones se han concentrado en las polémicas que acompañaron la sanción de la Constitución en 1853,6 pero han prestado menor atención al peso que ese ejemplo tuvo, en las décadas siguientes, en la traducción práctica de los preceptos constitucionales a un corpus legislativo que normara específicamente algunos principios por ella enunciados.
Esto ha hecho perder de vista que en el marco de esa labor parlamentaria se apeló constantemente a los argumentos brindados por los publicistas norteamericanos, que fueron incorporados y traducidos a las necesidades de la organización política nacional.
7 Por ese motivo, en los años sesenta y comienzos de los setenta se impulsó la traducción y circulación de los principales tratados de teoría política y constitucional norteamericana, pues como sintetizaba el traductor argentino de la obra de Kent: las dificultades y embarazos con que actualmente tropiezan los poderes creados por la Constitución, en el ejercicio de sus atribuciones, no podrán ser allanados mientras no se difunda y facilite en la República un perfecto conocimiento de la naturaleza de dichos poderes, así como nociones claras acerca de la estension de sus facultades [...] estas tan recientes instituciones continuarán siendo letra muerta, hasta que una autorizada jurisprudencia no venga a definir las dudas y esclarecer los puntos oscuros del código fundamental.
8 LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO Con esos objetivos, el poder ejecutivo nacional adquirió y fomentó la traducción de las obras de Alden, Cushing, Grimke, Kent, Paschal, Story y Tiffany, entre otros, y las distribuyó entre legisladores, funcionarios, universidades, bibliotecas y juzgados de distintas provincias.
Esas ediciones en español, acompañadas de estudios introductorios, fueron elaboradas por reconocidos publicistas que buscaron demostrar la utilidad de la experiencia de los Estados Unidos para la edificación del sistema político argentino.
9 Junto con el impacto directo de los libros, la difusión de esas doctrinas entre una parte importante de la clase política fue alimentada por la circulación de revistas especializadas, la incorporación de obras de derecho norteamericano al currículum de los colegios nacionales desde 1863 y el establecimiento de las cátedras de Derecho Constitucional en las universidades de Córdoba (1858) y Buenos Aires (1868).
Ese impacto de la doctrina constitucional de los Estados Unidos se hizo evidente durante el primer debate de amplias proporciones acerca la necesidad de reglamentar el artículo sexto.
Este se produjo en 1868, a comienzos de la presidencia de Domingo F. Sarmiento, como consecuencia de la intervención de la provincia de San Juan.
10 En esa crisis política, que hizo evidentes tensiones y disputas entre los poderes públicos nacionales así como entre el ejecutivo nacional y los ejecutivos provinciales, se enfrentaron dos grandes posturas.
La primera, expresada por el ex presidente Bartolomé Mitre, 11 defendía la facultad exclusiva del Congreso de decidir la intervención en los casos (como el sanjuanino) en que peligrara la forma republicana de gobierno, mientras entendió que el ejecutivo tenía la potestad de hacerlo en los demás casos previstos por el artículo sexto, durante el receso parlamentario y a condición de rendir cuentas al Congreso cuando reiniciara sus sesiones.
12 La otra postura fue sostenida por los ministros nacionales que estuvieron presentes en el recinto y defendieron la facultad del ejecutivo de intervenir en todos los casos detallados por el artículo constitucional, señalando que al Congreso tocaba completar esa acción otorgando las herramientas materiales asociadas a las intervenciones: cuerpos de 9 Zimmermann, 2014.
10 Sarmiento no representaba entonces a ningún partido y había llegado a la presidencia impulsado por un grupo de oficiales del Ejército y por un acuerdo entre elementos del partido nacionalista de Mitre y del otro partido de Buenos Aires, el autonomista.
11 Líder del partido liberal nacionalista de Buenos Aires, que había estado a la cabeza de la organización nacional a partir de la unión de esa provincia a la Confederación Argentina en 1861.
12 Las sesiones ordinarias se extendían del 1° de mayo al 30 de septiembre.
El receso parlamentario daba así un amplio margen de acción al ejecutivo.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN milicias y recursos materiales.
La primera posición afirmaba el poder del legislativo de actuar siempre que la Constitución mencionara ambiguamente al «gobierno federal», mientras que la segunda argüía que la carta nacional no daba esas potestades al legislativo porque, de haberlo querido hacer, las hubiera mencionado en los capítulos en que se refería explícitamente a las facultades del Congreso.
La letra de la Constitución y sus opacidades alentaron así las controversias.
Al año siguiente, y por iniciativa de Mitre, los diputados Manuel Quintana por Jujuy y Santiago Cáceres y Nicéforo Castellanos por Córdoba presentaron dos proyecto de leyes reglamentarias 13 que precisaban el alcance del artículo constitucional y que buscaban así eliminar las arbitrariedades en la materia.
14 Aunque las dos fueron aprobadas por el legislativo, el ejecutivo las vetó y presentó una contrapropuesta que tampoco fue aceptada por las cámaras.
15 ¿Qué diferenciaba las propuestas?
Una vez más, hacían una lectura distinta de lo estipulado por el artículo sexto que otorgaba la facultad de la intervención al «gobierno federal».
A pesar de la ambigüedad de la fórmula, en la práctica las intervenciones habían funcionado en la mayoría de los casos como prerrogativa del ejecutivo (aunque las había dispuesto en general durante el receso legislativo).
Frente a esa situación de hecho, las dos leyes reglamentarias sancionadas por las cámaras concentraban en el legislativo las facultades federales de intervenir en el territorio de las provincias.
Solamente se autorizaba al ejecutivo a decretar la intervención durante el receso del legislativo -que en los primeros días de sesiones debía aprobar o rechazar el curso de acción del presidente-y a movilizar las milicias necesarias y efectuar gastos en los casos menos controversiales: para ejecutar leyes del Congreso, sofocar guerras interprovinciales e invasiones exteriores.
De este modo se procuraba mantener al ejecutivo fuera del «régimen interno de las Provincias» y evitar así «la omnipotencia de los gobiernos».
16 Explícitamente se establecía que esa norma no constituía una «ley orgánica» puesto que «la razón aconsejaba postergar el trabajo 13 Las leyes «reglamentarias» apuntaban a regular los mecanismos de realización del artículo sexto y establecían la necesidad de que en cada caso de intervención se sancionara una ley particular.
En cambio, las «orgánicas o generales» buscaban establecer de manera general los mecanismos de intervención y desechar la necesidad de discusión legislativa en cada caso.
Botana (1998, 124) menciona que los proyectos de ley fueron elaborados por Mitre y luego presentados al Congreso por esos tres diputados aliados.
Como antecedente se encontraban varios proyectos parlamentarios de los años cincuenta y sesenta (Sommariva, 1931).
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO de una ley general y completa, y consignar aquellas normas precisas que fuesen más necesarias, supeditando a la experiencia del porvenir la fijación de otras reglas que completasen la doctrina».17 Los miembros del Congreso consideraban así que estas dos leyes solo debían regir provisoriamente hasta que llegara el momento de sancionar una normativa general en la materia.
Por el contrario, la propuesta de Sarmiento era sancionar una ley orgánica o general (pues el presidente era particularmente crítico de la idea de dictar «una ley de circunstancia») que fortaleciera las atribuciones del ejecutivo nacional.
Para ello, propuso adoptar una ley norteamericana: la Militia Act de 179518 que reglamentó la garantía federal establecida en el artículo cuarto de la Constitución de esa nación, y que había sido escasamente invocada y aplicada hasta la guerra civil y la reconstrucción.
El ejecutivo fundó esta propuesta en la ventaja que suponía «una práctica conocida y los resultados de la experiencia», oponiéndola así a un proyecto derivado simplemente de ideas de los legisladores:
El presidente consideraba que aunque había una variedad de posturas teóricas y preferencias políticas de los legisladores sobre cómo debía funcionar el régimen federal, en la práctica solo Estados Unidos había probado con éxito el sistema, y en ese sentido su legislación y práctica federal constituía una guía más segura que la más breve historia nacional y los antecedentes casuísticos de las intervenciones a las provincias argentinas realizadas entre 1853 y su presidencia.
Para llevar la cuestión lejos del terreno político, proponía al Congreso realizar a través del ministro plenipotenciario en Washington una consulta sobre los alcances de la mencionada ley «a los constitucionalistas más distinguidos tales como Curtis, Reverdy, Johnson, Pomeroy y Sumner, u otros que sean la más alta expresión intelectual de los diversos partidos de la Unión».
Ese diálogo podía ofrecer al EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN Congreso argentino una puesta al día de las principales polémicas y resultados en materia de garantía federal y permitir que la sanción de la ley se enmarcara en «una esfera científica, imparcial, elevada».
20 Su propuesta, que copiaba enteramente el texto norteamericano, daba vastas facultades de intervención al ejecutivo en las provincias para garantizar la «seguridad pública».
Establecía que el presidente podía movilizar a las milicias en caso que debiera contenerse una invasión o sofocar una insurrección «sin que la presencia o el receso del Congreso introduzca modificación alguna en su ejercicio».
21 De esta manera, no solo impugnaba el proyecto de las cámaras de fortalecer las facultades del legislativo, sino que buscaba eliminar la práctica de sanción legislativa de las intervenciones.
Con ese objeto, el presidente argumentaba que era necesaria una ley orgánica de carácter general, pues no puede, no debe preceder ley del Congreso para acordar lo que la Constitución tiene acordado; suponer que cada vez que se requiera proteger, intervenir para restablecer, se ha de dictar una ley especial, es suponer que fuera motivo de deliberación el cumplir o no con las garantías y las disposiciones textuales expresas en la Constitución.
22 Para reforzar esta propuesta adjuntaba además una nota del ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en Buenos Aires al ministro de Relaciones Exteriores, en la que el primero daba cuenta de las facultades presidenciales en Estados Unidos «para intervenir en los negocios internos de un estado bajo ciertas circunstancias», práctica que, según mencionaba, había sido llevada a cabo desde los primeros presidentes hasta las más recientes necesidades impuestas por la guerra civil: «Negar ese derecho es asegurar que existe en las provincias o Estados igual o superior autoridad a la del Gobierno Federal [...] doctrina odiosa para nosotros pues nos ha envuelto en la última terrible guerra».
23 Así, al mismo tiempo que apuntalaba las pretensiones del ejecutivo argentino, daba cuenta también de las dificultades y controversias que la fórmula federal había generado en su país.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO Se ha sugerido que esta posición que tuvo Sarmiento durante su presidencia acerca de la relación gobierno central/provincias se vinculó a un cambio «oportunista».
Este publicista, que había defendido la tesis autonomista en la convención constituyente de 1860, se inclinó posteriormente por la organización de un Estado central fuerte.
24 Recientemente se ha señalado que ese cambio pudo haberse ligado también a las modificaciones que se dieron en la política norteamericana, que él seguía tan de cerca, como consecuencia de la guerra civil.
25 En lo que refiere puntualmente a la reglamentación de las intervenciones, consideramos que en ese cambio de posición de Sarmiento influyó también la apelación que Lincoln hizo de la garantía federal en sus acciones militares contra el Sur, al considerar que la secesión era inconstitucional por lo cual los estados del Sur seguían perteneciendo a la unión y simplemente se hallaban en rebeldía.
26 Por ello apeló a la garantía federal y a la ley de 1795 (la misma que Sarmiento propuso copiar) cuando movilizó milicias en 1861: «En otras palabras, se trataba de un caso de insurrección interna, una rebelión llevada a cabo por ciudadanos criminales, no de una guerra entre naciones».
27 En sintonía, la propuesta de Sarmiento de afirmar las prerrogativas del ejecutivo en materia de intervención se ligaban a su preocupación por asegurar la obediencia al poder nacional en el conjunto del territorio, y específicamente con su programa en pos de terminar con focos de poder en distintas provincias, que actuaban con independencia del gobierno nacional y socavaban su autoridad y capacidad de mando.
28 En su veto a las leyes sancionadas por cámaras pesaron esas preocupaciones sobre la obediencia y el orden en las provincias y su programa de un gobierno «fuerte», que se vinculaban con sus aspiraciones políticas personales pero las excedían.
Asimismo, el rechazo de las cámaras al proyecto del ejecutivo puede haberse ligado a varios factores: al «espíritu de cuerpo» denunciado por el presidente, a desacuerdos en los modos que se entendía debía operativizarse la fórmula federal y las prerrogativas que correspondían en ese marco a cada uno de los poderes públicos, así como al hecho de que el Congreso fuera entonces el espacio de expresión de la oposición liderada por Mitre.
28 Sobre los desafíos a estabilidad política de la Argentina en las primeras décadas de vida constitucional: Halperin Donghi, 1995.
Tal vez esos factores expliquen por qué no se alcanzó un punto de acuerdo entre las dos posturas.
El ejecutivo podría haber aceptado las leyes si el Congreso hubiera limitado sus facultades exclusivas a los casos de subversión de la forma republicana de gobierno y hubiera concedido que en el resto de los casos previstos por el artículo sexto podía intervenir el ejecutivo.
29 Pero el Congreso no tomó ese camino y buscó tener mayores atribuciones, lo cual dificultó las negociaciones en un tema ya de por sí muy complicado, pues condensaba tensiones verticales entre provincias y gobierno central con fricciones horizontales entre los poderes nacionales.
Las dos cuestiones se cruzaban y confundían pero no eran equivalentes.
Al Congreso le preocupaba la relación ejecutivo/legislativo y quería demarcar sus atribuciones.
En cambio, Sarmiento sentía más urgencia por definir la relación gobierno central/provincias, y fortalecer al poder ejecutivo dotando al presidente y sus ministros de la libertad suficiente para que su acción frente a crisis en las provincias pudiera ser «rápida, vigorosa y eficaz».
30 Con preocupaciones y agendas diversas, el presidente, sus ministros y los miembros del Congreso apelaron a la legislación y práctica constitucional de la nación del Norte.
Esa jurisprudencia estructuró los argumentos sostenidos por los contendientes, demostrando la importancia de la labor de difusión de la historia constitucional norteamericana para la organización institucional de la Argentina.
31 De los libros que unos y otros llevaron al recinto y de los folletos con fragmentos de obras que fueron repartidos, los más utilizados se dividieron en tres grupos.
Unos fueron considerados «antiguos» por los oradores: El Federalista, que en otros países de habla hispana había tenido traducciones parciales pero aun no había sido editado completo en español; John Ticknor Curtis, Historia del origen, formación y adopción de la Constitución de los Estados Unidos, original de 1854 y traducción de 1866; Luther S. Cushing, Manual of Parliamentary Practice: Rules of Proceeding and Debate in Deliberative Assemblies, publicada en 1854 y no traducida aun; James Kent, Del gobierno y jurisprudencia constitucional de los Estados Unidos, original también de 1854 y traducción de 1865; Joseph Story, Comentarios a la Constitución Federal de los Estados 29 Sommariva, 1931.
31 Algunos representantes descartaron el uso de tratados norteamericanos, pues «esos libros: son parciales, apasionados» y en ellos también se encontraban contenidas las disputas contemporáneas entre el Congreso y el presidente de Estados Unidos.
Por ejemplo, el senador por San Juan, Tadeo Rojo, declaró: «Nosotros tenemos nuestro libro, la Constitución, y en ella debemos estudiar para formar nuestros juicios».
Esos libros fueron citados por todos aquellos que intervinieron en las polémicas, para defender posiciones diversas y en ocasiones completamente opuestas.
Como resumía el ministro de Relaciones Exteriores:
Refutando esos discursos [de Mitre] apoyaré mi doctrina, y desarrollaré mi pensamiento.
Para ello, voy a servirme mucho de mi biblioteca, señor Presidente, pidiendo disculpas al Senado si molesto su atención.
No debe extrañarse que yo me sirva de los libros para dar autoridad a mi palabra, cuando el señor Senador por Buenos Aires, hombre de gobierno, constitucionalista consumado, ha sentido la misma necesidad que yo, apoyando la mayor parte de sus argumentos en autores americanos, los mismos que yo voy a citar.
32 Los polemistas hicieron referencia también a sentencias de la Corte Suprema de Estados Unidos.
En especial remitieron a «Luther vs. Borden», el fallo que la Corte promulgó en 1849 en relación a un conflicto desatado en Rhode Island durante la rebelión de Dorr en 1842, que derivó en la organización de dos gobiernos.
33 El presidente de la Corte, Roger B. Taney, afirmó entonces que el presidente y el Congreso debían tomar la decisión 32 Ibidem, 214.
33 En 1841 la Constitución de Rhode Island solo concedía voto a los terratenientes que representaban una octava parte de la población.
Una convención popular impugnó esas condiciones y convocó a la elección de autoridades con una nueva reglamentación que otorgaba derechos políticos amplios.
En ella fue elegido Thomas W. Dorr, y comenzaron a funcionar dos legislaturas y dos poderes ejecutivos.
Dorr tomó control del noroeste del Estado e inició una acción militar a la que el gobernador conservador en ejercicio, Samuel Ward King, respondió dictando la ley marcial.
King requirió además el apoyo del presidente Tyler, quien «aunque la causa era muy antipática, éste lo prometió para cuando fuese indispensable».
Finalmente «la fuerza del Estado los dispersó antes de que la protección federal se formalizase» (Sommariva, 1935, 12-13).
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN respecto de cuál de los era el legítimo, y que el poder judicial no tenía injerencia alguna en el asunto.
La utilización de ese célebre fallo por las dos partes en debate ilustra cómo las mismas fuentes de autoridad eran invocadas para argumentos opuestos.
Mitre señaló que Taney había establecido la supremacía del legislativo sobre el ejecutivo al indicar que incluso cuando el presidente utilizara las facultades conferidas por la Militia Act de 1795, esa era una ley reglamentaria dictada por el Congreso de los Estados Unidos y no una facultad otorgada al presidente directamente por la Constitución.
34 Por ello, el Congreso tenía poderes para revisar y en caso necesario rectificar la acción presidencial, tal como lo había expresado también otro tratadista recuperado por Mitre, George Paschal.
Armado con estos argumentos, el ex presidente concluía:
En esta línea de argumentación, al no haberse dictado todavía ninguna ley reglamentaria de intervenciones federales, el Congreso retenía todas las facultades en la materia.
Frente a esto, el senador por La Rioja, Abel Bazán, respondió a Mitre que Taney se había limitado a afirmar que, cuando debía admitirse a un estado en la Unión, correspondía al Congreso evaluar que allí funcionara la forma republicana de gobierno: «Esto es, todo lo que importa el juicio del Juez Taney».
36 Posiciones opuestas fueron así defendidas de la mano de la misma jurisprudencia norteamericana, demostrando la importancia que todos los legisladores, más allá de su posición política, dieron a esas fuentes jurídicas durante las primeras décadas de vida constitucional.
Unos lo consideraron el puntapié inicial para comenzar a dar forma a una jurisprudencia propia.
Otros, como Sarmiento, lo juzgaron como modelo más acabado y que como En efecto, «la constitución política del país» no se había agotado en la sanción de la carta nacional sino que la edificación de las instituciones por ellas consagradas tomó varias décadas de aprendizaje, debates, desacuerdos y experimentación.
38 Un aspecto de ese proceso fue la reglamentación del artículo sexto sobre intervenciones.
38 Como expresaba el senador por Córdoba Martín Piñero, se trataba «de un derecho nuevo sobre el cual todos estamos estudiando recién e ilustrándonos» y resaltaba los conocimientos adquiridos en el marco de la práctica parlamentaria, recordando que «en 1862 tomaba yo asiento por primera vez en esta Cámara en medio de un cuerpo deliberante; apenas había leído la Constitución sin entenderla perfectamente bien a pesar de que mi inteligencia estaba poco más o menos a la altura de la generalidad de las gentes del país; puesto que en la Convención del año 60 apenas tres o cuatro individuos mostraron que algo habían leído y sabían sobre las instituciones americanas».
Y continuaba sobre el tema al día siguiente: «Recuerdo que en la Convención en 1860 cuando se discutía en Buenos Aires la Constitución, tres o cuatro miembros de aquel respetable cuerpo, se podía decir que tenían algunas ideas y jurisprudencia constitucional; los demás muy poco habían y ni aun libros en que estudiar la materia, existían en Buenos Aires.
Habían libros como Tocqueville y otros que son más bien historias y viajes, que una discusión precisa sobre la materia, sobre la aplicación práctica de un artículo de la Constitución, o si había sería muy raro el hombre que los poseyese».
La diferencia con la familiaridad con que él y sus colegas se expresaban sobre doctrina norteamericana siete años después es notable.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN el más extenso que se dio sobre esa cuestión durante el siglo XIX y dejó sentados importantes antecedentes para decisiones futuras.
Por una parte las polémicas validaron y dieron nuevo impulso a la tarea de traducción y difusión de doctrina norteamericana que continuó en los años siguientes.
39 Pero también los argumentos de los miembros del Congreso circularon más allá del recinto y pudieron ser recuperados en las décadas posteriores.
40 Aunque en los años setenta continuaron prevaleciendo las intervenciones por decreto presidencial, esta tendencia se modificó con el establecimiento de un «sistema de hegemonía gubernamental» por parte del Partido Autonomista Nacional (PAN) en 1880.
41 Ese año resultó un punto de inflexión en la política argentina: entonces se selló la definitiva supremacía política y militar del Estado nacional sobre las provincias, especialmente sobre la poderosa Buenos Aires, tras el triunfo de Julio Roca sobre el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, en las elecciones de presidente -y la derrota de la protesta armada porteña contra esos resultados-, que derivó en la federalización la ciudad de Buenos Aires y la prohibición a los gobiernos de provincia de formar cuerpos militares.
Las siguientes décadas estuvieron dominadas por la hegemonía del PAN que buscó clausurar la agitada experiencia política que había caracterizado la vida pública hasta el momento, gobernando con un programa sintetizado bajo el lema de «paz y administración».
Durante las presidencias de Julio Roca (1880-1886) y Miguel Juárez Celman (1886-1890) se procuró manejar los conflictos que tuvieron lugar en las provincias informalmente dentro del acuerdo entre las dirigencias que constituían el PAN y lejos de la arena parlamentaria.
Entonces solo se dieron cuatro intervenciones en toda la década, y solamente una de ellas por decreto del ejecutivo.
Más que de un renovado poder del legislativo, este cambio daba cuenta de las modificaciones en la relación entre los poderes que traía el hecho de que el PAN tuviera una cómoda posición en el Congreso.
En esos años no se dieron iniciativas de amplias proporciones en pos de sancionar una reglamentación general e incluso el tema perdió interés en las aulas universitarias donde prácticamente no recibió 39 Zimmermann, 2014.
40 El Senado publicó La cuestión San Juan donde constaban las polémicas de varias sesiones sobre la intervención a aquella provincia.
Asimismo, la Revista de Legislación y Jurisprudencia publicó un extenso artículo denominado «Facultad de Intervenir» en la sección de Derecho Constitucional donde se reprodujeron los proyectos de ley y parte de los debates sostenidos en las cámaras.
41 El PAN se organizó como una constelación de líderes provinciales a fines de los años de 1870.
En ella confluyeron sectores dirigentes de varias provincias y del partido autonomista de Buenos Aires.
La expresión entrecomillada pertenece a Botana, 1998.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO atención de los doctorandos.
42 Pero el problema volvió a surgir con fuerza en los años noventa, cuando aparecieron las primeras grietas en el régimen de hegemonía del PAN.
Debates y críticas sobre el modelo norteamericano: alcances y límites de una nueva cuestión «moral» Durante la década de 1890 las referencias a los Estados Unidos en las cámaras se modificaron y comenzaron a caer en desuso, al tiempo que las reflexiones sobre la propia experiencia argentina comenzaron a ocupar un lugar más relevante.
En ese marco cambió el rol que el experimento norteamericano jugó en los debates parlamentarios locales.
En las décadas de los sesenta y setenta el modelo constitucional y la legislación de aquel país habían resultado fuentes textuales para la elaboración de un corpus legal.
En los noventa, en cambio, no se buscó calcar su jurisprudencia sino evaluar y contrastar sus particularidades históricas.
Esta nueva perspectiva ponderaba las características de la sociedad norteamericana por sobre su aporte jurídico.
En tono optimista, se mostraba la posibilidad del éxito asociada a esa legislación y a esa estructura social, mientras que en tono pesimista se negaba la posibilidad de que esa jurisprudencia fuera adecuada para un tipo de sociedad como la argentina.
Estos cambios en los términos de la discusión y en el uso del ejemplo norteamericano en las cámaras se hicieron evidentes en el segundo momento de debate sobre la reglamentación del artículo sexto que se dio entre 1893 y 1894.
Entonces la situación política del país había cambiado.
Aunque el Estado nacional había logrado afirmar su autoridad frente a las provincias en 1880, en los años noventa aparecieron nuevos desafíos que se vinculaban a la política partidaria y que se materializaron en un ciclo de revoluciones, protestas y disturbios protagonizados por un nuevo partido opositor, la Unión Cívica Radical (UCR), 43 que llevaron a que en 1893 se interviniera media docena de provincias y se dictara el estado de sitio en todo el país.
44 Tras el fracaso en sancionar una ley reglamentaria o una orgánica en 1869, no existía una normativa vigente sobre el procedimiento de 42 Chiaramonte y Buchbinder, 1992.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN las intervenciones, pero sí el antecedente de que durante los años ochenta habían sido decididas casi en su totalidad en el Congreso.
En esta crítica coyuntura de 1893, las intervenciones también fueron por decisión parlamentaria, pero en su ejecución se hicieron evidentes intersticios y recursos que el ejecutivo conservaba para fortalecer sus facultades, como por ejemplo su potestad para instruir a los interventores.
Por este motivo, durante 1894 el Congreso debatió extensamente el proceder del ejecutivo en las intervenciones del año anterior y la necesidad de reglamentar las atribuciones del gobierno nacional en la materia.
45 A diferencia de 1869, cuando las disputas políticas fueron presentadas como fricciones entre poderes nacionales o entre el gobierno central y las provincias, quienes lideraron los debates en los noventa colocaron en el centro de las controversias los conflictos partidarios entre el gobierno y sus críticos.
46 En 1894 se incorporaron a las cámaras doce diputados y un senador, Bernardo de Irigoyen, de la UCR.
47 Las propuestas de reglamentación de las intervenciones partieron de estos legisladores de la nueva oposición que elaboraron un proyecto de ley que buscaba terminar con los intersticios reglamentarios que posibilitaban la injerencia discrecional de los distintos poderes.
Como en 1869, establecía la necesidad de que toda intervención nacional fuera autorizada por el Congreso y, si esta sucedía durante el receso, que fuese inmediatamente refrendada al reiniciarse las sesiones.
Instauraba la necesidad de una justificación de los motivos y objetivos de la intervención por parte del gobierno nacional y del poder provincial que la requiriese, y establecía que solo se podían reponer las instituciones republicanas cuando hubieran sido «revocadas por instituciones contrarias».
48 Además fijaba límites a la capacidad de acción del interventor en asuntos locales y establecía una instancia judicial para reprobar su comportamiento.
46 Esto no significa que los conflictos partidarios hubieran estado ausentes a fines de los años sesenta, ni que para los años noventa hubieran desaparecido las disputas entre el gobierno central y las provincias, sino que en la expresión de las controversias el acento fue puesto en una u otra cuestión.
47 Si bien Irigoyen formaba parte de la nueva oposición no era un recién llegado a la política.
Había sido miembro del gabinete de ministros durante las presidencias de Nicolás Avellaneda (1874-1880) y Julio A. Roca (1880-1886), y había sido diputado nacional por la provincia de Buenos Aires.
48 En la segunda mitad del siglo XIX gran parte de las discusiones sobre la legalidad de las intervenciones federales se vincularon al debate sobre en qué consistía específicamente la forma republicana de gobierno que el poder federal garantizaba.
Por esos motivos con esta formulación se trataba de poner fin a esa opacidad que dejaba un amplio margen de arbitrio en la consideración de las situaciones particulares.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO El proyecto pasó a tratativa de la comisión de negocios constitucionales pero su tratamiento no fue retomado, probablemente por ser una iniciativa opositora.
Por esos motivos, el senador radical Bernardo de Irigoyen forzó una discusión en la materia solicitando la interpelación al ministro de Interior para que rindiera cuenta del accionar del ejecutivo en las intervenciones.
La formulación de estas iniciativas radicales hizo evidentes algunos cambios en el rol de Estados Unidos como referente.
A diferencia de los debates del 69, donde se comenzaba exponiendo el ejemplo norteamericano como base necesaria para abordar luego los desafíos nacionales, el proyecto radical para regular las intervenciones recurría solo a ejemplos locales, «reglamentando exclusivamente aquellos puntos en que es más posible el acuerdo, porque su interpretación surje clara y evidentemente de la letra y del espíritu de nuestra Constitución».
50 Esta opción daba cuenta de una novedad en la práctica parlamentaria.
En vez de exponer en un comienzo la referencia norteamericana como punto de partida para cualquier discusión, esta era colocada al final como ejercicio comparativo con lo propuesto.
La estructura argumentativa sumaba ahora un conjunto de capas que solidificaban el argumento: la historia del país, los antecedentes políticos, los motivos, otros trabajos preparatorios y doctrinas, y finalmente un ejercicio comparativo con legislación o comentaristas extranjeros, que en el caso del federalismo remitían privilegiadamente a los Estados Unidos.
51 Esa estructura fue utilizada tanto por los legisladores opositores como por un ministro nacional, Wenceslao Escalante, que fue interpelado por la cámara de diputados sobre su accionar en materia de intervenciones.
Entonces el ministro avanzó sobre los antecedentes nacionales y al llegar a la parte de la comparación con la legislación extranjera, optó por soslayarla (al igual los legisladores radicales) con las siguientes palabras:
No podemos, en este caso, referirnos o darle gran importancia a la interpretación comparativa con las instituciones análogas de los Estados Unidos, porque, aparte de que este criterio no está tan de moda como en los primeros tiempos de nuestras aplicaciones de la constitución, en que, a falta de antecedentes propios y de conocimientos de la índole del funcionamiento de los poderes dentro de las instituciones que nos habíamos dado, se recurría a buscar cómo, en análogas circunstancias, se había procedido en aquel país.
51 Este modelo de fundamentación no era nuevo y había sido ampliamente utilizado por Juan B. Alberdi.
Este comentario de Escalante era un síntoma del cambio del lugar de referencia jurídica del modelo norteamericano, pero también una fuerte sugerencia en pos de abandonarlo por completo.
Pues aunque la apelación a los Estados Unidos estaba pasada de moda, en los debates parlamentarios sobre las intervenciones se continuaba remitiendo a ella, aunque en menor grado y erudición que en 1869, y también con propósitos distintos.
¿En qué casos aparecía ahora el ejemplo norteamericano?
En primer lugar continuó siendo una cita de autoridad en discursos preparados de antemano como las interpelaciones a ministros o la fundamentación de proyectos de ley.
Allí la comparación con esa jurisprudencia fue más frecuente y literal, probablemente por la posibilidad de preparar con anticipación los discursos y consultar las obras.
En ese marco la doctrina norteamericana fue usada para dar un enfoque más universal a la definición de conceptos como «forma republicana de gobierno» o para indagar las fuentes de los artículos de la Constitución nacional.
En segundo lugar, se recuperaron ejemplos históricos como los casos de Rhode Island y Luisiana.
El primero ya había sido utilizado en los debates de 1869.
El segundo remitía a un conflicto posterior que tuvo lugar durante la presidencia de Hayes (1877-1881).
Entonces se habían formado en Luisiana dos legislaturas y dos gobiernos, uno republicano y otro demócrata.
El presidente, que era amigo político del contendiente republicano, envió una comisión para que se encargase de reconocer con independencia cuál era la legislatura legítima, que resultó ser la demócrata, y el gobernador elegido fue entonces un opositor.
Estos dos casos fueron constantemente rememorados en las cámaras por varios motivos.
Por una parte, esas experiencias formaban parte de un conjunto de referencias más sencillas de recordar que los tratados jurídicos y se hallaban disponibles tanto en los libros de historia norteamericana como en los propios diarios de sesiones que los legisladores tenían a su disposición.
53 Por otra, la posición asumida por el gobierno federal, especialmente en el caso de Luisiana, permitía llevar la discusión más allá de la arena jurídica hacia al plano de cuál era el comportamiento político moralmente aceptable de un presidente.
Para debatir este último punto, la moral presidencial, también se hizo referencia a la guerra de Secesión y la actuación del gobierno federal.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO Durante su interpelación, el ministro del Interior, Manuel Quintana, fundamentó las intervenciones y el estado de sitio de 1893 en función de la existencia de una situación de conmoción política que ponía en peligro al país y que, a su juicio, demandaba la necesidad de concentrar en el ejecutivo mayor capacidad de acción.
Desde la vereda opuesta, la guerra de Secesión le sirvió al senador radical Bernardo de Irigoyen de punto de comparación en negativo, para refutar la supuesta excepcionalidad de la situación de crisis del momento y mostrar que en el caso nacional no estaba en riesgo la integridad del país, sino que se trataba más bien de disputas locales:
Y no hablemos de la guerra de secesión en los Estados Unidos.
No puede traerse a mención, cuando se están discutiendo las contiendas domésticas de los estados.
Aquella fue una gran revolución, la más imponente, la más tremenda que ha presenciado la humanidad [...] y no hemos de traer esto como doctrina para decidir si el doctor García debió seguir gobernando quince días más o menos en la provincia de Tucumán.
54 Al igual que en 1869, también la vida pública de Lincoln aparecía en estos debates como un ejemplo a imitar.
Sin embargo lo que subrayaba Irigoyen, a diferencia de lo que había hecho Sarmiento un cuarto de siglo antes, no era su accionar frente a los estados sino su comportamiento.
En contraposición a los debates de 1869, en los cuales la figura de Lincoln aparecía asociada a las formas de aplicación de la normativa y alimentaba una discusión organizada en función de emular las leyes norteamericanas y discutir sus fuentes, en 1893 era su personalidad lo que se consideraba central: lo he promovido para decir al Presidente de la República, con la ingenuidad con que soy capaz de hablar en esta situación, en la que no expongo consideración que no sea respetuosa, que abra el libro de la Constitución, que abra el libro de los Estados Unidos, que abra la vida de Lincoln, que estudie los actos de aquel gran hombre; no es una ofensa, señor Presidente, que un Senador diga al jefe de la República que estudie los antecedentes de un hombre justo, bueno, santo, cuyo nombre la humanidad ha inscripto en el templo de la inmortalidad.
55 Lincoln, el hombre, era la garantía del funcionamiento democrático norteamericano.
Sus cualidades morales habían guiado sus acciones justas y aparecían ahora resaltadas como ejemplo a seguir por sobre la letra de las leyes.
Así, la misma situación política fue recuperada por Irigoyen 25 años EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN después para elaborar un argumento contrario a Sarmiento, señalar la excepcionalidad de la situación separatista y mostrar otras situaciones de la política norteamericana en donde el presidente no intervino militarmente; por el contrario, tuvo mucho cuidado de dar este hermoso espectáculo; fue al Congreso a dar cuenta del desenlace de aquellos sucesos, y a decirle con justísima satisfacción: «No he movido las fuerzas nacionales, no he hecho intervenir al ejército en esta cuestión; se ha resuelto por el sentimiento, por el buen sentido, por las conveniencias mismas del estado».
56 En tercer lugar, en ocasiones especiales se remitió a la jurisprudencia estadounidense (principalmente a lo que en 1869 se denominaba «autores modernos») para evaluar la actuación del ejecutivo en tiempos de crisis.
Por ejemplo, Irigoyen procuró ver si en «los constitucionalistas americanos, de que tanto hablamos, aunque no siempre procedamos de acuerdo con ellos, había algo que justificase este procedimiento.
Encontré que yo tengo razón, que esto no es propio».
57 En este caso el senador tomó como referencia Gobierno y derecho constitucional: o sea un examen sobre el origen y los límites de la autoridad gubernativa según la teoría americana de Joel Tiffany, 58 a quien presentó como un «escritor autoritario, propenso a sostener y ampliar, hasta donde es posible las facultades presidenciales».
59 Esa obra, que había sido escrita tras la guerra de Secesión, también le sirvió de ejemplo para establecer los límites morales de la acción política legítima por parte del presidente estableciendo que no era admisible que presionara a gobernadores y funcionarios.
Del mismo modo, remitió a una sentencia de la Corte de los Estados Unidos para establecer la diferencia entre las funciones presidenciales en tiempos de paz o de guerra y los límites para la movilización de tropas e intervenciones militares, explicando que: «En tiempo de paz, cuando las leyes son o pueden ser ejecutadas sin intervención del presidente con la fuerza militar, no tiene derecho para intervenir invocando el carácter de comandante en jefe».
60 Finalmente citó Poderes de Guerra bajo la Constitución de Estados Unidos de Whiting para refutar el derecho del presidente de intervenir militarmente en las provincias: 56 Ibidem, 556 (sesión del 27 de septiembre).
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO El Congreso puede dar reglas y ordenanzas relativas a las capturas y para el gobierno y reglamentación de las fuerzas de mar y tierra cuando se hallan en servicio; y esas reglas y ordenanzas serán obligatorias para el Presidente, cuyo deber es velar por el fiel cumplimiento de todas las leyes y constituciones nacionales, y esto a pesar de que él es el jefe supremo del ejército.
61 Sin embargo, a diferencia de los años sesenta, las citas textuales ya no resultaban comunes.
Al calor del debate, las referencias de autoridad funcionaban casi como escudo argumentativo.
En general no se utilizaban citas puntuales, sino que se apelaba al apellido de los autores sin dar cuenta de sus lineamientos, de la mano de intervenciones como la siguiente del diputado oficialista por Entre Ríos Osvaldo Magnasco: «Perfectamente; y yo le cito la autoridad de Rossi, que ha sido mal citado por el señor diputado, y la autoridad de Story sobre todas las cosas».
62 Esta costumbre de solo citar los nombres de los juristas o publicistas daba cuenta de la falta de conocimiento general que la cámara tenía sobre esas fuentes.
Las citas eran frecuentemente mal utilizadas y en ocasiones se afirmaba, como lo hizo el legislador cordobés Tristán Almada, que «por mi parte no puedo hablar en nombre de la una ni de los otros.
Estoy desposeído de toda ciencia».
63 La licencia para usos como el de Magnasco parecía fundarse en las credenciales públicas de algunos de los oradores, que ante un pedido de ampliación podían presentar esas fuentes adecuadamente.
Estas credenciales eran refrendadas por gestos tales como solicitar un cuarto intermedio para realizar «algunas consultas al respecto, de textos de derecho constitucional, aplicables al caso, para fundar la doctrina».
64 Para la década de 1890 el lugar retórico, histórico y jurídico del modelo norteamericano estaba cambiando también en otros sentidos.
Por una parte, surgieron otros modelos internacionales para reflexionar sobre el sistema político argentino.
65 También se modificó la temática de las obras norteamericanas traducidas.
Como señala Zimmermann, entonces se atendió a tratados de administración pública más que a estudios constitucionales, ya que aquellos satisfacían la creciente necesidad de reflexionar sobre el ordenamiento burocrático del Estado.
66 En tercer lugar, se comenzó a remitir a una «tradición» de constitucionalistas argentinos: un conjunto de publicistas, sus tesis, folletos y discursos que ofrecían un bagaje teórico 61 Idem.
La frase corresponde al diputado Magnasco.
65 Como por ejemplo el de la Alemania prusiana.
66 De la mano de estas transformaciones, desde 1894 la enseñanza del Derecho Constitucional se separó por completo del Derecho Administrativo.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN propio para contraponer a los tan mentados tratadistas norteamericanos.
67 Este nuevo recurso se vinculaba a la consolidación de la cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires como usina de elaboración teórica desde 1869.
Sus titulares habían inaugurado una tradición de reflexión sobre la organización y el funcionamiento federal argentino.
Estos cambios se hicieron evidentes en sus propios programas desde fines de la década de 1870, cuando se comenzó a prestar mayor atención a los «antecedentes nacionales» que hasta el momento se hallaban por completo ausentes del currículo.
68 Los debates sobre las intervenciones recuperaron los manuales elaborados por esa cátedra así como las circunstancias de cada caso y los antecedentes de otras intervenciones en el país.
Así, para la década de los noventa, se reforzaba la línea que Francisco Ramos Mejía había desarrollado en El federalismo argentino (1889), en la que para reflexionar sobre el federalismo nacional recurría al análisis de sus antecedentes históricos, a la llamada constitución histórica del país.
69 Como expresaba el diputado opositor por Mendoza, Agustín Álvarez, para reglamentar cualquier artículo constitucional se debía considerar que la carta contenía tres dimensiones distintas: «primera, la forma; segunda, el fondo; tercera el espíritu del pueblo para el cual fue hecha, el espíritu norteamericano del cual es una emanación».
70 Este lenguaje espiritual, bastante vago de aprehender, daba cuenta de nuevos motivos que afectaron la concepción del derecho, no tanto en su forma doctrinaria sino en el modo en que este era concebido en relación a la sociedad.
Estos cambios se vincularon a la difusión a fin de siglo de nuevas propuestas filosóficas, científicas y teóricas para pensar la realidad social y política, que reunieron elementos positivistas, naturalistas, espiritualistas, esteticistas, historicistas y románticos.
71 Los debates daban cuenta de esas novedades, subrayando que la elaboración de leyes debía tomar como referencia la sociedad en la cual se pretendía aplicarlas, sus características e historia.
Como sostenía Álvarez «esos tratadistas de derecho constitucional [los norteamericanos] se ocupan de decir cómo deben ser las cosas», por lo que se separaban de la realidad 67 Véase por ejemplo la intervención del diputado por la Capital Federal, Pascual Beracochea.
69 Chiaramonte y Buchbinder (1992) han sugerido que la tesis de Ramos Mejía no encontró demasiado eco en la literatura política y constitucionalista de la época.
Sin embargo, sus argumentes fueron retomados de manera recurrente en el recinto parlamentario.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO sobre cómo eran en efecto esas cosas.
72 La realidad argentina tenía a su juicio características que le eran propias y que debían ser consideradas primordialmente.
Así, por más que se había «puesto a estudiar a Story, a Paschall y a esos caballeros que han comentado la Constitución de los Estados Unidos, para darme cuenta de lo que sucede en mi tierra», se había dado cuenta de que «lo que ellos dicen nada, absolutamente nada tiene que ver con lo que pasa aquí.
De lo que se ocupan, es de una cosa muy distinta».
73 Este argumento daba por tierra con cualquier otro basado en constitucionalistas extranjeros y habilitaba «buscar la explicación de nuestros hechos en Taine y en la historia argentina del doctor López, más que en los precedentes de la constitución norteamericana».
74 Esta línea crítica permitía subrayar las particularidades de la Argentina, su historia, sus costumbres políticas y, por lo tanto, la diferencia en la conducta personal de los hombres, en el modo de ser del país y en el comportamiento político de los partidos.
Esta comparación, en negativo, también fue esgrimida por el ministro del Interior, Manuel Quintana, quien frente a los ejemplos de políticas de no intervención en los Estados Unidos respondía: ¡Ojalá nosotros pudiéramos ostentar idéntica o más tranquila historia constitucional!
Y para demostrar la inaplicabilidad del recuerdo del señor diputado, me bastará preguntarle: ¿cuantas veces, en el curso de ese siglo, se han derrocado, en los Estados Unidos, los poderes de tres provincias, amenazando el asiento del gobierno nacional, y perturbado, además, otra de las provincias fronterizas de la República?
¿Cuándo, en los Estados Unidos, durante ese siglo de vida independiente, un gobernador de territorio federal ha denunciado el propósito de convulsionar el territorio de su mando, abusando de lo escaso e inerme de las fuerzas policiales que lo guardan? 75 Pero ese tipo de comparación fue utilizada también en términos positivos por el senador Irigoyen, quien consideró que «las perturbaciones del país [podían remediarse] con una política moderada, sensata, que se inspirase en los ejemplos de los Estados Unidos».
76 Al igual que sus contrincantes, el radical tomó como punto de partida la historia pero desde un enfoque 72 Congreso Nacional/Diputados, 1893, 671 (sesión del 23 de septiembre).
La discusión sobre la particularidad de la historia argentina o la aplicabilidad del modelo norteamericano tuvo lugar también en la prensa.
Los orígenes de la Francia contemporánea de Taine tuvo amplia circulación en Argentina en los años de 1880 y fue recuperada en la cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires.
Al igual que en el análisis de Taine, en el cual raza, medio y momento determinaban la historia revolucionaria francesa, el titular de la mencionada cátedra, Lucio V. López, otorgó un lugar central a la historia local, marcando las diferencias entre la colonización inglesa y la española.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN más universalista, alejándose de las particularidades históricas y presentando a los Estados Unidos como la meta de todo progreso civilizatorio, como el modelo de lo que debía ser hecho para alcanzar un Estado nacional potente y abierto al progreso.
En su interpretación, las intervenciones de los Estados Unidos resultaban el modelo a seguir, no porque debiera copiarse sus leyes, sino porque debía emularse su dinámica.
Por ello remitió de manera laxa a la historia americana, pues allí «se desenvuelven maravillosamente bajo la base del profundo respeto a la autonomía de los Estados, al mantenimiento del sentimiento nacional que yo siempre he sostenido; pero, al mismo tiempo, el respeto, la consideración, diré así por la soberanía, por las prerrogativas constitucionales de los Estados».
En la segunda mitad del siglo XIX se dieron controversias recurrentes en la Argentina sobre el funcionamiento efectivo del régimen federal y sobre las atribuciones del gobierno central en las provincias.
Los dos mayores momentos de debate parlamentario tuvieron lugar a comienzos de la presidencia de Sarmiento en 1869 y tras la crisis política de 1893.
Esas polémicas evidenciaron los límites concretos del consenso materializado en la Carta nacional y expresaron desacuerdos que combinaron en grado diverso cuestiones políticas e institucionales.
Mostraron, también, los efectos de la falta de una jurisprudencia uniforme sobre cuestiones centrales del funcionamiento institucional.
En el marco de ese vacío, la experiencia norteamericana funcionó como un ejemplo recurrente.
Si bien en los debates aparecieron, en menor medida, menciones a Gran Bretaña o Suiza, los Estados Unidos resultaron el referente último e inapelable.
Pero más que significar que en esas décadas circuló una sola forma para pensar el federalismo, este artículo ha buscado mostrar que ese ejemplo reunió en sí mismo varios «modelos» para imaginar alternativas de organización.
Esas diferencias no nacían únicamente de las diversas miradas de quienes recuperaban en Argentina esa legislación, sino que remitían también a cambios y debates concretos que en esas décadas se dieron en aquella nación.
Un elemento común en los dos momentos fueron las tensiones y disputas entre ejecutivo y legislativo para definir sus facultades y 77 Ibidem, 554.
LAURA CUCCHI Y ANA L. ROMERO prerrogativas.
En los dos casos aparecieron síntomas de esa fricción pero con diferencias.
En 1869 el presidente vetó las leyes del Congreso pero no contó con el poder suficiente para imponer su propuesta de ley reglamentaria que brindaba mayores poderes al ejecutivo.
En cambio, para los años noventa no aparecieron propuestas en esa dirección y se aceptaba que cada intervención fuera dictada por el Congreso.
Ese consenso, que se vinculaba a la posición hegemónica del PAN, fue horadado por la crisis de 1893, que evidenció algunos intersticios reglamentarios aprovechados por el ejecutivo para extender sus facultades.
En cambio, un elemento que diferenció los dos momentos fue el lugar que ocupó Estados Unidos en esas disputas.
Durante las primeras décadas de vida constitucional la legislación norteamericana funcionó como uno de los principales referentes para informar la articulación entre el Estado nacional y las provincias.
Entonces, la experiencia inmediata de la guerra de Secesión y el accionar de Lincoln frente a lo que consideró una rebelión ilegal en los estados del Sur, coincidía de algún modo con los objetivos e intereses de Sarmiento: su voluntad de avanzar en la afirmación de la autoridad nacional frente a focos alternativos de poder en las provincias y de organizar un Estado central fuerte.
En estos debates la legislación norteamericana estuvo presente de un modo contundente.
Tanto los integrantes del ejecutivo nacional como los legisladores que intervinieron estaban al tanto de las novedades publicadas, de los fallos de la Corte Suprema y de los debates parlamentarios en los Estados Unidos y los utilizaron para articular y fundamentar sus proyectos e intervenciones.
Los libros originales y las traducciones fueron llevados a las cámaras donde los legisladores los citaron en extenso.
Esa centralidad nacía de los desafíos que los legisladores experimentaban a la hora de legislar algunas instituciones y prácticas básicas del diseño constitucional sin disponer de la ayuda de antecedentes nacionales y con conocimientos -más estrechos o más profundos en distintos casos-sobre derecho constitucional.
Como expresaba Sarmiento, gran parte de las dificultades surgían de «no estar entendidos sobre el sentido que encierran las palabras que expresan cosas que son esenciales al gobierno».
78 En ese marco, la difusión de tres clases de insumos como las fuentes clásicas, los autores considerados «antiguos» y los «modernos», resultaron centrales no solo para imaginar los contornos del régimen federal, sino en un sentido más general para nutrir el proceso de aprendizaje que se estaba llevando a cabo en la propia práctica parlamentaria.
EL «MODELO» NORTEAMERICANO EN LA REGLAMENTACIÓN El segundo momento analizado, de mediados de los noventa, la cuestión en disputa no apuntaba tanto a establecer las atribuciones del gobierno central frente a los poderes provinciales sino a redefinir un funcionamiento institucional y consensuar prácticas efectivas que hacían al régimen federal, en el marco de una crisis política profunda y de la aparición de un fuerte partido opositor.
Entonces los Estados Unidos ya ocupaban un lugar referencial consolidado en el imaginario político y cultural.
El acervo bibliográfico, traducido en las décadas anteriores, conformaba parte de un saber legislativo y daba forma a un lenguaje y a una retórica de discusión por todos conocidos.
Sin embargo, dos cambios comenzaron a hacerse evidentes.
Por una parte, la erudición de los primeros años de vida constitucional ya no resultó moneda frecuente; por otro, algunos sectores comenzaron a considerar que ese referente resultaba arcaico e inadecuado para pensar los problemas y que debía atenderse a los antecedentes «nacionales».
79 Entonces empezó a prestarse más atención a las características de la sociedad estadounidense que a las de su producción jurídica.
Aunque continuaron siendo usadas sus citas de autoridad, especialmente en aquellos discursos que podían ser preparados con antelación, no fueron centrales al debate.
En esa instancia no fue la legislación del Norte, sino el comportamiento político de sus líderes, lo que cobró relevancia como tópico en la cámara y lo que comenzó a compararse con la realidad local.
Quienes siguieron ponderando positivamente el experimento norteamericano, vieron en él a aquella sociedad que había logrado llevar a su mejor expresión los dos valores centrales del mundo contemporáneo occidental: la democracia y el progreso.
Otros, que subrayaron las diferencias con la realidad argentina, encontraron en las modalidades de la sociedad estadounidense la prueba irrefutable de la incompatibilidad de su legislación con la situación nacional.
En este marco los Estados Unidos, más que cumplir una función de talismán, 80 funcionaron como un horizonte político añorado.
79 Sobre la relación entre la apelación a los antecedentes propios y la conformación de un ideario excluyente de nación: Bertoni, 2001.
80 Jonathan Miller ha sugerido que la Constitución norteamericana funcionó como autoridad talismánica en la Argentina decimonónica, en la medida en que la adopción de ese documento se basó en el presupuesto de que si eran seguidas sus prescripciones podrían superarse milagrosamente los problemas de la organización nacional. |
Investigación realizada en el marco del proyecto FONDECYT Regular n.o 1140292, titulado «Transformaciones políticas y socio-ambientales derivadas del cambio en el paradigma higiénico sanitario.
Modernización del sistema de aguas en Chile a finales del siglo XIX: los casos de Valparaíso y Talca», financiado por el CONICYT.
Agradecemos a los evaluadores sus recomendaciones en la revisión de este artículo.
Analizamos aquí el proceso de introducción y difusión del paradigma higiénico sanitario en Chile entre 1870 y 1925.
Los ejes temporales corresponden a la organización de la Sociedad Médica de Santiago y la promulgación del Código Sanitario, que transforma los principios del paradigma en norma jurídica, tiempo en que se asumen los mismos como norma.
Dicho período coincide con el del tránsito del Estado liberal decimonónico al social del siglo XX.
En estas páginas nos ocuparemos de algunos aspectos generales en torno a la difusión del discurso desde la institucionalidad, para acercarnos después a la recepción del mismo, haciendo referencia a las oposiciones que encontró tanto dentro como fuera del sistema, así como a la acogida que tuvo entre las agrupaciones obreras, el sector más vulnerable en la cuestión higiénico sanitaria.
Toda la problemática urbana y de salud vinculada al higienismo (abastecimiento de agua, vivienda, salud, alcoholismo...) estuvo íntimamente relacionada con la denominada «cuestión social» en el período que nos ocupa, siendo la preocupación constante de los reformistas decimonónicos europeos y americanos.
Partimos de la hipótesis de que en esta materia hubo un gran divorcio entre las ideas y las prácticas, puesto que si bien los poderes públicos aceptaron la teoría y ayudaron a difundirla, no apoyaron con la misma contundencia las transformaciones necesarias para su implementación, como denunciaron con frecuencia higienistas de la talla de Pedro Lautaro Ferrer o Federico Puga Borne.
En esta tibieza a la hora de aplicar la normativa jugó un papel importante la oposición presentada, de manera más o menos abierta, por una serie heterogénea de actores (políticos, periodistas, líderes de organizaciones obreras, empresarios, rentistas, propietarios de viviendas, etc.), como señalaremos a lo largo del texto.
Por ello, las reformas se aplicaron de manera parcial, lo que incidió en que el acceso a la salud y a la higiene se convirtiera en un instrumento más en el ejercicio de poder, así como en una manifestación de segregación social, afectando principalmente a los barrios más marginales de las ciudades.
La metodología se basa en el trabajo con fuentes para identificar los postulados del higienismo, a sus impulsores en Chile y a las principales instituciones relacionadas, para después proceder a la revisión del discurso emitido desde las mismas, contextualizándolo dentro del panorama internacional.
Para acercarnos a la difícil cuestión de identificar la introducción del discurso y sus resistencias fuera del ámbito de la medicina, revisamos INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) publicaciones no especializadas con el fin de detectar las referencias al paradigma y cómo se produce la interpretación del discurso (asimilación y oposición) por parte de los distintos actores involucrados.
Comenzaremos abordando el concepto de higienismo y su relación con el agua y la salud y cómo fue planteado por sus principales publicistas.
En este apartado veremos la internacionalización del paradigma a través de la participación de los higienistas en conferencias internacionales en las que se discutieron y establecieron las pautas de conducta para su implementación.
Este heterogéneo grupo de intelectuales formó parte de una «nebulosa reformista» 1 compuesta por médicos, funcionarios públicos, ingenieros sanitarios, contratistas, etc. implicados en una idea común: transformar las condiciones higiénico sanitarias de las ciudades para modificar, a su vez, la vida de sus ciudadanos en aras de la modernización y la agilidad en las relaciones de intercambio de bienes y personas en el mercado global.
No obstante, la emisión de leyes y la creación de instituciones no fueron suficientes para la implementación de los cambios.
Las resistencias de toda índole impedían que los tan anhelados cambios se llevaran a cabo de forma expedita y, con frecuencia, se culpaba a los sectores populares de ser los responsables.
Durante el proceso de difusión del discurso, los voceros de la cuestión social insistieron en relacionar las condiciones higiénicas con la pobreza y la marginación, e incluso con la miseria moral y la degeneración de la raza.
La persistencia de la supuesta relación entre falta de higiene y pobreza, entre ausencia de salud y miseria moral de los habitantes de los sectores más marginales de las grandes ciudades, llegó a convertirse en un lugar común.
Las «costumbres» y los «hábitos sociales» de los trabajadores eran denunciados, con frecuencia, como un obstáculo para la implementación de las propuestas reformistas.
Por ello, estos pusieron sus esperanzas en la educación como vía de penetración más efectiva.
En un segundo apartado veremos cuáles fueron los principales lineamientos de esta política educativa y los diversos actores que la hicieron posible, entre ellos la prensa obrera.
Por mediación de la prensa obrera se fue produciendo la apropiación del discurso, lo que supuso el aceleramiento del proceso de interiorización social del mismo entre la intelligentsia obrera, porque sus voceros se convirtieron en 1 Topalov, 2004.
Este heterogéneo grupo estaba conformado por médicos, abogados, profesores, periodistas y empresarios, a los que algunos historiadores (como Juan Carlos Yáñez, 2008) se resisten a denominar «intelectuales».
Utilizaremos aquí la denominación de publicistas o de «nebulosa reformista», así como la de intelligentsia médica u obrera, cuando hagamos alusión a sus principales voceros.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR difusores, constituyéndose a su vez en agentes que actuaron a favor de la consolidación de las nuevas prácticas higiénico sanitarias y que a la larga terminaron actuando como un mecanismo más de control social.
En un tercer apartado, analizamos algunas de las resistencias que se presentaron al cumplimiento de las leyes y de las disposiciones emanadas de higienistas y reformistas.
Estas no vendrán, precisamente, de los sectores populares sino del lobby conservador que, amparado en el laissez faire, consideraba una intromisión en las libertades individuales cualquier intervención en materia de salud, higiene y trabajo.
Este grupo se formará principalmente de empresarios y propietarios de viviendas, que veían amenazadas sus fuentes de ingresos con la introducción de la educación obligatoria, los calendarios de vacunación, las reformas y las demoliciones de los complejos de viviendas de los que obtenían pingües beneficios.
Sus representantes en el congreso ralentizaron al máximo los cambios en una labor continuada durante décadas, hasta que terminaron siendo derrotados por el advenimiento del Estado social en Chile.
Otro tipo de resistencia vino desde los sectores populares.
En las grandes ciudades chilenas ocurrió algo similar a lo que señala Topalov para otras capitales en las que ciertos sectores obreros se organizaron no para resistir las reformas, sino para adoptarlas y adaptarlas a sus propios intereses al margen de las instituciones del Estado: «Los obreros que tienen un trabajo más fijo y unos ingresos más elevados y regulares comienzan a emigrar hacia los suburbios, se organizan en sociedades mutuas de ahorro y recurren a la autoconstrucción: estos métodos permiten mantener las solidaridades del barrio de origen o de oficio y proporcionan, además, una vivienda propia de la que nadie podrá pedirles cuentas».
2 En esta línea, destacamos la labor de la Industrial Workers of The World (IWW) que en materia de salud apostó por la autogestión a través de la creación de su propio policlínico en el que se atendía a los trabajadores por muy módicos precios.
Para finalizar, una vez analizado el proceso de institucionalizacióndifusión y las resistencias al paradigma, presentamos algunas consideraciones en torno a la transformación del Estado liberal republicano en el Estado social y el papel que higienistas y reformistas tuvieron en dicho cambio que significó, en definitiva, el fin del sistema oligárquico en Chile como ocurrió en el resto de América Latina.
Internacionalización e institucionalización del paradigma en Chile
Desde el siglo XVIII los conocimientos aceptados sobre higiene y enfermedad se fueron transformando desde el higienismo hasta la revolución producida por los avances en microbiología en la década de 1880.
Los nuevos hallazgos vinieron a sustituir a las antiguas teorías miasmáticas que relacionaban la enfermedad con el ambiente, si bien reforzaron la idea de que la higiene y la profilaxis eran los mecanismos para evitar la proliferación de las bacterias y, en su caso, prevenir las enfermedades y el contagio.
Si el paradigma ecológico defendía que el contagio provenía de las condiciones ambientales (aire malsano, agua estancada, etc.), el bacteriológico puso en evidencia que los elementos contaminantes eran las bacterias, que al ser ingeridas, generalmente a través del agua, producían la enfermedad.
Así, al detectar exactamente de dónde venía el mal se facilitaba la posibilidad de erradicarlo, evitándolo.
Fue entonces cuando los hospitales dejaron de ser aquellos lugares a los que se llegaba a morir para convertirse en espacios de recuperación de la salud.
Los nuevos saberes relacionaron higiene con salud y salud con vida y, por ende, el conocimiento quedó vinculado al poder de decisión sobre la vida y la muerte de las personas, dependiendo de su acceso o no al sistema higiénico sanitario, promovido desde las instituciones a instancias de los especialistas en la materia.
Supuso esto, por tanto, un cambio en cuanto a la percepción de la salud y del papel del Estado en ella.
Supuso también el fortalecimiento de algunas profesiones como la de médico o ingeniero sanitario y supuso, al fin, la generación de un gran cambio cultural que afectó a las costumbres y a los hábitos en materia, no solo de higiene y medicina, sino de alimentación, ocio, etc.
El higienismo evoluciona apoyado por los descubrimientos científicos y por el afán por obtener una sociedad más sana y, por ende, más productiva, y se transforma en un campo de la medicina en el que se unirán la preocupación por la salud pública con el esfuerzo por entender el origen de las enfermedades y de las epidemias y también la necesidad de mejorar las condiciones de vida de las personas y de las sociedades.
Según este esquema, las ciudades comenzaron a ser tratadas también con estas pautas y se transformaron adoptando modelos más «higiénicos» siguiendo el modelo de Haussman en París.
En Chile esta labor dará sus pasos iniciales en ciudades como Santiago o Valparaíso en la década de los 70 y se verá reforzada, más adelante, en torno a la celebración del primer centenario de la independencia en la mayoría de las ciudades.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR Bajo este paradigma, los nuevos conocimientos convirtieron a los médicos en un grupo de elite que adquirió un prestigio que hasta entonces no había tenido y pasaron a tener un peso importante en la política nacional.
Con ellos y bajo el paraguas del higienismo se produjo el auge de las actividades profesionales vinculadas a la higiene y la salud y a las necesarias reformas que debían aplicarse para adaptar las ciudades a las nuevas concepciones higiénico sanitarias.
La medicalización de la sociedad y del Estado se produjo sobre el telón de fondo de una: política de la salud que se distingue por: la necesidad de prevenir las enfermedades por la definición de la propia salud como algo observable en un conjunto de datos perfectamente medibles y cuantificables; por la determinación de variables características de grupos y colectividades en función de esos datos; el desarrollo de tipos de intervención que no son terapéuticos ni médicos en sentido estricto sino que se fijan en cuestiones como la vivienda, la manera de criar a los niños, la alimentación y los modos de vida y, por último por una integración por lo menos parcial de la práctica médica a una gestión económica y política, que apunta a racionalizar la sociedad.
3 Poco a poco la sociedad y los poderes públicos se sometieron a los dictados de los científicos, pero este proceso no fue solo lento sino desigual.
La «medicalización» se produjo a distintos ritmos en los diferentes países y, dentro de estos, hubo grandes diferencias entre lo rural y lo urbano y entre el centro y la periferia.
No obstante, el proceso fue un fenómeno global que afectó de manera similar a las grandes ciudades en proceso de industrialización: «Where the industrial regions were an object lesson in vertically arrayed power, the great cities were an object lesson in contrast and motion.
4 Para atender a este fenómeno global se desarrollaron una serie de saberes que discurrieron a nivel internacional a partir de la circulación de los profesionales y de su participación en congresos internacionales y grandes exposiciones universales en donde se mostraban los resultados de las reformas llevadas a cabo, de manera más o menos exitosa, en las principales capitales europeas y americanas.
Como señala Folchi, no hay por el momento un estudio exhaustivo de la difusión del paradigma en Chile, pero sí varias evidencias de su INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) penetración a partir de la segunda mitad del siglo XIX a través de las figuras de médicos europeos que llegaron a ejercer la medicina o a impartir cátedra una vez que fueron creadas la carrera de Medicina -a instancias del británico Guillermo Blest-y, años después, la primera Facultad de Medicina, que quedó también bajo la dirección de un extranjero, el francés Lorenzo Sazié.
5 La intelectualidad chilena comenzó a enviar a sus hijos a estudiar al extranjero con el fin de que adquirieran nuevos conocimientos en medicina, destacando, en este sentido, la iniciativa del médico José Joaquín Aguirre, quien en la década de los 70 impulsó las pasantías internacionales al extranjero para los jóvenes profesionales chilenos.
6 Las medidas para hacer efectivas las nuevas teorías fueron, consecuentemente, mucho más lentas.
En el primer número de la Revista Chilena de Hijiene, dirigida por Federico Puga Borne, se recopilan los antecedentes de la constitución del Consejo Superior de Higiene Pública, creado en 1889, y los debates habidos al respecto.
En ese texto se denunciaba que la acción preventiva no existía y que las pocas medidas que se tomaban desde el gobierno en materia de higiene y salud eran, casi siempre, dictadas por la urgencia de situaciones concretas que terminaban quedando sin efecto cuando la emergencia desaparecía.
7 Lo cierto es que hasta entonces las cuestiones de higiene y salubridad habían estado a cargo de los gobiernos municipales, los cuales carecían de recursos y de formación para emprender medidas de más largo alcance.
El gobierno central tenía injerencia únicamente como órgano consultivo y normativo y eran las instancias particulares las que, frecuentemente, terminaban atendiendo las crecientes demandas en estas cuestiones.
Como señala Durán, «el estado parlamentario no se encontraba preparado para acoger dichas demandas por lo que debieron ser los privados quienes asumieran el rol de asistentes».
8 Coincidimos con él en que, si bien en la teoría tuvo el respaldo institucional, en la práctica la intelligentsia médica contó con escaso apoyo estatal.
Se crearon instituciones desde las que se colaboraba en la difusión de las nuevas pautas, pero, como señalaba Puga Borne, fueron entes meramente pasivos; y así seguían siéndolo 5 Folchi, 2007, 373.
Sazié fue, a su vez, el fundador de la escuela de matronas en 1834.
La importancia de esta escuela en un país y en un momento en que las altas cifras de mortalidad infantil eran una de las principales denuncias de los higienistas y publicistas de la cuestión social, ha sido estudiada ampliamente por Soledad Zárate, 2007.
Esos expertos galenos pasaron a dar un toque cosmopolita a la recién creada Sociedad Médica de Santiago, a la que se fueron sumando junto con los egresados de medicina de la Universidad de Chile.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR 20 años después, como denunciaba también Pedro Lautaro Ferrer, quien las veía como entidades carentes de «facultades propias para determinar la acción pública sanitaria ni mucho menos para prevenir epidemias y organizar la defensa contra las enfermedades infecciosas».9
Por otra parte, y continuando con las opiniones de Ferrer, estas instituciones apenas si tenían presencia: «En muchos departamentos aún ni se han instalado y en la mayoría de los casos llevan una vida lánguida o inútil».
10 Aun ni siquiera se les tenía en cuenta como asesores expertos en momentos críticos, como lo denuncia un periódico talquino en la década de 1880: «No formar una comisión semejante, querrá significar simplemente una de dos: o que la autoridad no se ocupa lo bastante de la salubridad pública, o que la autoridad entiende lo bastante de medicina para cuidar con acierto a los enfermos de viruela i para rechazar en hora oportuna la invasión».
11 Cuando Lautaro Ferrer denunciaba, en 1911, la inutilidad de las instituciones, señalaba, esperanzado, que todo tendía a solucionarse puesto que se estaba discutiendo un nuevo código en el Congreso.
No obstante, este código no fue aprobado hasta 1918 y todavía tuvo que ser reformado en 1925 para hacerse realmente efectivo.12 Por otra parte, los antecedentes de estos códigos, según el propio Ferrer, se remontaban a «la Ley de Policía Sanitaria del año 1886 y a la Ordenanza General de Salubridad de 1887, organizaciones anticuadas que no corresponden a los conocimientos modernos de la medicina y de la higiene y que están en pugna con los Pactos sanitarios internacionales que son leyes de la República».
13 Con estas palabras, Ferrer se condolía de que todavía en 1911 estuvieran vigentes leyes que establecían la obligación del cierre de puertos y declaración de cuarentenas, a pesar -decía-de que los descubrimientos de la bacteriología habían demostrado que dichas medidas eran totalmente ineficaces para acabar con la enfermedad.
Los nuevos conocimientos no habían servido para cambiar una sola coma en leyes aun vigentes y, mucho menos, en las prácticas.
Aquellos acuerdos internacionales a los que hacía referencia el especialista, eran los que se adoptaron a partir del Pacto de Washington de 1905, fruto de las discusiones habidas en la serie de conferencias panamericanas INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) y europeas que venían celebrándose desde la centuria anterior.
14 En estas reuniones se había discutido con amplitud todo lo relacionado con la salubridad urbana, sobre todo la de los puertos, tenidos como puntos de enlace y, por tanto, como posibles focos de infección y contagio permanente.
Las disposiciones ahí tomadas tenían gran relevancia en los países participantes, como señalaba Ferrer cuando equiparaba los «pactos sanitarios internacionales» con las «leyes de la República».
La primera de estas conferencias panamericanas, la de 1902, celebrada también en Washington, estableció una Oficina Sanitaria que tenía, entre otras, las siguientes funciones: pedir a cada República que remita pronta y regularmente a dicha Oficina todos los datos de toda clase relativos al estado sanitario de sus respectivos puertos y territorios.
Pedir a cada República que proporcione a dicha Oficina todo el auxilio posible para que haga un estudio detenido y científico de las invasiones de cualquiera enfermedad contagiosa [...] prestar el mejor auxilio que pueda y toda la experiencia que posea para contribuir a que se obtenga la mayor protección posible de la salud pública de cada una de dichas Repúblicas, a fin de que se eliminen las enfermedades y de que se facilite el comercio entre las expresadas Repúblicas.
15 Se percibe en el texto una clara intención de proteger las zonas de contacto internacional y una confianza ciega en que el control científico-técnico.
La difusión y control internacionales redundarían en el desarrollo de las relaciones comerciales y de la paz social:
Un indicio importante de ese proceso fue el papel significativo que en la exposición universal de Paris de 1900 adquirió el pabellón dedicado a la «economía social».
Si bien el mensaje que quería trasmitir la exposición era de plena confianza en los logros del capitalismo industrial y el auge del comercio, no podía ocultarse la ansiedad que para la «paz social» producían los crecientes conflictos entre los trabajadores y el capital, fenómeno bastante globalizado que afectaba a todas las grandes orbes del mundo.
Bajo el paraguas de la «economía social», concepción impulsada por el teórico francés Charles Gide, el pabellón incluía todo tipo de iniciativas de reformas que iban desde las más estatistas, de origen alemán, hasta las más asociativas y cooperativas, como las francesas y belgas.
15 Oficina Sanitaria Panamericana, «Las Conferencias Sanitarias Internacionales de las Repúblicas Americanas y la Oficina Sanitaria Panamericana», Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana, [1927] Para aterrizar el discurso en la sociedad se diseñaron una serie de mecanismos destinados a introducirlo en las escuelas a través del adoctrinamiento de los docentes.
Para ello, junto a estas grandes reuniones internacionales, se organizaron congresos higiénico-pedagógicos en los que se fijaban los principios organizacionales para la introducción de la higiene en el currículo escolar.17
La educación como vía de penetración del paradigma
Con un acuerdo tácito sobre lo que había que hacer y ante la falta de recursos y de facultades punitivas de las autoridades para llevar a cabo un plan eficaz de reforma y de control, se pusieron grandes esperanzas en la divulgación, bajo la premisa de que el adoctrinamiento de la población incidiría en mejores prácticas.
Así lo señalaba, desde la perspectiva del catolicismo y de la economía social, uno de los principales impulsores del reformismo en Chile, Juan Enrique Concha Subercaseux, en una conferencia pronunciada en la Universidad Católica de Santiago: «Yo no soy de los que creen que las cuestiones sociales se resuelven únicamente por medio de las leyes, como por obra de encantamiento; y por lo contrario, mucho más que en la influencia de las leyes creo en la acción educativa que ejercen las diversas clases sociales con el cumplimiento de sus deberes peculiares y con el respeto recíproco de sus derechos».
18 Desde sus posiciones políticas los reformistas, católicos o no, impulsaron iniciativas tendentes a introducir el paradigma a través de la educación.
Este proceso de adoctrinamiento se realizó de forma paralela al proceso institucionalizador; de hecho fue uno de los recursos más amplios con los que contaron las instituciones para aumentar su efectividad.
No bastaba con detectar la situación sino que se hacía necesario que fuera percibida como problemática por la sociedad, para que hiciera suyo el discurso y lo adoptara, para poner en marcha las prácticas que acabarían con el problema.
Como señala Lezama: «La función regulatoria de las instituciones depende de la construcción discursiva de los problemas.
No es la crisis física del medio ambiente lo que provoca el cambio social, tampoco la destrucción de ciertos bienes socialmente valorados, sino la creación de imágenes, problemas INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) identificables que permiten a la gente con posiciones y perspectivas diferentes, compartir una imagen común de lo que puede ser considerado un problema».
19 En 1872 se incluyó la higiene como materia obligatoria en las escuelas fiscales y, poco después, se hizo la formación con los propios maestros: «en 1890 el Programa de estudios de la Escuela Normal de Preceptores de Santiago incluyó el curso de Higiene, que constaba de una hora semanal, y el reglamento de 1898 estableció su enseñanza en las escuelas superiores y elementales dentro de las Ciencias físicas o naturales.
En 1909, las escuelas normales de mujeres tuvieron en el último año de estudios una clase destinada al Cuidado Higiénico y Alimentación de Niños hasta la edad de 5 años».
20 Como señala Terrón para el caso español: colocar bajo la autoridad de los poderes públicos (estado o autoridades locales) y sus expertos (médicos y maestros, también psicólogos, paidólogos...) un segmento universal de población (la comprendida en la edad escolar obligatoria), se facilitaba, frente a las resistencias que en otros espacios podían presentar los sectores populares [...] la inculcación de unos determinados hábitos de vida en relación con el vestido, el sueño, la alimentación, los ritmos de trabajo y reposo, etc., irán conformando los deseos y las necesidades de quienes se quiere sean ciudadanos sanos, saludables y productivos.
21 Lo mismo ocurría en Chile, donde Ximena Urbina nos habla de una infancia «colonizada» -y con ella sus padres-a través de la educación escolar en higiene.
22 Esa «colonización» se fue produciendo de manera lenta y paulatina, y para la tercera década del siglo XX ya sí se puede hablar de algo más que de un éxito relativo, al menos en al ámbito urbano.
No obstante, hasta entonces el incumplimiento de la normativa era frecuente si atendemos a que todavía en 1925 uno de los principios del Código Sanitario señalaba que en las escuelas no podrían aceptarse alumnos sin cartilla de vacunación puesta al día.
Llama la atención esta disposición teniendo en cuenta que la vacunación era obligatoria desde 1918 y que los primeros pasos en pos de la erradicación de la viruela se habían dado mucho tiempo atrás, en 1808, con la creación de la Junta Central de Vacuna.
Sin duda, esta disposición incluida en el Código Sanitario de 1925 viene a INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR poner en evidencia, como veremos más adelante, las resistencias al cumplimiento de las leyes sanitarias.
Los directores de las escuelas hacían la «vista gorda» ante la falta de la cartilla en regla, pero también en cuanto al cumplimiento de medidas higiénicas dentro de la escuela.
Los esfuerzos programáticos destinados a imponer normativas higiénicas en los colegios eran resistidos de muchas formas, como evidencia, por ejemplo, la práctica habitual de hacer llegar tarde a los niños para evitar la revisión diaria y la consecuente amonestación pública, lo cual afectaba además al buen funcionamiento de la jornada escolar.
23 Todo ello ocurría porque a las escuelas se les exigían normas higiénicas difíciles de cumplir con los recursos y la realidad en que se encontraban insertas.
Así lo señalaba la doctora Eloísa Díaz, inspectora médica escolar, en la sección de higiene del Congreso Médico Latinoamericano de 1902, quien denunciaba que era imposible que se exigiera a las escuelas que contaran con agua potable y alcantarillado cuando estos servicios no existían más que en algunas zonas de las principales ciudades.
24 Otras vías de difusión fueron las revistas especializadas y los congresos médicos, que contaban, con frecuencia, con secciones dedicadas a la higiene y también a la pedagogía.
La Revista Chilena de Hijiene, la Revista Médica de Chile y el Boletín del Consejo de Hijiene Pública son muestra del interés despertado por la salud y la higiene durante la transición del siglo XIX al XX.
Anteriormente circuló la Revista Médica de Santiago, fundada en 1856 por el homeópata Benito García Fernández y de la que fueron suscriptores personajes tan influyentes como Francisco Ruiz Tagle, Manuel Montt o Victorino Lastarria.
Destacan también, entre las labores de difusión, las «cruzadas médicas» lideradas a inicios de 1920 por Ferrer, quien, nombrado por el Comité Central de la Cruz Roja, Director General de las Cruzadas de Salud Pública, recorrió el país equipado con un tren sanitario y acompañado de personal médico, estudiantes de medicina y enfermeras voluntarias de la Cruz Roja de las Mujeres de Chile, adoctrinando sobre salubridad y prevención de epidemias y enfermedades venéreas, fortalecimiento de la infancia, etc.
La insistencia en la difusión venía siempre acompañada por la tiranía de las cifras reflejadas en las estadísticas que comenzaron a proliferar en la segunda mitad del XIX.
Continuamente los comentarios a estas estadísticas venían acompañados de comparaciones con las cifras presentadas en INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) otras capitales en las que -se decía-la aplicación del higienismo se venía practicando desde tiempo atrás y de manera más efectiva.
De esta forma, unas buenas cifras eran la mejor carta de presentación para poder mantener relaciones comerciales competitivas en el mercado internacional.
Todo ello acompañado de una fe ciega por parte de los especialistas en que «la cuantificación de los seres humanos daba la posibilidad de un cambio cualitativo en la percepción de las sociedades y sus miembros».
25 Así, la higiene se presentaba abiertamente como una condición para el desarrollo económico y cultural del país.
Se pretendía como una suerte de fórmula para obtener la mejora del organismo social, y también la de los individuos, y con ello incluso se llegaba a hablar del «perfeccionamiento de la raza».
Algunos de estos argumentos se discutirán en Raza Chilena26 y en Nuestra Inferioridad Económica,27 donde Francisco Antonio Encina destacaba rasgos de los chilenos como la falta de perseverancia, la debilidad del espíritu de asociación y cooperación, el derroche del tiempo, etc., entre los factores responsables de la supuesta situación de inferioridad del país.
28 El nuevo paradigma se constituyó, así, en el vehículo para mejorar la especie, como refleja el higienista Ricardo Dávila Boza en su programa de higiene escolar:
No se nos tache de difusos si damos a esta parte alguna mayor extensión de la que le correspondería en un tratado especial de hijiene privada i personal porque no partiendo nosotros del principio de que la HIJIENE no tiene por objeto la sola conservación de la salud, sino también el perfeccionamiento del organismo en cuanto cabe en el campo fisiológico, es natural que no nos limitemos a indicar las precauciones que deben tomarse para evitar que los alumnos contraigan alguna enfermedad, sino que nos extendemos también en considerar los medios de que podemos valernos para dar a su organismo el mayor grado de perfección de que sea posible.
29 De entre las cifras más alarmantes que se repetían constantemente, destacaban siempre las de la mortalidad.
Adolfo Murillo señalaba que el número de defunciones en la ciudad de Santiago apenas había bajado del 45 por mil en 1895 y que esa sería una cifra para celebrar, dados los altos índices de años anteriores, si no fuera porque en otras capitales la diferencia INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR era abismal.
Y denunciaba a continuación que era aun peor la infantil, que no había bajado durante años del 58 por mil.
30 La responsable de estas cifras era nuevamente, a su juicio, la falta de educación:
En esta misma línea se expresaba otro médico, Augusto Orrego Luco, quien publicó una serie de artículos en la prensa de Valparaíso en torno a la «cuestión social» en Chile.
En su crítica a la miseria del pueblo llegó a plantear la defunción infantil como una vía de escape para los problemas sociales: «En medio de la miseria, la higiene es imposible, y la falta de higiene es mortal para el recién nacido [...]
En el bajo pueblo la muerte del hijo es una fiesta».
32 Como respuesta a esta continua crítica que relacionaba la miseria física con la moral y que depositaba en la clase trabajadora la responsabilidad en el incumplimiento de las nuevas disposiciones, la prensa obrera y algunas organizaciones de trabajadores comenzaron a hacerse eco y a convertirse en portavoces del paradigma, lo que pone en evidencia la asunción del mismo.
De entre la prensa obrera destaca El obrero ilustrado, revista quincenal dirigida por Guillermo González, que inicia su tirada en la emblemática fecha del primero de mayo de 1906, como la primera publicación periódica en Chile en tener un departamento y un redactor especiales para hablar de higiene.
Sus opiniones fueron vertidas en La Patria de Valparaíso en 1884 y recogidas en un volumen titulado La cuestión social.
INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) Años después se constituyó desde la IWW un periódico dedicado en exclusiva a la difusión del higienismo entre los trabajadores: la Hoja Sanitaria.
En su presentación se pone de manera dogmática el discurso en un tono totalizador al señalar que darían «una batalla sin cuartel a lo que comenzó a conocerse como automedicación y también a los denominados "charlatanes", que según el discurso que comenzaba a imperar lucraban con los problemas de salud de los obreros, generando graves complicaciones de las enfermedades que éstos padecían».
33 La Hoja Sanitaria era emitida desde el policlínico que la propia IWW había creado para la atención de los trabajadores y se encargaba de difundir nociones básicas de anatomía y consejos para la prevención de enfermedades, evidenciando la importancia que adquirió en las primeras décadas del siglo XX la cuestión de la salud y la prevención en la lucha obrera.
Se asumió y reprodujo el paradigma; también la reverencia a lo «científico» y a la profesión médica caló en el discurso de los trabajadores, como evidencia, por ejemplo esta cita aparecida en la Hoja Sanitaria en la que se destacaba la labor del médico Walter Fernández, de quien se decía que: «La forma más sublime del heroísmo es la proporcionada por el héroe científico; la del hombre que, conociendo los peligros de una enfermedad, se la produce inoculándose los parásitos que la determinan a objeto de beneficiar a sus semejantes».
34 Tampoco los editores de la Hoja Sanitaria estuvieron ajenos a inmiscuirse en la cuestión moral y en la clasificación y reglamentación de las conductas.
Si los higienistas establecían pautas hasta para señalar cómo debían reír los niños, sentarse o escuchar,35 a los de la IWW no les temblaba el pulso a la hora de tratar cuestiones como, por ejemplo, la definición del «verdadero amor» que no era otra cosa que «atracción material del sexo masculino por el femenino, iluminado y mantenido por la comunión intelectual y moral del hombre y la mujer que se aman».
36 En esa misma línea, mantenían que las «malas prácticas» y la «degradación moral» eran las responsables de la mayoría de las enfermedades y pandemias.
Así lo recogían otros periódicos como La Gran Federación Obrera de Chile, en donde se reproducían las palabras de Eduardo Wolleter a través de las cuales se prevenía a los trabajadores para disuadirlos de asistir a los hospitales, al tiempo que, con un sesgo marcadamente segregacionista, INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR señalaba que los hospitales públicos eran buenos para el cuidado de los obreros inmigrantes, pero no para los que vivían en familia, puesto que muchos de los enfermos lo estaban a causa de sus malas conductas:
Pero los establecidos, los que viven en el seno de su familia, esos no deben ir jamás al hospital, deben hacer de modo, con su previsión y sus economías, que no lo necesiten nunca.
Verdad es que en los hospitales hay cuidados continuos e inteligentes.
Medicamentos apropiados, servicio regular y lo mejor gratis: todo unido a la bondad de los médicos y a la inagotable paciencia de las hermanas de la caridad.
El obrero debe procurar dejar este recurso a los abandonados de su familia; los compañeros no deben olvidar que si el recurso del desgraciado es el hospital, es también en muchos casos el castigo de una mala conducta pasada.
37 También hubo organizaciones y médicos consagrados a la difusión del paradigma entre los mutualistas, que contaron con el apoyo de médicos como Francisco Galleguillos Lorca, que dio conferencias en las sedes de la Unión de Carpinteros, en la Filarmónica de Obreros y en la Agrupación Demócrata, además de colaborar en periódicos como La Voz de la Democracia y La Opinión del Pueblo.
38 La difusión se percibe también fuera de Santiago, en provincias como Iquique, con periódicos como Renovación, publicado por la imprenta de los Talleres de la Unión Popular, o Defensa Obrera, que en 1917 instruía a la población de Calama sobre cuestiones sociales en general y las condiciones higiénicas de Chuquicamata en particular; también en Antofagasta, con El Guerrillero Local, editado por Oscar A. Chanks, presidente de la agrupación Antofagasta del Partido Demócrata, que se preocupaba semanalmente de informar y asesorar a sus lectores sobre higiene y previsión, etc.
Esta proliferación de periódicos y de organizaciones preocupadas por hacer llegar los postulados del higienismo a la sociedad, habla por sí misma del interés creciente de las organizaciones obreras por la asunción y la implementación de las normas, lo cual nos lleva a buscar las resistencias al cambio en otros ámbitos distintos.
Resistencias a la aplicación de las leyes
A través de las campañas de divulgación ese discurso homogeneizador y totalizador fue calando en una ciudadanía que habitaba en poblaciones en constante crecimiento, a las que cada día llegaba la inmigración procedente INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) de otros países o del entorno rural.
En este contexto, las ciudades crecieron de manera desigual.
No tenían nada que ver las infraestructuras del centro urbano comercial y de los negocios con las de la periferia, y esto ocurría tanto en Santiago y en el puerto de Valparaíso como en las pujantes capitales de provincia como Talca.
39 La desigualdad de condiciones de inversión y de atención entre el centro y la periferia tuvo importantes consecuencias sanitarias que incidieron en el desarrollo de epidemias y en el, igualmente desigual, reparto de los efectos fatales entre la población perteneciente a uno u otro sector.
Residir en uno u otro barrio podía suponer la barrera entre la vida y la muerte, en muchas ocasiones.
Así lo expresaban los médicos Salamanca y Molina, en la memoria presentada para solicitar que la empresa de agua potable pasara de la municipalidad al gobierno central: la I. Municipalidad lleva invertida en mejoras de tan importante servicio, la no despreciable suma de $ 95.521 suma que ha sido de sobra compensada no solo por el subido interés que ese dinero produce a la Corporación sino por las inmensas ventajas de comodidad i bienestar prestados al vecindario, y mui especialmente por el notorio mejoramiento del estado sanitario de la población.
A medida que se estienden los servicios de agua potable, se ve disminuir progresivamente las disenterías i fiebres tifoideas tan frecuentes y mortíferas en épocas anteriores.
40 Señalaban también, al final del escrito, que la cuestión de la salud era pública y que debía, por tanto, ser responsabilidad nacional y no local o privada, no solo por una cuestión social sino por la dificultad de establecer cordones sanitarios verdaderamente efectivos si se hacía solo de manera localizada: «los problemas de administración local cuya solución reclaman la salubridad i la hijiene, no atañen solo a un pueblo determinado.
Ellos benefician o amenazan a la comunidad en jeneral i son por lo tanto incumbencia propia i legitima del gobierno central de la Nación».
41 Si bien en la década de 1870 se había aceptado como suficiente el establecimiento de los caminos de cintura y la separación de barrios marginales como los planteados por Vicuña Mackenna en Santiago o por Echaurren en Valparaíso, en vísperas del centenario para los reformistas ya no era aceptable considerar la higiene y la salud en la ciudad de manera segmentada.
Las reformas debían afectar a toda la ciudad y a todos los sectores sociales para ser realmente efectivas.
Inevitablemente, los sectores marginados por las primeras reformas fueron tomando conciencia de la desigualdad y de lo que ella generaba una vez que se apropiaron del discurso; sus voceros, con sus denuncias, se constituyeron en un elemento más de difusión del mismo, aportando su propia visión de cómo debían implementarse las reformas, convirtiéndose así en promotores de políticas públicas y no en meros receptores pasivos, o incluso en rémoras para su implementación, como recurrentemente denunciaban los publicistas de la cuestión social.
La preocupación por la «otra mitad» 42 no debía limitarse a describir cómo vivía la población, sino a entender cómo quería vivir una vez que se apropió del discurso.
Para algunos publicistas no era que la degradación y la falta de cultura llevaran a la población a oponerse a las reformas, sino que sus condiciones económicas les impedían hacerlo de otra manera.
Y esto que parecía ya una evidencia a principios del siglo XX, no lo había sido tanto durante la segunda mitad del XIX.
En un editorial de El Ferrocarril de 1872 se explicaba, casi con asombro, cómo estos trabajadores tenían otras aspiraciones que, cuando no se veían cumplidas, emigraban en busca de condiciones más óptimas para vivir: «Ya es tiempo que nos ocupemos seriamente del bienestar de nuestras clases trabajadoras.
La corriente de emigración que se produce en sus filas cada vez que asoma en el extranjero una expectativa cualquiera de fortuna, si puede atribuirse en algo al espíritu de aventuras, prueba al mismo tiempo que esas clases sienten aspiraciones a una condición mejor».
43 La cuestión social en Chile ha sido contemplada como un proceso iniciado a partir de las transformaciones generadas por la revolución industrial 44 o por el flujo de inmigrantes del campo a la ciudad; 45 otros autores han llegado a considerar que no fue un fenómeno propio del XIX sino que es posible hablar de una cuestión social colonial y otra contemporánea; 46 mientras que Garcés realiza una distinción entre los elementos objetivos y subjetivos que la alimentaron en Chile.
Estos elementos subjetivos, según señala Reyes, parafraseando a Garcés, 47 serían aquellos que conformaron las respuestas de los diferentes grupos sociales a los cambios surgidos durante el proceso de cambio en las ciudades a finales del siglo XIX y principios del XX.
INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) fundamentales pero que no solo deben centrarse en cómo enfrentaron los problemas sino cómo los percibieron y cómo los construyeron.
En este sentido, consideramos que las cuestiones relacionadas con la higiene y la salud no fueron percibidas como problema por parte de las clases trabajadoras hasta que el discurso higienista no fue asimilado por completo.
Es más, durante una primera fase en la que ya se consideraba como tal, no se contempló que fuera una responsabilidad del Estado o, dicho de otro modo, se consideró que, dada su importancia, no debía dejarse en manos del gobierno.
Con gran acierto, Molina Bustos se lamenta de que con frecuencia la historiografía que hace referencia a la evolución de las instituciones de salud en Chile, la presenta como algo lineal que parte de lo privado a lo público y que va de lo particular a lo general como una cuestión inevitable.
Esta visión teleológica del progreso institucional no es acertada, sino que fue fruto de intensos debates y de un permanente ejercicio de cuestionamiento que se dio en todos los ámbitos.
48 Hubo una serie de resistencias a dejar la salud y la higiene en manos del Estado; ahora bien, dichas resistencias no vinieron de los sectores más perjudicados por la exclusión del nuevo modelo sino de ciertos grupos, que se oponían a ampliar el aparato del Estado y a promover la intervención del mismo en aras del «laissez faire».
A pesar de que las primeras juntas de vacuna contra la viruela se habían organizado en Chile durante las primeras décadas del siglo XIX, todavía en la década de 1920 las cartillas de vacunación seguían sin estar al día.
Resulta llamativo que tras un siglo de «persecución» contra la enfermedad, todavía la viruela siguiera cobrándose centenares de vidas cada vez que se producía una epidemia.
Para explicar la persistencia de las epidemias, en esta cuestión, como en otras ya señaladas relacionadas con la higiene y la salud, se insistía nuevamente en que era el pueblo el que se resistía a ser vacunado.
No obstante, no tenemos constancia de que en Chile se produjera un fenómeno similar al de la Revolta da Vacina ocurrida en Río de Janeiro en 1904, que vino dada por parte de los sectores populares que se negaron a ser vacunados como respuesta a una serie de medidas que habían sido tomadas a iniciativa de higienistas como Carlos Chagas y Saturnino de Brito, en aras de la higienización y la modernización del país.
49 En Chile la cosa fue diferente y si bien hubo oposición, esta no vino dada precisamente desde los sectores populares.
La Junta Central de Vacuna consideraba que para que la vacunación se hiciera efectiva era necesario 48 Molina Bustos, 2010, 8.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR que se impusiera como una cuestión obligatoria.
Tras muchas insistencias, dicha iniciativa fue llevada al Congreso por Balmaceda en 1886, donde encontró oposición férrea por parte de los diputados opositores al intervencionismo del Estado en lo que ellos consideraban cuestiones de la vida privada.
Ante esto, Adolfo Murillo, médico y diputado por Santiago, apelaba a la situación de otros países considerados garantes de las libertades, que habían acogido la obligatoriedad de la vacuna así como la prohibición del trabajo infantil y un largo etcétera de medidas de este calibre, bajo la idea del bien común y del progreso de las naciones, y terminaba su emotivo discurso diciendo que «el prudente despotismo de la lanceta» era la única y verdadera salvación del país.
50 A estos planteamientos, la Gran Convención Conservadora contra argumentaba: «la escuela que nos gobierna i que se da pomposamente a sí misma el título de escuela liberal, es precisamente la que no ha dejado libertad que no haya amagado o combatido, desde la libertad de la conciencia hasta la libertad de la vacunación [...]
¿Sabéis lo que ese liberalismo cesáreo nos ofrece en cambio?
Enseñanza obligatoria o forzada, vacunación obligatoria o forzada, hasta cementerio laico obligatorio o forzado».
51 Las resistencias a la educación y la vacuna obligatorias o a los cementerios civiles fueron agrupadas por Dávila Boza bajo la denominación de «resistencias pasivas».
52 Y si bien no constituían confrontaciones violentas al cumplimiento de la legislación o a la implementación de las reformas, constituyeron un obstáculo constante a la aprobación de las leyes debido a la situación de poder que ejercían sus representantes en el Congreso.
Estas «resistencias pasivas» se daban, precisamente, no por resistencia popular, sino por las oposición que propietarios agrícolas e industriales ponían al cumplimiento de las nuevas normativas en materia de higiene y salud.
Los congresistas que abominaban del liberalismo cesáreo representaban el sentir de los propietarios de las viviendas y los empresarios que se veían afectados económicamente con la implementación de las nuevas normativas.
Poco a poco los reformistas fueron asumiendo que era necesario hacer grandes inversiones para la higienización de las ciudades y que, dadas las resistencias existentes, era necesaria la intervención del Estado.
Manifiestos, discursos, conclusiones, Santiago de Chile, Imprenta de «El independiente», 1881, 33-34, https://www.bcn.cl/Books/La_gran_ convencion_conservadora/index.html =1 [Consultado: 10/04/2016].
INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) quería erradicar las supuestas malas costumbres de los sectores populares había que invertir algo más que palabras y normativas.
Así se señalaba, por ejemplo, en el citado editorial de El Ferrocarril de 1872, desde el que se instaba al gobierno a que estimulara la reconstrucción y edificación de habitaciones obreras para que los trabajadores, cómodamente instalados, tuvieran razones para «radicarse al hogar y a la patria» y abandonaran así la idea de emigrar y la costumbre de acudir diariamente a las tabernas; y para convencer a aquellos que más se resistían a la intervención, señalaba que nada de ello iría en menoscabo de los potenciales accionistas:
Queremos habitaciones que fueran el conventillo mejorado, pues serían el conventillo salubre, con jardín, con agua potable, con interiores bien arreglados, hasta con gas, porque allí podría llegarse sin inconveniente.
A lo menos nada sería más fácil que hacer un ensayo.
Santiago, que ha dado tantos puñados de escudos para edificar hospitales, ¿por qué no prestaría los fondos necesarios para ensayar la construcción de habitaciones de obreros?
Si el ensayo era desgraciado, la pérdida sería escasa, pues los accionistas tendrían la propiedad del terreno y de las construcciones.
Si el ensayo andaba con fortuna ¡qué progreso! 53
Así lo señalaba también Arturo Alessandri en 1893, cuando proponía que el Estado apoyara con subvenciones a los constructores y a los propietarios de viviendas para que las adaptaran a las nuevas exigencias de salubridad y también que procediera con multas y represión contra aquellos que las contravinieran, llegando incluso a la demolición en los casos de incumplimiento flagrante: el único medio eficaz para librar a nuestras poblaciones de los profundos males con que las amenaza el mal estado de las habitaciones del pobre, está en el desarrollo y perfeccionamiento del recién fundado Consejo de Higiene, en la difusión de la instrucción pública y en una ley que confiera todo género de facultades en esta materia al Consejo de Higiene, donde sea posible su acción, y a las autoridades administrativas donde esta no alcance, facultades que deben mirar tanto a la construcción de las habitaciones como a la inspección de los hábitos higiénicos de sus moradores.
54 La solución propuesta por Alessandri y los defensores de la cuestión social era, en definitiva, técnica, no política.
No se trataba de acabar con las desigualdades, sino de procurar que aquellos que trabajaban de sol a sol 53 Reproducido en Grez, 1997, 213.
Marcaba, eso sí, más adelante que no era aconsejable que el Estado se convirtiera en promotor pero que sí debía presionar a los propietarios o subvencionarlos de alguna manera.
Lo que en esos momento no podía plantearse, la intervención directa del Estado, fue sin embargo lo que 27 años después llevó al propio Alessandri a la presidencia de la República.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR tuvieran un sitio más o menos salubre para volver y evitar así la emigración, la violencia y el contagio.
El problema se percibía como económico, no como una cuestión de justicia social.
Más abiertamente intervencionista fue el nacionalista Nicolás Palacios, quien exigía la persecución de los que él consideraba los verdaderos responsables de la lentitud en la aplicación de las reformas.
Los infractores, señalaba, eran los dueños de los conventillos, aquellos que, lamentablemente, eran los únicos que podrían imponer por ley las reformas, como miembros influyentes que eran de la política nacional:
Es común oír a los santiaguinos que por algún acaso visitan los barrios de obreros y artesanos de la capital, exclamar indignados: ¡mire Ud. cómo viven esos rotos miserables!
¡Cómo no han de morir como moscas habitando chozas inmundas, conventillos pestilentes, verdaderas pocilgas!
El roto no tiene hábito el que menor de higiene!
En un solo cuarto una familia entera!
Chozas inmundas y conventillos pestilentes es lo único que allí encuentran para arrendar el jornalero de Santiago y el de los campos que llegan a la capital en busca de trabajo.
Ricos, gobernantes, son generalmente los que han hecho construir esas chozas y esos conventillos.
¿Podrán alguna vez cambiar en habitaciones humanas esas pocilgas?
Creo que no. El peón ni el operario a jornal de los talleres ganan lo suficiente para pagar un arriendo que equivalga al interés corriente del capital que sería necesario invertir en viviendas propias de hombres civilizados.
Podrían los dueños de tales chozas dictar una ley para que el Fisco les garantizara un buen interés del capital que invirtieran en casitas para obreros, o acordara primas u otro expediente cualquiera que hiciera cesar el espectáculo vergonzoso que presentan los arrabales de la capital.
Esperar que esos acaudalados santiaguinos sacrifiquen su bolsillo en provecho de un pueblo que miran con desdén y que creen de raza inferior, es esperar en vano.
Para eso se necesita que vengan otros tiempos.
55 En esa misma línea, la Revista de la Habitación señalaba que en Valparaíso la supuesta resistencia obrera a abandonar los conventillos y a oponerse a su destrucción, no era más que un engaño, pues los verdaderos interesados en evitar las demoliciones eran los propietarios de los inmuebles:
La primera dificultad que encontrará US. para proceder enérgicamente contra los propietarios de habitaciones obreras antihigiénicas, será el clamor de voces interesadas en hacer creer que es un atentado contra los intereses de los obreros el hacer demoler actualmente las habitaciones de carácter inhabitable y el desalojar aquellas que deben ser reparadas.
Esas voces no son de los obreros que se dicen perjudicados, sino de los mismos propietarios que no quieren gastar en mejoras de las habitaciones que arriendan.
56 «Nota de Alberto Mackenna S. al intendente de Valparaíso con motivo del comienzo de su administración», Revista de la Habitación, 4, Santiago, 1921, 277-278.
INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) Para compensar la resistencia de inversionistas y propietarios de viviendas populares, así como la escasa intervención estatal en la puesta en práctica de la normativa, se diseñaron estrategias similares a la autogestión del policlínico de la IWW en materia de vivienda.
Destacan en este sentido, en ciudades como Santiago y Valparaíso, las acciones de autoconstrucción de viviendas obreras por propia iniciativa y con apoyo en ocasiones de la Iglesia católica o de sociedades filantrópicas, 57 que suplieron en parte, sobre todo en la capital, el incumplimiento de la aplicación de la Ley de Habitaciones Obreras de 1906.
Ni la participación masiva en las guerras, ni una incipiente industrialización alentada por la incorporación de la minería de Tarapacá, que dieron lugar al fortalecimiento de la organización y el mutualismo obrero, habían sido suficientes para conseguir cambios significativos en las condiciones de vida de los trabajadores y de los sectores más deprimidos.
En contraste con el discurso higienista, buena parte de la población urbana seguía habitando en viviendas que contaban con pésimas condiciones en las primeras décadas del XX y «aferrada», como se denunciaba frecuentemente, a viejas maneras de paliar las enfermedades o, al menos, de suavizar sus efectos, ya que no de evitarlos.
58 Las condiciones de vida no habían cambiado pero sí la percepción de «inhumanidad» de dichas condiciones, ya que a partir de la primera década del siglo XX el malestar se ve reflejado en el aumento de las movilizaciones obreras a pesar de la dureza con que fueron reprimidas.
Entre las diferentes agrupaciones hubo coincidencia en la aceptación del discurso, pero aparecieron ciertas diferencias en torno a la intervención del Estado, como las mantenidas por algunas agrupaciones mutualistas y por los anarquistas.
Illanes señala que los socialistas se pronunciaron, en un principio, a favor de la primera opción en su programa político de 1887 pero que eliminaron esta reivindicación cuando se reunificó el Partido Demócrata en 1894, 59 para volver a introducirla nuevamente en las primeras décadas del XX.
Así, en la arena política la salud se convirtió en un arma arrojadiza cuando se asumió que la autogestión de la salud y de la higiene era un instrumento de poder y una manifestación más de la lucha de clases.
Como señala Pávez, el policlínico de la IWW pretendía ser la demostración de que 57 Para el apoyo dado por las elites en las últimas décadas del XIX para «compensar» la debilidad de la acción del Estado en materia de apoyo, véase Ponce de León, 2011.
Para otros países, y como medio de contención social, cfr.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR los obreros podían organizarse y gestionar su salud y su higiene sin necesidad de seguir «leyes leoninas dictadas por el gobierno», como señalaba la Hoja Sanitaria en 1925.
60 Por otra parte, el discurso asumido de la higiene y la medicalización se convirtió en instrumento de control de la conducta de los trabajadores.
61 La diferenciación a partir de la objetivación se constituyó, a su vez, en la manera de evitar la dominación por parte del Estado pero no la dominación en sí.
Por tanto, no siempre la aceptación de la salud, entendida como una necesidad e incluso como un derecho, estuvo acompañada de la idea de que fuera responsabilidad indelegable del Estado.
Paralelamente a la autogestión y a la organización de mancomunales obreras, se fueron dando las primeras resistencias a que fueran los trabajadores quienes tuvieran sus propios recursos en cuanto a previsión y apareció entonces lo que María Angélica Illanes ha denominado «el ataque de la burguesía».
62 La salud y la higiene quedaron bajo la responsabilidad del Estado a partir de la segunda década del siglo XX a pesar de las resistencias iniciales debido a la multiplicidad de actores que se implicaron en la difusión y la puesta en marcha de reformas.
Su adopción significó la reformulación completa de la concepción del Estado.
El higienismo establece una profunda relación entre conocimiento-poder-salud en la que el elemento modernizador está siempre presente.
En aras de la modernidad y del progreso se imponen unas pautas de comportamiento público en materias de salud e higiene de las que no podrá sustraerse nadie que no quiera quedar al margen de la sociedad.
Incluso la posibilidad de marginalidad será prácticamente nula debido a la persecución a que se vieron sometidos aquellos que no pudieron o no quisieron adoptar las nuevas pautas.
En torno al tema se genera un lenguaje de control, ejemplarizante y segregacionista que se ve respaldado por el ejercicio de la fuerza, más o menos explícita, desde el aparato estatal.
No es gratuito que las primeras Juntas de Beneficencia dependieran, en un principio, del Ministerio de 60 Pávez, 2009, 429.
El establecimiento, por ley, de la obligación de pagar cuotas al Estado para la seguridad social dejó a los trabajadores sin posibilidades de autogestión, pues se convirtió en algo imposible separar de sus ya exiguos salarios, ahora despojados de la cuota oficial, una cantidad, así fuera mínima, para gestionar organismos autónomos de salud.
INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) Interior, o que los primeros códigos de conducta se conocieran como leyes de policía sanitaria.
La salud, al ser pública, tomó tintes policiales antes que de apoyo y durante el período que nos ocupa fueron más frecuentes las acciones de persecución y crítica hacia quienes no tenían acceso, que las medidas para paliar las deficiencias en materia de higiene y salud.
No obstante, desde finales del siglo y en torno a las fechas de celebración del centenario se fue fortaleciendo una postura reformista que tenía los mismos objetivos, sin bien era impulsada por diferentes motivaciones vinculadas a las diversas ideologías de sus impulsores (liberales, conservadores, católicos, obreros).
Esta postura sembró las bases del Estado social.
Por otra parte, esta relación conocimiento-salud-poder tuvo tintes supranacionales y quedó vinculada estrechamente a la cuestión comercial desde el momento en que se insistió en el control fronterizo de los puertos y en la necesidad de mantener expeditos los caminos que posibilitan los flujos comerciales.
A nivel estatal, acatar las directrices internacionales implicaba la posibilidad de mantener una posición en el mercado internacional, y no hacerlo se traducía en quedar fuera del circuito.
La necesidad de no quedar al margen exigió la formulación de un discurso que reflexionaba permanentemente sobre los beneficios de estar dentro de ese mercado internacional como condición de la modernidad.
Las comparaciones se realizaban predominantemente con aquellos países que sí cumplían la normativa y eran considerados líderes en «progreso», aquellos que, en definitiva, eran dignos de emulación y con los que, por otro lado, se establecían relaciones comerciales sustanciosas.
Es así como se adopta un lenguaje de superación y de reflexión sobre los males que aquejan a Chile y se emiten las recetas para salir de la marginalidad económica a través de fórmulas vigorizantes para sanear a la sociedad y a los individuos como país y como raza.
63 No podemos dejar de lado, no obstante, que en esos años tuvo lugar también el proceso de transformación del Estado; el paso de las «repúblicas epidérmicas» a las «repúblicas sustanciales».
64 Chile no queda al margen de dicho proceso y por ello lanza su mirada hacia otros estados supuestamente exitosos.
La comparación con los otros es inevitable y «casi enfermiza».
65 Lo vemos permanentemente en las críticas y las propuestas de higienistas y reformistas, en las cifras de mortalidad, de víctimas de epidemias y en las estadísticas generales presentadas por Adolfo Murillo, Augusto Orrego, Pedro 63 Dichos discursos llegaron a defender posturas decididamente eugenésicas.
INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR Lautaro Ferrer, Juan Enrique Concha, etc. Todos ellos comparan permanentemente lo que está ocurriendo en Chile con lo que pasa en otros países.
Esta crítica y estas comparaciones aumentan en torno a los festejos del centenario, cuando se presenta la oportunidad de reflexionar sobre el significado de las independencias y de la evolución de Chile como nación.
La idea de país que se quiere dar para reafirmar la experiencia de cien años de vida independiente de cara al interior y al exterior, pone en evidencia los resultados de la relación entre ciencia y progreso y la posición que los diferentes grupos sociales ocupan en el esquema de la modernidad.
Es en este contexto en el que las reformas aplicadas en las ciudades de acuerdo al modelo higienista pasaron por la destrucción de antiguos iconos coloniales como el puente de Cal y Canto en Santiago, el Morro do Castelo en Río de Janeiro, las obras de desecación y desagüe en la capital mexicana o el incendio provocado en el circo de Frank Brown en Buenos Aires.66 En Chile, la creación en 1887 del Ministerio de Industria y Obras Públicas supuso un hito en la evolución de la intervención del Estado en temas de urbanismo, si bien -al igual que sucedió con la Ley de Habitaciones Obreras de 1906-en principio tuvo un papel más reactivo que proactivo, si atendemos a las demoliciones de lugares considerados insalubres frente a la limitada cantidad de viviendas construidas.
67 Frente a la imagen moderna y opulenta de las nuevas ciudades, se evidencia, no obstante, una crisis más grande que puso de manifiesto el descontento social frente a las oligarquías y su idea de progreso.
La revolución mexicana señaló el fin de los gobiernos oligárquicos en toda América Latina y Chile no fue una excepción.
El parlamentarismo se había demostrado ineficaz para hacer efectivas las reformas exigidas por el cientifismo positivista y por el higienismo, unas reformas que quedaron ligadas, inherentemente, a la cuestión social.
La acción del positivismo no fue, sin embargo, en vano pues sobre las bases del cientifismo se apoyaron los reformistas y se dio paso al surgimiento del Estado social.
En el marco de los avances científicos y de la normatividad consensuada e internacionalizada en aras del favorecimiento del tráfico comercial y humano, la difusión del discurso fue exitosa.
Fueron muy diversos los actores que se empeñaron en hacer llegar los lineamientos del nuevo paradigma higiénico sanitario a nivel internacional y nacional.
La trasmisión de conocimientos se realizó de manera globalizada a partir de un heterogéneo grupo de actores agrupados en una «nebulosa reformista» constituida a partir de INTRODUCCIÓN DEL PARADIGMA HIGIÉNICO SANITARIO EN CHILE (1870-1925) las contribuciones de médicos, higienistas, funcionarios públicos, políticos, ingenieros y contratistas que pusieron sus conocimientos y sus intereses en juego para difundir y poner en práctica las reformas necesarias para la transformación de las ciudades.
Hemos señalado aquí la importancia de los congresos internacionales especializados, así como la relevancia que adquirió el tema en las exposiciones universales que se realizaron en las principales capitales a ambos lados del Atlántico.
En ellas se puso en evidencia la magnitud del cambio y a partir de ellas los intelectuales y las elites participantes hicieron copartícipes de los cambios a sus conciudadanos.
El nivel de intercambio de conocimientos y de especialistas fue importante.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX a Chile llegaron especialistas médicos y reformistas que contribuyeron a modificar la estructura de la enseñanza superior y que entraron a formar parte de las instituciones de salubridad e higiene que se crearon durante el período que nos ocupa.
En esta labor de difusión, las escuelas tuvieron un papel importante como organismos encargados de divulgar los principios básicos de higiene y salud a los niños.
Como parte de estas labores de difusión, también se realizaron campañas higiénicas para hacer llegar el discurso a todas partes del país.
En estas campañas de difusión jugó un papel importante la prensa, sobre todo la prensa obrera.
En materia de difusión, la contribución de la intelligentsia obrera comienza a darse de manera sistemática en la primera década del siglo XX.
A partir de finales del siglo XIX y, sobre todo, con la primera década del XX la cuestión de la salud y de la higiene se introdujo en el discurso, y después en las reivindicaciones, de las principales organizaciones obreras.
Las agrupaciones obreras, en un principio, optaron por llevar el discurso a la práctica desde la autogestión, pero en torno a la celebración del centenario, y en el marco de la primera gran crisis del capitalismo que supuso la Primera Guerra Mundial, fueron incorporándolo en sus programas como una demanda a favor de la intervención del Estado de manera similar a como ocurrió en otras partes del mundo a partir de la primera década del XX.
La inicial reticencia de los trabajadores a dejar la salud en manos del Estado se diluye ante la posibilidad de que este deje de ser el refugio y el patrimonio de las oligarquías.
Así, las demandas a favor de una salud pública se fueron integrando -en un proceso global que implicó al resto de los países occidentales-en el discurso de las diferentes agrupaciones obreras.
68 La excepción estuvo, como hemos visto, en la acción propuesta INMACULADA SIMÓN RUIZ Y RAÚL SÁNCHEZ ANDAUR por la IWW en torno a la autogestión, que se prolongó durante la década de 1920, y en las acciones destinadas a la autoconstrucción de viviendas obreras.
Como señala Devés, con anterioridad la cultura obrera se veía a sí misma «como diferente, pero deseando rescatar los verdaderos valores de la cultura dominante.
Rescatar, realizar los valores del saber científico o de la democracia política y social traicionados por la oligarquía, se decía».
69 La labor de difusión y de institucionalización realizada por médicos e higienistas que contaron con el apoyo estatal hizo posible la penetración del discurso en todos los sectores de la población.
Los defensores de la cuestión social, tanto desde posiciones católicas como la de Concha Subercasseux, como desde las progresistas y laicas de Orrego Luco, contribuyeron a relacionar higiene y justicia social y a fortalecer la idea de la obligación de la intervención estatal en materia de salud e higiene.
Si bien en las dos últimas décadas del XIX se adjudicaron a los sectores populares las principales resistencias a la aplicación de las reformas, percibimos un cambio importante en las primeras décadas del XX cuando los principales publicistas comienzan a interpelar a las elites como responsables de la ralentización de la puesta en marcha de las reformas.
Las acusaciones perpetradas contra los grupos de poder que paralizaban las leyes cuando llegaban al parlamento, como ocurrió con la ley de vacunación obligatoria, o las denuncias en contra de los propietarios de los conventillos que evitaban las demoliciones al tiempo que eludían la realización de reformas de abastecimiento de agua y saneamiento, fueron paralelas a las exigencias para aumentar la participación estatal.
En esta línea encontramos propuestas como la de Orrego Luco en torno a la implementación de impuestos directos sobre el capital para dotar a los municipios y al Estado de los recursos necesarios para finalizar el proceso de institucionalización y de reforma.
Todo ello culminará, finalmente, con el fin del parlamentarismo (y con él, el del gobierno oligárquico), que dio paso a una nueva concepción del Estado que daría fin a la «cuestión social».
El primer presidente en esta nueva etapa fue, precisamente, Arturo Alessandri, aquel que en 1923 pronunció el discurso a favor del fortalecimiento de las instituciones higiénicas en el país, lo cual, a nuestro juicio, constituye una manifestación palpable del cambio de dirección en la concepción de la organización del Estado. |
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La discusión política sobre mortalidad infantil en Chile durante la década de 1930.
Elementos para una aproximación histórico política * /
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO
El fenómeno de la mortalidad infantil en Chile durante la década de 1930 1 fue un tema que entró en la discusión política de manera importante.
En ese terreno se plasmaron y combinaron proyectos sociales, ideas científicas y críticas a la sociedad.
De esta forma la alta mortalidad infantil fue un tema que no se expresó solamente como un problema demográfico, sino que también es posible observar y estudiar en su impacto sobre la discusión política.
El problema central que aborda este artículo es la forma en que la discusión política chilena se planteó frente a los problemas de carácter demográfico, sus elementos cuantitativos (natalidad y mortalidad) y particularmente las tasas de mortalidad infantil (entre el nacimiento y el primer año).
Se reconocen en las posiciones políticas diversas referencias científicas, que se usaban para dar validez a las miradas sobre los problemas de población.
A partir de esta combinación política/ciencia se estudiará la discusión sobre la mortalidad infantil en la política chilena, 2 en el marco del desarrollo de las discusiones de la medicina social durante parte inicial del siglo XX.
3 Una parte importante de las discusiones de especialistas y políticos reconocía junto a la mortalidad infantil, la necesidad de enfrentar y reducir la mortalidad materna y mejorar las condiciones maternales.
Trabajos como el de Zárate y Godoy han resaltado los desarrollos de las políticas dirigidas a madres e hijos desde este punto de vista.
4 Con esto en consideración nos centraremos en las discusiones políticas sobre mortalidad infantil, reconociendo que abordar la importante situación materna llevaría este trabajo más allá de sus límites y dejando así un campo de desarrollo para problematización e indagación histórica.
1 El médico Guillermo Adriasola apuntaba que las tasas de mortalidad, particularmente en referencia a las muertes sucedidas antes del primer mes de vida, se mantuvieron altas hasta inicios de la década de 1950; además, señalaba que gracias al temprano desarrollo de los censos vitales, las tasas de mortalidad infantil hacían que Chile fuera -como dijo Passmore-«el país con las mejores malas tasas del mundo».
2 Las fuentes que se utilizan para acceder al debate político son principalmente los Diarios de Sesiones del Congreso Nacional (en adelante DSCN), que se encuentran en la Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.
Los documentos elegidos son sesiones legislativas que abordaron problemas demográficos en el transcurso de los años treinta.
Adicionalmente se ocupan algunos informes del Estado sobre temas relativos a la salud pública y artículos científicos de la época sobre el problema en cuestión.
En este marco, el supuesto de este trabajo es que las discusiones políticas desarrolladas en Chile sobre la situación demográfica se relacionaron principalmente con las tasas de mortalidad, lo cual se diferenciaba del énfasis puesto en los países desarrollados sobre la tendencia a la caída en las tasas de natalidad.
De acuerdo a esto, este estudio se aproxima a la interrogante sobre cómo desde la política se comprendió el fenómeno de la mortalidad infantil, sin pretender hacer una lectura interpretativa desde la demografía.
Así, se busca comprender cómo a partir de un diagnóstico común, las causas, implicaciones y soluciones que se atribuyen al problema de la mortandad infantil fueron diversas de acuerdo con las múltiples visiones existentes en los distintos sectores de las elites sociales y políticas acerca de la sociedad.
Esto último no implica que se puedan esquematizar o encasillar aquellas variables de manera rígida, obviando la complejidad del pensamiento y los matices de las ideologías y proyectos, sino destacar algunos elementos importantes y establecer ciertas tendencias observadas en el pensamiento político y su interacción con el discurso científico La década de 1930 resulta un periodo de interés ya que la discusión internacional sobre la situación demográfica asume matices importantes dentro de la política y la economía.
5 Se manifestaron posiciones ligadas al nacionalismo demográfico (Alemania o Italia), que vinculaban las tendencias en las tasas de natalidad a una decadencia de la nación;6 y otras que ligaban la disminución de nacimientos a un proceso normal y necesario de modernización, respecto a la mejora de las condiciones de vida tanto de los hijos como de los padres.
A nivel de la historia de Chile y de muchos países de América Latina, la década está marcada por el impacto de la crisis de 1929, la progresiva crisis de la industria del salitre, el crecimiento de la población pobre en las ciudades, el desarrollo de organizaciones políticas de izquierda (como el socialismo, en Chile) y el enriquecimiento de la discusión política a nivel parlamentario, resultado en parte de la diversificación de la política.
Por otro lado, resulta necesario dar una mirada a la discusión demográfica a nivel internacional para comprender las dinámicas del debate político desarrollado en Chile.
Así se puede observar de forma más amplia las CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO líneas comunes y divergencias existentes en la forma en que se enfrentó a nivel nacional un fenómeno global.
La amplitud de esta perspectiva para abordar la relación entre demografía y política es vital para comprender cómo las consideraciones sobre la primera se han convertido en un factor relevante dentro la política de Estado, tal como ha sido observado en el caso del fascismo alemán y su imperialismo nacionalsocialista.
7 La preocupación sobre estos temas partía de la noción de «modernización» de las sociedades y sus conductas reproductivas y vitales, con el objeto de lograr un «óptimo de población» referido a la relación entre población y recursos disponibles que permitiera mantener las mejores condiciones de vida.
8 Este concepto fue definido con claridad después de la Primera Guerra Mundial, configurándose como parte de un neo-maltusianismo que se presentaba como una ruptura con las formas anteriores de entender los temas demográficos, que habían estado principalmente influenciados por criterios militares, mercantiles o nacionalistas.
9 Para Chile, el estudio histórico de los fenómenos demográficos se ha centrado en el XVIII y XIX, 10 con avances importantes para el siglo XX con trabajos como los de Salinas o Zárate y González, 11 entre otros.
Sobre el siglo XX se puede señalar que la tendencia general muestra una caída en la tasa de mortalidad asociada a enfermedades vinculadas a condiciones de pobreza.
12 Específicamente respecto a las tasas de mortalidad infantil, el país se mantuvo hasta la década de 1960 entre las naciones que mostraban menos avances a nivel occidental.
Incluso en un plano regional países como Argentina, Brasil y México presentaban mejores índices.
13 Para entender este fenómeno en el contexto de los desarrollos sociales y de la familia en Chile, Valenzuela observa la relación entre altas tasas de LA DISCUSIÓN POLÍTICA SOBRE MORTALIDAD INFANTIL EN CHILE natalidad y la mortalidad infantil en el escenario de la importancia económica de los hijos en el marco de pobreza familiar y precariedad de las medidas de bienestar presentes en Chile (como el sistema de pensiones).
Así, «el elevado porcentaje de mortalidad infantil exigía una alta tasa de natalidad, para asegurar que más de algún hijo o hija pudiese proporcionar el apoyo requerido en el ocaso de la vida».
14 Esta realidad social se proyecta políticamente en el debate sobre cómo y para qué se debía resolver la situación de la mortalidad infantil durante la década de 1930, desplegándose una discusión que vincula la preocupación por la «seguridad» de la población15 a consideraciones sobre la situación sanitaria, junto con una diversidad de ideas sobre la estructura social, la cultura y la política en Chile.
16 La discusión política en torno a la demografía y el uso del discurso científico
Al observar el gráfico 1, los índices de mortalidad infantil en Chile desde fines de la década de 1950 evidencian una escasa mejora comparados con la situación de otros países de la región.
Esto nos conduce a pensar que en la década de 1930 el problema era aun más preocupante.
En efecto, se debe tener en cuenta que muchas de las políticas públicas de salud inauguradas en la década de 1930, comenzaron a mostrar progresos importantes desde los años cuarenta y cincuenta, siendo resultado «de una mantención y CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO convicción de políticas públicas», 17 que incluían, entre otras, «campañas de vacunación masiva, atención hospitalaria, difusión de precauciones higiénicas».
18 Siguiendo los datos usados por Valenzuela, recién desde mediados de los años cuarenta se aprecia una mortalidad infantil inferior a los 200 por cada mil nacidos vivos.
19 Desde el último cuarto del siglo XIX, frente a la mortalidad se desarrollaron medidas gubernamentales que con relativa claridad pretendían mejorar los niveles de vida y salud general.
Según Salinas, los chilenos del siglo XIX tuvieron una clara percepción sobre la salud de su época y a menudo se impactaron con algunas de sus consecuencias, como la muerte.
Para la relación entre «modernización», industria y salud en las primeras décadas del siglo XX, ver: Veneros, 2012.
Particularmente la denominada «desigualdad social ante la muerte», presente ya en aquella época, implicaba concebir la salud como un fenómeno social y a menudo se determinaba en relación con la miseria social y sobre mortalidad.
20 De acuerdo con esto, ya durante las primeras décadas del siglo XX la política de vacunación se desplegó con fuerza hacia los recién nacidos, generando incluso temores dentro de la población.
21 Aun con estas resistencias, estas medidas, sumadas a otras, tendieron a disminuir la viruela en la década de 1930 y erradicarla finalmente en los años cincuenta, 22 y la presencia de algunas enfermedades que, directa o indirectamente, afectaban los niveles de sobrevivencia de los menores de un año.
Sin embargo, aun considerando estos avances, la situación de mortandad infantil era un tema preocupante para diversos sectores políticos.
Según la información que manejaban los contemporáneos, las causas de la mortalidad infantil en cuatro distritos de la zona central 23 en 1929 (con 2.737 nacimientos, 635 fallecidos menores de un año y 47 mortinatos) eran: alteraciones digestivas (28,2 %), enfermedades respiratorias agudas (26,2 %), traumatismos obstétricos (9,61 %), sífilis congénita (8,7 %), prematuridad (6,2 %), tuberculosis (2,5 %), septicemia (2,9 %) y gripe (2,1 %).
24 Los datos locales se presentan en línea con la tendencia a nivel nacional, pues las cifras de 1933 y 1935 nos indican que las principales causas de mortalidad infantil eran las enfermedades de primera infancia, como la debilidad congénita, sífilis y nacimiento prematuro (sin considerar a los nacidos muertos), diarreas y enteritis, bronconeumonía, meningitis y gripes.
25 La relación entre mortalidad y natalidad no estaba ausente del debate político chileno, ya que de ella dependía en gran parte el crecimiento de la población, elemento que en aquella época, y aun en la actualidad, 26 se consideraba fundamental para las posibilidades de desarrollo nacional.
21 «Los médicos sostenían que los niños debían vacunarse lo antes posible para evitar la enfermedad, y así erradicar la viruela en las futuras generaciones, pero a las familias les resultaba angustioso hacerlos cuando eran tan pequeños».
23 Santa Ana, Hipódromo Chile, San Bernardo y San Isidro.
24 El bajo porcentaje de gripe es a causa de que muchas bronconeumonías gripales no figuraban con su clasificación etiológica y por tanto no entraron en este grupo.
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO «óptimo de la población», pues a diferencia de las tendencias observadas en las sociedades «modernas», las tasas de natalidad y, sobre todo, las de mortalidad eran aun altas.
28 A pesar de que las estadísticas demográficas de la sociedad respondían a una dinámica poblacional de carácter tradicional,29 los políticos de la época observaban con preocupación la alteración de la tendencia que mantenía los índices de natalidad y mortalidad proporcionalmente altos.
Generalmente se estimaba que sociedades con altos índices de mortalidad también llevarían aparejadas altas tasas de natalidad que «amortiguarían» los efectos negativos en el total de la población.
30 Sin embargo, en 1939 Salvador Allende (ministro de Salubridad en aquella época) cuestiona esta idea señalando que en estos fenómenos operaban causas que provenían «sobre todo del medio exterior económico, geográfico y social.
31 La preocupación política nacía del lento crecimiento de la población en Chile en comparación con otras naciones de América Latina, tales como Brasil o Argentina, debido a que este era mayormente vegetativo -a diferencia de aquellas naciones que acrecentaban su población por movimientos migratorios más numerosos-y a que la diferencia entre el número de nacidos y fallecidos era escasa.
32 En 1932 el diputado radical Isauro Torres ya reparaba en esta misma situación.
Torres observó el problema en virtud del nivel total de población, particularmente señalando que una característica de la «modernización» reproductiva, a saber, la disminución de las tasas de natalidad, no estaba LA DISCUSIÓN POLÍTICA SOBRE MORTALIDAD INFANTIL EN CHILE acompañada de un fenómeno de igual magnitud en la sobrevivencia de los nacidos.
Para Torres los gobernantes de Chile debían preocuparse si «con los avances de la cultura y con la grave situación económica» la natalidad bajaba y la alta mortalidad infantil se mantenía.
33 Sin embargo, si observamos la tabla 1, en 1934 el problema mayor no parecía ser la tasa de natalidad -que se mantenía cercana a los países con niveles más altos como México o Guatemala-sino la elevada mortalidad general que se muestra como la tercera más alta del conjunto.
Al detenemos en la cifra de mortalidad infantil la situación se vuelve aun peor, pues sobrepasa con creces a todos los países considerando aquellos que presentaban una mayor mortalidad general (Egipto).
Otro factor problemático, junto a altas tasas de mortalidad infantil y leve caída en la natalidad, era la situación de la esperanza de vida, que en las décadas de 1920, 1930 y 1940 presentaba un indicador de 31, 35 y 38 años respectivamente.
34 La leve disminución de las tasas de natalidad apuntada por algunos políticos, resultaba problemática al asociarla a los altos niveles de mortalidad que afectaban a la sociedad chilena y que, como hemos indicado, aun se manifestaban muy altos en los años treinta.
Las evidencias existen de manera transversal, tanto en el comienzo de la década como en su periodo final.
En 1931 el presidente de la república Carlos Ibáñez del Campo, presentando el proyecto del Código Sanitario, señala:
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO Señor Presidente, estamos mucho más atrasados que muchos pueblos que nosotros podríamos creer que permanecen en un estado sanitario y cultural más deficiente que el nuestro.
Así la pequeña República del Salvador tiene una mortalidad apenas de un 14 por mil; Colombia, con su pésimo clima tropical tiene 13 por mil.
Ahora, si nos referimos al estado sanitario respecto a la mortalidad infantil, las cifras son verdaderamente vergonzosas para nuestro país. [...]
Las estadísticas mundiales no publican hasta el día de hoy una cifra más alta de mortalidad infantil que la de Chile.
Estos testimonios corresponden solo a algunos ejemplos de una gran cantidad de discusiones políticas y parlamentarias que destacan el problema de la población como un factor relevante en el destino y desarrollo de la nación, particularmente en relación a la elevada tasa de mortalidad infantil.
Esto, unido a los datos del gráfico 2, nos lleva a reflexionar sobre lo complejo de la infancia en Chile durante la década de 1930 y la fortuna de quienes escapaban de estar entre los más de doscientos muertos por cada mil nacidos.
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO Para muchos contemporáneos ese problema no se encontraba al margen de las preocupaciones de las elites políticas, incluso independientemente de la militancia partidista y la inclinación ideológica.
Existía un consenso que reconocía la frágil posición de Chile en esta materia.
No obstante, los énfasis realizados por los diversos sectores para explicar las causalidades de este fenómeno eran diversos y, por ende, también las soluciones propuestas para mitigar este problema.
El contexto mayor en el que se desarrollaron las discusiones sobre el problema de la mortalidad, y específicamente el de mortandad infantil, es el de creación de una institucionalidad sanitaria para el país, enmarcada en el paulatino incremento de la participación del Estado en la salud pública, que hasta ese momento se desarrollaba sobre la base de un sistema caritativo, individualista y privado que resultaba totalmente insuficiente en relación a las necesidades del país y donde desde los años veinte se perfilaban tres posiciones frente al problema de salud en Chile: liberal conservadora, socialdemócrata y socialista.
38 Sin embargo, muchas veces las iniciativas se quedaban en una mera «solución legislativa», 39 sin poder contrarrestar de forma idónea los altos índices de mortalidad hasta por lo menos la década de 1950.
40 El problema de la mortandad infantil era tratado mayormente a propósito de la discusión de proyectos de medicina preventiva, de la salubridad nacional o modificaciones al código sanitario, entre otros, implicando que los discursos y las opiniones dadas al respecto se ligaban principalmente al campo de la ciencia y de los discursos científicos predominantes.
Evidentemente esto colocó en un sitial privilegiado para conducir la discusión a aquellos políticos que eran médicos de profesión, como Isauro Torres (Partido Radical), Salvador Allende (Partido Socialista), Carlos Ribbeck 38 Labra, 2004.
40 Para la investigadora María Eliana Labra las discusiones políticas sobre la institucionalidad sanitaria en Chile se expresaron desde los años 1920 en tres corrientes que plantearon sus lineamientos en torno a las características y funciones de la seguridad social: la liberal conservadora que planteaba un accionar del Estado solamente hacia los sectores más pobres y organizada por la capitalización individual; la socialdemócrata inspirada en las propuesta de la OIT y Versalles (1919), que en general apuntaban a brindar los elementos necesarios para la mantención de la salud con una perspectiva «nacionalista y eugénica característica de esa época, según la cual el objeto de la función Salud es el capital humano, que debe ser valorizado, protegido y multiplicado por el Estado para la grandeza de la Nación»; y la socialista que «pretende la plena socialización de la medicina, sin distinción de ninguna naturaleza e inspirada únicamente en el bienestar colectivo».
LA DISCUSIÓN POLÍTICA SOBRE MORTALIDAD INFANTIL EN CHILE (Partido de Acción Republicana) y el ministro de salubridad Eduardo Cruz-Coke (Partido Conservador).
41 La relación entre el debate político y la utilización de un discurso científico es particularmente interesante.
Para René Salinas, las visiones que se posean y expresen acerca de la salud, y en este caso de la experiencia de la mortalidad, del valor que se le otorgue y del tipo de medidas que se adopten para su atención, están constituidas no solo de un conjunto de elementos médicos sino también de elementos para-médicos.
Es decir, los planteamientos expresados en torno a un hecho demográfico y vital como es la mortalidad están cruzados, de distintas formas, por las ideologías de la época y profundamente «impregnados de los intereses sociales e ideológicos que preocupan a los componentes de las sociedades».
42 Esta afirmación resulta particularmente obvia en los discursos políticos acerca de la mortalidad infantil pues es en ese espacio donde se articula de manera más visible esta relación entre ciencia e ideología, que en otras ocasiones puede estar velada al verse como un fenómeno que pertenece estrictamente al campo de lo científico, de lo observable y de lo medible.
43 A raíz de esto, nos parece interesante intentar mostrar las convergencias y diferencias existentes entre los diversos grupos políticos que se manifestaron frente al tema en los años treinta, incorporando el análisis de las ideas científicas o de otra índole que nos permitan descifrar las concepciones y las visiones políticas subyacentes al problema de la mortalidad infantil.
¿Qué hacer si los niños mueren?
Convergencias y divergencias en la discusión política sobre la mortalidad infantil
Como hemos evidenciado, la legislación sanitaria y la progresiva pre ocupación por los problemas de mortalidad infantil, que afectaban de manera particular a los sectores populares, no se expresó en mejoras considerables dentro de la década de 1930, pues aun con un código sanitario en funcionamiento, los índices de mortalidad de menores no bajaban de los doscientos 41 De acuerdo con Matías Pérez (2012), el éxito de la nueva elite médica y su involucramiento en la esfera de la política pública, a partir de su desarrollo interno dentro del contexto universitario, se desarrolla particularmente tras el nacimiento del Servicio de Higiene Pública a finales del siglo XIX.
Este proceso implicó un proceso de «ascenso social» de los profesionales médicos que accedieron a ocupar altos cargos políticos como diputados, senadores y ministros.
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO por cada mil nacidos.
Incluso en el caso de que estas cifras representaran un avance en relación a las estadísticas previas a nivel nacional, las comparaciones con otros países de América Latina y Europa le otorgaban a la situación ribetes críticos.
Como hemos indicado, las iniciativas y esfuerzos por mejorar las condiciones del nacimiento y el cuidado a las madres se evidencian desde las primeras décadas del siglo XX, 44 mostrando la importancia del cuidado de los niños después del parto en la sobrevivencia de los recién nacidos, junto a la importancia de las mejoras en la cultura de las mujeres sobre la crianza de los hijos.
45 Evidencia de esto último es que en 1938 fue promulgada la iniciativa del ministro Cruz-Coke, Ley 6236 (conocida como Ley de la Madre e Hijo) para proteger a la mujer embarazada y la nutrición de los niños 46 (mediante suplemento alimenticio).
La Caja de Seguro Obligatorio creada en 1924 tuvo una destacada acción en la búsqueda de educar en salud mediante campañas públicas y difusión de estudios de especialistas a través de su Boletín Médico y Acción Social; integrando la relevancia de políticas para mejorar las condiciones de la salud familiar, incluyendo a mujeres trabajadoras, madres solteras 47 o casadas, con beneficios del reposo postparto, y reconociendo a la maternidad como «una función social».
48 También se observan en sus publicaciones la discusión y consideraciones sobre las condiciones laborales de la mujeres y la situación de las salas cuna, elementos crecientemente considerados como relevantes para la vida de la madre y la sobrevivencia de las hijas e hijos.
49 Sin perjuicio de esto, el consenso acerca del drama que experimentaba la sociedad chilena cuando moría aproximadamente un 25 % de los niños nacidos era transversal en la clase política.
50 Como hemos adelantado, las LA DISCUSIÓN POLÍTICA SOBRE MORTALIDAD INFANTIL EN CHILE principales causas de la mortalidad infantil eran aquellas enfermedades estrechamente vinculadas a las deficientes condiciones materiales de vida, es decir, a la pobreza.
El Anuario Estadístico de 1936 comentaba la relación de los efectos de la crisis económica de 1929 en la mortalidad infantil, afectando a esta última con una «tendencia al alza» a partir de 1933.
Esto estaba «relacionado especialmente con la alimentación, tanto de la madre como del recién nacido, es seguro que el aumento comentado se explique en mayor parte a la enorme alza de los artículos de consumo».
51 En 1936, del total de las muertes de infantes menores de un año, las principales causas eran, después de las enfermedades de primera infancia, las del aparato respiratorio, digestivo y las enfermedades infecciosas y parasitarias.
52 Una perspectiva veía la mortalidad infantil asociada a categorías de orden moral.
Esto era particularmente importante para los sectores más conservadores, que tendían a enlazar directamente el problema de la mortalidad infantil a situaciones presentes en los sectores populares.
De ahí que resultara central el problema de la «ilegitimidad» de los hijos, específicamente como una característica propia de la «desorganización familiar» causada por «factores morales».
53 En una perspectiva distinta, los sectores más cercanos a la izquierda veían la «ilegitimidad» como variable principalmente perjudicial en términos económicos, al ser solo la madre la que debía sostener materialmente a sus hijos.
54 No es común entre los conservadores encontrar observaciones que le otorguen un rol central a las causas económicas o materiales del problema en discusión, salvo algunas excepciones como Eduardo Cruz-Coke, que era parte de las tendencias socialcristianas de la época.
Sin embargo, en un plano general, desde la mirada conservadora la modernidad planteaba un problema para sus ideas de orden social vinculado a la mantención de las relaciones jerárquicas y elitistas en lo político, económico y social:
La estadística de Chile en el año 1925, arrojaba [...] un porcentaje de un término medio de 43 y fracción por ciento de natalidad de hijos ilegítimos, cifra que indica el abandono total del padre.
Ahora bien, en este problema de orden moral, que tiene que merecer la intervención directa del Estado en cooperación con las iniciativas particulares y con la legislación [...] 51 Dirección General de Estadística, 1937, 74.
54 «De ahí la preocupación de este Ministerio por el desarrollo de una política de protección a la madre soltera y la normal constitución de las familias de nuestra clase trabajadora, por lo que ella significa para el porvenir de la madre y del niño».
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO En esta materia de la protección a los menores hay tres órdenes de medios que deben llevar al éxito: la acción del Estado, la iniciativa particular y la acción de los organismos diversos que asuman esta iniciativa y las disposiciones legales por las cuales se rija esta materia.
Es una aspiración de los legisladores, es una aspiración de todos los chilenos solucionar este mal, de que oímos hablar diariamente: arrancar a la calle a los niños indigentes [...]
Hay que formar otra mentalidad, en el sentido, principalmente de conservar una raza que se va perdiendo y que fue en lo antiguo de tradicional vitalidad.
Y, sobre todo, hay que concebir la formación de la familia bajo el concepto de un mandato que la propia conciencia indica cumplir; deberes a los cuales ciertos padres, impulsados por las pasiones, por los vicios o por causas diversas parecen hoy exonerados de cumplir.
55 La alteración del orden tradicional, desde su lectura, se observaba en la llegada de «nuevas» ideas y modas sociales.
56 Así «la destrucción» de las relaciones familiares y la «pérdida de la moral natural» eran las causas centrales de los problemas sociales; se veía amenazado el orden tradicional.
Frente a estos problemas sociales, incluido el que convoca este estudio, las respuestas conservadores se caracterizan por asumir la caridad, la ayuda moralizadora y la educación hacia los pobres como la principal herramienta.
Quizá como un resabio de las antiguas formas de entender la ayuda a los «buenos pobres», a los que «no desafiaban el orden», a quienes «no se salían del camino», 57 encontramos la condena a los actos que «atentaban contra la moral», pues estos eran producto del alejamiento de los dictámenes de la tradición.
Otra de las líneas explicativas en relación a la mortalidad infantil se desarrolla en torno al funcionamiento y estructura económica.
Esta visión era recurrente -aunque no exclusiva-en los partidos de izquierda, principalmente enfocándose en la discusión sobre los motivos de la mortandad y su relación con la desigualdad y la pobreza.
En los partidos de centro, era un factor que influiría en el desarrollo de la economía nacional.
Esto último sin perjuicio de que puedan incorporarse ambos énfasis dentro de un mismo discurso.
58 Así, muchas veces la alta mortalidad infantil era vista como un «derroche de vida» en la medida que representaba una merma de la fuerza de 55 Discurso del diputado Fernando Varas (Partido Conservador) en torno a la modificación de la ley de menores, DSCN, Sesión 2a. extraordinaria, martes 29 de octubre de 1935, 114.
Este argumento de corte económico que justificaba los esfuerzos por disminuir la mortalidad infantil, se vincula con los motivos más profundos por los cuales el Estado de Chile se vuelve un actor más participativo dentro del desarrollo de la salud pública durante las primeras tres décadas del siglo XX.
Parte de este interés se relaciona con la creencia de que el Estado debe dotarse de los «medios necesarios» para su propio desarrollo y perfeccionamiento, en un contexto de cambios acelerados en la economía nacional.
Así, «la presencia tardía del Estado en las políticas de salud son coincidentes con una mayor integración del trabajador al proceso de producción moderno.
La salud de la población se transforma, históricamente, en un problema de interés público conjuntamente con la consolidación del Estado como gestor del bien común, administrando los recursos necesarios a su mejoramiento».
59 Esta perspectiva no estaba ausente en los médicos que desde sus estudios plantean la necesidad de políticas y prácticas de salud con el problema que significaba aquel «capital humano que sustrae anualmente al activo de nuestro progreso».
60 El impacto económico del mejoramiento de las condiciones higiénicas y sanitarias, especialmente para los sectores de la población que habitaban paupérrimamente, cumplía un rol central conforme a las concepciones del liberalismo burgués que comenzaba a guiar el rol del Estado, diferenciándose de las acciones que habían sido inspiradas por el liberalismo clásico durante la mayor parte del siglo XIX.
61 En este sentido, muchas propuestas políticas se dirigieron centralmente a crear, reforzar y perfeccionar la institucionalidad sanitaria del país, reconociendo el vínculo relevante entre el problema de la mortalidad y las condiciones socioeconómicas de la población:
El tipo de desarrollo de la Asistencia Social en Chile ha hecho que el problema de la protección a la infancia haya sido abordado en el país por etapas incompletas en medio de una labor poco coordinada [...]
Como sucede en todos los países de gran natalidad, el problema del niño se presenta en Chile en uno de los aspectos más importantes, por el de una gran mortalidad infantil, especialmente en el primer mes de la vida, problema relacionado con circunstancias económico-sociales, de educación y de higiene, que el Gobierno está empeñado en solucionar. [...]
Las principales causas de muerte de los niños fallecidos menores de un año, [...] están relacionadas con enfermedades respiratorias por enfriamiento [...] [y] enfermedades 59 Salinas, 1983, 126.
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO de la nutrición, condicionadas por la imposibilidad en que está la madre de alimentar a su hijo en buenas condiciones.
Todas las medidas directas que se pretendan tomar para solucionar los casos una vez producidos son por eso de muy escaso rendimiento humano, en vista de lo cual el Gobierno ha propiciado una política que permita coger su causa misma el origen de todos estos males que, si bien tienen un denominador común de tipo económico, lo tienen también en una mala organización y distribución de los beneficios que el Estado da a los económicamente débiles por medio de sus Cajas y Servicio de Asistencia y Salubridad.
62 En esta línea de desarrollo es destacable la acción de Eduardo Cruz-Coke, que desde su posición de ministro de Salubridad, Asistencia y Previsión Social impulsó las leyes de Medicina Preventiva y la Ley Madre e Hijo, promulgadas en 1938.
En estas, además de un esfuerzo por mejorar las condiciones de salud, alimentación de los niños y reposo de los enfermos, se aprecia la importancia de las mejoras sanitarias dentro del desarrollo de la producción y el consumo.
Para Cruz-Coke los problemas de salud se vinculaban complejamente a los temas salariales y los desarrollos sociales y culturales, donde al Estado le correspondían diversas funciones en el objetivo de mejorar la salud de la población y el desarrollo productivo de la población saludable.
Sus ideas influyeron con fuerza en los debates parlamentarios sobre la política de salud de la época.
En el mismo año que se aprobaron las leyes mencionadas, señalaba que Si hemos planteado aquí este problema es porque la salud es quizá el más importante factor que gobierna la economía humana en su aspecto de ciencia experimental de disciplina concreta. [...]
Ahora bien, si la insuficiencia económica individual se traduce siempre en una morbilidad creciente y si es cierto que la intensidad y la extensión de muchas afecciones [...], dependen en gran parte del salario, hay que considerar que influyen poderosamente, a su vez, sobre las condiciones económicas, es decir, prácticamente, sobre el mismo salario.
63 Los esfuerzos en esta dirección deben ser considerados, pues -como señala Cavieres-a través del siglo XX en el caso chileno se produjo una disminución en los niveles de mortalidad sin ser consecuencia «de grandes logros en las calidades de vida de sectores importantes de la población, sino más bien pequeñas, pero claras ganancias sociales a partir de la acción 62 Mensaje del presidente de la República, Arturo Alessandri Palma, a los conciudadanos del Senado y de la Cámara de Diputados, DSCN, Sesión 18a. extraordinaria, martes 28 de diciembre de 1937, 1015.
institucional de organismos públicos y del desarrollo médico propiamente tal».
64 Sin embargo, de ninguna forma este proceso representó una solución satisfactoria para el país y muchos políticos tomaron conciencia de ello durante los años treinta.
Estos no podían soslayar, por un lado, que los avances de la ciencia no permeaban la sociedad de manera homogénea y, por otro, la fuerte incidencia de los serios y dramáticos problemas socioeconómicos que perjudicaban la calidad de vida de importantes sectores de la población, repercutiendo en sus índices de mortalidad.
En base a esto, los partidos de izquierda (y algunos miembros de partidos de centro) identificaban las deficientes condiciones económicas como la raíz del problema de la mortalidad infantil,65 y por tanto sugerían cambios más radicales en torno a la organización económica de la sociedad como solución a los problemas demográficos.
En 1937 el senador Hugo Grove, del Partido Socialista, señalaba la importancia de mejorar las condiciones de vida de la población mejorando «los salarios vitales, la alimentación adecuada y suficiente, la habitación barata e higiénica, el vestuario apropiado y necesario, la cultura esencial, etc.».
66 También Allende, en 1937, desplegó argumentos sobre la responsabilidad política de las elites tradicionales en la miserable situación sanitaria, económica y social de los sectores populares de la sociedad chilena, señalando las limitaciones de las «buenas intenciones» de mejora del gobierno, frente a los intereses de la derecha y la oligarquía.
67 Se evidencia que la mirada de la izquierda chilena de los años treinta, muy distante de los sectores conservadores, representaba los propios desarrollos de la modernidad y las ideas socialistas que buscaban las causas de los problemas sociales en la estructura y orden económico chileno.
Lo apuntado se observa en el informe de Salvador Allende:
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO Chile tiene la más alta mortalidad infantil del mundo.
Por cada veinte partos, nace un niño muerto.
La mortinatalidad nuestra equivale al 50,5% de los nacidos vivos; por cada mil nacidos vivos mueren doscientos cincuenta Por cada diez niños nacidos vivos muere uno antes del primer mes de vida; la cuarta parte, antes del primer año; y casi la mitad antes de cumplir nueve años.
Nuestro país vive un momento de su historia en que pugna por desprenderse de formas económicas antiguas, autocríticas y de libre competencia, para canalizar su vida social por cauces de cooperación y de bienestar efectivo que abarque a todas las capas populares y clase media. [...]
Chile, al igual que la mayoría de los demás países sudamericanos, ha vivido a merced del coloniaje económico y cultural que ha obstaculizado el progreso social y el desarrollo de nuestras riquezas naturales.
Más aún, estos factores han impedido que el pueblo logre el standard de vida compatible con el de país civilizado y medianamente culto.
Ciento veinte años de vida política independiente no han bastado para incorporar a la vida cívica a las clases proletarias dentro del juego normal del progreso [...]
Debemos lealmente declarar que todas aquellas medidas médicas que se tomen solo podrán rendir un provecho efectivo si se adoptan resoluciones económico-financieras que permitan elevar el standard de vida de nuestros conciudadanos.
Se puede afirmar que las bases fundamentales que determinan el bienestar y el progreso de los pueblos son precisamente un buen standard de vida, condiciones sanitarias adecuadas y amplia difusión de la cultura en los medios populares.
Cabe afirmar también que el volumen y la consistencia de estos últimos factores dependen estrechamente del auge económico sin el cual no es posible edificar nada serio desde el punto de vista de lo higiénico y lo médico, como tampoco en lo que respecta a la cultura, porque no es posible dar salud y conocimientos a un pueblo que se alimenta mal, que viste andrajos y que trabaja en un plano de inmisericorde explotación.
68 Los sectores que buscaban una reorganización económica del país para disminuir la mortalidad, con fundamentos en un diagnóstico económico social que asigna responsabilidades políticas a los sectores de derecha por permitir la existencia de abrumadoras injusticias sociales, también incorporan desarrollos estrictamente científicos a la discusión.
Así se demuestra en un debate de la Cámara de Diputados en 1937, sobre el proyecto de medicina preventiva:
El diputado Madrid: De aquí que el desenvolvimiento y bienestar de un pueblo esté condicionado, en primer lugar a la atención que el gobierno le presta a los problemas que atañen a la salud pública.
Es pues, fundamental contar con una organización sanitaria y con las medidas de medicina preventiva capaz de brindar por igual a toda la comunidad el resguardo que necesita para subsistir y progresar. [...]
LA DISCUSIÓN POLÍTICA SOBRE MORTALIDAD INFANTIL EN CHILE Me voy a referir, como decía, a una experiencia hecha hace poco en Chile por la Dirección de Sanidad.
Algunas ratas fueron sometidas a un régimen de alimentación sin vitaminas, o mejor dicho, a escasa o casi nula alimentación y otro grupo de ratas fue sometido a un régimen de alimentación rico en vitaminas.
Se les inyectó enseguida sangre que tenía gérmenes de tifus exantemático y se vio, inmediatamente que aquellas que no habían ingerido vitaminas contrajeron la enfermedad y, en cambio, las otras que habían consumido vitaminas en abundancia, no se contaminaron.
El diputado Verdugo: Por eso es que el gobierno debe preocuparse más de la alimentación del pueblo y bajar los precios de los artículos de consumo. [...]
Otro Diputado: Hay obreros que viven peor que las ratas.
El diputado Madrid: Vuelvo a repetir al colega señor Allende que se interesa por saber cuáles eran las causas de esa mortalidad tan crecida en Chile y vuelvo decirle que es el hambre y la miseria [...]
Por lo demás, ya dije que Hirch, en el año de 1900, en Inglaterra, dedujo que cada vez que hay guerras o hay hambrunas, falta la alimentación, se producían estas epidemias y, con ellas, esta alza en las cifras mortalidad.
69 CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO estas ideas en la discusión política se observan en el discurso del diputado del Partido Acción Republicana, Carlos Ribbeck, quien cuestiona la contribución de la medicina a la disminución de la mortalidad.
Ribbeck presenta los esfuerzos médicos como una oposición al principio de «selección natural», el cual jugaría un rol central en el mejoramiento de la raza.
Sin embargo, de igual forma considera que el fenómeno de la mortalidad se vería influenciado por las «leyes de la Madre Naturaleza» que impone su «tributo» a la vida humana para «deshacerse de los elementos más débiles»:
Enfocada netamente desde el punto de vista curativo, la labor del médico lleva una misión, aparentemente desmedrada al impedir la selección natural.
Va en contra de la ingenesia racial, a prolongar vidas inútiles y al luchar por la sobrevivencia de los ineptos y de los tarados por herencia, sea luética, alcohólica, epiléptica, paranoica, etc. [...]
Sabe mejor que nadie que los elementos nobles y valiosos de una raza dejan escasa descendencia y que son en cambio, en extremo prolíficos los elementos inferiores, tarados, débiles y degenerados.
Si a pesar de todo hay una selección natural, artificialmente amortiguada, por sentimientos de cordialidad humana, por los médicos, es porque la naturaleza cobra sus derechos de supervivencia del más apto y del triunfo del más seleccionado, física, intelectual y moralmente, burlando las leyes y el saber de los humanos, que tratan de contrarias las leyes inmutables.
La Madre Naturaleza cobra un tributo de vida y así por ejemplo muere un 65 por ciento de heredo sifílicos [sic].
73 Para comprender el contexto de estas afirmaciones es necesario considerar que en Chile el desarrollo de las ideas eugenésicas se dio con mayor fuerza entre los años veinte y cuarenta por parte de un grupo de intelectuales, políticos y profesionales, que tenían la intención de realizar una verdadera «ingeniería social» en el país.
74 Por cierto que estas estuvieron presentes en el debate médico social en Chile con claridad por lo menos desde el siglo XIX y con ello se puede considerar su grado de influencia dentro de sociedad chilena, 75 aunque en el periodo estudiado tendieron a expresarse con mayor claridad en el discurso de un sector que se caracterizaba por ser sobrevivientes serán mejores que el promedio que esta mujer es capaz de producir. [...]
Es evidente que el hombre debe encarar la responsabilidad de sus propios actos si interviene en la regulación natural, suprimiendo la selección con que ella obra, no es más que una consecuencia ineludible de su intervención el establecimiento de una nueva regulación artificial, como compensación de la que antes él ha destruido.
La eugenesia de mañana es simplemente la otra cara, o el complemento de nuestras conquistas higiénicas y sociales de ayer, y por esto llegará con la misma seguridad que viene la mañana».
73 una nueva elite emergente, que no provenía de la aristocracia tradicional y que se volvió influyente en la gobierno del país compartiendo los espacios de poder con los conservadores y la Iglesia católica.
Frente a esto debemos hacer dos consideraciones: en primer lugar, la existencia de un contexto internacional en donde las ideas eugenésicas ganaban terreno, particularmente en países desarrollados donde se estaban incorporando prácticas a la legislación 76 y, en segundo lugar, la realidad política y social al interior del país que evidenciaba los problemas que la modernización estaba generando.
Así, durante los años 1930, Chile ya no era el mismo país que celebró orgulloso sus primeros cien años.
La elite había perdido poder o, al menos, debía compartirlo.
Una nueva clase social participaba en política y pensaba en conjunto los problemas y soluciones [...]
Bajo este escenario es que surgió el diagnostico social de «La Raza enferma».
Se creía que los problemas en Chile podían explicarse en la medida que existía un importante porcentaje de población mórbida que impedía el desarrollo del país.
77 Para esta perspectiva, «las clases populares vivían las miserias que su degeneración racial les deparaba», pues «el malestar social no estaba generado por la explotación laboral, la desidia de los gobernantes o por el derroche fiscal [...] el problema estaba presente en la propia genética de los individuos».
78 Así, el «problema de la raza» se expresaba en una distinción de clase, pues desde esa perspectiva las características de la degeneración racial no se encontraban en las clases medias o acomodadas que podían mantener cierto estándar de vida, a diferencia de los sectores más vulnerables de población.
79 Sin embargo, estas ideas también eran desafiadas desde el socialismo ya que se desestimaba esta explicación biológica determinista al enfatizar los factores materiales y psicológicos.
En 1937, el diputado socialista Salvador Allende señalaba: Todos los hombres de ciencia saben que el desarrollo físico está ligado a la alimentación y a las condiciones de vida, y no solo el desarrollo físico, sino también el psíquico.
Estudios hechos en Francia han demostrado que los niños de gente humilde, 76 En 1928 se dictó en Suiza una ley para la esterilización obligatoria de los locos y delincuentes sexuales; en 1929 en Estados Unidos había 23 estados que contaban con una ley de esterilización, y en Alemania, bajo el gobierno de Hitler en 1933, ya se había proclamado la ley «para precaver una descendencia con taras hereditarias».
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO que hijos de la clase que los señores de la derecha llaman baja, puestos en iguales condiciones que los hijos de la gente adinerada, son después de igual capacidad o aún mayor que los hijos de las seudos [sic] clases altas.
Esto lleva a la evidencia de que la resistencia de los organismos está fundamentalmente ligada a las condiciones de vida, al standard de vida de los individuos.
La selección natural es un mito; la selección que existe es artificial, y es la que se produce por la desigual repartición y distribución de la producción.
Esto sólo se remediará en la economía controlada, planificada, socializada en que todos los trabajadores tengan lo necesario, lo indispensable para subsistir, en que se termine con la anarquía de hoy día, que permite que algunos pocos viven a expensas de los más; del día en que los medios de producción los controle el Estado y los oriente en un sentido social.80
Resulta pertinente reflexionar sobre la relación de estas miradas con el desarrollo de perspectivas biopolíticas, que se definen por «ajustar la vida a la economía».
81 Si bien estas se encuentran presentes en el debate, resultan problemáticas toda vez que las valoraciones de la vida -con respecto a la mortalidad infantil-se cruzaban tanto con: a) temas del orden económico deseable con matices eugenésicos; b) crítica a las desigualdades estructurales del capitalismo; y c) perspectivas que se anclaban en el orden y la tradición, donde la modernidad capitalista generaba incomodidad en las elites conservadoras.
En general, en este escenario la diversidad de la discusión era reflejo de cambios importantes en el orden social, económico, político y cultural que se desarrollaba en Chile durante la década estudiada.
En dicho marco, los debates, preocupaciones políticas y combinaciones de las ideas médicas y sociales frente al problema de la mortalidad infantil tuvieron expresión en una importante integración de los temas de calidad de vida e ingresos económicos familiares, 82 además de los temas de alimentación y cuidados de la madre y sus hijos.
De esta forma se perfilaba una tendencia a reconocer la necesaria mejora material y social para lograr romper con algunas de las condiciones ligadas a la mortalidad infantil.
Quedaba un trecho importante para que esas instituciones desplegaran los cambios deseados, aun así las bases políticas se asentaban para operar sobre un problema demográfico y sanitario.
En el Chile de la primera parte de la década de 1930 la muerte de miles de niños y niñas tuvo importantes consecuencias sociales, políticas y culturales.
Esto contrasta con lo sucedido en el mismo periodo en países del norte y oeste de Europa: las tasas de mortalidad infantil estaban en general bajo los ochenta muertos por cada mil nacidos vivos antes del primer año de vida, e incluso los países «menos desarrollados» de Europa como España o Italia lucían mejores índices que Chile.
83 La comparación con los índices de varios de nuestros vecinos no nos deja en mejor situación.
Lo que parece destacarse para el caso chileno es que el crecimiento del Estado en atribuciones y deberes sociales no resultó en el mediano plazo en una gran mejora de las condiciones de vida de quienes nacían en Chile a fines de la década en estudio, era un problema profundo a nivel estructural que demandaría al Estado y la sociedad cambios y tiempos importantes.
Tendrían que pasar un par de décadas para que las mejoras en la salud, la educación y servicios públicos cambiaran (en un proceso acumulativo) positivamente la situación de los nacidos, haciendo retroceder la mortalidad infantil.
Las altas tasas de mortalidad infantil prevalecientes en los años treinta, y que se venían manteniendo desde el siglo XIX, causaron alarma y pre ocupación en el mundo político de manera transversal.
No obstante, la militancia partidista y la inclinación ideológica determinaron la construcción de diferentes visiones acerca de las relaciones de causalidad que explicaban este fenómeno y las propuestas levantadas para solucionarlo.
En este marco, la relación entre ciencia e ideología se vuelve central a partir del estatus que adquiere la primera para respaldar o validar las diversas visiones políticas acerca de los fenómenos sociales.
A lo largo de la investigación se identificaron diversas posturas acerca del problema de la mortalidad infantil enarboladas desde los diversos grupos políticos presentes en el Congreso.
La gama de interpretaciones es diversa y compleja, sin embargo es posible observar algunas tendencias.
Se proponen explicaciones enmarcadas bajo la idea de una alteración del orden moral, principalmente de los grupos más conservadores; otras lecturas relacionan el problema con una «cuestión racial», fundamentalmente desde una nueva elite de intelectuales y profesionales emergentes; y se asocia el fenómeno a las consecuencias que genera la estructura económica y social del país, especialmente desde la izquierda.
CLAUDIO LLANOS REYES Y MARÍA FERNANDA LANFRANCO ilegitimidad de los hijos, las ideas eugenésicas y las políticas estatales de salud pública para el problema de la mortalidad infantil.
Así, cada una representa una interpretación distinta acerca del proceso de modernización del país y de las implicaciones que este y sus reveses tienen en la sociedad.
84 Finalmente, las discusiones sobre la mortalidad infantil y las diversas interpretaciones que se desplegaron nos abren interesantes marcos de reflexión en torno a la relación histórica que las miradas científicas y las ideas sobre órdenes sociales y morales han mantenido con el desarrollo de las políticas sociales, y el rol del Estado en las condiciones de vida de la población y los cambios que estas políticas han operado a nivel de las configuraciones histórico sociales pasadas y presentes.
Schonhaut, Luisa, «La Mortalidad Infantil en Chile estudiada por la Sociedad de las Naciones», Revista chilena de pediatría, 78, 2, Santiago, 2007, 202-210.
Valenzuela, J. Samuel, «Democracia Familiar y Desarrollo: Chile y Suecia desde 1914», en Valenzuela, J. Samuel; Tironi, Eugenio y Scully, Timothy R. (eds.), El Eslabón Perdido.
Veneros, Diana, «Aspectos médicos, legales y culturales tras el trabajo industrial de obreros y obreras en un contexto de modernización.
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Wasserstein, Bernard, Barbarie y civilización: una historia de la Europa de nuestro tiempo, Barcelona, Ariel, 2010.
Zárate, María Soledad y Godoy, Lorena, «Madres y niños en las políticas del Servicio Nacional de Salud de Chile (1952-1964)», História, Ciências, Saúde-Manguinhos, 18, supl. |
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Marginalidad y vanguardia en la posguerra: los inicios del teatro crítico en Chile (1883-1913)/
La historia del teatro en Chile ha sido estudiada, preferentemente, desde perspectivas literarias, sin establecer vínculos definidos con la coyuntura social y política de sus ciclos de producción.
1 Sobre esa base, existe consenso en que la actividad dramática, a partir del último tercio del siglo XIX, no tuvo mayor trascendencia, tanto en lo que respecta a la calidad de las obras como en el nivel de sus montajes.
Sin un hito temporal que permita suponer un nexo con la contingencia, diversas investigaciones han optado por consensuar el año 1890 como el año en que se inicia una nueva era en el teatro chileno (ligándola, aparentemente, al fin del antiguo orden político), cerrando el ciclo con la conmemoración del centenario de la independencia, un referente paradigmático en lo político que, para el caso de las artes escénicas, es irrelevante.
De acuerdo con estos criterios, la irrupción de un nuevo Chile habría permitido el giro desde creaciones teatrales de menor valor hacia otras con un enfoque social crítico, desde donde emergieron las bases de la dramaturgia nacional.
2 En ese contexto, la producción dramática del período se analiza, preferentemente, como parte de un proceso mayor de cambios en la sociedad chilena.
Bernardo Subercaseaux, siguiendo a Raphael Samuel, sostiene que a fines del siglo XIX, con la ampliación y diversificación del universo simbólico, comienza la conformación de un circuito cultural de masas, orientado a un público de interés creciente y sensible a las demandas sociales y de mercado.
Solo a partir de entonces, el teatro comenzó a entregar contenidos digeribles por los sectores medios y populares, transformándose «en un espectáculo cuyo propósito fuese, en definitiva, la gratificación inmediata o simplemente la diversión del espectador».
3 En la misma línea, Eduardo Santa Cruz, ha propuesto lo que denominó «esfera pública plebeya», con formas, medios y espacios de formación de una identidad común, vinculada con un proceso de instalación de una cultura de masas emergente hacia fines del siglo XIX, que no fue excluyente para las artes escénicas.
4 Esta postura, a su vez, avala la premisa de Grinor Rojo, quien años antes había dado cuenta del surgimiento, en ese entonces, de una estructura teatral definida como «el primer movimiento de modernidad en América Latina», esto es, un teatro europeo de importación y uno 1 Bravo y Munizaga, 1987, 31.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA profesional (integrados en función de su rentabilidad), y un teatro popular, de consumo masivo y sin pretensiones intelectuales.
5 La distinción de Rojo en torno a formatos teatrales consolidados no es azarosa, reflejando, para el caso del popular, los prejuicios que diseñan la idea polarizada de la estructura dramatúrgica finisecular chilena.
En efecto, además del teatro de la «alta cultura», el cambio de siglo se asocia, casi sin excepción, al teatro militante (entendido como aquel escrito por y para trabajadores, basándose en temáticas inherentes a su condición), identificable en Chile como político, anarquista, revolucionario o de redención, transformado en un medio para llevar cultura a sectores marginales y orientarlos ideológicamente.
6 Desde este principio, en los últimos años se ha insistido en la continuidad de una dramaturgia ácrata, la que habría logrado un reconocido arraigo en sectores proletarios, manifestando, a través de él, una forma de resistencia cultural a un sistema excluyente.
7 Es importante destacar que los rasgos definitorios del teatro militante, propuestos en estudios que acentúan su impacto en núcleos obreros (esto es, trabajar con códigos literarios propios, representar una realidad heterogénea y rescatar de la memoria las experiencias colectivas), son cualidades transversales del teatro chileno del período.
Esto, sumado al cuestionamiento riguroso y asertivo planteado por Sergio Grez,8 respecto a la connotación más amplia de la postura ideológica del teatro aludido, reduce el impacto de la dramaturgia anarquista a un núcleo legítimo e influyente, pero de representación limitada en el espectro social de su época.
Como una característica que lo define, el teatro militante tampoco se centra espacialmente en el mundo urbano, situándose, en cambio, en el mundo de las salitreras o el ámbito rural, y solo de modo marginal en las ciudades, aludiendo al migrante que busca una mejor calidad de vida.
9 En contraste, los registros de obras que aluden a temáticas obreras siguen siendo escasos para el período que precede al año 1913, y su relevancia se enmarca, fundamentalmente, en el ascendiente moral de autores como Juan Rafael Allende, Luis Emilio Recabarren y Antonio Acevedo Hernández.
10 Llama la atención que, a juicio de este último, considerado el precursor de la dramaturgia social en Chile, la transformación del teatro hacia un CARLOS DONOSO ROJAS discurso reivindicativo la iniciasen autores como Víctor Domingo Silva, Aurelio Díaz Meza y Juan Manuel Rodríguez, identificados en los albores de siglo XX con la sátira y el drama urbano.
11 La insistencia en tomar al costumbrismo o al naturalismo como elementos basales del teatro militante de las últimas décadas del siglo XIX, no permite distinguir variables temáticas con interpretaciones complejas, caracterizadas por una dinámica de conflictividad, evidenciable incluso en comedias.
Así, la evolución del teatro chileno se reduce a la imposición de modelos políticos y culturales hegemónicos, definidos en torno a símbolos abstractos, como el patriotismo enardecido, la idea de unidad, y la simpleza de la narración de costumbres.
12 La difusión de estas ideas y principios se encuadraba en la propuesta de construcción del concepto de lo nacional, que condicionó la evolución de la dramaturgia en buena parte de las nacientes repúblicas del continente, haciéndola parte de la fuerza cultural dominante del período en estudio.
El teatro paraguayo resaltó la figura del personaje corriente, como un elemento clave de la reconstrucción nacional tras la guerra de la Triple Alianza (1864-1870), rescatándolo en su heroicidad, pero también en elementos prehispánicos que definieron una simbiosis cultural hasta hoy reconocible.
13 En México, en los primeros años del porfiriato se generó un activo debate respecto a la necesidad de promover el teatro con obras, actores y directores locales, y temáticas que aludiesen a valores, espacios sociales y modelos reconocibles como nacionales.
14 En Brasil, el «teatro moralizador» o «civilizador», surgido tras el término de la monarquía, se basó en el rescate de lo cotidiano, enfocándose en la representación del mundo popular.
Desde esa perspectiva, la dramaturgia (con apoyo estatal) se orientó a las masas, transformándose en una efectiva herramienta de integración cívica, que facilitó la transición a la república.
15 El teatro latinoamericano, a partir del último tercio del siglo XIX, propuso la representación de sujetos activos y constituyentes de las nacientes repúblicas, heterogéneos con sus conflictos y contradicciones que, desde espacios marginales, enunciaban un mensaje de lo que eran y a lo que aspiraban.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA los incipientes estados nacionales se transformó, a través de las artes dramáticas, en una práctica articuladora, formativa e integradora.
Como fenómeno histórico, la dramaturgia tuvo el mérito de poner en escena a sectores excluidos, minimizados o satirizados, transformándose en un espejo de las necesidades simbólicas del receptor en cada momento histórico.
16 En Chile, en cambio, el teatro se alejó de los preceptos básicos que definían los discursos asociables a principios raciales, eugenésicos o nacionalistas, recurrentes en ensayos y estudios sociológicos del período.17 Si bien se reconocen excepciones, la dramaturgia chilena se estructuró en torno a elementos culturales distantes a esos cánones, y no llegó a constituirse en un instrumento manipulable como estrategia de legitimación política.
18 La vía propia desarrollada por un sector del teatro chileno, en las últimas décadas del siglo XIX, evidenció un claro compromiso social, pero sin una identidad arraigada en discursos oficiales o de clase.
Esto ha sido interpretado como una postura ambigua, lo que justificaría su contribución poco significativa al desarrollo cultural del país.
19 Su limitada relevancia, a su vez, minimizó su posterior apreciación crítica, reduciendo su análisis al contenido ideológico de su propuesta (esto es, con un mensaje político preciso y unívoco), diferenciándolo de las artes escénicas triviales, como la lírica, la zarzuela y el drama europeo, que no pretendían asimilar la realidad de su entorno como propia.
Como señala Juan Villegas, mientras uno postulaba como un rango definidor de su código estético, el carácter intransable de la belleza y la calidad del teatro, el otro aspiraba a realizar con él solo una función práctica educativa.
En ambos casos, se daba por sobreentendida la idea de una relación absoluta de la verdad, o al menos la convicción de que «su razón» merecía ser erigida como modelo.
20 En un contexto donde el concepto de lo no burgués se asimilaba a la clase proletaria, la escasa importancia dada al emergente teatro crítico no supone su inexistencia, sino su invisibilidad para la memoria oficial de la historia de la cultura y del teatro.
21 Tratándose, por tanto, de modos de representación disímiles en formas y contenido a la dramaturgia tradicional, CARLOS DONOSO ROJAS su estudio debe realizarse a partir de la comprensión de patrones y definiciones propios que dan cuenta de su particularidad.
22 Indistinta a las temáticas que aborda, y a las coyunturas temporales que enfrenta, durante al menos treinta años se gestó en Chile una tercera vía de desarrollo teatral, que se caracterizó por ser marginal y austera, pero inserta en un mercado cultural en continuo crecimiento, dispuesto a absorber influencias foráneas.
Fue un movimiento de vanguardia genuino, sin pretensiones de profesionalismo ni organización reconocible, que promovió una ruptura consciente de los «estilos formales», creando tipos y prácticas que adquirieron una importancia creciente para el orden social.
23 Su estructura y objetivos asemejaban al Theâtre Libre de André Antoine en Francia (1887), o la Freie Bühne de Otto Brahm en Alemania (1889), creados como una plataforma al drama realista,24 y a las condiciones propuestas en el Théâtre du Peuple de Romain Rolland y Maurice Pottecher, quienes, a inicios del siglo XX, se apartaron del teatro burgués, creando uno popular con argumentos basados en la experiencia.
Rolland sugería una dramaturgia que representase la rudeza de lo cotidiano, pero alejada del diletantismo aleccionador.
La moralidad de su modelo teatral se insertaba en una mirada del género como «una luz para la inteligencia», orientado a poner en escena vivencias significativas para la audiencia, invitándola a reflexionar a través de la dramatización de sus propias experiencias.
25 Pottecher, al igual que Rolland, apoyaba un teatro no propagandístico sino uno formativo, diferenciándose en que este debía destinarse a pequeñas audiencias, dispuestas a asimilar un mensaje que forjara una identidad y formación cívica en torno a un pasado común que rescatar e imitar.
26 Aunque parezca anacrónico, el teatro crítico chileno del cambio de siglo, que apostaba por la economía de medios escénicos, privilegiando la intensidad de la interpretación, se aproxima al modelo parateatral (Tercer Teatro) como el sugerido por Eugenio Barba (1995).
Este funcionaba en la periferia de los circuitos tradicionales, con sus propios modos de producción y de edición, ocupando espacios improvisados y actuando para un público reducido.
Sin trasfondo comercial, pudo probar formas de representación MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA originales, lo que impulsó técnicas de actuación y dirección innovadoras, arriesgando puestas en escena experimentales que insinuaban la decadencia de la sociedad.
27 Fue, en esencia, un teatro en que lo dominante era el criterio de la verosimilitud.
No buscaba la agitación política, sino la representación de una realidad asociable a sectores marginales, que postulaba, a través de él, sus inquietudes y valores.
Es, en todos los casos, un modelo único, una manifestación divergente y paralela a las estructuras clásicas que se insertan entre lo popular y lo político, antecediendo formas de teatralidad que, a mediados de la década de 1910, se radicalizaron hacia un compromiso social exacerbado, en particular cuando ideas integradoras, como la de nacionalidad y raza, fueron definitivamente validadas y asimiladas por la elite intelectual chilena.28
Los albores del teatro crítico
Durante la Guerra del Pacífico (1879-1883), la dramaturgia chilena experimentó un florecimiento excepcional, asumiendo un papel clave al alimentar un imaginario simbólico y estético, mediante argumentos simples que sirvieron para involucrar en el conflicto a una población mayoritariamente analfabeta.
El teatro surgido de esa contingencia supuso un interesante cambio en el paradigma de la dramaturgia chilena, hasta entonces orientada a mostrar espacios aristocráticos o de sectores emergentes.
El teatro patriótico, en contraste, encumbró a personajes comunes que, a partir de episodios relevantes, representaron un ideal de moralidad transversal de los chilenos, sin distinción de género ni posición social.
29 Si bien perduró solo durante la vigencia de la guerra, su estructura trascendió el conflicto, orientándose, desde entonces, a criticar el establishment político y denunciar la progresiva crisis valórica.
El nuevo estatus de la dramaturgia nacional fue una respuesta a las profundas transformaciones derivadas del cambio en las bases estructurales de un Estado en crecimiento inorgánico y, en especial, con la ampliación del mercado cultural derivada de ese proceso.
A diferencia de lo que ocurrió en países como México, Perú o Argentina, donde existía una tradición CARLOS DONOSO ROJAS dramática previa y se consolidaron tempranas propuestas orientadas hacia sectores populares, 30 su desarrollo en Chile surgió a partir de la conformación de un circuito marginal y paralelo a la denominada «alta cultura» y al creado por organizaciones obreras.
El teatro crítico, además de poner en escena una realidad identificable para el espectador, se forjó limitado espacial y materialmente, al margen de la crítica literaria y con una mínima difusión en medios de prensa tradicionales.
Influenciado por autores españoles como Jacinto Benavente, Benito Pérez Galdós y, en especial, José Echegaray, el nuevo formato dramático logró un profundo arraigo en sectores urbanos, a partir de la puesta en escena de conflictos irreconciliables donde el protagonismo del chileno, siempre apasionado y virtuoso, se enfrenta a un antagonista intrínsecamente perverso.
Dicho rol, asignado en el teatro patriótico a militares peruanos y bolivianos, se traspasó al término de la guerra a la clase política, asumiendo un discurso que buscó poner de manifiesto las profundas contradicciones socio-económicas de la época.
31 La abundante producción teatral en el período (estimamos una existencia total de alrededor de doscientas obras publicadas entre 1883 y 1913) sigue siendo desconocida, fundamentalmente, por la omisión de la prensa tradicional y de la crítica literaria de su época, desinteresada en difundir, y menos valorar, cualquier esfuerzo de proyecciones estéticas alternativas a la de sus respectivos círculos.
Mientras en países como España o México la recurrente teatralización de sectores marginales en la época ha sido interpretada como un intento de los grupos intelectuales por evitar ser desplazados de sus privilegios, en Chile lo que se percibía era un abierto desprecio hacia ellos.
En 1888, un crítico literario, aludiendo a la producción teatral independiente de su época, se preguntaba por qué existían autores y actores que insistían en dedicar todo su tiempo y recursos a obras que nadie escuchaba, juzgaba, aplaudía o pagaba.
32 El juicio peyorativo apuntaba a cuestionar, a priori, los estándares de la producción nacional, una actitud que formaba parte de una idea preconcebida de lo que debía entenderse por cultura.
El recurrente arribo a Chile de compañías líricas francesas e italianas, o de zarzuelas españolas, y la excepcional visita de figuras de reconocimiento mundial, como Rafael Calvo 30 Salaün, 1995, 176.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA en 1885, Sarah Bernhardt en 1886 o Clorinda Pantanelli en 1894, dejó claro que la «alta cultura» estaba reservada para un segmento muy limitado.
33 Así también lo entendían los emergentes sectores medios.
En 1889, el diario La Época, orientado a ese segmento, definía a la zarzuela como «un jénero anfibio repleto de retruécanos de dudosa moralidad».
Mucho más concluyente era la impresión sobre las representaciones líricas y lo que representaban:
La ópera lírica no es espectáculo para el hombre de trabajo, porque, en primer lugar, es espectáculo caro, a propósito solo para las grandes fortunas, i, en segundo lugar, irá mas que a oir música i a ver vistosos trajes i hermosas decoraciones, toda vez que se canta en un idioma que le es extraño...
Por otra parte, muchos de los dramas líricos, mas que enseñanzas de moral, son un tejido de crímenes que deben dañar el corazón del pueblo.
Dejemos el teatro lírico para la jente rica que lo puede pagar i para la jente instruida que con su instrucción se teje una coraza, no siempre invulnerable a los tiros del escándalo melodramático.
34 La distancia y la distinción de la elite para con lo inferior evidenció el profundo desconocimiento de la existencia de circuitos culturales alternativos, y condicionó la posibilidad de congregar en el teatro a las muchedumbres integrales, según Pérez Galdós, donde asistiese «desde el ser refinado que mucho sabe y poco siente hasta el analfabeto que ignora todo y siente con poderosa intensidad».
35 En noviembre de 1888, un mitin organizado por el Club del Progreso, una sociedad integrada por «hombres liberales y jóvenes estudiosos» de Santiago, concluyó que en Chile no existía un arte genuinamente nacional.
El problema, de acuerdo con la opinión mayoritaria, pasaba por la ausencia de «sentimiento artístico del pueblo» y la falta de un carácter propio, definido por factores culturales y raciales, que distanciaba a la sociedad chilena de las naciones civilizadas.
Es interesante constatar que la única voz disonante en la reunión plantease que la causa de que no hubiese arte y cultura de calidad debía buscarse en un argumento más sencillo: la arraigada costumbre de subestimar las producciones nacionales.
Un ejemplo del prejuicio de parte de determinados sectores se evidenció en 1902, con el estreno de la ópera Lautaro, de Eliodoro Ortiz de Zárate.
Formado en el Real Conservatorio de Milán y reconocido como uno de los principales autores líricos chilenos, Ortiz de Zárate logró estrenar su obra en el Teatro Municipal de Santiago, un espacio entonces reservado para una aristocracia que vio en el montaje «una afrenta a su noble tradición».
37 Tras un breve período de ensayos, Lautaro fue presentada el 7 de agosto, siendo vilipendiada por la prensa tradicional, y también por la obrera, que rechazaba toda forma de representación del modelo político o económico que no supusiese una idea de regeneración implícita.
38 Un crítico teatral (que inicialmente valoró Lautaro como una pieza solo regular), centraría con posterioridad su análisis en la imposibilidad de desarrollar el teatro en Chile, a partir de la recurrencia de juicios arbitrarios que precedieron la crítica:
Lo ocurrido con Lautaro ya es suficiente para que, en lo sucesivo, ningún artista se atreva a llevar sus producciones al teatro.
Aquí, donde se considera una infamia el hecho de que un hombre se atreva a demostrar en público sus conocimientos sobre tal o cual ramo, donde hai cien mil pigmeos dispuestos a colgarse de los pies de quien tenga la osadía de querer subir, no es caso de estrañarse que el señor Ortiz de Zárate no haya sido apedreado en público.
En Chile para surgir es indispensable empezar por negar la nacionalidad i hacerse rodear de todos esos doctores que dispensan sonrisas i favores, no al mérito i la modestia, sino a los buenos apellidos.
39 Lautaro era la primera parte de la trilogía patriótica La Araucana, sin que Ortiz de Zárate alcanzase a estrenar las restantes.
Al no poder cubrir los costos del montaje, el músico terminó solicitando una subvención al Senado para continuar su carrera en Europa.
40 El «prurito de causticidad» de los literatos y críticos chilenos hacia temáticas nacionales, denunciado tempranamente por el filólogo Rodolfo Lenz, 41 quedó de manifiesto con la sobrevalorada comedia Don Lucas Gómez o un huaso en Santiago, de Mateo Martínez Quevedo.
Presentada por primera vez en 1885, hasta su quinta edición, de 1894, había vendido sobre treinta mil ejemplares y se había representado en más de doscientas ocasiones, por distintas compañías, a lo largo del país.
Su enorme e inesperado éxito le ha valido, hasta hoy, ser considerada como una pieza de referencia para identificar el teatro popular chileno del cambio de siglo.
Con rasgos próximos al teatro bufo español o al tardío grotesco criollo argentino (hay notables similitudes con la adaptación teatral de Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, de 1886),42 narra la difícil inserción del protagonista homónimo, en el entorno de su enriquecido hermano residente en Santiago.
Gómez, proveniente de un sector rural próximo a la capital, confronta con picardía a un grupo familiar aristocrático que, ridiculizado en sus formas y expresiones, resulta funcional para destacar su carácter ladino.
La deformación del personaje de Lucas Gómez convierte la obra en una confrontación implícita entre civilización y barbarie, donde abunda la risa fácil por medio de diálogos simples que no apuntan a una problemática específica que le dé sentido, sino a resaltar el carácter del personaje erigido, por contraste con los secundarios, en el eje de la trama.
En un medio en donde existía la convicción de que los trabajadores urbanos no tenían ilustración ni gusto intelectual, Don Lucas Gómez pareció ser una genuina aproximación popular al teatro, al combinar elementos dramáticos con elementos circenses (baile, música y demostraciones de habilidades físicas), que formaban parte constituyente del gusto masivo.
En febrero de 1893, un editorial del periódico El Porvenir, titulado «Pensemos en el pueblo», advertía, precisamente, que el circo era el único medio de moralizar a las masas trabajadoras, al ser, probadamente, el espacio de sociabilidad que las alejaba de los vicios:
El obrero no halla en que gastar sus días i sus horas de descanso.
Los elevados goces del espíritu, los placeres del arte, de la sociabilidad i el lujo no están a su alcance.
La plática cuotidiana [sic] con los suyos no le satisface: se lanza a la calle en busca de algún entretenimiento i de la compañía de amigos i camaradas: tropieza con el bodegón, i allí, a la embriaguez, la crápula i las pendencias, dilapida el fruto de su trabajo i el pan de su familia...
43 Don Lucas Gómez simbolizó un modelo de representación teatral que se ajustaba a ese discurso: sin pretensiones estéticas, de consumo fácil, y sin más intención que divertir mediante la burla emanada de diálogos incongruentes.
El objetivo de poner en escena un personaje cuyo oponente fuese un orden social que lo condenaba al fracaso, y ante el cual respondía con astucia, se reiteró en una vasta producción literaria orientada a los CARLOS DONOSO ROJAS sectores populares, aludiendo a acciones sencillas, de carácter verosímil y diálogos animados.
44 En el teatro, sin embargo, el retrato del chileno astuto y pícaro no tuvo continuidad alguna.
Una posterior obra de Martínez Quevedo, La mujer de don Lucas Gómez (1895), escrita en la misma línea de su predecesora, fue un fracaso comercial.
En contraste, piezas contemporáneas que por su título permiten suponer la secuencia de una sátira liviana, eran en realidad creaciones complejas, con un trasfondo siempre explícito.
El roto en las elecciones, de Carlos Lathrop (1898), presentada como un juguete cómico, se centra en la angustiante espera de un candidato a diputado en la víspera del día de votación.
Ilusionado con ser elegido al Congreso para tener un ingreso con que pagar las deudas que lo tenían al borde de la ruina, recurre al electorado campesino, ofreciéndoles comida y alcohol.
La banalidad de la clase política es tan evidente en la obra como la superficialidad de los votantes, representados en escena como un liberal, un radical y un conservador, quienes, no obstante sus diferencias, están dispuestos a favorecer con su voto al mejor oferente.
El roto en las elecciones es una obra amarga, que evidencia la profunda crisis moral de un sistema político envilecido por la riqueza del salitre.
La decadencia institucional del país, exacerbada tras la guerra civil de 1891, se reiterará con particular crudeza en la producción teatral de fines de siglo, a través de la representación de personajes oscuros, críticos de una nación a la deriva.
El ya aludido Martínez Quevedo advertía en Los comediantes políticos en vísperas de elecciones (1896) que su obra, lejos de replicar el molde de Lucas Gómez, buscaba exponer «una crítica espiritual i verídica de las malas artes i costumbres que se ejercitan con nuestros ciudadanos en las elecciones, por los partidos i los políticos aventureros que esplotan nuestro atraso social, cubriendo sus ambiciones con un falso oropel de patriotismo mentido i embustero».
45 El teatro crítico reflejaba una realidad, no planteaba reivindicaciones ni aspiraba a un cambio mayor de la sociedad, recurriendo a la alegoría y la fuerza simbólica implícita en ella.
Sin amor y por dinero, de Juan Francisco Ureta (1885), vuelve sobre la trama costumbrista de la familia aristócrata, habitual en el teatro nacional antes de la Guerra del Pacífico, esta vez empobrecida e incapaz de asimilar su ruina.
En tono de comedia, el esfuerzo del grupo por conservar las apariencias y ocultar el drama que los avergonzaba, MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA denota un conflicto moral tan profundo como el de aquellos que, en la obra, los ridiculizan una vez conocida su mísera realidad.
La República de Jauja, de Juan Rafael Allende (1889) es, por su parte, una fina parodia en donde se confrontaban las virtudes cívicas (La Verdad, La Democracia y El Trabajo) con los intereses gremiales y económicos ligados al sistema político (La Aristocracia, El Presupuesto, La Industria).
Escrita como una crítica contra el gobierno de José Manuel Balmaceda (Camaleón II), fue censurada tras su primera representación, en donde La Verdad apareció literalmente desnuda, un gesto que, en la época, no se comprendió en un sentido simbólico.
El teatro chileno de postguerra puede definirse como uno «que centraba su atención en el drama humano surgido de estructuras sociales injustas y que buscaba, a la vez de sacar a escena a sectores marginados, investirlo de los derechos que le son inherentes».
46 Exceptuando a Don Lucas Gómez, incluso cuando se recurre a la comedia, los protagonistas eran expuestos como sujetos conflictuados, insertos en un contexto de decadencia material y espiritual que incomoda al lector o espectador, pero a la vez lo seduce e identifica.
Platicando (1899), comedia firmada por Juvencio, propone un diálogo entre dos chilenos y un visitante uruguayo, a quien buscan convencer de la pretendida superioridad cultural chilena, en un diálogo inteligente y lleno de ironía que trasunta la pobreza intelectual del país.
De igual modo, El cuento del tío (1904), comedia del aludido dramaturgo Juan Rafael Allende, ambientada en Santiago del año 2000, involucra desde campesinos hasta ministros de Estado, en una trama absurda de ambiciones y engaños que denuncia, con lucidez, la crisis moral de inicios de siglo.
Salvo un número acotado que alude a principios ideológicos definidos -el drama Suprema Lex, de Rufino Rosas (1895), es reconociblemente anarquista, y el monólogo Don Pascal Guerra, de Marcos de la Barra (1899), asume un papel ideológico explícito al identificarse como socialista-, el teatro del período 1883-1913 se presenta crítico del sistema político y económico, el que exacerbaba el abatimiento del habitante urbano o del migrante rural.
Los personajes, casi sin excepción, sufren por los abusos y la carestía, ante una realidad que los inmovilizaba.
El castillo de naipes, de CARLOS DONOSO ROJAS Armando Hinojosa (1909), revisa en tres actos la historia republicana de Chile, desde la opulencia lograda por el salitre hasta su decadencia a inicios del siglo XX.
Es una sátira agria, que se centra en criticar la pasividad de los sectores populares al tolerar, en plena crisis, la continuidad de una clase política corrupta, carente de una visión de Estado.
Sin esperanza en el futuro, no es extraño constatar cómo la decadencia que cada personaje trasunta se asimila a la de la patria, socavada por el descrédito y la inmoralidad.
Fuese escenificada como mujer (Javiera Carrera en Luis Carrera o la conspiración de 1817, de Pedro Urzúa, 1883; o Críspula en Fuera de su centro, de Antonio Espiñeira, 1887), niño (Huérfano!, de Juan Rafael Allende, 1890), o como un joven común (Redención o El grumete del Cochrane, de Teodosio Martínez Ramos, 1912), la patria fue un elemento recurrente en el teatro crítico, ejerciendo el rol de una superestructura, que le confería sentido a la acción de los representados.
Un caso paradigmático es La Mendiga, de Ricardo Fernández, estrenada en mayo de 1888.
La obra entrega una trama clásica centrada en las desventuras de Mercedes, una mujer de pasado aristocrático que, tras la muerte de su esposo, se ve forzada a vivir en la calle.
Mercedes es auxiliada por dos jóvenes, que viven en la casa de Pablo, su antiguo amor, a quien dejó elegir las comodidades ofrecidas por su difunto esposo.
La Mendiga destaca por el tenso y pasional diálogo entre Mercedes y Pablo, cuya fuerza dramática vislumbra, desde una particular perspectiva, la paradoja social del Chile de su época.
En estricto rigor, Mercedes y Pablo simbolizan a la patria en dos períodos próximos en el tiempo.
Pablo, descrito por Mercedes como «virtuoso, feliz y amante», representa al Chile anterior a la Guerra del Pacífico, cuya pureza se ve enfrentada al envilecimiento causado por la ambición material.
Mercedes, aludiéndose como una mujer que «quería ser tan rica como lo soñaba», simboliza en su matrimonio por conveniencia la dependencia chilena del salitre, y las consecuencias de su efímera riqueza.
El arrepentimiento de Mercedes no fue razón suficiente para obtener el perdón de Pablo, quien, además de despreciarla, la culpa por destruir sus convicciones, sumiéndolo en una crisis moral que lo transformó en un ser escéptico.
La Mendiga finaliza con la muerte de su protagonista, en una escena que hace suponer su asesinato.
El crimen, sin embargo, no tuvo un sentido expiatorio: el dolor de Mercedes aparenta más el sufrimiento resultante con una condición no prevista, que la culpa por el dolor provocado a Pablo.
Enfrentado a la superficialidad de su antiguo amor, este enloquece en medio de una horrible tormenta que alude a su desvarío.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA La transfiguración de la decadencia nacional, a través de representaciones simbólicas, puede entenderse como un proceso de transición hacia la búsqueda de una necesaria renovación valórica de la sociedad.
Sin apuntar al cambio del modelo político, esta idea denota el distanciamiento del teatro de figuras reconocibles, y que tanto la narrativa como la historiografía finisecular destacaban como determinantes en el proceso de formación republicana.
Salvo casos aislados que tomaron la figura de Arturo Prat, un joven capitán de marina que, tras su muerte heroica a de la Guerra del Pacífico, se erigió en Chile como modelo de virtud cívica, la producción teatral del período optó por rescatar a personajes reconocibles, pero de segunda línea, cuyos méritos comprobables eran menos excepcionales que lo que simbolizaban.
La puesta en escena de la vida del último gobernador español en Chile, de un paradójico Alonso de Ercilla patriota, de una distintiva mujer del siglo XVII, o del guerrillero independentista Manuel Rodríguez, lograron crear expectativas que se reflejaron en un particular éxito de taquilla.
Paralelamente, la representación de un pasado idealizado a partir de la simbiosis entre la herencia española con la sabiduría indígena fue exaltada en piezas como La ciudad encantada de Chile, de Jorge Klickmann (1892), presentada como un drama patriótico-histórico-fantástico, y en el rescate de dos referentes del pueblo mapuche, como el aludido Lautaro, Caupolicán, o la reivindicación de caciques araucanos personificados en hombres de esfuerzo.47
La historiografía chilena ha dado cuenta de una falta de atención hacia la cultura popular y los sectores medios desde el siglo XIX, reflejando su relativización, principalmente por parte de los sectores ilustrados de la sociedad chilena.
48 Esta representaba los cánones de un sistema que se asumió como válido para generalizar los intereses colectivos, apartando a otras expresiones paralelas al consenso preestablecido por la tradición.
Desde esta perspectiva, no se ha cuestionado en profundidad qué ocurría a nivel de prácticas cotidianas con los sujetos marginados del análisis, y tampoco CARLOS DONOSO ROJAS sobre el potencial existente en sus contenidos para desarrollar un proyecto cultural alternativo.
49 La invisibilidad de la dramaturgia crítica, inserta en el contexto de desprecio hacia manifestaciones culturales de menor valía, fue consecuencia de la irradiación de la «civilización europea moderna», que tenía en el teatro, como género y espacio material, uno de sus elementos más identitarios e imitables.
50 La idea de modernidad implícita en ella también apuntaba a dimensionar los alcances de la actividad dramática en cuanto a su trasfondo comercial y, ciertamente, en las expectativas que generaba.
En 1888, un crítico recordaba que, independientemente del valor abstracto de la idea de arte, todas las manifestaciones de la actividad humana estaban sometidas a la ley económica de la oferta y la demanda.
Esto no excluía a la producción intelectual, condicionando la libertad creativa a elementos subjetivos y de compleja evaluación, como la calidad y el gusto del público.
51 Estos factores estaban directamente relacionados con la restringida demanda de espectáculos teatrales del período.
Un cronista, al cuestionar la ausencia de «un teatro de temáticas nacionales», se preguntaba si existía en Chile un número suficiente de dramaturgos y actores para impulsarlo.
Bajo el supuesto de que efectivamente los había, su duda era si estos podían fidelizar al público con temáticas variadas y de calidad, para satisfacer sus exigencias, de modo tal de crear una demanda continua.
Su conclusión fue negativa:
Aunque tengamos autores dramáticos y aunque los actores sean de primer orden y la censura no deje nada que desear, nos falta la vida literaria y el amor al arte en la sociedad.
Nos falta el ambiente en que la dramática nacional puede desarrollarse y prosperar.
Pasado el primer entusiasmo, como la atmósfera que nos rodea no es propicia para el drama, nos faltarían los actores y después los autores y volveríamos á quedar como estábamos y con un desengaño más.
52 La aparente decadencia de las artes dramáticas nacionales tenía componentes adicionales a considerar, que no tenían relación directa con la imposición hegemónica de una idea de cultura.
El pago de derechos por propiedad intelectual fue regulado en Chile solo a partir del año 1925.
Hasta entonces, la publicación de obras literarias y teatrales extranjeras careció de 49 Barr-Melej, 2003.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA todo tipo de control, favoreciendo la temprana difusión de textos clásicos.
Entre 1885 y 1889, la Imprenta y Librería Americana reprodujo libremente obras de Shakespeare, Cervantes, Flaubert y Dumas, entre otros autores, en ediciones de bajo costo.
Su dueño, Carlos Lathrop, también incluyó en su catálogo a autores españoles, como Francisco Camprodón y José Echegaray, y editó un número significativo de zarzuelas, alterándolas y reconociendo, en algunos casos, solo los créditos de autoría musical.
53 No existían mayores objeciones frente a ello: en 1889, un autor consideraba que el mayor anhelo de un literato era que se le tributase en el extranjero el honor de traducir o editar sus escritos, pues, salvo excepciones, «nuestra literatura está en principio i, por tanto a menester de estímulo progresar».
A su juicio, un autor extranjero no tendría por qué sentir lo contrario.
54 Desde la perspectiva del empresario teatral, la idea de financiar el montaje de una pieza teatral extranjera y de reconocido interés era más viable que la de arriesgar recursos por una producción nacional, que implicaba un pago al autor y sobre la que pesaban prejuicios de origen.
El Expósito, de Fernando Muriel Reveco (1892), una obra extraordinaria que se presentaría en el teatro Politeama en diciembre de 1893, fue retirada del programa al no tener espectadores en su primera función.
55 Sin capacidad para afrontar la competencia, sujeto a la crítica parcial, o al nulo apoyo del público, el teatro de creación chilena cayó en un prematuro descrédito.
Esto también explica que entre 1894 y 1904 se representasen solo tres obras líricas de doce escritas y publicadas por autores chilenos en el período.
Algunos teatros particulares, levantados en Valparaíso y Santiago entre 1886 y 1901 para montar espectáculos populares, no lograron continuidad y cerraron al poco tiempo.
Otros, como el Santiago o el Romea, que intentaron innovar ofreciendo obras por tandas (muy comunes en México y Perú), fueron denunciados por círculos conservadores como «antros de paganismo» y «escenarios de inmoralidad i bajas pasiones».
56 Hacia el cambio de siglo, el teatro como espectáculo debió enfrentar nuevos elementos asociados a la modernidad, y que le restaban el interés público.
Las peleas de gallos y, en particular, las corridas de toros, prohibidas desde el inicio de la República, siguieron gozando de popularidad en 53 La Lira Chilena, Santiago, 6, 1899, s.p.
sectores populares y medios, ante la inacción de las autoridades.
El «añejo i sangriento espectáculo de la Edad Media», 57 denunciado reiteradamente por la prensa, se complementó con la irrupción del boxeo y el fútbol, transformándose en prácticas culturales insertas en lo que Norbert Elias denominó «proceso civilizador», asociadas a nuevos mecanismos de autocontrol social.
58 El reemplazo del teatro como medio de esparcimiento se confrontó, de modo decisivo, con la irrupción del cine.
A partir de la primera proyección cinematográfica en Chile, en agosto de 1896, gran parte de las salas del país fueron adaptadas como biógrafos.
En 1913, se registraban 51 locales destinados al cine en Santiago, y solo el Teatro Municipal seguía orientado a representaciones líricas y teatrales.
59 La dramaturgia tradicional chilena, entendida como comedias de costumbres, zarzuelas y sainetes, hasta los años veinte se sumió en un período de decadencia.
Esto hizo que la escena nacional se mantuviese monopolizada por compañías dramáticas extranjeras, fundamentalmente españolas e italianas, relegando las presentaciones nacionales a espacios reducidos o improvisados, pensadas para pocos actores (excepcionalmente, Certamen Nacional Chileno, de Carlos Lathrop, 1894, puso a 36 personajes en escena) y publicadas en editoriales o imprentas menores, creando un circuito paralelo al tradicional.
Víctor Domingo Silva, uno de los principales referentes teatrales de la primera mitad del siglo XX, inició su vida en escena actuando en la comedia Por la Patria (1899), de Onofre Avendaño, presentada en la Sociedad de Sastres de Santiago.
Arturo Bührle, precursor del teatro profesional chileno, actuaba en obras nacionales montadas en una carpa junto a la Vega Central, un popular mercado del centro de la capital.
Juan Pérez Berrocal, protagonista de los primeros largometrajes nacionales, recordaba sus comienzos representando piezas de contenido crítico, actuando en el patio de casas y en centros obreros y parroquiales a lo largo del país.
60 Como una paradoja a considerar, la diversificación de medios de esparcimiento, que condicionó el desarrollo de la dramaturgia formal chilena, validó la proliferación de espacios teatrales populares, con obras que confrontaban el imaginario de bienestar creado por el cine y el deporte, 57 Ecos Teatrales, Santiago, 15 de enero de 1900, 6.
MARGINALIDAD Y VANGUARDIA EN LA POSGUERRA en su función evasora.
En 1912, el reconocido crítico Pedro Nolasco Cruz advertía la existencia de un circuito teatral paralelo a la «alta comedia», refiriéndose a él -sin identificarlo directamente-como un medio válido para renovar un sistema de producción teatral chileno a partir de repertorios literariamente más ambiciosos, sostenido por actores identificados con sus personajes, no reactivos a las exigencias del público.
61 La crítica que sostenía la elite intelectual respecto al «otro teatro», esto es, a su falta de profesionalización y la precariedad material de las representaciones, se transformó en un sello distintivo de un género destinado, en esencia, a denunciar sin asociarse a discursos reivindicativos.
El dramaturgo Benjamín Morgado, que inició su carrera teatral presentando piezas de crítica social, defendía el sentido «puro y arcaico» del teatro, distante del facilismo tradicional:
El teatro aficionado, por su misma condición de masa obrera, por el hecho de estar más en contacto con el hombre que no espera nada de nadie, sino en su propia reivindicación, su propio mejoramiento, tiene un contenido social que nadie había querido tocar en el teatro [...]
El teatro aficionado debería terminar de una vez por todas con el drama de la niña que el galán abandonó cuando iba a ser madre, para hacer un teatro eminentemente depurado y sociológico, donde hubiera un latido, una esperanza, una puerta abierta hacia el futuro de nuestra clase explotada.
62 El carácter del teatro crítico chileno fue mutando en la medida que la crisis social y económica se profundizó, a la vez que comenzaba a ser permeado por posiciones ideológicas definidas, transformándose, desde inicios de la década de 1910, en un efectivo foro político y de discusión de ideas.
Como ha propuesto María de La Luz Hurtado, a partir de entonces su conexión con la contingencia implícita contribuyó a generar espacios de identidad colectiva en los sectores más pujantes, combativos y autoconscientes del momento.
63 Las transformaciones impulsadas por el teatro crítico, en función de la coyuntura histórica del período, permiten establecer un nexo directo con la aparición, en 1913, de la Compañía Dramática Nacional, la primera instancia formal creada para mostrar un repertorio chileno con intérpretes locales, bajo criterios comerciales.
64 La formación de la Compañía coincidió con el estreno, ese año, de Un hombre, de Adolfo Urzúa Rozas (1911, publicado 61 El Diario Ilustrado, Santiago, 2 de agosto de 1912, 9.
CARLOS DONOSO ROJAS en 1914), y La vuelta de héroe, de Braulio Rodríguez López (1912), dos piezas que representan, con una simple crudeza, la decadencia de un país envilecido a partir del triunfo en la Guerra del Pacífico, y los profundos conflictos que derivaron en los años que siguieron a la Revolución de 1891.
La publicación y montaje de estas piezas, seguidas de un apasionado debate asociado a la crisis social de su época, a nuestro juicio, marcan la transición hacia un teatro que, desde entonces, asumirá un discurso abiertamente confrontacional, abriéndose a opciones ideológicas inclusivas.
De este vínculo emergerá, a inicios de los años veinte, el Teatro Social Chileno, un género literario en sí mismo, cuya influencia en el desarrollo de la dramaturgia nacional se extiende hasta hoy. |
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En el Archivo General de Indias de Sevilla se conserva un breve tratado titulado Origen y prinsipio del juego de pelota que los indios apalachinos y ustacanos han estado jugando desde su infidelidad hasta el año de 1676.
1 Escrito por el padre Juan de Paiva en la misión de San Luis de Talimali, el manuscrito es una rareza documental, puesto que, por lo general, los datos relativos a la cultura tradicional de los nativos del sudeste norteamericano suelen limitarse a menciones breves y esporádicas que no arrojan apenas datos de valor.
En este caso, no obstante, el documento es tan excepcional que cuando Geoffrey Kimball se propuso redactar un diccionario de apalache a principios de la década de 1980, los únicos testimonios en los que pudo apoyarse fueron este manuscrito y «una carta dirigida al rey Carlos II en 1688 que está hoy en paradero desconocido».2 Además, su descripción de los ritos, ceremonias y orígenes mitológicos del juego de pelota es tan detallada que «casi todo lo que conocemos directamente sobre las creencias religiosas de los indios de Apalache deriva de este manuscrito», 3 y sin embargo no existe ni un solo estudio fuera de los círculos académicos norteamericanos que le preste atención, no contamos con ninguna edición del texto en español y únicamente se ha publicado una traducción al inglés que debería revisarse.
4 El documento que se conserva hoy no es el original de Paiva, sino la copia realizada por el capitán Juan Hernández de Florencia el 28 de mayo de 1677 con la intención de enviársela a su hermano Francisco, un jesuita estacionado en Nueva España.
Así se desprende de la carta firmada por el capitán en el primero de los folios, cuya letra coincide exactamente con la del resto del manuscrito.
Sin embargo, sabemos que el tratado sobre el juego de pelota fue compuesto el 23 de septiembre de 1676 por «el santo padre reverendo Juan de Paiva» 5 y, de manera más importante, que mucha de la información que aparece en el cuaderno está tomada directamente de la tradición oral de los indios de Apalache.
En efecto, para recopilar los mitos LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE y ceremonias del juego de pelota Paiva alistó la ayuda de dos nativos, Diego Salvador y Juan Mendoza, ambos «ejemplos notables de la hispanización de los indígenas».
6 Salvador era sargento mayor en la milicia y hacía las veces de intérprete real, mientras que Mendoza era el cacique de San Luis de Talimali e intérprete de la iglesia.
El propio Paiva admite que fueron ellos quienes interrogaron a otros indios de la región, con lo que el texto conservado es un verdadero palimpsesto de niveles narrativos.
No es de extrañar, pues, que algunos críticos hayan reconocido en el documento trazos del «estilo típico de la tradición oral de gran parte de la literatura de los indígenas norteamericanos», incluso cuando hay que tener en cuenta que entre el original y la copia conservada hubo al menos dos códices interpuestos.
7 El afán por prohibir el juego de pelota, uno de los juegos más populares entre los nativos de Norteamérica, 8 era algo nuevo para Paiva.
En los catorce años que llevaba residiendo en Florida, el ahora guardián de San Luis de Talimali había tolerado alegremente la práctica, e incluso fue él quien salió en su defensa cuando el obispo de Cuba, Gabriel Díaz Vara Calderón, prohibió el juego en 1675.
9 Gracias a la mediación de Paiva el obispo revocó su decisión, pero, tras la visita pastoral, el religioso comenzó a observar el juego más detenidamente y llegó a la conclusión de que este era un deporte violento y pernicioso que a menudo concluía con un sinfín de jugadores «cojos, pierniquebrados, mancos, tuertos [y] liçiados», además de varios muertos.
10 Unos meses más tarde, en el verano de 1676, un grupo de guerreros de la vecina tribu Chisca entró en Apalache y saqueó el pueblo de Ivitachuco, que se encontraba totalmente desamparado a causa 6 Bushnell, 1978, 10.
Los niveles narrativos a los que me refiero son (a) tradición oral, (b) cuaderno de Salvador y Mendoza, (c) cuaderno de Paiva, (d) copia de Hernández de Florencia que se conserva en AGI con los papeles de la visita de Domingo de Leturiondo.
Los códices interpuestos son, obviamente, (b) y (c).
En el último folio, y en varias manos diferentes, aparecen las firmas de Salvador y Mendoza, así como la ratificación del capitán Martín Lorenzo de Labora, quien hizo las veces de escribano durante la visita de Leturiondo, certificando -el 26 de diciembre de 1677-que los intérpretes «reconosieron y vieron este cuaderno que dixeron ser el mesmo que contenía los atresos y super[s]ticiones del juego de pelota que la nación abalachina había estado jugando».
DAVID ARBESÚ de un juego de pelota.
11 Paiva sintió remordimientos por haber convencido a Calderón de revocar su prohibición y se responsabilizó de la catástrofe que estuvo a punto de costarle la provincia a la corona española, aprestándose a denunciar un juego que ahora consideraba un «tributo al demonio».
12 Las razones esbozadas por Paiva para abolir el juego de pelota no son exclusivas de la región del sudeste norteamericano, ya que desde mediados del siglo XVI los cronistas de Indias habían comenzado a advertir «de los peligros de robo y altercados que solían ocurrir merced al tumulto formado por los muchos asistentes a tales eventos».
13 Sin embargo, la parte que da título al tratado, el «origen y principio del juego de pelota», sí que es exclusiva de Paiva, ya que ningún otro autor en las Américas ha sido nunca capaz de recopilar con tanto detalle las tradiciones y rituales de un determinado pueblo en lo relativo a su particular variedad del juego de pelota.
14 Además de contener dos secciones referentes a los «abusos y agüeros y superstiçiones» para levantar el poste y jugar a «este endemoniado juego», 15 el manuscrito contiene un sugestivo relato sobre los orígenes de dicha práctica en el que Paiva encontró razones más que suficientes para abolirla.
Así, en los primeros folios del tratado se relata la historia del joven Eslafiayupi, bisnieto de Itonanslak (dios de las hogueras) e hijo de Niko Tayholo (esposa del sol), quien estaba llamado, según una profecía, a matar al dios del trueno Ocona Niko Watka para ocupar su lugar en el panteón de los dioses.
16 Si bien pudiera parecer que a un nivel superficial la historia refleja únicamente un enfrentamiento entre dos viejos espíritus o dioses de Apalache, Gregory Keyes ha argumentado, con razón, que «pronto se hace evidente que el relato es algo más que una historia entretenida».
14 Por citar un solo ejemplo, en la Crónica de la Nueva España se relata la afición de Moctezuma por el juego de pelota «que ahora les es prohibido a los indios por el mucho riesgo que en él se corre», pero la descripción de las ceremonias asociadas al juego es muy somera, afirmando únicamente que el jugador que anotaba un tanto «era obligado a hacer ciertos sacrificios al ídolo del trinquete y piedra por cuyo agujero metió la pelota [y que] a la medianoche de un día de buen signo, con ciertas cerimonias y hechicerías, y en medio del suelo hacían otras tales, cantando romances y canciones que para ello tenían; luego venía un sacerdote del templo mayor con ciertos religiosos a lo bendecir».
16 Debido a que la ortografía de los nombres varía en el manuscrito, en la introducción y notas utilizo la ortografía propuesta por Kimball en su diccionario de apalache.
LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE una parte, a concepciones generales del monomito universal esbozado por Raglan (como ser hijo de una divinidad o tener que superar tres pruebas para vencer a un enemigo) y, por otra, a elementos muy particulares de la cultura de Apalache.
18 La misteriosa concepción del héroe (su madre se queda embarazada mientras va a por agua), los tres cambios de nombre del muchacho (Chita, Oklafi, Eslafiayupi), el tipo de pruebas que debe superar para vencer a Ocona Niko Watka y, finalmente, el relato de la creación del juego de pelota, reflejan la cosmogonía dualista de los indios de Apalache y delatan la conexión de esta leyenda con otros mitos de los grupos indígenas de Norteamérica.
Entretejidos en el mito de Eslafiayupi y el juego de pelota se vislumbran aun prácticas culturales de los nativos, como por ejemplo ciertas referencias alegóricas a festividades (ceremonia del maíz, ritos de fertilidad), alusiones a su sistema político y social (sociedad matrilineal, división de clanes en «rojos» y «blancos»), prácticas religiosas luego extinguidas (división del mundo en tres niveles, dioses-animales, conexión de las élites con el sol) y varios elementos que evidencian el sincretismo religioso surgido de la conquista española.
19 Esta ingente cantidad de referencias culturales, así como el hecho de que el manuscrito es resultado de sobreponer el contenido de otros dos o tres testimonios, es lo que ha ocasionado, en mi opinión, que hasta el momento no contemos con una edición del mismo.
Amy Bushnell no dudó en describirlo como «la pesadilla de un traductor, lleno de saltos en el tiempo, digresiones, erratas, y con una sintaxis distorsionada y pronombres sin referentes, además de sus pinceladas de apalache, timucua y latín».
20 Sin compartir enteramente su opinión, es cierto que el cuaderno de Paiva (o, mejor, la copia de Hernández de Florencia) es de difícil interpretación, y sin embargo es esta misma dificultad la que hace imprescindible una correcta fijación del texto.
Todas las partes del manuscrito, desde el mito fundacional del juego de pelota hasta la obsesión de Paiva por demonizarlo, pasando por DAVID ARBESÚ las ceremonias asociadas al emplazamiento de los postes, forman un todo cohesionado que únicamente se hace visible tras una correcta interpretación del contenido.
Si por ejemplo interpretamos (con John Hann) que Niko Tayholo es una «mujer del sol», 21 no solo estamos despojando al héroe de su ascendencia divina (Niko = sol, Eslafiayupi es el hijo del sol), sino que, además, dificultamos la labor de interpretar otras referencias esenciales en la mitología del juego de pelota.
Si al hijo principal del cacique, que ocupa el lugar de honor en las ceremonias para erigir el poste, se le conoce como el usinjulo (osi = hijo, inholo = amado), 22 se deduce entonces que «niko ta-i(n)holo» es la «esposa amada del sol».
De la misma manera, si leemos (de nuevo con Hann) que el poste para el juego de pelota está decorado con varios «ataris», deshacemos por completo la simbología que se esconde detrás del elemento más importante de la historia, que es precisamente el que permite que todas sus partes estén estrechamente conectadas.
En efecto, al finalizar el mito de Eslafiayupi el manuscrito incluye un bosquejo del poste para el juego de pelota que reúne en sí todos los elementos de la historia.
23 El poste no solo conecta el mito de orígenes con la práctica del juego en sí, sino que, además, para Paiva el poste era, literalmente, «idolatría, era su ídolo [y] primero perderé la vida que tal consienta».
24 Así, sabemos que el poste debía tener una orientación geográfica específica, que varios guerreros y mujeres habían de bailar a su alrededor y que el hijo del cacique tenía que ejecutar ciertas ceremonias en su honor.
Además, sabemos que varios elementos responden directamente al mito de orígenes, ya que el poste se erigía «ad honorem de Nicoguadca», en su base había que enterrar «una cabellera de persona muerta en memoria de Itonanslac, su fundador» y, en el momento de izarlo, una mujer realizaba ciertas ceremonias «en memoria de Nico Taijulo, la madre de Nicoguadca».
25 Sin embargo, la conexión con el mito de orígenes queda también representada perfectamente en el mismo bosquejo, ya que aquí se representan las tres pruebas enfrentadas por Eslafiayupi.
Teniendo en cuenta la separación en el tiempo y el espacio, nos parece interesante notar que en el imperio inca las mujeres consagradas al servicio del dios Sol eran consideradas «vírgenes del sol».
A las concubinas de los hechiceros se las conocía en Timucua como «hijas del sol».
23 Por su relevancia, el bosquejo se incluye más adelante (f.
574r), en el lugar que ocupa en el manuscrito.
Watka le ordenó que acudiese a un hoyo y recogiera pedernales para puntas de flecha.
Como el hoyo era profundo y peligroso, su bisabuelo le aconsejó que recogiera unas cuentas de caracol y se las diera a un pajarillo que, de esta manera, recogería los pedernales por él.
En la segunda prueba Eslafiayupi debe recoger cañas de un cañaveral lleno de víboras.
Su bisabuelo le aconseja entonces que tome unas parras y fabrique unos aros que podrá arrojar para que las víboras los sigan.
Por último, en la tercera prueba el héroe debe encontrar un nido de águilas, matar a los padres y traer de vuelta a las crías.
De nuevo es Itonanslak quien le ayuda a superar la prueba, aconsejándole que se fabrique un casco (de una calabaza) y lleve un garrote para matar a los animales.
Como se puede ver más adelante (f.
574r), el mismo poste evoca las tres pruebas de Eslafiayupi en cuanto toma la forma de una flecha.
En mi opinión, aunque en la tercera no se especifique, es obvio que las tres pruebas están relacionadas con la fabricación de esta arma (punta, tallo, plumas).
Además, en la parte superior del poste encontramos una estructura triangular coronada por un «nido» cubierto de «caracoles» sobre los que se asienta un «águila», elementos que evocan la primera y tercera de las pruebas.
Pero, ¿qué hay de la segunda?
Más allá de que el texto explica que el poste debe ser izado con parrones «por la memoria de los que llevó [Eslafiayupi] cuando fue por las flechas, de que hiso las ruedas con que engañó las víboras»,26 según la lectura de Hann la segunda de las pruebas no estaría representada en el dibujo.
Sin embargo, si leemos correctamente el manuscrito veremos que este no es el caso.
Como ya hemos comentado, para Hann los cinco palos de sasafrás que aparecen a cada lado del poste vendrían identificados con la palabra «atari», que él asocia además a una posible «derivación obsoleta del verbo "atar"».
27 Bonnie McEwan lee el término como «atasis», afirmando que está relacionado con la palabra «atássa», que denota el cuchillo o bastón utilizado en la guerra por los indios creek.
28 Esta interpretación es correcta, pero con un matiz importante.
En realidad el término no hace referencia al bastón (aunque la forma de los palos sí se le asemeja), sino que se refiere a la vecina tribu de Atasis, cuyos miembros eran, según los estudios etnográficos de Thomas Owen, «de la familia o tribu de la serpiente».
29 En este sentido, en la iconografía DAVID ARBESÚ de Apalache el término «atasis» denota a la serpiente, completando así la representación de las tres pruebas enfrentadas por Eslafiayupi: caracoles, serpiente y águila.
En definitiva, si bien es cierto que «debido a la falta de información detallada el significado completo del juego de pelota en el sudeste probablemente no se conozca nunca»,30 es de esperar que una correcta fijación de los contenidos del cuaderno de Paiva permita, a partir de ahora, adentrarse aun más en un mundo tan desconocido y fascinante como el de la mitología de Apalache tal y como quedó recogido por los misioneros de la Florida española.
Sin más, ofrecemos a continuación la transcripción del manuscrito, que sigue fielmente el texto original con la excepción de los criterios de presentación gráfica adoptados para facilitar su lectura.
31 TRANSCRIPCIÓN DE LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA Archivo General de Indias, Escribanía de Cámara, 156A, ff.
[568r] Muy reverendo padre mayor Francisco de Florenzia:
Pongo en manos de Vuestra Paternidad ese juego de pelota que tan bárbaramente han estado jugando los indios apalachinos hasta que Dios Nuestro Señor fue servido que salieran de la seguedad en que el demonio los tenía, de que doy a Dios Nuestro Señor infinitas graçias, pues me tomó por prensipal instrumento para haçerlo derribar y destruir y que se le acabase semejante tributo al demonio, que no seso de darle a Su Divina Majestad las graçias, reconosido de las mersedes que me ha hecho, pues por mi mano se diese prinçipio a su destruiçión, cuando pareçía ser impoçible el poderse destruir ni quitar.
Semejante juego metía horror y metía espanto, prometiéndonos ruinas [y] levantamientos a lo del santo San Francisco Xavier cuando convertía los LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE japones, prometiéndoles sus bonsos desdichas y calamidades.
32 Sea Dios bendito, el [juego de pelota] se quitó con todo amor, con toda suavidad, sin haber discordia ni contradiçión ninguna.
Y como reconosco cuán seloso es Vuestra Paternidad del serviçio de Dios Nuestro Señor y bien de las almas, se lo dedico para que lo patroçinie con Su Divina Majestad en sus oraçiones, pidiéndole a ésos les conserve en Su Divina Graçia y a mí me la dé para servirle, pues al fin es Vuestra Paternidad fruto de esta flor, aunque es ida por sus muchos trabajos y regalos con que Su Divina Majestad nos ha querido regalar, quien a Vuestra Paternidad guarde feliçidades, como puede y yo deseo.
Beso la mano de Vuestra Paternidad muy reverenda, su hermano Juan Hernández de Florenzia.
DAVID ARBESÚ hasta veinte años.
Y se lo quitó e le puso otro que fue Eslafiayupi (tampoco saben qué significa, diçen lo inoran), el cual mansebo sobresalía a todos en lo brioso y en lo diestro de arco y flecha, y del juego del quiçio que todas estas naçiones juegan, que es con dos varas largas (como de tres varas de medir) y una piedra chata y redonda.
34 Tenía sospechas Ochuna Nicoguadca si aquel mansebo era hijo de [Nico] Taijulo, porque le habían dicho (o pronosticado, a nuestro modo) sus maestros que el hijo que pariese Nico Taijulo lo había de matar.
Y por si acaso lo fuera, trató él de ver si lo podía matar y le armó los tres lasos siguientes para que en alguno peresiese.
Adviértase que le había mandado el Itonanslac a su bisnieto que de todo lo que le mandasen o suçediese le diese él, primero que lo executase, cuenta, que le importaba.
Y así fue mandádole lo primero que fuese a tal parte donde estaba un grande hoyo de agua y muy profundo, que de allí sacase pedernales para puntas de las flechas, y que no fuesen de otra parte.
Fue el mansebo luego y diole parte a su bisagüelo de lo que le manda-[570r] -ban.
-«Hijo, ese hoyo es muy profundo.
Tú, sin riesgo de la vida, no puedes sacar los pedernales de él».
Diole unas cuentas de caracol y díjole:
-«Dale estas cuentas a un pajarillo que anda allí sambulliendo y pídele los pedernales».
Y así fue, diole las cuentas y pidióselos.
Y él se los dio y los trajo a Ochuna Nicoguadca.
Mandole por segundo que fuese a tal monte donde hallaría un cañaveral de cañas, y que de allí cortase cañas y las trajese para flechas.
Fue el mansebo y díjoselo a su bisagüelo lo que le mandaban.
-«Hijo, en ese cañaveral hay muchas víboras ponsoñosas y corres mucho peligro.
Lo que puedes haser es unas ruedas de parrones, y llévalas.
Y, en viniendo la víbora, tira la rueda, que vaya rodando.
Ella entonses irá tras la rueda, y tú ve de carrera y corta las cañas».
Fue, cortó sus cañas y se las trajo.
Por tersero le mandó (y por último) que fuese a tal parte donde en un árbol hallaría un nido de águilas, que fuese y matase los padres y trajera los hijos.
El mansebo fue y dio parte al viejo, y él le dio el consejo que se sigue.
Y fue que llevase unos calabasos y que se los puçiese en las manos y cabesa, y llevase también un garrote, y que, cuando viniese el águila a picarlo, le diese con él y la mataría.
Fue y mató las águilas y trajo [570v] los hijos y los presentó a Ochuna Nicoguadca.
Viendo pues que 35 no le pudo matar, trató LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE entonses que se jugase el juego de pelota.
Aquí fue donde tuvo prensipio, y es en esta forma:
Envían un correo desafiando al lugar con quien han de jugar, sitando el día y con cuántos jugadores (digamos cuarenta o sincuenta más o menos, según tiene de gente).
Ha de ser a mediodía o a las dos de la tarde, y en verano, que en invierno no se juega.
Es a onse pelotasos que se tiran a el palo, y ha de ser con el pie.
Dareme a entender: Tiene la pelota en la mano, déjala caer y, con el pie, levantándole y dando para arriba un sapataso, tira la tal pelota, que será del tamaño de una bala de mosquete (algo mayor).
Si se queda en el palo vale dos.
Júntanse todos hechos una piña, desnudos como su madre los parió, menos un braguerillo de gamusa que les tapa sus vergüensas, y entrensado el cabello.
Y un prensipal echa esta pelota en medio de todos, que están en pie y con las manos levantadas.
Cae en mano de alguno y, a puras fuersa[s] unos con otros, caen unos sobre otros, y a éstos suben por sus cuerpos, hasiendo de ellos escalones, y otros por las caras o cabellos o barrigas, conforme están, sin reparo ninguno, para entrar, ya dando patadas, sea en cara, sea en cuerpo, sea donde se fuere por otras partes, tirando de los brasos o de las [571r] piernas, sin reparo en que se pueden desconsertar.
A otros les están llenando la boca de tierra.
Viénese a deshaçer este montón.
Allí quedan cuatro o sinco tendidos como atunes.
Allí están otros quejándose del gasnate, porque como la [tierra] suelen tragar, se la haçen gomitar a puro apretarle el gasnate o [a] patadas en las barrigas.
Allí están otros con un braso quebrado o una pierna.
Esto es, como he dicho, a mediodía, en este exerçisio que, según lo cuento, es un bosquejo para lo que sucedió, porque ellos son un fuego vivo por su compleçión.
A mediodía con este exerçiçio36 y sol, ¿qué tales quedarían aquellos cuerpos?
Y los resuçitan a puro balde de agua.
Véase qué mediçina es ésta para cuando tienen los poros abiertos.
¿Qué podían vivir estos miserables?
Así se iban consumiendo y se ha consumido esta naçión.
Y todo esto es un bosquejo.
Fue el correo, que era de presecto que había de ir en la forma siguiente, que era en figura de tosawi,37 que es el tejón, con su rabo y tisnado de prieto, unos como cuernos en la cabesa, y la cara tisnada de colorado, y el cuerpo tisnado de prieto, y unas como rayas de colorado, que pareçían a el mesmo demonio (que de mí digo que cada ves que los vía se me representaba la figura del diablo).
Y era seremonia que, si no admitía el desafío, se quitaba los trastes y venía como corrido, sin entrar en la plaza, sino con todos los trastes recogidos [571v] y colgados en un palito a el hombro.
Pero, si admitía, entraba en la figura dicha y con cascabeles o campanillas o senserros, haçiendo grande armonía de estos trastes, y al trote, para que lo salieran a reçibir.
Habiendo admitido el desafío llamó Itonanslac a todos sus vasallos, que eran los leones, lobos y osos, todos los animales prietos y fuertes.
Y así tienen por sobrenombre Kowi Juan.
Kowi 38 es el león, Nita Agustín es el oso, y así caeteris paribus, etc. 39 Y estaban entendiendo que los jugadores proçedían y desendían de la plaza y el palo de pelota, que éstos eran sus propios padres que los engendraron.
Y así éstos entraban todos tisnados de prieto representando estos animales, y la parte contraria pintada de otras colores, a diferençia de éstos, representando otros animales como el venado y el sorro, etc. Todos vienen y entran en la plaza desnudos como sus madres los parieron, menos un braguerillo con que tapan sus vergüensas.
Y es a donde más concurso de gente se halla, como adelante diré, y de cuando en cuando dan unos aullidos como lobos.
Y con estas figuras considere ahora, por amor de Dios se lo pido, cada uno, qué pareserían y a quién no había de desconsolar 40 semejante juego [y] si esto podía dejar de tener algo encubierto de sus infidelidades.
[572r] Teniendo juntos sus jugadores, Itonanslac les dio los presectos para que no perdiesen.
Y son los que se siguen y ellos han guardado inviolablemente, que me consta.
Y si se dejaba de haçer tenían por cierto perderían.
Y para prueba diré lo que me pasó en sierto lugar que, por auçençia 41 del padre, iba a desir misa los domingos reçién venido 42 a la tierra.
Y los de este lugar habían perdido unos dos juegos considerables y estaban para jugar otro aquel domingo, y hallé un soldado que hoy es capitán reformado y me dijo que estaban los indios muy desconsolados porque tenían por sin duda perderían.
Y pregunté la causa y me dijo porque no se juntaban de noche a dormir su pelota, y que no les abrían la igleçia como otras veses, etc. Reparé en todo esto y dime por desentendido.
Primer pres[e]cto: Que los jugadores no durmieran la noche antes que habían de jugar.
Doyme a entender: Si jugaban el domingo, el sábado en la noche no habían de dormir, sino velar los jugadores y exersitarse en lo que adelante diré, porque si uno tenía una cosa en la mano y se dormía era fásil que otro se la quitase.
Y así, si se dormía era señal que perdería.
Y así lo haçían, que toda la noche se estaban en vela, todos juntos, amontonados y sentados en unos bancos rasos, hablando muy quedo.
Y de en cuando en cuando salían [572v] con unos aullidos de lobos.
Es corrupción del apalache kowi, «puma», comparable al chocktaw kowi, koasati kowí y mikasuki kō:w-òs-ī.
Nita se traduce, como el MS indica, por «oso».
39 Y habiéndolo preguntado a algunos padres me desían que les daban la seña para cuando estuviesen jugando amontonados, pero no por eso dejaba de sentir lo contrario, porque ¿qué tenía que ver la seña a no dormir y de cuando en cuando dar aquellos aullidos?
Lo segundo: Que mandasen a cuatro o sinco viejos que durmiesen y que lo que soñasen lo dijeran a el prinsipal o a quien vino [con] el correo de pelota luego por la mañana.
Y si dise que soñó que por tal parte entraba el enemigo y los mataba y les quitaba lo que tenían, es mal sueño; por aquella parte no se han de poner los asientos a los jugadores, porque perderían.
Y si el otro desía que por tal parte soñó que entraba un caçique muy galán, con muchos dones que repartía entre ellos, era buen sueño; por aquella parte se ponían los asientos a los [jugadores].
44 [573r] Lo tersero: Que se había de haçer candela nueva y que a ella no se había de llegar ni usar para otra cosa más que para lo que se diputaba, porque de usarse tenían por sin duda perderían, aunque fuese para chupar tabaco.
Y de ella habían de llevar al juego de pelota en unos mechones de guano ensendidos, la cual ponían delante de sí.
Lo cuarto: Que en entrando en la plaza no entrasen con toda la gente que habían consertado para jugar.
Verbigraçia: Si consertó cincuenta personas, entrase con cuatro o sinco menos.
Y cuando os pregunten si tenéis toda la gente junta, desid que no, que os faltan tantos.
Y si os mandaren entonses meter de los mosos o demás gente que a vos os pareçiere, teneldo por buena señal que ganaréis.
Y así lo hiso y lo han estado haçiendo.
Y, lo peor, que ha sido a nuestra vista esto y todo lo demás que se verá.
Esto es en todos los lugares de Apalache, siendo en toda la provincia común [e] igual.
Y por tenerlas por simplesas suyas, por tal les pasaban, siendo nosotros los simples en efecto.
Entraron en la plaza, y preguntándole 45 si estaba la gente junta y cabal dijeron los de la parte de Itonanslac que no, que les faltaba tanta gente.
Dijeron los contrarios que metiesen de aquellos mosuelos que había por allí.
Llamaron a Eslafiayupi, el hijo de Nico Taijulo, [573v] el que mató el águila y engañó 46 las víboras, etc., que estaba como enfermo, arrimado a un poste, arropado con una manta de plumas.
Y en entrando en el juego se trabó la batalla.
Y habiendo llegado los de Itonanslac a siete, dio un tronido grande Eslafiayupi y quedaron todos espantados.
Y fue conoscido Eslafiayupi por 44 Falta en el MS, pero la palabra se ha utilizado dos líneas más arriba.
Nicoguadca, que es el rayo, hijo de Nico Taijulo y del Sol, que es Nico.
Y desde entonses quedó por agüero que el primero que llegaba a siete ganaría, porque le ayudaba Nicoguadca, y los contrarios luego desmayan.
Y esta historia se les iba en contar toda la noche, ya en el bujío, 47 ya debajo del palo de la pelota.
Habiendo perdido Ochuna Nicoguadca a la pelota desafió a Nicoguadca a jugar a el quisio, que es el juego que al prensipio dije jugaban todas estas naçiones, que es con una piedra y dos varas.
Pues, como digo, desafió a Nicoguadca.
Y, habiéndole ganado todo cuanto tenía, disen que trató de meterlo a trampa.
Y fingió el 48 tal Ochuna Nicoguadca que tenía sed y quería ir a beber.
Y disen dio Nicoguadca con la vara de punta y en el suelo, y hiso brotar agua y díjole:
Fingió tener neseçidad corporal de usar de su albadañar, 49 y Nicoguadca le formó un montesillo y díjole:
Y por postre dijo iba a ensender un tabaco.
Y entró en una casa y abrió un agujero [574r] y se fue a Apalachocole.
Y entonses Nicoguadca fue en su busca con sus tascayahs.
50 Y él (disen) le formó muchas nieblas, fríos, hielos, etc., mas con todo lo vençió y lo mató a él y a sus tascayahs.
Y sus vasallos le formaron el palo de pelota que se ve aquí en esta plana, como (mediante Dios) lo iré esplicando.
51 47 Buhío: «cabaña de América, hecha de madera y ramas, cañas o pajas y sin más respiradero que la puerta» (DRAE), aunque cabe añadir que el tamaño de la cabaña puede ser considerable.
Cf., más adelante, «se ponían en el bujío, que vienen a ser las casas de su gobierno» (f.
48 MS: al. 49 Albadañar, albañar o albañal: «Canal o conducto que da salida a las aguas inmundas» (DRAE).
50 Taskayah es «guerrero», «valiente», comparable al choctaw taska y al koasati kaskí.
Los grados eran taskayah, hita taskayah, noroco y niko watka.
51 Este párrafo ha suscitado problemas entre los traductores norteamericanos, lo que ha llevado a varias interpretaciones.
Las cuestiones a debate son si Ocona Niko Watka es quien desafía a Eslafiayupi (Hann, Bushnell, Peterson, yo) o viceversa (Granberry), si gana el primero (Hann) o el segundo (Bushnell, Peterson, Granberry, yo), si el que escapa utilizando trucos es el primero (yo) o el segundo (Hann, Bushnell, Peterson, Granberry), y si quien sale victorioso al final es el primero (Granberry) o el segundo (Hann, Bushnell, Peterson, yo).
Aun admitiendo que las últimas tres líneas son algo confusas, no veo problemas para interpretar el pasaje.
El erróneo «al» que aparece más arriba (y que debe ser corregido a «el») ha sido motivo de mucha confusión, cuando en todo caso hay varios errores del mismo tipo en el MS y, como sabemos con absoluta certeza que es Eslafiayupi (Niko Watka) el que da con la vara en el suelo, forma un montecillo, etc., no cabe otra interpretación que admitir que Ocona es el que pierde, el que intenta escapar con trampas (si no hubiera perdido, ¿para qué escapar?) y el que al final es asesinado por el joven Niko Watka.
Adicionalmente, recordemos que Eslafiayupi (Niko Watka) sigue vivo unos folios más adelante, y que al principio de la historia se describe la profecía según la cual Eslafiayupi matará a Ocona, se dice que Eslafiayupi superaba a todos en su destreza en el juego y se relata cómo Ocona ya intentó engañar a Eslafiayupi con otras tres trampas.
Poste para el juego de pelota.
Al pie de este palo se había de poner o enterrar una cabellera de persona muerta en memoria de Itonanslac, su fundador, bisagüelo de Nicoguadca.
Los palillos que le estofan habían de ser de sasafrás 54 y no de otro palo.
Con parrones lo habían de levantar y no con otra cosa, aunque hubiera maromas, como a mí me sucedió.
Dándoles sogas me respondieron que no, que aquéllos eran más fuertes, y era por la memoria de los que llevó [Eslafiayupi] cuando fue por las flechas, de que hiso las ruedas con que engañó las víboras.
Con que ad honore [m] de Nicoguadca hisieron y fundaron este palo de pelota (del demonio, por mejor desir) con todos sus embustes, como se ven, y no para en esto, como se verá.
Y esto ha sido lo selebrado y festejado, etc.
Vamos ahora sacando todas sus virtudes, a lo que digo primeramente de ellas que, de ponerlas todas, era un infinito, porque son cuantas tantos catredáticos embusteros tienen y han tenido.
Y advierto que todo lo que va aquí escrito es por dos atequíes, 55 los cuales son tenidos por los más fieles que ha habido entre ellos, como se tiene esperimentado.
Y ha sido en presençia de algunos indios prensipales y caçiques, y todos a uno lo confesaron y confiesan ser así verdad que se haçía en todo Apalache, no más en este lugar que en aquél, porque un palo como el que se ve, ése se ponía en todos los lugares, con los embustes que le adornan y cuelgan.
En todos se dormía la pelota, en todos se bailaba y en todos se entra-[575r] -ba de la suerte que lo he pintado, dando los aullidos que tengo dicho de una mesma manera, y con unas mesmas seremonias se jugaba en todos los lugares.
Esto digo para lo de adelante.
Abusos y agüeros y superstiçiones para levantar el palo de pelota, que fue su mayor fiesta.
Primeramente, cuando lo tenían armado sin los palillos que le estofan (digamos en embrión) había de estar la corona de él para donde nase el sol.
Y para aquella parte se le haçía la cava, porque si para otra parte se ponía o se haçía tenían por agüero habían de perder.
Y el águila había de estar mirando para el poniente.
Lo segundo, que se había de levantar con parrones, como lo tengo dicho.
Y porque lo tersero, que antes que se levantara habían de estar los tascayahs bailando al son de un tamboril alrededor del palo, y a veses dando aullidos como perros y otras veses ladrando y otras haçiendo como lobos.
Lo cuarto, que después de haber bailado estos tascayahs habían de entrar seis mujeres con otros seis tascayahs, y habían de estar bailando hasta que se puçiese el palo.
Que los hombres habían de tirar por una parte los parrones y por la otra las mujeres, y no había de quedar ninguna en su casa.
53 Este párrafo y el anterior quedan divididos por el bosquejo del poste, y es obvio que Hernández de Florencia se ha saltado parte del texto.
55 Atequíes se refiere a intérpretes, en este caso Diego Salvador y Juan Mendoza.
Lo sesto, que una mosuela (no había de ser casada) había de estar con un vilorto, que venía a ser una caña de alto de vara y media, rajada y doblada, como se ve al margen, 56 que es con lo que las mujeres juegan también su pelota.
Y ésta había de estar haçiendo seremonias debajo del palo como que tiraba, etc., mientras lo iban levantando.
Disen que era en memoria de Nico Taijulo, la madre de Nicoguadca.
Que estando ya para endereser al tal palo y poner en peso, el usin[j] ulo, que significa «hijo ama-[575v] -do» (así llaman a el hijo del caçique, vivo [o] muerto), este tal había de ser hijo del caçique prensipal del lugar, porque estos lugares tienen tres [o] cuatro lugarsitos, y cada uno tiene su caçique.
Verbigraçia: San Luis es el lugar pren[sipal y] 57 tiene agregados a sí a San Francisco, San Bernardo y San Augustín, conque el usinjulo del lugar de San Luis había de ser el que había de haçer la seremonia que diré.
Había de haçerle al palo cuando lo iban levantando -como he dicho-el gua, que es como si dijéramos la salva, y es en la forma siguiente: Poniendo las manos juntas, de plan[o], derechas, desía tres veses gua, gua, gua, que es la salva que se le hase a los caçiques, y luego le había de echar caçina.
58 Repárese ahora que este usinjulo es la persona que ellos más aman y reverençian y respetan.
Pues, este haçer el gua, dar caçina a este palo, etc. ¿qué misterio tiene?
¿Si [a] algunos les parese que no?
¿Y si ent[i] en[den] ser lísito esto?
A mí no, a Dios graçias.
Y así, primero perderé la vida que tal consienta.
Lo octavo, que aquella noche, antes del día que habían de levantar el palo, había salvoconduto para que cualquiera pudiese tocar y palpar, etc. a cualquier mujer que se fuese, fuese casada o soltera, como viniese al baile aquella noche, la cual no se había de defender, porque si no consentía tenían por çierto que todos los juegos que en el tal palo que levantaban se jugaran se habían [576r] de perder, por cuya causa andaban los prensipales solíçitos, rogándoles no se defendiesen, tuviesen lástima de ellos y de sus maridos, hermanos, etc. porque perderían lo que tenían.
Y esto me lo aseguraron que ellos se lo habían contado.
Pregunto: ¿Este consejo, cuyo es?
¡Oh, poderoso Dios! 56 En el MS no hay ningún dibujo al margen.
Hann afirma que en 1976 consultó una segunda copia en la Universidad de Florida en la que aparecía un dibujo.
Además, en la bibliografía del mismo estudio comenta que el nombre del autor aparece escrito mal «en una de las copias de este manuscrito».
Ningún otro autor hace referencia a esta copia, y nadie en la biblioteca de la Universidad de Florida ha podido darme noticia de ella.
Si de veras existe una segunda copia del MS, no se entiende que Hann no haya cotejado su texto con el de AGI, al menos para solucionar los múltiples problemas de interpretación que le salen al paso.
57 Hernández de Florencia se ha saltado palabras.
Sin descartar que falten otras reconstruimos la lección más obvia.
58 La casina se refiere a un té preparado a base de hojas y ramas de la Ilex vomitoria Ait o «casina de la Florida» que tenía propiedades regurgitantes.
Como se explica en el MS, la bebida era utilizada con fines religiosos, medicinales y sociales.
Véase al respecto el reciente estudio de Hudson, 2004.
Lo noveno, que a el pie de este palo de pelota se había de poner un casco o cabellera de persona muerta -como ya lo tengo dicho-en memoria de su fundador, de Itonanslac, el padre de los jugadores de pelota.
Abusos, agüeros y superstiçiones que tenían cuando jugaban este endemoniado juego.
Lo primero, que había de ser la pelota de gamusa, y que fuese de las garras, porque desían que el venado tiene en los pies y las manos toda la fuersa, y siendo la pelota de las garras le infundía sus fuersas al que la cogía.
Y esta pelota la llenaban de barro y la ponían a secar, conque después no había diferençia de ella a una bala.
Lo segundo, que el usin[j]ulo, hombre o mujer (ya tengo declarado quién es el usinjulo, que es hijo de caçique, y en su idioma dise «amado hijo»), y este tal luego se pone a ayunar.
Y es en la forma siguiente: No ha de comer más de una poca de onsla, que viene a ser como atol ralo.
59 Y no ha de comer otra cosa.
Y de esto tiene número señalado de las cucharadas que ha de beber.
Y de aquella onsla nadie había de llegar a beber, que era vedado, porque perderían.
Ni de la candela con que se cosía 60 se había de usar para otra cosa más que para coser esta onsla y beber tabaco.
Y el tal ayunador, el tabaco que chupaba no había de ser del nuestro, sino del suyo, que llaman hacchuma finha, mesclado con una hoja que llaman atabac.
61 Y aunque usan de esta hoja siempre cuando no tienen tabaco, o para mesclar el que tienen, con todo no había de chupar su hacchuma [576v] finha 62 sin esta hoja.
Y esta candela en que se cosía esta onsla había de ser nueva.
Lo tersero, en la pelota le solían echar en algunos lugares cabellos de gente que habían matado.
Disen que era hechiso.
Lo cuarto, que el caçique del lugar que jugaba había de ayunar la noche antes del juego en esta forma: A puestas del sol (o más tarde) se ponían en el bujío, que vienen a ser las casas de su gobierno.
Ponen los asientos para los jugadores, que son rasos, unos palos cavados por debajo, sin pies.
Y se han de poner enfrente del lugar con quien jugaban.
Dareme a entender: Si el lugar caía para el norte, ponían los bancos para el sur, de suerte que viniesen a estar la cara para el norte.
Y los bailadores habían de salir por la parte del sur dando jipidos 63 y señalando la parte con el braso tendido.
Y el tamborilero y el de la maraca y las mujeres, todos habían de estar enfrente del lugar con 59 La onsla es una bebida a base de maíz típica de los indios del sudeste norteamericano.
El atol o atole es «bebida caliente de harina de maíz disuelta en agua o leche», del náhuatl atolli, «aguado» (DRAE).
60 Entiéndase «cocía» y, así, más adelante «cocer», etc. 61 La hoja atabac no plantea mayores problemas.
Para hakcoma finha, «tabaco cermonial», «tabaco verdadero», compárese con el choctaw hakcoma, el koasati hakcommí o la palabra del creek semínole hicí.
LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE quien jugaban, porque desían que si les volvían las espaldas era señal que habían de perder, conque detrás de estos bancos de los jugadores se ponía el cacique ayunador, y entre el cacique y los jugadores se ponía candela, y había de ser nueva.
De ésta no se había de usar más que para que el caçique chupase tabaco, y que había de ser del suyo, hachuma finha, y no del nuestro.
Y que de forsiori 64 había de ser mesclado con la hierba o hoja atab[a]c que arriba dije, el cual caçique ayunador 65 había de estar sentado toda la noche en este banco 66 dándoles consejos a sus jugadores, etc., diciéndoles tam-[577r] -bién que eran hombres y no mujeres, que en cogiendo la pelota no la largaran aunque los matasen.
Y ellos desían maquiliqui.
67 Y esto yo lo oí no una, sino muchas veses, y no en San Luis.
Así será, como de hecho era.
Y de cuando en cuando, muy a menudo le habían de estar dando casina, aunque él no la quisiese.
Lo que hasía, estando repleto, lansarla.
Y siempre chupando tabaco del que tengo dicho, y a veses hojas.
Mas si era hombre fuerte este caçique (y aunque no lo fuese) entraba al 68 juego habiendo tenido este exerçisio.
Lo quinto, en teniendo notiçias el lugar contrario de estos ayunos, luego hasían la chacalica, que, a nuestro desir, «contra de contra».
Y -como digo-siendo notiçiosos de estos ayunos o de otras cosas que haçían (que para ello tenían sus espías, o de hombres o mujeres), luego el lugar contrario procuraba matar una gallina de monte o una ardilla o tejón.
Uno había de ser de estos animales, que los demás desían no servían.
Y luego lo ponían a coser, de tal suerte que largaba los güesos y quedaba hecho una masamorra.
69 Esto, de tres o cuatro días hecho, lo echaban en vaçijas y lo llevaban a la parte donde se tenían los cuerpos y se pintaban.
Y con este caldo jediondo deshaçían el barro o tisne o fuese de lo que usaban para teñirse.
Y era tan jediondo que ellos me diçen no lo podían soportar.
Y que, en entrando en la plaza, que la parte contraria los olía, desían que luego desmayaban, porque ya el ayuno no tenía fuersa, que habían hecho la contra, etc.
[577v] Lo sesto, cuando venía el correo y desía ya por último la gente que había de jugar, contaba la del lugar contrario y otros tantos palitos del tamaño del dedo de la mano, y todos juntos, hecho un hasesito, 70 los amarraba y echaba en una olla.
Y mandaban haser casina, y no había de ser de las de 64 Es corrupción de a fortiori, «por fuerza».
Es Hernández de Florencia quien corrige la lectura escribiendo la «n» encima de la «d».
67 Según Kimball, quien no relaciona el término con el MS de Paiva, makahlici significa «mantener abiertos los ojos».
Quizás en este contexto aluda al precepto de no dormir la noche antes de un juego.
69 MS: hecho v vna masamorra.
La mazamorra es una especie de puré, galleta rota o «cosa desmoronada y reducida a piezas menudas, aunque no sea comestible» (DRAE).
70 Es decir, un haz pequeño.
Haz: «porción atada de mieses, lino, hierbas, leña u otras cosas semejantes» (DRAE).
DAVID ARBESÚ la costa del mar, que es la que comúnmente se bebe, sino de la del monte de acá arriba.
Y hecha la caçina la echaba en aquella olla con el has de palillos en nombre de los jugadores contrarios, para que se puçiesen71 flojos y no tuviesen fuersas.
Y si esta olla acaso la destapaban mientras jugaban, tenían por sierto perderían.
Lo sétimo, la noche que velaban la pelota preguntaban los prensipales si había alguno o algunos que se sentían con temor o miedo.
Y si lo había enviaban un hombre de su satisfaçión al lugar contrario con quien jugaban y llevaban una cabellera de persona muerta para enterrar debajo del palo de pelota donde habían de jugar, o que si pudiera la echase en la candela de los jugadores.
Si podían conseguir esto último tenían por sin duda que no perderían.
Y estaban tan siegos que, aunque perdían, no se desengañaban.
Sépase ahora, 72 que es cuento graçioso, en qué paró su amado y querido Nicoguadca.
Disen que, cuando se quiso morir (o lo fingió, por mejor desir, para engañarlos) [578r] llamó a todos sus prensipales.
Y teniéndoles juntos les dijo:
Ahora, el que quisiere ser Nicoguadca y quedar en mi lugar, ha de matar siete tascayahs y tres hitas tascayahs, y habiéndolo conseguido será Nicoguadca».
Como me han dicho mis hijos, los de San Luis, que no ha mucho tiempo murió un indio llamado Talpagana Luis que traía un bastón del tamaño de un venablo, y en la punta unas cabelleras y pintados algunos en el tal palo.
Y pregunté qué era aquello y me dijeron que era hita tascayah, y ahora me han confesado que era Nicoguadca.
Siendo yo padre de esta doctrina el año de [mil seiscientos] setenta y uno, salí por guardián del convento de San Augustín.
Y en este tiempo, siendo padre de ella el reverendo padre Francisco Maíllo, murió este indio.
Y aunque me cuentan que dijo había de venir y quemar el palo de pelota, como por justos juiçios de Dios Nuestro Señor aquel año cayó un rayo y lo quemó a éste de San Luis, y otro año cayó otro y quemó el de Bacuqua, habiendo sucedido dos años antes haber caído otro en Patale y quemado otro palo.
Pasó adelante con su rasonamiento y díjoles:
-«Lo que os encargo es que, luego que yo muera, mi cuerpo lo echéis en unas ollas grandes con calabasas, melones y sandías, y las llenéis de agua y las pongáis al fuego hasta que hiervan muy bien, para que con aquel vapor yo salga en humo convertido.
Esto es para cuando tengáis vuestros sembrados yo me acuerde de vosotros y os dé agua.
Y, así, cuando oyereis tronar es señal que ya yo vengo».
Y así desían que fue y lo hiso.
Y hasta ahora (particularmente los viejos) estaban entendiendo que cuando tronaba ya venía [578v] Nicoguadca a LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE darles agua.
Y ¿quién duda que muchos de sus hijos y parientes, siendo ellos tan fásiles, no lo estuviesen entendiendo, mayormente cuando se inoraba, ni se les reñía, ni repregendía?
Y estaban en esta seguedad, engañados del demonio, siegos, mudos (no digo sordos), porque, si se ignoraba todo esto, ¿cómo se les había de repregender y ellos oír lo contrario a sus abusos?
Pues, por amor de Dios, pido que miremos esto con caridad, y véase -como se verá adelante-si tal juego se podía permitir.
Lo que siento es que, después que se ha sabido, han querido contradesir el que no se les quitase.
No sé en qué se podían fundar.
Demos muchas graçias a Dios en que se les ha quitado, que yo de mi parte no seso ni sesaré.
Parese que se me pregunta: «¿Qué motivo tuvo para procurar con tanta eficaçia el que se quitase este endemoniado juego?».
Direlo, ayudándome Nuestro Señor: Cuando vino el Ilustrísimo Señor don Grabiel Días Vara Calderón a su visita, vido acaso en este lugar de San Luis los mosuelos jugarlo aquello (de juego, no como lo jugaban con otros lugares).
Envió a su secretario que viese aquel montón y aquel modo de juego, y el patearse y subir unos por otros como si fuese por una escalera de piedra.
Vino el tal don Pedro y díjole lo bestial que era.
Y Su Señoría lo estuvo mirando con toda atençión, y después mandaba que se [579r] derribaran todos los palos, que aquél era juego bárbaro y bestial, y contra toda rasón y en daño del género humano de estos miserables.
Yo, con ruegos y súplicas, le pedí suspendiese Su Ilustrísima la execusión [que] por entonses llevó, que por entonses no tenía descubierta maldad ninguna ni teníamos en qué haser piernas (como disen) para podérselo quitar, por haber visto ya çédula de Su Magestad, que Dios haya, en que mandaba que a los naturales de estas partes no se les quitase nada de sus bailes ni otros juegos, no siendo contra la ley de Dios Nuestro Señor y educaçión de ellos.
Hablé como católico, conque Su Ilustrísima me hiso toda merced con que yo, por las causas referidas y otras, me pareçió me había fundado en rasón, aunque mis reselillos no me faltaban.
Después, otro año, que fue el de [mil seiscientos] setenta y seis, estuvo a pique de perderse la provincia, originado todo de este juego.
73 Empesé a escrupulear en ello y haserme causa de todo lo que podía suçeder, pues el señor obispo había mandado cortar los palos y, a mi ruego, por asegurarle yo que no tenía ningún riesgo, Su Ilustrísima suspendió su mandato.
Fue Dios Nuestro Señor servido que me hallase por padre en un lugar que puedo desir hay indios de rasón y satisfaçión.
Llamé los que yo tenía por más fidedignos y pregunteles el prinçipio y origen de este juego, conque, a Dios infinitas graçias, fui sacando lo que se ha visto de ellos mismos, con los dos atequíes, 74 todo esto y mucho más que dejo por no ser cansado.
Y a otros atequíes (y solían venir aquí DAVID ARBESÚ a San Luis) [579v] se lo desía y me confesaron ser verdad que se hasía esto y mucho más.
Y el prinsipio de este juego y su origen dise Diego Salvador que se lo contó el caçique de Samoche, que hoy vive, y un hinija de Oconi, 75 y después él en Ivitachucho se sertificó de todo.
Y Mendosa me ha dicho que su padre le contó toda esta historia, y que vido levantar un palo en San Diego, un lugar de Tomole, y allí le vido echar caçina y haçer el gua a el palo el usin[j]ulo.
Y los demás disen que eso es inmulisla, 76 como dijéramos 77 es costumbre suya en Apalache.
Luego me hallé amparado del gobernador don Pablo de Hita Salazar y de nuestro muy santo padre provincial fray Francisco Perete, que lo admitieron como debían, conque, asegurado a que lo que mis hijos me han dicho que era verdad, y como vide en una junta de caçiques que hiso el capitán Juan Hernández para darles los agradecimientos de parte del gobernador por lo bien que habían obrado los caçiques que habían derribado los palos y puesto en su lugar la Santa Cruz, se lo dijo en mi presençia Diego Salvador a todos ellos, y todos dijeron aún que era verdad, presente[s] el capitán Juan Hernández y el capitán Juan Sánchez de Uriza y otros muchos.
Y, no obstante, no ha dejado de haber sus contraverçias, 78 no por parte de los indios.
Diré una que es la más fundamental, y es que dicen que era verdad que las tenían, pero que ya no usaban de ello.
A lo cual respondo que ¿por causa de quién lo dejaron?, que ¿quién se lo dio a entender?, que ¿quién se lo riñó?, que ¿si no se vía actualmente el palo ad honorem 79 Nicoguadca?, que ¿si no los vían dormir la pelota o velarla?, que ¿si no los vían en-[580r] -trar tisnados de la suerte que tengo dicho?
Y esto hoy en día, hasta el postrero que se jugó.
Pues, siendo esto así, ¿cómo lo dejaron, cuando vían que le aplaudían?
¿Cómo ellos, de su motu [propio], 80 lo habían de dejar, cuando estamos mirando y palpando que sus médicos, que curan con mil bellaquerías, los están riñendo y castigando, así los padres como el teniente?
Y aun haçiéndolos forsados por tiempo por que se enmienden y, no obstante, no hay remedio el que lo dejen, pues hay los que (no se inora), siendo el indio hijo del temor, ¿cómo ellos, de su motu propio, habían de dejar en cosa de tanto interés este juego, cuando se conose ser el indio tan interesado y cuando ellos a voses lo están confesando que es verdad?
Sea Dios bendito, el juego se ha quitado con todo amor y sosiego.
75 El término hiniha equivalía en castellano a mandador y designaba al indio más poderoso por debajo del cacique.
Aparece en el diccionario de apalache como «término ceremonial».
76 De significado incierto, a no ser que signifique, como el MS dice, «es costumbre suya».
Es errata por posible abreviatura en el antígrafo (de su motu po).
La lección es fácil de reconstruir por exigirla el contexto y la sintaxis, y porque se repite claramente cuatro líneas más adelante.
Que como el indio fuese jugador de pelota le cavaban sábana, le hasían casa y garita, tenía salvoconduto para haser cualquier bellaquería, e 87 aunque fuese la que se fuese, todo se lo disimulaban y encubrían los caçiques y prençipales, 88 sin [581r] atender 89 a la ley de Dios, sin darle parte al religioso ni al teniente, temiendo que si lo castigaban se les iría a otro lugar.
Valga la verdad, todos la confesamos.
Que en habiendo este perjudic[i]al juego era de tabla que había de haber jurto, por dejar sus casas y ellas ser tales que no tienen candado ni ferradura.
Una puerta que tiene la casa y otra la garita no tienen las más tabla[s], lo más que haçen es ponerles unas ramas y todos se van a ver este infernal juego.
Y también porque, a veses, los que apuestan ser tan grandes bellacos que se van con lo suyo y con lo ajeno que ganen o pierdan, y para haberlo de ajustar 90 ha menester mucho, y a veses no se podía porque no se conosían las personas.
Que se perdían muchas labransas suyas y lugares por no cavar a su tiempo, porque no se atendía más que a este infernal juego, que tanto se enviçiaban en él.
Él era sentro de todo viçio y maldad, y a veses era nesesario que el teniente de esta provincia enviara chacales (o soldados) a algunos lugares para que no se perdiesen, a mandarles cavar.
Y, no obstante, el lugar que tuvo muchas pelotas aquel año tuvo hambre, porque se perdía.
Que en diçiendo había juego de pelota todos se desatinaban a irla a ver, fuérase a donde se fuera.
El marido iba por una parte, la mujer por otra y, si tenía hija o hijas, cada una llevaba su camino, conque, como fuese para ir a ver pelota, el marido no se lo impedía a la mujer ni a las hijas que fuese con quien quisiese y por donde quisiese.
A mí me aconteçió que, jugando es-[581v] -te lugar de San Luis con Ivitachuco en la p[la]za de Ocuya, que estará cuatro leguas (antes más que menos) de éste, hallarme sólo con el sacristán y un muchacho, sin más gente en el lugar, y al sacristán no le quise dar lisençia, que de dársela ni aun [el] muchacho me quedara.
Que, a veses (y las más veses), sin querer jugar algunos pobres indios, ya con ruegos, ya dándole algo que apostase, etc., sin atenderse a lo que de este infernal juego se podía originar, ir, n[i] creser, ni cuánto 91 era de deserviçio de Dios Nuestro Señor, y lo contrario que era a su Santa Ley, ni se atendía a ser cosecha del demonio 92 y senso suyo, antes sí se procuraba que se jugase.
Y se andaban buscando los jugadores y agasajándoles y acariçián-87 MS: a.
Pero a la letra «s» se le ha añadido una cedilla.
92 MS: cosecha (^del) demonio.
Es necesario, no obstante, recuperar la palabra.
LA CRÓNICA DE JUAN DE PAIVA SOBRE EL JUEGO DE PELOTA EN APALACHE doles, que es lo mesmo que si se agasajasen a hombres viçiosos y haraganes, porque de ordinario el grande jugador de pelota era grande jaragán.
No conosco uno sólo en todos los lugares que he estado administrando, ni vine ayer (como disen), que habrá catorse años que entré en la tierra, y de estos catorse sólo he estado siete en San Luis, los demás he estado en otros lugares doctrinando o, por mejor desir, administrando, porque yo ¿qué doctrina podía enseñar?
Y así, a Dios graçias, nada inoro de esto, y todo lo he visto y a los más conosco de la provincia.
Vamos sólo a lo que vamos, y es cosa redícula y frívola la que diçen que se levantaría la tierra y no cavarían ni trabajarían los indios.
Esto alude a lo del Japón: Cuando [el] santo [582r] padre Francisco Javier convertía los reyes e 93 grandes, les pronosticaban sus bonsos que habían de perderse sus reinos, que los vasallos les habían de perder la 94 obediençia y habían de irse a otro rey, y a la plebe que se convertía les pronosticaban hambre y guerras, etc. Paréseme que esto alude a aquello, pues por quitarles un juego tan endemoniado, tan sacrílego, de tantas abuçiones y maldades, les pronostican que se levantará la tierra.
Y pregunto, ¿a qué venimos?, ¿a ajustarnos con sus leyes o abuçiones 95 de ellos?, ¿a predicarles la ley evangélica?, ¿a corregirles el viçio?, ¿[a] enseñar la virtud?
¿Quieren, por amor de Dios, por Su Madre Santísima, por las llagas de nuestro padre San Francisco, desir una sola virtud que tenga el juego de pelota que estos jugaban?
Díganmela, que yo, por una sola que me señalen, callaré.
No me la han de desir.
Bien aviada estaba la Igleçia de Dios si por temores se hubiera dejado de predicar el Santo Evangelio y corregir y reñir el viçio y enseñar la virtud.
No hay dónde echar mano.
Y, así, no me espanto topen por esas paredes.
Y por último digo [que] ya se ha visto que este juego fue inventado por el demonio y por sus efectos se puede conoser, aunque no hubiera más evidençia.
Véase los abusos, idola[t]rías [y] discordias ser el sentro de la laçividad, el consumo de la naturalesa de estos pobres, y (lo que más llora mi corasón) ver y conoser ser ésta una gente tan dóçil y reduçida, como en la ocaçión presente (fuera de otras muchas) [582v] lo he visto y esperimentado.
Mayormente ahora, pues, ha[bien]do hecho junta de los caçiques prensipales y demás gente de su poçisión de este lugar de San Luis (y no es el menor de Apalache, sino el mayor, y de los más prensipales y leales) y propuéstoles que se quitase el juego de pelota, dándoles las causas y leyéndoles Diego Salvador este cuaderno de su letra, que es el atequí del rey, y habiéndolo oído mis hijos, me dijeron ser verdad todo lo que los atequíes habían declarado, que no todas las cosas de chacalica -chacalica, que es «la contra de la contra»-, 93 MS: a.
DAVID ARBESÚ no todo se hasía en 96 un lugar, pero que uno se hasía aquí y otro allí, y otro allá, que eso era conforme ellos tenían sus maestros, pero que actualmente se estaba haçiendo, según ellos sabían y así han oído.
Y antes de resolverme los junté por dos veses, según tengo dicho, y se retificaron en lo dicho, respondiéndome que yo era su padre espiritual y que a enseñarles el camino de su salvaçión vine, y para doctrinarlos y enseñarlos y salvarles sus almas por los medios que les enseñaba, y no para condenarles.
Y, así, que no se había de haçer otra cosa más que lo que yo quisiera, siendo mayormente para bien de sus almas y cuerpos.
Y esta repuesta me dieron delante de los dos atequíes, y que conosían lo bien que les estaba el dejar el juego de pelota.
Y, así, que por ellos luego se dejara.
Véase ahora si tendré rasón.
Todo lo cual hise lo firmaran los dos atequíes, así el de la igleçia como el del rey, para que en todo [583r] tiempo constase, pues ellos habían sido los que lo habían denunçiado, que éste es un tanto que concuerda con su original, que queda en mi poder.
Fecho en San Luis de Talimali, en veintitrés de setiembre, año de mil y seiscientos y setenta y seis.
97 [Firmado:] Diego Salvador.
Yo, el capitán Martín Lorenzo de Labora, escribano de visita, doy fe y verdadero testimonio cómo los atequíes Diego Salvador y Juan de Mendoza reconosieron y vieron este cuaderno que dixeron ser el mesmo que contenía los atresos y superticiones del juego de pelota que la nación abalachina había estado jugando hasta el día que se sacó a luz este dicho cuaderno.
Y para que conste doy el presente en el lugar de San Luis de Talimali, [583v] en veinte y seis días del mes de diziembre de mil y seiscientos y setenta y siete años.
[Firmado:] Martín Lorenzo de Labora, escribano de visita. |
quince trabajos previamente editados en revistas o libros colectivos entre los años 2002 y 2014, que ahora son agrupados temáticamente en tres secciones.
La primera, titulada «Vituperio contra los tiranos.
Literatura contra la infamia», es la de mayor calado, pues recoge hasta nueve trabajos sobre las relaciones entre poder, sociedad y violencia, tomando como punto de partida de sus reflexiones las novelas sobre dictadores latinoamericanos, cuyos personajes y acciones están inmersos en -y son generadores de-la maldad, la corrupción y la violencia en sus múltiples vertientes.
Al estudio de los «Verdugos, delfines y favoritos en la novela de la dictadura», personajes de la peor calaña, dispuestos a servir a sus dueños de forma incondicional, sicarios del mal, versátiles, intrigantes y aduladores -que en ocasiones tienen nombres o apodos tan contrarios a sus intenciones como Miguel Cara de Ángel, favorito de El Señor Presidente, del nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias-, le sigue un análisis de los dictadores en la obra del también nobel García Márquez, quien considera a estos miserables antihéroes como el verdadero «animal mitológico» creado en América Latina.
En el capítulo tercero, titulado «El dios Tohil y las tiranías ancestrales en El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias», el profesor Camacho realiza un interesante ejercicio comparativo entre el Popol Vuh, conocido como la biblia de los mayas, y la novela de Asturias, gran conocedor de la cultura indígena (recuérdese, por ejemplo, Hombres de Maíz de 1949).
Su novela del dictador, inspirada en el presidente Manuel Estrada Cabrera, consiguió instaurar las características básicas de este metagénero narrativo y trazar la tipología de sus respectivos personajes.
concluye que hay paralelismos entre la divinidad maya-quiché Tohil, que demandaba sacrificios de seres humanos para alimentar al Sol, con los secuestros, torturas y asesinatos que mantienen en el poder al todopoderoso presidente guatemalteco, por lo que habría una continuidad de sangre y violencia en su territorio natal.
La novela más importante de uno de los escritores que más ha tenido que luchar para que su obra fuese reconocida por la crítica es analizada en el capítulo cuarto: «Jorge Ibargüengoitia y la Revolución desmitificada en Los relámpagos de agosto».
Frente a las grandes novelas de la revolución mexicana (Al filo del agua, de Agustín Yáñez, o Los de abajo, de Mariano Azuela), la obra de Ibargüengoitia aborda la coyuntura violenta desde el humor y la sátira con el fin de desacralizar tanto a los héroes como a los lugares y las fechas canonizadas por los vencedores de la contienda, autoproclamados como los únicos herederos de una compleja guerra fratricida, desarrollada entre 1910 y 1920, que esconde numerosos episodios más que polémicos.
Sin embargo, Los relámpagos de agosto, aparecida en la editorial Joaquín Mortiz en 1965 -tras ganar el premio Casa de las Américas un año antes-, fue acusada por algunos críticos de visión reductora y malintencionada y por su ataque al glorioso pasado nacional, que se deshace como un terrón de azúcar en el café.
En los últimos años las cosas han cambiado, siendo considerada una obra imprescindible en cualquier lista de los mejores libros mexicanos del siglo XX.
El tiempo, que lo cura todo, hasta la estupidez académica del nacionalismo troglodita.
El capítulo quinto está dedicado a las referencias, tanto directas como veladas, a la vida y obra de Cristóbal Colón en las novelas y ensayos de García Márquez: todo un ejercicio de erudición que parte de la confesión del escritor colombiano de que el navegante genovés era el personaje histórico que más detestaba.
A pesar de ello, el Almirante aparece frecuentemente en sus escritos y entrevistas, especialmente en Cien años de soledad, donde José Arcadio Buendía, fascinado por la navegación, los instrumentos náuticos y la cartografía, llegó, tras una prolongada vigilia, a proclamar que «la tierra es redonda como una naranja», o en El otoño del patriarca, donde sus referencias al Diario de a bordo son notables, ya que García Márquez lo considera como el libro fundador del «realismo mágico».
No podía faltar en esta primera parte dedicada a los dictadores, la figura de uno de los más execrables de toda la historia, el dominicano Rafael Leónidas Trujillo, a quien en el último año del siglo XX dedicaron sendas novelas Fernando Marías, El niño de los coroneles (premio Nadal del año HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS 2000) y el nobel Mario Vargas Llosa con La fiesta del Chivo, una de sus obras más aclamadas por crítica y público.
Pero como en capítulos anteriores, el profesor Camacho busca nuevas lecturas de la obra del escritor peruano, «enfrentándola» con la novela que el escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán dedicó a Jesús de Galíndez Suárez, quien fue secuestrado, torturado y asesinado por los servicios secretos del dictador dominicano en la Gran Manzana en 1956, a plena luz del día, por haber presentado una tesis doctoral sobre su régimen en la Columbia University.
El detective Pepe Carvalho investiga el suceso en una apasionante novela: Galíndez, editada en 1990, homenaje al representante del gobierno vasco en el exilio ante el Departamento de Estado norteamericano, a la vez que denuncia la complicidad de los servicios secretos estadounidenses, condescendientes con los dictadores latinoamericanos mientras les son útiles.
La primera sección del libro de Camacho se cierra con tres trabajos, dos de los cuales están unidos por el espacio (las tierras peruanas) y la temática (la violencia en sus distintos rostros: militar, campesina, urbana, indígena, interétnica, etcétera) durante el periodo 1980-2000, siendo el tercero el dedicado a la obra más polémica y famosa de l'enfant terrible de las letras colombianas: «Fernando Vallejo y el pensamiento herético en La Puta de Babilonia», cuyos contenidos enciclopédicos y sus diatribas contra las religiones merecerían una monografía específica.
En cuanto a los dos anteriores, el autor analiza la importancia que la violencia tuvo en la literatura peruana durante los veinte años de terrorismo, enfrentamientos y guerra sucia que destruyó gran parte de los territorios más pobres del país.
El título del capítulo siete no puede ser más acertado: «Aquiles en los Andes.
El odio y sus máscaras en la narrativa peruana de la violencia», ya que el héroe griego fue rememorado por su indiferencia a los ruegos paternos para dar digna sepultura al príncipe Héctor durante la guerra de Troya.
De la enorme producción textual sobre la violencia, Camacho analiza las obras seleccionadas por Mark R. Cox en El cuento peruano en los años de la violencia (2000), donde reúne a autores como Julián Pérez, Dante Castro, Óscar Colchado Lucio, Walter Ventosilla Quispe, Sócrates Zuzunaga, Alfredo Pita, etcétera.
La variedad de tramas y personajes nos permite aproximarnos a la realidad de un país sumido en la injusticia y la crueldad.
Finalmente, en «Alonso Cueto y la narrativa del fujimorismo», resalta la obra de este escritor y profesor (Lima, 1954), que cuenta con una de las obras más consolidadas de la literatura peruana actual, destacando su extraordinaria novela La hora azul (Premio Herralde 2005).
El propio autor la RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS definió como una «novela de las víctimas», de los estragos de la guerra entre los más humildes, «porque trata de adoptar -escribe Camacho-el punto de vista de una población que vivió la barbarie de la violencia, sin encontrar asideros ni dentro ni fuera del Estado».
Esta gran novela se puede completar con otra anterior, titulada Grandes miradas (2003), donde se describe la corrupción durante el mandato de Fujimori, centrando la trama en su protegido y delfín Vladimiro Montesinos, «criatura maligna y satánica» que ayudó a extender una red de terror y violencia al servicio de su jefe y patrono.
La segunda parte del libro («Una frontera con alambres y espinas») reúne tres capítulos donde se analizan novelas cuyo principal tema es la frontera, su tránsito, la esperanza de una nueva vida y la decepción por la ausencia del Dorado.
Sus títulos son: «Fronteras con espinas.
El sueño neoyorquino en Paraíso Travel, de Jorge Franco», «El corrido de Dante de Eduardo González Viaña y la novela de los inmigrantes», y «Alambres en el desierto.
De la guerra salvadoreña a la mitología transfronteriza en Odisea del norte, de Mario Bencastro».
Los autores, a pesar de sus diferentes nacionalidades (colombiana, peruana y salvadoreña) coinciden en las dificultades del trayecto hasta el Norte, el paso de la línea fronteriza, llena de peligros y de personajes sin escrúpulos y los sufrimientos al llegar al destino, donde encuentran agotadores trabajos que pulverizan sus sueños de encontrar nuevos paraísos, como los padecidos por el joven Marlon Cruz, protagonista de Paraíso Travel.
Sin embargo, también aparecen elementos positivos, como la solidaridad entre los latinos, el crecimiento personal, la perseverancia y las advertencias a los futuros migrantes.
Además, las novelas tienen otras lecturas: la de Jorge Franco es una peregrinatio amorosa del galán en busca de su amada perdida; la de Mario Bencastro cuenta el camino «pal Norte» del campesino Calixto como espina dorsal en la que se van entrecruzando otras tramas y se completa la lectura con noticias aparecidas en diversos periódicos y revistas, mientras la obra de González Viaña -tan magnífica como el extenso mundo que recorre-está preñada de viajes y aventuras con referencias explícitas al paseo de Don Quijote y Sancho Panza, a la Divina Comedia, a William Faulkner y a Juan Rulfo.
De los tres capítulos que forman la tercera parte de la obra («Franquismo y Memoria Histórica») me interesa destacar el dedicado a «La tribuna privilegiada de los narradores del boom» -los otros dos analizan las novelas El vano ayer (2004), de Isaac Rosa, y La caída de Madrid (2000), del valenciano Rafael Chirbes-, donde se resalta la invitación a los escritores HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS del fenómeno literario conocido como el «boom latinoamericano» a publicar trabajos, tanto de ficción como ensayísticos, en el periódico El País (1976).
La nómina de escritores es inmejorable: Borges, Fuentes, García Márquez, Onetti, Benedetti, Vargas Llosa, Cortázar, Sábato, Bryce Echenique, Cabrera Infante, etc., convirtiéndose el diario madrileño en un contenedor literario (hemeroteca) para conocer a esta generación imprescindible de la literatura universal.
En conclusión, el libro de Camacho Delgado es una denuncia de la violencia y la crueldad en América Latina en el siglo XX, una apuesta por la justicia a través de un ramillete escogido de obras literarias que utiliza para entregarse a una lucha sin tregua contra las grandes tragedias y los monstruos del nuevo continente, pero sin renunciar a nuevas lecturas de las obras elegidas al compararlas con otros textos y personajes de la literatura de todos los tiempos y rumbos, y al situar la ficción en su contexto social y político.
Camacho es un gran lector que convierte cada nuevo libro en un arsenal de balas contra los males seculares de la humanidad.-salvador bernabéu alberT, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, CSIC.
Corry, Stephen, Pueblos indígenas para el mundo del mañana, traducción de Raquel García Hermida y María Elvira Laverde Ordóñez, [El Ejido, Almería], Editorial Círculo Rojo, 2014, 453 pp.
Esta reseña aparece en una revista científica del ámbito de las humanidades y las ciencias sociales sobre América, pero el libro reseñado ni es académico-científico ni trata solo sobre América.
Me atrevería a decir que el lugar apropiado para su análisis y comentario sería alguna sección de la revista dedicada a fuentes primarias (sí, en muchas ocasiones un libro es una fuente primaria para la investigación).
Sin embargo, también es interesante dedicar unas páginas a reseñar el libro de Stephen Corry en esta revista, porque es importante hacer ese señalamiento entre qué es un debate historiográfico y qué no lo es, y porque es aun más importante comentar este tipo de libros (que no pretenden ser académicos) por la gran influencia que tienen en la construcción de los marcos de referencia generales, que sí afectan a la formulación de problemas de investigación y a los compromisos que los investigadores conservamos con los mismos, por más cuidado epistemológico y metodológico que tengamos en nuestro trabajo.
Es importante reseñar este libro porque es un magnífico compendio de los debates sobre los pueblos indígenas a día de hoy, momento en el que la investigación científica, desde la historia colonial a la genética de poblaciones humanas, vive un verdadero proceso de expansión y profundización en los temas tratados; además, el texto se nutre de esta investigación y la usa como fuente de su propio planteamiento.
Corry defiende un conocimiento (modos y contenidos de ese conocer acumulado y discutido) sobre el mundo indígena y tribal que conlleva la solidaridad con el mismo, su comprensión, respeto y ayuda, como subraya en la página 21, idea que cruza todo el libro en cada uno de sus párrafos y a la que dedica sus conclusiones.
Para el autor, como indica el título del libro, conocer a los pueblos indígenas es una -la principal-oportunidad para tener un mundo que merezca la pena ser heredado en el inminente mañana.
Para desarrollar este propósito, a lo largo de 453 páginas nos propone un diálogo, incluso una discusión conflictiva, sobre conceptos, episodios, ejemplos, descripciones, prejuicios, historias, proyectos, actua-ciones... fundamentales (en el sentido de fundadoras y sustentadoras) sobre los pueblos indígenas y tribales y sobre lo que se puede aprender de los no indígenas y tribales.
Tras el prefacio, se dedican cien páginas a cuatro epígrafes con estos sugerentes títulos: «¿Quiénes son los pueblos indígenas y tribales?», «Génesis y éxodo», «Tierra que da vida» y «¿Qué significa un nombre?».
En estos epígrafes se plantean y discuten los temas y argumentos más tensos que tienen que ver con los pueblos indígenas, desde las definiciones hasta los estereotipos y «errores» más habituales, hasta la evolución de la especie humana y su reparto por el planeta.
En todo su discurso, Corry busca convencer al lector de hasta qué punto la existencia de los pueblos indígenas y tribales muestra la esencia humana, desde su origen evolutivo hasta su reconocimiento jurídico del presente.
No se trata, pues, de defender solo a estos pueblos sino de hacer de su defensa la más plena defensa de la humanidad.
Para él «todos pertenecemos a uno o más pueblos diferentes que nos dan nuestra identidad.
A menudo podemos cambiarla, pero no podemos dejar de tener una identidad» (p.
La cuestión estaría en cómo se conforma esa identidad y cuáles son las voluntades, propias y ajenas, que afectan a su mantenimiento, cambio o extinción.
Corry es ambivalente en su argumentación, usando razones que podríamos identificar como más ambientalistas o ecológicas, según las cuales el carácter de los pueblos está condicionado por la adaptación a los cambios del medio natural, y razones HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS más históricas, como las que tienen que ver con la expansión colonial de las potencias europeas desde el siglo XVI en adelante.
Como se trata de un libro de difusión con objetivos «políticos», estas razones conllevan multitud de ejemplos que tratan de romper estereotipos sobre los pueblos indígenas y tribales, pero que al mismo tiempo son sumamente estereotípicos: defiende la manera de criar a los niños y las niñas indígenas en ambientes que «nosotros» podríamos considerar inseguros, pero que no lo serían tanto como los hogares medios de países como Reino Unido, un ejemplo que apenas ofrece datos pero que apela a la vitalidad de la infancia con cierto aire de ese «buen salvaje» que critica en otros momentos del libro.
Son muy interesantes las discusiones que hace Corry sobre las definiciones de «pueblo», «indígena» y «tribal», o las páginas que dedica a la evolución y difusión de la especie humana, con sus distintos focos, irradiaciones y convivencia entre especies del género «homo», así como sobre el asunto de la «raza» y los racismos.
Páginas más claras y menos ambiguas que las dedicadas al tema de la tierra o a las relaciones entre originarios y colonizadores, aunque sea en este último asunto donde se sitúa lo fundamental de la discusión.
El autor no logra distinguir adecuadamente entre, por un lado, los posibles atributos típicos que encontramos en las poblaciones o pueblos denominados como indígenas o tribales, atributos que tendrían su propia historia, y, de otro lado, las propias denominaciones de indígena y de tribal, que también tendrían sus historias y en las que la relación entre colonizados y colonizadores sería el asunto realmente nominado, identificado.
Que, como señala Corry, se pueda incluir en el mismo término de indígena a un inuit y a una maorí, o una aimara y un sami, hasta completar una conjunto demográfico de entre 350 a 390 millones de personas, la llamada mayor minoría del planeta, es un tema de investigación y debate de primer orden.
Nunca está de más recordar el señalamiento metodológico que hacía Erving Goffman por el que era importante distinguir entre la historia natural de los estigmatizados y la historia natural del estigma, por más que ambas estén imbricadas y se necesiten.
De la página 125 a la 240 se presenta el estado actual de los pueblos indígenas y tribales en siete grandes demarcaciones geográficas, con cincuenta páginas para África, Asia y Australasia y Oceanía, sesenta para Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, y cuatro para Europa.
Por supuesto que la presentación no podía ser exhaustiva y que muchos casos han quedado fuera.
Igual es un buen atlas de la situación que, junto con los epígrafes anteriores, conforma un texto muy próximo al pionero que la OIT RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS publicara en 1953 con el título de Pueblos indígenas: Condiciones de vida y de trabajo de los pueblos autóctonos de los países independientes.
En las casi 200 páginas siguientes (241-426) encontramos una lista muy completa de los temas que suelen estar en los debates sobre los pueblos indígenas y tribales, tal vez la lista más completa que conozco y muy recomendable para introducirnos a esos debates.
Sus principales epígrafes son: «Modos de vida, variaciones sobre el mismo tema», «¿Qué problemas tienen?», «La respuesta del mundo», «A través del espejo», «¿Qué quieren de la Tierra?», «¿Deberían conseguir lo que quieren?».
Como ya he señalado, no se le puede reprochar a Corry romper la consistencia argumental en muchos momentos de su larga argumentación, pues, como diría el poeta, ¿cuál es el problema si hay contradicciones?
Cierto que él sí pide coherencia a los argumentos que no comparten su punto de vista, incluso señala las muchas contradicciones que podemos encontrar en grandes instituciones como en la OIT, en gobiernos nacionales que acumulan distintas opciones ideológicas a lo largo del tiempo y de las distintas administraciones, incluso en discursos más académicos como la antropología.
Tal vez la argumentación de Corry ganase en capacidad persuasiva si redujera esa sensación de parcialidad que dejan sus críticas a las contradicciones de los «no-indígenas» y el soslayo que hace de sus propias contradicciones argumentales, por ejemplo cuando critica que la OIT haya sido insensible a los pueblos indígenas, más allá de alguna legislación internacional promulgada por el organismo (p.
333), y luego se refiere a esa misma OIT y su convenio 169 como un buen recurso para la defensa de los pueblos indígenas y tribales (pp. 406 y siguientes).
Sin duda la realidad, más cuando se presentan temas tan extensos en el tiempo y la geografía humana, no resulta un conjunto bien ordenado.
Como decía al inicio, merece la pena reseñar este libro, poco académico y que desborda los estudios americanos, en esta revista.
Aunque aquí no pueda entrar en el detalle para mostrar por qué es un documento que debemos considerar como fuente para nuestras investigaciones -más que un libro de referencia-, ni cómo la crítica «académica» de las argumentaciones que contiene sería una magnífica actividad para introducirnos a la investigación sobre los pueblos indígenas y tribales; con todo, me parece importante recordar que en muchas ocasiones los libros que leemos y usamos como historiografía o referencias científicas están más cerca del tipo de libro que firma Stephen Corry de lo que nos atrevemos a declarar.-Juan MarTín-sánchez, Universidad de Sevilla.
En la amplia investigación actual de la transferencia cultural entre el nuevo y el viejo mundo las reducciones jesuíticas son consideradas como bisagra del contacto entre misioneros y población indígena, siendo generalmente reconocido que allí no se efectuó una simple exportación unilateral de normas europeas, sino que la acomodación forzada de instrucciones romanas causó más bien una continua interacción de formación de identidad y transferencia cultural entre jesuitas e indígenas.
Durante sus estudios de historia y literatura en las universidades de Tübingen (Alemania) y Buenos Aires, así como durante sus largas estadías de investigación en Roma, Sevilla y Lima, Fabian Fechner se ocupó en profundidad de las reducciones de la provincia jesuítica de Paraguay y de la guerra guaranítica (1754-1756).
En el Archivo General de la Compañía de Jesús en Roma, Fechner descubrió que las congregaciones provinciales de Paraguay habían desempeñado el papel de mediador y de órgano de decisión entre la Compañía de Jesús local y la curia general en Roma.
Las actas de estas congregaciones, hasta entonces desconocidas, ofrecen acceso directo a asuntos pendientes que habían surgido de encuentros de los misioneros con los indígenas.
Además, en las congregaciones convocadas cada seis años eran nombrados procuradores que viajaban a Roma y volvían intercambiando informaciones, mercancías y personas a través del contacto con otros procuradores en Roma, Madrid, Lisboa y Sevilla.
Con esta amplia documentación, Fechner no solo encontró un elemento de la administración jesuítica que enriquece la visión de la conocida estructura piramidal de la orden, sino que también ofrece respuestas relevantes a preguntas en la investigación de la historia de su administración global.
Fechner logra presentar la política de la orden como un proceso de comunicación en el cual la práctica del dominio se considera como un engranaje de procesos policéntricos de interacción.
Consultas locales en Paraguay eran transmitidas a través de los procuradores al centro administrativo en Roma, donde eran percibidas, comentadas y devueltas al punto de origen.
Así, se revela la importancia de misioneros enviados a regiones de escasa penetración colonial y la presencia de instancias romanas en el Patronato Real.
Además, la Compañía de Jesús se manifiesta RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS como grupo social fraccionado en diversos intereses particulares, cuyos miembros actuaban entre sus superiores y las autoridades políticas y se sentían comprometidos tanto con motivos específicos y característicos de la situación local como con las exigencias propias de la constitución universal de la orden.
En un estudio general de las congregaciones provinciales Fechner llega a la conclusión de que las competencias inicialmente asignadas a la institución eran escasas: consistían en la elección del procurador, que tenía que transmitir informaciones y preguntas a Roma y devolver las decisiones respectivas.
La investigación de las actas, en cambio, revela que la congregación provincial se desarrollaba como un foro en el que se debatía sobre puntos en controversia, para comunicar las decisiones al generalato a través del procurador que viajaba a Europa.
En consecuencia, las actas adquirían siempre más el carácter de espejo de comunicaciones oficiales entre la curia general y la provincia respectiva, entre los grupos de interés en una provincia y entre diversas provincias.
Así, la congregación provincial se manifiesta como un importante foro de debate y de decisión.
En su libro Fechner estudia todas las actas de las congregaciones provinciales de Paraguay con el enfoque en los procesos de decisiones que concernían a las reducciones frente a su legitimación, realización y financiación.
Estos procesos se desenvolvían entre las reivindicaciones del Patronato español, de las instancias políticas y eclesiásticas de la región y de las autoridades de la Compañía.
Por supuesto, los participantes no dieron su parecer en una unité de doctrine.
Las actas testimonian que los diversos temas fueron discutidos, repetidamente además, y que los grupos de interés conjuntaron sus exigencias.
En estos debates se observa una separación entre los jesuitas en misión indígena, que eran numéricamente inferiores, y los que atendían a la población de origen español y a los mestizos.
Por las grandes distancias, la participación en las congregaciones de los misioneros enviados a las reducciones conllevaba muchas incomodidades.
El provincial intentó varias veces dispensar a los misioneros y sustituirlos por otros jesuitas, en cambio el general insistió en una representación adecuada.
Por su parte, los misioneros de las reducciones de los guaraníes, animados por su importancia política, procuraron en varias ocasiones conseguir una posición especial; por ejemplo, su superior tendría que estar en pie de igualdad con un rector.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Esta intención correspondía a la política del general Claudio Aquaviva, que exigió una representación adecuada de los misioneros en el gobierno de la provincia y en la delegación del procurador.
Una medida favorable que no se aplicó en época posterior.
Es interesante anotar que no se encuentran trazas de conflictos frente a la situación de los indígenas, a quienes se describe en las actas por un lado como egregios y por otro como muy perjudicados.
Desde el inicio de la presencia española en el Nuevo Mundo se discutía si los indios bautizados estaban obligados al matrimonio precedente o si podían casarse nuevamente con una persona cristiana.
En Paraguay era una cuestión de gran importancia si las mujeres indias, después de la deportación de sus esposos a esclavitud, podían contraer otro matrimonio.
Es notable que los miembros de toda la provincia se expresaran unánimemente a favor de una práctica generosa de dispensa, y por su tenacidad lograron en pocos años convencer al general de la Compañía para concederles un amplio margen de maniobra.
Asimismo, los indios bautizados por jesuitas quedaron bajo la dependencia directa del rey de España y no de los colonizadores españoles, es decir eran eximidos de la encomienda.
Generalmente los jesuitas lograron con habilidad dispensar a «sus» indios de la tributación respectiva.
Es interesante notar que esta política no corresponde a la praxis de la admisión de novicios.
Así, en la década de 1570 los mestizos fueron recibidos y surgieron las primeras declaraciones críticas.
El general se opuso a una exclusión total, sin embargo en 1709 decretó que los mestizos no fueran admitidos a la ordenación sacerdotal.
Por estas observaciones no sorprende que las actas de las congregaciones no testimonien ninguna reflexión sobre los indios como miembros de la Compañía de Jesús.
En conflictos con los obispos y con las instancias políticas los jesuitas de la provincia tendían siempre a remitirse al papa o al rey.
En cambio, el general prefería una solución «irénica» para evitar confrontaciones; en otras palabras, prefería el consenso y no la imposición de derechos titulizados.
Sin embargo, era evidente que los jesuitas practicaban una jurisprudencia particular en las reducciones inaccesibles a los españoles y criollos.
Fechner constata asombrado que en las actas de las congregaciones provinciales faltan referencias a la guerra guaranítica, el gran evento de toda la región.
A pesar de este silencio, Fechner llega a la conclusión de que en las circunstancias desafiantes de esta guerra se manifiesta la situación interna de la provincia, que se encuentra RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS en otros asuntos de las actas de las congregaciones, que testimonian una forma dialogante de discernimiento en sintonía con su concepto de obediencia.
A pesar de tal proceso de decisión, el general comunicó a través de sus legados que deseaba la aplicación inmediata del Tratado de Madrid (1750), con la evacuación de seis reducciones sin discusión ni resistencia.
Esta intervención directa del general iba contra la forma de resolución hasta entonces común y llevó a la provincia misma a una dura y posible ruptura.
En este libro la provincia jesuita de Paraguay se manifiesta como ejemplo de procesos de decisión descentralizados, conseguidos siempre de acuerdo con el gobierno central de la orden.
Es muy probable que Paraguay no sea un caso particular y que las actas de otras provincias transmitan una imagen parecida.
La Compañía de Jesús se autodefinía siempre a través del Institutum, es decir de las constituciones, los decretos de las congregaciones generales y las decisiones del superior general, que representan una institución piramidal.
Fechner en cambio nos lleva ante otro aspecto de la realidad jesuita que es determinante, aunque sus principios no sean explicitados en las fuentes legales.
La búsqueda de decisiones, el discernimiento en coordinación de posiciones diversas y grupos de intereses contrarios es parte de la identidad jesuita, como también la reivindicación de aplicar sin reservas las instrucciones de los superiores.
El libro de Fechner no revela solamente informaciones notables de la provincia de Paraguay sino que más bien anima a estudiar las respectivas actas de otras provincias, de las que cabría esperar resultados sustanciales sobre el discernimiento y el proceso de resolución en la Compañía de Jesús.-Paul oberholzer, S. J., Universidad Gregoriana, Roma.
La expresión «atemorizar la tierra», empleada por Pedro de Alvarado en una carta a Hernán Cortés en abril de 1524, da título al trabajo conjunto de Lowell, Lutz y Kramer sobre el proceso de la conquista de Guatemala que ya han analizado en otras ocasiones.
En este sentido, los autores advierten en la presentación que se corresponde con parte de su anterior estudio HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS «Strange Lands and Diferent Peoples»: Spaniards and Indians in Colonial Guatemala (2013).
En la conquista de Guatemala, sin estar bien definida, destaca la personalidad de Pedro de Alvarado, cuya presencia en la obra y en el título no resta protagonismo a los actores indígenas pues su participación fue primordial, como pone en evidencia el trabajo.
En realidad, el objetivo del estudio es volver a examinar los hechos del proceso a la luz de nuevos hallazgos documentales y el papel que tuvieron en él los pueblos indígenas.
La novedad de este libro se encuentra sobre todo en su última parte, en la que la narración de la conquista de Guatemala se enriquece con los relevantes datos extraídos del inédito Libro Segundo del Cabildo (1530-1541) de Santiago de Guatemala, que hasta hace poco se daba por perdido.
Es deseable que tan valiosa fuente, conservada en la Hispanic Society of America en Nueva York, se publique pronto pues el equipo dirigido por Jorge Luján y Wendy Kramer trabaja en su transcripción.
El estudio, siguiendo el desarrollo temporal de los acontecimientos, diferencia tres momentos narrados en cada uno de los capítulos que lo vertebran.
La reconstrucción de los principales hechos (diciembre de 1523 a septiembre de 1541) y sus protagonistas se resumen al final del estudio en una útil tabla que detalla fechas, sucesos y lugares.
El primer capítulo, «Avance y retirada», abarca desde la salida de Pedro de Alvarado de México (diciembre de 1523) hasta agosto de 1524, cuando los kaqchikeles, que inicialmente habían sido sus aliados, abandonaron Iximché e iniciaron una resistencia que se prolongó durante seis años.
Al hilo de la exposición de los sucesos de esos meses, contrastando la narración de Alvarado con testimonios indígenas, entre ellos el Memorial de Sololá, se considera la controversia en torno a la existencia de Tecún Umán -cuestión de difícil solución-, las relaciones entre españoles y kaqchikeles y las razones por las que se alinearon con ellos frente a los k 'iche' s. Hay que destacar el acierto e interés de incluir en el estudio el «portafolio de imágenes» de la Historia de Tlaxcala, de Diego Muñoz Camargo (1582), que ilustra el papel prominente que desempeñaron los tlaxcaltecas que acompañaron a Alvarado cuando salió de México para acometer la conquista de Guatemala.
En el segundo capítulo, «Alianza y rebelión», se buscan respuestas a las razones del cese del apoyo de los kaqchikeles a los españoles.
Si bien no es posible establecer con precisión la fecha de la alianza, por el Memorial de Sololá sabemos que finalizó el 7 Ahmak (26 de agosto de 1524).
El trabajo recapitula las opiniones, en ocasiones enfrentadas, de diferentes autores sobre el periodo de la rebelión kaqchikel, uno de los episodios más sombríos de la historia de Guatemala.
Por otro lado, pone de manifiesto que durante aquellos años el protagonismo en el escenario guatemalteco pasó a Jorge de Alvarado, quien desde el campamento de Chij Xot, que estableció cerca de Comalapa, luchó contra los kaqchikeles, como se desprende del Lienzo de Quauhquechollan.
El tercer capítulo, «Regreso y rendición», se extiende desde el regreso de Pedro de Alvarado de su viaje a España y su salida de Guatemala en 1540 con la intención de ir a la Especiería, proyecto que la muerte le impidió acometer.
Fue en esta etapa cuando se produjo la rendición de Cahí Ymox (Sinacán o Sinacám) y Belché Qat (Sequechul o Sacachul), líderes de la resistencia kaqchikel.
El estudio se adentra en las secuelas de la rendición y aporta novedosa información a partir de los registros del Libro Segundo del Cabildo de Santiago.
Esta importante y todavía inédita fuente, cuya lectura se contrasta con los extractos que ofreció fray Francisco Vázquez de los acontecimientos en su Crónica de la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de Guatemala, corrobora que, meses antes de que Pedro de Alvarado regresara a Santiago, su cabildo tomó nota de la «insurrección generalizada» de los kaqchikeles y del temor a un «alzamiento general».
El comportamiento violento de Alvarado en estos años y su decisión de acabar con la vida de Cahí Ymox y otros señores dejó una profunda huella en el territorio.
En el libro reseñado se busca el equilibrio entre el protagonismo de Alvarado y los kaqchiqueles, entre la conquista y la resistencia.
En la visión de estas dos caras de una misma realidad se pone de manifiesto que sin los kaqchiqueles, que lo ayudaron durante medio año y luego resistieron más de una década, sería difícil comprender la conquista de Guatemala.
Otro de los aspectos que se destaca es el papel de Jorge de Alvarado, apoyado por aliados cuaquecholtecas en su avance en el territorio.
La (re)lectura del proceso de la conquista de Guatemala, con la integración de testimonios indígenas, entre otros el Memorial de Sololá y el Lienzo de Quauhquechollan, amplía el relato del contacto de los españoles con las poblaciones indígenas del altiplano guatemalteco.
La perspectiva que ofrece el estudio resulta enriquecedora para comprender el proceso de conquista y sus actores, españoles e indígenas.-María del carMen Mar- Tras la lectura de este libro, un historiador español debe empezar por expresar su agradecimiento a las personas e instituciones que han hecho posible su aparición.
Entre las primeras, y en lugar preeminente, a la profesora Carla Rahn Phillips, conocida especialista en el mundo naval español de la época de los Austrias (al que ha dedicado, al menos, un libro excepcional, Six Galleons for the King of Spain: Imperial Defense in the Early Seventeenth Century, y dos luminosos artículos sobre los marineros españoles), que es la responsable de haber hecho la propuesta de publicación y de haber llevado a cabo la espléndida edición y el impecable estudio preliminar de una fuente inédita, la Relación de Pedro de Rada, escribano mayor de la escasamente conocida y poco estudiada Armada del Estrecho de 1581.
Entre las segundas, a la Henry E. Huntington Library de San Marino, California, que adquirió en 1999 el manuscrito que hasta entonces había venido rodando de mano en mano sin estar disponible para los investigadores, permitiendo así su análisis y su difusión entre el público.
Y, también, a la Hakluyt Society, que una vez más ha puesto a disposición de todos los interesados una más que pulcra edición de un documento básico para reconstruir la historia marítima del imperio español, aunque, como es habitual en sus series, en su traducción inglesa, para envidia de los lectores hispanos y para vergüenza de las instituciones culturales y académicas españolas.
La Relación de Pedro de Rada, que ocupa el cuerpo central del libro (pp. 55-130), es la crónica oficial de una expedición ordenada por Felipe II, iniciada en el otoño de 1581 (salida fallida en septiembre y definitiva en noviembre) y que terminó entre julio y septiembre de 1584, cuando primero cinco navíos al mando del capitán general de la armada y luego otros tres al mando del almirante de la misma alcanzaron, a su regreso, la bahía de Cádiz.
Sin embargo, el libro incorpora en un extenso anexo (pp. 131-175) muchos otros documentos igualmente aportados por el propio cronista.
Del mismo modo, Carla R. Phillips no se ha conformado con el estudio, transcripción y traducción de la Relación de Rada y los documentos anexos, sino que además ha utilizado la documentación complementaria RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS que ha obtenido de su consulta de numerosos depósitos, como el Archivo Histórico Nacional, el Archivo del Museo Naval y la Biblioteca Nacional de España (en Madrid), el Archivo General de Simancas y el Archivo de la Real Chancillería (en Valladolid), el Archivo General de Indias (en Sevilla), la Biblioteca de Ajuda (en Lisboa) y la British Library (en Londres), al igual que una amplia batería de fuentes primarias impresas, particularmente las que se hallan en la CODOIN, en la obra de Martín Fernández de Navarrete y en los diversos escritos de Pedro Sarmiento de Gamboa.
Por si fuera poco, la autora ha confeccionado siete mapas que cartografían perfectamente las peripecias de la expedición, a la par que se ha preocupado por ofrecer una tabla de los pesos, las medidas y las monedas que aparecen en la narración de los hechos.
A partir de aquí se comprende que desde ahora la Armada del Estrecho, que para nosotros tenía un perfil más bien difuso, se haya convertido en uno de los episodios mejor conocidos de la expansión naval española en las Indias.
En una primera panorámica, la autora nos pone al corriente de las coordenadas fundamentales de la empresa para que resulte fácil ir insertando en este breve resumen las noticias más detalladas, así como la discusión de los puntos más controvertidos sobre los resultados y las responsabilidades de la expedición que se ofrecen más adelante.
Así, se nos cuenta que la Armada del Estrecho, al mando del capitán general Diego Flores de Valdés, fue enviada a América, al Atlántico Sur, en el otoño de 1581 con el objeto de dar una respuesta contundente a las incursiones de Francis Drake por el Atlántico y el Pacífico en los años 1577-1579, además de manifestar la voluntad de Felipe II de defender los reinos de Chile y Perú, así como el Brasil portugués, que acababa de quedar bajo su soberanía.
La Armada, compuesta de 23 barcos con 3.500 personas a bordo (entre oficiales, funcionarios reales, soldados, marineros y colonos destinados a asentarse en el estrecho de Magallanes), debido, por un lado, a la particularmente desfavorable coyuntura climática en que se desarrolló la mayor parte de la navegación, pero también posiblemente a la multiplicación de las misiones que debía llevar a cabo al mismo tiempo (reforzar el Pacífico, asegurar Brasil y establecer una colonia de poblamiento), aunque cosechó éxitos parciales frente a ingleses y franceses, además de proceder a la instalación de 338 personas en la vertiente atlántica del estrecho de Magallanes, no logró alcanzar plenamente sus objetivos, y lo que consiguió lo hizo a costa de numerosas pérdidas materiales y humanas, como demuestran los centenares de personas ahogadas o muertas por falta de suministros y el HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS regreso a las costas andaluzas de solo ocho de los navíos implicados en la expedición.
Tras esta visión general, el relato de las vicisitudes de la Armada del Estrecho es la ocasión para ahondar en el conocimiento de las circunstancias, realmente extremadas, en que hubieron de desenvolverse, no solo esta sino muchas otras empresas de parecida índole y ambición.
Cuestiones en las que la autora es una verdadera experta gracias a sus trabajos sobre la construcción naval, sobre los apuros financieros de una Monarquía siempre escasa de recursos a la hora de aparejar y avituallar los navíos y sobre las dificultades permanentes para encontrar los oficiales competentes y, sobre todo, reclutar los tripulantes suficientes para conducir las expediciones a buen puerto.
En este caso, Pierre Chaunu llegó a sugerir que la envergadura de la armada casi superaba las posibilidades tecnológicas de la época.
En todo caso, las reticencias de Felipe II a causa de los argumentos económicos se solventaron gracias a un ofrecimiento personal de Sarmiento de Gamboa, mientras que el casi insalvable obstáculo de conseguir una tripulación idónea se solucionó gracias al regreso de la flota de Nueva España y de los galeones de Tierra Firme, una parte de cuyos efectivos fueron transferidos forzadamente a la armada.
Perfilado el contexto de la expedición (la defensa de Brasil frente a la intrusión francesa y la defensa del Pacífico español tras las recientes acciones de Francis Drake), los objetivos fueron definidos a partir de las propuestas de los oficiales reales y de las sugerencias de Sarmiento de Gamboa, cuya opinión, en palabras de Carla Rahn Phillips, «weighed heavily in all the planning», aunque Felipe II se decantó finalmente por enfatizar la necesidad de expulsar a los corsarios e intrusos ingleses y franceses frente al propósito imaginado por el piloto y navegante de centrarse esencialmente en la construcción de dos fuertes y la fundación de una colonia de poblamiento en la entrada atlántica del estrecho de Magallanes.
Aquí la autora pone especial énfasis en que, al margen de las dificultades generales de toda armada y de la pésima meteorología a que hubieron de enfrentarse las naves de la expedición, otro elemento esencial para explicar los pobres resultados y las muchas calamidades que caracterizaron a la empresa fue la enemistad manifiesta de Pedro Sarmiento de Gamboa con el capitán general Diego Flores (a quien combatió sin descanso) y su obstinación en la prioridad de su proyecto, en lo que en el estudio se califica como sus «irrational schemes».
De este modo, la publicación de la Relación de Pedro de Rada acaba siendo una requisitoria contra Sarmiento RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de Gamboa, a quien se destrona como héroe de esta historia para abundar en su carácter conflictivo y en su comportamiento a la larga nocivo para el buen éxito de la aventura, pese a la pervivencia de su tendenciosa versión en la historiografía actual.
La expedición zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 25 de septiembre de 1581, pero pocos días después ocurría el primer desastre, pues a la altura de Cádiz una fuerte tempestad hizo naufragar a cuatro barcos, con la pérdida de unas ochocientas personas entre hombres, mujeres y niños, un espantoso episodio vivamente relatado en la crónica de Rada.
La partida definitiva se produjo el 2 de diciembre, arribando la armada el 25 de marzo siguiente a Río de Janeiro, donde permanecería hasta el 26 de octubre completando su avituallamiento.
Durante su permanencia en el Atlántico Sur, los hechos más notables fueron el encuentro de tres barcos españoles (mandados por Andrés de Eguino) con dos barcos de la flotilla del inglés Edward Fenton a la altura del puerto de Santos sin un resultado claro; la batalla de Paraíba (que permitió a Diego Flores expulsar a los franceses instalados en el nordeste brasileño), y los tres intentos fallidos de abordar el estrecho de Magallanes, hasta que finalmente, en febrero de 1584, Sarmiento de Gamboa pudo instalar a 338 personas (entre colonos, artesanos y soldados) en el establecimiento previsto.
Sin embargo, la colonización se saldó con un dramático fracaso, contrariamente a las utópicas previsiones de Sarmiento de Gamboa, que en mayo ya abandonaba a sus protegidos para promover sus proyectos en España.
El corsario inglés Thomas Cavendish encontró en el transcurso de su paso al Pacífico, en enero de 1587, los melancólicos restos de aquella aventura colonizadora.
Solo dieciséis hombres y tres mujeres habían sobrevivido a las inclemencias de todo tipo que se abatieron sobre los pobladores, mientras todos los demás habían muerto de hambre o de enfermedad.
Tampoco fue triunfal el regreso de los ocho barcos supervivientes a Cádiz.
Como ocurriera en otras ocasiones con otros tripulantes enrolados en empresas semejantes, las fuentes nos hablan de unos 600 hombres vagabundeando en grupos por las calles de Sevilla, semidesnudos y casi muertos de hambre, en busca de la paga que les debía la Monarquía y que nunca llegaría a sus manos.
La autora se pronuncia, con su ponderación característica, pero con rigor y nitidez, sobre los resultados de la armada.
Los ambiciosos objetivos del principio quedaron muy lejos de su realización, pues nunca llegó a emprenderse la construcción de los dos fuertes proyectados y el programa HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS de colonización condujo a un completo fracaso.
Sin embargo, la batalla de Paraíba permitió la expulsión de los franceses de Brasil, pese a los intentos posteriores de invertir la situación, mientras que el incierto combate de Santos disuadió a Edward Fenton de proseguir con sus proyectos de pasar al Pacífico, cosa que, en cambio, sí llevaría a cabo más tarde el ya citado Cavendish.
Las pérdidas humanas fueron muy cuantiosas y las circunstancias en que se produjeron fueron realmente terribles, tanto en el caso de los numerosos naufragios como en el de la lenta extinción de los colonos en una tierra inhóspita.
Los datos numéricos pueden observarse en el pormenorizado y laborioso apéndice 1, donde se dan todos los datos de las naves y el número de las personas embarcadas, así como sus nombres cuando figuran consignados.
Del mismo modo, el apéndice 2 nos ofrece el destino de los veintitrés barcos de la expedición, con una detallada razón de sus peripecias individuales, incluyendo los quince perdidos y los ocho que pudieron regresar.
Un esfuerzo más, digno de todo nuestro reconocimiento, por parte de la editora de la obra.
En resumen, nos hallamos ante una edición perfecta (si no soñamos con el imposible de una transcripción del original en castellano y nos conformamos con la magnífica traducción inglesa) de una fuente hasta ahora ignorada y sin embargo básica para el conocimiento de la formidable empresa de la Armada del Estrecho de 1581, considerada por la autora como «an expedition that was launched with extraordinary effort at a critical period in Spanish exploration and colonization».
Una fuente que no solo sirve para dar cuenta de esta aventura singular, sino que aporta valiosos testimonios sobre las condiciones en que se desarrollaron otras expediciones similares, sobre los obstáculos de todo tipo que hubieron de superar, sobre los contextos políticos o económicos que las propiciaron, sobre su papel en la defensa del imperio ultramarino español e incluso sobre los aspectos humanos de semejantes hazañas, dramáticamente puestos de manifiesto en descripciones como las del naufragio de Cádiz, la lenta extinción de los hombres y mujeres de la colonia magallánica o el triste peregrinar de los marineros por las calles sevillanas en la inútil búsqueda, ante la impotencia o la indiferencia de la administración y el olvido de la Monarquía, de aquello que se les debía porque lo habían ganado con su sacrificio y su heroísmo.
Para concluir, otra contribución de excelencia a la historia marítima de los tiempos modernos de esa gran investigadora que es Carla Rahn Phillips.-carlos MarTínez shaw, UNED, Madrid.
Vila Vilar, Enriqueta, El Consulado de Sevilla de mercaderes a Indias.
Un órgano de poder, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, Instituto de la Cultura y las Artes (ICAS), 2016, 250 pp., il., láms.
Ha dedicado Enriqueta Vila más de cuarenta años al estudio de los mercaderes de la carrera de Indias y a la institución que mejor los representaba, el Consulado de Sevilla.
Este libro constituye, pues, un balance sumarísimo de su trayectoria como historiadora.
Aunque aprovecha escritos anteriores -publicados e inéditos-, no es obra elaborada con materiales de derribo ni engendro donde se noten las costuras del corte y pega.
No se trata de un libro destinado a los pocos, sino a un público más amplio, al que presenta una institución mal conocida, cuyos integrantes -los mercaderes a Indias-contribuyeron a darle al centro histórico de Sevilla la fisonomía urbana y patrimonial que hoy tiene, así como a forjar una sociología -el sevillanismo-que en época romántica se considera quintaesencia de lo español.
A la vez, pretende incentivar a los nuevos investigadores para que profundicen en el examen del Consulado y sus hombres.
La obra se organiza en tres partes.
La introducción -además de una declaración de intenciones-traza, sub specie aeternitatis, algunos aspectos de la Sevilla del Quinientos; el proemio es un modelo de microestudio de caso: las negociaciones del préstamo de 800.000 ducados que Felipe IV solicitó al Consulado en 1637 y el papel que en ello tuvo Bartolomé Morquecho.
En pocas páginas, la autora pasa de la visión global a la historia de trinchera, bien pegada al terreno.
El capítulo I («Sevilla en su esplen dor») no es el canto acostumbrado a la grandeza de la urbe desde finales del siglo XV.
Proverbial es el carácter cosmopolita de la capital hispalense, su función de emporio en un complejo sistema de redes mercantiles y financieras que abarca ambas orillas del Atlántico, parte del Pacífico (el eje Lima-Panamá es «sevillano» durante el siglo XVI) y la mitad occidental del Mediterráneo (Génova, Florencia, Marsella): esa «Sevilla, donde late el corazón del Mundo», en expresión de Braudel.
Cierto, pero Enriqueta Vila no se conforma con el tópico, sino que analiza la importancia de las colonias de mercaderes extranjeros y, para ello, rehúye las generalidades: cita nombres concretos, redes de parientes y colaboradores; propone vías para futuros estudios.
¿O acaso no dan ganas de ahondar en la vida de Magdalena Clut, viuda de Jacques Bibien, después de leer la semblan za que de ella hace Vila (p.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS El par de páginas dedicadas a Juan Gallardo de Céspedes, «Protector y Conservador de las Naciones Extranjeras» en Sevilla, son suficientes para entender la contradictoria situación de los foráneos, motores de la carrera de Indias y, a la vez, acusados de socavarla (pp. 35-37).
La plata es el fundamento de todo, y no solo el nervio de la guerra, lo que explica que a ella se consagre la última parte del capítulo (pp. 44-52).
O más exactamente: a los hombres de la plata.
El débil sistema bancario sevillano, el protagonismo de compradores de metales preciosos y maestres de plata (tan desconocidos), algunas de sus compañías, la intrincada malla de titulares, fiadores y testaferros, o ese personaje que siempre estaba ahí: Martín Sáenz de Ubago.
Y una pregunta crucial: aparte de la «revolución de los precios», ¿qué consecuencias tuvo para Sevilla -y por extensión para el mundo castellano-la plata que no cruzó las fronteras hacia el resto de Europa?
Su permanencia trasforma el urbanismo local, sus edificios, su arte, pero también a sus moradores.
La plata cimienta el ennoblecimiento de mercaderes, promueve la codicia de algunos, lava conciencias, garantiza salvaciones (a base de misas, donativos, capellanías), pero no promueve demasiadas actividades productivas.
No se conoce el documento que ilumine las causas exactas de la fundación del Consulado sevillano.
De ahí que, en el segundo capítulo («La creación del Consulado de comerciantes a Indias»), Vila deba sacar conclusiones a partir de noticias escasas y aguzar el sentido de la inferencia.
El Consulado se funda en 1543; se trata, pues, de una institución relativamente tardía, cuyas atribuciones las tenía encomendadas en su mayor parte la Casa de la Contratación desde 1503.
Entonces, ¿por qué un Consulado?
Ya en 1525 se hallaba en germen; desde ahí, el proceso hasta su definitiva constitución resultó dificultoso, tanto para los mercaderes como para la Corona.
Más que a la lentitud con que la Casa ejerce sus competencias en materia de justicia mercantil -que es lo que alega la real provisión de 23 de agosto de 1543-, Enriqueta Vila atribuye la existencia del Consulado a la inextricable relación político-financiera entre cargadores a Indias y Monarquía.
Esta simbiosis se manifiesta, por un lado, en la administración de las derramas en concepto de avería a fin de sufragar las armadas defensivas contra piratas y corsarios; por otro, en los reiterados secuestros de metales preciosos a cargo de la Corona.
Cada zarpazo real se compensa con privilegios a los cargadores, y el primero y de mayor enjundia, nada menos que la creación de una institución consular.
Con el tiempo, la vocación atlántica del Consulado de Sevilla fraguará en la erección de otros dos más, ultramarinos, los RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de México (1593) y Lima (1613), este especialmente vinculado a las redes mercantiles sevillanas.
La segunda parte del libro se dedica a las facultades del Consulado: judiciales, gremiales y mercantiles (cap. III); administrativas y financieras (cap. IV).
No es la intención de la autora abordar el Consulado como tribunal mercantil ni como gremio defensor de un colectivo.
Posee el historiador licencia para elegir el enfoque de sus estudios, y Enriqueta Vila no opta por lo que lato sensu denominaríamos historia institucional.
Apenas se ofrecen detalles, por tanto, del arbitraje consular en los pleitos entre cargadores.
Tampoco de cómo la gente de mar, por ejemplo, desconfiaba de la imparcialidad de estos jueces-mercaderes, y por ello se acogía a la Audiencia de la Casa de la Contratación (salvo en los casos relativos a seguros marítimos, competencia exclusiva del Consulado desde sus ordenanzas de 1556).
Vila se centra en la importancia que para la trayectoria del Consulado tuvo su cometido como asentista de la avería, en especial entre 1618 y 1642.
La administración de la avería supone no solo el cobro de una tasa ad valorem sobre las mercancías registradas que nadie -ni siquiera los propios administradores-quiere pagar, sino además retos logísticos difícilmente imaginables hoy, como poner entre ocho y doce enormes naves de velas en alto (las capitanas y almirantas de las flotas de Tierra Firme y Nueva España, y la armada de guardia de la carrera de Indias o «galeones»).
La apuesta no siempre salió bien, y ahí están las sucesivas quiebras y sinsabores para demostrarlo.
Sin embargo, los asentistas miembros del Consulado recibían una compensación con enormes posibilidades de beneficio: convertirse prácticamente en los dueños de estos barcos de guerra que, henchidos de mercancías de contrabando, escapaban a todo control oficial.
Fiel a su método, Enriqueta Vila hace un planteamiento somero que luego ilustra con un ejemplo minucioso; en concreto, la quiebra por bancarrota del asiento en 1630 y las negociaciones entre la elite del Consulado y los agentes de la Corona.
Del caso particular se deriva un tendencia: por lo común, las pérdidas se afrontaban entre todos los miembros del «comercio», mientras que los privilegios obtenidos a cambio de cierta asunción de responsabilidades solo aprovechaban a unos cuantos mercaderes, aquellos que con su apetito de riquezas provocaban la crisis de pago y liquidez.
Durante el siglo XVII el Consulado se convirtió en una institución administradora y beneficiaria de una serie de impuestos: Balbas (1624), infantes (1632) y toneladas (1637).
Ninguno tan sui generis como el primero, que no solo había de cubrir un préstamo solicitado por el rey, sino HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS pagar el indulto real que se le concedió al Consulado tras la denuncia por contrabando que hizo el factor de Panamá, Cristóbal de Balbas.
En la vida pocas cosas son claras y distintas, y lo mismo ocurre con los avatares de estas imposiciones: la recaudación acabó sufragando gastos ajenos a lo establecido; las rentas sirvieron de aval para otras operaciones, llegaron a hipotecarse unas con otras y nunca faltaron la corrupción y las triquiñuelas.
El capítulo IV se detiene en este aspecto administrativo del Consulado, que revela una metamorfosis de la institución.
Aunque lo estrictamente mercantil siga siendo la base, con el avance del Seiscientos el Consulado va incorporando funciones que superan la concepción primitiva.
El cobro de rentas tributarias lo sitúa en otro plano: ya no solo son mercaderes sus miembros principales, se convertirán también en financieros de la política dinástica de la Corona.
La tercera parte estudia a los hombres del Consulado en una triple vertiente: «El poder real: las redes consulares» (capítulo V), «Casa y mayorazgos: el poder social» (capítulo VI) y «Devociones religiosas y memoria perdurable: el poder eterno» (capítulo VII).
Los grandes comerciantes a Indias no eran ni héroes ni titanes; tampoco actuaban solos.
Si llegaron a dominar un océano y dos masas continentales fue debido a la configuración de redes cuyos hilos se anudaban en función del parentesco, el paisanaje, la amistad, los intereses comunes o una mezcla de todas estas circunstancias.
Enriqueta Vila es pionera en levantar algunas de estas redes mercantiles, a base de ver papeles y aplicar la inteligencia, sin alharacas teóricas que a menudo no pasan de un barniz que solo impresiona al que nada sabe.
El capítulo quinto es una fiesta de datos sobre la gran red corsa que teje Juan Antonio Corzo Vicentelo -y que hereda Tomás de Mañara-entre Lima y Sevilla; los Almonte, los Munibe, o aquellos hilos cruzados que personajes como Miguel Ochoa, Domingo de Garro o Pedro de Avendaño Villela generan.
Los capítulos sexto y séptimo ofrecen páginas muy bellas.
El poder económico del Consulado debía proyectarse socialmente.
En esa larga Edad Media que fue la Moderna, la nobleza era el espejo de la sociedad.
A vivir como nobles aspiraban todos, y a ser reconocidos como tales encaminan muchas de sus decisiones.
La plata franqueó a los mercaderes la puerta a enlaces matrimoniales con el patriciado sevillano, con algún título de mediano postín; las riquezas de las Indias y las influencias ganadas gracias a ellas en la corte les allanan el camino al estamento nobiliario: por la concesión de hábitos de órdenes militares, por la compra de títulos.
Este cambio de estatus jurídico se manifiesta materialmente en las casas-palacio RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS que empiezan a enaltecer a Sevilla, nueva Génova a la vera del Betis.
Quien puede levanta una que muestre la grandeza de su dueño.
Vila se aplica a tres de estas casas: la de Tomás de Mañana, en la calle Levíes; la de los Almonte, en la calle Cardenal Cisneros; y la de los Bucarelli, en la calle Santa Clara.
Pero quien se enseñorea en vida pretende también el dominio de lo eterno.
A la salvación del alma aspira todo cristiano, y los cargadores a Indias emplean todos los medios a su alcance para obtenerla: muchos son hermanos de cofradías, como la de la Santa Caridad; instalan oratorios en sus casas, atestadas de figuras y cuadros devotos; dotan capellanías y obras pías; sus mandas testamentarias están llenas de misas y limosnas.
Como conclusión van la bibliografía empleada -83 entradas, incluidos los trabajos de la autora-y tres valiosos apéndices.
A pesar de la presencia de tantos cargadores, es cierto que la carrera de Indias estuvo casi siempre dominada por unos cuantos, que se sirvieron del amparo institucional que suponía el Consulado para provecho propio: una prueba más de la «ley de hierro de la oligarquía» postulada por Robert Michels.
La cuestión sigue abierta y servido el reto de averiguar quiénes, en qué medida y por qué ellos (y no otros) ejercieron el dominio en el tráfico trasatlántico bajo soberanía castellana.
Los dos siguientes apéndices aportan la lista de priores y cónsules durante los siglos XVI y XVII.
Aparte de su utilidad, quien repase atentamente la relación observará que, de las decenas de nombres que se suceden, solo de uno, Hernando de Almonte -prior del Consulado en 1638, 1641 y 1653-, existe una verdadera biografía, la que a él y a su linaje dedicaron Guillermo Lohmann y la propia Vila.
Del resto, únicamente de unos pocos se conocen datos sueltos, agavillados con tesón por quienes de un modo u otro se han ocupado del ambiente mercantil sevillano; los más, por el contrario, son simples nombres de los que nada sabemos.
La carrera de Indias espera todavía a su Ronald Syme, a su Lewis Namier o, simplemente, que cunda el ejemplo de los afanes prosopográficos de la autora de este libro, que en su momento recuperó para la historiografía a Corzos y Mañaras.
Impagable valor tienen obras como la de Enriqueta Vila, que afianzan saberes y estimulan indagaciones.-sergio Manuel rodríguez lorenzo, Centro de Estudios Montañeses, Santander. |
El 3 de febrero de 1496 partió de Sanlúcar de Barrameda (actual provincia de Cádiz, España) una flotilla de cuatro carabelas destinadas a las Indias que Amerigo Vespucci y el ya difunto Juanoto Berardi habían fletado para la Corona.
Pocos días después las cuatro embarcaciones, capitaneadas por Jorge de Sosa, embarrancaron en las costas gaditanas debido a una tormenta, lo cual puso fin al negocio mercantil de Vespucci.
1 Ahí se le pierde la pista durante tres años al florentino, que desaparece de todo registro documental hasta 1499.
Dos publicaciones recientes han avanzado la idea de que Vespucci hubiese podido embarcar en la siguiente armada de abastecimiento a las Indias, que partió al mando de Peralonso Niño en junio de 1496.
2 La expedición de Niño no ha recibido mucha atención hasta ahora en la bibliografía.
3 Este artículo la reconstruye con todo el detalle posible, basándose para ello en fragmentos hasta ahora inéditos de documentos de archivo.
Ello permitirá contrastar en un futuro estudio la hipótesis de que Vespucci viajase o no a bordo de alguna de las naves de Niño.
La fuente principal de información sobre la armada de junio de 1496 es un cuaderno manuscrito conservado en el Archivo General de Indias, 4 segundo de la serie de los denominados Libros de armadas en los que escribanos al servicio de Juan Rodríguez de Fonseca anotaban todos los gastos incurridos en la preparación de las flotas destinadas a las Indias.
5 Por desgracia, del cuaderno faltan hoy día varias hojas que debían contener apuntes de pagos realizados tras el retorno de las naves de Niño y que, por tanto, habrían aportado informaciones preciosas sobre los participantes en la expedición.
LA ARMADA A INDIAS DE PERALONSO NIÑO EN 1496 Esta sección del Libro de armadas nunca ha sido editada íntegra.
Existen noticias impresas de ella desde la publicación de algunos fragmentos en el siglo XIX; más extensos en el libro de Ángel Ortega de 19256 y más aun en un artículo posterior de Alice Gould.
7 En 1994 se incluyó en la Co lección Documental del Descubrimiento la transcripción de algo menos de la mitad de los folios relativos a la armada de Niño.
En el apéndice documental al final de este artículo se transcriben apuntes contables hasta ahora inéditos de nueve folios del Libro de armadas relativos a la armada de Niño.
Otro documento de archivo relacionado indirectamente con la expedición es, como veremos, una cuenta de pagos a participantes en el segundo viaje de Colón que retornaron a la Península a finales de 1496.
Además, el viaje aparece mencionado en dos crónicas del siglo XVI.
La más antigua es la titulada De Orbe Novo o Décadas, de Pedro Mártir (Pietro Martire d'Anghiera), impresa por primera vez en Sevilla en 1511,8 si bien había sido pirateada en Italia unos años antes.
9 La segunda crónica es la Historia de las Indias de fray Bartolomé de las Casas,10 cuyos datos a veces divergen de los del Libro de armadas.
La versión de Las Casas fue recogida a su vez por autores posteriores, por ejemplo, por Antonio de Herrera en su Historia general.
Preparación de la flotilla
Tras el desastre sufrido en febrero de 1496 por las cuatro carabelas fletadas por Berardi y Vespucci, varadas en las costas gaditanas, los Reyes LUIS A. ROBLES MACÍAS Católicos ordenaron a Juan Rodríguez de Fonseca, miembro del consejo regio, obispo de Badajoz y encargado de la organización de flotas en Andalucía, que pusiera en pie rápidamente otra flotilla para llevar urgentemente provisiones a las Indias.
A mediados de marzo, Fonseca ya tenía contratadas dos carabelas, propiedad respectivamente de Garci Álvarez, de Moguer, y de San Juan de Ajangui, de Bermeo.
El mes siguiente contrató una tercera embarcación, una nao bretona propiedad del sevillano Juan Fernández del Alcoba.
11 La nao bretona era una embarcación de mayor capacidad de carga que la carabela pero más lenta.
Los dueños de las embarcaciones cobrarían un flete de 2.500 maravedíes por tonelada.
12 En los contratos se especificaba que las naves, tras llegar a La Española, deberían pasar allí 30 días y después traer a todos los pasajeros que quisieran regresar a España.
No se les encargaba ninguna expedición de descubrimiento y rescate.
Los hombres de Fonseca empezaron a acopiar todo lo necesario para la nueva expedición.
Las cuentas del Libro de armadas detallan qué es lo que se recuperó de las carabelas de Berardi-Vespucci y qué es lo que hubo que comprar nuevo.
Empezaron a cargar los navíos el 10 de mayo de 1496, las dos carabelas en Sanlúcar de Barrameda y la nao bretona en el Puerto de Santa María.
13 Esto representaba una novedad porque las armadas precedentes se habían cargado principalmente en Sevilla.
Una razón de peso para el cambio fue que una gran parte de la carga se encontraba ya en el litoral gaditano, al haber sido rescatada del naufragio de febrero en una operación coordinada por Fernández del Alcoba.
El 10 de mayo comenzó también a correr el sueldo de los pilotos.
14 A efectos contables, esta es la fecha que marca el comienzo de la expedición.
En el mismo mes de mayo las tres naves se trasladaron a Cádiz, puerto de 11 Asientos que don Juan de Fonseca, obispo de Badajoz, hizo con García Álvarez, San Juan de Ajanguis y Juan Fernández del Alcoba, acerca del flete de las tres naves de que estos eran maestres, Sevilla, 16 de marzo y 18 de abril de 1496.
Transcrito en Pérez de Tudela y Bueso, Juan (ed.), Colección documental del Descubrimiento (14701506), Madrid, Real Academia de la Historia, CSIC, Fundación Mapfre América, 1994 (abreviada en lo sucesivo CoDoDes), documento 329.
Véase apéndice documental n.o 4 de este artículo.
Alice Gould (1942, 319) dice por error en su artículo que las dos carabelas se cargaron en Cádiz, pero de sus notas manuscritas conservadas en la Real Academia de la Historia es evidente que sabía que había sido al menos en parte en Sanlúcar.
En los contratos con los maestres, Fonseca había dejado indefinido el lugar donde se cargarían las naves, estipulando que tendrían que acudir «aquí a seuilla, o a sant lucar de barrameda, o a cadiz donde el señor obispo señalare e quando lo mandare» (Libro de armadas, 115v-116r).
Véase transcripción en apéndice documental n.o 3.
realengo que sería el lugar de partida oficial.
No se conoce la fecha exacta pero consta que el piloto de la nao bretona cobró sueldo ya en Cádiz el 21 de mayo y Peralonso Niño lo hizo allí el 31 de mayo.
Itinerario de las naves de Peralonso Niño hasta su partida.
El mapa de fondo está adaptado de uno de Baltasar Vellerino de 1592.
El cargamento de esta flotilla era muy similar al de las expediciones de abastecimiento anteriores (véase la tabla 1).
Los principales productos, en volumen, eran el trigo, el vino, la cebada y el bizcocho.
Otros víveres presentes en cantidades significativas eran el vinagre y el aceite, carnes y pescados en salazón y pasas.
Pequeñas cantidades de azúcar y almendras completaban las provisiones de boca para los colonos de La Española.
La parte no comestible del cargamento consistía principalmente de un bergantín, pequeña embarcación que se quedaría en La Española, y materiales náuticos como anclas, jarcia o sebo.
Como ya venía siendo práctica habitual, las naves transportarían también ganado vivo, en este caso ovejas y cabras a comprar en Canarias.
Además, llevaban cartas de la Corona para Colón.
Las cifras concuerdan, salvo mínimas diferencias, con las recogidas en los testimonios de los maestres en Libro de armadas, 129v-131r (CoDoDes, doc. 332).
No incluye las provisiones para alimentar a la tripulación durante el viaje, que se desconocen.
La carga de la nao bretona se redujo a 95 toneladas «por tres pipas de vino y una de vinagre que se corrió».
Cada una de las tres naves tenía el mismo número de tripulantes, 23, estipulados en el contrato firmado por cada propietario con Fonseca, a saber: un maestre, un piloto, once marineros, ocho grumetes y dos pajes.
Conocemos los nombres de los maestres y los pilotos, así como de otros cinco tripulantes mencionados en las cuentas del viaje (véase la tabla 2).
Se ignora por tanto la identidad de los otros 58 tripulantes, entre los cuales no es imposible que hubiera podido enrolarse Vespucci.
Los tres pilotos eran veteranos de la malograda flotilla de Berardi-Vespucci: Peralonso Niño -que seguía siendo el «piloto mayor» de las Indias-, Juan de Umbría y Pero Sánchez de la Puebla.
Fonseca no contrató a ningún capitán, por lo que la escuadra quedó bajo el mando efectivo de Niño.
No he encontrado datos sobre su origen anteriores a esa fecha.
La incógnita de los pasajeros
No se sabe si junto a los tripulantes se embarcaron también pasajeros, bien asalariados bien voluntarios sin sueldo.
Este punto es importante porque Vespucci pudo haberse enrolado como pasajero, si no tenía conocimientos náuticos suficientes para ser tripulante.
En la flotilla precedente, la de Berardi-Vespucci, habían embarcado más de treinta personas a las que la Corona había contratado para quedarse a vivir en La Española durante al menos un año, así como un número indeterminado de pobladores sin sueldo,19 pero no se sabe qué ocurrió con todos ellos después del naufragio.
Existen al menos tres indicios que sugieren que en la flotilla de Niño sí embarcaron pasajeros.
En primer lugar, los contratos firmados por los propietarios de cada carabela con Fonseca les obligaban a «que lleve la gente que aca se le diere para levar a las yndias e asy mismo trayga de las yndias la gente que alla se le diere para traher aca».
20 Es decir, Fonseca se aseguró la opción de embarcar pasajeros, si bien no se conservan rastros documentales de que ejerciese dicha opción a la ida (sí a la vuelta, como veremos).
En segundo lugar, en los libros de cuentas no consta que se les rescindiesen los contratos a los pasajeros asalariados de la flotilla de Berardi-Vespucci ni tampoco que se les pagasen salarios pendientes.
Pérez de Tudela dedujo de ello que debieron cumplir sus contratos embarcándose de nuevo en las naves de Niño.
21 Finalmente, el tercer indicio es que la nao bretona incluía en su cargamento los aperos de labranza rescatados del naufragio de febrero.
Ello se deduce de un apunte del Libro de armadas, que en la relación de las cosas que se rescataron de las cuatro carabelas varadas menciona «çiertas sogas e azados e yugos e aparejos de labrança que se llevaron en las dichas tres caravelas [las de Niño]».
22 La comparación detallada (en la tabla 3) entre los aperos de las naves de Berardi-Vespucci y los cargados por Niño demuestra que los segundos son un subconjunto de los primeros, salvo por un sorprendente séptimo arado que pudo ser un error de inventario.
Parece lógico deducir de todo ello que al menos los agricultores naufragados en aquella flotilla embarcasen en la de Niño, ya que sería poco útil enviar las herramientas sin personas para usarlas.
El 11 de junio de 1496, cuando las tres naves de Niño estaban ya casi listas para zarpar, arribaron a Cádiz dos carabelas abarrotadas y fatigadas tras un viaje de tres meses desde La Española.
A bordo venían el almirante y virrey de las Indias, Cristóbal Colón; los tripulantes de las cuatro naves allí enviadas en 1495 al mando de Juan de Aguado, que se habían hundido en La Isabela poco después de llegar, y otros dos centenares de europeos.
Colón, que era reticente a autorizar el regreso de colonos, había dejado embarcar a algunos por estar enfermos y a otros por orden expresa de los reyes.
Además, Colón traía 30 esclavos capturados en La Española y otras dos indias apresadas en la isla de Guadalupe durante el viaje de regreso.
26 En Cádiz, Colón se puso al día rápidamente de la situación en la Península gracias al contino Antonio de Torres, que seguía en la zona desde principios de año, 27 y sin duda también a Niño y a otros marinos y oficiales de la Corona.
Allí se enteraría Colón de la muerte de su factor Juanoto Berardi, ocurrida seis meses atrás.
Alguno de los dos albaceas de Berardi, es decir Amerigo Vespucci o Jerónimo Rufaldi, informaría a Colón en Cádiz o en Sevilla de la deuda que el empresario fallecido le reclamaba: 180.000 maravedíes y que se hiciera cargo de su hija.
28 También descubriría el Almirante el naufragio de las carabelas contratadas por Berardi y se pondría al día sobre la controversia jurídica secreta que se había desatado en la corte sobre la esclavización de los indios, a los cuales Colón contemplaba en aquel momento como su principal fuente de ingresos.
29 El Almirante leyó asimismo las cartas que los reyes le habían escrito y redactó nuevas instrucciones para su hermano Bartolomé, que había quedado al mando en La Española.
La flotilla de Niño partió finalmente de Cádiz el 16 de junio de 1496 30 en dirección a las islas Canarias.
Por aquella época esta travesía solía llevar una semana.
Hicieron escala en La Gomera, donde Peralonso Niño compró, como estaba previsto, cien cabezas de «ganado ovejuno y cabruno», 31 que se repartieron entre las tres naves a razón de treinta para cada carabela y cuarenta para la nao bretona.
De allí pusieron rumbo al Caribe, siguiendo una ruta que ya comenzaba a serle muy familiar a Niño, que hacía la travesía por cuarta vez.
Llegaron al puerto de La Isabela, en la costa norte de la isla Española a principios de julio.
32 Se trató por tanto de una travesía rápida, de unas tres semanas de duración.
Hubo sin embargo un incidente: la nao bretona perdió durante la travesía parte de su carga, concretamente cinco toneladas de trigo «que se echaron en la mar», algo de bizcocho y una pipa vacía.
33 La frase «echar en la mar» denota un acto voluntario por parte de la tripulación, que en medio de una tormenta decide aligerar la nave para reducir el riesgo de naufragio.
Quizás por culpa de dicha tormenta, parte de las provisiones llegaron a destino «húmedas y podridas», según comenta Pedro Mártir.
Trayecto de ida de la gran armada de 1493 («segundo viaje de Colón»).
Es probable que en 1496 Peralonso Niño siguiera una ruta similar.
Véase transcripción en apéndice documental n.o 5.
32 «en torno a las calendas [primero de mes] de julio» según Pedro Mártir, y «por principio de julio» según Las Casas, cap. CXIII,134.
No se sabe si antes de La Española tocaron en alguna otra isla, como había sido el caso de la gran flota de 1493.
En aquel viaje Peralonso Niño, que pilotaba la nave capitana, había arribado a la isla de Dominica para luego continuar hacia el noroeste por el arco de las Pequeñas Antillas hasta Puerto Rico y, por fin, La Española.
Esta ruta, que aprovechaba plenamente las corrientes y vientos del océano, demostró ser la manera más rápida de llegar al Caribe desde Canarias y sería recomendada en los derroteros españoles del siglo siguiente.
La rapidez de la travesía de Niño en 1496 sugiere que debieron seguir dicha ruta.
Bartolomé Colón y sus hombres recibieron con alborozo a la flotilla en La Isabela, 34 ya que hacía 10 meses que no les llegaban provisiones ni noticias de Europa.
Las mercancías descargadas fueron almacenadas en la alhón diga del poblado y, aunque «hubo quejas» por el mal estado de algunos de los alimentos, según reporta Mártir, inmediatamente se convirtieron en un elemento estratégico en la lucha por el poder en la isla.
Cuando unos meses más tarde estalle la rebelión liderada por Francisco Roldán, una de las primeras acciones de los sublevados será apoderarse de estas provisiones.
35 Bartolomé recibió cartas de su hermano Cristóbal, escritas en Cádiz y no conservadas, en las que le ordenaba buscar algún puerto en la costa sur de la isla para trasladar allí el grueso de la población.
36 Pedro Mártir afirma que recibió también órdenes de los reyes, ante los que Colón ya se habría presentado, pero esto no es posible porque la escuadra de Niño había partido de Cádiz solo unos días después de la llegada de Colón.
Las órdenes regias recibidas por Bartolomé Colón tenían que ser más antiguas y estar dirigidas originalmente al Almirante.
De hecho, el primer borrador del texto de Mártir, que conocemos por la traducción italiana que difundió Angelo Trevisan, no mencionaba que Colón se hubiese presentado ante los reyes.
37 Según Mártir, Cristóbal Colón le ordenó a su hermano enviar a España como prisioneros a los indios acusados de haber matado a cristianos, manera hábil de justificar la esclavización de los indígenas de La Española.
38 Bartolomé embarcó en las naves de Niño una gran cantidad de indios de todas edades y géneros, coincidiendo Mártir y Las Casas en la cifra de trescientos.
Sabemos además, por una relación de pagos posteriores, que en noviembre y diciembre de 1496 regresaron a España 43 asalariados de la Corona que habían partido a La Española en la expedición de 1493.
39 Sus nombres y oficios pueden consultarse en el apéndice documental n.o 6.
Las fechas coinciden, como se verá, con las de regreso de las naves de Niño y, como no se conoce ninguna otra embarcación castellana que cruzase el Atlántico por la misma época, es lógico deducir que estas 43 personas hicieron el viaje en las carabelas y nao de Niño.
Es posible que embarcasen también como pasajeros algunos pobladores sin sueldo, que no aparecerían en dicha relación de pagos.
En cuanto a mercancías, las carabelas cargaron palo brasil y otras «cosas de las yndias» que el Libro de armadas no detalla.
Completada su misión, la flotilla emprendió el retorno.
Peralonso Niño viajaba a bordo de la carabela Guía.
No consta que durante el tiempo pasado en La Española las naves emprendiesen ningún viaje de descubrimiento o rescate.
La fecha exacta de partida no se conoce pero, si cumplieron los 30 días de demora estipulados en su contrato, debió ser a principios de agosto.
Los que se quedaron en tierra confiaban en recibir pronto nuevos suministros y refuerzos desde España, que el Almirante estaba intentando enviarles.
Poco se imaginaban que iba a pasar más de año y medio hasta que volviesen a ver una carabela castellana, el periodo más largo sufrido hasta entonces sin contacto entre La Española y la metrópoli.
En algún punto del viaje de vuelta las carabelas de Niño se separaron de la nao, que se quedó atrás.
En octubre las dos carabelas hicieron escala en las Azores, donde compraron provisiones.
41 Las carabelas arribaron a Setúbal, en Portugal, en fecha indeterminada del mes de octubre ya que el día 31 de octubre el maestre de una de las carabelas vendió un esclavo en dicha ciudad para comprar más provisiones.
42 Regresaron por fin a Cádiz, 39 Relacion de las cuentas de las presonas adelante contenidas que sirvieron en las yndias..., Ávila, 3 de noviembre de 1497, Archivo General de Simancas, Contaduría Mayor de Cuentas, 1.a época, 98.
También consta que Peralonso Niño gastó 1.200 mrs en las Azores en provisiones para los esclavos (Ibidem, 125v).
donde los pilotos «se presentaron» ante un oficial de la Corona el 10 de noviembre de 1496.
Probablemente las carabelas entrasen en puerto cinco días antes, ya que a los asalariados retornados en ellas se les abonaría su sueldo solo hasta el 5 de noviembre.
Por su parte, Las Casas afirma, al parecer erróneamente, que «llegaron de vuelta en Caliz [sic] á veinte y nueve de Octubre».
43 La nao bretona, rezagada, pasó por las Azores, de allí fue al archipiélago también portugués de Madeira y llegó por fin a Cádiz el 2 de diciembre.
44 En este caso coinciden exactamente en los libros de cuentas las fechas de los sueldos de los pasajeros con la de «presentación» del piloto.
Al llegar a su puerto de partida, las naves descargaron su cargamento y se saldaron las cuentas del viaje.
La información de la que disponemos es incompleta porque faltan cuatro de las cinco hojas del Libro de armadas relativas a estas cuentas.
Una parte de los esclavos, no sabemos cuántos, fue entregada a los maestres y tripulantes como pago de salario en especie, y el resto fueron transferidos a la Corona.
En el folio conservado solo consta que el maestre García Álvarez recibió cuatro esclavos («dos hembras y dos machos») por valor de 33.500 maravedís.
45 Otro frío apunte contable nos da una idea de las terribles penalidades que sufrieron estos indios: de un grupo de 24 que fue transportado desde Cádiz a Sevilla en barco, en un viaje que duraba poco más de una semana, nada menos que diez «se murieron por el río».
46 Peralonso Niño traía cartas de Bartolomé Colón para los reyes y para el Almirante.
No obstante, según Las Casas, no acudió con ellas inmediatamente a donde se encontraban los monarcas, sino que prefirió ir primero «a la villa de Moguer a holgar a su casa» y no llegó a la corte hasta finales de diciembre.
Sí que envió Niño una carta anunciando que traía mucho oro, lo cual le recriminó Las Casas porque posteriormente se comprobó que el único cargamento de valor a bordo de sus naves eran los indios.
47 No es seguro, sin embargo, que la versión de Las Casas sea fiable porque en el Libro de armadas consta que el 14 de diciembre Niño se encontraba en Cádiz, no en Moguer.
48 que sería lógico que, como capitán de la armada, Niño hubiese retrasado la visita a los reyes para aguardar en la bahía gaditana la llegada de su tercera embarcación, la nao bretona.
49 El comentario de Las Casas resulta aun más injusto si tenemos en cuenta que Niño no había sido nombrado oficialmente capitán sino que se le pagó sueldo de mero piloto mayor, y solamente hasta el 10 de noviembre.
Si permaneció en Cádiz más allá de esa fecha, lo hizo a su costa y por lealtad a sus hombres o a la Corona.
Pérez de Tudela y Bueso, Juan, «Castilla ante los comienzos de la colonización de las Indias», Revista de Indias, 15, Madrid, 1955, 11-88.
Sued-Badillo, Jalil, «Cristóbal Colón y la esclavitud de los amerindios en el Caribe», Revista de Ciencias Sociales, XXX, 1-2, San Juan de Puerto Rico, 1991, 111-138, http://rcsdigital.homestead.com/files/Vol_XXX_no1-2/Sued.pdf.
Convenciones de transcripción del Libro de Armadas
Las transcripciones del Libro segundo de los gastos de las armadas de las Yndias del año de 1495 en adelante (AGI, Contratación, 3249) de este apéndice documental se han realizado según el principio de respetar al máximo la grafía original:
- -Por otra parte, se ha utilizado la barra «/» para indicar salto de línea dentro de un párrafo, la barra doble «//» para indicar salto de página y los corchetes «[]» para introducir comentarios de transcripción.
Pago a Antonio de Torres (folio 103r, fragmento) § al dicho pedro del aguila tres doblas e veynte / e dos rreales que monta mill e sieteçientos e se / tenta e siete mrs que dio a antonio de torres / e dio fe el almirante que el dicho antonio de torres los / dio por su mandado en santlucar para el mantenimiento / de vino e pan e otras cosas para el almirante e su gen / te e par enbiar vn correo a la corte pagogelos cristoual / f¿erro? [ilegible] de j¿unio? de xcvi años i u dcclxxv...
) § garcialuares de moguer maestre de su caravela nonbrada santa maria de guia § ovo de aver de flete dos mill e quinientos mrs por / cada vna tonelada. e dos mill mrs para ave / rias de calafatear cubierta e mangueras e es / toperoles. e mas dos quintales de sebo para / despalmar la caravela. enumerose la carga / que el dicho garcialuares rresçibio en sesenta / toneladas e media que montan a rrazon de a / dos mill e quinientos mrs por tonelada çiento / e çinquennta e vn mill doçientos e çinquenta mrs cli u ccl § mas ovo de aver dos mill mrs para averias ii u § monta lo que el dicho garcia aluares ovo de aver / como dicho es çiento e çinquenta e tres mill / e e doçientos e çinquenta mrs cliii u ccl § de la manera que el dicho garcia aluares / fue pagado § rresçibio de bernardo pinelo veynte mill mrs por carta dies / e seys de março de noventa e seys [en el margen izquierdo una nota tachada dice:] ojo / deue a martin de barro nueve / çientos mrs para pagar / de este flete ( por conoçimiento // año de xcvi [sigue la cuenta de la página precedente] ci u d § rresçibio de bernardo pinelo veynte e çinco mill / mrs por carta fecha a nueue de disienbre de noventa / e seis años xxv u § que se le carga vn esclauo yndio que vendio en setuval / quando aportaron ally viniendo de las yndias en seys / mill mrs ( para conprar rrefresco ( es de los que trayan a / cargo de los de sus altezas. vendiose postrero dia de / otubre de xcvi años vi u § libraronse a luco pinelo por el dicho garcialuares e por su poder. dies mill e dosientos e çinquenta [tachado: «mrs»] e seys / mrs en bernardo pinelo por carta çinco de junio de xcvii / años
x u cclvi § descuentanse tresientos y ochenta y siete mrs de / el arroua y dies y ocho libras de sebo que no entrego / a rrazon de dcccc el quintal ccclxxxvii [en el margen izquierdo una nota dice:] ojo / a vna arroua xviii libras / de sebo que no entrego // tres caravelas § sant iohan de ajanguis maestre de su caravela nonbrada lazaro § ovo de aver dos mill e quinientos mrs de flete por cada / vna tonelada. e dos mill mrs para averias de / cubierta e mangueras e entoperoles e otras cosas e / dos quintales de sebo colado ( para despalmar la / caravela ( enumerose la carga que rresçibio en / sesenta e tres toneladas e vn terçio que montan / a rrazon de a dos mill e quinientos mrs por / tonelada çiento e çinquenta e ocho mill e e treçien / tos e treynta e tres mrs e dos cornados clviii u cccxxxiii e ii § ovo de aver mas los dos mill mrs para a / verias ii u § monta lo que el dicho sant juan de a / sanguis maestre ovo de aver çiento e sesenta / [tachado: «e ocho»] mill e tresientos e treynta e tres mrs / e dos cornados clx u cccxxxiii LUIS A. ROBLES MACÍAS [en el margen izquierdo una nota dice:] ojo / hasele de pagar ¿vn? fexe / de arcos que se le tomo / en las yndias segund / paresce por la rrelaçion / que traxo de lo que alla / entrego (( § de la manera que el dicho sant juan de / ajanguis fue pagado § rresçibio de bernardo pinelo dies mill mrs por carta / xvii de março de xcvi x u § rresçibio del dicho bernardo pinelo quarenta e quatro mill / mrs por carta xvi de abril de xcvi xliiii u § rresçibio del dicho bernardo pinelo dos mill mrs de las / averias por la dicha carta ii u § rresçibio de pero miguel dos quintales de sebo colado § rresçibio de cristoual ferro por bernardo pinelo dos mill / mrs en cadis en xv de junio de xcvi ii u § rresçibio de pedro del aguila dies castellanos que / montan quatro mill e ochoçientos e çinquenta mrs en cadis en xv de nouienbre de xcvi iiii u dcccl lx ii u dcccl // año de xcvi [sigue la cuenta de la página precedente] § rresçibio el dicho sant juan de asanguis maestre / de bernardo pinelo noventa e siete mill e quatro / çientos e ochenta e tres mrs e dos cornados / que son a conplimiento de çiento e sesenta mill / e tresientos e treynta e tres mrs e dos cornados / que ovo de aver de flete de la dicha su caravela / con dos mill mrs de las averias por carta ix de disienbre de xcvi años xcvii u cccclxxxiii e ii (son clx u cccxxxiii // tres caravelas § iohan fernandes del alcoba por la nao bretona nonbrada catalina de que fue / por maestre françisco de palomares LA ARMADA A INDIAS DE PERALONSO NIÑO EN 1496 § ovo de aver dos mill e quinientos mrs de flete / por cada vna tonelada. e dos mill mrs de averias para cubierta e mangueras e estope / roles e otras cosas. e tres quintales de sebo / colado para despalmar la nao. enumerose / la carga que el dicho françisco de palomares maestre / rresçibio en noventa e siete toneladas / de las quales se le descuentan dos / toneladas por tres pipas de vino e vna de / vinagre que se corrio ( quedan noventa e çinco / toneladas que montan a rrazon de a dos mill e / quinientos mrs por tonelada dozientas e treynta / e syete mill e quinientos mrs ccxxxvii u d § ovo de aver mas dos mill mrs de averias ii u cc xxx ix u d [en el margen izquierdo una nota dice:] ojo / § a saber las faltas del / viscocho e toçinos e trigo / dañado. § de la manera que el dicho iohan ferrandes / del alcoba fue pagado § rresçibio de bernardo pinelo setenta mill mrs por carta / xviii de abril de xcvi lxx u § rresçibio dos mill mrs de las averias por la dicha carta ii u § rresçibio del dicho bernardo pinelo dies mill mrs por / carta en cadis xiii de junio de xcvi x u
[al margen izquierdo: «sebo»] § rresçibio de pero miguel tres quintales de sebo / colado para despalmar la nao § rresçibio de bernardo pinelo treynta mill mrs / por carta ix de disienbre de xcvi xxx u c x ii u // año de xcvi [sigue la cuenta de la página precedente] c x ii u § libraronse a barto[tachado: me]lome dias treynta mill mrs / en bernardo pinelo para que el los rreparta por los marineros / e grumetes que fueron en la dicha nao bretona ( por carta dies / de março de xcvii años xxx u LUIS A. ROBLES MACÍAS § descuentansele por dos cahizes e quatro fanegas de / trigo [tachado: e] a rrason de a ochoçientos e çinquenta mrs / por cahis. mill e nueveçientos e çinquenta. e por vna pipa vasya çiento e veynte e quatro mrs / e por çinco quintales de viscocho a çiento e çinquenta mrs / cada quintal. syeteçientos e çinquenta mrs [signo] /que son por todos los mrs suso dichos que se le descuentan / por las cosas suso dichas que no entrego. dos mill e / ochoçientos e veynte e quatro mrs ii u dcccxxiiii § pago antonio de sequera por el obispo de badajoz / a clemeynte calafate marinero. e por su poder a garcia / de cantillana veçino de cadis tres mill mrs en xxvi de / julio de xcvii iii u § libraronse a bartolome dias comitre en antonio de / sequera en nonbre del dicho françisco de palomares no / venta e vn mill e seysçientos e setenta e seys / mrs a conplimiento de este flete por carta ocho de hebrero de / noventa e ocho años § descontaronse i u dccccxlii por el [ilegible] de yuso espuesto
[en el margen izquierdo una nota dice:] tornose a hazer este / libramiento de contia de / ochenta e nueue mill e / seysçientos e treynta / e quatro mrs § descontaronse por siete cahizes e ocho fanegas de trigo de los / diez que diz que se echaron en la mar siete mill y seysçientos y / çinquenta mrs los quales echados por averias en la mer / caderia e en el preçio de la nao monto la mercaderia apreçiada / por juan sanches e alonso rrodrigues comitre e antonio rrodrigues comitre e cristoual quin / tero vecino de palos ( ccxxii U dlviii ( e el valor de la / nao en lxxvi U cupo a la nao mill e nueueçientos e / quarenta y dos mrs y medio que se descontaron del flete
tres caravelas § pero alonso niño que fue por piloto de la caravela de garcia al / uares de moguer ovo de aver dos mill mrs de sueldo / cada mes por el asyento que con el maestre se hizo. de los / quales han de pagar sus altezas los mill mrs cada / mes e mas ha de aver quinientos mrs cada mes por pylo / to mayor que son mill e ix u LA ARMADA A INDIAS DE PERALONSO NIÑO EN 1496 quinientos mrs cada mes. monta / le aver desde dies de mayo de noventa e seys. que los / navios començaron a rresçebir la carga. fasta dies de / noviembre del dicho año que se presento en cadis de buel / ta del viaje nueve mill mrs § rresçibio el dicho pero alonso quatro mill mrs de bernardo / pinelo por carta xxviii de março de xcvi iiii u § rresçibio en cadis de cristoual ferro por bernardo pinelo / dos mill mrs en postrimero de mayo de xcvi ii u § rresçibio en cadis en catorze de dizienbre de noventa e / seys años de pedro del aguila por el obispo de bada / joz sieteçientos e çinquenta mrs 50 dccl // año de xcvi § iohan de vnbria piloto que fue en la caravela de sant / juan de asanguis ovo de aver dos mill mrs de sueldo / cada mes por el asyento que con el maestre se tomo / de los quales han de pagar sus altezas los mill mrs e montale aver desde dies de mayo de noventa e / seys que los navios començaron a rresçebir la carga / fasta dies de nouienbre del dicho año de xcvi que / fiso presentaçion en cadis de buelta del viaje montale / seys mill mrs vi u § rresçibio de bernardo pinelo quatro mill mrs por carta / xvi de abril de xcvi iiii u § rresçibio del dicho bernardo pinelo dos mill a con / plimiento de los dichos seys mill mrs que ovo de aver / por carta ix de disienbre de noventa e seys años ii u vi u § pero sanz de la puebla piloto de la nao bretona ovo de aver / dos mill mrs de sueldo cada mes por el asyento que / se tomo con juan fernandez del alcoba de los quales han / de pagar sus altezas mill mrs cada mes e monta / le aver desde dies de mayo de noventa e seys años que / los navios començaron a rresçebir la carga fasta dos dias / de disienbre del dicho año de noventa e seys que fiso presentaçion en / cadis de buelta del viaje montale aver seys mill e sieteçien / tos e çinquenta mrs vi u dccl 50 Los pagos recibidos por Peralonso Niño suman 6.750 mrs, con lo cual faltan 2.250.
LUIS A. ROBLES MACÍAS § rresçibio de bernardo pinelo en cadis en veynte e vno / de mayo de xcvi años quatro mill mrs de cristoual / ferro por bernardo pinelo iiii u § rresçibio de françisco de franco [?] de madrid my criado en la / villa del puerto santa [sic] en el puerto de santa maria en quinze / de disienbre de noventa e seys dos mill mrs por bernardo / pinelo ii u § rresçibio de bernardo pinelo sieteçientos e çinquenta / mrs a conplimiento de los dichos seys mill e sieteçientos / e çinquuenta mrs que ovo de aver de su pilotaje junto / con otros iii U lxiii de gastos que fizo con los esclauos yndios en xix / de enero de 97 51 dccl vi u dccl
[se transcriben solo algunas anotaciones de la larga lista de gastos que demuestran que las carabelas se cargaron en Sanlúcar de Barrameda y no en Cádiz] § a cristoual niño de moguer que llevo en su barco las cosas / suso dichas a barrameda a la caravela de [segunda nota a pie de página:] dio quenta de ellos en esta manera / § los vi U dxlviii q estan asen / tados en esta plana que costo el ganado / iucc que gasto con los esclauos / en el camino quando boluio en las / yslas de los açores en este libro / a fojas 135•e ccliii / que se pusieron en cuenta de la / librança q truxo de las / yndias en el libro primero / a fojas 462 52
Pasajeros en el viaje de vuelta
Pasajeros asalariados de la Corona en el viaje de vuelta según la relación de cuentas fechada a 3 de noviembre de 1497.
Los nombres se han modernizado.
Pudo haber otros pasajeros no asalariados.
52 En el reverso de la hoja 135 del Libro de armadas consta, en efecto, que Peralonso Niño gastó 1.200 mrs en las Azores «en dar de comer e mantenimiento a los esclauos yndios» (transcrito en CoDoDes, doc. 342).
Por el contrario, el «libro primero» citado en esta nota, que debía contener las cuentas de gastos de las primeras expediciones a las Indias, no ha sido hallado nunca.
Cuentas con Peralonso Niño sobre gastos de viaje (folio 125v, fragmento) |
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La Casa de la Contratación fue la institución encargada del control del tráfico marítimo entre España y América.
La intervención de la Corona en el comercio indiano, a través de la Casa, se concentró en dos aspectos fundamentales: el control fiscal de las mercancías y el control de la navegación.
1 Desde muy pronto, este control se intentó ejercer a través de la figura del responsable de las embarcaciones.
Las primeras ordenanzas de la Casa facultaron a sus jueces oficiales para nombrar a los capitanes de los navíos, 2 a los que debían entregar una instrucción donde constara el derrotero del viaje, el destino de las mercaderías y las directrices a seguir en el retorno.
3 Y ya en las siguientes de 1510, se les otorgó la capacidad de decidir sobre la idoneidad de los barcos para realizar el viaje y expedir licencias a los maestres para que pudiesen realizar la carga de mercancías.
4 Por su parte, los maestres asumieron la obligación de asentar ante el escribano del navío todo lo que se cargara en la embarcación 5 y, una vez concluida la carga, presentar el registro de mercancías ante los oficiales de la Casa para que lo cotejaran con sus libros de licencias de carga que les habían otorgado con anterioridad.
6 Las responsabilidades de los maestres fueron en aumento y, como consecuencia de ello, las ordenanzas sobre carga y armazón de navíos de 1522 instaron a los jueces oficiales de la Casa a que les tomaran «seguridad bastante» mediante el depósito de fianzas como medida para reforzar el cumplimiento de sus cometidos y evitar el fraude.
7 A partir de este momento, comenzaron a formarse los expedientes de admisión de maestres en los que se recogían todas las actuaciones de la Casa y la documentación aportada por aquellos para asegurar el desempeño de sus obligaciones.
1 Existen numerosos estudios sobre distintos aspectos relacionados con esta institución.
Entre estos, y como pequeña muestra, se pueden destacar obras como la ya clásica de Manuel Piernas (1907), estudios como los de E. Schäfer (1945), Eduardo Ibarra (1945), Juana Gil Bermejo (1973), junto a investigaciones más recientes como las Ramón Serrera (2003) y obras colectivas como las publicadas a raíz del quinto centenario de la fundación de la Casa (De Carlos, 2003; Acosta, González y Vila, 2004).
Para estudiar los expedientes que se generaron en el seno de la Casa de la Contratación hay que partir de la idea de que estos nacieron vinculados a las instituciones y oficinas que surgieron para auxiliar en la acción decisoria y resolutiva del monarca.
8 El objeto central de este artículo es el análisis de estos expedientes desde el punto de vista de la Diplomática y, especialmente, de la producción y valor del documento en el gobierno de América.
9 A la par, este conocimiento nos servirá para acercarnos a la figura del maestre como uno de los actores fundamentales del comercio y la navegación a Indias.
El papel del maestre en la Carrera de Indias
El maestre fue uno de los protagonistas más relevantes de la Carrera de Indias como pieza clave de la organización marítima y comercial de las embarcaciones.
10 De hecho, ha sido considerado como el agente vertebrador del tráfico colonial, al converger en él intereses comunes a los diferentes grupos participantes en estos negocios, pues desempeñaba a un tiempo funciones propias de armador, gente de mar y comerciante.
11 Así, era responsable de todo lo que ocurría en la embarcación ante el dueño de la nao y ante particulares, mercaderes, autoridades reales, etc., de modo que sus tareas eran muy variadas.
12 Precisamente en este amplio abanico de responsabilidades radicó su verdadera importancia en el comercio indiano.
En cuanto administrador del buque era el encargado de realizar todos los trámites ante la Administración, comenzando por conseguir en la Casa de la Contratación la licencia para viajar con su barco en las flotas.
Para obtenerla tenía que lograr que el navío dispusiese de todos los medios materiales y humanos necesarios para llegar a su destino, tanto los bastimentos y pertrechos que iban a bordo, como la marinería y los pasajeros.
Entre sus cometidos se encontraban: entregar en la Casa los registros de mercancías, cumplir las instrucciones y ordenanzas que les encomendaran sus jueces oficiales y, en definitiva, conseguir que toda la planificación del viaje se desarrollara 8 Gómez Gómez, 2009, 381.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ según lo establecido en la normativa.
Ya durante el viaje, el maestre tenía bajo sus órdenes a la tripulación y era el responsable de que el cargamento llegase en buenas condiciones.
Solo las cuestiones puramente técnicas en asuntos de navegación quedaban reservadas al piloto, mientras que la auténtica capacidad para tomar decisiones generales sobre el destino del navío quedaba en manos del maestre, que era la autoridad suprema a bordo.
13 Por otro lado, respecto a su relación con los mercaderes, tenía que ganarse su confianza para que les encomendaran sus partidas, por ello debía estar bien relacionado con el mundo de los negocios marítimos.
Incluso, en numerosas ocasiones, los maestres actuaban como factores o socios de los mercaderes que fletaban las mercancías en sus barcos.
14 Al llegar al puerto de destino, el maestre era el encargado de entregar las mercancías a sus respectivos consignatarios, cobrar los fletes correspondientes y pagar los impuestos reales.
Terminada la descarga, debía iniciar de nuevo las gestiones para encontrar cargamento de regreso.
Ya de vuelta a Sevilla, una vez pasadas las inspecciones pertinentes y pagados los salarios a los marineros, daba las cuentas a los dueños de las embarcaciones que, si quedaban satisfechos, le entregaban el salario por sus gestiones.
15 Por último, tenía que proporcionar a la Casa de la Contratación las certificaciones que demostraban que había entregado las mercancías y pagado todos los impuestos para que se procediera a cancelar el registro del navío, trámite imprescindible para que pudiera ser admitido en la siguiente flota.
Además, el maestre era un hombre de mar, que debía tener conocimientos de navegación y estar preparado para sustituir al piloto en caso de necesidad.
Durante el viaje no entraba en la guía de la nao, a cargo del piloto, aunque podía ocurrir que ambos puestos recayesen en la misma persona.
16 La Corona siempre intentó que, aparte de ser un negociante, fuera experto en náutica.
De hecho, en la Casa de la Contratación se impartían enseñanzas de navegación y se realizaban exámenes de maestre -obligatorios para poder ejercer como tal en la Carrera de Indias-.
En estas pruebas, además de todos los conocimientos requeridos a los pilotos, se le exigía saber cómo se cargaba un buque, cuáles eran las normas de seguridad que fijaba la Casa o cuántos aparejos de repuesto debía llevar a bordo.
En ese intento, la Corona tuvo un éxito muy relativo y la necesidad de encontrar EL PROCESO DE ADMISIÓN DE MAESTRES DE NAVÍOS maestres y buques que llevasen mercancías hacía América obligó a disimular la falta de conocimientos náuticos de muchos de ellos.17
Los requisitos para la admisión de maestres
El maestre era nombrado por el dueño de la nao, convirtiéndose desde ese momento en el interlocutor entre los mercaderes que cargaban las mercancías en su barco y la Corona,18 en este caso la Casa de la Contratación, que ejercía como institución delegada de la Monarquía.
Ahora bien, el nombramiento tenía que ser confirmado por este organismo, 19 dando lugar a los expedientes de admisión de los maestres en las flotas.
20 Para poder ser admitidos en cada uno de los viajes, los maestres tenían que cumplir una serie de requisitos.
En primer lugar, ser naturales de los reinos de Castilla, Aragón o Navarra.
21 La prohibición de ejercer como pilotos a los extranjeros comenzó a raíz de la instrucción dada en 1527 al piloto mayor de la Casa, Sebastián Caboto.
22 Posteriormente, en 1534, se señalaron las condiciones exigidas a los extranjeros que quisiesen ir a Indias como pilotos o maestres: estar casados con españolas y domiciliados en estos reinos o, siendo solteros, ser vecinos de ellos.
Ante las reclamaciones que se produjeron, pues los extranjeros demostraban estos requisitos a través de la presentación de testigos en muchas ocasiones falsos, mediante real cédula de 2 de agosto de 1547 se ordenó que los extranjeros tuviesen que presentar en la Casa una fe realizada ante escribano público para demostrar de qué lugar eran vecinos y naturalizados.
23 FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ El segundo requisito era haber sido examinados como maestres por el piloto mayor y el cosmógrafo de la Casa.
A partir de 1534 el examen para maestres fue obligatorio, con el objeto de poder sustituir a los pilotos en caso de muerte o enfermedad.
24 En estos exámenes, como se ha dicho arriba, además de poner a prueba sus conocimientos cosmográficos y astronómicos, debían responder a cuestiones relativas al aparejo, tripulación y abastecimiento de la nave.
25 Además, desde 1552, fue necesario para examinarse haber cumplimentado un curso de náutica en la Casa.
26 Quedaban con esto equiparados los conocimientos científicos de los pilotos y los maestres, aunque en el orden científico se considerara superior la categoría de piloto y en el orden de los negocios, la de maestre.
27 Así, los pilotos podían actuar como maestres28 «porque el piloto, siendo examinado, no tenía necesidad de lo ser de maestre por incluirse en el grado de piloto este otro y ser aquel mayor».
29 También los dueños de naos sin examinar podían actuar como maestres, aunque llevando consigo a dos pilotos.
30 Por último, la Casa de la Contratación siempre insistió en que los maestres fueran dueños de una parte del navío para aumentar su implicación y responsabilidad en el negocio naviero,31 exigiendo la demostración de la propiedad de, al menos, una octava parte de la embarcación.
32 Aparte de estos requisitos, y debido a las importantes obligaciones que debían cumplir, tenían que entregar una serie de garantías y demostrar el cumplimiento de sus responsabilidades económicas y fiscales ante la Casa de la Contratación.
33 Estas exigencias irían en aumento bajo la amenaza de duros castigos en caso de incumplimiento.
34 Incluso, en los diversos tratados de comercio firmados por la Corona con otros países, los maestres quedaban sometidos a fuertes sanciones en caso de descubrimiento de actuaciones ilícitas en sus naves, aunque no fueran culpables, tan solo por la omisión del deber de evitarlas.
Los cometidos de los maestres, que se aseguraban mediante la entrega de fianzas en la Casa, quedaban recogidos en la instrucción que sus jueces oficiales les suministraban: no podían cargar más mercancías tras la última visita a la nao, salvo expresa licencia de la Casa, ni llevar pasajeros sin licencia; tenían que navegar directo hacia el puerto de destino y entregar allí el registro de mercancías y la correspondencia a los oficiales reales, a quienes también tenían que notificar la instrucción; del mismo modo, tenían que notificarla a cada uno de los pasajeros ante el escribano de la nao.
Algunos de los capítulos de la instrucción se referían al escribano del navío y se complementaban con la instrucción que se le daba a este: podían nombrar otro escribano en caso de que falleciera el titular; tenían que velar porque los contratos a bordo se hicieran ante el escribano; que este realizara los testamentos e inventarios de bienes de los que fallecieran durante la travesía, vendiendo sus bienes en Indias si habían muerto en el viaje de ida o entregándolos en la Casa si habían muerto en el de vuelta; debían obligar al piloto a tomar la altura del sol ante el escribano en cada puerto en el que atracaran.
En el viaje de vuelta tenían que traer víveres para ochenta días, evitar que nadie bajara del barco hasta ser visitado por los jueces oficiales de la Casa y entregar primero la correspondencia dirigida al rey y a la Casa que la de particulares.
36 Hasta tres tipos de fianzas tuvieron que otorgar los maestres para asegurar el desempeño de todas estas imposiciones: las llamadas fianzas de maestraje, las de penas pecuniarias y, en su caso, el testimonio o información de abonos.
37 Los trámites para el afianzamiento y la manifestación de otros deberes en la Casa daban lugar a la creación de los expedientes de admisión de maestres que analizaremos a continuación.
El procedimiento de admisión de maestres
Para ser admitido, el maestre tenía que presentar una petición.
También podía presentarla el dueño del navío, expresando haber nombrado maestre o ejercer él mismo como tal.
Esta petición solía realizarse de forma verbal ante uno de los escribanos de la Casa y, en su escritorio, su ayudante 36 El contenido de esta instrucción quedó regulado en las ordenanzas de la Casa de 1552.
37 Una muestra de estas distintas clases de fianzas puede verse, por ejemplo, en el registro del navío Cristo del Buen Viaje y San Antonio, AGI, Contratación, 1204, n.o 18.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ la ponía por escrito, aunque en ocasiones el maestre traía la petición ya redactada.
Presentado este documento, las primeras actuaciones que se realizaban eran anotar en cabeza de la petición el día en que se entregaba y el escribano al que tocaba por turno su tramitación.
Ejemplos de estas anotaciones son las siguientes: «En 25 de febrero de 1594 años la presentó ante mí: Antonio de Frías [rúbrica]».
«En II de março de 1594 años cupo a Gonzalo de las Casas».
38 En la petición el maestre presentaba a los fiadores, declarando la cantidad que avalaba cada uno hasta cubrir diez mil ducados, que era el montante exigido para la fianza de maestraje.
39 A veces también presentaba al fiador de las penas pecuniarias.
Finalmente, solicitaba su admisión y la de los fiadores, como se puede observar en la siguiente petición:
Martín del Barco, maestre de la nao El Espíritu Santo, que va a la prouinçia de Yucatán con particular liçencia de Su Magestad, digo que yo pedí visita del dicho navío y vuestra señoría mandó que lo viesen los visitadores, los quales lo han visto y declarado el porte y calidad de él, y yo nombro por mis fiadores para el cargo de maestraje a Pero Martínez de Oñate y a Aparicio de Arteaga, que son ricos y abonados.
A vuestra señoría suplico los mande reçiuir e que se me dé el despacho necesario e para ello, etc. Martín del Barco [rúbrica].
40 De forma simultánea a la admisión del maestre, en la Casa de la Contratación también se tramitaba la admisión de la nao, de modo que la petición podía recoger ambas cuestiones, la presentación de los fiadores y la solicitud de visita al barco para su aprobación:
Andrés Sánchez, maestre de la nao nombrada La Trinidad, que está surta en el río y puerto desta çiudad, digo que yo quiero yr con la dicha mi nao a la prouinçia de Nueua España en compañía de la armada y flota que al presente se apresta e despacha para la dicha prouinçia.
A vuestra señoría pido y suplico mande darme liçencia y visita e despacho para que pueda yr con la dicha mi nao a la dicha prouinçia de Nueva España en compañya de la dicha flota y para las fianças del cargo de mi maestraje nombro por mis fiadores a Alonso López Escamilla e a Diego Felipe de Andino, vezinos desta dicha ciudad, que son abonados.
Pido a vuestra señoría los mande reçebir y para ello, etc. Andrés Sánchez [rubrica].
La petición podía ir acompañada de otras escrituras que demostraran lo que se había expresado en ella.
Algunos de estos documentos podían ser entregados por el interesado, como su nombramiento como maestre, el traslado de la escritura de compra del navío o la licencia real para navegar a Indias, entre otras.
42 Por ejemplo, en el expediente de admisión del maestre Antonio Gómez de Urízar se puede encontrar la certificación notarial que entregó para demostrar que era dueño de parte del navío Nuestra Señora de los Dolores, San Andrés y San Jerónimo: Doy fe que ante mí y ciertos testigos, oy dia de la fecha, el capitán Gerónimo Francisco Mier del Tojo, vezino desta ciudad de Seuilla, dueño del navío nombrado Nuestra Señora de los Dolores, San Andrés y San Gerónimo, que está próximo a hacer viaje a la prouincia de Nueva España de Yndias, en la flota que al presente se despacha a cargo del general don Ygnacio de Barrios Leal, otorgó escriptura por la qual dijo que por quanto el susodicho tenía mucha voluntad que el capitan Antonio Gómez de Vrizar, vezino desta ciudad, por los muchos veneficios que de su mano a rezeuido, por tantto le hizo grazia y donazión de la quarta parte del dicho navío, con todos sus aparejos y pertrechos, jarçia, artillería, municiones y aprovechamientos que le pertenecen para que sea suia propia desde oy en adelante, cuia donación le hizo con todas la cláusulas e ynsinuación y renunciación debidas y demás fuerzas y firmezas que para la validazión se requieren y las de apoderamiento y desapoderamiento, cláusula de constituto y obligazión de haberle por firme, so expresa obligación de su persona y vienes hauidos y por hauer y poderío de justicias con contrato expedido en forma, como parece por la dicha original que en mi rexistro queda a que me refiero, de que doy fe.
En Seuilla a veinte cinco días del mes de abril de mil y seiscientos y nouenta y cinco años.
43 Otros documentos los expedía la propia Casa a solicitud del peticionario, aunque esta petición seguramente sería verbal, pues nunca aparece en los expedientes.
En el registro del navío La María, que fue a Nueva España en 1586, se pueden encontrar dos trámites frecuentes que se realizaban a demanda de los maestres.
Uno de ellos era la certificación del escribano de la Casa en la que se hacía constar que el maestre o el piloto habían exhibido su carta de examen: 42 Documentos de este tipo, como el nombramiento del maestre por parte del dueño de la nao, pueden consultarse, por ejemplo, en el expediente de admisión de Diego de Dicastillo, maestre de Nuestra Señora del Rosario, San Francisco Javier y las Ánimas en 1711.
O también en el de Martín de Zavala, maestre del navío El Santo Cristo de San Román y Nuestra Señora de Ysamar (Copacabana).
43 Expediente de admisión del maestre Antonio Gómez de Urízar, AGI, Contratación, 2.
La carta de donación otorgada ante el escribano público Antonio Ruiz Jurado se encuentra en Archivo Histórico Provincial de Sevilla (AHPSE), Protocolos Notariales, 5148, 371.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ Yo, Francisco de Erquinigo, escriuano de Su Magestad y propietario de la Casa de la Contrataçión desta ciudad de Seuilla, doy fee que por vna carta de examen que exibió Miguel Gerónimo Nauarro, maestre, escripta en pergamino, firmada de Alonso de Chaves, piloto mayor de Su Magestad, y firmado y signado de Lorenço de Miranda, escriuano, pareçe que el año pasado de mill y quinientos y ochenta y vno el dicho Miguel Gerónimo Nauarro fue examinado de maestre de la prouinçia de Tierra Firme por el dicho piloto mayor, de que pareçe que se le dio carta de examen, su fecha en veinte y dos de hebrero de dicho año de quinientos y ochenta y vno, según más largamente por ella consta y pareçe a que me refiero, la qual llebó en su poder originalmente el dicho Miguel Gerónimo.
Y para que dello conste de su pedimiento di el presente, que es fecho en la dicha Casa, a çinco de março de mill y quinientos y ochenta y seis años.
Francisco de Erquinigo, escriuano [rúbrica].
44 También podía aparecer la certificación de la Contaduría donde se dejaba constancia de que, según el expediente de registro de navío correspondiente al último viaje realizado por el maestre, había cumplido con todas sus obligaciones y entregado las mercancías y metales preciosos que había traído, pues sin haber satisfecho y cancelado este último registro no podía volver a viajar a Indias: 45 EL PROCESO DE ADMISIÓN DE MAESTRES DE NAVÍOS El Rey.
Por quanto por parte de la ciudad de Mérida de la prouinçia de Yucatán se me hizo relaçión que por ser la dicha prouinçia muy prove [sic] e no hirían a ella navíos fuera de la flota, ni auer en ella qué cargar, ni granjería que puedan traer a estos reinos, e quando vienen algunos nauíos con la flota de Nueva España, por llegar a ella tarde y ser aquella costa muy bazía, se pierden muchos de ellos, a cuya causa padeçen estrema neçesidad de las cosas nesesarias para el sustento ordinario de los españoles e naturales de la dicha prouinçia, particularmente de vino, açeyte y bastimentos e ropa para se bestir e otras mercaderías, e que las quales que se lleban a bender son de la flota de Nueva España y se compran a eçesibos preçios, como consta por çiertos recaudos que se presentaron en mi Consejo de las Yndias suplicándome que, teniendo en consideración a lo sovredicho, mandase dar liçencia para que a la dicha prouinçia de Yucatán e puerto della puedan yr desde la ciudad de Seuilla o Cádiz dos nauíos de menor porte en cada vn año fuera de flota o en seguimiento della, con bastimentos e cossas nesesarias e sustento de los españoles e naturales de dicha prouinçia, sin que se obligue e obliguen de yr con ellos maestres o pilotos exsaminados, ni llebar el artillerya que manda la ordenança.
E auiéndose visto por los del dicho mi Consejo, acatando lo sovredicho, por la presente doy liçencia a la dicha prouinçia de Yucatán para que pueda yr a ella cada vn año con la flota de la dicha Nueva España los dichos dos nauíos de menor porte con los dichos bastimentos e cosas nesesarias para sustento y prouiçión de aquella prouinçia.
E mando a los mis presidente y juezes offiçiales de la Casa de la Contrataçión de la dicha ciudad de Seuilla que en esta conformidad den a la parte de la dicha çiudad de Mérida el despacho que convenga para despachar e ynbiar los dichos dos navíos de menor porte y lo probeído en contrario para que esta vez e para que en quanto a esto dispense con ello; y en quanto a que no lleue maestre ni piloto exsaminado ni el artillería que mandan las ordenanças, lo proueeré si no tubiere ynconveniente, que yo se lo remito.
Fecho en el Pardo, a seys de março de mill y quinientos y noventa años.
Por mandado del rey, nuestro señor, Andrés de Alba.
En testimonio de lo qual, de pedimiento de Blas Lorenço de Çepeda, di la presente, que es fecha en Seuilla a veynte de hebrero de mill y quinientos y nouenta y seys años.
47 La petición presentada por el maestre y el resto de la documentación seguían los mismos pasos que cualquier otra que se entregaba en la Casa.
48 En el escritorio del escribano al que le había tocado el asunto se realizaba un resumen al margen que constaba del nombre del maestre, el nombre del navío y la flota en la que iba.
El escribano llevaba la petición a la próxima reunión del órgano encargado de la toma de decisiones en la Casa, la Sala de Gobierno, y allí la leía con la ayuda del resumen realizado.
Tras su lectura, el presidente y los jueces oficiales que componían esta sala tomaban una determinación, que podía consistir en ordenar que se presentaran a los FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ fiadores -en el caso que no se hubiese hecho en la petición-o que se obligaran, es decir, que otorgaran las escrituras de fianzas y que se llevaran al fiscal, que tenía que decidir si se ajustaban a derecho y eran suficientes.
Esta decisión era anotada en la misma Sala de Gobierno por el escribano mediante un decreto de trámite al pie de la petición.
49 Posteriormente, su oficial desarrollaba el escueto decreto mediante un acta de presentación y un auto de trámite que, normalmente, firmaba el escribano y rubricaban los jueces oficiales.
50 Un ejemplo, tanto del decreto como del acta de presentación de la petición y el auto de trámite, podemos tomarlo del registro del navío San Cristóbal, que fue a Nueva España en la flota del general Francisco de Novoa en 1586.
El escribano anotó en la misma sala el siguiente decreto: «que se obliguen y traslado al fiscal».
En el escritorio del escribano, sus oficiales desarrollaron el decreto y redactaron el acta de presentación: «En Seuilla, en la Casa de la Contrataçión de las Yndias, a seis días del mes de abril de mill y quinientos y ochenta y seis años, ante los señores presidente y juezes oficiales la presentó el contenido».
Y el auto de trámite siguiente, que en este caso aparece firmado por el escribano sin las rúbricas de los jueces oficiales: «E los dichos señores mandaron que dicho Pedro Sánchez, maestre, y los fiadores que nombra se obliguen y se dé traslado al fiscal.
Leonardo de Ayala [rúbrica]».
51 Esta primera decisión también podía ser denegatoria cuando el maestre o su navío no cumplían con los requisitos exigidos, como ocurrió en 1600 con la petición de admisión de Juan Bautista Jiménez, maestre de la nao San Vicente, al que se le denegó la solicitud por ser su nao de fabricación extranjera.
En este caso, el decreto que se anotó fue: «E vista por los dichos señores dixeron que no a lugar lo que pide».
Y el auto ya desarrollado: «E vista por los dichos señores dixeron que no a lugar dársele la visita que pide por ser nao fecha en San Juan de Luz y que si quisiere testimonio se le dé».
52 A continuación aparecen siempre en los expedientes las escrituras de fianzas.
En las décadas de los veinte y treinta del siglo XVI la única fianza que constaba era la de maestraje.
A medida que fue avanzando la centuria 49 Los decretos de trámite son mandatos concisos de índole burocrático o informativo que debía cumplir el encargado del expediente.
50 Denominamos auto de trámite, para diferenciarlo del decreto de trámite, a la misma orden con una escrituración más desarrollada.
52 Registro del navío San Vicente, AGI, Contratación, 10.
se incrementaron las responsabilidades de los maestres y, con ellas, aumentaron las fianzas, que quedaron establecidas en tres hacia finales de siglo, tal como se dijo arriba.
Una particularidad que tenían estas escrituras de fianzas es que no se otorgaban ante un escribano público, sino que se realizaban en la propia institución ante el escribano de la Casa.
La primera fianza, como ya se ha dicho, era la llamada de maestraje, en la que el maestre con sus fiadores se comprometían, mediante el aval de diez mil ducados, a cumplir con una serie cometidos.
53 La cifra era importante, en tanto que en la época esta cantidad podía ser equiparable al montante de la compra de una embarcación.
54 Las obligaciones que se garantizaban y se recogían en esta fianza eran las siguientes: -No volver a cargar lo que los visitadores alijaran en Sanlúcar y pagar los perjuicios que hubieran ocasionado a los dueños de las mercancías alijadas. -Ir derecho al puerto de destino sin realizar escalas.
-Guardar la instrucción y las ordenanzas de la Casa.
-Llevar las armas, artillería, municiones y tripulación que se le hubiera ordenado y traer las mismas en el viaje de vuelta. -Hacerse cargo de los bienes de los difuntos en el viaje.
-Entregar toda la carga a los oficiales reales indianos y, con su licencia, a los consignatarios que vinieran asentados en el registro. -Entregar a los oficiales reales de Indias el mismo registro de mercancías que le había sido encomendado en la Casa. -Pagar los derechos reales.
-Ir derecho a Sevilla en el viaje de vuelta.
-No salir del barco ni dejar salir a nadie hasta ser visitado tras el viaje de regreso. -En caso de arribar a otro puerto por tormenta o por necesidad de abastecimiento dejar salir solo a una o dos personas para conseguir lo necesario, bajo juramento de no sacar nada de la embarcación. -Traer a la vuelta todo a buen recaudo, depositarlo en la Casa y, con su licencia, entregarlo a sus consignatarios. -Satisfacer el registro en el plazo de cuatro meses desde su llegada a Sevilla.
54 Aunque, como señala Sergio M. Rodríguez, la casuística en torno a los precios de los navíos era muy variada dependiendo de su calidad, porte, si se vendía con aparejos y artillería, de las situaciones del mercado, etc. Algunos ejemplos se pueden consultar en Rodríguez Lorenzo, 2016, 82-84.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ -Cumplir cualquiera de las obligaciones propias de los maestres.
-Quedaban excluidas de las obligaciones de los fiadores: las mercancías que por vía de encomienda un mercader le encargara vender, pues esa era función de factor, no de maestre; los bienes de difuntos que el general le diera a su cargo de pasajeros de otros barcos; los fletes que se le hubieran pagado al contado antes de realizar el viaje y las pagas de la gente de mar, cuya satisfacción era responsabilidad exclusiva del maestre.
La siguiente fianza era la de penas pecuniarias.
Con esta fianza, uno o varios fiadores se comprometían a otra serie de obligaciones cuyo incumplimiento acarreaba unas sanciones que se repartían entre la Cámara Real y la Casa.
55 Los compromisos adquiridos en este documento eran: -Tener preparado el navío y hacerse a la vela cuando lo ordenara la capitana y la almiranta de la formación y navegar en seguimiento de ellas, bajo pena de dos mil ducados. -No llevar pasajeros sin licencia, bajo pena de mil ducados.
-Atenerse a lo que dijera el fiscal de la Casa en caso de ser condenado en la visita de vuelta. -Tener pagados los impuestos del registro de mercancías de vuelta en cuatro meses, contados desde su llegada y desde que hubiera obtenido licencia para descargar despachada por la Casa, bajo pena de mil ducados. -Presentar en la Casa certificación de tener satisfecho el registro y entregadas todas las mercancías en dos meses, contados a partir de que transcurrieran los cuatro meses anteriores, bajo pena de cien ducados. -No arribar a otro puerto de Indias que no fuera para el que llevara licencia ni, a la vuelta, a otro que no fuera el de Sanlúcar, bajo pena de cuatro mil ducados. -Dependiendo de la condición del maestre, tener contratados, al tiempo de la segunda visita, uno o dos pilotos examinados, bajo pena de mil ducados. -Pagar todo aquello por lo que fuera condenado.
Por último, aparecía, en su caso, la información o testimonio de abonos, que servía para que la Corona se asegurara de la solvencia de los fiadores.
Este documento era una nueva fianza donde dos o tres testigos 55 Veitia, 1672, lib. II, c.
presentados por el maestre declaraban, bajo juramento, conocer a los fiadores de las fianzas de maestraje y de penas pecuniarias, testificando que eran «abonados», es decir, que sabían que tenían bienes para responder a las fianzas a las que se habían comprometido.
Y se obligaban a pagar por los fiadores en caso de que estos no lo hicieran.
56 Tanto unas como otras fianzas las firmaban el maestre, los fiadores o abonadores, testigos y el escribano de la Casa, incluso, a veces, aparece también la toma de razón por parte del fiscal.
Una vez formalizadas todas las fianzas se daba traslado al fiscal, que tenía que informar sobre ellas.
El fiscal las aprobaba, las rechazaba o pedía que se presentara información de abonos para asegurar el cobro a los fiadores -en el caso que no se hubiese presentado ya-.
José de Veitia advierte a este respecto que una vez que las fianzas se presentan al fiscal, «las contradice o pide que se den abonadores de los fiadores, o impugna a alguno dellos o dize que lo ha visto y, ordinariamente, se provee como el fiscal pide».
57 El informe del fiscal podía aparecer mediante una simple anotación realizada por el escribano en la que tan solo decía: «el fiscal lo ha visto», lo que significaba que aprobaba las fianzas.
58 Sin embargo, los más interesantes son los informes denegatorios que se conservan originales en los expedientes y que se redactaban por extenso:
Muy illustres señores El doctor Arias, fiscal de Su Magestad en esta Casa, respondiendo a çierto pedimiento fecho por Gerónimo de Porras, maestre que diçe ser de la nao nonbrada La Salvadora, en que pide visita para la dicha nao y liçencia para poder yr con ella a la prouinçia de Tierra Firme en conserva de la flota que este presente año a de yr a la dicha prouinçia, y para el cargo de su maestraje ofreçe por sus fiadores a Juan Gómez Pagador y Bartolomé Bautista y a Diego Felipe de Andino y Hernán García de Villamarín, digo que vuestra señoría le a de denegar la dicha licencia, declarando no auer lugar lo pedido por la parte contraria, por lo general y porque el dicho Gerónimo de Porras no es maestre examinado, ni a satisfecho su registro, ni dado quenta de los bienes de difuntos de él; y los fiadores que ofreçe no son abonados, ni tienen bienes algunos y, en caso que los tengan, son de las dotes de sus mugeres y están obligados e ypotecados a ellas y a otras muchas deudas que deven, e así se le a de denegar la dicha licencia y declarar no ser vastantes las dichas fianzas.
Por las quales raçones pido lo pedido y sobre todo cunplimiento de justicia y para ello, etc.
Tal como se puede observar, el informe del fiscal no solo se centraba en valorar la seguridad de las fianzas, sino que también estimaba el cumplimiento de otros deberes de los maestres.
El informe era presentado por el propio fiscal en la Sala de Gobierno y a partir de este momento el escribano actuaba como si de una petición se tratara.
Lo leía en la sala y anotaba el decreto de trámite al pie del informe, que en este caso concreto fue: «abonos y el fiscal de lo contrario».
Al término de la sesión en audiencia, el escribano entregaba el informe a sus oficiales, quienes redactaban el acta de presentación en audiencia y el auto de trámite de los jueces oficiales:
Lefa no pareze por mis libros que tenga resulta de que deua dar satisfazión en la Contaduría desta Casa.
Fecho en Seuilla, a diez y nueue de marzo de mill y seiscientos y quinze años.
Don Antonio López de Calatayud [rúbrica]».
61 El receptor de la avería certificaba que el maestre había pagado todos los derechos de avería de las mercancías que había transportado con anterioridad.
A partir de 1609, estas certificaciones también recogieron el pago de los salarios de los visitadores de la Casa que se habían ocupado de inspeccionar los navíos: 62 «El dicho maestre Juan Sánchez de Lefa no pareze por mis libros que tenga resulta ninguna de la avería y dexó satisfazión a ella por lo que toca al salario de los visitadores.
Fecha en Seuilla, a veinte y vno de marzo de mill y seiscientos y quinze años.
Juan Alonso de Camino [rúbrica]».
63 Sin embargo, en 1619 se ordenó que los dos ducados que cada maestre tenía que entregar para pagar a los visitadores se dejasen de dar al receptor de la avería y se entregasen a la Universidad de Mareantes.
64 Otro de los cambios constatados desde mediados del siglo XVII es que junto a la certificación de la Receptoría de la Avería, aparece otra de la Contaduría de la Avería en la que se verificaba también no tener ninguna deuda respecto a este impuesto: «Por los libros y papeles desta Contaduría de Quentas del Hauería no parece en lo contenido en la certificazión de auería tenga cargo ni resulta alguna que satisfazer.
65 Otra de las certificaciones necesarias fue la de la Universidad de Mareantes.
Como refiere José de Veitia, todos los navíos que fuesen o viniesen de las Indias estaban obligados a pagar a dicha entidad una cuarta parte de la soldada, sacada de todo el monto de los fletes.
Por real cédula de 21 de noviembre de 1605 se acrecentó a media soldada, y por otra de 19 de julio de 1608 se sustituyó el cobro de la media soldada por un impuesto consistente en un real y medio por tonelada.
Para reforzar el cobro de este impuesto, se ordenó en 1614 que no se diese visita a ninguna nao hasta que se presentase certificación de haber pagado el real y medio por tonelada a 61 Registro del navío San Lorenzo, AGI, Contratación, 1162, n.o 2.
65 Fianzas de Juan Antonio de Ugo Omerique, maestre de la nao San Felipe, AGI, Contratación, 591A.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ la Universidad de Mareantes.
66 Un ejemplo de estas certificaciones es el siguiente: «Pareze que el dicho Juan Sánchez de Lefa no deue cosa ninguna al Hospital ni Universidad de los Mareantes.
Fecho en Seuilla, a veinte tres días del mes de marzo de mill y seiscientos y quinze años.
Juan Zarco de Amaya [rúbrica]».
67 El maestre también tenía que demostrar no tener ningún pleito fiscal pendiente.
Estos pleitos, normalmente, se incoaban por fraudes descubiertos en las visitas de vuelta, a las que debía asistir el fiscal: 68 «El dicho Juan Sánchez de Lefa no pareze hasta ahora que tenga pleito fiscal.
Fecho en Seuilla, a veinte y tres días del mes de marzo de mill y seiscientos y quinze años.
69 Por último, a partir del año 1653 encontramos, junto a estas certificaciones, otra más procedente del Consulado en la que se hacía constar que el maestre y el barco no estaban pendientes del pago de ciertos impuestos: «Por los papeles y libros de la reseptoría del dos y medio por ciento del Consulado no consta ni pareçe que la nao y maestre que refiere la çertificaçión de arriba tenga resulta que satisfaçer.
Seuilla, y junio veynte y siete de mill seisçientos y çinquenta y tres.
Don Juan de Alfossea».
70 Una vez reunida toda la documentación aportada por el maestre, el escribano la llevaba a la Sala de Gobierno y, estando en regla y habiéndose visitado también el navío, los jueces oficiales por fin dictaminaban que se dirigiera a la Contaduría para que se le expidiera licencia con la que poder recibir carga y viajar al puerto de destino: En Seuilla, en la Casa de la Contrataçión de las Yndias, a treynta días del mes de abril de mill e quinientos y noventa años, los señores presidentes y juezes oficiales de Su Magestad en la dicha Casa, aviendo visto la ynformación de abonos dada por el dicho Pedro Díaz Franco e de los fiadores que tiene dados para el cargo de su maestraje, dixeron que le davan e dieron liçençia para que con su nao nonbrada Nuestra Señora del Socorro pueda hacer viaje a la prouincia de Nueua España en conpañía desta flota, general Antonio Nauarro de Prados, como lo tiene pedido y mandaron que en la Contaduría desta Casa se le despache su registro y liçençia en la forma acostumbrada.
La licencia no quedaba archivada en el expediente, sino que la original se entregaba al maestre y una copia se registraba en los libros de licencias de carga de navíos existentes en la Contaduría, que en la actualidad no se conservan o no han sido localizados, y de los que tenemos noticias por los propios expedientes o por la normativa.
72 El fiscal también debía tener otro libro registro de estas licencias que se expedían.
73 Con la operación de registro y entrega de la licencia se cerraba el procedimiento de admisión del maestre en la flota que se estuviese despachando.
Como ya se dijo anteriormente, la tramitación de la admisión de maestres podemos encontrarla como expediente exento, o bien formando parte delos complejos registros de navíos junto a otro gran número de trámites.
Durante los tres primeros tercios del siglo XVI aparece en forma original en los registros de navíos, sin embargo, desde la década de los ochenta comienza a aparecer en forma de copia realizada por el escribano de la Casa, práctica que se generaliza totalmente desde los primeros años del siglo XVII.
En la Casa de la Contratación los escribanos eran los encargados de la gestión de los expedientes, escriturando todas las decisiones que se tomaban en la Sala de Gobierno y acumulando la documentación entregada por los dueños y maestres de navíos.
Sin embargo, desde el momento en que se ordenaba la expedición de la licencia el expediente pasaba a la Contaduría, donde debía de quedar archivado una vez concluido.
74 A partir de las dos últimas décadas del siglo XVI, los escribanos dejaron de enviar a la Contaduría el original del expediente tramitado hasta ese momento y en su lugar remitían un testimonio de autos para que la Contaduría tuviera constancia de que el maestre había cumplido con todos los trámites y para que se le pudiera expedir la licencia de carga.
Veamos un ejemplo tomado del registro del navío Santa Ana María, cuyo maestre, Diego Cid Altamirano, salió del río Guadalquivir con la flota del general Diego de Santurce Orozco para Venezuela.
Al final del testimonio de autos, en el que se copió la petición, las escrituras de fianzas y se fueron narrando todas las decisiones tomadas por los jueces oficiales, el escribano anotó:
Según todo lo susodicho consta y pareze por las dichas petiziones, fianzas y demás autos originales que quedan en mi poder a que me refiero y para que dello conste, en FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ cumplimiento del dicho auto, y de pedimiento de Diego Zid Altamirano, di el presente testimonio, que es fecho en Seuilla, en esta dicha Casa, en zinco días del mes de septienbre de mill y seiscientos y quinze años.
E fize mi signo [signo] en testimonio de verdad.
Pedro Rodríguez de Salas, escrivano [rúbrica] 75 Esta diligencia dejaba constancia de cómo esta parte del expediente original quedaba entonces en el oficio del escribano y la copia la entregaba el maestre en la Contaduría para que le expidieran la licencia.
Las múltiples tareas que el maestre de navío tuvo encomendadas lo convirtieron en una de las figuras centrales del comercio indiano.
Por ello, la Corona lo consideró como la pieza ejecutora de su política y sus directrices comerciales y marítimas.
Era al maestre al que se le exigía el pago de los derechos reales de la carga, y no a cada uno de los comerciantes que estibaban mercancías en su barco.
Se le hacía responsable de cualquier negligencia o fraude en relación con las mercancías, ya fuera por sobrecarga, por transportarlas sin registrar o por atracar en puertos no señalados como destino.
A pesar de no ser un cargo real, se le atribuía también el cumplimiento de la normativa sobre migración, culpándolo en caso de deserción de la tripulación o del descubrimiento de pasajeros sin licencia.
De este modo, a medida que aumentaron las responsabilidades de los maestres, se intensificaron los mecanismos de control a través de la institución delegada por la Monarquía para estos menesteres: la Casa de la Contratación.
Ello conllevó una mayor complejidad de los requisitos y trámites a cumplir para que los maestres pudieran ser admitidos en las flotas.
Las actuaciones y prácticas que se llevaron a cabo en la Casa para ejercer este control fueron cristalizando en expedientes, que surgieron en esta y otras instituciones como forma de facilitar la resolución de los negocios y como garantía de la gestión del organismo y del proceder de los oficiales que trabajan en ellas.
76 Como ya se advirtió en la nota 20, el original de esta parte de los expedientes, desde 1581 en adelante, con peticiones, fianzas y certificaciones ordinarias originales se conservan en las series «Expedientes de maestres» y «Fianzas de maestres».
Estos expedientes no surgieron de forma espontánea, sino que fueron evolucionando y madurando a lo largo del tiempo.
En el caso de los expedientes de admisión de maestres, las fianzas de maestraje comienzan a aparecer en la década de los veinte del siglo XVI, y no será hasta el último tercio de esta centuria cuando se añada el resto de fianzas.
Ya a principios del siglo XVII aparecen las certificaciones ordinarias, que van aumentando en número durante la primera mitad del siglo.
El estudio de estos expedientes nos proporciona una valiosa información sobre las exigencias requeridas a los maestres de navíos, figura a la que la historiografía no le ha otorgado el lugar que le corresponde en orden a la importancia que ejerció en el tráfico indiano.
Del mismo modo, nos revela el funcionamiento, la organización interna, los modos de trabajo y prácticas de expedición y gestión documental de la Casa de la Contratación, cuestión apenas conocida de la institución.
FRANCISCO FERNÁNDEZ-LÓPEZ al profesor José Manuel Ruiz Asencio, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2014, 601-614.
Salamanca López, Manuel, «De los otros documentos...El expediente municipal moderno», en Pueyo Colomina, P. (coord.), Los lugares de la escritura: la ciudad, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, Diputación Provincial, 2015, 265-284.
Schäfer, Ernesto, «La Casa de la Contratación de Indias en los siglos XVI y XVII», Archivo Hispalense.
Serrera Contreras, Ramón María, «La Casa de la Contratación en Sevilla (1503-1717)», en De Carlos Boutet, G. (coord.), España y América.
Un océano de negocios.
Suárez, Margarita, Desafíos transatlánticos.
Mercaderes, banqueros y el estado en el Perú virreinal, 16001700, Lima, Instituto Francés de Estudios Andinos, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo de Cultura Económica, 2001.
Veitia Linage, José de, Norte de la Contratación de las Indias Occidentales, Sevilla, Juan Francisco de Blas, impresor mayor, 1672. |
Entre 1789 y 1846 las autoridades de Veracruz promovieron al menos en seis ocasiones la creación de un obispado con los límites, primero de su provincia y luego del estado del mismo nombre.
Aunque el tiempo transcurrido entre la primera y la última de dichas solicitudes haya sido relativamente corto, existe entre ellas la enorme distancia que separa a la
Entre 1789 y 1846 las autoridades de Veracruz promovieron la creación de un Obispado con los límites de la jurisdicción a su cargo.
Aunque la historiografía reciente ha destacado la continuidad existente entre el regalismo borbónico y el primer liberalismo mexicano, el análisis de los argumentos presentados por los munícipes y congresistas porteños, sugiere cambios tanto en el contexto institucional como en los principios en que se fundaban.
Hasta 1821, se aludía a los privilegios propios de la ciudad más antigua del reino; durante la primera república federal, se insistió en defender el honor de la soberanía, postura que se radicaliza hacia 1833, cuando el Congreso veracruzano decretó, sin éxito, la creación de la nueva diócesis.
El obispado fue creado en 1844, el gobierno del Departamento de Veracruz repitió sus solicitudes, con argumentos que muestran cierta continuidad con los del primer federalismo, a pesar del cambio al régimen centralista.
PALABRAS CLAVE: Veracruz, Iglesia, regalismo, liberalismo.
Monarquía Católica Hispánica del Estado Nacional en construcción que las enmarcaron respectivamente.
La historiografía mexicana de las últimas décadas ha resaltado la continuidad existente entre la política eclesiástica de los reyes de la Casa de Borbón y los primeros gobiernos independientes, 2 girando ésta en torno al tema del patronato que los soberanos ejercieron sobre la Iglesia, y que les permitía, fundamentalmente, participar en la provisión de beneficios y en la división y erección de nuevas diócesis.
Diversos autores han apuntado la importancia ideológica que tuvo, hasta bien entrado el siglo XIX, el regalismo característico de la política de reformas aplicada por los borbones, justificadas por derechos inherentes a la soberanía.
Sin embargo, el contexto institucional y los motivos alegados en justificación para la creación o no del obispado de Veracruz marcan con claridad cambios importantes entre una y otra época, a pesar de que los actores y sus prácticas, más bien tradicionales, ciertamente se hayan modificado poco.
Hasta ahora la historiografía veracruzana ha destacado únicamente el tema de las rivalidades entre las urbes de la provincia, que se disputaron la sede episcopal; sin negar la importancia de ese debate, en este artículo centraremos nuestra atención en los argumentos de la ciudad de Veracruz y de la mitra y Cabildo Catedral de Puebla de los Ángeles, por ser particularmente representativos para nuestros fines.
Mas antes de entrar en materia, consideraremos el contexto en que se inscriben cada uno de los sucesivos intentos en pro de obtener el obispado para Veracruz.
La Monarquía Católica y el Real Patronato
Conviene comenzar con una breve explicación de las facultades de la moarquía en el tema de la erección y división de obispados.
Para ello debemos remontarnos hasta 1508, cuando el rey Fernando el Católico, como regente de Castilla y León por su hija la reina Juana, obtuvo del Papa Julio II la bula Universalis Ecclesiae, la cual concedió a los reyes castellanos, res-2 Una línea de interpretación que empieza a esbozarse en la conclusión de Farriss, Nancy: Clero y Corona en el México colonial.
La crisis del privilegio eclesiástico, Fondo de Cultura Económica, México, 1995, pág. 233, cuando indica las pocas diferencias entre el programa de reforma eclesiástica de Carlos III y la reforma de los liberales de mediados del siglo XIX, y que ha tenido particular importancia en los trabajos posteriores sobre las relaciones Iglesia-Estado durante los primeros años de la independencia, por ejemplo: Staples, Anne: La Iglesia en la primera república federal mexicana (1824-1835), Secretaría de Educación Pública, México, 167 págs.; Pérez Memen, Fernando: El Episcopado mexicano y la independencia de México, Jus, México, 380 págs. y Ferrer Muñoz, Manuel: La formación de un Estado nacional en México.
El Imperio y la República Federal, 1821-1835, Instituto de Investigaciones Jurídicas -Universidad Nacional Autónoma de México, México, 379 págs. pecto de las iglesias de Indias: "Que nadie las pueda construir, edificar, ni erigir sin su expreso consentimiento...".
3 Esta misma bula otorgó a los reyes el patronato sobre las mismas iglesias.
Según explicaba el propio rescripto pontificio, el patronato consistía en el derecho de presentación de todos los arzobispos, obispos, prebendados y beneficiados; sin embargo, durante los tres siglos siguientes, la Monarquía hizo una interpretación bastante más amplia de los derechos adquiridos, remitiéndolos, no tan sólo a la bula de 1508, sino principalmente a las bulas otorgadas por el Papa Alejandro VI en 1493, célebres por conceder a los Reyes Católicos el dominio sobre las entonces recién descubiertas Indias Occidentales.
En el marco de esa interpretación amplia del Patronato Regio, la Monarquía se ocupaba también de autorizar la división de las iglesias diocesanas ya creadas.
Aunque nunca hubo una concesión pontificia al respecto, ni los monarcas emitieron una real cédula que aclarase el punto de manera general, en la práctica las divisiones se hacían por la sede apostólica a petición de los reyes.
Los criterios que normaban las divisiones debían ser "utilidad, necesidad y consentimiento de los obispos interesados",4 según lo declaraba una autoridad como Solórzano Pereira.
Fue, pues, por autorización y petición regia al Papa que, entre 1519 y 1620, se crearon en el reino de la Nueva España una arquidiócesis, la de México, y seis diócesis sufragáneas: Tlaxcala (trasladada a Puebla), Antequera de Oaxaca, Valladolid de Michoacán, Yucatán, Guadalajara y Durango.
Bajo el reinado de Carlos III se crearon dos diócesis más, Linares y Sonora, que completaron la división eclesiástica que se mantendría hasta bien entrado el siglo XIX.
A pesar del patronato y del regalismo característico de la monarquía borbónica, las iglesias de Indias no constituyeron un instrumento dócil a la voluntad de la Corona, ni el clero se convirtió en un brazo de la burocracia.
Para comprender esta aparente paradoja conviene insistir aquí en la trascendencia de la Iglesia en el marco de la Monarquía Católica.
La historiografía reciente sobre la "política" y el "Estado" en el Antiguo Régimen reconoce que en este orden político era impensable la existencia del "poder" en el sentido contemporáneo del término, por tanto no era tampoco posible una autoridad absoluta que actuase o pretendiese actuar efectivamente sobre toda la sociedad como sucede con los poderes públicos actuales.
Antes bien, toda actitud autoritaria se concebía, negativamente desde luego, como "despotismo".
En cambio, el sistema político funcionaba sobre la base de jurisdiccio-nes, frecuentemente superpuestas y en constante proceso de definición, que además justificaban sus procedimientos recurriendo a leyes, "autoridades", costumbres, privilegios y un amplio cuerpo de jurisprudencia acumulado a lo largo de los siglos.
En la cúspide de este orden existía no el poder absoluto de una potestad pública entonces inexistente, sino una "diarquía jurisdiccional" -por emplear el término de Bartolomé Clavero-en que tanto la Corona como la propia Iglesia se pretendían y actuaban como soberanas.
5 En el imaginario de esta Monarquía, confesionalmente católica, ambas jurisdicciones, las "dos potestades", debían colaborar en armonía para alcanzar el fin último del cuerpo político en su conjunto: su salvación eterna.
6 Mas la "diarquía jurisdiccional" aseguraba a los eclesiásticos una posición privilegiada, y en ocasiones incluso una influencia mayor sobre la sociedad que la de las autoridades seculares.
7 Ciertamente la Corona emprendió reformas fundamentadas en el regalismo, e incluso hubo intentos de socializarlo que se sirvieron del propio clero secular, 8 pero los resultados fueron más bien escasos por su mode-5 Síntesis muy apretada de la exposición de Clavero, Bartolomé: "El cambio político a examen clásico: De la diarquía jurisdiccional a la monocracia constitucional", en Bernal, Antonio Miguel. (comps.): Antiguo Régimen y Liberalismo.
Homenaje a Miguel Artola, Vol.
I, Visiones generales, Alianza Editorial/Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, 1994, págs. 129-131.
6 Sobre el imaginario de las dos potestades, véase: Cañeque, Alejandro: "Cultura vicerregia y Estado colonial.
Una aproximación crítica al estudio de la historia política de la Nueva España", Historia Mexicana, Vol.
7 Véase una síntesis del caso novohispano en Mazín, Óscar: "El trono y el altar, ejes rectores de la vida novohispana, hasta su crisis en la diócesis de Michoacán", Historias, no. 39, México, octubre 1997-marzo 1998, págs. 27-37.
8 Lempérière, Annick: "La recepción negativa de una gran idea: El absolutismo en Nueva España en la segunda mitad del siglo XVIII", en Quijada, Mónica y Jesús Bustamante (eds.): Élites intelectuales y modelos colectivos.
Mundo Ibérico (siglos XVI-XIX), Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto de Historia-Departamento de Historia de América, Madrid, 2002, págs. 199 rada aplicación, la oposición decidida a las más radicales9 y su fundamento dentro del propio sistema político entonces vigente.
De hecho, en diversas ocasiones las reformas fortalecieron más que debilitaron el régimen tradicional al otorgar nuevos fueros y privilegios, crear nuevas corporaciones y respaldar algunos de los ya existentes.
10 Así, podemos decir siguiendo a Annick Lempérière:
"...triunfó entre mediados y finales del siglo XVIII, en Nueva España, un modelo neoabsolutista que, sin dejar de ser ilustrado, fue a final de cuentas moderado y prudente en la implementación de las novedades teóricas en que se fundamentaba." 11 Así pues, no puede extrañar que la creación de nuevas diócesis en la Nueva España se mantuviera claramente en este contexto jurídico e institucional.
"La primera y mas antigua Ciudad de este basto Reyno"
El 9 de agosto de 1799, D. Ramón de Posada, fiscal del Supremo Consejo y Cámara de Indias, expuso al Consejo:
"...que por los conocimientos que havia adquirido en 14 años que sirvió en Mexico las Fiscalias de aquella Audiencia y Gobierno, y por lo que havia oido à sugetos imparciales y muy practicos de los territorios de sus Obispados, llegó a formar juicio de que era absolutamente necesario para el buen servicio de Dios y de V.M. que se erigiesen otros tres mas en el Distrito de aquel Virreinato." 12 Los nuevos obispados se ubicarían: uno en la costa sur (actual territorio del Estado de Guerrero), otro en la costa norte (es decir, las costas del Golfo de México), y el tercero en la provincia de San Luis Potosí.
El Consejo, por Real Cédula del 20 de mayo de 1800, solicitó al virrey de la Nueva España que recabase la información necesaria para trazar los límites y ubicar las sedes de las nuevas diócesis.
No pasó mucho tiempo antes de que las ciudades y villas de los territorios involucrados remitiesen amplias representaciones al rey pidiendo, ya que se efectuara de manera expedita la creación de los obispados, ya que se les designara para las nuevas sedes episcopales.
El Ayuntamiento de la Ciudad de Veracruz envió la suya el 22 de diciembre de 1802, recordando una solicitud anterior, de 1789, en la que habían solicitado la división de la diócesis de Tlaxcala, con sede en la Puebla de los Ángeles, fundando la petición bajo el criterio de la necesidad, por: "el poco auxilio que disfrutan varias Poblaciones de las comprehendidas en el Obispado de la Puebla por su basta estencion"; 13 sugerían además la oportunidad de la medida, aprovechando la vacante motivada por el fallecimiento del obispo Dr. Salvador Biempica y Sotomayor.
Además de la división, presentaban argumentos para que la nueva sede episcopal se instalase en su ciudad, en principio: "por ser esta la primera y mas antigua Ciudad de este basto Reyno, donde su heroyco conquistador Dn.
Fernando Cortés sembró las primeras semillas del Evangelio, y se rindiò á la obediencia del Rey Catolico."
Y asimismo, por lo "civilizado y brillante" de su vecindario.
14 Ciertamente expusieron de nueva cuenta la necesidad, por la falta de asistencia espiritual que padecía la ciudad, y la utilidad, por facilitarse al obispo visitar su diócesis desde Veracruz; puntos que habrían de presentar una y otra vez en los años siguientes; mas en ésta, como en sus sucesivas representaciones, el primer alegato en su favor fue el honor de la ciudad, agregándose su condición de capital de provincia.
En efecto, en 1804 y 1806, el representante legal del Ayuntamiento, Manuel de Quevedo y Bustamante, contestó a las objeciones que, con motivo del malsano clima porteño, podían oponer los ayuntamientos de las villas cercanas, Córdoba y Orizaba, destacando la condición de ciudad capital; es decir, sede permanente de oficinas, corregimiento, consulado, intendencia, plaza de armas, sin que para ello obstaran las condiciones climáticas.
15 Así fue también por parte del propio Ayuntamiento, que acusó a sus rivales de ver sólo por su engrandecimiento, y por ello "afectaban perder de vista la preponderancia de los respetos de una Ciudad (...)
Capital de la Prov.a y residencia de las autoridades civiles, politicas y militares".
16 El advenimiento del liberalismo en la segunda década del siglo XIX no dio motivo a un cambio inmediato en los argumentos de los notables porteños.
A las cortes de 1813 se dirigió otra vez una representación, motivada por la nueva vacante de la sede episcopal poblana, sin variar los argumentos, incluyendo sólo los méritos recién adquiridos por su comercio, por los cuales la sede episcopal debía situarse en Veracruz:
"tanto por ser la Ciudad mas antigua de esta N.E. cuyo impulso facilitó su conquista, como por ser la residencia del Gefe de la Provincia, la de las Caxas del Erario y demas oficinas principales de los Ramos de la Hacienda Nacional, como por ser Plaza de Armas y estar establecido en ella su Tribunal del Consulado, cuyo comercio terrestre y maritimo por su vasto giro desde el establecimiento del comercio libre ha dado movimiento á todo el resto del Reyno, y la ha hecho una de las ciudades de mayor tráfico y extensas conexîones en el y en la Peninsula".
17 Mas ninguna de estas exposiciones tuvo una respuesta favorable.
Hemos citado que una autoridad en la jurisprudencia indiana como Solórzano Pereira establecía como criterios para la creación de nuevas diócesis la necesidad, utilidad y el consentimiento de los obispos, y precisamente fue éste el obstáculo para el logro de las aspiraciones de los veracruzanos.
El proceso para la creación de nuevas diócesis sufrió un largo retraso pues en cuatro años no hubo respuesta del virrey que remitiera la información necesaria, sino hasta luego de un recordatorio del Consejo de Indias.
Cuando finalmente el virrey de la Nueva España, D. José de Iturrigaray, respondió al Consejo, el 27 de marzo de 1804, atribuyó tan pronunciada tardanza en la instrucción del expediente a las dilaciones del gobierno eclesiástico poblano para remitir los datos que "de ruego y encargo" se le habían solicitado en 1800.
18 En efecto, la mitra y el Cabildo Catedral de la Puebla de los Ángeles se opusieron, con los medios a su alcance, a la separación de los diezmatorios que se esperaba se integrarían a la diócesis de Veracruz, los de las villas de Córdoba, Orizaba y Xalapa.
Según parece, el alto clero poblano no tuvo dificultad para enterarse de que habría de ser acusado de obstruir la voluntad regia.
Apenas unas semanas más tarde, el 27 de abril, el obispo D. Manuel Ignacio González del Campillo remitió a la Corte una representación en defensa del proceder del gobierno de la mitra denunciando la connivencia entre el virrey y el comercio de Veracruz para establecer una nueva sede diocesana en Veracruz, sin considerar, según los eclesiásticos, el bien común del reino.
19 Para septiembre de 1805 el obispo y su Cabildo enviaron además una extensa representación con mayores argumentos sobre los perjuicios que acarrearía tanto la ubicación de la nueva sede como la división propuesta.
20 Largo sería aquí reseñarlos todos, aunque sin duda tuvieron un peso efectivo en el Consejo.
Por resolución del pleno de las tres salas, el 15 de diciembre de 1807, se dictaminó que la creación del nuevo obispado de Veracruz "no se halla en estado de poder resolverse",21 como no se resolvió tampoco por las cortes de 1813-1814, que recibieron la última de las representaciones del ayuntamiento porteño hasta aquí citadas.
Como puede observarse, los munícipes veracruzanos habían hecho casi una costumbre buscar la división del obispado en el marco de la sedes vacantes.
La última de las que tuvieron lugar bajo el gobierno virreinal fue la del doctor González del Campillo, en cuyo marco se envió la última de las representaciones hasta aquí citadas.
Así pues la situación se mantuvo sin cambios hasta el inicio del nuevo régimen, mas antes de pasar a considerarlo, conviene detenernos en un actor ausente de la discusión hasta aquí planteada:
El clero secular veracruzano
Como en toda la Iglesia del Antiguo Régimen, el clero veracruzano era fundamentalmente urbano.
Cuatro eran las principales urbes veracruzanas: las villas de Orizaba, Xalapa y Córdoba, y la ciudad y puerto de Veracruz.
Entre las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, el clero de las tres villas fue relativamente numeroso, sobre todo en Orizaba; en cambio, en el puerto, aunque al mediar el siglo era similar en número, padeció una disminución importante.
José Antonio de Villaseñor y Sánchez apuntaba en 1746 que en Veracruz y Orizaba había más de 30 presbíteros, en Córdoba cerca de 20, y en Xalapa apenas contaba un cura y su vicario.
22 Hacia el cambio de siglo, mientras que en Orizaba fueron empadronados 20 clérigos en 1791,23 once años más tarde, en 1802, el ayuntamiento porteño lamentaba la falta de asistencia de su parroquia, con tan sólo el cura párroco, dos tenientes y un capellán de extramuros.
24 Tras la independencia, y de acuerdo a la información remitida por la mitra de Puebla al gobierno imperial en 1823, en Xalapa y en Orizaba residían unos veintidós clérigos, en Córdoba llegaban a quince y en el puerto apenas a doce.
25 Es posible que el clero hubiera mantenido cierta estabilidad en sus tendencias, e incluso aumentado, pues para 1824 fueron contados 29 presbíteros en Orizaba;26 cabe tener presente que la diócesis de Puebla no se vio afectada por las largas vacantes episcopales que padecieron otras diócesis.
27 Todos estos clérigos contaban, claro está, con mecanismos para manifestarse.
En Orizaba por ejemplo existía un congregación de San Pedro que reunía a la mayor parte de los clérigos presbíteros y de órdenes menores de la parroquia, y que podía hablar en nombre del Venerable Clero; 28 desconocemos si existía una corporación similar en las otras parroquias, si bien a mediados del siglo XIX el clero secular de Xalapa representó como cuer-po ante las propuestas sobre la ocupación de bienes eclesiásticos de 1846, 29 por lo que podemos suponer que, en caso de necesidad, los párrocos podían reunir así, "en cabildo", a sus vicarios, capellanes y demás presbíteros y diáconos para tratar asuntos del interés de todos.
Los clérigos veracruzanos bien hubieran podido organizarse y emplear la vía de la representación para expresar su posición en la creación de la nueva diócesis; sin embargo, es muy posible que no tuviesen grandes incentivos para hacerlo.
Al respecto debemos recordar que en los clérigos de la época se advierte una doble tendencia, por una parte, tanto por sus orígenes familiares y sociales como por su labor desarrollada en un marco fundamentalmente urbano, mantenían una relación muy cercana con las élites de sus ciudades, e incluso en algunos casos le daban coherencia a lo que éstas se interesaban en transmitir, hasta un punto en que su identificación regional posiblemente llegaba a impedir esfuerzos de conjunto en marcos más amplios.
30 Ciertamente, los clérigos de las ciudades eran con frecuencia hijos de los vecinos "de distinción", se ordenaban gracias a las capellanías heredadas de familiares de antaño o fundadas ex profeso para ellos, o incluso a título de su propio patrimonio; los ayuntamientos, las corporaciones que integraban esas élites locales y regionales, estaban al pendiente de los nombramientos de los curas párrocos, les encargaban piezas de oratoria para las grandes solemnidades, trabajaban con ellos en proyectos comunes -templos desde luego, pero también hospitales y escuelas, que seguían siendo entendidas como "obras pías"-e incluso se encontraban juntos como particulares en algunas compañías.
31 Por ello no es de extrañar que en todo el expediente sobre el tema del nuevo obispado sólo se ventilara el nombre de un eclesiástico favorable a las representaciones de los ediles: el cura párroco porteño D. Ramón Palao, que según el obispo González del Campillo era visto por el ayuntamiento como un posible candidato para primer titular de la nueva sede.
32 Mas si lo miramos desde otro ángulo, no es menos cierto que con cierta regularidad el clero estaba también estrechamente relacionado con la capital de su obispado.
Había, evidentemente, razones institucionales para ello, los clérigos veracruzanos normalmente habían estudiado en el seminario poblano y, una vez graduados, era común que los contasen con algún apoderado en la curia episcopal, para tramitar la colación de alguna capellanía o de un curato; o bien, que algunos de los clérigos que durante su carrera hubiesen trabajado en las villas, y pueblos circundantes, culminasen su "carrera" con un cargo en el Cabildo catedralicio o en la mitra.
Así fue, por sólo citar algunos ejemplos, con el cura de Orizaba, D. Melchor Álvarez Carballo, a fines del siglo XVIII,33 con D. José Manuel Couto, orizabeño que ocupaba una media ración en la catedral poblana en 1823,34 o con el ex cura de Xalapa, D. Mariano José Cabofranco,35 e incluso podríamos pensar aquí en el propio Dr. Francisco Pablo Vázquez, cura de Coatepec entre 1797 y 1798, que llegó a obispo de Puebla en 1831 luego de haber sido representante de México ante la sede apostólica.
Así pues, con un clero que, aunque disperso, estaba ligado de manera importante a su catedral, y siendo más bien reducida la presencia del clero secular en la ciudad de Veracruz -que sin duda hubiera sido realmente el interesado directo en la erección-no es extraño que el clero veracruzano no hubiese participado en el tema de la nueva diócesis, ni bajo la monarquía católica, ni tampoco bajo el republicanismo, también católico, del que trataremos a continuación.
México: nación católica, nación de estados
Entre 1821 y 1857 los distintos proyectos formulados para la construcción de una nación mexicana tuvieron un punto de partida común: el principio confesional.
La nación era católica, no toleraba el ejercicio de ningún otro culto y se obligaba a proteger a la Iglesia a través del respeto a su fuero particular.
En contrapartida, la Iglesia aceptaba la intervención del gobierno en los nombramientos eclesiásticos, respaldaba sus necesidades financieras y colaboraba en la construcción de una identidad mexicana.
36 Este esquema respondía a la particular vía en la que el antiguo virreinato se hizo independiente.
Ante la legislación anticlerical de las cortes españolas del "trienio liberal", las élites novohispanas trataron de construir una forma de gobierno que conciliara la preeminencia de la religión católica y el nuevo constitucionalismo liberal.
Las garantías de religión, independencia y unión del plan de Iguala, base fundamental del primer imperio y de la república federal y centralista subsecuentes, constituían precisamente "la promesa de establecer un régimen constitucional formal que respetase en materia religiosa la constitución histórica de la Nueva España".
37 La jerarquía católica apoyó este proyecto, aunque con diversos matices entre una diócesis a otra.
Desde los primeros años de vida independiente, el apoyo al régimen comprendió no sólo aportaciones económicas, sino además muestras de lealtad a la independencia que superaban incluso la lealtad a Roma.
Un ejemplo clásico a este respecto fue el rechazo unánime de los obispos ante el contenido de la encíclica Etsi iam Diu del Papa León XII, que condenaba las independencias hispanoamericanas.
38 Asimismo, la Iglesia contribuyó a construir, al interior del país, tanto la lealtad hacia el gobierno, promoviendo su respeto, aun en los momentos de crisis de su relación, 39 como la difusión del principal símbolo nacio-nal: la virgen de Guadalupe.
Desde 1822, los representantes diocesanos aceptaron además la participación gubernamental en la provisión de beneficios eclesiásticos, no a través del antiguo patronato real, que fue declarado extinto, sino mediante el ejercicio de la exclusiva por parte del Poder Ejecutivo.
40 Los gobiernos que se sucedieron en esta época confirmaron, por su parte, la identidad católica de la nueva Nación, fundamentalmente a través de las fiestas.
Como ha destacado Annick Lempérière, durante esta época "la práctica política busca la sacralización religiosa", y aún más, "la religión católica sigue cumpliendo el papel de lazo político que tenía bajo los auspicios de la monarquía española".
41 En consecuencia, desde el propio 27 de septiembre de 1821, los nuevos "mexicanos" celebraron con Te Deum y misa solemne tanto las festividades patrióticas relacionadas con la independencia, como los juramentos constitucionales y las abundantes proclamaciones y pronunciamientos de la época, que vinieron a sumarse a las fiestas religiosas en las que siguieron concurriendo las nuevas autoridades civiles.
42 Sin embargo, ello no evitó que en ciertos momentos las relaciones entre las "dos potestades" llegaran a ser tensas.
El panorama se complicó entre 1823 y 1835, cuando las antiguas provincias del virreinato de la Nueva España se constituyeron en estados libres y soberanos.
En consecuencia, no sólo era necesario construir lealtades en torno a la Nación, sino también en torno a cada una de las nuevas entidades políticas.
La articulación entre la nación, los estados y la Iglesia tuvo forzosamente que modificarse en líneas no previstas por los jerarcas eclesiásticos; los problemas que éstos no habían tenido en el ámbito nacional los tuvieron en el caso de los estados, a los que posiblemente identificaban como intentos de control Luis Mora, México, 1996, pág. 359.
Incluso las pastorales emitidas por los obispos con motivo de la primera reforma liberal (1833-1834) coincidían en indicar a los fieles y al clero de las diócesis que mantuvieran su fidelidad al gobierno, véase Colección Eclesiástica Mejicana, Imprenta de Galván a cargo de Mariano Arévalo, 1834, tomos 3 y 4.
40 Véase: "Acta de la junta de Diocesanos celebrada en Mégico el año de 1822", en Rodríguez de San Miguel, Juan: Pandectas Hispano-Megicanas, Instituto de Investigaciones Jurídicas-Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1991, tomo I, págs. 350-355.
42 Cabe decir que el ciclo de festejos fue particularmente intenso en las principales urbes veracruzanas, la villa de Xalapa y la ciudad y puerto de Veracruz, ligadas estrechamente al general Antonio López de Santa Anna, el político más festejado de la época.
Sobre las innumerables fiestas con misas de acción de gracias y Te Deum que se le dedicaron en Xalapa en esta época véase Fowler, Will: "Fiestas Santanistas: La celebración de Santa Anna en la Villa de Xalapa, 1821-1855", Historia Mexicana, vol. LII, no. 2, México, 2002, págs. 413-440.
de la Iglesia y/o secularización de la sociedad.
43 Algunos de los obispos y clérigos que por entonces participaban en la política posiblemente hayan previsto tales peligros, pues resulta notoria la filiación de algunos de ellos a la oposición centralista.
44 Mas no debe creerse a priori que los nuevos estados tomarían posición desde el inicio como una fuerza anticlerical; antes bien, suscribieron en sus constituciones el respeto a los lineamientos nacionales a favor de la religión católica y de la Iglesia; de hecho, en la mayoría de los casos los políticos estatales de todos los bandos se presentaron a sí mismos como protectores de la religión, como indica Lempérière "la afirmación de la república católica formó parte de los argumentos empleados en las luchas políticas del momento".
45 Más que afectar explícitamente el pacto con la Iglesia, los estados normalmente tendían a ganar terreno ante las facultades de la federación, lo que no evitó que en ciertos temas hubiera conflictos directos con los obispos y cabildos catedrales, como sucedió en Veracruz entre 1824 y 1825.
1824: entre el honor de la soberanía y el pacto con la Iglesia
En mayo de 1824 se instaló en la villa de Xalapa el Congreso Constituyente del estado de Veracruz.
Entre julio y noviembre de ese año, el Congreso intentó ejercer su nueva soberanía en tres temas que motivaron los conflictos con los eclesiásticos, particularmente con el obispo de la Puebla de los Ángeles, Antonio Joaquín Pérez Martínez.
46 Los legisladores 43 Posiblemente llevaban razón en esa perspectiva, pues el propio doctor José María Luis Mora veía en los Estados "el más fuerte y poderoso impulso que ha recibido la ilustración nacional", entendida como focos de modernidad política.
Citado por Lempérière, Annick: "¿Nación moderna o República barroca?
44 Centralistas fueron clérigos de la diócesis poblana como José Miguel Guridi y Alcocer, de Tlaxcala, y José María Becerra, de Xalapa, según el estudio de David Quinlan sobre la composición de los grupos políticos del Congreso Constituyente de 1823-1824, citado en Ávila, Alfredo: En nombre de la nación.
46 El obispo Pérez Martínez tenía tras de sí una larga carrera en los asuntos públicos.
Fue diputado a las Cortes de Cádiz, siendo recordado en particular por su participación en el "Manifiesto de los Persas", que solicitaba a Fernando VII que restableciese el absolutismo.
Nombrado obispo de Puebla en 1814, se destacó por su oposición al gobierno del virrey Félix María Calleja.
En 1821 apoyó el pronunciamiento de Agustín de Iturbide, participando en la Junta Provisional Gubernativa que se formó tras la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México.
En 1823 se opuso a la constitución adelantada de un Estado libre y soberano en Puebla, apoyando, junto con el Cabildo Catedralicio, la postura que atribuía tal decisión al Congreso nacional. expidieron decretos reglamentando la formación de aranceles parroquiales, prohibiendo los responsos, las ofrendas y las procesiones nocturnas, la colectación de limosnas y la venta de reliquias; se apropiaron del ejercicio del derecho de exclusiva en la provisión de los beneficios eclesiásticos y suprimieron la inmunidad local en la Constitución estatal.
47 En los tres casos hubo protestas del obispo poblano, que cuestionaba las facultades de la nueva entidad política para intervenir en asuntos que se entendían propios del ámbito nacional.
48 Como respuesta a los cuestionamientos episcopales, el 17 de noviembre de 1824 el Congreso veracruzano dirigió al Congreso federal una representación encaminada a poner fin a los debates con los Obispos.
Los constituyentes veracruzanos demandaban que el Congreso federal, según sus facultades, o a través del enviado ante la Silla Apostólica, estableciera un vicario general con jurisdicción en todo el territorio veracruzano, y con autonomía respecto de los tres diocesanos de México, Puebla y Oaxaca.
Alegaban que la división eclesiástica corría el riesgo de dejar en ridículo la soberanía, "una e indivisible", que se hallaba depositada en ellos como representantes de los pueblos.
En apoyo de esa solicitud afirmaban de forma contundente: "La potestad eclesiástica y el ejercicio de su jurisdicción forman una parte de la administración del Estado...".
Lo que no evitaba que se refirieran al ideal de la relación siguiendo el viejo lenguaje de las "dos potestades", civil y eclesiástica, con supremacía de la primera, para que ambas "caminen enteramente acorde(s)...para hacer el bien y la felicidad de los hombres", 49 es decir, para el bien común, según un concepto de larga tradición en el pensamiento cristiano.
Según los congresistas, los jerarcas eclesiásticos "por la distancia y sus infinitas atenciones" no estaban en posibilidad siquiera de realizar visitas pastorales.
Además, y sobre todo, los prelados "no pueden siempre pensar de un mismo modo en ciertos puntos relativos á la administración espi-ritual (...)
Es tan cierto, que el Congreso no habla sino por una dolorosa experiencia: no siempre la Ley que agrada a un Prelado, es conforme con las ideas de los otros...".
50 Desde luego, aludían a su relación con los obispos, particularmente con el de Puebla.
Conviene recordar, en este escenario de conflicto, que el Congreso veracruzano no aplicaba una política ni de sistemático control del clero, ni menos aún anticlerical.
Independientemente de las "contestaciones" tenidas con el obispo poblano, el Congreso había ido emitiendo decretos y órdenes en materias eclesiásticas locales que fueron aceptados por los mitrados.
Se trataron desde quejas con respecto a la conducta de algunos curas párrocos -remitidas, por lo común, a la jurisdicción de los obispos-hasta la apropiación de las rentas decimales que antes pertenecían a la Corona.
51 Asimismo, los legisladores veracruzanos dejaron claro, desde el inicio de sus sesiones, la trascendencia de la religión en la vida pública convocando a rogativas en todas las parroquias del territorio para llevar a 50 Copia de la exposición dirigida al Congreso de la Unión por el Congreso Constituyente del Estado de Veracruz el 19 de noviembre de 1824, AGN, Justicia Eclesiástica, 147, "Bula pontificia sobre la erección de una Mitra en el Departamento de Veracruz", f.
51 Véanse los Decretos del Congreso Constituyente del Estado de Veracruz, número 14 del Congreso Constituyente del Estado de Veracruz, "Sobre las rentas civiles provenientes de las eclesiásticas que pertenecen al Estado", 12 de julio de 1824, y número 23.
"Ley contra la circulación de libros prohibidos y estampas obscenas", 4 de septiembre de 1824, ambos en Blázquez Domínguez y Corzo Ramírez: Colección de Leyes..., tomo I, págs. 62-63 y págs. 108-109 respectivamente.
Asimismo, las órdenes del Congreso Constituyente del Estado de Veracruz, del 4 de agosto de 1824, "Para que se ponga en asta (sic) pública la casa llamada curatal de Tlacotalpan"; del 6 de agosto de 1824, "Sobre que el Ayuntamiento de Ozuluama ocurra á la haceduría de México con la solicitud de que se rebaje el diezmo á las crías de ganado"; de la misma fecha, "Remitiendo al Gobierno para su despacho el ocurso del Ayuntamiento de Jico quejándose contra su párroco"; de 9 de agosto de 1824, "Varias providencias relativas á la queja del Ayuntamiento de Tantima contra su párroco"; del 23 de septiembre de 1824, "Sobre que no ha lugar á que se publique por la imprenta en el ocurso del párroco de Jicochimalco, relativo á la queja de sus feligreses"; del 21 de octubre de 1824, "Sobre la resistencia del párroco de Tlacotalpan á entregar al Ayuntamiento la casa que habita"; del 22 de octubre de 1824, "Para que se haga saber al regidor de la ranchería de Quiahuiscuatla el desagrado con que el Congreso ha visto la calumniosa representación que se cita"; del 1o de diciembre de 1824, "Para que se le extrañe al Ayuntamiento de Tlacotalpan el informe que dio sobre que aquel párroco continuaba haciendo clasificación de orígenes en los libros é instrumentos públicos de su curato"; del 18 de febrero de 1825, "Sobre que la Iglesia, vasos sagrados y utensilios del convento de belemitas de Veracruz se entregue al párroco de aquella ciudad; las fincas rústicas y urbanas se depositen bajo las formalidades de derecho, y que á los religiosos de dicha orden se les atienda con treinta pesos al mes"; del 18 de marzo de 1825, "Sobre la queja del Alcalde del pueblo de Tecominuacan contra el párroco del mismo"; del 21 de abril de 1825 "Para que se abonen al cura de Tempoal los 800 pesos que por vía de sínodo ha disfrutado por sí y para la dotación de un vicario en el pueblo de Tancuich"; del 4 de mayo de 1825, "Para que se observe la costumbre en Zongolica en orden al pago de diezmos que se menciona, y sólo contesten, en caso de demanda, ante el tribunal de segunda instancia del Estado" todos en Blázquez Domínguez y Corzo Ramírez: Colección de Leyes..., tomo I, págs. 84, 87-88, 92, 118, 176-177, 240-241, 250-251, 264, 270-271. buen fin su misión.
52 Durante toda la década siguiente seguirían siendo usuales en las urbes veracruzanas las fiestas religiosas en las que participaba las autoridad civil, y las fiestas cívicas, nacionales y locales, en las que la religión tenía un papel primordial.
En ese sentido, los legisladores veracruzanos no ponían en cuestión el pacto entre la Nación y la Iglesia, pues respetaban su jurisdicción, e incluso apoyaron económicamente algunas de sus corporaciones.
No obstante, el constituyente veracruzano era ya la representación de un Estado en el sentido moderno del término.
Legitimado por una elección y en posesión de la soberanía de un territorio, no podía aceptar la superioridad de ningún otro poder -salvo, evidentemente, el de la soberanía nacional-, y menos aún tratándose de tres jerarcas distintos, que podrían poner en riesgo la unidad del Estado.
53 Sin embargo, desde esta perspectiva, el poder de los Estados de la primera mitad del siglo XIX, y particularmente de la primera república federal, era bastante débil.
Como señalaron en su momento los ideólogos liberales de la época, en particular José María Luis Mora, las "fuerzas del progreso" que pugnaban por el establecimiento pleno del gobierno representativo encontraban ante sí la fuerza del "espíritu de cuerpo"; es decir, de las corporaciones, en particular las militares y eclesiásticas.
54 Mas en este primer momento, ninguno de los nuevos estados optó por soluciones radicales, antes bien intentaron repetir la conjunción con la Iglesia que se daba a nivel nacional, siguiendo una solución común para la época: los estados obtenían lealtad para sí por medio de instancias intermedias tradicionales.
55 En este contexto, Veracruz -al igual que San Luis Potosí o Guanajuato-se encontraba en una situación particularmente desventajosa 52 Decreto núm. 6 del Congreso Constituyente del Estado de Veracruz, "Rogaciones públicas implorando los auxilios del Todopoderoso para el acierto en las deliberaciones del congreso", 12 de mayo de 1824, en Blázquez Domínguez y Corzo Ramírez: Colección de Leyes..., tomo I, págs. 36-37.
53 Al contemplar la posibilidad de dictar leyes para cada porción del estado correspondiente a cada diócesis, los legisladores exclamaron: "¡Qué monstruosidad dentro de un mismo Estado!".
Copia de la exposición dirigida al Congreso de la Unión por el Congreso Constituyente del Estado de Veracruz el 19 de noviembre de 1824, AGN, Justicia Eclesiástica, 147, "Bula pontificia sobre la erección de una Mitra en el Departamento de Veracruz", f.
54 por su incapacidad para establecer comunicación directa con el alto clero diocesano.
Estados como Puebla podían solucionar sus roces con la autoridad eclesiástica a través de la negociación, aprovechando las relaciones de las élites con el alto clero, en particular en el caso de los legisladores -clérigos muchos de ellos-evitando la exhibición pública de la debilidad de la nueva soberanía.
56 En cambio, los políticos veracruzanos, que por otra parte estaban también estrechamente vinculados a las corporaciones eclesiásticas locales, no contaban con vías de acceso a la sede episcopal,57 por lo que la creación de la vicaría general se presentaba como una alternativa para avanzar en la consolidación de su autoridad sin salir del marco establecido por el régimen.
Cabe reconocer que ni siquiera alteraban el mapa eclesiástico mexicano y aceptaban que, aunque con facultades extensas, el vicario sería necesariamente una autoridad por debajo de la episcopal; además, como la intervención del Estado en la provisión de beneficios eclesiásticos se limitaba a la exclusiva, ni siquiera tendrían pleno control de su nombramiento.
Visto de esta manera, el intento de los legisladores no constituía sino un intento de fortalecer, al menos indirectamente, las lealtades de su nuevo entorno, y no tenía realmente gran originalidad.
En otros estados los congresos y gobernadores se embarcaron en empresas similares.
Jalisco, por ejemplo, garantizó la protección de la Iglesia, pero estableciendo al mismo tiempo que la gestión de las finanzas de la diócesis de Guadalajara quedaran bajo su salvaguarda.
58 Era, pues, entendido por parte de las elites de cada estado que la Iglesia habría de insertarse, no ya tan sólo en el ámbito de lo nacional, sino también en lo local.
Resulta significativo que la representación veracruzana no causara contestación alguna del obispo poblano, ¿reconocía éste la legitimidad de la solicitud veracruzana?
De momento no contamos con acceso a las fuentes que nos permitan saberlo.
Por otra parte, los congresistas tampoco vieron cumplido su objetivo, toda vez que las negociaciones en Roma no pasa-ron del tema de la provisión de los obispados vacantes.
59 La solicitud habría de ser retomada, de forma notoriamente distinta, nueve años más tarde, en 1833, cuando un pronunciamiento permitiera el ascenso al poder de los liberales radicales.
"Ideas ultramontanas" y pretensiones "justas e ilustradas"
A principios de febrero de 1833, el III Congreso Constitucional veracruzano envió una copia de la exposición del Constituyente de 1824 sobre la creación de una vicaría general autónoma al deán poblano Miguel Ramos Arizpe, por entonces ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, solicitando la intervención del presidente de la República a fin de que el proyecto de la vicaría llegara a concretarse, una vez que se reuniera el Congreso de la Unión, por entonces en proceso de instalarse.
Para esas fechas, las posturas se habían radicalizado y existía ya una marcada tendencia entre los liberales en pro de un control más estrecho de la Iglesia por los Estados.
Muestra de ello son las propuestas hechas unos años atrás, en abril de 1829, en el Congreso de la Unión y en los Congresos de México y Zacatecas 60 tendientes a crear una diócesis en cada estado y a facultarlos para nombrar a los obispos respectivos, acaso solamente con la confirmación del arzobispo de México; 61 el III Congreso veracruzano había funcionado por primera ocasión en 1829, y expresó opiniones similares.
En su carta que remitía la copia de la exposición, los legisladores veracruzanos denunciaron la relación del Estado con las tres Sillas Episcopales: "sin que ninguna de ellas se encuentre en su seno, ni le proporcione todos los alivios espirituales y temporales de su instituto, ni el esplendor que prestan las cuantiosas rentas que se estrahen de la riqueza de 59 Sobre las negociaciones de la primera república con la Sede Apostólica véase: Gómez Ciriza: México ante la diplomacia vaticana; Staples, Anne: La Iglesia en la primera república federal mexicana (1824-1835), Secretaría de Educación Pública (SepSetentas, 237), México, 1976, págs. 74-85.
En aquel mes el propio Congreso de Veracruz había repetido por primera vez la exposición del Constituyente.
61 Las legislaturas de aquel año, ligadas a la masonería yorkina, actuaban inspiradas por ideólogos como Lorenzo de Zavala, acaso uno de los críticos más feroces de la Sede Apostólica en aquellos años, (véase Trejo, Evelia: "Los argumentos en discordia.
Religión e Iglesia en la obra de Lorenzo de Zavala", en Matute, Álvaro, Evelia Trejo y Brian Connaughton (coords.): Iglesia, Estado y Sociedad en México.
Siglo XIX, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa/Facultad de Filosofía y Letras-Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1995, págs. 211-216) y quien promoviera el nombramiento del también yorkino José María Alpuche e Infante para arzobispo de México. este pais".
De ahí, decían, "y de la funesta influencia que egercen todavía las ideas ultramontanas", se derivaba la oposición de los obispos a las reformas del Constituyente; reformas que iban "de acuerdo con los mejores criminalistas", "dictados con mas sabiduria y verdadero espiritu de religión".
62 Tal, pues la insistente protesta de los legisladores ante el atrevimiento de los jerarcas eclesiásticos a cuestionar las "sabias" decisiones de la representación soberana.
Era un punto sobre el que ya los constituyentes se habían inconformado, pero que habían atribuido a las distancias y pareceres personales;63 ahora, en cambio, los legisladores lo trataban directamente en términos ideológicos.
Puede decirse que esa reiterada descalificación de los prelados procedía de una visión más clara a favor de la consolidación del poder del Estado, y es que el nuevo régimen liberal impedía aquellas representaciones, como las de 1824 y 1825, a que los obispos estaban habituados durante el Antiguo Régimen, pues como señaló Bartolomé Clavero para el caso español a partir del cambio político, "no hubo posibilidad de resistencia ni por jurisprudencia ni por justicia ninguna ante estos actos de poder de unas leyes, frente al poder de las mismas".
64 La carta concluía en una advertencia: "... ha asomado ya el proyecto de separarse absolutamente de las mitras de Megico, Puebla y Oajaca (sic), y si hubiera llegado á ponerse en accion, tal vez habrian nacido otras pretensiones mas abanzadas, (sic) que aunque no menos justas é ilustradas, aumentasen los elementos de discordia y produgesen una escision de incalculable trascendencia y funesta para toda la republica."
Y no obstante de los calificativos favorables a las ideas avanzadas, de nuevo podemos afirmar que el Congreso se mantuvo dentro de los límites marcados por los pactos entre la Iglesia y el Estado: a pesar de la contundencia de sus argumentos, se limitaron a insistir en el tema de la vicaría general autónoma, y al final de su carta aseguraron al ministro que su "prudencia" y convencimiento del empleo de "medios suaves" había detenido el avance de "pretensiones mas avanzadas"; 65 en los períodos previos en que funcionó esa legislatura tampoco hubo medidas radicales, de hecho, al iniciar sus primeras sesiones, en febrero de 1829, dispuso celebrar "con asistencia de las autoridades en todas las parroquias del estado, una misa solemne con sus respectivas preces, en acción de gracias al Todopoderoso por la feliz instalación del Honorable Congreso, é implorando la asistencia del Espíritu Santo en sus deliberaciones"; 66 contrario a los estados que comenzaron a apropiarse de los diezmos, formando juntas especiales para su administración, independientes de los Cabildos de las Catedrales, el Consejo de Gobierno veracruzano se limitó a demandar su participación en las rentas de la vacante episcopal a la muerte del obispo de Puebla Antonio Joaquín Pérez.
67 Mas resulta significativo que también de entonces, del 11 de abril de 1829, procede la única circular que se conserva en que el gobierno veracruzano intentó normar la conducta de los curas párrocos comprendidos en su territorio.
En ella, el gobernador Antonio López de Santa Anna reprochaba a los sacerdotes, el "mezclar en sus pláticas o sermones, materias políti-cas..." y además que siendo ellos "Ministros de Paz", "no sólo sirven de instrumentos para alterarla... sino que con su influjo desde la cátedra del Espíritu Santo han llegado á trastornar el orden público...".
68 Un claro ejemplo de lo que, según hemos venido argumentando, los políticos radicales de ese momento esperaban del clero en general: que garantizara la lealtad de los pueblos al régimen, en aras, como escribía el mismo Gobernador, del "buen servicio de Dios y el de la Nación".
Un soberano en ejercicio de su libertad
Apenas se instaló el IV Congreso Constitucional veracruzano (febrero de 1833), se nombró una comisión especial para discutir la posibilidad 65 Carta de los Secretarios del Congreso del Estado Libre y Soberano de Veracruz al Secretario de Justicia y Negocios Eclesiásticos, Veracruz, 9 de febrero de 1833, AGN, Justicia Eclesiástica, 147, "Bula pontificia sobre la erección de una Mitra en el Departamento de Veracruz", fs.
239 de establecer una diócesis en el estado, el dictamen resultante se publicó en el periódico Aurora de la libertad de la ciudad de Puebla el 10 de abril de 1833.
Los integrantes de la comisión reiteraron la necesidad de una autoridad eclesiástica en el estado al nivel de la civil, a partir de considerandos similares a los hechos desde 1824: "las necesidades espirituales de los pueblos" la complejidad de la relación con las tres mitras, y sobre todo "el mas inminente peligro de turbarse la armonia".
La primera innovación fue que para los congresistas tal autoridad debía ser un obispo y ya no un icario, 69 pues este último sería una innovación "demasiado peligrosa", que podría "rozarse con el cisma" en virtud de la falta de delimitación de sus facultades.
En consecuencia, dictaminaron a favor de la creación de un Obispado con los mismos límites del estado, siguiendo -por parafrasear su argumento-el ejemplo de los soberanos católicos antiguos.
Como justificación, los legisladores presentaron una situación dramática en la atención pastoral del Estado: los obispos ignoraban "hasta el genio y costumbres del pueblo que rigen", no había visitas episcopales, 70 ni sínodos diocesanos.
Como si Puebla, México y Oaxaca fuesen ciudades extranjeras, decían que "los ciudadanos del estado tienen que salir de su territorio en todos los asuntos del resorte eclesiástico y trasladarse a un país de diversas leyes y costumbres, donde no cuentan con los recursos y relaciones que en el suyo, ni con el apoyo de sus autoridades".
El diezmo causaba perjuicios a la agricultura sin reportar beneficios, pues no había establecimientos educativos eclesiásticos.
En suma, "el unico remedio a tanto mal, es la creación de un obispado tal como lo consulta la comision".
71 La postulación del nuevo obispo la haría el Estado, consultando a los curas párrocos del territorio, dejando su presentación ante la sede apostólica al gobierno federal.
El obispado sería confirmado por el Papa, no por su legitimidad, sino porque: "... es preciso confesar que la práctica de los siglos posteriores hasta nuestros dias ha reservado a Roma la facultad de 69 Solicitando un Obispo, reclamaban un jerarca con plena potestad, pues el Vicario general proyectado desde 1825, habría tenido sólo potestades delegadas -vicariales-de los tres obispos.
70 Visitas episcopales, sin embargo, las hubo al menos hasta la época del obispo Manuel Ignacio González del Campillo, que recorrió la región central de Veracruz hacia 1808 según se dio cuenta en "Caminos públicos y de comunicación", Gazeta de México, miércoles 2 de marzo de 1808, pág. 156, la guerra civil posterior seguramente había impedido regularizarlas.
71 "Dictamen presentado al Honorable Congreso por la comisión especial que entiende en el negocio del establecimiento de un Obispo en el Estado", Aurora de la Libertad, miércoles 10 de abril de 1833, págs. 2-3. confirmar y autorizar con sus bulas esta clase de nombramientos.
La posesion por lo menos le da un derecho...".
La prevención iba ligada además a sus preocupaciones por el orden público, toda vez que reconocían que "No habría peor azote para el país que las disensiones religiosas, y estas serian seguras si se rompiese el vínculo de la unidad católica".
72 El obispo así nombrado sería, desde luego, dotado por el Estado con una "cantidad moderada", de acuerdo con las posibilidades presupuestarias, permitiendo así suprimir los diezmos, cuya recaudación calificaron los legisladores: "en lo economico, un impedimento a las mejoras del estado, en lo politico un establecimiento monstruosos, en lo moral, una causa de corrupción, y en lo religioso una cosa agena ya de su objeto primitivo".
73 El obispado, finalmente, habría de requerir la ratificación del Congreso General.
Contrario a lo hecho en 1824, en el dictamen se aprecia claramente la voluntad de los congresistas de afirmar, sin mayores concesiones, su posición de representantes de la soberanía estatal.
Fue en una discusión sostenida varios meses más tarde, a propósito de la supresión de los conventos, cuando el senador José Nicolás Esteves mostró de manera mucho más explícita y contundente esta idea respecto de los derechos del Estado en materias eclesiásticas.
Esteves afirmó: "El Congreso de Veracruz es también un soberano que está en el egercicio (sic) de su libertad".
74 Los legisladores justificaron su postura aludiendo a la concordancia de su proyecto con las costumbres antiguas de la Iglesia, mas resultaba claro que su proposición iba más bien relacionada con los planteamientos de algunos de los ideólogos liberales del momento, particularmente del doctor José María Luis Mora, y de su Ensayo sobre los bienes eclesiásticos, citado también por los legisladores en la discusión sobre la supresión de los conventos, y quien había expuesto con amplitud la idea de que la Iglesia presentaba dos naturalezas, una religiosa y otra civil; esta última considerada completamente bajo la autoridad del gobierno de la república a través del Patronato Nacional, heredero del antiguo Patronato Regio.
Sin afirmarlo explícitamente, los legisladores veracruzanos lo entendían así, y de manera radical, pues el dictamen se arrogaba los dos derechos más importantes comprendidos en las discusiones de la época: la creación de una diócesis y el nombramiento de los obispos.
75 La "postulación", radicalmente distinta de la mera exclusiva concedida en 1822 por los representantes diocesanos y extendida a los estados entre 1829 y 1830, era una facultad arrebatada a los Cabildos Catedrales -institución que no se contempló en el caso veracruzano -, que eran los que debían formar las listas de los candidatos a obispos; el gobierno federal tampoco tendría mayor intervención, más que el mero trámite de comunicar a Roma el expediente del postulado.
El decreto fue aprobado por las cámaras reunidas el 22 de marzo de 1833 y publicado en la misma fecha, prácticamente sin cambios respecto del dictamen, 76 mas no llegó a entrar en vigor pues el Congreso General no alcanzó a ratificarlo, y quedó nuevamente suspendido el expediente de la creación del obispado de Veracruz.
La conducta de los congresistas de 1833 cae, sin duda, en los marcos de la política moderna.
Como en los casos anteriores, puede leerse aquí un esfuerzo por construir lealtades para una entidad política bastante reciente todavía, y en algunos lugares cuestionada por ciertas corporaciones religiosas.
77 La diferencia estriba acaso en la imposición de la nueva autoridad por encima del pacto mismo que había hecho posible su existencia, pues se ponía en cuestión simultáneamente las atribuciones de la federación en materia eclesiástica y el respeto a la Iglesia que, según hemos visto, había asentado su postura en la supresión del patronato desde 1822.
A poco más de una década del decreto 18 de la Legislatura de Veracruz, reapareció la propuesta de creación del obispado, en esta ocasión en el Ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos.
De manera un tanto inesperada, y gracias a la intervención de dos xalapeños: D. Antonio María 75 Ambos puntos estaban históricamente ligados con el patronato, toda vez que eran los derechos específicos que el Papa Julio II concedió a los Reyes Católicos en 1508 en la bula Universalis Ecclesiae, la bula sobre la que se legitimaba el patronato.
77 Nos referimos específicamente al caso de Orizaba, en que el jefe político solía tener problemas para garantizar la paz pública frente a la influencia de los eclesiásticos.
de Rivera, uno de los "hombres de bien" de la época, y el Gral.
Antonio López de Santa Anna, presidente de la República, 78 el ministerio instruyó, ya sin mayor consulta, al enviado mexicano ante la sede apostólica, José María Montoya, para que solicitase la creación de la nueva Silla Episcopal en una nota de 28 de noviembre de 1843.
Las gestiones de Montoya fueron sumamente eficaces: luego de diversas comunicaciones con el secretario de Estado, cardenal Lambruschini, el 18 de enero de 1845 remitió al Ministerio la bula Quod Olim Propheta, fechada el 5 de enero de 1844, por la que se erigía, finalmente, la nueva diócesis.
79 Para entonces, México era una república centralista regida por las Bases orgánicas de la República Mexicana, que establecían que los rescriptos pontificios, antes de su ejecución, debían recibir el pase del presidente de la República con acuerdo de su Consejo de Gobierno.
80 Por ello, el 12 de abril de 1845, el ministro Riva Palacio pasó la bula al Consejo, éste lo revisó en su comisión eclesiástica, encabezada por el Dr. Juan Manuel Irisarri, arzobispo de Cesárea, quien, acaso sorprendido por el documento que se le remitía, solicitó de inmediato se le enviase el expediente al respecto, luego los informes de los obispos involucrados, y por último, el del gobierno y la asamblea del entonces departamento de Veracruz, requerido por orden del ministerio del 3 de junio.
81 Los representantes departamentales habrían de reiterar su interés en la erección de la mitra, ciertamente ya no con la misma fuerza que lo había hecho el congreso estatal, aunque sí con argumentos que en realidad no eran muy distintos de los empleados en su momento por sus antecesores.
El 26 de enero de 1846 el gobernador veracruzano transcribió al Ministerio de Justicia y Negocios Eclesiásticos la resolución de la asamblea departamental.
La asamblea había formado una comisión para tratar el asunto y responder puntualmente la orden del ministerio; su dictamen, aprobado sin cambios, resumía primero los antecedentes de la solicitud y sus trámites, únicamente en los años previos a la independencia: nada se decía de las representaciones enviadas por los congresos estatales.
Hecho lo anterior, se limitaron a contestar afirmativamente las preguntas plantea-78 La correspondencia sobre este punto puede consultarse en Barradas, Celestino: Historia de la Iglesia en Veracruz, Ediciones San José, Xalapa, s.f., tomo I, págs. 127-132.
79 El texto de la bula en castellano puede verse en Barradas: Historia de la..., tomo I, págs. 135-144.
80 Bases orgánicas de la República Mexicana, artículo 87, fracción XIX.
81 AGN, Justicia Eclesiástica, 147, "Bula pontificia sobre la erección de una Mitra en el Departamento de Veracruz", fs.
246-268v y 317-330. das por el ministerio sobre si habría edificios convenientes para el obispo, su cabildo y el seminario diocesano, y si las rentas decimales bastarían para sustentar tales instituciones con un mínimo de 15 mil pesos, sólo incluyeron dos puntos al final de su dictamen: uno que recordaba la "absoluta necesidad" y "positiva utilidad" de erigir la nueva diócesis, y el segundo, más significativo, que reiteraba que en su delimitación "debe comprenderse todo el territorio q.e se incluye en los limites civiles de q.e hoy consta este Dept.o ó en adelante constare".
82 El obispado se revelaba así como una forma de reforzar una delimitación territorial de carácter político, y por ello mismo, como una institución que habría de garantizar la lealtad de los habitantes, y en particular la de los clérigos.
En los meses siguientes el gobernador veracruzano se ocupó de recordar la urgencia de que la bula tuviese cumplimiento, primero con una breve nota del 22 de marzo de 1846 fundada en "las necesidades espirituales de los pueblos";83 después, el 8 de mayo, fue más allá y, además de un punto ya conocido -la falta de visitas pastorales-, agregó uno más: según él, la provisión de curatos se hacía "las más veces" interinamente, y el cura así nombrado "solo se afana pr. reunir cuanto pueda pa. sostenerse en caso de ser removido", surgían por ello conflictos con sus feligreses en los que la autoridad civil intervenía, "siguiendose disgustos y aun escándalos q.e acaban algunas veces con sucesos muy desagradables" hasta que las quejas llegaban finalmente a la Silla Episcopal, la que no alcanzaba a solucionar el conflicto.
"No será lo mismo -concluía-cuando el Dep.to tenga en su seno su silla episcopal q.e palpe de cerca todos los abusos q.e se cometen y que en contacto inmediato con las superiores autoridades obrará segun lo exija la justicia y conveniencia de cada poblacion".
84 Cabe señalar que el funcionario no citaba ningún caso particular del tipo de conflicto que describía y, por otra parte, tampoco ocultaba que a través de la provisión interina la mitra evitaba el derecho de exclusiva que correspondía al gobierno departamental.
La urgencia del gobierno pues, parece más una preocupa-ción política, interesada en reforzar su legitimidad, que propiamente un interés pastoral.
Aunque el Consejo de Gobierno recibió estas notas, su caída a mediados del año y el inicio de la guerra contra los Estados Unidos retrasaron nuevamente el trámite de la bula; éste se reanudaría hasta 1848, cuando se desarrollara el conocido debate entre las principales ciudades del estado que solicitaban ser beneficiadas con la sede diocesana.
"Utilidad, necesidad y consentimiento de los Obispos interesados" habían sido, como indicamos antes, los criterios para la erección de nuevas diócesis en la monarquía hispánica.
Veracruz insistió en la utilidad y necesidad, mas no consiguió la aprobación episcopal, que probó seguir siendo un argumento con un peso específico tal que no pudo ser compensado con el apoyo del virrey.
En ese sentido, este caso ejemplifica los límites de los cambios y reformas promovidas por los monarcas borbónicos; a pesar del fortalecimiento de la autoridad secular frente al clero, parece claro que en este tipo de negocios, menos llamativos, pero acaso más cercanos a las élites locales del virreinato, la Corte no podía sino respetar los equilibrios tradicionales entre las dos potestades.
Un cambio drástico ocurre entre uno y otro período, la coyuntura de la independencia ciertamente no modificó la confesionalidad del Estado y el respeto a las autoridades religiosas, pero el contexto institucional ya no es el mismo, existe la posibilidad, que se hará realidad al final de la primera república, y sobre todo a mediados de siglo, de medidas unilaterales de parte del gobierno civil que es ya, como hemos dicho, la representación de un Estado en el sentido moderno del término, un Estado que además requería ganar lealtades.
Desde esa óptica, los congresistas veracruzanos llevaban razón en elegir un obispo y no un vicario de tres obispos distintos: sin duda, habría también garantizado un acceso directo a los curas párrocos y a los frailes de todo el territorio estatal, quienes desde el púlpito y el confesionario eran los que realmente tenían contacto directo con sus comitentes.
Sin embargo, irónicamente en esta época los jerarcas eclesiásticos tampoco se sentían plenamente seguros de la lealtad ni de los fieles ni de los sacerdotes a su cargo; al respecto, el obispo Antonio Joaquín Pérez reconoció: "... soy de parecer que hasta tanto no estemos constituidos y cimentado en todas partes el sistema federal que hemos jurado están como enervadas las autoridades y principalmente la eclesiástica, lo diré con dolor, para hacerse obedecer y acatar de los pueblos...".
85 Por el contrario, intentos menos explícitos de controlar a la Iglesia acaso fueron más efectivos en asegurar la lealtad de la jerarquía, como lo muestran tanto los primeros años del primer federalismo como la década de centralismo, período este último en que el gobierno federal se sostuvo en buena medida gracias a los préstamos del Episcopado.
86 En cambio, para ir construyendo la lealtad de la sociedad fueron empleándose otros medios conforme avanzaba el siglo, como la creación de un calendario cívico secularizado, enriquecido, en parte gracias a los caudillos militares; 87 o bien, la movilización de otras identidades particularistas locales, propias de otros actores con no menos presencia social, como los hacendados y rancheros.
Entre tanto, la historia de la diócesis veracruzana conocería diversas vicisitudes, que involucraban sobre todo a las ciudades de Xalapa, Orizaba y Veracruz, que se disputaron la Silla Episcopal, hasta concretarse la resolución final a favor de la primera ciudad en 1850.
Todavía pasarían trece años para que se preconizara al primer obispo, D. Francisco Suárez Peredo y Bezares, en 1863.
Para entonces la postura de los liberales mexicanos iba ya en el sentido de separar la Iglesia del Estado, y dejar en el olvido el tema del control del Estado sobre la Iglesia, propio de la antigua querella del Patronato Nacional.
85 Citado por Connaughton, Brian: Ideología y Sociedad en Guadalajara, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1992, pág. 252.
Sobre los problemas locales de los curas párrocos y sus feligreses en los primeros años de la década de 1820: Rangel Silva, José Alfredo: "Lo que antes era Casa de Dios...
86 Véase Connaughton: "El ocaso del proyecto...". |
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Un espacio de representaciones textuales de Indias
El reinado de Felipe III conoció el surgimiento de textos fundamentales para el acervo de la cultura política indiana.
Los escritos con los que se cuenta para el estudio de este período, tanto impresos como manuscritos, permiten múltiples acercamientos que sirven de guía hacia los debates sobre las Indias en los inicios del siglo XVII.
Al igual que sucedió con otros reinos, las alusiones a América comprendieron mucho más que aquello ocurrido exclusivamente a sus habitantes o en sus territorios.
De hecho, la vastedad de las implicaciones de las dinámicas indianas, con repercusiones en la política, economía, sociedad y cultura del conjunto de la monarquía hispánica (y aun más allá), resulta clave para comprender la profusión y diversidad de escritos que versaron sobre las problemáticas del Nuevo Mundo.
1 Cuando el historiador se sumerge en busca del pulso político de la época, poco a poco comienza a desarrollar la presunción de que, más allá de la heterogeneidad, las «raíces, rasgos e influencias» 2 de esta pluralidad generaron un paraje imaginario en el que coincidieron, y en algunos casos dialogaron, las más variadas formas textuales.
3 En este sentido, se podría hablar de la existencia de un ámbito de representaciones indianas en forma de textos escritos, entendido como un espacio en el que convergieron informaciones, reflexiones, inferencias, propuestas y debates respecto de las cuestiones americanas.
Este ámbito, al igual que otros espacios de discusión de la monarquía, se valió para su comunicación de un lenguaje común que compartieron los reinos, como verdadero conjunto de signos de expresión para ser comprendido.
Las características integradoras de este lenguaje no le hicieron, sin embargo, indiscutible.
El lenguaje de la monarquía no fue estático, porque las representaciones que lo alimentaron constituyeron entidades vivas, con capacidad para construir, y destruir, experiencias políticas y sociales.
Por ello el valor de las representaciones textuales, en tanto que generadoras de sentido, viene dado por su capacidad para ofrecer diferentes claves con las que comprender cuáles fueron los temas, las ideas y los debates sobre las LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS Indias, pero también los gestos y comportamientos políticos.
Las representaciones nos ofrecen, de esta manera, discursos y prácticas de las polifónicas relaciones políticas indianas.
Historiar, teorizar, informar, peticionar y proponer, elevar y entretener, fueron posiblemente los principales ejercicios de los que discurrieron sobre las Indias en este tiempo, ya sea de manera exclusiva o puntual, en un texto, y a sabiendas, la mayoría de ellos, del eventual potencial de sus contribuciones.
Aun con matices y divergencias, los asiduos intercambios de unos a otros escritos ponen de relieve la fuerza comunicadora de ese espacio de convergencia.
Y aunque fueron muy variados los temas que se sometieron a estas acciones, en este estudio nos interesa la vertiente política, es decir, los nodos centrales del debate americano en el reinado de Felipe III.
¿Por qué interesa este período?
Porque desde finales del reinado de Felipe II y principalmente durante el de su sucesor surgieron textos que dieron vitalidad a las cuestiones indianas, dando a conocer cuáles fueron los debates y mostrando cómo se renovaron las respuestas dadas a sus problemáticas.
Pero hay más, asumiendo que estos textos constituyeron representaciones, es pertinente considerar que fueron actores de las relaciones políticas, con capacidad para crear discursos pero también para movilizar prácticas, en un tiempo donde la palabra escrita fue un camino altamente transitado y en el que los vínculos entre los escritos y los escritores demuestra la consolidación de una comunidad política indiana.
Aunque en esta ocasión no se entrarán a considerar a fondo los textos de mayor pureza teórica, sin embargo, parece oportuno señalar que en el reinado de Felipe III iniciaron su andadura una serie significativa de ellos.
Más allá de lo relacionado con su circulación o impresión, sin duda relevante, se quiere hacer constar la confluencia, en ese espacio de representaciones textuales indianas cargado de préstamos, del comienzo de las actividades de intelectuales cuyos nombres van profundamente asociados al pensamiento político americano.
Se trató de textos que adquirieron la calidad de referentes y fueron generados por Juan de Zapata y Sandoval, 4 Juan Ortiz de Cervantes, 5 o Juan de Solórzano Pereira, 6 entre los más destacados.
Verdaderos constructores políticos, con recíprocos y sucesivos préstamos AMORINA VILLARREAL BRASCA de argumentos ajenos, que compusieron nuevos fragmentos en las relaciones de poder con las Indias, y que serán retomados por un nutrido número de teóricos de diversas disciplinas durante toda la andadura de la monarquía en América.
En este tiempo se utilizaron palabras escritas para representar las principales preocupaciones indianas, y estas no solo fueron abordadas en escritos políticos y jurídicos.
Antes bien, podría decirse que la inclinación por la historia fue una de las tendencias preferidas para representar las inquietudes del Nuevo Mundo.
Ya sea de forma íntegra o como parte de un texto, las representaciones del mundo indiano encontraron refugio, e impulso, en los brazos de la nodriza de los hombres.
En este sentido, el principal objetivo de este artículo no es hacer un trabajo de literatura indiana o del Siglo de Oro, 7 sino poner de manifiesto la vertiente política de la historia de los reinos de Indias durante el reinado de Felipe III.
El profundo valor de las representaciones textuales indianas de corte histórico fue evidente para una destacada tradición historiográfica que se ocupó de la edición y estudio de obras fundamentales, sabedores -como señaló Carlos Gálvez-de su naturaleza como productos culturales que permiten la comprensión y asociación a distintos fenómenos del pasado.
8 El importante conjunto de relaciones y crónicas escritas durante el siglo XVI constituyó una abundante fuente de informaciones y de sensibilidades que las siguientes generaciones utilizaron e interpretaron.
El recurrente aprovechamiento de los textos anteriores tuvo mucho de ejercicio de usufructo, con todas las ventajas de una práctica que logró la conservación del patrimonio de representaciones existente a la vez que permitió su actualización.
Estas re-elaboraciones sucedieron sobre las obras de mayor impacto dentro de los circuitos de la monarquía pero también de escritos silenciados, bien por el secretismo de la Corona respecto de las informaciones indianas o por la imposibilidad que tuvieron otras de sortear la censura previa.
9 7 A pesar del enorme valor y utilidad de estos trabajos, desde los más clásicos hasta los más recientes, resulta imposible citar a todos.
Además, esto no es un artículo acerca del estado de la cuestión de los estudios sobre los textos utilizados.
9 Bouza, 2008, 30-31 Pasados los tiempos iniciales, en principio caracterizados por escritos de mayor carga informativa y descriptiva, la siguiente promoción encontró en el relato histórico una forma narrativa con la que acometer la construcción teórica del pasado indiano y también una serie de ejercicios de reflexión crítica sobre su presente.10 Para ponderar el interés de fijar el estudio en el reinado de Felipe III, deben subrayarse algunos de los textos (que no todos) de alto contenido histórico que se escribieron en este tiempo y que configuraron un referente para los contemporáneos y para la cultura política indiana a partir de ese momento.
Se trató de Crónica mexicana (1598) y Crónica Mexicáyotl (1609), de Hernando de Alvarado Tezozomoc, nieto del emperador Moctezuma; Sátira hecha a las cosas que pasan en el Pirú (1598), escrita por el mordaz Mateo Rosas de Oquendo; El peregrino india no (1599), épica panegírica del hombre de letras Saavedra Guzmán; Las re laciones universales del mundo (1599) y Descripción de todas las Provin cias, Reynos, Estados y Ciudades principales del mundo (1602), que reunió Giovanni Botero y en las que polemizó con las descripciones clásicas de las Indias; Historia General, o Décadas (1601-1615), discurso autorizado del cronista de Indias Antonio de Herrera y Tordesillas; Grandeza mexicana (1604), por el erudito Bernardo de Balbuena; Sumaria relación de las cosas de la Nueva España (1604), del benemérito Baltasar Dorantes de Carranza; La relación de las antigüedades del Reyno del Pirú (1608), que defendió el noble indígena Pachacuti Yamqui; Conquista de las islas Malucas (1609), del egregio Bartolomé Leonardo de Argensola; Comentarios Reales de los Incas (1609), escritos por el mestizo y honorable Inca Garcilaso de la Vega; Historia de Nuevo México (1610), del criollo formado en Salamanca don Gaspar de Villagrá; Historia General del Perú (1611), por el influyente fray Martín de Murúa; Nueva crónica y buen gobierno (1615), relato descarnado de Felipe Guaman Poma de Ayala; Monarquía Indiana (1615), defensa histórica y política de las Indias del fraile Juan de Torquemada; Noticia General del Perú (1613-1635), texto clave del contador Francisco López de Caravantes y contemporáneo de la Corónica Moralizada (1615-1638), del fraile Calancha; Descripción de Indias (¿1616?), uno de los textos indianos finalizados por el humanista Pedro de Valencia; y Memorial de las Historias del Nuevo Mundo (1631), concebida durante el reinado de Felipe III por fray Buenaventura de Salinas, quien ante tanta producción histórica (y también jurídico-teórica) decidió construir un relato aglutinador.
El final del siglo XVI conoció un mayor espíritu crítico en los textos de Indias.
Posiblemente, quien mejor representó este movimiento fue José de Acosta y su Historia Natural y Moral de las Indias (1590).
El jesuita contó con la experiencia de una larga trayectoria en territorios tanto del Perú como de la Nueva España, y tras haber leído y consultado diversos libros y relaciones de lo sucedido en las Indias, sostuvo que «hasta ahora no he visto autor que trate de declarar las causas y razón de tales novedades y extrañezas de naturaleza, ni que haga discurso e inquisición».11 La carencia que subrayó Acosta fue la que intentó suplir con su obra, porque aunque el mismo autor sostuvo que el Nuevo Mundo ya no era nuevo y se había escrito mucho sobre él, sí que «en alguna manera se podrá tener esta Historia por nueva»,12 no por los temas o los datos de la obra, sino por la novedad del método.
El estudio del jesuita, cargado de nuevas propuestas de interpretación acerca de América, tuvo buena acogida en la corte y recibió aprobación por parte de los censores y licencia de Felipe II para su impresión.
Además, el monarca le extendió permiso para una dedicatoria a su hija mayor, Isabel Clara Eugenia, a quien el autor encomendó su obra con el propósito de que la infanta tuviera ocasión de «considerar en obras que el Altísimo ha fabricado en la máquina de este mundo, especialmente en aquellas partes que llamamos Indias, que por ser nuevas tierras, dan más que considerar, y por ser de nuevos vasallos que el sumo Dios dio a la Corona de España, no es del todo ajeno ni extraño su conocimiento».
13 De este modo, Acosta colocó la historia de los reinos de Indias en el corazón de la corte y en las manos de la posible soberana de América.
Respecto de la percepción del jesuita sobre una cierta deficiencia de los escritos históricos, cabe apuntar que esta se corresponde con un momento historiográfico concreto.
Como apuntó Gil Pujol, el Renacimiento había dado auge y señas de identidad al trabajo histórico, guiado por la lux veritas de Cicerón y en búsqueda constante de esa verdad que Tucídides había consagrado como posible de hallar.
Para finales del siglo XVI, la historia se hallaría en un «punto muerto», y de aquellas anteriores conciliaciones exitosas al realizar la escritura del pasado sin faltar a la verdad para utilidad pública, se había pasado «a una extensa acumulación de información, carente del nervio analítico que había elevado a la mejor historia humanista».
14 Para LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS esta situación de estancamiento, la influencia de los comentarios de Justo Lipsio a los clásicos Tácito y Séneca significó un importante estímulo en la recuperación del interés por la historia.
15 El constructor de la teoría de la razón de Estado impulsó el movimiento historiográfico.
Tal como escribió Lipsio, a los príncipes no podían faltarles «buenos ingenios, que escriban las crónicas de su tiempo», 16 y a ello añadió Giovanni Botero que tampoco los príncipes podían dejar de patrocinar «una historia bien escrita que sea leída por todo el mundo y recorra el mundo entero».
17 Es así como desde inicios del siglo XVII se reanudó con interés el ejercicio de hacer historia, continuando una tradición renacentista a la vez que incorporando, en mayor o menor medida, una visión más crítica y documentada del pasado.
La vigorización de este período no solo alcanzó a los monarcas y sus círculos más cercanos, también los súbditos, las ciudades y otras instituciones florecieron en narraciones por encargo o voluntarias.
En este sentido, las Indias fueron parte de este interés general por la historia.
Así y todo, avanzado el reinado de Felipe II se puede hablar de una tendencia específica cuando se agudizó la preocupación por la historia de América y se tomaron medidas concretas, como la creación de una figura ad hoc: la del cronista de Indias.
18 Después de todo, fue cuestión de consolidar la noción de Imperium, concepto político fundamental para apuntalar la configuración territorial de la Monarquía.
El Consejo de Indias y la Historia de América
El importante impulso que recibió la figura del cronista de Indias durante el reinado de Felipe III fue de la mano de uno de los presidentes más sobresalientes que tuvo el Consejo de Indias, el VII conde de Lemos.
19 Una vez presentados, el joven presidente convenció a Pedro de Valencia para que permaneciera en la corte, donde tan estimados serían sus consejos.
20 A la vez, el conde de Lemos le ofreció el oficio de cronista de Indias, como forma de asegurar una posición en la corte y con el objetivo de que este 15 Kagan, 2010, 181-183.
20 Informaciones sobre el cronista Pedro de Valencia, s/l, s/d, AGI, Indiferente General, 752, s/f.
AMORINA VILLARREAL BRASCA realizara un trabajo que fuera verdaderamente analítico con el pasado pero proyectado hacia el presente de las Indias.
Tal como reza el título de su nombramiento, fue designado historiógrafo y cronista general de las Indias Occidentales, teniendo consideración de las muchas letras, erudición, lectura, inteligencia de lenguas, continuo estudio y curiosidad en inquirir y saber la escritura sagrada, doctores y historiadores y otras muchas y buenas partes que concurren en vos [...] y considerando lo mucho que importa que semejantes personas se ocupen en hacer las Historias por el crédito, autoridad y verdad con que su escritura se a de conservar en la memoria de las gentes.
21 Valencia aceptó con la condición de que el oficio de cronista no fuera una carga para sus estudios, para los que pidió garantías de libertad, «no porque no sea el oficio de cronista muy honroso y digno de que lo sirvan personas muy calificadas: sino porque el ejercicio de él requiere no solo letras y estudios, sino noticia y experiencia» y porque en algunas ocasiones esta actividad podía suponer la censura de algunas vidas y comportamientos, un trance en el que Valencia no quiso verse sometido ni entrar a valorar bajo ningún «interés humano».
22 Esto último puede que fuera una alusión a la reputación que siempre acompañó la actividad del otro cronista indiano, Antonio de Herrera y Tordesillas, quien fue acusado en más de una ocasión de poner precio a la consideración de los personajes de sus escritos.
23 Más allá de la interesante convivencia de dos cronistas indianos con actitudes opuestas respecto de la tarea del historiador -lo cual demuestra las muchas maneras de representar el pasado aun en los discursos autorizados-, aquí interesa resaltar cómo la tendencia por una historia escrita por los más prominentes intelectuales alcanzó el centro de poder de las Indias en la corte e intentó desplazar los otros modos.
El conde de Lemos introdujo más iniciativas de mecenazgo relacionadas con la escritura de la historia y el gobierno de las Indias.
24 Entre ellos cabe recordar el encargo 21 Copia del Título de Historiographo y Chronista General de las Indias Occidentales para el licenciado Pedro de Valencia, Madrid, 4 de mayo de 1607, AGI, Indiferente General, 874, s/f.
22 Memorial de Pedro de Valencia, cronista, s/l, s/d, AGI, Indiferente General, 752, s/f.
24 Es más, el ya mencionado Juan de Zapata declaró el papel protagónico del conde en su texto sobre la justicia distributiva y la oposición a la acepción de personas en los reinos indianos.
También Juan de Solórzano dejó constancia de que fue Lemos quien propició su andadura en el Perú, para que los mejores egresados de la Universidad de Salamanca adquirieran experiencia y se encargasen del gobierno práctico y teórico de Indias.
Carta del Dr. Juan de Solórzano Pereira al fiscal del Consejo de Indias, Lima, 1 de mayo de 1620, AGI, Audiencia de Lima, 96, s/f.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS a Bartolomé Leonardo de Argensola para hacer una historia documentada de la conquista de las islas Molucas -en cuya empresa fue vital la participación novohispana-y reafirmar la legitimidad de Felipe III en unos territorios disputados por otros reinos europeos.
25 Las consultas del Consejo de Indias durante su presidencia dan buena cuenta de la búsqueda de una construcción fidedigna a la par que, conforme a los paradigmas de la razón de Estado, una historia indiana en equilibrio, que se abriera paso, guiada por el documento, hacia una verdad objetiva que robusteciera los credos políticos de la monarquía.
Así lo entendió Valencia cuando afirmó:
AMORINA VILLARREAL BRASCA más noticia de aquella guerra de lo que está escrito de ella».
28 Haciendo gala de su pragmatismo, el Consejo propuso al rey que no se tuvieran en cuenta los argumentos del cronista y se le reclamara un trabajo escrito, del modo que fuera.
Por el contrario, el monarca, a través de su privado, ordenó que se aceptara la decisión de Valencia y que se le dejara continuar con otros textos que el humanista sí consideró aceptos al servicio de la verdad y del monarca.
Resulta importante subrayar las razones por las cuales Pedro de Valencia creyó que no se debía ahondar más en el pasado chileno, y ello fue porque entendió que «haciendo en ella el deber del oficio de historiador, se han de ofender personas de calidad, y sus hijos y familias, y se ha de infamar la nación española de injusticias, avaricias, y crueldades, que gustarían mucho de saber los extranjeros, herejes y enemigos de esta monarquía».
29 Desde luego, el ejercicio de una historia fiel a las fuentes no podía atentar contra la reputación de la monarquía, uno de los principios rectores de la política moderna, ni convertirse en herramienta para aquellos que socavaron y negaron la autoridad del monarca.
Más interesante aun puede ser la idea de que la pureza en el oficio de historiador pudo traer graves consecuencias para la consideración de los súbditos que tuvieron sus méritos en los reinos de Indias, negándose Valencia a ejercer de «pregonero de culpas ajenas».
30 Los miembros del Consejo de Indias fueron conscientes del impacto de los contenidos que se representaron en los textos históricos, y así lo manifestaron a propósito de una consulta solicitando provisión real para recoger todos los impresos de La Dragontea, por sus informaciones inexactas sobre América.
Para el Consejo, el poema épico de Lope de Vega «contiene muchas cosas de Indias contra la razón cierta que se tiene dellas y en perjuicio de muchos que han servido bien».
31 En este sentido, el sínodo señaló la necesidad de una historia puntual y apegada a la verdad de los hechos pasados, especialmente porque de ellos se valieron los vasallos para «fundar las pretensiones de que se les gratifiquen sus servicios, o de 28 Consulta del Consejo de Indias en la pretensión de Pedro de Valencia, cronista, Madrid, 17 de septiembre de 1616, AGI, Indiferente General, 752, s/f.
29 Memorial de Pedro de Valencia, cronista, s/l, s/d, AGI, Indiferente General, 752, s/f.
Pedro de Valencia tuvo una estrecha relación con Fernando Machado, quien fue a servir a Indias como relator de la Audiencia de Quito y prosperó hasta alcanzar la plaza de oidor en la Audiencia de Chile, donde fue de ayuda para la tarea del humanista.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS sus pasados, y poner pleitos y demandas».
32 Es más, el Consejo apuntó que esta fue una de las principales razones de la creación de la figura del cronista específico para Indias y defendió su jurisdicción en las decisiones relacionadas con estos escritos, porque, en definitiva, fue en este tribunal donde acabaron dichas causas.
Por ello pidió al rey que «para evitar los inconvenientes referidos y relaciones encontradas como se ha visto, que V. M. ordene al Consejo de Castilla que no de licencia para que se pueda imprimir ningún libro en que se trate de cosas de Indias sin que primero se vea en el consejo dellas, donde es fuerza que se a de tener mas particular y puntual relación que en otro Tribunal».
De esta manera puso de manifiesto su celo con los textos relacionados total o parcialmente con la historia de América, al igual que para con la actividad del Consejo de Castilla en los asuntos indianos, por las repercusiones directas en sus labores de gobierno y por su íntima relación con el papel político del monarca en los reinos de Indias, como principal responsable y garante de la administración de la gracia.
En este sentido, se puede decir que el Consejo de Indias intentó encausar la coincidencia entre el interés de la Corona por la historia de sus reinos junto al servicio del vasallo en forma de ensayo histórico, a la vez que intentó evitar repercusiones en la administración política de la gracia real hacia los méritos americanos.
A pesar de los esfuerzos institucionales, la historia que avaló el Consejo representó solo una parte de los textos indianos de contenido histórico.
Conociendo la disposición de la monarquía hacia la historia, y teniendo en cuenta la lógica del servicio al rey como uno de los umbrales interpretativos de los comportamientos sociales de la Edad Moderna, se puede decir que los súbditos encontraron en la escritura de la historia una forma de servicio para entregar al monarca, al virrey u otras autoridades.
En este sentido, se detecta en el corpus de obras que el servicio fue la recurrente intención de la escritura.
Ahora bien, fueron varias las maneras de afrontar la práctica de este servicio.
En un primer nivel, los servidores ejercieron de historiadores a la espera de la justa recompensa por el esfuerzo realizado.
Sin embargo, la 32 Ibidem.
AMORINA VILLARREAL BRASCA mayoría de ellos agregaron a este más pretensiones o causas, valiéndose del relato histórico para construir discursos con grados diferentes de reivindicación.
Y no solo a propósito de los premios reclamados por los servicios de los beneméritos de la tierra, una motivación común en los indianos, sino que los casos y las causas mostraron una complejidad mayor.
Por ejemplo, en El peregrino indiano se declaró la oportunidad del servicio a Felipe III por ese reino al que se calificó de carente de historia, pues según el autor lo que le animó aun más en la empresa fue el saberse descendiente de conquistadores y nacido en México, «donde ningún historiador ha avido».
34 Con esta premisa, desarrolló un relato épico en el que se describieron los hechos del pasado pero también las justas causas del presente.
Saavedra Guzmán expuso, de forma imbricada con la crónica, su causa personal como ex-corregidor destituido del cargo por falsas acusaciones de sus opositores políticos.
De esta manera, en un ejercicio acumulativo, hizo constar el pasado, pero también sus problemas con el ejercicio del poder a nivel local y la dificultad del acceso a la justicia real desde las Indias.
Esto es, a la par que hizo historia de los mexicas y los hechos heroicos de sus antepasados, fue reflexionando sobre el presente indiano y reclamando la imparcialidad que merecieron los actos de siglos anteriores tanto como los puntuales de su propia carrera de servicio.
35 En la rica diversidad del servicio de hacer historia, otros textos llegaron a justificar la escritura de planteamientos políticamente controvertidos en los presupuestos del acto de servir, como si ello les hubiese otorgado un escudo protector que permitió dar contenidos críticos a los relatos.
Así, en la obra del Inca Garcilaso se comenzó por declarar la voluntad de contribuir a la edificación de la historia de las Indias, sin deseos de contradecir a nadie, únicamente por el interés de «servir a la república cristiana» y «forzado del amor natural de la patria».
36 Además, y en consonancia con el renovado interés por una historia documentada, se señaló que no solo se había sido oyente y testigo del gobierno de los reyes incas, sino que también «consta claro, no solamente por las cuentas y nudos anales de los indios, mas también por los cuadernos fidedignos, escritos de mano, que el virrey Francisco de Toledo mandó a sus visitadores y jueces y a sus escribanos que escribiesen, habiéndose informado largamente de los indios LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS de cada provincia.
Los cuales papeles están hoy en los archivos públicos».
37 Una vez asentados los principios de la autoridad de las fuentes, la obra edificó un relato del pasado prehispánico del reino del Perú a través de la exposición de hechos históricos a los que se realizó una lectura presentista, comparando de forma constante la antigua realidad incaica con la cultura política de la monarquía hispánica.
La narración buscó poner de manifiesto la naturaleza real del pueblo incaico, elevado al estatus de «monarquía» (un ejercicio común a muchas de las representaciones históricas de este período), a sabiendas de que esta categoría significó implícitamente que los monarcas españoles estuvieron llamados a respetar esta condición para con el reino y en consecuencia para con sus naturales.
Establecido este principio político, el ejercicio de la historia le permitió al Inca Garcilaso introducir el elemento testimonial, es decir, su relato como hijo de un benemérito y una princesa inca pero huérfano de gracia real, añadiendo a las disquisiciones teóricas sobre la monarquía peruana el componente fáctico de su caso.
Eso sí, a pesar del tono conciliador que recorre la obra -y que reveló un anhelo de reparación-, en más de una ocasión el texto subrayó con dureza la justicia de las reclamaciones del autor y de los vasallos del rey en Indias.
Y no solo denunció las sinrazones de acuerdo a la calidad teórica de los reinos americanos, sino que también mentó las fuerzas de sus riquezas como argumento dialéctico.
Ciertamente a propósito de la historia, el texto de Garcilaso puso en valor la oralidad de los relatos andinos del pasado, aun teniendo conciencia de que su legitimidad sería cuestionada.
Resulta interesante cómo se utilizó, frente a una posible crítica respecto de estas fuentes, un considerando que tuvo menos que ver con las consecuencias jurídicas de ver al Perú como un reino que fue monarquía.
Por el contrario, se pasó a un ámbito más terrenal, donde cobraron fuerza probatoria los hechos, y ese lugar, común a tantos textos, fue la consideración de que las Indias tuvieron importancia para la monarquía en razón y medida de la contribución de sus riquezas.
Este pensamiento fue un tema nuclear en el debate político, donde la historia tuvo un papel significativo en las interpretaciones que se fueron formulando sobre la riqueza de América.
38 Para el texto del Inca Garcilaso, frente a la vital aportación del Perú, teniendo en cuenta lo que significó el patrimonio de este reino para el AMORINA VILLARREAL BRASCA esplendor del conjunto de la monarquía, no pudo caber para con su pasado otra actitud que la aceptación y la admiración, porque aunque algunas cosas de las dichas (y de las que se dirán) parezcan fabulosas, me pareció no dejar de escribirlas [...]
Porque, en fin, de estos principios fabulosos procedieron las grandezas que en realidad, de verdad, posee hoy España.
Por lo cual, se me permitirá decir lo que conviniere, para la mejor noticia que se pueda dar de los principios, medios y fines de aquella monarquía.
39 La contundencia de estas declaraciones seguramente estuvieron dirigidas a contrarrestar la circulación de un argumento específico sobre el pasado indiano visto como una mera alegoría, y que fue sostenido, entre otros, por Sebastián de Covarrubias, quien en su Tesoro de la Lengua Castellana opinó en la voz Fábula: «Los que habéis leído las crónicas de las Indias, cosa que pasó ayer, tan cierta y tan sabida, mirad cuántas cosas hay en su descubrimiento y en su conquista que exceden a cuanto han imaginado las plumas de los vanos mentirosos que han escrito libros de caballerías, pues éstas vendrá tiempo que las llamen fábulas».
40 Más virulento fue el lenguaje de las imágenes y las palabras del texto tradicionalmente atribuido a Felipe Guaman Poma de Ayala, 41 una vez más escudado en el servicio, en este caso al reino, que no al rey.
El texto se dirigió a Felipe III para cimentar los presupuestos de su representación del pasado al igual que del presente político del Perú: «Sacra Católica Real Magestad, vuelvo como príncipe de los indios de este reino.
Vuelvo por el reino».
42 Pero la licitud de su discurso histórico parece que estuvo dada más por su condición de verdadero cronista de la monarquía incaica, además de la calidad de su testimonio como príncipe de la casa real peruana: «y así es muy justo que yo de testimonio y firmado de mi nombre como coronista y príncipe de este reino».
El propósito de hacer una historia cierta, documentada y al servicio del reino buscó algo más que conformar un espacio de evocación del glorioso pasado incaico, porque «así escribo esta historia para que sea memoria, y que se ponga en el archivo para ver la justicia».
Es de señalar que Pedro de Valencia fue quien otorgó la censura de dicha obra, firmada el 3 de mayo de 1610 «por ser conveniente que de la propiedad, pureza y elegancia de una lengua se escriba en el tiempo que ella más florece» (Ibidem, IIr).
Respecto del debate sobre la autoría véase Numhauser, 2007.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS
Es decir, el ulterior propósito de la representación del imperio peruano, de la conquista española y la posterior administración del territorio hasta el siglo XVII, fue escrita para ser conservada, 44 con la intención de que pudiera convertirse en herramienta para estimular el principal mecanismo político que vinculó los vasallos indianos con el titular de sus reinos: la justicia real.
Las diferentes denuncias y demandas, del mismo modo que las propuestas y las alabanzas vertidas en las páginas de la Nueva Crónica, se expusieron también como principios activos con los que inducir la reacción en cadena de la administración de la gracia.
No solo para el caso individual del autor, quien pone en boca de su padre las intenciones relacionadas con el premio por su servicio, 45 sino también para el aprovechamiento de las pretensiones individuales y grupales de los demás súbditos herederos del Tahuantinsuyu.
Aunque el Consejo de Indias tuvo por presunción lo contrario, no todos los textos históricos de este período pueden recibir una interpretación exclusiva en clave de retribución por servicios más o menos identificables que fueron prestados al rey o al reino.
De hecho, hubo quienes se elevaron por encima de las pretensiones precisas para servir con relatos de más altos vuelos.
Tal fue el caso de la Historia General del Perú de fray Martín de Murúa,46 quien constituyó uno de los más conspicuos ejemplos en posicionar el pasado incaico en un análisis de coordenadas europeas.
Aunque otros, como el propio Inca Garcilaso o Felipe Guaman Poma, también lo ejercitaron, sin embargo en el texto de Murúa se fueron asimilando de manera metódica las peculiaridades culturales de las formas políticas peruanas a sus correspondientes en las monarquías de principios del siglo XVII.
Los Incas fueron presentados como reino, monarquía e imperio, porque «no se puede negar a los Ingas, haber sido en el gobierno político de este tan extendido reino sumamente avisados, y discretos, gobernando estos indios conforme pide su naturaleza y condición».
47 Las páginas se 44 En este sentido, la construcción de archivos como lugares de memoria y potenciales armas políticas, entre otras razones, fue un recurso frecuente en el siglo XVII.
45 «Y que demás del servicio de vuestra Magestad que resultará imprimirse la dicha historia, comenzandose a celebrar y hacer inmortal la memoria y nombre de los grandes señores antepasados nuestros agüelos como lo merecieron sus hazañas, deseando que todo esto se consiga, humilmente suplico a vuestra Majestad sea servido de favorecer y hacer merced al dicho mi hijo don Felipe de Ayala y para todos mis nietos, para que su pretensión vaya adelante, que es lo que pretendo de que vuestra Magestad nuestro señor guarde y prospere por muchos y muy felices años con acrecentamiento de mas reinos y señoríos».
AMORINA VILLARREAL BRASCA sucedieron en detalles que bien pudieron constituir la administración de Felipe III a través del sistema polisinodial en un entorno cortesano, y lo que emergió de las palabras escritas fue algo más importante que el afán pedagógico del fraile mercedario.
Como si se tratara de una sustancia nutricia, el texto otorgó consistencia política a una entidad de gobierno anterior para revalidar la condición de reino del conjunto del Perú.
Y mediante la descripción minuciosa de la actividad administrativa del imperio Inca se puso de manifiesto la compatibilidad del trasvase de un modelo en el que el Inca representó un verdadero monarca: «El modo con que los gobernaba [el Inca] era que tenía en el Cuzco, junto a su persona, cuatro señores orejones de los más principales, y de más experiencia y entendimientos, sabios en la paz y en la guerra, los cuales eran como cuatro consejeros de Estado, de cuyas manos y prudencia pendía todo el Reino, así en las cosas de policía como de guerra».
El texto no solo asimiló la idea de un soberano en su corte junto a sus más leales servidores ejerciendo el deber de consejo, sino que fue más allá y sostuvo que esos leales fueron de la misma calidad que los consejeros de Estado: «Estos orejones eran de su linaje del Ynga, y parientes muy cercanos, o hermanos, o tíos, y después dél eran las personas de más autoridad en la corte».
Estos hombres principales también «despachaban y proveían los negocios» y a su vez cada uno de ellos fue cabeza de consejos territoriales, no por materias, sino que actuaron como presidentes de otros consejos donde «cada uno tenía a su cargo una de las cuatro provincias dichas, de Colla Suyo, Ante Suyo, Conti Suyo y Chinchay Suyo».
Al igual que en un consejo real de tipo territorial, «los que venían a negociar al Cuzco, acudían al suyo, el cual les oía, si eran negocios livianos, los proveían y despachaban ellos luego, sin detenerlos», lo que habría constituido una verdadera consulta a boca.
Pero «si eran negocios de más calidad, los comunicaban entre sí, y si eran cosas arduas de mucho peso, daban cuenta al Ynga, y entraban en acuerdo, todos juntos con él, y si el que venía a negociar era curaca, o capitán, o indio principal, entraba él también en la consulta, para oírle el Ynga y que diese sus razones.
Oídas, si el negocio pedía más acuerdo, llamaba a otros consejeros inferiores, con los cuales se confería y trataba, y con brevedad los despachaban».
48 Los asuntos de los vasallos fueron sometidos a un proceso consultivo colegiado y a boca, llevado adelante por consejeros reales, sobre el que finalmente recayó la decisión del soberano.
Al igual LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS que esta cita, se podrían seguir enumerando diferentes ejemplos en este texto, y en otros, acerca de la asimilación entre el pasado político peruano y la monarquía hispánica, con una importante carga de revalidación política de la categoría del ámbito americano.
Porque el asunto no fue baladí.
La condición que poseyeron los dominios americanos con anterioridad a ser incorporados tuvo profundas repercusiones.
Una de ellas entronca directamente con la siempre debatida cuestión del modo de incorporación de América, dado que la naturaleza del gobierno que fue subsumido vino a completar las distintas interpretaciones respecto de si se trató, en definitiva, de una unión principal o accesoria de los reinos de Indias a la Corona de Castilla.
49 Aunque el hecho de la conquista por la fuerza o la renuncia voluntaria del antiguo titular, pueda ser visto como un simple acto jurídico, lo cierto es que cada forma generó un tipo de relación con consecuencias políticas, y los acalorados debates que acompañaron el tema dan buena cuenta de su trascendencia funcional.
En este sentido, la representación de una historia indiana en la que la condición gubernamental anterior a la llegada de los españoles fue una monarquía a semejanza de la hispánica, otorgó sustancia a la defensa de la consideración para los territorios indianos de reinos principales.
De esta manera, los textos históricos que apoyaron la existencia de monarquías indianas coadyuvaron a robustecer el principio político de que las Indias merecieron un vínculo directo al poder real y una relación de iguales respecto de otros reinos del conglomerado monárquico.
Del mismo modo que lo hizo Murúa para el Perú, en el caso novohispano fue fray Juan de Torquemada quien elevó el pasado mexica a la categoría política de monarquía.
50 Resulta destacable cómo Monarquía Indiana defendió el poder restaurador de la historia.
El relato cierto de los hechos ocurridos, por sus características de texto contrastado, se entendió capaz de arrojar luz sobre las situaciones presentes y, de este modo, mostrarse como causa para la actuación de la justicia.
El alegato de Torquemada acerca de una historia entendida como un «beneficio inmortal que se comunica a muchos» alude a sus propiedades inmutables, porque «los montes no la estrechan, ni los ríos, ni los años, ni los meses, porque ni está sujeta a la diferencia de los tiempos, ni del lugar».
Desdeñando otros textos contemporáneos que, según esta tesitura, utilizaron el ejercicio de historiar para ensalzar hechos relacionados con la satisfacción de motivaciones egoístas, AMORINA VILLARREAL BRASCA se sostuvo que la verdadera historia, por sí sola, «es un enemigo grande y declarado contra la injuria de los tiempos, de los cuales claramente triunfa».
Por ello, y en armonía con los nuevos modos historiográficos, se declaró la magnitud del compromiso que adquiría un auténtico historiador porque escribir historia de verdades, no es tan fácil como algunos piensan; es menester, fuera de otras mil cosas, una diligencia grande en la inquisición de las cosas verdaderas, una madureza no menor en conferir las dudosas y en computar los tiempos, una prudencia particular y señalada en tratar las unas y las otras, y sobre todo, en la era en que estamos, es menester un ánimo santo y desembarazado para pretender agradar solo a Dios, sin aguardar de los hombres el premio.
51 De ese modo, se justificó que las historias de las monarquías indianas no fueron esfuerzos denodados por encumbrar la antigüedad prehispánica, sino textos desinteresados sobre objetivas circunstancias pasadas.
Ahora bien, en tanto y en cuanto estos tuvieron la capacidad de incoar la justicia, cabe subrayar que los textos históricos hicieron las veces de alambicadas defensas de la condición de aeque principaliter de los reinos de Indias, dejando al descubierto el implícito derecho político de los americanos a ser considerados vasallos de primera categoría y la obligación gubernativa de la Corona de estimar los asuntos indianos como esenciales por su naturaleza principal, en oposición a accesorios, en este caso, y principalmente, de Castilla.
Resulta revelador el hecho de que estas dos representaciones -de Murúa y Torquemada-sobre las monarquías indianas solventaron el obstáculo de la censura a través del dictamen favorable del cronista de Indias Pedro de Valencia.
52 Es decir, aun cuando la última palabra la tuvo el Consejo de Castilla, el sínodo indiano avaló la erudita construcción de los antepasados históricos de los reinos indianos como entidades monárquicas que nada tuvieron que envidiar a otras.
Allí se aseveró que tanto aztecas como incas practicaron estrategias imperiales de gobierno en territorios controlados jerárquicamente, comunicados y tributarios, con monarcas que encarnaron la justicia pero descansaron sus obligaciones en validos y consejos constituidos por orejones o pipiltin, se hicieron representar a la distancia en auquis o familiares que hicieron las veces de virreyes y respetaron las jurisdicciones de los nobles en sus señoríos, edificaron las admirables capitales del Cuzco y Tenochtitlán, donde se relacionaron al estilo cortesano, 51 Ibidem, XXVIII.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS y defendieron con ordenados ejércitos las causas del reino; y todo ello teniendo como guía los principios que, a pesar del desconocimiento del dios verdadero, consideraron como legítimos.
Los relatos de las monarquías indianas llegaron a tal intensidad que Murúa se animó a concluir, a propósito del gran Tupa Inga Yupanqui, que «puso toda la tierra de su señorío en concierto y orden con tanta prudencia, que si hubiera leído las Políticas de Aristóteles y todo lo que la filosofía moral enseña, no pudieran haberse aventajado tanto».
53 Aun con todos los matices que se pueden señalar entre ellos, y respecto de otros, la contribución de dichos textos a elevar la categoría de las Indias, con sus detalles minuciosos acerca de las estructuras gubernativas prehispánicas (y posteriores) al modo de la administración de cualquier reino europeo y dentro de la más florida etiqueta borgoñona, fue favorecida por un Consejo de Indias que siempre se mostró reticente a las cuestiones históricas, por lo que se ha señalado de su potencial calidad probatoria para las demandas de los vasallos.
Sin embargo, fue proclive a las monarquías indianas.
Estos textos obtuvieron la aprobación de mano de Pedro de Valencia: «porque la historia es muy útil y gustosa, por los ejemplos de prudencia y extrañeza y variedad de los sucesos, y está tratada con claridad y apacible estilo, y principalmente con celo de verdad y desapasionada intención».
54 Ahora bien, ¿por qué se permitió que estas representaciones de América dieran el paso del manuscrito a la imprenta?
Si bien esto puede explicarse en relación a los nuevos tiempos de la cultura escrita dentro de un contexto que ve nacer con fuerza los inicios de la opinión pública, 55 debe señalarse que los argumentos que contribuyeron a considerar la condición de principal de los reinos de Indias fueron de incumbencia directa del sínodo americano, y que este apoyó los ejercicios históricos siendo muy consciente de sus consecuencias políticas.
Más allá de la pertinencia administrativa o jurídica, y si se quiere teórico-política, en tanto y en cuanto los asideros históricos fueron parte trascendental en los cimientos de las construcciones discursivas, interesa subrayar que el Consejo de Indias instrumentalizó la historia de las monarquías indianas (y los primeros tiempos de la española en América) para reforzar la lucha por la condición principal de sus reinos pero también sus posicionamientos como consejo territorial en permanente 53 Murúa, 1986 [1611-1613], 99.
AMORINA VILLARREAL BRASCA batalla política por hacerse un lugar de mayor reconocimiento en el cuerpo de las instituciones reales.
Porque, en definitiva, no fue lo mismo pertenecer al consejo que gestionaba unas monarquías de ricos reinos preexistentes, exóticos pero en esencia asimilables, que fueron trasladados al rey de manera voluntaria por parte de sus titulares e incorporados al cuerpo medular de la monarquía, que tenerse por integrante de un consejo representante de unos territorios anárquicos, conquistados y fagocitados por Castilla, cuyo mayor valor pudo traducirse en aportaciones monetarias.
Estas consideraciones no pueden pasar por meramente retóricas, ya que tuvieron consecuencias tangibles para los miembros del Consejo de Indias.
La sumisión política que el poder real del Consejo de Castilla le impuso desde sus orígenes se tradujo en un yugo que condicionó las relaciones internas y externas del sínodo.
Debe señalarse que para ser consejero indiano el nombramiento se alcanzó solo a través de la Cámara de Castilla, y no del propio consejo territorial, como en otros de la monarquía.
De manera contraria a lo que sucedió en otros, que esta gracia recayera en un letrado con experiencia en los reinos representados constituyó una situación verdaderamente excepcional, por no hablar de la casi total exclusión de los americanos en la carrera por un asiento en su propio consejo.
56 En este contexto, cobra sentido la interpretación que aquí se propone acerca de que el apoyo del Consejo de Indias a los escritos históricos que enaltecieron la condición principal americana debe también enmarcarse en la lucha política del sínodo americano por soliviantar la pesada opresión ejercida por el Consejo de Castilla y mejorar el espacio que ocupó en el entramado de las instituciones reales de consejo.
Se trató, por lo tanto, de la dimensión fáctica de su poder en relación a los demás miembros del cuerpo real, ante los cuales fue patente la debilidad de un consejo sujetado por las fuerzas regnícolas del monarca y el valido, y de lo que estas tuvieron de representación en el Consejo de Castilla.
Sin embargo, en los inicios del siglo XVII el Consejo de Indias no fue un observador impasible de sus desventuras, sino un activo sujeto político que se volcó a la disputa por alcanzar preeminencia auténtica como órgano supremo de sus reinos.
En este sentido, las representaciones textuales de lo que sucedió con anterioridad a la llegada de los españoles a Indias y la forma en la que estos se hicieron con el poder en América, hicieron las veces de componentes de un arsenal de argumentos teóricos que buscaron efectividad política.
La Hispania del Nuevo Mundo
Dentro del corpus heterogéneo que historió las Indias se encuentran planteamientos que merecen ser señalados por su complejidad, originalidad, y por las distintas re-elaboraciones a las que fueron sometidos una y otra vez.
Una cuestión neurálgica que recorrió estos textos versó sobre la riqueza indiana, su verdadera naturaleza y efectos.
Mostrada como una problemática en sí misma, los discursos de contenido indiano histórico también reflexionaron y se pronunciaron sobre el tema.
De hecho, y con la autoridad que otorgó la historia, estos textos resultaron claves por sus ejercicios de comparación con el pasado.
La equiparación de las experiencias históricas ofreció respuestas para comprender la verdadera condición de los tesoros americanos, a la par que alimentó el debate político al que la cuestión estuvo sumamente ligada.
Al calor de una historia analítica para las Indias, el padre Acosta formuló una de las representaciones más sugerentes de su tiempo cuando sostuvo que América fue para la Monarquía Hispánica, lo que Hispania para el Imperio Romano.
De este modo, el autor invocó «todo un mundo de estructuras de referencias que arrojan luz sobre el resto de sus palabras», 57 y franqueó el paso a nuevas interpretaciones sobre el pasado y presente indianos expresadas en el lenguaje común y legitimador de la tradición.
58 En este sentido, las Indias también fueron objeto de los ejercicios de superposición con los relatos de los imperios antiguos, especialmente griegos y romanos, y con los avatares del pueblo escogido por Dios en cada momento de la historia.
59 El jesuita recurrió a los escritos de la Historia Natural de Plinio y al primer libro de los Macabeos para enunciar que las tierras de Hispania fueron «las mayores grandezas de los romanos, que hubieron a su poder los metales de plata y oro que hay en España».
Del mismo modo, «agora a España le viene este gran tesoro de Indias».
No por causa del azar o el arrojo de reyes o conquistadores, sino por voluntad de Dios, «ordenando la Divina Providencia que unos reinos sirvan a otros y comuniquen su riqueza, y participen de su gobierno para bien de los unos y los otros».
De este modo, en el trasvase providencial de los papeles históricos, defendió que la 57 Pocock, 2011, 51.
58 Respecto de los recursos clásicos en los textos indianos véase el trabajo de Lupher, 2006.
59 En estas coordenadas, es emblemática la obra Política Española de fray Juan de Salazar, escrita durante el reinado de Felipe III y ejemplo de discurso sobre la intervención de Dios en la historia.
AMORINA VILLARREAL BRASCA riqueza no fue un bien patrimonial de los titulares, sino un acervo llamado al servicio de unos reinos a otros.
Esto es, la riqueza que la divina providencia ofreció a los elegidos no se habría entregado para estar a merced de los deseos de los imperios.
Muy al contrario, ese caudal se encontraría restringido a los fines para los cuales fue otorgado, subrayando Acosta que la voluntad divina solo encontraría cumplimiento «si usan debidamente de los bienes que tienen».
60 Estas interpretaciones recorrieron varios de los textos gestados durante el reinado de Felipe III mencionados en este trabajo.
Entre todos, interesa señalar el Memorial de las Historias del Nuevo Mundo, de fray Buenaventura de Salinas, por sus características de síntesis, crítica y erudición.
61 Las motivaciones de la empresa textual fueron principalmente dos, a saber, «la suma de las Historias»,62 es decir, la importante cantidad de historias de las Indias producidas en los inicios del siglo XVII (lo cual explicaría la necesidad de un ejercicio historiográfico esclarecedor), y el estado de los reinos, esto es, el infortunio americano como acicate para la escritura.
Definida por el propio autor como un «retrato que saca deste mundo», 63 en lo que aquí interesa y desde los presupuestos de unas Indias comparables a la Antigüedad, reconvertidas en la nueva Hispania e incorporadas a una monarquía vista como el imperio de su tiempo por la gracia de Dios, el texto construyó un fecundo edificio intelectual con marcado acento en las significaciones últimas de estas representaciones.
Donde los paralelismos con el mundo clásico se desplegaron para entrar en comparación con la actividad y las ideas políticas de la Corona para las Indias, y especialmente para el Perú.
Salinas recuperó el hilo argumental acerca de que los antiguos se beneficiaron de las riquezas de Hispania del mismo modo que España lo hacía de Indias.
Acosta había parafraseado algunos pasajes sobre Hispania de la Historia Natural, de Plinio el Viejo, para subrayar la actitud de explotación de la antigua Roma, porque aun cuando en Italia hubo metales «los antiguos no consintieron beneficiarse por conservar la gente.
De España los traían, y como a tributarios, hacían a los españoles labrar minas».
A partir de este hecho, Acosta extendió la misma lógica para su tiempo, «lo propio hace agora España con Indias, que habiendo todavía en España sin duda mucha riqueza de metales, no se dan a buscarlos ni aun se consiente labrar por los LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS inconvenientes que se ven; y de Indias traen tanta riqueza, donde el buscarla y sacarla no cuesta poco trabajo, ni aun es poco riesgo».
64 Con el refuerzo de esta comparación, introduciendo más citas de autores clásicos,65 fray Buenaventura se mostró con mayor contundencia al sostener que la imitación de esta conducta igualó en ansias de riquezas, y en menosprecio de los naturales, a las dos potencias políticas.
Sin embargo, Salinas dio un giro más al carácter crítico del texto de Acosta, y de otros, para pasar a dejar mayor constancia de cómo fueron vulnerados estos fundamentos.
A partir de una proclama que el autor dirigió al cerro del Potosí, como arquetipo de las Indias -por ser sinónimo de la riqueza indiana, el núcleo vital de los metales-, se subrayaron los fines a los que sirvió la abundancia americana.
Los primeros en ser destacados fueron aquellos objetivos a los que estuvo llamada esa riqueza, y declaró al cerro que «vives dulcemente para Felipo IV, para sus Sucesores, para sus Reynos, para la Religión y la Justicia», también «vive para rebenque del Turco, para envidia del Moro, para temblor de Flandes, y terror de Inglaterra: vive, vive, columna y obelisco de la Fe».
Y junto a estas afirmaciones halagadoras, introdujo términos polisémicos para destacar las desviaciones, las faltas de cumplimiento de los principios que debieron regir la utilización de las riquezas y declamó que el cerro también «vive para cumplir tan peregrinos deseos, como tiene España», dejando al buen entendedor elegir la acepción de «peregrinos», ya sea como extraño, raro, vano, o bien como adorno de singular hermosura, perfección o excelencia.
Y aun hubo más, el Potosí fue presentado como el cerro de las muchas formas de vida, ya sea de naturaleza humana, animal, vegetal o divina.
Así apareció en el texto como el humano a quien «templan las nieves su coraje, a quien coronan perpetuamente las nubes como al Rey de los cerros y las minas», o el «pelícano insensible, que porfiando por satisfacer la sed y codicia de los hombres, consientes que te abran las venas, que te rompan las entrañas, que te quebranten y carcoman tantos Indios, gusanos racionales, con dientes de acero, y almadenas de hierro», también el «árbol de plata vegetable, que mientras mas te podan, te arrojas mas ufano a los renuevos», y el semidiós heleno al que declara: «vive, pues, y persevera estable, con el favor de Dios, que te crió, para gloria de la ley mejor, que guardan cerros de minas: Hércules valiente».
66 AMORINA VILLARREAL BRASCA De todas las citadas, la comparación con Hércules puede ser entendida como una de las más provocativas.
Porque si el Potosí fue un Hércules, y enlazamos esta figuración con el carácter peregrino que el texto alude a los deseos de España, se pueden entender las riquezas del cerro como los trabajos del héroe en manos del monarca español, que pasaría entonces a ser Euristeo, el rey imperfecto.
Resulta llamativa la osadía de dejar abierta la posibilidad a esta interpretación respecto del papel del rey, como aquel soberano que tiene en sus manos la voluntad del poderoso Hércules-Potosí, un Potosí que a su vez simboliza las Indias en su conjunto.
El paralelismo elegido por el jesuita resulta revelador.
Si se sigue el relato mitológico más consensuado, Euristeo fue un personaje atrapado en sus afanes, incapaz de reconocer la valía de Hércules y de sus esforzados a la par que mortíferos trabajos, un rey imposibilitado de dar a su vasallo el papel que sus méritos le hubiesen asignado.
Al igual que Hércules, Potosí (o Indias) sufrió la orden de dejar los frutos de sus esfuerzos en la puerta del reino, más allá del coste de las tareas, y del mismo modo que sucedió al semidiós, le estuvo negada la entrada a participar en los beneficios reales.
Pocas dudas quedan acerca de la dureza de la comparación.
Ahora bien, posiblemente para mitigar sus efectos -y dejando al descubierto los eruditos mecanismos de la obra-, la que se acaba de enunciar no fue la única posible lectura de la relación entre Hércules y Euristeo, al igual que entre Potosí, o Indias, y su rey.
Porque otra tradición, de época alejandrina, recogió un relato en el que se sostuvo que Hércules fue amante de Euristeo y que, en realidad, realizó cada uno de sus trabajos movido por el amor.67
En el reinado de Felipe III el ámbito de representaciones textuales indianas conoció una renovación en las ideas y análisis teóricos que alimentaron las discusiones y las prácticas políticas de implicaciones americanas.
En este sentido, la constatación de que hubo comunicación entre los escritos y los escritores, crítica y contra-crítica, en un entorno de continuidad, nos lleva a afirmar la consolidación de una comunidad política indiana en los inicios del siglo XVII.
68 La verbalización de las problemáticas americanas LA HISPANIA DEL NUEVO MUNDO.
HISTORIA INDIANA Y DINÁMICAS POLÍTICAS posibilitó la construcción y circulación de discursos y prácticas dentro de esta comunidad reciente y vigorosa, donde el poder de las representaciones constituyó una fuerza política compartida y en expansión.
Si se tiene en cuenta el devenir de América a partir de su incorporación a la Corona de Castilla como una nueva sociedad fruto de esa unión, puede decirse que este fue el tiempo en que la sociedad indiana comenzó a desarrollar un corpus propio de teoría política y una forma particular de interpretar su historia.
69 La madurez de las Indias avanzó hacia la determinación teórica de su propio ethos y tomó la decisión de dirigir y hacer realidad su pensamiento político.
La historia tuvo un importante papel en esta tarea.
Especialmente porque América tuvo que utilizar todos los mecanismos a su alcance para hacerse un mejor lugar en el cuerpo de la monarquía hispánica.
Aunque las sociedades occidentales fueron más proclives a expresar su pensamiento político en un lenguaje jurídico, no por ello se renunció al poder de la historia.
Tal como sostuvo Acosta, hubo una razón muy particular por la que fue necesario hacer buenas historias de los reinos de Indias, y ello se debió al escaso aprecio que se tuvo a estos reinos y sus costumbres, parecer que le fue conferido a sus relatos «por ser de gentes poco estimadas».
70 Razón de más para volcarse a la edificación y divulgación de textos analíticos del pasado americano, porque «quitan mucho del común y necio desprecio en que los de Europa los tienen [...]
El desengaño de esta su vulgar opinión, en ninguna parte le pueden mejor hallar que en la verdadera narración de los hechos de esta gente».
71 Coincidiendo con el interés por la disciplina dentro del auge de las teorías de la razón de Estado, los textos que surgieron respondieron también a otras motivaciones que pueden ser vistas en diferentes escalas.
Por un lado, se ha visto cómo las pretensiones de justicia conmutativa y distributiva, ya sean individuales o colectivas, fueron encausadas hábilmente por los indianos a través del servicio de representar su pasado y presente en textos con alto contenido histórico.
Por el otro, en los niveles de un discurso global dirigido a tener resonancias mayores, se elaboraron textos que erigieron la categoría de monarquías para el pasado prehispánico y asimilaron detalladamente los sistemas anteriores de gobierno y representación a la actualidad política hispánica, con la intención de asegurar el trasvase de la principalidad americana al corazón de la monarquía.
AMORINA VILLARREAL BRASCA serie de discursos doctos pero estériles, lo que sucedió con anterioridad a la llegada de los españoles a Indias y la forma en la que estos se hicieron con el poder, tuvo consecuencias políticas tangibles.
Más allá de que una glorificación del pasado indiano fue permitida y avalada por el rey y el Consejo de Castilla, porque encumbró al conjunto de la monarquía y apuntaló su titularidad sobre los reinos, aquí interesa señalar que en el horizonte político americano, encabezado en la corte por el Consejo de Indias, las representaciones textuales históricas se tradujeron en demostrados argumentos con los que impugnar, en su labor de gobierno y justicia, el menosprecio para con sus reinos representados y, a la vez, ir socavando su incómoda calidad subordinada respecto de otros consejos de la monarquía, especialmente, del Consejo de Castilla.
En este sentido, se puede decir que estos textos que representaron las Indias lograron hacerse presentes en el debate político de la monarquía, porque estimularon la incorporación de la calidad imperial del pasado prehispánico al igual que señalaron el camino para realizar múltiples posibles inferencias entre la historia indiana y la cultura clásica.
Cuando en las representaciones indianas se apeló a la Antigüedad, y especialmente a Roma, no fue solo para utilizar un recurso común a la cultura política de la monarquía que permitió la comunicación y demostró la erudición del ámbito indiano, sino que también constituyó parte de los materiales con los que se elaboraron los cimientos del pensamiento político americano.
Estos permitieron la sólida edificación de discursos anclados en las máximas autoridades consensuadas por la tradición europea, los cuales posibilitaron una lectura universal no solo del pasado y presente, sino también del futuro de América. |
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De integración e identidades.
En los últimos años se está asistiendo a una renovación en los estudios sobre la presencia de los portugueses en el Perú virreinal.
Si antes los lusos eran estudiados dentro de la categoría de judaizantes, recientes investigaciones vienen demostrando que no todos judaizaron.
Es decir, hubo los que se comportaron como auténticos cristianos y habrían llegado a conformar los estratos medios de la sociedad.
2 Este artículo trata precisamente de aquel grupo de portugueses que se ubicó en Lima entre 1571 y 1680 y que probablemente vivió con autenticidad su fe cristiana.
Estos portugueses asentados en Lima superaron el supuesto círculo endogámico en el que la historiografía tradicional los había colocado y, en definitiva, pensaron, sintieron y se comportaron como otros limeños más.
Además, habrían procurado diversas estrategias para integrarse al suelo que los adoptó: buscaron el matrimonio con una natural del reino, procuraron el traslado de toda la familia y su asistencia en el hospital de los españoles de San Andrés, optaron también por incorporarse en las hermandades y cofradías limeñas, no tanto como una forma de expresar su religiosidad sino, también, como una forma de integración.
Esto nos permite alcanzar una prueba evidente de que el colectivo analizado deseaba permanecer largamente en la ciudad.
3 Precisamente, el objeto de este artículo es identificar la capacidad de integración de los portugueses residentes en Lima entre 1571-1680, a través del análisis de los vínculos creados con las cofradías, hermandades DE INTEGRACIÓN E IDENTIDADES.
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS LIMEÑAS o esclavitudes de la ciudad.
4 De los 176 casos de portugueses conocidos en este periodo de tiempo, tenemos que 38 de ellos habrían pertenecido a una o más cofradías, tanto de las fundadas en Lima como en el puerto de El Callao.
¿Qué razones habrían llevado a este colectivo extranjero a ingresar a cofradías, hermandades o esclavitudes limeñas?
Es probable que haya influido el mensaje cristiano de ese tiempo que predicaba la salvación del alma a través de diversos medios y es probable también que, para la mayoría de los casos estudiados, el ingreso a una de estas cofradías haya representado una suerte de estrategia de integración en una ciudad extraña.
Para el desarrollo del tema conviene tener en cuenta dos aspectos.
El primero está referido a la cuestión religiosa, es sabido que muchos de los portugueses que llegaron al virreinato fueron acusados de judaizar, por tanto su ingreso en cualquiera de las hermandades o cofradías limeñas podía ser interpretado por los inquisidores como un disimulo encubridor, la manifestación externa de una práctica cristiana forzada por las circunstancias y, en realidad, falsa.
5 El segundo aspecto se halla relacionado con el tema del vínculo nacional.
A diferencia de lo sucedido en la España Moderna (donde al parecer la cofradía de San Antonio habría procurado conservar los rasgos culturales propios de los portugueses establecidos en Castilla o en las diversas localidades de las islas Canarias6 ), en Lima no hubo cofradías ni hermandades exclusivamente para portugueses.
Si bien la cofradía de San Antonio atrajo especialmente a algunos de los portugueses limeños, en realidad este santo de fama universal gozó de popularidad y devoción en todo el ámbito limeño, al margen del origen, naturaleza o etnia de sus habitantes.
Conviene mencionar que para el cumplimiento del objetivo planteado fueron consultados los fondos notariales del Archivo General de la Nación de Lima.
La información aportada por esta fuente ha permitido identificar un número importante de portugueses que, en los años seleccionados para GLEYDI SULLÓN BARRETO este estudio, se hallaban afincados en la capital del virreinato peruano.
La mayoría de estos portugueses hizo testamento y ha sido precisamente esta fuente la que nos ha revelado los vínculos y las conexiones de este colectivo extranjero con las cofradías limeñas.
Pero, si bien la fuente notarial permite trazar el itinerario seguido por los portugueses en cada una de las cofradías citadas, aun sigue faltando en el Perú un estudio específico de esas asociaciones religiosas, sobre todo para el siglo XVII.
7 Las páginas que siguen intentan constituir un aporte al estudio de los extranjeros en el Perú virreinal y a las fórmulas que hallaron para incorporarse a la nueva sociedad, donde, sin duda, las cofradías y hermandades representaron para estas gentes uno de los medios posibles de integración.
Perfil biográfico de los portugueses cofrades
En este epígrafe se procura una aproximación al perfil biográfico de los portugueses que estuvieron vinculados con las cofradías limeñas.
Se valora también la situación económica de los cofrades lusos, pues si bien estas asociaciones religiosas contemplaron en sus estatutos la posibilidad de brindar ayuda espiritual o asistencial a sus miembros, el ingreso y la posterior permanencia en cualquiera de ellas suponía un costo o una inversión que no todos estuvieron en condición de pagar.
En este trabajo se ha considerado como universo de estudio estos 176 nombres de 7 Si bien el Archivo Arzobispal de Lima y el Archivo Histórico de la Beneficencia Pública de Lima conservan un fondo dedicado a las cofradías, en su mayoría la cronología de estos documentos corresponde al siglo XVIII, y son menos las referencias a los siglos XVI o XVII.
Por otro lado, no se conservan en ninguno de esos dos archivos las constituciones de las cofradías citadas en este trabajo.
Esta realidad queda reflejada en la escasa producción bibliográfica sobre el tema, pues se ha podido comprobar que no existe un estudio completo de las cofradías limeñas para los años de 1571 a 1680.
Agradezco a Kelly Montoya por la información facilitada al respecto.
Para una aproximación al tema de las cofradías, aunque con pocas referencias al siglo XVII, véase: Vargas Ugarte, 1953, t.
8 La elección de esta cronología, que incorpora como elemento principal los años de unión de España y Portugal, obedece al interés de evaluar el comportamiento de los lusos en Lima algunos años antes de la unión de reinos, durante esta y después de la separación, pues si bien la llegada de los portugueses disminuyó después de 1640, en lo sustancial el proceso de separación afectó muy poco a los inmigrantes lusos que ya se hallaban establecidos en Lima.
Para una reflexión reciente sobre los cortes cronológicos del Portugal hispano o filipino, Valladares, 2016, 16-17.
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS LIMEÑAS portugueses que, además de haber coincidido en Lima en un periodo de tiempo determinado, tuvieron como rasgo común el haber dictado testamento.
La expresión de las últimas voluntades permite conocer uno de los espacios más personales y sinceros de los otorgantes, de cara a la muerte.
9 La profesión de fe, la elección del lugar de sepultura o las misas de sufragio precisadas en el testamento remiten no solo a la intención de alcanzar la salvación del alma, sino también a los afectos y devociones particulares.
De los casos conocidos, 78 portugueses estuvieron vinculados de una u otra forma con las cofradías y hermandades limeñas (44,31 %), pero solo 38 de ellos se integraron propiamente como hermanos o cofrades (21,59 %).
10 Del ingreso de los lusos en este tipo de asociaciones durante el periodo analizado, la referencia más antigua de las que hemos recogido corresponde a Rodrigo Paes, quien en 1588 pertenecía ya a la cofradía de San Antonio de Padua, fundada en el limeño convento de San Francisco.
11 Por su situación socio-profesional destacaron los mercaderes (31,57 %) y los productores artesanales (23,68 %), hubo también, entre otros, oficiales marinos (10,52 %), los dedicados a la vida consagrada (10,52 %), labradores o propietarios de tierras (5,26 %) y soldados (5,26 %).
Pertenecían en su mayoría a los estratos medios de la sociedad, destacando entre todos, como el mayor propietario, el lisboeta Antonio de Abendaño, quien en 1597 se hallaba asentado -en compañía de su mujer Catalina Ortiz-en el barrio de San Diego del puerto de El Callao.
Este luso, dedicado a la administración de sus tres chácaras y a la actividad comercial, se había integrado «en todas las cofradías de este puerto», entre otras: Rosario, Santísimo Sacramento, Soledad y la Veracruz.
12 Esta realidad, además de sus cuantiosas propiedades, nos da luces sobre su acomodada posición económica en tanto el ingreso a una cofradía suponía un costo de entrada y el pago de cuotas periódicas, bajo el concepto de limosnas, que no todos los portugueses podían asumir.
No obstante, creemos que no existió una relación directa entre la situación económica del portugués y su pertenencia a una cofradía, pues hubo portugueses cuya 9 El 84,48 % de la muestra analizada habría testado estando enfermo.
10 En la deducción de estos porcentajes se ha considerado como universo los 176 portugueses que dictaron testamento; de ese número se cuentan siete mujeres, de las que únicamente tres fueron cofrades.
11 Bienes de difuntos: Rodrigo Paes, Traslado de testamento, Lima, 29 de julio de 1588, Archivo General de Indias de Sevilla (AGI), Contratación, 257B, n.
12 Bienes de difuntos: Antonio de Abendaño, Traslado de testamento, Puerto de El Callao, 2 de marzo de 1597, AGI, Contratación, 295, n.
GLEYDI SULLÓN BARRETO hacienda superó los 180 000 pesos de a ocho reales -caso del clérigo Manuel Correa y del mercader Joan de Nolete-13 y, pese a la solvencia económica, no se integraron a cofradía alguna.
En cambio, encontramos otros casos como el de Bartolomé Rodrigues Paes, oficial sedero, que aunque declaró no tener «al presente bienes ningunos ni derechos y acciones en este reino ni en otra parte», había ingresado hasta en dos cofradías de la ciudad.
14 De todas formas, la participación de los lusos limeños, como miembros o cofrades, había quedado reservada a poco más de la quinta parte del colectivo analizado.
Al parecer, estos lusos habrían conformado la población estable de la ciudad.
Así tenemos que de los casos conocidos el 59,51 % se situó entre los casados y viudos y el 55 % llevaba residiendo en Lima o en el puerto de El Callao un tiempo superior a los 16 años.
Cierto es que la mayoría de ellos vivió en situación de alquiler, solo el 23,68 % de los portugueses cofrades había invertido en la compra de casas, tiendas y solares.
Procedentes de regiones muy diversas de Portugal (Lisboa, Oporto, Setúbal, islas Azores, Algarbe o Santaré) eligieron por zonas de residencia en Lima, principalmente, las parroquias de Santa Ana, San Sebastián, iglesia Mayor y San Lázaro.
En El Callao, entretanto, hubo preferencias por la parroquia de San Diego.
La elección de las zonas de residencia en Lima resulta un indicador acerca de la capacidad de integración de los portugueses en la Ciudad de los Reyes, donde se observa que no conformaron un solo grupo cerrado ni ocuparon una única parroquia, sus actividades se habrían cumplido en los distintos ambientes de la ciudad y seguramente en una pacífica y fluida comunicación con los naturales del reino, con gente de origen étnico distinto, y con otros extranjeros.
Ello, sin embargo, no impidió el hecho de que algunos conservaran el recuerdo de la patria de origen.
El 44,73 % de los casos conocidos contempló en el testamento algunas mandas de limosnas a parientes e instituciones en Portugal, el 7,89 % conservó cartas y libros en lengua portuguesa, y el 2,63 % contó entre sus bienes con cuadros, lienzos e imágenes de bulto que evocaban la figura del santo lisboeta, 15 lo que sugiere que estos portugueses, aunque 13 Testamento del licenciado Manuel Correa, Lima, 11 de abril de 1623, Archivo General de la Nación de Lima (AGN), Prot.
El primero referido al aspecto cultural-educativo y el segundo a la cuestión religiosa.
Aunque fueron pocos los portugueses que estuvieron en posesión de libros de lectura, es probable que en su mayoría supieran leer y escribir, ya que el 10,53 % de los casos conocidos había cursado algún tipo de estudios -clérigos y cirujanos, especialmente-, el 57,89 % dispuso de libros de cuentas o memorias donde llevaban el registro de sus deudas a favor o en contra, 16 y el 55,26 % supo firmar en el testamento.
17 Por otro lado, la descripción de sus bienes muebles, de los utensilios de cocina y de su ropa de vestir -donde hubo un claro predominio de la ropa de Castilla-evidencia que estos lusos participaron, al igual que los demás limeños, de las preferencias, los gustos y la moda de la época, sin señas de una identidad nacional propia.
En cuanto a la cuestión religiosa, hubo dos portugueses, Sebastián Delgado y Antonio de los Santos, que sufrieron prisión por razón de su supuesto judaísmo, aunque finalmente la justicia los exculparía: en el primer caso porque la causa se suspendió y en el segundo por falso testimonio, 18 esto significa que nuestros lusos cofrades habrían conformado el grupo de los practicantes cristianos sinceros.
Integración de los portugueses como miembros cofrades
De las 37 cofradías que se citan en los documentos, 19 los lusos limeños se habían incorporado en 25 de ellas, siendo las más populares las de Ánimas, Soledad, San Antonio, Rosario y el Santo Cristo.
Y habrían recibido 16 Por lo general fueron los mercaderes los que llevaban estos libros de cuentas, como fue el caso del bodeguero Manuel Caballero de Ataide, quien en 1658 declaró tener «un libro en que asiento las cosas tocantes a tratos y contratos del ejercicio de bodeguero».
Testamento de Manuel Caballero de Ataide, Lima, 25 de septiembre de 1658, AGN, Prot.
17 Los que no firmaron el testamento no lo hicieron por hallarse graves o «por no saber escribir».
Prisión, secuestro e inventario de bienes de Antonio de los Santos, Lima, 19 de abril de 1636, AGN, Santo Oficio-Contencioso (SO-CO), 60-443, respectivamente.
Para una descripción detallada del auto de fe que se celebró en Lima en 1639, donde se da cuenta de algunos de los portugueses (sospechosos de judaizar) citados en este trabajo, véase Montesinos, 1639.
19 Para esta clasificación se ha tenido en cuenta el nombre de la cofradía independientemente de su lugar de fundación (en Lima o en el puerto de El Callao; en una iglesia parroquial o en un convento).
Como se anotó líneas arriba, fueron los mercaderes los que integraron el grupo mayoritario de los portugueses cofrades seguidos muy de cerca por los productores artesanales.
Los primeros, en su mayoría medianos comerciantes, optaron preferentemente por la cofradía de Ánimas, establecida en las iglesias parroquiales Mayor, Santa Ana y San Sebastián, y por la de Nuestra Señora del Rosario, en el convento de Santo Domingo.
¿Esta elección sugiere razones puramente espirituales o más bien sociales y de apoyo por parte de los hermanos cofrades?
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS
Resulta interesante saber que las cofradías de Ánimas, vinculadas especialmente a las iglesias parroquiales, fueron de las «más extendidas», por cuanto recogían en sus estatutos «de forma muy destacada el tema funerario y de sufragios por los miembros que fallecían», lo que de alguna manera nos da luces sobre la «creencia en la vida eterna, en el purgatorio [y] en la retribución».
21 De los cinco comerciantes lusos integrados en la cofradía de Ánimas limeña, solo dos la escogieron de forma exclusiva; los otros tres la eligieron a la par con otro tipo de asociaciones, que tenían en común el garantizar el apoyo espiritual y la oración por el alma de sus miembros difuntos.
El mercader Francisco Barroso, natural de la Vila do Conde y residente en el puerto de El Callao, dictó testamento en 1627 porque se hallaba enfermo del cuerpo.
En él detallaba, de forma bastante extensa, los asuntos terrenales relacionados con sus negocios y con las deudas a favor y en contra; pero reservaba también otro espacio para los asuntos de su conciencia.
Perdonaba a sus enemigos y demandaba, al mismo tiempo, el perdón a todas las personas «a quienes deba alguna cosa», remitía esta reflexión acaso a su hija natural Francisca, a quien reconoció, crio y alimentó como el padre que era, pero con quien tuvo ciertas desavenencias a causa de «la falta de honradez y desobediencia» de la susodicha.
En las cláusulas relativas al rito funerario, Francisco Barroso concedió un papel protagónico a las cofradías de las que era hermano.
Como buen portugués se había integrado en la de San Antonio y, como tal, se mandó enterrar «en la capilla del señor San Antonio de Padua donde soy veinticuatro».
Era también veinticuatro de otras tres cofradías, en este orden: «de la del Rosario, y la Madre de Dios del Buen Viaje y [de] la de las Ánimas», estas debían acudir, junto con la de San Antonio, con su cera, el día del funeral.
Barroso en su testamento encargaba a sus albaceas que las misas de sufragio se dijeran especialmente en la capilla de Ánimas de la catedral 21 Campos, 2014, 21-22 y 34.
22 Este portugués era comerciante de trigo y propietario de dos navíos, su integración en las cuatro cofradías mencionadas no respondía ni a criterios nacionales ni a intereses económicos.
En realidad, los comerciantes portugueses de Lima -los de mediano caudal-no contaron con hermandades nacionales que agruparan a este sector, mucho menos con otro tipo de asociaciones que defendiera sus intereses comerciales de forma colegiada.
23 Se integraron en cofradías de carácter más bien abierto y local.
Otro grupo de los portugueses cofrades fueron productores artesanales, lo que revela la relación que hubo entre las cofradías y algunos gremios.
En este sentido, y de acuerdo con la documentación revisada, se mencionan hasta tres cofradías con criterio gremial, que habrían agrupado a los productores lusos: San Lorenzo, asociada al gremio de los herreros; San Eloy, al de los plateros; y San José, vinculada al gremio de los carpinteros.
Otras asociaciones elegidas fueron: la congregación de Nuestra Señora de la O, fundada en el colegio de San Pablo de la Compañía, y las cofradías de la Soledad, Santa Catalina de Sena, Ánimas y San Roque.
La presencia en Lima de determinados gremios de profesionales y de productores revela el crecimiento de la ciudad, lo que trajo como consecuencia inherente una demanda de productos manufacturados que iban desde vestidos, zapatos, tintes hasta obras de carpintería, hechuras de armas, trabajos en metales preciosos, entre otros.
Este requerimiento no se solventó únicamente con la importación de tales géneros, sino que ya en el siglo XVII buena parte de la producción artesanal o manufacturera se realizaba en tiendas y talleres instalados en suelo limeño.
24 En el caso de los productores extranjeros, y en particular de los portugueses, es probable que algunos hubiesen llegado a Lima con un oficio aprendido en la tierra de origen.
Es probable también que otros hubiesen adquirido la destreza y la certificación en determinada habilidad en la propia Ciudad de los Reyes.
23 En Sevilla, en cambio, la hermandad de San Antonio, más que una asociación nacional, había representado «un buen instrumento en manos del colectivo de hombres de negocios portugueses radicados en la ciudad, ya que esta hermandad facilitaba un provechoso espacio de sociabilidad entre comerciantes, en el que establecieron sus alianzas y acuerdos comerciales».
25 Véase el caso de Pascual de Silva.
Asiento de aprendiz del portugués Pascual de Silva con el maestro Pedro de Noguera, en el oficio de ensamblador y entallador, Lima, 11 de febrero de 1621, AGN, Prot.
De acuerdo con la documentación consultada, los artesanos lusos de Lima no fueron grandes productores, o si se quiere hombres de grandes recursos, tal como lo explica Quiroz, 26 sino más bien artesanos o pequeños productores directos, que trabajaban de forma independiente en sus propias casas o talleres, que atendían la demanda de particulares, y que en ocasiones contaron con el auxilio de asistentes para la atención de los pedidos.
De los veinte artesanos lusos que se hallaron en Lima de 1570 a 1680, 27 nueve de ellos se integraron en alguna cofradía, más motivados por un vínculo espiritual.
Solo cuatro lo habían hecho en cofradías asociadas al gremio de su oficio, llamados más por establecer un vínculo económico y espiritual.
Estos últimos cuatro agremiados fueron Sebastián Jorge y Domingo Gaspar Herrera, oficiales herreros y cerrajeros que pertenecieron a la cofradía de San Lorenzo; Lázaro Nieto, de oficio platero, que se integró en la cofradía de San Eloy, y, por último, Francisco Lorenzo, maestro carpintero, que ingresó en la cofradía de San José.
28 Esta vinculación de los portugueses con las cofradías de sus gremios revela una capacidad de integración tanto en la ciudad como al interior de la corporación.
Esto da cuenta de que, a pesar de su situación jurídica de extranjeros, los oficiales y maestros portugueses no enfrentaron problemas de exclusión en el ejercicio de su actividad profesional.
Al contrario, no serían pocos los que vivieron de su oficio ni raros los casos de productores extranjeros que habrían gozado de la confianza y estima de los ciudadanos limeños.
29 Por otro lado, hubo entre estos extranjeros los que probablemente fueron más lejos aun y buscaron establecerse de forma definitiva en la ciudad.
Tal fue el caso de Francisco Lorenzo, maestro carpintero, quien decidió instalar taller propio y quedarse en la ciudad por un tiempo prolongado, 26 Quiroz, 2008, 16-17.
28 Conviene anotar que no necesariamente los que se definían a sí mismos como productores estaban integrados en un gremio, ni tampoco habían pasado por las etapas de aprendizaje, oficialazgo y maestría; es probable que la mayoría se hubiere desempeñado como «oficiales no agremiados» por la sencilla razón de que no existían, en el interior de estas corporaciones, mecanismos reales de coerción, es decir, que los gremios no podían obligar a pertenecer a su institución a los que practicaban por cuenta propia su oficio.
Así pues, hemos encontrado en la documentación casos de productores que se denominaban a sí mismos cordoneros, carpinteros o plateros, señalando, de manera indistinta, que eran oficiales o maestros; otros, que pertenecían a un gremio, o a un gremio y a una cofradía gremial a la vez, o solo a la cofradía; e incluso hubo los que se habían integrado en una cofradía no gremial.
Agradezco al doctor Francisco Quiroz Chueca por haber respondido generosamente a mis consultas y por haberme ayudado a aclarar este asunto.
Para un estudio de los gremios en la Lima del tiempo que nos ocupa, véase Quiroz, 1995.
en compañía de su mujer y de sus seis hijos legítimos.
Esto representó en la práctica una prueba evidente de su asentamiento definitivo en Lima.
Francisco Lorenzo era natural «de la villa de Castro Marim en los Algarbes, en la raya de Castilla y Portugal», y había llegado al Perú, probablemente, en los primeros años del siglo XVII.
30 En 1609 la documentación lo sitúa ya en Lima donde realiza algunas transacciones económicas, entre otras, se dedica a la compra y venta de esclavos traídos desde Tierra Firme.
31 Se casó, no hay certeza si en el Perú, con Elvira Rodríguez, natural del ducado de Osuna, con quien tuvo seis hijos: Salvador Lorenzo, Juan Lorenzo, José Lorenzo, Clemente Lorenzo, María de los Ángeles y Juana Rodríguez.
Al momento en que testó, en 1633, el mayor de los hijos bordeaba los 25 años y la última hija «anda en edad de trece años», según sus propias palabras.
Esta situación de padre de familia numerosa lo inclinó acaso a fijar su residencia definitiva en Lima.
Y fue en la capital donde labró «unas casas altas y bajas con tres puertas a la calle», en la calle que va «de los Plateros a la iglesia de la Compañía de Jesús»; y donde compró «otras dos casas bajas pequeñas [...] que lindan con las de suso declaradas».
Como se mencionó líneas arriba, más allá de sus labores de maestro carpintero, Lima también fue el centro de sus operaciones comerciales, desde donde establecería contactos con Tierra Firme para la provisión de ciertos géneros de mercadería, entre ellos el comercio de esclavos.
Este negocio le permitió crear vínculos con otros portugueses que se hallaban del mismo modo radicando en tierras peruanas, entre otros, el capitán Manuel Lopes y los mercaderes Luis Gomes Barreto y Manuel Baptista Peres.
Estos dos últimos le habían suministrado, en 1621, algunos esclavos, que Lorenzo distribuyó en el mercado interno.
32 Lo más probable es que sus mayores ingresos procedieran justamente de esta actividad mercantil y nuestro portugués destinara parte de su capital al desarrollo de la actividad productiva, la carpintería.
Así, más tarde Lorenzo se encontraría en condiciones de instalar en una de sus casas un taller de carpintería, que aderezó con muebles para tal efecto y «herramientas de mi oficio de carpintero», los cuales fueron avaluados, en el momento de testar, en unos 400 pesos de a ocho reales.
Contó para el cumplimiento de su oficio con el auxilio de tres esclavos: dos oficiales carpinteros, y un oficial tornero, lo cual sugiere la práctica efectiva del oficio por parte de este portugués.
Sin duda la carpintería le obligaría a permanecer la mayor parte del tiempo en la ciudad, en tanto para sus negocios con Tierra Firme contó con el intermediario Diego Martín, yeguarizo, quien en 1633 había llevado del susodicho «seis mil pesos de a ocho reales [...] a emplear por mi cuenta al reino de Tierra Firme».
33 Es evidente que razones económicas habrían justificado la decisión de Lorenzo de arraigarse en la ciudad, pero no sería la única.
Francisco Lorenzo se había casado con una natural del reino, probablemente para afianzar su relación con la tierra nueva.
Vínculo que se hizo más firme con los numerosos hijos que tuvo con ella, lo que lo indujo a levantar varias casas que le sirvieran de morada tanto para él como para su familia; se suma a ello un genuino interés de integrarse hasta en tres cofradías de la ciudad.
34 Todo esto nos remite a ese sentido de pertenencia e identidad con la tierra de adopción.
En este contexto su vínculo con las cofradías, especialmente con la de San José, supuso para este portugués no solo una forma de garantizarse el auxilio espiritual para su alma y la perpetuación del nombre, sino también un medio por el que dejaba asegurado, «para siempre jamás», el sustento y la manutención de algunos de sus descendientes.
En 1633, Francisco Lorenzo fundó una capellanía de misas en la capilla de San José de la iglesia Mayor, con una renta de 300 pesos cada año; el nombramiento de patrón y capellán recayó en uno de sus hijos, Juan Lorenzo, clérigo secular, quien debía gozar de 200 pesos de esa renta, deducidos diez pesos para la ofrenda.
Los cien restantes quedarían aplicados en otro de sus vástagos, su hija María de los Ángeles, monja novicia del convento de Santa Clara, «para sus necesidades y vestuario».
En el caso de los marineros y soldados, si bien su integración en las cofradías de Lima y de El Callao obedeció más bien a un criterio espiritual o de identificación con ciertas devociones particulares -caso de San Antonio, Rosario, Soledad, o Santo Cristo-por lo general los navegantes y soldados portugueses optaron por aquellas corporaciones que eran afines a su actividad profesional.
Los marineros, por un lado, no solo habrían dispuesto de dos hospitales para su atención, el de Nuestra Señora de Covadonga y el del Espíritu Santo, sino también de una cofradía propia, como la de Nuestra Señora del Buen Viaje, fundada en el convento de San Agustín del puerto de El Callao, que agrupaba al gremio de los calafates.
36 Los soldados, por su parte, incluidos dentro del «personal de la Armada», si bien debieron compartir y costear junto a los marineros «los gastos de hospital [...] y la cofradía de la gente de mar», 37 se hallaban integrados en la cofradía de la Limpia Concepción, fundada en el convento de San Francisco del puerto de El Callao.
Es probable, para el caso de los hombres de la milicia, que su integración en esta cofradía tuviese carácter forzoso, como lo hace notar Francisco Gonçales, soldado de la compañía del almirante Pedro Alfonso y Muñoz.
En su testamento, dictado el 10 de octubre de 1625, este personaje dispone su entierro en la iglesia de San Francisco de dicho puerto, en los siguientes términos: «en la parte donde todos los soldados tenemos nuestro entierro por estar fundada allí la cofradía de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, a cuyo cargo del mayordomo de la dicha cofradía está el pagar el dicho entierro».
38 Seguramente la cuota para el sostenimiento de la citada cofradía era descontada de la paga mensual de estos soldados, de manera forzosa.
A cambio, disfrutaban de los beneficios espirituales señalados para tal efecto.
No en todos los casos los soldados portugueses se hallaban integrando, de forma obligatoria, la cofradía de la Concepción.
Hubo algunos que eligieron otras corporaciones de diferente advocación, lo cual revela ese margen de libertad manifestado en la expresión de la última voluntad y trasluce, de alguna manera, un genuino afecto que los hombres de Portugal habrían sentido por determinadas devociones.
Manuel Rodrigues, natural de Barcelos, era soldado de la compañía del capitán don Pedro de Corcuera, del presidio de El Callao, y como tal se hallaba afiliado a la cofradía de 36 Campos, 2014, 124.
GLEYDI SULLÓN BARRETO los soldados del convento de San Francisco.
No obstante, en 1633 declaró que era también hermano veinticuatro de las cofradías de San Antonio y de Nuestra Señora del Buen Viaje.
Su lugar de sepultura lo señaló en la capilla del santo lisboeta, pero encargaba a sus albaceas que, una vez que ocurriera su muerte, dieran pronto aviso al mayordomo «de la cofradía de los soldados» para que acudan a «hacer el dicho entierro, según y como [a] los tales soldados se acostumbra».
39 Lo expuesto hasta aquí sugiere que no hubo determinadas corporaciones o asociaciones de carácter nacional que integraran a todos los portugueses de Lima.
La clasificación de los lusos por su actividad económica o profesional pone de manifiesto que, en el plano espiritual, estos habían elegido cofradías de variada advocación, inducidos por devociones queridas y no solo porque se hallaban vinculadas al gremio de su profesión.
Por otro lado, en el caso de los productores, los marineros y los soldados, si bien pudo existir un sentido de corporación al interior de cada gremio, no fue determinante para limitar una relación exclusiva con gente de la misma nación, pues se sabe que estas corporaciones integraron a españoles y también a otros extranjeros, inclusive a «zambos y mulatos», 40 lo que evidencia no solo el sentido de apertura de la sociedad de ese tiempo, sino también el carácter exogámico de los vínculos sociales de los lusos.
Otras vías de integración a través de las cofradías
Aparte de los portugueses cofrades encontramos en la documentación los casos de otros lusos que no pertenecieron de manera definitiva a cofradía alguna, pero sí se hallaban vinculados a estas asociaciones, ya sea por la vía de limosnas, por el alquiler de casas pertenecientes a determinadas cofradías o a través del matrimonio con doncellas huérfanas, que se hallaban criando en las casas de recogimiento regidas por estas corporaciones.
Lo más común fueron las mandas de limosnas con cargo al acompañamiento del cuerpo el día del funeral.
Las disposiciones testamentarias del rito funerario contemplaban, básicamente, la elección del lugar de sepultura, el tipo de mortaja a llevar y el acompañamiento del cuerpo.
Algo más del 96 % de los casos conocidos
indicó claramente dónde querían ser sepultados.
El hábito de San Francisco fue el preferido como mortaja por la gran mayoría.
Para el caso que se estudia fueron 40 los portugueses que, aun sin ser cofrades, pidieron la presencia de determinadas cofradías y hermandades como acompañamientos al funeral.
No era una deferencia a la que las corporaciones accedían de manera gratuita, a cambio de esta acción, percibían una retribución, en la figura de limosnas que el difunto dejaba señaladas en el testamento.
De las cofradías citadas para este efecto destacaron especialmente la de Ánimas y la Hermandad de los Niños Huérfanos, seguidas por Redención de Cautivos, Rosario, Soledad y Santísimo Sacramento de la catedral.
Estas cofradías remiten a ese deseo de salvación del alma a través de la oración, de todo ese cuerpo organizado, pero también por medio de la expiación.
Las limosnas fueron por lo general de diez, veinte o cincuenta pesos, otros asignaban montos menores de dos, cuatro o siete pesos, mientras que las más altas donaciones variaron de doscientos a quinientos pesos.
Una de estas últimas procedió del licenciado Manuel Correa, clérigo secular y rico mercader, quien dictó testamento el 11 de abril de 1623; y entre sus numerosas donaciones -destinadas a casas de recogimiento, colegios, conventos y hospitales-destacan algunas que estuvieron orientadas a cofradías y hermandades.
Mandó quinientos pesos para la hermandad de Redención de Cautivos, doscientos pesos para «la cofradía de la Visitación de Santa Isabel» y otros doscientos pesos «para la cofradía del Santo Nombre de Jesús».
41 Estas limosnas destinadas a estas corporaciones limeñas se cuentan entre las más altas de los casos analizados.
Por lo general las limosnas se fijaban en pesos y patacones, sin embargo, algunos portugueses las señalaron en especie, tal fue el caso de Benito Baña Cardoso, quien en 1625 mandó a la cofradía de San Nicolás de Tolentino de la iglesia de San Agustín «cuatro libras de cera para que ardan en su altar», pedía a cambio «una misa rezada al dicho santo por mi ánima».
42 Otros portugueses se mandaron enterrar en las capillas donde se habían fundado determinadas cofradías (Rosario, San Antonio, Ánimas, Santo Cristo, San Eloy, Redención de Cautivos).
Se entiende, entonces, que tal derecho no estuvo solo reservado a los hermanos veinticuatro o al resto 41 Testamento de Manuel Correa, Lima, 11 de abril de 1623, AGN, Prot.
GLEYDI SULLÓN BARRETO de sus miembros, sino también a todo aquel que así lo deseaba, siempre y cuando pudiese pagar por los derechos de tal sepultura.
En 1629 Antonio Dias, natural de las islas Terceras, se mandó enterrar en la capilla de las ánimas de la iglesia de Santa Ana.
El costo por este enterramiento fue de cuarenta pesos de a ocho reales que, en realidad, fue el precio que pagó José de Espinoza, albacea del susodicho, al mayordomo de la cofradía.
Además tuvo que pagar otros diez pesos más «por el acompañamiento que hizo al cuerpo del dicho difunto la insignia y cera de la dicha cofradía».
43 Por otro lado, hubo dos portugueses cuyos vínculos con las cofradías y hermandades no se dieron precisamente en el plano espiritual, sino más bien en el económico: ambos vivían de alquiler en casas que pertenecían a estas corporaciones religiosas.
Consta en la documentación que tanto la hermandad de la Caridad como la cofradía de la Limpia Concepción dieron en arrendamiento casas de su propiedad a individuos de naturaleza portuguesa.
La primera había concertado un contrato de alquiler -de casa y pulpería «por [de]bajo de San Sebastián»-con José Rodrigues, quien para julio de 1622 adeudaba a la dicha hermandad «veinte y ocho pesos de a ocho reales por un tercio de cuatro meses corridos de la casa y pulpería que el [susodicho] tenía arrendadas».
44 La segunda tuvo trato con el maestro sastre Andrés Muñiz.
Sobre este segundo caso se conocen mejor las condiciones del arrendamiento, y también existen mayores detalles del portugués en cuestión.
Andrés Muñiz era maestro sastre, natural de las islas Terceras, y llegó al Perú probablemente a comienzos del siglo XVII, según consta en un contrato de venta de una esclava que suscribió con Martín Gil Real el 8 de noviembre de 1624 45 y que lo sitúa en Lima por ese tiempo.
Desde ese año hasta 1648 en que hizo testamento, su nombre aparecerá en numerosas escrituras lo que evidencia el dinamismo social y económico del personaje.
Muñiz practicó el comercio a mediana escala, dio en alquiler a algunos de sus esclavos, realizó préstamos de capital, ejerció de maestro de aprendices en el oficio de sastre, y dispuso de un taller en la calle de los Mercaderes donde atendió numerosos encargos de «hechuras de vestidos».
No obstante esa capacidad multifacética, se trató de un poblador con residencia fija en 43 Testamento de Antonio Dias, Lima, 24 de diciembre de 1629, AGN, Prot.
44 Traslado de carta poder para testar de José Rodrigues a Francisco López de Palma, Lima 3 de julio de 1622, AGI, Contratación, 539A, n.
45 Escritura de venta de esclava de Andrés Muñiz a Martin Gil Real, Lima, 8 de noviembre de 1624, AGN, Prot.
la Ciudad de los Reyes.
Curiosamente, no contrajo matrimonio ni declaró hijos naturales en el Perú.
Lo que sí reconoció, por una declaración de 1636, es que «fue casado con María de Francia, en la ciudad de Puerto de Portugal, que por divorcio de lo eclesiástico y pleito en lo criminal [...] se apartaron para siempre».
46 En Lima, el portugués Muñiz asumió el cuidado y la atención de una doncella, «doña Ana María de Mendoza, huérfana de padre y madre», cuyos vínculos con el maestro sastre no se precisan en la documentación.
El texto menciona que en 1632 firmó una escritura de obligación con el licenciado Pedro de Guzmán, mayordomo del monasterio de la Concepción, para que recibiera a la susodicha como monja de velo negro.
El luso se comprometía a entregar al momento de la firma de la escritura «cien pesos de a nueve reales por la colación y propinas de la entrada de la dicha doña Ana María de Mendoza con más de tres arrobas y media de cera labrada de la dicha entrada y más cincuenta pesos ensayados de los alimentos de los primeros seis meses de la susodicha».
Aparte de ello, entregaría en el momento de su profesión 3.195 pesos de a ocho reales en calidad de dote.
47 Es probable que algún vínculo afectivo uniera a estas dos personas, sin el cual no se entendería la generosidad del portugués.
También le había hecho donación de «una negrita», «desde que nació y acabada de destetar», y, una vez que entró al convento, se la envió «como cosa propia suya» para que esté en su compañía.
48 Cuatro años después Muñiz seguiría en contacto con doña Ana María de Mendoza, esta vez «monja profesa en el monasterio de la Limpia Concepción», a quien mandó entregar -por razón de que «es pobre»-18 varas de ruan y un pedazo de bramante.
49 Uno de los aspectos interesantes en la biografía de Andrés Muñiz, aparte del ejercicio efectivo de su profesión, fue el vínculo afectivo que estableció con la Orden de San Francisco: capillas, hermanos religiosos y cofradías.
Es probable que hubiese servido en la capilla de Nuestra Señora del Milagro, a la que hizo donación, según su testamento, de cierta cantidad de pesos, de un frontal de plata y del servicio «por todos los días de su vida» de uno de sus esclavos.
Mandó además «que todo lo que está sirviendo a GLEYDI SULLÓN BARRETO la dicha capilla que fuere mío se quede a su servicio y no se venda aunque constare ser bienes míos».
Será en esta capilla donde el portugués fijaría su lugar de sepultura.
En 1648 el maestro sastre declaró que era hermano profeso de la Tercera Orden de San Francisco.
Seguramente esta situación le llevó a establecer vínculos de afecto con los hermanos del convento, entre ellos con fray Diego Vadillo, sacristán mayor, a quien nombrará por uno de sus albaceas y le confiaría, asimismo, la memoria de sus deudas por cobrar y la fundación de una capellanía.
La cercanía con la cofradía de la Limpia Concepción se manifestó de tres formas distintas.
La primera, en el nombramiento de albaceas, pues junto a fray Diego Vadillo fueron llamados «los mayordomos que son o fueran de la cofradía de la Limpia Concepción».
Esto sugiere que debió existir una relación de confianza con los miembros de esta cofradía, por cuanto la tarea de recoger los bienes, cobrar las deudas y cumplir las últimas voluntades señaladas en las mandas, solo se encomendaba a personas de confianza.
La segunda forma revela la intención del portugués de querer beneficiar a la cofradía de la Concepción en las mandas de limosnas.
En el momento de testar, Andrés Muñiz nombró por heredera su alma y encargó a fray Diego Vadillo la institución, en la capilla de Nuestra Señora del Milagro, de una capellanía de misas.
Fue justamente esta capilla la que recibió los mayores beneficios de los bienes y las rentas legados por el portugués, el 50 % de todos ellos, por su parte la cofradía de la Concepción percibiría el 25 % de los mismos, además de «cierta cantidad [de pesos] para ayudar a casar huérfanas de la [dicha] cofradía».
50 La devoción o el cariño por esta cofradía es probable que hubiese surgido en correspondencia con la práctica de su oficio.
Muñiz como maestro examinado seguramente había formado parte del gremio de los sastres, que de acuerdo con sus constituciones había quedado asociado a la cofradía de la Concepción.
La tercera forma está referida a un contrato de alquiler de casas que el mayordomo mayor de la cofradía de la Concepción de la catedral efectuó con el sastre Andrés Muñiz.
Las casas en cuestión estaban situadas en la calle de los Mercaderes, y fueron arrendadas al portugués por tiempo de dos años, «que han de comenzar a correr y a contarse desde el primero de enero [...] de 1625», siendo el precio pactado de 656 pesos de a ocho reales por cada año.
El arrendamiento seguramente se prolongó por algún tiempo más, DE INTEGRACIÓN E IDENTIDADES.
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS LIMEÑAS pues en 1636 el sastre luso reconocía todavía una deuda por pagar a Jácome de Quezada, mayordomo de la cofradía, «de dos tercios de la casa en que [vive] este declarante, a razón de a 516 pesos al año».
51 Andrés Muñiz, aunque no invirtió en la compra de bienes raíces, sí se aseguró de un arrendamiento por largo tiempo, pues la documentación revela que, al menos para los años de 1625 a 1636, viviría en casas pertenecientes a la cofradía de la Concepción, en una de las calles principales y de mayor movimiento comercial de Lima.
Sus vínculos con esta cofradía eran por demás evidentes.
Su entrada como hermano de la tercera orden ayudaría a estrechar su relación con el convento grande de San Francisco, lo cual se puso de manifiesto a través de la distribución total de su herencia a este mismo convento, aunque repartida entre «la capilla de Nuestra Señora del Milagro para su festividad [...], las misas de sufragio de a peso por los religiosos del dicho convento, y la otra para ayuda de la cofradía».
52 Entre sus bienes se contaron imágenes de los santos Antonio y Francisco y dos cuadros con el rostro de Nuestra Señora de la Concepción, como colofón a su cercanía con esta advocación.
53 Finalmente, resta por citar otra vía de acercamiento entre las cofradías y los portugueses no cofrades.
Algunas de las cofradías y hermandades limeñas regentaron casas de recogimiento de huérfanas, es el caso de la hermandad de la Caridad, de la Concepción, o del Rosario.
Particularmente interesa citar la hermandad de la Caridad que, de acuerdo con la descripción que presenta Cobo, entre las numerosas obras pías que ponía en marcha esta institución estaba también la de: recoger doncellas mestizas que sirviesen a las enfermas, y a título de sirvientas las casaban y dotaban [...] y como después fuesen creciendo las limosnas dieron en recoger algunas doncellas españolas pobres [...] las cuales criaban dentro del hospital, y cuando eran de edad las casaban como a las primeras y daban a cada una cuatrocientos pesos de dote.
54 Una de estas doncellas españolas que se hallaba en el recogimiento de la Caridad fue María Flores Bravo, natural de la villa de Las Brozas, e «hija legítima de Juan Cantero, difunto, y de Ana Flores Bravo, que al presente GLEYDI SULLÓN BARRETO es mujer de Gonzalo Gómez».
55 Esta doncella española casará en Lima con el portugués Gaspar Rodrigues Montero.
Es probable que el concierto para dicho matrimonio haya sido tratado entre el portugués y los tutores de la susodicha.
Lo cierto es que en 1614 Rodrigues Montero reconoció haber recibido en dote y casamiento la limosna de la dicha casa de la Caridad, «que son cuatrocientos pesos de a nueve rreales», más otros cien pesos que le mandó su padrino «al tiempo y cuando la susodicha salió en la procesión que se suele y acostumbra hacer de las doncellas que sacan de la dicha casa de la Caridad», 56 y asimismo «quinientos ochenta y un pesos de a ocho reales en bienes muebles de ajuar de casa y vestidos»; en total el monto de la dote habría sumado 1.143 pesos y cuatro reales de a ocho.
Por su parte, la hacienda del portugués se estimó en unos veinte mil pesos distribuidos en plata labrada, joyas, ropa blanca, vestidos de su mujer, trastes de casa, dos mulas ensilladas y enfrenadas, esclavos y varias botijas de vino.
Se entiende que la hacienda del portugués, aunque no puede considerarse como una «gran hacienda» para el contexto de la época, tampoco era escasa.
El matrimonio con esta doncella española habría supuesto para Rodrigues Montero una estrategia de integración, toda vez que los extranjeros, especialmente los portugueses, fueron objeto de vigilancia por aquella época de las primeras décadas del siglo XVII, bajo sospecha de judaísmo.
El matrimonio con una natural del reino habría garantizado, de cara a las autoridades, la intención de este extranjero de querer avecindarse en la ciudad, pero también era una demostración externa de su fe cristiana, por cuanto el susodicho había decidido casar y velar según orden de la santa madre Iglesia de Roma.
San Antonio de Padua en la mentalidad de los lusos limeños
En este epígrafe se abordará el tema de la memoria y de la identidad o identidades de los portugueses que se hallaron en Lima.
Frente a este grupo extranjero se hallan dos referentes identitarios.
Por un lado, la patria de origen.
Y por otro, la tierra de adopción.
De acuerdo con los testamentos revisados, los portugueses, en su mayoría, conservaron el recuerdo de sus progenitores (aunque esto no se tradujo necesariamente en la existencia de 55 Dote de Gaspar Rodrigues Montero a María Flores Bravo, Lima, 25 de mayo de 1614, AGN, Prot.
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS LIMEÑAS comunicación entre ambos lados del océano); otros añadían a ese recuerdo el de ciertos paisanos y parientes (cónyuge, hermanos, hijos) a quienes procuran beneficiar en el testamento.
Hubo también los que tuvieron muy presente a ciertas instituciones y lugares por donde habían transitado antes de emprender el viaje al Nuevo Mundo.
En efecto, los portugueses cofrades llevaron en su memoria hasta el día de su muerte el nombre de algunas instituciones, ermitas, capillas, hospitales, cofradías y pueblos de la tierra natal, que seguramente habían marcado o influenciado sus vidas o sus historias.
Estos nombres aparecen recogidos en los respectivos testamentos, en las cláusulas referidas a donaciones y limosnas.
Entre los más recordados se menciona la capilla de Nuestra Señora de la Buena Esperanza en la villa de Viana de Caminha; el hospital de la Misericordia de la misma villa; la capilla de Nuestra Señora del Rosario y la ermita de «señor Santiago» en la feligresía de San Martiño de Sande; las cofradías del Santísimo Sacramento y del Rosario de la iglesia de Santa María de Rivadançora; la cofradía de la Concepción en el convento de San Francisco de la ciudad de Oporto, y la cofradía de Nuestra Señora del Buen Viaje en la villa de Setúbal.
Se cita, asimismo, la iglesia de la Compañía de Jesús de la ciudad de Sevilla como punto de referencia y de contacto con los herederos lusos.
57 Nótese que las cofradías mencionadas -Santísimo Sacramento, Rosario, Concepción y Buen Viaje-se corresponden con sus homónimas fundadas en Lima, que asimismo habían atraído, en esta ciudad, a determinado número de portugueses, pero también a otros limeños, lo cual significa, para el caso que se analiza, que no hubo en la capital del virreinato peruano redes de cofradías o hermandades que agruparan solo a portugueses.
En la manifestación de su fe y en el deseo de alcanzar la salvación del alma desde el mensaje católico, no existían diferencias entre estos y los españoles.
58 Mención especial merece la figura de san Antonio de Padua en el ámbito limeño, y especialmente en su relación con el colectivo luso.
El papel que habría cumplido la cofradía de San Antonio en la España Moderna 57 Poder para testar del capitán Manuel Lopes a Leonor de Melo, su mujer, Lima, 1° de enero de 1616, AGN, Prot.
Testamento de Rodrigo García Carnero, Lima, 11 de diciembre de 1625, AGN, Prot.
58 Agradezco a Pilar Latasa por esta observación.
Para un estudio sobre las cofradías como instrumento de la Contrarreforma en el Nuevo Mundo, véase Rodríguez Mateos, 1995.
GLEYDI SULLÓN BARRETO como medio de unión de los portugueses radicados en territorio peninsular ha llevado a que nos preguntemos si esa misma cofradía tuvo el propósito de conservar o fortalecer los rasgos de identidad nacional de los portugueses que se hallaban viviendo en la Ciudad de los Reyes.
De acuerdo con la documentación, encontramos que en veinticinco casos (de un total de 176) se hizo referencia a la figura del santo lisboeta.
Algunos lo tuvieron en cuenta en la fundación de capellanías o al momento de señalar misas y limosnas.
Otros porque se habían integrado como hermanos veinticuatro en cofradías fundadas bajo su advocación.
Y hubo los que conservaron entre sus bienes lienzos, retablos e imágenes de talla de este santo franciscano.
La mayoría se había mandado enterrar en capillas o bóvedas construidas en su honor.
Estos datos revelan más bien que en la Lima del siglo XVII la figura de san Antonio de Padua se había erigido como una de las más populares en el medio, pero en ningún caso como elemento aglutinador de los inmigrantes lusos limeños.
La difusión del culto antoniano por todo el orbe americano fue obra de la Orden de San Francisco, que no solo buscó propagar la vida y milagros de su fundador, sino también la imagen de san Antonio «como ícono de cariz más popular de la orden religiosa que se afirmaba, dando cuerpo a la sencillez, a la humildad, a la sabiduría, a la sensatez, y a la ejemplaridad fundamentales».
La orden franciscana puso bajo su advocación «hospitales, conventos y monasterios», 59 y ya en Lima desde finales del siglo XVI, concretamente en 1588, existía cofradía y capilla bajo su patrocinio.
60 De otro lado, los símbolos franciscanos fueron los más populares en el colectivo analizado.
La mayoría de los otorgantes lusos elegía como mortaja el hábito de san Francisco, mientras que entre las imágenes, lienzos y tallas de santos que estuvieron en su poder destacan especialmente Francisco y Antonio.
Aunque la figura de san Antonio de Padua no representó para los portugueses limeños un símbolo de identidad nacional (como se anotó antes, fue más bien una figura universal para los cristianos).
Lo que sí se puede destacar es que, si bien de los casos conocidos solo el 14,20 % hizo mención al santo lisboeta, siempre las referencias denotan proximidad y cariño y su elección se había efectuado o de forma exclusiva o con preferencia a otros santos o santas.
PORTUGUESES EN LAS COFRADÍAS LIMEÑAS firma de ciertas escrituras notariales.
61 En 1610 el bachiller Antonio Dias de Rivadeneira otorgó testamento «a honra y gloria de Nuestro Señor y de la Virgen Santa María», y agregaba también «al glorioso san Antonio de Padua, mi patrón y abogado».
En 1623 el licenciado Manuel Correa mandó fundar una capellanía de «cuatro misas rezadas cada semana, y cuatro cantadas», estas últimas debían decirse en días especiales señaladas por su fundador, a saber: «el día de san Jacinto y la Ascensión y san Antonio de Padua y el día de la conmemoración de los difuntos o en su octava, perpetuamente para siempre jamás».
Manuel Bautista, administrador del obraje de Cochán en la jurisdicción de Chancay, encargó en 1638 algunas misas de sufragio rezadas por la salvación de su alma, por las de los indios que le habían servido en dicho obraje y por las de sus familiares difuntos.
Según dispuso, estas debían ser oficiadas en altares de ánimas de diversos conventos y dejó reservadas otras veinte «por mi intención en el altar de san Antonio de Padua del convento de San Francisco más cercano a la parte donde muriera», se entiende que solo estas últimas, las que estaban dirigidas a su intención particular, fueron señaladas en el altar del santo portugués.
62 En los tres casos se observa que la referencia a san Antonio de Lisboa obedeció más a cuestiones personales, de afecto o de cariño, que a criterios de índole nacional.
63 ¿Qué razones podrían explicar la ausencia de hermandades o cofradías que buscaran reunir a los inmigrantes portugueses de Lima?
Sobre el particular se han planteado hasta tres hipótesis: la primera subraya el esfuerzo que habrían hecho los portugueses en la capital del virreinato «por GLEYDI SULLÓN BARRETO no diferenciarse del resto de colonizadores y por el deseo de diluirse entre ellos»; la segunda apunta a la natural asimilación de los portugueses en el medio limeño, es decir, que no solo se integraron sino que se fueron «asimilando y mezclando con los nativos»; la tercera hipótesis toma en cuenta el número de los inmigrantes portugueses que había en Lima en la primera mitad del siglo XVII, es probable que fueran pocos para el conjunto de la población que no justificó la existencia o la fundación de algún tipo de asociaciones de coterráneos.
64 Habría que añadir también que, aunque portugueses, se trató de un colectivo de cristianos o católicos, es decir, de bautizados, y desde ese punto de vista no había diferencias con sus pares españoles.
Los medios que la Iglesia ponía al alcance de sus fieles para la salvación del alma tenían carácter universal, y san Antonio de Padua, aunque nacido en Lisboa, no fue la excepción.
A manera de conclusión
Los datos analizados permiten deducir que no hubo en la Ciudad de los Reyes, en los años de 1571 a 1680, algún tipo de asociación cultural, económica o religiosa que agrupase solo a la gente de nación lusa.
Desde el plano religioso, los portugueses, al igual que los otros limeños o españoles, pudieron acceder libremente a cualquiera de las cofradías o hermandades fundadas en el medio, independientemente de su lugar de procedencia.
Aunque los lusos limeños se habían integrado hasta en veinticinco cofradías o hermandades de la ciudad hubo preferencia por las de fundación franciscana, entre otras: Soledad, San Antonio, y Concepción, lo que evidencia el arraigo que había alcanzado la Orden de San Francisco en suelo americano.
66 En este contexto, resulta evidente que la figura de San Antonio no se presentó como patrimonio exclusivo de los portugueses, sino como modelo universal de santidad propuesto por la Iglesia.
65 Aparte, podríamos anotar que las autoridades de ese tiempo no fueron muy proclives a auspiciar asociaciones de extranjeros en la América hispana, especialmente agrupaciones de portugueses que, aun siendo vasallos del mismo rey, eran tenidos por sospechosos en materia de fe, y por rebeldes en el contexto de la Gran Complicidad y de la rebelión de Portugal en 1640.
Agradezco este aporte a los evaluadores anónimos.
66 Otros habían profesado como hermanos de la Tercera Orden de San Francisco.
Los portugueses analizados no desarrollaron una identidad cultural propia que los hubiese distinguido del resto de sus vecinos; vivieron integrados en la sociedad, sin que eso significara el olvido de la tierra de origen.
Permaneció en ellos el carácter múltiple de su identidad: nacieron portugueses y morirían como tales en la ciudad de adopción, establecieron vínculos con la parroquia o barrio donde habían fijado su residencia, se relacionan con gentes de diversa naturaleza y grupo étnico, se integran a través del comercio y de las actividades productivas en el movimiento económico de la ciudad, y acuden a conventos, iglesias y hospitales que atendían, asimismo, a los españoles.
Fueron pocos los portugueses que optaron por formar parte de cofradías o hermandades, poco más de la quinta parte de los casos conocidos.
67 Las cofradías en las que se integraron fueron de muy variada naturaleza y fundación, lo que permite sostener que no hubo en la Lima de aquel tiempo asociaciones de carácter nacional para el grupo de los lusos: ¿acaso puede entenderse esto como una estrategia utilizada por este colectivo para diluirse entre sus vecinos y externamente aparecer como auténticos cristianos, evitando así la persecución inquisitorial? 68 En el fondo del asunto creemos que hubo un proceso natural de integración con el medio y, como cristianos auténticos que eran, los portugueses se habrían esforzado por alcanzar la salvación del alma a través de los diversos medios presentados por la Iglesia, y en este contexto las cofradías y hermandades habrían representado uno de esos medios posibles de salvación.
De acuerdo con los autores los portugueses radicados allí «no mostraron mucho interés por las cofradías de la ciudad», primero porque «en Cuenca se carecía de aquellas de carácter profesional que había en otras ciudades como Quito y Guayaquil», y segundo porque «las de esta ciudad [...] respondían sobre todo a intereses eclesiásticos».
68 Esta hipótesis ha sido sostenida por algunos investigadores que han trabajado el tema de los portugueses judaizantes.
Según ellos la pertenencia a una cofradía, el hecho de hacer testamento o el cumplir «sobradamente con la Iglesia a la hora de su muerte» habrían representado para los lusos una manifestación externa de su religiosidad, una farsa o una suerte de seguro que podían invocar en caso de necesidad, esto es, en caso de que se vieran involucrados en las denuncias del tribunal inquisitorial. |
La existencia de los colegios de naturales se remonta a los primeros siglos coloniales.
En el caso de la gobernación de Chile, fue Carlos II, quien a través de una cédula, con fecha 11 de mayo de 1697, dispuso la creación de un colegio seminario para la educación de los indios caciques circunvecinos del estado de Arauco, el cual estaría a cargo de la Compañía de Jesús «para que los enseñen a leer, escribir, contar, y la gramática y moral» 1.
Los jesuitas no solo establecieron un colegio para los hijos de los caciques, también un colegio para los vecinos acomodados de la ciudad de Chillán y una escuela gratuita para los hijos del pueblo, donde los religiosos Nicolás Deodati, Domingo Hurtado y Gonzalo Covarrubias, jugaron un rol fundamental.
2 Sin embargo, la idea de los colegios de naturales tenía sus orígenes en el siglo XVI, con el gobernador García de Mendoza, quien «auspiciaba crearlos simultáneamente en varias ciudades del Reino».
3 Lo cierto es que el Colegio de Naturales fue una institución financiada por la Corona, de ahí su denominación de «real», quien entregaba un sínodo para alimentación, vestuario, salud, el pago de los empleados y de los religiosos que asumirían la dirección y las clases de los estudiantes.
Los colegiales «debían pertenecer al grupo dirigente de los mapuches, siendo estos hijos de gobernadores, caciques de los cuatro Butalmapus de la Araucanía, pero también se incluían a sus súbditos, es decir, a indígenas que carecían de dicha categoría social».
4 La finalidad de esta institución era «instruir al colegial para que, egresado del colegio, pasara a ser un agente cultural de cambio, es decir, portadores de una especie de «misión» dentro de sus comunidades, y esta sería la de «convertir» a sus parientes y deudos a la religión cristiana».
5 En este contexto, el análisis sobre el Colegio de Naturales ha girado fundamentalmente sobre dos aspectos.
El primero, en el marco del proceso de evangelización en la Araucanía y la guerra de Arauco; el segundo, sobre los «frutos» de la formación recibida por los hijos de los caciques.
6 Sobre lo primero, el colegio se inscribió «dentro del estatus que la Corona confirió a los caciques, homologándolos a la nobleza peninsular» y su creación, para 1 Muñoz, 1997, 109.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL la época, fue «un gran punto a favor de la Corona».
7 Para ello se basó en la estrategia del método vertical, aprovechando el prestigio de los caciques y su poder sobre los súbditos para formar a sus hijos y que estos llevaran a sus comunidades los conocimientos adquiridos, atrayendo a sus padres a la religión.
8 Sobre el segundo aspecto, los frutos del colegio, Muñoz Olave nos habla de «benéficos resultados» del establecimiento y que cumplió los propósitos del cura González de la Rivera, uno de sus principales impulsores.
9 En cambio, Alejandro Fuenzalida indica lo contrario, puesto que hacia el año 1785 existía el convencimiento en el gobierno, de los estériles que eran los frutos de la enseñanza en el establecimiento y que el presupuesto era incluso mayor que el de la Universidad de San Felipe.
El gasto del colegio era de 5.869 pesos, en cambio el del plantel universitario no sobrepasaba los 5 mil pesos anuales.
10 En esta línea, Pedro Lurquín, administrador de temporalidades, en uno de sus informes, reparaba en el excesivo gasto que demandaba el colegio, señalando que después de 18 años de existencia en Chillán, con un gasto de 40.000, no había logrado otro fruto «que el de dos indios clérigos, otros dos regulares i unos cuantos que han aprendido oficio, i de estos últimos luego que acabaron su aprendizaje, nada se sabe de ellos i menos de los que han vuelto a sus casas».
11 ¿Qué valoración ha hecho del Colegio de Naturales la historiografía?
Sobre el particular existen dos líneas de interpretación: una que desmerece la existencia del colegio desde la perspectiva de los logros alcanzados y los gastos en que se incurrieron; y la otra, que valoran el esfuerzo de la Corona y la Iglesia por evangelizar a los aborígenes.
Un representante de la primera línea interpretativa fue Diego Barros Arana, quien señalaba que al momento de producirse el traslado a Chillán, el colegio «no había dado otros frutos que un considerable desembolso de dinero».
12 Un juicio compartido también por Alejandro Fuenzalida, el cual expresaba que después de 40 años de existencia del colegio «no se había logrado sino una media docena de eclesiásticos i un número insignificantemente reducido de operarios mecánicos, de pendolistas para ocuparse en 7 Guarda, 2011, 104.
CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA los bufetes de abogados o de oficiales subalternos en las oficinas judiciales o administrativas».
13 Gabriel Guarda, refiriéndose al tiempo de permanencia del colegio en Santiago, asevera que fueron «trece infructuosos años», 14 situación que habría motivado al presidente Ambrosio de Benavides a trasladar el colegio a la ciudad de Chillán, para dejarlo esta vez en manos de los franciscanos.
La otra visión del colegio, representada por la historiografía eclesiástica, 15 valora el esfuerzo de la Corona y de la Iglesia católica por dedicar prácticamente 60 años a una tarea de civilizar y evangelizar a los mapuches.
Junto con reconocer los problemas que existieron en materia de disciplina y formación, destacan la ordenación de seis religiosos, dos de ellos franciscanos, y la obtención de oficios mecánicos de varios de ellos, con lo cual lograron insertarse en la sociedad.
Para Rigoberto Iturriaga, las expresiones de Barros Arana y Fuenzalida son «parciales afirmaciones e interpretaciones» y que su propósito fue «descalificar todo el esfuerzo hecho por el Rey, propiciador de la idea, y de la Iglesia, su principal ejecutora».
16 Sin embargo, los estudios más recientes incorporan al Colegio de Naturales dentro de las estrategias persuasivas que implementaron los Borbones, como una forma de integración simbólica, donde el colegio fue un elemento más en la idea de cristianizar y occidentalizar a la población aborigen.
Según Jaime Valenzuela, la idea era que los hijos de caciques «una vez devueltos a sus comunidades y, sobre todo, erigidos como nuevos jefes al fallecimiento de sus padres, ejercieran su influjo para cambiar desde el interior y desde arriba» 17 a sus congéneres.
El tema económico ha estado poco presente en el análisis.
18 Lo único claro es que el déficit fue la constante, que el situado para financiar el colegio llegaba tarde y que en la adversidad económica, las órdenes religiosas, jesuitas y franciscanos, así como los hacendados locales y la comunidad, lo auxiliaron.
Poco sabemos de su dinámica económica, a quiénes benefició su existencia, cuánto fue el dinero invertido en mantener una política que buscaba evitar la atomización del poder indígena y participar de las decisiones políticas que tomaban los conglomerados mapuches.
Para unos fue un negocio, para otros una instancia más para conquistar el poder mapuche 13 Fuenzalida,1903, 247.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL y occidentalizar al aborigen.
Seguramente una mezcla de ambas, tal como veremos en las próximas páginas.
La pregunta que surge es, entonces, ¿por qué la Corona española siguió manteniendo una institución que generaba gastos a la hacienda real y pocos frutos en cuanto a la occidentalización de los hijos de caciques?
La Corona consideraba importantes a los colegios como una estrategia más del proceso de conquista de los territorios y de occidentalizar a los aborígenes.
Por ello estuvo dispuesta a gastar lo que fuese necesario para lograr sus objetivos.
Pero también había otros interesados en mantener el Colegio de Naturales, como las referidas órdenes religiosas y los hacendados locales.
Los primeros vieron una vía alternativa más de ingreso económico a sus casas o conventos.
Para los segundos, los hacendados, significó una oportunidad más de comercializar productos de la tierra y europeos, traídos desde Santiago o algún puerto del reino, que los llevaría con el tiempo a transformarse en mercaderes-hacendados.
Nuestro interés estuvo en las formas de financiamiento que dichas órdenes utilizaron en la administración económica del colegio, en las personas que se vincularon comercialmente con el establecimiento y en los gastos realizados para persuadir a los aborígenes hacia los fines de la Corona.
Respecto a las fuentes, hemos consultado el Catálogo Jesuitas de América, existente en el Archivo Nacional de Chile (Santiago) y los informes económicos de la Orden en el Archivo de la Provincia Chilena de la Compañía de Jesús (también en Santiago); las constituciones, reglamentos y consuetas emanados entre 1784 y 1791, que se conservan en el Archivo Franciscano de Santiago; los expedientes de aprobación de las cuentas de gastos del Colegio Seminario de Naturales de Chillán, fondo Contaduría Mayor del Archivo Nacional de Chile; y los formularios de libros de cuenta del Seminario de Naturales de Chillán, existentes en el Archivo del Colegio de Propaganda Fide de San Ildefonso de Chillán.
En el Archivo de la Universidad de Alcalá de Henares (España) también hay documentación sobre el Colegio de Naturales, pero el material corresponde a copia del original que se conserva en el Archivo Franciscano de Santiago de Chile.
En cuanto al Archivo Romano de la Compañía de Jesús (Roma), en el fondo Chile solo existe material complementario, puesto que se han perdido todas las cartas anuas del siglo XVIII, precisamente las correspondientes al período en que los jesuitas tuvieron a su cargo el Colegio de Naturales.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL hacienda.
23 En cualquiera de sus manifestaciones, colegios, residencias y misiones, ayudaban a la economía de frontera.
24 Por ejemplo, las misiones colaboraban «mediante la incorporación de recursos naturales y humanos a las redes políticas y económicas coloniales».
Los colegios y residencias, «mediante la especialización en la explotación de recursos naturales locales y la creación de excedentes agrícolas para comercialización o trueque».
25 Las propiedades rurales de colegios y residencias eran parte fundamental de sus respectivos mercados regionales.
Sus métodos de financiamiento económico «hicieron de los jesuitas rivales comerciales formidables, pero esto causó también fricciones y envidia por parte de otros grupos eclesiásticos y de algunos elementos de la sociedad civil».
26 La independencia financiera de cada colegio, residencia y misión era posible porque cada una de ellas «tenía propiedades dedicadas a proporcionar esta autonomía económica en un tipo de fideicomisos que los jesuitas llamaban fundaciones».
27 Precisamente será bajo esta formas de administración que los jesuitas se harán cargo del Colegio de Naturales de Chillán el año 1700, institución que inmediatamente se vio beneficiada con la donación de un predio con casa, cedido por el presbítero José González de Rivera, párroco de San Bartolomé de Chillán, quien precisó que en caso de que en algún momento dejara de existir el mencionado colegio, «por accidentes que se puedan ofrecer, quedase la dicha casa para los PP. de la Compañía».
28 Para este primer momento se estableció un máximo de 20 becas para el referido colegio, un presupuesto de 4.000 pesos por año y se nombraría como primer rector el padre Nicolás Deodati.
Fue así como la Junta de Misiones pidió al referido presbítero González de Rivera, quien para entonces también era misionero apostólico, una visita a territorio mapuche «para que estudiara la distribución y colocación de las nuevas misiones y viera cuál sería el pueblo en donde convenía fundar el colegio de indígenas».
29 El informe elaborado por dicho religioso fue presentado a la Junta de Misiones con fecha 18 de julio de 1699, y proponía en materia económica lo siguiente: «para gastos de mantenimiento de cada joven cacique 150 pesos; y 600 para dos profesores y 400 para el rector».
Finalmente, la Junta de CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA Misiones estableció para los inicios del colegio una renta anual del rector en 280 pesos, de cada uno de los profesores en 240 pesos y una pensión de 120 pesos por cada uno de los diez y seis caciquitos que debían vivir en el establecimiento.
30 Fue así como el rey mandó que se dieran cuatro mil pesos para la instalación del colegio, tomándolos del «real situado» o fondos fiscales que venían cada año desde Lima para pagos del ejército y gastos generales; pero el real situado llegó muy escaso y limitado el año 1699 y 1700.
La Junta de Misiones reclamó al virrey el dinero correspondiente al colegio de caciques, y la respuesta fue que «el situado no podía traer nada para el colegio».
Esa primera omisión del virrey se «convirtió en práctica abusiva, y después fue posible que el situado trajera para todos, menos para los caciquitos de Chillán».
31 En esas circunstancias vino entonces la caridad del vecindario para ayudar al celo de los jesuitas y entre ambos, vecindario y religiosos, establecieron el Colegio de Naturales y lo siguieron manteniendo.
El año 1708, los jesuitas creyeron necesario «exigir estabilidad para la obra y dieron los pasos conducentes a conseguirla en Madrid».
Luego se estableció una comisión de visitadores, entre ellos oidores de la Real Audiencia de Santiago.
Entre las opiniones que se formaron fue que «se pagaran los nueve mil trescientos treinta y nueve pesos y seis reales que el fisco debía a la casa por no habérsele entregado completa cada año la cantidad consultada para pensión de los alumnos; que era el tiempo de asegurar la estabilidad del colegio».
32 Según Walter Hanisch, en esta etapa, el rey «no dio lo necesario para mantenerlo y vivió dicho colegio de las limosnas de los chillanejos y de la hacienda de Cato que era trabajada por los indios Guambalíes», 33 indígenas que, como se mencionó, habían llegado desde Concepción a los contornos de la ciudad de Chillán, específicamente entre los esteros Larquí y Quilmo, a raíz de la política de trasplantes de población que las autoridades de Concepción habían establecido hacia fines del siglo XVII.
34 Los jesuitas del Colegio San Bartolomé de Chillán poseían importantes bienes inmuebles: la estancia Caimacagüin, de mil cuadras, situada en el partido de Itata; la de Cato, con once mil cuadras, en la jurisdicción del 30 Ibidem, 113.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL partido de Chillán, y una chacra denominada «El Maipón», donde existía también un molino.
Además, contaba con algunas fábricas de tejas y vasijas y una curtiduría para realizar las faenas propias de una hacienda ganadera.
35 Entre 1723 y 1726, cuando el Colegio de Naturales había terminado su ciclo en Chillán, los jesuitas siguieron incrementando su patrimonio en torno a las instalaciones de la ciudad, adquiriendo propiedades, especialmente solares.
Al momento de su extrañamiento, la estimación general «permite establecer una valoración mínima de los inmuebles e instalaciones en veintitrés mil seiscientos cuarenta y siete pesos».
36 En los primeros momentos de la existencia del Colegio de Naturales, los jesuitas solicitaron la concurrencia de los indios guambalíes y del vecindario chillanejo.
Como el sínodo comprometido no llegaba, el padre Gonzalo Covarrubias, procurador general de la Compañía de Jesús, junto con indicar a las autoridades que «los padres padecen necesidades» por la remisión «de los situados», 37 solicitaba al corregidor de la ciudad de Chillán que incorporara a dicho colegio el número de seis indios guambalíes para el servicio del colegio en la hacienda Cato, los cuales durante el año pudieran sembrar y alimentar a los hijos de los caciques moderadamente.
38 El año 1709, es decir, nueve años después de asumir el desafío, los vecinos y autoridades todavía recordaban a los jesuitas la obligación que tenían de construir una sede estable para el colegio.
Junto con rememorar la rebelión mapuche ocurrida el año 1655, que había destruido la ciudad de Chillán, recordaban el compromiso de los religiosos ignacianos con la «educación de la juventud, doctrina y predicación evangélica» de los indígenas, ya que les habían donado «algunas estancias, tierras, esclavos, dinero y otras posesiones y mercedes de tierra».
39 Finalmente, en el año 1713 los religiosos de la Compañía de Jesús emprendieron la tarea de construir una iglesia «para la educación y enseñanza de los hijos de vecinos de dicha ciudad y los de los caciques que ha mandado su Majestad».
37 Solicitud del procurador de la Compañía de Jesús Gonzalo Covarrubias al corregidor de la ciudad.
2 38 De la aplicación de seis indios guambalíes p. a el servicio del colegio q. e se orn de estarse construyendo en la ciudad de Chillan p. a la educación y enseñanza de los hijos de los caciques, Chillán, 1709, CJA, vol., 94, pza. 1, f.
39 Concesión segunda de los indios de Guambalí p. a que nos puedan trabajar en dicha estancia de Cato y un decreto p. a q. e trabajen en la Ig. a Chillán, 1709, CJA, vol. 94, pza. 1, f.
CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA autoridades la concurrencia de los indios guambalíes, pero esta vez de todo el pueblo.
El argumento esgrimido fue una vez más el retraso del sínodo correspondiente.
La idea era que los indios guambalíes asistieran a los padres de la Compañía «a juntar los materiales necesarios para la dicha fabrica y levantar dicha Yglesia».
Los religiosos debieron poner a disposición de la causa a los indios guambalíes y la comunidad a los indios de su pertenencia que laboraban en sus haciendas sin mediar excusa alguna.
Para el cabal cumplimiento de la medida se estableció una pena de 200 pesos.
40 El cabildo de Chillán, ante la situación planteada sobre la construcción de la iglesia, emitió un informe jurídico el 21 de noviembre de 1713 sobre la «utilidad y universal consuelo que se le seguiría a toda esta República y su partido de que se erigiese en ella y a cargo de los padres de la Compañía la susso dicha Iglesia y Colegio Real Seminario de Caziques».
41 De igual forma, el cabildo, reafirmaba que todos los indios del pueblo, incluyendo los que servían a particulares, debían sumarse a la causa.
El cabildo de Chillán recordaba a los padres jesuitas el compromiso asumido en siglos anteriores, entre ellos la creación de un Colegio de Naturales.
En uno de sus documentos, con fecha 30 de abril de 1714, recordaba a los padres de la Compañía sus obligaciones: JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL Los éxitos en esta materia, según la consideración referida, llevaron al padre rector de la Compañía de Jesús, Antonio de Hevia, a proponer a las autoridades de la gobernación, construir las nuevas dependencias del Colegio de Naturales más allá de los límites de la ciudad para cumplir de mejor forma su cometido.
En el citado documento de 30 de abril de 1714, el cabildo indicaba que se tenía noticias favorables de parte del rector del colegio, el cual habría expresado que: pretende dejar el sitio y casa en que al presente están dentro de los muros antiguos de dicha ciudad y cerca de su plaza principal y salirse fuera de ella, siete cuadras poco más o menos sobre la loma que llaman de la horca... a fundar el dicho colegio y abrir los simientos para su fabrica y de la dicha Yglesia por aberselo dejado así prevenido y mandado el reverendísimo padre Provincial...44 El cabildo de Chillán determinó que debían quedarse en el lugar donde estaban, pues disponían de media cuadra para edificar la iglesia y el colegio; además, recordaban a los religiosos que para este fin se les abia donado el dicho sitio y casa por el señor canónigo de la Santa Yglesia Cathedral de la ciudad de Santiago de Chille don Joseph Gonsales de Rivera, como también en los tiempos antiguos antes del dicho alsamiento general y desolasion deesta dicha ciudad los vecinos y moradores de ella abian dejado y donado a los dichos Padres algunas estansias, tierras, esclavos, dinero y otras posesiones y mercedes de tierras que les han hecho los señores gobernadores que han sido deeste dicho Reino en las jurisdision deesta dicha ciudad para que fundasen Colegio en ella que al presente están poseyendo y que sobre estos efectos y principios tan fundamentales se a dispuesto que la dicha Real Junta de Misiones el fundar este dicho Real Colegio Seminario de Cassiques que hordenó su Magestad por la dicha su Real Zedula...
45 Las autoridades gubernamentales se opusieron tenazmente a las intenciones de los jesuitas, debido a dos razones fundamentales: el lugar llamado loma de la Horca era una frontera de guerra; y la existencia de un zanjón en invierno era difícil de vadear, dificultando la atención a los enfermos y moribundos.
Era una loma para viña de moscatel más que de albergue para los hijos de los caciques.
Más allá de las pretensiones de los jesuitas, lo cierto es que antes de la rebelión indígena del año 1723, con la cual se va a cerrar el colegio en la ciudad de Chillán, la mantención del establecimiento educacional fue CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA posible gracias a la producción de las haciendas que mantenían los religiosos en la zona.
Un informe mencionaba la existencia de una viña que se estaba replantando, una estancia en la isla de Cato, con ganado mayor y menor, y siembra para el gasto, además de una entrada anual de 914 pesos.
46 Como se puede observar, los jesuitas si bien se sumaron a lo solicitado por la Corona de tener la tutela del Colegio de Naturales, no significó para ellos un desembolso económico mayor, por el contrario, fue una entrada más a sus finanzas, ya que los indios guambalíes fueron utilizados en el trabajo de sus propias haciendas, las cuales permitían alimentar a los colegiales mientras se esperaba el arribo del sínodo asignado para el mantenimiento de los estudiantes.
Además, debemos observar que esta práctica de utilizar indígenas en trabajos que beneficiaran a la Orden, no era nueva en la Compañía de Jesús en Chile, porque la habían utilizado con los indios bogadores en la misión en el archipiélago de Chiloé, también asignados por la Corona, los cuales también ayudaron al progreso económico del colegio de la ciudad de Castro.
47 Por cada gasto ocasionado por el Colegio de Naturales, los jesuitas tenían un retorno.
Por ejemplo, para la construcción de la iglesia, de utilidad no solo para los colegiales sino también para la comunidad, el aporte de los hacendados locales fue vital, al facilitar los indios guambalíes y la madera necesaria para dicho fin.
El no sumarse a la causa tenía sus consecuencias, implicaba una sanción de 200 pesos como hemos señalado anteriormente.
Los religiosos y las autoridades del reino actuaban en comunión, en pos de mantener una idea que era parte de la política de los Borbones, mientras se esperaba el aporte de la Corona, el cual ingresaba a las arcas de la Compañía de Jesús.
El año 1723 marca el fin de este primer momento en la historia del Colegio de Naturales.
Fue la falta de medios destinados a la educación de los jóvenes y la rebelión general de los mapuches lo que pondría término a esta experiencia bajo la tutela de los jesuitas.
De ahí en adelante el proyecto de educación indígena durmió por años.
48 No obstante, los jesuitas y franciscanos seguirán preocupados por evangelizar a los fieles y «civilizar» a los gentiles.
Los primeros siguieron desarrollando una importante labor con la población indígena en el territorio 46 Informe económico de la Compañía de Jesús en Chile en respuesta a la real cédula de 1713, Archivo de la Provincia Chilena de la Compañía de Jesús, Tomás Gamboa, carpeta 20, 1716.
CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA con el tiempo en el principal obstáculo para la permanencia del Colegio de Naturales en Santiago.
El plan general de gasto del colegio en dicha ciudad demuestra lo oneroso que resultó para la Corona el mantenimiento del establecimiento.
Los mayores gastos se concentraron en la alimentación y el pago de sueldos, seguido del gasto en vestuario y el rubro «otros».
En cuanto al gasto en «otros» (curaciones, aprendices de artes mecánicas, remisión de los estudiantes indígenas a los parlamentos y refacciones de edificios) asciende a la suma de 5.399 pesos (promedio anual 600 pesos).
En el gráfico 1 podremos identificar no solo los ítems de mayores gastos, sino también sus respectivos montos.
52 Los gastos principales eran en alimentos, vestuario y sueldos, pero también en una variada gama de servicios: visitas médicas, curaciones y cuidados de los enfermos, reparaciones materiales de las dependencias, asistencia de los estudiantes a parlamentos, pago a cocineros, lavanderas, verdulera, etcétera, que estaban consignados en el ítem «otros».
Un dato de no menor importancia fue el gasto en la asistencia de los estudiantes del colegio a los parlamentos.
Si bien estos permitieron las relaciones interlinajes en la vida fronteriza, 53 fue común la incorporación de los caciques e indígenas en las ceremonias o fiestas relevantes llevadas a cabo en Santiago cuando asumía un nuevo monarca o gobernador.
Las autoridades gestionaban el traslado de cientos de indígenas a presenciar el evento.
Por ejemplo, en las proclamaciones de los monarcas, como las de Carlos III en 1760 y Carlos IV en 1789, con fuegos artificiales y largos cortejos que iban desde la plaza mayor a la Cañada, donde era posible observar la «pompa civil y eclesiástica» 54 que el cabildo de Santiago apoyaba a pesar de las restricciones de la política económica de los Borbones.
Los gastos en estas instancias podían llegar hasta los seis mil pesos, 55 un desembolso mayor que el presupuesto destinado al funcionamiento del Colegio de Naturales.
52 Fuente del gráfico 1: «Plan General de Gastos, sueldos, alimentos, vestuario, curación de enfermos...», 1788, CJA, vol. 66, pza. 15, f.
La política de las autoridades consistió en utilizar las más diversas actividades de carácter cívico y religioso para persuadir a los indígenas de los beneficios que tendrían al incorporarse a la sociedad hispano-criolla.
Una de dichas actividades poco destacadas, fueron los parlamentos, a los cuales asistían los hijos de los caciques como testimonio vivo de los beneficios de la vida occidental.
Concurrían vestidos con la indumentaria habitual de su permanencia en el colegio, donde destacan la hopa, chupa, beca y zapatos.
Esta asistencia era parte de las estrategias persuasivas implementadas por los Borbones en su afán de occidentalizar a los aborígenes.
El otro problema fue convencer a los estudiantes de ser trasladados a Chillán.
Agustín de Escandón manifestaba que existía «repugnancia de los colegiales» a ser trasladados.
Algunos preferían quedarse en Santiago y dedicarse «al oficio de sastres»; otros, seguir estudios para el sacerdocio, y unos pocos, pasar a Chillán.
Un ejemplo de la resistencia al traslado fueron la madre de los hermanos Pedro y Santiago Reuqueante y la abuela de Martín Erice, Ángela Riquelme, quienes se oponían con «sumo empeño y eficacia» a que fueran separados de sus familiares.
Eran niños que no superaban los 12 años.
Finalmente, el fiscal y los religiosos seculares, utilizando una serie de artimañas, convencieron no solo a la madre y la abuela de los estudiantes del traslado a la ciudad de Chillán, también a otros, sumando la cantidad de diez.
56 El traslado generó, además, un problema con Agustín de Escandón, rector del colegio, y el pasante (profesor) Alejo Rodríguez, quienes pretendían seguir recibiendo el estipendio de sus servicios.
Las razones esgrimidas por Escandón eran dos: su gestión como rector del colegio, la que se destacó por «la exactitud, pureza y vigilancia» con que se había desempeñado, y la situación familiar que lo agobiaba, pues no tenía «absolutamente nada con que mantener a cinco hermanas pobres y huérfanas» que sobrevivían a expensas de su trabajo.
57 En el traslado a Chillán del colegio estaba por un lado «la idea de economizar algo al real erario» y por otro «la esperanza de que encargado el servicio docente a los franciscanos, conocidamente económicos», la situación sería distinta a la experiencia vivida en Santiago.
«Los eclesiásticos del colegio de propaganda fide habían hecho la oferta de mantener los indiecitos a precio mui módico, por intermedio del padre Francisco Javier Ramírez».
58 Francisco Ramírez, guardián por aquellos años del Colegio de Propaganda Fide de Chillán, responde positivamente a la solicitud del presidente Ambrosio de Benavides, en cuanto a asumir el colegio.
En carta del 22 de diciembre de 1785, junto con manifestar su complacencia del traslado del colegio a Chillán, señala que es suficiente la limosna de 150 pesos anuales para las necesidades religiosas del director y maestro del establecimiento.
59 Carta al Señor Presidente don Ambrosio de Benavides sobre el traslado de los jóvenes naturales al Colegio de San Bartholome de Chillan, Chillán, 1785, CJA, vol. 22, pza.1, f.
El Real Colegio de Naturales de Chillán y su dinámica económica bajo la tutela de los franciscanos: 1786-1811
Para esta tercera y última etapa será el Colegio de Propagada Fide de San Ildefonso de Chillán quien administrará el Colegio de Naturales, facilitando parte de su infraestructura, como también un par de religiosos para la educación de los hijos de caciques.
El Colegio de Propaganda Fide ofrecía ventajas comparativas para albergar a los estudiantes.
Contaba con un abundante ganado menor, tierras fértiles para la agricultura (especialmente para las legumbres), lanas y bayeta para confeccionar la ropa a los colegiales, y una razón muy importante: la disminución de los gastos en salarios, ya que los religiosos se ofrecían voluntariamente para servir estos ministerios sin estipendio.
Para la administración del Colegio de Naturales, los franciscanos, a diferencia de los jesuitas, contaban con un seglar para administrar los recursos del colegio, llamado ecónomo, que recibía un sueldo por su función.
El ecónomo debía dar cuenta anual de las entradas (cargo) y gastos (data) al gobernador y capitán general del reino.
En dicha cuenta, los gastos debían ir respaldados por las respectivas boletas, firmadas por la persona que recepcionaba el dinero.
Las boletas, junto con identificar al proveedor, especificaban el producto comprado, la cantidad, el monto pagado por cada unidad y el valor total de la transacción.
60 Con los caudales el ecónomo debía mantener los edificios del seminario y proveer el alimento, vestuario y demás necesidades a los tres religiosos destinados al colegio, a los seminaristas y criados.
Debía ser una cuenta meticulosa y contar con la anuencia del padre rector del Colegio de Naturales, del guardián del Colegio de Misiones y la firma del contador de temporalidades.
61 La cuenta contemplaba los siguientes gastos: comida, provisiones, lavanderas, verduras y amasijos, enfermería, refacciones, vestuario, utensilios y sueldos.
El gasto mensual en comida para el año 1794 fluctuaba entre los cuatro y los diez pesos, siendo el promedio de gasto por mes de 7,9 pesos.
Por su parte, el gasto diario de la comunidad era de un par de reales, comúnmente entre dos y cuatro reales, y consistía en la compra de mariscos, frutas, huevos, pescado, carne de cordero y pollo, aves, ají y papas.
Los productos más caros eran el marisco y el pescado, a dos reales la arroba.
En cuanto a CRISTIÁN EDUARDO LEAL PINO Y RODRIGO MORENO JERIA las provisiones, los principales productos comprados eran: carneros, vino, aguardiente, pescado, harina, chocolate, sebo, pabilo, leña, papas, ají, sal, chanchos, azúcar, yerba, grasa, tabaco, mazos, charqui, arroz, habas, porotos, alverjas, aceite, entre otros.
Las personas que proveían al colegio de dichas provisiones eran: Ramón Lantaño, Miguel Chavarría y Manuel Conles, principalmente.
62 La lavandera del Colegio de Naturales fue doña Isidora Olate, cuya función era lavar y remendar la ropa blanca de los seminaristas y religiosos a cargo de los colegiales.
El pago que recibía era de cuatro pesos al mes, es decir, 48 pesos anuales.
La enfermería, destinada fundamentalmente a los seminaristas, también era un gasto importante.
La visita de un médico a un colegial significaba el desembolso de dos reales.
Por lo general era una serie de visitas de ocho, quince y hasta 24 días en un mes, para observar el desarrollo de la enfermedad, siendo Fulgencio Rodemas uno de sus médicos.
A partir del año 1802 se realiza un contrato con el facultativo para atender a todos los individuos del seminario por 18 pesos anuales.
Los cuidados de los enfermos durante las 24 horas del día los realizaba la vecina Gerarda Rojas, en su casa, a un real y medio por día.
Entre los seminaristas atendidos durante los años 1802-1803 están Lorenzo Loncomilla, Juan Panguimilla y el colegial Pablo Millalican.
Un costo adicional eran las recetas médicas, las cuales indicaban el tipo de infusión que recibiría el enfermo y el costo que implican.
Por ejemplo, la toma de píldoras costaba ocho reales, tres onzas de aceite de almendras seis reales, los polvos de Cartagena cinco reales, los polvos de coral rubio tres reales, las infusiones de madre perla cuatro reales, una purga un peso, una sangría cuatro reales, etcétera.
63 También estaban las refracciones de los distintos espacios dentro del edificio, que corresponden a todos los gastos que implicaba la reparación de alguna dependencia.
En una zona expuesta a terremotos, fuertes vientos y al implacable paso del tiempo, los materiales de construcción, fundamentalmente de adobe, teja y madera, se deterioraban permanentemente.
64 Era común la compra de tejas, tablones, vigas, coligues, clavos y cal, así como el pago de los servicios de carpinteros, albañiles, tejeros y peones, quienes desarrollaban tareas tan diversas como la reparación de puertas y ventanas, 62 Leal, 2015.
JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL arreglos y cambios de vigas, reposición y limpieza de tejados, identificación y reparación de goteras, etcétera.
El costo por el servicio de los carpinteros y albañiles era de cuatro reales y el de los peones de dos reales diarios.
Las dependencias que mayor atención recibían dentro del establecimiento eran el refectorio y los dormitorios de los estudiantes.
El vestuario para los tres religiosos y los estudiantes era otro costo que debía asumirse.
Géneros para camisas, medias, sábanas, calzoncillos, pañuelos de algodón, sombreros, gorros, ponchos, chupas, hopas y becas.
Estos géneros eran de distinta calidad, por ejemplo, el de Castilla costaba treinta reales la vara, en cambio el de Pontiví cinco y el de Tocuyo cuatro reales la vara.
A ello debemos agregar la compra de botones, hilo y pita, para costura y avíos de chupas, capas, hopas, becas.
Un gasto no menor lo constituían las sandalias, zapatos y hebillas de acero.
Los principales proveedores de estos géneros y artículos eran Manuel Conles y José María Merino.
A lo anterior se debe sumar el gasto en las confecciones de las prendas de vestir.
Para ello se contaba con un maestro sastre y una maestra de costura, José Meza y Nicolasa Merino, respectivamente.
Ellos confeccionaban la ropa tanto para los tres religiosos como para los seminaristas del Colegio de Naturales.
65 El gasto en utensilios para el funcionamiento de las diversas dependencias del edificio era ocasional.
Dentro de los utensilios más comunes encontramos las ollas de barro y cobre, platos de peltre, cubiertos de fierro, candeleros, navajas, chapas, llaves, juegos de tinteros, anteojeras, azadones, palas, cartillas de rezo, etcétera.
Respecto al gasto de administración del colegio, lo podemos dividir en sueldos o pagos fijos y salarios o pagos ocasionales.
Entre los primeros están los del ecónomo del Seminario de Naturales, quien percibía por su servicio 200 pesos anuales; los sirvientes (dos), con 30 pesos anuales cada uno; el maestro barbero, por la rasura a los tres religiosos, 12 pesos anuales; el pago anual por el amasijo del pan, 24 pesos.
En salarios encontramos desde el pago de albañiles, carpinteros, cerrajeros, hasta el pago por alguna visita médica o por el traslado de algún estudiante a Santiago.
66 Los mayores gastos eran en alimentación, seguidos por los sueldos y salarios, y el vestuario.
El gráfico 2 da cuenta de ello.
67 Fuente del gráfico 2: «Expediente formado sobre la aprobación de las cuentas de gastos del Colegio Seminario...», 1794-1811, Archivo Nacional de Chile, Fondo Contaduría Mayor, vol. 4552.
Al observar las entradas y los gastos del Colegio de Naturales de Chillán durante el período 1794-1811, es posible determinar la veracidad de las observaciones de la Junta de Temporalidades.
Sin duda siguió siendo oneroso mantener el colegio, aunque con diferencias importantes (no se pagaba a los religiosos, el edificio era parte del Colegio de Misiones, por ejemplo).
Sin embargo, los gastos exceden a las entradas en prácticamente todos los años que van desde 1794 a 1811 (gráfico 3).
68 Es evidente el elevado costo económico que ocasionaba mantener a los estudiantes y a los religiosos en el colegio.
Sin embargo, los alcances en contra no solo son frecuentes, sino que las cifras son abultadas, llegando el año 1802 a ser de 2.232 pesos y 6 3⁄4 reales, cifra que para la época no era menor.
La proyección económica que muestra el gráfico 4 tuvo como punto de referencia los gastos en salarios, alimentos y vestuario del colegio en su permanencia en Santiago durante el período 1777-1785.
69 Podemos observar que los gastos en alimentación y vestuario serían muy similares.
En vestuario ocurre algo similar, siendo el gasto para Santiago de 2.749, y para Chillán de 2.643 pesos.
Sin embargo, la diferencia era sustantiva en materia de salarios, pues los gastos prácticamente se reducían en un tercio.
En esta última 69 Fuente del gráfico 4: «Estado Económico de lo que se puede gastar y asignar al año para la manutención y subsistencia del Real Seminario de Naturales de la ciudad de Chillán», 1785, CJA, vol. 22, pza. 1, f.
47 Un gasto no menor lo constituían las ceremonias de investidura de los aborígenes cuando estos recibían las sagradas órdenes o asumían un oficio.
Era el fin de un largo proceso que respondía de alguna manera a la motivación original de la existencia de los colegios de naturales.
La idea de occidentalizar a los hijos de los caciques quedaba de manifiesto cuando Juan Calbugur fue investido como sacerdote y Pedro Quinchaguala como relojero.
El cuadro 1 muestra los gastos en ropa y elementos sagrados utilizados en la ceremonia de la investidura como sacerdote de Juan Calbugur el año 1813, siendo seguramente el último indígena de aquella experiencia llamada Colegio de Naturales.
70 70 Fuente del cuadro 1: «Presupuesto del vestuario que necesitan los dos indios alumnos del Colegio de Chillán D. n Juan Calbugur y D. n Pedro Quinchaguala...», 1813, CJA, vol. 89, pza. 15, f.
323 Es posible observar en la vestimenta la utilización del sombrero, zapatos con hebillas de acero, camisas, chalecos, pañuelos de cuello, donde el género de Bretaña, el terciopelo y la seda eran lo habitual.
No debemos olvidar que una vez ingresados los hijos de los caciques al colegio se les cambiaba radicalmente la vestimenta, y la hopa, la chupa y la beca, con la corona e inscripción de Carlos III, pasaron a ser parte de su ropaje característico.
En las ceremonias de investidura de oficios la situación fue parecida, en el sentido de mantener la solemnidad del acto.
El número de estudiantes que lograron un oficio fue sin duda mayor al de sacerdotes.
Entre los años 1775 y 1811 dieciséis colegiales obtuvieron oficios, es decir, se transformaron en sastre, carpintero, escribano, barbero, músico o pintor.
71 El año 1813 Pedro Quinchaguala obtiene el oficio de relojero, transformándose seguramente en el último en lograr dicho objetivo luego de años de permanencia en el Colegio de Naturales.
El gasto de dicha investidura fue menor al caso anterior, sin embargo, en su vestimenta se mantiene la tela de Bretaña, los zapatos, charretelas, sombrero fino, pañuelos, pantalón, chalecos, casaca, etcétera (cuadro 2).
72 En ambos presupuestos observamos la idea de occidentalizar al aborigen y la importancia que se le atribuía a la formación de un religioso indígena, 73 el cual se creía sería un agente civilizador y defensor de la Monarquía, situación que no siempre ocurrió así, como fue el caso de Francisco Inalican, quien en tiempos de la independencia colaboró con las fuerzas republicanas dirigidas por San Martín.
74 La apuesta de la Corona por occidentalizar a los hijos de los caciques, significó un desembolso que es posible observar desde el momento mismo de la captación de los estudiantes a través de regalos y prebendas, el propio traslado al colegio y el de sus padres para las respectivas visitas, las asistencias a parlamentos, la alimentación y vestuario, el pago de los pasantes o profesores, rector, ecónomo, cocineros y sirvientes, ceremonias de investiduras, etcétera.
Sin duda un gran esfuerzo económico durante casi 60 años, de los cuales 48 fueron asumidos por jesuitas y franciscanos,
Para los jesuitas y franciscanos, el Colegio de Naturales significó no solo una oportunidad de evangelización, también una forma de contribuir a la política de la Corona española en la frontera sur del imperio, en cuanto a occidentalizar a los pueblos originarios.
En esta tarea, ardua y compleja, los jesuitas y franciscanos tuvieron su beneficio.
Para los primeros, la administración del colegio durante los años 1700-1723 tuvo un costo marginal.
Si bien pusieron a disposición cuadro 2 sus propiedades, fueron los indios guambalíes y la comunidad quienes soportaron el gasto.
El sínodo, que efectivamente llegaba tarde, en algún momento ingresaría a los fondos ignacianos, puesto que los padres procuradores se encargaban de cobrarlo con frecuencia a las autoridades de la Corona.
Por su parte los franciscanos, a pesar de recibir un sínodo menor por la administración del colegio, igualmente obtuvieron un beneficio económico.
El Colegio de Naturales entró al circuito económico que habían creado hacía décadas y cuyo centro de operación era el Colegio de Propaganda Fide.
Existió vinculación económica entre dicho colegio, las misiones, los hacendados, los pehuenches y el Colegio de Naturales, lo cual queda reflejado en los libros de cuentas del citado colegio y las disposiciones del Colegio de Propaganda Fide de San Ildefonso de Chillán.
75 Las estrategias económicas de ambas órdenes en pos de la existencia y permanencia de una idea emanada de la Corona, que si bien presenta diferencias que surgen de sus normativas -por ejemplo, una delegaba la función económica en un religioso, la otra lo hace en un seglar-, lo cierto es que existió la disposición a colaborar, no solo destinando religiosos a la causa, también con su patrimonio inmaterial.
Por su parte, la administración del Colegio de Naturales por el clero secular, lejos de acrecentar el número de estudiantes, los disminuyó.
La distancia, las fugas y el alto costo que significaba su mantención, especialmente el pago de los sacerdotes a cargo del establecimiento, su rector y pasantes, determinó el traslado a Chillán.
En estrecha relación con lo anterior, los hacendados locales también se beneficiaron con la existencia del Colegio de Naturales, quienes proveían de productos locales y europeos, siendo estos últimos traídos desde Santiago o algún puerto del reino.
El ejemplo más representativo fue Ramón Lantaño, hombre que logró hacer una interesante fortuna entre fines de la colonia y los inicios de la república en Chillán.
Gabriel Salazar lo presenta como uno de los más «ricos mercaderes-hacendados» de la zona.
76 Finalmente, el Colegio de Naturales constituyó un ejemplo más de la política de la Corona española en la frontera sur del imperio por occidentalizar a la población mapuche, incorporando a los jesuitas, franciscanos y al clero secular.
Fue frecuente durante los siglos coloniales la inclusión de los caciques e indígenas en las ceremonias o fiestas relevantes llevadas a JESUITAS Y FRANCISCANOS EN LA FRONTERA SUR DEL IMPERIO ESPAÑOL cabo en Santiago cuando asumía un nuevo monarca o gobernador.
77 Igual situación ocurrió con los hijos de los caciques, quienes eran llevados a los parlamentos vestidos con su hopa, chupa, beca y zapatos, como una evidencia de los cambios ocurridos en su permanencia en el Colegio de Naturales y así motivar a los otros jóvenes indígenas a que fueran parte de la experiencia. |
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Sobre la creación de fronteras.
El caso de La Española y las guerras del reinado de Carlos II, 1673-1697 * / On the Creation of Borders.
Así como la paz de los Pirineos de 1659 1 separó de facto Cataluña, y con ella la Monarquía Hispánica, de los condados del Rosellón y la Cerdaña, 2 si bien quedó del lado hispano de la frontera una parte de esta última, La Española resultó dividida definitivamente entre ambas monarquías a resultas de la paz de Ryswick de 1697.
3 Son dos ejemplos muy apartados en el espacio, pero no en el tiempo, de aparición de una nueva frontera que se debió consolidar militarmente.
4 Mientras la paz de Nimega de 1678 y la tregua de Aquisgrán de 1684 afianzaban la posición francesa en el Pirineo catalán (pues durante los años bélicos de 1667-1668 y 1674-1677 una parte de las conquistas pirenaicas de Luis XIV aun estuvo militarmente en entredicho), la presencia gala en las Antillas Mayores también tuvo sus luces y sus sombras aquellos años.
Por ejemplo, y como veremos, en la década de 1680 ciertas autoridades francesas estuvieron muy dispuestas a definir de una manera definitiva los territorios ocupados por una y otra potencia en La Española.
Y el siguiente conflicto entre ambas monarquías parecería a priori el mejor momento para permitirles establecer sus intereses a nivel territorial.
Como es obvio, la guerra de los Nueve Años (1689-1697), o de la Liga de Augsburgo, no solo se libró en Europa sino que también dejó su impronta en los asuntos caribeños.
De manera parecida a como ocurrió en el Pirineo catalán, 5 en 1680, cuando se fue a comunicar al gobernador de La Tortuga las paces firmadas en Nimega a fines de 1678, se habló de «la incompatibilidad y los daños que podrán resultar de que en esta isla habiten dos naciones tan diferentes».
6 Por cierto que entre los habitantes de la Cerdaña dividida entre las monarquías hispánica y gala hubo después de 1660 esa misma «relación muy fluida y ambivalente que oscilaba entre la violencia abierta y la colaboración», que Ponce Vázquez detecta en La Española entre residentes franceses e hispanos en las últimas décadas del siglo XVII.
Por lo tanto, las similitudes son más de las que hubiésemos podido imaginar.
Una visión general sobre La Española en el siglo XVII en Julián, 9-96.
Y sobre las fronteras militares a nivel planetario en la época moderna, Black, 2011.
El propósito de este trabajo es analizar los acontecimientos, sobre todo militares, vividos en La Española en el transcurso de los principales conflictos del reinado de Carlos II por ser uno de los pocos lugares donde se produjo una cierta reacción bélica positiva, aunque matizada, por parte de la Monarquía Hispánica.
Se ha utilizado, además de la bibliografía que se ha estimado oportuna, fondos del Archivo General de Indias de Sevilla (AGI).
La retirada hispana del Caribe
A partir de la conclusión de la Tregua de los Doce Años (1621) la presión de piratas de diversas nacionalidades que se establecieron en pequeñas islas del Caribe, las denominadas «islas inútiles», fue en aumento.
Es el caso de la isla San Cristóbal, que en 1625 fue ocupada, con intención de asentarse allá, por piratas ingleses y franceses.
Tras ser expulsados por la armada de don Fadrique de Toledo en 1629, 8 acabaron por establecerse en la costa norte de La Española 9 y en la isla de La Tortuga.
De este último enclave fueron expulsados en 1635 por Ruy Fernández de Fuenmayor, pero al poco volvió a ser repoblado por el francés Levasseur.
Por ello, desde 1636 se producirá una cierta militarización de La Española, organizando el gobernador Bitrián de Beaumonte las milicias criollas y prestando una mayor atención a las fortificaciones, si bien no pudieron acabarse por la mayor urgencia y necesidad de las de Puerto Rico y La Habana.
10 Tras muchas tropelías cometidas por los franceses desde su base en La Tortuga sobre los habitantes de Santo Domingo, a inicios de 1654 el gobernador y capitán general de La Española, Juan Francisco Montemayor de Cuenca,11 que había organizado la milicia insular desde fines de 1653, contando esta 8 Los dos fuertes de San Cristóbal cayeron en manos españolas, recogiéndose un botín de 129 cañones, 42 morteros, 1.350 mosquetes y arcabuces con abundante munición y entre 2.000 y 3.000 hombres presos entre la isla de San Cristóbal y la de Nieves (Nevis).
Bitrián atacó dos veces La Tortuga, la última en 1643.
Jurista, fue juez y auditor en Cataluña en los años de la revuelta de 1640, para pasar luego a América.
Véase su Discurso Político, Histórico, Jurídico del derecho y repar timiento de presas y despojos aprehendidos en justa guerra (México, 1658).
Montemayor contó con la ayuda de dos naves corsarias holandesas que por entonces operaban en las Antillas y estaban en guerra contra Inglaterra, si bien este hecho no lo menciona en su libro-reclamación.
ANTONIO ESPINO LÓPEZ con poco más de quinientos hombres, venció a los franceses, que rindieron su plaza fuerte de La Tortuga.
En el transcurso de estos años, la gran presión la realizó la república inglesa durante los años de gobierno de Oliver Cromwell como Lord Protector.
En 1654, tras preparar intelectual, religiosa, ideológica y políticamente la campaña, Cromwell desarrolló ante el Parlamento inglés su proyecto, denominado Western Design, para promover la expansión ultramarina inglesa comenzando con un asalto al Caribe hispano.
12 Previamente, Cromwell, alarmado por el auge y empuje comercial y marítimo de los neerlandeses, había ofrecido a estos la mutua libertad de comercio y el reparto de los imperios ibéricos de ultramar, quedando toda Asia y Brasil para los neerlandeses.
Así pues, en 1655 Cromwell desencadenó su gran ofensiva sobre el Caribe sin declarar la guerra a Felipe IV.
El plan consistía en atacar Cuba, Puerto Rico o Santo Domingo 13 con una armada de ochenta y seis navíos, conquistar uno de estos enclaves y, desde allí, asaltar Cartagena de Indias.
El ataque se dirigió contra Santo Domingo, que se defendió bien, en buena medida gracias a las desavenencias entre los mandos ingleses, y por ello pusieron rumbo hacia Santiago de la Vega, capital de Jamaica, que capituló en mayo de aquel año.
14 La debilidad de la recién adquirida colonia obligó al gobierno inglés a permitir que se convirtiera en una base del filibusterismo, pues estos iban a cumplir una doble misión: defender la isla y, al mismo tiempo, mantener la presión sobre las colonias hispanas en toda la zona, y todo ello sin que la República hubiese de realizar un despliegue militar y naval notable en el área.
Así, los filibusteros se bastaban para mantener a la Monarquía Hispánica a la defensiva, mientras que las tropas inglesas debían vérselas con neerlandeses y franceses.
Desde Jamaica se organizaron expediciones de saqueo contra Santiago de Cuba (1662) y contra Yucatán, Honduras y Nicaragua en busca de palo de Campeche; entre 1664 y 1670 se evalúa que tomaron ocho millones de pesos en sus razias de las costas de Colombia y Venezuela, quemando, 12 Véase Pagden, 1997, 101.
14 Jamaica fue atacada en 1600 por Christopher Newport, que asedió la capital sin éxito.
En 1622 la escuadra de Boudewijn Hendrijks atracó en la isla, pero sin intenciones de conquistarla.
Diferentes fueron las de William Jackson, quien tomo Santiago de la Vega en 1643, dejándola tras obtener un fuerte rescate.
El asalto inglés de 1655 tuvo un coste muy grande: de las ochenta y seis unidades enviadas, se perdieron medio centenar y hubo 8.000 bajas entre los 12.000 hombres que conformaban la expedición.
por último, la armada de Barlovento en la bahía de Maracaibo en 1670.
15 Esta política culminará cuando, durante el reinado de Carlos II Estuardo, el corsario Henry Morgan fuese nombrado teniente gobernador de Jamaica y caballero (1670).
Entre 1668 y 1671 se lanzó a duros ataques contra Portobelo, que saqueó, destruyendo, además, sus murallas; asaltó Maracaibo al año siguiente, venciendo a la flota hispana de socorro que se envió contra él, y en 1670 quemó Santa Marta y Riohacha y, poco después, cruzó el istmo de Panamá y saqueó la ciudad (1671), prueba evidente de la debilidad estratégica y militar hispana en toda la zona, a pesar de la existencia de fortificaciones y de que se había decretado la movilización general en el virreinato del Perú.
Las incursiones de Morgan condujeron al tratado de Madrid de 1670, que puso fin a la guerra contra Inglaterra, reconociendo la Monarquía Hispánica la soberanía inglesa sobre los enclaves conquistados.
16 En estos años, por un lado, surgirán algunas propuestas de colaboración ofrecidas por las Provincias Unidas desde la década de 1650 para atacar en el Caribe a los franco-ingleses, propuestas desechadas por Madrid al temer la intromisión holandesa en el comercio americano, 17 y por otro lado, y hasta final de siglo, iba a terminar por producirse un cierto acuerdo por acabar con las acciones de los piratas, dañinos para todas las naciones presentes en el área y sin apenas operatividad militar (salvo su uso por Francia para asaltar Cartagena de Indias en 1697), mientras que ingleses, neerlandeses y franceses lucharán entre sí para destruirse sus respectivas producciones azucareras.
Para Manuel Herrero, lo que en verdad salvó al Imperio colonial español de un reparto y de una desintegración inminentes fue el éxito de su diplomacia y su habilidad para conseguir que los territorios de la Monarquía quedasen relativamente al margen de las incesantes luchas entre neerlandeses, ingleses y franceses que asolaron la zona a partir de la década de 1660.
18 ANTONIO ESPINO LÓPEZ Tras el final de la segunda guerra anglo-holandesa (1665-1667), Inglaterra devolvió Surinam, territorio que había ocupado desde hacía quince años.
Y al finalizar la tercera guerra anglo-holandesa (1672-1674), Inglaterra retuvo todas sus posesiones, mientras que solo por la paz de Ryswick de 1697 la Monarquía Hispánica cedió el tercio occidental de La Española a Francia (Saint Domingue).
Los primeros años del reinado de Carlos II azotaron terriblemente la isla.
Hubo epidemias en 1666 y 1669 que diezmaron sobre todo, pero no solo, la población esclava de origen africano, de ahí que se fomentara la emigración de población de origen canario desde 1679, cuyos primeros pobladores arribaron en 1684.
Hubo huracanes en 1666 y 1672 especialmente dañinos y un terrible terremoto en 1673 que arruinó un tercio de las casas de la ciudad de Santo Domingo y afectó las murallas, en especial un baluarte.
20 En 1673 la Monarquía Hispánica comenzó su participación en la guerra de Holanda.
Un año antes, para proteger mejor La Española, ya se enviaron desde Nueva España ciento treinta infantes con municiones suficientes y la paga de un año.
21 Una de las primeras acciones hispanas fue atacar en diciembre de 1673 el asentamiento galo de la isla, quemando la mitad de las casas que se encontraban en el llamado por los franceses cuartel «del Cap», el más cercano al centro hispano de la isla, «y mataron a quantos hallaron en ellas, de suerte que desde aquel tiempo nuestros [h]abitantes no vuelven a dormir en ellas», se dice en una memoria francesa sobre Santo Domingo de 1676 que cayó en manos del gobernador Padilla Guardiola y se tradujo.
En dicha memoria se añade que si hubiesen persistido en sus ataques, habrían logrado ocupar toda la isla debido a la dificultad para su gente de unirse para la defensa por estar diseminados en sus labranzas.
Para las autoridades galas un gran problema era la falta de población, un fantasma, también, como veremos, para las hispanas, 22 pues buena parte de los bucaneros de la isla se habían ido marchando al no encontrar tantas reses bravas como 19 McFarlane, 1992, 97-129.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA antes.
Sin ellos, a los que no tratan como colonos galos exactamente, no solo se perdía fuerza de combate, sino también la mejor fuente de información sobre los movimientos de los españoles en la isla.
«Teníamos también entonces corsarios, que eran nuestra gente de guerra, pero casi todos se han retirado a la Jamayca, a donde viven a menor costa que en nuestras costas».
En la memoria, para proteger mejor el resto del territorio dominicano, pues se hallaban trescientos de sus habitantes presos de los españoles en Puerto Rico, 23 se necesitaban como mínimo otros trescientos soldados que montasen guardia en las avenidas por donde podían llegar los ataques hispanos.
Se deberían repartir armas y pólvora entre los habitantes y obligarles los días de fiesta a aprender su manejo para fomentar la aparición de una milicia competente.
También sería prudente introducir doscientos esclavos negros, a buen precio, en Santo Domingo con la intención de que sus habitantes, al hacerse propietarios de unos pocos, se muestren más dispuestos a trabajar y defender sus propiedades quedándose en ellas y sin ánimo de causar problemas a las autoridades y reducir «sediciones y levantamientos a que los que respiran el ayre de la América tienen el ánimo propenso».
Incluso se preveía en la memoria volver a levantar la colonia Carolina de Florida, que se instaló efímeramente en tiempos de Carlos IX y el almirante Coligny, como una posible salida para los habitantes de Santo Domingo (y La Tortuga) si eran expulsados de aquellas tierras por los españoles.
Incluso se añadía un detalle, como última ventaja de una conquista gala de Florida, de etnología y climatología discutibles: ANTONIO ESPINO LÓPEZ tropas y milicias, que quemaron varias localidades de la zona bajo influencia francesa.
La esperada reacción del gobernador de La Tortuga consistió en movilizar ochocientos hombres, que atacaran como represalia la villa de Guava, donde doscientos setenta españoles la defendieron con gran pericia y sin pérdidas de su lado.
Pero la noticia de la llegada del conde y almirante Jean d'Estrées con una escuadra 25 le había obligado a retirar su gente a proteger Santo Domingo los últimos cinco meses -Padilla escribía en junio de 1678.
Según el gobernador, la táctica ideal era someter a los franceses a un hostigamiento continuo en base a partidas de treinta hombres que, de manera constante, entrasen en su zona de influencia a lanzar correrías de la mayor intensidad que se pudiera.
26 En 1681 un documento anónimo llegó al conocimiento del Consulado de Sevilla donde se razonaba acerca de la necesidad imperiosa de defender lo mejor posible La Española de la voracidad francesa, tras argumentar que la población de la zona hispana alcanzaba apenas las 6.000 personas, mientras que la población bajo soberanía gala cuadriplicaba dicho número.
Todo el tráfico comercial que había con España, por un lado, y con Nueva España por otro prácticamente se había perdido, mientras la zona francesa enviaba a la metrópoli no menos de veinte navíos cargados de mercancías anualmente.
Si Francia ocupaba toda la isla, como parecía ser su intención, además comenzaría a construir allí mismo flotas para acabar de robar todas la Indias, además de no poder navegar por sus aguas los navíos hispanos sino con mucho peligro; y la frase clave: las Indias hispanas no podían permitirse una segunda Jamaica.
El situado era de 80.000 pesos anuales, 27 pero no se cobraba con puntualidad, y cuando llegaba se libraban antes las pagas de los hombres de gobierno y las primeras planas de las tropas, y ese era el gran problema.
Los soldados estaban terriblemente mal pagados.
En 1679 recibieron 18 pesos de paga, cuando a la mayoría se les debían 36 y 37 meses de atrasos, «y a muchos soldados viejos 6 y 7 años, por cuia raçón los soldados que llevan a aquella isla de España y Nueva España se huyen luego porque andan desnudos y muertos de hambre y esto no se puede 25 La noticia que daba don Juan Padilla era que D'Estrées, con dieciocho navíos y 6.000 hombres, les había ganado a los neerlandeses la isla de Tobago en diciembre de 1677.
27 Una cifra que desmiente Rafal Reichert a partir de otra documentación del AGI.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA remediar», sino era enviando año tras año el situado acordado.
En cuanto a la despoblación, aparece la idea de enviar a residir a La Española a los habitantes de las islas Canarias que en el presente estaban «pereçiendo y viviendo en las concavidades de las laxas de los montes por no tener tierras en qué vivir ni cultivar».
Además, si aumenta la población también podrá hacerlo el número de soldados dispuestos a pelear en su nueva tierra hasta expulsar totalmente a los franceses.
28 En realidad, ya en julio de 1680 había escrito a Carlos II el presidente-gobernador Francisco Segura avisando de la llegada de una escuadra de nueve navíos al mando del almirante D'Estrées con la excusa de un canje de prisioneros tras el final de la guerra de Holanda, al que Segura se negó por ser piratas, es decir, gente práctica en aquellas tierras y aguas, que podrían proporcionar valiosa información a D'Estrées, ello sin contar la sospecha del gobernador acerca de la presencia gala: solo querían comprobar la capacidad defensiva de Santo Domingo, que era muy reducida.
Y Segura adelantó una idea que una década más tarde, como veremos, pondría en práctica el gobernador Pérez Caro: con dos mil hombres por tierra, pero con la ayuda de unidades de la marina se podría recuperar aquella isla de manos de Francia.
29 ¿El anónimo antes analizado era obra suya, o de alguien con quien hubiera tratado aquellas cuestiones?
En un impreso inspirado por Segura, quien llegó a viajar a la corte, de 1683 o 1684 -pues trata en el mismo sobre el ataque a Veracruz del pirata Lorencillo, el mulato neerlandés Laurents de Graaf, ocurrido en 1683-, no se hablaba de 24.000 franceses en La Española, sino de 10.000, quienes habían establecido desde La Tortuga hasta diecisiete poblaciones en la isla vecina.
Segura reclamaba un gasto de 300.000 pesos para enviar a la ínsula mil familias de las islas Canarias, ochocientos infantes y pagar una armada de seis u ocho bajeles para limpiar aquellas aguas de piratas; Segura creía que había setenta naves piratas en las Indias en aquellos momentos.
Para facilitar la tarea, ofrecía la lista de todas las islas y factorías ocupadas por las potencias extranjeras ANTONIO ESPINO LÓPEZ en las Indias, la prueba más evidente de la derrota hispana: los neerlandeses ocupaban las islas de Tobago, Granada, Bonaire, Curaçao, Aruba, Mari Galante, la Deseada, Guadalupe, Antigua, Nieves, San Bartolomé y Santa Cruz.
Inglaterra poseía Jamaica, Barbados, San Cristóbal, Anguila, cuatro islas de las Bahamas y las Bermudas.
Francia se asentaba en San Vicente, Santa Lucía, Matalino o Martinica, La Tortuga, Caimán y en la zona occidental de La Española.
Y los daneses la Virgen Gorda.
Todo ello sin contar sus factorías en tierra continental.
30 En 1684, ante la ruptura de la guerra en Europa (guerra de Luxemburgo), el presidente-gobernador de Santo Domingo, el maestre de campo Andrés de Robles, informaba de que los franceses ya tenían noticia de la ruptura de la paz y se habían apartado de la «frontera» establecida, no sin antes haber robado todos los ganados que habían podido.
Siguiendo las órdenes recibidas, pues se daba por hecho que había diez mil bucaneros poblando la parte francesa de la isla, Robles envió centinelas lo más cerca posible de sus localidades para ser informado con tiempo de cualquier novedad.
31 Pero en noviembre, cuando la tregua de Ratisbona ya se había firmado en Europa, Robles escribía explicando cómo el gobernador francés del Guarico, la zona ocupada por los galos, le había escrito para preguntarle sobre cómo pensaba plantear la guerra, pues le aseguraba, y es lo más significativo, que tenía «poder de Francia para demarcar la tierra desta ysla, porque de aquí le avían propuesto que si yo le tenía estava llano a hacerlo».
Lógicamente, Robles contestó con una rotunda negativa.
32 Añadía las noticias de haber visitado la isla dos oficiales de Luis XIV, el comendador de San Lorenzo, general del Rey Sol en las islas, y el intendente general Veguen, quienes eran de la opinión de despoblar todas las islas restantes y enviar todos los efectivos a La Española para acabar de conquistarla, dadas las ventajas que tendría para ellos contar con una posición tan fuerte en las Antillas Mayores.
Asimismo, dio cuenta Robles de la capacidad naval de los dos corsarios principales al servicio de Francia aquellos días, Michel de Grammont, quien había atacado la laguna de Maracaibo en 1678, último año de la guerra de Holanda, y el mulato neerlandés Lorencillo.
El primero disponía de siete navíos, de mayor y menor porte, y el segundo de once, y podían querer atacar tanto La Española como Caracas, según noticias recabadas en Curaçao, donde muchos piratas y corsarios se reabastecían.
El problema era el estado de la muralla de Santo Domingo, que estaba toda abierta por la parte de tierra sin defensa alguna, porque lo mas de la muralla que [h]ay no la tiene, y los parapetos a pedazos en unas partes y no en otras, sin valuartes ni medias lunas, y solo seguida alguna linea con algunos recodos que encubren la bista unas partes a otras, y fuera mejor no la [h]ubiera.
Y estaba de monte tan zerrada y cubierta que aun estando en ella no se beia.
Y lo mismo estava la parte que mira al río.
Y con árvoles en las mismas murallas del grueso de un hombre.
Una dejadez de mucho tiempo que Robles intentó paliar ordenando que la infantería de la plaza dedicase dos horas diarias a la limpieza de las murallas.
33 En 1685, Robles se quejó amargamente de la llegada de apenas 10.000 pesos como situado después de dos años sin recibir nada desde La Habana, donde arribaba el grueso del dinero destinado a defensa proveniente de Nueva España, cuando su gobernador sin duda conocía cómo «estava esta plaça tan acavada».
Tampoco podía obviarse el papel que jugaba el situado en una economía como la de Santo Domingo: «porque los naturales de ella están con suma pobreza y con el situado se socorrían todos con los gastos de los soldados».
Como solía suceder, la desesperación aumentaba al ver llegar una cantidad tan reducida, cuando llegaba, y por ello aumentaban las deserciones: «Y lo peor es que los soldados se van huiendo desta miseria desde que vino el patache con los diez mil pessos de quatro en quatro y de seis en seis, que faltan ya dieziocho o veinte soldados», y le constaba que al menos dos huyeron a la zona francesa de la isla, «que les dirán todo lo que queda referido».34 Dos años más tarde, en agosto de 1687, Robles pudo escribir con satisfacción haber recibido 122.000 pesos del situado y una recluta de 246 soldados para poner aquella guarnición en una mejor situación defensiva.
35 ANTONIO ESPINO LÓPEZ De todas formas, cabe decir que se lucharía duramente en La Española durante el transcurso de la guerra de los Nueve Años, 1689-1697.
Uno de los pocos lugares donde se produjo una cierta reacción militar hispana exitosa en la década de 1690.
El almirante Ignacio Pérez Caro 36
El almirante Ignacio Pérez Caro, presidente-gobernador de la Audiencia de Santo Domingo y capitán general de la ínsula, encontró en su llegada al cargo en 1690 una dotación de 450 infantes útiles para el servicio, pero sin contar los oficiales, así como 45 artilleros, 37 un número demasiado reducido pues en las defensas de aquella plaza había en aquel momento 130 piezas de artillería.
38 El informe obedecía a la orden de Carlos II del 17 de septiembre de 1688 por la cual todos los gobernadores debían dar cuenta lo antes posible del número exacto de tropas con las que se contaba en las diversas guarniciones de las Indias.
Y si bien el número de infantes parecía suficiente a primera vista si lo comparamos con otras guarniciones, lo cierto es que se trata de un número engañoso si atendemos al hecho de que la porción hispana de la ínsula ocupaba una extensión cercana a los 70.000 km2.
Por otro lado, Pérez Caro tampoco era muy optimista con respecto a la calidad de las murallas de Santo Domingo, a las que calificaba de «flacas» y los baluartes «incapaces para la defensa», y achacaba aquellos males a la falta de profesionalidad de los maestros albañiles que habían dirigido las obras, al trabajo de los soldados en las mismas y a la falta de idoneidad de la mezcla o argamasa utilizada para unir los materiales de construcción (cuatro partes de barro por solo una de cal).
El gobernador solicitó 4.000 pesos 36 Pérez Caro viajó a las Indias acompañado de su mujer y sus dos hijos, de once y nueve años de edad, así como de seis criados y dos criadas de entre diecisiete y veinte años.
37 Un problema grave era la impericia de aquellos hombres en su oficio, por ello el presidente-gobernador ordenó que realizasen ejercicios todos los días de fiesta para aprenderlo de forma efectiva y se ganasen el sueldo que cobraban, que parecía ser su único objetivo.
Pero cinco años más tarde, un desesperado Pérez Caro escribía que la situación no había mejorado y por ello «no [h]e asentado algunas [plazas] de los que [h]an muerto», y por ello solicitaba dieciséis artilleros bien formados, pues en caso de apuro siempre se podrían utilizar los vecinos de la ciudad y los artilleros de los navíos que hubiese en el puerto.
Ciento veinticinco piezas dijo haber el gobernador Padilla Guardiola en febrero de 1678.
extra en el situado de Nueva España hasta acabar aquellas obras.
39 Tampoco dejó de señalar Pérez Caro la existencia de apenas 2.400 hombres en su jurisdicción con capacidad para portar armas, cuando el enemigo francés se sabía que había aumentado su número notoriamente en los últimos tiempos, y se debía enviar ayuda militar a localidades situadas a cuarenta y sesenta leguas de la capital, y por caminos fragosos.
Santiago de los Caballeros, por ejemplo, solo tenía como guarnición un cabo y dieciséis soldados, cuando necesitaba como mínimo, al igual que Guaba, por su cercanía al territorio galo, medio centenar de mosqueteros.
En definitiva se precisaba un situado acorde a la cantidad de gente que en aquel momento servía en la isla, pues el actual, 20.000 pesos, apenas si cubría las necesidades de la pagas de trescientos efectivos, cuando había que abonar, además, otras muchas cosas, como el arreglo de las cureñas de las artillerías.
40 El caso es que el gobernador francés, De Cussy, pudo atacar Santiago de los Caballeros con una fuerza notable, 2.600 infantes y un escuadrón de medio millar de caballos, destruyendo la localidad mediante el fuego en apenas doce horas que duró su ocupación, salvándose tan solo setenta y dos hogares, de un total de doscientos bohíos y treinta casas de piedra.
A diferencia de otras oportunidades, Pérez Caro supo organizar una respuesta a la altura de lo acontecido.
De entrada, reclamó la presencia o bien de la armada de Flandes, al mando del almirante Papachino, o bien de la armada de Barlovento, pues era consciente que solo una respuesta terrestre iba a ser insuficiente a la larga frente a tamaño enemigo.
El caso es que el 21 de enero de 1691 se produjo un choque en la zona occidental de la isla (el Guarico), en esa nueva frontera militar establecida, pero aun no fijada por un tratado internacional.
La acción de represalia se saldó, siempre según Pérez Caro, con seiscientas bajas del lado galo -si bien en otra relación nuestro hombre refirió cuatrocientas bajas-, mil casas incendiadas y ciento cuarenta esclavos negros capturados.
ANTONIO ESPINO LÓPEZ exagerada, del presidente-gobernador de que Francia desde su posición en La Española aspiraba a la monarquía absoluta en las Indias, cuando los aliados ingleses en este conflicto, pero enemigos en otros muchos, lo habían intentado a su manera también desde Jamaica.
Por otro lado, era consciente de la enorme dificultad para Luis XIV de enviar ayuda a su gente en la isla a causa «de las grandes guerras que tiene en la Europa», como si Carlos II no las tuviera.
Pero fue, sin duda, en el ánimo y el buen hacer de Pérez Caro donde se encontraba la base del triunfo, pues en el informe de la victoria dirigido a su monarca señaló cómo «en todas materias y en especial en las de guerra es regla prudencial no perder las ocasiones que prometen buen suceso».
Movilizó 1.300 hombres al mando del maestre de campo general Francisco de Segura y contó con el apoyo de la armada de Barlovento y sus ocho embarcaciones, que en el puerto de Manzanillo, entre el 14 y el 16 de enero, embarcó trescientos lanceros, además de las tropas que ya iban a bordo, para que fueran desembarcados en la posición más favorable para impedir que el enemigo enviase ayuda a la primera línea de combate.
Exagerando menos de lo que parece, el gobernador calificó el día de la victoria como «el más glorioso y plausible que de 35 años a esta parte [h]a celebrado La Española y toda la rexión austral americana».
Se enfrentaron a una fuerza gala de ochocientos hombres formada en escuadrón en La Limonade, la primera población de los franceses en su zona de la isla.
Pérez Caro asegura que su gente formó en una primera línea con trescientos arcabuceros, mosqueteros y escopeteros, y dos líneas en fondo con quinientos lanceros, aunque en uno y otro flanco colocó las «tropas volantes», en terminología de la época, es decir un grupo indeterminado de milicianos recogidos por el camino del norte y sur de la isla.
La táctica francesa, que consistió en alargar al máximo su frente para intentar desbordar los dos flancos del contrario y rodearlo, no tuvo éxito cuando el maestre de campo general Segura ordenó mezclar lanceros con arcabuceros y mosqueteros en un solo avance.
El resultado fue la victoria causando 258 bajas al enemigo en aquel encuentro, y entre ellos el gobernador De Cussy y sus principales lugartenientes, pero los trescientos lanceros desembarcados consiguieron aumentar esa terrible suma a algo más de cuatrocientas bajas.
Según los testimonios de algunos prisioneros, el error de De Cussy fue infravalorar la capacidad militar hispana y por ello no dudó en enfrentarse a fuerzas superiores.
Por su parte, la armada de Barlovento, usando banderas francesas, logró acercarse a dos fragatas galas de 28 y 24 cañones, que habían ido a corsear a La Española, y las atrapó, así como a SOBRE LA CREACIÓN DE FRONTERAS.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA una fragata más pequeña de 16 cañones.
42 Fue una de las más brillantes, y escasas, victorias marítimas hispanas en las Indias en los últimos decenios.
También el cabildo de Santo Domingo se apresuró a aprovechar aquellas favorables circunstancias, en las que el gran «celo» del almirante Pérez Caro tuvo mucho que ver, para intentar expulsar a Francia de la isla o, en todo caso, prepararse para aguantar un intento de venganza o «despique».
Para ello solicitaron un aumento de las tropas de guarnición, el pago regular del situado -el último había sido de 70.000 pesos-para conseguir que asentasen plaza de soldado, o en su defecto no huyeran, los mejores hombres -se quejaban de que el despojo de los franceses caídos en la batalla de enero de 1691 había sido para los hombres de la armada de Barlovento, seguramente uno de los tratos hechos por Pérez Caro con los generales y almirantes de la misma-, y mejorar las posibilidades de dedicarse al corso con algunos navíos de la isla.
Asimismo, habría que ganar terreno en la parte occidental de la isla mediante el envío de colonos de los Países Bajos hispanos u otros vasallos de Carlos II.
43 Pero seguía habiendo cuestiones por resolver, como el fenecimiento de la muralla de Santo Domingo, cuando faltaban apenas setenta varas castellanas para acabarla, no sin protestar Pérez Caro acerca de los materiales usados por su predecesor -mucho barro en la mezcla y piedra «esponjosa»; él estaba usando otros-y el hecho de tener uno de los baluartes, el de San Francisco, con una enorme brecha en su estructura que habría de subsanar cuanto antes.
Y todo aquel trajín sin la presencia de un ingeniero militar, como se había solicitado.
44 Solo tras una tercera carta, del 10 de noviembre, donde se abordaba este tema, la Junta de Guerra de Indias señaló que se pediría al virrey de Nueva España la remisión del ingeniero.
En realidad, en los años del presidente-gobernador Andrés de Robles y en los de gobierno del propio Pérez Caro se habían gastado apenas 16.
993 44 De hecho, en 1677 se había ahogado en su tránsito de La Guaira a La Habana el ingeniero militar Juan B. Rugero, destinado a Santo Domingo, y su ayudante se quedó en Caracas.
Rugero había sido llamado por el gobernador Zayas en 1674 cuando los vecinos de Santiago de los Caballeros le solicitaron levantar una fortaleza con su trabajo, pero siempre que alguien les diseñase la fortificación.
Zayas aprovechó la coyuntura para solicitar permiso para colocar allá una guarnición de cien hombres para frenar los avances del enemigo desde el lado occidental de la isla.
ANTONIO ESPINO LÓPEZ cantidad fácilmente contrastable con los centenares de miles de pesos de coste de murallas como las de Lima o Trujillo, contemporáneas de las de La Española.
Para ello, contando con el apoyo de la armada de Barlovento, que desembarcó cuatrocientos mosqueteros enviados por el virrey de Nueva España, más doscientos efectivos de la Real Fuerza de Santo Domingo, pudo conseguir unirlos a poco más de novecientos hombres de las milicias criollas de la isla, alcanzando los mil quinientos efectivos, pero muchos de estos se retiraron molestos por la falta de recompensas habidas el año anterior, una frustración latente que se hizo explícita al comprobar cómo volverían a combatir con tropas de la armada.
Así, el número de milites se redujo a mil cien hombres que debían atacar el Guarico, pero descubiertos por centinelas del enemigo, y ante la fama de buen soldado del sustituto de De Cussy, se ordenó frenar la ofensiva, partiendo la armada de aquellas aguas a fines de abril.
Toda la movilización costó 7.000 pesos, pero al menos se tuvo sobre aviso a los franceses.
Un resultado pobre, no obstante, habida cuenta de lo gastado en la operación, y sobre todo si recordamos la cifra antes proporcionada acerca del coste de lo empleado en la mejora de las murallas de Santo Domingo.
46 Cuando la coyuntura le pareció oportuna, en mayo de 1693, Pérez Caro solicitó a la Corona el envío al completo de los trescientos hombres demandados tiempo atrás para poder llenar la dotación del presidio bajo su mando -una demanda aceptada por Carlos II ya el 8 de marzo de 1692-, y al mismo tiempo poder enviar refuerzos a los contingentes que vigilaban tanto el norte como el sur de la isla, que pasarían de treinta a cincuenta efectivos, además de la remisión de las armas de fuego y munición tan necesarias -doscientos mosquetes, otros tantos arcabuces y la misma cantidad de escopetas de chispa, así como cien quintales de pólvora.
En realidad, solo habían llegado setenta y cinco hombres en dos compañías con sus oficiales, que, por cierto, estuvieron retenidos en Puerto Rico de septiembre a diciembre de 1692, así como apenas cien mosquetes y otros tantos arcabuces.
Por otro lado, también se echaban en falta 10.500 pesos en cada uno de SOBRE LA CREACIÓN DE FRONTERAS.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA los situados que llegaban desde Nueva España para el correcto cobro de la gente de guerra de la isla.
47 Pero el problema también era que los hombres remitidos desde la Península no estaban preparados para el tipo de guerra practicada en una isla tan montuosa como La Española, cuando lo más práctico era aumentar el número de soldados reclutados entre los naturales.
Una medida que no siempre era bien vista, o entendida, por la Corona.
48 No obstante, en junio de 1694 Pérez Caro se hizo eco de la orden de Carlos II de conceder el perdón a todos aquellos españoles que se encontrasen encuadrados entre las tropas de los enemigos de la Monarquía.
49 De todas formas, la iniciativa militar estaba del lado hispano desde la victoria obtenida en 1691, y el almirante Pérez Caro no iba a dejársela perder.
En junio de 1693 informaba a Carlos II sobre los ataques protagonizados por el retén de tropas del sur de la isla, quienes había atacado en dos ocasiones el valle cercano a la isla de la Vaca, donde el pirata Lorencillo, de quien ya hemos referido su asalto a Veracruz en 1685, tenía algunos esclavos propios y de franceses trabajando en algunas tierras.
El resultado fue su evacuación de dicha isla, una buena noticia si se tenían en cuenta sus muchas tropelías de los últimos años.
Por su parte, el retén de tropas del norte, con treinta y seis efectivos, atacó en dirección al Guarico, quemando tierras y llevándose algunos ganados y esclavos, sin contar con la muerte de varios enemigos, entre ellos el capitán Chavel.
El resultado de todas estas iniciativas era un enemigo que, para satisfacción del presidente-gobernador, «se hallaba encerrado dentro de sus poblaciones del grande temor que [h]a concevido de la continuación de estas rondas».
Aquel nuevo éxito sirvió de estímulo a ciento treinta hombres, quienes desearon alistarse para formar parte de las tropas que protagonizarían un nuevo asalto en dirección a Guaba.
50 Pero lo que interesaba sobre todo a Pérez Caro, un hombre de gran ANTONIO ESPINO LÓPEZ iniciativa, fue contactar con el gobernador inglés de Jamaica para realizar operaciones conjuntas con la armada de Barlovento y la inglesa del Caribe para limpiar la zona de franceses; una iniciativa que no gustó demasiado al virrey de Nueva España, conde de Galve, que quedaba en evidencia si no partía de él mismo el negocio.
Ahora bien, la cuestión hacía meses que se discutía en las cortes de Londres y Madrid, y Pérez Caro se limitó a esperar nuevas órdenes.
51 Los acontecimientos se precipitaron cuando en diciembre de 1694 el presidente-gobernador de La Española informaba a la corte sobre el ataque francés sobre Jamaica con el desembarco de tres mil hombres, aunque la mayor parte de ellos resultaron muertos o capturados.
Dicha circunstancia le llevó a enviar un contingente de hasta doscientos hombres a recorrer la parte occidental de la isla para tomar prisioneros e intentar saber algo más de los designios franceses, que no parecían afectarles por el momento.
Con todo, es interesante resaltar el comentario de Pérez Caro en el sentido de tener que avanzar hasta las primeras líneas de centinelas del enemigo para intentar hacerse con algún prisionero, como se ha dicho, cuando antes recorrían con libertad toda la isla «con sus monterías».
Tras el infructuoso intentó galo de apoderarse de Jamaica en 1694, Guillermo III de Inglaterra y las Provincias Unidas envió una escuadra al mando del almirante Robert Willnot para que unidas sus fuerzas a las terrestres de Santo Domingo se desalojase de una vez por todas a los franceses de las Antillas Mayores.
Se ha conservado un diario de la operación conjunta, un documento excepcional.
No obstante, desde el principio se deja traslucir las diferencias habidas con los aliados ingleses, pues Pérez Caro no duda en atribuir a la gallardía de las fuerzas hispanas no solo buena parte de la victoria, sino que, además, una acción como aquella habría servido para restablecer el crédito de las armas de Carlos II en las Indias, y de ello deberían tomar buena nota los propios ingleses: «por si algún día fueren los de esta nación, se rezelen de hostilizar estas fronteras».
53 Iniciaba su informe 54 Pérez Caro recordando que la falta de acción -por omisión o por desprecio del enemigo-de sus antecesores había llevado a los piratas franceses a afianzarse en el extremo occidental de la isla, esparciendo voces, creídas por muchos de manera quizá interesada, de que fácilmente alcanzarían los bucaneros los veinte mil efectivos, una cifra a todas luces falsa, pero que había servido a muchos gobernadores para mantenerse en la inacción por carecer de fuerzas competentes.
Por ejemplo, Pérez Caro afirmó que tras la salida de hombres como refuerzo de la escuadra francesa que atacó Jamaica en 1694, el gobernador francés de La Española, Ducasse, apenas si se quedó con trescientos efectivos capaces para la defensa.
Por otro lado, desde el principio tuvo claro que no se podía hacer la guerra sin contar con fuerzas marítimas adecuadas que bloqueasen la retirada francesa, al tiempo que se encargarían de transportar refuerzos a la parte occidental de la isla con suma rapidez y, algo muy importante, podrían retirar a sus combatientes heridos, quienes se encontrarían sin «aloxamientos a donde retirarlos, carestía de botica pues aun en esta ciudad se padece».
Además, las campañas debían iniciarse, con todo prevenido se entiende, hacia diciembre para tenerlas concluidas en mayo, pues a partir de aquel momento «entran también aguas y con estas cresen muchos los ríos que median los caminos, que por su naturaleza son asperos y agrios».
Él mismo desistió por aquellas causas de atacar al enemigo en 1693, cuando llegaron noticias de colaboración con la armada inglesa, pero esta no se presentó en aquellas aguas ni en ese año ni al siguiente.
Tampoco la armada de Barlovento, muy disminuida de fuerza, era competente para llevar adelante una acción importante en 1694.
La oportunidad se presentó, pues, en abril de 1695 cuando alcanzó La Española una escuadra inglesa que buscaba la revancha por el ataque francés a Jamaica.
Estaba compuesta por siete navíos de guerra, dos de fuego y siete de transporte de pertrechos, municiones y víveres, con 3.060 hombres entre marinería y tropas.
Ante la insistencia del almirante Willnot de emprender una acción rápida por miedo a perder su gente por las muchas enfermedades tropicales, sin darles opción a combatir, o sus navíos por 53 Relación/diario de las operaciones militares en La Española, 24 de noviembre de 1695; Pérez Caro a Carlos II, Santo Domingo, 24 de noviembre de 1695, AGI, Patronato, 271/8.
54 Las siguientes páginas están confeccionadas a partir de dicho informe, que consta de treinta y cuatro folios.
ANTONIO ESPINO LÓPEZ cualquier temporal, Pérez Caro obtuvo un préstamo de 16.000 pesos de los habitantes de la isla para poder mover sus tropas cuanto antes.
Los pactos firmados con el almirante inglés, cuyo incumplimiento por su parte indignaría a Pérez Caro (un hombre muy religioso, quien llegaría a asegurar tener testigos entre sus enemigos que habían visto a la Virgen María avanzar con las tropas hispanas), incluían el desembarco de tropas en el puerto de Manzanillo y, en su avance, se les impedía que entrasen en cualquier templo católico, que quedaría custodiado por tropas hispanas.
Así, no podría haber pillaje de ornamentos sagrados.
Los practicantes de ambas religiones deberían mostrarse corteses con los rituales y creencias de sus aliados, mientras se aseguraba un reparto equitativo de todos los bienes capturados al común enemigo francés.
Por otro lado, los ingleses deberían entregar al gobernador español los castillos y fortalezas que se tomaren, junto con su artillería, si bien se les pagaría oportunamente el valor de los despojos de guerra obtenidos en aquella acción conjunta.
Además de prestar toda la ayuda posible a los heridos de los aliados, incluyendo su transporte a la parte oriental de la isla con su armada, los ingleses deberían hacerse cargo de los prisioneros franceses que se obtuviesen y los trasladarían a Europa, una señal inequívoca del deseo y el interés hispano por reducir la presencia gala en las Antillas Mayores.
El 8 de mayo llegó la armada de Barlovento con el situado, compuesta por tres barcos y un total de ciento doce artillerías, y desembarcó doscientos mosqueteros -de un total de 276 plazas de soldados que portaban; también se embarcaban 335 marineros-, poniéndose los navíos a las órdenes del almirante inglés, quien había partido de Santo Domingo el 23 de abril.
El 19 de mayo pasó muestra Pérez Caro a su ejército y estaba compuesto por 29 compañías y 1.311 efectivos, tras movilizar suficientes bastimentos -sin necesidad, pues, de molestar a los labradores del territorio-y poder moverse todos ellos de manera competente al movilizar hasta cuatro mil animales de tiro como carruaje.
El día 24, en la bahía de Manzanillo, se unieron a estas fuerzas cien mosqueteros de la armada de Barlovento, así como cien fusileros y cincuenta granaderos ingleses al mando de un sargento mayor.
El día 27 se alcanzó el lugar de la batalla habida en enero de 1691 en el Guarico, por donde se avanzó en formación de combate el día siguiente una vez superados unos obstáculos, unas trincheras compuestas por empalizadas y un terraplén, realizadas por los defensores franceses.
Se habló de que el famoso pirata Lorencillo había defendido la posición con seiscientos efectivos, pero se había retirado al ver el grueso de las tropas SOBRE LA CREACIÓN DE FRONTERAS.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA anglo-hispanas, no sin haber prometido la libertad a sus esclavos africanos si tomaban las armas a favor suyo.
El día 29 desembarcaron seiscientos infantes ingleses, mientras los bajeles coaligados bombardeaban el actual Cap-Haïtien.
Tras superar el ejército dos nuevas trincheras desamparadas, la segunda muy fuerte con cuatro piezas de artillería de cuatro libras de bala como apoyo ofensivo, las tropas entraron en Port-de-Paix.
El lugar, defendido por Lorencillo con mil efectivos, había sido desamparado por este y sus hombres, que se llevaron consigo a las montañas a sus familias y bienes.
La buena disposición defensiva del lugar, con un castillo dotado de diez cañones, si bien disponía también de otras cuatro construcciones defensivas de tierra y fajina y cestones, junto con algunas trincheras con terraplenes, que contaban con no menos de veinte piezas de artillería, muchas de ellas de dieciocho libras de bala, hubiese dificultado enormemente su toma sin el gasto de mucha sangre, en expresión de Pérez Caro.
Ocupadas cinco poblaciones, a partir del día 3 de junio las tropas hispanas en número de 350 hombres comenzaron a batir los contornos por turnos, y durante tres días mataron huidos, tomaron prisioneros y quemaron todo lo que no pudieran llevarse o utilizar.
El día 6 un nuevo grupo de 350 hombres emprendió idéntica acción.
Dos días después, al tener noticias de que Lorencillo con doscientos hombres se encontraba emboscado en la zona, Pérez Caro ordenó al teniente general don Juan de Mieses que con 450 efectivos lo buscase.
Las milicias criollas de Santo Domingo, que llevaban una rama verde en el sombrero como distintivo para distinguirse de los franceses y su gente, peleaban con lanza y machete para admiración de las tropas inglesas.
Una vez enterado el gobernador Ducasse de la retirada de Lorencillo de sus posiciones defensivas, e informado de la superioridad naval y terrestre de los anglo-hispanos, no tuvo dudas de las intenciones de estos, que comenzaron a moverse hacia Port-de-Paix el 11 de junio.
Una marcha lenta por la fragosidad del terreno, la falta de vituallas -si bien se hizo el aprovisionamiento que se pudo por el camino-y las enfermedades, todo lo cual maltrató «toda la más gente del exercito Británico», «[...] a cuia causa quedó sembrado el camino de cadaberes británicos», escribió con un cierto tono de regocijo Pérez Caro.
Tras el paso del río Les Trois Rivières, las tropas coaligadas atraparon a un pequeño contingente que protegía a la esposa de Lorenzillo, a quien hicieron prisionera.
Hasta el 21 de junio prosiguió la marcha, pudiéndose desde aquel día abastecerse mejor las tropas en algunos lugares encontrados por el camino, hasta que el día 24 las avanzadas de los coaligados ANTONIO ESPINO LÓPEZ alcanzaron a ver Port-de-Paix, donde derrotaron a una pequeña fuerza.
El día 25 se solicitó la rendición formal de la plaza, que no fue aceptada en primera instancia.
Es más, en los días siguientes, desde Port-de-Paix les dispararon cuatrocientas veces con sus artillerías sin mayores consecuencias.
No obstante, la enfermedad y el agotamiento se habían cobrado una dura factura entre las tropas inglesas: Willnot «tuvo el quebranto de la pérdida de más de 200 hombres y el resto de los 800 de que constaba su exército asaltado de enfermedades y el mismo General gravemente enfermo».
Las pérdidas hispanas hasta entonces fueron cinco infantes y los enfermos, que también los hubo, fueron oportunamente rescatados por la armada de Barlovento.
Los ataques a Port-de-Paix se organizaron a partir de la instalación de cuatro baterías, que montaban un total de dieciséis piezas, con intención de batir la plaza desde cada flanco, mientras en el centro de la posición de los coaligados se colocaban los morteros para bombardear la posición enemiga.
Las tropas se alojaron en cuarteles alrededor de la misma con la intención de cerrar los accesos por todas partes.
Una serie de trabajos que se prolongaron hasta el día 28 de junio para que las tropas descansaran.
Los franceses solo intentaron una salida, sin éxito, antes de comenzar el bombardeo, que se prolongó hasta el día 14 de julio, disparándose tres horas por la mañana y otras tres entre la tarde y la noche para permitir el refresco de artilleros y armas.
Aunque los franceses tenían municiones y víveres para resistir seis meses, la determinación de los coaligados de rendir la plaza y el fuerte bombardeo llevó a algunos de sus oficiales a desear la capitulación, si bien De la Bale, que dirigía la defensa en ausencia del gobernador Ducasse, decidió la huida de la plaza por la noche con todos aquellos que quisieran seguirle.
Entonces fueron duramente atacados y derrotados.
Los franceses tuvieron en aquella huida y en el bombardeo de la plaza doscientas bajas por apenas catorce del lado hispano.
Según Pérez Caro, la guarnición de la plaza era de cuatrocientos hombres con ochenta piezas de todos los calibres, siendo las murallas de cal y canto, salvo un lienzo construido a la manera de una estacada.
Por suerte la rendición no se hizo esperar más, pues a las tropas inglesas apenas si les quedaban en estado operativo doscientos hombres, cuando en sus barcos yacían cuatrocientos enfermos, junto con buena parte de la oficialidad.
Con todo, se desmantelaron las defensas de Port-de-Paix, así como las trincheras y empalizadas encontradas en el camino, salvo la de Limonade.
Económicamente, a Francia su derrota le reportó la pérdida de tres millones de pesos, siempre en consideración de Pérez Caro; se apresaron mil esclavos africanos, así como setecientos prisioneros franceses de diversas edades y sexos.
El despojo también consistió, entre otros pertrechos de guerra, en setenta y una artillerías de la fortaleza de Port-de-Paix, de las cuales los ingleses cedieron veintisiete piezas.
55 Hasta mediados y finales de agosto fueron retornando las tropas hispanas empleadas en el ataque, que padecieron una epidemia de calenturas, causa de medio centenar de muertes, entre ellos dos capitanes.
Pero las páginas finales del informe se destinaron también a explicitar Pérez Caro no solo la fidelidad de los criollos dominicanos a Carlos II, sino también la dureza de aquella guerra, derrotados los franceses a pesar de la extrema pobreza de sus enemigos hispanos.
En tiempos de guerra, son yndesibles las necesidades que [...] padesen las mugeres e hixos de estos leales vasallos, pues no solo un día sino muchos se les pasan sin provar bocado de alimentos, porque (Señor) las mugeres de los ynfantes del presidio solo tienen el alivio del socorro de treinta reales del socorro que V. Magd. les da cada un mes.
¿Con treinta reales qué podrán comer?
¿Qué podrán calsar y pagar casa?
Ya se ve que [h]a de ser muy estrechamente.
Pocos testimonios hay más claros, y de una sensibilidad tan extrema, sobre la dura vida de aquellos que dependían, junto con sus familias, de la llegada de un sueldo mísero con el situado enviado por el virrey de Nueva España.
Y después de todo, la potencia militar francesa en Europa se impuso, al menos ante la debilidad manifiesta de la monarquía de Carlos II.
Aunque Luis XIV, como es sabido, devolvió numerosos territorios ocupados después de la paz de Nimega de 1678, y eso incluyó Barcelona, conquistada en agosto de 1697, pero no Estrasburgo, lo cierto es que una de sus compensaciones territoriales en las colonias a causa de la firma del tratado de Ryswick de 1697 fue su ocupación de la zona occidental de La Española.
Así, si de momento pudo Luis XIV retener Acadia, Terranova y el territorio de la bahía de Hudson, que perdería en Utrecht en 1713, lo cierto es que las tierras del Canadá estuvieron muy cerca de la ruina aquellos años.
1682 y 1701 la guerra permanente contra los indios iroqueses (y sus aliados ingleses entre 1689 y 1697) hizo que Francia gastase unos recursos que no pudo enviar a otros lugares, por ejemplo el Caribe.
Por otro lado, la agresiva política exterior de Francia durante el largo reinado de Luis XIV en la propia Europa está, sin duda, en el origen de su falta de respuesta ante el desafío presentado por Inglaterra en aguas y tierras americanas a partir de 1678 y, mucho más definitivamente, desde 1688.
La necesidad de emplear hombres y dinero en abundancia en las guerras europeas privó a Francia de una consolidación poderosa en Norteamérica -Canadá, en 1713, solo estaba habitado por 20.000 franceses-, 56 aunque siempre pudo perjudicar los intereses de la débil Monarquía Hispánica, si bien en la fase final de la guerra de los Nueve Años.
Es significativo que el ataque de Pointis contra Cartagena de Indias se produzca en abril de 1697, 57 cuando ya tanto las Provincias Unidas como Inglaterra estaban en tratos de paz con Francia, merced a la mediación sueca, desde febrero de 1697.
De hecho, Francia atacó en todos los frentes ese último año: fue la compensación de dos campañas, 1695 y 1696, a la defensiva.
Las tropas galas tomaron Ath en junio de 1697 y marcharon hacia Bruselas; en América el conde de Frontenac atacaba las posesiones inglesas, D'Iberbille tomó Terranova y dos expediciones se enviaron contra Nueva York y Boston y contra la bahía de Hudson también a inicios de 1697.
En la India los franceses recuperaron Pondichéry, tomada por los neerlandeses.
Y como se ha señalado, hasta cierto punto el coste del retorno de Cartagena de Indias fue el reconocimiento definitivo del dominio francés sobre la parte occidental de La Española.
58 Pero el inicio de la guerra de Sucesión lo cambió todo.
Desde Madrid se dio orden en marzo de 1701 de que cuando llegasen navíos de la armada gala a Santo Domingo, «por su dinero se les den los bastimentos necesarios y los materiales para carenar cuando sea menester y que se les resguarde, siendo necesario, de armada mayor o enemiga».
Cuando se compraron ese mismo año trescientos esclavos africanos a los franceses para trabajar en las murallas de Santo Domingo, se añadió en uno de los documentos que los marineros y oficiales de la armada gala debían ser tratados «como si fuesen españoles, pues hoy en nada se deben distinguir unos de otros».
Y con la misma correspondencia, se entendía que si una parte u otra de la isla era atacada por el enemigo anglo-neerlandés, la parte no atacada acudiría a la 56 Véase el sugestivo artículo de Bernardo Ares, 2015, 28-39 y 45-46.
EL CASO DE LA ESPAÑOLA defensa de la que sí lo era.
Los franceses aprovecharon aquellas facilidades dadas por la guerra en Europa para intentar redondear sus posesiones en la isla, de modo que una frontera de desconfianza apareció aquellos años y no se evanesció jamás.
La joven monarquía del primer Borbón tuvo que apechar con los excesos franceses en lugares como La Española, cuando en 1702 se decía al respecto: «si esta monarquía se hallase en más robusto estado, sin infringir la paz se les podría desalojar como se había hecho otras veces en diferentes parajes, pero que la variedad de los tiempos y constitución de la Europa, obligaba a disimular mucho para no aventurarlo todo».
El gobernador galo, señor de Galifet, llegó a insinuar que habría una ruda defensa si se veían atacados en sus tierras de La Española por sus aliados hispanos, y lo hizo con un añadido interesante: se defenderían «más que lo han hecho en las últimas ocasiones».
Así como la frontera hispano-francesa en el Pirineo catalán tardó mucho tiempo en establecerse definitivamente a nivel político con un tratado de límites bien definidos, desde 1659 y hasta 1678 al menos se estuvo pugnando militarmente para que la parte de la comarca de la Cerdaña anexionada a Francia por el tratado de los Pirineos retornase a la Monarquía Hispánica.
Esa indefinición territorial, esa pugna, de alguna forma se vivió también en La Española.
Como hemos ido viendo en las páginas precedentes, entre 1673 y 1697 los sucesivos gobernadores de La Española jamás aceptaron la presencia gala en la zona occidental de la isla, y se negaron a trazar, o a aceptar, ningún límite o demarcación que quisiesen imponer los gobernadores galos de La Tortuga.
Se trataba de expulsar de todas todas al invasor, ante el riesgo de que se apoderase de toda la ínsula.
A las muchas dificultades arrastradas desde el inicio del reinado de Carlos II, plagas, terremotos, huracanes, etc. que diezmaron la población y afectaron los modos y medios de vida, se añadió la guerra.
Pero a diferencia de otras zonas también muy castigadas por el retroceso militar hispánico de aquellos años (Buenos Aires, San Agustín, colonia de Sacramento, Campeche, Panamá, Cumaná, Cartagena de Indias), 59 Gutiérrez Escudero, 1985, 32-35.
ANTONIO ESPINO LÓPEZ en La Española se produjo el milagro, metafóricamente hablando, de frenar las apetencias galas.
Como hicieran los ejércitos franceses en Europa, significativamente en el frente catalán, aquellos años, el gobernador Pérez Caro supo ver en la confluencia de fuerzas de tierra y marítimas la clave para derrotar al contrario, con el añadido de la colaboración no solo con la armada de Barlovento, sino también con efectivos de la armada inglesa.
Todas esas circunstancias hicieron el de La Española un caso singular, o así lo hemos entendido.
Y en definitiva, se trató de establecer, cuando -a pesar de la victoria en 1695-la paz de Ryswick de 1697 trajo la partición de la isla, una frontera no solo política sino emocional, sustentada en la desconfianza hacia el vecino.
Una desconfianza que ni siquiera la guerra de Sucesión, donde lucharon como aliados franceses y españoles, supo mitigar. |
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De zona olvidada a plataforma de expansión.
Centroamérica en las representaciones cartográficas y proyectos navales ingleses (1680-1742) * / From Forgotten Area to Platform of Expansion.
A raíz de que los ingleses ocuparan Jamaica (1655) sus incursiones sobre las costas y asentamientos del Caribe se incrementaron paulatinamente.
Para frenar esos avances la Corona española acordó la firma del Tratado de Madrid (1670) con el cual aceptaba la posesión de Inglaterra sobre Jamaica a cambio de que se frenaran las agresiones sobre asentamientos hispanos.
Mientras se llevaba a cabo dicha negociación, las huestes inglesas continuaron sus ataques y uno de los más relevantes fue el comandado por Henry Morgan, quien avanzó y rindió Portobelo (1670) y poco después Panamá (1671).
Esta ocupación se prolongó durante tres semanas y posteriormente, al llegar las noticias de la reciente paz firmada, ambas plazas fueron devueltas.
Pero el hecho de que este avance permitiera a los ingleses organizar saqueos diversos a lo largo del Pacífico despertó el interés de otros navegantes para llevar a cabo nuevas correrías por ese océano, y fue en la década de 1680 cuando las reiniciaron.
1 Pronto también consideraron la posibilidad de contar con asentamientos en territorio continental que les permitieran alcanzar e incluso hacer regular su presencia en aquellas costas, por lo que la región centroamericana comenzó a formar parte de sus nuevos objetivos.
La intención de este texto es analizar la manera en que los ingleses proyectaron sus intereses sobre Centroamérica y la vislumbraron como una plataforma que les permitiría extender sus actividades del Mar del Norte al Mar del Sur.
Esos proyectos los dejaron ver a partir de los registros que hicieron de la zona en sus diarios de viaje y mapas.
Se parte de la idea de que Centroamérica, más allá de poder ser usada como zona de tránsito, se convirtió en un deseado botín por sí misma.
2 Asegurar una posición en ese lugar no únicamente se relacionó con el interés de llevar a cabo capturas de naves, mercancías o metales, sino que esto permitiría la continuidad de las avanzadas inglesas por el Mar del Sur pues se brindaría un punto de escala donde sus navegantes podrían recibir ayuda u obtener materiales necesarios como eran maderas, alimentos o agua.
Pero también fundar un establecimiento justificaría la presencia de los ingleses en la zona y daría cierta legalidad a sus incursiones por el Pacífico.
Para lograrlo, la ocupación de Centroamérica 1 La ocupación de Jamaica y los posteriores avances ingleses han sido ampliamente estudiados.
Respecto a las navegaciones inglesas por el Pacífico pueden verse los trabajos de Gerhard, 2003, y Spate, 1983.
2 Hay que señalar que para fines prácticos en este trabajo se hará referencia a la región y no tanto a sus divisiones administrativas pues estas son poco referidas en las fuentes inglesas consultadas.
DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN comenzó siendo simbólica a partir de bautismos cartográficos3 de algunos puntos, así como de narraciones donde se mencionaban alianzas que se decía establecer con los pueblos de indios no sujetos a la administración española.
Al respecto, Ángela Pérez Mejía explica cómo Centroamérica se convirtió en una zona intermedia entre los intereses coloniales europeos y que en el caso de los ingleses, durante el siglo XVII, la ilegalidad fue una forma de apropiarse de ella pues planearon ocupar espacios geográficos en los límites de las divisiones coloniales; este proceso obliga a repensar en las representaciones geoculturales de los intereses europeos que generaron los encuentros coloniales.
4 En el caso centroamericano, una buena forma de lograr lo anterior es a través de las narraciones y registros cartográficos que los ingleses hicieron de dicha zona.
Según explica Mariselle Meléndez, las narraciones de viaje y la cartografía son herramientas para analizar cómo los lugares fueron construidos a partir de discursos retóricos con los que se intentó persuadir, convencer y en ocasiones hasta imponer aspectos culturales, políticos o religiosos.
5 Por su parte, Karl Schlögel explica cómo los mapas son instrumentos de poder con su propia retórica o narrativa cartográfica, lo cual permite usarlos como fuente de información pues en ellos pueden verse procesos como guerras, asedios, huidas, dominios imperiales, valores culturales, entre otros muchos aspectos.
6 Por ello, como recuerda John Harley, los mapas como objetos culturales dejan ver las realidades físicas y sociales de su época y por esa razón deben ser leídos en el contexto en el que fueron elaborados.
7 En el caso de las descripciones, narraciones y representaciones hechas sobre Centroamérica, estos materiales formaron parte de las proyecciones y justificaciones que los ingleses preparaban al dirigir sus avanzadas al Mar del Sur a través de dicha zona.
Cabe señalar que no se intenta hacer una relación de las travesías que incursionaron en el Pacífico a través de la región centroamericana, sino más bien analizar algunas en las que se hicieron representaciones de ella.
Esto cobra sentido si se asume que el espacio no debe ser considerado un simple escenario donde se desarrollaron acontecimientos humanos, sino que ha GUADALUPE PINZÓN RÍOS formado parte de esos acontecimientos y por ello también merece ser tema de reflexión.
8 Los proyectos ingleses sobre Centroamérica en especial pueden apreciarse desde 1680, cuando reiniciaron las expediciones de bucaneros rumbo al Pacífico, y hasta 1742, cuando tras el viaje de George Anson comenzaron a reestructurarse los planes navales de Inglaterra sobre ese océano.
Si bien en esos cambios la región centroamericana no quedó fuera de los proyectos navales ingleses, se le dejó de tener como única posibilidad de alcanzar al Mar del Sur y tentativamente se consideraron nuevas opciones.
Primeras proyecciones de avance
Desde el siglo XVI los cronistas españoles comenzaron a ser leídos por los ingleses y pronto se despertó el interés de participar en las avanzadas hacia el Nuevo Mundo.
Fue en el marco del ascenso de Isabel I como reina de Inglaterra, y del distanciamiento que se generó con la Corona española, cuando se iniciaron algunas acciones.
En ese contexto el Caribe se mostró como territorio apetecible en el que piratas y corsarios de diversas potencias europeas realizaron ataques al comercio y a las poblaciones coloniales hispanas; pronto esos avances incluyeron la fundación de sus propios asentamientos.
Si bien las Antillas menores comenzaron a ser ocupadas por los enemigos de España, en el caso inglés también se llegó a considerar que la conquista de Santo Domingo o Cuba aseguraría bases para lanzar ataques a los virreinatos de Nueva España y Perú, pero para lograrlo había que conocer dichos territorios.
Ante ese escenario las informaciones sobre América fueron muy valoradas.
9 Entre las lecturas que más se popularizaron estuvieron los textos de Fray Bartolomé de las Casas; sus descripciones sobre Guatemala y Honduras fueron usadas como propaganda anti española pues se difundió la visión de que se cometían diversas atrocidades sobre los indígenas.
10 A este tipo de textos pronto se sumaron las compilaciones que Richard Hakluyt hizo de diversas navegaciones inglesas.
Su obra más conocida, Principal Navigations, fue publicada en la década de 1580 y en ella se incluyeron travesías como las de Francis Drake y Thomas Cavendish, quienes atacaron varios asentamientos hispanos (algunos en el Caribe y en DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN la región centroamericana) e incluso navegaron por el Mar del Sur.
11 Por otro lado, había personajes interesados en llevar a cabo avances por Centroamérica como se vio con el caso de Walter Raleight, quien desde 1592 había intentado encontrar el legendario Dorado en la selva del Darién.
12 Hacia el siglo XVII se concretó un proyecto más oficial.
En 1655 Oliver Cromwell ordenó una expedición contra las posesiones hispánicas que minara su comercio con la metrópoli; aunque el ataque se dirigió a Santo Domingo, la defensa del lugar hizo que los ingleses se retiraran y tomaran rumbo a una plaza menos protegida, lo cual derivó en la captura de Jamaica.
Tras este hecho la presencia inglesa se hizo más permanente en el Caribe y se incrementaron sus actividades de saqueo y contrabando en aquellos litorales; el punto culminante fue la captura de Portobelo y Panamá a manos de Henry Morgan.
Aunque en 1670, con la Paz de Madrid, se aceptó que Jamaica oficialmente sería posesión de los ingleses a cambio de que estos redujeran sus contrabandos y pillajes, esto en realidad poco se cumplió y, por el contrario, dichos navegantes paulatinamente extendieron sus intereses y actividades a territorio continental.
En realidad esto se había logrado por la poca presencia hispana en la zona debido a la decadencia y abandono que desde el siglo XVI sufrieron los puertos atlánticos de Santo Tomás, Trujillo y Caballos tras diversos ataques piratas; incluso los contactos de Guatemala con la metrópoli se hacían a través de Veracruz o Portobelo, dejando poco vigiladas las costas del Mar del Norte.
13 Aunado a lo anterior, y aprovechando la poca presencia hispana, en las zonas costeras de Campeche, Honduras, Nicaragua y Costa Rica los ingleses fueron estableciendo y multiplicando campamentos de cortadores de palo de tinte.
14 Podría pensarse que para el siglo XVII, en la mente de los ingleses el Caribe continental representaba una puerta de acceso para los virreinatos americanos por estar escasamente protegida y controlada por los españoles.
15 Junto a ello, la captura de Panamá había mostrado que por esa región podrían extenderse sus avances hacia el Mar del Sur así como sus correrías para obtener botines diversos.
Estas travesías y la forma en que se hablaba de ellas en la obra de Hakluyt pueden verse con detalle en Ita, 2001.
13 Sobre los ataques y abandono de las costas centroamericanas de cara al Atlántico: Mac-Leod, 1980, cap. xiv.
En 1680 varios ingleses de Jamaica participaron en nuevas expediciones y sus avances se dieron tanto por el istmo de Panamá como por Tierra de Fuego.
Estos hombres, referidos genéricamente como bucaneros,17 retomaron las prácticas de «los Hermanos de la Costa» del Caribe (y del mismo Morgan) de no construir naves, sino que debían capturarlas.
Como sus acciones se realizarían en el Pacífico, algunos ingleses decidieron avanzar por tierra hasta esas costas y ahí capturar las embarcaciones a utilizar.
Hay que señalar que se tenía la certeza de que eso se lograría ya que las huestes de Morgan lo hicieron previamente, y eso había evidenciado que en las costas del Mar del Sur las navegaciones interamericanas se practicaban con cierta regularidad.
Sobre este punto hay que recordar que los principales intercambios marítimos a lo largo del Pacífico estaban a cargo de naves peruanas, las cuales generalmente viajaban a Panamá para llevar plata y recoger los cargamentos que los galeones de Tierra Firme llevaban a Portobelo.
Durante su tránsito solían hacer escala en Realejo y Sonsonate para proveerse de jarcias, alquitrán y brea necesarios en los astilleros de Guayaquil y El Ca llao.
Para 1685 también se autorizó a esas naves que cargaran vino, vinagre y frutos secos debido a que estos no llegaban fácilmente a Guatemala desde el Atlántico.
Por otro lado, algunas embarcaciones de Realejo y Sonsonate viajaban a Acapulco con pertrechos navales destinados para hacer reparaciones a los galeones de Manila que anualmente llegaba a ese puerto y a cambio de esos pertrechos se obtenían productos novohispanos y plata.
Aunado a lo anterior, eran regulares los contrabandos, entre los que destacaban los de cacao guayaquileño, géneros asiáticos y plata, entre otros.
18 Podría decirse que mientras que las costas atlánticas de Centroamérica habían sido parcialmente abandonadas desde el siglo XVI, las que estaban frente al Pacífico tenían múltiples actividades marítimas a nivel interamericano (legal e ilegal) y la zona era un punto de encuentro entre Nueva España y Perú.
No obstante, administrativamente esta era periférica para ambos virreinatos, por lo que la presencia de las autoridades reales fue menor que en DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN las regiones centrales.
19 Lo anterior hace comprensible que se tratara de un espacio poco vigilado y con mínima presencia hispana.
Es posible que en las incursiones previas, así como tras los avances de los cortadores de palo de tinte, los ingleses hubieran percibido esa situación, la cual aprovecharon para llevar a cabo sus nuevos planes.
Una de las regiones menos protegida era la del Darién y fue en ella donde se llevó a cabo la expedición de 1680.
Darién: puerta de entrada al Mar del Sur
La expedición que en 1680 cruzó el Darién alcanzó las costas del Pacífico y ahí sus integrantes lograron capturar cinco embarcaciones.
La mayor, llamada Nuestra Señora de la Trinidad (de 400 toneladas), fue rebautizada como Trinity y se convirtió en la nave insignia de la armadilla; su mando se encargó a Richard Sawkins.
El resto de las naves fueron capitaneadas por John Coxon, Peter Harris, Edmund Cook y Bartholomew Sharp.
La armadilla inicio viaje y alcanzó las costas de Panamá, pero en Pueblo Nuevo fueron rechazados por las fuerzas locales y en la trifulca Sawkins murió.
Esto llevó a que las huestes se separaran y tomaran rutas distintas.
20 La expedición que se dirigió al sur iba comandada por Sharp, quien planeó viajar a las costas de Perú y Chile.
Antes de lograrlo, tuvieron que hacer escala para buscar pertrechos y alimentos.
Fue en ese tránsito cuando, frente a las costas de Guayaquil, lograron capturar al navío Nuestra Señora del Rosario en el cual se llevaba un libro de mapas españoles en el que se mostraban las costas desde la California hasta el Estrecho de Magallanes.
21 El libro fue llevado a Londres y entregado al rey Carlos II, quien lo dirigió al cartógrafo William Hack para que lo tradujera, lo cual derivó en la publicación de un atlas.
22 Cabe señalar que uno de los participantes de la expedición de Sharp, Basil Ringrose, copió los mapas peruanos e hizo 19 Pinzón, 2016.
Cabe señalar que no es probable que se tratase de un libro sino más bien de un derrotero (integrado por un conjunto de mapas) en el que se representaron las costas del Pacífico.
Esto se asume debido a la existencia de otros derroteros peruanos.
Uno de ellos es el «Derrotero General del Mar del Sur», manuscrito fechado en Panamá en 1669, que se resguarda en la Huntington Library.
Un ejemplo más tardío (fechado en Lima en 1764) se encuentra en el Museo Naval de Madrid, pero puede verse en Pinzón, 2008.
22 De este atlas existen varias versiones pues se reeditó con adecuaciones que se hicieron conforme llegaban nuevos informes de las navegaciones realizadas por el Pacífico; la versión que se usa para este trabajo es la de 1698, que se resguarda en la John Carter Brown Library (Hack, 1698).
diversas anotaciones y traducciones de los lugares señalados en ellos, notas que fueron retomadas por Hack y vertidas en su atlas.
23 Es importante recordar que el atlas de Hack se elaboró en el marco de las transformaciones navales y cartográficas que se gestaban en Inglaterra, reino que tras el incremento y diversificación de sus contactos marítimos requirió de nuevos mapas sobre las regiones por donde transitaban sus navegantes, así como de aquellas a las que se dirigían sus intereses.
La elaboración de esos mapas recayó en cartógrafos particulares, muchos de los cuales se establecieron a lo largo del Támesis y por ello fueron conocidos como miembros de la Thames School.
Ellos se dieron a la tarea de diseñar cartas náuticas que incluyeran los registros que los ingleses hacían durante sus travesías.
24 Y en ese contexto los mapas capturados frente a Guayaquil representaron una importante fuente de información sobre el Pacífico.
Por ello en el atlas de Hack (y previamente en las notas de Ringrose) se incluyeron representaciones de las costas americanas con informaciones estratégicas como perfiles costeros, bajos, bahías, ríos o poblaciones.
Y en esas representaciones la región de Centroamérica fue detalladamente señalada.
Por ejemplo, Ringrose dijo que el Golfo Dulce era muy buen puerto (mejor que el de Nicoya) pues era seguro de vientos y de españoles, ya que estos poca presencia tenían en el lugar; además, los indios de la zona eran amigables y ahí se podían obtener maderas y agua.
Al parecer, se vio plausible usar la zona con cierta regularidad, por lo que se tomó posesión simbólica de ella.
En la narración de Ringrose se indicó que Sharp había bautizado esa bahía como King Charles y plantó una bandera para legitimar esta acción.
25 En el atlas de Hack se retomó esta narración y el mapa del Golfo Dulce aparece señalado como King Charles's Harbour, además de que en la leyenda se indicó la toma hecha por Sharp «por la razón [de que] él elevó tiendas en la costa y esos indios se acercaron y fueron a bordo y comerciaron con los ingleses y ahí también centraron sus naves y tomaron provisiones, madera y agua» (ver figura 1).
26 23 Ringrose también elaboró un diario de viaje donde narraba la expedición de Sharp, pero su texto no fue publicado en su momento debido a la muerte del bucanero.
No obstante, una parte de él fue publicado en una reedición de 1685 del trabajo de Alexandre O. Exquemelin.
24 Tarea que comenzaron a hacer sobre todo para separarse de la cartografía neerlandesa que acostumbraban utilizar.
Como antes se indicó, el manuscrito de Ringrose no fue publicado en su momento (1682), y fueron estos autores los que llevaron a cabo esa labor y por eso se recurre a su trabajo.
Hubo otras zonas de Centroamérica que también fueron referidas como posible escala para las navegaciones inglesas.
Uno de los mapas de Hack señalaba que la bahía de Mariato se ubicaba cerca de Puebla Nueva, en las costas panameñas, y que se podría ingresar a ella entre las islas de Gobernadores y un punto llamado Filipinas; se indicaba también que convenía hacer escala en ese lugar debido a que contaba con establecimientos de españoles que vendían toda clase de vituallas.
27 En otro mapa se señalaba que había una bahía llamada English Gulf que también fue bautizada por el capitán Sharp en 1681 ya que ahí, igual que en el caso anterior, hizo escala para conseguir refrescos; incluso en la imagen puede verse que la entrada de la bahía contaba con unas islas que también fueron bautizadas por los ingleses como Duke York Islands (ver figura 2).
Lo anterior hace plausible pensar que las representaciones sobre las costas centroamericanas incluidas en el atlas de Hack, además de ser una muestra del avance inglés, evidenciaron su interés en la zona y de ahí los intentos de posicionarse en ella, aunque fuese de forma simbólica rebautizando algunas bahías donde sus navegantes habían transitado.
Estas representaciones no fueron aisladas, sino que surgieron a la par de otras como puede verse con el diario de viaje de William Dampier.
Este navegante participó en la expedición que cruzó el Darién, pero tras la muerte del capitán Sawkins él permaneció con el grupo que se dirigió a las costas novohispanas y posteriormente cruzó el Pacífico para finalmente volver a Europa a través del Cabo de la Buena Esperanza.
A su regreso a Inglaterra Dampier preparó su libro Nuevo viaje alrededor del mundo (1698) donde describió los lugares por los que su expedición transitó y en su narración la región centroamericana fue incluida.
29 Mencionó que aunque a lo largo DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN de su avanzada por el Darién tuvieron diversas dificultades, también recibieron ayuda de algunos pueblos de indios no sometidos a los españoles.
Estos, según Dampier, fueron amables con los ingleses pues usualmente recibían barcos provenientes de Jamaica.
Consideró que no estaban sujetos a algún gobierno, pero respetaban la soberanía inglesa y en especial al gobernador de esa isla.
Con esos indios incluso consiguieron armas pues ellos las adquirían de los bucaneros a cambio de pescado, tortugas, manatíes o esclavos.
Además, estaban asentados desde las costas de Honduras hasta las de Nicaragua, por lo que conocían bien la zona y por ello fueron útiles aliados en el tránsito de los ingleses por el río Santa María, en el golfo de San Michel; inclusive los ayudaron a llegar hasta la isla de la Plata, ya en el Pacífico.
30 Es decir que estos indios, más allá de proveerles de alimentos, también les dieron informaciones geográficas de gran utilidad para las travesías.
El mismo Dampier mencionó que les señalaron unas islas cercanas al río Concepción en las cuales se podía hacer carena con tranquilidad y la prueba de que las habían usado otros bucaneros era que llevaban nombres de sus capitanes, como era el caso de las Sounds Key.
31 Puede verse que a lo largo de estos avances no se describieron únicamente los contactos amigables con los naturales de la zona ni se hizo referencia solo a los puntos útiles donde se podría hacer escala, sino que también fue importante señalar aquellos lugares que simbólicamente habían sido tomados por los ingleses y renombrados a través de bautismos cartográficos, lo cual continuó realizándose.
Además, hay que considerar que estos avances no fueron fortuitos ni mal planeados pues en el caso de las referencias que se hicieron de los pueblos de indios se muestra que los contactos existían y que más bien se incrementaron en el marco de vínculos que se gestaban desde tiempo atrás.
Incluso el mismo Dampier explicó que él y sus compañeros lograron interceptar cartas de mercaderes españoles en los que se advertía que los ingleses habían abierto una puerta hacia el Mar del Sur:
Esta puerta que ellos hablaron nosotros concluimos debe ser el pasaje a través del territorio de los indios del Darién, quienes se habían convertido en nuestros amigos y separado de los españoles...
Y sobre llamarlos también a pensar en la frecuente invitación que tenían esos indios un poco antes de ese tiempo de pasar a través de su GUADALUPE PINZÓN RÍOS territorio y del de los españoles en el Mar del Sur, que de aquí en adelante comenzamos a tomar esas ideas en serio.
32 Esta apertura, según Dampier, sentaba las bases a nuevas posibilidades que implicaban extender los tratos ingleses hacia el Mar del Sur e incluso conectarlos con los que se practicaban en Asia.
33 En su diario narró que al retirarse de las costas novohispanas su expedición se dirigió al oeste y en Mindanao entraron en contacto con el gobernante de la isla, el Rajah Laut, con quien entablaron amistad y hablaron de la posibilidad de protegerlos de los holandeses.
Ese contacto, según sugirió Dampier, permitiría a los ingleses extender sus redes marítimas:
Mindanao está convenientemente situada entre las islas de la especiería y las Filipinas y al lado de las tres islas de Meangis solo cerca de veinte leguas desde ahí abundantes con especias y clavo. [...] y a pesar de la gran distancia desde Inglaterra, podremos fácilmente tener suplementos desde ahí, proveyendo naves hacia fines de agosto procedentes del Cabo de Hornos y directamente cruzando el Pacifico para Mindanao o costeando a lo largo de la costa occidental de América tan lejos como fuese necesario, y luego alargar en frente para tener la ventaja de vientos alisios.
De esta forma el viaje posiblemente se complete en seis o siete meses, y posiblemente se requieran ocho o nueve para el Cabo de Buena Esperanza.
34 Aunque la postura de Dampier era demasiado optimista, es posible que narraciones como la suya paulatinamente despertaran el interés de conectar los contactos marítimos del Caribe con los asiáticos, por lo que se fue haciendo cada vez más relevante contar con bases intermedias que lo permitiesen.
33 Hay que recordar que los ingleses de la East Indian Company (EIC) desde inicios de siglo XVII comenzaron a llevar a cabo tratos y factorías en plazas como Madrás y hacia 1680 incrementaron sus contactos con el asentamiento portugués de Macao.
En este caso, se recurrió a la compilación de viajes y diarios de navegación hecha por Kerr, 1824, donde se incluye el de Dampier (cita en páginas 278-279).
DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN
Otro personaje que describió la región del Darién fue Lionel Wafer en su libro Un nuevo viaje y descripción del Istmo de América (1699).
35 También partícipe de la expedición de 1680, durante el trayecto un compañero suyo le disparó accidentalmente en el tobillo, por lo que aunque él mismo se hizo una curación lo mejor posible (ya que era cirujano), no pudo seguir el paso a sus compañeros.
Además, los esclavos que los acompañaban escaparon con las medicinas que Wafer llevaba, por lo que sus dolores se intensificaron y tuvo que ser dejado atrás con otros hombres que tampoco pudieron continuar viaje; algunos indígenas amigos les dieron cobijo y a Wafer lo curaron con hierbas, como él mismo mencionó, y después de diversos problemas, los ingleses continuaron viaje y pudieron llegar a las costas atlánticas para regresar a Jamaica.
36 Al parecer, esta obra en gran medida se hizo en el marco de otras publicaciones que narraban la expedición de 1680 (como las de Dampier, Ayres, Exquemelin y el atlas de Hack).
Pero la de Wafer tenía más noticias de la región del Darién ya que había permanecido ahí por cuatro meses.
37 Su postura fue menos idealista pues más bien intentó mostrar las características y dificultades que la región presentaba, lo cual no hacía fácil el tránsito de un océano a otro.
Explicó que esa parte, la más angosta de América, comúnmente era llamada istmo de Darién, probablemente por el gran río que por ahí corría y llevaba ese nombre.
Más allá de ese río las tierras se extendían hacia el noreste hasta la costa del sur donde dejaba de ser llamado istmo.
Pero no podía decir si estaba más cercano a Honduras o Nicaragua o bien no más allá del río Chagre o los pueblos de Portobelo y Panamá (ver figura 3).
38 Wafer narró también que en el Darién había una cresta que quedaba más cerca del Mar del Norte, aproximadamente a 50 millas de distancia, y desde ahí se podían ver las costas atlánticas e islas adyacentes, aunque el Mar del Sur no se alcanzaba a ver.
Esto era porque había mucha distancia hasta él y a simple vista no se le apreciaba, en gran medida debido a las características de la zona ya que había mucha vegetación, valles de considerable extensión y colinas intermedias.
Por otro lado, dejó ver que los 35 En su diario explicó que era cirujano y que se trasladó a Jamaica en 1679 por tener un hermano ahí, el cual estaba empleado por Sir Thomas Muddiford; aunque Wafer en principio trabajaría en la misma plantación, pronto prefirió embarcarse en un viaje a Cartagena, en el cual conoció a Dampier.
El personaje también es explicado en el estudio introductorio que hace G. P. Winship a la edición del diario de Wafer (Winship, 1903, 12-20).
GUADALUPE PINZÓN RÍOS ríos de la zona no eran navegables pues, aunque eran largos, tenían muchas barras y bancos muy pequeños; además en algunas partes el curso del agua era reducido, por lo que poco podían ser de utilidad en las avanzadas.
El río del Darién es en verdad uno muy grande; pero lo profundo a la entrada no responde a lo ancho de su boca, aunque es profundo más allá: pero desde ahí hasta el Chagre, en todo lo largo de la costa, hay pequeños riachuelos.
El río Chagre es bastante considerable; por él hay una larga costa curva, creciendo como hace desde la parte sur y este del istmo, como en distancia desde sus vertientes.
Pero en general, la costa norte es variada: generalmente es buena tierra, alzada en colinas; pero hacia el mar hay aquí pantanos, aunque raramente de cerca de media milla de ancho.
40 Pese a las más realistas descripciones de la zona, Wafer coincidió con Dampier en que esta era habitada en su mayoría por pueblos de indios, mientras que los españoles no tenían presencia ni tampoco control o comercio con ellos.
41 Para acompañar su relación, y como otros navegantes de su época, Wafer recurrió a Herman Moll para que elaborara un mapa que permitiera visualizar la zona descrita.
42 Según explican Matthew Restall y Alex Zukas, los mapas de Moll en los que se señaló Centroamérica no se limitaron a representar dicha región sino que más bien mostraron las crecientes avanzadas de las monarquías europeas sobre ella y, en el caso de la inglesa, se señalaron los puntos estratégicos o zonas a evitar como fueron fuertes, poblaciones españolas, puertos, barras de arena, sondas, corrientes, ríos etc. 43 Por ello el mapa incluido en el diario de Wafer, más allá de contar con los elementos antes mencionados, aportó datos específicos como fueron las 39 Ibidem, 62.
42 Herman Moll fue un conocido cartógrafo de origen alemán que se trasladó a Londres y fue miembro de la Thames School, además de relacionarse con intelectuales de su época como fueron Daniel de Defoe o Jonathan Swift.
Sus mapas sobre todo registraron las informaciones aportadas por los navegantes ingleses.
Llegó a publicar diversos mapas tanto de forma individual como en trabajos colectivos.
Uno de los más relevantes y conocidos fue The World Described.
DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN rutas terrestres por las que los ingleses avanzaron hacia el Mar del Sur y por la que regresaron a las costas del Atlántico, además de mostrar los ríos usados en esas incursiones como fueron el Darién y el Santa María; aunado a lo anterior, también se indicaron las áreas donde había palo de tinte.
Por otro lado, en ambas costas se marcaron rutas de navegación que curiosamente fueron más numerosas en el caso de la Bahía de Panamá (figura 3).
Hasta aquí puede verse cómo la región centroamericana fue descrita por los enemigos de España como un espacio viable para continuar sus correrías.
Su tránsito era un hecho, sus proyectos continuaron y las avanzadas se modificaron conforme las políticas reales, los conflictos internacionales y las expediciones navales lo permitieron.
Centroamérica: de una zona de tránsito a un botín a capturar
Las proyecciones sobre la ocupación del Darién fueron retomadas por los escoceses a fines del siglo XVII.
A través de una compañía comercial (The Company of Scotland) en 1698 planearon la fundación de la Nueva Caledonia con colonos-plantadores que se asentarían en el lugar.
Se consideró que era válido llevar a cabo esta acción debido a que se trataba de una zona de la que los españoles nunca tomaron posesión.
Para reafirmar esa postura se consultaron detalladamente los manuscritos de Dampier y Wafer e incluso este último fue llevado a Edimburgo a dar testimonio directo sobre sus experiencias y opiniones de la zona.
El proyecto sin embargo no fue aprobado por Inglaterra pues iba en contra de sus propios intereses y ponía en peligro la frágil paz que se mantenía en esos momentos tras la firma del Tratado de Ryswick (1697),44 por lo que incluso llegó a prohibirse que desde Jamaica se apoyara a la nueva fundación.
No obstante, la expedición se llevó a cabo y mil doscientos colonos se embarcaron con la promesa de nuevas tierras.
Pero las difíciles condiciones de la zona, sumadas a las reducidas remesas de víveres, pronto provocaron muertes y deserciones.
Además, las presiones diplomáticas españolas, aunadas a los intentos de desalojo por parte de las autoridades locales, llevaron a tomar la decisión de trasladar a los sobrevivientes a Jamaica.
45 Cabe señalar que el proyecto escocés fue semejante a los GUADALUPE PINZÓN RÍOS procesos de ocupación que se llevaban a cabo en Norteamérica y en algunas islas del Caribe.
Aunque al parecer no se tenía el propósito de extender las navegaciones hacia el Pacífico sino más bien fundar una nueva colonia de plantadores, su experiencia mostró las dificultades que la zona representaba.
No obstante, el interés de los ingleses por ella no desapareció.
El marco de la guerra de Sucesión fue idóneo para volver a intentar nuevas avanzadas.
Hay que recordar que este conflicto, consecuencia de la designación de Felipe de Anjou como heredero de Carlos II, más allá de implicar la posesión del trono hispano también significó la lucha por incursionar en los mercados americanos.
Durante este conflicto la corona inglesa ordenó expediciones para hacer corso en las costas americanas; entre ellas pueden mencionarse las travesías de William Dampier de 1701 y posteriormente la de Woodes Rogers de 1708.
De la primera Dampier no hizo diario, pero sí lo hicieron algunos de sus tripulantes como puede verse con el Viaje por el Mar del Sur (1707) de William Funnell.
En este manuscrito se retomaron algunos puntos mencionados anteriormente sobre las regiones centroamericanas que se relacionaron tanto con las poblaciones como con la geografía del lugar.
Por ejemplo, Funnell indicó que los indios de Nicaragua eran amigos de los ingleses pues odiaban a los españoles que les obligaban a pagar parte de sus ganancias, como se veía cuando entregaban la quinta parte de su producción al fraile de la localidad.
46 Además, la convivencia con esos indios podían ser de utilidad pues algunos de ellos eran buenos pilotos y sabían (pues ya se los habían indicado) dónde había madera, agua, tortugas, peces y hasta ostras de perlas cerca de la bahía de Nicoya.
47 Por otro lado, Funnell hizo relación de las regiones y tipos de poblaciones por las que transitaron.
Por ejemplo, de Sonsonate indicó que era uno de los mejores puertos de las costas de México, que estaba gobernado por un teniente y que contaba con diversidad de casas y pobladores.
48 Lo relevante del lugar era que se trataba de una zona estratégica pues tenía contactos tanto con el Mar del Norte como a lo largo del Mar del Sur.
Así lo mencionó: «Hay algunos tratos desde México con esta plaza y desde Puerto Caballos en el Mar del Norte pero el más importante trato que tiene es desde los grandes imperios de Perú y Chile».
Lo anterior es importante en el sentido de que por un lado se hacía mención sobre la forma de transitar por zonas seguras donde los ingleses no serían capturados por españoles y por el otro se mostraba que había espacios a través de los cuales se podían establecer contactos entre ambos océanos, lo cual sugiere que el proyecto de extender las navegaciones inglesas al Mar del Sur seguía latente.
Y nuevamente se intentó mostrar un descontento por parte de las poblaciones locales, la cual podría ser una justificación a usar argumentando que los apoyarían a eliminar el yugo español al que estaban sometidos.
Puede verse que hubo una continuidad en las narraciones inglesas en las que se describieron diversos puntos de Centroamérica como espacios poco vigilados donde podrían establecerse alianzas con los naturales.
Y este proceso también se reflejó en la cartografía, pues nuevos mapas que acompañaban a esos diarios retomaron y representaron los lugares que simbólicamente habían sido rebautizados en expediciones previas.
Ejemplo de ello es el diario de viaje de Woodes Rogers en el cual se señaló que contenía descripciones de las costas, rutas, bahías, islas, cabos, etc. desde Acapulco hasta Chiloé, información que provenía «del mejor manuscrito español tomado en el Mar del Sur», lo cual hace plausible que se refiriera al atlas de Hack.
51 Y uno de los mapas contenidos en el diario señalaba que cerca de la región de Golfo Dulce había un Port English que es probable se retomara del English Gulf señalado en el atlas de Hack (ver figura 4).
52 No hay que perder de vista que todas estas expediciones generaron alarma entre las autoridades coloniales, lo cual se evidenció con la correspondencia donde se daba aviso sobre la presencia enemiga.
Por ejemplo, en 1710 se mandaron misivas desde Madrid donde se informaba de que varios particulares ingleses armaban naves para hacer corso en las costas del Mar del Sur y que las zonas que más debían protegerse eran Perú, Panamá y Guatemala.
53 Es evidente que Centroamérica era la zona más vulnerable ante los avances ingleses y por ello debía reforzarse su defensa.
Hay que señalar que en la edición de 1685 del atlas de Hack las costas representadas al norte solo llegan hasta Acapulco; es posible que Rogers hiciera referencia a esa versión ya que menciona el libro español de mapas.
Ese atlas lleva por título A General Map of this Following Spanish Manuscript Described by William Hack, y Fuente: Rogers, 1969 [1712], 144.
Al finalizar la guerra de Sucesión y firmarse los tratados de Utrecht (1713) los ingleses redujeron sus incursiones por el Pacífico americano pues en gran medida concentraron sus intereses en el comercio que se les había permitido llevar a cabo en Veracruz y Portobelo.
54 No obstante, continuaron realizándose algunos viajes en el marco de nuevos conflictos, como se vio en 1719 con la expedición de John Clipperton y George Shelvocke luego de iniciar la guerra de la Cuádruple Alianza.
55 Pero fue tras estallar la guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins (1739-1748) 56 cuando se lanzó un nuevo ataque que, a diferencia de expediciones previas, se trató de un avance con carácter más oficial en el que la misma monarquía se involucró y encargó a la armada inglesa llevar a cabo formalmente la ocupación de algún territorio centroamericano.
55 El conflicto se desató luego de que España tomó acciones para recuperar territorios italianos perdidos luego del Tratado de Utrecht y que llevó a que se conformara la Cuádruple Alianza en su contra, la cual fue aprovechada por la asociación de mercaderes ingleses llamada «The Gentleman Adventures» para armar naves con el encargo de atacar las costas del Pacífico americano.
56 Este conflicto estalló debido a las tensiones entre las coronas inglesa y española por el contrabando y corso realizados por sus respectivas embarcaciones en el Caribe.
GUADALUPE PINZÓN RÍOS tiempo que Panamá.
Estos avances estarían a cargo de los oficiales de mar Edward Vernon y George Anson.
Se pensó que esto sería posible con la ayuda de las poblaciones locales inconformes con las autoridades españolas de las que se había hecho referencia en los diarios de navegación anteriores.
Así que parte de los objetivos de dichas travesías incluían el intento de convencer a los colonos americanos de sublevarse contra los españoles a cambio de recibir la protección de la corona británica así como concesiones como mayor libertad comercial, posibilidad de adquirir manufacturas inglesas a bajo costo, menores tributaciones, tolerancia religiosa, entre otros.
57 El plan fue descrito en el diario que del viaje de Anson hizo Richard Walter:
A la verdad, en el tiempo que estábamos en la isla de Juan Fernández, había resuelto el jefe de la escuadra tocar en las cercanías de Panamá y procurar allí ponernos en comunicación con la escuadra del almirante Vernon; pues es muy digno de observarse que a nuestra salida de Inglaterra, dejamos en Porstmouth fuerzas considerables para atacar algunas colonias españolas.
Suponía Mr. Anson que esto se hubiese así verificado que Puerto-bello estuviese ya ocupado por los ingleses: bajo este supuesto no dudaba que al llegar al Istmo no dejaríamos de adquirir noticias de los nuestros, situados en las costas del otro mar, fuese por los indios que estaban muy mal con los españoles, fuese por algunos espías que podían encontrarse por una buena recompensa.
M. Anson se lisonjeaba de poder recibir algún refuerzo por este medio, y nada le parecía más fácil que seguir esta combinación, concertando sus operaciones con los que mandaban nuestras fuerzas en el mar del Norte hasta apoderarse de Panamá.
Esta conquista hubiera hecho a la nación inglesa dueña de los tesoros del Perú, o a lo menos de un equivalente por lo que es la Inglaterra hubiera podido juzgar a propósito apropiarse la posesión de alguna de aquellas ricas colonias.
58 Pese a los planes formulados, los objetivos de la expedición cambiaron después de que, gracias a la captura de una nave en las costas de Perú, los prisioneros les informaran que el ataque de Vernon había fallado, por lo que no había condiciones para dirigir su empresa al istmo.
Esta noticia llevó a que Anson considerara más pertinente continuar viaje hasta Nueva España para aguardar al galeón de Manila.
59 Antes pararon en la isla de Quibo, la cual había sido descrita por Dampier y por Rogers.
En ese proceso, Anson llegó a criticar que sus relaciones tenían diversos yerros que no le hicieron fácil el arribo.
Por ello para llegar a la isla prefirió usar las recomendaciones de un piloto español que iba como prisionero.
DE ZONA OLVIDADA A PLATAFORMA DE EXPANSIÓN lugar -como habían descrito los ingleses-resultó ser idóneo para hacer escala por contar con agua dulce, árboles altos, venados en los bosques y tortugas en la costa.
60 La expedición de Anson al parecer modificó la percepción de los ingleses sobre los litorales americanos y sobre los diarios de navegación elaborados en los anteriores viajes pues se señaló que esas descripciones no eran muy precisas y por tanto no serían de demasiada ayuda en nuevas travesías.
Así que, tras regresar a Inglaterra y luego de quedar a cargo del Almirantazgo de la Armada Real Británica (gracias a la captura que hizo de un galeón de Manila), Anson comenzó a llevar a cabo reestructuraciones en las navegaciones inglesas y ordenó mejorar la construcción naval, los registros de las travesías, la forma de enrolar tripulaciones y de tratarlas durante las navegaciones, mejorar los bastimentos a bordo, entre otros puntos.
Pero además se modificaron los planes de extender las navegaciones inglesas al Mar del Sur pues en lugar de seguir considerando únicamente a la región centroamericana se prestó atención a la Tierra de Fuego, donde comenzaron a buscarse puntos que pudieran servir de escala en las nuevas empresas planeadas y por ello se volteó la mirada a las islas Malvinas.
61 Centroamérica siguió siendo región de interés para los ingleses, pero sobre todo en relación con los campamentos de cortadores de palo de tinte, los cuales hacia la segunda parte del siglo XVIII lograron hacerse de Belice como un asentamiento permanente.
Como ha podido verse, la región de Centroamérica debe ser considerada por sí misma un objetivo claro en los intereses de los ingleses, quienes desde el siglo XVII comenzaron a tomar acciones para su captura.
Primero con proyectos o descripciones y posteriormente con planes más concretos, la parte más estrecha del continente americano se vislumbró como una plataforma de ocupación y posteriormente de expansión para los crecientes proyectos navales ingleses que paulatinamente se incrementaron sobre el Mar del Sur.
Por ello hay que reiterar que la región centroamericana, más allá de ser una zona de paso, por sí misma significó un botín que se convertiría en la piedra angular de nuevos avances.
En ese proceso los ingleses fueron creando un discurso que les permitiera asegurar que sus acciones eran válidas.
Esos discursos fueron vertidos en los diarios de viaje y en los mapas de la época.
Ambos se convirtieron en instrumentos de propaganda que primero intentaron justificar sus avances y posteriormente intentaron legalizarlos con la toma simbólica que se hizo de algunos puntos, con lo cual se buscó hacer que su presencia fuera más permanente y sus navegaciones más regulares.
Los diarios y los mapas, por tanto, no fueron meras descripciones de los avances ingleses, sino instrumentos de poder usados para llevar a cabo sus planes sobre Centroamérica y las costas del Pacífico, los cuales se modificaron conforme los intereses y las políticas internacionales o mercantiles lo fueron requiriendo.
Conocer el caso de las representaciones que los ingleses hicieron sobre Centroamérica es relevante en cuanto a que esto se convirtió en un método usado en distintas zonas, como posteriormente se vio en algunos archipiélagos del Pacífico así como en el noroeste americano, en donde de la misma forma los ingleses intentaron asegurar posesiones y justificar su presencia a partir de sus diarios de viaje y mapas, los cuales volvieron a ser usados como instrumento de poder en esos procesos.
Esas fuentes también llegaron a ser consultadas por las autoridades españolas, pues conocerlas les brindó conocimiento de los proyectos y avances de sus enemigos, además de permitirles tomar acciones para repelerlos; esto derivó en reestructuraciones también en el ámbito naval y administrativo del imperio marítimo español que sobre todo se dejó ver a lo largo del siglo XVIII. |
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Buscando al enemigo inglés.
Expediciones de guardacostas españoles al golfo del Darién, 1767-1768 * / Looking for the English Enemy.
El golfo del Darién, actual frontera entre Colombia y Panamá, fue considerado históricamente un enclave estratégico para la comunicación entre los puertos de Cartagena de Indias y Portobelo.
1 Para garantizar la seguridad de la ruta se trazó un plan defensivo no solo contra las poblaciones locales, hostiles a la hegemonía española, sino también contra los enemigos europeos, ávidos por explotar la zona.
De hecho, fueron continuos los enfrentamientos entre España y las potencias europeas que buscaban ampliar su presencia americana, al ser esta una región que permitía el pasaje interoceánico y cuya posesión suponía el control comercial y estratégico del Nuevo Mundo.
2 Esta dificultosa pero privilegiada localización convirtió dicho territorio en centro de complejas operaciones políticas, militares y culturales, tanto en época moderna como en décadas más recientes.
Dentro de estas estrategias y aprovechando la incapacidad mostrada por la Corona española de abastecer los mercados americanos, desde el siglo XVI surgió un comercio ilegal entre los nativos y las grandes potencias europeas, fundamentalmente ingleses, quienes vieron en este negocio un medio eficaz para la evasión de sus mercancías.
3 Asimismo, la falta de control en el aumento poblacional por parte de las autoridades españolas provocó un exagerado incremento del consumo, necesitándose de nuevos vendedores que abasteciesen tal condición.
Todo ello alimentó el auge del contrabando en las aguas caribeñas, lo que implicó la creación de nuevas medidas de defensa para hacer frente a un negocio ilícito que debilitaba paulatinamente las arcas hispanas.
En consecuencia, esto reducía el control político y territorial del Darién de las autoridades virreinales, necesitando de mecanismos que asegurasen su control.
De todos los preceptos adoptados para solucionar dicho problema, entre los que se encontraban diversos proyectos de fortificaciones, destacó la creación de un cuerpo de guardacostas reales que patrullase las principales zonas de conflictos.
4 Si bien la historiografía ha tratado en diversas ocasiones la problemática surgida desde la fundación de la mencionada unidad, ahora se aportan nuevas noticias acerca de las misiones realizadas por tales 1 Un estudio general sobre la historia política, social y económica del Darién es el realizado por García Casares, 2008.
profesionales en el golfo darienita, a partir de unos expedientes localizados que ejemplifican la relación existente entre el ejército español y los contrabandistas nativos e ingleses.
Además, para el correcto entendimiento de dicha documentación es necesario contextualizar la compleja situación política y social vivida en el istmo.
Para ello, aunque la bibliografía sobre el tema no sea numerosa, se atenderá a los principales estudios que aporten datos sobre el enfrentamiento entre ambos reinos en aguas caribeñas.
De entre todos se prestará atención a los textos escritos por viajeros ingleses, examinando los posibles paralelismos existentes entre las misiones españolas y británicas.
Igualmente, se comparará la relevancia de los guardacostas con otras ramas del ejército español presentes en el golfo, caso de los ingenieros militares, comprobándose la concordancia entre sus informes y estrategias de defensa.
En suma, el uso de una metodología que aúne disciplinas como la antropología, la historia o la sociología, permitirá incrementar el conocimiento sobre la realidad darienita a fines del siglo XVIII desde diversos prismas, lo que confirma una de las principales vías de investigación de la historiografía contemporánea.
Entre Balboa y Wafer: Disputas por el control del Darién durante los siglos XVI y XVII
La Corona española ansió desde los primeros años del siglo XVI establecer una vía de comunicación interoceánica.
De entre todos los viajeros que intentaron tal empresa, fue Vasco Núñez de Balboa quien lo consiguió tras el sometimiento de los pueblos locales.
Gracias a ello, desde las primeras décadas del quinientos se logró el control del «paso», fijándose una ruta que uniese el Caribe con el Pacífico.5 Sin embargo, el proceso de implantación de los españoles fue lento y estuvo lleno de dificultades debido a la propia orografía del terreno y a la hostilidad de indios como los cuevas, el principal pueblo de cuantos habitaban la zona.
6 A pesar de estos inconvenientes, a los españoles les valió unos pocos años para atravesar el istmo, lo que supuso una catástrofe demográfica que disminuyó la población a 15.000 nativos.
Debilitados los cuevas, el belicoso pueblo de MANUEL GÁMEZ CASADO los cunas aprovechó para ocupar el golfo, pues según cuentan las crónicas españolas de principios del siglo XVII, lo hicieron con contundencia.
7 Los cunas protagonizaron las principales luchas contra los españoles desde los inicios de la conquista, suponiendo una amenaza para el control social de una zona estratégica.
Por otro lado, numerosas son las teorías que intentan explicar el origen de esta tribu, pues autores como Howe la han relacionado con los primitivos cuevas, mientras que otros lo hacen con distintas poblaciones del Pacifico que emigraron hacia el Caribe o con pueblos originarios de Mesoamérica.
8 De entre todas las hipótesis, destaca la sugerida por Romoli, pues sospecha que los cunas llegaron hasta el río Sinú al ser empujados por la tribu de los emberás desde el alto Atrato tras la conquista.
9 Ciertamente, antes de la presencia española se había producido una división entre ambos pueblos, acentuada ante la presión ejercida por los conquistadores en un intento de control del territorio darienita.
Esta lucha interna finalizó con la inmigración de los cunas hacia la costa atlántica, estableciéndose entre la punta de San Blas y la desembocadura del Sinú, donde se documentan desde principios del seiscientos.
10 Durante estas décadas, son frecuentes las crónicas que destacan el alto grado de albinismo entre la población cuna, lo que según Martínez Mauri es producto de un proceso de etnogénesis.
11 Esta explicación contradice a otras que consideran a los cunas como endogámicos, a pesar de que el albinismo pueda darse en poblaciones exogámicas al constituirse una alteración genética en el naciente.
12 Esta característica genética los convertía en una tribu singular y reconocible en la infinidad de altercados que mantuvieron con los españoles por defender el Darién.
A esta particularidad se sumaban las narices chatas y la ligereza de sus cuerpos, lo que según las crónicas les permitía correr y nadar a gran velocidad.
Asimismo, los viajeros describieron que sus principales armas eran saetas, lanzas y arcos de madera, al desconocer la manufactura del metal.
Habituados al uso de las mismas, los cunas se caracterizaron por su crueldad durante las batallas, pues los relatos apuntan que solo perdonaban la vida del enemigo para someterlo a cruentas torturas.
De entre estas costumbres, a los españoles les asombraron tanto los envenenamientos de los fetos por sus madres en venganza de ciertas conductas de sus maridos, como algunos rituales funerarios en los que se bailaba en torno al fallecido.
13 Estas prácticas eran insólitas para los españoles, considerando a los cunas como bárbaros y asumiendo la responsabilidad de educarlos según los convencionalismos europeos en el marco de la conquista americana.
Estos episodios continuaron durante el siglo XVII, centuria en la que franciscanos, agustinos, capuchinos, jesuitas y dominicos realizaron misiones de evangelización apoyadas por mediadores como Julián Carrisoli de Alfaraz, un joven español que había convivido desde su infancia con los cunas.
14 Carrisoli actuó como intermediario entre ambas partes, alcanzando treguas de no agresión que facilitaban la labor de los religiosos en el Darién.
Tan importante actuación le convirtió en alcalde y capitán militar de la provincia, erigiéndose como la principal autoridad de la Corona en el territorio más complejo de cuantos poseía en América.
15 Este nombramiento facilitó al obispo Lucas Fernández la fundación, en torno a 1650, de nuevas ciudades dentro de las misiones religiosas, pretendiendo cristianizar a la población local residente en ellas.
16 Con estas medidas se buscaba la creación de un mecanismo institucional que permitiese el control de los dominios americanos.
17 No obstante, la hegemonía hispana no terminó de consolidarse debido a los frecuentes levantamientos organizados por los cunas, animados por el apoyo económico y militar de las potencias europeas enemigas de la Corona española.
18 Estas hostilidades desembocaron en un abandono por parte de los hispanos del río Atrato, relegándose su presencia a ciudades fortificadas como Santa Fe de Antioquia.
La fundación de estos enclaves alteraba el orden social, geográfico y político conocido hasta entonces por los cunas, lo que desembocó en nuevos intereses para los jefes tribales generados por el contacto con otras civilizaciones.
Del mismo modo, los europeos se enfrentaban a un territorio desconocido, habitado por una tribu beligerante y en un medio hostil, lo que modificaba los mecanismos bélicos utilizados hasta entonces en otros contextos.
De este modo, es MANUEL GÁMEZ CASADO evidente que ante la enemistad manifestada por ambos bandos y en paralelo a las luchas por el territorio, se produjo una interacción cultural.
Según Gallup-Díaz, la interrelación entre el europeo y el indio en un área marginal del reino causaba afectos mutuos, transformaba ideas impuestas y constituía historias mínimas que antropológicamente explican los fenómenos de mestizaje allí producidos.
Además, estos contactos disminuían el poder de los magos, considerados como líderes, al no ser capaces de mediar con los españoles.
Por ello empezaron a surgir jefes que debían cumplir con tales cometidos, apareciendo una nueva estructura organizativa entre los nativos, originada a partir de la presencia española.
19 Del mismo modo, esta modernización de la organización tribal se reforzó a partir de los contactos entre los indios cunas darienitas y los ingleses, buscando estos últimos una alianza favorable para poder cruzar hacia el Pacífico por el istmo y obtener una nueva vía de contrabando.
Desde este momento, el Darién y su caudaloso río Atrato fueron frecuentados por piratas británicos, quienes fueron acogidos amistosamente por la población autóctona.
20 Ejemplo de estas relaciones fue la expedición capitaneada por el bucanero inglés Lionel Wafer, quien en junio de 1679 partió desde Jamaica hasta alcanzar el istmo.
En la descripción de su viaje durante cuatro meses por la zona, relata que algunos indios del río Congo le hablaban en español para comunicarse, aunque rechazasen la ocupación de su territorio por los conquistadores hispanos.
Además, al obtener la confianza del poblado, sus integrantes le mostraron una actitud amistosa, contraria a la mostrada ante los viajeros españoles que habitaban en el golfo.
Junto a estos acercamientos, Wafer narró el encuentro mantenido con el cuna Lacenta, considerado como el principal líder de la población meridional darienita.
Este aparece representado como el jefe de la tribu en el conjunto de grabados que acompaña al escrito original, testimoniando gráficamente lo descrito (figura 1).
Durante su estancia, Lacenta recompensó al pirata británico con diversos honores tras curar a su mujer de una enfermedad, usando técnicas medicinales occidentales y desconocidas por los nativos.
A través de este acto, Wafer se integró en el poblado hasta hablar el idioma local, comportarse según sus costumbres y vestir como ellos.
Incluso algunos cunas le besaban la mano, lo respetaban como a un dirigente y le pedían el bautizo, confesándole que habían sido antiguos esclavos españoles.
Todo ello denota una integración de los ingleses en las poblaciones nativas, obteniendo un beneficio BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
EXPEDICIONES DE GUARDACOSTAS ESPAÑOLES estratégico y territorial en detrimento del dominio español en el Darién.
21 Por este motivo, los piratas británicos conocieron todo el territorio, pasos de selvas y ríos mejor que los propios españoles, ofreciendo noticias sobre la vulnerabilidad hispana en la zona ante un futuro plan de ataque.
La solución final: El Darién durante el siglo XVIII
La situación descrita se consolidó a lo largo del siglo XVIII, pues la falta de caudales en la Hacienda española tras la guerra de Sucesión no permitía modernizar las defensas de las plazas americanas.
Por el contrario, la pertenencia a la monarquía hispana de la mayor parte de los territorios del Caribe sur, suponía a priori un control de los productos y del comercio regional.
No obstante, la incapacidad de la Corona española para lograr nuevos mercados donde venderlos, a diferencia del imperio inglés, provocó el bloqueo de sus arcas.
Esta compleja situación fue aprovechada por los británicos para asentarse definitivamente en el Caribe.
Por ello, en 1713 los filibusteros ingleses lograron apoderarse de la isla Cozumel y establecer en ella una fuerte guarida, constituyendo una base para posibles ataques al imperio español en colaboración con los indios locales.
22 Presentes en el Caribe, los británicos no tardaron en incrementar sus expediciones hacia el Darién, apoyando a líderes que organizaban ataques a los españoles.
Sin embargo, estos continuaban centrando sus esfuerzos en misiones religiosas a cargo de jesuitas, cuyo pobre resultado era consecuencia de la anticuada estrategia exterior hispana.
23 De hecho, tras la firma del tratado de paz entre España y los cunas en 1738, se había estipulado que solo los misioneros tenían potestad para internarse entre las poblaciones.
En consecuencia, se promulgó una real orden en la que se requería al padre general, Francisco Retz, que enviase a varios religiosos a la zona con el fin de establecer contactos con los indios.
De entre los enviados destacó el padre Carlos Brentan, quien tras haber convivido con las tribus del río Amazona, visitó personalmente a los cunas junto al padre Claudio Escobar.
Los jesuitas intentaban acercarse a las poblaciones nativas en representación del poder virreinal, lo que permite comprobar la ausencia de una diplomacia española que alcanzase acuerdos contundentes para solucionar el conflicto.
Ciertamente, los religiosos preponderaban la evangelización de los cunas como medio para pacificarlos.
Este mecanismo se inserta dentro del proceso de adaptación de las costumbres nativas a las requeridas por las autoridades virreinales, en lo que Gallup-Díaz ha llamado la «tribalización» española del Darién.
24 Dicho lo anterior, la pacificación de los grupos nativos era un requisito esencial para favorecer el comercio interoceánico, pues los cunas contrabandeaban con productos ingleses a cambio de armas y ropa a lo largo de todo el golfo de Urabá y los ríos Sinú y San Juan.
No obstante, no fue hasta la llegada al trono de Carlos III cuando se dispuso por las reales órdenes del 1 y 6 de febrero de 1760 que las incursiones al Darién fueran continuas y pacíficas.
Se buscaba suavizar las tensiones existentes entre todas las partes mediante el sometimiento de los indios a la monarquía hispana, aceptando el control político establecido en la mayor parte del continente.
25 Asimismo, se quería alcanzar una paz hasta ahora inexistente, pues algunos levantamientos producidos por los indios y apoyados por los ingleses en las BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
EXPEDICIONES DE GUARDACOSTAS ESPAÑOLES primeras décadas de la centuria, habían supuesto un decaimiento de las defensas españolas en el Darién.
26 Ello fue aprovechado por los británicos con fines bélicos y conquistadores.
Para los indios el inglés no era el pirata que destruía puertos o ciudades, sino el aliado que protegía a las poblaciones dominadas por un enemigo común.
De hecho, como se ha ejemplificado con el caso de Wafer, se integraban entre las poblaciones nativas con un trato amable, actuación que en muchos casos fue tomada como modelo por los españoles que perseguían la pacificación de la región.
27 Los enfrentamientos entre españoles e ingleses durante la segunda mitad del siglo XVIII, sumados a la inestabilidad surgida a partir de la guerra de la independencia de los Estados Unidos, se relacionan con las pretensiones de extensión del territorio, antecedente de las primeras ideas imperialistas consolidadas a lo largo de la siguiente centuria.
Así, Inglaterra aprovechaba sus primeros avances industriales para convertirse en la potencia más ofensiva de cuantas surcaban el Caribe, utilizando tal poder para expandir su comercio y, en consecuencia, ampliar sus riquezas.
Cerrados los mercados para los británicos en las colonias españolas y francesas como medida de prevención, únicamente les quedaba el contrabando como recurso mercantil.
Junto a ello, la victoria de Inglaterra en la guerra de los Siete Años, considerado el primer conflicto global de la historia, les permitió no solo dominar la zona norte del continente, pues expulsaron a los franceses, sino también incrementar la influencia exterior de su política económica.
28 Distintas fueron las consecuencias para España, aliada de Francia en dicho conflicto tras la firma de los Pactos de Familia, pues en 1762 Inglaterra conquistó La Habana.
Ello supuso un revés para la política de Carlos III, ya que debía recuperar el control del puerto cubano e iniciar la reforma del sistema defensivo americano a través de nuevas medidas, entre las que se encontraba el incremento del número de guardacostas reales e ingenieros militares en las costas caribeñas.
Destinados la mayor parte de los fondos españoles a tales cometidos, el monarca procuró consolidar la protección de los principales puertos para asegurar la red comercial.
La aplicación de tales medidas requería de un examen fiscal más severo, necesitándose de un mejor control del contrabando para así evitar la pérdida de dinero.
29 MANUEL GÁMEZ CASADO Del mismo modo, tras la victoria inglesa, el rey Jorge III limitó el comercio marítimo colonial y aprobó en 1764 el conocido como Acta del Azúcar, esto es, un impuesto para regular el pago de la melaza.
Con estas normas, Inglaterra iniciaba un precedente en la fiscalización colonial, pues modernizaba el cobro de aranceles y explotaba las materias primas americanas en favor de su capital.
30 Estas circunstancias repercutieron en el contexto darienita pues, incrementado el poder territorial inglés, se reforzaron los contactos con grupos indígenas que veían en los británicos una solución contra el dominio español.
Después de la victoria inglesa y tras el reconocimiento de la conquista de Jamaica en 1670, la presencia de los navíos británicos en aguas del Darién era legal.
A la mencionada isla se le unieron otras posesiones caribeñas más alejadas de Tierra Firme, como Barbados, Nevis o Saint Kitts.
Sin embargo, el control del puerto jamaicano les permitió controlar un enclave estratégico en el centro del Caribe, además de posibilitarles rutas de intercambio utilizadas según los intereses de cada momento, aunque tuviesen prohibido desembarcar en las tierras españolas.
31 Del mismo modo, como se aprecia en el mapa adjunto, entorpecían el correcto funcionamiento de la ruta comercial hispana, pues los navíos que desde Cartagena de Indias se dirigían hacia La Habana o Veracruz eran interceptados por los piratas británicos que habitaban en Jamaica (figura 2).
Así, para alcanzar el favor de los indios, los ingleses enviaban emisarios, caso del duque de Abermale, gobernador de Jamaica, quien se reunió con el rey de los Mosquitos con el fin de establecer una alianza contra la Corona española.
32 Por su parte, también los indios visitaban Jamaica, pues es bien conocido que el cacique del poblado de la Calidonia, Ramón Mascana, había estado en tres ocasiones en la isla, donde recibió toda clase de regalos y presentes por parte de los británicos.
Dicha noticia fue comentada por Mascana al ingeniero español Antonio de Arévalo durante su expedición por el Darién en 1761, fruto de la aplicación por parte del virrey Messía de la Cerda de la real orden de pacificación anteriormente comentada.
Ante la evidente pretensión de conquista del imperio inglés y tras la aplicación de las diversas medidas de defensa por Carlos III, la Corona envió a varios ingenieros para reforzar los principales ríos del golfo mediante fortificaciones o para establecer relaciones diplomáticas con los nativos.
En este contexto, Arévalo intentó inútilmente BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
EXPEDICIONES DE GUARDACOSTAS ESPAÑOLES convencer a los indios del poder español, pero estos se mostraron reacios, enseñando con orgullo los presentes regalados por los ingleses.
Esto evidencia una relación consolidada entre indios y británicos, quienes llegaron a sospechar que los españoles habían abandonado el istmo al no reconocer la población local su autoridad, lo que les permitiría establecerse allí.
33 Ello explica la presencia de Arévalo y de otros ingenieros militares en el Darién a fines del siglo XVIII, pues responde a un interés por solucionar la ineficacia de los contactos establecidos previamente.
Como se comprueba en la gráfica adjuntada (figura 3), durante la primera mitad del setecientos solo se ha documentado a los ingenieros Juan de Herrera y Sotomayor y Nicolás Rodríguez, realizando mapas cartográficos en los que se registraba la diversidad geográfica de la zona.
34 Véase Gámez Casado, en prensa.
MANUEL GÁMEZ CASADO el trascurso de la guerra de los Siete Años, ascienden hasta seis los ingenieros que trabajaban en el Darién, destacando junto al referido Arévalo, otros como Juan Jiménez Donoso, Antonio de la Torre o Pedro Carbonell.
Ellos no solo se ocuparon de tareas idénticas a las de sus antecesores, sino también de proyectar fortificaciones y planos hidrográficos que ayudasen al control definitivo de la región.
A pesar de que estos proyectos no se ejecutasen, idéntica solución fue aplicada por los gobernantes españoles en otros puntos del Caribe sur, caso de la Guajira, en la costa este de dicho mar.
En este punto, también se proyectaron diversos fuertes por los ingenieros militares, como el de Sabana del Valle, pretendiendo vigilar los importantes vínculos que la población local mantenía con el imperio inglés.
Un remedio al conflicto darienita
El trato establecido por Arévalo con los indios darienitas fue consecuencia de la nueva estrategia de dominio establecida por el gobierno virreinal tras la promulgación de aquellas reales órdenes por Carlos III.
El plan incluía no solo imponer la actividad política, social o económica española de una forma pacífica, sino también evitar la creación de asentamientos 35 Oliveros, 1970.
Ingenieros militares españoles en el Darién.
SIGLO XVIII BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
ingleses ante la escasa influencia hispana en el Darién.
Para ello, era necesario localizar y controlar las regiones marginales donde los británicos pudiesen actuar militarmente.
Así, desde la década de 1760 se iniciaron una serie de ofensivas en busca de campamentos ingleses que pudiesen amenazar el control español en el golfo, incrementándose tras la victoria británica en la guerra de los Siete Años.
Estas expediciones fueron comandadas por los guardacostas reales, encargados de combatir el contrabando caribeño y proteger a los navíos españoles que legalmente comerciaban en el sector.
Las autoridades virreinales obedecieron a las medidas adoptadas por sus superiores, armando una serie de buques corsarios que defendieron el litoral y los diferentes ríos darienitas.
36 Los guardacostas debían apresar a los extranjeros que encontrasen escondidos en barracas o chozas de cualquier río del golfo, pues al tener prohibido el desembarco en tierras españolas, solo podían estar ahí para contrabandear.
Dentro de estas expediciones, se encuentra la ordenada por Francisco Bances, comandante de guardacostas de Cartagena de Indias, en el golfo del Darién en 1767.
La intención era destruir un almacén de ropas que al parecer tenían los ingleses en el río Gandí, al norte de la actual provincia colombiana de Chocó, prueba del asentamiento ilegal que los británicos habían establecido en el territorio.
37 Como se ha dicho, los ingleses tenían permitido navegar a través de las aguas darienitas, pero se sospechaba que habían desembarcado en la orilla de alguno de los ríos que jalonan el golfo, lo que resultaba una acción ilícita y amenazante para el control hispano.
Además, se querían registrar los establecimientos cunas e ingleses de los ríos para frenar las relaciones existentes entre ambas poblaciones y así consolidar la débil presencia española allí.
La localización de las copias de los diarios escritos por los militares españoles que realizaron estas expediciones, enviadas a Francisco Bances, así como otra documentación relativa al caso, permite aportar nuevos datos sobre la misión, los objetivos perseguidos y el desarrollo de las mismas.
Igualmente, mediante esta encomienda se contribuye con un nuevo episodio a los comentados en las líneas precedentes dentro de las soluciones para la problemática tribal, de la cual dependía la solidez del comercio español en ultramar y parte de la riqueza de todo su reino.
Así, el objetivo de esta empresa y de las otras protagonizadas por MANUEL GÁMEZ CASADO los guardacostas españoles, no era luchar contra los belicosos cunas, sino reducir la presencia inglesa en el Darién y por tanto frenar sus pretensiones de control territorial.
El guardacostas Francisco Bances ordenó que al frente de la primera expedición estuviesen el capitán Santiago Muñoz de Velasco y el teniente Martín Vázquez.
38 Ambos recogieron en sendos diarios las noticias referentes a la misión, detallando los acontecimientos vividos y estableciendo unas conclusiones útiles para el desarrollo de la política de pacificación darienita.
39 Del inicio de la expedición informó Bances al secretario de Estado, Julián de Arriaga, mediante una carta 40 en la que comenta que por orden del virrey Pedro Messía de la Cerda, el gobernador de Cartagena de Indias, Fernando Morillo Velarde, había ordenado cuatro días antes armar tres piraguas y una lancha para llevar a cabo la misión.
Asimismo, el virrey había permitido que, en caso de que encontrasen algún asentamiento, las tropas lo destruyeran con el fin de castigar a los indios y desalojar a los británicos allí establecidos, lo que pone en duda las ideas de pacificación atribuidas al gobierno de Carlos III.
Las copias tanto del diario del teniente Martín Vázquez, 41 como la del redactado por el capitán Santiago Muñoz de Velasco, 42 fueron enviadas a Bances una vez finalizada la expedición.
Los escritos se inician el 22 de mayo de 1767, cuando se embarcaron en cada una de las dos balandras veinticinco hombres de la tropa de tierra, acompañados de dos oficiales.
Los militares se enfrentaban a un recorrido a través del litoral darienita mediante una navegación de cabotaje.
Como se puede apreciar en el plano adjunto (figura 4), con ello inspeccionarían con mayor rigurosidad los 38 El capitán Santiago Muñoz de Velasco, nacido en Santander y desde 1758 destinado en América, ya había participado en diversos enfrentamientos contra los ingleses, como el que supuso la rendición de La Habana en 1762 donde sufrió la muerte de su tío, el marino Luis Vicente de Velasco.
39 Además de los diarios del capitán Santiago Muñoz de Velasco y del teniente Martín Vázquez, se ha hallado un tercero, escrito por el capitán de milicias Cayetano López y tras su muerte continuado por el marino Pedro Barcinet; no obstante, este es menos minucioso en sus descripciones, no aportando tantos datos como los dos anteriores.
Diario de Cayetano López y Pedro Barcinet, Sevilla, 23 de mayo al 23 de junio de 1767, Archivo General de Indias (en adelante AGI), Santa Fe, 943.
41 Francisco Bances, Diario del teniente del navío don Martín Vázquez, comandante de las balandras Pacífica y Pastora.
Copia del original que devolví a Martín Vázquez, Cartagena de Indias, 7 de julio de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
42 Francisco Bances, Diario de lo acaecido desde el día 22 de mayo que nos hicimos a la vela para el golfo del Darién hasta el 29 de junio que volvimos.
Es copia de su original que devolví a don Santiago Muñoz de Velasco, Cartagena de Indias, 7 de julio de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
numerosos accidentes geográficos que constituían una costa compleja, pues la sucesión de cabos y golfos ocultaba al enemigo.
Tras partir de Cartagena de Indias, los barcos llegaron a la isla del Rosario dos días después a pesar de no haber demasiada distancia entre ambos puntos.
Desde allí alcanzaron Isla Fuerte, donde se incorporaron las lanchas y las piraguas que transportaban el armamento.
Al día siguiente, dichas embarcaciones fueron enviadas a reconocer la ensenada de la Rada y el río Canalete, para después volver MANUEL GÁMEZ CASADO a unirse a la expedición en la isla Tortuguilla.
Se buscaba utilizar los barcos menores como avanzadilla para registrar posibles poblaciones locales y asentamientos ingleses antes de la llegada del grueso de la expedición.
En contra de todo pronóstico, las embarcaciones encontraron a dos náufragos españoles en un monte cercano, perdidos tras hundirse su balandra en la Semana Santa de ese año.
Uno era natural de Portobelo, mientras que el otro era un mulato de Curaçao.
Ambos estaban débiles, hambrientos y asustados ante un posible ataque indígena, lo que testimonia las hostilidades de los cunas.
Una vez rescatados, la expedición continuó su marcha, pero al pasar por la ensenada de los Arboletes, el náufrago mulato divisó una estructura con troneras, sospechando que fuera una posible fortificación nativa de materiales vernáculos o empalizadas construida para defender algún poblado.
No obstante, el marino Pedro Barcinet, integrante de la expedición y nativo, aclaró que era un volcán de azufre que en la distancia se confundía con una construcción india.
Ante la sospecha de un posible asentamiento enemigo, se fondeó en un punto cercano a la ensenada para que la tripulación reconociese el lugar.
Allí, los marinos registraron toda la playa pero no encontraron otra cosa que el volcán descrito por Barcinet.
Era, pues, evidente el ansia por descubrir alguna prueba de asiento inglés en la zona, para de este modo demostrar el contrabando existente y justificar un ataque a los buques y mercaderes británicos.
Fracasado el primer intento, la expedición navegó hasta la desembocadura del río Caimán, introduciéndose en el golfo de Urabá.
Como se aprecia en el plano (figura 4), la estrechez de este territorio era una amenaza para los españoles, pues podían ser atacados desde diversos puntos sin posibilidad de escapar.
Allí, avistaron a dos indios ondeando una bandera blanca con los que conversó Pedro Barcinet, conocedor de la lengua autóctona.
Uno de los nativos se hacía llamar Bernardino, mientras que el otro era el yerno del cacique de la tribu a la que pertenecían.
Ambos querían saber quiénes eran y qué querían, negándose en rotundo a que su líder fuese a bordo de los barcos españoles, ya que debía celebrar dos fiestas grandes, una de la chicha y un bautismo.
A pesar de ello, los españoles querían explorar el asentamiento para obtener información sobre el terreno.
Por este motivo, la expedición se internó en el río Caimán, donde encontraron una canoa con otros dos indios que hablaban castellano y que habían sido enviados por el cacique Pedro Toro.
Estos advirtieron que el líder no los recibiría al encontrarse en ese momento junto a seis indios de la costa oeste, los cuales, si sospechaban de algún trato con los españoles, responderían BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
EXPEDICIONES DE GUARDACOSTAS ESPAÑOLES con violentos ataques a su pueblo.
Por ello, en nombre de su cacique pedían que no se adentrasen más en el río, ya que podría perjudicar la relación de su poblado con los vecinos.
A pesar de la advertencia, Barcinet y diez marineros reconocieron las inmediaciones del río Caimán a bordo de piraguas.
No obstante, no encontraron más que algunos objetos pertenecientes a la tribu, por lo que volvieron a reencontrarse con los indios.
Esta vez los nativos aceptaron que los españoles estuviesen en su jurisdicción a cambio de que no destruyesen sus propiedades, lo que denota una actitud lejana a las amenazas descritas por las crónicas.
Diferente era la mostrada por los españoles, quienes incumplían las advertencias de los nativos con el fin de exterminar cualquier poblado inglés.
Controlado el primer asentamiento del río Caimán, la expedición continuó su marcha hasta que el marino de la Pastora, Fernando Enrique, advirtió que algunos indios se escondían en los montes cercanos ante la presencia de las embarcaciones españolas.
De inmediato, el capitán Santiago Muñoz de Velasco ordenó reconocer la playa, tomar la boca del río para atacar a los avistados y apresarlos en caso de ser indios del oeste.
Examinada la playa, los españoles únicamente encontraron algunas embarcaciones abandonadas.
Ante tal confusión, Muñoz de Velasco se reunió con el cacique Pedro Toro para saber si conocía los planes de armamento de los asentamientos vecinos, a lo que respondió que no. El encuentro resultó pacífico, aunque el cacique insistió en que lucharían para evitar que poblasen la zona o construyesen fortificaciones con su apoyo, ya que ello supondría un enfrentamiento de su poblado con los violentos cunas de la costa oeste del Chocó.
De hecho, reconoció que estos los tenían amenazados por los continuos contactos que habían tenido con los españoles.
Finalmente, el encuentro concluyó con unos tiros al aire y con la reanudación de la marcha por parte de la expedición española.
Así, a diferencia de las formas amables mostradas por los ingleses, caso de Wafer, quienes intentaban colaborar con los nativos para ganarse su favor, los españoles eran distantes con los indios, pues las necesidades de control del territorio así lo exigían.
Continuando la ruta, al llegar a la desembocadura del río Atrato los militares encontraron un poblado de pescadores de carey.
Sospechando que se tratase del asentamiento inglés que buscaban, el teniente Martín Vázquez dio orden a Barcinet de examinar el asentamiento.
En este momento, avistaron una embarcación con bandera inglesa, la cual, tras advertir la presencia española, desplegó sus velas y huyó hacía el río Estola, situado más al norte.
De inmediato, tres piraguas españolas fueron a reconocer la MANUEL GÁMEZ CASADO bahía, pero fracasaron en el intento de apresar el buque.
En cualquier caso, las sospechas se habían confirmado al descubrir un navío inglés en la zona, el cual formaría parte de una flota que recorría los diferentes ríos en busca de poblados nativos en los que comerciar.
Ello obligó al capitán Muñoz de Velasco a disponer que al amanecer se quemasen las casas de los indios del Estola.
Con la salida del sol se produjo el ataque, pero ante el sonido de los fusiles los indios corrieron hacía allí en actitud agresiva, resultando heridos hasta cuatro marinos españoles.
Tras ello, algunos indios huyeron en piraguas hacia el cabo Tiburón, siendo apresados dos por los españoles.
Interrogados por Barcinet, el primero dijo llamarse Pedro, vivir cerca del río Estola y no saber nada sobre los contactos con otros pueblos.
En la declaración añadió que se proveían de camisas, peines, pólvora, escopetas o machetes a cambio de cacao, carey y tortugas.
Ello hacía sospechar de un posible contacto con los británicos llegados desde Jamaica, quienes surtirían de los víveres y armamentos necesarios para luchar contra el dominio español.
Asimismo, el nativo confesó que no hacía mucho había llegado a la zona una embarcación inglesa cuya tripulación se interesaba por entablar relaciones con los poblados, ofreciéndoles diversos presentes.
En cuanto al otro indio detenido, cuyo nombre no reveló, afirmó que un inglés casado con una india de la tribu de los mosquitos intercambiaba por cacao cualquier producto proveniente de Jamaica.
43 Por último, se le obligó a que acompañase a la expedición hispana en busca de los posibles asentamientos del río Gandí, donde parecía encontrarse el principal foco de los contactos entre los indios y los ingleses.
Para destruir el asentamiento era necesario no internarse demasiado en los canales afluentes, pues podrían encontrar demasiada resistencia.
Al poco de comenzar la ruta por el Gandí, se inició el intercambio de disparos entre españoles y cunas, finalizando la batalla con varios heridos.
Los indios eran muy numerosos y hábiles, lo que posibilitaba que entre ellos hubiera ingleses que los reforzarían.
Sin embargo, la densa maleza no permitía identificar a cada uno de los enemigos.
Además, el fuego y las flechas habían disminuido a medida que se desarrollaba la batalla, tanto que al final solo se oían tiros desperdigados, prueba de la falta de coordinación entre los combatientes al pertenecer estos a un ejército heterogéneo formado por británicos e indios.
El saldo final fue de nueve muertos españoles durante 43 Francisco Bances, declaraciones tomadas a dos indios prisioneros por medio del intérprete Pedro Barcinet, a bordo de la balandra San José, La Pacífica, al ancla frente de las bocas de los ríos Estola y Gandí, 22 de junio de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
la contienda, otros tres fallecidos a causa de las graves heridas, y hasta cincuenta heridos, mientras que fueron cuarenta los nativos muertos.
Al día siguiente se avistaron en la zona hasta siete piraguas con banderas inglesas dispuestas a atacar, siendo obligadas a arribar ante el ataque de una de las balandras españolas.
Tras ello, tanto indios como ingleses huyeron hacia el monte, donde lograron camuflarse y finalmente escapar.
Significativo resulta que el teniente Martín Vázquez recogiese en su diario que quienes llevaron a cabo tal ataque, tanto desde las piraguas como desde el monte, eran unos doscientos hombres y en su mayoría ingleses.
De este modo se confirmaba su establecimiento en las inmediaciones del río Gandí, en donde se localizaría el almacén de ropa y, por consiguiente, el asentamiento británico.
La ubicación del río beneficiaba a la estrategia británica, pues era efectivo tanto para huir hacia Jamaica como para atacar a los barcos españoles que se internasen en el golfo.
Ante tal circunstancia, y ante la superioridad de los cunas, era imposible que los españoles vencieran con un número tan reducido de efectivos.
Por ello, tras registrar la posición de los pueblos indios y tras descubrir el posicionamiento estratégico inglés, la expedición inició su regreso a Cartagena de Indias, donde informarían de todo lo ocurrido.
Tras conocer lo acaecido, el gobernador Fernando Morillo informó por carta al virrey que era «urgentísimo» contener a los indios e impedir que los ingleses se adueñen del territorio, como ya lo estaban haciendo.
44 Instruido de forma oficial por el capitán, Morillo volvería a escribir al virrey para trazar un plan de ataque de mayor envergadura contra los asentamientos localizados, lo que permitiría un golpe de efecto contra la presencia inglesa en aguas caribeñas.
Se buscaba cambiar el pensamiento pacifista de los gobernantes locales ante la hostilidad mostrada en el territorio darienita hacia los soldados españoles.
Asimismo, cualquier relación diplomática se pensaba inútil, abogándose por incrementar la dureza en las futuras expediciones a la región.
Sin embargo, a diferencia de lo propuesto por Arévalo en el río Caimán, no se proyectaron fortificaciones ni asentamientos españoles que pudiesen controlar la desembocadura del río Gandí, tan solo se hicieron prospecciones para registrar lo allí existente con el fin de trazar una estrategia definitiva.
Por otra parte, tanto el capitán Muñoz de Velasco como el teniente Martín Vázquez, entregaron sus respectivos diarios al comandante Francisco Bances, quien los remitió a la Corte junto a una carta en la que expresa 44 Carta de Fernando Morillo a Pedro Messía de la Cerda, Cartagena de Indias, 2 de julio de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
no tener dudas de la presencia inglesa en la costa del Darién, reclamando un segundo viaje hasta el puerto de Calidonia, al norte del golfo.
45 En dicho territorio se sospechaba que los ingleses podían haber construido una fortificación, al haber sido un objetivo común de británicos y franceses, demostrando con ello la importancia comercial del mismo.
Allí fueron detenidos en la década de 1740 algunos mercaderes galos que practicaban el contrabando, trayendo productos desde Jamaica, poniendo de manifiesto una colaboración entre ingleses, franceses e indios contra España.
46 Incluso los propios escoceses habían edificado una serie de baterías a finales del siglo XVII en dicho puerto, destruidas en 1699 durante el gobierno de Juan Díaz de Pimienta.
47 Ello justificaba la necesidad de dominio político, económico y social que la Corona española ansiaba en el golfo del Darién.
Desde que el antiguo gobernador darienita, Miguel Remón, afirmase en 1754 que la solución al conflicto era asegurar la costa del norte para impedir el comercio con extranjeros, la idea de defender y fortificar el puerto de Calidonia fue una constante para la Corona española.
48 Por ello, ahora se pretendía confirmar si en ese punto existían asentamientos británicos como los encontrados en el río Gandí, para así anteponerse al posible ataque británico y preparar una defensa eficaz en favor de los intereses comerciales españoles.
De hecho, era bien conocido que el cacique Pancho de los indios de la Calidonia, se limitaba a cumplir órdenes inglesas, sospechándose que permitiría la construcción de fuertes británicos allí, aunque estos no fuesen de gran envergadura.
49 Ante este condicionante, la respuesta por parte del rey se produjo el 28 de octubre, aceptando que se enviase una balandra al puerto de Calidonia para completar la búsqueda de asentamientos en el golfo.
50 Como se muestra en el plano (figura 4), la distancia a recorrer era mayor que en la primera de las expediciones, por lo que se trazó una ruta directa que uniese las dos plazas.
51 Así, la expedición de los guardacostas 45 Carta de Francisco Bances a Julián de Arriaga, Cartagena de Indias, 7 de julio de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
49 El ingeniero militar Antonio de Arévalo, tras contactar con el capitán Pancho, dice de él ser un fugitivo, apóstata y rebelde, amigo íntimo y apasionado de los ingleses.
50 A don Francisco Bances, sobre la expedición del golfo del Darién de que ha dado cuenta, San Lorenzo, 28 de octubre de 1767, AGI, Santa Fe, 943.
51 Francisco Morillo a Julián de Arriaga, Cartagena de Indias, 21 de marzo de 1768 (El gobernador interino de Cartagena de Indias acusa el recibo de la real orden que se le comunica sobre prevenirse al virrey de Santa Fe lo que debe hacer para desalojar a los ingleses del puerto de Calidonia), AGI, Santa Fe, 943.
se inició el 10 de julio de 1768, llegando a Calidonia quince días después.
Finalizado el reconocimiento el día 26 del mismo mes, el teniente Martín Vázquez admitió que no había encontrado ni fortificaciones, ni preparativos para la construcción de algún edificio defensivo.
Tras ello concluyeron las expediciones de los guardacostas ahora estudiadas, denotándose cómo no solo se adentraron en los peligrosos ríos darienitas sino también registraron nuevos poblados y describieron la evidente presencia inglesa en el territorio de mayor complejidad social, política y económica de cuantos conforman el continente americano.
Acabadas las expediciones comentadas, se había logrado completar la búsqueda de asentamientos indios e ingleses en el golfo, contabilizando la población de cada uno de los pueblos y comprobando sus hostilidades ante la presencia española.
La información recogida permitió que en futuras expediciones, como la realizada por el ingeniero Antonio de Arévalo en 1785, se pudiesen fundar nuevas ciudades que impusieran la autoridad de los españoles, lo que supuso un cambio de estrategia contra las políticas pacifistas promulgadas por Carlos III.
Incluso en 1787 se firmó un acuerdo de paz entre ingleses, indios y españoles, representados por Arévalo, en el que se especificó que los nativos no podían tomar decisiones por cuenta propia, teniendo que obtener la autorización para comerciar de los gobernantes de Portobelo, Panamá o Cartagena de Indias.
52 Sin embargo, la muerte de Arévalo supuso una desatención de la zona, incrementándose el debilitamiento de la autoridad española.
Ello provocó que en 1805 el gobernador de la región, Juan Antonio de la Mata, se viese superado por una oleada de destrucción que provocaría los primeros procesos independentistas en el que fue uno de los territorios más conflictivos de cuantos pertenecieron a España en el Nuevo Mundo.
El desarrollo de las expediciones de guardacostas españoles expuesto en las líneas precedentes denota un intento de control por parte de la Corona de un espacio pretendidamente dominado, pero cuya realidad era dispar.
La necesidad de establecer una soberanía sobre las poblaciones locales del Darién hizo que nunca se aprobase el proceso de españolización del golfo, MANUEL GÁMEZ CASADO favoreciendo a otras potencias europeas que, mediante la utilización de otros mecanismos, se habían ganado el respeto y la confianza de los indios.
Este fue el caso del imperio inglés, que había desarrollado una importante flota naval que constituía el grueso de su ejército, fomentando una tradición marítima que permitiría dominar las aguas del Caribe, a pesar de no controlar los principales puertos de este mar.
Ciertamente, tras los acuerdos alcanzados a fines del siglo XVII y durante la guerra de los Siete Años, Inno pudo establecer asientos portuarios consolidados, en cambio, el dominio de Jamaica le permitía alcanzar el litoral de Tierra Firme en pocas jornadas.
Junto a ello, la tradición marítima inglesa fomentó un comercio de guerrillas, mediante el cual pudiesen intercambiar productos sin necesidad de asentarse en el territorio, lo que supondría una sobreexposición ante posibles ataques españoles.
Asimismo, como declaró el indio Pedro, la falta de armas y ropa era suplida mediante la permuta con los comerciantes ingleses de otros productos como el cacao.
De este modo se favorecía un contrabando que mermaba la economía hispana al chamarilear con objetos de importante valor que se escapaban de los comerciantes lícitos, denotando una falta de control en un territorio de supuesto mando español.
La disparidad existente entre las estrategias españolas y británicas en el Darién, así como el modo de someter a la población local, provocó resultados muy desiguales en las relaciones con los cunas.
En efecto, los acuerdos con los comerciantes ingleses eran continuos, generando una enemistad con los españoles a los que consideraban invasores.
La ocupación de sus tierras era la principal razón por la que los indios atacaban a los hispanos, pues no existía un deseo de reinar o extender su territorio, tan solo de defender sus poblados ante la imposición de una jerarquía extranjera.
Se ha comprobado que los indios hablaron español con los guardacostas e incluso les permitieron estar en el río Caimán a cambio de que no destruyesen sus propiedades.
Igualmente, el cacique Pedro Toro colaboró con los militares españoles en un intento de cooperación que se rompió tras contrastarse la presencia inglesa en el golfo.
Esta tolerancia no era óbice para negar el gobierno español, pues los cunas se consideraban soberanos del istmo y, por tanto, solo admitían la autoridad local del líder.
Incluso los indios reconocían que su actitud belicosa era producto de la venganza que los españoles merecían por las muertes de sus ascendentes.
53 El establecer unas normas sociales occidentalizantes entre una población acostumbrada a vivir BUSCANDO AL ENEMIGO INGLÉS.
EXPEDICIONES DE GUARDACOSTAS ESPAÑOLES en libertad, era una misión compleja.
No obstante, resultó exitosa en otros puntos del continente, pues así ocurrió con el sometimiento de imperios prehispánicos cuya articulación política era más avanzada.
Precisamente la carencia de leyes a las que obedecer desembocó en un desorden social, ya que, a pesar de la existencia de un líder, los cunas carecían de una estructura coherente.
Esta desorganización se reflejaba en una falta de justicia, pues los indios no castigaban a sus malhechores ni recibían correcciones ante cualquier delito.
Ello quiso ser modificado por los españoles, quienes intentaron someterlos bajo las normas impuestas por los gobiernos virreinales.
Este desconocimiento por las autoridades españolas de las costumbres y tradiciones locales se enlaza con la falta de interés mostrada por los descubridores de un área calificada como marginal.
Las sucesivas epidemias y la violencia de sus pobladores repercutieron en un abandono de ciertos puntos del istmo.
De la misma forma, la complejidad geográfica de la región era una dificultad añadida para la conquista pues, como se ha comprobado con los mapas que acompañan al texto, eran numerosos los ríos, fondeaderos y accidentes geográficos que jalonaban el litoral.
Por tanto, centrados los esfuerzos en explotar las minas de Cana y en defender el paso interoceánico ante los ataques piráticos, los españoles no se esforzaron en adaptar su plan de colonización a un territorio que lo requería.
Además, preocupados por controlar los puertos principales, caso de Portobelo, Cartagena de Indias, Veracruz o La Habana, eran escasos los recursos militares destinados al Darién, resultando incomprensible esta desidia ante la privilegiada localización del golfo.
Asimismo, como ha señalado Castillero, al no constituirse una Hacienda y ante la falta de mano de obra indígena, nunca se implantaron los sistemas de mita y repartimiento, por lo que el beneficio económico obtenido por España era escaso, generando una desatención por parte de los gobernadores locales.
54 En contra, sus aliados ingleses aceptaron sus libertades, toleraron sus costumbres y empatizaron con sus problemas, lo que repercutió en una relación positiva que satisfacía las apetencias comerciales británicas.
De hecho, como pudo comprobar el marino Pedro Barcinet, se consumaron matrimonios entre indias y nautas británicos, probándose la absoluta integración de ambas culturas.
Estas alianzas se fortalecieron al identificar a un enemigo común, pues como ocurrió durante el episodio narrado en el río Gandí, nativos e ingleses lucharon juntos contra el dominio de la Corona MANUEL GÁMEZ CASADO española.
A estos últimos solo les quedaba imponer unas pautas estrictas a través de la creación de unidades militares como los guardacostas, pues combatir contra la flota inglesa resultaba inasequible.
Asimismo, descartados los proyectos de fortificaciones en los principales ríos darienitas, la desventaja estratégica española en Tierra Firme era evidente.
Ello hizo que desde los viajes de Cristóbal Colon hasta el siglo XIX existiese un interés por dominar el istmo a través de cualquier medio.
Sin embargo, fracasados los intentos de control en el Darién durante los tres siglos de ocupación, la soberanía cuna permaneció inalterada.
Todo ello permite dudar de la autoridad española en América, pues eran demasiados los pueblos que se resistían a abandonar sus creencias, su gobierno y su libertad. |
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La composición social del Ejército del Centro, primer baluarte de la causa realista (1810-1812)/
El presente texto tiene como objetivo fundamental señalar algunos de los motivos por los que una parte de la población novohispana, guiada por algunas élites locales, tomó partido por la denominada «causa realista» durante la contienda civil que fue la guerra de independencia.
1 Para ello se ha realizado un análisis detallado de las principales características de la primera fuerza que se enfrentó y derrotó a los insurgentes, el Ejército del Centro, y de los hombres que lo conformaron.
Dejando en segundo plano las cuestiones castrenses y centrando el enfoque en los aspectos sociales, en consonancia con la historiografía reciente de temática militar, se analiza la formación del Ejército del Centro tras el estallido insurgente, así como su organización interna y los cuadros de mando y tropas que lo conformaban.
Estos puntos aportarán un mayor conocimiento del sistema defensivo novohispano a finales del periodo colonial y de las características de la respuesta militar de las autoridades frente a la insurgencia.
2 Como es bien sabido, el 16 de septiembre de 1810 estalló en el pueblo de Dolores una rebelión liderada por el cura Hidalgo e Ignacio Allende.
El brigadier Félix María Calleja del Rey, comandante militar de San Luis Potosí, salió a perseguir a los rebeldes al frente de un contingente de casi tres mil hombres, que él mismo había formado con los regimientos milicianos de la región y alistando voluntarios.
A finales de octubre a esta fuerza se le unió otra de tamaño similar procedente de México y Puebla al mando de Manuel de Flon, conde de la Cadena e intendente de Puebla, 1 Si bien, en los comienzos de la lucha armada, los líderes insurgentes proclamaron su adhesión a Fernando VII y la defensa de sus derechos, el término de «realista» se ha utilizado tradicionalmente para referirse a la contrainsurgencia.
Por ello, al hablar de «causa realista» nos referimos a los hombres que luchaban por el mantenimiento del orden virreinal frente a los insurgentes liderados por Hidalgo y Allende.
2 La historiografía americanista se ha enriquecido notablemente durante las últimas décadas con numerosos y valiosos estudios sobre la institución militar colonial y sobre la contrainsurgencia en el periodo de las independencias.
Estos trabajos han superado la visión tradicional y se centran en aspectos sociales, políticos y económicos.
Se plantean el análisis de la estructura defensiva del imperio como una aproximación a la América de ese momento, basándose en la idea de que la estructura defensiva reflejaba la sociedad en que se desarrollaba, no una relación de sometimiento.
También analizan la inclusión de buena parte de la población americana dentro de la estructura militar durante los convulsos años finales del periodo colonial, y las importantes consecuencias económicas, sociales y políticas que acarreó, tanto durante las guerras de independencia como en la conformación de las primeras repúblicas.
También, a nivel general, son reseñables otras aportaciones: Costeloe, 1989.
Asimismo, para el caso del ejército bolivariano en la Gran Colombia: Thibaud, 2003.
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO formándose así el denominado Ejército del Centro, del que Calleja se convirtió en general.
Esta tropa, formada por unos seis mil hombres, fue la primera fuerza que derrotó a los insurgentes, y jugó un papel fundamental para el sostenimiento de la autoridad virreinal durante el año y medio que estuvo en campaña por buena parte del territorio novohispano, lo que le otorga al tema un valor estratégico.3
Félix Calleja y la reacción realista potosina
En la primavera de 1808, las abdicaciones de Bayona marcaron el inicio de un periodo convulso en la Monarquía, que supuso la ruptura con el Antiguo Régimen y su desintegración en múltiples estados independientes.
4 A medida que la noticia se difundía por la Península comenzaron los levantamientos contra los franceses y se formaron juntas de gobierno fieles a Fernando VII.
En América se produjo la misma reacción de lealtad al rey «cautivo» pero, en general, los intentos de formar juntas no fueron exitosos.
5 En Nueva España, tras la caída del proyecto juntista en septiembre de 1808 por la intervención del grupo peninsular de la capital, que derrocó al virrey Iturrigaray, 6 el descontento de varios sectores de la sociedad fue creciendo y estalló el 16 de septiembre de 1810 en Dolores.
Liderados por JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ el cura Miguel Hidalgo y el capitán miliciano Ignacio Allende, los rebeldes formaron una fuerza, marcharon sobre Guanajuato y enviaron agentes a Querétaro y San Luis Potosí para extender la revuelta.
7 Dos días después, el 18 de septiembre, fueron capturados en las proximidades de la capital potosina dos emisarios que trataban de reunir hombres de las haciendas de la zona para entrar en la ciudad.
La noticia fue comunicada de inmediato al brigadier Calleja, comandante militar de la región.
8 Félix María Calleja del Rey (Medina del Campo, Valladolid, 1753) comenzó su carrera militar como cadete en el Regimiento de Infantería de Saboya en 1772, con 19 años.
Participó en las campañas de Argel, Menorca y Gibraltar, consiguiendo ascender a capitán, y fue director del Colegio Militar del Puerto de Santa María (Cádiz), hasta que en 1789 pasó a Nueva España tras ser agregado al Regimiento de Infantería de Puebla.
Sin embargo, apenas estuvo unos meses en su destino porque su traslado formaba parte de un proyecto impulsado por la Corona para conocer con mayor exactitud todas sus posesiones y modernizar la administración del imperio.
Por ello, cumpliendo las órdenes de los virreyes Revillagigedo (1789-1794), con quién viajó desde Cádiz, y Branciforte (1794-1798), revistó y reformó varios cuerpos milicianos del norte novohispano, además de realizar un completo informe sobre las Provincias Internas Orientales.
9 En 1796, ascendido a teniente coronel, fue destinado a San Luis Potosí para hacer operativas las milicias recientemente establecidas en la región.
En la capital potosina pactó la aplicación de las directrices virreinales con las élites locales, poniendo en marcha los regimientos milicianos, lo que le valió el ascenso a coronel y su designación como comandante de la 10a Brigada de milicias, con sede en San Luis.
10 Calleja se ganó el apoyo y respeto de los oficiales, consiguiendo que las milicias a su cargo se mantuvieran razonablemente adiestradas.
Su autoridad y eficiencia al frente de la brigada, unidas a las interinidades que se sucedieron al frente de la intendencia, favorecieron que se fuera configurando como el personaje de 7 Esta revuelta fue precedida por varias conspiraciones que fueron desbaratadas y su comienzo se precipitó porque fue descubierta.
La independencia de México ha sido uno de los temas más tratados por la historiografía.
Simplemente cabría destacar algunas aportaciones, en las que se puede encontrar la mayor parte de la bibliografía sobre el tema: Ávila y Guedea, 2007.
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO mayor influencia en la región, y en 1807 consolidó su liderazgo casándose con María Francisca de la Gándara, una criolla perteneciente a una de las familias más ricas e influyentes de la provincia.
11 Al enterarse de lo acontecido en Dolores por la confesión de los rebeldes capturados, dispuso una serie de medidas para proteger la región: controles en caminos, barricadas en accesos a la ciudad, recompensas a delatores...
Pero además organizó una fuerza para lanzarse en persecución de los insurgentes, para lo cual mandó reunir en San Luis los cuerpos milicianos de la provincia y comenzó a alistar voluntarios.
En el verano de 1808, el comandante ya había dado muestras de su manera de actuar, firme y en defensa de la legalidad vigente, en momentos de crisis.
Cuando llegó a San Luis la noticia de las abdicaciones de Bayona y la sublevación consecuente organizó un homenaje al rey depuesto.
Luego, el virrey Iturrigaray (1804-1808), temeroso ante un posible ataque extranjero, le destinó a Veracruz para encargarse de su defensa.
El 14 de septiembre llegó a México para recoger sus órdenes, pero fue despachado nuevamente a San Luis.12 Posteriormente, durante lo que Calleja denominó «arresto del virrey Iturrigaray por una conmoción popular», se encargó del mantenimiento del orden en la ciudad y de la seguridad personal del nuevo virrey, Garibay.
El encargo de estas importantes comisiones demuestra su buena reputación y la confianza que las autoridades virreinales tenían en él.
Su buen hacer le valió el ascenso a brigadier y lo consolidó como uno de los hombres fuertes del virreinato.
13 El germen de un ejército: la fuerza realista potosina A comienzos de octubre Calleja se trasladó con las milicias potosinas a la hacienda de la Pila (20 kilómetros al sur de San Luis), donde organizó JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ una fuerza expedicionaria con el apoyo mayoritario de la sociedad local.14 Demostró ser un auténtico líder regional al conjugar los esfuerzos de las autoridades, que siguieron sus órdenes al pie de la letra (en especial el intendente Acevedo), de los mineros, que le enviaron plata y pólvora, de los grandes hacendados, que le suministraron tropas, caballos y mulas, de los artesanos, que fabricaron armas y pertrechos, de los arrieros, que transportaron los suministros, y de gran parte de los vecinos ilustres, que formaron la oficialidad, así como de los peones y rancheros, que integraron la tropa.
15 La defensa de la provincia de San Luis siempre estuvo a cargo de milicias, unas unidades armadas pero no militares, que se convirtieron en el sector más numeroso del sistema defensivo americano tras la derrota española en la guerra de los Siete Años (1756-1763), cuando los Borbones vieron la necesidad de que los habitantes de América contribuyeran a defender el territorio.
Desde entonces se establecieron por todo el imperio cuerpos milicianos para la defensa y el mantenimiento del orden a nivel regional, formados por vecinos que recibían entrenamiento militar.
16 En Nueva España la reforma se inició en 1764, cuando fue enviado el teniente general Juan de Villalba como inspector de tropas, aunque la resistencia de algunas autoridades provocó que el proceso no se consolidara hasta que en 1794 el virrey Branciforte, ante la inminencia de una guerra con Francia, pusiera en práctica el plan de reorganización del sistema defensivo diseñado por el coronel Antonio Crespo.
17 En 1810 había tres cuerpos milicianos en la región potosina: los Regimientos Provinciales de Dragones de San Luis y San Carlos, formados por 12 compañías fijadas en diversas poblaciones y haciendas del altiplano LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO y con una fuerza total de 820 hombres;18 y el Cuerpo de Caballería de la Frontera del Nuevo Santander, cuyas seis compañías se asentaban en las subdelegaciones de Valles y Rioverde y contaba con 360 plazas.
Además, con los voluntarios que iban llegando Calleja formó dos nuevos regimientos, uno de caballería, el Cuerpo de Lanceros Montados de San Luis, denominados «Fieles del Potosí», con 1.230 hombres; y otro de JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ infantería, el Cuerpo de Patriotas de San Luis, conocidos como «los Tamarindos» por el color de su uniforme, con 400 plazas.
20 En total, la fuerza potosina quedó formada por cinco cuerpos milicianos, uno de infantería, dos de dragones y dos de caballería, y contaba con 2.827 hombres (2.427 montados y 400 a pie), de los cuales 157 eran oficiales y solamente había 40 militares profesionales.
21 Calleja, que consiguió hacer frente a importantes dificultades para establecer este contingente (alistamientos, adiestramiento, suministros, financiamiento...) en apenas un mes, no tenía grandes expectativas puestas en él por sus carencias en armamento (escasez de armas de fuego y sin artillería) y por la falta de entrenamiento de la mayoría de los hombres.
Pero sobre todo lamentaba su corto número de efectivos, algo que achacaba a la frialdad de la población hacia la causa realista.
Por ello, para fidelizar a sus tropas las convirtió en las mejor pagadas del virreinato.
22 Sin embargo, las limitaciones que tanto contrariaban al comandante eran inherentes a una fuerza miliciana e improvisada.23
La reunión de Calleja y Flon: la formación del Ejército del Centro
Mientras Calleja organizaba este contingente, el recién llegado virrey Francisco Venegas (tomó posesión el 13 de septiembre) envió a Querétaro desde México una fuerza compuesta por tropas profesionales y milicianas para frenar el avance de los sublevados hacia la capital.
El 29 de septiembre, 13 días después del Grito de Dolores, designó como su comandante a Manuel de Flon, que le había acompañado a México para facilitarle su instalación.
24 Manuel de Flon (Pamplona, 1745) comenzó su carrera militar en el Regimiento de Infantería de Navarra a los 16 años, y en 1780 pasó a LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO América con el grado de teniente coronel para la campaña de Florida en el contexto de la guerra de independencia de los Estados Unidos.
En 1782 se casó con María Ana Saint-Maxent, natural de Nueva Orleans, entrando a formar parte de un clan familiar de altos funcionarios emparentados con el ministro de Indias José de Gálvez.
25 Esta circunstancia favoreció que en 1784 se le nombrara gobernador de Nuevo México, aunque antes de que tomara posesión le fue encargado el gobierno de la Nueva Vizcaya.
Finalmente, en 1787 se le designó intendente de Puebla.
26 Según las órdenes de Venegas, Flon debía acantonarse en Querétaro hasta que llegara Calleja, dejarle al mando de las tropas y regresar a Puebla.
Sin embargo, el 21 de octubre abandonó la ciudad para ir al encuentro del comandante potosino que, siguiendo su propio plan, salió de San Luis el 24.
27 Cuatro días después se encontraron en Dolores, formándose el denominado Ejército del Centro, del que Calleja se convirtió en general.
28 En lugar de regresar a su destino, Flon se unió a la fuerza como segundo al mando.
29 Si bien procedían de regiones distintas y eran de diferentes estratos sociales (Flon era navarro y pertenecía a la nobleza titulada, mientras que Calleja era un hidalgo rural de Castilla), el general no podía haber contado con un mejor lugarteniente.
Probablemente se conocieron cuando el entonces capitán Calleja llegó a Puebla en 1789 pero, aunque su paso por esta ciudad fue breve, ambos compartían trayectorias similares: eran oficiales peninsulares que tras más de 20 años de servicio llegaron a Nueva JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ España, recorrieron buena parte del norte del virreinato, cumplieron con las comisiones que les fueron encargadas ganándose ascensos, y terminaron siendo importantes autoridades regionales con prestigio en todo el territorio novohispano.
Además, a ambos les unía el mismo sentimiento de lealtad inquebrantable a la Corona y tenían un fuerte carácter, que pusieron de manifiesto en sus relaciones con otras autoridades.30
Los cuerpos del Ejército del Centro, el bastión realista
Autores coetáneos a la guerra afirmaron que el Ejército del Centro quedó formado por siete mil hombres, sin embargo su fuerza no superaba los seis mil.
31 A lo largo del año y medio que estuvo en campaña, el número de plazas varió continuamente (bajas, reclutamientos, incorporación de otros cuerpos...), pero durante los primeros meses, cuando se produjeron las batallas de Aculco, Guanajuato y Puente Calderón contra los insurgentes, el pie de fuerza del Ejército del Centro no superó los seis mil efectivos.
33 Sin embargo, su composición difería notablemente en dos aspectos.
En primer lugar, mientras que la fuerza potosina estaba formada prácticamente en su totalidad por milicianos, casi la mitad de los componentes de la otra fuerza eran militares profesionales (unos 1.550, el 48,5 %).
Estas plazas correspondían al 1.o y 2.o batallón del Regimiento de Infantería de la Corona ( 950 La segunda importante diferencia entre ambos contingentes era que el potosino estaba formado fundamentalmente por una tropa montada (en torno a 2.400 hombres, un 86 %), pero el comandado por Flon era en su mayor parte de infantería (unos 2.150 hombres, el 67 %).
35 Debido a esta circunstancia la suma de ambas fuerzas guardaba un cierto equilibrio entre las dos armas, caballería y dragones por un lado e infantería por otro.
En definitiva, el Ejército del Centro reunido en Dolores a finales de octubre de 1810, que luchó y derrotó a los insurgentes en Aculco, Guanajuato y Puente Calderón, estaba formado por tropas de once cuerpos, ocho milicianos y tres veteranos, procedentes de cuatro regiones (San Luis, Querétaro, México y Puebla).
La mayoría de las plazas eran montadas (unos 3.450 hombres), aunque había un componente importante de infantería y, si bien contaba con unos 1.550 militares, era una fuerza mayoritariamente miliciana (74 %), es decir, formada por hombres con cierta instrucción militar pero que no eran profesionales. gráFico 2 COMPOSICIÓN DEL EJÉRCITO DEL CENTRO Calleja se mostraba pesimista con respecto a su ejército, porque carecía de artillería fiable y las armas de fuego eran escasas, porque sus tropas no tenían experiencia en campaña y una gran parte apenas estaban instruidas, pero sobre todo porque, en el mejor de los casos, los insurgentes triplicaban su pie de fuerza.
36 Pero habría que considerar que estas quejas provenían del jefe de un ejército antes de emprender una campaña, al que 36 Según los informes que le habían pasado (algunos más fiables que otros), los rebeldes contaban con unos 15.000 hombres y este número aumentaba en cada población por la que pasaban.
Archer, 1997, 128 en cualquier caso le resultarían insuficientes las tropas, armas y recursos de los que pudiera disponer.
El Ejército del Centro, teniendo en cuenta que se formó en apenas un mes, con tropas de distinto origen y diversa índole, y que el sistema defensivo novohispano estaba diseñado como preventivo ante un posible ataque externo, era la mejor fuerza que podía formarse en el virreinato.
Además, las carencias que contrariaban al general no eran tan determinantes como suponía porque el enemigo, si bien más numeroso, sufría mayores limitaciones.
Los hombres que luchaban por el rey
Una vez expuesta la formación del Ejército del Centro y analizadas las principales características de los cuerpos que lo componían, se realizará una aproximación a los hombres que formaban parte del mismo.
La principal dificultad para el estudio de la composición social de esta fuerza es la escasez de fuentes.
Aun así, a pesar de las carencias documentales, podemos arrojar algunos datos fiables u orientativos cuando menos.
El número de oficiales del Ejército del Centro era de 378.
Tan solo había 95 militares de carrera y el resto eran milicianos, 70 de ellos sin ninguna experiencia previa en el servicio anterior a septiembre de 1810.
JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ 65 % del total.
37 La mayoría eran vecinos de la provincia potosina, de la de Puebla y de la ciudad de México, las tres regiones de donde procedía el grueso de las fuerzas, aunque también estaban representadas otras provincias del virreinato.
Entre los oficiales peninsulares predominaban los originarios de las zonas con mayor presencia en el virreinato: vasco-navarros, montañeses, andaluces y castellanos, que eran el 90 % del total de europeos.
ORIGEN DE LA OFICIALIDAD DEL EJÉRCITO DEL CENTRO 39 Las nuevas incorporaciones formaban parte del contingente potosino, que según los datos consultados (unos dos tercios del total), estaba compuesto por 163 oficiales, el 43 % de la totalidad.
40 Antes del inicio de la guerra, la oficialidad potosina estaba formada predominantemente por hombres maduros, con varios años de servicio y de origen peninsular (70 %).
41 Sin embargo el estallido insurgente transformó la composición social de este 37 Los datos que se presentan a continuación se han obtenido sobre los 196 oficiales de los que se ha localizado información (52 %).
Las fuentes son de diversas fechas en torno a 1810, por lo que no es posible aportar cifras exactas, aunque la información permite extraer algunas conclusiones fiables.
39 Datos extrapolados de los resultados obtenidos sobre 196 oficiales, el 52 % del total.
41 Aproximadamente la mitad de los oficiales eran vasco-navarros y montañeses, el 60 % tenían más de 40 años, tan solo el 30 % estaban solteros y el 70 % llevaban sirviendo más de diez años.
Benavides, 2014, 334- grupo, tanto por el establecimiento de los nuevos cuerpos como porque un buen número de oficiales renunciaron al no estar en condiciones de realizar el servicio en campaña.
42 Los empleos vacantes se cubrieron con ascensos internos, lo que facilitó el acceso a la oficialidad de algunos suboficiales, y con la incorporación de varios medianos propietarios, mineros y comerciantes, que acudieron a la llamada de Calleja con un grupo de dependientes.
Casi todos eran criollos por lo que, en suma, la oficialidad del contingente potosino era mayoritariamente de origen americano (61 %).
Asimismo, la recluta de octubre de 1810 supuso un rejuvenecimiento de la oficialidad (23 % era menor de 25 años) y un incremento de la cifra de solteros (del 30 al 52 %), ya que la mayoría de los hombres que ocuparon estos empleos eran jóvenes y sin ataduras familiares.
EVOLUCIÓN DEL ORIGEN DE LOS OFICIALES DE LOS CUERPOS MILICIANOS POTOSINOS
En cuanto a los oficiales profesionales, solo se ha localizado información sobre el Regimiento de Infantería de la Corona y el de Dragones de España, por lo que los datos se refieren a la mitad del total de la oficialidad profesional (47 %).
Cabría señalar el claro predominio de los novohispanos (68 %), la mitad de ellos procedentes de la ciudad de México.
La gran 42 Renunciaron en torno a un 35 % de los oficiales de los regimientos provinciales, lo que unido a la creación de las nuevas plazas, provocó la necesidad de designar a unos 90 oficiales.
Entre los peninsulares, como venía sucediendo, destacaba la presencia de vasco-navarros (20 %) y de montañeses (10 %), y entre los criollos también habría que mencionar a los procedentes de Zacatecas (la mayoría de Sierra de Pinos) y de Guanajuato.
JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ mayoría eran solteros (81 %), de mediana edad, entre 25 y 40 años (64 %), y con al menos una década de experiencia en el servicio (72 %).
44 Del resto de oficiales del contingente enviado por el virrey, los milicianos, solo es posible aportar datos del Regimiento Provincial de Dragones de Puebla.
Se trataba de una oficialidad predominantemente novohispana (70 %) y que, al igual que las milicias potosinas antes del estallido insurgente, poseía una larga trayectoria en la milicia (el 75 % llevaban más de diez años de servicio) y una media de edad elevada (solo el 12 % tenían menos de 30 años), aunque es posible que, como en San Luis, en 1810 se produjera un rejuvenecimiento de la oficialidad.
45 Sin embargo, aunque el predominio de los oficiales criollos parece evidente, los peninsulares siguieron siendo mayoría entre los rangos más elevados.
46 El general del ejército, su ayudante personal, el teniente coronel Bernardo Villamil, 47 y su lugarteniente, el coronel Manuel de Flon, habían nacido en España, al igual que ocho de los once comandantes de los cuerpos que formaban el Ejército del Centro: 1) Regimiento de San Luis: sargento mayor José Tovar (Andalucía); 2) Regimiento de San Carlos: coronel Ramón Cevallos (montañés); 3) Caballería del Nuevo Santander: Manuel Díaz de Solórzano (montañés); 4) Fieles del Potosí: teniente coronel Pedro Meneso (montañés); 5) Dragones de México: coronel Miguel José de Emparán (Guipúzcoa); 6) Columna de Granaderos: capitán Saturnino Sama-LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO niego (Navarra); 7) Dragones de Querétaro: teniente coronel Manuel Pastor (Navarra); y 8) Dragones de Puebla: coronel Diego García Conde y sargento mayor teniente coronel Miguel del Campo (Cataluña).
Todos tenían en común, además de su origen peninsular, una larga trayectoria en el ejército y que en 1810 llevaban más de 20 años sirviendo en Nueva España.
48 Tan solo estaban bajo las órdenes de criollos: 1) el batallón de Infantería de San Luis, que comandaba Juan Nepomuceno Oviedo (San Miguel, Guanajuato); 2) el escuadrón del Regimiento de Dragones de España, al mando del capitán Francisco de Arroyabe (Guatemala); y 3) el Regimiento de Infantería de la Corona, cuyo coronel, Nicolás de Iberri, era de Pensacola, y el sargento mayor, José María de Villalba, de Veracruz.
49 Además, a pesar de ser una fuerza eminentemente miliciana, los mandos que dirigían los cuerpos que formaban el Ejército del Centro eran sobre todo militares profesionales.
Esta circunstancia se explicaría porque los oficiales veteranos tenían un mayor grado de disciplina e instrucción y experiencia en el servicio en campaña.
La carencia de fuentes documentales anteriormente señalada es todavía mayor a la hora de analizar el sector más bajo y numeroso del escalafón, la tropa.
Aun así, es posible dar a conocer algunos datos fundamentados.
El número total de soldados del Ejército del Centro rondaba los 4.870 hombres, el 46 % perteneciente al contingente potosino y el 54 % restante al comandado por Flon.
Cabría señalar que no se contabiliza a los suboficiales, unos 750 cabos y sargentos, porque los datos para este sector, diferente a la tropa dentro del escalafón (aunque no tanto sociológicamente), provienen de otras hojas de servicio que apenas se conservan. gráFico 7 TROPA DEL EJÉRCITO DEL CENTRO Sobre los soldados de la fuerza formada por Calleja en la Pila, solo contamos con algunas referencias tangenciales e indirectas, gracias a las cuales es posible presentar un perfil del miliciano de a pie potosino que formó parte del Ejército del Centro durante los primeros meses de la guerra.
Su número rondaba los 2.250 hombres, la mayoría, unos 1.300, voluntarios alistados durante el mes de octubre.
Aunque no se puedan ofrecer datos concretos, la mayor parte eran peones de las haciendas del altiplano potosino (San Luis, Santa María del Río, Guadalcázar, Venado y Charcas).
50 El resto, que provenía de diferentes 50 Además de las siete compañías de los regimientos de San Luis y San Carlos formadas en haciendas (unos 200 hombres), y de los hombres procedentes de la hacienda de Bocas, que eran la mayor parte de los Tamarindos, Juan Moncada, marqués del Jaral y conde de San Mateo, formó una tropa con sus empleados, y otros hacendados enviaron a sus peones al campo de la Pila: 30 desde la hacienda de Espíritu Santo, 80 del Pozo del Carmen y 38 de Guanamé.
Milcianos SLP Nuevos milicianos SLP Militares Flon Milicianos Flon
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO poblaciones de la región, también estaba dedicado a tareas agro-ganaderas.
51 En cuanto a la presencia de milicianos del oriente de la provincia (Valles y Rioverde), además de los casi 300 hombres del Cuerpo de Frontera del Nuevo Santander, fueron enviadas por los subdelegados algunas partidas, aunque no muy numerosas.
52 El componente indígena, si bien presente, era escaso ya que, aunque varios pueblos indios mandaron hombres, la mayoría no fueron alistados porque los oficiales consideraban que no reunían las condiciones necesarias.
54 Son documentos de identidad en los que aparece el cuerpo y la compañía en la que quedaba destinado el recluta, la fecha y el lugar del alistamiento y el tiempo por el que se alistaba.
Además incluían una serie de datos personales: nombre, lugar de nacimiento y vecindario, edad, profesión (anterior al alistamiento), raza, estado civil y una somera descripción física.
También permiten saber si el recluta era analfabeto o no, dependiendo de si firmaba el documento o marcaba una cruz.
Altiplano Potosino Valles y Rioverde Pueblos indígenas
JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ primera campaña del Ejército del Centro, destinados en cinco de los once cuerpos que lo conformaban, tres profesionales (Infantería de la Corona, Dragones de México y Dragones de España) y dos milicianos (Columna de Granaderos y Dragones Provinciales de Puebla).
Sin embargo, las aportaciones sobre estos últimos regimientos son demasiado escasas para poder obtener conclusiones fiables (inferiores al 8 % del pie de fuerza), por lo que la presentación de los resultados se limita a la tropa veterana del contingente comandado por Flon, unos 1.330 hombres.
55 Casi la totalidad de los soldados procedían de las regiones de México, Puebla, Michoacán y Querétaro (84 %), estaban avecindados en núcleos urbanos (72 %) y eran solteros (92 %).
56 Antes de alistarse, el 58 %, se dedicaban a diversos oficios (zapateros, sastres, sombrereros, albañiles, tejedores, barberos, neveros, veleros, carpinteros, pintores, herreros...), aunque también había un porcentaje importante de labradores y arrieros.
En cuanto al color, la presencia de blancos era ligeramente superior a la de mestizos (55 y 45 %, respectivamente).
Su grado de alfabetización era elevado, el 52 %, algo que tendría su explicación en la importante presencia de soldados procedentes de núcleos urbanos y dedicados a oficios, para cuyo desempeño tuvieron que aprender las operaciones básicas, a leer y a escribir.
58 LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO Estos datos sobre la tropa profesional, alistada poco tiempo antes del comienzo de la guerra en 1810, apuntan a que el virreinato y en especial los núcleos urbanos del centro sufrían una situación de crisis económica, en buena parte debida a la Consolidación de los Vales Reales (1806-1808).
A consecuencia de esta situación, un importante número de jóvenes aprendices del comercio y diversos oficios, ante la imposibilidad de progresar y labrarse un futuro con sus empleos, veían en el ejército la posibilidad de ganarse la vida.
Cruzando estos datos con los del contingente potosino y considerando que la tropa miliciana del Regimiento de Dragones de Puebla y del de Querétaro procedía casi en su totalidad de esas regiones, se puede presentar la siguiente estimación del origen del total de la tropa del Ejército del Centro.
Una vez reunido y formado el Ejército del Centro en Dolores el 28 de octubre partió hacia Querétaro, donde llevó a cabo una actuación que serviría de modelo para el resto de poblaciones por las que pasaría durante la campaña: dura y corta represión contra los rebeldes y posterior publicación de un bando de indulto.
61 Después se enfrentó y derrotó a los insurgentes en Aculco y se encaminó hacia Guanajuato, ciudad que tomó el 25 de noviembre.
62 A comienzos de diciembre inició su marcha sobre Guadalajara, donde se encontraban Hidalgo y Allende, y el 17 de enero venció a la mayor fuerza de los rebeldes en el Puente Calderón.
Esta batalla, en la que perdió la vida Manuel de Flon, dejó a la insurgencia herida de muerte, a pesar de que los cabecillas lograron escapar.
63 El 5 de marzo, las tropas realistas regresaron a San Luis, donde llevaron a cabo una dura represión.
Dos semanas después los líderes insurgentes fueron capturados en las Norias de Baján (Coahuila).
La mayoría acabaron fusilados, pero la guerra no había terminado.
La presencia de partidas rebeldes por casi todo el virreinato interrumpía las comunicaciones, el comercio y los envíos de plata, así que en abril de 1811 el Ejército del Centro inició una nueva campaña.
Durante los siguientes nueve meses persiguió y reprimió a los insurgentes por Zacatecas, Aguascalientes y el Bajío, 64 y en enero de 1812 tomó a sangre y fuego Zitácuaro (Michoacán), donde los rebeldes habían establecido una junta.
65 A comienzos de febrero, tras una agria polémica entre Calleja y el virrey, el contingente realista fue recibido con honores por la población de México.
Ambos personajes, enemistados desde el comienzo de la guerra, ejemplificaban las diferencias existentes entre los militares enviados desde la Península y los que estaban asentados en el virreinato.
66 La altanería y la mentalidad colonialista de los oficiales recién llegados de Europa contrastaban con la actitud de los que habían hecho carrera en América, unidos al territorio por lazos materiales y personales.
67 Venegas, que había participado en la victoria de Bailén sobre el ejército napoleónico, menospreciaba a Calleja porque se relacionaba con criollos y sus méritos no iban más allá del cumplimiento diligente de algunas comisiones.
Por su parte, este consideraba al virrey un recién llegado cuyo desconocimiento de la realidad novohispana imposibilitaba acabar con la insurgencia.
68 Después del homenaje, que se prolongó una semana, el Ejército del Centro partió a Cuautla, donde se había atrincherado el caudillo insurgente Morelos.
65 El objetivo era demostrar a la población las consecuencias de desafiar la autoridad del rey.
66 Tras el estallido insurgente Calleja hizo caso omiso de las órdenes del virrey y siguió su propio plan (ver nota 26).
Posteriormente, Venegas se negó a reconocer los méritos de sus tropas tras vencer en tres ocasiones a los insurgentes, lo que motivó una respuesta airada y una amenaza velada por parte del general, ante lo que el virrey se vio obligado a conceder a los miembros del Ejército del Centro un escudo honorífico con el emblema «Venció en Aculco, Guanajuato y Calderón».
67 Al entrar en Guadalajara después de vencer en Puente Calderón, Calleja publicó un bando dirigido a los habitantes en el que resaltaba que, después de 20 años viviendo en Nueva España, consideraba América su hogar por los lazos familiares y afectivos que le unían a esa tierra.
68 La táctica implementada por Venegas, basada en la fuerza y en castigos ejemplares, solo consiguió alimentar el resentimiento de los partidarios de la independencia.
Durante la segunda campaña del Ejército del Centro, Calleja comprendió la necesidad de modificar la estrategia para ganar la guerra.
JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ sufrieron numerosas bajas por los problemas de aprovisionamiento y enfermedades.
Tras 72 días, el 2 de mayo Morelos consiguió escapar, tras lo cual Calleja, gravemente enfermo (padecía dolores de estómago crónicos), se retiró a México y presentó su renuncia.
El virrey Venegas, preocupado ante la creciente popularidad del general y aprovechando que los insurgentes no contaban con una gran fuerza, decidió disolver el Ejército del Centro.
69 MaPa 2 CAMPAÑAS DEL EJÉRCITO DEL CENTRO Elaboración propia.
La fama de las victorias de esta fuerza, que había logrado mantener bajo el dominio del rey la Nueva España, llegó hasta Cádiz propiciando la designación de su general como virrey, tras una «lucha política» entre las camarillas 69 Los diferentes cuerpos que lo formaban se insertaron en otras nuevas unidades por separado.
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO de partidarios de Calleja y Venegas.
70 Instalado en el palacio virreinal desde marzo de 1813, Calleja aplicó una estrategia de guerra fundamentada en la máxima que regía el sistema defensivo del imperio desde finales del siglo XVIII: la defensa de América debía recaer principalmente sobre sus habitantes.
El «Plan Calleja» movilizó a unos 85.000 hombres, casi todos novohispanos, en favor de la causa realista, organizando un ejército con 40.000 plazas repartido en 15 divisiones por todo el virreinato, y estableciendo compañías milicianas en cada población, denominadas patriotas o fieles realistas, que, con una fuerza total de unos 45.000 hombres, se encargarían de velar por el orden en sus jurisdicciones bajo el mando de las élites locales.
71 Gracias a la nueva táctica la insurgencia quedó reducida a unos cuantos grupos inconexos, pero también aumentó el gasto en defensa, lo que terminó por arruinar la ya mermada economía novohispana.
Además, las constantes contribuciones y las obligaciones del servicio fomentaron el desapego de gran parte de la sociedad hacia la Corona y supuso que buena parte de la población se armara y organizara militarmente, lo que terminará volviéndose contra las autoridades en 1821.
Tras el estallido insurgente, en apenas un mes Calleja transformó las milicias potosinas, formadas por vecinos para la defensa de su región, en una fuerza expedicionaria cuyos miembros, con el tiempo, se profesionalizaron.
También, fruto de los ascensos y el reclutamiento llevados a cabo, se produjo un rejuvenecimiento y una «criollización» de la oficialidad, tendencia que se fue consolidando durante los años que duró la guerra.
La formación de esta considerable fuerza de casi tres mil hombres en tan poco tiempo fue un gran mérito del comandante que, como líder indiscutible de la región, contó con el apoyo de los diversos sectores de la sociedad potosina.
Con su ejército, Calleja impidió que la insurgencia consumase la independencia, ya que conocía perfectamente el territorio, sus habitantes, sus enemigos y hasta donde podía contar con sus tropas, por lo que sus movimientos siempre fueron calculados y seguros (fue a Cuautla obligado por el virrey), aunque en ocasiones pecó de lentitud.
71 Esta estrategia tuvo una influencia capital en la organización de las fuerzas armadas del México independiente.
72 Ante el desgaste de una década de conflicto, pocos dudaron en apoyar al coronel Agustín de Iturbide con su proyecto independentista de paz y mantenimiento de privilegios recogido en el Plan de Iguala.
De esta manera, paradójicamente, fueron las fuerzas realistas organizadas por Calleja (tanto las que formaban el ejército como las milicias de fieles) las que proclamaron la independencia.
JUAN JOSÉ BENAVIDES MARTÍNEZ Al unirse con las tropas procedentes de México y Puebla comandadas por Flon, se formó el Ejército del Centro, un contingente de unos seis mil hombres, pertenecientes a once cuerpos diferentes.
A pesar de sus carencias armamentísticas y de su escasa o nula experiencia en combate, esta fuerza improvisada fue capaz de derrotar a los insurgentes en Aculco, Guanajuato, Puente Calderón y Zitácuaro, y en multitud de pequeñas escaramuzas por buena parte del virreinato durante el año y medio que estuvo en campaña.
73 El Ejército del Centro estaba formado por una tropa novohispana y la mayoría de los oficiales eran americanos, aunque bajo las órdenes de mandos peninsulares.
Al igual que sucedía en la administración civil y religiosa, los europeos copaban los puestos más elevados del sector militar.
Sin embargo, los mandos del Ejército del Centro no fueron enviados desde la península ex profeso.
Eran oficiales con largas trayectorias profesionales y personales en Nueva España y conocían el territorio y la idiosincrasia de sus habitantes.
Los oficiales como Calleja, Flon y otros, militares y milicianos, que fueron adquiriendo un gran protagonismo durante la guerra, desdeñaban a los mandos enviados desde la Península por su desconocimiento de la realidad novohispana y su altanería.
Estos, por su parte, menospreciaban los méritos de los que habían hecho carrera en América, y no los consideraban dignos de confianza porque estaban «acriollados».
Las continuas disputas de Calleja con altos rangos militares enviados desde España, como el virrey Venegas y el brigadier Cruz, demuestran las diferencias y tensiones entre ambos grupos.
Por tanto, podría decirse que el Ejército del Centro fue una fuerza novohispana que luchó contra otra fuerza novohispana con una composición social similar (la única diferencia entre ambos contingentes era el componente indígena, abundante entre los insurgentes y testimonial en la fuerza realista).
Es decir, si bien para facilitar la narración de la Guerra de Independencia se habla de dos bandos, el de los «realistas», que luchaban en defensa de las autoridades virreinales, y el de los insurgentes, que se rebelaron siguiendo a Hidalgo y Allende y después a Morelos y otros líderes, en realidad se trata de un conflicto mucho más complejo, en el que ambas partes eran un mismo producto de la crisis de la Monarquía de 1808, pero 73 Como se puede apreciar en la correspondencia, las carencias humanas y materiales de este ejército, así como su escasa disciplina, contrariaban a Calleja, un militar de carrera que fue instructor en una academia militar.
Sin embargo, las victorias logradas sobre los insurgentes y sus quince años de experiencia como comandante de milicias, sirvieron para que el general se ganara su apoyo y respeto, como quedó demostrado en su enfrentamiento con el virrey Venegas.
Extracto de la correspondencia del brigadier Félix Calleja, noviembre y diciembre de 1810, AGN, OG, 170.
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL EJÉRCITO DEL CENTRO que siguieron distintos caminos en 1810.
Como se ha señalado, la mayoría del Ejército del Centro eran miembros de la sociedad civil, de origen diverso, tanto geográfico como social, que reaccionaron contra la insurgencia.
Pero entonces cabría preguntarse por qué tomaron las armas frente a los rebeldes, en lugar de unirse a ellos.
Entre los muchos factores que pudieron influir, al margen de la lealtad al rey, que también se puede apreciar en algunos miembros de las fuerzas insurgentes, no se debe menospreciar la importancia de la motivación económica (salario elevado), pero sobre todo habría que considerar el papel de ciertas autoridades regionales con la capacidad de movilizar a la sociedad local.
Ahí radica la importancia de que los mandos del Ejército del Centro, al margen de sus galones o de su origen criollo o peninsular, fueran auténticos líderes regionales.
Calleja y Flon organizaron una fuerza de cierta envergadura en un breve espacio de tiempo gracias a su ascendencia sobre la población de las regiones donde llevaban años asentados (aproximadamente el 75 % del Ejército del Centro procedía de San Luis y Puebla).
74 Este liderazgo, que conllevaba una mayor disciplina y obediencia de las tropas, también facilitó el éxito militar sobre las fuerzas insurgentes, cuyo grado de organización en esta primera etapa de la guerra era notablemente inferior.
En un segundo nivel, los personajes relevantes de menor rango, temerosos ante la revuelta social que había estallado, formaron contingentes con su personal dependiente y se unieron al ejército como oficiales, lo que además les garantizaba una mayor preeminencia.
Esta fue la razón, al margen del estímulo que podía suponer un sueldo elevado, por la que se alistaron muchos reclutas que por su situación social, especialmente los peones de haciendas, no tenían la posibilidad de contradecir a sus patrones.
En esta comunión de influencia social y mando militar pudo empezar a perfilarse la figura del caudillo, que tuvo un papel protagonista durante el siglo XIX, ya que con el transcurrir de la guerra los grupos de poder se fortalecieron dentro de la institución militar, que fue quedando bajo sus órdenes, garantizando así el mantenimiento del statu quo y consolidando su primacía.
74 Cabría recordar que la mayoría de las cifras mencionadas son proyecciones de datos a partir de las informaciones parciales, más o menos numerosas, obtenidas a partir de la documentación conservada. |
Contribución de guerra y negociaciones: la política fiscal del virrey La Serna en Lima (1821)/ War Tax and Negotiations: the Fiscal Policy of Viceroy La Serna in Lima (1821)
Palabras clave: Trienio Liberal; Negociación; Cortes; Virreinato Perú; Política Fiscal; Historia Económica; Ayuntamientos Constitucionales; Lima.
La relación entre fiscalidad, configuración institucional y actores sociales se presenta como una de las perspectivas de investigación más idóneas para estudiar las dinámicas de poder en las formaciones políticas.
De hecho, los mecanismos, el volumen y el destino de las finanzas públicas pueden ser tenidos como la expresión de acuerdos y equilibrios, tanto explícitos como implícitos, en los que se conjuga lo social, lo político, lo económico, e incluso lo cultural.
1 En Perú, a partir de la guerra de la Independencia, política y fiscalidad conformaron un espacio común en el que acabaron por definirse los rasgos sustanciales de la que será la nueva acción del gobierno.
Las autoridades realistas, asentadas sobre las bases renovadas que ofrece la Constitución de 1812, aspiraron a consolidar el dominio territorial y a cimentar el poder.
La estructura fiscal, que trató de maximizar las premisas liberales, fue modificándose como resultado de la continua tensión entre el virrey y las élites locales en torno al gobierno económico de los territorios coloniales.
El proceso de articulación fiscal, responsable de que diversos intereses fueran integrados en un determinado modelo de gestión, deambuló desde la acusada descentralización, en consonancia con un poder central ahogado por la guerra y la crisis y necesitado de la colaboración local para sostener un mínimo aliento fiscal, hasta la centralización, concebida en el anhelo de un mayor control político que acompañase a un incremento de los ingresos fiscales.
De este modo, la definición del marco fiscal y la organización del sistema de distribución de fondos públicos permanecieron en continua revisión y sometidos a una disputada dinámica de negociación, con el objeto de armonizar intereses y conciliar tendencias no siempre recurrentes.
Para el caso que nos ocupa, la «nerviosa» relación entre política y hacienda acabó desembocando en un profundo divorcio, que se concretará en la evacuación de Lima por parte del gobierno virreinal, buscando nuevas bases sobre las que sostener los esfuerzos bélicos.
1 Este artículo forma parte del proyecto de investigación «Cambios e innovaciones sociales: España y el Perú de la crisis del Imperio transoceánico al Estado liberal», dirigido por Alfredo Moreno Cebrián dentro del programa estatal de I+D+i «Retos de la Sociedad», financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad de España (HAR 2015-67197-R).
Asimismo, el presente trabajo se ha realizado al amparo del convenio específico de colaboración entre la Universidad Rey Juan Carlos y el CSIC (estancia de Dionisio de Haro Romero en el Instituto de Historia del CSIC durante el curso académico 2016-2017).
Agradecemos a nuestros colegas Ascensión Martínez Riaza y Víctor Peralta sus siempre acertados comentarios y observaciones.
Asimismo, queremos hacer un reconocimiento explícito al personal de los diferentes archivos consultados que, con su eficacia y amabilidad, facilitaron nuestra investigación.
CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL La recuperación de la Constitución de la Monarquía española en el Trienio Liberal (1820-1823) sigue planteando recurrentes interrogantes en cuanto a su influencia en los gobiernos virreinales de la América continental;2 y para el caso del Perú el análisis se complica aun más con el controvertido suceso del Motín de Aznapuquio, en el que por vez primera un virrey, Joaquín de la Pezuela, es obligado a ceder el mando al militar de mayor rango, en este caso al teniente general José de la Serna e Hinojosa.
3 Asimismo, la escasa disponibilidad de fuentes documentales históricas reduce la capacidad de análisis crítico en torno a la naturaleza del nuevo gabinete político-militar de este virrey, limitando extraordinariamente el estudio de lo que fue su futura acción de gobierno.
En este complejo escenario histórico, el presente trabajo centra su atención en las medidas de orden fiscal adoptadas por las nuevas autoridades durante el primer semestre del año 1821, desde la asunción del poder por La Serna, tras el pronunciamiento de Aznapuquio del 28 de enero, hasta la mañana del 7 de julio, cuando el ejército realista procedió a la evacuación de Lima.
Central ha resultado la consulta de los registros de los documentos depositados en el Archivo General de la Nación y el de la Municipalidad de Lima que, con las debidas cautelas, se nos han revelado como fuentes fundamentales para llevar adelante una aproximación fiscal inédita, en la que se revelan sugerentes permeabilidades entre el espíritu liberal de la carta gaditana y las iniciativas hacendísticas que el nuevo gobierno virreinal, en sintonía con la Diputación provincial, adoptó sin dilación.
La reforma fiscal gaditana
España transitó, en los últimos años del siglo XVIII y en los primeros del siglo XIX, por el tortuoso camino del descuadre fiscal.
Mientras los gastos anuales prácticamente se doblaron, los ingresos permanecieron tozudamente estancados.
4 El recurso al crédito y el apoyo que todavía supusieron para los fondos públicos los caudales de Indias, alargaron una agonía irresoluble hasta el estallido de la Guerra de la Independencia en España DIONISIO DE HARO ROMERO Y ALFREDO MORENO CEBRIÁN (1808-1814).
Entonces, colapsada la estructura del Antiguo Régimen, la reforma de la hacienda se convirtió en una necesidad vital para el Estado español.
La primera ola reformista aspiró a la revitalización de los ingresos, reorientando la naturaleza del aparato fiscal, y al replanteamiento de una base económica renovada y acorde con las exigencias de los nuevos tiempos.
El liberalismo fiscal gaditano rescató de la experiencia ilustrada la «única contribución» y fijó especial atención en el ámbito local como espacio natural de la reforma.
5 El 1 de abril de 1811 las Cortes generales y extraordinarias aprobaron el decreto «Nueva forma de la contribución extraordinaria de guerra», que rescatando parcialmente la fallida norma anterior de la Junta Central, de 12 de enero de 1810, gravaba a todos los ciudadanos en proporción a los réditos y productos líquidos de fincas, actividades comerciales y producción industrial.
Asimismo, la cuota aplicable a cada contribuyente se estableció en tramos que abarcaron desde el 2,5 % al 75 %.
6 Pero la falta del aparato estadístico necesario dejó el esfuerzo reformista en papel mojado, como se demostró un año más tarde cuando ni siquiera en la ciudad de Cádiz se había aplicado esta iniciativa, por lo que se decretaron una contribución directa y otra indirecta, en sustitución de la extraordinaria de guerra.
7 Las Cortes, el 6 de julio de 1813 a través de su comisión de hacienda, retomaron con decisión la ardua tarea de levantar una «Hacienda Nacional», presentando un proyecto de ley que recogía, con mínimas alteraciones, la línea de trabajo reformista alentada desde la Junta Central.
Entonces, el decreto de 13 de septiembre de 1813, bajo el título «Nuevo plan de contribuciones públicas», vino a sentenciar la incompatibilidad del «régimen antiguo» con el sistema constitucional y a establecer un sistema de contribuciones públicas, en sintonía con el Estado liberal que se pretendía consolidar.
8 Salvo contadas singularidades, quedaron extintas todas las contribuciones impuestas sobre consumos, conocidas bajo las denominaciones genéricas de rentas provinciales y agregadas, así como las rentas estancadas, ya mayores, ya menores.
Y, en su lugar, se estableció una contribución directa que debería corresponderse con las facultades económicas de los contribuyentes, sin excepción, y que se distribuyó sobre la riqueza total «conforme a la que posea cada provincia, cada pueblo y cada individuo».
CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL Como se recogió en el artículo XII del decreto: «la riqueza nacional se considerará compuesta de tres ramos o elementos, territorial, industrial y comercial; y con esta distinción se asignará a cada provincia, a cada pueblo y a cada contribuyente su respectivo cupo».
9 Asimismo, ante la ausencia de series actualizadas, se tomó como base de la riqueza territorial e industrial el Censo de Frutos y Manufacturas de 1799 y, como tabla tentativa de la actividad comercial, se optó por el estado comparativo presentado el 22 de agosto de 1813 en comisión extraordinaria de hacienda.
Finalmente, las Diputaciones provinciales y los Ayuntamientos se erigieron en las instituciones claves para el desenvolvimiento del nuevo sistema fiscal, que, por una parte, debía conciliar el pretendido esfuerzo centralizador con la unificación de los viejos encabezamientos castellanos y los equivalentes aragoneses, y, por otra, tenía que impulsar la recaudación mediante una continua actualización estadística que permitiese alcanzar el insoslayable objetivo de la suficiencia fiscal.
Sin embargo, la pronta caída del régimen liberal devolvió al limbo el proyecto pergeñado y la vuelta al absolutismo no detuvo el ya prolongado proceso de decadencia recaudatoria.
En 1816, siendo ministro de Hacienda Martín de Garay, se gestó, aunque de manera menos atrevida, un nuevo impulso fiscal.
Si por un lado evitó eliminar los «estancos», por el otro propuso la sustitución de las rentas provinciales por la Contribución General del Reino, proporcional a la riqueza de los contribuyentes y que se aplicaría en todas las poblaciones, con excepción de las capitales de provincia y puertos principales, donde operarían los «derechos de puertas».
10 Pero igual que ya había ocurrido con iniciativas precedentes, nunca acabó por elaborarse la indispensable «Estadística del Reino» y, sin base de repartimientos, el proyecto volvió a descarrilar.
Las resistencias, tanto campesinas, huidizas de una revitalización de la presión hacendística, como nobiliarias y eclesiásticas, temerosas de la pérdida de los privilegios fiscales, supusieron decididos frenos para cualquier replanteamiento reformista.
El 1 de enero de 1820, tras el pronunciamiento de Riego en Cabezas de San Juan, se abrió para España la segunda etapa liberal, dando la oportunidad a los proyectos gaditanos de hacerse realidad a través de la acción del gobierno.
Y los de hacienda no fueron una excepción.
El Trienio Constitucional fue cauto en la senda de la reforma, poniendo el énfasis en una política económica amplia y coherente que permitiera alinear el crecimiento 9 Ibidem, 233.
DIONISIO DE HARO ROMERO Y ALFREDO MORENO CEBRIÁN económico y la estructura fiscal.11 Los decretos de junio de 1821 erigieron las líneas maestras de un nuevo sistema fiscal, que mantuvo las coordenadas de 1816 e incorporó innovaciones tributarias deudoras de la fiscalidad francesa.12 El sistema de 1821 tuvo como hitos primordiales las siguientes contribuciones, derechos y estancos: directa sobre predios urbanos y rústicos (contribución territorial y pecuaria en el presupuesto de 1822), de consumos, de registro y papel sellado, de la sal, del tabaco y de patentes, con el objetivo de gravar las actividades comerciales e industriales.
13 El sistema fiscal del Trienio no tuvo un inicio prometedor, pues los déficits que se fueron sumando, ejercicio tras ejercicio económico, debieron ser acomodados en la negociación de empréstitos extranjeros sobre la base de las desamortizaciones.
Sin embargo, el abrupto final de la experiencia liberal, abortada tras la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, impedirá una adecuada evaluación de las medidas adoptadas.14
Un gobierno político-militar para un tiempo nuevo
Hasta el presente, todas las interpretaciones relacionadas con el Motín de Aznapuquio han puesto el acento en las discrepancias personales entre los dos protagonistas del momento -el virrey Joaquín de la Pezuela y el teniente general José de la Serna-, así como en las profundas diferencias que ambos manifestaron con relación a la conducción de la guerra.
Las escasas fuentes documentales disponibles han permitido recrear la trayectoria biográfica de ambos personajes.
15 Pezuela y La Serna compartieron en el Perú responsabilidades, uno como virrey y otro como comandante en jefe del Alto Perú desde 1816 hasta 1821, dejando numerosas pruebas que evidenciaron una tortuosa relación personal y escasa sintonía en cuanto a la dirección militar.
16 Prueba de ello fueron los continuos desencuentros con relación a las campañas del Alto Perú, las fallidas expediciones de Chile CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL y la respuesta a la expedición de San Martín contra el corazón del virreinato.
El carácter y los autores de las fuentes disponibles nos han procurado una interpretación sesgada del Motín de Aznapuquio, presentándolo como el resultado de un debate dentro del ejército entre viejos y nuevos militares, entre jóvenes oficiales, con bríos renovados con los que continuar el esfuerzo de la guerra, y un virrey agotado por el continuo cuestionamiento personal y derrotado por una realidad militar que lo sobrepasó, llevándolo a la inacción.
Asimismo, el pronunciamiento del Ejército y el desplazamiento del virrey vendrían a desbloquear la decisión ya meditada por el Estado Mayor de evacuar Lima y buscar una nueva base de operaciones desde la que tomar la iniciativa y reorientar la guerra en el Perú.
17 Este relato nos ha sido revelado por los testimonios disponibles en varios repositorios, tanto españoles como peruanos, pero su perfil eminentemente militar, junto a la extraordinaria escasez de documentación relativa a la acción de gobierno del último virrey, como podría haber sido la Memoria de Gobierno, han dejado en penumbra ámbitos políticos y económicos imprescindibles para poder analizar en su conjunto la realidad de un nuevo gobierno que se impuso al pasado.
A estas carencias hay que sumar el estrago que supuso el conflicto bélico en cuanto a la pérdida y destrucción, para el período comprendido entre 1821 y 1824, de documentos de toda índole, cercenando seriamente las posibilidades de investigar la época del último virreinato desde visiones alternativas.
Así pues, las dificultades derivadas de la ausencia de documentación inédita, han mantenido a los especialistas, hasta el momento, en un estresante y rígido bucle.
18 Y en este sentido cobra importancia la documentación custodiada en el Archivo General de la Nación y en el Archivo Histórico de la Municipalidad de Lima, inventariada en sus fondos coloniales.
Los papeles analizados permiten aflorar rasgos políticos del gobierno del virrey La Serna, directamente relacionados con la política fiscal y desarrollados durante el período comprendido entre febrero y julio de 1821, ignorados hasta el momento y en los que se evidencia una notoria influencia del ideario liberal en la acción del último gobierno colonial.
Tras el pronunciamiento del 29 de enero, y una vez depuesto el virrey Pezuela sin trastornos ni notorias resistencias, el gobierno político-militar 17 Para Anna en noviembre de 1820 la posibilidad de abandonar la capital empezó a ser valorada mayoritariamente por la oficialidad: «La pérdida de la Esmeralda convenció al resto de comandantes realistas de que no valía la pena retener Lima» (Anna, 2003, 218).
comenzó su andadura con el decidido objetivo de la estabilidad, dando respuestas a lo que la declaración formal de los comandantes del ejército en Aznapuquio calificó de «errores políticos y militares».
El abanico de iniciativas que habían acabado por orillar el liderazgo de Pezuela hasta la marginalidad, en opinión de la mayoría del Estado Mayor realista, era amplio e incluía denuncias sobre fallidos nombramientos, injustos reconocimientos, malversación de fondos, ineficaces medidas contra el contrabando y el comercio ilícito e inadecuada política fiscal, llegando incluso a la acusación de carecer de la más absoluta falta de pulso militar.
19 El cambio debía traducirse en un punto de inflexión.
Por una parte, el régimen debía evitar el desmoronamiento militar, que venía precipitándose desde noviembre de 1820, coincidente con el firme bloqueo de Cochrane y la audaz campaña de Arenales en diversas regiones, imprimiendo un ritmo distinto a la guerra.
Y por otra, tenía la obligación de recuperar la iniciativa política con un profundo programa de regeneración y reorganización administrativa.
Para ello, las acciones del gobierno se desplegaron con celeridad a tres niveles: el militar, con una serie de nombramientos en la cúpula dirigente, 20 el político, enviando al coronel Seoane y al marqués de Valleumbroso a las Cortes españolas en misión oficial; 21 y, por último, el institucional, apostando CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL por un sistema de gobernanza, en sintonía con el mandato de la Constitución de Cádiz.
22 Con respecto a este último punto, fue de la mayor relevancia el decreto de 23 de junio de 1813 en el que se detallaban las «instrucciones para el gobierno económico-político de las provincias» y en el que el eje de la acción gubernativa pivotaba sobre los ayuntamientos, las diputaciones provinciales y los jefes políticos.
23 El decreto confirió a los ayuntamientos amplias facultades en torno a obras e infraestructuras, fomento de la actividad en cualquiera de sus vertientes, beneficencia, instrucción pública, elaboración de censos y salud pública, así como en lo referido al repartimiento y recaudación de contribuciones.
Asimismo, debían rendir anualmente cuentas documentadas a la diputación provincial a través del jefe político.
24 A la diputación provincial se le impuso la obligación del repartimiento de las contribuciones aprobadas entre los ayuntamientos bajo su intervención y de la supervisión de los fondos de Propios y Arbitrios de los pueblos.
Y a su función fiscalizadora desempeñaba competencias similares a las de los ayuntamientos, pero a nivel provincial: conservación de las obras públicas, beneficencia, estímulo de la actividad económica y elaboración de estadísticas.
Así pues, la coordinación entre los ayuntamientos y la diputación provincial debía ser lo más ágil posible para la cogestión eficaz de funciones superpuestas en niveles territoriales diferenciados.
Por último, el jefe político, que en el caso del Perú y atendiendo al artículo V coincide con la «Comandancia de las armas» al tratarse de un territorio amenazado de guerra, desempañaba la función principal de ejecutor de las «leyes y órdenes del Gobierno» y actuaba, a modo de gozne, entre las autoridades de los ayuntamientos y la diputación provincial.
Una vez que La Serna tomó las riendas del gobierno político-militar en Lima, sus esfuerzos se centraron en la consolidación del poder.
Al envío DIONISIO DE HARO ROMERO Y ALFREDO MORENO CEBRIÁN inmediato a España del marqués de Valleumbroso y el coronel Seoane, con la intención de lograr el reconocimiento oficial de las nuevas autoridades por parte de las Cortes y el despacho urgente de fuerzas de combate marítimas, se sumó el traslado de 1.500 hombres que, al mando de Valdés, tuvieron como objetivo reforzar a Ricafort en las provincias del interior y mantener libre la vía de suministros entre Lima y el Cuzco.
Entonces tocaba gobernar en la confusa y enredada Lima y comprobar si la renovada propuesta política permitiría asentar al régimen.
La Serna se enfrentaba a la ecuación de la fuerza y el dinero en el peor escenario posible.
Tenía ante sí la tarea de lograr, por un lado, la mayor cantidad de fondos, mediante las reformas fiscales que fuesen precisas, con los que garantizar la pervivencia de su gobierno y del aparato burocrático sobre el que se sustentaba; 25 y por otro, hacerlo posible exclusivamente mediante la negociación política, dejando de lado el uso de la fuerza, en momentos en que el Ejército debía tratar de hacer frente a un adversario militar que, día a día, seguía cerrando el cerco sobre la ciudad y sus áreas de influencia.
Las diversas instituciones debían tejer un acuerdo político de nueva planta, del que no existían precedentes en los que apoyarse, habida cuenta del singular acatamiento que el virrey Abascal prestó a la Constitución de la Monarquía Española 26 durante su mandato.
Y las instituciones llamadas a entenderse en el tablero político fueron: el Ayuntamiento constitucional, la Diputación provincial, la jefatura política y militar y, de forma complementaria, el Tribunal del Consulado.
El cabildo de Lima había sufrido una profunda reestructuración tras las elecciones del 7 de diciembre de 1820 quedando como alcaldes: el conde de San Isidro y José María Galdiano; como regidores, Francisco Zárate, Simón Rávago, Diego de Aliaga, el conde de la Vega del Ren, Francisco Vallés, el marqués de Corpa, Pedro de la Puente, José Manuel Malo y Molina, Francisco de Paula Mendoza, Mariano Vásquez, Manuel Pérez de Tudela, Manuel Sáenz de Tejada, Juan Bautista Gárate, Manuel María del Valle, Miguel Vértiz y Manuel Alvarado; y como síndicos, Tiburcio José de la Hermosa y Antonio Padilla.
27 25 Lejos quedaba el esfuerzo de reordenamiento fiscal que supuso la Ordenanza de Intendentes de 1803, impulsada, entre otros altos funcionarios, por Joaquín Bonet y Abascal, quién años después (1816) ocuparía el cargo de contador mayor del Tribunal de Cuentas.
Los últimos grandes acuerdos fiscales entre el gobierno y las élites locales fueron los que articularon la reforma de 1815.
CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL Por su parte, la Diputación provincial de Lima había sido restablecida tras el nombramiento de una Junta Preparatoria por parte del virrey Pezuela, en cumplimiento del precepto constitucional.
28 Y según Martínez Riaza: «sabemos sin duda que la de Lima se reinstala el 20 de septiembre de 1820 [...], presentes Bartolomé María de Salamanca (intendente interino de Lima), Francisco de Moreyra (por Lima), Manuel Bermúdez (por Tarma), Camilo Márquez (por Huancavelica), Nicolás Arancibar (por Arequipa) y los suplentes Antonio Bedoya y Manuel Cebada».
29 La máxima autoridad política y militar, el virrey, ejercía sus funciones con el estimable apoyo de una secretaría ocupada por el coronel Eulogio de Santa Cruz.
30 Y finalmente desempeñaría un notable papel en el tablero de las negociaciones, poniendo en valor su histórica posición en la política virreinal, el Tribunal del Consulado, dirigido a la sazón por su prior Manuel Gorbea y Badillo y los cónsules Antonio José de Sarroa y Manuel de Barreda, cuyo papel en el motín de Aznapuquio sigue siendo motivo de vivos debates.
31 En un marco militar, político y económico poco halagüeño, el nuevo gobierno se puso en marcha con la tarea de imprimir un giro sustancial a una realidad que ineludiblemente conducía a la disolución del poder realista.
32 La precaria situación no dejaba lugar a dudas, y tanto el grave problema de la escasez de provisiones como la falta de recursos generaban quebraderos de cabeza, difíciles de sortear.
Los informes con los que contó el gobierno a finales del mes de febrero fueron poco alentadores, sobre todo si comparamos esos datos con los ofrecidos en un balance municipal de Lima en las postrimerías del siglo XVIII.
33 Los responsables de la confección de los resúmenes de las disponibilidades de trigo, maíz y harinas, que describían una ciudad que caminaba 28 Peralta, 2011, 731.
32 La ciudad a inicios de 1821 revelaba una crítica situación, lastrada por una crisis económica, social y política de largo aliento que había intensificado tras las graves derrotas de las campañas militares en Chile en 1818.
También es interesante como aproximación socio-económica: Anna, 1974.
Con todas las reservas y cautelas necesarias, puede ayudar a iluminar el precario estado de cosas que se nos describe de la circunscripción limeña en los momentos en que se sitúa el presente trabajo, la comparación de sus resultados con los ofrecidos por un arqueo anterior en la Lima que estrenaba la reforma intendencial, donde se consignan los ingresos y gastos del cabildo de esa capital.
DIONISIO DE HARO ROMERO Y ALFREDO MORENO CEBRIÁN peligrosamente hacia el desabastecimiento,34 fueron los diputados de los valles circundantes de Lima y los jueces tenientes de policía, correspondientes a los cuatro cuarteles de la ciudad, una división territorial de la capital, vigente desde fines del siglo XVIII, que no era la primera vez que se utilizaba para estos menesteres.
35 El gobierno, sin demora, dio comienzo a las conversaciones.
Durante la primera mitad del mes de febrero, exactamente entre los días 1 y 13, las negociaciones entre el virrey, la diputación provincial y el cabildo se redujeron a tímidos tanteos.
El día 1 se discutieron en la corporación municipal dos oficios del virrey.
Uno, relativo al nombramiento de dos individuos del ayuntamiento que, junto con un ministro de la Hacienda Nacional y bajo la presidencia del marqués de Valleumbroso, debían proceder en el plazo de 8 días a la recluta, contra abonos garantizados por la misma Hacienda, de 1.500 esclavos para el reemplazo en los «Cuerpos» de Burgos y Arequipa.
Y otro, encargando la designación de un comisionado para el depósito de 1.000 caballos con destino al Ejército.
Para la ejecución del primer repartimiento fueron elegidos, entre los principales hacendados, Pedro de la Puente y Juan de Echevarría, y, para el segundo, Manuel María del Valle.
36 El alcalde, conde de San Isidro, cinco jornadas más tarde trasladó un nuevo oficio del jefe político y militar, informando sobre la reducción de su sueldo a doce mil pesos anuales, medida concebida como parte de un plan de ajuste en la administración y con la intención de que el ejemplo cundiese en el resto de los ramos públicos.
37 Sin solución de continuidad, al día siguiente, otro oficio del virrey, reproduciendo una real orden, transmitió el CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL ofrecimiento de la Hacienda Nacional para habilitar los fondos necesarios, con calidad de reintegro por los ayuntamientos y diputaciones provinciales, para que los diputados elegidos a Cortes Generales de la Nación pudieran realizar su traslado a la Península.
38 El 9 de febrero la corporación sondeó al gobierno en torno a la controversia del comercio libre.
Sobre la base de las críticas circunstancias en las que se hallaban los depósitos de grano y harinas en la ciudad a causa del bloqueo patriota, apeló en oficio remitido a La Serna al tráfico sin restricciones, utilizando buques neutrales en la forma contemplada por los Decretos de las Cortes de 22 de marzo y 19 de septiembre de 1811.
39 Y en la siguiente jornada, según oficio del virrey, ya ejecutado por la Junta de Subsistencia, se procedió a la designación de Simón Rávago y Mariano Vázquez como comisionados para proceder al reparto y extracción de las reses necesarias entre los principales fundos, a fin de abastecer al Ejército durante un mes.
Sin embargo, en este punto comenzaron a aflorar ciertas reticencias relacionadas con el previsible agotamiento de la producción agropecuaria y con la consiguiente caída de su producción que, de consumarse, conllevaría nefastas consecuencias para el futuro abastecimiento de la capital.
A tales efectos se aconsejaba la requisa de ganado en las lomas de Atiquipa, lejos de los principales fundos y sin costes para los propietarios.40 Y por último, el día 13 se trasladó al cabildo el contenido del oficio virreinal que dotaba un fondo, destinado a inválidos y familiares de soldados fallecidos en la guerra, a cargo de las rentas situadas en los ramos de tabacos, presas y decomisos, que hasta el momento disfrutaban los virreyes.
41 Hasta aquí las comunicaciones no revelaron tensos debates entre ambas instituciones, pudiéndose afirmar que las controversias generadas y las temáticas discutidas fueron de bajo perfil.
Pero todo cambió tras el acuerdo de 12 de febrero, mediante el que la Diputación provincial aprobó la contribución de guerra.
Entonces, el gobierno extendió sendos oficios al Tribunal del Consulado y al Ayuntamiento constitucional.
Al primero se dirigió con el ánimo de obtener recursos urgentes, apelando a la tradición y a su historia como «viejo aliado» del virreinato; y al segundo, con la esperanza de establecer una renovada alianza en base a un nuevo sistema fiscal.
Según detalló la documentación oficial, el virrey, consciente de que el tiempo necesario para conseguir un profundo replanteamiento fiscal iba a ser largo, buscó cerrar un rápido acuerdo institucional con el Tribunal del Consulado.
Esta maniobra le permitió plantear, sobre bases sólidas, la previsiblemente larga y dura negociación con el cabildo, contando con cierta suficiencia de recursos y con la fortaleza política que conllevaba tener a su favor una parte de la élite económica local.
Con fecha 15 de febrero La Serna abrió el cauce de negociación con el Tribunal del Consulado, solicitando un empréstito de 600.000 pesos, pagaderos en tres mesnadas.
Expuso con claridad la situación de parálisis económica y comercial que sufría Lima y su entorno, y como, «cegados los manantiales» del Erario Público, la administración y el Ejército se asomaban peligrosamente al abismo.
Asimismo, informó al Consulado de sus tres líneas de actuación, encaminadas conjuntamente a romper la dinámica de repliegue.
La primera, solicitando «en acuerdo con la diputación provincial, el establecimiento de la contribución extraordinaria de guerra, sobre las bases en que las Cortes generales y extraordinarias de Cádiz la pusieron en práctica».
La segunda, lanzando una ofensiva militar sobre las provincias del interior, con la que se lograría restablecer las líneas de comunicación entre la capital y el resto del virreinato.
Y la tercera, impulsando un plan de racionalización económica que permitiese ahorrar ejemplarmente fondos y regenerar el aparato burocrático a todos sus niveles.
Pero el virrey era consciente de que su plan requería de un tiempo del que no disponía, así lo expresó:
CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL El Tribunal del Consulado no demoró en trasladar su respuesta, que pudiéramos calificar, sin temor a equivocarnos, de extremadamente reflexiva y contenida.
En reunión presidida por su prior, Manuel de Gorbea y los cónsules Antonio José de Sarroa y Manuel de Barreda, acordó por unanimidad, según se recoge en el acta del día 15 de febrero, ofrecer por vía de préstamo el servicio de 160 mil pesos, distribuidos en dos mesnadas de 80.000; una haciéndola efectiva el 20 o 25 de ese mismo mes, y la otra a lo largo del de marzo.
Asimismo, animó al gobierno a que de la contribución de guerra, de la que debían ser exonerados los miembros del comercio, recaudase la cantidad restante hasta los señalados 600.000 pesos, distribuyéndola entre las demás corporaciones «o clases pudientes».
43 El 19 de febrero, La Serna, vía oficio, transmitió al Consulado la aprobación de dicho acuerdo, manifestando la satisfacción del gobierno por el «leal servicio a la Nación del Cuerpo del Comercio».
44 Y finalizó la comunicación poniendo en conocimiento del tribunal un proyecto, para su evaluación, que en fase de estudio por la Junta de Subsistencias, se ocupaba de la emisión de vales para su distribución en el circuito interior.
45 Cerrado con la élite comercial este acuerdo, que aun con el recorte referido podíamos calificar de suficiente, las negociaciones con el cabildo discurrieron por sendas menos fluidas cuando el gabinete le presentó su proyecto «estrella», la contribución extraordinaria de guerra.
En sesión del 14 de febrero, de acuerdo con las normas que marcaban los cauces de comunicación entre el virrey, la Diputación provincial y el Ayuntamiento constitucional, este último presentó el oficio del virrey junto al acuerdo alcanzado por la diputación provincial, aprobando una nueva contribución, que tomó como referencia los decretos de 1.o de abril de 1811 y 3 de septiembre de 1812.
46 Sin duda, la columna vertebral de la política fiscal del gobierno conmocionó a la élite local que, instalada en viejas fórmulas de negociación fiscal, observó incómoda como los vectores de autonomía y descentralización 43 Ibidem, 3-5.
44 Uno de los sectores sociales más afectados por la guerra de la Independencia del Perú y protagonista en las sucesivas evacuaciones de la capital fue el de los comerciantes españoles.
quedaban seriamente alterados en el nuevo escenario.
Los miembros de la corporación adelantaron su oposición a la referida contribución, calificándola de «inconveniente y demasiado gravosa», dando traslado del expediente a los síndicos procuradores municipales, encargados de la confección de una respuesta razonada.
La negociación había dado comienzo y las posiciones de partida estaban muy alejadas.
47 El cabildo «movió ficha» el 20 de febrero, remitiendo dos oficios al virrey.
En el primero, debido a la deplorable situación en la que se encontraba la capital, reiteró la absoluta imposibilidad de hacer frente a la contribución.
Y en el segundo, tomando como base el plan redactado por el síndico Tiburcio de la Hermosa, propuso, ante la ausencia de circulante y obstruidas las comunicaciones con las regiones mineras, la emisión de papel moneda en los términos contemplados por el Decreto de las Cortes de 31 de enero de 1811.
48 Pero el gobierno no estaba dispuesto a abandonar tan pronto su nueva propuesta fiscal.
El 17 de marzo el virrey redobló la presión sobre el cabildo.
En su sesión del 20, la corporación se vio obligada a dar los primeros pasos en cumplimiento del acuerdo de la Diputación provincial que, fundamentalmente, había determinado practicar, en el término de ocho días, el repartimiento de la contribución de 70.000 pesos, formando un padrón general de todos los habitantes de la capital, con un cálculo aproximado de sus riquezas.
Asimismo, y con la intención de imprimir mayor celeridad a la elaboración del censo, se instó a excluir del mismo a «jornaleros y otros individuos de notoria insolvencia».
El gobierno, contando con la colaboración del Tribunal del Consulado, que le facilitó amplia información económica de carácter municipal, 49 concretó una cifra, que pudiera considerarse realista, aunque la coletilla de «por ahora», con que se cerraba el documento, dejaba abierta la posibilidad de nuevas exacciones, una vez obtenida la instantánea fiscal de la ciudad.
Y el plazo y la metodología acordados para la elaboración del referido padrón general, evidenciaron una nítida influencia en el programa liberal gaditano, reconocible en los decretos emitidos.
50 En tanto, la confrontación con la máxima autoridad devino en un ambiente cada vez más enrarecido, como lo demostró el tono del oficio remitido al virrey, instando a su secretaría de cámara la remisión al ayuntamiento «de los bandos que se publiquen, como se ha observado siempre, y cuya falta se advierte de algún tiempo a esta parte».
51 Y en este mismo sentido se sumaron las quejas por el cese de la Junta de Beneficencia.
Asimismo, el cabildo se tomó «un tiempo» para la elaboración de los padrones, del que el gobierno no disponía.
Mientras los comisionados iban examinando los censos correspondientes a los cuarteles de la capital, 52 con el objeto de ir conformando la contribución, justificaban la dilatación del proceso por las dificultades derivadas de la evaluación individualizada, aconsejando reorientar la contribución en términos tradicionales, por la vía del repartimiento, en base a corporaciones, comercio y gremios.
Pero el gobierno cortó en seco la discusión en torno a la naturaleza de la nueva iniciativa fiscal.
En sesión del 12 de abril se debatió en la corporación el plan económico encargado de dividir por clases a los vecinos de la capital.
El proyecto, que consistió en una adaptación de la tabla adjunta al Decreto LII de 1.o de abril de 1811, señaló cinco clases, en función de las rentas líquidas anuales del contribuyente, sobre las que se aplicaría un tanto por ciento con criterio de progresividad.
53 Con respecto al decreto gaditano, la propuesta que se concretó elevaba el mínimo exento y reducía sustancialmente el tanto por ciento aplicable a las rentas más altas.
52 El primero en analizarse para proceder a la distribución de la contribución fue el tercer cuartel en sesión de 23 de marzo, al que siguió el segundo en sesión del 4 de abril.
Para el estudio de los padrones el período comprendido entre fines del siglo XVIII y el último cuarto del XIX «sigue siendo tierra de nadie con censos parciales».
El cabildo reaccionó con rapidez, y con el objetivo de aliviar la escasez de fondos públicos, articuló dos medidas alternativas a la contribución.
Una, consistente en impulsar la liberalización del comercio a través de un buque neutral que, con carácter mensual, permitiese la recuperación del pulso comercial y facilitase la revitalización de las rentas de la Aduana a través del cobro de los aranceles.
Y otra, diseñada por el síndico procurador Tiburcio de la Hermosa, planteada tentativamente en el mes de febrero, fundada en la emisión de 500.000 vales.
54 Esta última propuesta, aprobada por La Serna, será recuperada, aunque con matices, en tiempos del Protectorado, con la creación por parte del ministro de Hacienda del momento, Hipólito Unanue, del Banco Auxiliar de Papel Moneda.
55 El proyecto emisor de vales, una vez estudiado por la Diputación provincial, que contó con el asesoramiento del Tribunal del Consulado, 56 se concretó el 14 de abril en la orden de impresión de 500.000 pesos en vales de 50, 100, 200, 300, 400 y 500 pesos, que con el premio del 8 % perseguía el afloramiento de los caudales atesorados, precisos para revitalizar la circulación monetaria.
Las Cortes, según la Gaceta de Madrid de 13 de octubre de 1820, habían habilitado esta vía de financiamiento con la creación de pagarés, de 2.000 reales de vellón cada uno, con un interés del 10 al 12 %, a cargo de la Tesorería General.
El plan fue concebido para un plazo Sin embargo, a fines del mes de abril, la negociación avanzó sin rumbo claro mientras el entorno político y militar no dejaba de deteriorarse.
Las campañas militares diseñadas con el objetivo de abrir las líneas de suministros entre Lima y las provincias del interior, tras unos prometedores éxitos iniciales, acabaron agotándose con la acción erosiva de las montoneras y las operaciones de Miller y Arenales en el flanco sur de la costa.
Asimismo, las sucesivas medidas desarrolladas por el gobierno, encaminadas a dinamizar la actividad agrícola y ganadera en los valles y fundos circundantes a la capital, no surtieron efecto alguno, limitando aun más los abastecimientos básicos para la población urbana.
Y especial atención merece la negociación abierta entre La Serna y el general San Martín en la hacienda de Punchauca, 58 patrocinada por el en viado especial de las Cortes, el capitán de fragata Manuel Abreu, y para la que el virrey formó una «junta de pacificación».
Las conversaciones se 57 «Los buques extranjeros se admitirán en todos los puertos de la Monarquía Española, conforme sean admitidos los buques españoles en los puertos extranjeros respectivos de cada nación en particular», Artículo 19 del Decreto XLVI de 5 de octubre de 1820, Colección de los decretos y órdenes, 1821, VI, 175.
DIONISIO DE HARO ROMERO Y ALFREDO MORENO CEBRIÁN iniciaron el 4 de mayo y alcanzaron su momento álgido el 2 de junio, con motivo de la entrevista entre La Serna y San Martín.
La propuesta de paz lanzada por el general rioplatense, alimentando el ansiado final de la guerra, anhelado por sectores sociales cada vez más amplios, acabaron por romper el bloque realista cuando Abreu, Llano y Galdiano59 se inclinaron a aceptarla.
El virrey frenó en seco el debate, implementando una contraoferta que eludía el reconocimiento de la independencia y que San Martín no tardó en rechazar.
60 Así, el gobierno logró abortar un acuerdo que abría el camino a una independencia negociada, pero de un altísimo coste político: una crisis institucional al más alto nivel, que restaba potencia a un gobierno que no lograba sintonizar con la población en su propósito de consolidar un poder que se le escapaba día a día de sus manos.
En un momento crucial de las negociaciones de Punchauca, el virrey disolvió el 23 de mayo la Junta de Subsistencias presidida por el conde de Villar de Fuente, circunstancia que acentuaría aun más el enfrentamiento entre el cabildo y La Serna.
A lo largo del mes de mayo no se experimentó avance alguno en torno a los arbitrios aprobados.
La emisión de vales no se ejecutó y, a finales de ese mes, el cabildo dio por zanjadas las negociaciones con respecto a la contribución «liberal».
Los padrones acabaron por ser completados y remitidos al gobierno el día 22, con un claro mensaje de ruptura.
Los comisionados, argumentando en base a la «deplorable» situación en la que se hallaban los habitantes y sus rentas, remitieron al virrey los censos, que sumaban la «ridícula» cantidad de 16.406 pesos.
61 El mensaje era claro: el gobierno no podía pretender imponer su acción política a buena parte de la élite limeña, por lo que las siguientes comunicaciones entre el virrey y el cabildo no hicieron sino ensanchar la ya insalvable brecha establecida.
Un escrito anónimo, dirigido al alcalde, el conde de San Isidro, donde se ponían en entredicho las gestiones políticas del ayuntamiento desde su instalación, y que se pretendía fuese leído en cabildo pleno, vino a enrarecer aun más el contaminado ambiente político entre ambas partes.
62 Y el oficio remitido al virrey, con fecha 6 de junio, denunciando los desórdenes y abusos cometidos por el ejército en diferentes haciendas y CONTRIBUCIÓN DE GUERRA Y NEGOCIACIONES: LA POLÍTICA FISCAL ramos de abastos, era una clara invitación al abandono.
63 Y ese fue el momento, ya sin alternativas, de proceder a la evacuación de la Ciudad de los Reyes.
La Serna y buena parte de su Estado Mayor tenían grabada la amarga experiencia del segundo sitio de Zaragoza en la guerra de la Independencia española.
Para ellos fue el final de su participación activa en el conflicto peninsular.
En el primer semestre de 1821 se sumaron a los motivos militares, que aconsejaban desalojar una ciudad portuaria bloqueada por una escuadra marítima y hostigada desde el interior, las razones políticas de un gobierno en franco declive, incapaz de organizar a quien o a quienes no estaban dispuestos a hacerlo.
El gobierno político-militar del virrey La Serna sigue planteando sugerentes interrogantes en torno a su naturaleza.
La ausencia de documentación oficial fundamental, como es el caso de las actas de la Diputación provincial y los números de la Gaceta del Gobierno de Lima correspondientes al primer semestre de 1821, nos obligó a avanzar con cautelas, manteniendo las dudas en torno al perfil liberal de La Serna y sus colaboradores más fieles.
Pero las actas del cabildo de Lima, junto con otros fondos complementarios, nos han permitido empezar a analizar el último virreinato bajo un prisma alternativo, como lo demuestran las duras negociaciones que el gobierno impulsó con las élites locales en torno a un nuevo sistema fiscal que sustentaba su fuerza y legitimidad sobre los principios liberales de la carta gaditana.
Y aunque el escenario no era el propicio para la introducción de cambios de tan profundo calado, la guerra fue vista como la oportunidad para desbrozar los obstáculos que se oponían al establecimiento de un nuevo sistema de gobierno económico.
En definitiva, el gobierno político-militar salido de Aznapuquio planteó una sugerente reorientación fiscal, capaz de permitir alcanzar la tan ansiada estabilidad política.
La nueva base fiscal requería de amplios acuerdos en los que el cabildo fue pieza fundamental.
Tras las elecciones de diciembre de 1820, el nuevo perfil político del Ayuntamiento constitucional de Lima podría hacer pensar en la posibilidad de éxito de la iniciativa programada.
Las negociaciones en 63 Idem.
torno al nuevo sistema fiscal pivotaron con fuerza entre el virrey, en colaboración con la Diputación provincial, y el cabildo, mientras que el Tribunal del Consulado se mantuvo en un papel discreto de apoyo medido al gobierno virreinal.
Sin embargo, intereses contrapuestos, la extraordinaria debilidad política del nuevo gobierno que acompañó a La Serna, junto al rápido deterioro de una ya de por sí frágil situación política y militar, acabaron por animar al gobierno al abandono de una ciudad reacia a adoptar medidas que consideró contrarias a sus intereses.
Pero los padrones se realizaron y la información que se desprendió de los mismos quedaría bajo la tutela de los sucesivos gobiernos, aflorando de forma intermitente a lo largo de una guerra que se extendería hasta diciembre de 1824.
Asimismo, y aunque la investigación adolezca de una seria limitación como es sondear un tema tan complejo como representa la interacción entre finanzas públicas y política en una coyuntura tan breve como un semestre, estas medidas de política tributaria que en los tiempos de la independencia fueron tanteadas, más adelante, serán materias de vivos debates en las nuevas repúblicas sudamericanas.
El trabajo analiza una serie de recursos administrativos presentados ante las autoridades de la provincia de Santa Fe bien por los médicos diplomados para denunciar el ejercicio ilegal de la medicina -curanderismo-, bien por los vecinos para solicitar se autoricen este tipo de prácticas no permitidas.
Nos interesa tensionar el proceso de medicalización social mostrando la pervivencia y legitimidad de ciertas prácticas sustentadas en saberes «populares», así como la incertidumbre de los saberes biomédicos.
Por otra parte, discutiremos el proceso de profesionalización de los médicos como expertos «únicos» en la prestación de servicios de salud, al mostrar que las prácticas «alternativas» de curar eran en verdad la norma de los ciudadanos.
Palabras clave: Curanderismo; Profesionalización; Medicalización; Argentina.
La profesión como punto de llegada: derivas de la legitimidad médica
Este trabajo se propone constituir un aporte a las discusiones que renuevan constantemente el campo de la historia social y cultural de la salud y la enfermedad, al discutir la complejidad de dos procesos: la medicalización social, por una parte, y la profesionalización y legitimidad médica, por otra.
1 De manera secundaria, entendemos que el problema de la legitimación y profesionalización de la medicina como saber hegemónico sobre la salud a partir de la tensión entre los diplomados y los sanadores empíricos puede aportar a otro campo de estudios.
Nos referimos a la revisión historiográfica en torno al Estado como figura y actor omnicomprensivo, el cual ha sido revisitado y renovado en los últimos años en pesquisas que han enfatizado no solo la fragilidad de su tendido y la cuestión central de sus cuadros burocráticos, 2 sino también el problema de los límites de la medicalización, en función de la efectividad de sus estructuras en el control y gestión de poblaciones tanto en zonas caracterizadas por la escasez de personal o de agencias específicas -problema estudiado para los Territorios Nacionales en Argentina-, 3 como también en las ciudades «centrales».
En este sentido, nuestra propuesta responde a este tipo de inquietudes, en tanto la problemática del curanderismo se inserta en una miríada de planos desde los cuales observar cuestiones atinentes a la conformación Estado, a las modernizaciones sociales y al proceso de medicalización de distintas esferas de lo social.
La segunda mitad del siglo XIX en Argentina acarreó una serie de transformaciones que modificaron completamente el amplio espectro de la relación social: sociedad, Estado, economía y cultura, todos ellos atravesaron cambios sustanciales, a partir de lo que se entendió como procesos de modernización.
4 Estos, sin embargo, no resultaron inocuos a todos los sectores sociales, y sus consecuencias derivaron en la emergencia de lo que numerosos estudios han entendido como «cuestión social».
5 En este marco, los brotes epidémicos que azotaron a la población ingresaron en la agenda de la limitada acción del Estado, y con ello los médicos comenzaron a demandar un reconocimiento de su labor y su saber por este último.
Como parte de este proceso de múltiples cambios, los médicos diplomados -inmigrantes, en su mayoría-fueron emergiendo 1 Carbonetti, Aizenberg y Rodríguez, 2014.
tímidamente como un actor que pretendía hegemonizar los sentidos y prácticas del arte de curar, frente a un número no menor de sujetos que tradicionalmente se habían abocado a estas tareas a partir de saberes empíricos y que contaban, además, con una legitimidad social considerable.
6 Este grupo de médicos diplomados en vías de profesionalización era, a la sazón, parte de la elite local en los distintos espacios donde se encontraban, lo cual habilitó su posibilidad de ingresar en los espacios que en los distintos niveles del Estado fueron emergiendo para velar tanto por la salud de la población como por sus intereses corporativos -controlando títulos, habilitando farmacias y establecimientos de salud, etc.-. Los más relevantes en este sentido fueron el Departamento Nacional de Higiene y los Consejos de Higiene provinciales, instituciones nacidas al calor de crisis epidémicas o sanitarias que pugnaban por atender a una de las aristas de la cuestión social desde la higiene, así como también a resguardar el campo de acción de los diplomados e intentar construir progresivamente su monopolio.
7 No obstante la ventaja relativa que suponía su vínculo con actores clave del Estado, como todo proceso, la profesionalización de la medicina fue un camino sinuoso y de múltiples vías, estudiado principalmente para el caso de Buenos Aires.
8 Las dificultades de los diplomados en este sentido no eran menores, y si bien, por una parte, respondían a las limitaciones propiamente estatales en la capacidad -y voluntad-de control por sus instituciones y agentes, por otro lado no debemos perder de vista que tanto las intervenciones de la medicina académica o de las terapias populares-tradicionales eran inciertas en sus fundamentos y resultados, y así partir del hecho que la legitimidad de las prácticas médicas no superaba a la de curanderos, sanadores, hipnotistas, espiritistas, parteras, entre otros.
Los estudios sobre la materia destacan que en el proceso de hegemonización médica fueron centrales las políticas de «des-calificación» y represión de prácticas que aparecían como «heterogéneas» frente a una supuesta homogeneidad y fortaleza del saber médico diplomado.9 En la disputa por la significación que los médicos debían librar para alcanzar no solo el monopolio de una práctica sino la legitimidad social de su saber, reconocemos dos aspectos analíticos: la definición simbólica de qué prácticas eran «efectivas» y, por otro lado, de cuáles serían «permitidas».
Estos estudios se interrogan sobre objetos diversos, desde el grado de efectividad que el ejercicio de la autoridad del Estado tuvo con respecto a las prácticas de medicina no diplomada, popular o curanderismo, hasta la específica forma en que la aparición de los Consejos de Higiene ligada a coyunturas sanitarias y políticas 10 y la construcción de los curanderos como sus primeros enemigos indica el lugar que la salud pública ocupó en los ciclos de atención del Estado en formación.
11 Estos interrogantes están vinculados a los procesos de conformación de la profesión médica dotada de legitimidad académica, pero principalmente social a escala local y regional.
Así, los médicos «oficiales» fueron logrando que sus propuestas ganaran peso en las políticas públicas, 12 posición desde la cual abogaron por el cumplimiento de las condiciones que la medicina académica debía reunir.
Lo antedicho pone de manifiesto que los estudios existentes sobre curanderos, sanadores y la medicina popular no arrojan -aun-una visión general del tema, como así tampoco de la problemática específica de la tensión entre estos y los médicos.
Este trabajo dialoga con dichos aportes, y pretende analizar una de las aristas de la profesionalización médica y la medicalización social, como fueron los numerosos intentos de reprimir y limitar el accionar de sanadores tradicionales.
La conflictividad que signó la relación entre médicos y curanderos se ha constituido en objeto de indagación histórica en los últimos años, 13 en estudios que -a pesar del carácter fragmentario que presentan-han superado ciertos enfoques que pensaban el «triunfo» de la medicina diplomada atribuyendo un carácter a la vez performativo y efectivo a la letra de las normas que regulaban la praxis médica desde el siglo XVIII.
14 Algunos casos, por otra parte, resultan ejemplares de una serie de procesos subyacentes a la figuración pública de estos personajes ya avanzado el siglo XX, como el del profesor Carbell de Costa Rica en la década de 1930.
15 En efecto, Carbell, reunía una serie de saberes que vinculaban el plano espiritual y el médico, y al momento de ser denunciado por la policía de Salubridad presentó su caso no solo con un número importante de testimonios a su favor, sino que realizó un uso estratégico de una miríada de medios escritos (Molina y Palmer, 1996).
En su análisis, Palmer muestra que el éxito de Carbell y su persecución por los médicos diplomados era en realidad el espejo de un proceso sobre el eclecticismo médico que se presentaba como una nueva dimensión de la medicina popular, al tiempo que le permitía dar cuenta de un particular proceso de imbricación de los mundos privados y públicos y la política, a la luz del fenómeno que el autor abordó como «populismo médico» (Palmer, 2002).
La historiografía argentina ha relevado algunos casos significativos, donde el análisis de los sujetos que curaban fuera de la tradición académica se enfocó en el curanderismo o el parterismo, como son los estudios sobre casos de las actuales provincias de Tucumán, 16 Jujuy, 17 Córdoba, 18 Territorios Nacionales 19 y Buenos Aires.
20 Una figura vinculada a estos trayectos es la de los «charlatanes» en la cultura científica decimonónica, abordada prolíficamente en una miríada de estudios que se han preocupado por señalar su presencia, destacar las dificultades documentales de su rastreo, y fundamentalmente enfatizar el carácter trasnacionalizado e itinerante de los saberes que componen la ciencia «oficial», dando cuenta así de la mutua imbricación existente entre conocimientos del mundo popular y su recepción y resignificación en el campo de la medicina erudita.
21 Sin embargo en este artículo no profundizaremos esta rica perspectiva analítica sino que buscaremos analizar los conflictos que se suscitaban entre médicos académicos (que podían ejercer gracias a la reválida de los órganos estatales) y falsos médicos o curanderos.
Va de suyo que el objeto de estos trabajos afronta dificultades documentales, que en buena medida han marcado el ritmo de constitución del sub campo historiográfico de la salud y la enfermedad.
Para el caso del tenso vínculo entre una medicina tímidamente oficial y otra de carácter empírico y «popular», las investigaciones comparten limitaciones con el conjunto de los estudios sociales del siglo XIX y pueden pensarse en un doble registro: por una parte, escasez o discontinuidad documental; por otra, el hecho de que la gran mayoría de dichos documentos fueron producidos por elites «estatales».
En este último punto, sin embargo, veremos que el ejercicio del derecho de petición a las autoridades por parte de los vecinos no fue una práctica menor, 22 así como también que las propias fuentes «oficiales» dan cuenta de ciertas lagunas y de situaciones donde el marco legal y administrativo era puesto en segundo plano por parte de los cuadros estatales.
Por otra parte, es preciso señalar que los trabajos existentes reúnen dos condiciones que dan cuenta de su relevancia historiográfica.
En primer término, y en tensión con las miradas generales, ponen en relieve los 16 Fabermann, 2005.
22 Garcilazo, 2014. rasgos propios de las regiones estudiadas, un planteamiento que responde a un debate más que saldado en la pesquisa histórica contemporánea que ha revisitado el carácter territorial del enfoque regional para pensarlo como perspectiva teórico-metodológica de trabajo.
23 En segundo lugar, metodológicamente rescatan el estudio del «acontecimiento» como parte constitutiva de la trama social, permitiendo el trazado de una cartografía de lo social bajo una clave más densa.
24 Este trabajo busca hacerse eco de estas visiones para analizar un fenómeno general bajo la lógica de instancias particulares y discontinuas de lo social en el espacio abordado.
El conjunto de casos empíricos que analizamos en este artículo transcurren en el territorio de la actual provincia de Santa Fe, Argentina, durante la segunda mitad del siglo XIX.
25 Cabe señalar, en este sentido, que el corpus de fuentes utilizado fue reunido a partir de expedientes administrativos, judiciales y civiles, lo cual nos permite iluminar aspectos del proceso de medicalización en esferas del plano cotidiano entre tantos otros posibles.
Una de las mayores potencialidades de los archivos en este período de indefiniciones de la autoridad estatal reside en la cotidianidad que permiten inferir sobre los sujetos involucrados, así como su capacidad de crítica sobre los documentos oficiales elaborados desde las elites y las agencias que ocupaban.
26 En un contexto de integración del país al sistema capitalista y de sus particularidades geo-climáticas, la provincia de Santa Fe fue una pieza clave en el proyecto productor de materias primas que definió su incorporación.
Esto no implicó, empero, un proceso homogéneo para el conjunto del territorio provincial, donde se distinguen tres regiones de ocupación y explotación del suelo, con el arribo de flujos migratorios externos e internos y con las transformaciones sociales consecuentes: el sur pampeano, con una fuerte impronta de grandes propietarios absentistas que encontraron en los negocios inmobiliarios rurales y en el arrendamiento pingües ganancias; la franja transicional central, con el predominio de pequeñas y medianas propiedades abocadas a la producción agrícola o ganadera intensivas; y el 23 Fernández y Dalla Corte, 2001.
25 Hemos procurado realizar una transcripción literal de las fuentes abordadas, en tanto entendemos que reflejan cambios significativos en el uso de la lengua.
Dada la cantidad de diferencias que presenta la escritura y ortografía con el sistema actual, hemos obviado agregar la aclaración luego de cada una de ellas.
26 Otros trabajos han abordado el problema del curanderismo desde fuentes diversas, como la prensa, véase Rivero, Carbonetti y Rodríguez, 2017.
norte chaqueño, con escaso poblamiento, abundancia de recursos boscosos y pobre fertilidad de los suelos, lo cual orientó su economía hacia la actividad forestal y de extracción de tanino.
El control de las prácticas de curar: un camino espinoso A partir de la segunda mitad del siglo XIX, momento en que los actuales territorios provinciales comenzaron a ganar estabilidad administrativa luego de los conflictos post independencia que atravesaron al antiguo virreinato del Río de La Plata, encontramos algunos registros del incipiente problema de la legitimidad de quienes ejercían prácticas de curar.
Podemos diferenciar, en este sentido, un primer panorama hacia fines de la sexta década del siglo.
En 1861, Teófilo Romang, médico diplomado, fue «recibido» por el Concejo Municipal de la colonia agrícola de Esperanza como médico del pueblo, asignándole el pago de cuatrocientos pesos bolivianos anuales.
Como dicha suma nunca le fue abonada por falta de recursos del municipio, el galeno comenzó a cobrar honorarios particulares a los ciudadanos por sus prestaciones.
Tres años después de su llegada, empero, vemos el primer registro documentado de la conflictividad entre los médicos diplomados del territorio provincial y los practicantes del arte de curar no académico cuando Romang se dirige al gobernador para denunciar a Felipe Vehr por ejercicio ilegal de la medicina:
Pero hace ya tiempo que el colono Felipe Vehr se ha permitido sin autorización ninguna a curar enfermos y componer algunos miembros quebrados, cuyos he tenido a varias veces que quebrar en segundo para poder componerlos, y también se ha permitido hablar mal de mi persona desacreditándome a los demás colonos, particularmente de mi oficio y arte.
28 Aquí se juegan dos factores en la denuncia de Romang.
Por una parte, el simple hecho de que, ante el cobro por sus prácticas, es más que probable que Vehr no solo haya tenido una presencia más arraigada en el lugar sino que además haya solicitado un pago más modesto, presumiblemente a partir del trueque, como veremos ocurría con otros curanderos.
Otro tanto se dirimía desde el plano de la reputación de Romang, quien de esa manera lo 27 Hourcade y Godoy, 1993.
28 Archivo General de la Provincia de Santa Fe (en adelante AGPSF), Ministerio de Gobierno (MG), tomo 25, 1864, exp.
16. expresa en su solicitud: «Por esos motivos vengo a solicitar de V.E. dignase ordenar por medio del Sr. Juez de Paz a dicho Felipe Vehr que cesa tales hechos sin que me veré en la obligación de dejar la colonia a la merced de un charlatán según lo dice el Sr. Juez de Paz en su declaración...».
29 En el mismo año, los vecinos de Coronda enfrentan un cuadro epidémico a partir del cual apelan al gobernador solicitando auxilio.
Observemos aquí no solo la escasa disponibilidad de profesionales para actuar en contextos críticos, sino también las concepciones sobre la enfermedad plasmadas en la solicitud: hace algún tiempo a que este vecindario sufre el flagelo de enfermedades que por su desarrollo estraordinario en el vecindario se deja conocer ser ya de carácter epidémico sin que se haya notado disminución alguna, sin embargo del cambio de estación y de haber llovido algunas veces; motivos suficientes que podrían haber contribuido a su total desaparición pues, que sin embargo de la templanza de la admósfera parece que hoy se presenta de un modo recrudecido manifestándose sucesibamente bajo nuevos síntomas que tienen alarmada a la población.
30 Ante este cuadro, los diecinueve vecinos que firman la petición solicitan un médico más que colabore con el que ya se encontraba en el poblado:
En tal conflicto ocurrimos a la paternal protección de V.E. para que atendida nuestra demanda, se digne destinarnos un facultativo de Medecina ya sea de los que existen en la Capital o de los del Rosario, en la forma y manera que lo estime conveniente, al fin de que asociado al ciudadano Dn Felipe Fernandez el único con el que actualmente cuenta la población como médico, puedan en cuanto les sea posible contener el desarrollo de dichos males, o buscar algún genero de preservación 31 Apenas unos años más tarde, en 1867, desde el Departamento de San José y Calchines se dirigen al gobernador apelando a una solución más práctica que el envío de un diplomado: precisamente ante la falta de médico y la presencia de un curandero, solicitan que este último sea habilitado para poder ejercer: que caresiendo en los referidos Departamentos, de un médico, para atender a los enfermos, pues lo exije ya el cresido número de habitantes, que no vajaron de dos mil quinientos á tres mil, venimos ante V.E. a pedir al Sr. Dn.
Visente Bital por ser ya conosido de todos, y haber echo acá varias curas notables, lo que nos prueba los buenos conosimientos prácticos que tiene, y á mas de esto, lo umanitario y desinteresado que 29 Idem.
se á manifestado, por todo lo espuesto esperamos que V.E. accederá a nuestra solicitud, por la escasez que tenemos de médico, y por que en este tenemos confianza.
Por tanto a V.E. suplicamos se digne a concedernos esta gracia.
32 Estos casos presentan un panorama donde es posible observar las primeras iniciativas de la medicina diplomada por disputar un lugar legítimo a los practicantes populares, que, como resulta evidente, contaban con un nivel de inserción comunal y hasta con mayor autoridad que los incipientes practicantes «oficiales».
Junto al problema de la legitimidad emergía un segundo aspecto, la escasez de médicos letrados para «competir» con los curanderos, así como los límites concretos del «brazo» del Estado a la hora de asegurar un lugar para estos últimos.
Los reclamos tanto de los vecinos como de los actores médicos, por otro lado, tuvieron eco recién hacia 1868, año bisagra para la profesión en la provincia, al menos en términos institucionales.
Motorizados a partir de la epidemia de cólera del año anterior, en dicho año se crearon los Consejos de Higiene de Santa Fe y Rosario, así como la Asistencia Pública de esta última ciudad.
33 Concebidos para monopolizar la atención de la salud desde el Estado, así como el control de las prácticas de los particulares, entre sus objetivos señalaban el control de títulos y autorización del ejercicio de los ramos menores -como las parteras o flebótomos-y de las farmacias, la visita de establecimientos en los contextos de brotes epidémicos y fundamentalmente el «celar» el ejercicio profesional de los galenos.
Considerando la escasez de practicantes diplomados, fue corriente la inserción y autorización de médicos extranjeros, a los que más adelante se les solicitaba un examen de reválida.
34 Casi veinte años después veremos un funcionamiento distinto en la lógica de las denuncias por parte de los galenos, que si bien contaban ya con un cierto respaldo institucional, su legitimidad aun no lograba decantar en el tejido social.
Vemos así que, nuevamente en la localidad de Esperanza, el primero de abril de 1886 un importante número de médicos y farmacéuticos se dirigieron a las autoridades denunciando las dimensiones y el accionar de los curanderos en la zona.
De acuerdo con la descripción que realizan, el problema tendría una extensión considerable en tanto afectaba a mayores actores, puesto que no solo realizaban prácticas curativas, sino que además 32 AGPSF, MG, tomo 31, 1867.
TENSIONES Y CONFLICTOS de medicina de esta capital.
Los que no lo exhibieren deben sufrir la multa legal y su respectivo apercibimiento».
Ahora bien, al tomar conocimiento de la cuestión, el Consejo de Higiene interpuso su visión del asunto, que expresaba, por una parte, su voluntad de ganar mayor peso como instancia regulatoria y, por otra, su voluntad de contar con la colaboración tanto de funcionarios políticos como de los cuadros de seguridad para ejercer el control de las prácticas de curar.
Este último punto será, como veremos, uno de los mayores obstáculos con que contarían, dada la inscripción local de los colaboradores requeridos.
Sr. Ministro: Siendo justísima la solicitud de los Médicos y Farmacéuticos de la Esperanza, el Consejo de Higiene cree que debe pasarse no al Gefe Político de esa ciudad para que ponga en conocimiento de los que ejercen la profesión de Médicos o Farmacéuticos, sin ser recibidos en alguna de las Facultades de la república que se presenten a este Consejo entes del término de un mes renovar la autorización si la tienen o solicitarla para el futuro.
Los abusos cometidos por curanderos y boticarios son sin cuenta, por lo que si V.E., como este Consejo, considera de necesidad cortar de raíz los medios que a ciertas personas sirven para explotar la ignorancia del pueblo y a fin de garantir en lo posible la salud del pobre facilmente engañado, convendría oficiar a las autoridades de los Departamentos San José, San Javier, Las Colonias y San Gerónimo que corresponden a la jurisdicción del Consejo de Higiene de la Capital en igual sentido que al de la Colonia Esperanza, así como que no concedan patente de médico y Farmacéutico a los que no presenten diploma o autorización de este Consejo; de esta manera estado prevenidos pueden hacerse efectivas las multas.
Es cuanto tiene que informar este consejo de Higiene al Sr. Ministro.
36 Esta actitud por parte del presidente del Consejo pone en evidencia algunas cuestiones.
Si bien por una parte traduce una serie de cambios que habían cristalizado en la nueva estructura que adoptó el Consejo de Higiene a partir de su reforma en 1887, por otra parte da cuenta de la competencia que estos sanadores empíricos representaban para las prácticas «oficiales», y de allí la necesidad de contener y reprimir dichas prácticas.
En términos de su estructura, el Consejo centralizó sus actividades en la capital provincial, subordinando la sede existente en la ciudad de Rosario a este último.
Además, luego de casi dos décadas de funcionamiento, el organismo redefinía sus funciones respecto a la corporación médica así como su posición en y para el Estado.
Si, por un lado, reforzaba su potestad de autorización de títulos extranjeros, el avalúo de honorarios médicos, su lugar en la aplicación de penas por ejercicios irregulares -donde se incluía la mediación 36 Idem. y legitimación de las mismas por parte de un abogado y un juez del crimen-, o su control sobre las condiciones edilicias higiénicas en farmacias y la puesta en uso de la farmacopea francesa, por otro lado hay indicios que muestran su orientación como una agencia y un saber orientados hacia el Estado.
Además de que sus miembros ahora eran designados por el poder ejecutivo y tanto estos como los inspectores percibían una remuneración, entre sus nuevos objetivos el Consejo se propone elaborar una estadística médica, brindar asesoramiento a municipios y comisiones de fomento, la posibilidad de nombrar comisiones higiénicas cuando sean requeridas, la imposición a los diplomados de informar cualquier indicio de brote epidémico y un refuerzo sobre sus actividades de inspección de establecimientos médicos y especialmente farmacéuticos.37 ¿Curanderos o médicos ilegales?
Disputas sobre el monopolio de curar Estos cambios marcan una nueva actitud respecto al control y persecución de las prácticas «ilegales» de ejercicio de la medicina, y el caso que inaugura este período del Consejo de Higiene lleva una doble particularidad.
Por un lado, por el tenor de la denuncia -llevada a los límites del paroxismo-; por otro, por ser el primer caso donde, ante las sucesivas misivas y multas aplicadas por el Consejo, el curandero acusado responde con una denuncia contra su presidente, en la cual un asesor letrado expuso una serie de argumentos legales para legitimar su derecho a ejercer una práctica.
38 Se trata de Juan Pablo Quinteros, quien no era curandero sino espiritista, y cuyo caso ha sido objeto de otros trabajos.
39 Años más tarde, el 9 de octubre de 1894 Guillermo Ovalle, médico de policía de Helvecia -localidad del norte provincial-, se dirige al ministro de Gobierno provincial para denunciar ciertas irregularidades que no atañen ya solo a la prestación de servicios por parte de los «sanadores» locales, sino también a la necesidad de controlar ciertas prácticas que se buscaba secularizar y ubicar bajo la órbita del Estado, como el registro de defunciones: MÉDICOS, ADMINISTRADORES Y CURANDEROS.
TENSIONES Y CONFLICTOS Al objeto de evitar aquellos y poner trabas á un sin número de curanderos que egercen la medicina sin titulo ni permiso alguno, solicito de SS. disponga (salvo su mejor parecer) que esta Comision de Fomentos no consienta en el enterramiento de ningun cadáver sin certificación del reconocimiento facultativo, pudiendo saberse asi las enfermedades que predominan en el pueblo, el caracter que revistan y, en casos epidémicos tomar el Médico de Policia que suscribe de acuerdo con el H. Consejo de Higiene todas aquellas medidas que la Ciencia y la Higiene establecen.
Por otra parte, y siguiendo marcha tan anómala como hasta hoy se sigue pueden cometerse crímenes dejando vurlada la acción judicial; en su virtud y atendiendo a lo que dejo consignado, vengo a pedir a SS. lo solisitado si lo cree en justicia...
40 Apenas unos meses después, se desató una misiva interesante en la localidad de Sunchales por el contexto donde se desplegó así como por el accionar del Consejo, donde Manuel Martínez Olano fue acusado por ejercicio ilegal de la medicina.
El 12 de diciembre de 1894 el presidente del organismo solicitó al juez de paz de la localidad que gestionase el cobro de una multa al sujeto en cuestión por ejercer la medicina de forma ilegal, habiendo sido apercibido previamente:
El resultado de la requisitoria, firmada por Martínez Olano, dos testigos y el juez de paz involucrado, no satisfizo al presidente del Consejo, quien apenas unos días después recurrió a la autoridad jerárquica superior al juez de paz, esto es, el jefe político del departamento de Rafaela, para que comprobara si las diligencias fueron certeras o no:
Por segunda vez el Consejo se sirve solicitar su concurso para hacer efectivas las medidas tomadas contra del curandero Sr. Manuel Martínez Olano.
Hoy se trata de saber si las diligencias hechas por el Juez de Paz de Sunchalez son exactas.
Sírvase ordenar las averiguaciones necesarias, y si resultaran falsas, disponer se efectue la multa de $200.-por los medios que el Jefe Político estime más rápidos y seguros.
43 En medio de esta nueva solicitud de Pujato, acontece algo que evidencia la incongruencia entre la pretendida legitimidad que este reclamaba para la corporación médica y la legitimidad y peso local de las figuras asociadas a la prestación de servicios de salud en las comunidades.
El 30 de diciembre de 1894, el comisario general del poblado se dirige en un telegrama al ministro de Gobierno -por encima del Consejo de Higiene-notificando sobre un brote epidémico de cólera ante el cual, por falta de médico, propone se habilite a este sujeto que ya contaba con la negativa del órgano de la corporación:
Sr. Ministro de Gobierno de S. Fe.
Participo a SS. que esta población está alarmada con la epidemia del cólera y la falta de médico por haberse ausentado el que había aquí esta el Dr Manuel Martinez Olano pero como consejo de higiene ha ordenado que no cure.
Digame si SS. le podrá permitir en vista de las circunstancias por que atraviesa esta población.
44 La tensión que las medidas del Consejo despertaban al evidenciar su fragilidad institucional y la escasa cobertura que alcanzaba en contextos normales se agudizaba en tiempos de crisis.
Esta carencia de legitimidad explica esta apelación a una figura jerárquica del Estado provincial respecto al Consejo, y no se resumía solo en el pedido del comisario, sino que un grupo de vecinos también dirigió su telegrama al ministro de Gobierno, donde alertaban por la salubridad de la población y reclamaban la autorización de Martínez Olano en dicho contexto: MÉDICOS, ADMINISTRADORES Y CURANDEROS.
TENSIONES Y CONFLICTOS En motivo del flagelo que nos amenaza por el contacto en que estamos con Rosas y esa capital y habiendose retirado para Cordoba el Sr. Carlos Achaval pedimos a SS. ponga en conosimiento del Sr. gobernador que encuentrase aquí el Sr. Martinez Olano, medico extranjero que esta inhibido por el Consejo de Higiene a ejercer su profesión.
Por las circunstancias espuestas pedimos a SS. y al Sr. Gobernador la autorización [...] para que este Sr. pueda ejercer la medicina y poder a la vez tomar medidas preventivas contra la epidemia reinante.
Esperamos se nos atienda urgente.
Adolfo K. Gielz, I. Maistany, Antonio I Rodriguez, Choistensen y Cia, Koennig y Cia, Angel Bagliente, I del Casto.
45 Seis días después, el Ministerio de Gobierno pasa la nota al Consejo para su evaluación, que se expide en pocos días negando la posibilidad de autorizar a Martínez Olano y enfatizando su carácter «ilegal» no solo desde su práctica, sino también por no haber abonado las multas impuestas.
La lectura sesgada que realizaban respecto a la normativa y a las posibilidades mismas de reunir las condiciones para llevarlas a cabo es evidente:
Los artículos del Reglamento prohiben terminantemente se faculte al ejercicio de la medicina a personas que carezcan de títulos universitarios.
Por esta causa se prohibió al Sr. Martinez Olano ejerciera el arte de curar hasta tanto no presentara documentos que comprobasen su competencia.
No lo hizo, persistiendo por varias ocasiones, por lo que se le aplicaron dos multas; una de $100.-, satisfecha, y la otra de $200.-impaga aún, y cuya efectividad se ha recomendado al Gefe Político de Rafaela, por no haberlo hecho el Juez de Paz de Sunchalez.
El Consejo no podria permitir se facultara al Sr. Martinez Olano, como o solicitan, por las razones expuestas, y porque será abandonar la suerte de aquellos habitantes en manos de un particular, lo que significa acarrearse la responsabilidad de los actos de aquel.
Por otra parte, si el mal llegara a amenazar a Sunchalez, se aconsejaría inmediatamente el envío de un facultativo.
Por hoy, esta Corporación no tiene a quien indicar se le proponga la plaza dejada por el Dr. Achaval.
46 Sucede entonces que tras esta petición de la comunidad por la habilitación de Martínez Olano y la reiterada negativa de Pujato, el 7 de febrero de 1895 el jefe político de Rafaela respondió al recurso administrativo presentado por el presidente del Consejo el 20 de diciembre del año anterior, donde informaba que no fue posible darle curso, dado que «el Sr. Martinez Olano se ha aucentado de "sunchales", ignorando su domicilio».
47 Esta respuesta no logró otro resultado que exacerbar aun más al presidente del 45 Idem.
47 «Presidente del Consejo de Higiene acompaña notas quejándose de la demora de algunas autoridades para los asuntos de dicho Consejo», AGPSF, MG, tomo 30, 1895, exp.
Consejo, quien se dirigió con el asunto al ministro de Gobierno, apuntando contra el accionar del funcionario de Rafaela, a quien acusaba de obrar deliberadamente en contra de las disposiciones requeridas, y en favor del curandero:
Para que su SS pueda darse cuenta del retardo notable con que proceden las autoridades de campaña en asuntos de suma importancia, que este Consejo recomienda, me permito acompañar la nota no 890 en la que se solicitaba averiguaran la veracidad de lo expresado en la nota 877.
Sírvase fijarse SS en la fecha de la diligencia, en la forma en que se hace, en el poco interés que se demuestra, y tendrá forzosamente, que convenir que la buena voluntad de esta Corporación se verá siempre quebrantada por la decidia, cuando no por la mala intención de empleados sin escrúpulos.
48 Esta última requisitoria no fue bien recibida por el jefe político de Rafaela, que en su respuesta agrega un dato hasta entonces ausente: él era nuevo en el cargo, habiendo asumido a solo veinte días de presentado el recurso de Pujato.
Con lo cual, en términos administrativos, había dado cumplimiento a los procedimientos correspondientes.
Al hacerme cargo de esta jefatura, el 14 de enero ppdo.
Dediqué los primeros días a examinar los expedientes atrasados entre los que se hallaba el presente del Consejo de Higiene que se remitió a esta Jefatura el 20 de diciembre último; procuré indagar cuál fuera el paradero del Sr. Martinez Olano y como supe que no se hallaba en Sunchales ni cual era su residencia se lo hice notar en el citado expediente al Señor Presidente con fecha 7 del actual pues nada podía hacer.
Por tanto creo que no es pertinente la falta que en la nota 14 del actual me atribuye el Señor Presidente del referido Consejo, puesto que desde el 20 de diciembre fecha de la nota hasta últimos de enero en que yo me enteré del asunto no es culpa mía que no se tramitara; y la prueva de mi celo en pro de este asunto es palpable, pues a los 7 días ya lo devolví informado diciendo que ignoraba el paradero del Sr. Martinez y no hallándose en mi Departamento mal podría dar cumplimiento a lo que se solicitaba.
49 Con esta respuesta, es posible analizar el caso de manera inversa a lo que las fuentes plantean inicialmente.
Si en un principio es evidente que los policías y funcionarios locales estaban protegiendo a Martínez Olano al afirmar que no era posible dar con su paradero, la intervención del nuevo jefe político muestra que la imposibilidad de llevar a cabo la voluntad del Consejo respondía, en verdad, a situaciones estrictamente contingentes.
Es menester, empero, que retengamos la actitud de Pujato.
A pesar de que hemos reconocido una particular predisposición en la actitud de este 48 Idem.
personaje al analizar el caso del espiritista Juan Quinteros, sus sospechas sobre las trabas que la comunidad y los agentes del Estado a nivel local podían estar interponiendo en su requisitoria contra Martínez Olano nos da el indicio de que ese escenario era más que posible y esperable.
El hecho mismo de que los funcionarios encargados del ejercicio de la violencia legítima no llevasen a cabo las instrucciones del Consejo evidencia que, a pesar de su incremento de atribuciones y su voluntad reguladora, estos intentos no encontraban un correlato en el tejido social, después de casi treinta años de funcionamiento.
El caso que sigue también da cuenta de una nueva forma de canalización de los conflictos por parte del Consejo, y un recrudecimiento de los controles y de los mecanismos administrativos para lidiar con quienes ejercían el arte de curar sin autorización.
En 1901 José Lardone, médico cirujano, se dirige al ministro de Gobierno para denunciar el accionar de un supuesto médico alemán, Teofilo Kuntz, que competiría con él en la prestación de servicios, ejerciendo la medicina sin estar autorizado por el Consejo.
A diferencia de los casos que hemos revisado, aquí el médico «oficial» alega haber sido consultado en casos donde el galeno germano había intervenido y cobrado honorarios, que detalla con nombre y apellido en su nota:
Hace un año más o menos se ha establecido en el pueblo de Armstrong de este Departamento, un señor cuyo apellido es Teofilo Kuntz, de nacionalidad alemana, el cual ejerce la medicina sin autorización del Consejo de Higiene.
El que suscribe ha sido llamado varias veces para asistir enfermos en dicha localidad, los cuales habían ya sido visitados por dicho Sr., a quienes había recetado y cobrado sus honorarios.
Este señor se presenta como médico y según referencia, ha practicado una autopsia.
Como este señor ha sido apercibido por el anterior Consejo de Higiene, así reitera la denuncia para los proveimientos necesarios.
Confiando en que SS. hará respetar los intereses y el decoro que merece el arte de curar.
50 El avance del procedimiento administrativo implicó al jefe político del departamento San Martín, quien fue compelido a comprobar la veracidad de la denuncia de acuerdo con las disposiciones vigentes, y por ello deriva el asunto al juez de paz de la localidad de Sastre para que inicie un proceso administrativo.
Aquí veremos la novedad de este caso: se convoca a los sujetos mencionados en la denuncia de Lardone y se les toma declaración.
El mismo día que dicho juez de paz recibe la solicitud, comienza el proceso y toma declaración a un testigo, agricultor e italiano, de cuarenta y cinco años, que dice conocer a Kuntz -a quien «corresponden las generales de la ley»-pero ignora la razón por la que se lo convoca.
Cuando el juez pregunta si el curandero utilizó su casa para atender y recetar, el testigo responde que cuatro meses atrás su esposa enfermó y recurrió a Kuntz pidiéndole algunos medicamentos, y este cobró una pequeña suma de dinero por su consulta y prescripción.
El interrogatorio cierra con una pregunta sobre si Kuntz continúa atendiendo personas en su vivienda y si conoce de otras curas que haya realizado, a lo cual el campesino responde que no ocupó nuevamente sus servicios y que desconoce de otras atenciones.
Un segundo testigo fue Juan Gabatto, también agricultor e italiano, de cuarenta y seis años, e ignorante del motivo por el que se lo convoca.
Si bien dice conocer a Kuntz, en este caso afirma que «no le corresponden las generales de la ley», y respecto a los servicios que le prestó, declara que ocho meses atrás su padre estuvo enfermo, ante lo cual el sanador recetó un medicamento en forma de inyecciones, desconociendo si las mismas provenían de una farmacia, y como pago le ofreció un regalo, dado que Kunz no puso precio a su trabajo.
El tercer testigo convocado, Pedro Pumero, era considerablemente más joven -veintiún años-, y como los dos anteriores, agricultor e italiano, aunque soltero.
Como el caso anterior, afirma que al curandero extranjero no le corresponden las generales de la ley, y que su contacto con él fue por una enfermedad de su madre, ante lo cual no recuerda si Kuntz prescribió un medicamento, pero sí que sugirió aplicar hielo en la cabeza.
Por dichos servicios Kuntz percibió dos pesos moneda nacional, y al preguntar si conocía otras personas a las cuales Kutnz había prestado servicios, el testigo dice desconocer, pero había atendido a una hermana suya que falleció.
Dos de los sujetos mencionados en la requisitoria de Lardone no residían en dicho poblado, sino en la Colonia de Carlos Pellegrini, con lo cual se solicita y faculta al juez de paz de la misma para ordenar comparezcan ante él a prestar indagatoria.
El primero en hacerlo es un agricultor llamado José Mondino, italiano de veintidós años, quien dice conocer a Kuntz por haber enfermado dos meses atrás, ante lo cual se lo convoca.
El sanador hizo dos visitas y cobró por sus servicios dos pesos, desconociendo el testigo si realizó otras curaciones.
La segunda testigo es Ángela Rinaudi de Perrotti, italiana de cincuenta y tres años, casada -único caso donde se aclara que lee y escribe-y con seis años de residencia en el país.
Esta mujer dedicada a los «quehaceres domésticos» afirma que solicitó los servicios de Kuntz a comienzos del año, quien hizo una sola visita y cobró tres pesos.
Una vez finalizadas las indagatorias requeridas, se remiten las doce fojas al Ministerio de Gobierno, donde se deriva el expediente a la Inspección de Policía, que resuelve que Kuntz ejerce la medicina y cobra honorarios, ante lo cual resta saber si estaba autorizado por el Consejo de Higiene Nacional o bien por el de Rosario o Santa Fe, para determinar finalmente si era preciso o no aplicar penas.
Tras dos meses, el Ministerio de Gobierno cierra el caso el veinticuatro de agosto alegando que se desestima la solicitud que cuestionaban las actuaciones de Teófilo Kuntz una vez que este solicitó autorización para ejercer su profesión, la cual aparentemente fue aprobada.
Este caso nos muestra el cambio en las prácticas de control del Consejo, que comenzaba a articular sus procedimientos con otras instancias burocráticas del Estado y, con ello, a limitar una de las aristas que permitían a los sanadores populares continuar con sus actividades.
Si bien podemos ver en los testigos que continuarían recurriendo a los servicios del curandero, los cuadros estatales comenzaron a desarrollar procesos administrativos reglados, a partir de los cuales la aplicación de las multas y las prohibiciones sobre estos sujetos se tornaba cada vez más severa.
En ese mismo año, Walter Sevilla, médico de policía en San Cristóbal se dirige al ministro de Gobierno en «su lucha contra la audacia de los curanderos» para solicitar que no se autorice a Francisco Beltramino a ejercer la profesión, por no haber defendido su tesis, o bien se lo reubique para que no perjudique a los diplomados.51 Su denuncia incluía, además, un pedido para que sus recetas no se despachen en las farmacias locales, lo cual demuestra que el problema no se circunscribía solamente al accionar del sanador, sino también a la connivencia de sus prácticas con los otros actores locales que participaban de las prestaciones de salud.
Si bien cuando se redireccionó su petición al Consejo este reconoció la justicia de su reclamo, al mismo tiempo habilitó a Beltramino para ejercer en alguna zona donde no intervenga ni compita con los «oficiales».
Este dato es significativo, en tanto reconoce una excepción a la prohibición que regía sobre los médicos extranjeros y los idóneos desde la reforma del Consejo en 1887, siempre que se resguardase la prioridad del diplomado oficial e inscripto, despejando así su posible competencia.
Al año siguiente, se registraron dos denuncias contra practicantes ilegales de la medicina que ponen en evidencia las tensiones surgidas no solo entre practicantes diplomados y populares, sino también entre los prime-ros y las instituciones que debían velar por ellos, sea el Consejo, sean las autoridades locales.
La primera de ellas se originó en Sunchales, donde ya observamos casos similares, y corresponde al doctor Miguel Alarcón, quien instruye «diligencias sumarias» contra Miguel Piccone por ejercer el arte de curar sin autorización.
Uno de los aspectos relevantes del caso reside en que el motor de su denuncia no apuntaba a censurar su ejercicio.
Piccone, de nacionalidad italiana pero sin reválida oficial del Consejo de Higiene local, aparentemente difamaba a Alarcón e incumplía las notificaciones recibidas en este sentido por contar, de acuerdo al denunciante, con la «protección» de las autoridades locales.
52 El segundo caso, acaecido a fines de mayo de ese año, fue recogido por el juez de paz de la localidad de San Genaro, donde el médico local denunció a Francisco Aresse, un sujeto que ejercía el arte de curar de manera ilegal, disputando su clientela, y con una considerable legitimidad social: MÉDICOS, ADMINISTRADORES Y CURANDEROS.
TENSIONES Y CONFLICTOS que aún creen en la eficacia del arte de estos adivinos; y es por ello que llevo este hecho a conocimiento de SS. el Sr. Ministro, pidendole quiera dignarse ilustrarme en el proceder que debe adoptarse para reprimir el abuso denunciado.
54 El caso fue trasmitido del Ministerio de Gobierno al Consejo, el cual informó que no poseía constancia de haber prohibido a Aresse ejercer su oficio, pero que en todo caso, la notificación del juez de paz sobre su reincidencia será suficiente para aplicar la multa correspondiente.
Para ello, además, el órgano corporativo habilitó al magistrado para notificar al sanador que de continuar con su práctica se implementaría el artículo trece del reglamento, por el cual se lo multaría de manera creciente de acuerdo al número de reincidencias.
Estos procedimientos significaron, aparentemente, el final del caso, y entendemos que evidencian una nueva lógica respecto a los observados previamente.
Si bien el Consejo no fue la entidad que respondió originalmente al reclamo de uno de sus miembros corporativos, fue la autoridad local -representada en el juez de pazquien tomó a su cargo la defensa del médico que proclamaba vulnerados sus derechos.
Esto representa una clara diferencia con lo acontecido durante el último tercio del siglo, donde los galenos avanzaban en soledad contra sus «adversarios» en la prestación de servicios de salud, y respondía, en primer lugar, a que los incipientes cuadros estatales no se habían autonomizado en el ejercicio de su función, y luego fueron -lentamente-incorporando nuevas atribuciones.
Pero también, en segundo término, podemos agregar que, en su profesionalización, estos cargos de autoridad civil comenzaban a ser desempeñados por personajes letrados que podían empatizar más fácilmente con un profesional diplomado del arte de curar frente a otro «ilegal».
En este trabajo hemos procurado aportar a dos problemas que atañen al campo de la historia social de la salud y la enfermedad.
Por una parte, a los «avatares» del proceso de medicalización social en una provincia de Argentina; por otra, a las derivas de la profesionalización y legitimación médica a partir de una serie de casos que ponen en tensión la supuesta linealidad 54 Idem.
que las historias tradicionales de la medicina han atribuido al accionar de los médicos y su recepción «positiva» por parte de la sociedad.
En efecto, si algo evidencian las fuentes analizadas es, por una parte, la escasa legitimidad con que contaban los galenos y su saber académico, mucho más patente en sectores «rurales» o ajenos a la vida citadina, donde no se encuentran denuncias documentadas.
Ahora bien, por otra parte, tanto las solicitudes de los vecinos como las presentaciones de los diplomados dan cuenta de la sinuosidad y conflictividad que signó la profesionalización de la medicina en términos empíricos.
Es importante reconsiderar en este proceso la esfera de la «estatalidad», en especial a partir de su no acompañamiento inicial al reclamo de los galenos.
Si bien las agencias y el funcionariado estatal se caracterizaron durante el siglo XIX y principios del XX por su condición incipiente, frágil y de fronteras lábiles entre los intereses privados y públicos, los casos abordados muestran cómo, a pesar de inscribir sus reclamos y su agenda en la estructura estatal provincial, esto no aseguraba a los médicos el cumplimiento de sus disposiciones en el entramado territorial, donde su legitimidad era más bien escasa.
Cobra una dimensión especialmente significativa en este artículo el abordaje de estos procesos a la luz de denuncias canalizadas a través de distintas instancias del Estado en varios sentidos.
Por un lado, por el trabajo de reunión y sistematización de las mismas en el marco de un conjunto más extenso de fuentes referidas al Consejo de Higiene, pero también y más importante aun, por la localización y rescate de los conflictos entre diplomados y sanadores populares con anterioridad a la existencia de tal institución.
Por otro lado, estas fuentes en su conjunto ponen de manifiesto un aspecto central y previo a cualquier análisis, esto es, la emergencia misma del conflicto entre prácticas de curar, y la progresiva delimitación de un campo de polaridad donde un saber y una terapéutica específicos se erigían como legítimos frente a otro que era preciso desacreditar.
En dicha tarea, se apelaba a un tímido criterio de cientificidad frente a la ignorancia de los curanderos, donde vemos configurarse un paradigma propio de la modernidad occidental donde el saber científico se propone como única instancia de saber autorizada, y con capacidad de anulación de cualquier otra.
Frente a la constatación inicial de los médicos de que la apelación a la «charlatanería» no resultaba efectiva en su cruzada, la manera más usual de desacreditar a sus oponentes fue, por un lado, insistir en el riesgo al que sometían a la población que a ellos recurría.
Pero también, por otro, un aspecto presente en MÉDICOS, ADMINISTRADORES Y CURANDEROS.
TENSIONES Y CONFLICTOS la casi totalidad de las denuncias pasa por la difamación de los diplomados; y no es preciso insistir en el hecho de que, en estas sociedades históricas, la apelación al honor y a su respeto era un argumento más audible para las autoridades.
De todo esto rescatamos que, por encima de los intentos de los diplomados, no solo es la legitimidad de su figura como expertos de la salud lo que las fuentes nos informan, sino también la de los saberes que los erigían como tales.
Con ello, es posible apreciar la historicidad de la medicina como conjunto de saberes válidos e incuestionables en la promoción de procesos de salud, así como de la medicalización social como proceso unilateral y totalizante.
En un primer momento, entonces, observamos la dinámica de las denuncias de los diplomados y las solicitudes «populares» ante epidemias en un contexto previo a la reglamentación e institucionalización -formalde la corporación bajo la figura del Consejo de Higiene.
Los casos contemplados hasta 1868 nos permiten ver los escasos recursos de los diplomados en términos de su posición en el Estado, sea por su lugar casi inexistente -recordemos que Teófilo Romang era médico del municipio de Esperanza pero no cobró su sueldo por años-, o bien por la ausencia de un espacio de defensa corporativa en su interior.
Asimismo, las solicitudes de los vecinos muestran no solo la deficiente estructura con que el incipientemente estabilizado Estado provincial contaba ante los brotes epidémicos, sino también la presencia misma de figuras arraigadas en la comunidad que desarrollaban el arte de curar previo a la intervención de estatal.
En un segundo momento del análisis, observamos que las quejas contra los practicantes ilegales comenzaban a ser abordadas directamente por el Consejo de Higiene -a partir de la mediación del Ministerio de Gobierno-, involucrando, además, a los farmacéuticos como miembros de una esfera común regulada por el órgano, el cual dejaba ver su voluntad de reconocimiento como instancia de contralor en lo referido a las temáticas de su incumbencia.
Ahora bien, este reconocimiento de los intereses particulares de los galenos como interés común del conjunto por parte del Estado no dejaba de ser estrictamente formal.
Los casos que analizamos en la segunda sección del artículo dan cuenta de la inexistente articulación entre dichos intereses y la dinámica de cada poblado.
En la denuncia al curandero Martínez Olano de 1894, emergen con claridad estas tensiones: por una parte, la (escasa) legitimidad local de los médicos en el pueblo donde se desata la misiva contra el sanador.
En segundo lugar, la «flexibilidad» de las estructuras administrativas y represivas estatales a la hora de llevar a cabo la multa dispuesta por el Consejo, lo cual evidencia algún tipo de connivencia o al menos aprobación de la comunidad de su tarea.
Por último, las encendidas respuestas del presidente del Consejo expresan un grado de tensión considerable respecto al incumplimiento de la normativa referida al resguardo de la corporación, que llevaba casi tres décadas de funcionamiento.
Los casos abordados en la segunda sección del artículo muestran particularidades del proceso en otra clave.
Por un lado, que las denuncias efectuadas por los médicos apuntaban a sujetos que no eran curanderos sino más bien médicos no autorizados por algún motivo ante el Consejo provincial, y aquí se hace presente un aspecto que atraviesa a todos los expedientes trabajados.
No es solo una cuestión de legitimidad lo que preocupa a los diplomados, sino también de competencia en la práctica.
Mientras que en un primer momento las denuncias se focalizan en el ejercicio del arte de curar por sujetos «no capacitados» aunque con mayor legitimidad, con el paso de las décadas el foco se desplaza a aquellos médicos que amenazaban el monopolio local de aquellos sujetos que habían logrado la autorización estatal.
Con ello, el visto bueno de la corporación institucionalizada pasó a jugar un rol de árbitro de la competencia interna al interior de la medicina oficial.
Por otra parte, el final del siglo XIX evidencia cambios significativos en los procedimientos administrativos del Estado -con el desarrollo de las indagatorias y su uso como prueba-, así como una mayor «predisposición» de los funcionarios de turno para ceñirse a los mismos.
No es menor considerar que el componente letrado al interior de la burocracia estatal debía ser más considerable, y con ello su cercanía y «creencia» en la medicina en tanto saber académico legitimado institucionalmente.
Entendemos que ello aun no implica un reconocimiento pleno por parte del Estado, sino más bien un cambio en la composición de sus elites y su funcionariado, que podía facilitar el devenir de los pedidos de la corporación.
Es claro que el número de denuncias y solicitudes trabajadas aquí no permite arrojar conclusiones definitivas sobre procesos tan complejos y con múltiples aristas, como fueron la medicalización social, la profesionalización de la medicina y, en particular, la legitimidad del médico como agente primordial y hegemónico de la salud.
Entendemos, sin embargo, que en su variedad y extensión temporal permiten vislumbrar la conflictividad y, sobre todo, los denodados esfuerzos que conllevó a la comunidad médica MÉDICOS, ADMINISTRADORES Y CURANDEROS.
TENSIONES Y CONFLICTOS diplomada su reconocimiento como un actor de referencia en la búsqueda del restablecimiento de un estado de «salud», un camino en el cual la extensión del saber médico sobre la regulación de la vida de las poblaciones no necesariamente fue exitosa, sino más bien conflictiva.
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En el ciclo de modernización y radicalización que se dio en Argentina entre las décadas de 1950 y 1970, la ciudad de Córdoba se constituyó en una referencia central para ambos procesos, ya sea por la instalación de las industrias automotrices (IKA y Fiat) a mediado de los cincuenta o por la revuelta urbana de 1969 conocida como el Cordobazo.
Pero mientras contamos con investigaciones que abordan el crecimiento industrial, la consolidación de un vigoroso movimiento obrero y la inusitada conflictividad social que se vivió entre los sesenta y setenta, todavía no tenemos estudios que analicen los cambios producidos en la propia ciudad.
1 Justamente, esta no solo fue el «escenario» que hizo posible aquellos procesos, sino que también experimentó un intenso proceso de transformación urbana que llevó a que en menos de treinta años una misma generación pudiera ver ante sus ojos cómo pasaba de ser una tranquila capital provincia a una dinámica ciudad industrial, convirtiéndose en una de las ciudades argentinas de mayor crecimiento.
Pero al analizar los procesos urbanos que se dieron en Córdoba, se vuelve necesaria una reconsideración de las periodizaciones corrientes2 -que suelen señalar el comienzo del ciclo modernizador con el derrocamiento de Perón en 1955-e incluir al decenio peronista.
Como bien se sabe, el legado del peronismo es complejo y contradictorio: si bien en diversas esferas este supuso el arribo de sectores tradicionalistas y conservadores, también es posible encontrar en algunos ámbitos estatales -municipal, provincial o nacional-grupos profesionales que apostaban por algún tipo de transformación modernizadora.
Desde allí se propiciaron una serie de políticas, propuestas y proyectos que -como la instalación de las fábricas automotrices, el Plan Regulador o el proyecto de la Ciudad Universitaria-implicaron una importante modernización de la estructura social y urbana de la ciudad, cuyo impacto se prolongaría -por lo menoshasta la década del setenta.
Sin pretender abordar todo el ciclo mencionado, en el presente trabajo nos proponemos indagar las diferentes políticas urbanas impulsadas en Córdoba durante el peronismo, atendiendo, por un lado, a los contextos pertinentes que las posibilitaron, y, por el otro, a los debates disciplinares del urbanismo y la arquitectura de las que se nutrieron.
Para ello, nos centraremos en la figura del italiano Ernesto La Padula -quien, al poco de ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 llegar a Córdoba, logró una rápida inserción en diversos ámbitos estatales desde donde participó en diversos emprendimientos urbano-arquitectónicos, convirtiéndose en una figura central de la arquitectura y el urbanismo en la ciudad-y en el Plan Regulador (PR) de su autoría.
Ahora bien, ¿cuáles fueron las intervenciones urbanas impulsadas por el peronismo?
¿De qué manera se insertó La Padula en la nueva dinámica estatal abierta por este?
Además, ¿en qué contexto, tanto local como nacional, se dio comienzo a los estudios para un PR en la ciudad?
¿Qué tipo de propuesta urbana tenía el Plan y cómo buscaba intervenir en la ciudad?
De forma sintética podríamos decir que si, como señala Anahí Ballent, 3 el peronismo en Buenos Aires vino a completar y ampliar el ciclo de «modernización urbana» abierto en los treinta, en Córdoba, por el contrario, significó la apertura de un ciclo de transformaciones que se prolongó hasta mediados de los setenta.
Esto se debió a que en su ensayo de reconfiguración estatal con eje en la planificación -que tuvo una importante repercusión en el manejo de la «cuestión urbana»-, el peronismo impulsó una serie de proyectos y propuestas de alto impacto en la ciudad, que si por un lado tendían a una modernización de la estructura urbana -como en el caso del PR-, por el otro, incorporaban al «patrimonio arquitectónico» como parte fundamental de ese proceso modernizador.
Por otro lado, la trayectoria de La Padula en diversos ámbitos estatales de Córdoba -desde su llegada en 1949 hasta su regreso a Italia en 1964-aparece como un caso anómalo, en parte debido a su condición de extranjero y de «técnico».
Esto le permitió asegurar la continuidad de los trabajos del PR -que bajo su dirección se prolongaron desde 1954 a 1958, siendo aprobados oficialmente en 1962-al mantenerse al margen de las virulentas disputas políticas entre peronistas y antiperonistas; más aun, unos y otros recurrieron a él para diversos proyectos.
En cuanto al PR, sostenemos que fue escrito cuando una nueva dinámica urbana de tensión entre el centro y la periferia ya estaba en funcionamiento, producto del fuerte crecimiento que experimentaba la ciudad desde principio de los cincuenta.
A su vez, el PR se formuló en el contexto de un viraje del «urbanismo» y del «plan regulador» hacia las nociones de «planificación» y de «plan director» que, según Ana María Rigotti, implicaban el paso de una visión que buscaba intervenir en el espacio urbano por medio del proyecto arquitectónico, a otra más abstracta 3 Ballent, 2004, 316.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI y racional que, a partir de un «código urbano», regulaba la propiedad y el uso del suelo, las densidades y las actividades permitidas por zonas, y en el que, además, cobraba mayor fuerza la consideración, en diversas escalas, del problema del territorio y la «región».
4 A mitad de camino entre uno y otro, el PR de La Padula se estructuraba sobre un diagnóstico de la ciudad y proponía una serie de líneas generales sobre el «código urbano» que debían desarrollarse, pero dejaba casi fuera de las consideraciones el tema de la región.
Sobre la imagen de una Córdoba en transformación, La Padula trabajó sobre la hipótesis de que no había que modificar dicha dinámica, sino intervenir en ella a partir de una descentralización funcional de la ciudad, a tono con la tradición anglosajona de la «unidad vecinal».
A pesar de ello y producto de la difícil aplicación del urbanismo en el país, el PR terminó reducido a una propuesta de esquema vial.
Todo ello no impidió que las ideas urbanas de La Padula sirvieran como marco a partir del cual se pensaron las intervenciones en Córdoba hasta mediados de los setenta.
Recién con el Diagnóstico tentativo y alternativa de desarrollo físico para la ciudad de Córdoba de María Elena Foglia de 1973 se propusieron nuevas hipótesis de crecimiento e intervención en la ciudad.
La Padula llegó a Córdoba gracias al proyecto de la «Ciudad Universitaria Presidente Perón» que había impulsado Miguel Urrutia durante su rectorado en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), como parte de un conjunto mayor de innovaciones, que incluía la creación de nuevas facultades -como la de Arquitectura-y la apertura del comedor universitario.
Urrutia le encargó el proyecto a su amigo Ángel Lo Celso, decano de la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales, que en junio de 1948 fue enviado al Primer Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos que se realizó en Lausanne, Suiza.5 Allí se encontró con Marcello Piacentini, quien le recomendó a La Padula como «el arquitecto-urbanista más destacado de Roma», según sus palabras.
6 Motivo suficiente para que Lo Celso contratara a La Padula para el proyecto de Ciudad Universitaria.
ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 Para entonces, La Padula ya contaba con una destacada trayectoria en Italia.
Antes de recibirse de doctor en Arquitectura por la Universidad de Roma en 1931, se había unido en 1928, como parte del «grupo romano», al Movimiento Italiano por la Arquitectura Racional (MIAR).
Conviene precisar que la Italia fascista es un caso sumamente interesante para ver las complejas relaciones entre arquitectura y política.
Así, mientras en Europa el desarrollo de la «arquitectura moderna» estuvo ligado al surgimiento de las vanguardias artísticas en la entre guerra, que luego fueron disueltas con el advenimiento del nazismo y el estalinismo en Alemania y la Unión Soviética, en Italia, por el contrario, el fascismo constituyó, según Diane Ghirardo, un importante impulso para el desarrollo de la arquitectura moderna, en tanto esta se pensó como un aporte propio y nacional, que contribuía desde su especificidad a la recreación de una cultura fascista, italiana y moderna.
7 La constitución del MIAR en 1928 fue lo más cercano a una «vanguardia» arquitectónica en Italia, pero la misma no intentó un corte radical con el pasado y la tradición, sino que buscó una síntesis entre el legado italiano y las nuevas tendencias.
8 Así, buena parte de los arquitectos racionalistas, como Guiseppe Terragni y Guiseppe Pagano, eran convencidos fascistas que tuvieron una buena acogida por parte del régimen.
Esto permitió que dieran a conocer sus propuestas en dos exposiciones organizadas en 1928 y 1931 -a la primera de las cuales asistió el propio Mussolini-y que usaran los concursos de arquitectura para defender sus posiciones sobre la arquitectura y la ciudad.
Aunque habían logrado algunos encargos estatales importantes -como la estación de trenes de Florencia o la Casa del Fascio de Terragni en Como-, la situación no les era enteramente favorable y las disputas con sus opositores declarados, el sector de los academicistas, fueron constantes.
Pero si bien el Estado fascista estuvo lejos de adoptar un estilo en particular, apoyando a distintos grupos arquitectónicos, lo cierto es que sí contó con una figura central que -aunque no fuera el «arquitecto oficial del régimen», como lo fue Albert Speer en la Alemania de Hitler-se convirtió en un cercano asesor de Mussolini y, desde esa posición, se postuló como un mediador entre las distintas tendencias arquitectónicas.
10 Sobre la relación entre Piacentini y Mussolini véase Nicoloso, 2008, sobre todo el capítulo V.
Architettura ed arti decorative la que, bajo el nombre de L'Architettura, se constituyó en el órgano oficial del Sindicato Nacional Fascista de Arquitectos.
Además de diversos encargos, como la Ciudad Universitaria de Roma (1935) o el plan para la Exposición Universal de Roma de 1942 (EUR42), ofició de jurado en los principales concursos de arquitectura.
Piacentini lideraba el grupo de los «moderados» que tenían asiento en Milán y Roma.
Según Ghirardo, ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 propuesta en base a un eje vial rodeado de edificios de acero, cemento y vidrio, que fue dejada de lado, en parte por los problemas de abastecimientos provocados por la guerra, asumiendo Piacentini la plena responsabilidad de una nueva propuesta unitaria del complejo.
15 Según Manfredo Tafuri y Francesco Dal Co, esto implicó una «derrota» de los sectores más innovadores por un esquema mucho más rígido y monumentalista, expresada en la disposición axial de la exposición, lo cual no impidió la participación de los grupos racionalistas.
16 Entre ellos estaba la propuesta de La Padula, Giovanni Guerrini y Mario Romano, en la que se mezclaban referencias historicistas -como la utilización del «arco romano»-con un juego volumétrico sobrio y despojado de toda ornamentación, en continuidad con la impronta «mediterránea» de parte del racionalismo italiano.
Al finalizar la guerra, Italia vivía una situación de crisis económica que propició una nueva ola migratoria hacia la Argentina, que incluyó a numerosos profesionales,17 entre ellos a La Padula, que aceptó la invitación de la Universidad Nacional de Córdoba para incorporarse al equipo para el proyecto de Ciudad Universitaria y para dictar la materia Composición Arquitectónica VI, permitiéndole, además, reencontrarse con su hermano gemelo, Cesar La Padula, quien había llegado en 1947 como profesor de ingeniería en electricidad.
Si el proyecto de Ciudad Universitaria tuvo una corta vida, ya que los terrenos sobre los que se la pensaba construir fueron cedidos a la Fundación Eva Perón, La Padula se incorporó rápidamente al plantel de profesores de la Escuela de Arquitectura.
La buena relación con Lo Celso le sirvió para que fuera incluido en la primera Comisión Redactora del PR propuesto en 1950.
La Padula llegó en un momento muy particular de la ciudad y del país.
Mientras el peronismo ensayaba una reconfiguración estatal, en Córdoba comenzaban a notarse los indicios de un proceso de «metropolización» que transformaría la ciudad en unos pocos años 18 Desde finales de la década del cuarenta, es posible observar un importante incremento en las corrientes JUAN SEBASTIÁN MALECKI migratorias que llevaron a que Córdoba duplicara su población entre 1947 y 1970, pasando 386.000 habitantes a casi 800.000.
Buena parte de esa nueva población fue absorbida por las fábricas automotrices y metalmecánicas, que llegaron a representar el 75 % del total de trabajadores para 1961.
Asimismo, desde los años cincuenta Córdoba fue densificando su centro, consolidando sus áreas intermedias y, a partir de los sesenta, vivió un crecimiento exponencial de sus áreas periféricas, donde se asentaron en forma mayoritaria las nuevas industrias y obreros.
Así, en 1947 el área céntrica y los barrios tradicionales albergaban casi la mitad de las viviendas, mientras que las de las zonas periféricas representaban el 36,7 %.
Para 1960, la proporción se había invertido: en la zona tradicional se encontraba el 35,5 % de las viviendas, mientras que en los nuevos barrios se ubicaba el 47,9 %.
Pero el centro también se transformaba, incorporando numerosos edificios de departamentos, lo que reflejaba el auge de las construcciones en altura.
Lo que emergía como novedoso, además de su nuevo paisaje de edificios, era una dinámica de tensión entre el centro y la periferia.
Ahora bien, con la llegada del peronismo al poder en la provincia se impulsaron diversas intervenciones urbanas -algunas de las cuales no pasaron del papel, mientras que otras fueron terminadas muchos años después-que, en conjunto, supusieron importantes transformaciones de la ciudad.
Ellas deben enmarcarse, además, en su intento por dotar al Estado de un conjunto de herramientas que permitieran intervenir en los diversos ámbitos de la vida nacional.
Si bien la planificación ocupó un espacio central en la agenda política, sus logros fueron dispares y estuvieron sujetos a no pocos vaivenes políticos, que en el caso de Córdoba fueron particularmente problemáticos.
Según señala Cesar Tcach, la situación política de la provincia durante el decenio peronista fue de una constante inestabilidad.
A las dificultades para unificar en el Partido Peronista las fuerzas que confluyeron en la candidatura de Perón -el Partido Laboral y la Unión Cívica Radical Junta Renovadora-, le siguió una intervención casi constante desde Buenos Aires al partido provincial, con la intención de encolumnarlo detrás de las directivas de Perón.
La inestabilidad partidaria y la fuerte injerencia de Buenos Aires se trasladaron a la política provincial, contando con varias intervenciones federales entre 1947 y 1949, y una sucesión de gobernadores hasta 1955.
Además, siguiendo la modificación de la Constitución nacional de 1949, se reformó la Carta Magna provincial ese mismo año.
El dato que más nos interesa es que allí se eliminó la autonomía municipal de ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 Córdoba, siendo el intendente designado directamente por el gobernador y quedando la Cámara de Diputados provincial como Consejo Deliberante de la ciudad.
Justamente a partir de 1949, con la gobernación del Brigadier Juan San Martín, se inició una serie de reformas estatales -como la creación de nuevos Ministerios-, se procedió a elaborar un Plan de Obras Públicas (1949-1952) y se promulgó una ley de promoción industrial.
Por otra parte, buena parte de la dirigencia peronista de la provincia provenía de los sectores tradicionales y conservadores de Córdoba, con estrechos vínculos con la Iglesia que, como en otras provincias, le dieron un temprano apoyo a Perón.
19 Como veremos a continuación, el cruce entre los sectores políticos que conformaron el peronismo y los proyectos urbanos emprendidos por este generaron no pocos roces, en los que es posible advertir cómo viejas genealogías político-culturales -como aquellas que encontraban en el pasado colonial la principal impronta de Córdoba-podían entrar en tensión con sectores profesionales que pugnaban por acercar los desarrollos disciplinares del momento.
En mayo de 1950 el diputado provincial por el peronismo Alberto Novillo Saravia presentó la primera propuesta para un Plan Regulador para la ciudad de Córdoba.
20 Hijo de Lisardo Novillo Saravia -rector de la universidad entre 1943 y 1945-, pertenecía, como su padre, a la élite tradicionalista de Córdoba, de fuerte raigambre católica, conservadora y anti reformista.
Además de diputado, participó como convencional constituyente en 1949, en donde se mostró como un «ardiente pregón del clericalismo».
21 El proyecto de Novillo Saravia proponía la creación de una «Comisión de Honorables» -integrada por representantes del Estado, de la universidad y personalidades destacadas-que trabajarían ad honorem.
22 En la fundamentación del proyecto, indicaba que la ciudad creció y se ensanchó sin orden ni plan y que para revertir esos problemas se debía considerar que «toda ciudad tiene, a semejanza del hombre, un cuerpo y alma», para señalar que 19 Tcach, 2006, 92 y 181.
20 Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados actuando como Consejo Deliberante de la Capital, Legislatura de Córdoba (DSHCD), sesión del 2 de junio de 1950, asunto 18, 165.
Luis Juárez Revol (director de control de obras privadas del MOP), Arq.
Palmiro Vicente (delegado del Poder Ejecutivo provincial), Ing.
Ángel Lo Celso (Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales), Arq.
La Padula (Escuela de Arquitectura), Arq.
Ernesto Vicente y Arq.
«el estilo arquitectónico de Córdoba debe y tiene que ser el colonial».
23 Por ello, la primera y principal tarea de la Comisión era la de reconstruir los «antecedentes históricos de la construcción urbana y formas tradicionales de su estilo».
Con este trabajo, la Comisión debía elaborar un plan que incluyera: una «modernización» y un ordenamiento de los estilos, la ubicación de nuevos edificios públicos, la «formación de parques» y la búsqueda de una higienización en general.
24 El proyecto de Novillo Saravia -quien tenía una formación en abogacía y no en arquitectura-retomaba tópicos muy generales que bien podrían estar asociados a la «estética urbana», propia del urbanismo decimonónico.
Porque su autor provenía de un campo ajeno, el proyecto ignoraba completamente los debates contemporáneos que se estaban dando en el urbanismo del país, particularmente aquellos relativos a la reconstrucción de San Juan y los que se realizaron para el Estudio para el Plan de Buenos Aires (EPBA).
Algunas de las propuestas allí presentadas encontraban en el urbanismo funcionalista de la «Carta de Atenas» del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) su principal referencia.
25 Si bien la Comisión no tuvo actividad, le permitió a La Padula darse a conocer en diversos ámbitos estatales y ya para 1953 revestía como asesor técnico del Ministerio de Obras Públicas (MOP) y colaboraba asiduamente con el municipio.
Durante la intendencia de Martín Federico (1951-1954) se llevaron adelante diversos emprendimientos urbanos que tuvieron en La Padula a uno de sus principales artífices.
Si el más destacado fue el PR, conviene detenerse brevemente sobre algunas de esas otras iniciativas que permiten apreciar ciertos ejes por donde se pensaron las intervenciones en la ciudad.
La primera de ellas fue el llamado a concurso para el «Palacio Municipal».
La iniciativa fue impulsada por Federico a comienzo de 1953.
En febrero se firmó un convenio con la Sociedad Central de Arquitectos de Córdoba, aprobándose las bases del concurso en abril.
26 En julio, la Cámara de Diputados aprobó la toma de un crédito por veinte millones de pesos para la construcción del «Palacio Municipal» (figura 1) que debía ser «un edificio administrativo sin pretensiones de asombrar ni maravillar», para «obtener oficinas limpias, iluminadas y aireadas para que el público y los empleados ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 estén en un ambiente razonable».
27 El terreno elegido era un pequeño triángulo ocupado por edificios viejos, entre el arroyo La Cañada y el Paseo Sobremonte.
En septiembre se sustanció el concurso, cuyo jurado estuvo integrado por La Padula, Federico, Raúl Zarazaga, Miguel Revuelta, Alberto Prebisch, Roberto Leiva y Alfredo C. Casares.
El primer premio correspondió a la propuesta del Estudio de Arquitectura Santiago Sánchez Elía, Federico Peralta Ramos y Alfredo Agostini (SE-PRA).
28 El Estudio se había formado en 1936 y contaban con una sólida trayectoria, habiendo construido varios rascacielos en Buenos Aires a partir de la utilización del hormigón armado, mientras que en Córdoba ya habían proyectado el edificio para el Hospital Privado en 1950.
La propuesta de SEPRA era de inspiración lecorbusierana, con fuertes reminiscencias a la unité d'habitation de Marsella, que dotaba al nuevo edificio municipal de una clara estética moderna.
Según Liernur, «la planta baja [...] fue organizada como un espacio en doble altura en el que [...] se destacaban los fuertes pies derechos, los núcleos de circulación y los entrepisos colgantes».
29 A pesar de una recepción favorable al principio,30 el modernismo arquitectónico del proyecto despertó ciertas preocupaciones en algunos grupos católicos y conservadores que en octubre de ese año salieron en defensa del Paseo Sobremonte -contiguo al nuevo edificio-, en nombre de la tradición y el legado colonial, en el mismo momento en que comenzaba el distanciamiento entre la Iglesia y el peronismo.
Palacio Municipal 6 de julio, proyecto del Estudio SEPRA.
Fotografía: Manuel Gómez Piñeiro.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI invocación a una tradición «colonial» podía resultar ambiguo, en tanto podía usarse para proponer una «modernización» urbana, que incluyera ordenación y embellecimiento, como en la propuesta del PR de Novillo Saravia, como para defender tradicionales valores estéticos contra las intromisiones modernistas del Palacio Municipal.
Justamente, el problema se produjo porque el proyecto planteaba ciertas modificaciones al Paseo.
Según expresaban los proyectistas, «con el objeto de que la composición resulte armoniosa y adquiera jerarquía y unidad, hemos suprimido la calle Bolívar y modificado el acceso al Palacio de Justicia, lo que nos permite, por medio de grandes terrazas y escalinatas, formar un conjunto de los edificios y el paseo».
31 La polémica estalló en el diario Los Principios, de extracción católica.
Con un editorial titulado «¿Debe destruirse el Paseo Sobremonte?
Responden los muertos», Luis Roberto Altamira, del Instituto de Estudios Americanistas -institución que, desde los años veinte, venía realizando un importante trabajo de puesta en valor del pasado colonial-, se mostraba taxativo respecto a los cambios que se proponían en el Paseo: «para quienes reverenciamos la tradición de Córdoba, es muy doloroso aceptar en silencio la "modernización" del ya casi bisecular Paseo Sobremonte».
32 Por su parte, el Dr. Rodolfo de Ferrari Rueda señalaba que Córdoba era la «capital argentina que posee los más importantes edificios de la época hispánica o colonial», pero que esta «fisonomía propia» estaba amenazada por la demolición cada vez más frecuente de sus monumentos.
33 Menos propenso a apelar a la tradición para oponerse a las modificaciones, Santiago Beltrán Gavier proponía una «estética» que pudiera reconciliar pasado con futuro, preocupándose, además, por la pérdida de espacios verdes.
34 Tal fue el alboroto que el intendente salió a dar explicaciones a través del Boletín Municipal a los que «han expresado su preocupación ante lo que consideran un atentado contra la historia, la tradición, la cultura o el urbanismo».
Ahí señalaba que el Paseo «ha perdido hace tiempo su verdadera fisonomía histórica», que «no expresa ninguna conexión con el pasado colonial ni antiguo».
35 A pesar de las denuncias, el proyecto fue llevado adelante tal como se había planteado.
Una de las mayores apuestas edilicias del peronismo en la ciudad fue el proyecto para la «Sistematización Urbano Edilicia del Centro Administrativo de Córdoba», que debía incluir todas las dependencias de gobierno y del poder legislativo.
La propuesta comenzó a gestarse en 1946, presumiblemente por iniciativa del ministro de Obras Públicas, Federico Francisco Weiss, y del director de Arquitectura, Carlos F. Lange.
36 La iniciativa se encuadraba en un ambicioso plan de obras públicas de la Dirección de Arquitectura que incluía una nueva Central de Policía y Bomberos, el Consejo Provincial de Educación y una nueva sede para el Banco de Préstamos de la Provincia, obras que no se llevaron a cabo (figuras 2, 3 y 4).
37 En 1951 se sancionó una primera ley provincial que habilitaba al gobierno a vender diversas dependencias hasta el monto de ochenta millones de pesos.
38 Recién en 1953 se aprobó la ley que creaba el «Centro Administrativo» y el nuevo edificio de la Legislatura, el primero en el sector en el que La Cañada se une con el Río Suquía, mientras que el segundo se encontraría en el sector sur de la Plaza Vélez Sarsfield, uno 36 Decreto 4.012, serie C, 28 de octubre de 1946, AG.
37 La información y las fotografías de estos proyectos en Libro de Memorias del Ministerio de Obras Públicas de la Provincia de Córdoba, 1946/47, Archivo Histórico de la Legislatura Provincial.
Lamentablemente los demás Libros de Memorias han desaparecido de los archivos consultados, por lo que no ha sido posible seguir su evolución.
Proyectos (no realizados) para la Jefatura de Policía y Cuartel de Bomberos, Consejo Provincial de Educación y Banco de Préstamos de la Provincia, respectivamente.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI de los puntos simbólicos más importantes de Córdoba.
39 Si bien no se avanzó en nada respecto de este último, en julio de 1954 se aprobaron las bases y el llamado a concurso para el Centro Administrativo que había elaborado La Padula en su carácter de asesor del MOP, integrando también el jurado.
40 El concurso se sustanció en abril de 1955, resultando ganador el proyecto de los arquitectos Carlos Lange, Luis Rébora, Emilio Morchio, Mario Souberán y Antonio Bonet (figura 5).
El mismo consistía en un gran edificio sobre pilotis que daba a una gran plaza seca rodeado de edificios menores que incluían diversos ministerios y dependencias gubernamentales, con una superficie estimada de 16.000 m 2 (aunque en el debate legislativo se hablaba de 49.000 m 2 ), que hubiera supuesto una intervención urbano-arquitectónica inédita en la ciudad ya que contemplaba toda un área a desarrollar.
41 Según nos informó Alfredo Troilo 42 -uno de los integrantes del equipo redactor del Plan Regulador reunido por La Padula en 1954-, sobre estas intervenciones puntuales -a las que habría que sumar la realizada en la catedral-La Padula pensó en estructurar un «recorrido verde» que hubiera ido de la Plaza San Martín, pasando por la Municipalidad y La Cañada, hasta el nuevo Centro Administrativo de la Provincia.
De tal forma pensaba unir el «centro histórico» con los nuevos centros administrativo-gubernamentales.
Modernización urbana y patrimonio arquitectónico
Si la actuación de La Padula en los distintos emprendimientos urbanos que vimos implicó un decidido apoyo a propuestas que se encuadraban dentro de la arquitectura moderna, también hay que señalar que gracias en parte a sus gestiones se dio inicio a una importante recuperación del legado colonial arquitectónico en la ciudad.
De esta forma, La Padula traía a Córdoba la particular articulación italiana entre modernismo arquitectónico y preservación arquitectónica, posicionando a la ciudad como una de las primeras del país en promulgar normativas edilicias específicas para la preservación del patrimonio arquitectónico y su entorno, mientras en Buenos Aires recién se aplicó una normativa similar recién en los setenta.
Con esta iniciativa, además, La Padula sustraía la problemática del patrimonio del ámbito de los debates historiográficos en los que se había movido hasta entonces, para colocarla en los desarrollos disciplinares de la arquitectura, que tuvieron desde la década del setenta un impulso importante.
Con la sanción de la ley 12.665 en 1940, se creó la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos, a cuya cabeza quedó uno de los exponentes de la «nueva escuela histórica», Ricardo Levene.
Durante una primera etapa, en estrecha afinidad con la Academia Nacional de Historia, los criterios de la Comisión estuvieron ligados a los acontecimientos clasificados de excepcionales y se consideraba como monumento solo al ámbito físico de valor histórico o arqueológico.
44 Las primeras declaraciones de monumento histórico por parte de la Comisión recayeron principalmente en Salta, Jujuy y Córdoba, incluyendo en esta la catedral, el cabildo, la iglesia y el convento de Santa Teresa, la casa del marqués de Sobremonte, entre otros.
45 Estas iniciativas deben enmarcarse, en el contexto específico de Córdoba, en la configuración de un área de estudios coloniales que venía consolidándose desde, por lo menos, la década de 1910, en un intento de la élite local -según Ana Clarisa Agüero-por reconfigurar el lugar de Córdoba dentro de una geografía cultural dominada por Buenos Aires.
Dichos estudios fueron llevados adelante por un conjunto heterogéneo de historiadores, coleccionistas, editores y arquitectos que dieron lugar a un nutrido conjunto de iniciativas que tuvieron como resultado una reconsideración del pasado colonial.
«En efecto, lo decisivo de ese conjunto de "retornos JUAN SEBASTIÁN MALECKI coloniales" fue el haber expuesto el pasado colonial menos como materia de juicio (el cual podía, eventualmente, ser aplazado) que como marca de una especificidad urbana recuperable y distintiva».
46 La apelación a dicha marca resultó recurrente, sobre todo en los sectores tradicionalistas, según vimos en los debates sobre el primer proyecto de PR y en la controversia sobre el Palacio Municipal.
A pesar de lo expuesto, hasta las gestiones de La Padula dichos monumentos no habían tenido un cuidado especial, más allá de alguna obra de preservación, como en la casa del marqués de Sobremonte.
En 1953 comenzaron una serie de disposiciones y trabajos que buscaron poner en valor el «centro histórico» de Córdoba, en los cuales La Padula tuvo un rol central.
Si bien su concepción sobre el patrimonio todavía estaba atada a la idea del edificio como «monumento», es importante notar la introducción novedosa de una mirada sobre el «entorno urbano» que era deudora de las enseñanzas del italiano Gustavo Giovannoni, con quien La Padula se había formado en la Universidad de Roma.
Una de las voces más autorizadas en el campo de la historia de la arquitectura italiana, Giovannoni, además, ocupó un rol destacado en los principales proyectos de intervención de los centros históricos de Italia durante los años veinte y treinta.
47 Según ha señalado Françoise Choay, Giovannoni fue el primero en usar el término «patrimonio urbano» para indicar el elemento específico de «una doctrina original de urbanización», que otorgaba «simultáneamente a los conjuntos urbanos un valor de uso y un valor museal, integrándolos en una concepción general de la ordenación territorial».
48 En Vecchie città ed edilizia nuova de 1931, sentó las bases de su aporte, en el que acuñó la metáfora con la que se conoció su teoría: el diridamento, que remite al despeje de bosques o de siembras densas para designar «la operación que sirve para eliminar todas las construcciones parásitas, agregadas o superfluas».
49 Los trabajos emprendidos sobre la catedral de Córdoba dan cuenta de una aplicación, aunque sea parcial, de la teoría de Giovannoni.
Conviene recordar que, hasta ese momento, la catedral estaba rodeada de viejas construcciones que no eran parte del edificio original.
La preocupación de La Padula fue «despejar» a la iglesia de aquello que no le correspondía, además de darle un adecuado «entorno urbano» que no solo incluía sus alrededores inmediatos sino lo que era considerado el área histórica.
ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 En noviembre de 1953 el intendente Federico mandó a la Cámara de Diputados un proyecto de ordenanza en el que se declaraba de interés público y sujeto a expropiación a los inmuebles comprendidos entre las calles Independencia, 27 de Abril, Obispo Trejo y Cuzco (actual pasaje Santa Catalina), moción que fue apoyada por peronistas y radicales, en tanto ambos compartían la apreciación del diputado Fox: «el centro mismo de la ciudad, su propio corazón, sufrirá una transformación que le dará una hermosa fisonomía colonial, enmarcando, para destacar ese cuadro, el Cabildo y la Iglesia de Santa Catalina».
50 Promulgada la ordenanza, la municipalidad quedaba encargada de realizar una reestructuración edilicia de la manzana, para que quede «como espacio libre, conteniendo, exclusivamente, el edificio de la catedral».
51 En julio del año siguiente se creó una «Comisión Honoraria de Asesoramiento para la Sistematización y Restauración de la Manzana de la Catedral», compuesta, entre otros, por La Padula.
52 Al mismo tiempo se aprobaba una primera reglamentación que regulaba la altura de los edificios que daban a la plaza San Martín y sobre la avenida 27 de Abril, dejando librado a una aprobación municipal posterior el estilo arquitectónico.
53 La ordenanza más importante fue la que establecía las líneas de edificación y las alturas máximas en las calles Deán Funes, 27 de Abril, Obispo Trejo e Independencia, la avenida Vélez Sarsfield y la plaza San Martín.
El espacio que quedaba liberado con esta reglamentación estaba destinado a la ampliación de veredas y de espacios verdes, sobre los que La Padula pensaba el mencionado «recorrido verde».
54 Finalmente, el convenio de expropiación entre el arzobispado y la municipalidad fue refrendado por la Cámara de Diputados el 31 de agosto de 1954.
El Plan Regulador de La Padula
Volvamos ahora al contexto de gestación del PR de La Padula.
Como indicamos, durante el peronismo se intentó generar una nueva dinámica estatal de fuerte intervención y planificación de la economía y de los sectores JUAN SEBASTIÁN MALECKI considerados estratégicos para el desarrollo del país.
Según ha sido señalado en numerosos estudios, para llevar adelante dicha empresa el peronismo se valió de instrumentos que venían siendo desarrollados desde la década del treinta, aunque llevándolos a niveles y escalas no ensayados hasta entonces.
56 En este contexto, el urbanismo, en tanto manejo de la «cuestión urbana», recibió un impulso inédito en el Segundo Plan Quinquenal lanzado por Perón en 1952, que incluía un capítulo específico sobre la temática urbana, a pesar de que sus resultados fueron escasos.
A diferencia del Primer Plan Quinquenal de 1947 que no había logrado articular claramente objetivos y estrategias, el segundo se estructuró a partir de capítulos bien definidos respecto de sus incumbencias y logros esperados.
En el Capítulo VIII, Objetivo General 4, se establecía que el Estado Nacional impulsaría la «progresiva urbanización de todos los municipios y centros poblados del país mediantes planes reguladores», los que deberían tener en cuenta, entre otras cuestiones, «la descentralización y zonificación industrial», «la racionalización y coordinación de servicios públicos», etc. 57 Además, la provincia adoptó este plan como propio, convirtiéndolo en el Plan Quinquenal Provincial en 1952.
58 A la inclusión del urbanismo dentro de la planificación estatal, le siguieron una serie de iniciativas que buscaron generar las herramientas para que esos objetivos fueran llevados a cabo, como la modificación de los planes de estudios de arquitectura -con la incorporación de la ciudad y el urbanismo como problemática-, y la realización de encuentros de profesionales, como las jornadas realizadas en 1953 en Tafí del Valle (Tucumán) para discutir la planificación regional.
59 Por otro lado, para 1952 había numerosos planes reguladores publicados o en ejecución en Argentina.
60 Aunque el único que tenía una explícita vinculación con el Segundo Plan ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 Quinquenal era el «Plan Director de Transformación de Rosario», dirigido por Alberto Montes.
61 A ello le tendríamos que sumar el de La Padula, cuya puesta en marcha se dio en referencia explícita al Segundo Plan Quinquenal pero que, por haber sido terminado tiempo después, todavía no ha sido considerado como parte de este.
62 En este contexto específico, la segunda iniciativa para desarrollar el PR de Córdoba provino del propio intendente Federico, que en julio de 1954 mandó su iniciativa al Legislativo.
En esta, desaparecía la anterior «Comisión Redactora» y era el Departamento Ejecutivo municipal el encargado de formular el PR, para lo cual se estipulaba la posibilidad de establecer convenios con otras reparticiones públicas, contratar personal especializado y tomar el asesoramiento de la Comisión Asesora Técnica Edilicia.
La falta de mayores precisiones sobre las bases y objetivos, así como el inciso C del artículo 2, que supeditaba toda ordenanza municipal a la redacción del PR, generó un encendido debate en la Cámara de Diputados, en el que el diputado radical Becerra llegó a sostener que se estaba entregando «la suma del poder público».
63 La aprobación de la iniciativa, enmarcada en el Plan Quinquenal nacional y provincial y en estrecho vínculo con el MOP, marcó la última instancia en que la competencia por la planificación urbana era asumida de forma compartida por municipio y provincia.
Teniendo en cuenta la presencia ya consolidada de La Padula tanto en el MOP como en la municipalidad, no llama la atención que se lo haya designado como director del equipo técnico redactor del PR en noviembre de 1954.
64 El equipo trabajó hasta mediados de 1958, cuando fue formalmente disuelto.
Si bien el PR ya estaba formulado en sus líneas generales en 1956 -cuando La Padula hizo una primera presentación en una conferencia en la FAU-, no fue aprobado por el MOP y la municipalidad hasta 1962, incluyéndose una reactualización de algunas estimaciones.
Apenas producida la «Revolución Libertadora», La Padula fue confirmado en el puesto 61 Ibidem, 345.
62 Bustamante, 2010, es el único trabajo sistemático sobre el PR, pero no incorpora los contextos más generales que permiten explicarlo y no hace referencia al plan quinquenal.
Deberíamos señalar que, desde su puesta en funcionamiento hasta el golpe de septiembre de 1955, el PR funcionó como una instancia coordinadora de varias dependencias públicas, tanto provinciales como municipales, como en el proyecto de sistematización del río.
64 El equipo fue completado con Raúl Zarazaga, Hugo Pelliza, Alfredo Troilo y Raúl Ferreyra Centeno.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI de director del PR, señalando su permanencia en ámbitos estatales más allá del convulsionado contexto político.
Tanto es así que ofició de asesor y de representante del Gobierno Provincial en las gestiones que desembocaron en el traspaso a la universidad de los terrenos en los que se estaba construyendo la Ciudad Universitaria de la Fundación Eva Perón.
65 Así, el estudio y la aprobación del PR llevado adelante por La Padula atravesó diferentes contextos, signados por diversos signos políticos, sin mayores problemas y hasta con cierto presumible apoyo por parte de las cambiantes autoridades.
Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿en qué consistió el PR?
Para responder a esta pregunta es necesario distinguir los diferentes elementos que componen ese artefacto tan particular que es un plan regulador.
Efectivamente, este no solo busca intervenir sobre la ciudad material y sus procesos heterogéneos, dentro de un conjunto de fuerzas que lo exceden ampliamente, sino que también construye una serie de representaciones sobre la ciudad y pone en juego un conjunto de valores sobre lo que esta debería ser y, por tanto, delinea un objeto del pensamiento.
En tal sentido, el PR de La Padula contiene una imagen de Córdoba, como diagnóstico de su situación, maneja una serie de hipótesis sobre el rumbo que deberían tomar sus transformaciones y, por último, plantea una serie de intervenciones sobre la ciudad.
La imagen que traza La Padula en el PR es la de una ciudad que se encontraba inmersa en profundas transformaciones, que estaba pasando de ser «una pequeña aldea con calles de tierra» en la época de la colonia a ser la segunda ciudad del país, con nuevas edificaciones que sustituían a las viejas, llenándose antiguos baldíos, expandiéndose en la periferia: «mudos testigos de la sociedad indiana y de la vieja administración hispánica, sucumbieron ante la invasión de los comercios, de las casas de departamentos, y de oficinas, industrias y talleres».
Pero esta situación, para La Padula, implicaba que Córdoba sufría una crisis, «la crisis de su crecimiento», producto de un «crecimiento anárquico», cuyo ritmo fue incrementándose hasta volverse «explosivo»: «en los últimos cuarenta años, Córdoba triplicó su población».
Si este diagnóstico era compartido desde diversas miradas -como en la sociología de Juan Carlos Agulla o la geografía de Alfredo Terzaga-, para La Padula, en cambio, se trataba de la constatación de una nueva dinámica urbana de tensión entre el centro y la periferia: «es que Córdoba crece.
Dilátese cuanto puede en los llanos y en las alturas, mientas ERNESTO LA PADULA EN CÓRDOBA: PERONISMO Y CIUDAD, 1946-1955 su extensa periferia se vuelve anémica y su centro se congestiona».
El resultado de todo ello era, para La Padula, un «cuadro dramático» que requería de la «urgente necesidad» de la planificación.
66 Sobre esta imagen, entonces, La Padula trabajó sobre la hipótesis de que no había que revertir esa nueva dinámica de tensión entre centro y periferia, sino que había que retomar un «crecimiento orgánico» de la ciudad.
Para ello, proponía el principio de una «descentralización racional de la ciudad y una "concentración orgánica" de los barrios que la componen».
67 Antes de seguir avanzando, quisiéramos detenernos en las presuntas fuentes del urbanismo de La Padula y sus posibles relaciones con los debates en la Argentina.
La Padula, conviene recordarlo, había desarrollado alguna experiencia como urbanista en Italia, como con el PR para la zona norte de Ragusa (1936), el PR de reconstrucción de Rimini (1944-1945) o con el de Bracciano (1949).
68 Italia, por otra parte, no tuvo durante los años treinta y cuarenta una contribución especial a los debates del urbanismo, incluso a pesar del fuerte impulso que el fascismo le dio al manejo de las ciudades y del territorio.
Por ejemplo, en lo que se conoció como el «Agro Pontino» -una de las mayores empresas fascistas sobre el territorio-, que supuso la bonificación y colonización de los marjales Pontinos en los treinta.
Allí se ensayaron propuestas que se acercaban a las Siedlung alemanas (Pomezia), al urbanismo académico (Pontinia) o al enfoque racionalista, como en el caso de Sabaudia, en la que participaron Gino Cancelloti, Eugenio Montuori, Luigi Piccinato y Alfredo Scalpelli que, si bien fue considerado como uno de los «puntos más firmes de la nueva cultura urbanística» italiana, no implicó una solución novedosa.
69 De tal forma, Ludovico Quaroni podía afirmar en 1960 que la publicación de L 'urbanística e l' avvenire della città de Giuseppe Samonà de 1959, era el «primer libro italiano de urbanismo» con el que se superaba la «infancia de los manuales».
70 Por tanto, no debería sorprendernos, primero, que las principales referencias de La Padula remitan a los debates ingleses de la década del cuarenta y del cincuenta, con un fuerte énfasis en la tradición de la «ciudad jardín» y 66 La Padula, 1963, 747, 746, 747 y 756, sucesivamente.
68 La información la hemos extraído del CV de La Padula que hemos encontrado en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.
Lamentablemente no hemos podido acceder a sus propuestas urbanísticas.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI su deriva en las «unidades vecinales» y, segundo, que su principal escrito sobre urbanismo haya sido un manual confeccionado para sus clases en Córdoba, que se dividía en tres partes: una aproximación histórica, un compendio sobre «elementos constitutivos de la estructura urbana» y un glosario sobre «composición urbana».
Si tenemos en cuenta, entonces, el análisis histórico sobre la evolución de las ciudades que traza La Padula en sus apuntes de cátedra, tendremos una imagen más precisa sobre su postura frente al urbanismo.
Más aun, aquella imagen sobre Córdoba debiera ser inscripta en su lectura más amplia sobre las ciudades europeas.
Así, La Padula sostenía que «la ciudad se dilata, pero su crecimiento no gana en velocidad al acrecentamiento de los hombres que quieren habitarla», produciendo en las «periferias» todo tipo de amontonamientos, en los que los nuevos loteos se repiten sin límite ni coordinación, cuyo «damero elemental es asumido como ejemplo de modernidad y repetido sin límites».
Para los comienzos del siglo XX, «los barrios se extendían en sucesivos anillos concéntricos en torno a los viejos núcleos».
La conclusión que extraía era que debía ponerse fin al «proceso monocéntrico de indefinido acrecentamiento, portador de desequilibrios y desarmonía».
71 Ante este panorama, La Padula rescataba una serie de respuestas que, de Ebenzer Howard y Camilo Sitte a Lewis Mumford, constituyen lo que Françoise Choay ha llamado el modelo del «urbanismo culturalista».
72 Para La Padula, la «verdadera gran luz» del urbanismo de principios del siglo XX fue Howard y su libro La ciudad jardín del mañana, en la que se producía un «feliz enlace entre ciudad y campo» 73 que, prolongándose en los desarrollos del urbanismo inglés, logró la «concepción de una vasta descentralización en unidades satelitales armónicamente coordinadas entre ellas».
El manual también aportaba planos de reformas urbanas -de Haussmann a las diversas variantes del urbanismo moderno (Wright, Aalto, Le Corbusier, Sert, etc.)-, de las cuales habría que destacar la inclusión de las propuestas para la descentralización de Chicago y Helsinki de Eliel Saarinen, en la que indicaba que la Carta de Atenas «no soluciona» todos los problemas de urbanismo actual, y que las teorías del finlandés «abren inesperadas posibilidades» para solucionar los problemas que presentaban las ciudades exis-71 La Padula, 1957, Primera Parte, 89-91.
JUAN SEBASTIÁN MALECKI sociales» que respondían a la vida cotidiana de la familia -escuela, parques, residencia, playgroudns, pequeñas tiendas-.
De tal forma, «para sus defensores más convencidos, el barrio autónomo no es solamente un instrumento organizativo elemental, sino [...] también un principio de organización y estructuración formal de toda la metrópoli».
81 Ahora bien, estas referencias de La Padula no eran novedosas en el contexto argentino.
Para mediados de los cincuenta, la temática de la descentralización de las ciudades ya tenía una amplia difusión en el país y el modelo de las ciudades jardín y de la «unidad vecinal» había sido ensayado, o propuesto, en varias oportunidades, incluyendo el PR de Benito Carrasco para Córdoba en 1927.
Uno de los principales impulsores de estas ideas en los cuarenta fue José Pastor desde la Revista de Arquitectura, órgano de difusión de la Sociedad Central de Arquitectos y del Centro de Estudiantes de Arquitectura, del que fue colaborador y secretario de redacción entre 1947 y 1951.
Desde esa revista, Pastor se dedicó a la «difusión pedagógica de los principios del planeamiento regional en la versión humanista de Lewis Mumford y de las realizaciones del planeamiento anglosajón».
82 En tal sentido, nos interesa destacar la cercanía entre las propuestas urbanas de Pastor y de La Padula, en tanto pertenecían a un mismo sistema de pensamiento donde la unidad vecinal tenía un lugar destacado.
Así, por un lado, la divulgación por parte de Pastor de una serie de notas que desglosaban la cuestión de la «unidad vecinal» y de las «formas urbanas» recurría a los mismos ejemplos y diagramas que los utilizados por La Padula.
83 Por otro lado, no deja de llamar la atención la similitud entre los planos para la reconstrucción de San Juan de Pastor y la del PR para Córdoba, que tenían en común su articulación en base a la idea de «unidades vecinales» y su propuesta de zonificación.
Es difícil establecer si La Padula tuvo conocimiento de los trabajos de Pastor -y si fue así, si tuvieron alguna influencia en los suyos-, pero lo cierto es que el italiano tuvo una presencia reducida en los debates locales.
Hasta donde ha sido posible indagar, La Padula asistió al ya referido encuentro en Tafí del Valle, a lo que podemos sumar su asistencia al «Primer Congreso Argentino de Planeamiento y Vivienda» realizado en 81 Sica, 1981, 177.
83 Pero volvamos nuevamente sobre el PR.
En base a estas consideraciones podemos decir que este definía una serie de cuestiones en torno a «la ciudad futura» que aseguraran un «desarrollo orgánico» de la ciudad.
Aquí conviene distinguir entre aportes específicos de La Padula de algunas consideraciones muy generales -como las propuestas de densificación por áreas y una zonificación para la industria-, 86 de otras iniciativas que, si bien contempladas en el PR, en rigor eran anteriores a este y, de hecho, terminaron de concretarse muchos años después.
Respecto de las contribuciones de La Padula, hay que destacar, en primera instancia, su contribución a formar una imagen sobre las transformaciones de Córdoba que venía a reforzar la que desde otras disciplinas se estaba realizando, como en la sociología, la geografía y las ciencias económicas.
En segundo lugar, los dos elementos del PR que implicaron una intervención directa sobre la ciudad fueron, por un lado, la Ciudad Universitaria de la UNC, en uno de cuyos antecedentes ya vimos trabajar a La Padula, incluida como parte orgánica del PR, convirtiéndose en la única instancia que dio lugar a una intervención urbana, concretada con el Concurso Nacional de Planificación de 1962.
Por otro lado, una propuesta de reordenamiento vial de la ciudad que contemplaba tanto las rutas de ingreso/egreso cuanto las principales arterias de circulación interna que comenzaron a ampliarse en los sesenta, así como también un sistema de tres anillos de circunvalación -interno, intermedio y externo-, del que solo llegó a realizarse el último.
Según La Padula, «el anillo externo, con su cintura de verde, constituirá un verdadero elemento destinado a oponerse a una desmedida expansión urbana que perjudicaría la economía general de la ciudad».
88 En 1965 las obras de encauzamiento del río estaban bastante avanzadas y para 1970 ya se había confeccionado el esquema general de las avenidas que correrían paralelas al río, las que comenzaron a realizarse recién en los ochenta.
La segunda es la ubicación de la nueva terminal de ómnibus que había sido establecida en la ley 4.394 de 1953, pero que recién se construyó en 1970.
Finalmente, respecto de la zonificación industrial propuesta en el PR, hay que destacar que las industrias automotrices se asentaron antes de su formulación, siguiendo criterios económicos y de disponibilidad de tierra.
89 Estos ejemplos muestran los tiempos propios de la ciudad, en el que a unas erráticas políticas urbanísticas del Estado se le suman las dificultades de generar los mecanismos para hacer efectiva la intervención estatal, poniendo de manifiesto la distancia entre pensar la ciudad y su concreta materialización.
La trayectoria de La Padula por diversos ámbitos estatales -provincial y municipal-nos permitió analizar un momento muy particular de Córdoba.
Efectivamente, al tiempo que la ciudad comenzaba a mostrar los signos de un intenso crecimiento demográfico y urbano, el peronismo en el poder ensayaba una reconfiguración estatal que tuvo un resultado dispar.
Al avanzar sobre un área poco estudiada por la historiografía local -como las políticas urbanas del primer peronismo y la historia urbana de Córdoba-fue posible dar cuenta de un conjunto de iniciativas e intervenciones que resultaron centrales para poder comprender el posterior desarrollo de la ciudad.
El PR o el Palacio Municipal, por nombrar los dos más importantes, no solo se propusieron modernizar la estructura urbana de Córdoba, sino que también contribuyeron a cambiar su fisonomía.
Al mismo tiempo, estos proyectos permiten apreciar lo heterogéneo que pueden resultar los equipos profesionales que actúan en el estado y el grado de conflicto que pueden generar con diversos sectores políticos.
Así, por ejemplo, La Padula llevó adelante emprendimientos que entraban en tensión con lo que algunos sectores afines al peronismo entendían que era la tradición colonial de Córdoba.
Pero justamente la figura de La Padula permite complejizar la mirada respecto a las relaciones entre política y arquitectura.
No solo porque logró esquivar con notable éxito las disputas entre peronistas y antiperonistas, sino porque con sus iniciativas sobre el centro histórico lograba una intervención en la ciudad material en la que, al tiempo que consolidaba la noción de patrimonio arquitectónico, lo incorporaba como parte necesaria dentro del proceso de modernización de la estructura urbana.
De tal forma, la articulación entre patrimonio y modernidad a la que había contribuido La Padula permitía, por un lado, desarticular -o por lo menos desestabilizarla antinomia entre tradición y modernidad que tanto los sectores católicos como los que se identificaban con la Reforma del 18 habían entendido como rasgo distintivo de Córdoba, al tiempo que, por otro lado, esa articulación fue usada, también, en un amplio conjunto de imágenes -producidas durante los sesenta y setenta-para dar cuenta de la aceleración de los tiempos históricos que el proceso de modernización urbana estaba produciendo.
Por otro lado, el PR muestra hasta qué punto la modernización urbana podía ser compartida por diferentes grupos políticos, pero ese supuesto consenso también señala las dificultades de sostener políticas de largo plazo. |
¿Cacique, general y hacendado?
El avance colonizador del mundo blanco sobre el territorio indígena pampeano (Argentina) durante el siglo XIX impactó diferencialmente sobre las parcialidades que allí habitaban.
En el caso que aquí se analiza, perteneciente a las "tribus amigas", el proceso activó distintos mecanismos de acercamiento destinados a conseguir un reacomodamiento que les asegurara la supervivencia en la región.
Éstos resultaron, sin ninguna duda, muy exitosos en el corto plazo.
Las transformaciones socio-económicas, políticas y culturales que afectaron a la dinastía de los Catriel desmienten al menos dos fenómenos fuertemente relacionados entre sí.
La idea de inmutabilidad del mundo aborigen es uno; el papel central de lo étnico en la toma de sus decisiones, el otro.
PALABRAS CLAVE: Indios amigos, etnicidad, acomodamiento, aprovisionamiento, hacendado, negociación.
Resulta inevitable, cuando uno intenta situarse en el escenario aborigen pampeano del siglo XIX, hacerlo filtrando la información -o intentando sintetizarla para hacerla comprensible-a través de distintas categorías y conceptos.
Tribus, indios amigos, caciques, jefaturas son sólo algunos de ellos.
2 1 Este trabajo, en una versión preliminar, fue presentado en las Jornadas sobre Biografía e Historia, IEHS, UNICEN, Tandil, 28 y 29 de noviembre de 2002.
2 Mandrini, Raúl: "Indios y fronteras en el área pampeana (siglos XVI-XIX): balances y perspectivas" en Anuario del IEHS, 7, UNCPBA, Tandil, 1992; Ratto, Silvia: "El negocio pacífico de los indios: La frontera bonaerense durante el gobierno de Rosas", en Siglo XIX.
Revista de Historia, n.o 15, Instituto Mora, México, 1994; y Palermo, Miguel Ángel: "Reflexiones sobre el llamado 'complejo ecuestre' en la Argentina en RUNA", Archivo para las ciencias del Hombre, vol XVI, ICA/UBA, Buenos Aires, págs. 157-178., son algunos de los autores que han intentado calibrar un poco más la conceptualización de que hablamos.
Sin embargo, al momento de ejemplificarlos con figuras o grupos determinados, surge rápidamente que han servido para resolver situaciones no poco dispares.
¿Catriel y Calfucurá se ajustan igualmente a dicho concepto?
A presentar este problema e intentar avanzar algo en la clarificación de estas categorías -a priori sumamente flexibles-se dedica parte de las próximas páginas.
Se trata, claro está, de avanzar en pos de que los conceptos, alguna vez útiles, no almidonen nuestros caminos hacia reconstrucciones más ajustadas a la realidad histórica.
Sin ir más lejos, estamos comenzando a repensar hasta qué punto tuvo un papel preponderante el factor étnico en las relaciones de frontera; idea totalmente descabellada hace apenas una década.
Del mismo modo, tenemos que trasladar conceptos claramente destinados al mundo blanco para su verificación en las sociedades aborígenes; nociones como hacendados o productor absentista son ejemplos a la mano que ilustran el accionar de algunos representantes de la dinastía que tratamos.
Seguidamente se analizará el caso de Catriel, desde una perspectiva diacrónica, para rastrear cambios experimentados que harían dudar de su condición de cacique -incuestionable en 1840-al final de sus días.
Reconstruir la biografía de una persona ajena al mundo de los registros y que deambuló parte de su vida por espacios alejados de la escritura personal y de quienes podían observarle se presenta como un desafío.
Éste cobra un interés mayor en tanto y en cuanto nos permita recuperar sus estrategias en pos de un horizonte mayor, al mismo tiempo que se operaba la oportuna mutación de sus roles, a medida que cambiaba la situación personal de cada cacique, resultando de distintas coyunturas socio-económicas y políticas.
Juan Catriel 'el Viejo', su hijo Juan Segundo y posteriormente sus nietos Cipriano y Juan José ensayaron, desde 1820 y hasta 1870, un proceso que lejos de ser una estrategia de largo alcance se puede visualizar como una serie de pequeños acomodamientos a distintas situaciones que se les presentaban.
La segunda cuestión a abordar, íntimamente ligada a la anterior, tiene que ver con la posibilidad de que alguna de esas categorías presenten transformaciones a lo largo del período en cuestión, que muchas veces desdibujan el status original pero no terminan de definir uno nuevo, aunque sí cierta dirección hacia un rol diferente.
Nos referimos, por ejemplo, a aquellos caciques como Catriel que a mitad del XIX se asemejan a verdaderos hacendados, aunque sin abandonar del todo su faceta étnica ni formar parte decisiva de la elite ganadera nativa.
Efectivamente, Catriel se convierte al final de sus días en un hacendado y su gente funciona como una verdadera clientela política que le sirve principalmente para conseguir favores del poder de turno.
Los abastecimientos que le otorga el Estado cada tres meses a cambio de mantener la paz y colaborar con el ejército -desarmando el malón como empresa económica-le permiten mantener momentáneamente la situación de hacendado absentista -ya que vive en pleno centro de Azul-y una clientela de un millar de lanzas.
Clientela imposible de convertirse, como en parte lo hizo Colliqueo, en peonada que se desmembrara en estancias de la zona o puestos de trabajo en la ciudad.
3 El mercado de trabajo estacional lentamente ocupado por inmigrantes no lo permitía, al margen de si los indios fueran o no aceptados como trabajadores.
Pero si hubiera sido posible, difícilmente Catriel lo habría alentado, ya que era su cuota de poder ante sus pares terratenientes.
Un cacique sin indios era tan intrascendente y abstracto como un hacendado sin ganado o un general sin soldados.
Por otro lado, sostenemos nuestra idea de que Catriel estaba obligado a alternar en dos mundos distintos sin terminar de traspasar al que cada vez le atrapaba más, el de los blancos.
Situación idéntica a la experimentada cien años antes por Tupac Amaru, que frecuentaba la sociedad española en casi todos sus ámbitos, pero no renunciaba a su ascendente sobre los suyos que seguían reconociendo su linaje indígena.
Así, pese a aceptar las charreteras y el quepi, a cambiar sus botas de potro por otras de caña larga o dejar el caballo por una volanta, Catriel pudo presidir (cada vez con más dificultades y menos regularidad) una ceremonia indígena, tener varias esposas y ser uno más entre su gente.
La situación de Catriel también se asemeja, sin mucho esfuerzo, a la de ciertos inmigrantes en la misma Argentina, que luego de lograr una posición económica holgada intentaron cohesionar a sus paisanos para contar con un elemento de presión ante la elite nativa que les negaba un espacio sociopolítico.
El problema de Catriel fue, en definitiva, que sus indios no alternaban como la masa inmigrante en los dos mundos en los que él se movía; eran sólo indios.
Caminar por el borde del precipicio era una jugada riesgosa y cada uno de los representantes de la familia debió saberlo; cada paso en 3 Nos referimos a una inserción masiva en el mercado, que por otra parte estuvo en formación durante buena parte del siglo XIX.
Sabemos, de todos modos, de indios que trabajaban temporalmente e incluso en forma permanente en las estancias desde la segunda década de ese siglo.
Ver, entre otros, Ratto, Silvia: "¿Soberanos, clientes o vecinos?
Algunas consideraciones sobre la condición de los indígenas en la sociedad bonaerense", en Villar, Daniel, Jiménez, Juan Francisco y Ratto, Silvia: Conflicto, poder y justicia en la frontera bonaerense, 1818-1832, Bahía Blanca, 2003.
ISSN: 0210-5810 dirección hacia el mundo blanco los debilitaba internamente como jefes, e incluso ante las otras parcialidades; irónicamente, esto último era un pilar básico de los Catriel para oscilar en las márgenes de la civilización.
La identidad de los catrieleros debió terminar de conformarse, como dice Boccara,4 a la par de los contactos con la sociedad blanca.
Esto no implica pensar que no se reconocieran linajes, ámbitos y ligazones de pertenencia reales; lo que queremos apuntar es que si partimos de nuestra idea de que todos los grupos pertenecen naturalmente a una ciudad, una región, una nación, un Estado y un continente, nos resultará difícil comprender y aceptar la posibilidad de que algunas parcialidades indígenas terminaran de construir y/o fortalecer una identidad más clara en el proceso de interacción con los blancos.
Si, por el contrario, estamos de acuerdo con la idea de Boccara, que las distintas posturas recrudecieron un proceso de atomización de la pampa en etnias anteriormente no tan diferentes ni enemistadas entre sí, también coincidiremos en que la coyuntura decimonónica con un Estado en formación y el avance de la frontera fueron los pilares básicos para que aparecieran personajes como los Catriel.
Catriel, el cacique amigo de la pampa
Catriel nace alrededor del septuagésimo año del siglo XVIII en los pagos de Tapalqué, en algún lugar de los actuales partidos del mismo nombre y Olavarría.
5 Con el tiempo se convierte en el fundador de la dinastía catrielera.
Juan Catriel 'el Viejo' tuvo como su segundo a Cachul, ambos eran jefes de tribus, antes de reducirse en Salinas Grandes, con Ripil, Carupan, Cañumil, Tripallao y otros.
6 Las primeras referencias importantes de Catriel en territorio pampeano lo ubican en la década de 1820 llevando a cabo algunas correrías junto a los caciques Calfiau y el gaucho Molina.
7 Sin embargo, algo sucede al empezar la segunda década del siglo XIX.
Cuando Rauch recorre la zona centro sur en 1826, lo acompañaban en calidad de aliados un regular contingente de indios pertenecientes a su tribu.
Cinco años más tarde, el día 3 de abril de 1833, la columna izquierda de la campaña al desierto comandada por Rosas alcanza las márgenes del arroyo Tapalqué, donde los voroganos, al tener conocimiento de su marcha, enviaron algunos caciques de sus tribus en signo de amistad.
8 Allí se incorporaron las tribus de los caciques amigos Catriel, Cachul, Llanquellen, Fracaman, Reilet, Cayupán y otros que, con 600 indios más, concurrieron como auxiliares de la expedición.
9 En 1835, ubicado a orillas del arroyo Tapalqué, era ya un inconfundible aliado del gobierno porteño.
Su gente participó el 7 de noviembre de 1839 de las acciones bélicas en Chascomús y ayudó al Restaurador contra la Revolución de los Libres del Sud.
10 Catriel 'el Viejo' era no sólo confiable para el gobernador Rosas sino modelo y referencia al momento de acercar a otros caciques.
A tal punto que en una cláusula del Tratado de Paz con Painé en 1840 se dice: "puede venir Painé o algunos casiques a Tapalqué a verse con Catrié y demás casiques amigos míos, para oír de bocas de ellos quien soy yo".
11 Esa amistad se traducía en bienes que un Estado improvisado entregaba a Catriel en forma periódica.
Poco tiempo después se agregan ollas y pavas de hierro, pliegos de papel, baldes...entre otras cosas.
13 Cuando en 1852 cae el gobierno de Rosas y las nuevas autoridades están dispuestas a cambiar su política con los indios, las tribus de Catriel y Cachul que acampaban entonces a pocas leguas de Azul hicieron notar nuevamente su presencia étnica 14.
La crónica nos muestra que ese año, muy enfermo, pide permiso para bajar al fuerte Azul para saludar al comandante.
Su hijo, también llamado Juan, hereda el poder, incluido los favores del gobierno porteño.
Pero los tiempos han cambiado y el 'compadre' Juan Manuel de Rosas está ahora muy lejos de la pampa.
Los nuevos mandatarios no son, en principio, partidarios de hacer alianzas con los indios.
Éstos, decepcionados, se alzan en rebeldía y Calfucurá los reúne en lo que se conoció como una verdadera Confederación de Tribus.
Algunos malones importantes, entre los que se destaca el de Tandil de 1855 y un par de derrotas sufridas por el general Mitre, llevaron las cosas a su cauce.
El mismo Mitre, encomendado por el gobierno porteño, logra renegociar la paz con Catriel.
El Estado se obligaba a pasarles trimestralmente a Catriel y Cachul los siguientes artículos: 1200 libras de yerba 600 " azúcar 500 varas de tabaco 600 cuadernillos de papel 2000 libras de harina 200 frascos de aguardiente 800 frascos de vino 72 botellas de ginebra 72 botellas de vino Burdeos 2 carretadas de maíz 200 yeguas Pero quizá lo más importante resida en su artículo 6.o, donde consta que se le concede el título de General y Cacique Superior de las tribus del Sud y el uso de charreteras de coronel (a parte de uniforme militar y suel-13 AHA, Legajo n.o 114, año 1847.
14 "En 1855, el gobierno de la provincia de Buenos Aires, entonces separada de la Confederación Argentina, decidió actuar vigorosamente.
[Se le confió el mando a]...don Bartolomé Mitre, a la sazón coronel y ministro de guerra... al pie de una colina medianamente elevada que se percibe claramente desde el Azul, se dejó sorprender y rodear por las fuerzas reunidas de los caciques Catriel y Cachul; le quitaron los caballos y lo hostigaron de tal modo que la infortunada columna debió regresar a pie hasta el Azul..."
Ebelot, Alfredo: Relatos de la frontera, Ed.
Para tener una referencia sobre los sueldos en cuestión -obtenidos de la misma fuente-, digamos que el Coronel Comandante Militar de la Guarnición de Patagones cobraba 2.420 pesos y que un sargento mayor cobraba 1.190 pesos mientras que un capitán sólo 880 pesos.
Observando las dos listas de raciones, y sobre todo los momentos en que se entregan, podemos notar tanto diferencias cualitativas como cuantitativas.
En la primera no sólo predominan los regalos para Catriel sino que no aparecen, al menos contabilizados, artículos para la gente de su tribu.
Parece claro que esa ración iba destinada al Cacique y en el mejor de los casos a la elite que lo rodeaba.
Pero en la ración posterior a Rosas la mayor parte de los artículos van destinados a un consumo masivo que excede el de un grupo privilegiado.
¿Qué cambió entre ambas fechas?
Podríamos pensar que en la primera lo étnico, y un espacio de subsistencia mayor, ganado, pesca, boleadas alcanzaban para mantener alejados de los malones a los lanceros amigos.
También que en el segundo momento los altos mandos indígenas tuvieran un mayor acceso al circuito metálico (de allí los sueldos que vimos anteriormente) y al consumo directo de sus vicios, al mismo tiempo que el espacio de subsistencia se cercaba y ahora Catriel debía negociar una ración mayormente pensada para su clientela.
Por último, la secesión de Buenos Aires y el enfrentamiento con Urquiza exigían destinar toda la energía al norte bonaerense y no al sur.
La nueva coyuntura seguía beneficiando a la familia Catriel; Juan, dedicado a la política y sus hijos, Cipriano y Juan José, progresando en el negocio ganadero.
Aquel nombramiento de General debió constituir un verdadero punto de inflexión en la vida de Juan Catriel; al mismo tiempo debió confundir fuertemente los sentimientos de lealtad de sus seguidores y de las otras parcialidades.
Se trataba de un paso decisivo que delataba sus ambiciones cada vez menos étnicas, y a la vez lo ubicaban en un sitio peligroso frente a los suyos.
Adoptaba, ni más ni menos, que la indumentaria del enemigo.
¿O lo poco que aún perduraba de su rol como cacique le permitía estos virajes culturales sin alterar su poder?
Acaso la preocupación y justificación, si pensamos en las relaciones clientelísticas, no debía posicionarse con sus lanceros sino frente a sus jefes subalternos y otros caciques amigos.
Llegados hasta aquí, dos cosas parecen quedar claras: en primer lugar, la política de Rosas no debilitó ni la posición étnica de los caciques amigos entre los suyos ni su estructura militar.
Se podría pensar que las raciones y el aquietamiento en un sitio que les exigía el gobierno impedirían la reproducción de los lanceros a la vez que fomentarían el relajamiento de sus prácticas bélicas.
Parece claro que los caciques supieron mantener, de alguna manera, esa potencialidad como reaseguro a sus riesgosas negociaciones.
En segundo término, se sucedieron cambios al interior de esa estructura a tal punto que ahora su líder no sólo podía abandonar físicamente la tribu, sino que podía ir más allá adoptando símbolos del blanco sin que ello (aparentemente) debilitara su posición étnica.
17 "De tal modo, en la frontera sur nada se descuidó para hacer del cacique Catriel una especie de personaje, oficialmente revestido con las insignias de un general de la nación...
Al convertirse en general argentino había adquirido algunas ideas progresistas.
Así pues, en lugar de emborracharse con aguardiente se emborrachaba con cerveza.
Se hizo construir una casa de tres piezas, con paredes de adobe, piso de tierra apisonada y techo de cinc, la cual entre los suyos pasaba por un palacio." 18 Ebelot describe la situación en los siguientes términos: "Desde el fondo de esta mansión temida, lo dirigía todo en la tribu, con precisión facilitada por el miedo que inspiraban sus procedimientos de justicia expeditiva".
Por lo demás, si bien prohibió el robo en grande y a mano armada, dejaba amplio margen para el merodeo nocturno, que en detalle servía al mismo fin...Si alguien se presentaba ante el cacique y se quejaba de una bien probada fechoría de un hombre suyo, sorprendido por casualidad en flagrante delito, el quejoso recibía invariablemente la misma respuesta:
-Hermano ¿por qué no lo mataste como a un perro? 19 ¿Es representativo el caso catrielero respecto del resto de los caciques de la zona?
No quedan dudas de que los indios pampeanos no eran -más allá de que en alguna oportunidad intentaran una coalición-una unidad homogénea y compacta.
Podríamos incluso hablar de etnias distintas y los efectos de la araucanización.
Pero en vista de lo que queremos desarrollar aquí, no pretendemos avanzar más allá de la macrodivisión indios amigos/indios enemigos.
Según Silvia Ratto, estas parcialidades amistosas pueden diferenciarse, oportunamente, aun en dos subgrupos: indígenas aliados e indígenas amigos.
Los primeros serían aquellos que mantenían su hábitat en la pampa y esporádicamente obtenían auxilios del gobierno y los segundos aquellos que se habían instalado dentro de la frontera y mantenían una relación más estrecha con el gobierno, por la cual recibían raciones.
20 Esto resulta de suma importancia en nuestro caso, dado que la primera mutación de los catrieleros parece ser el paso gradual por ambos subgrupos.
Ahora bien, ¿qué sucedía en el interior del mundo de los indios amigos?
¿Cómo funcionaba esa maquinaria compleja que implicaba miles de personas llevada a cabo por la negociación de dos partes, que terminan siendo al fin y al cabo sólo dos individuos?
En definitiva, nos estamos preguntando ¿cómo logra lo económico imponerse a lo étnico, lo religioso e incluso lo político que debió prevalecer anteriormente entre estos grupos aborígenes?
Y lo que es más interesante, ¿qué efectos trae este cambio al interior de la tribu?
Podríamos adelantar 21 que el vínculo que mantiene los lazos de verticalidad y lealtad entre los indios (excluyendo a los capitanejos y caciquillos) y Catriel tienen distinto grosor, término gráfico al sólo efecto de una ilusión analítica.
Los niveles políticos y social son incuestionables.
20 Ratto: "El negocio pacífico...".
21 Tema complejo en el que estamos trabajando para una futura ponencia.
ISSN: 0210-5810 económico es acaso el que define en último término la peligrosidad de la relación.
Catriel sabe que si los abastecimientos o un malón oportuno compensan la ración tradicional, la fidelidad está asegurada.
El nivel religioso es acaso el más traumático, al menos si entendemos que es allí donde Catriel parece poner toda su energía en el mantenimiento de cierto aislamiento con el mundo blanco.
Cipriano, ante la embestida y continuas visitas de los misioneros, ofrece evangelizar a dos de sus hijos, pero deja clara la idea de que no lo harán con sus indios.
Sin embargo, el grosor de los lazos con respecto a los capitanejos y caciquillos es bien distinto.
Allí, los cambios en lo económico y lo político deben justificar el viraje beneficiando, o al menos no perjudicando mayormente, a los segundones de Catriel.
Los pedidos especiales para aquéllos en cada carta a las autoridades parecen probarlo.
Los caciques debían mantenerse en un ajustado equilibrio entre sus pertenencias, sus negocios y las relaciones con los pilares de su poder: los capitanejos y caciquillos.
"En mayo de 1871 los caciques Manuel Grande, Calfuquil y Chipitruz que obedecían a Catriel, con el pretexto de demorarles la entrega de los sueldos y raciones se sublevaron contra este cacique, obligando al coronel de Elías [comandante de la frontera sur] a atacarlos de inmediato para conjurar ese peligro, resultando muertos los cabecillas.
Ocurrió que Catriel, al ver minada su autoridad, en virtud de los tratados firmados, dio cuenta al jefe de la frontera de la actitud de sus subordinados motivando la intervención armada del coronel de Elías.
Al respecto, el coronel Boer [jefe de la frontera oeste de Buenos Aires] comunicó posteriormente el 8 de mayo a la superioridad, que los caciques Manuel Grande y Chipitruz se presentaron en el sector a su cargo, solicitando amparo porque fueron atacados por el cacique Catriel y parte de las fuerzas de la División del jefe de la frontera sud."22 Mientras que lo político y lo económico se presentan ante nuestras miradas como temas más abordables (a menos desde el punto de vista de las fuentes), lo religioso y lo cultural han sido descuidados en aquel nivel de las jefaturas.
Muerto Juan Catriel (h), entre 1866 y 1868, sus hijos Cipriano y luego Juan José deberán emprender todo tipo de negociaciones para acomodarse a una coyuntura que les arrinconaba irreversiblemente.
Al principio, Cipriano permaneció fiel a la Comandancia de Frontera del Azul, relacionado con la persona del General Ignacio Rivas.
Mientras vigilaba con una parte de sus huestes a las tropas de Azul, el resto saqueó los establecimientos y poblaciones, donde se apoderó de 200.000 cabezas de ganado y 500 cautivos y mató a unos 300 pobladores después de incendiar sus viviendas.
El jefe de la frontera, general Rivas, avanzó desde Azul al frente de las fuerzas de las fronteras sur y costa sur en protección del coronel Boer.
Asimismo, ordenó al cacique amigo Catriel la convergencia hacia ese lugar con su tribu.
En total Rivas juntó unos 1800 hombres de los cuales 800 eran indios de Catriel y de Coliqueo.
23 Cuando llega la década de 1870, Cipriano muestra sus cartas a los capitanejos, los otros caciques y a su gente: está dispuesto a seguir avanzando hacia el mundo de los blancos sin medir las consecuencias.
Según el coronel Walter, el general Rivas decidió descansar en San Carlos y esperar el regreso de Calfucurá para atacarlo, ambos adversarios chocaron en la mañana del 8 de marzo a legua y media al noroeste de San Carlos.
Los indios, maniobrando al toque del clarín, desplegaron y pasaron al ataque con un furor inusitado, se entablaron un reñido combate, por ambos bandos se hizo gala de coraje y valor, especialmente por parte de los indios de Catriel.
En un principio los indios de Catriel y de Coliqueo atacaron débilmente; pero el famoso cacique, ebrio de coraje y de valor, se impuso a los suyos, mandando fusilar a algunos de los más remisos y ya los indios, viéndose atacados por la división de indios chilenos que mandaba Reuqué Curá, recordaron antiguos y adormecidos agravios, entre pampas y araucanos, y confundiendo sus salvajes alaridos con los de sus atacantes, volvieron al combate con tan irresistible ímpetu, que Reuque Curá y los suyos fueron derrotados después de un tenaz entrevero a facón y bola.
Alfredo Ebelot 24 opina que esta nueva época está signada por una serie de fracasos militares (Mitre y demás), a los que siguen un par de años, hasta la llegada de Alsina, cuyo gobierno pensó que a los indios sólo los podrían vencer otros indios, inaugurando una serie de dones y contradones para entablar alianzas y enemistar las distintas parcialidades.
Por último, entrada la década del'70, y en momentos en que los indios amigos participaban incluso de revueltas civiles, Avellaneda, Alsina y Roca decidieron transfor-mar (posiblemente porque la coyuntura internacional así lo requería) la defensiva en una ofensiva final sin precedentes.
El hermano del cacique, Juan José, intentará -al visualizar que el espacio blanco se cerraba con los nuevos negociadores que enviaba el gobierno-, luego de una revuelta civil en la que Cipriano se jugó una carta de triunfo y perdió, recuperar el lugar étnico entre los suyos y en la geopolítica pampeana.
Como vimos, después de la batalla de San Carlos, en la que las huestes de Calfucurá fueron derrotadas gracias a la intervención de los indios amigos a favor del ejército blanco, la suerte de los catrieleros estaba echada.
De allí en más, sólo realizarían pequeñas demostraciones de lealtad para frenar la celeridad de un desenlace largamente temido.
Juan José intenta entonces la compleja jugada de terminar de recuperar su etnicidad despojándose de sus amuletos blancos, pero sin perder su patrimonio ganadero.
Entre los militares de la nueva época, Ebelot cita al coronel Nicolás Levalle, que se enemista seriamente con Juan José al mostrar una incómoda tarjeta de presentación.
"El coronel quiso asistir a su distribución [de una ración llegada a Azul].
Contó las vacas, midió el aguardiente, pesó el tabaco y, comprobando el déficit, preguntó severamente qué significaba eso.
El proveedor exhibió el recibo del cacique.
El coronel se apoderó del documento como elemento de prueba y lo envió al ministro de guerra.
El incidente fue ruidoso; nada podía ser más desagradable para Catriel.
Era su "lista civil" lo que se le confiscaba.
Rezongó; los grandes personajes de la tribu rezongaron; pero los capitanejos de último rango y la vil (sic) multitud hallaron algo de bueno en las ideas del coronel."25 Esta cita, más allá de señalarnos el principio del fin, encierra una pista probable a tantos interrogantes vertidos en estas páginas.
Lo étnico se relaja y se hace difuso de arriba hacia abajo.
El piso de la mutación parecen ser los capitanejos de último rango y los lanceros.
Ese piso, tan impermeable como inaccesible al reparto, era quienes lo componían.
El título con que abrimos este apartado es, visto desde aquí, tan engañoso como real.
Al mismo tiempo que encierra una imagen relajada y armoniosa de Catriel, lo presenta con términos tan vagos como "amigo de la pampa", frase vacía si las hay.
Pero en realidad, ése era el término más adecuado para la clase alta porteña, el gobierno y el ejército, dado que 'amigo' sólo describe una situación coyuntural en una relación, la que puede cambiar, mientras que `la pampa ́ alude mayormente al nicho ecológico que a la sociedad blanca.
Ese conjunto de vaguedades, puramente coyuntural, eludía la posibilidad de otros rótulos como'Los catrieleros, los indios dueños de la tierra' o'La gente de Catriel, de lanceros al mercado de trabajo en formación'.
Sin embargo, si en algo no se equivoca la frase es en poner el acento de dicho grupo aborigen en la figura de Catriel; personalismo que debemos revisar tanto desde el punto de vista de la relación hacia adentro de la tribu como en los puentes de contacto con la sociedad blanca.
26 Acaso la unión de dos mundos por medio de un cordón umbilical estaba destinado a congelar la relación entre un grupo de personas, las elites de ambas partes.
Con 'un pie' en el mundo blanco 27
Los aborígenes de distintas partes del mundo sufrieron, desde los siglos XVI al XIX, las consecuencias del poblamiento de los territorios que ocupaban y el avance civilizador.
Es posible, a efectos de adelantar un poco en la definición pero sin ánimo de encontrar paralelos exactos, que algunas categorías empleadas para analizar ese fenómeno en distintos puntos de América se conviertan en eficaces mecanismos para efectuar algunas comparaciones.
En este caso nos referiremos a kuracas (andinos) y caciques (pampeanos), pero podríamos extender los ejemplos a Gerónimo, Toro Sentado y otros jefes étnicos de Norteamérica.
28 El primer problema que se nos presenta, a primera vista, es que dicho concepto no se ajusta tan siquiera acabadamente a los distintos casos del territorio pampeano.
Catriel y Colliqueo parecen tener poco en común por ejemplo con Calfucurá.
Posiblemente lo que nos dificulta observar sus características comunes es cotejar la confederación interétnica que intentó Calfucurá (verdadera jefatura) con los dominios más restringidos de los primeros.
Es posible también que la condición de indios amigos de Catriel y Colliqueo debilite a priori nuestro concepto de cacique frente al sobera-no de Chilihué.
29 En tal caso, el elemento sustancial que entorpece la comparación es lo étnico.
La condición de cacique (como la de kuraka) se vuelve difusa cuando queremos utilizarla para referirnos a un numen que ha adquirido otros cargos o status (general, hacendado) propios de los blancos.
Esta sensación también debió estar latente en las parcialidades de aquellos jefes aborígenes; por lo que debió ser crecientemente indispensable contrarrestar la pérdida de lo étnico con elementos otrora ajenos a la sociedad india (vicios, etcétera).
Karen Spalding, refiriéndose al mundo andino, cree que "la incorporación al imperio europeo transformó la sociedad a través de formas más sutiles, modificando y cambiando sus patrones sociales y culturales por la introducción de nuevas limitaciones y restricciones, al igual que de nuevas perspectivas y oportunidades para algunos." 30 Con recaudos, en la pampa no debió ser muy distinto.
Inevitablemente, el espacio indígena pampeano -tanto de los indios rebeldes como de los amistosos-se cercaba con la llegada paulatina de colonos y milicos a distintos puntos de una provincia que se ensancharía hasta los márgenes de las mejores tierras.
Las grandes estancias disolvieron rápidamente el espacio de subsistencia del que hablaba Carlos Mayo, 31 que en definitiva debió funcionar para gauchos alzados, pero también para los indios.
Al interior de las tribus, la reciprocidad y la redistribución 32 que mantenían la lealtad de sus lanzas debieron ser cada vez más ineficientes para sostener el poder del cacique que presionaba -y apuntalaba-a los gobiernos con su clientela armada.
Por otra parte, el aumento de riquezas de Catriel, mediante regalos, apropiación de ganado y sueldos, debió atarle cada vez más a un lugar físico, obligándolo a reproducir los tratados de amistad, a la vez que haciéndole perder definitivamente las posibilidades de recuperar la independencia o alianzas con indios alzados.
Al igual que en el mundo andino, en la pampa húmeda "la conquista española (y luego criolla) introdujo nuevos modelos de obtener riqueza y poder que alteraron sustancialmente la estructura interna de la sociedad india.
Una característica principal fue el carácter individual de las oportu-29 No debemos olvidar que Calfucurá también dejó de lado la etnicidad para emprender negociaciones con Urquiza.
31 Para el ampliar sobre el concepto de espacio de subsistencia y las polémicas que trajo consigo, ver, por ejemplo, el número 2 del IEHS, UNICEN, Tandil, 1987.
32 Para ampliar sobre el tema ver Mandrini, Raúl: "Pedir con vuelta.
¿Reciprocidad diferida o mecanismo de poder?, en Antropológicas, Nueva Época, UNAM, México, 1992.
Un individuo ambicioso podía obtener la riqueza y el poder independientemente 33 de su grupo." 34 En los Andes como en la pampa no eran muchos los individuos posicionados favorablemente para este cambio.
Sin embargo, algunos kurakas y caciques contaban con una plataforma económica y política -sumada a su pertenencia étnica-interesante para experimentarlo.
Steve Stern, por su parte, advierte sobre el objetivo final de la mercantilización cacical, preguntándose si ésta significa una adopción e incorporación de pautas europeas (enriquecimiento individual) o si ese barniz mercantil apunta al mantenimiento de pautas tradicionales traducidas en la reversión de ganancias para la comunidad frente a problemas climáticos y de cosecha o para realizar rituales y fiestas.
Ha encontrado, en este sentido, un modo de comportamiento indígena colonial (reciprocidad, redistribución, autosuficiencia) junto al eficiente aprovechamiento de las oportunidades mercantiles.
35 ¿Por qué no pensar, llegados hasta aquí, que la transformación de Catriel lejos de presentarse como una mala estrategia, era la única posible?
No caben dudas de que era finita y entraba en un inevitable cuello de botella, dado que mientras que él se enriquecía individualmente (familiarmente) se achicaba el territorio otrora dominado por su etnia y por ende aumentaba la precariedad y pobreza del conjunto.
Mientras tanto, sus aliados de turno avanzaban, poblaban, se tecnificaban y necesitaban en forma decreciente de sus servicios.
Posiblemente Catriel visualizaba ese destino trágico de su tribu pero también un final más feliz para un servidor sin reparos como él.
Tanto los españoles en el siglo XVIII como Rosas en el XIX permitieron la configuración de nuevos canales de movilidad social, estratégicos en sus expectativas de dominación territorial y que, aunque claros para el elemento aborigen interesado, aparecían más difusos y sin entorpecer a la elite criolla porteña.
Lo más importante, según Spalding, es el poder que estos individuos esgrimían sobre los suyos amparados por el gobierno español; incluso podían burlar o ignorar sanciones tradicionales andinas.
36 33 En realidad, diferimos en este punto con Spalding, dado que precisamente lo que les permite a Kurakas y caciques obtener riquezas es su clientela étnica.
Sin ella tendrían poco margen para negociar.
Sí es cierto que las relaciones personales y las redes, aunque apoyadas en la presencia Como vimos, Catriel y sus allegados incorporarán, en este mismo sentido, prácticas, comportamientos y hasta vestimentas extrañas a su cultura.
Ebelot rescata, entre sus narraciones, el relato de la viuda de Railef, capitanejo de Catriel:
"Desde que lo vi me enamoré de él.
Ustedes saben como era de vivo, alegre, atrevido, presumido en el arreglo, lo bien que jugaba al billar y cuanto le gustaban la manera de vivir y los placeres de los cristianos".
37 Pero acaso Cipriano fue el más progresista, sinónimo de arriesgado en nuestra línea de análisis.
"En su tren europeizante, Cipriano no para en mientes.
Adquiere un lujoso carruaje con el que recorre las polvorientas calles del Azul y utiliza en sus marchas.
Y hasta posee cuenta bancaria, una marca para su hacienda, su sastre y su sombrero.
38 Algunas referencias del comportamiento de aquellos caciques muestran, de todos modos, que entre ambos mundos había zonas grises donde se podían satisfacer las ambiciones personales y atracciones del mundo blanco sin afectar dramáticamente el perfil aborigen ante la tribu.
Armaignac, que visitara a Cipriano Catriel en 1868, relata dos situaciones que reflejan ese lugar donde se movían los caciques para preservar el equilibrio.
Habitar un rancho en vez de un toldo, pero sin muebles y sentándose en el suelo, era una manera simple de estar a mitad de camino.
Pero si en algún aspecto se denota con mayor claridad esa posibilidad de cabalgar entre los dos mundos, es acaso en el idiomático.
Después del festín, mientras el lenguaraz estaba jugando con los chicos, Catriel me dijo, en bastante mal español, que lo siguiera.
Ambos nos dirigimos hacia un arroyuelo que corría a doscientos o trescientos metros de allí, y emprendimos una larga conversación.
Delante de todos, el cacique fingía ignorar el español y, aunque hablara sin tropiezos esa lengua, se hacía traducir mis respuestas al idioma pampa cuando Avendaño o alguna otra persona estaban presentes.
Durante ese paseo me hizo muchas preguntas sobre mi país; me habló de la guerra franco-prusiana...Me pidió informes sobre el mar y los barcos que no conocía...
40 Los caciques podían disimular o no su atracción hacia aspectos culturales del blanco, pero lo que definitivamente no podían esconder era el aumento de sus pertenencias personales y riqueza.
Tan evidente es también el rol de hacendado de Juan José Catriel en la década de 1870, que aún siendo el heredero natural cuando muere su padre Juan, no toma el cargo porque "quería dedicarse a la hacienda numerosa que poseía".
41 La pregunta es ¿cómo se acomodaba la pobreza creciente de su gente con la cada vez menos inocultable riqueza personal?
¿Aumento de la represión hacia el interior de la tribu?
¿Apertura a un número mayor de indios a la elite que gozaba de los beneficios?
Ya hemos visto con su padre la vista gorda a algunas salidas a bolear y maloquear, 42 lo mismo que las raciones (en las que el alcohol y el tabaco predominaban) permitían estas transformaciones.
No debemos olvidar que la tribu era una especie de racimo, unido por un tallo común pero fragmentado en distintos gajos menores (los capitanejos) que eran los verdaderos sostenedores del conjunto.
Entonces, ¿por qué se quiebra el nuevo orden impuesto en el territorio pampeano donde algunos caciques pudieron acceder a instalarse social y hasta culturalmente junto a los criollos?
Sucede que estos nuevos canales de movilidad social no se mantuvieron abiertos durante toda la época colonial en los Andes ni durante todo el siglo XIX en el Río de la Plata.
En el Altiplano comenzó a restringirse, alrededor del 1700, al mismo tiempo que 42 Mientras que bolear significa permitirles salir a cazar ñandúes u otros animales (prohibido por ley) para palear el hambre, maloquear refiere a robar algún animal de una propiedad.
Los españoles exigían más a esos privilegiados que no lograban conformarlos y ahora los usaban mayormente para expoliar a la masa.
43 El paralelo pampeano, dado que aquí no se cobraba tributo a los aborígenes, era una mayor exigencia de participación bélica en asuntos políticos que poco tenían que ver con la problemática aborigen desde mitades del XIX.
Ahora bien, ¿por qué Catriel, al igual que Tupac Amaru, no terminaron de traspasar la línea hacia el mundo blanco?
Un indio vestido como un español y aprendiendo esa lengua pasaba -dice Spalding-desapercibido.
Pero ambas sociedades estaban articuladas en torno a los lazos de parentesco, reales o ficticios, que proporcionaban la única seguridad de pureza.'Disfrazados' y solos (fuera de las redes necesarias e imprescindibles), ninguno de los dos tenía posibilidades de prestigio.
Un indio noble no negaría su ancestro, inclusive porque mucho de su prestigio y riqueza se lo debía a ellos.
Más aún, siendo nobles sentían el desprecio español, o criollo, y algunos decidían retornar a su lugar tradicional, como orgullo y auto respeto.
Es posible que al final de sus días Cipriano Catriel o su hermano Juan José recordaran con tristeza la frase de su padre que abre este apartado.
Era, claro está, demasiado tarde para regresar a la senda que habían seguido inalterablemente sus antepasados hasta que el viejo Juan Catriel decidiera tomar el atajo que llevaba a las 'ventajas' de la amistad con el blanco.
Hacia 1875 el gobierno decide, coincidiendo con la muerte de Cipriano y el nuevo liderazgo de Juan José, trasladar a los catrieleros a nuevas tierras.
La razón obedecía tanto a las quejas de muchos vecinos cansados de los robos como al entusiasmo de algunos inversores deseosos de adquirir posiblemente las mejores tierras de la provincia.
Sin embargo, otros tantos personajes de la frontera hicieron saber sobre su descontento por esta expulsión.
Ebelot recuerda cómo "los pulperos vieron con amargura esfumárseles la magnífica clientela de casi dos mil bebedores...
Los gallegos, 44 desconcertados un momento por lo imprevisto del golpe, liquidaron sus existencias de cueros, cerraron sus maletas y se aprestaron a seguir en el éxodo a sus buenos amigos de la tribu".
45 Estas diferencias de opinión respecto de los indios amigos son un claro indicio de que aquéllos no presentaban un problema gravísimo para la sociedad blanca azuleña.
43 Spalding: De indio a...
44 Término con que se engloba a la colectividad española, aunque refiera con una mirada más estrecha a los provenientes de Galicia, mayormente dedicados al comercio.
Pero posiblemente lo más interesante de la situación es que Alsina había convocado a un Parlamento a los líderes indios, mientras Ebelot y los ingenieros trabajaban sin demoras para proponerles el reparto de tierras en el nuevo destino.
La oferta consistía en una "estancia de una legua cuadrada para el cacique; chacras de 170 hectáreas para los jefes secundarios y quintas de 35 para los simples lanzas...
El establecimiento proyectado, sin precedentes, era a la vez un asiento militar destinado a la vigilancia de la frontera pero necesitado él mismo de activa fiscalización, y también una colonia pastoril y agrícola, y por último germen de una ciudad." 46 Más allá de que este proyecto no prosperara, podemos rescatar el hecho de que el gobierno le ofrecía un trato a los indios que consideraban factible.
Esto es lo relevante, el conocimiento que aquellos comandantes y políticos tenían de los catrieleros les animó a ofrecerles la posibilidad de convertirlos en terratenientes y chacareros.
El revés del resultado no invalida la poca distancia que separaba a ambos grupos en ese momento.
Todo parecía indicar que lo económico y social había aniquilado el elemento étnico.
Si su gente había 'aceptado' (seguramente después de un prolongadísimo discurso de Catriel) lo beneficioso del asentamiento permanente y la conversión a productores minifundistas, todo hace pensar que aquéllos ya no se conformaban con las migajas del acuerdo entre los blancos y su cacique (alcohol, tabaco y poco más).
Pero como dijimos a lo largo del trabajo, éste es el punto de llegada de un desvío que peligrosamente tomó el propio Catriel cuando aceptó pasar más allá de la línea alejándose del equilibrio entre sus tradiciones y lo nuevo.
El relato de Ebelot sobre la llegada de los parlamentarios indígenas es patético e ilustra el momento en que se hallaba la transformación de uno de los últimos catrieleros a la que aludimos en el título de este trabajo.
"Catriel llegó seguido de un Estado mayor heterogéneo...
A caballo, todo ese mundo presentaba cierta buena traza.
Manejaban con soltura hermosas bestias enjaezadas de plata.
A pie, eran otros hombres.
Sus piernas arqueadas, sus hombros redondos, su andar desmañado, entorpecido además por espuelas de grandes rodajas arrastradas por el suelo con un ruido de chatarra.
El cacique y varios de sus capitanejos estaban vestidos con el severo y pintoresco traje de los hombres de campo acomodados: botas blandas, espuelas de plata, bombachas negras y el poncho flotante sobre los hombros; otros estaban cubiertos con repulsivos andrajos, y todos uniformemente calzados con botas de potro." 47 46 Ibídem, pág. 46.
La historia tiene un desenlace tan rápido y súbito como lo fue su comienzo.
Así como Catriel `el Viejo ́ se encontró de la noche a la mañana en una posición de poder inimaginada, su bisnieto vio desmoronarse en un instante el castillo de naipes que había construido durante medio siglo.
El Gobierno no los necesitaba más.
El 25 de diciembre de 1875, Catriel une sus fuerzas a Namuncurá y lleva a cabo una de las invasiones más impresionantes de la Historia.
Por su parte Pincén y Baigorrita hicieron lo suyo por los pagos de la Blanca Grande y Tapalqué.
¿Cacique, general, caudillo y hacendado?
Ahora que conocemos el final de la gente, volvamos sobre los personajes y roles que los acompañaron durante el fenómeno analizado.
A primera vista, todo parece indicar que existe alguna contradicción en el título de este apartado.
Nuestros conocimientos de los sucesos históricos bonaerenses se confunden al querer comprender categorías o roles tan antagónicos.
Sin embargo, aunque con denodados esfuerzos, Juan Catriel (h) pudo llevarlos a la práctica.
Parece claro que él o su sucesor Cipriano -como otros caciques-se convierten al final de sus días en hacendados y su gente se presenta como una verdadera clientela.
Si volvemos nuestra mirada una vez más al subtítulo de este apartado, podemos pensar que en la medida que se afianzaba uno de esos roles se debilitaba inevitablemente otro.
El ejemplo más claro es quizá el de general avanzando sobre el de cacique; aunque el de hacendado sobre el de aquel cacique que maloqueaba ganado 'ajeno' no es menos contundente.
En la medida en que un cacique intentara preservar parte de lo obtenido en el malón para su patrimonio se resentiría notablemente el circuito económico del que nos hablara Raúl Mandrini 48 y, lo que es peor, todos sus efectos cohesionantes.
Todo parece indicar que los dos circuitos complementarios (el del malón y el de la toldería) no eran teóricamente compatibles con los caciques amistosos.
Es probable que los caciques amigos abandonaran su antigua independencia para ocupar el nuevo rol, luego de evaluar las posibilidades reales que tenían de maloquear cotejando sus fuerzas con las de otros caciques como por ejemplo Yanketruz, Pincén o Calfucurá.
48 Mandrini, Raúl: "La sociedad indígena de las pampas en el siglo XIX", en Lischetti, Mirta (comp.): Antropología, Eudeba, Buenos Aires, 1985, pág. 209 y ss.
Aquellos poderosos adueñados de las rastrilladas y ubicados geográficamente en puntos menos vulnerables -por el momento-que Catriel o Colliqueo tenían demasiadas cartas para aceptar socios igualitarios en la empresa.
Nos preguntamos nuevamente, ¿acaso convertirse en cacique amistoso no era la mejor salida para Catriel?
No olvidemos que en muchas oportunidades ( entre 1850 y principios de 1870) éstos se vieron acosados por los caciques mencionados.
Si nuestra línea argumental es correcta, entre las parcialidades amistosas el aprovisionamiento trimestral bien pudo reemplazar el circuito del malón y complementar (aunque en forma más deficiente que el malón) el de las tolderías.
De todos modos, dijimos que la decisión de Catriel tenía en sí misma el germen de su propia destrucción.
Ebelot nos brinda una pista que puede resultar interesante.
Surge cuando él se pregunta por qué Catriel u otros caciques no tomaban decisiones de castigar a su gente cuando un blanco se quejaba de algún robo o infracción claramente realizada por los indios a su cargo.
"Había otro motivo -comenta Ebelot-poco confesable y por consiguiente decisivo.
La tribu se alimentaba a costa del Estado, pero las distribuciones de víveres secos y ganados en pie no eran diarias; se efectuaban a intervalos irregulares, según el hábito de desorden caro a la administración pública argentina.
Gracias a misteriosos tratos con el proveedor, el cacique recibía en especies solamente una cuarta o quinta parte de las raciones y daba quitanza del total a cambio de una renta en dinero que le servía para sostener su boato.
La tribu, pues, para subsistir durante tres meses no tenía más que las provisiones que, economizadas, habrían podido mantenerlas tres semanas.
Como la previsión no es cualidad predominante en los salvajes, éstos se veían a los ocho días frente a la alternativa de morirse de hambre o ponerse a cazar bienes ajenos." 49 Ese diferencial a favor del cacique era un arma de doble filo.
Le acercaba a la elite blanca (proveedores, comerciantes y generalato) pero le minaba lenta pero irreversiblemente su base étnica.
Si aquélla se desarmaba, no habría más lanzas, no más raciones, no más diferencial ni sueldo de general.
Todo ello sin olvidar que, como concluye Silvia Ratto, las raciones en la economía de las tribus representaron sólo un complemento de lo necesario para vivir.
Y más que significar una ayuda global para toda la tribu, terminaron siendo una vía de enriquecimiento de algunos pocos.
50 Ratto: "El negocio pacífico...".
Hemos visto a lo largo del trabajo indicios de que tanto Catriel como sus hijos Cipriano y Juan José llegaron a concentrar equilibradamente sus roles de caciques, generales, caudillos y hacendados.
En realidad, vistos con detenimiento, algunos de ellos tienen más elementos en común que diferencias.
La diferencia entre ser cacique, general o caudillo es más bien étnica y en su interior, cada uno de estos roles se apoya en la base de un liderazgo conseguido en forma natural o no. De todos modos, si un general lo consigue por mandato y no sabe mantenerlo no logrará éxitos ni siquiera mayor duración en el cargo.
Lo más notable sigue siendo la aceptación del cargo de general no sólo por parte del cacique sino de quienes lo seguían.
Esto debió ser posible por la extensión hacia abajo de rangos similares de capitanejos y sargentos, personajes importantes que apuntalaban el poder del cacique con sus respectivas clientelas de lanceros e indios pobres.
Pero también porque la supremacía del cacique (ancestral pero también mantenida sobre la base de la redistribución) le mantenían como incuestionable.
"Hacia las cinco, nuevamente resonó la trompeta.
Las mujeres se retiraron a sus toldos y todos los hombres montaron a caballo y fueron en busca de sus lanzas.
Cuando estuvieron montados y armados, se formaron en escuadrones fuera del campamento, cada uno bajo el mando de un caciquillo o de un capitanejo.
Delante de todo el ejército iban los dos caballos sagrados montados por sus guardianes.
Inmediatamente, venía el cacique en un soberbio caballo que había merecido el carácter de sagrado el año anterior.
Era un espectáculo realmente imponente ver reunidos a todos esos indios de rostro salvaje, empuñando sus largas lanzas y montando caballos recubiertos enteramente de plata, cuando sus jinetes iban semidesnudos o vestidos de sórdidos andrajos.
Catriel llevaba en la mano su gran sable con empuñadura y vaina de plata.
Vestía chiripá amarillo y cubría sus hombros un poncho azul con cruces blancas.
Llevaba un flamante quepís de general, que contrastaba de manera singular con el resto de su vestimenta.
Algunos de los jefes subalternos usaban también quepís, pero viejos y de todos colores, cuando no chambergos, y en la mano un sable herrumbrado."51 Más difícil de explicar resulta sin duda el rol de hacendado.
Es evidente que éste no fue un movimiento inesperado sino más bien una transformación económica que comenzó con el asentamiento más o menos definitivo y el plus acumulativo que le dejaban, por un lado, los malones y, por otro, las raciones distribuidas en forma antojadiza.
Entre sus pares de otras regiones el temario de conversación era similar al que podían tener dos hacendados bonaerenses.
"Entonces el cacique se sentó en su trono.
Los notables de la tribu empezaron a llegar.
Cada uno se acercaba a dar la mano a Catriel, le dirigía algunas palabras, e iba a sentarse...
Avendaño me dijo más tarde que se trataba de una especie de saludo: `Buenos días, jefe.
Tu respetuoso y abnegado servidor te presenta sus homenajes; te desea buena salud y te pregunta si no ha sucedido nada malo en tu familia y en tus ganados ́.
El cacique contestaba: `Buenos días, fulano.
Yo te agradezco tus deseos y espero que tengas mucha prosperidad y felicidad con tu familia y tus ganados ́".
52 Como puede verse, más allá de que fuera un saludo y no una conversación prolongada, lo principal en un encuentro de aquellos caciques giraba en torno al Estado de la familia cercana del cacique y seguidamente el patrimonio.
Si cualitativamente la comparación no es desacertada, la cantidad de ganado en sus manos no distaba de la que podía tener uno de los hacendados en cuestión.
Cuando Ebelot relata la invasión de 1875 que le pilló en el fortín Aldecoa, agrega una nueva pista de la dimensión pastoril de Juan José.
Empero, los nuevos roles ensayados por Catriel para acomodarse a coyunturas tan cambiantes como la provincia de Buenos Aires y sus gobiernos se nutrían de la esencia del cacique, pero también en desmedro de aquél.
Si no fuese así, la metáfora de la metamorfosis no sería apropiada, toda vez que en dicho proceso hay cambio de formas que aprovechan parte de lo viejo agregando elementos nuevos a la figura.
Respecto del rol de hacendado, todo parece indicar que fue quizá la parte más natural de la transformación.
Cuando media el siglo XIX, hacía mucho tiempo que el poder de los caciques se sustentaba de una u otra forma en el ganado.
No podemos concebir que Catriel se convirtiese en hacendado si no fuese cacique; como tal tenía los medios para hacerlo.
De ser virtualmente el dueño (al menos era él quien disponía los resultantes del negocio) de un arreo de varios miles de cabezas de ganado hasta Chile a poseer ese ganado pastando en una región más o menos circunscripta había unos pocos pasos.
No eran fáciles, sobre todo teniendo en cuenta lo que ocasionaba a su gente: desmovilización, semisedentarismo, etcétera; pero tampoco imposibles, porque había cierto consenso de parte del generalato y por ende de varios sectores del mundo blanco ligados a esa producción.
El rol de general se presenta, a priori, casi como un potenciador sustancial de los atributos del cacique, aunque también debe verse como un escalón sólo accesible desde aquella posición étnica.
El Estado ganaba tiempo manteniendo aliado a un potencial enemigo incorporándolo al sistema en un cargo tan efímero como simbólico.
A medida que el cacique reconcentraba, como una estrategia de subsistencia, el poder mutar parte de su figura de cacique hacia un rol en apariencia más poderoso, desde el universo de su gente como totalidad a la decena de caciquillos y segundos que lo apuntalaban, era aceptable.
Fuera de su círculo de poder, el resto de la gente de la tribu, atomizada en órbitas junto a cada caciquillo, no tenía opinión ni medios para impedirlo.
A medida que avanzaba el siglo XIX, el cacique se desdibujaba hacia afuera y también hacia adentro, acrecentándose la figura del hacendado y general en desmedro del poder real de aquél.
Hacia 1870 poco quedaba de los caciques pampeanos que habían habitado el escenario desde hacía cien años.
La gente de la tribu, ahora seminómades, sin tierra fija que ocupar, seguían fieles al recuerdo de ese cacique que se escondía tras la fachada de un general autoritario que sumaba ganado a su peculio mientras el hambre los azotaba.
Catriel el Viejo y sus descendientes habitaron en dos mundos a costa de mantener esforzadamente un delicado equilibrio que les permitiese ser parte de ambos.
Pese a que aceptamos la nueva imagen de frontera como una franja ancha que une, y no como una línea que separa, esta premisa se hacía difícil de sostener para los caciques de la dinastía de los Catriel.
El ideal, para ellos, era estar convencidos de que habitaban una franja, pero demostrarle a su gente que lo hacían en una línea.
En la realidad se movían cómodamente en aquella franja, accedían a elementos y situaciones vedadas a los suyos, pero sólo por la condición de ser caciques y en presencia de un Estado débil que no podía enfrentarlos.
Irónicamente, cada una de aquellas incursiones al mundo blanco los fortalecía étnicamente frente a los vecinos porteños, pero los debilitaba frente a los suyos. |
Bernabéu Albert, Salvador; Mena García, Carmen; Luque Azcona, Emilio José (coords.), Filipinas y el Pacífico.
Nuevas miradas, nuevas re flexiones, Sevilla, Editorial Universidad de Sevilla, 2017, 564 pp.
Como su título indica, esta obra pretende dar un protagonismo al Pacífico para indagar en los complejos fenómenos que se esconden en su seno, observándolo desde un lugar y un tiempo concreto: el pasado colonial de las Filipinas hispánicas.
Mas la pretensión del título del libro se evaporiza cuando descubrimos que Filipinas y su relación con el Pacífico es una mera excusa para situar el epicentro analítico en América y la península ibérica, pues la mayoría de los autores que participan en esta obra colectiva miran a las Islas del Poniente desde dichos espacios y no desde el corazón del gran océano mundial.
De este modo, a mi modo de entender, quizás habría sido más apropiado alterar el título del libro, sustituyendo el término «Pacífico» por «Iberoasia».
Paradójicamente, este espejismo resulta a la par interesante al plasmar la potencialidad de la obra, pues realiza una radiografía del estado de los estudios del Pacífico en la historiografía española, la cual tiende a asociar el extenso espacio de la antigua Mar del Sur a América, Filipinas y su área circundante, obviando aquellos fenómenos que surgen en las entrañas de la Melanesia, Polinesia y, en menor medida, la Micronesia (al hallarse las Marianas y las Carolinas).
El peso de la denominada «Perla del Pacífico» de la Oceanía hispana y la tendencia de todas las historiografías nacionales a dar mayor protagonismo a aquellas zonas con las que mantienen una vinculación especial conducen a este sesgo comprensible.
Menos justificable es que en pleno siglo XXI, donde las sociedades mundiales tienden a la homogenización y las fronteras nacionales se resquebrajan como consecuencia de la globalización, la mayoría de las investigaciones que aparecen obvien las grandes aportaciones de los denominados «Pacific Studies», que a diferencia del mundo hispánico analizan al Pacífico desde su corazón (Oceanía) y no desde sus cuencas (América-Filipinas).
Máxime cuando muchos de sus autores se quejan de la escasez de obras secundarias que han hallado para realizar su investigación.
Quizás si hubieran conocido las investigaciones de Rainer Buschmann, Matt Matsuda, Max Quanchi, Philip Cass, James Warren, Lorenz Rudolf Gonschor, Myjolynne Marie Kim, Chris Ballard, Marc Tabani, etc., habrían ampliado su conocimiento y su perspectiva analítica y, por consiguiente, habrían matizado esa percepción.
Este uso de las fuentes secundarias sigue la tendencia de las primeras porque en el discurso de la obra la voz del nativo escasea al construirse una historia a través del diálogo creado por las élites españolas.
De ahí que podemos tildar esta obra como continuadora de la vieja historiografía española filipinista, en el sentido de que mira a las Filipinas desde el «ombligo» del antiguo epicentro del imperio ultramarino hispánico.
Así lo indica el uso continuado de términos totalmente etnocentristas como «Extremo Oriente» (que llega incluso a aparecer en el título del capítulo quinto), obviándose, de esta manera, la apuesta de Mark Borthwick de sustituir dicho término por el de «Pacífico asiático».
Empero, sería injusto incluir a todos los autores que participan en este libro en esta tendencia de aproximarse al devenir de Filipinas y el Pacífico desde esa vieja perspectiva etnocentrista.
De hecho, existe una gran disparidad en cuanto a la temática y la calidad de los veintitrés capítulos que lo componen.
Como bien se indica en la introducción, la obra es el resultado de una selección de las investigaciones presentadas en el Congreso Internacional «El Pacífico, 1513-2013.
De ahí que aparezcan estudios de contenido variopinto (económico, político, social, artístico, cultural, etc.) que en teoría están interconectados por el nexo de unión de Filipinas.
Dada esta heterogeneidad los coordinadores han realizado un esfuerzo para agruparlos en diferentes secciones y darle un hilo argumental a la obra, englobando las investigaciones en dos grupos.
El primero de ellos definido por el comercio y la navegación, y el segundo por la administración, sociedad y gobierno.
Sin embargo, la tendencia de las investigaciones a exaltar la estructura de la élite del imperio ultramarino español provoca que en ocasiones no se entienda dicha estructuración, pues la mayoría de las investigaciones, a mi juicio, formarían parte del segundo apartado.
En cuanto a la calidad de los trabajos existe un gran salto cualitativo entre los mismos.
Los capítulos de José Miguel Herrera Reviriego, Chen-Chen Fang, Salvador Bernabéu Albert, José Luis Gasch Tomás, Ander HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Permanyer, Pedro Luengo Gutiérrez, Beatriz Vitar, Juan Antonio Inarejos Muñoz, Álvaro Recio Mir, y el de Antonio González Martín junto con María Medrano, Lucía Regalado Liu, Sergio Arroyo Peña y Amaya Gorostiza, son extraordinarios por la metodología utilizada, donde su exquisito tratamiento de las fuentes se complementa con la búsqueda de respuestas globales.
De esta manera, no se limitan a analizar de forma descriptiva las fuentes primarias localizadas, tendencia que se generaliza en el resto de los autores, sino que van más allá, intentando interconectar la realidad de las islas Filipinas con otros fenómenos históricos que se producen en otras latitudes.
También resultan muy interesantes las investigaciones de Alicia Castellanos Escudier, Manuel Pérez Lecha, Susana Jurado Cerón, Ascensión Martínez Riaza, Marta Manchado López, María Baudot Monroy, Susana Ramírez Martín y Montserrat Domínguez Ortega, y de Miguel Luque Talaván y José María Fernández Palacios, por el tema de investigación elegido y el análisis científico que realizan sobre el mismo.
En mi opinión, el resto de los capítulos que aparecen en el libro merman la aspiración de la obra de ser un referente de la historiografía filipinista, ya sea por la ausencia de una definición apropiada del objeto de estudio, por el precario análisis de las fuentes primarias y/o secundarias, por la tendencia a analizar de forma descriptiva las fuentes primarias utilizadas (sin preguntarse qué hay más allá de la realidad que describen), o por la necesidad de mejorar el hilo argumentativo y los aspectos formales de la redacción, que a veces dificultan la lectura.
Pese a ello, la obra Filipinas y el Pacífico podríamos considerarla como uno de los trabajos más interesantes que se han publicado en los últimos años sobre la histórica relación de Iberoamérica con Asia, pues ha ampliado la temática del estudio y todos sus autores aportan elementos interesantes para su desarrollo.
Así, por ejemplo, se minimiza la marginación con la que es tratada el área fronteriza de la circunscripción filipina (como manifiesta el protagonismo que Alicia Castellanos otorga a Borneo, Chen-Chen Fang a la Taiwán hispánica, o José Miguel Herrera a las Marianas); se emplean elementos propios de la microhistoria para indagar sobre el imperio ultramarino español (véanse los capítulos de José Luis Gash y Álvaro Recio, quienes respectivamente analizan de forma sublime el papel del maíz y los vehículos para describir las características económicas y sociales del sistema colonial hispano); se apuesta por la interdisciplinaridad (como indica la relación entre la biología y la historia realizada en el capítulo de González Martín y otros titulado «Atlas etno-histórico y topogenético de las islas Filipinas»; o el empleo de los censos por parte de Luque Talaván y Fernández Palacios); se adelanta en el conocimiento del entramado social de la colonia, focalizándose la atención en las características de su élite social, tanto en las propias islas Filipinas como el papel de los filipinos en América y la península ibérica (así lo plasman los trabajos de Magdalena Guerrero sobre los filipinos en Cádiz, Pedro Luengo sobre las redes creadas por la familia Mémije por todo el imperio ultramarino, Ascensión Martínez sobre los denominados ayacuchanos en el gobierno de Filipinas, María Baudot sobre la gobernación de José Basco y Vargas durante la época de la Ilustración, y Beatriz Vitar sobre la importancia de la raza en la sociedad hispánica de fines del siglo XIX); se profundiza en las formas de comportamiento del nativo filipino (Marta Manchado analiza sus creencias, Juan Antonio Inarejos su participación en el sistema político de la colonia, y Carlos Villoria Prieto las miradas de los españoles del siglo XVIII, tomando a Pedro Murillo Velarde como estudio de caso); se ahonda sobre la importancia de la ciencia en el desarrollo de la colonia (manifestándose en el análisis de Laura Barba Beltrán sobre la Geographia Historica de Murillo Velarde; o el estudio de la creación de la Escuela de Teneduría de Libros de Manila abordado por Susana Ramírez y Montserrat Domínguez); se exploran las características de los barcos que surcaban el Pacífico para crear y/o consolidar las rutas comerciales en este espacio (en este sentido resultan interesantes los capítulos de Salvador Bernabéu y María Teresa Caballo Gil, que analizan, respectivamente, la expedición del galeón San Jerónimo en 1566 y la nao Nuestra Señora del Juncal en 1631; el estudio de Manuel Pérez Lecha, que profundiza en el papel comercial que desempeñaban las Filipinas en el contexto bélico de finales del siglo XVIII; las investigaciones de Begoña Cava Mesa y de Ander Permanyer, centradas, respectivamente, en el papel que desempeñaban el puerto de San Blas en México y la China del siglo XVIII en las rutas comerciales hispánicas; o el trabajo de Susana Jurado sobre el papel de la armada en la ruta de Filipinas en el último tercio del siglo XVIII).
Por consiguiente, con unas sombras provocadas por el tratamiento que otorga la historiografía española al Pacífico y unas luces que emanan de la calidad de la mayoría de los investigadores que participan en esta obra y de la originalidad de la temática, recomendaríamos a todos los interesados en los temas filipinistas la lectura de la obra Filipinas y el Pacífico.-david Manzano cosano, Escuela de Estudios Hispano-Americanos.
Un cualificado grupo de historiadores franceses asumió en su día la compleja tarea de elaborar un diccionario de historia de las Américas, que salió a la luz gracias al apoyo del Institut des Amériques y de la editorial Robert Laffont.
Si los responsables de la obra (en dos volúmenes, separados por la fecha convencionalmente pertinente de 1830) se propusieron, desde un punto de vista material, ofrecer un producto de cómodo formato, muy manejable a la hora de facilitar las consultas, también han tratado de organizar la información de manera que garantice su utilidad tanto para el especialista como para aquel que llaman l'honnête homme.
Una extensa introducción (donde se justifican las opciones adoptadas por los directores) deja paso a unos amplios cuadros cronológicos antes del despliegue de las voces, todas ellas acompañadas de unas sucintas referencias bibliográficas.
La originalidad de la obra reside, en primer lugar, en la concepción del continente americano al mismo tiempo como un todo, que presenta toda una serie de rasgos comunes que proceden de la geografía y del propio devenir histórico, y como un mosaico de realidades diversas, que aconsejan emplear el título en plural.
Del mismo modo, el continente tiene, por una parte, su propia especificidad y, por otra, está permeado por las influencias que ha recibido (y continúa recibiendo) de otros mundos.
Finalmente, las voces tratan de privilegiar la larga duración y los elementos compartidos frente a las singularidades igualmente evidentes.
No es aquí el caso de presentar uno por uno a los responsables de la edición y mucho menos a los autores de las diferentes entradas.
Sin embargo, apuntemos al menos los títulos académicos que avalan a los directores de la obra: Michel Bertrand es director de la Casa de Velázquez en Madrid, Jean-Michel Blanquer fue presidente del Institut des Amériques y actualmente es ministro de Educación de la República Francesa, Antoine Coppolani es profesor de Historia Contemporánea en la Université Paul-Valéry Montpellier 3, e Isabelle Vagnoux es profesora de Historia y Política de los Estados Unidos en la Aix-Marseille Université.
Los autores de las voces casi alcanzan el número de 160 y han sido escogidos entre el profesorado más cualificado del mundo académico y universitario francés (donde nos encontramos nombres tan conocidos del americanismo español como los de Bartolomé Bennassar, Thomas Calvo, Bernard Lavallé o Zacarías Moutoukias, entre varios otros), así como de otra procedencia, como es el caso de Víctor Mínguez (Universitat Jaume I de Castellón), Pablo Emilio Pérez-Mallaína (Universidad de Sevilla), Horst Pietschmann (Universität Hamburg), Manuel Alcántara y Elena Martínez Barahona (Universidad de Salamanca), o Bernardo Sorj (Universidade Federal do Rio de Janeiro).
Los dos volúmenes se estructuran de modo parecido, aunque el primero se abre con una sustanciosa introducción firmada por los responsables de la obra y titulada muy acertadamente «Pour une approche continentale de l 'Amérique», que es como una declaración de principios, a la que nos referiremos con mayor detalle enseguida.
Continúan ambos tomos por una cronología de los principales hechos históricos (unos éléments chronologi ques), algunos mapas (grandes áreas culturales, grandes sistemas fluviales, América hacia 1790 y América hoy), un corto glosario de términos (solo en el primer volumen) y un muy exacto índice onomástico, de gran utilidad, a lo que hay que añadir los cuadros e ilustraciones que enriquecen determinadas entradas.
La introducción al conjunto de la obra (páginas IX-XVIII) se propone justificar la concepción de las Américas, de América (y, por ende, del diccionario), como un todo, lo que permite privilegiar la mirada continental sobre las distintas temáticas contempladas en los dos volúmenes, frente a una visión excesivamente fragmentada, que es la propia de los diccionarios más al uso, y ello pese a la división de la información en un total de 530 entradas, una cifra que no deja de ser un primer logro para una edición de bolsillo presentada dentro de un cofre de reducidas dimensiones.
La tesis central que vertebra toda la labor es la existencia de una relación particular («americana») entre el espacio y el tiempo que consiente e incluso anima a esa unidad en el tratamiento: «inmensidad del territorio y celeridad de la colonización, dificultad de la comunicación y superación de los obstáculos, disparidad geográfica del reparto de las poblaciones y fuertes concentraciones humanas en las mayores megalópolis del mundo, heterogeneidad del poblamiento y desarrollo de un espíritu americano, alejamiento del mundo y cristalización de la mundialización, y quedaría por escribir una metafísica de la americanidad...».
Los autores prosiguen señalando que el descubrimiento de América no fue solo una revolución geográfica (que desveló definitivamente la redondez de la tierra), sino también una revolución filosófica que permitió la eclosión de la civilización moderna y el desencadenamiento de lo que hemos venido en llamar mundialización.
Con una frase lapidaria y afortunada: «El Nuevo Mundo alumbró un mundo nuevo».
Y profundizando en ese sentido, Serge Gruzinski y sus colaboradores (Louise Bénat-Tachot y Boris Jeanne) han podido hablar de un proceso de americanización, una noción que los directores del diccionario consideran insoslayable para comprender la historia del continente en el pasado y en el presente.
Y así recogen la definición del conocido autor de Les quatre parties du monde: «Se trata de explorar la manera en que la proyección ultra-atlántica de las sociedades europeas, y por tanto de una parte de la Europa moderna, conlleva no solo procesos de occidentalización, reacciones de adaptación y de apropiación in situ y mestizajes diversos, sino igualmente fenómenos menos estudiados de reconfiguración y de difusión continental de los rasgos así adaptados, modificados y territorializados».
Este papel de campo privilegiado de la occidentalización, de la europeización (tan unido al concepto del «sistema atlántico»), no impide, sin embargo, que América se convierta no solo en «espejo del mundo», sino en el crisol de la mundialización, puesto que ya no es únicamente la proyección de Europa, sino también de los restantes continentes, «un concentrado del mundo».
Una idea que nos trae a la memoria la apología de Bernardo de Balbuena o lo que hemos llamado en un trabajo reciente el «sueño de una generación», la convicción de que México (y podría ser la entera América española) se había convertido en el centro del mundo.
O también el rol que la plata española (es decir, la plata hispanoamericana) tuvo como catalizador de esta primera globalización, como hemos sostenido asimismo a través de diversos escritos y en numerosos foros académicos de Europa, de Asia y de América.
A continuación se defiende el título mismo del libro, ya que hoy resulta más conveniente hablar de las Américas, por dos motivos: para englobar a los estadounidenses, a los canadienses y a los latinoamericanos (término difícil de soslayar en una obra francesa, pero también en una obra publicada en aquel continente, donde lo latino opera por contraposición a lo anglosajón), y para referirse al mismo tiempo a la diversidad y a la unidad del continente.
Porque, y esto enlaza ya con las decisiones que han modelado directamente la organización del diccionario, son muchos los objetos, los contenidos, que no permiten una aproximación regional, sino que exigen un tratamiento continental, por mucho que buena parte del mundo académico RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS sea todavía partidaria de tales compartimentaciones espaciales y se resistan a «crear espacios de diálogos y de confrontaciones transdisciplinares que definan como pertinente y operativa la escala continental».
Estos mundos americanos que parecen tan diversos tienen raíces y ramificaciones muy vinculadas entre sí.
Esta concepción ha impulsado a los directores del diccionario a privilegiar las grandes entradas transversales y desplegadas en la larga duración (solución que haría las delicias de los historiadores de Annales y, en el presente, de Jo Guldi y David Armitage) frente a las voces particulares atentas a un lugar determinado, a un personaje concreto o a un hecho histórico preciso.
Sin embargo, hay que subrayar que ambas opciones tienen su lugar en la obra, que se esfuerza por ofrecer un equilibrio entre la novedad introducida a partir de una reflexión lúcida y profunda y aquellas referencias onomásticas o toponímicas singulares que l'honnête homme del principio no dejaría de buscar entre los artículos generales de mayor amplitud y ambición explicativa.
En cualquier caso, como muestra de las cuestiones tratadas en el diccionario, algunas de las entradas extensas se refieren a las siguientes temáticas: imperio, conquista, colonización, constituciones, intercambios, religión (catolicismo, protestantismo, misiones, masonería, etc.), educación, esclavitud, expediciones, mujeres, piratería, independencias o resistencias (en el primer volumen); y abolicionismo, demografía, federalismo, historiografía, migraciones, pactos internacionales, partidos políticos, prensa, artes (plástica, música, cinematografía) y literatura (en el segundo volumen).
Del mismo modo, las voces más cortas, las que se ocupan de personajes o de lugares, también han sido cuidadosamente seleccionadas, de modo que en un caso nos encontramos con solventes síntesis biográficas de Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Simón Bolívar, Thomas Jefferson o George Washington y de Salvador Allende, Malcolm X, el Che Guevara, Jorge Amado, Julio Cortázar o William Faulkner, y, en el otro, con sucintas pero sustantivas noticias sobre Tenochtitlán, Cuzco, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Río de Janeiro, Ciudad de México, Montréal o Nueva York.
De este modo, podemos concluir nuestra recensión de este diccionario de todas las Américas, recomendando vivamente su uso como un excelente instrumento de consulta y como una fuente de bien contrastada información.
Y recomendar para su mayor difusión una pronta versión española.carlos MarTínez shaw, Real Academia de la Historia.
HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS Herrera Guillén, Rafael, ¡Adiós América, adiós!
El ensayista y filósofo Rafael Herrera Guillén nos presenta en esta obra una interesante idea: la existencia de una conciencia de finitud del imperio hispánico desde mucho antes de que este final se produjese.
Con esta propuesta el autor sitúa los antecedentes del debate poscolonial en el mismo mundo hispánico y mucho antes de que tuviera lugar dicha controversia en ningún otro lugar.
Este cuestionamiento de la realidad imperial-colonial española quedó plasmado en los escritos de algunos de los pensadores más destacados de la modernidad hispana, así como de importantes intelectuales del siglo XIX.
Con el fin de sustentar su argumentación, Herrera Guillén nos propone un concepto cuando menos sugestivo: la existencia de una conciencia proto-poscolonial.
En su opinión, argumentada y fundamentada a lo largo de la obra, existió una línea de pensamiento en la que se puede identificar con rasgos poscoloniales una primera filosofía hispánica que enlazaría con las reflexiones noventayochistas y llegaría hasta la reflexión sobre el mundo post-hegemónico que está hoy de actualidad.
Por tanto, desde los mismos tiempos del dominio colonial de América hubo un esfuerzo deliberado y meditado por comprender la relación que España habría de tener con aquellos territorios una vez que estos se emancipasen.
El autor desgrana estos antecedentes a continuación del prólogo y de un primer capítulo introductorio, en ocho estudios específicos (numerados como capítulos del 2 al 9), que pueden ser contemplados con igual interés de manera individual, resultado posiblemente de su condición de obra de síntesis, pues el autor ha ido publicando distintos trabajos parciales con temática muy similar a cada uno de los capítulos de la obra aquí reseñada.
En cuanto a su estructura el libro cuenta con dos partes bien diferenciadas.
Por un lado el capítulo introductorio, que tiene un planteamiento teórico-crítico sobre el concepto de dominio imperial español, en el cual propone el autor un neologismo: Ib-Euro-América.
Por otro lado está el cuerpo principal del trabajo (capítulos 2 a 9), que consiste en el análisis de los que Herrera Guillén considera «hitos fundamentales» de las reflexiones sobre el final del dominio imperial hispano.
Empezaremos por explicar estos últimos.
El trabajo específico se inicia con el estudio de los postulados ya planteados en el siglo XVII por Gabriel Fernández de Villalobos.
El autor del libro reseñado estudia la obra Mano de Relox que muestra y pronostica la ruina de América (1687), en la que el marqués de Varinas planteó que la monarquía hispánica había establecido un sistema tan corrupto que estaba destinada a perder sus dominios en América.
A continuación, Herrera Guillén pasa a la siguiente obra (que dista casi un siglo de la anterior): Las señales de la felicidad de España y medios para hacerlas eficaces (1768), de Francisco Romá y Rosell, quien señalaba la necesidad de abandonar el sistema de control de los dominios americanos o al menos modificarlo, centrándose en los principales puntos comerciales de los territorios españoles en la península ibérica, en especial, en Barcelona.
La propuesta del autor catalán, netamente mercantilista y colonial, era establecer un centro industrial que se abasteciese de las materias primas americanas y surtiese a los mercados coloniales con productos manufacturados.
La tercera propuesta examinada por Herrera es la de José de Ábalos, intendente de Venezuela, que en una representación a Carlos III en 1781 ahonda en una idea esbozada también por sus antecesores: América, al contrario de lo que se creía, resultaba demasiado costosa para la Corona y por ello España acabaría perdiendo su dominio directo.
Su solución era modificar el sistema mediante la instauración de monarquías independientes unidas por su origen dentro de la rama borbónica hispánica.
Solo tres años después el conde de Aranda presentaría su proyecto reservado al mismo monarca, teniendo muy presente el caso precedente de la emancipación de las Trece Colonias en Norteamérica y siguiendo en gran medida el plan de Ábalos de una estructura cohesionada de monarquías independientes de signo borbónico.
Para Herrera Guillén no hay dudas de que las propuestas previamente señaladas son muestras de una interpretación política minoritaria del peligro de una posible emancipación americana antes de tener ejemplos en sus propias tierras.
Por tanto, es posible que la unificación que hace el autor en un solo capítulo (el número 2) de los distintos planteamientos expuestos sea un tanto artificiosa, ya que debería considerarse de naturaleza muy distinta la propuesta de Varinas o incluso la de Romá, mientras las de Ábalos y Aranda tienen el sustrato del mismo contexto histórico.
Quizá hubiera sido más lógico enlazar estas propuestas con las siguientes a las que se dedican dos capítulos, uno específico sobre la exhibida por Floridablanca y la matización al respecto que hizo Juan Sempere y Guarinos (capítulo 3), y otro sobre Jovellanos (capítulo 4).
En cuanto al tercer capítulo, no analiza propuestas específicas para una solución ante la previsible disolución del dominio imperial sino proyectos para tratar de salvar el esclerotizado dominio español en América.
Floridablanca en su Instrucción Reservada (1787) considera que la posibilidad de conservar el dominio imperial pasaba por establecer un modelo similar al británico donde el comercio colonial tuviera una preeminencia en el sistema frente al viejo modo de dominio territorial.
Sin embargo, Sempere, en la Co lección de las leyes de España (1786), que enlaza con la necesidad expuesta por Moñino, considera que la propuesta de cambio llegaba demasiado tarde y que incluso el modelo a imitar ya estaba agotado para Inglaterra, como había demostrado la emancipación de las Trece Colonias.
En ningún caso Herrera Guillén señala que Floridablanca o Sempere propongan una alternativa poscolonial, aunque sirven al autor para explicar el espíritu iberocentrista de sus planteamientos.
Distinto es el caso de Jovellanos (capítulo 4), que como solución a la crisis de la Monarquía Hispánica de principios del XIX con respecto a América proporcionó un marco teórico al impulsar la idea de que aquellos territorios eran provincias con derecho a representación en Cortes, basándose en que al otro lado del Atlántico debían compartirse los principios de una «Constitución hispánica».
La paradoja que explica Herrera Guillén es que la reivindicación de esos mismos derechos fue la que abrió las puertas de la independencia americana, no solo entonces, sino hasta 1898.
El capítulo 5, dedicado a Blanco-White, señala cómo el autor sevillano mantuvo en sus publicaciones en El Español (1810) la propuesta de Jovellanos de que la única forma de mantener la fidelidad de América era considerar que tenía los mismos derechos que España a nivel político, jurídico y económico.
Esto queda enlazado con la idea de la pérdida de la centralidad de Europa como eje global frente a América, aunque conservando los principios europeos.
Sin embargo, tanto con Jovellanos como con Blanco-White no puede hablarse de un pensamiento pre-poscolonial sensu stricto pues ambos están asistiendo en directo a la formación de esa realidad poscolonial.
Están tratando de dar explicación y respuestas a la disolución de una realidad colonial que se desmorona.
Jovellanos defiende una estructura provincial y Blanco-White propone una autonomía, ambas opciones se demostrarán ya imposibles en su tiempo.
No son propuestas para una realidad existente sino que responden a un análisis desfasado y, por tanto, son inútiles.
No parecen unas reflexiones destinadas a gestionar la situación poscolonial que ha surgido a principios del XIX.
En definitiva, son más útiles para entender qué pasó que para saber si había un pensamiento español destinado a establecer las bases de las relaciones poscoloniales con América.
Ese sí es el caso de Álvaro Florez Estrada al que Herrera Guillén le dedica el sexto capítulo.
En su Examen imparcial de las disensiones de la América con la España (1811) Flores Estrada muestra la opción de plantear una recuperación de las relaciones entre uno y otro lado del Atlántico sobre modernos postulados liberales, con un nuevo pacto fundado sobre el mutuo interés económico.
Por tanto sí plantea un auténtico pensamiento poscolonial en la temprana fecha de 1811, cuando el proceso independentista estaba iniciándose.
El siguiente capítulo está dedicado al pensamiento de José Manuel Vadillo, que en sus Apuntes sobre los principales sucesos que han influido en el estado actual de la América del Sur (1829) ofrece ante todo una justificación de su política durante el Trienio Liberal (1820-1823).
Por ello debiera considerarse el primer texto realmente poscolonial analizado en el libro reseñado, al menos en parte pues si bien se han independizado las posesiones continentales, España conservó sus dominios en el Caribe, el Pacífico y África.
Sin embargo, el de Vadillo no es un planteamiento o reformulación de los vínculos rotos con América sino lo que Herrera Guillén describe como «historia de una culpa», es decir, un juicio de la independencia señalando los culpables de la ruptura desde una visión peninsular-iberocentrista.
Para el autor esta es la importancia fundamental del pensamiento de Vadillo, pues como especifica «el iberocentrismo fue un factor decisivo en el liberalismo español», el cual llenó de incongruencias la visión reduccionista de los constitucionalistas peninsulares.
Vadillo señala estas incongruencias, pero las considera como clave en su diagnóstico.
Su intención fundamental es planificar una política imperial futura de España que superase los problemas del pasado, de manera que no es un auténtico pensamiento poscolonial.
El capítulo octavo está dedicado al pensamiento de Juan Valera, el cual Herrera Guillén considera la primera interpretación verdaderamente global de la relación entre España y América, aunque con restos de iberocentrismo.
Para ello sitúa una parte importante de sus reflexiones en la idea de un gran espacio cultural hispánico.
Varela denuncia además como otra de las cuestiones claves la indiferencia de las élites culturales respecto a América en el XIX, algo que en mi opinión tristemente sigue vigente.
Según Varela la única posibilidad para España era (y creo que debe seguir siendo) la relación de igualdad cultural con América superando cualquier deseo de preeminencia iberocentrista.
Es muy interesante la reflexión de Herrera Guillén de que la obra del escritor andaluz sirvió para mostrar que el problema de la relación con América precedió al problema de la conciencia de identidad española, y en mi opinión podrían estar interrelacionados.
El libro se cierra con un capítulo dedicado al granadino Ángel Ganivet.
Este autor tomó conciencia de que el inminente proceso descolonizador hispano sería un antecedente para una Europa que aun se encontraba HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS en el momento de su mayor expansión colonial.
Claramente se anticipó a los postulados poscoloniales, principalmente anglosajones.
Consciente de la realidad imperial española y proponiendo una solución confederal para mantener un vínculo con las últimas posesiones, comprendió que el colonialismo de las potencias europeas cometía los mismos errores que ya se habían realizado en España y que habían acabado por destruirla como nación.
Como señala Herrera Guillén, «era la primera denuncia poscolonial en Europa».
El estudio nos indica que hubo una posibilidad de auténtico pensamiento poscolonial en España, aunque se concretó realmente en muy escasos pero significativos ejemplos.
Para cerrar me gustaría volver al capítulo introductorio, pues solo teniendo clara la intención del autor adquiere verdadero valor su planteamiento teórico-crítico sobre el imperialismo español.
Herrera Guillén entra de lleno en este debate actual, muy turbio y contaminado con diferentes intereses políticos presentes.
Se agradece que el autor ofrezca una perspectiva global a la tan manida Leyenda Negra, pues según él Europa (Occidente diría yo) focalizó sobre España toda la culpa de los excesos coloniales.
De manera que la supuesta deuda moral de España sería de toda la modernidad occidental, es aquí donde se concreta su propuesta conceptual de la existencia de una «Ib-Euro-América».
Se me hace corto este capítulo introductorio, aunque esperemos que Herrera Guillén profundice en este sentido en trabajos posteriores.
Por todo lo expuesto, así como por numerosas cuestiones más que no hemos sabido incluir en esta reseña, estamos ante una obra muy interesante que hace unas aportaciones muy necesarias al actual debate historiográfico sobre el pasado colonial español.-sigFrido vázquez cienFuegos, Universidad de Extremadura.
Jiménez Abollado, Francisco Luis, Entre ríos, pantanos y sierra.
Esta nueva obra del profesor Francisco Luis Jiménez Abollado (Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México), desde el marco historiográfico de la historia regional, aborda y analiza en profundidad la historia de una de las demarcaciones fronterizas del virreinato de la Nueva España en un arco cronológico comprendido entre los albores de la conquista hispana del territorio (1517) y el año 1625.
No olvidando la importante cuestión de la etapa prehispánica de la zona que también recibe un cuidadoso tratamiento.
Jiménez Abollado, partiendo de la historiografía existente, profundiza con éxito en el tema elegido, aportando además abundantes fuentes documentales hasta ahora inéditas procedentes de diferentes repositorios españoles y mexicanos: Archivo General de Indias (Sevilla), Archivo General de la Nación (México), Archivo de Notarías de México, Biblioteca Nacional de México y Archivo Histórico y Fotográfico de Tabasco (Villahermosa, México).
La división en siete amplios capítulos permite al autor ir desgranando sus argumentos, que quedan muy bien presentados y elaborados: el contexto geográfico tabasqueño, la región en época prehispánica, la conquista en sus diferentes fases, la bien tratada cuestión poblacional desde la etapa previa al contacto hasta la tercera década del siglo XVII, la economía, la sociedad hispana y el proceso evangelizador, son algunos de los temas abordados.
Mayas chontales, zoques y algunos enclaves nahuas dispersos por el interior y la costa tabasqueña formaban el mosaico de las poblaciones indígenas de la región que se analizan en el capítulo I, «El escenario», donde se muestra la importancia de aunar los estudios históricos con el marco geográfico (Chontalpa, Sierra y Ríos) para mostrar la interacción entre ambos.
El capítulo se completa con un apartado dedicado a la geografía de Tabasco a través de sus primeros cronistas.
El capítulo II, «Los pueblos de Tabasco», acomete el análisis de los asentamientos indígenas prehispánicos, su forma de organización estatal en señoríos y cacicazgos, las actividades económicas (agricultura, caza, pesca, recolección...), el comercio y las rutas comerciales de larga y corta distancia y las mercancías intercambiadas.
Como indica el autor, las «expediciones de Francisco Hernández de Córdoba (1517) y de Juan de Grijalva (1518) descubrieron a los ojos de los castellanos estas tierras y precedieron al viaje de Hernán Cortés a la conquista de México (1519)» (p.
Aunque con el tiempo la región de Tabasco pasó a una situación secundaria en el contexto del virreinato, en estos primeros momentos se convirtió en la base de apoyo a la conquista de la península de Yucatán (1537-1540).
La región sufrió diversas adscripciones jurisdiccionales pasando, por épocas, a depender de la Audiencia de Guatemala o de los Confines, de la de México y de la gobernación de Yucatán.
Para abordar el contenido del capítulo IV, «La población: indios y españoles», y ante la ausencia de censos indígenas para los siglos XVI y XVII, Jiménez Abollado ha recurrido a otras fuentes documentales alternativas tales como las tasaciones, donde se refleja el número de tributarios a la Corona o a los encomenderos; los informes eclesiásticos tales como «memoriales» y «cartas» de obispos dirigidos a las autoridades novohispanas o a las peninsulares; la «Relación de la Villa de Santa María de la Victoria» y la «Relación de la Provincia de Tabasco», ambas de la segunda mitad del siglo XVI; y la correspondencia mantenida por las autoridades locales y provinciales con las metropolitanas.
Unas fuentes que le han permitido ahondar no solo en la cuestión poblacional indígena y en su evolución durante el periodo histórico objeto de estudio, sino también en la de la población española y la afrodescendiente.
El capítulo V, «Economía en la Nueva España meridional», estudia los medios y recursos de la provincia de Tabasco, apuntando además algunas de las consecuencias que la conquista supuso en el sistema económico prehispánico.
La población española fue siempre escasa y la explotación de la tierra, la introducción de la ganadería y la práctica del comercio local, regional e interregional se convirtieron en su principal sustento.
Productos como el cacao, tan importantes en el pasado, continuaron siéndolo para los españoles allí asentados, que lo incorporaron a su dieta y su universo económico al utilizarlo además como moneda.
En el capítulo VI, «El sistema de encomiendas en la provincia de Tabasco», y apoyado en una profusa utilización de fuentes documentales, comprobamos como la implantación de las encomiendas se produjo a partir del primer repartimiento iniciado en 1522 por Gonzalo de Sandoval.
Resulta muy detallado el espacio dedicado a ver el desarrollo del sistema, el impacto de la aplicación de las Leyes Nuevas (1542), el número y tamaño de las encomiendas, la cuestión del tributo indígena y el tema del maltrato infringido por los encomenderos y colonos a los indígenas tabasqueños.
El capítulo VII, «Consolidación del orden colonial en una sociedad marginal», muestra cómo la vida hispana se vehiculó en torno a la Villa de Santa María de la Victoria, fundada en 1525.
Tratándose además de temas tales como su progresivo deterioro, los órganos del gobierno municipal con que fue dotada, el papel que en el mismo jugó la poderosa familia Montejo, y su evolución demográfica.
Cierra el capítulo un recorrido por la organización eclesiástica tabasqueña (dependiente, según las épocas, del obispado de Yucatán y del de Chiapas) y un muy interesante apartado dedicado a las idolatrías.
Muy atractiva resulta igualmente la inclusión de mapas, cuadros y gráficos preparados específicamente para esta investigación (siete mapas, siete cuadros y cuatro gráficos que son referenciados en índices específicos al final del volumen).
Se enriquece además la obra con un oportuno apéndice documental donde se transcriben seis documentos procedentes del Archivo General de Indias.
En definitiva, el volumen analiza el «complejo proceso de acultura ción» por el que surgió la sociedad tabasqueña tras la conquista.
Como señala el autor: «El propósito de esta obra ha sido advertir, conocer y evaluar el proceso de contacto cultural y cambio que se produjo en una región marginal (en un área de frontera), como fue la provincia de Tabasco durante su primer siglo de vida colonial» (p.
Habiendo sido su objetivo «poner de manifiesto el estado de marginalidad, olvido y relego que vivió la provincia de Tabasco, y cómo ello afectó a todos los ámbitos y aspectos de la vida, desde el poder político y administrativo hasta los intereses estratégicos o las actividades comerciales y económicas» (p.
Por todo lo expuesto, así como por el amplio conocimiento y manejo de fuentes documentales y de bibliografía especializada, consideramos que la obra es ya una referencia fundamental para conocer la historia de la región novohispana de Tabasco.
Detrás un sugerente título que evoca la pluma de Miguel Ángel Asturias, el hilo conductor de esta obra colectiva es el estudio de la plata iberoamericana, desde la minería hasta la platería.
Las colaboraciones se agrupan en cinco apartados que definen las líneas temáticas consideradas en cada uno.
El primero, dedicado al « Comercio, transporte e intercambio», se abre con el aporte de Antonio Joaquín Santos Márquez que destaca, a través del análisis de la rica y siempre útil documentación del Archivo de Protocolos de Sevilla, el camino de ida y vuelta de la plata en el tráfico comercial atlántico.
El estudio destaca algunas piezas enviadas desde España, entre ella una cruz destinada a la iglesia mayor de Santo Domingo que da a conocer, y pone de relieve el protagonismo de los plateros sevillanos.
Carmen Heredia Moreno ahonda en el transporte e intercambio de obras artísticas entre la península y Nueva España a partir del examen de los Libros de Registros de las flotas de venida de Nueva España (1621-1629).
Su análisis aporta información singular sobre los objetos registrados, de gran interés para conocer mejor el valor que se les concedía, así como su distribución en la geografía peninsular.
Por su parte, Raúl Bringas Nostti se ocupa de la presencia y huella de la plata novohispana en el mercado estadounidense, sobre todo en las monedas acuñadas en la ciudad de México, llamadas dólares por los estadounidenses y que se encuentran en las bases de su sistema monetario.
Cierra este bloque el trabajo de Alma Parra Campos sobre las nuevas rutas del mercurio y la instauración del monopolio Rothschild, que a partir de 1834 supuso una reorganización de la distribución y la consolidación de nuevas estructuras y redes.
La autora destaca su estrategia y entramado en España, fundamentalmente en Andalucía, para proveer el mercado mexicano.
En el segundo eje de la obra, dedicado a «Tratados, influencias y productos», Ana Cristina Sousa, a partir de la iconografía de la Misa de san Gregorio, ampliamente difundida en Europa y divulgada en el Nuevo Mundo, hace una interesante lectura de la presencia de los metales en altares de los siglos XV y XVI.
Ello le permite ahondar en las representaciones formales y simbólicas, de gran interés para interpretar informaciones de la documentación coetánea.
Letizia Arbeteta Mira detiene su mirada en un inédito códice del Museo del Prado a partir del cual ofrece una interesante lectura de los donantes americanos y las joyas de Nuestra Señora de Guadalupe (Cáceres), cotejada con el conocido Códice 83 del Archivo del Real Monasterio de Guadalupe en el que se representan las piezas que formaron parte del joyero de la imagen titular.
El análisis del manuscrito del Museo del Prado lleva a la autora a señalar que la donación del conocido como exvoto de Hernán Cortés no puede ser atribuida al conquistador de México.
José Andrés de Leo Martínez centra su colaboración en comprobar la aplicación del tratado Varia conmensuración de la arquitectura y piezas de la iglesia, de Juan de Arfe y Villafañe, en la platería novohispana.
El estudio de varias cruces procesionales, alguna inédita, arroja sus primeras conclusiones, entre ellas la posibilidad de producciones seriadas en algunos talleres dirigidas a un consumidor impersonal.
El análisis de los tratados sobre el ensaye de Arfe, García Caballero y Muñoz de Amador, utilizados por mineros, orfebres, marcadores y fieles contrastes en el siglo XVIII, es el objetivo de la contribución de Alicia Cordero Herrera.
Además de las ediciones de las obras de los autores mencionados, son motivo de atención las técnicas y procedimientos recogidos en cada una, aportando en el examen afinidades, diferencias y destacando su importancia en la capacitación de los diferentes oficios.
El bloque dedicado a «Personajes, minas y tecnología» recupera trayectorias personales e innovaciones técnicas en el tratamiento de los metales.
Nuria Salazar Simarro resalta la actuación de Juan Luys de Rivera, tesorero de la Casa de Moneda de México entre 1584 y 1606, al tiempo que abre una interesante línea de estudio sobre quiénes desempeñaron ese cargo, cómo accedieron a él y sus competencias.
La colaboración de Jesús Paniagua Pérez se centra en la minería mítica y fantástica recuperada a partir de la obra Ophir de España de Fernando de Montesinos.
En ella pone de manifiesto la falta de realismo del autor, las fantasías en las que incurre y la identificación de lugares, riquezas y personajes de la Sagrada Escritura con todo lo que tenía relación con el Nuevo Mundo.
El capítulo que firman Alexis Abraham Almazán Salgado y Patricia Isaura Santiago Delgado analiza la progresión de José de la Borda y la formación de su fortuna en el centro minero de Taxco y posteriormente en Tlalpujahua, base económica que le permitió iniciar la construcción de la iglesia de Santa Prisca en Taxco y desarrollar estrategias para conservar la fortuna familiar.
La contribución de Elena Díaz Miranda desgrana la testamentaría de Pedro Romero de Terreros, primer conde de Regla, uno de los personajes más ricos e influyentes en Nueva España en la segunda mitad del siglo XVIII novohispano, que construyó su fortuna con la minería de la plata, habilidad en las inversiones y en las relaciones públicas.
De la aplicación de las innovaciones tecnológicas en el mineral novohispano de Angangueo trata el artículo de José Alfredo Uribe Salas.
El autor destaca la convivencia, en el tránsito del siglo XVIII al XIX, de métodos como el de patio y fundición junto con otros experimentales de la mano de técnicos alemanes y de la Compañía Alemana de Minas.
El trabajo de Alejandro González Milea trata de las técnicas de construcción de hornos, refinadoras y galemes que se emplearon en el siglo XIX para la fundición de plomo argentífero.
El análisis se realiza a partir de tres interesantes estudios de caso, todos ellos en México: la hacienda de Nuestra Señora del Rosario de Bonanza (Zacatecas), la fundición El Progreso (Monterrey) y las minas de Sierra Mojada (Coahuila).
El cuarto apartado de la obra, bajo el epígrafe «Plata, plateros y modelos», reúne seis trabajos que consideran diferentes ámbitos geográficos a ambos lados del Atlántico.
María Jesús Sanz Serrano, a partir de la selección de una pieza -el cáliz-analiza las diferencias que se advierten en la estructura y decoración de esta pieza en la platería mexicana y guatemalteca.
Jesús Pérez Morera destaca la filigrana como uno de los signos de identidad de la platería americana y, en particular, de la cubana de los siglos XVI-XVII.
Su estudio contribuye, a partir de la documentación de diferentes piezas, a su sistematización formal y a señalar las diferencias con otras producciones, fundamentalmente en Centroamérica y México.
La colaboración de Ricardo Cruzaley Herrera y Juan Carlos Ochoa Celestino sobre la platería en Guadalajara (Nueva Galicia) da a conocer tres importantes piezas de carácter religioso (cálices) del siglo XVI, sus autores, marcas de localidad y principales rasgos formales.
Marta Fajardo de Rueda desvela los encargos que hizo el arzobispo Xavier de Aráus para la catedral de Santa Fe.
Las peticiones del prelado permiten a la autora considerar también el trabajo de plateros foráneos de Quito (Sebastián Vinuesa) y Lima (Francisco de los Reyes), responsables de la ejecución de las piezas solicitadas en 1763.
La platería existente en el Antiguo Colegio Jesuita Noviciado de Tepotzotlan vertebra el análisis que ofrece Alma Montero Alarcón.
A partir de documentación inédita la autora rescata el inventario de piezas de plata que había en las diferentes dependencias del Colegio y sigue la pista de su destino después de la expulsión de la Compañía de Jesús.
De la actividad en la Nueva España del orfebre Antonio Recarey y Caamaño da cuenta la contribución de María Cristina Soriano Valdez e Iván Denísovich Alcántar Terán.
Además de considerar su relación con Manuel Tolsá analizan algunas de sus obras, entre ellas las realizadas para la catedral de Puebla.
El último bloque temático de la obra está dedicado a «La plata y el poder», interesante perspectiva de análisis.
Álvaro Recio Mir se fija en el aspecto suntuario de los carruajes barrocos en España y Nueva España, en las guarniciones de oro y plata, los adornos con tela y los uniformes de cocheros y lacayos.
María Jesús Mejías Álvarez analiza la relación atlántica de poder y devoción entre Quito y Vélez-Málaga a partir de la donación que en 1783 hizo Juan José de Villalengua y Marfil, presidente de la Audiencia de Quito, a la iglesia de San Juan Bautista de su localidad natal.
Por último, la colaboración de Juan Manuel Blanco Sosa se centra en las medallas de tipo premial Al mérito y Fidelidad a Carlos IV y En Pre mio de la Fidelidad a Fernando VII, especialmente en las elaboradas por Francisco Gordillo, grabador principal de la Casa de Moneda de México desde 1801.
Entre los méritos de esta obra colectiva, sin duda de notable interés para los estudiosos de los metales y las piedras preciosas en el mundo iberoamericano, hay que destacar que es un punto de encuentro interdisciplinar e interinstitucional que los coordinadores han fomentado desde hace años a ambos lados del Atlántico, como prueba esta obra y las que sobre la misma temática le han precedido.-María del carMen MarTínez, Universidad de Valladolid.
Saucedo Lastra, Fernando, México en la obra de Roberto Bolaño.
Memoria y territorio, Madrid-México DF, Iberoamericana-Bonilla Artigas Editores, 2015, 208 pp.
Pocos escritores han conseguido levantar tal nivel de expectación en los últimos años como Roberto Bolaño, cuya producción póstuma daría no para una reseña, sino para una monografía de largo alcance que está por hacer, a tenor de la inusitada cantidad de manuscritos que dejó guardados o archivados y que parecen abarcar todos los palos de la creación, convirtiéndolo en una figura central de la narrativa hispanoamericana de comienzos del presente siglo.
Por ello, a tenor de lo visto en los últimos años -cinco novelas póstumas y varios libros de cuentos y ensayos-parece imposible abarcar la obra completa del escritor chileno, entre otras razones porque, según parece, todavía hoy quedan manuscritos por expurgar y limpiar para disfrute de sus lectores más incondicionales y estupor de los más críticos, que no ven con buenos ojos la publicación y comercialización de obras que son solo apuntes o proyectos literarios inacabados.
En este sentido, el libro publicado por Fernando Saucedo Lastra no pretende ser, en modo alguno, abarcador ni totalizador, sino un primer acercamiento a un tema tan sugerente como necesario: la relación de México con el narrador chileno desde sus orígenes como escritor hasta la monumental 2666 (2004).
El libro que reseñamos, concebido con una clara intención didáctica y pedagógica, nace de un vacío bibliográfico un tanto extraño que ha pasado por alto la presencia de México en la producción literaria de Bolaño, sobre todo si se tiene en cuenta que los estudios sobre su obra se han multiplicado de manera exponencial por los cuatro confines del panhispanismo, alcanzando niveles que rozan la hipérbole bibliográfica.
La obra de Saucedo está dividida en cuatro capítulos, de los cuales los dos primeros son acercamientos a la biografía del escritor: «La relación de Roberto Bolaño con México» y «México en la obra de Roberto Bolaño.
Los dos últimos -«El espacio dividido: la ciudad y el desierto en Los detectives salvajes» y «El retorno al origen y permanencia del mal: 2666»-centran su análisis en las dos obras mayores de Bolaño, aunque, dada la magnitud temática y argumental de las dos novelas, el análisis queda reducido inevitablemente a un primer acercamiento necesario para futuras investigaciones.
Como dijo el escritor en numerosas ocasiones, México es fundamental en su formación literaria, y España en todo lo referente a su formación personal y sentimental.
Su llegada al país azteca se produce en una fecha simbólica, 1968, siendo apenas un adolescente de quince años, en lo que fue una segunda oportunidad para sus padres.
Es un momento verdaderamente conflictivo y complejo, con la celebración de las olimpiadas, la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz y la matanza de Tlatelolco, referencias que aparecerán en sus novelas y relatos.
Son años de grandes amistades y lecturas, como las que le proporciona Mario Santiago, quien lo puso en contacto con el grupo de poetas rebeldes del taller de Difusión Cultural de la UNAM, que más tarde formaría el núcleo del infrarrealismo, integrado por el propio Mario Santiago, Ramón Méndez y Héctor Apolinar, quienes toman su nombre de un texto de ciencia ficción del escritor ruso Georgij Gurevic.
De su paso por este movimiento le queda a Bolaño una mirada solidaria y empática sobre toda literatura marginada y marginal, la visión de la literatura como provocación y el rechazo frontal a cualquier adscripción política de la obra, aunque esta, en sí misma, mantiene una posición RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de compromiso con la realidad.
Lector voraz de los mexicanos, volvió una y otra vez a figuras como José Juan Tablada, Julio Torri, Alfonso Reyes, los estridentistas, Ramón López Velarde, Juan Rulfo, Efraín Huerta, Carlos Fuentes u Octavio Paz, al que retrata en Pista de hielo o Los detectives salvajes como un personaje absolutamente engolado y con una pedantería insoportable.
Si para Bolaño Chile es el país de la infancia, de la primera memoria sentimental, México es el territorio inconmensurable de la adolescencia y de la primera juventud.
Un país que llenó de fantasmas su imaginario y al que nunca volvería.
Eso no ha sido impedimento para que Juan Villoro considere a Bolaño como un escritor perteneciente al canon de la literatura mexicana, considerando a Los detectives salvajes (1998) como la novela más importante escrita por un extranjero sobre su país después de Bajo el volcán (1949) de Malcolm Lowry.
Fernando Saucedo rastrea con intensidad en las obras primeras de Bolaño, donde nunca faltan los mexicanos misteriosos, violentos, claramente desequilibrados, dominados por una fuerza destructiva que será desarrollada en sus novelas posteriores.
La mayor parte de las referencias a México tiene que ver con su capital, especialmente el centro histórico, con alusiones al norte, como las aparecidas en algunos relatos.
El norte para Bolaño es el desierto, la desolación, la muerte, una tierra sin ley, sin justicia, simbolizada en ese territorio siniestro llamado Santa Teresa, «metáfora del horror y el mal en el siglo XX» como la ha definido el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán.
México y lo mexicano tienen un lugar preferente -como ha analizado Saucedo-en Los detectives salvajes, novela torrencial, oceánica, considerada por Juan Villoro como una «marea de historias».
A través de una multiplicidad de tramas y subtramas reconstruye la suerte de Ulises Lima, mexicano, y Arturo Belano, chileno, líderes de la vanguardia poética mexicana, el llamado «real visceralismo», quienes durante veinte años llevan a cabo una búsqueda de una poeta estridentista, Cesárea Tinajero, perdida en algún lugar de la geografía mexicana.
La novela consta de tres partes: la primera, «Mexicanos perdidos en México», corresponde con el diario de Juan García Madero, que abarca de noviembre a diciembre de 1975 en una narración lineal; la segunda, «Los detectives salvajes», presenta una multiplicidad de cincuenta y dos voces-personajes que hablan, se contradicen, superponen discursos, aparecen y desaparecen, conformando veintiséis capítulos, secciones o bloques que amplían la horquilla cronológica desde enero de 1976 a diciembre de 1996; la tercera, «Los desiertos de Sonora», retoma los diarios de Juan García Madero, desde el primero de enero al 13 de febrero de 1976, en donde cuenta el viaje que emprenden Ulises Lima, Arturo Belano y Lupe, una joven prostituta que huye del amante de esta, mientras buscan a la poeta desaparecida.
En la primera parte aparece México DF con toda su fascinación, ciudad abierta y peligrosa, hervidero cultural y artístico con mil ramificaciones.
Poco a poco la ciudad va perdiendo materialidad para convertirse en una entidad onírica, un espacio fantasmagórico y amenazante.
En cierto sentido México DF es vista como una ciudad saturada de peligros, en permanente tensión con fuerzas apocalípticas -tornados, huracanes, maremotos, incendios-que tratan de borrarla del mapa, como si el desastre y la distopía fueran inminentes, lo que permite a Saucedo relacionar esta novela con otros referentes como Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal o La región más transparente de Carlos Fuentes.
Frente al frenesí de la ciudad de México, abigarrada y saturada de gente, el desierto representa el vacío, un mundo extraño y amenazante, donde todo parece estar contra el hombre: los animales, los insectos, la vegetación, el clima.
Ambos espacios, ciudad y desierto, son vistos y analizados como auténticos laberintos, uno desde la multitud, el ruido y la heterogeneidad y el otro desde el silencio, la soledad y la homogeneidad.
El último capítulo del libro reseñado viene a completar este eje temático con un primer acercamiento a 2666 (2004), novela póstuma, monumental, inabarcable en muchos sentidos, en parte por la decisión -posiblemente acertada-de su editor, Jorge Herralde, y de su albacea testamentario, el crítico Ignacio Echeverría, de publicarla al completo, unificando en un solo volumen lo que debía ser una secuencia de cinco novelas.
De hecho, los cinco libros han sido reconvertidos en las cinco «partes» que no terminan de estar bien entrelazadas entre sí, debido a ese carácter autónomo en su elaboración, y, sobre todo, porque como se ha demostrado con otros manuscritos publicados de forma póstuma -especialmente Los sinsabores del verdadero policía (2011)-2666 era, en el momento del fallecimiento de Bolaño ( 2003), una obra inacabada, un work in progress.
De hecho, cada una de las partes tiene sus propios personajes, su estilo, su cronología y sus recursos literarios, aunque sobre la totalidad de la obra parece planear una doble obsesión: la búsqueda del escritor alemán Benno von Archimboldi y la muerte violenta de mujeres en Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez.
Es evidente que este proyecto único en las letras hispanoamericanas, cuyas dimensiones resultan abrumadoras y, en cierto sentido, colosales, está lleno de riesgos en su propia concepción, idea que parece formar parte RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS de toda una poética del escritor chileno, quien concibió desde siempre la ficción como un acto de peligroso funambulismo, como recogía en su obra Entre paréntesis (2004), donde sostiene que toda escritura de calidad consiste en «saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso.
Correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo» (citado por Saucedo en p.
De alguna manera, 2666 nos sumerge en un mundo abisal y abyecto, una nueva pangea literaria del horror y la infamia, que se ramifica hasta lo inabarcable en centenares de subtramas que se entrecruzan, formando una verdadera constelación argumental donde puntean centenares de motivos siniestros que golpean la sensibilidad del lector.
Cualquier análisis de la obra está sujeto de antemano a las arbitrariedades de la simplificación temática, o al desenfoque de la verdadera naturaleza de la obra, por eso resulta especialmente clarificador el análisis propuesto por Fernando Saucedo, tomando como vector central de su investigación la presencia de México y lo mexicano entre los centenares de páginas que conforman la novela.
De esta forma se alcanza una lectura de conjunto que sirve para aclarar y dar sentido a algunos de los mayores interrogantes compositivos de esa obra, como es el carácter complementario de los capítulos 1.o y 5.o, titulados respectivamente «La parte de los críticos» y «La parte de Archimboldi».
Si en el primero de ellos se plantea la búsqueda de un misterioso escritor alemán, nacido en 1920, llamado Hans Reiter, conocido por un extraño pseudónimo, Benno von Archimboldi, quien supuestamente se ha trasladado a México, a la frontera con EEUU, en un momento en el que comienza a filtrarse en la narración la muerte indiscriminada de mujeres en Santa Teresa; en el segundo se cuenta, parcialmente, la historia de Lotte Reiter, hermana de Archimboldi, quien continuamente viaja a este enclave siniestro, a visitar a su hijo preso, Klaus Haas, acusado de ser el asesino de las mujeres.
Según esta lectura complementaria, llegamos a desentrañar uno de los grandes enigmas de la novela: las razones por las que Archimboldi viajó al México más peligroso, a pesar de su condición de octogenario.
Del análisis que lleva a cabo de las partes centrales de la novela, capítulos 2.o («La parte de Amalfitano»), 3.o («La parte de Fate») y 4.o («La parte de los crímenes»), se desprende un grado considerable de cohesión temática a partir de la violencia tremenda ejercida contra las mujeres mexicanas, especialmente las que viven y trabajan en la frontera.
En cierto sentido, las partes 2.a y 3.a preparan al lector para sumergirlo en un mundo terrible, dominado por el mal, la violencia y la locura, visible en la vida quebrada del profesor Óscar Amalfitano, con el rumbo perdido después de ser abandonado por su mujer, quien cuelga libros de geografía en los cordeles de la ropa y oye voces que lo interrogan y le hablan de los crímenes cometidos a pocos metros de donde vive con su hija.
Saucedo subraya con gran tino las relaciones que existen entre la locura de Amalfitano y las señales inquietantes de todo cuanto le rodea: el sabor del agua, el color de la tierra, las formaciones graníticas del desierto, el cielo morado o el paisaje desolador, con trazas apocalípticas.
De gran acierto es el análisis que en la tercera parte hace del periodista negro Quincey Williams, más conocido como Oscar Fate, con quien Bolaño tiene la tentación de denunciar los crímenes horribles cometidos en Santa Teresa, adonde acude como corresponsal para cubrir un combate de boxeo.
El mundo que retrata Bolaño es irreal, fantasmal, al tiempo que revela la pobreza extrema del México fronterizo.
Como si la frontera fuera una herida que crece de forma imparable, en esta parte ya hay una información detallada de las maquiladoras que aparecen muertas, descuartizadas, violadas, y sus cuerpos en posiciones imposibles en el desierto, en un mundo que parece saturado por la muerte y que constituye, claramente, el reverso de la modernidad.
De hecho, para Fate, Santa Teresa está «a mitad de camino entre un cementerio olvidado y un basurero».
Saucedo considera que la mirada de Bolaño sobre la realidad mexicana de la frontera resulta descarnada y para ello describe a sus pobladores como «Extraños, obscuros, explosivos mexicanos cargados de una fuerza amenazante, destructiva y autodestructiva, golpeadores y violadores de mujeres; cobardes, insensibles o indiferentes frente al espectáculo de la violencia» (p.
«La parte de los crímenes» resulta espeluznante por el asesinato (¿ritual?) de mujeres y niñas en Santa Teresa, lo que convertiría a México en un inmenso cementerio, idea prefigurada en el número-fecha 2666, al que el autor reseñado trata de dar una explicación más que plausible (p.
132), fijando además las tres grandes líneas argumentales de esta parte central de la novela, entre las que cabe destacar la presencia del periodista Sergio González, autor de Huesos en el desierto, el retrato sórdido de Klaus Hass, principal sospechoso de los crímenes, o la historia de amor entre el policía Juan de Dios Martínez y Elvira Campos, la directora del manicomio de Santa Teresa.
Como señala Saucedo, uno de los grandes logros estilísticos de esta parte ha sido la apropiación del lenguaje lacónico del informe policial y de la terminología médica para recrear las circunstancias de una violencia inusitada que acabó con la vida de ciento diez mujeres.
De esta manera, México aparece en 2666 como una inmensa distopía, un lugar desolado en donde quedan impunes los criminales, los violadores, los sicarios, los corruptos, todos aquellos que de alguna manera han sido cómplices de esta barbarie bautizada como feminicidio.
En resumidas cuentas, el libro de Fernando Saucedo resulta tan didáctico como útil para un primer acercamiento al complejo mundo narrativo de Roberto Bolaño y constituye una aportación importante a la bibliografía del escritor chileno.-José Manuel caMacho delgado, Universidad de Sevilla.
Valle Pavón, Guillermina del, Donativos, préstamos y privilegios.
El papel de las élites regionales en la política de la monarquía hispánica es, desde hace algún tiempo, una parcela pujante en la discusión historiográfica.
Para reparar en ese fenómeno, es necesario prestar atención a la actuación de corporaciones como la de comerciantes de México.
Una temática en la que desde hace años se maneja con mucha solvencia Guillermina del Valle Pavón.
Su libro Donativos, préstamos y privilegios.
Los mercaderes y mineros de la Ciudad de México durante la guerra an gloespañola de 17791783, que centra nuestra atención aquí, muestra con acierto cómo el análisis del financiamiento de las campañas militares permite vislumbrar espacios de negociación entre las élites y la Corona.
Así, durante los años que preceden a la alianza entre la monarquía hispánica y Francia (1779) y los del conflicto bélico con Gran Bretaña, se aprecia cómo las apremiantes necesidades económicas de la Corona brindaron a los ricos comerciantes y mineros, organizados en corporaciones o de forma individual, la oportunidad de obtener ciertos privilegios y ventajas a cambio de su apoyo financiero.
La demanda de fondos en el virreinato de Nueva España para soportar los gastos bélicos en el conflicto anglo-español, es una cuestión conocida.
Varios autores han reparado, desde un punto de vista cuantitativo, en los ingresos del erario virreinal por donativos y préstamos durante esa guerra.
Al respecto, hay que señalar que el valor del libro que reseñamos está en que pone el acento en los hombres y sus relaciones, así como en las HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS dinámicas de negociación.
De este modo, la autora logra trenzar lúcidamente la historia económica con la historia política y la historia social, e inserta el fenómeno de la extracción de recursos extraordinarios del virreinato novohispano en el seno de las relaciones establecidas entre el monarca y sus vasallos.
La obra se sostiene en una extensa investigación que abarca la consulta de diferentes archivos y la utilización de fuentes documentales de naturaleza diversa, y que además se nutre de un conjunto bibliográfico importante, donde no faltan los aportes historiográficos más recientes.
En este sentido, resulta importante resaltar la disposición para observar a Nueva España como eje articulador de la circulación de mercancías europeas y asiáticas, ya que aporta resultados muy interesantes para la discusión historiográfica.
El libro se divide en tres capítulos que, si bien tienen como trasfondo común la guerra anglo-española y las prácticas de negociación mencionadas, se pueden leer de forma independiente.
El apoyo económico de las élites mercantil y minera a la Corona en forma de donativos para fortalecer las fuerzas navales hispanas en el Caribe, primero, y financiar la guerra, después, es el tema central del primer capítulo.
En él son especialmente interesantes las páginas dedicadas al «fondo secreto» que el Consulado había acumulado como remanente del cobro de las alcabalas y que superaba el millón de pesos.
Guillermina del Valle nos desvela la trascendencia que tuvo el descubrimiento de ese cuantioso fondo, a raíz de una denuncia de malversación de capitales.
El hallazgo de ese capital evidenció la capacidad financiera del cuerpo mercantil y permitió a las autoridades, en 1776, obtener un donativo de 300.000 pesos de esa corporación para la construcción de buques de guerra.
A su vez, esa elevada dádiva forzó al gremio de mineros a contribuir con la misma cantidad a pesar de que su situación económica era más delicada.
Para entender mejor este último donativo, la autora también presta atención a la creación del Tribunal de Minería y explica cómo la negociación de la aportación de los mineros fue decisiva para su agrupación en una corporación privilegiada como la de mercaderes.
Estos no fueron los únicos donativos de ambos grupos, pues una vez iniciada la guerra la Corona requirió más capitales para afrontar sus necesidades.
De este modo, grandes sumas de dinero, que podían haber activado y fortalecido la economía del virreinato, fueron destinadas a financiar la política bélica de la monarquía.
No obstante, como esboza Guillermina del Valle, la donación de remesas por parte de los acaudalados comerciantes y mineros fue correspondida con importantes contraprestaciones.
En concreto, puede pensarse en el citado establecimiento del gremio de mineros con jurisdicción privativa, en la indulgencia ante la posible irregularidad en el manejo de recursos reales por el Consulado, en la obtención de títulos nobiliarios o en las licencias comerciales otorgadas en esos momentos.
Los permisos comerciales concedidos a algunos mercaderes que desarrollaban su actividad en el Pacífico forman parte de la temática del segundo capítulo.
Este se centra en el desarrollo del tráfico comercial en el Mar del Sur a raíz de la coyuntura bélica que perturbaba las rutas marítimas del Atlántico.
Las autoridades, para evitar el desabastecimiento de América, permitieron el libre comercio en el Pacífico hispanoamericano.
Eso benefició la comercialización del cacao de Guayaquil, que fue intercambiado por mercancías asiáticas y europeas.
Asimismo, de forma ilícita, en esos intercambios debió estar presente la plata peruana.
A través del estudio de caso, la autora aprecia los beneficios que algunos comerciantes obtuvieron de esa situación.
Así, pone el foco en las transacciones realizadas por Ignacio de Yraeta e Isidro Antonio de Icaza y en las relaciones de negocios y personales que hilaron con otros comerciantes y con las propias autoridades.
De estas últimas recibieron concesiones que, según hipótesis de la autora, pudieron derivarse de las negociaciones de los suplementos o préstamos gratuitos concedidos al virrey por ricos comerciantes como Yraeta.
El tercer y último capítulo está dedicado al estudio de los suplementos y empréstitos solicitados por el virrey Martín de Mayorga entre 1782 y 1783.
Del Valle pone especial atención en identificar a las corporaciones y a los individuos que ofrecieron sus servicios financieros y, en consonancia con la lógica que mueve el libro, propone algunas hipótesis sobre los motivos concretos que los llevaron a conceder préstamos gratuitos.
Por entonces, el Consulado y el Tribunal de Minería otorgaron al virrey dos préstamos de un millón de pesos cada uno.
Desde luego, no es difícil imaginar que con el desembolso de esas importantes cantidades perseguían conseguir redituables contraprestaciones.
Los miembros del Consulado esperaban ser favorecidos con el libre comercio de harinas para abastecer a Cuba, la reconstrucción del camino Veracruz-México o la obtención de licencias para comerciar en el Pacífico.
La autora también hace hincapié en la pretensión de evitar la aplicación en Nueva España del Reglamento de libre comer cio de 1778, pues con él tendrían que hacer frente a una mayor competencia.
Por su parte, el gremio de mineros logró la aprobación de las nuevas HISTORIOGRAFÍA Y BIBLIOGRAFÍA AMERICANISTAS ordenanzas de minería y la instauración de un tribunal privativo (1783), además de otras ventajas como la bajada del precio del azogue.
Por último, es necesario destacar que los gremios mercantil y minero funcionaron como «intermediarios financieros de la Hacienda virreinal» para reunir los importes de los préstamos (p.
De este modo, corporaciones religiosas -por ejemplo, el Tribunal del Santo Oficio o distintos conventos-, otras instituciones -como la Casa de Moneda-, y vecinos acaudalados confiaron sus capitales al Consulado y al Tribunal de Minería.
Si, como hemos visto, la función de intermediarios de estas dos corporaciones no fue desinteresada, tampoco debió serlo la colocación de caudales en ellas.
Por ejemplo, la inversión de doscientos mil pesos hecha por Francisco Martínez Cabezón, cónsul moderno del Consulado, para el préstamo negociado por el Tribunal de Minería, probablemente respondía a su empeño por mediar en las decisiones de los poderes establecidos y a sus intereses en el sector minero.
Conviene destacar una cuestión que, a mi entender, es muy apreciable en un libro.
Me refiero al hecho de señalar nuevos interrogantes para futuras investigaciones.
En concreto, Guillermina del Valle apunta de forma expresa a la necesidad de abordar el estudio del manejo dado a los fondos novohispanos canalizados hacia Cuba.
Asimismo, la lectura del libro nos incita a trazar nuevas posibilidades de análisis para aproximarnos a la élite inversionista.
Por ejemplo, la autora resalta la aportación económica hecha por el minero Pedro Romero de Terreros y la vincula con los títulos nobiliarios que obtuvo para sus hijos; en ese punto sería interesante investigar la relación de las concesiones de mano de obra forzada para sus minas con su influencia económica, así como las contrapartidas obtenidas por otros mineros que también realizaron destacados donativos.
El libro concluye con una reflexión que nos adelanta lo que viene a continuación.
En las décadas finales del periodo colonial la continua y excesiva extracción de recursos extraordinarios fracturó lo que la autora denomina «la cultura política del consentimiento», debilitando la fidelidad de las élites (p.
Desde luego, detrás del patriotismo y la lealtad de los que hicieron gala cuando, en 1776, otorgaron los donativos, hay que vislumbrar la relación de reciprocidad con la Corona, que les permitía acceder a privilegios, sustanciosos beneficios y honores.
En resumen, estamos ante una obra clave para entender la naturaleza contractual del entramado político de la monarquía hispánica, cuya lectura es más que recomendable.-isabel M. Povea Moreno, Universidad de Granada. |
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